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Elisabeth Eidenbenz (Zúric, 1913) trabajó de maestra en varios colegios de Suiza y Dinamarca hasta 1937, año en que se trasladó a Burjassot (Valencia) como voluntaria en la Asociación de Ayuda Suiza a los Niños Víctimas de la Guerra. Colaboró en tareas de ayuda humanitaria durante la Guerra Civil española en zona republicana, e inmersa en el éxodo en el año 1939 pasó a Francia. Organizó una maternidad para acoger a las mujeres embarazadas que estaban refugiadas en los campos de concentración de Argelers, Sant Cebrià, el Barcarès y Ribesaltes. Esa maternidad funcionó ininterrumpidamente hasta el año 1944, fecha en que el ejército alemán decidió cerrarla. Ha sido premiada por el gobierno de Israel por su labor en favor de los judíos, y en 2002 recibió del Estado francés la medalla de los Justos entre las Naciones.

«Había una madre que no tenía leche y el niño lloraba de hambre día y noche. Cuando se agotaba de tanto llorar, se dormía y ella le daba calor con su cuerpo. Cuando salía el sol, enterraba al bebé en la arena hasta que le dejaba fuera sólo la cabecita. La arena le servía de manta. Pero al cabo de unos días el niño se murió de frío y de hambre. Yo estaba embarazada y con sólo pensar que mi hijo nacería en aquel infierno me desesperaba.»

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ISBN 978-84-96201-43-9

LA MATERNIDAD DE ELNA

LA MATERNIDAD DE ELNA LA HISTORIA DE LA MUJER QUE SALVÓ LA VIDA A 597 NIÑOS

ASSUMPTA MONTELLÀ

Assumpta Montellà (Mataró, 1958) está licenciada en historia por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) en la especialidad de historia moderna y contemporánea. Es autora de varios trabajos de investigación sobre la Guerra Civil española y las rutas del exilio. Publica artículos en la revista Sàpiens y colabora también en varias publicaciones locales de temática histórica. Colabora y participa activamente en diferentes asociaciones que trabajan para la recuperación de la memoria histórica y en otros colectivos relacionados con la historia contemporánea de Catalunya. Pero su verdadera vocación es mirar y remirar papeles, hurgar en la memoria de la gente, hablar y conocer todas sus anécdotas para después poder escribir el pulso de su país. La maternidad de Elna es su primer gran trabajo publicado sobre investigación histórica.

ASSUMPTA MONTELLÀ

La maternidad de Elna es el testimonio emocionante de unas mujeres que, estando a punto de dar a luz, fueron rescatadas de los campos de concentración republicanos de Sant Cebrià de Rosselló, Argelers y Ribesaltes, donde vivían en lamentables condiciones, y fueron acogidas en una maternidad que fundó la maestra suiza Elisabeth Eidenbenz. Allí pudieron ver nacer y alimentar a sus bebés en condiciones excepcionales. La maternidad de Elna es pues la heroica historia de una mujer que salvó a 597 recién nacidos de una muerte segura.

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Primera edición: Febrero, 2007 © de esta edición: Ara Llibres, S.L. Corders, S.L. Corders, 22-28 08911 Badalona © Assumpta Montellà © de la traducción: Carles Miró Diseño de cubierta: Neli Ferrer Fotografia de cubierta: Archivo Elisabeth Eidenbenz Fotografia de solapa: Dani Codina Fotografias interiores: Archivo Elisabeth Eidenbenz y Geotec Fotocomposición: Victor Igual, S. L. Impressión: Cayfosa-Quebecor ctra. Caldes, km 3 08130 Santa Perpétua de Mogoda isbn: 978-84-96201-43-9 dipòsit legal: b-54204-2006 Todos los derechos reservados. Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra mediante cualquier medio o procedimiento, y el alquiler o préstamo público sin la autorización escrita de los titulares del del copyright


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Al ni単o enterrado en la arena de Argelers


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Había una madre que no tenía leche y el niño lloraba de hambre día y noche. Cuando se agotaba de tanto llorar, se dormía y ella le daba calor con su cuerpo. Las mantas que tenían todavía estaban empapadas de aquellos días tan malos de febrero. Cuando salía el sol, enterraba al bebé en la arena hasta que le dejaba fuera solo la cabecita. La arena le servía de manta. Pero al cabo de unos días el niño se murió de frío y de hambre. Yo estaba embarazada y con solo pensar que mi hijo nacería en aquel infierno me desesperaba. Después de unas semanas, en el barracón de enfermería del campo encontré a la señorita Elisabeth o, mejor dicho, ella me encontró a mí. Me propuso parir en una Maternidad situada en Elna, allí mismo, en el Rosellón. El día que nació mi hijo en la sala de partos de la Maternidad, no pude reprimir las lágrimas. Todo el mundo creyó que lloraba de emoción, pero solo yo sabía que lloraba por el niño enterrado en la arena de Argelers. mercè domènech portbou, 2004


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Índice

Prólogo Unas palabras Introducción

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El éxodo republicano Los campos de concentración franceses Elisabeth Eidenbenz y la Maternidad La clausura de la Maternidad Los niños de Elna

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Epílogo Relación de los 597 nacidos en la Maternidad Agradecimientos Bibliografía

137 149 159 165


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Prólogo

E

n la vida universitaria hay muchos estudiantes que expresan su fascinación por la investigación con la idea de que se adentrarán en el pasado para aportar luz y así explicar mucho mejor lo que sucedió. Entonces van a ver a un profesor en quien tengan confianza y con el que haya buena comunicación y le presentan el proyecto. De esas propuestas, una pequeña parte, normalmente las que son precisas y claras, llegan a buen puerto y se acaban llevando a cabo. Es el caso del estudio de Assumpta Montellà. Ella ha sido una estudiante que ha accedido a la universidad, concretamente a la Autònoma de Barcelona, a mayor edad de la que es habitual, y al descubrir la investigación ha quedado seducida por este mundo, el que se dedica a quitar la pátina de polvo, de olvido o de ignorancia a lo que ya es historia. Hay en su trabajo, profundo y humano, un aspecto fundamental: su interés por la historia es paralelo a su afición por conocer la geografía y todos los rincones del país, así como por acercarse a la gente que vive en él. Es así como siguió de manera precisa y concreta sobre el terreno los pasos, los senderos, los atajos, lo que generalmente se ha dado en llamar «los caminos del exilio de 1939». Ha seguido la huella de mujeres y hombres, de grandes y pequeños, que huían del avance militar franquista. Ha ido por los alrededores y hasta el límite de la frontera entre los estados francés y español, y ha preguntado cómo, cuándo, cuántos y qué exiliados cruzaron la línea. Sus investigacio-


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prólogo

nes la han llevado a hablar por todos los pueblos, villas y ciudades que fueron lugar de paso de gente fugitiva de la guerra y del franquismo. Ha hablado con payeses, masoveros, gente que trabajaba en el bosque, pastores, amas de casa, herreros, funcionarios, ferroviarios, carteros, cafeteros, militares de uno y otro bando del conflicto fratricida, con la gente más diversa. Con personas que pasaban fugitivos por dinero o por fraternidad humana, con testigos presenciales del éxodo más grande de la historia de Cataluña. Entre esta multitud de preguntas sobre aquel éxodo masivo, se le apareció un hecho que nadie antes que ella había captado en su exacta medida: la Maternidad de Elna desde 1939 hasta 1944, año en que los alemanes fuerzan su cierre. En Elna, en el Rosellón, población situada en la Cataluña del norte de los Pirineos, cerca de los campos donde los refugiados creían encontrar cobijo y calor, se produjo un hecho capital para entender la heroicidad más verdadera. Tras haber acompañado a personas y a sus recuerdos a las playas del exilio, puede mostrar, por si aún alguien tiene alguna duda, el falso nombre de lo que no dejaban de ser campos de ergástulo y concentración. Allí localizó la historia de cientos de madres que pudieron salir de manera provisional de los campos para ir a dar a luz en la Maternidad de Elna. Ese es el contenido de este libro, la historia de una joven maestra suiza que por amor a la infancia, al prójimo, saca a las futuras madres de las infrahumanas condiciones de los campos en los arenales de la playa y, tras vencer todo tipo de dificultades, las acoge en Elna. Sin Elisabeth Eidenbenz, esos bebés habrían engrosado la cifra de mortalidad de más del 90% al parir sus madres, por la ineficacia de un Estado francés débil, poco previsor y menos solidario.


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Hoy los bebés de entonces tienen entre sesenta y setenta años, aún quedan algunas madres y padres muy mayores, y todos ellos son supervivientes y testigos de una época cruel que es preciso no olvidar. Alguien ha dicho que esta es la Lista de Schindler catalana; quizá lo sea. Pero lo es sin dinero ni dudas ideológicas de ningún tipo. Assumpta Montellà, con lucidez y sensibilidad, ha removido recuerdos, ha sacudido conciencias y ha trabajado con rigor, documentación y archivos. Ha sabido dar forma a un hecho que no es producto de la casualidad, sino del coraje de una entonces joven maestra que, escandalizada por el abandono que sufrían los más inocentes de una guerra salvaje y despiadada, hizo lo que creyó que era su deber: hacer triunfar la vida por encima de todo. josep maria solé i sabaté


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Unas palabras

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l día que conocí personalmente a Assumpta llevábamos meses manteniendo correspondencia por carta y, por lo tanto, ya no partíamos de cero. Me resultaba extraño que alguien quisiera fijarse especialmente en mi trabajo de aquellos años, como si fuera algo excepcional, cuando en realidad solo habíamos hecho, mi equipo y yo, lo que correspondía en aquel momento. En todo caso, el carácter excepcional del hecho venía dado por el momento que nos había tocado vivir: una guerra en España y después una segunda parte aún más cruenta en el resto de Europa. Las primeras preguntas que me hizo me sorprendieron porque hasta aquel momento no me las había planteado nunca nadie, ni siquiera yo misma había reflexionado sobre ello. Me pidió si había sido feliz de niña, quién era y cómo era mi familia. Seguro que buscaba entre mis raíces alguna causa o motivo que justificara mis años de dedicación a la Asociación de Ayuda a los Niños en Guerra. La segunda pregunta era qué les había dicho a mis padres para que entendieran que yo, con solo veinticinco años, podía irme sola a un país en guerra como era la España del año 1937. Pensé que el tiempo había pasado muy deprisa y que mis años de juventud quedaban demasiado lejos para que Assumpta entendiera que yo también había tenido ilusiones, ideales... A principios de septiembre del año 1936, formaba parte de los movimientos sociales suizos que observaban con inquietud


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unas palabras

la destrucción de la población civil española, víctima de los bombardeos franquistas. Eran los primeros relámpagos que auguraban la tempestad fascista que se extendería por toda Europa tres años más tarde. Desde Inglaterra, una comisión paritaria del Parlamento confirmaba la terrible situación de las mujeres y los niños en un Madrid bombardeado. Carecían de alimentos, asistencia médica, transportes de enfermos... ¿Qué se podía hacer? ¿Cómo se debía proceder sin inmiscuirse en los intereses partidistas del conflicto? Rodolfo Olgiati, entonces secretario del Servicio Civil Internacional de la delegación suiza, y posteriormente secretario general de la Cruz Roja Suiza en su filial de ayuda a los niños en guerra, viajó en enero de 1937 a la España republicana y se reunió con representantes del gobierno republicano, cuáqueros ingleses y varias organizaciones de ayuda internacional. Los delegados de Franco habían rechazado toda ayuda extranjera a la zona ocupada. Por lo tanto, Rodolfo Olgiati dio prioridad a la ayuda en la evacuación de la población civil de la zona de Madrid, Valencia y Cataluña. Mientras tanto, en Suiza, muchas asociaciones se habían reunido para preparar una acción conjunta de ayuda a España: la Obra Suiza de Ayuda Obrera, la Central Sanitaria Suiza, el colectivo de médicos y enfermeras, la asociación Cáritas, el colectivo de profesores y profesoras, y otras asociaciones con finalidades sociales que juntas formarían más tarde la Ayuda Suiza a los Niños de España. Organizamos una recogida masiva de alimentos, ropa, zapatos y dinero para comprar artículos de uso diario, como jabón, libros y material para escribir. Con todo el material llenamos cuatro camiones que, junto con voluntarios como yo misma, llegó a España el 24 de abril de 1937.


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unas palabras

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Pero aún nos quedaban por vivir dos años más de guerra y destrucción. Desgraciadamente para todos los que trabajábamos a favor de la paz y de la libertad, tuvimos que retroceder en medio del éxodo republicano, y la Maternidad de Elna fue la última parada de un final de trayecto para muchos. Con todo, tengo la satisfacción personal de que aquel sitio fue una isla de paz en medio del infierno. Era como una burbuja de oxígeno necesaria para recuperarse y continuar viviendo, en otro país quizá, o en otro orden, si se volvía a casa, pero para continuar adelante en todos los casos. Con Assumpta hemos repasado todos aquellos años, sobre todo los de la Maternidad. Le he contado que entonces hacíamos nuestro trabajo, día a día, sin pensar más allá de las necesidades materiales y humanitarias más inmediatas. Pero con la perspectiva que me da el tiempo transcurrido, pienso en los 597 niños que nacieron en la Maternidad, que sobrevivieron, que han crecido y se han hecho personas, y que han creado sus propias familias. Y es ahora, después de sesenta y cinco años, cuando veo la importancia de esa labor. El libro de Assumpta servirá para que todo el trabajo realizado en la Maternidad de Elna se pueda consultar, investigar, estudiar... En definitiva, para conocer una etapa histórica y social de la gente de su país. En mi caso, revivir aquellos años ha servido para darme cuenta de que la Maternidad fue el trabajo más importante de mi vida. Y el hecho de que sea el motivo de este libro es para mí todo un honor y un privilegio que agradezco de todo corazón. Muchas gracias. elisabeth eidenbenz junio de 2005


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Introducción

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ste libro recoge la historia de 597 personas anónimas nacidas en la Maternidad de Elna, en la comarca del Rosellón, en la Cataluña Norte, en el periodo comprendido entre enero de 1939 y abril de 1944. La mayoría de ellas son hijas de madres exiliadas y refugiadas en los campos de Argelers, Sant Cebrià, El Barcarés y Ribesaltes. El carácter excepcional de esta Maternidad es que gracias a su directora, Elisabeth Eidenbenz, y su equipo se pudo salvar a esos bebés de una muerte segura. En los campos de refugiados el índice de mortalidad infantil era del 95 % y estos niños de la Maternidad nacieron lejos de la miseria de los campos, en «una isla de paz dentro de un océano de destrucción», como dice la misma Elisabeth Eidenbenz. Las mujeres embarazadas eran recogidas en los campos de refugiados por las enfermeras de la Maternidad y permanecían una media de ocho semanas, bien atendidas y con apoyo psicológico y moral. Mientras tanto aprendían a cuidar a los bebés, a bañarlos y alimentarlos, todo bajo la tutela de la directora, Elisabeth Eidenbenz, el alma de esta historia, que con su coraje transformó un pequeño palacio rural abandonado en una maternidad que funcionó a pleno rendimiento en un contexto bélico, y trajo nuevas vidas al mundo a pesar de que más allá de sus paredes el mundo parecía empeñado en seguir por los caminos de la guerra y la muerte.


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introducción

Las historias de estos bebés, que ahora tienen entre sesenta y sesenta y cinco años, no son grandes gestas ni hechos heroicos, sino pequeñas narraciones muy cotidianas, hechas en primera persona, que intentan captar el pulso de un tiempo y de un país que ha perdido una guerra, con sus horrores, sus sufrimientos y sus miserias. Algunos han muerto, pero la mayoría continúan vivos. Son los niños del exilio, hijos del éxodo más grande de toda la historia de Cataluña, una generación perdida atrapada sin remedio en un mundo de adultos abocados a vivir en el miedo, la sospecha y el odio, con el estigma de la expatriación forzosa. Por todo ello, os propongo, por la actualidad del tema y por su mensaje implícito, revivir la historia de esos niños y niñas nacidos en la Maternidad de Elna. Su sufrimiento debe ser un toque de atención y un motivo de reflexión para las generaciones presentes y futuras, además de un reconocimiento histórico a todos los hombres y mujeres que vivieron de niños el drama de un exilio. Cada uno de ellos es un motivo para escribir este libro.


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1 El ĂŠxodo republicano


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n 1939, al terminar la guerra civil, muchos ciudadanos y ciudadanas de Cataluña tuvieron que sufrir el drama humano y social del exilio forzoso hacia otros países. Casi medio millón de personas —470.000 según el informe Lavalière— huyeron a Francia entre el 28 de enero y el 12 de febrero de 1939. Largas filas de hombres, mujeres, niños y ancianos se dirigían hacia los pasos de Cervera, el Portús, el Coll d’Ares y la Guingueta d’Ix (Bourg-Madame), bajo las bombas y las balas de los aviones franquistas que atacaban las carreteras y los pueblos del trayecto. Las autoridades francesas les negaron el paso hasta que, en la noche del 27 al 28 de enero, permitieron pasar a las mujeres y niños. Después de tres días autorizaron el paso a los heridos y más tarde a todos los fugitivos. Las tropas, autorizadas a cruzar la tarde del 5 de febrero, entraron en Francia ordenadamente, en filas y desarmadas. La frontera quedó cerrada cuando las fuerzas franquistas llegaron a el Portús a las dos del mediodía del 9 de febrero, a Cervera el día 10 y a la Guingueta d’Ix el 13. A los exiliados, que buscaban la libertad a contracorriente, solo les quedaba la esperanza de cruzar la línea para encontrar la igualdad entre hombres y mujeres, y poder escoger su destino en una sociedad justa, fraternal y solidaria. Pero el éxodo fue tan masivo que las autoridades francesas quedaron desbordadas y miles de personas fueron enviadas a


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los llamados centres d’accueil. Entonces, la esperanza se convirtió en el inicio de una pesadilla. En realidad, no se había previsto ninguna estructura de acogida hasta ese momento. París no esperaba que el ejército republicano se hundiera tan rápidamente. Confiaba en que las tropas franquistas serían detenidas al norte de las comarcas de Barcelona. Incluso los analistas franceses más pesimistas advertían que el Estado francés se podría encontrar con una entrada de entre 50.000 y 60.000 refugiados. Con esa previsión, las autoridades francesas no manifestaron ninguna inquietud, hasta que a partir del 23 de enero, cuando la ola de fugitivos ya hacía presión en la frontera, el gobierno francés puso en marcha el dispositivo Plan de Barrage, integrado por sesenta y nueve batallones de la Garde Republicaine Mobile, seis compañías de gendarmes y quince regimientos del ejército. Todo ese contingente patrulló por la línea fronteriza entre el 26 de enero y el 13 de febrero de 1939, e intentó organizar y distribuir la multitud de refugiados que se colaba por cada paso de montaña, por cada entrada de caminos, de carretera, por mar... Huía tanta gente que parecía que la Cataluña republicana iba a quedar vacía... Todos andaban en silencio, sin pensar. Tan solo querían llegar a Francia y el instinto de supervivencia los empujaba hacia adelante. Era un infierno. En un lado de la carretera, los soldados, los camiones, los tanques; en el otro, los civiles en carro, en burro, a pie, con ancianos y niños. La retirada fue caótica, un desastre humanitario de grandes dimensiones. La población civil no tenía manera de huir. Iban a pie por las carreteras y era patético ver cómo intentaban salvar las cosas más extrañas. Había gente que cargaba desde una vajilla hasta un cerdo, gallinas, muebles enteros o colchones. Era terrible ver como poco a poco dejaban sus pertenencias en los márgenes de los caminos y las carreteras. Las mantas que


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muchos llevaban encima estaban empapadas por las lluvias y la nieve, y hacían aún más evidentes sus miserias. Ante hechos así te das cuenta de lo que es la guerra, de todo lo que te quita una guerra. Todo se pierde, y no solo las posesiones materiales, sino también la familia, los amigos, el presente, el futuro, todo... Los caminos de Francia fueron hostiles. La mayoría de los soldados del ejército republicano que cruzaban los Pirineos se encontraban en un estado lamentable, a causa de las largas marchas a pie, con frío y nieve. Muchos de ellos estaban heridos. Los gendarmes franceses los desarmaban sin contemplaciones y en la aduana amontonaban fusiles, pistolas, bombas de mano y otros materiales bélicos que pasaban a las arcas del Ministerio de Defensa francés junto con los carros de combate y la artillería pesada. Algunos prefirieron arrancarse los galones y entrar en Francia como civiles para evitar más deshonor aún, y ahorrarse el desarme y los registros vejatorios de los gendarmes franceses, que aprovechaban cualquier pretexto para robarles lo poco de valor que llevaban encima. Justo en la línea de la frontera, en aquel horizonte de esperanza para muchos, se instalaron los especuladores que ofrecían a los vencidos cantidades irrisorias a cambio de joyas, relojes, plumas estilográficas, recuerdos de familia, etc. Los exiliados llevarán grabado en la memoria para siempre el momento en que llegaron a la línea de la frontera. Todos recuerdan la decisión desesperada e inevitable de pasar al otro lado, que concedieron a la nostalgia recién estrenada una rápida ojeada hacia atrás, con la incertidumbre de que quizá no verían nunca más los perfiles queridos, y que después volvieron la vista hacia adelante, donde solo había una imagen y un sonido que los acompañarían durante mucho tiempo: los alambres de los campos de concentración y los «Allez, allez» de sus guardianes.


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R e m e i

O l i v a

Eran las once de la noche cuando llegó mi hermano. Le habían prestado un camión y nos propuso salir en dirección a la frontera. Mi marido, Joan, ya hacía días que se había marchado con su regimiento. Los franquistas estaban a las puertas de Barcelona. No tardamos en decidirnos, pero había que coger algunas cosas, a pesar de que no podíamos ir demasiado cargados; en el camión iba más gente aparte de nosotros y todos se llevaban lo que podían. Entonces me di cuenta de la importancia de las pequeñas cosas que te rodean y que no valoras. Me emocioné porque el taller de modista era mi mundo y quizá, si regresaba algún día, no quedaría nada de él... Prefería no pensarlo más, el momento era grave y había que darse prisa. Recogimos algo de ropa, la comida que teníamos en casa y mantas, ya que el camión era descubierto y en el mes de enero el frío era intenso. Subidas al camión nos esperaban diez personas más, entre las cuales había dos niños de ocho y diez años. Cargamos un par de maletas, un colchón, las mantas y un pequeño barril de vino. Antes, no obstante, cerramos la puerta de nuestra casa con una inmensa pena. Desde el camión, veía como nos alejábamos de casa hasta que la perdimos de vista. Entonces me instalé en el fondo del vehículo, sentada en el suelo, y me tapé con una manta. Ese instante lo llevaré clavado en el alma para siempre. Mi hermano tenía la orden de pasar por el sindicato para recoger a más mujeres y a una madre joven con su bebé de nueve meses —el marido había huido porque estaba metido en política. Tomamos la carretera general, la de Francia, la del éxodo. No podíamos perder más tiempo, pues la gente decía que las tropas franquistas bajaban por las montañas para cortarnos el paso. En la carretera cada vez había más gente: a un lado, civiles a pie, y a otro, tropas, carros y camiones. Nosotros, montados en el


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el éxodo republicano camión, éramos unos privilegiados y a menudo teníamos que disuadir a las personas que querían subirse. Los aviones franquistas volaban raso para ametrallar y lanzar sus bombas sobre una población agónica. Como íbamos por la carretera de la costa, también sufríamos los cañonazos de los barcos enemigos. Con esa angustia tardamos dos días en llegar a Girona. Allí nos esperaba otro problema: la gasolina se nos acababa y teníamos que encontrar abonos de combustible para llegar hasta la frontera. Mi hermano, después de negociar durante más de dos horas, consiguió la gasolina necesaria para llegar a Figueres, la última ciudad española importante antes de la frontera. Allí habíamos quedado en encontrarnos con mi marido, Joan, pero en medio de tanta gente no sabía por dónde empezar a buscarlo. Los nacionales bombardearon la ciudad dos veces durante la noche, y la dejaron llena de escombros, heridos y muertos por todas partes. El consulado solo estaba abierto por la mañana y para nosotros era muy importante conseguir los pasaportes. Estuvimos muchas horas haciendo cola, entre huidas rápidas hacia el refugio cada vez que regresaban los aviones fascistas. Pasábamos las noches en la sede del sindicato, una casa inmensa pero llena de gente a todas horas. Había colchones, maletas, heridos apoyados en las paredes, niños que lloraban y gente que salía y entraba continuamente. Así pasamos diez días, intentando sobrevivir haciendo colas para los papeles, para comer, para dormir..., y sobre todo para tener noticias de mi marido. Un compañero de regimiento nos dijo que pasaba mujeres y niños a la frontera. Estaba en un pueblecito de montaña, a diez kilómetros de la línea. Cada día llevaba gente al otro lado por caminos de bosque, personas sin posibilidad de tener papeles. Dejé a mis padres en el sindicato de Figueres y junto con mi hermano fuimos montaña arriba por un torrente embarrado, descalzos porque en los zapatos llevábamos huevos que habíamos

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comprado en una masía del valle. Yo necesitaba encontrar a Joan para pasar la frontera juntos. Allí, en mitad del bosque, escuchábamos como los aviones bombardeaban el valle una y otra vez. Nos sentíamos protegidos por la espesura, pero no dejaba de pensar en mis padres, solos y desamparados en Figueres en medio del bombardeo, la lluvia y el frío. Llegamos al pueblo ya de noche, ¡y la emoción que sentí al reconocer la voz de Joan dentro de una de las casas! ¡Qué felicidad! Con la alegría de reencontrarnos, no pensamos en nada más, ni en el futuro, ni en cómo cruzaríamos la frontera... A Joan le dieron un permiso y nos alojamos en una casa abandonada para poder estar solos y contarnos tantas cosas... Llevábamos tantos meses separados... Me sentí casi feliz. Al día siguiente, soldados del regimiento de Joan traían nuevas órdenes. Los nacionales avanzaban ya en dirección a Figueres. Había que recoger a mis padres y cruzar la frontera. A la hora fijada estábamos todos juntos otra vez, subidos en el camión y en una fila lenta hacia Llançà. Ahí me sorprendió un tren de mercancías que estaba parado. Uno de los vagones estaba lleno de heridos a los que nadie atendía desde hacía días. Algunos morían y los otros no tenían ánimo ni de apartarlos. En aquel momento pensé que a pesar de todo teníamos suerte. El resto del día lo pasamos dentro del túnel del tren para protegernos de los aviones. Por la noche, amparados por la oscuridad, llegamos a Portbou. En aquel pueblecito se veían las mismas imágenes que en todos los pueblos del éxodo: una multitud de gente caminando maquinalmente, coches, camiones... por una carretera estrecha que serpenteaba bordeando el mar hasta la línea de Francia. La frontera, sin embargo, no siempre estaba abierta. Dejaban pasar a unos cuantos y la volvían a cerrar. Eso provocaba filas de gente que esperaba mientras los aviones repasaban una y otra vez a la multitud indefensa.


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el éxodo republicano Mientras esperábamos, también fuimos testigos de un hecho insólito. La gente que había llegado en coches o camiones llenos de muebles cogidos a última hora a raíz de la huida, y que ya no tenían combustible o no querían dejarlos en manos de los enemigos, recogían las pertenencias más indispensables y precipitaban los vehículos cargados por los acantilados. Era impresionante. Aquellas personas destruían cosas que formaban parte de su vida. Y poco a poco, con paciencia, asustados, llegamos a la frontera. Allí todo sucedió muy rápido, casi no nos controlaron, solo nos preguntaron si llevábamos armas. Estábamos en Francia. Ya no temíamos a los aviones ni a los barcos, pero recuerdo que el corazón se me encogió: ¿cuándo regresaría? Seguimos hasta Cervera caminando. La gente del pueblo estaba en las puertas de sus casas contemplando aquel desfile. Algunos se emocionaban, otros nos ofrecían comida y mantas secas. Los gendarmes nos condujeron hasta la playa de Argelers...

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M a r í a

G a r c í a

No recuerdo exactamente la fecha, pero diría que fue a finales de enero de 1939 cuando dejamos de trabajar. Salí a la calle, donde me esperaban mis compañeras. Decidimos irnos para probar hasta donde llegábamos. Cogí una muda, la guardé en una bolsa y comenzamos a avanzar por la carretera. No sé cuántos kilómetros hay de Barcelona a Girona, pero sé que se me hizo muy largo el camino oyendo los aviones que bombardeaban incansablemente. ¡Cuántos compañeros y amigos dejamos por el camino! Cuando morían, como no los podíamos enterrar, los acomodábamos en la cuneta y con mucho dolor los dejábamos allí, hijos de sus padres, padres de sus hijos. Cuando lo recuerdo, pienso que a pesar de todo tuve suerte. Al llegar a Girona, lo primero que hicieron mis compañeras fue buscar un oculista para que me sacara un trozo de metralla que tenía en un ojo. Me dolía mucho, así que cuando el oculista me lo sacó me sentí mucho mejor. Le preguntamos qué le debíamos y el hombre nos abrazó y nos dijo que era de los nuestros. Era un señor mayor y nos deseó mucha suerte para llegar hasta Francia. Encontrar a ese señor fue verdaderamente un milagro, porque aún faltaban muchos kilómetros para llegar a la frontera. Cuanto más nos acercábamos a la frontera, más tristes nos sentíamos, pero enseguida pensábamos que aquella retirada sería por poco tiempo y eso nos animaba a seguir andando. Por fin llegamos a la frontera, a Puigcerdà. Allí me encontré a mi novio, Teófilo, al que hacía meses que no veía. También nos encontramos al novio de mi compañera, Maria Gil, y todos juntos pasamos la frontera al cabo de tres días. Recuerdo la primera sensación que tuve cuando oí: «Dos pasos hacia adelante; esto es Francia, sigan a los gendarmes». Después vendrían los empujones y los chillidos de «Allez! allez!».


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el éxodo republicano Nos hacían ir corriendo y la gente de los pueblos nos miraba asustada y entraba en su casa cerrando bien la puerta. Después supimos que era porque nos habían hecho mala propaganda. Por fin llegamos a nuestro nuevo hogar. Ni se nos pasó por la cabeza la sorpresa que nos tenían preparada los franceses. Al verlo, no pudimos evitar llorar y pensar qué vendría después. Estábamos en un campo de concentración que habían hecho en la playa de Argelers, rodeados de alambres de pinchos y arena. Eso fue a principios de febrero de 1939, con un frío horrible y una tramontana que no te dejaba andar, y mucho menos por la arena. Nos teníamos que agarrar unos a otros para mantenernos en pie. Así fue nuestro éxodo y así comenzó nuestro exilio...

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J u a n a

P a s q u a l1

La guerra ya estaba perdida y, como mi marido era médico y teniente del ejército republicano en el frente de Aragón, tenía mucha responsabilidad ante Franco e inició la retirada. Se marchó justo cuando nació nuestro segundo hijo, una niña. Yo me quedé con mis dos hijos y mis suegros. Pasaron seis meses y mi suegra ya llevaba luto porque no teníamos noticias y pensábamos que lo habían matado durante la retirada. Un día se presentó una señora que venía de Perpiñán y nos dio noticias de él. Me dijo que no podía regresar porque estábamos ya en plena represión franquista y fusilaban a todas las personas que se habían relacionado con la República. Así pues, como tenía la dirección del lugar donde se alojaba en Perpiñán, dejé a los pequeños con los suegros y salí en dirección a Francia. Entonces solo se podía llegar hasta Figueres y para pasar la frontera se necesitaba un permiso especial. Todo estaba muy vigilado. La mujer que me trajo las noticias de mi marido, sin embargo, me dio unas indicaciones para pasar a Francia por la montaña. Debía ir hasta Agullana y preguntar por la masía de Mas Bec de Dalt. Pasé la noche en la masía para poder cruzar la frontera de madrugada. Aquella casa y aquella gente eran muy primitivos. De la cama que me prestaron, al levantar la manta, salieron unas ratas grandes y asquerosas... Para la travesía, la mujer de la masía me dio unos papeles de periódico para protegerme las piernas de los zarzales. Me dijo: «Yo 1. Nota de la autora: Por voluntad expresa del testigo, hemos preservado su identidad y hemos ocultado su nombre real y el de su hijo utilizando este pseudónimo.


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el éxodo republicano iré delante y no me pierdas de vista porque si te retrasas yo no te esperaré». Ella andaba deprisa porque estaba acostumbrada a ir por la montaña. Yo tenía rasguños por todas partes. Todo estaba cubierto por las zarzas, hasta el punto de que, cuando vi un perro que salía corriendo de un matojo, dije: «Mira, un perro». Y ella dijo, despectiva: «Eso es un zorro». Recuerdo la fecha exacta porque era el día de la verbena de San Juan y llegué a Perpiñán el día de San Juan. Todo eso a pie, desde Figueres hasta Agullana, y desde ahí por la montaña hasta Francia. Justo en la frontera, encontré una patrulla de policías españoles y resultó que uno de ellos era conocido de la familia. Me preguntó: «¿Qué haces por aquí?». Yo le contesté que me alojaba en Agullana mientras esperaba los papeles para pasar la frontera y que buscaba un ama de cría para mi hija de seis meses. Él ya sabía que mi marido había huido, pero no me dijo nada más y me dejó continuar hasta Perpiñán. Allí me reencontré con mi marido con una gran alegría. Vivía escondido en una casa de unos amigos panaderos. No podía salir mucho porque los gendarmes, si veían que era refugiado, lo llevarían al campo de Argelers. Estuvimos juntos unos cuantos días para hacer planes. Él quería regresar porque decía que no tenía delitos de sangre y que no le pasaría nada. Yo no le dejé, porque mi hermano, que era soldado raso, estaba en un campo de concentración franquista trabajando en las canteras. Así que él, que era oficial, no podía arriesgarse. Le dije que yo volvería a Barcelona para arreglar el asunto de nuestros hijos. Hablaría con mis suegros para que se hicieran cargo de ellos una temporada y entonces regresaría sola a Francia para estar con él, y cuando pudiéramos volveríamos juntos a Catalunya. Y así lo hice. Volví a salir por la montaña hasta Agullana y de ahí hacia Barcelona. Mis suegros se quedaron cuidando de los niños,

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de dieciocho meses el mayor y seis meses la pequeña. Cuando lo tuve todo arreglado, volví a cruzar la frontera por la montaña. Era el día 14 de julio de 1939, fiesta nacional de Francia. Nos quedamos escondidos todo aquel verano en la parte de arriba de la panadería de nuestros amigos, con el calor que hacía... No podíamos hacer vida normal porque, cuando veíamos a los gendarmes, echábamos a correr pies para qué os quiero y ellos nos perseguían gritando «Papiers, papiers!». No podíamos seguir más tiempo de aquella forma y mucho menos comprometiendo a nuestros amigos panaderos. En septiembre, la época de la vendimia, los franceses prometían papeles para todos aquellos refugiados que quisieran trabajar para recoger la uva. Ya había estallado la segunda guerra mundial y no tenían mano de obra. Mi marido me preguntó: «¿Te sientes con fuerzas?». Porque yo estaba otra vez embarazada, de cinco meses. «Si lo hacen los demás también lo podremos hacer nosotros». Y nos apuntamos. El trabajo nos duró dos meses y cuando ya regresábamos a Perpiñán para poder cobrar, y sobre todo para poder tener los papeles, el chófer del autocar nos dijo: «Los gendarmes os esperan en la parada de autobuses para encerraros a todos ahora que ya habéis hecho el trabajo. Yo frenaré un poco antes de llegar y saltad los que podáis del autocar». Y así lo hicimos. Cuando ahora lo pienso, me estremezco: embarazada de siete meses y corriendo campo a través... Llegamos a Perpiñán como pudimos y antes de ir a casa pasamos por el bar de un chico del partido comunista que hacía de enlace con los refugiados. Ahí nos llegaban las cartas de España. Yo quería tener noticias de mis hijitos. Una vez en el bar, que como siempre estaba lleno de españoles y catalanes, llegó un pelotón de gendarmes y nos llevaron a todos en fila india hacia comisaría. Al día siguiente separaron a las mujeres de los hombres y a no-


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el éxodo republicano sotras nos llevaron a unas cuadras en donde se hacía la remonta. Eran Les Haràs, justo detrás de la estación de Perpiñán. Allí me vi perdida, sola, embarazada y encerrada en unas cuadras llenas de estiércol. Decidí escaparme, solo había que saltar una pared para regresar a la panadería de nuestros amigos. Y cuando ya estaba a punto de saltar, oí que me llamaban por megafonía. Nuestros amigos de Perpiñán se ofrecían como avaladores míos para que yo pudiera pasar la noche y ducharme en su casa, con el compromiso de volverme a llevar al día siguiente. De hecho, Les Haràs era un lugar de paso a donde iban los detenidos a la espera de ser distribuidos en los diferentes campos de concentración. Al día siguiente por la mañana regresé y me llevaron a Argelers. Aquel campo era arena... y nada más. Era el mes de diciembre de 1939.

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Ribesaltes

Perpiñán Lago Sant Nazari de Canet Paso fronterizo Campo de refugiados Maternidad suiza

Elna

Sant Cebrià de Rosselló Playa de Argelers

N

0

Argelers

5 km

Colliure el Voló

Monte Neulós Pico de Sallafort 1257 Sie 980 rra

de la Albera el Portús Collado de

la Jonquera

Collado de Belitres

Cervera Portbou

© Geotec

Pertús

Con el avance de las tropas franquistas, miles de personas pusieron rumbo al norte, hacia Francia.


Elisabeth Eidenbenz (Zúric, 1913) trabajó de maestra en varios colegios de Suiza y Dinamarca hasta 1937, año en que se trasladó a Burjassot (Valencia) como voluntaria en la Asociación de Ayuda Suiza a los Niños Víctimas de la Guerra. Colaboró en tareas de ayuda humanitaria durante la Guerra Civil española en zona republicana, e inmersa en el éxodo en el año 1939 pasó a Francia. Organizó una maternidad para acoger a las mujeres embarazadas que estaban refugiadas en los campos de concentración de Argelers, Sant Cebrià, el Barcarès y Ribesaltes. Esa maternidad funcionó ininterrumpidamente hasta el año 1944, fecha en que el ejército alemán decidió cerrarla. Ha sido premiada por el gobierno de Israel por su labor en favor de los judíos, y en 2002 recibió del Estado francés la medalla de los Justos entre las Naciones.

«Había una madre que no tenía leche y el niño lloraba de hambre día y noche. Cuando se agotaba de tanto llorar, se dormía y ella le daba calor con su cuerpo. Cuando salía el sol, enterraba al bebé en la arena hasta que le dejaba fuera sólo la cabecita. La arena le servía de manta. Pero al cabo de unos días el niño se murió de frío y de hambre. Yo estaba embarazada y con sólo pensar que mi hijo nacería en aquel infierno me desesperaba.»

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ISBN 978-84-96201-43-9

LA MATERNIDAD DE ELNA

LA MATERNIDAD DE ELNA LA HISTORIA DE LA MUJER QUE SALVÓ LA VIDA A 597 NIÑOS

ASSUMPTA MONTELLÀ

Assumpta Montellà (Mataró, 1958) está licenciada en historia por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) en la especialidad de historia moderna y contemporánea. Es autora de varios trabajos de investigación sobre la Guerra Civil española y las rutas del exilio. Publica artículos en la revista Sàpiens y colabora también en varias publicaciones locales de temática histórica. Colabora y participa activamente en diferentes asociaciones que trabajan para la recuperación de la memoria histórica y en otros colectivos relacionados con la historia contemporánea de Catalunya. Pero su verdadera vocación es mirar y remirar papeles, hurgar en la memoria de la gente, hablar y conocer todas sus anécdotas para después poder escribir el pulso de su país. La maternidad de Elna es su primer gran trabajo publicado sobre investigación histórica.

ASSUMPTA MONTELLÀ

La maternidad de Elna es el testimonio emocionante de unas mujeres que, estando a punto de dar a luz, fueron rescatadas de los campos de concentración republicanos de Sant Cebrià de Rosselló, Argelers y Ribesaltes, donde vivían en lamentables condiciones, y fueron acogidas en una maternidad que fundó la maestra suiza Elisabeth Eidenbenz. Allí pudieron ver nacer y alimentar a sus bebés en condiciones excepcionales. La maternidad de Elna es pues la heroica historia de una mujer que salvó a 597 recién nacidos de una muerte segura.

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