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CONTENIDO

Primera Parte El poder y propósito de la oración ....................................... 13 Los puntos de referencia de la oración: de la cabeza a los pies .......................................................... 31

Segunda Parte Treinta días de orar lo que dicen las Escrituras a favor de tu marido de la cabeza a los pies ..................................... 57

Apéndice Ora por su salvación.......................................................... 241 Ora por su paternidad ....................................................... 247 Ora por su sanidad ............................................................ 251 Tiempo para reflexionar .................................................... 257 El desafío de orar por treinta días ...................................... 259 Reconocimientos............................................................... 261 Notas ................................................................................ 263


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El poder y propósito de la oración

A

ún puedo recordar cuando estuve secuestrada en el “cuarto de la novia” de nuestra iglesia, momentos antes de que el organista comenzara a tocar música para los que ya habían llegado. Mientras estaba sentada delante de un enorme espejo dorado tratando de no arrugar mi vestido, soñaba despierta con el hombre que se iba a convertir en mi marido al terminar el día. Él era todo lo que yo había deseado: guapo, inteligente, ambicioso y fuerte. Y lo más importante: tenía una relación profundamente íntima con Jesús. Mi delicado traje blanco se ajustaba cómodamente a la parte superior de mi cuerpo y una cola suelta y satinada se arrastraba por detrás. Un velo reposaba sobre una mesa cercana, listo para colocarse sobre mi cabeza. Mi ramo de rosas blancas estaba atento, esperando ponerse en mis manos. Las personas más importantes en mi vida se reunieron en el santuario para ser testigos del “sí” de los novios. Sí, ese fue un buen día. Mientras miraba fijamente mi reflejo, mi corazón estaba lleno de esperanzas y de promesas, pero de pronto un pensamiento desagradable irrumpió en mi mente. ¿Acaso no es esto lo que sienten todas las mujeres el día de su casamiento? ¿Por qué entonces tantos matrimonios terminan en divorcio? ¿Me estaré engañando? ¿Soy tan diferente de las miles de mujeres que han caminado llenas de esperanza hasta el altar antes que yo? En ese preciso momento decidí que iba a hacer todo lo que estuviese a mi alcance para que mi matrimonio fuera exitoso. No me llevó mucho tiempo descubrir que las palabras a mi alcance eran un problema. “A mi alcance” no era suficiente. Los cuentos tradicionales siempre terminan con las palabras “y vivieron felices para siempre”, pero si pudiéramos leer sobre los días


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siguientes de esos matrimonios felices, muy probablemente descubriríamos diferencias, conflictos y discusiones. Los cuentos de hadas no nos hablan de la tensión que surge al determinar a quién le toca lavar los platos, pagar las cuentas o hacer dormir a los hijos. Excluyen la parte que trata del estrés de pasar los feriados con los suegros, la parte que trata de la frecuencia de la intimidad sexual y la de quién gasta qué y cuándo. Repetimos las palabras “en las buenas o en las malas” ingenuamente y después nos sorprendemos cuando asoma su horrible cabeza el primer ligero rasgo de “las malas”.

La oración puede cambiar todo Si tienes más que unos cuantos días de casada, es muy probable que hayas descubierto que tu bendita unión matrimonial no permanece muy bendita sin trabajar bastante. Y me atrevo a decir que el “trabajo” más importante que podemos hacer como esposas está en nuestras rodillas. El salmista escribió: “Si el SEÑOR no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican. Si el SEÑOR no guarda la ciudad, en vano vigila el guardia” (Sal. 127:1). Solo Dios puede proteger verdaderamente tu matrimonio. Solo él puede cuidar de tu esposo. Y él te invita a dar rienda suelta a su poder orando por tu marido, para que se derramen las bendiciones. Luisa vio suceder esto con su marido, Alan, de una manera milagrosa. Alan era un hombre duro, criado con cinco hermanos por una mamá soltera. Durante la época de la gran depresión económica a principios de la década de 1930, Alan aprendió a pelear por las cosas de la vida y llegó a la cima por medio de su determinación y sus agallas. Se casó a los diecinueve años, tuvo su primer hijo a los veinte y una bebita a los veinticinco. En las siguientes dos décadas progresó tanto que pasó de manejar un camión de repartos de un almacén de maderas a ser copropietario y presidente de una compañía de materiales de construcción en Carolina del Norte. Alan bebía bastante, peleaba con su esposa físicamente y aterrorizaba a sus hijos emocionalmente. Apostaba, hacía incursiones en la pornografía y tenía relaciones cuestionables repletas de vicios sucios.


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Pero cuando su hija adolescente se hizo cristiana y empezó a orar por su familia, Dios tomó el cincel de la gracia y comenzó a tallar el orgulloso corazón de piedra de Alan. Tres años después de la decisión de su hija de seguir a Cristo, su esposa Luisa también se convirtió en una creyente. Su esposa, su hija y un ejército de otros guerreros de oración empezaron a interceder por Alan ante Dios. Cuando Alan tenía cuarenta y seis años de edad, su vida dio varios giros inusitados y problemáticos. Debido a un negocio que había ido muy mal, lo demandaron por haber infringido un contrato que le impedía competir con un exempleador. Temeroso de que se expusiera esto en la corte y, más importante, lo avergonzara en su pequeña comunidad, Alan estuvo al borde de un colapso nervioso. Desde la perspectiva humana, parecía que estaba a punto de perderlo todo. Desde la perspectiva de Dios, Alan estaba exactamente donde necesitaba estar. Un día, en medio de un ataque de pánico, Alan manejó a su casa desde su trabajo, y luego recordó que su esposa estaba en una reunión en Pennsylvania. Subió nuevamente a su automóvil y manejó ochocientos kilómetros para tratar de encontrarla. Mientras manejaba por la ciudad donde esperaba hallar a su esposa, pasó por una iglesia. Alan giró inmediatamente, estacionó su automóvil y corrió hacia el edificio. —Disculpe, señora —dijo él con lágrimas en los ojos—. Necesito que alguien ore por mí. ¿Está disponible el pastor? Necesito ayuda. —Lo siento, señor —dijo la recepcionista de la iglesia—. Él no está, pero conozco a un hombre que lo puede ayudar. Aquí tiene —dijo ella mientras escribía las direcciones en un pedazo de papel—. El pastor de la iglesia bautista de la calle de abajo está haciendo unas obras de construcción en el nuevo edificio de su iglesia. ¿Por qué no va para allá? Le apuesto que él lo puede ayudar. Así que Alan volvió a entrar en su auto, siguió el garabateado mapa de la recepcionista y encontró al pastor campesino en medio de los árboles, construyendo su iglesia. Con un martillo en su mano y Jesús en su corazón, el pastor giró hacia Alan y preguntó: —¿En qué te puedo ayudar?


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—Necesito que usted ore por mí —explicó Alan, mientras lágrimas corrían por sus curtidas mejillas. —Sentémonos sobre este tronco, mientras me cuentas lo que está pasando. Durante varias horas, Alan se sentó con un colega de la construcción y le contó todo lo que había hecho. Cuando terminó su confesión, el pastor puso su brazo alrededor de este quebrantado hombre y dijo: —Ahora, Alan, permíteme decirte lo que yo he hecho. La manera en que Alan lo explicó posteriormente fue: —Yo le dije a este hombre todo lo que había hecho. Luego me dijo que él había hecho exactamente las mismas cosas. Y yo supe que si Dios pudo perdonarlo y él pudo llegar a ser un pastor, entonces Dios también podía perdonarme. Alan se arrodilló entre los árboles de Pennsylvania con ángeles revoloteando a baja altura. El ejército del cielo celebraba mientras él entregaba su corazón a Cristo y hacía que Jesús fuese el Señor de su vida. “Gracia asombrosa, cuán dulce el sonido…”. Pero para mí, esto es más que una dulce historia. Es un recuerdo milagroso. Alan era mi papá. Desde mis primeros años como cristiana, experimenté el poder que tiene la oración para cambiar la vida de un hombre, para fortalecer la determinación de un hombre, para proteger el corazón de un hombre y hacer madurar la fe de un hombre. Mi primer encuentro directo con la fidelidad de Dios para oír nuestras plegarias comenzó con mi padre y continúa hoy mientras lo testifico en las vidas de mi marido, mi hijo y una gran cantidad de maridos cuyas esposas claman a Dios en oración. Como esposa, tú tienes el poder de abrir las puertas del cielo mediante la oración por tu marido. Sea que tu esposo aún no haya decidido seguir a Cristo, tenga una fe tibia e incipiente o viva una fe firme y llena de fuego, no hay nadie más calificada para orar por su relación con Cristo que tú. No importa dónde se halle tu marido en la línea entre la carencia de fe y la fidelidad, te animo a orar con “la constancia de las cosas que se esperan, la comprobación de los hechos que no se ven” (Heb. 11:1).


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El poder y propósito de la oración

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Antes de que empecemos a orar por nuestros maridos, demos un vistazo a tu posición como guerrera de oración, al poder y propósito de la intercesión y a las promesas de la oración persistente. Empezaremos viendo la primera pareja casada que hubo: Adán y Eva.

Entonces Dios creó una Ezer “En el principio…”. Esas tres palabritas están cargadas de anticipación, y Dios no defrauda. Génesis 1:1 nos dice: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Dios dijo: “Hágase” y se hizo. “Por la palabra del SEÑOR fueron hechos los cielos; todo el ejército de ellos fue hecho por el soplo de su boca” (Sal. 33:6). Dios decoró el cielo con el sol, la luna y las estrellas, separó los mares de la tierra, esparció toda clase de semilla en la tierra y soltó bandadas de pájaros al cielo, enjambres de insectos al aire y cardúmenes de peces al mar. En el sexto día, Dios creó todos los animales que se arrastran. Y concluyó su obra con una fanfarria magistral: “Entonces dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza… Creó, pues, Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó” (Gén. 1:26, 27). Luego, como si el escritor realmente quisiera que entendiéramos completamente lo que sucedió durante la primera semana de la existencia de la tierra, levantó su lapicero y volvió a contar la historia. En Génesis 2:4, comienza de nuevo: “Estos son los orígenes de los cielos y de la tierra, cuando fueron creados”. Esta vez, cuando el escritor llegó a la parte en que Dios creó al hombre, interpuso la reflexión de Dios después de que formó a Adán y sopló aliento de vida a sus pulmones. Dios retrocedió, consideró al solitario varón y decidió: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gén. 2:18). Aquí es donde tú entras. “Le haré una ayuda idónea”, declaró Dios. Así que Dios se propuso a formar su obra maestra final. El toque supremo de su creación: la mujer.


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Hasta este momento en el relato de la creación, no tenemos palabras de Adán que se hayan registrado. Sin embargo, cuando puso los ojos encima de la bella Eva, me imagino que dijo: “¡Esto sí que es bueno!”. Sus palabras exactas fueron: “Ahora, esta es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada ‘mujer’, porque fue tomada del hombre” (Gén. 2:23). La mujer fue, desde entonces, la inspiración de la primera poesía del hombre y el final triunfal de la genialidad creativa de Dios. Retrocedamos, repitamos la escena y demos un vistazo a una palabra en particular que Dios usó en el relato de la creación. Dios dijo: “Le haré una ayuda idónea” (Gén. 2:18, énfasis añadido). La palabra hebrea que aquí se traduce como “ayuda”, refiriéndose a la mujer, es ezer. Este término deriva de una palabra hebrea usada con Dios y el Espíritu Santo: azar. Ambas significan “ayuda”, es decir, uno que viene al costado para ayudar, asistir o rescatar. Algunas versiones indican que esta “ayuda” es alguien que suple fortaleza en el área que le falta al “ayudado”. Ezer aparece veintiuna veces en el Antiguo Testamento. Dos veces se usa con la mujer en Génesis 2, y dieciséis veces se usa para describir a Dios o Yahweh como la ayuda de su pueblo. Las tres referencias restantes aparecen en los libros de los profetas, refiriéndose a ayuda militar. Curiosamente, las dieciséis veces que se usó la palabra ezer con Dios, también lleva connotaciones militares. “SEÑOR, sé tú mi ayudador” clamó David (Sal. 30:10). “El Dios de mi padre me ayudó y me libró de la espada del faraón”, proclamó Moisés (Éxo. 18:4). Evidentemente, la palabra ezer sugiere un rol de gran honor. Es un retrato de gran fortaleza. El teólogo William Mounce pintó un cuadro conmovedor: “Con tantas referencias de Dios como nuestro ayudador, es obvio que un ezer de ninguna manera es inferior al que recibe la ayuda. Esto es importante, porque esa es la palabra que usa Dios en Génesis 2:18, cuando dice de Adán: ‘No es bueno que el hombre esté solo. Le haré ayuda idónea’. Dios luego crea a Eva como su ezer. Según el diseño de Dios,


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por tanto, el hombre y la mujer, el marido y la esposa, han sido diseñados por Dios para estar juntos y ayudarse mutuamente en pelear las batallas de la vida. Y Dios está allí como el divino ezer para pelear con ellos”1. Me sorprendió descubrir que incluso a la mujer de Proverbios 31 —la modelo de las esposas y madres piadosas a través de los siglos— también se la mencionó en términos militares: “Mujer virtuosa, ¿quién la hallará?”, empieza diciendo el pasaje. “Porque su valor sobrepasa a las perlas” (Prov. 31:10). La Nueva Versión Internacional la llama “mujer ejemplar”. La Biblia Amplificada la describe como “una mujer capaz, inteligente y virtuosa”. La palabra hebrea que se traduce “excelente” o “virtuosa” también puede significar rica, próspera, valiente, osadamente valerosa, poderosa, poderosa guerrera2. ¿Captaste eso? Poderosa guerrera. En mi libro What God Really Thinks About Women (“Lo que Dios realmente piensa de las mujeres”), señalé lo siguiente: “Dios no creó a la mujer simplemente porque el hombre estaba solo… Él [formó] a la mujer para completar al hombre, para amar con él, trabajar con él, gobernar con él, vivir la vida con él, procrear con él y pelear a su lado. Ella es la imagen femenina en esta misteriosa unión matrimonial. La mujer era y es una guerrera llamada a pelear al lado del hombre en la batalla más grande que aún estaba por venir; una batalla que no se pelea con armas de fuego, sino de rodillas en oración”3. No estoy sugiriendo que te vistas con un uniforme militar. Estoy sugiriendo que Dios te ha dado un asombroso rol como guerrera de oración por tu marido. El apóstol Pablo instó a los creyentes a hacer guerra espiritual, armados y listos con la Palabra de Dios. “Por lo demás, fortalézcanse en el Señor y en el poder de su fuerza. Vístanse de toda la armadura de Dios, para que


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puedan hacer frente a las intrigas del diablo; porque nuestra lucha no es contra sangre ni carne, sino contra principados, contra autoridades, contra los gobernantes de estas tinieblas, contra espíritus de maldad en los lugares celestiales. Por esta causa, tomen toda la armadura de Dios para que puedan resistir en el día malo y, después de haberlo logrado todo, quedar firmes. Permanezcan, pues, firmes, ceñidos con el cinturón de la verdad, vestidos con la coraza de justicia y calzados sus pies con la preparación para proclamar el evangelio de paz. Y sobre todo, ármense con el escudo de la fe con que podrán apagar todos los dardos de fuego del maligno. Tomen también el casco de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios, orando en todo tiempo en el Espíritu… vigilando con toda perseverancia y ruego por todos los santos” (Efe. 6:10-18). Hay una batalla espiritual que se está librando a nuestro alrededor y Pablo nos exhorta a estar preparados, espiritualmente armados y físicamente alertas. Él enfatiza esto otra vez en su segunda carta a los corintios: “Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2 Cor. 10:3, 4). Aunque no tenemos autoridad sobre nuestros maridos, sí tenemos autoridad sobre el enemigo que trata de lastimarlo (Luc. 10:19). Por medio de la oración, los planes del enemigo son interceptados; los principados y potestades son derrotados. Mediante la oración, el poder y la provisión de Dios fluyen en la vida de su pueblo. Pablo nos dice que el matrimonio entre un hombre y una mujer es un ejemplo terrenal de una relación celestial entre Cristo y la iglesia (Efe. 5:22, 33). Satanás, por supuesto, quiere destruir esa imagen microcósmica. Empezó con la primera pareja en el huerto del Edén y hoy continúa atacando con todo a la institución del matrimonio ordenada por Dios. Las palabras de Génesis 3:1 que dicen “entonces la serpiente” continúan deslizándose en los matrimonios con la misma


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seguridad con que lo hicieron con la primera pareja de todos los tiempos. Pero aquí tenemos las buenas nuevas. Jesús dijo: “Pero ¡tengan valor; yo he vencido al mundo!” (Juan 16:33). Y no solo eso, Jesús dijo también que te ha dado poder y autoridad para vencer “sobre todo el poder del enemigo” (Luc. 10:19). “El que está en ustedes es mayor que el que está en el mundo” (1 Jn. 4:4). Tú eres una ezer, formada de manera singular y sobrenaturalmente equipada para batallar de rodillas en oración por tu matrimonio y tu hombre.

El propósito de la oración “Bueno, supongo que lo único que queda por hacer es orar por ello”. ¿Cuántas veces he escuchado estas palabras? ¿Cuántas veces se han deslizado entre mis labios? ¿Y si miramos la oración desde una perspectiva diferente… la perspectiva de Dios? ¿Y si viéramos la oración como nuestro primer curso de acción en vez de un último recurso? La gran mayoría de los correos electrónicos que recibo a través de mi ministerio giran alrededor de problemas matrimoniales. Las mujeres luchan con maridos que no viven a la altura de sus expectativas: hombres que trabajan demasiado y aman muy poco, hombres que se retraen emocionalmente y avanzan sexualmente, hombres que al principio parecen ser encantadores pero después revelan al villano que tienen adentro. Algunas esposas describen a sus maridos como duros de corazón, de mal genio y verbalmente peleadores. Otras se quejan de que sus maridos son distantes, pasivos y emocionalmente retraídos. Quizá tu esposo pertenece a una de esas descripciones. Por otro lado, tal vez tienes un adorable marido que te atesora, se preocupa por ti y te anima a que seas todo para lo cual Dios te ha creado. ¡Alabado sea Dios por ese hombre! Independientemente de dónde esté tu hombre o tu matrimonio en la línea que va de fantástico a terrible, siempre hay lugar para mejorar. La oración puede hacer que un mal matrimonio sea bueno y que un buen matrimonio sea fabuloso.


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Antes de empezar, quiero dejar esto bien en claro: la oración no es un medio para ganar control sobre tu marido hasta que se amolde y se convierta en el hombre que tú quieres que sea. La oración es un medio para renunciar a tener control sobre tu marido y pedirle a Dios que lo amolde hasta que llegue a ser el hombre que Dios mismo quiere que sea. La oración implica que el dedo que señala las fallas de tu hombre se doble junto con los otros en oración. La Biblia nos dice en Isaías 29:16: “¡Cómo trastornan las cosas! ¿Acaso el alfarero será considerado como el barro? ¿Acaso lo que ha sido hecho dirá de quien lo hizo: ‘Él no me hizo’? ¿Dirá lo que ha sido formado del que lo formó: ‘Él no tiene entendimiento’?”. Dios es el Maestro Alfarero y él verdaderamente no necesita que tú o yo le digamos cómo dar forma y amoldar esa maravillosa obra de alfarería llamada marido. ¡Vaya que nos gustaría! Con toda seguridad. Pero la meta final de Dios es que esa masa de arcilla esté formada según su diseño y para sus propósitos, no los nuestros. “Nosotros somos el barro, y tú eres nuestro alfarero”, escribe Isaías, “todos nosotros somos la obra de tus manos” (Isa. 64:8). Yo lo soy. Tú lo eres. Tu marido lo es. Dios da forma y amolda. Tú oras e intercedes. Santiago nos advierte acerca del peligro de orar con malas intenciones (Stg. 4:3). Deja afuera tu deseo de controlar, entra en tu cuarto a orar y no dejes que tu deseo entre allí contigo. La oración no tiene el propósito de lograr que tu marido haga lo que tú quieras cuando tú lo quieras. Permíteme ampliar un poquito esto. La oración no tiene el propósito de lograr que Dios haga lo que tú quieres cuando tú lo quieres. No es para doblarle el brazo a Dios y convencerlo de que haga lo que se te antoje. Él ya tiene en mente lo que más te conviene. Él ya tiene en mente lo que más le conviene a tu marido. Increíblemente, él te invita a desempeñar un papel en el milagro de convertir a tu marido en el hombre que Dios tenía en mente cuando lo creó. Tu rol no es fastidiar, manipular, engatusar ni controlar. La parte que te corresponde es amarlo y orar por él. Y conforme tú oras, Dios alinea tus deseos con sus deseos, tus pensamientos con sus pensamientos y tu corazón con su corazón.


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Dios no está acaparando sus bendiciones ni esperando que digamos las palabras correctas para que obtengamos las bendiciones de sus severas manos. ¡Él anhela colmarnos de su bondad! (Efe. 1:7, 8). Y sin embargo, él a menudo espera que nosotros le pidamos lo que necesitamos. No estoy diciendo que lo entiendo. La oración es simplemente la forma en que él eligió diseñar el flujo de su poder y actividad de la esfera espiritual a la física. La oración es el conducto por el cual se libera el poder de Dios y su voluntad es traída a la tierra como en el cielo. No es que Dios no pueda actuar sin las oraciones de su pueblo. Él puede hacer lo que le complazca (Sal. 115:3). No obstante, ha establecido la oración como la puerta por la cual fluyen sus bendiciones. Santiago nos recuerda: “No tienen porque no piden” (Stg. 4:2). Ezequiel ofrece un vistazo de lo que está en el corazón de Dios, en cuanto a la oración. Israel había pecado de todas los formas posibles y su pueblo estaba destinado a la destrucción. Dios dijo: “Busqué entre ellos un hombre que levantara el muro y que se pusiera en la brecha delante de mí, intercediendo por la tierra para que yo no la destruyera; pero no lo hallé” (Eze. 22:30). Dios buscó a alguien que orara, que intercediera, que se pusiera en la brecha por Israel, pero no hubo nadie. Hoy Dios está buscando mujeres que se pongan en la brecha por sus maridos, esposas que oren para que sus esposos experimenten la plenitud de la bendición de Dios. Estoy muy contenta de que él haya encontrado a dicha mujer en ti.

El poder de la oración persistente Desde ese día en el cuarto de la novia, he pasado muchas horas orando por mi marido. No tuve un terrible y tumultuoso matrimonio al que Dios transformó milagrosamente en un romance de cuento de hadas lleno de rescates de un príncipe azul, de inagotable enamoramiento y de viajes a caballo hacia la puesta del sol, mientras dejábamos atrás todo peligro y tinieblas. Aunque hemos tenido nuestra porción de tumulto y romance, nuestra relación no es de cuento de hadas. Nuestro matrimonio se lee mejor como un diario, una página tras otra, un día tras otro. Once mil seiscientos ochenta en el momento que estoy


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escribiendo esto. Algunas de las anotaciones están manchadas de lágrimas, otras están marcadas como favoritas. Algunas páginas de nuestra historia están estropeadas por fallidos borrones que no quitaron completamente las palabras que se dijeron; otras se han gastado de tanto pasar el dedo para hojear los preciosos eventos una y otra vez. Para la mayoría de parejas, la vida es simplemente diaria. Sin embargo, la acumulación de pequeñas luchas puede llegar a carcomer la relación como termitas que socaban el fundamento de lo que parece ser una estructura sana, con el tembloroso ruido de un desastre repentino. En los primeros años de nuestro matrimonio, mis oraciones por Steve se centraban más en el conflicto. Yo tendía a orar por él cuando sentía que él lo “necesitaba”: cuando surgía una situación difícil, cuando el trabajo era duro, cuando había aprietos económicos, cuando las relaciones eran confusas, cuando el estrés nos tenía fuertemente agitados. Y sí, yo vi la mano de Dios contestando esas oraciones de intercesión por mi marido. Pero conforme maduraba el entendimiento que tenía de la oración, también maduraba mi intercesión por Steve. Mis desesperados clamores a Dios en las dificultades pasaron a ser conversaciones diarias con él en lo común y corriente. Yo oraba por la protección y provisión de Dios para con mi esposo en la rutina diaria de la vida. Y si bien mi matrimonio no se salvó milagrosamente de haber estado al borde del desastre, he sostenido las manos de mujeres que han experimentado exactamente eso. El marido de Elisabeth, por ejemplo, era adicto a la pornografía, pero debido a la intercesión de su esposa, buscó ayuda y liberación. El esposo de Juana presentó una demanda de divorcio, pero se volvió a enamorar de ella a causa de la intercesión. El marido de Patricia estaba consumido por el trabajo y la ambición económica, pero debido a la intercesión de su esposa, volvió a poner su amor en su hogar. El esposo de Miriam estaba atado al dolor del abuso pasado, pero debido a la intercesión de ella, experimentó la libertad de la sanidad y el perdón. Yo he sostenido sus manos. He escuchado sus llantos. Me uní a sus oraciones. He sido testigo de sus milagros.


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Tal vez te estés preguntando si tu matrimonio está demasiado lejos de la felicidad. Quizá haya demasiado dolor que reparar. Demasiadas heridas que sanar. Demasiados errores que enmendar. Demasiado resentimiento que remediar. Demasiada amargura que mejorar. Demasiado quebrantamiento que reconstruir. Demasiada traición que perdonar. Demasiado. Demasiado. Reconozco que quizás tú hayas comenzado a leer este libro como último recurso. Tal vez sientes que tu matrimonio es tan caótico que no hay absolutamente nada que puedas hacer excepto orar. Bueno, ¡alabado sea Dios por eso! Estoy contenta de que te hayas rendido. La especialidad de Dios es la resurrección. Él resucita a los muertos… y eso incluye a los matrimonios que parecen no tener remedio. La Biblia nos muestra una y otra vez que lo que es imposible para el hombre es posible para Dios. Cuando Dios dijo a Abraham que su esposa de ochenta y nueve años de edad iba a tener un hijo, la husmeadora Sara se rió. El mensajero de Dios respondió calmadamente: “¿Acaso existe para el SEÑOR alguna cosa difícil?” (Gén. 18:14). En el Nuevo Testamento, encontramos palabras similares cuando el ángel Gabriel se apareció a una joven virgen llamada María y le dijo que iba a concebir un hijo. “¿Cómo será esto?”, preguntó María al ángel, “porque yo no conozco varón”. Y Gabriel respondió: “Ninguna cosa será imposible para Dios” (Luc. 1:26, 38). ¿No estás convencida? Permíteme darte un ejemplo más. Vayamos al Antiguo Testamento, a un profeta llamado Ezequiel. Un día Dios llevó a Ezequiel al medio de un gran valle. No era un panorama exuberante lleno de follaje hermoso sino una tierra baldía repleta de huesos humanos. Pero no eran huesos de personas que hubieran muerto recientemente. El profeta vio que esos huesos estaban “muy secos” (Eze. 37:2). En otras palabras, esos huesos habían estado muertos por mucho tiempo. Huesos por aquí, huesos por allá, huesos por todos lados. Ezequiel describió lo que les había pasado a estos huesos muertos y secos:


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“Entonces me dijo: —Profetiza a estos huesos y diles: ‘Huesos secos, oigan la palabra del SEÑOR. Así ha dicho el SEÑOR Dios a estos huesos: He aquí, yo hago entrar espíritu en ustedes, y vivirán. Pondré tendones sobre ustedes, haré subir carne sobre ustedes, los cubriré de piel y pondré espíritu en ustedes; y vivirán. Y sabrán que yo soy el SEÑOR’. Profeticé, pues, como se me ordenó; y mientras yo profetizaba, hubo un ruido. Y he aquí un temblor, y los huesos se juntaron, cada hueso con su hueso. Miré, y he aquí que subían sobre ellos tendones y carne, y la piel se extendió encima de ellos. Pero no había espíritu en ellos. Entonces me dijo: —Profetiza al espíritu. Profetiza, oh hijo de hombre, y di al espíritu que así ha dicho el SEÑOR Dios: ‘Oh espíritu, ven desde los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos, para que vivan’. Profeticé como me había mandado, y el espíritu entró en ellos, y cobraron vida. Y se pusieron de pie: ¡un ejército grande en extremo!” (Eze. 37:4-10). ¡Eso habrá sido toda una escena que contemplar! Ay, amiga, tal vez te parezca que tu matrimonio se asemeja a ese valle de huesos secos. No unos huesos cualquiera sino huesos muertos desde hace mucho tiempo. Quizás parezca que tu matrimonio ya no tiene remedio. Pero nuestro Dios se especializa en resucitar a los muertos. Él puede convertir un valle de huesos en un gran ejército, y puede transformar un matrimonio lleno de dolor en un vivo, latente y palpable testimonio de misericordia y gracia. Nada es imposible para Dios. Cuán agradecida estoy de que él te haya invitado a ti y a mí a unirnos con él en su obra, participando en lo milagroso por medio de la intercesión poderosa.


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Cómo usar este libro He descubierto que muchas mujeres, incluso yo, desean encontrar un punto de referencia. No me digas que vaya al este o al oeste, al norte o al sur. Dame un punto de referencia. Gira a la derecha en McDonald’s. Gira a la izquierda en la estación de bomberos. Busca la casa verde a la vuelta de la esquina. Esas direcciones sí las puedo seguir. Quizás por eso me encanta el hecho de que Jesús enseñó a sus discípulos a orar usando puntos de referencia. Cuando uno de sus discípulos le preguntó: “Señor, enséñanos a orar” (Luc. 11:1), Jesús respondió: “Ustedes, pues, oren así: Padre nuestro que estás en los cielos: Santificado sea tu nombre, venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. [Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén]” (Mateo 6:9-13). Jesús no estaba instruyendo a los discípulos sobre cómo orar de memoria. Él les estaba dando un patrón para orar, es decir, puntos de referencia: reconocer la paternidad, santidad y soberanía de Dios. Pedir que se haga su voluntad, que él supla nuestras necesidades y que


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nuestros pecados sean perdonados. Pedir liberación de la tentación y protección del mal. Reconocer el gobierno, el reino, el poder y la gloria de Dios. De manera similar, Ora por tu marido de la cabeza a los pies te ofrecerá puntos de referencia para guiar tus oraciones. En este libro no encontrarás una fórmula mágica ni una oración para repetir de memoria. Es simplemente una guía para ir en pos de una vida de oración más constante y eficaz. Seamos sinceras. Los caminos de Dios no son nuestros caminos, y a veces no sabemos qué pedir cuando oramos por nuestros maridos. Pero podemos estar seguras de que cuando oramos la Palabra de Dios, oramos la voluntad de Dios. ¡Qué alivio! Cuando Pablo nos mandó ponernos la armadura de Dios, ¿te diste cuenta de que se menciona una sola arma como parte de esa armadura? Todo lo demás —casco, coraza, cinturón, escudo y calzado— son piezas defensivas que tienen como propósito la protección del maligno. La espada del Espíritu, que se define como la Palabra de Dios, es la única arma ofensiva que se menciona en toda la armadura. Después de que Pablo nos manda a tomar la espada del Espíritu, prosigue con esto: “Orando en todo tiempo” (Efe. 6:18). Cuando combinas la Palabra de Dios con la oración fortalecida por el Espíritu, estás armada y eres poderosa para pelear en contra del poder del enemigo. Tienes poder divino “para la destrucción de fortalezas” (2 Cor. 10:4). En griego, el idioma original del Nuevo Testamento, la palabra que se traduce como “poder” es dynamis; se refiere a “poder potencial” y a “poder actual”. De ahí se obtiene la palabra dinamita en español. Dios te ha entregado dos poderosas barras de “dinamita” cuando intercedes por tu marido: su Palabra y la oración. Al amarrar estas dos barras y encender la mecha con la fe, verás el poder de Dios actuando por ti y tu marido como nunca antes. En la siguiente sección ofreceré un vistazo general de los puntos de referencia que estaremos usando para orar por nuestros maridos. Cada punto de referencia está representado por una parte del cuerpo


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de nuestro marido; por ejemplo, su mente representa lo que piensa; sus ojos, lo que ve; sus oídos, lo que escucha; y así sucesivamente. Este será tu mapa a medida que cubres a tu esposo en oración. En la Segunda Parte empezamos a orar. He provisto una guía de treinta días para interceder por tu marido de la cabeza a los pies. Cada día encontrarás un texto de la Escritura para cada punto de referencia y una oración que incorpora ese pasaje. Debe llevar aproximadamente de cinco a siete minutos cubrir a tu marido diariamente en oración poderosamente eficaz y basada en la Biblia. ¡No puedo imaginar una mejor inversión de tiempo! A lo largo de este libro, se escribieron las oraciones como si tu marido fuera cristiano. No obstante, reconozco que no hay una carga más grande para una mujer que su marido e hijos no salvos lleguen a conocer a Jesús como Señor y Salvador. Todo lo demás palidece al tomar en cuenta dónde pasarán la eternidad. Si tu marido aún no ha tomado la decisión de seguir a Cristo, hallarás Escrituras en el apéndice que se centran en la necesidad más importante de todas. Conforme pasamos los treinta días de oración, estaremos orando por fe, llamando “a las cosas que no existen como si existieran” (Rom. 4:17). Una manera de usar el libro es corresponder los días de oración con los días de los meses. Por ejemplo, en el primer día del mes, ora el día uno; en el segundo día del mes, ora el día dos, y así sucesivamente. Si te pierdes un día, solo mantente al día con tu calendario, luego empiezas de nuevo con el mes siguiente. Por supuesto, puedes simplemente orar directamente sin conectar los días de oración con los días del calendario. Si eres como yo, quizás quieras usar este libro una y otra vez. Quizás incluso quieras reunir a unas cuantas amigas para formar un grupo de oración de esposas y orar por sus maridos juntas. Jesús dijo: “Otra vez les digo que, si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidan, les será hecha por mi Padre que está en los cielos” (Mat. 18:19). La palabra griega que se traduce “ponerse de acuerdo” es symph ne , que significa “sonar juntos, estar en acorde, principalmente de instrumentos musicales”4. ¡Qué hermosa


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sinfonía sube a los cielos cuando las hermanas en Cristo se juntan en oración armoniosa ofrecida a Dios! Solo asegúrate de que el grupo se dedique a la oración y no a quejarse. No vas a querer que esa bella sinfonía suene desafinada como maullidos de gato. No importa de qué manera escojas usar esta guía de oración, ¡sé que tú y tu marido serán bendecidos “mucho más abundantemente” de lo que pedimos o pensamos! (Efe. 3:20). He establecido una página web para ayudarnos a orar por nuestros maridos. Puedes entrar a www.prayingforyourhusband.com para compartir tus peticiones de oración y orar por otros. Tú también puedes compartir victorias ¡y celebraremos contigo! Antes de que empieces, permíteme darte una pequeña advertencia. Habrá días en que no vas a querer orar por tu marido, días cuando no sentirás ganas de pedirle a Dios que lo bendiga. Habrá veces que querrás pedirle a Dios que lo golpee en la cabeza porque ha herido tus sentimientos, te ha tratado mal o te ha decepcionado. Pero permíteme animarte a orar de todas maneras. No te puedo decir cuántas veces he estado enojada con Steve y después, cuando oraba por él, Dios ablandaba mi corazón hacia él. Y ora por ti también. Ora para que Dios te dé un corazón dispuesto a perdonar, una actitud llena de gracia y un amor sacrificado. Orar por tu marido hará más que impactar su vida; impactará tu corazón también. No te sorprendas si Dios provoca un amor por tu marido que es más fuerte, más profundo y más valioso que nunca. Mientras escribía este libro y pasaba muchas horas orando por Steve, Dios hizo una obra en mi corazón que yo no estaba esperando. Estoy muy emocionada de ver cómo Dios va a actuar por ti a medida que levantas a tu marido en oración. El profeta Isaías escribió esto acerca de Dios: “Desde la antigüedad no se ha escuchado, ni el oído ha percibido, ni el ojo ha visto a ningún Dios fuera de ti, que actúe a favor del que en él espera” (Isa. 64:4). Ahora, veamos el mapa y los puntos de referencia de esta guía acerca de cómo orar por tu marido de la cabeza a los pies.


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as complejidades del cuerpo humano reflejan la inexplicable sabiduría e incomprensible poder de nuestro infinitamente creativo Dios. Contemplar la total belleza de cómo el hombre y la mujer encajan perfectamente juntos como dos piezas de un magníficamente bien trabajado rompecabezas hace que mi corazón se acelere. Conforme nos embarcamos en esta travesía de orar por nuestros maridos de la cabeza a los pies, usaremos puntos de referencia físicos de su cuerpo exterior para representar aspectos espirituales, psicológicos y emocionales de su hombre interior. Así que empecemos a orar por esa fabulosa obra de arte: tu marido.

Su mente: lo que él piensa Empecemos con una pequeña lección de anatomía. Cuando Dios creó al hombre y la mujer a su imagen, hizo a cada uno de ellos como un ser trino: con cuerpo, alma y espíritu. El cuerpo terrenal es la parte que vemos. Allí se almacenan nuestros cinco sentidos: olfato, tacto, gusto, vista y oído. El cuerpo es un “traje” temporal que un día pasará y volverá a ser polvo. Pablo se refiere al cuerpo como una “tienda” (2 Cor. 5:1, 4). Para quienes se unan a Jesús en el cielo, este cuerpo material será reemplazado por un cuerpo celestial. ¡Qué noticia tan emocionante! El espíritu es el hombre interior que se comunica con Dios y vive eternamente. Esa es la parte que “nace de nuevo” cuando alguien acepta a Cristo. La Biblia nos dice que después de que Adán y Eva pecaron, todos nacemos con un espíritu muerto (Rom. 5:12). Sin embargo, en el momento en que alguien cree en Jesús como Señor y Salvador, su espíritu muerto resucita y vive para toda la eternidad


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con Dios (Efe. 2:1-4). ¡Esa es una noticia aún más emocionante! La tercera parte del hombre, el alma, es lo que constituye la personalidad. Tanto el espíritu como el alma son inmateriales o invisibles, pero muy distintos. El escritor de Hebreos nos dice: “Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos. Penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos” (Heb. 4:12). Pablo alentó a los tesalonicenses: “Que todo su ser —tanto espíritu, como alma y cuerpo— sea guardado sin mancha en la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes. 5:23). El alma incluye la mente, la voluntad y las emociones. Recibimos información en nuestras mentes, actuamos sobre la base de esa información con nuestra voluntad, y sentimos una respuesta con nuestras emociones. El cerebro es parte del cuerpo y es diferente de la mente. La mente, en realidad, usa al cerebro así como usamos una computadora para almacenar, ingresar, procesar y buscar información. Con esta breve lección de anatomía espiritual, puedes ver por qué lo primero es orar por la mente de tu marido. Muchas veces tratamos de cambiar la manera en que actuamos, pero no podemos actuar de manera distinta de la que pensamos o creemos. Por eso, la Escritura nos dice: “No se conformen a este mundo; más bien, transfórmense por la renovación de su entendimiento” (Rom. 12:2, énfasis añadido). Los pensamientos piadosos producen acciones piadosas. El escritor de Proverbios lo dice de esta manera: “Porque cual es su pensamiento [del hombre] en su mente, tal es él” (Prov. 23:7). A lo largo de esta reflexión, usaré la palabra carne. En la Biblia, esta palabra puede significar el cuerpo físico, pero también puede significar la vieja naturaleza pecaminosa que tenemos antes de venir a Cristo. Permíteme darte una definición de carne que quiero que tengas en mente cuando ores: carne es la manera en que programamos nuestras mentes para satisfacer las necesidades que Dios nos ha dado separadas de Cristo. Tan pronto como nacemos, empezamos a desarrollar patrones de pensamientos y hábitos para satisfacer nuestras necesidades. Tan pronto como nacemos de nuevo mediante una relación con Cristo, debemos empezar a renovar nuestras mentes con la verdad


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de la Palabra de Dios para transformar esas viejas maneras de pensar y actuar con el fin de conformarnos a la imagen de Cristo. La meta es dejar de vivir según la carne (nuestras viejas maneras de satisfacer nuestras necesidades separadas de Cristo) y empezar a vivir según el Espíritu (permitiendo que el Espíritu Santo controle nuestros pensamientos y acciones). Mientras oras por la mente de tu marido, estarás orando por los pensamientos que vienen a su mente y afectan sus acciones y emociones. Estarás orando para que Dios guarde sus pensamientos continuos, aleje pensamientos impíos y conserve pensamientos sanos.

Sus ojos: lo que él ve Cuando Dios creó a Adán —y a todos los hombres a partir de entonces— los formó para que fuesen criaturas visuales. Todos los hombres son altamente influenciados por lo que ven, y eso afecta lo que piensan. Si quieres tener una idea de lo que tienta los ojos de tu marido, toma un tiempo para ver los comerciales durante los eventos deportivos. Los anunciantes han gastado miles de millones de dólares para descubrir qué atrae los ojos del varón para provocar una reacción deseada, imágenes que dan en el blanco del punto débil del hombre para hacer que realice una compra. Los anunciantes promueven en la mente de tu esposo la idea de que será envidiado si maneja un determinado modelo de auto, que será exitoso si usa una marca de ropa, que se verá más varonil si usa la máquina de afeitar que venden, que se verá sexy si usa su tentadora colonia, que tendrá amigos si bebe su cerveza especial, que será feliz si come su sabroso bocadito, que se volverá atlético si usa sus zapatillas de alto rendimiento. Los lazos visuales pueden cautivar el alma de un hombre y atarlo con nudos de insatisfacción y descontento. Un claro ejemplo de la atracción de la publicidad para crear una sensación de insatisfacción es el de una compañía norteamericana que abrió una planta nueva en Centroamérica, debido a que la mano de obra es abundante y barata.


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Todo salió bien hasta que los obreros recibieron su primer pago; después de eso, no regresaron a trabajar. Varios días después, el gerente fue a ver al jefe del pueblo para determinar la causa de este problema, y el jefe respondió: “¿Por qué debemos de trabajar? Ya tenemos todo lo que necesitamos”. La planta estuvo sin funcionar durante dos meses hasta que a alguien se le ocurrió la idea de enviar a cada obrero un catálogo de sus ofertas por correo. Nunca más hubo un problema de empleo5. Los anunciantes saben que “el sexo vende”. Una mujer seductora en cualquier comercial capta la atención de un hombre como ninguna otra cosa. Vivimos en una cultura saturada de sexo, llena de minas visuales listas para explotar y destruir los pensamientos continuos de un hombre. Un panel de publicidad. Un escaparate seductor en el centro comercial. Una propaganda de ropa interior femenina en el periódico. Las imágenes provocativas golpean al hombre por todas partes. Si bien tu marido no puede evitar las imágenes sexuales que lo bombardean durante todo el día, él puede decidir mirar hacia otro lado y llevar cautivo todo pensamiento. Por favor, no te enojes porque tu esposo tiene los cables orientados a mirar donde no debe. En cambio, ora para que pueda vencer la tentación y mire hacia otro lado. Tanto los hombres que están felizmente casados y aman a sus esposas como los hombres que están anhelando la infidelidad, todos tienen problemas para mantener los ojos enfocados en una dirección santa. Tú no has sido llamada a patrullar las acciones de tu marido sino a orar. No pases tu tiempo peleando contra tu marido cada vez que mira lo indebido. En cambio, invierte tu tiempo orando para que él tenga la fuerza de voluntad de no mirar lo que no debe y el deseo de mantener su enfoque en lo que sí debe. Conforme oras por los ojos de tu marido, estarás orando para que las ventanas de su alma se abran ampliamente hacia todo lo que Dios tiene para bendecirlo, mientras que las persianas permanecen


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cerradas hacia cualquier cosa que el enemigo use para distraerlo o destruirlo.

Sus oídos: lo que él oye Todo el día tu marido es atacado por el ruido. Empieza con el zumbido del despertador y termina con el clic de la lámpara de la mesita de noche. Entre el principio y el final de su día, sus oídos son bombardeados con el sonido de teléfonos celulares, autos rugientes, bocinas sonando, sirenas penetrantes, jefes exigentes, empleados indagadores, compañeros de trabajo habladores, televisores a todo volumen, radios con canciones, hijos preguntones y una esposa conversadora (por lo menos, eso es cierto en mi casa). Y así como lo que ve, lo que oye afecta sus pensamientos, acciones y emociones. Si bien tu marido no puede apagar el ruido del mundo, tú puedes orar para que él sintonice lo que es útil y deje de escuchar lo que es dañino. Puedes orar para que él eleve sus antenas espirituales para detectar la frecuencia de la voz de Dios en su hombre interior. En toda la Biblia leemos acerca de Dios hablando con hombres y mujeres justo en medio del ajetreo y bullicio de sus días ocupados. Él habló con Moisés mientras estaba cuidando ovejas (Éxo. 3), con Gedeón mientras estaba desgranando trigo (Jue. 6), con los pastores mientras estaban cuidando rebaños (Luc. 2), con Pedro, Santiago y Juan mientras estaban echando redes (Luc. 5), y con Leví (Mateo) mientras estaba recaudando impuestos (Luc. 5). Dios incluso habló con Pedro mientras estaba tomando una siesta (Hech. 11). Y él también puede hablar con tu marido justo en medio de su atareado día. Oír la voz de Dios no es solo para los “supercristianos”, si existe alguien así. Es para el inculto pescador (Mat. 4:21), para el trabajador común (Éxo. 3), para el maestro conocedor de libros (Juan 3:1-21), para el aburrido funcionario de gobierno (Juan 18:18-24), para el deshonesto recaudador de impuestos (Luc. 19:1-9), para el soldado curtido (Luc. 22:50-53), para el agricultor (Jue. 6), para el criminal condenado (Luc. 23:39-43) y para el marido que sale por la puerta


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a enfrentar la tarea diaria. Tú puedes orar para que tu marido sea sensible al suave susurro de Dios en su ruidoso día. Mientras oras por los oídos de tu marido, estarás orando por lo que oye, de modo que sintonice lo que es útil y deje de escuchar lo que es dañino.

Su boca: las palabras que habla Cuando Dios creó el mundo, lo hizo con palabras. Él habló, y lo que no existía se hizo. “Por la palabra del SEÑOR fueron hechos los cielos; todo el ejército de ellos fue hecho por el soplo de su boca” (Sal. 33:6). Dios dijo: “Hágase” y se hizo. Asombrosamente, cuando creó a la humanidad a su imagen, él nos dio el increíble regalo de las palabras. Creativas. Poderosas. Palabras. La Biblia nos dice: “La muerte y la vida están en el poder de la lengua” (Prov. 18:21). Dios dijo a los israelitas: “¡Vivo yo, dice el SEÑOR, si no hago con ustedes conforme a lo que han hablado a mis oídos!” (Núm. 14:28). Jesús dijo que digamos al monte que se quite y será hecho (Mar. 11:23). Muchos grandes milagros en la Biblia sucedieron porque alguien habló. Jesús sanó a los enfermos, echó fuera demonios, resucitó muertos, calmó la tempestad y secó la higuera… solo con el poder de sus palabras. La vida de tu marido es un lienzo, y sus palabras son los pinceles que crean un retrato de gloria y gracia… o, por lo menos, podrían serlo. Con las palabras que habla, da forma al mundo que lo rodea, ya sea edificando a otros o derribándolos. Nuestras palabras se convierten en espejos en los cuales otros se ven a sí mismos, y las palabras de tu marido afectan la vida de las personas con las que tiene contacto durante todo el día. Como el timón de un barco o una brida en el hocico de un caballo, las palabras de tu esposo determinarán el curso de su propia vida (Stg. 3:3-6). Hay buenas y malas noticias cuando hablamos de dominar la lengua. Santiago nos da las malas noticias: “Pues fieras y aves, reptiles y criaturas marinas de toda clase pueden ser domadas, y han sido domadas, por el ser humano. Pero ningún hombre puede domar su


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lengua” (Stg. 3:7, 8). Pero el ángel Gabriel nos da las buenas noticias: “Ninguna cosa será imposible para Dios” (Luc. 1:37). ¡Qué alivio! A medida que oras por la boca de tu marido, estarás orando para que las palabras que hable tengan un impacto positivo en su vida y en la vida de quienes están en su esfera de influencia. Estarás orando para que Dios proteja su boca y cuide la puerta de sus labios (Sal. 141:3).

Su cuello: las decisiones que hacen girar su cabeza Quizás hayas visto la película “Mi gran casamiento griego”, una de mis favoritas. El personaje principal, Toula Portokalos, es una mujer griega, soltera, de treinta años de edad, que trabaja en el restaurante de su familia llamado “Zorba, el griego”. Su padre, Gustavo, quiere que ella se case con un simpático muchacho griego y tenga lindos hijos griegos. Pero Toula quiere más de la vida. Ella consigue un trabajo en la agencia de viajes de su tía y se encuentra con Ian Miller, un maestro de inglés de la escuela secundaria. Ian es un joven simpático, pero no es griego. Cuando el padre de Toula descubre que su hija está saliendo con alguien que no es griego, exige que se termine esa relación. Toula e Ian quieren casarse, pero ella sabe que su padre jamás lo aprobaría. Su madre comprende el dilema de su hija y acuerda en ayudar. —Mamá, papá es muy terco. ¡Siempre se hace lo que él quiere! —grita Toula—. ¡Ay, el hombre es la cabeza del hogar! —Permíteme decirte algo, Toula —le responde su madre—. El hombre es la cabeza, pero la mujer es el cuello. Y el cuello puede voltear la cabeza como le da la gana. Esa escena produce risas todo el tiempo. Todas nosotras sabemos exactamente lo que la señora Portokalos quiso decir. Pero en la vida real, los intentos de manipulación de una esposa no son un asunto para reírse. Aquí tienes otra idea. En vez de que una esposa sea el cuello que voltea la cabeza de su marido manipulándolo astutamente para que tome decisiones que satisfagan sus antojos, ¿qué tal si se hace a un lado y deja que Dios sea quien que voltee su cabeza? Hemos visto varias características de la cabeza de tu marido: su


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mente, sus ojos, sus oídos y su boca. Y ahora llegamos a esta conexión vertical. Como lo describió tan acertadamente la señora Portokalos, el cuello es lo que voltea la cabeza. El mundo de hoy está repleto de decisiones. Pasa con tu carrito por el pasillo de cualquier tienda de comestibles y hallarás un microcosmos de nuestra cultura saturada de decisiones. Hay miles de productos en los estantes de los supermercados, decenas de champús diferentes, decenas de variedades de pasta de dientes y cientos de productos para la limpieza de la casa6. Un viaje corto a la tienda de comestibles se convierte en un evento decisorio estresante. Incluso Starbucks, un sitio donde vamos para descansar del ajetreo y bullicio —o simplemente a recargar nuestras baterías para enfrentarlos—, ofrece a los consumidores… ¡hasta ochenta y siete mil combinaciones posibles de bebidas!7. Además de las decisiones sobre qué hay que comprar y cuándo comprar, la cabeza del hombre puede quedar dando vueltas por las decisiones de cómo vivir la vida. Tener hijos ahora o esperar. Quedarse en el mismo trabajo o buscar uno nuevo. Mudarse a un lugar con mejor ambiente económico o quedarse fijo. Comprar o alquilar. Invertir o ahorrar. Jugar a la pelota con su hijo o quedarse dos horas más en la oficina. Pasar tiempo íntimo con su esposa o usar el control remoto. Opciones. Aunque parecen ser un ideal positivo a simple vista, pueden convertirse en arena movediza. En lugar de liberar, la presión dominante de las decisiones puede debilitar. De hecho, las investigaciones “indican que un exceso de decisiones, a menudo, conduce a estar menos satisfechos una vez que realmente decidimos. Con frecuencia, queda esa fastidiosa sensación de que pudimos haberlo hecho mejor”8. Opción. Fue el regalo de Dios a la humanidad en el huerto del Edén. ¿Qué va a hacer tu hombre con ese regalo? ¿Será Jesús la estrella polar de su brújula moral? ¿O será afectado por las siempre cambiantes costumbres de una cultura que toma lo que está mal hoy día y, con el voto de la mayoría, lo convierte en bueno mañana? ¿Elegirá él honrar a Dios como su prioridad máxima o preferirá no esforzarse y agradarse a sí mismo?


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Conforme oras por el cuello de tu marido, estarás orando por las decisiones que él tome durante el día, pidiendo a Dios que voltee su cabeza hacia la vida abundante que Jesús vino a dar y la aleje de la vida egocéntrica que nunca podrá satisfacerlo.

Sus hombros: sus cargas y preocupaciones “Siento como si tuviera todo el peso del mundo sobre mis hombros”, gime Roberto. Y sabemos exactamente lo que él quiere decir. Las cargas se alimentan del alma del hombre que considera el futuro y se siente responsable por el resultado. Responsable por la seguridad de su familia. Responsable por las finanzas de su familia. Responsable por su salud. Responsable por la felicidad de su esposa. Responsable por el futuro de sus hijos. Responsable por el éxito de su compañía. Y toda esa responsabilidad acumulada suele producir preocupación, ansiedad y emociones enredadas. Montones de cargas acumuladas están tensamente amarradas sobre los hombros del hombre con las cuerdas de “y si…”. ¿Y si la economía no se recupera y perdemos nuestros ahorros? ¿Y si no puedo ser un buen padre? ¿Y si no puedo complacer a mi esposa? ¿Y si fracasa mi negocio? ¿Y si pierdo mi trabajo? ¿Y si…? Hay una diferencia entre un sentido saludable de la responsabilidad y el enfermizo peso de las cargas. No estoy fomentando la despreocupación ni la negligencia de los perezosos e irresponsables. No estoy sugiriendo la actitud indiferente de los imprudentes y apáticos. La Biblia dice que trabajemos duro, que hagamos nuestra parte y evitemos la pereza (Prov. 14:23). Pero también dice que no nos preocupemos por el resultado. No te afanes por lo que traiga el futuro (Fil. 4:6). Dios tiene todo bajo control. El hecho es que habría mucho de qué preocuparse si el resultado de nuestras vidas dependiera solamente del esfuerzo humano. Pero no es así. Cuando un esposo entiende que Dios lo invita a echar todas sus cargas sobre sus hombros (Sal. 55:22), está libre para esforzarse al máximo y dejar el resultado a Dios. En tiempos pasados, los hombres llevaban cargas pesadas sobre sus hombros. En algunas partes del mundo, todavía lo hacen. Y aunque


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tal vez no puedas ver las cargas que pesan sobre los hombros de tu esposo, allí están. De modo que ese va a ser nuestro enfoque para el punto de referencia de la oración. Mientras oras por los hombros de tu marido, estarás elevando sus preocupaciones y cargas al Único capaz de llevarlas todas.

Su corazón: a quién ama o qué le gusta “¡Está soplando!”, grité mientras el géiser salía disparado por el aire. Sabía que era cursi y que miles habían gritado las mismas palabras tontas antes, pero no lo pude evitar. Un géiser es una fuente de aguas termales que lanza aguas profundas y muy calientes hacia arriba, de manera intermitente. Y exactamente en el momento preciso, el gran géiser Old Faithful disparó treinta y dos mil litros de agua hirviendo cincuenta metros por el aire para deleite del público. Mi familia y yo habíamos esperado más de una hora en el calor del verano para ver cómo esa maravilla de la naturaleza realizaba su magia en el parque nacional de Yellowstone. La actuación duró unos tres minutos y prometió una repetición cada setenta y seis minutos aproximadamente. Nos quedamos allí solo para verlo otra vez. Y así fue. El aparentemente infinito abastecimiento de agua debajo de la superficie de la tierra, combinado con el calor y la presión, realiza un espectáculo acuático que fielmente no decepciona. Después de asegurarnos de que habíamos tomado todas las fotos para la posteridad, nos metimos en el auto para ver la siguiente maravilla natural de Yellowstone: el caldero de azufre, una serie de lagunitas que apestan a azufre y que burbujean desde debajo de la superficie de la tierra. Estos putrefactos charcos tal vez sean una maravilla geotermal, pero no vimos a muchos turistas deseando contemplar su belleza. El hedor era horroroso. Tomé unas cuantas fotos y nos fuimos rápidamente, con las ventanas del auto totalmente subidas. Al marcharnos, reflexionaba en las dos maravillas acuáticas del mundo. Una era fresca, limpia, hermosa, resplandeciente y fiel. La otra era hedionda, repugnante, asquerosa, apestosa, estancada. Ambas


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eran demostraciones acuáticas, pero con resultados muy distintos… como el corazón humano. La Biblia se refiere al corazón como la fuente de donde “emana la vida” (Prov. 4:23). Todo lo que hacemos fluye de ahí. El corazón es la fuente oculta de la vida que dirige el curso de nuestras decisiones diarias y las de toda la vida. En la Biblia, el corazón es el centro del gozo (Juan 16:22), de los deseos (Mat. 5:28), de los afectos (Luc. 24:32), de las percepciones (Juan 12:40), de los pensamientos (Mat. 9:4), del entendimiento (Mat. 13:15), del razonamiento (Mar. 2:6), de la imaginación (Luc. 1:51), de la conciencia (Hech. 2:37), de las intenciones (Heb. 4:12), de los propósitos (Hech. 11:23), de la voluntad (Rom. 6:17) y de la fe (Mar. 11:23)9. El corazón de tu marido es el eje al cual se sujetan todos los rayos de su vida. Cuando el corazón de un hombre está bien con Dios, todo lo demás va a dar al lugar que le corresponde. Como dijo mi abuela campesina: “Lo que está en el pozo saldrá en la cubeta”. Conforme oras por el corazón de tu marido, estarás orando por lo que él ama, por las prioridades y la gente que él atesora. Estarás orando por la fuente de la cual fluye toda su vida.

Su espalda: su protección Era una fría, despejada y hermosa mañana de febrero, cuando Steve y yo viajamos desde la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill a la casa de su familia en Charlotte para anunciar nuestro compromiso. La noche anterior, Dios había decorado su creación con copos de nieve y cubierto los árboles con relucientes carámbanos de hielo. Toda la naturaleza se veía como si estuviese vestida para una boda. Después del gran anuncio y de una comida caliente, regresamos a la universidad. El día había calentado y derretido la mayor parte de la nieve, pero el anochecer trajo temperaturas bajo cero y carreteras resbaladizas. Mientras nos acercábamos a la ciudad donde estaba la universidad, empezamos a descender la cima de una colina y pasamos por un área con hielo. Las llantas tocaron la superficie resbaladiza y el auto patinó descontroladamente.


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—¡Steve, estamos a punto de chocar contra ese auto! —grité, mientras un grupo de faros luminosos brillaban en nuestro parabrisas. Steve, al ver que no había nada que él pudiese hacer, sacó las manos del volante y gritó: —¡Ay, Dios! ¡Sálvanos! En un segundo, estábamos dirigiéndonos hacia un auto en dirección contraria. Al siguiente, estábamos en una zanja, sentados fuera del camino, en dirección opuesta al tráfico, con nuestros cuerpos en contra de nuestros asientos. Esto fue antes de las leyes sobre el uso de cinturones de seguridad, y nosotros no los teníamos puestos. —¿Cómo es que no chocamos contra ese auto? —pregunté yo—. ¿Por dónde se fue? Tembloroso, Steve respondió: —Solo hay una respuesta a esas preguntas: Dios. Dios. Él es nuestro Protector, nuestra Fortaleza en tiempos de tribulación (Sal. 18:2), nuestro Escudo en tiempos de peligro (Prov. 30:5), y nuestro Castillo en tiempos de ataque (Sal. 91:1, 2). Y no solo eso, Dios promete que “a sus ángeles dará órdenes acerca de ti para que te guarden en todos tus caminos” (Sal. 91:11). Dios nos protege no solo en el terreno físico que podemos ver sino también en el terreno espiritual en contra de fuerzas que no podemos ver (2 Cor. 10:3, 4). Hay una batalla espiritual enconada alrededor de tu marido cuando el diablo trata de matar, robar y destruir (Juan 10:10). Él pone trampas en el camino del pueblo de Dios con la esperanza de atrapar a los creyentes sin que se den cuenta. Como mencioné anteriormente, la carta de Pablo a los efesios nos manda “vestirnos de toda la armadura de Dios” (Efe. 6:11). Pero su detallada descripción de la armadura espiritual no señala ningún artículo para la protección de la espalda. Me gusta pensarlo de esta manera: Dios protege tu espalda. A lo largo de toda la Biblia, leemos acerca de la protección de Dios para con su pueblo. Él partió ríos, calmó mares, cerró bocas de leones, eliminó el calor del fuego de un horno, confundió a un ejército, quitó el veneno de una serpiente y, de un sacudón, abrió las rejas de una celda


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y dejó en libertad a los discípulos. Él protegió a Noé en el arca, a Moisés en una canasta y a Pablo en un barco. Él hizo caer a Goliat, dejó los muros de Jericó convertidos en un montón de escombros y doblegó las decisiones del gran faraón egipcio. Levantó a un niño pastor para que fuese rey, a una mula para que fuese mensajera y a un bebé nacido en Belén para que fuese el Salvador del mundo. Ah sí, hermana querida, ¡Dios protege tu espalda! Y también protege la espalda de tu marido. Conforme oras por la espalda de tu marido, estarás orando por su protección en el terreno físico y espiritual, con la seguridad de que no prosperará ninguna herramienta que sea fabricada contra él (Isa. 54:17).

Sus brazos: su fuerza El corpulento levantador de pesas entra al escenario de la competencia con los músculos tensos. Se agacha, envuelve la barra de metal con sus dedos y la levanta. Primero, hasta la cintura. Luego, hasta el pecho. Finalmente pasa por su retorcido rostro y levanta la pesa hasta arriba. Y la multitud está de acuerdo: “¡Vaya, él es fuerte!”. ¿Cómo determinas tú cuán fuerte es alguien? Muchos piensan que esto puede medirse por la cantidad de peso que una persona puede levantar. Otros piensan que se determina por el tiempo que esa persona puede sobrellevar ese peso. El diccionario de la Real Academia Española define la fuerza como la “capacidad para soportar un peso o resistir un empuje”. En la Biblia, la fuerza de Dios está simbolizada por su brazo. El salmista escribió: “¡La diestra del SEÑOR está levantada en alto!” (Sal. 118:16). “Tuyo es el brazo poderoso” (Sal. 89:13). Moisés recordó a los israelitas: “Acuérdate de que tú fuiste esclavo en la tierra de Egipto y que el SEÑOR tu Dios te sacó de allí con mano poderosa y brazo extendido” (Deut. 5:15). Los israelitas alabaron a Dios, “quien envió su glorioso brazo para estar a la derecha de Moisés” (Isa. 63:12). En contraste con nuestro infinitamente poderoso Dios, todos los hombres tendrán, en algún momento, problemas con los sentimientos de debilidad. Hasta Pablo, uno de los hombres espiritualmente más fuertes del Nuevo Testamento, lidió con sentimientos de inferioridad, inseguridad e ineptitud. Él admitió que tenía “de fuera conflictos, de


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dentro temores” (2 Cor. 7:5). Pero Dios le recordó: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Cor. 12:9). Me encanta cómo la Biblia Amplificada expone los versículos 9 y 10: “Pero él me dijo: ‘Mi gracia (mi favor, bondad y misericordia) es suficiente para ti [suficiente en contra de cualquier peligro y te permite soportar los problemas varonilmente]; pues mi fuerza y poder se perfeccionan (se cumplen y completan) y se muestran con más eficacia en [tu] debilidad’. Por lo tanto, me gloriaré con mucho más gusto en mi debilidad y padecimientos, ¡para que la fuerza y poder de Cristo (el Mesías) repose (sí, pueda montar una tienda y morar) sobre mí!”. Pablo nos dice el secreto de su éxito: “Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor. 12:10) y “¡Todo lo puedo en Cristo que me fortalece!” (Fil. 4:13). La debilidad humana se convierte en el telón de fondo para que brille la fortaleza de Dios. A medida que nos acercamos al siguiente punto de referencia de la oración —los brazos de tu marido—, tomaremos prestado el simbolismo bíblico y oraremos por su fuerza. Pero no es el levantamiento de pesas lo que hará que tu esposo sea espiritual y emocionalmente fuerte. La verdadera fuerza vendrá cuando él deje que su vida se convierta en un conducto por el cual fluya la fortaleza de Dios. Conforme oras por los brazos de tu marido, estarás orando para que él no dependa de su propia fuerza sino de la fortaleza de Dios con el fin de que obre en él y a través de él. Estarás orando por fuerza de carácter, valor y propósito, para que sea todo para lo cual lo creó Dios.

Sus manos: su obra Yo seré la primera en admitir que no sé mucho de deportes, pero probablemente tu esposo sí sepa. Creo que la mayoría de los niños, en algún momento, sueña con ser un atleta profesional. Encestar el balón triunfador mientras el público enloquece. Marcar el gol ganador


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mientras el árbitro toca el pitazo final. Correr y llegar a la meta antes que el resto de los competidores. Y el sueño máximo sería que se le pague por hacerlo. La verdad es que solo un pequeño porcentaje de hombres realmente juega profesionalmente. No obstante, todo hombre desea ser el mejor en lo que hace. Sea en la construcción, en la sala de operaciones o en una llamada de ventas, el hombre anhela que la obra de sus manos sea exitosa, significativa y productiva. Anhela tener un propósito y dejar una huella en el mundo que diga: “Yo estuve aquí. Marqué la diferencia”. Desde el principio, Dios le dio a Adán una tarea que hacer y un propósito que cumplir. “Llenen la tierra; sojúzguenla y tengan dominio sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se desplazan sobre la tierra” (Gén. 1:28). Después de que Adán y Eva desobedecieron a Dios, su trabajo se volvió difícil. Y aunque hay espinos y cardos en todo trabajo, el hombre aún ha sido llamado a trabajar. Algunos quizás no estén de acuerdo, pero creo que el trabajo de un hombre es una fuente de satisfacción y propósito de una manera muy distinta del de la mujer. Muchas veces, el esposo mide su hombría según su capacidad de tener éxito en el trabajo y mantener a su familia. Cuando un hombre es despedido o dado de baja, comienza a cuestionar su valía y su propósito. Aún así, el trabajo no fue creado con la intención de convertirse en la mayor prioridad ni en un medidor de la importancia del hombre. Todas hemos visto a hombres que trabajan muy poco y hombres que trabajan demasiado. Ambos extremos, la pereza y la adicción al trabajo, son perjudiciales para la vida que glorifica a Dios. Acerca del hombre perezoso, la Biblia dice: “El deseo del perezoso lo mata, porque sus manos rehúsan trabajar” (Prov. 21:25). Acerca del hombre que trabaja demasiado, la Biblia dice: “No te afanes por hacerte rico; sé prudente y desiste. ¿Has de hacer volar tus ojos tras las riquezas, siendo estas nada? Porque ciertamente se harán alas como de águilas y volarán al cielo” (Prov. 23:4, 5).


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El diccionario de la Real Academia Española define al haragán como alguien “negligente, descuidado o flojo en hacer lo que debe o necesita ejecutar”. Pero el significado bíblico mencionado en Proverbios 6:6 es más que esto. Implica rehusarse a trabajar o evitar el trabajo. En el extremo opuesto de la línea, está la adicción al trabajo. El adicto al trabajo es alguien que pone al trabajo por encima de todo y todos en su vida. Un adicto al trabajo tiene ansias de éxito, poder y ganancia económica a tal grado que eso consume su propia vida. Ni evitar el trabajo ni una obsesión con el éxito producirán felicidad a largo plazo. El hombre que halla un equilibrio sano entre ambos extremos es quien verdaderamente disfruta la vida. Una de las mejores maneras de lograr ese equilibrio y hallar satisfacción en cualquier trabajo está envuelta en siete palabritas: “Háganlo todo para la gloria de Dios” (1 Cor. 10:31). “Todo” incluye martillar un clavo para la gloria de Dios. Hacer la llamada de ventas para la gloria de Dios. Operar al paciente para la gloria de Dios. Manejar el camión de los repartos para la gloria de Dios. Dirigir una corporación multimillonaria para la gloria de Dios. Hacer arreglos de jardinería para la gloria de Dios. Conforme oras por las manos de tu marido, estarás orando por su trabajo, para que él tenga un claro sentido de propósito, un fuerte entendimiento de su don y un profundo deseo de glorificar a Dios. Estarás orando para que tenga una influencia positiva y haga un impacto perdurable en su mundo.

Su dedo anular: su matrimonio Aquí estamos en el punto de referencia que inició todo este asunto de orar: tu matrimonio. ¡Una de las mejores ideas de Dios! C. S. Lewis pintó una bella imagen de la unión matrimonial en su libro Mero cristianismo: “La idea cristiana del matrimonio se basa en las palabras de Cristo que se refieren a que un esposo y una esposa deben ser considerados como un solo organismo… así como uno está


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declarando que un cerrojo y su llave son un solo mecanismo o que un violín y su arco son un instrumento musical. El inventor de la máquina humana nos estaba diciendo que las dos mitades, la masculina y la femenina, fueron creadas para que se juntaran en parejas, no simplemente a nivel sexual, sino totalmente unidas”10. Pero la unidad no es algo que sucede de manera natural. Todos asentimos con la cabeza cuando el pastor dice “y los dos serán una sola carne”. Luego, apagamos las velas representando nuestras vidas separadas y encendemos la vela de la unidad. Pero muchos, poco después, empiezan el proceso de apagarse el uno al otro. Por eso, Dios deja bien en claro que el matrimonio es la fusión de dos corazones en uno, dos vidas en una. El punto de referencia de la oración por tu marido es el dedo anular de tu esposo. No todos usan un anillo de matrimonio, pero las encuestas muestran que el ochenta y cinco por ciento de hombres casados y casi el noventa y dos por ciento de mujeres casadas lo usan11. El anillo de matrimonio tiene un gran simbolismo, y yo, por lo pronto, estoy muy contenta de que mi marido lleve el suyo bien puesto. El círculo del anillo no tiene principio ni fin y representa amor eterno. Es un símbolo de la promesa de la pareja de ser fieles el uno al otro “hasta que la muerte los separe”. Tradicionalmente, el anillo de matrimonio se usa en el cuarto dedo de la mano izquierda. Esta tradición empezó con los romanos, quienes creían que había una vena que iba directamente desde este dedo hasta el corazón12. Vamos a abordar este punto de referencia de la oración de un modo algo diferente de los demás. Ya que el matrimonio involucra a ambos cónyuges, estarás orando por el rol de tu marido en el matrimonio al igual que el tuyo. He seleccionado unos cuantos versículos para tu esposo, pero la mayoría de ellos se aplican tanto a ti como a tu marido. Conforme oras por el dedo anular de tu marido, estarás orando para que tu matrimonio sea una unión que honre a Dios cuando ambos se convierten en uno.


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Su costado: sus relaciones ¡Yo pensaba que podía llegar a ser una excelente cristiana si no fuera porque tenía que lidiar con la gente! A veces, son los demás quienes hacen que la vida sea muy difícil. Pero Dios nos creó para que vivamos en relación, en comunidad. Hierro afilando hierro. Corazón amando a corazón. Mano ayudando a otra mano. Cuando Jesús caminó por la tierra en carne humana, lo hizo en el contexto de relaciones. Él pudo haber cumplido el plan redentor de Dios por sí mismo. No necesitaba la ayuda de nadie para realizar milagros, dar mensajes y llevar a cabo el ministerio de esos treinta y tres años y medio. Y sin embargo, eligió vivir relacionándose con otros, con gente que con frecuencia hizo que su vida en la tierra fuese más difícil. Vivió con una familia que a menudo no lo comprendía (Mar. 3:20, 21, 31-34), con una comunidad que frecuentemente no lo aceptaba (Mar. 6:1-6) y con hombres que a menudo no le creían (Mat. 16:21-23). Jesús ministraba a las multitudes, pero también tuvo una estrecha relación con setenta y dos seguidores, una relación más cercana aún con un grupo de doce apóstoles y una conexión de corazón a corazón con tres íntimos discípulos: Pedro, Jacobo y Juan. Sin embargo, era con su Padre celestial con quien Jesús tenía comunión en un nivel más íntimo en cada momento. Dios nunca quiso que el hombre caminara en esta tierra aislado. Solo unos cuantos minutos después del gran debut del hombre en el sexto día de la creación, Dios dijo: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gén. 2:18). Y al crear a la fabulosa Eva, puso a Adán —y a tu hombre— exactamente en medio de la comunidad. Padre, madre, hermanas, hermanos, tías, tíos, hijos, hijas, amigos, jefes, empleados, compañeros de trabajo, vecinos… y la lista continúa. Tu hombre está rodeado de relaciones que pueden afectarlo para bien o para mal. ¿Alguna vez has estado con alguien por largo tiempo y, de pronto, tú suenas, hablas o actúas como él o ella? Cuando regreso de visitar mi tierra natal, regreso con acento sureño más marcado (sí, eso es posible).


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Cuando paso tiempo con mi amiga Gertrudis, regreso a casa hablando un poquito más “moderno” que antes. Cuando voy a Canadá, regreso a casa terminando cada oración con un típico “¿eh?”. Somos esponjas, absorbiendo las características de aquellos con quienes caminamos de cerca. La gente con que tu esposo pasa su tiempo afecta sus actitudes, carácter, conducta, habla y perspectiva de la vida. Las relaciones son los agentes de cambio que Dios usa para pulir los bordes toscos de la carne y reforzar los lugares débiles del alma. Conforme oras por el costado de tu marido, estarás orando por sus relaciones, amistades y asociaciones, es decir, por la gente que influye en sus acciones, sus actitudes, su carácter y su futuro.

Su sexualidad: su necesidad de intimidad física Con demasiada frecuencia, escuchamos de otro hombre de Dios que ha caído en la trampa del pecado sexual. Yo no sé contigo, pero a mí me harta escuchar historias de hombres que se han alejado de Dios y han tenido relaciones extramatrimoniales, se han metido en pornografía y han caído en otras formas de inmoralidad carnal. Satanás ha hecho una obra magistral al tomar algo que Dios creó para el bien y pervertirlo de maneras jamás concebidas. La maestra bíblica Beth Moore escribió: “Los ataques de Satanás a la sexualidad se han vuelto tan abiertos y descarados que hemos perdido la sensibilidad y, sin darnos cuenta, estamos reajustando nuestro eje fundamental para que todo quede en un estado de relatividad. En otras palabras, en vez de medir nuestras vidas según la meta de parecernos a Cristo, estamos empezando a medir subconscientemente nuestras vidas según la depravación del mundo… Satanás está aumentando la dosis de provocación sexualmente inmoral con tal constancia que no reconocemos cuánto veneno estamos tragando”13. En primer lugar, permíteme decir que el sexo fue una idea de Dios. Él se tomó muchas molestias para crear todos los detalles que hacen


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que el sexo sea placentero y satisfactorio tanto para el hombre como para la mujer. Sin embargo, cuando esta unión no está bajo la cubierta protectora del matrimonio entre un hombre y una mujer, la perversión y la vergüenza manchan la deseada belleza. El sexo fuera de una unión monógama y heterosexual entre esposo y esposa es un pecado que pudre el alma, plaga de culpa y carcome el corazón como ninguna otra cosa. Satanás tiene acceso a nuestros maridos como nunca antes. En el pasado, un hombre tenía que caminar públicamente a una tienda y realizar una compra para mirar algo pornográfico. Ahora, todo lo que tiene que hacer es sentarse en el silencio de su linda casita, hacer clic a unos cuantos botones de su computadora y aparece mágicamente un botadero de imágenes. Satanás engatusa a los hombres para que den una miradita y luego los atrapa capturándolos en una miserable vida de engaño y adicción. El enemigo ha lanzado una guerra total en contra del precioso obsequio de la intimidad sexual que Dios nos ha dado. Necesitamos pelear por nuestros maridos de rodillas. Pero primero, necesitamos considerar el otro lado de la moneda. Esta es un área de la vida de nuestros esposos donde nuestras decisiones ejercen gran influencia. Antes de que yo escribiera el libro Becoming the Woman of His Dreams (“Convirtiéndote en la mujer de sus sueños”), entrevisté y sondeé a cientos de hombres de toda profesión y oficio para descubrir siete cualidades que un hombre anhela que tenga su esposa. Estoy segura de que no te sorprenderá que la satisfacción sexual y el respeto estén en el primer lugar de la lista. Las mujeres y los hombres abordan el sexo desde perspectivas muy diferentes. Tú ya lo sabías, ¿verdad? Para una mujer, el deseo sexual es estimulado cuando un hombre muestra su afecto y atención y adoración. Para un hombre, el afecto y la atención son estimulados por el sexo con su esposa. Una mujer quiere sentirse apreciada por su esposo. Un hombre quiere sentirse deseado por su mujer. La satisfacción sexual es una necesidad física y emocional para un hombre. ¿Emocional? Sí, emocional. Él no lo describiría así. Tal vez ni siquiera entienda la correlación. Pero cuando la vida sexual de un


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esposo es buena, le da la confianza para sobresalir en otras áreas de su vida. La satisfacción sexual abre las puertas de las emociones de un hombre, y tú, querida esposa, tienes la llave. Si oras por tu marido de la cabeza a los pies pero te descuidas en satisfacer sus necesidades sexuales, estás socavando la protección y el éxito por los cuales estás orando. Me recuerda lo que describió Santiago: “Si un hermano o una hermana están desnudos y les falta la comida diaria, y alguno de ustedes les dice: ‘Vayan en paz, caliéntense y sáciense’ pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?” (Stg. 2:15, 16). Esta es un área donde nuestras oraciones deben unirse con un compromiso activo de “darle lo necesario para el cuerpo”. No es que a la mayoría de las esposas no les interese el aspecto sexual del matrimonio; sucede que las preocupaciones de la vida tienden a quitarles su prioridad. Seamos sinceras: ¡ser mujer es trabajo duro! Hay tantas otras demandas que gritan por nuestra atención. Tenemos hijos que criar, una casa que limpiar, comestibles que almacenar, comidas que cocinar, trabajo que desempeñar y la lista continúa. Pero, hermana, te animo a mantener a tu hombre como tu prioridad, inmediatamente después de tu relación con Dios. No lo relegues a que se mantenga al margen hasta que tus hijos sean mayores, creyendo que él va a estar esperando pacientemente a que tú le des un lugar en tu intimidad. ¿Por qué el sexo debe ser prioridad en tu matrimonio? Pablo dice que la intimidad sexual “une” a los dos participantes. La palabra griega para decir “unir” es kollao, que significa “pegar juntos, formar una unidad”14. El sexo no es tan solo el pegamento del matrimonio. Es el superpegamento. Pero tu marido anhela más que el acto físico. Él quiere ser querido por ti. Lo que no quiere es un arreglo a medias. Si participas en el sexo porque lo ves como tu deber como esposa, él lo sabrá. Él preferiría trabajar en el techo de su casa a cuarenta grados centígrados que “hacer el amor” con una esposa que está respondiendo por deber. Tal vez sienta un alivio físico cuando se toque la canción, pero no se sentirá pleno ni satisfecho en su corazón.


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Si no estás satisfaciendo las necesidades sexuales de tu marido, entonces todo lo que le digas será percibido con los ojos del rechazo. Quizás creas que la parte sexual de tu matrimonio mejorará una vez que las otras áreas de su vida estén en orden, pero te puedo asegurar que él piensa lo opuesto. Para él, las otras áreas de tu matrimonio mejorarán cuando su vida sexual esté en orden. Tal vez te sientas tentada a orar para que tu esposo piense menos en el sexo, pero no vas a encontrar un respaldo para eso en las Escrituras. Dios diseñó el cerebro del hombre para que se interese profundamente en este aspecto de su vida. No estoy segura acerca de qué estaba pensando Dios cuando creó al hombre y a la mujer en forma tan distinta en esta área, pero sí sé que eso hace interesante la aventura matrimonial. Conforme oras por la sexualidad de tu marido, estarás orando para que él tenga la fortaleza de resistir la tentación, encuentre satisfacción en el lecho matrimonial y experimente una pasión continua y renovada en una relación sexual que lo haga sentirse como un rey. Y mientras estés orando, únete a Dios en su obra al satisfacer las necesidades sexuales de tu marido con renovado entusiasmo, gozo y deleite.

Sus piernas: su soporte de la verdad Cuando estuve en la escuela primaria, aprendí que Plutón era el noveno planeta de nuestro sistema solar. En 2006, los científicos dijeron: “Uy, realmente, no es un planeta”. Y lo redujeron al estado de “planeta enano” y lo sacaron de la lista de nueve planetas que giran alrededor de nuestro sol. Yo vi a miles de escolares arrancando la esfera color naranja oscuro de las exhibiciones de sus proyectos de ciencia. Después de todo, era simplemente otra “verdad” equivocada. En nuestra cultura moderna, las ideas que supuestamente eran verdad ayer son declaradas falsas hoy. Lo que está bien hoy día puede estar mal mañana, y lo que es ilegal hoy puede ser legal mañana. El hombre moderno se hace eco de las palabras que Pilato le dijo a Jesús: “¿Qué es verdad?” (Juan 18:38). Vivimos en un mundo en el que se acoge al relativismo, una cultura que dice que todos los puntos de vista son igualmente válidos y toda


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verdad es relativa al individuo. La gente dice cosas como: “Eso tal vez sea verdad para ti, pero no significa que sea verdad para mí”. Por supuesto, es ridículo. Si una verdad puede cambiar dependiendo de la perspectiva, lugar o momento, entonces no es verdad en absoluto. Esta mentalidad refleja la de los israelitas durante el tiempo del libro de los Jueces. “Cada uno hacía lo que le parecía recto ante sus propios ojos” (Jue. 17:6; 21:25). Pero tal como Dios nos ha mostrado una y otra vez, la verdad es una realidad exclusiva, no un mito fugaz. Hay una verdad que trasciende la cultura y las inclinaciones individuales. Y esa verdad es Jesucristo. Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6). “Y la Palabra [Jesús] se hizo carne y habitó entre nosotros, y contemplamos su gloria, como la gloria del unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14). Jesús repetidas veces empezó sus enseñanzas con las palabras: “De cierto, de cierto les digo” o “En verdad os digo” (Juan 5:19, 24, 25; 6:26, 32, 53). Él es la Verdad y la fuente de la Verdad. Entonces ¿qué tiene todo esto que ver con orar por el punto de referencia de las piernas de tu marido? Todo. Tu esposo necesita permanecer firme en la Verdad. Todo lo demás es arena movediza. Si él no permanece firme en la verdad, el mundo se convertirá en un lugar confuso donde la corriente de la incertidumbre lo arrastrará al mar con una oleada de preguntas y las mareas del cambio. “Si ustedes no creen, ciertamente no permanecerán firmes” (Isa. 7:9). Y ese es el mensaje para todas nosotras. Si no permanecemos firmes en la Verdad, entonces no permaneceremos en absoluto. Seremos arrojadas de un lado al otro como sucede con una debilucha muñeca de trapo cuando a un aniñado mundo le da la rabieta de salirse con la suya. Conforme oras por las piernas de tu marido, estarás orando para que él permanezca firme en su fe en medio de un mundo carente de solidez. Estarás orando para que permanezca firme en la inmutable e infalible verdad de Dios.


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Sus rodillas: su relación con Dios Bárbara oró durante veintiocho años para que su marido Tim llegara a conocer a Jesús como Señor y Salvador. “Eso, sencillamente, no es para mí” decía él cuando lo invitó a ir a la iglesia con ella. “Anda tú, nomás”. Bárbara continuó orando. Un domingo de Pascua, Tim sorprendió a su esposa diciéndole que iría con ella a la iglesia. “Voy a hacer esto una sola vez”, dijo él. “Tengo puesto este traje y voy a ir contigo porque es domingo de Pascua. Pero no me pidas que vaya de nuevo”. Ella no necesitó hacerlo. Durante el culto, Dios movió el corazón de Tim de una manera tan poderosa que fue al altar antes de que el pastor terminara de hacer la invitación. Ahora este carpintero del campo ha dedicado su vida a construir casas para una organización sin fines de lucro y hablarle a otros acerca de Jesús, quien lo arrancó de las llamas del infierno y puso sus pies en la senda de la vida eterna. El hombre ama a Jesús. Y su esposa todavía ora con plena confianza de que Dios la escucha. Las rodillas. Ese es el punto de referencia que te hace orar por la relación que tu marido tiene con Dios. Cuando él dobla las rodillas con humildad, rompe las cadenas del orgullo y lo hace verdaderamente libre para experimentar la vida abundante en la tierra y la vida eterna en el cielo que Jesús vino a dar. Santiago nos recuerda: “Humíllense delante del Señor, y él los exaltará” (Stg. 4:10). La Biblia Amplificada lo dice de esta manera: “Humíllense [sintiéndose muy insignificantes] en la presencia del Señor, y él los exaltará [él los levantará y hará que sus vidas tengan importancia]”. Lo contrario de la humildad es el orgullo. El orgullo es una “excesiva autoestima”. Es un tipo de “autoadoración” que recibe todo el reconocimiento por los logros, recursos y éxitos de uno. El orgullo fue lo que hizo que Satanás cayera del cielo (Eze. 28), Saúl perdiera su reinado sobre Israel (1 Sam. 13), y el rey Uzías fuera maldito con lepra (2 Cró. 26:16-22). El orgullo hace que el hombre rehúse doblar la rodilla en sometimiento a Dios, detenga su crecimiento espiritual y obstaculice su pasión por Cristo.


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Conforme oras por las rodillas de tu marido, estarás orando para que él humildemente se arrodille en sometimiento a Dios, en adoración a él y en comunión con él. También estarás orando contra el orgullo que le impida hacer esto.

Sus pies: su caminar Raquel y yo estábamos sentadas en las desgastadas gradas que conducían a una playa inmaculada. Teníamos “asientos de primera fila” conforme el sol mañanero extendía sus brazos sobre el horizonte. Ella estaba sufriendo. Yo estaba tratando de mostrarle mi amor para que recuperase su salud. Aire salado. Océano salado. Amiga salada. Es difícil ganarle a esa combinación cuando tu alma está enferma. La vida de Raquel había dado unos giros inesperados. Permíteme expresarlo de otra manera. No fue que su vida hubiera dado unos giros inesperados sin que ella no hubiese tenido nada que ver con ello. Raquel se había apartado del camino de Dios, y ella había dado unos giros inesperados. Se había entregado a la tentación sexual y, como resultado, había perdido su matrimonio, la confianza de sus hijos y de muchos de sus amigos. Había perdido su propio ser. Mientras estábamos sentadas en la última grada con la punta de nuestros pies en la fresca arena, mirábamos fijamente el vidrioso océano y la impoluta playa. Fue como si Jesús hubiese dicho: “Paz, estén quietos”, y el viento y las olas obedecieron. La arena, peinada por la brisa nocturna, aún no había sido alterada por los pies de los veraneantes, los baldes de los niños ni las sillas de los que se asolean. Raquel vio huellas de llantas que pasaban cerca de la orilla. Cuatro surcos superficiales. Hendiduras paralelas. Surcos que nunca desviaban su distancia entre sí hasta perderse de vista. Si uno viraba bruscamente, los demás viraban en forma conjunta. —Ojalá la vida fuera así —susurró ella. —¿Cómo qué? —pregunté yo. —Como esas huellas de llantas —respondió ella—. Dios y nosotras. Dios y yo. Siempre moviéndonos conjuntamente. Al mismo ritmo. Enganchados al mismo tiempo. Moviéndonos en la misma


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Ora por tu marido de la cabeza a los pies

dirección. Conectados. Con facilidad. Perfectamente alineados. Sentadas en silencio, mirando fijamente las huellas, ambas sabiendo el motivo por el cual las huellas de ella se habían desviado de las de Dios. Ella se había separado del eje y había hecho sus propias huellas. Voluntariamente se había soltado de la mano de Dios y se había alejado. A la vida cristiana frecuentemente se la refiere como nuestro caminar espiritual. “Andamos por fe, no por vista”, dijo Pablo alentando a la iglesia corintia (2 Cor. 5:7). La Nueva Versión Internacional traduce este mismo versículo: “Vivimos por fe, no por vista”. Pablo escribió a los gálatas: “Digo, pues: Anden en el Espíritu, y así jamás satisfarán los malos deseos de la carne… Ahora que vivimos en el Espíritu, andemos en el Espíritu” (Gál. 5:16, 25). Una vez más, la Nueva Versión Internacional traduce estas mismas palabras: “Así que les digo: Vivan por el Espíritu, y no seguirán los deseos de la naturaleza pecaminosa…. Si el Espíritu nos da vida, andemos guiados por el Espíritu”. Me encanta la idea de andar guiada por el Espíritu Santo. Qué maravillosa manera de vivir: andar guiada e ir al ritmo del Espíritu Santo. Durante todo su día, tu marido enfrenta decisiones que determinan si va a andar conjuntamente con Jesús o sincronizado con el mundo. Los pasos se convierten en un estilo de vida; un estilo de vida se convierte en un legado. De modo que, conforme llegas a este último punto de referencia de la oración —los pies de tu esposo—, estarás orando por el lugar donde esos pies lo lleven en el viaje de la vida, qué caminos escogerá en el trayecto y cómo se mantendrá al ritmo de Dios.

Ahora que hemos cubierto los puntos de referencia de la oración, empecemos la emocionante aventura de orar por tu marido de la cabeza a los pies. “La ferviente oración del justo, obrando eficazmente, puede mucho” (Stg. 5:16). Estoy emocionada de tan solo pensar en las grandes cosas que van a suceder con tu matrimonio y en tu marido.


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Orar poderosa y eficazmente por tu marido es más fácil de lo que crees. Como esposa, tú has recibido el privilegio de servir como una poderosa guerrera de oración en favor de tu marido. Sin embargo, a veces la tarea puede parecerte abrumadora, aun cuando estés preparada con las mejores intenciones. Quizá te preguntes: ¿Qué debería orar? ¿Cómo debería orar? ¿Qué oraciones necesita mi esposo ahora mismo? En Ora por tu marido de la cabeza a los pies, Sharon Jaynes delinea dieciséis puntos de referencia que te ayudarán a cubrir continua y eficazmente a tu marido en oración, poniendo delante de Dios toda su existencia, comenzando por su mente y sus pensamientos, continuando por sus ojos y las imágenes que ve, y llegando paso a paso hasta sus pies y el camino que toma. Sharon te enseñará cómo orar por tu marido de maneras que son poderosas, prácticas y transformadoras de vida. Además, la guía de oración de treinta días que contiene este libro te ofrecerá partes de las Escrituras para leer cada día y oraciones que te ayudarán a centrarte en las áreas cruciales en la vida de todo hombre. Tú estarás equipada y llena de poder para establecer el hábito de orar breve y resueltamente cada día. “En este libro tan necesario, Sharon Jaynes da a cada lectora el porqué, el qué y el cómo orar por su marido”. —ELIZABETH GEORGE, autora de A Woman After God’s Own Heart (Una mujer conforme al corazón de Dios). Este libro es perfecto para ser usado en grupos o para reflexionar individualmente. Delinea un patrón de oración fácil de memorizar y reproducir con el fin de fortalecer tu matrimonio, hacer más profunda tu vida de oración personal y cubrir a tu marido de la cabeza a los pies de maneras que no solo levantarán su espíritu sino también el tuyo. Sharon Jaynes es una popular conferencista internacional, ávida comentarista por medio de sus blogs y autora de gran éxito de numerosos libros y estudios bíblicos. Es cofundadora de Girlfriends in God (Amigas en Dios), un ministerio con aproximadamente medio millón de suscriptores devocionales en línea y una popular invitada en programas televisivos y radiales cristianos tales como Revive Our Hearts, FamilyLife Today y Focus on the Family. Vida cristiana/Crecimiento espiritual/Oración

ISBN-0-311-12123-3 ISBN 978-0-311-12123-6 www.editorialmundohispano.org

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