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Dime… Siento tu mirada vacía de cualquier sentimiento centrada en mi cara. No muestras vergüenza, arrepentimiento ni piedad. ¿Por qué no haces nada? ¿Por qué dejas que me traten así? ¿No era yo tu amigo, el que todo el tiempo te consolaba en esas frías noches de invierno, cuando me colaba por la ventana de tu cuarto para que no te sintieras sola en la cama? Dime, amiga, ¿dónde quedó? ¿Todo eso, dime, dónde quedó? Vanas promesas de amistad infinita, sin fecha de caducidad, de hermandad hasta el final. Pero llegó él… ¿Y luego qué? Me sigues mirando desde la distancia, tras él. No sonríes, pero tampoco estás enfadada o consternada. No me sirve de nada tu promesa de la amistad. No ahora. Ya no. Dime, ¿vendrás a mi casa entrada la noche, a consolarme en mi duelo, sabiendo que hoy te he enterrado para siempre? Dime si, quizás, debiera seguir llevando esta pulsera en la que ahora mismo fijas tanto la mirada. ¿Para qué? ¿Para recordarme que una vez fui tu amigo? No me puedo creer que tú tengas puesta la tuya. ¿No te da vergüenza? Yo… Yo te quería, o al menos eso creía. Te apoyé incluso cuando dijiste que, uno de aquellos que nos hacían a ambos la vida imposible, te gustaba más que nada en el mundo. Mi corazón se partió en mil pedazos, y hoy mismo, en este momento, los acabas de pulverizar con tu indiferencia. ¿Cuándo te perdiste, dime, cuándo lo hiciste? ¿Cuándo mi camino se separó del tuyo de una manera tan irremediable que tus ojos se volvieron inescrutables para mi persona? ¿Hice algo? ¿Te herí? ¿Hice que escupieras sangre y dientes como ahora yo hago a los pies de tu novio? Dime, ¿Qué hice? ¡Qué hice! Encima se ríen. Tu novio y su panda de gorilas. Un duelo de cinco contra uno, algo muy caballeroso, por supuesto. Seguro que hoy te encanta más que nunca follarte a alguien tan varonil todas las noches, ahora que ya no necesitas que yo te abrace por la noche. Noto cómo una lágrima se desliza por mi mejilla. Oigo más carcajadas. ¿Qué creen? ¿Que lloro por ellos? Nadie parece darse cuenta de que mi única mirada es para ti. Para ti, “amiga”. Permíteme preguntarte, ¿llorarías en sus brazos por alguien a quien él detesta? No, claro que no. ¿Llorarías entonces si muero? Dime, ¿qué harías si muero? Sí, vuélvete, dame la espalda. Contrae los hombros y haz como si nada ocurriera. Total, ya nada importa. Tú tienes lo que siempre has querido y yo nunca he estado más solo.


Una nueva patada en el estómago. Un poco más cerquita de lo que realmente me duele. ¿Qué me duele, dime, qué? Algo que yace a tus pies, que yo te entregué y que tú has roto, para siempre. Sólo dime, ¿qué harás cuando a la persona que él pegue sea a ti? Dime, ¿qué harás? Quizás entonces te preguntes que hubiera pasado si hoy tan sólo hubieras dicho no y me hubieras ayudado a levantarme en vez de alejarte lentamente, con la cabeza gacha, como si estuvieras llorando. ¿Me tienes pena? Más pena te tengo yo a ti. Yo, que confié en ti, que te apoyé, que te di consuelo, que mentí una y mil veces para que no te ocurriera nada malo. Yo, que aguanté tus ataques de ira contra la sociedad, tus depresiones y tus malas épocas con el alcohol. Yo, que estuve contigo cuando él por primera vez se aprovechó de ti… Más pena me das tú que, al contrario que yo, vives presa de una cruel ilusión y aún así ves con tus propios ojos lo que “el hombre” de tu vida hace con el que realmente ha sido y siempre será el hombre de tu vida. Sólo lamento que te vayas a dar cuenta dentro de demasiado tiempo de esto. Sólo lamento no poder consolarte cuando te culpes de lo que ha pasado hoy y en los últimos meses. Sólo lamento no haberte dicho nunca cuánto te quiero. Y es que en verdad quiero odiarte, pero me es imposible… Pero… Veo tu espalda. Sólo, tan sólo… Giras de una manera repentina. Dime una cosa… Miras con terror y los ojos anegados en lágrimas cómo un largo filo metálico aparece en escena. Sólo dime… ¿qué sentirás mientras muera hoy?


Asile - Dime