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Sunami

La

brisa

invadia

el

aire

del

inanimado

amanecer,

mientras

la

sensación

preponderante suspiraba cierta espectativa corrosiva y latente. La naturaleza detuvo su transcurrir, ocupando un tiempo indeterminado en juicios y premios, escrutando un devenir plagado de esperanzas y dudas. Brotaba de las aguas tranquilas el bramido de la destrucción maculado de oscuros presagios, acercándose al hombre con la fuerza del hambre tardío. Ostentando la gloria de su reinado arremetió contra el enemigo invasor de las tierras, arrojando sus menesteres y ocupaciones por la borda de la muerte, sacudiendo los huesos y maderos en la voragine de su boca huracanada. La seca sal marina escurrio su informidad dentro de cada apariencia posible de invadir, reclamando en su jactarse la supremacia de su movimiento mineral, denotando que su húmeda esposa se hace privativa de su voluntad. Observé desde la altura como se mezclaba la oscuridad con la luz solar, oscilando mi cuerpo al compas de los vientos y la tragedia. Con mis hojas mojadas descubrí el enojo del mar, lo palpe, deguste su fuerza al tiempo que gocé de sus violentas caricias, seguro de no caer... para no tomar complicidad en su propósito. Los cuerpos se esparcían hasta el alcance de mi horizonte; alfombraban la superficie aún mojada, inundando el aire de gemidos y penas, iluminados por un sol brillante que no albergaba sombras cambiantes. El mar se adjudica la tutoria de la destrucción desde una tarima tranquila y oleada, espumando la nueva playa, mientras acaricia el límite de la arena que demarcar el retorno a su rutina milenaria. Nada volvió a ser, el caos se regocija en su indeterminación, imperando la impotencia que enfrenta la necesidad de una reconstrucción que haga posible habitar a los seres bípedos, que se hallan descubiertos con su descarada desnudez. El único temor que latía en lo íntimo de mi razón de existir, era que la ambición humana no requiera éste pequeño espacio que ocupo, otorgando mayor valor al cemento armado que a la sombra que brindo para el descanso de la codicia. Al transponer el cenit nuestro sol, una muchedumbre vestida con símbolos rojos invadió el lugar, desplazándose adentro de cajas con ruedas que ostentaban los mismos emblemas rojos, introduciendo allí cuerpos sin vida... limpiando los olores y despejando la superficie. Obra: Sunami

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Autor: Teodoro Valentin


Gobernaban las lágrimas y los lamentos, los pedidos de ayuda y el silencio del trabajo, mientras el órden retomaba su supremacía. El movimiento se sucedió hasta que el sol asomó nuevamente, ofreciendo su calor y su luz al fragor de la depredación higiénica. El nuevo rugido que invadio el aire resulto bien recibido. El golpear de las aspas contra el viento producia una lluvia de envoltorios de ayuda, que contenían alimentos, abrigos y medicamentos. El contento sonreía en la tierra, brotaba el alivio abriendo brechas en la perenne amargura del drama infeccioso de las algas que pululaban fuera de su lugar. Con el silencio del alimento la paz dejo ver su luz, permitiendo recapacitar mansamente a las ideas rehabilitadoras. A los medios reconstructivos se los percibía en el límite entre lo escaso y lo nulo, siendo las promesas la única columna capaz de soportar la depresión y el desamparo. Oler a los cuerpos quemados me indicaba que la sucesión del tiempo transcurría acorde a un programa sin destino, al mismo ritmo que los lugares habitables conformaban nuevamente un enjambre de personas asentadas. Paso la gracia del impacto emocional aferrado a la mano del olvido, quedando en el barro aún húmedo el abandono del capital nada cooperativo e inhumanizado. La cuantificación y la rentabilidad volvieron a señorear en el apacible clima del lugar, reemplazando a la conciencia de que todo ser latente pertenece a la humanidad. La lluvia de ayuda dejo de aspar el cielo, siendo reemplazada por dinero entregado a las autoridades receptoras de los impuestos. Ni siquiera la tentacion justificó a los mismos, sólo el egoismo los juzgará en el caldo de la miseria, cuando las consecuencias de sus actos sobrepase el límite de la calidez corporal. A mi alrededor los comentarios brotaban de labios nada sonrientes, la impotencia ante las pasiones humanas resultaba mayor que frente a los efectos de las aguas. Quienes aluden prerrogativas autoritarias sobre los padecientes son las fotocopias de quienes reprimen cualquier grito de dolor, permitiendo libertades al extranjero que le ofrece porcentajes para sojuzgar a sus protegidos. Apuntalados sobre la soledad de lo descartable, sucumbieron los esfuerzos energizantes para remontar una nueva existencia, impidiéndoles denotar el suave brillo de una gramínea que asoma su corona por encima del pardo color del ser humilde. Lo escuché llamar con el apodo de Don Nadie, estimo que ni siquiera merecía un

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Autor: Teodoro Valentin


nombre, ya que su humildad prevalecia hasta en su ropaje, marginandolo dentro de los cánones de los valores globalizados. Cubriendo su piel con públicas lágrimas de verdad y eternidad, intentó dentro de su acotado radio de acción golpear las puertas de las instituciones de ayuda universal, respondiendóle que dentro del todo no se considera a la humanidad; ni siquiera se disculpaban, ya que sus objetivos eran tan elevados que los enseres mundanos no cabían dentro de sus fundamentos y principios sublimes. Con la nada animada en la congestionada necesidad que lo impulsaba, un pasmo de imaginación perversa recorrio su pensamiento. Acerco sus experiencias al poder de la información, comprobando Don Nadie que la velocidad lumínica es factible alcanzarla dentro de los propios juegos fisicos, resultando que el oprobio público mella las heridas mas allá del fluido que derrama. El anonimato cubrió de publicidad a los entes que donaron el material y la ayuda necesitada, sin reparar en gastos ni medios, descubriendo el universo del dinero que la simple coparticipación desnudo una vez más la crudeza de los valores contamporáneos del amor evaporado. La sorpresa impacto contra la impasividad del sometimiento, elevando a la población de mi alrededor a Don Nadie hasta la categoría de ídolo, trasladando sobre él la posibilidad eterna, lavándose las conciensas de la culpa en la inanición. Ha pasado el sol muchas veces sobre mi, y he visto a Don Nadie vestido, categorizado y emblemando en honores que lo desplazaron al hondo político de la región, subrayando la gloria al alcanzar el lugar de gobernante recaudador, reconocido en toda la tierra con premios y aplausos. Su capacidad de deslizamiento le permitio ingresar en círculos humanos de influencias entre naciones. Desde mi punto estrategico, arropado en el susurro marino, escuché que el enriquecimiento material de Don Nadie lo arrojó a los puestos reconocidos en las competencias de riquezas, deteriorando su otrora carácter apacible hacia la inestabilidad explosiva del deseo inmediato de su voluntad. Su soledad se transgenizó en otra soledad, se inundó con placeres sin contenidos, empalagándose de vanidad y posesión, descartando los valores de la inocencia... cotizando al amor con rentabilidad. La secuencia respondía al dogma de la globalización cuantitativa, penando el mismo en el desgaste sin retorno ganancial del volúmen oxigenado de aire que consume la poblacion

humana,

Obra: Sunami

tratando

la

ciencia

estructurada 3

de

elaborar

caudalímetros

Autor: Teodoro Valentin


diferenciales... ya que un deportista es mas rentable que un ciudadano. La novedosa inversion que realiz贸 Don Nadie result贸 un 茅xito, ya que la investigaci贸n marina le permitio descubrir a los moluscos cuyo ADN es preventivo contra el sentimiento de la piedad.

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Autor: Teodoro Valentin

Teodoro Valentin - Sunami  

Relato participante