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EL MUNDO / Nº 869

CRONICA /10/6/2012 EL MURO DE LOS RIÑONES / Está en Irán, donde es legal el comercio de órganos. Ahmad, Alí... nos cuentan por qué venden sus riñones al mejor postor / 4

ÉXITO / Desapareció de España tras la caída de Astroc, que arruinó a muchos en la Bolsa INVERSIÓN / Acaba de vender una empresa en Brasil por 240 millones y busca invertir en España 160 millones DESDE LONDRES / «Saber la diferencia entre pirata y corsario es clave para el éxito»

ELREGRESO MILLONARIO DEBAÑUELOS REPORTAJE GRÁFICO: EDUARDO PERIS


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MARTÍN MUCHA / Londres

nrique Bañuelos, como los gatos sin dueño, arriba de sorpresa. Silencioso y vestido de pardo. Zapatos un tanto gastados. No luce como los millonarios que recorren Knightsbridge, el distrito de Londres con más magnates por metro cuadrado. En el portal de al lado, un jeque acababa de llegar con tres limusinas, unas cuantas odaliscas y una decena de guardaespaldas. Bañuelos, sin coche. De repente. No se le esperaba y apareció. En principio, la reunión, pospuesta una y otra vez, era con Sonia de Maré, su directora de comunicación [no se dirá la fecha exacta del encuentro, acaecido en los últimos 12 meses, la primera en años con un medio español]. Llevo desde 2007 a por él. Lo he perseguido por Valencia —lo llegué a ver salir del palacete-búnker que era la antigua sede de Astroc y ni se inmutó— y Madrid. Un hombre que ya pensaba que era un ser espectral se presenta así, sin avisar. La propia De Maré, una de sus ejecutivas de mayor confianza, se sorprende. Estamos en una cafetería sencilla, sin decorados victorianos ni nada por el estilo. De esos sitios atemporales y anodinos, sin especial personalidad. Uno de los 20 hombres más ricos de España, 300 millones de euros más rico que Emilio Botín [1.130 versus 830], según Forbes, se sienta. Saluda prudentemente, estrecha la mano con cautela, sin apretar excesivamente, ni con parsimonia. «Vamos a caminar por Hyde Park. Es mi rutina y me calma», lanza como sugerencia, aunque en realidad no hay otra alternativa. El protagonista del fin del boom inmobiliario de España, el hombre que llegó a ganar 9.000 millones en un año, coge su iPhone y le baja el volumen. Hiperactivo, puede lograr que una conversación sea un monólogo. «Sabes la cantidad de mentiras que dicen de mí desde que dejé Astroc», me suelta mientras bajamos por William Street. El palacio que alberga la embajada de Kuwait, a la izquierda. Al frente, una de las entradas del gran parque londinense. Va con la cadencia de un espía, de esos que parecen caminar pero que, en realidad, corren. Mira hacia atrás de vez en

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cuando antes de responder. Con no más de 1,72 m de estatura, piernas ni largas ni cortas, sorprende que apenas se le pueda seguir el paso al milmillonario. Es un rico con aspecto de persona normal, que no tiene un rasgo físico que lo haga destacar del resto. Excepto por la mirada. De vez en cuando gira, apoya su mano en tu hombro y te observa. Sonríe y sigue. Le cuento que llegué ayer en EasyJet. «Yo vuelo mucho allí», lanza. Me detengo. —¿Y sus tres jets? ¿Su Falcon 900 [el que se decía que tenía escudo antimisiles]? —Sí, eso decían. Sólo tuve uno. Ya no lo tengo. —¿Hasta llevaba a su madre a hacer la compra con él? —Mi pobre madre. Si apenas vuela [es la persona más importante de su vida, en homenaje suyo bautizó a su antigua empresa: es una variante de su apellido materno, Castro]... Demasiado normal para creérselo. Excesivamente recatado para ser el tipo que dijo una de las frases más tremebundas de los reyes del ladrillo: «Tú me dejas desnudo en Central Park y en 24 horas estoy paseando en limusina por la Quinta Avenida». Su historia reciente dice que —quizás— no sea pura vanidad. Acaba de vender su participación en PDG Realty, inmobiliaria brasileña, por 240 millones de euros y ha comprado otra, Union Ville, por 80 millones [volumen de negocio estimado de 990 millones]. ¿Por qué? Para invertir en empresas españolas, me soplan. Todo comenzó hace tres semanas cuando aterrizó en Madrid con 20 millones para hacerse con el 28,30% de la compañía de telecomunicaciones Amper. Ya recibe, a diario, en sus oficinas, distintos dossiers con informes de firmas cotizadas. «Quiere aumentar sus inversiones en tecnología y po-

tenciar el negocio de Amper a nivel mundial», dice De Maré, su directora de Comunicación. «Se buscan empresas que tengan actividad en Latinoamérica»... Tiene al menos 160 millones para ello. Un cambio de rumbo radical del otrora emperador del ladrillo... Flashback.

BURBUJA. En abril de 2007, en su portátil, vivía pendiente de los resultados de la bolsa. Y sucedió. La caída de su imperio de ladrillo, como un castillo de naipes. La acción de Astroc bajaba de los tres euros. Había llegado a tocar los 73. Cuando salió a Bolsa, a finales de 2006, valía seis euros. El gráfico de la bolsa para Astroc es como el de la Cordillera de los Andes. Plano al inicio, el Aconcagua y hacia abajo. Ganó y perdió miles de millones. Él y otros como Amancio Ortega, a los que embarcó en la aventura. Muchos cayeron. Aunque el más perjudicado fue el empresario guadalajareño Félix Abánades. El dueño del Grupo Rayet le iba a vender su com-

acción de Astroc y el culpable de su derrumbe... —No es así, a mí también me sorprendió la subida. Hice todo lo posible por salvar mi empresa. Inyecté 450 millones a fondo perdido. Y nada. Era imposible. —dice mientras acelera el paso, apenas se distrae con unas palomas. El pinchazo de Astroc parecía su fin. Del potentado que invitó a 20.000 glotones a una comilona en Nueva York [«por petición del alcalde de la ciudad», asegura], del que soñaba con construir allí las Spanish Towers, del que fue cicerone del príncipe Felipe ante el presidente Bush, el que no se cortaba en darle consejos al propio rey Juan Carlos... La aparente debacle del enigmático selfmade man. «No sólo perdieron empresarios. También sus propios empleados y los pequeños inversionistas que se dejaron sus ahorros en esa compañía», asegura a Crónica un enrabietado ex trabajador. «No nos avisó de nada y él vendió a tiempo». En efecto, lo hizo y ganó, al menos, 2.000 millones. Varios accionistas minoritarios le pusieron una querella que instruyó el juez Garzón. Terminó archivada tras cuatro años en jaque.

PIRATAS Y CORSARIOS. The Serpentine, un laguito en el centro de Hyde Park, está rodeado de muchachas con vestidos cortos a rayitas azules y rojas, madres y bebés vestidos de Burberry, algún chico con look Emo, y nosotros. «Camino por aquí y descanso. Me da paz. Eres como todos y como ninguno. Eso es lo bueno de Londres. Aquí soy Enrique y ya». Deja de ser el chico Forbes, el conquistador, como le llaman en Bra-

—Unos roban con permiso y otros sin él. —La patente de corso, así es. Como Drake [corsario para Inglaterra y un vulgar pirata para España]. Aquí, en Londres lo que importa es que llegues con dinero, pagues tus impuestos y cumplas su ley… —Por eso ha sido el lugar donde, por ejemplo, los controvertidos oligarcas rusos deciden residir [que en la mayoría de los casos, sus fortunas se han basado en aprovecharse de la debacle de la antigua Unión Soviética]... Calla. Desvela que conoce de cerca a Putin. Rusia fue uno de los destinos donde intentó hacer negocios cuando partió de España, en 2008, donde ya no podía vivir tras el derrumbe de Astroc. Dejó a su mujer y a sus dos hijas. Hizo cuentas. Cogió una maleta pequeña. Adiós jet, palacetes y chófer. Fue marcando en el mapa los lugares donde se podía hacer negocio. Su mujer, inspectora de Hacienda [no se revelarán más datos de su familia por expreso pedido de Bañuelos], podía garantizarles que a ellas no les iba a faltar nada. —¿De España a...? —China, Rusia, Inglaterra, Estados Unidos, Brasil, Colombia, Perú… Me alojaba en hoteles baratísimos, aunque siempre céntricos, me vestía con mi mejor traje y aprovechaba la agenda que había acumulado durante años. Contaba cada céntimo. Y si gastaba, era con un fin. Como inversión. Pudo reunirse incluso con el alto buró político de China [no me lo confiesa, pero eso habría sido clave para la reciente apertura de sus oficinas en Pekín, en las LG Twin Towers, a un peque-

No es de Valencia, como se escribe siempre, sino del País Vasco. Ocultó su lugar de nacimiento por ETA Tras renacer en Brasil, regresa para invertir en España y comprar empresas de tecnología cotizadas en Bolsa

Cuenta entre sus contactos a Putin y al brasileño Cardoso. Según «Forbes», tiene más dinero que Botín pañía por 300 millones y terminó comprando, por ese monto, acciones de la empresa de Bañuelos. Hoy es accionista principal del Astroc 2.0, llamada Quabit. ¿Cuánto vale la acción? Menos de 0,06 euros. Una ruina. —Para muchos fue usted quién infló artificialmente el valor de la

sil, el vendedor de humo, como le llaman sus enemigos, el especulador que hizo estallar la burbuja inmobiliaria, según sus archienemigos. Va repasando la historia del parque y divagando. —¿Sabes la diferencia entre pirata y corsario? Es clave para entender el éxito en Londres.

ño paseo de la Ciudad Perdida], con la élite económica de Colombia, Brasil, Perú… Sorprende su memoria. En principio, pensé que era un farol. Que todo era una farsa. «Es un encantador de serpientes», me había dicho un ex colaborador. Me equivoqué [nací y trabajé en Lima y conoz-


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co a buena parte de las personalidades más reconocidas allí, de esos que no se citan en Google. Hablaba de ellos con una naturalidad pasmosa. Comprobé si esas reuniones existieron y así fue]. Tras un año entre aeropuertos y hoteluchos, decidió que su primer destino fuera Brasil. Y no le recibieron con los brazos abiertos. Su primera inversión podría ser la última. Decisiva, en cualquier caso. Los precedentes no le favorecían, pocos extranjeros han triunfado en este imparable mercado: endogámico y temible, plagado de vendettas. Le ayudaron Fernando Henrique Cardoso e Israel Klabin, miembros de la aristocracia política del país. Invirtió 70 millones de euros en dos inmobiliarias a través de su nueva empresa, Veremonte, y ganó cientos de millones ipso facto. Sólo con su llegada subió la Bolsa. En el año 2009, comenzó su resurrección. Los brasileños lo rebautizaron: el Señor de los Ladrillos, el Donald Trump español... Se mudó a un ático en la zona noble del Manhattan sudamericano y sus oficinas las ubicó en Jardim Paulistano, donde el metro cuadrado vale tanto —o más— que en las zonas caras de París, Moscú o Tokio. En Sao Paulo es una celebrity ya. Allí, disfruta otra de sus pasiones, la comida. Es un gourmet. En los fogones de su hogar, un cocinero español con dos estrellas Michelin, cuando está de visita por la ciudad, le prepara exquisiteces. Si no, no es raro verle en el DOM, del chef Alex Atala, uno de los cinco mejores restaurantes del planeta, ubicado cerca de su sede. A sus reuniones de negocios se desplaza en helicóptero. —¿Una muestra de ostentación? —No, es lo normal allí. Con los atascos que hay es una inversión, se pueden perder horas cada día en retenciones de tráfico.

SUS APUESTAS. El paso por Kensington Garden es casi sin pausa. Como haciendo footing. No se abre siquiera la chaqueta y yo ya la tengo en la mano. No suda. Para él es clave diversificarse y veía la tecnología como el camino. Sabía que su fama seguía siendo su poder de seducción en el mundo inmobiliario. —¿Cuál es el siguiente paso? —Apuesto por todo. Estoy abierto a lo que surja. En las conversaciones con la gente aprendo qué interesa, qué puede surgir, por dónde apuntar. La tecnología y las energías renovables me interesan. Esa es mi apuesta. —¿Ya planea su regreso definitivo a España? —Nunca me he ido del todo. Tengo oficina en el país, en Madrid, desde hace tiempo, en el Edificio Pirámide de Paseo de la Castellana. [El día del encuentro aún no se había producido la sorpresiva compra, por 19,8 millones de euros, del 28,38% de la española Amper. Cuando lo hizo se dijo que, con su llegada, se anuncia el pinchazo de la burbuja tecnológi-

ca. Tampoco la compra de la minera australiana Gladiator Resources, que explota minas de hierro en Uruguay. Por ella desembolsó en Sidney 2,2 millones por el 19,43% de acciones.]

Campanazo Astroc Astroc fue el preámbulo de la salvaje crisis que arrasaría al sector inmobiliario. Su acción salió a cotizar en Bolsa en mayo de 2006, a 6,4 euros. Subía todos los días, inexplicablemente. Fue imparable cuando se supo que Amancio Ortega, dueño de Inditex, había comprado un importante paquete de acciones. Llegó a revalorizarse un 1.100%, hasta los 75 euros. El 18 de abril de 2007, la burbuja estalló y la acción no paró de caer... Hoy vale menos de 0,06 euros. Enrique Bañuelos, conocido en Valencia como el «Rey Midas» —porque convertía en oro todo lo que tocaba— supo aprovechar la laguna o manga ancha legislativa de aquellos años. Su fortuna se fraguó apoyado por las cajas de ahorro —y bancos regionales— y los poderes políticos que gobernaban. / MARÍA MUÑOZ VIDAL (Analista financiera de Inversis)

EL HAMBRE DEL MAGNATE. Al llegar al Speaker’s Corner, me doy cuenta de que hemos dado casi la vuelta entera al parque. —Sabes que aquí la gente suele decir lo que piensa con libertad. A veces me detengo a escuchar lo que dicen. Muchos dicen cosas coherentes. —reflexiona en voz alta sobre el clásico sitio que, se dice, nació como el lugar donde los condenados a la horca decían sus últimas palabras. Recuerda su niñez. —Te voy a decir una cosa. Una confesión. No nací en Sagunto, Valencia. Soy del País Vasco. —¿Por qué lo ha ocultado? —Ya me entiendes, por mi familia, por el riesgo que implicaba. —¿Por ETA? Asiente. Su padre fue hijo de un obrero de los altos hornos del País Vasco. En Sagunto también había esa industria. Fatídicamente, el patriarca de los Bañuelos murió en un accidente. El hoy magnate pasó hambre. —No era como ahora. Entonces no había estos apoyos sociales. España ha avanzado. Recuerdo a mi madre luchando por sacarme adelante. Su sufrimiento. Su primer negocio fue de adolescente. Vendía miel. No le fue mal. Después vio que el dinero estaba en las promociones inmobiliarias. Lo que sigue se conoce. Termina el paseo por el parque. Hora de comer. Destino: Scott’s, el lugar donde cena Madonna cuando viene a la ciudad. Dentro está Sandro Rosell, presidente del Barcelona. Lo reconoce. Se abrazan, charlan. Susurran. Cuchichean. Es definitivo. Bañuelos ha regresado.

Bañuelos, en las oficinas de su empresa, Veremonte, Sao Paulo (Brasil). Tiene sedes en Londres, Madrid, Bogotá y Pekín. Izq., 24 de mayo de 2006, el día en que salió a bolsa Astroc. / EDUARDO PERIS

El regreso millonario de Bañuelos  

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