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Las locas ansias del poder O lo que es lo mismo, el arte de mentir en la política, como lo sugería en su portada la revista The Economist. Y aunque esta verdad no debería de sorprendernos, parece que esta realidad ha alcanzado dimensiones preocupantes. Bertrand Russell, uno de los filósofos más influyentes del siglo xx y activista social, lo había sentenciado: “El afán de poder es la más violenta de las pasiones humanas”. Le asistía toda razón. Claro está que el poder no se limita al poder político, pero es el que quiero discutir a propósito de las consultas plebiscitarias en el Reino Unido y Colombia, el proceso electoral norteamericano, y hasta por lo que se vislumbra en el escenario nacional. La gente admira y teme al poderoso. Maquiavelo se preguntaba qué era mejor para el gobernante, si ser amado o ser temido “porque los hombres aman según su voluntad y temen según la voluntad del príncipe”. En todo caso, las dos son grandes fuerzas que mueven nuestra conducta y cambian nuestras vidas. Hay un impulso emocional a identificarse con el poder. Produce, en muchos, una sensación de seguridad. Quizás eso explique por qué, en un momento determinado, tantos son capaces de someterse ante tan pocos. Hay un miedo a la libertad, habría dicho Erich Fromm, el destacado psicólogo social que fuera profesor de la unam. O quizás es que hay en nosotros, los humanos, un afán oculto de sumisión, como lo sugería David Hume, el gran crítico de la burguesía liberal europea. Parto de estas ideas para entender, en el escenario actual, dos pro­ cesos legalmente democráticos que reorientaron el rumbo de dos países en una dirección inesperada: la victoria del Brexit en el Reino 21

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Unido y el no a los tratados de paz en Colombia. A mi juicio, ambos casos representan el triunfo de la mentira y del populismo. Parece haber un hilo que entrelaza a los carismáticos líderes que introdujeron a sus respectivos países en una trama compleja: Boris Johnson (canciller británico) y Álvaro Uribe (expresidente colombiano). Ambos son personajes conservadores y populistas pero, sobre todo, mentirosos. Por eso se les asocia también con Donald Trump, una auténtica máquina de producir mentiras, político al que por cierto pueden agregársele otros atributos, como el desprecio a la dignidad de las mujeres y la evasión de impuestos. Trump y Johnson son un par de bufones. No así Uribe, populista y vanidoso, que reactivó el odio y el rencor hacia las farc (justificados sin duda por las miles de víctimas que dejó la guerra), equiparó al presidente Santos con Hugo Chávez y aterró a un amplio sector de la población bajo el supuesto de que Colombia seguiría la ruta de Venezuela y de Cuba, ya que, de ratificarse los acuerdos suscritos, Timochenko, jefe máximo de la guerrilla, sería el próximo presidente del país. A diferencia del Reino Unido, donde votó el 72% de la población, en Colombia votó sólo el 37%. Ese es uno de los grandes riesgos de los plebiscitos: el abstencionismo. Con una tasa de abstención tan alta (dos de cada tres colombianos que podían hacerlo no votaron), ¿qué tan representativo es dicho resultado? Jorge Carpizo, que había estudiado a fondo el tema como tantos otros, tenía sus reservas en relación al referéndum y a la consulta plebiscitaria. Sus argumentos eran contundentes: había que usarlo sólo en condiciones muy específicas, es un instrumento muy riesgoso, sostenía, les encanta a los regímenes autoritarios y populistas, combinación que, por cierto, es frecuente. Las últimas experiencias en Colombia y Reino Unido le dan plenamente la razón. No es solo la abstención, independientemente de los motivos (temor, exceso de confianza, conveniencia coyuntural, etcétera), sino la manipulación, el engaño, y ya no digamos las motivaciones más profundas, algunas incluso 22

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inconscientes. Juntas nos pueden llevar a tomar decisiones colectivas equivocadas, aunque sean legales y democráticamente válidas. En el Reino Unido las distorsiones fueron mayúsculas. Se magnificó el monto que supuestamente les costaba a los británicos seguir afiliados a la Unión Europea; se habló de cientos de millones de libras por semana; se explotó la vena xenófoba de los ingleses —que la tienen— y se aterró a la población avivando la imagen de los cientos de miles de migrantes, sobre todo turcos, que supuestamente invadirían la isla en los siguientes años si seguían abiertos los flujos migratorios. Como era de esperarse, a la libra esterlina le sentó mal el resultado de la votación. Llegó a su nivel más bajo desde hace treinta años. Lo paradójico es que ni David Cameron, en el Reino Unido, ni Juan Manuel Santos, en Colombia, estaban legalmente obligados a convocar a un plebiscito. Cierto, ambos habrían dicho que lo harían, ante la presión de los sectores más conservadores de sus respectivos países. Cumplieron su palabra, lo cual los honró en paradójica medida, pero perdieron el apoyo popular que los había llevado al poder. Cameron renunció, como es habitual ante este tipo de contingencias en los regímenes parlamentarios, pero no fue el caso de Santos. El Premio Nobel de la Paz le vino como anillo al dedo. Es un gran estadista. Fue capaz de mantener los acuerdos que se lograron después de cuatro años de negociaciones y de apaciguar el temor de que se reiniciara una guerra que lleva ya más de cincuenta años. Logró además el apoyo en la comunidad internacional y manejó bien su estrategia diplomática. Haber seguido de cerca este proceso y conocer personalmente a Santos, me ha dado la medida para saber que volvería a fortalecerse. Pero el descalabro no fue menor. De todos los mencionados, y quien más ha mostrado el peso de la mentira en la política de nuestros días (la política escénica hueca por completo de contenidos, el cinismo y la locuacidad a pesar de que lo confronten una y otra vez con la realidad, que por supuesto no es la que él proclama), es el inefable Donald. Su vulgar demagogia supera a la de Berlusconi, que ya es decir mucho. 23

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No se trata tan sólo de una feria de vanidades, que en buena medida lo ha sido, sino de algo más grave: el desprestigio de la política, el repliegue del ciudadano a su vida privada. ¿Será también el ocaso de la liturgia electoral? La participación ciudadana en los procesos electorales, en casi todo el mundo, muestra una tendencia general a la baja. ¿Qué tanto influye en ello la telaraña de las redes sociales en las que cada vez ocupamos más nuestro tiempo? En Colombia, por ejemplo, los acuerdos de paz tuvieron muchos likes. De hecho en las redes ganó el Sí, como lo señalaron algunos medios. Sin embargo, de nada sirvió. Me parece que en los tiempos que corren, todo lo que se presente como antisistema, incluida la abstención, tiene posibilidades de volverse una postura mayoritaria, aunque no sea lo más racional. Tampoco lo ha sido necesariamente la pasión por el poder. Cómo se consigue éste, cómo se mantiene y cómo se pierde, seguirán siendo temas profundos de la economía, de la ciencia política y de la psicología social. En los sucesos referidos ganaron quienes usaron con audacia la mentira. Por donde se vea, una mala señal.

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Una sociedad furiosa La corrupción es un fenómeno que ha socavado a buena parte de la clase política en México y en otros países del mundo. Es una plaga. Un bacilo que se ha introducido en nuestro mundo y lo contamina desde dentro. Dirigentes, tanto de izquierda como de derecha, se han beneficiado de ella. No es un asunto ideológico, lo es de principios éticos. La aparición del ciudadano furioso (ante la corrupción, la desigualdad y la injusticia), es quizá la expresión más clara de la crisis que hoy viven las democracias occidentales. Al menos explica la regresión que significan el Brexit para el Reino Unido, el triunfo de Trump en los Estados Unidos y el crecimiento inusitado de candidatos xenófobos y ultranacionalistas en Alemania, Francia, Holanda y otros países europeos. También explica las movilizaciones populares que defenestraron al gobierno de Brasil e intentan hacer lo mismo con el de Venezuela. ¿Cuál será su expresión en el México del 2018? La furia social puede ser bienintencionada y generar cambios positivos de progreso y bienestar, pero también puede volverse destructiva y maligna, sobre todo si la movilización popular queda en manos de dirigentes demagogos, de líderes sectarios irresponsables. La furia social es un proceso volátil que puede dispararse en cualquier dirección. No me parece confiable, y creo que es un error alentarlo como motor del cambio en los procesos electorales. Prefiero la persuasión y los consensos. En ello radica el arte de la política liberal, tan disminuida en estos tiempos, ante los embates populistas. ¿En dónde quedó el triunfalismo de la ideología capitalista hiperliberal? ¿Qué fue de la gradual disolución de las fronteras para dar 25

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paso a la supremacía de los mercados globales? ¿Por qué el proteccionismo y la forma en que han recuperado terreno los movimientos nacionalistas? ¿Acaso la globalización amplió la brecha de la desigualdad y de la injusticia? Creo que, una vez más, la desmesura del gran capital ha despertado la némesis social. La misma que antaño llevó a la guillotina a los gobernantes. Hoy el castigo y la venganza se expresan en las urnas. Es más civilizado, claro. Pero preocupa que esta vez las víctimas sean la diversidad, los derechos adquiridos, la migración y las minorías, entre los más afectados. Ha surgido una nueva derecha, supuestamente alternativa, enmascarada en un nacionalismo emocional extremo que ha logrado hacerse del poder por la vía legal. Si nos irritaba que hubiera Jefes de Estado haciendo negocios, ¿qué haremos ahora que tenemos a hombres de negocios dirigiendo la política mundial? La pregunta es inminente: ¿estamos ante un avance o frente a una regresión? Hace ya veintiséis años que el polémico autor, ahora profesor de Estudios Internacionales en la Universidad de Stanford, Francis Fukuyama, publicó su debatida obra El fin de la historia y el último hombre (traducida a más de veinte idiomas). Eran los tiempos del colapso del comunismo. Las democracias capitalistas occidentales, con los Estados Unidos a la cabeza, se declaraban ganadoras absolutas de la guerra fría. Pero luego vino el inusitado ascenso de los radicales islámicos, el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York y la desastrosa intervención militar en Irak. La historia continuó (en sintonía con lo expresado por la dialéctica de Hegel) entre conflictos y contradicciones. Y hoy todo parece indicar que el capitalismo democrático liberal afronta nuevamente una dura prueba. Esta vez su principal opositor no es más que el propio ciudadano, sí, pero se trata de un ciudadano rabioso, según lo describió hace algunos años el periodista alemán Dirk Kurbjuweit, del semanario Der Spiegel, una de las publicaciones más influyentes en Europa. Algo falló en el modelo. La narrativa decía que las democracias liberales capitalistas representaban la mejor expresión posible de 26

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nuestra civilización. La ciencia moderna, poderosa, junto con la inno­ vación y la tecnología, de la mano del capitalismo de mercado, generarían condiciones para crear cada vez mayores recursos. En buena medida ocurrió, pero sólo transitoriamente. Los recursos generados no se distribuyeron en condiciones éticas. Las crisis económicas internacionales acentuaron las desigualdades y la corrupción hizo que en muchos países (el nuestro incluido) proliferaran las fortunas mal habidas. Apareció entonces el reclamo ciudadano. Con intensidad variable, en contextos distintos, sin un rumbo predecible, la furia social reivindica el amor propio del ciudadano agraviado. Si esta es la época de la posverdad (palabra del año según el diccionario de Oxford), de los bots que vuelven virales y aceleran mediante algoritmos las noticias falsas, bien podríamos estar también viviendo en la poshistoria, siguiendo la línea discursiva de Fukuyama. Resulta entonces que la sociedad norteamericana de los años noventa del siglo pasado, no fue la mejor posible de la historia. Al menos eso dijo en las urnas, hace unos meses, el ciudadano rabioso norteamericano. En lo personal, no creo que nuestros vecinos hayan avanzado hacia algo mejor. Pero mucha gente de aquel lado no piensa lo mismo. Lo único que hay que agradecerle a la democracia capitalista es que reconoce los resultados. Se apega a la legalidad. Es una ventaja. La furia social se logra entender porque hay un resentimiento acumulado: sea por la corrupción y la impunidad de los gobernantes, sea por la innegable desigualdad en la distribución de la riqueza y de las oportunidades, o sea por la percepción de que uno no recibe lo que le toca, lo que en estricta justicia cree que se merece. Si la democracia liberal, pacífica y próspera es la responsable de semejantes circunstancias, entonces, al diablo con ella. ¡Que viva el proteccionismo! ¡Resucitemos las viejas fórmulas! Me parece un grave error. Hay que ver para adelante, no para atrás. Incursionar en las estructuras profundas de la existencia social humana es cada vez más complejo. Urgen nuevos paradigmas.Tratar de entender y de dar sentido a lo que estamos viviendo: un mundo furioso. No puede ser que 27

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el hábitat del último hombre, es decir, del ser humano de nuestro tiempo, sea el de la cultura de las celebridades superfluas que se caracterizan por estar vacías por cualquier lado que se examinen. Tiene que haber algo mejor que la posverdad. Por supuesto, la historia no ha llegado a su fin. No todavía. Los problemas de la democracia solo pueden resolverse con más democracia, decía Willy Brandt, el más demócrata de los socialistas. Creo que lo que ocurre es que las democracias modernas son más abiertas y plurales, aunque también menos predecibles. Es difícil saber cuál será su siguiente modalidad. Se encuentran tan divididas, tan fragmentadas, tan pulverizadas, que los diversos poderes que operan en su interior (el sector público gubernamental, los sectores sociales y académicos, los banqueros y los empresarios, etc.), lejos de cooperar, se la pasan compitiendo entre ellos. Se fue Giovanni Sartori y ya lo echamos de menos. Era el indicado para hacerle la pregunta: ¿qué sigue? Frente al ciudadano furioso, yo no veo más que al ciudadano democrático: más culto, más libre, con más derechos y más informado que nunca antes en la historia. Si ha perdido batallas recientes es quizá por no haber sabido compartir con otros su estatus privilegiado. De cualquier forma, no tiene muchas opciones. Debe encontrar la forma para volver a ganar en las urnas sin demagogia, honrando su pensamiento crítico y recreando un proyecto colectivo de ideales, capaz de cohesionar a una sociedad furiosa, agraviada, polarizada, pero no irreconciliable.

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El malestar ciudadano Cuando se prolongan en exceso las esperas democráticas de justicia y bienestar, cuando se incumplen las promesas reiteradas de progreso y desarrollo, cuando se tiene advertencia de lo que pudo ser y no fue, de lo que hemos perdido y de lo que no debió haber sucedido, surgen el malestar, la decepción, el enojo, la frustración, el miedo y toda una gama de emociones que movilizan nuestra conducta tanto individual como colectiva, y condicionan nuestras expectativas sobre nuestro propio destino. Pero además la incertidumbre económica y las contingencias que de ella se derivan, estimulan la percepción de una suerte de engaño y abandono por parte del gobierno, lo cual a su vez genera sentimientos de vulnerabilidad e impotencia. Visto todo ello en su conjunto, se pueden entender mejor las continuas tensiones sociales que ha vivido el país. Han sido demasiados los agravios acumulados en este periodo confuso y convulso que no vivíamos en México desde 1994, cuando el levantamiento del ezln en Chiapas precipitó la crisis del fin de ese sexenio. Recordemos: un poco después, en marzo de ese mismo año, mataron a Luis Donaldo Colosio; en septiembre a José Francisco Ruiz Massieu y en diciembre vino la debacle económica. Aquel fue un año terrible. ¿Será acaso este el inicio de la crisis final del actual gobierno? Las reacciones inmediatas que tuvo el aumento en el precio de la gasolina, por ejemplo, no deberían interpretarse como un hecho aislado, producto solamente de una relación lineal, simplona, de causa y efecto. Tampoco como si se tratara sólo de un asunto de manipulación en las redes sociales y de vandalismo generalizado, espontáneo 29

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o inducido. Ambos son graves en sí mismos. La realidad que puede explicar mejor lo ocurrido es más compleja. Tiene raíces profundas. No es nada más asunto de provocadores, que seguramente los ha habido. Hay un hartazgo generalizado por tanto engaño y una crisis de credibilidad ante las explicaciones oficiales, incapaces de incorporar en su discurso las vivencias y las genuinas preocupaciones de la gente. La narrativa del gobierno no transmite y no convence, por eso no apacigua, al contrario, exacerba. Se ha perdido la eficacia del diálogo, de la discusión y aún la de la controversia. La reacción de la clase política frente a la movilización popular, salvo excepciones, resultó ser todo un espectáculo. Por momentos pareció más un desfile de carnaval que una discusión parlamentaria. La argumentación racional quedó desplazada. El lenguaje utilizado es sintomático, pues refleja los errores conceptuales que luego se trasladan a la praxis política. No es tarea fácil examinar, con las luces de la razón, lo que está ocurriendo en el país. Pero parece que lo que predomina en la esfera pública son las sombras de un discurso mal construido, con justificaciones que no impactan porque no mitigan el daño. En algún lado se ha perdido la conexión entre la ciudadanía y sus gobernantes, en parte quizá porque estos desdeñaron su propio carácter democrático, es decir, sus compromisos con la sociedad que los eligió. Por supuesto que la ciudadanía también tiene el derecho a equivocarse (aunque no sea este el caso) y no siempre tiene la razón, a pesar de lo que digan las consignas populistas. Pero además, la ventaja para esta es que en una democracia siempre podrá rectificar en una elección posterior. Por eso es conveniente reconocer al perdedor como un interlocutor válido, pues mañana puede llegar a ser gobierno. La política ya no es lo que fue. El problema es que el descontento social no se agota en una reflexión nostálgica. El malestar sale a la calle y se expresa de muchas maneras. Frente a las frases huecas o ante preguntas abiertas que seguramente pretendieron —con poco éxito— inducir alguna reflexión que atenuara la crítica, un sector 30

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e­ stimable de la prensa escrita ha mostrado su independencia y su fortaleza. No han sido pocas las plumas que han analizado lo ocurrido (hasta ahora) con rigor y han esgrimido argumentos contundentes. También ayuda escuchar, sin descalificar de antemano, algunas voces de la calle. Son los mismos males de siempre, nos dicen, con razón, sectores cada vez más amplios de la población: la corrupción arriba y la impotencia abajo. El malestar, pues, va más allá de lo que pueden ocasionar los precios internacionales del petróleo y la fuerte devaluación que ha sufrido nuestra moneda, factores que explican en buena parte el alza en el precio de la gasolina. El malestar, incluso, va más allá de las actitudes hostiles del Sr. Trump hacia México, que ya no son solo temores sino acciones concretas (Carrier, Ford, General Motors, Toyota), a las que pronto se sumarán otras (el muro, las deportaciones, el tlc). Por cierto, si el camino escogido en este rubro es, como parece, el de la sumisión ante el autócrata, la estrategia no funcionará. Con el único mexicano con el que hasta ahora ha mostrado públicamente interés en reunirse el Sr. Trump es con Carlos Slim, y éste fue muy claro: “el mejor muro que puedes construir es ayudando a que se generen más empleos en México”, le dijo sin cortapisas. Por lo visto no ha logrado convencerlo. Pero hizo bien en plantearle ese y otros asuntos que tienen que ver con la política proteccionista que Trump pregona, la cual —sentenció el ingeniero— acabará por encarecer el costo de los productos norteamericanos. Conviene recordar que el malestar con la política no es solo un fenómeno local. Tiene, desde luego, matices que son propios de la cultura y del contexto en el cual se expresa, pero forma parte de esa modernidad que ha transitado hacia un “tiempo líquido” que tan lúcidamente ha explicado el sociólogo Zygmunt Bauman: una época de incertidumbre, más flexible, más voluble, en la que las estructuras sociales no perduran el tiempo necesario para con­ solidarse, y en la que el poder y la política encuentran con frecuen­ cia caminos separados. La política se ha vuelto cada vez más un 31

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espectรกculo, por eso avanzan los liderazgos populistas. La cultura del consumo y del entretenimiento, por su parte, propicia que el deseo de tener y la decepciรณn por no tener vayan de la mano y se planteen, ambos, como derechos sociales.

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Populismo: opción para excluidos No tengo dudas que el progreso es tan sólo un espejismo cuando sus beneficios no se comparten con las mayorías, con los sin voz, los sin techo, los sin trabajo, los sin opciones de una vida digna, más decorosas. Son ellos, justamente, los que conforman una buena parte de las bases sociales del populismo, tan en boga en estos tiempos. Durante su última visita a México, en una comida en casa de uno de sus alumnos dilectos, Jorge Islas, pregunté a Giovanni Sartori qué pensaba del populismo. Contestó —como solía hacerlo— con un abrumador repertorio de conceptos entremezclados con su refrescante ironía y todo tipo de anécdotas sobre su villano favorito: Il Cavaliere (Silvio Berlusconi). Recuerdo que fue claro al comentar que había tantas definiciones de populismo como estudiosos sobre el tema, y que cada movimiento populista tenía sus propias raíces históricas. No se trataba realmente de una ideología (habría populismos tanto de izquierda como de derecha o de centro) ni de un partido político como tal, sino más bien de un estilo de hacer política. El populismo, continuó, tiene éxito porque toca lo más emocional, las fibras profundas que son capaces de mover a las masas. Es más tema de psiquiatras que de politólogos, remató. Supuse que era una suerte de broma para estimular la conversación. Pero al despedirnos insistió: no olvide lo de la psicología del populismo, doctor, ya me dirá la próxima vez qué piensa al respecto. No volví a verlo, pero su provocación surtió efecto. He prestado mayor atención al tema desde entonces. Es interesante observar cómo la nueva oleada populista de los últimos años ha tomado más fuerza en las democracias europeas, 33

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paradójicamente más maduras, pero en las que se fueron borrando de manera paulatina las diferencias tradicionales entre liberales y socialistas. El espectro ideológico se redujo y la representación popular de los partidos tradicionales perdió sentido. Ya no representaban mucha diferencia. Simultáneamente la fuerza política de la clase trabajadora perdió espacios frente a los poderosos tecnócratas y a las nuevas generaciones les interesó menos la política que el acontecer en su entorno inmediato y su futuro personal. Si, en efecto, como algunos sugieren, ha llegado el tan anunciado fin de las ideologías, el panorama resulta todavía más preocupante. Acaso entonces la posverdad —que es un poderoso instrumento del populismo, aunque no de su uso exclusivo— sea consecuencia natural de una era posideológica. No hay que olvidar que las ideologías tomaron forma con la Ilustración, para superar los prejuicios, las supersticiones y el oscurantismo del Ancien Régime. Sin un marco ideológico mínimo no imagino posible reorganizar el orden político y social que se requiere para atender efectivamente las necesidades (urgentes) y las aspiraciones (legítimas) de los seres humanos. Pero ocurre que las democracias liberales occidentales (la estadounidense incluida, por supuesto), al desprenderse de sus referentes ideológicos, se desentendieron de sectores de la población que fueron quedando excluidos de los beneficios del desarrollo y que hicieron crisis con la globalización. Algunos, con cierta arrogancia, se refieren a ellos como “perdedores de la modernización”. El hecho es que muchos de ellos comparten realidades difíciles de aceptar: educación de menor calidad, acceso limitado a los servicios de salud, mayor desempleo o trabajos mal remunerados, pensiones paupérrimas, etcétera. Pero, sobre todo, se fue gestando en ellos una gran amargura, un profundo resentimiento, con frecuencia justificado. Ellos son ahora los más fervientes seguidores de los movimientos neopopulistas. Al perder vigencia la política de las ideologías, tomó fuerza la política de las identidades, la política de las emociones. Los perdedores, los que se quedaron fuera, quieren la revancha. 34

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El distanciamiento entre el pueblo (populus) y la clase gobernante, mayoritariamente aglutinada en los partidos políticos, también ha favorecido el populismo. Tal distancia genera una animadversión contra todo lo que tenga que ver con el poder público. Los excluidos se asumen como víctimas, no sin razones, y se acogen con facilidad a las teorías de la conspiración. Es por eso que estas se convierten con frecuencia en parte substancial de la retórica más socorrida por sus líderes. Al aceptar en su narrativa sólo aquello que fortalece sus propias explicaciones sobre una realidad que no les favorece, se van construyendo mitos, los cuales, a su vez, propician el surgimiento de liderazgos con rasgos autoritarios, idealizados por unos, detestados por otros. Los líderes populistas, siempre con un carisma peculiar capaz de polarizar los ánimos, suelen ser socialmente conservadores, aun cuando su discurso formal sea ir contra el establishment. Son, por definición, intolerantes a la crítica. En los movimientos populistas, entre el resentimiento colectivo y la frustración masiva que los nutren, se genera asimismo una cierta propensión a que surjan en su seno actitudes hostiles que pueden llegar al odio. Desarrollan una gran intolerancia hacia los otros. De ahí sus fobias y su nacionalismo viral. Su blanco favorito son los migrantes, pero pueden serlo también los islámicos, o para el caso, la comunidad lgbtti. Representan el ocaso de la razón ilustrada: no la necesitan, han construido sus propios discursos. Pienso que el gran error de las democracias liberales ha sido no preocuparse lo suficiente por tratar de entender y atender las causas que mueven a esos amplios sectores que apoyan los movimientos populistas. Lo cierto es que etiquetarlos de xenófobos o sexistas, aunque lo sean, tacharlos de racistas ignorantes o descalificarlos desde posiciones política e intelectualmente más aceptables, no resuelve absolutamente nada. La retórica sólo puede combatirse con ideas, con el análisis riguroso de la realidad y con nuevos programas que activen mecanismos sociales de inclusión, eficaces y transparentes. 35

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Son tiempos para reivindicar, en los hechos, los derechos individuales, empezando por el reconocimiento de las diferencias, Pero hay que tratar de entender también los miedos y las preocupaciones que subyacen a esas voces estridentes e intentar forjar nuevos consensos, más flexibles e incluyentes, para tratar avanzar, no para retroceder. Si bien el populismo es regresivo en muchos aspectos, pienso que, en un sentido estricto, no es necesariamente antidemocrático mientras acepte la soberanía popular y el gobierno de las mayorías. En todo caso podría ser una suerte de trastorno de la democracia, al no aceptar la pluralidad de la sociedad de la que forma parte, al considerar como enemigas o traidoras a las minorías que no aceptan sus designios y al oponerse de forma sistemática a los contrapesos que acotan los poderes, sobre todo el del ejecutivo. Al rechazar contrapesos favorecen la opacidad, y los mandatos populares, apoyados con excesiva frecuencia en referendos o consultas plebiscitarias, tienden a perpetuar en el poder al gobernante en turno. Vaya reto el que enfrentan las democracias liberales en estos tiempos de revueltas populistas, sea en el Reino Unido, en Venezuela o en los Estados Unidos, por citar algunos de los países que llaman más nuestra atención. Pero hay movimientos populistas importantes en prácticamente todas las regiones del planeta. Mientras haya personas alienadas por la economía y por la cultura, sin esperanza, sin expectativas de que las cosas mejoren para ellos y para los suyos en un plazo de tiempo razonable, el populismo, en sus diversas expresiones, seguirá siendo una opción muy tentadora para todos aquellos que se sienten excluidos. No son pocos.

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