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Revista Pedagógica AREA EDUCATIVA – Nº 8 – AÑO 2010

Cuando en la escuela se generan las condiciones para que un niño aprenda a razonar estamos transmitiendo límites. Los “no” que conlleva la tarea del aprendizaje se justifican en sí mismos y se aceptan, así les mostramos a los alumnos que las cosas no son “porque es así” o “porque yo lo digo”. Alexandra Draxler, experta de la UNESCO en materia de educación, prefiere no ver la indisciplina como una plaga o un fenómeno aislado, sino como “la contrapartida del enorme avance de los derechos de los individuos, de la democratización generalizada de la vida pública que se ha producido en los últimos veinticinco o treinta años. Antes había una selección previa, los problemas de la sociedad terminaban a las puertas de la escuela; los alumnos violentos se quedaban simplemente en la calle o eran expulsados y en las aulas reinaba una calma olímpica porque la represión era tan severa que los alumnos no se atrevían a transgredir las normas”. En efecto, la escuela no es una burbuja aislada de la sociedad, sino que reproduce sus problemas en escala reducida: falta de comunicación, pobreza, marginación, intolerancia, pérdida de valores... factores todos que desembocan en lo que el profesor español Antonio García Correa, catedrático de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Murcia, define como “analfabetismo emocional”. Las conductas autoritarias por parte de los docentes promueven doblemente la violencia escolar. En primer lugar, cuando los alumnos observan que los docentes imponen sostenidamente su autoridad basándose en un conjunto

de reglas y actitudes que son percibidas como arbitrarias, actitudes que no dejan espacio para que los alumnos puedan expresar las razones que los llevan a considerarlas de ese modo; a menudo, al no contar con otros canales de expresión, responden de forma violenta, como forma de resistirse a determinadas normas y prácticas escolares. En segundo lugar, cuando los alumnos reciben cotidianamente señales autoritarias por parte de los docentes, es común que ellos mismos reproduzcan esta actitud en la resolución de sus propios conflictos. De este modo, en lugar de promoverse el enriquecimiento colectivo a partir de la integración de las diferencias entre los alumnos, estas diferencias pueden conducir a situaciones de violencia cuando los jóvenes dirimen sus diferencias reproduciendo las conductas autoritarias que observan en los docentes. La resolución autoritaria de un conflicto por parte del docente, al cancelar la solución colectiva que, a través del intercambio y la explicación, incluye al alumno al ofrecerle participación en el resultado de esa resolución y lo hace sentirse parte de la misma, fomenta las resoluciones individuales de los conflictos cotidianos y dificulta el aprendizaje de la integración no violenta de las diferencias. Asimismo, la transformación de los sistemas educativos tiene mucho que ver con la conducta de los alumnos. Se ha cambiado bruscamente de un régimen basado en prohibiciones y sanciones a un sistema de convivencia en el que se privilegia el contrato entre los miembros del sistema educativo. Y aún no hemos aprendido a aplicar este nuevo sistema. Volver al autoritarismo no es la forma de revertir la si41

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