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Sussel solía tener dos hermanos. Al menos ella les llamaba así cuando pensaba en las cuatro manos que se le tendían para ayudarla a dar sus primeros pasos fuera del nido protector. Llegaron a su vida un día de tantos en los que odiaba al mundo exterior, al mundo al que no le era permitido visitar. Sussel recorría noche y día las letras que le hacían saber que, fuera de sus cuatro muros, había vida. Reía, lloraba, cantaba y gritaba mientras trataba de entender lo que leía. De pronto, ya no se sentía sola y encerrada; una pequeña puerta le daba paso a algo más que sopas de pollo y paletas coloreadas. Sussel pudo un día salir de su caja. Se encontró en el mundo que no conocía y del cual incontables veces leía. Recorrió caminos y tropezó con algunos momentos de falacias. Frecuentó faunos y arlequines, hadas y empusas; seres que no pensó que existían. A punto estuvo de volver a su caja y alejarse de las jaurías. Sussel se aventuró a ir a un aquelarre. Un ser de esos extraños se ofreció a escoltarle. Al llegar, se encontró con toda una fauna distintiva y a la vez hilarante. Parecía que seguía dormida y tenía uno de esos sueños absurdos que solían presentarse. Los seres mitológicos caían al suelo, embriagados de ajenjo, mientras sus congéneres reían. Sussel tomó un momento para visitar a las estrellas. Aquellas luminosas vigías a las cuales hace mucho tiempo no observaba. Pedía por deseo alejarse de tanta ironía y acercarse a una ya perdida esperanza. De sus ojos cayó una lágrima de tintes dorados, rondado velozmente, hasta caer sobre un grano de centeno. Sussel observó la magia de aquella extraña noche. La lágrima dorada al contacto con el grano se transformó en una burbuja que se elevaba al ritmo de tribales tonadas. A medida que subía al cielo, la burbuja se transformaba y cual célula fecundada, en miles de diminutas celdas se dividía. Sussel cayó dormida creyendo que con eso acabaría semejante fantasía. Su espíritu había perdido las ganas de vivir en ante tal irrealidad. Cuando despertó, notó como los seres que había conocido se evaporaban cuando les tocaba la luz del día. Igualmente, notó que a su lado dos de ellos no se extinguían. Sussel se sintió prendada de amor filial al tiempo que aquellas criaturas sus ojos abrían.


Sussel - Parte I