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DECONSTRUYENDO VERDELPINO Historia y Gesti贸n de un yacimiento pol茅mico


Publicaciones de la Excma. Diputación Provincial de Cuenca Serie Arqueología nº 16 bajo la dirección de Marta Segarra Juárez

Edita: Diputación Provincial de Cuenca. Departamento de Cultura, Sección de Publicaciones Depósito Legal: CU-38-2011 ISBN: 978-84-92711-89-5 Diseño: Elena Sopeña López Imprime: Imprenta Provincial - C/ Sargal s/n 16002 Cuenca


DECONSTRUYENDO VERDELPINO Historia y Gestión de un yacimiento polémico

Santiago David Domínguez-Solera


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¿Te gustó la ciudad que gota a gota labró el agua en el centro de los pinos? ¿Viste sueños y rostros y caminos y muros de dolor que el aire azota? ¿Viste la grieta azul de la luna rota que el Júcar moja de cristal y trinos? ¿Han besado tus dedos los espinos que coronan de amor piedra remota? ¿Te acordaste de mí cuando subías al silencio que sufre la serpiente prisionera de grillos y umbrías? ¿No viste por el aire transparente una dalia de penas y alegrías que te mandó mi corazón caliente?

(Federico García Lorca, “El poeta pregunta a su amor por la Ciudad Encantada de Cuenca”)


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Índice PRÓLOGO........................................................................... INTRODUCCIÓN.................................................................. I. PASADO....................................................................... I.1 ¿Con qué reglas se jugaba?........................................ I.2 Intervenciones............................................................ I.3 Difusión..................................................................... I.4 Protección del sitio..................................................... I.5 Respuestas y críticas constructivas............................

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II. PRESENTE.................................................................. 73 II.1 ¿Con qué reglas se juega?......................................... 73 II.2 Declaración y protección........................................... 79 II.3 La revisión de los materiales...................................... 85 II.4 El Proyecto HEROICA............................................. 95 II.5 Patrimonio Arqueológico Desconocido...................... 97 II.6 Cuatro hallazgos casuales....................................... 99 II.7 Act. que se desarrollan en la Hoz de Valdecabras............ 104 II.8  Verdelpino.com.............................................................. 107 III FUTURO (epílogo)............................................................. 111 AGRADECIMIENTOS........................................................... 119 Bibliografía........................................................................... 121


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PRÓLOGO Presentación de la obra A veces, aunque nunca tan a menudo como una desearía, entre el alumnado de la Facultad destaca alguna persona con una decisión firme y con la inteligencia y la voluntad suficientes como para ejecutarla. Este es el caso de Santiago David Domínguez-Solera, el autor de esta singular publicación. Durante su licenciatura en Historia en la Universidad Complutense de Madrid realizó bajo mi dirección un trabajo académico de segundo ciclo sobre el abrigo de Verdelpino; pero antes tuvo que convencerme. De que Verdelpino tenía una historia que iba más allá de su naturaleza como yacimiento arqueológico. De que él sería capaz de desentrañarla, comprenderla y escribirla. Lo primero ya lo sospechaba yo como conocedora directa de las personas que intervinieron hace décadas en el yacimiento y de la difusión que le dieron a sus controvertidas conclusiones; lo segundo me lo fue demostrando Santiago poco a poco, conforme se desarrollaba su trabajo y yo iba leyendo y discutiendo con él su contenido. Supe así que mi singular alumno parecía haber nacido en el lugar y en la época adecuadas para profundizar en el conocimiento del abrigo de Verdelpino, y que por lo tanto su destino era abrir la puerta –o abrir nuevas puertas- de una polémica ya casi sepultada por el tiempo. Hoy tengo el orgullo de prologar esta publicación que, aunque pudiera denominarse una “revisión”, aporta toda una serie de perspectivas distintas y originales. Para empezar, y desde el punto de vista bibliográfico, no se limita, como es normal, a recopilar y citar los artículos y trabajos especializados sobre el yacimiento, sino que además indaga en los textos de divulgación y en los libros generales sobre Historia para ver cómo tratan, si lo hacen, el célebre abrigo.


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Otra originalidad es el análisis museográfico que realiza, estudiando el espacio que ocupa y el discurso que ofrece la exposición de los restos en los dos museos en los que aparece, el de Cuenca y el MAN, aunque en este último la reciente remodelación, en vías, ha terminado con esta pequeña parte de la historia. Y está luego, muy destacada, la revisión pormenorizada de las publicaciones que se hicieron hace ya décadas, con motivo de las sucesivas campañas de excavación. Llama la atención que tan poca cosa –dos catas, unos problemas estratigráficos y algunas cerámicas- hayan servido para tanto y, sobre todo, lo que parece poco comprensible es que durante todos estos años, en realidad tres décadas, no se haya organizado un proyecto de investigación arqueológica sobre la zona con el fin de aclarar una situación que nunca ha dejado de ser una hipótesis a la que se le ha dado demasiada importancia. Santiago incide también en la situación de conservación –o de olvido y abandono- del yacimiento; y para ello no le basta analizar su ausencia de declaración por parte de Patrimonio Histórico o de consideración en el planeamiento territorial, sino que conversa con la gente del lugar, pregunta a personas mayores y se da cuenta de cómo la sociedad local permanece prácticamente ajena a la existencia del yacimiento, a las controversias suscitadas y a sus posibles implicaciones para la Prehistoria. En todo momento, el autor nos comunica, con su lenguaje cercano, casi familiar, que no se trata de un trabajo “ajeno” o lejano, sino comprometido. Con su personal estilo, repleto de fuerza y de esperanza de futuro, nos está anunciando que esto se acabó. Que se acabaron el olvido y el abandono, que el abrigo del Verdelpino y la región que ocupa comenzará por fin a colocarse en el lugar que, científica y socialmente, le corresponde. Que será conocido y tendrá un impacto social, que no será una cita aislada, una duda o un problema, sino un verdadero yacimiento arqueológico, o mejor aún, un paisaje arqueológico declarado y protegido como tal, investigado y conocido. Si leemos con detalle estas páginas, comprenderemos que todo eso puede llegar a ser realidad porque es Santiago David Domínguez-Solera quien se lo propone. Mª Ángeles Querol. Departamento de Prehistoria. Universidad Complutense de Madrid.


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Verdelpino en la historiografía del Neolítico peninsular La investigación arqueológica del Neolítico de la Península Ibérica tiene un antes y un después de la excavación de Verdelpino, iniciada en 1972. Yacimiento polémico donde los haya y por cuya causa han corrido ríos de tinta, tanto de sus defensores, que los hubo, como de la legión de detractores que alzó la voz ante los resultados que ofrecían sus primeros excavadores. Independientemente de que en la actualidad sus resultados no sean defendibles, como pone de manifiesto la excelente investigación de Santiago David Domínguez que tienen ahora en sus manos, es necesario no olvidar que el trabajo efectuado en Verdelpino por Fernández-Miranda y Moure se situaba en la vanguardia de la arqueología española de mediados de los años 70 del siglo XX, integrando junto a la ergología y al análisis tipológico tradicionales, las dataciones absolutas por C14 y los análisis palinológicos de una especialista de reconocido prestigio como es Pilar López. Las hipótesis que emanaban del trabajo en el abrigo de Verdelpino, desafortunadamente expoliado durante años con la connivencia de la tradicional desidia institucional, impactaba en la línea de flotación de lo que estaba empezando a gestarse en la “escuela valenciana” como línea interpretativa preferencial de los procesos de neolitización y que una década más tarde iba a dar lugar a lo que vino en denominarse como “modelo dual”. Su impacto fue tanto mayor en cuanto que su publicación incluía algunas de las primeras fechas radiocarbónicas del Neolítico Antiguo peninsular, y por tanto, en aquel momento se carecía de un trasfondo adecuado para debatir serenamente lo que aquellas dataciones suponían. Por ejemplo, las fechas de Cova de l’Or (Beniarrés, Alicante) se obtuvieron en 1966, y desde entonces, figuran entre las más antiguas e indiscutibles de aparición del Neolítico en la fachada mediterránea. Menos de una década después, en 1974, se publicaban las fechas de Verdelpino: si para Cova de l’Or el resultado sobre muestras de vida corta había arrojado una cronología entre 5678-5198 cal A.C., las dataciones de Verdelpino se situaba entre 70306610 cal A.C., lo que de un plumazo suponía retrasar la aparición del Neolítico Antiguo más de un milenio, en una localidad del interior peninsular, acompañando a un tipo de cerámica lisa similar a las que en el resto de la Península aparecían en contextos epicardiales, y en conexión estratigráfica con un utillaje lítico epipaleolítico con un elevado componente microlaminar y de clara raigambre magdaleniense. Demasiados elementos extraños exigían explicación, y sus autores no dudaron en plantear la posible existencia de poblaciones epipaleolíticas con


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cerámica, que, aunque pueda sonar extraño, no es algo tan raro, como demuestran las fechas de la cerámica Jomón y las cada vez más antiguas dataciones de cerámicas en Extremo Oriente, o en escenarios más cercanos la cerámica de los cazadores-recolectores epipaleolíticos de la cultura Ertebølle danesa. Pero en el caso de Verdelpino, había que aunar un origen local de la cerámica y la identificación de un tipo anterior a la cerámica cardial, que en toda la Península Ibérica aparecía como la cerámica más antigua. En el fondo de la polémica desatada se situaba el conflicto entre dos modos de entender el proceso de neolitización: difusionismo y poligenismo. Ambos estaban totalmente vigentes en el momento de publicación de Verdelpino y con cada uno de ellos se situaba un sector de la investigación arqueológica española. Verdelpino quedó desde el principio encuadrado en el “bando” poligenista, juntamente con otro yacimiento maldito, Cova Fosca (Ares del Maestre, Castellón), formando parte de una serie de supuestas evidencias de la aparición local del Neolítico, en el que también se incluían posibles ejemplos de domesticación autóctona de animales, lo que llegó a desatar una intensa búsqueda de los antepasados locales de cereales y animales domésticos. Frente a ellos, la corriente difusionista planteaba la existencia de un “paquete neolítico”, del que formarían parte la cerámica, los domesticados y la piedra pulimentada, que habría arribado a las costas españolas preferentemente por vía marítima. Evidentemente, una reedición del adagio “ex Oriens Lux” que relegaba a las poblaciones indígenas epipaleolíticas a un papel meramente pasivo, receptoras de una cultura superior exógena. En los años posteriores, como queda reflejado en este libro, los defensores de la veracidad de los datos de Verdelpino siguieron usando este yacimiento como prueba de que en la Meseta había evidencias de neolitización pre-cardiales y que, por tanto, las poblaciones autóctonas habían contado con recursos suficientes que les permitieron absorber cualquier posible influjo cultural externo. Los trabajos de Jesús Guijarro y, sobre todo, de Almudena Hernando son, probablemente, los que más hincapié han hecho en este sentido. Pero en fechas más recientes, entre investigadores herederos de la línea poligenista, como María Cruz, que rechaza abiertamente el modelo dual, la mención a Verdelpino se ha vuelto absolutamente anecdótica. Las dudas acerca de la posición estratigráfica de las controvertidas cerámicas lisas, la sospecha de que el yacimiento estaba revuelto y de que posiblemente hubiese sido afectado por las crecidas del río, aparte de por la acción de excavadores clandestinos, han venido a sumarse a la carencia de yacimientos verdaderamente equiparables en contextos neolíticos antiguos.


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La polémica sobre el origen del Neolítico en la Península Ibérica sigue vigente, pero el momento de Verdelpino ha pasado en gran medida. Desafortunadamente, una mala excavación y una gestión patrimonial inexistente, han dado al traste con un yacimiento que podría haber sido todavía más importante para definir los procesos de neolitización peninsulares. Juan F. Ruiz López Dr. por la UNED en Prehistoria. UCLM. Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades – Cuenca. Dpto. de Historia.


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INTRODUCCIÓN ¿Qué necesidad hay de publicar un nuevo texto sobre el polémico yacimiento de Verdelpino? Este libro es el resultado de un trabajo de investigación de tres años que pretendía, en su comienzo, continuar la labor de estudio del yacimiento, abandonada décadas atrás, abriendo una nueva etapa de intervenciones en el mismo para responder algunas de las cuestiones que habían dejado en suspenso los anteriores investigadores y solucionar las disputas interpretativas abiertas aún en el presente. ¿Era realmente tan antigua la cerámica de Verdelpino y tan peculiar su industria lítica? Para ello se emprendió una labor de recopilación de toda la información disponible sobre las campañas antiguas, publicada e inédita, y se procedió a revisar los materiales conservados en el Museo Arqueológico Nacional y en el Arqueológico de Cuenca. Pero, conforme avanzaba la investigación, se reconstruía también la historia de la investigación en el yacimiento. Poco a poco, por todo lo que se irá exponiendo en estas páginas, iba quedando sin sentido cumplir los objetivos primeros, al tiempo que otras nuevas y vías de investigación iban cobrando fuerza. El estudio científico del abrigo de Verdelpino había llegado a un callejón sin salida según estaba planteado. El motivo de que esté escribiendo aquí, la razón que me mueve, es plantear nuevas posibilidades de trabajo en relación con Verdelpino junto a su entorno inmediato y demostrar que tales caminos son no sólo interesantes científicamente, sino además necesarios e indispensables para la debida gestión del sitio arqueológico. ¿Qué hace un futuro arqueólogo hablando de la historia de las intervenciones y la gestión de un yacimiento? ¿Por qué no voy a centrarme en tipologías, estratigrafía, decoración cerámica, clima, estrategias de subsistencia, fauna o tafonomía si no es estrictamente necesario en el discurso y, si lo hago, será como algo aclaratorio, valorativo, colateral y secundario? ¿Es ésta una tendencia innovadora y revolucionaria de hacer Arqueología?


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¿Por qué hablar de leyes y bibliografía, de permisos, de administraciones, de suelos, de propietarios, particulares y de lo que hicieron otros? ¿Por qué citar las discusiones científicas, las interpretaciones y teorías de los “sabios que en el mundo del Neolítico han sido” y no participar en ellas, rebatiéndolas, opinando y dando mi punto de vista? Las veces que les he contado a mis compañeros sobre qué estaba investigando me han puesto cara de “qué aburrido, seguro” y algunos me han llegado a preguntar: “¿Pero tú no querías ser arqueólogo? Al final acabas en el despacho”. Yo perdía mucha saliva y, a veces mucho tiempo, para intentar que vieran que estaban equivocados y que no había reorientado mi futuro profesional. Casi todos han terminado respondiendo algo así como “ah... eso no está tan mal” y el resto siguen pensando que ni muertos se leerían lo que viene a continuación. Sólo puedo alegar en mi defensa que ninguno de los trabajos que he tenido que hacer hasta ahora (no son pocos) me ha proporcionado una vivencia tan emocionante como éste. Sinceramente trepidante, en serio. Además creo que ha reafirmado mi plan de lo que “quiero ser de mayor”. Indagar sobre Verdelpino me hizo, en su día, sentir por primera vez que estaba investigando de verdad. Como dice Alfonso Moure Romanillo (de él hablaremos, y mucho, más adelante) cargadísimo de razón: sólo hay una Arqueología y su práctica siempre es investigación. En caso contrario, no es Arqueología (Moure, 2006: 304).

Hoz del río Valdecabras en junio de 2008. (Foto del autor.)


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Una última pregunta: ¿Por qué Verdelpino? Si antes solucionábamos una serie de preguntas con una única respuesta, ahora voy a pagar a una única pregunta con muchas respuestas. La razón por la que he elegido el abrigo de Verdelpino de Cuenca pasa por cierta curiosa concatenación de circunstancias. Ya hice una pequeña exposición sobre él en la clase de Prehistoria de primer curso de la Licenciatura de Historia de la Universidad Complutense de Madrid. La Profesora Cerdeño nos había hablado de la polémica que arrastraba el sitio mientras explicaba la neolitización de la Península Ibérica y el famoso paradigma cardial. Como soy de Cuenca, cuando propuso exponer un yacimiento cualquiera para subir nota, yo hablé de Verdelpino. Antes de esto no había oído absolutamente nada del yacimiento y había pasado cientos de veces por delante de él en coche sin saberlo. Visité la Hoz del Valdecabras, me traje unas fotos, me fui al Museo Arqueológico Nacional para ver los materiales de la vitrina, expuse las imágenes en clase y... poco más. En segundo lugar pertenezco a un grupo federado de Espeleología (HEROICA) y elegimos como zona de trabajo la Hoz del Río Valdecabras, la Aldea de Verdelpino, el municipio de Mariana y su entorno. El yacimiento está dentro de ella y nos hemos pateado ya todas las cuevas y abrigos cercanos. Estas dos cosas hicieron que Carmen Solé García (compañera de aventuras mía por aquel entonces) y yo decidiéramos ir más allá en nuestras investigaciones movidos por lo que algunos quieren llamar “impaciencia” y otros gustan denominar como “inquietudes intelectuales de juventud”. Aprovechando el trabajo de colaboración a la investigación científica de una Beca de Excelencia de la Comunidad de Madrid, supervisados por la profesora Teresa Chapa Brunet, catedrática del Departamento de Prehistoria de la Universidad Complutense, continuamos nuestras pesquisas. Tras leer muchas publicaciones sobre el tema, conscientes ya del calibre del asunto en cuanto a discutido, defendido y condenado por la comunidad arqueológica, pensamos que lo propio era revisar los materiales que atesoraban los fondos del Museo Arqueológico Provincial de Cuenca... Muchas sorpresas e irregularidades alteraron radicalmente el proyecto inicial. El caso es que el traje propuesto en la Beca de Excelencia se quedó pequeño para Verdelpino y lo matriculé en mi cuarto curso de carrera como tema de un Trabajo Académicamente Dirigido, una oferta muy interesante que permite a los estudiantes aprender a investigar en serio antes de licenciarse. Esta vez me puse bajo la supervisión de otra catedrática del Departamento de Prehistoria: la profesora María Ángeles Querol Fernández.


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Hablar de la Historia y la Gestión del Yacimiento, como veremos y espero demostrar, es lo que ha lugar con este famoso y sufrido abrigo. Sirvan las siguientes páginas de paso previo necesario para futuros trabajos ya no “en él”… más bien “a partir de él”.

El abrigo de Verdelpino en 2007. (Foto del autor.)

Pero de detalles y planes hablaremos más adelante y a su debido tiempo. Las conclusiones: queden para el final. Los datos: los iré poniendo sobre la mesa poco a poco, como si de una novela de aventuras se tratase, para ver si así logro hacer justicia a Verdelpino y también cierta aquella sentencia de los historiadores romanos, convirtiéndose las páginas que quedan por delante, aunque rigurosas, en algo que consiga delectare.


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I. PASADO I.1 ¿Con qué reglas se jugaba? Cuando se hable aquí de Pasado no se hará referencia al momento de ocupación del yacimiento (que aún no he presentado, por cierto). No nos referiremos a lo que pasó en Verdelpino hace 10.000 años, sino a una etapa que se inicia a partir de su descubrimiento, perteneciente a lo pretérito ya que, como Patrimonio Arqueológico, sale a la luz en unos años en los cuales regía un marco legal anterior al actual, anterior a la publicación de la Ley de Patrimonio Histórico Español de 1985. Este capítulo se dedicará por ello a los sucesos comprendidos entre el descubrimiento y la entrada en vigencia de tal documento legal. Como la normativa era muy diferente en ciertos aspectos importantísimos, tales como la transferencia de las competencias en Patrimonio Arqueológico de la Administración Central a las Comunidades, merece la pena detenernos a comentarla. Entendiendo dichas normas podremos entrar a analizar y valorar las intervenciones, que en el yacimiento fueron todas anteriores a 1985. Cuando Verdelpino emerge a la superficie a principios de los años setenta aún estaba vigente la Ley del Tesoro Artístico Nacional. Había sido publicada por las Cortes Constituyentes de la II República el 13 de mayo de 1933 nada menos. “Fue una medida de urgencia. El Estado Republicano tuvo, desde los primeros días de su constitución, una idea muy clara del real peligro que amenazaba al Patrimonio Artístico Español. Si se repasa la lista de las disposiciones tomadas en los primeros meses de gobierno se percibe perfectamente la necesidad que existía en aquel tiempo de protegerlo.” (Fernández-Miranda, 1983: 7) El responsable y promotor de la ley de 1933 fue D. Fernando de los Ríos, ministro entonces de Instrucción Pública y Bellas Artes. Todo el Parlamento votó a favor de su proyecto, con la excepción de los nacionalistas vascos del PNV y gallegos. Como vemos, era una ley necesaria y bien acogida. Pero hay que advertir, igual que lo hace Manuel Fernández-Miranda (ibidem: 8), que al mismo tiempo se estaba dis-


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cutiendo la polémica Ley de Congregaciones y la del Tesoro tenía bastante relación con ella al nacionalizar muchos de los bienes eclesiales. No obstante, nacionalizados los bienes o no, todo aquello considerado Patrimonio histórico-artístico (sustantivo en uso entonces) estaba sujeto a las leyes independientemente de su propietario. Hay que citar aquí al respecto el artículo segundo: - Art 2º: Los propietarios, poseedores y usuarios de los inmuebles y de los objetos muebles definidos en el artículo anterior, ya sean corporaciones oficiales, entidades civiles y eclesiásticas, personas jurídicas o naturales, responderán ante los Tribunales de las obligaciones que por esta Ley se establecen. Luís Jiménez-Clavería pone de manifiesto que el documento de 1933 es una “Ley de Protección de Monumentos” (Jiménez-Calvería, 1983: 11), cosa que queda bastante clara al leernos los 72 artículos de los que consta. Y es que estaba orientada a preservar catedrales, palacios, calles, plazas y estatuas, quedando realmente desatendido el tema arqueológico, que es el que aquí nos atañe. Los yacimientos jugarían con desventaja aunque se les dedica el Título II entero (de sólo cinco artículos) a las “Excavaciones” (en ellos, se entiende). No tenía la Ley del Tesoro lo que la LPHE 16/85 llama “Patrimonio Arqueológico” distinguido del resto de los bienes. En lo que Arqueología se refiere mantenía los puntos esenciales de la Ley de 1911, como dice explícitamente el artículo 37 de la Ley del 33, y a su Reglamento de 1912 porque eran buenos, en opinión Manuel Martín Bueno (1983: 39). Pero me parece necesario subrayar que la Ley que llega hasta 1985 no databa de 1933 sino que su articulado, por lo menos en Arqueología, venía de 1911. Los excavadores tenían acceso a la propiedad de los objetos obtenidos durante el desempeño de su trabajo y a las copias de los mismos si eran extranjeros (Artículo 8 de la Ley de Excavaciones Arqueológicas de 1911). Aunque la Ley de 1933 pone en custodia del Estado todas las excavaciones arqueológicas, permitiéndosele realizarlas sólo a gente preparada y bajo control (artículo 38), la normativa arrastrada hasta 1985 había sido modelada por y para el arqueólogo de principios de siglo: erudito siempre varón, con propiedades, bien noble, bien burgués y que buscaba, además de fama y reconocimiento, los tesoros que la tierra le pudiera proporcionar para sus colecciones privadas, que a veces adquirían un volumen tal que se convertían en auténticos museos. El arqueólogo decimonónico se fue extinguiendo para dejar paso al arqueólogo profesional,


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mundo en el que tendrían cabida hombres y mujeres y no exclusivamente prohombres y aristócratas. Nuevas técnicas y procedimientos de análisis llegaban de Europa y de Norteamérica, nuevas tendencias… pero se seguía jugando a un juego inventado en 1911, teniendo sobre la mesa ya otro tablero y otros jugadores sentados alrededor. Sin embargo, cualquier ciudadano podía solicitar la incoación de un monumento o denunciar algún peligro para el Patrimonio. Antes de 1985 la única protección y declaración que podía recibir el Patrimonio era la de “Monumento Histórico-Artístico”. Una vez incoado el expediente de un monumento, no podía derribarse, realizarse en él obra alguna ni proseguir las comenzadas (artículo 17 de la Ley del 33). El Patrimonio es considerado como una propiedad especial, contrastando con la definición de propiedad privada trazada en el Código Civil, siendo su esencia “similar a las aguas y los minerales, tutelada por el Estado y sometida a unas concretas limitaciones por superiores exigencias de interés público.” (Jiménez-Calvería, 1983: 14) El ambiente socializante en el que se gesta la Ley del 33 queda aquí testimoniado y, aunque dirigida hacia monumentos, algo de esto tendría que tocar a la Arqueología. Había gentes a las que “les dolía España también en Arqueología” (Casamar, 1983: 55). La Ley del Tesoro del 33 no está sola. Tiene como compañeras de oficio y responsabilidades a la Ley de Régimen del Suelo y Ordenación Urbana y a la Constitución de 1978, con algunas alusiones a lo que aquí nos atañe. La Ley del 33 había sido reformada ya en 1955 por el gobierno de Franco y la Ley del Suelo será maquillada en 1975, sin perder ninguna de las dos su naturaleza esencial primigenia. Se suman luego dos convenios internacionales, firmados y de aplicación en el Estado Español y que nos interesan en nuestra labor: el primero es el Convenio Europeo para la Protección del Patrimonio Arqueológico, hecho en Londres el 6 de mayo de 1969 (adhesión de España el 5 de julio de 1975), que hace hincapié en que sean profesionales los autorizados para excavar, en la difusión rápida e íntegra de los datos obtenidos y en que se evite el tráfico incontrolado de objetos y las excavaciones ilícitas entre otras cosas. En segundo lugar tenemos la Convención sobre la protección del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural, de París de 1972 (firmada por España el 1 de julio de 1982). Castilla-La Mancha no existe cuando se encuentra Verdelpino. Y es que las Comunidades Autónomas tampoco, en asuntos de Patrimonio, hasta que no se les transfieran las competencias. Existirán desde 1970 las Comisiones de Patrimonio, con carácter provincial o comarcal, no dependientes de la Dirección General de Bellas Artes, pero que habrían de man-


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tenerla informada en todas sus acciones. Medidas específicas de la región que puedan afectar a nuestro protagonista son las vigentes a nivel municipal, concretamente nos interesan las que se dedican al Suelo. En 1963 la ciudad de Cuenca aprueba un Plan de Ordenación Urbana que se revisará en 1976 (Trotiño Vinuesa, 1995: 752). El anterior será de 1943. Del siguiente ya hablaremos en su momento, puesto que es de 1995. El Patrimonio dispone tras la Guerra Civil de un organismo llamado Inspección de Museos Arqueológios, paralelo al de Archivos y Bibliotecas. Se trata de un periodo de fomento para la creación de museos de este tema en las provincias. La Ley del Tesoro se encarga de legislarlos y su artículo 59, en concreto, dispone que los materiales obtenidos de excavaciones habrían de conservarse con las máximas condiciones de seguridad, preferentemente en la localidad de origen o en sus proximidades. La formación que se les daba a las personas dedicadas a la investigación arqueológica y profesionales del ramo era ajena, con excepciones, a la Gestión del Patrimonio, que apenas existía. “Cualquiera que lleve más de diez años (veinte a día de hoy) en el mundo de la intervención arqueológica sabe y recuerda muy bien cuál era el proceso a seguir por las personas afortunadas, desde la petición de permiso y de la subvención para una excavación elegida en función exclusiva de sus intereses investigadores hasta la entrega de los materiales en el centro designado.” (Querol y Martínez Díaz, 1996a: 37 y 38) Javier Solana, Ministro de Cultura en 1983, calificó la Ley del 33 en el cincuentenario de su publicación, y el panorama que orbitaba a su alrededor por extensión, de “excelente”, esperando que la de 1985, entonces aún un proyecto, mantuviera lo bueno de la anterior. Nos ahorraremos cualquier tipo de valoración al respecto, además de las implícitas en las reflexiones de más arriba. Este resumen, como contexto, nos vale. ¿Qué tal si conocemos ya a nuestro protagonista?

I.2 Intervenciones El Abrigo de Verdelpino está en la provincia de Cuenca, en la finca del propio término municipal conquense cuya aldea le da nombre al sitio. Concretamente en uno de los extremos de la Hoz del río Valdecabras, en la entrada a ésta según nos dirigimos desde la capital hacia el pueblo de Valdecabras y la famosa Ciudad Encantada. Está en el mismo fondo de la de-


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presión, casi al nivel del río, que hoy transcurre a unos pocos metros de él, dato importante que debemos recordar. Sus coordenadas en la hoja 610 del Mapa Topográfico Nacional 1:50.000 son las siguientes: UTM: 05769-44458 (con respecto al Meridiano de Greenwich). Geogr: 40º08´37”N-02º06´10”W Altitud: 975 m sobre el nivel del mar. Casi coincide con el punto kilométrico 5 de la carretera CM-2104. Es una oquedad emplazada en una pared calcárea de la hoz, cuya boca está orientada hacia el sur, midiendo unos dieciséis metros de ancho, unos cinco o seis de profundidad y más de cuatro de alto. La cornisa se derrumba eventualmente debido a los hielos y en los últimos treinta años ha cambiado su morfología, habiendo piedras de la misma en el suelo que en las fotos antiguas no aparecen.

Descubrimiento: Eruditos locales, Francisco Suay director del Museo de Cuenca y las obras de un camino que había de ser carretera. Según Manuel Fernández-Miranda y Alfonso Moure “el yacimiento fue arqueológicamente descubierto por don Francisco Suay, conservador del Museo de Cuenca, que en cierta ocasión había recogido de la ladera exterior del abrigo algunas piezas de sílex que nos mostró” (Fernández-Miranda y Moure, 1974: 311). Este caballero fue una verdadera personalidad: nació en Valeria (Cuenca) en 1918 y, aunque ejerciera de maestro, dedicó por entero su vida a la Arqueología. Fue alcalde de su pueblo natal. También colaborador de la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas y secretario-conservador del Museo Arqueológico de Cuenca entre 1963 y 1975. Él mismo había fundado tal institución en 1963. Del 67 al 84 fue delegado provincial de Excavaciones Arqueológicas y desde 1975 conservador honorífico del Museo de Cuenca. Destacó su labor arqueológica en Valeria y sus prospecciones por toda la provincia. Murió en abril de 2006 (información extraída de La Tribuna de Cuenca, domingo 30 de abril de 2006).


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Francisco Suay. (Foto publicada en La Tribuna de Cuenca, domingo 30 de abril de 2006.)

El caso es que me puedo remontar aún más atrás en la historia, ventaja de ser “indígena” de una ciudad pequeña como Cuenca, donde todo se llega a saber y todos nos conocemos: A mediados del siglo XX era muy común en España la actividad de esos pintorescos eruditos locales que llevaban a cabo sus investigaciones sobre onomástica, heráldica, historia de sus pueblos o sus provincias… El estudio de la Prehistoria también les era de interés. Visitaban para ello archivos parroquiales, municipales, bibliotecas privadas, casas particulares…


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y también salían al campo a buscar piedras talladas, cerámica, puntas de flecha y otros objetos antiguos que demostrasen una ocupación muy lejana en el tiempo para su tierra. El erudito solía ser el maestro, el farmacéutico, el alcalde, el practicante, el cura, el abogado… individuos que en tiempos de posguerra habían tenido acceso a carreras universitarias. Veo cierta relación entre estos eruditos y lo que se llamaban “fuerzas vivas del municipio”. También, por los casos que conozco, el erudito compaginaba muy bien sus actividades arqueológicas con las paleontológicas, siendo muy aficionado a buscar trilobites, conchas, anfibios y peces fósiles. Estos personajes existen aún hoy en Cuenca y me han hablado de muchos otros de especie similar en el resto de la geografía española. En concreto, mi tío León Arroyo, cuando se enteró de que estaba trabajando sobre Verdelpino, me puso al corriente de las acciones de Federico Campos en Verdelpino, caballero al que conocía a través de su amistad con un sobrino y un hijo. Era maestro y había colaborado con Martín Almagro Basch en algunas ocasiones, o eso le consta a mi tío. Federico Campos llamó hace cuarenta años (alrededor de 1966 o 1967) a León para que con otros chicos de su edad (su sobrino y su hijo) le acompañasen un día a una “excursión arqueológica” en el término municipal de Mariana, en el límite con la finca de Verdeplino. Fueron a prospectar “El Chantre”: - Allí fuimos con una piqueta, unas espátulas, unos cepillitos…”!Ale, cavad aquí!” Pues a cavar un poquito y el hombre iba mirando lo que excavábamos y, si mal no recuerdo, pues encontró alguna punta creo que de lanza o de flecha, algún hueso y algún elemento… algo que no recuerdo (León Arroyo, comunicación personal en 2006).


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Cantera sobre el Ventorro. (Foto del autor.)

No “excavaron” en el sentido estricto de la palabra, sino que iban andando y en ciertos puntos rascaban la superficie buscando piezas. El sitio exacto en el que estuvo es “más o menos donde está ahora la cantera” de Mariana, sobre el actual Restaurante “El Ventorro”, en el Barranquillo de Villalba (coordenadas: 02º20’10”N-40º09’15”W, según la hoja 610 del Mapa Topográfico Nacional 1:50.000). Mi tío no supo del resultado de aquella jornada, ni del destino de los materiales obtenidos. Sí me pudo decir que Federico Campos entregaba al Museo Arqueológico, siendo Francisco Suay el conservador, algunas piezas de sus correrías. Por lo visto Campos estaba muy familiarizado con el terreno y había estado más veces puesto que: - Él no sé si conocía algo o no conocía algo, pero desde luego sus pasos iban muy derechicos, se encaminó muy bien y sabía dónde hacer el trabajo (León Arroyo, comunicación personal). Campos no publicó nada al respecto y no dio noticia de sus expediciones. Puede que le comentase algo al conservador Suay, que también anduvo por allí, ya directamente en la Hoz del Valdecabras. El caso es que este erudito continuó con sus investigaciones hasta que, comenta mi tío,


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antes de morir le dio por dedicarse a la “ufología”, es decir: al estudio de extraterrestres. Podemos hacernos una idea del carácter de las investigaciones de Campos con todo esto. Dudo que pidiera permiso para realizar sus salidas campestres en busca de tesoros arqueológicos, pero tampoco los necesitaría en el momento que las llevó a cabo. Por lo menos las de Mariana, Valdecabras y Verdelpino. La Ley del Tesoro de 1933 regula las Excavaciones en su “Título II” (manteniendo vigente, en realidad, lo escrito en la Ley de Excavaciones Arqueológicas de 1911), no diciéndose nada sobre las prospecciones. El bueno de Federico no estaría delinquiendo de ningún modo, aunque se comportaba exactamente igual que los detectoristas y clandestinos actuales. Además era un “erudito”, no un expoliador, y entregaba las piezas al Museo. Dios salve a las nuevas leyes, la de Patrimonio Histórico Español y la de Patrimonio Histórico de Castilla-La Mancha por definir y regular la prospección y prohibir esto ahora. Sea como sea, el Abrigo a la entrada de la hoz ya lo conocía Francisco Suay. A los pies justos del mismo no corría el Valdecabras sólo, sino también un camino de tierra que comunicaba Cuenca con la aldea de Valdecabras y que era una de las formas de subir a la Ciudad Encantada. Este paraje pintoresco, admirado por poseer rocas calizas erosionadas en curiosas formas a las que se les ha puesto nombres como “Las Tres Carabelas”, “El Tormo”…, era un destino turístico ya a principios del siglo XX y antes. El poema de Federico García Lorca de la primera página es buena prueba de ello. En 1970 la Provincia de Cuenca estaba empezando a potenciar el turismo, su única industria, y La Ciudad Encantada es uno de sus destinos estrella. Por eso necesitaba unas infraestructuras dignas y unos accesos asequibles a los visitantes. El camino de tierra y piedras se había de transformar en una carretera asfaltada que, de paso, mostrase la belleza de la Hoz del Valdecabras y llevase clientes al pueblo del mismo nombre (hoy con bares y restaurante). Dinero contra Patrimonio. ¡El yacimiento estaba en peligro!

Campaña de 1972 Don Francisco Suay, en la primavera de 1972, se puso en contacto con la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas de la Dirección


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General de Bellas Artes, advirtiendo de la amenaza inminente que suponían las obras para el yacimiento y ello serviría de excusa para que dos jóvenes arqueólogos, de la escuela del profesor Martín Almagro Basch, se desplazaran a Cuenca; allí el conservador les mostró algunas piezas de sílex recogidas a la entrada del abrigo, que les hicieron sospechar la existencia de un taller lítico en el sitio. Pidieron el pertinente permiso de excavación a la Dirección General de Bellas Artes y en ese verano empezaron los trabajos. (Fernández-Miranda y Moure, 1975: 192) Los dos arqueólogos de los que hablo eran Manuel Fernández-Miranda y Alfonso Moure Romanillo. El primero había nacido en Gijón en 1946 y en el curso 1963-64 fue a estudiar a Madrid Filosofía y Letras. Entró allí en contacto con Martín Almagro Basch y pasó a formar parte de su grupo arqueológico, aprendiendo el oficio en él. Por aquel entonces los arqueólogos se reunían alrededor de un maestro reconocido y cada grupo era enemigo de otros. Por ejemplo, el de Madrid no tenía muy buenas relaciones con el de Valencia. Fernández-Miranda, junto a otros compañeros “almagristas”, se benefició al terminar la carrera de una beca FPI, empezando aquí su docencia y su andadura investigadora dentro del Departamento de Prehistoria de la Complutense. Era muy amigo de los viajes y su campo de estudio preferido fue el de la colonización fenicia. En la Semana Santa de 1972, él y algunos “colegas” fueron a visitar el Oriente Mediterráneo, a conocer la cuna de los pueblos que le interesaban (Balbín, 1996: 11-15). Justo al volver, el conservador del Museo de Cuenca propondría lo de Verdelpino. Alfonso Moure era más joven, nacido en Santander en 1949. Mientras estudiaba la carrera ya sabía que quería dedicarse al Paleolítico Superior y se preocupó especialmente por el arte rupestre (Moure, 2006, Introducción de Mª A. Querol: 13). Era amigo de Fernández-Miranda y, de hecho, también formó parte de la excursión de 1972 a Oriente.


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Alfonso Moure en la campaña de 1972. Al fondo: paisanos colaborando en las labores de excavación. (Foto cedida por A. Moure.)

La excavación consistió en realizar dos cuadrículas en distinto sentido, una vez limpiada la superficie, porque el sitio era refugio en uso de pastores y caminantes. El primer corte estaba orientado transversalmente con respecto a la pared del abrigo, casi de Este a Oeste y con unas dimensiones de 6,50 por 2 metros. El corte número 2 estaba orientado casi de Norte a Sur y tenía unos 3,75 por 2 metros. El extremo sur apoyaba en la pared de roca. El primer corte, a pesar de ser más extenso, fue el que menos materiales proporcionó, además puso al descubierto en el lado Este un murete de piedras, interpretado como estructura de cierre del abrigo. El llamado corte 2 dio la mayoría de los materiales y dos pozos estériles, casi circulares y tapados por sendas rocas. En los dos cortes se identificaron distintas sucesiones estratigráficas, dándosele tres niveles al primero y cuatro al segundo. (Fernández-Miranda y Moure, 1975: 192-196) Además de materiales óseos, líticos y cerámicos se extrajeron cuatro muestras para C14, que se enviaron al laboratorio de Geocronología del Departamento de Radioisótopos del Instituto de Química Física “Rocasolano” del C.S.I.C. (haciéndose dos análisis de cada una, de los que sólo nos vale el B ya que el A se hizo sin tener en cuenta la contaminación por carbonatos):


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Muestra nº 1 (Corte 1, nivel II): C.S.I.C. 150 B (fracción 5.170±130=3.220 a.C. Muestra nº 2 (Corte 2, nivel II): C.S.I.C. 151 B (fracción 4.630±130=2.680 a.C. Muestra nº 3 (Corte 2, nivel III): C.S.I.C. 152 B (fracción 5.120±130=3.170 a.C. Muestra nº 4 (Corte 2, nivel IV): C.S.I.C. 153 B (fracción 7.950±150=6.000 a.C. (Fernández-Miranda y Moure, 1974: 313-315)

de proteína) de proteína) de proteína) de proteína)

Tales resultados se interpretaron distinguiendo dos grupos culturales en Verdelpino: el primero, más moderno (nivel III del corte 1 y niveles II y III del corte 2), lo caracterizaron los excavadores por las cerámicas incisas e impresas y por la abundancia de cuchillos de hoz, raspadores sobre lasca y buriles. El segundo correspondería al nivel IV del corte 2, con ausencia total de cuchillos de hoz, gran cantidad de buriles múltiples y diversos raspadores. Pero los más llamativo de este nivel IV, lo que lo haría famoso dentro del estudio del Neolítico de la Península Ibérica, era la existencia en él de unos cuantos fragmentos de cerámica lisa sin decorar (Fernández-Miranda y Moure, 1975: 233). El primer horizonte, el de las cerámicas decoradas y los cuchillos de hoz, se atribuye a culturas neolíticas y el segundo a un Neolítico precardial con cerámicas lisas o a un Epipaleolítico cerámico, siendo ambas opciones polémicas como veremos más adelante y el yacimiento único en el conjunto peninsular al contrastar de lleno con las teorías difusionistas del mundo cardial valenciano (ibidem: 233-235). Tanto la cerámica como el material lítico quedarán repartidos entre el Museo de Cuenca y el Arqueológico Nacional. Los restos faunísticos se los llevará Arturo Morales, del Departamento de Zoología de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Complutense de Madrid para su estudio. Los datos preliminares de éste sirvieron para identificar las especies presentes en el sitio. Pero de esta primera campaña no se extraen conclusiones al respecto, esperando los estudios definitivos, salvo las de la presencia de caballo, que en ese momento los investigadores creían extinto para esa época y posteriormente reintroducido, y la abundancia de oveja en un sitio idóneo para el pastoreo (Ibidem, Apéndice).


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Vista general del abrigo en 1976. (Diapositiva cedida por A. Moure.)

Campaña de 1976 Cuatro años después de la primera campaña, una vez ya encendida la polémica, sus protagonistas volvieron a excavar Verdelpino en septiembre. La posterior publicación que se haría al respecto nos dice que se desplazaron a Cuenca Alfonso Moure, Manuel Fernández-Miranda, Rodrigo de Balbín, Mercedes Cano, Martín Almagro Gorbea (me ha dicho en persona que nunca estuvo excavando allí), Inmaculada Rus y Pilar López. Ésta última se encargaría del análisis palinológico, procedimiento puntero en España por aquel entonces. Arturo Morales analizó también la fauna y completó el estudio de los restos obtenidos en 1972 (Moure y FernándezMiranda, 1977: 31). Los trabajos de 1976 se planearon para ampliar la excavación en horizontal cerca del fértil corte 2. Los directores cuentan que, paralelo a la pared Este de tal corte se, hizo otro y se denominaría corte 3. Luego sería ampliado y tal acción recibiría el nombre de “ampliación del corte 3”. El corte 2 se profundizaría y ampliaría hacia el Este para enlazarlo con el corte 3 (Ibidem: 32). Los excavadores manifestaron haber confirmado las conclusiones de 1972. Además descubrieron, al ampliar el corte 2, dos niveles nuevos: el V


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(dividido en VA, VB y VC) atribuido a culturas magdalenienses y el VI de momentos anteriores. Se sorprenden de la falta aquí del fósil director: los arpones de hueso. La fecha de C-14 del VA es de I-9841=10.980±470 a.C. y la del VB I-9840=12020±520 a.C. Es interesante un nuevo pozo, que esta vez sí contenía materiales, atribuido al nivel III (Ibidem: 57-67). Las dataciones se encargan esta vez al Isotopes de New Jersey (Moure y López, 1979: 111).

Alfonso Moure sobre el Corte 1 en 1972. (Foto cedida por A. Moure.)


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Arturo Morales Muñiz terminó el estudio de la fauna, para definir finalmente la presencia de las siguientes especies en todo el yacimiento, siendo las domésticas de los niveles 2 y 3 y las salvajes de todos: Caballo (Equus caballus) Vaca (Bos taurus) Oveja (Ovis aries) Oveja o cabra (Ovis/Capra) Cabra (Capra hircus) Cerdo (Sus domesticus) Jabalí (Sus scrofa) Uro (Bos primigenius) Cabra montés (Capra pyrenaica Schinz) Ciervo (Cervus elaphus) Corzo (Capreolus capreolus) Oso (Ursus arctos) Lince hispánico (Lynx pardina Temminck) Ratón de campo (Apodema sylvaticus) Liebre (Lepus capensis) Conejo (Oryctolagus cuniculus) (Morales Muñiz en Fernández-Miranda y Moure, 1977, Apéndice I: 69-81) El análisis polínico corrió a cargo de Pilar López, quien llevó los restos al Laboratorio de Palinología del Museo del Hombre de París y recibió allí la ayuda de toda una personalidad: Arlette Leroi-Gourhan y su equipo. Definió para el nivel más bajo (el magdaleniense) un clima más caluroso y más húmedo, con menos pinos y más olmos, tardiglaciar. En la etapa arqueológica neolítica, los árboles, interpreta la palinóloga, descienden por la presencia y actividad del hombre y de animales domésticos (López en Fernández-Miranda y Moure, 1977, Apéndice I: 82 y 83). Los nuevos materiales líticos y cerámicos, que según Fernández Mirada y Moure venían a confirmar la interpretación de 1972, terminarían también parte en los fondos del Museo Arqueológico Nacional y parte en los del Museo de Cuenca, confeccionándose con ellos sendas vitrinas para exponerlos. Tal importancia tenía y merecía el yacimiento, unido indisolublemente su nombre al adjetivo “polémico”.


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El equipo trabajando durante la campaña de 1976. (Diapositiva cedida por A. Moure.)

Hallazgos casuales… en el Museo de Cuenca Buscando los expedientes de entrada de materiales de las campañas en Verdelpino en los archivadores del Museo Arqueológico Provincial de Cuenca, me he topado con la documentación de entrega de dos hallazgos casuales. Estos no se producen en el propio yacimiento, sino en la zona de Valdecabras-Aldea de Verdelpino: El primero de los hallazgos consiste en una hoja de cuchillo de sílex sobre lámina. Su procedencia concreta no se sabe y tampoco su fecha, simplemente se atribuye a Valdecabras y se le abre el expediente en 1976. El responsable del descubrimiento y/o la entrega en el museo no se menciona (Museo Arqueológico Provincial de Cuenca, expediente 76/11). El segundo es más grande y está formado por cuatro hojas de sílex y 30 lascas. Ni se menciona la fecha concreta ni el autor, pero sí el sitio del descubrimiento en superficie: la Cueva del Tornero de Valdecabras, a pocos kilómetros del abrigo de Verdelpino (Museo Arqueológico Provincial de Cuenca, expediente 76/28).


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Puede que existan más materiales en los fondos del Arqueológico de Cuenca, producto de otros descubrimientos fortuitos. Localizarlos es tarea difícil ya que la documentación de estos años pretéritos no está informatizada. No obstante, conocer estos dos casos nos es de gran utilidad por las razones que más adelante expondremos. De momento conformémonos con trabajar un poco con ellos: habría sido muy interesante saber el nombre del autor o la autora de los hallazgos. ¿Fue gente del pueblo? ¿Fue algún erudito local? ¿Los pastores que pasan el día en el campo y que ya sabían que las piedras de pita o pedernal que encontrasen tenían valor arqueológico y había que entregárselas a los científicos? La pregunta más importante sobre la identidad de la persona que descubrió en 1976 las hojas de cuchillo y las lascas es la de si fueron los arqueólogos que trabajan ese año en Verdelpino. No sabemos la fecha exacta, pero sí sabemos que ese mismo año se abre en el museo el expediente de entrada de los materiales del abrigo (Museo Arqueológico Provincial de Cuenca, expediente 76/41), integrándose en él tanto los obtenidos en la campaña del 72 como los del 76. El expediente del abrigo es el 76/41 y los expedientes de los hallazgos son el 76/11 y el 76/28. Están, como vemos, muy espaciados entre sí y lo lógico parece ser que la responsabilidad de las entregas no pertenezca a las mismas manos, por lo menos a la misma fecha. Pero esto puede que no sea así y el número de expediente no tenga nada que ver por una u otra razón con el orden de ingreso de las piezas. ¿Sabían los arqueólogos de estos materiales o de otros encontrados en esos parajes?

Caja de materiales abandonados por los furtivos tras sus acciones en el yacimiento, antes del regreso de los arqueólogos en 1976. Depositada en el Museo Arqueológico de Cuenca. (Foto del autor.)


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Clandestinos En 1976, cuando Fernández-Miranda y Moure vuelven a Cuenca, se quejan de los agresivos ataques que el yacimiento había sufrido por culpa de excavadores clandestinos: “Por desgracia, la nueva carretera no trajo tan sólo el descubrimiento del abrigo, y entre nuestras dos campañas el yacimiento arqueológico fue repetidamente saqueado por excavadores clandestinos, lo que nos obligó a modificar el plan inicial de trabajo.” (Moure y Fernández-Miranda, 1977: 32). Recogieron materiales de sus remociones y terreras, descontextualizados claramente, y los aportaron junto a los suyos, destacando humorísticamente (aunque el daño es lamentable) la perfidia y malignidad de los expoliadores en los rótulos del inventario. (Museo Arqueológico Provincial de Cuenca, expediente 76/41, caja 27). Lo que dejaron los furtivos cabe en una caja de cartón. Qué se llevaron no podemos saberlo, pero sí imaginarnos su volumen y entidad: las 82 piezas que hay en las bolsas son materiales similares a los recogidos en las catas. Si estos son los desperdicios desechados, lo robado podía habernos aportado posiblemente las claves fundamentales y vitales para la interpretación correcta del yacimiento. Una lástima. Verdelpino es uno más de los casos en los que se demuestra especialmente la capital importancia de proteger el Patrimonio Arqueológico tras las campañas y podemos concluir que, con toda seguridad, la historia polémica que giraba y gira alrededor del mismo habría sido otra si el expolio se hubiera evitado.

Campaña de 1979 Que Moure y Fernández-Miranda no se detractasen de sus conclusiones de 1972 en 1976, reafirmándose cada vez más por el contrario en ellas, echaría más leña a la hoguera neolítica en la Península Ibérica. Tres años después volverían los arqueólogos al abrigo, pero esta vez ya no serían el santanderino y el gijonés, recayendo la responsabilidad del trabajo de campo en la doctora Pilar López García, que ya había trabajado en 1976 en el sitio y era la responsable de su estudio palinológico, y en el doctor Balbín Behrmann, amigo de Fernández-Miranda desde los años de la carrera. Sus trabajos consistirían en ampliar el corte 1, ampliar de nuevo el corte 2 y abrir nuevo el corte 4 en el otro extremo del abrigo. No se extrajo ninguna conclusión relevante de todo ello, salvo la de que el corte 4 estaba totalmente afectado por el paso del Arroyo de Valdecabras (Rasilla, Hoyos y


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Cañaveras, 1996: 75). Los materiales resultantes fueron entregados, como veremos, en el Museo de Cuenca al cierre de la excavación. Poco más se puede decir sobre esta campaña ya que sus responsables no publicaron nada, ni específico ni general, de ella. Ni siquiera la doctora López García integra su trabajo o lo hace mencionar en la importante obra sobre el Neolítico en España que coordinó en 1988 y donde sí están los trabajos precedentes al de 1979. Tampoco he encontrado el informe de la campaña por ninguna parte ya que, si existe, puede que esté extraviado y/o desclasificado. No me lo han podido facilitar en ningún archivo.

Campañas de 1981, 1982 y 1983 El informe que sí he encontrado en el Instituto de Patrimonio Histórico Español -actualmente Instituto de Patrimonio Cultural de España- es el que hace referencia a las campañas en el abrigo de Verdelpino efectuadas por Marco de la Rasilla Vives (Departamento de Historia, Área de Prehistoria, de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Oviedo), propuestas al mismo por uno de los padres del yacimiento: Manuel Fernández-Miranda (Rasilla, Hoyos y Cañaveras, 1996: 75). Año por año, según se nos dice en el Informe (Archivo del Instituto de Patrimonio Histórico Español. Arqueología, Caja nº 31. Firmado por Marco de la Rasilla el 28 de noviembre de 1983): 1981: Una vez limpio el yacimiento y hechas las cuadrículas, se extrajo la tierra del antiguo corte 1 y se continuó en él la excavación desde la mitad del mismo hacia el exterior del abrigo. 1982: Se continúa la excavación en el corte 1 desde su mitad al interior. Además se limpia un corte en la pared externa izquierda del abrigo. Ese año se realizó también un corte topográfico del perfil del valle del río Valdecabras y se estudia geológicamente el entorno inmediato. 1983: Por desplazamientos de tierra causados por el clima se vuelve a limpiar la parte externa del corte 1. Se incide de nuevo en el corte externo. Marco de la Rasilla sitúa la limpieza de los materiales extraídos en este año. Las piezas de las campañas 81, 82 y 83 no revestían para sus responsables interés alguno (Rasilla, Hoyos y Cañaveras, 1996: 80). Marco De la Rasilla los sigue conservando, según nos comentó vía e-mail también a través de la doctora Chapa Brunet el año pasado. Según cuenta en el in-


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forme del Instituto de Patrimonio, presentó otros tres informes anteriores respectivos a cada campaña, pero su contenido se resume en éste. Las conclusiones a las que llega Marco de la Rasilla junto a Manuel Hoyos y Juan Carlos Cañaveras hacen referencia sobre todo a la acción del río Valdecabras en el yacimiento. La distorsión que el curso del agua habría causado en el registro material dentro del yacimiento en el pasado remoto, era el más potente argumento esgrimido por los detractores del horizonte cerámico precardial, deslegitimándose así su autenticidad. Sólo quedaría una pequeña parte de la planta donde los estratos estarían intactos, y los materiales no estarían removidos, y ésta coincide con el corte 2; el corte 3, la mitad interior del corte 1 y sus respectivas ampliaciones estarían parcialmente afectadas; el corte 4 de López y Balbín Behrmann y el resto de catas serían lugares totalmente afectados por el agua. Además defiende el nivel IV de Fernández-Miranda y Moure, poniéndose de parte de su antigua cronología y de la peculiaridad de sus cerámicas e instrumental lítico ya que tal horizonte se definió en el corte 2, según él, teóricamente preservado de la erosión fluvial (Ibidem: 78-81).

I.3 Difusión Dejando a un lado las intervenciones, pasemos al campo de las actividades de gestión, concretamente a la difusión que han tenido el yacimiento, sus materiales y los datos que de él emanaron. Atención: este punto resulta especialmente interesante ya que es precisamente sobre papel donde se libró y aún se libra la batalla que, de algún modo, estamos reviviendo en estas páginas. Para la confección del anterior punto he usado los artículos que publicaron al respecto los responsables de las excavaciones en el yacimiento y los he ido citando conforme me han hecho falta. Nótese que he podido abarcar toda la bibliografía producida por aquellos (de tantas veces que me la he leído, buscando entre líneas una u otra referencia, casi me la he aprendido de memoria), dato diagnóstico de su poco volumen. Otra cosa son las obras que hablarían desde la segunda mitad de los años setenta del yacimiento y los trabajos de Fernández-Miranda y Alfonso Moure, cuyo volumen y carácter es simplemente inabarcable en su totalidad. Vamos a tratar por separado las publicaciones fruto de los resultados de las intervenciones de las que hablan sencillamente de Verdelpino. Romperemos para ello, y sólo en este apartado, con la división cronológica que ponía 1985


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como hito entre el pasado y el presente ya que todo dato publicado antes y después de ese año procede de las intervenciones que hemos resumido más arriba. Si se ha seguido hablando de nuestro abrigo ha sido en lo tocante a su interpretación científica o incluyéndolo como ejemplo dentro de publicaciones más generales y todos estos casos conformarían un corpus de obras que podemos definir como la repercusión de las publicaciones específicas anteriores.

Publicaciones específicas La campaña de 1972 fue anunciada dos años más tarde en la revista “Trabajos de Prehistoria”, en un artículo titulado “Verdelpino (Cuenca): Nuevas fechas de C-14 para el neolítico peninsular.” Los firmantes son Fernández-Miranda y Alfonso Moure. Los datos que se ofrecen en este primer artículo son parciales y sobre todo se centran en lo que anunciaba el título: los resultados radiocarbónicos, sorprendentes sobre todo en el llamado nivel IV al datar los fragmentos cerámicos en él incluidos hacia el 6.000 a.C. Los autores concluyen sus líneas de esta forma: “Sirvan de momento todos estos datos para los estudiosos de los distintos temas aquí tocados, mientras ve la luz el estudio definitivo que preparamos sobre el yacimiento.” (FernándezMiranda y Moure, 1974: 316.) Tal estudio llegaría en 1975 en forma de un nuevo artículo publicado esta vez en “Noticiario Arqueológico Hispánico” y con el prometedor título de “El abrigo de Verdelpino (Cuenca). Un nuevo yacimiento neolítico en el interior de la Península Ibérica.” Si el caso precedente contaba con sólo 7 páginas, los datos incluidos en el nuevo demandaron unas 45. En ellas se integran planos, estratigrafías, fotografías, esquemas y dibujos de los materiales líticos y cerámicos. Además se concretan las interpretaciones que quedaban en el aire y que, ahora sí, defendían explícitamente unas teorías agresivas para con los esquemas sobre el Neolítico enunciados hasta entonces. Aún así, estamos delante de otro artículo de poca extensión, donde se siguen dejando tareas pendientes para futuras publicaciones. Es el caso por ejemplo del estudio de los materiales óseos encargados a Morales Muñiz. El contenido de estos dos trabajos realmente es anterior a 1974 ya que el segundo artículo, aunque publicado en 1975, está firmado en Madrid en diciembre del 73 (Fernández-Miranda y Moure, 1975: 235).


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Una nueva campaña de excavación significa nuevos datos. La de 1976 generó en 1977 un artículo en la revista “Trabajos de Prehistoria” en cuyo título quedaba clara la parcialidad y provisionalidad del contenido, anunciándose como el adelanto a una obra monográfica posterior: “El abrigo de Verdelpino (Cuenca). Noticia de los trabajos de 1976.” En ella se repite la esencia de la intervención de 1972, completándose ésta con la información del 76: nuevos dibujos, nuevos esquemas y nuevos planos junto a otros viejos. Se integran en sendos apéndices las averiguaciones hechas por Pilar López en lo tocante al estudio palinológico y el estudio faunístico de Morales Muñiz. Los autores vuelven a prometer la monografía en estos términos: “El interés del yacimiento, a la luz de lo hasta ahora hallado, resulta indiscutible y ello creemos que justifica esta noticia que ahora ofrecemos como avance de lo que será la Memoria (la palabra se destaca en el original con la mayúscula) definitiva, una vez finalizados los trabajos de campo.” (Moure y Fernández-Miranda, 1977: 31).


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Disposición teórica de las catas realizadas en las distintas campañas, según la bibliografía. (Lámina del autor.)


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Verdelpino era tema estrella. Su nombre creció tanto que hubo que dedicarle un artículo en inglés, nueva lengua franca que ya le estaba ganando la carrera al francés, para que pudiera imprimirse en “Current-Anthropology”. En 1978 se pudo ver escrito aquí “The cave of Verdelpino (Cuenca, Spain)” y leerse muy rápidamente ya que sólo hay dos páginas; por otro lado, el contexto internacional lo merecía, en tan poco espacio se hace un alarde completo de las mejores galas del sitio: la cerámica del 6.000 a.C. y la condición de primer hallazgo Magdaleniense en el interior peninsular (Moure and Fernández-Miranda, 1978). Firman Moure y Fernández-Miranda, pero el traductor es Laurence Guy Straus, actualmente en la Universidad de Nuevo México y que había colaborado ya y colaboraría con Alfonso Moure en otras empresas. Su Curriculum Vitae está colgado en Internet y en él se pueden comprobar su intensa actividad científica, como traductor y la reiterada relación profesional con Moure y la Prehistoria de la región cantábrica (www.unm.edu/ ~anthro/faculty/cvs/strauscv.pdf). Tan famoso y flamante era Verdelpino en los años setenta que Fernández-Miranda publicaría un artículo en 1977 en la “Revista de Occidente”, con cuyo grupo estaba vinculado (Balbín, 1996: 19), tratando cuestiones generales sobre la neolitización en la Península Ibérica y haciendo girar todas las teorías allí propuestas alrededor de su hijo pródigo. Por su parte Alfonso Moure y Pilar López en 1979, con motivo del “XV Congreso Nacional de Arqueología” celebrado en Zaragoza, dedicaron unas pocas páginas al abrigo conquense: “Los niveles preneolíticos del Abrigo de Verdelpino (Cuenca)” (Moure y López, 1979). Como vemos, sólo se ocupan aquí de los niveles más antiguos del yacimiento, el V y el VI, no siendo el nivel IV el artista principal del artículo.


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Acción del arroyo Valdecabras en el interior del abrigo. (Láminas tomadas de Rasilla, Hoyos y Cañaveras, 1996.)


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La “Memoria definitiva” no llegaba, publicándose en cambio más artículos sobre las tesis ya enunciadas. En 1979, decíamos, Pilar López firmó uno de ellos. Este año es también en el que dirigió una nueva campaña en Valdecabras junto a Balbín Behrmann. El artículo del 79 formaba parte del conjunto de publicaciones que exponían la información generada en las intervenciones de 1972 y 1976. No se ha escrito nada sobre la campaña de 1979 y sólo sabemos de ella, a no ser que investiguemos arduamente en algún archivo, por la alusión que le hace Marco de la Rasilla Vives en 1996. Las campañas de 1981, 82 y 83 permanecieron inéditas 13 años. Su responsable aprovecharía para hablar de ellas en el homenaje póstumo a Manuel Fernández-Mirnada, donde, tras hacer un resumen de todas las intervenciones (incluida la de 1979), expone su labor en Verdelpino. El título comienza de la misma manera que el de los precedentes artículos “El abrigo de Verdelpino (Cuenca)…” Pero esta vez especifica que se va a desarrollar la “… revisión de su evolución sedimentaria y arqueológica”. Significa una auténtica síntesis de todas las intervenciones en el abrigo y mantiene la hipótesis que nació en 1972 tras la primera de las campañas, contestando a muchas de las críticas que se hicieron a la misma con pruebas y explicando muchos de los procesos postdeposicionales que afectaron al sitio. Pues esto es todo. Ya advertía al principio la escasez de obras por parte de los responsables. Llamo la atención en el hecho de que un yacimiento archiconocido en España y que hizo su “diminuta gira extranjera” no dispusiera en su día de una proporcional cobertura de publicaciones propias. En 1974 se anuncia algo así como una obra propia y a la altura del descubrimiento. La primera noticia que tiene el mundo científico sobre el sitio se presenta dos años más tarde de la campaña, pero no olvidemos que en procesar los materiales y realizar las interpretaciones se tarda. Sirva de nota justificativa. Al año siguiente se nos presenta otra noticia un poco más extensa que, por lo menos sirve ya como referencia bibliográfica a aquellos interesados en Neolítico, Mesolítico, cerámica, industria microlítica, las modernísimas dataciones radiocarbónicas, etc. En 1976 una nueva campaña, unos nuevos materiales y desconocidos estratos esperando ser publicados. Esta vez se presentan al público (especializado) con un solo año de diferencia. Pero se encarnan explícitamente en una “noticia sobre los trabajos de 1976”. La Memoria definitiva se sigue anunciando en sus páginas y, si embargo esta será en realidad la publica-


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ción más completa sobre Verdelpino firmada por Fernández-Miranda y Moure. El yacimiento debía seguir en las revistas del momento. Era necesario que los responsables de la arrojada interpretación (e hiriente para las teorías de algunos neolitistas) siguieran escribiendo de su abrigo para mantenerlo en el candelero ya que muchos, como veremos, hablaban y hablarían del mismo. Pero se conformaron con tres artículos: el de la “Revista de Occidente”, el de “Current-Anthropology” y el específico de los niveles magdalenienses. Sobre el primero destacar su tinte, digamos, divulgativo: al estar inserto en una revista no especializada en Arqueología o Prehistoria, con un público culto pero mucho más amplio a estos ramos; trata el contexto del Neolítico de la Península, explicando éste antes para facilitar la comprensión del yacimiento en el conjunto. El segundo es una escueta síntesis para una prestigiosa revista de nombre internacional, pero se subrayan de forma certera las virtudes de Verdelpino. Recordemos que a “Current-Anthropology” estaban suscritas ya las universidades modernas más importantes de todo el Nuevo y el Viejo Mundo y seguro que en todos sus fondos de biblioteca hay un ejemplar 19, donde podemos leer “Verdelpino (Cuenca, Spain)”. El tercer artículo que cierra el ciclo de publicaciones producto de la campaña de 1976 es el que trata en particular los niveles paleolíticos. Todo el mundo defendía o dudaba de la naturaleza del pérfido o exquisito nivel IV, pero nadie puso ni pone en duda la existencia de una ocupación magdaleniense en el abrigo; se me ocurre muy acertado y conveniente publicar solo este horizonte, formado por los niveles V y VI, con sus respectivas dataciones radiocarbónicas y sus conclusiones particulares ya que así podía ser leído y citado por los paleolitistas sin arrastrar el lastre de los niveles neolíticos y el problemático horizonte de las cerámicas lisas. El mismo Alfonso Moure Romanillo defiende que “en Arqueología los resultados obtenidos sirven para poco si no transcienden al resto de la comunidad científica. La publicación de los resultados de las intervenciones de campo o de las labores de restauración forman parte imprescindible del proceso de conservación de los bienes o de su contexto” (Moure, 2006: 259). Había dos instrumentos utilísimos de la Administración española antes de las transferencias con el fin de difundir las memorias de excavación: “Noticiario Arqueológico Hispánico” para los artículos más breves y “Excavaciones Arqueológicas en España” para las monografías voluminosas (Ibidem). Efectivamente no dejó en la oscuridad el yacimiento, usando en 1975 la primera vía, como era su deber. Pero de este modo muchos de los detalles, que


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constantemente se prometían ampliar en una obra monográfica, se quedaron en los despachos y las mentes de sus responsables. Balbín Behrmann y Pilar López no publicaron nada de su campaña, pues no consiguieron en ella nueva información interesante. No obstante, deberían haber generado, por lo menos, otra noticia de sus trabajos en 1979, ya que, de no ser por la publicación de Marco de la Rasilla en 1996, nadie sabría de esta campaña en, antaño, tan famoso sitio. Marco de la Rasilla Vives empieza sus tareas en Verdelpino dos años más tarde, prolongándolas durante tres campañas consecutivas. Se dedicó de forma continua al abrigo y tampoco obtuvo, según nos dijo personalmente a través de Teresa Chapa, nada relevante de los materiales obtenidos. Aunque con trece años de retraso, cumplirá con la, para mí, “Sagrada Difusión de los resultados de la Investigación” con la publicación de la que también considero personalmente mejor síntesis de las intervenciones en el abrigo e integra allí sus importantes matizaciones sobre la acción del arroyo de Valdecabras en la secuencia estratigráfica. En conclusión: a Verdelpino siempre le faltó una publicación más concreta y menos provisional, aunque las que existen lo hicieron famoso… Aquellos que más datos tenían para hacerlo, sus excavadores, escribieron poco… pero con un contenido tan intenso que dio pie a otros a escribir mucho… como vamos a ver a continuación.

Verdelpino en los libros de Prehistoria Las teorías en funcionamiento sobre el Neolítico en la Península Ibérica habían cambiado radicalmente con relación a las especulaciones de principios y mediados del siglo XX… Sea como sea, no me compete hablar aquí de neolitización y asumo que los conceptos teóricos se conocen, pasando a seguirle la pista a la huella de Verdelpino en la bibliografía y a la causa de su, si no omnipresencia, reiterada alusión en las obras de muchos autores, bien como mera referencia, bien sea como instrumento para defender líneas argumentales determinadas o bien para cuestionar su esencia de una u otra forma. Vamos a destacar algunos casos significativos en los que se trae a colación el abrigo, no todos pero sí los suficientes para que estimemos el alcance del que se puede llamar, perfectamente y sin empacho, “Efecto Verdelpino”.


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Los ataques se dirigieron casi en exclusiva hacia el nivel IV de cerámicas sin decoración y hacia la vetusta cronología de 6.000 años a.C. para las mismas, lo que las convertiría en las más antiguas de la Península Ibérica… y del Occidente de Europa. El artículo que he localizado donde anida la crítica más agresiva hacia Verdelpino fue gestado por las plumas de dos personas que sostenían una serie de ideas en otra dirección muy distinta: los doctores Javier Fortea Pérez y Bernardo Martí Oliver. Ambos defendían el “paquete neolítico” completo de elementos materiales en el yacimiento que se quisiese atribuir a esta época y la decoración cardial como primera manifestación cerámica en la Península Ibérica. Aunque el artículo del que hablamos se titula “Consideraciones sobre el inicio del Neolítico en el Mediterráneo Español”, parece girar alrededor de Verdelpino, ya que es el yacimiento que más veces se menciona y al que más espacio se le dedica. En primer lugar se ataca la seguridad y precisión de las dataciones radiocarbónicas en general, con el objetivo de desacreditar explícitamente las fechas propuestas por Moure y Fernández-Miranda; luego viene la duda sobre la industria lítica y la cerámica del nivel IV, considerando tal horizonte producto de una pérfida mezcla de materiales debido a la acción del inmediato cauce del Arroyo Valdecabras, que en determinados momentos entraría en el abrigo; en tercer lugar, en lo tocante a Verdelpino, los autores de este documento critican que muchos arqueólogos estaban revisando yacimientos antiguos para modelar (reinterpretar) sus estratigrafías, como afirman estaba pasando en enclaves bandera como el de Llatas o el de Cocina, de forma acorde al abrigo conquense, a pesar de lo que más arriba exponían sobre la dudosa datación y del registro seguramente transformado por el agua (Fortea y Martí, 198586). Y es que de verdad hubo un “Efecto Verdelpino” donde muchos quisieron acomodar los yacimientos con los que estaban trabajando a las nuevas hipótesis. Es muy frecuente que aquellos que ayer y hoy querían y quieren proponer datos distintos al canon “valenciano-cardial” usen Verdelpino como ejemplo recurrente. Es el caso de Jesús Jiménez Guijarro y sus artículos en “Saguntum” y en “Complutum” sobre el proceso de neolitización del interior peninsular (Jiménez Guijarro, 1998 y 1999 respectivamente) o al hablar del caso concreto del conjunto de El Parral segoviano (Jiménez Guijarro, 2001a) o del yacimiento de Valdivia en Madrid (Jiménez Guijarro, 2001b). Este investigador usa mucho el yacimiento, de lo que se deriva que confía en lo dicho sobre él por sus excavadores.


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Igual función se le atribuye al sitio al usarlo de comparación con los resultados de las investigaciones de las Vegas de Aranjuez o del yacimiento neolítico del Covacho de la Higuera en Patones (Madrid). En estas ocasiones se cita de forma especialmente repetitiva (Muñoz López-Astilleros, 2001 y Barrio y Rubio, 2002 respectivamente). Alfonso Moure mencionó antes del artículo sobre los niveles V y VI, que escribiría junto con Pilar López, su labor en Cuenca al tratar sobre los grabados rupestres de la Cueva de Maltravieso (Cáceres), como ejemplo paralelo magdaleniense en el interior peninsular (Ripoll y Moure, 1979). Existe otro yacimiento conquense, excavado en fechas más recientes, que presenta unos rasgos externos muy parecidos los de Verdelpino: el abrigo de Buendía. Carmen Cacho y Sara Pérez escriben un artículo para publicar los materiales líticos que fueron rescatados a la entrada del mismo, usando Verdelpino como paralelo y contrastando los resultados de los dos yacimientos en sendos gráficos (Cacho Quesada y Pérez Marín, 1997). Incluso a la hora de hablar de los mamíferos del Cuaternaio cárstico de Guadalajara resulta útil mentar la fauna de Verdelpino (Arribas y Jordá, 1999). Uno de los libros que más me han ayudado a comprender la disputa interpretativa de los autores en lid, ya no sólo en lo referente al abrigo del Valdecabras, sino más bien en la lucha teórico-interpretativa general del Neolítico ibérico, ha sido “Los Primeros Agricultores de la Península Ibérica”, de Almudena Hernando. En esta obra la autora desbarata desde su base profunda muchos de los planteamientos y clichés del Neolítico. Usa, por supuesto, Verdelpino como caso tipo hacia el que se han lanzado hostilmente muchos de estos paradigmas contra los que la profesora Hernando escribe. Destaca allí cómo la reacción general consistió en desacreditar el yacimiento porque no se podía tolerar que en él apareciese una perduración de industria magdaleniense hasta más allá del 7.000 a.C. y que encima continuase la secuencia con un “Epipaleolítico cerámico” anterior al Neolítico cardial; afirmaría, en cambio, que “el desarrollo cultural que nos ofrece Verdelpino puede ser completamente coherente con el funcionamiento normal de las culturas” (Hernando, 1998: 236). Da importancia a los fragmentos de concha que se encuentran en Verdelpino (Cardium y Pectem) y que sin embargo no parecieron usarse para decorar la cerámica, para apoyar la particularidad con la que pudo desarrollarse la transformación cultural de grupos cazadores (ibidem: 238). El caso es que considera el asunto de Verdelpino, a la luz de las publicaciones de sus responsables, como “aceptable” y dedica a defenderlo bastantes páginas, comparativamente hablando en relación


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con las que concede al resto de yacimientos, cosa a tener en cuenta a la hora de valorar la importancia del caso que aquí nos entretiene dentro de su argumentación. Pasando a otro orden de cosas, abandonemos el mundo de los artículos y libros específicos para caminar progresivamente hacia el de las síntesis, los manuales universitarios y las obras generales sobre Prehistoria, Neolítico y/o Arqueología. Sí, no debemos sorprendernos de que un yacimiento tan popular apareciese y aparezca en los libros más generales, que realmente son los que llegan a más y más diverso público, pues no estamos hablando de un enclave arqueológico a sumar a una lista, sino de toda una referencia en el Neolítico, primogénito en el del interior peninsular y rompehielos de una corriente teórica poderosa e innovadora. Ya hemos dicho que Pilar López fue la coordinadora en 1988 de la mejor y más moderna síntesis, hasta ese momento, sobre el Neolítico en España. En ella intervienen grandes especialistas sobre la materia, encargándose cada uno de un área geográfica concreta; L. Municio se ocupa de la Meseta y presta una gran atención a Verdelpino, ya que en la década de los ochenta eran muy pocos los yacimientos conocidos en el interior peninsular. El caso es que, tras describirlo, hace la siguiente reflexión en el apartado de las conclusiones: “Hay que exceptuar, naturalmente, la secuencia que quiso perfilarse con motivo del hallazgo de las cerámicas del nivel IV de Verdelpino, dando lugar a establecer un primer Neolítico de cerámicas sin decoración […] En la actualidad, la opinión de la mayor parte de los especialistas es que no debe aceptarse sin más la verosimilitud de este supuesto Neolítico antiguo del abrigo conquense, en el que quiere verse una contaminación procedente de los niveles superiores, que enmascara una industria lítica de clara filiación magdaleniense.” (Municio en López, 1988: 324.) Cita que tales conclusiones son también las de Gueddes y Martí. Efectivamente el segundo es uno de los más encarnizados enemigos de Verdelpino, que atacaría el yacimiento, concretamente el nivel IV, en varias publicaciones además de la que hace conjuntamente con Fortea. En la misma obra coordinada por P. López, Isabel Rubio usa mucha de la información publicada por Moure y Fernández-Miranda sobre Verdelpino al hablar de la economía del Neolítico (Rubio, 1988: 337-411). La propia Pilar López inserta las fechas de C-14 en la recopilación final que confecciona con todas las de la Península. Pero ni se menciona aquí que ella dirigió una campaña en el abrigo.


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Martí es el responsable del apartado sobre el Neolítico en “Prehistoria de la Península Ibérica”, otro manual general donde también aparecen los nombres de Ignacio Barandiarán, José Luis Maya y Mº Ángeles del Rincón. Aquí Martí sigue considerando radicalmente nada fiable la interpretación del nivel IV, afanándose especialmente en ello y argumentando la intrusión de la cerámica del nivel III superior en él (Barandiarán, Martí, Del Rincón y Maya, 1998: 181-182). Sin embargo, no dijo nada de Verdelpino en 1985 en un artículo llamado “Los estudios sobre el Neolítico en el País Valenciano y áreas próximas: Historia de la investigación, estado actual de los problemas y perspectivas” (Martí, 1985), pese a entrar perfectamente dentro del tema que anuncia el título. Joan Bernabeu, J. Emili Aura y Ernestina Badal, los artífices del “modelo dual”, a quienes más les podían molestar las incómodas interpretaciones del nivel VI, hablan muy escuetamente de Verdelpino en su libro popularísimo “Al Oeste del Edén”, pero sin tratar su problemática o siquiera describirlo (Bernabeu, Aura y Badal, 1995: 162). El nombre de Bernabeu aparece en 2003 junto al de Gerardo Vega y el de Teresa Chapa en el volumen sobre la Prehistoria de una colección dedicada a la Historia de España en general. Explica su modelo dual, pero por ninguna parte aparece ya Verdelpino, pues pudo elidirlo por haber dejado de concederle importancia (Vega, Bernabeu y Chapa, 2003). “Prehistoria y Protohistoria de la Meseta Sur” (Pereira, 2007) es una de las obras de síntesis más recientes en las que se toca, y mucho, el tema de Verdelpino. Allí se subraya que Verdelpino fue, en su tiempo, renovador teórico, marginado por los problemas de su registro, contra el paradigma cardial (página 60). Me he topado con nuestro yacimiento protagonista en una obra tan amplia y general como puede ser el “Atlas de Arqueología Mundial”, de Paul G. Bahn. Es uno de esos libros donde hay más fotos e imágenes que texto, muy bien maquetado y visualmente atractivo. Abarca desde el origen de la Humanidad hasta la Antigüedad en todo el mundo, sin olvidarse de las culturas azteca e inca, entre otras. Dedica apenas un par de hojas a cada época en un área y la neolitización del Mediterráneo se trata sobre un mapa a nivel europeo. Curiosamente uno de los pocos puntos que se ponen sobre éste es el de Verdelpino, aceptándose para él una cronología antigua (Bahn, 2003: 58 y 59). Muchos otros yacimientos imprescindibles ni aparecen. Otra obra de gran utilidad para el alumnado universitario y que ha sido reeditada y revisada en varias ocasiones, y que seguramente seguirá siéndolo, es el “Diccionario de Prehistoria” puesto en la calle por la editorial


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Alianza. En él se integra el termino “Verdelpino”, del que se explica en un único párrafo en qué consisten sus atributos más llamativos y problemáticos (Menéndez, Jimeno y Fernández, 1997: 432).

Verdelpino en Bahn, 2003. (Lámina confeccionada por el autor.)

Sin embargo, en otras obras del mismo corte y que pretenden recoger y exponer los conceptos generales de la Arqueología en el país, como son “Guía Arqueológica de España”, también editada por Alianza (Anderson, J. M., 2003), y la obra del mismo título editada por Acento (Collins, R, 1999), no mencionan Verdelpino por ninguna parte. Por supuesto, Verdelpino, desde su presentación pública en 1974-75, es un nombre que, se quieran o no aceptar los datos aportados por sus excavadores en todas sus consecuencias, es ineludible para cualquiera que realice una labor de investigación universitaria cuyo título se refiera en general o en particular a Neolítico, Magdaleniense, primeras especies domésticas, cerámica antigua, etc. Pasa esto con el reciente trabajo de investigación inédito de Benjamín Hernández López (2006), del Departamento de Prehistoria de la Universidad Complutense de Madrid, cuyo autor me ha facilitado el original para usarlo en la presente ocasión. En la portada podemos leer: “Neolítico Inicial y Carbono 14 en la Península Ibérica” y, como es lógico, el abrigo del Valdecabras ha sido invitado a sus páginas. De


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él comenta la polémica suscitada alrededor de su nivel IV y cómo Martí es su máximo detractor, destacando una crítica relativamente reciente que éste hace en 1998 y que nos sirve como reflexión sobre la supervivencia de una no superada disputa durante ya varias décadas. Además explícitamente se pregunta intrigado, como si sospechara oscuras intenciones, por qué en la recopilación que Martí y Juan-Cabanilles hacen en 2002 silencian la datación de Verdelpino, elisión para él criticable, aunque no se aceptase la interpretación de un Neolítico Antiguo no cardial (Hernández, 2006: 134 y 135). El resultado de todo esto es que, en primer lugar, Verdelpino significó y sigue siendo un estandarte que empuñan todos los revolucionarios que pretenden acabar con el aún vigente, pero moribundo, paradigma cardial. Su “efecto” sigue persistiendo en la bibliografía ya que sigue dando juego, pero en algunos casos gana la batalla el descrédito al sitio y esto hace que, no pudiendo quitarse la lacra de caso problemático, sea excluido por ello de muchas publicaciones tanto especializadas como generales para ahorrar problemas y engorrosas matizaciones.

Musealización Es un hecho ilustrativo de dónde se detuvo la difusión de Verdelpino que yo desconociese su existencia hasta que no fui a la universidad. Soy conquense de nacimiento y aficionado a salir al campo y he pasado en mi infancia y juventud muchísimas veces por delante mismo del abrigo sin reparar en su existencia. Es más: aún viviendo a escasos diez minutos en coche de él, aún habiendo visitado en los primeros coletazos de mi interés profesional los yacimientos más importantes de la Provincia de Cuenca, Verdelpino era, si acaso, sólo el nombre de una aldea. Me tuve que enterar de su existencia en el segundo cuatrimestre del año académico 2003-2004 en la clase de Prehistoria impartida por la profesora María Luisa Cerdeño. No hace falta que diga que el yacimiento no está preparado lo más mínimo para su visita. Si, de tantas veces que he pasado por la carretera de Cuenca a Valdecabras, hubiera visto al menos un humilde cartel al llegar al sitio, seguramente mi relación con Verdelpino habría empezado antes. Cuando hablo con algún conocido de mi ciudad sobre el objeto de mis investigaciones, en la inmensa mayoría de los casos he sido yo la primera persona que les ha dado la noticia de la existencia de una cueva prehistórica en la Hoz


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de Valdecabras. Todo esto no casa muy bien con la importancia casi mayestática que le hemos estado atribuyendo al sitio en el punto anterior. Verdelpino no era, ni es, para los conquenses “patrimonio” ya que no se sienten herederos de él, no por falta de arraigo. Es que ni siquiera lo conocen, lo que quiere decir que la estrategia que se ha seguido a la hora de difundirlo, de gestionar la información que de él se ha extraído, ha ido dirigida hacia el mundo científico y no hacia la sociedad. El único camino accesible para que la ciudadanía o el visitante de a pie en la Provincia de Cuenca llegue ha conocer la cultura material paleolítica-neolítica en Valdecabras son dos expositores sobre el yacimiento de Verdelpino, sitos uno en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid y otro en el Arqueológico Provincial de Cuenca. Vamos a detenernos un poco en el comentario de los mismos por la importancia que tienen, junto a la coyuntura administrativa en la que fueron creadas. Prometo a quien me esté leyendo que este punto va a resultarnos de especial interés y posiblemente sea la clave para comprender mejor “qué pasó con Verdelpino.”

Piezas de la campaña de 1972 expuestas en las antiguas vitrinas de Prehistoria del Museo de Cuenca. (Foto tomada de Osuna, 1976.)


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Las vitrinas del museo provincial de Cuenca contienen materiales de las campañas de 1972 y 1976. Antes de la entrada en el museo de los materiales de la segunda campaña, ya estaban expuestos los de la primera, poseyendo una vitrina propia, la número 2 del Museo de la sala I. En el catálogo completo de las piezas expuestas en el centro de 1976, se explican de forma clara y concisa las peculiaridades del yacimiento, destacándose además como el más antiguo excavado en Cuenca hasta ese momento (Osuna Ruiz, 1976: 32) y se adjunta una fotografía de sus piezas más polémicas: las del nivel IV (ibidem, apéndice de ilustraciones).

Antigua Sala I del Museo de Cuenca. (Foto tomada de Osuna 1976.)

El centro se remodelaría en varias ocasiones con el transcurso de los años y el expositor de Verdelpino habría de aumentarse por la entrada de las nuevas piezas de la excavación de 1976 y además porque el yacimiento ahora llegaba hasta el Magdaleniense. En la actualidad tenemos dos vitrinas dedicadas al protagonista de nuestra historia. Sobre ellas impera el rótulo de “Abrigo de Valdecabras”. Para empezar, esta nomenclatura no coincide con la generalizada en las publicaciones científicas, donde se lo conoce como “Abrigo de Verdelpino”. Este simple hecho puede llevar a despiste si no se relacionan las dos referencias geográficas que bautizan al sitio


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(Aldea de Verdelpino y Hoz/Río Valdecabras) o se desconoce alguna. El expositor hace esquina en el más recóndito lugar del Museo, siendo éste el sitio que menos se ve, accediéndose a él sólo si se llega hasta el final del edificio para comenzar desde allí la visita. En recepción te advierten de la necesidad de empezar desde el fondo para hacer la visita cronológicamente, pero si no te dirige un guía, corres el riesgo de no doblar la última esquina y perderte el Paleolítico y el Neolítico de Cuenca. La primera vitrina del conjunto, como podemos ver en la ilustración, es una maqueta del yacimiento sobre la que cuelga el siguiente cartel explicativo:

PALEOLÍTICO SUPERIOR Y NEOLÍTICO DEL ABRIGO DE VALDECABRAS El yacimiento de Valdecabras está situado en el término municipal de Cuenca y fue habitado entre el 12.050 y el 2.680 A. C. Puede decirse que se conjuntan en él tres horizontes culturales: los dos primeros dentro del mundo Neolítico, dos intermedios con cerámica que se inscribirían dentro de los comienzos del periodo citado y otros dos claramente Paleolíticos Magdalenienses. En cuanto al nicho ecológico de Valdecabras hay que destacar la presencia de restos de fauna pertenecientes a especies hoy extinguidas en la zona, como el uro, el lince, la cabra montés y el oso. La vegetación durante los momentos magdalenienses muestra un predominio de árboles como encinas, olmos y de forma constante los juníperos. En la época neolítica se produce un descenso de las especies arbóreas debido sin ninguna duda, a la acción del hombre y a la presencia de animales domésticos. Un dato muy importante en cuanto a los modelos de vida del grupo humano de Valdecabras en época neolítica es la domesticación de animales. Se encuentran todas las especies presentes menos el perro a partir del Neolítico Final.


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Maqueta y estratigrafía de Verdelpino en el Museo Arqueológico de Cuenca. (Lámina del autor.)


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Es, como vemos, una síntesis de las conclusiones extraídas de la segunda campaña (Moure y Fernández-Miranda, 1977). Pero no se habla de las cerámicas lisas del nivel IV o de las peculiaridades del Magdaleniense, pareciéndose dar más importancia a la ausencia de perro en el registro. (Parece lógico que los huesos de perro, al igual que los de seres humanos, no aparecieran en un sitio donde sólo se rescataron especies consumidas como alimento, pero ese no es tema de este trabajo, o por lo menos no nos compete hablar de ello ahora.) Además se olvida en la cartela la existencia del pino, dominante en el Magdaleniense y con menos intensidad en los horizontes más modernos, pero siempre representado (Moure y López, 1979).

Actual expositor del Abrigo de Valdecabras en el Museo Arqueológico de Cuenca. (Foto del autor.)

Pero estas imprecisiones se ven superadas por la maqueta que ejemplifica la vida en el abrigo: no guarda ningún tipo de escala y no se puede reconocer en ella ninguna referencia morfológica análoga con la realidad. Solo vemos una oquedad tosca de escayola pintada, en cuyas inmediaciones tenemos figuritas de personas y animales del mismo material, también desproporcionadas. Los seres humanos de la escena son cuatro hombres y dos mujeres: colocadas ellas dentro del abrigo, están sentadas junto a una hoguera y bajo un señor barbudo en extremo, que parece rugir ante las féminas esgrimiendo una antorcha de fuego. Los otros tres “trogloditas macho”


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están en primer término enzarzados en terrible lid con un fiero oso. Hay también toros, ciervos y cabras, todos juntos y apelmazados en un bucolismo exagerado. Es una caricatura con todos los estereotipos que se me ocurren, además de no dejar claro de qué época sería la escena: si representa una secuencia neolítica… ¿por qué hay cavernícolas casi neandertalescos, amén de los descritos en el siglo XIX? Si el cuadro pretende emular el Magdaleniense… no ha lugar la presencia de las cabras domésticas pastando en el cerro. No obstante, me puedo estar equivocando con esto de las cabras por la falta de precisión en el modelado de las figuras. Pero sí es verdad que parece, cuando nos paramos ante la maqueta, que se acabase de descubrir el “Misterio del Fuego”. Los arbolitos y los matorrales de plástico no explican las especies vegetales que hubo en el entorno. El abrigo de Verdelpino consta y siempre constó de una única cavidad en la pared caliza y en la maqueta hay dos. En resumidas cuentas: además de incorrecto y sinceramente obsceno, este amago del abrigo, aunque de talante (espero) intencionadamente infantil, dudo mucho que pueda enseñarle algo a un niño o niña… salvo ideas equivocadas. La otra vitrina emula una estratigrafía donde se colocan los materiales originales. Esta solución, aunque la factura no sea demasiado virtuosista, es mucho más didáctica. Sin embargo, no se explican los horizontes culturales a los profanos en Prehistoria y las diferencias que en ellos habrían de notar para comprender su singularidad en el conjunto de la Península. Otro problema es el tratamiento que se les dio a las piezas, pues están pegadas irremisiblemente con cola a la tabla pintada.


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Noticia publicada en El Día de Cuenca, en la que se anuncia y elogia el proyecto de renovación del Museo Arqueológico.

De todo esto es consciente, por supuesto, la actual dirección del Museo Arqueológico Provincial. Ha conseguido importantes medios económicos y logísticos con los que, cumpliendo con su deber, va a acabar con este orden de cosas en la radical remodelación del edificio, catarsis que se augura sana, imprescindible y prometedora. El sábado 18 de marzo de 2006 El Día de Cuenca, periódico local importante, publicó un artículo en el que se anunciaba que el proyecto de reforma ya estaba gestándose al haberse creado una comisión mixta entre el Ministerio y la Consejería de Cultura de Castilla-La Mancha. El director general de Patrimonio y Museos estuvo


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en Cuenca presidiendo un acto en el que se le presentaron las ideas, que calificó de “atrevidas y novedosas” (podemos leer el artículo completo ilustrando este trabajo).

Expositor del MAN, en 2005. (Foto del autor.)

Nos vamos a Madrid. El Museo Arqueológico Nacional reserva dentro de sus muros, literalmente a medio camino entre las salas de Paleolítico y Neolítico, un importante espacio para Verdelpino. Ante otros yacimientos, comparativamente hablando, disfruta de un lugar de privilegio, ya que tiene para él solo casi media vitrina monográfica. Fue montada así por los propios Manuel Fernández-Miranda y Alfonso Moure en 1977, recién acabada su segunda expedición a Cuenca (Carmen Cacho, comunicación personal 72-07). Sigue la tónica imperante en la mayor parte del Museo: las piezas están colocadas en pequeños pedestales con números a consultar en unas listas que suelen dispersarse entre los conjuntos. En el panel trasero, en el caso de Verdelpino, hay una foto del yacimiento tras la construcción de la carretera, el dibujo de su estratigrafía y un texto explicativo de varios párrafos. Este texto es mucho más adecuado a las conclusiones de las campañas de 1972 y 1976, cuyos materiales se reparten los fondos del MAN


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con el Arqueológico Provincial de Cuenca. No obstante sólo se habla de los niveles IV, III y II, no mencionándose el horizonte magdaleniense. Aunque sólo se pretendiese usar Verdelpino como ejemplo de neolitización especial, se debería haber mencionado también la presencia magdaleniense. Además el texto les habla a los visitantes de tres momentos culturales y el dibujo del corte estratigráfico del yacimiento crea confusión al situar cuatro “horizontes culturales”, además del nivel superficial. Podemos estar de acuerdo o no con la, para muchos, rancia y tétrica estética del Museo Arqueológico Nacional, con los fallos explicativos y con la disposición de las piezas en las vitrinas. Lo que sí es verdad es que, contrastando los dos expositores de Verdelpino, el del MAN es digno y, aunque imperfecto, está a una distancia abismal del de Cuenca.1 Sobre los materiales expuestos y guardados en los museos madrileño y conquense volveremos a hablar cuando tratemos la revisión e inventarios que de ellos hicimos entre 2006 y 2007 Carmen Solé y yo. Baste esto por el momento.

Verdelpino en las aulas Aunque no sea muy científico y pueda verse como un atentado contra la objetividad aséptica con que debieran analizarse estos temas, voy a seguir usando mi experiencia personal a modo ilustrativo. He estudiado en Cuenca enseñanza Primaria y Secundaria en centros públicos. Allí no oí hablar en las clases de Historia de muchos yacimientos en la provincia más allá de Segóbriga, Valeria o Ercávica y de las pinturas rupestres de Villar del Humo en las lecciones de Prehistoria. Se lleva a estos sitios, desde hace décadas, de viaje a los niños en colegios e institutos, sumándose estas excursiones a las que se realizan al Parque Natural de El Hosquillo o a la Ciudad Encantada. Ni yo ni nadie que conozca (y en Cuenca nos conocemos todos) sabe de la existencia de Verdelpino gracias al colegio, de no ser que se hubiera ido de visita al Arqueológico Provincial (la vitrina famosa llama la atención de los visitantes, siendo realmente impactante, seguro y sobre todo, para jóvenes y adolescentes por la jocosidad que la susodicha maqueta puede llegar a inspirar). Aunque se visite la Ciudad Encantada, dudo que

1. Éstas son las impresiones que tuve durante mi investigación. El MAN está remodelando sus expositores en la actualidad.


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se pare el autobús a la entrada del abrigo. Aunque… tampoco hay mucho que ver. Si algún maestro o profesor conquense habla del sitio (quede claro que es posible) se me antoja excepcional, pues la inmensa mayoría de los docentes de asignaturas de Historia ni lo conocen. Dato curioso, pero que no he podido comprobar, es que Coral Ruiz de Luz, propietaria de la aldea de Verdelpino, tuvo noticia hace años del yacimiento a través de un joven familiar que cursaba estudios en Castilla y León y que, al parecer, leyó sobre el descubrimiento en un libro de texto (Coral Ruiz de Luz, comunicación personal, 30-1-07). Como he dicho, no he podido contrastar el dato, pero llama la atención, si esto es verdad, que en otra comunidad se estudiase Verdelpino y no en Castilla-La Mancha. El caso es que yo tuve que enterarme de la existencia de Verdelpino en Madrid, como ya he dicho, concretamente en la clase de Prehistoria de Primero de María Luisa Cerdeño. Dedicó, a la hora de hablar de la cerámica cardial, un punto (que los alumnos tradujimos en nuestros apuntes a “párrafo”) a “Verdelpino (Cuenca)”. El profesor Alfredo Jimeno, de la misma universidad, imparte la asignatura “Neolítico y Calcolítico” y no dedica una porción específica del temario al abrigo ni a sus problemas interpretativos. Conoce el caso a la perfección y tiene totalmente asumido que el río fue responsable de la alteración estratigráfica, opinando que los materiales pudieron cambiar caprichosamente su posición ya que él ha sido testigo de otros ejemplos similares del efecto (Alfredo Jimeno, comunicación personal en marzo de 2007). Si bien en las aulas de enseñanza primaria y secundaria Verdelpino no tiene cabida, en las universitarias sí, aunque sólo en las de Humanidades o en las Licenciaturas de Historia… y no en todas. Así, tenemos el ejemplo de la asignatura de Prehistoria de la Península Ibérica del Segundo curso de la Licenciatura en Historia de la Universidad de Las Palmas, impartida por el profesor Pedro González Quintero y por la profesora Amelia del Carmen Rodríguez. En el programa del curso 2006/2007, concretamente en el Tema 15, hay un epígrafe titulado: “La Meseta y el Sistema Ibérico: Verdelpino, una discusión reciente.” Efectivamente sigue siéndolo ya que no se ha cerrado la caja de los truenos al estar triunfando hoy en la Universidad pareceres alternativos al paradigma difusionista “ex Oriente Lux”, muy alejados de la Arqueología de rasgos diagnósticos tales como la cerámica cardial. Nos podemos imaginar que, aunque no tenga un punto exclusivo en los programas de Prehistoria y Arqueología, el tema se tratará en muchas


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otras aulas universitarias además de en las de la Universidad Complutense de Madrid y en la de Las Palmas de Gran Canaria.

Otros medios de difusión: ausencia El yacimiento, tras las últimas intervenciones, quedaría “abandonado” en la cuneta de la carretera CM-2104 en el más estricto sentido del término. Ni un cartel explicó el sitio, ni siquiera se ha recordado nunca que allí hay un yacimiento, que eso es Patrimonio. Si los vecinos y propietarios de la finca conocen su existencia es sólo porque convivieron y colaboraron algunos veranos en la excavación con los arqueólogos “de fuera”. A partir de las conversaciones que he tenido con ellos, deduzco que no han sido informados de qué gente vivió allí ni de cómo vivían exactamente, teniendo una ligera idea de todo esto muy en relación con el estereotipo de la maqueta del Museo Arqueológico de Cuenca. Tampoco me consta que todas estas personas que viven al lado mismo del yacimiento, sepan la importancia que le dieron y le dan dentro de los libros, ni el papel de hito o encrucijada que jugó en los caminos de la investigación neolítica. Supongo que, durante las excavaciones, la prensa local se interesaría por los trabajos en Verdelpino y que hubo noticias esporádicas cubriendo el asunto. Pero, aunque las administraciones de Cuenca y Castilla-La Mancha dedican un especial esfuerzo al fomento del turismo y constantemente publican guías y panfletos para la visita de monumentos, yacimientos y parajes naturales, demostrando la fertilidad del suelo conquense en maravillas, no he encontrado ninguna referencia al yacimiento, ni siquiera en los apartados donde se destaca paisajísticamente la Hoz de Valdecabras o en alguno de esos mapas donde hay dibujados de forma abigarrada muchos puntos que indican sitios de interés turístico.

I.4 Protección del sitio La finca de Verdelpino fue, hasta la desamortización de Mendizábal, una tierra atada a la familia Valdés, que compró la familia “de Luz” en 1868. Este linaje procedía, al parecer, de Filipinas. El propietario que, a modo de “pater familias”, llevaba las riendas de Verdelpino cuando se descubrió el yacimiento era Juan Ramón de Luz y Saínz (Mantecón, 2003 y Coral Ruiz de Luz, comunicación personal 30-1-07).


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El yacimiento estaba dentro de la propiedad de la familia de Luz. La carretera que sustituyó al camino, propiedad del Estado, pasaba por la mitad de la finca y el yacimiento, supongo, se asumía adscrito a la carretera ya que en realidad está en la cuneta. Por lo menos a nivel administrativo pareció considerarse como si estuviera, digamos, en una especie de “tierra de nadie”. A la hora de la intervención en el abrigo los propietarios de Verdelpino no tuvieron ningún tipo de contacto con la burocracia generada por la concesión de permisos y fueron avisados de los trabajos casi cuando ya estaban los arqueólogos en el campo (Coral Ruíz de Luz, comunicación personal, 30-1-07). En Cuenca, hasta 1970 sólo las pinturas rupestres de Villar del Humo y Segóbriga estaban declarados Monumentos Nacionales. Desde 1970 a 1982 gozan de ese estatus Valeria, Ercávica, Fuente de la Mota (Barchín del Hoyo), El Recuento (Cervera del Llano), Villas Viejas, Moya y la Cueva de Doña Catalina de Carmona. (Osuna Ruiz, 1983: 45.) Pero en la lista no estaba ni estaría Verdelpino. Es ahora cuando cobra sentido nuestra división entre “Pasado” y “Presente” ya que antes de 1985 la única figura de protección que existía era la de Monumento Nacional, que no recaería sobre nuestro centro de atención y otros muchos enclaves con restos arqueológicos, pero sí sobre los más importantes y vistosos yacimientos de la Provincia de Cuenca. La gente de Verdelpino que presenció las excavaciones afirma haber visto el abrigo protegido y cerrado al público con una alambrera de espinos (Coral Ruiz de Luz, comunicación personal, 30-1-07). Tal vallado sería retirado tras y/o durante los trabajos, ya que en las fotografías de Alfonso Moure, tomadas en las campañas que dirigió, no hay cerca alguna, lo cual no quiere decir que no existiera. Otro dato que nos hace presuponer la ausencia de la alambrada en los cuatro años transcurridos entre las dos primeras campañas, de 1972 al 76, es la tremenda agresión expoliadora que acaeció en ese periodo; si ya estaba allí, de poco sirvió. Hemos de recordar que el “casus belli” que llevó a los investigadores a Cuenca fue la denuncia que Francisco Suay interpuso en la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas de la Dirección General de Bellas Artes por “el inminente peligro que corría el yacimiento, pues iba a procederse al ensanche y asfaltado del camino que circulaba a su pie para facilitar el nuevo acceso turístico a la Ciudad Encantada.” (Fernández-Miranda y Moure, 1975: 192). En este sentido, la intervención de 1972 sería una respuesta de protección patrimonial, en la línea estratégica de estas actividades en la época: excavar antes del inminente peligro. Estamos ante des-


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trucción a cambio de información. El trazado de la carretera no afectaría al interior del abrigo, pasando por su misma puerta y quedando enmarcado por la cuneta. Pero ¿es que los restos de ocupación humana estaban sólo dentro del abrigo y no había nada a su alrededor?

I.5 Respuestas y críticas constructivas Llevamos arrastrando muchas incógnitas y hemos retrasado ya bastante sus soluciones y, si es que podemos con todas, ha llegado la hora de pagar con palabras. Muchos de los hechos de más arriba han rechinado en nuestras mentes de arqueólogos y esto es porque ya estamos inmersos dentro de un nuevo contexto donde a algunos nos han educado con nuevas reglas de juego y donde este tipo de situaciones son trampa, en teoría. Véase, por ejemplo, el tema de las prospecciones al principio de nuestro trabajo. Por eso convenía exponer el contexto legal y administrativo anterior a 1985. En la Ley de Patrimonio Histórico-Artístico se dedicaban a la Arqueología sólo cuatro artículos, remitiéndonos a un documento anterior, la Ley de Excavaciones Arqueológicas de 1911, donde “Alfonso XIII, por la gracia de Dios, y la Constitución de España” siguieron siendo las instituciones que se dirigían a la ciudadanía en cuestiones de Patrimonio. La ley de 1911 está constituida por trece artículos… Es verdad que había algunos convenios internacionales firmados, pero, en definitiva, se hablaba poco de Arqueología en la normativa española. El panorama dejaba camino libre a muchas excepciones que, conforme iban pasando los años, crecían en número. Cabían dentro de la legalidad muchas irregularidades y, por eso, las críticas que podamos verter en los párrafos que siguen no deben leerse como denuncias o acusaciones a las personas que tuvieron en sus manos la responsabilidad de Verdelpino. Bien es verdad que en 1970 se sabía perfectamente lo que convenía o no a yacimientos y materiales, lo dijeran o no las leyes, pero vamos a valorar constructivamente algunos casos que “podrían haberse hecho mejor”. Con esta mentalidad, cuando definamos positivamente alguna decisión de las que se tomaron para Verdelpino, téngase como un halago a su artífice, ya que no estaría haciendo algo obligado por imperativo legal, sino por iniciativa propia, matiz que da muchos puntos a su obra. Así, para empezar, la carretera se ve como una amenaza para el yacimiento y se decide intervenir. Luego se vallará y, aunque tal alambrada


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no detuviese a los furtivos, por lo menos es un gesto de deferencia al Patrimonio. El sitio no se declarará Monumento Histórico-Artístico, pero vemos que algo de protección sí que se intentó. Verdelpino, por ser bien patrimonial, era (y es) responsabilidad de la ciudadanía y cualquiera pudo haber solicitado la incoación o haber denunciado la amenaza que suponía la carretera a la Ciudad Encantada. Pero sólo se preocupó de él, también por ser su descubridor y de los pocos que conocían su existencia, Francisco Suay, sumándose gente concienciada y en relación con la Arqueología. Nunca los vecinos de Valdecabras o la Aldea de Verdelpino habrían dado la voz de alarma (aunque en esto no tendrían culpa alguna, pues eran inconscientes de su deber y de la existencia del propio yacimiento) ya que si el abrigo era sentido como patrimonio por algún conquense, este debería ser arqueólogo. De las conversaciones que he tenido con Coral de Luz, una de las propietarias de la finca, he podido extraer que los habitantes del lugar pensaban que Verdelpino era aquel sitio que había aparecido en “su pueblo” o en “su finca” y que habían estado estudiando los arqueólogos “forasteros”. Es como si pensasen que el yacimiento les fuera ajeno, no parte de “su pasado” o del pasado “de todos” y perteneciese realmente a aquellos que fueron a excavarlo. Para trabajar en Verdelpino, sí que era imprescindible una autorización del Estado, quedando esto recogido en el articulado de las Leyes del 11 y el 33. Además textos como el Convenio de Londres del 69, al que se adhiere España en 1975, hacían hincapié en que fueran profesionales cualificados los únicos autorizados (artículo 3). Se pidió el permiso y se dio a los arqueólogos Manuel Fernández-Miranda y a Alfonso Moure. Recordemos que Francisco Suay Martínez era en 1972 y desde 1963 el secretario-conservador del Museo Arqueológico de Cuenca, desempeñando el cargo hasta 1975, pasando a ser conservador honorífico del mismo desde el 17 de mayo de ese año por nombramiento de la Sección de Museos de la Dirección General de Patrimonio Artístico (La Tribuna de Cuenca, 2006). El director del Museo Arqueológico de Cuenca era Martín Almagro Bach. La confección de la vitrina de Verdelpino, según el personal que trabaja hoy en el museo, debió ser de los tiempos de Manuel Osuna Ruiz en la dirección, que es quien destaca que “hasta 1974, únicamente miembros del Departamento de Prehistoria de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid; del Instituto Español de Prehistoria; del Museo Arqueológico Nacional o de la Comisaría Nacional de Excavaciones Arqueológicas, organismos todos dirigidos por el profesor Martín Almagro Bach, quien a su vez era director del Museo Arqueológico Provincial de


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Cuenca del que era conservador don Francisco Suay Martínez, repito, sólo los miembros de los citados organismos, tuvimos la oportunidad y facilidades para investigar en yacimientos arqueológicos de esta provincia.” (Osuna Ruiz, 1983: 43.) Manuel Fernández-Miranda y Alfonso Moure estaban, como sabemos, en este círculo de afortunados. Hay quien afirma que los trabajos en Verdelpino coincidirían con el gran despegue profesional de estos dos arqueólogos. Así por ejemplo, Balbín Berhmann dice, sintetizando muy bien la situación, que Manuel Fernández-Miranda “por aquellos años acometió con Alfonso Moure Romanillo la polémica excavación de Verdelpino, que le puso rápida y críticamente en el candelero, por la propuesta de unas fechas de C14 asociadas a cerámicas lisas anteriores a las clásicas impresas del Levante. Su propuesta se refería además a un abrigo situado bajo la Ciudad Encantada de Cuenca, cuando hablar del Neolítico en la Meseta era poco menos que un pecado. No era menos pecaminoso proponer un desarrollo variado del Neolítico peninsular, sin formas cardiales y en fechas del 6.000 a.C., y Manolo asumió el reto con osadía y con una presentación brillante del problema, ante los muchos detractores que surgieron. Comenzaba un momento muy bueno […] que auguraba para él una situación profesional y un porvenir de relieve.” (Balbín, 1996: 17). Efectivamente, éste llegaría a Subdirector y luego Director General de Bellas Artes y Alfonso Moure dirigiría el Museo Arqueológico Nacional, no siendo Verdelpino la causa de sus ascensos, pero sí un éxito más (y muy importante) dentro de sus carreras. El problema es que, si bien muchos citaban y citarían sus nombres gracias a la valentísima interpretación del abrigo conquense, como sostiene Balbín Behrmann, no todos lo harían para bien. Ya hemos visto las duras críticas que recibió la interpretación del nivel IV de manos de aquellos a los que no convenían los datos. Todos usaban la vetusta acción del río como herramienta, ya que estaba claro que distorsionaba la estratigrafía. Y es que incluso los propios excavadores tenían dudas sobre los resultados por esta causa, como comentaron de hecho a sus colegas en repetidas ocasiones (diversas comunicaciones personales). A los quebraderos de cabeza que producía el río Valdecabras se sumaría algo muchísimo más dañino: si a la Naturaleza le costó miles y miles de años hacer de las suyas dentro del yacimiento, los clandestinos superaron con creces sus perfidias contra el registro material en semanas o días. La campaña de 1976, que los arqueólogos planearon para desterrar las dudas de sus mentes, no consiguió su objetivo, forzándoles a replantear catas, ampliarlas, esquivar pozos de furtivos, etc. (Moure y Fernández-Miranda, 1977: 32). El caso es que, aunque


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explican en sus artículos la disposición de las catas, lo hacen de forma imprecisa, quedando en teoría sectores del Sur del abrigo como testigos, en las fotografías de la campaña de 1976 podemos ver que ha sido excavado en su totalidad este extremo de la cavidad, viéndose desnuda la pared rocosa. El Suroeste del yacimiento, que era el que se había salvado de las correntías de agua (Rasilla, Hoyos y Cañaveras, 1996) y donde estaba el corte 2, sobre el que se construyó e interpretó la sucesión cronológica, fue agotado en la segunda campaña. Las fotografías no coinciden con los croquis de Marco de la Rasilla (Ibidem: 76). Ello despierta interrogantes irresolubles sobre la procedencia exacta de los materiales: ¿son realmente de las catas y ampliaciones que se indican en la bibliografía o vienen de un área más amplia y se reunieron a posteriori? En este trabajo quiero poner el acento en que la culpa de la confusión estratigráfica y de que la cronología y la secuencia exactas de las piezas del yacimiento queden, irremisiblemente, no resueltas, es de los excavadores furtivos. Su “afición” dificultó e imposibilitó los trabajos de los arqueólogos cualificados y autorizados, privando a la investigación sobre el Neolítico de datos interesantísimos.

Vista general del área excavada en 1976. Obsérvese que fue retirada la tierra hasta dejar desnuda la pared del abrigo, mostrándonos una realidad muy distinta a la descrita en la bibliografía. (Diapositiva cedida por A. Moure.)


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Las excavaciones se plantearon dentro del abrigo. Se me ocurre que los grupos que vivieron en la zona no dejarían sólo cultura material bajo la roca, debiendo haber materiales en el radio inmediato del abrigo, siendo necesario ampliar el área definida para el yacimiento unos metros. Pensando en estas nuevas dimensiones, parte del yacimiento habría sido arrasado mucho antes de su descubrimiento por el camino de tierra, pero quedaría bastante espacio preservado bajo el suelo frente al yacimiento. La carretera asfaltada se terminaría construyendo antes de 1976 (porque ya está en las fotos de la campaña) y esta es más ancha que el antiguo camino, destruyéndose algo más del registro que hubiera delante del abrigo. Aunque la parte exterior, más próxima al río, estuviese lógicamente afectada por el tránsito de agua en mayor grado que el interior de la oquedad, aunque no se pudiesen sacar conclusiones tan valiosas como las del corte 2, si se hubiera tenido esto en cuenta, aunque no se habría detenido seguramente la construcción de la carretera, por lo menos se habría podido documentar qué había a las puertas del abrigo antes de que las obras pasasen por encima. Un yacimiento no es sólo “dentro” y en 1972 ya se sabía esto. Ya hemos visto lo que se hizo con el suelo contiguo: no se consideró parte del yacimiento, restándosele toda importancia. Se pugnaría sólo por buscarle un sitio a Verdelpino dentro del contexto neolítico peninsular y acabaría coyunturado en el contexto mediterráneo “ex oriente”. Pero se le olvidó a todo el mundo relacionarlo con la Serranía de Cuenca, con la más inmediata hoz a cuya entrada se encontraba y, lo que es más grave: con su propia entrada. Si algún intento de esto se ha hecho, no quedó reflejado en la bibliografía y, por tanto, es como si nunca se hubiera realizado. Las piezas de las campañas de 1972 y 1976 se reparten en los fondos de dos museos. Entregar lo más rápidamente posible los materiales descubiertos no era una obligación rigurosa en los años setenta, pero Fernández-Miranda y Moure obraron con celeridad y en 1977 las vitrinas de los dos centros estaban ya listas con los restos de las dos excavaciones. La Ley de Patrimonio Histórico Artístico del 33 recomendaba que las piezas descubiertas en excavaciones o incautadas se entregasen preferentemente en el centro más cercano, pero no obligadamente. Otro problema es que el investigador que quisiese revisar la totalidad de las piezas de la colección de Verdelpino, expuestas y no expuestas, debería visitar Madrid y Cuenca. Aún así, un hipotético investigador no podría tener acceso a todo lo desenterrado en Verdelpino, ya que, si bien lo de las campañas del 72 y 76 entró dividido en los dos museos y las piezas del 79 sólo en el de Cuenca,


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Marco de la Rasilla sigue guardando los materiales de su campaña y los restos óseos no aparecen por ninguna parte (salvo algunos fragmentos sueltos traspapelados en las cajas de lítico y cerámica), lo que nos hace suponer que, o se tiraron, o Morales Muñiz los sigue conservando. El primero se ofreció amablemente a mostrarnos lo que tenía durante nuestra revisión del año pasado, aunque le advirtió a la profesora Teresa Chapa por correo que no había nada de mucho interés, cosa que también comenta en su artículo: “Puede afirmarse que no ha aparecido ninguna cerámica en estratigrafía (sólo en el revuelto), que el material faunístico es en general no identificable, y que la industria lítica incluye lascas, láminas, laminillas, y algún útil (raspador, buril…) preferentemente de sílex, sin que pueda hacerse una valoración estadística y analítica significativa…” (Rasilla, Hoyos y Cañaveras, 1996: 80.) Lo debido, aunque no obligado, sería haber entregado el material, fuera o no fuera determinante para la interpretación del yacimiento porque, si ya nos quejábamos de la dispersión geográfica del resto de objetos entre Madrid y Cuenca, ahora tenemos que situar otro conjunto en Oviedo. En cuanto a las tareas de difusión: también habría sido interesante una publicación de la campaña del 79, por muy somera que fuese. Las campañas de 1981 a 83 se publican, aunque tarde. El Convenio de Londres del 69, vigente en España desde el 75, dice al respecto: Art. 4.º 1. Cada Parte Contratante se obliga, para facilitar el estudio y la difusión del conocimiento de los descubrimientos de bienes arqueológicos, a adoptar cuantas medidas prácticas sean posible para la publicación científica de los resultados de las excavaciones y de los descubrimientos, la cual deberá ser rápida e íntegra. No conozco quién es el responsable de la ausencia de divulgación al gran público. Pero el caso es que hay y había ya mucha literatura y leyes dirigidas a que esto no pasara.


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II. PRESENTE II.1 ¿Con qué reglas se juega? En la actualidad tenemos multitud de documentos vigentes que tratan de Patrimonio Histórico y Cultural ya que se han ido acumulando medidas protectoras al respecto. Nosotros vamos a traer aquí sólo los textos que nos atañen a la hora de hablar de Patrimonio Arqueológico y de Verdelpino. La Ley 16/1985 de Patrimonio Histórico Español sustituye a la de 1933 y a la de Excavaciones Arqueológicas de 1911. Introdujo un nuevo concepto por el que los bienes que integran el Patrimonio Histórico y Cultural de España ya no debían ser obras de arte ni objetos valiosos en sentido estricto y monetario, además de poder tratarse de conceptos inmateriales como danzas, músicas o costumbres; también defiende todos los bienes por encima de cualquier factor jurídico al que se sometieran, incluidos los aún no descubiertos; establece tres categorías de protección para los bienes muebles y dos para los inmuebles, siendo el máximo nivel y con una tipología propia, el de Bien de Interés Cultural (BIC), el grado medio (exclusivo para los muebles) el de bienes inscritos en el Inventario General de Bienes Muebles y el grado mínimo el de bienes integrantes, donde entra todo el Patrimonio Histórico por el simple hecho de serlo; define y trata cuatro Patrimonios Especiales y entre ellos está el Arqueológico, que puede ser tanto mueble como inmueble; crea los medios necesarios para la coordinación de la Administración General del Estado con las Comunidades Autónomas… (Querol y Martínez, 1996a: 97-99). La causa principal por la que la LPHE 16/85 sería un hito para la Arqueología es por contener un título específico para Patrimonio Arqueológico


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(el V, artículos 40 a 45), donde se define éste junto a los términos “excavación”, “prospección”, “hallazgo casual”… Así: “…forman parte del Patrimonio Histórico Español los bienes muebles o inmuebles de carácter histórico susceptibles de ser estudiados con metodología arqueológica, hayan sido o no extraídos y tanto si se encuentran en la superficie o en el subsuelo, en el mar territorial o en la plataforma continental. Forman parte, asimismo, de este Patrimonio los elementos geológicos y paleontológicos relacionados con la historia del hombre y sus orígenes y antecedentes” (Artículo 40). Si antes de 1985 la Arqueología, según el marco legal, hacía alusión a piezas y construcciones artísticas cronológicamente comprendidas desde la Prehistoria reciente hasta la Edad Media, textualmente indicado así en la ley de 1911, después se rompen estas barreras llevándolas hasta los orígenes del ser humano y el presente inmediato, siendo Patrimonio Arqueológico no sólo las evidencias antropogénicas sino también una amplia información contextual de tipo climático, ecológico y geográfico. (Moure, 2006: 250).


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Estado ruinoso del Corte 1 en 2007. (Foto del autor.)


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Otra de las causas por la que me parece determinante para la consideración de 1985 como frontera entre un antes y un después, en relación con nuestro caso concreto, es la obligatoriedad a partir de entonces de entregar los bienes obtenidos en excavaciones y prospecciones autorizadas a los museos, desterrándose la posibilidad de que los excavadores españoles se quedasen con las piezas originales. El Patrimonio Arqueológico, tanto mueble como inmueble, sería desde entonces “de dominio público”. Pero, como decíamos, lo más trascendente que le sucede al Patrimonio Histórico Español es la Transferencia de la Competencias a las Comunidades Autónomas, adquiriéndolas progresivamente; ello hacía convenientes leyes propias y específicas de Patrimonio para cada una, actuando la LPHE 16/85 mientras tanto. La Ley del Patrimonio Histórico de Castilla-La Mancha de 1990 es de las que menos innovaciones suponen con respecto a la LPHE. Sólo desarrolla la introducción de la Arqueología Industrial y la ampliación del campo etnográfico como rasgos nuevos. La tipología de Bienes de Interés Cultural es la misma, pero recoge también la modalidad de “Parque Arqueológico”. Se preocupa por la vinculación del bien con su entorno, obligando a la protección de territorio, accidentes geográficos y parajes naturales que lo conforman (Querol y Martínez, 1996a:100 y 101). Esta ley delega en el Planeamiento la declaración para la protección e inventariado de los bienes inmuebles distintos de BIC. De este modo, en los Planes de Ordenación Urbana se establecen varios tipos de suelo, siendo para un yacimiento beneficioso que su suelo y entorno se declare “No Urbanizable” y lo óptimo “No Urbanizable de Protección Especial” o nomenclaturas análogas. Es obligatorio, por tanto, introducir un inventario arqueológico, en forma de carta, en los planes urbanísticos (Artículo 20). Sorprende el no encontramos por ningún lado referencia a la regulación y al procedimiento a seguir por la ciudadanía ante los hallazgos casuales, que se remiten a la LPHE 16/85. Castilla-La Mancha no desarrolla infraestructuras administrativas por debajo de de la Dirección General de Cultura de la Comunidad y no presta atención independientemente al Patrimonio con una institución más concreta, pero sí tiene un organismo consultivo: el Consejo Regional de Patrimonio Histórico (Querol y Martínez, 1996a, 177 a 199). Peculiar resulta que en Castilla-La Mancha “como herencia de una tradición anterior que les dio atribuciones de inspección, son las personas que dirigen los museos las encargadas por la Administración competente de realizar funciones de gestión como supervisión, urgencias, etc. que en otros lugares llevan a cabo


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las arqueólogas y arqueólogos territoriales o provinciales.” (Ibidem, paginas 53 y 54.) Recordemos para el caso el papel que jugó Martín Almagro Bach en la dirección del Museo Arqueológico de Cuenca. De cualquier modo, como me ha corregido la profesora Querol personalmente, “después de 1996 se crean los/as arqueólogos/as provinciales también en Castilla-La Mancha”. Además de una propia Ley de Patrimonio, en esta región merece la pena destacar la Ley de Parques Arqueológicos de Castilla-La Mancha, aprobada por las Cortes de tal Comunidad en mayo de 2001, una medida de la que se beneficia en Cuenca, concretamente, la ciudad romana de Segóbriga. La Ley de Patrimonio Histórico de Castilla-La Mancha no tipifica los delitos y atentados contra el Patrimonio Cultural, remitiendo tal aspecto a la LPHE. La Constitución Española, en su artículo 46 haría referencia a la penalización de atentados en lo referente a Patrimonio Cultural: “Los poderes públicos garantizarán la conservación y promoverán el enrique-cimiento del patrimonio histórico, cultural y artístico de los pueblos de España y de los bienes que lo integran, cualquiera que sea su régimen jurídico y su titularidad. La ley penal sancionará los atentados contra este patrimonio.” La Ley de Patrimonio Histórico Español de 1985 se ocupa en su título IX “de las infracciones administrativas y su sanciones” (artículos 75 a 79). Al redactarse el Código Penal del 95 se reservó a nuestra disciplina un espacio, el Título XVI “de los delitos relativos a la ordenación del territorio y la protección del Patrimonio Histórico y del Medio Ambiente” (Artículos 319 a 324, Capítulos I y II, el resto se encarga del Patrimonio Natural). Incluso hay un cuerpo de la Policía Nacional especializado en Patrimonio Cultural y la Guardia Civil también está preparada para abordar este campo. El Convenio Europeo sobre la Protección del Patrimonio Arqueológico hecho en La Valletta (Malta) en 1992 supone la revisión del documento de Londres de 1969. No obstante, España, durante el periodo que vamos a analizar, lo ha tenido en “proceso de ratificación”, aunque “fue uno de los países que más apoyaron la idea inicial.” (Querol y Martínez, 1996b: 298). Por eso, realmente el documento que nos interesa es Londres 69, que continuaba vigente. Poniendo la lupa en Cuenca capital, y ya que la Ley de Patrimonio de Castilla la Mancha no ofrece ninguna figura de protección intermedia para


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los bienes inmuebles, nos queda hablar del Planeamiento: los textos que tuvieron que cumplir ya las premisas de integrar la carta arqueológica del municipio para la organización del suelo, fueron el Plan General de Ordenación Urbana de 1995 y el más reciente Plan de Ordenación Municipal de julio de 2006, por el momento paralizado y sin entrar en funcionamiento aún.

Basuras dentro del Corte 4 en 2007. (Foto del autor.)


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Con estos pocos trazos nos sirve. No hemos hablado de financiación de excavaciones, de la génesis de las empresas de Arqueología, de Arqueología Preventiva… porque tales conceptos no han incidido sobre Verdelpino al no haberse llevado a efecto ninguna campaña nueva en el sitio y a que ninguna otra obra, después de la carretera, lo ha puesto en peligro.

I.2 Declaración y protección Verdelpino = Patrimonio Arqueológico

Habría que tener en cuenta que las leyes de protección del Patrimonio Natural también servirían de cobertura indirecta, aunque valiosa, para el yacimiento. Queden asumidas, para centrarnos aquí en las medidas de protección que atañen a Verdelpino como bien del Patrimonio Arqueológico español. Hemos dicho que, conforme a la legislación actualmente vigente, desde la publicación de la LPHE 16/85 y de la Ley de Patrimonio Histórico de Castilla-La Mancha en el 90, cualquier yacimiento descubierto o por descubrir y sus materiales, pasarían a tener la consideración legal de “Patrimonio Arqueológico”, con todas sus consecuencias; tal caché le concede a Verdelpino la siguiente cobertura: -Es un bien de dominio público. -Las administraciones públicas se comprometen a su conservación, custodia y a que la ciudadanía pueda tener acceso a él (Artículo 36 LPHE 16/85). -En la responsabilidad de su conservación y protección se implica tanto a las administraciones central, regional y local, como a cualquier entidad y particular (Artículos 5.1 a 5.3 de la Ley de PH de Castilla-La Mancha). Entraría (si se hiciera un Plan Nacional al respecto) dentro de los “Planes Nacionales de Información”, promovidos por el Consejo de Patrimonio Histórico Español, fomentándose la investigación en el yacimiento y de sus materiales (Artículo 35) y en los “Planes Regionales de Información” de Castilla-La Mancha (Artículo 9 de la Ley de PH de Castilla-La Mancha). Protección del comercio exterior: necesitando sus materiales autorización para salir del país. Aunque creo que esto no ocurrirá.


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-Posibilidad de suspender en él las obras, los cambios de uso (yacimiento y materiales) o las intervenciones amenazantes (Artículo 37 LPHE 16/85). -Como bien cultural, se puede reservar para él dinero público de los presupuestos del Estado y de la Comunidad Autónoma, además del procedente del 1 por 100 cultural (Artículo 49 de la Ley de PH de Castilla-La Mancha y Título VIII de la LPHE 16/85). - Derecho a inclusión en el Planeamiento del Municipio de Cuenca.

Precariedad del Corte Externo en 2007. (Foto del autor.)

El suelo de Verdelpino En Castilla-La Mancha los bienes inmuebles no pueden recibir el grado medio de protección establecido por la Ley de Patrimonio Histórico (catalogarse o inventariarse); pero, como decíamos, a la hora de realizar los Planeamientos Municipales, se obliga a tener en cuenta su existencia (Artículo 20). Verdelpino tendría otra serie de derechos emanados de las Leyes del Suelo.


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El Plan General del Ordenación Urbana de 1995 realiza un “Inventario Provisional de Bienes Inmuebles” que, “en tanto en cuanto el Ayuntamiento no redacte un Catálogo de bienes protegidos de todo su Término Municipal […], estarán sometidos a diversas medidas cautelares en aras de la deseable protección de los mismos” (Capítulo 9º, Introducción). En tal inventario venía el Abrigo de Verdelpino, definiéndose su suelo como “Suelo No Urbanizable de Especial Protección por su Interés Cultural”. El Caserío de Verdelpino también es galardonado de esa forma, tratándose como conceptos independientes la aldea y el yacimiento. Tal consideración llevaba implícitas las siguientes normas específicas: a) Construcciones y movimientos de tierra: Se prohíbe en general, cualquier tipo de edificación o movimiento de tierras, excepto los ligados a las labores de investigación científica para los cuales será necesario la autorización de la Consejería de Educación y Cultura. Se podrán utilizar las instalaciones existentes y dispersas en el territorio (molinos, casas de labor...) para fines científicos y culturales, así como para actividades de esparcimiento difuso. b) Protección cautelar de nuevos hallazgos. Si en algún punto del suelo no urbanizable no incluido en esta protección apareciese algún hallazgo de interés científico, cautelarmente se someterá a estas mismas restricciones un área circular con centro en dicho yacimiento y radio de cien (100) metros, en tanto no se modifiquen las normas para reajustar la delimitación de los suelos no urbanizables de especial protección, o sea expresamente declarada innecesaria la prevención por la Consejería de Educación y Cultura. (Capítulo 5). En el Plan de Ordenación Municipal de 2006, mucho más extenso y completo, disponiendo de multitud de planos, fotos y las fichas descriptivas de bienes y parcelas, se cumple con la promesa de un Catálogo de Bienes Protegidos donde el Abrigo de Verdelpino (o mejor su suelo) sigue figurando. Se le concede un grado de protección “Integral”, si bien esa consideración no dice nada de Arqueología, estando explícitamente dirigida a la protección de edificios históricos, ya que restringe las obras en ellos que no fueran dirigidas a medidas de “restauración y conservación que persigan el mantenimiento o refuerzo de los elementos estructurales, así como la mejora de las instalaciones del inmueble.” (Artículo 7.3.11.) En cualquier caso, este Plan, a día de hoy, aunque redactado y presentado en público, se encuentra paralizado y no ha entrado aún en funcionamiento.


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¿Y en la práctica? Pero estas declaraciones, estos rangos de protección, son teoría. Veamos la correspondencia práctica, si la tienen, de cada uno de los derechos de Verdelpino como Patrimonio Arqueológico enclavado en el Municipio conquense. A la hora de la verdad, el yacimiento, aunque esté en terreno particular, es de dominio público y los propietarios del caserío de Verdelpino no pueden hacer nada en él ni con él. Otras cuevas y abrigos de la zona, de similares características sí se utilizan como tinadas para el ganado y refugio de cazadores y pastores, construyéndose (o manteniéndose los ya existentes) en ellos muretes y hogares para hacer lumbre. En el yacimiento concreto no se puede hacer tanta infraestructura y la gente de la aldea, que aún recuerdan cuándo se excavó, son consecuentes con ello.

Materiales arqueológicos (fragmentos de hueso quemado) expuestos por el derrumbe de los perfiles del Corte Externo. Año 2007. (Foto del autor.)


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No obstante, el Estado y la Administración regional y local, olvidan su responsabilidad para con el sitio ya que el esfuerzo que desarrollan para el mantenimiento y conservación del lugar es nulo. Si vamos hoy a Verdelpino no nos encontramos más que el cadáver decrépito de lo que fue un yacimiento: su registro estratigráfico está totalmente agotado puesto que, si bien quedan porciones sin excavar, están en la zona más afectada por el río. Marco de la Rasilla advierte de tal cosa en el Informe sobre sus campañas, sumándole a las intervenciones “las intensas y destructivas labores clandestinas allí efectuadas” (Archivo IPHE, Informes de Arqueología, caja 31). Yo quiero poner el acento en la triste idea de un cadáver, porque como tal, sigue degenerándose tan rápidamente como si en verdad se pudriera. Tras el cierre de las campañas, las catas se quedaron abiertas unas y mal tapadas otras y sólo hay que ir allí y echar un rápido vistazo para comprobarlo: los perfiles, por la acción del agua, los animales y la gente, se han erosionado, formando auténticas escombreras donde piezas líticas, carbones, huesos y trozos de cerámica quedan al descubierto. Destaca la llamada limpieza del “corte externo del abrigo”, porque es ese el punto en el que más se puede apreciar el deterioro y más materiales afloran a la superficie; es también lamentable el estado del corte 1, antaño rectangular y hoy un pozo irregular. El caso es que la oquedad de Verdelpino, al no estar vallada, resulta un óptimo refugio para los muchos caminantes que pasean por la carretera en cualquier época del año. Los “restos arqueológicos” que nos deja esta novísima ocupación del abrigo son latas de refresco, bolsas de plástico, lascas de cristal y demás desperdicios, auténticos testimonios materiales de meriendas. Las reses extraviadas se refugian también allí de las inclemencias, quedándose tirados sus cuerpos si no sobreviven y sumándose así sus huesos a los muchos desperdicios que contaminan el yacimiento. Si alguna mínima zona quedaba preservada, en definitiva, digna de estudio hace veinticinco años, en la actualidad ha mutado en revuelto. Sí se ha facilitado, con la inoperancia al respecto, a la ciudadanía el acceso al yacimiento, pero el problema es que se ha hecho literalmente y hoy Veredelpino es un merendero al pie de un bonito paraje. Una cerca o el rellenado de las catas, habrían evitado el deterioro y, combinado esto con un simple cartel, habría hecho del abrigo un “yacimiento visitable”. Así de fácil ¿no os parece? Pero la culpa no es sólo de la Administración: nosotros, los ciudadanos que hemos vivido próximos al sitio y que, conociendo la enfermedad de-


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generativa del lugar desde hace años, aún no hemos interpuesto una denuncia de la situación, somos culpables por no cumplir con nuestra obligación para con la defensa del Patrimonio.

Aldea de Verdelpino en 2007. (Foto del autor.)

Sobre la difusión entre la población ya lo hemos dicho todo. La investigación en el sitio desde 1983 ha sido nula y sus materiales sólo se han revisado con finalidad científica en los fondos de los museos donde se conservaban (parcialmente) con toda seguridad en una única ocasión en treinta años, siendo Carmen Solé García y el que escribe los responsables de tal acción. En teoría Verdelpino tenía derecho a que su investigación se fomentase de alguna forma, pero nadie se ha sentido animado a usar este bien patrimonial como objetivo de estudio, pese a que la polémica y los interrogantes aún rondan alrededor suyo y habría que ofrecerles respuesta. El yacimiento, efectivamente, se incluyó en el primer Planeamiento en ser publicado por el Ayuntamiento de Cuenca. La LPHE 16/85 llevaba obligando a ello desde 1985 y la Ley de Patrimonio Histórico de Castilla-La Mancha recogería el testigo de tal imperativo en 1990. La declaración en 1995 del solar de Verdelpino como No Urbanizable de Especial Protección,


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parece muy interesante, ya que lo preserva de obras en el mismo o de la amenaza de trabajos cercanos, consintiendo aceptables sólo las remociones con carácter científico y previa autorización; además deja abierta la puerta a nuevos hallazgos en sus alrededores inmediatos, pasando tales áreas contiguas a recibir automáticamente el mismo rango que el suelo de Verdelpino. De todas formas, ninguna obra se ha realizado en la Hoz de Valdecabras desde la construcción de la carretera… además del renovado de su firme y el repintado de sus señales horizontales. Las infraestructuras no han sido, ni son de momento, un peligro. La triste semblanza de Verdelpino y su progresiva conversión en vertedero hacen que resulte poco vistoso y llamativo, poco “interesante” al público profano, aunque sí lo fuera para el especializado, a pesar de los impactantes datos (acertados o no) con los que impresionó a la comunidad científica que se preocupaba y se preocupa del Neolítico en la Península Ibérica. Sea como sea, es muy difícil que, siguiendo la trayectoria decadente actual, algún día llegue alguien y pida su declaración como Bien de Interés Cultural.

II.3 La revisión de los materiales Como defendió el Profesor Ruiz Zapatero, en una conferencia sobre publicaciones en Arqueología organizada por la Unión Cultural Arqueológica de la UCM: presentar datos antiguos desde planteamientos antiguos es poco llamativo; más entretenido es exponer esos mismos datos desde perspectivas nuevas, y eso es lo que hemos estado haciendo hasta ahora. Lo óptimo es dar a conocer datos nuevos y encaminarlos hacia un objetivo original y diferente (Conferencia en diciembre de 2006, UCA).

Museo Arqueológico Provincial de Cuenca Con la excusa de realizar un trabajo con el que cumplir las horas de colaboración con la investigación requeridas para la concesión de la Beca de Excelencia de la Comunidad de Madrid, mi compañera Carmen Solé García y yo le propusimos a la profesora Teresa Chapa Brunet que nos encargara la revisión de los materiales del yacimiento de Verdelpino. Pretendíamos entrar en contacto directo con cerámica y piezas líticas para especular también nosotros, con argumentos emanados de la experiencia


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propia, sobre aquella cultura material, definida como particular en los libros de Prehistoria. Nos confirmaron en el Museo Provincial de Cuenca que en sus fondos se guardaba parte de lo que buscábamos. Una vez pedido por escrito el permiso pertinente, nos dirigimos desde Madrid a Cuenca para comenzar con una labor planificada que ese mismo día habría de tornarse otra muy distinta.

Galbo perforado, no publicado, de la excavación de 1976, posiblemente del Nivel III. Depositado en el Museo de Cuenca. (Lámina del autor.)

El expediente se le abrió al yacimiento en 1976 (Expediente 76/41) y durante la catalogación que desarrolló el centro entre los años 1987 y 88 se había procedido al resiglado de los materiales que, como ahora sabemos, eran una parte de los extraídos en las campañas de 1972 y 1976 de Moure y Fernández-Miranda y la totalidad de los extraídos en la excavación de 1979 por Balbín y López y que habían ido ingresando progresivamente. El problema principal es que todos, por equivocación o conscientemente por otros motivos que no se especificaron, fueron siglados como del 76 (ibidem) y no había manera de identificar por la sigla el año de descubrimiento. Además, los datos del etiquetado de bolsas y cajas estaban también confundi-


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dos. No se podía trabajar directamente sobre las piezas para sacar conclusiones de tipo alguno ya que resultaba imposible saber de qué corte o de qué nivel procedían.

Pieza con decoración pseudocardial, no publicada, posiblemente del Nivel II. (Lámina del autor.)

Como el contenido de las bolsas parecía haberse respetado y los materiales, aunque mal nombrados, no estaban mezclados, usando las publicaciones existentes pudimos arreglar el desaguisado y clasificarlos inventariándolos de nuevo. Algunos fragmentos cerámicos convenía que fueran pegados, tarea de restauración que acometimos. En esto se convirtió, voluntariamente, nuestro trabajo.


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Cuenco oxidante a mano, sin decorar y posiblemente de la excavación de 1979. Depositado en el Museo de Cuenca. (Foto del autor.)

Al margen de los materiales de la campaña de 1979, muchas piezas líticas y cerámicas de las dos primeras intervenciones estaban sin publicar, y algunas de ellas son muy interesantes. Tenemos dibujos propios y fotografías de todos los elementos cerámicos. En las cuatro semanas que estuvimos ocupados en estos menesteres conocimos, por testimonios e indicios varios, muchas de las irregularidades que rodeaban a las excavaciones en el yacimiento. La sospecha de que la confusión de los materiales podía retrotraerse a momentos de las propias campañas, la ausencia de memorias definitivas que avalasen lo contrario y un largo etcétera, hicieron que el trabajo de especulación arqueológica que planificamos perdiera su sentido. Pero habíamos ido ya muy lejos y las ideas que nos había proporcionado la revisión de los materiales en el segundo cuatrimestre del curso 2005-2006, habían de servir para algo. El resultado es el presente escrito.


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Galbo perforado. Encontrado posiblemente en la campaña de 1979 y hoy depositado en el Museo de Cuenca. (Foto del autor.)

Museo Arqueológico Nacional La planificación de la revisión de los fondos del Museo Arqueológico Nacional (febrero de 2007) iba mejor dirigida ya que su finalidad era la de comprobar qué piezas se conservaban en el almacén y si eran todas las que faltaban por localizar, sabiendo que Marco de la Rasilla Vives conservaba aún las que descubrió.


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Pieza reconstruida y encontrada en el Pozo de I 3 durante la excavación de 1976. (Lámina del autor.)

Aunque la vitrina del centro expone elementos rescatados en 1972 y 1976, en los almacenes sólo hay restos de la primera intervención. También había problemas con los datos del etiquetado, pero sólo en lo tocante a los niveles. Algunos de los errores habían sido subsanados a bolígrafo y tachando sobre la propia caja. Comprobando, no obstante, que tales arreglos coincidían con las publicaciones e identificando en ellas el resto de bolsas de material, de la revisión quedó como resultado un nuevo y correcto etiquetado y un inventario general. Esto último era indispensable ya que el antiguo listado de piezas se había perdido y hacía falta otro, con las etiquetas actualizadas para suplir su ausencia. Entregué al MAN un informe con los criterios seguidos en la reordenación y los detalles del trabajo, además de las referencias bibliográficas específicas del yacimiento.


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Caja de útiles líticos del Nivel II del Corte 2. Depositada en el MAN. (Foto del autor.)

En esencia, de las dos revisiones de materiales he extraído las pistas indispensables para poder reconstruir, no la Prehistoria en el yacimiento, pero sí la “historia del yacimiento”. Aunque hay además muchos datos estrictamente científico-arqueológicos valiosos y que han sido pasados por alto.

Algunos datos no publicados de interés… para el futuro De las campañas de 1972 y 1976 no se publicaron todos los materiales, y no me refiero a los galbos y lascas líticas más comunes, sino a materiales destacables. Así, por ejemplo, hemos constatado que algunos recipientes cerámicos tienen orificios circulares realizados antes y después de la cocción, aptos para colgarlos o para taparlos mediante sistemas que precisen cuerdas. Hay un fragmento con un motivo impreso “pseudocardial”, idéntico al de un vaso globular expuesto en el MAN procedente del yacimiento neolítico de Tajos de Cacín (Granada). En un principio nos pareció cardial, lo que habría tenido unas consecuencias revulsivas para la interpretación del yacimiento, pero intentando reproducir su decoración ex-


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perimentalmente gracias a una concha de cardium pudimos ver las diferencias (no obstante, no hay que descartar que pudiera usarse esta técnica para decorar cerámica en Verdelpino, ya que, como destaca Almudena Hernando, apareció una concha de cardium). Del enigmático pozo que aparece en 1976 en las coordenadas I 3 (Moure y Fernández-Miranda, 1977: 43) sus excavadores publican la pieza cerámica de mayor entidad, porque significa la porción más completa de todo el yacimiento. Advierten que los clandestinos deterioraron desgraciadamente la zona, haciendo que su atribución estratigráfica-cronológica fuera dudosa (ibidem). Pero en la caja de materiales (número 23) no estaba esta pieza sola y, además de pegar con otros dos fragmentos, conformando una vasija que resulta tener más diámetro del que se le atribuyó en la publicación del 77, posee uno de los agujeros realizados tras la cocción de los que hablábamos más arriba. En la misma caja hay también trocitos de piedra roja colorante, material lítico y un diente de ovicáprido. Por otro lado: el volumen de restos líticos es tremendo y sólo con él entre las manos podemos hacernos una idea de su magnitud. Hay una inmensa cantidad de hojitas, una colección digna de exposición, y miles de restos de talla. Todo ello subraya la idea de que uno de los usos principales del sitio fuera el de taller lítico.

Caja de útiles líticos del Nivel IV del Corte 2. Depositada en el MAN. (Foto del autor.)


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Si de las dos primeras excavaciones creemos oportuno estudiar y publicar en profundidad estos datos, además de otros muchos que aquí no proceden, de la campaña de 1979 habría que dar noticia completa. Existe otra pieza, un gran galbo de pasta reductora, con un orificio posterior a la cocción, un cuenco sin decorar casi completo que sería la pieza cerámica mejor conservada del yacimiento, además de toda una excelente colección de laminitas, lascas y útiles complejos de sílex. Hay más conclusiones trascendentes, tales como la de la imposibilidad de distinguir entre las pastas de los tres supuestos horizontes cerámicos (II, III y IV) y entre las técnicas decorativas de los horizontes II y III, habiendo ejemplos de piezas que se repiten, pero que distarían cronológicamente miles de años. Todo ello habría de ser puesto de manifiesto en una publicación ya que plantea más dudas, esta vez apoyadas por argumentos tangibles y materiales y no especulativos, sobre la estratigrafía y su fiabilidad.

Materiales encontrados en las “Covachas del Estrecho de Valdecabras”, según reza el etiquetado de la caja que los contiene. Depositados en el MAN. (Lámina del autor.)


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Lรกmina con algunas piezas cerรกmicas no publicadas, que hoy guarda el Museo de Cuenca. (Dibujos del autor.)


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En la revisión del Museo Arqueológico Nacional existe una caja de piezas (recatalogada como “Caja 4.4”) en cuya etiqueta se indicaba que contenía materiales de superficie de otras “covachas” del Estrecho de Valdecabras. Tenemos piezas líticas, cerámica y hueso. Esto es una prospección de la que no se informa en la bibliografía, un dato que habría indicado a la comunidad científica la existencia de otros yacimientos en la zona inmediata. Posiblemente, algún investigador se habría animado a excavarlos para contrastar la polémica interpretativa.

II.4 El Proyecto HEROICA Puestos a comentar labores propias, sin ánimo hedonista, viene al punto exponer aquí otra. En principio, no tiene nada que ver con la investigación arqueológica, tampoco con la Historia ni la Gestión del yacimiento de Verdelpino, pero ha cobrado, mientras se escribían estas líneas, importancia para el futuro: En el año 2003, un grupo de amigos y amigas descubren la Espeleología en Palencia, entrando allí muchos de ellos por primera vez en una cueva. Encantados con este deporte y adquirida una poca experiencia, deciden formar un club propio en 2005, eligiéndose Cuenca por la disponibilidad de local (mi casa) y zonas de trabajo aptas. Los fundadores del club HEROICA fuimos Eva Díaz, Jaime Pascual, Mariano Luís Serna, Carmen Solé y yo. Para los profanos hay que indicar que cada club dispone de uno o varios “territorios” que se encarga de explorar y documentar y en cuyas cuevas se realizan las actividades. Como éramos novatos, sólo podíamos optar a zonas marginales o inexploradas. La Hoz del Valdecabras es producto de, según la clasificación de J. de Pedraza (1996: 332-333), una formación exocárstica destructiva mayor, definida como “valle fluvial”. El entorno, un carst templado, es muy prolífico en carstificaciones de todo tipo (el ejemplo más famoso es la Ciudad Encantada) y nos resultó atractivo. La cavidad cercana más reseñable es la Cueva de la Mora, en Valdecabras (Conejero, Méndez, Prieto y Fernández, 2008: 148-149). Aunque sólo se conocían los abrigos de la Hoz, con interés espeleológico nulo, debía existir alguna cueva con galerías complejas y largas… el problema es que había que buscarla. Para ello fuimos realizando una especie de exploración sistemática del paraje, recorriéndonos uno por uno todos los barrancos para cartografiar mediante GPS las oquedades que nos íbamos encontrando en las sesiones. Albergábamos la esperanza de encontrar así cuevas donde des-


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arrollar actividades deportivas propias, empezando a hacernos un hueco entre los clubes de la Federación Castellano-manchega de Espeleología. Las caminatas, debido a lo escarpado del terreno y a la molesta vegetación, fueron durísimas, pero se sobrellevan dulcificadas por la inigualable belleza del paisaje y por la satisfacción de estar desarrollando un trabajo cuyos resultados saltan a la vista: superponiendo los datos sobre el Mapa Topográfico Nacional, quedaron localizadas todas las cuevas y abrigos de las inmediaciones de la Hoz. Entre 2005 y 2006 documentamos cartográfica y fotográficamente una veintena de abrigos, muchos de los cuales ya se conocían. Pero lo más importante es que encontramos dos cuevas desconocidas, una de las cuales, la que bautizamos como “Cueva de la Alimaña” posee una única galería tan pequeña (9 metros) que es poco atractiva para incursiones espeleológicas. La otra sí tiene valor e interés deportivo, ya que es un pasaje diaclasa descendente, con algunas galerías menores colgadas, de unos 50 metros de longitud y unos 5 metros de alto, con bonitas construcciones trabertínicas o espeleotemas (HEROICA, informe de las actividades de 2006). Nadie creía, ni nuestros compañeros de otros clubes, que en Valdecabras y Verdelpino hubiera cuevas con galerías de entidad, pero el proyecto está demostrando la teoría que nos impulsó a elegir la zona: una manifiesta acción exocárstica en la Hoz había de estar acompañada de procesos subterráneos también intensos. Las siglas del nombre HEROICA significan, con toda razón: “Hispania Espeleológica: Recogida Organizada de Información sobre Cuevas y Abrigos”. Nuestro club, por supuesto, evita escrupulosamente cualquier altercado con lo expuesto en el Título V de la Ley de Patrimonio Histórico Español. Estamos sensibilizados con el tema, ya que la mayoría somos arqueólogos y arqueólogas o estamos en proceso de serlo. La finalidad de la exploración (no me gusta la denominación “prospección” aquí, por los problemas que acarrearía en su definición) del “Proyecto HEROICA” no es arqueológica, quedando enmarcada y justificada por el contexto espeleológico y deportivo, con la autorización expresa y el aval de la Federación Castellano-manchega de Espeleología, y la Federación Española por extensión, habiendo pedido los pertinentes permisos para trabajar en las cuevas y barrancos de la zona. El mapa que fuimos confeccionando tiene una utilidad vital para el tema que aquí nos entretiene: es una fuente valiosísima de la que partir a la hora de completar la carta arqueológica en el futuro.


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Entrada a la Cueva de la Alimaña. (Foto del autor.)

II.5 Patrimonio Arqueológico Desconocido Ésta es otra de las razones por las que decidimos que nuestro trabajo se dividiera en un antes y un después considerando el punto de inflexión la publicación de la LPHE 16/85. El artículo 40 define Patrimonio Arqueológico como los bienes que se estudian con metodología arqueológica, hayan sido extraídos o no y el artículo 43 indica que el Estado puede encargar excavaciones en las zonas donde se presuma la existencia de un yacimiento. La Ley de Patrimonio de Castilla-La Mancha, calco en muchos aspectos de


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la 16/85 (Querol y Marínez, 1996a), tomará el relevo para ocuparse de estos bienes en los mismos términos que su predecesora tras su publicación en 1990. Destacar ahora el Artículo 21, donde se obliga a realizar estudios arqueológicos previos en las obras donde pudiera haber restos. No se llamará a este peritaje explícitamente “evaluación de impacto arqueológico”, pero actúa prácticamente a tal efecto. Hasta ahora, hemos ido acumulando indicios en este escrito que sugieren la existencia de yacimientos, y varios, en la Hoz de Valdecabras: Federico Campos, el “ufólogo”, recogió material lítico en superficie en una localización distinta a la del yacimiento, pero contigua (León Arroyo, testigo presencial). Recuérdese que una cantera se explota hoy en tal sitio. Durante las campañas de Fernández-Miranda y Moure se obtuvieron materiales en otras “covachas del Estrecho” (Caja 4.4 del MAN). En el Museo Arqueológico de Cuenca tenemos dos entradas de materiales líticos encontrados en la Hoz (Expedientes 76/11 y 7628). En pocos kilómetros a la redonda, hay medio centenar de cuevas y abrigos, sitios mucho más aptos para la ocupación humana que la oquedad de Verdelpino. Algunos no estarían afectados por el paso del río al tener una altitud mayor (Proyecto HEROICA). Aunque el planeamiento de Cuenca de 1995 estableciese una medida para las inmediaciones del yacimiento, el radio de acción de 100 metros alrededor del yacimiento se quedaría corto en el caso de las cuevas de la Hoz. Además, seguimos preguntándonos si tal promesa de protección seguirá activa tras el Planeamiento de 2006, cuando sea que entre en funcionamiento. De cualquier modo, la existencia de yacimientos en el paraje… no es sólo presumible.


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Cuevas/abrigos de Las Tinás. (Foto del autor.)

II.6 Cuatro hallazgos casuales: Durante las labores de búsqueda, exploración, fotografiado y topografiado de las distintas cuevas y oquedades de la Hoz y sus inmediaciones, algunos miembros de HEROICA encontramos casualmente, como era de esperar, materiales arqueológicos en cuatro de las localizaciones que se estaban documentando. De acuerdo a nuestro código deontológico y en atención a la Ley 4/1990, de 30 de mayo, de Patrimonio Histórico de Castilla-La Mancha, informamos a la Administración competente (en este caso nos dirigimos a la Oficina Técnica de Patrimonio de la Junta de Castilla-La Mancha, Delegación de Cuenca) de la existencia de estos yacimientos para que se tomasen las medidas oportunas.


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Materiales cerámicos a las puertas de los abrigos de Las Tinás. (Foto del autor.)

Los materiales de superficie fueron fotografiados in situ y no se recogieron. Sólo se documentaron gráficamente los cuatro supuestos yacimientos arqueológicos. La poca información obtenida sobre ellos es la que sigue: Las Tinás: Hemos llamado así a un conjunto de abrigos sito en el primer barranco que confluye en la Hoz y que encontramos a mano derecha según nos dirigimos por la carretera (CM-2104) a Valdecabras desde Cuenca. Están a la altura del kilómetro 5.


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Materiales encontrados: Un núcleo de cuarcita con claras extracciones de descortezado y montones de cerámica en superficie, a mano y a torno, oxidante y reductora. Posiblemente haya piezas prehistóricas, medievales, modernas y contemporáneas. Estas cuevas se utilizan aún en la actualidad como corrales para cabras. Cuevas de los Pedrones: Abrigos sitos en lo más alto del paraje conocido como “Los Pedrones”, ya en el término municipal de Mariana. Tienen también muretes de piedra que insinúan su ocupación reciente por el ganado. Materiales: Pequeños trozos de cerámica oxidante y reductora a mano, lascas de sílex color caramelo, con vetas, y núcleos poliédricos del mismo material.

Cuevas/abrigos de Los Pedrones. (Foto del autor.)


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Cueva del Hinojo: Más que de una cueva, se trata de un abrigo muy amplio, cuya gran cornisa se ha desprendido. Está sito en los Ricos de la Escaleruela, al final de la Hoz según vamos de Cuenca a Valdecabras. Su nombre aparece indicado en el Mapa Topográfico Nacional 1: 25.000. Materiales: Pequeñas lascas de sílex blanco, de textura muy fina, algunas de ellas retocadas. El retoque descarta que sean piedras de trillo.

Núcleo de sílex bajo las Cuevas de Los Pedrones. (Foto del autor.)

Cueva de Marín Mohorte: Esta oquedad sí es una cueva en el sentido estricto de la palabra (a muchos abrigos del paraje se les ha llamado tradicionalmente “cueva” sin serlo, como la Cueva del Hinojo). Es una galería larga de unos 50 metros de longitud y una altura máxima de 10 metros en algunos puntos. Es una gruta de interés espeleológico, que no se conocía antes de la Exploración de HEROICA. A la cueva se entra por lo más alto de los “Riscos de la Esca-


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leruela”, concretamente desde el mismo centro de una atalaya natural. La cima queda rodeada perimetralmente por estructuras en piedra que parecen ser muros o elementos de aterrazamiento. El lugar es inaccesible por todos los lados y parece que la función agrícola de estas estructuras no es la opción más plausible. ¿Es un asentamiento?

Fragmentos de cerámica bajo las Cuevas de Los Pedrones. (Foto del autor.)

Materiales: Cerámica a mano, oxidante y reductora, tanto en el interior como en el exterior de la misma. La tipología de algunos recipientes insinúa una cronología de la Edad del Bronce. La cerámica del interior está a unos veinte metros de la entrada, en medio de la galería. La Hoz no sólo la frecuentan los espeleólogos de HEROICA, concienciados con el respeto al Patrimonio Integral (Cultural y Natural). Hay, considérese, muchas otras personas pisando la finca con una u otra finalidad y usan el paraje como escenario de sus actividades.


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Interior de la Cueva de Marín Mohorte. (Foto del autor.)

II.7 Actividades que se desarrollan en la Hoz de Valdecabras Los pastores han usado los abrigos como tinadas para recoger al ganado desde tiempos inmemoriales. Los más importantes de ellos presentan construcciones anejas de piedra y madera que aún hoy siguen sirviendo para su función original (Patrimonio etnográfico). Los cazadores y excursionistas también los siguen usando como refugios esporádicos. Por otro lado, la Hoz está sembrada de indicaciones para rutas de senderismo (señales pintadas en paredes y pinos de bandas blancas y amarillas) que aprovechan las pistas forestales de la zona. Así, por ejemplo, den-


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tro del proyecto “Senderos de Cuenca”, avalado por la Diputación Provincial de Cuenca y la Federación de Deportes de Montaña de Castilla-La Mancha, se han creado y catalogado una serie de recorridos de interés. Uno de ellos es el de “La Hocecilla” (PR-21), que pasa por Valdecabras (Información extraída de www.senderosdecuenca.org).

Fragmento cerámico a mano con mamelones encontrado en las inmediaciones de la Cueva de Marín Mohorte. (Foto del autor.)

Además de “peatones”, por la Hoz transitan ciclistas. Pero no me refiero a que lo hacen por la carretera, pues existen rutas atravesando el monte y los caminos abiertos por el ganado. Del fomento de estas actividades se ocupa el Club Deportivo En Ruta, que ha publicado incluso una guía para difundir los itinerarios, comprometiéndose solemnemente a un “exquisito respeto con el medio ambiente” (Martínez, Fernández, Villar, Pérez y Olmedilla, 2006). En tal librito nos encontramos nada más y nada menos que seis recorridos alrededor de Verdelpino. Otro de los conocidos como “deportes de montaña” que se realizan en el área es la escalada. Se ha preparando una obra titulada “Cuenca, Escalada deportiva”, editada por Desnivel (Yáñez, Velázquez-Gaztelu y Olarte, 2007). Muchos de los deportistas que, viniendo desde toda España, acuden


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a disfrutar de su afición en la Hoz, destacan que sus paredes son especialmente atractivas (Raúl Olivar López, comunicación personal). También habría que solapar en el sitio las actividades de “caza y recolección”, no ya de subsistencia sino por afición. Cazadores socios del coto de Valdecabras y verdaderas hordas de “hongueros” disfrutan del sitio los fines de semana. La última actividad que me gustaría citar es la de la explotación agrícola y maderera de la finca por sus propietarios. Esto último es lo más agresivo para con el Patrimonio que se presume en el paraje ya que supone importantes remociones de tierra. Después, en una valoración personal, en cuanto a deterioro vendría la práctica espeleológica, seguida de la escalada y, tras ella, el resto de deportes de montaña. Todo ello puede convivir perfectamente con el Patrimonio si existen los conceptos de responsabilidad y educación, cosa difícil pero no imposible, opinión fundada sirviéndome de lo que he podido observar hasta ahora como implicado directo en los dos bandos (Ocio y Arqueología).

Estructuras alrededor de la Cueva de Marín Mohorte. (Foto del autor.)


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II.8 Verdelpino.com Cuando tratamos hace ya unas páginas sobre la Difusión o la Gestión de la Información del yacimiento, no me atreví a incluir este epígrafe en el capítulo que titulábamos “PASADO”, por ser Internet un concepto radicalmente PRESENTE… y que me ha demostrado ser muy útil para lo que aquí estoy contando. La mitad de los artículos y fuentes de la bibliografía de este trabajo los he obtenido por el procedimiento arduo y tradicional de desplazarme a archivos y bibliotecas. La otra mitad la he obtenido, con más o menos problemas, de Internet. El caso es que si hacemos el experimento de poner la palabra Verdelpino en Google nos saldrán unas 13.200 entradas como resultado. La mayoría no nos son útiles porque no se corresponden a la orden, como suele pasar, y muchas de las que sí hablan de Verdelpino no hacen referencia al yacimiento neolítico conquense, sino a un Verdelpino de Huete (también en la Provincia de Cuenca) y a un Verdelpino de la Provincia de Ciudad Real. Por eso también es ardua la tarea de buscar información mediante la vía informática.

¿Murete cerrando el acceso a la Cueva de Marín Mohorte? (Foto del autor.)


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Otra forma de toparnos con algo referente a Verdelpino en Internet es la de escribir algunas palabras clave como “Neolítico”, “Cerámica Cardial”, “Fechas de C-14”… o el nombre de alguno de los autores de la bibliografía específica del Yacimiento (“Moure”, “P.López”…).

Vista del interior de la Cueva de Marín Mohorte. (Foto del autor.)


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Aunque pueda parecer mentira, lo que más nos encontramos siguiendo estos pasos son artículos científicos, procedentes de revistas serias, pasados a formato PDF. Páginas de turismo o de información general sobre Castilla-La Mancha o Cuenca que hablen del yacimiento hay poquísimas, entre ellas tenemos www.espanolsinfronteras.com, que se encarga de destinos en toda España y donde, si pinchamos en el apartado de Cuenca, se nos comenta que el yacimiento posiblemente sea el más antiguo del Neolítico de la Península Ibérica. De las aldeas de Verdelpino o Valdecabras sí se difunde turísticamente el paraje en el que están enclavadas por sus encantos naturales y los deportes que en ellas se desarrollan. Al igual que ocurría con las publicaciones en papel y el resto de vías de difusión y educativas, Verdelpino en Internet es un concepto para iniciados en Prehistoria más que para públicos amplios.


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Vista de sat茅lite y mapa con la posici贸n de los cuatro hallazgos casuales descritos en esta publicaci贸n. (L谩mina del autor.)


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III. FUTURO (epílogo) El paradigma cardial no se sostiene. Progresivamente más y más datos arqueológicos y etnográficos contradicen sus supuestos. Excavaciones e investigaciones recientes han estado dándonos resultados coincidentes con las interpretaciones que se hicieron tras las campañas de Verdelpino. Pero, aunque el modelo de neolitización que propusieron Manuel Fernández-Miranda y Alfonso Moure fuera muy acertado y brillante (véase Fernández-Mirnada 1977: 2-7), pareciendo coherente aún hoy, las excavaciones no dejan de ser poco fiables debido a todos los problemas a los que se tuvieron que enfrentar sus responsables. Verdelpino, en definitiva, ha sido adalid de la corriente interpretativa que contribuyó a crear. Pero sus detractores tenían razón al subrayar las alteraciones producidas por el río Valdecabras en su estratigrafía (Fortea y Martí 1985-86) y los expoliadores desfiguraron tan agresivamente el yacimiento que dificultarían el plan original de la segunda campaña (comprobar la interpretación y las conclusiones de la primera). Si la acción del río estorbaba ya sobremanera los trabajos, las acciones clandestinas harían imposible el buen funcionamiento del proyecto. Además la metodología de 1976 no era, por supuesto, la actual. No es tanto el que “Verdelpino estuviese bien excavado” como el hecho de que, por todo ello, “Verdelpino no pudo excavarse bien”. Muchos estudiosos han confiado en él y lo han usado en sus obras como ejemplo (Jiménez, 1998, 1999, 2001a y 2001b y Hernando, 1999); se habla del abrigo de la Serranía Conquense como estandarte contra paradigmas establecidos y arraigados que, poco a poco, han ido dejando paso a nuevas ideas e hipótesis. Pero todos estos autores deberían saber que los resultados del yacimiento son cuestionables y valorar las importantes irregularidades que determinaron el transcurso de sus trabajos (río, medios y clandestinos).


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Cueva del Escalerón, otra cueva de entidad en la que pudieran existir retos prehistóricos, además de etnográficos. (Foto del autor.)

Este documento pretende servir como compilador de esas cosas y mi intención, como comenté a la profesora Mª Ángeles Querol, era la de publicar de alguna forma las conclusiones y la esencia de una investigación de juventud. Ya publiqué una noticia breve sobre los hallazgos casuales en la revista divulgativa en la que trabajo: “Memoria, la Historia de cerca” (Domínguez-Solera, 2008); pero no habría quedado saldada la deuda que tengo con Verdelpino en caso de no haber escrito este libro.


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Cueva del Escalerón. (Foto del autor.)

La lista de tareas a realizar en y con Verdelpino no se acaba aquí, ya que el yacimiento está en unas condiciones lamentables: habría que tapar sus catas para que, si se me permite la expresión, “pueda descansar en paz el cadáver agotado (en su estratigrafía útil) que, literalmente, está tirado en la cuneta de una carretera.” Haría falta, además, algún tipo de cartel in situ que informe a la ciudadanía de su cronología, de los restos que allí se encontraron, de su naturaleza… ¡por lo menos de su existencia!


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Ruina a la entrada del Vallejo del Pumar. (Foto del autor.)

Habría que vallar el sitio ya que, como decía más arriba, aún quedan materiales en el abrigo (algunos salen a superficie en el derrumbe de los perfiles sin tapar). Si se señaliza el sitio, con más motivo es recomendable esta medida de protección. Se me ocurre que aún no se le ha extraído todo el jugo “científico” a Verdelpino. La cerámica podría ser analizada para obtener una cronología definitiva sobre ella, verificando o refutando definitivamente la antigüedad de los famosos 19 trocitos lisos del nivel IV, y otros datos igualmente interesantes. Si fuera posible revisar los restos faunísticos, pese a la distorsión estratigráfica y teniendo ésta muy en cuenta a la hora de valorar las conclusiones que saquemos, sería interesante realizarles un análisis tafonómico que completase el estudio taxonómico de Morales Muñiz. Posiblemente no sepamos nunca si uno u otro hueso procedía exactamente de un determinado nivel o de su contiguo… aún así, tendría mucho valor, por ejemplo, conocer si el lince y el oso documentados en el abrigo fueron a morir allí de manera natural o si fueron procesados por los grupos humanos por cualquier causa. Pilar López y Arturo Morales Muñiz animan a que se hagan en Verdelpino otros estudios de contraste (Morales y López en Fernández-Miranda y Moure, 1977, Apéndices I y II).


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He adquirido un nivel de compromiso enorme con Verdelpino y mi relación con el sitio y su entorno es tan estrecha que me gustaría dedicarle mis primeros años y esfuerzos de investigador. Las anteriores empresas, creo que habrá quedado claro, tengo que hacerlas mías si quiero ser consecuente con todo lo que he venido diciendo. Si obrase de otro modo… pecaría. Despidiéndonos ya del abrigo de Verdelpino, recordemos que en diversos lugares del entorno de Valdecabras se han documentado yacimientos nuevos y es obvia la existencia de más sitios arqueológicos que habría que encontrar. El “Proyecto HEROICA”, por otro lado, puede ser un útil instrumento cartográfico sobre el que trabajar, ya que se dispone de abrigos muchísimo más aptos para la ocupación que nuestra oquedad protagonista, que además era invadida por las aguas durante largos periodos imposibilitándose su uso. Una prospección sistemática en la Hoz del Valdecabras y en el suelo de cada uno de los abrigos desvelaría mejores yacimientos. Comprenderemos el valor que tendría excavar un abrigo idéntico e inmediato al que conocemos, pero que no hubiera sido afectado por la acción del arroyo.

Escaleras talladas en el Vallejo del Pumar. (Foto del autor.)


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En las largas caminatas buscando abrigos que mis compañeros espeleólogos de HEROICA y yo nos hemos dado por los parajes de Valdecabras, nos topamos constantemente con una enorme cantidad de construcciones agropecuarias, ya abandonadas unas y otras en uso (bancales de horticultura, muretes de rediles para el ganado, caminos y escalones tallados en la roca, casas de pastores, etc.) que son vestigios de una explotación similar del entorno desde la Edad Media o antes. Si se hallasen estructuras de la Protohistoria y de la Antigüedad, podríamos estudiar la secuencia continua desde el Paleolítico Superior hasta el siglo XXI d.C.

¿Seduce? Sea como sea, son cosas que aún tendrán que esperar un poco (puedo prometer y prometo que el mínimo tiempo necesario para que se pueda cumplir con los imperativos legales y los medios materiales sean adquiridos, porque la excusa ya la tenemos). De momento, me conformo con hacer balance positivo de este trabajo en lo que a mi respecta. He aprendido muchísimo y, como comentaba allá arriba en la Introducción: me he sentido investigador de verdad por primera vez. Ha sido lo más constructivo y gratificante que, de momento, me ha dado la Universidad. En serio. Sin más:

Santiago David Domínguez Solera Cuenca-Madrid, entre noviembre de 2006 y diciembre de 2008.


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La Hoz del Valdecabras contiene cientos de edificaciones y estructuras agropecuarias de altísimo interés etnográfico. La mayoría están en ruinas, aunque otras siguen en uso. (Foto del autor.)


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AGRADECIMIENTOS En primer lugar he de destacar la ayuda inestimable de las profesoras Chapa y Querol como guías y asesoras de la investigación antes, durante y espero que después de este documento. También me gustaría agradecerle su colaboración a la profesora Almudena Hernando por prestarme documentación no publicada y darme su parecer sobre el caso. Otro profesor del Departamento de Prehistoria de la UCM que me ha cedido un poco de su tiempo gratuitamente para hablar de este tema (y a quien debería pagárselo, por lo menos, mencionando su colaboración aquí) es el profesor Martín Almagro. Y abandono ya el ámbito de mi universidad por miedo a que me llamen adulador. La siguiente institución donde voy a parar es el Museo Arqueológico Provincial de Cuenca. Gracias a su directora Concepción Rodríguez Ruza y, sobre todo, a su técnico Juan Manuel Millán por atender todas mis peticiones con tan buen ánimo. Del mismo modo he de saludar al personal del Museo Arqueológico Nacional y reconocerles el haberme acogido tan amablemente en sus instalaciones (Carmen Cacho, Jesús Valdivia, Cristina Sanpedro y al investigador José Yravedra). Coral, propietaria de Verdelpino, me dio la información que tenía sobre su pueblecito y su familia. También ha sido un útil informador mi tío León. A los dos: gracias. Gracias a Alfonso Moure por confiarme sus diapositivas y su material gráfico, aún tratándose de un tema tan espinoso y tan lejano en el tiempo. Un abrazo a los antiguos compañeros de la ya desaparecida HEROICA, pues también tienen mucho que ver con Verdelpino (Alís Serna, Eva Díaz, Carmen Solé, Jaime Pascual… y, por supuesto a Antxoka y a


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Rafa, que estuvieron en ese día tan glorioso en el que casi descubrimos América). Menciones de última hora son Juan Francisco Ruiz (prologuista de este libro), Vanesa Fernández (gracias por dejarte arrastrar muy repetidas veces a disfrutar del campo en Verdelpino) y mi socio y amigo Míchel Muñoz (que ha accedido a formar parte de futuras aventuras en la Hoz del Valdecabras). GRACIAS, con mayúsculas, a todos los que me han abierto la puerta en esta investigación.


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BIBLIOGRAFÍA Bibliografía específica de Verdelpino: DOMÍNGUEZ-SOLERA, S. D. (2008): Verdelpino. Pasado, presente y futuro. Memoria, la Historia de cerca, número XII: 6. FERNÁNDEZ-MIRANDA, M. Y MOURE ROMANILLO, A. (1974): Verdelpino (Cuenca): nuevas fechas de C-14 para el Neolítico peninsular, en Trabajos de Prehistoria, 31, Madrid. -(1975):El Abrigo de Verdelpino (Cuenca). Un nuevo yacimiento neolítico en el interior de la Península Ibérica. Noticiario Arqueológico Hispánico, III. MOURE ROMANILLO, A. Y FERNÁNDEZ- MIRANDA, M. (1977): El Abrigo de Verdelpino (Cuenca). Noticia de los trabajos de 1976, en Trabajos de Prehistoria, 34. Departamento de Prehistoria de la Universidad Complutense de Madrid. -(1978): The cave of Verdelpino (Cuenca, Spain). Beginnings of Neolithic in the interior of the Iberian Peninsula, (translated by Guy Straus) Current-Anthropology, 19, 1. Pages 149-150. MOURE ROMANILLO, A. Y LÓPEZ GARCÍA, P. (1979): Los niveles preneolíticos del Abrigo de Verdelpino (Cuenca). XV Congreso Nacional de Arqueología, Universidad de Zaragoza. RASILLA VIVES, M.; HOYOS, M Y CAÑAVERAS, J. C. (1996): El Abrigo de Verdelpino (CUENCA). Revisión de su evolución sedimentaria y ar-


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Por si a alguien le fueran de utilidad, citar茅 la referencia de las solicitudes de las excavaciones en Verdelpino y las confirmaciones del Ministerio de Cultuta para las mismas, documentos conservados en el Archivo General de la Administraci贸n: * 1972: IDD (03) 052.129 Signatura 89100 Top. 72/37.20737.302 * 1976: IDD (03) 052.129 Signatura 89105 Top. 72/37.207-37.302 * 1979: IDD (03) 052.129 Signatura 89100 Top. 72/37.207-37.302 * 1981: IDD (03) 052.129 Signatura 89114 Top. 72/37.207-37.302


Deconstruyendo Verdelpino: Historia y Gestión de un yacimiento polémico  

Actualización sobre la polémica interpretación de este famoso sitio arqueológico prehistórico

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