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¿Tiene la infraes tructura nacional que ser accesible? Muy posiblemente usted, amigo o amiga lectora, haya respondido inmediatamente, casi como en un acto reflejo, que así debe ser. También, muy posiblemente, haya pensado instantáneamente en las personas con discapacidad. Eso es de lo más usual, relacionar o hasta casi “encadenar” el concepto de la accesibilidad con las personas con alguna discapacidad y, particularmente, con quienes usan una silla de ruedas. Al final de esta ecuación el resultado es una solución rápida a este “problema”: una rampa. Arq. Gustavo Aguilar Montoya

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sto, muy posiblemente, se debe a un aprendizaje social que pone de relieve el desconocimiento de lo que es la discapacidad y, en consecuencia, sobre la accesibilidad. Este abordaje de ambos conceptos existe también entre los arquitectos, que muchas veces asocian por defecto que la accesibilidad es solo un tema del terreno físico; aunque también cabe decir que nuestra formación universitaria no nos proporciona estos conocimientos y que en el ejercicio profesional apenas tocamos el tema superficialmente y lo resolvemos con una rampa, solo cuando así nos lo obliga una ley. En otras palabras, pensamos que somos ajenos y estamos distantes de esas situaciones del binomio discapacidadaccesibilidad, o que jamás tendremos que diseñar o construir para estas personas a quienes no percibimos como eventuales o potenciales clientes, pues nunca entran ni salen, nunca llegan o están o, cuando están, deben hacerlo solo en sus casas, cuando no recluidos en clínicas de terapias de rehabilitación u hospitales, espacios particulares y específicos para “ellos”. Pero no se sienta, pues este reduccionismo que socialmente hemos generado alrededor de los temas de la discapacidad y la accesibilidad, que los llevan a su negación e invisibilización, aún sigue latente en nuestra sociedad y, lamentablemente, una gran responsabilidad la tenemos los profesionales de la arquitectura y el urbanismo, que reproducimos la gestación y el desarrollo nacional de infraestructuras y supraestructuras inaccesibles, excluyentes, discriminatorias y muy inhumanas. Si no le convence lo que dicho hasta ahora o simplemente no me lo cree, lo invito a que haga por su cuenta un breve y cotidiano experimento. En su horario habitual de todos los días, ojalá sea el matutino, tome ya sea un coche de bebé y monte en él a su hijo o hija de corta edad, si no tiene hijos tome una de sus

“Si midiéramos el grado o vocación de “democracia” que se vive en Costa Rica, no sería precisamente el reflejado sobre las aceras públicas ni en cualquier otra infraestructura de nuestro país; pues realmente no fueron ni pensadas ni diseñadas ni construidas para toda la ciudadanía costarricense...”

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Edición 87 Revista Habitar