Page 1

Cipecar - Centro de iniciativas de pastoral de espiritualidad

LA PUERTA DE LA FE. ”LOS QUE CREEN EN SU NOMBRE” Cantalamesa Puntos: • Creer es

abrir. • Creer es

convertirse. • Creer es

acoger en la morada • Creer es

entregar las llaves de la casa 1.

«

¡Abrid

las puertas a Cristo!” «Portones, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas. Va a entrar el rey de la gloria” (Sal 24,7s). Una interpretación posible de este salmo es que se refiera al momento en que el arca del Señor se lleva a Jerusalén y se coloca en una sede provisional: quizás en el lugar de culto de alguna divinidad local preexistente, que tenía las puertas demasiado angostas para dejar paso al arca, por lo que fue necesario alzar el dintel y ensanchar la apertura. El dialogo citado: «Abrid las puertas... va a


entrar el rey de la gloria”, reproduciría, en este caso, en clave litúrgica y responsorial, el dialogo entre los que acompañaban al arca y los que la esperaban dentro. En la interpretación de los Padres, las puertas de que se habla en este salmo, son las de los infiernos, con ocasión del descenso de Cristo a ellos, o bien las del cielo, que se abren para acogerlo en su ascensión. Pero son también las puertas del corazón del hombre: «Cada hombre tiene una puerta por la que entra Cristo”, dice san Ambrosio citando estos versículos'. La puerta ha sido siempre un elemento cargado de simbolismo, especialmente en la Biblia. En cuanto paso desde fuera hacia adentro, desde el exterior al interior, indica protección, comunicación, acogida, intimidad, secreto.   Puerta con dos llaves es la fe La gran puerta que el hombre puede abrir o cerrar a Cristo es solo una y se llama libertad. « Es necesario -se ha escrito poéticamente - que la libertad preceda a la gracia. El hombre es una ciudad asediada y el pecado es el bloqueo perfecto. La gracia es el ejército del rey que viene en auxilio. Pero es necesario que la libertad del hombre haga una puerta y salga al encuentro del ejército liberador... Si la fortaleza no recibe ayuda esta perdida; pero si no se ayuda a si misma con esa puerta de salida, esta igualmente perdida». Que la libertad deba «preceder» a la gracia no significa que la libertad pueda preceder por completo a la gracia; seria una herejía enorme pensar esto. Significa que debe preceder la llegada de la gracia, que no debe esperarla pasivamente, sin hacer nada, sino que debe salirle al encuentro. Es lo que san Agustín expresaba diciendo: «El que te creo sin ti, no te salvará sin ti».  Por tanto, la puerta de la libertad es única. Pero se abre según tres modalidades distintas, o según tres tipos distintos de decisión, que son la fe, la esperanza y la caridad, que podemos, por tanto, considerar como otras puertas. Estas son puertas absolutamente especiales: • se abren desde dentro y desde fuera al mismo tiempo, • con dos llaves, de las que una esta en manos del hombre, la otra en manos

de Dios.


Ninguno puede abrir sin el otro. Son virtudes teologales, divinas, infundidas, fruto más de la gracia que de la libertad. • El hombre no puede abrir sin la colaboración de Dios y • Dios no quiere abrir sin la colaboración del hombre.

El que entro a puertas cerradas en el cenáculo, no entra a puertas cerradas en el corazón del hombre, sino que “está a la puerta y llama” (cf. Ap 3,20). Dios —leemos en los Hechos de los apóstoles—«había abierto la puerta de la fe a los gentiles” (Hch 14,27). • Dios abre la puerta de la fe en el sentido de que da la posibilidad de

creer, enviando a quien predica la buena nueva; • el hombre abre la puerta de la fe acogiendo esta posibilidad, obedeciendo a

la fe, es decir, creyendo. Fe, esperanza y caridad son las tres virtudes más de Dios y, al mismo tiempo, más nuestras. Las más nuestras porque son en las que más comprometida esta nuestra libertad; las más de Dios porque son infundidas con el Espíritu Santo. La relación con el Espíritu Santo se pone de manifiesto casi cada vez que se habla de las tres virtudes teologales: Todos nosotros, en virtud de la fe, esperamos recibir del espíritu la justicia. Porque para con Jesucristo nada importa el ser circunciso o incircunciso, sino la fe, que obra caridad» (Gal 5,5-6). «Ahora - dice un Prefacio- el sale a nuestro encuentro en cada hombre, en cada tiempo, para que lo acojamos en la fe y demos testimonio de la gozosa esperanza de su reino en el amor». Por tanto, estas son las puertas que debemos abrir a Cristo que viene en su Pascua: fe, esperanza y caridad. Iniciamos nuestra reflexión por la primera de ellas, que es la fe. 10. En este sentido, quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente


también con eso, el acto con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo. A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres; entre estas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios. Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso. La misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia. En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo, signo eficaz de la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la salvación.


Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «“Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. “Creo”, es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: “creo”, “creemos”»[17]. Como se puede ver, el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia. El conocimiento de la fe introduce en la totalidad del misterio salvífico revelado por Dios. El asentimiento que se presta implica por tanto que, cuando se cree, se acepta libremente todo el misterio de la fe, ya que quien garantiza su verdad es Dios mismo que se revela y da a conocer su misterio de amor[18]. Por otra parte, no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre»[19]. Esta exigencia constituye una invitación permanente, inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido[20]. La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro. 2. ¿Qué fe? Creer es abrir. recibir  Hablando del Verbo, el prologo de Juan dice: “Pero a todos los que le recibieron, que son los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser Hijos de Dios» (Jn 1,12). Pero, ¿que significa recibir al Verbo? ¿Sólo creer en su divinidad, en lo que el “es por si mismo”? En el contexto de la Pascua, la fe tiende a


configurarse precisamente así: como fe en la persona de Cristo, más que en la obra de Cristo. Esto a causa de las herejías que marcaron y orientaron desde el principio la reflexión de la Iglesia: gnosticismo, docetismo, arrianismo, monofisismo, nestorianismo. Todas estas herejías, de una u otra forma, empujaban a ocuparse de la pregunta: ¿quién es Jesús? ¿Hasta que punto es hombre, hasta que punto es Dios? ¿Hasta qué punto es una sola persona y no dos? Ha quedado un poco a la sombra otro aspecto de la fe pascual: el aspecto soteriológico y kerigmático, por el que la Pascua se sitúa ya en la línea del misterio pascual y responde también a la pregunta: “¿Que hace Jesucristo por nosotros?” llegamos al famoso texto de la Carta a los Romanos sobre la justificación mediante la fe: «Ahora se ha manifestado la justicia de Dios... justicia de Dios mediante la fe en Jesucristo, para todos los creyentes» (Rm 3,21s). La Pascua es el comienzo de la salvación y como tal, revela ya su naturaleza profunda. Contiene, como en embrión, toda la buena noticia que es el Evangelio. Dice que Dios ha hecho venir entre nosotros su reino y su salvación en la persona de Jesús, su Hijo, gratuitamente. Nos dice que estos son verdaderamente Jesús, Jeahosuha, el que salva (cf. Mt 1,21), que es la salvación misma. La salvación viene por la gracia, es don, y se capta con la fe. Esta es la puerta de la fe que hay que abrir, más aun, abrir de par en par, a Cristo que viene: la puerta de la fe grande, la fe que justifica al impío, la fe que esta en el origen de la vida nueva. La fe que, diciendo sí a la gracia, realiza la primera síntesis vital. La

ciencia

persigue

desde

hace

tiempo

y

apasionadamente,

con

sus

investigaciones, el misterio del principio de la vida en el universo. Se sabe que también ella fue fruto de una sintesis de dos elementos que, encontrándose, se fusionaron entre sí, dando lugar a una realidad inexistente hasta entonces. También  la vida sobrenatural nace de una síntesis, del encuentro entre gracia y fe: «Habéis sido salvados gratuitamente por la fe; y esto no es cosa vuestra, es un don de Dios» (2,8). Una sintesis desigual, pues la fe es ya, misteriosamente, fruto de la gracia: “Habeis sido salvados gratuitamente por la fe; y esto no es cosa vuestra, es un don de Dios; no se debe a las obras, para que nadie se llene


de vanidad” (Ef 2,8-9). 1. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo– equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor. ¡La fe! Es verdaderamente una puerta. Creer es convertirse. Cambiar la mirada y el mundo. Convertíos y creed  Una puerta que, al principio, es siempre demasiado estrecha y debe «dilatarse» durante toda la vida. Cuanto más se ensancha, más deja pasar la realidad de Dios a nuestra vida. Jesús vendrá a nosotros en Pascua en la medida en que sea grande nuestra fe: «Se haga según tu fe”, decía Jesús a quien le pedía un beneficio. Es la fe la que determina la medida de lo que se recibirá. Podemos comparar la fe, además de a una puerta, a un ojo. Un ojo que se abre es, cada vez, un mundo que viene a la existencia. En la actualidad sabemos que al principio, y tal vez durante millones de millones de años, había vida en la tierra, pero era una vida en estado ciego, aún no existía el ojo para ver, no existía el ver mismo. Imaginemos el estupor de los primeros seres que comenzaron a ver el cielo sobre ellos, a verse entre sí. ¡Que salto cualitativo en la evolución de la vida! Por lo demás, tenemos un vestigio en el


microcosmos que es la vida de cada hombre. El niño nace ciego, incapaz de ver. Solo después de algunas semanas comienza a ver, al principio confusamente, después cada vez con mayor claridad. Si el niño pudiera expresar lo que experimenta cuando empieza a ver el rostro de su madre, los colores y el mundo a su alrededor, ¡tendríamos un elogio estupendo de la luz y del ojo! La fe representa, en el plano espiritual, algo similar, infinitamente más bello. Es, literalmente, el descubrimiento de un nuevo mundo. Por eso, en el evangelio de Juan se simboliza el salir a la luz con el milagro del ciego de nacimiento que, de repente, ve: «¡Antes era ciego y ahora veo!» repetía a todos (cf. Jn 9,11.15.25). Aquí el salto cualitativo es infinito. Finalmente, podemos comparar la fe con una mano. La gracia es la mano de Dios que se extiende para ofrecer la salvación y la vida; la fe es la mano del hombre que se extiende para coger e1 don. ¡Que grande y profunda es la fe! Para el hombre moderno es muy importante el concepto de «posibilidad». Razona sobre el hombre más en términos de libertad y de posibilidad que en términos de naturaleza; más por aquello que puede llegar a ser, que por aquello que es de nacimiento. “La posibilidad: este prodigio tan infinitamente delicado (¡el polen más fino de la primavera no es tan delicado!), tan infinitamente frágil (¡el encaje más delicado no es tan fino!) y, sin embargo, más fuerte que nada, si existe la posibilidad del bien». Pero el mismo hombre moderno es tentado por la angustia en cuanto constata, como sucede en determinados filósofos existencialistas, la falta de posibilidad que caracteriza de hecho la existencia humana. Este trasfondo cultural nos ayuda a descubrir algo nuevo sobre la fe: ella es la que le abre al hombre todas las posibilidades, porque “todo es posible para quien cree» (Mc 9,22). Por otra parte, la fe es una posibilidad que está en nuestra mano. Creer significa “consentir que es verdadero lo que se nos dice” y el consentir está en poder de nuestra voluntad. «Por lo tanto, está en nuestro poder creer; Dios nos ha hecho de modo que podamos creer, aunque este mismo poder, como todos los demás, viene de Dios y es don suyo». Finalmente, la fe es una posibilidad que se ofrece a todos indistintamente. Si se piensa bien, es la única cosa que iguala a todos los hombres, pues todos


-ricos y pobres, sabios e ignorantes- tienen la misma capacidad de creer. Más aún, los pobres, los sencillos, los desfavorecidos desde el punto de vista humano, son los más aventajados en relación con la fe, tal y como nos recuerda Jesús (cf. Mt 11,26). 3. El intercambio admirable La fe, como la vida, es simple y compleja al mismo tiempo. Tiene muchos matices y expresiones. ¿Cuál es la fe de que estamos hablando, la fe «pascual»? La fe como acogida, una fe apertura, una fe recibir: “A los que lo recibieron, a los que creen en su nombre... ». Creer es acoger. San Pablo la presenta muy bien como fe-sumisión o fe-obediencia. “Hermanos —escribe hablando de sus connacionales— el buen deseo de mi corazón y la suplica que dirijo a Dios es que consigan su salvación. Yo soy testigo de que buscan ardientemente a Dios, pero sin saber como, pues no reconociendo la justicia de Dios y buscando establecer la justicia propia, no se sometieron a la justicia de Dios; porque el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo el que cree» (Rm 10,1-4). Creer es someterse a la justicia de Dios, renunciando a hacer valer la propia. Cuando pienso en estas palabras de Pablo, me viene a la cabeza la imagen de un hombre ocupado en tejer un trozo de paño en su telar. Quiere hacerse un vestido para presentarse con el, decentemente, ante el rey que lo ha invitado a comer. El tejedor esta absorto en su trabajo. Trabajo lento y fatigoso. Y he aquí que un día alguien llama a su puerta. Viene de parte del rey en persona y lleva, apoyado con cuidado en sus brazos, un vestido esplendido, completamente listo, con el que podrá presentarse en la corte. ¿Que hace nuestro tejedor? Se encuentra ante una elección: o acoge ese vestido nuevo y flamante y se lo pone, lleno de estupor y gratitud, o manda decir al rey que no necesitaba molestarse tanto; que, además, ya casi ha terminado de tejerse, él, su vestido, y despacha al enviado del rey, volviendo a su sótano a tejer. En el fondo, es la misma comparación que usa la Biblia. Isaías habla de dos vestidos: un vestido tejido por nosotros con «nuestros actos de justicia” que se parece, dice, a un «paño inmundo», y otro vestido, recibido de Dios, esplendido como un vestido nupcial, del que se dice: “Me ha puesto los vestidos de la salvación, me ha envuelto en el manto de la justicia» (Is 61,10; 64,5). (El


manto de justicia se convertirá, en el Nuevo Testamento, en el mismo Cristo, nuestra justicia y santidad, por lo que es necesario ‘revestirse de Cristo’) (Rm 13,14). Los judíos del tiempo de Cristo, afirma el Apóstol, han elegido, en su mayoría, el primer camino: Buscando establecer la justicia propia, no se han sometido a la justicia de Dios. Han seguido tejiéndose solos el vestido. Pero el sabe que e1 riesgo no se acaba en los fariseos de entonces; la elección se encuentra siempre ante los cristianos y el resultado es siempre incierto. Más aun, es precisamente para poner en guardia a los cristianos frente a este gravísimo peligro por lo que escribe dos cartas: una a los gálatas y otra a los romanos: «¡Oh insensatos gálatas! ¿Quien os fascinó a vosotros, ante cuyos ojos fue presentada la figura de Jesucristo crucificado? Solamente quiero saber esto de vosotros: ¿recibisteis el espíritu por las obras de la ley o por haber aceptado la fe que os anunciaron?” (Ga 3,1-2). La Pascua es la ocasión adecuada para llevar a cabo una aclaración del horizonte de nuestra fe. El Evangelio nos presenta a Jesús como un modelo a imitar con las obras, pero el principio del mismo nos lo presenta, sobre todo, como don a acoger mediante la fe. En Pascua celebramos la gratuidad de la salvación como don que viene de lo alto, la justicia que mira desde el cielo. Que en Pascua la verdad surja verdaderamente de la tierra, es decir, que el reconocimiento de nuestra necesidad, de nuestra pobreza, salga de nuestro corazón; que la libertad haga, mediante la fe, una salida al encuentro del ejército liberador de la gracia. La Pascua es el momento en que, por así decir1o, se presenta a la puerta de toda la humanidad el que lleva en los brazos un esplendido vestido y dice: «De parte del rey, para ti, ¡precisamente para ti! Tómalo y póntelo gratuitamente; tira tus harapos y revístete del manto de justicia. ¡Revístete de Cristo!». En esta línea práctica, debemos hacer algo más que volver a sacar a la luz y contemplar estas certezas de nuestra fe. Estamos llamados a ponerlas en práctica, pasando de la contemplación a la acción, de la teoría a la práctica. A la práctica, se entiende, de la fe, antes que de otras cosas. La fe es el principio y el fundamento de nuestra vida cristiana, pero un fundamento


especial, dinámico, no estático, que, por tanto, debe proponerse siempre de nuevo. Dios es quien nos justifica siempre por la gracia, y no solo una vez en el bautismo; por tanto, nosotros debemos acoger siempre nuevamente esta justificación suya mediante la fe. “Nosotros aguardamos la justificación esperada por la fe mediante la fe del Espíritu”, nos ha dicho el Apóstol (Ga 5,5) que además relaciona, normalmente, la justificación con el bautismo. Puede haber muchos renacimientos por la fe, muchos nuevos inicios en este proceso y, si lo queremos, esta Pascua misma puede ser la ocasión para uno de ellos. Un renacimiento de fe. En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17). ¿Qué debemos hacer, concretamente? Nos lo sugieren la liturgia y la tradición espiritual de la Iglesia. La liturgia pascual habla con insistencia del intercambio admirable (admirabile commercium) por el que Dios toma nuestra humanidad y nos da, a cambio, su divinidad; toma nuestro pecado y nos dona su justicia. Pero lo más importante no es conocer la doctrina cristológica del intercambio, es hacer este intercambio, concluirlo, como quien vuelve a casa del mercado después de haber realizado un negocio increíble. El Evangelio nos ofrece un modelo a imitar en esto: el publicano. El subió al templo en una hora tranquila. Había solo dos personas a esa hora, el y un


fariseo. Allí, recogió toda su vida en un grito y dijo: “¡Oh Dios, ten piedad de mi que soy pecador!” (Lc 18,13). No vio en si mismo más que pecado, y en Dios nada más que misericordia. Por eso «volvió a su casa justificado». Había realizado, a su manera, el intercambio admirable, el negocio de la vida. La verdad había salido de la tierra de su corazón y así la justicia había mirado, para el, desde el cielo. ¡Y pensar, ha dicho alguien, que todos los cristianos podrían hacer lo mismo! Es muy sencillo, pero nunca se piensa en lo que es sencillo. Es decir, somos tontos, lo podemos decir inmediatamente. Decimos entre nosotros: «Es demasiado hermoso para ser verdad. Demasiado cómodo, no es serio”. Así, reducimos la seriedad de Dios a nuestra idea mezquina de seriedad. A Dios le gusta manifestar su omnipotencia «perdonando y usando misericordia” (parcendo maxime et miserando), dice una oración de la liturgia. Lejos de ser demasiado fácil, la fe es la cosa más difícil. Exige el sacrificio total del espíritu y de todo el ser. Por eso gusta mucho a Dios, que nos anima por todos lo medios a creer, incluso con la alegría que nos proporciona cada vez que realizamos un acto de fe. Una vez en la vida debemos dar el golpe de audacia de la fe. Es un descubrimiento que no se hace, normalmente, al principio de la propia vida espiritual, sino al final, cuando se han experimentado todos los caminos y se ha visto que poco lejos llevan. Se me ocurre pensar - y pido perdón por la pobreza de la comparación - en lo que sucedió al final de la ultima guerra, el día en que se proclamo el armisticio, cuando las fuerzas de liberación abrieron las puertas de los almacenes y de los depósitos militares y a la gente, hambrienta y aterida de frío, no le parecía verdad que pudieran cargar las espaldas de mantas de lana y llenarse los brazos de víveres, volviendo a casa con todos los bienes de Dios. Es Dios mismo quien nos invita a hacer lo mismo con El cuando nos dice: ¡Oh todos los que estáis sedientos, venid por agua, aunque no tengáis dinero! Venid, comprad grano y comed, sin dinero y sin pagar, vino y leche de balde” (Is 55,1). Aquí está la gran diferencia irreductible entre el cristianismo y cualquier otra


religión humana, es decir, en la gracia y en el don, y no deberíamos renunciar a esta novedad inaudita, es decir, a la primacía de la fe sobre las obras, de la gracia, sobre la ley. aún hoy como un patrimonio de riqueza sin igual, consintiendo todavía a tantas personas que buscan a Dios encontrar el sendero justo para acceder a la «puerta de la fe». Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios. 4. El justo vive de fe Parece un acto privado, pero no es así. La fe es el único criterio capaz de hacer que nos relacionemos justamente con el mundo y con la historia. Al hablar de la fe que justifica, san Pablo cita el famoso oráculo de Habacuc: “El justo por su fidelidad vivirá» (Hb 2,4; Rm 1,17; Hb 10,37s). En el Nuevo Testamento, este oráculo es citado tres veces, señal de su validez perenne y de la importancia decisiva que se le atribuía. ¿Que quiere decir Dios con esa palabra profética, puesto que es Dios en persona quien la pronuncia? El mensaje del libro de Habacuc es dramático y lineal. El libro se abre con un lamento del profeta por la derrota de 1a justicia y porque Dios parece asistir impasible desde lo alto del cielo a la violencia y a la opresión. Dios responde que todo se acabara porque pronto llegara una nueva catástrofe, los caldeos, que destrozara todo y a todos. El profeta se rebela ante esta solución. ¿Es esta la respuesta de Dios? ¿Una opresión que sustituye a otra? Como puede El, de ojos tan puros, ver el mal y callar? Y he aquí el punto en que Dios esperaba al profeta. Hay una solemnidad insólita en el modo en que se introduce el oráculo divino: “Escribe la visión, grábala en tablillas... si tarda, espérala... El que no es justo sucumbirá, pero el justo por su fidelidad vivirá». Al profeta se le pide el salto de la fe. Dios no resuelve el enigma de la historia, pide que nos fiemos de El y de su justicia a pesar de todo. La solución no esta en que la prueba cese, sino en el aumento de la fe. “El más grande mensaje de este profeta - se ha escrito -no está en los nuevos


argumentos teológicos adoptados para explicar la actuación de Dios, sino en la posición vital que el adopta. Solo el diálogo con Dios, la pregunta, la objeción, la actitud de fe, la esperanza contra toda esperanza, constituyen la vía justa de interpretación de la historia y de los problemas que plantea». La lección que Dios da a través del profeta es la siguiente: la historia es una lucha continua entre el bien y el mal o, desde la perspectiva de Habacuc, entre impíos que triunfan y justos que sufren. No hay que buscar la victoria estable del bien sobre el mal en la misma historia, sino más allá de ella o, para Habacuc, en un futuro indeterminado, cercano y lejano al mismo tiempo. Sin embargo, Dios es tan soberano y está tan al mando de los acontecimientos que utiliza para sus planes misteriosos incluso la agitación de los impíos y el pecado. En el fondo, es la gran lección que san Agustín recoge en el De civitate Dei y que resume en la celebre frase: “La Iglesia peregrina en el tiempo, entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios”. La fe nos permite experimentar las consolaciones de Dios incluso durante las persecuciones del mundo, sin esperar a que cesen: “Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe» (1Jn 5,4). Esta y no otras. En esta situación, surge también  en nosotros la gran y acongojada pregunta del profeta: «Señor, hasta cuando... ¡TU de ojos tan puros que no puedes ver el mal! ¿Por qué tanta violencia, tantos cuerpos humanos esqueléticos por el hambre, tanta crueldad en el mundo, sin que intervengas? La respuesta de Dios sigue siendo la misma: Sucumbe y se escandaliza el que no es justo, mientras que el justo por su fidelidad vivirá, encontrará la respuesta en su fe. Entenderá lo que ha dicho Jesús: «Mi reino no es de este mundo”. ¡Que bien entendió todo esto María! ¡Es modelo y figura de la Iglesia también en este punto! En el Magníficat, ella canta: «dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes». Habría que preguntarle a María: «¿Donde y cuando ha hecho Dios todo eso que dices, puesto que hablas como de algo hecho y cumplido? Precisamente tú que fuiste expulsada con las manos vacías cuando llamabas a las puertas de Belén, tú que tuviste que huir ante el poderoso Herodes que permanecía firme en su trono?”. Pero el hecho es que María se ha elevado con un impulso desde el plano humano hasta el plano de Dios y en e1


ha visto ya realizada esa justicia que no se encuentra en la historia. La revolución que canta María ha tenido lugar en la historia, pero no la capta nada más que quien mira la historia con el ojo de la fe. La fe es el arma de la Iglesia, la certeza de la Iglesia. Es la que mantiene todo lo demás, incluso sus esfuerzos para hacer menos áspero el camino de la humanidad en la historia, interviniendo directamente en ella, incluida, por tanto, su acción diplomática y política. Los verdaderos progresos de la Iglesia son los progresos en la fe. La Iglesia se fundó sobre un acto de fe y se sigue manteniendo sobre la fe. San Agustín parafrasea de la siguiente forma la palabra de Jesús: «Sobre el hecho de que has dicho: "TU eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente", yo edificare mi Iglesia»''. La roca es la fe de Pedro. El primado de Pedro es un primado de fe. Pero ha abierto la puerta a Cristo de verdad, acogiéndolo por lo que El es en verdad: el Hijo de Dios vivo. La misión que Jesús le asigna, una vez arrepentido, es la de confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22,31-32). De aquí la importancia enorme de que todo hable de fe en torno a la cátedra de Pedro, de que la fe sea casi el aire que se respira en los dicasterios, en los viajes, en las distintas reuniones, en las curias de las Ordenes religiosas. Roma debe ser caput fidei, capital de la fe, no solo en el sentido de la fe recta, de la ortodoxia, sino también en el sentido de la intensidad y radicalidad del creer. De esa fe por la que se cree que «nada es imposible para Dios» y que «todo es posible para quien cree” (Mc 9,23). La fe que hace maravillas y que mueve montañas. Sea cual sea la interpretación del dicho paulino: "Todo lo que no viene de la fe es pecado” (Rm 14,23), se aplica ciertamente, al pie de la letra, para la Iglesia: todo lo que en ella no esta inspirado en la fe es pecado. Creer es entregar las llaves de la casa  En la antigüedad, cuando las ciudades estaban rodeadas por murallas y se podía entrar en ellas solo a través de las puertas, entregar a alguien las llaves de la ciudad era señal de que se le reconocía como liberador y como Señor, de que se rendían a el sin condiciones. Nosotros deberíamos hacer lo mismo con Jesús que viene a nosotros en esta Navidad: entregarle las llaves de la ciudadela que es nuestro corazón y decide: «Reina, Señor Jesús. Ensálzate soberano sobre todas las cosas”.


San Pablo nos sugiere las palabras para expresar nuestra decisión nueva por la fe: “Mi vida presente la vivo en la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entrego a si mismo por mí” (Ga 2,20). Creer es acoger en la morada La fe no se limita a abrirle la puerta a Cristo y a acogerlo. «Por la fe, Cristo habita en nuestros corazones”, dice san Pablo (Ef 3,17). Hace morada en ellos. La fe hace del corazón una casa para Jesús. Hay un aspecto más profundo, incluso místico, en el programa de abrirle las puertas a Cristo. Y aquí se perfila de nuevo María ante nosotros como modelo y figura de la Iglesia y de toda alma creyente. María es la puerta personificada. En el profeta Ezequiel leemos: “Me llevo después hacia la puerta exterior del templo, la que da a Oriente: estaba cerrada. Y el Señor me dijo: Esta puerta permanecerá cerrada, porque por aquí ha entrado el Señor, el Dios de Israel; quedara, pues cerrada» (Ez 44,1-4). San Ambrosio, en primer lugar, se pregunto: “Quien es esta puerta sino María? Cerrada porque es virgen... Buena puerta es María, que estaba cerrada y no se abría. La superó Cristo, pero no la abrió” María es la puerta cerrada y abierta al mismo tiempo cerrada al hombre y abierta a Dios; cerrada a la carne y abierta al Espíritu. Así debería ser también la puerta de nuestro corazón. María fue la primera en abrir, de par en par, a Cristo la puerta de su fe. «Por la fe - escribe san Agustín  - ella concibió, por la fe dio a luz». «Lo concibió en su corazón mediante la fe, aun antes de concebirlo en su cuerpo”. De aquí su exhortación a imitar a María: «Su Madre llevo a Jesús en el seno, llevémoslo nosotros en el corazón. La Virgen quedó embarazada con la encarnación de Cristo, que nuestros corazones estén grávidos de la fe en Cristo”. «Concibe a Cristo quien cree con el corazón por la justificación, lo da a luz quien hace con la boca profesión para la salvación». “Por tanto, concebidlo mediante la fe, dadlo a luz con vuestras obras»''. Vayamos con estos pensamientos y propósitos al encuentro de Cristo que viene en su Pascua, recordando una vez más la palabra solemne del Evangelio: «A todos los que lo reciben, a los que creen en su nombre, les da el ser hijos de


Dios” (Jn 1,12). 3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación. 4. Ala luz de todo esto, he decidido convocar un Año de la fe. Cipecar www.cipecar.org

Año de la fe  
Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you