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Fotografías Edición Fotográfica Diseño Gráfico Producción Edición de Textos Gustavo A. Aragonés Malmborg

Relato del comercio ilegal en Santiago

Primera edición 3 ejemplares © Gustavo A. Aragonés Malmborg, 2008 Derechos reservados de las fotografías y los textos. Prohibida la reproducción total o parcial de este libro, de las fotografías contenidas en él y de sus textos, incluida su fotocopia, su incorporación a un servicio informático, su arrendamiento, su transmisión, su difusión en cualquier forma o en cualquier medio, sea este electrónico, mecánico o por fotocopia, por grabación u otros métodos sin permiso previo y por escrito del autor de este libro.

Proyecto enmarcado dentro del Taller Ciudad Visual, VII Semestre de la Carrera de Diseño Gráfico de la Universidad de Chile. Profesor Juan Guillermo Tejeda.

¡¡¡…estrenos, programas, películas, DVD, PlayStation… ¿que anda buscando, caballero?...!!!


Presentación

Bajo la nube de Smog de la ciudad, Santiago se muestra calma, ahogada en la pasividad de un conjunto de cemento que permanece indiferente a su gente, muy distinto; moderno, tecnológico, vanguardista, desarrollado. En el gastado pavimento, en el piso, se gesta uno de los rituales más obviados por los habitantes, y a la vez más identitarios de lo que es Santiago en sí; la venta en la cuneta. Una tradición que roza la ilegalidad desde la picardía del chileno, un código único que lucra con los flujos de personas y su deambular. El oportunismo juega con la ley, así como las palomas esperan el último momento para elevarse antes de que las pise un auto, desafiantes. El tema refiere a una lucha constante por la subsistencia bajo cualquier costo, en un sistema que todos intentan burlar de alguna forma y sacar algún beneficio, en este caso el pan de cada día.


Introducción

Desde siempre el comercio ilegal callejero se manifestó de diversas formas pero pocas como se da en esta ciudad, no deja de ser llamativo la eficacia de la venta, los medios para lograrla y los productos en sí. En las próximas paginas se tratará de reproducir aquel espíritu que configura nuestra ciudad, la mirada desde lo bajo, lo circunstancial de lo cotidiano, lo repetitivo, constante y a la vez azaroso de Santiago, visto desde la cámara digital. Fotos que nunca contaron con la aprobación de sus protagonistas, ángulos incómodos, forzados, tras largas caminatas buscando vendedores con sus característicos manteles dispuestos en el cemento santiaguino. Un relato fotográfico de lo que sucede diariamente en la capital, desde la lejanía de un observador neutral, escondido en la multitud, una visión desde la vereda, desde lo bajo, desde la realidad de la ciudad.


Santiago posee diversas dinámicas sociales, dentro de las cuales una de las más representativas es el comercio pirata. No es solo oferta y demanda, sino una variable cultural que involucra elementos propios del habitante urbano que refleja una guapeza constante, y un afán por sacar ventaja al margen de la ley en base a la pillería, muchas veces convirtiéndose en un juego urbano en que “policías” y “ladrones” se persiguen pintorescamente en las calles, desatando las mas múltiples interpretaciones de los habitantes y de los mismos protagonistas. Este hecho genera una estética popular basado en lo situacional, una constante a través de los años pese a la incansable labor de las autoridades. Tumultuosos conatos con carabineros, escándalos tan repetitivos que no llaman mayormente la atención a quien vive en la capital. Aprobado o repudiado, asumido por los habitantes. Y es así como ya es parte de sus vidas.

La situación adrenalínica es digna del tercer mundo. El trote desesperado con el mantel -convertido en bolsa- busca refugio entre la multitud. Cuando caminamos en Santiago gran parte de nuestro pensar va en función de los eventos que suceden a nuestro alrededor, la incertidumbre siempre está presente más aun en zonas densas. Aunque los manteleros se ubicaban principalmente en Estación Central y el centro histórico, la facilidad del pirateo y la demanda de nuevos bienes, así como también el acoso policial, han hecho que se expandan hacia zonas del oriente y toda la periferia santiaguina, privilegiando plazas comunales, estaciones de metro y ferias. Las fotografías fueron tomadas en Estación Central, Santiago, Las Condes, Providencia y Maipú, zonas neurálgicas del transitar de las masas, destino y trayecto de muchos, prueba de que el comercio no establecido no discrimina entre piso de cemento o de cerámica.


Como si el paño fuera un imán, dependiendo del producto, inmediatamente los clientes saturan el reducido espacio libre. El comprador hace necesario aquel bien, que pese a ser de dudoso origen o definitivamente falso, genera el mismo placer, dado la conveniencia del precio y el hecho de no tener que perder tiempo en entrar a cotizar a una tienda, ya que el servicio de la vereda queda a la mano, en el camino usual del consumidor. Refleja el carácter consumista que ante cualquier oferta es seducido sin tener la necesidad intrínseca de contar con aquel producto. En este grupo se ven personas de todo estrato social, independientemente de sus ingresos. Las mujeres prefieren la ropa y artilugios estéticos, mientras q los hombres van por el disco compacto o DVD, de videojuego, película o música. A menudo los compradores pasan a ser cliente frecuente, especialmente cuando se trata de productos de rápido consumo como juegos o cosméticos.


En las calles, en la feria, en el persa productos de dudosa procedencia y características sanitarias se dejan caer como migas para las palomas, palomas que en poco rato consumen todo. En las calles de Santiago se consuman transacciones facilistas que evitan impuestos, pérdida de tiempo y cabeceo mental. No solo se vende un producto sino también un servicio. Coloridos productos yacen en el piso bajo aquel paño presto a ser bruscamente asido al momento de huir, ofertas inigualables que seducen al transeúnte casual, quien ha sido testigo de aquella sinergia desde siempre. El grito ya casi clásico ofreciendo softwares o videojuegos, las últimas novedades del cine, incluso antes de ser estrenadas. El libro de moda, desde el “Libro negro de la justicia chilena” -que casi inauguro el pirateo de libros- hasta el “Código da Vinci” y la saga “Harry Potter”. Los guantes de lana en invierno, ropa, lencería, lentes de sol y el juguete que hace furor en los niños. Cremas, ungüentos, pinturas, cigarrillos,

todo al precio más bajo del mercado, son indicios claros de la multiplicidad de gustos que se abarcan en el comercio de cuneta. La sofisticación del servicio ha llegado al nivel que algunos vendedores cuenten con tarjeta de presentación y datos para ser fácilmente ubicados, además de un inventario de productos de acuerdo al “rubro”. La disposición visual de los elementos genera una ornamentación característica del piso, que al ser molesta para quienes circulan, a la vez obliga a ser vistas. Estas se transforman en tipologías características de la ciudad en parte por su origen cultural, aunque en un ámbito netamente comercial. Desde su disposición espacial hasta la forma misma del producto son elementos visuales casuales sin mayor orden consensuado, el desorden de la situación también se ve reflejado en ellos, en su presentación que a menudo responde a la prisa.


Vendedores con frases sin mayor innovación pero efectivos, con personalidad y directos que persuaden con productos que van desde lo funcional hasta lo simbólico, nerviosos esperando la señal que los haga partir hacia otro punto evitando ser arrestados, realizando transacciones monetarias fugaces y descaradamente dando garantía de su producto para una eventual devolución si saliera defectuoso. La comunidad de vendedores de cuneta, todos comunicados entre si, con sapos en cada esquina hace pintoresca y nutre de personalidad, y personalidad chilena las concurridas arterias de la ciudad. Una incansable lucha por ganarse la subsistencia diaria. Mayoritariamente se mueven en grandes grupos, en muchas ocasiones familias completas que han debido por uno u otro motivo buscar la subsistencia diaria bajo estas condiciones. Niños, adolescentes y jóvenes, adultos y ancianos, hombres y mujeres. Guardan sus mercancías en el propio mantel que dejan en el piso, o en alguna bolsa de basura negra, con la cual emigran desde una cuadra a otra en grupos, atentos en todo momento a la presencia de carabineros. Desconfiados, temen constantemente a los “soplones”, reticentes a alguna fotografía o a conversar sobre su rubro. Aun así, no cuentan con el apoyo de pocos en el escenario callejero. Artistas, pintores, lustrabotas, kiosqueros y hasta guardias municipales son cómplices y hasta compradores de sus productos. Su horario es flexible, aunque están hasta altas horas de la noche en que la vigilancia policial cesa, pero sin embargo trabajan domingos y festivos.


Agradecimientos

A todos quienes en algún momento me cubrieron las espaldas mientras inmortalizaba el momento, o quienes simplemente me acompañaron y/ o animaron con el tema. Belén Castorena Daniela Riquelme Jorge Morales José Aragonés (mi padre)


Desde la Vereda  

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