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ciudad al tiempo que la percibe y se apropia de ella para generar su derecho a la misma y a la construcción de lo público, pues su riqueza proviene de una heterogeneidad que debe respetar la diferencia. (Carrión, 2001) (Coulomb, 2007)

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La ciudad física comparte desde siempre su territorio con la ciudad simbólica, colmada de prácticas sociales que coexisten toda vez que son parte de un binomio inseparable, invisible e irrenunciable creado y portado por los diferentes actores en tiempos simultáneos, con secretos compartidos y demandas incompatibles que se nos revelan como testimonios, como herencias. Los espacios centrales son también una manifestación de la riqueza social de la vida cotidiana, que han tenido un papel significativo en las transformaciones culturales de la sociedad. Por ello y por ser espacios urbanos marcados por el pasado debemos intentar que su reingeniería no provenga del antagonismo nuevo-viejo, sino del encuentro voluntario entre los

elementos del pasado en una articulación con los actuales, considerando al pasado como la sucesión de otros presentes. Movilidad: manivela en la calidad de vida Durante el siglo XX la movilidad motorizada modificó las costumbres y cambió radicalmente la forma y el funcionamiento de las ciudades, que en las últimas décadas se han extendido y consumieron tanto espacio como en toda su historia anterior, por lo cual pasaron de ser estructuras compactas y eficientes a ser dispersas e insostenibles. La fascinación por el automóvil y la libertad prometida han seducido a todos por igual: al sector privado, que creó un enorme negocio en torno a la movilidad motorizada; a los políticos, que otorgaron todas las facilidades a la implantación del automóvil en las ciudades y, por último y quizá lo más grave, a los ciudadanos, que hemos permitido que se nos robara el protagonismo en el espacio público para convertirnos en peatones expulsados de nuestro “paraíso”, la calle; que tras haber sido un espacio complejo y público para el encuentro y la relación social ha pasado a ser, casi exclusivamente, un lugar

para la circulación y el estacionamiento. (Cifuentes, 2008) En definitiva, se puede considerar que el tráfico y la movilidad motorizada representan el verdadero reto para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos y para alcanzar la sostenibilidad ambiental y social de las ciudades. Así, según el mismo autor, las vías para lograr la sostenibilidad serán diferentes según de si el objetivo es facilitar la movilidad, para lo cual habrá que promocionar los medios de transporte que faciliten los desplazamientos con un menor impacto ambiental y social; o si por el contrario, el objetivo es facilitar la accesibilidad, para lo cual habrá que dirigir el esfuerzo hacia la reducción de las necesidades del desplazamiento motorizado y el aprovechamiento máximo de la capacidad autónoma que tiene el ser humano para trasladarse: a pie o en bicicleta. Se requiere una nueva jerarquía en el uso del espacio público: lo primero es habitarlo y después viene la circulación. Hace falta adecuar el tráfico y el transporte a la habitabilidad de los

Edición 87 Revista Habitar