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Trenes Llegamos un día a la estación del tren. Todo sucedió en un momento. El que recordare durante toda mi miserable vida. Fue uno de los peores días de mi existencia; no lo quiero recordar. No quiero saber nada de él, pero sin embargo, ahí sigue, impávido al paso del tiempo. El recuerdo ya no es algo que me guste, es más, acabar con mi vida no es un paso en vano. Quiero deshacerme de las cosas que me dañaron. Aquel día, uno de grandes tormentas a lo largo y a lo ancho del país, el tren llegó a la estación como todos los días. El ruido incesante que se creaba a causa de los llantos de los niños y los gritos de los padres para apaciguarlos, me daban dolor de cabeza. Miré en derredor, algo asfixiado para poder estar tranquilo, y observé cómo una madre tiraba a las vías del tren un paquete. Algo envuelto en mantas. Ella se dio la vuelta, como si no hubiese hecho nada, pero yo sabía que aquello era importante. La primera cosa que se me pasó por la cabeza fue que había dejado a un niño. Más tarde me sorprendo de lo inútil de aquel pensamiento, aunque por la época en la que vivíamos no era de extrañar aquel tipo de abandono. No me quise entrometer demasiado en la escena, no tenía nada que ver conmigo y quería estar tranquilo. Bastante tenía con lo mío, a decir verdad. Pero al cabo de un rato, una vocecita, como la del grillo al intrépido Pinoccio, me decía que salvase la vida al niño. Tuve que dejar las maletas en un lado apartado del tumulto de gente que allí se concentraba para irse o para reencontrarse con sus seres queridos. Di empujones varios, pisé y me disculpé durante cientos de veces, me aventuraría a decir miles, hasta que llegué al lado de la enorme rueda del tren. Vi allí, sobre la vía de color plata, un bulto de ropa. Creí oír el llanto del bebé. Me acerqué, con cuidado, curvando mi cuerpo sobre el duro suelo, mi tripa chocando contra la piedra, estirando el brazo para cogerlo. En el momento justo en el que explotó. Y todo esto lo cuento porque debo dejar un legado. Algo que sirva al resto de gente a que no sean confiados. Debemos confiar los unos en los otros, pero no de esa manera. Yo confiaba en esa mujer. La vi alejarse llorando, sufriendo por la pérdida de su retoño. Pero luego, la realidad nos azota con una fuerza bruta con la cual apenas nos podemos sostener, y nos damos cuenta de que las cosas no son como son. Son peores; mucho peores.

Josu - Trenes  

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