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Papeles de Salud Moral Número 73, segunda época

Respeto a la vida humana, principios éticos e investigación científica Teófilo Casto

Disponer de la vida humana no es

una prerrogativa de los hombres. Los creyentes sabemos que es Dios quien nos da la vida y que en nuestras manos está protegerla y enaltecerla. No hemos recibido el don de la vida para experimentar con él o para impedir su gozosa extensión. Los creyentes lo sabemos desde siempre, o al menos desde que estas verdades nos fueron reveladas. Sin embargo, los principios básicos del derecho y el aprecio a la vida no siempre han sido respetados. No hace tanto tiempo que las perversas intenciones de los científicos nazis pasaron por encima del respeto a la vida humana y dieron lugar a experimentos diabólicos en los que se demostró hasta dónde se puede llegar cuando se olvida que la vida humana es el más precioso don que hemos recibido y que su destino sólo está en las manos de Dios. Tras la Segunda Guerra Mundial los propios científicos tuvieron que establecer normas éticas que devolvieran el respeto a la vida humana al lugar que le corresponde. Así, establecieron códigos de conducta en los experimentos científicos que hicieran patente que con la vida humana no se juega. Que no todo lo que técnicamente se puede hacer debe ser hecho. Que experimentar sin límites ni condiciones con la vida humana supone quebrantar los más elementales principios morales. Más de medio siglo después de todo aquello parece que hemos olvidado la lección y la soberbia de ese Golem contemporáneo que es la ciencia parece alzarse de nuevo frente al natural respeto a la vida humana. Hoy no es la voluntad de Dios sino la ciencia

definitivamente depender definitivamente de la técnica y como si la libertad consistiera en decidir que no se reconocerá nunca la frontera entre lo que se puede hacer y lo que se debe hacer. El SIDA ha llegado justamente como expresa de esta condición humana descoyuntada por ese desenfreno antinatural. Hoy se supone que nos debe parecer natural lo que no lo es (el consumo de drogas, las relaciones homosexuales, el uso de anticonceptivos, el sexo a cualquier edad y con cualquier persona…) y que debemos aceptar como naturales las consecuencias que se derivan de esas conductas. El SIDA no es un castigo divino, como algunos quieren hacer creer que defendemos. Pero sí es una de las consecuencias que sufrimos al no reconocer en qué consiste la condición humana y no vivir de acuerdo con los principios de respeto gozoso a la vida. Nadie que de verdad sea libre (que, por tanto, no consuma drogas), que de verdad ame a otro ser (que, por tanto, exprese ese amor con el sexo dentro del matrimonio) se verá contagiado por el SIDA. Son la verdadera libertad y el verdadero amor los que nos protegen frente al SIDA, no los preservativos, las jeringuillas desechables o las nuevas vacunas. Quienes padecen la terrible enfermedad no merecen nuestro oprobio sino nuestra compasión (que padezcamos junto a ellos) y nuestra solidaridad (que sientan cerca nuestra ayuda). Pero eso no significa que debamos recomendar a los demás que sigan el ejemplo de su conducta. Esas nuevas vacunas, que plantean problemas éticos no lejanos a los que hubieron de

que plantean problemas éticos no lejanos a los que hubieron de abordarse tras la Segunda Guerra Mundial, no son la solución al problema del SIDA. Tampoco lo es seguir sin mirar de frente al problema de una sexualidad sin proyecto y pensar sólo en atajar las consecuencias de fomentarla y saciarla compulsivamente con la ayuda de unos anticonceptivos que, sin garantizar la protección de las vidas de quienes los utilizan, impiden la concepción de nuevas vidas inocentes.

No son más experimentos lo que necesitamos, no son más preservativos, ni campañas para difundir una sexualidad desligada de una vida plena. Lo que necesitamos es retornar a la esencia de la vida, al reconocimiento de que el amor y el sexo no pueden ir separados y de que ambos están en el centro de un proyecto en el que la vida humana se orienta hacia la trascendencia, hacia lo que nos separa de la condición animal, hacia lo que está más allá del dolor provocado por ese uso inadecuado de la ciencia y de la tecnología que está alejando al ser humano de Dios. Teófilo Casto es teólogo.

Nota Diario  

Material Curso CTS La vacuna del SIDA.