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Antorchas en acción Demian Marín

Me habían encargado escribir un cuento para cierta clase en mis tiempos de estudiante. Desde hace tiempo quería explorar la temática de la inmolación. Y como en esa época tenía problemas con la policía alemana, fue relativamente sencillo tomar la decisión de emprender un viaje a Praga, para visitar el monumento que se hizo en la Plaza Wenceslao al joven Palach, quien en 1969 se prendió fuego en protesta contra la invasión soviética a su país, en ese entonces llamado Checoslovaquia, pero a partir de 1993 dividido en República Checa y Eslovaquia. Me confieso amante de la cultura checa, no así de la eslovaca. Esos son los caprichos que uno tiene, sobre todo desde el mundial de 2006, donde la República Checa lució una camiseta magistral, que me hiciera conocer la maquinaria de un tren en Brno un mes después de su primera venta al público. Mi cuento, el que usted tiene entre manos, tuvo un primer esquema relativamente sencillo. Jan Palach debía aparecer, desde la comodidad de su cama, unas horas antes de su famosa autoinmolación, mirando el techo de su cuarto, como cualquiera de nosotros, que nos entretenemos, en las mañanas de algún fin de semana perdido en la memoria, con la visión de figuras extraordinarias, como cuando nos recostamos en el pasto de cualquier día de verano a mirar las formas de las nubes, o como aquella vez que miré durante dos horas interminables el accionar de un tren en Brno, que me llevaba lejos de la policía checa. Pensé que sería útil saber más sobre Jan Palach y su último día. Eso ya lo había pensado la primera vez que había estado en Praga, cuando por pura ironía buscaba información sobre Kafka para escribir un cuento que me habían encargado en la revista en la que trabajaba cuando vivía en mi tierra natal. En lugar de encontrar a Kafka, descubrí a un tal Mucha, pintor, cuya obra estaba expuesta en un edificio viejo cerca del reloj astronómico. Ese mismo día robé en una tienda de antigüedades un gorro del ejército soviético, que con el tiempo probó no solamente ser efectivo contra el frío de los crudos inviernos que debí pasar en mi estancia en el norte de Alemania, sino también en mis momentos de mayor necesidad estética. De alguna manera, ese gorro, que me recordaba a Mucha, que me recordaba a Kafka, que me recordaba a Palach, ponía en orden las ideas en 1


mi cabeza al momento de escribir. Incluso ahora mismo lo uso, para poder escribir el cuento que se llama “Una muerte política llevada a sus últimas consecuencias mediante la purificación del fuego”, donde narro el final de Palach, desde que despierta mirando las figuras en el techo de su cuarto hasta que muere, tres días después, en un hospital cercano a la plaza Wenceslao, donde conocí a una preciosa enfermera que al hablar me mostró las barreras del lenguaje. Para hacer más creíble el cuento, investigué todo lo que tuviera que ver con la muerte de Palach. Su vida, aunque parezca cruda la aseveración, no me importaba en lo más mínimo. El problema fue cuando me tuve que enfrentar a las enfermeras del sanatorio de la calle Legerově. Nunca he aprendido a hablar checo, y el inglés en ese hospital era realmente básico, por lo que decidí grabar lo que me dijeran al momento de pronunciar el nombre de Palach, con la esperanza de conocer algún día a alguien que pudiera ayudarme con la traducción. Una de las enfermeras, con esa belleza que caracteriza a las mujeres checas, me explicó con ligera paciencia todo lo que sabía de Palach. En la grabación yo sólo me oigo decir “sí” en checo cada vez que había un silencio que consideraba un tanto prolongado. Está por demás admitir que “sí” es la única palabra que conozco del idioma. La grabación, así como el gorro soviético que robé de la tienda de antigüedades, me recuerdan a mujeres como la enfermera que me explicó, sin tener idea de que yo no entendía, la muerte de Palach. Así que Palach, en mi cuento, está mirando, justo ahora, las figuras que se forman en el techo de su cuarto. Esto, por supuesto, es pura ficción. Desconozco si el techo del cuarto de Palach, el que realmente cobijó al suicida en sus últimos días aquel invierno de 1969, tendría la capacidad de hacerle imaginar figuras. Tal vez el techo estaba cubierto de mosaico, y de todos es sabido que el mosaico no te invita a ver figuras, sino más bien a pensar en el infinito. Cuando era niño, las teselas que formaban los mosaicos del baño en la casa de mis padres me ayudaron a entender el concepto de Dios. Era la época en que estaba a punto de hacer mi confirmación, y mis pensamientos estaban turbios como agua de olas con la lectura de pasajes bíblicos comentados en el catecismo. Ahora he olvidado la mayor parte de esa vida infantil. Prefiero escribir poesía y robar lo que me gusta. Como la camiseta de la República Checa en el mundial de Alemania.

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Pero también mirar el techo de mi cuarto por las mañanas me hacía pensar en diversos asuntos. Recuerdo que esta mañana, mientras miraba el techo, pensé en escribir un poema referente a Palach, que pudiera retratar lo más fielmente que se pudiera el dolor físico y el estado emocional en que se encontraba cuando estaba ardiendo. Desgraciadamente, no escribí el poema. Algunos versos que aún recuerdo son: La antorcha es fuego y ceniza y a veces quemaduras de tercer grado Ablación no es ablución es ardor en la vejiga que deja de exudar El profeta me ha dicho bautiza con fuego La antorcha es agonía de tres días a veces menos

No sólo hice investigación de campo. La información del hospital, que aún no logro descifrar, tiene su contraparte en los documentos que logré recabar sobre la muerte de Palach. Mi objetivo es comprender, si esto es posible, el porqué de la autoinmolación, las razones psicológicas que lo llevaron a este acto, las ideas que detonaron la protesta mediante el fuego. Así descubrí que Palach había sido el primero, pero no el único que hizo esto. Un mes después, en el mismo sitio, otro estudiante, llamado Jan Zajíc, también se prendió fuego. Y después vinieron otros a prenderse fuego, si no allí, en cualquier otra plaza, como el señor Evžen Plocek en la placita que estaba a unos pasos de su casa en Jihlava. En esta plaza usé por primera vez mi camiseta de la República Checa, dejando atrás los recuerdos del escape en el tren de Brno. Mi investigación me llevó a la conclusión de que debía cambiar por completo mi

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cuento. Me pareció más emocionante la figura de Zdenek Adamec que la del propio Palach. Cuando leí que Adamec había escrito en internet su nota suicida-manifiesto, horas antes de prenderse fuego en la plaza Wenceslao el 6 de marzo de 2003, supe de inmediato que debía partir nuevamente a Praga, para llevar a cabo las pesquisas que me permitieran conocer más sobre esta nueva información. En el viaje de vuelta, escuché siete veces, dejándome llevar por la melodía de la voz, la grabación de la hermosa enfermera, a quien debí haber invitado a salir en aquella ocasión. Al pasar por tercera vez frente al monumento que los checos habían instalado para recordar los “heroicos” actos de Palach y Zajíc contra la injusticia de los soviéticos, pensé que tal vez algún loco, en un día apacible en la plaza Wenceslao, como los demás, decidiera que era hora de prenderse fuego. La sola idea de ser testigo presencial me entusiasmó, a tal grado de que tuve que entrar a una tienda de discos a robar el último álbum de un grupo desconocido. Justo ahora, que escribo las líneas de este cuento, llamado “Muchas muertes pasadas por fuego”, el que usted tiene entre manos, estoy escuchando la música de ese grupo. Pocas veces un disco robado al azar me ha gustado tanto como este Hyje!, del grupo Traband. Lo mismo pienso de la obra de Mucha, que conocí al azar en un museo de Praga, y cuyo cartel de Hamlet para el Théâtre de la Renaissance cuelga en la pared de mi cuarto, cerca del techo, que miro cuando compongo poesía. Mi vida en el norte de Alemania fue poco placentera. Al cuarto mes de mi estancia, fui acusado de allanamiento de morada, y se me quitó la visa de estudiante. Afortunadamente, los abogados de la embajada supieron llevar la situación a buen término. Procuré olvidar este episodio tan embarazoso lo antes posible, y para esto partí a Praga con poco equipaje. Cuando uso mi gorro soviético para escribir, por más que quiera concentrarme en el cuento que estoy escribiendo sobre todas las autoinmolaciones de la plaza Wenceslao, no dejo de pensar en la cara del juez alemán que realmente me creía culpable de haber entrado en una casa de la calle Töpferstraße el 28 de noviembre de 2005. Las noticias sueltas que encontré en periódicos ingleses y alemanes sobre el suicidio de Zdenec Adamec concuerdan en la jovialidad del muchacho, incluso en el momento de su muerte. Se cuenta que llegó temprano ese día. Por la plaza pasaban apurados los oficinistas y los niños madrugadores que se dirigían a sus escuelas. Adamec se paró sobre el 4


monumento a Palach, se roció petróleo, encendió un cerillo y lo colocó en su cabeza, como apóstol en Pentecostés. Una vez prendido, corrió en todas direcciones, aullando y riendo, mientras los oficinistas y los niños lo miraban horrorizados. Incluso hasta intentó dar unos saltos mortales de espaldas en la rampa del Museo Nacional. Dicen que era muy elástico y que los saltos mortales se le facilitaban. La imagen, sin tener relación, me recuerda los cuadros de Mucha. El Museo Nacional tuvo que cerrar sus puertas ante la ola de suicidios que se desencadenaron después de que Zdenek Adamec se prendiera fuego. La primera vez que visité Praga, tras los pasos de Kafka, quise entrar al museo. En ese entonces desconocía por completo las autoinmolaciones que se habían efectuado en ese lugar. También era ignorante de mis impulsos posteriores a escribir un cuento cuyo tema serían dichas autoinmolaciones, desde Palach hasta Novotný. Éste último, estudiante de 19 años como casi todos, homónimo de un famoso narcotraficante, Václav Novotný, provocó que las autoridades tomaran cartas en el asunto y cerraran por un periodo indefinido la entrada al Museo Nacional. Viéndolo a la distancia, si hubiera estado abierto el Museo Nacional, mi cuento tendría otro nombre. Tal vez “Peripecias en el Museo Nacional de Praga”, o “Tras los pasos de Kafka”. Y tal vez no hubiera tenido que conocer la maquinaria en movimiento de un tren que partió de Brno. Entre Adamec, muerto en marzo de 2003, y Novotný, que pereció en agosto de 2005, prácticamente cada semana se prendía fuego algún joven checo en el mismo lugar, en las mismas circunstancias. Las causas de las autoinmolaciones multitudinarias eran imprecisas. Se cree que todos pertenecían a un grupo secreto anarquista, llamado “los oscuros” (“darkerství”). O al menos esa pista aparece en la nota suicida-manifiesto que Adamec escribió en internet con el pseudónimo “Sataník” unas horas antes de su acto en la plaza Wenceslao. Esta información me pareció trascendente, por lo que decidí escribir el cuento que ahora usted tiene entre manos. De ahí el título “Los oscuros satánicos se purifican con fuego”. Lo curioso en la lista de auto-inmolados es la variación de nombres y apellidos. Para mí, que soy extranjero, fue fácil encontrar un patrón entre todos esos nombres y apellidos que no me dicen nada. Descubrí que no existen más que la combinación de veintitrés 5


nombres con veintitrés apellidos. El número seguramente representa a Satán. Por supuesto, la policía de Praga desconoce este patrón. El esquema de la página siguiente me sirvió en la escritura del cuento que usted tiene entre manos.

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Antonín

Belohoubek

Daniel

Dobřichov

David

Dvořák

Filip

Fajkus

František

Gazarek

Honzík

Hamernik

Jakub

Hermann

Jan

Iglau

Jaroslav

Krahulec

Jeník

Krippner

Josef

Lysacek

Jakub

Mikoláše

Karel

Nedved

Kolej

Neumann

Lukáš

Niklitschek

Martin

Novák

Michal

Novotný

Ondřej

Pajkos

Pavel

Stasko

Petr

Svoboda

Tomáš

Tomecek

Václav

Vonderka

Vítězslav

Zipaj

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Desayuné unas salchichas vienesas y tomé un café cargado en un pequeño restaurante de la calle Opletalova, cerca del Museo Nacional. Pensé que tal vez ése sería mi último alimento. Había tomado la decisión de que, si quería escribir un cuento verídico sobre las autoinmolaciones en la plaza Wenceslao, debía prenderme fuego yo mismo. Nunca me ha interesado el cigarro, pero no me fue difícil hacerme de unos cerillos, que un fumador de la mesa de al lado había descuidado en su lectura matutina del periódico. Lo difícil, ese día, iba a ser conseguir el petróleo. Pensé que sería imposible, dado que no conozco el idioma, pedir a alguien un poco de petróleo. Tal vez, me dije, el alcohol que venden en las farmacias sea tan flamable como el petróleo. Si tan sólo, me dije, hubiera conservado el galón de petróleo que encontré en una casa en la calle Töpferstraße cuando era estudiante en Alemania. Con Palach, desde los años setenta, y ya con Zdenec Adamec y sus “darkerství” del siglo XXI, se fue creando la leyenda de las antorchas vivientes en acción. Fueron tan populares que comenzaron a circular videos caseros de todas partes del mundo, en donde podían apreciarse auto-inmolaciones de cualquier tipo. Recuerdo, por ejemplo, al filipino que se prendió fuego mientras bajaba en caída libre desde una avioneta. O el ruso que lo hizo en zancos en una arboleda, me parece que de manzanos. O el monje budista que, meditando y sin mover un solo músculo, se calcinó hasta los huesos frente a sus compañeros de religión. La cantidad de videos caseros que vi me hicieron pensar en el título del cuento que ahora usted tiene entre manos: “Autoinmolaciones en el mundo”. En la telaraña de nombres y apellidos de la página anterior estaba pensando, así como en las teselas del mosaico en el baño de mis padres y en los videos caseros de autoinmolados, cuando paseaba esa mañana, con mi camiseta de la República Checa, una caja de cerillos y cinco botellas de alcohol etílico de 96°, por la plaza Wenceslao. La idea era prenderme fuego para poder tener bases científicas con las cuales sustentaría mi cuento. Usted seguramente ya intuyó que me propongo escribir un cuento naturalista. El olor del alcohol de 96° siempre me ha gustado, y logro percibirlo a metros de distancia. Tal vez por eso me extrañó el olor diferente, más dulce, más suave, de este alcohol checo cuando lo vertí sobre mi cabeza. Seguramente, pensé, la destilación es diferente en esta parte del mundo. O tal vez había robado cualquier otro líquido. Tal vez, pensé, es el aguarrás que utilizaba Mucha para pintar sus cuadros. 8


Mi problema con el gorro soviético es que fue confeccionado para usarse en el agreste clima de las estepas rusas. Ahora mismo, mientras escribo este cuento, tengo una comezón incontrolable en la cabeza. Pero temo quitarme el gorro, porque conozco las consecuencias. La última vez que lo hice, estaba escribiendo un ensayo sobre Kafka, una novela sobre cleptomanía y una obra de teatro sobre un capitán llamado Pedro. Los tres proyectos terminaron, de forma desastrosa, convirtiéndose en un poema. Poco después, sin esperanzas, eché al fuego el poema. De esta manera, pensé, glorificaría las muertes de Palach, de Zajíc, de Adamec, de Novotný y de Wenceslao, santo patrono de la República Checa, que murió quemado frente a una iglesia, a manos de su hermano.

Konec

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