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MARTÍN MUCHA

ntre cloacas, en el subsuelo de los recuerdos, el hombre se vuelve menos hombre y más animal. Sólo los que están no condenados, por pecado o culpa, pueden salir del hoyo. Concepción Gil Ríos entra al lugar donde duerme, no le llama casa. Y menos, hogar. Las paredes lucen grafittis que reivindican derechos sociales, o rebeldía. Los cristales de una puerta clausurada con cadenas y un candado soldado por el óxido están rotos. La noche gélida, el estrés y la rabia hacen que su boca desdentada tirite. Tiemblan sus labios, rechinan sus molares frotándose uno contra otro. Atraviesa un par de largos pasillos. A su paso, las ratas corren. Ella mira a un lado, a otro. Parece que está sola. Sus hijos aún no llegan. La galería comercial abandonada tiene una luz lúgubre, la luna plena del exterior no ilumina nada aquí. —Perdona el desorden— me dice. Dentro, dos carritos de supermercado guardan uno su vajilla, el otro sus viandas. Avergonzada, mira su entorno, como excusando su pobreza. Sus tres gatos van a por ella, después rascan el aire, el breve agujero entre la puerta y el marco. Vigilantes, intentan evitar que roedores que compiten en peso y dimensiones con ellos entren en el escondite de Concepción y sus hijos. —Este es mi zulito— describe, piadosa, su habitante. Los felinos maúllan, cual llanto.

EL MUNDO / DOMINGO / 12 / FEBRERO / 2012

pleto, en un lugar sin respiraderos, ni ventilación, pero no. Es el local en sí mismo. La humedad y el aura fantasmal del lugar. Un espacio repleto de comercios muertos. Sucumbieron a raíz de la ambición capitalista del ladrillo. Éste permitió que, en esta zona obrera, los centros comerciales proliferasen. Primero feneció el pequeño comercio de sótano. Después, ante el derrumbe económico, los mastodontes de luminosos letreros grandilocuentes no sobrevivieron tampoco. Un mall al estilo americano cayó en desgracia. Cuentan que la galería donde me encuentro fue sucumbiendo poco a poco. En sus comercios se advertía la necesidad general. A las fruterías apenas venían mendigos a pedir lo que iba a caducar. En las carnicerías igual, o se vendían tan sólo piltrafas. La madre sin hogar tiene un semblante amarillento, el ambiente posee la luz espectral de una vela que está agonizando. Tiene el pelo rubio despeinado y lo esconde bajo un gorrito de lana. Ha perdido dientes, la belleza se ha ido de una mujer de 42 años que hace seis meses sonreía sin temer. Aún conserva, entre las novísimas arrugas y el pelo que se le cae a mechones, una mirada firme y unos ojos verdegrisáceos que, a pesar de la penumbra, resplandecen. —Me siento como un pollo sin cabeza... Lo más enorme es la soledad.

Ésta es su cárcel. Suele pasar el día entero aquí, limpiando y limpiando. Toma café compulsivamente. Se empeña en conseguir que parezca un sitio habitable. —Pero me esfuerzo lo justo. Porque arreglar mucho esto es aceptar que me voy a quedar mucho tiempo. Ella es de esas personas que consiguen crear un hogar incluso en este muladar. Afuera, los fines de semana, beben cerca de su puerta. Miccionan, vomitan. Botellón. Los escucha y, al alba, friega. Durante ese tiempo no sale, se esconde. —La otra vez una chica chillaba. Dudaba entre salir o no. Pero no lo hice porque de pronto callaron. La distancia entre su habitación y el baño —que está en el exterior— son unos 40 metros. Lo que les da más miedo es ese trayecto. —Si no aguantamos, cogemos un cubo y allí... Hasta que amanezca.

PAPELES PERDIDOS El primer mal de Concepción fue enfermarse. Fue vigilante de seguridad desde 1999 al 2003. Le dieron una baja médica por un problema en el corazón. El dinero no le alcanzaba y decidió rechazar la pensión que recibía, menos de 300 euros mensuales. Trabajó de vendedora, a comisión, de media 400 euros, 900 el mes que más. No podía volver a ser guardia jurado, su espalda sufría demasiado. El dinero se iba en me-

dicamentos, en sus hijos y en el transporte. Así hasta que se quedó sin nada en las alforjas. Un póster de Drakengard forma parte de la decoración. Es un videojuego de dragones y roles, donde el mundo se divide en dos bandos: la Alianza y el Imperio. Uno de los personajes se llama Seere, el nombre de un príncipe del infierno que cumple el deseo de quien lo invoca y es sinónimo de abundancia y tesoro. Pero Concepción, a pesar de su situación, está mas cerca del divino que de pactar con el demonio. —Creo en Dios y estoy enfadada con él— dice. Trata de limpiar con su mano izquierda una lágrima no nacida. Se le acumulan penas y, muchas veces, cae en la desesperanza. Sus padres tienen 70 y 68 años, respectivamente. Ellos, con mucho esfuerzo, compraron su apartamento en Orcasitas, pauperizada área de Madrid. No saben lo que ella y sus nietos padecen. El papá, ex metalúrgico en la fábrica de Peugeot-Talgo, tiene cáncer de garganta. —Se muere si se entera. Mueve la comisura de los labios, aprieta los dientes y se tapa la boca. Después me revela que él apenas puede hablar ya. Recibe todos los días a Adrián y a Manuel por las mañanas. En su casa se duchan, en la galería no hay cómo. Charla con ellos a gritos inaudibles. —Se esfuerza por hablar y piensa

GRAN DESESPERANZA Concepción vive en el sótano de la ciudad. Bajo tierra. Perdió su vivienda tras una larga disputa judicial. Tras ver a centenares de agentes y burócratas arrojarla de su hogar, del piso de 55 metros cuadrados que llamaba así. Quedaba en una zona de edificaciones de protección oficial para gente con especial necesidad. Su casa era una de ellas, evidentemente. El fin de esas construcciones, que pagamos todos, es destinarlas a familias sin recursos, con poco o nada. Como la suya. Cuando ello sucedió, Adrián, su hijo de 16 años, tenía la mirada perdida en una esquina. Manuel, su primogénito, recién en edad adulta, era retenido, atenazado más bien, por policías. Miraba a su madre arrodillada. Suplicaba que les dejaran seguir en el lugar donde los había visto crecer, reír. Ella sentía que perdía algo más que ladrillos y pladur. Fue su refugio cuando su marido los abandonó. ¿Dónde irían si de donde los echaban es el último lugar en la escala de la solidaridad social? Tres madrileños debajo de la tierra de la capital, donde moran hoy. Me invitan a dormir con ellos. Acepto. El recinto asfixia, por la humedad y los ácaros. Éste es un lugar abandonado por la crisis que fue arrasando los comercios locales de Leganés. Una galería de toda la vida que antes tenía intensa actividad. Es una habitación pequeña, la mesa blanca es de plástico, reciclada, casi negra por el hollín, la grasa y el polvo. Da vida que sus rincones no estén desnudos y una lámpara de mesa infantil añade candor. No hay cortinas que velen la oscuridad de la noche, porque no hay ventanas. El aire de la habitación está viciado. Al principio parece que son las colillas apagadas en un cenicero re-

DICKENS, 2012 ¿Cómo relataría Charles Dickens la miseria que se extiende por España? En la semana en que se cumplen 200 años del nacimiento del mejor retratista de la pobreza, el periodista y escritor Martín Mucha se pone en su piel para contar la desgraciada historia de Concepción

MISERIAEN MADRID Concepción Gil, de 42 años, y sus hijos Manuel y Adrián, de 19 y 16.

que le escucho. No sé lo que me dice, pero a todo le digo que sí. La familia de Concepción se completa con tres hermanos, uno de ellos con síndrome de Down. Así describe su vida... —Nací en 1970. Soy acuario pero muy desgraciada. Me casé, queriendo y creyendo que iba a ser feliz, en 1992. Me separé cuatro años más tarde. Sin nada de pensión, el juez le quitó la patria potestad por aban-

dono reiterado de familia. Nos dejó. Mis hijos hoy no lo reconocerían... Un sillón reciclado, fruto de la caridad —amor de amigos—, será mi cama. Un gato blanco, con motas pardas y negras, cual radiografía de su calavera, mira al techo. Con sus ojos nigérrimos, sigue a sus enemigos así. Se escuchan sus correteos en el falso tejado. También, conforme se hace de noche, se escucha como deambulan por los pasadizos. —Una vez, un amigo de mi hijo Adrián, quien vino a visitarle comenzó a perseguir a una. Son tan grandes que pensaba que se había escapado uno de los mininos. Cenamos a medianoche. Calienta un arroz que una amiga le trajo. Un manjar aún sin la compañía de carne, ni pollo, ni salchichas. Quien le trajo la comida también fue desahuciada y reside con su madre en una habitación. Ambas perdieron sus casas, General Electric Bank, una multinacional, se las arrebató. Ya ni siquiera tiene oficinas en el país. Alquilan un cuarto en la misma zona para evitar el trauma. Ella le regala tabaco de liar a Concepción, quien fuma incesantemente. El cenicero se llena de cadáveres de colillas. La mezcla del calor de viejos radiadores y el humo genera la sensación de que la niebla se ha apoderado del lugar. Tocan la puerta arrítmicamente. Es Manuel, el hijo mayor que llega. Es alto, cuerpo de surfista, pelo corto militar, marcas de acné profundas y rojas. Es el fin de su rutina. —Volver aquí es un asco... Busco la manera de huir. Lo consigue durante el día. Deja el curriculum en centros comerciales, en los que no han quebrado. Le frustra que ni lo llamen para una entrevista. Aún así no cesa en su búsqueda de empleo. Con 19 años quiere asumir el rol de hombre de la casa y no puede. No le dejan, en un país con más de cinco millones de desempleados. Está frustrado y, cuando ya no se puede hacer nada, va a matar su tiempo libre en el fútbol. Da patadas y patadas al balón. Freud diría que sublima su furia. —Un día, un día, cogeré una radial y abriré mi casa— comenta bajito—. Todos los días me paso para ver si alguien la ocupa... Ya no existe puerta en el sitio donde antes vivían. Hay un bloque de una sola pieza de metal soldado, más propio de una caja fuerte que de un piso de protección social. Su desalojo parece una venganza política. La otrora concejal de Servicios Sociales de Leganés, María Dolores Montoro, su némesis, abandonó su cargo tras insultarla públicamente en una red social: «Nunca comprenderé por qué una persona que se permite incluso rechazar la tramitación de una renta mínima, deja de pagar una cuota miserablemente pequeña... Sólo una cuestión puede explicar al menos algunos de éstos casos y es la enfermedad mental que hace que se crean invulnerables a las normas, sujetos del gratis total, personalidades narcisistas hasta la neurosis [...] Amenazar es muy peligroso [...] especialmente cuando se tiene el histórico hasta el cuello de detritus, vulgo mierda». Escribió esto y partió. Su legado: ya había dejado sin vivienda a Concepción. Es esa clase de políticos que es más cruel que un banco y prefiere dejar vacía una vivienda destinada a los más pobres. Gastar más fondos


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en una cerradura acorazada —y en abogados y en el despliegue policial— que el que se utilizó en tratar de reinsertar socialmente a una familia de su municipio. Hoy la tiene viviendo en un muladar. ¿Dónde la enviarán luego? ¿Quiso sacarlos de la sociedad? ¿La vía lumpen? —Ha sido muy duro. Hasta para pasar hambre se necesita un techo. Aunque sólo tenía para comer sopa de sobre, me sentía protegida. Manuel da un puñetazo a la silla. Rememora cómo apenas tuvo tiempo de recoger lo poco que tenían. —Si volviera, me soltaría y levantaría a mi madre. Sentía impotencia al verla arrodillada y no poder hacer nada... Mañana voy con una sierra y parto la puerta. ¡La parto! El día en que perdieron su hogar le sostenía la mirada a los agentes. Hasta que, al ser consciente de lo irremediable, el hombretón volvió a ser el niño de Concepción. Lloró abrazado a su amigo. Lo hizo ante las cámaras que grababan su tragedia. Tenía colgado del cuello la misma bandolera que luce ahora. —Allí se quedaron nuestras fotografías— dice mientras le pide un cigarrillo a mamá. Lanza su cabeza atrás. Cierra los ojos. Se quiere hacer cargo de la tragedia familiar y no le dejan. Por una temporada descargaba camiones. Le empleaba el padre de un amigo ahora casi en bancarrota. ¿Qué le queda? Desahogarse con un balón. —No me drogo, ni bebo. Sólo juego para intentar liberar este dolor. El estertor de los malos días no comienza aún. Este chico de voluntad férrea no cesa en su intención de tener trabajo. Por internet, a pie, por teléfono. No hay nada para un chico con músculo, sin título universitario, pero con formación profesional. Como cuando en el XIX, aquellos que sólo tenían la fuerza de sus brazos eran vencidos por las máquinas de la industria. El ambiente era insalubre, escribían los cronistas de entonces. Las ratas pululaban por las casas de los obreros. La insuficiente ventilación los enfermaba. Los mataba... Nada ha cambiado, parece. Y el gran corazón del Madrid de hoy, el alma colectiva de su gente, tiene también taquicardia.

CASA DESOLADA —Nunca llegué a cobrar mil euros, ni cuando trabajaba 14 horas al día. ¿Pertenezco a otro mundo? No, al de vosotros. ¿Qué quiero? Quiero mi casa con sus rajas en la pared y sus vecinos generosos... Cuando me quedo sin fuerzas voy allí y recuerdo. Y sigo luchando, como cuando hice huelga de hambre para que no me la quitaran. Para cumplir la promesa que le hice a mis hijos de volver.— Concepción hace un silencio. Llega su otro hijo, Adrián, el pequeño, moreno, ojos grandes, 16 años, estudia electricidad. En plena adolescencia, ha madurado en el pesar. —No es tan grave. En el barrio de mis abuelos, hay dos pobres ancianos que viven en la calle... Enciende su reproductor de música. Se escucha una canción que compusieron él y sus amigos. Un retrato de lo que sienten. Aquí está expectorada su rabia. «Mi vista ya está cansada/ de mi familia desahuciada/ mal alimentada.../ Menuda vida/ pobres que recogen su propia comida/ El banco y el Ivima [Instituto de la Vivienda de Madrid] hacen lo que les apetece.../ Le quitan la casa a alguien y nadie

CONCEPCIÓN HA SIDO EXPULSADA DE UN PISO PARA POBRES. AHORA SE REFUGIA EN UNA GÉLIDA GALERÍAABANDONADA VIVE EN EL SUBSUELO CON SUS HIJOS. ME INVITA A DORMIR ALLÍ, CON ELLOS. ACEPTO. ASU PASO, LAS RATAS CORREN...

lo merece.../ Recuerdos que ahora mismo yacen en la basura/ gente sin ayuda/ chavales de barrio que ya ni te saludan/ vaya mierda de estructura./ ¿Ves la luz de fondo?/ Es tu vida perdida/ tu vida perdida». Rap grabado con ruido de fondo. Los hermanos van a dormir, son casi las dos de la mañana. Los gatos maúllan como persiguiendo fantasmas. Hay ruidos de peleas que, en la ceguera, aturden. Y el sollozar de Concepción. En su soledad parece charlar con los gatos desesperados. —Quieren ver la luz. Aunque no lo creas, están peor que nosotros,

me dan aún más pena. Llevan meses sin disfrutar del sol. En su bondad, cree que no me despierta... Hay tres radiadores encendidos que apenas contrarrestan lo gélido. En la noche apenas se duerme. Lo negro prima. Día y noche, iguales. El amanecer lo indica mi reloj. Es lo que sucede en las cloacas, en un pobre mundo donde está condenado hasta el tiempo. M. Mucha, redactor de «Crónica», es autor de «Tus ojos en una ciudad gris» [Para ayudar a la familia de Concepción: plataforma.afectados.ivima@gmail.com]

DICKENS, 2012: Miseria en Madrid  

¿Cómo relataría Charles Dickens la miseria que se extiende por España? En la semana en que se cumplen 200 años del nacimiento del mejor retr...