Page 93

2. Ciertamente usted, por haber limitado su capacidad habitual logró experimentar una momentánea condición de discapacidad, en esa acción diaria de caminar y desplazarse de su casa a su trabajo o hacia cualquier otro destino; pero su experiencia radicó principalmente en vivir el gran esfuerzo físico que deben realizar diariamente las mujeres embarazadas, los adultos mayores, los enyesados y amputados y hasta los niños; tratando de esquivar los obstáculos y barreras arquitectónicas que nos presenta la infraestructura y supraestructura nacional en cada uno de nuestros entornos y espacios urbanos, en los parques, las plazas, las aceras, las veredas, en los cruces de esquinas, puentes y pasos peatonales; siempre y cuando existan. Pero déjeme decirle que la situación se torna exponencialmente más insegura e incómoda en el contexto rural de nuestro país, sin mencionar la carencia de accesibilidad física en edificaciones nuevas y hasta patrimoniales, en las infraestructuras comerciales, educativas, de salud, deportivas, recreativas, culturales, puertos, muelles y, lamentablemente, en la infraestructura turística nacional.

Si midiéramos el grado o vocación de “democracia” que se vive en Costa Rica, no sería precisamente el reflejado sobre las aceras públicas ni en cualquier otra infraestructura de nuestro país; pues realmente no fueron ni pensadas ni diseñadas ni construidas para toda la ciudadanía costarricense... ¿o me equivoco? Entonces, ¿queda claro que la discapacidad no es una enfermedad sino un concepto resultante de la experiencia diaria que tienen o podemos tener algunas personas con deficiencias, restricciones o diversidades en nuestro funcionamiento motor, visual, auditivo o cognitivo, expuestas cotidianamente a un entorno adverso, producto a su vez de una mala actitud social? Defino como “mala actitud” al comportamiento personal y colectivo en el que poco nos importa, o nos resbala del todo, lo que cada persona requiere para desarrollarse plenamente en la sociedad, sea en el ámbito del derecho al acceso al espacio, a la salud, al trabajo, a la educación, al transporte, a la convivencia, a la familia y a su propia independencia y autonomía personal.

Ahora le pregunto: ¿quién o quienes diseñamos y generamos los espacios comunes? ¿Quién o quiénes gestamos el desarrollo de la ciudad? ¿Acaso las ciudades son hechas solo para unos y no para otros? ¿Será que el derecho a la vía pública, sea la calle vehicular o la acera que usted usa diariamente como peatón, es exclusivo o está reservado solo para los que cuentan con la mejor condición física? ¿No es la misma infraestructura que usted usa para salir de su casa e ir a donde le plazca la misma que tiene el pleno derecho usar y disfrutar tanto un adulto mayor, como una embarazada, un niño, un turista cargando su equipaje, una persona que se traslada en silla de ruedas, con perro guía, bastón blanco o usando muletas o una andadera? Si sus respuestas son afirmativas y trascienden de su pensamiento individual al ejercicio profesional, entonces superó la fase de sensibilización y ya está en el inicio de un proceso de concienciación sobre la necesidad de que juntos generemos arquitectura y entornos de vida, ciudades y edificaciones

93

Edición 87 Revista Habitar