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On sale

- Al diseñar para usted misma, debe de existir un alto grado de intimidad en el proceso. ¿Cómo lidia con esto al saber que la vivienda es para otra persona? - Si bien esto tiene que ver con mi percepción personal, al mismo tiempo genero espacios versátiles. El espacio doméstico tiene rasgos muy parecidos en su interior. Claro que hay gente que vive en lugares muy encerrados y quizás no les guste lo que propongo... - ¿No la cohíbe realizar algo como si fuese para usted pero que al final del camino lo terminará vendiendo? - No, la verdad es que no. No hago una casa en función de mí misma. Hay cosas que se reencuentran: los gaviones, por ejemplo, porque me gusta la piedra. Ahí está España, los Pirineos. Me gustan los patios internos y los jardines; ahí está Japón. Me gusta participar con la apertura de los espacios internos, para que no tengan límites. Hago la casa pensando en que se puede destruir, que hay muros que se pueden quitar. Cuando lo estoy haciendo pienso que se puede adaptar a otras necesidades. Lo interesante es cómo la casa se empotra en su entorno, que no se vea y sea parte del paisaje. - Es decir ¿que para usted la vida no se supedita a la arquitectura, sino que esta se supedita a los dueños, conforme el contexto cambia?. - Eso, pienso, es parte de la sostenibilidad. La casa se adapta a mis momentos de vida. No es la misma casa que cuando tenía hijas pequeñas o a mi madre y a mi hija mayor con un departamento separado. Yo no digo “viviré en esta casa por 20 años”. - ¿Cree que persiste una idea muy inmutable de la arquitectura, de que las buenas obras se mantienen o se deben mantener inalterables al paso del tiempo? - Eso es claro para mí. Hoy esta es mi casa, pero en un tiempo puede ser de otra persona o transformarse en un restaurante o una oficina. Tengo que hacerla con un concepto lo suficientemente libre como para que se pueda transformar sin tener que destruirla. Ese es el punto de partida.

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Edición 87 Revista Habitar