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Abel y el potrillo Durante meses hicieron lo mismo mañana y tarde. Hasta que el día que cumplió doce años, dos años después del accidente, tomado de la montura, Abelo quedaba parado. No caminaba, pero ya estaba parado. Solo Dios, Abelo y el potrillo, sabían de ese milagro. Ese cumpleaños, tal vez fuera para los padres, el más feliz de todos. Pocos meses después, los médicos le dieron muletas para que intentara caminar con ellas. La primera semana lo hizo con defectos y complicaciones, pero las llegó a manejar con destreza. Mientras, seguía con constancia colgándose de las clinas del animal e intentando caminar. El correr de los meses, no solo le daba fuerzas a las piernas, si no, que ya marcaba pasos. Eran dudosos, pero pasos al fin. Los trece años, lo encontraron asistiendo a la escuela con muletas. Sus movimientos fueron cada vez más seguros y con fuerzas en las piernas. Mientras, seguía insistiendo tozudamente colgado de las clinas de su caballo intentando dar pasos. Hasta que el milagro anunciado, se hizo. Parado al lado del caballo, se tomó de la montura y muy despacio el potrillo lo guió y sostuvo. En el ultimo intento, el caballo le negó su cuerpo, hizo que el joven debiera apoyar su peso en las piernas, y al ver que le respondían, comenzó a caminar. El caballo alejado a un metro de él, sólo le dejaba su bozal para que se tomara, y con una ternura sin igual, lo fue llevando por el parque, hasta dejarlo frente a sus abuelos. Los ancianos, abrazados y emocionados, lloraban de felicidad. Abelo, también lo hacía, su sueño se había hecho realidad. Soltó al animal, quien dulcemente se puso a su lado y juntos hicieron los cinco o seis pasos hasta adonde estaban los abuelos. Abrazados los tres lloraban y agradecían a Dios por lo que estaban viviendo. El abuelo se separó de ellos, se acercó al potrillo, abrazó su cabeza y lo besó con una ternura, que Abelo y el potrillo no olvidarían jamás. Abelo, se despegó de la abuela y dubitativo, pero con una fe envidiable, caminó hasta el caballo. Pidió a su abuelo lo ayudara a montar y enfiló para los corrales adonde estaban sus muletas. Su abuelo lo siguió, pero cuando llegó, el potrillo ya tenía su morral puesto y el tacho con agua lleno.


Su nieto, apoyado en las muletas, lo miraba altivo y triunfante. Detrás, como decorado pensado por Dios, estaba el potrillo. El día que cumplió catorce años, Abelo se dio el lujo de ganar una cuadrera a su padre, apuesta cumplida en la calle de entrada a la chacra y adonde su caballo mostró su potencial. Pero… no toda dicha es completa. Al soltarlo en el corral, el niño vio como su amigo rengueaba de la mano derecha.

Cuando se la tocó, el animal pegó una espantada hacia atrás y se dejó caer al suelo. El jovencito comenzó a gritar como loco. Sus padres, abuelos y amigos, corrieron creyendo que se había accidentado. Al llegar lo vieron llorando abrazado al cuello del animal, que en su mirada vidriosa, mostraba el dolor. El coche de su padre, salió escarbando el piso, en busca del veterinario. La llegada del médico, encontró a Abelo, abrazado a su amigo. El médico le hizo señas para que lo dejaran, mientras se ponía a trabajar sobre la pata del noble caballo y le pedía opiniones al joven. El médico fue tajante, el animal está quebrado. Tendremos que sacrificarlo. El grito del niño fue desgarrador. El padre le dijo al médico, que de eso ni se hablara. Así debiera tener ese animal en una silla especial, solo de viejo moriría. El médico sugirió entonces, algo que sonó gracioso para muchos, pero factible para los dueños, ver un traumatólogo. Abelo, ni lo dudó, pedió fuera el mismo que lo había atendido a él. Los dos, padre e hijo, fueron por el profesional. Éste sabía de la importancia del animal en la cura del niño, y no especuló. Esa misma noche, el galpón de las máquinas se convirtió en sala de operaciones. El médico trabajó por más de tres horas, debió quebrarlo del todo, arrimar el hueso, poner clavos, enyesar con cinta leve y por encima puso una venda térmica. Colocó un calmante muy fuerte, dejando al


animal sobre un colchón de paja mullido preparado especialmente por Abelo y su padre.

armó cama

Abelo, su allí

mismo, y se dispuso pasar la noche junto a su amigo. Nadie lo contradijo, sabían lo que valía esa vigilia para él. La mañana lo encontró jugando con las crines de su caballo. El abuelo, trajo su café con leche y un morral para el caballo. Parecían dos niños que habían pasado una noche de juegos. A la semana, el médico dijo que la mano del animal había sanado bien, y que si lo ayudaban un poco, sería factible que sin el yeso y la venda, caminara sin miedo. Y así fue. El medico azuzó al animal y con esfuerzo, se levantó. No apoyaba su pata, pero el médico aseguró que era el reflejo propio de un lesionado. Que ya ganaría confianza y lo haría. Volvió apretar la zona afectada y el animal no la negó, eso mostraba que la quebradura ya estaba bien y que el dolor había desaparecido. Fueron dos semanas, en las que el niño ayudaba al potrillo, ahora era él, el que debía aprender a caminar de nuevo. A la tercera semana, Abelo lo acercó al alambrado y como si su potrillo fuera del cristal más frágil del mundo, lo montó con cuidado. Lentamente fueron ganando confianza hasta llegar al patio de la casa. Sus padres y abuelos, vieron como el niño había devuelto el favor a su amigo… Hoy, el Veterinario Mauro De Paula, Abelo, dedica su vida al cuidado de caballos. Se especializó en cirugía, y no hay en el país quién entregue tanto amor y sacrificio, para salvar a un yeguarizo. Organizó una tropilla amansada por él y hace terapia con niños down y autistas, con resultados maravillosos. ¿El potrillo? allí está en el campo. Siempre esperando a su amigo Abelo.


Abel quería mucho a su amo el potrillo Dijo el potrillo ¿Abel donde andas ? ¿Abel donde andas? Bino abel y el potrillo feliz estaba se fueron a granja a caminar un rato de eso el potrillo le dio e comer a abel el caballo un hermoso caballo su pelo liso color café ese caballo era único para el potrillo pero el potrillo le gustaba su caballo Abel termino de comer y se fue con el potrillo ´para que lo monte El potrillo le dijo a abel otra vez -abel eres un caballo de los mejores -abel eres única Poco después El niño y su padre llevaron la peor parte. Abuelos y vecinos, desfilaban preocupados por la sala del hospital, esperando noticias. Los médicos mostraban preocupación, pero ante los familiares, trataban de disimular, dándoles fuerzas y esperanzas. En pocos días, las buenas noticias fueron más frecuentes. De terapia intensiva, padre e hijo, fueron a una intermedia y luego, a una de cuidados normales. Allí pudieron recibir visitas y agradecer a todos por la preocupación. La primera reacción de Mauro fue preguntar por su potrillo. Su abuelo le contó, que durante su convalecencia, cuando veía la pick up llegar al campo, el potrillo corría al costado del alambrado, esperando verlo. Al observar que no estaba, corría hacia el campo y desde lejos relinchaba largos minutos. Y terminaron con una buena noticias y fueron con una gran amistad al fin Fin

Abel y el potrillo 1h jose armando tah  

esta novela es de una gran amistad de el caballo abel y el potrillo esta se recomienda para las personas que tengan problemas entre otroas e...