Page 1

Arnulfo Rubio Ríos

ARNULFO RUBIO

BLUES DEL PERRO DE PAVLOV novela

EDICIONES DEL DRAGÓN

1


Blues del perro de Pavlov

© Derechos reservados: Arnulfo Rubio Ríos © Por la presente edición: Ediciones del Dragón Prohibida la reproducción total o parcial del contenido sin permiso por escrito del autor y/o editor. Printed in Mexico Impreso en México

2


Arnulfo Rubio RĂ­os

If I could dig down deep in my heart Feelings would flood on the page Would it satisfy ya, would it slide on by ya Would ya think the boy's insane? He's insane Jagger-Richards

3


Blues del perro de Pavlov

4


Arnulfo Rubio Ríos

ADAGIO

Como sucede diario, a cada instante escucho la campanilla de Pavlov y dejo de ser yo. Si no lo creen, acompáñenme a la cocina. Silvia sirve la comida. El primer tiempo es de arroz blanco, adornado con cubitos de zanahoria y chícharos. Su aromático vapor estimula las glándulas salivales. Los hielos de los vasos crujen al ser bañados por el agua de guayaba. Sobre la mesa de cristal del antecomedor, sillas de rattan y bodegón anónimo de tres mil pesos, el servicio bien puesto, nuestros antebrazos y dos salsas, la una de tomate y la otra de jitomate, que ya quiero escanciar sobre el arroz. Al otro lado de la barra, en la cocina, el aceite crepita al contacto con los huevos, destinados a servirse sobre el cereal del anfitrión. Se movilizan las mandíbulas del resto de los comensales y las alas de una mosca también. A pesar de la campanilla aplico la voluntad y procuro comer decorosamente. Vade retro, anima canis. La mosca sobrevuela la mesa, enloquecida por los olores. Luego, espantada por todos, termina posándose sobre el rostro de un pionero del rock en español, que parlotea en la Sony. El cloqueo del sujeto no me concierne. Hizo lo que tenía qué hacer: cantar traducciones. Es intérprete, no creador. De otra manera hubiera evolucionado. El mérito de su fama se debe a la compañía disquera, que lo promovió en sudamérica y en España. Tantos años y sigue vendiéndose como estrella del rocanrol. 5


Blues del perro de Pavlov

Ocupado en eso de los modales, estoy entre la divagación y la socialidad. Oigo, mastico pausadamente, intercambio miradas y callo. A veces muevo una mano, para volver a alejar a la mosca de mis terrenos, cuando insiste en darle una probadita a la comida. Antes, lobo; luego, perro; ahora, especie en transición. Carezco de pelambre, colmillos y rabo. ¿Mi alma? Canina o humana ha sido domesticada. Por tanto, soy un perro. ¿O soy humano? La yema del huevo frito recibe el pinchazo de su tenedor. El fluido amarillento se desliza entre los granos de arroz. El anfitrión los lleva hasta su boca con cuidado, con educación. La mosca se va a inspeccionar el área de la cocina. El baladista baladí se despide, satisfecho de que las ondas hertzianas hayan llegado a las neuronas de los televidentes para hacer su trabajo. Y lo hacen. Si no, ¿por qué la pregunta? -¿Eran buenos los rocanroleros mexicanos?-inquiere Pepe. (Hay que tomar en cuenta las diferencias generacionales de la comensalía. Lodda frisa la treintena. Pepe tiene veintiséis. El mayor, su padre, cincuentayséis. Un servidor, cuarenta. La mosca, horas quizás). El papá expone su acervo de lugares comunes. Se aceptan porque sí, faltaba más. Es el dueño de la casa y paga la comida. Con mirada canina finjo atención. Estoy calificado para contestar. Pero no hablar es mi consigna. Trituro los bocados; practico la sana costumbre de atender mis necesidades primarias y mis propios asuntos. Que los otros se muestren. Doy cuenta del arroz, dejando un poco sobre el plato, según enseñanzas de Lodda. Ahora sí permito que la mosca se regodee con las sobras. 6


Arnulfo Rubio Ríos

El espeso mole de olla, segundo tiempo servido con trozos de res, verduras y pequeñas bolas de masa, esparce su grato aroma. Pica, pero unos sorbos de agua de guayaba mitigan la sensación. Silvia, tan dada a utilizar la sal de grano con prolijidad, esta vez ha sido parca. Le falta, pero no le pongo. Es mala para el corazón y mantiene el deseo sexual. Por eso la eliminan en las cárceles. La pregunta de Pepe me hace evocar. Año del 64. La TV era incipiente. Rifaba la radio, i’ ñor. Kalimán acababa con los fascinantes facinerosos y se constituía en el mero mero precursor de la lucha contra el mal, sin nacionalidad, como los capitales. Aunque siempre ha habido truchimanes, él se hacía presente, junto con su fiel compañero Solín, en la comodidad del hogar. Poderoso personaje cosmopolita del surrealismo mexicano que nos hacía viajar de Egipto a la India, de Transilvania a Moscú, deshaciendo complots, enfrentando vampiros y enamorando bellas mujeres. OK. Circunscribámonos, circuncisémonos y contextualicemos. Para ello, me ubico. Es decir, ¿quién era yo?, ¿de dónde provenía?, ¿cómo vivía?, ¿dónde la giraba?, ¿por qué?, ¿cuándo? Voy entonces a la colonia Obrera, donde las calles en lugar de nombres de proletarios famosos, ¿no hay, verdad?, ostentan nombres de escritores. Barrio bravo, de la calzada de Tlalpan a Niño Perdido, hoy encontrado y bautizado Eje Central; de Fray Juan de Torquemada (inquisidor que Dios ha de tener a fuego lento) a José T. Cuéllar. Atención. No existe la estereofonía. El mundo es monoaural. La televisión es blanco y negro. Son escasas las antenas en el paisaje urbano; por tanto, hay pocos aparatos en las casas y por ende no hay muchos programas, ni horas de transmisión. ¿Qué quiero decir? Los pequeños cerebros de los niños de esa época y lugar no reciben tantas ondas y se mueven en los territorios del juego, dividido en dos: de hombres y de mujeres. Primer caso, números con castigo, canicas, balero, trompo, yoyo, rondana, picahielo, briscas y conquián, carreteritas, coches de baleros, policías y la7


Blues del perro de Pavlov

drones y, los más afortunados, bicicleta y patines. Con ellas, a las estatuas de marfil, cebollitas, matarililirilón, escondidillas, encantados y, por supuesto, a la casita. Todo esto aderezado con la escuela, las tareas, las fantasías, el deporte callejero, los sueños, los regaños familiares, las moralinas religiosas, la competencia, la maldad, algunos libros y revistas. Le pongo una cucharada de azúcar al café. Dicen que el dulce es al café lo que los hielos al escocés. La mosca camina sobre la tapa de la azucarera. Bulle mi cabeza, por el calor y los recuerdos. Echo un vistazo al jardín, a través de la blanca trama del tul que cubre la ventana que da al jardín. Hay laureles, ficus, bugambilias, tiestos con rosas y rosales, flores de nombres simpáticos como perritos, nomeolvides, siemprevivas, hueledenoche y azuzenas. El cielo es de un azul prístino, con blancos girones de caprichosas nubes. ¿Habráse repetido alguna vez una figura formada por ellas? Los aviones de la escuela de Zapopan vuelan en formación de tres. ¿Qué hago aquí? Tal vez espero, una señal o un llamado, un giro de la rueda. Pero, ¿por qué esperar, Esperanza? Bueno, lo que hago es evocar; dejar que los recuerdos y los sueños se entremezclen en oscuros trazos con algún significado. Signifiquemos nuestros significados y seamos signos. Aunque prefiero la palabra sin la n enmedio. Sinos. Mejor hablemos de ellos. Y de mi sino, que es encontrar otros sinos y elucubrar significados. Vamos. Estábamos en la Obrera, pues. Soy libre, porque no tuve padres restrictivos ni golpeadores, como aquellos hijos humillados, que transmiten a su progenie las humillaciones inflingidas a ellos por sus ancestros. Joven e inocente, además. 8


Arnulfo Rubio Ríos

Del nirvana bucólico, pueblerino, michoacano, descendimos varios angelitos al fangal urbano. Y he aquí que nuestros cuerpos y nuestras almas permanecieron libres de mácula. Hasta entonces. Y he aquí que el ser humano nace libre y muere encadenado. Y he aquí que la mosca se ha irritado por el humo de los cigarros.Y he aquí que las cadenas se han fraguado alrededor de mi cuello. (Son como las de los adornos septembrinos: verde, blanco y rojo, un ismo clavado en el corazón. Pero frágiles como papel de china. Y asaz frágiles eran las entrañas, las emociones y las fortalezas. Y frágiles eran los diques de las emociones, de las lágrimas). Pero Fortuna, Impiratrix Mundi, ha dispuesto la existencia de los rescatadores. Uno de ellos, Miguel, mesero por las noches en la pozolería El orgullo de Jalisco. Mala influencia. Calles, aparadores, tostadas y flautas, atisbos a La Lechuza, El Barba Azul, El Molino Rojo y El Ratón. Con él, Pedro Infante y otros. Música de machos. Nada de copetudos, cadeneros o enchamarrados. ¿Los Nazis? ¿Los Burros? ¿Los Chicos Malos? Cero pandillas. Cero líderes. Cero pertenencia a grupos. Porque los demás exigen; los sometidos requieren a diario pruebas del poder. ¿Estás allá arriba? Sostente. Si caes, serás pisoteado. Te desollan y te engullen, tradición muy azteca, muy nuestra, muy del género. El que asciende en la pirámide no puede llamarse a engaño. Conoce su destino. Los tres comensales echan humo alegremente. Reconozco el aroma de los Viceroy y lo distingo del de los Marlboro. A veces lo disfruto, pero fuman tanto que me lloran los ojos. Ni modo. Aceptemos a los otros como son, hasta que nos cansemos de ellos o ellos nos den la patada en el trasero. Sé cómo aniquilar a las moscas. La mano suelta, debe caer como un latigazo sobre ellas. Con cautela, para no hacer corrientes de aire que las pongan sobre aviso. La tengo a mi alcance, pero la 9


Blues del perro de Pavlov

dejo que vuele. Bien, cachorro, venga. ¿Qué has hecho de relevante acá, en esas callejuelas de la Obrera, que tanto te empeñas en ponderar? Has comenzado hablando de la comida en una tarde esplendorosa, de la mosca y ahora nos remites a tu infancia. ¿Por qué habríamos de seguirte? El aparato de radio era de marca Universal. Artefacto de honor, muy apreciado por único. Cada miembro de la familia tenía su relación con él, su hora de acercamiento, su estación, su programa, su voz; una voz que lo ha de acompañar en la vida y en los sueños. Ondas primerizas que surcaban el entonces casi transparente aire de la Gran Tenochtitlan. Ondas que iban, ondas que venían. Solamente de amplitud modulada, porque la FM estaba en gestación. Mi media hermana, Jesusa, nos dio posada (nueve almas, abuelo incluido), porque la familia había dejado intempestivamente el romántico panorama pueblerino, porque mi padre había sido amenazado por los purépechas que raspaban los árboles de pino para extraerles la resina. Les hacía préstamos a cuenta de la raya cuando andaban borrachos y a la hora de cobrar había problemas. Olvidaban los anticipos, no obstante las firmas y las huellas digitales. Se endeudaban cada vez más y culpaban a mi padre. ¿Hay indios en México? Por supuesto, pero no todos son tontos ni explotados. ¡Seguro! Pero, ¡qué lástima! No son como los de la serie de Rin tin tin, ni visten como Toro, el compañero (obertura de Guillermo Tell, por favor) de El Llanero Solitario. Ni llanero, ni solitario. ¿Podrá con los hombres lobo? Porque sus balas eran de plata. Muy rico, el tipo. La ingenuidad infantil se preocupaba por el gasto de minerales valiosos en afanes justicieros. Ese policía enmascarado resultaba un burgués bastante desprendido, ¿no? (Hombre blanco ser bueno). Y Lassie, la perra inteligente (no hay muchas, aunque sí muy astutas), que vivía en el campo con su amito rubio de jeans, camisas de cuadritos y tenis. El otro perro, Rin tin tin (¡qué de perros, yo inclusive!), reclutado 10


Arnulfo Rubio Ríos

y explotado en un cuartel del lejano oeste, junto con el cabo Rustie, inexplicablemente menor de edad, inmerso en el mundo de la destrucción de los indios malos, muy malos, tan malos que debían morir. (¿Son o no iguales, por fin, los indios de América? Aquellos son guerreros, pelean, montan a caballo; es más, Toro es un héroe. ¿Por qué entonces los de acá, los nuestros, están escuálidos, tristes, venden chicles, son chaparros y no pelean?). (La TV, Pavlov, nunca te imaginaste). Bueno, solía reír bastante con La Pandilla, serie muda, con música de Nickel Odeon, Alfalfa, El Pecas, Farina, Spanky y, faltaba más, otro chucho, el carnal Pirata. Ellos juegan al adulto y quieren quemar a Farina por el hecho de ser negro. Son del Ku Klux Klan. Series, series, series. Ondas que van, ondas que vienen y en tu cabecilla se detienen. Como la mosca, cuyas patas te hacen sentir cosquillas en el cuero cabelludo. Silencio. Silencio en torno al artefacto que irradia información y datos y más datos que van al limbo cerebral para almacenarse. Ahí aguardan el momento propicio para motivarme, inducirme, modelarme e inclusive hacerme actuar. Series serias. Series y ondas que llegan y se van a la corteza, al límbico o más adentro. ¡Vamos, perro eremita! ¿Qué querías? ¿Sólo pensamiento puro? ¿Unicamente libros selectos, arte y ciencia? Eres carne e instinto, no olvidarlo. La mosca va de cabeza en cabeza. ¡Claro! ¡También había acceso a los programas del viejo Alfred, el mago regordete Hitchcock! El número 77 de la calle Sunset, la Dimensión Desconocida, Rumbo a lo Desconocido (todos vamos hacia allá) y, por supuesto, hablando de ismos, Noches Tapatías, el yate Fiesta y, niños 11


Blues del perro de Pavlov

de la Obrera y de todas las colonias de la Tenochtitlán, fanfarrias que anuncian los esfuerzos pírricos de Enrique Alonso por hacer teatro con diez pesos y más ganas que talento e imaginación. Con ustedes ¡El Teatro Fantástico! Con el teatro es diferente, porque con él basta la magia. Una simple silla sirve y que el actor y las palabras hagan el resto. Pero cuando hay ondas hertzianas de por medio, el truco resulta fallido, bufo, trunco. La TV es de cinescopio redondo, con sólo tres canales en su haber: dos, cuatro y cinco. Se recibe lo que se da. Y lo que se da y se recibe es, señores, sólo TV en horarios infantiles y, de reojo, atisbos a las series para adultos y a las piernas de Carmen, la alegre sirvienta agitanada, y a las de Jesusa, la alegre anfitriona. Se le pueden ver, porque es media hermana. TV ajena en casa ajena; más realismo que recepciones de ondas. ¡Vuela el magín gitano y me conduce hasta la tarde sabatina a solas con mi madre, ella haciendo el quehacer, yo ante el Universal sintonizado en el 1260 de AM! El viejo Eric Burdon canta «La Casa del Sol Naciente» y, no digo, damas y caballeros, niños y niñas, hasta Doña Amelia, la mamá, detuvo su actividad y aguzó el oído. Cómplices de esta divagación son el sol, la comida, la pregunta de Pepe y el sopor vespertino. Allá afuera, en el jardín, se bambolea una palmerilla con el tenue viento. Hasta la mosca se ha calmado. Permanece quieta sobre el cristal de una ventana. Me evado (¿o Pavlov me ha hecho evadirme?). Mi mente reproduce el rasgueo de Hey Gyp y me traslado a Puerto Angel, en 1972. Ha transcurrido el tiempo, digamos nominal, mensurable, el tiempo que es medida de los sistemas; porque en el otro mundo, donde sí funciona el piloto en auto, el tiempo no existe. ¡Sea pues, abogados nuestros! Miremos al sajón, digo, acompáñenme a esa playa llamada Zipolite, donde los turistas se pasean desnudos y 12


Arnulfo Rubio Ríos

posan para las revistas sensacionalistas, a la espera del gran suceso: un eclipse de sol. Miremos (al sajón) rasgueando la guitarra con feeling, interpretando precisamente Hey Gyp, ofreciéndole un mustang, un cadillac, qué sé yo qué cosas para obtener su amor, para seducirla. Y digo yo, ¿de dónde, mi rey? Por un momento pasa por mi embotada cabecita (el sol, el mezcal, el seconal, la marihuana, la benzedrina, los ácidos y los comisarios) la idea -rara vez circulan, confiésolo- de que ese WASP es uno de los miembros de Los Animales, que ha viajado hasta Oaxaca para ver a María Sabina. ¡Oye gitanilla, que te doy un mustang a cambio de un polvo! ¿Qué qué? ¡Primero la factura a mi nombre y las llaves? No eres tonta Gyp. Mira que por eso te han cantao. Digo, a las pendejas les cantan Luismi y José. El adolescente servidor -es decir yo- está con el Universal y su cuadrante para él solo la tarde sabatina. Es, parece, Semana Santa. La familia ha ido a ver la cubierta morada de la pléyade de santos y vírgenes que custodian al Señor. Prohibido oír música. Le quito la franela morada al radio. Allá van, el índice y el pulgar entre silbidos del cambio de frecuencia, desde el seiscientos y tantos al mildoscientos sesenta (doce sesenta, dice el locutor); hemos dejado atrás radio Éxitos, donde los Beatles dominan la escena tres veces al día y son tan fregones, tan campeones -como la estación- que derrotan al grupo que les pongan enfrente, a punta de telefonazos. La apertura del mercado hertziano a otras voces y otros ámbitos -cítote Capote- les ha dado en la torre a los traductores nacionales de rock. Ha habido una escisión, mi querido Scipión, tan africano tú. Vuela de nuevo el automático al cine Coloso y sus colosales matinés, donde las influencias modeladoras y conformadoras eran otras, las del celuloide, las del cine. Uno bien podía sobrevivir una larga semana con tres películas en la sesera. Hasta podía uno apantallar a los amigos de la primaria. 13


Blues del perro de Pavlov

Hablo de ruptura. Es decir, de encontrar casualmente las otras posibilidades del cuadrante; de explorarlas sin freno; de oírlas sin temor, sin censura ni restricción. Saber que hay otros sabores y colores. Descubrir la farsa, la vacuidad de las traducciones, salvo honrosas excepciones. Los fresas (square) para allá, junto con los quedados, atrasados, obsoletos; en el mismo lugar que los empecinados en seguir consumiendo rock Hecho en México. ¡Qué clase de artistas son quienes viven de la imitación...y viven bien...y pretenden seguir así y más aún amenazan con heredarnos a sus hijos! ¡Y están orgullosos de lo hecho y de lo que dejaron de hacer! Ni Salamanca, ni natura prestan ni dan. Pero, ¿qué tal la TV? Teníamos, pues, a nuestro negro Juanito Laborie (no precisamente de la talla de Chuck, mucho menos de Fats o de Bob Diddley); a Quique Vázquez, con su aceptable versión de 16 toneladas; a Beto Guzmán y sus afanes de conquistador; a Toño, con su trunco talento; al Beiby y su gordura demodé; al licenciado César de Anka, y al séquito de baladistas femeninas de cuyo nombre no quiero acordarme. Pero los escuchas selectos, aun sin tener acceso a productos importados, viajes o información, like this little dog, ya no los oyen. Han muerto. Murieron de muerte natural y súbita. ¿Por qué? Porque tales orejas comenzaron a escuchar las versiones originales. Ridículo. Deplorable. Pena ajena. Aversión. Mal perro mexicano. Traidor a la patria. ¡Sáquese! Ab initio una sola camada, una sola emisora, una cierta clase de conciencias. No parabólicas, todos iguales, bajo la misma férula, persiguiendo los mismos huesos, haciendo los mismos trucos. No había cable. TV demócrata. Bienvenida la invasión. Los aliados al rescate. Mientras no sea el comunismo, que sea el consumismo. Con su mismo pan se lo comen. La palmera de mil pesos (Lodda dixit) oscila con lánguida parsimonia y los ojos de ella adquieren una prístina tonalidad verdosa. 14


Arnulfo Rubio Ríos

La apertura de su iris se oscurece, tornándose insondable como los pensamientos que en ese instante deambulan por su mente. Su café con leche Clavel no desciende ni un par de sorbos, mientras yo voy por la segunda taza. La mosca ha vuelto a las andadas, mejor dicho a las voladas. Llega la ardilla, como todas las tardes, sigilosa. Ha dejado a sus críos en la terra incognita ubicada más allá del cauce del río seco, más allá del jardín, bardeado, propiedad privada, con jacuzzi, asador techado y tiestos de florecillas encantadoras y, trasponiendo la barda, hay otro jardín, más salvajón, ya situado en el área común, un bosque, también a cargo del señor de la casa, con unos pinos, un limonero y bugambilias que se rehúsan a crecer, plantadas sobre un talud que desciende hasta encontrar la arenilla del río. Entonces, más allá del jardín está ese bosque, bardeado a su vez medio kilómetro o más allá, como corresponde a un club privado, y, bueno, pues de allá llega mamá ardilla a comer sabrosos pétalos de coloridas flores o pedazos de pan o restos de comida que Silvia le sirve. E s n e r v i o s a y p e r c e p t iva , l a a r d i l l a . C u a l q u i e r movimiento en el desayunador es captado por el roedor, vidrios y distancia de por medio. Vista magnífica, excelente olfato, finos oídos. Sólo una vez devoré a la hermana ardilla. Con chile morita. Son huesudas y tienen poca carne. Ya he olvidado el sabor. Basta. ¿A quién le importa tal divagación? ¡El sabor de la ardilla! ¡En dónde desperdiciamos las nostalgias! Los pragmáticos, aunque las sienten, las odian. Hay, de seguro, placer en las nostalgias. Pero no abusar, porque se puede quedar uno así, con los ojos entornados como Magdalena. Se vuelve uno susceptible, llorón. Los ojos precisamente como de ardilla. Felicidad pudiera ser la palabra. También pudiera ser alegría. Sensaciones fugaces que al ser pensadas se diluyen en la mente. Esto se me ocurre al mirar el destello de los verdes ojos de Lodda. Ojos. Ojos. Nos ven y los vemos. Ojos que anhelan enfocar correctamente, como los de José, el sirviente. Dice que ya ha 15


Blues del perro de Pavlov

despachado varias ardillas. Mentiroso. Además de holgazán, hablador. Un día dijo que él hubiera perseguido a un merodeador, de no haber andado en la azotea de la casa. Los ojos de José fallan. Los coches lavados por él dan fe de su vista deficiente. Manchas de jabón en los cristales y en la pintura. Parece soldado nipón de las historietas de Los Halcones de Oro:¡Sacre bleu! Primera lección de francés a cargo de André, el personaje bigotón amante de la buena vida y con sentido del humor. Volaban en jets cuando la propulsión a chorro apenas se insinuaba. Los rasgos de José refuerzan la teoría del paso de los orientales por el estrecho de Behring. Junto con Gildardo Solís, el chino, compañero de la primaria profesor Sabino Rodríguez, Verónica Anzúrez, son orientales mexicanos. Ideas, hechos, acciones, vidas y muertes se interconectan a pesar del tiempo y el espacio: tal es la enseñanza de los sueños. ¿Cómo entonces, de José Banzai viajamos al Estrecho de Behring, las Islas Aleutianas; visto la glaciación, mirado a los orientales ingresando sin pasar aduanas al edén, cubierto entonces por una gruesa capa de hielo, persiguiendo a un enorme mamut para hacerse de sus carnes y su piel? ¡No mamut, joven! Porque el tal periplo, en las tales circunstancias descritas, tardaría años, décadas, centurias, milenios, eones quizá. Y el mamut ha muerto de cansancio. Y nosotros de la risa. Somos tontos y el poder es el poder. ¡Aprended lo que se os da, que es gratis! Maestros prolongando el poder, esbirros del hermano mayor, ejecutantes, informantes. Los ojos de Solís aparecen ante el piloto automático, con la música de fondo de Close your eyes and I’ll kiss you, tomorrow I’ll miss you, remember I’ll always be true. Las imágenes se sobreponen y pugnan. ¡Quietas! ¡Quietas! Una pluma no basta. Menos una hoja. Tal vez una vida tampoco. Bueno: ¡Entrad imágenes, pasad y acomodaros! ¡Mostraros! 16


Arnulfo Rubio Ríos

Baile en casa de Leticia, la flaca, el sábado a las seis. Blanca como la leche, pálida cual calavera, con halitosis, para su mala fortuna. Por eso las reuniones, para hacerse de amistades. Orange Crush & Beatles, off course. Oportunidades. Talle de Lulú, la inalcanzable, tal vez ahora fofa, abotagada, neurótica o polvo bajo el polvo. Piernas de Celerina, la gran trenza y las fuertes pantorrillas bien delineadas, brillosas por la crema untada. Aprende, can menor, los primeros pasos de baile. Estos son reales, no como los de la TV. Balbucea las letras, aunque ignores lo que dicen. Sólo muévete. Ah, sí. Un día, en la clase de sexto, Lety, la flaca, tomó a Gildardo Solís como modelo de la cultura china. Y el chino se ofendió. Acudió con su madre al día siguiente para hacer más patente su protesta por haber sido tratado como un oriental. ¿Dónde está la ofensa? ¿En su inconsciente? Todos reímos. Rafael, el maestro futbolero, calmó la indignación familiar con disculpas públicas, tanto suyas como de la flaca. Pobre Solís. Los bastardos de la horda le pusieron latas vacías en el rabo. A donde se desplazara de ahí en adelante, el sonido del metal llamaría la atención de los demás, quienes se preguntarían ¿qué hay de raro en ese hombre? Y claro que lo mirarían con atención y al ver sus ojos se percatarían de su alargamiento estilo oriental. Quizá la madre tuvo un affaire con un cantonés. A saber. Le simpatizo a la mosca. Molesta a los demás, no a mí por el momento. El sol calienta las pantorrillas. Los Rockport que aún no consigo liquidar del todo en la tarjeta de crédito, negros, casi arden. ¿Crédito? ¿El maestro Dos (toyevsky) ¿tendría crédito? ¡Ah, las vidas que fluyen entre el desperdidicio y la holganza! Pregunto, entonces. En otras circunstancias, con dinero y todo eso, Dos ¿hubiera podido escribir lo que legó? Es una pregunta estúpida a los cuarenta años. Uno es lo que ha devenido. Bienaventurado el que se muere de hambre, porque ese permanecerá en el anonimato. Trabajar. Uno no tiene por qué ser diferente de los demás. Entonces, ¿por qué no trabajar? 17


Blues del perro de Pavlov

Esto de escribir no es trabajo, dicen los hombres. ¡Trabaja! ¡Humíllate! ¡Friégate! ¡Sóbate el lomo! ¡Gánate la vida! ¡Sufre! ¡Lame ese culo; estas suelas! ¡Arrástrate! ¿Dignidad? ¿qué es eso? ¡Vamos! Todos lo hacen. La diferencia es la paga. ¿Por qué habrías de ser diferente? Escribir no es trabajar. Es divertido, parecen decir. Como si fuera lo mismo que ir a un table dance a ver nalgas y tetas con una copa en la mano y un habano en la boca. Obvio, y con dinero en la billetera y en el banco. Escribir. ¡Bah! Y luego para escribir de ardillas que llegan en una tarde soleada, mientras cuatro barrigas ahítas saborean el cafetín humeante. Digo, Dosto ¿tendría crédito? Es caliente el sol y aún no llega la primavera. Debe entrar, así lo tienen estipulado los hombres, el 21 de marzo. No puede faltar a su contrato. No puede transgredir la norma crada por el homo supuestamente sapiens. (Deja ya de vertir lamentos vanos. ¡Callate! ¡Deja la pluma y amárgate tú solo! Pregona la futilidad de la vida, la banalidad y la trivialidad. ¡Como si tú fueras profundo como Dos! Aprendiz de aprendices, ¡fustígate! Así es. Cursi. La ardilla no. Ni la tarde. Ni el sol. Los humanos, sí. Eres cursi, servidor. Mira tu atuendo. Zapatos Rockport, pantalones Levi’s, camisa Gap, cinturón Guess, calzones Farenheit, calcetines Polo, loción Quorum, champú Alert, jabón Neutro Balance. ¿Eres o no cursi? Eres un cúmulo de marcas. Aunque sufras por elegir trivialidades, deberías saber que ya pregonan su saber los filósofos del modernismo, defensores de la moda, la soledad, el vacío, el egotismo, el consumo, el automasaje, la búsqueda de status. El hombre está loco. El hombre está siendo y no termina de ser. El tono te domina, mascota de Pavlov. El lamento del poeta que sufre. ¿De qué sufres, falsario? ¿De qué pena lloras, bastardo? ¿Por qué esa maldita costumbre? Hombre de marcas sin agallas para abandonar todo. No eres artista. Eres un remedo que ha sacrificado su convicción por un bocado y un lugar para vivir. ¡Perro!). (-¿Por qué me fustigas, alter?) (-Te fustigas tú solo. Tú eres el de la pluma. Tú eres el que irá 18


Arnulfo Rubio Ríos

a la tumba y pasará a formar parte de la gran lista cósmica de la carne inútil productora de abono y nitrógeno, solamente. ¡Por eso escribes! Para librarte de la maldición. (-No. Lo hago porque sí. “Cantemos por amor y ociosidad”, decía Ezra. Así nada más. Sin pretensiones. Ninguna). (-A mí no me apantallas, hijo. A otro perro con ese hueso). La ardilla corre, porque José anda por allá. Silvia se fue a descansar, después de freír la última tortilla en aceite para el anfitrión y de acercar a la mesa la jarra del café. La muy fiel. Lava, barre, trapea los pisos de cantera de la casa y cocina. Todo por doscientos cincuenta pesos semanales, al igual que José, alias Mr. Pancho, José Banzai, José Bonsai. Mete su radio a cualquier parte de la casa. Por las mañanas oye rock, al mediodía un noticiero policiaco y por la tarde rancheras. Cuando anda en el jardín se pone su walkman y se embebe y se emboba (lo finge) en sus labores. Tiene una bicicleta de montaña que a decir de él su hermana obtuvo en una rifa. Por la tarde, la engrasa, la limpia y la arregla. Era el velador de la obra y se quedó como asistente general. José no sólo espantó a la ardilla, sino también a un colibrí que volaba de la palma al laurel, llamando tal vez a su pareja. Chupamirto. Chuparrosa. Colibrí de la izquierda. Nada sabemos de ti, deidad suprimida por Dios. ¿Por qué el colibrí, tan delicado, era el símbolo de Huitzilopochtli? ¿Por qué de lo izquierdo? Ningún vestigio, Ningún estudio. Ningún telescopio nos permitirá echar un vistazo al pasado. El sol ha descendido y sus rayos me calientan los muslos. Lodda, su hermano Pepe y su padre fuman otro cigarrillo. No necesito ver la escena. Capto la manera que cada uno tiene de encenderlo, la forma de aspirar la primera bocanada, así como la de guardar sus respectivos encendedores. Capto el sol, el cielo de azul casi eléctrico, los retazos de nubes y el colibrí que vuelve volando como cualquier pájaro y me asalta el pensamiento de que tal vez ya sea un mutante que ha dejado atrás esa manera de volar tan suya, cual helicóptero, 19


Blues del perro de Pavlov

estacionándose en el aire a la distancia justa de la flor para libar el líquido azucarado. ¡Momento! Tal es la clave. Es un ave sacra porque liba el néctar de las flores. Porque no come insectos ni lombrices, como el resto de sus vulgares compinches. Es un ave superior, no obstante su tamaño. Los aztecas lo sabían. Paso de los girones de las nubes allá afuera a los girones de humo dentro del desayunador, humo que envuelve a cuatro seres sentados en torno a una mesa, sobre la cual aún permanece la jarra de agua de guayaba, con las semillas y los residuos de la fruta asentados en la base. Escucho el zumbido del vuelo de la mosca muy cerca de una oreja, al mismo tiempo que la segunda pregunta: -¿Tú escuchabas rock? No es a mí. El padre de Lodda balbucea una negativa. -¿Mi mamá? Insiste Pepe. Bueno...evidentemente lo ignora. Ella les ha dicho una cosa y él tiene en la mente otra. Nadie lo sabe. Tiene su escondite. Todos lo tenemos. La ardilla lo tiene. La mosca lo tiene. Los niños lo tienen. Las mujeres lo tienen. Algunos lo han compartido y otros han hollado tierra sacra. Luego entonces se muestran reticentes a compartirlo abiertamente, otra vez. Vamos todos por allí con nuestro escondite a cuestas. El mío funciona con el otro piloto, que ha despegado de nueva cuenta y me deja en el bosque con alguien. El recuerdo de la infancia lo demuestra. El alma proviene del territorio de los sueños. Si no, ¿por qué ese recuerdo y cualquier sueño difuso se intuyen similares en su origen? Bueno, alguien me ha ayudado a fabricar una resortera. Hemos recorrido los alrededores, montados en alegres burros retozones. Hemos ido lejos, tanto como puede ser cualquier distancia para un niño. Pudo haber sido la luna. El Sahara. Brasil. Lacandonia. El Tibet. Sri Lanka. Los Apalaches. La Isla de Pascua. Antofagasta. Bariloche. 20


Arnulfo Rubio Ríos

Tanzania. Nueva Zelanda. Es lo mismo. De allá venía, montado en un burro retozón. Digo, de allá venía porque más allá del útero, a una edad, la distancia es insondable; después de la casa y más allá de ella acechan la muerte y el peligro, los enemigos y los monstruos; la carretera. Más allá era el lago donde los flamingos y las garzas practicaban el equilibrio en una sola pata; más allá altas montañas con los riesgos de la onza, los leones y los tigres, uno que otro coralillo y la siempre fatídica cascabel. En ese territorio, por fin, encontramos la rama perfecta, el amigo sin rostro y yo. Curioso. Niño urbano simplemente hubiera comprado un artefacto de plástico y ya. Son otra clase de guerreros. Días y días, viajes y recorridos por leña seca para acomodarla sobre los cansinos lomos de las bestias, bajo el sol bucólico que hiere la mirada, entre ruidos de maleza que se dobla y se quiebra; vigilados por los cuervos y los gavilanes en rondín allá en el cielo; atentos al sendero en busca de serpientes, observados por los ojos de la liebre que arrancaba a correr dando saltitos, así, un día tuvimos la fortuna de encontrar la rama justa. El es mayor, por tanto, le está permitido usar machete. Ha detenido el hato, la manada, yo incluido, y ha subido al árbol. Resuenan los golpes a lo lejos por el eco, eco, eco, eco, hasta perderse en el silencio matizado por chicharras. Hay que ser guerrero, cada quien a su manera. Confeccionar las armas y todo eso. Digo, somos guerreros antiguos, cercanos a la tierra, al sol, al universo. ¿Nos entendemos? Bien. Una vez cortada la rama justa del árbol indicado, hay que tallarla con cuidado. Una navaja, machete o cuchillo afilado sirven. Soy pequeño y se me niega el permiso de usar armas. Pasa el tiempo. Un día, el amigo le da forma, la talla. Porque él trabaja para su familia, para su padre. Montado en el arado le pica el trasero al buey que lo jala entre los surcos. Yo sólo monto en el tordillo. La horqueta está desnuda, blanca. Se hace dura conforme pierde la humedad. Hace unos círculos en las puntas. Es una Y griega. En esos anillos se afianzará el hule de la cámara de una llanta, atado con pabilo encerado. Es difícil cortar el caucho con precisión, pero el amigo es hábil. Lo veo trabajar. Quiero ayudar, intervenir en el proceso de creación del arma, pero él lo impi21


Blues del perro de Pavlov

de. Un trozo de cuero anidará los proyectiles, piedras redondas, lisas, de preferencia de río. Ignoro cuántos días han transcurrido para darle forma. No importa, pues es sólo un recuerdo. Me la entrega, luego de probarla. La ha confeccionado como si fuera para él. Mis disparos no llegan tan lejos como los suyos. Mientras más jalo, la mano que sostiene la horqueta tiembla. Es mi propia incipiente fuerza. Una mano contra la otra. Fallo los tiros por la falta de firmeza. A partir de entonces espero cada viaje. No me importa el peligro. La resortera me protege. Viaja en la bolsa de atrás del pantalón o a manera de collar en mi pescuezo. Las piedras las llevo en uno de los bolsillos delanteros. El domina al burro con destreza. Cuando ve una güilota lo detiene. Me hace señas para callar y mantenerme quieto. El jumento en el que viajo es terco. Pero comienza a mordisquear la hierba deslizando de un lado a otro su poderosa quijada. No en balde Caín aniquiló a su hermanito con una de ésas. Estira el hule, apunta, suelta el pedazo de cuero y la piedra mata al ave. Luego hace trotar al borrico para ir en su busca. A veces regresa con las manos vacías. A veces se consigue saber algo. Vamos entre los pinos, fuera del sendero. Buscamos ocote. Sobre una rama, lo veo. Es parecido a un pájaro carpintero. No sé. Todavía no estoy en la ciudad, ni crezco, ni conozco a Woody Woodpecker. Preparo, apunto y luego de soltar la carnaza que contiene al proyectil, escucho un sonido hueco. Plock. Nunca he vuelto a escuchar un ruido similar. Pero está grabado en las entrañas del cerebro. ¿Qué encuentro al bajar corriendo del burro e ir a recoger mi pieza? Un colibrí. Creo que le di en la cabeza, exactamente. Tal vez la piedra lo cogió machacando su cabecilla contra la madera. Era un trofeo. Esperaba una pieza mayor, que se pudiera cocinar.

22


Arnulfo Rubio Ríos

La mosca está sobre el teléfono inhalámbrico. Alguna vez escuché que ciertas especies sólo viven unas cuantas horas. De ahí su prisa por vivir. Afuera está el colibrí mutante mutando de árbol. Chilla. O canta. Lo hace de una manera especial. Es alegre el sonido. Tenue. Es como un chorro continuo que se interrumpe. Digo, no tiene tonalidades, ni subidas ni bajadas, acordes y toda esa monserga de las aves canoras. Tal vez ni sea él. Es del estilo del cantar de la lechuza, eso es, pero más agudo, sutil, breve. -¿A poco había estaciones de radio que difundían rock?, dispara por tercera vez Pepe. Lo dicho. Uno puede repasar la historia de la humanidad mientras alguien formula una pregunta. El mayor responde, de manera confusa e inintelegible. He is a bolero man, basically. A veces de mi hocico salen más tonterías que de costumbre. Pero, ¿por qué no he de ser tonto?, ¿por qué diablos no he de tener el derecho de calificarme de tal manera? Bah. Ni que uno tuviera que demostrar siempre algo de inteligencia. Si la inteligencia es la capacidad de resolver problemas, ¿cómo usarla para resolver los problemas económicos, los de conjugar el verbo crear? No, no, no. Mil veces no. ¿o qué? ¿Nuestro karma devendrá tonto a fuerza de llamarnos a nosotros tontos repetidas veces? ¿los demás nos llamarán tontos -aún más que nosotros mismos- por haberles dado el ejemplo de la autodenigración? ¿alguna moderna teoría psicológica nos ha alertado ya sobre el asunto de reconocer la verdad y llamarnos a nosotros mismos tontos?¿es la influencia del doctor Pavlov? No veo listeza, inteligencia en el género. Inteligencia no puede ser horno de microondas, ni tocadiscos de rayo láser; tampoco autos refinados, ni aviones que rompen la velocidad del sonido. La técnica se usa para ampliar dominios. Un país avanzado tecnológicamente domina a otros que están atrasados. ¿Quién dispone de la tecnología? Una clase. Una clase social. La misma que dispuso de los mejores camellos en el Sahara; esa misma, la que presenciaba el espectáculo de los corazones latientes en el mundo azteca en primera fila; la que 23


Blues del perro de Pavlov

usaba diligencias tiradas por caballos de buena cepa; la que a las cinco tomaba el té en acogedores salones. Pamplinas, paparruchas, balandronadas. ¿Vive mejor un ser humano en los tiempos que corren? Enfoquemos la cámara escondida de la imaginación a un barrio alto. Es de mañana. Sábanas de satín envuelven un par de cuerpos. Un despertador japonés con veinte sonidos programables -desde el aullido de un lobo hasta la ráfaga de un AK-47- los pone en movimiento. Piyamas suaves, lujosas y bienolientes quedan al descubierto. Al fondo, una bicicleta computarizada de ejercicios estacionarios. En una pared, televisor, estéreo, computadora y toda esa parafernalia que representa la excelencia. Es un hombre de negocios, entrando en la ducha que puede transformarse en sauna, en vapor turco o ruso, ad libitum. Ella es una mujer dedicada a cultivar el éxito de su marido: fustiga a los sirvientes, va al gimnasio donde se respira aire puro y asisten los poderosos y famosos; se reúne con sus amigas a cloquear; recoge a los niños de la escuela; prepara la cena y aguarda paciente la petición de brindar placer a su hombre. Técnica en la cocina: hornos de todas clases, refrigeradores de cubitos y de agua fría y caliente, grandes despensas repletas de alimentos que probablemente se echarán a perder; extractores de jugos, tostadores, cuchillos eléctricos, rebanadores. Tecnología aquí, técnica allá. Jardín tecnificado con riego automático programado a horas exactas; alarma de rayos infrarrojos, visores con cámaras de TV, portón eléctrico que puede abrirse desde el automóvil, piano que puede tocar a Mozart, Chopin o Rachmaninoff con sólo oprimir una tecla. El hombre se alista para ir a trabajar, después de desayunar tecnológicamente: pan tostado en el tostador eléctrico; jugos extraídos por los maravillosos aparatos que zumban; café percolado en la cafetera eléctrica; huevos estrellados en la sartén cubierta del teflón que se usó en las bases de las naves 24


Arnulfo Rubio Ríos

espaciales; todo servido en la vajilla lavada en la máquina especial. Sale, pues, recién bañado y aderezado el cuerpo para la batalla cotidiana con champú de marca que impide la caída del cabello; jabón que ataca y destruye sin misericordia las bacterias causantes del mal olor; rasurado con una navaja doble filo que nunca imagino Mr. Gillete; se ha puesto una loción que -dice el anuncio- hará que se le entreguen las mujeres; se ha impregnado en las axilas un desodorante que jamás manchará sus camisas y lo protegerá de su propio olor; se ha cepillado la boca con un artefacto eléctrico que le ahorra energía; se ha enfundado en un traje de Armani que le evitará el menosprecio de socios y rivales; se ha trepado al auto que le prometió una rubia esbelta y hermosa en cada esquina. El prototipo de usuario de la tecnología llega a su oficina panorámica, donde el aire acondicionado lo recibe con una fresca caricia; se sienta atrás de su escritorio de cristal y enciende su computadora; contesta las llamadas en el multimodal que le permite transferirlas, conversar hasta con cuatro personas y retener, por ejemplo, la de menor interés el tiempo necesario. Suena el celular, su víper le transmite los mensajes urgentes de clientes y provedores. Tecnología, señores; auténtica y avanzada tecnología envuelve a nuestros héroes, desde el amanecer hasta el ocaso. Elevadores, puertas corredizas, teclas, pantallas, sonidos sofisticados todo el día y parte de la noche. El héroe y la heroína se esfuerzan en la cama con videos porno y aparatejos que ayudan al macho con stress y agotamiento. Y a ella en su frigidez. Por fin, cuando la noche es noche y el cansancio sueño, un último click al control de la TV hace desaparecer el sonido y la luz de la confortable recámara; nuestros héroes se dan un beso rutinario y acto seguido se dan la espalda en busca de sí mismos. Adelantemos la pista, el track. Día tras día se llevó a cabo esta carrera en la que el héroe se empeñó en ahorrar para la tumba, para la otra vida, a la manera de los faraones egipcios. Técnología en el emba25


Blues del perro de Pavlov

razo, con ultrasonidos que atisban al sexo de los que vivirán; tecnología en la muerte, cuando el ataúd desciende lentamente ayudado por poleas eléctricas o se regula la temperatura del horno crematorio. El héroe fue superior a la muchedumbre de desgraciados que no podían costear tanta técnica. Eso lo hizo sentirse orgulloso, ufano de su mujer con buen trasero, de sus críos simpáticos la mar de consumistas, caprichosos, insolentes y adoradores futuros de la técnica. ¿Y? ¿Fue por eso más inteligente? Sí. Fue inteligente porque le puso un precio adecuado a su vida...y a su muerte. Murió feliz, porque sus hijos recibirán una respetable suma y sus deudas estarán saldadas al momento de recibir la extremaunción (era católico). ¡Viva la técnica, que afianza en sus dominios a los poderosos y aplasta a los débiles y tontos! Mi piloto automático es un dechado de tecnología cósmica, ya que me deposita de nuevo en el desayunador con la imagen del colibrí mutante y del colibrí asesinado en mis manos infantiles, bamboleándose conmigo sobre el lomo del burro, ufano del trofeo de caza. Jack London cuenta la historia de un reo cuyo aislamiento le ayuda a demostrar la inteligencia de una mosca. Cortázar tiene ese cuento donde un hombre descubre a una mosca que vuela de espaldas. Nuestra mosca ya es parte de la tertulia. Va y viene, de la cocina al desayunador, posándose alternativamente en las cabezas de cada uno de los ahí sentados. No puedo creer en la pertinencia y la existencia misma de la tercera pregunta de Pepe. Hay vacío sobre la mesa. Un hueco astral abierto encima de los comensales. Somos un cúmulo de huecos, como quesos Gruyere. Huecos en el corazón, huecos en la experiencia, huecos en el aprendizaje, huecos en el conocimiento, huecos de amor. Todos somos huecos y quienes pretendemos ser macizos, de una sola pieza, es decir, sin huecos, somos pedantes y aburridos. Hay huecos. Pero mis huecos no son tus huecos. Y nos la pasamos llenando los huecos de los otros o buscando que otros llenen nuestros huecos, 26


Arnulfo Rubio Ríos

con todo lo erótico que pueda resultar este llenadero. Bien, llenaré ese hueco, el de la pregunta de marras. Aunque sea sólo para mí. Mi piloto natural, el consciente, ese que puede dominar con la voluntad los recuerdos, sintoniza la estación de marras (Radio Capital) en una tarde ya lejana (¿Por qué siempre es una tarde?) y evoca a Eric Burdon (otra vez). La tristeza envuelve el recuerdo, porque es universal, como la marca del radio. El sentimiento -digo, la esencia de éste- se transmite no obstante la diferencia idiomática. El lamento que comenzaba a gestarse en mi alma no hallaba eco, símil, parangón, solidaridad, en los boleros, ni en las rancheras, ni en las pirecuas, ni en las traducciones. No embonaba. Era más cercano al viejo Eric, cuya historia, a través de huecos, atisbé después. Pero el lamento, la intención, el sentimiento, también eran captados por mi madre. La veía. Ese extravío de su mirada al fijarse en un punto inasequible para los demás. Ese enchufarse a la canción y hacer esos movimientos corporales encadenados a un ritmo extraño, lejano, profundo, universal. Ese bailar pausado, empalmado con el tiempo real, no el campestre, bucólico, con despertares de gallos trasnochados o predictores de cambios en el clima. Eran movimientos más imbuidos del tiempo y circunstancia urbanos, a los cuales nos asimilábamos entonces. Tiempo de olor a gasolina quemada, aroma dulzón y nauseabundo cuando lo aspiras por primera vez. De olores de basura acumulada en las esquinas. De campanas del camión recolector. Del silbato melancólico del vendedor de camotes y plátanos tostados, escanciados con leche Nestlé. De policías vestidos de café, trepados en cubos de madera enmedio de los cruceros conflictivos, dirigiendo el tránsito con sus manos enfundadas en guantes blancos. Otro tiempo ancestral y este tiempo, empalmados por la magia de la música (aunque sea popular). Tal transición, empalme o embonamiento fueron favorecidos por el viejo Eric, et allis. Esbozo mi respuesta íntima, personal: Sí. Sí se difundía el rock. La sombra del diablo y la maldad todavía no se expandía en 27


Blues del perro de Pavlov

torno suyo. ¿Por qué negarlo después, hasta hacernos quedar veinte o treinta años atrás? ¿Por el hecho de ser norteamericano? ¿Porque alborotaría la granja, el gallinero, este corral donde mugimos y berreamos encerrados, para beneplácito de los granjeros? ¡Dios, pero si el gobierno, las empresas, todo el mundo desea hacerse norteamericano! Allá está el modelo. El prototipo a seguir. ¿Ese es el esquema a seguir? No. Prefiero seguir llamándome a mí mismo tonto de capirote. Es decir. La economía empuja hacia allá; la política empuja hacia allá; las religiones empujan hacia allá; la poderosa TV empuja hacia allá. Y bueno, cuando el rock entró a las programaciones de radio, a poner el grito en el cielo. Música del averno. Infernal, por sensual. Infernal, por alocada (mira cómo se mueven ¡Dios!). Infernal, por transgresora (¿oíste lo que dicen?). Es decir, mi propio piloto automático tiende por su origen esencial al american way of living , because de esta manera mis posibilidades comunicativas aumentan, en tanto que giran en torno a la trivia, el success y el record de Guiness. Mientras que por el otro lado, el piloto manual pugna y puja por escoger algunas ideas relevantes de ciertos tontos norteamericanos, algunos sones musicales y ya. Así que mi madre bailó rock and roll. Yo fui testigo. Atención, hora de remontar el vuelo hacia atrás, más allá de los recuerdos primerizos. Más allá del tiempo, otro espacio. Hay un río a punto de desecarse, chapulines que brincan huyendo del asalto de los niños, dados a la tarea de cazarlos. Pastizales cuasi secos que a veces se defienden y se encajan en las piernas semicubiertas por los pantaloncillos cortos. Hay un puente de madera seca que cruje al sentir los pasos de los pequeños. Florecillas silvestres desperdigadas. Hay libertad. Alegría. Hay esa típica euforia que los efluvios de la naturaleza causan en quienes la visitan, la cual se traduce en latidos violentos del corazón, color rojo en las mejillas cuarteadas por la salvaje y sana resequedad. Hay gritos, ímpetus infantiles de la horda de cazadores de insectos, lidereados por alguien que escuchó en alguna parte el comentario gastronómico acerca de los chapulines. Hay sol. Hay inocencia. Hay vida. Hay poca gente aún en la ciudad. Y de regreso, la eufo28


Arnulfo Rubio Ríos

ria los aguarda en la puerta, con la música, en la danza tribal de las mujeres de la casa que salen al patio bailando «Al compás del reloj», ante la mirada azorada y benévola de la abuela Genoveva. Van en fila india a través del jardín, entre los árboles; al parecer vienen todas de la cocina, improvisando pasos, como si estuvieran poseídas por el diablo. Mi madre alza una pierna y palmotea por debajo de sus muslos; levanta después la otra y de nuevo la palmada. Bill Haley, viejo vil del ricito en la ancha frente y ojos de toro. Rock de tololoche. De contrabajo, tambores y guitarra eléctrica. Elemental, mi querido server. Elemental. Los acordes son también elementales, pero efectivos. Tanto que mi madre baila rock & roll. Ah, esa imagen fue mi primer videoclip, ambientado en el sur de la ciudad, sur del Bravo, al norte del río Churubusco. Al sur de la tierra del rock, adonde emigran las aves. Vestidos floreados, claros, ondeando. Pantorrillas y muslos blancos y morenos, moviéndose al compás del cometa Haley. Ojos abiertos de infante ante la oportunidad de apreciar lo vedado, lo prohibido, lo pecaminoso, gracias al viejo vil con apellido de cometa. Muslos, piernas y risas, como en un lugar de pecado. Sí, famoso tiempo aquel en el que los perros rabiosos mordían a los infantes en los labios. Tiempo en que los virus dejábanse atacar un poco para después reproducirse y crear nuevas especies que aún se burlan del conocimiento humano. Rabia. Rabia inoculada a través de la herida del labio superior. Niño valiente, un servidor, que fue a defender a su querida hermana previamente atacada por un perro rabioso. Perro maldito atacando arteramente a cachorrillo, que chilla desgañitándose, sangrante, hasta que alguien acude a consolarlo. Perro muerto en observancia y par de niños viajando con la madre bailadora al antirrábico de Tacuba a recibir treintaydós inyecciones en el vientre, una cada siete días. Primos y hermanos y familia en el momento previo de la transición del campo a la ciudad, no tan enorme entonces, capaz de recorrerse a pie, desde La Villa a la Ciudad Universitaria; desde 29


Blues del perro de Pavlov

Balbuena a Tacubaya. La cruz de los caminos. La cruz de la parroquia. La cruz azteca. Péguenle a esa cruz. Así, con los brazos en cruz, cae mi abuelo de rodillas años más tarde (brinco y disgresión, perdonen al piloto) en plena calle de la Obrera, ¡Dios mío! ¡Glorifica mi alma el señor (O sea tú, atendiendo al misterio de la Trinidad) y el macho muy macho de Jalisco al sentir el temblor de tierra se olvidó del qué dirán o acudió al refugio de la fe (temblor y todo, un servidor no lo hizo), comenzó a recitar La Magnífica mientras reparo en el sombrero infaltable (¿dónde están los hombres de sombrero?). Esperemos la moda que nos redima de nuestras carencias pasadas, la moda terapeuta. Moda que va, moda que viene. La cuestión es dejarse seducir por ella, si es posible, claro. Moda de medias con esa línea que partía la pantorrilla a la mitad, ascendiendo por ambas piernas hasta el infinito incognoscible. Entonces, ¿para qué la imaginación, el mágico magín de raíz común que nos enhebra y nos enzarza como perlas cultivadas en el collar de la humanidad? Aunque dicho collar sea de perro. Perro de infinito trineo comandado por los capitanes de la incuria y la iniquidad. Derecha, tornemos a la derecha; izquierda, pues allá vamos, sin saber si allá adelante hay un despeñadero. Perros de otra especie, lobos salvajes o la gélida tundra, con el extremo del hielo y el extremo del calor fundiéndose en un circuito ya intuido por el yin y el yang, el lazo -uno más, de otra índole, no el del trineo- jala hacia el oriente, de nuevo hacia la China misteriosa y legendaria que al igual que los actuales norteamericanos construyó la Gran Muralla para librarse de los bárbaros. Seamos, pues, bárbaros. Los bárbaros hemos sido el eclosivo de las civilizaciones anquilosadas. Los bárbaros fueron esclavos; sus mujeres violadas; sus hijos ensartados, ora en lanzas, ora en bayonetas después de ser lanzados al aire y caer. Por los civilizados, los antecesores modelo de quienes hacen el napalm. Orden, cuellos blancos, alta tecnología, grandes atletas, imperios que anhelan dominar el cosmos...y ponerle precio. Y nosotros somos los bárbaros. 30


Arnulfo Rubio Ríos

Son niveles. Círculos concéntricos. El primero es el útero. Sigue la casa. Luego la calle. Después la manzana; la colonia; el pueblo; la ciudad; el estado; el país; el continente; el planeta...todos interdependientes, pero los mayores y los mejores ejerciendo el poder hasta reducir al individuo a la búsqueda del útero, el refugio primigenio, el calor que aguarda después de la jornada, el abrazo cálido y placentero que devuelve la corona al rey vencido, depauperizado, al hombre común. Por momentos, para seguir tirando, para seguir jugando a la cebolla, para que el orden del mundo que conocemos no sea trastocado. Amén. Así exclamaba el abuelo al volver del éxtasis paranoico del temblor y concluir las atropelladas oraciones. El pelo blanco alisado con la mano izquierda. El sombrero encajado de nuevo en el altivo cráneo. La mirada dura, nuevamente, a pesar (o debido, quizás) al ojo muerto, tuerto, cuyo azul profundo engañaba a los curiosos. “Una riña juvenil”, decía sin ahondar en detalles. Los espíritus viven. Se exaltan. Emergen en las riñas, en los bares de bebedores con las puertas abiertas por efectos del alcohol. Claro. Seguro. Evidente. Así es. No necesariamente los espíritus son pacíficos y beatíficos, bovinos. No. Hay espíritus guerreros; malandrinescos; sentimentales; poéticos; patéticos; nefastos. Es más, en ocasiones se apoderan de las plumas y de las almas, tal es el caso de la esposa de maese Yeats. Ellos guían o desorientan. Ellos truncan los éxitos y celebran los fracasos, o viceversa. Pero la tecnología, evidentemente no posee espíritu. Aquel hombre, el inmerso en el edén tecnológico ¿es mejor que nosotros? Bah. Morirá igual, con tecnología o sin ella. Bye bye love, bye bye happiness, hello lonelyness. Y sí, señores, son los Everly Bros., que se hacían de un lugar en el cuadrante, a través del viejo Universal. Todo un par. Agresivo a su manera, a pesar de su aspecto decente. Buenas canciones memorables, aunque algunas destilaban miel. Quizá uno de los hermanitos padecía del corazón, al igual que los Bee Gees. Unas melodías eran intensas, fuertes, de acción, diseñadas para animar a los guerreros; otras eran la contraparte, la calma, el tedio, la soledad plañidera, pero también 31


Blues del perro de Pavlov

el baile a oscuras, el repegón, el cálido y cachondo y obligado contacto extramuros, antes del sí. Pero tanto dulzor edulcora nuestras nuestras diabéticas ánimas, ahítas de glucosa inyectada vía ótica directamente hasta las neuronas, por Mr. Hertz y sus secuaces, radio y TV. Sobreviviremos. Hemos respondido a la campanilla del doctor Pavlov en el instante, pero algunos perros han conseguido escapar y comienzan a alecccionar a los canes obedientes en el sentido revolucionario de controlar -con voluntad- las secreciones originadas por el sonido de la campanilla. Ring ring goes the bell. ¡Venga, negrazo Chuck! Show me that steep, the goose one. Mañoso, el tal Berry. Jefe que denegó la jefatura, que supo delegar. En el arte no caben las batutas, salvo en la música de los muertos, de quienes ya se fueron; en los artistas de museo, de cuello tieso, honrosas y artísticas excepciones, ¿verdad Ludwig? ¿es o no así, Wolfgang? Los museos y los muertos nos quieren aquietar para ser exhibidos como momias. ¿Nos? ¿De qué nos iba usted a servir mi joven detractor? De nada. Huesos y cráneos como el suyo abundan en la morgue, en las escuelas de medicina, en los panteones. So? ¿Por qué habríamos de exhibirlo? Tienen razón. No, no me exhiban. Déjenme allá abajo, pudriéndome en mi sano ataúd de pino, como el que elegí para mi padre ante el estupor del vendedor en la funeraria, de la familia y de quienes nos acompañaban en el duelo. ¿A qué, digo, ir a una tumba? ¿hay alguna religión que fundamente el rito del cuerpo enterrado? ¡Dios! Imaginad que el espíritu, el alma, el fluido o la energía tenga que estar presente en ese túmulo de granito a la hora que se nos ocurra ir a soltar unas lágrimas. No cabe duda de que la soberbia es nuestro fuerte. Fúnebres conceptos, fúnebres deberes. Pero, ¿cuántos cadáveres no vemos al día en las calles, en los supermerca32


Arnulfo Rubio Ríos

dos, en la TV? Cadáveres que ríen, zombies con papeles bien determinados, con guiones y scripts ineludibles, parlamentos inamovibles en su vacuidad rigurosa y firme. De repente, el canto del colibrí reanima a los cadáveres. (Porque yo he estado muerto). Succiona el néctar allá afuera, en la tarde soleada, mientras el sonido de la piedra disparada hace años en los bosques peligrosos de la infancia resuena intermitente en mi memoria, esperando paciente el sonido semejante que será la clave de liberación de los fantasmas, los miedos, los deseos. El ábrete Sésamo que conjure a los espíritus reprimidos, agazapados, tal vez únicamente aletargados. Letargo postalimenticio, soporífero. El paisaje del jardín y del bosque, el no-viento, el rayo solar que quema las piernas, la comida, la tarde. Carezco de valor para perder la compostura y estirar las piernas allí mismo; sacarme un zapato primero con la ayuda del otro pie y luego proceder de la misma manera para sacar el último. Y mediante la cacareada telekinesis (summum y panacea de los verdaderos holgazanes) (he sido uno de ellos) ordenar a la pesada cortina cerrarse. Cerrar los ojos y dormir, allí mismo, en el desayunador. El piloto automático no funciona en tales circunstancias. El pensamiento común de todos los ahí reunidos es una cama, que se ha materializado encima de la mesa como el globo de un tebeo. El café, más que ayudar a la vigilia, la entorpece, al igual que lo hacen nuestras sensaciones con la mente. Reaccionas y todo está ahí, bullendo, efervescente, chispeante: ideas, recuerdos, retazos de sueños. Todo pasa a velocidad y sabes que cualquier hilo que tomes será como la veta del minero afanoso, solitario, consagrado a hurgar en las entrañas de la tierra. Y bueno. Hay que coger algún hilo conductor. No sabes cuál. Todos son atractivos y brillan. Es más, son magnéticos, chispeantes, dorados, plateados, cobrizos, broncíneos, alumínicos, titánicos. Sí. Todo está allí. Incluso hilos de otros proce33


Blues del perro de Pavlov

deres, de otros orígenes. De libros, inclusive. Sueños de muertos. Sueños de sueños de sueños. Sueños por venir. Ese es un caos magnífico en el que nunca -ni soñarlo- habrá de ponerse orden. Porque de allá provenimos: del caos. Hora de retirarse. Siempre lo hace el de mayor edad. Luego de su prolija alimentación remata con dos enormes vasos de laxante de sabor. Come, fuma varios cigarrillos y sube a la recámara. Desde allá abajo sabemos que ha entrado a su habitación, porque de inmediato se escucha el sonido de la TV avasallando el silencio de la casa. Ligero indicio de libertad expresiva. Pero es tan disímil el contenido de las cabezas allí congregadas, envueltas en el halo del tabaco y el soporífico y cálido atardecer tapatío, que las sillas siguen en su lugar y la reina del mundo actual, la TV, continúa su incansable labor de esparcir cháchara no sólo aquí, sino en cada rincón del planeta donde haya un aparato receptor, en todos los idiomas, de las maneras más burdas y elocuentes, más directas y rebuscadas. Arriba, en el cielo, se han formado extrañas figuras de nubes. Son retazos, ya lo dije. Uno aquí, otro allá, al desgaire, tenues, sin sentido. Proyectan, no obstante el calor, una sensación de frío. Limpieza en esa zona del firmamento, pero también gelidez. Acá hace calor. La mosca brama y ruge a su manera, por el calor. ¿De qué manera lo hace? Esa forma de zumbar necesariamente trasmite un estado anímico, ¿no mis entomólogos? Lodda propone una crema de whiskey. Bayleys para ellos, helado para mí. La tarde se desliza lenta. El frío del helado reanima. La sensación comienza por la lengua, después inunda la boca y baja por el tubo. Sé que al llegar al estómago estará a la temperatura del resto del cuerpo. Mejor. Cuerpo cálido: vivo. Cuerpo frío: cadáver. Es de limón, de Baskin Robbins. ¡Qué de marcas! Hemos dejado de ser para ser la marca que consumi34


Arnulfo Rubio Ríos

mos. “Por sus marcas los conoceréis”, hubiera sentenciado Don Carlos. Porque inclusive la obra deberá ser patrocinada por una marca. El hombre está perdido en su pequeñez, en su perplejidad, en su nacer sin marca. Azorado ve las cosas, como el niño agazapado temeroso de los otros, de sí mismo. Cada golpe, un resentimiento acumulado en el corazón. Pocos pueden ser ovejas, corderos. Y a Dios gracias que aún existan unos muchos. De otra manera el juicio final ya habría llegado. El hombre pobre nada sabe de marcas. Por eso resulta lastimoso verlos con una camisa de Polo hecha para lo que fue confeccionada, diseñada para un tipo específico de portador, y héla allí, en un estado deplorable, mientras el último usuario la ignora y sólo la ha utilizado (el verdadero fin de la prenda) dándole el valor de uso real. Al pobre no le importa que esté despintada, que las costuras de la marca amenacen deshacerse, que el cuello vea para los cielos. Le interesa que le cubra, todavía por muchos días. Pensar en que todos ganen dinero y tengan oportunidades no es altruismo ni humanitarismo; es pensar siniestramente; es pensar en que todos puedan entrar al aro, al redil, y compren marcas y consuman, para que la rueda de este vehículo en el que viajamos hacia ¿dónde? no se detenga ni por un instante, porque de hacerlo la soberbia no encontraría más fundamento; la inteligencia y la tecnología tampoco tendrían razón de ser; la productividad no sería ya un baluarte de la superioridad; el poder de los hombres basado en la calidad y la cantidad de sus posesiones se vendría abajo. Come y calla. La vida es ésta. Aquí y ahora. El helado está delicioso. Percibe nuevamente ese delicado sabor que refresca tu cavidad bucal. Capta la ofuscación de las terminales nerviosas que llevan hacia el centro detector de sabores de tu condicionado cerebrito la sensación, el gusto, del limón artificial. ¿Entendido? ¡Refrénate! 35


Blues del perro de Pavlov

Helado. Nieve. Lima. Moctezuma. Piensa en el fasto de esa corte destruida por Hernán. Mira a los corredores relevándose, integrando una cadena desde la cima del Iztaccíhuatl hasta su palacio, para que Nuestro Señor degustara las delicias del helado. Pónle el sabor que desees. Y claro, piensa también en el chocolate, xocolatl, que ha probado previamente. Y, por supuesto, no dejes pasar el aroma del acayetl de tabaco. Ahora enfoca a los enanos y deformes frente a él, danzando y haciendo malabares para distraerlo. Claro, tú debes conformarte con el artefacto ese, que a cambio de una pizca de tu alma (tu atención, mi rey) te ayudará a matar imperceptiblemente el tiempo de tu vida. Y ¿qué es tu vida?, ¿de qué vale tu vida si no acumulas? ¿si no lo has hecho hasta la edad a la que has llegado? La defiendes como si cotizara en la bolsa de valores. Tu vida no vale nada, como dijo el poeta de las multitudes ebrias. Vale en la medida en la que hayas añadido valor. Valor de uso, valor de cambio. La parte virginal de tu cabezota está a merced del jingle, del spot, del videoclip. Millones de imágenes te violan diariamente, desde el momento en el que oprimes el botón del control remoto. Pero afuera ves imágenes iguales o más violentas. Mientras más jodido estés, mejores y más reales. Es mejor verlas en el televisor. Porque su cercanía hiere. Hiere los ojos, hiere el olfato, hiere el corazón. Cierra los ojos. Cierra las aletas de tu nariz. Cierra los tímpanos. Cierra, en fin, tus sentidos. Mira, es mejor a través del cinescopio. Allí se han mezclado con lo sueños destruidos, las esperanzas frustradas. Yacen junto a las fantasías paupérrimas. Están dentro de ti, junto a las imágenes alguna vez recibidas de las muertes en Tlatelolco, Camboya, Vietnam, Haiti, Guerrero, Pekín, Argentina, Paraguay, Atica, Berkeley, Palestina, París, Los Angeles, Singapur, sangre y atrocidad, atolones y arrecifes, desiertos y junglas, misiles y balazos. Sí, allí están almacenadas, esperando un espacio, un lapso de decantación, de castración, de inoculación, de esterilización. Sí. Hasta que te sean devueltas, editadas, adornadas, seleccionadas, de preferencia con música de fondo para amortizarlas, para 36


Arnulfo Rubio Ríos

quitarles cualquier hito de verosimilitud. Y te vacunen. Sí. Es mejor no ver la realidad. Bueno. Es decir, mejor verla a través del cristal benigno del receptor, donde siempre hay amenaza latente y moraleja, como remate del entretenimiento. Ejemplo que disuade y hecho que hace escarnio. Cajita que aplica los conocimientos de Pavlov, cajita de sexo, cajita de dulzura, cajita hipnótica, cajita de idiotas, cajita de Pandora. Droga gratuita que se inyecta en los cerebros a través del éter. Droga no penalizada que adormece e impone. Droga educadora. Droga excitante. Droga maravillosa que ilumina los ojos inocentes. Droga que puede ser administrada a niños y adultos, a cualquier hora. Droga preciosa que suple a los fusiles. Droga maravillosa que convence. Droga que une. Droga que divierte. Droga legal. Droga letal que se extiende. Droga aclamada. Droga que aísla. Droga que suple a otras drogas, las que consumen los enemigos de la magna droga. Droga que viene, droga que va a través de las fronteras, de las montañas, que penetra a través de las paredes y sólo está a la espera de un sencillo click. Click, alguien ha cortado el suministro de la droga. Despertamos del ensueño postalimenticio. Hora de volver a la realidad. Nos miramos. Un instante de reconocimiento. Sí. Somos nosotros. Reales. Carne y hueso. Apagada la TV el mundo parece extraño. Es necesario un instante de transición, de adaptación, de acomodamiento. Como que hay que relevar al piloto automático y tomar el mando. Es un decir. Porque el mando, el timón, está en otras manos. Hemos dejado los navíos de nuestras vidas en las manos de inexpertos capitanes. Salen a navegar precisamente porque en tierra nunca pueden gobernar sus vidas. ¿Pero, quién puede gobernar la suya? Acompañados de la mosca, caminamos, al menos gobernando nuestros pasos, a través de la fresca sala, hacia el salón de juegos, donde la paquidérmica mesa de billar domina los espacios. No pisar la alfombra, destinada sólo ser hollada por visitantes distinguidos (¿No somos esos nosotros?) Sillones blancos nos aguardan. Otra parte del bosque y del jardín se atisban. 37


Blues del perro de Pavlov

Estamos solos la mosca, Lodda y yo. El insecto se larga a reconocer los terrenos del bar, la mesa de juegos, la cava. El rey Sopor insiste en que cumplamos su mandato. Imposible reposar y retozar, por razones de moral. Moral de muerte. Moral de moralina y moraleja, con fuertes dosis de chantaje. Anhelo de visitar lo prohibido, a todas horas. Avidez que no cesa, por fortuna. Sentados, manos entrelazadas. Resistir la laxitud, porque hay deberes que cumplir. Beso de despedida. Que la siesta sea ejecutada por quienes la merecen.

38


Arnulfo Rubio Ríos

ALLEGRO

Arranca el coche, sin complicación. Dentro del auto el calor es más intenso, por el color negro. Abro las ventanillas. Pongo a trabajar el reproductor de compactos. La música digital, purificada, limpia, sin olores de trabajo, se esparce por los grises interiores. ¿Quién toca, man? ¿a quién escuchas, mientras exprimes todo el vigor de la primera velocidad en subida, seis cilindros en v, alta torsión? Basta ya, muchacho, de filosofar. Deja que los sonidos fluyan. Que tu magín se dispare en esos breves lapsos. (Breves porque así lo has querido, hombre). Está bien. That’s all right, papa. Remítete y remóntate a esa época en que la rebeldía y la inconformidad ante el destino evidente, de empleo seguro e incorporación a la vida normal, sana y productiva, tenían signos: copete, chamarra de piel negra con calavera en la espalda, cadenas, Puch, Harley, Indian, BSA, Triumph... (¿Me faltó alguna?). La ingenuidad del viejo rock se traduce en alegría de vivir, de transgredir, aunque sea en pequeña escala, importando del ghetto la música y los movimientos sensuales de la negritud, a su vez importada del Africa para hacer el trabajo pesado de los WASP’s, para que sus blancas manos colonizadoras no se ensuciaran con la tierra, su madre, nuestra madre, a cuyo seno hemos de tornar en cenizas o empacados, en madera o en metal. -¡Voy voy! 39


Blues del perro de Pavlov

Frescura, decimos, vital. Ingenuidad en la mayor parte de los casos conocidos. Búsqueda de espacio, no en el plano terrenal, sino en el otro, el anímico. Querer romper el corset, dejar de tirar el arnés, destrozar el ronzal a mordidas y mordiscos. Despojarse de las ropas apretadas. Preludio de la explosión. Moverse frenéticamente para arrojar a un lado las miríadas de lápidas acumuladas sobre los hombros. Las tumbas de los antecesores; las criptas en cadenas de los caídos: hacia atrás, muy atrás, hasta el inicio de los tiempos, recién salido el prototipo de la especie de las aguas del caldo primigenio. Eslabones de cadáveres que en su mayoría han dejado un lastre vengativo sobre los neonatos, sobre los hijos que habrían de procrear los hijos de los hijos. Prejuicios como grilletes que han retardado el andar. Cadenas y bolas que han terminado con las ansias de los espíritus libres; lastres y lapas que han inmovilizado a distinguidos exponentes, antes de claudicar. ¿Es valiente el que decide irse por mano propia?, ¿es más valiente el que se queda?, ¿qué es la valentía?, ¿necesitamos siempre medirnos?, ¿no tendremos probabilidad simplemente de existir? ¡A dónde hemos llegado! A la suerte de preguntas que la débil mente pavloviana de su servidor -superficial, además- opone ante cualquier asunto que exija calor, entrega, compromiso, revoluciones, trabajo pesado. Bien. Calma. El asunto era el frescor musical edulcorado a veces. Frescura como la del viejo Bill Haley, Buddy, Diddley y otros tantos. Frescura que pretendía. Cada determinado número de años la especie se rebela contra los záng anos y las abejas reinas. El panal lleg a a cimbrarse. No puede haber abejas descarriadas. Las que llegan a serlo mueren. La labor de las abejas no tiene sentido. ¿De qué les ha de servir llenarse el buche de néctar y deambular por ahí, sin posibilidad de descargarlo? Deben atragantarse. Morir. Ser repudiadas por las abejas sumisas. Y ¿de qué les sirven la miel y la cera a las otras abejas? Es ridículo pensar que trabajan de esa manera para servir al hombre, hijo favorito de quien ustedes ya saben. 40


Arnulfo Rubio Ríos

Dando tumbos procuramos avenirnos un poco de libertad. No somos los iconoclastas que exclaman ¡Al diablo con todo!, pero tampoco somos cobardes. Cada quien subsiste a su manera. La congruencia con las acciones es un asunto individual. El único o la única entidad a la cual se rinden cuentas cada noche y a cada instante de recogimiento y soledad son la propia mente y sus instancias juzgadoras, el ministerio público de la cabeza, el juez de la sesera, la policía de la conciencia. Instancias ellas no siempre coordinadas bajo un mando único. ¡Qué comicidad y patetismo! ¿Repetimos los esquemas externos en el interior de nuestro órgano generador de disparates?, ¿o sucede a la inversa? Pero volvamos. El rock fue, precisemos, reflejo de un afán, del deseo de expresar. Pero, ¿es eso lo que fue? (Ah, conque tratando de encasillar, de clasificar, para tranquilizarnos). Conocer, conceptualizar, encajonar. Tarea del sabio. Y cuando lo ha hecho la rueda ha girado más rápido que su proceso. La vida es un relámpago. El conocimiento es una vela mortecina que se enciende cada noche y se trasmite por azar. Basta ya, muchacho, de filosofar. ¡Deja que los sonidos fluyan! Que tu magín se dispare en esos breves lapsos de movimiento, libertad y solitud. (Breves porque así lo has querido, hombre sin agallas). Está bien. That’s all right, papa. Remítete y remóntate a esa época en que la rebeldía y la inconformidad ante el destino evidente de empleo seguro e incorporación a la vida normal, sana y productiva, tenían signos: copete, chamarra de piel negra con calavera en la espalda, cadenas, Puch, Harley, Indian, BSA, Triumph... ¡Qué ejemplos! El sufrimiento de los padres amoldados y amolados por un esquema de vida avasallante en cuya confección no tendrán ni la más mínima oportunidad de participar, porque cuando intenten volver atrás se verán a sí mismos en la cuna, después correteando entre la maleza, fornicando por vez primera, en traje de ocasión ante el cura, cargando al primer niño, trabajando como burros, jubilándose y el primer nieto en las rodillas y la corona, la tumba y la nada allá adelante. 41


Blues del perro de Pavlov

Eso es, mi rey. Y el Rey Criollo irrumpe, deja escuchar su voz. El verbo, en este caso, es lo de menos. ¿Qué músico ha necesitado de las palabras? Su lengua es distinta. Su abecedario son las notas. Isn’t Elvis? Claro, mi rey. Recibes el tributo de las masas, colocas esmeraldas en tu trono, oro en tu Rolls Royce, fornicas con cualquiera de las mujeres que gotean por ti, por tu voz, por tus bailes. Has besado el rostro de la Gloria, su coño, sus senos y sus labios. Te has despertado cada mañana para mirarte por vez primera en sus hermosos ojos. Ignoras, embebido en los placeres de la fama, que los emisarios del orden elaboran las facturas. Primero, soñar. No olvide usted que el Estado es, ante todo, quien ordena. ¡Sírvase entonces acudir a la oficina de reclutamiento más cercana a su corazón e inscríbase porque el Tío Sam lo necesita, joven. ¡Esos negros! Mirad cómo reclaman ahora que su música nos invade y es interpretada -no importa cuán suavemente- por nuestros jóvenes blancos. Al rato exigirán derechos. Viajar en el mismo autobús, al lado de nuestros hijos blancos. “WASP’s del mundo, uníos”. Hello Klu Klux Klan. Soy un buen cazador y deseo enrolarme. Jamás en mi personal cadena de informantes genéticos se ha introducido un gen negro. Pueden hacerme la prueba. Así que, joven Elvis, pase con el peluquero. Después vaya por su uniforme de recluta. Demuestre a su público la fidelidad al sistema que lo lanzó a la fama mundial desde la cabina de su camión. Dé un ejemplo a esos rebeldes que espantan a las abuelitas y a los predicadores y sacerdotes, portándose a la altura. Lo que digan y hagan los negros no nos preocupa. Es asunto de ellos. Todavía impera la blancura, no se mezcla. Vaya, pues, joven y sirva a la Unión. Cuando regrese ya verá. Usted seguirá despachando en sus castillos ambulantes, dondequiera que se instale. Seguirá usted, joven, vistiendo acorde con su alta investidura, es decir, de oropel y lentejuela, no obstante la gordura, la patilla. Porque habrá público fiel, estancado, que seguirá aguardando para verlo sobre el escenario. Claro, ignora usted que las jovencitas perfumadas, virginales, tiernas, serán madres de uno o más hijos; serán asiduas visitantes del supermercado y sus maridos habrán cortado sus cabellos y sus agallas y pugnarán cada día por obtener el primer lugar en ventas. Bah, pero no es tiempo para tristezas, mi rey. Vaya usted a divertir a los reclutas. Tendrá usted trato especial (no se lo diga a nadie). Es decir, no sufrirá 42


Arnulfo Rubio Ríos

como los otros...viajará...cantará. Vaya usted, aquí le guardamos su fama, ¿el tiempo? Olvídelo. El tiempo no pasa. Somos nosotros los que transcurrimos, los que nos vamos. ¡El siguiente! ¡El que sigue! Pasan los vehículos a mi lado por las calles de Guadalajara. La mosca viaja conmigo. ¿O es otra? Las ventanillas abiertas dejan entrar el aire aunque cálido. La adaptación del reproductor funciona. El disc man trabaja. Reverbera el sol en los objetos metálicos, sobre el pavimento. Tanta luminosidad agrede los ojos del noctívago. El brazo derecho arde. Quisiera detener el coche. Orillarme. Quitarme la ropa y tenderme indolente a ver pasar la vida de los demás a bordo de sus bólidos. Dorarme la espalda como pollo y luego darme vuelta para hacer lo propio con el blanco vientre que amenaza expanderse. Cerrar los ojos y soñar bajo la calidez del sol. Espera. Manejas enmedio de vehículos que son una prolongación, una extensión, de los hábitos y manías de sus dueños: distraídos, estúpidos, prepotentes protegidos por seguros de amplia cobertura, los cuales les impedirán entrar a una pestilente oficina del MP, aun cuando hayan sido cinco los cadáveres. ¡Atención, ahora es el ABC boogie, donde el viejo Bill no canta! Ha dejado al sax hablar, secundado por tambores sincopados. El contrabajo es discreto, más que en la clásica Rock around the clock. Seguro que tenía lo suyo, el viejo cara de luna con ricito. Los rayos del sol caen sobre los muslos. Nada puede ser terrible con este clima, con esa luminosidad y esa calidez que vivifica y tonifica la vida y realza los colores, como el verde, el blanco y el rojo de la bandera que ondea y ondula con el incesante -pero caliente- aire, que a veces refresca y a veces levanta la fina arenilla de xall. Ondean los colores del fascio, de la Falange, de la Universidad Autónoma de Guadalajara adoptados por esa institución privada, defensora de la familia, la iglesia, la moral y la ganancia a ultranza. 43


Blues del perro de Pavlov

Son el rojo y el amarillo de la furia española, de la cual todavía no nos reponemos los indios meso y latinoamericanos; ni los mestizos, ni los criollos. Es la fuerza del pasado que vino y arrasó (In nomini patris et filis et allis) a los inermes encuerados. Ondean, sin dejarse abatir, en la nariz del recuerdo de Don Pablo, el viejo poeta comunista casado y fiel a sus ideas. La calle Neruda es una estocada en el corazón del toro. ¡Vaya que se las traía el saxofonista de los cometas, del tal Haley! Con ese sax y un par de tragos no habría mujer que pudiera permanecer quieta, con la ropa puesta, digo. Es verdad, los viejos siempre tienen algo que enseñar, aunque sean sus miserias y su decadencia. El beat no es tan fuerte, pero la cadencia cuenta; es el preludio a la secuencia. La práctica de la secuencia conlleva a la exaltación de la imaginación, a la locura, en el sentido del Tarot. Aunque ésta sea momentánea. La secuencia de fulgores me exalta. El sol se refleja en múltiples cristales. Mundo de cristal. Paredes engañosas de espejos. En el sueño de la noche anterior, invento un espejo que devuelve las imágenes con otros colores. Mi pantalón era verde, pero la imagen que me devolvía era roja; la camisa blanca se veía azul. Mi cara morena era pálida, como de muerto. ¡Qué locura! Inventos inútiles. (¿No todos los inventos son inútiles?). ¡Hasta dónde llegará el homo tecnologicus! ¡Hasta ser un ente inmóvil! Todo a base de botones. Sólo se desarrolla el pulgar. Los glúteos se extinguen (ya están en vías). La barriga crece, si tu ideal no es remedo del helénico. Es decir, la tendencia actual es mantener el vehículo de carne y hueso en forma. Jogging por aquí; jogging por allá. Trotacalles que pasan sudorosos, concentrados, a plena luz, bajo este sol. Hombres y mujeres que anhelan el retorno a la juventud. Aferramiento traducido en el esfuerzo reflejado en el rostro. Afán inútil. No. El tiempo no pasa. Son nuestras células, que han trabajado demasiado y ya no se regeneran al mismo ritmo de antaño. Mientras construimos la pirámide actual, entre todos los humillados y ofendidos, amamos, embriagamos nuestros cuerpos, reñimos, tonteamos y filosofamos. A veces tomamos un descanso bajo la som44


Arnulfo Rubio Ríos

bra, cuando los capataces se largan a caravanear a los faraones. De nada sirve. Hay que volver a empujar las piedras, a seguir las instrucciones de los ingenieros y arquitectos; a veces hay que regresarlas por el mismo camino, cuando vienen defectuosas o cuando ellos quieren divertirse un rato a nuestras expensas. Hay latigazos para los que se revelan. Es un deber sagrado que no debes eludir. Diario, hasta que tus huesos se derrumben por la enfermedad o por la vejez y los zopilotes acudan (refiérome al agente funerario, al seguro y a otras aves de rapiña) al festín. Claro, unos trabajan menos que otros. Esto es algo que nunca he entendido: ¿Para qué construir más pirámides?, ¿para gloria de quién? Los jóvenes inician la tarea con demasiada enjundia. Creen en las pirámides. Les han dicho que construirlas es lo correcto. Les han informado que mientras más bloques acarreen en su vida, serán más importantes y reconocidos en la vejez. Les han dicho que, por ejemplo, ir a pescar en el Nilo es perder el tiempo; es ofender a las deidades y al faraón. Hay, pero por supuesto, otros rebeldes. Hacen trampa a la hora del esfuerzo. Descansan al menor descuido de los capataces. Se ríen de los esfuerzos de los más esforzados. Beben. Pellizcan a las mujeres. Ingieren sustancias extrañas. Cuando son sorprendidos son castigados y sus sufrimientos y puniciones son hechos del dominio público para escarnio de otros. ¿Para qué erigir tantas pirámides, en todos los países, a todas horas? El eterno culto a las construcciones egregias. A las torres de Babel. Erigir, erigir para sobresalir, para sobreponerse a la muerte. Los poderosos se mandan hacer monumentos; los artistas crean. Valles de los Caídos, Valles de Mortandad, Valles Desiertos, Valles Floridos, infinidad de Valles para cruzar o sortear, piedra a cuestas, hasta llegar a la pirámide en la que nos corresponde depositar nuestra energía, nuestras lágrimas y nuestros sudores. Sí, pero son mágicas. 45


Blues del perro de Pavlov

¿A qué tanta alharaca esotérica con las pirámides?, ¿cuál energía?, ¿cuál torre de vigilancia para las naves extranjeras? Nótese la fuerza de la opresión. A tantos años siguen sorprendiendo a los descendientes de los desgraciados que las construyeron. Pirámides egipcias, mexicanas. Túmulos, obeliscos y cabezas gigantescas. Ahí están, a pesar de nosotros. Por eso los bárbaros llegaban a destruir las ciudades invadidas, por el odio acumulado durante generaciones en sus almas y en sus corazones contra los poderosos. Los herméticos, los diuréticos y los agnósticos dirán que blasfemo. Sí. Blasfemo y rezo, puesto que no se me da la gana hacer otra cosa. Mucho menos pirámides ajenas. Bueno, sí. Cargo mi bloque. Lo he cargado desde que emprendí el trabajo. Mi faraón se hace más poderoso día tras día. He servido a varios faraones y, por tanto, he intervenido en la construcción de varias pirámides. No vistosas ni majestuosas, pero ¿quién sabe qué pasará después del holocausto, de la guerra?, ¿cuántas quedarán en pie? Hay pirámides pequeñas que son derruidas para construir otras mayores; sus materiales son tomados para ser incorporados a la estructura de las más grandes. Sus propietarios han caído en la batalla. Han claudicado. Pirámides modernas, edificios de conspiraciones, de corporaciones a las que ya se someten los gobiernos de los hombres. No hay escapatoria posible. Bueno, la única sería que todos de común acuerdo arrojáramos el bloque a un lado del camino y nos sentáramos sobre él a descansar y a meditar y a reflexionar acerca de nuestro destino. El destino es morir. Lo sabemos, pero preferimos ignorarlo. ¿Cómo nos vamos a ir así nada más, sin haber pagado al carnicero, al tendero, el gas, la electricidad, la renta? No. Imposible. Joven, señor...es mejor liquidar sus adeudos antes de partir. Asegúrese de no dejar problemas a sus deudos. No sabe de lo que es capaz la sociedad. ¡Fíjese! Sus hijos crecerán señalados por el dedo flamígero de los buenos y decentes. Su mujer, ya sin ánimos para trabajar, sin preparación para ejercer un oficio y mucho menos cuerpo para ejercer la prostitución, 46


Arnulfo Rubio Ríos

verá cancelado su crédito. ¿Sería usted capaz de hacerle algo así a su familia?, ¿a la sociedad que le ha permitido vivir bajo su cobijo durante tantos años? ¡Traidor, malnacido, bastardo! De haber sabido que nos iba a jugar de esa manera no le hubiéramos autorizado el crédito. ¡Moriremos todos! Verbigracias a escoger: retorciéndonos de dolor por los cánceres de células rebeldes (hasta ellas han comenzado a hacerlo ¿deberemos seguir su ejemplo?); plácidamente, después de una suculenta comida y un habano en nuestro sillón favorito (el Requiem de Mozart, por favor); en un pavoroso accidente carretero; asesinados por un par de pelafustanes de mala muerte, por no traer más que morralla en el bolsillo; baleados por estar enmedio de un tiroteo de narcos y polis, de esos que se improvisan de vez en cuando para salpicar de credibilidad la historia; infartados por la tensión, el esfuerzo y la vida sedentaria. La historia no es esa. Los héroes pelean por otra cosa. Por satisfacer los mandamientos de su ego, si se quiere, o los de una mujer. Una vez muertos han sido desenterrados y canonizados y exorcizados por sus enemigos para ser exhibidos y vendidos como atracción turística, me refiero a sus tumbas, sus carteles, sus ropajes. El héroe desconoce los riesgos de su profesión. Por eso hay tan pocos en funciones, actualmente. Condición sine qua non es que debes morir para alcanzar ese grado. Morir para vivir. Sucumbir para acabar de una vez por todas con el cuento. Caer por la única causa digna: la vida. La personal, individual, íntima. La vida sin presiones ni chantajes ni culpas, sin compromisos ni componendas; la vida sin deberes. Bueno. Uno, sí: el deber de vivir. Lanzarse a vivir como un disparo. Como si fuéramos balas disparadas por el cañón del útero. Unas cuantas de éstas siguen en vuelo; otras yacen en el suelo. Algunas han dado en el blanco y otras vagan en busca de su destino. Cuando el impulso acaba, a tierra. Hay balas explosivas; balas de salva. Hay balas de gran calibre y perdigones. Las hay de oro, de plata, de cobre, de plomo, de todos los metales imaginables. Lo que cuenta es el impulso. 47


Blues del perro de Pavlov

Nada qué ver el arma, ni el momento del disparo. Mucho menos la marca. Importa que no haya viento en contra, obstáculos. La vida es un disparo, que ignoramos si dará en el blanco. Somos, pues, balas en movimiento, con algo de voluntad para variar la dirección que las circunstancias han determinado. A veces creemos que el blanco es una mujer. Y, amigo, si la fuerza de ella y su maldad superan tus impulsos, eres bala perdida; disparo al aire, tiro malgastado. (Un disparo surgió de anónima pistola. Quizá fue lanzado al aire. Quizá apuntó a su servidor. Música de fondo. Afroantillana, con cálidos cueros que retumban en la noche incitando a las mujeres a moverse; tal vez un swing o quizá rock. El alcohol es poderoso. La mesura de los otros evita las caídas, las muertes antes del momento programado. Juventud y alcohol. Una pelea arreglada. ¿Por qué regresar cuando uno ya se ha despedido? La luz es intensa. Mujeres en vestidos de noche, lustrosos, bailando en fila. Frente a ellas los hombres intentan despojarse -con los acordes y el rito- de la tiesura, del óxido de la rutina. Todo fluye. Incoherencias, bromas, tonterías. Un hombre me dice que ha sido boxeador. Magnífica oportunidad. Al tipo lo retaban en la calle cuando era campeón. Derrotar a un campeón en una riña callejera significa apostar nada y llevarse una fortuna. El era viejo y los jóvenes somos estúpidamente impetuosos. Esta era una prueba de que la línea entre la estupidez más recalcitrante y la ingenuidad es tenue. Mis entrenamientos eran duros. Yo era ala defensiva izquierda del equipo preparatoriano. No tenía miedo. Al grano. Bailo entonces con la mujer del bóxer, una vieja flaca y fea, sólo para provocar. Trompeta y bongó. Ha llovido. Estoy empapado, además de ebrio. Mírome a la distancia y sonrío al manejar por las soleadas calles tapatías. Lo reto. El, prudente, se niega. Lo insulto. Se contiene. Ella se pone histérica. La callo y lo vuelvo a insultar. Nada. Entonces la insulto a ella y el macho sale. Vamos a la calle, la urraca detrás de nosotros, llamando a sus polluelos para defender su honor. Baile del oso. Entre todos se dan a la tarea de tundirme. Sólo doy un cabezazo y un rodillazo. Suena el disparo. Me tiro al suelo (¿o me tiran?). Concierto de patadas. Posición fetal, enseñanza del barrio. Súbitamente todos entran a la casa. Quedo solo, en la banqueta, tirado, riéndome, amenazándolos. Camino por las oscuras callejas, tambaleante. Los focos de los puestos de tacos iluminan las esquinas. Enfilo hacia la casa de mi hermana. Toco la puerta. Abre. Grita asustada al verme sangrando. Me río. Alarmada, me conduce en un taxi a la 48


Arnulfo Rubio Ríos

Cruz Verde. Me lavan una herida muy cercana al ojo izquierdo. Desinfectan, suturan y me ponen un parche. Me interroga el MP. Digo que fui asaltado. Imagino que usaré de por vida un parche negro, de pirata. La bala se perdió en la noche. Su blanco no fui yo). Las figuras del entorno cambian. Otro ritmo, variación del primigenio, ha roto la costumbre del tam tam monótono, institucionalizado, aprobado. Tam tam que ya no excita, que no convoca. Tam tam inerte. Una oveja comienza a balar de manera diferente; se rehúsa a ser trasquilada; se detiene al borde del precipicio, mirando a las demás caer; se hace amiga de los lobos. ¿Qué está pasando allí? Creemos (aire docto, formal, de Ph. D.) surgen por azar genético ovejas de tal jaez; en cualquier rebaño del mundo puede suceder tal fenómeno. Y estas ovejitas no asumen el script que les endilgan la biblia, los hermanos Grimm, Esopo, el füehrer, Díaz Ordaz, De Gaulle, Lyndon B. A tales ovejas -digamos- les gusta practicar su propia manera de tocar los tambores, es decir, experimentan con la sucesión de sonidos y silencios. Este es el decorado. El viejo rey criollo se embriaga. Le han guardado el trono, en efecto. Pero, señores y señoras, otras balas surcaban el aire, venían en camino. De Liverpool, Seattle, Los Angeles. (Acá la pólvora estaba mojada, mientras que las balas verdaderas y las pistolas eran confiscadas por la ley modificada por el presidente cara de simio, el guardián del orden, la tradición y las buenas costumbres que veía comunistas en cualquier indicio de crítica). Engañaron a Elvis. El rey descubrió a destiempo el significado de la palabra evolución. Palabreja de poder. Conjuro que ha cimbrado al Vaticano, a las mentes bovinas y esotéricas; a los moros, los judíos, los protestantes, los mormones, adventistas, evangelistas, testículos de ya saben quién. Bueno, Don Elvis la descubrió y se le atoró en el buche, en el cerebro, en el corazón y en los genitales. 49


Blues del perro de Pavlov

-Esos tipos de los barrios jodidos de Inglaterra ¿qué están haciendo? ¡Dios, eso no es rock! ¿Por qué no usan mi copete?, ¿qué les ven esas niñas, que se desmayan? Tú, ¿qué dices, Tío Sam? Dime algo, porque el coronel se niega a oírme. -Escucha, mi rey. Es mejor que vengan de allá los sonidos, los otros tam tam. Aquí, los tam tam de los negros deben quedarse en los ghettos, en los barrios marginados, en los bares de mala muerte y lupanares. A ellos no les daremos lo que a ti, Elvis. Fats, Chuck, Pennyman, Turner, Didley, que toquen el tambor y la trompeta para los de su raza, exclusivamente. ¿Por qué habríamos de darles motivos para enaltecer a su jodida ralea? De aceptarlos, tendremos que asumir forever que su música tiene valor estético, que es parte de nosotros, de nuestra cultura, de nuestro modo de ser. No way, man. Es mejor así: que nos invadan de nuevo los ingleses. ¿Allá sí los escuchan y pagan por verlos los jovencitos blancos y protestantes? Bueno, bueno, tranquilo, Elvis. Tú tienes Graceland, contratos hasta el año dos mil y eres objeto de culto en vida. ¿Quieres fabricar tu propio tambor y demostrarnos tus nuevos prospectos de tam tam?, ¿no? ¡Anda! Tus fans te esperan. Tu público es otro. Ellos, los fans de ahora, no te conocen. Aguardan a los Rolling Stones, o sea (rebuznó el traductor del acetato de 33 revoluciones en español) las «lápidas semimovientes». Las ovejas descarriadas crecían y sus balidos y tamborileos se escuchaban en todos los rebaños. Nuevos tam tam se escuchaban por doquier, entremezclados con los monótonos sonidos que quedaban arrumbados en discos de segunda mano, empacados en las cajas de objetos inútiles, junto con los vestidos pasados de moda, cosas rotas y trebejos. Todo se entremezcla en el espacio, merced a Marconi y a Hertz. La industria de la conciencia está en pañales. Apenas ensaya balbuceos de su lenguaje insistente, sutil, sugestivo, eficaz, conductista, siniestro, seductor. Manotea el niño, pero sus manotazos ya rompen los barrotes de la cuna. (Quisiera una. Tenderme sobre ella y subir los pies en la pared. O detener el auto y subir los pies en el tablero, simplemente hacerlo enmedio del tráfico, pero no tengo el valor ni las 50


Arnulfo Rubio Ríos

agallas para apagar el motor, cerrar los ojos, quitar los pies de los pedales, subirlos y descansar. ¿El tránsito, la integridad de los otros, mi seguridad? ¡Basta ya! Haley, Go Home!). Anda la mosca por el parabrisas. Me enfurece, porque me distrae. Tiro un manotazo para hacerla salir por una ventanilla, pero el aire la regresa. Vuela hacia el vidrio posterior. Pero me sigue distrayendo. La veo por el espejo retrovisor. Oigo el zumbido de sus alas. Siento su presencia obstinada. Pasa tú, Marsalis. Calma. Más acorde con este sol que atonta. Todo es lento aquí, como tus canciones, Wynton. Esa versión de «Caravana» parece un pitorreo. Eres casi casi el suavecito de los jazzistas. Te pongo para denostarte. Masoquismo espiritual. Ahíto de rock, harto de la radio (anuncios burdos, machacantes marros cayendo sobre cada una de las neuronas que desgastan su divina energía en procesar mierda: caen sobre ellas como violadores arteros en carnes virginales). Voy al blues, pero también suelo hartarme. Mozart me reanima, pero no siempre estoy a tono. La fuerza de Ludwig me da energía. Acudo al jazz en busca de imaginación, de libertad, pero Marsalis me sorraja su inocua blancura. El maestro Miles bien que lo sabía. Sabía todo de él. Del pájaro, ni hablar. Bird era un adelantado. Parker: oveja total y absolutamente conciente de su descarrío. Bienaventurados los que no dan concesiones, porque si la fortuna los elige serán ricos y famosos. ¡Circunstancias, reinas del destino humano! ¿Quién lanza los dados?, ¿cómo están las apuestas? ¡Oh! De repente pareces despertar, Marsalis. Tan correcto, como tu traje de Hugo Boss. Nada tiene que ver el look. Tu padre, tu hermano, tan limpios. Ni parecen negros. No sé por qué viene a mi cabeza la imagen del pedofílico Jackson. Tan poco avergonzado de sí mismo. Hélo ahí, con los Jackson Five, cantando «Ben, la rata asesina». Sello Motown, la unión de la negritud para defenderse. El viejo álbum triple con versiones fuertes, intensas, de tam tam avant garde. Regrábalo, aunque el scratch delate la fuente, se cuele. Mejor que la superasepsia del método 51


Blues del perro de Pavlov

DDD. El maestro Esteban Maravillas empezaba. Stevie, el prolífico. Emulo de Ray, el viejo Charles. I can’t stop loving you... y la nave va -piloto automático- hasta la casa de la Tía Lupe, en la avenida Thiers, antes de que por allí pasara un eje vial. Robaste el disco que Licho dejó. Era el mejor de su colección de basura. «Niño rata, niño rata, conmigo ven a jugar». Y era el que más le gustaba, lo dijo al percatarse del hurto. Te odió por eso y por el pelo largo. Pero tú la admirabas, pilluelo cachondón. Guapa. Vieja, pero con estilo. Viuda. Vendió la vieja mansión y se compró un departamento en la Del Valle. Te repelía. Te decía hippie y te daba consejos de moral. Todo por su disco del viejo Ray, jefe, jefe de jefes, el ciego ése. ¿No? Escuchar «Ruby», «Un Mint Julep», «I’m gonna move to the outskirts of town», «Hit the road, Jack» y «Georgia»...Basta. Es lo que provoca Marsalis. Eso pasa. Cuando la obra carece de ritmo, armonía, originalidad y fuerza, punch, «agarre», tu mente se va porque la música no consigue cautivarte. Lo mismo pasa en la literatura, en el cine, en el teatro, en la danza, en la pintura. Cuando escucho a Marsalis me imagino en la sala de espera de algún consultorio o oficina; lo ubico como el fondo musical de una película norteamericana de espionaje, con chico a punto de conseguir lo que se busca de una mujer; como tema de fondo en la penumbra de un bar de hotel de cinco estrellas. No, querido Wynton. Tu obra está dirigida a la clase alta, a los top guys. Mejor te sustituyo, porque la tarde tapatía se está pintando de modorra azul y las princesas y las reinas, más relajadas, van de compras. ¿Quién demonios está en el piano? No importa. Cualquier músico de algún bar perdido en la noche. Pretendes ser cachondo, pero resultas frío, por estudiado. Tú, pianista, no eres un negro. Puedes ser. Pero no has sufrido. Y quien no ha sufrido no puede ser artista. Eres, eso sí, un músico de escuela. Es decir, manejas la partitura, soplas a tiempo, compones. Pero eres demasiado rígido, reprimido, light. ¡Fuera mosca! ¡Fuera Marsalis! Prefiero un poco de silencio antes de entrar al mall, donde hay aire acondicionado y el cotidiano desfile de mujeres vestidas a la moda. Thiers, Eliseo, el gordo Jorge, Avándaro, tam tam bajo la lluvia en la versión mexicana de Woodstock. ¡Tengan! Acá también te52


Arnulfo Rubio Ríos

níamos artistas del tam tam: El Ritual, Enigma, Hangar Ambulante, Tree Souls in my Mind, The Factory, Tijuana Five, frontoneros y correteados, sin mercado de trabajo, salvo boites de nuit, cabarets, centros nocturnos, con público de clase media, empleados, burócratas, secretarias, jefes y galanes. Festín y pena. Jolgorio y duelo. Nadie sabe cuándo arribará la tragedia, pero el arte resistirá. Quejas, a la ventanilla correspondiente. Pena debería darnos a quienes nos quejamos. Pena al indagar las condiciones en las que escribieron Tolstoi, Dos, London, Kerouac, Cervantes... Mariquitas, eso somos. A la menor adversidad circunstancial, a inclinar la cerviz y aguardar la cómoda llegada del éxito, a claudicar. O a lamentarse encima de la página, aullando como cachorro sin ubre en el hocico. A gimotear como niños miedosos despiertos en la oscura madrugada. Bah. ¿En qué condiciones llegaron a tocar los negrazos? En bares de asesinos, chulos y ladrones. En fiestas de judíos y ricos, que los humillaban pidiéndoles canciones de salón, facilonas. ¿Bajo qué personajes de influencia y mecenazgo Goya plasmó sus dibujos? Wolfango, ni qué hablar. Ludwig. Gaudí. Charlie Parker, digo, se iba en cada nota hasta alcanzar la siguiente, como cerebro después de la anestesia, pero con algo de control sobre el piloto automático. ¡Fuera diques! Yo, Ello y Súper Yo bailando de la mano, briagos, desnudos, enmedio de sueños, recuerdos y proyecciones. Caos. Principio. Fin. Creación. Muerte. Renacimiento. Vitalidad. Impulso. Balas en el aire todavía. ¡Viva la posibilidad de balar en otro tono! ¡Festejad el descarrío de las ovejas señaladas! !Ladrad, gruñid, morded, acariciad, disentid, criticad, amad! ¡Amad y dad! ¡Entregad los cuerpos, las almas, las sangres y los patrimonios! (¡Jo, este tipo está bien zafado!). Me dirijo a otros. No a las ovejas trasquiladas. Ustedes deben seguir así para que el mundo siga su camino y reviente un día. Pronto, tarde. No importa. Esto es apenas un suspiro en la tonada que improvisa Dios. En el jazz divino somos unas cuantas notas, en busca de 53


Blues del perro de Pavlov

armonía y permanencia. Notas bajas. Notas altas. Difusas, fuertes. Movimientos innombrados todavía. Quizás somos el ensayo, el palomazo. ¿Chicles? No gracias. ¿Bastón antirrobo? No, joven. ¿Le limpio el parabrisas? Para la otra, niño. ¿Obleas? No. Miseria. Pobreza por todos lados. Los poderosos y su socio, el Estado, abusan. Su férula es dura, pesada, inclemente: mil rostros posee el monstruo del poder. En cada esquina se improvisa el desfile de los humillados y ofendidos. Tienes la fortuna de viajar -eufemismo- en coche. Tendrás la desventura de presenciar en cada alto del camino el acoso de los testimonios vivientes que al ganarse una vida miserable, pero honrada, derrumban la retórica. Desnudan la mentira del discurso. Son la sal de la tierra, pues. No estamos incitando a la rebelión, puesto que ella se invita sola, en su momento. Esos tipos apegados al trono -mareados como moscas en tarro de miel- se aferran a sus privilegios. Mentes zafias que no brillan. Están allí por la zalema, la ambición y el callo en las rodillas y en la lengua. Han estado de hinojos ante quien los designó por mucho tiempo. Más tarde tendrán que pagar el favor para cerrar el círculo. Adentro todos ellos, sin importar su color, el largo de sus barbas, el atuendo, entrelazados firmemente con nexos de sangre y oprobio. En la suela de sus botas hay sangre y dignidades pisoteadas. Sus zapatos de importación han caminado sobre muchas almas puras entregadas por la necesidad de pitanza. Todos hablan como personas decentes ante los micrófonos de la radio y la TV. Anhelan un espacio allí, entre los anuncios comerciales, los noticiarios que amedrentan e intimidan a las ovejas, entre los músicos vulgares y las putillas disfrazadas de actriz. Desean incrustar su imagen benévola y su palabra estudiada y modulada en los corazones y las mentes de las masas. Lo logran. Los líderes de opinión los necesitan. Son condimento y especia de la materia de consumo cotidiana. Papel sanitario lleno de mierda que nunca se va por el retrete. Caen cuando hablan. Son castigados cuando cometen indiscreciones. Pertenecen a la cofradía de los sanguinarios, aunque 54


Arnulfo Rubio Ríos

sus manos nunca se hayan manchado de sangre y los indicios nunca conduzcan a las puertas de sus casas. Olvidan la piedad al ingresar en esa secta, que exige lealtad a la mentira, a la abyección. Son los esbirros de Satán. Controlan el alcohol, la política, la prostitución, el comercio, las drogas, el tránsito y el destino de los hombres. Son tan listos que todavía cobran un tributo por hacer lo que hacen. Hacen trampa y no tienen corazón. Someten al que reniega, aplicándole algo de la fuerza a su servicio descarado o sometiéndolo al escarnio público, al oprobio. Todo tiene un precio para ellos. Comenzaron por vender su alma. Después fue su vida, su cuerpo, su cabeza, su tiempo. Venden sus servicios. Compran las ideas para patentarlas como propias. Compran las plumas de escribanos pobres o prostituidos para hacerse pasar por inteligentes. Compran la verdad. Compran la vida. Compran la muerte. Están en la punta de la pirámide virtual. Defienden su escaño, su postura y posición a patadas y mordiscos. Traicionan, pero se cuidan bien de no ser traicionados. Conforme suben pierden menos. Son los ganadores. Ganan incluso después de muertos. Ganan los honores. Ganan desfiles. Ganan salvas de honor. Monumentos. Estatuas. Biógrafos pagados hurgan en su aridez espiritual e intelectual para redactar magníficas historias de color rosa sobre sus vidas ejemplares. Compran ideas y las hacen plasmar como suyas en libros exitosos que mantienen a salvo su reputación. Basta. La mosca viaja en el asiento de al lado, donde camina husmeando la tela del asiento. Se lame las patas, se las limpia, como si se hubiera ensuciado al hacerlo, la muy cínica. Primera, segunda (breve jaloneo), tercera y cuarta. El auto necesita una afinación pero, maldita sea, es costosa. Usaré puros aditivos. Aquí, en el panal de abejas laboriosas, la vida tiene un precio. ¿Quieres ingresar? Chico, pues a pagar, a invertir. Máxime si has sido depositado en el planeta con sólo lo que traes puesto y la educación del Estado. ¿Deseas agua caliente? Cariño, liquida la cuenta mensual del gas. ¿Deseas una mujer del clan? Hombre, calcula las erogaciones futuras por dicho concepto y, si no accedes, retráctate y búscate una más corrientilla y con menos ambiciones; una de tu clase, pues. ¿An55


Blues del perro de Pavlov

helas vivir en un buen barrio, seguro, exclusivo, con clase, arbolado? Bien, ¿cuál es tu capital? ¿Quieres, en fin, vivir con dignidad? Pues entonces olvídate de la dignidad y consigue la plata por cualquier medio y a cualquier precio. ¡Dignidad! ¿Quién se atreve a mencionar tal palabra en estos tiempos? Ella también es patrimonio de los ganadores. El viejo León (conde Tolstoi) llegó a esta sabia conclusión, luego de ejercitar la sesera y de mojar mil veces su pluma de ganso en el tintero: los impresos sólo ayudan a difundir la ignorancia. Sí. Y extienden la confusión. Navegar en un mar de confusión. Comenzar en la superficie. Adquirir confianza. Bracear. Nadar boca arriba, de muertito; sumergirse; zambullirse con clavados ridículos, hasta cortar el agua como el estilete penetra la piel. Después, bucear con confianza, permanecer más tiempo bajo el agua, encontrándole el sabor al silencio, a la paz de ese otro mundo dentro de éste, pero tan diferente. Otra dimensión, preludio. Otro tiempo. Y así, más y más adentro. Más y más profundo. Después, sólo emerger, como ballenas y delfines, a tomar el aire necesario. Pero es imposible vivir todo el tiempo en la profundidad. Bueno, el viejo León lo hizo, es decir, buceó con frecuencia y con sus plumazos compartió la experiencia con nosotros. «Guerra y Paz», «Anna Karénina». Y ¿qué? La conclusión, después de tantas zambullidas y a consecuencia de la edad, la madurez, la víspera de la partida, fue tajante el apotegma. Y contundente en su pesada verdad. Difuminamos la ignorancia. Esparcimos la confusión. ¿Qué somos dentro del caos, dentro del marasmo de sensaciones individuales y colectivas; dentro del entrecruzamiento permanente de información banal que surca el espacio y se incrusta en las cabezas parlantes?, ¿de quién es la verdad?, ¿a quién le pertenece?, ¿a quién le muestra sus predilecciones?, ¿quiénes son sus favoritos?, ¿por qué los eligió a ellos y a nosotros no?, ¿quién la viola?, ¿le gusta en verdad que la defiendan?, ¿debe mantenerse pura?, ¿queda algo de pureza en ella?, ¿acaso no hay horror y terror detrás de su quimérico rostro? Verdad, luz de mártires que como insectos sobrevuelan alrededor de tu brillo esquivo, de tu fuego, quemándose a la menor equi56


Arnulfo Rubio Ríos

vocación, al menor error de cálculo, al menor trastabilleo. Verdad: ¿Quién te conoce?, ¿quién te ha encontrado?, ¿cuántos han muerto por ti?, ¿qué parentesco tienes con la mentira?, ¿a quién o en quién hemos de creer? Verdad zanahoria tras la cual trotamos todos los zopencos. Todos tenemos cola que nos pisen. Todos arrojamos, hipócritas, la primera piedra. Todos al mismo tiempo lapidamos a quien diga la verdad. A la una, a las dos, a las tres. Viejo León fuerte, ¿cuánto navegaste en el océano de las palabras, sorteando los arrecifes de la adversidad y la indolencia para llegar a tan certera conclusión?, ¿cuántas noches de frío y estremecimiento soportaste sin un por qué, sin un para qué, simplemente porque de otro modo no lo hubieras hecho? No nos hubieses mostrado ese tu mundo; eso que tu mente concluyó al final de una vida de trabajo, el resultado inútil y nefasto de una vida de paseos y zambullidas en el océano de las ideas y las palabras, buscando la verdad y la comunión con los demás a través de los libros. Ah, viejo León, quizá te sentiste culpable por haber editado tantos folios sin haber percibido resultado. Tal vez escribías porque tenías una intención noble. No te preocupes. Al menos no pusiste cianuro en la cisterna de tu pueblo, ni te subiste a la torre de una iglesia a disparar contra todos. Tampoco mandaste al ejército a matar obreros o estudiantes indefensos. Y si lo hubieras hecho, ¿qué? ¿No hemos estado siempre rodeados de locos, degenerados e irredentos pecadores? Tal vez esos sicópatas son aviso de que la ley de la genética ha sido transgredida, merced al progreso. La selección natural rompió su ciclo. Se volvió loca con vacunas, esperanzas de vida y toda esa monserga. ¿Cuándo se ha visto a un granjero que asesine a sus animales de tiro? Súbitamente, los detonadores genéticos de los asesinos se activan obligando a sus portadores a matar. Nadie lo sabe. Navegamos en un inmenso y turbulento océano de ignorancia. Y somos complacientes. Ya rugiste, viejo León, y tu rugido aún se escucha en el planeta. ¿Cuántos tuvieron que morir para que la selección 57


Blues del perro de Pavlov

natural hiciera llegar a ti el impulso de escribir, de crear y no de matar? Viejo León, ya quisiera uno toparse con la veta creativa en la oscuridad del tunel de una mina agotada, el arte, la literatura. Ya imagino estar sentado cada día y cada noche con el cirio al lado, la pluma en la mano y, a pesar del frío, las deudas, el hambre, la soledad y la conciencia de la inutilidad del esfuerzo, lograr el hilván de una idea o una frase dignas de ser añadida a la obra humana, cuya representación ya tiene miles de años en la cartelera y en cuyos diálogos, puestas en escena, directores, horarios, compañeros de reparto y selección de los foros no hemos intervenido. Viejo León, saltaste cuando menos lo esperábamos. No importa. Si somos reproductores de ignorancia y tiempos muertos, mejor que serlo del crimen y de la iniquidad. Permanecer intocados por la luz de la sabiduría. Mantenerse lejos de la iluminación. Ignorantes e indiscretos por hablar, por escribir. Castigados por instigar e incitar a la grey. Humillados por ese intento trivial de hablar con los mudos, con las huestes. Transgresores. Pero, Grandes Maestros, ¿por qué mantenernos en silencio?, ¿no ha sido ya bastante?, ¿cuántos milenios más?, ¿por qué de la estirpe de los elegidos aparece sólo uno cada tantos años?, ¿por qué tanto hermetismo?, ¿de qué lado juega la sabiduría? Estoy insatisfecho. Blasfemo. Me irrito. Castígame, Pavlov. No. Mejor prémiame, por haber guardado la compostura y haber secretado fluidos con el sonido de tu campanilla. Pavlov, ¿eras tú un iluminado? Pilluelo. Creo que sí. De otra forma, ¿por qué no dijiste que la campana hacía mover el rabo también a los humanos? La hacen sonar los ganadores, ¿verdad? Son ellos. Financiaron la construcción de las pirámides y los templos. Financiaron las Cruzadas. Erigieron imperios. Instigaron las guerras mundiales. Financian las revueltas, asonadas y revoluciones, las guerrillas. Financian las academias y los premios, los proyectos altruistas. Financiaron la creación de extraños virus y ahora costean los estudios para su control. 58


Arnulfo Rubio Ríos

¡Ya quisiera yo un financiamiento, pequeño, muy pequeño, para agenciarme alguno discos de blues que me agradan, primero; luego los de jazz; otros de rock; una casa frente al mar, con tiempo disponible para caminar sobre la arena, descalzo (sin perros, porque requieren atención, al igual que las perras). ¡Financiad mi humilde proyecto y les juro que jamás traicionaré mis ideales! Callaré. Seré discreto. Escribiré cánticos, cantigas, loas, panegíricos, versos, sonetos inclusive, que harán balar de gusto y de contento a mis hermanas y hermanos. Escribiré discursos elocuentes. Haré poemas ecológicos. Cantaré a la Armonía, a la Belleza. Revisaré mis conceptos de la Estética y cambiaré, juro que cambiaré. ¡Señor, tú sabes cómo he cambiado! Porque he usado collares de castigo; alrededor de mi pescuezo ha habido collares de marca, finos; he guiado ciegos; he sido soberbio, porque he despreciado y mirado sobre el lomo a mis hermanos los callejeros, desde la cómoda seguridad de mi perrera. (Soy ahora un perrito bien educado, como pueden ver). Saltaré para pasar enmedio de un aro en llamas, sin importar el renombre del circo, tan sólo a cambio de la pitanza cotidiana; cuidaré la casa de loa amos y me mostraré feroz para ahuyentar a los intrusos y ladrones; perseguiré implacable a los reclusos en fuga; seré un buen perro policía, sin sueldo, ni uniforme, ni placa, ni solicitudes de ascenso; aullaré en las noches de luna llena y melancolía, sotto voce, para no despertar a mis patrones; haré películas porno con temas de zoofilia. Pero, ¡por favor!, ¡echad un jugoso hueso disfrazado de beca, o sea financiamiento, a este humilde chucho investido de hombre! Este fiel y mejor amigo del hombre capaz de olfatear y detectar a las zorras como el mejor pointter inglés. Podría, también, con disfraz de negro Rootweiler, oler las drogas en los retenes fronterizos. O incluso ser el héroe de una serie de televisión, donde no tendría que hablar. I’m nothing but a hound dog ¡Aaaaaaauuuuuuuuuuuu! Ahora he devenido en un lebrel esbelto, atractivo, simpático, de ojos grandes y un poco tristes. ¡Sí señor! ¡No, un momento! A fuer de ser sinceros, confieso que también he sido un perro deleznable. Un 59


Blues del perro de Pavlov

chucho malagradecido que ha mordido infinidad de veces las manos que lo han alimentado. Un can traicionero que en lugar de defender a sus amos se ha echado a correr, para volver cuando éstos ya han sido tundidos inmisericordemente. Sí. Y además he cambiado de amo con frecuencia con la intención cínica de obtener mejor comida, trato y cubil. He sido, lo sé, un dogo sucio y asqueroso que ha defecado el lugar donde le han ofrecido cobijas finas, veterinarios costosos y selectas croquetas. Sí. Provengo de la peor de las especies. Mi pedigree se remonta a lobos rechazados, a perros callejeros; provengo de la tierra irreconocible de las mil y una cruzas alumbradas sólo por el instinto, por el deseo. Soy perro que ataca y muerde a la menor provocación y me jacto de ello y me arrepiento, pero sé que lo volveré a hacer. No tengo remedio. Soy un perro que huye ante los canes más fuertes y que ataca a los perritos indefensos. Soy, en fin, sólo uno más, uno de tantos. Nada hay de especial en la sangre de mis venas. Nada especial en la genética. Vivo sólo para, por y para mí. Los demás pueden irse al carajo. He dejado las agallas en múltiples peleas y empresas vanas. Meneo la cola a la vista de una buena perra o ante la perspectiva de un mejor trato. Y sufro, además. Aúllo lastimeramente cuando las cosas me salen mal. Pero ¡ay de aquel que se compadezca y me tienda la mano!, ¡ay de aquél que quiera consolarme, o de aquélla que se atreva a limpiar mis lágrimas! Mi agradecimiento será pura falsedad, hipocresía. H e q u e r i d o l l e g a r al fondo y no he podido. He per manecido en la orilla, temblando de miedo, pensando demasiado en dar el salto. He suplicado por amor, pero a cambio sólo he entregado la quincalla de mi corazón. No merezco siquiera una caricia, ni una mano sobre el lomo. Incapaz de amar y de ser leal, ladro y gruño como respuesta a las muestras de afecto. Cuando he debido ir por el bastón, me he acurrucado en busca de compasión para eludir el cumplimiento de mis responsabilidades. He procedido de tal manera, sólo para sostener 60


Arnulfo Rubio Ríos

mi ego. Porque he crecido entre el odio y las patadas de una competencia reñida, entre envidias, competencias inútiles y resentimientos. ¿Cómo pues habría de ser diferente? Sin embargo, no llevo en mi pellejo cicatrices profundas. Mucho menos en el alma. Aquí, donde la ley de lo material no rige, tampoco cargo huellas de pesar. Mi esencia canina ha sabido eludir los tajos y reveses de la espada de la vida. Y en consecuencia no ha crecido. No se ha fortalecido para pelear por un sitio en este mundo. En ese proceder ha descollado esta regla: A tal ente timorato, timorata experiencia; remedos de sufrimiento, remedos de diversión; remedos de ausencia, remedos de amor. Por tanto, a un lado las lamentaciones y los juramentos. Basta entonces de achacar a la buena estrella y a la fortuna los magros resultados. ¿Por qué buscar consuelo en estos refuerzos para la incapacidad? A mayor profundidad, mayor retribución. De otra suerte, a qué permanecer entre la multitud. No cabe la inconformidad cuando la apuesta a sido magra. ¿Apuestas poco? Pues toma tus míseras ganancias. Has cambiado de bando muchas veces y sigues tan campante. Ir y venir, sin arriesgar. Te has formado al lado del batallón que fusila y después has inventado justificaciones por haber jalado el gatillo. Te has enrolado en ese ejército y después te has arrepentido, pero te sigues cubriendo con la cobija membretada en noches de intenso frío. Has devorado el rancho y has sido incapaz de arrojar el plato, el uniforme y las armas, para salir corriendo en pos de la libertad. Pudiste ser un héroe, un mártir, pero claudicaste y ahora pugnas por engañar a todo el mundo, para mantener el secreto de tu traición, de tu delación. No tienes causa. Dices que no la has encontrado, o que todas son indignas de ti. ¿Y tú de cuál de ellas eres digno? No puedes ni siquiera sostener el ritmo. Inicias con ímpetu y te detienes a respirar y en el inter divagas y lo piensas y lo piensas y lo sigues pensando demasiado. Verbigracia: Piensa en un grupo de jazz con todas sus apuestas (la vida, incluso) al resultado. ¿De ser uno de ellos, acaso podrías sostener un solo por más de diez minutos y después volver a integrarte a la armonía del grupo?, ¿acaso, suponiendo que pu61


Blues del perro de Pavlov

dieras hacerlo, podrías volver a tomar parte en esa melodía, con el mismo brío y fuerza?, ¿serías digno de recibir el honor de interpretar un solo? El grupo esperaría eso de ti. De fallar, quizá por amistad condescendiente tendrías una o dos oportunidades más. Pero, ¿hasta cuándo te tolerarían? Serían unos estúpidos para irse a pique sin soltar el lastre, la carga muerta (tú). Aún así, mientras te estuvieras hundiendo en el océano y vieras el barco alejándose pensarías ¡Qué tontos son, me dejan! ¡Señor, de qué materia nos has creado! ¡Sólo nos dejas optar por la sumisión convenenciera, el arte y el amor, como caminos de salvación! A propósito, este perro, un servidor, también (sí, señores) ha amado. Ha perdido la canina cabeza embrujado por el cuerpo y los olores de las más variadas razas de perras. Perras de high class, perras callejeras, perras de clase media, perras extranjeras, perras autóctonas, perras negras, perras blanzas, perras pardas, perras morenas, perras (¡Guauuu!) pelirrojas. ¡Basta!, ordena el alter ego, pero mi mente rebelde sigue divagando. Prosigue con los asuntos caninos, a pesar de la llamada de atención. Hound dog, Black dog, Bitch, Bird dog. Sí. Este miembro de la especie Canis domesticus pasa lista de presente. ¡Presente! ¡Ggguuuaaarrrfff! ¡Aaauuu! ¡Venga, maestros! ¿Lista, batería? Bajo, dame la clave de Sol. Sax, toma aire. Bueno, 1,2,3...Todos a sufrir. Todos a cantar. Todos a reflexionar. La música es lo más cercano a la telepatía. Eso y la mirada de una mujer, aunque hay maestras en el arte de fingir, en el arte de eludir el bulto hasta que brille el oro. Pueden engatuzarte con sus lánguidas miradas estudiadas, insuflan tu corazón como globo de Cantolla, dejándolo a punto de incendiarse. Ellas se protegen de su naturaleza a través de la monogamia. Salvación y perdición. 1,2,3...Venga. Ninguna manifestación artística ha dedicado tantos homenajes a los perros, tal y como lo ha hecho el rock. Cierto, en el jazz se les llama perros a los jefes, a los maestros, a los grandes. Más perros son, perrazos, mientras mejor ejecutan su instrumento, yéndose, regresando, improvisando y retornando al compás de los inicios. ¡Perrazos! De esta especie pocos, muy pocos. El pájaro Charlie Parker fue uno de ellos. Su vida, toda una tragedia, pero de artista, con el 62


Arnulfo Rubio Ríos

valor exacto en cada una de las letras que forman la palabra: A, primera del abecedario, preposición que sugiere un ir hacia, un dar a alguien, una compañía, letra de acordes, de armonía, de arpeggio; R, de rapidez, rabia, rigor, risa, rictus y ritmo; T, de tiempo, tamaño, tablas, trémolos; I, de imaginación inagotable, briosa, infinita; S, de solo, de soledad, de subsistencia, de suerte para seguir viviendo y tocando en la desgracia nocturna del palomazo vendido, para subsistir bajo la tutela de las suripantas de la música, de los proxenetas y promotores de conciertos; T, de tempo, tiempo detenido, suspendido por la magia del arte, derruido, demolido su concepto de implacable caminante (rey Cronos, el ar-t-i-s-t-a te enfrenta, te desafía, te detiene); y la última A, de alma, de as, de asepsia en la ejecución, de alma a la hora de ingresar a los cielos de la creación donde todo es misterio, armonía, intuición e inspiración. Artista de miles de epigramas. Viejo juvenil que inmolaste tu vida a sabiendas. Arte y placer. Lo demás, aburrimiento. Bazofia temporal sólo soportable por los mortales comunes, condenados a la esterilidad, a la acumulación y al difícil arte de reproducir la especie. ¡Venga! 1,2,3...Y el viento aspirado por un hombre emerge desde el fondo de los pulmones, modelado, modulado y dosificado por los ágiles dedos que le dan forma, cuerpo, a ese hálito de vida. Surca ese cálido soplo los conductos metálicos del saxofón y hace vibrar el aire del exterior, excitándolo: éste a su vez genera otras ondas que se desplazan en todas direcciones, hasta llegar a los oídos, donde penetran y se transforman en impulsos eléctricos que buscan la neurona ideal para alojarse allí y estimular y favorecer reacciones químicas y físicas, las cuales pueden suscitar ideas y provocar emociones en esa mente, o secreciones glandulares, inclusive; pueden llegar también las ondas hasta el almacén de la memoria y juguetear con recuerdos o añejas impresiones; pueden enviar impulsos a una pierna o a una mano para hacerlas moverse; pueden traspasar el ámbito de la fisiología y llegar a los terrenos del alma, junto con las emociones, los sentimientos, las evocaciones, profundas intuiciones, propiciar transmutaciones, transmigraciones. Arte. Comunión. Hechizo. Magia. Ya qué.

63


Blues del perro de Pavlov

Maestro Charlie, fuiste y eres aún, por inmortal, un auténtico perrazo del jazz. Enfrentándote a la vida y venciendo a la muerte con ese instrumento inventado por el Dr. Sax, mientras que otros, los de la especie Canis vulgaris que no son artistas, para hacerse de un lugar en la memoria de los hombres, han necesitado derramar millones de litros de sangre, al mando de grandes ejércitos, engañifas, zarandajas, traiciones. Pero la historia no se acaba de escribir. La escriben los vencedores, dicen. Aunque la corrigen los artistas. ¡Qué bien! Porque es el arte la posible salvación de esta especie en peligro inminente de extinción. Perro Charlie Parker. Perro Louie Armstrong. Perro Ellington. Perra Fitzgerald. Perra Holiday. Perro Basie. Perros todos. Raza de perros dignos. Raza de pioneros émulos de Houdini que escaparon del clisé, saliendo de los baúles para romper las cadenas con los ojos vendados y las manos atadas por la miseria de la realidad, de la costumbre, de la ley y la moral. Cada quien irrumpe a su manera. Hay quienes crean en cloacas y buhardillas; hay quienes lo hacen en suites con jacuzzi. ¡Qué importa, si el resultado es un disparo que despierta al moribundo, al somnoliento, al prisionero y al esclavo, al tocar con la música sus espíritus, sus corazones, sus mentes! Porque una cosa es sobrevivir; otra, transigir. Acciones consecuentes. Se transige para sobrevivir, pero no siempre. Si sobrevives para transigir, mejor despídete, amigo. Adiós. Buenas noches. Suicidarse resulta en verdad muy fácil y económico. El problema es ejercer la voluntad. Con dos pesos adquieres un boleto del metro. Entras al subterráneo. Si aún no te ha abandonado el valor, debes esperar el momento adecuado. Y no permitir que te detengan las imágenes de la vida que ha de seguir a pesar de tu ausencia. La imagen de tu carne y de tu sangre esparcidos en las vías, una vez destrozado tu cuerpo por el convoy. Lo verdaderamente lamentable 64


Arnulfo Rubio Ríos

de proceder bajo este método será el retraso y la incomodidad que causarás a miles de usuarios que nada tienen qué ver con tus asuntos. ¿Que no tienes los dos pesos? Entonces busca un puente peatonal sobre una vía rápida. Y por favor no escojas la hora pico. ¡Van tan despacio los vehículos que puedes no fallecer y sólo quedar malherido si caes encima de uno! ¡Lánzate a altas horas de la noche, cerca de la madrugada, que es cuando circulan a toda velocidad! De esta manera, de no morir a causa de la caída, los coches te ayudarán a completar tu voluntad al circular encima de tu cuerpo. Ahora bien, ¿te gusta sufrir? Bien. Un litro de gasolina. Te empapas. Un cerillo y ¡listo! Bonzo style, le llaman. Vietnam lo puso de moda, ¿te acuerdas? La imagen de un monje incinerado dio la vuelta al mundo, mientras sonaba el rock macizo en el imperio y el poder de la flor se expandía, al igual que las comunas, el apotegma de «Amor y Paz» ganaba adeptos, mientras sus marines e infantes imberbes se cagaban de miedo entre el follaje de la selva vietnamita. Enfrentaban la decisión y el ingenio de la pobreza y la guerrilla. Bastos y modernos pertrechos usados contra la imaginación de la sobrevivencia y el peligro de la muerte. Metal contra bambú, ambos letales por igual. Blancos y negros contra amarillos. La talla G vs la talla S. Hay muchas formas de decir adiós. A cual más de accesibles. Cuesta más vivir que morir. El funeral es tu último consumo. Sólo recuerda que maese Mozart ni siquiera sepulcro mereció.¿Entonces? También se paga la Pompa y Circunstancia, maestro. [En busca de Socorro: En la oscura noche camina un hombre solitario, envuelto en su jubón. Pide a gritos auxilio a las estrellas, clama por ayuda para su causa. No hay reptiles, ni fieras nocturnas al acecho. Sólo asesinos en potencia que conducen autos veloces por las calles. Desesperados en busca de algún valiente que les haga el favor de apartarlos del sufrimiento, de la pena y el peso de estar vivos. Y ánimas presurosas enfundadas en cuerpos que únicamente anhelan el resguardo de la casa y el reposo de la cama. El tufillo acedo del miedo impregna el aire de la noche. Cual neblina, a veces se condensa y desciende sobre la superficie de la tierra, envolviendo con su influjo 65


Blues del perro de Pavlov

impredecible corazones y mentes. El solitario busca una brizna de inspiración en la quietud aparente de la noche, interrumpida eventualmente por el sonido de motores voraces, llantas que aúllan bajo giros violentos, sirenas de ambulancias y patrullas. (El resplandor del neón implica siempre una posibilidad: la de cambiar el destino de los que trasnochan en la urbe. Sus destellos atraen a los noctívagos. Es el gran señuelo de la aventura y del placer que hace soportable el hastío de la rutina. Bajo las luces danzarinas de múltiples colores se venden las mujeres y los hombres, los licores, las drogas, los objetos robados. Los lenguetazos de las luces apagadas durante el día anuncian el placer, la diversión, lo prohibido. En los antros y tugurios, humo almizclado, alcohol, música, mujeres y travestis. En las licorerías, estantes repletos de botellas de formas y colores a cual más de atrayentes, son resguardadas por empleados aburridos, temerosos del asalto. ¿Nada tienes en la bolsa, en la cartera, en la tarjeta de crédito? Bien. Usa el ingenio para eludir a las fieras que resguardan los capitales, todos dispuestos a golpearte, asesinarte o consignarte ante la ley si fallas. ¿Nada te importa?, ¿tienes la plata suficiente después de tu último negocio? Avanti. Ordena lo que quieras. Lo mejor para comer y beber. Sin remordimientos. Ellos, de tenerlos bajo llave, iluminados para tentarte, esgrimiendo la más agresiva de sus expresiones, acudirán a ti más pronto de lo que te imaginas. Pero el solitario da media vuelta y se encamina hacia un bar de baja estofa, más barato (tiene obligaciones y compromisos, como todos). Los músicos aburridos tocan música aburrida. La paga es miserable pero da para ir tirando; sus traicionados sueños de fama juveniles se difuminan y envilecen aún más cada noche, con cada nota desganada (es trabajo; arte, ni por asomo) entre el humo de cigarros y la escasez y la calidad de la clientela que se conforma con el ruido. Baila, con miedo, anquilosado, rígido, sin ritmo a causa del exceso de rutina en su vida. La banda toma un descanso y ahora la música es grabada. Mejor que la anterior, aunque cocinada al vapor; es de consumo, de un solo día, unos meses, o un año, con fecha de caducidad, como comida chatarra. Al escucharla se pega, cual chicle expuesto al sol, en las neuronas y se olvida a los pocos días. Es inocua, intrascendente, desechable, un placebo para novatos de oídos enviciados, degenerados. Baila con una mujer, pero ignora que esos muslos son vellu66


Arnulfo Rubio Ríos

dos, garrudos. La voz delata el grado de testosterona y comienza a desconfiar. Los brazos son fuertes, se mueven con firmeza y tosquedad. (Para qué arriesgas la búsqueda que sólo empieza. Bebe tu trago. Mira alrededor. Ellas buscan. Todos buscan, al igual que que tú). En la noche de las calles citadinas el dominio es de los parias, los padrotes, los policías, los ladrones, las suripantas, los anhelantes, los desharrapados, los perdidos, esa escoria social cuyo accionar te empeñas en justificar y defiendes. Pero no temas. Alguna vez ellos fueron como tú eres ahora. Sabes bien que unas monedas los tranquilizan. Y puede darse el caso de que incluso te agradezcan la limosna. ¡Cuidado! No enseñes el resto. Puedes despertar la codicia. Llévatela tranquilo. Los otros, los normales, los decentes, la gente de provecho, todos los bien portados duermen, para recuperar fuerzas y repetir la actuación de cada día «hábil», laborable, a la mañana siguiente, a primera hora, cuando suene el tirano ring de su despertador, señal de arranque para los gritos, la prisa, la neurosis, el mal humor, el afán de venganza en quien se deje. Tarjeta introducida en la ranura voraz de los relojes checadores; punto de partida de la serie cotidiana de sonrisas forzadas, suelas lamidas, patadas en el culo, explicaciones, excusas, ira y rabia contenidas hasta que sobreviene el infarto. Sin embargo, en tu mente solidaria con los de tuclase piensas que no es del todo malo perder el tiempo pensar un poco en los demás. Y esgrimes ante ti mismo la consabida retahíla que es resabio de tu educación pública, populista, medio socialista: ¿Qué sé yo de sus horrores, de sus planes, de sus deseos, de sus sueños?, ¿en cuántas noches como esta, y aún peores, entre miseria, soledad, hambre, desprecios, violencia, frío, decepciones, estafas, insultos, otros hombres más valientes y dignos que yo han recorrido estos caminos que yo apenas tanteo? Nada sabes y es mejor saber eso que creer saberlo todo]. No saber. No discutir. No pretender. No hablar. No actuar. No trabajar. No pensar. No divagar. Unicamente crear...sobre todo, crear música, para comunicarse con la especie a través de ella. Y dedicarse a ser uno más de la especie homo sapiens el resto del tiempo. Sólo llegar a ser a través de la expresión. Verbigracia: el actor es uno más hasta ese instante en que el telón se iza y él llega a ser, es, cuando se 67


Blues del perro de Pavlov

deja poseer por el personaje y éste a la vez subyuga al espectador y se da la sagrada comunión buscada por el dramaturgo. El músico deambula inadvertido entre la humanidad hasta antes de pulsar y hacer hablar a su instrumento, cuando las luces se apagan. Es entonces cuando en verdad comienza a hablar, a trasmitir sus sentimientos, sus ideas, sus sensaciones, sus emociones, es decir, es cuando en verdad empieza a comunicarse en vivo y en directo, sin basura, sin ruido, sin divagaciones, disgresiones, faramallas, alardeos egocéntricos inútiles. Es decir, llegar a Ser en el instante mismo en que es propicia la comunión. El escritor es escritor cuando la pluma se desliza sobre la hoja blanca y las palabras van tomando su lugar en el papel mas, sobre todo, cuando otros ojos ayudan a otras mentes a descifrar los signos plasmados en las páginas impresas en otro instante, en otro sitio, o sea cuando la obra única se multiplica y como objeto de consumo entra al mercado, como cualquier producto de las múltiples industrias que inundan el mercado. La magia también requiere de dos: el mago y el que atestigua. El mago solitario es una piedra en el desierto. Necesita de los otros para probar sus sortilegios. Y los otros le exigirán cada vez más actos y mejores. Tal vez sucumba encantado por sus propios conjuros o envenenado por sus pócimas. Pero la magia es más fuerte que sus temores. Y el temor más intenso del iniciado es el de ser considerado un charlatán. El mundo de los charlatanes es amplio, concurrido. Es una puerta más que se atraviesa, con un pasillo lleno de asientos mullidos, voces untuosas y zalameras. Poco esfuerzo y pactos tácitos, acuerdos y lealtades. El verdadero mago atraviesa también ese pasillo. Puede detenerse a conversar unos instantes, sentarse, beber un trago. Pero luego se deslizará hacia la salida y se encontrará a sí mismo desnudo en una calle solitaria, en la oscuridad; puede aparecer caminando en una carretera desolada, oscuros bosques bordeándola; quizá aparezca en una prisión, entre los condenados, entre perdularios que no han tenido para pagarse un abogado, criminales, distinguidos miembros de la fraternidad de malandrines. 68


Arnulfo Rubio Ríos

Pero tal vez avance en la oscuridad de un escenario, captando la energía expectante, el ansia de comunión de los espíritus congregados ahí precisamente para recibir parte de él. Las luces se encienden y hélo allí, guitarra en mano. ¡Qué importa el atuendo! Sus cómplices-escuchas lo miran con atención a la espera de la señal para cargar, para emitir los primeros tonos de la descarga que calmará a la fieras que han pagado el costo del boleto para recibir una gratificación. En cualquier momento emergerá de su alma esa sensación y luego la pregunta ¿Qué estoy haciendo aquí? Pero sabrá qué hacer. Y lo hará bien. La respuesta de las ánimas ahí congregadas le darán el ánimo y la sabiduría para salir del trance. Así puede ser. Entrar en un sueño; ser el protagonista de un sueño ajeno; despertar en otro lugar; despertar en un mundo nuevo. Es mejor así. No. No es posible. Pero al menos se piensa. Resguardar el territorio de los sueños, hasta que nos sea permitido. Porque formas de control proceden. Se investigan. Grupos de humanos con altos niveles de IQ se empeñan en darle cauce a su locura inhumana, capitaneados por empresarios del mal. Buscan irrumpir en los terrenos sagrados de la genética. Pronto una nueva sección de la caja de Pandora se abrirá. Anhelan ingresar a la cabeza del hombre, hurgar en el terreno vedado, atisbar con morbidez científica sus recónditas secciones cerebrales. Intentan desvelar el misterio. Se creen sucesores de los extraterrestres que (dicen) nos sembraron aquí para observarnos. Hitler. Pinochet. Duvalier. Stroessner. Videla. Díaz. Menguele. Premios Nobel, inclusive. Odian la libertad, porque le temen. Adoran el orden. Se infiltran en todos los ámbitos. Y hay artistas en ese gremio selecto. Patrocinados por los poderosos, son promovidos y usados, tal como el viejo Elvis. Después mueren, o son asesinados misteriosamente. Otros son protegidos por poderosas sectas mágicas, como el vudú. 69


Blues del perro de Pavlov

Claro, el zurdo Hendrix recibió la iniciación en el sur de los Estados Unidos. “Toca. Haz lo que quieras. Innova. Pero el pago es, You know, en especie”. En ese banco no valen los dólares. Tienen valor las divisas esenciales: la vida, la sangre, el alma. ¿De qué otra manera atravesó el pasillo lleno de charlatanes, donde se entretuvo mucho tiempo tomando lecciones de lo que no se debe hacer? Guitarra en ristre se abrió paso entre ellos y desembocó en el cosmos. Iba y venía, trayendo algo para nosotros en cada viaje. Pero la cuota era alta. Digo, en especie. Además, cuenta la desesperación. La avidez. La ausencia de mesura. Avidez, madre de todos los vicios. Alcohólicos cirróticos, heroinómanos, morfinómanos, cocos, grifos, chemos, crackers, extasiados. Silogismo: no todos los ávidos tienen el estigma de crear, de compartir el sufrimiento del ser humano con la certeza del fin, la muerte. Guitarras acústicas se dejan oír. Son doce cuerdas. Es pura la armonía, limpio el requinteo, discreto. La batería no pesa, no pugna por sobresalir. Limpieza, densidad. Ligereza, pesadez. Sencillez, complicación. Hay mil caminos más que se tienen que elegir, luego de trasponer cada una de las puertas del impedimento. Cada mañana, si no se está enamorado, tocar la primera con insistencia. Colocarse el arnés del deber, el ronzal de la mesura, la máscara de la resignación y salir a ganarse el pan, sin importar a quien se pise o ser pisado. Escuchar a los gurús de Mr. Hertz para reafirmar nuestra inhumanidad, nuestra miseria. Para acallar las voces que claman ahí adentro, protestando por las lápidas y piedras con las que pretendemos sepultarlas. Para justificar los actos que obedecen a unas reglas del juego en cuya redacción, discusión, aprobación y puesta en práctica -I insist- nada tenemos qué ver. ¿No es así, viejo Clapton? Blasfemos jóvenes ingleses te emulaban con Dios; nadie protestaba. En cambio el loco John se atrevió y mira en lo que terminó. Viejo amigo. ¡Cómo has resistido! Un hijo 70


Arnulfo Rubio Ríos

pequeño muerto. Traiciones de mujeres. Drogas. Búsqueda. Viejo: te admiro. Y sigues tocando exclusivamente para mí. Para nosotros. No me importa que te hagas rico. Pago por escuchar tus discos. Me interesa saber de ti, de tu vida, hermano. Puedes estar en Londres, en Los Angeles, en Bahamas, en Nueva York. Eres mi hermano mayor. Crecimos juntos. Tú, tocando; yo, escuchándote. Yardbirds, Bluesbreakers, Cream, Blind Faith, Delaney & Bonnie, Derek & The Dominoes...te he seguido la pista. ¿O me las seguido tú a mí? Podrías estar en Bangkok, en Singapur, en Chile, en Argentina, en Las Canarias, en Rusia, en China. Eres presencia. Sólo con tu guitarra, vieja compañera. No has necesitado aniquilar a nadie. ¿La droga? Bah, la has dejado y los judíos tomaron maná. Tienes permitido todo. Obvio, si el Tío Sam o la Reina Madre se enojan pueden encarcelarte y acabar contigo. Toca. No despiertes al Dragón. Déjalo dormir a gusto sus sueños imperiales. Gracias. Pobres de los que te desconocen y no te comprenden. De los que no han podido comulgar contigo. Pueden estar involucrados con Manitas de Plata, con Haendel, con Ludwig. ¡Qué demonios! Ellos tocaron sólo un aspecto, una cara del diamante. Igual que tú. Puliste la cara de la joya que me tocó apreciar. Y más aún. Puedo echar un vistazo a las aristas pulidas por los otros. Allí están las partituras. Sus interpretaciones. Ruido. Ruido infernal, dicen. ¡Qué esperaban! ¿Música de cámara cuando los decibeles andan por las nubes en todos lados? Se puede, además. Las concesiones son de doble vía, como en el asunto de las lealtades. Sí señor. Hasta en el amor. Nada de concesiones para ti, mi reina. ¡Já! ¡Fuera de allí, mosca! ¡Ese es el lugar de Lodda! Por fin, la mosca sale del auto por la ventanilla derecha, mientras espero la luz verde del semáforo. ¿Crees que tu Mercedes me atemoriza? Estás equivocada, furcia. Tu auto, tu capital y tu aspecto de nada te servirán. En primera te dejaré atrás. Ya está embragado el auto. ¿Crees que puedes ir por las calles pisoteando los derechos de tránsito de los demás? El espíritu justiciero se ha apoderado de mí. Impediré tu entrada al carril central. 71


Blues del perro de Pavlov

Veo el reflejo de tus lentes Versace. Miro tu reloj Cartier. Tus braguitas deben ser de Victoria secrets, pura seda. Tu seguro puede cubrir el costo de mi coche y el de mi vida. ¡Pasen! ¡Pasen pronto vendedores y peatones! Cambio el CD. Con rock de fondo, mejor. Exile on Main Street. Sí señor. Rocks off para meter el pie en la inyección electrónica. Lindo Mercedes. Lindo trasero. ¿Quién será tu dueño? ¿Un narcotraficante? ¿Un político? ¿Un rico de verdad? Por eso tus ínfulas. ¡Perra soberbia! Bien podría darte una sesión de experiencias. Bah. ¿Qué sabes tú de eso? Las tuyas consisten en abrir los muslos y la boca, y en gastar. ¿Qué sabes tú de Jimmi, de Mick, de los Erics? Rrrrmmmmmmmmm. Eres tan despistada y engreida que ni te diste cuenta de mi pericia. Eso es desgañitarse y atacar con furor el oficio. Bien servidos deben haber andado en las sesiones de grabación. Cerca de la raíz negra. Duro, Mick. No importa que tus detractores te liguen con Bowie. ¿Puñal? Hace tiempo que tu grupo nada me importa. Ustedes “crean” porque tienen que hacerlo. Son ricos y famosos. ¿A quién quieren impresionar ahora? Me quedo con el CD que me acompaña. Lo demás es mercadotecnia. Bullshit. Fuiste el Vagabundo de Medianoche, Jagger, hasta la grabación de estas sesiones, pletóricas de fuerza. Oh Man. Aún no eran hombres de negocios. El disco huele y los olores te hacen volar. Ouuuoooopppppp. Sobre todo los de hidrocarburo, cerillazo de por medio. Pero las explosiones pueden ser más chicas, digamos, parecidas al disparo de una Beretta, una Taurus o una Magnum. Cuernos de chivo también (300 dólares, más la adaptación, puestos al sur del border), Uzzi, R-15 y toda la armagedonia parafernálica que suele esquivar con tino los retenes del Big Town soleado. E-j-e-c-u-c-i-o-n-e-s, dear. Puedes estar muy cerca de una. Así que olvida tus conocimientos musicales. Son tan reales y verdaderas. Aunque estés limpio, más te vale confiar en el profesionalismo del 72


Arnulfo Rubio Ríos

ejecutor, por aquello de la bala perdida o de las equivocaciones. ¡Dios! No desearía estar muerto bajo los rayos del sol. Las moscas, el calor, la sangre seca, los mirones, las bacterias. ¡Silencio! ¡Puede convertirse en convocatoria! ¡Tocar madera! ¡Tocar rock! Afinar los instrumentos es la primera puerta. Ignoro si algunos músicos contraten quién se los afine o les componga las canciones. P. Ej. el maestro Dumas. Dicen que varios escritores sin fama y sin dinero laboraban a su servicio. Algo así como una telenovela actual o el script de una película. Mientras, M. Dumas se promovía en la corte. Ese detallucho a nadie le importa a estas alturas de la anécdota, porque ahí está la obra. Dicen que de la misma manera procedía Agustín Lara, el flaco del brazo de oro. Que a cambio de cierta sustancia química proscrita por la ley, que no prescrita, alguien componía las partituras para él. Habrá que ser medio pillo. Pero hasta para eso se necesita talento, ¿Verdad, Mick? Eres un sobreviviente de batallas feroces en territorios feraces, donde todos estaban dispuestos a vender su alma al diablo por un solo hit, por un sencillo en las listas. Y, maestros, los shows de TV estaban en manos de viejos, rucos, vetarros, veteranos, vejestorios del Partido Reaccionario Institucional. El satélite, Early Bird, se estrenaba. “Todo lo que necesitas es amor” daba la vuelta al mundo. Hoy cualquiera accede al satélite. Hay ubicadores y la posibilidad de que -desde arriba- te monitoreen a la hora del fornicio, con gritos y susurros y las innovaciones (¿hay?) posicionales. No había una cadena mercadotécnica tan sofisticada, fría, letal y productiva como hoy. No MTV. ¿Tanta TV? ¡Ni soñarlo! Viejos carcamanes de la generación, recuerden que entre puñados de palomitas y tragos de cocacola, los noticiarios de cine (¡uff!) daban cuenta de sus hechos ¿Snniff ? 73


Blues del perro de Pavlov

Aquí en esta glorieta mataron ayer al tipo del Century. Profesionales. Un Jetta blanco parado dos coches atrás. Una Van cerrando a la izquierda la posilidad de huida. Un tiro de 45 destroza la cara del ejecutado. Ni en la películas de Scorsese. No tengo miedo. Su profesionalismo me da seguridad. Tan exactos. Al grano. Al tiro. Al chile, as we say. Son las cosas que nos dijimos. ¿Cuándo? ¿con quién? Me preocupa saber cómo iba vestido. Aún me balanceo en la indefinición. Entre la facha (crecí en los sesentas) y la formalidad (rondo los cincuenta). Y retroactivamente, como si pudiera hacer algo al respecto (claro que sí, seguirme preocupando por hechos del pasado, para fortificar y reforzar mis complejos de lumpenproletariat. No un signo romántico; no una grata evocación. Bueno, quizá sí, porque siento una regocijada lástima de mí mismo al visualizarme en esa fiesta con corbata, saco (el de la graduación de sexto año de primaria) y la camisa del piyama. ¿En dónde estaba originalmente? Con una visión difusa de mí bailando con las compañeras de la primaria. ¿Cómo diablos iba vestido? ¿Tenían agujero mis zapatos? ¿Suela de llanta? De cualquier manera, era inocente y no me importaba. Me importa más ahora. Soy un gusano despreciable, lo sé. Ahora soy casi un maestro en el arte del engaño. Marcas, perfumes, poses y conversaciones las tengo disponibles para departir. Y ahora no departo. Sólo trato de mirar los posibles restos de la sangre seca brillando bajo el sol sobre el pavimento, pero nada, quizá el intenso rodar de las llantas la ha borrado. Las cosas que nos dijimos. Perro amargado, resentido no. Rebelde, porque actúo. Dicen que están así quienes escriben memorias. No puedo evadir mi afición. Pero sería digno de emasculamiento fingir haber descendido a los avernos de la realidad y hacerse el experimentado. De cualquier manera, intolerante. Con la decencia como norma vital, la hipocresía como manera de ser, el orden como fin último. 74


Arnulfo Rubio Ríos

La esencia de los personajes está más allá de la filosofía del refrán y del sentido común para intercalar, siquiera, algunas frases de valor. Al principio, me sorprendían. Yo no tenía miedo. Quizá nadie me ha amenazado de muerte mientras escribo un poema. Bueno, en ese entonces yo todavía no era un poeta. Tal vez aún no lo soy. La sociedad de poetas vivos tiene requisitos que soy incapaz de cumplimentar. No suelo poner la espalda para que otros limpien en ella la suela de sus zapatos. Lo he hecho, claro. Por una mujer y por mí mismo. Jamás obligado por las circunstancias. Bailo con Lourdes. Todo el curso con moños en la nuca. Absolutamente insoportable. ¿Qué te pasaba, hermanita? Ambos íbamos en una pequeña y escondida escuela de gobierno, maestros fracasados, mediocres y pervertidos, algunos nobles. Vives enfrente, por eso nunca llegas tarde. En realidad no es inteligencia lo que brilla en tus ojos. Es coquetería. Vil putería. Eras (y estabas lista para ejercer) una zorra en ciernes. Ya estabas adiestrada para engañar a los sabuesos, para hacerlos correr jadeantes trás de ti, para elegir uno y dejarte cazar en el momento oportuno. No sé bailar, en realidad. Jamás he tocado a otra mujer distinta de mi madre o mis hermanas. Veo a este compañero bailar, al otro. Allá voy. No soy un gran partido, pero soy el recién llegado. Es Ana, de los Beatles. Miren, sus zapatitos están brillantes. Vestido color pastel y el moñote en la nuca. Aaaaana, you’re gonna lose me girl, go with him. Tu espalda es huesuda, Lulú. Tus piernitas trigueñas reflejan la luz, debido a la cantidad de crema que les untaste. Muchas gracias, Lulú. Aprendí algo de ti. Regreso con los chicos. Dicen tonterías y ríen. Llega Rosario. Charo. Charito, soñaba contigo tantas noches al término del rosario. Era uno de esos jóvenes de familia católica atrapados en las redes de la letanía, que necesariamente asocio con las defunciones. Cuando yazga en una caja de madera de pino, bien frío, tieso, si existen filones de con75


Blues del perro de Pavlov

ciencia en lo que la última de las células perceptivas muere, creo que escucharía un rosario. Rosario sonríe con todos. Morena, chaparrona, con piernas fuertes, como de tenista, niña del barrio alto de la colonia, es decir, cerca de Ejército Nacional. ¿Bailé contigo? No lo sé. Ni me interesa. Todo surge a través de los sonidos. Bailaba con cautela, porque aprendía. Definitivamente no soy un hombre duro, porque confieso que he bailado. Y lo haré siempre que exista una mujer con ritmo. El ritmo permite imaginar cómo será en la cama, qué clase de miradas posará sobre tí al mostrárselo, qué tanto se hará la sorprendida al recibirte adentro, qué tipo de gemidos o exclamaciones (reales o ficticias, who knows) proferirá. Y pavloviano que soy, el estilo de los Beatles quedó siempre asociado a la inocencia, lo permitido, lo decente. Ellos no eran como los otros. No señor. Los otros eran el diablo. La primera experiencia es lo que cuenta. Si ésta fue torcida, nuestro trabajo es enderezarla, con ayuda de todas nuestras habilidades, si las tenemos. Verbigracia: el blues se asocia con un strip tease, ¿no? Labrarás en tierra yerma tratando de cultivar el cerebro. Trabajo de Pavlov. Perderás el tiempo con la explicación del asunto ese de la llegada de los esclavos africanos, los cánticos en los campos de algodón, el gospel, la interrelación y adopción de los instrumentos musicales europeos. De nada servirá porque en el fondo de tu cabezota seguirá bailoteando la imagen de aquella mujer despojándose de la ropa en una taberna. Sin embargo, el mal es el bien y viceversa. 76


Arnulfo Rubio Ríos

La primera experiencia es lo que cuenta. Es otro asunto si deseamos revocarla. Habrá que trabajar horas extras con la voluntad, el intelecto, etc. Trabajo de M. Pavlov. Así nos han trabajado a todos. Mientras más jodidos, mejor. Porque salir desde abajo para atisbar el espíritu y sus manifestaciones es más difícil. Recordad a Bertoldo, que sentenciaba aquello de que primero está la comida y luego la moral. Pavlov funciona y lo hace bien. Nuevas generaciones se acercan al rock y se inoculan. Ven una película barata hecha en serie. En las escenas de los asesinatos, las persecusiones policiacas, los disparos, las violaciones, en fin, todas las transgresiones posibles (en imágenes) se han editado empalmándol a s c o n m ú s i c a d e r ock . Y e l t r a b a j o e s t á h e cho. S u b l i m i n a l m e n t e, d i g o. Roc k = Vi o l e n c i a . Roc k = D r og a s. Rock=Maldad. Rock=Transgresión. Rock=Pelos, mugre, barbas y motos. Rock=Violaciones. Pero lo prohibido permanece, atrae. La asociación se ha instalado ya en los cerebros y la reacción ocurrirá de manera automática en las cabecitas inermes. ¿Qué se puede hacer? Nada. ¿Pontificar? No está uno para ello, cuando toda su vida ha crecido entre sermones. Los curas, los maestros, los polis, los políticos, la madre, el padre, los tíos, las tías y, lo que es peor, a veces hasta los amigos. ¡Carantoñas! Vida de carantoñas. Que lo explique el sicólogo, pues para eso le pagan, para eso estudió. Para refugiarse en su ámbito lexicológico y protegerse e interpretar todo desde allí, desde el estrado o desde atrás de su escritorio (módica suma por sesión). Esa es la parte reptiliana de nuestra mente. La usual. La práctica. La que conocemos. La otra es insondable. Y como a todo lo 77


Blues del perro de Pavlov

misterioso, solemos anatemizarlo. Como al rock, precisamente. Como al blues, como al jazz. ¿Por qué un negro ha de tocar una suite vital, eufórica, triste, de diez o doce minutos, en un bar, EN UN BAR, MY GOD!, ante perdularios de su calaña. ¿Por qué no un blanco, de tuxedo, entre otros blancos, en una sala de lujo, art decó, educado él, cortés, igual a nosotros? La cultura de los usufructuadores siempre se defenderá. Sus reductos son los museos. Posesión es la palabra. En un museo, poseo tantas obras de Pinturetto, tantas de Bagasso, unas de Wolworth y por acá una de Pérez. Atesorar para degustar. Miserable dosis de vida repetitiva. Tradición. Institución. Educación, palabreja prostituida (igual que todas, pero más que ellas: como decir Otilia era putísima, la más puta del burdel). Si derramas la sopa, falta de educación. Si llegas sin corbata al concierto, falta de educación. Si estornudas y rocías de mocos a los presentes, falta de educación. Si comes con los dedos, falta de educación. Si no fuiste a Harvard, falta de educación. ¡Maravilla de la cultura burguesa! Soy un falto de educación, porque no voy a dejar pasar a ese papanatas. ¿Quién se cree? ¿Que el mundo está a sus pies? Sí, Pavlov ha dejado buena escuela. Se lo cree. Parece salido de un comercial de TV: bronceado, atlético, pelo relamido, auto deportivo, traje de Boss, zapatos Bally, camisa de Polo y la espada desenvainada para conquistar. Su familia, su universidad privada, sus amigos, han sido propulsores de los principios de Pavlov en él. Nada, mi rey. Para mí no existes, aunque digas que soy un naco resentido. Al diablo. Niño caguengue maleducado. ¡Fuera de mi camino! Oh, esa tumbadora. Con el clásico sabor del son. Tam tam afro, recuerdos de la Sonora Transanera. Arrullos en la Obrera. Ahora los encuentro en compañía de Charlie Parker. Voy y vengo, ¿no les digo? De Mick a Charlie. Es Estrellita, con Benny Harris en la trompeta, José Mangual (¡Sabor!) en el bongó; Luis Miranda (¡Sacude, Negro!) en la conga y Max Roach en la bataca. Enero 23 (un día antes de 78


Arnulfo Rubio Ríos

mi venida a este mundo de lágrimas, risas, sangre, sudor, vino, esperma, saliva, agua, lluvia, animales, música, flores, sol, luna, aire, mar, pájaros, voces) de 1952 (un año antes de mi llegada a este mundillo perdido entre millones de mundilos similares y más grandes, enmedio a su vez de galaxias y megagalaxias e hipergalaxias). Sí, mi maestro. Charlie Parker. I’m down on my knees. Soy tu peor alumno, pues jamás pude soplar una sola nota armónica en el sax. La teoría la aprobé con 8 (ocho). Praxis, réprobo. Seguirlo (a Parker) por esas inconmensurables e irreconocibles y misteriosas regiones del alma, el espíritu , el corazón y el cosmos. No way, man. Roy Elridge, claro que podía, el muy perro. ¡Perrazos! Embraceable You lo demuestra. Traten de ponerse allí, músicos de poca monta y baja ralea. Músicos trompas de hule y de falopio. Músicos de barriada. Músicos fabricados en serie por la llana TV. Músicos hijitos de papi que de la bacinica de plástico subieron al escenario a seguir haciendo sus gracejadas. Pónganse allí y pónganse de rodillas. Cada quien lo suyo. ¿Lo suyo es comer plátanos y hacer cabrioleos? ¿Lo suyo es rebuznar? ¡Pues háganlo y háganlo bien, que el arte del rebuznido también tiene su chiste! He oído rebuznos de burros que pierden la nota y los demás burros se percatan y detienen su cantar, azorados. Intuyen, en su asnal cerebro, que algo anduvo mal y se detienen. Lo bueno para el burro desentonado es que los otros burros olvidan pronto y no son depositarios de malos sentimientos. Te pueden acusar de no ser como ellos, eso sí. Es muy diferente ser un pobre artista a un artista pobre. Un artista pobre puede ser aceptado en círculos sociales vedados normalmente a personas de su condición. La razón es ésta: quien lo introduce en las reuniones funge (así lo cree) como una especie de responsable, de sponsor, de patrocinador. En este rol que él atribuye a ambos, de acuerdo con su esencia propietaria, el artista le pertenece a él, cuando menos mientras dura la función. Mientras más brillo y lustre le dé el artista en 79


Blues del perro de Pavlov

esa función, más afianzará sus lazos, las cadenas que en su imaginación (involuntariamente, también) ha forjado para sujetar a este personaje (el artista) que suele comportarse como simio, como rara avis ante los invitados. Todo va bien, mientras el simio artista no cometa un dislate o un atropello de las buenas costumbres y de la moral de esa gente reunida en torno suyo (de ambos). Lo que sigue lo han descrito Rabelais, Bukowsky, Miller, Apollinaire y José T. Cuéllar, inclusive. No vale la pena ahondar en eso. El artista amaestrado. Bien. Una buena novela que todavía no se escribe. Tal vez cuando sea un anciano lúcido y despojado de todo lo que me provoca odio, ira, indignación; todos mis prejuicios, mis ideas dogmáticas, mis locuras, tal vez, digo, pueda acometer la escritura. Y si dispongo de tiempo y las reumas u cualquier otra enfermedad crónica me lo permiten, lo haré. Pero espero tener a la mano el remedio para evitar miradas de lástima, habladurías y cuchicheos, compasiones y chantajes. ¡Pum! One shot, man, only one shot. Quizá desaparecer en el desierto como un iluminado (mordido por un crótalo que nada sabe de religión; sólo de inyectar veneno) entre alucinaciones provocadas por el intenso sol sobre la mollera; loco enmedio de tanta soledad y tanto extremismo: calor en el día, frío en la noche; luz cegadora VS oscuridad total. Silencio en ambos casos. Oh, amigo Coyote. ¿Vendrás a visitarme? Viajo solo y no tengo gallinas que me puedas robar. Mi carne tal vez te dé terror, si ya conoces a los de mi especie. Somos los animales más sanguinarios sobre el planeta. Unico lugar común en el que podemos insisitir. ¿Alguien lo duda? Predadores y depredadores. ¿A dónde, me pregunto en serio ceño fruncido, voz engolada, dedo sobre la ceja y mirada firme- llegaríamos más lejos en tanto que humanos, de seguir estos dos caminos: el que llevamos o siguiendo el del espíritu? ¿Cuál de ellos será el mejor? 80


Arnulfo Rubio Ríos

¡Mi madre! Ahora que lo pienso ambos son patéticos. No quisiera verme aniquilado por las huestes de un loco mesiánico y tampoco por un simiesco general. So? Este es mi camino. Que la humanidad siga el suyo. Edicto. Ante la encrucijada, el amor. En cualesquiera de sus formas: carnal, (¡guauu¡ ¡sssnnniiiff! ¡mmmmmmm!), espiritual, filial, letal; cualquiera es buena para mejor vivir. Nosotros y los amados. Sí, puedo escuchar las risas de los que leen esto y son del otro bando. Me refiero a los fríos, duros y pragmáticos. Aquellos entes Nietzchesianos, trasnochados, trastocados y confundidos por el poder y la profundidad de la mente de mi amiguito Friederich. Ríen, ríen y ríen. Pero ¡Rien!. Hagan la prueba. Si sólo sabes de hundir a los desesperados en la cárcel, si gozas al ver sus ojos desorbitados, inermes sus espíritus ante el poder que representas, por favor, sólo para salir de tu rutina (a la que amas por sobre todas las cosas, por la seguridad que te brinda cada día), trata de esculpir, trata de escribir una página, trata de imitar a De Niro, trata de tocar aunque sea la hoja de ese árbol como armónica. Trata. Verás que no es fácil. Por eso casi nadie lo hace. Primero, no es fácil doblegar al ego. Tu educación castrense, miliciana, espartana, sacudirá tus músculos, tus nervios o tus cojones. Pasarán horas, tal vez días, tal vez ni pienses en hacerlo. No importa. Me dirijo a la semilla buena. Trata y verás que no es fácil. Mira. Te lo pongo de esta manera. O de otra, como quieras. Es más fácil cargar un bulto de 50 kilos y subirlo tres pisos. Eso es todo. Reconoces el terreno. Sopesas la carga. Te valoras a ti mismo. Y allá va. Puedes hacerlo. Terminas y ya. Puedes cambiar una llanta. Puedes correr unos cuantos kilómetros o fornicar más de una hora. ¿Verdad? ¿Eh? Ahora intenta lo otro. Anda. Habla con tu mujer y con tus hijos. Que te ayuden. Habla con tu jefe (si no te despide, qué bueno). Y hazlo. Te reto a que lo hagas. Te reto a que escribas diario una página. A que talles en madera o en metal durante una hora la 81


Blues del perro de Pavlov

figura que planees. A que hagas un paso de tango. A que toques La Marsellesa. Haz el sketch de Marlon Brando en “El Salvaje”, cuando encara al policía y, huevos en mano, le espeta I heat the cops, man. Trata. Y si no puedes, cállate. Calla tu maldita boca y respeta. Si tú te haces respetar con tus millones, con tu cargo público, con tu reglamentaria al cinto, con tus guardaespaldas pagados por nuestro IVA; si te haces respetar por tu Mercedes, tu Rólex, tus cuentas y propiedades, respeta a quienes tratan y hacen lo que para ti es una pérdida de tiempo (amén de imposible, por eso tu minusvalorización de quienes sí pueden). Tu parafernalia es pírrica. Nada vale. Nada vales. Imagina (si aún tienes el don) que estás sin eso que posees, en este momento. Sin tarjeta de crédito, sin identificación, sin pasta-marmaja-luz-plata-luzlana en una calle desconocida, entre extraños. ¿Tendrás el mismo valor que usas para pisotear a los demás cuando estás en tu habitat? Claro, trabajas a diario y más del tiempo reglamentario para que eso nunca te ocurra; laboras para cimentar tu seguridad. ¿Quién eres? ¿El favorito de Dios? ¿Mereces lo que tienes? ¿Hablas a diario con él, por la red? Je-Je-Je. Entonces, respétalos. Porque trabajan por la especie, por el espíritu, a través de él y para él. Su cuerpo y sus posesiones nada les importan (a algunos). Las leyes no existen para ellos y sin embargo viven sujetos a ellas. Trata entonces de hacer algo parecido antes de practicar el denuesto. Respeto, amigo. Respeto y amor. El mundo está siendo peor que lo que fue para el tatarabuelo Cro Magnon y para el hombre de Tepexpan. Comían, guardaban algo en la cueva y volvían a cazar. A veces regresaban y sus mujeres ya eran de otro. Más fuertes y salvajes que tú y su mundo menos peor. Ahora también sales a diario en busca del sustento y posees en el fondo las mismas tribulaciones que el señor de Tepexpan. ¿Estará mi mujer con otro mejor dotado que yo? Si eso sucede, déjala ir. Ambos lo necesitan. Entre olores y sabores. Otros gritos y susurros. Otros mordiscos y arañazos en la espalda. Y luego de un tiempo, lo mismo: la historia se repetirá para quien se la llevó. 82


Arnulfo Rubio Ríos

Somos hombres y mujeres, ambos incompletos, imperfectos, en tanto que nos necesitamos unos a otros. Si esto es un dictamen ineludible de nuestra condición biológica, pues a darle. A darle con fuerza al amor, en cualquiera de sus formas. Amor, amor, amor. Bueno, este hijo de la Gran Puta, ¿que se cree? De seguro piensa que su tiempo es más valioso que el mío. No hijo. Aunque vayas por varios millones, me creo y practico la monserga democrática y aunque yo vaya por tres pesos tengo el mismo derecho que tú como conductor de un auto. Sí, sí, gasta tu gasolina, estréllate, imbécil. Ufff. ¡Qué difícil es controlar el corazón! Tam tam tam ¿Por que diablos me enojo? ¿Estoy condicionado para ello? ¿Cuándo ocurrió? ¡Dios! Te condicionan para reaccionar así y te castigan si dejas actuar a tu parte reptiliana. ¡Ah Pavlov, cómo me gustaría haberte conocido! ¿Qué pasará con este mundo cuando tu campana deje de repiquetear? ¿Será libre? ¿Y para qué? Nadie lo sabe. Nadie sabe de lo que es capaz el hombre. Incluso podría ser capaz de vivir, y de hacerlo a plenitud, en paz consigo y sus congégneres. O quizá devenga en tal hipotético status en un lobo más feroz aún para sus semejantes. No. La solución sería el caos. La destrucción de la humanidad (a veces esto es lo que se vislumbra con mayor claridad), para de allí emerger de nuevo. Porque, imaginad, si la pobreza y la hambruna son abrumadoras, así como el número de habitantes, y los más ricos emigran a una colonia espacial, ¿Qué clase de sociedad crearán? Es decir, ¿Quién trabajará para ellos allá arriba? Sus leyes serán terribles para los esclavos. Necesariamente tendrían que cargar con su séquito. I mean llevar consigo en las naves espaciales del futuro el germen del descontento. Bueno, responde el fascio, para eso estamos investigando cuestiones de la ingeniería genética, tú sabes. Haremos seres Alfa, Beta, Gama y todo eso, al estilo de Aldous. Inclusive, en homenaje al viejo Huxley, los laboratorios y tal vez la ciudad del espacio se denominen así: Huxley City. El Patronato está estudiando las alternativas. Sólo imagínate. Una nave repleta de 83


Blues del perro de Pavlov

burros, de bestias de carga, con dos manos, dos ojos, dos piernas, una cabeza, un falo, un agujero, una boca, una nariz y un corazón. Oh, se me llenan los ojos de lágrimas, al imaginar las miradas de esos zombies. ¿O es que no se está haciendo ya, incluso sin tanta tecnología, es decir, no está ya resurgiendo la esclavitud por todas partes? ¿Y dónde está el Mesías? En el corazón de cada uno de nosotros. No en el sentido esotérico, místico, religioso. Sino a nivel práctico, pragmático, de ego. Eres tú. Y como él, deberás abandonar a tus padres lo antes posible. Deberás discutir con los doctores, por más sabáticos obtenidos, títulos en la pared y sabios que sean. Tendrás que formar una banda de amigos, dentro de los cuales uno o varios te traicionarán. Tratarás a las putas como mujeres y a éstas como a aquéllas, cuando sea necesario. Perdonarás. Dejarás tus propiedades. No te encadenarás a la seguridad de una cueva para ti y los tuyos, ni a la posibilidad de trueque que te da la tarjeta de crédito. Y la Ley de El estará por encima de las hechas por tus congégneres. ¡Blasfemia! ¡Utopía! Tan fácil. Si un día, a una hora determinada, en todo el mundo, los integrantes de esta nueva secta tomaran la decisión de irse, el mundo daría un gran paso. Hacia atrás o hacia adelante. Pero lo daría por sí solo. Por sus protagonistas verdaderos. No. Imposible. Hemos destruido nuestros sueños. Ellos han colaborado. Pavlov sólo fue un intérprete, un estudioso de nosotros, de algo que la humanidad siempre ha intuido. Dejar de escribir. Salir. Caminar. Sufrir hambre. Tener frío. Dejar que el caos resuelva todo en la cabeza y en el espíritu. Colapsarse. Como en el síndrome de la abstinencia entre los heroinómanos. El que lo trasciende está del otro lado. Ser mirado con odio, con azoro y ¿por qué no? con asco. Recibir el sol en el rostro. Que broten los pelos de las barbas y de los cueros cabelludos. Que el tiempo se detenga. Es decir, el convencional, el de los demás. Te llevarán a la cárcel. No importa. Pronto no habrá lugar 84


Arnulfo Rubio Ríos

para los otros, inmensa mayoría desertora. Y nadie trabajará para enriquecer a un Fatso poderoso, sudoroso, estreñido, vicioso y ambicioso. Esto es revolucionario. Involucionario, si quieren. Una suerte de resistencia pacífica sublime, que derrumba a las estructuras. Traten, si tienen agallas. Pero ¡Cuidado! Porque los otros, las fieras, los duros, los malos, son expertos en cogerte de las pelotas (conocen todos los trucos, los estilos y las formas) para apretarte y rompértelas, sobre todo si provocas su mal humor. Porque, Hermanos y Hermanas, el cielo existe, pero sólo con el accionar diario lo podemos apreciar, sentir, admirar. Salvo en época de lluvias. Es decir, está aquí. Puede formar parte de nuestra vida cotidiana. Sólo es cuestión de alzar los ojos y verlo. Con nubes o sin ellas. Azul, parduzco, grisáceo. Con insólitos colores al amanecer y al anochecer. Franjas como fuego surgiendo de los grises; grises que se tornan rosas en un instante; azules pálidos que van volviéndose negros. Y viceversa. Todo es viceversa. En el amanecer. Ahí está. El otro, nadie lo desea. Primero hay que crecer. Despertar. Darse cuenta de que la única certeza es la muerte. El hoyo. El agujero. El ataúd y toda esa monserga de los entierros y los velorios. O, del otro lado, la cremación. Depende de tu religión. Ah, porque no puedes andar por allí diciendo “NO CREO”, “NO TENGO PATRON”. Mmmm. Mmmm. Eso está muy mal chico, ¿sabes? En este pueblo no queremos tipos diferentes. Vivimos en paz, ¿sabes? Pagamos nuestro tributo a Mr. Nottingham. Vamos a la iglesia los domingos. Embriagamos nuestros cuerpos moderadamente, una vez por semana. Respetamos la Ley. Así que mejor vete. Las mujeres ya tienen dueño. Las jóvenes son para los jóvenes de por aquí. ¿Qué buscas? ¡Vete! Puedes comer algo en la terminal. Pero sigue tu camino lo antes posible porque el Comité Municipal puede someter a deliberación tu caso. Y ¿sabes? No hemos estrenado el nuevo patíbulo. Adios. Ah, y no vuelvas por aquí, porque nunca olvidamos un rostro. Buuuu. Buuuu. Buuuu. Fin del melodrama del ateo contra 85


Blues del perro de Pavlov

los guardianes de la moral. Qué afán. Deberías quedarte callado. No escribir. No pensar. Sólo actuar. Convencerte a ti mismo de que no eres en realidad un individuo, sino una abejita del colmenar. Pararte ante el espejo. Y con la técnica de Brian Epson ejercitar la voluntad y el método Briain’s Wash at Home. Agradar a los demás, revisar tu sonrisa, ensayar el apretón de manos, acomodar la corbata, alisarte el pelo (hey, necesitas un corte), aprobarte a ti mismo para que los demás te aprueben. Ahora sí, hombre. A conquistar el mercado que es la vida. A venderte. A vender lo que tengas que vender. A obtener el reconocimiento mensual a tus esfuerzos. El galardón. A subir el peldaño del éxito. A correr tras la zanahoria con una sonrisa y buena presentación, sin quejas ni desmayos. Arre. Ea. Casi media hora manejando. Diez minutos sin mosca. Casi la extraño. Después de la comida, el sol tapatío realmente avasalla. Aún así, deseo tenderme para recibirlo a plenitud. Frente. Vuelta. Costado derecho. Costado izquierdo. Que salgan los resabios y los indicios de todos los resfriados idos y por venir. El color es lo de menos. Mi interés está adentro. Deshacerme de esta tos crónica y estos estornudos que llegan así nomás. Una semana de asoleadas me dejaría bien. Sin humedades nefastas en las vías respiratorias, en los pulmones. Sol y flojera, el remedio de la abuela.

86


Arnulfo Rubio Ríos

SCHERZO

Al fin, el estacionamiento subterráneo. Entro con la idea de encontrar un sitio cerca del elevador. Fuera gafas oscuras. Maldigo los topes que hostigan la suspensión. Conduzco en primera velocidad. ¿Para qué gastar el embrague con los cambios? Encuentro el lugar buscado. Fase mecánica de todos los días: cerrar ventanilla, esconder CD en la guantera. Buscar las llaves de la tienda. Jalar el saco del asiento posterior. Coger el portafolios. Poner los seguros de las puertas. ¡Slam! Caminar hacia el elevador con aires de ejecutivo. Todo en el cosmos es de una magnificente inutilidad. Nada tiene un fin. Es el hombre, en su arrogante soberbia, quien le ha endilgado unos cuantos porqués. Cada día, a resultas de su natural combustión, el sol lo alumbra y le da calor. El humano hace mediciones y estudios, de tal forma que hace aparecer al astro como si hubiera sido creado exclusivamente para servirle, como si a partir de ese saber el sol debiera girar, iluminar, calentar, producir energía única y exclusivamente para utilidad y usufructo del hombre. Y así, en esta tesitura, las estrellas emergen en la oscuridad nocturna para enaltecer su romanticismo, para hacer poética su entrada a la penumbra. Todo debe tener un sentido. Así, pone a trabajar a la naturaleza. El río está allí para él, para que coma, se 87


Blues del perro de Pavlov

bañe, beba sus aguas, haga girar la rueda del molino, lo contamine e incluso lo use para transportarse. Las aves, los mamíferos, los bosques, los mares, los cielos, el viento, los seres vivos y los minerales, están allí para decorar su estadía en la tierra y para que él los use y se beneficie. Pero el hombre se erige también por encima de los de su especie. El fuerte, el poderoso, el gran propietario intuye no piensa- que todo y todos están aquí para atenderlo, para servirle. Los demás, si no son iguales a mí, deben servirme. Todo tiene un fin. La vida, su vida, tiene varias finalidades. Permitirle, primero, admirar la obra de la naturaleza (no mucho tiempo, porque suele aburrirse); decorar sus jardines y sus posesiones; proveerle de agua fina, purificada. Después, permitirle comer bien y profusamente, a diario y a sus horas. Luego, permitirle reproducirse; acumular, para que nadie pueda despojarlo de su sensación de seguridad. Todo en este mundo tiene una finalidad. Fornicar: proporcionarme placer. Morir: desvelarme el misterio y abandonar la experiencia. Llover: resucitar la melancolía, la nostalgia, la saudade, amén de hacer que las cosechas sean buenas, para obtener alimentos, utilidad y que la humedad genere vida y el verdor de la tierra despierte de su árido letargo. Todo tiene una finalidad, mensurable en pesos y centavos. Pero, también, tales zarandajas pragmáticas están muy lejos de otra realidad: son el yang de aquel yin. Nada tiene un fin predeterminado. Todo ocurre por el ritmo. El que le corresponde. Esa piedra está allí porque fue desprendida del bloque del que formaba parte antes de la sacudida de la tierra. Esa flor está abierta, llena de color y olorosa porque ha culminado su ci88


Arnulfo Rubio Ríos

clo; espera la visita de los insectos para esparcir a través de ellos las posibilidades de vida de sus sucesoras. No sonríe en su hermosura sólo para que el hombre alegre su vida unos instantes. Por eso el poeta subvierte el mundo pavloviano. Porque él ve el mundo despojado de ese afán utilitario. Lo mira sin preguntarse “por y para qué”. Bueno allí estarán dentro el tiempo que lo deseen. ¿Cómo llegaron? ¿Cuál fue la causa? Nadie lo sabe. Y así se irá. ¿Es que siguiendo el principio pavloviano hemos de sonreír felices, como estúpidos, siempre por la vida, para que nos vaya bien? Conozco a un tipo que se ha inscrito en todos los programas de multinivel para hacerse rico, sin capital ni inversión, en un año o dos. Y nada. Un día fui a su casa. Habían desaparecido la mesa, las sillas, los sillones de la sala, el refrigerador, la TV. No había dónde sentarse. El, sin embargo, sonreía optimista, confiado, empeñoso. Puede todavía conseguir algunos créditos a costa de su simpatía. Pero ¿hasta cuándo? Todo es inmutable, hasta las leyes del capital, que son de manufactura humana. ¿Quién le daría dinero? Nadie. En pago a su simpatía y coraje juvenil, tal vez una dama despistada y de buen corazón (o un tipo). Pero hasta allí. La fuente, el manantial, se agotará muy pronto y deberá buscar en otro lado. Siempre sonríe, a punto de alcanzar el escurridizo éxito. No puede ser. No. Los humores son como las mareas. A veces arriba, a veces abajo. Verdad de Pero Grullo. Sarta de perogrulladas. A diario, a diestra y siniestra. Y uno también sumándose a tan innoble labor. ¿Por qué estar de buen humor? ¿Para proyectar a los otros buena “vibra”? ¿Y acaso ellos la irradian? ¡Paparruchas! ¡Pamplinas¡ ¡Carantoñas! Un alto porcentaje de los seres humanos que a diario desfilan ante mí tienen la sonrisita estúpida bien ensayada, tan bien, que en algunos se ha forjado la mueca en el rostro perennemente. Y aunque digan algo cuerdo, lo acotan con tal expresión tonta que lo dicho por ellos se se va al caño. 89


Blues del perro de Pavlov

¿Ira? Pues a gruñir y que te gruñan. ¿Rabia? Pues a ladrar, a morder y a que te muerdan. ¿Risa? Pues a reír y a carcajearte sin motivo aunque te volteen a ver. ¿Deseo? Pues a manifestarlo con cuidado porque te pueden causar problemas. Estamos maniatados. Todo debe tener un por qué. ¡Maldita sea! ¿Escribir? Para ser famoso y sondear, con cada libro, la posibilidad de ser leído y poder vivir de ello. De otra manera, estás loco de atar. ¿Pintar? Para ser expuesto, cotizado y rico. ¿No es así? Entonces, decora los interiores de las casas de los ricos y sé, sobre todo, simpático con los dueños. ¿Para qué? La vida no tiene sentido. Ninguno. Nos la dieron. Nos la regalaron. Y ellos hacen que te cueste. Lo regalado inicialmente no puede cobrarse después. ¡Salta! ¡Salta! Salta como cuando bailas, para salir del rebaño. Salte de la hilera de zombies y obsérvalos por un instante. Eres igual a ellos, pero no del todo, porque has hecho algo (ínfimo) que te distingue. Fuiste -al igual que ellos- sometido a la medida siniestra, al paso del rasero standarizador, homogeneizador, igualador. Corazones y almas, por igual. Sueños e ilusiones, también. ¡Salte! Escala esa roca. Detén tu reloj. Míralos caminar. Observa bien sus ojos apagados, sin brillo. Mira las deformidades en sus cuerpos, producto de la ociosidad desmedida e inútil. Haz un ruido. Fabrica un estímulo. Haz que llegue a una sección de ellos al mismo tiempo y, atención, mira cómo todos responden igual. ¿No es asombroso, Lombroso? ¡Míralos desde lo alto, si te atreves! ¡Atrévete a incursionar treinta días en el desierto, en la soledad, sin ellos ni ellas a tu alrededor! Deja que Satán te transporte sobre sus peludos lomos y te deposite en la cima de la Montaña Mágica. Verás desde allí múltiples naciones, diferentes pueblos de distintos colores en la piel y de distintos lenguajes. Bueno, hagámoslo más fácil: enciende la TV. Toma el control y cambia de canal constantemente hasta que veas la imagen que te pinto. ¿Ya está allí? Bueno, ¿observas que todos hacemos lo mismo al 90


Arnulfo Rubio Ríos

llegar a la casa después de la jornada? La expresión de fastidio al ver a esa mujer (u hombre), tan distinta (o) de aquella (aquel) que nos volvió locos años antes. ¿Ves su expresión -igual a la tuya, por ciertorecíproca, alimentada mutuamente en el desagrado cotidiano? Luego, las quejas, los ruidos, los niños (si los hay), la falta de aire, de espacios, las deudas. Y tú que venías soñando hasta antes de este punto. Creyéndote los dogmas de la vida llana. Y la visión te ha roto el corazón. Diario te lo rompe. Mañana serán las lágrimas de hastío y los gritos de la neurosis de tu esposa, su rabia a destiempo por saberse ofrecida, entregada y vendida a un comprador de tu calaña. Lloren juntos. ¡Lloremos todos! Luego, ¡Milagro! Si aún queda algo de la fuerza del amor, lo harán entre lágrimas, desahogándose, uno en el otro, impotentes por saberse presos en una granja, vigilados por sabuesos feroces que patrullan el campo a todas horas, con ejemplos de escarnios reproducidos y difundidos a todo color por el aparatejo de TV, con los ismos penetrando tu retina y tus tímpanos para enquistarse allá adentro, en las tiernas e insondables regiones de tu mente y de tu corazón que Dios dispuso exclusivamente para ser ocupadas por EL, junto contigo y los seres que aún te aman. Mira bien, digo, si has podido zafarte por un rato de la pandilla de cadeneros que a diario cumplen su función. ¿Para qué? Nadie lo sabe. El “¿Para qué?” es intercambiable. Hoy puede ser esto, mañana lo otro. Hoy tu seguridad y la de los tuyos; mañana el progreso de tu país. Y así sucesivamente. En realidad ¿quieres saber para qué? Llegará el momento y lo sabrás. Lo sabremos. Para obtener la pitanza. Tuya y de tus descendientes. Para no ser echado de esa casa de buen tamaño, en buena zona y arrojado a una de interés social, en un barrio de cholos y pervertidos y obreros y ladrones y pobres y putas. Para eso. Y para otras cosas. 91


Blues del perro de Pavlov

¡Mírate¡ ¡Mírate y mírame! ¡Mirémonos en los reflejos de los de nuestra especie! Y ahora, comienza a aullar. Aúlla de dolor. Aúlla de deseo. Aúlla de rabia. Pero hazlo con fuerza. Desde las entrañas, desde la parte instintiva de tu ser tantas veces reprimida. Aúlla con fuerza, con vigor, con salvajismo, con animalismo. Aullar y gritar antes de morir aplastados por el peso de la realidad, por el tamaño de la insensatez. Aúlla de placer; no importa que tus vecinos se quejen ante el Comité de la Moral. Aúlla al fornicar, no importa que los hijos del vecino despierten. Que sus padres les den las explicaciones. De tus aullidos y de sus silencios. ¿Por qué gruñir? Eso creo saberlo. Para que salga esa fuerza misteriosa pisoteada, guardada, que te hacen creer que es vergonzosa y -simple y sencillamente- no se vuelva contra ti al paso de los años; para que no se encone en tus entrañas, vísceras o partes animales, y devenga cáncer. Yo, aquí, no puedo gritar. Se espantarían los clientes. Y este es un mall respetable. Bueno, sí he gritado. Les he gritado a los polis, a la bofia, a la tira, a los garfiles. Me enerva su actitud de perdonavidas sólo por el arma que portan; su uniforme; su aspecto; sus poses de simio bien educado. Y ellas me han gritado. Algunas clientas. Me han insultado. Me he tragado enteras sus palabras. Pero ha sido con fines estrictamente comerciales. La regla es no perjudicar la boutique. (¡Oye, estás hablando igual que ellos, aquellos a los que denostas! Es decir, das justificaciones, razones para permitir que tus cojones sean oprimidos, arrancados en pedazos uno a uno y, lo que es más terrible, pisotear tu dignidad. Dignidad. Ja-ja-ja-). Ha sido una fugaz interrupción-aparición de algo parecido a mi conciencia. Tiene razón. Debí insultar a las tipa que me insultó -sin comprar nada- con el repertorio selecto que poseo de aquellos andurriales y de aquellas amistades. Debí cogerla del cogote y poseerla allí mismo, enfrente de todos, arráncándole la ropa con mis propias ma92


Arnulfo Rubio Ríos

nos, con las uñas; mordiéndole el cuello y los senos; penetrándola sin lubricación ni miramientos. Y después, patearla hasta la entrada de la tienda y más allá. Claro, hubieran llegado varios mastines vestidos de azul y me hubieran separado de ella (excitados, también) remitiéndome a la delegación. Pensé. Pensé bastante en el suceso. Cuestión de dos o tres minutos. No actué porque me divertí. Acepté sus insultos y le ayude magnificándolos. Técnica esponja. Eso le molestó. Y mientras más se encendía ella, más ganas de soltar la carcajada yo tenía. Era una mujer fea, sin atributos. Tenía mal aliento. No tenía dinero, además. Así que Bye bye sweetie. Bye bye love, bye bye happines, hello loneliness, I think I’m gonna be sad. La tonadilla sube de tono, mientras asciendo en el elevador. Ah, es delicioso el aire acondicionado. Dios. ¡Recontradiós! El joven que va frente a mí carece de ambas manos. Siento como si la sola visión de él me fuera despojando de algo, una especie de fluido vital, íntimo, propio, y éste se remitiera al inválido, sin éste sospecharlo siquiera. Como si una línea energética se conectara a través de mis ojos, entre mi corazón y sus muñones. Los mueve como si tuviera todo completo, como si estuviera entero. No parece darse cuenta de su situación. No. No le afecta. Y mi energía sigue fluyendo hacia él, no obstante haber descendido del elevador. Es un hilo mágico. Se suscita inmediatamente en mi interior. Nadie me lo enseñó. Surge espontáneo. ¿Compasión? ¿Compasión cristiana? ¿Eres tú Pavlov, nuevamente? ¿Es otro de tus trucos de acondicionamiento? Camino por los pasillos de mármol interrogándome: ¿Cómo tomará la leche? ¿Cómo escribirá? Pienso en artefactos mecánicos, en prótesis, adminículos y ayudas. No parecía una amputación. Tal vez nació así. Alguna falla en la información genética. Sí, me despierta un sentimiento. Tal vez piedad. 93


Blues del perro de Pavlov

Tiene una camiseta verde. Usa jeans. Ríe. Juega. Camina con soltura. Cuando sea grande, ¿Cómo hará el amor? ¿Cómo será su abrazo? Morbo. Piedad. Compasión y morbo. Van y vienen juntos en cerebros pavlovianos como el mío. Uno prosigue la rutina esperando que el día siguiente sea mejor, distinto, hasta que llega la guadaña y ¡Zaz¡ ¡Adiós! A los inválidos, como él, les llegó un aviso previo, en el vientre quizá, mientras nadaban en el líquido amniótico; un aviso fallido que sólo cercenó sus manos. ¿Es la muerte un asunto genético? A este paso, sí. Tiene que ser una orden dada en un momento programado de antemano, lejos, en la noche de los tiempos. ¡Corazón, hora de detenerse! ¡Cerebro, olvida todo lo que sabes y vegeta! ¡Células, destruyan a sus hermanas, a sus símiles! ¡Dejen de asociarse, de hacer conglomerados y sustituir a las enfermas, muertas y cansadas! ¡Nazcan diferentes! ¡Sean cáncer! Misterio. Misterio es la palabra. Provenimos del misterio. Desembocamos en el misterio. Un escote prolongado deja entrever el misterio. Una mirada es un misterio. La sonrisa es un misterio. El falo es un misterio. La mujer es, en su fase de musa, de objeto de adoración, de sujeto amado, un misterio. (En su otra fase es aborrecible, por predecible). La fuente de la eterna juventud reside en la genética. Pero es un terreno vedado. Y allá va, el hombre, como en la historia bíblica. Allá va a intentar de nuevo la prueba del fruto del árbol del conocimiento. Cree ser más sabio intentando hallar porqués. Y termina en la esquina del salón, con orejas de burro. Pero él las confunde con 94


Arnulfo Rubio Ríos

una majestuosa corona. “Vivimos como nos han enseñado”. “¿Cómo esperas que vivamos?” “¿De acuerdo con tu experiencia, con tus enseñanzas?”. (Gesto de asco en las cuestionantes). Romper. Trangredir. Evadir. Huir. Crear. Construir. Trascender. Son éstos los verbos y las conjugaciones más difíciles. Pero, si estamos contentos, conjuguemos el verbo vegetar. Esgrimamos, para tranquilidad de los otros y de nosotros mismos, el apotegma del liberalismo: “Dejar hacer, dejar pasar”. ¡Seamos liberales! ¡Seamos libres! (dentro del redil) ¡Seamos democráticos! ¡Sorbamos otra dosis del atole que nos brinda ese gordo dedo! ¡Qué engañifa! ¡Qué fraude! ¡Democracia! ¡Bah! A fin de cuentas sólo dos o tres opciones, después de un largo camino tapizado de huesos, abonado de sangre, aplanado con polvo de cadáveres idealistas que se resistieron. Camino señalado, marcado y pavimentado con leyes y normas redactadas y pensadas para proteger a mister powerfull man. ¡No me den esa monserga! Mejor me apuro a abrir la tienda. Culpa. Mea culpa, culpa mía. He llegado tarde. ¿Debo sentir algo por las posibles ventas perdidas? Dígome que sí, para engañarme, para presentarme ante mi parte cuestionadora (Alter Ego) como un ser responsable, que cometió un desliz y que se siente mal y que después puede ser chantajeado por esa falta. ¿Así funciona? En esa continuidad que la electricidad le otorga, la guitarra eléctrica funciona a la manera de un órgano. No es instrumento de cuerda, propiamente, como su madre, la acústica. En ésta, un acorde, el sonido, duran hasta que la caja de resonancia los puede atesorar. En la eléctrica, ayudada por amplificadores de impulsos, circuitos y energía, un acorde se hace subsistir el tiempo que se desee, por ejemplo en un solo, como en el caso de cualquier instrumento con esa posibilidad innata de ininintermitencia, como el 95


Blues del perro de Pavlov

violín o el órgano. O puede hacerse subir en la escala tónica solamente recorriendo el dedo entre los trastes, sin necesidad de rasguear las cuerdas. El sonido fluye. Gracias, Mark. Tu requinteo me dio la idea. Dejé el CD puesto en el amplificador y al reconectar la luz de la tienda, para abrirla, la música la inundó. Calling Elvis, is anybody at home. Hora de abrir. Permíteme, Mark, acomodar estas piezas de mármol, estos lentes para el sol, estas cajas de perfumes (solían llevárselos cuando los exhibíamos con todo y frasco), estos adornos, y vuelvo contigo, con tu guitarra. Por supuesto que también se pueden escuchar las pulsaciones del pulgar o de la uña como en una guitarra tradicional. ¿Es otra mosca? ¿Es acaso la misma? ¿Se escondió? ¿Voló encima de mi cabeza cuando salí del coche? ¿Se trepó al elevador? No. Debe ser otra. Estaba aquí, en la tienda. Voló al mover ese perfume. Esa dosis de fuerza, esa energía, te permite escuchar el flujo de la electricidad. Eso es. Escuchar la electricidad, esa fuerza vital, primigenia, cósmica, poderosa, fluyendo a través del artista, del tocador de guitarra: la música nace en la idea (que es a fin de cuentas electricidad), en el concepto musical, para de ahí deslizarse (previa orden del Comandante Cerebrón -¡ah, también por impulsos eléctricos!-) a través de los nervios y la carne, entre torrentes de sangre, huesos, etc., hasta la mano, hasta el dedo que rasga o acaricia la (s) cuerda (s). Inmediatamente (más prosaico el asunto, pues) se recoge el impulso en las pastillas, de allí vía cables viaja al amplificador (o antes al cerebro), donde, por así decirlo, es procesada (Pero, ¡ojo! atrás vienen otras cargas, otros impulsos), tal vez distorsionada, transformada y, en los casos de las bocinas, difundida. Vienen el espacio y el aire, después. Tantos como quieras. Poco, si escuchas en casa, en estudio. Más, si estás en un estadio. El aire vibra, se mueve e impresiona tus orejas. Impresionados los tímpanos, funcionan los huesecillos del oído, el yunque y todo eso, incluso la cerilla se mueve y, otra vez, vía el elemento principal, la corriente 96


Arnulfo Rubio Ríos

corporal, te llega al cerebro, quizá a la misma zona neuronal (equivalente) a aquella desde la cual emergió, pero en el interior de otro cráneo, el del intérprete. ¿No se asemeja este esquema al excesivamente prosaico de Berlo? Aquí, en la música (rock, jazz, blues, sinfonías, sonatas, oberturas y demás), la comunicación se da. Diferencias: música de salón, para unos cuantos nobles, primero; después se incluyeron los burgueses y más recientemente la masa, merced al poderío y alcance de la radio. Aunque para el vulgo, la música era -y es todavía-diferente. En el principio únicamente accedían a ella quienes la patrocinaban y sus invitados especiales; quienes la auspiciaban; después, los que atesoraban, los que acumulaban, quienes podían adquirir, comprar, fueron invitados. Al último han llegado aquellos que pudieron comprar un radio. En todos los casos, el músico-creador es exhibido como ente raro, como simio amaestrado (para eso le pagan). Los primeros (cultos, llamémosles así) rechazan la música masiva, vulgar, popular. Creen que el arte es sólo para ellos. Predestinados, se creen. Por eso prefieren la repetición de las partituras. Lo más revolucionario es que llegue un Menuhin o un Yo-Yo Ma y le impriman más emoción al asunto. Pero hubo un tiempo en el que nobles y plebeyos podían, también, ver la música. ¿MTV? ¿Videoclip? ¿Computadoras? ¡Nada! Sólo con el poder neuronal. Y, claro, ciertas ayudillas que contrarrestaban al Doctor Pavlov. El ritual posibilitaba la aparición de oleadas de colores fulminantes, en pleno día. Aunque era mejor la oscuridad. Esencial era tener paz, tiempo, un espacio cómodo, lejos de los extraños, de las posibles interrupciones; fundamental también un buen estéreo, cigarros y material. El material era lo más fácil de conseguir. Y, en ausencia de la cantidad mínima requerida para emprender la experiencia, 97


Blues del perro de Pavlov

cualquier cosa era buena. Lo interesante era intentarlo. Estar allĂ­. Ser incluido en el equipo de vuelo. Y en el caso de no sentir nada, pues hacerse a la idea de que uno andaba volando, aunque no a la altura deseada. Hasta podĂ­a poner uno la cara de andar por las nubes. La mosca me acompaĂąa, mientras reacomodo los objetos sobre las vitrinas de cristal.

98


Arnulfo Rubio Ríos

ANDANTE CON MOTO

Esta es la casa de Moshe, el judío, quien vive en Polanco. Como todo joven clase alta (JCA) dispone de lo necesario para ser nominado anfitrión: habitación propia, refrigerador lleno, equipo de sonido de calidad y los discos del momento. Pero no hay que dejarle hablar mucho, ni permitirle que tome el timón, a pesar de su generosidad. Se le hace ver cuál es la situación allí, cuáles son las jerarquías y las reglas del juego. Su papi nunca está (negocios, mujeres) y mami tal vez ande gastando el dinero o haciendo la furcia con algún jovencito. Eso no os ni nos importa. Lo importante es que el lugar sea seguro, confortable y que haya pitanza, porque después del periplo da hambre. ¿No, maestros? El cuarto está tapizado de carteles. He allí a Iron Butterfly, acá el viejo Jim, allá la Joplin, en esa esquina los hermanitos Allman. Objetos, también. Va la lista: boyas del DDF a la entrada del cuarto, señales de tránsito oficiales, un teléfono público, una guitarra y unos cuantos libros: Lobsam Rampa, Herman Hesse, Rius, Parménides. Y revistas: Piedra Rodante, México Canta, Pop. El joven Moshe dispone de luces negras ubicadas estratégicamente en la habitación y, básico, cortinas gruesas. El personal allí reunido, acomodados todos en cojines, inicia los preparativos del despegue. El de mayor jerarquía es el gordo Sonrisas. El trae LSD. Le siguen el Mono, el Yerberito Ye-Ye, la Bola y un servidor. Por consen99


Blues del perro de Pavlov

so, el orden del programa musical es el que sigue: Wish You Were Here, Pink Floyd; Who Do You Love, Quicksilver Messengers Service; Wheels Of Fire, Cream; Electric Ladyland, Hendrix; Led Zeppelin, sic; Love Is, Animals; In A Gadda Da Vida, Iron Butterfly. Todos los elepés están engarzados en la espiga. Es obvio, dependiendo de las reacciones (éstas pueden variar aun cuando se haya hecho el viaje, ingerido la misma sustancia, tomado la misma cantidad) que la música puede cambiar. El DJ somos todos (¿Cómo dejar manos de un solo sujeto tan trascendental asunto?). La elección era un poco más espiritual. La brasa del cigarrillo ronda en la penumbra. La lucecilla se percibe ardiente, vivaz, radiante como los ojos iluminados por la luz negra. Ya se escuchan los motores de la nave. El sonido estereofónico es un adelanto de igual trascendencia que el de la TV. Este requisito previo, el cachondeo labial y pulmonar con Mary Jane, es un paso obligado. ¡Señores, en este viaje todo está permitido, azotarse, inclusive! ¡Pero nada de pendejadas! Acuerdo tácito: Aquel que sacare de onda al equipo deberá ser arrojado de allí mediante la confluencia en su persona de las malas vibraciones de todo el personal y si fuere tan estúpido como para no percibirlas deberá ser echado por cualquier medio, con discreción, para no perjudicar ni entorpecer los objetivos de la misión. Vale inclusive para el anfitrión. Pink Floyd nos lleva por los caminos del espacio exterior (que está dentro de cada uno de nosotros, bastándole para manifestarse que cerremos los ojos y tengamos paz), en una época en la que el hombre apenas va a posar sus patitas en las desoladas arenas de la luna. ¡Señores! ¡Por el poder de la música y de la imaginación, nosotros, ese grupúsculo de mexicanitos reprimidos, algunos menores de edad, incultos casi, vamos ya rumbo a la estrella Arturo, previo paso veloz (más allá del Pársek) por Andrómeda, el Carro, la Osa y el Can mayor, habiendo atravesado la Vía Láctea a la velocidad del pensa100


Arnulfo Rubio Ríos

miento. Los nueve planetas de nuestro átomo también llamado sistema solar han quedado atrás. Espectáculo fascinante, individual, sólo para elegidos. Nacen estrellas, los viejos soles tórnanse Novas, los hoyos negros provocan terrores y sudores fríos. Asteroides, meteoritos, cometas, explosiones, little & big bangs. Caleidoscopios particulares se activan sin límites de forma y de color; abismos cósmicos se abren súbitamente ante los ojos; relámpagos inusitados cruzan la oscuridad de los tiempos, provenientes del confín; estrellas, planetas, seres, naves, Technicolor, Cinemascope, Panavisión, Sensorround, Dolby, como lo desees, como gustes y mandes. Porque dentro de tu mente tú eres el Amo. Tú ordenas...si puedes. A veces los ruidos externos provocan sobresaltos que te hacen regresar abruptamente al punto donde yace tu cuerpo, lo cual es peligroso, l tell You. Muy peligroso. Hay quien puede morir o volverse loco. Aunque la locura es la meta. Alcanzarla es el fin. Porque el loco es respetado. Al loco le está permitido todo. El loco no tiene ataduras, no viste de tal o cual manera. El loco no debe comportarse. El loco puede decir lo que quiera, en el momento en que lo desee y enfrente de quien sea. Cuando la música se va una sensación de frío, de soledad y de tristeza se posa en los corazones. Silencio. Expectación. Expectoración. Lágrimas quizá. El click de la espiga anuncia la llegada del próximo disco, el scratch de la aguja da fe de la gran velocidad a la que se desplaza el zafiro entre los pliegues negros de los surcos, antes de llegar a la zona habitada por los sonidos y comenzar a capturarlos, para amplificarlos. Un respiro. Un suspiro. Es un largo quejido electrónico. Se repite. Es el introito. Después, la descarga, con el requinto que precede a todos los instrumentos marcando tonalidades, delimitando la cantidad de kilowatts a depositar por cada uno de los miembros del Servicio de Mensajeros de Mercurio en el alambique, en el perol, en el experimento que inicia. Luego la voz humana, el grito, la pregunta: Who do You Love? 101


Blues del perro de Pavlov

Alguien quiere ir al baño; otro aprovecha para encender un cigarro de salva; otro espeta un lugar común. Más allá uno ha caído en un sueño profundo y se mueve, suspira y suda. Habla consigo, ríe, llora. Hay quien abandona. Allá él. Nadie pregunta. El silencio es una forma de hablar. (¿?). Empieza a caer una auténtica lluvia de colores. Hey, nene. Podías montarte en el Arco Iris, sin necesidad de PC con monitor VGA. Subir y bajar por montañas de verde intenso. Sumergirte en mares azules y descender hasta donde reina la oscuridad total y los peces navegan alumbrando su camino con linternas particulares, naturales, integradas a su cabeza. Abajo, muy abajo. O arriba, muy arriba. ¡Jesús! Demasiados greñudos y barbudos habían ido y venido por el cosmos, mientras que los del casquete corto y uniformados del sistema estadunidense apenas preparaban el viaje a la luna (en secreto, por aquello del enemigo rojo). Paradoja. La vida enseña a través de las paradojas. O golpes. Pero la paradoja es la parte humorística, poética, de su enseñanza. Cae pues la lluvia de colores. Una sinfonietta con vocce, hecha, producida e interpretada por el grupo de Mr. Burdon. Si existía una canción que funcionara como conjuro para que las puertas se abrieran y se dispararan los fuegos artificiales que el cosmos tiene reservados sólo para quienes mueren en paz y desean irse de esta tierra a través de la Vía Láctea, esa era, para mí, Colored Rain. Soportaba los clicks, scratchs, etc; navegaba en las imágenes que me provocaban las melodías previas. Pero aguardaba el momento culminante. La lluvia de colores. Cuando caía, me dejaba ir en cuerpo y alma. Me acomodaba, fumaba un cigarro y allá iba, a fluir. A montarme en el sonido de ese requinteo diáfano, puro, sostenutto, logrado en estudio. Y nadie espera magnificencia tal. Ya había óperas de rock circulando por el mundo, tocando a las puertas de la Oficina de la Trascen102


Arnulfo Rubio Ríos

dencia. ¿Por qué, entonces, no habría alguien de atreverse a ese intento electro-sinfónico? Los Beatles habían incorporado sonidos orquestales, bien. Pero eso significaba querer traer a sus terrenos productos de otro bando y hacerlos pasar como propios. O como un intento de halagar a los dictaminadores. O habían evolucionado ¡A saber! Yesterday I was a young man, searching for my way, not knowing what I wanted, living life for day by day. Till You came along, there was nothing but a empty space... Acabábamos de ir al espacio exterior, habíamos sido sacudidos por Quicksilver. Jack Bruce y Eric Clapton nos habían embadurnado con la crema preparada en vivo; habíamos sentido el corazón latiendo desesperadamente al escuchar los resoplidos de Ginger Baker tocando la armónica en Train Time. Hendrix también nos había conducido a otra área espacial, más bulliciosa, frenética, al borde del caos mismo, donde combaten el bien y el mal, con la belleza emergiendo y mostrándose enmedio de la miseria y la destrucción. Los jóvenes novatos de Led Zeppelin habían taladrado nuestros corazones con kilovatios de pura energía; Iron Butterfly nos había llevado sobre sus alas metálicas a pasear entre helechos gigantescos, dinosaurios, pterodáctilos, volcanes vomitando lava. Tuve miedo de vivir y de morir en ese cuarto asfixiante, opresivo, lleno de humo de cigarrillos consumidos en la oscuridad. Pero pude emprender este viaje. Sudé frío. Sentí hambre. Taquicardia. Arritmia. Desesperación. Ansiedad. Deseos de gritar, de salir corriendo. Ganas de respirar aire puro. Hasta que entró la guitarra líder. Dios, ese hombre andaba en las alturas, muy lejos. El requinto es el explorador de la expedición. Una escafandra, propulsores y mucho valor. Se monta en una especie de rayo sólido, luminoso, que gobierna a voluntad. Es su música. Lo hace ( a ese haz), subir, bajar, entrar, salir. Te lleva a regiones ignotas, donde fuera de esa luz puede estar la muerte. Te puede transportar a sitios edénicos, donde a los lados rugen e intentan aprisionarte monstruos terribles. Te lleva a planetas desiertos, áridos y desolados, 103


Blues del perro de Pavlov

con montañas de mágicos colores. Te conduce a los mundos del agua, donde todo es vapor, nubes, humedad. Planetas ígneos donde las explosiones suscitadas a cada instante no pueden dañarte mientras viajas junto a él, protegido, montado en el rayo de luz. El haz puede regresar a este mundo, a ese país, a esa ciudad, a esa colonia, a esa calle, a esa casa, a esa habitación donde estás. Y puede penetrar en un oído, navegar en la sangre, ser zarandeado por los sístoles y diástoles, llegar a los riñones, al hígado; subir, subir hasta el cristalino de los ojos y desde allí mirar las luces, el escenario, desde adentro y detrás de los ojos del músico en el trance expresivo, mientras el afán de crear lo hace mover los dedos, pulsar la guitarra, subirla, bajarla, oprimir y aflojar la cuerda, saltar de traste, mover el pie para pisar el pedal, buscar a tientas un botón para calibrar la distorsión. Puede llegar al cerebro mismo del ejecutante. Y salir. Lo puedes hacer, junto con él, por donde entraste. Por el oído, por la boca (asco te da pensar en hacerlo, en navegar en su saliva y la posibilidad de ser lanzado al piso en un escupitajo). Vas a vomitar. ¡Control, maestro! ¡Control! ¿Por qué habrías de vomitar? El es tu hermano, ¿no? Te está dando un viaje maravilloso, ¿no? Es simpático. Entonces, controla la repulsión. Relájate. Eso es. También puedes salir a través de un acorde. Difícil, ¿eh? Piensa. El paso del interior del artista -que vislumbras- a la música. ¿Cómo lo harías? Es decir, ya has navegado en su interior -sobre el rayo de luz- en su carne y en su sangre. ¿Los demás? Ignoras la bitácora de sus vuelos. Quizá ni despegado han. Lo del rayo es una metáfora tuya. Es tu manera individual de viajar. Te sientes tan bien que los amas. Y desearías compartir el asunto del rayo con ellos. Imposible. Lloras. Eres ahora, abruptamente, parte de una lágrima que resbala, por una de las mejillas del guitarrista. Caes entre los tocones de las barbas que emergen. En la curva de la comisura de la boca estás a punto de quedarte. La lágrima (o sea tú) es gruesa y, ahora, ya punto de caer al vacío, eres una gotilla minúscula pues has dejado parte de su esencia y tu sustancia en el recorrido. Pero aún estás dentro de ella. ¡Atención! Hay otra humedad que se mezcla contigo. Es salobre también. Pero más pesada. Puedes sentir las partículas que la componen. Es grasa. Esa grasa te permitió llegar integrado en la lágrima hasta la barbilla, de donde ahora pendes. La grasa era sudor. Vas engrosando. Otra 104


Arnulfo Rubio Ríos

lágrima se acerca. Escuchas el sonido de su deslizamiento por el mismo caminito que poco antes recorriste. Esta nueva lágrima baja a mayor velocidad. Sabes que cuando llegue a donde estás, serás impulsado al vacío, a la oscuridad. A lo lejos ves luces. Parecen estrellas. Es el universo. Es el escenario. O la habitación de Moshe. Caes. Sientes la opresión en el estómago. (¿Cómo puedes tener estómago si eres parte de una gota de agua salobre, de una lágrima?). Divagas mientras caes. Confusión. Espasmos de inquietud. No quieres abrir los ojos. Sabes que lo de afuera es peor que lo que estás experimentando. Corres peligro. Secretas adrenalina. Sabes que te vas a estrellar allá abajo y que serás absorbido por la madera del piso (¿Cómo sabes que es madera? Bueno, si es escenario, seguramente lo será). Tu mente amenaza desquiciarte. Maestro, debes salirte de esta onda. ¿Entiendes? (Te habla tu voluntad. Interfiere Alter Ego, con sus amenazas de siempre: la culpa, en todas sus modalidades. Pavor. Horror. Puedes forzar tu cuerpo al máximo, correr, fumar, ingerir pastillas, peyote, ácidos, pero culpas, no. Sería el final de tu viaje y probablemente de tu vida. Lo sabes. Por eso controlas el asunto. Por tu seguridad. No eches a perder el viaje, ni tu vida. Usa la imaginación. Sólo la imaginación puede salvarte). OK. Das un viraje, después de un gran impulso de concentración y caes en la mano. Sientes abajo el movimiento, la fuerza, la tensión. Cuando se mueve un dedo (obviamente escuchas un acorde; es más, tú eres parte del acorde. No te olvides que viajabas en el rayo de luz) sientes la tensión bajo la carne, donde ahora yaces, más disminuido. Es decir, la gota (tú) es más pequeña. Casi podría decirse que la gota eres tú solamente. Aprovechas la tensión inframuscular para moverte. Lo intentas la primera vez, pero fracasas. No avanzas gran cosa. Sin embargo, la música te ayuda. Así, vas desplazándote paulatinamente hacia la punta del brazo, hacia la mano. Atraviesas bosques de vellos. Te ayuda esa película pegagosa que recubre la superficie sobre la cual te desplazas. Calma. No te agites. Puedes morir. (¿Y si termina la canción?) “Me quedaré aquí, en este sueño”. No es ningún sueño. Es real. La canción no va a terminar. Pero sabes que sí. Es lo malo de viajar con canciones conocidas. ¡Puafff! Es como ir siempre al mismo sitio, en el mismo medio de transporte. No lo vuelvo a hacer. Culpa. Alter ego. Burdon es bueno. El requintista mejor. Aun cuando regresara la voz de Burdon, el requinteo seguirá (licencia poética) sotto voce. Lo sabes. Tienes tiempo. (Mastro: eres una especie de onanista decadente. Te sabes la tonada. Te gusta. Lograste que incluyeran el disco en el programa). No. No lo eres. Todo el mundo tiene derechos (romántico, ¿eh?) a tener una melodía favorita. (¡Ay sí!). No te defiendas. No hay problema. Recuerda el apotegma: “No hay pedo”. En él está la salvación 105


Blues del perro de Pavlov

del planeta y la tuya. (¿Salvación?). Pero es un viaje...de placer. ¿Por qué entonces salvación? Casi llegas. Estás por la zona de la muñeca del músico. Tienes temor de causarle un cosquilleo que lo haga sacudir el brazo. No lo hará; está entregado a la música. Lo real no existe. La realidad no existe ahora para él, ni para ti. Ahora avanzas más rapido porque estás en la mano, summum de la creación. Sin la mano somos simios. Nos debemos a la conexión mano-cerebro. ¿No? ¿Dónde has leído eso? ¿No sabes que los textos comunistas están prohibidos? PROHIBIDOS. ¿Ignoras que el Partido Comunista está proscrito? ¿No sabes tú que la Universidad patrocina grupos de jóvenes para reprimir y golpear a los que quieren cambiar las cosas? Claro, también apoya el arte, la cultura, la educación y otras zarandajas. Tú. Ustedes. Ese escuadrón de aviadores y pilotos espaciales no representa ningún riesgo para ellos. Lo de ustedes es locura de juventud. Siempre y cuando digan no, a tiempo. Lo de ellos es otra cosa. Bueno, basta. Sabes que por el pulgar será más fácil. Celebras ahora haber percibido el rasgueo de la uña de carey sobre las cuerdas. Estás muy cerca. La adrenalina invade tu cuerpo. ¿O recorre el otro, el real, el que está allí sentado? ¿Dónde estás realmente? ¿En esta gota o en la mente de tu cuerpo? No tiembles. Vas a lograrlo. Llegas a la uña del requintista. A la natural, no a la artificial. De ésta a la otra es sólo cuestión de un ligero impulso o de un movimiento de él. Lo aprovechas. Aprovechas ese acorde que marca el ingreso de los metales, en trasfondo: suaves, intensos, secundando al rayo, fortaleciéndolo, porque su recorrido, su exploración, su viaje, ha sido desgastante, agotador. Así que ya estás casi en la punta de la uña. Tu corazón late con prisa (¿acaso una gota de agua tiene corazón? Ja-ja-ja) ¿O es el verdadero, el que bombea sangre a ese cuerpo adolescente tumbado entre cómodos cojines? Ya está. Has escuchado el sonido, el rasgueo sordo, crudo de la cuerda. Cuidado. Su vibración te puede mandar al aire. ¿Cómo harás la transmutación? Lo ignoras. Pero sabes que lo vas a lograr. Lo anhelas. Lo deseas. Lo quieres. Ya no te agrada ser gota. Concentración. Voluntad. Tu esencia debe cambiar. En lugar de materia serás energía. (¿No somos uno: materia y energía?). ¿Sabes cómo hacerlo? ¿Lo has hecho alguna vez? No. Cada viaje es diferente. Pero tú siempre escuchas las mismas canciones en tus viajes, como un anciano nostálgico. ¿Qué diferencias hay entre tu proceder y en el de aquel viejo que escucha los mismos sonsonetes de Charleston? Ninguna. No te importa. No te importe. El momento es trascendente. No te olvides de aquellos que se han quedado en un viaje. Tal vez intentaron algo parecido a lo que vas a hacer. No hagas caso. Desecha el miedo que quieren imbuirte tales pensamientos. Además, si te quedas en el viaje, forever, ¡Qué felicidad! ¿No crees?¿No es lo 106


Arnulfo Rubio Ríos

que buscan tú y los otros? La locura como una forma superior de la existencia. A ella se arriba por distintos caminos. Bueno. Ha llegado el momento. Has podido desechar los pensamientos nefastos (generados por ti mismo, únicamente; el hombre puede destruirse solito) y estás listo. ¿Qué necesitas, además de concentración? ¿Un acorde específico? ¿Una ayuda? ¡Voluntad, master! Voluntad y un vuelco del corazón. Be careful, dear. Cuenta. Como los niños. A la una... (eres un niño. ¡Esa es la solución! Piensa en que eres un niño y, por tanto, inocente, puro, limpio, sin malas vibraciones acumuladas en tu ser)...a las dos...a las tres. Ya está. La velocidad es otra. Pasmoso. Tienes que hacer un gran esfuerzo para seguir siendo tú, debido a la velocidad a la que ahora te desplazas. Recordar lo que ha ocurrido. Ingresaste a la pastilla electrónica, entre materiales de diversa textura. Algo pasó en ti, allá adentro. Los objetos y la materia de los sitios por donde eres trasnportado obran en ti de una manera extraña. Te transforman. Te agrandan. Te achican. Te estiran. Te filtran. Pero todo lo sientes, no obstante la velocidad. Eres pura fuerza. Careces de cuerpo. No posees materia. Eres incorpóreo. Eres libre. Vivaz. Te sientes espléndido. ¿De esa materia es el hálito vital, el alma, el espíritu? Maestro. Estás en el punto clave del misterio. Eres parte del misterio. ¿Qué es la vida, sino manifestación de energía que cierto día debe transformarse? Has activado a tu paso la materia del cable, el cobre. Ves las paredes de hule, el plástico que lo recubre y te aprisiona, te obliga. Materia distinta a ti, contra la que no puedes. Es como un corral. Debes ir hacia un punto adelante. Hacia atrás no, porque la fuerza te impele hacia el avance. Vas en un sendero sin posiblidad de retorno. Eres impulso. Eres otro. Eres feliz. Eres fuerte. Corres. Bailoteas. Das salida a tu fuerza. Contagias con tu esencia la materia a tu alrededor. Simplemente lo haces, sin importar por qué o para qué. Haces lo que tienes que hacer. Pasaste por el pedal y te dio risa tu transformación, porque fue como si te hubieras estirado hacia todos lados. Te imaginaste frente a un espejo deformador y te reíste. Fue como un cosquilleo intenso que invadió todo tu ser. (Tú eres en este instante una cosquilla; estás hecho de la misma esencia de la que se suscitan las cosquillas). Realmente el cambio te ha hecho bien. Estás eufórico, aunque te sabes efímero. (¿Qué no es efímero? El universo, en su tiempo y medida inconcebibles para nosotros, es quizá efímero), pero no te incomoda ni te inquieta. En cualquier instante puedes dejar de ser y no te interesa. Es decir, en ese estado la posibilidad no te aterra. En el otro sí. (Recuerdas ahora al otro, al yacente, a ese vehículo que intuyes lento, pesado lleno de sufrires, de limitaciones espacio-temporales. Oh. Casi llegas a sentir pena, a desear no volver a él, pero inmediatamente bloqueas la blasfemia; de proferirla, morirías). 107


Blues del perro de Pavlov

Pasas ahora entre otras sustancias que te vuelven a transformar; algunas te inyectan vigor, fuerza. Tu alegría crece. Hay más bullicio. Has dejado el redil de cobre y de plástico y ahora eres procesado...Digamos... empacado, como una lata de atún. Te prensan. Te etiquetan. Te llevan sobre una banda. No. Esta imagen es paupérrima. Eres corriente pura, a través de bulbos; eres luz que se enciende; filamento que se calienta; zumbido. Sales ahora de esa fase del proceso y llegas a otro filamento. Te has vuelto a transformar. (Ya no oyes el requinteo. Ya no escuchas “Lluvia de Colores”. Tú eres uno de esos colores). Escoges. (Más bien te impulsan, ora de un lado, ora de otro). Hay una fuerza ahí enmedio. Es algo que dimana una energía más sutil. Por un lado de una suerte, por el otro lado, de otro jaez. Es la misma fuerza que te constituye, dividida. En el centro irradia de dos maneras. Te jala y te repele. Es como un torbellino. Cambias. Cambia el medio por el cual te desplazas. No te gusta. Es parduzco. Poroso. Pero lo recorres. Se mueve. ¡Cómo se mueve! Te impulsa. Te vomita. Cruzas unas rejillas. Ha cambiado nuevamente tu esencia, sin tú sentirlo. La propia energía de la cual formabas parte te transformó. Ahora eres aire. Eres onda de aire que se desplaza. Eres sonido. Viajas. Viajas por una habitación. (¿Un estudio de grabación?) Recorres cables. Otros circuitos. Otros filamentos. Puedes elegir; vagar por varios caminos. Vas por el aire. Ingresas en otro material que te contiene y te conduce. Ahora eres corriente eléctrica, de nuevo. Te capturaron otros circuitos y aparatos. Te volvieron a procesar. Vuelves a circular entre filamentos cupríferos de distintos grosores. Pasas a través de materia parecida al carbón. Luego recorres la esencia de la porcelana. Al salir, lo haces disminuido. Como si hubieras sido un salvaje ingresando a un salón de belleza, sales rasurado, bañado, perfumado. Te limpian en algunas partes del trayecto. Después te inmovilizan. Sales de esa fase y te obligan a colocarte en una posición determinada, en una especie de piso plástico, entre otros como tú (acordes, notas, supones). Pasaste a través de un imán, un pequeño centro de poder cuya fuerza, aunque menor, funciona a la manera de aquel centro de energía que te transformó recientemente en aire. Te has transformado en estatua. Te imbuyeron en un pedazo de metal. Le diste -al llegar a él- una forma determinada. Pero has quedado inmóvil, preso. Te angustias. Debiste haber elegido el otro camino. ¿Estás muerto? ¿Condenado a la inmovilidad? Lo ignoras. Debes controlar tu angustia o morirás. No puedes revertir el proceso. Lo sabes. La única salida que tienes es hacer un esfuerzo enorme, moverte, golpearte, pellizcarte. Pero puede ser el último. Calma. Control. Piensa en cosas agradables. La portada de Blind Faith, por ejemplo. En esa niña de la cual te enamoraste, toda inocencia, pureza. Una virgencita anglosajona en el campo. Respira la brisa. Descubre los olores. De la 108


Arnulfo Rubio Ríos

hierba, de los árboles de eucalipto, olmos y cipreses. Debe haber coníferas allí, ¿no? Analiza el contraste. La vida es ella. La promesa de amor, ternura, calidez. Lo frío es el avión que lleva en la mano. Metal. Terrible, fuerte, tan destructivo, sonoro, poderoso. El contraste te embriaga. No temes. Porque ella controla el poderío, enigmática, sonriente, como la Gioconda. Sólo tienes que esperar. Aguarda. Sé paciente. Todo viaje tiene su momento de calma. Recuerda a los viejos navegantes del mar -antes del vapor- que debían aguardar la llegada del impulso del viento. Sí, a veces se volvían locos. Se amotinaban. Desesperaban. Pero tú viajas solo. Tienes que controlarte a ti mismo. Relájate. Sería bueno dormir. Soñar. Inesperadamente el sueño te revela dónde estás. En una cinta magnética. Te mueven. Te empacan. Te transportan. Sientes todos los movimientos. Oyes voces. El compartimiento en el que viajas está oscuro. Percibes olores. El movimiento te reconforta. Llegas a un lugar donde hace frío. Más movimientos. Luz. Presencias humanas. Luego, fijeza. Después giras. Eso te parece. Encima y debajo de ti todo es oscuridad. Estás oprimido. Giras y giras. No te pierdas. Todo está bien. Eres una partícula metálica, o varias. No tienes por qué experimentar sensaciones de humano. (Pero ¡Eres humano!) OK. Pero estás en un viaje. Calma. Allá, en la otra dimensión están tus amigos. ¿Querías experimentar? ¿Querías ser la música? Bueno. Tranquilo. No hay problema. Es un instante. Por un instante sentiste la fuerza sobre ti. Pasó encima de ti. Sentiste que sacó algo de ti. Una millonésima parte de tu esencia actual. Y viste algo de luz. Entreveraste la libertad. “Debes estar alerta. Muy alerta. Aprovechar el instante, si deseas transformarte nuevamente. Si deseas abandonar ese estadio”. ¿De quién fue la voz? ¿Dios? Deseas que haya sido El. Quieres pensar eso. Anhelas aniquilar todo reducto de escepticismo, de ateísmo ramplón, para convencerte y tener fe. Estás solo, abandonado en ese estado. Y allí te llegó el mensaje. ¿No? ¿Entonces quién te lo envió? Nadie, sólo Dios. Arrodíllate. Ah, no puedes. Te acompaña en el viaje. No temas y aguarda por ese instante. Prepárate. Vuelves a girar. Giras y giras. Y aguardas el momento. Pides a Dios que te ayude, no sin algo de vergüenza por tu pasado sin fe. Aquí viene. Ahí está. Sientes su proximidad. Debes actuar rápido. Lo haces. Saltas. Ya estás dentro de la fuerza. Ella te ha sacado de la cinta. Ahora te envía hacia adentro. A otros procesos. Te empiezas a aburrir. Estás irreconocible. Te sigues transfigurando. Eres de otro material. Has vuelto a ser impulso, electricidad. Recorres grietas y cavernas. Y de nueva cuenta eres arrojado. Fuiste arrojado. Nuevamente capturado e inmovilizado. Pero ahora el material es distinto. No es metal. Es pasta. Negra. Eres como una estalactita. Una arruga. Una hendidura. Has quedado inmovilizado nuevamente. En un disco negro: Love Is. Eres acorde 109


Blues del perro de Pavlov

atrapado. Tu función será tocar tu parte cuando pase la aguja enmedio del surco y te hiera y tú aproveches ese instante para imbuirle tu esencia. Es todo lo que puedes hacer. Y ser paciente. Nuevamente aguardar. Duerme. Sueña. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Ahora quieres, para soportar la espera, evocar nuevamente a la niña rubia de ojos azules y pecas en el rostro. Te decepcionas, porque intentas revivir imágenes que pertenecen a una experiencia ya vivida. El río fluye. El agua no es la misma, Heraclitón. Bueno, ¿otra portada? ¡Madura! Una mujer. Su recuerdo siempre viene acompañado de sensaciones agradables, imágenes, fragancias, cosquilleos en el vientre. Expones tu galería de retratos. Las que conoces hasta ese momento, pero terminas viendo en ellas siempre lo humano, lo terrenal. O lo sexual. No es momento. Eso está anestesiado. La serpiente duerme en este viaje. Bueno, el tiempo ha transcurrido. Tiempo de oscuridad, de inmovilidad, de vaivenes, de sacudidas. De repente, luego de algunos zarandeos, viste la luz. Momentáneamente. Después giraste. Escuchaste el correr de la aguja que se acercaba. Le diste parte de tu esencia: fue un sonido diferente, chocó contra ti, contra tus aristas, tus salientes. Diste tu acorde... y eso fue todo. Pero ya has aprendido. Así como abandonaste la cinta, abandonarás el disco. Esperarás el próximo paso de la aguja. Ya lo sabes. Primero girarás y girarás, esperándola. Es la única manera de salir...Pasa tiempo. Mucho tiempo. Allí viene. Es el momento. ¡Salta! Ya está. Vibras. Eres una vibración, que, antes de extinguirse, es capturada por la misma fuerza esencial, la electricidad. Asciendes. Recorres cables, recovecos. Eres lanzado nuevamente hacia el imán. Ya conoces la sensación. Cartón, rejilla, aire y vuelo. Te ves a ti mismo, enfrente, sentado entre los cojines, los ojos cerrados. Te acercas a ti. Pasas cerca de la cara. Penetras por un oído. Mueves carne. La carne te atrapa. Es la tuya. Entras. Te transformas nuevamente en fluido. Recorres células. LLegas al cerebro. Sientes alivio. Estás completo. Abres los ojos, temeroso. La canción está a punto de terminar. Eric se desgañita con los coros finales. Te estremeces. Estiras los brazos. Luego las piernas. Te frotas los párpados. Miras. Allí están ellos. Unos ojos te miran. Otros siguen viajando. Tienes hambre. Te cuesta trabajo moverte, la luz te lastima, pero te sientes bien por haber regresado. Te incorporas con sigilo. Abres la puerta. Ves un pasillo lleno de luz. Te duelen los ojos. Tu cuerpo está entumecido, pero te responde. Caminas por el corredor hasta llegar a las escaleras. Encuentras a una sirvienta uniformada y le preguntas por la puerta de salida. Escuchas el ruido de los coches que circulan por la calle. Cruzas el jardín. Abres la verja metálica. Oyes su rechinido. Respiras profundamente. Entrecierras los párpados. Te colocas los Ray Ban y caminas hacia Ejército Nacional. Metes las ma110


Arnulfo Rubio RĂ­os

nos en los bolsillos. Sacas las monedas. Las cuentas. Llegas a una pequeĂąa tienda. Pides una Coca-cola. El dulzor y la frescura te reaniman.

111


Blues del perro de Pavlov

112


Arnulfo Rubio Ríos

MINUETTO

¡Fuera divagaciones y recuerdos! La mente debe situarse, ahora, en la modalidad “trabajar”. Así que a limpiar un poco las vitrinas de cristal, los espejos; a prepararse para comerciar, para vender. Es la boutique de la plaza; es el contraste. Entraste de los 34 grados centígrados del exterior a los 10 del interior. La clientela está compuesta en su mayor parte por mujeres. Eso hace interesante el trabajo, por lo que ves, lo que hueles y lo que tocas. De todo tipo. Hermosas señoras espigadas de buen cuerpo trabajado en el gimnasio. Jovencitas que pronto serán como las señoras. Ancianas que buscan el dije adecuado para un vestido sin estrenar. Especímenes que excitan tu líbido. El espejo en la base de una de las vitrinas te permite atisbar. Ahí las conduces. No a todas. Mientras les muestras una gargantilla de Anne Klein o un perfume, ves. Secretas adrenalina y sabes bien lo que eso significa. Pero el juego consiste precisamente en controlarte, aun cuando ellas vengan acompañadas de su hombre. Por ejemplo, esa mujer madura. Está nerviosa. Toca la mercancía: aretes, peinetas, broches para el pelo. Te inquieta. No viene a robar ni a perder tiempo. Cobras una venta y te diriges al fondo, donde ella se ha detenido ante el espejo que cubre toda la pared. Se está probando unos broches de carey. Dice que tiene tanto pelo que el broche no alcanza a sujetárselo. Te acercas. Te ofreces a ayudarla. Coges la mata de pelo, de adelante hacia atrás, 113


Blues del perro de Pavlov

con suavidad, sujetándolo con sólo una mano, mientras que con la otra intentas cerrar el adminículo. ¿Música? Al diablo. Nada escuchas. Tu corazón late con fuerza. Lo oyes retumbar dentro de tu cabeza. Estás en el juego y no puedes abandonar. Te colocas detrás de ella. Hablas tonterías. Te esfuerzas por mantener el tono de voz, que varía debido a la adrenalina. Tienes la mata de cabello entre tus manos. Le explicas los atributos (inexistentes) del broche. Das un tirón firme al pelo, para atraerla hacia ti. Guturalmente, susurras cerca de su cuello, para que sienta el calor de tu aliento. Jalas con mayor rudeza, hasta que pegas tu pelvis a la suya, procurando colocarte precisamente enmedio. No se retira. Inquieta, mueve las caderas. No es el contacto, sino la transgresión en público lo que los ha excitado. Tiemblas. Estás por invitarla a pasar a la parte posterior, pero súbitamente se aleja. Dice que va por su marido. Se retira sonriente. Algunas lo hacen. Entran, coquetean, prometen comprar y se van. Revisas tu pantalón y descubres la pequeña mancha de humedad. Tu corazón va regresando al ritmo normal. Atiendes a las nuevas clientas, de mal humor. Recurres al recurso limpiador. Coges la franela, la embadurnas con un químico de moda y frotas el cristal, los espejos. Terapia ocupacional, le llaman. Salvación de los reclusos. Recurso de jubilados. Te embebes en la reparación de piezas dañadas para dejar pasar el tiempo, a la espera de la venta del día. Estás absorto. Una voz te sorprende. Es la mujer nerviosa. Atrás de ella camina un tipo de aspecto duro. Lo saludas, pero notas que es de pocas pulgas y palabras. Ahora entiendes el nerviosismo de la mujer. Ha decidido continuar el juego, la muy zorra. El sujeto sólo te mira. Tal vez piensa que eres marica, por estar allí, en esa tienda de mujeres. Es uno de esos tipos que van al grano, quizá narco, celoso y matón. Decides repetir el número delante de él. Rodeas la vitrina. Vas hacia la mujer y repites las tonterías acerca de las bondades 114


Arnulfo Rubio Ríos

del broche, ahora para él. Nuevamente te colocas detrás de ella. Al fondo, el espejo; luego, ella; después tú y cerca de la entrada el marido. En su nariz, vuelves a pegarte a ella. Se mueve, más nerviosa que antes. Está contenta. Quizá haya tenido un orgasmo con sólo eso. Se encaminan hacia la caja y vuelves a soplar cerca de sus orejas. Tal vez luego se entregue a él motivada por la transgresión, para disfrutar la unión que intuyes abrupta, rutinaria y precoz. Ella ha cobrado fuerza y lo hace gastar, tal vez como una forma de pago a tu servicio. Un anillo de plata, un reloj de marquesitas, un perfume, varios broches de carey. Cuando se van echas una mirada a su trasero maduro, firme, oscilante, que se aleja de ti. En la aridez, cualquier charco es oasis. La mosca está en el espejo de cuerpo entero. Te vio. Los vio. No. No es la misma. Es otra. No es posible. ¿Y si fuera la misma? Como tema de consuelo y celebración, Sting. Cuando lo escuché por vez primera jugaba al periodista. Y como en todo juego, comenzaba a partir de la ignorancia y enterándome de las reglas en el momento preciso de su aplicación, principalmente cuando era en mi contra. Una página semanal, suficiente. Podía vociferar, pontificar y, lo que es peor, dar un punto de vista. No hay nada más detestable que tener un punto de vista. Cuando posees uno estás acabado. Máxime cuando lo defiendes. Da Vinci tuvo uno, o varios. Genio incluido, se casó con sus puntos de vista. Quizá chocheaba. O tal vez su afición efebil. Razones y especulaciones, tantas como furcias y pobres, abundan en este mundo de suyo grato que nos empeñamos en hacer ingrato. Al igual que con los puntos de vista, todos tienen una razón. Y la razón -la muy zorra- suele entregarse únicamente a los poderosos. ¿Qué tenemos contra ellos, señor empleado de la tienda para damas? ¿Envidia? 115


Blues del perro de Pavlov

Puede ser. Desde la pobreza franciscana solemos decir: “Ah, si tuviera dinero yo sí sabría cómo vivir”. Ja-ja-ja. Al tener, el hombre se transforma. Al tener se dispara el mecanismo que transforma al pensamiento, al espíritu. Al poseer, la regla número uno es: cuidar lo que se tiene. De lo contrario, olvídate, no sirves para rico. Si no te comienzas a preocupar por lo que posees, por asegurarlo e incrementarlo, estás frito. Si tienes, tu tema de conversación deberá ser, de ahora en adelante, el asunto de tus posesiones. Fitzgerald atinó a señalarlos como diferentes de todos nosotros. ¿Quién habrá de conformarse con la miseria? Nada de eso. Mejor pensar en la dignidad. Entra la española que sólo viene a mirar. Me salva de mi eterno conflicto con la citada palabreja. He de pelear con ella -la palabreja- hasta someterla, con toda su maldita esencia, para ponerla a trabajar en una esquina. ¡Ea, trotacalles, a trabajar! ¡Párate en esa esquina! ¡Desentiéndete de la justicia, que yo me las arreglo con ella! ¡Cuidado y dejes escapar un cliente! ¡Has lo que te digo, o te aporreo, suripanta! ¡Vamos, que el día está flojo! ¡Nada de lloriqueos! ¡Véndete bien! ¡Exprime al cliente! ¡Primero hazlo arder de deseo y después sácale la plata! Lo que cuenta es la lana. ¡Así que anda, a trabajar! La ibérica pasea su esbelto y redondo trasero entre los espejos. Casi todos los españoles que he conocido, salvo los republicanos, pasean sus garbosos culos como si acabaran de descender de la Pinta. Todavía codician pepitas de oro, nos llaman indianos y sueñan con fama y fortuna. Siempre está fumando. Ella es gerente de una tienda de ropa para recién nacidos, la industria siempre floreciente, donde un zurrón vale lo mismo que unos Levi’s. Sólo pregunta precios. Por mi parte, me dedico a imaginarla desnuda. Si no existe como cliente, que adorne mi magín. 116


Arnulfo Rubio Ríos

La mosca se ha parado sobre su trasero, mientras ella, la española, se agacha a examinar unos aretes de fantasía. Pero estos juegos adolescentes son cansados. Por tanto, recurro a quien me ayudará a deshacerme de ella: el viejo Joe Cocker, el hombre del vozarrón. El estrambótico intérprete de Mad Dogs & Englishmen. El cuasi epiléptico. Subo. Cambio el CD. Volumen contra la liberación posfranquista. Viejo, acá la tuvimos hace tiempo. Claro, bajo la supervisión de Mr. Trompas y sus secuaces. ¡Gocen el sexo y la droga, hispanos de la Madre Patria (Ja-ja-ja). Padres sin cojones que dejaron al hijo abandonado con la madre india. Progenitores bígamos con mujeres acá, en el paraíso donde su palurdez se transformó en bonanza, y allá, en la “tierruca”, a buen recaudo, quizá en fornicio con los mozos del pueblo, aguardando la plata del aventurero. Conquistadores de crueldad inusitada con el débil y desnudo y culeros ante los sajones. Huyeron. ¡Non fuyades, cobardes! ¡Cuilonis! Ah, y gracias por la lengua “que nos dieron”. ¡Como si no la tuviéramos! ¡Como si no la hubieran arrancado de tajo, con la espada bendecida, para después lanzar la proclama al mundo de su labor catequizadora y humanista! Somos jóvenes. Somos el hijo abandonado, rebelde. Somos el hombre, el asesino sanguinolento de la Revolución; somos el traidor arribista capaz de vender a su madre por un poco de status y poder; somos los perdedores, porque, ¿de qué sirve ganar, si una vez con el trono y la corona voy a ser igual que mi padre huido? Viniste, coño, tomaste a mi madre después de marcarla con un fierro en la frente y en las nalgas; la preñaste y cuando te cansaste de ella fuiste por otra a tu serrallo-galerón donde dormían los esclavos legalizados por la encomienda. ¡Joder! Traicionaste a nuestros padres y nuestros tíos que sólo trataban de halagarte y complacerte para que te retirases sin hacer daño. Trajiste otras malas mañas y otros vicios que jamás compensarán los supuestos beneficios dejados por ti: la religión que somete y calma los espíritus adoloridos; la lengua que aún censuraís desde el cómodo asiento 117


Blues del perro de Pavlov

de vuestro culo fofo y pedorro por la fabada y los tintorros y el cerdo y el carnero y las patatas. Calma. Tranquilidad. ¿Calma, tranquilidad? ¡Eso es todo lo que el censor dice: calma y tranquilidad, petición apacible que encubre toda la violencia de los herederos que habéis dejado en equipales y curules. ¡Calma u os aplasto! !Calma u os someto! ¡Ahí teneis los beneficios de los huidos, cuando Durruti se rompía la madre en las barricadas! Pero los valientes no huyen. Sí. Lo hacen para perpetuar la semilla de la sabiduría, Mr. Cocker. Te prefiero, maestro. Sé que blasfemo. Pero si he blasfemado contra EL por qué no habría de hacerlo contra un miserable humano. Y más contra ellos. Dejen a Cervantes, que aún a él lo refundisteis en una mazmorra y devorasteis su mano. Dejen en paz a los poetas y cantaores, a la gente llana que no salió con avidez a medrar con la indefensión y la inocencia de los naturales. ¡Dejad a los nobles de espíritu! ¡Oh, dioses del panteón azteca! También a vosotros os tocó. Bueno, mira, chico, todo lo que un trasero españolito bien formao y oloroso que no consume ha ocasionao en tu cabezota. No sabes que estás muerto. Estás enterrado. Lo que dices será el primer puñao y los kilos de húmeda tierra que caerán sobre tu ataúd. Maestrín: haz muerto sin haber nacido. OK. Pero, ¿qué muerto blasfema aún al momento de ser claveteado su catafalco? ¡Soy el muerto que clavó los clavos de su féretro! ¡Ya basta! Cocker, pide el boleto para el avión, porque no tienes tiempo de tomar el tren más rápido. Sí. Ella te escribió. Y sabes lo que eso significa. Tú lo sabes, servidor. Te han llamado de largas distancias. Y has corrido a través de carreteras desiertas atravesando la soledad del campo mexicano, tan igual en casi todos sus confines. Tan hermoso en su árida soledad. Tan amplio. Tan agreste y soleado, lleno de lagartijas y alimañas. Tan verde e inexplorado todavía. (Claro, ya todo escriturado, repartido). Con ese aire que embriaga e impregna de magia. Rostros inescrutables que hacen temblar al más firme cora118


Arnulfo Rubio Ríos

zón con su misterio pétreo fijo en la mirada. Con este sol que todavía agradece los corazones antes ofrendados e irradia fuerza y vida hacia los huesos calcinados de los seres y los perros a las orillas del camino. Sí. Has acudido como perro obediente al llamado de la especie, de la hembra. ¿Que otra cosa hay digna de perseguir en este mundo, que el amor que a cada quien le corresponde? ¡Desdichados de aquellos que lo han perdido! ¡O que lo han adquirido y contratado de por vida! ¡Viva el amor! ¡Viva la pasión, gachupines! Os amo, joer, a pesar de vuestras iniquidades y las de vuestros tatarabuelos. Y la amo a ella, también, aunque no compre. No importa que huelan diferente, que griten y vociferen y se crean representantes de Sofía y me vean empenachado. Las amo. Las adoro. Me gusta su ceceo, su altivez, su prepotencia. Claro, de lejos, como simple espectador. Al fin y al cabo son mujeres. Ellos, al fin y al cabo son sólo humanos. Ellos, su historia. Acá, la de América. Donde todavía hay terreno y fortuna para los advenedizos, los maleantes y los talentosos. Cocker es uno de ellos, viejo chocho como personaje de Dickens, viajante in extremis impulsado por sustancias del más alto y volátil octanaje. Barbaridades. Puras barbaridades. Cuántas barbaridades hemos leído y estamos por engendrar. Barbaridades, más nunca barbarismos, que para eso se tiene el refinado cedazo del corrector. ¡Salve, maestro! Indulgencia con estas zorras pretensiosas denominadas palabras. Palabrejas y palabrotas. Palabrería. Palabra, ¿de dónde provienes? Déjame intentarlo. Paciencia. Gozo fugaz. Paz volátil. Placer instantáneo. Ira pertinaz. Si pudiésemos hablar constantemente de metafísica, buscaríamos la razón en algún karma magnificado, con intereses y todo eso. En tal vez alguna suerte de maldición, en falta de “normalidad”. Ira contenida. Ira oculta. Ira transformada. Balance: Más ira que amor; más coraje que amabilidad; más rabia que deleite. Claro, el asunto es sin reprimirla. (Hacerlo sería acelerar el cáncer en el hígado o en otro lugar del cuerpo), aceptarla, convivir con ella (si no puedes evadirla, ocultarla, modificarla, esconderla) convive 119


Blues del perro de Pavlov

con ella, con la sacrosanta ira. ¿Será pasión la ira? Claro que sí. Pero las pasiones llevan y conllevan en su sola mención (ya no digamos en la puesta en marcha de c/u de ellas) su dosis de moralina, su anatema, su consejo gratuito, su advertencia. ¿Por qué? Porque las pasiones juegan en los extremos, nunca en el centro de los acontecimientos, nunca en la vida llana, nunca en los matrimonios amortajados por la rutina, nunca en el mundo regido por el código civil de procedimientos penales para el distrito federal, territorios, islas y futuros planetas y asteriodes que le corresponderán al estado mexicano, cuando nuestras veloces naves se incorporen a la carrera espacial. Juar-juar-juar. ¿Quién ríe? ¿Algún osado malandrín sin fe? ¡Claro! Por eso no avanzamos. (¿A dónde, mi rey?), por eso no progresamos (la tercera persona encubre -yo disfruto de los beneficios, pero me duele- al hacer uso de las prebendas- encontrarme en un país fedayín con miseria, hambre, corrupción. ¡Oh, qué dolor!) y no nos vemos como París, Nueva York, Londres. ¡Estupidos! Más que estúpidos! Por supuesto (y que me crucifiquen si no) allá es cuna también de las miserias. Existen allá también los desheredados y los desharrapados, los descabezados por el inclemente stablishment que ya ni la burla ni la crítica perdona. Ni él ni sus esbirros. ¡Especie, al precipicio! Más vale. Pues la sapiente natura empieza a manifestar sus heridas, sus medidas: suicidios de ballenas, mutaciones, virus inesperados más feroces y letales, disminución en la cantidad de esperma de los hombres y de su vitalidad, erupciones y exhalaciones de volcanes. En unos cuantos cientos de años el hombre, que siempre había competido con las ratas y las cucarachas en esos asuntos de la sobrepoblación y la capacidad de adaptación, la violencia, la competencia por espacios y alimentos, quedará atrás en esta loca carrera fúrica hacia la autodestrucción, porque sus armas (los millones de espermatozoides) el alto índice de vida, la gran farmacopea a su disposición (cash or credit card de por 1/2) y monsergas de tal jaez, de nada sirven contra el hecho fatal de la pérdida de su virilidad, incluyendo el tamaño del pirulí. 120


Arnulfo Rubio Ríos

Dicho y confirmado, luego de ser investigado (esto es una cacofonía, como pueden ver), por sabios del tema ubicados en Albión y en Las Galias. Ellos (o sea, nos, la especie) nada hacemos por mejorar el decorado. Ergo, el decorado y su regidora (natura) hacen lo suyo. ¡Hijos míos, amigos, hermanos, detractores, críticos, eruditos, sabihondos, ustedes que ignoran conocerme, hagan algo por sus espermatozoides y por mantener la talla del espadín! A este paso, ¡Jesús!, nunca más se volverá a hablar del machismo como tema de actualidad, ese machismo tan vapuleado por el auge de jotos, lesbianas, inapetentes, impotentes, liberales, feministas y toda la cáfila de sociedades civiles -organizaciones ciudadanas- que hacen más ruido que el individuo solitario, aislado; que hacen borlote y bochinche exigiendo sus derechos. ¡Dios! Si la especie no posee ningún derecho en general, salvo el de venderse durante toda la vida, a cambio de una cueva decorada y la pitanza. Y tales exquisitos anhelan ser considerados por los escasos heterosexuales sin desdén ni azoro. ¡Señoría! Presento el siguiente ocurso ante usted, en virtud de que he notado un brillo de reprobación a mis preferencias sexuales de parte de mi vecino, motivo por el cual, acudo ante Usted en busca de justicia. Con todo respeto, solicito: 1. Que el vecino me dé pública disculpa. 2. Que me dé un dinerillo por las molestias que me ha causado. 3. Y que le dé Usted una condena de cinco años de trabajos forzados. ¡A temblar! Esto no es cosa de risa. Hay espías en cada casa del vecindario; policías analfabetos y con mucho resentimiento y odio a causa de su color, sus pelos erectos 121


Blues del perro de Pavlov

y su origen, dispuestos a apretar el gatillo de los R-15 que les fueron conferidos y las 9 mm reglamentarias en quien los mire feo; hay ladrones en cada semáforo y violadores en cada calleja oscura (Sé que no debería de escribir de esto. “Más de lo mismo. ¡Dios! ¿Por qué no plasmar un poco de belleza y poesía en este libro? Sufro. A diario me dan violencia. En el periódico, la TV, el cine, el trabajo, la calle, el hogar. Y ahora, hasta en los libelos. Por eso mejor veo el futbol y no leo. Además no hay dinero ni tiempo”); hay polución (sí, polución, puristas puritanos con prurito del oficio en el prepucio); rayos ultravioleta, exceso de ozono, gases letales; odio e ira en el ambiente. Pero también hay espíritu. Soterrado, perdido en la maraña de las redes mercadotécnicas. Arte, música, pintura, graffitis, explosiones y exabruptos de hombres y mujeres sencillos que un día tranquilamente cogen la granada y la desactivan, gritando al mundo sus miserias, sus ascos, sus incoherencias, sus injusticias, sus anomalías, sus sinsentidos...y después quedan en un estado beatífico auspiciado por la liberación del encono acumulado. ¡Fuera, encono! ¡A un lado! Ira, bienvenida. Pero cuando esté harto de ti te echaré a patadas con la misma fuerza y vehemencia con la que ingresas a mi alma sin permiso. Ego exorcisote. Vade retro, furia. Habla, grita, hazme golpear, patalear, berrear y después, silencio. Así, en paz, hasta tu próxima visita. Por lo pronto, lo procaz. Una visión, un apotegma: “Por la forma de comer helado, has de saber si la fémina ha mamado”. ¡Qué vulgaridad! Nuestra manera de ser, esencialmente hipócrita (la Corona y la Cruz) nos impelen y compelen a tener dos caras, dos vidas, dos lenguas. La pomposidad y la formalidad. Hay que ver las ceremonias, los premios, los comportamientos. Aguila o sol, como dijo el poeta (¿O fue Cantinflas?). Corsé hasta para dormir. Espada doble filo, uno de los cuales nunca corta. Espada envainada, yaciendo quieta, enmohecida, sin sangre que sacie su sed. 122


Arnulfo Rubio Ríos

¿Dónde se esconden los guerreros? Compiten ahora en coliseos rectangulares en el nombre de su país. Y sus seguidores aúllan, gritan, apuestan sus escasos haberes a émulos de Marte asegurados, divas que al menor empujón se tiran al suelo, revolcándose para exacerbar al público vientre, devorador de pantomimas; estrado y galería complaciente, embotada, capaz de asesinar al hincha enemigo en el nombre del honor (¿?) de su país. Mejor hagamos versos, seduzcamos mujeres, aunque sean casadas; embriaguemos nuestros cuerpos abandonados por el excesivo ocio; recuperemos el honor de ser hombres y luchemos por una causa noble; lloremos las más amargas lágrimas por las tristezas futuras de nuestra descendencia; burlémonos del bien y del mal, con plena asunción de la responsabilidad por tal felonía; pongamos a los niños en su lugar y evitemos el aniquilamiento de los delfines y los lobos marinos a manos de mafiosos sinaloenses ebrios que tiran al blanco en las bahías. Las agallas están en otro lado, no en el moretón de la mejilla femenina, no en la múltiples parrandas con gritos y procaces aspavientos. ¡Calla, viejo moralista! (Me digo y me recrimino).¡Cállate! No sabes de lo que hablas. ¿No te das cuenta de que el mundo está sostenido por un frágil madero podrido? Seamos buenos, como Juanito, el viejo héroe a quien le cantaba Chuck. Johnny B. Goode. Escuchemos la distorsión plena y totalmente ajada, violenta, demacrada, del profundo requinteo del acompañante de Lou Reed, el joven y anciano Lou, vocero antaño y hogaño de las cavernas underground. ¿Dónde has dejado la esperanza, Lou? Todas las cloacas, las casas intestadas de los barrios violentos neoyorquinos están aquí, de golpe, en esos acordes. Lou, el bienamado en europa (como los hermanos negros en los inicios del blues). Maestro. General de División. Héroe viviente que cambió la espada por una Stratocaster o cualquiera que sea la marca. ¿A quién le importa? Ah, sí, a los críticos. A los zánganos que hacen de su impotencia un modus vivendi. Hablo de lu123


Blues del perro de Pavlov

minosidad, percepción, fuerza. Pocos oídos nuevos reproducen la intensidad y el volumen. He dicho. Y lo refrendo aquí, en el más allá y en el acullá. Sí, jóvenes. En su capacidad de consumo encontrarán su redención, su poder, su seguridad, su fe, su esperanza. En mi capacidad de consumo y sus manifestaciones me redimo. Con la lengua, también. El caló de ayer ha sido apropiado por la burguesía juvenil, veinte años después. Y el significado ni siquiera es el mismo. Lo que ayer fue sinónimo de rebeldía es hoy ostentación de clase. Si hay algo que puede escapar a las reglas de la propiedad privada, a la escrituración, son las palabras. Aunque anhelan atraparlas. En la soberbia del poder (y la estulticia humanoide que su ejercicio conlleva) tal cosa se pretende. Expropiaciones, apropiaciones, tributaciones, condenaciones, anatemizaciones, discursos, fraseología, construcciones linguísticas que son como mausoleos: fríos, enormes, sin sentido, puestos allí para perdurar como metáfora de una lustrosa bota sobre el pescuezo de la humanidad. Así como esos Valles de los Caídos, Pirámides, Monolitos, Torres Modernas de Babel, resultan las parrafadas sobre la moral y el orden, sobre la justicia, sobre las razones de estado, sobre el bien común. Losas de mármol penden sobre las cabezas de todos los súbditos del planeta tierra. Y ellos, en su mansedumbre, opresión, solidaridad y capacidad de amar y de reír y de emborracharse como cubas y de sufrir, las aceptan con un guiño de ojos. Oyen el discurso y entienden el mensaje: “Portaos bien, pequeñines, o seréis castigados, zurrados, encarcelados y, en caso grave, o en el supuesto de que debamos dar un ejemplo a la población, ejecutados”. Lores y comunes, liberales y conservadores, todos la misma monserga envuelta en papel de colores. 124


Arnulfo Rubio Ríos

Damas y caballeros, donceles y doncellas, niños y niñas, tal es el noble fin de la retórica, persuadir, engañar, suavizar el duro y cruel ejercicio de mandar, de dominar, de someter. Pero el hombre sobrevive, a pesar de él mismo. Quitar a las palabras del caló el lodo del arrabal. Así, de ser proscritas pasarán a ser chic. Así ha sido. Jóvenes de una época hurgando en los barrios bajos en busca de las palabras usadas por rufianes y prostitutas, ladrones y drogadictos, como una forma de acercarse a ellos para demostrar rechazo al mundo que los aguarda. Hablo de la gente común, no de la élite. Me refiero a los outsiders. I can’t wait forever... Esto era ligerito, entre lo pesado y la goma de mascar. Hoy, el chewing gum pegajoso y repetitivo de ayer es signo de pesadez en la disco. Mierda de mil decibeles entrando por las orejas sin cerilla y perfumadas, violadas, insensibilizadas, esterilizadas, embrutecidas por el tam tam de los engañabobos encubiertos, anónimos, repetitivos, sin sentido. El pontífice que soy yo, elegido y aclamado por mi otro yo, sostenido en el poder por todos mis yoes ocultos, pontifica, del latín pontificare. Levanto el índice primero. Luego pongo cara de circunstancia. Frunzo el entrecejo. Fijo la mirada. Aprieto las mandíbulas, carraspeo y suelto la retahíla. O la escribo. Nada nuevo bajo el sol. Pero nos creemos distintos a los antecesores, diferentes. Es más: nos consideramos superiores, mejores. Bajo el aspecto lampiño duerme el mono. Pero el mono es más comprensivo que el ser humano. Sagan decía que las ratas madres en condiciones de hambruna y hacinamiento tenían un comportamiento más civilizado que el de hombres y mujeres en igualdad de condiciones. ¡Ah, pueblo, masa, mayoría, abstracción por excelencia del sentimentalismo social! No nos necesitan. Ni a los hacedores de material leíble, acomodadores de palabras, ni a los protagonistas 125


Blues del perro de Pavlov

de historias oficiales aburridas. Los hombres sólo necesitan su trabajo, su techo, su mujer y su vaso de vino. Porque en verdad en verdad os digo que si se unieran, con palos y piedras derrumbarían palacetes y romperían la crisma y la disciplina de un buen ejército. Pero no lo desean. No les interesa. Y eso no está mal. Los falsos profetas deberían abstenerse y cuidar sus propias barbas, enfrentar a sus yo’s y desahogar sus ímpetus y su retórica por otros pedazos de cañería disponibles. Pero miren bien: el conglomerado, si se atomiza, empieza a actuar fuera de sus elementales y naturales esquemas. Imagen: he ahí a un pobre vestido de traje. Atención, algo está mal. Fuera de foco, de encuadre. ¿Es el escenario? ¿el peinado del sujeto? ¿sus zapatos? ¿su mirada? Nada está en su lugar. Es antinatural. Pero hacia la antinaturalidad conducen los profetas de la mercadotecnia a los individuos. Mi banco tiene TV. Hacemos largas filas en paz, sumisos. El entretenimiento (boñigas hertzianas cayendo sobre nuestras caras con perfumes de inteligencia que pretenden ocultar el hedor inorgánico) es gratis. ¡Recibámoslo con un fuerte aplauso! ¡Ah, por supuesto vengan también los anuncios del propio banco! Eficiencia, sonrisas, trajes limpios, imagen adecuada para confiar en el jinete de la plata por excelencia, legal e institucionalmente guardo tu dinerito por acá. ¿Lo quieres? Pídemelo de tal y cual manera, en tal y cual fecha, y de tanto en tanto te lo doy ¿Ok? ¿No estás de acuerdo? Lo siento. Yo soy el banco. Soy más que tu Alter Ego. Más que tu padre. Yo cuido tu plata porque tú eres un niño dilapidador y puedes perderla en gastos supérfluos que atentan contra los cimientos, los castillos, los pisos y las paredes del edificio donde vivimos. Calma. Mira la TV. Ve con atención. Es gente como tú. Esta tranquila y relajada. ¿Para qué protestar por la larga fila? ¿Acaso la cajera no es humana y puede comer un sandwitch o ir al baño? ¡Inhumano! Mereces un castigo. Hermano policía, grábatelo. No entiende. Márquenlo de por vida como escandaloso. ¡Hum! Mi banco tiene TV. Un monitor de entretenimiento y cámaras de videograbación. 126


Arnulfo Rubio Ríos

“A diario grabamos sus rostros. Sus expresiones y atuendos son revisados por nuestros agentes especiales cuando buscamos la constancia gráfica de un ilícito”. (Soy motivo de carcajadas, entre mordiscos a las tortas de jamón y sorbos a refrescos de lata). “Mira a ese tipo. Está que se lo lleva...Checa cómo se va desesperando. Nota su cara de alivio cuando ha dejado la caja. Ve cómo todos los rostros se transforman con el poder del dinero, la solemnidad en las ventanillas y la presencia del personal de seguridad. Todas las cabecillas se disparan con pensamientos en torno a las finanzas. La imaginación se excita durante la espera. La autoestima sube y baja. Los planes para el futuro, las culpas por lo gastado. Las sensaciones de satisfacción por cumplir con los pagos a tiempo. Un electroencefalograma general sería fantástico”. Somos materia de diversión y entretenimiento para los gendarmes que revisan a diario los rostros de los clientes. Por eso, niños y niñas, posen ante las cámaras. Rían y sonrían, que no es lo mismo. Muestren el trasero a esos cristales indiscretos de nombre japonés que no dejan de mirarlos. ¡Muera la solemnidad cuasi religiosa y mística que se respira en los templos del dinero, del dios Mammon! Voy al baño de la tienda y aquí está, la mosca. Encima de la tapa negra de la taza. Se va y aterriza sobre la imagen de San Martín Caballero, cerca de las veladoras y amuletos para la buena suerte. Aquí, en la tienda, perforamos lóbulos (ombligos y narices también) por una módica suma. Cuatro dólares, en promedio, broqueles incluidos. Llegan dispuestas a someterse al poder del metal. Un poco temerosas, excitadas, aunque hay valientes, decididas, con autocontrol. Primero tienes que acariciarlas suavemente. Un poco de xilocaína placebo eficaz- ayuda a las inseguras en el trance de la horadación. Untas suavemente, con índice y pulgar, respectivamente, por el revés y la parte frontal. 127


Blues del perro de Pavlov

Están muy cerca y puedes oler sus perfumes. Las jóvenes tienen un aroma peculiar. Quizá porque la fuerza de las hormonasferomonas que dejan de esparcir pasados los treinta, apenas se insinúa. Son tiernas y en consecuencia estimulan con mayor vigor a las mentes pervertidas. Haces a un lado el mechón de pelos que caprichoso cae sobre el pabellón, estorbando la operación. Disparas. Aprietas el gatillo de la perforadora. Cierran los ojos al escuchar el sonido. Ya está. Mientras la alquimia hace su trabajo, tú prosigues con el tuyo. Arriba, en el mezzanine, el bajo del grupo conjuntado por John Mayall, en Back to the Roots, contribuye a la configuración de la atmósfera. Es como una desfloración rápida y a la vista de todos. Por eso procuras hacerla memorable. Hablas suave. Tientas con ternura, para introducirlas galantemente al mundo del dolor, aunque sea efímero. Mientras, Mayall ejecuta su número acompañado del requinteo de Mick Taylor; toca la armónica de manera dulce, discreta; resulta melancólica, te hace evocar la imagen de una bella y recatada mujer entre dos hombres: un esclavo fuerte (el bajo) y un galán aventurero (el requinto). La voz nunca favoreció a Mayall, pero tiene vocación. Esa es la palabra. Si en la escena alguien manifestó certidumbre en el derrotero a seguir, ése fue Mayall. Por eso la madurez, el aspecto serio de maestro. Muchos pasaron por sus academias cambiantes. Mientras empujaban y buscaban, él ya sabía lo que deseaba. Su nombre se cimentaba. El renombre y el prestigio podían venir después de haber tocado con él. Mr. Mayall, le presento mis respetos. Su colección está a salvo en algún lugar de alguna colonia perdida de la ciudad más impresionante de este tercer planeta del proclamado sistema solar. Discos accesibles, fuera del perruno circuito comercial, marca Parrot, perico galante que giraba a 33 un tercio de vueltas por minuto. Jack Bruce, Eric Clapton, Savoy Brown, Mike Fleetwood et allis desfilaron por sus aulas. Y en la búsqueda, Mayall comenzó a mezclarse con auténticos perrazos, perros negros del jazz y del blues. Divagar, divagar, que el mundo se va a acabar. Divagar mientras se horada a una mujer es saludable. Héla aquí, junto a mí, con sus 128


Arnulfo Rubio Ríos

quince o dieciséis, su carne núbil tierna, sus pequeños senos desafiando las miradas salaces y provocando secreciones salivales en los perros de Pavlov que aciertan a mirarla; sus caderas amplias y sus nalgas levantadas, como corresponde a una gacelilla veloz, saludable y atlética. El viejo león ruge a su lado. Un zarpazo y un mordisco bastarían. Pero la jungla tiene sus leyes. Cintura breve recibe con sumisa entrega el masaje. Preparen, apunten ...y algo falla. La marca en el lóbulo adonde se dirige el disparo ya está, el analgésico también. Ah, es falla humana. Traición hormonal. Nervios. A los cuarentaytantos perturbado por una nínfula navokoviana. Suele suceder. Pronta recuperación y control para evitar la pérdida de confianza del paciente. Va. Ha sido perforada. Es mía. A mi manera. Me pertenece. Se ha creado un lazo, un vínculo. Igual sucede con los tatuajes. Cualquier mujer tatuada recordará por fuerza a aquel que la decoró en la piel. Mayall prosigue mientras el tedio llega. El señor Tedio arriba a cualquier sitio y hora, sin importar las circunstancias. No avisa. Ha llegado al negocio, de repente. ¡Pase usted! ¡Bienvenido! ¡Ah, mosca jija..Está, la descarada, sobre la pistola de las perforaciones. Luego camina hacia la tapa de la xilocaína. Se va a pasar, a drogar. Allá ella. El negocio significa estar en mi esquina, maquillado, con medias negras, una rodilla flexionada, la suela del zapato en la pared; es decir, mientras trabajo en la tienda llega el tedio. Véndome por unos pesos. Venderse y vender para vivir. ¿De qué diablos sirve el lamento si carezco de agallas para poner fin a la situación? ¿He madurado y por tanto estoy cerca de la tumba? Tampoco es doblegarse. Asumir, mejor. Asumir el ejercicio de la prostitución como Verdad, como palabra esencial a integrar en nuestro corazón, en nuestra alma, en nuestra mente y en nuestro espíritu. 129


Blues del perro de Pavlov

¿Crees acaso en el espíritu en este tiempo finisecular? ¿Tú, en cuál esquina trabajas? ¿Cuánto obtienes por hora? ¿Haces todo lo que el cliente pide, o tienes recato todavía? (¿no te llegan al precio todavía o estás sobrevaluado?). En el permanente ensayo sobre la prostitución que es la vida, las lecciones nunca terminan. Los Grandes Amos reparten migajas envueltas en el celofán salarial, sólo para que sus tesoros crezcan, a expensas de los consumos del esclavo. Mercado de colores. Negro y blanco. Azul o del tono que prefieras. ¿Reglas? Una certeza, sólo una certeza con respecto a ellas: nunca las podrás modificar. Vivir es un asunto de conformismo y de conformidad. Conformarte con los escasos placeres que consigas, con el escaso ingreso que recibas por pararte en tu esquina. Sólo has bien tu trabajo y nunca mezcles el corazón, porque podrías perder la cabeza. Puedes pasearla entre las nubes y creer que eres feliz. Olisquear la zanahoria y tal vez darle un mordisco. Hacer algo sin sentido, a pesar de la situación, no te exime ni limpia, pero al menos es un guiño entre galeotes. ¡En busca de guiños, cazadores de guiños! Señor Tedio, me había olvidado de usted. Siéntese. Aposéntese. No haré nada para alejarlo. Unicamente pondré, a su pesar y el mío, un poco de rock. Porque cuando usted se hace presente, el tiempo humano, convencional, deja de correr. Es decir: t—r—a—n—s— c—u—r—r—e l—e——n———t————o. Entonces, que venga el escolar irreverente, malportado, con sus guitarreos y guitarrazos rebosantes de kilowatts. Angus Young. Corriente alterna, corriente directa. AC-DC. Y la práctica del sinsentido, a pesar de su carencia de objetivos y rutas críticas y presupuestos y para qués y estudios de mercadeo y de utilidad, sigue avanti. 130


Arnulfo Rubio Ríos

Dentro del Imperio de la Esclavitud las cosas sinsentido redimen la existencia miserable del ser: la santidad, la inocencia, el milagro, la solidaridad, el amor, la generosidad, la ternura, el brillo en las pupilas, el arte. Cantar por amor y ociosidad . Somos reyes venidos a menos. Estamos aquí para vivir, respirar aire puro, estirar la mano y tomar una fruta, bañarnos en aguas virginales, fornicar por amor y deseo puro, sin pagar; vinimos a ser amados y estimados, a reír y morir. Al menos, eso creía. Empecé a dudar desde que leí el Génesis. Mi tatarabuelo de la rama hebrea, Mr. Adam, pecó. Lo comprendo. Una mujer puede perder al mundo. Pero, esto es lo mejor, también es ella la salvadora, la redentora, la redimidora. Ya lo veréis, machos cabríos. Es decir, Adán pecó. ( He indagado en la Torá, en el Talmud). Probó la fruta del árbol del conocimiento. (Y he aquí que cruzaron dos pájaros por el firmamento y con la misma piedra los derribé). La mujer, al fogón y al follón. El hombre, a trabajar. ¡Malditas maldiciones! Lo siento, Mr. Rubinstein, no pagaré esa deuda. Me declaro en quiebra. ¿Se ríe usted de mi insolvencia? ¿De mi rebeldía? ¡Mis hijos pagarán, es verdad! Pero ya sabrán cómo romper el yugo. Como le decía, mi paradoja, Mr. Rubinstein, es ser el favorito de la creación y tener que trabajar por mi bolillo, mi café y eventualmente un trago de leche. OK, Mr. Rubinstein, ¿podría usted, como jefe de la manada de papiones, tomar el plátano más grande, cogerse a la changa más nalgona y joven, y dejarme en paz por un momento? Por mi parte, tomaré el fruto más pequeño para mí y mi descendencia. ¿Por qué a cambio de eso debo abonar ése u otros árboles? ¿Por qué el árbol es de su propiedad? ¿Quién le escrituró? ¿Dios o los hombres? ¿Cuál es su derecho? No nos hagamos pendejos, Mr. Rubinstein. ¡Fue el derecho del garrotazo sobre el cráneo! ¿No? Fue el poder de sus grandes mana131


Blues del perro de Pavlov

zas. ¿No está dispuesto a ceder sus derechos? ¿Arreglo? ¡Hable, entonces! ¿Una mejor manzana? ¿Un árbol entero para mí y mis descendientes? ¿Por guardar silencio, por no decir nada? Salto mortal con doble vuelta atrás sobre filosos puñales, a una altura inconmensurable; luces de colores centellean y potentes reflectores iluminan la figura del trapecista; los payasos lloran compungidos, el maquillaje se les cae y las arrugas y un gesto de fastidio, asco y repugnancia se entreveran; los leones escapan de las jaulas y comienzan a devorar a los asistentes: miembros por acá, miembros por allá; sangre roja y olorosa; los enanos han crecido hasta devenir gigantes, con el aspecto deforme de su antigua figura; la mujer barbada se rasura ante un espejo; el hombre fuerte cae aplastado bajo el peso de las pesas; el lanzador de puñales ha asesinado a su asistente, clavándole todos los cuchillos en el corazón; los elefantes barritan y aplastan a los equilibristas y pulsadores; la orquesta toca y toca un rock & roll frenético y caigo, Mr. Rubinstein, ¿sabe dónde? Le diré: Exactamente en esta esquina (interior de la boutique) con mi maquillaje intacto, la minifalda negra, los altos tacones de aguja, el cigarrillo en la boca (de lado, obviamente), vendiéndome al mejor postor. Mas, ¿cuánto puede valer en un mundo destinado a perseguir la eterna juventud, a ensalzarla, a mistificarla, a añorarla, una vieja cuarentona, calva, ajada, un poco gorda, agria de carácter? ¿Cuánto, en realidad? ¡Usted respóndame, Señor Tedio! ¡No! ¡No se vaya! ¡Olvídese de esos acordes cínicos de Angus! Mire, para que esté usted un poco más agusto le pondré algo de New Age. ¿Vollenwaider? ¿Awankana? ¿Cuzco? Lo que sea. ¡No se vaya! ¿Acaso esas nalgas prominentes que acaban de pasar lo hacen retirarse? Perdón. Perdón, he pecado. Ah, pero existe el recurso de la confesión y la penitencia. Puedo violar y asesinar. Unos cuantos kilómetros de rodillas, algunos cientos de rezos y todo listo. Thank You, Lord. Entretanto, Angus, dale hijo. “Tuércele el cuello al cisne, de engañoso plumaje”. Duro. Taladra orejas, cerebros y 132


Arnulfo Rubio Ríos

cerebelos. Suda. Has que los tambores se rompan por el frenetismo. Incita, Incitato, caballo senador sin boletas electorales. ¡Cuánto ha avanzado usted, señora Democracia! Ahora elegimos burros. Así quiero rocanrolear, puedes decir, Angus; puedo hacerlo yo. That’s the Way I wanna Rock & Roll. Así quiero jazzear; así quiero blusear; así quiero escribir, así quiero tocar. Somos exhibicionistas. Mostramos las entrañas para obtener burla o compasión, crítica y aniquilamiento. Estamos muertos, así ¿Qué más da que un zorrillo de espejuelos redondos y docta conversación trate de matarnos a punta de parrafadas igual de doctas y eruditas? Limpiémonos el trasero con ese papel. Tal vez de igual manera nuestras palabras impresas recorren otros pliegues. ¡Sí señor! Tal puede ser nuestro destino y nada, ni el genio ni el talento, parentescos ni componendas, mafias y cofradías, ni el buen manejo del marketing, salvarán al texto impreso. Se ha ido la mosca. Quizá ande allá arriba, entre las mesas para hacer uñas de acrílico. Tal vez merodee por el estéreo. Me ha fastidiado desde la comida, pero me ha hecho compañía en esta soledad disciplinada del comercio. Te entiendo, Sabines. Ahora sé lo que es estar detrás del mostrador. Un café de Córdoba, para acelerar el bombeo de la corriente sanguínea en el interior del cuerpo. Un cambio de fondo musical, I mean, el Lobo Estepario para sumergirnos un poco en las cloacas y el lado oscuro y salvaje de las calles americanas y canadienses de los sesentas, con filosos acordes y un órgano precursor, Mr. Kay aporreando la guitarra líder. Sokie, Sokie, Sokie...Sue. Suck me. Sí es posible. Puesto que estoy a la venta en mi esquina de todos los días, salvo los lunes. Claro, con ciertas ventajas, como aire acondicionado, clases medias y altas desfilando a todas horas con el orgullo de portar sus marcas favoritas en las grupas y en los pechos, con la arrogancia propia de su juventud y su belleza. 133


Blues del perro de Pavlov

La genética ha dispuesto que las mujeres de La Perla Tapatía sean hermosas, de buena alzada, lindos ojos, rubias y racistas solapadoras del macho. Machos: niños sobreprotegidos por la amantes madres. El Lobo Estepario, no maese Hesse, creó su aullido: Born to Be Wild. ¿Qué hay de los sobrevivientes? ¿Están parados en alguna esquina limpia e iluminada por el mágico neón de algún suburbio norteamericano? ¿En la cárcel, después de romper las ataduras en el momento y lugar inadecuados? ¿Kilos de más aumentando cada día por las horas pasadas frente a la TV? ¿Integrados al cosmos en forma de nitrógeno, mientras persiste el calcio de sus huesos? ¿Resignación, resignados? ¡El ciclo de la vida es una rueda gigantesca de metal que al girar tritura esqueletos, músculos y almas inclusive! Puedes tratar de hacerte a un lado. Eliges el sendero. Outsiders, this way, please. Integrados, allá. Pocas opciones. Los cerdos compiten por el Oscar. Las caricaturas ganan premios. El ser humano vale menos que un cacahuate. No importa la retórica de las religiones, mucho menos la de la política. Esa es la cruda y borracha realidad. ¡Oh sí! Entre fumadas, pastillas, mezcalina, peyote, hongo u lo que fuese, las lecturas primigenias del señor Hesse zarandeaban una que otra neurona del adormecido cacumen juvenil. Hay tiempo para leer. Y cuando caes en el agradable vicio de la lectura nunca sales de él. Puedes ocultarte por un tiempo y fingir traición, actuar con pragmatismo, incluso. Al cabo de unos meses o de algunos años ahí está de nuevo midiendo fuerzas contigo, tomando lo bueno del esfuerzo de otros. Algunos lectores somos como boxeadores. Admiramos de algunos escritores el golpe inicial a la mandíbula del primer párrafo. Caemos en las mañas literarias de algún zorro astuto; nos seduce la espontaneidad; alguien nos hace creer en la estirpe humana; aquel canta a las mujeres; éste resiste los duros golpes de la vida y aún así pergeña páginas con la tinta de su sangre y de su corazón; 134


Arnulfo Rubio Ríos

nos gusta el jab de éste, el upercut de aquel; el gancho al hígado del de más allá. Admiramos la lealtad y detestamos al boxeador vedette, aquel que ya sólo pelea por dinero y desprecia a los que aún no obtienen su estelar, tundiéndose contra su Yo en el gimnasio de la soledad; vomitamos y defecamos sobre la fama del que vende sus peleas. ¡Oh, Man! ¡No te queremos en esta esquina. Estamos felices porque has salido de la escoria y ahora usas pieles, alhajas, perfumes franceses y vives en un crucero permanente. Fuiste una vulgar zorra como nosotros, así que ahora no te des ínfulas. Quizá no tuviste que vender más que el talento y tu esfuerzo y deberemos de creer en las hadas madrinas. Bienaventurado tú, que has crecido con pañales desechables perfumados y decorados, con nana diligente cambiándotelos a cada media hora, los usaras o no. Bienaventurado tú, que tuviste todos los juguetes, la mejor ropa, el cariño y el amor de tus familiares cercanos; bienaventurado tú que te educaste entre personajes pertenecientes a las mejores clases en colegios de altas mensualidades; bienaventurado tú, que has sido tocado además por la Musa, como prueba de que el genio y el talento y la disciplina y la fuerza nada tienen que ver con el origen. Pero no te lo creas. Tú también vas a morir. ¡Y ay de ti si no consigues algo bueno! ¡Maldito serás en las próximas reencarnaciones porque teniéndolo todo no supiste aprovecharlo! Si tus mejores golpes no soportan el cedazo, el tamiz del tiempo, entonces quien deberá compadecerse de ti seré yo. (Me han lanzado tantas maldiciones que tengo el derecho de proferir alguna, ¿no?). ¿Resentimiento? ¡No! Esto se llama rebeldía. (¡Salud Camus!). El resentimiento es pasivo y lo mío es activo, creativo, destructivo si se quiere, pero busca su camino de salida. Mi resentimiento, si lo hubo, ha quedado atrás, muy atrás en el pasado, desde antes de que encontrara mi esquina para vender algo o venderme, mientras en mi cabeza resonaba la música. No, ni resentimiento ni ganas de ir a contracorriente, ni de impugnar, mas que con palabras, palabrejas, palabritas y palabro135


Blues del perro de Pavlov

tas. Tampoco ganas de pelear abajo del ring. Arriba, sí, con el referee del tiempo, los lectores que leen con el corazón y sobre todo con peleadores fuertes, hoscos, salvajes, humanos, lúcidos e ingenuos como pequeñuelos que aún desconocen la maldad del mundo. Peleadores con éxito o sin él; con fama o sin ella. Peleadores que suben al ring sólo por el placer de pelear, sin pensar en la bolsa. Peleadores necesitados de una buena tunda. Peleadores que han caído peleando. Peleadores que a cada golpe recibido se fortalecen. Peleadores incorruptibles. Peleadores en busca de la estética estilística, más que del aplauso y la gloria. Peleadores ebrios, como el joven Dylan. Peleadores hambrientos, a la Knut Hamsum. Peleadores suicidas, como Ernest o como London. Locos como Blake, iluminados como Rimbaud. Desaparecidos como Bierce. Cada uno con legados y legajos didácticos que mostraban (muestran) el camino. Hermanos, ¡Atención! Dentro de este contexto prostitutivo, lo mejor es que se reactive el mercado, que circule el dinero. Así es. Que cada uno de quienes aguardamos cliente en cada esquina de este planeta (acondicionada como oficina, taller o comercio) recibamos dinero suficiente a diario; que fluyan los clientes. Que la paga de cada uno de los que nos vendemos sea suficiente para el pan, la leche de los hijos, la carne y el vino. Que sea suficiente para mitigar las ansiedades de los vicios particulares. ¡Sí señores! ¡Que se reactiven los mercados! Porque una cosa es elucubrar acerca de lo uno u lo otro, en tanto que explota el mundo con nosotros montados sobre él. La realidad del mercado rige. Así que, hermanos y hermanas, a comprar y a vender. ¡A vivir! ¡A bailar! ¡A cantar! ¡A reír! El blues también transmite alegría. Por eso los bailes en los barrios de Nueva Orléans, de Río, de Veracruz, de Mozambique. La fuerza de la negritud, de la especie. Nada tiene que ver con razas. Tiene que ver con ósmosis, con mamazón de estilos, de imágenes, de frases. La fuerza es, básicamente, individual. Cuando se unen varias es otro cantar. Mr. B.B. King no toca y canta a la vez. O toca, o canta. Cachondea a Lucille, mientras entorna los ojos y suda; sus más de cien 136


Arnulfo Rubio Ríos

kilos van adelante y atrás, mientras sus labios se contraen en la búsqueda y persecusión de la siguiente nota, del acorde que sigue. Sí, porque una cosa es la guitarra, otra el instrumento de viento y otra el tam tam. A ver, fórmense. En esta fila están los amantes de la guitarra, los exploradores, los onanistas, los virtuosos de la yema dactilar. El requinteo está muy cerca del jazz. Puro cerebro. Como correr desbocados montaña abajo, sin saber qué clase de giro tendrás que hacer en el camino. Es más, el camino usual, marcado por huellas interminables, ha quedado atrás. Ahora es como correr entre la maleza y los árboles, a una velocidad determinada por la pendiente o por lo abrupto del terreno. El decorado es a tu gusto. Puede ser una incursión cósmica, semejante a un viaje astral, donde tú -tu mente, tu cuerpo- son nave, motor y ruta. Tan rápida es, que no hay tiempo de mapear. Una vez que has pasado, el sendero se borra, así como las huellas de tu paso. Los otros pasarán por allí bajo su propio riesgo. Las marcas se difuminan tan rápido, que lo más probable es que si alguien ya estuvo o pasó por allí, nadie lo sabrá. Es la diferencia con la música clásica, que en realidad no es tal, considerando que otros eran los instrumentos y otras las costumbres. Mozart, verbigracia, viajaba por las praderas donde correteaban y pastaban las vírgenes notas musicales y los acordes, ritmos y todo eso. Es decir, en su cabeza (¿Quién lo sabe?) iba y venía. O se zambullía en ese mundo en el que pocos privilegiados pueden entrar y al tiempo o instantes después, tenía que escribir, anotar sus ideas e impresiones, sus armonías e imaginaciones. Escribirlas, para que otros las interpretaran, de acuerdo con sus visiones. Como Marco Polo, proporciones adjuntas, viajaba y traía. Mostraba a sus contemporáneos (y aun a nosotros) la maravilla del misterio reservado sólo para esa superespecie del género humano. Y tenía que capturar todo a través de los signos, del lenguaje de la música. Porque, Perogrullo dixit, la música también se escribe. Cerca también (el jazz) de la música hindú, donde nada se repite. Maese Shankar lo pregona por el mundo, al tiempo que mues137


Blues del perro de Pavlov

tra los escarceos musicales (licencia prosaica) que en aquellos tiempos y lugares hace rato ya se practicaban. Ninguna raga se repite. Está prohibido. Es imposible. Es un estado mental y emocional irrepetible. El jazz es de tal jaez. Y el requintista (Hendrix, Clapton, Allman, Page, Santana...) pretende acercarse a ello. Pero debe tornar al redil, volver al tema. Sólo los locos, en el sentido determinado por el tarot, se atreven a ir. Y ciertos adeptos a acompañarlos. No es apto para gente común. La gente normal necesita la seguridad de que habrá de volver a la normalidad. Embriáganse, fornican por obligación, se drogan, ríen, bailan, despotrican, únicamente el fin de semana. El lunes hay que volver al trabajo, a la corbata, al traje y a los buenos modales. Se van los audaces, los osados, los decididos a morir. Y morir también en el sentido del tarot es renacer. Dejar atrás la vieja piel, los viejos pensamientos; las ligazones y las ataduras y quemar las naves, como el capi Cortés. Por eso los canes domesticados no soportan el jazz. No soportan la fuerza, el beat; las canciones que vayan más allá de los tres minutos de rigor (mortis). Están programados (dichos perros, aclaro) para la sensiblería (o la alegría o la tristeza) chatarra, desechable. El canal de TV(M) es otra cosa: es el sueño dorado de los tiburones del negocio, aquellos que se sobrealimentan del músico, los que a la manera de los criadores de cerdos aprovechan todo del animal. Carnicería disfrazada de productora. Para los fanáticos tenemos ropa del ídolo: calzones, camisetas, llaveros, personales súbitamente transformados en objetos de colección al ser sacrificada la estrella. Sagaces vendedores de parafernalia. La guitarra que perteneció a Zutano les cuesta tantos miles de dólares; las greñas de Perengano, tantos; la chamarra de Mengano, tantos; el autógrafo, tantos; la pluma, tantos; una carta, tanto. ¿Qué fue primero, el videoclip o la canción? No se concibe ahora un hit sin videoclip. A las nuevas camadas hay que mostrarles 138


Arnulfo Rubio Ríos

con imágenes el sentido de las palabras (si lo tienen). Involución involuntaria, pero inducida por los adoradores de Mr. Pavlov. Hacia atrás, siempre hacia atrás. Llegaremos pronto al murmullo, al lamento, al gruñido. Buen trabajo, TV. Good work! Y todos los ávidos de fama a pararse en su esquina y a vender. A vender su imagen de malos (¡Huy!), de innovadores. Sean el canto nuevo del cisne en el final del milenio. La paz sea con vosotros y con Kurt Cobain. ¿Por qué tal semejanza? La rueda gira y en algún momento y circunstancia el diente del engrane y el hueco correspondiente coinciden. El sonido que se buscaba, en cuanto a perdurabilidad, tesitura y color, ahí estaba, esperando paciente, en la India. Nada hay más parecido a una raga hindú que un requinteo sostenutto de los sesentas. Tecnología y natura encontráronse frente a frente, echando mano a sus fierros, como queriendo pelear. No sólo esta vez ocurrió: ha de seguir la coincidencia presentándose de improviso para que el hombre medio sabio pueda medio reflexionar y -llegado el remoto caso- medianamente entender. El asunto es ¿Qué ocurrió primero: la búsqueda auténtica o el Maharishi los condujo hasta el sonido (a los Beatles). Ignoramos los detalles. Ignoramos todo. Atisbos, simples y fugaces atisbos; destellos; buenas iluminaciones; sueños. Saltos eufóricos muy altos y caídas depresivas. Escucha esa trompeta. Tal vez sea Roy Elridge. Ese viejo gordo, Joe Turner, es el auténtico jefe. Los otros son jefecillos. Con jerarquía, pero subalternos. Todos los pequeños deben reportar ante Il capo. Jefes latinos, como Daniel Santos; jefes ítaloamericanos, como Springsteen, quien deberá comprender. El señor Oscar no significa nada para un artista, a menos que entre al juego de la nominación, su cerebro gire, piense en el 139


Blues del perro de Pavlov

futuro, asista a la ceremonia y allí le asesten la puñalada en el corazón. Maese Brando lo entendió. No acudió a la nominación y, dizque para golpearlo, le entregaron el premio. Pero al upercut, un rápido jab. Mr. Marlon, preparado, con la guardia cerrada, cubriéndose con buen estilo la cabeza y los bajos, conectó un formidable recto a la mandíbula de la Academia enviando a una india norteamericana a recibirlo. Niños y niñas (moraleja va) para enfrentar al stablishment hay que estar dispuestos a morir. Es decir, hay que poseer unas agallas más grandes y resistentes que las del resto. Además, hay que tener voluntad, mucha voluntad, la necesaria para emprender el camino al hospital más cercano con los intestinos en la mano; para llegar a tu casa y ver que tu familia no está; la suficiente para no caer en el hoyo cuando las puertas de los trabajos se estrellan en tu nariz y tus amigos y compañeros te dan la espalda; voluntad para, aún así, golpeado, tal vez con un miembro amputado o gangrenado, sin dinero, enfermo, sin un techo ni comida, proseguir, resistir, esperar el nuevo día, la próxima salida del sol; voluntad para resistir la soledad de todas las noches; la dureza de tu lecho y su frialdad; voluntad para olvidar que alguna vez tuviste dignidad. Además, maestros y maestras, si os fue otorgado el don de poseer un poco de inteligencia y prudencia, quizá tengais un poco de esperanza. No de triunfar. Sino de escapar. De seguir vivos con una sonda y suero. De poder dejar vuestro testimonio. Calibán se espanta de su rostro. El espejo es nuestra realidad. Somos nosotros. Calibán es un monstruo al que no hay que despertar, a quien no se debe provocar, al menos con los métodos usuales del buscabullas, del valentón, del osado. Cada quien encuentra su música; cada quien encuentra su camino. Porque hay que buscar. El que no busca, que ronronee y engorde. Que beba, coma y fornique mientras pueda. 140


Arnulfo Rubio Ríos

Y tú, viejo panzón, Joe Turner del largo camino recorrido primero en Europa, después en tu terruño, la América de los sajones, la de los nativos marcados y las indígenas violadas; la de los indios enanos a causa de la bebida el hambre; la del despojo y el engaño; la de la Ley Divina y la Ley Humana pisoteando a los dueños originales como cucarachas, escucha viejo Joe los cánticos indianos que ahora rezan: “Para qué nacer, si el hombre blanco y el mestizo nos han de matar de mil maneras”. “Para qué nacer, si seremos vendedores de chicles de a peso en las esquinas, bajo el sol sin ozono que le resista, entre automotores y humos venenosos, durmiendo en barracas insalubres, bebiendo refrescos, comiendo papas fritas y mierda industrializada”. “Para qué nacer si a causa de mi color de piel, de mis cabellos lacios, gruesos y negros, de mi pobreza y mi ignorancia, voy a ser llamado indio, naco, a quien los criollos y sus hijos, los blancos y sus hijos, los mestizos y sus hijos (cada quien a su manera) me humillarán con su mirada, con sus palabras, con sus gestos, con su poder”. “Para qué nacer. Mejor haber ofrecido el corazón a nuestro Dios Huitzilopochtli, al menos él si era de los nuestros, de nuestra sangre y nuestro color, de nuestra raza”. El blues hermana a los hombres y las hembras, hermanos. En su momento, cada raza ha sido sometida, violentada. Pero la vida de un hombre es demasiado corta. El esclavo de hoy puede ser el amo del mañana. Y lo único que podemos pedir desde esta trinchera, es que los resabios de humanidad no sean ocultados por la fuerza y la ignominia del poder. Off Course! Mi trinchera tiene aire acondicionado, mujeres que van, niños que vienen. Sólo la ética, la moral y algo de ropa nos separan. No, no, no. La carne no es débil. No señor. La carne es fuerte, mientras es carne y no pellejo. Jelly Jelly Jelly. ¡Qué clase de perros, mi Dios! Todos con Ph D en praxis blusística, obtenido en la Academia del Blues de la Vida. Escuela de renombre con sucursales en Nueva Orléans, Chicago, Nueva York, Los Angeles, San Francisco, París, Berlín. 141


Blues del perro de Pavlov

“Somos muy selectivos con los alumnos del primer nivel. No, no es asunto de dinero. Al contrario. Toda la vida hemos carecido de él, así que para nosotros es lo de menos. Es decir, sí lo necesitamos para darlo a nuestras mujeres, usted sabe, para que nos dejen en paz. Ellas lo necesitan para llevar la casa y esas cosas. Para la educación de los niños. ¿El futuro? ¿Asegurarlo? Mi querido señor, ¿cómo dijo que se llamaba? Todos tenemos asegurado un futuro, créamelo: es la muerte. Los requisitos de la Academia son otros. No. No me malinterprete. De ninguna manera estamos tratando de voltear la tortilla. Sí. Ustedes nos han segregado y todo eso (asesinatos, KKK, humillaciones, golpizas). Pero de ninguna manera nuestra selectividad tiene que ver con venganza. No señor. Los requisitos no son, cómo le dijera...palpables, físicos. Mire, usted puede traer un diploma de la mejor escuela musical del oeste o del este. De Juliard, por ejemplo. Puede usted ser un maestro (en español, en el original). Pero tal vez nunca pueda sentir el blues y, lo más importante, transmitirlo, ya sea con su habilidad en un instrumento o con su voz. ¡Oiga, escuche por favor! Es el señor Turner. Escuche cómo mientras él interpreta las estrofas, el señor Gillespie le hace una especie de segunda lejana, distante, melancólica, discreta, con ayuda de la sordina. Ha escuchado usted el sax bajo, ahora déjese cachondear por él, boa que se enrosca por el cuerpo, hipnotizándolo. Oiga los platillos y los tambores, finos, discretos, sutiles; ¿alcanzó a percibir la guitarra eléctrica?, ¡qué pericia! ¡qué discreción! ¡qué sutileza y fuerza insinuadas! Ahora bien, eso es el órgano, jugueteando con la guitarra calma, tranquila, reposada, en un diálogo de fondo para la voz de Mr. Turner. Ahora bien: ¿Usted cree que el señor Turner finja esa voz? ¡Dígame la verdad! ¡Por supuesto que no! No es un clown. No es un payaso. Es su voz. Déjeme decirle esto: el blues no es para todos. Así es esta Academia. Si existiera algún tipo de cuestionario para ingresar, tal vez la primera pregunta sería: ¿Ha sufrido usted? Me refiero al sufrimiento verdadero. Aquel que nos coloca en la línea exacta donde se dividen la vida y la muerte. Nada hay que hacer de este lado. Todo se configura para la partida, porque allá de seguro será mejor. Cuando la vida es perra rabiosa que nos muerde y se le traban las quijadas, mientras con sus colmillos y sus dientes destroza nuestras carnes y nuestra energía primaria, vital: cuando el peso de la lápida sobre el pecho es lo primero que sentimos al despertar y después la cargamos 142


Arnulfo Rubio Ríos

sobre la cabeza y los hombros a cualquier sitio que vayamos; cuando estamos en la cárcel por un error o un acierto y nadie allá afuera puede hacernos llegar un pan, un poco de dinero, una noticia; cuando en tu último empleo te han pedido la renuncia sin explicarte por qué, justo cuando acababas de firmar varios créditos y mejor te comportabas y hacías lo mejor que podías tu trabajo, incluidos los extras habituales como lamer algunos culos; cuando tu mujer se ha largado mientras estabas ausente, sin dejarte una sola nota y sí un par de críos; cuando eres un alcohólico y no recuerdas lo que hiciste la noche anterior, ni lo que dijiste, y despiertas temblando en la madrugada, convulsionándote, buscando residuos de alcohol en las botellas semivacías y cigarros usados en los ceniceros, porque además no tienes un centavo en los bolsillos; cuando un día tocan a tu puerta los representantes de la justicia e irrumpen en tu casa con o sin orden del juez para llevarse todo lo que posees; cuando tu mejor amigo te propuso el negocio de tu vida, le entregaste todo tu dinero y huyó con lo prestado y las utilidades; cuando te has casado con una arpía frustrada, amargada, fea y con halitosis, que se pasa el tiempo culpándote de su desgracia, humillándote; cuando la palabra esperanza te provoca una sonrisa cargada de ironía y una mirada compasiva refulge en tus ojos fijos en quien se atrevió a pronunciarla; cuando a pesar de todas estas cosas, administradas juntas o una por una, decides quedarte aquí en la tierra, aguantar hasta el final, hasta que alguien (arriba o acá abajo) apague la luz por ti. Entonces sabrás lo que es el blues”. Sabrás que nadie podrá cobrarte por los rayos de sol recibidos durante una gélida mañana de invierno; sabrás que no pagarás peaje por deambular donde lo desees y tampoco pagarás cuota por admirar a las mujeres hermosas; sabrás que alguien de buen corazón te ofrecerá un café, un pan y unas monedas, sin pedirte un favor o algo a cambio; sabrás que esa mujer que te ha visto necesita tu compañía y aún eres capaz de darte un buen baño, una afeitada, recordar buenos modales y usar unas palabras galantes; sabrás que alguien más está sufriendo en alguna parte del mundo, a punto de cruzar la línea por su propio deseo, pero eso a ti no te concierne, porque cada quien arruina o glorifica su existencia.

143


Blues del perro de Pavlov

Sabrás que el aire puro de un parque o de un bosquecillo llenará de energía tus alveolos y ello quizá te anime a tararear, a recoger una pajilla seca y llevártela a la boca para olvidar la sensación de hambre. Sabrás que puedes venderte todavía, en el oficio que sea, a cambio de unos pesos para una buena comida o para moverte de ese lugar. Aquí, ya lo dijimos, “se aprovecha cada parte del animal”. Y, al final, retomando las enseñanzas paquidérmicas, cuando ya no te den ni un centavo por tus gracejadas, o que tus trabajos en lugar de reconocimientos te reditúen únicamente regaños, quejas e insultos, entonces sabrás que es tiempo de retirarse al bosque, juntar varios montones de leña, conseguir cerillos en buen estado, ascender hasta lo alto de tu propia pira y encender la madera seca. Pero también tendrás tiempo aún de retractarte y de rodar hacia un costado para arrepentirte de tu propia cremación. Nadie debe saber lo que harás. Si te arrepientes, sabes que irás al cielo. Es decir, si eres creyente. Pero lo más seguro es que regreses a tu lugar en el infierno, donde a ningún demonio le importa si has dejado de respirar, si estás enfermo de gravedad o si tienes hambre. Aquí se aprovecha todo del animal y si el animal no tiene energía ni parte alguna ya aprovechable, más le valdrá estar ardiendo con dignidad y orgullo, en soledad, con todos sus yo’s reunidos en torno al fuego, así como sus recuerdos, sus pensamientos finales, su perdón por todos los de la especie a la cual deja de pertenecer motu propio, sus lágrimas de despedida, su tristeza, su blues, su saudade. Y tal vez entre el crepitar de las ramas más secas y pequeñas se cuele un acorde, secundado por algún pájaro vigía que llama a su parvada a presenciar el espectáculo de un humano ardiendo. Tal vez sobrevuelen un grajo o un cuervo sobre un fondo de azul intenso, moteado con algunas nubes más que albas. Y nuevamente habrás de requerir de voluntad para soportar el dolor, porque siem144


Arnulfo Rubio Ríos

pre has detestado la sensación de las quemaduras, es decir, podías soportar cortadas, contusiones e incluso fracturas, pero no fuego sobre la piel. Estás poniendo a prueba tu facultad volitiva. Tu voluntad contra el fuego. Deseable es que estés solo en ese rincón del bosque (Misión Imposible, con todos esos ridículos exploradores que inundan tales lugares). A tu cabeza febril acude la imagen del monje inmolado en Vietnam, mientras cursabas el bachillerato. No. NO. Mejor despertar de esta ensoñación y cambiar la cinta. Héla aquí, sobre la tapa de la cinta que resguarda a Joe Turner. ¿Es la misma mosca? No. Quizá me estoy volviendo loco por la soledad, por la música que escucho. Por cierto, cada vez que mis cintas se reproducen pierden fidelidad, porque tienen más de quince años. Anciano de cuarentaytantos, de acuerdo con la percepción de niños y jóvenes de hoy, capturados por la corriente de Mr. Pavlov esmerada en vender las ideas (y los consiguientes enseres para ponerlas en práctica) de la juventud eterna. Segmento del pueblo norteamericano de la tercera edad, a cuadro. ¡Véanlos! Camisas floreadas, faldas de colores chillantes, comportamiento regresivo. Y los jóvenes: culto al consumo instantáneo, rechazo a lo antiguo por obsoleto, a lo serio, a lo sagrado. Los templos de lo sagrado han sido transformados en hoteles de gran turismo, así como los castillos de los nobles europeos devienen posadas de lujo. Soy, ergo, un viejo libidinoso detrás del mostrador, de esta vitrina iluminada donde refulgen los aretes de cristal austriaco, igual de brillantes que los diamantes, pero más baratos y frágiles. Véanse los accesorios de Anne Klein, sus diseños exclusivos, extraños, de alguien que ha viajado y visto los símbolos y señales de culturas distintas a la suya, apropiándose -nutriéndose- de otras ideas. 145


Blues del perro de Pavlov

Mire usted, ¿No son hermosos? Los relojes de marquesita con sus destelos negros discretísimos, las conchas de nácar incrustadas en el extensible metálico. No paseen su mirada sin detenerla en estos lentes. ¡Señora mía! ¡No serán de Versace, pero son casi de la misma calidad, provienen de la Bela Italia. ¿Va usted a pagar por la publicidad de los de Vicenzo agregada a su valor? De cualquier manera, una marca es una marca. No es lo mismo Versace que Zaga, ¿verdad? Pero déjeme plantearlo de esta manera: la innovación, la originalidad, el hecho de ser e ir avant garde. ¿Me explico? No, no, no. No es que la quiera convencer, porque usted tiene todo el derecho de gastar su dinero o usar su tarjeta de crédito con límites estratosféricos donde usted quiera. Pero vea usted el diseño, señora mía. ¿Cuántas de sus amigas usan Versace o Pia Vicenzo? ¿Varias? ¡Perdóneme, pero ya son varias! Ya se quemó la marca. ¿Es que ya no hay originalidad en el mundo? Señora. ¡Vea qué diseño! El metal es blanquizco. El tono de la mica es “humo de Londres”. Nadie más lo fabrica. Colóqueselos. ¿Los siente? ¿Le pesan? No. Es porque esta marca debe producir mejores cosas, de mejor calidad, para hacerse de un lugarcito en el mercado. ¿No lo cree? De otra manera, ¿usted cree que se atreverían a entrar en el mercado para competir con lo mejor y lo más caro del mundo en lentes para el sol, de hacer cosas de mala calidad? No. Por el contrario, para posicionarse deben colocar piezas originales, con diseños audaces y, señora mía, lo mejor de todo, a un precio muy por abajo de aquellas marcas famosas. Y por si fuera poco, además usted se lleva protección para sus ojos. Ciento por ciento bloqueadores de los nefandos rayos UV. Ahora le muestro el estuche de piel. ¿Ve? Le quedan perfectamente. Señora, ¿sabe usted que un sabio mexicano acaba de ganar el premio Nobel por sus investigaciones pioneras sobre la disminución de la capa de ozono? ¿No? Bueno. Pues al disminur la capa de ozono los rayos UV ingresan más directa y ferozmente sobre los ojos de nosotros, terrícolas que, como usted y yo, debemos deambular por las soleadas y hermosas calles de Guadalajara, manejando. O cuando vamos a la playa. No se lo digo porque me los haya comprado, pero se ve usted preciosa con esos lentes. Ya verá cómo va a llamar la atención. Su marido se va a poner celoso. Aquí tiene su cambio. Adiós. 146


Arnulfo Rubio Ríos

¡Huelan y vean los frascos de los perfumes. Los hay florales, almizclados. Tabaco y cuero. Dulces, acres y violentos. ¿Cómo los prefieren? ¿Ya leyeron la novela de Suskind? El tipo no olía. Es decir, de su cuerpo no emanaba ningún olor. Por esa razón los demás lo detestaban. Después inventa un perfume para sí. Y asciende. De ser un bastardo arrojado entre las heces llega a ser un hombre afortunado! Bueno, permítame, señora, ponerle un poco en el cuello. Va a sentir un poco fresco. Mmm. ¿Qué perfume trae, si no es indiscreción? No, no chocan. Se complementan. Humm. Si usted pasara por la calle con esa estela de aroma detrás suyo, con todo respeto, señora, le diría yo mi piropo más atrevido. No hay nada mejor que el aroma, señora. Le puedo hacer un buen descuento. El perfume halaga un sentido primordial. Nuestras imágenes primigenias son difusas, están restringidas, como fuera de foco en nuestros archivos mnémicos. Pero un olor, un perfume, una fragancia, un hedor, no. Ellos yacen intactos en el frasco donde cada uno de nosotros almacenamos nuestra particular colección de impresiones olorosas. No. No se ría, por favor. Bueno, ¿cuánto me ofrece por él. No es costumbre de la tienda regatear, pero me ha caído bien. Quiero que se haga nuestra clienta y que nos recomiende. Lléveselo. (¡Qué nalgas, Dios mío!). ¡Vuelva pronto! La música me inspira. Dispara mi imaginación. ¿Cómo soportan el tedio los empleados de los otros negocios? Es un juego. Pero aun los juegos de tanto practicarse resultan aburridos. Sobre todo, no tienen una compañía como ésta: la mosca pertinaz, ésa que se ha posado sobre el rostro de la modelo en el anuncio de los lentes, como un lunar en la mejilla inmóvil. Juego a que no me aburro. Por eso la música. La música que se escucha en la tienda soy yo, en realidad. Es mi estado anímico del día, del instante. Se transmite a las clientas. Al pasar frente a la tienda, ven; al animarse a entrar, olisquean; ya dentro, escuchan; a veces sienten, es decir, permiten el juego piel contra piel, aunque sea de manera fugaz. Sólo les falta provocar el sentido del gusto para completar la seducción. Locura cuasi madura de un vendedor de bisutería y perfu147


Blues del perro de Pavlov

mería. Desvaríos del comerciante sin clientela. Puta vendiéndose y entregando la mejor parte de las ganancias al cafishio, al poli, a la familia; quedándose sin un centavo en la bolsa para ella. ¿Cómo va a ser divertido el juego? Filosofa, profesor. Filosofa, por favor. ¡Tómalo con calma! Es decir, piénsalo. No quiero decir que te controles para que todo siga igual. Sino que pienses, analices y actúes. ¿OK? ¿Estamos donde nos encontramos en este momento, en este lugar porque así lo queremos o porque somos incapaces de mandar por delante de nuestra función vital a la Señora Voluntad? ¡No me hables en la tercera persona del plural! Es decir, ¡no te hables así! ¿Es ésta una manera de esconderte de ti mismo, detrás de los demás? ¿Justificaciones sustentadas en la emoción de lo gregario? Si es así, mejor balar, berrear o gruñir. Siempre lo natural obra in extremis. Paz o destrucción. Belleza o infamia. Vida o muerte. Así está visto el asunto por Saint John Perse. Quisiera repasar el Equinoccio. Leer esos poemas a las mujeres. Rociar sus cuerpos con los más exquisitos perfumes. Halagar sus oídos con la música y llevarlas al Edén.¡Mujeres! Ven, desde el pasillo, al caminar por él y detenerse frente a los grandes espejos, los portaretratos de pewtter y la gran cantidad de aretes de fantasía colgados de los exhibidores adosados a los muros. Ven a un tipo chiflado. ¿Cuál es el papel en este instante, en este preciso momento? ¿Viejo chiflado rocanrolero, desenfadado, en pose como queriendo decir: ¿estoy-aquí-por-hobby-no-porque-necesito-los-equis-o-zeta-números-de-pesos? ¿Viejo-malhumorado-quizásesposo-de-dueña-en-turno-cuidando-negocio-mientras-ella-se-divierte? ¡Pobre de él, cuarentón-a-sus-años-en-ese-lugar-lo-que-tiene-quéaguantar! ¡Lo-que-es-la-necesidad! Olvido. Desecha todas las opciones. Te puedes deprimir. ¡Fuera! Saca la escoba y barre con fuerza esas ideas sucias que pueden transportarte hasta la depresión. Vade retro, malenconía. ¿Por qué habrías de tener un solo trabajo? Es más, ¿por qué habrías de trabajar? ¡Y todavía le hallas gusto al trabajo! ¡Fusílenlo! ¡Está loco! Ya no es el ego que conocí en aquellos tiempos. Todo 148


Arnulfo Rubio Ríos

cambia. Nada cambia. Uno pierde las agallas. ¿Dónde? ¿En qué momento fui emasculado? ¡Quisiera precisarlo! ¿Para qué? ¿Para ir a recoger los restos? ¿Para recrear la memoria de la extinguida valentía? ¡Patético! Tres pathetique!. Maese: tome mi Taurus brasileira. Busque un sitio alejado, donde nadie lo impida. Coloque el tubo en la sien. La izquierda, si es zurdo; la derecha, si es diestro. Jale el gatillo, con el índice. No hay tal sensación. Simplemente lo acciona con lentitud, quizá esperando que con esa misma lentitud emerjan el ruido y la bala. ¡Bobo! Hay un punto en el mecanismo, en el recorrido de esa palanca, en el que precisamente se activa todo. Ese punto está en la línea. Es la línea que divide. Ese es el filo de la navaja, isn’t Somerset? Lo demás es vanidad. Vacuidad. Tontería. Ilusión bovina. Comportamiento porcino. Filosofía vacuna. Uso de la inteligencia y la razón sólo para justificarnos. Desperdicio razonable. Ganas de ir al baño. Ahora es el momento. Procura dirigir el chorro fuera del agua, para evitar el ruido. ¿Y si asaltan? Al Tigre de Santa Julia lo cogieron sentado. ¿Qué tal si la historia popular te coloca junto a él, bueno, es decir, en el mingitorio? Titulares: “Lo asaltaron mientras orinaba”. ¿Qué puedo hacer? Mingir y atisbar. Después, poner música para esperar la siguiente oleada de clientes. Oscuro el baño. De lo iluminado a la penumbra la visibilidad se obstaculiza. ¡Cuántas veces con la gotita indiscreta por allí, cuando alguna clienta saluda encaminándose hacia la puerta-espejo de la oficina, que dejas abierta para vigilar la tienda! Y la mosca, otra vez sobre la taza. Pienso en darle un baño, pero no lo hago porque tendría que trapear. Además, me mojaría los zapatos. Parece que me leyó el pensamiento, porque ha volado, ha ido de regreso a la tienda. ¡Fustígate con más blues! Que prosiga el homenaje de este día, que casi se torna noche, al señor Turner. Líderes, individualidades, cada uno una estrella, un talento en su instrumento (rimo como un jumento, pero de eso no me lamento, ¡Oh nobleza del sentimiento! Pero me estoy viendo lento) Y a la 149


Blues del perro de Pavlov

hora de reunirse en el estudio, maestros, dejar de lado el Ego y hacer lo que se sabe hacer. Tirar lo que sabes, como en el billar. Eso es jazz, también. Contribución y discreción, en aras de la calidad y la originalidad del producto. ¡Basta de perorata! Baja corriendo. La gente pasa. Si estuvieras en el añorado D.F. muchas piezas de la tienda ya hubieran desaparecido. No se generaliza, pero en las grandes ciudades todo se magnifica, todo se perfecciona: el hacinamiento, la violencia, la diversión, la contaminación. Basta ya de quejas y discursillos, profesor. El que tenga tienda, que la atienda. Claro, tú, perro callejero, no tienes, como ella dice, “ni en qué caerte muerto”. ¿De quién hablas, malandrín? ¿Quién es ella? Lodda-Kiki. La reina Lodda-Kiki. Man Ray tuvo la suya. ¿Por qué no habría yo de recrearla? La musa que vuelve cada tantos años. La musa correcta en el artista correcto. Lo demás es diversión y bohemia. Porque, has de saber, que ha habido casos en la historia del arte subte y exte (rráneos), en el que las musas han devenido esposas. Gala llegó de visita y se adueñó del alma de Dalí y de la casa. Saber cuándo descender del barco, del tren, del autobús. Saber cuándo poner el trasero bien levantado para que te asesten la patada. Saber cuándo asestarla tú. Saber cuándo, por incapacidad ya siquiera de levantar una pierna o un zapato, debes irte. Las musas como esposas son harto peligrosas. (Licencia poética). Triple muerte. El arte, la musa y el artista. (Categórico, el hombre) (Dogmático, ¿eh?) (Lapidario). ¿De dónde las ínfulas, muchachón? Infulas abundan en el mercado de la mediocridad. Sólo basta una untada del bálsamo de la zalema para que emerjan, aun del maestro o gurú más ecuánime. Así que ínfulas, esparcíos para que los matones, los arribistas, los oportunistas, políticos y periodistas y todos aquellos cuyos oficios los conduzcan a las istas o a los ismos os acojan en su corazón. 150


Arnulfo Rubio Ríos

Mr. Turner no se da ínfulas. Y aunque así fuera habría qué perdonárselas, porque es un artista del blues. Un negro no puede darse ínfulas, a menos que sea El guapito de Johannesburgo, el negro de los ojazos azules. Pero sólo se las daba cuando se trataba de sacar provecho. Richard Dive lo conoció en el distrito sexto, entre la negrura y la humillación del apartheid. Sí. Mientras tú fungías de secretario de la sacristía, aprendías una o dos series de golpes de box, bebías vino de consagrar y usabas las hostias de botana. Tiempo después lo encontraste en una tarde de verano en San Francisco. Navegaba la barquichuela de tu cuerpo sobre el río de gente que fluía hacia el Pier 49, por Market Street. Te detuviste en el semáforo, a la espera de la señal para caminar. Se paró a tu lado. Una enorme grabadora (¿Quién te asegura que no era la misma que tocaba en la Casbah, con Mary, en la casa del farol rojo?) Lo viste directamente a los ojos. Te sonrieron (sus ojos azules, tristes). Caminaron juntos hasta la siguiente esquina. Tu inglés no era muy bueno y tu mente trabajaba tratando de imaginar el aspecto de su padre o el de su madre. Volteaban a ver a las mismas chicas. A una rubia joven la arrinconó en las afueras de una tienda y te asombraron sus agallas. Hombre, El guapito, que merced a la cualidad azul de sus ojos podía desenvolverse con soltura en ambos bandos, los mundos diferentes de los negros y de los blancos. ¡Jesús! ¡Si no fuera por la memoria y la música y el escenario y los actores estarías colgado con las largas cintas de tus books angelinos (o con tu cinturón trenzado) en algún rincón de la tienda! “Se ahorcó en una tienda del centro comercial de moda”. ¿En qué caerse muerto? Difunto, el mundo se va a la porra. Los cadáveres, de Juan, Pedro o Juana, son una monserga sin el alma. Van allá los plañideros y las plañideras a manifestar un punto de vista, a patentizar el último trato comercial relativo al muerto. Ya los quisiera haciéndose cargo de todo el numerito. Bullshit. Van a buscar la entrevista, a dejarse ver. Un muerto es un cadáver y estorba. Claro, el sentido del refrán indica que todo el mundo debe precaverse. Adquirir un terrenito en el condominio de la Parca, un poco de tiempo en la sala de velación, por aquello de la catalepsia (esperanza, muérete al último, furcia), cortejo, comadres 151


Blues del perro de Pavlov

llorando con sentimiento, calderilla para el cura y sus palabras, el resto de las monedas serán para el enterrador y sus secuaces. No dejar engorros a los sucesores. Eso aplica en el caso de los decentes. En el caso de los perros callejeros, cualquier sitio es apropiado. Mejor buscar, mientras suena el blues, una manera de morir sin causar problemas a los demás. Todo arreglado, aquí está la plata. ¿Carece usted de legado, de valores? Entonces, ¡muérase! A nadie le importará. El polvo de sus huesos en el camino servirá sólo para que otros se ensucien los zapatos. En silencio, la tienda es agradable. El silencio acude en auxilio del ánima saturada de música. La adicción melomaniaca se incrementa por temporadas. Entonces, el espíritu parece decir: “Venga todo; brinca del jazz al blues; ahora, al rock”. Hay un nivel de saturación similar al que sufre el alcohólico que bebe y bebe hasta sentir repugnancia por el licor. Lo necesita para calmar los espasmos, las convulsiones del cuerpo; lo requiere para equilibrar fugazmente su espíritu atormentado. Pero a la vez su estómago rechaza el olor; su boca repele el sabor. Lo que se necesita es lo que destruye. El que está afiliado a un vicio lo sabe. Por ahora, un poco de silencio. Salvo el del vuelo de la mosca sobre mi cabeza. Sólo el murmullo artificial de la fuente que en el centro del mall humedece el sistema del aire acondicionado. Como esto está techado, el sonido persistente atosiga, embota los sentidos. Demasiadas horas de tenaces decibeles que, de seguro, a la larga provocan estupidez o locura. Lo he comprobado en mí mismo. Ustedes pueden comprobarlo en esto que leen. Conforme pasa el tiempo me vuelvo más estúpido. La música ayuda, incluso esa aberración seudomística y seudoesotérica que es el new age. En tanto que únicamente es para miembros de sectas o agrupaciones, de las cuales permanezco fuera por antonomasia. Nunca he sido aceptado en una organización, 152


Arnulfo Rubio Ríos

ni se me ha ocurrido llenar la solicitud. Si me gustara el new age defendería a los delfines y a los pecesillos de colores que decoran el Caribe. Defendería a los charales de Chapala y de Pátzcuaro. Me encadenaría a las lanchas de los indígenas para impedir que se hicieran al agua y echaran las redes. Volcaría el aceite de los sartenes y los sartenes mismos para impedir que tales inocentes pecesillos fueran fritos y capeados con huevo. O ¿Qué? ¿El alma de un charal vale menos que la de un delfín? ¿Será porque no escuchamos el cantar de los charales y sí el de los delfines? Esos tipos están locos. Pueden ver a un indio miserable con la imagen a cuestas de siglos de opresión y miseria y no hacer nada por él, despreciarlo, tratar de bañarlo y luego de ponerlo a trabajar. Pueden ver sus manchas blancas por la anemia perniciosa en todo el cuerpo, alimentando a sus vástagos con una coca-cola familiar y voltearán sus lindos rostros de cutis conservados con costosas cremas hechas a base de esperma de ballena hacia otra parte donde el paisaje sea menos agreste y ofensivo. Hacia donde sus ecologistas ojos sólo vean aves de colores, árboles verdes, límpidos arroyos y lagunas, cánoros delfines, cielo azul y ninguna lata o llanta vieja en el encuadre. ¿Y el indio? ¿Y el negro? ¿Y el chino? ¿Y el tailandés? ¿Y el mexicano? “¡Bah. Esos sólo contaminan la belleza del paisaje que Yo, como humano civilizado y educado en los mejores colegios, puedo ver!”. Bueno, esos sonidos de arroyuelos que fluyen en bosques encantados, con el ruido aterciopelado de las pisadas del hermano ciervo descendiendo a tomar agua, mientras las avecillas entonan trinos deleitosos y la luz del sol se filtra entre las ramas de los árboles (ah, una ardillita, mírala, entre sus manecillas trae una bellota. Mira sus ojotes. Ve cómo nos mira). Luego, unas flautas pánicas como corolario de la hermosura que en conjunción el hombre y la naturaleza pueden lograr, te transportan a los bosques antiguos, cuando ninfas y faunos jugueteaban ante la complacencia y solaz de las deidades. Ah, la cítara. Es tenue. Tímida cual colibrí. Aparece aquí y de repente vuela hacia otra flor. Bueno. Tal música la escucho. Tiene su lugar en mi corazón obcecado, corazón ataca153


Blues del perro de Pavlov

do, corazón de azúcar, corazón de hiel, corazón que un día simplemente se pondrá en huelga de arterias tapadas. El silencio permite escuchar los murmullos de los jóvenes que corretean por el lugar. Ya no juegan trompo, ni canicas, ni balero. Ya no más burro 16, ni tamalada, ni encantados. No más bote pateado, escondidillas o cebollitas. Aislamiento y TV. Virtual realidad, únicamente. Vida virtual. ¡Dádles unos lentes de marca! ¡Dádles unos jeans de cuya etiqueta se ufanen! ¡Colocádles una camiseta con alguna leyenda! ¡Llevadlos a la disco y allí tendréis a los salvadores de la especie y del planeta. Imaginación de comercial. Experiencia musical de jingle. Sueños de videoclip. Consumo como manifestación vital. Juventud como etapa máxima de la vida. Sexo distante, lejano, con condón. Light, mundo enteramente light. Todo liofilizado, esterilizado, ultrapasteurizado, conservadores en el paladar. El mundo es en verdad un sitio irreal. Allá afuera, es decir aquí, en Guanatos, ocurren los ajusticiamientos de narcotraficantes, las venganzas políticas, las rebatingas por el dinero del tributo, los duelos de mafiosos. En el centro comercial, todo es confort y seguridad. Dejemos afuera la maldad, la inmundicia, el calor y el polvillo de xall que perfora los huesos nasales y se aloja en los pulmones. Aquí adentro, los polis con sus radios detienen a los sospechosos. Las mujeres pueden deambular casi desnudas, que nadie intentará violarlas. Paradigma de Aldous. Ssshhh. Silencio. Sólo voces que pasan dejando estelas de palabras, a veces incompletas; carreras de niños libres dentro del domo; martillazos en algún local que se remodela. Silencio. 154


Arnulfo Rubio Ríos

La mosca se detiene en el borde del vaso blanco de poliuretano. Saborea los restos de mi café. Camina por las paredes del vaso, hacia el fondo, hacia los posos. Puedo atraparla. Tapar el recipiente con una mano, zarandearlo, marearla, tirarla al piso y dejar caer la suela de mi zapato encima de ella. No. Que siga viviendo. Tal vez la hora de su muerte esté cerca. Murmullos. Humanos y acuosos. Las ruedas de las carreolas lamen silenciosas el brillante mármol. Los inválidos circulan en sus ágiles sillas de ruedas, propulsados por sus torsos musculosos. Los humanos comen. Palomas de máiz, helados, dulces. Lenguas frenéticas abandonan sus reductos húmedos para lamer la comba y gélida superficie de la nieve. Frituras de maíz bañadas de queso fundido caen al piso cuando el viandante extrae las más apetitosas. Bolsas. Pasos cansinos. Charlas en el área de comida. Café aromático y pasteles. Paz. Silencio. Es la hora en la que se encienden todas las lámparas eléctricas, lo cual indica que el sol está a punto de recorrer el otro lado del planeta. La cascada artificial encubre voces. Vivir para comprar. Comprar para vivir. No, no, no. Vayan los lamentos al área de terapia intensiva. Aquí, satisfacción y paz, a causa de la terapia del consumo y del murmullo acuoso. Pero tanta paz, mejor guardarla para la tumba, hasta el día en que resuenen las trompetas. Dios, ¡qué pelotera vas a armar! ¡Qué de burocracia celestial! Preferiría, como dijo mi amigo Bartleby, no asistir. Ver a los congégneres de todos los tiempos ¡juntos! es una especie de condenación. El mismo asunto del juicio final es en sí una amenaza velada de que no existirá la paz, ni en el sepulcro ni más allá. Porque cuando más tranquilos estemos vagando por el éter o por la nada, resonarán fanfarrias interpretadas por el grupo Gabriel y sus Arcángeles, cuyo sonido tal vez nada tenga qué ver con el auténtico blues, ni con el jazz. Quizá será algo más parecido al preludio de cada carrera en el Hipódromo de las Américas, en cuyos bosques, caballerizas y río te perdías en los meses ociosos previos a la llegada del aviso de 155


Blues del perro de Pavlov

aceptación en la preparatoria cuatro, con basquetbol por las mañanas, refrigerio a la sombra, escarnio al amigo Santiago Torís, guitarra de acompañamiento del grupo de rock nunca formado, aunque se tratara del hermano de la bella Susana, bailarina del ballet de la UNAM, cuerpazo, belleza y sensibilidad. Bueno, si no hubiera blasfemias no habría dios ni pecadores. Pero un misántropo selectivo como este servidor tiembla al pensar que todos los especímenes desagradables (espíritus viscosos, ánimas torcidas) irán al cielo, merced al arrepentimiento y a las limosnas. Porque, señoras y señores, tales personajes son los que las selectas sociedades del mundo, del vecindario, los clubes, los jueces, la poli y las páginas de sociales de los diarios han catalogado y reafirmado constantemente como personas honorables. ¡Mejor aúlla tú, hermano Howlin; ladra y gruñe! Somos de la misma especie, haciéndonos pasar por nobles perros educados en sociedad. Así es, apreciado señor Wolf. Ustedes los negros han enseñado a los jodidos del mundo la manera artística de gritar, de blasfemar, de evocar. Son vanguardia en tal materia. Lo del deporte me tiene sin cuidado. Es una monserga organizada por los Estados para preservar y manifestar sus fuerzas (se disfrazan de tiernas caper ucitas pacifistas, sanas, nobles y didácticas; además, esquilmando el dinero del respetable). Maestro Wolf, te diré una cosa, parafraseando al joven Lennon, que tuvo a bien adelantarse: los jodidos son los negros del mundo. Los gobiernos, así sea el más evolucionado y democrático, son los más eficaces e implacables jodedores de jodidos en el mundo. Dame un nombre, un país. ¿París? ¡Jo! París le enseñó los dientes y el culo al maestro Miller. Lo hizo ver su suerte. Lo castigó y lo fustigó. Lo humilló. No defiendo a América, mucho menos a Nueva York, donde ni siquiera he estado. Aunque, lo que es más importante, he caminado por esa ciudad del brazo de Henry, abrazado de Dos Passos, con Scott, con Chandler, con Kerouac, ¡con el mismísimo Walt, 156


Arnulfo Rubio Ríos

cuando la orbe mundial estaba en pleno destete! ¿Qué? ¿No vale? OK. Soy menor. Eres mayor por haber pagado tu dinero, gastándolo en las tiendas, restaurantes, teatros y prostíbulos de N.Y. No importa. N.Y. en vivo no existe hasta que yo no vaya. Con los jodidos todo mundo debe ensañarse. Patea al miserable que se acerca a la ventanilla de tu auto, tratando de obtener unas monedas para comprar un miserable bolillo o un poco de alcohol industrial en las farmacias. Erígete en Dios todopoderoso, en Juez Supremo, en Madre Rigurosa, en Padre Moralista y niégale todo. Ah, pero también tienes el consuelo de sentirte magnánimo. Endílgale una retahíla, un discurso con lo mejor de la mierda de la que estás hecho, hasta que obtengas en respuesta esa mirada del perdulario que hombres y mujeres como tú nunca comprenderán. El blues es apartheid. Y, ¿qué sabemos nosotros de ese asunto? Nada, absolutamente nada. Salvo lejanas noticias de un lejano lugar situado en el culo del mundo, donde sentaron sus reales los hombres de la raza elegida, los favoritos de Dios, los jefes del planeta. Sus aliados son los criollos, mestizos y negros que anhelan ser como ellos para no ser pisoteados y humillados jamás, a pesar de su riqueza, sus ganancias y su abyección. Traidores. Este es un mundo de traición. Alguien debería escribir la Historia Mundial de la Traición. Nadie tiene paz, ¿eh? Tal vez el maestro Howlin encuentre algo de ella después de cantar, de gruñir, de aullar. La historia del mundo es la trayectoria de una rueda que desde el inicio de los tiempos ha triturado a los débiles de la especie. Los jodidos son un estorbo, en tanto no puedan vender su alma y su sangre. Lástima que la ley y la moral impidan su cabal comercialización, de lo contrario tendríamos establos 157


Blues del perro de Pavlov

(¿los hay? ¿soy un atrasado de noticias?) para criar rollizos niños negros, palestinos, indios, mestizos y chinos, para engordarlos rápidamente a base de hormonas y tasajearlos para expender sus órganos, su carne, su sangre, sus huesos, en los supermercados. ¡Salud, Johnnatan Swift! Ignoro qué los ha detenido. ¿El asco o la moral? Tal vez los odien más porque los jefes blancos (o del color que lo desees) se percatan de que no pueden exprimirlos más, tal como lo hacen con los burros o las reses o los cerdos o las aves; ni aniquilarlos de una vez por todas. El hombre apenas ha conseguido (en unos cuantos sitios) defensoría de sus derechos humanos, no obstante que ya había creado desde antaño comisiones defensoras de animales. Además, ¿quién haría el trabajo sucio? Los jodidos son odiados porque hablan, porque a veces piensan e inclusive se organizan. Enséñenme un país donde el Estado obre en beneficio de los ciudadanos comunes. Más aún, muéstrenme uno que se ocupe de los menesterosos y no los arroje cada vez más lejos hacia la periferia, hacia las barracas, hacia las favelas, hacia los cinturones de miseria, hacia gallineros de interés social, hacia la repetición en sus descendientes, por los siglos de los siglos, de ese su esquema de vida. Se civilizan los métodos, se civilizan las leyes, se civiliza la opresión. El jodido de Australia, el hermano Abo, súbitamente vio llegar a unos hombres blancos expulsados de su islilla en el Mar del Norte, para expulsarlo a él de los lugares donde por centurias convivió con el hermano canguro, con el viento, las hormigas, los dingos y el sol. El Abo es el hermano del Tzozil, que por siglos va siendo arrojado más y más lejos de su propia selva, de su propio mundo. El Tzotzil es el hermano del Zulú, cazado y embarcado hacia América para pizcar algodón de sol a sol. Sioux, cherokee, apache, son ahora nombres de camionetas, héroes de caricaturas usados si acaso como escuderos fieles del Gran Jefe Blanco. 158


Arnulfo Rubio Ríos

La gran ostra se cierra para aprisionar y aislar al vociferante. Pero la queja siempre emerge. Y, ¿por qué no? Ella y yo somos amigos, amantes. ¡Quejémonos todos en el mundo! ¡Que un quejido sordo, lastimero, profundo, emane de las entrañas de todos los hombres y mujeres del planeta! Quejarse del dolor, de la falta de amor, de la violencia, de la enfermedad, de la opresión, de la humillación, de la impotencia, del abuso, de la pobreza, de la imposibilidad. Pero también cantar y celebrar. Que canten y celebren al unísono todos aquellos con motivos suficientes. Que el quejido y el canto sacudan al planeta; cimbren los duros corazones, los cerebros, los genitales, los lagrimales, las glándulas. Tal quejido y dicho cántico tendrían más fuerza que la suscitada por el magnífico Om. Sus sonidos resquebrajarían, desquebrajarían, el sólido hormigón del que se han recubierto los corazones y hasta es posible que pudieran modificar el curso orbital del planeta. Quizá lograran detener su vertiginosa rotación durante un micronanosegundo. Y a partir de esa modificación, tal vez imperceptible aún para los más sofisticados aparatos de los científicos, las cosas cambiarían para los viajeros de este cuerpo celestial llamado tierra. Cada mañana, al abrir los ojos, profiero un largo y profundo quejido. Si estoy acompañado lo puedo disfrazar de bostezo. Me coloco el arnés, las anteojeras, para pastar un poco, beber un sorbo de café y prepararme para recibir el primer latigazo. A veces quien te lo asesta es quien dice amarte. Quien ejecuta tan infame acción tendrá más de un sólido y razonable argumento que esgrimir para fustigarte. En ocasiones el alma no tendrá de qué quejarse. Tal vez esa tenue felicidad matutina se la debes a un bello sueño, cuyo recuerdo no precisas. Allí estás, con los ojos legañosos bien abiertos, los brazos bajo la nuca, estirando cada uno de los músculos y sintiéndolos parte tuya. Y te 159


Blues del perro de Pavlov

quejas por hábito, por costumbre y te escuchas, sabiéndote falso. Te reconoces miembro de la jauría a cargo de Iván Petrovich. Sonríes. El hálito de la felicidad que sientes por estar vivo, libre y por poder soñar, te proporciona una especie de coraza que te hace resistir con mayor entereza la posible sucesión de latigazos que el mundo se empecina en asestarte. Resistes y resistes, mientras vas tirando del arnés. Pero llega un momento del día en el que tu endeble coraza ha recibido tantos embates, que al primer desgraciado que se te para enfrente (quizá ni a fuete llegaba) le sueltas tu mejor repertorio de puyas verbales, dejándolo azorado, sorprendido de la maldad del mundo y la neurosis humana. Falsos profetas, comerciantes, artistas de pacotilla y del arte de birlibirloque pregonan a los cuatro medios la teoría de la Sonrisa Estúpida que Debe Presentar mi Rostro. Para eso les pagan. De eso viven. Entre ellos y el centurión que de beber dio al Cristo vinagre resulta ser más inocente el soldado, porque tiene la excusa de la obediencia. Optimismo, positivismo, agradecimiento, loas, encomios, alabanzas. Porque podrías estar peor. “Aquel que logra estar vivo -parecen decir- está mucho mejor que el muerto”. Me saludo y me canto a mí mismo, a la manera de Whitman, con un quejido amigable. Con otro estiro las carnes y los huesos hasta que las coyunturas truenan por la falta de lubricación y de ejercicio. Con otro quejido me incorporo. Si debo ir hacia algún sitio al cual no quiero ir, profiero otro. Al vestirme me quejo (debiéramos andar uniformados, tal vez sayal blanco para todos y sandalias; de esta manera, las partes pudendas podrían recibir con más frecuencia el benefactor soplo del aire). Me quejo del desayuno. Me quejo de la contaminación. Me quejo del sol. Me quejo del clima. Me quejo del apelotonamiento en todos los sitios. Me quejo del mal trato que me dispensan cajeros y empleados. Me quejo de los imbéciles que no saben manejar. Me quejo del presidente. Me quejo del cotarro de perfumados y mamones egresados de posgrados 160


Arnulfo Rubio Ríos

de universidades extranjeras. Me quejo de la miseria del país. Me quejo de los franceses, que hacen pruebas nucleares en el pacífico sur y aceleran los deslizamientos de las placas tectónicas. Me quejo de la arrogancia de los gringos. Me quejo de los judíos, que están haciendo lo que a ellos les hicieron. Me quejo de las guerras por cualquier motivo que se llevan a cabo en el punto menos esperado del planeta. Me quejo como un cascarrabias porque no vendo nada en la tienda, ya que entran y entran mujeres que no compran nada y ni siquiera saludan. Mujeres, a ellas nunca han ido mis quejas. De la mujer nunca he de quejarme. ¿Por qué? Porque si ya no quieres seguir, recoges lo tuyo -dolor, incertidumbre, tristeza, soledad, recuerdos, añoranzas y melancolías- y caminas hacia donde sale el sol...o hacia el Mictlan. A la hora de cerrar me despido de este mundo oropelado, fantasioso, en el cual casi siempre me sumerjo con gusto en las mañanas. Así somos los hombres. En cada tragedia personal hay un instante -o algunos- de luz, de gloria, que imbuyen la fuerza suficiente para llegar hasta el final del día. Después, el sueño dará -de ser posible- un poco de descanso al cuerpo traqueteado y un soplo de libertad alentará el espíritu. Podrás estar confinado en la celda de castigo, con tan solo una tortilla seca y mohosa y un vaso de agua sucia en el estómago. Soñarás, quizás. Soñarás tal vez que estás en una fiesta, entre grandes mesas llenas de frutas y manjares, con solícitos meseros sonrientes, esmerados en escanciar tu copa con excelentes vinos. Mujeres hermosas de generosos escotes te permiten atisbar a sus bien formadas espaldas y sus apetecibles senos erectos. Aspiras perfumes embriagantes y admiras las sonrisas perfectas de sus blancas dentaduras. 161


Blues del perro de Pavlov

Soñarás tal vez con tu madre, tu mujer, tus hijos, tu amante o tus amigos. Soñarás que eres feliz, libre y que sonríes. Aunque tal vez olvides el sueño, si alguna vez lo tuviste. O tendrás terribles pesadillas que te causarán espasmos, te harán gritar en la oscuridad de un cuartucho miserable, provocándote taquicardia y sudores. Pero, ¿sabes?, el sueño y las pesadillas habrán tenido lugar fuera de ese sitio, en territorio onírico, lejos del alcance de los verdugos; allí donde los enemigos jamás podrán ingresar sin dejar afuera el poder del control, la premisa del sometimiento, el enfermizo placer de ejercer dominio sobre el destino del hombre. Por un fugaz instante de gloria resistimos, pero también olvidamos a los pocos días. La historia cotidiana vertida por los palafreneros del poder a través de las ondas hertzianas y de las palabras impresas nos hacen creer que estamos en una carrera trascendente, que somos parte principal de una competencia, que atrás de nosotros vienen otros desesperados que desean ocupar nuestro sitio a como dé lugar, a cualquier precio, a toda costa; haciéndonos creer también que el tiempo-reloj apremia, fustigándonos para que mejoremos nuestro propio récord como esclavos. Yo mejoro mi propio récord a diario. Antes me tardaba casi quince minutos en recoger los adornos, en alejar la bisutería exhibida del alcance de los malandrines, en hacer el corte de caja. Hoy, mi tiempo máximo es de unos cinco minutos, reloj en mano. Pero, ¿saben?, no hay que mostrar demasiada eficiencia, no hay que enrolarse en el pelotón de los maratonistas desesperados. Batí y mejoré mi récord para mi propia satisfacción. Ahora me cuido. Los demás comerciantes no tienen por qué percibir mi habilidad, porque la confundirían con prisa, con desesperación. Así que 162


Arnulfo Rubio Ríos

hago los preparativos con calma. Coloco un nuevo CD, acompañado de la mosca, para finalizar el día. El canto de mi liberación cotidiana. Las nueve ya van a dar, el niño va a merendar. Marley me hace compañía en el cierre. Viejo mariguano negro que dejó escuela por el mundo. De la simpleza y la sencillez, su lamento se hizo cántico. De un pueblucho jamaiquino para el resto del mundo, sajones incluidos. Amarillos también. Cafés no tanto porque nosotros, con un pedazo de tierra en el Caribe, ya habíamos recibido a Beny, a Dámaso, a la señora Cruz, al subjefe Santos, a los estelares de Fania. Sabor. Parte de esas cadencias negras ya están registradas en nuestras mestizas neuronas. We know how to rock the boat. Mambo, samba, conga, casino, bolero, son. Méxclense como quieran y capten. Captar la esencia de la cadencia para mover la pelvis y pensar en cosas improductivas como beber ron, sudar y pasar por las armas a una mujer ardiente y voluptuosa. ¿Rubia? ¡Qué mejor! La cama sigue siendo el mejor sitio del mundo. Así que con reggae de fondo contamos la morralla, la empaquetamos, tonteamos un poco más por aquí o por allá, entramos al baño, nos echamos un poco de agua en la cara para despejarnos, nos fajamos los pantalones y la camisa, nos damos una peinadita, metemos los objetos paseantes en el portafolios, apagamos las luces, quitamos la energía, decimos buenas noches a la mercancía, al tiempo que activamos la alarma digital y abandonamos la boutique por la parte posterior, esbozando la cara de satisfacción por el deber cumplido.

163


Blues del perro de Pavlov

164


Arnulfo Rubio Ríos

ANDANTE

MAESTOSSO

Maese Marley aún resuena en la caja cerebral, mientras cambio de uniforme, de personalidad, de máscara. Es decir, ahora soy gente del otro lado del mostrador y como tal camino en el mall. Son las nueve de la noche. A pimpers paradise. La cadencia remite al movimiento de las olas del mar y al oscilar de caderas femeninas. Me gustaría dar una vuelta por ahí, pero la mayoría de las tiendas han cerrado. Por otro lado, deseo alejarme. La calle es mi tentación. El pequeño placer de sentir el aire sobre el rostro al manejar es todo lo que anhelo. Por las escaleras eléctricas descienden empleados, matrimonios, parejas de novios, jóvenes que comentan las películas recién vistas en cualquiera de las catorce salas. “Compre de prisa sus palomitas y refrescos, ingrese a las minisalas, reciba su dosis de comerciales, escuche a todo volumen el sonido del filme mientras el de atrás traga, fricciona el celofán y patea constantemente el respaldo de su asiento; no, no hay tiempo para ver los créditos”. La eficiencia por encima del ensueño. Vi las mejores películas de mi vida gratis en Tingüindín y más tarde por .75 centavos de un viejísimo peso, en la ciudad de México. Tres, sí, tres películas como premio dominical. Podrían haberme ofrecido los juguetes más caros, ropa sin remiendos, las medias suelas de los zapatos agujereados, las mejores golosinas, todo lo que un niño en mi circunstancia pudiera imaginar. Pero 165


Blues del perro de Pavlov

nada de eso se hubiera comparado con medio día en la oscuridad, embelesado ante la magia del cinemascope y el technicolor. El único requisito era acudir el domingo a misa de siete de la mañana. ¡Por supuesto! No había mejor día de la semana. Entonces sí tenía por qué santificar el domingo, esperarlo, aniquilar el resto de los días, excepción hecha del sábado. Locura infantil. Ni siquiera veíamos el periódico. Aventura bajo el tímido sol matutino. Caminata exaltada por las banquetas recién barridas de las colonias Obrera y Doctores. Salir de la iglesia de San José, en la calle de Fernando Ramírez; enfilar hacia el poniente, hacia la avenida del Niño Perdido. Una vez en el crucero, doblar hacia el norte, hacia el centro de la ciudad. Cruzar con cuidado la confluencia de José T. Cuéllar y allí estaba, a unos cuantos pasos, el gran cine Coloso. La cuestión era dejarse ir para recibir lo que se daba en la matiné. Sí. Diversión de pobres y de ignorantes. Pero en ese misterio, en ese menosprecio por saber; en esa natural condición receptiva estaba el summum de la experiencia inolvidable. Estábamos en manos del destino y del programador. Afuera, en los carteles, veíamos un anticipo del ensueño. Adelantos inmóviles del premio ganado por acatar las órdenes maternas durante unos cuantos días. Mi abuelo pagaba los boletos y allá íbamos, hacia la oscuridad, a la parte alta del cine. Tarzán, en la época de Weissmuller; las sagas mitológicas con protagonistas como Kirk y Tony. Bellezas como la Mangano, la Loren. Grandes batallas navales y aéreas de mares y cielos en pugna entre nipones, alemanes y norteamericanos. Había qué aprender a leer rápido para entender en toda su grandeza la magnificencia del sueño. ¿Qué ya lo dije? ¡No importa! Una infancia feliz merece todos los recuerdos. Por eso estoy sobre un pedestal, por encima de una gran mayoría de infancias desgraciadas. Nada me importaba el aspecto. Las rodillas de mis pantalones remendadas o de plano abiertas. Los codos 166


Arnulfo Rubio Ríos

de los suéteres rasgados; la boca de mis zapatos abierta o los clavos hiriéndome al caminar. ¡Qué importa eso, si se está limpio por dentro! ¡Si se está limpio del corazón, del alma, incluso del cuerpo! Más de uno podrá reír. No me importa. Nada me importa. Ni una bala en la cabeza. Ni una mujer que se va. Ni una golpiza. Ni otro portazo en la nariz. Ni una carta de renuncia en blanco. Ni las miradas de desprecio, con las cejas arqueadas a lo Pedro Armendáriz. Ni las burlas de los sabihondos. Eso es lo que hace a una infancia mágica. La vida es más importante que las posesiones. Más importante que el qué dirán. Mi vida es más importante que cualesquiera de tus problemas, y sin embargo me conciernen. En la época en la que el cine me descubrió llegando de la bucólica y ecológica provincia, los cómics eran la contraparte, el complemento de mi cultura. Y la radio. Alguna que otra melodía traspasaba la burbuja que comencé a formar alrededor, just for my protection.

(El policía me recibe con una sonrisa afable en el estacionamiento subterráneo. Antes, sólo le daba las gracias devolviéndole la sonrisa, pero no sólo de sonrisas vive el hombre. Luego seguí el consejo de Lodda. Le regalé una botella de charanda y le di las indicaciones pertinentes -agua de lima, hielos- para degustarlo. Desde entonces pone especial cuidado en mi vehículo y me acompaña hasta la puerta. Pronto le daré otra botella). Sí. Sólo porque tenía qué comer y dónde dormir obedecí algunas órdenes. Nada podía detenerme. La calle era mi destino. En la calle encontraba Libertad. En la calle respiraba. En la calle era testigo de los acontecimientos; veía suceder cosas. Sus imágenes me azoraban, dejando mi cacumen impresionado para siempre. En la calle era otra la historia. En la calle no mandaba Dios. Dios sólo tenía poder en las casas, en el seno de las familias temerosas del juicio final, en las iglesias y en ciertas tiendas y oficinas. Pero no en el arroyo. Mas no era eso lo que me llamaba. Me llamaban los héroes de carne y hueso. Fugaces, ignorados y anónimos. Los busca167


Blues del perro de Pavlov

ba. Oía hablar de ellos. Primero quería admirarlos, antes de intentar emularlos; verlos, aunque fuera de lejos. El cine a tan temprana edad me había deschavetado. Buscaba aventuras, lo he dicho. Una pelea, una corretiza, una mujercita de la cual pudiera enamorarme en secreto; ser testigo de una captura policiaca; el acercamiento a una furcia, obviamente rechazado por el aspecto y por la falta de recursos; un aventón en el auto de un(a) desconocido(a); la incursión a un barrio de mala muerte; la trepada a la parte posterior de un autobús o trolebús; tomar un refresco en cualquier tienda lejana. El asunto era no permanecer en casa. Al día siguiente amiguillos más recatados me preguntaban qué había hecho. Nada, les respondía con aire de suficiencia y misterio. Ellos, presos en la comodidad de su hogar, soltábanse parloteando de caricaturas, programas de concursos en la TV, peripecias de las tareas escolares. Mis ojos se abrían como enormes platos redondos, azorado por la alta capacidad de aburrimiento de los pobres diablillos. Claro, nunca anduve solo. Generalmente fungía de palero para rescatar a otro presidiario juvenil. En mi casa bastaba mi palabra. Podía mentir un poco, decir por ejemplo que iba a hacer un trabajo escolar, una especie de investigación o algo así. Y mi madre me otorgaba toda la confianza. De cualquier manera, discutir conmigo era sinónimo de desquiciamiento y, en caso de recurrir al poder materno, ella debía soportar mi enojo (enmulamiento, decía) durante uno o varios días. Así que yo acudía al rescate de los demás. Era una especie de pacto. Las calificaciones me importaban un comino. El asunto era simplemente pasar de año. Con sietes u ochos. Nunca estudiaba. Era sólo lo que recordaba, o lo que había comprendido. La excelencia académica me parece un asunto de pitorreo. El cambio fue benéfico. Para poner los pies en el mundo, cine por calle. El arte y la creación por el gamberrismo. El cine se presentó 168


Arnulfo Rubio Ríos

en toda su magnificente oscuridad, no necesariamente como pretexto para furtivos besos inocentes y apretones de manos virginales. Pipo, aquel chaparrón que rescaté de una golpiza en el baño de hombres de la secundaria 66 -cuando se burló del tamaño del pizarrín del Gordo- patrocinaba buena parte de mis incursiones. O mi madre. No recuerdo. Ella siempre se las ingeniaba para darme unas monedas fomentando mi vagancia nutritiva. Kuroneko era una tentación. Función para adultos, en el Ariel. La banda de mozalbetes se encamina decidida a la puerta, después de adquirir los boletos. Todos, menos uno, son rechazados. Ultima función, sala semidesierta. ¿Eso significa una película para adultos? Miedo es la palabra. Miedo, la sensación. Esperaba ver desnudos para presumir al día siguiente. Nada. Brujería nipona. Misterio. Rareza. Lo innominable tiene sus metáforas en todas las regiones del planeta. Los gringos, los egipcios, los judíos, los indios, los chinos, los aztecas; los pueblos más viejos y los recientemente descubiertos tienen su sistema de enlace, sus símbolos, signos y señales. La soberbia ciega a los humanos, lo mismo que el poder. Todo se puede comprar; todo se puede vender. Salvo el misterio. La vida proviene del territorio del misterio. La muerte es el acceso al terreno misterioso. (Nos ponemos respetuosos). Me refiero a que la institucionalización del misterio termina en asociación de humanos con fines de lucro. Quien quiere ver debe abrir los ojos. Yo quería ver. Y a veces los abría. Tenía menos edad que ahora y la misma añadida a la de entonces. Estaba desesperado. Quería saber por qué. Es decir, comida y sustento nunca me faltaban. Diversión, bebida y mu169


Blues del perro de Pavlov

jeres, menos. ¿A quién agradecer? Pero en lo que se refiere a intentos de seglarización, de acumulación, de prosperidad, de estabilidad, nada. Quería ser rico y famoso. Viajar. Tener mujeres y amigos en cada pueblo y colonia; dinero, autos, ropa, lociones, joyas y estimulantes. Quería desahogarme, riendo, cantando, insultando, jugando, escupiendo, vociferando. ¿Y el talento? ¿Y el esfuerzo? ¿Y la inversión inicial? Ello implicaba un pacto. ¿Con quién? ¿El demonio? ¿Mr. Satán? ¿Luzbel? ¿Don Capital? ¡Como se llame! Es un misterio. Sólo para iniciados. Hay fraudes por todos lados. Y esto era cosa seria. Con la magia, misterio al fin, no se juega. ¿Pruebas, señor Escéptico? Que las patrocinen Harvard, la UCLA, la UDLA, la Ibero, la UNAM o el Téc. Allí, en los terrenos de la magia, nadie mete la nariz, sin recibir o entregar algo a cambio. Blancos, morenos, trigueños, amarillos, cafés y negros han pactado. Y el pago es terrible, en su monto y en la especie. No voy a profundizar en el tema, porque soy un ignorante. Pero sé bien que la brujería puede matar a alguien y después resucitarlo. Con simple conocimiento biológico. En realidad los sabios y científicos pueden se aún más ígnaros que los brujos analfabetos. Sabían más los tici aztecas que los estudiosos llenos de diplomas. Los médicos han devenido agentes de ventas de los laboratorios trasnacionales. Su nuevo juramento reside en la fórmula: analgésico + antibiótico. Láser-bisturí con pago de cuota de hotel gran turismo. Todo es un asunto de dólares, pesos y centavos. Y como carecía de dinero, madame et messieu, pensaba seriamente en pactar. La brujería brasileña, la antillana y la del delta de Missisipi son fuertes, intensas, efectivas. Aunque la nativa no se queda atrás. Son de raíces negras. Al igual que el blues. La esencia de ambos es espiritual. 170


Arnulfo Rubio Ríos

Si no díganme: ¿Qué blues ha devenido hit? ¿Qué blues ha sonado fuerte en la radio? Ninguno. Su finalidad es llegar a donde tiene que llegar, sin carreras contra el tiempo o contra los administradores. El blues es hermético. Para ti, únicamente, o para un grupo de sujetos como tú. El blues es cantado y se difunde para ser escuchado y comprendido por hombres buenos que saben lo que es el mal, que han convivido con él, que lo han visto, que lo han sentido dentro de ellos. ¡Sea pues! Ignaro, más que estudioso; desesperado, más que decidido; impetuoso, más que precavido, decidi llevar a cabo la entrevista. La Maestra Celis me dio indicaciones, que recibí no sin miedo. Ella era una bruja blanca, que no cobraba. Me enseñó cómo conseguir un taxi a cualquier hora, como en cualquier película norteamericana. Las pocas veces que el método me ha fallado ha sido por falta de fe, lo aseguro. El asunto básico era afianzar bien las pelotas, para que éstas no se cuartearan. Y sobre todo saber qué decir y cómo proceder, ante un encuentro de esa magnitud. Díjome la Maestra Celis: “Hijito, si realmente deseas hablar con El, olvídate de pentagramas, noches de luna llena e invocaciones. Apóstate en un cruce de caminos solitario. Lleva contigo algo para venderle. Pónle un precio alto. Regatea. La cuestión es que lo mantengas en pleno regateo hasta que los primeros rayos del sol comiencen a iluminar el crucero. Sobre todo, no dudes, hijito. Nunca titubees. Estate alerta, con los sentidos bien despiertos y la mente fría y clara, porque es tan astuto que puedes terminar regalándole tu alma, sin obtener nada a cambio”. Un Yo menor dentro de mí se pitorreaba al escucharla. Rumié la cuestión durante varias semanas. Luego la olvidé. Solamente me acordaba de la Maestra cuando estaba sin blanca, agobiado por las deudas y con hambre. Pero yo sabía que algún día lo intentaría. 171


Blues del perro de Pavlov

Porque mire usted: cuando se ha dormido en el suelo; cuando los otros se han burlado de la calidad y el modelo de su ropa; cuando le han preguntado casi a diario lo desayunado, viéndole el hambre en las pupilas; cuando se ha enterado desde pequeño que su padre gana el salario mínimo y con esa cantidad ridícula (vital, esencial, fundamental) debe pagar renta, comida, luz, vestido, educación y lo que resulte para ocho miembros de la familia; cuando sus compañeros gastan dinero, viajan con sus padres y se divierten, presumiéndole; cuando ha tenido que ir a la escuela con el mismo uniforme durante todo el año; cuando su guardarropa consistía en uno o dos pantalones viejos, gastados, heredados de un hermano mayor, corrientes, además; cuando ha tenido que ir a la escuela con zapatos de hule (los zapatos de los pobres más pobres); cuando ha vivido sintiendo la vergüenza de saberse mirado por las jovencitas con lástima, compasión o desprecio, a causa de su aspecto o de su olor; cuando ha visitado otras casas y ha comparado el mobiliario, los aromas, los comportamientos, los decorados; cuando ha sido invitado a comer e ignora cómo proceder con las herramientas y utensilios; cuando la mayoría de las personas lo han zaherido en la niñez; cuando ha crecido envuelto en toda la palabrería religiosa de “amaos los unos a los otros”, “poner la otra mejilla”, “todos somos iguales a los ojos de Dios”, “bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos”; cuando inexplicablemente, a causa de su origen, un sacerdote estricto lo regaña despiadadamente; una dama perfumada y bien peinada chilla, amenaza e insulta; un policía aprisiona con fuerza sus muñecas, solazándose en la descripción de lo que va a ocurrir allá adentro, en la cárcel o la correccional por una falta que no cometió; cuando un maestro severo le odia (tal vez sea porque usted es el vivo retrato de él años atrás) y lo castiga aunque demuestre usted inteligencia y cumplimiento de los deberes, pero mueve el culo ante el otro alumno que le ha llevado la manzana y el regalo más costoso el 15 de mayo. Digo, cuando todo eso ha pasado, y aún más, uno tiene el derecho y el deber de acudir al último recurso. ¡Por supuesto que yo no sabía lo que hacía, al igual que ahora! Pero era joven y poseía la valentía y la arrogancia propias de tal etapa de la vida.

172


Arnulfo Rubio Ríos

Así que cierto día abordé un viejo camión de segunda con rumbo a la ciudad de Pachuca. Enfiló por la carretera federal. Era la última corrida. El chofer calculó arribar a su destino cerca de la una y treinta de la mañana. Traqueteo metálico, con aire frío colándose por las ventanillas de vidrios rotos y estrellados. Brincos inmisericordes, camino semidesierto. Eventualmente, el chofer me miraba a través del espejo retrovisor. Era gordo, moreno, de piel grasosa, brillante aun en la oscuridad. Los pelos de su cabeza, al igual que los de su bigote, erectos. Un par de ancianos viajaban junto a él. Un poco más atrás un tipo dormitaba; su cabeza rebotaba contra el cristal de la ventanilla y el ruido del golpeteo se confundía con el escándalo general del metal y los cristales. Yo viajaba en el último asiento, al fondo del autobús, exactamente enmedio, frente al pasillo central. Desde allí observaba las escasas luces de los vehículos que recorrían el camino en sentido inverso. Llevaba mi codiciada chamarra verde del ejército norteamericano, porque Vietnam todavía echaba chispas y era mi peculiar manera de mostrar mi solidaridad con los jóvenes combatientes. Usaba botas Ten-Pac con casquillo de acero en la punta, pantalones de mezclilla acampanados, ceñidos. A mi lado viajaba mi compañera de aquel entonces: una guitarra eléctrica made in home. (La hizo mi padre. Un día, yo merodeaba por el inmenso taller donde -por las noches- él trabajaba de velador. Un carpintero silbaba, mientras cortaba tablas y tablones en la sierra eléctrica. Mi padre barnizaba un mueble que había hecho para mi madre. “¿Te hago una guitarra?”, me preguntó, a sabiendas de que el rock ya me había calado. “Bueno”, le respondí conteniendo mi excitación. Fui a la casa, 173


Blues del perro de Pavlov

dibujé un modelo sencillo, parecido a las guitarras usadas por Los Venturosos, sobre papel periódico. Regresé rápidamente y se lo entregué. En menos de una semana ya tenía en mis manos el esqueleto. Mientras la acariciaba con la lija, me invadía una sensación de inquietud y nerviosismo. Con la mano libre, sacudía de la superficie olorosa los resabios de aserrín. Aún faltaba instalarle los trastes, colocar los engranes para las cuerdas, pintarla y colocarle la pastilla eléctrica y las conexiones pertinentes. ¿Y el amplificador? Ya veríamos. Por lo pronto mi guitarra iba adquiriendo forma). El estuche negro lo había conseguido en el montepío. Lo llevaba sobre las rodillas. Cerca de las once de la noche pasamos por el crucero de La Venta. Pensé en probar suerte allí mismo. Pero circulaban tantos trailers y camiones, había tanto humo y tanto tráfago, que él nunca se aparecería. Varias veces estuve a punto de ser vencido por el sueño. En Zumpango bajaron los ancianos y subieron dos mujeres olorosas, ruidosas, con aspecto de suripantas. De inmediato se enfrascaron en alegre cháchara con el chofer, mientras yo atisbaba hacia afuera en busca de un sitio adecuado para descender. En la oscuridad sólo alcanzaba a ver las señales fosforescentes del camino. A veces un letrero anticipaba la cercanía de un poblado, que al instante volvía a quedar atrás. Pasados unos kilómetros, me levanté, bamboleándome, con una mano firmemente asida del tubo pasamanos y la otra aferrada al estuche. Recorrí el pasillo hasta colocarme cerca del conductor. Suspendieron la charla. El chofer me miró por el espejo, apremiándome con la mirada. “Déjeme en la próxima parada”, le dije, en tanto que las putillas se reían de mí, intercambiando codazos. “¿Vas a dar serenata?”, “¿Le vas a cantar a la luna?”, “¿Vas a trabajar en el llano?” El autobús disminuyó su velocidad en un paraje, dando tumbos al salir las ruedas del asfalto. Antes de detenerse por completo, una vez que salté al piso se alejó, dejándome en174


Arnulfo Rubio Ríos

vuelto en una nube de polvo, mezclada con un fuerte olor a diesel quemado. Aquello estaba realmente oscuro. Permanecí inmóvil, viendo alejarse las lucecillas rojas de la parte posterior del camión, hasta perderse en la negrura de la noche. El agresivo sonido del escape disminuía, conforme el camión se alejaba. Ninguna luz se miraba alrededor. No había luna y las estrellas estaban cubiertas por una suerte de bruma. Traía cigarros y cerillos, pero ni siquiera se me ocurrió encender uno, a causa del intenso viento. No ululaba, pero sentía su fuerza en el rostro y en el pelo. Puse en práctica el truco del ingreso al cine cuando la función ha comenzado. Coloqué el estuche en el suelo, enmedio de mis pies. Cerré los ojos durante unos minutos, atento a cualquier sonido diferente al del aire. Los abrí y cerré alternativamente, en varias ocasiones, hasta que por fin pude percibir el entorno. La grava del terraplén era de un color blanquecino sucio, como polvo de huesos humanos enterrados durante mucho tiempo. La franja asfáltica era de un negro más profundo que el de la noche. Hacia adelante, se perdía en una curva; hacia atrás, en una hondonada. El sendero transversal era de terracería. Hacia el oriente, mi derecha, enfilaba rumbo a la carretera de cuota; al poniente se dirigía hacia alguna población cuyo nombre no recuerdo. Las siluetas de los árboles eran como suaves sombras que danzaban con el viento. A lo lejos, a ambos lados del camino, oscuros lomeríos se recortaban contra la oscuridad profunda de la noche. Eventualmente pasaban algunos vehículos. El ruido de sus motores se percibía desde antes que sus luces se dejaran ver. Luego, el sonido de sus motores se alejaba melancólico del punto donde me encontraba. 175


Blues del perro de Pavlov

Al fin pude formarme una idea de mi ubicación en aquel paraje. Busqué un sitio adecuado para esperarlo, desde el cual mi presencia fuera visible. Me encaminé hacia la intersección. Era obvio que no podía colocarme en el punto exacto donde cruzaban los caminos. Sin embargo, me acerqué lo más que pude, hasta uno de los ángulos de la perpendicular, sentándome sobre el estuche. ¡Diablos! ¡Lamentaba no haber traído conmigo la Honner. Tenía ganas de escuchar otro sonido que el del aire en ese momento. Estaba seguro de que con el ambiente conseguiría unos buenos acordes. Tuve que conformarme con aspirar un poco de humo de tabaco. Luego de varios intentos conseguí encender un cigarro. Me creía muy macho y fumaba Casinos. Estaba nervioso y tenía miedo. Deseaba rezar, pero me abstuve para no echar a perder el encuentro. Tarareé en cambio Simpatía por quien ustedes ya saben. A pesar de la excelente cobertura de la chamarra, cada vez sentía más frío, sobre todo en las piernas. Los cigarrillos se consumían con rapidez, no se si causa de mi inquietud o del aire. Con ayuda de la brasa vi mi reloj. Eran las 11:45. Confieso que mi ánimo estaba alterado. Es decir, poco antes de dirigirme a la terminal de autobuses, situada en pleno barrio de La Merced, había fumado las tres de rigor. Lo hice para darme ánimo y valor y, sin embargo, ahí estaba en mitad del crucero, aterido de frío y cagándome de miedo. No había marcha atrás. Viniera o no, tuviera lugar el encuentro o no, tendría que permanecer allí hasta la madrugada, cuando el primer autobús rumbo a México me llevara de regreso. Por momentos, cuando escuchaba un motor acercándose en la lejanía y su sonido se hacía más y más audible, luchaba contra mi deseo de incorporarme, pararme enmedio del camino y pedir un aventón. 176


Arnulfo Rubio Ríos

En un paquete de celofán oculto en uno de mis calcetines, traía algo de yerba. Nuevamente me di las tres para soportar la espera. Eran ya las 12:05 en el Courtie, regalo de mi hermano Sam que, aunque Incabloc, solía jugarme malas pasadas respecto de la exactitud. Aguardaría sólo quince minutos pasadas las doce. Después me levantaría para alejarme de allí caminando hacia el sur, a Zumpango, o al norte, hacia Tizayuca. A lo lejos creí percibir, difuminados por el viento, los esbozos de las doce campanadas de medianoche, provenientes de la iglesia de alguna población cercana. O de mi imaginación. En eso estaba cuando escuché el rugido de un freno de motor, por el lado de la curva. Pude también percibir con claridad los cambios de velocidades, que se sucedían con mayor rapidez de la usual, como cuando un tractocamión viaja sin remolque y le sobra potencia a la máquina. Vi una tolvanera frente a mí. Escuché el bufido de los frenos de aire y el resoplido del freno de estacionamiento. Vi las luces de un trailer, iluminando la estela de polvo que, por inercia, se acercaba envolvente hacia donde yo me encontraba. El ronroneo del potente motor era suave. Instantes después las luces se apagaron. Si alguien me hubiera visto hubiera percibido mi bocaza entreabierta, con el cigarrillo a punto de caer de mis labios. Ahora también escuchaba al viento, estrellándose en mis orejas. Estuve a punto de caer de mi asiento. Quienquiera que tripulara el trailer era un bastardo escandaloso. Las trompetas plateadas sobre la cabina resoplaron, sobresaltándome, causándome taquicardia y una intensa secreción de adrenalina que me puso a temblar. ¡Hijo de puta! Sus luces de ubicación permanecieron encendidas. Pude ver que el vehículo era negro. Las defensas delanteras y todos los rines 177


Blues del perro de Pavlov

estaban cromados. Ignoro si podía percibir todo por la iluminación del trailer o si ahora mis ojos miraban mejor en la oscuridad, al dilatarse mis pupilas por efecto de la yerba. Permanecí inmóvil, sentado, procurando reponerme de la impresión. Pensé que la presencia de ese trailer echaría a perder mi plan. Un torton se acercaba por el norte; tocó el claxon al acercarse a la encrucijada. Me incorporé, cogí mi estuche y le hice señas, pero pasó de largo como si no me hubiera visto. Lo maldije varias veces. Enfrente, el chofer del trailer encendió las luces; hizo el cambio a altas y sonó las trompetas de nuevo, esta vez discretamente. Lo ignoré. Regresé al sitio donde estaba sentado, pero las luces del trailer seguían apagándose y encendiéndose, para llamar mi atención. Mi temor era, ahora, más bien terrenal. Por aquello de tener más miedo a los vivos que a los muertos. Un silbido prolongado me hizo voltear hacia el vehículo, que ahora tenía encendida la luz interior de la cabina. El conductor se asomó y me gritó: “¡Hey, amigo. Venga!” Dudé en levantarme. Pero el tipo proseguía en sus llamados. Armándome de valor, cogí el estuche de mi guitarra y, con parsimonia, caminé hacia el trailer. Unos metros antes de llegar, la portezuela se abrió. De la cabina descendió un hombre moreno, alto, de pelo largo, negro y lacio. Parecía un yaqui. Llevaba unos Levi’s viejos, ajustados, y una chamarra negra, de piel. Sus botas de piel de víbora, con la punta encasquillada en filosas terminaciones decoradas con calaveras, hicieron crujir la grava. “¿A dónde va?”, me preguntó. “A Pachuca”, le respondí con rapidez. “Va a estar difícil que llegue. A esta hora ya casi no pasan autobuses”. “Voy a 178


Arnulfo Rubio Ríos

ver si consigo un aventón”, le dije. “¿Qué horas tiene?”, inquirió. Me acerqué a una de las luces laterales del trailer para ver mi reloj. “Doce y media”, respondí, mirándolo al rostro abiertamente, por vez primera. Los ojos del sujeto eran negros y, no obstante, brillaban con intensidad en la noche, aun cuando no recibieran reflejos de luz. Me pareció que no tenían pupilas. De repente, caí en la cuenta de que el chofer podía ser él. Me estremecí. Las piernas se me debilitaron. Empecé a sudar. Mi corazón latía intensa y frecuentemente. Alrededor del negro de sus ojos, el blanco lanzaba destellos rojizos. Un intento de mi razón me indujo a pensar que tal vez el sujeto traía encima benzedrina, anfetaminas o algún estimulante que le permitiera cumplir sus itinerarios. ¿“Tiene un pitillo”? Por respuesta, le alargué la cajetilla. Extrajo uno de mis Casinos. Sacó un cerillo de madera de una de las bolsas de su chamarra, encendiéndolo contra el cuero. Vi su tupido bigote y un extraño tatuaje en el dorso de su mano. ¿“Es músico, eh”? Miré el estuche y asentí con la cabeza. “No habla mucho, ¿eh? Tiene razón. El músico toca, no habla. Me cae bien, amigo. Los parlanchines ¡Al diablo!”. Soltó una carcajada estentórea. Hasta entonces, no había reparado en su voz. Esta era grave, profunda, como de cantante de blues. Con la breve charla mi espíritu iba aquietándose, pero ante esta reflexión me puse a temblar de nueva cuenta. “Me detuve aquí para estirar las piernas y revisar la presión de las llantas. Fue una suerte haberlo encontrado, porque ya no tenía cigarros”.

179


Blues del perro de Pavlov

Mientras me decía esto, se dirigió a la cabina, movió el respaldo del asiento y sacó una especie de bat. Jugueteó con él y comenzó a golpear las ruedas. “¿Sabe una cosa?”, me comentó al regresar, “no debería estar aquí; las carreteras son muy peligrosas. Y dicen que en los cruceros poco transitados se aparece el amigo”. Un escalofrío casi me hizo soltar el estuche de la guitarra. Volvió a reír, mientras acomodaba el bat. Sacó una botella de tequila Herradura y me la tendió. “Echese un trago. Le hace falta. Es más, quédese con ella. Sólo regáleme unos cigarros para llegar hasta donde pueda comprar de los míos”. Tomé la botella y le di la cajetilla. No vi cuántos tomó. Sólo vi el movimiento que hizo para guardarlos en el bolsillo de su camisa. Me la devolvió. Subió a la cabina. Quitó el freno d e e s t a c i o n a m i e n t o, a c e l e r ó u n p a r d e ve c e s, p u s o l a s direccionales para tomar de nuevo la carretera. “¡Cuídese, chavo. Yo sé lo que le digo. Ai nos vemos”. Me hice a un lado, mientras con lentitud el enorme transporte entraba a la cinta asfáltica. Con rápidos cambios, el sonido del motor y las luces se fueron alejando. Me quedé allí parado. Miré al cielo y vi una media luna que pugnaba por deshacerse de las sombras de unas nubes del Golfo de México que pasaban frente a ella con rapidez. Ahora, en algunas partes de la bóveda celeste, algunas estrellas titilaban tímidas. La escasa luz que en este momento provenía del cielo animó a los grillos a cantar. Me disponía a regresar al sitio donde estaba sentado, pensando en regresar lo antes posible a México, en las palabras de la Maestra Celis y en las patrañas que un joven desesperado 180


Arnulfo Rubio Ríos

llega a creer por conseguir sus anhelos, cuando la voz de una mujer a mis espaldas me sobresaltó: “Hola, muchacho. ¿Qué andas haciendo por acá?”. ¡Dios, este susto fue mayor que el otro! Brinqué y otra vez la adrenalina puso a trabajar mi corazón a marchas forzadas. Era demasiado para una sola noche. ¡Diablos! ¡Nunca me había asustado de tal manera! Una rubia, un poco mayor que yo, me dijo casi con sorna: “Calma. Parece que hubieras visto al diablo”. Iba vestida con una minifalda y una chamarra de mezclilla. Una blusa negra escotada completaba su atuendo. El pelo lacio, amarillo, le llegaba hasta los hombros. Debo haber permanecido ante ella con expresión estúpida. “¡Qué frío hace!, ¿verdad? ¿Venías en el trailer?” “Nnnooo, titubée al responderle, aquí estaba yo cuando llegó”. “Te vi hablando con el chofer. Les grité, pero no me oyeron. Quería pedirle que me llevara”. Mientras hablaba, la observé. Estaba formidable. Pantorrillas bien formadas, muslos fuertes, cintura estrecha y grandes senos. Pero lo que más me subyugaba eran sus grandes ojos verdiazulados. La aprecié tratando de ser discreto, mientras acomodaba la botella bajo el sobaco y trataba de guardar los cigarrillos. Se agachó a recoger una pequeña maleta floreada y me fijé en su cuello, alrededor del cual portaba un yazqui oaxaqueño, símbolo de que era maciza, es decir que con ella se podría hablar de amor libre, drogas, libertad, rock, libertad y todo eso. Sonreía todo el tiempo, mostrando unos dientes blancos, alineados y bien cuidados. “¿Adónde vas?”, le pregunté. “A cualquier 181


Blues del perro de Pavlov

parte. Viajaba con unos cuates en un coche, pero quisieron pasarse de listos allá adelante. Me bajé. Cuando no quiero, pues no y ya”. El frío arreció. Las nubes volvieron a tapar la luna. Y ahí estábamos los dos, sobre el acotamiento del carril con dirección a México. Sacó un paquete de Raleigh de la chamarra. Se llevó uno a la boca y así, con la boca cerrada, me pidio lumbre. Nervioso, hurgué en los bolsillos de mi chaqueta. Temblaba por su belleza y su cercanía, tratando de evitar que el fuego se apagara. Fallaba. Sólo encendía una parte de su cigarro, que luego se apagaba. Impaciente, volví a interntarlo. Froté el fósforo y lo acerqué a su rostro, juntando mis manos para proteger la llama. Ella rodeó mis manos con las suyas y me estremecí con su contacto. Pero esa sensación agradable desapareció, dejándome sumido de nuevo en el terror, al ver en el dorso de la izquierda el mismo tatuaje que había visto momentos antes en las manos del trailero. Una gran debilidad se sucedió a mi sobresalto. Puse el estuche en el suelo, tratando de calmarme. Cogí la botella y apuré con desesperación grandes sorbos. En ese tiempo no era un bebedor, así que el tequila comenzó a quemarme desde que cayó en mi boca. Mezclado con mi saliva amarga, tragué la mezcla. No quería mirarla. “¿Cuántos años tienes?”, me preguntó luego de arrojar con displicencia el humo al cielo. “Veinte, los acabo de cumplir”, respondí. “¿Cuándo?”. “En enero”. “¿Acuariano, eh?”. “Sí”. “¿Tú?” “Capricornio”. Sonrió. “¿Eres músico?”. “Quiero serlo”. Al responderle con entusiasmo, el miedo quedó atrás. “Pues está difícil. No me interesa desalentarte, pero conozco muchos que venderían su alma al diablo por fama y dinero”. La miré a los ojos. Sus pupilas destellaron. Sentí que me atraían, que perdía mi voluntad y mi conciencia. Parpadée con gran 182


Arnulfo Rubio Ríos

esfuerzo y sólo así recuperé el dominio de mí mismo. Estaba paralizado. Empecé a rezar. A pedir perdón por todas las maldiciones, blasfemias, mentiras y demás pecados de mi gran lista. Prometí mandas, ir diario a misa y obedecer a mis padres, maestros y superiores; respetar a mis hermanos, no odiar las borracheras de mi abuelo ni renegar de mi existencia. Juro que en esos momentos deseaba echar a correr por la carretera rumbo a México, a Tizayuca, a Pachuca, a las pirámides, a donde fuera, pero lejos de ella. Sin embargo, me encontraba sumido en una especie de pasmo letárgico. La botella cayó de mis manos, pero no se rompió. Ella se acercó a mí. Exhalaba un vaho cálido que me envolvía, causándome una especie de sopor que debilitaba mi voluntad, a tal grado que en ese instante yo hubiera hecho todo lo que me hubiera pedido. Vi cómo sus ropajes se difuminaban, dejando al descubierto el mejor cuerpo femenino que hasta entonces mis ojos habían visto. El centro de ese cuerpo fabuloso palpitaba y por sus muslos resbalaba un líquido cristalino, mientras sus ojos seguían fijos en los míos y su boca carnosa y roja se entreabría, acercándose a la mía. ¡Dios! Estaba a punto de dejarme ir, de abrazarla para poseerla, cuando la imagen de la guitarra se insinuó en mi mente. Pensé en mi padre, en las noches que pasé junto a él trabajando en el instrumento para darle forma, en el dinero que mi madre extrajo del gasto para ayudarme a comprar la pastilla. Pensé en Jimi Hendrix, muerto; en Robert Johnson, muerto; en Jim Morrison, muerto; en Greg Allmam, muerto; en Janis Joplin, muerta, en fin, en todos los caídos. Súbitamente conseguí sacar un grito desde el fondo de mi alma, de mis pulmones y de mi corazón: ¡Nooooooooooooooooo! Ignoro cuánto duró. Pero me aferré al sonido de mi propio grito como única manera de ayudarme a salir del trance. 183


Blues del perro de Pavlov

Ella me sacudía, con violencia. “¿¡Qué te pasa, escuincle pedorro!? ¿Quieres a tu mami para que te cambie los pañales? ¿Tienes miedo de que tu papi te regañe por perder la guitarrita que le hizo a su hijito con todo su amor?” Su voz se iba haciendo más grave y sus manos comenzaban a herirme. Mi cabeza oscilaba de atrás para adelante, a causa del fuerte zarandeo. “¿Quieres ser un gran blues man y no entregar nada a cambio? ¿Quieres tocar con un estilo que te haga entrar al hit parade de la noche a la mañana? ¡Sólo dime que sí, que lo deseas con toda el alma, que estás dispuesto a hacer lo que yo te diga y mañana, es más hoy mismo, estarás alternando con los maestros! “¿Qué, me querías embromar? ¡Ustedes los humanos no aprenden! ¡Fuera de aquí, niño caguengue! ¡Me haz hecho perder mi tiempo! ¡Debería despedazarte aquí mismo y dejarte tirado en la carretera para que te despanzurren como a un vil perro!” Ahora era el yaqui el que me zarandeaba, a veces con la voz de ella, otras con la voz profunda. El dolor de mis hombros era ardiente. Sus manos me oprimían con tal fuerza, que los huesos de mi tórax tronaban. Iba a desmayarme. Conocía bien la sensación. Solía sucederme cuando iba a las tortillas, antes de que de Don Celorio desplazara a los grandes comalones metálicos que hacían irrespirable el aire. Perdí la conciencia. A la mañana siguiente, abrí los ojos. Vi, recortándose contra el azul diáfano del cielo, a un grupo de lugareños, intrigados unos y burlones los más. La botella estaba mi lado, vacía. Tenía el estuche como almohada. Sus rostros morenos, resecos, curtidos por el aire y el sol, me devolvieron la calma. No podía moverme. Me dolía todo el cuerpo. 184


Arnulfo Rubio Ríos

Así, tirado, escuché el ruido de unas ruedas al deslizarse sobre la grava. Giré el cuello no sin dolor y vi una patrulla de caminos. Un oficial caminó con paso firme hasta donde me encontraba. Sus botas de media caña eran lustrosas. Se arrodilló ante mí, preguntándome: “¿Te atropellaron?”. “Sí, lo atropelló una botella de tequila”, dijo uno de los campesinos. Todos rieron. No, no fue un sueño. Aún tengo en los hombros diez marcas, cinco de cada lado. ¿El trailer? No sé si existió o fue una visión inducida por ya saben qué. ¿La guitarra? Abrí el estuche y estaba vacío. Le expliqué al oficial que no estaba borracho, que habían intentado asaltarme. La prueba, mi guitarra, colgaba de los alambres, sostenida por algunas cuerdas rotas. Estaba chamuscada, destrozada. Subí a la patrulla. No quise poner demanda. El policía me dejó en La Venta. El blues, amigos, es un pacto. Aquellos que lo firman entregan su alma. Así que lo menos que podemos hacer es escuchar su furia, su melancolía, su alegría, su ritmo carnal, su tristeza, su desesperación, su valemadrismo, con algo de respeto. A fin de cuentas, también es divertido. Es una manera de vivir...y de morir. So, si se trata de blues, de esa hebra poseo un carrete. No se aprende. Se huele. Es como el mal o la virtud. Desde esa noche infausta, aprendí a oler. Por eso puedo oler el mal. Sé si un tipo es de mala entraña, un traidor, un mentiroso, un ladrón o un asesino. La rubia esa, o el indio yaqui, me dejaron, además de varias noches de insomnio, días de tartamudez, sudores y palpitaciones, abierta la puerta de la intuición. Desde que los olí, huelo la maldad. Puedo hacerlo a la distancia. No a kilómetros, pero sí de un extremo a otro de una sala de espera, un billar, un centro de reunión. Quienes cantan el blues sufren, han sufrido y sufrirán. Están pagando su cuota. ¿Quién sabe? Pero, ¿qué me preocupa? Todos los 185


Blues del perro de Pavlov

artistas pagan su cuota. A Dios o al Diablo. Me refiero a quienes plasman su esencia en el legado, a pesar de la adversidad. Lo demás es bisutería. La creación verdadera, al igual que el mal y el bien, pueden olerse. Así divago en esta noche, mientras me dirijo a la casa de Lodda. Por mi encadenamiento pavloviano, la música me da recuerdos o cierta vitalidad, energía, para proseguir. A veces sensaciones de euforia, de fuerza. Es parte de mi burbuja protectora, es mi pecera. Cuando me abstengo de su compañía, dejo una abertura por la que se cuelan inesperadamente las imágenes del pasado. ¿Por qué?, me pregunto, si soy un presenecto de 43 años. ¡Vamos, ni que fuera un anciano! Pero la voluntad no puede con todo el trabajo. ¿O si? Mi maestro Nietzche me azotaría duro por ello. Amo las noches, sobre todo cuando manejo y escucho música. Adoro manejar. Tal vez por la posibilidad latente de tomar un sendero inesperado y marcharme sin decir adiós. Esa tentación me excita. Jugar las cartas del destino. O más bien, ponerme en sus manos. “OK, señor Destino. Aquí estoy. No traigo equipaje ni pasado. Tampoco un clavo en la bolsa. Usted dígame, ¿qué sigue?”. Cada orden cumplida es una desquebrajadura en las pelotas. Una hormona que muere. Unos cuantos cientos de miles de espermatozoides que se suicidan. ¿Por qué? Fácil: porque las viejas estirpes, los clanes, se han derrumbado en este predominio de lo masivo. Aquí vamos, el coche y este servidor, deslizándonos por las avenidas de la tibia noche tapatía. Avenida Vallarta, hacia el poniente, de subida, para después tornar a la derecha en avenida Patria. Caminito gardeliano, un tanto cuanto cotidiano, como en esta ocasión en que ella está acá. Me refiero a Lodda. De otra manera, mi camino sería otro. Avenida Vallarta hacia el oriente, de bajada, hacia el centro, hasta la glorieta Minerva, para 186


Arnulfo Rubio Ríos

rodearla, recibir la brisa de sus aspersores, mirarle el rotundo trasero y enfilar hacia el norte. Pero no. Ella está aquí y el hombre necesita el consuelo del cálido regazo femenino. Aunque deba pagar por ello. El vertedero de nuestros lamentos, la réplica de la madre sustituta que nos otorga desde el magnificente pedestal que le erigimos una dádiva en forma de caricia, haciéndonos sentir necesitados de protección, de cariño, devolviéndonos a la infancia, cuando fuimos protagonistas de la repetición del esquema. ¡Ah, maese Pavlov, déjame lamer tu mano, menear el rabo y secretar abundante saliva al escuchar el sonido de tu campana! ¿Dónde, es decir, en qué acto de mi vida me despojaré del collar, de la peluda zalea, de los colmillos achatados por el desuso, de los ojos tristes y lagrimosos para ser un hombre? ¿En la cueva de una montaña, lejos de la manada? ¿En la manera de comer, la etiqueta y todo eso? ¿A través de la religión? ¿En el arte? ¿En la filosofía? ¿En el amor? Si es en el amor, bienaventurados los que aman, porque han encontrado lo que muchos pasan buscando toda su vida, sin conseguirlo. ¿Supiste algo de ese asunto, Pavlov? ¿O lo confundiste sólo con secreciones, erecciones y espasmos? Permíteme resguardarme de tus discípulos, mediante la conjugación de tan manido y vilipendiado verbo: amar. Porque hasta el reducto donde lo guardo no llegan las ondas hertzianas, los prejuicios, ni las diferencias de clase. Hasta allí sólo se permite la entrada al blues, precisamente. Es decir, puede entrar la música, siempre y cuando no aburra o tenga intenciones de vender. A la entrada, me echo como el más fiero bulldog, con la expresión más sanguinaria en el rostro, dispuesto a matar al profanador. 187


Blues del perro de Pavlov

Hay una lista, que el Estado Mayor del corazón me ha hecho llegar. Es un memo con los nombres de quienes tienen acceso: Don Celuloide, Doña Tipografía y su familia, la Señora Poesía (aun cuando venga con los parientes cursis), la señorita Esoteria y su primo Tarot, Doña Pintura, la anciana venerable; el señor Teatro; cómicos de la Legua -de ellos nadie acude últimamente-; los Jóvenes Vagos, Cínicos y Suripantas, siempre y cuando se comporten (como tales); Don Ladrón de la Alta Escuela y el Maestro Filósofo. A Ella, que reside permanentemente allí (pues dispone de una llave especial, para una puerta especial) no la incluyo en esta lista. Teoría de conjuntos, ustedes saben. Claro, ustedes saben a quién me refiero: a Lodda. Confieso que merced a su buen corazón (de ella) suele colarse algún indeseable. Pero aguanto. Por ella. Sólo por ella. Justo es decir que en ocasiones los embates de la moralidad burguesa, los lengüetazos venales de la mediocridad, los bolsillos vacíos, la palabra tiempo, la soledad, la lejanía y el ala radical de los esbirros de Pavlov han estado a punto de destruir mi fortaleza. Yo mismo la he emprendido a marrazos y martillazos contra ella (la guarida), desesperado, acorralado, acogotado, presionado. Pero siempre algo, una palabra de consuelo, una caricia, un beso, una mirada, una sonrisa de ella, de Lodda, me han ayudado a evitar la destrucción del recinto sagrado. A veces ha sido el estímulo, mi propio amor. A veces el blues. O sus parientes: el jazz y el rock. No obstante los años, sigo temblando antes de verla. ¿No es esto hermoso y cursi a la vez? Me refiero a los años acumulados en mi cuerpo. A los años que tengo de haberla conocido. ¡Sí señor! Como un gamberro. ¡Bravo por mí! ¡Bravo por ella! Si no temblara, ¡qué aburrimiento! 188


Arnulfo Rubio Ríos

Prefiero olvidarme del peinado, de rasurarme, de la etiqueta, de la cartera, de lavarme los dientes, de cortarme las uñas, con tal de no caer en la rutina, la costumbre. Aquí voy. Toco. Las luces se encienden. Ella desciende por la escalera de cantera rosa de Morelia. Me besa. La abrazo. Caminamos hacia la sala. Me pregunta por el resto del día, lo sucedido después de la comida, que compartimos. Me embriago en la luz de sus ojos criminalmente hermosos. (¿Cómo voy Pavlov? ¿Eh? ¿Estoy dentro de la norma? ¿Has contado mis palpitaciones? ¿Has visto mis pupilas dilatadas? ¿Has percibido el sudorcillo en mis manos? ¿Has notado ya mi estúpida expresión?) Aspiro su perfume. CK1, de Calvin. Su voz profunda, grave, de fumadora empedernida, me arrulla y me arrolla. Repasamos las trivialidades de la existencia pragmática, las cuentas de la tienda, la agenda de mañana, la probable ida al cine a comer palomitas con Coca cola y pelearnos con los latosos de siempre. Caminamos hacia el desayunador. La mesa está puesta, de nuevo, para la cena. El jardín está iluminado con esos focos verdes que resaltan el color del césped y de las hojas de las plantas. Es una noche fresca. Silvia sale del cuarto de servicio al escucharnos conversar. Pregunta qué vamos a cenar. Me apetece un vaso de leche fría en las rocas, con Nescafé. A ella también. El huevo y el aceite se mezclan en la sartén. El olor de la cebolla frita estimula las secreciones, preparándonos para recibir los alimentos. El pan blanco de la mañana se dora y su aroma se suma al perfume de Lodda, al mío, al de la cebolla, al del huevo, al del café 189


Blues del perro de Pavlov

instantáneo y al de la noche tapatía que penetra en tímidas oleadas a través de los mosquiteros, junto con el canto de los grillos. Después, los rayos de la TV se hacen presentes con el click del control remoto, brindándonos tema de conversación. Retazos de películas, noticias, telenovelas, programas de consurso y toda esa parafernalia de la inutilidad, de la vacuidad. Fumamos un cigarro de los suyos, mientras el cansancio (Pavlov) intercala en nuestras mentes una imagen: la cama; una sensación: los pies sin calzado, con la luz indispensable para leer (yo) y para ver TV (ella). Discreto, el blues de la existencia cotidiana ha vuelto a su lugar, una dimensión paralela, gemela, cercana, adyacente; a la espera del conjuro, del llamado, la invocación de aquel que la requiera; de quien lo necesite para recorrer una parte del sendero y acompañarlo en la adversidad, en la soledad, en la desesperación. Porque, han de saber, el blues es todo un caballero. Y sabe hacerse a un lado cuando llega el amor.

190


Arnulfo Rubio Ríos

ENCORE

Camino a casa. La diferencia consiste en que no habrá mujer esperándome; ni habrá cama tibia, ni muslos suaves y cálidos enroscándose alrededor de mis piernas para darme calor. Tal vez sólo esté otra mosca. O la misma. ¡Qué importa! No habrá una presencia, ni indicios de ella, desperdigados por ese espacio, para darme claves, la certeza, de que alguien comparte el territorio. No habrá otro olor flotando entre los cuartos, ni de una persona, ni de café o perfume. Habrá paz. Soledad y frío, pero también tranquilidad a cambio. La balanza de pagos a veces se desajusta. Está bien. I’m goin’ home. Conozco dos versiones: la de los Stones y la de Ten Years After. Ambas estupendas. Los dos, Jagger y Lee, tienen su pacto. Ciudad casi desierta, Guadalajara. ¿Dónde será la próxima ejecución? En dos años no he visto una pelea callejera, ni siquiera por motivos de tránsito. ¿Dónde está el jaleo, la acción? ¡Tal vez mis correrías son tan inocuas, tan alejadas del mundo verdadero! Pavlov me ordena encender la radio.

191


Blues del perro de Pavlov

Ordeno a mi mano hacer girar la perilla en sentido contrario a las manecillas del reloj. ¿Cuántos actos reflejos realizamos al día? Si eso ocurre con las manos, los pies y la cara (el aspecto puramente físico) ¿qué no ha de suceder con los pensamientos (si los hay), las ideas (si las hay, porque también pueden ser ideas reflejas, ecos de los pregoneros que por radio y TV modelan la arcilla cerebral). La posibilidad de dar marcha atrás, paulatinamente, merodea. Es decir, tratar de evadir la tentación del control electrónico, de no encender la radio, de no mirar los periódicos, de no conversar. ¿Y, qué sucede? Terror. Miedo. Resistencia a la locura. Perdón, querido Pavlov. Nada tienes qué ver. Tú simplemente observaste a los hermanos canínidos y pusiste en la bitácora la evidencia, la prueba de que nos empeñamos en eludir, en olvidar, la parte reptiliana de nuestros cerebros, la herencia de millones de años que anhelamos reducir a dos milenios. El gran engaño, bajo cuyos cánones crecemos, con repetidores y reafianzadores de su teoría, tanto de buena fe como malignos. Miramos siempre hacia afuera y la mayor parte de las veces ni siquiera a las estrellas, al cielo, a las nubes, a la lejanía, con sus montañas y atardeceres. Nunca hacia adentro. Tenemos pánico de la soledad. Porque ella nos muestra el rostro verdadero, profundo, esencial. Tenemos pavor de nosotros mismos. El blues de la soledad aguarda fiel, paciente. El blues que me fue presentado por su descendencia, el joven Rock & Roll y su primo, el Jazz. Abuelo difícil de entender en su sencillez y aparente monotonía. Amigo después, mejor que muchos de mis amigos. Abuelo blues, que en el inicio llegaste a mis primeras celebraciones de la mano del charro Avitia, de Pedro Infante, de Chelo Silva, 192


Arnulfo Rubio Ríos

de Cuco Sánchez, de Los Panchos, de Los Jaibos, en tu viejo traje gastado de tweed, con el pelo cano. Y poco a poco me fuiste ganando con tus consejos, más sabios, más prácticos, más acordes con mi mundo, que no era de mujeres de vestidos entallados saliendo de burdeles; que no era de charros justicieros echando balazos, ni llorando ebrios por el amor de una ingrata; que no era de caballos, ni haciendas, ni mujeres trenzudas; que no era de hombres viejos jugando a ser adolescentes con las generaciones reprimidas; que no era de jóvenes nobles que, si se dejaban pisotear por todos y trabajaban honestamente, llegarían a casarse y a ser felices; que no era el mundo donde el bueno triunfa y la bofia defiende la injusticia; que no era de mujeres impolutas, vírgenes, tiernas, sino de hembras fuertes, independientes, briosas, que sabían cómo hacer el amor. Viejo abuelo blues, que cambiabas de rostro, de estilo, de instrumento. Hoy, Mr. Dixon, ayer Blind Lemmon Jefferson, Furry Lewis o John Lee. Tu apellido podía ser Elridge, Johnson, King, Charles, o presentarte con un apodo. Podías ser Armstrong, Parker, Bassie, Gillespie, Davies, porque eres versátil. Hasta blanco o albino como Clapton, Mayall o Winter, podías ser. Viejo renegado, libidinoso, melancólico. Viejo cornudo, matón o vago. Viejo desobligado, borracho y junkie. Viejo poeta, abuelo del caído, de quien cae constantemente y se endereza porque sí, porque no les va a dar el gusto de doblegarse, de matarse, de hacerse a un lado, de dejar de respirar, de beber, de bailar, de cantar, de fornicar, nada más porque sus enemigos (que son los de todos) lo consideran inferior, un estorbo, una ofensa al buen gusto. Viejo malandrín de enorme corazón. En tu ejemplo muchos se han perdido, pero por causas más baladís se ha per193


Blues del perro de Pavlov

dido el ser humano. De más peligrosidad son los fanáticos, los detentadores de la gran verdad. Viejo ignorante que aprendiste a hacer ruido con latas y lavaderos. Viejo sabio que no necesitaste acudir a Juiliard para hacer suspirar y gemir a ese saxofón con conexión directa a las glándulas suprarrenales, a los testículos, al estómago, a los pulmones, al corazón, al chacra que desees. Viejo transgresor que te burlas del tuxedo, la hipocresía y la decencia de la cáfila de mafiosos que se dan cita en el Royal Albert, el Metro, la Scala, el Lido o el Auditorio. Viejo negro con parientes desperdigados por el mundo en tribus, aldeas, burgos, montañas, cuevas, cantinas, lupanares, residencias y favelas. Viejo Neanderthal que transportas al hombre hacia aquel instante en que, maravillado por el atardecer y el milagro de estar vivo, emitió un gemido en lo alto de los riscos, sintiendo su propia voz emerger de lo más profundo de su interior, para mezclarse con los sonidos armónicos del mundo, con el viento que le acariciaba la piel, con el canto de las aves, con el rugido de las fieras, con el sonido inquietante de los insectos. No cantos de alabanza, como quieren hacernos creer los tontos que se creen los listos, sino sucesión de ruidos y silencios: expresiones del hambre; del deseo; de la tristeza; del desconcierto; de la sorpresa; del peligro y el misterio por estar aquí un instante y, en ese instante, poder percatarse también de la esencia del sonido que ha emergido del corazón, del intestino, de los cojones y descubrir que ese tono, con esa intensidad, en ese preciso momento, son la verdadera constancia de nuestro paso por la tierra. Mientras, otro loco como él, metido en una cueva (quizá golpeado y humillado por los otros, los cazadores, hasta en 194


Arnulfo Rubio Ríos

tanto no se sorprendían por la magia invocatoria de las pinturas rupestres), con rupestre alquimia mezclaba su propia sangre, agua y savia de yerbajos, para decorar la cueva común con las escenas vistas allá afuera: sus compinches afanándose alrededor de una fiera, con alaridos, varas puntiagudas y piedras. Entretanto (¡Qué importan el tiempo, las fechas!) otro loco juega con el agua y la tierra, mezclándolas, moldeándolas, hasta obtener una vasija que coloca sobre el fuego, ante los reproches, manoteos y miradas severas de las ancianas. Y una vez fraguada la pieza la enseña jubiloso a los demás, hasta que el jefe, con gesto despectivo, la arroja contra una roca haciéndola añicos, porque para él y el grupo, lo más importante son la carne del animal, su sangre y su piel. Y más allá, en otra caverna, donde mora solo, otro loco arroja yerbas aromáticas a la lumbre, mientras adorna su cuerpo con los huesos de las fieras cazadas y se pinta el rostro, con tintura de insectos y de plantas. Danza y gruñe, a la luz de la luna, esa noche en que ha descubierto que la sombra de la luna se proyecta sobre la marca colocada por él en un sitio secreto 28 días atrás. Ah, viejo blues vara de mago, carta de tarot, esfera de adivino, dados que ruedan, letanía sacra, remedio de la farmacopea divina contra el síndrome de Pavlov, el cual padezco. Hermanos del blues, basta por hoy. Es hora de tender mis huesos y mis carnes, para que la sangre deje de agolparse en mis piernas y mi alma obtenga un poco de reposo. Es hora de cerrar los ojos en la oscuridad, en silencio; es tiempo de suspirar, después de respirar profundamente y de soñar con la libertad, con el amor, ahora que todavía se puede.

FIN 195


Blues del perro de Pavlov

196

Blues del Perro de Pavlov  

¿Novela? ¿auto terapia? Un hombre detrás del mostrador divaga del pasado al presente, ayudado por la música escuchada desde que tiene memori...