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Unidos en lo importante

mingueras en la playa, cuando está acabando el verano, hablando de las ganas que tienen de que empiece la escuela; “para que esté en casa dando… que se vaya al instituto/ colegio a darle… a los profesores que para eso están”. En nuestro país tenemos un concepto muy equivocado de la función pública, como “yo” te pago , te mando y hago contigo lo que quiera; está claro que trabajamos al servicio de los demás, pero que vivimos en una “Suciedad” y que todo lo que hacemos es por un bien común. Como le expliqué una vez a un alumno de cuarto de la ESO una vez que me dijo que su padre me pagaba. Ante tan locuaz y poco adolescente idea de la democracia, le pregunté acerca de la profesión de su tan idolatrado padre, él me contestó que era carnicero. Ante esta respuesta no se me ocurrió otra cosa que hacerle una pregunta: ¿qué pasaría si yo no voy a la carnicería de tu padre y dejo de comprarle? Me respondió que vendería menos. ¿Y si ninguno de los que aquí estamos, ni sus familiares compramos más en su carnicería? Tendría que cerrar el negocio. Por lo tanto, le respondí, yo pago a tu padre de la misma manera que él me paga a mí. Después de este comentario jamás le volví a escuchar a él o a alguno de sus compañeros hablar de si nos pagaban o no sus padres. Como a mí, a la mayoría de mis compañeros nuestra profesión nos apasiona. No creo que a nadie en su juicio le guste estar mal pagados, poco reconocidos y nada respeta58

dos. Por eso al igual que mis compañeros realizo múltiples actividades, cursos, jornadas, investigaciones para mantenerme al día y así ofrecerles a mis alumnos una enseñanza de calidad desde las limitaciones de recursos de nuestros centros públicos. Me gustaría saber a cuánto pagan las horas extras en su empresa, porque en la mía la tarifa es plana: cero euros. Las tardes de corrección de trabajos, exámenes, proyectos que tanto yo como mis compañeros nos pasamos; las noches buscando y recopilando material para nuestras clases, para hacer algo más ameno y motivador que el simple libro de texto; la preparación y memorización de nuestras clases para después poder explicarle a otras personas lo que nosotros hemos tardado tal vez una larga jornada en comprender, etc. ¿entra todo esto en dos meses de vacaciones? ¿Sigue usted trabajando cuando llega a casa? O aparca su maletín detrás de la puerta, se pone cómodo y ya no piensa más en el trabajo hasta el día siguiente. Yo he llegado a pensar sobre preguntas de examen haciendo la compra en el supermercado. Con esto le quiero decir a personas como mi vecino, que no es oro todo lo que reluce, y que si tenemos sesenta días de vacaciones por algo será, que el gobierno ni las instituciones públicas dan “duros por cuatro pesetas” como solía decir mi abuelo. El ser docente implica un gasto de tiempo familiar y personal que no está pagado con dinero. Solamente una persona con una fuerte vocación puede desarrollar su vida laboral como docente. Para mí es mucho más gratifi-

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Revista Área Educativa Número 8  

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