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UN CIUDADANO ILUSTRE Y SU INICUO DESTIERRO: JOSE BENITO MONTERROSO


Mario Cayota -2-

CEFRADOHIS Centro Franciscano de Documentación Histórica Museo San Bernardino de Montevideo Canelones 1164 – Montevideo – Uruguay - 2011


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“El perfecto crimen historiográfico, no es la calumnia, sino el olvido, porque no deja huellas…” Marc Bloch


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ÍNDICE

AGRADECIMIENTO Y ADVERTENCIA ........................................ P. CAPÍTULO 1: El Protector y su Secretario ......................................... P. CAPÍTULO 2: El entorno franciscano................................................. P. CAPÍTULO 3: La Universidad de Córdoba ........................................ P. CAPÍTULO IV: El Ideario Artiguista ................................................. P. CAPÍTULO V: A la sombra del Imperio Inglés ................................. P. CAPÍTULO VI: El siniestro contubernio ............................................ P. CAPÍTULO VII: Artigas y las sociedades secretas ............................ P. CAPÍTULO VIII: Monterroso: ¿mero escribiente? ............................ P. CAPÌTULO IX: El fraile y “sus pérfidos consejos” .......................... P. CAPÍTULO X: Ocaso. Destierro. Olvido ............................................ P. APÉNDICE: Correspondencia del Pbro. José Benito Monterroso ...... P. Opiniones sobre Monterroso ............................................................... P. Una prueba evidente: El Nomenclator montevideano ......................... P. Ilustraciones ......................................................................................... P. Notas .................................................................................................... P. Bibliografía........................................................................................... P.


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Agradecimiento y advertencia La edición de esta investigación se ha llevado a cabo gracias al generoso apoyo de Missionszentrale der Franziskaner. También, si de agradecimientos se trata, debo de expresar el mío a la Arq. Lorena Arrambide Brianthe; mediante su esforzada e inteligente colaboración ha sido posible la culminación de la presente obra. Asimismo, tengo muy presente a mi sacrificada familia, a ella le he “robado” muchas horas que le pertenecían. No olvido tampoco a los amigos que me han alentado a concretar este trabajo, haciéndome superar mis dudas y escrúpulos ante el tratamiento de ciertos temas. En cuanto a la advertencia: corresponde aclarar, -una vez más-, que aún cuando las respeto y valoro, no me identifico con las corrientes positivistas, -ya respondan a una u otra ideología-, que postulan la “objetividad” en los trabajos históricos. Si con ello se entiende que el historiador esconda e intente prescindir de sus categorías axiológicas, confieso sin rubores que en mi tarea, buena o mala, no lo hago. He escrito largamente en otras ocasiones, desarrollando la tesis de que la “objetividad” no existe. Hasta cuando se encara la realización de una simple cronología se es “subjetivo”, ya que entre el cúmulo de sucesos ocurridos, el historiador se ve obligado a seleccionar los que considera significativos, dejando otros en el olvido. El estudioso no es un extraterrestre. Coincido con el notable historiador Henri Pirenne en que su mirada es siempre situada. Estoy como se ve en buena y acreditada compañía. Se ha dicho por un historiador alemán, que en el gabinete de trabajo del investigador, no debe entrar la adrenalina. Más allá del respeto que por el aludido historiador siento, me pregunto cómo puede permanecerse impasible, por ejemplo, frente a la terrible tragedia de la Shoah. Estoy convencido que lo que si puede y debe exigírsele al historiador es que no sea tendencioso. Creo haber cumplido con esta exigencia.


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CAPÍTULO I: EL PROTECTOR Y SU SECRETARIO El propósito de un rescate Al comenzar a escribir nuestro libro "Artigas y su derrota: ¿Frustración o Desafío?", nos preguntábamos por qué escribir un libro sobre nuestro Prócer cuando ya se habían escrito tantos. Hoy nos volvemos a formular la interrogante, con la diferencia que sobre el Presbítero José Monterroso muy poco es lo que se ha escrito, y esto, en general, para colmo, con artera malignidad. Difamado u obstinadamente olvidado, ha sido condenado sin rubor a desaparecer de la memoria colectiva del pueblo oriental; a lo sumo, como gracia extraordinaria, en actitud indulgente, se le recuerda como uno de los varios secretarios de Artigas. Queremos entonces, respondiendo a la pregunta inicialmente formulada, refutar las ruines calumnias urdidas contra su persona, desvanecer la niebla que en el mejor de los casos, lo oscurece; terminar, -en lo que es posible con nuestro modesto aporte-, con su arbitrario destierro de la historia uruguaya; colocarlo, sin idealizarlo, en el sitial que le corresponde junto al Prócer. Lo hacemos, convencidos que el dar luz sobre esta figura que se nos presenta como tenebrosa, ayudamos a un mejor y más cabal conocimiento del Proyecto Artiguista, ya que las ideas y conducta de Monterroso estuvieron indisolublemente asociadas al mismo. También a identificar con mayor nitidez a quienes a él se opusieron. Sin duda que para alcanzar en sus más amplias dimensiones la trascendencia histórica de la figura del fraile Monterroso es menester ubicarlo en las coordenadas que ya se plantearan en nuestro libro sobre el Prócer Oriental, y que en el presente y breve trabajo sólo intentamos dibujar su semblanza para dar a conocer su verdadero perfil. Podría decirse que este trabajo se propone constituir un "subrayado" sobre la personalidad de Monterroso en relación a lo que se afirmó en el ya citado libro "Artigas y su derrota: ¿Frustración o Desafío?". Pensamos que dada la variada temática abordada en dicha publicación, de más de setecientas páginas, y no obstante


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ser presentada en ella la figura del franciscano como relevante, era necesario una particular presentación del mismo, incluso siguiendo en este sentido, los sabios consejos de un viejo historiador, apreciado y recordado amigo, Don Aníbal Barrios Pintos.

No todo ha sido calumnia u olvido Naturalmente que toda regla tiene sus excepciones, y de Monterroso se han ocupado en forma positiva, -aún cuando no muchos-, algunos historiadores de valía. Entre los historiadores aludidos precedentemente se destaca Eduardo de Salterain y Herrera, que ha dedicado uno de sus libros1 a estudiar al fraile franciscano. Escrito en prosa galana y castiza, aún cuando con un estilo un tanto arborescente, enaltece y rescata del olvido a Monterroso. Obra sumamente meritoria, pone de relieve con amplia documentación la ilustración del franciscano y su grandísima influencia sobre el Prócer, al punto que en relación al llamado proyecto artiguista y gobierno de Purificación, identifica a ambas personalidades y las une en forma tal, que hace de ellos casi una sola persona. El autor del presente trabajo le debe a Salterain y Herrera suma gratitud, ya que la lectura de su libro, -hoy también casi absoluta y significativamente olvidado-, le sirvió de guía para adentrarse en no pocas de las intrincadas facetas que la turbulenta vida del fraile franciscano presentaba; ahorrándole, al intentar estudiarlo, en muchos casos la fatigosa búsqueda de localizar los documentos pertinentes en la fronda documental de los archivos. Lamentablemente, y es una limitación a señalar, Salterain en su por otros aspectos encomiable trabajo, no llega a vislumbrar los alcances del ideario social que animaba al proyecto artiguista y el aporte decisivo y sustancial que para su configuración tuvieron las opciones radicales de Monterroso. Tampoco que éstas fueron la principal causa de la adversión y persecuciones que hacia su persona se suscitaron. No ahonda asimismo en quienes fueron sus principales enemigos y qué proyectos eran los que animaban a éstos. Salterain y Herrera en ningún momento enfatiza la opción a favor de los "infelices" hecha por el artiguismo, aún cuando en uno de los textos que


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transcribe aparece la prioridad que el Prócer le asignaba a los pobres. Obviamente, que mucho menos alude a que en esta preocupación podría haber influido el fraile franciscano; y ello no obstante afirmar Salterain con referencia al papel de éste como secretario de Artigas: "que en relación a su jefe, Monterroso es mucho más que fiel redactor de los despachos oficiales. Encierra en potencia el signo revelador de un estadista y el probado ingenio de un escritor con acento propio en la política y las letras". Agregando: "que ese hombre gigante que es Monterroso, resulta luz y sombra de Artigas" (…) "Pero entiéndase que Protector y secretario, identificados en sus propósitos, son dos fuerzas abrazadas, confluyendo armónicamente en la acción sin estorbarse nunca. Representa uno junto al otro, el punto ideal de la asíntota".2 Otra característica del abordaje que debemos señalar en la obra a la que estamos aludiendo, y que a nuestro modesto entender resulta a la postre una grave insuficiencia es que desgaja de su inicial contexto franciscano a Monterroso, quien al prescindirse de sus raíces y su entorno, se vuelve una personalidad enigmática, que habría surgido casi por "generación espontánea", sobreentendiéndose sería en último caso, tributario del ideario propio de la Enciclopedia, Rousseau y la Revolución Francesa. De todos modos, al ilustre historiador uruguayo debe de reconocérsele, no obstante las limitaciones anotadas, que es el escritor que rescató del olvido a José Benito Silverio Monterroso, aún cuando a pesar de su encomiable esfuerzo, prontamente su libro se convirtiera en pieza codiciada de los bibliófilos, y los historiadores posteriores poco caso hicieran de su obra. Pero si se recuerda el libro de Salterain y Herrera, sería injusto no mencionar al historiador Eustaquio Tomé, que nos consta siempre tuvo un gran interés por el fraile franciscano. Interés que exteriorizara de modo público al cumplirse 108 años del fallecimiento "del franciscano exclaustrado José Monterroso", dedicándole dos largos artículos en el diario "El Debate" de fecha 09.03.1946 y 10.03.1946. En dichas notas, auténtica investigación historiográfica, -y sobre la base y datos que le proporcionara el franciscano y acreditado historiador argentino Fray Antonio Santa Clara Córdoba-, el también en su momento reconocido historiador Eustaquio Tomé, reconstruyó la vida de Monterroso, aportando incluso información no disponible por parte de Salterain Herrera.


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En los aludidos artículos el Dr. Tomé afirma que "deben atribuirse a Monterroso, respaldándose en bases indestructibles, (…) las numerosas comunicaciones de la época", - se entiende que de la época de Purificación-. Agregando que "Monterroso acompaña al Protector en su breve y glorioso gobierno, y en toda su campaña en esta Banda. El se constituyó en su Ministro sin cartera, en el espíritu animador de aquella legendaria resistencia al invasor y en la única voz del artiguismo en medio de los desastres, de las traiciones y de las victorias..!" 3 Asimismo, y gracias a la eficaz colaboración de la profesora Eguren de Olliu, funcionaria destacada del Archivo General de la Nación, corresponde en este registro de quienes se han ocupado del ilustre franciscano, señalar la documentación existente en el ya mencionado Archivo General de la Nación4 y que perteneciera al historiador Juan Pivel Devoto; hecho del cual se infiere, si bien no publicara nada sobre Monterroso, el interés que sobre su persona habría tenido el insigne historiógrafo, al acopiar numerosas notas atinentes a su persona. También es cierto que sobre Monterroso hay alusiones, en por ejemplo, Eduardo Acevedo, Héctor Miranda, Elisa Meléndez y Carlos María Ramírez, a los que se agregan los argentinos Hernán Gómez y Molinari, pero éstas son siempre menciones ocasionales que no revelan la magnitud del personaje. Incluso en algún caso, como en el trabajo del por otras razones respetado Dr. Manuel Flores Mora5 se le cita para subestimarlo y considerarlo un simple amanuense de Artigas, aún cuando se le reconoce su gran cultura. Por supuesto que en la nómina precedente, no incluímos a aquellos que cubrieron al "fraile apóstata" de improperios, y de los que nos ocuparemos posteriormente. Tampoco de quien en la Orden Franciscana fuera Fray Pacífico Otero6 el cual se nutriera de las versiones maledicentes de sus connacionales unitarios, y que a la postre, el sí, se convirtiera en escandaloso apóstata, arrepentido antes de morir. No obstante estos antecedentes historiográficos, tanto los positivos como los negativos en torno a Monterroso, para la historia convencional uruguaya y para las jóvenes generaciones, el franciscano es un gran ausente, al cual después de denostar en el pasado sus adversarios, hoy, reiteramos, sólo magnánimamente se le considera como uno de los tantos secretarios de Artigas.


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Los enemigos del ilustre secretario y consejero lograron su objetivo. Luego de calumniarlo: borrarlo de la memoria colectiva del pueblo como realmente fue. Bien afirmaba el esclarecido y malogrado historiador Marc Bloch que, "el perfecto crimen historiográfico, no es la calumnia sino el olvido, porque no deja huellas…"

Una omisión prejuiciosa Junto al olvido deliberado se suma la omisión que pensamos puede resultar consecuencia de la cultura laicista, -no laica-, que prevalece en el Uruguay desde hace tiempo, y a la cual se le hace muy difícil reconocer una incidencia de carácter cristiano en el proyecto artiguista, incluso porque en virtud de la formación de quienes han sido moldeados en dicha cultura, se le torna dificultoso acceder a una información que no provenga de la misma. Un claro ejemplo de lo precedentemente expuesto, lo es el erudito trabajo del Dr. Alfonso Fernández Cabrelli sobre la presunta influencia del morenismo y la masonería en el pensamiento del Prócer7. En su libro, Fernández Cabrelli, en meritoria labor, con profusión de datos sobre el tema, -aún cuando, ubique como afiliados a la masonería en forma antojadiza e indiscriminada, carente de toda documentación que lo avale, a un grupo de franciscanos y sacerdotes-, lleva a cabo una prolongada pesquisa, a nuestro entender en varias de sus conclusiones equivocadas, pero sin duda muy prolija. En la ya mencionada investigación conjuntamente con las ideas y doctrinas que considera gravitaron en la gestación y formulación del ideario artiguista, el autor fija su atención en aquellos personajes que de algún modo, fueron cercanos al Prócer y pudieron influir en él. Causa singular asombro, que Fernández Cabrelli en su libro de 461 páginas, no estudie a Monterroso a quien sólo cita al pasar8, enumerándole sin destaque en un conjunto de sacerdotes patriotas que él identifica con las corrientes doctrinarias de su preferencia. Olvida el autor que de las personas que actuaron junto a Artigas, el Padre Monterroso fue quien más cercano y por más tiempo, -¡cinco años!-, estuvo junto a él, y que según sus enemigos, fue su principal consejero y amigo. Extraño "descuido" éste, que sólo puede explicarse por los condicionamientos culturales e ideológicos del ya citado historiador, al cual, -más allá de sus en muchos casos caprichosas


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especulaciones-, le era imposible identificar al fraile como integrante de la masonería, y por lo tanto ubicarlo en sus esquemas de interpretación. Afirmación ésta, que es una mera constatación sobre el aludido autor, y no un genérico juicio peyorativo sobre la masonería, imposible de formular, si no se quiere caer en la frivolidad de muchos periodistas, dado la larga y compleja trayectoria de esta institución, que en su secular recorrido histórico, muestra múltiples facetas, más allá de las corrientes que a la postre predominaron en el Uruguay.

Una biografía esclarecedora Los pocos historiadores que se han ocupado de Monterroso, suelen mencionar algunos datos biográficos del secretario y consejero del Prócer, pero a nuestro modesto entender, sin ahondar en la valiosa información que su vida ofrece. Comenzaremos entonces, ya que ello es ineludible, por atenernos simplemente a las fechas que nos ofrece su peripecia existencial. Nacido Monterroso en Montevideo el 20 de junio de 1780, optará por agregar a su nombre de pila, el de Gervasio, ya que la festividad de este santo mártir se celebra, el 19 de junio, día anterior a su nacimiento, -de ahí el segundo nombre de Artigas, nacido precisamente en esta fecha-. Era hijo de Marcos Monterroso, gallego, y de Juana Paula Bermúdez, montevideana. Su padre desempeñó importantes cargos oficiales, -cabildante, defensor de pobres y menores, alcalde de segundo voto-; su madre, si no de fortuna, provenía de una familia acomodada de la Colonia. Monterroso era a su vez, primo de Artigas y asimismo de Barreiro y Otorgués. También, importante recordarlo, hermano de Ana Micaela, que tendrá igual carácter, y que como se sabe, se casó con Juan Antonio Lavalleja. Después de realizar sus primeros estudios en Montevideo, presumiblemente en la escuela de los franciscanos, José Benito se trasladó a Buenos Aires muy joven, para ingresar a la orden franciscana y realizar sus primeros estudios eclesiásticos. Cabe puntualizar que Monterroso no será monje, como equivocadamente lo califica Salterain y Herrera9 y también Flores Mora10, sino fraile, configurando un estatuto diverso las llamadas órdenes mendicantes al monacato. Tampoco, aún cuando sacerdote, cura, como lo designa Flores Mora11. Decir de un sacerdote que es cura sólo por el hecho de haber recibido las "órdenes sagradas", -como en alguna


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oportunidad ya lo hemos aclarado-, es como llamar comisarios a todos los policías. Confusión ésta, que si bien es generalizada, resulta grave en un historiador, y que sólo se explica por ignorancia de la temática religiosa o simplemente por un agresivo y militante anticlericalismo. Asimismo, y como de aclaraciones se trata, no pudo ser José Benito discípulo del P. Benito Lamas en la escuela franciscana, como alude Salterain12, ya que éste último había nacido siete años después!13 Sí en cambio, en Córdoba, de Fray Mariano Chambo y Fray Elías del Carmen Pereira, ilustres catedráticos de filosofía y fervientes artiguistas. Otro error a agregar a los precedentemente señalados, éste perteneciente al Dr. Flores Mora, es fijar la ordenación sacerdotal de Monterroso el 30 de julio de 179914, hecho imposible ya que en esa fecha José Benito Monterroso tenía 19 años y el Derecho Canónico no admite ordenaciones a esa edad, y no hay permiso que lo autorice. Seguramente el historiador confundió la ordenación con la profesión religiosa la cual se efectuó ese año, profesión por la cual quien la emite al formular sus votos, ingresa de modo institucional y formal a la Orden, pero ello nada tiene que ver con el sacerdocio, al punto de que se puede profesar en una orden o congregación religiosa, y nunca ordenarse como sacerdote. Al advertir estos errores no nos proponemos menoscabar el perfil de las ilustres personalidades mencionadas, por las que se siente gran respeto. Con ello, lo que sí se quiere evidenciar, es el escaso conocimiento que sobre temas religiosos, -sin desmedro de su cultura en otros campos-, han tenido la mayoría de las personas que han escrito sobre el fraile, lo cual dificulta una cabal percepción del personaje y de su entorno espiritual y doctrinario. Por otra parte, debe decirse, que el desconocimiento en materia religiosa, no es sólo atribuible a los ya reiteradamente aludidos autores. En eminentes historiadores uruguayos que en los últimos tiempos han incursionado en esta temática y de los cuales el autor de este trabajo ha aprendido mucho, se advierten asimismo, "errores de bulto", que en este campo comprometen las investigaciones llevadas a cabo por ellos y sus colaboradores. Pero, abandónese este comentario, para continuarlo en el momento oportuno, -que más que aparente disgreción, es precisión necesaria-, y vuélvase con el lector a la vida del franciscano oriental. Concluidos sus estudios de humanidades y terminado su noviciado, Monterroso profesó como ya se dijera, en la Orden Franciscana en el año


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1799. A partir de 1803, ocupa la cátedra de filosofía en la acreditada Universidad de Córdoba, debiéndose pedir un especial permiso, ya que ese año, el franciscano contaba con sólo 23 años!; lo que evidencia sus brillantes dotes intelectuales que indujeran a sus superiores a designarlo para desempeñarse en la importante cátedra de filosofía a tan temprana edad. Posteriormente, en el año 1807, el franciscano ocupará la cátedra de teología y al año siguiente, al obligarse a los franciscanos, en virtud de las ideas que sostenían, a abandonar la Universidad de Córdoba, José Monterroso será nombrado maestro de estudiantes en el Convento Franciscano15, cargo de gran responsabilidad para el que eran designados religiosos de gran capacidad y probada virtud. Su brillante currículum desmiente rotundamente que fuera un fraile ignorante y zafio, como así se torna sumamente improbable, que unicamente pudiera ser un simple amanuense de Artigas, sólo elegido por su excelente caligrafía. La biografía de Monterroso evidencia que no era un fraile marginal sino que se encontraba plenamente inmerso en las coordenadas doctrinarias e institución de la Orden. El 6 de agosto de 1814, Fray José deja su convento, según consta en el libro de regencias de estudios del Convento de Córdoba16 para incorporarse al movimiento artiguista. Este hecho, es uno de los que ha servido a sus enemigos para elaborar la leyenda sobre su "apostasía". La actitud maledicente de éstos es manifiesta, ya que en los tiempos turbulentos que por entonces corrían, este abandono del convento, fue práctica habitual de los religiosos, que frecuentemente no encontraban las condiciones propicias para correr con los trámites de la exclaustración; cuando además muchas veces los superiores eran españoles y no adictos a la Revolución. Tal es el caso de los beneméritos religiosos franciscanos Ignacio Otazú y Benito Lamas que al abandonar su convento para plegarse al movimiento artiguista, son tildados por su superior, el español Velásquez, en franca confrontación con ellos, de "apóstatas"17. Posteriormente a nadie se le ocurrió calificarlos de tal cosa. Es más, Benito Lamas, secularizado posteriormente, ocupará el cargo de Vicario apostólico18, máxima jerarquía en la época, dentro de la Iglesia Oriental. Desde el principio, entonces, se advierte el interés, -pensando en la sensibilidad religiosa de la época-, de ultrajarlo, interpretando tendenciosamente uno de los primeros hechos que dan inicio a la vida patriotica del fraile.


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Se sabe que casi inmediatamente a su abandono de Córdoba el fraile será comisionado por Artigas para asesorar a algunos jefes insurrectos del Litoral argentino, y que a partir de noviembre de 181419, cuando Miguel Barreiro fuera en comisión a Río Grande y después destinado a ser gobernador de Montevideo, será el secretario permanente de Artigas, aún cuando ocasionalmente algunos otros patriotas puedan encargarse de la correspondencia del Caudillo. En su carácter de secretario acompañará al Prócer durante todo su gobierno y sólo se separará de él, después del desastre de la Batalla de Avalos, siendo entonces, en agosto de 1820, tomado prisionero por Ramírez. En cuanto al acontecer posterior de Monterroso, el presente trabajo se ocupará en ulteriores capítulos. Pero si basta examinar someramente el "curriculum" del fraile franciscano para comprobar, como ya se ha hecho, su sobresaliente personalidad intelectual, debe asimismo profundizarse en la "atmósfera" que rodeó sus años de juventud y formación, y que conformaran su "vividura", como diría Américo Castro-, para captar en toda su dimensión su real talante. Vivió más de 15 años en la Orden Franciscana, en ella estudió, enseñó y asumió importantes responsabilidades. ¿Acaso es disparatado creer que por lo menos ella pudo influir en algo en su modo de pensar? Fue su decisión de acompañar a Artigas tan brusca y desgajada de este contexto en que vivió tanto tiempo, que el mismo no dejó huellas en él? Seguramente que las relaciones de parentesco entre Monterroso, Artigas y otros patriotas facilitarían su resolución. Pero ¿eran sus hermanos franciscanos ajenos a las inquietudes que emergían, y fue Monterroso la "oveja negra" que escapó del redil?; y los centros docentes cordobeses, por ejemplo, extraños a su discurrir? Cuál era el perfil de la Orden franciscana, qué enseñaba en las aulas por ella regenteadas? No son estas preguntas, nos parece, desatinadas. No obstante, cuando se estudia o alude a Monterroso nunca se plantean ni intentan responderse. Creemos que se impone esta tarea y humildemente queremos asumirla. El fraile es para la historiografía convencional una especie de extraño aerolito que en forma casual pasó a integrarse a la órbita del movimiento artiguista, no pudiendo a ciencia cierta determinarse como llegaron hasta él las luces estelares que se le atribuyen y que habrían influido en su pensamiento.


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CAPÍTULO II: EL ENTORNO FRANCISCANO Francisco y el perfil de su movimiento Si Monterroso fue franciscano y vivió más de 15 años en un convento de la Orden, no podemos al referirnos a su entorno, dejar de aludir, aún cuando de modo harto somero al movimiento franciscano, máxime si además se tiene presente el numeroso y calificado grupo de franciscanos patriotas e incluso el fuerte vínculo existente entre los Artigas y esta Orden. Como surge de la documentación existente en los archivos del Museo San Bernardino, tanto los abuelos paternos como maternos, sus padres, y otros familiares cercanos al Prócer, pertenecían a la Orden Tercera Franciscana. Su padre desempeñó importantes cargos dentro de la misma. A su vez, el domicilio de su familia se encontraba ubicado frente al costado del Convento, y como lo atestiguara oportunamente su padre, José Artigas concurrió a la escuela de primeras letras dirigidas por los franciscanos. Por lo demás, llama la atención que tanto se especule sobre la presunta incidencia de los pensadores e ideas de la Ilustración, las Revoluciones Norteamericana y Francesa y hasta de los jacobinos en el pensamiento de Monterroso y se desatienda en absoluto esta otra vertiente en la que por muchos años se nutrió de modo indiscutible el fraile. Pero si coherentemente con lo expuesto precedentemente se quiere, por lo menos indagar sumariamente sobre la naturaleza del ya aludido movimiento, es menester hacer referencia a su fundador. Francisco de Asís, dará comienzo en la edad media a un movimiento, inicialmente laical, que luego se transformará en orden religiosa, pero que desde sus inicios se configurará como una clara alternativa al modo de vivir el Evangelio durante el medioevo. Es de notar que aún cuando el estilo "profético" del "Poverello" no sea confrontativo sino testimonial, ello no dejará de ameritar la admiración de conocidas figuras no religiosas, entre ellas, Lenin. Del movimiento franciscano, dirá el conocido historiador inglés Toynbee, que


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después del cristianismo debe ser considerado una de las revoluciones pacíficas más grandes de la historia. Imposible en pocas líneas describir lo que teológicamente se denomina "carisma franciscano". Sobre ello se han escrito numerosos libros, permitiéndonos recomendar para el lector interesado el escrito por el filósofo Antonio Merino, con el título de "Humanismo Franciscano"20. Por otras parte, en "Artigas y su derrota, ¿Frustración o Desafío?, se dedican las páginas 645 – 650 del capítulo X y las páginas 719 – 720 de su apéndice a reseñar este carisma. Francisco, como se sabe, no fue un teólogo profesional, pero sus profundas vivencias religiosas, suscitaron un vigoroso movimiento intelectual y generaron una teología y una filosofía que acorde a dichas vivencias desarrollaron posteriormente sus discípulos y que prontamente se constituyó en una auténtica cosmovisión y una específica antropología, que no obstante su amplio desenvolvimiento, no se constituyó en un sistema cerrado, predominando además, en esta filosofía y teología, el denominado "saber experiencial". Eximios representantes de esta corriente son entre otros: San Buenaventura de Bagnoregio, Juan Duns Scoto, Ramón Llull, Rogelio Bacon, Guillermo de Occam21, pensadores poco conocidos en el Uruguay, pero que se reconocen como grandes intelectualidades en cualquier buena historia de la filosofía. De los polifacéticos y riquísimos elementos doctrinales de esta "cosmovisión" franciscana, resulta importante, dejando de lado por razones metodológicas importantes otros aspectos de su espiritualidad, subrayar la dimensión social que la vivencia de este "carisma" conlleva. Así, por ejemplo, la vida fraterna de la comunidad, suponía la absoluta igualdad de quienes la integraban, debiéndose abolir los títulos y las jerarquías, considerándose iguales, el plebeyo y el noble, que tenían idénticos derechos. Asímismo, originariamente, no ya en la Orden sino también en cada casa franciscana, la máxima autoridad, no era el superior, sino el "capítulo", reunión en asamblea, de todos los hermanos que integraban la comunidad, desde el más modesto al más encumbrado letrado, los cuales a su vez debían alternarse en las labores manuales más humildes. La conformación de estas fraternidades donde quedaba abolido el orden estamentario medieval, como la tradicional concepción de la autoridad, vista en cambio, siempre como servicio, y ante la cual los frailes tenían el derecho a desobedecer si el


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mandato contrariaba su conciencia, llevará al racionalista Renán a la afirmación de que bien puede reconocerse a Francisco de Asís, como el precursor de la auténtica democracia moderna. Particular interés para nuestro abordaje, lo constituye la actitud de los franciscanos ante la propiedad. Para Francisco la perfección está en la desapropiación. Esta actitud lo llevará a renunciar a toda propiedad. Es interesante que uno de los grandes filósofos franciscanos, Guillermo de Occam, enseñara desde sus escritos que antes del pecado original, no existía la propiedad privada y que ella surgió por la imperfección de los hombres. Quienes aspiran a la perfección evangélica y volver a la pureza original deben renunciar a ser propietarios y vivir comunitariamente22. A su vez, el radicalismo de Francisco, lo impulsará a querer que los frailes ni siquiera en común sean propietarios. Cuando la orden se institucionalice, y surjan las grandes y apasionadas discusiones sobre la propiedad, -la llamada "querella de los espirituales", frailes partidarios de observar la "Regla" sin atenuaciones-, al triunfar los "moderados", se llegará a la solución de que sea la Santa Sede la propietaria de los bienes, quedando reservado únicamente su uso a los frailes. Mucho se ha hablado de la pobreza de Francisco, interpretándose habitualmente que ésta era para ser libres y poder ser más fieles seguidores de Jesús, él y sus discípulos. Ello es cierto, pero parcialmente. Uno de los requisitos ineludibles para ingresar a la Orden era para aquellos que tenían bienes, que renunciasen a ellos, pero siempre para destinárselos a los pobres. Su pobreza tenía invariablemente una dimensión social. No sólo se "liberaban" de sus bienes sino que se los entregaban a los pobres. Los bienes a los que renunciaban no tenían cualquier posterior destino, lo que hace patente que no era sólo para ser más "espirituales". Los franciscanos no destruyen sus bienes, como ciertos monjes hindúes, ni se los entregan a sus familiares. Tampoco a la comunidad religiosa a la que ingresan como era y es común en determinadas órdenes y congregaciones. La pobreza de Francisco se origina en una renuncia. Los franciscanos deben renunciar al derecho de propiedad, al derecho de poseer para sí, porque no quieren apoderarse de lo que otros pueden necesitar. La necesidad y no el "derecho" ha de regular la vida económica de los hombres. De ahí que, narra la vieja crónica franciscana que la tradición llama de los "Tres compañeros", cuando Francisco se encuentra con un pobre y su


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compañero se resiste a que él le dé su manto, aquel responde tajantemente: "Yo no quiero ser ladrón; y hurto se nos imputaría si no se lo diéramos al pobre". La actitud de los franciscanos ante la propiedad es entonces, de gran libertad y a través de ella se hace patente su, diríamos: "opción preferencial por los pobres". En Francisco y sus primeros compañeros la atención al pobre resulta prioritaria y ello resulta atestiguado por numerosísimos documentos y crónicas de la época. Ante la necesidad del indigente, su actitud no es asistencialista sino de desprendimiento, de vecindad. Es cierto que falta la movilización social en pos de los derechos de los desposeídos. Pero no le pidamos "peras al olmo". Recuérdese que para que el adulto hable, primero y necesario es el balbuceo del niño… Hay sin duda, a través del testimonio personal y comunitario, una denuncia profética crítica sobre una situación que por muchos se creía justa y no es poco para el tiempo en que se vivia, una movilización solidaria a favor de los "infelices" de la época. En la sociedad medieval de la Umbria y la Toscana, la sociedad se dividía en "mayores" y "menores". Es significativo que Francisco haya querido que sus seguidores se llamaran "hermanos menores", optando claramente por los no poderosos. También la cercanía y servicio a los leprosos, que en la edad media carecían de todo derecho y eran la expresión de la máxima marginación. Otro elemento importante a considerar, es como en la Orden se concebía al poder. Recuérdese que en los "capítulos franciscano hasta el fraile de origen más pobre e iletrado, tenía derecho a participar y votar. En este sentido debe tenerse presente que el teólogo Duns Scoto (1266 – 1308), en pleno medioevo no esperó a Rousseau, para afirmar en sus libros que la autoridad residía en el pueblo que la transfería al príncipe. El filósofo escocés, particularmente valorado por Karl Marx, que incluso creía ver en él, equivocadamente, por la profundidad y originalidad de sus dichos, "la primera expresión del materialismo en Inglaterra"23 sostendrá que únicamente la autoridad paterna es de derecho natural, mientras que la autoridad civil y política tiene su origen en el consentimiento y en la elección libre de los ciudadanos, quienes confieren autoridad a una o más personas, según las diversas circunstancias históricas y culturales. El docto franciscano defiende que el hombre es natural y radicalmente libre y no


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debiera de dominar a sus semejantes. La obediencia de unos hombres a otros no debe hacerse ni tiránicamente por parte del que manda, ni irracionalmente por parte del súbdito, pues es necesario que se desarrolle a partir de un consentimiento mutuo y con miras a una pacífica convivencia. La autoridad civil y política no tiene su fundamento en la ley natural sino en el consenso común de los componentes de la sociedad24, tesis ésta que hace pensar en el contrato social de Rousseau, aún cuando en otros aspectos difiera claramente del pensador ginebrino. Con razón el agnóstico filósofo Ferrater Mora, exiliado republicano en Argentina, en su acreditado y voluminoso Diccionario de Filosofía, afirma refiriéndose a Scoto: "Tanto los temas tratados por el filósofo como las soluciones ofrecidas y el método adoptado han tocado puntos muy vitales en el desarrollo del pensamiento filosófico moderno, de modo que no es extraño que puedan descubrirse en la trama de éste, a veces bajo expresiones distintas, numerosos "hilos escotistas"."25 La influencia de Duns Scoto en la Universidad de Córdoba a la que se encontraba tan fuertemente ligado Monterroso, -y de ahí la importancia de detenernos a considerar este filósofo-, se advertirá en las lecciones de los catedráticos y apuntes de clase de los alumnos que a dicha Universidad concurrían y que hoy todavía se conservan. Abundante material ha recopilado y publicado en su libro el historiador jesuíta Guillermo Furlong sobre el particular26. También el autor del presente trabajo, en su compulsa de la antigua Biblioteca que fuera de la Universidad Franciscana, ha encontrado por doquier las obras de Duns Scoto. Causa perplejidad que a tan importante autor el Dr. Arturo Ardao en su libro "Filosofía Preuniversitaria en el Uruguay", escrito en 194527 le dedique apenas una mención fugaz y condescendiente. Para quien quiera interiorizarse con mayor hondura en el pensamiento del filósofo al que se le ha llamado el "doctor sutil" por su fineza intelectual, recomiéndase otra de las obras ya mencionadas de Merino, "Historia de la Filosofía Franciscana". Otro filósofo franciscano, ya citado, y que desarrollara tesis similares a las de Duns Scoto, será Guillermo de Occam (1280 – 1349). De él dirá, el también acreditado experto en historia de la filosofía Nicola Abbagnano, ilustre catedrático de la Universidad de Turín, -que en lo personal propiciaba una "existencialismo positivo"-, "que Occam es la última gran figura de la escolástica y al mismo tiempo la primera figura de la modernidad"28.


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Precindiéndose por la índole del presente trabajo de sus amplias y polémicas elaboraciones teológicas y filosóficas, -basta pensar en los escritos de Occam sobre el tema de los "universales"-, y ateniéndonos exclusivamente a su concepción del poder, el principio filosófico y jurídico en el que el filósofo se apoyaba con referencia al tema del poder, es que todos los hombres nacen libres y tienen el derecho natural de elegir los propios gobernantes. En cuanto al modo de elegir al gobernante y de transmitir la autoridad depende de la convención humana, -otra vez reaparece aquí, la idea de contrato-; la libertad fundamental de elegir y de nombrar la autoridad temporal competente es un derecho natural que nadie puede quitar legítimamente al hombre libre. El modo y la forma de gobierno son dictaminados por la misma comunidad social.29 En relación a lo expuesto y con referencia a la filosofía de los pensadores franciscanos, debe de tenerse muy presente, que en la época en que Monterroso pertenecía a la Orden Franciscana, las distintas órdenes religiosas otorgaban mucha importancia a los pensadores de su propia Orden, formándose las célebres "escuelas" que con sus matices seguían los integrantes de cada una de estas órdenes. No obstante, con referencia a todo lo expresado precedentemente, debe de recordarse que, dentro de una unidad substancial siempre observada, una de las características de la Orden ha sido la pluriformidad. En ese sentido, cabe consignar que en su historia, sobre todo a partir de su institucionalización y predominio de los clérigos, -recuérdese que inicialmente era un movimiento laical-, dentro de la Orden se mitigaron los aspectos, podría llamarse más radicales. Sin perjuicio de ello, permanentemente se dieron importantes movimientos de reforma deseosos de retornar a los orígenes. De entre éstos, destáquese el de los denominados "descalzos", a los que habremos de referirnos a continuación.

La descalcez franciscana Los “descalzos” surgirán en la España de fines del siglo XV, período sumamente fermental y anticipo del renacimiento español signado por los humanistas erasmistas; esta reforma tendrá la particularidad de que sus frailes arriben a América durante la Conquista y con su labor forjen una alternativa a la codicia y atropellos de los conquistadores y encomenderos,


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buscando en cambio construir lo que los frailes llamarán la “Iglesia Indiana”, la cual adoptará como referente, no la cristiandad europea de la época, sino la Iglesia Primitiva, inspirándose en como vivían los primeros cristianos en la comunidad de Jerusalém, estilo de vida que la Biblia en los “Hechos de los Apóstoles”, describirá en su capítulo IV, del siguiente modo: “La multitud de los fieles tenían un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba como suyo lo que poseía, sino que todo lo tenían en común. Dios confirmaba con su poder el testimonio de los apóstoles respecto a la resurrección del Seños Jesús, y todos ellos vivían algo muy maravilloso. No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que tenían campos o casas los vendían y ponían el dinero a los pies de los apóstoles, quienes repartían a cada uno según sus necesidades”.30 La comunidad de bienes, la vida fraterna, el desapego a los bienes materiales, -la no “codicia”-, y la preocupación por los “infelices” y la defensa de los indios avasallados, serán características propias de los “descalzos”. Uno de los superiores de esta reforma franciscana, el provincial Fray Luis de Fuensalida, en carta al Presidente de la Real Audiencia de México, resumiendo su defensa de los expoliados indios, tomando como referencia la cruel costumbre de marcar con fuego a los indígenas- exclamará cuando se le acuse de tomar partido a favor de ellos: “si estos indios han de ser señalados, yo también quiero ser de su bando, y sino bastara poner la señal en el hábito sea en la frente y con fuego, que de verdad ni al fuego ni a la muerte temo por su amor”. Serán estas enérgicas y valientes palabras las que servirán de título para uno de los libros que el autor del presente trabajo, escribiera sobre los “descalzos” y su obra 31, quehacer éste al que muy pocos historiadores han prestado la debida atención. Los enemigos contemporáneos de Monterroso le atribuyen, con razón, las expresiones y medidas “radicales” tomadas durante el gobierno artiguista de Purificación, y los escasos historiadores modernos que intentan reivindicar al fraile, tratan de explicar su actitud, sosteniendo que sus ideas tienen su origen en el jacobinismo, no titubeando en calificar al propio franciscano de “jacobino”. La “radicalidad” en el “profetismo franciscano” descalzo es una tradición, y para constatarlo, basta examinar someramente su historia.


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Con referencia a la “radicalidad” de los descalzos, junto a la postura de Fray Luis Fuensalida, queremos recordar a otra insigne figura “profética”, -aclarando que existen docenas y docenas-, y que es Fray Alonso Maldonado de Buendía. Ante el despojo y maltrato que sufrían los indios, Alonso Maldonado, escribirá al Consejo de Indias e incluso a su Presidente, seis memoriales en los que denunciará y describirá con total crudeza la atroz situación de los indios. De sus largos y enérgicos memoriales, sólo presentaremos al lector, para que pueda aquilatar el perfil de las denuncias, algunas de las muy duras afirmaciones del fraile, luego de narrar la penosa situación en que los indios se encontraban. Escribe Alonso Maldonado: “La sangre de los inocentes y el trabajo de los pobres pide a Dios venganza”32. “El haberse hecho esclavos a los indios es grandísima blasfemia”33. “Las guerras de Conquista son contrarias a toda ley natural y divina”34. “El agravio a los pobres Dios lo recibe en su persona”35. “Que a los indios se les restituyan todas las tierras y pastos que se le han quitado violentamente contra su voluntad”36. “Vuestra alteza ni ningún ministro suyo se puede salvar sino pone remedio a tantos males”37. A su vez, considerando el franciscano que no era suficiente con los Memoriales cursados al Consejo de Indias, le dirigirá un petitorio al Papa Pio V, al cual después de resumirle lo expuesto en sus memoriales, le escribirá haciendo referencia a aquellos que se irritan por sus denuncias y tratan de negarlas, advirtiéndole: “…porque son muchos los lisonjeros que como perros rabiosos ladran contra la verdad”.38 Cuando se conocen estos ejemplos de denuncia profética, no pueden sorprender las actitudes de Monterroso, ni se siente la necesidad de explicar a través de influencias exógenas, ajenas a su formación, el rigor del fraile cuando de atender y defender a los infelices se trata. Compárese los textos precedentemente transcriptos con aquellos oficios de Artigas, -léase Monterroso-, en lo que se hace referencia a los indios y a los pobres y se comprobará el parecido estilo y espíritu. En definitiva, y como ya se ha afirmado precedentemente, más allá de las limitaciones y falencias que su cultura les imponga, los descalzos serán conocidos en su época, por su vida pobre y austera, la defensa de los explotados indios, la tutela de los indigentes, su preocupación por conservar la cultura de los pueblos indígenas a través de la evangelización a ella


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incorporada, y como se ha dicho, por las formas de organización comunitaria que promoverán en los pueblos que funden.

La propiedad y un franciscano descalzo Resulta sumamente ilustrativo en relación a uno de los aspectos mencionados precedentemente, la actitud que ante la propiedad, asuma una prominente personalidad de la primera evangelización en México, -hoy absolutamente olvidada-, Fray Jerónimo de Mendieta. El franciscano, al establecer el Reglamento para la Tierra a adjudicarse en los pueblos misioneros a fundarse, determinará en el séptimo presupuesto, lo siguiente: “(…) que las tierras cuyos poseedores no las hubiesen trabajado y cultivado en los últimos diez años, deben ser consideradas tierras comunes. Esta consideración debe ser tenida en cuenta para que los que en ellas recibieren solar no tengan que pagar ni satisfacer a los que decían ser dueños de ella”, agregando, y con ellos reafirmando el concepto predominantemente social en relación a la propiedad que tenían estos franciscanos: “no pasarán a comunes las tierras de los menores de edad ni de las viudas pobres”. 39 Llama la atención en el Reglamento de Tierras de Mendieta no sólo su fuerte espíritu comunitario, -las tierras comunes-, y su atención por los pobres indios, -los infelices-, sino su actitud ante el derecho de propiedad que no desconoce pero relativiza, subordinándolo claramente al bien común, para lo cual si fuera necesario sin vacilación alguna, determina la expropiación sin indemnización! Y esto más de dos siglos antes que los jacobinos… Los textos que evidencian la actitud de los frailes a la que se alude son numerosísimos y como el lector comprenderá, imposibles de transcribir aquí. Para ello se remite a las obras del autor que ya se han mencionado: “Siembre entre Brumas” y “Optar por los pobres aunque nos marquen con el hierro”, como asimismo a la Colección de Cuadernos Franciscanos del Sur; obras éstas que no se encuentran en librerías pero sí en el CE.FRA.DO.HIS., ubicado en Canelones 1164, Montevideo, las cuales se ofrecen gratuitamente. También cabe recordar para tener una más cabal comprensión en cuanto a las distintas corrientes existentes ante el derecho de propiedad, la


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riqueza y los pobres, la posición que frente a estos temas tuvieron los llamados “Santos Padres”, los eminentes y respetados teólogos de la primera época de la Iglesia, -siglos I al VIII-, los cuales sin negar en forma absoluta, por ejemplo, el derecho de propiedad, lo relativizan de modo acentuado, en especial cuando se trata del bien común y las necesidades del indigente. Sobre su doctrina a este respecto, en el Apéndice de “Artigas y su derrota. ¿Frustración o Desafío?” se insertan una serie de largas y elocuentes citas de los mencionados “Santos Padres”. Debe tenerse presente que en las bibliotecas franciscanas, como está probado, existían numerosas obras de estos “Santos Padres”, y ello no sólo en Córdoba, sino en la mismísima biblioteca del Convento franciscano de Montevideo, según inventario que de sus libros se efectuara.40 Por otra parte, en la historia del franciscanismo se encuentra una rica historia en relación a la defensa del pobre y la enérgica denuncia y severa crítica de la injusticia, como así al comportamiento egoísta de los ricos. Seguramente que quienes invocan al popular San Antonio de Padua para que los ayude a encontrar los objetos perdidos e incluso un deseado novio, ignoran las durísimas reconvenciones y condenas que este al parecer “melifluo” santo, vertiera en sus sermones con referencia a los usureros y a los ricos, anatemas estos que de conocerse hoy podrían escandalizar a las “almas pusilánimes”. Seguramente que si no estuviesen claramente documentadas en sus sermones no pocos dudarían de la autenticidad de frases como éstas: “Las manos del explotador chorrean sangre: la sangre de los pobres”; “Ay de aquellos que tienen las bodegas llenas, mientras los pobres de Cristo están con las tripas vacías”; “La casta maldita de los usureros está extendida por toda la tierra”; “Habrá escalofrío para los que saquean los bienes de los pobres”. En realidad, debemos confesar que nos parece que no son sólo muchos de los “devotos” del santo quienes ignoran su doctrina… No es necesario, entonces, recurrir a los jacobinos o a la Revolución Francesa, y mucho menos al cínico Voltaire para explicar las actitudes de Monterroso. Al constatar todos estos hechos, causa sorpresa que los mismos sean tan poco conocidos. En el Uruguay ello puede explicarse porque la cultura laicista predominante en el País, se ubica en “galaxias” que difícilmente pueden encontrarse en sus “órbitas” con estas “estrellas”. Pero también, debe de confesarse, en honor a la verdad, que ello asimismo ocurre con no


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pocos historiadores de matriz católica, a los que parece que este tipo de “hallazgos” inquieta e incluso en algunos casos hasta irrita. No es necesario ser particularmente perspicaz para descubrir la razón de ello. En relación a la temática de este trabajo, y retomando a los “descalzos”, debe precisarse que la provincia franciscana a la que perteneciera Fray José Benito Silverio Monterroso, era en su origen una provincia descalza. En este caso bien puede recordarse el viejo y popular refrán que afirma “donde hubo fuego cenizas quedan…”, dado que muchos franciscanos durante la Colonia continuaran defendiendo a los indios.


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CAPÍTULO III: UN REFERENTE INSOSLAYABLE La Universidad de Córdoba Teniéndose presente que el franciscano Monterroso tuvo a su cargo varias e importantes cátedras en Córdoba con destacado desempeño, es ineludible estudiar el perfil de dicha universidad. En nuestro libro “Artigas y su derrota. ¿Frustración o Desafìo?” hemos dedicado en el ya citado capítulo X, varias páginas a la Universidad de Córdoba. Sólo, entonces, se hará una breve referencia a la misma. Fundada por el obispo franciscano Trejo y Sanabria en 1622, medio hermano del gobernador Hernandarias, éste obispo no sólo se caracterizó por sus inquietudes intelectuales, sino también por la constante y vigorosa defensa de los indios, denunciando los atropellos que contra ellos cometían los encomenderos, a los que, entre otras cosas, no dudará en llamar por su Trejo y Sanabria entregará la maldad “demonios encarnados” 41. Universidad de Córdoba, una vez fundada, a los jesuítas que la regentearon por largo tiempo. Contrariamente a lo que puede pensarse, esta universidad se destacó por su alto nivel académico, llegando a enseñar un jesuita inglés, discípulo preferido de Newton, el cirujano y sacerdote Tomás Falkner. Imposible en este trabajo mencionar siquiera a los vigorosos intelectuales que en ella se desempeñaron, como asimismo referirse de modo detallado a la apertura intelectual que caracterizaba su enseñanza y el interés científico que en ella se evidencia al estudiar los documentos que en relación a su docencia y también biblioteca, han quedado y de lo que se da cuenta en “Artigas y su derrota”. Asimismo, para el lector interesado, para un más profundo conocimiento de lo que en dicha universidad se enseñaba y estudiaba, remitimos al ya mencionado y voluminoso libros del historiador Guillermo Furlong: “Nacimiento de la Filosofía en el Río de la Plata. 1536 – 1810” 42, a través del cual, con la transcripción de numerosísimos documentos hace


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trizas las frívolas afirmaciones vertidas al referirse a la universidad, entre otros, por Vicente Fidel López, Alejandro Korn, Raul Orgaz y José Ingenieros; generación de iracundos, que se repiten unos a otros para denigrar y menospreciar indiscriminadamente a todo aquello que “huele” a clerical, y que con respecto a la Universidad de Córdoba, ni siquiera se tomaron el trabajo de investigar en los archivos vinculados a la misma; salvo el Dr. Orgaz el cual pretendió comentar una de las tesis sustentadas en dicho centro universitario, pero que mejor no lo hubiera hecho, ya que cometió en su intento mil errores al leer y querer traducir del latín la tesis que pretendió analizar, al punto que por momentos ésta se vuelve un galimatías indescifrable, al extremo que obliga a pensar que el Dr. Orgaz no sólo no sabía latín sino tampoco filosofía.43 Es de recalcar, por ser un hecho poco divulgado, que en su enseñanza teológica y filosófica, los padres de la Compañía de Jesús optaron en general por las tesis del también jesuita Francisco Suárez, llamado por su amplia ilustración el doctor eximio. Según el reconocido erudito alemán, Martín Grabmann, autoridad indiscutible en materia concerniente a la historia de la filosofía, las “Disputaciones metafísicas” de Suárez, constituyen la exposición sistemática más exhaustiva que se conoce de la metafísica, dado su visión universal, análisis minucioso y objetivo de los autores y profundo estudio de los temas44. Aún cuando, tributario de la filosofía escolástica, agrega Ferrater Mora, se independiza en muchos temas de Tomás de Aquino, resultando un pensador de gran originalidad, no obstante sus puntos de contacto con el filósofo franciscano Duns Scoto. Según numerosos estudiosos agnósticos, las obras del “doctor eximio” lo colocan en un punto privilegiado en la historia de la filosofía, siendo su influencia indiscutible en Hugo Grocio, como se sabe teórico que se destaca por sus elaboraciones y aportes con referencia al Derecho constitucional y al Derecho internacional, y Gottfried Leibniz, a quien además de renombrado filósofo, se debe el descubrimiento del cálculo infinitesimal, contemporáneamente a Newton, aún cuando de modo independiente a él. La opinión elogiosa sobre Suárez, contrasta con la expresada por el entonces joven estudioso Arturo Ardao, quien en su “Filosofía Pre- Universitaria en el Uruguay”, año 1945, apenas si tiene una mención, casi desdeñosa para Suárez45; de igual tenor, como ya se mencionara a la que manifestara oportunamente en relación a Duns Scoto.


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En lo que al presente trabajo corresponde, deben de enfatizarse las enseñanzas de Suárez, que los jesuitas hicieron suyas, en cuanto a la soberanía popular, enseñanza a través de la cual sostiene el “doctor eximio” que dicha soberanía radica en el pueblo y se transfiere al “príncipe” por delegación mediante el contrato, ya sea tácito o explícito que con él efectúe la comunidad, previéndose en determinados casos el retorno de esta soberanía al pueblo, todo ello enseñado mucho antes que Rousseau escribiera su ahora difundido “ Del Contrato Social”. Como en otros temas, puede consultarse “Artigas y su Derrota”, en donde se da amplia razón de las tesis “suaristas”, en su capítulo V; o incluso, los propios escritos de Suárez.46 Debe enfatizarse, como se ha puesto de manifiesto en nuestro libro precedentemente mencionado, que en los primeros años de los movimientos revolucionarios rioplatenses, la mayoría de sus protagonistas se apoyaron en las doctrinas “suaristas” y no en Rousseau, ya que eran poquísimos quienes lo conocían y que cuando por Moreno intentó divulgarse, fue rechazado47. En cambio, aún cuando esto contradiga la creencia generalizada, el fundamento dado por la mayoría, era la de la “retroversión” de la soberanía al pueblo, hecho inaceptable para la doctrina del filósofo ginebrino que sostenía que la soberanía jamás pasaba al gobernante y por lo tanto no podía volver al pueblo. Por lo demás, el autor del “Contrato Social” era un acérrimo “centralista”, como surge de sus escritos en donde se manifiesta siempre contrario a toda idea federal.48 Posteriormente a la expulsión de los jesuitas en el año 1767, resolución que entre otras razones se debió a sus enseñanzas suarecianas sobre la soberanía popular, se entregará la Universidad de Córdoba a los franciscanos en la creencia de que éstos no continuarán enseñando las tesis del “doctor eximio”; tesis que el gobierno “progresista” y “liberal” del Rey Carlos III había prohibido en ocasión de la conocida expulsión. No obstante la esperanza del Rey y sus consejeros, ésta se vio frustrada, dando testimonio los documentos de la época que los frailes continuarán enseñándolas; -el Conde de Aranda, el 1º de marzo de 1767, había dado instrucciones precisas, prescribiendo que en los centros de enseñanza no debía de enseñarse “la doctrina jesuítica”. Quizás la “desobediencia” de los franciscanos pueda explicarse porque entre otros motivos, Suárez tiene en muchos temas de su filosofía


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grandes puntos de contacto con el ya mencionado teólogo y filósofo franciscano Duns Scoto.

Córdoba en el período franciscano Los franciscanos proseguirán con el perfil académico que caracterizara a la Universidad en el período jesuítico, demostrando gran amplitud y un grado de erudición no común para la época. Sin romper con las doctrinas escolásticas clásicas, demostrarán gran independencia de criterio ante las mismas, apartándose muchas veces de sus tesis, e incluso como el caso del franciscano Fernando Braco, mostrándose claramente contrario a Santo Tomás de Aquino. Asímismo en no pocas ocasiones los frailes se distanciarán en algún punto de su principal referente Duns Scoto, para seguir el rumbo de los autores a ellos contemporáneos, tal el caso de Fray Elías del Carmen Pereira con Descartes. En las cátedras cordobesas se enseñaba a Descartes que si bien se corregía, también valoraba, destacándose en esta labor como ya se ha dicho Fray Elías del Carmen, a quien, anciano, se le verá participar en los cabildos abiertos cordobeses, apoyando junto con otros franciscanos al Gobernador partidario de Artigas, como consta en las actas de la referida corporación y puede leerse en el Archivo Artigas, Tomo XX, páginas 264 a 269. En el plano filosófico se advierte en Fray Elías una gran influencia del autor del “Discurso del Método y Meditaciones Filosóficas” pensador al que conocía cabalmente a través de sus obras; evidenciándose asimismo una sensible apertura a otros intelectuales de su tiempo, destacándose entre ellos, Malabranche y Leibnitz. No obstante la apertura señalada, el franciscano se mostrará francamente contrario a los llamados por entonces “libertinos”, caso de Voltaire y los enciclopedistas, como asimismo de Rousseau, ya que las ideas democráticas de Elías del Carmen tendrán como origen las tesis de Suárez y no las del ginebrino. Cabe aclarar en este sentido que los conceptos desarrollados en el “Contrato Social” se sustentarán en una filosofía individualista, mientras que las tesis de Suárez responderán a una concepción afín a las denominadas “corrientes comunitarias”. La oposición de Fray Elías a los “libertinos” responderá a sus convicciones filosóficas y no a ser un “oscurantista” fraile, ya que a través de su enseñanza se evidencia sus inquietudes intelectuales y sus sólidos


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conocimientos. Así, por ejemplo, ya en la Córdoba de 1786, el franciscano negaba la por entonces generalmente admitida generación espontánea “ex putri”, apoyándose el catedrático de Córdoba para ello, en la teoría que conocía del Padre Lázaro Spellanzani, quien publicara su “Opuscoli di fisica animale y vegetabile” en Módena en el año 1780!, siendo considerado el precursor de Pasteur49. Fray Elías, además de catedrático de sobresaliente perfil y fervoroso artiguista, fue superior en algún momento del Convento cordobés en el que contemporáneamente morara Monterroso. Los hechos mencionados y otros muchos, muestran claramente el perfil de la enseñanza impartida en la universidad cordobesa y el espíritu que animaba a los frailes. Debe pensarse que Fray Elías del Carmen fue maestro de numerosos franciscanos, entre ellos, de Monterroso. No resultará Elías del Carmen Pereira un caso aislado. A él puede agregarse, sólo a vía de ejemplo, porque estos son numerosos, a Fray Manuel Suárez Ledesma, el cual en sus clases, de las que se conservan también los apuntes de sus alumnos, coincidía al igual que Fray Elías con Descartes en muchos puntos, y en el año 1788, al examinar la doctrina de la evolución, la admitía como posible, cuando Darwin recién nacerá en 1809 y editará su conocido libro sobre el origen de las especies en el año 1859. A esto cabe agregar, -lo que evidencia su independencia de criterio, más allá de su acierto o error-, que en sus lecciones Fray Manuel negaba el hilemorfismo, -la doble composición de materia y forma-, principio este tan caro para la filosofía escolástica e incluso otras corrientes.50 La orientación general de la Universidad cordobesa, tan mal estudiada por los historiadores anticlericales, se encontrará en sintonía con las exhortaciones que dirigiera en 1786 a los colegios y universidades de la Orden Franciscana Fray Manuel María Truxillio51, que era comisario general de Indias, exhortación a través de la cual se encarecía el estudio crítico de los pensadores de su época, -contemporáneos a los frailesasumiendo todo lo que de nuevo en ellos podía encontrarse, no debiéndoselo impedir los viejos maestros de la escolástica a los que no correspondía aferrarse sin fundamento y debían ser examinados a la luz de los nuevos descubrimientos, incluso Aristóteles52. No obstante la apertura recomendada, Fray Manuel Truxillo, aconsejaba asimismo la conveniencia y necesidad de alcanzar sólidos conocimientos para refutar vigorosamente a Rousseau y los enciclopedistas.


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Llama particularmente la atención el interés demostrado por los franciscanos con referencia a las ciencias experimentales, -no en vano eran hermanos de Orden de Fray Roger Bacon-, lo cual no sólo se manifestará en sus enseñanzas, sino en el insistente propósito de obtener para la Universidad, ya en el año 1802, el primer gabinete de física y química que había llegado al sur de América53. Acorde a esta preocupación, uno de los libros de texto usados por los franciscanos, entre ellos por Elías del Carmen y Anastasio Suárez, será el “Naturalis Philosophia”, obra de Fray Fortunatus de Brixia, tratado éste que en su época se destacará por incorporar con amplitud las observaciones de Gassendi, Newton, Tosca, Duhamel y otros; insistiendo el autor que “deben estudiarse y examinarse todas las teorías, ya que en las sectas más plagadas de errores, siempre se encuentra una parcela de verdad”.54

La influencia del Padre Feijo Por supuesto que si a los libros de los franciscanos se hace referencia, no puede dejar de mencionarse que en la muy nutrida biblioteca del Convento de Córdoba, el autor de este trabajo encontró siete ediciones de las obras del Padre Feijó, todas con señales de haber sido leídas reiteradamente, lo que evidencia su influencia entre los frailes. El benemérito historiador Arturo Ardao, -en la segunda etapa de sus trabajos de investigación, período en el que es posible advertir una evolución en relación a sus primeras valoraciones, de desprecio a todo lo “clerical”-, refiriéndose al monje bendictino Benito Jerónimo Feijo, reconoce que con sus obras “Theatro Crítico” y “Cartas Eruditas”55 contribuyó grandemente a difundir la llamada “filosofía nueva” y ello invariablemente desde una sólida ortodoxia teológica. En el estudio que le dedica al monje benedictino, el Dr. Arturo Ardao al resaltar el abordaje que con solvencia y rigor el Padre Feijo llevó a cabo, con admiración expresará: “(…) sobre un vastísimo campo de la filosofía en todos sus dominios, las más diversas ramas de las ciencias matemáticas, naturales y humanas, la teología, la medicina, la historia, la política, el arte, la literatura (…) nada escapó a su asombrosa versación”56. Para después de esta elogiosa constatación agregar: “Desde México al Río de la Plata los historiadores de las ideas en América durante el período colonial, destacan la significación


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de Feijó en sus respectivos países (…) El tema americano aparece varias veces a lo largo de la obra de Feijó, en torno a tres grandes cuestiones: La Conquista, cuyas crueldades y excesos critica, en la línea del Padre Las Casas; el indio, cuya inteligencia defiende, y para explicar su origen propone la hipótesis del pasaje desde Asia por el norte; el americano descendiente del español, o “español americano” como él dice –y repetirá posteriormente también Pérez Castellanos-, cuyas condiciones intelectuales también defiende frente a la gratuita creencia que lo hacía naturalmente inferior al europeo”.57 El autor de “La filosofía polémica de Feijó”, hace suyas las palabras del conocido intelectual José Gaos, en cuanto a que Feijó fue el punto de partida de una línea que condujo a la América Española a su independencia. Importante resulta enfatizar que la apertura a la modernidad del polígrafo monje gallego, no lo acercó a los enciclopedistas ni a la Ilustración, y es más, asumirá una actitud crítica ante Rousseau y Voltaire, posición que el propio Ardao reconoce. Ante la notoria y gravitante presencia intelectual de figuras como Suárez, Feijó y otros, no se advierte en cambio, en la Universidad de Córdoba ni en los frailes, ninguna influencia de las figuras a las que se aludió en párrafos anteriores. De lo que si existe prueba, es de que, si bien se les conocía, los frailes no eran tributarios de su pensamiento. Y en esta atmósfera intelectual y espiritual, vivió, repetimos, años, el fraile Monterroso. En consecuencia, los elementos documentales existente imponen que se reconozca una vigorosa corriente de específico perfil democrático, renovadora y favorable a los movimientos independentistas, con una especial preocupación por el indio, pero diversa a la expresada por las doctrinas y autores mencionados con anterioridad. Corriente ésta, que hasta ahora historiografías de diverso signo ideológico se empeñan en no admitir. No obstante los hechos son porfiados… y se hacen presentes y evidentes.

Los franciscanos “subversivos” El Dr. Raúl Orgaz, en su momento obligado referente para los jóvenes e inquietos intelectuales que se interesaban en estudiar la historia de las ideas en el Río de la Plata, afirma en su obra “Cuestiones y notas de


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historia”58, “que la teología enseñada en Córdoba tenía siempre por fin probar y sostener la autoridad de la Iglesia y de los reyes de España”. Los documentos existentes contradicen de modo palmario la última de las afirmaciones precedentes, por lo menos en cuanto a la Universidad de Córdoba se refiere y basta para ellos transcribirlos: El primero de estos documentos, fechado en 1790, refiere a la respuesta que por oficio el Cabildo eclesiástico de Córdoba dio en ocasión de que el gobernador intendente de Córdoba le pasó una nota quejándose del cura de Guandacol, a la par que disponía que se lo corrigiera, dado que este en sus predicaciones había relativizado un tanto la soberanía del Rey. El Cabildo de Córdoba acató la orden, pero advirtió que: en la Universidad de Córdoba se han enseñado las mismas doctrinas y aún otras mucho más subversivas de la potestad de los reyes, como era que las leyes reciben su fuerza no de la autoridad de los reyes, sino de la aceptación de los pueblos.59 El segundo de los documentos, de 1799, tiene relación con la denuncia que el acomodaticio Deán Funes formuló – en su época anterior a convertirse al liberalismo y a la militancia antiartiguista- acusando, ante el Virrey, a los profesores de la Universidad de Córdoba porque: en la matrícula o código dictada en esta Universidad, y que remitimos a V.E., se enseña en la segunda conclusión, la opinión falsa, perturbadora de la paz pública y contraria a los verdaderos derechos de la legislación, de que la ley para que tenga su firmeza necesita la aceptación del pueblo. Este es un monstruo de los muchos que ha producido el espíritu de sedición. Contiene, como en germen los motivos de justificar una rebelión y de ampararse de los cetros como en premio de la heroicidad. V. E., mejor que ninguno advierte que esta es una doctrina perniciosa, y que alimentar con ella a la juventud es disponerla desde la cuna a esas conmociones violentas, que son la ruina del Estado.60 Evidentemente que las enseñanzas impartidas en las aulas cordobesas no respondían a una voluntad caprichosa, sino que eran consecuencia de la incidencia que en la formación de los franciscanos tenían los autores de su escuela, y asimismo y particularmente, las tesis aludidas reiteradamente en este trabajo del jesuita Francisco Suárez. En la biblioteca del Convento, así como el autor pudo comprobar personalmente la


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existencia de las obras del Padre Feijó, también constató las numerosísimas ediciones de las del “doctor eximius”. Asímismo, según informe producido en forma escrita por el bibliotecario de las bibliotecas franciscanas trasladadas a San Antonio de Padua, provincia de Buenos Aires -y que allí actualmente se encuentran-, Suárez es el autor con mayor cantidad de obras en el conjunto de estos repositorios, sobrepasando a Tomás de Aquino, a Buenaventura y a todos los demás autores antiguos. Incluso existe en esta biblioteca provincial el Tractatus de Legibus, que integra las obras completas de Suárez impresas en Lyon en 1628; los detalles de librería hacen suponer con fundamento que esta colección tuvo como primer poseedor, y desde muy antiguo, a la biblioteca del Convento de Córdoba. Lamentablemente por desconocimiento o prejuicio, no es común que esta información se maneje, ni siquiera por cultos historiadores. De este modo nos encontramos, por ejemplo, que el Dr. Arturo Ardao, indiscutible y meritorio pionero en la investigación de la historia de las ideas en el Uruguay, en su trabajo: “Filosofía Pre Universitaria en el Uruguay”, -es cierto que, como ya se ha recordado, en su juventud, año 1945-, señala, recogiendo la opinión del historiador argentino Juan María Gutiérrez en su libro “Origen y desarrollo de la Enseñanza Pública Superior en Buenos Aires”, que en el célebre Colegio de San Carlos de Buenos Aires, sus alumnos sostenían en sus tesis que entre todas las formas de gobierno la monarquía era de preferirse y que el principio de autoridad, proviniendo de Dios, no podía tener origen en el pueblo.61 Afirmación, con referencia a lo que se enseñaba en el San Carlos, absolutamente cierta, pero parcial. En este sentido, nos duele que el Dr. Arturo Ardao por quien sentimos un especial respeto y aprecio, no cite la posición radicalmente diversa de la Universidad de Córdoba y su enseñanza “escolástica”; para la cual, en el libro mencionado sólo tiene palabras de menosprecio, sin duda porque en su juventud fue influido por la “generación iracunda” a la que ya hemos hecho referencia, y le resultaba imposible discernir la diversidad existente entre las distintas corrientes teológicas. De todos modos el dato ofrecido aún cuando parcial, es interesante, ya que en el Real Colegio de San Carlos estudiaron la inmensa mayoría de los principales enemigos de Artigas, los cuales en su pasado tuvieron un especial afecto por el absolutismo monárquico, -más allá de su posterior


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conversión al liberalismo-, afecto del que quizás sea consecuencia su entusiasmo por introducir el régimen monárquico en el Plata y las cortesanas gestiones que estos antiguos exalumnos del San Carlos hicieron en los áulicos salones de los reyes europeos.

Córdoba: no sólo la docta Es conocido que a Córdoba se le solía llamar: “la docta” por su nivel cultural y especialmente por su Universidad. Sin desmedro de reconocerle este título, creemos que bien podría agregársele el de franciscana y artiguista. Los franciscanos tuvieron durante largas décadas una presencia gravitante en la provincia, lo cual de algún modo todavía es visible. En cuanto a su acendrado artiguismo son muchos y muy fuertes los hechos que así lo indican. Basta pensar para convencerse de ello que el conocido título de “Protector de los Pueblos Libres” le fue otorgado al Prócer en abril de 1815, junto con la espada que así lo acreditaba, por el Cabildo de la ciudad de Córdoba. En las luchas a favor del federalismo, por mucho tiempo Córdoba se alineó junto a Artigas. Son numerosos los testimonios que en ese sentido podrían ofrecerse. Cabe acotar en relación a la espada en la que se grabara el título que el Cabildo cordobés le otorgara a nuestro prócer, que el encargado de entregárselo fue el rector del Colegio de Monserrat, Dr. Bernardo Monteagudo62, conocido adherente a la causa artiguista según los propios oficios de sus enemigos dirigidos al gobierno porteño. El Colegio de Monserrat, fundado en 1716, era un convictorio, que funcionaba como un internado para muchos de los alumnos que concurrían a la Universidad y también en él se dictaban algunas materias, pero siempre en relación con el centro universitario cordobés y con estrechos vínculos con los franciscanos, que además lo regentearon directamente por bastante tiempo. Otro hecho significativo, elegido también entre muchos, es la posición del conocido patriota e intelectual Dr. Miguel Calixto del Corro. Este sacerdote, el cual asimismo integrara el gobierno cordobés, más allá de que no “cuajara” positivamente la mediación que en su momento llevara a cabo con el Prócer, será amigo de éste, quien sentirá por él particular aprecio y confianza. Sus posiciones a favor de la independencia,


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sustentadas en las teorías suarecianas, serán manifestadas tempranamente ya en 1808, en contraste con la conducta que otros mantendrán. Posteriormente la confirmará en su célebre Oración Patriótica, al celebrarse el primer aniversario del 25 de mayo en el año 1811. Expresará el Pbro. Del Corro entre otros conceptos: “Es ya un dogma político que la autoridad de los reyes emana originariamente de la voluntad de los pueblos, y cuando San Pablo dijo que toda autoridad viene de Dios, no quiso decir con esto que Dios era el que inmediatamente la confería. Tampoco habrá ninguno que se atreva a decir que las naciones hayan jamás convenido en que las repúblicas se gobiernen precisamente por reyes y monarcas, y menos el que por alguna ley divina, esté mandado que los pueblos cristianos elijan indispensablemente para su régimen, el sistema monárquico. Luego debemos confesar que la autoridad de los reyes dimana originariamente de la voluntad de los pueblos, y que el respeto, fidelidad y obediencia que éstos deben a los soberanos, está fundado en la obligación que ellos mismos se impusieron, y que la nación adoptó en sus leyes fundamentales.”63 Orador oficial en varias celebraciones patrias, del Corro en sus intervenciones, tal como se puede comprobar en dichos discursos, -que oportunamente se publicaran64-, fundamenta el derecho a la independencia, y “formar juntas” en la tesis de “retroversión” al pueblo de la autoridad que se confiriera al Rey, doctrina típicamente suareciana y no de Rousseau. La conducta e ideas de Miguel del Corro se suma a lo hasta aquí escrito sobre el perfil de la corriente doctrinaria existente en Córdoba, dado que este sacerdote enseñó en su Universidad y asimismo se encontraba estrechamente vinculado al Colegio de Monserrat. En relación a Córdoba, se ha hecho referencia al papel jugado por los franciscanos en el Cabildo abierto, en el que después de la renuncia del gobernador Ocampo, se eligiera a Javier Díaz, decidido partidario del artiguismo. Significativamente, junto con el Dr. Savid, será un franciscano, Fray José Calderón, quien se presente al Prócer, -que se encontraba por entonces en Paraná-, como diputado de Córdoba para adherir, con poderes otorgados por la ciudad, a la Liga Federal que Artigas propagaba.65 Los hechos enumerados reúnen demasiadas coincidencias para ser considerados casuales, y prescindir de ellos cuando de estudiar a José Benito Monterroso se trata.


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Escena de la expulsión de los frailes el 21 de mayo de 1811, con posterioridad a la batalla de Las Piedras. Los franciscanos, por su apoyo al Proyecto Artiguista, fueron expulsados por el Virrey Elío al grito de: “Váyanse con sus amigos los gauchos”. Cuadro del pintor Diógenes Hequet.

Los frailes expulsados de Montevideo La corriente doctrinaria e inquietudes a la que hasta aquí se ha hecho mención y que en parágrafos precedentes se aludiera como presente en Córdoba, no se circunscribirá a esta región, sino que será un fenómeno de mayor magnitud, del que habrán de ser protagonistas otros franciscanos y el cual cubrirá una amplia región del Cono Sur. En el sentido expresado precedentemente, debe de pensarse en los frailes del Convento de San Lorenzo, lugar cercano adonde el general San Martín libró la célebre batalla, o en el secretario y consejero del “Artigas guaraní”, el admirable y heroico Andresito Guacararí, el cual con el franciscano José Acevedo y los pueblos que lo siguieron, vivieron una de las más dramáticas epopeyas de la historia de Corrientes y las Misiones. A


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éstos podrían sumarse los ilustres frailes paraguayos, -en su momento estudiantes de la Universidad cordobesa, como asimismo los integrantes de la Junta del Paraguay, partidarios del federalismo y amigos de Artigas, alumnos también de dicha universidad-; o los eminentes franciscanos chilenos que tanto hicieron por la “Patria Vieja” de su país. De todos ellos hacemos mención pormenorizada en nuestro ya reiteradamente citado libro sobre Artigas66, sin olvidar a otros frailes que se encontraban en otras provincias argentinas. No es casual que el mayor respaldo al federalismo artiguista provenga de estas provincias, como así que sean los pueblos misioneros, -caso de Itatí y otros-, lo que apoyen fervorosamente al Prócer. Pero nuevamente el perfil del presente trabajo nos obliga a no adentrarnos en el mundo al que aludiéramos y centrarnos en cambio, en la colonial ciudad de Montevideo y en lo que en ella ocurriera al despuntar el movimiento revolucionario. Ya al comienzo de los primeros conatos patrióticos, nada menos que el octogenario guardián, -superior del Convento franciscano-, Fray Joaquín Pose, será encarcelado por las autoridades españolas, concurriendo en masa al fuerte la comunidad religiosa a reclamar por él, según narra el también sacerdote patriota Pbro. Bartolomé Muñoz en su Diario. Posteriormente, en la noche del 21 de mayo de 1811, a escasos días de ocurrida la batalla de Las Piedras, un grupo relevante de frailes será expulsado de la ciudad, al ser acusados de su connivencia con Artigas, al conocido grito de “Váyanse con sus amigos los gauchos”, proferido por el edecán del Virrey Elío, el capitán Pompillo, el cual los había acompañado hasta el portón de la ciudad, con su pistola amartillada… Esclarecedor resulta saber quienes eran estos frailes expulsos. A través de la indagatoria que hemos realizado, surge que de los nueve franciscanos expulsados, cinco tenían antecedentes que evidenciaban su formación intelectual. Estos religiosos habían estudiado en la Universidad de Córdoba e incluso varios enseñado en ella, como también en el San Bernardino, -el convento franciscano de Montevideo-, y otros importantes colegios de la Orden. También, ocupado cargos de gobierno dentro de la misma67. Eran sin duda sobresalientes personalidades, imbuidas de la filosofía que se enseñaba en Córdoba y del espíritu que en ella predominaba en las últimas décadas del siglo XVIII y principios del XIX. El San Bernardino era ya de por si un referente gravitante en la sociedad oriental.


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Si a ello se suma el perfil de estos religiosos patriotas, los mismos resultaban altamente peligrosos para el régimen imperante. De ahí que el Virrey Elío como respuesta a la derrota sufrida en Las Piedras resolviera expulsarlos sin contemplaciones. Teniendo en cuenta este contexto, la decisión de Monterroso de acompañar a Artigas no es una resolución montaraz, que lo desmarque de su comunidad; como tampoco su actuación posterior como secretario del Prócer, es ajena a esta atmósfera. Es cierto que había algunos pocos franciscanos reacios al artiguismo, pero como también se ha estudiado68, ellos, oh casualidad! eran extraños a la Universidad de Córdoba y la corriente que claramente se identificaba con las ideas en ella enseñadas. La mayoría de estos frailes eran españoles y habían llegado en 1810 al Río de la Plata. Una excepción será Fray Cayetano Rodríguez, que si bien respetuoso del Prócer oriental, será contrario al federalismo, probablemente por sus largas estadías en Buenos Aires y amistad con Mariano Moreno, acendrado partidario del centralismo. Podrían sumarse a este elenco los numerosos sacerdotes patriotas, incluso españoles, tanto del clero secular como regular, partidarios del movimiento y que son legión, pero que, al querer limitarse a lo franciscano, sólo mencionamos genéricamente. De todos modos, cabe hacer una distinción, y es que cuando se alude a ellos, excluimos a aquellos sacerdotes que no obstante ser contrarios al régimen español, no eran partidarios del artiguismo, la mayoría porteños e imbuidos de las ideas liberales, centralistas e incluso monárquicas, propias de determinados ámbitos de Buenos Aires. De todos modos el apoyo al movimiento revolucionario resultó ampliamente mayoritario, e incluso muchos de los sacerdotes afines a éste, tuvieron un rol protagónico, como lo evidencian los numerosísimos documentos que oportunamente manejáramos, válidos no sólo para la Banda Oriental sino para toda la región.69 Este hecho incontrovertible, torna muy sorprendente la afirmación de José Ingenieros, el cual en “Evolución de las ideas argentinas”, afirma con arrogancia y saña, después de referirse con desdén en relación al clero que, “sacerdotes verdaderamente revolucionarios –partidarios del cambio de régimen-, hubo muy pocos”70. Sentencia ésta, carente de pruebas documentales, y sólo explicable en un intelectual de la talla y méritos del, en


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su época, llamado “maestro de la juventud argentina y continental”, por su visceral aversión a todo lo eclesial, que lo incapacitaba para un acertado discernimiento de los hechos.


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CAPÍTULO IV EL IDEARIO ARTIGUISTA Un abreviado análisis Si se considera que Monterroso, fue principal consejero de Artigas durante los años de gobierno en Purificación, obviamente que debe de hacerse referencia a las más sobresalientes ideas que animaron a dicho gobierno. La naturaleza del presente trabajo obliga a hacer una muy apretada síntesis de las políticas y proyecto artiguista. Para ello, visualizamos a estos como asentados en una especie de gran trípode, que tendrán como gozne la participación de los pueblos que integren el mismo, esquema éste que obviamente por lo sumario, no atenderá a otros importantes elementos de la propuesta artiguista.

El federalismo El primer punto de apoyo que se visualiza y al que habrá de referirse es el federalismo. Muchos consideran como principal y original distintivo del proyecto las llamadas “Instrucciones del Año XIII”, por quizás la indudable influencia de las constituciones norteamericanas, con la consiguiente simpatía que ello suscita en las corrientes liberales. Es incuestionable la gravitación del pensamiento jurídico norteamericano en la organización política que las “Instrucciones” postulan para la gran república a configurarse en el Cono Sur. Y se subraya que es en relación a su estructura política, ya que en lo atinente a la organización de la sociedad a la que se aspira, el artiguismo se encuentra en temas como la integración social y racial en las antípodas de las corrientes norteamericanas, diferencia que es necesario enfatizar como creemos que hemos hecho y probado en “Artigas y su derrota. ¿Frustración o Desafío?”. Es ya conocido que seguramente para la redacción de las “Instrucciones”, se tuvo presente el libro de García de Sena en donde éste además de traducir parcialmente la obra de Thomas Paine “La Independencia de la Costa Firme”, agregó las constituciones de varios estados norteamericanos, como así otros escritos.


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En la época en que las célebres “Instrucciones” se redactaron, Monterroso se encontraba en Córdoba, y no hay el menor indicio que en su redacción influyera directamente. En cambio, no ha podido determinarse hasta hoy con seguridad quienes fueron los colaboradores del Prócer para su redacción. Sí, cabe hacer una precisión, con referencia al federalismo, y es que en la región el artiguismo no será el único que lo proponga y ni siquiera habrá de ser el primero. Ello no significa restar méritos a la propuesta artiguista, que los tuvo, sobre todo por la constancia y vigor con que dicho federalismo sostuvo e impulsó a través de la llamada “Liga Federal” que constituyó. Simplemente que esta idea debe ser colocada en su contexto y no aislarla. En cuanto a Monterroso, no es aventurado pensar que con anterioridad a su llegada a Purificación era también partidario del federalismo, dado su larga permanencia y desarrollo de su actividad en Córdoba, provincia en donde, al igual que en otras, existía ya un clima fermental que suscitaba numerosos partidarios de este sistema. Por otra parte, no debe olvidarse que el tan mencionado por los historiadores libro de Paine, traducido y ampliado por García de Sena, no sólo era conocido en la Banda Oriental… Analizando los documentos de la época71 puede constatarse que, como se dijo, en no pocas provincias existía predisposición al sistema federal ya con anterioridad a las “Instrucciones” que se redactaron en abril de 1813. Así, en diciembre de 1812, las Instrucciones impartidas por Tucumán a quienes los representarían en la Asamblea Constitucional del citado año 1813, ya recomiendan tener en cuenta las constituciones norteamericanas para adoptar un sistema federal. A su vez, en las instrucciones que elaborara Jujuy para sus representantes, el 23 de diciembre de 1812, éste también se pronuncia en sustancia por un sistema federal. Cabe consignar que, con anterioridad, el 19 de febrero de 1811, el Cabildo jujeño había solicitado a la Junta de Buenos Aires, “tener su constitución propia y que las intendencias fueran reemplazadas por una confederación donde cada ciudad jure amistad y mutua cooperación con las demás del reino”. Asimismo, sobre el punto que estamos analizando, el lejano Potosí, en las Instrucciones fechadas el 2 de diciembre de 1813, poco tiempo después de las artiguistas, se pronunciará en forma categórica por un sistema


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federal, no obstante encontrarse muy distante de lo que podrían considerarse los centros doctrinarios del federalismo. A estos documentos debe de sumarse la posición de Córdoba, la cual sin usar en forma expresa la palabra federalismo, lo asume claramente con las disposiciones que propone. A todos estos pronunciamientos federales, debe de agregarse por supuesto la posición del Paraguay, el cual desde el bando del 17 de mayo de 1811, proclamó que era su propósito la adopción de un sistema de confederación, posición ésta que mantendrá su Junta en sucesivos documentos. Estas posiciones favorables al federalismo, por no ser pocas y hallarse entre sí distantes, no pueden explicarse únicamente por los contactos del artiguista Felipe Cardozo, -que se dieron en Tucumán-, sino que evidencian una atmósfera propicia al sistema en variadas regiones del Cono Sur y que no se circunscriben a la Banda Oriental y su Caudillo. En cuanto a la matriz norteamericana y su influencia en las “Instrucciones”, del análisis de éstas se advierte que no son una mera copia textual, y que a las mismas se le incorporaron realidades y necesidades propias de la Banda Oriental y la región, como por ejemplo, entre otros, la reivindicación de los siete pueblos de las Misiones Orientales, y el reclamo de igualdad con los demás, de los puertos de Colonia y Maldonado. Cabe expresar, con referencia a la organización política de la Banda Oriental y la región, y las concepciones doctrinarias propias del pensamiento liberal norteamericano en conexión con el artiguismo, que si bien ésta no debe de negarse, a ella debe agregarse otra de indudable cuño hispánico. Entre estos principios propios del viejo derecho ibérico, puede señalarse la preferente atención que al Prócer le merecerá la tradicional institución hispánica de los cabildos, que pondrá como base de la sociedad política a instaurarse y que considerará medio eficaz y prioritario de participación popular, cabildos que los gobiernos centralistas que surjan en el Uruguay con la derrota del artiguismo, -incluyendo la Constitución de 1830-, se encargarán de suprimir. Desde nuestro humilde punto de vista, las influencias en el plano político del pensamiento norteamericano en el caso del artiguismo se han sobredimensionado, especialmente cuando a sus ideas se quiere asociar, sin fundamento determinados proyectos constitucionales de anónima autoría, calcados de los documentos norteamericanos, proyectos que en absoluto pueden atribuirse fueran respaldados e inspirados por el Prócer, y que


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incluso, en algunos puntos se encuentran en franca contradicción con su ideario, tal como surge al compararlos con éste, como oportunamente se ha hecho72. La misma incidencia de Thomas Paine en la elaboración de la doctrina artiguista, que a través del libro que tradujera García de Sena, es indudable, se torna absolutamente insuficiente cuando se trata de explicar en su integridad el ideario social del Prócer, si se tiene en cuenta que las concepciones del autor del “Common Sense” marginaba por completo en la sociedad que postulaba a los indios, por quien sentía profundo desprecio que extendía a los negros.

La sociedad organizada sobre la base del “común” La raíz hispánica fundante del pensamiento artiguista, sin negar, repetimos, otras influencias que a él llegarán, se hace incuestionable cuando se tiene presente el eje central de la organización institucional que se propicia. “La soberanía particular de los pueblos”, tan defendida y sostenida por el Prócer, -entendiendo a estos pueblos como el “común”-, constituye un instituto ajeno no sólo a los teóricos norteamericanos, sino al ideario de la Revolución Francesa y a los jacobinos que propiciaban e instauraron un absorbente centralismo; por supuesto que también a la filosofía de Rousseau y la Ilustración. Si se consideran las “Instrucciones del Año XIII”, también se debe atender a las instrucciones impartidas por Artigas a Don Tomás García de Zúñiga” previas al Congreso de Tres Cruces y redactadas para ser presentadas al Triunvirato, en las cuales se expresa de modo enfático: “la soberanía particular de los pueblos será precisamente declarada y ostentada como el objeto único de nuestra revolución”. El reconocido historiador Petit Muñoz, ha estudiado de modo preciso el alcance de la palabra “pueblo”73, tanto en el derecho hispánico como en las concepciones artiguistas. En este sentido, el vocablo “pueblo” designaba una unidad urbana concreta, -ciudad, villa, lugar, con su respectiva jurisdicción territorial-, y no como hoy comúnmente se considera, el concepto indiferenciado de “pueblo” como sinónimo de multitud o grupo, caso por ejemplo, del “pueblo uruguayo”. En definitiva este instituto expresaba el viejo cantonalismo medieval hispánico que tiene su origen en las arraigadas corrientes comunitarias


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ibéricas, que ninguna relación guarda con las filosofías individualistas que se pretenden influyeran casi de modo exclusivo sobre Artigas. Lamentablemente, -ya que no hemos podido tenerlo en cuenta con anterioridad a escribir el ya reiteradamente mencionado trabajo nuestro-, con posterioridad a la redacción de éste, tuvimos la oportunidad de leer la excelente investigación de la historiadora Ana Frega, y que culminara con la edición de su libro: “Pueblos y soberanía en la revolución artiguista”74. Tomando como referente la región de Santo Domingo de Soriano, su autora encara un análisis exhaustivo sobre la concepción del artiguismo en torno a la soberanía particular de los pueblos, con gran rigor académico, el cual resulta sumamente esclarecedor por su aparato documental, animándonos a decir que por sus méritos debe convertirse en relación al tema, en una obra de consulta insoslayable para quien quiera estudiar en profundidad este punto. En cuanto a la “soberanía particular de los pueblos” que es la idea central del proyecto artiguista en lo que se refiere a la organización socio política, se hace asimismo evidente la raíz hispánica de su entorno, -que no excluye otras vertientes-, cuando por ejemplo, toma como referente, nada menos que para la elección de los diputados al Congreso del Año XIII, las disposiciones establecidas en las Leyes de Indias para los congresos de diputados de las ciudades y villas, y ello en forma taxativa a través de las leyes II y IV, título VIII, libro IV de la recopilación de las mencionadas leyes.75 Una visión de conjunto de los elementos documentales que surgen en torno a la propuesta federal artiguista, pensamos que permite arribar a la conclusión de que para la elección del sistema federal a los efectos de la organización jurídico – política de la región, resultó un importante motivador, el convencerse que ensamblándose esta estructura federal de indiscutible origen norteamericano, con las importantes y tradicionales instituciones hispánicas de las que se era partidario y querían conservarse, se “aseguraba la soberanía de los pueblos” al mismo tiempo que se evitaba la fragmentación, integrándolos en cambio en un gran sistema. Sería entonces, un dilema de falsa oposición, propiciar un esquema de análisis, en donde se contrapusieran las influencias hispánicas a las norteamericanas, negando éstas últimas.


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Cuando Monterroso “desembarque”, pues, en Purificación, durante el año 1814, podrá encontrarse, -cuando el ideario artiguista no había alcanzado su integral desarrollo-, con ciertas ideas propias del pensamiento liberal norteamericano, pero también con un trasfondo de tradiciones hispánicas importantes que habrán de gravitar.

Un principio ético regulador de la economía El segundo puntal del trípode al que inicialmente se hacía referencia se relaciona con la política económica del artiguismo, y lo conforma, lo que podría llamarse, la ética social que regulará a dicha política; la cual se plasmará en el conocido “Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el Fomento de la Campaña y la Seguridad de sus Hacendados”; dado que como es sabido la tierra era en la época la base de la economía. A este tema le hemos dedicado todo un capítulo de muchas páginas en nuestro libro sobre Artigas, y también, a las objeciones que contra este Reglamento se levantan; por tanto sólo señalaremos los aspectos que se encuentran vinculados a Monterroso. Como es conocido, en el “Reglamento de Tierras”, que tiene como antecedente otros varios documentos emanados durante la Colonia, los cuales buscaban superar el crónico “desarreglo de los campos”, se establece por su artículo 6º en forma taxativa que al procederse al reparto de tierras disponibles ello se haga: “con prevención que los más infelices sean los más privilegiados”, precisándose si se quiere para todavía más contundencia: “En consecuencia los negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos pobres, todos podrán ser agraciados en suerte de estancias si con su trabajo y hombría de bien propenden a su felicidad y de la Provincia”. A esta disposición se agrega por el artículo 7º que: “Serán igualmente agraciadas las viudas pobres si hubieren hijos y serán igualmente preferidos los casados a los americanos solteros, y éstos a cualquier extranjero”.


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“Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el fomento de la Campaña y seguridad de los hacendados”. Purificación, 1815. La caligrafía de este texto pertenece a fray José Benito Monterroso.

A diferencia de lo que ocurre con las “Instrucciones” en el Reglamento no se advierte la más mínima influencia liberal. Por el contrario, la preferencia por los “infelices” se encuentra en las antípodas de las ideas de doctrinarios tales como Gournay, Adam Smith, Turgot, David Ricardo y otros pensadores de estas corrientes, tan apreciados por muchos de los protagonistas de los movimientos revolucionarios americanos. Introducir en medidas de carácter económico consideraciones de índole ético, -la referencia por los infelices, y hasta por las viudas pobres!-, y no el libre mercado absoluto, -que compre las tierras quien tenga dinero para ello, configura un “pecado” imperdonable según la ciencia liberal, que considera la economía como una “física” configurada por leyes ineluctables. A lo sumo los “heridos” en el “combate”, debieran ser ayudados por la “filantropía” con posterioridad.


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Igualmente ajenos a ésta, podría afirmarse, “preferente opción por los pobres”, se encuentran como se ha evidenciado en nuestro trabajo sobre Artigas76, Campomanes y Jovellanos, más allá de su aureola “progresista”, y a quienes ligeramente se les ha querido presentar con sus ideas como influyendo en el “Reglamento de Tierras”. Sobre la mencionada clara opción a favor de los “infelices”, con notables esfuerzos eruditos se ha intentado buscar su origen en el vocablo francés “malheur”, -infeliz, indigente-; incluso emparentar esta preocupación con los jacobinos, identificando a Monterroso con esa corriente, dado que el “Reglamento” se encuentra redactado íntegramente de puño y letra del franciscano. El esfuerzo es laudable, pero a parte de las razones que fundamentan nuestra discrepancia y que hemos expuesto en las páginas 381 a 383 de nuestro libro; cuando se intenta verificar y buscar el origen de la palabra y el concepto de “infeliz” en los “malhevreux”, se olvida que pocos años antes del “Reglamento de Tierras”, se escribió una muy poco recordada “Memoria”, en donde ya se hace referencia, -usando el vocablo literalmente, a los “infelices”, como sinónimo de pobres y desheredados; afirmándose por ejemplo, en uno de los pasajes de la misma: “Estos infelices han trabajado siempre para otros, (…) siendo cierto que ninguno de estos miserables, se ha visto con dos camisas, ni hay uno que tenga más fondo que la ropa que trae”. El hecho es importantísimo, ya que el escrito mencionado, -que además considera a los estancieros ricos, en su mayoría como “usurpadores” de las tierras que ocupan-, es de indudable factura hispánica y clarísimo espíritu cristiano, al punto que le dedica varios capítulos a la evangelización de la campaña, proponiendo incluso la creación de una diócesis para la Banda Oriental. Cabe agregar que en la literatura religiosa el vocablo “infeliz” es tradicionalmente usado como equivalente de pobre, desposeído; son estos precisamente los bienaventurados, los felices, -muchas traducciones usan esta palabra-, del “Sermón de la Montaña”. A su vez la “radicalidad” del “Reglamento de Tierras” cuando establece la confiscación de las tierras sin previa indemnización, tiene también sus antecedentes en el Reglamento del franciscano Mendieta, cuando alude a las tierras que no se trabajan. Para colmo, y en relación al ya aludido escrito, -que es conocido como la “Memoria Anónima”-,77 éste manifiesta asimismo un notorio y particular


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aprecio por las Misiones Jesuíticas que a su vez lo distingue de otras de las influencias que sobre el “Reglamento de Tierras” presuntamente se habría dado. La visión de la “Memoria Anónima” se encuentra en total contraposición con las opiniones de Félix de Azara, que colma de improperios a dichas Misiones incluyendo a los jesuitas y a los indios en varios de sus escritos, anteriores y posteriores a la Memoria que escribiera; contradiciendo en esto también al propio Artigas. Somos conscientes que negar la influencia de Azara en Artigas es una “herejía” que atenta contra los “dogmas” que la historiografía convencional uruguaya ha establecido. Nosotros mismos hemos aprendido y repetido desde niños esta “verdad revelada”. También sobre esta aparente influencia sobre el pensamiento artiguista nos hemos ocupado, impugnándola, en nuestro ya mencionado trabajo78; coincidiendo en este sentido con el respetado historiador Petit Muñoz. En las páginas que dedicamos al tema, señalábamos además, que el hecho de que Don Félix de Azara escribiera también una memoria no justificaba ello como necesariamente influyendo sobre el Prócer, ya que otros habían asimismo escrito sobre el “arreglo de los campos” propiciando el reparto de las tierras, caso del Ministro de Real Hacienda de Maldonado, don Rafael Pérez del Puerto con quien también trató Artigas. En cuanto a que el mencionado Ministro fuera liberal y masón, como se ha afirmado en publicaciones recientes, ello carece de todo fundamento documental. Es en este sentido altamente esclarecedor el trabajo de los historiadores Florencia Fajardo Terán y Juan Alberto Gadea, que asimismo son particularmente críticos de la gravitación del representante del iluminismo español sobre la elaboración del Reglamento.79 A lo expuesto precedentemente se suma como elemento ilustrativo del pensamiento de quien fuera importante representante del “despotismo ilustrado”, que cuando se leen sus obras completas, y no la selección de sus escritos de los que comúnmente se expurgan las páginas que podrían contradecir el ideario artiguista, se advierte una clara y militante defensa de las encomiendas en contraposición a los pueblos misioneros a los que entre otras cosas, critica acerbamente por el régimen comunitario que en ellos había instaurado. Por otra parte, si bien el sabio naturalista en su memoria determina la distribución de tierras que también debe entregarse a “los indios cristianos y


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a los pobres”, este reparto, como se evidencia claramente cuando se leen los textos azarianos, obedece estrictamente a su objetivo estratégico militar: reforzar la frontera; y carece de toda preocupación social. Este criterio se hace patente cuando ya en el año 1800 en el edicto que da a conocer, prioriza a los más afortunados, “quienes tengan alguna principal hacienda”, privilegiando de este modo a los ricos sobre los pobres, e incluso, en su informe dirigido al Virrey Pedro Melo de Portugal, propicie la “no igualdad, sino que se prefiriera a los oficiales y sargentos (…) porque la riqueza en el reparto debe equilibrar las graduaciones y los respetos”80 Si a lo precedentemente señalado, se suma, lo ya expresado, y que hoy por su relevante importancia se reitera, en cuanto a la particular inquina de Azara hacia los pueblos de la “República Guaranítica”, tan apreciados por Artigas, mostrando asimismo un indisimulado aborrecimiento por el “sistema comunista”, -que el artiguismo trató de restaurar-, como así por los “tenebrosos jesuitas” que lo habían instalado81; exteriorizando a su vez, su plena complacencia con el arrasamiento de este sistema comunitario, -y por supuesto que sin reconocerlo-, por el aniquilamiento de la cultura guaraní-misionera; debe preguntarse ¿cómo es posible que no obstante estas abismales diferencias con el prócer, se les presente a los jóvenes estudiantes como casi el “maestro” de Artigas? Para ubicar al culto y sin duda inteligente Ingeniero Azara en el paradigma que le es propio, es menester ubicarlo en su aristocrático entorno familiar. Don Félix era hermano de José Nicolás de Azara, Marqués de Nibiano, que se radicó en el año 1765 como agente general de España en Roma, en donde vivió por más de 30 años. Totalmente identificado con el Despotismo Ilustrado, fue enemigo acérrimo de los jesuitas y su obra en el Paraguay, como así de las tesis de Francisco Suárez sobre la soberanía popular. Tanto Félix como José Nicolás formaban parte de una poderosa familia, estrechamente vinculada a la Masonería española, ocupando varios de sus integrantes importantes cargos en la misma. Simultáneamente, no pocos de sus parientes alcanzaron altas dignidades en la Iglesia Católica, ya como obispos, ya como cardenales. Todos compartían un mismo y claro paradigma, -propio de la Ilustración del siglo XVIII-, el cual nada tenía en común con Artigas.


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José Nicolás Azara, hombre de gran ascedencia en la Corte Pontificia, desplegó todo su talento e influencia, -que no eran pocos-, para que se eligiera al Cardenal Ganganelli como Papa, el cual asumirá como tal con el nombre de Clemente XIV (1769 – 1776), pontífice que suprimirá la Compañía de Jesús en el año 1773. Designado Azara, Ministro plenipotenciario en 1784 y Consejero de Estado en 1790, sin abandonar Roma, -vivirá en el palacio que todavía hoy es sede de la embajada del gobierno español-. Los cargos que desempeñara y las actividades que desplegara en los Estados Pontificios, -fue amigo personal del Papa Pio VI, mediando exitosamente ante Napoleón, para evitar los previsibles desastres que la invasión a dichos Estados hubiera acarreado de no producirse su intervención-, lo muestran como uno de los hombres más importantes e influyentes, tanto de la masonería católica como del pensamiento “liberal” de la Ilustración en su doble vertiente política y económica. Félix de Azara se mostrará muy afín a su hermano José Nicolás, tanto en lo afectivo como en lo intelectual; de ahí la importancia de precisar cuales eran sus ideas y conducta, que para una mayor profundización pueden estudiarse si se consulta a Carlos Corona Baratech, que lo ha analizado prolijamente en su obra “José Nicolás de Azara. Un embajador en Roma”. Zaragoza, 1948. Pero volviendo al “Reglamento de Tierras” de 1815, cabe precisar que es cierto que éste, tiene como objetivo inmediato la confiscación y reparto de los campos de “todos aquellos emigrados, malos europeos y peores americanos” y que ello tiene un móvil patriótico y estratégico, -no obstante éstos, integrar en su inmensa mayoría el sector latifundista, -y que esta medida apunta, entre otras cosas, fundamentalmente a debilitar a los partidarios del antiguo régimen. Pero el criterio para el reparto de las tierras confiscadas, -sin previa indemnización-, es indiscutible que resulta eminentemente social. No se ofrecen a la venta a quien pueda comprarlos en régimen de “libre mercado”, ni se otorgan como premio, -criterio habitual en la época-, a los militares y patriotas que militan a favor del sistema. “Escandalosamente” se le entregan a los más pobres! En el fragor de las batallas, carentes de biblioteca y desprovistos de la infraestructura material adecuada para este menester, debiendo resolver múltiples y graves problemas, Artigas y su “amanuense” Monterroso, realizan en el caserío donde habitaban y gobernaban una auténtica “opción por los pobres”, que el propio historiador Vazquez Franco reconoce como


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de origen cristiano82 y que los prestigiosos historiadores Barrán y Nahum, en su ya clásica obra “Bases económicas de la Revolución Artiguista”, también no dudan en calificar como “de tono sobremanera cristiano”83. Comentario de relieve si se tiene presente que los intelectuales aludidos carecen de creencias religiosas. También los historiadores mencionados precedentemente, en su ya citado libro, con gran perspicacia al advertir la especificidad del “Reglamento de Tierras” que relativiza sin negarlo, el derecho de propiedad, afirman que Artigas retoma una posición no liberal sobre este derecho “de raigambre medieval”, adquiriendo entonces, “el pensamiento de nuestro prócer un sentido que por lo español y tradicional, (curiosa mezcla ésta y tan moderna, entre tradición y revolución) que lo eleva por encima de la mayoría de los líderes revolucionarios de 1810 – sus contemporáneosdemasiado europeizados para beber en la fuente de una tradición (la Edad Media española) que se revelaba tan rica en posibilidades revolucionarias como la misma Revolución Francesa”.84 No obstante, los comentarios precedentes, sumamente acertados, pensamos que para lograr la cabal intelección del ideario artiguista, a estos comentarios debe de sumarse una constatación. Se trata de que la explícita preocupación por los “infelices” recién aparece en los documentos a partir del año 1815, durante precisamente el período en que el fraile Monterroso comienza a ser el secretario del Prócer. Y decimos “a partir”, porque ésta no será la única vez que dicha atención y opción por los pobres se haga manifiesta. Un equivocado análisis del “Reglamento” hace olvidar habitualmente que esta “opción” se reiterará a lo largo de todo el período de gobierno en Purificación, mientras Monterroso ocupe la secretaría. Ciertamente, que el principio social consagrado en el “Reglamento”, aún cuando sólo apareciera únicamente en dicha norma, tendría de por si gran significación. Pero no asociarlo a otros documentos y disposiciones artiguistas, no por ser bastante generalizado, deja de ser un craso error. Como habrá de verse en próximas páginas la atención a los “infelices”, y la opción prioritaria por ellos, se concretará en múltiples medidas, que se expresarán en el tiempo a través de un claro vocabulario cristiano. Estamos convencidos y hay pruebas categóricas que hacen evidente esta idea y la convierten en certeza, que esta resuelta y valiente actitud a favor de los desposeídos, aún cuando habitualmente se olvide, será


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una de las principales causas de la adversión al artiguismo, la cual se expresara en el interés militante de sus enemigos por acabar, sea como fuere, con el “Sistema”. Asímismo será ésta, también una de las razones fundamentales de que Monterroso se convierta en una figura abominable para quienes sean sus adversarios. En su momento, tan aborrecible como Artigas, a quien, significativamente lo asociaran de modo indisoluble en la “leyenda negra”, que perversamente forjen, y de la cual todavía no se ha rescatado al franciscano. No le perdonarán que el fraile “apóstata” se convirtiera en el brazo ejecutor de la confiscación de los “títulos de propiedad” de los señores de la tierra, ni tampoco que apoyado en la “barbarie indígena”, -son palabras de Sarmiento-, pusiera en peligro la “civilización” y los poderosos intereses de las oligarquías portuarias.

La integración social A partir del año 1815, -lo cual no quiere significar que con anterioridad Artigas careciera de sensibilidad social-, en las medidas y documentos emanados del gobierno del Prócer, se advierte una política de protección y promoción de los “infelices”, que constituye un continuo y al cual deben de asociarse las medidas promulgadas en el Reglamento de Tierras de 1815. Las providencias adoptadas tienen como uno de sus principales objetivos buscar precisamente la superación de la exclusión, término no obstante su aparente modernidad que ya aparece en los documentos artiguistas-, siendo éste vocablo clara expresión representativa de la política de integración que quería instrumentarse especialmente para los indios. Constituye un caso paradigmático de esta política integradora lo ocurrido con los indios guaycurúes y abipones provenientes del Chaco y a los cuales el propio Cabildo de Corrientes se mostraba reacio a recibirlos y darles tierras, ya que se le acusaba de turbulentos. Informado Artigas de la situación, a través de sucesivos oficios se preocupará por que a estos indios se les dé tierras y se le ofrezcan los medios para trabajar en ellas. Acorde a esto, el 9 de enero de 1816, por nota escrita de puño y letra de Monterroso y dirigida al Cabildo de Corrientes, el Prócer asumirá la defensa de los guaycurúes y advertirá que es el gobierno el responsable de ayudarlos y promoverlos. Asímismo, y refiriéndose textualmente a los “infelices”, -y no


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pudiéndose exigir los criterios del indigenismo moderno-, Artigas, -y su secretario-, expresarán que al ser ayudados, los indios “mudarán de religión y costumbres”. Hecho este que revela las creencias cristianas de Artigas y Monterroso, ya que no habrían de pensar que los indios se mudasen de religión para hacerse mahometanos. Manifestarán Caudillo y secretario en la aludida nota, que en lo medular se transcribe: “(…)Ya marcharon algunos indios, de los de esas reducciones del otro lado, con el objeto de traerse todos los que quieran venir a poblarse a estos destinos; si mi influjo llegase a tanto que todos quisieran venirse, yo los admitiría gustosamente. V.S. por su parte hágales esa insinuación que yo cumpliré con mi deber pero si nada de esto bastase y continúan en ser perjudiciales a este territorio, V.S. tome las providencias convenientes. V.S. se degrada demasiado en creer que 300 indios sean capaces de imponer a la Provincia de Corrientes. Su gobierno debe de ser más enérgico para que sus conciudadanos no experimenten la ruina que V.S. indica. Cuando los indios se pasan del otro lado, es por vía de refugio y no de hostilización. En tal caso ellos estarán sujetos a la ley que V.S. quiera indicarles, no con bajeza y sí con un orden posible a que ellos queden remediados y la Provincia con esos brazos más a robustecer su industria, su labranza y su fomento. Todo consiste en las sabias disposiciones del Gobierno. Los indios aunque salvajes no desconocen el bien y aunque con trabajo al fin bendecirán la mano que los conduce al seno de la felicidad, mudando de religión y costumbres. Este es el primer deber de un Magistrado que piensa en cimentar la pública felicidad. V.S. encargado de ella, podía de tantos enemigos como tiene el sistema y emigrados señalarles un terreno de esos individuos donde se alimentasen y viviesen bajo su arreglo, siendo útiles a sí y a la Provincia según llevo indicado. V.S. adopte todos los medios que exige la prudencia y conmiseración con los infelices y hallará en los resultados el fruto de su beneficencia”85 Posteriormente, el 31 de enero de 1816, ante las dificultades que para la instalación de los indios se planteaban, y que la entrega de tierras se dilataba, atribuyendo el Gobierno de Purificación esta demora a la indolencia que hacia los “infelices” tenía el Cabildo de Corrientes, Artigas y Monterroso dirigirán a éste un segundo oficio en el que con el estilo de los


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antiguos franciscanos, le reconviene fuertemente por su conducta y al mismo tiempo le exhorta, -no precisamente con palabras propias de un jacobino-, a tener “compasión y amor filial”. Palabras éstas que no se inspiran en una actitud “paternalista”, sino “paternal”, dado que en la misma nota que se transcribirá a continuación, se recuerdan los derechos de los naturales y su impostergable no “exclusión”. “(…) El segundo objeto es la indolencia con que se ha mirado a los indios negándoles los auxilios precisos, al tiempo mismo que informaban a V.S. no eran convenientes en ese destino. Ansioso de que mejorasen de suerte mandé traerlos a ese destino según dije a V.S. en mi anterior. Efectivamente ha llegado el cacique Juan Benavidez quien se queja de la indolencia con que son mirados y de los ningunos auxilios que se les han franqueado para su transporte, por lo que no han podido traer sus familias y se hallarán por consecuencia imposibilitados para conducir los demás que quieren venirse del otro lado. Ya dije a V.S. que a mi lejos de serme perjudiciales, me serían útiles. Es preciso que a los indios se trate con más consideración, pues, no es dable cuando sostenemos nuestros derechos excluirlos del que justamente les corresponde. Su ignorancia e incivilización no es un delito reprensible. Ellos deben ser condolidos más bien de esta desgracia, no ignora V.S. quien ha sido su causante ¿y nosotros debemos de perpetuarla? ¿Y nos preciaremos de patriotas siendo indiferentes a este mal? Por lo mismo es preciso que los magistrados velen por atraerlos, persuadirlos y convencerlos y que con obras mejor que con palabras acrediten su compasión y amor filial”.86 Teniendo presente las dificultades que se le habían presentado a los indios para asentarse en tierras correntinas y al ofrecimiento del Prócer en cuanto a que los mismos podrían afincarse en tierra oriental, los guaycurúes pasarán a esta Banda, y con ellos, además, 400 indios abipones. En estas circunstancias, poniendo de relieve su política colonizadora e integradora, desde Purificación se escribirá en oficio de fecha 22 de junio de 1816, al Cabildo de Montevideo, solicitándole entre otras cosas, útiles de labranza y semillas. En el aludido oficio, que también se transcribirá, nuevamente el gobierno de Purificación vuelve a mencionar a los “infelices”, -ello será en sus documentos una constante-, recomendando asimismo al Cabildo de Montevideo que la obligación de preocuparse por éstos, sea una de sus


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principales intenciones, reapareciendo otra vez “la opción preferencial por los más pobres” “Participo a V.S. que acaban de llegar a este Quartel General a demas de los Guaycuruses q.e tenemos reducidos a n.ra sociedad, más de 400 indios Abipones con sus correspondientes familias a q.es he podido atraher con cuatro Casiques por medio del principal D.n José Benavides. No dudo que ellos serán muy útiles a la Prov.a y q.e todo sacrificio debe dispensarse en su obsequio consiguiendo con ellos el aumento de la población, q.e es el principio de todos los bienes. Al menos este es mi propósito: y no dudo q.e V.S. penetrado de mis deseos coadyuvará con los suyos a formalizar una medida, q.e. hará siempre honor a los Orientales, y cuya importancia debe conocerse muy presto en los resultados. Por lo mismo no he perdonado fatiga, ni sacrificio, ni desmayaré en los que deban prodigarse, hasta no ver plantada en n.ro País la felicidad q.e es de esperar y la miro como una conseq.a de n.ros afanes. Estos robustos brazos darán un nuevo ser a estas fértiles campañas, q.e por su despoblación no descubren todo lo q.e en sí encierran, ni toda la riqueza, q.e son capaces de producir. Ancioso de dar un impulso a esta idea feliz, es preciso q.e V.S. se empeñe con migo en allanar todas las dificultades. V.S. debe de estar persuadido q.e mi situación es aislada de recursos, y sin embargo haciendo ostentación de mis deseos, corro presuroso al sacrificio p.r el logro de aq.l fin. En medio de las penalidades solo me consuela esta dulce satisfacción. Espero que V.S. encargado de iguales deberes, no perdonará momento por realizar la generosidad de esos sentim.tos Al efecto es preciso que V.S. nos proveha de algunos útiles de labranza, azadas, algunos picos y palas igualm.te q.e algunas achas, para q.e empiesen estos infelices a formar sus poblaciones y emprender sus tareas. Es así mismo necesario q.e V.S. remita las semillas de todos los granos q.e se crean útiles y aún necesarios p.a. su subsistencia y la de los demas. En una palabra es forzoso que V.S. sin desatender las demas oblig.es sea esta una de las muy recomendables, q.e ocupen su atención, en conformidad de mis deseos y el q.e demanda el adelantam.to de la Provincia”87 La “opción preferencial por los pobres” artiguista no será una mera expresión condolida y sentimental por la suerte de los “infelices”, sino que se concretará en una real y vigorosa política de colonización, tendiente a que


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los indios sean “señores de sí mismos”. Se les buscaba proteger paternalmente para promover activamente. Constituye en este sentido un importante y concluyente elemento documental en relación al auténtico perfil del proyecto artiguista el oficio que el Prócer le dirija al Gobernador de Corrientes, José de Silva, el 3 de mayo de 1815, estableciendo las bases sobre las que han de funcionar los pueblos misioneros. Evidentemente que Artigas quiere restaurar la antigua organización misionera, régimen por el que los indios se gobernaran por sí mismos, y que hoy con palabras modernas, podría llamarse autogestionario, y que fuera suprimido cruentamente por los gobiernos españoles inspirados en el ideario del despotismo ilustrado. No obstante pueda considerarse el texto que a continuación se transcribirá, un tanto extenso, se estima importante hacerlo, dado los ricos elementos conceptuales en él registrados, y que explicitan los claros designios integradores del gobierno artiguista reconociendo que los “infelices” tienen el “principal derecho”, y que por ello debe de terminarse con la “exclusión vergonzosa” a la que han sido sometidos, entregándoles no sólo tierras sino devolviéndoles el poder de autogobernarse. Se advierte asimismo en este oficio la preocupación de Artigas por asegurar no sólo el bienestar material para estos pueblos, sino también su alimento espiritual, al punto de asumir la tarea de proveer los curatos con el fin de lograr “el más exacto cumplimiento del ministerio espiritual”. He aquí el texto al que aludimos, y en el que se evidencia además, la sensibilidad religiosa de Artigas y su “apóstata” secretario: “Paisano de todo mi aprecio: incluyo a usted respaldada, la autorización que usted me pide sobre el Cura Quirós. Ya impuse a Usted sobre esta necesidad mandando sacerdotes a todos los curatos y capillas que lo soliciten, no precisamente fundando nuevos curatos, que para eso se requieren otras formalidades, sino habilitando a los vacantes y poniendo en ellos los ayudantes precisos para el más exacto cumplimiento del ministerio espiritual. Igualmente reencargo a usted que mire y atienda a los infelices pueblos de indios. Los del pueblo de Santa Lucía, lo mismo que de Itatí y de las Garzas, se me han presentado arguyendo la mala versación de su administrador. Yo no lo creía extraño por ser una conducta tan inveterada; y ya es preciso mudar esa conducta. Yo deseo que los indios en sus pueblos


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se gobiernen por sí, para que cuiden sus intereses como nosotros de los nuestros. Así experimentarán la felicidad práctica y saldrán de aquel estado de aniquilamiento a que los sujeta la desgracia. Recordemos que ellos tienen el principal derecho y que sería una degradación vergonzosa para nosotros, mantenerlos en aquella exclusión vergonzosa que hasta hoy han padecido por ser indianos. Acordémonos de su pasada infelicidad y si ésta los agobió tanto, que han degenerado de su carácter noble y generoso, enseñémosles nosotros a ser hombres, señores de sí mismos. Para ello demos la mayor importancia a sus negocios. Si faltan a los deberes castígueseles; si cumplen, servirá para que los demás se enmienden, tomen amor a la patria, a sus pueblos y a sus semejantes. Con tan noble objeto recomiendo a vuestra señoría a todos esos infelices. Si fuera posible que usted visitase a todos esos pueblos personalmente, eso mismo les servirá de satisfacción y a usted de consuelo, al ver lo pueblos de su dependencia en sosiego. Don Francisco Ignacio Ramos, administrador de Itatí, me ha escrito, indemnizando su conducta sobre el particular. Los indios lo acriminan y usted, como que todo lo debe tener más presente, tome las providencias en la inteligencia de que lo que dicta la razón y la justicia es que los indios nombren los administradores de ellos mismos con fines ya indicados. (…)”88 Como se recordará, el Rey Carlos III, impulsado por sus ministros identificados con el despotismo ilustrado del que a su vez Don Félix de Azara será importante representante, había impuesto en los pueblos misioneros, un administrador español y con él ingresado a dichos pueblos numerosos españoles y europeos que esquilmaban a los indios. El propósito de Artigas y Monterroso de retornar al antiguo régimen de gobierno ha quedado explicitado en el oficio ya transcripto, pero ello se expresará en otros muchos, tal como en el que a vía de ejemplo, a continuación puede leerse: “Adjunto a V. la inclusa p.a D.n Benedicto Irle, y demas Compañeros del Pueblo de Corpus. En esos pueblos del Departamento deCandel.a se guardará el mismo/ orn. q.e en los demas: desterrando de ellos a todos los Europeos y a los Administradores q.e hubieren p.a q.e. los Naturales se goviernen p.r si en sus pueblos”.89


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El propósito de restaurar la antigua organización misionera, con todo lo que ella configura, -entre otras cosas-, de autonomía municipal, es totalmente ajeno a las concepciones centralistas, y excluyentes predominantes, sobre todo en aquellos contemporáneos al artiguismo influidos por las ideas del iluminismo y de aquellos que después habrán de llamarse “unitarios”.

Una visión centrada en las Misiones Al hacer referencia a las misiones guaraníticas, de las que se ha escrito sobre su organización, cultura, identificación con el artiguismo y su posterior ruina, de modo pormenorizado en “Artigas y su derrota”, se recuerda a Alberto Methol Ferré, el cual en sus trabajos históricos, enfatizaba en lo poco que los pueblos guaraní – misioneros han sido estudiados en relación al movimiento artiguista y a la compenetración de su indiscutible caudillo Andrés Guacararí con Artigas y Monterroso, el indio misionero, que también contó con un secretario y consejero franciscano, y al que Methol al referirse a Andresito describe como un “alter ego” del Prócer. Por otra parte, y en relación a la significación de la “República Guaraní – misionera” en la historia del País, ha de manifestarse que, junto al aprecio por la organización y cultura guaraní – misionera que Artigas y Monterroso exteriorizaran y al papel estratégico que a estos pueblos le asignaban, no debe olvidarse que hasta la expulsión de los jesuitas, las estancias misioneras ocupaban todo el norte de la Banda Oriental, llegando hasta el Río Negro, permeando su cultura a los habitantes de esta región, que conservaron con posterioridad al arrasamiento de los pueblos, muchas de las costumbres y tradiciones de sus habitantes, e incluso su idioma. Al crearse el Instituto Histórico y Geográfico a mediados del siglo XIX, uno de sus fundadores, Andrés Lamas, recomendará en su discurso inaugural, que el Instituto entre sus tareas, se aboque al estudio del guaraní, aprovechando la ocasión de que más de la mitad de los habitantes de la campaña todavía lo hablaban. Piénsese además, en la toponimia oriental, tan abundante en su geografía de nombres guaraníes. Con referencia al vínculo existente entre el artiguismo y los guaraníes, no será casual entonces, el apoyo entusiasta y heroico que éstos le brinden.


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A la verdad, que solamente cuando se profundiza en la historia de estos martirizados pueblos misioneros y el investigador es capaz de adentrarse en su tierra y cultura, se comprende el real perfil del artiguismo. Bien está que se estudie a Paine, Rousseau, las constituciones norteamericanas, la revolución francesa… y todo lo demás que se quiera, pero se está convencido que sólo se llega a comprender cabalmente el ideario y programa de Purificación cuando se le mira desde las Misiones. La visión montevideana e “ilustrada”, más allá de sus valiosos aportes, será siempre insuficiente para entender la magnitud y carácter de este movimiento, y ello es válido, permítase que se diga, tanto para los historiadores liberales que han ensalzado al “héroe”, como para aquellos revisionistas de nuevo cuño que casi lo presentan como un “mito”, por no decir un invento.

Un contraste aleccionante Sin duda que la actitud de Artigas, dando hospitalidad a los indígenas y tierra para que puedan sustentarse, contrastará con el comportamiento de los gobiernos republicanos, muchos de ellos imbuidos por las ideas liberales, los cuales no sólo no estarán dispuestos a concederles tierras a los indios sino que querían quitárselas, y ello, si fuera necesario, incluso exterminándolos. La conducta del primer gobierno de la República Oriental del Uruguay, en relación con este punto, es en la actualidad demasiado conocida para detenerse en ella y en el genocidio que con los indios cometió en Salsipuedes. Pero no sólo fue el gobierno uruguayo el que asumió esta conducta. Ella se convirtió en una práctica generalizada y habitual en las repúblicas del continente. Piénsese, a vía de ejemplo y teniéndose presente sólo la región sur, en la expedición militar sobre la Araucania, con el fin de apoderarse de sus tierras, llevada a cabo por el gobierno chileno en el año 1884, violando los acuerdos establecidos entre la nación araucana y la Corona española, o las campañas emprendidas por los gobiernos argentinos arrinconando a los indios al sur y al norte del país. Ello hace tomar conciencia de la expulsión y, en algunos casos, masacres que las naciones y tribus indígenas sufrieron, ahora ya no por los conquistadores españoles,


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sino por los propios criollos, muchos de ellos fervorosos partidarios de las ideas progresistas de la época. A la verdad debe de reconocerse que no se aplicará esta política de marginación y persecución sólo en América del Sur y el Caribe. Recuérdese las campañas militares contra los indios emprendidas con el propósito de adueñarse de sus tierras y que llevaran a cabo los próceres de la independencia norteamericana, -que equivocadamente sin distingos, se comparan con Artigas-, y se hará evidente el peculiar perfil del Caudillo Oriental que responde a otras matrices doctrinarias.

La atención a los “infelices” Los “infelices” se visualizarán como una categoría sociológica que no sólo comprenderá a los indios sino en el artiguismo a los pobres en general, incluso a los españoles de modesta condición. Ello se manifiesta claramente cuando refiriéndose a los europeos con “influxo y poder” que debe de remitirse a Purificación, el Prócer al dirigirse a las autoridades montevideanas, exprese que ello debe de hacerse “sin guardarse consideración”, pero agregando “absuelva más bien V.S. de esta pena a los infelices artesanos y labradores que pueden fomentar el País”. 90 La defensa del pobre, -y no sólo del indio desposeído-, coincidirá en el ideario artiguista, -sin descartar otras posibles influencias-, con la doctrina de los llamados “Santos Padres” ya mencionados en otros capítulos del presente trabajo. Su fundamento es por tanto el derecho que a los indigentes les asiste por su miseria de ser prioritariamente atendidos y favorecidos. Ello tal como se consagra con enérgicas frases en el oficio que a continuación se transcribe, y en el que además, como en las antiguas fraternidades franciscanas, se establece no deben de reconocerse los “engrandecimientos que nacen de la cuna”. “No hay q.e invertir el orn de la just.a Mirar por los infelices y no desampararlos sin mas delito q.e su miseria. Es preciso borrar esos excesos del despotismo. Todo hombre es igual a presencia de la ley. Sus virtudes o delitos los hacen amigables u odiosos: olvidemos esa maldita costumbre. Q.e los engrandecim.tos nacen de la cuna: cortese toda relación si ella es perjudicial a los intereses comunes. La Patria exige estos y mayores sacrif.os y ya no es tiempo de condesend.as perjudiciales”.91


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Con referencia a las políticas sociales del artiguismo reiteradamente hemos subrayado que la palabra “infeliz” y la opción a favor de los pobres no es exclusiva del Reglamento de Tierras y que esta opción se hará presente y prolongue durante todo el Gobierno de Purificación. No obstante, existe otro rasgo típico también del Reglamento del año 1815 que no tenemos conocimiento que hasta la actualidad se haya advertido con la suficiente claridad y por lo tanto deseamos ahora enfatizar. Se trata de la confiscación de tierras sin previa indemnización que se estipula en el mencionado Reglamento. En este sentido, es de notar que también en el oficio que desde Purificación se le dirija al Gobernador de Corrientes el 9 de enero de 1816 y que oportunamente se transcribiera, se alude a las tierras de los enemigos del Sistema y los emigrados, -propietarios estos no casualmente de grandes extensiones-, y se aconseja al gobernador que considere la posibilidad de entregar dichos campos a los indios para que los trabajen, con lo cual se hace evidente que para Artigas y su secretario, el derecho de propiedad, -que no se negaba pero no se absolutizaba, se subordinaba al bien común y por consiguiente era un derecho relativo, y limitado por la equitativa satisfacción de las necesidades de los desposeídos, conducta esta última fundada en el tradicional principio cristiano, -por cierto muy olvidado- del derecho de todos a la propiedad, “al uso común y universal de los bienes”. No será, por el texto del oficio que se ha mencionado, este parecer algo esporádico en el proyecto artiguista, sino un principio tradicional que, al asumirse con coherencia y ponerse en práctica, se hace revolucionario y hasta revulsivo. No son pocas las intervenciones del gobierno de Purificación donde se hace patente que por sobre el derecho de propiedad, -que no se niega-, prevalece el tradicionalmente llamado “bien común”, priorizando el amparo de los humildes vecinos frente al “derecho” del poderoso. Como ejemplo de ello, puede citarse la situación que se creara en el litoral argentino, cuando algunos vecinos de Corrientes situados en terrenos reclamados por el acaudalado terrateniente Vedoya enfrentaban la posibilidad de ser expulsados por éste. Entonces, el Protector de los Pueblos Libres, a través de su secretario Monterroso, encaró con vehemencia al Cabildo de dicha ciudad, reprendiéndolo por su omisión, “al mirar con tan poca consideración a las familias a desalojar, (…) y se les condene a abandonar sus hogares para mendigar”, disponiendo en cambio el Prócer que “sea


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cual fuere el derecho de Vedoya a dichos terrenos, la providencia quede suspendida”. 92 Con relación al derecho de propiedad, en el propio “Reglamento de Tierras” del año 1815 se encuentran disposiciones que evidencian el principio al que se aludiera en párrafos precedentes. Acorde al mencionado criterio, entre otras disposiciones de parecido tenor, en el numeral 15º del “Reglamento” al disponerse el reparto de los terrenos de los europeos y malos americanos se establece que se deberá tener presente “si éstos son casados o solteros. De éstos todo es disponible. De aquellos se atenderá al número de sus hijos, y con concepto á qué á éstos no sean perjudicados, se les dará lo bastante para que puedan mantenerse en lo sucesivo, siendo el resto disponible si tuviere demasiados terrenos”. Esta concepción que regula al usufructo de la riqueza según imperativos éticos y establece una estrecha relación entre éstos y la economía, es tributaria de la doctrina de los “santos padres” sobre el tema, doctrina de la que en el apéndice de “Artigas y su derrota” se ha hecho ilustrativa transcripción. Ciertamente que esta doctrina patrística es absolutamente desconocida por muchos, pero no totalmente olvidada gracias a determinadas corrientes religiosas que la han mantenido viva y nutrido de ella. Obviamente que limitar la propiedad a lo necesario para mantenerse y confiscar en caso de necesidad lo que resulta superfluo, como dispone el “Reglamento”, es un principio que contradice la más elemental doctrina liberal, y pone en aprietos a aquellos que han pretendido presentar a Artigas como un estadista influido por el liberalismo. De este modo, se entiende que a Monterroso, redactor de estas normas y activo ejecutor como se verá de las mismas, se le borrara de la memoria histórica del pueblo oriental. Lo contrario hubiera sido sorprendente.

La participación popular Precedentemente se ha visualizado el Proyecto Artiguista como un gran trípode asentado en tres puntos fundamentales que serían: el federalismo, la ética como reguladora de la economía, y como tercer punto de apoyo, la integración social. A estas bases fundamentales, aún cuando no


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únicas del Sistema, cabe agregar como dinámica impulsora: la participación popular. Frente a las formas de organización política basadas en los modelos llamados censitarios, -inspirados por el liberalismo, ya sea republicano o monárquico, a través del cual se consagraba la desigualdad y la marginación, negándoles el voto a los analfabetos y a los pobres a la par que se establecía para ser gobernante la exigencia de disponer de determinada renta y propiedad-, el artiguismo propiciará e instrumentará una participación popular sin exclusiones de orden económico o social. En este sentido se advierte desde los inicios del movimiento el propósito de asegurar que en las resoluciones a tomar el pueblo asuma la mayor participación posible. Así se advierte, por ejemplo, al constituirse el “Congreso de Tres Cruces” y aprobarse las ocho cláusulas en las que se concretaban los fundamentos de la Provincia Oriental con el resto de las Provincias Unidas. El acta pertinente expresaba que ello se decidió “por el voto de los vecinos emigrados de Montevideo, los habitantes de sus extramuros y los diputados de cada uno de los pueblos de la Banda Oriental del Uruguay”.93 Esta participación se confirmó al erigirse, en oportunidad de la celebración del aludido Congreso de Tres Cruces, el gobierno económico de la Provincia Oriental, el cual surgió según acta del 20 de abril del año 1813, cuando se congregaron en Asamblea, “los vecinos emigrados de la Plaza de Montevideo por adicción al Sistema Americano y los habitantes de sus extramuros con gran parte de los que residen en los diferentes pueblos de la Campaña”.94 En cuanto a la forma de elección de los diputados de los pueblos en el caso de los congresos y reuniones artiguistas, es de destacar la participación de vecinos analfabetos. Tal es, por ejemplo, el caso de la asamblea que se realizó en la villa de Nuestra Señora de Guadalupe – Canelones-, en la cual el pueblo y jurisdicción otorgó poder a Felipe Santiago Cardozo, y en el acta que da cuenta de la Asamblea, aparecen varios asistentes firmando a ruego de otros, fórmula tradicional que se empleaba para firmar en representación de quienes no sabían, como lo atestiguan las actas de la asamblea celebrada en San Fernando de la Florida el 25 de mayo de 1815, o la circular firmada por los cabildantes de varios pueblos misioneros en mayo de 1815 o, por último, el poder otorgado por el pueblo de Santa Lucia – Corrientes-, hecho este que se repite en más de diez


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actas de asambleas que se han podido examinar por el autor del presente trabajo.95 La amplia participación del pueblo americano –tal como textualmente se lo designa frecuentemente en la documentación artiguista de la época- constituía una modalidad que se hizo tradicional en las asambleas de la Banda Oriental, al punto que ni siquiera las convocatorias al Congreso de Capilla Maciel, auspiciado por el gobierno porteño, cambiaron en general el estilo adoptado. La soberanía de los pueblos ejercida del modo a que se aludiera, se observó en la realización de las posteriores asambleas y congresos que efectuó o proyectó el artiguismo, Así es dable comprobarlo cuando a través del gobernador Fernando Otorgués se planeó la realización de un Congreso provincial y se dispuso por circular remitida a los pueblos: “[…] que reunidos todos los vecinos de ese Pueblo, den gracias al todo poderoso por tal veneficio; pasando después de concluido este acto a la elección de un Diputado”.96 El criterio precedentemente establecido, si alguna duda pudiera caber, quedó explicitado de modo rotundo en oportunidad de la consulta que realizó el Cabildo de Maldonado en cuanto a quién pudiera ser electo como diputado, a lo cual respondió Otorgués, expresando enfáticamente: “[…] para la concurrencia de la Asamblea General de la Provincia; no es punto preciso, sea la elección en persona vecina de esa ciudad; puede recaer en cualquiera que lo sea de la Provincia de la calidad y clase que fuere, pero con la precisa circunstancia que ha de concurrir en la persona electa, la más plena confianza de ser y haber sido del País, como asimismo que obtenga la confianza del Pueblo que lo elige”.97 De la contestación ut supra transcrita -“puede recaer en cualquiera que lo sea de la Provincia de la calidad y clase que fuere”- surge que los criterios para la participación ciudadana no establecían discriminaciones de orden económico o social, como lo harían las Constituciones censitarias. La única exclusión –que por otra parte no se compadece con los principios liberales, pero que resulta claramente explicable si se ubica en el momento revolucionario que se vivía- refiere a que no podían ser electos quienes no fueran adictos a la “gran causa de los Orientales”. Junto a los casos ya mencionados, se agregan otras muy numerosas elecciones, incluso las que se realizaron para el nombramiento de alcaldes y


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jueces comisionados, como así para la integración de los cabildos. De ello se da nutrida información y amplia documentación en el Capítulo III de “Artigas y su Derrota”. La precedentemente mencionada participación se extenderá por el Gobierno de Purificación, de modo particular e inédito, a los pueblos misioneros, que en muchas ocasiones elegirán para que los represente en los congresos y reuniones a celebrarse a los propios naturales. De este modo, se verá elegido tanto un indio abipón, -en San Fernando de las Garzas-, como un doctor en derecho canónico, -caso del pueblo de San José de Saladas-, testimonio elocuente éste, -al compartir igual jerarquía, un indio y un canonista-, de la sociedad integrada, sin exclusiones, a la que aspiraba el federalismo artiguista, muy lejano en este punto a las concepciones de otros sistemas incluso federales. De modo expreso el Prócer invitó a los pueblos misioneros a participar en la toma de las más altas decisiones, evidenciando el aprecio que él y su secretario Monterroso sentían por estos pueblos. Acorde a ello, en ocasión del proyectado e importante Congreso de Arroyo de la China, escribirá con fecha 13 de marzo de 1815 a su lugarteniente Andrés Guacararí98 y destacada figura de la “epopeya guaraní”,: “mande cada pueblo su diputado indio al Arroyo de la China. Usted dejará a los pueblos en plena libertad para elegirlos a su satisfacción, pero cuidando que sean hombres de bien y de alguna capacidad para resolver lo conveniente”.99 Naturalmente que la participación que se promueva por el artiguismo, tendrá sus limitaciones, ya que la misma no contemplaba a las mujeres, participación ésta que los condicionamientos culturales de la época, obviamente hacían imposible considerar. Igualmente, en virtud del período revolucionario que se vivía, quedaban excluidos, como ya se advirtiera, aquellos a los que se llamaba “enemigos del Sistema”. Pero no obstante estas limitantes, queda de manifiesto la superación de toda discriminación basada en razones de orden social, racial o económico; diferenciándose claramente el artiguismo de los modelos propuestos e instrumentados por aquellos “ilustrados” de las logias influidos por el pensamiento del liberalismo de la época francés o inglés.


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CAPÍTULO V A LA SOMBRA DEL IMPERIO INGLÉS Una ayuda tentadora… pero riesgosa. A medida que el autor de este trabajo a través de los años se iba familiarizando con la urdimbre del proceso histórico que diera nacimiento a los países americanos, -no por mérito propio, sino por la apoyatura que encontraba en eminentes historiadores-, lo que en sus inicios de investigador parecíale un conglomerado que más allá de sus matices divergentes, podía visualizarse como un conjunto de algún modo unitario, se le reveló como un múltiple y complicado entrelazamiento de corrientes y sentires, en ocasiones fuertemente antitéticos. La distinción, tarea siempre aconsejada por Duns Scoto para la filosofía, se comprendió que también era insoslayable en historia. La “madeja” debía desenvolverse, ateniéndose cuidadosamente a los diversos hilos que la componían. En este sentido, y con referencia al ideario y proyecto artiguista, uno de los hilos, -entre otros-, que deben claramente identificarse, para no confundirse con las ideas del Prócer, es la corriente que generara lo que de algún modo podría denominarse “el pensamiento inglés”, el cual influyera en algunas personalidades, que en ocasiones se presenta como que podrían haber incidido en Artigas y su secretario Monterroso. Para ello es necesario rastrear la presencia de esta influencia no sólo en los acontecimientos que dieran motivo a las revoluciones, sino incluso indagar en épocas anteriores. Son por demás conocidas las consecuencias que la Revolución Industrial acarreó en la producción, particularmente en el ramo textil. En Inglaterra, por ejemplo, la producción, gracias a las nuevas tecnologías, será muy superior al consumo, y por ende, era necesario que su exceso se colocara fuera de su territorio. De este modo, como también se sabe, Inglaterra tratará de vender, o más bien, de imponer sus manufacturas en los mercados que hasta ese momento le eran ajenos. La política inglesa se


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identificará entonces con la “Revolución Industrial”, y devendrá en “imperialismo mercantil”, el cual, ya antes de las invasiones inglesas al Río de la Plata, se expresara cabalmente en la célebre e ilustrativa frase del primer ministro William Pitt: “Para Inglaterra: defender su comercio o perecer”.100 No serán pocos los patriotas americanos, -unos ingenuamente, otros interesadamente-, que queriendo aprovecharse del firme propósito del Imperio para asegurar la colocación de sus productos en los mercados internacionales busquen con entusiasmo el apoyo de Inglaterra para sus movimientos revolucionarios, sin advertir el peligro que para la real independencia de sus pueblos conllevaba esta alianza con el Imperio. Francisco de Miranda, con todos los méritos que debe de reconocérsele, cuando se le designa como el “precursor de la independencia americana”, también podría llamársele el precursor de la dependencia de América con Inglaterra. En este sentido, sus ideas y su labor, resultarán paradigmáticas de las actitudes y relaciones que con el Imperio Británico mantengan posteriormente otros “patriotas” sudamericanos. Miranda le expresará a Pitt en carta del 28 de enero de 1792, su esperanza de que aprobase su propuesta “ésta en época no lejana, lleva a su ejecución el generoso y benévolo plan convenido para la felicidad y prosperidad de la América del Sur y la opulencia y engrandecimiento de Inglaterra” 101. Asimismo, en su proclama a los pueblos americanos, cuando intentó desembarcar en el Continente al momento de las invasiones inglesas, intentará convencerlos del desinterés británico, asegurándoles: “(…) no hallaréis en ellos sino unos amigos generosos que sólo serán temibles a vuestros enemigos; esto es, a los enemigos de la sana libertad y de la independencia americana. Ellos abjuran y nosotros responderemos de su lealtad y buena fe, de todo espíritu de conquista, de dominio o monopolio de cualquier especie, no teniendo otros deseos e intención que contribuir a vuestra felicidad, a vuestra emancipación, y a vuestra independencia política”.102 Paralelamente a estas cándidas palabras, lo ocurrido en la India evidencia la “prosperidad y felicidad” que el Imperio y sus políticas, acompañadas de sus teorías y aplicación del “libre comercio” podían acarrear cuando ellas se imponían por su “generosa ayuda”. Según estudios incontrovertibles, los beneficios extraídos de la India por los británicos,


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tomando como fecha de referencia la Batalla de Plassey (1757) y Waterloo (1815) oscilaron entre los mil quinientos millones y un billón de libras esterlinas. La magnitud y desproporción de esa cifra se evidencia si se compara con el capital conjunto de todas las sociedades anónimas que operaban en la India a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, el cual no pasaba de treinta y seis millones de libras. Los efectos que desencadenó la presencia de Inglaterra y la aplicación del “libre comercio” en la India, produjeron entre otros efectos, una hambruna durante el año 1770 en Bengala, a raíz de la cual murió un tercio de su población. Décadas más tarde, y refiriéndose a la situación en la India, el mismísimo Gobernador General Lord Béntick, en un arranque de sorprendente franqueza espantado por lo que estaba ocurriendo, exclamará: “la miseria difícilmente encuentra nada semejante en la historia del comercio. Los huesos de los trabajadores están blanqueando las llanuras de la India”. 103 El llamado “precursor” no estaba en condiciones de entender en su enardecimiento doctrinario que con sus dichos estaba proponiendo un coloniaje todavía peor que el de España. Ello no es de extrañar porque hoy muchos siguen pensando como él.

“El principal interés” Con el paso del tiempo las tentadoras propuestas de Miranda al Imperio darán sus frutos y uno de ellos serán las invasiones inglesas, ya que el “Precursor” propondrá una invasión a Venezuela, que fracasó estrepitosamente por falta de apoyo popular, y otra al Río de la Plata, que se sabe como en definitiva terminó. No obstante la derrota de los ingleses en el Río de la Plata, éstos tuvieron antes en la ciudad de Buenos Aires sus contactos a través del coronel James Burke, personaje de novela que en la ciudad porteña, simulaba ser un militar prusiano, y que mantuvo conversaciones con, entre otros, los jóvenes que integrarán la Sociedad Patriótica y Literaria, particularmente Castelli; también la hermosa y seductora Sra. Ana Perichón, -que después, con otros objetivos hará perder la cabeza al pobre Liniers-, y muy especialmente con quienes se reunían en la posada de los “tres reyes”, en donde, según se decía, se encontraban a “beber masónicamente”.104


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El “prusiano” Burke retornará con la última expedición inglesa en su calidad de baqueano. Con los buques de guerra, venían también, está casi demás decirlo, numerosos barcos mercantes, atiborrados de los productos ingleses… Las invasiones inglesas ofrecen a la consideración del observador atento, hechos significativos. Tal por ejemplo, la fuga del Coronel William Carr Beresford y del teniente coronel Denis Pack, tomados prisioneros cuando la reconquista de Buenos Aires; los cuales con la desembozada ayuda de Saturnino Rodríguez Peña y Aniceto Padilla, “huyen” cuando eran transportados con fuerte custodia con destino a Catamarca. Rodríguez y Padilla recibieron meritoria recompensa, una pensión vitalicia del gobierno inglés que ascendía a la suma, para la época abultada, de 1.500 pesos anuales. Aún cuando la aludida recompensa fue recibida por estos dos “patriotas”, siempre se afirmó que hubo otros muchos involucrados en la espectacular fuga. Los ingleses habrán perdido las batallas, pero en sus contactos no siempre salieron perdedores. Con referencia al pensamiento y actitudes de ciertas figuras de la revolución americana, se dirá en mordaz frase que “soñaban en inglés”. Pero estos delirios oníricos se correspondían sin duda con la calculada estrategia inglesa. Esta se hace patente en el conocido memorial que el ministro de guerra británico, marqués Robert Castlereagh, le dirija al gabinete en el año 1807. Ante las dificultades que advertía para la conquista militar de las colonias españolas, casi al término de la ocupación de Montevideo y Buenos Aires, el ministro inglés se inclinará por descartar este tipo de conquista por las armas, y en cambio se declarará partidario de ayudar a que emergieran gobiernos locales que les permitieran comercialmente operar libremente. Afirmará Castlereagh que Inglaterra debería dirigir su política: “a establecer y apoyar un gobierno local amigable con el cual esas relaciones comerciales puedan subsistir libremente, cosa que, por sí sola, constituye nuestro interés y que el pueblo de Sud América debe igualmente desear”.105 El interés por la conquista de nuevos mercados se mantendrá siempre constante para Inglaterra, pero no así, el modo de conseguirlo. El ya aludido Memorial de Castlereagh, -que es como se le ha definido, la piedra fundamental del “imperialismo comercial e indirecto”-, supone un cambio en la política de Inglaterra; ya no ocupar por la fuerza el continente


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americano, sino alentar y apoyar los movimientos independentistas. “Si nosotros, -dirá el Ministro de la guerra-, nos acercamos a ellos como comerciantes y no como enemigos, podríamos dar energía a sus impulsos locales y conseguiríamos abrogar las prohibiciones contra nuestro comercio. Que es nuestro gran interés”. Otra vez aparece el interés..! Será éste, en definitiva, el criterio a imponerse, no obstante existir opiniones minoritarias, caso de Lord Wellington, partidario del uso de la fuerza y no del mero apoyo.

Los amigos de Inglaterra Un compás de espera en las ambiciones de Inglaterra se producirá con la invasión napoleónica a España, al punto que Lord Stangford, embajador inglés en Río, -de continua y gran influencia en las tierras del Río de la Plata-, al pasar España de enemiga a país amigo, aconsejará a sus “colaboradores” de Buenos Aires, con motivo de la caída de la Junta de Sevilla, que pospongan cualquier decisión que de algún modo suponga la independencia. Ante las reticencias de Strangford y las amenazas de Elío, la Junta de Buenos Aires, decidió halagar al Lord inglés, nombrándole “ciudadano – propietario”, comisionando a Manuel de Sarratea para hacerle entrega personal del pergamino con la pertinente distinción. La designación de Sarratea, como se sabe acérrimo enemigo de Artigas, no será casual, dado sus vínculos comerciales con los ingleses, era un fuerte comerciante de telas y además amigo personal de Strangford. Con su reconocida habilidad, Sarratea expondrá ante el Embajador inglés la conveniencia de que el Imperio Portugués desista de su invasión primera a la Banda Oriental (1811), e incluso dejará entrever la posibilidad que, por otros medios, la princesa Carlota, hermana de Fernando VII, pudiera ser coronada emperatriz de la región platense. Su propuesta expresaba los deseos de la corriente que ha dado en llamarse “carlotista”, y que en forma alternada contó con importantes adeptos en el Cono Sur y las complacientes “guiñadas” de Inglaterra, la cual veía la posibilidad de asegurar su gravitación en la región a través del Imperio de Portugal. Evidentemente que la política carece de un desarrollo lineal, por momentos tiene algo de laberinto, pero es importante advertir como en el


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entretejido histórico del Uruguay la influencia de la Inglaterra no comienza con Lord Ponsomby y los prolegómenos de su independencia. Y que muchos de los enemigos de Artigas y Monterroso, -como ya se verá-, estuvieron vinculados a los intereses y políticas del Imperio Británico y se identificaron con sus ideas. Acorde a lo expresado en párrafos precedentes es importante subrayar que cuando el Imperio Portugués, socio obligado de Inglaterra, invada por segunda vez durante el siglo XIX la Banda Oriental (1816), -con la complicidad de los logistas porteños-, las veteranas tropas que lo hagan, sean aquellas que trajera Inglaterra en sus barcos desde Europa, y que, quien les pase revista en Río sea el mismísimo Coronel Beresford, finalmente por sus méritos, designado vizconde. Cuando se piensa en Portugal y Brasil y su incidencia en la historia de la Banda Oriental, debe de tenerse presente inevitablemente su vínculo durante el siglo XIX con la Inglaterra. Portugal sufrirá su influencia, -ya secular-, cuando en el año 1803, Inglaterra le imponga al debilitado imperio lusitano por el Tratado de Menthuen, que no sólo abra el mercado a sus textiles, -a cambio de una tarifa especial para los vinos de Oporto, magro beneficio-, sino que le permita ventajosamente comerciar con el Brasil, siendo Inglaterra el único país que disfrutará de este privilegio. Más tarde, en noviembre de 1807, los ejércitos franceses se apoderarán de Portugal. Entonces, la flota recogió al Príncipe Regente Juan, a la enajenada reina María, a la princesa Carlota Joaquina, esposa del Regente e hija de Carlos IV de España, y a unos diez mil funcionarios y cortesanos, junto con buena parte también del ejército portugués y los trasladó a Río de Janeiro, desde entonces centro del imperio lusitano. El viaje tuvo su precio: abrir sin reticencias el amplio y suculento mercado brasileño a los industriales y comerciantes de su Magestad. En 1810 se firmó el nuevo tratado anglo – lusitano que fue precedido de otros varios, invariablemente favorables a Inglaterra…106 Como muy acertadamente lo señala Vivian Trías, a raíz de la relación de dependencia cuasi colonial que se establece entre Portugal e Inglaterra, sometiéndose el primero a los dictámenes de la segunda, puede hablarse con propiedad del “subimperio lusitano en América”, el cual cumple cabalmente con los designios del Foreign Office y … las compañías británicas. 107


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Cabe precisar que cuando se hacer referencia a las invasiones portuguesas a la Banda Oriental, no se olvida la ocurrida en 1801 en los pueblos por entonces misioneros, pertenecientes a la Banda Oriental, ni tampoco, no obstante su lejanía temporal, a la secular y conflictiva presencia portuguesa en la Colonia del Sacramento, presencia que por ser sede de importante contrabando, beneficiaba de modo directo y significativo a los ingleses. Hombre clave para la política a desarrollar en el Cono Sur por el imperio a partir de los inicios del siglo XIX será Percy Clinton Sidney Smythe, más conocido como Lord Strangford. Embajador en Lisboa desde 1806, se trasladará con la Corte Portuguesa a Brasil, permaneciendo en el País desde 1808 a 1814. Desde su cargo en Río intervendrá de modo continuo en el acontecer no sólo del Brasil, sino del Río de la Plata. Su astuta política se caracterizará por lo pendular y zigzagueante. Como ya se expresara, la conducta del gobierno inglés, condicionada por su enfrentamiento a Napoleón y la necesidad de no malquistarse con España, será por algún tiempo de extrema cautela con referencia al apoyo que pudiera brindar a la independencia de las colonias americanas. Lord Strangford deberá acompasar su acción a las directivas de sus superiores jerárquicos, pero hombre de fuerte personalidad e indiscutible talento, en ocasiones se “desmarcará” jugando solapadamente su propia estrategia. De ello ofrece abundante material su correspondencia, tanto con las autoridades porteñas como con Castlereagh y posteriormente el nuevo Ministro del Exterior marqués Richard Wellesley. No conforme con sus cartas, Strangford enviará en misión a Buenos Aires a Manuel Aniceto Padilla, -el pensionado por la ayuda que brindara a Beresford, y que por ese entonces moraba en Río pero se encontraba en contacto con sus amigos porteños-; posteriormente el inglés despachará al capitán Peter Heywodd (13 de diciembre de 1812), para aplacar los entusiasmos de los integrantes de la “Sociedad Patriótica”, y que por entonces querían la independencia, se entiende que una “independencia a lo Miranda”. La intervención inglesa, como se constata, será constante, no obstante las variaciones de su política. Cuando la invasión del Imperio Portugués a la Banda Oriental en 1811, será Strangford quien le indique al Regente, -intercesión de Sarratea mediante-, que debe de enviar un emisario


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a Buenos Aires para firmar el armisticio de paz y hasta le indicará el nombre de quien deberá serlo, -el bien conocido en la historia uruguaya por su misión-, el coronel Juan Rademaker, persona de absoluta confianza del embajador británico.108 En la entreverada pero lúcida estrategia británica intervendrá asimismo un hecho que evidencia que la historia no sólo se explica por las “ineluctables leyes de la historia”. El canciller Canning y el Ministro de Guerra y Colonias Castlereagh, a quienes unía una íntima amistad, se batirán a duelo en muy severas condiciones y por causas no satisfactoriamente explicadas, resultando mal herido Canning; a consecuencia de lo cual, él y Castlereagh, deberán renunciar a sus cargos. Entonces asumirá como canciller el marqués de Wellesley, que anteriormente había sido gobernador general de la India, y consolidado la ocupación británica ampliando incluso su control territorial sobre la misma. El marqués, sin renunciar por supuesto al intervencionismo del Imperio, dado sus antecedentes-, será renuente en principio, a la independencia de las colonias americanas, incidiendo esto en la política de Strangford. La alarma en Londres será grande, cuando a través del presidente bonaerense de la Sociedad de Mercaderes de Londres Alex Mackinnon, que actuaba como espía, se informe al Foreign Office el 15 de marzo de 1815, “que el grupo de abogados que lo frecuentaba, -Castelli, Belgrano y Moreno-, eran partidarios de la independencia bajo una estrecha alianza con Gran Bretaña”, lo que evidencia no sólo la ingerencia inglesa, más allá de las nuevas modalidades, sino del estrecho relacionamiento de ciertas figuras especialmente de aquellas que integraban la “Sociedad Patriótica” con el Imperio.109

Una intriga no sólo palaciega Como ya se ha señalado la intervención del Imperio inglés en el sur de América será reiterada y de larga data. Años antes a la época a que se aludiera precedentemente, el Jefe de la estación naval británica, viceralmente Sydney Smith, -no confundir con el parecido apellido de Lord Strangford-, era decidido partidario de establecer en el Río de la Plata una monarquía bajo la regencia de la Princesa Carlota, especulando que si para


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ello se contaba con el apoyo de la armada británica podría obtenerse después un favorable tratado de “libre comercio”. Para su proyecto Sydney Smith, contará con la colaboración del ya conocido Saturnino Rodríguez Peña, -el pensionado del Imperio a partir de la fuga de Beresford-, el cual Saturnino incluso le llegará a participar del proyecto al propio Miranda. El pensionado estaba totalmente de acuerdo con el proyecto “por las ventajas que se obtendrían para América de un gobierno local mejor y de un comercio libre protegido por los poderes navales”.110 La idea era mirada con simpatía por no pocos dirigentes porteños, aún cuando en el Foreign Office no todos participaban del mismo entusiasmo. A la concreción de esta idea, junto con las razones geopolíticas se sumaban las efectivas, ya que la princesa Carlota, mujer inteligente y ambiciosa, pero no agraciada físicamente, era sin embargo muy sensible y simpatizaba grandemente con el apuesto y gallardo vicealmirante…111 A cargo del “proyecto carlotista” el dócil Rodríguez Peña, para su concreción, mandó al cirujano inglés James Paroissien con la propuesta a través de la cual se pedía la instauración de la “monarquía carlotista”. Al mismo tiempo, Don Saturnino, junto con el mensaje envió diligentemente un interesante contrabando aprovechando las franquicias de que gozaba el buque. Quienes no estaban de acuerdo con el “carlotismo” presionaron a Liniers para que detuviera a Paroissien a quien se le inició un proceso y hasta se pedía para él la pena de muerte. Felizmente para el inglés estalló la Revolución de Mayo, y todo se diluyó, al punto que con posterioridad, en su carácter de cirujano se incorporaría al Ejército de los Andes y terminaría siendo designado brigadier general del Perú por el libertador San Martín. En cuanto a Paroissien, resulta altamente significativo que durante el proceso que se le incoara, su abogado defensor fuera Castelli… a quien no pocos, sin fundamento, aseguran podría haber influido en las ideas de Monterroso. La defensoría asumida por Castelli no es de extrañar, ya que en la correspondencia de Strangford aparecen repetidas veces tanto él como Moreno, manteniendo fluidas y cordiales relaciones con los diplomáticos británicos, “a los que prometían firme alianza y privilegiada protección para sus intereses”.112 No es casual que en estas “peripecias probritánicas” aparezcan de un modo u otro, Castelli, Monteagudo, Belgrano y Rodríguez Peña, -el


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hermano de Saturnino-, ya que todos ellos, matiz más, matiz menos, junto con los demás integrantes de la llamada “Sociedad Patriótica” que se fundara por los jóvenes que se reunían en el “Café de Marco”, tenían un proyecto social y político muy distinto al artiguista. Por lo demás, la penetración de la acción del “Reino Unido” hasta en los entresijos más íntimos de los personajes de la época se manifiesta, cuando James Burke, agente del Intelligence Service, decidió ante la conducta del reacio Liniers a secundar los proyectos del Imperio, penalizar al francés, descubriéndole que el amor de la bella y joven Anita Perichon no era tal, sino simplemente labores encargadas por el Foreign Office y retribuidas en forma generosa con el dinero que puntualmente se le giraba, con el fin de inducir al “amado” Virrey a colaborar con los propósitos británicos.113

"Colaboracionista" generosamente premiado En el "prontuario" de figuras pro-británicas, no debe olvidarse incluir al ya conocido pensionado del Imperio, Saturnino Rodríguez Peña, el cual irrumpirá en Montevideo al caer la ciudad en manos del gobierno porteño en el año 1814. En estas circunstancias un hambre canina se le despertará a dicho gobierno, que buscará adueñarse de todo lo valioso de la ciudad, incluyendo mobiliario y alhajas, para lo cual primeramente se designará al lautarino canónigo Pedro Pablo Vidal como “Juez de Propiedades Extrañas”, quien mediante el ejercicio de este cargo se propondrá satisfacer la voracidad del gobierno de Buenos Aires, apropiándose de todo lo que encuentre a su paso.114 Iniciada esta labor depredatoria por el buen canónigo, posteriormente será sustituido en este pillaje nada menos que por Saturnino Rodríguez Peña, el cual había sido designado recientemente Administrador de la Aduana de Montevideo115, quien con el aval de su hermano Don Nicolás, Estanislao Soler, Santiago Vázquez y el Director Alvear, -todos obstinados adversarios de Artigas-, cumplirá a maravillas su labor. Al retirarse apresuradamente de Montevideo, no sólo se llevaron la pólvora y las armas, -explotando las bóvedas a causa de su apuro-, sino también todo lo que “expropiaron” y pudieron tomar.


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Sobre este período de gobierno, una historiadora tan ponderada en sus juicios como Aurora Capillas de Castellanos, expresa: “La crítica de determinada corriente del Río de la Plata, que fue tan implacable en sus afirmaciones y juicios sobre Artigas y el movimiento de masas populares que acaudilló; tan severa en el análisis para descubrirle errores y atribuirle excesos, no se ha detenido, en general, en el examen de una gestión administrativa pródiga en abusos y arbitrariedades, que algunos historiadores clásicos y modernos del período de la revolución han sabido disimular con generosa tolerancia”.116 La referencia a Rodríguez Peña supera lo anecdótico e indica claramente que para los “ilustres” personajes citados en párrafos anteriores no importaban sus antecedentes. En realidad, no sólo no eran un obstáculo para que se le distinguiese, sino que pensar y actuar como Don Saturnino era un mérito…

Los devaneos monárquicos Aún cuando por lo pasajero podría calificarse de devaneo el entusiasmo por la monarquía de muchas de las personalidades revolucionarias americanas; influidas evidentemente por el modelo inglés; detrás de sus intentos y negociaciones se descubre una decidida y militante filosofía social y económica, liberal y excluyente, que consideraba al régimen monárquico, y particularmente al inglés como idealmente apto para la “timocracia”, -según los griegos el gobierno de los ricos-, que buscaba implantarse en el Río de la Plata. Curiosamente los infeccionados de algún modo, por las prácticas jacobinas, eran asimismo partidarios de ello. No por conocidos debe de dejar de mencionarse los intentos que en el sur, en especial la oligarquía porteño, efectuó para establecer la monarquía en la región platense. Ello se hace necesario, dado que frecuentemente a no pocas de estas figuras se les pretende asociar al artiguismo, cuando el Prócer y su secretario Monterroso tendrán visiones absolutamente ajenas a éstas. Sin duda que entre estos personajes no estará Sarratea, no obstante que entre los que lo respalden puedan encontrarse algunas de las figuras que quieran asociarse con el pensamiento artiguista y monterrosista. De todos


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modos, deberá mencionársele nuevamente, dada la misión que se le encomiende en diciembre de 1813. Los vaivenes políticos a los que ya se ha hecho referencia también alcanzaron al gobierno porteño. En 1812, fruto de la revolución popular que se había producido, -motín orillero, como lo llaman los historiadores liberales-, las autoridades de Buenos Aires expresaron en nota que le dirigieron al gobierno británico, su propósito de alcanzar la independencia. Pero este Proyecto no se mantendrá ya en 1813, en función, debe de reconocerse, de los cambios operados, tanto en el escenario regional como peninsular. La expulsión de los franceses de España y a su vez la derrota de Vilcapugio y el consiguiente afianzamiento de los españoles en el Alto Perú, forzará al triunvirato bonaerense a buscar un arreglo con España, reconociendo la soberanía de Fernando VII, pero intentando al mismo tiempo asegurarse una cierta autonomía. Para alcanzar estas metas se comisionará a Sarratea, quien para poder concretarlas deberá intentar el apoyo de Inglaterra, a la cual, a cambio se le ofrecerán las consabidas preeminencias mercantiles. Por supuesto que en estas tratativas se entregaba la Banda Oriental a las Cortes Españolas, según se desprende claramente de las instrucciones dadas a Sarratea el 13 de noviembre de 1813.117 Previo paso por Río, para conversar, -recibir instrucciones de Strangford-, Sarratea llegará a Londres en mayo de 1814, pero como el Imperio Británico había conseguido a través de un tratado, todo lo que le interesaba de Fernando VII, le cerró prácticamente “la puerta en las narices” a Sarratea, el cual a partir de este desaire se tornará crítico de Inglaterra. No obstante esta actitud descortés del gobierno inglés, el triunvirato porteño insistirá en sus “negociaciones”, enviando a la “brumosa isla” a Rivadavia y Belgrano, con el fin de continuar “negociando”, ahora bajo la apariencia, -“la máscara de Fernando VII” se decía-, un gobierno monárquico para el Río de la Plata. Será entonces que se piense en coronar al infante Francisco de Paula, quien residente en Roma, era hijo menor de Carlos IV. Con entusiasmo que casi llegaba al paroxismo, Belgrano, -del que el “jacobino” Mariano Moreno fuera socio-, y ayudado por Rivadavia, alcanzó en estas circunstancias a redactar una constitución monárquica, con duques, condes, -tampoco faltaban los marqueses y los obispos-, que se encargarían del buen gobierno de la nación; no obstante, habría también una


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“Sala Baja” con representantes del común, aún cuando ésta no sería tan común ya que para formar parte de la misma deberían de cumplirse no fáciles requisitos.118 Pero antes de llegar a Londres, Belgrano y Rivadavia pasarán por Río, adonde llegará a su vez en enero de 1815, el laborioso García, el mismo que en 1828 participará en las negociaciones que culminen con la independencia de la Banda Oriental. Durante su estadía se ocultará de los otros dos comisionados que se enterarán de su presencia por el propio Strangford.119

“Arrojarse a los brazos generosos de Inglaterra” Como si no bastaran las ya mencionadas instrucciones dadas a Belgrano y Rivadavia, Alvear le entregará a García, por entonces su Consejero de Estado, dos importantes pliegos, el uno para Strangford y el otro para Castlereagh. En el primero, le expresaba al embajador inglés, refiriéndose a la situación del Cono Sur y en especial pensando en la amenaza que significaban “los anarquistas” de Artigas, que: “sola la generosa nación británica puede poner remedio a tantos males”; en el segundo, le manifestaba al Ministro del Exterior inglés, en elocuentes frases: “que la Inglaterra (…) no puede abandonar a su suerte a los habitantes del Río de la Plata en el acto mismo en que se arrojan a sus brazos generosos”.120

El veleidoso Alvear No persistirá durante mucho tiempo en su entrega incondicional a Inglaterra el versátil Alvear. La sublevación de Fontezuelas en donde el ejército enviado para combatir a Artigas se vuelve contra él, hará que deba renunciar como Director Supremo. Entonces, desde Río en lamentable nota dirigida al ministro español Villalba, implorará al Rey Fernando VII, su gracia para incorporarse nuevamente al ejército español, aduciendo que había trabajado “para poner término a ésta maldita revolución (…) pero había quienes no querían que el país volviese a su antigua tranquilidad, y apoyados por la conducta de don José Artigas en la Banda Oriental iban a alejar toda esperanza de orden y subordinación a la legítima autoridad (…)


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Espero, -le dirá a Villalba-, que considerándome como un vasallo que sinceramente reclama la gracia de su soberano y está dispuesto a merecerla, se sirva recomendarme a su Majestad (...)”121 Los cortesanos términos con los que Alvear se dirige a Fernando, personaje tortuoso, arrogante y servil, que resulta incomprensible se le haya erigido en Madrid un monumento en la Puerta de Toledo, mientras el valeroso capitán Daoiz, héroe de la resistencia a Napoleón, pasa casi inadvertido-, no son de extrañar en el caso del Director Supremo ya que anteriormente a renunciar, le había escrito al Cabildo de Buenos Aires, desde su campamento en Olivos, una proclama, donde llamará a Artigas: “aventurero, enemigo de la prosperidad pública, director de bandidos”. Sí, causa asombro en cambio, que conociéndose esta actitud de Alvear hacia el Caudillo Oriental, se quiera presentar a Mariano Moreno, influyendo con sus ideas en Artigas y Monterroso, cuando Monteagudo, principal amigo de Moreno, será quien con más entusiasmo propicie la designación de Alvear como Director Supremo… A la verdad que cuando se analizan las gestiones de la oligarquía porteña ante los diversos gobiernos de la época, debe concluirse que todo se prefería por parte de la Logia, al triunfo en ese momento posible y amenazante, de la Liga de los Pueblos Libres acaudillados por Artigas.

El empecinamiento a favor de la monarquía Tampoco por conocido debe de omitirse mencionar lo ocurrido en el año 1816. Quizás para superar la grave crisis por la que atravesaban las provincias, -Guemes se había rebelado ante los desplantes e imposiciones de Buenos Aires-, a lo que se agregaba el preocupante triunfo español en SipeSipe, el gobierno porteño convocará a la realización del Congreso de Tucumán, al que no concurrirán “los pueblos libres”, es decir las provincias integrantes de la Liga Federal; salvo Córdoba, que lo hará después de no pocas vacilaciones. El 9 de mayo será elegido Pueyrredón, -el pertinaz enemigo de Artigas-, como Director Supremo, el cual sustituirá a Balcarce, que era interino, y a su vez sucesor de Alvarez Thomas. Centrándose en la llamada “declaración de Independencia” del 9 de julio y prescindiéndose de las vicisitudes por las que el Congreso atravesara,


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corresponde atender al texto de la declaración que se aprobara. La misma expresa textualmente: “(…) declaramos solemnemente a la faz de la tierra que es voluntad unánime e ineludible de estas Provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas, e investirse el alto carácter de Nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli. Quedan en consecuencia de hecho y derecho con amplio y pleno poder para darse las formas que exija la justicia e impone el cúmulo de sus actuales circunstancias”.122 La evidente ambigüedad de la redacción, ya que ella permitía anexionarse a Inglaterra, como ya lo había querido Alvear en 1815, o a Portugal, como otros pensaban hacerlo en breve, hará que Medrano, ante redacción tan poco clara, solicite el 9 de julio que por lo menos a la fórmula de juramento a tomarse al ejército se agregase: “(…) y de toda dominación extranjera”, interpretándose de esta manera que el acta, quedando así modificada, disiparía toda dudosa interpretación. No quedó tampoco claro que forma de gobierno se adoptaría, ya que las provincias “habrían de darse las formas que exija la justicia e impone el cúmulo de circunstancias”. Precisamente el “cúmulo de circunstancias” haría decir a Belgrano que había retomado de Europa y recibido por el Congreso en sesión secreta el 6 de julio “1) que si la Revolución había merecido en un principio simpatías de las naciones europeas “por su marcha majestuosa”, en el día y debido a su “declinación en el desorden y la anarquía… sólo podíamos contar con nuestras propias fuerzas”; 2) que las ideas republicanas ya no tenían predicamento en Europa y ahora “se trataba de monarquizarlo todo”, siendo preferida la forma monárquica constitucional a la manera inglesa; 3) que la forma de gobierno conveniente al país era, por eso, la monarquía “temperada” llamando a la dinastía de los Incas “por la justicia que envuelve la restitución de esta Casa tan inicuamente despojada del trono”, el entusiasmo general se despertaría en los habitantes del interior, y podía “evitarse así una sangrienta revolución en lo sucesivo”; 4) que España estaba débil por la larga guerra contra Napoleón y “las discordias que la devoraban”, pero con todo tenía más poder que nosotros y debíamos poner todo conato en


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robustecer el ejército; que Inglaterra no ayudaría a España a subyugarnos, “siempre que de nuestra parte cesasen los desórdenes”; 5) que la llegada de tropas a Brasil no tenía miras ofensivas contra nosotros, y sólo “precaver la infección (del artiguismo) en el territorio de Brasil”; que el carácter del príncipe don Juan era pacífico y “enemigo de conquistas”, y estas provincias no debían temer movimiento de aquellas fuerzas”.123 Acorde a estas “ideas”, los oyentes del “General”, llegaron incluso en un momento a la exaltación, y tal como éste lo propusiera, a pensar en que un descendiente de los incas podía ocupar el trono. Proyecto éste que no cuajó, pero sí “la forma monárquica de gobierno” que fue aprobada por amplia mayoría, en las sesiones secretas del 4 de setiembre.

Elocuentes cláusulas “reservadas” y “reservadísimas” Coherentemente con lo que se había aprobado, el Congreso posteriormente dispuso que se enviasen a la Corte de Río, dos delegados con precisas instrucciones para encarar las pertinentes negociaciones. Para evidenciar claramente las intenciones de quienes aprobaron estas cláusulas, tan contrarias al espíritu artiguista y los pueblos federales, estímase conveniente, sobre la base textual de las mismas, hacer una síntesis de las mismas. En las “instrucciones reservadas” se leía: “1) que los comisionados tratasen, tanto en la Corte portuguesa como ante el General Lecor, “sobre la base de la libertad e independencia de las Provincias representadas en el Congreso” (abandonando, pues, los “Pueblos Libres” a los invasores); 2) “desimpresionar, tanto a Herrera como a Lecor, de las ideas exageradas que acaso habrán formado del desorden en que nos suponen”; 3) conseguir un manifiesto público de Lecor de no tener pretensiones sobre esta Banda (la Oriental), “pues los pueblos recelosos se agitan demasiado expresando el deseo de auxiliar al General Artigas” y era necesario “aquietar a los habitantes sobre el objeto de la expedición militar contra la Banda Oriental”; 4) que si “el objeto del gobierno portugués era reducir al orden a la Banda Oriental, de ninguna manera podía apoderarse del Entrerríos por ser este territorio perteneciente a la Provincia de Buenos Aires que hasta ahora no lo ha renunciado ni cedido a aquella Banda”; 5) “que a pesar de la exaltación de las ideas democráticas que se han experimentado en toda la Revolución, la parte más sana e ilustre de los


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pueblos y aún el común de éstos, están dispuestos a un sistema monárquico constitucional bajo las bases de la constitución inglesa acomodada a las circunstancias”; 6) “persuadir al gabinete del Brasil a que se declare Protector de la libertad y la independencia de estas Provincias restableciendo la casa de los Incas y enlazándola con la Braganza”; 7) si no obtuviesen aprobación, pedir la coronación de “un infante del Brasil o de cualquier otro infante extranjero con tal que no sea de España, para que enlazándolo con alguna de las infantas de Brasil gobierne este País bajo una constitución que deberá presentar el Congreso”; 8) así fuese reconvenido por algunos auxilios que el gobierno de las Provincias Unidas ha mandado a Artigas, explicará “que no se ha podido prescindir de este paso por no haber tenido hasta ahora del gabinete portugués una garantía pública que asegure a este territorio de sus miras justas, pacíficas y desinteresadas” y de no hacerlo habría ocurrido una “convulsión general”. 124

En las “instrucciones reservadísimas”, las propuestas serán, si cabe, aún más graves. Por las cláusulas en ellas contenidas se expresaba a la Corte de Río: “en el caso de exigírseles que estas Provincias se incorporen a las de Brasil, se opondrá abiertamente manifestando que sus instrucciones no se extienden a este caso… pero sí después de apurados todos los recursos de la política y del convencimiento insistiesen en el empeño, indicará, como una cosa que sale de él, que formando un estado distinto del Brasil reconocerán por su monarca al de aquél, mientras mantenga su corte en este continente, pero bajo una constitución que le presentará el Congreso… comunicándolo inmediatamente al Congreso”.125 Los delegados designados por el Congreso, nunca llegaron a Río, dado que la invasión de la Banda Oriental por los portugueses, asegurando que se limitarían a dicha Banda hacía innecesario cualquier otro ofrecimiento. Ya no era “ineludible” entregar al país a Brasil para “salvarse” de Artigas. Por otra parte, Pueyrredón, nuevo director Supremo, estaba pensando en gestionar la coronación de Luis Felipe de Orleáns como monarca para las Provincias Unidas. Obviamente que la claridad y contundencia de la redacción de las cláusulas “reservadas” y “reservadísimas”, eximen de todo comentario sobre las mismas.

Paradigmas antitéticos


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Los diversos sucesos que se han registrado en el presente capítulo, muestran al lector un conjunto de ideas y valores muy distintos a los vivenciados por Artigas y Monterroso. Si por “paradigma”, -como lo ha establecido muy acertadamente en sus estudios Thomas S. Kuhn-, debe entenderse “una constelación global de convicciones, valores, modos de proceder compartida por los miembros de una determinada comunidad”, comparando aquel al que pertenecían los adversarios de la Liga Federal, en especial quienes integraran las logias, no cabe duda que el suyo se contraponía claramente al paradigma del Prócer oriental y quienes con él se identificaban. La derrota del movimiento federal artiguista, no se deberá entonces a la “tozudez” que por algunos historiadores se le atribuye con ligereza a su Caudillo, sino a que por naturaleza, ambos paradigmas eran incompatibles. Sin duda que no todos los que se identificaban con el proceder antiartiguista de las logias actuaran perversamente y muy probablemente considerarían que era lo mejor; pero no pocos lo harán en defensa de los intereses de las oligarquías, especialmente portuarias, a las cuales pertenecían y en sus procederes con maligna duplicidad. La inmensa mayoría de los “militantes” antiartiguistas se identificarán con el pensamiento, política e intereses de la Corona Británica, y los grupos de poder que actúen en su entorno, ya que las logias a las que pertenecían eran tributarias precisamente de este “paradigma”. Habrá excepciones, caso de Pueyrredón, pero sólo en atención a su relación, podría decirse que afectiva con Francia. Pero aún así, su modo de pensar general estará imbuido por los conceptos del paradigma de las logias. A estas logias habrá de referirse, por su importancia en la derrota del artiguismo, oportunamente el presente trabajo, ya que fueron los principales enemigos de Artigas y Monterroso, pero previamente, se deberá considerar aún cuando someramente la derrota del movimiento federal, que es consecuencia precisamente de las visiones encontradas a las que se ha hecho mención, y también a los intereses del Imperio inglés, tan escasamente reconocido como uno de los protagonistas de esta trama perversa contra el auténtico movimiento federal.


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CAPÍTULO VI EL SINIESTRO CONTUBENIO

Una antigua malquerencia La inquina hacia Artigas y su movimiento, a la verdad que se configura desde lo inicios de la revolución que acaudillara, más allá que Belgrano y Moreno lo reconocieran para la Banda Oriental un referente importante para la rebelión. Conviene en este sentido “inventariar” los hechos que a través de una mirada de conjunto, aún cuando somera, muestran en forma diáfana quienes se identificaban con otros paradigmas diversos al artiguista, y manifestaran desde siempre, -y no por la “terquedad” del Prócer-, su hostilidad al mismo y a su movimiento, buscando en los comienzos marginarlo y “docilizarlo”, y posteriormente incluso aniquilarlo. Recién comenzada la revolución ya se evidenciará el recelo hacia el Prócer, cuando el gobierno porteño designara como General en Jefe del Ejército de la Banda Oriental a Manuel Belgrano, confiriendo los despachos de tenientes coroneles a José Rondeau y José Artigas, con los nombramientos de Segundo Jefe del Ejército y Jefe de las Milicias Orientales respectivamente. La animosidad no era sólo a la persona del Caudillo sino a las ideas y valores que el proyecto artiguista conllevaba, el cual si bien irá desarrollándose y madurando a través del tiempo, -el aporte de Monterroso en este proceso será decisivo-, desde sus inicios resultaba aborrecible para aquellos identificados, por su cultura e intereses, con otros paradigmas.


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En este sentido, la designación de Belgrano se encuentra encuadrada en los marcos conceptuales precedentemente mencionados. Belgrano no era militar sino abogado, pero tenía establecido un acreditado estudio jurídico, del que Mariano Moreno era socio; estudio estrechamente vinculado a los intereses británicos, siendo sus principales clientes los comerciantes ingleses. De ahí que cuando se debatiera en Buenos Aires liberalizar el ingreso de las mercaderías importadas de la Isla, -con la consiguiente ruina de las industrias artesanales particularmente de las provincias-, Belgrano y también Moreno, tomaron parte activa con entusiasmo a favor de un “libre comercio” irrestricto 126, Belgrano será asimismo en los inicios de la revolución fervoroso partidario de la Princesa Carlota y posteriormente, como ya se ha visto, apasionado partidario de una constitución monárquica con duques y marqueses, y clara exclusión en el gobierno de aquellos que no fueran ricos. Quizás fueran sus ideas las que llevaron a la oligarquía porteña a promoverlo como general, para la Banda Oriental, relegando a Artigas a un tercer lugar, dado que en cuanto a triunfos bélicos, Belgrano, poco tiempo antes de su nombramiento para la Banda Oriental, había sufrido en Paraguari, -Paraguay-, el 19 de enero de 1811, una tremenda derrota. En cuanto a Artigas, ya sabemos porqué se le relegaba; aparte de los deseos de dominación que ya surgían sobre la Banda Oriental, don José, no era un “ilustrado”; no integraba las logias ni había asistido a las tertulias del “Café de Malco”, lugar donde se reunía la juventud “bienpensante” de la oligarquía porteña, ocupada en divagaciones doctrinales, mientras los pobres gauchos morían por la patria en las cuchillas y praderas de la región. Por el contrario, el Caudillo oriental era, más allá de su, por cierta, destacada inteligencia natural, un claro producto de la campaña, que había recorrido toda su vida a lomo de caballo, recibiendo como única instrucción formal, la que obtuviera en la escuela de primeras letras regenteada por los franciscanos, como lo atestigua la carta que su padre escribiera oportunamente a Larrañaga127. Como oportunamente se ha demostrado en trabajos anteriores, resulta imposible que el Prócer leyera los libros de la biblioteca de Ortega y Monroy como se ha pretendido por algunos historiadores, para de este modo salvar la escasa instrucción formal recibida por Artigas. A todo ello se sumaba la tradicional rivalidad portuaria entre Buenos Aires y Montevideo, aún cuando este último factor sería de menor incidencia, ya que a Artigas no podría identificársele sin más con


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Montevideo, la cual, por otra parte, sintió siempre cierta aprensión por el Caudillo, y en ocasiones, franca hostilidad. Estallada la revolución, Artigas, en su carácter de Jefe de los Orientales, -así será proclamado en las asambleas patrióticas-, pondrá como se sabe, sitio a la Ciudad de Montevideo, el cual en poco tiempo será levantado en decisión unilateral por el gobierno porteño, a través del acuerdo que firme con el español Vigodet, al que se le entregaba la Banda Oriental y parte de Entre Ríos; resolución ésta con la que discrepó Artigas y la mayoría del pueblo oriental, con el que el Caudillo inició el conocido “Éxodo”, en testimonio de desaprobación, siguiéndole hacia el norte más de 16.000 personas, acampando posteriormente en el Ayuí.

Dos mundos en colisión Evacuada por los portugueses que la habían invadido la Banda Oriental, -mediante el acuerdo Rademaker – Herrera y gracias a la influencia de Inglaterra-, y además, violado por Vigodet el pacto acordado en su momento, el triunvirato porteño, decidirá reanudar las acciones militares contra España. Para ello, el mismísimo Presidente del Triunvirato, Manuel de Sarratea, irá en persona a ponerse al frente de las operaciones, relegando nuevamente a Artigas, el cual ya se había convertido en el caudillo indiscutido del “pueblo en armas”, obteniendo además una resonante victoria en la batalla de Las Piedras. El prócer, no lo recusará como superior, -cosa que con todo derecho podría haberlo hecho-, pero exigirá continuar como Jefe de los Orientales, lo cual Sarratea admitirá a la fuerza, pero acampando en las cercanías, conspirará contra el Caudillo, ofreciéndole a los oficiales del ejército artiguista, grados, dinero y posiciones, accediendo a distanciarse de Artigas varios, entre ellos, Joaquín Suárez, Ventura Vázquez y Pedro Viera. Sarratea, como ya se ha visto, no era militar, sino un poderoso comerciante, y sólo podría reconocérsele como “mérito” ser amigo de Lord Strangford y pertenecer a la Logia. También ser un hábil intrigante, que continuamente confabulaba contra el Caudillo. El desprecio, y también temor hacia el Prócer y el pueblo que lo acompañaba, se hará patente no sólo en la conducta de Sarratea sino en sus escritos; así se referirá al “pueblo en armas” como a un grupo informe de


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lanceros y fusileros que carecen de subordinación128 afirmando que las ideas de Artigas “tenían toda la ponsoña de un aspid venenoso”. “Este hombre”, -se agrega en carta que escriba al gobierno de Buenos Aires-, “ocupará el primer lugar en la historia de los perversos del mundo, su peligrosidad es muy grande dado que la estupidez de las gentes de los campos hace que con la mayor facilidad sean convencidos”129. No obstante lo cual, “muy pocos fusilazos bastarán para lanzar a este caudillo más allá de los márgenes del Queguay”130. Desbordando la situación planteada el límite de lo tolerable, los oficiales artiguistas, presionaron fuertemente a Rondeau, segundo jefe, para que gestionase la renuncia de Sarratea, la cual se hará efectiva, aún cuando a regañadientes. No obstante, desde el lejano Londres, cuando se encontraba negociando obtener un soberano para la región, le escribirá al “renunciante” - y también lautarino José García, uno de los mayores conspiradores contra el proyecto artiguista-, que el Prócer “es un rancio malhechor y que sus oficiales son tan forajidos como él”131 opinión explicable si se tiene presente sus andanzas por la vieja Europa y quienes eran sus amigos. El “mundo” de Sarratea y sus “hermanos” lautarinos era sin duda un “mundo” totalmente diverso al de Artigas. Resulta inexplicable que todavía al día de hoy, se siga insistiendo en la influencia de las logias sobre el pensamiento y proyecto artiguista.

El emblemático rechazo de los diputados orientales La remoción de Sarratea como Jefe de los ejércitos patriotas que operaban en la Banda Oriental, constituirá una fugaz superación de las conflictivas relaciones entre el artiguismo naciente y las concepciones doctrinarias y políticas de los integrantes de las poderosas logias. El rechazo de los diputados orientales que portaban las célebres “Instrucciones” para la Asamblea del año 1813 convocada por el Triunvirato porteño, hará naufragar prontamente el aparente acercamiento logrado, quedando al descubierto una vez más las profundas divergencias entre ambos paradigmas, disparidad que se acentuará con el correr del tiempo al ir desarrollándose y madurando el ideario social del Prócer en el que tendrá activa incidencia su secretario y consejero el franciscano Monterroso.


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Evidentemente que la elección de los representantes orientales no se encontraba en un todo de acuerdo con el Reglamento Electoral dictado por el Triunvirato con fecha 24 de octubre de 1812, pero también es cierto que dicha reglamentación había sido impuesta por un gobierno espurio ajeno a la voluntad expresada por los “pueblos”. En cambio, la elección efectuada por los orientales se ajustaba en un todo a las tradicionales normas de clara raíz hispánica, que se aplicaban para las convocatorias y reuniones de Cortes Generales del Reino de España e Indias o de su “brazo popular”, o sea las Juntas Generales de Procuradores de ciudades, villas y pueblos, que otorgaban el derecho de elegir “diputados a Cortes” a las comunidades con Cabildo y enviar a las que fueran “cabeza” de Provincia.132 Por otra parte, los orientales en su Congreso de Abril habían efectuado el reconocimiento de la convocada Asamblea General y de Gobierno de 1813, por “pacto”, condicionando dicho reconocimiento a la expresa declaración por dicha Asamblea de constituir “la soberanía particular de los pueblos el objeto único de la Revolución”, tal como literalmente se expresara en las instrucciones dadas previamente a la mencionada Asamblea de Abril, y que Artigas le entregara a Tomás García de Zúñiga, a los efectos de desempeñarse ante el gobierno de Buenos Aires.133 Tanto la forma de elección de los diputados como la insistencia en la “soberanía particular de los pueblos”, -que evidentemente por otros textos se hace claro que son las entidades comunales territoriales y la población en general-, pone en evidencia la matriz hispánica presente en el pensamiento artiguista. Elemento éste que no debe de olvidarse cuando tantas veces se hace referencia “a las ideas liberales que inspiraran el pensamiento del Prócer”. Es más, el rechazo a los diputados orientales mediante las chicanas de los “ilustrados” logistas, expresa claramente la repulsa de éstos a los principios de descentralización y participación del artiguismo, contrarios precisamente a la filosofía centralista propiciada por la corriente liberal francesa que se mixturaba con las formas monárquicas de estilo inglés. Importante es resaltar asimismo que la comisión encargada de estudiar la validez de los poderes de los diputados orientales y que de modo rotundo le negará todo derecho a participar en la Asamblea, estará


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constituida en su totalidad por integrantes de la Logia Lautaro134; el canónigo Pedro Pablo Vidal, el también canónigo Valentín Gómez, Tomás Valle y Bernardo Monteagudo; este último será quien con más ahinco se oponga y a la postre sea el redactor del informe de la comisión, según consta en las Actas de la Asamblea, las cuales en la época publicáronse bajo el título de “El Redactor”; publicación de la que el autor dispone de un ejemplar. Cabe recordar que Monteagudo furibundo anticatólico, de estilo volteriano, constituye destacado exponente de esa curiosa simbiosis, que mezclaba los procedimientos radicales de los jacobinos, con las formas monárquicas del liberalismo inglés y clara simpatía por los economistas partidarios de la “mano invisible”; a lo que unía una obstinada militancia antifederal. Monteagudo se identificará de modo entusiasta con sus amigos Moreno y Castelli, este último, como ya se dijo, asociado por algunos autores a Monterroso; a nuestro entender, en forma absolutamente equivocada. Asímismo, como se ha visto, en la comisión estaba el canónigo Vidal, el que después, -¿porqué no recordarlo también?-, se ocupara tan diligentemente de desvalijar la ciudad de Montevideo, cuando ésta estuvo en poder del gobierno porteño. En cuanto a Valentín Gómez, ya se sabe cuáles serán sus andanzas posteriores por Europa, atareado en encontrar un soberano para el Río de la Plata. Con razón serán ellos los encargados de rechazar con sus triquiñuelas a los diputados de la Banda Oriental!

La conspiración en auge No obstante la adversión demostrada por el Triunvirato y sus secuaces hacia el artiguismo, el prócer no romperá el diálogo con el gobierno que tan gran desaire había evidenciado para con la Banda Oriental, y se avendrá a elegir el 15 de julio de 1813 los cinco diputados por cada uno de los cabildos en la forma prescripta por el abusivo Reglamento promulgado como se recordará el 24 de octubre de 1812 por el Triunvirato, hecho éste –la aceptación del Reglamento por parte de Artigas-, no generalmente resaltado por la historiografía.135 La Asamblea no llegará a considerar la aceptación de estos nuevos diputados, ya que el Triunvirato había llegado a un acuerdo con Larrañaga, para que se eligiesen otros cuatro diputados, además del ya aceptado


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Fonseca, a través de una reunión de electores a realizarse frente a Montevideo, en la llamada Capilla de Maciel. Artigas, siempre dispuesto al diálogo, ingenuamente aceptó esta propuesta, sin saber que el propósito de tal reunión era, con alevosía, marginarlo del liderazgo que ejercía en la Banda Oriental, y subyugar a los diputados que se eligieran a los propósitos de Buenos Aires. La felonía con que actuó la Logia al convocar a este Congreso después llamado de Capilla Maciel, se hace patente cuando se conoce la forma en que lo preparó. El encargado de urdir las reglas que darían “legitimidad” al fraude, con el que se buscaba impedir el justo liderazgo del Caudillo oriental, será el inteligente canónigo Dr. Valentín Gomez. Para convencerse de que el Congreso estaba totalmente amañado basta con leer las notas del astuto canónigo en las cuales se establecían los criterios para elegir a los congresales a fin de asegurar el “éxito” de la reunión. A vía de ejemplo, puede citarse lo que Gomez afirma en relación a quienes podrían ser electores de la misma en página poco conocida: “Podría excusarse el nombramiento de electores en los pueblos de Paysandú, Yí, Porongos, Pintado y en Cerro Largo, atendiendo su distancia, poca población, y a que están esos vecindarios bastantemente comprendidos en la gente que manda Artigas”. Y por si los electores en último caso no eran de confiar, las resoluciones del “soberano” congreso que se convocaba, debían de ser consideradas por el gobierno porteño, que “tendría la facultad de aprobar o desaprobar”.136 Junto a la elección absolutamente digitada de los delegados para que los artiguistas no alcanzaran la mayoría y el reaseguro de que las resoluciones del Congreso serían “ad referendum”, el habilidoso canónigo aconsejará que para disimular la maniobra y halagar a Artigas, se le otorgue un grado honorífico. Contento con el trabajo por encargo realizado Don Valentín se lo enviara a de Posadas en billete también poco conocido, diciéndole “yo pienso que he hecho lo que Ud. me dijo. Le manifesté a Larrañaga los artículos de instrucción y le parecieron bien”137. Acaso, también se “entendía” Valentín Gómez con Dámaso Antonio Larrañaga...? Las instrucciones que Rondeau recibiera de parte del gobierno porteño para “organizar” el Congreso, responden a los criterios elaborados por Gómez y tendrán como fin sustituir a Artigas y asegurarse una mayoría complaciente. El Jefe de los Orientales desconocerá estas instrucciones, y se encontrará cuando el Congreso se reúna, con que ha sido burlado y


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soslayado con una pérfida maniobra. Pedirá entonces, que los diputados concurran a su domicilio, -a modo de afirmar su autoridad desconocida-, pero esta solicitud se rechazará por mayoría, ya que muchos de los integrantes del Congreso habían sido elegidos por los comandantes militares adictos a Rondeau y dóciles al gobierno porteño, y otros, no se darán cuenta de que han caído en las arteras redes urdidas. El ya anciano Presbítero Pérez Castellano con sagacidad descubrirá la conspiración y advertirá que ella tiene como objetivo el alejamiento de Artigas. Lamentablemente, no todos, como ya se ha señalado, tendrán la perspicacia de Pérez Castellano, e incluso, algunos hasta ese momento partidarios del Prócer, se pasarán con disimulo al campo enemigo. García de Zúñiga, por ejemplo, importante latifundista y de decisiva actuación en el Congreso, después de su inicial apoyo al artiguismo, será ganado por la Logia, y como premio se resolverá que su voto vale por tres… Artigas rechazará enérgicamente la reunión de Capilla Maciel, preparada con tanta bellaquería, y tan carente de auténtica representatividad de los pueblos. Y pensar, que ante esta actitud del Prócer, historiadores hay que lo califican de poco democrático y autoritario...! El Congreso tendrá también como objetivo terminar con el gobierno municipal que el Congreso de Abril había creado conjuntamente con la Provincia Oriental de claro perfil autonómico; municipio éste, -conviene recalcar- que tenía las formas comunales propias de las leyes hispánicas. El mismo será sustituido por otro, al mismo tiempo que Buenos Aires creaba la Provincia, -que ya existía-, pero la “nueva”, no por libre decisión de los orientales y careciendo por supuesto de autonomía provincial, asemejándose más bien a las gobernaciones – intendencias 138. En este sentido no debe de olvidarse que la Provincia ya se había constituido el 20 de abril de 1813 al mismo tiempo que se creaba el Cuerpo Municipal que debía regirla y que, tal como consta en el juramento que debían hacer los alcaldes y jueces comisionados la Provincia se declaraba “un Estado libre, soberano e independiente”, sin perjuicio de expresar su voluntad de integrarse por decisión libérrima a las Provincias Unidas.139

Artigas: enemigo de la patria


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Realizado el Congreso de Capilla Maciel, que más bien podría llamarse conjura, Artigas cursó una circular a los pueblos acerca de lo actuado en el Congreso, manifestando la necesidad de analizar con prudencia las actas del 5, y 21 de abril aprobadas en el Congreso de Tres Cruces, ante lo cual unánimemente las respuestas de los pueblos confirmaron la posición del Prócer y ratificaron expresamente la decisión del mencionado Congreso de Abril.140 Acorde a la posición asumida por los pueblos, Artigas le propondrá a Rondeau la convocatoria de un tercer Congreso, aspiración que será rechazada por Rondeau. Ante esta actitud del gobierno porteño al que se agregarán las acciones bélicas contra los pueblos partidarios del federalismo artiguista, acompañadas por la cruel represión durante todo el año 1813 por quienes comandaban estas acciones: Hilarión de la Quintana y Peres Planes141, el Prócer decidirá abandonar con la mayor parte de sus fuerzas el sitio que nuevamente se había puesto a Montevideo, dejando las divisiones de Manuel Francisco Artigas y Manuel Vicente Pagola en observación142. Con este retiro de las tropas, ocurrido el 20 de enero de 1814, llamado después “la marcha secreta”, Artigas buscaba no sólo afirmar su autoridad y protestar contra el gobierno dictatorial, sino obtener una mayor libertad de movimiento que le permitiera responder más favorablemente a los ataques y agresiones de los ejércitos porteños a las provincias que estaban optando por el federalismo. La conducta del Caudillo provocará la cólera de los lautarinos, quienes a través de Gervasio Antonio de Posadas, que acababa de ser elegido Director Supremo, al disolverse el triunvirato, en tristemente famoso bando, -redactado por el también lautarino Dr. Nicolás Herrera-, declarará al caudillo oriental el 11 de febrero de 1814: “infame, privado de sus empleos, fuera de la ley y enemigo de la Patria”, ofreciendo, “seis mil pesos al que entregara la persona de José Artigas vivo o muerto”. Posteriormente se dispondrá asimismo: “todos los artiguistas aprehendidos con las armas en la mano serán juzgados y fusilados dentro de las veinticuatro horas”.143

El pueblo contrario a la Logia Será un grave error identificar al pueblo de Buenos Aires con la Logia y el gobierno porteño que era mero instrumento suyo. Prueba de ello


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lo contrario, el regocijo que en este pueblo se suscitó cuando, después de suceder el arrogante Alvear a de Posadas, el primero debió renunciar a raíz de la sublevación de Fotezuelas. El pueblo salió a las calles a festejar, y el Cabildo, presionado por éste, dispuso que se quemaran en la plaza pública las proclamas difamatorias contra Artigas, declarándolo además, “ilustre y benemérito Jefe”.144 En cuanto a la caída de Alvear, debe de recordarse que ésta se debió de modo decisivo a la influencia y acciones de Artigas. Afirma el documentado historiador argentino José Luis Busaniche refiriéndose a la caída del régimen instaurado por la Logia: “El caudillo de ese movimiento fue José Artigas. Sostener lo contrario, importaría eludir o negar los testimonios históricos más respetables y el enlace claro y evidente de los hechos. Sin el triunfo de Artigas en Guayabos, sin el retiro de las tropas dictatoriales de Montevideo, Alvear hubiera sofocado cualquier intento de sublevación interna. El ejército de Rondeau después del motín ocurrido en el norte, permaneció en sus acantonamientos y Alcarez Thomas, de haber ignorado la presencia de fuerzas artiguistas en Santa Fe, no se hubiera levantado en Fontezuelas”.145 Puede pensarse, y hay fundamento para ello, que Artigas, que no era infalible, cometió un error de graves consecuencias, al no llegar hasta Buenos Aires e influir directamente, -por qué no?-, en la orientación del nuevo gobierno de la provincia; quizás su nunca desmentido respeto a las autonomías provinciales, le impidió dar ese paso que hubiera podido ser decisivo para la buena marcha del auténtico federalismo. Lamentablemente, y lo anotado precedentemente guarda relación con ello, el triunfo del federalismo artiguista fue fugaz, ya que Alvarez Thomas, -quien en última instancia sucedería a Alvear-, prontamente seguirá el camino tortuoso de sus antecesores, continuándose con las maquinaciones y las intrigas. Previamente a estos hechos y a la caída de Alvear como Director Supremo, éste enviará como emisarios ante Artigas, primero al Coronel Elías Galván, y posteriormente a Brown, los cuales le propondrán “la independencia absoluta de la Banda Oriental”, ofrecimiento que el caudillo rechazará tajantemente, en razón de que, al segregar de este modo a la Banda Oriental, con ello se buscaba acabar con el proyecto federal por que tanto se luchaba.


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Será con motivo del rechazo precedentemente mencionado, que el historiador y gran mistificador Vicente Fidel López, hijo del lautarino Vicente López y Planes, califica el proceder del Prócer como de “estúpida terquedad” 146 ; iniciándose de este modo en cierta historiografía la tendencia a calificar de “terco” al caudillo, inclinación que de forma explícita o soterrada está presente hasta hoy. No se advierte que esta tenacidad es fruto de la coherencia y nada menos que de lealtad al proyecto político y social por el que tantos se sacrificaron.

Nuevos atropellos y ultrajes Puede afirmarse que el año 1815 constituirá un momento sobresaliente en la historia del proyecto federal artiguista. Aprovechando este momento favorable y a solicitud de Corrientes, Artigas convocará a los pueblos que el historiador Francisco Bauzá “bautizará” con el acertado nombre de “Liga Federal”, a la reunión de un Congreso, que se realizará en Arroyo de la China, paraje conocido también con el nombre de Concepción del Uruguay. Junto a la importancia que esta reunión revestirá para la historia del federalismo en el Cono Sur de América, la convocatoria al mismo denotará la especificidad del ideario artiguista, tan diverso al sustentado por la oligarquía ilustrada de las logias, dado que a dicho Congreso serán llamados a participar activamente los pueblos misioneros, a los que encarecidamente se les pedirá envíen sus representantes, que concurrirán tardíamente por las dificultades de orden material que se le presenten para su traslado, no obstante adherir estos pueblos entusiastamente a la convocatoria.147 Los diputados elegidos en dicho congreso, que representaban a Corrientes, Córdoba, Santa Fe, y la Provincia Oriental, tenían como objetivo plantear la posible organización institucional de las Provincias Unidas y tratar de alcanzar la anhelada paz con el gobierno porteño. Ignacio Alvarez Thomas, que había obtenido su triunfo en Fontezuelas gracias al apoyo del artiguismo, y que ahora por imposibilidad de que Rondeau se hiciera cargo, había asumido como “Director de Estado”, resolvió con su Junta, detener a los diputados e internarlos en un buque, -la fragata Neptunia-, como si fueran enfermos contagiosos que con su virus pudieran generar una epidemia. A la verdad que el “virus” lo tenían, ya que el federalismo que se


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consideraba una “enfermedad mortal”, con la presencia de los diputados podía extenderse peligrosamente. En estas tan peculiares condiciones los representantes del Congreso entablarán las negociaciones con el gobierno. El ingrato Alvarez Thomas, ni siquiera se dignó recibirlos, -tal era el poder de la Logia-, y los diputados sólo pudieron entrevistarse con un delegado suyo, el Dr. Antonio Sáenz, un sacerdote “ilustrado”, de matriz liberal, que luego participará en el gobierno tan unitario como galicano de Rivadavia, y que como premio, se desempeñará como rector de la Universidad. La “ponderación” y el “espíritu conciliador” del gobierno porteño, se exteriorizó de tal modo en las conversaciones mantenidas con los diputados recluidos, que al término de las mismas se les dijo: “o fuera o sometidos a las condiciones impuestas por el Señor Director para formar parte del Congreso”.148 Con tan “halagüeño” clima de diálogo para poder alcanzar una solución a los problemas planteados, los diputados retornaron a Montevideo, contentos de… haber salvado sus vidas! Con anterioridad, habían intentado hablar también con el Cabildo que dos meses antes, -después de Fontezuelas-, había decretado, por presión popular, honores al Caudillo Oriental, pero tampoco tuvieron éxito con este honorable Cuerpo. Oh, veleidad de los hombres, de la que ya hablaba Artigas! A la verdad que el confinamiento de los diputados tenía explicación. Al momento de intentar éstos desembarcar en Buenos Aires, se estaban haciendo preparativos bélicos para invadir la provincia artiguista de Santa Fe, y se temía la posibilidad de que los diputados en contacto con el pueblo pudieran descubrir el operativo. Parecería que la veleidad iba unida a la felonía.

La trágica muerte de un proyecto Con la misma alevosía con que inteligentes asesinos se confabulan para perpetrar un crimen, los enemigos del artiguismo urdieron los pasos que debían darse para concretar su delito. Quizás pueda asombrar el parangón cuando de describir la derrota del ideario político y social de José Artigas se trata. Pero ello está referido a la dramática desaparición de un magno proyecto, expresión de ancestrales anhelos, quizás no siempre expresados en forma explícita, pero que se encontraban presentes en el


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“inconsciente colectivo” de la más noble sustancia del “alma popular”, y que probablemente en forma primitiva se expresaba en una especie de “utopía criolla” que hizo posible se identificaran con ella nuestros “infelices” pueblos que en muchos casos la vivieron hasta el holocausto. Un acreditado escritor uruguayo, quizás molesto por discrepar el autor del presente trabajo con ciertas interpretaciones suyas en relación al legendario “caciquillo” y su presunto vínculo con Artigas, ironizó hasta sobre su apellido y enojado, llegó a decir que era una pena escribir un libro de más de 700 páginas sobre la derrota de Artigas. De todos modos, el propio escritor al que hemos aludido, y que desde el punto de vista literario a partir de su libro “Polvo enamorado” (año 1951), valoramos mucho, en sus escritos de juventud (José Artigas. Primer estadista de la Revolución”. Obra editada en el año 1942), reconocía también la derrota de Artigas y sus consecuencias, como así, la importancia y necesidad de estudiar esta derrota; pero si él lo hacía, es verdad que son muchos los uruguayos que no tienen conciencia de ello. Con humildad pero también con decisión, estamos convencidos que con nuestro modesto aporte, debemos de contribuir a que esta conciencia se haga común entre los orientales y los americanos en general, ya que esto no es intrascendente. Acorde a lo expresado, es menester enfatizar en el dramático desenlace del proceso que terminara con el proyecto federal artiguista, que como se ha referido, era asimismo y fundamentalmente social. Ya se ha visto en el capítulo V de este trabajo, las cláusulas “reservadas” y “reservadísimas” aprobadas en el Congreso de Tucumán,a espaldas del sentir de los pueblos que “querían auxiliar al General Artigas”, palabras éstas últimas textuales, consignadas en las aludidas cláusulas. Pero más allá de estas instrucciones, o sumándose a las mismas, debe de tenerse presente la actuación de otro connotado lautarino, Manuel José García. Este personaje con la ayuda del también lautarino Nicolás Herrera, que fuera ministro de gobierno de Posadas y de Alvear, y luego pasaría a Río y con posterioridad desempeñara importantes cargos durante la ocupación de la Banda Oriental por el Imperio-, había combinado, según documentos que se encontrarán en la cancillería de Alvear, la invasión del territorio oriental por parte de Portugal149. El involucramiento de García, representante en Río del llamado Gobierno de las Provincias Unidas será tal, que cuando se produzca la invasión de la Banda Oriental por un ejército de


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más de doce mil hombres, exclamará en carta a Juan Ramón Balcarce: “Si la erramos esta vez, la perdemos para siempre”150. La actitud del ministro argentino en Río hará más hipócrita la conducta de su gobierno, dado que paralelamente se fingía, para contentar al que después sería el pueblo argentino, una actitud de resistencia a la invasión, a través de declaraciones y medidas inconducentes totalmente contrarias a lo que realmente se estaba tramando, pero que públicamente aparentaban ayudar a Artigas. Ello encuadraba perfectamente en la dual política, impuesta por Pueyrredón, que en esos momentos había sido designado, después de Alvear y Balcarce, Director Supremo. Política de triple juego: “pública, reservada y reservadísima”. Las instrucciones “reservadísimas” que le dieron al comisionado Miguel Irigoyen y que constan en las Actas secretas del Congreso151, eran como se ha visto, dejar hacer al “Reino de Portugal, Brasil y Algarves” lo que quisiera con la Banda Oriental, e incluso contemplar la posibilidad de coronar un rey para las Provincias Unidas! El propósito fundamental de la Logia era acabar con el proyecto artiguista. Con razón escribirá García desde Río a su hermano de logia Pueyrredón: “Creo que en breve desaparecerá Artigas de esa provincia y quizá toda la Banda Oriental. Vaya pensando en el hombre que ha de tratar con Lecor”. El hombre para tratar con el jefe de la invasión, era nada menos que otro integrante de la logia, el ya nombrado Nicolás Herrera, hombre de total confianza entre sus hermanos logistas152. Debe de señalarse que también sujeto muy confiable de Pueyrredón, será su “lugarteniente”, el Logista Julián Álvarez, el cual desempeñara importantes misiones que le encomendara el Director Supremo. Con posterioridad a la independencia del Uruguay, tendrá destacada y activa participación en la política del país; integrando la Asamblea General Constituyente y Legislativa, con importante desempeño en la redacción de la Constitución. Más tarde, nombrado en 1829 integrante del Supremo Tribunal de Justicia, será Presidente del mismo hasta el año 1841. La dualidad de los logistas del Congreso, se hace, si cabe, más manifiesta, cuando después de las “reclamaciones” a Portugal por la invasión, -política “pública”-, una vez caído Montevideo en poder del invasor portugués, el Congreso recomendó a Pueyrredón que por intermedio del ministro García se hiciera presente al gabinete de Brasil que el gobierno se había visto en la necesidad de publicar “reclamaciones” para aquietar “la


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alarma general y satisfacer el clamor público”; que los pueblos “ya no insistían en sus ideas democráticas y que era llegado el momento de proponer”, -García-, “la coronación de un infante del Brasil en el Río de la Plata para allanar cualquier dificultad con España”; el documento se encuentra recogido por el propio Bartolomé Mitre.153 Acorde a esta política, no la pública, García, como representante argentino, firmó en Río de Janeiro en el mes de abril de 1817 un proyecto de tratado con artículos públicos y secretos. En los secretos se establecía entre otras cosas la obligación por parte del gobierno argentino de retirar tropas y municiones que hubiese facilitado en socorro de Artigas y a no admitirlo a este último ni a sus partidarios en el territorio de la Banda occidental del Uruguay. Caso de que entrasen y no hubiese medios para expulsarlos, solicitaríase al efecto la cooperación de tropas portuguesas en determinadas condiciones. Al mismo tiempo se fijaba una frontera entre Brasil y Argentina que perjudicaba notoriamente a ésta última, estipulándose a cambio, una alianza en caso de ataque español.154 Avanzando en la política de entendimiento con Portugal, la “política tenebrosa” de Pueyrredón, son palabras de Mitre!, hará que éste lleve la guerra a cuatro provincias federales en alianza con el Rey de Portugal, buscando con esta estrategia debilitar a Artigas ante la invasión, objetivo que conseguiría, no obstante no irle muy bien en su guerra a las provincias. Cabe anotar que el convenio redactado por García en abril de 1817 y que fue aprobado por el Congreso de Buenos Aires en diciembre, en definitiva, felizmente para la Argentina, no resultó ratificado por el soberano portugués Juan VI, en virtud de la complicada situación que con España se le podía plantear encontrándose por reunirse en Aquisgrán los representantes de la Santa Alianza. No obstante, en pleno paroxismo monárquico se buscará a toda costa un rey para las Provincias Unidas, sino en Brasil, donde sea; pero del trajín por Europa queriendo encontrar un soberano ya se ha aludido en capítulo anterior.

El aciago año “20” Es común en la historiografía uruguaya, presentar a Francisco Ramírez, como el gran traidor y responsable de la derrota sufrida por Artigas. No se pretende absolver a Ramírez de esta grave acusación, pero sí


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presentarlo a su vez, lo que ya no es tan común, como un mero agente y quizás una víctima de la confabulación y maquinaciones de los enemigos de Artigas. Su actuación debe de analizarse a la luz del cuadro histórico presentado precedentemente. El destino del Prócer Oriental estaba ya decidido por la Logia y los imperios; el caudillo entrerriano fue un mero instrumento de la artera conjura que venía preparándose tiempo ha. A ella se sumaron otros protagonistas, caso del chileno José Miguel Carrera, personaje que para esta coyuntura histórica no es habitualmente citado. Carrera, después de su importante actuación en Chile, como Director Supremo, había arribado a Buenos Aires, después llegado a Montevideo, manteniendo contactos con Lecor155; finalmente había tratado sin éxito de influir sobre Artigas. Posteriormente se aproximará a Sarratea que se desempeñará como Gobernador federal de Buenos Aires, con quien se entendió; y finalmente se acercará a Ramírez. José Miguel Carrera, era hombre de penetrante inteligencia, grandes dotes de persuasión, y además, excelentes maneras. Como se comprenderá le resultó muy fácil convertirse en la “eminencia gris” del valeroso pero rústico entrerriano, que nunca se caracterizó por pertenecer al reino de los inteligentes. Su plan inicial era “sacar del medio” al nominalmente Supremo Director Rondeau y colocar en su lugar a Sarratea156. Con el triunfo de Cepeda ante las tropas directoriales, el plan de Carreras se afianzará y ampliará. La idea será ahora que Artigas sea sustituido en la Argentina federal a establecerse, por Ramírez. No habría más “pueblos libres”, sino una confederación de provincias al occidente del Río Uruguay con Ramírez como Jefe Supremo; Carrera será su asesor y Sarratea, fugazmente-, Gobernador de Buenos Aires. Instancia fundamental para consolidar el plan fue el Tratado del Pilar del 23 de febrero de 1820. El mismo, como se sabe era un acuerdo tripartito entre las provincias de Buenos Aires, Entre Ríos, y Santa Fe. Se desconocía la Liga Federal y por supuesto a Artigas. Ramírez lo firmará como Gobernador de Entre Ríos, cargo para el que nadie lo había nombrado. El desenlace es por demás conocido. El Protector de los Pueblos Libres no podía aceptar, no sólo la traición sino la liquidación de la Liga Federal, y le declarará la guerra a Ramírez, no obstante haber sufrido su ejército en Tacuarembó, una dura derrota, por obra de los veteranos del ejército portugués, tropas transportadas gentil y generosamente por los


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ingleses al Brasil, a las cuales se reitera pasó revista en Río, el “héroe” de las invasiones inglesas de 1806, General Guillermo Carr Beresford; en los tiempos de su estadía en Brasil, ya promovido a Vizconde. También ayudaron a la derrota de los bravos orientales que luchaban en su mayoría con las célebres lanzas tacuaras, los fusiles ingleses que portaban los veteranos soldados portugueses fogueados en las guerras contra Napoleón. En conocimiento de estos hechos, cabe preguntarse si no es menester sumar a los conocidos causantes de la derrota de Artigas, otros protagonistas… No era un despropósito que el Caudillo Oriental quisiera enfrentarse con Ramírez. Su prestigio se encontraba intacto y prontamente reunió un número considerable de combatientes a su favor, al punto de que al comienzo de los enfrentamientos el resultado no le fue adverso. El caudillo oriental firmará el 24 de abril de 1820 en Avalos con Juan Bautista Méndez, Gobernador de Corrientes y los representantes de Misiones un tratado de federación, por el cual estos pueblos lo reconocen como Protector y le brindan todo su respaldo político y militar. La entrada de Artigas con su “montonera” en Entre Ríos fue triunfal. No suele informarse por los manuales de historia, que para que Pancho Ramírez pudiera combatir “convenientemente” contra las tropas federales artiguistas, Sarratea, enemigo acérrimo de Artigas, y ahora flamante Gobernador de Buenos Aires, armó al ejército de Entre Ríos “hasta los dientes”. Más de dos mil fusiles le fueron entregados, otras tantas tercerolas, además de abundantes municiones, artillería y ejércitos auxiliares, incluyendo sus oficiales entre Sobre los ellos Ramón de Cáceres, también 200.000 duros…157 protagonistas y pormenores poco divulgados de los sucesos que preceden y siguen al llamado Pacto del Pilar, existe abundante y esclarecedora documentación en el libro de “Historia Argentina” del ya mencionado historiador José Luis Busaniche.158 Artigas será derrotado y también su proyecto. Con él Monterroso, que además, al igual que su jefe, será condenado por la historia que sus comunes enemigos urdieron. Habrá si una diferencia con el Prócer, éste, reivindicado con el paso de los años, resurgirá triunfante. Su secretario, en cambio, después de execrado, quedará olvidado. En cuanto a Ramírez, con posterioridad de su victoria, pronto sucumbirá víctima de su ambición y la perversa trama tejida para su perdición, una vez cumplido el papel que se le asignara. Su cabeza será


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expuesta como triunfante trofeo de guerra. En cuanto a Carrera, su inicial asesor, acabará fusilado, y su cuerpo mutilado y despedazado, resultará exhibido horrorosamente por partes, en distintos lugares de Argentina. A la verdad, que no es caer en el melodrama, si al tener presente el desenlace histórico de estos hechos, se confiesa que es difícil sustraerse al “pathos” de la tragedia griega.


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CAPÍTULO VII ARTIGAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS Una nube a disipar Quizás algún lector pueda preguntarse porqué se ha dedicado todo un capítulo a los adversarios de Artigas. Asimismo, porqué el presente trabajo que tiene como fin estudiar y dar a conocer la olvidada figura de Monterroso ha de ocuparse de este otro tema. En realidad, no sería ocioso referirse a la derrota de Artigas, ya que habría una inicial razón, dada la identificación de Monterroso con el Caudillo Oriental. Aludir a los enemigos de uno, es también referirse a quienes fueran antagonistas del otro. Pero la razón fundamental estriba en que el olvido de quien por todos los años del gobierno de Purificación fuera secretario y consejero del Prócer, se encuentra íntimamente unido a la orientación de una gravitante historiografía que presenta, a la filosofía que inspiraba a las organizaciones secretas que operaban en el Río de la Plata, como las principales promotoras del ideario artiguista. Era menester entonces mostrar, contrariamente a lo que se sostiene, que estas organizaciones y su filosofía no sólo fueron totalmente opuestas al Caudillo, sino que buscaron ahincadamente su destrucción. Se imponía entonces, disipar esta tan equivocada interpretación, que a modo de nube, trata de envolver el ideario artiguista y quizás sin pretenderlo, relegar a Monterroso al papel de simple amanuense. En el capítulo precedente se ha tratado de narrar del modo más sumario posible quienes fueron los adversarios del movimiento artiguista. Podría incluso haberse agregado otros nombres, actitudes y también improperios que contra Artigas se lanzaron, pero todos ellos tenían un común denominador que coincidía con el de los personajes mencionados en el capítulo aludido. Todos ellos, casi sin excepción, pertenecían a las logias que habían surgido entonces, y especialmente entre ellas, la Lautaro.


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La Logia Lautaro Acorde a lo afirmado precedentemente, se impone entonces, estudiar los orígenes y filosofía, particularmente de la Lautaro, ya que ella, reiteramos, fue predominante y decisiva en la derrota del artiguismo. La Logia Lautaro, fue creada inicialmente por San Martín, Alvear, Zapiola, el Barón de Holmberg, y demás compañeros que con ellos viajaban a bordo de la fragata “George Canning” que el 9 de marzo de 1812 los trajo a Buenos Aires, habiendo embarcado en Londres; la mayoría de ellos eran masones, que habían sido iniciados por Francisco de Miranda a través de la Logia por éste fundada en Inglaterra, durante el año 1792, con el nombre de “Gran Reunión Americana” y que también llegó a llamarse “Lautaro”, como su sucesora.159 Precisamente con el nombre de “Lautaro” operará la nueva Logia que se funde en Buenos Aires. Tiempo después de su creación, el General San Martín se distanciará de ella. Cabe precisar que según los estudios que se han realizado, esta entidad secreta no era una organización estrictamente masónica. Entusiasmados con los ideales del liberalismo que estas asociaciones difundían y la fraternidad que propiciaban entre sus miembros, como así las ventajas que ofrecían con su protección para avanzar en la carrera militar o política, no pocos jóvenes talentosos e inquietos querían iniciarse en las mismas, aún cuando para ello debían contar con la aprobación del Consejo Supremo, que en su dirección estaba sí controlado exclusivamente por masones. Afirma Bartolomé Mitre, -también masón-, refiriéndose al Consejo Supremo, “detrás de esta decoración, velaba el motor oculto, desconocido por los iniciados de los primeros grados y en el cual residía la potestad suprema”. La Logia Lautaro pasará por sucesivas etapas y reorganizaciones. También contemporáneamente surgirán otras sociedades secretas, pero a quien le cabrá el rol protagónico por su importancia en la lucha contra el movimiento artiguista es la Lautaro y por esto es que a ella habremos de referirnos de modo preferencial. No habrá de ser analizada en el presente trabajo la organización interna de la logia ni su modo de operar, sino que éste se ceñirá a señalar cual era su paradigma y porqué éste la llevó a convertirse en enemiga encarnizada del federalismo artiguista. Sí, debe


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aclararse, que según señalan hoy unánimemente los estudiosos, no todos los componentes de la Lautaro, -aún compartiendo sus ideales-, eran masones, pero si la mayor parte, y en especial sus “venerables”. Si bien la Logia no tenía vínculos institucionales con la masonería, estaba organizada como ésta y compartía idéntica filosofía, era sin duda lo que ha dado en llamarse “una sociedad paramasónica”.

Los logistas y su “paradigma” Si el lector ha tenido la paciencia de llegar hasta aquí, habrá podido verificar que la inmensa mayoría de los personajes que se opusieron a Artigas y al movimiento federal, e incluso fueron sus enemigos, -unos más, otros menos-, pertenecían a las sociedades secretas. No obstante ello, la narración de los sucesos apareja inevitablemente cierta dispersión en sus protagonistas. De ahí que sea conveniente convocarlos, para que al reunirlos en algo así como un gran friso al estilo de los bizantinos, pueda abarcarse a éstos en una mirada de conjunto. A través de esta visión de algún modo global surgirán figuras de muy diverso perfil, con variadas historias personales, con diferencias culturales notorias, incluso con conductas éticas disímiles. Ante su variopinta conformación, surge el interrogante de qué podría unirlos, además de su adversión a Artigas. Acaso la integración en una única sociedad secreta? No será así, ya que muchos de ellos resultarán iniciados en ámbitos logísticos diversos. Cabe preguntarse entonces qué los une. Si se examinan sus ideas, su sentir más hondo, se advierte que existe un denominador común, un “paradigma” con el que se identifican y que, más allá de proponérselo o no, los hace actuar al unísono en relación al federalismo artiguista. No obstante que, en más de una ocasión puede advertirse en estos militantes antiartiguistas una acción coordinada común, debe de descartarse recurrir a la “teoría conspirativa” para explicar esta repulsa y combate generalizado hacia el movimiento federal de cuño artiguista. En muchas ocasiones, la coincidencia de estos personajes en el actuar, es más natural que deliberada. Los une un “paradigma”, una constelación global, -como ya se ha expresado-, de convicciones, valores, modos de proceder compartidos. En cuanto a los contenidos de este paradigma, es riesgoso pretender


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“atraparlos” a través de una definición teórica, académica; más bien estos contenidos se manifiestan en el acontecer existencial de quienes los piensan y viven. A quien quiera leerlos sin duda que se le revelarán; bien o mal presentados, hay para ello material de sobra en el presente libro. Una cosa sí puede afirmarse: este “paradigma” no es el de Artigas, ni el de su secretario Monterroso, tampoco el de los federales que integraron el movimiento. Pero las ideas, los sentimientos, están encarnados en personas, se les debe poner rostro, no son anónimos. De ahí, el intento de llamarlos con sus nombres y apellidos; algunos de los convocados, ni siquiera han aparecido en los capítulos hasta aquí redactados. Pero éstos y otros, están presentes en las luchas que se libraron contra el federalismo artiguista. La nómina no se agota en los citados, ella no es exhaustiva, sólo tiene carácter evocativo. Muchos de ellos probablemente actuaban de buena fe, no se les considera la hipóstasis del mal. No se trata tampoco de juzgarlos ni desconocer sus posibles valores, sino de recordarlos… Algunos son personajes conocidos, otros no tanto, pero sus nombres vienen a la memoria: Carlos María de Alvear; Ignacio Alvarez Thomás; Julián Alvarez; los Balcarce: Antonio, Juan Ramón, Marcos; Juan José Castelli; José Miguel Carreras; Pedro Feliciano Cavia; Manuel José García; Tomás García de Zúñiga; Gregorio Gómez; Valentín Gómez; Nicolás Herrera; Eduardo Kaunitz –Barón de Hollemberg -; Vicente López y Planes; Vicente Fidel López; Bernardo Monteagudo; Lucas Obes; Bernardo Pérez Planes; Gervasio Antonio de Posadas; Juan Martín Pueyrredón; Hilarión de la Quintana; Nicolás y Saturnino Rodríguez Peña; Bernardino Rivadavia; José Rondeau; Antonio Saenz; Manuel de Sarratea; Miguel Estanislao Soler; Gregorio Tagle; Santiago y Ventura Vázquez; Nicolás de Vedia; Pedro Pablo Vidal; Hipólito Vieytes… Las figuras citadas precedentemente constituyen un elenco de personajes históricos verdaderamente impresionante, coligados no siempre de modo expreso, sino por vía de los hechos en su lucha contra el movimiento federal del cual Artigas será su caudillo y principal representante. La acción de estos hombres contrastará con el apoyo que los pueblos le brinden al Prócer Oriental. Sería un grave error contraponer a éste con los “argentinos”. Artigas, aún cuando esto pueda escandalizar a


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algunos, pertenece tanto a los orientales como, utilizando una denominación moderna, a los argentinos. En el sentido precedentemente aludido, piénsese en el apoyo entusiasta, -sacrificando hasta sus vidas-, de muchos “argentinos” que lucharon a favor de la causa federal. Ni siquiera Buenos Aires como tal puede considerarse desafecta a Artigas. Bastaría tener presente cuando sus habitantes salieron a la calle alborozados a festejar el triunfo, lamentablemente fugaz del federalismo con motivo de la derrota de Alvear en ocasión de la sublevación de Fontezuelas en 1815, obligando al Cabildo de Buenos Aires a que quemase en la plaza pública los bandos infamantes redactados contra el Caudillo. Con razón éste escribirá al Cabildo de dicha ciudad con fecha 28 de abril de 1815: “El pueblo de Buenos Ayres no es mi enemigo”; sentimiento que con anterioridad ya había manifestado al declarar el 25 de diciembre de 1812: “El pueblo de Buenos Ayres es y será siempre nuestro hermano”. Como ya hoy es verdad defendida por muchos historiadores, Artigas no quiso una independencia desgajada de las “provincias hermanas”, -entre las que se propuso inicialmente incluir al Paraguay- razón por la cual declarará en forma rotunda en su conocido discurso de apertura del “Congreso de Abril” del año 1815: “esto ni por asomo se acerca a una separación nacional”. No obstante lo cual, en el acertado equilibrio propiciado por Artigas, ello no será obstáculo para no abdicar de la soberanía de la Provincia Oriental, lo cual queda explicitado, cuando al hacer conocer el 19 de abril de 1813 a Rondeau las Instrucciones aprobadas en el Congreso de Tres Cruces, suscriba con éste tres documentos y en el tercero afirme: “La Provincia Oriental entra en el rol de las demás Provincias Unidas del Río de la Plata”, en donde el pacto con las demás provincias será: “una estrecha e indisoluble confederación ofensiva y defensiva”, estableciéndose que “todas las provincias tienen igual dignidad, iguales privilegios y derechos”. Igualdad ésta que se fundamenta en el principio ya expresado en las Instrucciones impartidas en enero de 1813 a Tomás García de Zúñiga para presentar ante el Triunvirato porteño, al determinarse: “la soberanía particular de los pueblos será precisamente declarada y ostentada, como único objeto de nuestra revolución”. En cuanto a la confrontación de las logias con Artigas, trabajos recientes admiten esta oposición, pero tratan de salvarla en relación a la


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doctrina de las logias, poniendo el ejemplo de otros próceres latinoamericanos, que si bien litigaron con los integrantes de estas organizaciones, compartían y se identificaban con sus ideas. La distinción no es de recibo en el caso de Artigas, ya que como se ha demostrado claramente el “paradigma” que los animaba y guiaba no sólo era distinto sino diametralmente opuesto. No se hacen estas constataciones en atención a razones de orden religioso, ya que como se admite incluso por aquellos que le asignan decisiva influencia a las logias en el pensamiento del Prócer, todos o la inmensa mayoría de los logistas eran católicos. La objeción a la tesis que sostiene dicha incidencia, se basa en razones estrictamente históricas, dadas las antitéticas cosmovisiones ideológicas, -empleando este término en sentido amplio, no marxista-, entre los proyectos de las logias y el del movimiento federal artiguista. De ahí que no es posible entonces formular la distinción que se pretende entre los hombres de las logias y los principios masónicos de las organizaciones a las que pertenecían. En su momento histórico su actuación se adecuaba en todo a tales principios filosóficos. No sólo se opusieron con su conducta; también con sus ideas. Ello hace imposible que las mismas incidieran en Artigas y su secretario. Acorde a lo expuesto, se requiere ahondar en las doctrinas filosóficas a las que precedentemente se ha aludido.

La masonería En virtud del estrecho relacionamiento, -no formal-, entre la Lautaro y la masonería, no es posible avanzar en el tema a consideración, sin previamente referirse a ésta última. Tarea nada fácil, dado las multifacéticas corrientes que en su seno se han generado y que hasta el presente coexisten. La institución ofrece una compleja y rica historia, que no es dable aprehender en un capítulo, y que puede incluso, ameritar su tratamiento a través no de un libro, sino de muchos. Bastaría hojear las obras del jesuita Ferrer Benimeli, de Alec Mellor o Maurice Colinon160, para tomar conciencia del problema. El tema se complica aún más, cuando éste comienza a ser trabajado por los periodistas, muchos de ellos interesados en ofrecer un “producto” de rápido “consumo”, que prescinda de honduras filosóficas e históricas, y el cual, a través de esquemáticas simplificaciones,


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dé al lector la sensación de que ha logrado saber todo de la “misteriosa” organización secreta. El autor no quiere caer en el abordaje que se critica, y por lo tanto, sólo se referirá a la masonería, sin simplificaciones, pero acotando el tratamiento únicamente a lo que guarda relación con la Lautaro y el artiguismo. De todos modos, previamente al abordaje propuesto, deben efectuarse algunas aclaraciones. Casi está de más decirlo que no compartimos la visión que califica a la masonería como una organización cuasi satánica, visión de la que es claro exponente el libro de Agustín Barruel, publicado bajo el título de “Memorias para servir a la Historia del jacobinismo”161 texto que se ha convertido en clásico de la literatura antimasónica de perfil “fundamentalista”. Tomando distancia de esta visión maniquea, en consecuencia, tampoco se comparte el visualizar en forma indiscriminada a toda la masonería como una institución anticatólica, si bien es cierto que determinadas corrientes han sido particularmente virulentas, demostrando una particular inquina hacia la Iglesia Católica, que en algunos casos llegó a violenta persecución; ya que si de persecuciones se habla, es bueno tener presente a todas… En cuanto a la diversidad de corrientes masónicas no identificadas necesariamente con la tendencia antirreligiosa, bastaría recordar los numerosísimos sacerdotes e incluso obispos que a la masonería pertenecieron, y que se las ingeniaron para dar una tal interpretación jurídica a los documentos pontificios contrarios a la misma que les permitía, según ellos, eximirse de su observancia162. A través de una documentada investigación, el ya citado jesuita Ferrer Benimeli, pudo individualizar sólo en el siglo XVIII a dos mil cinco sacerdotes integrantes de las logias, ello sin contar a los obispos pertenecientes a las mismas. En lo que se refiere a los orígenes cristianos y corrientes propias de este perfil en la masonería, como así sobre la presencia de personajes católicos que integraron la misma, el reconocido masonólogo Alec Mellor ha realizado documentadísimas y concluyentes investigaciones, que ha publicado en una poca difundida obra “La Franc-Masonería”. La desconocida Franc-Masonería cristiana”, libro que se recomienda leer a aquellos que escriben, a veces ligeramente, sobre la Orden Fraternal. En dicha obra, entre otras cosas, su autor prueba que el noble inglés Charles Radeliffe, Lord Derwentwater, partidario del Rey Jacobo, al emigrar a


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Francia alcanzó a ser Gran Maestre de las logias francesas! Y que al retornar a Inglaterra fue decapitado por su fidelidad al Rey Jacobo y a la Iglesia Católica. También resultan sumamente interesantes para la comprensión de las condenas de los Sumos Pontífices a la Orden Fraternal, las restantes obras de Alec Mellor. Conviene asimismo aclarar que las puntualizaciones que se efectúan no suponen desconocer los aportes positivos de la institución u olvidar las grandes y meritorias personalidades que han formado parte de ella. Desconocer asimismo y no valorar que muchos de sus integrantes se acercan a la misma sinceramente, buscando su perfección moral y espiritual, mediante la iniciación en los misterios provenientes de la fuente “G” y la “revelación de la luz”, que a través de sus enseñanzas, hace posible “trabajar en el tallado de la piedra”163, sería una injusticia en la que de ningún modo quiere incurrirse. Dicho lo precedente, obviamente, no es posible entonces referirse a la masonería como a un cuerpo único; y –aclaración que se reitera-, cuando a esta sociedad aludamos, lo haremos, no obstante usar un término genérico, como a una organización singular, ubicada en un contexto geográfico e histórico que la condiciona. En definitiva, queda claro que no puede considerarse a la masonería en un sentido unívoco; como una entidad monolítica e invariable. Acorde a lo expresado en el presente capítulo se analizará la filosofía de la masonería que gravitara en la Logia Lautaro. También posteriormente, someramente se hará referencia a la masonería española a la que se encontraba vinculado Feliz de Azara, y por último a cierta corriente francesa.

Una carta aleccionante Pero previamente a procederse al análisis anunciado precedentemente, estimase conveniente transcribir la carta que por atendibles razones se atribuye a Felipe Cardozo y que el fidelísimo amigo del Prócer le escribiera a éste, carta que evidencia el espíritu conspirativo que existía contra el Caudillo Oriental, consecuencia del paradigma con el que sus enemigos se sentían identificados, el cual era absolutamente diverso al del “Protector de los Pueblos Libres”. Escribe Cardozo en misiva poco divulgada y oportunamente transcripta por Clemente Fregeiro en su


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“Artigas. Estudios históricos”, Montevideo, Barreiro y Ramos, 1886. P. 105 y 106: No tengo como ponderar á Vd. los pasos que he dado en esta á fin de transar las disensiones de esa Banda Oriental á favor de Vd., pues no me ha quedado amigo que no haya visto, para que se empeñe con este pícaro gobierno, á fin de quitar esa cuadrilla de pillos que le han mandado á esa Banda, solo con el destino de usurpar a Vd. sus sacrificios a favor de la Patria, y de hacerse dueños de esa Banda, como lo sé de positivo. Amigo, hablo á Vd., con la ingenuidad que debo hacerlo á un paisano redentor de la América; tal es Vd., aunque estos francmasones lo quieran ocultar. Paisano y amigo. Su vida y las de sus oficiales dista solo en que se descuide. Hablo a Vd. con todo mi corazón: siento su vida más que la propia mía, así suplico á Vd. por Dios, y por los Santos, y por aquello que más ama é idolatra, no se fie de nadie: mire Vd. que tratan de sacarle la vida por varios estilos, y si lo consiguen, son todos esos bravos orientales y nosotros infelices para siempre. [...] Los pueblos ya saben quien es Vd.: saben lo que experimenta Vd. de estos pícaros francmasones. Conocen la ingratitud de ellos.

Necesarias precisiones en cuanto al liberalismo Como surge claramente cuando se le estudia, la masonería inglesa predominante, y de modo por todos aceptado, de indiscutible gravitación en la Lautaro, se encuentra estrechamente vinculada al liberalismo. Equivocadamente, es común que cuando se hace referencia a la influencia de esta filosofía en América se piense en el liberalismo político, cuando en la época contemporánea a Artigas, este liberalismo estaba unido indisolublemente al económico. En consecuencia, el pensamiento liberal a estudio, no puede ser el posterior, donde quienes así lo prefirieron, disociaron el político del económico. En este sentido, debe de tenerse presente por parte de ciertos escritores con inquietudes sociales y que tanto se refieren a las influencias del liberalismo en el pensamiento y propuestas del Caudillo, que el liberalismo al que ellos se refieren, no existía como tal en el período artiguista, donde repetimos, esta filosofía se encontraba


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indisolublemente ligada a una visión económica totalmente contraria a la que sustentaba el movimiento artiguista. Es conocido que el ideario masónico inglés imbuido por los principios del liberalismo de la época, sostenía como una de las piedras miliares del sistema político social, el derecho de propiedad privada como un derecho absoluto e inviolable, al punto que el régimen que propiciaba se basaba en la propiedad privada, y no en el bien común, excluyendo de la organización política no sólo a los pobres y analfabetos, sino a los que no eran propietarios, a los cuales se les impedía acceder a los cargos de gobierno y asimismo se les negaba el derecho al voto, el cual sólo se obtendrá después de grandes luchas por el movimiento de los trabajadores conocido con el nombre de “cartista”. Basta leer las obras de los principales teóricos del liberalismo, -John Locke, el Barón de Montesquieu, o Voltaire, para advertir su concepción de la propiedad164. En contraposición, el artiguismo, particularmente en la época del gobierno de Purificación, -cuando Monterroso era secretario y consejero del Prócer-, si no negará el derecho de propiedad, no lo verá como absoluto ni lo colocará como piedra miliar del sistema. Atento a la idea de la función social de la propiedad, en lo inmediato el Prócer lo subordinará a los derechos para él más importantes, atendiendo prioritariamente a las necesidades de los menesterosos, los infelices, tal como se ha visto en el capítulo VI. En cuanto a la organización política, tan diferente a la propiciada por los liberales que despreciaban a la plebe, se hará referencia a continuación.

El liberalismo y su sociedad excluyente El liberalismo y por ende la masonería inglesa, no propiciaba una auténtica democracia, sino una timocracia. De este modo se consagraba una sociedad excluyente y no integrada, en las antípodas de aquella a la que aspiraba el Prócer y su secretario. De acuerdo a ello, en todas las constituciones elaboradas por los hombres de la Logia Lautaro, como fácilmente se comprueba, invariablemente se consagran estos principios. Debe recalcarse, ante algunos comentarios aparecidos en publicaciones recientes en relación a este tema, queriendo parangonar las ideas del liberalismo que se comentan con los errores y horrores de los hombres de


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Iglesia, -que vaya si los hubo y los hay-, que estas conductas criticables se encuentran en franca oposición a los valores iniciales propios del Evangelio, y en cambio, el comportamiento de las logias no era una desviación, sino que se encontraba totalmente identificado con el liberalismo originario. Con referencia a esta temática se arguye que “no es posible limitar el estudio del pensamiento liberal al inicial, a la Ilustración, el despotismo ilustrado, el liberalismo censitario”. El autor del presente trabajo está totalmente de acuerdo; el problema estriba en que este “liberalismo inicial” es el contemporáneo al movimiento artiguista. Obviamente que las hondas diferencias que se señalan entre el liberalismo del siglo XVIII y el ideario artiguista, no impiden en absoluto aceptar que a posteriori el liberalismo haya evolucionado y contribuido con su aporte, y la ayuda de otras corrientes de pensamiento y movimientos sociales, a la instauración de la democracia moderna; por supuesto que, además, todavía perfectible. Pero ello, como dicen los españoles, “es harina de otro costal”. Y ya que de antiguos asertos se trata, también es bueno recordar cuando se alude a la democracia y a cierta confusión que ésta puede generar, la conocida sentencia que dice “no debe confundirse magnesia con gimnasia” aún cuando los vocablos tengan letras parecidas. Se tiene la impresión que para muchos, no está claro, que la libertad, la fraternidad, la igualdad y el gobierno que se propiciaba originariamente por el liberalismo, no era para todos… En el capítulo VI ya citado del presente trabajo, son mencionados en forma reiterada los documentos y disposiciones emanados del gobierno de Purificación, en donde no se excluye a los carentes de propiedad o sólo cuentan con exiguos ingresos para ejercer el gobierno de los pueblos libres; tampoco a los indios, a los que explícitamente se les integra, como así a los analfabetos, en clara contraposición a los modelos de gobierno que se propiciaban por el liberalismo y las logias. Cómo, con la abundancia de documentos que atestiguan a favor de estos hechos, existe una historiografía que se empecina en presentar al artiguismo como tributario del pensamiento liberal de la época, y las logias a él contemporáneas, constituye un misterio que no logra descifrarse.

Un sistema basado en una visión economicista


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El liberalismo originario, no basaba sus propuestas en una actitud voluntarista, sino que éstas se sustentaban en un entramado filosófico, que puede o no compartirse, pero que conllevaba una teoría económica. No es casual que el “manual” de economía adaptado, -propiciado por el liberalismo-, haya sido “La riqueza de las naciones” del sin duda inteligente tratadista inglés Adam Smith tan admirado por los logistas porteños. A través de sus conocidas tesis, “la mano invisible”, “el libre comercio irrestricto”, etc, etc. Inglaterra pretenderá organizar el mundo conocido para su provecho. La economía querrá ser convertida en una ciencia que como la física y la química, estudie las “leyes inmutables” que rigen las actividades económicas, la propiedad, el trabajo y el salario; sobre todo ello, en especial en el capítulo primero de la sección tercera de “Artigas y su derrota. ¿Frustración o desafío?”, se ha hecho estudio documentado, sin hasta ahora, recibir objeciones.165 Basta pensar solamente, en a quien le entregará Artigas la tierra, para advertir palmariamente como en el Reglamento de 1815, y asimismo en otras muchas disposiciones, se desconoce abiertamente la ley de la oferta y la demanda, y se introduce un principio de justicia y solidaridad a favor de los pobres, que asimismo no respeta el “sagrado derecho de propiedad”. Los portavoces del liberalismo contemporáneo a Artigas, integrantes como se ha comprobado de la logia Lautaro, -con documentos que en nuestros estudios sobre el tema se evidencia que se identificaban con los presupuestos economicistas que se han señalado como propios de la doctrina liberal que seguían “a pie juntillas”-, se encontraban a años luz de las ideas que animaban al movimiento artiguista. Las logias inglesas y por ende las que se funden en América, serán activos agentes en la propagación de las ideas de los autores liberales, y propiciarán establecer como se ha visto, regímenes políticos que favorezcan los intereses del Imperio Inglés. No es casual, que en el caso de Inglaterra estas logias alcancen un formidable y rápido crecimiento en los más importantes puertos de la isla. No es tampoco otra casualidad, que en el caso del Cono Sur, su principal bastión sea Buenos Aires, puerto propicio para afirmar y desarrollar convenientemente sus intereses comerciales comunes. Acaso la renuencia de Montevideo al artiguismo, no podría explicarse en parte, por las mismas razones?


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Con referencia a las ideas del artiguismo en relación a la economía, queda pendiente un tema vinculado a la actitud del Prócer ateniente a lo que podría llamarse “el libre comercio”. Suele presentarse como argumento a favor de una posible posición liberal, la resolución por la que se dispuso abrir todos los puertos y comercios de los pueblos de la Confederación, franqueándose entre ellos el libre comercio166. Obviamente que esta providencia no tenía otro objetivo que consagrar la libertad de comercio, pero interprovincial, para acabar con el monopolio que ejercía Buenos Aires. De cual era el pensamiento del Caudillo sobre el “libre comercio”, se hace evidente cuando se lee el Reglamento para los puertos de las provincias confederadas, promulgado el 9 de setiembre de 1815, a través del cual se establece un moderado pero claro proteccionismo para las industrias y productos de estos pueblos, particularmente los artesanales, mediante los derechos que deberán pagar las mercancías que le hagan competencia.167 También se asocia a este tema, el acuerdo que intentara establecerse con los ingleses. En este caso, es de recalcar, que el gobierno artiguista, se mostrará sumamente cauteloso con este comercio, con el cual, es verdad se tuvieron relaciones y se intentó celebrar un acuerdo, explicando el artiguismo que es “por la dura necesidad”, -precisión a la que agregará refiriéndose a los ingleses-, “que jamás deben imponernos” y que “deben de saber que ellos son los principales beneficiados”. Acuerdo éste, que si bien se redactara, al salvaguardar por sus cláusulas los intereses orientales, en definitiva no será refrendado por el gobierno de su majestad británica.168

Una vez más: los fogones de Batoví! En el ya reiteradamente citado libro “Artigas y su derrota”, hemos dedicado todo un capítulo a analizar la presunta influencia de Don Felix de Azara sobre Artigas, llegando a la conclusión, acompañado de la opinión de ilustres historiadores como Eugenio Petit Muñoz, Florencia Fajardo Terán y Juan Alberto Gadea169 que la misma no es tal. No repetiremos los argumentos esgrimidos, los cuales de algún modo y someramente hemos también expuesto en el capítulo IV del presente trabajo. De todos modos, como el ingeniero Don Félix de Azara, era un conspicuo integrante de la masonería española, a la que también se quiere asociar a Artigas, para aún más cabal juicio del lector, se quieren sumar


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algunas otras consideraciones. Junto a las razones que hemos ya planteado, queremos entonces agregar, que la filosofía política del llamado “despotismo ilustrado” con el cual se encontraba totalmente identificado Don Félix, propiciaba para la organización de sus territorios el más riguroso de los centralismos, rasgo éste, que junto con algunos elementos positivos, constituyó una de las bases principales de la famosa “reforma” que implantaran en tierras americanas los Borbones españoles y que configuraba una flagrante antinomia con uno de los principios más caros del artiguismo, cual es la descentralización, consagrada de modo explícito en el principio de “la soberanía particular de los pueblos”, principio éste tan denodadamente defendido por el movimiento artiguista. Sugestivamente, el régimen de “intendencias”, propiciado por el despotismo ilustrado, que es lo contrario a las autonomías provinciales, será el que los lautarinos pretendan imponer inicialmente, en ocasiones sin su nombre pero con sus características. Si a lo señalado precedentemente se suma el profundo desprecio que el alto funcionario del Rey Carlos III, sentía por los indios; la animadversión que exteriorizaba con vehemencia por la organización comunitaria de las misiones jesuíticas; y su voluntad de privilegiar a los más ricos para no alterar la escala jerárquica, -recordemos una vez más su sentencia de “que debe de priorizarse en la distribución a quien tenga alguna principal hacienda (…) porque la riqueza en el reparto debe de equilibrar las graduaciones y los respetos”, resulta verdaderamente pasmoso que hoy se insista en quererlo presentar como la influencia poco menos que decisiva para los contenidos del Reglamento de Tierras de 1815. Y todo ello por conjeturar que, cuando por encargo del Rey viniera a realizar el trazado de la frontera, -que era su principal preocupación-, y se encontrara fugazmente con Artigas, pudiera sentarse, acompañado por algún otro masón, alrededor de los fogones que se hubieran encendido en Batovi. Pero si el pensamiento irrefrenable puede imaginar al ilustrado naturalista alrededor de un fogón en conversación con Artigas por unos pocos meses, de lo que no hay pruebas y sólo meras conjeturas; si precisamente de fogones se habla: porqué, cabe preguntarse, no sería razonablemente fundado, imaginarse al Prócer “proseando” con Monterroso en Purificación, lugar donde convivieron no fugazmente como Azara en Batoví, sino cinco años, en compenetración absoluta, compartiendo peripecias y proyectos. Acaso es fantasear pensar que en estos fogones


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intercambiasen ideas sobre “el arreglo de los campos”, cuando en definitiva el Reglamento de Tierras de 1815, se encuentra redactado integralmente de puño y letra de Monterroso. De los mates que se tomaban y de los fogones a los que asistía Monterroso hay menciones expresas de los contemporáneos. Ramón de Cáceres, recuerda en sus Memorias, que el secretario de Artigas se reunía en las tardes a tomar mate y a “patriar”, agregando que las “patriadas” de Monterroso podían durar ocho, diez o doce horas (…) pero siempre ameno, no dejaba de interesar170. Ante esta realidad, cabe preguntarse, entonces, porque se escribe tanto de los presuntos fogones de Batoví, y se guarda silencio absoluto de los fogones de Purificación! Continuando con los interrogantes, se podría preguntar porque en publicaciones recientes se dedican varios y laudatorias páginas a Félix de Azara y apenas una mención fugaz a Monterroso. Podemos estar equivocados en nuestras apreciaciones, por supuesto que somos falibles y no tenemos la verdad revelada. Pero nos gustaría que si estamos en un error se nos corrija con documentos y pruebas, y no que se siguiera repitiendo lo que nosotros con respeto pero con sinceridad, consideramos y expresamos que son enfoques erróneos.

El “espíritu” de la Revolución Francesa En párrafos precedentes se ha hecho referencia al centralismo borbónico propio del despotismo ilustrado del que el Ingeniero Azara fuera connotado representante. En relación a este tema, es conveniente señalar, que curiosamente, un movimiento aparentemente tan opuesto al espíritu borbónico, como lo fue la Revolución Francesa, coincide con éste en cuanto a la organización institucional fuertemente centralista que propiciara e implantara. El hecho es conocido e indiscutible, pero no suele recordarse cuando se pretende asociar la Revolución Francesa con el artiguismo. También en nuestro trabajo sobre “Artigas y su derrota”, hemos procedido en su sección tercera, capítulo III, a estudiar las grandes diferencias que existen entre esta Revolución y las ideas del Prócer. Bastaría pensar en el federalismo, y la oposición tenaz de los teóricos de la Revolución a este tipo de organización política.


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Tampoco debe olvidarse, no obstante el apoyo que el pueblo le brindara, el carácter burgués de la Revolución del “89”171. Innumerables serían las evidencias, pero basta señalar cómo, en la por otra parte tan encomiable “Declaración de los Derechos del Hombre”, en su numeral décimo séptimo, se consagra como “un derecho inviolable y sagrado” la propiedad privada; del cual sólo se puede privar cuando la necesidad pública legalmente comprobada así lo exija, “y bajo la condición de una justa y previa indemnización”, consagrándose de este modo como legítimo la posesión de toda propiedad, más allá de su origen, naturaleza, dimensión, etc. evidenciando ello, qué ideas se tenían en torno a la propiedad, ideas que no son precisamente por las que se guiaba el gobierno de Purificación, al tomar sus providencias a favor de los “infelices”. En cuanto al régimen de previa indemnización para proceder a la expropiación, la Revolución sólo hizo una excepción, y fue con los bienes de la Iglesia, aún con aquellos dedicados a la asistencia de los pobres… Para un juicio ponderado sobre la Revolución Francesa, valorando los aspectos positivos que tuvo, pero también las múltiples medidas que se adoptaron en perjuicio de los trabajadores de modesta condición, los campesinos y los menesterosos en general, resulta altamente aleccionante el poco difundido, pero sumamente documentado libro “Las Tres Edades del Hombre”, particularmente el capítulo que lleva como título “La Revolución Liberal”, y del que es autor Andre Pietre.172 Obviamente que entre las variadas corrientes e ideologías que se hicieron presente y gravitaron durante la Revolución Francesa; con referencia al culto casi idolátrico que se prestó al derecho de propiedad, habrá de excluirse a los jacobinos, pero a ellos nos referiremos posteriormente. Hacer referencia a la Revolución Francesa cuando se estudia al artiguismo, resulta insoslayable no ya, dado que por mucho tiempo algunos quisieron presentarlos como entrelazados, sino también porque no pocos han mezclado sin los necesarios distingos que hoy hacen muchos historiadores, a los sucesos acaecidos en la Francia de entonces, con la masonería. En cuanto a la influencia masónica francesa en el Río de la Plata, es dable encontrar algunos personajes vinculados a la misma, pero sin duda


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que a comienzos del siglo XIX existirá un neto predominio de las logias con clara incidencia de la ideología inglesa. Con referencia a las preocupaciones sociales del Prócer, es sabido que la Revolución Francesa, -si se excluye a los jacobinos-, careció de ellas. Se ha dicho, y con razón, que la Revolución abolió todos los privilegios… menos el de la riqueza; de este modo era fácil hablar de igualdad… Como ya se ha mencionado, es indiscutible que las medidas que se adoptaron durante el proceso revolucionario, no sólo no mejoraron la suerte de los trabajadores sino que con la ley del 14 de junio de 1791, cuya autoría se debe a Isaac Le Chapelier, al suprimir drásticamente toda asociación y vínculos entre ellos, los dejó librados a la voracidad de los poderosos y los desprotegió ante los riesgos de la vida. El pensar y sentir del artiguismo se sustenta en otras coordenadas mentales y emocionales. El propio historiador Vázquez Franco que ha encarado un análisis implacable del Reglamento de Tierras de 1815, admite sin vacilaciones que su redacción, es por ejemplo, de neto corte hispánico. Finalmente, cabe pensar, cómo puede armonizarse la ideología de la Revolución y el liberalismo, enemigos declarados y documentados, de toda organización comunitaria, con el amor, -debe de calificarse así-, que exteriorizaban Artigas y Monterroso por los pueblos misioneros y su organización. Los valores vividos en las misiones guaraníticas y que inspiraban la estructura institucional de sus pueblos, resultaban detestables para el liberalismo y la Revolución Francesa, que deseando afirmar el valor del individuo, -lo que era loable-, querían desgajarlo de todo contexto comunitario, cayendo en el más exacerbado individualismo en nombre de la libertad. De ahí, no obviamente por identificarse con la revolución, de la que se encontraba muy lejos, pero sí con las filosofías individualistas del economicismo liberal, el aborrecimiento de Azara por los pueblos misioneros y su organización, -son sus palabras-, “comunista”. Qué ligereza pretender su influencia sobre el ideario artiguista, cuando el gobierno de Purificación no sólo defenderá denodadamente las misiones, sino que dispuso y luchó por restaurar el sistema que regía en la época de los “detestables” jesuitas, y que el despotismo ilustrado había abolido! 173

Una aclaración saludable


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Las reflexiones críticas que se viene formulando con referencia al liberalismo y también la Revolución Francesa y otros hechos e instituciones, no apuntan, como ya se ha mencionado a desconocer los aportes sumamente positivos, que ya sea de una forma u otra, se han registrado gracias a su impulso. Los comentarios realizados sólo buscan señalar las aristas y elementos que no se compadecen con el ideario artiguista, que también, por supuesto, tuvo sus limitaciones, y que más allá de la admiración que suscita, no se absolutiza. El refrán que afirma “que en la noche todos los gatos son pardos”, no se aplica a las oscuridades de los procesos históricos y las filosofías en ellos presentes. Se impone, pues, una tarea de atento discernimiento. El liberalismo no se rechaza, tampoco las organizaciones que con él se identifican; es más, como ya lo advirtiera el filósofo Jacques Maritain, en buena medida, muchos de los valores que se proponen son consecuencia del fruto de un largo proceso de maduración que trabajosamente e incluso con extravíos se iniciara muchos siglos atrás; sólo se reacciona entonces ante la actitud que, laicamente con su “turíbulo”, le rinde culto cuasi religioso, olvidando sus falencias, que como tal tiene toda filosofía. Basta para corroborarlo, pensar en las trágicas y crueles consecuencias que en el plano social la aplicación del liberalismo generara en el siglo XIX.

El liberalismo norteamericano Resulta indiscutible el conocimiento no sólo por Artigas y sus consejeros, sino por otros patriotas integrantes de las llamadas Provincias Unidas, de las constituciones norteamericanas. Como hoy se sabe, casi con seguridad este conocimiento provenía de la difusión en buena parte de América del libro de García de Sena: “La independencia de la costa firme”, donde dicho autor publicó y tradujo varios capítulos de la obra de Thomas Paine el “Common Sense”, al mismo tiempo que la Declaración de Independencia de Estados Unidos de Norte América, los artículos de Confederación y Perpetua Unión de 1777, la Constitución Federal de 1789 y las constituciones estaduales de Massachussetts, Nueva Jersey, Pensilvania y Virginia, más una relación de la de Connecticut. El estudio comparado que se ha hecho de las Instrucciones del año 1813 y las constituciones norteamericanas aludidas, evidencia que buena


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parte de los artículos de dichas Instrucciones son una réplica casi literal de aquellas. No obstante no será en su integridad una copia mecánica, ya que considera asimismo problemas propios de la Provincia Oriental y demás provincias. De la lectura de las Instrucciones surge claramente que no resultan un mero trasplante de fórmulas jurídicas foráneas, sino que también son producto de una elaboración propia. De todos modos, al tomar como referente la Constitución norteamericana para la organización de las Provincias Unidas, esto ha servido para que se constituya, casi como un dogma de fe, identificar sin más, a José Artigas, con el pensamiento liberal norteamericano. En otras publicaciones, hemos estudiado, -sumando nuestra modesta labor a la de otros acreditados historiadores-, la clara presencia de antiguas formas jurídicas hispánicas en la organización propuesta por el artiguismo para el establecimiento del federalismo. Sin duda que este tradicional substrato ibérico encontrará cauce adecuado a través de las fórmulas federales norteamericanas, mediante las cuales se alcanzará una equilibrada síntesis entre “la soberanía particular de los pueblos”, la autonomía de las provincias y el gran Estado federal a crearse. Afirmándose la autonomía comunal y regional, al mismo tiempo, se evitaba la desintegración, o la “anarquía”, como la llamaban los enemigos del auténtico federalismo. Las formas constitucionales norteamericanas coexistirán con las estructuras y funcionamiento tradicionales que se profundizarán en busca de la mayor participación popular posible, en esta especie de democracia criolla a la que se aspira.174 El artiguismo adoptará las fórmulas de las constituciones norteamericanas, que habían sido encontradas, -en feliz hallazgo-, por entender eran apropiadas para conservar y perfeccionar las viejas instituciones hispánicas, como así también darle sólido sustento jurídico al primitivo anhelo de los pueblos de alcanzar un régimen verdaderamente autonómico y de amplia participación popular, que, como se ha visto, no era exclusivo del artiguismo, sino de muchos de los pueblos del Cono Sur. Cabe aclarar que cuando nos referimos a la relación entre las fórmulas norteamericanas y el artiguismo, prescindimos deliberadamente de los proyectos constitucionales que se han pretendido presentar, sin ningún fundamento, como de origen artiguista.


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El contenido de los documentos artiguistas que se han analizado, incluso los de su período inicial, muestran al movimiento con un claro perfil propio, pudiéndose decir que “acriolló” el federalismo norteamericano a las realidades de la región sur del Continente. Hay sin duda una síntesis entre las técnicas jurídicas de las teorías norteamericanas, las instituciones y tradiciones españolas y la realidad a contemplar de la región. También cabe acotar ya que de hacer distingos nos estamos ocupando, que debe de diferenciarse el liberalismo norteamericano de otros, dado que, en virtud de una particular e interesante evolución, éste no tendrá una concepción centralistas del poder político insensible a las peculiaridades de cada región. Pero no obstante las coincidencias, donde se advierte una clara diferencia entre la filosofía del pensamiento liberal y las ideas que animaban al artiguismo, es al compararlas, en el tipo de organización social que propician. Nuevamente se hace patente aquí, la disparidad radical entre ambas visiones. La sociedad norteamericana que se postula y terminó por organizarse, es claramente excluyente. Como documentamos en “Artigas y su derrota”, los indios serán totalmente marginados; en el lugar habitado por los blancos, no había ni siquiera un sitio físico para ellos; incluso serán perseguidos y obligados a emigrar. Por supuesto, que lo mismo ocurrió con los negros, a los que no se les expulsó materialmente, porque se les necesitaba como mano de obra barata, pero sí socialmente, negándosele todo derecho. También en los comienzos, a los pobres, a quienes tampoco se le reconocerían sus derechos electorales. Ya en el año 1777, el IV de los artículos de la Confederación, prosiguiendo con la tradición colonial, prohibía el voto a los pobres de manera expresa. Como muy certeramente lo advirtiera Petit Muñoz en su trabajo titulado: “Valoración de Artigas”, García de Sena al traducirlo para incorporarlo a su libro “La Independencia de la Costa Firme”, cometió el grave error de traducirlo al revés, con lo que en el texto español apareció consagrado este derecho, cuando la relación original en realidad lo negaba: se trataba de todo lo contrario! Que este espíritu excluyente era el que animaba al liberalismo norteamericano lo confirma que en la Constitución de 1787 el voto de los pobres quedó escamoteado, ya que el posible derecho electoral de éstos quedaba librado a lo que determinara la legislatura particular de cada Estado, el cual tenía la facultad de anularlo para los pobres, los indios y los negros, como en la mayoría de los Estados ocurrió.


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Es cierto que con referencia al derecho electoral de los pobres, debe de señalarse que Thomas Paine en su “Common Sense”, -al que precisamente traducirá García de Sena e incorporará a su ya citado libro-, lo reconocerá. Pero si bien ello es cierto, se advierte que en esta obra se ignora de modo absoluto a los indios y a los negros, desconociéndose incluso por el autor de “Los Derechos Humanos” la penosa y terrible situación en que se encontraban, lo cual para quien no conociese los hechos le haría pensar que en América del Norte no existían! Omisión ésta, que no es casual, ya que en otros escritos de Paine, éste expresa un notorio desprecio por los indios, los negros… y también los judíos. Las grandes personalidades, -que además pertenecían a la masonería, y que fueron los principales protagonistas de la historia de Estados Unidos de sus primeros tiempos, Jefferson, Washington, Jackson, Monroe, -más allá de sus grandes méritos, que los tuvieron-, serán exponentes de este pensamiento excluyente al que se hace referencia en forma documental en el capítulo II de la sección segunda de nuestra obra ya citada. Washington sentirá una particular y vehemente antipatía por los indios. Y que no se diga, como se afirma en publicaciones recientes, que ello será atribuible a errores y defectos de los hombres que se encuentran en los partidarios de todos los sistemas, religiones y filosofías. Por el contrario, estas ideas eran inherentes al liberalismo de la época y formaban parte de su sustancia. Es un error gravísimo, entonces, identificar sin más al artiguismo, y muy especialmente durante el período de Purificación, -donde Monterroso fuera el secretario del Prócer-, con el pensamiento liberal norteamericano, con el que tiene profundas y radicales diferencias.

Thomas Paine y el artiguismo La tan mentada influencia de Paine en el ideario artiguista, bien vale se le dedique no sólo un subtítulo en el presente trabajo, sino las necesarias consideraciones subsiguientes y explicitar de modo pormenorizado lo ya enunciado en párrafos anteriores. Previamente a todo análisis debe reconocerse que es conocido e indiscutible que Artigas supo de la existencia de la obra de Paine, a través de la traducción de García de Sena. Lo que ya no es tan seguro es que la haya leído.


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En relación al punto precedentemente planteado, es necesario insistir en el real perfil del Prócer. Está probado que Don José concurrió al colegio regenteado por los franciscanos, pero esta escuela en la época a que a ella concurrió, era sólo de primeras letras, por lo que el Caudillo recibió una educación escolar muy elemental. Otros compañeros suyos continuaron estudiando, e incluso tuvieron ocasión de asistir, por ejemplo, al Real Colegio de San Carlos de Buenos Aires. No será éste el caso de Artigas. Casi adolescente se trasladará a la estancia de sus parientes los Gadea, para después iniciar su vida de “paisano suelto” al norte del Río Negro, con esporádicas visitas a Montevideo y ocasionales presencias en Soriano. Su ingreso al Cuerpo de Blandengues, no cambia la situación, ya que como consta en los partes militares, el Capitán de Blandengues pasará la mayor parte de su tiempo recorriendo la pradera oriental. Las descripciones que existen sobre la campaña uruguaya en los años que se analizan, en cuanto a lo que se entiende por “cultura ciudadana”, es realmente desolador. Al norte del Río Negro, por ejemplo, no existía una sola escuela. Se puede razonablemente admitir que en este ambiente, Artigas tuviera el hábito de la lectura? Por otra parte, podría disponer de algún libro en ese ambiente? No es una mera suposición responder en forma negativa a estas interrogantes. Los documentos avalan la conclusión precedente. Los pocos escritos redactados por Artigas de su puño y letra, evidencian una redacción dificultosa, carente de sintaxis y casi innumerables, notorias faltas de ortografía. El propio Artigas le dirá a sus superiores que le resulta difícil leer los “papeles públicos”. Estos mismos superiores le dicen que es mejor que les explique verbalmente lo que debe informar. Nada de esto es sorprendente, en un hombre que pasó su vida “a caballo”, y que por lo tanto tenía la “cultura agreste” propia de los habitantes de nuestra campaña. No se trata de negarle “cultura” al Prócer, simplemente que la suya no era urbana y “libresca”. El origen de la suya radicaba en la experiencia, en las meditaciones, en el “rumiar”; en el diálogo con los paisanos y también con los hombres “instruidos” con los que Don José tuvo contacto. Recalcar esta diferencia entre ambas culturas es importante, ya que ello da el verdadero perfil de Artigas. Quienes lo conocieron y hablaron de él sin prejuicios, dan testimonio de la claridad de su pensamiento y el tino para resolver las cuestiones que se le presentaban.


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No era un intelectual, pero tampoco un “gaucho bruto” ni mucho menos. Junto con la “universitaria”, existen otras culturas que no deben de subestimarse. A los historiadores liberales, acostumbrados a identificar la cultura con los libros, les resulta muy difícil admitir otro tipo de conocimiento. De ahí, por ejemplo, la espaciota urdida por el Doctor Demicheli, cuando pretende que Artigas hubiera leído los libros que fugazmente su padre tenía en custodia, y que pertenecieran a la biblioteca de Ortega y Monroy, hecho que en obra anterior se ha demostrado que fuera materialmente imposible. Tampoco es convincente la versión de que en el Paraguay, como ya también se ha evidenciado, leyera la obra “La conversación consigo mismo” del marqués Louis – Antoine Caraccioli. Si los rasgos de Artigas eran éstos, resulta harto improbable la posibilidad que se enfrascara en la lectura de la obra de Thomas Paine. Otra cosa es que la conociera por comentarios de sus secretarios y asesores. Como está documentado se sabe que el Prócer conocía esta obra y la estimaba y recomendaba. También un viajero contemporáneo a los sucesos revolucionarios, afirma que Monterroso “se decía adherente a las doctrinas de Paine, prefiriendo la Constitución de Massachussets como más democrática”. Pero ante estos datos cabe preguntarse que obras de Paine conocían los asesores del Prócer. Es seguro que la tan comentada “La independencia de la Costa Firme”, circuló y se difundió entre los patriotas. Pero, en que consistió esta obra? El libro que publicara García de Sena, y que también tradujera, -aún defectuosamente-, transcribía parte, sólo parte, del “Sentido Común”, “la Disertación sobre los primeros principios de gobierno y los bancos”, y finalmente las Constituciones norteamericanas. El “Sentido Común”, cabe señalar que, como lo afirma uno de los principales estudiosos y panegiristas de Paine, -Santos Fontela-, “se limita a uno sola causa, la independencia de los Estados Unidos”. De modo que no sólo los que leyeron la edición de García de Sena, tuvieron únicamente acceso a un “Sentido Común” fragmentado, sino que además, esta obra como “La Disertación”, se limitaba fundamentalmente a propiciar y defender la independencia de las colonias y el sistema federal. De ahí, entonces, el entusiasmo por el libro de Monterroso y el propio Artigas.


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Si lo afirmado precedentemente es incuestionable, surge claramente que las obras filosóficas de Paine: “Los Derechos del Hombre”, “La Edad de la razón”, como así otras obras suyas, fueron absolutamente desconocidas por los artiguistas. Por ende, cuando se hace referencia a Thomas Paine y su influencia en el ideario del Prócer, debe acotarse a los temas tratados en lo que García de Sena tradujo y publicó. Como se ve, entonces, la tan recurrente y defendida incidencia del autor del “Common Sense”, en el artiguismo debe reducirse sensiblemente. Por otra parte, y en relación al mismo “Sentido Común”, -un folleto que íntegro no pasaba de 40 páginas, que fuera escrito en enero de 1746-, su propio autor lo califica de “panfleto”, que tenía como objetivo animar y justificar la obra de la independencia de Estados Unidos, que así llama a Norteamérica por primera vez en la historia. Quizás por que esta obra carecía de un desarrollo filosófico conceptuoso y estaba escrita con agilidad y pasión, tuvo un éxito asombroso, con cerca de 300.000 lectores. En cuanto al pensamiento doctrinal de Paine, especialmente expuesto en “Los Derechos del Hombre”, corresponda acotar que junto al desarrollo de lo que es la filosofía liberal, éste trasluce la visión prejuiciosa y discriminatoria que le desconoce a los indios y los negros todo derecho. De este modo, cuando Paine con entusiasmo elogia la pacífica convivencia de las distintas razas en Norteamérica, colocando a ésta como modelo de sociedad, en nota al pie de página, detalla pormenorizadamente estas distintas presencias, todas de origen europeo, afirmando, refiriéndose a ellas, que “todos los hombres son ciudadanos”; omitiendo de modo significativo a los indios y los negros, -nota en página 220, Alianza Editorial-. El “olvido” es tan significativo que en varias ediciones, probablemente para no perjudicar la “imagen progresista” del autor-, esta nota se encuentra suprimida, -caso de la Editorial Aguilar, Buenos Aires, 1974-. La omisión en una obra dedicada a los Derechos Humanos, cuando tan mal se trataba a los indios y a los negros en la sociedad que se ponía como modelo a imitar, vulnerando el país los más elementales derechos, -es explicable en el pensamiento del autor, ya que, para su filosofía, como para otros contemporáneos suyos, ni los indios ni los negros eran hombres… ¿Acaso, con esta clase de filosofía pudo influir Paine en Artigas y Monterroso?


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Asimismo, para una exacta valoración del pensamiento de Paine, que según la filosofía que lo analice, puede ser en muchos aspectos altamente positivo, debe señalarse que en el plano social, aún cuando muestre preocupación por los pobres, que deben ser atendidos, -siempre que sean de origen europeo-, no será un “revolucionario extremo”. El giro radical tomado por la Revolución Francesa durante la actuación de los jacobinos decepcionó a Paine, quien quería encuadrar la Revolución dentro del esquema por el conocido de la Revolución Americana. Como consecuencia de esta discrepancia, será detenido durante “el terror”, permaneciendo casi un año en prisión, de la que será liberado por intercesión de James Monroe que en ese momento se desempeñaba como Embajador en Francia. Estímase que la decisiva incidencia del autor del “Sentido Común” en el pensamiento artiguista, tan reiteradamente afirmada y sobredimensionada por ciertas corrientes historiográficas, -sin ahondar en ocasiones en su filosofía y circunstancias de su vida-, hace importante las precisiones precedentes, las cuales, se piensa, ayudan a “calibrar” exactamente los alcances de la gravitación que se le atribuye, la cual quedaría limitada a los términos ya señalados.

“Non facciamo ¿masones?

confusione”:

los

franciscanos,

La frase que encabeza este subtítulo y que con espíritu festivo reiteradamente se canta en una conocida ópera italiana, se puede aplicar con seriedad a la confusión que se genera al afirmar que los frailes franciscanos federales partidarios de Artigas, -que distinguimos cuidadosamente de otros, pertenecían a la masonería. No existe la menor prueba, ni siquiera el menor indicio que así sea. Como ya se ha visto no tenemos el mínimo inconveniente en aceptar, “sin pestañear”, que otros sacerdotes sí lo fuesen, caso por ejemplo del Padre Santiago Figueredo175, un excelente y sacrificado patriota, que significativamente a la postre se distanciara de Artigas. Pero no lo franciscanos, identificados con otro paradigma. Acorde a la visión precedentemente mencionada, el por otros motivos laborioso investigador Alfonso Fernández Cabrelli, en su libro “Masonería, Morenismo, Artiguismo”, no sólo califica a los franciscanos como adherentes a las organizaciones secretas, sino que sin más, identifica a


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la Universidad de Córdoba por ellos regenteada como “un centro de formación liberal y preparación para la iniciación en las luces”176; convirtiendo a la misma poco menos que en un bastión del liberalismo y los enciclopedistas. A diferencia, en este caso, de José Ingenieros, Alejandro Korn, Vicente Fidel López y otros, que sólo verán a las enseñanzas que se impartan en Córdoba como “obscurantistas” y “retardatorias”, Fernández Cabrelli afirmará que: “Los franciscanos en Córdoba, como veremos lo hicieron en Montevideo, sustituyeron el escolasticismo por las enseñanzas de las nuevas filosofías”. Para respaldar su aserto recurre a César Chaves, quien en su obra sobre Castelli sostiene, -también de modo equivocado-, que: “parece evidente que las enseñanzas de los franciscanos contenía un mínimo de liberalismo… bastante para preparar el derrumbamiento de todo el castillo colonial”.177 A su vez, Fernández Cabrelli se equivocará al pretender identificar el “progresismo” de los frailes con las doctrinas liberales. Lo induce a error el hecho de conocer la “Exhortación” que el Comisario de Indias Fray Manuel María Trujillo dirigiera en el año 1786 a todos los colegios y universidades franciscanas existentes en América, y a través de la cual Trujillo recomienda el estudio de los “nuevos filósofos”, exhortando a los frailes a descubrir en éstos todo lo que de cierto y provechoso podría hallarse en ellos, no debiendo en esta búsqueda impedírselo Aristóteles y los antiguos maestros de la escolástica. El autor de “Masonería, Morenismo, Artiguismo”, aduce a favor de su tesis, que quienes comentan la “Exhortación” en cuestión, la critican desde sus posiciones conservadoras, a lo cual, -agregamos nosotros, que ello es natural, dado que estos comentadores resultan partidarios de un escolasticismo “ultraortodoxo”, pero no porque en la Exhortación vean otros “desvíos” ideológicos. En su entusiasmo por defender su interpretación, Fernández Cabrelli omite, quizás porque no lo conocía en su totalidad, que el Comisario de Indias, consideraba en su escrito que era sumamente conveniente adquirir sólidos conocimientos, incluso en las ciencias experimentales, para precisamente de este modo “poder refutar enérgicamente los errores de las doctrinas de Rousseau y los enciclopedistas”; tal como puede comprobarse si se lee enteramente la invocada “Exhortación”178; con lo cual, lo que se pretende esgrimir como prueba, se torna claramente en contra!


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A este elemento probatorio, se suma que el eminente catedrático de la Universidad de Córdoba, y militante artiguista, Fray Elías del Carmen Pereira, cuando en sus lecciones se refiere a los “libertinos”, -nombre con el que se llamaba en su época a los liberales-, lo hace en forma fuertemente crítica. La matriz doctrinaria no liberal de los “progresistas” franciscanos de Córdoba, se comprueba además fácil y claramente si se leen los numerosos apuntes recogidos por los alumnos que concurrían a las clases dictadas por los catedráticos franciscanos y que fueran publicados en hercúleo trabajo por el historiador argentino Guillermo Furlong, en su conocida obra sobre la Historia de la Filosofía en el Río de la Plata. Los “nuevos filósofos” a los que se refiere Trujillo y recomienda estudiar y críticamente asumir, -y así lo entendieron los catedráticos cordobeses-, serán Descartes, Liebnitz, Gassendi, Duhamel, Newton, Malebranche y otros, pero no los teóricos de la filosofía liberal, a los cuales los franciscanos combatirán. Tampoco, y más allá de la inocultable simpatía por el pensamiento de Descartes, los frailes romperán con la escolástica, ya que adoptarán a Francisco Suárez, filósofo creativo y renovador, pero sin duda claramente escolástico, como a uno de sus principales maestros. Por otra parte, en la pormenorizada compulsa de los libros pertenecientes a la nutrida biblioteca de la Universidad de Córdoba, -hallada no sin dificultades por el autor-, no se ha encontrado material libresco proveniente de los “libertinos”, lo cual es bastante curioso si tan partidarios de éstos eran los frailes. Si en cambio, se encontraron en esta biblioteca, como ya oportunamente se señalara, numerosas ediciones de las obras del Padre Jerónimo Feijó. Importante resulta advertir, -en virtud de lo que de él se afirma en las ya aludidas publicaciones en cuanto a su orientación ideológica-, que siendo el ilustre benedictino gallego, reconocido por su amplitud de miras, espíritu crítico y singular erudición, al mismo tiempo será contrario a Rousseau y a los enciclopedistas, tal como puede comprobarse si se lee el tomo cuarto y penúltimo de sus célebres cartas. El propio Doctor Ardao, admirador de Feijo, reconoce, quizás con pena, que el autor del “Teatro Crítico” y “Cartas Eruditas”, “estuvo lejos de ser un enciclopedista”, no debiéndosele de calificar tampoco de “ilustrado”, en el sentido de haber identificado con la filosofía del siglo de las luces”179. Asímismo, y no obstante la seguridad con que se afirma lo contrario, no


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existe el más mínimo indicio de que el benedictino gallego hubiera pertenecido a la masonería, a la cual al pasar, en uno de sus tantos escritos, “de los francmasones”-, se refiere, relativizando algunas acusaciones terroríficas formuladas contra las logias, fruto sin duda de la imaginación calenturienta de sus enconados contradictores; acusaciones éstas, que Feijo de acuerdo al rigor crítico que lo animaba ante toda clase de afirmaciones infundadas impugnará, pero al mismo tiempo, tomando clara distancia de la organización secreta, a la que se referirá no sin cierto espíritu irónico. Otro ejemplo, de cómo la lectura ligera de un texto lleva a conclusiones equivocadas contrarias precisamente a lo que éste quiere decir, se encuentra también en el ya aludido escritor argentino Julio César Chaves, al que cita Fernández Cabrelli aduciendo que éste transcribe un texto que hace referencia a lo que se leía en el Colegio de Montserrat, -ligado a los franciscanos cordobeses-, y al que se recurre para probar que en el Colegio circulaban los libros de los enciclopedistas y escritores del “Siglo de las Luces”. Afirma el mencionado Chaves que los alumnos del Montserrat conocían y leían las obras del Voltaire, Diderot, Rousseau, etc. Para ello se basa en una afirmación del Padre Guittin referida a uno de los alumnos porteños de Montserrat, Domingo Antonio de Esquerrenea, al parecer bastante levantisco y del que escribe: “(…) es muy adicto a las doctrinas nuevas. Dios lo libre de que le caigan en las manos los famosos libros”180. De la simple lectura de la anotación transcripta, lo único que surge es que el tal Esquerrenea “es muy adicto a las doctrinas nuevas”, pero que precisamente, por lo menos hasta el momento del comentario de Guittin, al alumno no le habían llegado a las manos los famosos libros, y por lo tanto no conocía ni por su tapa las obras de los libertinos franceses ni de los demás filósofos a que alude Chaves. Y si para Esquerrenea no existe prueba configurada de lo que leía, mucho menos para los demás alumnos de Montserrat. En torno a la identificación ideológica de los franciscanos que Fernández Cabrelli y sus seguidores pretenden establecer, corresponde hacer una penúltima precisión, y ella referida al franciscano Fray Cayetano Rodríguez, a quien se sindica como liberal y por supuesto masón. Conocido patriota argentino e intelectual de indudable valía, Cayetano Rodríguez desarrolló su labor como catedrático en la Universidad de Córdoba y en el Real Colegio de San Carlos de Buenos Aires, que conviene aclararlo, ante el


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error de Fernández Cabrelli, no era un colegio franciscano. Felizmente, para dilucidar su orientación filosófica se conservan sus clases181 de las que surge que como los demás catedráticos que enseñen en Córdoba, sus ideas nada tenían que ver con lo “libertinos” y los demás doctrinarios del “siglo de las luces”. En una sola cosa se distinguirá de sus compañeros franciscanos de Córdoba y es que, -se reitera lo ya expresado en páginas precedentes-, sin combatir a Artigas, no fue partidario del federalismo, y es más, en varias oportunidades se declaró contrario al mismo182, muy probablemente esta posición será fruto de sus largas permanencias en Buenos Aires, y su amistad, -ésta si cierta, con Mariano Moreno, recalcitrante antifederal. Pero que el franciscano no fuera partidario de la causa federal, como sus otros hermanos, no hace otra cosa que confirmar que la excepción confirma la regla. De todos modos, más allá de su posición en torno al federalismo, debe de quedar claro que al igual que los otros franciscanos, Cayetano Rodríguez no fue masón, y que sostener que perteneciera a alguna logia, por carecer de todo fundamento, es una afirmación absolutamente antojadiza. En la arbitraria vinculación que se establece entre los franciscanos y la masonería, se identifica asimismo, por Fernández Cabrelli y autores posteriores que comparten su visión, al ilustre patriota artiguista José Benito Lamas como perteneciendo a la organización secreta. Como en los demás casos dilucidados ello carece de todo asidero, pero además se encuentra en clara contradicción con escritos emanados de la propia pluma de Lamas. Le cabe al franciscano, cuando todavía no era sacerdote, el honor de haber sido expulsado junto con los demás frailes patriotas, por su apoyo al artiguismo en cumplimiento de la orden impartida por el Virrey Elío en mayo de 1811. Recibido en el campamento de Purificación, el Prócer le confió la dirección de la “Escuela de la Patria” aún cuando pocos meses más tarde debió dejarla para pasar a regentear la Escuela Pública de Montevideo a solicitud de su Cabildo. Debió emigrar a raíz de la ocupación portuguesa, para pasar después al norte argentino, de donde volverá al Uruguay con su independencia, desempeñándose como profesor en la casa de Estudios Generales que comenzara a funcionar. Secularizado, -como todos los frailes franciscanos identificados con el artiguismo con posterioridad a su derrota-, será designado cura de la matriz en el año 1852. Nombrado Tercer Vicario Apostólico de la República (1854 – 1857); se manejará incluso la posibilidad de ser consagrado obispo. Lamas morirá víctima de la fiebre


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amarilla, por rehusarse a abandonar la ciudad y dedicarse heroicamente al cuidado de los enfermos víctimas de la peste. Al examinarse la actuación, enseñanzas y demás escritos de este esclarecido franciscano, -posteriormente se reitera, como Monterroso, Lázaro Gadea y tantos otros, secularizado-, no existe en ellos ningún elemento que ni remotamente pueda permitir presumir que integrara la masonería. Por el contrario, existe una nota del Vicario de fecha 21 de junio de 1855, dirigida al gobierno uruguayo, por la cual en tono firme, formula graves críticas a las logias e incluso agrega a la misma las Cartas Apostólicas del Papa León XII, condenándolas; dicha nota puede leerse íntegra en el trabajo a él dedicado y del que es autor el historiador Eustaquio Tomé183. A la verdad que sí existe sobre este tema una prueba: ello es de la ligereza con que esta temática es abordada por aquellos que pretenden “meter en una misma bolsa” a todos los patriotas sin los necesarios distingos. El lector tendrá presente que en el capítulo III de este trabajo, se ha estudiado el perfil de los franciscanos que enseñaron o que se encontraban vinculados a la Universidad de Córdoba, pero dadas las apreciaciones del tantas veces citado Fernández Cabrelli, las cuales se han asumido y repetido por otros autores en publicaciones recientes, se ha estimado la conveniencia de retomar el punto en estas páginas.

Pintura de brocha gorda Teniéndose presente los enfoques que precedentemente se han impugnado por carecer de todo fundamento, cabe aclarar que ello no se ha encarado animados por una particular animadversión a una u otra corriente, que se respetan e incluso se valoran en lo que ellas tengan de positivo, sino porque no es posible aceptar calladamente una historiografía que con brocha gorda pinte de un solo color el cuadro doctrinario de la variopinta realidad que conforman las filosofías presentes en el proceso revolucionario del Cono Sur. En el proceso que culminara con la independencia de los países del sur del Continente, se advierten variadas filosofías que no es lícito históricamente desconocer ya que en su momento fueron de indudable gravitación y no porque a quienes investiguen este período les resulten


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ajenas pueden ignorarse o relativizarse. Un ejemplo paradigmático de ello lo configura la corriente comunitaria de la cual es máximo exponente el filósofo y teólogo Francisco Suárez. Recientemente en una obra que con encomiable acopio de documentación se aborda el proceso revolucionario en las Provincias Unidas se alude fugazmente a Suárez (1548 – 1617), dedicándole a su pensamiento un espacio que en una página de diecisiete no alcanza a dos decímetros, -y ello sin comparar con las numerosísimas páginas que se dedican a las corrientes liberales-; acotando en la exigua mención que se alude que: “en plena vigencia de la inquisición del siglo XVI, ello relativiza que su pensamiento pudiera salir de los ámbitos académicos y de las limitaciones de su propia orden”184 Error garrafal éste, ya que en relación al punto, -y sin pretender ni por asomo excusar en otros tópicos a la Inquisición-, el ilustre jesuita nunca debió de temer del celo de esta institución, ya que sostener como lo hacía, que la soberanía originariamente residía en el pueblo, era una tesis que no contradecía la ortodoxia y era opinión defendida por muchos y desde mucho tiempo. Escudríñense los archivos de la Inquisición, léase todo el material bibliográfico relativo a Suárez, y no se encontrará el menor atisbo de colisión entre su pensamiento y el inquisitorial. El “doctor eximio”, que así se le llamaba, sufrirá en cambio la quema de sus libros en el año 1761, por parte de las autoridades francesas que tanto admiraban Voltaire, D’Alambert y Rousseau. También impugnará sus obras el anglicano Rey Jacobo I por entender que estas socababan el absolutismo monárquico que por entonces sostenía la Corona británica. Asímismo, los consejeros representantes del despotismo ilustrado, -con el que años después se sentirá identificado Don Félix de Azara-, convencerán a Carlos III para que prohíba se enseñen sus tesis185. Lo constatado hasta aquí no sólo evidencia, la manifiesta confusión del autor del libro al que se ha hecho mención, sino también que es un yerro mayúsculo afirmar que las ideas de Francisco Suárez no se difundieron fuera de los ámbitos académicos, ya que llegaban nada menos que a los reales! Pero si no fueran suficientes los hechos señalados, basta con indagar sobre la gravitación del jesuita en las universidades iberoamericanas, y por supuesto, de modo muy especial en la de Córdoba, y como este pensamiento se irradió hacia la sociedad política y civil, integrada por relevantes


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personalidades. Existen en nuestra reiteradamente citada obra “Artigas y su derrota. ¿Frustración o Desafío?”, considerables elementos documentales que prueban palmariamente que tanto los catedráticos jesuitas, como con posterioridad los franciscanos, en clara desobediencia a las órdenes impartidas por Carlos III, enseñaban en Córdoba a sacerdotes y seglares, de forma unánime las tesis del autor del “De Legibus”; y los frailes no eran jesuitas! El pensamiento de Francisco Suárez no sólo se había difundido por muchas de las universidades del Continente americano, tal como lo prueba con ingente e indiscutible documentación el ya aludido historiador Furlong186, pero no quedaron como ya se afirmara estas enseñanzas confinadas en los claustros universitarios, sino que a su vez, por la conocida dinámica de los “círculos concéntricos”, se propagó a vastos sectores de la población, en especial a quienes por ejemplo, fueron integrantes de la Junta de mayo de 1810. El estudio pormenorizado llevado a cabo por Furlong, analizando una por una las intervenciones de los participantes en la sesión de dicha Junta, constituye un elemento que no ha sido rebatido, en cuanto a que la fundamentación de quienes exponen se basa en las tesis de Suárez y no en Rousseau.187 Como contraposición al generalizado conocimiento que existía en relación a las enseñanzas de Suárez, si se analiza lo ocurrido con el “Contrato Social” del pensador ginebrino que el Cabildo de Buenos Aires dispusiera publicar por consejo de Mariano Moreno, -éste si lo conocía-, se evidencia que los cabildantes, figuras relevantes de la Revolución de Mayo, no tenían la menor idea de lo que era el susodicho “Contrato”. Efectivamente, cuando los integrantes del Cabildo, una vez impreso el libro, tienen oportunidad de leerlo, el 5 de febrero de 1811, resuelven en atención de que “su lectura pudiera ser perjudicial y carecer de utilidad, que en vista de ello estiman que la compra de los doscientos ejemplares es inútil y superflua”188, y por ende no llegaron a repartirse. En cambio del escaso conocimiento que se registraba en relación a Rousseau, en los primeros años del período revolucionario el pensamiento de Suárez se había extendido por todo el continente americano y no fueron pocos los próceres que de él se nutrieron, caso de Morelos en México. Contrariamente a lo que comúnmente se cree, en los comienzos de las revoluciones americanas, -como ya se comentara-, el filósofo ginebrino


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habrá de ser sólo conocido por un pequeño número. Será con el correr del tiempo que la lectura del “Contrato Social” se generalice y se vuelva para muchos una especie de biblia laica, a través de la cual busquen darle fundamento a su ya liberal praxis. Cuando se sabe todo esto, debe de pensarse que José Monterroso vivió y enseñó años en Córdoba, universidad que con pruebas y no especulaciones, puede afirmarse no era un “bastión del liberalismo” pero sí del “suarecismo”; afirmación ésta que debe extenderse a los franciscanos criollos que de Montevideo fueron expulsados al conocido grito de “váyanse con sus amigos los gauchos” por su amistad y apoyo a Artigas. Pero el “doctor eximio” no era sólo conocido en el Cono Sur sino en toda América. Una idea muy clara de ello lo da el caso del ya mencionado sacerdote e ilustre patriota mexicano José María Morelos, cuando al impugnar las proposiciones que se daban para negar la validez de la revolución, aducirá que para refutarlas “no se necesitaban otras pruebas que las escritas por el sapientísimo Suárez en su incomparable obra “De Religione”, enseñanzas éstas que el gran patriota mexicano había aprendido en el Seminario de Michoacan189, y que animaban al movimiento popular que liderara, con lo que se evidencia una vez más, que es un garrafal desacierto afirmar como se ha escrito que “el pensamiento de Suárez no podía salir de los ámbitos académicos y su propia orden”. Corresponde aclarar que Francisco Suárez tiene el mérito de haber desarrollado la tesis de la soberanía popular de modo magistral, pero que especialmente en España estas ideas no fueron exclusivas de él ni del Padre Juan de Mariana, ya que como consignamos en el capítulo titulado “las corrientes comunitarias” de nuestro libro “Artigas y su derrota”, surge que otros muchos ya las sostenían, incluso con bastante anterioridad.

Un ejemplo cercano A la verdad que para comprobar la difusión de las tesis de Francisco Suárez en América, casi resultaría innecesario indagar sobre el origen doctrinario de las intervenciones de los integrantes de la Junta de Mayo del año 1810, o alejándose geográficamente, en la influencia del “Doctor eximio” en el pensamiento del cura Morelos, -a este sacerdote sí le corresponde el nombre de “cura”-: muy cerca, en la Banda Oriental, se tiene


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un claro ejemplo de ello. Se trata de la actitud asumida por el sabio e ilustre sacerdote José Pérez Castellano, -al cual recuerdan y rescatan en encomiable trabajo el doctor e historiador Fernando Mañe Garzón y la licenciada e historiadora Ariadna Islas-, al integrar y defender lo resuelto por el Cabildo Abierto del 21 de setiembre de 1808. Al estar acéfala la monarquía por la prisión de Fernando VII, el argumento esgrimido por el preclaro sacerdote acorde a la tradición española de los fueros, se basa en que la soberanía “retrovertía” al pueblo reunido en el Cabildo, integrado como un cuerpo representativo de los vecinos, según narran los autores precitados. Sin duda que la posición de Pérez Castellanos abrevaba, -no obstante que su conducta le valiera una transitoria suspensión canónica del Obispo de Buenos Aires Lué y Riega, influido por las ideas del absolutismo borbónico, en los principios que consagraban los antiguos y tradicionales fueros y partidas , -tan olvidados por la mencionada dinastía borbónica-, pero también en las conocidas tesis de Suárez sobre la “retroversión” de la soberanía al pueblo en determinados casos, como por ejemplo, en el de acefalía del trono. Pérez Castellano, -que no era en absoluto ni liberal ni masón como erróneamente y sin ninguna prueba, se afirma en publicaciones recientes-, había sido destacado alumno de la Universidad de Córdoba, en el período jesuítico, sintiéndose tan identificado con sus enseñanzas que, después de la expulsión de la Compañía de Jesús, continuará con uno de sus maestros radicado en Europa, -el Padre Cayetano Riba-, asidua correspondencia. No es de extrañar entonces, que en ocasión del Congreso de Capilla Maciel, en el que le cabrá una lúcida y valiente intervención en defensa de Artigas y la soberanía de los pueblos de la Banda Oriental contra la actitud invasiva y prepotente del gobierno de Buenos Aires, el autor de “Observaciones sobre la agricultura”, y tal como aprendiera en la Universidad de Córdoba, declare enfáticamente, nuevamente en clave claramente suareciana: “Desde que faltó la persona del Rey, que era el vínculo que a todos unía y subordinaba, han quedado los pueblos acéfalos y con derecho a gobernarse por sí mismos”. Sin caer, insistimos, en dilemas de falsa oposición, cabe preguntarse, si tantos conocían y se apoyaban en Suárez; si asimismo, serían tantos los que habían leído a Rousseau?; esto pensando en que el “Contrato Social” que intentó difundir Moreno, traduciéndolo en parte, no había podido tener lectores y quienes en el Río de la Plata sabían francés se contaban con los


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dedos de una mano. No debe olvidarse, -se recuerda una vez más, dado que en ocasiones parece no tenerse en cuenta-, que la tesis de la “retroversión”, resultaba insostenible para Rousseau, que no podía admitir que la soberanía “retornara” al pueblo, ya que ella era intransferible. Por otra parte, debe de tenerse cuidado con las palabras “contrato”, “voluntad general” y “ciudadano”, que se identifican como propias y originales del vocabulario “rusoniano” ya que ellas también eran usadas en la literatura y antiguo derecho ibérico. No formulamos las precedentes reflexiones para negar la influencia de Rousseau, que sobre todo a posteriori de los primeros años de las revoluciones hispanoamericanas sin duda la tuvo, sino con el fin de, modestamente, ayudar a un redimensionamiento de su gravitación, buscando una visión más equilibrada, donde los actores protagónicos sean múltiples. De acuerdo a lo precedente, debe decirse que es un grandísimo error, -aún cuando resulta una creencia bastante extendida-, afirmar que la Iglesia Católica “se apoyaba en el derecho divino de los monarcas y en su absolutismo”, sosteniendo que la soberanía “el Rey la recibía directamente de Dios y sólo respondía ante Él y el Papa”. Jamás la Iglesia oficialmente enseñó tal cosa. Existía sí, una corriente teológica que lo sostenía; uno de sus mayores y más brillantes exponentes de estas tesis absolutistas será el obispo Jacques – Benigne Bossuet, como así otros teólogos cortesanos, la mayor parte galicanos. Pero frente a esta corriente, que también tendrá sostenedores en América, -ejemplo claro de ello será el obispo José de San Alberto, quien muy significativamente, antes de ser consagrado obispo será en España consejero y predicador del Rey Carlos III, -por lo que no son de extrañar sus opiniones absolutistas-, habrá una legión de importantes teólogos que sostendrán que la soberanía, si bien tiene su origen en Dios, se encuentra inicialmente en el pueblo, que en su caso puede traspasarla en forma expresa o tácita “al príncipe”, y que no pierde potencialmente su control, ya que en determinados casos puede recobrarla. Como ya se expresara, hemos dedicado por la importancia del tema, todo un capítulo de “Artigas y su derrota” a estudiar las corrientes comunitarias y de las cuales Francisco Suárez es uno de sus más eximios representantes. En relación a ello, confesamos que nos habría gustado que aquellos historiadores que nos han leído, no sólo hubieran trascripto alguna


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cita que consideraban les convenía, -como evidentemente lo han hecho-, sino atender a la totalidad de los elementos de prueba que en dicho capítulo fueron insertos.

Artigas: acaso un “iniciado” No obstante lo ya expresado en este mismo capítulo y también en otras páginas del presente trabajo, nos vemos obligados a ocuparnos nuevamente del Ingeniero Félix de Azara, con motivos de algunas recientes publicaciones que ya no sólo se refieren a la influencia de Azara sobre Artigas, sino que avanzan afirmando la posible integración del Caudillo Oriental a las sociedades secretas a raíz precisamente de su vinculación con Don Félix. Debe admitirse que hasta los estudios realizados por el historiador Petit Muñoz, se había convertido en una verdad axiomática que el Reglamento de Tierras de 1815 era el resultado de la influencia que el Ingeniero Félix de Azara habría tenido sobre Artigas, durante los contactos que a través de sus comunes trabajos habrían mantenido cuando el funcionario de la Corona Española había sido designado por ésta, para delimitar, entre otros cometidos, las fronteras de la Banda Oriental. Petit Muñoz fue uno de los primeros en advertir que la entrega a los pobres que propiciaba Azara en su manida “Memoria”, -elevada al Rey, pero publicada mucho después que el Reglamento-, no tenía un propósito social sino estratégico, que buscaba únicamente fortalecer la línea fronteriza, para lo cual, y a los efectos de lograr poblar las tierras desiertas, tendría para facilitar este fin, entregar tierras a los que no las tenían. A ello sumó Petit, en esclarecedora investigación, el análisis de la obra completa del sin duda ilustrado comisionado de la Corona, evidenciando su estudio el craso carácter aristrocrático y el desprecio por el indio que el autor de la “Memoria” evidenciaba en sus obras; pensamiento y sentimientos, totalmente opuestos a los de Artigas. Posteriormente, avanzaron en esta misma línea historiográfica en valiosos trabajos Gadea y Fajardo Terán, poniendo asimismo de relieve las anteriores “memorias” e informes que se preocupaban por el arreglo de los campos y la entrega de tierras a los pobres.


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Posteriormente, el autor de este trabajo avanzó en esta misma dirección, resaltando la animosidad de Don Félix, no sólo hacia los indios, sino hacia los pueblos misioneros, por los que sentía una fuerte aversión, particularmente en cuanto a su organización comunitaria, muy en consonancia con las ideas del despotismo ilustrado y su acendrado individualismo, razón por la cual este acabó de modo cruel con dicha organización, hecho con el que Azara se sentía plenamente identificado. A ello agregó el autor, referencias sobre el tan por no pocos elogiado Jovellanos y sus “ilustrados” amigos, Campomanes y Aranda, que sin duda propiciaron en España medidas “progresistas”, pero que en nada favorecieron a los pobres y que por el contrario los perjudicaron, imbuidos todos ellos por sus ideas “ilustradas”, de un, se reitera, acérrimo individualismo. Nuevamente debe señalarse que las diferencias entre el pensamiento de Azara y el de Artigas, no sólo se limitan a los conceptos y espíritu del Reglamento de Tierras, sino que se extienden y de modo no menor, a la totalidad del ideario del Prócer y su secretario, ya que como ya se ha expresado, sería un gran error ceñir el ideario social de éstos, al Reglamento. Asímismo, las discrepancias son notorias en cuanto a la organización política, dado que Azara se identifica con el centralismo del despotismo ilustrado, tan distinto a como en el artiguismo se concibe la “soberanía particular de los pueblos”. Pero si comparándose el ideario del autor de la “Memoria” con el del artiguismo, éstos son antitéticos, corresponde subrayar que en relación a los pueblos misioneros, éstos lo son aún más, situándose ambos en las antípodas uno del otro. El gobierno de Purificación dispondrá que en los pueblos se restaure el régimen que los jesuitas habían establecido con la entusiasta colaboración de los guaraníes, tanto en su organización comunitaria socioeconómica, como en su gobierno, ordenando de modo inflexible Artigas y su secretario Monterroso, que “los naturales se gobiernen en sus pueblos por sí mismos”, expulsándose de sus órganos de decisión a los que no lo sean, a lo cual como se dijera, se agregará la restauración de la propiedad comunitaria. Se es consciente que a estas constataciones se ha hecho ya referencia, pero es necesario reiterarlas y enfatizarlas, ya que sin responder a las objeciones que en su momento se formularan, no sólo se continúa


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sosteniendo las afirmaciones que se impugnaran, sino que a ellas se suman otras nuevas tan erróneas, desde nuestro punto de vista, como las primeras. Debe confesarse que si después de todas estas investigaciones, causa sorpresa que sin responder a las serias y documentadas objeciones que ellas plantean se continúa sosteniendo la influencia de Azara en el Prócer, se siente verdadero estupor, cuando se advierte que se pretende a través de meras conjeturas y sin el menor documento o fundado indicio que lo respalde, que José Artigas haya sido iniciado en la masonería por Félix de Azara y un compañero de éste, un tal Mayllos de Marcana, que con él había trabajado. Es como pretender unir el vino con el aceite… No cabe duda que la mayoría de los próceres americanos fueron masones, -y también católicos-, pero precisamente la no pertenencia de Artigas y su secretario Monterroso a la masonería, es uno de los elementos que diferencia al Prócer de los demás grandes patriotas latinoamericanos, que al identificarse con la masonería que se hacía presente en el Continente, abrazaron las ideas del liberalismo económico que ésta difundía por entonces y que tanto daño causaron a los pobres de Indoafroamérica que ya habían sufrido bastante con los regímenes anteriores que debieron soportar. Disimular estos hechos por no contrariar a ciertas organizaciones o buscar su halago y apoyo, sería lo mismo que un historiador, por ejemplo católico, por el hecho de serlo, ignorara la actitud contraria a los movimientos independentistas que la mayoría de los obispos residentes en América, por su condición de españoles asumieron, u olvidar las encíclicas papales que fueron contrarias a los mismos. Llevado el razonamiento y ejemplo a los tiempos modernos, acaso por ser católico un historiador puede disimular, al abordar la temática de las dictaduras latinoamericanas, el hecho de que muchas de ellas, identificándose con reaccionarias corrientes eclesiales, invocaran y justificaran sus desmanes y crueldades en nombre de la religión? El autor ha estudiado, dentro de sus modestas posibilidades, el pensamiento económico liberal en “Artigas y su derrota”, y de modo más especial todavía en su trabajo sobre el “Neoliberalismo y sus lujuriosos deseos”, en lo que como filosofía este régimen económico presupone. Para la época de Artigas resulta antihistórico separar el liberalismo político del económico. Tal cual que como el dios Jano, en las primeras décadas del


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siglo XIX, esta ideología constituirá indisolublemente un ser bicéfalo con su doble faz, una política y otra económica. Por cierto que el liberalismo, no resultó una corriente cristalizada en el tiempo, y en su evolución posterior perdió su carácter otrora bicéfalo, y al bifurcarse, separarse sus caras, muchos liberales en lo político resultaron destacados y esforzados militantes de corrientes sociales distintas y hasta contrarias al liberalismo económico, pero este divorcio entre ambas ocurrió con mucha posterioridad a la época de Artigas. Ello hará asimismo, que no pocas personas que se identifican con los ideales de libertad y tolerancia de la masonería, también asuman claros compromisos a favor de una sociedad basada en la justicia social, e incluso organizada sobre bases no capitalistas. Para ayudar a tomar conciencia de la compleja dinámica histórica, quizás sirva saber que en Italia, país donde se registraron corrientes, no tanto anticatólicas, pero sí de gran virulencia anticlerical, existe una logia, regular y reconocida-, que reivindicando los orígenes católicos de la masonería, declarándose partidaria de la libertad y la tolerancia, retomando las tradiciones de los fundadores de la inicial francmasonería, -los sabios y admirables constructores de las catedrales medievales-, además de identificarse con los ideales del Humanismo Cristiano, tiene para aquellos que lo deseen un sacerdote católico como capellán! E incluso algún uruguayo afiliado a ella.

La singularidad del artiguismo En virtud de lo consignado en el presente capítulo y otros precedentes, se llega a la conclusión de que no obstante sus posibles y eventuales similitudes con otros movimientos independentistas, el artiguismo, en sus variadas facetas configura un ideario singular. No se descartan en absoluto variadas influencias, por lo que en ese sentido puede admitirse que se trata de una “doctrina sincrética”, que abreva en más de una fuente. Pero este “sincretismo” no incorpora en forma desordenada ni incoherente, al modo de un retablo barroco, ideas y conceptos “sin ton ni son”. A través de un proceso de decantación y selectiva absorción, -del cual el período que se desarrolla durante el gobierno de Purificación es instancia fundamental-, asentándose sobre un eje propio, que no es liberal ni


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masónico, tampoco jacobino, se observa que se articula una síntesis integradora y homogénea. En relación a lo afirmado precedentemente y evidenciado a través de los elementos analizados en el presente trabajo, no es correcto afirmar entonces, -y debe decirse-, que “existió un entorno masónico alrededor de José Artigas”, como últimamente se ha afirmado. El prócer no lo era, y las personas que más influyeran sobre él, tampoco. Por el contrario, quienes lo fueron, no formaron parte de su círculo más cercano y lo combatieron, y si en algún caso relativamente pudieron estarlo, prontamente se distanciaron. Por otra parte se ha probado que muchos de aquellos que con ligereza se presentan como integrantes de las logias secretas no lo eran en absoluto. Quizás podría hacerse una excepción con Miguel Barreiro, pero no está probado que lo fuera, y notoriamente no tuvo ninguna influencia sobre el pensamiento gestado en Purificación. Es notoria su actitud renuente frente al Reglamento de Tierras de 1815, también su posterior distanciamiento de Artigas, el cual hasta había decidido detenerlo. Si se analiza el ideario artiguista, no como un todo desde el principio cristalizado, sino como un pensamiento en evolución, se advierte que la presencia en él de las ideas liberales, sólo se hace notar en las famosas “Instrucciones del Año XIII”, y no de un modo predominante y exclusivo, dado que como ya se ha comprobado en capítulos anteriores, son numerosas las disposiciones que Artigas adopte por ese tiempo, basándose en antiguas leyes e instituciones ibéricas. El benemérito historiador Vázquez Franco, con quien se discrepa respetuosamente pero radicalmente en otros puntos de su enfoque, se estima que acierta cuando impugna la imagen de un Artigas liberal. Ciertamente que, por el Caudillo no serlo, de ningún modo necesariamente habría de resultar un “totalitario”, ya que las formas de ejercer el poder no se agotan en estas dos vertientes, particularmente en los tiempos que tócole vivir al Prócer. Concomitantemente, tampoco parece atinada la idea de quienes, a la usanza del popular gato, se calzan las “botas de siete leguas”, y en este caso caminando hacia atrás, califican a Artigas de “socialista”. Pero si esto puede ser una interpolación impertinente, también del mismo modo parece una “batuta”, -al decir de los italianos-, que como reacción se califique al artiguismo como “populista”. Ciertamente que el movimiento fue


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“policlasista” y a él se integraron ricos hacendados, -piénsese en el santafesino Don Francisco Antonio Candioti-, intelectuales, sacerdotes criollos y españoles, militares, estancieros medios, peones, changadores, indios y negros, no debiéndose excluir de esta nómina a las mujeres, pero atención!, no fue un “amasijo” que buscara contentar a todos frívolamente, y prueba de ello resulta la actitud de aquellos que cuando comenzó el gobierno de Purificación lo abandonaran. Artigas y su secretario no fueron demagogos ni acomodaticios en sus medidas, ellas respondían a principios éticos que les resultaban entrañables y que observaron con fidelidad, conducta esta que hasta le valió al Caudillo ser motejado de “hombre terco e intratable”. Cabe señalar por otra parte que significativamente, a diferencia de los pensadores “clásicos”, ni Artigas ni su secretario harán habitualmente uso de la palabra “democracia”; pero a la usanza y forma de las mejores y antiguas tradiciones hispánicas, consultarán al pueblo y promoverán su participación sin distingos de clase, incluyendo en ésta a los indios. Si no se caracterizará el artiguismo por recurrir al vocablo, querrá en cambio y promoverá una participación de mucha mayor amplitud que la de aquellos liberales que por su doctrina propiciaban la “democracia censitaria” de los ricos y letrados. Tampoco el artiguismo recurrirá frecuentemente a la palabra “república”, -las pocas veces que la use-, en el sentido moderno de la palabra; pero en los hechos, su constante y heroica resistencia a las soluciones monárquicas propiciadas por la ilustrada oligarquía porteña atestiguará su profundo y auténtico sentir republicano. La primera historiografía liberal rioplatense, -Sarmiento, Mitre, Vicente Fidel López, Francisco Berra y tantos otros, cubrieron de improperios a Artigas, presentándolo como un “gaucho bruto”. En su segunda fase, esta historiografía particularmente en Uruguay, como reacción a esta visión despectiva, lo cubrió de elogios, despojándolo de su poncho, y vistiéndolo con la levita del estadista iluminista, lo presentó como el Jefferson o el Washington criollo. Se ha probado en “Artigas y su derrota”, la elemental instrucción recibida por el prócer; incluso la especiota del Dr. Demichelli que en intento desesperado por transformarlo en un “hombre culto”, pretendiera hacerle leer los libros en francés de la biblioteca de Don Francisco Ortega y Monroy. Es que para la formación de ciertos


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universitarios resultará imposible, que un “paisano” sin contacto directo con el pensamiento ilustrado, pudiera ser capaz de asumir y propiciar las ideas y valores que muestra su ideario y programa de gobierno. Contrariamente a esta visión prejuiciosa, se piensa que un talento natural y un carácter como el de Artigas, se encontraba en perfectas condiciones de compenetrarse y hacer suyas, fundamentalmente por vía coloquial, -rasgo típico de la cultura rural, no libresca-, las opiniones de sus consejeros y asesores, para así plasmar el pensamiento, propuestas y medidas de gobierno que se conocen. En este proceso de “maceración” que se ubica sin desmedro de otras influencias, durante los cinco años de continua convivencia, diálogo, y trabajo en común, -carente de toda disidencia-, durante la permanencia del Caudillo y su secretario en Purificación, es importantísimo y decisivo el aporte de Monterroso. No se trata, ya se ha dicho, de imaginarse al Prócer como un mero repetidor, una especie de “títere” en manos de su secretario. La fuerte personalidad del Caudillo no lo permitiría; por otra parte, y también se ha señalado, existen numerosas referencias de que Artigas era quien en última instancia libérrimamente resolvía y dictaba las disposiciones en Purificación. Lo que tampoco puede negarse, y hasta sus enemigos lo confirman, es la ascendencia que el fraile tenía sobre él, y para ello basta los testimonios que se han seleccionado, a vía de ejemplo, e incorporado al Apéndice documental de la obra. Creemos que entre otros méritos, la grandeza de Artigas estriba precisamente en como, con su escasa instrucción y perfil “paisano”, viviendo en un medio agreste, fue capaz de hacer suyo y convertir “en programa de gobierno” en un proceso que podría denominarse de casi “ósmosis”, los principios y conceptos que llegó a conocer a través de quienes con él estaban, aspirando y proponiendo una gran nación federal en el Cono Sur del Continente americano, fraterna y solidaria, sin exclusiones, y tomando como base para ello, lo que hoy se denomina participación popular y justicia social, naturalmente que condicionado por las coordenadas de su época, a la vez que, de algún modo, trascendiéndolas.

El “mito” Artigas En virtud de lo expresado en capítulos precedentes, se está convencido que Artigas no es un “mito” con el significado que la Real


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Academia de la Lengua le asigna en una de sus acepciones: “fábula o ficción alegórica”; “relato o noticia que desfigura lo que realmente es una cosa y le da apariencia de ser más valiosa o atractiva”; sino en el sentido que también le otorga a la palabra dicha Corporación en cuanto: “persona o cosa rodeada de extraordinaria estima”; acepción ésta, que con la agudeza que lo caracteriza, el historiador Carlos Zubillaga reivindica para el caso de Prócer, en su trabajo: “El Instituto de Investigaciones Históricas y los estudios artiguistas”, y que encabeza las investigaciones recogidas en “Nuevas miradas en torno al Artiguismo”, obra publicada por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Con la prolijidad que acompaña a sus trabajos, Zubillaga procede a detallar los estudios a favor del Prócer que se llevaran a cabo en su proceso de revalorización; rebatiendo de este modo, con el poder dialéctico que le es propio, los tópicos que como novedosos han reaparecido en las últimas décadas y que presentan como “mistificación” un abordaje positivo de la figura del “Protector de los Pueblos Libres”; historiografía “laudatoria”, que aducen, se debería a necesidades ajenas a la verdadera realidad del personaje y su movimiento. Ante la posición crítica que sobre Artigas y ciertas corrientes historiográficas se manifiestan, y que en ocasiones se torna iconoclasta, no podemos evitar de nuestra parte, formular asimismo una reflexión, que aún cuando humilde, es fruto de nuestro firme convencimiento: curioso invento, -se piensa-, habría sido éste, contra el cual combatieron encarnizadamente personajes inteligentes e importantísimos de la historia del Cono Sur, que invocaran en su ayuda para lidiar con este personaje imaginario y su vulgar secretario, a poderosas organizaciones y muy vigorosos imperios. Fenómeno sociológico por demás extraño, el que configuraban las multitudes de paisanos e indios que seguían confiadamente a esta figura irrelevante, tal como lo atestiguan numerosos documentos, y testimonio incluso de sus adversarios...! Embestir contra Artigas, no es novedoso, ya lo hicieron Mitre, Sarmiento y tantos otros. Si junto al modesto estudio historiográfico realizado se trata de tomar partido, este trabajo lo hace con aquellos “desarrapados” que creyeron en este “mito” y lo siguieron, en muchos casos hasta el holocausto.

Reflexiones e interrogantes


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Debemos confesar que nos causa cierto estupor, constatar la relativamente reciente actitud crítica de historiadores con investigaciones de reconocida valía, caso del Puerto de Montevideo. Opinamos que así como no es correcto una visión de Artigas, afectada de “gigantismo”, tampoco es acertada una lectura que, quizás sin quererlo, acaba en la “gibarización”. Ni un “gigante” ni un “liliputiense”; en este caso por su estatura histórica, al estilo de los habitantes imaginados por Jonathan Swif para las cortes de Brodiñag o Liliput. Ciertamente, por ejemplo, que parecen lícitos los reparos al exceso que lo equipara por su “genio militar a Aníbal, Alejandro, Federico, Napoleón o Gonzalo Fernández de Córdoba”, pero no reconocer su mérito, incluso militar, al sostener durante cinco años con sus tropas armadas tan precariamente una guerra sumamente desigual con los ejércitos del Imperio Portugués que se encontraban equipados por los ingleses y a los que se sumaban otras poderosas fuerzas, resulta, creemos, poco equitativo. Asímismo impresiona que al explicar la derrota de Artigas, ella se atribuya fundamentalmente a que “había perdido el apoyo de buena parte de los hacendados”; aparte de la visión unilateral que ello supone, excluyendo toda mirada multicasual, cabe preguntarse como es posible a través de casi un “pase mágico” hacer desaparecer en forma súbita a todos los demás poderosos protagonistas que tanto incidieran en la derrota de Artigas. Acaso la acción de la oligarquía porteña, las logias y el Imperio Portugués no jugaron papel decisivo en su derrota? Inglaterra permaneció ajena a este desenlace? Basta recordar los hechos señalados en el capítulo quinto del presente trabajo para convencerse de lo contrario. La presencia del Imperio Inglés en estas tierras, como lo ha demostrado en forma documentadísima Scalabrini Ortiz en sus investigaciones, lo muestran interesado y actuando en el Cono Sur y hasta en la época de la Colonia. A su vez, cuando otros historiadores hacen referencia a la construcción del imaginario nacional, más allá de sus valiosos aportes, al señalar la perspectiva liberal desde la que ella se inicia, parecería que la figura de Artigas, como héroe nacional, irrumpe, y cae casi como un aerolito en la historia, por la necesidad de crear un Prócer máximo para el Uruguay moderno, y que antes sólo existiera un Artigas, bruto y bandolero. A la verdad que no se conocería el “Prócer” ni el “General”, pero sí al “Caraíguazú” y al decir de los indios misioneros, a “nuestro Padre”. La “historia a


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favor de Artigas” no puede empezar con Carlos María Ramírez en 1884. Ciertamente que existen variadas imágenes del “Protector de los Pueblos Libres”, pero por no entrar en el esquema interpretativo que se propicia no es correcto olvidarlas. Al sentir de los indios, los gauchos y los paisanos, si se analizan las opiniones de la época en que Artigas fue blandengue y que sus mismos críticos de hoy transcriben, aún en las referencias en que aparecen rasgos negativos sobre su persona, se le muestra como un personaje que se destaca, lejos de ser “un funcionario común” como se afirma. En este afán por hacer a Don José un personaje “trivial”, parece olvidarse el calificativo de “coquito de la campaña” con que fue designado por los funcionarios españoles, los cuales se preocuparán y lamentarán de su identificación con la causa revolucionaria, dada su valía y prestigio. Hasta Belgrano y Moreno, como se sabe, lo señalarán como un referente importante. Con anterioridad, el propio de Vedia, tan adverso al Caudillo, al referirse a su época de “paisano suelto”, afirma que lo vio rodeado de mozos que lo seguían alucinados. No es pues su figura, una invención posterior, más allá del lenguaje grandilocuente con que en ocasiones puede describírsele. Es que acaso, sólo vale el olvido, cuando no la calumnia, posterior a 1830? A veces se tiene la impresión a través de la lectura de quienes impugnan la “construcción del mito”, que quienes lo rescataron del ostracismo historiográfico, sacaron a Artigas por arte de predigitación de una galera mágica. También entre los reparos que se le formulan a Artigas, se señala su posible inicial diálogo con los españoles de Montevideo, desatendiendo que en el movimiento artiguista y en su Caudillo existe una evolución y por tanto, el desenvolvimiento y maduración de su ideario, lo único que evidencia es que el mismo no nació como una creatura sin cambio y movilidad, de una vez para siempre. Por otra parte, es precisamente esta evolución la que lo distancia del “grupo más influyente de Montevideo”. No cabe duda que la “maduración” del proyecto haría imposible que pudiera entenderse con los “empecinados” de la ciudad. Pero ser fiel al ideario alcanzado, puede considerarse una falencia? Con referencia al movimiento artiguista, no se piensa que éste fuera cuando llegara a su sazón, falto de homogeneidad y madurez. Por el


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contrario se le califica por Pueyrredón como “una doctrina perniciosa”, juicio éste que diera motivo, nada menos, que al libelo de Cavia. En la vehemente y en ocasiones implacable arremetida contra el “Prócer”, se llega a minimizar al formidable movimiento federal que liderara, no teniéndose ni siquiera en cuenta, entre otras cosas, el pronunciamiento del Cabildo de Córdoba, que lo declarara con entusiasmo “Protector de los Pueblos Libres” como así a las poblaciones que con fervor y confianza lo siguieran. Finalmente, y más allá de las críticas que se le efectúan al Carlyle, parecería que en muchos casos, quienes lo impugnan, -y con razón-, se han contagiado de su modo de visualizar la historia a través de sus “grandes héroes”. En este sentido, se olvida, -y éste es a nuestro entender-, un nuevo y grave olvido-, que a Artigas no puede desgajarse de su movimiento, de sus asesores, de sus amigos, -que los tuvo-. Si tan malo es erigírsele en solitaria estatua, es tanto o más perjudicial embestir contra él, -casi con pasión iconoclasta-, sin advertir que de ese modo se desgarra del cuerpo social al que pertenecía; en definitiva, de la muchedumbre de la que formaba parte y le seguía. Estamos convencidos, sin caer en ditirambos patrioteros, que trascendiendo sus limitaciones, falencias y defectos, José Artigas merece por el ideario social que a partir del año 1815 suscribió y heroicamente defendió, junto a su secretario Monterroso, -a lo que se suma su conducta austera y desinteresada, y siempre ubicándolo en su contexto histórico-, un destacado lugar de honor en la historia de América; obviamente, claro está, que el universo axiológico de quienes lo analizan así lo haga posible. Muy probablemente quienes en los últimos tiempos han iniciado la revisión crítica a la que se ha aludido en parágrafos precedentes, se han propuesto como saludable meta redimensionar a Artigas por reacción a ciertos enfoques casi hagiográficos. Pero la dinámica revisionista, como se sabe, tiene sus riesgos y límites; y ya que se ha hecho referencia a los gauchos, nos permitimos recordar aquí, el poco académico dicho, pero muy sabio refrán “de que hay que tener cuidado de no tirar el agua de la bañadera con el niño que está adentro…” No se trata, como se ha escrito, de “demonizar” a aquellos juicios que puedan resultar contrarios al personaje, sino de interrogarse, -por aquello de Sócrates cuando afirmaba que “la sabiduría viene por el


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preguntar”,-en relación a si corresponde aceptar como absolutas estas visiones críticas, o por el contrario, incorporando otras miradas, buscar de consuno la verdad, admitiendo por supuesto el aporte de estas otras visiones-. No se quiere entonces, polemizar con los historiadores que hoy plantean estas dudas e interrogantes sobre Artigas, -quienes por otra parte seguramente tienen una mayor solvencia profesional que el autor del presente trabajo-, sino de sumarse a sus preguntas y observaciones desde otra perspectiva.

A modo de recapitulación En la tarea de discernimiento encarada con referencia al ideario y movimiento artiguista, han debido examinarse las diversas corrientes y protagonistas operantes en la época, tratando de describirlas y analizarlas con la mayor claridad y profundidad posible. La tarea emprendida, exige en relación a lo que se expresó y expresará en este trabajo, determinadas precisiones, que no obstante hayan sido de algún modo ya hechas; es conveniente repetir, aún a riesgo de ser ello reiterativo para el lector. Si de precisiones de trata, ante todo debe aclararse en relación a los dicho con referencia al pensamiento liberal que ello en absoluto supone desconocer en los procesos independentistas hispanoamericanos la influencia del pensamiento liberal e iluminista, como así de la masonería. La inmensa mayoría de los grandes próceres eran, aunque católicos, también masones, y se encontraban imbuidos de las ideas propias del siglo XVIII y XIX. Pero Artigas, se cree, mientras no se pruebe fehacientemente lo contrario, fue diferente, quizás por no pertenecer al mundo portuario por donde estas ideas llegaban. Asímismo debe quedar claro que, más allá de las reflexiones hechas sobre el tema, no se subestiman los importantes aportes que en un proceso de maduración y cambio, ha hecho el liberalismo político a las modernas instituciones democráticas. En la misma línea de pensamiento, debe decirse, que independientemente de las objeciones que filosóficamente le merecen al autor, no deja de valorarse la significativa ayuda que para la comprensión de los fenómenos económicos han resultado obras tales como “La riqueza de las naciones” del célebre Adam Smith. Lo contrario sería una


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majadería. Lo mismo puede afirmarse en cuanto a las logias. Constituiría una miopía histórica desconocer la contribución que ellas y sus integrantes han hecho en los últimos siglos, -y no se hable en la edad media!-, y ello, más allá de las corrientes anticlericales que se manifestaran, -aún cuando no en todos los casos-, durante los tiempos modernos. Las severas precisiones que se han efectuado, no significan una actitud peyorativa hacia las corrientes analizadas críticamente, sino observaciones ineludibles para esclarecer el auténtico, original y específico ideario artiguista. Tampoco al describir la acción del Imperio Inglés, con todo lo que su presencia produjo en el Río de la Plata, se le visualiza como un Laviathan o Moloch, que fagocitándose a sus víctimas, detentaba en exclusividad “el mal del mundo”, cuando en realidad en los escenarios geopolíticos era uno de sus protagonistas, que actuaba eso sí, con las lógicas propias del poder que quien lo ejerce habitualmente manifiesta. No es correcto y también peligroso, mirar el mundo en blanco y negro a través de un esquema maniqueo. Si se ha insistido en la poderosa presencia del Imperio Británico en estas tierras y en las consecuencias que ello tuvo, especialmente en el caso de artiguismo, es porque se estima que muchas veces ello, en la historiografía convencional, no se ha hecho de modo suficiente. Las precisiones efectuadas, también resultan aplicables a los protagonistas de la historia analizada. Seguramente no pocos de los que combatieran al artiguismo lo hacían, por el paradigma con el que se identificaban y crecían, convencidos que así era necesario, y no todos actuaban con contumaz malicia; piénsese por ejemplo, en Rondeau o en el mismo Belgrano, el cual nunca logró armonizar con éxito sus ideas económicas con los ideales y valores propios del milenarismo en el que sinceramente creía. Se reitera: frecuentemente ante una historia esfumada, donde no se ha profundizado en las contradicciones y las diferencias entre el paradigma artiguista y los restantes, necesariamente la pintura debía de ser nítida y era obligado remarcar los distintos perfiles. Pero de ningún modo se piensa en los adversarios de Artigas como constituyendo “el eje del mal”.


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CAPÍTULO VIII: MONTERROSO: ¿MERO ESCRIBIENTE? Una armónica y fecunda interdependencia Se ha deseado con los últimos precedente capítulos, ofrecer un aporte que ayude a una cabal intelección de las ideas y personalidad de José Benito Monterroso, al cual no se le puede aprehender alejado del contexto intelectual y socio-político de su época. Transitadas estas ineludibles áreas, se impone volver nuevamente la mirada a la peripecia y cotidianeidad de la vida del franciscano. Como ya se ha señalado, Monterroso será el secretario y consejero inseparable de Artigas durante todos los años que dure el gobierno de Purificación. Ninguna otra figura estará tan cerca del Prócer y durante tantos años, no obstante una historiografía interesada y tendenciosa haberlos querido distanciar. Salvo las “Instrucciones del Año XIII”, y algún otro documento de relativa importancia, la inmensa mayoría de los oficios, disposiciones y correspondencia del Protector de los Pueblos Libres, durante cinco años serán redactados de puño y letra por su secretario. Aún cuando no se contase con otros elementos de juicio, este sólo hecho presenta a Monterroso como una personalidad importante en la historia del movimiento artiguista. Teniéndose presente su carácter, dotes intelectuales y cultura, no es admisible imaginarlo como un personaje irrelevante, cuyo


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único mérito ante el Caudillo sería su excelente caligrafía, que sin duda la tenía. Debe pensarse, además, en la trayectoria anterior de Monterroso. No había sido un fraile anodino. Estaba acostumbrado a enseñar, y ello a nivel universitario; fue además formador de estudiantes, y por último, en razón de sus cargos, estaba habituado a mandar. Por cierto que el Caudillo era también una fuerte personalidad, que no iba a dejar manejarse, pero en el trabajo en común y dadas las dotes del franciscano, es evidente que sus opiniones debieron de pesar en él. Por otra parte durante el quinquenio en que el franciscano se desempeñó como secretario del Prócer en Purificación no se advierte la menor desavenencia entre ambos, hecho sumamente significativo, si se tiene presente la fuerte personalidad que tanto uno como el otro tenían.

El “estilo Monterroso” El doctor Manuel Flores Mora, en su trabajo sobre los secretarios de Artigas190, muy probablemente por el infundado temor de que reconocer la valía de Monterroso pudiera disminuir la figura del Prócer, minimiza el rol de su secretario, al que ni siquiera le reconoce alguna incidencia en el estilo de la correspondencia del Caudillo. Con la vehemencia que lo caracterizaba y acompañaba a su hombría de bien, para probar su tesis Flores Mora, confronta la diferente redacción de ciertos textos artiguistas de la época en que el franciscano se desempeñaba en Purificación, con alguna carta particular de éste, cuando ya se encontraba enfermo y expatriado. Sin compartir en absoluto los duros adjetivos usados por Flores Mora para calificar el estilo del exiliado, -“resentido, lastimoso (…) que revela una personalidad de segundo orden”-, creemos que es un error grande que no permiten las reglas de una sana hermenéutica, comparar textos que responden a situaciones y épocas muy diversas. También para probar la “personalidad menor” de Monterroso, se cotejan ciertos textos del período artiguista, con alguno de la época en que Monterroso, obligado, se desempeñaba como secretario de Ramírez. Al analizar el texto elegido, que es una proclama del caudillo entrerriano, se comenta que “parece escrita por un tonto”, -refiriéndose a Monterroso-, y “desde la primera línea un ejemplo latoso de inconvención y pedantería”; emprendiéndola con el texto, porque comienza con la siguiente frase: “Compatriotas: me llamáis! He


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aquí el motivo de mi rapidez”; se considera que “esto constituye una cursilería”, que no se encuentra jamás, mientras el secretario escribía junto a Artigas; afirmando en consecuencia que hasta en la redacción de los escritos, el estilo pertenecía al Prócer. No se comparte el criterio expresado precedentemente para calificar la frase que se comenta, pero de aceptarse este criterio, como mera hipótesis, acaso, en la correspondencia firmada por Artigas, ¿no se encuentran giros parecidos? Piénsese, entre otros muchos, por ejemplo, cuando el 29 de abril de 1815, en ocasión de la derrota de la facción alvearista, el Prócer le escribe al pueblo de Buenos Aires y entre otras cosas, le dice al referirse “al período venturoso que se está viviendo” (…) “Yo, a la vista de este último suceso me abandono a los transportes más dulces, felicitando a ese digno pueblo en la aurora de la consolidación” (…) “después de haber derramado en consorcio torrentes de sangre y probado todas las amarguras en los diferentes contrastes en que los sujetó la guerra”, para terminar expresando-, “en lo sucesivo sólo se vea entre nosotros una sola grande familia de hermanos”.191 El doctor Flores Mora en su afán de relativizar al “cura Monterroso”, -nunca lo fue, pero en el Uruguay hasta los hombres cultos suelen ser ignorantes en materia religiosa-, observa asimismo que mientras los oficios eran firmados por Artigas, nunca se recurrió a una frase en latín, mientras que en la correspondencia del fraile franciscano es dable encontrarlas. En la tan particular hermenéutica ya comentada, se continúa desgajando los documentos de su contexto, olvidando que cuando se usan los latines, es en cartas personales y los destinatarios son amigos, especialmente otros religiosos. Por otra parte, cualquiera que sepa algo de latín, advierte en los documentos de Purificación, la estructura y síntesis propia de la gramática y literatura latina. Piénsese, entre otros muchos, en el conocido oficio de Artigas increpándole a Pueyrredón su hipócrita conducta ante los portugueses, y que, como se sabe, comienza con las palabras: “Hasta cuando pretende vuestra excelencia apurar nuestros sufrimientos”192, -Quo usque tanden abutare, catalina, patientia nostra-, frase recogida de las “Catilinarias” de Cicerón, lo cual revela en la redacción del oficio, el estilo de quien se encuentra familiarizado con las humanidades latinas, y en donde


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por lo demás se constata el tono “grandilocuente” y “melodramático” que tanto le disgusta, al apreciado pero siempre pasional Flores Mora. Se ha comparado a nuestro modesto entender, con equivocadas conclusiones, la redacción de los oficios de Purificación con la correspondencia particular de Monterroso, como así también con los escritos de Ramírez en tiempos en que era su secretario el franciscano. Pero si comparaciones se realizan, se piensa que también podrían hacerse entre el estilo de los períodos en que los documentos eran despachados por Monterroso y aquellos que coinciden con la secretaría que, se encontraba a cargo de otros. Si bien en estos períodos, el estilo es castizo y hasta elegante, los párrafos están construidos con oraciones dilatadas que por momentos pierden vigor. Faltan en estos períodos asimismo, las frases concisas y antitéticas que se advierten se intercalan a lo largo de las comunicaciones propias del período de Purificación, casi con ritmo de hemistiquios. También el tono admonitorio o exhortatorio, en ocasiones imperativo, es de naturaleza diversa. Asimismo, las reconvenciones que se formulen en la época del franciscano, tendrán un acentuado carácter ético. Serán éstos, entonces, elementos de juicio a tener en cuenta al momento de emitir sin precipitación una opinión cabal sobre el tema. A su vez, si de comparar textos se trata, hubiera sido de gran utilidad, que se cotejara la redacción de la correspondencia artiguista de los años de Purificación, con la carta que Artigas escribiera, sin mediar secretarios y en su época de blandengue, al Virrey Olaguer y Feliu193, donde se advierte una muy defectuosa sintaxis y numerosas faltas de ortografía, lo cual no va en desmedro del Prócer, sino que evidencia que carecía, más allá de su apreciable inteligencia, de la instrucción que se requeriría para imponer su estilo por sobre el de su secretario. Ello, por supuesto, sin perjuicio de las ideas que le pertenecían e incluso giros de lenguaje personales, que en simbiosis con su secretario, pueden traslucirse en los escritos de Purificación. También existen conocidos testimonios de visitantes, que lo muestran en Purificación despachando asuntos de gobierno, lo que evidencia que quien en última instancia resolvía era el Caudillo. En suma, y como ya se expresara: no se trata de presentar, en absoluto, al Prócer, como un individuo carente de ideas propias, de las que habría sido dueño, en cambio Monterroso. Lo que si surge, creemos, al analizarse los hechos, dada la estrecha convivencia de tantos años y la


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sintonía de valores que entre Caudillo y secretario existió, que se generó una complementación y compenetración de tal magnitud que, no en todos, pero en ciertos puntos, es difícil discernir la autoría, ya de ideas como de estrategias, en virtud de que, si inicialmente pueden pertenecer a uno, luego ya son de los dos.

El amor en el vocabulario artiguista A propósito se ha hecho expresa mención a la palabra amor en el precedente subtítulo, para realzar lo que constituye un elemento no común en los documentos gubernamentales. El Prócer, con su talante “aragonés, seco y ardiente”, -al decir de Flores Mora-, no se inhibe de usar la palabra amor, que en ciertas visiones equivocadas, podría ser calificada de actitud “romántica y almibarada”, y en sus oficios sin temor a estos adjetivos, trasciende el estilo meramente juridicista habitual que se encuentra en la papelería de este tipo. En medio del fragor de la guerra, nada menos que a sus tropas de Misiones, desde su cuartel general el 23 de noviembre de 1815, Artigas en la proclama que les escriba les dirigirá una exhortación, en la que incluirá conceptos bíblicos, desacostumbrados, por no decir insólitos, en las proclamas bélicas de práctica: “manifestad a vuestros hermanos misioneros toda la afección con que los amais”194. Del mismo modo, en lenguaje claramente evangélico, el Prócer reiteradamente exhortará a Andrés Guacararí, cuando éste se desempeñe como Gobernador de Corrientes; y refiriéndose a los indios, a que: “cada día trate con más amor a esos naturales”195. No será ésta una fugaz referencia por parte del Caudillo a la necesidad de amar al prójimo. Como programa de gobierno le recomendará a Andresito: “que mire por los miserables, que los trate con amor para que de ese modo se haga obedecer y amar”.196 En esta misma línea de pensamiento, el Prócer le escribirá al Gobernador de Corrientes, José de Silva, con fecha 16 de enero de 1816, de qué forma debe de ejercer la autoridad ante sus súbditos: “por lo mismo es preciso que los magistrados velen por atraerlos, persuadirlos y convencerlos y que con obras, mejor que con palabras acreditem su compasión y amor filial”.197


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Aún a riesgo de sobresaltar a algún lector, que por el mal uso que se ha hecho de la palabra caridad puede ocasionarle un texto donde el Prócer la asocia a la justicia, hemos de transcribir la carta que le dirigiera al ya aludido Gobernador de Corrientes, escrito donde se afirma que justicia y caridad, -entiéndase amor verdadero-, han de ir juntos como virtudes, cuando se trata del gobierno de los pueblos y la atención de los “infelices”. Escribe Artigas … y Monterroso: “Es tiempo q.e defendamos la justicia es preciso, q.e ella resplandesca en todas sus atribuciones, El pobre no está excluido de ella y me es muy sensible verlos caminar inmensa dist.a p.r una cortedad. Eso mismo manifiesta la just.a q.e expone Juan Ant.o Ovelar contra el Alc.e Cabral p.r no haber sido oido, ni menos á los testigos q.e acreditaban supropiedad. Esto ni es regular, ni decente, ni justo. Oigale V. en caridad y practiquese esta conducta con todos los infelices. Borremos esa mania ó barbara Costumbre de respetar la grandesa mas q.e la just.a Los Gefes deben dar ejemplo p.e en / […] an a los ignorantes la felicidad parcticam.te. Ya se lo tengo a V. prevenido, y creo este recuerdo pondra el sello a mis grandes deseos”. 198 Amor, compasión, hermanos, infelices; son conceptos que se encuentran en forma reiterada en los oficios emanados desde el gobierno de Purificación, aún cuando estos documentos no sean los más divulgados y conocidos. Entre las muchas cosas que se le deben al artiguismo, una y no de menor importancia, es haber rescatado los conceptos antes dichos, dándoles todo su valor, vigor y aplicación práctica. Las palabras mencionadas no son expresiones sentimentales o buenos deseos que en el mejor de los casos se reducen a mera asistencia al indigente, lo cual no es objetable, pero se considera desde nuestro punto de vista, insuficiente. Por el contrario, son principios, que como puede constatarse se plasmaron en un sistema que cambió las relaciones económicas y que puso en peligro y afectó los intereses de los poderosos, que se volvieron airados contra Artigas, “promotor de la anarquía” y “desconocedor de la propiedad privada”. La caridad que preconiza el Prócer no es la de los católicos burgueses, como así la “filantropía” ejercida por los liberales y las sociedades secretas de la época. No se encuentra fuera del sistema económico como las nombradas, sino regulándolo y animándolo, con “graves consecuencias” para una economía de mercado libre, donde impera el “dejar hacer, dejar pasar”,


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realidad ésta, que se ha decidido desconocer por aquellos que quieren disfrazar a Don José Artigas de liberal.

“Que los últimos sean los primeros” En relación al tema abordado precedentemente, es de señalar también, el muy frecuente uso de la palabra “infeliz”, como sinónimo de pobre, marginado, avasallado, en el léxico artiguista. Dada la importancia del Reglamento de Tierras de 1815, existe la tendencia a considerar casi como texto único la referencia a los infelices que en él se hace. Sería un gran error creer que ello fuera así, dado que a partir de 1815, -oh, casualidad, momento en que Monterroso pasa a ser secretario de Artigas-, esta mención a los infelices se convierte en una constante que se constituye en uno de los ejes axiales del gobierno de Purificación. El historiador Vázquez Franco, -en tono crítico-, pero muy acertadamente, señala que la conocida norma: “que los más infelices sean los más privilegiados” se encuentra asociada al sentimiento cristiano de caridad y que le hace recordar a las “bienaventuranzas” del Evangelio… Estamos en este caso de acuerdo con el ya mencionado investigador. Pero no sólo está presente esta matriz cristiana en el Reglamento, -hecho al que hacen referencia los historiadores Barrán y Nahun, en su libro “Bases Económicas de la Revolución Artiguista”-, sino también en toda la legislación y correspondencia que trata sobre los pobres y en especial los indios; pudiéndose consultar en este sentido elocuentes pasajes de los textos artiguistas que hacen referencia a este tema en el presente trabajo y todavía con mayor amplitud en “Artigas y su derrota”. Podría decirse con fundamento que esta opción prioritaria por los “infelices”, tan ajena a las preocupaciones predominantes en el liberalismo de la época, es la versión criolla de la evangélica, cuando ésta dice que “los últimos sean los primeros”. Por supuesto que con estas constataciones no quiere afirmarse que la sensibilidad hacia los pobres y el ideario social del Prócer sea obra exclusiva de su secretario. Hasta por razones familiares debe de pensarse que en Artigas existió siempre una preocupación por los menesterosos. Recuérdese que su padre, personaje destacado del Cabildo de Montevideo fue integrante, como todos sus familiares, de la Orden Tercera Franciscana, que


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tenía como uno de sus principales conceptos, la atención a los pobres. El mismo Don Martín José, fue por muchos años el encargado en la Orden de ocuparse de los fondos destinados a socorrer a los indigentes. Pero como ya se ha expresado en párrafos precedentes, en muchas de las providencias adoptadas por el gobierno de Purificación se advierte, algo así, como un salto cualitativo, que supera al mero asistencialismo, que, se repite, no se condena, pero debe de diferenciarse.

El gobierno de Purificación y la Iglesia De entre las numerosas disposiciones que adopte el gobierno de Purificación, en razón de este trabajo, debe destacarse las providencias que el mismo adopte en materia religiosa, tendientes éstas a dotar de los elementos necesarios para asegurar el conveniente y adecuado desarrollo de la liturgia católica. La gran atención que le demandaba el complejo despacho de los asuntos propios de la “Liga Federal”, no le impedirá al gobierno de Purificación preocuparse por dotar a la capilla recientemente erigida en la villa de todo lo necesario. Es sumamente ilustrativo, las disposiciones que en el sentido antes dicho, adoptara el ya mencionado gobierno y que el historiador Juan Antonio Revella enumera en su documentado trabajo sobre la Villa. Refiriéndose a la preocupación del Caudillo, escribe el citado investigador: “[...] Pide luego una imagen de la Concepción que había en Montevideo, para la Iglesia, y una caja con los útiles precisos para la capilla, como asimismo alguna cantidad de cera para ser aplicada con el mismo fin. Ordena más tarde la remisión de dos campanas y la de una caja grande y segura para guardar los útiles de la Iglesia y colocarlos en la sacristía, e igualmente, un baúl negro como para guardar ropa.25 Acusa recibo, en otra oportunidad, al envío de dos rituales, y queriendo dotar a la Iglesia, más tarde, cuando debía ya estar próxima a ser terminada, de puertas y ventanas, ordena su construcción por cuenta del Estado, como asimismo el envío de un saco de cal buena, «que igualmente se necesita». Indica más tarde a Barreiro que pague a Larrañaga «17 p.s importe de dos Sobres Pellicer q.e le mandé hacer p.a esta capilla».199 No cabe duda, sin que ello menoscabe la catolicidad de Artigas, que la tan pormenorizada nómina de objetos litúrgicos transcriptos


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precedentemente no puede ser solicitado nada más que por Monterroso, dada la precisión registrada en los pedidos, que sólo un sacerdote se encontraba en condiciones de formular. Por otra parte, cuando se solicite enviar una imagen de la “Inmaculada Concepción”, y se demore su envío, se reiterará el pedido, ubicando con precisión de conocedor el lugar donde se encuentra que es en la Iglesia de los frailes. Lo mismo ocurre con la imagen de San Francisco; objetos éstos, que Fray José Benito Silverio Monterroso sabía muy bien donde se encontraban. 200 Pero el gobierno de Purificación, no sólo se preocupará por proporcionar lo necesario parta el culto en numerosos templos, también ordenará se envíen variados materiales para otras iglesias, -incluso disponiendo de fondos del Estado para su refacción-201, sino que asimismo pondrá especial interés en proveer de sacerdotes y curas a las parroquias y lugares que así lo necesiten. Numerosísimos son los oficios en que Artigas se ocupa de este tema y buena parte de ellos se encuentran transcriptos en el Capítulo VIII de la Sección Tercera de “Artigas y su Derrota”. No son meras medidas administrativas las que adopte el Prócer, que ya sería importante, sino que ellas van acompañadas de expresiones que denotan aprecio por el ministerio sacerdotal. Sólo a vía de ejemplo puede citarse el caso de los franciscanos Otazú y Lamas que habían llegado a Purificación, -conviene aclarar, posteriormente a que se pidieran los objetos de culto-, pero que prontamente fueron solicitados para hacerse cargo en Montevideo de la “Escuela de la Patria”. En esta ocasión, Artigas expresará, con típico lenguaje clerical, que se desprende de ellos, “no obstante serles tan preciosos para el pasto espiritual de los pueblos”.202 Con referencia a este tema, de los oficios cursados y correspondencia escrita, se desprende claramente que el Prócer continuó ejerciendo sin objeciones, el denominado “patronato” español en los asuntos relacionados con la Iglesia, legislando y disponiendo, en lo que fuera de su competencia, con gran conocimiento y solvencia. Hecho que evidentemente, sólo se puede explicar si se atribuye al asesoramiento que le prestaba Monterroso y la influencia que sobre el Caudillo ejercía. Extraño “apóstata” ese Monterroso que tanto se preocupó por la Iglesia..! La historiografía convencional no se detiene a estudiar este tema, en general lo desconoce, y en cambio, cita continuamente el artículo tercero de las “Instrucciones” donde se establece: “Promoverá la libertad civil y


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religiosa en toda su extensión imaginable”. Como ya lo explicaran autores tales como Reyes Abadie, Bruschera, Melonio, y Carlos Machado, la palabra “libertad civil” es usada siempre en lo documentos artiguistas como sinónimo de autonomía ante el gobierno de Buenos Aires y que del mismo modo debe de interpretarse al referirse a la religiosa, que se relaciona con la independencia que la Iglesia Oriental debía de tener ante la porteña. Nosotros mismos hemos realizado una amplia compulsa de los textos en donde se usan estos vocablos; transcriptos en “Artigas y su derrota” en el capítulo precedentemente citado, surgen en todos éstos, en forma inequívoca, el ya expresado sentido. En cuanto a los documentos que avalan esta interpretación, -a los ya invocados-, puede sumarse el encontrado recientemente por el autor. Se trata del oficio que a través de Monterroso, Artigas le dirige al Cabildo de Santa Fe el 19 de febrero de 1820, ya casi en las postrimerías de su gobierno, en el cual se confirma que la “libertad civil”, se refiere a la autonomía que en una organización federal debe de reconocérsele a cada provincia y no como comúnmente se ha entendido a los principios liberales. Corresponde aclarar que las precisiones formuladas sobre el célebre artículo tercero de las Instrucciones, no significa que el autor de este libro no sea partidario de una sana laicidad y la separación de la Iglesia y el Estado, pero una cosa son las posiciones filosóficas del autor y otra la correcta hermenéutica de los textos, ciñéndose a lo que en su momento se quiso significar en ellos. De todos modos, no se pueden interpolar ideas personales en los procesos históricos que se analizan, deformando los hechos. Lo cierto es, que el Prócer y por ende se secretario y consejero Monterroso, no cambiaron las relaciones Iglesia – Estado que se daban en su época. En este sentido, no sin cierto sobresalto para algún desprevenido lector, se puede constatar que en Purificación las tropas asistían a misa todos los domingos. Ello lo afirma con la mayor naturalidad, el sastre español de apellido Reventos, el cual le aseguró a Isidoro de María, que cuando estuvo confinado en la Villa, fue bien tratado y que su única obligación era “trabajar como ranchero y asistir a misa con la tropa los domingos”.203 Como en el gobierno de Purificación está involucrado Monterroso, es menester disipar una objeción que se levanta en cuanto a la preocupación por las necesidades religiosas que evidencia dicho gobierno. Realmente causa estupor el desconocimiento que en materia religiosa tienen algunas


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personas cultas, y que no obstante ello, sin tomar conciencia de sus límites, con osadía comentan e interpretan asuntos de esta índole, confundiendo al lector no especializado. Un ejemplo de lo antedicho es el caso del historiador Fernández Cabrelli, cuando para “probar” la prescindencia de Artigas en materia religiosa, -léase laicismo-, aduce el oficio que ante una clara disputa interna entre religiosos franciscanos, lo lleva a afirmar en oficio que le dirigiera al Cabildo de Montevideo: “No es mi ánimo, por ahora, introducirme en el ecónomo de las religiones, ni en la indagación de sus leyes” (…) “en esto debe decidir el gobierno, y Ud. a presencia de los sucesos sabrá determinar lo mejor respecto a la exposición de los Padres de San Francisco, y la resolución de VS. Será en esta punto cumplida”.204 Como se señalara, el historiador mencionado, cree que el Prócer se está refiriendo a las distintas confesiones religiosas, -frente a las cuales casi se define agnóstico-, cuando en realidad, en el lenguaje del derecho canónico, religiones son las distintas órdenes religiosas! Y por el contexto del oficio surge claramente que el Caudillo simplemente no quería inmiscuirse en un conflicto doméstico. Otro caso, entre muchos ejemplos, podría ser el afirmar como se hace en publicaciones recientes cuando se alude a la Compañía de Jesús, que los jesuitas fueron excomulgados por el Papa, cosa que jamás ocurrió, confundiéndose de este modo, excomunión, pena gravísima-, con extinción de la Orden, resolución meramente jurídica que, aún de grandes consecuencias, no supuso por parte de la Iglesia ruptura con los jesuitas. Un último reparo podría plantearse en cuanto al espíritu religioso que campeaba en Purificación, cuando algunos historiadores recuerdan el oficio que Artigas, con ocasión de su entredicho con el Provisor Planchón – a raíz de los sacerdotes que encontrándose en la Banda Oriental eran partidarios del centralismo porteño-, le dirigiera al Cabildo de Montevideo. En dicho oficio como siempre se recuerda, al pedir el Prócer el retiro de los porteños y el envío de otros sacerdotes partidarios del “Sistema de los Pueblos Libres”, terminará diciendo que si estos últimos no vienen “acaso sin ellos seremos doblemente felices”205. De esta última frase hacen invariablemente memoria ciertos historiadores para deducir que el Caudillo estaba dominado por un espíritu anticlerical y adverso a la Iglesia, o que se proponía tomar distancia con ella.


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Las más mínimas reglas de interpretación de un texto advierten que este debe siempre colocarse en su contexto y cotejarse con los restantes, sin aislarlo de éstos. Lástima grande, entonces, que quienes recuerdan este oficio no tengan la suficiente memoria para tener presente a su vez, el cúmulo de documentos a través de los cuales el Prócer muestra un notorio desvelo por proveer los curatos acéfalos, al mismo tiempo que un gran interés porque arriben a la Banda Oriental sacerdotes patriotas. A la luz de este entramado documental, y muy de acuerdo con el talante de los frailes, el comentario realizado al final del oficio ya aludido, no pasa de ser al decir de los españoles, una chanza, o como dirían los franceses, una “boutade”, y que como ya se expresara, en el ambiente conventual es hasta hoy muy común, y que dado el carácter de Monterroso, seguramente fue obra suya, ya que en la correspondencia de Ramírez, cuando fue su obligado secretario, también aparece, casi en forma literal.206 De todos modos, si se lee hasta el final el oficio que le dirigiera el Prócer al Cabildo de Montevideo recriminando la conducta de escasa colaboración con el sistema del Provisor Planchón, se hace patente cual era el sentir de Artigas y su secretario en cuanto a las relaciones que debían existir entre la Iglesia y el Estado. Refiriéndose al Provisor, -máxima autoridad religiosa porteña al encontrarse acéfala de obispo la diócesis de Buenos Aires-, escribe: “El Sr. Provisor debiera ser más escrupuloso para no desunir el Santuario, -la Iglesia – del Estado”.207 Acorde a la convicción expresada precedentemente y a la potestad que le confería el Patronato, el Prócer actuará designando curas párrocos y ocupándose de la administración de las iglesias, atendiendo asimismo a ofrecerles a los pueblos los “auxilios espirituales” que demandaban. En este mismo sentido y ejerciendo siempre la autoridad del Patronato, en virtud de “considerarla perjudicial para los pueblos”, impedirá que se publique la célebre bula, denominada de “la Cruzada”, la cual con el correr del tiempo, había establecido el privilegio de que por siglos se vieran beneficiados los reyes españoles de percibir un “diezmo” que originariamente tenía como destino financiar las cruzadas.208 La actitud de Artigas y por ende de su secretario Monterroso es tan claramente favorable a la Iglesia, que el propio Dr. Héctor Miranda, -ilustre jurista liberal-, que en relación al artículo tercero de las Instrucciones se ciñe a la interpretación “clásica”, -sin atender al sentido que los conceptos


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consagrados en la misma tienen en el vocabulario artiguista-, ante el importante conjunto de documentos emanados del despacho de Purificación, se siente, con honestidad, obligado a reconocer, desde su punto de vista, que dado la uniformidad de creencias que en la época existía, ello explica por qué pudo Artigas, sin violentar el principio proclamado en las Instrucciones, prestar siempre un moderado apoyo a la religión católica, apoyo “justificado por el voto tácito del consenso general”.209 Con referencia a la catolicidad del Prócer, generalmente olvidada por la historiografía artiguista, trabajos recientes la evidencian. El propio autor del presente, le ha dedicado no pocas páginas en “Artigas y su derrota” sin evadir el tema de su vida amorosa, que no resulta un obstáculo para su sincera religiosidad.

Las rentas de la Iglesia Antes de continuar avanzando en la temática que resta abordar en el presente capítulo, debe de aludirse con referencia a las relaciones de Artigas con la Iglesia, a un hecho generalmente poco mencionado por los historiadores, pero que no debe de soslayarse por las especiales características del mismo y sus posibles disímiles interpretaciones. Se trata de la propuesta que el Prócer Oriental planteara al gobierno de Buenos Aires por oficio de fecha 24 de enero de 1812, en cuanto a proceder a la “confiscación” de las rentas eclesiásticas para solventar las necesidades del erario del gobierno revolucionario; de aprobarse la medida, el Caudillo aconsejaba que de las referidas rentas se asignará “a cada corporación o individuo eclesiástico una renta decente y propia”. Para concretar esta medida se proponía se realizara un “convenio privado” entre el gobierno y los prelados, por el cual aquel “se obligara a acudir a las urgencias para el culto religioso y sostener a sus ministros”. Si bien el oficio de Artigas, expedido desde su Cuartel General en el Salto Chico Occidental es de fecha 24 de enero de 1812, y por lo tanto anterior a cuando Monterroso en Purificación asuma como su secretario, es importante resaltar que la disposición por la que se proponía pasar a administrar las rentas eclesiásticas –impropiamente se habla de confiscación-, no se encontraba animada por un espíritu persecutorio, dado que en el oficio que se aconsejaba, se establecía que al pasar a administrar


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dichas rentas, con las así disponibles debía, como ya se ha visto, financiar las necesidades del culto y a su vez asignar a sus ministros “una renta lo bastante para su subsistencia. De una manera decente y propia (…) con la facultad de atender con el superfluo o sobrantes de ellas a las necesidades comunes”. La medida que se auspiciaba, y que debía implementarse a través de “un medio amistoso”, -el convenio privado-, se fundamentaba “en la obligación de contribuir como ciudadanos a la salud de la patria con lo que ella más necesita”, agregando el ya mencionado oficio que “los eclesiásticos no son extranjeros en nuestro país y deben concurrir a una felicidad que es también trascendental para ellos”, con lo que se les reconocía como parte activa de la sociedad, a los que como tales se les pedía un sacrificio en momentos de penuria económica del Estado, en aras de la común felicidad. Si bien la medida que se aconsejaba tomar, -y que nunca se concretó, era sin duda una medida extrema, no carecía de antecedentes. Recuérdese que el Rey administraba las contribuciones que se recogían de los fieles en cumplimiento de las disposiciones establecidas por la famosa bula llamada “de la Cruzada”, y que también la catoliquísima “Corona Española”, durante todo el período de la evangelización de América y aún más, administró asimismo nada menos que las contribuciones de los fieles, recaudadas para dar cumplimiento a las normas establecidas para los denominados “diezmos”; asignando a la Iglesia y sus ministros, de lo obtenido, lo que consideraba adecuado para su desenvolvimiento y sostenimiento. Por otra parte, debe recordarse que en la propia Iglesia existía en cuanto a solventar las necesidades públicas con sus propios bienes una larga tradición; aún cuando no seguida por todos, no fueron pocos los obispos que observándola, aconsejaban que en caso de pública necesidad se dispusiera de las rentas eclesiales e incluso de sus bienes. Piénsese en San Ambrosio o San Juan Crisóstomo insignes y venerados “santos padres” que enajenaron hasta los “vasos sagrados” para socorrer a los pobres ante una hambruna que entre sus fieles había surgido. Durante la tan denostada edad media, existen asimismo numerosísimos casos de enajenación de bienes y traspaso de rentas a las comunas para especialmente el socorro de los indigentes. Sobre este punto, se recomienda consultar la obra monumental por su documentación de M.


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Mollat, culminada después de toda una vida dedicada a esta investigación y que fuera publicada bajo el título de “Les pauvres au Moyen Age. Etude sociale”. Hachette. París, 1978. Ciertamente que a quienes ayudaban generosamente a los pobres les faltaba, un análisis socio económico o una ideología, -como se prefiera o ambas cosas-, que los impulsara a cambiar las injustas estructuras feudales. Pero su sentido de responsabilidad ante el indigente y la solidaridad y generosidad que ante él demostraban, trastoca nuestros prejuicios y esquemas sobre la llamada “edad oscura”, que si en parte verdaderamente lo fue, también tuvo sus “rayos luminosos que alumbraron al mundo”, tal como lo reconoce el propio Umberto Eco. En cuanto a la sugerencia de Artigas o sus secretarios, con referencia a disponer de las rentas de la Iglesia, en virtud de todos los antecedentes mencionados, y en especial a que los gobiernos revolucionarios se consideraban continuadores del célebre “patrono regio”, como así, que la medida propiciada buscaba contemplar las necesidades de la Iglesia y sus ministros, estímase que para explicar la misma no es necesario recurrir a las disposiciones adoptadas por la Revolución Francesa para apropiarse no sólo de las rentas sino de los bienes eclesiásticos, que si bien pueden tener alguna similitud formal, difieren en forma absoluta y radical, con lo propuesto por el Prócer, ya que lo aprobado en Francia era francamente persecutorio y lo que se buscaba era asfixiar a la Iglesia. La medida sugerida por Artigas nunca llegó a concretarse, no obstante ello, se conoce en forma documentada la generosa actitud de numerosos sacerdotes patriotas que entregaron sus bienes para el sostenimiento del movimiento revolucionario. Cabe precisar, finalmente, que en cuanto a las rentas de la Iglesia, éstas sí, eran considerables en lo que hoy es la Argentina, pero no en la Banda Oriental, donde la Iglesia en la época colonial, -salvo los jesuitas con anterioridad a su expulsión-, poseía escasos bienes.

El porqué del odio al Prócer y a su “amanuense” Estudiado el tema de las relaciones del gobierno de Purificación con la Iglesia, -utilizando este último vocablo en su más amplio sentido-, debe de volverse y como consideración final de este capítulo, a preguntarse por la


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razón profunda de la animadversión a Artigas y a Monterroso, ya que evidentemente si el gobierno de Purificación los unió, también quedarán unidos por el odio que en sus enemigos despierten. Para responder a la interrogante planteada débese considerar nuevamente el ideario social que compartieron. Obviamente que no será ésta la única causa del aborrecimiento hacia el artiguismo, pero no se duda en pensar que será una de las principales, y que ésta ocupará lugar central en la raíz de la extrema inquina que por ambas personalidades se abrigue. La “opción preferencial por los pobres” que Artigas y su secretario efectuaran no se reducirá a melifluas palabras de compasión, sino que configurará una doctrina y de modo implícito, puede decirse que un programa; esta doctrina inspirará por lo tanto múltiples medidas que el gobierno de Purificación adopte a favor de los desposeídos. Es por demás conocido por la historiografía artiguista el tristemente famoso libelo de Cavia, escrito contra el Prócer, el cual se sabe, urdiendo decenas de calumnias, lo colma de vituperios. Lo que no es tan conocido, es en cambio la razón por la cual fue redactado. Simultáneamente que el logista Pueyrredón ordenara a Pedro Feliciano Sainz de Cavia, también logista, que escribiera el aludido libelo, como Director Supremo remitirá una circular aconsejando se dé la mayor difusión posible al mismo, explicando en dicha circular la razón fundamental por la cual se debía asumir el máximo empeño en esta tarea. En virtud de la trascendente importancia de la mencionada circular, es conveniente que ésta se transcriba integralmente, porque de su texto surge con meridiana claridad como se visualiza por los logistas y adversarios de la época, el ideario artiguista y los peligros que con esta “doctrina perniciosa” corrían las “clases propietarias”. Dice textualmente la circular: “El objeto es que todos los hombres que tienen familia y bienes que perder queden convencidos de la suerte que les espera si llega a echar raíces la doctrina perniciosa del xefe de los orientales. Por consiguiente el Gob.o dexa a la provid.a de V. E. arvitrar qualesq.a otros medios q.e con pres.a de las circunstancias crea ser más convenientes p.a q.e circulen y se difundan entre las clases propietarias de nra. Campaña las verdades manifestadas en dho. papel.”210 No será esta actitud de franca adversión a la “doctrina perniciosa” patrimonio de los tradicionales enemigos de Artigas. El general Fructuoso


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Rivera, que será “iniciado” en Brasil, habrá de ser uno de los que se sumó a la opinión de Pueyrredón, aún cuando conviene precisarlo, no habrá de ser el único; y si se le elige como ejemplo, es por su innegable representatividad. “El vencedor de Guayabos” interpretará la doctrina artiguista como peligrosa para los bienes de la “gente principal” y así lo manifestará en reiteradas oportunidades. De este modo le escribirá al Cabildo de Montevideo en 1823 refiriéndose a los tiempos del gobierno de Purificación: “la propiedad, la seguridad y los derechos más queridos del hombre en sociedad estaban a la merced del despotismo y de la anarquía”. Reiterando estos conceptos, Rivera, -que era hijo de Parafán de la Rivera, uno de los más grandes latifundistas de la Banda Oriental-, le confiará a Brito del Pino en carta que le escriba en 1826 “que su separación de Artigas se explicaba porque no había querido hacer la guerra a los particulares y a sus haciendas”. Confirmando los dichos del primer presidente de la República, el rico hacendado y en la época de Artigas, confiscado terrateniente, Joaquín Núñez Prates, ensalzará a Don Frutos, oponiendo su conducta a la de Artigas; “Rivera, -afirmará-, durante la anarquía, había sido el amparo de un sin número de personas a quienes les había salvado ya sus vidas y sus intereses”.211 La identificación de Monterroso con el Prócer durante el gobierno de Purificación, bastaría para que se le asociase a la “doctrina perniciosa” y las providencias que en la villa se adoptaron y que suscitaran la zozobra y el odio de la “gente decente”. Máxime cuando según los testimonios de sus adversarios, era el “perverso fraile” quien ejercía las “funciones de consejero de Artigas”. No obstante estos importantes elementos de juicio, debe de agregarse otro, que guarda directa relación con el Reglamento de Tierras, que como se recordara fue redactado por Monterroso, de puño y letra. Cuando con posterioridad a la derrota del artiguismo los grandes latifundistas comenzaron a reclamar la propiedad de sus antiguas tierras212, en sus reivindicaciones ante la justicia aducirán que en la época en que sufrieran las confiscaciones, los títulos quedaron en manos de Monterroso, -que obviamente era, según estos testimonios quien se encargaba de la ejecución del Reglamento. En confirmación de lo expresado, Lucas Obes – primeramente Procurador General del Estado Cisplatino, y con posterioridad de la Independencia, Ministro de Gobierno y de Relaciones Exteriores


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durante la Presidencia del General Rivera-, declarará en expediente judicial el 4 de julio de 1828 que en la época en que se procedía, en aplicación del Reglamento, al arreglo de los campos: “los títulos de propiedad se encontraban en poder del Padre Monterroso”.213 La constante preocupación por la “anarquía” que trajera Artigas, -disolución del orden político y social existente para provecho de la “gente principal” y “decente”-, se convertirá en verdadera obsesión de quienes integren estos sectores privilegiados y de este parecer ni el propio Lavalleja se salvará, más allá de su proverbial honestidad personal, al punto de que cuando con aprensión, Carlos de Alvear, en mayo de 1826, crea ver en el movimiento que iniciaran los “Treinta y Tres Orientales” los “desórdenes anárquicos” de la época artiguista, Don Juan Antonio los tranquilizará afirmando “El general que suscribe no puede menos que tomar como agravio personal un parangón que lo degrada”.214 En su apreciable trabajo sobre “El artiguismo en la revolución del Río de la Plata. Algunas líneas de trabajo sobre el sistema de los Pueblos Libres”, la historiadora Ana Frega, transcribe la opinión del Comodoro William Bowles, comandante de la estación británica en el Río de la Plata y la del cónsul británico en Montevideo, Thomas Samuel Hood sobre Artigas. Bowles en su informe de fecha 21 de noviembre de 1816, reconocía al Prócer con popularidad “considerable”, pero estimaba que ésta se encontraba “completamente confinada a los órdenes bajos de la comunidad” la que “derivaba de las mismas causas que lo hacían temible para los órdenes altos, a saber, que no sólo permite sino que alienta cualquier exceso y desorden entre sus seguidores y tiene por su línea de conducta casi enteramente arruinado al país que gobierna actualmente”. Por su parte, el Coronel Hood en despacho a Canning del 31 de enero de 1825, aseguraba que el “sistema” artiguista proponía “la total independencia de todos los otros países, la destrucción o división de rango y propiedad y la igualdad basada en hacer a todos igualmente pobres”. En forma coincidente y significativa, cuando Monterroso intente retornar al Uruguay ya independiente, Lucas Obes, el famoso procurador general de la Cisplatina, advertirá, ahora en su carácter de ministro de gobierno, sobre la amenaza a que “para tranquilidad y paz de la República” configuraría la presencia del “fraile apóstata” en suelo oriental, “dado su


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genio y las inclinaciones que le unen a la persona y causa de la anarquía”.215 Los textos transcriptos evidencian de que modo interpretaron el artiguismo sus adversarios, entendiendo, más allá de sus erróneas lecturas, que éste, con su ideario y medidas adoptadas, ponía en riesgo el “orden establecido”… para protección de sus intereses. Como se ha comprobado a través de los textos insertos en el presente trabajo, los liberales y logistas, también uruguayos-, seguían temiendo al “anarquismo” de Artigas, incluso después de su derrota, porque su ideario nada tenía que ver con su filosofía e intereses. Constituían paradigmas diversos y excluyentes. Este temor y odio se extenderá a su secretario Monterroso, los cuales con el paso de los años, a semejanza de su condena, se trocarán en absoluto olvido.

“Los pobres lo siguen alucinados” Antes de terminar estas últimas consideraciones sobre el odio que el llamado Proyecto artiguista suscitara, es necesario precisar que este rechazo no sólo será al ideario artiguista, sino también particularmente a la, como por entonces se llamaba, la “chusma” que lo siga. La filosofía que anime el programa del artiguismo, no constituirá un proyecto desencarnado, obra de un cenáculo de intelectuales, al estilo de los que frecuentaban en Buenos Aires el Café de Marcos, el federalismo oriental, con todo lo que él suponía, no estaba ajeno a los anhelos y realidades de los pueblos a los que se propuso. Por el contrario, gozará de un fuerte respaldo popular que lo hará suyo, y que llevará en muchos casos, a que especialmente los “infelices” mueran por él. Naturalmente que ello no excluye la participación en el movimiento de otros protagonistas, -hacendados, militares, intelectuales, sacerdotes y otros-, dadas las características policlasistas del movimiento artiguista, pero no obstante ello, numéricamente la principal participación será sin duda la de los desposeídos. Como en otros temas ya abordados, en este caso también serían numerosos los textos que podrían aducirse en relación al que ahora se quiere considerar. Por las dimensiones que a este trabajo desea dársele no habrán de multiplicarse las citas, pero si recordar algunas lo suficientemente representativas y que exonerarán de recurrirse a otras fuentes.


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En el sentido expresado precedentemente, a vía de ejemplo, resulta por demás elocuente tener presente la constatación que formula Rondeau, que no debe olvidarse era enemigo declarado de Artigas-, cuando al justificar las durísimas e infamantes medidas adoptadas contra el prócer por de Posadas, afirma que ello era necesario. “(…) por los infelices –pobresque lo siguen alucinados”216. Afirmación ésta por demás definitoria de la filosofía que animaba a quienes al Caudillo oriental combatían y que explica claramente la razón de su conducta. Naturalmente que el entusiasmo que por Artigas sintieron los pobres, los gauchos y los indios, será atribuido a la estupidez de éstos. De este modo el ya conocido Sarratea se referirá “a la muy grande peligrosidad del Caudillo dado que la estupidez de la gente de campo hace que con mayor facilidad sean convencidos”217. Esta “estupidez” será la causa que con horror, Nicolás Herrera, compruebe que “Artigas ha incendiado toda la campaña”.218 El fuego al que hacía referencia Herrera se extenderá por las provincias argentinas, lo cual, por ejemplo, le obligará a decir a Juan León Domínguez desde Corrientes al Director Supremo que: “salvo mui pocas personas, todos los demás dentro y fuera de la ciudad están decididos por José Artigas”219. Estanilao Soler, habrá de ser todavía más radical y afirmará que: “no hay habitante de esta provincia que no sea partidario de Artigas”220. Por esta razón, agregamos nosotros, establecerá Soler la pena de muerte para lo que militen a favor del Prócer y dispondrá, si los tenían la confiscación de sus bienes.221 En esta masiva opción a favor del artiguismo, se destacarán los indios. Entre los que, rivalizando con las medidas de represión precedentemente señaladas, los logistas Pérez Planes e Hilarión de la Quintana, -este último honra con su nombre una de las calles de Montevideo-, al encontrarse en las misiones con los guaraníes también decididos partidarios del Prócer, los reprimirán con crueldad a sangre y fuego fusilándolos a mansalva y jactándose de ello.222 Salvo contadísimas excepciones, los indios, abrazarán con entusiasmo el artiguismo y como los gauchos entregarán sus vidas heroicamente en aras de ésta, llámese “utopía criolla”. De ahí que Silvestre Santiago Álvarez, en informe dirigido a Javier de Viana desde Santa Fe, le afirme: “En cada natural de ésta, puede decirse sin hipérbole hay un


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artiguista”223. La identificación de los indios misioneros con el artiguismo, no es de extrañar, si se piensa que el Prócer y Monterroso, les restituyeron. el antiguo sistema de gobierno establecido por los jesuitas y restauraron su organización económica, incluyendo la propiedad comunitaria, tan apreciada por los naturales. La dignidad que gracias al artiguismo recobraron y la conciencia de pertenecer a un pueblo y a una “nación”, nociones y vivencias que habían perdido por la acción del Despotismo Ilustrado y el imperio portugués, le harán exclamar al gran caudillo misionero Andrés Guacararí, -otro gran olvidado de la historia, y felizmente rescatado por el historiador Salvador Cabral224: “Estos territorios son de los naturales misioneros”.225 Estos naturales misioneros junto a los gauchos y demás “infelices”, al decir de los liberales, “ponían la patria en peligro”; qué patria, podría preguntarse… Entonces, cuando el artiguismo sea vencido, Pueyrredón alborozado le escribirá a San Martín: “Artigas ha sido completamente derrotado por los portugueses, y se ha refugiado en los bosques con algunos facinerosos”. A lo cual, Juan Zorrilla de San Martín, -otro calumniado por cierta historiografía uruguaya, que hasta llega a confundirlo con otro Zorrilla, antifeminista y reaccionario-, exclamará indignado: “Oh! Los facinerosos que morían por América!”226 La derrota del artiguismo, -más allá de las opiniones irónicas en contrario sostenidas por algún conocido escritor-, si será importante estudiarla! La misma traerá, entre muchas y graves consecuencias, la pérdida definitiva de sus tierras por parte de los indios. Y no habrá lugar para ellos en el “mundo civilizado”. Se los matará como en Salsipuedes, o caso de la Argentina, se les arrojará lo más distante posible de la “civilización”, en definitiva, para adueñarse de sus tierras. Qué lejos se estará de la proclama de Andresito, cuando afirmaba: “Estos territorios son de los naturales misioneros”; o cuando el Prócer acogía con alegría para darles tierra y trabajo, a los indios abipones y guaycurúes. Después de Artigas… para el primer gobierno patrio, oh casualidad, los indios no serían “facinerosos”, pero si “forajidos”. A la verdad que el contraste es grande si se compara con la confianza que a Monterroso le inspiraban los indios misioneros.227 La adhesión de los naturales al movimiento artiguista, el liderazgo que sobre ellos ejercía el Prócer y el especial aprecio a los mismos de su


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secretario durante el gobierno de Purificación, debe de distinguirse cuidadosamente de la equivocada y hoy generalizada versión que ubica a Artigas, en su época de paisano suelto, conviviendo con los charrúas en sus tolderías y poco menos que convirtiéndose en uno más de ellos. El historiador Padron Favbre en su prolija y rigurosa investigación sobre “Artigas y los charrúas”, ha demostrado en forma documental y fehaciente la inconsistencia de tal versión romántica, que no por atractiva e ingeniosamente elaborada deja de ser mera fantasía. Por otra parte, resulta por demás curioso que quienes propician esta identificación de Artigas con los charrúas, omitan la fluida relación de éste con los guaraníes, a los que cuando citan, es para denostar, cayendo además en la grave omisión de olvidar la gravitante personalidad que los acaudillara, Andrés Guacarari, a la par que se sobredimensiona la figura del charrúa y fugaz “caciquillo Manuel”.

La historiografía liberal A quienes identifican al artiguismo con el pensamiento liberal y sostienen la tesis de la influencia de éste en el ideario del Prócer, conviene respetuosamente recordarles como juzgó en su momento la historiografía liberal, -previamente a rescatarlo para sí-, la conducta del Protector de los Pueblos Libres. Bastaría citar, entre otros muchos, -sin olvidar las diatribas de Francisco Berra, activo colaborador de José Pedro Varela en su Reforma, al conspicuo historiador chileno Diego Barros Arana, y al sobresaliente político argentino Bartolomé Mitre. En los injuriosos y malevolentes juicios contra Artigas de estos historiadores, a los que debe agregarse el conocido prócer de la historia y educación argentina, Don Domingo Faustino Sarmiento, incidirá notoriamente la asociación que establecen entre el Prócer, los indios y el “pobrerío ignorante”, -la chusma-, expresión de la barbarie y de la no civilización, -que deben de exterminarse-, como asimismo al hecho que, falsamente, se le atribuía a Artigas de desconocer el derecho de propiedad privada y propender con su conducta, -léase también Monterroso-, a la anarquía. Las opiniones vertidas por los autores aludidos no son coyunturales ni producto de una fugaz pasión, sino que responden a un “paradigma”


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asumido y vivido con total convencimiento, y por supuesto que muy diverso al de Artigas y su secretario. Resulta paradigmático de este modo de pensar lo que el autor de la “Historia General de Chile”, -escrita en 16 volúmenes-, expresa al referirse al obispo Fray Antonio de San Miguel, el cual era en el país andino en la época de la colonia, uno de los representantes de la corriente profética franciscana que defendía denodadamente a los indios y pretendía impulsar la creación de comunidades indígenas alternativas a las encomiendas. Afirmará Barros Arana en su ya mencionada “Historia de Chile”, refiriéndose a los indios y al franciscano “El obispo San Miguel participaba de las ilusiones de los que creían que esos salvajes, intratables y feroces, que tenían todos los malos instintos de las civilizaciones más inferiores, poseían muchas de las virtudes con que los filósofos y los poetas se complacían en adornar al hombre que consideraban en el estado de la naturaleza”.228 Acorde a su paradigma, refiriéndose al comportamiento de Artigas, en su por muchos recomendada obra: “Compendio de Historia de América”, Barros Arana, afirmará que por culpa de éste: “la insurrección cundió en otras partes; y la anarquía se enseñoreó de una porción considerable de la República Argentina. Las negociaciones entabladas muchas veces por el gobierno de Buenos Aires eran rotas con una ultrajante insolencia”. Asímismo, comentando la invasión portuguesa, expresará que “Algunos personajes caracterizados de Montevideo, que llegaban a Río de Janeiro huyendo del despotismo de Artigas, representaron a la Corte portuguesa las grandes ventajas de emprender una expedición al Uruguay, no sólo para salvar las fronteras de las continuas invasiones de los guerrilleros, sino que para conquistar a favor de la causa de la civilización el territorio destrozado por bárbaras y atroces correrías”. Agregando que: “Gobernaba entonces en Buenos Aires el director supremo Don Juan Martín Pueyrredón, hombre inteligente y enérgico, que por un momento creyó poder conjurar aquella tempestad (…)”; terminando con sus comentarios justificativos de la invasión portuguesa, quien fuera rector de la Universidad de Chile, con este lapidario juicio: “Tres años de desquicio y de violencias, habían puesto a una gran parte de los orientales en la dura necesidad de aceptar como un beneficio la dominación portuguesa”.229 A las opiniones precedentes sobre el Prócer, -y por consiguiente sobre su secretario el franciscano Monterroso-, que se sostenían por los


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cultos historiadores liberales de fines del siglo XIX, pueden agregarse las de Bartolomé Mitre sin duda vertidas generosamente en muchos de sus escritos, razón por lo cual sólo nos limitaremos a algunas de las consignadas en su conocida “Historia de Belgrano y la Independencia Argentina”. Afirma en esta obra su influyente autor, refiriéndose a Artigas: “(…) que sólo le obedecían los bárbaros indios misioneros”230; calificando al Caudillo Oriental de “intransigente y soberbio”,231 para luego referirse “a a acción disolvente del artiguismo” 232 y a su “bárbara tiranía”.233 Con razón, acorde a estas visiones historiográficas, Bartolomé Mitre, tal como lo recuerda la historiadora Ana Frega, creerá y dirá que, junto con Sarmiento, en base a la historia que escribieran, habían logrado enterrar a Artigas. Las corrientes historiográficas liberales, prosiguieron por muchos años, y con contadas excepciones, identificándose con una visión en donde peyorativamente se asociaba a Artigas invariablemente con la “chusma”. Será Don Domingo Faustino Sarmiento, -también con importante vía de tránsito en Montevideo-, una de sus más conspicuas figuras, el cual calificará a Artigas de representante de la barbarie indígena y a los indios como la “chusma que lo seguía”, para concluir tildando al Prócer de “comandante de un lupanar”234. Don Domingo Faustino Sarmiento, en carta que le dirigiera a Don Nicolás Avellaneda, el 16 de diciembre de 1805, le pedirá alguna información sobre determinados hechos ocurridos, interesado en conocer los tratados federales que, escribe textualmente –“los unitarios han suprimido con aquella habilidad con que sabemos rehacer la historia”235. Al compararse la verdad de los hechos ocurridos, con la historia que se nos ha dado a conocer, la sincera confesión del autor de “Facundo” no puede ser impugnada. Su habilidad y la de los demás integrantes de su escuela para adulterar magistralmente la historia, es terriblemente innegable. Felizmente, estas visiones hoy han sido en buena medida corregidas, pero al aplicarse el cernidor historiográfico a las ya aludidas versiones, no todos los hechos ocultados o falseados, han salido a la luz o corregidos. El caso Monterroso, es uno de ellos.


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CAPÍTULO IX “EL FRAILE Y SUS PÉRFIDOS CONSEJOS” Robespierre, Saint – Just y Monterroso Contrariamente a lo que ocurriría con el transcurso de los años, en que Monterroso como personaje importante de la historia artiguista sería implacablemente borrado, durante el gobierno de Purificación y años inmediatos, al secretario de Artigas se le tendría muy presente, atribuyéndole los enemigos del Prócer, una incidencia importantísima en las ideas y conducta de éste, significación que iría a la par de la malignidad que se le asignaba. Sin duda que la perversidad que se le adjudicaba se encontraba en buena medida asociada a la radicalidad que a partir del año 1815 asumió el gobierno de Purificación. Constatada esta identificación entre Artigas y su secretario a través del presente trabajo, compenetración confirmada por sus propios adversarios –opiniones que oportunamente se transcribirán-, corresponde en relación especialmente al ideario social del Prócer, considerar la posible gravitación de las doctrinas jacobinas en sus resoluciones, dado la tendencia de ciertas corrientes historiográficas a de este modo visualizarlo. Esta tendencia que le atribuye a Artigas, y por ende a su secretario “doctrinas jacobinas”, es en parte explicable, dado que ésta es la única corriente, que a diferencia de otras de la Revolución Francesa, tomó medidas enérgicas, -aún cuando no fueran del todo aplicables-, que afectarían el derecho de propiedad privada y expresaban una preocupación social importante. Cabe aclarar que quienes defienden esta tesis, -los cuales no son numerosos-, en general piensan en Artigas y no por supuesto en su secretario, al cual todavía menos historiadores, lo califican de “jacobino”; con lo que, aún cuando se discrepe, no deja de reconocerse como encomiable, ya que con ello se le recuerda y emparenta en sus ideas con el Caudillo, y se le diferencia por sus ideas radicales, de otros protagonistas de la revolución.


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Es innegable que entre las medidas que propongan jacobinos tales como Maximiliano Robespierre y Louis Antoine Saint – Just, es dable encontrar ciertas similitudes con las medidas tomadas por el gobierno de Purificación en torno a la propiedad y la justicia, pero aparte de otras consideraciones que en el momento se formularan sobre el tema, cabe preguntarse, por ejemplo, porque olvidar los antecedentes existentes en relación al derecho de propiedad en la propia Banda Oriental, anteriores al Reglamento de Tierras del año 1815, y sostener que éste se nutrió de las doctrinas francesas? Si así fuere, acaso en la redacción del Reglamento no deberían por lo menos advertirse ciertos giros franceses? Por el contrario, en el Reglamento de Tierras, se constata desde el principio al fin un estilo claramente hispánico, preñado de conceptos y principios propios de la antigua legislación ibérica. Podrían serle familiares al fraile Monterroso, quien en definitiva fue quien redactó de su puño y letra el Reglamento-, las ideas del “incorruptible” o el draconiano Saint – Just, a través del mundo de los jóvenes jacobinos que frecuentaban Buenos Aires, el famoso “Café de Malco o Marco”, cuando estos “ilustrados” fueron tan adversos al artiguismo? A través de quién, entonces, le llegaron a Monterroso estas ideas tan distintas a su universo conceptual? En cuanto al estilo y conceptos manejados en el Reglamento, ya se ha visto que, por ejemplo, la palabra “infeliz” no deriva ni es copia del vocablo francés: “malhereux”, usado por los jacobinos, ya que aparece reiteradamente en la literatura y jurisprudencia colonial en forma totalmente independiente a las ideas de la Revolución Francesa. A los varios documentos oportunamente mencionados, -recuérdese la “Memoria Anónima” de 1794, tan hispánica y cristiana en sus conceptos y factura-, cabe agregar entre otros muchos, el “parecer” expresado por el oidor Joaquín de Rivadeneira, al escribir sobre los puntos que se le consultaron con motivo del Cuarto Concilio Mexicano realizado en el año 1771.236 Por otra parte, la preocupación manifestada de modo tan enfático y taxativo en el Reglamento, por los huérfanos y las viudas, es un principio de protección hacia este grupo de personas particularmente vulnerables, que constituye una constante bíblica y que incluso se encuentra ya en el Éxodo, segundo libro de las Sagradas Escrituras y que se reafirma en los profetas del Antiguo Testamento. Por lo demás, en cuanto a la propiedad, ya en el apéndice de “Artigas y su derrota”, se transcriben pasajes de los llamados


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“Santos Padres”, donde se relativiza grandemente este derecho y hasta, para diversas circunstancias se niega. Recuérdese, como se ha documentado, que en la biblioteca de los franciscanos de Montevideo, y ni qué decir en la de Córdoba, se encontraban las obras de los “Santos Padres”. Puede afirmarse que su lectura inquietaría a muchos buenos burgueses de hoy. El mismo, Francisco Suárez, teólogo tan leído en el Cono Sur, enseñaba que el derecho de propiedad privada, si bien no era contrario al natural, fue establecido por el “derecho de gentes”, es decir en lenguaje moderno, por el derecho positivo, quitándole de esa manera carácter de absoluto, y constituyendo, ya que se menciona a los jacobinos, un también posible antecedente del conocido discurse pronunciado ante la Convención el 24 de abril de 1793 por Robespierre, afirmando que la propiedad era una institución social y no un derecho natural. Lástima grande que cuando se menciona el discurso del “Incorruptible”, sólo se aluda como antecedente de modo exclusivo a Rousseau, y no a los “Santos Padres” o a Suárez, los cuales por otra parte, eran conocidos por los famosos “abates” revolucionarios de la Francia del siglo XVIII, los cuales tanto influyeran en el pensamiento social de las corrientes radicales de la Revolución. Lejos de nosotros pretender presentar al “doctor eximio” o a los “Santos Padres”, como “cuadros revolucionarios”, -sería una interpolación impertinente-, pero lo cierto, es que su pensamiento filosófico puede dar origen a praxis de gran radicalidad con el transcurso del tiempo, y que este pensamiento no es exclusivo de los “modernos revolucionarios” del siglo XVIII.

Inquietudes sociales con anterioridad a la Revolución Si se enfatiza la posición de los jacobinos en torno a la propiedad privada por los partidarios de una influencia de los mismos sobre Monterroso, previamente a considerar la filosofía de éstos, parece conveniente recordar otros antecedentes que se darán precisamente en la Francia, particularmente configurados por algunos integrantes del clero, -sin duda no ortodoxos en muchos puntos teológicos y a la postre, algunos marginados de las estructuras eclesiales-, pero con actitudes en cierto modo coincidentes con algunas de las ideas sostenidas por los jacobinos. No se pretende presentarlos como concienzudos teóricos que desarrollen una doctrina sociológica y económica que los constituya en revolucionarios de


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izquierda. Pero ellos sin duda son también un antecedente, que en relación al tema del derecho de propiedad no deja solos a los jacobinos. Uno de los representantes de ésta, llámese, “corriente”, será, como se sabe, el abate Gabriel Bonnot de Mably (1709 – 1785), hermano del filósofo Condillac. Desempeñando importantes cargos diplomáticos, no por eso descuidó las especulaciones de índole intelectual. En base a lo que sostiene en sus escritos, se le considera en no pocos aspectos, precursor de la ideología revolucionaria. Acorde a lo expresado precedentemente, en su obra “De la legislation ou principes des lois”, afirmará: “Sólo podemos encontrar la felicidad en la comunidad de bienes”, agregando “creo que la igualdad, al mantener la modestia de nuestras necesidad, conserva en nuestra alma una paz que se opone al nacimiento y a los progresos de las pasiones”. Ciertamente que en su “comunismo”, se reitera, no se basará en los análisis socio-económicos que caracterizarán a los movimientos revolucionarios del siglo XIX, y que sus consideraciones se basan en principios morales, pero se compartan o no sus opiniones, éstas no pueden obviarse al aludir al proceso revolucionario francés. Otro antecedente, lo constituirá el pensamiento de Jean Meslier (1664- 1729), quien fuera párroco de Etrepigny. En sus escritos especialmente en el que se denominará “Mon Testament”, se advierte una gran preocupación por la existencia de la pobreza y la injusticia y la necesidad de que se produzca un gran cambio para erradicar la miseria. No obstante su condición sacerdotal, en sucesivas etapas posteriores de su vida, se advertirá una evolución en sus ideas filosóficas, que según ciertos críticos , podrían llevar a sus lectores incluso al ateísmo. También, continuando con este inventario, puede citarse a Guillaume Raynal (1713 – 1796), jesuita que abandonara los hábitos, y que en su obra “Histoire philosophique et politique des établissements et du comerce des Europees Dans les deux indes”, hará duras críticas a la colonización francesa, en la que creerá ver involucrada a la Iglesia. También proclamará el legítimo derecho a la insurrección. No obstante estas ideas, representante típico del iluminismo, posteriormente tomará distancia de la Revolución ante sus excesos. Un integrante del clero que debe mencionarse como partícipe de la Revolución, es el “abbe” Jacques Roux (1752 – 1794), líder indiscutible de


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los “enragés”, con una importante participación en el movimiento revolucionario, y que en sus posiciones extremas será apoyado frecuentemente por los “sans-culottes”, aún cuando posteriormente se enfrentase a los “montagnards”. Se suma a los sacerdotes precedentemente nombrados el abate Emanuel Joseph Sieyês (1748 – 1836), quien gozando en su tiempo de grandísima popularidad, publicó varios opúsculos de carácter político con la intención de preparar la convocatoria de los Estados Generales, destacándose de entre ellos el célebre “Qu’est-ce que le tiers Etat?” Fue electo para representar precisamente al tercer estado y también como miembro de la Convención en donde votó, después de algunas dudas por su carácter sacerdotal, la muerte del Rey; retirándose a la caída de Robespierre de la actividad política, a la que retornó después de peripecias varias. Asímismo corresponde integrar a esta nómina al obispo “constitucionalista” Battiste – Henri Gregoire (1750 – 1831), que sin duda imbuido de las ideas galicanas y jansenistas de su tiempo, fue no obstante un “sacerdote intachable”, según se reconoce en forma insospechada para este caso, en la “Historia de la Iglesia”, de los jesuitas Llorca, Villoslada y Montalbán. Gregoire tuvo importantísima participación en los comienzos de la Revolución, se destacó como representante del clero en los Estados Generales del “89”, prosiguiendo posteriormente con una intensa actividad política y la publicación de varias obras. Particularmente interesante es su defensa del principio que sostiene la libertad religiosa y civil de los ciudadanos. Gregoire se destacará asimismo por ser uno de los primeros en propiciar la abolición de los ghettos y la plena integración de los judíos a la sociedad en que viven. Aún cuando no se sabe con certeza si sacerdote, es necesario tener presente a Morelly, autor del “Code de la nature, ou le véritable espirit de ses lois, de Tous temps negligé ou méconnu” (1755), obra que tanto influyera sobre François – Noel Babeuf; libro que en principio se atribuyera a Diderot; escrito que más allá de su radicalismo se encontrará inspirado en claros principios cristianos, en sintonía con los escritos de Santo Tomás Moro y Tomaso Campanella, a los que conoce y cita. Escribirá Morelly en su “Code de la nature”: “Nada en la sociedad pertenecerá singularmente ni en propiedad a nadie, sino las cosas de que se haga un uso actual, ya para las necesidades, los placeres o el trabajo


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cotidiano. (…) Todo ciudadano contribuirá por su parte a la utilidad pública, según sus fuerzas, sus talentos y su edad; de acuerdo con esto se regularán sus necesidades, conforme a las leyes distributivas (…)”. El hacer mención de estos sacerdotes, -varios de estos cuestionados por las autoridades religiosas-, no significa en absoluto pensar que ellos hayan podido influir en las ideas del franciscano, ya que se piensa fundamentalmente, que sobre el fraile incidieron otras matrices doctrinarias. Se trata, entonces, simplemente al incorporar el pensamiento de estas figuras al presente trabajo, de evidenciar, casi de modo propedéutico, que previamente o conjuntamente con los jacobinos, a los que no debe desgajarse de su contexto, existía un “humus” doctrinario que favoreció, matiz más, matiz menos, el nacimiento y desarrollo de sus ideas. Parece importante recordar a estos autores, aún cuando Jean Touchard, -al cual se respeta y aprecia en sumo grado-, en su “Historia de las ideas políticas”, los relativiza al extremo. Se tiene la impresión que por momentos, para este autor lo único digno de consideración fuera el pensamiento que valora como científico del materialismo histórico y dialéctico, que sin duda ha hecho aportes significativos, pero que se estima sería peligroso absolutizar, negando toda importancia al que a éste es diverso. Por último, y ya que de influencias se trata, no debe de olvidarse la formación religiosa de Maximiliano Robespierre, reconocida con disgusto por el contumaz anticlerical y conocido historiador Jules Michelet en su obra “Historia de la Revolución Francesa”, en donde más allá de expresar su admiración por el “Incorruptible”, afirma que “no tenía ni siquiera la ventaja de pensar por cuenta propia, pues seguía de demasiado cerca a sus maestros Rousseau y Mably”. Probablemente su inicial formación religiosa, -había cursado todos sus estudios en colegios religiosos-, hará que el jacobino Robespierre pida el 16 de junio de 1790 en la Asamblea General, que se atendiese a la subsistencia de los eclesiásticos que hubieran cumplido 70 años, y que carecían de beneficios y pensiones, expresando: “Yo demando una medida de justicia. Estos hombres han envejecido en su ministerio; sus tareas no les han proporcionado sino achaques e invalidez. Tienen derecho a nuestra indulgencia por su condición eclesiástica, y más aún por sus necesidades”.


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Con anterioridad, el 30 de mayo, quien después propiciará la terrorífica ley del 22 de pradial (10 de junio de 1794), -por la que se quitaba todo derecho de defensa a los imputados y el Tribunal Revolucionario podía condenar a muerte sin necesidad de pruebas, por simple convicción moral a los sospechosos-, pronunciará un célebre discurso abogando a favor del bajo clero. Qué contraste con la posterior condena a muerte de tantos sacerdotes! Que además, no todos eran “refractarios”. De todos modos, Robespierre no disimulará su desaprobación a las medidas antirreligiosas que impulsaba Hébert y sus partidarios, llegando a afirmar: “El ateísmo es por naturaleza oligárquico (…) Cuando el concepto de Dios venga atacado, el ataque no procederá del instinto popular, sino de los ricos y privilegiados”. Coherentemente con sus creencias, como se sabe, Robespierre promulgará por decreto la Fiesta del Ser Supremo, disponiendo se le rindiese solemne culto. Dramáticamente, pocos días antes de su muerte en terrible ajusticiamiento, se dirigirá a la plaza pública y le prenderá fuego a una estatua de madera, que pintada con llamativos colores, representaba el ateismo… El 9 de termidor (27 de julio de 1794) no sólo por el terror que había desencadenado y el temor que despertaba entre los ateos, sino por la alarma que con sus leyes suscitare en muchos convencionales que eran culpables de irregularidades financieras o de comportarse de modo licencioso, el “Incorruptible”, será arrestado por orden de la Convención y guillotinado al día siguiente, en circunstancias brutales y despiadadas; al cadalso lo seguirá Saint Just y más de cien jacobinos. En cuanto a lo expresado en páginas inmediatamente precedentes, se tiene la certeza que el lector comprenderá este discurrir sobre mundos aparentemente distantes de la materia a consideración en el presente trabajo, ya que traer a colación estos elementos, permiten precisamente una visión más cabal sobre el tema. Culminada esta “incursión” por lejanas tierras, vuélvase entonces a la oriental, para después analizar, sin más demora, la doctrina jacobina.

Un sacerdote insospechado de jacobinismo En realidad, y sin llegar a los precedentes “extremos” la misma antigua legislación española, por lo menos en teoría, relativizaba bastante el


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derecho de propiedad y el concepto sobre la misma; como lo recuerdan Barrán y Nahun, distaba mucho del liberal. Hasta el propio Santo Tomás de Aquino enseñaba que en el caso de extrema necesidad, no es pecado apropiarse de lo ajeno para asegurarse la subsistencia. Ciertamente que en los hechos, predominaba la “expropiación” en sentido contrario, y los poderosos hacían uso con prepotencia de este “derecho” para su beneficio, pero lo cierto es que no habrá que esperar a los “jacobinos”, para encontrar los primeros antecedentes de las medidas tomadas por el gobierno de Purificación. Pero ante el “hambre canina” de tierras a la que se ha hecho mención precedentemente y que generaba los grandes latifundios de la campaña oriental; con un concepto de la propiedad no liberal, como se ha visto, no eran pocos quienes querían ponerle remedio a este mal. A los citados con anterioridad puede agregarse al benemérito Padre Pérez Castellanos, -exento de toda sospecha de jacobinismo-, quien con toda naturalidad, en su “Informe sobre las poblaciones en la frontera de esta jurisdicción dada en 1789” al manifestar su preocupación y crítica por las propiedades de grandes extensiones territoriales, recomendará como solución para este problema que: “repartida la tierra en fracciones moderadas cada porción tendría su dueño que cuidaría de ella y de su hacienda. He dicho en porciones moderadas porque una tierra muy grande en manos de un solo propietario no corrige el mal; antes lo empeora”.237 Teniendo presente estos antecedentes en cuanto a no considerar la propiedad privada como un derecho absoluto e intocable, parecería correcto interpretar que en las Instrucciones del Año XIII, cuando se determina que “el objeto y fin de este gobierno debe ser conservar la igualdad, libertad y seguridad de los ciudadanos y los pueblos”, si se omite entre otros objetivos prioritarios la propiedad, -y esto no se debe a simple olvido y en cambio resulte omisión deliberada-, ello bien puede explicarse por lo antes dicho, y no por una temprana influencia de ideas jacobinas.

Las doctrinas jacobinas Es cierto que como ya lo señalara acertadamente Lucía Sala en su trabajo “Democracia durante las guerras por la independencia de Hispanoamérica”238 en los tiempos de Artigas e incluso con anterioridad,


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existía la tendencia, sobre todo por parte de algunos representantes de los sectores conservadores de motejar con el nombre de “jacobino” a todo movimiento, medida o idea que de alguna manera pusiera límite o afectara a sus intereses o beneficios. Sustituyendo según los tiempos el “apelativo”, ello ha sido muy común hasta nuestros días… Pero, como enseña el conocido refrán: “del dicho al hecho, hay un gran trecho”. Una cosa es calificar en forma genérica a un movimiento o persona por sus ideas radicales como “jacobino”, y otra, que éstos se identifiquen especialmente con la filosofía de esta corriente de pensamiento. En cuanto a considerar en el caso particular de Monterroso, al franciscano como un jacobino a carta cabal, nos atrevemos a presentar nuestras dudas al examinar las doctrinas que al jacobinismo en su esencia le pertenecen. Su visión en torno a la propiedad, su preocupación por los pobres, su sentido de justicia, sus medidas de confiscación, si bien en principio pueden parecerse a las del artiguismo, ellas se integran en un paradigma, en una visión de la deseable sociedad futura a establecer, totalmente ajeno a los parámetros propios del ideario artiguista – monterrosista. Como ya se señalara en “Artigas y su derrota”, uno de los principales referentes e influyente ideólogo del jacobinismo, Antonio Luis León de Saint – Just, aludiendo a como debía de tratarse, no ya a los enemigos del régimen, sino a los simplemente indiferentes al definir los principios del jacobinismo en su discurso del 10 de octubre de 1793, afirmará, como luego lo hará un tristemente famoso general del régimen dictatorial argentino: “No debéis emplear la menor contemplación con los enemigos del nuevo orden de cosas, y la libertad ha de vencer al precio que sea. […] Debéis castigar no solo a los traidores sino también a los indiferentes: debéis castigar a cualquiera que sea pasivo en la República y no haga nada por ella. […] Estas máximas (paz y justicia natural) son buenas para los amigos de la libertad; pero entre el pueblo y sus enemigos no hay en común otra cosa que la espada. Es preciso gobernar mediante el hierro a quienes no cabe gobernar mediante la justicia: ha que reprimir a los tiranos”.239 La implacable metodología que propugnara Sain – Just como criterio para gobernar, será acorde al modelo totalitario de sociedad que propicie y el férreo régimen educativo que a esos fines deba instaurarse. De este modo, afirmará en su obra “Instituciones Republicanas” en el capítulo


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dedicado a “Algunas instituciones civiles y morales: “Los niños pertenecen a la madre hasta los cinco años, si ella les ha alimentado e inmediatamente después a la República hasta la muerte. [...] No se puede ni pegar ni acariciar a los niños. Se les enseña el bien y se les deja seguir los impulsos de la naturaleza. [...] Los maestros de los niños, desde los cinco hasta los diez años, no pueden tener menos de sesenta años y son elegidos por el pueblo entre los que han logrado la aureola de la vejez. La educación de los niños, entre los diez y los dieciséis años, es militar y agrícola. Se distribuyen en compañías de sesenta. Seis compañías forman un batallón. [...] Todos los niños conservarán el mismo traje hasta los dieciséis años. Desde los dieciséis hasta los veintiún años vestirán un traje de obrero. Desde los veintiuno hasta los veinticinco, el de soldados, si no tienen un cargo público. [...] Los jóvenes de dieciséis años están obligados a permanecer en casa de sus maestros hasta los veintiún años, bajo pena de ser privados del derecho de ciudadanía para toda la vida”.240 En la sociedad a instaurarse nada debía de escapar al control del Estado, ni siquiera los afectos. De este modo determinará Saint – Just: “Todo hombre con veintiún años está obligado a declarar en el templo cuales son sus amigos. Esta declaración será renovada cada año en el mes de ventoso”.241 Ni siquiera los “viejos virtuosos” se librarán de ser reglamentados, de este modo el autor de “Instituciones Republicanas”, exigirá: “Los hombres que hayan vivido siempre sin tacha, llevarán una banda blanca a los sesenta años”242. Hasta el régimen alimentario de los niños se regulará de manera inflexible, obligándolos a la fuerza a ser vegetarianos: “Los niños no comerán carne antes de los dieciséis años”243. Atento a las características de la sociedad ideal que Saint – Just pretende instalar con la ayuda de los leales “montagnards”, no es de extrañar que junto a las medidas que propicie, considere que “en toda revolución hace falta un dictador para salvar al Estado por la fuerza o censores para salvarla por la virtud”244 Nadie puede negar la sinceridad, honestidad y desinterés de la mayoría de los jacobinos franceses, absolutamente y también fanáticamente convencidos que la sociedad que a través de cualquier medio querían implantar era para el bien de la humanidad. Así otro connotado jacobino, Barére, podrá decir sin remordimiento: “El verdadero humanitarismo


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consiste en exterminar a los enemigos”245. Para la instauración de este “mundo feliz”, no sólo se debería de exterminar a los enemigos… y a los que se considere indiferentes… sino que habrá de crearse un Estado fuertemente centralista y absorbente de los derechos de otras instituciones que podrían considerarse básicas o intermedias. La familia será en este sentido una peligrosa competidora y Robespierre, Sain – Just y Barére creerán que debe de apartarse a los hijos lo más rápidamente posible de su peligrosa influencia. El interés del Estado es el criterio supremo para regular la vida de los seres humanos, ante lo cual aún los lazos familiares deben ceder. Robespierre recriminará a las esposas de los declarados “sospechosos”, que protestaban contra el arresto de sus maridos: “¿Es justo que las mujeres republicanas renuncien a su condición de ciudadanas y recuerden sólo que son esposas?”246 Phillipe Bouchez, médico, historiador, primer francés que se definiera demócrata cristiano, partidario de la autogestión, y cuando la “Revolución del 48”, elegido presidente de su Asamblea, como se sabe escribió junto con Roux – Lavergne, una documentada y voluminosa “Histoire Parlamentaires de la Révolution Française” en 40 volúmenes247, que fuera del Uruguay se ha tenido el privilegio de poder consultar-, y en la cual a través de la pormenorizada documentación recogida, surge que Robespierre aún cuando atenuadas, abrigaba similares ideas a las de Saint – Just en torno a la futura sociedad y procedimientos para establecerla, surgiendo estas evidencias en forma insospechada, dado que quien las recoge, Buchez, no mostrará antipatía por los jacobinos, a los que tratará de comprender y en algunos casos excusar.

Artigas y los jacobinos Si del mundo de las ideas pasamos al de la “praxis” entre el proceder del gobierno de Purificación y lo ocurrido en el período de predominio jacobino llamado precisamente del “terror” en la Francia revolucionaria, se advierte diferencias insalvables. Sin caer en la hipocresía de olvidar otros “terrores” que no provinieron de los jacobinos, y si en cambio, por ejemplo, de lo que se ha dado en denominarse “la derecha”; durante “el terror” se ejecutaron a cerca de 30.000 personas, y es de hacer notar que de los que pudo conocerse sus orígenes sociales, sólo 1.158 procedían de la nobleza y


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1.964 de la alta clase media.248 Si se recuerda que en este período, un Juez de Orange, le reprocha a otro colega que para proceder a las ejecuciones: “necesita pruebas, como en los tribunales del “ancien régime”; ni aún aceptando las tenebrosas y calumniosas versiones de la “leyenda negra” sobre el artiguismo, -lo cual sería un dislate-, es posible parangonar los procedimientos de Purificación con los del llamado “reinado del terror”. Debe reconocerse que el historiador Vázquez Franco, con el que en otros temas se discrepa, ha ayudado con sus trabajos a disipar la imagen de un Artigas diseñado al uso de los tratadistas franceses liberales decimonónicos. Ciertamente que el Caudillo Oriental no fue un liberal, más allá de que muchos se empeñen en lo que sea, y que en algunos documentos, -piénsese, por ejemplo, en las Instrucciones del Año XIII-, se adviertan influencias claras de este pensamiento, muy probablemente producto en buena medida, de los secretarios anteriores a Monterroso; pero ellas son puntuales y acotadas en el tiempo. En este sentido, la historiadora María Julia Ardao ha descripto muy ajustadamente las peculiares características del gobierno artiguista; afirma la laboriosa investigadora refiriéndose al Prócer: “(…) por fuerza de las circunstancias reunió en sí la suma del poder político (…) Artigas ejerció su autoridad sobre el pueblo oriental con un sentido eminentemente paternalista a la antigua usanza española”.249 Sobre el tema precedentemente considerado, podría incluso admitirse que en virtud de determinadas instancias y urgencias revolucionarias, el Prócer pudo actuar hasta con un cierto y ocasional autoritarismo, pero compárese el ideario político expresado en los numerosos documentos emanados desde Purificación, con el pensamiento totalitario de la doctrina jacobina y la diferencia es abismal. Por cierto que esta clara diferencia filosófica no impide que en el habla popular, por la radicalidad de las medidas adoptadas, se pueda y en algún caso se haya considerado a Artigas y Monterroso como jacobinos.

Una concepción centralista Por otra parte, y en relación a las diferencias entre el pensamiento jacobino y el artiguismo, y aún cuando en algún caso se desee sostener lo contrario, los jacobinos, muy de acuerdo con el ideario de Rousseau eran


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centralistas y contrarios al federalismo. Con referencia a este punto, se estima que no debe de inducir a confusión los discursos pronunciados inicialmente por el “Incorruptible”, los cuales podrían hacer pensar que los jacobinos eran partidarios de una cierta desconcentración, sobre todo en materia de administración fiscal. En este sentido Robespierre en el discurso que pronunciara en la Convención del 10 de mayo de 1793, manifestará: “(…) dejad a los municipios el poder de regular sus propios asuntos en todo lo que no afecte esencialmente a la Administración General de la República”, expresando asimismo: “Dejad en los departamentos y bajo el control del pueblo, la parte de los tributos públicos que sea preciso ingresar en la caja general y que los gastos se realicen localmente en la medida de lo posible”.250 Pero más allá de estas palabras que pueden entenderse que alentaban la desconcentración, prontamente se estableció una política de fuerte y agresiva centralización. Por el decreto del 4 de diciembre, al poco tiempo del ya mencionado discurso de Robespierre, los hasta entonces poderosos departamentos fueron sustituidos prácticamente en su poder de decisión como organismos efectivos del gobierno local por los distritos, en el que además actuaba un “agent nacional”, al cual nombraba el Comité de Salvación Pública, el que podía destituir incluso a los funcionarios de la administración local designados anteriormente por elección, y sustituirlos por hombres de su total confianza. Los departamentos, los distritos y los altos funcionarios de los mismos, estaban obligados asimismo a enviar cada diez días un informe de sus actividades al gobierno central, quedando totalmente subordinados a éste. Qué diferencia entre esta organización y el régimen federal que consagraba el principio de la “soberanía particular de los pueblos”! En este sentido, no será casual la animosidad de los jacobinos por los movimientos federales surgidos en la Francia de su tiempo.

Más dudas e interrogantes “Con temor y temblor”, parafraseando a Kierkegaard, dado el alto nivel académico de quienes sostienen la tesis que identifica a Monterroso con los jacobinos, el autor del presente trabajo, más allá del gran aprecio personal que siente por aquellos que visualizan al fraile como partidario de


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las ideas del jacobinismo, se siente en la obligación de continuar planteando sus dudas y reparos a esta tesis. A las objeciones presentadas en cuanto a una posible asimilación por parte del secretario del Prócer de las ideas filosóficas, ideal de sociedad y procederes de los jacobinos franceses, debe de plantearse asimismo la interrogante de cómo llegarían hasta el franciscano tales ideas y conductas. Obviamente que al fraile Monterroso no podrían llegarle las ideas de un Robespierre o un Saint – Just a través de la Universidad de Córdoba o los hermanos de su Orden. Tampoco sería factible que por el mismo hubiera podido acceder a esta literatura, dado que a pesar de su vasta ilustración era, como se ha visto, totalmente ajeno a la cultura francesa. Se impone pues, especular en torno a las figuras o grupos. En este caso se aduce que quienes podrían haber incidido en su pensamiento “radical” serían personajes que durante la insurrección en el Río de la Plata fueron calificados como “jacobinos”. En esta situación se encontrarían Mariano Moreno, Bernardo Monteagudo y Juan José Castelli. En cuanto a Moreno, no existe el menor indicio de contacto con el Prócer o su secretario, más allá de que Moreno conocía el predicamento del primero en la Banda Oriental, tal como lo consignara en el célebre “Plano de Operaciones”, pero en el que también alude a Rondeau; y ya se ha visto como éste último pensaba… ni siquiera en el hipotético caso de que el Caudillo Oriental y su secretario, leyeran “La Gazeta”, dirigida en su momento por Castelli y después por Monteagudo, y en la cual se publicaban artículos de Moreno, se puede establecer tal nexo. Como ya se ha probado, entendemos que de forma concluyente en “Artigas y su derrota”, en dicho órgano de prensa no aparece material que puede asociarse al pensamiento jacobino ni remotamente, e incluso, aparecen escritos claramente contrarios al mismo. Pero dado que se presenta a quien se desempeñara como secretario de la Junta de Mayo como uno de los jacobinos más conspicuos y el historiador Sergio Bagú lo asemeja a Artigas, corresponde analizar su perfil.

Una personalidad contradictoria Sin duda que el secretario de la Junta, a pesar de su juventud será una de los más poderosos talentos de la época revolucionaria, pero asímismo una de las más contradictorias personalidades. En su juventud,


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con el propósito de ordenarse sacerdote estudió teología en la Universidad de Charcas, aún cuando después no persistiera en su vocación religiosa y se decidiera a estudiar derecho. En este tiempo y muy probablemente influido por las ideas del en su época conocido Victorián de Villalba, escribirá una tesis sobre los indios en general, y sobre el particular, con referencia a los yanaconas y misarios, tomando claro partido a favor de los indios. No obstante, con posterioridad a la Revolución de Mayo, en oportunidad de aprobarse el por muchos alabado decreto sobre “supresión de honores”, -que se encontraba animado por el único propósito de Moreno de acabar con Saavedra-, quien fuera autor de la disertación en Charcas a favor de los indios, consagrará la más radical discriminación, excluyendo del grupo de los “decentes” con derecho a participar de los actos públicos a quienes no sean blancos y se encuentren vestidos de etiqueta. En efecto: en una de las muchas disposiciones del manido decreto, buscando ordenar y reglamentar el ingreso a los actos públicos se establecerá: “que ningún centinela impida la entrada en toda función y concurrencia pública a los ciudadanos decentes que lo pretendan”. Entonces, en virtud de lo determinado, el teniente Coronel Marcos Balcarce para la aplicación correcta del artículo elevará una consulta sobre quienes deben considerarse personas decentes, respondiendo Moreno de modo tajante: “se reputará decente toda persona blanca que se presente vestida de frac o levita”.251 En Mariano Moreno, junto con su gran talento y laboriosidad, trabajaba hasta altas horas de la noche, costumbre no común en la Colonia-, se advierten múltiples contradicciones que dificultan determinar su real y auténtico pensamiento. Según lo establecen autores que lo han estudiado con admiración, y que no precisamente se destacan por sus creencias religiosas, -Ricardo Levene, Sergio Bagú, Alfonso Fernández Cabrelli-, reconocen que era profundamente católico, -hecho que quienes los siguen cuando describen al personaje suelen omitir-. Pero al mismo tiempo que creyente y practicante, era un entusiasta discípulo de Rousseau y un lector complaciente de Voltaire; asimismo, aún cuando esto podría no ser contradictorio, sino simple deslinde de planos, simultáneamente a ser un muy piadoso católico, era un claro crítico de las políticas llevadas por ciertas jerarquías de la Iglesia.252 Igual conducta antinómica puede señalarse en cuanto a las doctrinas económicas liberales inspiradas en Adam Smith y otros autores de esta


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escuela que sostiene Moreno y que ninguna relación guardan con algunas de las medidas que propicie en su “Plano de Operaciones”, y que ciertos historiadores identifican con el jacobinismo. Del mismo modo en cuanto a su idea sobre la independencia de América, para lo cual propicia un sometimiento comercial a la Inglaterra que espanta.

Defensor de los intereses comerciales del Imperio Británico… y jacobino Personalmente, Moreno integrará con sus jóvenes amigos el grupo que se reunía habitualmente en el Café de Marcos, grupo este que era conocido con el nombre del “Club, muy probablemente por su imitación del que con esta denominación se asociaba a los jacobinos en Francia; curiosa confluencia ésta, en que coincidía al interés y doctrina del libre mercado manchesteriano con la prédica revolucionaria de un Robespierre. Los integrantes del “Club”, del que después surgirá la “Sociedad Patriótica”, eran todos jóvenes intelectuales, que manejaban grandes teorías, muchas de ellas contradictorias entre sí, y que no alcanzarán a amalgamar en un proyecto coherente. Para la concreción de su propuesta, sus miras estaban puestas en el apoyo que Inglaterra podía brindarles, para lo cual estaban dispuestos a concederles grandes y peligrosos privilegios. Su confianza en esta ayuda no sólo se basaba en el interés del Imperio Británico en la colocación de sus productos en las hasta ese momento de hecho colonias españolas en América, sino también en sus fluidos vínculos con las entidades, comerciantes y funcionarios ingleses que operaban en el Río de la Plata. Por su inteligencia, ilustración y contracción al trabajo, el joven abogado venido de Charcas e instalado en Buenos Aires, su ciudad natal, prontamente pasará a tener el “bufete” profesional más acreditado de la ciudad, del cual serán sus principales clientes los comerciantes ingleses. No es de extrañar entonces que junto con sus socios Belgrano y Castelli, los tres sean los informantes más respetados y creíbles del espía inglés Alex Mackinnon, -presidente bonaerense de la “Sociedad de Mercaderes de Londres”-, el cual estará con ellos en asiduo contacto.253 Distanciado por su carácter del pueblo, Moreno prácticamente no participará de los sucesos ocurridos el 25 de mayo de 1810, si bien el “gran


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teórico de la Revolución de Mayo”, como se le ha llamado, tuvo un fugaz paso por la Junta de 1809, seguirá los acontecimientos posteriores “de lejos”, y el día 25, hito fundamental del proceso revolucionario que se iniciaba, estará ausente de los hechos, “entretenido en casa de un amigo”. Belgrano lo propondrá, por sus cualidades intelectuales y probablemente como garantía para los residentes ingleses, como secretario de la Junta. Castelli, su amigo, -sin duda con mayor participación en los sucesos-, también integrará la Junta como vocal. La actitud de Moreno en los acontecimientos mencionados precedentemente, era previsible ya que nunca estuvo en contacto directo con el pueblo, y en ocasiones, ya fallecido, incluso sus partidarios fueron rechazados por rebeliones claramente populares, como cuando ocurrió la revolución, -tan mal comprendida por muchos historiadores-, llamada “de los orilleros”, los días 5 y 6 de abril de 1811, que significativamente liderados por el oriental Dr. Joaquín Campana, se pronunciaron contra los morenistas… y los ingleses.254 Dada la complejidad de la personalidad y pensamiento de Moreno, superando los tópicos en que incurre cierta historiografía, se hace necesario analizar el conjunto de sus ideas.

“La representación de los hacendados y labradores” Sumamente revelador del pensamiento contradictorio de Mariano Moreno, en relación por ejemplo a la economía, es analizar su posición cuando los mercaderes ingleses el 16 de agosto de 1809 solicitan al Virrey Cisneros autorización para la introducción de sus mercaderías en el Virreinato en régimen de libre mercado. Cisneros que era más bien propenso a admitirlas, conscientes de la responsabilidad que ello le suponía, previamente requiere el dictamen del Consulado de Comercio quien le solicita la opinión al síndico sustituto Manuel Gregorio Yañiz, el cual en su escrito asume la defensa de la industria nativa. En su dictamen el síndico sustituto “se hace cargo de los males que afligen y estimulan a nuestro virrey, pero no es bueno, -dice-, el remedio que mata al enfermo. Estima Yañiz que el libre comercio significa: “la total ruina de nuestras fábricas y agricultura (…) Sería temeridad querer equilibrar la industria americana con la inglesa”; refiriéndose a las telas inglesas en general, agrega el


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síndico: “que las pueden dar más baratas en lo inmediato, y por consiguiente arruinarán enteramente nuestras fábricas y reducirán a la indigencia a una multitud innumerable de hombres y mujeres que se mantienen con sus hilados y tejidos”.255 No obstante la contundencia del escrito Yañiz, las poderosas influencias inglesas obtendrán la deseada autorización, aún cuando por dos años y con alguna pequeña limitación. El Cabildo se manifestará asimismo partidario de la resolución del Consulado, ante lo cual solicita vista Miguel Fernández Agüero, apoderado del Consulado Universidad de Cargadores a Indias de Cádiz, el cual defendiendo obviamente los intereses de los cargadores gaditanos, también hace con argumentos concluyentes una encendida defensa, no sólo de las industrias artesanales autóctonas, sino que advierte sobre los prejuicios que su cierre acarrearía a los trabajadores vinculadas a las mismas.256 Lástima grande no poder transcribir en toda su extensión los argumentos esgrimidos, tanto por Yañiz como por Agüero; pero la evolución posterior de los hechos les dará la razón, no a través de ninguna filosofía o ideología, sino de la incontrastable realidad, ya que la apertura descontrolada de los puertos trajo la ruina de las industrias provinciales y la minería para muchos de los habitantes donde esta política se aplicara. Ante el dictamen de Yañiz y el alegato de Agüero, que hacían añicos las pretensiones de los comerciantes ingleses, un tal señor José de la Rosa en nombre de un grupo de “hacendados y labradores”, -nunca se supo exactamente quienes eran-, pidió vista del expediente y el 6 de octubre de 1809 presentó un escrito, a la manera de recurso y respuesta a las anteriores intervenciones, bajo el título de “Representación a nombre del apoderado de los hacendados de las campañas del Río de la Plata”.257 La “Representación”, se sabe por la propia declaración de la Rosa al Cabildo de Soriano, que ella fue obra de Moreno; según aquél, “el abogado más hábil y aparente que se podía apetecer”258. Recuérdese que el joven y brillante profesional en su “acreditado bufete” tenía como clientes a los comerciantes ingleses… No obstante, muy probablemente también en dicha “Representación” había intervenido Belgrano, ya que existen conceptos y frases que éste expusiera en una Memoria que le dirigiera a Liniers apoyando el libre comercio; refuerza este parecer, que el ya citado de la Rosa, en su informe al Cabildo de Soriano, le dice que “Belgrano es el


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principal interesado”. Coincide con ello, como también se sabe, los intereses y vínculos que éste último tenía en la zona de Soriano. Porqué entonces no asumió, por lo menos en parte, la autoría del escrito? Fácil es la respuesta. Don Manuel era integrante del Consulado y aparecer públicamente implicado en la “Representación”, le quitaba a ésta credibilidad. Corresponde aclarar que el “patrocinante” de de la Rosa era un procurador del abogado Belgrano, quien sin tener estudio abierto, era asimismo socio de Moreno. Manuel Belgrano disponía de una no común ilustración y se encontraba familiarizado con las obras de los economistas europeos que respondían a las corrientes fisiocráticas y liberales. Era un sincero cristiano, pero las nuevas teorías económicas, que conocía por sus incesantes lecturas, lo habían deslumbrado y estaba convencido que la aplicación de ellas a la realidad de las colonias americanas, era la panacea para curar todos los males que aquejaban al viejo régimen. La “Representación de los Hacendados” es una fortísima apología del libre comercio, basando sus argumentos en la filosofía de Adam Smith y los fisiócratas, entre los que se encontraba además Quesnay, Gournay, autor de la célebre frase “laissez faire, laissez passer, le monde va de lui –même”, -“dejad hacer, dejad pasar, el mundo anda por sí solo”-, y Turgot, el destructor de las asociaciones gremiales de Francia. También el escrito se adornaba con eruditas citas de Gaetano Filangieri y otros juristas, economistas y filósofos no habitualmente conocidos en el Río de la Plata. Como Fernández de Agüero en su escrito se “atreviera” a mencionar el perjuicio que se le ocasionaría entre otros muchos, al gremio de los zapateros y curtidores, el autor de la “Representación” comentará en tono desdeñoso: “¡Qué mengua para nuestra reputación, si llegase a suceder que en los establecimientos económicos de que depende el bien general y en que deben apurarse los conocimientos de los mayores hombres, se introdujesen a discurrir los zapateros”. Significativamente, en contraposición al menosprecio que se manifiesta por los zapateros, se enaltecerá a la Inglaterra y a sus mercaderes; aduciendo el apoyo que ésta le brinda a España en su lucha contra Napoleón, se exclamará: “(…) nación sabia y comerciante que detesta las conquistas” (…) “Es una vileza vergonzosa que se los mire con execración injuriosa a los comerciantes ingleses”. Y refiriéndose siempre a Inglaterra como a: “(…) una Nación


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generosa y opulenta cuyos socorros son absolutamente necesarios para la independencia de España (…) una Nación a quien debemos tanto”. Pero no sólo se hará la apología del comercio inglés, sino que la “Representación” se referirá a los escritos presentados con anterioridad, calificándolos como “una compilación de espacios vulgares”, tratando a sus autores de “ignorantes”, para terminar afirmando que “los principios de la ciencia económica, no se aprenden en el mostrador de una tienda”; juicio que no es de sorprender, ya que quien los formula habría de estar convencido que esta “ciencia” debía de aprenderse de los “oráculos” de Glasgow y Manchester. Es de lamentar que Sergio Bagú en su obra sobre Moreno259 al transcribir la “Representación sobre los Hacendados” omita las páginas que podrían contrariar sus tesis, e incluso sólo haga aparecer una cita de Adam Smith, cuando hay tantas… también que guarde silencio en cuanto a los vínculos profesionales de Moreno con los ingleses. Pero si todo lo expresado resulta preocupante, nos parece que tanto o más, es que un intelectual del nivel de Bagú, -autor de la excelente síntesis “Marx – Engels: Diez Conceptos Fundamentales”260-, pretenda cambiar el pensamiento de Moreno, diciendo que éste “sólo se sirvió de Adam Smith para atacar el régimen colonial en su arquitectura monopólica”, limitándose a citar al autor de “La Riqueza de las Naciones”, con respeto”, cuando en realidad debió decir, que lo nombra con admiración incondicional!. Tampoco cuando Bagú se refiere a las intenciones de Mariano Moreno al escribir la “Representación”, parece acertado, ya que al aludir a estas intenciones afirma que las mismas eran: “proteger a productores rurales nativos que vegetaban bajo el apremio de un grupo reducido pero muy influyente de comerciantes españoles”261 Aún aceptando que la “Representación” buscase “proteger a productores nativos”, -modo disimulado de llamar a los latifundistas entre los que se encontraban no pocos españoles-, es evidente que toda ella está impregnada de la filosofía propia de la economía liberal, la cual se defiende con convicción y ardientemente, y a la que acompaña como propósito principal un alegato entusiasta a favor del comercio inglés y sus beneficios. Cuando se lee esta “Representación”, tan desaprensiva para con los productos e industrias de la región, se advierte qué distante ella se encuentra de la filosofía que animará el decreto del Gobierno de Purificación sobre


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“Reglamento Provisional para la recaudación de derechos que deberán establecerse en los puertos de las Provincias Confederadas” de fecha 9 de setiembre de 1815; el cual sin cerrarse de modo absoluto a las importaciones extranjeras, establece claramente una política proteccionista para los productos de la región, determinando fuertes impuestos para las mercaderías extranjeras que puedan competir con ellos. Y que no se esgrima como argumento el lacónico “Tratado de Comercio entre la Provincia Oriental y la Gran Bretaña” que Artigas firmara el 2 de agosto del año 1817 apremiado por las difíciles circunstancias que atravesaba; porqué tanto los oficios que lo preceden como la documentación posterior, -planillas sobre los derechos de introducción y extracción en los puertos orientales-, ubican el sentido y alcance que por el Gobierno de Purificación tenía el llamado “Libre Comercio” y los límites que a éste se le imponían. A la verdad, que tanto los conceptos económicos consignados en la “Representación” y que han sido precedentemente citados como otros puntos que por Moreno son tratados en “La Gazeta” como en otros escritos serían suficientes para determinar que filosofía orientaba su pensamiento, pensamiento que además no debe desgajarse de las actitudes que el joven abogado asumiera desde su retorno a Buenos Aires. No obstante, estímase que pueden ofrecerse todavía más elementos representativos de su ideario.

“El Plano de Operaciones” Otra pieza importante para conocer el verdadero y contradictorio pensamiento de quien creía que “las personas decentes, eran blancas vestidas de etiqueta”, resulta ser, el célebre “Plano de Operaciones”. Durante algún tiempo, ciertos historiadores, caso de Paul Groussac y Ricardo Levene, que no podían aceptar que los próceres que ellos presentaban como perfectos, pudieran asimismo redactar escritos que el propio Groussac califica como “aborto disforme y bestial de un malvado o un imbécil”, pusieron serias dudas en cuanto que el autor del “Plano” fuera Moreno. No obstante no compartir el juicio de Groussac, que consideramos exagerado, debe decirse que, lamentablemente para los autores que rechazan la autoría morenista del “Plano”, las objeciones por ellos planteadas han sido levantadas una por una a través de concienzudos estudios posteriores, a los que remitimos al lector que en el tema quiera profundizar, caso de la


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obra de Norberto Piñeiro “Escritos de Mariano Moreno” y la ya citada de J. M. Rosa “Historia Argentina”.262 Por otra parte, existe constancia escrita que la Junta en votación secreta, encomienda el 18 de mayo a Moreno, -aún cuando después no se cumpla en su totalidad-, la redacción del “Plano de Operaciones que el Gobierno Provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata debe de poner en práctica para consolidar la grande obra de nuestra libertad e independencia”263, lo cual, no obstante la expresa resolución, no significa que en la elaboración del “Plano” no colaborase también Belgrano como poderosas razones lo hacen suponer, sobre todo en el caso de las alusiones a la Banda Oriental que en el mismo se formulen, dado que como se ha visto, Manuel Belgrano, se encontraba vinculado por sus intereses a la Banda Oriental en lo que es su costa oeste sobre el Río de la Plata. Ha de reconocerse que algunas de las recomendaciones del “Plano”, tienen semejanza con las ideas del jacobinismo. Así, por ejemplo, cuando se afirma que “debe de observarse la conducta más cruel y sanguinaria con los enemigos de la causa, (…) la menor semi prueba de hechos, palabras, etc. contra la causa debe de castigarse con la pena capital, (…) a los gobernadores, capitanes generales, mariscales de campo, coroneles, brigadieres que caigan en poder de la causa debe decapitárseles”; en cambio, a los amigos había que disimularles “si en algo delinquiesen que no sea concerniente al sistema (…) pues en tiempos de revolución ningún otro delito debe de castigarse sino el de la infidencia y rebelión contra los sagrados derechos de la causa y todo lo demás debe de disimularse”.264 Frases que textualmente aparecen escritas en el “Plano”. Las precedentes medidas se completarían con estrategias que tenderían a sembrar la discordia y el desconcierto sobre la base de mentiras y fingimientos. Por supuesto que todo este tipo de tácticas carentes de toda ética, no se agotaban en las ya mencionadas, pero ellas bastan para mostrar el espíritu que animaba al “Plano”. Por otra parte, las disposiciones e instrucciones citadas, motivarán los procedimientos que se sigan cuando el fusilamiento de Liniers y sus compañeros y sobre todo se actúe con particular saña en ocasión de la llamada “Campaña del Alto Perú”265 donde Castelli se encargará de dar cumplimiento cabal a las “máximas” expuestas en el “Plano de Operaciones”, lo cual acarreará, entre otras causas, la rebelión del pueblo y


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ejército de la región, inicialmente solidario. “Arcabucear” será el verbo reiteradamente preferido que se advierte en las órdenes dadas por Moreno; también cuando el ejército llegue a Potosí, y se disponga que “no quede ningún europeo”. Con referencia a esta conducta, se podrá argüir que era bastante común en los tiempos tormentosos que se vivían. Y algo puede haber de cierto, pero no se olvide que los propios compañeros de Moreno, caso de Ocampo y Vieytes, se rehusarán a acompañarlo en este baño de sangre que desencadene; también, el por muchos llamado “conservador” Saavedra no lo respaldará en esta política singularmente cruel y despiadada cuando propicie y redacte el durísimo “Decreto de Medidas Extraordinarias”. De peor tenor son las “Instrucciones Reservadas impartidas a Castelli el 12 y 18 de noviembre de 1810 por las cuales se establece “que en la primera victoria dejará que los soldados hagan estragos con los vencidos para infundir terror en los enemigos”. Sin duda, que “igual” comportamiento al de Artigas, al decir éste, después de su primera victoria en ocasión de la Batalla de Las Piedras: “clemencia para los vencidos”… Pero si parte de las medidas propiciadas responden, -son palabras de Moreno-, a un “sistema de sangre y rigor”, otras estarán caracterizadas por alentar la doblez y la intriga…

Martín García, colonia británica! Llama poderosamente la atención que el “jacobino” Moreno, tan intransigente y radical en sus procedimientos represivos, sea de tal lenidad cuando se trate del imperialismo inglés. Pensando en la necesidad de contar con su apoyo para liberarse de España, Moreno pondrá en serio riesgo la soberanía de los futuros países del Cono Sur con sus generosos e ingenuos ofrecimientos al Imperio Inglés. No son de extrañar los ofrecimientos a la Inglaterra precedentemente aludidos, ya que Moreno acepta con resignación en relación a América del Sur, también otras estrategias del Imperio. Así, cuando la supone favorable a la revolución, explica que ello ocurre “porque a la corte inglesa le interesa que América o parte de ella se desunan o dividan (…) y formen por sí una sociedad separada (…) donde la Inglaterra (…) pueda extender sus miras mercantiles y ser la única por el señorío de los mares”.266 Palabras éstas, que de ser oídas por George Canning, seguramente le harían alzar al


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astuto canciller inglés su vaso de auténtico y buen “scotch” brindando alborozado! Lo que sí resulta en cambio extraño, es que Moreno no imaginara la peligrosidad de sus ofrecimientos, ya que como lo exterioriza en varias oportunidades el autor de la “Representación” y el “Plano”, conocía los procederes del Imperio; a tal punto, que refiriéndose a este tema en artículos de La Gazeta, recalca “la vergonzosa e ignominiosa esclavitud en la que Inglaterra tiene a Portugal (…) a quien le chupa la sangre, por lo que tal vez sus colonias americanas se conviertan en inglesas algún día”. Ante tan lúcido juicio, acaso pensaba Moreno que la región Sur de América podía escapar a este destino con su tan cercana aproximación que al Imperio proponía? Como podía ofrecerles a los ingleses la estratégica isla Martín García! La propuesta para que los “señores del mar” operen en el sur con total libertad y tranquilidad será clara. Moreno en el “Plano” escribirá que conjuntamente “a las propuestas benéficas y ventajosas que nuestros agentes deben entablar en aquel Gabinete, -el británico-, con un tratado reservado (…) debería de ofrecérsele la isla Martín García cuyo plano debe mandarse sacar con todas las circunstancias de su magnitud anterior, extensiones, aguas, frutos y calidades de su temperamento y puerto; para que, probándola como una colonia, -textual-, y puerto franco a su comercio, disfrute de ella como reconocimiento de gratitud a la alianza y protección que nos hubiese dispensado en los apuros de nuestras necesidades y conflictos”. 267 El patriota Moreno, sincero partidario de la independencia argentina, no tomando conciencia de la peligrosidad de jugar con fuego, especialmente si éste lo encendía el Imperio inglés, quería como afirma el dicho popular: “abrirle la puerta del gallinero al zorro y meterlo adentro”. Comprendemos que desde su óptica podría hacerle reverencias a Inglaterra, pero caer de rodillas! Lo decimos con todo respeto: no se tiene derecho a dudar del patriotismo de Mariano Moreno, pero acaso no es legítimo dudar por lo menos de su correcto sentido de la realidad?

Incongruencias o ingenuidades varias Se ha visto la posición de Moreno ante el Imperialismo Británico al cual le abría de par en par las puertas de los mercados del Río de la Plata,


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basándose en las tesis del más ortodoxo “liberalismo clásico”, -para no llamarlo salvaje-, y comprometiendo de esta manera la independencia, que justo es reconocer, el secretario de la Junta con sus amigos, fue uno de los primeros patriotas en propiciar, aún cuando con las limitaciones ya mencionadas con anterioridad, dado que era una “independencia a lo Miranda”, lo cual podría convertir a la región en un “protectorado británico”, como algunos sostienen que en cierto momento lo fue. De todos modos, causa sorpresa que coexistiendo con la visión francamente liberal que Moreno expusiera tanto en la “Representación” como en el “Plano”, en este último se atreva a declarar que es enemigo de “las fortunas agigantadas en pocos individuos (…) que sirven de ruina a la sociedad civil (…) que con su poder absorben el jugo de todos los ramos de un Estado y en nada remedian las grandes necesidades de los infinitos miembros de la sociedad”. También asombra, y no debe ocultarse, que en el “Plano” se proponga que “se prohíba absolutamente que ningún particular trabaje minas de plata y oro, quedando al arbitrio de beneficiarla y sacar sus tesoros por cuenta de la Nación, y esto por el término de diez años (más o menos)”. Asímismo en el “Plano” se alude a la posibilidad de que “el Estado podría disponer de unos quinientos o seiscientos millones de pesos en poder de otros tantos individuos”, -aún cuando no se especifica con claridad si sería usufructuando las minas-. Si bien se trata de una propuesta puntual y acotada en el tiempo, cabe preguntarse si esta especie de “confiscación”, sumada a alguna otra, podría funcionar en las coordenadas generales del liberalismo económico defendido por el morenismo. A su vez, su socio y “protector”, el imperialismo inglés, podría prestar su apoyo a esta política “nacionalista”? Con todo el respeto, y por qué no? admiración que Mariano Moreno suscita, debe pensarse si su joven espíritu y carácter introvertido, como así sus muchas lecturas y vigilias nocturnas, no podrían haber incidido para alejarlo de la realidad, y moviéndose en un mundo de sólo teorías y deber ser, creer que con únicamente su indomable voluntad y energía era posible armonizar las antinomias de su pensamiento, evitar los peligros que surgían de sus riesgosas estrategias e imponerse a los hechos que se configuraban, cuando además carecía del debido respaldo popular, ya que debe decirse, era un “intelectual de biblioteca”.


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Senderos divergentes Dejando a un lado la posible viabilidad del proyecto morenista, aún el “jacobinismo” con que Moreno es presentado, puede ponerse en duda fundadamente. Si bien en el caso de las políticas que hacen referencia a la implantación del “terror” y las “confiscaciones”, puede haber ciertos puntos de contacto, como se ha visto en otros importantes y cruciales puntos se aparta abiertamente de la doctrina y conducta jacobina. No se trata de sólo considerar un aspecto puntual del morenismo. Por mirar sólo el árbol, puede no verse el bosque. Se impone, pues, un juicio que atienda a la totalidad de la propuesta y la obra de Moreno. En cuanto a la influencia en Artigas y por ende en su secretario Monterroso, basta cotejar los proyectos morenistas, -cuando éstos se estudian en su totalidad-, con aquellos que son propios del artiguismo para comprobar su ajenidad. Ni siquiera cuando se alude a Artigas en el “Plano de Operaciones” se puede establecer una aceptable conexión, ya que si se leen los párrafos que preceden a la mera mención del Caudillo, se comprueba que a este “sujeto”, -se refiere el “Plano” al Prócer-, por su gran prestigio en la campaña se tiene la intención de ponerlo al frente de un conjunto de “desertores, delincuentes, gente vaga y ociosa y otras muchas (…) que luego se apartarán como miembros corrompidos que han merecido aceptación por la necesidad”268Si bien es cierto que a Artigas y también a Rondeau, se les reconoce como “personas de talento, opinión, concepto y respeto”, la función que se les asigna debe de admitirse que no es muy honrosa, ya que se les asocia a “sujetos que por lo conocido de sus vicios son capaces de todo y tienen opinión popular por sus hechos temerarios”. Vaya reconocimiento!

Moreno adverso al federalismo El pensamiento del joven secretario de la Junta de Mayo expuesto hasta aquí, hace harto dificultoso que éste pueda identificarse o asemejarse con el ideario artiguista. A las diferencias notorias entre uno y otro, -son paradigmas diversos-, debe de sumarse la actitud contraria al federalismo de Moreno. En vano se ha intentado para relativizar esta actitud, hasta interpolar en sus escritos párrafos que no le pertenecen. Pero aún cuando no


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se hubieran hecho evidentes estas interpolaciones, -que se han demostrado de modo concluyente que lo son-, las ideas y actitudes del joven revolucionario son tan notoriamente antifederales, que estas frases, aún reconocidas como válidas, de poco valdrían. Sobre el antifederalismo de Moreno el autor ha recopilado en “Artigas y su derrota” los textos del joven abogado porteño que así lo muestran como también las opiniones de quienes buscan atenuar su posición, que a nuestro parecer no resultan convincentes. Pero Mariano Moreno no sólo no fue partidario del federalismo, sino también enemigo de la “Patria Grande”, alentando con sus ideas la fragmentación del continente. Si bien inicialmente se mostrará por lo menos partidario de la unidad de América, prontamente también se pronunciará en contra de ella y acorde a esto, escribirá el 6 de noviembre de 1810, bajo el título del “Miras del Congreso”: “Es una quimera, -afirma-, pretender que todas las Américas españolas formen un solo Estado. ¿Cómo conciliaríamos nuestros intereses con los del reino de México? Con nada menos se contentaría éste con tener estas provincias en clase de colonias (…) Oigo hablar generalmente de un gobierno federativo como el más conveniente a las circunstancias y estado de nuestras provincias, pero temo que se ignore el verdadero carácter de este gobierno y que se pida sin discernimiento una cosa que se reputará inverificable después de conocida”.269 Para evaluar de modo cabal las posiciones contrarias al federalismo sostenidas por Moreno, estímase que debe asimismo tenerse en cuenta su conducta claramente centralista, -que así se ve forzado a reconocer hasta el propio Ricardo Levene-, cuando debe encarar el tema de la integración de los diputados del Interior, -es decir de las provincias-, al Congreso General, de acuerdo a lo estipulado por el reglamento aprobado el 25 de mayo. Por la circular del 27 de mayo se preveía además, que estos diputados para familiarizarse con los asuntos sobre los que deberían legislar, podían integrarse a la Junta a medida que fueran arribando a Buenos Aires. Conforme a lo dispuesto por la aludida circular, el 18 de diciembre los diputados que habían llegado a Buenos Aires se presentan para incorporarse a la Junta. A consideración de la Junta el petitorio de los diputados, la misma accederá por mayoría, oponiéndose enérgicamente, aún cuando en definitiva no esté en contra Moreno, en carácter de secretario de


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la Corporación. Será a continuación de esta decisión que Mariano Moreno renuncie a la Junta, sin ser presionado y en principio no aceptándosela. Fue ante su insistencia que se le dio trámite, y también fue ante su pedido que se le nombró, ¡oh casualidad!, agente en Londres en reemplazo de su amigo y compañero del Club Hipólito Vieytes, manteniendo hasta su retorno el cargo nominal de secretario de la Junta. El objeto principal de la misión era adquirir armas y gestionar un acuerdo secreto con Inglaterra que protegiese la revolución. Tanto el nombramiento como las instrucciones para su misión fueron redactadas de puño y letra de Moreno. Su forzado desplazamiento y posterior envenenamiento no deja de ser una versión especiosa, carente de todo fundamento como se encuentra harto probado. En cuanto al viaje emprendido con rumbo a Londres, un dato cierto es que al fallecer Moreno el 4 de marzo de 1811, de peritonitis, su cuerpo fue arrojado al mar envuelto en la bandera inglesa. A su muerte, la prensa británica hizo su elogio. Aciago final de uno de los más vigorosos talentos con que contara la revolución.

Castelli y su posible jacobinismo Juan José Castelli era un hombre de acción y en esto se diferenciaba de Moreno, que como ya se ha dicho, era un “intelectual de biblioteca”; pero como en su caso, se advierten en él notorias contradicciones. Era hijo del veneciano Ángel Castelli, acreditado farmacéutico, su madre, María Josefa Vallarino, era hija de un opulento terrateniente, por ella se encontraba emparentado con Manuel Belgrano. Habiendo hecho Castelli sus primeros estudios en el San Carlos de Buenos Aires, cursó humanidades en Córdoba, finalizando sus estudios en esta Universidad en el año 1786. Cabe precisar que cuando los terminara, José Benito Monterroso tenía seis años!, lo que hace imposible establecer en este tiempo una relación entre ellos. Algunos historiadores conjeturan que muy posteriormente pudieron encontrarse cuando Castelli junto con Balcarce y Díaz Vélez, fuera enviado por el gobierno de Buenos Aires a dirigir la campaña en el Alto Perú en los últimos meses de 1810. Pero en las Tablas Capitulares de la Provincia Franciscana a la que pertenecía el fraile, en las cuales se registraban prolijamente los movimientos de los religiosos, no aparece Fray José Benito en el Alto Perú, sino como maestro de estudiantes


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en el Convento de Córdoba, cargo que por su naturaleza era muy absorbente. No es de extrañar este dato erróneo, ya que quien lo ofrece es Ramón de Cáceres en sus “Escritos Históricos”270, el cual, como se ha comprobado, hace en sus memorias numerosas afirmaciones infundadas. De todos modos, y aún cuando no existe prueba de un posible vínculo entre Castelli y Monterroso, se impone analizar la conducta y pensamiento del primero, en virtud que se le indica como “jacobino” y amigo, casi discípulo de Moreno. En el año 1786 se le encuentra a Castelli estudiando derecho en la Universidad de Charcas, regresando poco después a Buenos Aires donde abrirá su “bufete”. Según el conocido oficial inglés Milles, y no obstante sus poderosos y acaudalados clientes ingleses, posteriormente a instalar su estudio ya “estaba imbuido de los principios de la revolución francesa y muy al corriente de ella”. Curiosamente, y ejemplo típico de la amalgama de ideas un tanto o mucho contradictorias entre sí, a pesar del conocimiento al que hace referencia Milles, en la reunión del congreso vecinal convocado por el Cabildo de Buenos Aires en la mañana del 22 de mayo de 1810, al Castelli intervenir brillantemente, -su elocuencia de gran tribuno es indiscutible-, fundamentó su tesis, sobre la soberanía popular; aduciendo la no autoridad de la Junta Central que “al haber caducado el gobierno soberano de España al no reconocerse la legitimidad de la Junta Central, debía deducirse la reversión de los derechos de la soberanía al Pueblo de Buenos Aires y su libre ejercicio en la instalación de un nuevo gobierno”271. La “reversión” es la clásica tesis de Suárez, ya que para Rousseau esta “reversión”, -retorno de la soberanía al pueblo-, es inadmisible, ya que claramente afirma que la soberanía no puede traspasarse. Seguramente que a Castelli a raíz de su paso por Córdoba, le habrían quedado resabios de su formación suareciana. La ya mencionada “aleación”, sino química, intelectual y de la cual también se advertirán trazas en su comportamiento, le permitirá al joven abogado y vocal de la Junta de Mayo, asumir sin duda que en notable y hábil alegato, la defensa del espía enviado por el Imperio Inglés, el cirujano Paroissien, del que ya se ha aludido en este trabajo, logrando el talentoso defensor, su liberación, cuando iba a ser sentenciado a muerte. Los jóvenes que ya con anterioridad a la Revolución de Mayo tendrán una actitud proclive a Inglaterra, se reunían en el “Café de Marcos”


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y algunos de ellos integraban el “Club”, remedo del de los jacobinos; de entre quienes se encontraban en las tertulias y tenidas del famoso café, saldrán los fundadores de la tan alabada por muchos “Sociedad Patriótica”. Los jóvenes revolucionarios a los que se ha aludido precedentemente, y entre los que se encontraba Castelli y Moreno, mantendrán asidua correspondencia con el embajador extraordinario del Imperio Británico residente en Brasil, el conocido Lord Strangford, que en forma coincidente con el “Plano de Operaciones” de Moreno, en base a la fluidez de relaciones con estos patriotas “a lo Miranda”, se atreverá a exponerle, -cuando era tan cauteloso-, nada menos que al mismísimo Canciller, Marqués Richard Wellesley, el 1º de setiembre de 1810, la perspectiva “de poder establecer una colonia inglesa, -acaso Martín García?-, en el centro de estas costas, (…) que le permitirá tener la llave del océano Pacífico y de las Indias Orientales, por la ruta del Cabo de Hornos”.272 Las especulaciones de Strangford tenían su fundamento además en los contactos que mantenía con el delegado de la Junta Matías Irigoyen, el cual después se pensaba enviar a Inglaterra, y que será sustituido por Moreno, que como se sabe, fallecerá en la travesía hacia Londres. En carta anterior a la aludida, -30 de mayo-, Strangford, expresará que en una conversación el delegado le planteó la conveniencia de que Inglaterra prestara su protección y ayuda (…) y que a través de una convención secreta, recibirá “como justo precio todo beneficio y favor que la gratitud nacional pueda acordar, o que pueda ser requerida por su gobierno y sus mercados”.273 Coherentemente con este “amistoso” clima, ya producida la Revolución de Mayo, por gestiones de Mr. Mackinnon, -presidente bonaerense de la Sociedad de Mercaderes de Londres y discreto a la par que astuto espía del Imperio-, la Junta recibió al comandante de la escuadra inglesa, Charles Montagn Fabian. El comandante que conversó con la ayuda de un intérprete y acompañado de su “estado mayor”, informará el 29 de mayo a su superior el almirante de Courcy, que los integrantes de la Junta le manifestaron que “no sólo se daría protección a los ingleses, sino que se haría mucho más, pues su propiedad no sería molestada, al contrario, y se le darían todas las facilidades posibles a alentarlos entre nosotros”. Según se desprende del informe del comandante inglés, uno de los miembros de la


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Junta que hablara más explícitamente fue Castelli. Estas palabras no quedaron en halagüeñas promesas para crear un clima de distensión y las “facilidades posibles” prontamente se tradujeron en generosas medidas a favor del comercio británico, porque el 5 de junio, se rebajaron en un 100% los derechos de exportación y el 15 de julio se declaró libre la salida de oro y plata sin más recaudo que pagar derecho como “mercancía”, tratamiento éste coincidente con el que se había solicitado en la “Representación de los Hacendados” redactada por Moreno.274 El recibimiento de la Junta y las palabras dichas a la Armada Británica, pueden explicarse y hasta justificarse, en cuanto a llevar tranquilidad a la potencia extranjera y no crear nuevos frentes de lucha. Todo ello muestra una estrategia en la que tuvieron parte principal las figuras más representativas del jacobinismo porteño, pero que, si se suma a los demás pasos que se dieron en dirección al Imperio Británico, ello trasciende lo meramente táctico y evidencia una anglofilia, que poco tiene que ver con los jacobinos franceses y mucho menos con Artigas y su secretario.

“La liberación de la indiada” No debe de inducir a confusión para determinar la auténtica filosofía que animaba a Castelli y sus compañeros, la actitud que asumiera ante los indios. Es cierto que les prestará particular atención, pero ello será respondiendo a una interesada estrategia y desde un pensamiento europeizante, liberal e individualista. Mariano Moreno en ocasión de la expedición al Alto Perú, le impartirá a su compañero de “club”, instrucciones precisas, las cuales en su numeral 15, expresaban la necesidad de “conquistar la voluntad de los indios”, instrucciones éstas que dictara a Azcuénaga y que Castelli recibiera por su intermedio. El historiador Busaniche en su “Historia Argentina” mencionará esta orden, transcribiendo el fundamento dado por Moreno: “Mandará emisarios a los indios que les hagan entender que la expedición marcha en su alivio, tratando siempre de tener la indiada de su parte”. Pero el “alivio” que para tener de su parte a la “indiada” quieran darle, estará animado por las ideas sostenidas por los “civilizados” que, imbuidos del más craso individualismo, consideraban la tradicional


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organización comunitaria de los pueblos misioneros, que los religiosos respetaron y potenciaron, como una práctica retardataria que sojuzgaba a los indios. De este modo para “liberar” y “aliviar” a los naturales, siguiendo los principios más ortodoxos del liberalismo manchesteriano, Castelli según narra con entusiasmo su biógrafo, -por no decir panegirista-, Julio César Cháves, en el libro que dedicara a su vida: “Castelli, el adalid de Mayo”, impondrá como forma “progresista”, el franco, -libre-, comercio y la libertad de avecinamiento, como así permitir el trato de los indios con la “gente civilizada”, -se sabe los prejuicios que esta medida acarreó a las misiones guaraníticas cuando ésta se impuso a las mismas-; y también establecer de “una plumada” la propiedad privada y repartir el ganado de la comunidad, con la consiguiente supresión del régimen misionero en los pueblos de Mojos y Chiquitos. Con la instrumentación de la política precedentemente aludida, se quebrará violentamente el fuerte entramado del tejido comunitario propio de las civilizaciones indígenas y las medidas cautelares que los defendían de la avidez de los “civilizados” españoles y criollos; medidas éstas que el gobierno de Purificación volverá a implantar cuando disponga que los europeos y criollos, comenzando por los administradores de los pueblos, abandonen las misiones, para que los indios puedan gobernarse por sí mismos. Obviamente que todas las disposiciones aplicadas por Castelli se llevaron a cabo al socaire de altisonantes proclamas que determinaban la “igualdad del indio con el criollo”. Las medidas comentadas e impulsadas por Castelli agregará la muy saludable promesa de que los indios tendrían derecho a concurrir con sus diputados al Congreso a instaurarse, promesa que nunca llegó a cumplirse, con lo que la “indiada” se quedaría sin diputados, pero eso sí, con propiedad privada, libre comercio, y los criollos dentro de sus pueblos, con la posibilidad de esquilmarlos. Por supuesto que no pueden ponerse en duda las buenas intenciones de Castelli al buscar aplicar las medidas que propiciaba, pero ellas evidencian el desconocimiento de la idiosincrasia de los pueblos indígenas, a los cuales se les pretendía “vestir a la europea”, imponiéndoseles las estructuras mentales de los esclarecidos revolucionarios y teóricos del mundo civilizado… Todas las reformas “progresistas” que se impulsaron por el gobierno instalado en el Alto Perú, fueron acompañadas con discursos del gran


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tribuno que era Juan José Castelli, el cual enfervorizado por su propia oratoria, quería ser oído por los naturales para lo cual convocaba a los caciques y curacas que llegaban acompañados de multitud de indios, que por su parte nada o poco entendían ya que la mayoría apenas si comprendían y hablaban el español. Resulta verdaderamente patético lo ocurrido cuando para celebrar el 25 de mayo, Castelli convocó a una asamblea de indios entre las imponentes ruinas del Tiahuanaco, en cuyo lugar también “conmemoraría la antigua patria de los indios que Buenos Aires resucitaría”. A dicha conmemoración seguiría un convite, razón por la cual los indios, -aún cuando ya distanciados del Ejército del Norte por la conducta antirreligiosa y agresiva de Monteagudo y algunos de sus oficiales-, decidieron concurrir. Juan José Castelli habló largamente sobre los “derechos del pueblo”, escuchando la perorata la “indiada” en absoluto silencio. En determinado momento el Vocal de la Junta Porteña, arrebatado por su propio discurso, y señalando hacia Zepete, lugar donde se encontraban acampados los españoles, y el suyo, en Laja, exclamó: “Aquél es el gobierno de los déspotas que os han oprimido tres siglos, éste es el del pueblo que viene a libertaros. Vosotros ¿qué queréis?” Los indios, entonces, al unísono, respondieron en forma inmediata: “Abarrente, tatai, abarrente”, - aguardiente, señor, aguardiente-. La respuesta de la “indiada”, sencilla y espontánea, evidencia de modo dramático que el “pueblo” invocado por los revolucionarios que se reunían en el “Café de Marcos”, se encontraba años luz del auténtico pueblo que querían liberar. La estrepitosa derrota sufrida en Huaqui así lo confirmará. Lamentablemente, muchos estudiosos no llegarán a calibrar la “ideología” que animaba a los “cambios liberadores” que se propiciaban; incluso, el historiador Salvador Cabral, al que tanto apreciamos por su excelente libro sobre Andresito Guacararí, auténtico caudillo guaraní que se encontraba en las antípodas de Castelli.

Monteagudo y Vieytes: amigos de Moreno y Castelli Moreno y Castelli no formaban con sus ideas un grupo aislado; otros los acompañaban, caso de Bernardo Monteagudo y Juan Hipólito Vieytes. Monteagudo había estudiado en la Universidad de Charcas, nada menos que


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Sagrados Cánones y Teología, aún cuando después se tornase un furibundo volteriano. Prontamente incorporado a la Revolución, y dadas las condiciones intelectuales y capacidad de liderazgo, -era también un eximio orador-, Castelli lo designará su secretario. Se sentía totalmente identificado con el pensamiento de Moreno, a quien en “La Gazeta”, sobre todo en ocasión del levantamiento popular de los “orilleros”, declarados antimorenistas, elogiará entusiastamente en artículo del 20 de diciembre. Previamente había también asumido la defensa de Castelli en otro artículo, publicado el 29 de noviembre. La identificación sin duda fervorosa con el ideario morenista, -más allá de su evolución posterior-, tenía no obstante sus limitaciones, ya que como es indiscutible y harto probado, Mariano Moreno era un ferviente católico, y en cambio Monteagudo combatirá a la religión con furia. Cuando Castelli lleva a cabo la campaña en el Alto Perú, Monteagudo entrará a los templos acompañado de un pequeño grupo de oficiales que lo secundaban y, con gran escándalo especialmente de los indios, cometerá toda clase de desmanes sacrílegos. Famoso será su sermón en la Iglesia de Laja, donde revestido con los ornamentos sagrados “predicará” sobre que “la muerte es un largo sueño” haciendo escarnio de las creencias del clero y los fieles. Su campaña antirreligiosa, permitida por Castelli, hombre de inteligencia no común pero de débil carácter, tendrá muy graves consecuencias para la Revolución, dado que el pueblo que los había recibido de modo apoteótico, los abandonará, para apoyar en cambio el español Goyeneche, lo que traerá aparejado la desastrosa derrota de Huaqui275. Debe precisarse que en su saña antirreligiosa Monteagudo tampoco coincidirá con el jacobino Robespierre, ya que el “Incorruptible” desaprobará vehemente el combate contra la religión e instaurará, como se sabe, el culto al Ser Supremo. Casi demás está decir, que con Artigas y Monterroso. Un dato en relación al real modo de pensar de Monteagudo, lo revela la actitud que asuma con los diputados orientales representantes del Congreso de Tres Cruces, en oportunidad de la realización del Congreso del Año XIII a celebrarse en Buenos Aires. Como ya se ha expresado en este trabajo, Bernardo Monteagudo integrante del Congreso, será uno de los enemigos más acérrimos a su incorporación, siendo precisamente el


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encargado de redactar el informe de la comisión que aconseje el rechazo de los diputados, parecer que finalmente se aprobara por los congresistas. La conducta de Bernardo Monteagudo, tan ajena al federalismo y al artiguismo, se hace también patente ante la elección de Alvear, uno de los más acerbos enemigos del Caudillo Oriental. Monteagudo fue el más activo y entusiasta partidario de la elección del fatuo Carlos de Alvear como Director Supremo. Debe de recordarse que durante su desempeño como Director, éste enviará al tristemente célebre José García a tratar de entrevistarse con Strangford, solicitando, a través de instrucciones reservadísimas, el establecimiento de un protectorado británico para el Río de la Plata. Recuérdese, por su significación, el ofrecimiento que a Inglaterra se hacía en las mencionadas instrucciones en las que se decía: “Estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer a su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan sin condición alguna a la generosidad y buena fe del pueblo inglés”.276 Posteriormente, e impulsado por su adversión al federalismo artiguista y el temor que le suscitara la creciente influencia de Artigas en las provincias y sus caudillos, enviará a Elías Galván el 2 de noviembre de 1815 y posteriormente a Guillermo Brown a entrevistarse con el Prócer, proponiéndole la independencia absoluta de la Banda Oriental, siempre que reconociera la autoridad y control del gobierno de Buenos Aires sobre Entre Ríos y Corrientes. El contundente rechazo de Artigas a esta propuesta, que hacía añicos el auténtico proyecto federal, lo llevará a comentar al historiador liberal Vicente Fidel López, con mucho enojo, que Artigas: “con su estúpida terquedad iba a poner en declive al país”277. Bueno es recordar nuevamente, a partir de cuándo y por quién comienza a hablarse de la terquedad del Caudillo Oriental…; no será de extrañar en Vicente López, ya que ha sido uno de los escritores que más ha calumniado al “Protector de los Pueblos Libres” y a su secretario Monterroso, calificándolo incluso al primero de “loco y bellaco”.278 En cuanto a los defensores de Alvear, se aduce para justificar su pedido para crear un protectorado en el Cono Sur, que ello fue motivado ante la amenaza de una posible invasión de España, con la expedición del general Pablo Morillo, que en definitiva se dirigió a Venezuela. Algo de esto podría haber, pero lo cierto es que los ofrecimientos de entrega menudearon y sin mediar esta amenaza de invasión. Por otra parte, si de


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temores se habla, no cabría preguntarse si no se tendría miedo en realidad, al “anarquista” que pensaba “nada podemos esperar sino de nosotros mismos” y que acaudillaba a la “chusma insurgente”, con el consiguiente peligro de que ésta llegara algún día a gobernar? En cuanto a Monteagudo, volviendo a su antifederalismo, él es tan claro, que su propio biógrafo Mariano Pelliza, -quien por otra parte fue quien por primera vez publicó las hoy célebres “Instrucciones del Año XIII”-, no tiene inconveniente en reconocerlo, escribiendo que aquél “en su periódico atacó enérgicamente aquella tendencia a cuyo favor veía manifiestas inclinaciones que perjudicaban la marcha del Poder Ejecutivo”.279 Sin duda, que los elementos de juicio aportados, no permiten establecer una sintonía entre “Don José” y estas figuras, de reconocido, fuerte y brillante relieve, pero, se reitera, con paradigmas muy diversos a los del artiguismo. A estos personajes, se suma Juan Hipólito Vieytes, personalidad intelectual eminente, el cual al inicio de la Revolución desempeñara importantes cargos y que si no hubiera fallecido en el año 1815, seguramente habría alcanzado un protagonismo descollante en el período revolucionario280. Podría decirse que Vieytes era hombre más mesurado que sus otros hermanos jacobinos, pero también como ellos admiraba a los economistas liberales. Le unía también el formar parte de la Sociedad Patriótica y la Logia Lautaro, entidades en las que con Monteagudo se destacaba por su actividad. Habiendo Vieytes hecho sus estudios también en el San Carlos, al culminarlos, aún cuando tenía condiciones para alcanzar un grado académico, prefirió dedicarse a la industria jabonera. Precisamente en su jabonería, -que era un importante establecimiento-, se reunían los patriotas a conspirar; debe decirse que su actividad comercial no ahogó sus intereses intelectuales, convirtiéndose en un hombre de continuas lecturas, las cuales versaban especialmente, sobre temas agrícolas, industriales y políticos. Sincero patriota, como sus amigos del “Club”, estaba convencido que la solución para las colonias americanas era la asociación, -o subordinación-, poco menos que incondicional con el Imperio Inglés. Más osado que alguno de sus compañeros, la estrategia que propiciaba lo llevará a que cuando ocurran las invasiones inglesas, con audacia que supere a la de


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sus amigos, que lo pensaban pero no lo escribieron, Vieytes publicará en el “Southern Star” o “Estrella del Sur”, dos artículos en forma de carta, donde afirmará que “el rechazo a la dominación británica es fruto de la más desaforada ignorancia”. Influido grandemente por las ideas de los fisiócratas; “la agricultura es la más noble ocupación del hombre”, -dirá Vieytes-, en su pensamiento híbrido; será a su vez un gran admirador de Jovellanos, y sobre todo de Adam Smith, al que califica de “sublime economista”. Sin duda que habrá de ser el autor de “La Riqueza de las Naciones”, quien le inspire “un sagrado respeto hacia la propiedad privada”, y le haga definir, “que el bien público se compone de la suma de los bienes particulares”, basándose en una filosofía reduccionista de neto corte individualista, descartando la tradicional y fermental noción, -cuando se entiende correctamente-, de “bien común”; muy distinta por naturaleza al mero “bien público”. Sus ideas económicas, permeadas totalmente por las ideas de la escuela liberal clásica, pueden leerse en el “Semanario de Agricultura, Industria y Comercio” que publicara puntualmente desde 1802 a 1807. De todos modos, y como sus demás amigos, que sin duda eran decididos partidarios de la Independencia, -o del protectorado inglés-, Juan Hipólito Vieytes, en el Cabildo Abierto de la Semana de Mayo, se adherirá al voto de Pascual Ruiz Huidobro, que abogaba por la cesación de la autoridad por parte del Virrey, y su reasunción, -tesis suareciana, por el Cabildo representante del pueblo. Aún cuando Vieytes no haya participado de las draconianas ideas impulsadas por Moreno y cumplidas por Castelli y Monteagudo, determinar con precisión su ubicación en el campo de las ideas, particularmente las económicas y políticas, contribuye dada su cercanía a los “jacobinos” del “Club”, a conocer con más claridad el “paradigma” de este grupo de sin duda brillantes figuras que representan un conjunto de ideas y conductas tan contradictorias y que, creemos, tan poco tienen que ver con Artigas y su secretario Monterroso.

Un encuentro significativo En el presente trabajo en torno a la figura de José Benito Monterroso, el lector habrá de permitir una, en principio disgreción de


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carácter personal, y decimos en principio, porque en realidad solo aparentemente lo es, ya que la anécdota a la que se hará referencia, está estrechamente vinculada al secretario de Artigas y a la postre resulta un aporte iluminador con referencia a la “enigmática” personalidad del fraile. El autor de este trabajo, siempre sintió una gran admiración por la profesora Lucía Sala, y no sólo por ser una eximia historiadora, sino también por sus cualidades humanas, entre las que se destacaba su humildad, calidez y valiente coherencia y compromiso con sus ideas y valores. Curiosamente, no obstante haber leído prácticamente casi todos sus excelentes trabajos, no había tenido la oportunidad de conocerla. Recién, poco antes de fallecer, pudo al autor ofrecérsele la ocasión de con ella encontrarse. Entonces Lucía Sala, mirándolo a los ojos, con mucha cordialidad pero también firmeza le dijo: “Cayota, usted debe de estudiar a fondo a los franciscanos, ello arrojaría mucha luz sobre Monterroso”. Las palabras de tan prestigiosa historiadora, -por quien las profirió-, no sólo constituyeron para el autor un fuerte estímulo para profundizar en el tema mencionado, sino porque también significó una importante orientación para desentrañar la matriz “ideológica” del franciscano. El sabio consejo dado, fue un espaldarazo a la investigación que se iniciaba, ya que la historiadora Lucía Sala, no sólo, como se sabe, había efectuado importantes investigaciones sobre el artiguismo, sino porque creemos que fue quien por vez primera había calificado a Monterroso como jacobino. Pensamos que aún cuando ello, -lo decimos con gran respeto-, no coincide totalmente con nuestro punto de vista, ello evidenció una gran perspicacia ya que la profesora Lucía Sala comprendió que al franciscano no podía identificársele con las corrientes liberales en su tiempo en boga, y que con sus posiciones rompía las coordenadas de tal filosofía, resultando además una personalidad gravitante en el artiguismo. También, que con el consejo dado, estaba manifestando que para alcanzar un conocimiento acabado sobre Monterroso, era necesario un estudio cabal en relación a determinadas corrientes franciscanas. Obviamente que no queremos valernos del testimonio de una persona fallecida, en este caso ilustre, para convalidar nuestras posiciones, que deben de juzgarse por los elementos aportados en este trabajo; y por supuesto, mucho menos, modificar los puntos de vista de la destacada historiadora. Creemos en cambio, que la opinión, en realidad consejo, que


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Lucía Sala nos diera, confirma la importancia de la corriente franciscana estudiada, importancia que Lucía Sala, por otra parte, con su fina percepción en sus últimos años ya había advertido.

Un cambio radical No obstante ponerse seriamente en duda la incidencia de las ideas jacobinas en Monterroso y por ende en Artigas; con referencia a la gravitación que en el pensamiento del Caudillo tuviera el franciscano, parece configurar un elemento claramente a su favor, la vida que Artigas llevara con anterioridad a radicarse en Purificación. Y ya que a radicalismos se alude, puede afirmarse que como consecuencia del cotejo entre ambos períodos de su existencia, se constata, a partir especialmente del año 1815, fecha en que asumiera el franciscano como su secretario, un cambio radical, que estímase es atribuible a éste. Como reacción a los elogios en ocasiones ditirámbicos y a la literatura casi hagiográfica en torno al Prócer que hiciera irrupción a partir de fines del siglo XIX; en los últimos tiempos se ha recordado la vida primera de Artigas como changador y posteriormente como blandengue, en algunos casos buscando reubicarlo legítimamente “en su entorno social y humano y real”, rescatándolo de un “proceso de idealización extremo, presentando por el contrario al individuo de carne y hueso”. En otros, ha revivido casi la furia antiartiguista de los tiempos de la “leyenda negra” y con pasión iconoclasta se arremete contra el “mito artiguista inventado”. En cuanto a las épocas en que Artigas fuera changador y tropero, debe de decirse que el autor de este trabajo ha debido corregir su opinión desde que leyó el excelente y muy poco comentado trabajo de Eugenio Petit Muñoz, en el cual de modo creemos que concluyente, con gran rigor documental, prueba que el famoso “Pepe Artigas” no es el Prócer sino un familiar de éste de igual nombre, y que con ahínco se dedicaba al contrabando. Como hasta el presente nadie ha rebatido los sólidos elementos de juicio aportados por Petit, reclamamos el derecho de rechazar la actualmente extendida versión que identifica al “Pepe Artigas” malhechor de los informes y procesos penales incoados en la postrimerías del siglo XVIII con quien después fuera el Caudillo Oriental; lo cual no quiere significar por supuesto, que pueda asegurarse que éste no haya incurrido


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ocasionalmente en alguna tarea de contrabando, tan común en la época, al punto que hasta los muy reverendos padres jesuitas lo hacían para evitar las agobiantes gabelas que imponía el Consulado español. De ahí probablemente la decisión de Artigas de acogerse al indulto promulgado y previsto para ingresar al Cuerpo de Blandengues y el cual sólo contemplaba la amnistía para delitos menores. De todos modos, para disipar dudas, si las hay, incluyendo temas como el posible indulto a Artigas previo a su ingreso al Cuerpo de Blandengues, etc, etc. se recomienda la lectura de la investigación llevada a cabo por el historiador Petit Muñoz y que fuera leída en sesión solemne en la Junta Departamental de Montevideo con fecha 22 de setiembre de 1969, bajo el título de “Artigas y la función pública” y posteriormente publicada por dicha Corporación.281 Con referencia a los años en que José Artigas fuera blandengue, sobre todo en las últimas décadas se ha recordado con especial empeño y acopio de datos, sus acciones reprimiendo a los indios belicosos, ladrones y contrabandistas. De todos modos, y en virtud del trabajo de Petit Muñoz nos parece un exceso de imaginación figurarse al oficial de blandengues “enfrentándose con sus compinches” de antaño, dado que quienes aparecen en los ya aludidos informes de la época, lo fueron de otro Artigas. Pero lo cierto es que el blandengue Artigas reprimió con energía a los indios infieles y díscolos y a los malhechores que infestaban por entonces la campaña. Es el propio Artigas quien informa sobre sus acciones expresando: “castigué a los indios, apresando a barios, matando a otros, y quitándoles muchos cavallos”282. El doctor Leonel Cabrera Pérez en interesante trabajo publicado en “Nuevas miradas sobre Artigas”, bajo el sugestivo título: “Cuando los “infelices” eran perseguidos” 283, transcribe no pocos informes, donde el oficial Artigas, aparece procediendo a reprimir a los bandidos de la campaña e indios infieles, con los métodos comunes en la época y singular energía y eficiencia. Según los documentos transcriptos, será este proceder una de las razones que le confiera prestigio y autoridad en la Campaña. Si no existen pruebas contundentes de que anteriormente fuera un malhechor, -y no las hay-, tampoco puede afirmarse que en su pasaje de changador y hombre suelto de la campaña a blandengue, haya dado un salto de tal naturaleza que lo colocara en las antípodas de lo que fue. El cambio


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se dio, pero no debe de exagerarse. Por otra parte, su actuar como blandengue se ajustó en un todo a los criterios de la época, no diferenciándose de la conducta de los demás oficiales a él contemporáneos. Si especialmente se destacó, fue por su probidad, y en la confianza que suscitara, no sólo ante las autoridades españolas sino entre los hacendados y los propios paisanos y gauchos, sin excluir a los indios, que luego lo siguieron hasta el fin y muchos, dando su vida. Difícilmente lo hubiera logrado si mucho tiempo antes era un sujeto de avería… En el presente trabajo no existe el más mínimo interés en ocultar o disimular el proceder de Artigas cuando blandengue. Todo lo contrario! En realidad es motivo de satisfacción, porque ello confirma la modesta tesis que hemos venido sosteniendo desde hace mucho tiempo, en cuanto a que en el pensamiento y obrar del “Protector de los Pueblos Libres”, se dio una evolución y que el artiguismo fue obra de un proceso paulatino y dinámico. Ello prueba que se dio un cambio, ése si sustancial, cuando a partir de 1815 y desde el Gobierno de Purificación, se comienza a legislar y adoptar medidas a favor de los indios. El proceder de Artigas cuando blandengue no debe ser motivo de asombro y menos de ocultamiento. Por el contrario, debe de agradecerse a quienes realzan su conducta en este tiempo, porque ello permite evidenciar más claramente su evolución posterior e inquirir en sus causas. Más allá de la preocupación que ciertos españoles demostraban por los “infelices”, el desempeño del oficial de blandengues es, se reitera, la conducta habitual de los hombres de armas de su tiempo, que naturalmente buscaban solucionar los problemas y “desórdenes de la campaña” con medidas exclusivamente policiales y represivas. A lo largo de las páginas de este libro se han transcripto numerosos documentos que comparándolos con los meros procedimientos del blandengue evidencian una nueva visión sobre los indios y los “infelices” en general, animada por una específica filosofía. Cabe preguntarse cómo y porqué se produjo esta “metanoia”, al decir de los griegos, sino hubo como en el caso del “Apóstol de los gentiles” una especial iluminación entre su conducta como Saulo, y su comportamiento como San Pablo. No transcribiremos nuevamente los conceptos expresados y medidas adoptadas en Purificación en torno al tema de los “infelices”, y que no se reducen al Reglamento de Tierras, sino que constituyen una constante


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durante todo el período en que Monterroso actuara como secretario y consejero del Jefe de los Orientales. El lenguaje de los documentos de Purificación, cuando alude a los “infelices” y particularmente a los indios cambia y se vuelve paternal, en ocasiones no exento de ternura, rasgo no común en un hombre como Artigas de estirpe aragonesa, y en donde “sus sentencias éticas y jurídicas” se encuentran impregnadas de una gran calidez humana, que además se acompañan de gestos de generosa acogida que comprometen existencialmente al Prócer y trascienden las meras declaraciones. Debe admitirse, que para quien no se encuentra familiarizado con las ideas y valores de las corrientes “proféticas” presentes desde los inicios del descubrimiento de América en el Continente, le resulte dificultoso individualizar las mismas en los documentos del Prócer durante el período de 1815 a 1820. Pero si, venciendo prejuicios, se decide adentrarse en el “mobiliario” conceptual de estas corrientes, puede llegarse a conclusiones novedosas. Con anterioridad a la secretaría del fraile Monterroso no se encuentran estos elementos y acentos. Tampoco, bueno es precisarlo, en disposiciones de otros próceres que legislen a favor del indio, salvo en el caso de Hidalgo y Morelos, que confirman lo expresado. La papelería de Purificación no sólo expresa los conceptos propios de estas corrientes sino que hasta se sirve de los vocablos, giros e imágenes usados tradicionalmente por las mismas. Con los elementos de juicio aportados, dejamos al lector, responder en qué o a quién se debieron estos cambios en la visión y conducta del Prócer.

Un tema pendiente Afirmaba Paul Valery que no existen poemas terminados, indicando con ello la dramática finitud de toda obra humana, que si se aplica a la creación poética de los artistas, cuanto más a lo que podría denominarse un “balbuceo” historiográfico. Se ha intentado, con las limitaciones propias del autor, dibujar con nitidez ante el lector la figura de Monterroso que la historia convencional ha presentado en el mejor de los casos con caracteres borrosos, cuando no distorsionados. Para ello se ha tratado de reunir el mayor número posible de elementos de juicio.


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No obstante, ha quedado por lo menos uno pendiente. Se trata de la posible vinculación del franciscano con el milenarismo. Esta corriente teológica estuvo presente en la Colonia y también fecundó en buena medida alguna de las corrientes religiosas actuantes en los movimientos independentistas. Convencidos de su importancia, estamos reuniendo material histórico atinente a este movimiento y si el Señor de la Vida y la Muerte, y también el tiempo nos lo permite, hasta amenazamos al lector con escribir un libro sobre el punto. El tema es de tal magnitud que lo amerita. En el presente trabajo sólo aludiremos a él, para ayudar a ampliar de este modo nuestro campo visual historiográfico. En cuanto al tema precedentemente mencionado, debemos aclarar que no somos milenaristas. Bueno fuera que quien se interesa y estudia un tema, por el hecho de hacerlo, lo fuera! Pero confesamos sí, que creemos es una temática apasionante para investigar. De todos modos, para el lector no iniciado, conviene aclarar qué es el milenarismo. Debe comenzarse por precisar que nada tiene que ver con las expectativas y temores que se afirma, -cada vez se duda más de ello-, que se habrían suscitado al acercarse el año mil de nuestra era en la edad media europea. La doctrina milenarista en cambio, se basa en una interpretación del capítulo XX del Apocalipsis, sosteniéndose que previamente a la Parusía, Cristo se haría presente en la tierra instaurando un reino que duraría simbólicamente un milenio, de justicia y paz, particularmente para los pobres y los afligidos. Una de estas interpretaciones, excesivamente materialista, -llamada carnal-, fue condenada por la Iglesia. El restante milenarismo, -denominado espiritual-, después de los primeros siglos del cristianismo, fue mirado en forma sospechosa dando lugar a varias “monitionis”, la última que se tiene conocimiento, es una advertencia de la Santa Sede de fecha 28 de julio de 1944 en la cual se prohíbe enseñar que Cristo reinará corporalmente en la tierra antes de la plenitud de los tiempos. A lo que los partidarios del milenarismo mitigado, arguirán que no es tal cosa lo que ellos enseñaban. Cabe señalar que precisamente en la década de los años “cuarenta”, se dio un rebrote milenarista en el Río de la Plata, del que formaban parte algunas figuras destacadas. Durante los primeros siglos de la Iglesia muchos “Santos Padres” fueron partidarios de este segundo milenarismo “mitigado” y a través de los siglos posteriores esta interpretación del capítulo XX del Apocalipsis, cada tanto, ha ido reapareciendo. Así por ejemplo, cuando la


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conquista de América, en no pocos de los primeros evangelizadores franciscanos. Durante el período previo al estallido revolucionario y durante los movimientos independentistas hispanoamericanos, reapareció en el Continente, sobre todo a través del jesuíta chileno Manuel Lacunza y su libro “La venida del Mesías en gloria y majestad”, obra ésta que tuviera importante difusión en los ambientes especialmente religiosos, aún cuando incluso se ofrecía en venta en avisos aparecidos hasta en “La Gazeta”. Está probado que tres grandes patriotas chilenos, los franciscanos José Javier Guzmán Lecarós, José Antonio Bauzá y José María Bazaguschiascúa eran milenaristas; también se encontraba vinculado a este movimiento el conocido y benemérito franciscano oriental José Benito Lamas. En Córdoba, no fueron pocos sus partidarios. En nuestro caso, poseemos una carta, nada menos que de Monterroso, en donde pide el “librito de Lacunza”: también Fray José Leonardo Acevedo, secretario y consejero de Andrés Guacurary, -a quien en excelente obra rescató del ominoso olvido Salvador Cabral-, estuvo vinculado al movimiento. Como ya se señalara, el tono un tanto “mesiánico” de algunos escritos de Andresito, -léase Acevedo, y ciertas citas bíblicas son propias del espíritu milenarista. Acaso, en algunos escritos de Purificación no pueden hallarse también “vibraciones” similares? En ocasión de mencionar al franciscano Acevedo, se impone decir que no casualmente, al igual que Andresito y Monterroso, se encuentra también olvidado. Fray José Acevedo, que había nacido en Córdoba en 1787, -otra vez Córdoba!-, será figura eminente y jugará un rol de principal importancia en la heroica gesta de los guaraníes acaudillados por Andresito. No sólo lo acompañará en sus campañas, sino también que como él, será prisionero del Imperio Portugués. Finalmente, no correrá la misma trágica suerte del gran caudillo guaraní y será liberado. Hombre de grandes condiciones intelectuales como también de apreciables virtudes humanas, tendrá posteriormente descollante actuación en la Argentina, con posterioridad a la derrota de Artigas de quien era ferviente partidario. Vinculado a Urquiza y a la causa federal, se desempeñó como diputado en varios períodos, fue también presidente de la Junta de Representantes y senador nacional. En lo eclesial, llegó a ser Vicario de Paraná. Propuesto por Urquiza al cónsul pontificio en Montevideo, Salvador Giménez, -que


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por su cargo trataba con la Santa Sede, a la que incluso viajó-, como posible obispo de Paraná, el Padre Acevedo falleció en 1852 antes de que estas negociaciones se concretaran. Particularmente interesante en relación a la figura e ideas de Fray Leonardo Acevedo, resulta leer la histórica proclama que Andrés Guacararí y Artigas, dirigiera a los pueblos de las Misiones Orientales en poder de los portugueses desde el año 1801 y que precediera a su campaña libertadora de 1816. En dicha proclama transcripta integramente en el Apéndice de “Artigas y su derrota”, escrita por el Padre Acevedo que era su secretario y consejero, se trasluce un fervor religioso casi mesiánico, citándose el pasaje del Exodo, en que se elude a la liberación de los hebreos por parte de Moisés cuando éstos eran víctimas del cautiverio y opresión del Faraón. Esta cita, como aparece en los trabajos que publicáramos sobre los primeros franciscanos integrantes de las corrientes proféticas arribadas a América, constituía pasaje bíblico preferido y reiterado de sus escritos y sermones, cuando se referían a la situación de los indígenas. Todos estos franciscanos, y no sólo ellos, constituyen una constelación por demás interesante que pensamos debe de estudiarse en relación al milenarismo. El hecho es tan importante e innegable que alguien, en este caso insospechado, como Don Domingo Sarmiento, dirá: “Lo que es digno de notarse es que pocos años después de producidos los milenarios apareció la Revolución de la Independencia de la América del Sur, como si aquella comezón teológica, hubiese sido sólo barruntos de la próxima conmoción”. Estimamos que hoy el milenarismo ha perdido vigencia, ya que los avances de la hermenéutica moderna permiten otra interpretación del Apocalipsis, y por otra parte, el desarrollo de lo que en “jerga” eclesial se denomina “teología de las realidades terrenas”, lo hace innecesario como acicate para comprometerse en la lucha de los cristianos por un mundo más justo y fraterno. No obstante, se reitera que debe de estudiarse en profundidad como fenómeno histórico, aportándose para ello la correspondiente documentación. Mientras tanto se ofrecen al lector las presentes pistas, como anticipo de trabajos posteriores.


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CAPÍTULO X OCASO. DESTIERRO. OLVIDO Camino a la derrota Después de estudiar a Monterroso, tanto en sus años de formación como de precoz y destacado catedrático en la Universidad de Córdoba, y analizar posteriormente las corrientes filosóficas y religiosas en el que el franciscano abrevó, como así, sintéticamente, considerar el ideario artiguista y también a aquellos que se le opusieron, dedicáronse sendos capítulos a la incidencia y sintonía del fraile con la conducta y pensamiento del prócer durante el Gobierno de Purificación. Tal como se anunciara ya al inicio del presente trabajo, corresponde ahora visualizar al franciscano en el crepúsculo de su condición de secretario y consejero del “Protector de los Pueblos Libres”, como posteriormente seguirlo en su exilio y “via crucis”. Paradójicamente, en forma casi paralela a la derrota de Artigas en la Banda Oriental, fruto de los fusiles ingleses del Imperio Portugués y la tenebrosa conjura del Gobierno de Buenos Aires y sus logias, a lo que debe de agregarse el abandono y en algunos casos la traición de varios importantes lugartenientes orientales, y en donde la traición de Ramírez es sólo una instancia del drama, las ideas federales estarán triunfantes en las provincias argentinas. Éstas buscarán afirmarse en su autonomía, y tomando conciencia de su soberanía, como el adolescente la toma en cuanto


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a su independencia, se irán sucesivamente proclamando como tales quizás en forma un tanto desordenada. Acorde a lo precedentemente señalado, San Juan, al grito de “Viva la Federación” se disgregará de la provincia de Cuyo; la región de San Luis seguirá su ejemplo, y lo mismo hará Mendoza que se dividirá en tres. Santiago del Estero resolverá a su vez separarse de Tucumán. Ésta última se unirá con Catamarca y formarán ambas la República Federal de Tucumán, emancipándose después Catamarca para erigirse por si en provincia; a su vez los riojanos se separarán de Córdoba, la cual se declarará región autónoma. Y como culminación, Ramírez y sus tropas federales resultarán triunfantes en Cepeda; caídos quedarán Pueyrredón y Rondeau. Más allá de su derrota de Tacuarembó, las ideas federales del Caudillo Oriental resultaban triunfantes! Extraña contradicción ésta! Pero las contradicciones habrán de continuar. El triunfo federal de Cepeda acarreará la definitiva derrota de Artigas! Pancho Ramírez, embriagado con su victoria, escuchando los cantos de sirena de Carrera y Sarratea, solistas del coro logista, creerá poder ocupar el lugar de Artigas, y ya, en el Tratado de Pilar, decidirá desplazarlo, con las trágicas consecuencias que ello traiga a la larga para ambos. Se ha estudiado y en el capítulo VI se hizo mención de ello, como fue urdido el ya aludido Tratado de Pilar y la intención que con el se tuvo de quebrar la “Liga Federal” y desplazar a Artigas que era su máximo caudillo y garante de su proyecto y unidad. Imposible que el Prócer aceptara pacíficamente semejante mal engendro. El “Protector de los Pueblos Libres”, combatirá la perversa confabulación. No será desatinado hacerlo, ya que no obstante los duros reveses sufridos en la Banda Oriental, el federalismo era vigoroso en el resto de las provincias, y podía especularse con la posibilidad de afirmarse en ellas. Por otra parte, a Artigas no le quedaba otra alternativa. Prueba de que esta especulación no era disparatada son los resultados de los primeros enfrentamientos en que las fuerzas artiguistas salen favorecidas o por lo menos la victoria se presenta incierta para ambas partes. Después… lo que se sabe. El auxilio dado en armas y hombres a Ramírez por el gobierno porteño, a lo que se suma el debilitamiento de Artigas por la invasión portuguesa de la Banda Oriental, llevarán a éste a su trágica derrota y con él, del auténtico federalismo. En uno de estos últimos y dramáticos


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enfrentamientos bélicos será apresado en Goya por el comandante enemigo José María Segovia, Monterroso. Junto a otros compañeros, dicho comandante le entregará a Monteverde, jefe de la escuadrilla de Ramírez. Muy poco tiempo después, Artigas se internará en la selva paraguaya, buscando, creemos, el apoyo del Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, con el resultado que se conoce.

Monterroso y Pancho Ramírez Importante resulta resaltar en relación al período en que estuvo con el caudillo entrerriano, que Monterroso no abandonará al Caudillo Oriental voluntariamente, sino por la fuerza al ser apresado por el comandante Segovia, tal como se desprende claramente del oficio que este comandante envíe a Francisco Ramírez el 12 de agosto de 1820284. En manos del caudillo entrerriano, será al parecer inicialmente vejado y escarnecido, aún cuando esta versión es ofrecida por Ramón de Cáceres, y sus relatos no resultan en general muy verosímiles, según es opinión de varios historiadores, incluso Salterain y Herrera285. Lo cierto es que, pasado un tiempo prudencial, Ramírez que conocía la excepcionalidad de sus dotes, lo retendrá y asumirá como su secretario, a lo que se opondrá Carrera, el cual sostenía que no era confiable y que Ramírez debía alejarlo de su lado, dado que continuaba muy adicto a su antiguo jefe, según narra el oficial irlandés que sirviera a las órdenes de José Miguel Carrera, William Yates. Esta información resulta coincidente con lo escrito por el historiador y biógrafo de los Carrera, Vicuña Mackenna, cuando escribe que José Miguel Carrera le hizo presente a su amigo Ramírez que Monterroso era un enemigo solapado y un agente secreto de los partidarios de Artigas.286 Se ha afirmado por algún desconfiado escritor, que Monterroso pudo “perder” intencionalmente a Ramírez con sus consejos, buscando de este modo vengar la traición a Artigas por parte de Ramírez. Sin embargo, no se ha encontrado ningún documento que lo pruebe y al parecer, por el estilo inconfundible de Monterroso que se advierte en la correspondencia de Ramírez, colaboró activamente con él; según el historiador Benigno Martínez, que ha estudiado con esmero la vida de Ramírez, los documentos aludidos, son de factura exclusiva de Monterroso.287


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Esta colaboración no sólo lo fue en la redacción de los documentos del caudillo entrerriano, sino también en la organización política de la Provincia. Así, por ejemplo, en lo que se refiere al Estatuto Provincial y otras importantes disposiciones; normas éstas que se encuentran estrechamente vinculadas al ideario artiguista. De todos modos, y más allá de la influencia que pudo haber tenido Monterroso ante el caudillo entrerriano, la conducta del franciscano no sería obsequiosa con el Caudillo, dado que en carta al comandante militar de Corrientes, y refiriéndose a su secretario que designa bajo el apócope de “Roso”, Pancho Ramírez afirmará: “Yo creo que el Roso, poco va a andar conmigo, por que no quiere aún lo que se le apunta”288. Lo cual trasunta que Monterroso no era un simple “tinterillo” del entrerriano y por el contrario en su difícil situación de cuasi un prisionero mantenía los rasgos de su fuerte personalidad. Es evidente que no puede reprochársele a Monterroso haber abandonado a Artigas, ni tampoco abdicado de las ideas del Sistema por las que tanto luchara. Sí, puede quizás criticársele por haber colaborado con su enemigo, aún cuando, se reitera, no renunciando o traicionando los ideales artiguistas, que por el contrario buscó que continuaran y se consolidaran. De todos modos la opción de Monterroso de colaborar con Ramírez, aún cuando tenga características muy distintas a las traiciones a Artigas de tantos “próceres” que se honran en el Uruguay, debe admitirse que es discutible y que incluso, aún cuando se explique por razones de mera supervivencia, es legítimo que algunos la encuentren criticable, aún cuando no puede admitirse que se le pretenda equiparar a otras deserciones. No obstante, en el presente trabajo, en absoluto se quiere ofrecer una imagen de Monterroso impoluta e idealizada; seguramente que en su agitada vida habrá tenido sus debilidades, incluso como religioso. Estímase que para juzgar la actitud del franciscano con posterioridad a ser tomado como prisionero, es importante estudiar sus dichos y actitudes subsiguientes al momento en que transitoriamente fue secretario de Ramírez, -período en que a pesar de todo, se advierten en el gobierno las ideas artiguistas-, al hacerlo se hace evidente que el secretario y consejero de Artigas, no abjuró como otros lo hicieron, de los valores e ideales del sistema que tanto había defendido. Prueba de ello será, entre otras, que los enemigos del Prócer, asociándolo a su persona y que se proponga


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reivindicarlo, sentirán pavor cuando el fraile “apóstata” intente retornar al Uruguay ya “independiente”.

Camino del exilio Pero conviene no adelantarse a los tiempos, y observar en cambio la conducta de Monterroso, después de la muerte del caudillo entrerriano en Río Seco y la posterior y truculenta exhibición de su cortada cabeza como trofeo de guerra. Como consecuencia del plan hábilmente urdido por los enemigos de Artigas, una vez derrotado éste, Pancho Ramírez, instrumento del que se valieron para la ejecución de su estrategia, ya no era necesario, es más, podía convertirse en un caudillo peligroso. Se imponía pues, no sólo derrotarlo, sino ultimarlo. Corresponde admitir que Ramírez, ahora llamado el “Supremo”, -había sido elegido por sufragio universal Jefe Supremo de la República Federal Entrerriana-, ayudará a que ello ocurra. Víctima de su megalomanía, imaginará primero conquistar el Paraguay, y ante la manifiesta imposibilidad de hacerlo, al haberle llegado creíbles rumores de que se tramaba eliminarlo, emprenderá la guerra contra los amigos de ayer. Los oficiales enviados en su momento para reforzar su acción contra Artigas, lo abandonarán. Pedirá ayuda a López, el caudillo de Santa Fé, y éste no sólo se la negará, sino que se volverá contra él. De este modo deberá enfrentar tres ejércitos que lo superan largamente en número y armas; el de López, el porteño mandado por Lamadrid y el de Córdoba a cargo de Bustos. López lo derrotará en Coronda, y abandonado también ahora por Carrera, sucumbirá heroicamente en el enfrentamiento producido en Río Seco el 10 de julio del año 1821. La muerte del “Supremo” revestirá un perfil de gran dramaticidad. Las ya menguadas tropas entrerrianas serán hostigadas por el ejército santafecino. A Ramírez lo acompañará su inseparable compañera, “la Delfina”, tan hermosa como valiente y vigorosa, la cual al participar en las batallas, vestía traje militar. En determinado momento, la compañera del “Supremo” será apresada, intentando los soldados enemigos desnudarla, a lo que a sus gritos, el caudillo entrerriano volviendo grupas, intentará salvarla, instante en que un certero balazo a su pecho, acabará con él. “La Delfina” será rescatada por soldados adictos, que se la entregarán para su custodia al


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conocido general oriental Anacleto Medina, que por entonces se encontraba luchando a favor de Entre Ríos.289 Así como se salvó “La Delfina”, lo hará Monterroso. Después de la derrota, el antiguo secretario de Artigas, ya totalmente libre de unos y otros, buscará refugio en el lejano Santiago del Estero. El general José María Paz, del que, el igual que con Ramón de Cáceres, -y no obstante el parentesco con el autor-, en relación a sus testimonios debe de observarse cierta cautela en cuanto a su total veracidad, afirmará que cuando el franciscano huía del desastre en camino hacia Santiago se encontrará con él, que estaba acompañado de unos ciento cincuenta hombres armados; y que el fraile “cargaba espada y se había cerrado la corona”290; cabe precisar que con anterioridad, nunca Monterroso llegó a ceñir espada, aún cuando en el momento en que Paz lo viera, fuera ello plausible, dadas las circunstancias.

“Envuelto en el silencio y al abrigo de la soledad, medito” Cuando Monterroso arribe a Santiago del Estero, el caudillo Felipe Ibarra actuará con gran generosidad, brindándole cordial hospitalidad, tanto a Monterroso como a quienes lo acompañaban. No obstante el franciscano, al quedar en libertad de acción, no decidirá pasar a prestar servicios con Ibarra. Como el Caudillo con el que por cinco continuos años compartiera proyectos y acciones, optará por el camino del exilio, buscando como lugar de destierro la desolada región chilena al extremo norte del país, en el por entonces casi villorio de Copiapó. Allí circundado por el desierto a resguardo de sus enemigos, y por varios años, el legendario, amado y odiado “Padre Monterroso”, vivirá en el silencio y el anonimato, al punto de que se radicara con el nombre de José Antonio de Iguerales. De este modo, en retiro casi monástico, creyéndole muchas veces ya fallecido, habitará hasta que en 1830, Don Luis Manuel Aldao, un amigo de Lavalleja, dé noticias de él, precisamente en el año de la Jura de la Constitución uruguaya! Escribiéndole a Don Juan Antonio que su cuñado vivía en Chile.291 Deberán pasar dos años más para que el fugitivo, rompa su silencio, motivado por las cartas que le dirigen sus parientes. Aún así, responderá a través de interpósitas personas. Un año después, le escribirá a Don José


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Santos Ortiz, que fuera gobernador de la Provincia de San Luis y depuesto por José Miguel Carrera. A él le expresará su aflicción por la situación que esta atravesando su familia, -Lavalleja se encuentra en Brasil-, con emotivas palabras: “Cuantas lágrimas me cuestan las cartas de mi familia”. Agregando, en cuanto a la vida que lleva en Copiapó: “Yo, envuelto en el silencio, y al abrigo de la soledad, medito las pasiones y miro el reposo como el mejor goze de la sociedad”.292 Nada se sabe de cómo y de qué vivió Monterroso en Copiapó, remoto lugar chileno; como muchas otras facetas de su vida permanece en el más absoluto misterio. ¿Explotó, o por lo menos trabajó en algunas de las minas que circundaban el pueblo? Se ignora, y todo es especulación en este sentido. De Monterroso, o de José Antonio Iguerales o Luis Yeral, nombres con los que figura en la correspondencia para asegurar su anonimato, no aparece durante su vida de “anacoreta” el menor rastro en los registros del pueblo. Si se sabe, que catorce años después de dejar tierra oriental, retornará a ella, desembarcando en Montevideo el 27 de agosto del año 1834.

Un desembarco inquietante La conmoción al arribar repentinamente, será mayúscula. Si no se tuvieran otros elementos de prueba para pensar en el relevante perfil del secretario de Artigas y de cómo se le asociaba a éste, los hechos que sucedieron a su desembarco constituyen una evidencia contundente para convencerse de ello. No bien pisó tierra oriental, el Jefe del Departamento de Policía, Luis Lamas, dispone “que se le retenga en arresto”, y según oficio que dirigirá al entonces ministro de gobierno Lucas Obes, “será acompañado por su comisario de policía a la presencia del Sr. Ministro, ya que el sujeto, que es religioso, viene en traje civil, y ha manifestado empeñosamente su deseo de explicar ante el ministro su transformación de clase”293. Aduce el Jefe de Policía para haberlo detenido que “el sujeto venía de Chile con el nombre de Luis Yeral y en clase civil”. En cuanto a la preocupación de Luis Lamas por el atuendo de Monterroso que en vez de hábito franciscano vestía


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traje de seglar, ya se verá cuál era la verdadera razón que se escondía detrás de esta hipócrita y escrupulosa preocupación. En conocimiento Lucas Obes de la presencia del “fraile apóstata” en la ciudad, al día siguiente de su llegada, con una premura que sorprende, conociéndose el ritmo cansino de las prácticas burocráticas de la aldeana Montevideo, decretará que se comunique de inmediato el hecho al Vicario Larrañaga, y mientras éste provea lo que deba hacerse, con la debida custodia policial, se interne “al sujeto” en el convento franciscano en calidad de detenido. De la entrevista solicitada por Monterroso para explicar su situación, ni una palabra. Paralelamente al decreto por el que se dispone la detención del “Padre Monterroso” y su internación en custodia en el convento franciscano, -lo que de él quedaba-, el poderoso Ministro de Gobierno Lucas Obes dirige al Vicario Apostólico, un oficio en el que le informará de lo ocurrido y calificará en duros términos a Fray José Monterroso, que “apareció en la capital con doble disfraz, esperando que su Sra. Rma. se expedirá en la parte que corresponda con el rigor y la justicia que crea aplicables en este caso de tanta trascendencia dado el escandaloso ultraje hecho a la moral cristiana como a las leyes civiles e institucionales de la Nación por la impunidad y apostasía de este religioso”.294 Rivera, como era habitual, en esos momentos se encontraba en campaña! Las distintas instancias que motivaron la presencia del franciscano en el Uruguay y los escritos a que ello diera lugar pueden seguirse a través de los documentos que el Dr. Eduardo de Salterain Herrera ha recuperado con encomiable esfuerzo y singular prolijidad en su obra sobre el secretario y consejero de Artigas, particularmente en los capítulos XVII, XVIII, XIX y XX. A ellos remitimos a los estudiosos. En cuanto a los procedimientos eclesiásticos para la dilucidación del caso, Larrañaga haciéndose eco del “escándalo” le instruirá causa al religioso, pasando los antecedentes al Tribunal Eclesiástico. Curiosamente el Previsor, Pbro. Juan José Jiménez en su momento enemigo de Artigas y por lo tanto de su secretario, no se expedirá y presentará ciertas objeciones de orden formal para continuar el proceso.295 Debe advertirse que a la llegada de Monterroso se le había retenido el equipaje que fue convenientemente lacrado y sellado. No sólo se le temía a la persona sino a sus pertenencias, especialmente sus escritos. Abiertos


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sus baúles en procedimiento judicial y policial, nada de interés se encontró, salvo “un cuaderno impreso que trata de la defensa del Libertador del Medio Día de América y sus compañeros de armas, por un amigo de la causa social”. 296 La requisa del equipaje, cumplidas con todas las de la ley, ya que como se mencionara, previamente a su examen se había lacrado y sellado, tenía su origen en la sospecha de que el secretario de Artigas, trajese consigo documentos que pudieran comprometer a quienes en ese momento integraban el gobierno. Los temores no eran infundados ya que Monterroso tenía el propósito de escribir una obra de historia que reivindicase al Prócer. Incluso le escribirá a Barreiro, pidiéndole datos y documentos que le permitieran llevarle a cabo.

Expulsión súbita Paralelamente, en una ocurrencia típica de Monterroso, éste a través de una estratagema, había huido del Convento para ir a vivir a la casa de su hermana Ana, esposa, como se sabe, de Lavalleja. Entonces, el temor se transformará en pavor, y sin esperar las resultancias del proceso eclesiástico incoado, el gobierno a través del Ministro de Gobierno Lucas Obes, -especie en la época de primer ministro-, decide sin más y a las apuradas, embarcar a Monterroso con rumbo a Marsella! No sin antes encerrarlo en la cárcel de la Ciudadela! Ante esta precipitada medida, no comunicada a la Vicaria Apostólica, ésta por medio de su Provisor, solicita se le informe sobre la expatriación compulsiva del Padre Monterroso, a los efectos de dejar constancia en el expediente que le pertenece… Sumamente revelador es el inicial documento que dé respuesta, y que se señala como inicial, ya que sugestivamente éste fue luego testado, aún cuando felizmente para reconstruir la verdad histórica sobre Monterroso, fuera conservado en el Archivo Histórico Nacional, Fondo Ex Archivo General Administrativo, y encontrado en la meritoria investigación llevada a cabo por Salterain y Herrera. Escribe Lucas Obes, sacándose la máscara de piadosa religiosidad y mostrando el verdadero motivo de la detención y posterior destierro del secretario de Artigas. “Montev.o Septbre, 23 de 1834.


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“Enterado; y pásese nota al Sór. Provisor indicándole qe. él Gob.no al adoptar la medida que á deseado conocer, ha tenido en mira, el llenar un deber que le acuerdan las Facultades constitucionales, y el carácter amenazador de los criminales que acechaban la tranquilidad y la paz de la República; uniéndose a estas consideraciones, otras no menos alarmantes, que procedían de la conducta observada por aquel Religioso, y las sospechas vehemente de qe. la menor vigilancia por parte de la Autoridad le ofrecería un nuevo estímulo para desplegar su genio y las inclinaciones que le unen á la persona y á la causa de la anarquía; que penetrado el Sór. Vicario Provisor del objeto político de esta medida el Gobierno desearía se penetrase, qe. en esta resolución ha estado muy distante de sus deseos, invadir las atribuciones de la Curia, ni impedir el curso de sus actos en el juicio de aquel criminal”.297 De la simple lectura del oficio, surgen claramente los verdaderos motivos de la detención y posterior destierro. La estadía de este “criminal” en Montevideo, le ofrecería un nuevo estímulo para desplegar su genio y las inclinaciones que le unen a la persona y a la causa de la anarquía! Explicable resulta entonces la gran preocupación de Lucas Obes ante el hombre que según todos los testimonios existentes era “quien dirigía la conducta de Artigas”. Sobradas razones tenía Obes para temerle y tratarlo de “criminal”, cuando él fue uno de los más destacados “aportuguesados”, así llamados por su adhesión y entusiasta colaboración con el Gobierno de la Provincia Cisplatina. Acorde a esta simpatía, Obes no bien se instalara el Gobierno del Imperio en Montevideo, en el año 1817 fue nombrado Prior del Consulado de Comercio y posteriormente en el año 1821 se desempeñó en el alto cargo de Procurador General del Estado Cisplatino; jurada la Constitución del Brasil, al éste independizarse de Portugal, el 9 de mayo de 1824 fue electo representante de la Provincia a la Cámara General del nuevo imperio. Hombre sin duda talentoso y emprendedor, Obes fue asimismo el impulsor principal del acuerdo secreto entre el Cabildo de Montevideo y el Capitán General Carlos Lecor, firmado el 19 de enero de 1819, por el cual, a cambio de la construcción de la farola de la Isla de Flores se entregaba a Brasil una amplia faja del territorio nacional al norte y al este del País. El ministro Obes debía de tener muy presente, además, que cuando la aplicación del Reglamento de Tierras de 1815, quien, según sus propias


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palabras se ocupaba de las confiscaciones dispuestas y tenía los títulos de propiedad, -ya se sabe de que modo obtenidos-, era Monterroso. Poco podía, entonces preocuparle a Lucas Obes, -por sus ideas y pertenencia a las sociedades secretas-, la sedicente “apostasía” del fraile. En realidad, su desasosiego era de naturaleza diversa, y el verdadero “disfraz” era el suyo, con el cual encubría las auténticas razones de la detención y expulsión bajo una fingida preocupación religiosa. En el segundo oficio298, éste si efectivamente enviado y en el que se suprimen las razones que en forma explícita se manejaran en el primero, Obes explica el proceder del Gobierno. No obstante no por haber cambiado el texto se dejaba de enfatizar en este segundo oficio la peligrosidad del “individuo” expulsado, de “aterradora memoria”, y en la necesidad de que como “apóstata” fuera juzgado y castigado. Agrega el oficio que a pesar de mostrarse el Vicario Apostólico totalmente coincidente con el gobierno, la poca diligencia con que sus órdenes fueron cumplidas, seguramente se alude a la intervención del Provisor y lenidad del guardián del Convento franciscano, obligaron al gobierno a tomar la medida que ocasionara la expulsión del “apóstata”, apóstol de la anarquía. Larrañaga a su vez responderá a esta comunicación, dócilmente, aludiendo a la “prudente conducta asumida por el gobierno”299.

Monterroso y el calificativo de apóstata Los enemigos de Artigas y de las medidas tomadas durante el gobierno de Purificación, calificaron de apóstata al secretario y consejero del Prócer, para denigrarlo, dado que para la mentalidad religiosa predominante en la época, si éste era un apóstata ello que colocaba a quien lo merecía en situación harto censurable y casi al margen de la sociedad. Pero más allá de que ello haya servido como pretexto para convertir a Monterroso en una figura execrable y dar mérito a su expulsión, cabe preguntarse qué hay de verdad en esta acusación. Ella es sin duda, por lo equívoca, maliciosa. En la definición tradicional del diccionario de la Real Academia Española, las enciclopedias católicas, el código de derecho canónico y todos los manuales que tratan la materia, por apostasía se entiende en sentido estricto: “renegar de la Fe en Jesucristo recibida en el bautismo”; por


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extensión se aplica recién en segundo término a: “aquel religioso que abandona la orden o instituto a que pertenece”; finalmente y por contagio: “quien deserta de un partido para afiliarse en el de sus adversarios”. Es claro que por el uso que en el caso de Monterroso se le ha dado al vocablo apóstata por los enemigos de éste, e incluso en la historiografía que alude al fraile, ha predominado el primer sentido. Tratando el tema el autor del presente trabajo con personas cultas e incluso con docentes e historiadores, todos creían que Monterroso había renegado de su fe religiosa, creencia por demás explicable dado el uso que a la palabra dieron malignamente sus adversarios. Si se examinan los hechos y escritos del franciscano, nada, absolutamente nada, autoriza a tratarlo de tal, y al revés son no pocos los hechos y documentos que prueban claramente todo lo contrario, y que ya se han citado en este trabajo. Por lo demás en varias ocasiones mientras se encuentra en Purificación aparece ejerciendo su ministerio sacerdotal. El mismo Monterroso, en su carta al Pbro. Lázaro Gadea, -que oportunamente se transcribe-, se agravia, con razón, de que se le pretenda presentar de este modo. Queda por examinar, entonces, si podría aplicársele por extensión, el término de apóstata, -evidentemente mucho menos grave desde una perspectiva religiosa, ya que no afecta a la creencia de la persona-, por el hecho de haber abandonado su convento sin previa autorización. Significativamente en esta misma situación se encontrarán la mayoría de los religiosos, de probada fe católica, que abandonando sus conventos, participaron en las gestas patrióticas. Y ellos fue así, porque del mismo modo que la inmensa mayoría del clero apoyó los movimientos revolucionarios, en forma predominante los obispos, que eran españoles, permanecieron adictos al rey –o se ausentaron de sus diócesis-, y nada querían saber de permisos para dejar los conventos. La gran mayoría de los religiosos patriotas estuvieron en la situación de exclaustración descripta precedentemente, entre ellas sacerdotes que desempeñaron posteriormente cargos muy importantes en las estructuras eclesiales, caso nada menos que el de Benito Lamas como Vicario del Uruguay y José Leonardo Acevedo, el secretario y consejero de Andresito Artigas, como Vicario de Paraná y preconizado obispo para la diócesis que no pudo ocupar por fallecer. También entre otros, puede citarse a Otazu, Reina y Gadea, a quien le debemos el actual nombre del País. En algunos


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casos ni siquiera hay prueba de la secularización de estos religiosos, pase del clero regular al secular. A qué viene entonces esta cantinela con la continua aplicación del epíteto de “apóstata” a Monterroso, a tal punto unido a su persona, que parece formar parte de su nombre propio? A todo lo dicho se suma, que podría ser factible que Monterroso hubiera tramitado su secularización dado el deseo que manifestara insistentemente, -nunca satisfecho-, de entrevistarse con el Ministro de Gobierno Lucas Obes para dar razón de cual era su situación. A ello también se agrega, cuando retornara por segunda vez a Montevideo, que en la carta dirigida a su hermana con posterioridad a su secularización tramitada y otorgada en Buenos Aires, -misiva incorporada al apéndice de este trabajo-, da a entender que ello no era necesario. Pero si el secretario de Artigas se hubiera encontrado en la situación irregular de la que se le acusa y dado mérito a la causa que se le abriera y a la expulsión posterior que sufriera, llama poderosamente la atención que no se le hubiera dado igual tratamiento que a otros sacerdotes que se encontraban en la ciudad. El franciscano José Albornoz, por ejemplo, vivía tranquilamente nada menos que en la quinta del Vicario Apostólico Larrañaga y los Agüero, a los que el propio Monterroso nombra en la carta que le escribe al presbítero y pariente Lázaro Gadea, se paseaban imperturbables por la ciudad. En cuanto a los Agüero, cabe señalar que el Pbro. Juan Fernández de Agüero, catedrático de filosofía en la Universidad de Buenos Aires, llegó a enseñar doctrinas contrarias a la divinidad de Jesucristo300. A su vez, el canónigo Julián Segundo de Agüero, fue sacerdote de vida irregular, destacado militante del partido unitario, calificara despectivamente al federalismo como una “quimera”, y en el año 1826 pregonará la “unidad a palos”.301 Por último, el Pbro. José Vicente de Agüero, masón, galicano, al cual el Vicario Larrañaga, -según el Pbro. Lorenzo Pons, insospechado autor-, “le confiara varias importantes misiones”.302 Seguramente que a estos eclesiásticos se les reconocía en Montevideo el mérito de ser militantes unitarios, virtud que los absolvía de cualquier otro pecado.

El retorno del exiliado


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Cuando Monterroso arribara a Montevideo el año 1834 era Presidente de la República el General Fructuoso Rivera; habiéndole sucedido el General Manuel Oribe; no obstante en su momento haberse éste distanciado de Artigas, con toda probabilidad el expatriado pensó que la situación podía serle más favorable y de ahí su retorno. Pero a pesar de gobernar Oribe, las circunstancias no le resultaron por eso menos adversas a Monterroso. En el año 1836, había logrado el antiguo fraile acercarse a su país, radicándose provisoriamente en Río Grande. Desde allí atravesó la frontera, siendo albergado por su siempre fiel hermana Ana Micaela en la quinta de su esposo Lavalleja. En principio no le irá mejor con el gobierno de Oribe que con el de Rivera. El secretario de Artigas aducirá que se ha secularizado, según consta en oficio del Ministro Francisco Llambí. Pero tanto éste, como el Ministro Juan Benito Blanco, lo intimarán a integrarse al convento o en última instancia dejar el país en ocho días.303 Importante resulta resaltar esta actitud del gobierno de Oribe, porque es el propio Salterain y Herrera, el que ante la expulsión y vituperios con que se cubrió a Monterroso durante la Presidencia de Rivera, aducirá que seguramente junto a la tirria a las ideas artiguistas del secretario y consejero del Prócer, también habría contribuido a la reacción mencionada, el miedo a que el temido personaje se sumara a la causa de Lavalleja. No obstante, el volver el proscripto estando en la Presidencia Oribe, el rechazo se repetirá. Queda entonces claro que la principal y poderosa causa era otra. El mismo Dr. Salterain y Herrera al comentar la conducta del gobierno precedentemente mencionada reconocerá el verdadero motivo de esta actitud afirmando: “El fondo del asunto, era el mismo: repudio, vituperación; y por lo alto, abatir la tradición artiguista, puesto que para los hombres de la época institucional, la patria había nacido recientemente, en 1830, por virtud del texto legal. Lo anterior se miraba como el caos y la anarquía, indignos de recordación”. 304 Aún cuando algún conocido escritor de valiosa pluma se fastidie y se mofe del autor del presente trabajo, afirmando que no valía la pena que escribiera un libro de 700 páginas para ocuparse de la derrota de Artigas, se continúa pensando que es sumamente aleccionador y fecundo recordar y analizar esta derrota en razón de sus consecuencias. Junto a las demás


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evidencias existentes sobre la misma, el trato dado al secretario y consejero de Artigas, figura agregia de la historia patria, ilustra de modo concluyente como se pensaba y sentía en el Uruguay durante los años posteriores a la “independencia” y quiebre del sistema federal propiciado por el artiguismo. La defección se hace patéticamente manifiesta cuando se constata que a Monterroso se le destierra calificándolo de “criminal”, “apóstata”, y paralelamente, “los agueros” disfrutan de la cálida hospitalidad de la ciudad. Esto no sería casi nada, si ello se compara con que junto a estos eclesiásticos antifederales, también goza de generosa acogida, por lo menos durante el gobierno del general Rivera, quien escribiera el más terrible y calumnioso libelo contra Artigas: Pedro Feliciano Saenz de Cavia!

Un cambio sorprendente “Misteriosamente” la actitud hacia el “fraile apóstata” tendrá poco después de su segundo arribo un vuelco inusitado, y en un mes, a través de acelerados trámites, con la anuencia del gobierno de Oribe y por resolución del Obispo de Buenos Aires Mons. Mariano Medrano y Cabrera, se dispondrá la secularización del franciscano, que de esta condición pasó a la de sacerdote del clero secular acorde a lo que prescribía el canon número 640, numeral 1º, del código canónico de la época, y tal como se encuentra transcripto en la meritoria y ya comentada obra de su único biógrafo, Salterain y Herrera305. El “misterio” en realidad no era tal, ya que de la documentación inserta en la precitada obra, surge que su hermana Ana, que por José Benito sentía un aprecio verdaderamente entrañable, con el talento y la energía que la caracterizaban, “movió cielo y tierra”, para obtener que se le aceptara en Montevideo, -pobre y enfermo-, y se le concediera la secularización. Cabe aclarar que Monterroso no fue reducido al estado laical, sino que como tantos franciscanos de su tiempo, pasó a ser sacerdote del clero secular y así fue visto por todos, al punto que cuando fallezca en el asiento respectivo del registro de mortalidad de Montevideo, no aparece como soltero, sino como “célibe”, estado civil que se reservaba por entonces a los sacerdotes306. A su vez, al ser sepultado en el “Cementerio Viejo”, se


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le menciona como presbítero307. También en la partida de defunción expedida por la Iglesia Matriz, será identificado en su condición de presbítero.308 Algunas personas que en los últimos tiempos, felizmente, se han interesado por Monterroso, se preguntan porqué el cuadro del pintor Cayetano Gallino, única imagen auténtica que de Monterroso se conserva, -y que fuera pintada cuando éste estaba ya radicado finalmente en Montevideo-, éste aparece vestido en “traje civil”. Corresponde aclarar, que en la época, al igual que con posterioridad al Concilio Vaticano II, era común que los sacerdotes del clero secular, -en la época, no los religiosos, vistieran ropa seglar. Monseñor Estrázulas y Lamas, que figuró en la terna para el obispado vestía de este modo, -en general usaban levita-, también Lázaro Gadea, Valentín Gómez y tantos otros. Recién durante el episcopado de Mons. Inocencio María de Yeregui, -ni siquiera en la época de Mons. Jacinto Vera-, y según consta en el informe que realizara por su visita “Ad limina” a Roma, Yéregui obtuvo que se “superara” esta costumbre de la que él era contrario. No era pues, a raíz de que fuera un sacerdote disoluto, que Monterroso vistiera de ese modo.

El franciscano desaparecido Como subtítulo de este último capítulo dedicado a la persona, pensamiento y vida de Monterroso, nos “atrevemos” a nombrarlo por última vez como franciscano, ya que sus enemigos y también quienes no lo han estudiado en profundidad se refieren a él como “apóstata”. No se pretende presentar al consejero de Artigas como un religioso ejemplar, ya que probablemente no lo fue, pero no se puede aceptar calladamente que se le presente como un apóstata, porque sin duda tampoco lo fue. Si de apostasía se habla; en razón de cómo se comportaron con Monterroso, no al autor de este trabajo, sino Salterain y Herrera, muy acertadamente se preguntará si la apostasía estaba en él o en quienes lo destrataron y después olvidaron… Al aludir al franciscano que durante cinco años fuera el redactor de los oficios y escritos emanados del Gobierno de Purificación, no se nos oculta una objeción. Como es sabido, Francisco de Asís, fue lo que hoy podría denominarse “un militante de la no-violencia”. Obviamente que


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“el Roso”, -así también solía firmar y era muchas veces nombrado-, no lo fue. En este sentido no siguió los pasos del “Poverello”. Pero en honor a la verdad, debe recordarse que el austero, piadoso e ínclito franciscano de gran prestigio, Cardenal Giménez de Cisneros, fundador de la célebre Universidad de Alcalá, -donde en pleno siglo XVI se admitían mujeres y existían “becas” para los estudiantes pobres-, fue en muchos casos, particularmente belicoso, al punto de que de él se decía: “Gustaba tanto de la aroma del incienso como del olor de la pólvora”, y no obstante su armígera condición ha sido considerado exponente del franciscanismo. No sabemos tampoco con certeza si en su turbulenta y agitada vida quien fuera prominente consejero del Caudillo Oriental se esmeró como correspondía en cumplir con sus votos religiosos. Antonio Díaz y Ramón de Cáceres lo presentan cuando aluden a él, como renegando de su estado religioso, y casi como desfachatado; uno de ellos involucrándolo en ciertas correrías nocturnas poco edificantes para un religioso, y que habría protagonizado en algún momento con Artigas. Sin duda que los testimonios, -por no decir habladurías-, de estos dos hombres deben ser acogidos con extrema cautela; y no como algunos historiadores lo han hecho, presentándolos como evidencias documentales. El general Antonio Díaz, traicionó al Prócer; fue uno de los cinco enemigos perdonados por Artigas cuando Buenos Aires se los envió engrillados para ser fusilados y congraciarse con él. No obstante, el Caudillo haberle salvado la vida, con posterioridad a la derrota de éste, lo cubrirá de vilipendios y continuará calumniándole y agraviando en el diario “El Piloto”309, que fundara con Santiago Vázquez, uno de los más furibundos enemigos de Artigas, que incluso en su odio al Prócer tramara asesinarlo; contumaz en su campaña denigratoria al “Protector de los Pueblos Libres”, proseguirá haciéndolo desde el “Universal”310; retribuyendo de este modo la actitud clemente y generosa de José Artigas. Como para no recibir con reserva la opinión sobre Monterroso! En lo que se refiere al Coronel Ramón de Cáceres, otro gran traidor de Artigas, -al que algún escritor cita sin hacer esta precisión-, se recuerda que no sólo lo abandonó sino que lo combatió activamente, persiguiéndolo con las tropas de Ramírez hasta que el Caudillo ingresara en el Paraguay. En estos lances, se encontrará con una partida que escoltaba a María Escolástica, hija de Artigas, encomendada al


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matrimonio de Lorenzo Centurión y Francisca Basualdo. En esta instancia, el Coronel Cáceres cayó sobre la escolta, ultimando a quienes la integraban; haciendo “desaparecer” las onzas de oro que se portaban para la subsistencia de la niña311. Un traidor y atracador de niñas inocentes e indefensas, reconocido fabulista, puede ser creíble, sin que sus dichos sean examinados y confrontados con los hechos a través de un cuidadoso discernimiento? Por otra parte, como se ha expresado, es conocida y comprobada la “frondosa” imaginación desplegada por este personaje al recordar los sucesos históricos en las memorias que escribiera y se publicaran bajo el título de “Escritos Históricos del Coronel Ramón de Cáceres”.312 Aún mayor descrédito merece todavía la versión del antiartiguista historiador unitario Vicente Fidel López el cual en, para algunos valorada obra, “La Revolución Argentina. Su origen, sus guerras y su desarrollo político hasta 1830”, afirma que había visto en Chile en el año 1843 a Monterroso, amancebado y rodeado de numerosos hijos313. Lástima grande, para su imagen de historiador veraz, que cuando él afirma haberlo visto en Chile “al Roso” en esta peculiar situación, éste hacía cinco años que había fallecido en Montevideo! Como ya en alguna ocasión lo hemos afirmado, Vicente Fidel López padecía de alucinaciones o era un gran embustero… Trascendiendo estas habladurías, lo cierto es que sobre la observancia o no de los votos religiosos del fraile, nada sabemos con absoluta certeza, aún cuando no debe descartarse, sin que esto implique un justificativo, que en la soledad de nuestros campos y en el fragor bélico, Monterroso haya podido tener sus debilidades y se haya dejado llevar por su fogosa naturaleza. Pero si se ignora y sólo se conjetura como vivió su condición de célibe, se sabe como actuó en relación a la riqueza y el poder. Jamás se dejó seducir por los poderosos ni buscó honores ni prebendas, y siempre mostró una sensible y preferencial atención por los pobres y marginados, exteriorizando asimismo un notorio aprecio y predilección por los indígenas, particularmente por los guaraníes misioneros; evidenciando además un gran empeño en que la justicia se cumpliera. Compartió con Artigas la vida austera de Purificación; el historiador argentino Fidel Luna, en su libro “Los Caudillos”, alude a la “pobreza franciscana” del


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Prócer Oriental. Monterroso, como se sabe, fue acusado de muchas cosas, jamás de apropiarse de los caudales públicos o ajenos en provecho propio; cuando se procedió a la confiscación de las tierras, dispuesta por el Reglamento de 1815, nada se reservó para sí. En los momentos de mayor poder de Artigas, al igual que el Caudillo, no medró con esta situación. Vivió pobremente, y también murió en la pobreza. Fue en este sentido, si no en otro, un auténtico discípulo del “Poverello de Asís”. Cuando, radicado en Montevideo, enfermase, se hermana Ana debió ser quien le pagara al médico italiano Nascimbene la atención que se le brindara. Al fallecer rodeado de sus hermanos y en especial de Ana Micaela, el 1º de marzo de 1838, con 58 años de edad, fue enterrado en el “Cementerio Viejo”, -ubicado en la esquina de las actuales calles Durazno y Andes-, no en nicho particular sino en osario común. Una fundada tradición familiar, afirma que ese fue su deseo, como también el ser enterrado con su hábito de franciscano. Ante la muerte de Monterroso, una de las personalidades más descollantes y gravitantes del período artiguista, el silencio público fue absoluto. La prensa de la época no da la noticia de su muerte, y tampoco la sociedad de entonces parece haberla advertido. Sólo en el año 1915, a un perdido callejón de una cuadra del barrio montevideano de Peñarol se le da su nombre… compartiendo su suerte con el fiel teniente de Artigas, y gran caudillo guaraní – misionero Andrés Guacararí, que tiene como callecita una cuadra sin salida en el barrio del Cordón. No existe hoy rastro alguno de los restos del secretario y más importante consejero de Artigas. Tampoco, sobre su persona, en la memoria de muchos uruguayos. Para sus compatriotas es un desaparecido, que muy pocos recuerdan.


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APÉNDICE Correspondencia del Pbro. José Benito Monterroso •

Carta al Pbro. Lázaro Gadea

“Señor Cura don L. Gadea – Marsella, 25 de febrero de 35. “Mi estimado pariente: “Si los lazos de la sociedad son fuertes, nunca más firmes que cuando son entrelazados con los vínculos de familia, de paisanaje, de opinión, etc. He sabido en Montevideo que usted despliega ingenio y energía. Siempre la Banda Oriental daría hijos herederos de su engrandecimiento: su clima, su posición, le dan esta ventaja. Con la Revolución se ha desplegado su genio: los continuos combates le han dado gloria: su historia abunda de cosas grandes; negarle esta prerrogativa es negar los hechos. Ella marcha a su término; o es preciso borrarla de la situación que ocupa en el Mapamundi. Por exageradas que aparezcan estas ideas, envuelven en su fondo un germen que es más digno de admirarse, que de explicarse. Aún antes de la revolución se notaron estos síntomas. La reconquista de Buenos Aires es la obra de sus manos. La Junta representativa de Montevideo en 1808 indica sus ideas. En la revolución, ¿qué podría decirse? ¿Qué no siguió el rol común? Su causa justificada por los mismos que la combatieron. Los tratados de Buenos Aires y Brasil confirman el hecho y la declaración de la República Oriental del Uruguay, no fue más que la reivindicación de su justicia. La garantía del Gabinete de Saint James, la confirmación de las intrigas que la precedieron. Aquí de un adagio español “se enojaron los compadres, se descubrieron las verdades”. Y después de un resultado tan glorioso, ¿podría negarse el genio a los orientales? ¡Personificarlo! Es pobreza: es táctica de la política no del convencimiento. La oposición, en


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1811 al tratado de paz entre Buenos Aires y Elío reconociendo a éste por capitán general hasta el Paraná, no fue el voto de un hombre sino de un pueblo. La oposición a la entrada del general Souza con 70 hombres en esa misma época, inviste el mismo carácter. Este es el punto jefe donde debe partirse para convencerse si era o no el genio el que decidía. Sin recursos, sin táctica, tal vez sin moral pública, su entusiasmo lo prepara todo, todo se facilita. Se pelea y se vence. Si se miden exactamente las proporciones, no fueron los griegos más gloriosos en Maratón, ni los españoles resistiendo a los franceses. La historia desarrollará estas ideas y dará al tiempo lo que es del tiempo. En tanto, mi cálculo es, que el genio que ha de desarrollar la grandeza del pueblo oriental, ha nacido ya; por aventurero que se suponga, es fundado en hechos, no en teorías. “Mientras usted medita, pasaré a otra cosa para darle materia en que ocupar el tiempo con agrado y tal vez con provecho. Escribo a usted desde Marsella. Por este sólo rasgo advertirá el objeto de mi carta. No pienso hablar a usted como amigo en tono de lamentaciones. Esto es muy triste; y para tristes el Perú. Hablaré a usted como Diputado instituido por la ley para velar sobre su cumplimiento. A los catorce años después de mi ostracismo voluntario, veo mi país constituido y me presento en Montevideo. Me creía seguro bajo la égida de la ley, porque al fin no había sido un ladrón ni un traidor; y sin embargo, al presentarme en policía, hospita insalutato – (hospedaje insalubre) – está usted preso. Hasta aquí la formalidad es de estilo. Vamos a lo grande. Soy expatriado sin formación de causa. Este pecadazo político se dora con el título de la gran religiosidad; y sin más ni más me tiene usted en Marsella y a mis expensas, que es otro It más; y sin querer darme mi Pasaporte, que es la última bribonada; y el despotismo avanza con esta razón. Si el pueblo calla, el gobierno se avanza: si se le resiste y se le señala el camino, cede; porque conoce que su autoridad tiene por objeto marchar en línea recta. Si hay leyes, deben cumplirse: tenerlas y no cumplirlas, es el peor de los males en el sentir de los políticos. El que vaya al África sufrirá el despotismo por conocimiento. El que corra a un país libre mirará el despotismo con sentimiento. El resultado es el mismo que las impresiones diferentes. El ministro será el depositario de la ley; no su superior. Si lo primero, ¿porqué se le permite tanta arbitrariedad? ¿Para qué son las Cámaras de Senadores y de Diputados? A estos es mi reclamo, no al ministro. Él hará bien obrando


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como quiere; las autoridades obrarán mal no llevando la ley por regla. Si lo segundo, la práctica lo condena; es superior sobreponiéndose a las instituciones. ¡Bravo! ¡Bravísimo! Lo entiendo, lo entiendo. “Acerquémonos más a lo inmediato de mi persona. Expatriado por irreligioso; ¿y Agüero paseándose en Montevideo? ¿No forma un contraste ante la ley? Busque usted los principios, y en los resultados no hallará más diferencia que lo oriental y lo porteño. Rivadavia y Artigas: Agüero y yo. Aquellos laudados hasta en el Almanaque. Nosotros condenados de hecho y de derecho. ¡Qué importa! Si ellos instituyeron, nosotros les enseñamos el camino. El artículo 134 de la Constitución es la guía. Después de él juzgarme por irreligioso es convencer de prevención, no de título legal. No habiendo sido juzgado tengo derecho al reclamo: ninguno es indigno sino convencido. Mas yo deseaba ser juzgado. Entonces se hubieran desarrollado las ideas. Temieron: y me expatriaron. Nunca soy más justificado. El crimen es más odioso cuanto más de manifiesto. Yo fui expatriado entre gallos y media noche; es la prueba de mi justificación, porque si soy indigno: “testimonium perhibe lo malo; si non cur me coedis”. “Si he hablado mal, manifiesta lo malo que he dicho: pero si bien, ¿por qué me hieres?”. Evangelio de San Juan. cap. XVIII, versic. 230.” 12 •

Carta a su hermana Ana Monterroso de Lavalleja

“Mi estimada Anita “Miguelete, 7 de enero de /37 “Tus últimas correspondencias no nos han sido satisfactorias. Te atribulas, y esto nos aflige. Si en política quieres satisfacer á todos vas engañada. El mundo es, ha sido, y será pilletero. Este es el oro de las pasiones: quitarlas sería destruir al mundo ó volver al estado de la naturaleza, y andaríamos desnudos. Esto supuesto“Quieres qe. todo sea recto pr. nra. Parte: quieres y esto es lo mas, qe. suspendamos hasta las prevenciones en politica: esto es imposible cuando 12

EDUARDO ACEVEDO. “José Artigas. Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos Libres. Su obra cívica, alegato histórico”. T.I. P. 271. Montevideo.


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median intereses tan complicados; y en tal caso el cilencio es la mejor politica. Me contrairé á los dos casos de tu demanda. “Primera sobre mi secularización. Has hecho tu lo qe. has podido no se debe escigir mas: crees qe. todo ha salido á medida de tu deseo, y estás satisfecha: lo creo: mas yo no lo estoi: esta es la dificultad. “Te escrivi sobre los principios en qe. debia fundarse mi solicitud pa. qe. la Mitra se penetrase de la injusticia de la prevencion y del resultado en el procedimiento. Se han contentado con el alago del resultado haciendo valer el merito de su opinión y la importancia de su servicio. Para mi tan nulo es lo uno como lo otro. “Al intento tambien el Sor Soria presenta un resentimiento de mi carta. Yo quise ensalsar su merito por qe. realm.te á su influencia se debio el todo del Sese (del Poder Ejecutivo) : mas por su carta veo, qe. el se queja por qe. no di al Gov.no. todo el loor. Yo no lo concebi asi. Conoci qe. su influjo dél valia mas, qe. todo el noble interes dela justicia. Te adjunto copia de mi nueva contestación. Tu desidirás en su merito. Todavía no he visto el Boleto de ese Obispo ni tengo muchas ganas de verlo: por qe. me presumo lo qe. será. Desde qe. vi la ultima de Trapani ya previ la opinión qe. fundaban los hombres allá y acá. Ellos quieren qe. todo dependa dela Iglesia. Yo queria una conciliación entre la Iglesia (sic) y Gov.no.; una subsanación habría bastado, de otro modo ocurrir al Nuncio (en Brasil) habría sido mas seguro, más pronto, y menos encarecido. Hace días qe. recavo en esto. “En politica los calculos son mas avansados, tu ves cuanto acriminan á Lavalleja. El Gov.no. se empeña en formentar esa División, y lejos se queja de qe. Lavalleja la fomenta, ese Maquiavelismo es conocido, y usar de esa rama no es para tontos. “Sobre el asunto escribe francam.te Lavalleja á Soria. (Este) le da sus consejos, y los aprueba pr. qe. cavalm.te era lo qe. se iba á hacer por convencim.to dando la última prueba de patriotismo y de confianza. “A demas el mismo Soria escribe á Juan Ant.o qe. se halla poco satisfecho de la conducta versátil del Gov.no: qe. su aburrim.to toca el ecstremo, qe. de repente abandona todo, y se retira á su casa. Si asi habla su Pariente, qe. diran los qe. no lo son. “Estas cosas son mejor de boca á boca. Por lo demas nada creas ó es preciso, qe. nos crean muy Niños. Defiende Spre. á tu Marido. El qe. lo


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acrimine sin conocerlo, puede disculparse: pero el qe. lo conosca y lo acrimine es un malvado. “Todos quieren qe. seamos el juguete de la fortuna. Vayan á los Diablos. Si no nos temen al menos qe. no nos desprecien. “Expres.es á todos: Panchito cada dia menos consentido; y lo qe. sucede es qe. ya no nos hace caso pa. la lectura. Yo lo amenaso con tigo, se sobrecoje pero tu y tus Hijos siguen un mismo rumbo. Hijo de gato, casa raton, tu afecto. Roso” 13

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ARCHIVO del GENERAL JUAN A. LAVALLEJA. T. IV. (1829 – 1836). P. 308.


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Opiniones sobre Monterroso «Artigas y los pérfidos consejos de su secretario el padre Monterroso» Son numerosísimas las referencias al padre Monterroso en los documentos contemporáneos al gobierno artiguista o cercanos a él, que aluden a su condición de secretario y consejero de Artigas. Es imposible realizar una transcripción completa de ellos. El presente trabajo recurrirá en cambio, y también remitirá al lector, a la laboriosa y minuciosa recopilación que en su momento efectuaran las historiadoras María Julia Ardao y Aurora Capilla de Castellanos, en la voluminosa obra que editaran bajo el título de Biografía de Artigas,1 en que recogen muy variados testimonios y opiniones sobre el Caudillo Oriental. En la obra citada precedentemente, el autor del presente trabajo ha encontrado no menos de treinta menciones que aluden y no de modo fugaz al fraile Monterroso. En todos ellos, y como se expresara anteriormente, se hace referencia a la estrecha relación e influencia que el P. Monterroso tuvo con Artigas. Este reconocimiento tiene alto valor probatorio porque proviene de los enemigos que lo denigran y manifiestan hacia el fraile una extrema inquina. Para quien no esté familiarizado con estos documentos se transcribirán algunos, ya que todos son de la misma hechura y destilan similar saña contra el fraile, asociando a Monterroso con Artigas, a quien se presenta como un personaje aborrecible. Recogiendo las opiniones de importantes personajes de la época, el Diccionario biográfico nacional, al referirse a Artigas y sus colaboradores, consignará: “Tenía siempre consigo una baja cancillería de corrompidos, bajo la dirección de Monterroso, fraile apóstata, con talentos degradados y de pasiones serviles”.2 Juan Ramón Muñoz, al escribir la historia del gobernador de la provincia de Santiago del Estero, Felipe Ibarra, asegurará: “la Provincia Oriental, movida por el General Artigas y su famoso consejero el fraile Monterroso, había dado la señal de la desobediencia a la autoridad central de Buenos Aires», (y agregará posteriormente y


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refiriéndose a Monterroso) que éste «era compañero inseparable de Artigas”.3 El muchas veces citado ensayo histórico de Rengger y Longchanp concluye su opinión sobre la conducta del Prócer del siguiente modo: “En obsequio de la verdad, debo decir, sin embargo, que Artigas, abandonado a sí mismo, jamás hubiera llevado tan adelante su ferocidad; pero estaba rodeado de facinerosos, de quienes en parte dependía. El más infame de todos era un fraile llamado Monterroso que ejercía las funciones de su secretario y consejero privado y sofocaba en su alma todo sentimiento de humanidad”.4 Con motivo de escribir la Historia del general Francisco Ramírez, el historiador Benigno Martínez aludía a Monterroso en los siguientes términos: “Monterroso, fraile apóstata, que dirigía la conducta de Artigas, fue el verdadero organizador de la Federación que aquellos pueblos no comprendían y que para el Protector era poco menos que una fórmula, un medio, un pretexto para gobernar sin más ley que su voluntad, ni más constitución que los dictados de su conciencia”.5 Ramón de Cáceres, en sus Memorias, junto con otras opiniones sobre Monterroso, haciendo referencia a lo que él juzga mala conducta de Artigas, dirá que ello se debió: “[...] quizás también por falta de buenos consejeros, pues Monterroso, que era quien le dirigía, a pesar de tener un buen talento, no tenía muy bien organizada la cabeza”.6 En la Historia de Belgrano y de la Independencia argentina, el general Bartolomé Mitre, al comentar críticamente la célebre carta que Artigas le enviara a Pueyrredón, expresa que dicha carta fue “redactada por su secretario Monterroso, fraile apóstata y depravado, de vulgar instrucción que poseía el arte de traducir los odios de su jefe, halagando su vanidad en frases resonantes y sin sentido”.7 Coincidente con esta opinión, en la Revista Nacional de Buenos Aires, se atribuye a la inspiración de Monterroso el tono de la nota de Artigas a Pueyrredón del 13 de noviembre de 1817, «de literatura propia de hombre selvático», y se dice que lo que ella contenía no eran sino manifestaciones de “desahogos salvajes” que desde Purificación “lanzaba Artigas al ver que no podía obtener el logro de sus viles deseos”.8 El conocido médico argentino, catedrático de la Universidad de Buenos Aires y asimismo historiador José Ramos Mejía, al aludir a la carta


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que le dirigiera al director Pueyrredón, estampará el siguiente “diagnóstico”: “La indignación de Artigas a consecuencia de los manejos que le atribuía a Pueyrredón, tomaba formas ditirámbicas al pasar por la pluma, en perpetuo delirium tremens romántico, del Padre Monterroso, fraile venal de bulgarísimas lecturas, pero que tenía según historiadores bien informados, el arte de traducir los odios de su jefe, halagando su vanidad, en frases sonantes y sin sentido. Tenía que ver el entusiasmo sincero del Protector de los Pueblos Libres en presencia de las frases del secretario, en cuya lectura mezclábanse hábilmente la acción coreiforme del cómico español de cuño antiguo y la gesticulaciones demoníacas de un indio inquisidor emborrachado en una orgía de chicha”.9 El ya en otras ocasiones citado masón Juan Canter, estudioso de la influencia de las sociedades secretas en la independencia de América, escribirá refiriéndose a Carlos María Ramírez cuando este encare la defensa de Artigas, que “este se esfuerza por descubrir hondos designios liberales y dogmas de constitucionalismo americano, en declamaciones incorrectas y chabacanas del fraile apóstata Monterroso, rábula y portavoz del caudillo”.10 Asímismo, Luis Melián Lafinur, destacado representante del anticlericalismo rioplatense, señalará en su libro Semblanzas del pasado, como rasgo desfavorable para la actuación de Artigas, que “este siempre tuvo predilección por los indios”, y formulará a su vez un juicio condenatorio contra Monterroso.11 Finalmente, el Dr. Francisco A. Berra, uno de los principales colaboradores y amigo personal de José Pedro Varela, en su libro “Bosquejo histórico de la República Oriental del Uruguay”, después de cubrir a Artigas de calumnias e improperios, alude a su secretario, escribiendo: “(…) El famoso Monterroso, fraile franciscano apóstata, perverso, con alguna inteligencia, aunque grosero y desordenado en sus ideas, que sirvió a Artigas de secretario, y a quien redactó y escribió cuantos oficios, cartas y documentos llevan la firma del Jefe de los Orientales”. 12

Notas de “Opiniones sobre Monterroso”:


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1.

María Julia Ardao, Aurora Capilla de Castellanos, «Biografía de Artigas», en Comisión Nacional Archivo Artigas, Archivo Artigas, o. cit., vols. I y II, 1958. 2. Carlos Molina, Servando García, Apolinario Canabal, Diccionario biográfico nacional, Buenos Aires, 1877. 3. Juan Ramón Muñoz, «Don Felipe Ibarra gobernador vitalicio de la provincia de Santiago del Estero», en Revista de Buenos Aires, t. XIX, Buenos Aires, 1869, pp. 410-434 y 560-572; t. XX, pp. 96, 105 y 244-260. 4. Rengger y Longchamp, Ensayo histórico sobre la revolución del Paraguay, Buenos Aires, Imprenta y Librería de Mayo, 1883. 5. Benigno Martínez, «El general Francisco Ramírez en la historia de Entre Ríos», en Nueva Revista de Buenos Aires, año IV, nueva serie, t. XII, Buenos Aires, 1884, pp. 161-221. 6. Ramón de Cáceres, «Memorias», en Revista Histórica, Montevideo, 1910, t. III, año II, n.º 8, pp. 395-410. 7. Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano y la independencia argentina, Buenos Aires, 1876, t. I, cap. XXXVII. 8. Revista Nacional, Buenos Aires, 1901, t. XXXII, entrega IV, pp. 328-334. 9. José Ramos Mejía, Las multitudes argentinas. Estudio de psicología colectiva, Lajonane y Cía Editores, Buenos Aires, 1912. 10. Juan Canter, «Sarmiento, Groussac y Lainez. En torno a una polémica entre estos últimos», en Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras, Buenos Aires, 1930, t. XI, año IX, n.os 45-46; pp. 378-433. 11. Luis Melián Lafinur, Semblanzas del pasado, Buenos Aires, El Anticuario, 1915, p. 448. 12. Francisco A. Berra. “Bosquejo Histórico de la República Oriental del Uruguay”. Montevideo. Librería Nacional de H. Barreiro y Ramos. 1884


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Una prueba evidente: El Nomenclator montevideano Con referencia al lugar que en el recuerdo de los uruguayos ocupa el Padre Monterroso, es sumamente ilustrativo comprobar el lugar que incluso en la memoria urbana, -que es el nomenclator montevideano-, ocupa el principal secretario y consejero de Artigas. Como ya se ha señalado, el franciscano es recordado por los montevideanos a través de un callejón existente en el barrio Peñarol. La “crítica” por esta situación comienza por el propio autor del presente trabajo, ya que por varios años integró la Comisión de Nomenclator de la Intendencia de Montevideo, y fue posteriormente miembro de la Junta Departamental, sin por ello tomar alguna iniciativa para cambiar la situación; es que el autor también ha sido víctima, debe confesarse de esta “amnesia” histórica, verdadera epidemia que ha afectado a los uruguayos en general. No es entonces una crítica personalizada, sino un error histórico el que se señala, y que, eso sí, se piensa que debería repararse. El error ya mencionado se torna aún más grave cuando simplemente se analizan los nombres de las calles de Montevideo. No se está en contra de que ellas recuerden a personajes contrarios al artiguismo, incluso a enemigos declarados del Prócer. Y ello, porque se piensa que el nomenclator de una ciudad es representación de la memoria colectiva, y en esta memoria deben de estar presentes las distintas comunidades ideológicas e espirituales. Se objeta, en cambio, el trato notoriamente desigual, casi injurioso que a Monterroso se le ha dado. Inicialmente, cuando se pensó en señalar esta situación, se tuvo la intención de describir la historia de los personajes que ocupan el nomenclator de la ciudad y que contrastan con Monterroso. Finalmente, ha parecido más conveniente, simplemente recordar algunos de los nombres de estas calles, entre ellas hasta importantes vías de tránsito; por supuesto que quedan otras muchas por nombrar: Alvear, Carlos María; Álvarez, Julián; Gómez, Valentín; Larrañaga, Dámaso A.; Mitre, Bartolomé; Obes, Lucas; Quintana de la, Hilarión; Rivadavia, Bernardino; Rivera, Fructuoso; Rondeau, José;


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Sarmiento, Domingo; Vázquez, Santiago; Vidal, Pedro Pablo; Zúñiga, Tomás. A estos nombres, pueden agregarse dos calles que son designadas con los nombres de Ana Monterroso de Lavalleja y Marcos Monterroso. Naturalmente que nada puede objetarse a la esposa de Lavalleja, por la que sentimos singular aprecio, pero es evidente que la importante calle que lleva su nombre contrasta con aquella que designa a su hermano en el barrio Peñarol. También parece correcto que el padre de José Benito Monterroso, sea recordado en el nomenclator, ya que fuera probo cabildante, pero también la vía de tránsito que lo representa tiene mayor relieve que la de su hijo. Por supuesto que no nos detenemos a analizar otros polémicos nombres que figuran en el nomenclator montevideano, caso por ejemplo del dictador Máximo Santos, con un camino de más de cuarenta cuadras, mientras el principal secretario y consejero de Artigas…


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Ilustraciones: A las consideraciones precedentemente expresadas, se ha considerado oportuno sumar algunas fotos que ofrecen una evidencia visual de lo que se afirma. Estas fotos han sido tomadas por el Bach. Juan Carlos Langoni, en el barrio Peñarol. También se han agregado otras que han parecido interesantes y que se relacionan con la expulsión de los franciscanos en 1811 y el papel jugado por Monterroso en la redacción del Reglamento de Tierras de 1815. Estas últimas pertenecen Fray Luis Furgoni.


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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 1

SALTERAIN Y HERRERA, EDUARDO. “Monterroso, iniciador de la Patria y secretario de Artigas”. Impresora L.I.C.N. Montevideo, 1948. 2 Idem. P. 111, 112, 114. 3 TOMÉ, EUSTAQUIO. Diario “El Debate”. “Aniversario de Monterroso”. 2da. Parte. 10 de marzo de 1946. 4 ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN. Caja N°86. Archivo Juan Pivel Devoto. Ag. N. Uruguay. 5 FLORES MORA, MANUEL. “Los secretarios de Artigas”, en “Artigas”. Ediciones de El País. Montevideo, 1959. P. 213. 6 OTERO, PACÍFICO. “La Orden Franciscana en el Uruguay”. Buenos Aires. 7 FERNÁNDEZ CABRELLI, ALFONSO. “Masonería. Morenismo. Artiguismo” Ed. América Una. 8 Idem. P. 246. 9 SALTERAIN Y HERRERA, EDUARDO. Ob. Cit. P. 49. 10 FLORES MORA, MANUEL. Ob. Cit. P. 218 11 Idem. 12 SALTERAIN Y HERRERA, EDUARDO. Ob. Cit. P. 28. 13 TOMÉ, EUSTAQUIO. “El Vicariato Apostólico de Don José Benito Lamas”. Impresora Uruguaya S.A. Montevideo, 1941. P. 60. Cit. Libro 5 de Bautismos Fol. 93. Iglesia de San Francisco. 14 FLORES MORA, MANUEL. Ob. Cit. P. 218. 15 Información proporcionada por Fray Antonio de Santa Clara Córdoba, historiador y cronista del Convento de San Francisco de Buenos Aires; extraída de las Tablas Capitulares de la Orden Franciscana, existentes en los Archivos de la Provincia de la Asunción. Inicialmente publicados por el Dr. Eustaquio Tomé en “Aniversario de José Monterroso”. Diario El Debate. Montevideo, 10 de mayo 1946. 16 Informes de Fray Buenaventura Oro, extraídos del Archivo del Convento de San Francisco, Córdoba. Citado por Salterain y Herrera, ob. cit. P. 49. 17 ARCHIVO ARTIGAS. T. XXIII. P. 103. T. XXVI. P. 487 – 498. 18 TOMÉ, EUSTAQUIO. “El Vicariato Apostólico de Don José Benito Lamas”. Impresora Uruguaya S.A. Montevideo, 1941. P. 50-51. 19 SALTERAIN Y HERRERA, EDUARDO. Ob. Cit. P. 76. 20 MERINO, JOSÉ ANTONIO. “Humanismo Franciscano”. Madrid, 1982. 21 MERINO, JOSÉ ANTONIO. “Historia de la Filosofía Franciscana”. B.A.C. Madrid, 1993. 22 OCCAM, GUILLERMO DE. “Breviloquium de Potestate Papae. Ed. Crítica de Baudry. París, 1837. Libro Tercer, capìtulos VII y IX.


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MARX, KARL. “La Sagrada Familia, o crítica de crítica crítica contra Bruno Baur y Cía”, en “Sobre la religión”, edición preparada por H. Hassman – Reyes Mate. Salamanca, 1979. P. 153. 24 DUNS SCOTO, JUAN. “Opus Oxoniense. Ordinatio”. IV, d. 15, q.2, n. 7. ed Vives XVIII, 266. España. 25 FERRATER MORA, JOSÉ. “Diccionario de Filosofía”. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1971. T. I. P. 552. 26 FURLONG, GUILLERMO. “Nacimiento de la Filosofía en el Río de la Plata. 1536 – 1810”. Buenos Aires. Ed. Kraft, 1952. 27 ARDAO, ARTURO. “Filosofía Pre- universitaria en el Uruguay”. Ed. Claudio García y Cía. Montevideo, 1945. P. 20 28 ABBAGNANO, NICOLA. “Storia Della filosofía”. Torino, 1982. T. I. P. 623. 29 OCCAM, GUILLERMO DE. “Opus nonaginta dierum”. Ed. Baudry. II, 1, P. 17. Extractos en Antonio Merino, “Historia de la Filosofía”. B.A.C. Madrid, 1993. P. 363-364. 30 HECHOS DE LOS APÓSTOLES, Cap. IV, Vers. 32 – 35. 31 CAYOTA, MARIO. “Optar por los pobres aunque nos marquen con el hierro”. Cuadernos Franciscanos del Sur. Montevideo, 1993. 32 MALDONADO DE BUENDÍA, ALONSO. Primer Memorial dirigido al Consejo de Indias. En Cuadernos Franciscanos del Sur, Nº 2. “Una voz interpelante: Fray Alonso Maldonado de Buendía”. CAYOTA – LODEIRO. CE.FRA.DO.HIS. Montevideo, P. 17. 33 Idem. Segundo Memorial. P. 24. 34 Idem. Tercer Memorial. P. 28. 35 Idem. Cuarto Memorial. P. 37. 36 Idem. Quinto Memorial. P. 42. 37 Idem. Sexto Memorial. P. 45. 38 Idem. Petitorio al Papa Pio V. P. 48. 39 MEDIETA, JERÓNIMO de. “Historia Eclesiástica Indiana”. Ed. Porrúa. México. 40 CASTELLANOS, ALFREDO. “La Biblioteca científica del Padre Larrañaga”, En Revista Histórica, XVI, Nº 46 – 48, diciembre de 1998. P. 604. 41 CAYOTA, MARIO – LODEIRO, JOSÉ MA. “Profecía y Teología de los primeros franciscanos evangelizadores del Paraguay” en Cuadernos Franciscanos del Sur, Nº 4. CE.FRA.DO.HIS. Montevideo, P. 38. 42 FURLONG, GUILLERMO. Obra citada. 43 ORGAZ, RAÚL. “La Filosofía en la Universidad de Córdoba a fines del siglo XVIII”. Córdoba, 1942. 44 GRABMANN, MARTIN. “Historia de la Teología Católica desde fines de la edad patrística hasta nuestros días”. Madrid, 1946. 45 ARDAO, ARTURO. Obra citada. 46 SUÁREZ, FRANCISCO. “De Legibus. De civili potestate”. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Corpus Hispanorum de Pace. Volumen XV. Madrid, 1975. CAYOTA, MARIO. “Artigas y su Derrota. ¿Frustración o Desafío?” Cap. V, P. 447 y ss. 47 CAYOTA, MARIO. Ob. Cit. Cap. IV. P. 400.


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ROUSSEAU, JEAN JACQUES. “Del Contrato Social”. Alianza Editorial. Madrid, 1982. CAYOTA, MARIO. Ob. Cit. Cap. IV, P. 402 y ss. 49 FURLONG, GUILLERMO. Ob. Cit. Cap. III: “Fray Elías del Carmen Pereira y su ardoroso cartesianismo”. P. 257 y ss. 50 Ob. Cit. P. 287. 51 Ob. Cit. P. 294. 52 TRUXILLO, MANUEL MARÍA. “Exhortación Pastoral, Avisos importantes y Reglamento útiles”. En Guillermo Furlong. Ob. Cit. P. 240. 53 CABRERA, PABLO. “Cultura y Beneficencia en la Colonia”. Córdoba, 2º edición, 1929. P. 214 – 216. 54 BRIXIA, FORTUNATO. “Philosophia Mentis”. Veneciis, 1769. Obra hasta hace poco disponible en la que fuera la biblioteca del Convento cordobés. 55 FEIJO, BENITO JERÓNIMO. “Theatro critico universal. Discursos varios en todo género de materias para desengaños de errores comunes”. Madrid. Imprenta de Francisco del Hierro. 1786. 56 ARDAO, ARTURO. “La filosofía polémica de Feijó”. Buenos Aires. Ed. Losada. 1962. P. 16. 57 Idem. P. 18-19. 58 ORGAZ, RAUL. “Cuestiones y notas de historia”. Córdoba, 1922. P. 29 59 Archivo de la Nación Argentina. Justicia, 15 -348. 60 MARTÍNEZ PAZ, ENRIQUE. “Una tesis de Filosofía del siglo XVIII”. En Revista de la Universidad. Córdoba. 1919. Año VI, Nos. 2 y 3, P. 241 – 242. 61 ARDAO, ARTURO. “Filosofía Pre Universitaria en el Uruguay”. Ed. Claudio García y Cía. Montevideo. 1945. P. 31. 62 ARCHIVO ARTIGAS. Comisión Nacional T. XXIX. P. 225. 63 CABRERA, PABLO. “Universitarios de Córdoba”. Córdoba. Nº 29, p. 421. 64 Del CORRO, MIGUEL CALIXTO. “Varios sermones panegíricos”. Filadelfia. 1849. 65 BUSANICHE, JOSÉ LUIS. “Historia Argentina”. Ed. Solar – Hachette. Buenos Aires, 1979. P. 355. 66 CAYOTA, MARIO. “Artigas y su derrota. ¿Frustración o Desafío?”. P. 664 – 666. 67 Ob. Cit. P. 669, 670. 68 Ob. Cit. P. 671 – 673. 69 Ob. Cit. Consultar Caps. IX y X. 70 INGENIEROS, JOSÉ. “Evolución de las ideas argentinas”. Buenos Aires. Ed. Claridad. 1994. P. 123 y 124. 71 CAYOTA, MARIO. Ob. Cit. P. 420 - 423 72 CAYOTA, MARIO. Ob. Cit. P. 527 – 530. 73 PETIT MUÑOZ, EUGENIO. “Artigas y su ideario a través de seis series documentales. Primera Parte.” Montevideo, Colombino Hnos. 1956. 74 FREGA, ANA. “Pueblos y Soberanía en la Revolución Artiguista. La región de Santo Domingo de Soriano desde fines de la Colonia a la ocupación portuguesa”. Ediciones de la Banda Oriental. Montevideo, Uruguay, 2007.


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PETIT MUÑOZ, EUGENIO. Ob. Cit. P. 149 – 150. CAYOTA, MARIO. Ob. Cit. P. 256 – 259. 77 BRITO STIFANO, ROGELIO. “Dos noticias sobre el estado de los campos de la Banda Oriental al finalizar el siglo XVIII” en Revista Histórica, T. XVIII. Montevideo, 1953. Contiene: “Noticias de los campos de Buenos Aires y Montevideo, para su arreglo”. Documento existente en Archivo de la Real Academia de la Historia. Madrid. Colección Mata Lima. T. 74, Pieza 9. También consultar CAYOTA, MARIO. Ob.cit. P. 220 y sigtes. 78 CAYOTA, MARIO. Ob. Cit. Cap. V. 79 FAJARDO TERÁN, FLORENCIA; GADEA, JUAN ALBERTO. “Influencia de Félix de Azara en el pensamiento artiguista”. Montevideo Junta Departamental. Montevideo, 1967. 80 CAYOTA, MARIO. Ob. Cit. P. 241 – 245. 81 AZARA, FÉLIX DE. Escritos de. En “Cronistas y Viajeros Del Nuevo Mundo”. Buenos Aires. Centro Editor de América Latina. 1973. 82 VAZQUEZ FRANCO, GUILLERMO. “Tierra y derecho en la rebelión oriental (A propósito del Reglamento del año XV). Montevideo. Proyección. 1998. P. 57. 83 BARRAN Y NAHUM. “Bases económicas de la Revolución Artiguista”. Ediciones de la Banda Oriental. Montevideo, 1997. P. 179. 84 BARRAN Y NAHUM. Ob. Cit. P. 106. 85 ARCHIVO ARTIGAS. T. XXIX. P. 133-134. 86 IBIDEM. T. XXIX. P. 152. 87 BRUSCHERA, OSCAR. “Artigas”. Ed. Biblioteca de Marcha. Montevideo, 1971. P. 159 – 160. 88 Ob. Cit. P. 157-158. 89 ARCHIVO ARTIGAS. T. XXIX. P. 7. 90 ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN. Correspondencia del General José Artigas al Cabildo de Montevideo (1814 – 1816). Publicado bajo la dirección de Angel H. Vidal. Montevideo. 1940. P. 27. 91 Archivo General de la Provincia de Corrientes, República Argentina. Correspondencia Oficial (1era. Serie) Nº5. Año 1815. 92 GÓMEZ, HERNÁN. “El General Artigas y los hombres de Corrientes”. Corrientes, 1929. P. 170. 93 ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN. Montevideo. Fondo de Archivo y Museo Histórico Nacional. Caja Nº 10. 94 Museo Mitre Buenos Aires. República Argentina. Sección Archivo. Armario C. caja: Contribución documental.. T. I y II. Tomo II, año 1813. 95 CAYOTA, MARIO. Ob. Cit. P. 198, 199. 96 Archivo del Juzgado de Primera Instancia del Departamento de Maldonado. Fondo Documental correspondiente a San Carlos. 97 ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN. Montevideo. Fondo ex Archivo Administrativo, libro 284. Cabildo de Maldonado. Documentos diversos. 1802 – 1817. 98 CABRAL, SALVADOR. “Andresito Artigas en la Emancipación Americana. Ediciones Castañeda. Buenos Aires, 1980. 76


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Carta de Sarratea al Superior Gobierno Provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, del 23 de Junio de 1812. En Archivo Artigas. T. IX.P. 6-9. 129 ARCHIVO ARTIGAS. T. IX. P. 224. 130 ARCHIVO ARTIGAS. T. IX. P. 276. 131 Carta de Sarratea a Manuel García. Londres. 28 de abril de 1814. Archivo Artigas.T. XIV. P. 430. 132 REYES ABADIE – VAZQUEZ FRANCO, “Crónica General del Uruguay”. Vol. II. “La Emancipación”. Ediciones de la Banda Oriental. P. 328, 329. 133 CAYOTA, MARIO. Ob. Cit. P. 151. 134 ROSA, JOSÉ MARÍA. Ob. Cit. T.III. P. 67. 135 ROSA, JOSÉ MARÍA. Ob. Cit. T. III. P. 68. 136 BUSANICHE, JOSÉ LUIS. Ob. Cit. P. 338. 137 Idem 138 ROSA, JOSÉ MARÍA. Ob. Cit. T.II. P. 67-69. 139 REYES ABADIE – VAZQUEZ FRANCO. Ob. Cit. Vol. II. P. 324, 325. 140 REYES ABADIE – VAZQUEZ ROMERO. Ob. Cit. P. 334. 141 CAYOTA, MARIO. Ob. Cit. P. 491 142 REYES ABADIE – VAZQUEZ ROMERO. Idem 143 BUSANICHE, JOSÉ LUIS. Ob. Cit. P. 344 144 BUSANICHE, JOSÉ LUIS. Ob. Cit. P. 362; ROSA, JOSÉ MARÍA. Ob. Cit. T. III. P. 131, 143. 145 Ob. Cit. P. 361 – 362. 146 LÓPEZ, VICENTE FIDEL. “Historia Argentina”. Buenos Aires. Imprenta y Librería de Mayo. 1881. T. V. P. 199. 147 CAYOTA, MARIO. Ob. Cit. P. 497. 148 BUSANICHE, JOSÉ LUIS. Ob. Cit. P. 338. 149 Ob. Cit. P. 375 – 376. 150 ROSA, JOSÉ MARÍA. P. 197. 151 Actas secretas del Congreso general constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Reimpresión facsimilar. Buenos Aires, 1926. 152 BUSANICHE, JOSÉ LUIS. Ob. Cit. P. 378. 153 MITRE, BARTOLOMÉ. “Historia de Belgrano y la Independencia argentina”. Librería de la Facultad. Buenos Aires, 1927. T. III, P. 43 – 44. 154 BUSANICHE, JOSÉ LUIS. Ob. Cit. P. 386. 155 Ob. Cit. P. 388. 156 ROSA, JOSÉ MARÍA. P. 248. 157 Ob. Cit. T. III, P.266. 158 BUSANICHE, JOSÉ LUIS. P. 242 – 277. 159 CAYOTA, MARIO. Ob. Cit. P. 341 – 347. 160 FERRER BENIMELLI, JOSÉ A. “La Masonería Actual”. Editorial AHR. Barcelona, 1977. MELLOR, ALEC. "La Masonería". "La desconocida Franc-Masonería Cristiana"Editorial AHR. Barcelona, 1968.


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TOMÉ, EUSTAQUIO. “El Vicariato Apostólico de Don José Benito Lamas”. Extracto de la Revista Histórica. Tomo XIII. Nº 37. Impresora Uruguaya S.A. 1941. P. 37 a 40; 78 a 88. 184 PIQUÉ, ENRIQUE. “Crónicas de la Logia Lautaro. Artigas y el Federalismo”. Arca Editorial. Montevideo, 2010. P. 64. 185 CAYOTA, MARIO. Ob. Cit. P. 456. 186 FURLONG, GUILLERMO. Ob. Cit. P. 95 – 109; P. 585 – 604. 187 Ob. Cit. P. 605 – 607. 188 FURLONG, GUILLERMO. En revista “Criterio”. T.I. Buenos Aires, 1931. P. 399. 189 GIMENEZ FERNANDEZ, MANUEL. “Las doctrinas sobre la soberanía popular en la Independencia de Hispano – América”. Sevilla, 1947. P. 22. “Instituciones jurídicas en la Iglesia Católica”. Madrid, 1940. T. I. P. 216. 190 FLORES MORA, MANUEL. “Los secretarios de Artigas”. En “Artigas”. Ediciones de “El País”. Montevideo, 1960. 191 BRUSCHERA, OSCAR. “Artigas”. Biblioteca de Marcha. 1921. P. 133, 134. 192 Ob. Cit. P. 168 – 171. 193 CAYOTA, MARIO. P. 133, 134. 194 ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN. Fondo ex Archivo y Museo Histórico Nacional, Caja Nº9. 195 BRUSCHERA, OSCAR. Ob. Cit. P. 132. 196 ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN. Fondo ex Archivo y Museo Histórico Nacional. Año 1815, caja 11. 197 PETIT MUÑOZ, EUGENIO. “Artigas y los indios”. En “Artigas”. Ediciones de “El País”. Montevideo, 1960. P. 231. 198 Archivo de los Tribunales. Corrientes. República Argentina. Legajo de los años 1814 – 1815. 199 REBELLA, JUAN ANTONIO. “Purificación, Sede del Protectorado de los Pueblos Libres. 1815 – 1818”. Colección Clásicos Uruguayos. Vol. 163. Montevideo. Biblioteca Artigas. 1981. P. 101 – 102. 200 Comisión Nacional Archivo Artigas. Archivo Artigas, T. XXI. P. 228 201 MAESO, JUSTO. “Los primeros patriotas orientales de 1811”. Montevideo. El Laurak – Bat, 1888. P. 117. 202 ZORRILLA DE SAN MARTIN, JUAN. “La Epopeya de Artigas”. Barcelona. Luis Gilli, 1916. T. I. P. 607. 203 ARCHIVO ARTIGAS. Ob. Cit. T. XXXI. P. 183 204 ARCHIVO ARTIGAS. Ob. Cit. T. XXI. P. 156. 205 VAZQUEZ, ANIBAL. “Caudillos Entrerrianos”, P. 17. Oficio de Ramírez dirigido al Comandante militar de Corrientes Evaristo Carriago, el 1 de marzo de 1821. 206 ARCHIVO ARTIGAS. Ob. Cit. T. XXI P. 156, infine. 207 Ibidem. T. XXII. P. 232. 208 MIRANDA, HECTOR. “Las Instrucciones del Año XIII”. Montevideo. Barreiro y Ramos. 1910. P. 279. 209 MOLINARI, DIEGO LUIS. “Viva Ramírez!”. Buenos Aires. Coni, 1938. P. 34.


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SALA DE TOURON- DE LA TORRE, NELSON – RODRIGUEZ, JULIO. “Artigas y su revolución Agraria. 1811 – 1820”. México. Siglo XXI, 1978. P. 259. 211 SALA DE TOURON- DE LA TORRE, NELSON – RODRIGUEZ, JULIO. “Después de Artigas (1820 – 1836)”. Montevideo. Pueblos Unidos, 1969. 212 ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN. F.J.C. Letra F, num. 19, fojas 24. 213 SALTERAIN Y HERRERA, EDUARDO. “Lavalleja”. Montevideo, 1957. P. 291. 214 ARCHIVO HISTÓRICO NACIONAL. Fondo de Archivo General Admnistrativo. Caja 860. 215 ARCHIVO ARTIGAS. Ob. Cit. T. XIV. P. 56. 216 ARCHIVO ARTIGAS. Ob. Cit. T. IX. P. 6 - 9. 217 ARCHIVO ARTIGAS. Ob. Cit. T. XIV. P. 120. 218 ARCHIVO ARTIGAS. Ob. Cit. T. XIV. P. 125. 219 ARCHIVO ARTIGAS. Ob. Cit. T. XVII. P. 215. 220 Idem P. 211. 221 ARCHIVO ARTIGAS. Ob. Cit. T. XVI. P. 339. CAYOTA, MARIO. Ob cit. P. 491 222 ARCHIVO ARTIGAS. Ob. Cit. T. XVII. P. 215 - 216. 223 CABRAL, SALVADOR. “Andresito Artigas en la Emancipación Americana”. Buenos Aires. Tiempo de América, 1980. 224 ARCHIVO MITRE. T. IV. P. 106. 225 ZORRILLA DE SAN MARTÍN, JUAN. “La Epopeya de Artigas”. Ob. Cit. T. II. P. 112. 226 FREGA, ANA. (Coordinadora) “Historia Regional e Independencia del Uruguay”. En los derechos de los pueblos misioneros. Banda Oriental. Montevideo, 2009. P. 161 y ss. 227 SALTERAIN Y HERRERA, EDUARDO. Ob. Cit. P. 71 228 BARROS ARANA, DIEGO. “Historia General de Chile”. T.II. P. 406. 229 BARROS ARANA, DIEGO. “Compendio de Historia de América”. Ed. Cabaut y Cía. Buenos Aires, 1910. P. 497, 498. 230 MITRE, BARTOLOMÉ. “Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina”. Ed. Biblioteca de la “Nación”. Quinta Edición. 4 Tomos. Buenos Aires, 1902. T.III. P. 320. 231 Ob. Cit. P. 214. 232 Ob. Cit. P. 34. 233 Ob. Cit. P. 229 - 230 234 SARMIENTO, DOMINGO FAUSTINO. “Conflicto y armonía de las razas en América”. Buenos Aires. Bosco y Cía. P. 388. 235 “La Biblioteca”. T. VI. P. 13. Citado por Mario César Gras, en “Rosas y Urquiza”. Buenos Aires”. Semea, 1948. P. 29. 236 Revista General de la Legislación y Jurisprudencia. México, 1881. P. 24 y 25. 237 CABRELLI, FERNÁNDEZ. “La Franc-Masonería en la Independencia de Hispanoamérica. Montevideo, 1988. P. 240. 238 SALA, LUCIA. “Democracia durante las guerras por la Independencia en Hispanoamérica”. En “Nuevas miradas en torno al Artiguismo”. Coordinadoras Ana Frega – Ariadna Islas. Dep. de Publicaciones de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales. Montevideo, 2001. P. 87 a 123.


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HAMPSON, NORMAN. “Historia Social de la Revolución Francesa”. Alianza Editorial. Madrid, 1970. P. 259. 240 ALVAREZ JUNCO, JOSÉ; GILOLMO, EMILIO. “Los jacobinos”. Selección y prólogo. Transcripción de “Las instituciones republicanas” de Antonio Saint – Just. Cuadernos para el diálogo. Madrid, 1970. P. 370 – 371. 241 Ibidem. P. 372. 242 Ibidem. P. 377. 243 Ibidem. P. 379. 244 Ibidem. P. 381. 245 HAMPSON, NORMAN. Ob. Cit. P. 289. 246 Ibidem. 247 BUCHEZ, PHILIPPE y ROUX – LAVERGNE. “Histoire Parlamentaires de la Revolution Française”. 40 volúmenes. París. 1834 – 1838. 248 HAMPSON, NORMAN. Ob. Cit. P. 322 y 323. 249 ARDAO, MARÍA JULIA. “El Gobierno Artiguista en la Provincia Oriental”. En “Artigas”. Ed. El País. Montevideo, 1950. P. 117 y 118. 250 ALVAREZ JUNCO – GILOLMO. Ob. Cit. P. 322 y 323. 251 ROSA, JOSÉ MARÍA. Ob. Cit. P. 256. BUSANICHE, JOSÉ LUIS. Ob. Cit. P. 315. 252 FERNÁNDEZ CABRELLI, ALFONSO. “Masonería, Morenismo, Artiguismo”. Ed. América Una. Montevideo, 1982. P. 164 – 167. 253 ROSA, JOSÉ MARÍA. Ob. Cit. T. II. P. 214 y 215. P. 214 y 215. 254 Ob. Cit. T. II. P. 286 – 292. 255 Ob. Cit. T. II. P. 152. 256 Ob. Cit. T.II. P. 153 – 155. 257 Ob. Cit. T. II. P. 156 – 159. 258 Ob. Cit. T.II. P. 155 259 BAGÚ, SERGIO. “Mariano Moreno”. Biblioteca de Marcha. Montevideo, 1971. 260 BAGÚ, SERGIO. “Marx – Engels: Diez conceptos fundamentales”. Buenos Aires, 1976. 261 BAGÚ, SERGIO. “Mariano Moreno”. P. 15. 262 ROSA, JOSÉ MARÍA. Ob. Cit. T.II. P. 205 – 208. 263 Ob. Cit. T. II. P. 204. 264 BAGÚ, SERGIO. “Mariano Moreno”. P. 57 – 58. 265 ROSA, JOSÉ MARÍA. Ob. Cit. T. II. P. 241 – 242. 266 BAGÚ, SERGIO. “Mariano Moreno”. T.II. P. 106. 267 BAGÚ, SERGIO. Ob. Cit. T. II. P. 86. 268 BAGÚ, SERGIO. Ob. Cit. T. II. P. 71 – 72. 269 CAYOTA, MARIO. “Artigas y su derrota. ¿Frustración o desafío?”. P. 416 – 417. 270 CÁCERES, RAMÓN DE. “Escritos Históricos del Coronel Ramón de Cáceres”. Publicados y anotados por Aurora C. de Castellanos. Monteverde. Montevideo, 1959. 271 CHAVES, JULIO CÉSAR. “Castelli: el Adalid de Mayo”. Buenos Aires, 1944. P. 315. 272 ROSA, JOSÉ MARÍA. Ob. Cit. P. 218.


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Ob. Cit. P. 217. Ob. Cit. P. 219. 275 Ob. Cit. P. 242 – 243; 296. 297. 276 BUSANICHE, JOSÉ LUIS. Ob. Cit. P. 350. 277 LÓPEZ, VICENTE FIDEL. “Historia de la República Argentina, su origen, su revolución y su desarrollo político hasta 1852”. Imprenta de Mayo. T. V. P. 199. Buenos Aires, 1883. 278 LÓPEZ, VICENTE FIDEL. “La Revolución Argentina…”. Primera edición. T. I. P. 622. LÓPEZ, VICENTE FIDEL. “Manual de la Historia Argentina, dedicado a los profesores y maestras que la enseñan”. Imprenta de Mayo. Buenos Aires, 1896. P. 291. 279 PELLIZA, MARIANO. “Monteagudo. Su vida y sus escritos”. Imprenta de Mayo. Buenos Aires, 1880. P. 107 – 108. 280 FURLONG, GUILLERMO. Ob. Cit. P. 618 – 624. 281 PETIT MUÑOZ, EUGENIO. “Artigas y la función pública”. Disertación en Sesión Solemne realizada el 22 de setiembre de 1969. Ed. Junta Departamental de Montevideo. Biblioteca, 1970. 282 Archivo Artigas. T. II. P. 31. 283 CABRERA PÉREZ, LEONEL. “Cuando los infelices eran perseguidos”. En “Nuevas miradas en torno a Artigas”. Coordinadoras Ana Frega, Ariadna Islas. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Montevideo, 2001. 284 Oficio de José María Segovia, comandante de Goya a Francisco Ramírez, del 12 de junio de 1820. 285 CÁCERES, RAMÓN DE. “Escritos Históricos”. Anotados por María Julia Ardao. Montevideo, 1959. SALTERAIN y HERRERA, EDUARDO. Ob. Cit. P. 149. 286 VICUÑA MACKENNA. “El ostracismo de los Carrera”. Santiago de Chile. P. 560. 287 MARTÍNEZ, BENIGNO. “El General Francisco Ramírez en la historia de Entre Ríos”. Buenos Aires, T. II. P. 47. 288 VÁZQUEZ, ANÍBAL. “Caudillos Entrerrianos”. Carta de Franscisco Ramírez desde San Roque al Comandante militar de Corrientes. Paraná. Provincia de Entre Ríos. P. 32. 289 VÁZQUEZ, ANÍBAL. Ob. Cit. P. 179. 290 PAZ, JOSÉ MARÍA. “Memorias Póstumas”. Buenos Aires. P. 451. 291 Archivo del General Juan A. Lavalleja, 1829 – 1836. Montevideo, T. IV. P. 208. Carta del 1º de Octubre de 1830 de Luis Manuel Aldao a Lavalleja. 292 Archivo Lavalleja, citado. Carta del 30 de abril de 1832 escrita por Monterroso desde Copiapó a Don José Santos Ortiz, de Mendoza. P. 308. 293 Archivo Histórico Nacional. Oficio de D. Luis Lamas de fecha 27 de agosto de 1834 al Ministro Lucas Obes. Fondo ex Archivo General Administrativo. 294 Archivo Histórico Nacional. Fondo citado. Oficio del ministro de gobierno Lucas Obes al Vicario Apostólico de la República Dámaso A. Larrañaga, de fecha 28 de agosto de 1834. 274


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Archivo de la Curia Eclesiástica de Montevideo. Informe del Provisor D. Juan José Giménez al Vicario Larrañaga, el 3 de setiembre de 1834. 296 LLEGÓ ENTRECORTADO EL MAIL 297 298 299

Archivo Histórico Nacional. Fondo citado. Carta del Vicario Apostólico Larrañaga al Ministro de Gobierno Lucas Obes. 300 ZURETI, JUAN CARLOS. “Nueva Historia Eclesiástica Argentina”. Itinerarium. Buenos Aires, 1972. P. 272. 301 ZURETI, JUAN CARLOS. Ob. Cit. P. 194 y 252. BUSANICHE, JOSÉ LUIS. Ob. Cit. P. 455, 458 y 708. 302 ZURETI, JUAN CARLOS. Ob. Cit. P. 299. PONS, LORENZO. “Biografía del Ilmo y Rvmo. Señor D. Jacinto Vera y Durán, primer obispo de Montevideo”. Barreiro y Ramos. Montevideo, 1905. P.47. 303 Archivo Histórico Nacional. Fondo Documental Estrada. 304 SALTERAIN Y HERRERA, EDUARDO. Ob. Cit. P. 213. 305 SALTERAIN Y HERRERA, EDUARDO. Ob. Cit. P. 215 – 219. 306 Cuaderno de “Defunciones del Cementerio Público de la Dirección de Necropsia”. Municipalidad de Montevideo. P. 60. 307 Museo Histórico Nacional. Casa Lavalleja. Colección Biblioteca Pablo Acevedo. Tomo manuscrito Nº 137. Folio 76. 308 RAMÍREZ, CARLOS MARÍA. “Artigas”. P. 133. 309 DIAZ, ANTONIO. En el periódico “El Piloto”. Buenos Aires 7 de junio de 1825. P. 15. Cf. Luis Melian Lafinur, en “Semblanzas del Pasado”. Buenos Aires. 1915. P. 354. 310 DIAZ, ANTONIO. En el periódico “El Universal”. 14 de noviembre 1832. P. 2 col. 4. 311 SALTERAIN, AUGUSTO. “Historia de Paysandú”. Diccionario biográfico. Buenos Aires. 1958. 312 CÁCERES, RAMÓN DE. “Escritos Históricos del Coronel Ramón de Cáceres”. Publicados y anotados por Aurora C. de Castellanos. Montevideo, 1959. Con Advertencia donde la prudente y erudita investigadora, realiza un análisis crítico de los dichos del Coronel Cáceres, P. 9 – 12. 313 LÓPEZ, VICENTE FIDEL. “La Revolución Argentina. Su origen, sus guerras y su desarrollo político hasta 1830”. Buenos Aires. Imprenta y librería de Mayo. 1881. T. I. P. 106. T. IV. P. 1119, 1123 – 1124.


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ACLARACIÓN

En cuanto a los archivos, repositorios y fuentes manuscritas consultadas por la investigación que ha culminado en la presente edición, cabe precisar que se ha optado por registrar su origen en la nota correspondiente.

Igual

metodología se ha elegido con relación a la compulsa de folletos, diarios y revistas.

Similar procedimiento se ha seguido con los volúmenes del

Archivo Artigas, editados por la comisión a esos efectos creada con fecha 7 de junio de 1944, bajo la presidencia de don Luis Batlle Berres.

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JOSÉ BENITO MONTERROSO  

Fraile Franciscano y secretario de Artigas, "Jefe de los Orientales".

JOSÉ BENITO MONTERROSO  

Fraile Franciscano y secretario de Artigas, "Jefe de los Orientales".

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