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Arquitrave Nº

46, Diciembre de 2009

El caballo desbordante Es un terreno fangoso de primavera. De la superficie nacen caballos, con brío, como los melones que se maduran. Cuando flamean sus crines, se mueven como cachipollas... Se meten en mi sueño, y atraviesan todos los rincones, dejando una sensación de fuelle vivo... (Hay un caballo que, borrado en un recodo, se convierte en una mata amarga de ortiga). Yo siempre pensaba que la primavera llegaba así de afanada. (Al desplazarme en medio del sueño, dándome vueltas, uno de mis ojos reconoce una luz de la casa vacía que desconozco, y el otro una vela encendida que se consume al lado de la cama, tambaleante). De muchas partes, se levanta el aroma vegetal hacia la ventana, y ahí al lado, desamparado, relincha un pequeño caballo. (Acaso... ¿le di agua?), me quedé con la duda. La sensación de pelaje... parecida a la costra del árbol, la llegada de los caballos... tan abrupta. 18

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