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Mary KElly: la balada de Kastriot rexhepi Murcia Espacio AV

Horror armónico PEDRO MEDINA Un titular del Times de Los Angeles decía: “Huérfano de guerra recupera su apellido y a su familia”. Lo completaba una foto forzada en la que los padres besaban al hijo perdido, momento en el que recuperaba el apellido y la patria, difundiéndose internacionalmente su odisea como un símbolo de la supervivencia de Kosovo. La Balada de Kastriot Rexhepi narra la historia de este niño albano dado por muerto con 18 meses, después rescatado por serbios y finalmente reunido con sus padres 4 meses después; es decir, durante la fase en la que está aprendiendo a hablar y formar su identidad. Mary Kelly (Iowa, 1941) reelabora este juego de identidades y mensajes unido a las constantes que han definido su trabajo desde los años setenta, como evidencia la forma que ha adquirido la pieza: una larga línea compuesta por pelusa comprimida (resultante del lavado y secado de ropa en una lavadora doméstica), que parece una ondulante cinta cinematográfica de 49 paneles enmarcados y 63 metros de largo, dividida en 4 estrofas que envuelven el espacio con un ritmo yámbico y con frases repetitivas bajo la música de Michael Nyman. Es la primera vez que esta exposición viene a Europa; además, Mary Kelly no había expuesto antes en España, haciéndolo ahora con una obra fiel a la estética conceptualista y minimalista que la ha caracterizado, como muestra la reiteración de una forma consecutiva abstracta, la simplicidad formal y cromática, el destacado papel de palabras e ideas y su investigación sobre la subjetividad y la memoria, entendida ésta dentro de una dialéctica de género, que se manifiesta en el íntimo lavado de la ropa, un movimiento cíclico de la máquina acorde con la naturaleza repetitiva de gran parte del trabajo femenino. Igual que en obras anteriores, ofrece un relato condensado y dramático que interpreta lo cotidiano, para que el espectador reflexione, desde un tránsito de lo textual a lo visual, donde lo figurativo también está ausente. De hecho, la “ausencia” como recurso expresivo es esencial para descubrir a través de vacíos la información relevante, convirtiendo la obra en un ciclo de lamentaciones. Su reduccionismo expresivo se une en este caso a la música, produciendo un impacto emocional mayor, entre compases étnicos y postminimalistas, en total sintonía con esa repetición ondulante que no es sino una “invocación visual de la voz” –como reconoce Kelly–. Aun así, no cae en ningún momento en el sentimentalismo, sino que se convierte en el contraste absoluto de la manera en que los medios utilizaron este acontecimiento. Por tanto, es una instalación en la que la palabra, el ritmo y

el movimiento consiguen comunicar con gran sencillez esas “paradojas estilísticas, intelectuales y emocionales” –como afirma Maurice Berger–, donde el tono elegante de la obra y la superficie de los paneles contrastan con los terribles hechos de la historia de Kastriot, reflejando de esta manera la propia posición paradójica del niño albano en su proceso de identidad. Todo esto hace –como puntualizaba Nyman– que la balada sea, en realidad, “una antibalada, porque aquí no hay ninguna valorización del martirio”. Es una reconstrucción de los mitos a través del lenguaje artístico, aunando poéticas y políticas como lugar donde expresar las tensiones que toda cultura posee en su interior. Esto permite relatar de nuevo un suceso que huye de la muerte, un terror de cenizas que se extienden por todas partes, como si Paul Celan aún hablara, sólo que ahora no son los Lager nazis, sino el infierno de los Balcanes el que forja la memoria. Se trata, pues, de una poética evocación que hace visible un horror continuo que recorre la historia. La Balada de Kastriot Rexhepi, 2001 Cortesía: Espacio AV

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ARTECONTEXTO Nº10.  

Dossier: COMIC WORLD / MUNDO CÓMIC 2006

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