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Arquitrave Nº

46, Diciembre de 2009

Conejo Tú sé zorro y devórame. Encuéntrame al brincar en la nieve, persígueme con los ojos ensangrentados. Huyo. Para ser perseguido por ti. A veces vuelvo la cabeza y brinco al reconocerte. Brinco. Me late el corazón. Levanto mis orejas. Me alegro. Me ansías. Me persigues tan fervorosamente. Escucho tus pasos, tu latido y tus rugidos. Escucho con mis orejas aumentar tu temperatura, crecer tu apetito y salpicar tu sudor. Tú nunca renuncies. Aunque se te pelen las patas y tropieces con un tocón, levántate para perseguirme. Imagina lo deliciosa que es mi carne. Imagina el sabor del botín que consigues después de tres días de hambre. Mi carne es sumamente exquisita. Un monte de invierno. Todo está cubierto de nieve. Nos encontramos absolutamente solos. Huyo. Tú persígueme. Seguramente me capturarás. Llorando río, lloro riendo, y dentro de poco me alcanzas. Te lanzas contra mí. Tus brazos tibios. Tus palpitaciones violentas. Tu sudor rebosando. Tu aliento me toca las orejas. Esperaba este momento, siempre, desde hace mil años. Tú muérdeme el cuello con todas tus fuerzas. Ése es mi punto débil. Mi pelo blanco flota en el aire. Mi sangre roja se derrama, para manchar la nieve. Siento el cielo cerca. Mis dos pupilas reflejan el arcoíris, y expiro con una sonrisa irónica. Esperaba este momento. Siempre.

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