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Brianna Rego realiza su doctorado en historia de la ciencia en la Universidad de Stanford. Comoo parte de su tesis, en 2009 publicó un artículo sobre las investigaciones que la industria tabaqueraa ha venido realizando acerca del polonio en el tabaco. El Centro Nacional para Niños sin Tabaco distribuyó ese artículo entre los miembros del Congreso de EE.UU. para facilitar la aprobación de una normativa reciente.

TA B A Q U I S M O

Humo radiactivo La industria tabaquera lleva décadas sin hacer nada para eliminar un isótopo peligroso de los cigarrillos Brianna Rego Ą ĄoČÿûăøĈû úû 2006, AĂûĎaĄúûĈ LÿĊČÿĄûĄāo, antiguo agente de la KGB, moría en un hospital de Londres bajo circunstancias que recordaban a los asesinatos de la guerra fría. El veneno que acabó con su vida, un isótopo radiactivo llamado polonio 210, se encuentra mucho más extendido de lo que creemos: la población mundial fuma unos seis billones de cigarrillos al año, y cada uno de ellos contiene una pequeña cantidad de polonio 210 que acaba en los pulmones. Para un fumador de paquete y medio al día, la cantidad de veneno inhalada a lo largo de un año supone una radiación equivalente a la de 300 radiografías de tórax. Aunque el polonio no constituya el principal carcinógeno del humo del tabaco, solo en EE.UU. provoca miles de muertes al año. Pero, a diferencia de lo que ocurre con otras sustancias nocivas, las muertes provocadas por polonio podrían evitarse con facilidad. La industria tabaquera conoce la presencia del polonio en los cigarrillos desde hace casi cincuenta años. Existen documentos internos que demuestran que los fabricantes idearon métodos para rebajar de manera drástica la concentración del isótopo en el humo del tabaco, pero decidieron no hacer nada y mantuvieron en secreto sus investigaciones. Sin embargo, puede que en EE.UU. la situación cambie dentro de poco. En junio de 2009 el Gobierno estadounidense aprobó la Ley para el Control del Tabaco y la Prevención del Tabaquismo en la Familia. Por vez primera, el tabaco queda bajo la jurisdicción de la Agencia Federal de Fármacos y Alimentos (FDA), lo que faculta al organismo para regular algunos de los componentes de los cigarrillos. Obligar a la industria a eliminar el polonio del tabaco constituiría uno de los pasos más sencillos en la lucha contra la muerte por tabaquismo.

E

PUNTOS CALIENTES

El primer indicio de que el polonio 210 acababa en los pulmones de los fumadores se obtuvo casi por casualidad. Durante la primera mitad de los años sesenta, los efectos de la radiactividad sobre la salud despertaron gran interés entre los expertos, así como en gran parte de la población. Por entonces, la experta en radioquímica Vilma R. Hunt y sus colaboradores de la Escuela de Salud Pública de Harvard desarrollaron una técnica para medir niveles muy bajos de radio y polonio, los elementos que Pierre y Marie Curie habían descubierto en 1898. Como recuerda Hunt, un día de 1964 se Þjó en la ceniza del cigarrillo de uno de sus compañeros de laboratorio y decidió analizarla. Tras ver los resultados, se asombró al no encontrar ningún indicio de polonio. Las trazas de isótopos radiactivos en el entorno son habituales y contribuyen a la radiación natural de fondo. Y ningún otro material orgánico investigado por Hunt, incluidas las plantas, había arrojado un resultado negativo para el polonio si el radio estaba presente. Sin embargo, a la temperatura de combustión del tabaco, el polonio se volatiliza. Hunt dedujo que el polonio ausente de las cenizas debía pasar al humo y, en consecuencia, a los pulmones del fumador.

EN SÍNTESIS

La planta del tabaco acumula pequeñas concentraciones de polonio 210, un isótopo radiactivo que proviene, sobre todo, de la radiactividad natural de los abonos.

El polonio que inhalan los fumadores se instala en puntos especíÞcos de los pulmones; se calcula que provoca en torno a un dos por ciento de los cánceres de pulmón debidos al tabaco.

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La industria tabaquera conoce desde hace décadas los peligros derivados del polonio y ha investigado la manera de eliminarlo de los cigarrillos, pero jamás ha tomado medidas al respecto.

A diferencia de otros carcinógenos del tabaco, el polonio podría eliminarse con procedimientos tan simples como lavar las hojas de la planta o emplear Þltros apropiados, entre otros.


KEVIN VAN AELST

Hunt y Edward P. Radford, también de Harvard, publicaron en Science su trabajo, el cual incluía mediciones directas de las cantidades de polonio en el humo. Poco después, otros investigadores de Harvard comenzaron a estudiar las concentraciones del isótopo en los cigarrillos y en los pulmones de fumadores. En 1965, el radiobiólogo y médico John B. Little examinó el tejido pulmonar de fumadores en busca de huellas de polonio. No se trataba de una tarea sencilla: la toma de muestras de tejido de fumadores vivos era demasiado invasiva, lo que le obligó a trabajar con cadáveres. «El problema radica en que la mucosa que recubre el pulmón desaparece a las dos o tres horas del fallecimiento», explica Little. Por ello, debía extraerla justo después de la muerte del paciente. Little acabó por demostrar la presencia de polonio en zonas especíÞcas del pulmón: los isótopos se depositan en las bifurcaciones de bronquios, bronquiolos y alvéolos. Allí forman «puntos calientes» radiactivos que emiten partículas alfa. Durante los diez años siguientes se continuó investigando el polonio en el humo de los cigarrillos. También se estudiaron los mecanismos mediante los cuales el isótopo llega hasta la planta del tabaco, a Þn de averiguar en qué fase del proceso de fabricación de cigarrillos podría eliminarse con mayor eÞcacia. El polonio 210 es un subproducto de la desintegración del plomo 210. En su publicación de 1964, Radford y Hunt especulaban con dos posibilidades: o bien los productos de la desintegración del radón 222 (presente de manera natural en la atmósfera y cuyos residuos incluyen el plomo 210) se depositaban en las hojas de la planta, o bien esta absorbía plomo 210 de la tierra fertilizada. Más tarde se comprobaría que se daban ambos procesos. Por su parte, el Departamento de Agricultura de EE.UU. consideró la presencia del polonio en los abonos. En un experimento realizado en 1966 junto a la Comisión de Energía Atómica, analizaron dos tipos de fertilizantes: un «superfosfato» comercial y una mezcla especial a partir de fosfato cálcico químicamente puro. Las diferencias fueron notables. El abono comercial contenía unas trece veces más radio 226 que la mezcla, lo que derivaba en una cantidad siete veces mayor de polonio en las hojas. Edward Martell, del Centro Nacional de Investigación Atmosférica estadounidense, revisó la cuestión en 1974. Sugirió que las tierras tratadas con fertilizantes elaborados a partir de fosfatos ricos en uranio emitirían radón 222 a la atmósfera. El radón se desintegraría en plomo 210 y este se depositaría en los tricomas, los miles de pequeños Þlamentos que recubren las hojas de la planta del tabaco. Al igual que el grupo de Harvard, Martell también se interesó por la acumulación de polonio 210 en el pulmón. Durante un tiempo, se aceptó que la exposición a la radiación proveniente de los productos de desintegración del radón constituía la causa principal del elevado ries-

go de cáncer que sufrían los trabajadores de las minas de uranio. Eso llevó a Martell a concluir que la exposición crónica de los fumadores a dosis bajas y concentradas de polonio 210 podía suponer la causa principal del cáncer de pulmón y, quizá, también de otros. Al igual que en el caso de los mineros, el peligro no provenía de una dosis alta administrada de una sola vez, sino de una exposición continuada a pequeñas dosis durante un período largo de tiempo. Un fumador inhala polonio con cada calada. En consecuencia, y por más que las dosis de polonio 210 en cada cigarrillo fuesen relativamente bajas, la elevada exposición asociada a toda una vida de fumador aumentaría el riesgo de contraer cáncer. En 1974, tras introducir polonio en la tráquea de hámsteres, Little y William O’Toole, también de Harvard, conÞrmaron la siguiente hipótesis: aunque las dosis habían sido tan pequeñas que los tejidos jamás se inßamaron, el 94 por ciento de los hámsteres del grupo sometido a una mayor exposición al polonio desarrollaron tumores pulmonares. Desde entonces se han descubierto otros componentes del humo del tabaco que también resultan muy carcinógenos. A día de hoy, la mayoría de los expertos probablemente diría que los principales riesgos provienen de sustancias como los hidrocarburos aromáticos policíclicos y las nitrosaminas. No obstante, aun las estimaciones más cautelosas sugieren que el polonio 210 provocaría el dos por ciento de los cánceres de pulmón debidos al tabaco. En un país como EE.UU., ello supone miles de muertes anuales. Algunos expertos añaden que los daños ocasionados por la radiación probablemente incrementen los provocados por otros carcinógenos, y viceversa. «NINGUNA VENTAJA COMERCIAL»

Al contrario que los cientíÞcos externos, los de la industria tabaquera nunca dieron a conocer ni publicaron sus investigaciones sobre el polonio. No obstante, los históricos pleitos que tuvieron lugar en 46 estados norteamericanos durante los años noventa obligaron a los fabricantes a admitir que fumar era peligroso y adictivo. Millones de documentos internos salieron a la luz durante el proceso; miles de ellos demostraron que todas las esferas de la industria, incluidas las más altas, habían discutido con profusión la problemática del polonio. La publicación de Radford y Hunt apareció unos días después del 11 de enero de 1964, fecha en que el Cirujano General de EE.UU. hizo pública la histórica advertencia sobre los riesgos asociados al tabaquismo. Justo después, algunas notas internas demostraron que los fabricantes eran conscientes de que podían convertirse en objeto de un grave escándalo público si salían a la luz sus conocimientos sobre el polonio. La industria comenzó a invertir gran cantidad de recursos en programas de investigación internos, que se desarrollaron a puerta cerrada. Documentos de Philip Morris datados a Þnales de los años setenta y principios de los ochenta revelaron que cientíÞcos y ejecutivos habían debatido si la compañía debía publicar sus investigaciones. El debate se desarrolló durante una etapa sin publicaciones cientíÞcas externas (fuera de la industria, el interés por el polonio en el tabaco ha sido intermitente), por lo que los fabricantes optaron por no perturbar aquel período de paz. En 1977, los cientíÞcos de Philip Morris habían completado el borrador de un artículo titulado «Aparición espontánea de los productos de desintegración del radón 222 en el tabaco y los condensados del humo», que los autores deseaban enviar a Science. En una nota dirigida a otro cientíÞco de la compañía en 1978, el director de desarrollo de productos de Philip Morris

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Así llega el polonio al tabaco El polonio 210 es uno de los productos de desintegración del uranio. Este último se encuentra de forma natural en la tierra, pero su concentración es mucho mayor en las fosforitas empleadas en la fabricación de abonos. Se ha descubierto que el uranio introduce polonio en el tabaco a través del aire y las raíces.

Polonio 210

El uranio 238 se desintegra en radón 222 (gas) y, después, en plomo 210. Este se deposita en las hojas del tabaco; más tarde se desintegra en polonio 210.

Radón 222 Abono fabricado con fosforita rica en uranio.

Uranio 238 El plomo 210 presente en la tierra se absorbe a través de las raíces.

Plomo 210

Soluciones Los estudios realizados por las compañías tabaqueras han demostrado que las siguientes medidas eliminarían el polonio 210 del humo de los cigarrillos: • Añadir al tabaco sustancias que eviten que el polonio 210 se volatilice y pase al humo • Emplear abonos con bajo contenido en uranio • Lavar las hojas tras la recolección • Emplear Þltros de intercambio de iones para bloquear el polonio de los cigarrillos • ModiÞcar genéticamente la planta del tabaco para obtener hojas carentes de los Þlamentos donde se deposita el polonio

hizo constar que le preocupaba la publicación del manuscrito. «Tiene la suÞciente fuerza como para despertar al gigante dormido», respondió el cientíÞco. «Se trata de una cuestión delicada y dudo que debamos aportar datos.» Lo que preocupaba al departamento legal de Philip Morris era que, a pesar de que las cifras diferían, el manuscrito coincidía en lo fundamental con los resultados publicados hasta entonces: el tabaco contiene polonio y este resulta perjudicial. A mediados de julio, y por recomendación del departamento legal de la compañía, se denegó la aprobación para la publicación del manuscrito. No obstante, los fabricantes exploraron posibles soluciones. La industria debatió las ventajas e inconvenientes de diversos procedimientos para reducir la cantidad de polonio en el humo

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del cigarrillo; entre ellos, la adición de sustancias al tabaco que impidieran que pasase al humo. También se consideró la fabricación de Þltros que bloqueasen el vapor de polonio. Otra opción, consecuencia de las investigaciones de Martell en los años setenta, consistía en algo tan simple como lavar las hojas de tabaco con una solución diluida de peróxido de hidrógeno. También se barajó el empleo de abonos con cantidades limitadas de los productos de desintegración del uranio 238, así como eliminar de las hojas de tabaco curado los tricomas colectores de plomo. Según admite William A. Farone, antiguo director de investigación aplicada de Philip Morris: «Llegamos a intentar modiÞcar genéticamente la planta del tabaco», con el Þn de obtener hojas lisas. Farone se convirtió en un denunciante de las prácticas de la industria tabaquera; en la actualidad trabaja como asesor para la FDA. En 1975, T. C. Tso, investigador del Departamento de Agricultura estadounidense, calculó que entre el 30 y el 50 por ciento del polonio podría eliminarse con facilidad de los abonos y que, además, el lavado eliminaba otro 25 por ciento. Si se añadía un Þltro al cigarrillo, el polonio podría eliminarse casi por completo. Pero, tal y como lo expresaba un memorándum de R. J. Reynolds: «Eliminar estas sustancias no reportaría ninguna ventaja comercial». No obstante, el rechazo de la industria a enfrentarse al problema no hizo más que retrasarlo. Tras la aprobación en junio de 2009 de la Ley para el Control del Tabaco y la Prevención del Tabaquismo en la Familia, la Sociedad Americana del Cáncer invocó esa legislación con el Þn de solicitar a la industria que revelara los «venenos de sus productos». Por vez primera, la ley puede obligar a la industria a actuar de acuerdo con los resultados de su investigación. El polonio sería un primer «veneno» perfecto para ser prohibido en el tabaco. A diferencia de otros compuestos complejos, como el alquitrán o el monóxido de carbono, el polonio es un isótopo sencillo y resulta fácil eliminarlo del humo. Cuatro décadas de investigación llevada a cabo por la industria pueden suministrar a la FDA un punto de partida para conseguir resultados concretos. Además, algunos de los procedimientos para reducir las concentraciones de polonio en el humo, como el lavado de las hojas de la planta, también eliminarían metales tóxicos, como plomo, arsénico o cadmio. La Organización Mundial de la Salud ha dejado claro que fumar constituye la primera causa de muerte evitable. Calcula que, en todo el mundo, 1,3 millones de personas mueren cada año de cáncer de pulmón, el 90 por ciento de los cuales se deben al tabaco. Si se hubiera reducido el polonio merced a los procedimientos que la industria ya conocía, se habrían evitado miles de esas muertes. Los fabricantes optaron conscientemente por no reaccionar ante los resultados de las investigaciones de sus propios cientíÞcos. Pero han sido sus clientes quienes han tenido que vivir con las consecuencias de esa decisión... o morir a causa de ella. PA R A S A B E R M Á S

Polonium-210: A volatile radioelement in cigarettes. Edward P. Radford Jr. y Vilma R. Hunt en Science, vol. 143, págs. 247-249, enero de 1964. Puˆng on polonium. Robert N. Proctor en The New York Times; 1 de diciembre, 2006. The cigarette century: The rise, fall, and deadly persistence of the product that deÞned America. Allan M. Brandt. Basic Books, 2007. Waking a sleeping giant: The tobacco industry’s response to the polonium-210 issue. Monique E. Muggli et al. en American Journal of Public Health, vol. 98, n.o 9, págs. 1643-1650, julio de 2008. The polonium brief: A hidden history of cancer, radiation, and the tobacco industry. Brianna Rego en Isis, vol. 100, n.o 3, págs. 453-484, septiembre de 2009.

CHERIE SINNEN

EL PROBLEMA Y LA SOLUCIÓN


Humo radiactivo_marzo2011  

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