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2010 ISBN 978-88-6274-226-9

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El olvido está lleno de memoria La memoria de la guerra en la sociedad española hoy

todo se hunde en la niebla del olvido pero cuando la niebla se despeja el olvido está lleno de memoria1 Mario Benedetti

Los versos de Mario Benedetti vienen bien como arranque de esta reflexión sobre el movimiento que en estos años hay en la sociedad española a favor de la recuperación de la memoria de los años de la Guerra Civil y el Franquismo. Un movimiento social que se conoce por “recuperación de la memoria histórica” y que ha alcanzado el nivel político, hasta el punto de crearse un “proyecto de Ley por el que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil o la Dictadura”, pero que se sigue nombrando como “Ley sobre la Memoria Histórica”. Antes de llevar este proyecto de Ley al Consejo de Ministros (28 de julio de 2006) ya se había proclamado una “Ley sobre declaración del año 2006 como Año de la Memoria Histórica”. Y es que el punto de apoyo de este movimiento está en la consideración de que la Transición del Franquismo a la Democracia en España ha sido una transición borrosa. Con transición borrosa quiero decir que se aceptó política y socialmente una difuminación del pasado inmediato (1936-1975; cuarenta años) para evitar enfrentamientos crónicos que dificultaran o incluso frustraran la superación de las dos Españas. Conseguido el tránsito y satisfactoriamente instalados los españoles en la democracia, se hace un balance del proceso, que denuncia una descompensación de la carga de la Transición en detrimento de la reparación de los daños sufridos por las víctimas del régimen de Franco. La Democracia disipa la niebla de la Transición y el olvido aparece lleno de memoria. ¿Ha habido tal olvido? ¿O más bien, silencio? Un silencio promovido por la prudencia mucho más que por el miedo. Un silencio calculado, y no impuesto. El silencio es un acto de voluntad (propia o por fuerza); el olvido, no: el olvido es una pérdida, un extravío de la memoria. 1

“Ah las primicias”, de El olvido está lleno de memoria.

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Vuelvo a plantearme la pregunta: ¿hay o ha habido, entonces, olvido de lo sucedido esos años? Veamos. Durante el Franquismo hubo una exaltación del pasado. Una nueva Era se había iniciado con el Glorioso Alzamiento en 1936, hasta incluso la nueva escala del tiempo de la sociedad española partía de ese acontecimiento: con el I, II… Año Triunfal, se fechaban las cartas, documentos y cualquier otra referencia al momento en que se estaba; luego la exaltación del triunfo dejó paso a la exaltación de la paz: 25 años de Paz. Había un glorioso pasado histórico (Reconquista, Reyes Católicos, Imperio español…) que volvía a cristalizar en el período abierto desde la Cruzada. En la Transición la mirada del tiempo gira hacia el futuro mientras baja la niebla que atenúa el pasado inmediato. El futuro como proyecto, como empeño por instaurar la democracia y modernizar el país en todos los órdenes de su vida social. En la actualidad el proyecto se ha alcanzado, la modernización del país ha sido espectacular y la democracia no sólo se ha conseguido, sino que se ha puesto a prueba. Una de las manifestaciones de la democracia es la capacidad de resistencia a las provocaciones; es decir, mantener el Estado de Derecho en situaciones de tensión y amenaza, sin que los valores de la democracia sean mermados. Y el terrorismo ha sido una prueba que ha podido superar la democracia española. Porque han pasado treinta años, en esta España hay ya una juventud que se ha encontrado con este bienestar material y social. Con esta generación, el prudente silencio de la Transición comienza a transformarse en olvido. Se vive el presente; un presente confortable y mullido -como no ha disfrutado ninguna otra generación anterior-, pese a las quejas por el precio de la vivienda o la dificultad del primer empleo o el “mileurismo”. Porque hay un presente -con todos los defectos por los que se quiera protestar- suficiente, no hay necesidad de buscar ni en el pasado ni en el futuro ninguna salida. Hay sensación de que estamos en una Estación Términus, que habrá que arreglar y mejorar, pero no abandonar. Esta instalación en el presente se ve reforzada por la utopía conservadora que domina las sociedades más avanzadas y que hace creer que hemos llegado al mejor de los mundos posibles: el que permiten el capitalismo y la democracia. Son perfectibles, pero indiscutibles. Por tanto, no hay que buscar otra cosa (proyectos de futuro) sino insistir en lo que se tiene y extender el modelo por todo el orbe. Esta indiferencia ante el pasado y el futuro, fruto de la evolución de la sociedad española y también de vivir en el mundo de hoy, ha ayudado a avivar el sentimiento de que el discreto silencio se podía convertir en injusto olvido. Por otro lado, el tiempo 4


pasa y las generaciones afectadas directa o indirectamente por los daños de la guerra y de la dictadura están desapareciendo. Brota entonces la urgencia de que el pasado no se vaya sin remedio con la vida de estas generaciones. Porque las próximas generaciones nada reclamarán, ya que éstas sí pueden verse afectadas por el olvido. Los avances en el derecho penal internacional respecto a la impunidad de los delitos de lesa humanidad y un mejor conocimiento y difusión de los derechos humanos, así como los movimientos sociales en el Cono Sur en busca de no olvidar los desastres y desmanes de sus dictaduras2, ayudan a crear un ambiente favorable para la recuperación de la Memoria Histórica en España. Son muy numerosas las asociaciones para la Recuperación de la Memoria Histórica (www.memoriahistorica.org); la coordinadora para la Memoria Histórica y Democrática de Cataluña (www.coordinadoramh.org) agrupa también a un buen número de entidades; están también El Foro de la Memoria (www.foroporlamemoria.es) y

una

Federación

Estatal

de

Foros

por

la

Memoria

(www.nodo50.org/foroporlamemoria); la Asociación Guerra y Exilio, y la Caravana de la Memoria, organizada por la Asociación Guerra, Exilio y Memoria Histórica de Andalucía (www.andaluciaymemoria.org)… Una pequeña muestra de la marea cívica a favor de una restauración de la memoria de los cuarenta años de dictadura. La prensa recoge con mucha frecuencia las exhumaciones de fusilados de la guerra civil que muchas de estas asociaciones realizan. Porque hay gran interés en la localización de las fosas comunes donde yacen los restos de las víctimas de las “sacas” y “paseos”. En el mundo académico se han creado cátedras dedicadas a estos estudios, como la que dirige el profesor Julio Aróstegui, de la Universidad Complutense: Cátedra de la Memoria Histórica del siglo XX. Y en la televisión pública, TVE, se populariza la edulcorada serie sobre una familia en esos años del Franquismo y la Transición, titulada Cuéntame cómo pasó (www.cuentamecomopaso.net), pero también se emiten series documentales como la dirigida por el profesor de Zaragoza, Julián Casanova, La Guerra filmada, una serie de ocho capítulos. Y exposiciones sobre la época y sobre personajes de la época: la reciente exposición en Madrid sobre Juan Negrín. Médico y jefe de Gobierno (1892-1956), con el profesor Ricardo Miralles, de la Universidad del País Vasco, como comisario; o la que dirigí en Salamanca, el año pasado, Sueños de

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Colección Memorias de la Represión, de Siglo Veintiuno de España Editores, 2002 y ss.

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Concordia3; o la organizada en Bilbao, en 2004, El exilio de los niños, y dirigida por la profesora Alicia Alted, de la UNED4. A todo esto hay que sumar las declaraciones oficiales de instituciones. En los últimos meses, el debate sobre este asunto ha sido muy intenso en el Congreso de los Diputados. Incluso fuera de España, tanto el Consejo de Europa, que agrupa a todos los países del continente, como el Parlamento Europeo, han aprovechado este año para aprobar, por primera vez desde 1946, condenas internacionales del régimen de Franco. También está

la presentación en el Parlamento catalán del proyecto de ley del

Memorial Democrático y la declaración del Gobierno de la Generalitat con motivo del 70 aniversario del golpe de Estado franquista y el inicio de la Guerra Civil. En este ambiente de miradas y nuevas miradas al pasado inmediato, y de reclamaciones ciudadanas, se crea en 2004 una Comisión Interministerial para el Estudio de la Situación de las Víctimas de la Guerra Civil. El resultado es el proyecto de ley antes citado “por el que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil o la dictadura”. Este texto, en 25 artículos, se encuentra hoy, como era de esperar, entre la crítica de quienes lo ven insuficiente y de quienes lo consideran innecesario. De quienes reclaman mucho más de la acción del Estado y aquellos que muestran recelo ante esta ley que puede abrir heridas de la sociedad española. Además de un articulado legal, el texto es la manifestación de la posición del Gobierno socialista respecto a la actuación, ya improrrogable, del Estado ante los daños que la guerra y el anterior régimen provocaron. El análisis del texto lo expongo en cuatro observaciones. 1.

Reparación. Una reparación moral y material de las víctimas. Para la reparación moral, “se reconoce y declara el carácter injusto de las condenas, sanciones y cualquier forma de violencia personal producidas, por razones políticas o ideológicas, durante la Guerra Civil, cualquiera que fuera el bando o la zona en la que se encontraran quienes las padecieron, así como las sufridas por las mismas causas durante la dictadura que, a su término, se prolongó hasta 1975”.

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Sueños de Concordia. Filiberto Villalobos y su tiempo histórico (1900-1955), Salamanca, Caja Duero, 2005. 4 El exilio de los niños, Madrid, Fundación Pablo Iglesias y Fundación Largo Caballero, 2003.

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Walt Whitman dijo, con razón, que “la verdad de la guerra sólo puede ser encontrada en sus detalles anónimos”. Por eso la reparación tiene que alcanzar al individuo, no a una colectividad sin rostro; de ahí que en la ley se ofrezca una Declaración de reparación y reconocimiento personal. “Las Declaraciones de reparación y reconocimiento personal tendrán por único objeto la constatación de que las ejecuciones, condenas o sanciones sufridas son manifiestamente injustas por contrarias a los derechos y libertades que constituyen el fundamento del orden constitucional hoy vigente y son la base de la convivencia de la sociedad.” Pero en la ley se toman las precauciones para que esta Declaración no suponga ninguna “referencia a la identidad de cuantas personas hubiesen intervenido en los hechos o en las actuaciones jurídicas que dieron lugar a las sanciones o condenas”. Una Comisión interministerial será la receptora de las peticiones de Declaración y “un Consejo integrado por cinco personalidades de reconocido prestigio en el ámbito de las ciencias sociales, elegidas por mayoría de tres quintos del Congreso de los Diputados, resolverá sobre las solicitudes de Declaración”. Otra reparación moral se refiere al apoyo que las asociaciones por la recuperación de la memoria histórica recibirán del Estado para llevar a cabo sus labores de localización y exhumación de los restos de las víctimas. Se ha discutido acerca de si debería ser el Estado y no la iniciativa ciudadana el que realizara esta tarea. En cuanto a la reparación material, hay una serie de artículos que concretan estas ayudas en forma de pensiones, asistencia medicofarmacéutica y asistencia social a favor de las viudas, hijos y demás familiares, e indemnizaciones. Respecto a éstas últimas “se reconoce el derecho a una indemnización, por una cuantía de 135.000 €, a los beneficiarios de quienes fallecieron durante el período comprendido entre el 1 de enero de 1968 y el 6 de octubre de 1977, en defensa y reivindicación de las libertades y derechos democráticos”. Estas fechas límite se refieren al comienzo de la aplicación de la Ley de Víctimas del Terrorismo y al de la Ley de Amnistía, respectivamente.

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2.

Conmemoración. Hay una memoria individual, vital, y una memoria colectiva que se mantiene y expresa a través de manifestaciones públicas. Una memoria que tenemos y mantenemos con otros, y para la que necesitamos la concurrencia. Los actos o manifestaciones que permiten esta concurrencia van desde un lugar de memoria (un monumento o el nombre de una calle) a una celebración. Si el tiempo fuera lineal se haría insoportable, pero la memoria lo curva, lo cierra en círculos con fechas aniversario y sus conmemoraciones. La vida es un continuo volver. En esta ley tiene especial interés el tratamiento que da al monumento más agresivo del período franquista: la Basílica y la Cruz del Valle de los Caídos. Su concepción arquitectónica, su construcción con mano de obra cautiva (“Cautivo y desarmado el ejército rojo…”. Último parte de guerra), sus periódicas manifestaciones franquistas. Con la ley se prohíben estas manifestaciones, y cualquier exaltación de la Guerra y del régimen de Franco, porque será un lugar para honrar la memoria de todas las víctimas y de estímulo a la convivencia. Más discutidas han sido hasta ahora las disposiciones referentes a monumentos y nombres del callejero que se mantienen del régimen anterior. “Los órganos que tengan atribuida la titularidad o conservación de los monumentos, edificios y lugares de titularidad estatal, tomarán las medidas oportunas para la retirada de los escudos, insignias, placas y otras menciones conmemorativas de la Guerra Civil, existentes en los mismos, cuando exalten a uno sólo de los bandos enfrentados en ella o se identifiquen con el régimen instaurado en España a su término.” Sólo el Estado se compromete a esta retirada y tan solo insta a otras instituciones, como los ayuntamientos, a hacer lo mismo. Los críticos ven aquí otro punto más de cesión del Gobierno a las presiones del Partido Popular.

3.

Investigación. La memoria colectiva necesita ser irrigada por los pozos de la investigación histórica. Es la mejor garantía para que la memoria no se manipule por los poderes. Sin esta continua 8


profundización en la Historia con el rigor de la investigación y, a la vez, el derrame de los resultados por toda la sociedad no hay memoria colectiva sana. De ahí que se necesiten dos actuaciones por parte del Estado: proporcionar medios para la investigación y cauces para la difusión. En la Ley se dispone la creación de un Centro Documental de la Memoria Histórica dentro del Archivo General de la Guerra Civil Española, en Salamanca, para “recuperar, reunir, organizar y poner a disposición de los interesados, los fondos documentales y las fuentes secundarias que puedan resultar de interés para el estudio de la Guerra Civil, la dictadura franquista, la resistencia guerrillera contra ella, el exilio, el internamiento de españoles en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial y la Transición”. Y otras medidas dirigidas a la reunión de fuentes documentales dispersas, registro de las orales, para lo que se pondrá en marcha “un programa de convenios para la adquisición de documentos referidos a la Guerra Civil o a la represión política subsiguiente que obren en archivos públicos o privados, nacionales o extranjeros, ya sean en versión original o a través de cualquier instrumento que permita archivar, conocer o reproducir palabras, datos o cifras con fidelidad al original. Los mencionados fondos documentales se incorporarán al Archivo General de la Guerra Civil Española”. Pero hay otra parte imprescindible de la memoria colectiva: la difusión de la investigación histórica. Lo trataré en el siguiente y último punto. 4.

Educación. La ciencia básica hace avanzar el conocimiento de la Humanidad, pero ¿cómo llega a los individuos, a la persona de la calle, para la que le resulta inalcanzable el nivel en que se mueven los científicos? La mayor parte del conocimiento científico se vierte y afecta a los no científicos a través de la tecnología, es decir, de los desarrollos técnicos propiciados por los avances de la ciencia básica. Pues bien, nos podemos preguntar lo mismo respecto a las investigaciones de los historiadores. Si sus estudios y debates se quedaran reducidos a sus ámbitos académicos poco beneficio tendría 9


la disciplina. La “tecnología” de la Ciencia Histórica, es la enseñanza de la Historia y la divulgación. De esta manera el conocimiento histórico empapa la sociedad y se hace memoria. En la Ley hay sólo una referencia voluntarista a esta difusión: “Fomentar la investigación histórica sobre la Guerra civil, el franquismo, el exilio y la transición, y contribuir a la difusión de sus resultados”. Sin embargo, en la calle está la reclamación de que el sistema educativo debe tratar con más detenimiento y extensión este período de nuestra Historia. ¿Es fundada la aseveración de la falta de formación escolar en este tema? La encuesta del Instituto Opina, de julio de 2006, señala que el 35,5% responde que no le "explicaron en el colegio lo ocurrido en 1936 en España", mientras un 58,5% responde que sí se lo enseñaron. Y un estudio en la Universidad de Leipzig, basado en la presencia superficial de este tema en los libros de texto (es decir, la proporción superficial del tema respecto al total dedicado al siglo XX español), marca que está muy por debajo de la ponderación que debería. Al margen de estos estudios discutibles sobre la presencia en la formación escolar de la Guerra y el Franquismo, creo que hay una impresión bastante generalizada de que la enseñanza de la Historia, a cualquier nivel, necesitaría tratar con más detenimiento al menos, y quizá con mejor enfoque pedagógico, este período de la Historia de España. Este proyecto de Ley y todo el programa sobre la recuperación de la Memoria Histórica ha encontrado el rechazo del Partido Popular. Con descalificaciones como la de Manuel Fraga, que llamó "botarates" a los que desentierran "fantasmas del pasado" o de Mariano Rajoy que ha declarado que esta ley de memoria histórica no sirve para nada, o la negativa del principal partido de la oposición a votar en el Congreso de Diputados una condena del régimen de Franco. Puede sorprender que desde una sociedad democrática, con una Constitución que nos ha separado tajantemente del régimen anterior, y después de 30 años, el PP se cierre ante cualquier proyecto de recuperación de la Memoria Histórica.

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La transición borrosa llevó a la ilusión de que el Franquismo, de la noche a la mañana, se desvanecía como el paisaje en la bruma, y que sus restos se reducían a unas trazas sólo perceptibles por la parafernalia propia de la Plaza de Oriente cuando a ella se asomaba el general Franco. El Franquismo no fue una dictadura (tan solo al principio), sino un sistema totalitario y luego autoritario sostenido, por tanto, no sólo por la fuerza sino por un apoyo social (de complicidad o de sumisión) durante casi cuarenta años. Por consiguiente, esa parte civil y no sólo institucional (como la del Ejército) tenía una inercia mayor como para llegar sólo a 1981 (por poner la fecha simbólica del pronunciamiento militar de Tejero en el Congreso de Diputados). Se podría decir que en la actualidad hay la posibilidad de calificar de franquismo no a una ideología involucionista, sino a una mentalidad que, sin pretender volver, no acepta la crítica, y mucho menos la condena, de ese régimen. La explicación de esta actitud se encuentra en que el régimen, tan duradero, tiene sus raíces en una espantosa guerra (in)civil (como le parecían a Unamuno todos las guerras civiles), por tanto, en una España rota en dos partes. En esa brecha echa sus raíces el Nuevo Estado. Tocar entonces el franquismo remueve inevitablemente la historia del enfrentamiento cainita y la evidente consecuencia: hubo vencedores y vencidos; unos padecieron mucho más que otros; y el nuevo régimen se levantó sobre los perdedores y acogió a los ganadores (aunque las ganancias para mucha población fueran bien escasas). El régimen de Franco no es una dictadura de militares, no es el resultado de un golpe militar, mucho más superficial para la sociedad y su historia, sino el fruto amargo de una guerra civil. A esto se suma que, como insisto, la borrosidad de la transición proporcionó un ambiente nada perturbador para la tranquilidad de conciencia a quienes de una u otra forma se sentían unidos al anterior régimen, ya que se impuso la discreción y la contención (por no decir la impunidad) en todo lo referente al pasado. Pero hay otra razón para este rechazo treinta años después de haberse desmontado el régimen. El Franquismo tiene sus raíces en la Guerra Civil, pero la Guerra Civil es la quiebra de la Segunda República. Y la Segunda República es como un espejo: la miras desde el presente y ves reflejada en ella problemas de la España de hoy. La República tuvo la capacidad de revelar de forma hiriente los problemas que tenía España. Afortunadamente, unos de ellos los ha superado la sociedad en estos años de democracia, pero otros permanecen reflejados. Por ejemplo, el de España y sus nacionalismos, el de la injerencia de la Iglesia, el de la educación. La mirada sobre la Segunda República produce las sensaciones contrarias de reconocer cambios profundos 11


y permanencias. Algunos de los debates que se mantienen ahora se produjeron también durante la Segunda República y se zanjaron con la Guerra Civil y el Franquismo. Por eso se puede dar hoy una identificación con el Franquismo, y por tanto el rechazo a criticarlo, sin que signifique involución. Para concluir, un comentario al uso generalizado de “Memoria Histórica” para definir este movimiento de recuperación y reparación. El gobierno ha cuidado para que no aparezca en el título de la Ley; y en su introducción dice que “no es tarea de la ley, o de las normas jurídicas en general, fijarse el objetivo de implantar una determinada memoria histórica”, porque “no le corresponde al legislador construir o reconstruir una supuesta memoria colectiva”. El historiador Santos Juliá, al comentar el papel para el historiador de los libros de memorias (El País, Babelia, 14-10-06) afirma: “Y, sin embargo, el pasado está ahí, a nuestras espaldas, y es necesario conocerlo en lo que fue y tal como fue. Para eso es preciso, ante todo, no fiarse de las memorias de los interesados, válidas para saber lo que son sus autores en el momento en que recuerdan, jamás para lo que fueron en el momento recordado”. O dicho de otra manera, estamos encerrados en el presente. Y el presente es el instante dilatado por la tensión, en sentido opuesto, del pasado y del futuro. Para que el presente no se quede en instante, y la vida en una sucesión de instantes, necesita que se dilate por la tensión del pasado y del futuro. No podemos salir del presente, pues el pasado ya ha transcurrido y el futuro es porvenir, pero el pasado está en el presente como memoria y el futuro, como proyecto. La persona y la sociedad están encerradas en el presente, pero como un contenido de memoria. Es necesario cargar el presente de memoria (como también de futuro, de proyectos). Pero la memoria no es un depósito, sino un ejercicio permanente: hacer memoria es volver a ver. Continuamente volvemos a ver las cosas que hemos visto y las reconocemos, y, por tanto, podemos decirnos: “sigo siendo yo”, “seguimos siendo nosotros”, porque lo que estoy viendo lo he visto ya antes, por tanto, permanezco, permanecemos. Sin embargo, no guardamos los recuerdos como impresiones exactas, sino de forma muy abstracta o incompleta. Por eso, al volver a ver puede producirse error de identificación, problema de reconocimiento. La memoria individual y la memoria colectiva están en continuo reajuste con el pasado, ya que están volviendo a ver y el recuerdo no es un calco perfecto de lo sucedido, de lo visto. 12


Tres poetas españoles contemporáneos reflejan muy bellamente en sus versos este volver a ver (volver a ser) de la memoria: Caballero Bonald plantea el imposible: Mi propia profecía es mi memoria: mi esperanza de ser lo que ya he sido.5 José Hierro expresa lo que realmente sucede: Sé que si busco al que fui no lo encontraré.6 Y Leopoldo de Luis en versos escritos al final consciente de su vida muestra de forma desgarrada el efecto que produce en la memoria la ausencia de futuro: Nada ha pasado. Todo se construye con falaces estigmas de memoria. …. Nada puede volver pues no existió.7 Estamos encerrados en el presente, pero para que no nos precipitemos en una sucesión de instantes necesitamos cargarlo de memoria, y la memoria hay que hacerla. Hacer memoria es volver a ver, un continuo reajuste con lo que vemos, con el pasado. En la memoria colectiva este ejercicio de reajuste recae sobre el historiador. El historiador tiene que asumir la epistemología de los versos de José Hierro, que la recuperación es imposible. Su función no es ésta, sino volver una y otra vez y procurar en cada presente ajustar la memoria del pasado. Sus métodos son el rigor y el debate. Desde la España del siglo XXI se vuelve a ver la España del XX. Desde un presente que ya no tiene la niebla de la Transición. Hay que ajustarse al nuevo paisaje. La Memoria Histórica es labor que está haciendo el historiador 8, por eso es histórica la

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“Mi propia profecía es mi memoria”, de Memorias de poco tiempo (1954). “Fe de vida”, de Alegría (1947). 7 De Cuaderno del verano 2005. Últimas notas. 8 Ruiz Franco, M.R. y Riesco Roche, S.: “Veinte años de producción histórica sobre la guerra civil española (1975-1995)”, en Revista Española de Documentación Científica, CINDOC, vol.22 – nº 2, 1999. Aguilar Fernández, Paloma: “Aproximaciones teóricas y analíticas al concepto de memoria Histórica. La Memoria Histórica de la guerra civil española”. Instituto Universitario Ortega y Gasset, Documentos de Trabajo del Seminario de Historia Contemporánea, s.a. 6

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memoria, pero también es una memoria colectiva, de ahí que haya que derramarla y empapar toda la sociedad. Esta es la tarea que tiene la sociedad española hoy, y que desde el Estado se quiere facilitar con sus instrumentos legales. Pero no hay que olvidar que el presente no sólo necesita de pasado, como memoria, sino de futuro. Y España necesita procurar la presencia del futuro como proyecto, como utopía, de igual modo que lo necesita el mundo globalizado conformado con el presente que le han impuesto: hay futuro si se está disconforme con el presente.

Antonio Rodríguez de las Heras Universidad Carlos III de Madrid

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El olvido está lleno de memoria  

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