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Arquitrave Nº

46, Diciembre de 2009

torre sin luz en busca de luciérnagas, asoma el tiempo su vieja cara de muerte perpetua”. Un día Ingrid Betancourt conoció al poeta. Y sintió el impacto de las grandes desventuras. Ella consiguió que la entidad legislativa le patrocinara el libro titulado “El olvido no tiene palabra” (1998), y como autora del prólogo escribió lo siguiente: “Dios ha querido, para fortuna mía, que conozca al poeta. De su mano he caminado por el túnel sin luz de la injusticia, a ciegas pero mordiendo siempre el tallo amargo de la rosa”. Inescrutable destino el que permite estos infortunios de negra pavura. No se entiende cómo la suerte se encarniza con seres buenos, dignos, creadores de belleza, como Javier Huérfano. Queda, empero, la contribución que, gracias a su vida atormentada, le dejan al arte. Tal el caso de este eximio poeta que en aquel lejano 1984 puso el primer ladrillo de una obra impulsada por su maestro Vidales, y que ha coronado la meta que él le pronosticó. Gustavo Páez Escobar

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