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Sarah Pekkanen

U N M U N D O E N TR E TĂš Y YO


Para Glenn y nuestros ni単os: Jackson, Will y Dylan

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ÍNDICE PRIMERA PARTE: Éxito ............................................................. 4 Capítulo 1 ................................................................................ 5 Capítulo 2 ...............................................................................16 Capítulo 3 ...............................................................................28 Capítulo 4 ...............................................................................43 Capítulo 5 ...............................................................................54 Capítulo 6 ...............................................................................56 Capítulo 7 ...............................................................................65 SEGUNDA PARTE: En casa ......................................................71 Capítulo 8 ...............................................................................72 Capítulo 9 ...............................................................................81 Capítulo 10 .............................................................................93 Capítulo 11 .............................................................................99 Capítulo 12 ........................................................................... 106 Capítulo 13 ........................................................................... 118 Capítulo 14 ........................................................................... 121 Capítulo 15 ........................................................................... 135 Capítulo 16 ........................................................................... 148 Capítulo 17 ........................................................................... 154 Capítulo 18 ........................................................................... 162 Capítulo 19 ........................................................................... 165 Capítulo 20 ........................................................................... 173 TERCERA PARTE: ¡Salta! ........................................................ 179 Capítulo 21 ........................................................................... 180 Capítulo 22 ........................................................................... 189 Capítulo 23 ........................................................................... 197 Capítulo 24 ........................................................................... 203 Capítulo 25 ........................................................................... 211 CUARTA PARTE: En la piel del otro ...................................... 214 Capítulo 26 ........................................................................... 215 Capítulo 27 ........................................................................... 220 Capítulo 28 ........................................................................... 231 Capítulo 29 ........................................................................... 235 Capítulo 30 ........................................................................... 241 Capítulo 31 ........................................................................... 249 Capítulo 32 ........................................................................... 254 Capítulo 33 ........................................................................... 257 Agradecimientos....................................................................... 262 RESEÑA BIBLIOGRÁFICA ..................................................... 264

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PRIMERA PARTE

Éxito

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Capítulo 1 Al empujar la pesada puerta de cristal de Richards, Dunne & Krantz y empezar a recorrer el largo pasillo que conducía a los despachos de los ejecutivos, me di cuenta de que allí delante había una luz encendida. Nunca estaban encendidas tan temprano. Apreté el paso. A medida que me acercaba, vi que era la luz de mi despacho. Me había ido a casa a eso de las cuatro de la madrugada para echar una cabezada y darme una ducha, pero había cerrado la puerta del despacho con llave. Lo había comprobado dos veces. De pronto, allí dentro había alguien. Eché a correr, presa del pánico, mientras todo empezaba a darme vueltas… ¿Me había dejado el storyboard destapado y a la vista? ¿Podía estar alguien saboteando la campaña publicitaria con la que llevaba semanas rompiéndome la cabeza, la campaña de la que dependía todo mi futuro? Irrumpí en mi despacho en el preciso instante en que la intrusa alargaba la mano hacia mi escritorio. —¡Lindsey! ¡Me has dado un susto de muerte! —me regañó mi ayudante, Donna, cazada en el momento mismo en que dejaba un humeante recipiente de café sobre mi mesa. —Dios mío, lo siento —me disculpé, dándome un bofetón mental. Si alguna vez acababa buscando ligue por internet (lo cual, la verdad sea dicha, era probable que sucediera cualquier día), tendría que marcar la siempre popular casilla de «loco/a paranoico/a» cuando rellenara los rasgos de mi personalidad. Más me valía comprarme una barricada para mantener a raya a los solteros de Nueva York. —No esperaba encontrar a nadie aquí tan temprano —le expliqué a Donna mientras mi respiración recuperaba un ritmo normal. Nota personal: no olvidar apuntarme a un gimnasio, visto que me quedo sin resuello después de una carrera de veinte metros. Y mejor no pensar en cuántas veces llegaré a ir, teniendo en cuenta que llevo los últimos dos años diciéndome que debo apuntarme a uno. —Hoy es un gran día —dijo Donna, acercándome el café. —Eres increíble. —Cerré los ojos, arenosos, mientras daba un sorbo y sentía cómo ese milagro líquido inundaba mis venas—. Lo necesitaba de verdad. No he dormido mucho. —Tampoco has desayunado, ¿a que no? —preguntó Donna con las manos plantadas en las caderas. Se quedó allí de pie con su metro cincuenta y dos de altura, igualita que una abuela de mejillas sonrosadas, de esas que tejen tapetes. Una abuelita que no dudaría en levantarse de su mecedora para ir a buscar su escopeta recortada si alguien la hacía enfadar.

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—Lo compensaré con la comida —me defendí, evitando su mirada. Aun después de cinco años, todavía no me había acostumbrado a tener ayudante, y mucho menos una que era tres décadas mayor que yo pero cuyo salario era una tercera parte del mío. Tanto Donna como yo sabíamos que ella era la que llevaba los pantalones en nuestra relación, pero el secreto de nuestra felicidad residía en que fingíamos que era todo lo contrario. Más o menos igual que mis padres: mi madre siempre nos remitía a la autoridad de mi padre, pero no sin antes haberlo amenazado a él sin piedad para que aceptara su punto de vista. —Ahora mismo voy a hablar con los del catering —dijo Donna—. ¿Quieres que te retenga las llamadas esta mañana? —Por favor —respondí—. A menos que sea una emergencia. O Walt, de Creative; le ha dado un ataque al ver el tamaño de letra de la maqueta del anuncio y tengo que tranquilizarlo. O Matt. Quiero repasarlo todo una vez más con él esta mañana. Y, veamos, quién más, quién más… Ah, cualquiera de Cosméticos Gloss, por supuesto. »Ay, Dios, estarán aquí dentro de… —Consulté mi reloj, y el aire se me congeló en los pulmones—. ¡Dos horas! —No tan deprisa, señorita —ordenó Donna con una voz que solo podía describirse como de «llevapantalones». Salió disparada hacia su mesa y regresó con una bolsita de papel en la que había una magdalena de arándanos y dos analgésicos. —Sabía que no habrías comido nada, así que he comprado una de más. Y vuelves a tener dolor de cabeza, ¿a que sí? —preguntó. —No es muy horrible —mentí mientras extendía la mano para aceptar los analgésicos… con la esperanza de que no reparase en que me había mordido todas las uñas. Otra vez. Cuando Donna por fin cerró la puerta, me desplomé en mi gran sillón de cuero y bebí otro largo y grato sorbo de café. La luz del sol de primera hora de la mañana entraba a raudales por las ventanas, a mi espalda, y relucía sobre el dorado Premio Clio que engalanaba mi escritorio. Deslicé un dedo sobre él para que me diera suerte, igual que hacía siempre que tenía una presentación. Después lo acaricié una segunda vez. Porque en esta ocasión no se trataba de un día de presentación cualquiera. De ese día dependía muchísimo más que conseguir otra cuenta multimillonaria. Si daba en el blanco con la exposición y Cosméticos Gloss se sumaba a nuestra cartera de clientes… Cerré los ojos con fuerza. No pude terminar ese pensamiento; no quería gafarme. Me levanté de un salto y crucé el despacho para contemplar las fotografías de mis retoños; otro de mis rituales supersticiosos para los grandes días. Tenía toda una pared cubierta de marcos negros, sencillos pero caros, y cada uno de ellos exhibía un anuncio de revista diferente: un padre con delantal rojo haciendo perritos calientes en la barbacoa; una pareja de niños bien hundiendo los pies descalzos en su nueva alfombra; una joven ejecutiva reclinada en un asiento de avión de primera clase. Gozosamente reclinada.

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Sonreí al recordar aquel trabajo. Me había costado dos semanas y tres grupos focales decidirme por el adjetivo «gozosa» en lugar de «tranquila». Aun así, casi me habían tumbado la campaña entera en el último minuto porque la modelo que había seleccionado llevaba exactamente el mismo corte de pelo que la ex mujer del propietario de la línea aérea, la cual lo había convencido de que el amor verdadero no necesitaba de acuerdos prematrimoniales. Si no hubiese encontrado un tubo de gomina de cinco dólares en el maletín de la maquilladora y no le hubiera suplicado al cliente que nos concediera treinta segundos más, nuestra agencia habría perdido una cuenta de dos millones de dólares… a cuenta de una media melena. Como todo el mundo sabía, los clientes eran veleidosos y la regla general, decía que cuanto más rico el cliente, más chalado. El que iba a reunirse conmigo ese día era dueño de medio Manhattan. Saqué la maqueta del anuncio de revista que mi equipo había elaborado para Gloss y lo revisé por millonésima vez en busca de unos fallos inexistentes. Me había pasado tres semanas seguidas rompiéndome la cabeza con todos y cada uno de los detalles de esa campaña, y quizá no tendría ni diez minutos para presentarla en nuestra sala de reuniones dentro de… Consulté el reloj y el corazón me dio un vuelco. Al contrario que otras empresas del ramo de la publicidad, mi agencia seguía la política de desdibujar la división entre el trabajo creativo y la vertiente económica de nuestras cuentas. Si querías hacer carrera en Richards, Dunne & Krantz, tenías que ser capaz de llevar ambos aspectos. Desde luego, eso también suponía que la responsabilidad de la presentación era toda mía y de nadie más. La peor parte, la parte que me tenía encogido el estómago y que hacía que me despertase con una sacudida a las tres de la madrugada las noches en que conseguía conciliar el sueño, era que todo mi esfuerzo, todas esas maratonianas sesiones de fin de semana con pizza rancia y conferencias telefónicas a medianoche, tal vez había sido en vano. Si el propietario de Gloss rechazaba mis anuncios —si se le atragantaba algo tan simple como el perfume que me había puesto ese día o un ampuloso adjetivo de mi manuscrito—, cientos de miles de dólares de comisión para nuestra agencia se esfumarían como humo entre mis dedos. Una vez, un magnate japonés que poseía una cadena de hoteles de lujo se sentó a valorar la presentación de una brillante campaña que había requerido dos meses de preparación y que el presidente de nuestra agencia había supervisado personalmente —estoy hablando de esa clase de visión creativa que habría ganado premios, esa clase de anuncios de los que todo el mundo habría comentado algo—, y la rechazó con un gruñido que su ayudante tradujo alegremente por un «no le gusta ese azul». Y eso fue todo. No hubo ocasión de realizar un pequeño retoque al color de la copia del anuncio; lo único que sucedió fue que un grupo de pasmados ejecutivos de publicidad con la ya inútil habilidad de decir «Konnichi-wa!» fueron conducidos hasta la salida cual rebaño de ovejas. Engullí otro analgésico del alijo secreto que guardaba en el cajón de mi escritorio (y cuya existencia Donna desconocía), y me masajeé con una mano el nudo que tenía en las cervicales, sin quitar el ojo de encima a la maqueta del anuncio que

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mi equipo había creado para Gloss. Después de que Cosméticos Gloss acudiera a nuestra agencia el mes anterior, dando a entender que a lo mejor dejaban a los que aún eran sus publicistas, nuestro presidente —un genio del marketing de cuarenta y dos años llamado Mason que siempre llevaba unas zapatillas Converse de color rojo, aun cuando vestía de esmoquin— convocó a su despacho a nuestros cinco mejores equipos creativos. —Gloss quiere patear los traseros de los de Cover Girl, su principal competencia —dijo, y bebió un trago de una botella de Lipton Ice Tea (que era cliente nuestro) mientras daba golpecitos con un boli Bic (ídem) en la superficie de roble de su mesa de reuniones. Mason era tan fiel a nuestros clientes que una vez se marchó de un restaurante de cuatro tenedores porque el chef no quiso ponerle salsa para ensaladas Kraft en lugar del aliño de champán y trufa. —La estrategia de Gloss es el glamour accesible —siguió explicando—. Olvidaos de las princesas de Park Avenue; vamos detrás de profesoras de colegio, empleadas de fábrica y recepcionistas. —Sus ojos recorrieron toda la mesa para que su mirada pudiera clavarse en cada uno de nosotros; juro que no pestañeó durante casi dos minutos. Mason, con su cabeza calva en forma de bombilla y sus ojos de párpados caídos, me recordaba a un alienígena; estaba convencida de que cuando entraba en uno de esos trances en los que no pestañeaba, era porque estaba descargando datos de la nave nodriza. Mi ayudante, Donna, aseguraba que lo único que le pasaba a Mason era que necesitaba un poco más de vitamina C, y no hacía más que darle la lata para que fuera tras la cuenta de Minute Maid. —¿Cuál fue el grado de recuerdo del último anuncio de Gloss? —preguntó alguien desde el otro extremo de la mesa. Era Cheryl el Zorrón, con los pechos a punto de salírsele de su ajustadísima camisa blanca mientras se estiraba para alcanzar una botella de Lipton de las que había en el centro de la mesa de reuniones. —¿Quieres que te la acerque? —se ofreció Matt, nuestro director artístico adjunto, con una voz que parecía inocente… si no lo conocías bien. Matt era mi mejor amigo en el trabajo. Mi único amigo de verdad, de hecho; aquel lugar hacía que una convención de sádicos pareciera una reunión entrañable y educativa. —Llego yo sola —dijo Cheryl con valentía echándose hacia atrás la larga melena color avellana y estirándose hasta más no poder mientras Matt me lanzaba un guiño. Cualquiera habría dicho que, después de varios cientos de reuniones, la chica habría tenido que encontrar ya una forma más sencilla de echarse un trago, pero ahí estaba ella, ofreciéndonos semana tras semana su mejor imitación de «camarera ligerita de ropa intentando pescar una propina». Por aquellas casualidades de la vida, siempre le entraba sed justo cuando planteaba una pregunta y todo el mundo la estaba mirando. —El último anuncio de Cover Girl, ese en el que salía Queen Latifah, alcanzó un

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treinta de recuerdo, y el último de Gloss se quedó en un doce —dijo Mason sin consultar ninguna nota. Tenía memoria fotográfica, lo cual constituía uno de los motivos por los que nuestros clientes toleraban sus zapatillas deportivas. Comprendí entonces por qué Gloss estaba tanteando el terreno con otras agencias. Un doce no era nada bueno. El grado de recuerdo es una de las herramientas más eficaces del arsenal publicitario. Básicamente te dice qué porcentaje de las personas que han visto tu anuncio llegarán a recordarlo. Cheryl, que es directora creativa igual que yo, supervisó una vez un anuncio de comida para perros que consiguió un cuarenta y uno de recuerdo. Encargó decenas de globos con las palabras « CUARENTA Y UNO» estampadas y cubrió la oficina con ellos. La sutileza, al igual que esos suéteres anchos de cuello vuelto, no está en su repertorio. Y juro que no lo digo solo porque yo nunca haya conseguido más de un cuarenta (aunque, para que quede constancia, he alcanzado esa cifra tres veces; un récord en la agencia). —Quiero a cinco equipos creativos trabajando en esto —dijo Mason—. Tenedme las campañas listas para dentro de tres semanas, contando desde hoy. Las dos mejores serán presentadas ante Gloss. Cuando todo el mundo se puso de pie para marcharse, Mason se me acercó mientras Cheryl se tomaba su tiempo para recoger sus cosas y fingir que no le interesaba escuchar nuestra conversación. —Necesito esta cuenta —dijo Mason, con sus ojos azul claro clavados en los míos. —¿Tan suculento es el presupuesto? —pregunté. —No, son unos rácanos de mierda —respondió él tan alegremente—. Enumera los últimos tres clientes que han firmado con nosotros. —Planes de asistencia sanitaria a domicilio, colchones ortopédicos y compresas para las pérdidas de orina —recité de un tirón. —Pañales —me corrigió Mason—. Una fea tendencia. Nos estamos convirtiendo en la agencia de los viejos incontinentes. Necesitamos hacernos con el sector demográfico de dieciocho a treinta y cinco. Consígueme esa cuenta, Lindsey. —Su voz había bajado de volumen y Cheryl había dejado de mover papeles. Tanto ella como yo nos habíamos inclinado un poco hacia Mason—. No hace falta decirte lo que supondría para ti —añadió entonces—. Piensa en el momento en el que estamos. Presentaremos las propuestas a Gloss más o menos para cuando se realicen las votaciones. Si te cuelgas esta medalla, junto con todo lo que has conseguido ya… — Su voz se fue perdiendo. Sabía lo que insinuaba Mason. No era ningún secreto que nuestra agencia estaba a punto de elegir a un nuevo director creativo de vicepresidencia. El cargo de vicepresidencia conllevaba una importante subida salarial, además de la suculenta guarnición que la acompañaba: una prima de seis cifras, un jugoso plan de jubilación y servicio de coche al aeropuerto. Conllevaba que podría permitirme comprar mi pequeño y soleado apartamento de una habitación del Upper West Side, que estaba a punto de entrar en régimen de propiedad cooperativa. Conllevaba vuelos en primera

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clase y unas cuentas de gastos de representación obscenas. Conllevaba el éxito, lo único que me había importado jamás. —Ya estoy en ello —dije, escabulléndome de su despacho para zambullirme en el mundo de Cosméticos Gloss. No había vuelto a salir a la superficie hasta tres semanas después. Tomé otro sorbo de café y terminé de revisar mi anuncio. Algo tan tonto como una errata podía significar para mí la muerte profesional, pero nuestro anuncio estaba limpio. Ese anuncio era mi retoño, nacido a las tres de la madrugada de una pecaminosa unión entre un exceso de cafeína, una bolsa de patatas fritas entera (aunque engullida a pequeños puñados, cerrando remilgadamente la bolsa cada vez y guardándola en mi despensa entre un puñado y otro) y mi viejo y fiel compañero de cama, el insomnio. Gloss quería robar a Cover Girl un pedazo del mercado, pero no querían pagar a ninguna famosa como Halle Berry o Keri Russell para que les hiciera de modelo. Yo iba a darles lo mejor de ambos mundos. A Mason le había encantado; ya solo me quedaba perfeccionar la presentación para el propietario y presidente de Gloss. Volví a echarle un vistazo a mi reloj. Noventa y seis minutos para la hora en que su limusina llegaría y aparcaría delante del edificio. Yo estaría abajo dentro de setenta y seis minutos, esperando para recibirlos. Apreté el botón del intercomunicador. —¿Donna? ¿Han llegado ya los del catering? —Si no hubieran llegado, ¿no crees que te lo habría dicho? —soltó. Detesta cuando me adelanto a sus tareas—. Pero han traído uva Concord roja. —¡Mierda! —Di un respingo tan exagerado que tiré el café al suelo. Saqué unas cuantas servilletas del primer cajón e intenté secarlo—. Bajo corriendo al delicatessen ahora mismo. —Relájate —dijo Donna—. Ya he ido yo. Tenemos uva verde sin semillas en la nevera. Estará todo listo con muchísima antelación. Uva roja en lugar de verde. El detalle más tonto puede aniquilar una carrera. —Gracias —dije tras un suspiro mientras mi corazón tranquilizaba su violento palpitar. Me di permiso para tomar un analgésico más y, con la misma sinceridad que un yonqui callejero, prometí que sería mi última dosis. Al menos hasta la hora de comer. Toda preparación era poca. Cheryl y yo habíamos sido las ganadoras de las dos oportunidades para presentar la campaña de Gloss, y ella era un factor imponderable. Muchas de sus campañas carecían de inspiración, pero cuando daba en el clavo era espectacular. Me moría por conseguir echar un vistazo a su storyboard, pero sabía que lo tendría vigilado como si fuera un rehén. Igual que hacía yo con el mío. Cheryl tenía treinta y tres años (cuatro más que yo) y trabajaba duro. Sin embargo, yo trabajaba más duro aún. Vivía, respiraba y dormía con mi trabajo. Lo digo en serio; si no me castigaran tanto los bufidos que soltaba Donna cuando se daba cuenta de la huella que había dejado mi cabeza en el cojín del sofá del

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despacho, apenas tendría motivo alguno para volver a casa por las noches. Aunque hacía siete años que vivía en Nueva York (desde que Richards, Dunne & Krantz fueron a reclutar personal a mi curso de posgrado y me hicieron una oferta), solo había hecho un amigo de verdad en la ciudad: Matt. El trabajo no me dejaba tiempo para nada ni para nadie más. —¿Lindsey? —La cabeza de Donna asomó en mi oficina—. Tienes a tu madre al teléfono. Dice que está en el hospital. Arranqué el auricular de su sitio. ¿Le habría pasado algo a mi padre? Sabía que retirarse del gobierno federal no le sentaría bien; enseguida había declarado una perversa guerra de jardinería a nuestro vecino de al lado, el señor Simpson. La última vez que estuve en casa por Acción de Gracias (hacía ya dos años; el año anterior me había saltado la festividad porque había tenido que montar una campaña urgente para un complejo turístico de Santa Lucía que padecía una sequía de reservas) tuve que impedir literalmente que mi padre se subiera a una escalera de mano para serrar todas las ramas de los árboles del señor Simpson en el punto exacto en que atravesaban la línea de nuestra propiedad. —Ay, cielo, no te lo vas a creer. —Mi madre suspiró con gravedad—. ¿Te acuerdas de que el mes pasado me suscribí a O, la revista de Oprah? —Síii… —mentí, preguntándome cómo podía terminar esa historia con una carrera a contrarreloj hasta el hospital para reimplantarle el antebrazo a mi padre. —Bueno, pues resulta que compré el número de noviembre y rellené la tarjeta de suscripción que viene dentro —explicó mi madre, preparándose para una agradable charla—. Ya sabes, esas tarjetitas que siempre se caen de las revistas y que quedan esparcidas por el suelo. No sé por qué tienen que meterles tantas. Supongo que creen que si ves muchísimas, al final te decidirás y te suscribirás a alguna. Hizo una pausa para pensar. —Pero eso es justamente lo que he hecho, así que, ¿quién soy yo para lanzar la primera piedra? —Mamá. —Sujeté el auricular entre el hombro y la oreja mientras me masajeaba las sienes—. ¿Va todo bien? Mi madre suspiró. —Hoy me han enviado el primer número de O… ¡y es el de noviembre! Y, claro, yo ya lo he leído. —El volumen de su voz bajó hasta convertirse en un susurro conspirativo—: Y tu padre también, pero no te has enterado por mí. Eso quiere decir que solo voy a recibir once números, cuando he pagado por doce. —¿Lindsey? —Volvía a ser Donna—. Ha llegado Matt. ¿Le digo que pase? —Por favor —respondí, tapando el auricular. Mi madre seguía con lo suyo: —… casi como si intentaran timarte, porque dicen: «Ahorre catorce dólares del precio de venta al público». Pero si acabas con dos ejemplares del mismo número y has pagado por los dos, en realidad solo te estás ahorrando diez con cuarenta y cinco, impuestos incluidos (tu padre se sentó con lápiz y papel a hacer los cálculos) y… —Mamá —la interrumpí—. ¿Estás en el hospital?

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—Sí. Pausa. —Hummm, ¿mamá? —insistí—. ¿Por qué estás en el hospital? —He venido a ver a la señora Magruder. ¿Te acuerdas de que le ponían una prótesis de cadera? No podrá subir ni bajar escaleras durante seis semanas. La última vez que estuve aquí me fijé en que en la sala de espera solo había ejemplares de Golf Magazine y Highlights y he pensado: No tiene sentido que yo me quede con dos números iguales de O. A lo mejor puede disfrutarlo más gente. Además, trae una receta de pastel de queso bajo en grasa con nata montada. El secreto es la compota de manzana, quién lo diría… —Mamá, yo me encargo. —La corté justo antes de que la presión hiciera que mi cabeza rompiera a hervir y soltara un silbido como el de una tetera—. Llamaré directamente al despacho de Oprah. Matt entró en el mío enarcando una ceja. Llevaba un blazer negro que le quedaba muy bien a su pelo oscuro y rizado. Tendría que decirle que el negro era su color, pensé distraída. —Gracias, cielo —dijo mi madre, sin parecer ni una pizca decepcionada por no haber podido alargar el tema un poco más—. Es fantástico tener una hija que conoce a la gente adecuada. —Dile al eterno compañero sentimental de Oprah, ese Stedman, que algún día tendríamos que volver a salir a pescar con mosca —dijo Matt en un aparte susurrado mientras yo cargaba una pistola con el pulgar y el índice y le descerrajaba un tiro en el pecho. —Por cierto, ¿te has enterado de lo de Alex? —preguntó mi madre. Sabía que sería imposible terminar la conversación sin mencionar a mi hermana gemela. Si me hace un cumplido, mi madre tiene que decir algo agradable sobre Alex. A veces me pregunto si Alex y yo somos tan competitivas porque mi madre siempre fue tan escrupulosamente equitativa en la forma de tratarnos. «Seguro», pensé, sintiéndome aliviada al poder culpar a mis padres de mis sentimientos personales, y de manera fundada, además. Suspiré y consulté mi reloj de reojo: cincuenta y ocho minutos. —Oprah —pidió Matt con voz ronca, rodando por el suelo de mi despacho mientras se agarraba el pecho—, envía a tu Red de Ángeles. Veo… una… luz… blanca. —¡La cadena de televisión va a ampliar las apariciones de Alex! —dijo mi madre—. Ahora saldrá los miércoles y los viernes en lugar de solo los viernes. ¿No es maravilloso? Cuando la gente se entera de que tengo una hermana gemela, lo primero que preguntan es si somos idénticas. A menos, claro está, que nos vean a Alex y a mí juntas, en cuyo caso arrugan la frente y entornan los ojos, y casi se les ve el cerebro atascándose debido a la confusión mientras tartamudean: «¿Gemelas? Pero… pero… si no os parecéis en nada». Alex y yo somos mellizas, y más o menos todo lo distintas que se puede ser.

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Siempre he pensado que yo me parezco al dibujo que haría un niño de una persona: unas líneas rectas de color marrón para el pelo y las cejas; ojos, nariz, boca y orejas más o menos en el lugar adecuado y en la cantidad correcta. Nada especial, solo algo que colgar en la puerta de la nevera antes de que acabe sepultado bajo listas de la compra y boletines de notas y caiga en el olvido. Alex, por el contrario… Bueno, no hay ninguna otra palabra para describirla: es simple y llanamente preciosa. Despampanante. Espectacular. Deslumbrante. Vaya, por lo visto al final sí que hay unas cuantas palabras más que le van. Empezó a hacer sus pinitos de modelo en el instituto, después de que un cazatalentos la abordara en el centro comercial, y, aunque nunca ha dado el golpe en Nueva York (porque solo mide uno sesenta y ocho), sí que ha tenido una ininterrumpida sucesión de trabajos en nuestra ciudad natal de Bethesda, en las afueras de Washington, D.C. Hace unos cuantos años consiguió un empleo a tiempo parcial para la filial local de la NBC, cubriendo el cotilleo de los famosos (o «las variedades», como lo llama ella con altivez). Durante tres minutos a la semana (seis, ahora que le doblan las apariciones), sale en pantalla bromeando con los chicos de la crítica de cine y entrevistando a estrellas que están rodando el último thriller de tintes políticos en D. C. Lo sé, ya lo sé, ya os oigo preguntando cómo es. Todo el mundo quiere saber cómo es físicamente. Alex es pelirroja, pero no una de esas con el pelo a lo Ronald McDonald y unas pecas que parecen salpicadas por Jackson Pollock. Tiene una larga melena que es de un rojo intenso y brillante a la que, según le da la luz, le salen reflejos oro, caramelo y chocolate. Nunca consigue recorrer una manzana de casas sin que alguna mujer le suplique el nombre del peluquero que la tiñe. Su color es natural, por supuesto. Tiene una tez que desafía la ley de la pigmentación pelirroja, porque adquiere un suave bronceado con mucha facilidad. Sus ojos almendrados son de un tono que cae justamente entre el azul y el verde, y tiene una nariz recta y discreta, tal como deberían ser todas las naricitas buenas y obedientes. Mi padre todavía puede ponerse los mismos pantalones que llevaba en el instituto; Alex ha heredado su constitución. Mi madre desciende de una larga línea de robustos agricultores maiceros del Medio Oeste; yo he heredado la de ella. Pero no le guardo ningún rencor por eso. —Llamaré a Alex para felicitarla —dije. —Ah, y ya ha contratado fotógrafo para la boda —añadió mi madre, que se preparaba para otra prolongada charla insustancial. La próxima boda de Alex podía hacer que nuestras líneas telefónicas echaran humo durante horas. —Tengo que irme corriendo —atajé—. Es una mañana importante. Voy detrás de una cuenta nueva y los clientes llegan esta mañana en un vuelo desde Aspen. —¿Aspen? —se interesó mi madre—. ¿Son esquiadores? —La gente rica de verdad no va a Aspen a esquiar —expliqué—. Van allí a reunirse con otra gente rica. Mis clientes tienen la mansión junto a la de Tom Cruise. —¿Son estrellas de cine? —preguntó con un gritito. Mi madre adora la revista People. Igual que mi padre, aunque él jamás lo admitiría.

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—Mejor aún —dije—. Son multimillonarios. Colgué y le di un bocado a la magdalena de arándanos, pero me supo a polvo. La culpa no era de la magdalena; era la desagradable sensación que me carcomía por dentro. Había explicado a mi madre lo de mi presentación para enviar un mensaje que llegara hasta Alex: «Tú eres más guapa, pero no olvides que yo tengo más éxito». No me malinterpretéis; quiero a mi hermana (sabe ser generosa, directa y divertida), pero nadie me saca de quicio tanto como ella. Cuando estoy con Alex, me enciendo como el panel de mandos del ascensor de un rascacielos en hora punta. Cada una de nosotras es todo lo contrario de la otra, siempre ha sido así. Es como si nuestros ADN hubiesen celebrado una reunión en el útero materno y se hubiesen repartido la mercancía. «Te cambio mis cadenas de sex-appeal por una ración doble de aptitudes organizativas», debieron de decir mis genes. «Trato hecho», respondieron los genes de Alex. «Y, si me firmas este documento renunciando a cualquier reclamación por mis piernas largas, te puedes quedar también con mi ética del trabajo duro.» Si no estuviéramos emparentadas, no tendríamos absolutamente nada en común. Lo que pasa con Alex es que no solo acapara toda la atención, sino que además la hace caer al suelo, la inmoviliza con una llave y la maniata para que no tenga forma de escapar. Y ni siquiera es culpa suya; la atención desea verse dominada por ella. La atención grita «¡Me rindo!» nada más verla. La gente se queda deslumbrada con Alex. Los hombres la invitan a tantas copas que es un milagro que no haya acabado en Alcohólicos Anónimos. Las mujeres le lanzan raudas miradas periciales y memorizan su vestuario, jurando que se comprarán algo igual porque, si a ellas les queda aunque sea la mitad de bien… Incluso los niños dejan de llorar en plena pataleta y le dedican desdentadas sonrisas cuando la ven tras ellos en la cola del supermercado. Si Alex no fuese hermana mía, seguramente yo no sería tan susceptible, pero hace mucho tiempo que aprendí lo fácil que es quedar relegada, que no te tengan en cuenta, cuando tienes cerca a alguien como Alex. En cierto modo, ella me ha hecho como soy hoy. Aparté la magdalena y miré a Matt. Estaba arrellanado en mi sofá, con una pierna subida a uno de los reposabrazos, medio dormido. Era un misterio cómo conseguía mantenerse siempre tranquilo en medio del caos y la locura que era nuestra agencia. Tendría que preguntarle por su secreto. Cuando tuviera tiempo, que precisamente en ese momento no era el caso, porque tenía que estar abajo dentro de cuarenta y cuatro minutos. Mason había dejado que fuera yo quien saliera a recibir a los clientes, ya que sería la primera en presentar mi campaña, y Cheryl podría acompañarlos hasta el coche a la salida. —¿Podemos repasarlo una última vez? —supliqué. —Ayer ya lo hicimos doce veces —me recordó Matt, suspirando. Abrió un adormilado ojo castaño y me miró desde el sofá. —Tienes razón, tienes razón —admití mientras alineaba los lápices de mi escritorio en perfecto ángulo recto con la grapadora—. No quiero darles la impresión de que me lo sé de memoria.

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—Corta ya, obsesiva-compulsiva patológica —dijo Matt mientras se despegaba del sofá y me robaba un bocado de magdalena—. Mmm. ¿Cómo puedes no acabártela? —He desayunado un tazón de analgésicos —contesté—. Ricos en fibra. —No tienes remedio —dijo—. ¿A qué hora es la fiesta de esta tarde? —A las siete y media. ¿Va a venir Pam? Pam era la nueva novia de Matt. Yo todavía no la conocía, pero me moría de ganas. —Pues sí. Esa tarde se celebraba la fiesta navideña de la oficina. Esa tarde también era la tarde en que anunciarían el nombre del nuevo director creativo de vicepresidencia. —¿Nerviosa? —preguntó Matt. —Claro que no —mentí. —Ni te acerques a los analgésicos —me ordenó, dándome una palmada en la mano, cuando instintivamente quise alcanzar la cajonera de mi escritorio—. Vamos a llevar tus storyboards a la sala de reuniones. Ya sabes que los vas a tumbar, señora vicepresidenta. Y así, sin más, el frío nudo de ansiedad que me cerraba el estómago se aflojó un pelín. Como ya he dicho, Matt era mi único amigo de verdad en el trabajo.

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Capítulo 2 Cuando la gran limusina llegó flotando y detuvo su vuelo delante de nuestro edificio con cuarenta minutos de retraso, salí corriendo a la acera y me calcé la sonrisa de bienvenida. Esperaba causarles una buena impresión. Me había decidido por una imagen profesional y sin tonterías, lo cual había sido toda una suerte, ya que esa era la única clase de prendas que era capaz de expectorar mi armario. Me había puesto un clásico traje de chaqueta y pantalón negro de Armani con un top de seda color marfil y sandalias negras de tacón. Me había recogido el pelo en mi habitual moño, y mis pendientes eran unas perlas rodeadas por minúsculos diamantes: un regalo que me había hecho yo misma por mis veintinueve, el mes anterior. Aburrido, sí, pero también seguro. Quería que mis clientes quedaran deslumbrados por mi trabajo, no por mí. —¿Señor Fenstermaker? Me alegro mucho de conocerlo. —Saludé al jefe del imperio Gloss como si fuera el príncipe Guillermo mientras él gruñía y sacaba su rechoncha mole de la limusina con bastante trabajo. —Y esta debe de ser la señora Fenstermaker. Como si no hubiera leído media docena de artículos de revista sobre los Fenstermaker y no hubiera estudiado sus fotografías con tanta atención que habría podido identificarlos en una rueda policial de miles de sospechosos. Él parecía más un carnicero de Brooklyn que un multimillonario proveedor de glamour, pero su mujer —la que era su tercera mujer— lo compensaba con creces. Podría ser la doble de cualquier villana de James Bond, una de esas rubias gélidas que son capaces de abrirle la yugular a un hombre con una sola pasada de uña. Él me estrechó la mano que le tendía y ella pasó de largo junto a mí dedicándome un escueto gesto de cabeza, con las gigantescas gafas de sol de Prada firmemente colocadas en su sitio. —Espero que no hayan encontrado mucho tráfico viniendo desde el aeropuerto —dije mientras entrábamos en el edificio, cruzábamos los relucientes suelos de mármol y montábamos en el ascensor. Él volvió a gruñir, ella no se dignó responder. Detesto esos incómodos silencios de ascensor, pero por lo visto los Fenstermaker no compartían mis prejuicios, lo cual quería decir que el silencio de ascensor era mi nuevo amigo del alma. —Yo les presentaré nuestra primera campaña —dije mientras entraba en nuestras oficinas—. Mason Graham, el presidente de la agencia, a quien ya conocen, también nos acompañará. Pero, antes, permítanme ofrecerles algo de beber. Conduje a los Fenstermaker hasta nuestra sala oval de reuniones, cuyas paredes de cristal exhiben una fantástica vista de la ciudad. Aunque la he contemplado un sinfín de veces, a mí todavía me deja sin aliento. Justo por debajo de nosotros se

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veían taxis amarillos colándose para conseguir sitio en un carril, pegotes de personas comprando pretzels salados todavía calientes en los puestos callejeros, o gritando a sus teléfonos móviles sin hacer ningún caso a las señales de tráfico mientras pululaban por las calles cual plaga de bichos. Había dedos corazón que se levantaban, había turistas que sacaban fotografías, palomas que zureaban y una muchedumbre que se reunía alrededor de dos tipos vestidos con toga que aporreaban unos cubos de plástico vueltos del revés, haciendo las veces de tambores. Ya los había escuchado otras veces; eran buenos de verdad. Si entrecerrabas los ojos y mirabas más al norte, llegabas a distinguir el oasis verde de Central Park, lleno de senderos para pasear, zonas para perros, fuentes, parques con columpios y el mejor teatro al aire libre del mundo. Toda Nueva York —la caótica, palpitante y gloriosa ciudad de las posibilidades— se extendía a nuestros pies. Pero los Fenstermaker no echaron ni un solo vistazo a semejante vista. Seguramente habían disfrutado de una mejor aún al llegar con su avión privado, el cual, según había leído, estaba equipado con camilla para masajes, una selección de excepcionales whiskies de malta y cabinas de ducha para él y para ella, cada una con seis cabezales. La señora Fenstermaker había querido un jacuzzi, pero la Administración Federal de Aviación había dicho que el peso pondría en peligro el aparato. Según decían, la mujer había reaccionado igual de bien que una agotada niña de dos años al oír la palabra «no». Mi storyboard y las maquetas de mis anuncios seguían colocados en sus caballetes y cubiertos por sus telas, según comprobé con alegría. No me habría extrañado que Cheryl hubiera robado los accesorios de la presentación. Hablo en serio; hace unos años me desaparecieron y acabé desenterrándolos de un contenedor quince minutos antes de que empezara mi puesta en escena. Cheryl le echó la culpa al de mantenimiento, pero la chica olía sospechosamente a huevos podridos y a periódicos mojados. (Puede que al final no tuviera que marcar la casilla de «loco/a paranoico/a». Seguro que podría cambiarla por la de «obsesivo/a, neurótico/a, célibe y adicto/a al trabajo». Más me valdría contratar a un guardaespaldas para contener la avalancha de hombres.) —¿Espresso? —gruñó el señor Fenstermaker mientras se sentaba. Había leído que era tan parco en palabras como austero con su dinero, al menos en cuanto a todo lo que no fueran sus juguetes personales. —Desde luego —dije, dando mentalmente las gracias al artículo de la revista New York del año anterior en el que mencionaban que se inyectaba el espresso en vena. Le serví el café del termo plateado en una tacita de porcelana y añadí una rodajita de limón en un platito. Me volví hacia la señora Fenstermaker, que en ese momento fulminaba con la mirada al rojo sangre de su pintalabios en su espejito de mano, como si acabara de insultarla. —¿Sigue teniendo predilección por el agua mineral Pellegrino del tiempo? — pregunté. La mujer cerró el espejito de golpe y se fijó en el flamante aparador de madera que yo había aprovisionado con todos sus caprichos: bagels con salmón ahumado de

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Nueva Escocia y queso para untar al cebollino para él, uvas orgánicas congeladas para ella. Uvas verdes, por el amor de Dios. También había encargado cruasanes, magdalenas, frutas exóticas peladas y zumos recién exprimidos de una de las mejores panaderías de la ciudad, solo por si la ayudante del señor Fenstermaker me había orientado mal al interesarme por sus preferencias gastronómicas. Donna, además, estaba de pie allí al lado, lista para salir corriendo a satisfacer cualquier otra petición. Mis sonrientes labios estaban suaves y brillantes gracias a una reciente aplicación de Explosión de Cereza, y el perfume emblema de Gloss, Heat, impregnaba la sala. Un jarrón de cristal repleto de orquídeas de color morado importadas de Tailandia (la flor preferida de la señora Fenstermaker, según su secretaria personal) ocupaba el lugar de honor de la mesa de reuniones. La señora Fenstermaker me miró por primera vez. O al menos eso me pareció; después de mirarse el pintalabios se había vuelto a poner las gafas de sol, pero tenía el rostro más o menos vuelto hacia la derecha. —¿Siempre es tan meticulosa? —preguntó con voz de aburrimiento más que de curiosidad. Justo entonces, Mason irrumpió a grandes pasos en la sala de reuniones con sus zapatillas Converse rechinando en el suelo de madera. —Puedo prometerle que sí —dijo—. Lindsey es uno de los mejores creativos que tenemos. Con ella estarán en buenas manos, y les encantará lo que les tiene preparado. Sé que son gente muy ocupada, así que vayamos directos al grano. Se volvió hacia mí. —¿Lista? Asentí y me acerqué a la cabecera de la mesa. El sol acababa de atravesar unas nubes e inundó la sala con su luz. Parecía un buen presagio. Los latigazos de mi cabeza; el nudo que tenía en las cervicales; mis uñas mordidas, que estaban casi en carne viva y me dolían; todo mi cuerpo, que pedía a gritos un poco de sueño: todo ello se esfumó en cuanto los ojos de tres personas poderosas se posaron sobre mí. Todo el mundo estaba esperando a oír lo que tenía que decirles, esperando que los deslumbrara con mi habilidad, mi ingenio y mi preparación. El mal sabor que tenía en la boca por culpa de la magdalena desapareció. De pronto, lo único que podía paladear era la vicepresidencia.

Tres minutos después de haber empezado mi presentación, las cosas iban mejor de lo que yo esperaba. Acababa de retirar la tela de la maqueta de mi anuncio de revista y había desvelado una fotografía ampliada de Angelina Jolie seduciendo a la cámara. Sus exuberantes labios hacían un mohín discretísimo, su famosa melena ondeaba hacia atrás y dejaba despejado su rostro merced a dos ventiladores de pie que yo misma me había pasado media hora ajustando durante una sesión fotográfica que se había alargado hasta las dos de la madrugada del sábado anterior. Solo que en realidad no era Angelina. Los de Gloss eran unos rácanos,

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¿recordáis? Pero yo les había encontrado a un clon de Angelina en la agencia de modelos Élite: una colegiala de catorce años que venía de Rusia, que no hablaba ni una palabra de inglés y cuyo ceñudo padre la acompañaba a todas partes, ojo avizor por si veía a alguno de esos fotógrafos repartidores de cocaína que había oído que rondaban sueltos por Estados Unidos. La pobre maquilladora todavía se estaba recuperando por haberle ofrecido un caramelito Tic Tac. El texto que había al pie del anuncio era simple y atrevido: «¿No es esa…?». Después, más abajo y en un cuerpo de letra más pequeño: «Pues no, pero puedes tener sus labios de alfombra roja. Aplica un poco de Explosión de Cereza Gloss y espera a que te miren el doble. Clon de Brad Pitt no incluido». Las comisuras de la boca del señor Fenstermaker se curvaron ligeramente cuando leyó mi texto. Las gafas de sol de la señora Fenstermaker seguían vueltas en dirección a mí, lo cual me hizo presentir que había triunfado. —Lanzaremos a la vez los anuncios en vallas publicitarias y los spots televisivos de treinta segundos —dije con una voz que transmitía seguridad, y la postura bien erguida—. Recomiendo una saturación inicial en las ciudades del Medio Oeste: Chicago, Indianápolis, San Luis. Realizaremos un sondeo para determinar el atractivo de diferentes famosas en cada mercado y efectuaremos pequeños retoques en cada campaña antes de sacarla a escala nacional. Si Jennifer Garner puntúa alto en Iowa, este será el anuncio con el que salgamos en la capital, Des Moines. —Retiré la tela de mi storyboard para un anuncio televisivo de treinta segundos. En él se veía a una chica normal (os sorprendería lo asombrosamente normales que son casi todas las modelos sin maquillaje) asestándole un golpe a Cover Girl: «Claro que las actrices están estupendas: les pagan para tener una piel impecable. Pero ¿y qué hacemos las demás?». Corte rápido a un plano de su bolsa de maquillaje (llena de productos Gloss con sus característicos frascos y tubos de color negro y plata) y voilà! Nuestra chica normal, gracias al milagro del rímel moderno, queda transformada en una doble de Jennifer mientras la voz en off declama nuestro eslogan: «Gloss: preciosa todos los días». —Cuando nos desplacemos hacia las costas —proseguí—, podemos plantearnos llegar a acuerdos con las cadenas de televisión. Drew Barrymore produce una nueva serie en la HBO sobre unas compañeras de trabajo en una revista de moda. Será el Sexo en Nueva York de esta década. Nos interesaría cerrar un acuerdo de colocación de producto. —¿Cuánto me va a costar eso? —farfulló Fenstermaker. «Seguramente menos que el jacuzzi del que tuvo que prescindir», pensé. —Ocho millones en la fase inicial —dije, asegurándome de que mi voz no contuviera ni rastro de disculpa. —¿Pueden garantizarme que los recuperaré? —preguntó. —Me parece que nuestro historial habla por sí solo —repuse—. No podemos hacerle ganar dinero a menos que antes gastemos un poco. Fenstermaker volvió a gruñir. Tenía un grumo de queso para untar en la punta

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de su protuberante nariz. —Habría jurado que era Angelina —dijo, casi para sí, mientras volvía a mirar la maqueta de mi anuncio—. La conocí precisamente la semana pasada. Quería que hiciera una donación a no sé qué orfanato. Sacudió la mano en el aire, como si el orfanato en cuestión fuera una mosca latosa que intentara quitarse de encima. —Cada segundo que nuestro target pasa mirando ese anuncio e intentando averiguar si de verdad es ella equivale a todo ese tiempo con la marca Gloss grabándose en su subconsciente —dije—. Pondremos la letra pequeña todo lo pequeña que nos permita nuestro departamento legal. Me dispuse a acometer mi gran final. Me acerqué a tres caballetes puestos en fila y, quitando de un tirón las telas que los cubrían, destapé tres fotografías. —Los sondeos de los cirujanos plásticos dicen que las mujeres quieren los labios de Angelina, los ojos de Keira Knightley y los pómulos de Cameron Diaz —dije, señalando fotos ampliadas de cada una de esas famosas—. En la parte posterior de todos los envases de cosméticos Gloss incluiremos un diagrama que enseñe a las mujeres cómo replicar el look de su famosa preferida. Por ejemplo, Keira lleva rímel negro y sombra de ojos de la gama marrón sedoso en casi todas sus apariciones sobre la alfombra roja. Todos esos tonos ya están incluidos en el arsenal de Gloss, lo cual quiere decir que no necesitamos gastar en I+D, que todos sabemos que es lo que de verdad engulle dinero. Lo que haremos será actualizar un poco la presentación y al marketing. Volví a acercarme a la cabecera de la mesa y miré al señor Fenstermaker a los ojos. Sabía que era él quien tomaba las decisiones; había dejado los estudios el primer curso de universidad y había construido su imperio desde cero. Detrás de esa fachada de bulldog se escondía un cerebro brillantísimo. —No solo vendemos pintalabios —dije, bajando la voz y hablando más despacio. Ya lo tenía, estaba rodeando la tercera base y corría con toda mi alma para completar la carrera—. Estamos cumpliendo el sueño de la infancia de todas las mujeres de Estados Unidos. Todas ellas se convertirán en estrellas de cine. Fenstermaker asintió y engulló un segundo bagel de salmón sin que pareciera masticarlo. —¿Alguna pregunta? —dije—. ¿No? Ha sido un placer. Esta vez fue el magnate quien me tendió la mano a mí para que se la estrechara. Fue un detalle sutil, pero vi que Mason tomaba nota. Asentí, sonreí a la señora Fenstermaker y me dirigí a la puerta. —Buen trabajo, Lindsey —me dijo Mason en un susurro cuando pasaba junto a él. Nada más salir de la sala de reuniones, perdí la compostura. El pánico escénico nunca me ataca cuando estoy dando un discurso o en plena presentación ante un cliente, pero un segundo después me pongo a temblar y se me seca la boca. —¿Qué tal ha ido? —preguntó Matt cuando lo asalté en su despacho, que quedaba justo delante de la sala de reuniones.

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Me desplomé en una silla y puse la cabeza entre las rodillas. —¿Tan bien? —dijo mientras dejaba unas pruebas de fotos de pavos (Matt trabajaba en la campaña de productos avícolas Butterball) que estaba estudiando con una pequeña lupa llamada cuentahílos—. Normalmente solo te pones blanca. Debe de haber ido bien de verdad si estás a punto de vomitar. —Dame un segundo —solté con voz ronca, esperando a que me llegara algo de sangre al cerebro—. El hombre ha puesto algo así como una sonrisa al final de todo. Eso es bueno, ¿verdad? Y ella ha asentido dos veces con la cabeza. No ha cambiado de expresión ni una sola vez, pero creo que es por el Botox. —Mejor que si te hubieran acribillado con uvas congeladas —convino Matt. —Eres una gran ayuda —dije, y levanté la cabeza para mirarlo y sonreír por primera vez en todo el día. Sonreír de verdad. Mis sonrisas para clientes no nacían del corazón—. Todo un apoyo, siempre tan positivo. Creo que no se me ha quedado nada en el tintero. Respuesta del grupo focal, colocación de anuncios en revistas, aumento de presupuesto ligado a cada target… —Lo tienes en el bote —me interrumpió Matt—. He oído a Mason al teléfono diciendo que tu campaña deja la de Cheryl por los suelos. —¿Eso ha dicho? —pregunté con entusiasmo. —No con tantas palabras. Solo intentaba conseguir que dejes de parlotear. —Eres un mentiroso —dije, volviendo la cabeza para poder fisgar en el pasillo y ver si Cheryl se acercaba ya a la sala de reuniones—. ¿Cómo voy a creerte, si eres un mentiroso compulsivo? Dios mío, espero haber dado en el blanco… —Oye, ¿puedo hacerte una pregunta? —dijo Matt, interrumpiéndome otra vez mientras sus dedos jugaban con el lápiz de cera de color amarillo que había usado para marcar con un círculo las fotografías que más le gustaban—. ¿Por qué quieres la vicepresidencia? Me quedé mirándolo fijamente. —En serio, piénsalo —insistió—. Dime por qué la deseas tanto. —¿Por qué me hice amiga de alguien que tiene un diploma en psicología? — rezongué—. Detesto que me hagas esto. —Un caso clásico de evasiva. —Matt fingió tomar notas en un cuaderno—. Escucha, ganas muchísimo dinero. Trabajas un montón. Lo único que supondría un ascenso es más dinero y más trabajo. ¿De verdad es eso lo que quieres en la vida? —Muchísimo más dinero —puntualicé. —Vale, muchísimo más dinero —me concedió Matt, reclinándose y poniendo los pies sobre su escritorio—, pero ya ganas una barbaridad. Y ¿me dejas que sea brutalmente sincero? Hace semanas que no tienes muy buen aspecto. —Oye —dije, ofendida. A lo mejor al final no le decía que el negro era su color. A lo mejor le decía que su color era el fucsia. A menos que Matt pensara que estaba adelgazando alarmantemente, en cuyo caso todo quedaba perdonado. —¿Consigues dormir? —preguntó—. La semana pasada recibí un correo electrónico tuyo a las dos de la madrugada. —Diplomado en psicología con habilidades de detective —bromeé—. Una

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combinación letal. —Linds —dijo Matt con su voz de hablar en serio, la que seguramente se sacaría de la manga cuando fuera padre y sus hijos untaran al perro con margarina— . Ya hace tiempo que quería hablar contigo de esto, pero siempre estás demasiado ocupada. Estoy preocupado por ti. —Matt, eres un cielo —dije—, pero estoy bien. De nuevo volví la cabeza para ver si llegaba Cheryl. —¿Lo ves? Ni siquiera me estás escuchando —protestó Matt—. Sabes que tienes la vicepresidencia en tus manos. Aunque Cheryl consiga esta cuenta (cosa que no pasará, porque tú eres mejor que ella), tú les has traído montones de negocios más que ella. Todo el mundo sabe que te la van a dar a ti. Donna incluso ha hecho correr una tarjeta de felicitación para que la gente la firme. Así que ¿podrías prestarme atención durante dos segundos? —¿De verdad cree la gente que me la van a dar a mí? —pregunté, exaltada—. ¿Con quiénes has hablado? Matt soltó un fuerte suspiro, como si se le estuviera agotando la paciencia. —Necesitas unas vacaciones —dijo—. ¿Cuándo fue la última vez que te cogiste vacaciones? Y tienes que empezar a salir con gente. Tu vida necesita algo más que trabajo. —Ya salgo con gente —contesté, indignada. —Dos citas en los últimos seis meses —dijo Matt—, eso no cuenta. No podía discutírselo: una de mis citas había sido con un maratonista que se había dedicado a recargar hidratos gracias a tres cestitas de pan y se había pasado noventa minutos hablando de los detalles de su entrenamiento, que en resumen consistía en poner un pie delante del otro. Un tema apasionante. También había salido con un veterinario, pero, como soy alérgica a los gatos y él no se había cambiado la camisa al salir del trabajo, me pasé toda la noche enjugándome los ojos llorosos sentada junto a él en el taburete de un bar. Una mesa de mujeres de mediana edad, que estaba claro que habían pasado por lo suyo una o dos veces, creyeron que el tipo estaba cortando conmigo. «Seguramente ya se habrá buscado a una fulana», dijo una de ellas entre dientes mientras le lanzaban miradas asesinas. En general, la sección ambientación había dejado mucho que desear. —Es que de verdad deseo ser vicepresidenta —le dije a Matt. Cogí el diminuto rastrillo del jardín zen que le había regalado en broma el año anterior y dibujé nuevos surcos en la arena (en la tarjeta le había escrito: «Este jardín parece estresado. ¿Qué le vas a hacer?»). La verdad es que no quería mantener esa conversación, y menos en ese momento; no era justo que Matt hubiera sacado el tema. No es solo que me muriera por ese ascenso, es que lo necesitaba. Si no me lo daban, pasarían años antes de que volviera a tener una oportunidad como esa. Las vacantes de vicepresidencia se presentan tan esporádicamente como los eclipses solares. En la próxima ocasión ya no sería la chica de oro de la agencia. Para entonces, algún otro, alguien más joven y con más frescura, me estaría mordisqueando los talones. Si tropezaba y perdía el

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ritmo ahora, jamás lo recuperaría, por mucho que me esforzara en encontrar un nuevo punto de apoyo para ascender en la escala de la empresa. Incluso puede que tuviera que marcharme a alguna otra agencia de publicidad y ponerme otra vez a prueba desde cero para superar el estigma de haber sido pasada por alto en una promoción. ¿Cómo podía explicar a Matt que trabajar duro no me asustaba, que lo que me tenía aterrorizada era fracasar? —¿Estás segura? —preguntó—. Piensa lo que supondrá en tu vida. Estarás encerrada a cal y canto en este sitio y nunca podrás salir. ¿Te imaginas seguir aquí dentro de veinte años? —No había pensado a tan largo plazo. —Mentía. Dentro de veinte años, quería ver mi nombre en el edificio. Quería una casa en Aspen y otra en los Berkshires. Quería un coche y un chófer que me llevara al trabajo todos los días y que me estuviera esperando fuera al terminar. —¿Nunca tienes la sensación de que te estás perdiendo cosas? —dijo Matt, esta vez con más dulzura—. ¿Es esto lo que quieres? Aparté la mirada de sus ojos. Vale, esa me había dolido un poco. Era imposible no darse cuenta de que cada vez más amigos míos se prometían en matrimonio. Mi antigua compañera de habitación de la universidad acababa de tener un niño. Todos expandían sus vidas mientras la mía avanzaba como una flecha por su rápida trayectoria recta. Sin embargo, Matt sabía lo mucho que me había esforzado para conseguirlo. ¿Por qué había decidido torturarme precisamente ese día? —Pues… —empecé a decir, pero, no sé por qué, mi labio inferior empezó a temblar. Carraspeé y, cuando ya estaba a punto para empezar de nuevo, vi algo por el rabillo del ojo. No llegué a terminar la frase. Cheryl avanzaba muy ufana por el pasillo hacia la sala de reuniones. Por lo visto esa mañana andaba algo despistada, porque se le había olvidado ponerse la camisa. Esas cosas que pueden pasarle a cualquiera. —Por Dios bendito —susurró Matt en ese tono de murmullo intenso que utilizan los hombres cuando ven a su deportista preferido salvar el partido con una jugada imposible. Los pies se le resbalaron del escritorio y cayeron de golpe en el suelo. De acuerdo, a lo mejor «olvidado» es una exageración. Claro que llevaba camisa. Quince centímetros de tela negra, sedosa, ceñida y con la espalda descubierta. A medida que se acercaba, lo que quedó más que claro fue que lo que había olvidado ponerse era el sujetador. Estaba fantástica al estilo «soy la atracción de una despedida de soltero». Llevaba la larga melena suelta y alborotada, tenía los labios tan carnosos que supe que se había puesto más inyecciones de colágeno. Sus tacones eran altos como rascacielos y parecía que estuviera a punto de perder el equilibrio, aunque eso también podía ser a causa del cargamento frontal. ¿Era posible que se hubiera inyectado colágeno en lugares poco ortodoxos? —¿Qué narices está haciendo? —dije. —Está jugando sucio —repuso Matt—. No te preocupes, solo conseguirá

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parecer desesperada. —¿De verdad? —pregunté con inquietud. Matt no respondió. —¡Matt! —exclamé entre dientes. —¿Eh? Ah, perdona. Movió su silla unos cuantos centímetros para poder verla mejor. —Desde este ángulo veo el interior de la sala de reuniones. ¿Quieres un comentario jugada a jugada? —Sí —respondí mientras me mordía la única uña a la que le quedaba algo de vida—. No. No lo sé. —Me levanté de un salto, volví a sentarme, me pasé la mano por la frente—. ¿De verdad cree que exhibiendo las tetas va a conseguir ganar esa cuenta? —No, pero poniéndole la mano en la rodilla a Fenstermaker a lo mejor sí —dijo Matt. —¿Qué? —chillé. —Se acabó la rodilla —siguió explicando Matt—. Ha terminado con los saludos, ahora se lanza a su presentación. Ha destapado el storyboard. —¿Por qué no le hace una mamada por debajo de la mesa y ya está? —mascullé. —Me parece que eso lo tiene reservado para el gran final —dijo Matt. —¿Fenstermaker sonríe? —pregunté—. ¿Parece que Cheryl le gusta? ¿Está cabreada la mujer? —La mujer está al otro lado —dijo Matt—. No ve lo que pasa por debajo de la mesa. Además, no deja de mirarse en su espejito de mano. —Ay, mierda —me lamenté. Me tapé los ojos con la mano y me hundí más aún en mi asiento—. La mujer de Fenstermaker se está tirando a su piloto; lo leí en Page Six cuando investigaba sobre ellos. El artículo no mencionaba el nombre de los protagonistas, pero era evidente. Mecachis, mecachis, mecachis. —¿Mecachis? ¿En serio? Di un salto otra vez y me puse a caminar de aquí para allá mientras lanzaba preguntas a Matt como si fuera un testigo en un juicio. —¿Qué tal ves a Fenstermaker? —No parece muy desgraciado, dejémoslo ahí —dijo Matt con diplomacia. —¿Qué hace ahora la mujer? —Se está comiendo una uva —dijo Matt—. «Una» uva. En realidad, todavía no se la ha comido. Está examinándola como si fuera un diamante. «¡Levanta la vista de esa uva!», intenté hacerle llegar a través de un mensaje mental a la señora Fenstermaker. Matt resopló y yo lo fulminé con la mirada. —Lo siento —dijo. —Esto es muy poco profesional —mascullé—. Es tan… tan… —Tan propio de Cheryl —terminó de decir Matt por mí. Mi dolor de cabeza había vuelto para vengarse de mí. Tendría que haber imaginado que Cheryl pelearía sucio. Unos años después de llegar a Richards,

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Dunne & Krantz, ella y yo competíamos por una cuenta de lavavajillas líquido y fuimos a Kentucky para trabajar con grupos focales de madres que eran amas de casa. Mi campaña se centró en la rapidez: en nuestros días, las madres están demasiado ocupadas para andar frotando ollas y sartenes, así que con nuestro jabón conseguirían hacer el trabajo en la mitad de tiempo. Cheryl apostó por un enfoque «el producto excepcional de siempre, un nuevo look» y rediseñó la botella. Nos sentamos allí juntas a charlar con cuatro grupos de madres diferentes, anotando sus comentarios, sus ideas y sus recomendaciones, y quedó claro que mi campaña era la ganadora. Solo que, cuando regresamos a Nueva York, fue la suya la que escogió el cliente. Lo achaqué a la mala suerte. Quizá el cliente tenía debilidad por las botellas con forma fálica. Quizá la nueva botella, más grande, más firme, le gustaba por algo que le faltaba en la vida (de nuevo, sin rencor). Más adelante, seis meses después del lanzamiento de la campaña, me enteré de que Cheryl había modificado los comentarios de los grupos antes de entregarlos al cliente. No era algo que yo pudiera demostrar, solo una acusación susurrada por su ayudante cuando se marchó a otra empresa. —Se está inclinando frente a Fenstermaker —dijo Matt—. Me parece que ha fingido que se le caía algo. —¿Qué hace Fenstermaker? —pregunté. —Mirar cómo lo recoge. O eso, o meterle un dólar en el tanga. —Qué patética… —espeté—. En realidad es una mujer muy inteligente. Trabaja muy bien. ¿Por qué sale siempre con esta basura? —Porque Cheryl es así —contestó Matt—. Eh, deben de estar terminando. Mason acaba de ponerse de pie. —¿Qué hace Fenstermaker? —pregunté. —También se levanta. Uy, uy, uy… Sigue a Cheryl al baño a echar un polvete. —¿Qué? —chillé. —Es broma —me tranquilizó Matt—. Acaba de estrechar la mano a Mason y se van todos hacia el ascensor. Espera un segundo. Iré a darme una vuelta por allí a ver si oigo algo. Matt salió de su despacho mientras yo expulsaba todo el aire de mis pulmones con un soplido y volvía a dejarme caer en la silla. Me sentía tan débil y mareada como si hubiera corrido una maratón. ¿Había cenado la noche anterior? No, recordé, a menos que contara el burrito congelado que había calentado en el microondas cuando por fin llegué tambaleándome a casa. Me había sabido igual que la bandeja de cartón en la que venía, así que lo tiré a la basura después de darle un solo bocado, y luego engullí suficiente helado sabor Cherry Garcia para satisfacer la dosis diaria de fruta recomendada de la pirámide alimentaria. Tenía que conseguir unas cuantas vitaminas. Y también un antiácido; era como si alguien estuviera haciendo nudos con mi estómago y quisiera prenderle fuego. Eso debían de ser las úlceras que el médico me había advertido que veía en mi futuro. La sensación, de momento, era la de tener viviendo en el estómago a una familia entera de úlceras, todas ellas mordiéndose las uñas.

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De todas formas, ¿qué narices podía estar sucediendo en ese pasillo? ¿Había tomado Fenstermaker ya una decisión? Me retorcí para espiar por la puerta de Matt justo cuando él volvía a entrar. —Sin veredicto —informó—. Pero he oído a Fenstermaker decirle a Mason que llamaría pronto. —¿Pronto? —quise saber—. ¿Dentro de una hora? ¿La semana que viene? ¿Dentro de un mes? ¿Qué narices significa «pronto»? —Lindsey, déjalo correr —atajó Matt—. Ya te he dicho que, pase lo que pase hoy, lo tienes en el bote. —Solo lo dices porque eres mi loquero —repuse, pero no pude evitar sonreír. Me levanté de la silla despacio; de pronto me dolían todos los huesos del cuerpo. Tenía que ser el bajón pospresentación. No podía estar cayendo enferma; a las seis de la mañana del día siguiente cogía un vuelo hacia Seattle, donde dirigiría unos grupos focales para una marca de zapatillas deportivas cuyas ventas estaban cayendo inexplicablemente en la costa Oeste. Debía identificar el problema y reestructurar la campaña enseguida, antes de que nos fundiéramos más dinero con nuestros anuncios iniciales. Desde allí iría a Tokio en vuelo directo para pasar treinta y seis horas supervisando la sesión fotográfica de un anuncio de colonia con la participación de un famoso de categoría B. Iba a ser una pesadilla; igual que casi todos los antiguos actores de serie cómica acabados, este se tragaba los ansiolíticos como si fueran palomitas de maíz, así que tendría que hacerle de niñera durante toda la sesión. Entre una cosa y otra, suponiendo que me llevara la campaña de Gloss, tendría que ultimar los detalles para las sesiones de rodaje y fotografía, comprar espacio para anunciantes y supervisar la producción. —Tengo una montaña de trabajo —le dije a Matt—. Será mejor que me vaya a mi despacho. —Oye, Linds. Me volví. —No me has contestado la pregunta. —¿Podemos hablar de eso más tarde? —dije mientras me daba otro masaje en las cervicales. A esas alturas ya ni siquiera recordaba cuál era la pregunta de Matt. Tenía muchísimo que hacer antes de esa tarde, lo cual era bueno. Necesitaba distraerme para no volverme loca de preocupación por el ascenso. Decenas de correos electrónicos esperaban a ser repasados en mi ordenador, y además tenía que revisar los expositores de punto de venta y las muestras de promoción en tienda que había preparado mi equipo para una nueva línea de enfriadores de botellas y asegurarme de que estábamos en la misma onda que el cliente, que hacía que Donald Trump pareciera un tipo tranquilo y humilde. Yo ya había propuesto cinco campañas diferentes, y el magnate de los enfriadores de botellas las había rechazado todas sacudiendo la cabeza mientras gritaba al teléfono móvil que llevaba permanentemente acoplado a un lado de la cara: «¡Me importa una mierda lo caro que sea vendimiar uva! ¡Dile que si él vuelve a

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subir el precio, yo le vendimiaré las putas pelotas!». Tendría que azuzar a mi equipo para que se nos ocurriera algo espectacular con lo que aplacarlo. También tenía que pedir a Donna que me reservara los vuelos. Me puse una nota mental para recordarle que no me metiera en un avión de primera hora: los asistentes de vuelo siempre apagaban las luces y era imposible hacer nada. ¿Es que no se daban cuenta de que la burbuja de un avión era el mejor lugar para trabajar ininterrumpidamente? Ah, y además tenía que hacer entrar a Oprah en razón, ya mismo. Ansiaba haber dejado cerrado lo de la cuenta de Gloss antes del anuncio del ascenso de esa tarde, pero tenía que ser paciente. Por mucho que dijeran Matt y los demás, no creería que me lo habían concedido a mí hasta que oyera a Mason pronunciar mi nombre. No saber si lo había conseguido era un cabo suelto. Los cabos sueltos me ponían nerviosa.

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Capítulo 3 Lo creáis o no, yo antes era la hermana guapa. Incluso tengo pruebas: una vieja fotografía color sepia en la que salimos Alex y yo cuando éramos bebés. Nuestra madre nos lleva por la calle en un cochecito doble en el que vamos sentaditas la una junto a la otra. Yo llevaba mi abundante pelo castaño recogido en unas coletas con lazos rosa que encantaban a los transeúntes, y mis brazos y mis piernas eran suaves y regordetes; la única vez en mi vida que la gente me ha dedicado cumplidos por ese rasgo en concreto. Era una niña feliz y fácil de contentar, que sonreía muchísimo, incluso cuando la abuela griega que vivía en la misma calle que nosotros me pellizcaba los sonrosados mofletes y me los dejaba más colorados aún. Alex, por el contrario, durante sus primeros doce meses de vida fue tan escuálida y pelona como un pollo desplumado. También había padecido un caso importante de acné del lactante, tenía cólicos, le daban miedo los desconocidos, y su llanto, según dice mi padre estremeciéndose aún con solo recordarlo, «podía hacerte perder la chaveta». No guardo ningún recuerdo de lo que sentía al atraer las miradas de la gente durante ese primer año de vida, al tenerlos bobos conmigo y hacerles exclamar cosas sobre mis enormes ojos y mi bonita sonrisa, al regocijarme con sus cumplidos mientras Alex berreaba y escupía el desayuno. Porque más o menos por la época de nuestro primer cumpleaños, el álbum de fotos familiar empezó a contar una historia muy diferente. Alex creció y dejó atrás los cólicos, el acné y la timidez, y aunque nuestros ojos habían sido de un azul marino idéntico al nacer, los míos se oscurecieron hasta acabar de un castaño lodoso mientras que los de ella se aclararon cada vez más, hasta adoptar el tono de las aguas del Caribe cuando la luz del sol se filtra a través de ella. Ganó el peso que tanto necesitaba, aunque siguió siendo delicada y de huesos pequeños, y su pelo empezó a crecer en largas espirales de un dorado encendido más deprisa que el de Rapunzel. Allá adonde fuéramos —el parque, la playa, el primer día de guardería—, una frase nos acompañaba siempre como si fuera la música de fondo de nuestra vida: «¡Oooh, qué pelo!». A mí la gente también me sonreía, y a veces incluso me decían algo agradable después de haber dejado de babear con Alex y de decirle a mi madre que era una niña de anuncio. Al menos los más amables. Recuerdo una vez en que tendría unos cinco o seis años y habíamos salido toda la familia a comer a un restaurante del barrio. Alex y yo íbamos a compartir una ración de patatas fritas —de esas buenas, grasientas, de corte irregular— como premio por haber ido a la consulta del pediatra

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y haber dejado que nos pusieran una vacuna. Mi madre acababa de empezar a repartir las patatas en dos platos mientras Alex y yo no le quitábamos ojo para asegurarnos de que la otra no se llevaba ni una sola patata frita de más (ni siquiera esa carbonizada, la que se había quedado en la freidora unas cuantas rondas extra), cuando una señora mayor se acercó correteando. Estaba tan artrítica y encorvada que casi quedaba a la altura de mis ojos, y no pude evitar quedarme mirándola porque era igualita a la bruja de mi cuento de Blancanieves. Incluso iba toda vestida de negro. No sonrió ni dijo hola; solo alargó una mano que parecía una garra y me tocó la cabeza mientras yo me quedaba paralizada de espanto. —Qué pena que esta no se parezca a su hermana —dijo con su voz ronca. Mi madre intentó distraerme hablando en voz muy alta sobre otra cosa, pero yo todavía sentía aquella mano de venas azules que me tocaba la cabeza, y vi que mi madre se había dado cuenta. Después, cuando Alex no miraba, me sirvió unas cuantas patatas de más a mí. Eso fue lo que me mató; eso fue lo que me cerró un nudo en la garganta que me dejó sin respiración. Fue como si mi madre intentara compensarme por no ser tan especial como Alex. Como si también ella lo admitiera. En la consulta del médico no había llorado, ni siquiera cuando la enfermera me clavó la aguja en la mullida carne del brazo, pero allí sentada, mirando esas patatas fritas que ya no me apetecía comer, me costó lo que no está escrito contenerme para que las lágrimas no cayeran por mis mofletes. No me malinterpretéis; mi padres lo hicieron lo mejor que pudieron. Habían intentado tener hijos durante diez largos años antes de que llegáramos Alex y yo. El día en que nacimos, mi madre, todavía algo atontada y llorosa mientras sostenía en cada brazo un fardito envuelto en color rosa, pidió al médico consejo para criar a dos gemelas. El hombre lo pensó un momento y luego dijo: «Son dos personas diferentes. Trátenlas así. No las vistan igual». Mi madre se tomó muy en serio sus palabras: esas mantitas de hospital de color rosa fueron lo último que Alex y yo tuvimos a juego. Cada una tenía su propia habitación, su propia ropa y sus propios amigos. Nunca nos obligaron a ir a la misma clase de ballet ni a cortarnos el pelo igual que la otra. De todas formas, mi madre no tendría por qué haberse preocupado. Si nos hubieran dejado que nos las arregláramos solas, Alex y yo nos habríamos labrado dos caminos completamente diferentes sin la ayuda de nadie. No puedo imaginarme la vida sin Alex, pero no porque sea la única persona que me entiende de verdad ni porque hayamos tenido una conexión mental especial desde el útero materno. Es porque me he pasado toda la vida apartándome de ella igual que un nadador aprovecha la fuerza de una pared de cemento para hacer una voltereta y salir propulsado en la dirección contraria. A muy corta edad aprendí que, si me decantaba por las mismas cosas que Alex (como la popularidad, el coqueteo y la diversión), siempre quedaría en segundo lugar y por tantísima diferencia que, para cuando yo llegara a la meta, todo el mundo habría perdido el interés y se habría ido a casa. Alex fue una de las elegidas para la corte de princesas de la fiesta de principio de curso del instituto, tanto en el primer

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año como en el último; le dejaron saltarse las clases para ir a trabajar de modelo en desfiles de moda infantil de Saks Fifth Avenue y Macy’s; rompió con el capitán del equipo de fútbol americano al final de la temporada y empezó a salir con el capitán del equipo de baloncesto justo a tiempo para su primer partido. Cuando revoloteaba por los pasillos del instituto con esa faldita de animadora que susurraba alrededor de sus largas piernas, por las miradas que la seguían se hacía evidente que todas las chicas querían ser como ella y que tenía a todos los chicos secretamente enamorados. Así que, a menos que quisiera pasarme la vida siendo invisible, tenía que encontrar otra forma de llamar la atención, una que no requiriese una sonrisa perfecta, largas pestañas ni un cuerpo talla treinta y ocho. Aprendí que, si me esforzaba en estudiar y llevaba a casa todo sobresalientes, el director me llamaría al escenario a final de curso para hacerme entrega de un certificado mientras mis padres, entre el público, se enorgullecían de mí. Aprendí que, si conseguía acabar los cuatro años de universidad en tres y no desaparecía del cuadro de honor ni un solo semestre, los empresarios vendrían a reclutarme. Aprendí que, si aceptaba un trabajo en Nueva York, ganaba un sueldo de seis cifras y trabajaba hasta acabar con la cabeza a punto de explotar y el cuerpo de una mujer del doble de mi edad, podría rellenar los cuestionarios para las reuniones de antiguos alumnos de mi instituto con datos sobre mi vida que sin duda impresionarían a mis ex compañeros de clase. A veces, cuando estaba en la cama despierta en plena noche, repasando todo lo que tendría que hacer al día siguiente, la mente me daba vueltas tan deprisa que me mareaba y sucumbía al pánico. Me sacudía y me revolvía en la cama, retorciendo las sábanas de seda como si fueran serpientes enroscadas en mi cuerpo. Nada conseguía calmarme: ni una comedia en mi televisor de pantalla panorámica de plasma, ni la suavidad de mis decorativos cojines de cachemira, ni los intensos colores del cuadro abstracto original que había comprado en una galería del Soho con la primera prima que gané. Durante esas horas oscuras e interminables, mientras veía pasar listas de cosas por hacer volando en mi cabeza y el corazón me palpitaba con fuerza, a veces pensaba qué habría sucedido conmigo si no hubiese tenido que luchar tanto para labrarme mi propia identidad, una identidad que impediría que me desvaneciera en una sombra cada vez que mi hermana gemela se acercaba a mí. ¿Tendría tanta convicción, tanto empeño por triunfar, si hubiese nacido en otra familia? Durante esas noches largas y solitarias en que mi cuerpo clamaba por conseguir algo de sueño pero mi mente se negaba a concedérselo, a veces me preguntaba: si Alex no fuese mi hermana, ¿sería yo una persona completamente diferente?

—¿Estás dormida? La incrédula voz de Matt atravesó mis ensoñaciones, un sueño sudoroso y aterrador en el que corría por un aeropuerto intentando llegar a un avión que estaba a punto de despegar. Corría cada vez más deprisa, desesperada, incluso a pesar de que veía a la azafata de tierra cerrar la puerta de la pasarela y colocarse delante de

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ella con los brazos cruzados, diciéndome que no por señas. Levanté la cabeza de mi escritorio y pestañeé, todavía algo grogui. Matt estaba en el umbral de mi despacho, con su novia maestra de preescolar junto a él. Se me había quedado pegado un folio en la mejilla, seguramente adherido con baba. Siempre hay que dar una buena primera impresión, cueste lo que cueste: ese es mi lema. —Pensaba que nunca dormías —dijo Matt. —Solo estaba descansando un momentito —repuse. Dios mío, había sonado exactamente igual que mi padre. Me despegué el folio de la mejilla y recé por que el pintalabios no me hubiera embadurnado toda la cara—. Hola —dije a la novia de Matt—. Yo soy Lindsey, y juro que suelo estar más despierta que ahora mismo. —Yo soy Pammy —dijo ella, sonriendo con dulzura. ¿Pammy? Decidí que podía perdonárselo. Era pequeñita y rubia, y parecía perfecta para Matt; su última novia había sido una vegetariana taciturna que siempre montaba escenitas en los restaurantes acribillando al camarero con preguntas sobre los ingredientes de los diferentes platos. —Vas a llegar tarde —dijo Matt—. Tienes cinco minutos para cambiarte. Te esperamos abajo. Fue como si me echara un cubo de agua helada por la cabeza. Me levanté de un salto y agarré la bolsa que colgaba del gancho de detrás de mi puerta. ¿Cómo podía haber olvidado lo que pasaba aquella tarde? Consulté mi reloj; eran las cinco y media, me había dormido dos horas enteras. Era imposible, yo nunca hacía la siesta. ¿Por qué no me habían despertado los teléfonos? ¿Por qué no había entrado nadie en mi despacho? Al instante supe la respuesta: Donna. Por supuesto; ese folio que se me había pegado a la mejilla estaba cubierto por una telaraña de letras: «No te pasaré llamadas y diré a todo el mundo que estás reunida. Necesitas descansar o conseguirás caer enferma». Por el amor de Dios, ¿es que ni en mi propio despacho podía ser la jefa más que sobre el papel? Tenía cinco minutos para arreglarme, cinco míseros minutos para ofrecer un aspecto presentable durante el anuncio que podía cambiar todo mi futuro. Sin embargo, eso sí podía conseguirlo; en esa empresa me había acostumbrado a sacar conejos de la chistera. Abrí la cremallera de mi portatrajes y saqué el vestido negro de seda que una estilista personal había elegido para mí en Saks. Era sencillo y conservador, pero también elegante, o eso esperaba yo. Corrí al baño, me cambié y me calcé los zapatos que la estilista había dejado caer en el fondo del portatrajes. Me iban perfectos, los tacones no eran demasiado altos y el estilo era también clásico. Me puse una nota mental para volver a contratarla; era capaz de seguir instrucciones, no como la última que había tenido y que había añadido unos cuantos suéteres con motivos vacacionales a las prendas que me envió. Puede que yo no sea una consumidora de alta costura, pero sé que es pecado capital llevar cualquier cosa en la que salga Rudolph con su parpadeante nariz roja. Me enjuagué la boca con agua fría, me salpiqué un poco más en las mejillas y

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me di unos toquecitos de perfume. Después me incliné hacia el espejo y examiné mi imagen. Todavía llevaba el pelo recogido y tenía buena cara, pero lo que sí necesitaba era un poco de corrector para ocultar las oscuras ojeras que tenía bajo los ojos, y unas gotas para librarme del enrojecimiento. El único maquillaje que llevaba en el bolso, sin embargo, era mi barra de labios Explosión de Cereza. Jamás me ha gustado el maquillaje, seguramente porque Alex no hacía más que decirme lo muchísimo más guapa que estaría con él. Me apliqué una fina capa de pintalabios, lo justo para darle algo de color a mi rostro. Matt tenía razón; sí que estaba un poco pálida, incluso a pesar de haber dormido. Me dije que estaría mucho mejor bajo la tenue luz de la fiesta, sobre todo porque para entonces las marcas de sueño que tenía en la cara por haberme quedado dormida sobre un papel arrugado ya habrían desaparecido. Me metí un chicle de canela en la boca y salí corriendo hacia el ascensor. —Es un milagro de la Navidad —exclamó Matt al verme aparecer en el vestíbulo—. Venga, tengo a un taxi esperando. Nos apresuramos a salir a la acera y nos apretamos en el asiento de atrás, con Matt en el medio. Aparté las piernas de él todo lo que pude para que Pammy no se pusiera celosa. A la vegetariana de peludos sobacos no le caía bien porque sabía que Matt y yo estábamos muy unidos y se sentía amenazada por mí (mi nuevo bolso de ante tampoco había contribuido a mejorar las cosas… pero juro que solo lo compré porque estaba rebajado). Sin embargo, nunca tuvo motivos para sentirse amenazada; Matt solo era un amigo. Mi mejor amigo, en realidad. Era imposible que acabáramos liándonos. Desde luego que la idea se me había pasado por la cabeza, pero enseguida le había dado una patada en el trasero para que no se le ocurriera pensar que mi cerebro en un bonito lugar en el que instalarse. Hacía dos años, Matt y yo nos habíamos quedado trabajando hasta tarde un sábado y después habíamos cenado en un pequeño restaurante italiano donde hacían los mejores ñoquis del mundo. Dos botellas de chianti después, habíamos acabado en su apartamento viendo Casablanca (sí, esa noche recorrimos todos los estereotipos románticos posibles). Sentados el uno junto al otro en su confidente (¿qué os decía?), me di cuenta de lo sencillo que habría sido arrimarme un poquito más, enviarle una señal y ver si él la recogía y echaba a correr con ella. Podía inclinar la cabeza hacia la derecha y dejarla descansando sobre su hombro. Un espacio de quince centímetros era lo único que me impedía cambiar para siempre el rumbo de nuestra relación. Las tres copas de vino que había bebido hacían que todo pareciera facilísimo. Me volví para mirarlo y descubrí que Matt tenía los ojos fijos en mí, y no en la película. Nuestras caras estaban tan cerca que podía ver las motitas verdes que salpicaban el castaño de sus ojos. Yo nunca había sentido una atracción salvaje hacia Matt. Tiene una cara muy redonda, el pelo oscuro y rizado, y mide más o menos uno setenta y tres; es un osito de peluche, no un héroe de Arlequín de esos que hacen arder las braguitas por combustión espontánea. En aquel momento, sin embargo,

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mientras contemplaba esos cálidos ojos que tenían arruguitas de sonreír en las comisuras, estaba irresistible. Así que me levanté de un respingo y empecé a recorrer todo su apartamento en busca de mis zapatos, todo ello sin dejar de parlotear repitiendo lo cansada que estaba. Ahora que lo pienso, teniendo en cuenta que estaba brincando de un lado a otro como si alguien me estuviera aplicando una pequeña descarga eléctrica tras otra, seguro que no resultó la más creíble de las excusas. Pero es que estaba aterrorizada. ¿Y si Matt y yo teníamos un lío y luego rompíamos? ¿Y si mi carácter perfeccionista (vale, mi neurosis) lo sacaba de sus casillas y yo no podía convivir con su costumbre de dejar los recortes de las uñas de los pies en ordenados montoncitos en el baño? (No estoy muy segura de por qué fue esa la hipotética razón de desencanto que se me ocurrió, pero será mejor no entrar a valorar qué dice eso de mi psique.) Sin embargo, en esos segundos eternos en que Matt y yo nos miramos el uno al otro, hice un fast-forward de nuestra relación, aterricé justo en el momento en que estábamos rompiendo y tuve una visión de cómo sería mi futuro sin él. Fue como asomarse a un abismo oscuro y solitario. Si él y yo terminábamos por no gustarnos, en Nueva York no tendría a nadie a quien le importara de verdad. No tendría ni un solo amigo de verdad. Matt era la única persona con quien podía quejarme del trabajo, la única persona conocida a quien le gustaba tanto como a mí la pizza de olivas negras y champiñones a altas horas de la noche, la única persona a quien le caía bien aunque estuviera cansada o me pusiera pesadita e insegura. No podía arriesgarme a perderlo (contemplar ese abismo era demasiado aterrador), así que huí de su apartamento y corrí en busca de la seguridad del mío. Desde entonces no habíamos vuelto a estar a solas en su casa; ya me encargaba yo de ello. —Tuerza a la derecha en la siguiente esquina —le indicó Matt al taxista cuando nos acercamos al club—. ¿Estás lista para todo esto? —Desde luego —mentí. El corazón volvía a latirme con fuerza y estaba un poco mareada, seguramente porque me había saltado la comida. Cualquiera habría dicho que pasar sin todas esas comidas sería fantástico para mi cintura, pero conseguía compensar como una campeona el déficit de calorías cuando llegaba a casa por las noches. Esta vez, con todo, era algo más que el estómago vacío lo que me hacía sentir al borde del desmayo. —Será divertido —comentó Pammy con alegría. Le sonreí e intenté deshacerme de la angustia. La chica era adorable de verdad, tan alegre, menudita y simpática. ¿He dicho que era menudita? Me había costado muchísimo esfuerzo no fijarme en que sus dos muslos habrían podido caber en una sola de las perneras de mis pantalones. —Puede dejarnos aquí —dijo Matt, y pagó al taxista mientras Pammy bajaba del coche. —Es muy mona —susurré. —¿Te lo parece? —me preguntó él mientras el hombre contaba meticulosamente el cambio. Tengo la teoría de que la mayoría de los conductores de

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taxi se lo toman con tanta calma a la hora de dar el cambio porque tienen la esperanza de que los hiperactivos neoyorquinos griten: «¡Oh, por el amor de Dios, quédeselo!», y bajen a toda prisa. Salimos del coche, Matt estrechó la diminuta manita de Pammy, y un gorila dio un paso a un lado para abrirnos la puerta del Night Fever. Me vi golpeada por una ráfaga de música que estuvo a punto de propulsarme varios metros atrás. Ajá, ahora el nombre del club cobraba sentido. Un Bee Gee ululaba a causa de lo que podría haber sido sufrimiento pero que fácilmente también podía tratarse de éxtasis, una camarera con el pelo a lo Farrah Fawcett y collares de cuentas hippies nos pasó por delante con una bandeja de humeantes bebidas de color rojo y verde, y hasta Mason llevaba pantalones de campana. Bienvenidos de nuevo a los setenta, porque por lo visto no tuvimos bastante con la primera vez. —¡Matt, me alegro de verte! —gritó Mason, desenredándose de entre una maraña de gente y acercándose a nosotros—. Lindsey, ¿puedo secuestrarte un momento? Sin esperar mi respuesta, tiró de mí y me llevó al otro lado de una pantalla de televisión gigante que colgaba del techo y en la que se veían nuestros mejores anuncios del año en un bucle continuo. Cada sesenta centímetros más o menos había un camarero con gafas a lo John Lennon o zapatos de plataforma que se paseaba con una bandeja llena de cócteles recién preparados, lo cual quería decir que esa noche se forjarían nuevas y originales uniones de compañeros de trabajo que se pasarían todo el año siguiente padeciendo violentos ataques de tos y mirando al suelo cada vez que se cruzaran unos con otros en los pasillos de la oficina. Durante las semanas siguientes a nuestras fiestas navideñas siempre daba la sensación de que los despachos acusaban una cantidad récord de casos de bronquitis. Mason me llevó a un rincón donde había unos pufs descomunales dispuestos en semicírculo bajo una bola de discoteca. —¿Se ha sabido algo de Fenstermaker? —espeté mientras observaba uno de los pufs y concluía que, si me sentaba allí, jamás sería capaz de reunir el impulso suficiente para volver a levantarme. —Todavía no —contestó él—. Puede que tarde algunos días en decidirse. Mira, no tienes que estar nerviosa por nada. Quería decirte que este año has hecho un trabajo fantástico para nosotros. Un trabajo fantástico. Mason arrastraba un poquito las palabras; esas bebidas de navideños colores debían de estar bien cargadas. Me puse una nota mental para no olvidar pedir un agua de Seltz con lima que pudiera pasar por un gin-tonic. —Gracias —dije—. Significa mucho para mí. Mi jefe se inclinó para acercarse más y susurró: —No debería decirte esto, pero hemos votado esta tarde. El tiempo se detuvo con un frenazo. Sentí cómo se me erizaban todos y cada uno de los pelos de los brazos. —¿Qué? —solté en un graznido. —Eres la nueva directora creativa de vicepresidencia —dijo Mason.

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Cerré los ojos mientras el alivio colapsaba todo mi cuerpo y me dejaba las piernas débiles y endebles. Lo había conseguido; era la directora creativa de vicepresidencia más joven que había tenido nunca Richards, Dunne & Krantz. Todas las vacaciones que no me había cogido, las películas que me había quedado sin ver, las mañanas de fin de semana en que me levantaba para trabajar mientras todo el mundo seguía durmiendo, se repantigaba a leer el Times o salía de excursión para disfrutar del sol: todo ello había culminado en ese momento de gloria. Por fin podría comprar mi apartamento. Podría ir a celebrarlo con derroche a cualquier restaurante de la ciudad, podría ir incluso con servicio de chófer en lugar de coger un taxi. A lo mejor tenía un gran detalle con mis padres por Navidad y les regalaba unos billetes de avión para Europa. Me darían un despacho más grande, uno con una vista espectacular. ¡Tendría mi propio material de papelería corporativa! Estaba impaciente por conseguir un teléfono y llamar a mis padres y a Alex. Por dentro estallaba de alegría, pero mantuve una expresión serena y profesional. Mason agarró a un camarero al pasar. —Tráigale a esta señora una copa de champán. —Nunca podré agradecértelo lo suficiente —empecé a decir, pero Mason me interrumpió. —Te lo has ganado —dijo simplemente, sonriéndome. ¿Cómo podía haber pensado yo que Mason era un alienígena? Era el hombre más cariñoso y afable que había sobre la faz de la tierra. Un bello espécimen de hombre, muy, muy bello. Debería estar expuesto en el MoMA. —Lo anunciaré dentro de una hora más o menos —dijo—. Me gustaría que también tú dijeras unas palabras. —Desde luego —repuse mientras una sonrisa atolondrada se extendía por mi rostro. Tomé un trago de champán para disimular que estaba parpadeando para contener unas lágrimas de alegría. Pasó dulce y delicioso por mi garganta reseca. Dios, me encantaba el champán. ¿Por qué no lo bebía más a menudo? Tendría que beberlo todos los días. Tendría que bañarme en él. —Disfruta —dijo Mason—. Te haré una señal cuando llegue el momento. Me dejó y yo corrí hasta donde estaban Matt y Pam, que en ese momento observaban los intentos que hacía un redactor publicitario por mover el esqueleto sobre una alfombra de pelo largo color naranja y aguacate. —Voy a promulgar una nueva ley para las fiestas de empresa —anunció Matt— . Nadie debería ver jamás a sus compañeros de trabajo bailando, ni en bañador. —¡Ay, Dios mío, qué gracioso! —dije, riendo como una histérica. Matt me miró con más atención mientras yo me secaba unas lágrimas de aturdimiento del rabillo del ojo. —¿Estás embarazada? —me preguntó. —¡Mattie! —lo regañó Pammy, aunque dirigió una discreta mirada a mi barriga mientras yo, instintivamente, la ocultaba—. ¡A una mujer no se le pregunta eso! —O estás embarazada o acaban de nombrarte vicepresidenta —dijo Matt—.

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Porque brillas con más luz que esas lámparas de lava. No pude evitar que una enorme sonrisa se extendiera por mi rostro. —Es eso, ¿a que sí? —dijo Matt, y brindó con su copa contra la mía—. Como si fuera una sorpresa… —¡Felicidades! —dijo Pammy con un gritito—. ¿Eres vicepresidenta? —Mantenedlo en secreto —les supliqué a ambos—. Mason no va a anunciarlo hasta dentro de una hora. —Se te ve muy contenta —dijo Matt—. Me alegro por ti. —Es bastante abrumador —repuse—, pero estoy contenta. Muy contenta. —¿Contenta por qué? —Alguien asomó su cabeza tan cerca de la mía que pude oler hasta su loción para después del afeitado con aroma a lima. Me volví hacia la derecha y me encontré mirando a Doug, uno de los redactores de mi equipo. Doug es guapísimo… si te gustan los hombres grandes, huesudos y sutiles como una apisonadora. Todas las mujeres del trabajo están secretamente enamoradas de él, y él parece dispuesto a satisfacer las fantasías de todas ellas, de una en una. O de dos en dos, si hay que dar crédito a los rumores de lo que sucedió después de la fiesta navideña del año pasado. —¿Y quién es esta? —preguntó Doug, volviéndose hacia Pammy con una sonrisa. Matt la rodeó con un brazo y la acercó hacia sí. —Pammy —dijo con rigidez—. Mi novia. Doug levantó las manos como diciendo: «Que no llegue la sangre al río, chaval… Hay muchas más de donde ha venido esta». —¿Por qué estás tan contenta? —me preguntó Doug—. ¿Eres ya la nueva vicepresidenta? Matt salió en mi rescate. —No, solo hablábamos de las lámparas de lava. A Lindsey le encantan. —¿De verdad? —se interesó Doug—. Es genial. Bueno, ¿te traigo algo de beber, Lindsey? ¿Pammy? —Ya estoy servida —dijo Pammy. —¿Por qué no? —solté yo. Al cuerno el agua de Seltz, ¿qué mal podía hacerme tomar dos copas de champán la mejor noche de mi vida? —Mira eso… —dijo Doug mientras su cabeza se volvía hacia la puerta como accionada por un resorte. Cheryl estaba haciendo su entrada en escena. Todavía llevaba la anticamisa que se había puesto para su presentación con Gloss. La tela no había crecido; en todo caso había pillado la gripe y había perdido unos cuantos kilos más. Doug desapareció como una bala para ir a saludarla. —Puede que tengas que esperar esa copa un buen rato —dijo Matt. —¿Tú crees? —repuse con sarcasmo. Ya había otros tres tíos rivalizando por el tiempo en antena con Cheryl. —Debería acercarme y desearle suerte con la cuenta de Gloss —dije. Era costumbre que los equipos creativos rivales se deseasen todo lo mejor, algo similar a

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los boxeadores qué intercambian unos golpecitos con los guantes antes de dejarse hechos papilla el uno al otro. —Yo me encargo de las bebidas —dijo Matt, e hizo una señal a un camarero mientras yo iba en busca de Cheryl. Dios mío, el día estaba resultando ser asombroso. Mi agotamiento había desaparecido. Me sentía como si pudiera pasarme la noche entera sin dormir. No estaba más que a unos pasos de Cheryl cuando el BlackBerry me vibró en el bolsillo de la chaqueta. Lo saqué y leí el mensaje: No te creerás dónde estoy ni con quién. Llámame.

Sonreí. Era de mi viejo amigo Bradley Church. Hacía semanas que no hablaba con él, puede que incluso un par de meses. Me prometí que lo llamaría esa misma noche. Recibir su mensaje hizo que me diera cuenta de lo mucho que lo echaba de menos. Bradley y yo nos habíamos hecho oficialmente amigos cuando íbamos a segundo y el abusón de la clase le puso la zancadilla a Megan Scully en el comedor del colegio y la hizo caer de bruces sobre su bandeja de hamburguesa sorpresa. Mientras estaba sentada en el suelo, buscando a tientas las gafas y llorando, Bradley destapó con disimulo la botella de kétchup de nuestra mesa y echó un poco en el vaso de zumo de naranja del abusón, que le dio un trago a su zumo y acabó escupiéndolo sobre su camiseta blanca. Cuando el abusón empezó a apretar los puños y a buscar al culpable con la mirada, yo me acerqué de puntillas y me senté en la silla de al lado de Bradley para fingir que habíamos estado charlando todo el tiempo. Desde ese momento habíamos sido compinches, incluso habíamos ido juntos al baile del instituto como amigos, pero últimamente no nos veíamos demasiado. Bradley seguía viviendo en nuestro barrio de siempre y trabajaba de fotógrafo para The Washington Post. Su retrato de una niña de nueve años durmiendo en el suelo del salón con la chimenea encendida para entrar en calor mientras su madre miraba fijamente una pila de facturas por pagar acababa de ganar un premio. Bradley todavía salía en defensa de los más desfavorecidos, pensé, sonriendo con cariño al recordar su rostro. Mientras me acercaba a Cheryl y luchaba por abrirme paso entre la multitud de tipos que se disputaban un puesto a su alrededor, decidí que lo llamaría justo después de hablar con mis padres y con Alex. —¿Cheryl? Solo quería desearte suerte —dije, ofreciéndole la mano. Ella bajó la mirada y la contempló un buen rato antes de estrechármela. —Gracias —dijo. Uno de los ejecutivos de cuentas le dio entonces una bebida roja que conjuntaba a la perfección con el color de sus labios, y a ella se le formaron los hoyuelos de su sonrisa. —Dudo que sepamos nada hasta dentro de unos días, así que supongo que podemos relajarnos —añadí. Ahora que iba a ser vicepresidenta, tendría que intentar hacer las paces con Cheryl. A fin de cuentas, trabajaría para mí. —Oh, me parece que sabremos algo mucho antes que eso —contestó, y dio un - 37 -


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sorbo a su cóctel sin dejar de mirarme por encima del borde de la copa. El brillo de sus ojos irradiaba algo que me provocó un escalofrío en la espalda. —¿Ah, sí? —pregunté, intentando afectar una risita despreocupada que acabó pareciéndose a la risa del Pájaro Loco (a los hombres les encanta, según me han dicho… quizá eso explica mi éxito abrumador en cuanto a ligues)—. ¿Qué te hace pensar eso? —pregunté—. Mason me ha dicho que Fenstermaker no ha decidido nada todavía. Cheryl se me quedó mirando unos segundos y se lamió los brillantes labios rojos mientras yo me obligaba a sostenerle la mirada. Era un juego de poder, nada más que eso, me dije. Estaba intentando vencerme. Seguramente incluso ese rapaz lametón de labios no era más que una argucia que había visto en Animal Planet y que había ensayado delante del espejo. —Bueno, solo es un presentimiento —respondió, y se apartó de mí. La miré fijamente, intentando olvidar la sensación de inquietud que empezaba a invadirme. Me sentía como un ciervo que acaba de percibir el olor de un cazador en el bosque. Algo iba mal. Cheryl sabía que esperaba ese ascenso. Simplemente estaba jugando a sus jueguecitos de siempre, me dije. No tenía nada de qué preocuparme. Pero… ¿por qué narices se la veía tan segura? Tendría que estar bailándome el agua. Empecé a caminar despacio para cruzar la sala y reunirme con Matt y Pammy. Cheryl era muy capaz de amargarme el mejor día de mi vida. Solo estaba celosa. Tenía que olvidarme de ella y empezar a bosquejar mi discurso. Consulté mi reloj por enésima vez; Mason realizaría el anuncio dentro de poco. Decidí que mis comentarios serían breves y afectuosos. —Aquí tienes tu champán —dijo Matt cuando llegué junto a ellos. Me pasó otra copa y di un sorbo. No sabía igual de bien que la de hacía unos minutos. Cuando miré a Matt, estaba arrugando la frente. Sin embargo, no me miraba a mí; algo le había llamado la atención al otro lado de la sala. Seguí su mirada. Estaba mirando a Mason. —¿Qué pasa? —pregunté. Matt no respondió. Me volví para mirar mejor a Mason. Estaba en un rincón, caminando de aquí para allá mientras apretaba como loco los botones de su teléfono móvil. No hacía más que pasarse la mano que tenía libre por la calva, como si estuviera acariciando a un perro nervioso para intentar tranquilizarlo. Adiós a su humor alegre y achispado. Parecía un hombre en pleno ataque de pánico. Sus grandes ojos recorrieron la sala, pero, al encontrarse con los míos, cayeron al suelo. Como si no pudiera soportar mirarme. —¿Matt? —dije, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies. Mi voz salió medio ahogada. Mason estaba gritando algo al móvil, pero la música estaba tan alta que no pude

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oír nada. —Todo va bien —dijo Matt, al tiempo que ponía una cálida mano en mi hombro. No me había dado cuenta de que tuviera tanto frío—. Seguro que está hablando con algún cliente chalado. —Oooh, parece que la comida está lista —dijo Pammy—. Mmm, rollitos de hojaldre con salchichas. ¿Queréis que vayamos a por un plato? —Espera, iremos dentro de un momento —dijo Matt sin quitar los ojos de encima a Mason. De pronto, uno de los fundadores de la agencia, el señor Dunne, cruzaba la sala corriendo hacia donde estaba Mason. Los dos se pusieron a hablar muy juntos, gesticulando con efusividad, y los dos se volvieron para mirarme exactamente en el mismo instante. —¿Qué sucede? —susurré. Sentí náuseas en la garganta. —No va a pasar nada —dijo Matt en voz baja, y yo intenté creerlo con todas mis fuerzas. Era como estar viendo una película de terror y darse cuenta de que la protagonista estaba a punto de bajar una escalera desvencijada que llevaba a un sótano oscuro. Cheryl estaba demasiado chulita. A Mason se le veía demasiado disgustado. En ese momento pasó el móvil al señor Dunne, que se puso a hablar por él. Algo malo iba a suceder; el asesino estaba en el sótano. Ay, Dios mío, ¿por qué se acercaban a hablar con Cheryl? El señor Dunne le dio la mano y ella le sonrió. Esa sonrisa tenía algo… —Necesito… —No pude pronunciar el resto de las palabras. Se me revolvió el estómago. Corrí al baño y abrí de golpe la puerta del retrete justo a tiempo. No había comido mucho en todo el día, así que lo único que salpicó la taza fue champán. —¿Lindsey? —Pammy me había seguido al baño—. Oh, no. No estarás embarazada, ¿verdad? —Creo que es porque este mediodía he comido un sushi que estaba malo — mentí mientras tiraba de la cadena y cerraba la tapa. Me senté encima. Las piernas me temblaban tanto que no confiaba en que pudieran sostenerme. —¿Quieres que te traiga un poco de agua? —preguntó Pammy—. ¿O unas cuantas galletitas saladas? —Sería genial —dije con voz ronca. No me veía comiendo nada en ese momento, pero así me desharía de Pammy y conseguiría estar sola para superar el ataque de pánico. Tenía que tranquilizarme; tranquilizarme se me daba bien. También se me daba bien arreglar cosas. Aquello, fuera lo que fuese, podría arreglarlo. ¿Qué estaba sucediendo? Lógicamente, sabía que podía haber un millón de explicaciones. A lo mejor Matt tenía razón, a lo mejor algún cliente importante se estaba poniendo difícil. A lo mejor Mason y Dunne se habían vuelto para mirarme porque estaban pensando en pasármelo a mí, pero al final habían decidido dárselo a Cheryl. Seguro que era eso. Estaba convencida de que tenía que ser eso. No lo era.

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Lo supe con una certeza sorprendente y rotunda. Algo muy grande estaba a punto de suceder, algo terrible. ¿Qué había hecho Cheryl? La cabeza me daba vueltas mientras consideraba todas las posibilidades. No podía haber metido mano en la votación de la agencia; Mason ya me había dicho que yo había ganado el cargo de vicepresidencia. Tenía el puesto asegurado. ¿Verdad? —Lindsey, aquí tienes un poco de agua —dijo Pammy cuando volvió a entrar en el baño—. Ese tipo calvo te estaba buscando, pero le he dicho que estabas en el servicio de señoras. Lo que no le he dicho es que habías vomitado. Ahora mismo tiene que dar una especie de discurso, así que ha dicho que ya hablaría contigo más tarde. Abrí el pestillo de la puerta del retrete y salí mientras una esperanza vertiginosa e histérica se elevaba como si fuera un globo en mi interior. ¿Podía haberme equivocado? ¿Podía haberme puesto paranoica el champán? Mason iba a comunicar la noticia; todo se desarrollaba según lo planeado. Además, me estaba buscando. Eso tenía que ser buena señal, ¿no? Me enjuagué la boca y me retoqué el pelo. —Gracias, Pammy —dije, aceptando el agua y las galletitas saladas que me ofrecía. Oía a Mason hablar, pero las paredes del baño distorsionaban sus palabras. —¿Quieres que salgamos? —preguntó. —Dame un segundo más. —Busqué en mi bolso y me apliqué un poco de Explosión de Cereza. Respiré hondo y miré un momento a mi reflejo, haciendo acopio de fuerzas hasta sentirme preparada. —¡Eh! —Matt estaba justo al otro lado de la puerta y gesticulaba para que nos acercáramos. Mason se había subido a la cabina del DJ y hablaba por el micrófono mientras todo el mundo se reunía en la pista, delante de él. Cheryl estaba más bien al principio del gentío, y una enorme sonrisa le surcaba el rostro. Matt se encontraba a un par de metros de todos ellos, de modo que veía tanto a Mason como a la gente. —¿Qué me he perdido? —susurré. —Nada, todavía —dijo Matt. Mason seguía hablando. —… una decisión realmente difícil para nosotros, una de las más duras que jamás hemos tenido que tomar… «Por Dios, dilo ya», supliqué en silencio. —… un trabajo excepcional este año, y todos los años desde que entró en nuestra agencia… —¿Te ha dicho Mason por qué me estaba buscando? —pregunté a Matt. Él negó con la cabeza. —¿Cómo se le veía? —susurré otra vez. Matt inspiró despacio y me miró a los ojos. —No estoy seguro. Parece que algo… ha salido mal. Cerré los ojos y recé una sencilla y fervorosa oración: «Por favor». La tensión

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era insoportable. Otra vez se me empezó a revolver el estómago. —… hoy le ha puesto la guinda. Cheryl no solo ha conseguido la cuenta de Gloss, sino que ha impresionado tanto a Stuart Fenstermaker que nos ha llamado hace un rato y ha anunciado que va a confiar todas sus campañas publicitarias a Richards, Dunne y Krantz. No solo la de Gloss, sino las del total de siete empresas de las que es propietario. Esta mañana, Cheryl nos ha conseguido una cuenta de cincuenta millones de dólares mientras los demás todavía estábamos tomándonos el café con leche. No está mal para un día de trabajo. «No.» —… encantado de anunciar que Cheryl Davis es nuestra nueva vicepresidenta. Cheryl, ¿quieres subir aquí arriba…? Matt estaba junto a mí. Su mano volvía a estar en mi hombro. —Respira hondo —me susurró al oído—. Inspira despacio. Seguí sus instrucciones como un robot. Aquello era una pesadilla. Dentro de un minuto me despertaría, levantaría la cabeza del escritorio y vería la nota de Donna. Todo el mundo volvió la cabeza. ¿Me buscaban a mí, para ver cómo reaccionaba? Retrocedí un paso instintivamente, ocultándome detrás de Matt. Cheryl aceptó el micrófono que le ofrecía Mason y se quedó allí de pie con una sonrisa esplendorosa mientras los aplausos le llovían como si fueran confeti. Las luces de la bola de discoteca proyectaban diminutos arcos iris sobre sus dorados hombros desnudos y su rostro, vuelto hacia arriba. Nunca había estado tan guapa. —Mason viene hacia aquí —dijo Matt. Habló despacio y con amabilidad, como se habla con alguien que ha tenido un accidente de coche: «¿Recuerda usted cómo se llama? ¿Recuerda usted quién es?»—. ¿Quieres que vaya a buscarte algo de beber? — preguntó. —Muchísimas gracias —empezó a decir Cheryl. —No me dejes sola —le supliqué. —Estoy aquí, a tu lado —dijo. —¿Cheryl es la vicepresidenta? —preguntó Pammy, arrugando la nariz. Su voz sonó muy alto y reverberó dentro de mi cabeza—. ¿Las dos sois vicepresidentas? Mi mente desaceleró igual que un juguete mecánico al que se le acaba la pila. Apenas lograba comprender lo que decía todo el mundo. Sus bocas se movían, pero las palabras no tenían ningún sentido. —Lindsey. —Ese era Mason. Estaba delante de mí, todavía pasándose la mano por la cabeza—. Dios mío, lo siento muchísimo. ¿Podemos hablar un momento ahí los dos? Yo asentí sin decir nada. Me hizo falta hasta el último ápice de concentración para levantar los pies por turnos y seguirlo hasta un rincón. Era el mismo rincón en el que me había dicho que la vicepresidencia era mía. Los mismos pufs. Las mismas lámparas de lava. ¿Cómo podía ser todo igual, como si el mundo no se hubiera replegado sobre sí mismo y lo hubiera puesto todo patas arriba? —Fenstermaker ha llamado hace quince minutos —dijo Mason. Me miraba al hombro izquierdo en lugar de a los ojos—. Nos ha ofrecido todas sus empresas.

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Cheryl debe de haberlo impresionado de verdad. Después, Cheryl ha amenazado con marcharse a otra agencia y llevarse sus cuentas con ella si no le dábamos la vicepresidencia. Nos ha puesto entre la espada y la pared, así que hemos tenido que convocar una votación de emergencia. Te ha vencido por un solo voto. Volví a asentir, como si todo aquello tuviera sentido. —Te lo merecías tú —dijo Mason—. Yo he seguido votándote a ti. Estaba intentando animarme. Me estaba sirviendo unas cuantas patatas fritas de más. —Todavía tienes mucho futuro con nosotros —dijo Mason—. Un gran futuro. Dentro de unos años, ¿quién sabe? Intenté arrancarme una palabra, pero no pude. Se me había cerrado la garganta. —Tengo que volver ahí arriba —dijo Mason—. Vayamos a comer juntos mañana. Ya se nos ocurrirá algo. Se alejó, y fue entonces cuando lo vi: los rostros de mis compañeros se volvían hacia mí. Al principio solo eran unos cuantos, pero cada vez se les unían más, como unos hinchas haciendo la ola en un estadio. Cheryl había terminado de hablar y Mason todavía caminaba hacia el escenario. Su movimiento había llamado la atención de todo el mundo. Me sentí tan vulnerable como si estuviera ahí de pie en cueros. Todo el mundo me miraba con expresiones de curiosidad y lástima. Todo el mundo sabía que había fracasado, que no era lo bastante buena. Desesperada, miré en derredor y vi un cartel rojo que indicaba la salida. No estoy muy segura de cómo llegué hasta allí, pero debí de correr, porque de pronto me precipité por la puerta y salí a la acera, donde había un mendigo sentado sobre una caja de leche vuelta del revés, haciendo tintinear las monedas de su taza de plástico, y gente que hacía cola a la entrada de un restaurante. Un coche derrapó al atravesar un cruce justo cuando el semáforo se ponía en rojo. Allí la vida seguía como de costumbre, a pesar de que la mía acababa de estallar en un millón de pedazos cortantes.

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Capítulo 4 Los zapatos nuevos me hacían rozaduras en los talones y el frío aire de la noche atravesaba la tela fina de mi vestido, pero yo seguía caminando. Me había dejado el bolso y el abrigo en el bar —recordaba vagamente que el bolso había resbalado de mi hombro y que todo lo que llevaba dentro se había esparcido por el suelo al echar a correr hacia la salida—, pero no me importaba. ¿Cómo podían seguir importándome cosas como la cartera, el teléfono móvil y las tarjetas de visita, esas que llevaba en una cajita de plata con monograma que me habían regalado mis padres por Navidad? Lo único que importaba, lo más importante del mundo, era concentrar todas mis fuerzas en seguir caminando. Si mi cuerpo seguía moviéndose, a lo mejor mi mente frenaría. Ya no sentía náuseas, no tenía miedo ni estaba abatida, pero sabía que esas emociones seguían acechándome de cerca, como fieras enjauladas que contenían su ímpetu hasta que se abriera la puerta y pudieran salir desatadas. Tenía que continuar andando; tenía que aplacar a esas fieras. Además, tampoco tenía a donde ir. No podía soportar la idea de volver al bar y enfrentarme a todo el mundo. No podía regresar a casa sin las llaves. No podía ir a un hotel sin una tarjeta de crédito. Lo único que me quedaba era seguir dando vueltas sin rumbo por calles y avenidas, recorrer la ciudad mientras los empleados que regresaban a casa con sus abrigos y sus maletines eran sustituidos por parejas que salían a cenar, grupos bulliciosos de amigos que iban a un bar y turistas de camino al teatro. —¡Eh, guapa! Tenía la sensación de llevar horas caminando cuando un tipo delgado y rubio se me acercó levantando la mano como dándome la señal de alto. Me quedé mirándolo como si me hubiera hablado en sánscrito. Vestía con traje, pero tenía el cuello de la camisa muy desgastado y a su zapato de vestir derecho le faltaba el cordón. —¿Quieres ir a tomar algo? —preguntó. Sus dientes amarillos parecían pertenecer a un hombre diferente, mucho mayor que él. Cuando sonrió, me fijé en que sus incisivos acababan en punta, como si fueran diminutos colmillos. —¿O prefieres otra cosa? —dijo con sorna, y en su expresión se cruzaron amabilidad y rabia, como la cara y la cruz de una moneda lanzada al aire. Miré en derredor. No conocía aquel barrio. Un chucho escuálido olisqueaba un contenedor, los escaparates estaban protegidos por rejas correderas de color negro, todas cubiertas de grafitis. No sentía miedo ni enfado; no sentía nada más que un frío que me helaba los tuétanos. No sabía si algún día volvería a tener sentimientos.

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Esquivé al borracho como si no fuera más corpóreo que el aire, y el hombre lanzó insultos tras de mí mientras yo seguía andando. Quería caminar eternamente. Quería ser como Forrest Gump, llegar a un extremo del país, dar media vuelta y echar a andar hacia la costa contraria. Pasé por delante de una licorería abierta las veinticuatro horas y una tiendita en cuya entrada había cubos llenos de ramos de flores rojas. Pisé los trazos de tiza de un juego de rayuela que había dibujado algún niño y los añicos de cristal color ámbar de unas botellas de cerveza. Seguí andando; mis zapatos imprimían un ritmo constante sobre la acera de esa ciudad que tanto amaba. Un buen rato después —quizá una hora, quizá tres—, pasé por un lugar que reconocí. Me detuve en una esquina a leer el cartel de la calle. Sin saber cómo, había dado una vuelta en círculo y había ido a parar a diez manzanas de mi despacho. La temperatura había bajado quince grados y estaba empezando a levantarse viento. Se avecinaba una tormenta. Me castañeteaban los dientes y ya no me notaba los pies. Un pensamiento avanzó reptando por el embotamiento de mi cerebro. En un cajón de mi despacho guardaba una copia de las llaves de mi apartamento y veinte dólares. A esas horas no habría nadie en la oficina; todos seguirían en la fiesta. Podía colarme en el edificio y después irme a casa y tragarme un somnífero para escapar hacia el olvido. Torcí a la derecha, hacia la oficina, y seguí andando.

—¿Quiere que le encienda alguna luz? —preguntó el guarda de seguridad. Yo había llamado con unos golpecitos al cristal de la ventana de su puesto y él había dejado su tenedor y su Tupperware de espaguetis para permitirme entrar en el edificio. Después de que le mascullara la historia de que me había dejado el bolso en un taxi, abrió la puerta de mi despacho con su llave. —Ya la encenderé yo —dije, y mi voz sonó ronca, como si hubiese pasado horas gritando—. Gracias, John. —No se quede hasta muy tarde trabajando. —Se despidió con un gesto de cabeza y se fue hacia el ascensor silbando una canción que no reconocí. Me senté en el sillón de cuero que había al otro lado de mi escritorio y alargué la mano hacia el cajón en el que guardaba el dinero y las llaves, pero antes de poder abrirlo vi que había algo raro en mi mesa. Alguien había apartado a un lado los lápices, el Premio Clio y la grapadora para hacer sitio a una mágnum de champán que ocupaba el lugar central. La botella iba acompañada por una tarjeta plateada. La alcancé y proferí una carcajada amarga al leerla. «Enhorabuena a nuestra nueva directora creativa de vicepresidencia. ¡La más joven de la historia!», decía. Era de la junta directiva de la agencia. Levanté la pesada botella y empecé a darle vueltas en mis manos. Dom Pérignon. Era agradable saber que, aunque me hubieran dado una puñalada por la espalda, no habían reparado en gastos conmigo.

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De pronto sentí una sed terrible. Debía de haber caminado kilómetros inhalando negros gases de los tubos de escape de autobuses y taxis, y tenía la garganta tan irritada que apenas podía tragar saliva. Retiré el sello de aluminio y el alambre enroscado al cuello de la botella e hice saltar el corcho con los pulgares sin que me importara un comino la espuma que cayó en cascada sobre mis manos. Eché un trago ansioso. La pesada botella casi se me cayó en un pie cuando el teléfono de mi escritorio empezó a sonar. ¿Quién podía estar llamándome a las —entrecerré los ojos para mirar el reloj de pared— nueve y media de un viernes por la noche? Seguramente sería Matt, o puede que Mason. Podían dejar un mensaje; en esos momentos no había nadie en todo el mundo con quien quisiera hablar. Al tercer tono por fin eché un vistazo al identificador de llamadas. Era Bradley Church. Bradley, que siempre me había animado. Bradley, que estaba no tan secretamente loco por mí desde que íbamos a segundo. Bradley, cuyo corazón de fieltro rojo con las palabras «Feliz San Valentín» estampadas encima seguía, desde tercer curso, en el compartimiento secreto de mi viejo joyero. Era el único hombre del mundo que siempre me había hecho sentir guapa. Que me había hecho sentir especial. Su voz grave sería como un bálsamo para mi alma. —¡Eh, hola! —gritó Bradley. Sonaba feliz y entusiasmado—. Llevo toda la tarde intentando dar contigo, pero no contestabas ni en el móvil ni en casa. ¡No puedo creer que sigas en el trabajo! —Sí —dije—. Me han entretenido en una reunión. ¿Cómo estás? —Genial —repuso—. Genial de verdad. Cerré los ojos e imaginé a Bradley. Siempre llevaba el pelo castaño alborotado, era más bien flaco y tenía unas manos y unos pies demasiado grandes para su cuerpo, como un cachorrito. Tras sus grandes gafas de montura metálica tenía unos ojos sinceros, y siempre llevaba un boli y una libreta en el bolsillo de atrás, como si fuera una cartera, y por lo menos dos cámaras colgadas del cuello. Bradley era la clase de chico al que la gente del instituto consideraba un pardillo, al menos la gente que no era capaz de ver lo agradable, bueno y honesto que era. De pronto lo eché muchísimo de menos. —No vas a creer lo que me ha pasado esta tarde —me dijo. «Apuesto a que no supera mi noche», pensé mientras echaba otro trago con amargura. —Me he quedado atrapado tres horas en un ascensor —explicó—. ¿Conoces ese aparcamiento del centro, aquí en Bethesda? He ido a buscar un libro en Barnes y Noble y, cuando ya iba a volver al coche, me he quedado atrapado entre el tercer y el cuarto piso. Los bomberos han tardado una eternidad en sacarnos de allí. —Qué horror —dije, disimulando un bostezo. Había sido un error contestar al teléfono. Esa noche no estaba para charlas intrascendentes, ni siquiera con Bradley. El agotamiento estaba empezando a

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abalanzarse sobre mí en forma de fuerte e intenso oleaje, y yo anhelaba abandonarme a él. Me moría por caer rendida en mi cama, bajo mi esponjoso edredón de plumas, taparme la cabeza con la almohada y acurrucarme en la oscuridad. —Bueno, al menos tenías algo que leer —dije, sujetando el teléfono entre la oreja y el hombro mientras abría el cajón con la mano que tenía libre, la que no aferraba la botella de champán como si le fuera la vida en ello. Encontré mis llaves justo donde las había dejado, y un billete de veinte dólares sujeto al llavero con un clip para papel. Y dicen que ser neurótica es un defecto del carácter. —Así que ahí estaba yo, atrapado en el ascensor —dijo Bradley. Oí a una mujer soltar una risita por allí cerca. Dios mío, deseé que terminara enseguida con su historia. Necesitaba colgar el teléfono. —¡Y adivina a quién he encontrado allí dentro…! —dijo entonces. Lo último que quería era jugar a eso. —Ni idea —dije, arisca. No quería ser maleducada, pero Bradley estaba demasiado contento y hablador, y yo de verdad que necesitaba irme a casa. —Te daré una pista —dijo—. Es pelirroja. —¡Natural! —exclamó una voz conocida—. ¡Tú has visto la prueba, Bradley Church! Esta vez sí que se me cayó la botella a los pies. —¡Mierda! —¿Lindsey? ¿Estás bien? —preguntó Bradley. Rescaté la botella antes de que se derramara demasiado champán. —¿Alex? —pregunté con inseguridad. —La misma. Mi hermana soltó otra risita. Debía de estar colgada del brazo de Bradley. Sus rostros debían de estar muy cerca, con el móvil entre ambos para que los dos pudieran oírme. Seguramente sus mejillas estaban separadas por ese eléctrico espacio de justo antes de que rocen piel y piel. —Qué coincidencia —dije. El embotamiento abandonaba mi cuerpo; la angustia lo estaba desalojando y se erigía en nueva propietaria. —Estábamos muertos de hambre después de nuestro trance —dijo Bradley. —Nuestro heroico trance —añadió Alex. —Heroico, sí —convino Bradley. —Bueno, tú has estado heroico —dijo Alex—. Bradley me ha dado su botella de agua. —Pero tú has insistido en dejarme beber la mitad —dijo él—. Así que has sido noble. Pero ¿qué…? Pero ¿qué…? Pero ¿qué narices…? ¿Por qué terminaba uno la frase del otro como si fueran un viejo matrimonio? —Total —dijo Bradley—, que estamos a punto cenar algo en ese restaurante tailandés. ¿Te acuerdas? Ese al que fuimos tú y yo la última vez que viniste a la ciudad. Habíamos compartido un pollo satay con salsa de cacahuete y rollitos de

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primavera crujientes y habíamos charlado durante horas. El restaurante tenía una iluminación más bien tenue, recordé de pronto. Se oía una suave música de fondo y había velitas decorativas en todas las mesas. —Vaya, qué gracia, la verdad —dije. Tomé otro largo trago de champán—. ¿Y eso de pelirroja natural? ¿De qué estás hablando, Alex? —Le he enseñado la prueba —contestó. Cerré los ojos. Alex hablaba con su voz profunda de «hay un hombre atractivo en la sala». Algo muy cercano al odio encerró mi estómago en su puño. —Me ha enseñado el vello del antebrazo —se apresuró a decir Bradley—. Créeme, hemos tenido mucho de que hablar en esas tres horas. —¡Genial! —dije con un entusiasmo exagerado. —¿Por qué no me habías dicho lo guapo que está Bradley? —dijo Alex, riendo. Casi podía verla, posando su mano en el flaco hombro de él, quitándole una miga del pecho, inclinándose para probar un bocado de su tenedor. Alex no podía dejar de coquetear, igual que no podía dejar de respirar. Sentí en ese momento que las entrañas se me retorcían como si una mano gigantesca las hubiera agarrado y apretara sin piedad. —¿Qué hace Gary esta noche? —pregunté como de pasada. Gary era el prometido de Alex. —Está trabajando —dijo ella, alargando la palabra y haciendo que sonara a tostón—. Como siempre. Igual que tú. ¿Qué estás haciendo en el despacho a estas horas? —Me parece que ya llegan nuestros rollitos de primavera —dijo Bradley. —Yo querría otra copa de vino —oí que le decía Alex a la camarera—. ¿Bradley? —Claro —repuso él—. Nos la merecemos. Alex rió; una risa íntima y de complicidad que resonó en mi cabeza como la carcajada de un villano. —¿Seguro? Me has dicho que después de una copa ya estás achispado. A ver si tendré que llevarte a casa… Salté de la silla sintiendo cómo crecía un grito en mi garganta. Esa era la broma que siempre le hacía yo a Bradley, porque ninguno de los dos era capaz de beber más que una copa sin empezar a marearse. Aquel era nuestro restaurante. ¿Estarían sentados también a nuestra mesa? ¿Es que iba a enviarle Bradley un puñetero corazón de San Valentín también a ella? —Llámame luego, hermanita —dijo Alex, y colgó el teléfono. Tragué el champán tan deprisa que me quemó al bajar por la garganta. La cabeza me iba a mil. Maldita sea, Alex estaba prometida con un tipo estupendo y rico, así que ¿por qué necesitaba comprobar lo irresistible que era? ¿Por qué siempre tenía que estar rodeada de una manada de hombres que fueran tras ella? No importaba que no supiera que Bradley estaba loco por mí. Yo nunca se lo había contado, pero ella sí sabía que Bradley y yo éramos amigos. Sabía que nos queríamos mucho. ¿No podía haber dejado en paz al único hombre del mundo que estaba

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convencido de que la hermana especial era yo? Me puse a caminar por mi despacho con los ojos arrasados en ardientes lágrimas. Me había matado por conseguir un ascenso que Cheryl se había llevado porque era más sexy. El hombre que había estado loco por mí los últimos veinte años pasaba un par de horas con Alex y mi recuerdo se esfumaba por completo. La moraleja era evidente: las guapas siempre ganaban. No importaba lo lista que fuera yo, no importaba lo mucho que trabajara, nada importaba. Nunca sería lo bastante buena. Y ¿cuál era mi recompensa por todo el duro trabajo? Un apartamento de una habitación que tendría que comprar a costa de fundirme mi cuenta de ahorro, la cuenta que había pasado siete años acumulando; un premio dorado en mi escritorio; un principio de túnel carpiano, un cuerpo que se caía a trozos y un dolor de cabeza que por lo visto nunca me abandonaba. Tenía veintinueve años y lo único que poseía en el mundo era un trabajo que me había traicionado después de haberle entregado absolutamente todo. Quería escapar de mi propia existencia. Quería recorrer las calles de Nueva York corriendo y gritando. Quería acurrucarme hecha un ovillo debajo de mi escritorio y llorar. Quería ser cualquier persona que no fuera yo. Sin ser del todo consciente de lo que hacía, abrí de un tirón la puerta del despacho y avancé por los pasillos oscuros hasta la sala de reuniones. El storyboard de Cheryl seguía en su caballete. Tiré de la tela que lo cubría y contemplé su trabajo. Di un paso atrás. Increíble. Me había pasado mucho tiempo imaginando su campaña, pero jamás había esperado nada parecido. Cheryl había apostado por un anuncio realista. Su falta de sofisticación era de parvulario: dos guapas veinteañeras estaban de pie delante del espejo de un cuarto de baño, hablando de pintalabios. Una de las chicas no creía que Gloss pudiera transformar sus finos labios en carnosos y atractivos, pero se convencía cuando su amiga se lo hacía probar. ¿Y Cheryl había conseguido cincuenta millones de dólares en cuentas nuevas gracias a «eso»? ¿El aburrido y trillado anuncio realista del escéptico que se convierte a la fe? Aunque, claro, no era eso con lo que había ganado la cuenta, recordé entornando los ojos. La había ganado con su rostro, su cuerpo y su voz sensual. Cheryl también había hecho su investigación, no me cabía ninguna duda. Pero una investigación de otro tipo. En lugar de descubrir cuál era la bebida favorita de Fenstermaker o qué clase de bagel prefería, había analizado su ego en busca de un punto débil y había apuntado directa a él. ¿Qué hombre de mediana edad no se sentiría halagado por el suave roce de unas uñas largas en la rodilla, por una mirada que le decía que era irresistible, por la deliberada exhibición de un escote, sobre todo cuando su matrimonio estaba acabado y su mujer se acostaba con su piloto de treinta años? Tampoco tenía ninguna duda de que al coqueteo de Cheryl le había seguido la

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acción. Seguramente había pasado la tarde en una habitación de hotel con Fenstermaker; seguramente sabía que estaba a punto de llamar para que ella pudiera poner la soga al cuello a Mason. De pronto algo cobró un nuevo sentido. Cheryl había hecho un misterioso y repentino viaje la semana anterior. Ni siquiera su ayudante sabía adonde había ido. ¿Habría volado a Aspen y urdido una reunión con Fenstermaker? ¿Habría empezado ya entonces su relación? «Ay, Dios mío», pensé mientras miraba su storyboard. Había tenido en su mano la estrategia ganadora desde el principio. Resultaba que al final era más lista que yo. Levanté en alto la botella de champán en un fingido brindis: «Que te vaya bien, Cheryl. Acabas de hacer retroceder cincuenta años la liberación de la mujer tú sólita». Cerré los ojos y me llevé la botella a los labios. Casi perdí el equilibrio y tuve que agarrarme al respaldo de una silla para no caerme. El champán por fin me estaba haciendo efecto y arromaba compasivamente los filos de mi rabia y mi dolor. —Ni por un segundo creas que yo voy a llamarte «jefa» —mascullé, agitando mi botella hacia el anuncio de Cheryl. Puede que no fuera la amenaza más eficaz del mundo en un entorno laboral, pero era lo único que tenía. Estaba a punto de marcharme, con la intención de recluirme por fin en el bendito santuario de mi cama, cuando oí unos pasos en el pasillo. «Más vale que no sea un ladrón», pensé con contundencia. En realidad, casi esperaba que lo fuera. Me sentaría bien estamparle la botella de champán en la cabeza para descargar parte de la rabia y la indignación que sentía dentro de mí. Bajé la mirada a la botella. La verdad es que sería una lástima, un desperdicio. A lo mejor podía terminármela antes de estamparla al ladrón. Alcé la botella y bebí haciendo el menor ruido posible, lo cual acabó produciendo más o menos el mismo nivel de decibelios que una banda municipal en plena marcha, ya que mi mano resbaló del respaldo en el que estaba apoyada, buscó a tientas el storyboard de Cheryl y me lo tiró encima cuando caí y me golpeé la cabeza en el suelo como gran final. Aquel no estaba resultando ser mi día. —¿Lindsey? ¿Eres tú? Un segundo después tenía a mi lado a Doug, que me quitó el estúpido storyboard de encima de la cabeza y me ayudó a ponerme de pie. —¿Te encuentras bien? —preguntó. —Bien —dije, mirándolo a medias, con un ojo cerrado. Lo estaría en cuanto dejara de balancearse hacia atrás y hacia delante. —Me alegro —dijo con suavidad. No me había soltado las manos, me estaba acariciando las palmas con sus pulgares. Doug conseguía que Bill Clinton pareciera una monja con cinturón de castidad en una reunión victoriana para tomar el té—. No esperaba encontrarte aquí. —Estaba a punto de irme —dije, pero no me moví—. ¿Qué haces tú aquí? —Me he dejado el móvil en el despacho —dijo—. No quería que se quedara aquí todo el fin de semana. Asentí. —Una noche dura, ¿eh? —dijo Doug. Sus ojos marrón chocolate parecían dulces

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y sinceros, y hablaba en voz baja. —Sí —respondí, apesadumbrada. ¿Qué sentido tenía fingir? —Todo el mundo cree que tendrían que haberte nombrado vicepresidenta a ti —dijo, todavía sin soltarme las manos. —Gracias —repuse, y tragué saliva con dificultad. Mantendría esa misma conversación con todos y cada uno de mis compañeros de trabajo durante el próximo mes. Algunas personas lo sentirían de verdad; otras se alegrarían de verme fracasar. No sabía cuál de las dos cosas me haría sentir peor. No soportaba la lástima que destilaba la mirada de Doug, así que volví la cabeza y miré afuera por las paredes de cristal de la sala de reuniones. En las calles de abajo reinaba el mismo bullicio que a las ocho y media de esa misma mañana. Los tipos de la percusión con cubos habían sido sustituidos por un anciano que llevaba una ropa tan desvaída y gastada que parecía un fantasma fundiéndose con el edificio gris que tenía detrás, pero su saxofón relucía como hilo de oro. Un nuevo turno de taxis había retomado la batalla por los carriles, y la gente obstruía las aceras de camino a restaurantes, bares y clubes de jazz sin hacer ningún caso al hombre disfrazado de perrito caliente gigante que intentaba repartir folletos. En la esquina, un hombre y una mujer esperaban cogidos del brazo a que el semáforo se pusiera verde. Mientras los miraba, él llevó su mano a la barbilla de ella y le alzó la cara para darle un beso. Sin embargo, no le dio un beso en los labios. La cubrió de lentos besos en la frente, en las mejillas y en la punta de la nariz. El gesto fue tan tierno e íntimo que me inspiró una dolorosa añoranza. A mí nadie me había querido nunca así. En ese mismo instante, Bradley y Alex estaban sentados bien juntitos, charlando y riendo. La luz de las velas jugaría sobre los pómulos de mi hermana y resaltaría los destellos dorados de su pelo. La gente del restaurante la reconocería, como sucede siempre, y Alex sonreiría con gracia, posaría para una fotografía y soltaría un chiste que haría reír a todo el mundo, porque Alex sabía ser amable y divertida además de egocéntrica. Bradley también quedaría deslumbrado por ella; no me cabía ninguna duda. ¿Volvería a ser como antes mi amistad con él?, me pregunté. Claro, seguro que seguiríamos siendo colegas, igual que lo habíamos sido en décimo curso, cuando nos pasábamos horas compartiendo un bol de palomitas y las respuestas a los problemas de trigonometría. Por aquel entonces, Bradley y Alex se movían en órbitas sociales diferentes; para él, ella había sido tan real como una chica de póster. Aunque, si he de ser brutalmente sincera, aquello había sido tramado por mí. Yo los había alentado a seguir sin conocerse. Cuántas veces había propuesto a Bradley que estudiáramos en su casa en lugar de en la mía… Cuánto cuidado había llevado para invitarlo solo cuando Alex tenía ensayo con las animadoras o había salido con algún chico… Incluso la noche del baile del instituto, me había asegurado de que Bradley viniera a recogerme después de que Alex se hubiera marchado. No quería verme de pie junto a ella, con ese largo vestido dorado que se ceñía a todas las curvas de su cuerpo.

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De pronto Alex sabía lo divertido, listo y bueno que era Bradley. De pronto se habían relacionado. Seguramente esa noche hablarían más de lo que Bradley y yo habíamos hablado en los últimos dos años. La próxima vez que fuera a casa y lo viera, ¿me preguntaría por Alex? ¿Propondría, así, como si tal cosa, que la invitáramos a venir con nosotros? ¿Me miraría… y desearía verla a ella en mi lugar? ¿O seguirían los dos en contacto después de esa cena? ¿Descubriría mi hermana que a Bradley le gustaban las palomitas con miel, y no con mantequilla, algo que parecía asqueroso pero que sabía riquísimo? ¿La miraría (y esta idea fue la que disparó una flecha que se me clavó en el pecho)… la miraría a ella igual que solía mirarme a mí? —¿Estás bien? Casi me había olvidado de que Doug seguía allí. Asentí. —Entonces ¿qué es esto? —Soltó una de mis manos y alzó la yema de un dedo para secar la lágrima que caía por mi mejilla. —Nada —respondí—. Es solo que ha sido una tarde muy larga. De pronto me di cuenta de que Doug todavía aferraba mi otra mano. Habría sido el momento perfecto para anunciar que tenía que marcharme y salir disparada como un cohete. —Una vista muy bonita —dijo Doug. Me volví hacia él y vi que me miraba fijamente. «Ay, Dios», rezongué por dentro. Pero le sostuve la mirada. No aparté los ojos. —Se te está soltando el pelo —dijo—. No creo que te haya visto nunca con el pelo suelto. Estiró una mano, me soltó el moño y dejó que el pelo me cayera sobre los hombros. Después me lo apartó lentamente de la cara con sus grandes manos. Cerré los ojos para no tener que mirarlo. Era horrible; estaba con el asqueroso y el baboso de Doug. Bueno, el asqueroso, el baboso y el estupendo de Doug. Aun así, tenía que poner freno a aquello. De inmediato. O al menos al cabo de dos o cinco minutos. Porque sus dedos eran bastos pero sus caricias eran tan exquisitamente suaves que la combinación resultaba embriagadora. —Así estás preciosa —dijo mientras su mano se detenía en mi mejilla. Abrí los ojos. La sala estaba a oscuras, pero la luz de la luna entraba a raudales por las paredes de cristal. —¿De verdad? —susurré. ¿Sabéis cuando, un instante antes de que suceda algo memorable —como cuando un médico de rostro solemne te dice que te sientes, o cuando estás esperando a ver si aparece una línea rosa en un test de embarazo, o cuando un coche se te acerca derrapando por una carretera cubierta de placas de hielo—, el tiempo parece sufrir una avería y dejar de funcionar? Eso fue lo que sucedió cuando mis dedos rodearon la muñeca de Doug. Todo lo que teníamos a nuestro alrededor pareció esfumarse y dejarnos solo a él y a mí, iluminados por un foco de color en un mundo que de pronto se había quedado en blanco y negro. Lo tenía tan cerca que oía el tenue

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sonido que hacía al tragar. Veía el pedacito de barbilla que se había dejado sin afeitar. Durante varios latidos de corazón, estuvimos el uno muy cerca del otro. —Eres preciosa —dijo en un susurro, mirándome con esos ojos color chocolate fundido. Fue entonces cuando lo agarré con firmeza y le di un beso. Me supo delicioso, a canela y vino tinto; sentí su ancha y fuerte espalda bajo mis manos exploradoras. Todos los sentimientos contenidos de ese día se vieron arrastrados cuando la marea del deseo puro irrumpió en mi interior. Lo único en lo que podía pensar era en cuánto tardaría en arrancar a Doug la camisa y recorrerle el pecho con las manos. —Lindsey —susurró—, nunca pensé que… —No digas nada —supliqué. Si me soltaba alguna de sus frasecitas recicladas destrozaría el momento, y yo deseaba desesperadamente perderme en él para dejar que esas deliciosas sensaciones me invadieran y desterraran mi dolor. Doug tenía los labios suaves y calientes, y cuando la sombra de barba de la línea de su mandíbula rascó la sensible piel de mi cuello, unos escalofríos me recorrieron el vientre. Me besó casi hasta hacerme enloquecer mientras las yemas de sus dedos se colaban bajo el escote de mi vestido y dibujaban suaves y arrebatadores círculos en mis hombros. Me apoyé en la mesa de reuniones y lancé la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados mientras sus dedos bajaban cada vez más. —Preciosa… —volvió a susurrar mientras alargaba una mano hacia mi espalda y me bajaba la cremallera del vestido. Yo alargué también la mano para desabrocharme el sujetador y lanzarlo al suelo con impaciencia, y entonces tiré de Doug para apretarlo contra mí y sentir su piel contra la mía. Las sensaciones me bombardeaban: la calidez de su piel, el tacto casi insoportablemente excitante de sus labios mordiéndome el lóbulo de la oreja, el roce eléctrico de sus dedos cuando me deslizó el vestido hasta las caderas. Lo deseaba. Lo deseaba con tanta fuerza que me sentía débil. Los dedos de Doug se detuvieron en seco. —¿Qué es eso? —susurró. Ay, Dios mío, ¿había descubierto mis bragas de abuela? —¿Has oído eso? Dije que no con la cabeza sin dejar de rodearle el cuello con los brazos, sintiéndome somnolienta y desorientada. ¿Por qué había parado? No quería que parara, jamás. —Mierda —masculló Doug, y me soltó con tanta brusquedad que casi volví a caerme. Se agachó y recogió la camisa del suelo justo cuando unos pasos llegaron hasta la sala de reuniones. —Mi storyboard debe de estar todavía aquí dentro —dijo alguien (¡Cheryl!). —Estoy impaciente por verlo —repuso un hombre—. El storyboard de los cincuenta millones de dólares. Quiero verlo enmarcado. La luz se encendió y yo entorné los ojos al verme atacada por su afilado resplandor.

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Cheryl estaba de pie en el umbral, mirándome directamente. Y junto a ella estaba el señor Dunne. Con una fracción de segundo de retraso, crucé los brazos sobre mi pecho. La lujuria me abandonó tan deprisa como si alguien hubiera quitado el tapón del desagüe. Cheryl fue la primera en encontrar su voz: —¿Lindsey? La miré sin abrir boca. —Vaya, nunca había visto esta parte tuya —dijo con insidia, mirando mi pecho de forma significativa. —No… No es lo que parece —balbuceó Doug. Nunca había sido capaz de pensar con demasiada rapidez; yo incluso había hecho algún comentario al respecto en uno de sus informes de rendimiento. Me volví de espaldas y me puse el vestido con dedos temblorosos. —Puedo explicarlo —dije por encima del hombro. —Me encantará oírla —replicó el señor Dunne—. En mi despacho. Dentro de dos minutos. Giró sobre sus talones y se marchó.

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Capítulo 5 El señor Dunne estaba sentado frente a su escritorio de caoba, en su gigantesco despacho de esquina, el que tenía un comedor completo y un baño privado con acabados de moderno granito azul y acero inoxidable. Era el despacho al que yo le había echado el ojo; siempre había supuesto que, dentro de otros diez o quince años, cuando el señor Dunne se retirara, yo sería la siguiente de la fila. El señor Dunne era el más agradable de los tres fundadores de la agencia. Se parecía un poco a Santa Claus, con su mata de pelo blanco y su gran barriga, e incluso interpretaba ese papel la tarde de Nochebuena, cuando recorría la oficina repartiendo golosinas entre quienes todavía seguían en el trabajo. El año anterior me había dado un bastón de caramelo y una naranja, y cuando le dije: «Gracias, señor Dunne», se echó a reír y contestó: «¿Quién es el señor Dunne? ¡Yo soy San Nick!». Era muy tierno, igual que un abuelo despistado. Sin embargo, en ese momento su boca se había convertido en una línea tensa y reprobadora. —Siéntese —dijo, señalando una silla que había delante de su escritorio. Obedecí enseguida. Iba a ser horroroso. Nunca me había sentido tan humillada y avergonzada. Me moría por acabar con aquello lo antes posible. —Quería decirle que lo siento muchísimo —empecé a decir. Apenas podía mirarlo a los ojos. Me había exhibido ante Santa Claus y sabía que me acordaría de ello cada vez que lo viera, por siempre jamás—. Nunca había sucedido nada así, y le aseguro que jamás volverá a… —Lindsey —me interrumpió. Su voz fue un latigazo—. Doug es empleado suyo. Parpadeé con sorpresa. ¿Adónde quería llegar con eso? —Bueno, técnicamente, sí —dije—, pero no responde directamente ante mí. —No me importa en absoluto ante quién diablos responda. Trabaja en su equipo —dijo el señor Dunne—. ¿En qué estaba pensando? —Ha sido un error —argüí, bajando la cabeza con vergüenza—. Un error terrible. Terrible. Uno que jamás… —Ya sé que esta noche ha sufrido usted una decepción, pero no es excusa —dijo el señor Dunne—. No me deja alternativa. La angustia estalló en mi interior y me obstruyó las vías respiratorias, y empecé a jadear entrecortadamente. De pronto supe lo que estaba a punto de decirme. Tenía que detenerlo. Tenía que hacer cambiar de opinión al señor Dunne. —Ha empezado Doug —balbucí—. Pregúntele, él se lo confirmará. Desde luego que eso no es excusa para lo que he hecho, no estoy diciendo eso, de ninguna

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manera… —Tengo que dejarla marchar —dijo el señor Dunne. Sus palabras me golpearon con la fuerza de un trueno que resquebraja el cielo. Abrí la boca, pero no salió ninguna palabra. Todo mi cuerpo empezó a temblar. El señor Dunne suspiró. —Lindsey, usted me gusta. Trabaja muy bien. Pero, aparte del hecho de que ha quebrantado estándares básicos de decencia en la oficina, ha dejado a esta agencia vulnerable ante un grave pleito por acoso sexual. Ya sabe que contamos con una política estricta para evitar esta clase de cosas. —¡Doug no pondrá una denuncia! —exclamé con una voz que se convirtió en un gritito histérico—. Deje que hable con él, le juro que no pondrá ninguna denuncia. —¡No, no hablará usted con él! —bramó el señor Dunne. De pronto estaba furioso de verdad; en sus mofletes habían aparecido unas manchas rojas—. ¿Quiere que diga que le pidió usted que guardara silencio? ¿Quiere que diga que lo amenazó? ¿Quiere arrastrar el nombre de esta agencia, la agencia que yo levanté de la nada, por el fango que supone un pleito? —No, no, no. No me refería a eso —dije, y sin darme cuenta uní las manos como si estuviera rezando. Dios mío, ¿cómo era posible que lo estuviera empeorando más aún? Tenía que pensar con claridad, todo dependía de ello. Tenía que venderme como nunca había vendido nada en toda mi vida—. Por favor, deme solo una oportunidad más —supliqué. Me habría puesto de rodillas si hubiese servido de algo. Le habría besado los pies y le habría llevado el café todos los días. Habría hecho cualquier cosa por conservar ese trabajo. ¿Cómo podía estarme sucediendo eso a mí? Si antes, mientras esperaba el anuncio de Mason, había sentido angustia, no había sido nada en comparación con esto. El pánico se extendió por mi cuerpo como un incendio descontrolado. Temblaba tanto que incluso el señor Dunne se dio cuenta, y entonces su expresión se suavizó un poco. —Trabajaré más. Lo haré mejor. Juro que nunca volveré a hacer nada parecido. —Tenía la voz crispada. —La creo —dijo el señor Dunne—, pero es demasiado tarde. El mal ya está hecho. Usted conocía nuestra política. Sabía cuáles eran las consecuencias. Lo siento. —No, no, no —insistí—. No puede decirlo en serio. No puede. Por favor. —Lindsey, le daré referencias. Es todo lo que puedo hacer. —Pero… —empecé a decir. —Ahora tiene que irse —me interrumpió el señor Dunne—. Por favor, recoja sus cosas inmediatamente. Esto tampoco es fácil para mí. Me lo quedé mirando mientras le daba vueltas a la cabeza. Tenía que arreglarlo, todavía podía arreglarlo, podía… Pero el señor Dunne se estaba levantando. Caminó hasta su puerta y me la abrió para invitarme a salir. Y así, en un chasquear de dedos, mi vida había acabado.

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Capítulo 6 Me quedé en la cama tres días seguidos. Se me había curado el insomnio; ahora padecía la dolencia contraria. Lo único que quería era hundirme en un sueño profundo y sin ensoñaciones. Cerré las persianas para que la oscuridad y el silencio me envolvieran en su manto. Desconecté el teléfono, dejé que el correo se acumulara en un montón en el pasillo y dormí durante horas y horas, despertándome solo para sacar otra manta del armario y añadirla a la pila que ya me cubría, o a beber un poco del vaso de agua que tenía en la mesita de noche. Igual que una paciente enferma de gravedad a quien le inducen médicamente un coma para acelerar su recuperación, mi cuerpo se estaba automedicando, me apartaba de la realidad de mi dolor y me sumergía en el maravilloso bálsamo del sueño. En algún momento oí que alguien llamaba a mi puerta, así que me tapé la cabeza con la almohada y, al final, quienquiera que fuese se marchó. Volví a hundirme en el sueño. Las horas pasaban como segundos, mi cuerpo exhausto se empapaba de descanso. Al cuarto día conseguí recorrer la distancia que había entre mi cama y la bañera dando pasos pequeños y cuidadosos. No encendí muchas luces, llené la bañera con un agua casi insoportablemente caliente y eché una botella entera de baño de burbujas Molton Brown. Me llevé una taza de manzanilla con miel al baño y me quedé en remojo una hora entera, con la mente aún embotada. El mero hecho de hacer la infusión y llenar la bañera me había vuelto a dejar exhausta. Estaba en el agua, sin pensar en nada más que en los dibujos que trazaban mis dedos sin rumbo en la espuma. Me sentía aislada de todo, igual que una frágil tacita de porcelana envuelta en varias capas de papel de periódico y guardada en plástico de burbujas. Nada podía hacerme daño en mi pequeño apartamento; estaba a salvo, protegida y abrigada. Cuando mis dedos se convirtieron en suaves uvas pasas, quité el tapón, me puse una camiseta vieja y regresé a la cama dando pasitos. Mis movimientos eran tan lentos como los de una anciana. Horas más tarde, me desperté al oír que la puerta del apartamento se abría. No tenía fuerzas para moverme. Si era un ladrón, podía llevárselo todo mientras me dejara la cama. Quería quedarme allí dentro para siempre, abrazada a mi suave cojín de cachemira azul y con la mente refugiada en un mullido reducto en el que la realidad no podía importunarme. —¿Señorita Rose? —Era el encargado del edificio—. ¿Está usted ahí? La mayoría de los encargados de Nueva York son cien por cien Queens, con sus obligadas cadenas de oro y sus camisas generosamente desabrochadas. El mío era un poeta que luchaba por hacerse un nombre, pesaba menos que yo y chillaba como una

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colegiala católica cuando un inquilino descubría un ratoncito de nada en la lavandería. —Voy a entrar, ¿puedo? Volví a cerrar los ojos. A lo mejor cuando viera que estaba durmiendo se marcharía. —¿Lindsey? Esta vez era una voz diferente. La de Matt. Tendría que levantarme y ofrecerles un té, pensé con vaguedad. Sin embargo, los brazos y las piernas me pesaban demasiado para moverme. Tal vez se lo podrían preparar ellos mismos. —Dios mío, si se ha hecho algo… —susurró Matt. —Páseme esa sartén —dijo el encargado. —¿Por qué? —preguntó Matt. —Si se trata de un acto delictivo, puede que el maleante siga por aquí — respondió el hombre en tono confidencial. —Por el amor de Dios —dijo Matt—. Aparte de en medio. La puerta de mi habitación chirrió al abrirse. Tendría que pedir al encargado que la arreglara; qué bien que hubiese venido. Era como el destino, o el kismet. ¿Había alguna diferencia entre el destino y el kismet?, me pregunté de pasada. En tal caso, era una cuestión para ocupar a mentes más elevadas que la mía. —¿Señorita Rose? —me gritó el encargado a la cara—. ¿Me oye? Abrí los ojos arrastrando los párpados. —¿Lindsey? —Matt apartó al encargado y casi lo tiró al suelo para aparecer a mi lado—. Eh —dijo en voz baja, mirándome. Dejó mi bolso sobre la cama—. Te he traído esto. Levanté una mano e hice un pequeño ademán. Qué encantador era ese ademán, pensé mientras miraba cómo mi mano se balanceaba suavemente atrás y adelante. Si lo hacías lo bastante despacio y separabas los dedos, parecía un abanico. La gente debería hacer ademanes con la mano más a menudo, la verdad. —¿Te encuentras bien? —preguntó Matt. Iba vestido de traje. Debía de venir directo de la… No. Mi mente se retrajo, igual que una mano apartándose deprisa de una estufa ardiendo. No iba a pensar en eso. —Bien —intenté decir, pero tenía la voz ronca. Me aclaré la garganta y volví a probar—: Bien. Tengo sueño. Cerré los ojos otra vez y empecé a alejarme. —Debe de ser una sobredosis —dijo el encargado—. Seguramente deberíamos darle una ducha fría. Abrí un ojo e intenté reunir fuerzas para fulminarlo con la mirada. —¿Linds? —dijo Matt. Se inclinó, acercándose a mí. Tenía una mancha roja en la corbata. Parecía salsa de espaguetis. —¿Te acuerdas de los ñoquis? —pregunté. —¿Los qué? —dijo, formando un surco entre sus cejas. —Creo que ha dicho Nokia —apuntó el encargado a Matt—. Quiere el móvil. A

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lo mejor quiere despedirse de alguien. Llamar a sus amigos o qué sé yo. El encargado se inclinó hacia mí. Vi entonces que estaba intentando, con poquísimo éxito, dejarse perilla. —¿A… quién… quiere… llamar? —dijo, exagerando la pronunciación de cada palabra, como si fuera un profesor de lengua extranjera hablando con un alumno especialmente torpe. —Lindsey, ¿has tomado algo? —preguntó Matt. —¿Hummm? —repuse. Abrió el cajón de mi mesita de noche de un tirón y lo revolvió todo, después se dejó caer en el suelo en posición de hacer flexiones y miró bajo la cama. —No te has tomado ninguna pastilla, ¿verdad? —gritó Matt desde mi cuarto de baño. Esperaba que no se diera cuenta de que no había limpiado la bañera después de haberme bañado. No había nada peor que una bañera con cerco. —Comprobémosle las pupilas —sugirió el encargado mientras sacaba una linterna minúscula de su bolsillo (era el único encargado de la ciudad que se negaba a llevar un cinturón de trabajo) y me la enfocaba en la cara. Por Dios, qué molesto era ese hombrecillo. Volví a taparme la cabeza con la almohada con la esperanza de que pillaran la indirecta y se fueran. —Lindsey —dijo Matt—. ¿Puedes decirme qué día es hoy? Aparté la almohada y me esforcé por sonreírle tranquilizadoramente. —Mira —dije, hablando con toda la educación de la que fui capaz—. Gracias a los dos por la visita, pero de verdad que ahora tengo que descansar. Con eso tenía que bastar. Volví a cerrar los ojos. Los oí a los dos hablando entre susurros en el rincón. La verdad es que incluso resultaba reconfortante, como si alguien hubiese encendido el televisor con el volumen bajo para ver un culebrón. —… solo somníferos, pero faltaba uno nada más… —¿… mirado el alcohol? La puerta de mi nevera se abrió y se cerró. Entonces oí a alguien revolviendo en mis armarios. A lo mejor estaban preparando algo de comer. Debería estar hambrienta, pero no era así, lo cual era una gozada, porque significaba que nunca tendría que volver a levantarme. —… de nervios. Mi tía tuvo uno… mismos síntomas… —¿… hospital? —¿… llamamos a alguien? Me escurrí más aún bajo el edredón, acurrucando mi cuerpo para quedar todo lo pequeñita y arrebujada posible, como una ardillita cobijada en su nido. Casi había vuelto a quedarme dormida cuando una frase atravesó la espesa niebla de mi mente, clara y aterradora como una sirena antiaérea. —He encontrado su agenda —dijo Matt—. Voy a llamar a sus padres y a su hermana. Me senté de golpe en la cama, aparté el edredón y grité a pleno pulmón: —¡Noooooo!

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Dos horas más tarde estaba sentada en el sofá, envuelta en un cálido albornoz y con un cuenco medio vacío de sopa de pollo con fideos en el regazo. Matt había encontrado una lata en la despensa —era casi lo único que había en mi despensa— y me la había calentado. Después se había sentado a supervisar cada una de mis cucharadas. Aunque solo con olerla sentía náuseas, conseguí tragar una cantidad suficiente para dejarlo satisfecho. También me había obligado a ducharme y había abierto las persianas. Mientras dormía había nevado; la nieve no había cuajado en la calle, pero las copas de los árboles todavía llevaban sombreritos de encaje blanco. La fría e intensa claridad me dijo que era mediodía. Había tardado un buen rato en descubrir de qué día. Martes. —Estoy bien —dije por enésima vez—. Solo estaba cansada. Y seguía exhausta, pero sabía que no podía volver a la cama. Tenía que empezar a enfrentarme a mi vida, o a lo que quedaba de ella. La lucecita del contestador automático parpadeaba a causa de dieciséis mensajes nuevos. La mayoría de ellos eran de Matt, pero seguramente mis padres también habrían llamado. Puede que se estuvieran preocupando; yo era la hija responsable, la que siempre les devolvía la llamada el mismo día. —Creía que habías hecho alguna estupidez —dijo Matt—. Te habría matado si lo hubieras hecho. —Tú siempre a destiempo —dije. Matt se me quedó mirando un segundo, después sonrió. Siempre me había encantado su sonrisa, que era un pelín demasiado grande para su cara. De repente me invadió una tristeza que se instaló en mis huesos. Solo tenía veintinueve años, pero me sentía mucho mayor. Tenía la piel tan tirante y seca como una cascarilla, me dolían los ojos como si hubiese estado leyendo demasiado tiempo con muy poca luz. Me sentía agotada, como si hubiera consumido la vida y ya se me estuviera terminando. En cierta forma, así era; al menos la vida que conocía estaba terminando. —Bueno, ¿qué piensas hacer? —preguntó Matt. Dejé el cuenco de sopa en la mesita de café y me recliné, suspirando. —No puedo quedarme aquí —dije—. No puedo permitírmelo. —¿No tienes nada ahorrado? —dijo Matt. —Los pisos van a pasar a ser de propiedad. Iba a comprarlo, pero… Mi voz se desvaneció mientras paseaba la mirada por el apartamento. Me gustaba absolutamente todo de él. El sillón y el sofá descomunales eran de una felpilla blanco invernal, y la mesita de café estaba hecha con la nudosa puerta de madera de un viejo granero del norte del estado de Nueva York. Mi dormitorio no tenía nada más que una cama de matrimonio con sus sábanas y su edredón blanco nieve, una sencilla mesita de noche de madera y una frondosa planta de hojas verdes en un rincón. Era tan sobria y apacible como la celda de un monje. En el armario tenía la ropa ordenada desde los tonos más oscuros hasta los más claros, y todas las perchas de madera miraban en la misma dirección. Todo irradiaba pulcritud. Todo

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era limpio, organizado y perfecto. Respiré hondo y volví a empezar. —Tengo que encontrar otro trabajo —dije—, pero no en Nueva York. Había llegado a esa conclusión mientras me estaba duchando y había vuelto la cabeza hacia el chorro de agua para que Matt no me oyera llorar. Pensaba que los sollozos se desprenderían de mi pecho con un espantoso sonido desgarrador, pero por mi mejilla había descendido una única lágrima, que se había diluido con el agua y se había arremolinado en el desagüe. Estaba demasiado entumecida para llorar. —Pero has dicho que Dunne te iba a dar referencias —protestó Matt—. No tienes por qué marcharte. Puedes encontrar trabajo en cualquier sitio. —Ya lo sé —repuse—. Por eso me vuelvo a casa. —¿A Maryland? —preguntó Matt con incredulidad. —Mira, sé que Cheryl ya le habrá contado a todo el mundo lo que pasó entre Doug y yo. —Me había ocultado durante tres días; ya era hora de dar un paso al frente como una chica mayor y recibir los golpes—. ¿No lo ha hecho? Los ojos de Matt rehuyeron los míos. —A Cheryl que le den —dijo—. Todo el mundo sabe que es una zorra. —Y todo el mundo sabe que me han despedido. Lo cual significa que también lo sabrán en las demás agencias de la ciudad. Ya sabes lo rápido que corren los chismes. La gente no se limitará a llamar a Dunne para pedir referencias; corroborará la historia con todos sus contactos dentro de la agencia. La gente hablará. Descubrirá lo que he hecho. Matt suspiró. —¿Y qué? Has cometido un error. Un error en siete puñeteros años. —Un error —repetí. Proferí una risita estrangulada que sonó más bien como una tos—. He destrozado mi carrera y no hay forma de arreglarlo. No puedo arreglar esto, Matt. Así que tengo que empezar de nuevo. En D.C. hay varias buenas agencias. Puedo vivir en casa de mis padres una temporada y trasladarme cada día al centro a trabajar, hasta que consiga solucionarlo todo. Matt sacudió la cabeza. —No creo que sea buena idea. Me parece que deberías quedarte y pelear. Esto estará olvidado dentro de un mes. Tómate unas vacaciones, luego vuelve y busca trabajo. No tienes por qué irte. Bajé la mirada hasta mi regazo y lo pensé. ¿Tendría razón Matt? Me imaginé yendo a trabajar a una agencia nueva, instalándome en un despacho diferente, saludando a mis compañeros de trabajo y viendo cómo reprimían sonrisitas y se susurraban comentarios. Ni hablar. No lo soportaría. De súbito me vi transportada a cuando iba a noveno, el primer mes de instituto. Tenía que ir a entregar al director una nota de mi profesor de química avanzada y estaba atajando por un pasillo donde tenían las taquillas todos los alumnos de último curso. Todavía recuerdo el estrépito metálico de esas taquillas al cerrarse, el arañado linóleo de un marrón anaranjado bajo mis pies, el olor rancio a calcetines sucios que impregnaba el aire. Avanzaba por el pasillo con mis nuevos Levi’s con raya en las

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perneras, una camiseta de flores rosas y el sujetador deportivo que no necesitaría hasta dentro de otros seis meses, la mar de orgullosa de que mi profesor me hubiera escogido a mí de entre todos los alumnos de la clase. —Eh, ¿y esta quién es? Un chico se apartó de su pandilla de amigos y me cerró el paso. Llevaba camiseta blanca y tejanos, y se parecía un poco a James Dean, solo que con una expresión más perversa. Me lo quedé mirando, suplicándole con los ojos que me dejara pasar. —No sabe hablar —dijo uno de sus amigos. —Muda, ¿no es así como los llaman? —dijo el primer chico, inclinándose hacia mí y haciendo chasquear los dedos frente a mi cara—. Eh, mudita. —Sí que sé hablar —dije—. Déjame pasar, por favor. —Déjame pasar, por favor —se burló él—. Verás, mudita, eso no puedo hacerlo. Este es el pasillo de los mayores, y tú no eres mayor. Tienes prohibido el paso. —¡Arresto ciudadano! —exclamó uno de sus amigos. —Si pones las manos en la espalda nadie te hará daño, mudita —dijo el primero. —Usa mi cinturón como esposas —propuso otro, sacándoselo de las presillas de los vaqueros mientras sus amigos se reían y se acercaban para rodearnos. El corazón empezó a latirme a mil mientras mis ojos buscaban con desesperación una salida. Me sentía como un animal acorralado. Aunque se estaban riendo, aquellos chicos no bromeaban; en los ojos entornados del cabecilla acechaba auténtica crueldad. Ya había una docena de chicos a nuestro alrededor, mirándonos sin decir nada. ¿Dónde estaban todos los profesores? ¿Por qué no me ayudaba nadie? Empezó a temblarme el labio inferior. «Dios mío, no dejes que me eche a llorar», recé en silencio. De alguna forma sabía que con eso solo empeoraría las cosas. Y mucho. —Las manos a la espalda, por favor —dijo aquel James Dean—. Es mi último aviso. —Aquí tengo una celda de detención —dijo su amigo mientras abría una taquilla. Siempre he sido un poco claustrofóbica. Miré aquel agujero oscuro, igualito que un ataúd, y me imaginé encerrada dentro, gritando, chillando y llorando. Estaba a punto de sonar el timbre de la clase siguiente y los profesores cerrarían las puertas de las aulas. Nadie me oiría. Estaría atrapada. No podría ver nada, respirar ni moverme. —Por favor, no —dije. La desesperación me hizo hablar en voz baja. El James Dean me miró. —Parece arrepentida —dijo a sus amigos—. ¿Prometes que no volverás a hacerlo? Asentí con rotundidad. Moqueaba por la nariz y me limpié con el dorso de la mano. El chico me miró y sacudió la cabeza. —No, no me vale. ¡A la celda de detención!

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Sus amigos se echaron a reír y se acercaron para agarrarme. De repente empecé a resistirme con todas mis fuerzas, agitando los brazos y dando patadas con las piernas, pero él era mucho más fuerte que yo y no tuvo más que inmovilizarme los brazos a la espalda y empujarme hasta la taquilla. Entonces una voz atravesó el grupo de abusones. —¿Qué narices estás haciendo, Ralph? Ralph dio media vuelta, volviéndome a mí con él, y vi a Alex. Llevaba su uniforme de animadora y se había echado la chaqueta de algún deportista sobre los hombros. Todos se apartaron para hacerle sitio y contemplarla, igual que hacían siempre. Incluso a los catorce años, Alex tenía ya ese poder. —Eh, nena —dijo Ralph. Después anunció—: Bueno, pues esta es la única de primero a la que se le permite estar aquí. —Amén —dijo otro chico con reverencia. —Suéltala —ordenó Alex, y de pronto me liberaron. Caí al suelo y me arrastré como un cangrejo para alejarme de Ralph. Percibí un cambio en la energía de la muchedumbre. De pronto todos los chicos prestaban atención a Alex. Su líder alfa había sido reemplazado. —Solo nos divertíamos un poco —dijo Ralph, cruzandose de brazos y cerrando los puños bajo sus bíceps para hacer que parecieran más grandes—. ¿A ti qué te importa? Sin embargo, su voz ya no bravuconeaba. Deseaba la aprobación de Alex. Quería gustarle. —Es mi hermana gemela —dijo Alex—. Vamos, Lindsey. Me levanté y corrí hacia ella, y mientras nos alejábamos, oí unos susurros: —¿Gemela? —Y una mierda. —¿Están seguros de que es la hermana y no el perro de la familia? —dijo uno de ellos, y por el pasillo resonaron unas palmadas y unas carcajadas. Alex, a mi lado, se puso tensa y dejó de andar. Vi cómo luchaba contra su instinto de decir a esos chicos que se fueran a la mierda. De defenderme. Yo me quedé a su lado, temblando todavía de miedo y de rabia, con un nudo en el estómago, deseando que lo hiciera. Quería que probaran un poco de mi dolor, que supieran lo que era verse humillado delante de un montón de gente. Alex era muy buena dando respuestas rápidas, le habría resultado facilísimo atacar y hacerles desear no haberse metido nunca conmigo. Entonces sería de Ralph de quien se reirían todos. Pero Alex siguió andando. Siguió andando. Fue un momento horrible; supe que mi hermana había hecho sus cálculos y había decidido que no merecía la pena poner en peligro su popularidad por salir en mi defensa. El precio era demasiado elevado. Estaba dispuesta a defenderme hasta cierto punto, pero no iría más allá. La odié por no defenderme, pero no tanto como me despreciaba a mí misma por necesitar que lo hiciera.

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—¿Estás bien? —me preguntó cuando ya no podían oírnos. —Sí —dije, enfadada, estrechándome con fuerza con mis propios brazos. —Esos tíos pueden ser unos gilipollas —dijo—. Sobre todo Ralph. ¿Cómo es que sabía sus nombres? ¿Cómo es que todos la conocían? Yo aún me perdía por los interminables pasillos del instituto, mientras que Alex ya tenía a la mitad de los alumnos de último curso pendientes hasta del más leve gesto de su meñique. La mitad masculina. El instituto iba a ser igual que el colegio, y que el parvulario, y que los veranos en la piscina, y que todos los campamentos y las visitas al dentista y las fiestas de cumpleaños a las que habíamos asistido jamás: Alex era la estrella y yo ni siquiera estaba en su órbita. ¿Cómo había sido tan estúpida para pensar que sería diferente? ¿Cómo podía haber esperado que en un instituto tan grande encontraría mi propio hueco, mis propios amigos, mi propio lugar para brillar? Era culpa de Alex; todo era culpa de Alex. Solo parecía fea en comparación con ella. Yo en el fondo sabía que no era lo que nadie consideraría guapa, pero tampoco es que fuera un adefesio. Simplemente era… normal y corriente. Puede que me viniera bien perder cuatro o cinco kilitos, pero, aun así, estaba más cerca de ser guapa que fea. Sin embargo, al lado de Alex no era más que una gran decepción. Una sorpresa terrible. Un chiste genético. —Estoy bien —dije mientras volvía a limpiarme la nariz—. Déjame en paz. —¿Que te deje en paz? —preguntó Alex—. Acabo de salvarte la vida. —Gracias por tu gran ayuda —dije con sarcasmo, y me marché corriendo, dejándola allí plantada, mirándome. Habían pasado quince años desde aquello y todavía recordaba los labios de Ralph, que se habían curvado en una sonrisa de desdén justo antes de inmovilizarme; los ojos de un chico gordito que nos había mirado con una mezcla de repugnancia y excitación; y el sonido de la risa de todos ellos cuando alguien me llamó «el perro de la familia». No había vuelto a pasar por aquel pasillo en todo el curso. En cierta forma, el mundo de la publicidad de Nueva York era igual que el instituto. Desde luego, los cotilleos viajaban vía BlackBerry o acompañados de unos martinis en el Velvet o el Sugar en lugar de en papelitos doblados, pero los pajaritos volaban de aquí para allá con gran entusiasmo. Si me quedaba, todos los del negocio sabrían de la espectacular metedura de pata que había tenido. Sería como una nota indeleble a pie de página en mi currículo: Lindsey Rose, la mujer que mantiene reuniones íntimas con sus empleados varones a horas intempestivas. Ropa opcional. Jamás lo superaría, nunca dejaría de ver el brillo en la mirada de mis compañeros al reconocer mi nombre cuando lo oyeran por primera vez. ¿Me vigilarían mis futuros jefes cada vez que me rodeara de subordinados varones? ¿Volverían a avivarse los rumores con cada simple roce y cada comentario elogioso? Me había pasado la vida entera convirtiéndome en alguien admirado y respetado. No soportaba perder eso, de modo que no podía quedarme en Nueva

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York. Matt seguía sentado a mi lado en el sofá, observándome. —No creo que pueda volver a empezar de cero en Nueva York —dije al fin—. Tengo que irme a algún otro sitio. Tengo que volver a casa. Y, dichas esas palabras, en lo más hondo de mi ser sentí el debilísimo parpadear de mi antigua confianza. A casa, donde todos seguían pensando que era una mujer de éxito. A casa, donde mis padres dependían de mí para negociar un precio mejor cuando se compraban un coche nuevo o para escoger las mejores acciones para su plan de jubilación; donde los vecinos siempre preguntaban por mis últimos viajes de negocios y mis ascensos. A casa, donde Bradley solía quererme y a lo mejor volvía a hacerlo. No pensaba quedarme hecha un ovillo en la cama para siempre. Nunca había sido una fracasada y no pensaba empezar a esas alturas, puñetas. Ya se me ocurriría alguna forma de explicar mi regreso, y volvería a encarrilar mi vida. A lo mejor no sería vicepresidenta en mucho tiempo, pero sí que encontraría un buen trabajo. Ascender otra vez desde abajo. Algún día conseguiría todo lo que soñaba, todo lo que siempre había deseado. No importaba cuánto me costase.

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Capítulo 7 Al final, todo lo que hizo falta para borrar cualquier rastro de mi vida en Nueva York fue un camión de mudanzas, un viaje a un guardamuebles de categoría, otro a la beneficencia y medio día al teléfono cancelando suscripciones, negociando la finalización de mi contrato de alquiler y empaquetando mis cuadros y mi televisor de plasma. Y de repente me encontré en medio de mi apartamento vacío, con motas de polvo flotando en los rayos de luz y dos maletas a mis pies. Justo igual que había empezado mi vida allí hacía siete años. —No puedo creer que no tengas más cosas —dijo Matt mientras levantaba una de mis maletas. Esa noche, mi última noche en la ciudad, iba a pasarla en el sofá de su apartamento antes de coger el tren de las nueve hacia Maryland a la mañana siguiente. No había preguntado qué le parecía a Pammy. —¿No se supone que las chicas tenéis más cosas? —preguntó Matt. —Yo tengo cosas —protesté—. He donado un camión entero a la beneficencia. —Un cuarto de camión —me corrigió él—. ¿Dónde están todos tus coleteros? ¿Dónde está toda tu ropa? ¿Dónde están todas esas pilas de revistas que te explican cómo volver loco a tu hombre con un cubito de hielo y film transparente? —Para empezar, dejé de leer Penthouse a los diez años —respondí—. Y ¿coleteros? ¿Sabes lo inquietante que resulta solo que conozcas esa palabra? —Estamos hablando de tus rarezas, no de las mías —dijo Matt. Por Dios, me sentaba de maravilla volver a bromear con él, hacer como si todo fuese normal, aunque justo por debajo de la superficie me sintiera como de quebradizo cristal: a punto de hacerme añicos con el golpecito más débil. —Bueno, ¿qué plan tenemos para esta noche? —pregunté—. ¿Comida mexicana y una película? —Pero ¿qué dices? —exclamó Matt—. Es tu última noche en Nueva York. Vamos a salir. Cargó mi otra maleta, yo cerré la puerta y nos fuimos hacia el ascensor. No miré atrás ni una sola vez. Tenía que mantener la vista al frente. Tenía que seguir adelante. Cuando llegamos al vestíbulo, me acerqué al portero de sonrisa perpetua y le entregué las llaves. «No le des más vueltas», me ordené. «Hazlo y ya está. Deja las llaves en su mano extendida. Ahora suéltalas. Así, a pasitos de bebé.» —Aquí tiene, Héctor —dije. Metí la mano en el bolso para buscar el sobre en el que había puesto su anticipado aguinaldo de Navidad. Héctor tenía cuarenta y muchos años, era una de

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esas personas constantes e incondicionales sin las cuales Nueva York no podría funcionar. Cada día se presentaba con una impecable camisa blanca y el mismo traje azul para montar guardia junto a la puerta y poder acercarse de un salto a abrirla cada vez que llegaba alguien. Estuve a punto de decirle algo más —de agradecerle todas las veces que me había guardado paquetes en su mostrador, o que me había llamado a un taxi cuando llovía—, pero una pareja joven a quienes reconocí vagamente como los inquilinos del piso de debajo del mío salieron corriendo del ascensor y se acercaron hasta nosotros. De repente los tres se estaban lanzando palabras como «quimio», «hija» y «oraciones», y Héctor se enjugó una lagrimilla del ojo sin ninguna vergüenza mientras decía: —Remite. Sí, el médico ha dicho que está remitiendo. Y entonces se pusieron a abrazarlo, primero la mujer y luego el marido, que al principio le había tendido la mano pero que en el último segundo cambió de opinión y tiró de Héctor para darle un gran abrazo y unas palmadas en la espalda. El portero sonreía, inclinaba la cabeza y decía «gracias, que Dios los bendiga» una y otra vez. —¿Tiene una niña con cáncer? —me susurró Matt. —Supongo —dije, despacio. Bajé la mirada hasta mi sobrio sobre blanco tamaño oficina mientras Héctor daba las gracias a aquella pareja por la lasaña que le habían preparado mientras su hija estaba en el hospital. Dentro de mi sobre había cien dólares. No había escrito ninguna tarjeta. No le había preparado ninguna lasaña. Ni siquiera sabía que su hija estuviera enferma. Lo único que había hecho era sonreírle al pasar corriendo junto a él de camino al trabajo y darle las gracias distraídamente por abrirme la puerta cuando volvía a entrar a cámara rápida por la noche, cargada con mi maletín y comida china para llevar, y la cabeza llena de eslóganes, diálogos y storyboards. Para mí, Héctor había formado parte del decorado, igual que el árbol de plástico que ocupaba un rincón del vestíbulo. Entonces me pregunté: ¿cuántos años tenía su hija?, ¿cómo se llamaba?, ¿reaparecería el cáncer?, ¿cómo es que había venido a trabajar todos los días, me había sonreído y me había abierto la puerta como si fuera lo mejor que llegaría a hacer en todo el día, cuando todo su mundo se tambaleaba y se desmoronaba a su alrededor? —¿Lista? —dijo Matt. —Claro —respondí. Sin embargo, antes de salir abrí el monedero, saqué todos los billetes de veinte que llevaba encima y los metí en el sobre. Lo dejé en el mostrador de Héctor y me alejé mientras él seguía hablando con la joven pareja. —Lo siento —susurré cuando la puerta se cerró tras de mí, y en voz tan baja que nadie pudo oírme.

—¿Qué plan tenemos? —le pregunté a Matt en cuanto estuvimos instalados en un taxi amarillo.

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—Primero dejaremos la exageración de cosas que tienes en mi apartamento — dijo—. Espero que consigamos hacer sitio para todos esos coleteros. Después… —Tengo una petición —le interrumpí—. Quiero ver al Vaquero Desnudo. Matt me miró de reojo. —¿En serio? —preguntó. Asentí con entusiasmo. —Y también quiero comprar un bolso de Prada de imitación en Canal Street — espeté. Las palabras me salían cada vez más deprisa—. Quiero coger un carruaje de caballos para cruzar Central Park. Quiero ver a un famoso, uno de verdad, no esos famosos de segunda con los que siempre acabamos trabajando. Quiero ir al Soho a ver escaparates. Quiero comer sushi en Ruby Foo’s y también ir a tomar algo a Tavern on the Green. —Madre de Dios —exclamó Matt, fingiendo horror—. Eres una… ¡una turista! —Nunca he hecho ninguna de esas cosas —dije, sintiendo una punzada de tristeza. Era cierto: había vivido en Nueva York durante más de media década, pero era como si hubiera estado todo el tiempo detrás de un muro de cristal, viendo cómo los demás se besaban en las esquinas de las calles, bailaban con la música de los percusionistas y sus cubos, y salían con bulliciosos grupos de amigos para ir a un bar. Había vivido en Nueva York, pero no había vivido Nueva York. Y, para que quede constancia, Matt no se rió ni amenazó con echarme del taxi en marcha. Simplemente se inclinó hacia delante y dijo al taxista que pisara el acelerador, porque ese día teníamos muchísimo que hacer.

Diez horas después, todos y cada uno de mis deseos me habían sido concedidos, como si un hada madrina hubiese agitado su varita mágica por encima de mi cabeza. Típico de mí, conseguir esa hada madrina en el momento en que menos la necesitaba. Me habría ido mucho mejor tenerla conmigo aquella noche en la sala de reuniones; en lugar de eso, se había presentado con varias semanas de retraso, alisándose las arrugas del vestido de noche, enderezándose la tiara y mascullando algo sobre el tráfico, un despertador estropeado y el perro que se le había comido la agenda. Aun así, al menos la había disfrutado por un día. —En la vida dirías que es de imitación, ¿a que no? —dije por décima vez, admirando mi bolso de Prada mientras nos instalábamos en un reservado de esquina de Ruby Foo’s. —Juro por la vida de mi madre que si lo pones al lado de un bolso de Prada auténtico, no notaría la diferencia —dijo Matt con solemnidad, llevándose una mano al corazón. —Bah, calla —dije—. Es porque estás celoso. —Sin duda es eso —convino él. —¿Se ven torcidas las costuras? —pregunté, observando mi bolso más de cerca. —Te lo han vendido por veinte dólares —dijo Matt—. Tienes suerte de que

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lleve costuras en lugar de pegamento extrafuerte. —He estado bien regateando, ¿verdad? —pregunté con petulancia. —Brillante —dijo Matt—. Lo has desarmado. —Quería veinticinco —le recordé. —Lo has dejado roto —dijo Matt—. Ahora es un hombre roto y amargado. Bueno, ¿podemos pedir algo para comer? —Yo quiero un maki sushi de California —dije—. Otro de atún. Oooh, y crepés de cebolleta y raviolis de gamba. —Perfecto —dijo Matt mientras la camarera tomaba nota de lo que pedíamos—. Yo comeré lo mismo. Se inclinó hacia delante y me miró con atención. —Bueno, sé que esto debe de resultarte duro… —empezó a decir mientras sus ojos marrón osito de peluche se ponían tiernos y comprensivos. —Reese Witherspoon es más guapa aún en persona —lo interrumpí—. ¡Y tengo su brillo de labios! —Quieres decir que le has robado el brillo de labios —dijo Matt. —El que se lo encuentra se lo queda —dije, y me bebí de un trago la delicada tacita de sake. Estaba caliente y resultaba ligeramente medicinal, justo lo que necesitaba—. La verdad es que ha sido una idea genial, esperar delante de los estudios de Letterman justo antes del rodaje —dije, levantando mi tacita hacia Matt— . ¡Y con premio extra cuando se le ha caído el bolso! La mujer que estaba a mi lado solo ha conseguido un penique gastado. —Tú te has llevado la mejor parte —dijo Matt—. Me parece que ese penique estaba ahí desde el principio. De todas formas, estaba diciendo que debe de ser muy duro para ti… —¿Crees que el Vaquero Desnudo se rellena los calzoncillos con un calcetín? — volví a interrumpir—. Me refiero a que ese tipo no tiene nada que sea auténtico. Ahí lo tienes, en Times Square, con sus botas y sus calzoncillos y su bronceado de spray, rasgueando esa guitarra y posando para las fotos. Por Dios, y a las chicas les encanta. Pensaba que esa rubia iba a darme un puñetazo cuando el tipo me ha abrazado para la foto. —Seguro que es un calcetín —coincidió Matt conmigo, con algo más de convicción de la necesaria. No se lo tuve en cuenta; el Vaquero Desnudo podía hacer que cualquier hombre se sintiera inferior. —Me encanta este brillo de labios —dije, sacándolo del bolso—. ¿No te parece un color perfecto? Me gusta casi tanto como mi bolso. —Vale —dijo Matt, inclinándose hacia mí—. ¿Qué pasa aquí? —¿A qué te refieres?—pregunté. —Estás de un buen humor implacable. —He pasado un día muy agradable —protesté. Matt me lanzó una de sus miradas de «¿quién ha untado al perro con margarina?». —Me alegro de que te lo hayas pasado bien —dijo despacio—. Yo también.

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—Bueno, pues no lo estropeemos poniéndonos serios ahora —supliqué. Volví a abrir la carta—. ¡Mira, tienen helado de tutti frutti! —Lindsey —dijo Matt, y suspiró—. Oye, tengo que decirlo. A veces me preocupa que no asimiles bien las cosas. Estás siempre tan ocupada, exaltada y frenética que nunca te detienes a pensar con tranquilidad en lo que de verdad quieres ni en cómo te sientes. Quiero decir que debes de estar disgustada, pero no haces más que parlotear sobre tu bolso y tu brillo de labios, como si fueran lo más importante del mundo. No te estás enfrentando a tus emociones. —Detesto cuando abres la consulta —dije, y le di un suave puñetazo en el brazo—. Eres igual que Lucy, la de Charlie Brown. —Ya lo pillo —dijo Matt con rigidez—. No quieres hablar de ello. De acuerdo, pero dime una cosa, ¿qué vas a hacer en D.C.? —Buscar trabajo —respondí. ¿No era evidente?—. Empezaré a trabajar otra vez. —Y dentro de otros seis meses, será como si nunca hubiera pasado nada —dijo Matt. Parpadeé sorprendida. —¿Me tomas el pelo? —dije—. Ni en sueños habré llegado otra vez tan alto en solo seis meses. Tardaré unos tres años. —Y ¿es eso lo que quieres? —preguntó Matt. Se inclinó más hacia mí y puso su mano en la mesa, entre nosotros. Sus manos eran iguales que todo él: agradables, cálidas y firmes—. ¿Eso es lo único que quieres? Su voz era suave y afable. No sé por qué, eso me asustó más que si me hubiera gritado. —Es exactamente lo que quiero —contesté. —Vale —dijo él, aunque su tono decía todo lo contrario. —Vale —repetí yo, sintiéndome algo molesta, aunque no sabía muy bien por qué. Matt cruzó los brazos sobre el pecho y bajó la mirada hasta su servilleta. Yo me puse a juguetear con el brillo de labios entre mis dedos, como si fuera el bastón de majorette más pequeño del mundo. Era justo lo que me faltaba, que Matt se pusiera serio y de mal humor. ¿Qué quería, que volviera a hacerme un ovillo y me pusiera a sollozar por el desastre en que se había convertido mi vida? Eso ya lo había hecho, y todavía me aterrorizaba pensar en lo borrosos y distantes que parecían aquellos tres días. No podía volver a aquel lugar, nunca más. ¿Es que no comprendía Matt que la única forma que conocía para sobrevivir a todo aquello era dejándolo atrás y empezando de nuevo enseguida? Pensaba pasar página, y tendría que hacerlo a la velocidad de la luz para conseguir todo lo que quería conseguir. No tenía tiempo para remordimientos, psicoanálisis, bikram yoga o lo que fuera que él creía que necesitaba. ¿Es que no me conocía Matt lo suficiente para saber que la única forma de superar aquello era seguir avanzando y trabajando sin pensar en nada más? Levanté la vista para mirarlo fijamente y descubrí que tenía la mirada clavada en mí. No pude evitarlo; sonreí. Nunca he conseguido enfadarme con él.

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—Tienes brillo de labios de Reese Witherspoon en un diente —me dijo. Entonces también él sonrió. —¿Compartimos un tutti frutti de postre? —pregunté. Fue lo más parecido a una disculpa que se me ocurrió. ¿Disculpa por qué?, no estaba muy segura. —Claro —dijo Matt, y descruzó los brazos. —Me parece que vamos a necesitar otra botella de sake. Por favor —le dijo a la camarera cuando vino a traernos nuestras bandejas de comida. Lo miré y me encontré con sus ojos castaños. —Gracias —dije sin voz.

Matt estaba en el andén con las manos en los bolsillos, mirando cómo mi tren salía con gran estruendo de Penn Station. La gente se apresuraba a su alrededor y casi lo engullía en su loco torbellino matutino, pero él seguía allí firme, con sus vaqueros y su chaqueta roja de forro polar. Yo le había dicho que cogería un taxi sola para ir a la estación, pero él había insistido en ir a despedirme. Mientras subía al tren, Matt me había dejado una nota en la mano. En ese momento la leí. «Ayuda psiquiátrica, cinco centavos», había escrito junto a un dibujo de él mismo en la caseta de Lucy, la de Charlie Brown. Se había dibujado con boina y fumando un puro delgado. «Llama cuando quieras», había escrito también. «Te echaré de menos, chica.» «No voy a llorar», me dije con vehemencia. Volví a mirar a Matt una última vez. Se le veía más pequeño ahora que nos separaba la distancia. Deseé verlo sonreír. Tenía una cara muy triste, sin esa gran sonrisa suya. Me prometí que al cabo de un año regresaría para hacerle una visita. O a lo mejor lo invitaría para que viniera él a verme. Por entonces ya volvería a ser yo misma. Le enseñaría mi nuevo despacho y mi apartamento (porque estaba claro que no seguiría viviendo con mis padres) y él vería lo rápido que había vuelto a recomponer mi vida. Un año, me prometí. Doce meses. Trescientos sesenta y cinco días. Llenaría cada segundo con trabajo y estaría demasiado ocupada para echar de menos a Matt y mi vieja vida. Esperar un año no era mucho tiempo, ¿verdad?

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SEGUNDA PARTE

En casa

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Capítulo 8 Hacía más de un año y medio que no iba a casa, así que me sentía igual que Alicia después del primer viaje por la madriguera hacia el País de las Maravillas. Habría jurado que mis padres habían empequeñecido; o eso, o yo había aumentado de tamaño, posibilidad inquietante y nada desdeñable que me negué a considerar demasiado. Casi había pasado de largo junto a mi madre y mi padre en Union Station, en parte porque no los había reconocido envueltos como iban en unos anoraks de plumón a juego que los ocultaban desde el mentón hasta la rodilla. —¡Estaban al cincuenta por ciento en el outlet de Lands’ End! —alardeó mi madre, triunfal, antes incluso de abrazarme y decirme hola. Fue como verme atacada por una nube de azúcar excesivamente amorosa. Mi padre, ataviado con la versión marrón y más masculina del mismo chaquetón, aferraba un carrito para equipajes como si quisiera placarlo y le lanzaba miradas de «venga, alégrame el día» a todo el que se atreviera a acercarse a menos de tres metros de él. —Me alegro de verte —me dijo. Levantó una mano del carro a regañadientes, aunque solo después de enviar una miradita de advertencia a una abuela ladrona que se había acercado correteando peligrosamente. Mi padre y yo nos dimos nuestro tierno abrazo de siempre; es decir, que me dio unas enérgicas palmadas en la espalda, como si me estuviera atragantando y él intentara desalojar un trozo de pan atascado en mi tráquea. —Estás guapísima —dijo mi madre examinando mi rostro cuando mi padre terminó de practicarme la maniobra de Heimlich y yo conseguí inspirar algo de aire—. Cansada, pero guapísima. ¿Eso son ojeras? —Tengo un carrito para el equipaje —anunció mi padre—. Cargaré tus maletas. —Debes de tener hambre —dijo mi madre—. ¿Ese abrigo te protege lo suficiente? —Tembló con teatralidad—. Uuuh, fuera hace un frío de muerte. ¿No tienes frío? —¿Qué tal ha ido el viaje? —preguntó mi padre—. ¿Algún retraso? —Estoy un poco cansada, pero no tengo mucha hambre —respondí. Es asombroso lo deprisa que había encajado la avalancha de preguntas paternas. Fue como subir de un salto a una bicicleta después de años sin practicar y arrancar calle abajo sin tambalearme siquiera. Hay cosas que nunca se olvidan. —El abrigo me protege estupendamente —seguí diciendo—. Ningún retraso. El viaje ha ido de maravilla. —Si la idea que uno tiene de pasarlo en grande es intentar (sin conseguirlo) leer el último artículo de periodismo de investigación de los buenos de la revista People («¿Es todo suyo? ¡Las estrellas inflan sus globos para ascender al

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éxito!»), después ir a picar algo tres veces al vagón restaurante y finalmente quedarse mirando por la ventanilla para ver pasar el paisaje a toda velocidad, deseando poder saltar del tren y correr junto a él. Nunca se me ha dado bien estarme sentadita, y ese día me había resultado más duro de lo habitual—. Me alegro mucho de veros —dije, interrumpiendo un nuevo asalto inquisitorio. —Y nosotros a ti, cielo —dijo mi madre mientras alargaba una mano para colocarme el pelo detrás de las orejas, como lleva haciendo desde que tenía tres años. Sacudí la cabeza para volver a liberar mi pelo en un acto reflejo, como llevo haciendo desde que tenía tres años. Mi padre, siempre más desenvuelto con las acciones que con las palabras, convirtió la carga del carrito del equipaje en toda una puesta en escena. —Sabía que nos vendría bien —dijo, dando fuertes palmadas al carro, como si fuera un melón, e hinchando su flaco pecho. No tuve valor para decirle que entre nosotros tres podríamos haber llevado mis dos maletas de tamaño medio sin ningún problema. —Debes de estar muerta de hambre después del viaje —dijo mi madre, preocupada, sacudiéndome una pelusa imaginaria del hombro. —Solo han sido tres horas —protesté—. Y me he comido unos Cheetos. — Además de, hummm, una minúscula galletita con trocitos de chocolate. Casi no valía la pena mencionarlo, la verdad. Y la única razón por la que me había comido la segunda era porque venían dos en el mismo envoltorio. No había tenido elección; me había visto prisionera de los envoltorios de Ferrocarriles Amtrak. —Aun así… —dijo mi madre mientras íbamos hacia el coche—. Habíamos pensado en ir a Antonio’s a comer. Claro que no siempre limpian los cubiertos tan bien como deberían… —Una vez —dijo mi padre, mirando con exasperación al cielo, que debía de estar lleno de hombres que podrían simpatizar con su difícil situación—. Encontraste un trocito de espagueti seco en el tenedor una vez. ¡Un trocito! Mejor eso que el restaurante indio de la camarera yonqui. —El mero hecho de que lleve el pelo azul no tiene por qué querer decir que sea drogadicta —replicó mi madre—. Puede que sea su forma de expresarse. Puede que sea una artista. Algún día será famosa y tú te arrepentirás de no haber sido más amable con ella. Y fue algo más que un trocito. Más bien fue un cuarto de espagueti. —Esa camarera yonqui siempre me hace deletrear tres veces mi nombre — masculló mi padre—. Es la marihuana. Mata las neuronas. —Bueno, ya sabes que no podemos ir a Pines of Italy —señaló mi madre—. Te dan gases. —Solo si como pan de ajo —protestó mi padre mientras cargaba mis bultos en el maletero de nuestra vieja ranchera, que tenía todos los laterales abollados. Mi madre y las columnas de los aparcamientos no siempre se llevan bien. —Pero es que con el pan de ajo no eres capaz de contenerte —dijo mi madre—. Si solo comieras uno o dos trozos, en lugar de la cesta entera… —Antonio’s me parece perfecto —dije.

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Mi madre y mi padre se detuvieron un momento y entonces volvieron la mirada hacia mí por encima del hombro, como si se hubieran olvidado de que estaba allí. Bueno, más valdrá que haga una confesión cuanto antes. Esto es lo que sucede: les había explicado a mis padres que volvía a Bethesda para abrir una nueva sucursal de Richards, Dunne & Krantz. En veintinueve años, esa era la única mentira de verdad que explicaba a mis padres… sin contar un par de «Alex se ha comido la última galleta», nada fuera de lo normal, vamos; podría decirse incluso que mentirijillas infantiles necesarias para el desarrollo de un niño. Y me había sentido fatal al hacerlo. Había sido una sensación muy desagradable, como ir de picnic una sofocante tarde de julio con un suéter de lana que pica. Sin embargo, al llamar a mis padres para decirles que volvía a casa a instalarme, mi madre me había preguntado: «¿Vuelves a casa? Pero con lo bien que te va en Nueva York….», y entonces elevó la voz, dejando escapar un levísimo gritito: «¿Verdad?». Cuando mi padre se puso al teléfono desde el otro terminal y dijo: «¿Va todo bien, Lindsey?», en lugar de dejar para mi madre cualquier posible conversación emocional y salir huyendo de la habitación como si se acercara un tornado (cosa que suele hacer), me quedé petrificada. Mientras sus preocupadas voces me acribillaban a preguntas, recordé mi última visita a casa. Mi padre había insistido en limpiar los canalones en contra de todo lo que dictaba el buen juicio. El hecho de que estuviera lloviendo, que a los árboles todavía les quedaran muchísimas hojas por perder y que ya los hubiera limpiado hacía solo dos meses le parecían detalles nimios e insignificantes. Mi padre estaba sumido en una locura limpiacanalones. De modo que le sujeté la escalera de mano (alguien tenía que hacerlo, o habría acabado rompiéndose las dos piernas) y me encontré mirando fijamente a sus tobillos. De repente me asombró ver lo huesudos que los tenía. La piel que cubría el hueso estaba suelta y llena de manchitas oscuras de la edad que yo nunca le había visto. Esa noche, en la cena, miré a mis padres (los miré de verdad) y vi esos cambios que se habían producido tan paulatinamente que casi habían pasado desapercibidos. Las gafas para leer y la vacilación en la escalera, el aumento de las canas en el pelo castaño de mi padre, el leve temblor en la mano de mi madre al levantar un cucharón cargado de puré de patatas: esa noche lo vi con muchísima claridad. Mis padres se estaban haciendo mayores. No los tendría conmigo para siempre. No fue solo el grumoso puré de patatas de mi madre lo que hizo que tragar me resultase más difícil de lo normal. Mis padres estaban muy orgullosos de mí. Como yo había tenido éxito, ellos se sentían realizados como padres. Su identidad estaba ligada a la mía. Un montón de veces había oído a mi madre hablar por teléfono con una voz que desprendía satisfacción al explicar lo de mis notas perfectas, o que me habían aceptado en media docena de universidades. No podía convertirme en una decepción para ellos, y menos aún ahora que se acercaban a los que deberían ser sus años dorados. —Todo va bien —dije por fin a través del teléfono. Cerré los ojos y entonces

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espeté—: En realidad son buenas noticias. —Ay —suspiró mi madre—. Por un momento me he preocupado. Pero, claro, no tenía por qué. ¿Cuándo nos has dado tú motivo de preocupación? ¿Qué pasa? ¿Otro ascenso? —Una cosa te digo, con Lindsey hemos hecho algo bien —dijo mi padre, orgulloso—. Gana más dinero de lo que llegué a ganar yo, eso seguro. Y así fue como terminamos todos de camino a Antonio’s, el restaurante del gran tenedor sucio, para celebrar mi triunfal regreso a Maryland. —Cuéntame más sobre tu ascenso, cielo —dijo mi madre mientras subíamos al coche y yo ocupaba el montículo central del asiento de atrás, sintiéndome otra vez como a los doce años. —Técnicamente no es un ascenso —dije. —Qué modesta —le dijo mi madre a mi padre, que gruñó con aquiescencia. Me aclaré la garganta y volví a empezar: —En realidad no es tan importante. La empresa está pensando en abrir una sucursal en D.C., así que me ha enviado para reconocer el terreno. Ya sabéis, para empezar a captar clientes y esas cosas. —¿Cuánto espacio de oficinas necesitas? —preguntó mi padre. —Aún no estoy muy segura —dije, toqueteándome un mechón de pelo—. Ya lo… hummm… consideraremos cuando sepamos cuánto personal vamos a necesitar para satisfacer la demanda del negocio. —Todavía no puedo creérmelo —dijo mi madre—. ¡Nuestras dos hijas viviendo en la misma ciudad que nosotros! Ya sabes que Alex siente mucho no haber podido venir a comer. Hoy está con una sesión de fotos para la revista Capitol File. —Sí, ya me he enterado —dije. Mi madre solo lo había mencionado tres veces. Yo estaba secretamente encantada, la verdad; Alex no me preguntaría demasiado sobre mi trabajo si estábamos solas (no le resultaba demasiado interesante), pero si me veía trampear entre las preguntas de mis padres, su detector de trolas se encendería enseguida. —Además, qué bien que vayas a estar en casa para la fiesta de compromiso de Alex, mañana por la noche —dijo mi madre—. ¡Esto no podía ser más oportuno! —No me la perdería por nada del mundo —dije. ¡Oye, quién lo diría! Eso de mentir cada vez me resultaba más fácil. Cualquiera habría dicho que Alex me había dado un cursillo años atrás. —Bueno, ¿dónde he metido el tíquet del aparcamiento? —preguntó mi madre mientras nos acercábamos a la cabina del cobrador. Abrió el bolso y rebuscó dentro— . Habría jurado que lo tenía aquí. —Tenemos un coche esperando detrás —dije. Me volví e hice un gesto de disculpa con la mano. —Espera un momento —dijo mi madre mientras sacaba un papelito—. No, esto es un descuento para Antonio’s. —Al menos podremos aprovecharlo en la comida —dije. Mi madre lo leyó con más atención.

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—Caducó el año pasado. Mi padre bajó la ventanilla. —Estamos buscando el tíquet —le dijo al empleado—. Ha quedado una tarde muy buena, ¿verdad? —¡Qué rabia me da! —dijo mi madre—. Pero si lo llevaba en la mano… El coche de detrás tocó la bocina. —¿Quieres que mire yo? —me ofrecí. —Normalmente lo guardo en el bolsillo exterior del bolso —dijo mi madre—. ¿Por qué no lo habré hecho hoy también? —Soy muy buena encontrando cosas —dije con impaciencia—. Soy una gran detectora. —¿Me lo parecía a mí o acababa de hablar igual que Rain Man? Miré atrás: ya teníamos tres coches esperando, prácticamente acelerando motores. En Nueva York, a esas alturas ya nos habrían pegado un tiro, y cualquier juez de la ciudad habría dictaminado que era un caso de homicidio justificado. —¿Has buscado en tu bolsillo? —sugirió mi padre. —Qué buena idea —repuso mi madre con alegría—. No, aquí no está. —A lo mejor en el otro —insistió mi padre. —No, aquí tampoco. Más bocinazos y un grito desde atrás que sonó a algo parecido a «¡hijo de fruta!». Estaba bastante segura de que no era nadie saludando a gritos a un vástago del frutero del barrio. —La gente tendría que aprender a ser más paciente —opinó mi padre—. Es un arte perdido. —¡Aquí está! —exclamó mi madre, triunfal—. Ah, no, espera, esto es la lista de la compra. Ayer me habría venido de maravilla. Se me olvidó la lechuga. —Examinó la lista con más atención—: Y las galletas Pop-Tart de fresa. —No quería decírtelo —intervino mi padre—, pero me he dado cuenta esta mañana. —¿Qué hay detrás de la visera del coche? —pregunté con desesperación. —¡Ajá! —exclamó mi madre, victoriosa—. ¿Veis? Sabía que lo encontraríamos. Me dejé caer contra el respaldo con la sensación de estar algo sudada. Técnicamente llevaba viviendo en casa un total de dieciséis minutos, y acababa de recordar algo: quería a mis padres, pero cada vez que pasaba unas horas con ellos terminaba con una necesidad imperiosa de unos cuantos analgésicos y un CD relajante de Yanni.

Unas breves palabras sobre la casa de mis padres. ¿Recordáis mi apartamento limpio, austero y nada recargado? Matt seguramente diría que era mi forma de rebelarme. Mi apartamento era la antítesis del hogar de mi infancia, donde mi padre suele sentarse en el cuarto de estar y sube cada vez más el volumen del televisor mientras mi madre recorre la sala a grandes pasos, vociferando «¡Cómprate un audífono!», y

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contraataca con sus culebrones como represalia. Su salón es como un cementerio de Sony, porque allí es donde mi padre almacena los aparatos electrónicos estropeados que todavía no ha podido arreglar. También es donde mi madre apila la ropa limpia que todavía no ha doblado y el correo que no ha abierto. Cada semana, más o menos, mi madre monta toda una puesta en escena y se pone a sacar bolsas de basura, el aspirador y una fregona. Después se planta en el umbral de la puerta de la sala y contempla el desastre con gravedad… hasta que se ve absolutamente desbordada y tiene que batirse en retirada a la cocina, exhausta, y servirse una montaña de reconfortantes cruasanes de chocolate. No es que sea un remanso de paz, vamos. Ah, y… ¿esos cacharros electrónicos amontonados en el salón? Mis padres no hacen ni caso de los libros de instrucciones que acompañan a los aparatos, ellos prefieren apretar botones a la desesperada, a ser posible todos a la vez. «¡Prueba con el botón azul!», vocifera mi madre. «¡No, el otro azul! ¿Ya lo has apretado bien fuerte? ¡Prueba con el rojo!» Antes de irse de vacaciones, tengo que enviarles un correo electrónico con instrucciones detallas para recuperar los mensajes de su contestador automático, y no ha habido ni una sola vez en que no las hayan perdido antes de llegar al aeropuerto. Mi madre, además, no hace más que borrar todas las fotografías de la cámara digital, y a mi padre le da miedo el teléfono móvil que le regalamos las Navidades pasadas. Da un salto de un metro de alto cada vez que suena, y contesta: «¡Aquí Rose!», bramando con tal fuerza que destroza el tímpano a quien tenga la desgracia de encontrarse al otro lado. Una vez, solo por ser mala, Alex lo puso en modo vibración y empezó a llamarlo una y otra vez. Mi padre estuvo intranquilo durante días. Al menos la habitación de cuando era pequeña seguía estando bien arreglada, con los libros ordenados alfabéticamente por autores, tal como los había dejado yo. De hecho, en mi dormitorio todo seguía igual, y aun así estaba diferente. Tal vez fuera yo la que había cambiado. La última vez que había estado instalada en esa habitación había sido después del segundo año de la universidad, y fueron solo dos semanas antes de irme a Nueva York para aceptar un trabajo en prácticas. Por aquel entonces estaba tan llena de energía, esperanza y ambición que me costaba conciliar el sueño por las noches. Aquella habitación no era más que una parada técnica, un lugar en el que estirar las piernas y repostar combustible antes de que empezara la maratón hacia la vida real. Todas las necesidades vitales (dormir, comer, hacer la colada) me habían parecido una enorme pérdida de tiempo, estorbos que a duras penas lograba tolerar, teniendo en cuenta todo lo que quería conseguir. Tenía que volver a encontrar mi lugar en aquel lugar enloquecido y ávido, tenía que volver a encontrarme a mí misma. Ni siquiera reconocía a la persona que había tonteado con un compañero de trabajo en una sala de reuniones de la oficina, pero sabía que no era yo. Me puse a dar vueltas por mi vieja habitación, empapándome de recuerdos. Mi escritorio de madera seguía conteniendo un montón de libros con las esquinas gastadas y mi trofeo de It’s Academic, que seguramente era el objeto más limpio de

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toda la casa, teniendo en cuenta la frecuencia con que mi madre lo pulía. Mis diplomas enmarcados —semifinalista de Mérito Nacional, segunda mejor nota de mi promoción— seguían colgados en la pared, encima del escritorio. Todavía recordaba a mis padres levantándose de un salto para hacer una ola de dos personas y gritar: «¡Vamos, Lindsey!», cuando crucé el escenario para recoger aquel premio. Y en el otro extremo de la habitación, encima de la cómoda de madera a conjunto con el escritorio, estaba mi viejo joyero. Me acerqué y lo abrí. El terciopelo rosa estaba tan desvaído que era casi blanco, y la bailarina de dentro estaba herida de muerte, pero todavía sonaron unas cuantas notas oxidadas de El lago de los cisnes cuando levanté la tapa rechinante. La tarjeta de San Valentín de Bradley estaba dentro, justo donde yo la había dejado, con una rosa del baile del instituto. Los pétalos ya estaban tan frágiles que sabía que se desharían con solo tocarlos. Bradley me había sorprendido con un prendido para muñeca de rosas rojas y gipsófila aunque habíamos ido al baile solo como amigos, recordé entonces con una sonrisa. Hacía años que no pensaba en ese baile, pero de pronto las imágenes me vinieron a la mente como si fueran una película girando en su rollo. Bradley se había puesto un esmoquin de alquiler que apenas le llegaba a las huesudas muñecas, porque tenía unos brazos larguísimos y desgarbados, y yo llevaba un vestido blanco de seda con un cordón dorado que se entrecruzaba en el talle. Había ahorrado durante meses el dinero que ganaba haciendo de niñera para comprármelo. También me había puesto mi primer par de zapatos de tacón, y estaba sonrosada porque me había pasado toda la tarde tomando el sol. Cuando Bradley vino a recogerme y le abrí la puerta, la sonrisa desapareció de su rostro tan deprisa como si alguien se la hubiera borrado con una goma. Yo, de algún modo, supe que aquello era buena señal. Me entregó una cajita blanca de una floristería y entonces dijo… —¿Quieres un té frío Snapple? —gritó mi madre desde el otro lado de la puerta—. También tengo gofres Eggo. De los caseros. Sé que son los que más te gustan. —Pero si acabamos de comer… —le recordé—. ¿Hace una hora? —Estás muy pálida —dijo mi madre—. ¿No estarás incubando algo? Voy a la tienda. ¿Qué quieres que te traiga? —Solo un poco de yogur. —A ver, cielo, no estarás haciendo dieta, ¿verdad? —preguntó mi madre—. Porque no necesitas perder ni un kilo. —Está claro que no me vendría mal perder un kilo, o cinco —dije, pellizcándome tres centímetros (o diez, qué más da) alrededor del ombligo para demostrarlo. —Ya sabes que la mayoría de los hombres prefieren a las mujeres con algo de carne encima —dijo mi madre—. Son las mujeres las que juzgan a las demás con tanta dureza. —Olvida el yogur —repuse. Me sentía mugrienta después del viaje en tren y lo que de verdad quería era darme una ducha caliente, no un discursito educativo.

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—Pero tengo que comprarte algo que te apetezca —dijo mi madre, preocupada—. Tienes que comer, o te consumirás. —Mamá. —Exhalé despacio—. Puedes comprarme lo que tú quieras. No pasa nada. —Pero ¿qué es lo que quieres tú? Eso era lo único que quería preguntarte — señaló mi madre. —Una melena larga y ondeante —murmuré, intentando evocar una imagen de Yanni—. Una túnica blanca. —Me recordé que aquella situación era solo temporal. —¿Has dicho que quieres tónica blanca? —preguntó mi madre. —Estaría bien que repusieras las provisiones de Snapple y Eggo —le dije. —Sabía que te encantan —dijo, muy satisfecha. Puse ojos de exasperación, después dejé las maletas encima de la cama y abrí las cremalleras. Saqué mis prendas una a una: mis trajes negros, color crema y azul marino envueltos en papel de seda, mis blusas, mis faldas. Cada pieza de ropa seguramente costaba más que el mobiliario de mi habitación al completo. Creía en comprar conjuntos clásicos de gran calidad que me durarían años. Incluso cuando aún no era más que una redactora, ya vestía como toda una vicepresidenta. Mis manos vacilaron al desdoblar mi traje negro de Armani, el que me había puesto el día de la presentación de Gloss. «No mires atrás», me recordé. Lo saqué con un movimiento enérgico y lo dejé sobre la cama. Sería ridículo tirar un Armani solo por los malos recuerdos asociados a él. Colgué la ropa en mi armario, ordenándola automáticamente de los colores más oscuros a los más claros mientras repasaba mis planes. Era viernes, así que me tomaría el fin de semana para organizarme y luego, el lunes por la mañana, empezaría a visitar empresas con mi currículo. Al cabo de una semana tendría media docena de entrevistas concertadas, seguro. Me daría un mes para encontrar trabajo — no un trabajo cualquiera, sino el trabajo adecuado, uno con muchas perspectivas de ascenso— y un mes más para encontrar piso. Quería algo cerca del centro. A lo mejor en el barrio de Adams Morgan, cerca de esas calles llenas de tiendas y restaurantes, para sentirme un poco como en Nueva York. Terminé de deshacer las maletas y las guardé bien puestas en el armario, después me senté en la cama y de pronto me sentí agotada, aunque en todo el día no había hecho más que estar sentada en el tren y comer. Empezar de cero a los veintinueve años era muchísimo más duro de lo que me había resultado a los veintiuno. Me tumbé en la cama y miré el techo. Justo por encima de mi cabeza había una antigua mancha de humedad. «Sabes perfectamente que es igualita que un escroto», me dijo Alex una vez, cuando las dos teníamos trece años. «No es verdad», repuse yo con autoridad. Todavía no estaba segura de qué era más preocupante: que mi hermana tuviera razón o que yo tardara aún otros seis años en descubrir que sí la tenía. Alex. La vería al día siguiente por la noche en su fiesta de compromiso, por primera vez desde hacía dieciocho meses. Era el período más largo que habíamos pasado sin

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vernos. Me costaba imaginar que hubo un tiempo en que mi madre se tocaba la barriga y se preguntaba si había sido el pie de Alex o el mío el que le daba patadas en la espalda. Ahora nuestras vidas estaban tan alejadas y eran tan diferentes como si fuéramos dos coches avanzando por autopistas paralelas, cada uno con rumbo a un destino en la otra punta del país. Al contrario que mi vida, la de Alex estaba perfectamente encarrilada. Yo solo había visto una vez a su prometido, Gary, cuando empezaban a salir y Alex lo había acompañado a Nueva York en un viaje de negocios. Cenamos tarde en Alain Ducasse, en la calle Cincuenta y ocho Oeste, donde no se puede pedir ni un entrante por menos de lo que cuesta la cuota mensual de la hipoteca de mucha gente. Gary, que había escogido el restaurante, era tal y como yo lo esperaba: alto, con éxito, guapísimo. Fruncí la nariz intentando recordar a qué se dedicaba exactamente. Trabajaba en inversiones inmobiliarias, eso es. La noche que lo conocí, se pasó la primera media hora hablando por el móvil, intentando que no se le viniera abajo una venta, y después, justo cuando yo ya había decidido que era un capullo, pidió una botella de vino de trescientos dólares y se volvió hacia mí con esos ojos azul eléctrico: «Debes de pensar que soy un capullo», dijo, y me dejó absolutamente embelesada. Era perfecto para Alex. Desde que estaba con Gary, Alex y yo habíamos empezado a hablar cada vez menos a menudo. Nuestras llamadas —que nunca habían sido muy frecuentes— se habían reducido hasta más o menos una al mes. Mi hermana había estado ocupada, y yo también. Gary y ella se habían mudado a vivir juntos hacía seis meses y se habían prometido cuatro meses después, mientras recorrían la costa de Amalfi en un velero alquilado. Mi hermana me había enviado una foto de los dos brindando con copas de champán en la puesta de sol. Incluso en ese momento de felicidad espontánea, la pose de Alex para la cámara era calculada y de modelo perfecta. Sus labios esbozaban una leve sonrisa, tenía los hombros echados hacia atrás y la barbilla bien erguida. Yo había guardado la fotografía en las últimas páginas de un álbum en lugar de enmarcarla. Al día siguiente los vería a ambos, en la noche de su fiesta de compromiso. También todos nuestros vecinos estarían allí, así como los amigos de mis padres y algunos de los compañeros del instituto de Alex y míos. Me froté las sienes; esos dolores de cabeza que me habían atormentado durante años regresaban de nuevo. Me quité los vaqueros y la camiseta y me puse el pijama que había dejado doblado encima de la almohada. Me tapé con mi viejo edredón azul y me pregunté si conseguiría echar una pequeña siesta antes de cenar. A lo mejor sí que estaba incubando algo. Yo nunca dormía la siesta. Sin embargo, la idea de la fiesta del día siguiente me resultaba agotadora. Tendría que hilar una mentira tras otra (igual que un malabarista de circo que se esfuerza por mantener todos los platos girando sobre su palillo) y actuar como si estuviera viviendo la vida que siempre había deseado, la vida que todo el mundo siempre había esperado de mí. Lo haría, no obstante, y lo haría con una sonrisa en el rostro. A fin de cuentas, ¿qué alternativa tenía?

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Capítulo 9 El club de campo Hawkins parecía un castillo de cuento. Un serpenteante camino de macadán flanqueado por antorchas de gas y delicados setos podados con diferentes formas conducía hasta el imponente edificio principal, que estaba rodeado por hectáreas y más hectáreas de un exuberante césped verde. Había quedado una tarde despejada y fresca, y el tejado del club de campo parecía ascender interminablemente hacia el cielo. Esa noche, en honor a la fiesta de compromiso de Alex y Gary, docenas de lazos de seda blanca adornaban las barandillas de la escalera, y sobre sus peldaños habían extendido una alfombra blanca que me hizo encogerme solo con pensar en la factura del lavado en seco. Era el lugar más bonito que había visto jamás. Gary era socio del club, y también Alex lo sería ahora, supuse. —¡Qué clase! —comentó mi padre cuando llegamos con el coche. Por desgracia, se subió a la acera y la rascada produjo un ruido espantoso. Dio marcha atrás y lo intentó de nuevo… con menos éxito aún. Un portero enguantado llegó corriendo para abrirnos las puertas del coche familiar. —Dale una propina —susurró mi madre. —No pienso darle ninguna propina —vociferó mi padre mientras el portero se quedaba allí de pie con rostro inexpresivo—. Solo me ha abierto la puerta. Podría haberlo hecho yo mismo si me hubiera dado un segundo más. Mi madre rebuscó en el bolso y sacó un billete de un dólar arrugado que puso con énfasis en la mano del portero. —Gracias, caballero —dijo con altivez. Yo bajé del asiento de atrás con toda la dignidad que pude reunir (habría cabido en un dedal y todavía habría sobrado sitio para un pulgar) mientras mi padre luchaba con la llave del coche, tirando para sacarla del llavero. —Nunca des el llavero entero —me susurró en un aparte—. Eso es dar a un desconocido la llave de tu casa. Mientras estamos en la fiesta, podrían estarnos limpiando las habitaciones. Lo que se dice una entrada elegante, al estilo de los Rose. El portero seguía allí impasible, pero yo estaba segura de que nos metería azúcar en el depósito de la gasolina con un embudo. Entramos en el club; la garganta se me cerró y me quedé sin respiración. El techo del vestíbulo ascendía de una forma imponente, y todas las paredes tenían hermosas ventanas de arco. Al fondo había una enorme chimenea de piedra con unos sofás de piel acogedoramente reunidos a su alrededor. Yo ya había estado en unos cuantos lugares bonitos, pero ese club podía competir con el mejor de ellos. Una mujer delgada de mediana edad, vestida con un traje blanco invernal, se

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nos acercó con una sonrisa de bienvenida en el rostro. —Ustedes deben de ser la familia de la novia —dijo. Me pregunté qué podría haber delatado que no éramos distinguidos socios del club—. Yo soy Diana Delana y coordino la fiesta de compromiso de Alex y Gary. En cuestión de minutos, Diana nos había despojado de nuestros abrigos (parecía un poco impaciente por dejar las nubes de azúcar a juego de mis padres en el guardarropa), nos había ofrecido una rápida visita guiada por las principales salas del club y había repasado el plan de la velada. Los demás invitados no llegarían hasta dentro de una hora, pero mi hermana había querido que nosotros estuviéramos allí antes para sacar unas fotos de familia. —Alex está ahora con el fotógrafo —dijo Diana—. Enseguida les llevaré con ella. —¿Podría ir antes al servicio de señoras? —preguntó mi madre. —A mí tampoco me iría mal una parada técnica —anunció mi padre. —Desde luego —murmuró Diana, con una cara que era una máscara de discreción. La impasibilidad de expresión debía de ser un requisito obligado para trabajar allí. Seguramente sometían a los empleados a un riguroso curso de capacitación, y los que no eran capaces de mantener cara de seriedad al enfrentarse al flatulento padre de una novia o a un primo de pueblo llamado Hoss, de esos que van por ahí con su pistola y mascando un mondadientes, quedaban eliminados de la lista de posibles promociones internas. —Primero les llevaré a los servicios —dijo Diana—. Por favor, síganme. —Yo me adelanto y voy a buscar a Alex —dije. —¿Seguro que no prefieres esperar para que vayamos todos juntos, cielo? — preguntó mi madre. Yo había recorrido docenas de ciudades extranjeras por mi cuenta, había hecho frente a intimidantes empresarios multimillonarios y me había abierto camino a codazos entre batalladoras muchedumbres de neoyorquinos para conseguir un taxi durante una tormenta eléctrica. ¿Y de pronto mis padres creían que los necesitaba a mi lado para cruzar un club de campo residencial? —Creo que podré yo sola —dije mientras sonreía a Diana como diciendo: «Padres». Ella me devolvió la sonrisa con complicidad. —Suba en el ascensor hasta el segundo piso y siga recto para entrar en la sala Chevalier —me dijo—. Es imposible no ver a Alex. «La historia de mi vida», pensé con acritud. Recorrí el interminable pasillo hacia el ascensor. Lo cierto es que aquel lugar era escandalosamente delicioso. Toda las superficies imaginables estaban cubiertas por cuencos de cristal llenos de perfectos tulipanes blancos y, ¡caray!, ¿era un Monet auténtico lo que colgaba de la pared, justo por encima de la mesa Chippendale original? Seguramente sí; había oído decir que la cuota de entrada de ese club rondaba cerca de las seis cifras.

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Otro empleado de guantes blancos esperaba para apretar el botón del ascensor y evitar así que yo mancillara mi dedo índice. Mientras subía al segundo piso, contemplé mi reflejo en las paredes de espejo de la cabina. Llevaba un vestido largo de color azul marino y unos sencillos pendientes de diamante. Tenía el pelo algo más largo de como solía gustarme, pero me lo había recogido en mi moño de siempre. Bien visto, tampoco tenía tan mal aspecto para ser una desempleada de veintinueve años que vivía con sus padres… aunque sospechaba que la competencia no era muy feroz. Las puertas del ascensor se abrieron y vi unas recargadas letras que componían las palabras «Sala Chevalier» sobre la puerta del salón que quedaba justo delante, tal como había dicho Diana. Al cruzar el vestíbulo, mis tacones se hundieron sin emitir ningún sonido en la suntuosa alfombra oriental. Abrí la puerta. —¡Preciosa! —exclamaba alguien. Pues sí, ahí tenía que estar Alex. —Quédate así un momento —dijo una voz masculina, a un volumen tan bajo que tuve que esforzarme por entenderlo—. No te muevas. Acompañé la puerta para cerrarla tras de mí y me quedé allí quieta, observando la habitación. Alex me quedaba medio oculta, porque no me había atrevido a salir de la pequeña área de la entrada, pero desde mi posición la veía inclinada contra una ventana abierta en la pared del fondo. Di otro paso hacia el interior de la sala, asegurándome de no hacer ningún ruido para no interrumpir la concentración del fotógrafo. De inmediato comprendí por qué la había hecho posar junto a esos ventanales que iban del techo al suelo. Las ventanas se abrían por el centro a modo de cristaleras, y ambos batientes estaban abiertos de par en par, dejando ver el cielo nocturno al fondo. Alex llevaba un destellante vestido plateado que brillaba con tanto fulgor como las estrellas que tenía detrás. Me quedé agazapada en mi escondite, mirándola durante un minuto entero mientras la cámara disparaba su flash. Llevaba el pelo suelto y ondulado, y había adelgazado más aún. Con ese vestido, su cintura parecía de una finura imposible, como la de Cenicienta. Sin embargo, como de costumbre, fue su rostro lo que atrapó mi atención. Siempre había tenido una estructura clásica, pero esos kilitos que había perdido le habían pronunciado todavía más los pómulos y hacían que sus ojos azul verdoso parecieran más grandes aún. Nunca la había visto tan evocadoramente hermosa. —¿Qué tal si echo la cabeza hacia atrás? —preguntó Alex. —No —dijo el fotógrafo, en voz tan baja que tuve que aguzar el oído—. No quiero que poses. Esa voz tenía algo que me dio que pensar. Me sonaba muchísimo. —Me gano la vida posando —dijo Alex con voz picarona—. ¿Quieres que me ponga seductora? ¿Exultante de felicidad? ¿O hago mohines? Guíame un poco, anda, Bradley. —Quiero que seas tú misma, Alex —dijo Bradley con gentileza. «¿Bradley?»

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Retrocedí hasta la pared de la puerta. La cabeza me daba vueltas a causa de la confusión. ¿Bradley estaba allí? ¿Estaba haciendo fotos a Alex? ¿Qué estaba sucediendo? —Ya tengo suficientes desde este ángulo —dijo Bradley. Habría sido el momento ideal para aclararme la garganta y dar un paso adelante, pero no podía moverme. ¿Desde cuándo era Bradley el fotógrafo de la fiesta de compromiso de Alex? Nadie me había dicho nada de todo eso. Me sentí engañada, como una esposa que abre la puerta del despacho de su marido y lo pilla metiendo mano a su secretaría. Los celos inundaron todo mi ser, me aflojaron las rodillas y rugieron en mi estómago. Bradley contemplaba a Alex a través de la lente de su cámara, capturaba su rostro perfecto una y otra vez. Mi Bradley. ¡Y ni siquiera sabía que yo estaba en la sala! —¿Podemos probar algo diferente? —preguntó. —Claro —dijo Alex—. ¿En qué habías pensando? ¿Por qué todo lo que decía mi hermana sonaba a doble sentido? —Siéntate —dijo Bradley. —¿En la alfombra? Me estropearé el vestido —dijo Alex, pero de todas formas se sentó en el suelo. El vestido se encharcó a su alrededor como mercurio vertido. —Descálzate. —Eres un pervertidillo, Bradley Church —dijo Alex, riendo. Se quitó con cuidado sus delicadas sandalias plateadas y meneó los dedos de los pies—. Oh, qué bien sienta. Esos tacones me estaban matando. La cámara de Bradley disparó un flash. —¡Oye! —exclamó Alex—. No me habías dicho que ibas a fotografiarme así. —Relájate —repuso Bradley—. Aquí solo estamos tú y yo. No tienes que posar. Se acercó a ella. —Ah, ¿no? —dijo Alex. Descansó la cabeza hacia atrás, contra la pared, y vi cómo relajaba los hombros. Sus clavículas eran tan finas y delicadas como las alas de un pajarillo. ¿Por qué tenía que ser tan perfecta hasta la última parte de su cuerpo? Alargué el cuello y me esforcé por ver exactamente hasta qué punto Bradley estaba cerca de ella. Medio metro, quizá. Demasiado cerca. Demasiado, demasiado cerca. —Pues no —dijo Bradley—. No quiero que estés perfecta. —Eres el primer fotógrafo que me dice eso en toda mi vida —dijo Alex—. Créeme, todo lo demás ya me lo han dicho. El tono guasón había desaparecido de la voz de mi hermana. Cruzó los brazos sobre las rodillas dobladas y echó la cabeza hacia delante, dejándola descansar en el lecho de sus brazos. —¿Estás cansada? —preguntó Bradley. Alex asintió, después levantó la cabeza y puso cara de preocupada. —¿Se me ve cansada? —No. No dijo nada más (no le dijo que estaba impresionante, preciosa ni perfecta),

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pero esa sola palabra pareció tranquilizarla más de lo que ninguna otra podría haberlo hecho. Respiró hondo y cerró los ojos. Bradley se llevó la cámara a la cara, despacio, y disparó otra foto. A mí el corazón me palpitaba con tanta fuerza que me sorprendía que no lo hubieran oído ya. Desde donde estaba no podía verle la cara a él. ¿Fruncía la frente, como solía hacer cuando estaba concentrado? Aun con ceño, Bradley nunca parecía agresivo. Su rostro era demasiado afable. Observé su espalda, que en realidad era lo único que podía ver desde mi posición estratégica. El pelo le había crecido bastante y se le rizaba un poco alrededor del cuello. Llevaba camisa, pero habría apostado a que no llevaba corbata. Bradley detestaba las corbatas; le daban sensación de asfixia. ¿Sabía eso Alex? No podía saber eso. Alex no conocía a Bradley tan bien como yo ni mucho menos, pensé mientras mis ojos se llenaban de lágrimas furiosas. Ella no sabía que, cuando iba a quinto, estuvo desayunando cereales Wheaties durante todo un año porque quería ganar a toda costa los cien metros lisos el día de la fiesta de nuestro colegio, y había conseguido un demoledor cuarto puesto. No sabía que Bradley había memorizado las letras de docenas de canciones de los Beatles. No sabía que había pronunciado el panegírico en el funeral de su madre, después de que muriera de cáncer de mama cuando él solo tenía diecisiete años, y que yo fui quien lo estuvo escuchando mientras practicaba la noche antes del servicio. Se le entrecortaba la voz al explicar que su madre le estuvo leyendo una hora por las noches antes de dormir hasta mucho después de que él ya hubiese aprendido a leer, pero, cuando hubo ensayado tres veces, por fin consiguió pronunciar todo el discurso sin llorar. Alex no lo sabía todo de él. ¿Por qué no había percibido Bradley todavía que yo estaba en la sala? —Vale —dijo Alex—. ¿Sabes lo que de verdad quiero hacer? —Dime. —Quiero sacar la cabeza por esa ventana y respirar —dijo Alex—. Llevo todo el día corriendo de aquí para allá, la peluquera ha tardado una hora en conseguir que mi pelo esté como si acabara de salir de la cama, y encima la cabeza me está matando porque no ha dejado de darme tirones con el cepillo. Yo creo que una pelirroja le robó a su primer marido y hoy se ha estado desquitando conmigo. Voy a tener que pasarme toda la noche hablando con gente, y se me da fatal recordar los nombres de todo el mundo, así que seguramente ofenderé a la mitad de los invitados. —Sonrió con ganas—. Lo cual quiere decir que no me harán regalos de boda ni mucho menos tan caros como deberían. Bradley se echó a reír. —Pues entonces hazlo —repuso. Disparó su cámara mientras Alex se levantaba despacio. No volvió a ponerse los zapatos. Se asomó a la ventana moviéndose con lentitud, como si quisiera saborear cada segundo de la experiencia. —La noche está muy bonita, ¿verdad? —dijo en voz baja. Bradley se desplazó hacia un lado para capturar su perfil con una ráfaga de

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disparos rápidos, después se colocó tras ella y sacó otra serie de fotos. Era un ángulo insólito; la mayoría de los fotógrafos no habrían retratado a la novia de espaldas, pero las imágenes de Bradley siempre habían descubierto la belleza en lo inesperado. Mientras Alex estaba allí de pie —los brazos estirados, descalza, el pelo cayendo en cascada por su espalda delgada—, pude ver lo que veía Bradley. Eso fue lo que me asustó. Quería hacer algo, lo que fuera (dar un golpe en una mesa y tirar un jarrón al suelo para que se hiciera añicos, o abrir la puerta y cerrarla de golpe con estrépito), para romper el momento. Pero no podía; tenía que ver cómo terminaba aquella escena. Tenía que ver lo que había entre Alex y Bradley. Al cabo de un minuto, Alex se volvió y le sonrió. Una sonrisa de verdad, una que le cubrió todo el rostro. Habría sido una fotografía perfecta, pero Bradley bajó la cámara. Durante un instante eterno se quedaron así, mirándose el uno al otro. Solo mirándose. Retrocedí hacia la puerta, tanteando a ciegas con las manos en busca del pomo. Tenía que salir de allí. Un par de minutos después volvería a entrar en la sala y actuaría como si nunca hubiese presenciado ese momento de intimidad entre ambos. Hacérselo saber empeoraría las cosas, en cierto modo… lo haría más real. Seguramente Bradley trataba así a todos sus modelos, me dije. Pero mis ojos quedaron anegados en lágrimas y se me nubló la vista. Por eso era tan buen fotógrafo. Su trabajo consistía en conectar con la gente y conseguir que bajaran la guardia. Alex no era especial para él; no podía serlo. Bradley actuaba así con todo el mundo. Y, para Alex, Bradley no era más que otro tío al que encandilar. No significaba nada para ella, absolutamente nada. Iba a casarse dentro de seis meses, por el amor de Dios. Iba a casarse con la versión a tamaño natural de un muñeco Ken. Debería darle vergüenza coquetear con un chico tan mono como Bradley. Sin embargo, lo peor era que yo conocía a Alex lo bastante para saber que no estaba coqueteando sin más. No estaba siendo agradable con Bradley para que él le sacara una buena foto. Le gustaba de verdad. Cuando abrí la puerta y me escabullí al pasillo, oí a mi hermana susurrar: —¿Bradley? Gracias.

Todavía no sé cómo conseguí aguantar el resto de la velada. Cuando mi madre, mi padre y Diana llegaron arriba unos minutos después, fingí que me había pasado todo el rato esperando en el vestíbulo, admirando las obras de arte de las paredes. Cuando los tres entramos en la sala, Bradley estaba ocupado recolocando uno de sus focos y Alex volvía a llevar las sandalias puestas. Casi podría haberme convencido de que ese momento intenso y emotivo entre ambos nunca había tenido lugar. —¡Lindsey! Bradley dejó su foco con cuidado y se acercó a mí. Extendió los brazos y yo me

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interné en su añorado abrazo. Bradley siempre ha abrazado de verdad, nada de esos gestos rígidos, con un solo brazo, de la mayoría de los chicos. Percibí su familiar aroma (a bosque, a frescor, pero un frescor que recordaba al jabón, no a una colonia cara) y me relajé un poquito. Me hice atrás y le eché otra mirada, más larga esta vez, de reojo. Habían empezado a salirle algunas canas en las sienes. Le quedaban bien, igual que llevar el pelo algo más largo. También se había cambiado sus viejas gafas, y las nuevas no le tapaban la mitad del rostro. Seguía estando delgado, pero estaba claro que nadie lo tildaría ya de flaco. Después de todos esos años, tal como comprendí entonces de golpe y porrazo, Bradley por fin había crecido y había adoptado su nuevo aspecto. Era innegablemente guapo. Ahora comprendía por qué Alex había coqueteado con él. —¡Menuda sorpresa! —dije, sonriendo. Extendí los brazos y abracé a Alex, con cuidado de no estropearle el peinado y el maquillaje, mientras Bradley saludaba a mis padres. ¿Lo veis? Nunca guardo rencor. La amable y razonable Lindsey, que parece que pueda defenderse la mar de bien en un concurso de comer tartas… ¿qué loco no la preferiría a ella en vez de a su hermana, la supermodelo? —Bonito vestido, hermanita —me susurró Alex al oído—, pero ¿de qué sirve tener unas tetas como las tuyas si no las enseñas? —Eso ya lo haces tú por las dos —respondí en un susurro también, sonriendo para demostrar que lo decía en broma, desde luego—. ¡Bueno, Bradley, no tenía ni idea de que ibas a estar hoy aquí! —dije con voz de halago. No tenía nada que envidiarle a Meryl Streep. —Es una historia bastante larga —dijo Bradley, lanzando una mirada a Alex. No-no-no-no-no. Que no. Esos dos no iban a tener ningún secretito sin que yo lo supiera. —Me encantaría oírla. —Reí con alegría. ¡Ay, qué bien nos lo estábamos pasando todos juntos, rememorando los viejos tiempos! —Ah, pues nuestro antiguo fotógrafo se ha esfumado… Estoy bastante segura de que nos ha dejado tirados para ir a cubrir la boda de una de las hermanas Hilton en Las Vegas… y pensé en Bradley —dijo Alex. ¿Lo veis? Al final no era una historia tan larga. Era una historia muy corta. Apenas si llegaba a historia. Casi no pasaba de anécdota. Más bien era un pie de foto. —Diana, ¿sabes si Gary está abajo? —preguntó Alex. Diana murmuró algo a su solapa, como si fuera una agente del Servicio Secreto, y después asintió. —Acaba de llegar —dijo—. Está subiendo. —¿Por qué no hacemos unas cuantas fotografías de Gary y tú solos? Después retrataremos a la familia al completo —propuso Bradley justo cuando la puerta de la sala se abría y Gary entraba a grandes pasos. El prometido de mi hermana vestía un traje negro que parecía hecho a medida y una camisa de etiqueta azul brillante que tenía que ser de seda pura. Hacía resaltar sus ojos en ese rostro suyo de rasgos marcados. Su abrigo era de cachemira, y su reloj

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de pulsera, un Rolex. Al cuerno la pastilla de jabón con olor a bosque; Gary desprendía olor a éxito puro y concentrado. —Hank, me alegra verte —dijo, cruzando la sala con pasos largos y decididos (la clase de pasos con que se enseña a andar en las escuelas de ricos ejecutivos) para estrechar la mano a mi padre. Después se inclinó para dar un beso a mi madre—. Estás preciosa, como siempre —dijo—. Vete con cuidado o robarás el protagonismo a la novia el día de la boda. —Ay, venga ya —dijo mi madre, riendo como una colegiala mientras le daba un manotazo en el brazo. —Hablo en serio —insistió Gary, con fingida severidad—. Hank, deberías reservar pronto todos los bailes de tu mujer, o puede que no la veas en toda la noche. Mi madre soltó una risita tonta y solo le faltó hacer una reverencia. Yo nunca le había oído una risita como esa, pero le salió admirablemente bien. —Lindsey, qué alegría volver a verte —me dijo a mí, y me dio un suave beso en la mejilla—. Espero que pasemos más tiempo juntos ahora que vuelves a estar en la ciudad. Incluso yo tuve que reprimir una risita estúpida. Jamás ha habido político que se haya trabajado al público con más elegancia; cuando Gary te prestaba atención, te sentías como si fueras la única persona de la sala. Qué digo, del universo. —Gary, ¿te acuerdas de Bradley? —dijo Alex. Los dos se dieron la mano. Gary era unos buenos diez centímetros más alto que Bradley, y seguramente tenía unos diez kilos de músculo más encima. Me pregunté si habría alguna forma de señalar ese hecho a Alex con sutileza, solo por si su capacidad de observación no estaba tan afinada como de costumbre. —Bueno, ¿qué plan tenemos? —preguntó Gary, rodeando a Alex con su enorme brazo y acurrucándose brevemente en su cuello. Yo, en silencio, lo animé a seguir. —Me gustaría sacaros unas fotos a Alex y a ti solos, después a toda la familia — dijo Bradley. Barrió la sala con una mirada rápida—. ¿Por qué no os ponéis allí, junto a ese ramo de flores? Gary y Alex obedecieron, y los demás nos los quedamos mirando mientras Bradley le daba al disparador. Parecían hechos el uno para el otro. Aunque ella llevaba tacones de diez centímetros, el punto más alto de la cabeza de Alex llegaba justo a rozar la mandíbula de Gary, y en sus brazos parecía más delicada que nunca. Eran la viva estampa del anuncio de un grupo de apoyo de Guapos Anónimos («Hola, soy Alex, y me di cuenta de que era guapa —sollozo— cuando solo tenía seis años.» Murmullos de asombro entre el grupo de apoyo: «Solo seis años»). —Ya tengo unas cuantas muy buenas —dijo Bradley al cabo de unos minutos, repasando las instantáneas en su cámara digital—. Desde luego, no es difícil con unos modelos como vosotros dos. Estaba pensando que a lo mejor podríamos probar con algunas fotos informales antes de hacer la fotografía de familia. ¿Por qué no actuáis con naturalidad? Olvidaos de que estoy aquí. Gary miró a Alex y esbozó una enorme sonrisa, después se sacó algo del bolsillo del pecho.

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—¿Para mí? —preguntó Alex—. ¿Qué es? —Solo un regalito de compromiso —dijo Gary. —Pero si ya me habías hecho uno —protestó ella. No, no protestó. «Protestó» implicaría que no quería el regalo, y ella ya estaba abriendo la caja a toda prisa y soltando un gritito. Dentro había unos pendientes largos de relucientes gemas verdes. Esmeraldas, supuse, aunque no estaba lo bastante cerca para poder asegurarlo. Sin embargo, algo me decía que Gary no era hombre de circonita cúbica. Alex rodeó con sus brazos a su prometido, quien la levantó como si no pesara más que una niña y la hizo girar en círculo. Mi hermana reía y echaba la cabeza hacia atrás, y Gary la miraba con absoluta adoración. Bradley se movía a su alrededor, probando con ángulos diferentes mientras sacaba docenas de fotos. Mi madre, mi padre, Diana y yo nos mantuvimos apartados, mirando. Así era mi hermana en su elemento; así era la Alex que yo conocía. La mujer que se había acurrucado en el suelo y había admitido que estaba cansada y estresada era una extraña. La vulnerabilidad que había vislumbrado ya quedaba muy atrás; Alex era el centro de atención, como de costumbre, y lo disfrutaba hasta la última gota. Gary le susurró algo al oído, después le dio un beso en esa zona tan sensible de debajo de la oreja, y mi hermana volvió a reír. Yo no podía imaginar compartir un momento tan íntimo frente a un público, pero Alex parecía deleitarse en ello. Entonces Bradley dejó la cámara, me miró y sonrió. ¡Me miró a mí! ¿Cuántas veces me había mirado Bradley a lo largo de los años? ¿Cientos? ¿Miles? Es curioso cómo, de repente, consiguió que mi corazón diera un saltito de alegría. Le correspondí con una sonrisa y me acerqué a él, llevándome inconscientemente una mano al pelo para arreglármelo. —Están fantásticos, ¿a que sí? —me preguntó, señalando a Alex. —La verdad es que sí —respondí. Pero ya habíamos hablado bastante de Alex—. ¿Has hecho muchos reportajes de fiestas de compromiso? —le pregunté yo. —Este es el primero —dijo—, pero no podía decir que no a una amiga. Una amiga. Alex no era más que eso. Y yo había sido amiga de Bradley desde hacía mucho más tiempo, me dije. —Estoy impaciente por que nos pongamos al día. ¿Te apetece ir a ver una película esta semana? —pregunté con un nerviosismo inexplicable—. Incluso colaré algo de miel para las palomitas. —Encantado —dijo Bradley—. Tengo muchas ganas de saber qué pasa con lo de tu trabajo. No dejé de sonreír. —Lo mismo de siempre, solo que en un lugar nuevo. De todas formas, me gusta haber vuelto a casa. —Yo también me alegro de que hayas vuelto —aseguró Bradley. Sus ojos azul claro, de un tono mucho más suave que los de Gary, miraban fijamente a los míos. Casi había olvidado que Bradley siempre hacía eso: no dejaba de mirarte ni un momento mientras hablabas con él, se empapaba de lo que le decías

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en lugar de pasear la mirada por la habitación o esperar con impaciencia para interrumpir con sus comentarios. Y tenía la encantadora costumbre de esperar un momento cuando acababas de hablar, como para asegurarse de que habías terminado de verdad, antes de responder. —A lo mejor podríamos pasarnos también por aquel tailandés a tomar algo — añadí sin darle mayor importancia. De repente sentí la apremiante necesidad de volver allí con él; de pasar por encima de los recuerdos que había creado con Alex en ese restaurante, como una ola que borra las huellas de la arena. Quería reemplazarlos con recuerdos míos. —Genial —dijo. Me di cuenta de que había estado conteniendo la respiración, y entonces solté el aire despacio. A Bradley aún le importaba. Puede que Alex lo hubiera deslumbrado por un momento, pero él era un chico listo. Había podido ver cómo era en realidad. Alex se había olvidado de Bradley en cuanto Gary y sus pendientes de esmeraldas habían entrado en el salón. Quizá yo, con mi sencillo vestido azul marino, no podía compararme con Alex, pero cuando los fastos acabasen y la magia se hubiese desvanecido, ¿con quién preferiría quedarse Bradley? ¿Con alguien que coqueteaba con él y luego lo olvidaba, o con alguien a quien siempre le había importado? —Te llamaré esta semana —me dijo, y sonrió—. ¿Puedes creer que todavía tengo tu número en la memoria? Y en ese momento empecé a creer que volver a casa a lo mejor no había sido algo tan terrible, al fin y al cabo.

En general, no resultó una noche tan mala. Ni la mitad de mala de lo que yo había temido, al menos. Después de hacernos la foto de familia, todo se sucedió con rapidez. Diana nos hizo pasar al gran salón de baile donde se celebraba la fiesta, y el espacio enseguida se llenó con cerca de doscientos invitados que brindaron con champán a la salud de Alex y Gary y picaron algo de lo que ofrecía la gigantesco bufet de marisco, caviar, ostras y sushi. Los camareros se paseaban con bandejas de buey de Kobe sobre crostini de ajo, tempura de verduras y docenas de aperitivos más que tenían una presentación tan maravillosa como delicioso era su sabor. —Esto debe de haberle costado a Gary un dineral —dijo mi padre en cierto momento, recolocándose los pantalones y paseando la mirada por la sala con ojo pericial—. Nos ofrecimos a pagarlo nosotros, pero él no quiso ni oír hablar de ello. —Muy generoso por vuestra parte —comenté, dando a mi padre una suave palmadita en la espalda. Un punto para Gary: no estaba segura de que mi padre lograra recuperarse de la conmoción si algún día llegaba a ver la factura de verdad. Alex estuvo revoloteando de aquí para allá durante toda la noche; su esbelto vestido plateado atrapaba la luz mientras ella abrazaba a los invitados, bailaba con Gary y hacía reír a todo el mundo. Gary y ella se movían dentro de algo así como un espacio magnético especial en el que hasta el aire que los rodeaba parecía cargado de

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entusiasmo. La gente los miraba con el rabillo del ojo, y cuando los prometidos se unían a un grupo, las risas se hacían más fuertes y los gestos más animados. Una cosa tenía que reconocerle a Alex, pensé mientras veía a Gary explicar una historia y la gente que lo rodeaba estaba pendiente de cada una de sus palabras: había encontrado a su perfecto homólogo masculino, uno de los pocos hombres capaces de dar la talla a su lado. Mientras se ganaban a la concurrencia, Bradley los seguía a poca distancia, disparando su cámara constantemente. Yo estuve casi todo el tiempo en la periferia de la fiesta, evitando las preguntas de los amigos de mis padres sobre mi trabajo y asegurándome de que el control de calidad sobre las fresas cubiertas de chocolate fuera constante. Se trataba de una tarea importante, una tarea que asumí con rotunda seriedad. Sin embargo, Bradley se acercó a hablar conmigo, no una ni dos, sino tres veces. Y cada una de esas veces, sentí que en mi pecho crecía una sensación como de mareo. Me descubrí contemplándolo mientras trabajaba, admirando la forma en que se tomaba su tiempo para que la gente estuviera cómoda antes de sacarle una foto. Incluso llevó cuidado de no cruzarse en el camino de las docenas de camareros y camareras que transportaban bandejas con champán. A medida que la noche avanzaba, empecé a relajarme. La gente no se daba cuenta de que era un fraude nada más mirarme. Nadie arrebató el micrófono al líder de la banda, me señaló y dijo: «¡La despidieron! ¡Y además montó a un subordinado sobre la mesa de la sala de reuniones!». A lo mejor al final me saldrían bien las cosas, pensé mientras rechazaba la copa de champán que me ofrecía un camarero y me quedaba con mi agua de Seltz. Dudaba que jamás pudiera volver a mirar al champán a los ojos, pero al menos el señor Dunne había prometido que me daría referencias, y mi currículo era estelar. Conseguiría un nuevo trabajo en menos de un mes, justo como me había prometido. Y puede que Bradley y Alex fueran amigos, pero cualquiera podía ver con claridad que ella y Gary estaban hechos el uno para el otro. Además, Bradley había dicho que me llamaría pronto. Estuve toda la noche abrazada a ese secreto, que solo yo conocía, como si fuera una almohada. Ver a Bradley había despertado en mí toda clase de sentimientos, sentimientos que no sabía que hubieran estado latentes en mi interior desde hacía tanto tiempo. ¿Por qué no me habría atraído nunca Bradley?, me pregunté mientras lo veía arrodillarse para hacer una foto a la sobrina de cuatro años de Gary, que sería la portadora de flores en la boda. Al principio estaba tímida y se escondía bajo la larga falda de su madre, pero entonces Bradley había empezado a bromear, diciéndole a la madre: «Señora, detesto tener que decirle esto, pero ¡le han salido dos pies de más! ¡Mire abajo!», y la pequeña se había puesto a reír y al final había salido. ¿Quizá porque conocía a Bradley demasiado bien?, me pregunté en el preciso momento en que él se volvía, nos mirábamos y me sonreía con su tímida sonrisa de siempre. ¿Lo había visto más como a un hermano, y solo necesitaba algo de distancia

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para darme cuenta de lo deseable que era en realidad? Bradley había estado loco por mí durante años. A lo mejor él había sabido algo que yo había estado demasiado ciega o demasiado ocupada para ver. A lo mejor él había sabido desde el principio que estábamos hechos el uno para el otro, que éramos nuestro destino, y había estado esperando hasta el momento en que también yo me diera cuenta.

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Capítulo 10 —No debería decirle esto a usted —dijo la presidenta de Givens & Associates, estirando una mano de finos dedos para realinear el montón de papeles que había en su escritorio. Yo estaba sentada muy erguida en la dura silla de madera que había al otro lado, sin apenas atreverme a respirar. Me dirigió una última mirada pericial. Me alegré de haberme puesto mi traje de Prada color carbón ese día, aunque lo último que había esperado al vestirme esa mañana era que acabara necesitando su conjuro mágico profesional. Di gracias en silencio a mi leal gen neurótico por asegurarse de tenerme siempre preparada; tendría que recompensarlo con una nueva agenda diaria. —Me parece que encajaría muy, muy bien aquí —dijo la señorita Givens despacio, asintiendo ligeramente con la cabeza como para secundar su propia opinión. Tenía una de esas voces tan tenues que me obligaba a esforzarme para oír cada una de sus palabras. —Gracias —repuse. Sonreí de una forma que esperaba que resultara modesta pero segura, aunque el corazón se estrellaba contra mi pecho en cada latido. Apenas podía creer que aquello estuviera sucediendo. Era miércoles, solo habían pasado tres días desde la fiesta de compromiso de Alex, y yo estaba encarrilando mi vida tan deprisa que no parecía verdad. Solo me había pasado por esa oficina (la mayor agencia de publicidad de D.C.) con la intención de dejar allí mi currículo. El toque personal era importante, y había pensado que entregándolo en mano a la recepcionista podría conseguir una ligera ventaja sobre otros candidatos al puesto vacante de director de cuentas. Quizá la recepcionista pusiera mi currículo en lo alto del montón, o dijera a su jefa que no tenía pinta de asesina en serie. ¿Quién me iba a decir a mí que Cynthia Givens en persona cruzaría a toda prisa el vestíbulo hacia el ascensor en el preciso momento en que yo entraba en él, y que, al estirar el brazo para impedir que se le cerrara la puerta, me miraría y diría: «Gracias, no sabe usted la cantidad de gente que no se molesta en hacer esto»? Llevaba el pelo más corto, y gafas, pero yo había hecho mis deberes y la reconocí al instante por la fotografía de su página web. Era la fundadora de la mejor agencia de publicidad de D.C., la agencia que ocupaba el número uno de la lista de lugares en los que quería trabajar. Para cuando el ascensor llegó a la decimosexta planta, la señorita Givens estaba repasando una copia de mi currículo y yo intentaba a toda costa recordar datos de su biografía, que había leído la noche anterior en la página web. Había fundado la empresa hacía dieciocho años con cinco mil dólares y un único empleado. Su agencia

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había producido cuatro anuncios del Super Bowl y entre sus clientes se contaban Sprite y Snickers. Hablaba tres idiomas con soltura, había abierto oficinas en Hong Kong y en Londres, y hacía poco le habían dedicado un artículo en profundidad en Advertising Age. Mientras estaba sentada frente a ella, fui lanzando rápidas miradas por todo su despacho, intentando cosechar cualquier ápice de información personal que me pudiera resultar de utilidad para causarle buena impresión. Si hubiese tenido uno de esos pisapapeles de arcilla abollada que hacen los niños en la guardería, o un ramo de flores en un jarrón por el que pudiera elogiarla, una foto enmarcada… Pero no. Su despacho estaba desprovisto de adornos o toques personales. Su biografía no mencionaba nada sobre cónyuges ni hijos, y no llevaba alianza. La señorita Givens —no sé por qué, no me veía llamándola Cynthia— estaba sentada en su silla con la postura erguida de una bailarina. Llevaba un traje negro, y las únicas joyas que lucía eran un fino collar de oro y diamantes y un reloj Chopard. Su maquillaje era mínimo y de muy buen gusto, y sus movimientos cautos y deliberados. Todo lo suyo gritaba: «¡Dinero! ¡Éxito! ¡Poder!», o puede que lo susurrara con una cultivada voz de educación de internado. —Vamos, que este trabajo para la campaña de la línea aérea… —dijo la señorita Givens, dejando que sus palabras se desvanecieran mientras sacaba el anuncio de mi carpeta de trabajos y lo estudiaba con más atención. —El volumen de negocio creció en un catorce por ciento dos semanas después del lanzamiento del anuncio —me apresuré a añadir, y saqué de mi maletín una página llena de estadísticas relevantes que le tendí por encima del escritorio. La mujer volvió a asentir. —¿Tiene alguna pregunta que hacerme? —dijo, uniendo los dedos de ambas manos en un ángulo agudo. «Solo una: ¿cómo puedo conseguir su vida?», pensé. En su gigantesco despacho de esquina todo resplandecía. Su sofá de cuero parecía no haber sufrido jamás la indignidad de encontrarse con un trasero, y su escritorio solo soportaba el peso de un ordenador tan delgado que provocaría los celos de cualquier supermodelo, además del montón de papeles perfectamente alineados que ya han sido mencionados. Incluso las revistas del ramo que había repartidas sobre la mesita de café estaban dispuestas con una precisión profesional. Antes de que pudiera responder (tenía que hacerle alguna pregunta, de otro modo parecería demasiado desesperada), alguien llamó a su puerta abierta. —Siento interrumpir. Era una mujer gruesa de unos cuarenta y tantos (más o menos la misma edad que la señorita Givens), y parecía sentirlo de verdad, además de estar un poquito asustada. Me dirigió una mirada, pero la señorita Givens asintió con brusquedad. —Habla. —Kaitlin no ha llegado todavía —dijo, hablando en susurros—. No creo que vaya a venir hoy. La señorita Givens no delató ninguna emoción, salvo una ligera rigidez

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alrededor de los ojos. —Llama de inmediato a la ETT y diles que envíen a un sustituto —dijo—. Hazles saber que si este no nos funciona, retiraremos nuestra cuenta con ellos de manera irreversible. La mujer salió del despacho mientras la señorita Givens se inclinaba hacia delante para descolgar su teléfono. —Jocelyn, por favor, pasa todas mis llamadas al mostrador de recepción y ve a cubrir el puesto mientras nos ocupamos de este jaleo. También necesitaré que me reserves un vuelo a Hong Kong para después de mi discurso de mañana en San Francisco; después pasaré por nuestras oficinas de Londres, de camino a casa. Sin previo aviso; no les digas que voy. La señorita Givens no esperó respuesta y colgó el teléfono. Exhaló y volvió a centrar su atención en mí. —Así es como me gusta empezar el día —dijo, frotándose un momento las sientes. Me pregunté por qué se encargaba ella de temas de personal de tan bajo nivel. ¿No tenía una ayudante precisamente para eso? A lo mejor su ayudante carecía de iniciativa, en cuyo caso seguro que Kaitlin no sería la única que tendría que recorrer las calles en busca de un nuevo trabajo. —Los asuntos de personal siempre son complicados —dije con voz comprensiva—. En Richards, Dunne y Krantz era la responsable de veinte personas y sé lo importante que es contar con empleados que sean aplicados. —¿Por qué se marchó? —preguntó la señorita Givens. Esa me la había preparado. —Un miembro de la familia enfermó —dije, pensando que mi locura transitoria contaba como enfermedad mental— y yo quería estar más cerca de casa. Pero puede estar segura de que mi trabajo jamás se ha resentido a causa de temas personales y nunca lo hará. —Puesto así, en realidad, solo era una mentira a medias. Una mentira light. Podrían venderla en la sección de dietética, y las mujeres podrían consultar su contenido en calorías, fibra y mentiras piadosas. La señorita Givens asintió, después se levantó con brusquedad y me tendió la mano. —Gracias —dijo—. Pasaré unos días fuera de la ciudad. ¿Puede volver el lunes de la semana que viene a las dos? Querría hablar con usted otra vez, y me gustaría que la conociera también el director de nuestra agencia. El lunes de la semana siguiente también le daría tiempo a la señorita Givens para comprobar mis referencias, pero el señor Dunne me lo había prometido. Me lo había prometido, ¿verdad? No quería parecer demasiado desesperada; la señorita Givens tenía que pensar que también había otras empresas que me querían. Esperé un momento, repasando mentalmente mi agenda imaginaria para hacerle un hueco, y luego sonreí. —Que sea el lunes que viene —dije—. Lo espero con impaciencia. Sonó su teléfono. Ella lo miró y yo enseguida solté:

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—Sabré encontrar la salida. Cuando estaba a medio camino de la puerta de su despacho, ella ya estaba charlando con un cliente, organizando una cena para reunirse esa noche. Salí al pasillo justo cuando una enorme sonrisa estallaba en mi rostro. Iba a conseguir ese trabajo; estaba convencida. La señorita Givens no era de las que pierden el tiempo. No me habría pedido que volviera para realizar una segunda entrevista a menos que me considerara muy en serio. Avancé por el pasillo hacia mi ascensor de la suerte, logrando a duras penas contener el impulso de saltar y entrechocar los tacones. En cuanto saliera del edificio, pensaba ir directa a la cafetería más bonita que pudiera encontrar y me regalaría con un capuchino y un cruasán de chocolate para celebrarlo. De todas formas, esa tarde llamaría a un cazatalentos, tal como tenía planeado (nunca se es demasiado precavido), pero en el fondo sabía que aquello era pan comido. Lo presentía. Estaba destinada a trabajar allí. Todo lo que sabía acerca de esa agencia encajaba con el plan que tenía para mi vida: las oficinas en el extranjero; la impresionante y selecta cartera de clientes; la destacada ubicación en un edificio de K Street, en el centro de la capital del país. Empezaría en el equipo creativo y, al cabo de seis meses, la señorita Givens se preguntaría cómo había sobrevivido su agencia tanto tiempo sin mí. Aquello era una segunda oportunidad, y yo sabía muy bien lo escasas que eran. Esta no se me escaparía entre los dedos; me aferraría a ella con tanta fuerza que no la soltaría jamás. Justo antes de llegar al área de recepción, pasé por delante de la puerta del lavabo de señoras. Serían los nervios, pero de repente tenía que ir al baño. Entré y miré mi reflejo en un espejo (perfecto, ningún trocito de Pop-Tart entre los dientes durante la entrevista), después entré en un retrete. Allí, incluso los compartimientos de los retretes eran agradables, estaban cerrados del suelo al techo y tenían las paredes alicatadas con lo que parecía ser porcelana italiana pintada a mano. Oh, sí, no me costaría nada volver a entrar en esa clase de vida. Todavía estaba sonriendo cuando oí la puerta abrirse con ímpetu. —No nos está siguiendo, ¿verdad? —dijo una mujer. —Me parece que no —respondió otra—, pero si estamos aquí dentro más de un minuto, seguro que suelta a los sabuesos. Esa voz… acababa de oírla. Era la ayudante de la señorita Givens, la mujer sin iniciativa. Me quedé paralizada dentro del retrete. —Mañana no estará —dijo la primera mujer—. Entonces no tendremos que escondernos en el baño. —Solo serán unos días —se lamentó la ayudante—. Pasará cuatro horas en San Francisco. Seguro que me llamará cada hora. Después se va dos días a Hong Kong. ¿Quién se va a Hong Kong solo dos días? ¿No se tardan dos días entre llegar allí y volver? —Ya sé cómo puedes torturarla —dijo su compañera—. Desalinea una de sus revistas. Las dos mujeres estallaron en risas.

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—Como no tiene vida propia, le ofende que los demás la tengamos —dijo la ayudante—. ¿Puedes creerte que he tenido que suplicarle que me diera unas horas libres para ir a ver la obra del colegio de mis hijos? Hizo que me quedara hasta tarde la noche del viernes para compensarlo. —¿Es gay? —preguntó la compañera—. Siempre he tenido esa curiosidad. —Quién sabe —repuso la ayudante—. Nunca recibe llamadas personales, y se queda trabajando hasta tarde todas las noches. Yo creo que es asexual. De todas formas, ¿quién querría acostarse con ella? —Sobre todo porque seguro que se lo anota en su orden del día: juegos preliminares de las nueve horas a las nueve horas cinco minutos. Penetración de las nueve horas seis minutos a las nueve horas doce minutos. —La compañera soltó una risita. —Y mala suerte si el tío no ha acabado para entonces —dijo la ayudante—. Seguramente redactaría un informe sobre su rendimiento y le diría que tenía que trabajar más en su eficacia. Oye, ¿te apetece salir a comer mañana? Esta vez puede que sea capaz de comer algo. —Me parece que tengo un hueco de las doce horas cuatro minutos a las doce dieciséis. —La compañera seguía riendo cuando la puerta se cerró tras ellas. Me quedé donde estaba, todavía sin atreverme a moverme. No me había dado cuenta de que estaba conteniendo el aliento, y cuando lo dejé salir, produjo un eco contra las paredes alicatadas del pequeño compartimiento. De acuerdo, odiaban a la señorita Givens. ¿Qué empleado no reniega de su jefe? De modo que la señorita Givens era una maniática del control. Y una adicta al trabajo. ¿Cómo, si no, habría llegado hasta lo más alto de su ramo? Seguramente solo estaban celosas de su despacho de esquina y su lujoso estilo de vida. ¿Y qué si la señorita Givens era una jefa exigente? Podía vérmelas con un jefe exigente, eso no me asustaba. No conseguiría encontrar prácticamente nada que criticarme, de todas formas. Yo no pedía horas para asuntos personales y nunca me negaba a quedarme hasta tarde o a trabajar en fin de semana. Qué digo, lo hacía de manera voluntaria. En Nueva York, mi primer jefe había llegado a decirme que haría bien en utilizar más de mis días de vacaciones, en lugar de cobrármelos. Tenía las palmas de las manos sudadas y se me resbaló el pestillo cuando intenté abrir la puerta del compartimiento. Volví a buscarlo a tientas mientras las paredes empezaban a balancearse y combarse sobre mí. De repente estaba sufriendo un fuerte ataque de claustrofobia. «Sal de aquí», gritaba mi cerebro. Intenté inspirar aire mientras empujaba la puerta con el hombro. Por fin me di cuenta de que tenía que tirar para abrir. Salí del compartimiento como una bala y con las piernas tan flojas que apenas me sostenían. Tenía que serenarme, y rápido, antes de que nadie más entrara allí y me viera temblorosa y con los ojos desorbitados. Me acerqué a un lavabo, mojé una toallita de papel con agua fría y me di unos toquecitos en la frente y en las mejillas. Respiré con inhalaciones lentas, obligando a mi cuerpo a calmarse. Me dije que la claustrofobia había sido desencadenada por el nerviosismo

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residual de la entrevista y abrí el grifo otra vez para lavarme las temblorosas manos. No tenía motivo para interpretarlo como ninguna otra cosa, para analizar la situación y precipitarme a conclusiones, como Matt habría estado ansioso por hacer. Sí, dentro de diez años quería estar en el puesto de la señorita Givens, pero eso no quería decir que fuese a parecerme a ella. No quería esa clase de vida estéril y solitaria. Y no la tendría, me aseguré mientras levantaba un poco más mi temblorosa barbilla. Había muchísimas mujeres que conseguían hacer malabarismos conciliando el trabajo y la familia, y que lo hacían muy bien. Muchísimas mujeres de éxito que tenían una vida personal rica y plena. Acallé esa vocecilla molesta que se preguntaba cómo encontraría tiempo para tener un hijo, para tener una familia, si ni siquiera podía alejarme de la oficina un fin de semana. Acababa de convencerme de que todo iría bien cuando me miré las manos. Todavía se estaban lavando compulsivamente la una a la otra.

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Capítulo 11 El teléfono móvil vibró en mi bolsillo mientras me llevaba la taza de capuchino a los labios para dar el primer sorbo. El cosquilleo me sobresaltó y me vertí un poco de espuma en la solapa de la chaqueta del traje. El chico mono que estaba sentado tres mesas más allá escondió una sonrisa detrás de su periódico. Era Alex, por supuesto. —¿Puedo pedirte un favor? —dijo. —Claro —respondí, limpiándome la chaqueta con una servilleta mientras la camarera dejaba un enorme cruasán de chocolate en mi mesa. Nota para el chico mono: soy una glotona y una torpe… ¿seguro que no quieres ligar conmigo? —¿Querrías venir a echar un vistazo a mi vestido de novia? —preguntó Alex—. Necesito una opinión sincera. Consulté mi reloj. Tenía muchas cosas que hacer ese día, ahora que se me había pasado la tontería del lavabo de señoras. Quería investigar a fondo Givens & Associates, y además tenía que ponerme en contacto con esos cazatalentos. Si lograba concertar una o dos entrevistas deprisa, puede que le llegaran voces a la señorita Givens. Estar solicitada no podría hacerme daño cuando llegara el momento de negociar mi paquete salarial. —¿Hoy? —dije, con intención de darle largas. —No, estaba pensando más bien en julio, después de la boda —respondió—. Venga. Incluso tú puedes escaparte un momento a la hora de la comida. Además, el otro día en mi fiesta casi no hablamos nada. —Está bien —dije, reorganizando mentalmente el día. La casa de Alex y Gary quedaba en Georgetown. Después podía acercarme a un cibercafé y trabajar allí el resto de la tarde en lugar de volver a casa. Seguro que incluso conseguía adelantar más trabajo así, teniendo en cuenta el duelo de televisores de mi madre y mi padre, que se atacaban la una al otro con culebrones y SportsCenter respectivamente. Mi padre tenía el volumen más alto que mi madre cuando yo había salido de casa esa mañana, pero las divas matinales de mi madre estaban dando una buena paliza a los Redskins. —Encargaré un poco de sushi para comer —dijo Alex. Cerré el móvil, sorprendida. ¿Por qué quería Alex que viera su vestido de novia? Nunca había sido un secreto que pensaba que mi estilo de vestir era demasiado conservador. Jamás habría dicho que mi opinión pudiera importarle. Además, todo eso de que no habíamos tenido ocasión de hablar… Vamos, venga ya. Ni que fuéramos la clase de hermanas que hablan cada día. Yo sabía que las había que intercambiaban confidencias, pasaban juntas los fines de semana y se llamaban

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para informarse de cada nuevo detalle de sus vidas, pero Alex y yo nunca habíamos tenido esa clase de relación. Ni siquiera estábamos lo bastante unidas para tener esas escandalosas peleas de todas las demás hermanas que conocía. A mí esa situación me satisfacía, y pensaba que a ella también. Así que ¿por qué quería verme de pronto? A lo mejor estaba intentando acercarse a mí. Di vueltas en la cabeza a esa idea que me resultaba tan extraña, poniéndola a prueba. Alex y yo nunca seríamos amigas del alma (éramos demasiado diferentes), pero si ella lo intentaba, supuse que yo podría ir a encontrarme con ella a medio camino. Éramos adultas y vivíamos en la misma ciudad por primera vez desde que dejamos el instituto. Ahora que mi vida estaba volviendo a encarrilarse, interesarme un poco más por mi hermana no me mataría. Supuse que bien podía empezar por su boda. Además, podía permitirme ese rato libre, pensé con satisfacción. Había tenido una mañana repleta de éxito, y eso sin contar con que me había pasado el fin de semana anterior poniendo en forma la casa de mis padres. Incluso me había atrevido con su nevera: había limpiado a fondo los estantes y había tirado una petrificada mitad de naranja llena de clavos de olor incrustados que reconocí de unas cuantas Navidades atrás. Me terminé el capuchino sin prisa, después llamé al cazatalentos y conseguí atraparlo en su despacho. Estuvimos charlando un rato, me pidió que le enviara mi currículo por correo electrónico y al final prometió que me llamaría al día siguiente, más o menos, para hablar de posibilidades de trabajo. Justo después de colgar, el teléfono sonó al recibir un mensaje de texto de Matt: Última hora: a Cheryl le explotaron los implantes en el avión de Fenstermaker, el aparato se despresurizó, pronto enviaré detalles del funeral. (Se celebrarán oficios separados para sus implantes; se sugiere enviar donaciones a la Sociedad de la Silicona en lugar de flores.)

Sonreí y pagué la cuenta que la camarera había dejado en mi mesa. Añadí una buena propina para compensar el haber acampado allí tanto rato. Quince minutos después bajaba de un taxi frente a la casa de Alex. Desde fuera resultaba decepcionantemente pequeña, ya que las casas de las estrechas calles de Georgetown estaban muy pegadas unas a otras, como si fueran pasajeros del metro en hora punta. Sin embargo, en cuanto Alex abrió la puerta me di cuenta de que esa fachada era solo una ilusión óptica. El interior era espacioso y de techos altos, y tenía unas puertas de cristal que se abrían al verde oasis de la gran terraza del patio de atrás. Hacia la parte trasera de la casa alcancé a ver a una mujer de la limpieza vestida con un uniforme blanco que pasaba la mopa a los suelos de madera. Alex me había dicho que Gary había contratado a un diseñador de interiores de primera línea cuando compró la casa, lo cual tenía sentido, porque esa decoración francesa de inspiración rústica era demasiado elegante e inmaculada para haber sido concebida por la mente de Alex. Cuando éramos pequeñas, su habitación era una

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auténtica leonera. En su cómoda había botecitos de esmalte de uñas abiertos, secándose, y tenía muchísima ropa tirada encima de la cama; era un milagro que no hubiera quedado enterrada viva allí debajo por las noches. Mirando en derredor, me prometí que algún día, y pronto, también yo tendría una casa como esa en lugar de mi habitación con cielo de escroto. —Qué casa más bonita —dije. —Detesto mi vestido —anunció Alex. Llevaba el pelo recogido en una cola de caballo y se había puesto un albornoz rosa. —Es un poco informal para una boda de tarde —convine. —Cierra la boca —dijo—. Ven. Está arriba. Subí por la elegante escalera en espiral y la seguí hasta su vestidor, que era más o menos del tamaño del salón de nuestros padres. Esa habitación sí que se parecía a Alex. Había docenas de pares de zapatos esparcidos por el suelo, con los tacones vueltos hacia arriba como si fueran pinchos letales; un altavoz oculto por el que sonaba Amy Winehouse; y toda una pared cubierta por un espejo gigantesco. En la mesa de delante del espejo había más maquillaje que en un mostrador de Clinique. Me fijé en que Alex seguía dejándose los botes de esmalte de uñas sin tapar, pero ahora no tendría que suplicar a nuestro padre algo más de paga, ni ir a robar más botes a la tienda cuando se le secaran los suyos. Por el aspecto que tenía aquella casa, Gary incluso podía comprarse a la propia Sally Hansen. —Quiero que seas brutalmente sincera —dijo Alex. Se despojó del albornoz con total desinhibición y yo aparté la mirada… pero no antes de haber vislumbrado lo que parecían hectáreas de una piel suave y reluciente, y un tanga de color lavanda pastel. ¿Quién se ponía un tanga para estar por casa con un cómodo albornoz? Era como meterse tachuelas en las pantuflas. —La organizadora de la boda me convenció para que eligiera este vestido — explicó Alex, con la voz amortiguada, mientras se lo ponía por la cabeza. —¡Alex! —la increpé, corriendo a ayudarla—. Por Dios, no le des esos tirones. Vas a romper la tela. —Es solo una muestra —repuso ella—. Todavía no me han probado el de verdad. Le alisé todas las capas del vestido y luego di unos pasos atrás. —¿Y bien? —dijo—. ¿Qué tal? ¿Por qué me miras de esa manera? ¿A ti también te parece horroroso? Dije que no con la cabeza. —¿Te gusta de verdad? —preguntó. Asentí. —Pero ¿no resulta demasiado… cursilón? Siempre he dicho que no me pondría un vestido de novia cursilón, pero Toothy Tory, la organizadora de la boda, no hacía más que repetir: «Será la única ocasión que tendrás en la vida para ponerte un vestido cursilón sin estar ridícula». Toothy me hizo probar unos cien, y al final ya estaba tan agotada que cedí sin más. Así es como lo hacen, ¿sabes? Te enseñan millones de vestidos espantosos y luego sacan uno que no es ni la mitad de horrible,

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y tú te abalanzas sobre él porque tienes la capacidad de raciocinio hecha pedazos. —Alex —dije cuando al fin encontré las palabras—. Cállate. Es perfecto. Lo era. Había supuesto que Alex se habría decidido por algo elegante y sexy, quizá un fino vestido de seda con un enorme corte muslo arriba. Había pensado que querría exhibir su cuerpo con algo que se ciñera a sus curvas. Sin embargo, el que había elegido era un vestido de una seda blanca como la nieve, con mangas tres cuartos de encaje, escote en U y una cintura muy ajustada. Era largo hasta el suelo, pero no tenía cola. Era simple aunque clásico, elegante sin resultar anticuado. Aun con el pelo recogido en una coleta y descalza, me dejó sin respiración. —No sé —dijo mi hermana frunciendo el ceño. Se retorció para esquivarme y mirarse en el espejo—. ¿De verdad? —Venga, Alex, sabes que estás fantástica —dije, perdiendo la paciencia. ¿Era todo aquello un juego llamado «Convenzamos a Alex de que está tan deslumbrante como siempre»? Porque, si lo era, yo no quería jugar. —Ahora tengo que decidir cómo voy a ir peinada —dijo mi hermana—. ¿Cómo crees que me quedaría recogido? Si esperaba que me pusiera a revolotear a su alrededor soltando «ooh» y «aaah» de admiración mientras ella experimentaba con su melena, es que esa cola de caballo le tiraba demasiado y le había cortado la circulación de la sangre al cerebro. Una cosa era hablar con Alex de su boda y otra muy diferente presentarme al puesto de presidenta de su club de fans. Mi hermana todavía no me había preguntado nada sobre mi trabajo. No me había preguntado cómo me había sentado marcharme de Nueva York. Solo quería hablar de sí misma. O, para ser más exactos, quería que nuestra conversación versara en torno a su aspecto. ¿Por qué había pensado que ese día sería diferente? ¿Por qué había pensado que nuestra relación podría ser en algo diferente a como había sido cuando éramos pequeñas? —¿No tienes todavía seis meses para decidir cómo llevarás el pelo? —pregunté mientras me desplomaba en una otomana de cuero y recogía un número de The Washingtonian que había en el suelo. Leí por encima los titulares de la portada antes de darme cuenta de que Alex aparecía allí luciendo un biquini azul. Dejé caer la revista al suelo otra vez. —Sí, supongo que sí —dijo—. Pero es que hay muchísimo que hacer. Resulta un poco apabullante. —Pero si tienes a una organizadora de bodas —señalé—. ¿No se supone que ella hace todo el trabajo por ti? ¿Alex creía que tenía muchísimo que hacer? Era mediodía y todavía estaba en albornoz mientras una criada le pasaba la mopa a sus suelos y un repartidor le traía sushi. Seguramente para esa tarde no tenía concertado nada más que una limpieza de cutis y una sesión con Sven, el entrenador personal. De acuerdo, puede que eso fuera un poquitín injusto. Seguro que su entrenador

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personal se llamaba algo más normal, como Mike. Bien, bueno, de manera que Alex trabajaba y su trabajo le exigía estar guapa. Y ese día había tenido que cancelar su limpieza de cutis. Aun así, me sacaba de quicio. Por eso mi hermana y yo no podíamos pasar juntas ni dos minutos. Siempre había sido un poco mimada (es lo que pasa cuando se recibe demasiada atención) y, por algún motivo, ese día su egocentrismo me molestaba más de lo normal. —Bueno, y ¿qué tal es vivir con mamá y papá? —preguntó, dándome una patadita con el pie. Le hice un poco de sitio en la otomana y ella se sentó a mi lado. Puse ojos de exasperación al oír la pregunta, pero luego suspiré y sacudí la cabeza. —Exactamente como era de esperar —dije—. Mamá está todo el rato gritándome preguntas desde el otro lado de la puerta de mi habitación, pero, como no irrumpe cuando le da la gana, cree que me está dejando muchísimo espacio. Ayer incluso me llamó al móvil. ¡Desde la habitación de al lado! Entonces me vino un recuerdo a la cabeza y sonreí. —¿Qué? —inquirió Alex. —El otro día, en la comida, los tres pedimos una copa de vino —dije—. Entonces papá se saca un lápiz del bolsillo y se pone a garabatear en el mantel, intentando calcular si salía más a cuenta pedir por copas o por botella. —¿En el sitio de la camarera yonqui? —preguntó Alex. —El del tenedor sucio —respondí. —Ah —dijo Alex—. Antonio’s. Cuando Gary los conoció también fuimos allí. Bajaron del coche y se pusieron a discutir en la acera unos cinco minutos sobre si papá se había acordado de cerrar el coche con llave o no. —Habría sido mucho más fácil volver al coche y comprobarlo —dije. —Pero entonces no podrían discutir por ello. —Desde luego. Se produjo otra pausa, pero esta vez no me sentí ni mucho menos tan incómoda. —Ah, y papá no deja de hablar del señor Simpson como si fueran enemigos mortales. ¿Te acuerdas de que antes eran amigotes? —El primer día de jubilación de papá, el señor Simpson podó diez centímetros de los setos que separan sus jardines —explicó Alex, sonriendo al recordarlo—. Papá se puso hecho una fiera. —Transferencia —añadí—. Papá tenía que canalizar su energía de alguna manera. —No me sueltes tus palabrotas de universitaria —bromeó Alex. —Es un término de psiquiatría —dije. Me lo había enseñado Matt. Volví a sonreír, pensando en el dibujo que me había puesto en la mano al subir al tren. Ese fin de semana lo llamaría y se lo explicaría todo sobre mi nuevo trabajo. —¿Qué? —preguntó Alex. —Nada, solo pensaba en un amigo —dije—. Alguien de Nueva York. Los ojos de Alex empezaron a brillar:

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—¿Un amigo especial? —Cierra el pico —dije—. Pareces una profesora de preescolar. —Eso sí que… Le sonó el teléfono, interrumpiendo lo que fuera que iba a decir. —Debe de ser el del sushi —dijo mientras se ponía de pie—. ¿Sí? —Y entonces la calidez de su voz ascendió unos treinta grados—: ¡Eh, hola! Pensaba llamarte más tarde. Se llevó una mano a la cabeza y se soltó la coleta distraídamente, dejando que la melena le cayera en cascada sobre los hombros mientras se pasaba los dedos por el pelo. —¿Esta noche? Volví a hacerme con la revista y la hojeé. Durante unos cuantos minutos, Alex y yo habíamos mantenido una conversación de verdad, pero cuando termináramos de analizar a nuestros padres, ¿tendríamos algo más de que hablar? ¿Teníamos en común algo más que el banco de genes? —Encantada —decía Alex—. Gary está en Nueva York, pero puedo quedar contigo después de grabar el programa… Dejé de prestar atención al resto de su conversación al empezar a leer un artículo sobre una agenda personal que había acabado con el desbarajuste de papeles de una mujer. Pues sí, sí, ese era uno de mis trucos favoritos: abrir el correo directamente encima de una papelera para poder tirar todo lo inservible antes de que tuviera ocasión de acumularse en la encimera de la cocina. Ah, pero no conocía eso de guardar las facturas de los electrodomésticos grapadas en el interior de los manuales de instrucciones para tenerlas a mano si alguna vez había que pedir que te devolvieran el dinero. —Lo siento —dijo Alex cuando colgó el teléfono—. Era Bradley. Tendría que haberle preguntado si quería saludarte, pero no se me ha ocurrido. Algo parecido a una descarga eléctrica me recorrió por dentro. —¿El que llamaba era Bradley? —pregunté. Mi voz sonó oxidada. Carraspeé y fingí una tos. —Ajá —dijo Alex, contemplándose en el espejo de pared entera. Sentada en la otomana como estaba, me encontraba atrapada entre su reflejo y ella. Allá adonde mirase, todo lo que lograba ver eran masas de melena pelirroja y seda blanca. Alex estaba delante de mí, detrás de mí e incluso me sonreía desde la revista que tenía en las manos. No podía escapar de su irresistible y cegadora belleza. —¿Qué quería? —pregunté. —Vamos a salir a tomar algo esta noche para que me enseñe las pruebas de la fiesta de compromiso —dijo. Volvió a despojarse de su vestido y lo tiró sobre la otomana, junto a mí. ¿Por qué había llamado Bradley a Alex y no a mí? —¿Y Gary no va? —pregunté. Dios mío, Alex tenía unos muslos como si fueran esculpidos. Se le veían incluso las esbeltas tiras de músculo que los conformaban—. ¿Es que Gary no quiere ver también las pruebas?

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—No creo que le importe cuáles elija —dijo, aplicándose unos toques de pintalabios melocotón sobre sus carnosos labios—. Es más una cosa de chicas. «Una cosa de Alex, querrás decir», pensé con acritud. ¿Qué podía haber mejor que pasar una noche mirando fotografías de sí misma con el chico que me gustaba, el chico al que, además, podía volver a gustarle yo, solo con que mi hermana se quitara de en medio de una vez? A lo mejor Alex no conocía mis sentimientos hacia Bradley, pero no importaba. Era mío. ¿Por qué no podía dejarlo en paz? Me puse en pie de un salto y recogí mi bolso. Solo que no era mi bolso; Alex tenía una docena escampados por el suelo. Me puse a toquetearlos a ciegas hasta que por fin encontré el que buscaba. —Acabo de acordarme de que tenía una cita —dije con severidad—. Tengo que irme. —¿Y la comida? —preguntó mi hermana, dejando de mirarse en el espejo. No respondí. Ya había bajado la mitad de la escalera y corría hacia la puerta.

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Capítulo 12 Tenía que alejarme de Alex antes de hacer alguna locura, como gritarle por haber quedado con Bradley esa noche, porque entonces sabría exactamente lo que sentía por él; Alex siempre había sabido calar muy bien a las personas. No quería que lo supiera. No quería que nadie lo supiera hasta que consiguiera averiguar qué sentía Bradley por mí. ¿Era solo una amiga para él? ¿Podía volver a enamorarse de mí si se le presentaba la oportunidad? ¿O estaría de pronto loco por Alex en secreto, en cuyo caso jamás tendríamos un futuro juntos, porque yo siempre me sentiría como un premio de consolación? Me apresuré calle abajo, intentando poner toda la distancia posible entre Alex y yo. ¿Por qué siempre me pasaba esto cuando estaba cerca de mi hermana? Tenía veintinueve años, pero me sentía como si hubiera vuelto al instituto. Alex estaba en la portada de la revista de la ciudad, esa noche la vería por la televisión, y después saldría con el chico que me gustaba. Lo tenía todo. Siempre lo había tenido todo. Lágrimas ardientes cegaban mis ojos cuando puse un pie en la calzada. Oí un bocinazo y salté hacia atrás para volver a la acerca justo antes de que un autobús pasara a toda velocidad. Solo había recorrido dos manzanas, pero ya no estaba en una calle residencial, sino en el cruce de M Street y Wisconsin Avenue. Parpadeé y mi mirada enfocó un enorme edificio que hacía esquina. Eran los almacenes de Georgetown Park. Bajé la mirada hacia mi sencillo traje y mis zapatos planos, después la levanté hacia el centro comercial. Una necesidad imperiosa me invadió de súbito. Tenía que comprarme lencería bonita. Me moría por un pintalabios brillante. Ansiaba con desesperación deshacerme de mi remilgado traje color carbón y conseguir ropa nueva, ropa que me hiciera sentir guapa, sexy y joven. Ropa que me permitiera escapar de mí misma y de los terribles sentimientos que me asediaban. Corrí por la escalera mecánica que subía a los almacenes desde la calle. Me apresuré por el pasillo, fijándome en los nombres de las tiendas. Entonces lo vi: Victoria’s Secret. —Tenemos una oferta de braguitas de algodón —me dijo una vendedora con un aro de plata en la nariz cuando irrumpí en la tienda como si alguien me viniera persiguiendo—. Dos por una. —Necesito algo sexy —le dije. —¿Se va de luna de miel? —preguntó la vendedora. Se le veía un tirante del sujetador de leopardo que asomaba por debajo de su top blanco—. Porque acaba de llegarnos un camisón divino con la bata a juego.

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¿Una bata? Hasta la chica de Victoria’s Secret pensaba que era una remilgada. Seguro que tanto ella como la otra vendedora, la que estaba holgazaneando apoyada en el mostrador, pintándose las uñas de violeta oscuro, se reirían de mí cuando me hubiera ido. «Al menos le hemos endosado esas bragas de abuela», diría la de las uñas violeta. «Pensaba que nunca nos las quitaríamos de encima.» Entorné los ojos. —En realidad lo que necesito es un liguero —dije con desdén—. El que tenía ya está muy gastado. La chica parpadeó, después se acercó a un expositor y me dio uno. De encaje negro, nada menos. Veinte minutos después, cargada hasta arriba de bolsas de color rosa llenas de sujetadores con relleno de gel, delicados tangas de encaje y un osito de seda roja, entré con decisión en la siguiente tienda. Unos minutos después salí de allí con unos ajustados vaqueros oscuros, un top de encaje color visón y una chaqueta corta de ante rosa palo. Aquello era el principio, ¡pero necesitaba más! Sentía un anhelo en mi interior, un vacío que tenía que llenar a toda costa. Entré a toda velocidad en una tienda tras otra, como una drogadicta en busca de un chute, con la mirada rebotando por doquier. ¿Qué era lo que quería? ¿Un bolso de piel suave estilo vagabundo? ¿Gel bronceador? ¿Un top de seda sin espalda, en un tono berenjena tan oscuro que casi era negro? Me volví en derredor y contemplé las seductoras ofertas que exhibían los maniquíes. La nueva línea de primavera debía de acabar de llegar: había pequeñas rebequitas y camisetas ajustadas de colores sorbete, unas sandalias negras de tacón cuyas tiras subían zigzagueando pierna arriba, macizos pendientes de plata en forma de aro y brazaletes de turquesas, vestidos de hombros caídos, coquetas falditas que apenas rozaban las bohemias camisolas de gasa hasta medio muslo con mangas tulipán. De repente lo quería todo: todo el maquillaje que nunca había llevado, toda la ropa mona y sexy que había mirado con sensato desprecio, sabiendo muy bien que pasaría de moda a la siguiente temporada, mientras que mis clásicos de buena hechura me durarían para siempre. Recolecté una brazada de prendas y corrí a un probador. Salí con dos de las falditas entalladas en lima y cereza, un top de seda de cuello alto con un escote recortado en la espalda que dejaba ver el surco de mi columna, un elegante bustier de encaje negro que me favorecía una barbaridad, un vestido rojo bombero con un profundo escote en V y otro color crema de hombros caídos. Miré alrededor, me costaba trabajo respirar. Todavía necesitaba unos pendientes originales, y también un perfume nuevo. Aún no había terminado; ni de lejos. La mujer que había tras el mostrador de MAC me estaba mirando. —Acérquese —dijo, llamándome con gestos—. Hoy hacemos maquillajes gratis. Me muero por ponerme a trabajar con usted. Normalmente huyo despavorida de los maquillajes gratuitos. A demasiadas

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mujeres he visto levantarse de la silla aparentando veinte años más, con una gruesa línea de ojos y círculos de payaso en las mejillas. Sin embargo, la mujer de MAC era joven y moderna, llevaba un mechón rosa en la melena negra y un tatuaje en forma de estrella en el hombro derecho. Parecía comprender el concepto de fusión. —Qué narices —dije. Dejé mi ropa en el mostrador y me senté en un taburete. —Tiene unos ojos y unos labios muy marcados —me dijo mientras me aplicaba en la cara algo fresco y cremoso que luego limpió con un algodoncito—. Yo no dudaría en recomendarle colores intensos. —Nada azul ni verde pastel —rogué. —Relájese —me ordenó—. ¿Tengo pinta de querer convertirla en una perfecta esposa? Tuve los ojos cerrados mientras unos minúsculos pincelitos me hacían cosquillas en los párpados y bailaban sobre mis mejillas, y un suave lápiz trazaba el contorno de mis labios. —¿Dónde tengo la sombra color ciruela? —murmuró, y mis ojos se abrieron con alarma—. Ciérrelos —ordenó la maquilladora, blandiendo un artefacto plateado de aspecto infernal que reconocí como un rizador de pestañas; Alex siempre se los dejaba tirados en el baño. Alex. —Deje de arrugar la frente —dijo la mujer de MAC, y yo me obligué a no pensar en nada de nada. Sentí unos toquecitos con los que me aplicó algo bajo los ojos, después trazó una línea siguiendo las pestañas del párpado superior. —Un poco de brillo dorado le sentará de maravilla a su tez aceitunada — murmuró en cierto momento, mientras sus dedos se movían con suavidad sobre mi rostro—. Voy a darle también un toque en las clavículas. Unos instantes después, preguntó: —¿Le importa sí hago algo con ese flequillo? —Faltaría más —dije con grandilocuencia, y ella me echó un chorrito de no sé qué y se puso manos a la obra. Sentí que me soltaba el pelo y lo dejaba caer sobre mis hombros. Luego se puso a enrollar mechones en sus dedos y a aplicarles algo que desprendía un delicado aroma a uva. Quince minutos después abrí los ojos y me miré en un espejo. Una extraña me devolvió la mirada. Mis ojos parecían más grandes, mi piel relucía como si me hubiera pasado la tarde en la playa, y tenía el flequillo apartado hacia un lado de tal modo que conseguía resaltarme los pómulos. Y mis labios… ¡Ay, mis labios! —Están más grandes —dije, alzando una mano para tocarlos. —El truco es aplicar un toque de corrector justo por encima de la curva del labio superior —explicó—. Los suyos son ya bastante carnosos, pero así se engaña a la vista y se crea la ilusión de que son más grandes aún. —Me lo quedo todo —dije, y saqué la tarjeta de crédito. —Bien —repuso ella—. Lo que voy a hacer es darle un gráfico que explica

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exactamente cómo ponérselo todo para que pueda hacerlo usted sola la próxima vez. También necesitará unos buenos pinceles. El secreto del maquillaje son los pinceles. Y háganos un favor a las dos y déjese crecer el flequillo unos cuantos centímetros más. Cogí las bolsas y el gráfico que me ofreció y me dirigí a la escalera mecánica, deteniéndome en todos los espejos por los que pasaba para echarme un vistazo. Zapatos. Ahora necesitaba zapatos. Subí un piso y de inmediato divisé un par de botas de cuero color caramelo con unas pequeñísimas hebillas plateadas que se entrecruzaban en el empeine. El cuero era tan suave y flexible que me dio la sensación de que las botas prácticamente se me derretían en las manos. Tenía que comprármelas; era un ansia física, tan fuerte que me hallaba impotente a su merced. —¿Sabe cuál es el secreto de esas botas? —me susurró la vendedora, que se me había acercado con sigilo—. Uno de los tacones es solo un poquito más bajo que el otro. —¿Por qué? —pregunté. —Pruébeselas, camine por aquí y lo verá —me indicó mientras corría al almacén para buscar mi número. Era increíble. No solo tenía botas nuevas, tenía un andar completamente nuevo. Mis caderas sobresalían igual que las de una modelo de pasarela y mi trasero se balanceaba ligerísimamente de un lado al otro. Un tipo que subía por la escalera mecánica se volvió para mirarme y se tropezó al llegar a lo alto y olvidarse de dar un paso. —Valen hasta el último penique del precio —le dije a la vendedora. No era solo el pintalabios y las botas lo que había cambiado. De pronto me di cuenta de que yo también estaba distinta. Mis hombros ya no se encorvaban hacia delante con preocupación. Ya no tenía la mirada baja. Irradiaba algo que no acababa de saber qué era. Algo por completo desconocido. Algo poderoso, maravilloso y embriagador. —¿Puede ponerme también un par de esas sandalias negras de tacón, las de las tiras que se entrecruzan por las pantorrillas? —pregunté a la vendedora mientras le daba la tarjeta de crédito. —Claro. Un ocho, ¿verdad? ¿Sabía que Marilyn Monroe también solía recortar un poco uno de los tacones? —me dijo en confidencia mientras me cobraba—. A su novio le van a encantar. —¿Novio? —dije, guiñando el ojo—. ¿No querrá decir… novios? —¡Así se habla! —exclamó ella, guardando mis sensatos zapatos negros sin tacón y mis nuevas sandalias de tiras en una bolsa antes de dármelos. Me apliqué otra capa de mi nuevo pintalabios y caminé balanceándome hasta la calle. Más adelante valoraría los daños sufridos por mi tarjeta de crédito y aceptaría lo que acababa de hacer. Más adelante me rendiría al pánico y me preguntaría si debía devolverlo todo o simplemente apretarlo en el fondo de mi armario y fingir que aquello no había sucedido nunca. Sin embargo, en aquel momento lo único que quería era deleitarme en esa sensación tan estimulante.

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Sentí el aire de fuera limpio y fresco contra mi rostro. Levanté la mano para llamar a un taxi y luego la dejé caer a un lado del cuerpo, sintiendo cómo se extinguía mi euforia. No podía quedarme en casa, sola, mientras Alex y Bradley salían a tomar algo. Sabía que me volvería loca imaginando a Bradley contemplando las fotos de Alex y diciéndole lo preciosa que estaba mientras sus muslos se acercaban cada vez más. Sentí cómo se reavivaban las peligrosas ascuas de mis celos. ¿Alex y Bradley se iban a un bar? Bueno, pues entonces también yo iría a uno. Me tomaría una copa de vino y me divertiría con mi nuevo look, recuperaría parte de la alegría que había sentido cuando la señorita Givens me había pedido que volviera para hacer otra entrevista. No dejaría que Alex me arrebatara eso también. Empecé a caminar cuesta abajo, hacia el río Potomac. Junto al agua, a solo tres manzanas de allí, había una marisquería llamada Tony & Joe’s. Iba paseando por la acera y un par de tipos que caminaban en dirección contraria se apartaron para dejarme pasar. Qué curioso, normalmente era yo la que se apartaba para dejar pasar a los demás. Nunca me había dado cuenta. Ahora caminaba de una forma diferente, ocupaba más espacio y no me sentía culpable por ello. Mis brazos balanceaban las bolsas atrás y adelante, y mi zancada era más larga. Un motorista me silbó al pasar, y yo me volví y le sonreí en lugar de agachar la cabeza. Lo que necesitaba era una copa, sin lugar a dudas. A lo mejor también me daba el lujo de invitarme a una buena cena. Estaba cruzando el aparcamiento al aire libre de la marisquería cuando oí las voces. Una voz de hombre, grave y enfadada, y otra de mujer, suplicante. Seguramente no sería más que alguien riñendo con su novio, pensé, pero el instinto hizo que detuviera mis pasos. Una camioneta me tapaba la vista, así que la rodeé y entonces vi a la pareja. El hombre debía de tener unos cuarenta y tantos, era bajo y muy delgado, y vestía traje y corbata. No le veía los ojos porque, aunque ya anochecía, llevaba unas gafas de sol de espejo que se los tapaban. —¿Quieres hacer el favor de apartarte y dejarme entrar en el coche? —decía la mujer—. No se puede hablar contigo cuando te pones así. —¡Pero qué zorra que eres! —gritó el hombre—. ¿Que no se puede hablar conmigo? ¿Y por qué no se puede hablar conmigo, joder? Era evidente que el tipo estaba furioso; estaba perdiendo el control. Me pregunté si debía llamar al 911 o si eso sería exagerar. El hombre se estaba acercando a la mujer con una expresión de ira en el rostro, y ella retrocedía. Ninguno de los dos me había visto. ¿Debía gritar para pedir ayuda? Miré en derredor, desesperada: solo vi a un hombre que paseaba a su perro por la orilla del río, pero estaba a un centenar de metros. Puede que no me oyera. Antes de que pudiera hacer nada, estalló un ruido. ¿Había empujado el hombre a la mujer contra su coche? Sin pensarlo, solté las bolsas y eché a correr hacia ellos. —¡Eh! —grité—. ¡Aléjate de ella!

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El hombre se frotaba los nudillos y la mujer estaba apoyada contra el coche. Al verme él, no dijo una sola palabra y se alejó caminando como si estuviera dando un paseo un domingo por la tarde. —¿Estás bien? —pregunté mientras corría hacia la mujer. —Creo que sí —respondió ella, pero entonces le fallaron las piernas y se dejó resbalar por el lateral del coche hasta caer en el suelo. Parecía en estado de shock, tenía la cara tan blanca que me preocupaba que pudiera desmayarse. Sus ojos azules estaban desorbitados y asustados. —¿Te ha pegado? —pregunté. Me incliné sobre ella y le examiné la cara, pero no vi ninguna marca—. ¿Quieres que llame a una ambulancia? —Le ha dado al coche —dijo, señalando una abolladura en la puerta del conductor. Vació sus pulmones con un soplido, y también yo suspiré de alivio—. Pero podría haberme pegado si no hubieses aparecido —dijo—. Gracias. —Me alegro de haber estado aquí —dije—. ¿Quieres que llame a la policía? Dijo que no con la cabeza. —Esa joya de hombre es mi ex marido —dijo. —Vaya —repuse. No se me ocurrió nada más que decir. —¿Adivinas por qué me divorcié de él? —Soltó esa clase de risa que no contiene ni pizca de humor, después sacudió la cabeza—. Soy una imbécil. No sé por qué he accedido a verlo esta noche. Teníamos que firmar unos papeles, pero debería haberlos dejado en el despacho de su abogado en lugar de ponerme a pensar en los siete años que estuvimos casados. Supongo que quería hacerles honor, en cierta forma. Pensaba que podríamos darnos la mano y desearnos el uno al otro todo lo mejor. Quiero decir que no era así ni mucho menos al principio, cuando me casé con él… Se interrumpió y se puso de pie. —Lo siento —dijo—. Madre mía, soy un desastre. Aquí estoy, contándote la historia de mi vida. Gracias otra vez. —¿Estás segura de que te encuentras bien para conducir? —pregunté. Todavía estaba bastante pálida—. ¿No quieres llamar a nadie? —Estoy bien —dijo. Alargó los brazos y asió mi mano entre las suyas. Las tenía como el hielo. Se sacudió un poco el vestido, después abrió la puerta del coche y subió. Pero no puso la llave en el contacto. —Si estás segura… —dije. Me aparté unos cuantos pasos, recogí las bolsas de mis compras y después volví a mirar. Todavía estaba allí sentada, contemplando el vacío. Se la veía muy triste. Sin pensarlo, corrí otra vez hacia su coche. —Iba a tomarme una copa de vino —le dije, señalando al restaurante—. ¿Te apetece acompañarme? A lo mejor si te sientas un rato y descansas te encontrarás mejor. No sé qué me impulsó a hacer eso. Quizá fuera el hecho de que tenía una cara sincera y afable. De sus ojos salían profundas arrugas de años de risa, que daban fe de que aquella mujer sonreía a menudo. O quizá fuera que había visto en ella un

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alma gemela: también su vida estaba hecha pedazos, y ella estaba intentando volver a unir todas las piezas. —¿Ahora mismo? —Levantó la cabeza y me miró—. Pero ¿no has quedado con nadie? —No, estoy sola —dije. —¿De verdad? No me creo que una chica con ese aspecto vaya a salir sola. ¿Qué podía decirle? ¿Que esa no era yo, que solo era un disfraz? ¿Que era como una niña disfrazada para Halloween? —Me encantaría acompañarte, si de verdad no te importa —dijo—. Tengo la sensación de que una copa de vino es justo lo que necesito. Salió del coche y nos fuimos las dos a Tony & Joe’s. Era demasiado tarde para comer y demasiado temprano para que la happy hour estuviera animada, así que pudimos elegir asiento. Nos acomodamos en un par de sillas con un tapizado abultadísimo junto a un ventanal de cristal que daba al río. Debería haberme sentido incómoda (ahí estaba yo, con una desconocida de la que no sabía nada, aparte de que tenía un ex marido violento), pero esa mujer tenía algo que enseguida me hizo sentir a gusto. O quizá era la nueva yo la que se sentía a gusto. Quizá llevar esa ropa y el maquillaje me hacía sentir como si interpretara un papel, y no era realmente yo la que estaba dictando mis propias acciones. —Ni siquiera sé cómo te llamas —dijo después de que pidiéramos sendas copas de chardonnay. —Lindsey. —Yo me llamo May. Y te estoy muy agradecida. ¿Te puedes creer que…? Le sonó el teléfono móvil, interrumpiendo lo que fuera que iba a decir. —Lo siento —dijo May—. Es una llamada de trabajo. ¿Te importa? Seré muy breve. —No pasa nada —le dije. Qué gracia, May no parecía una mujer del tipo profesional. Me recordaba más bien a la madre de un hada madrina, con su largo vestido floreado y sus alborotados rizos de un castaño canoso. Pero, claro, seguramente tampoco yo parecía la clase de mujer que había defendido con celo su lugar en el cuadro de honor del instituto, pensé, alzándome un poco el top para que no me asomaran los pechos. —Citas a Ciegas —dijo May al teléfono—. ¡Vaya, Devlin, cómo me alegro de oírte! Pero ¿no tenías que estar conociendo a tu pareja ahora mismo? Frunció el entrecejo mientras escuchaba, luego sacudió la cabeza. —Es porque estás nervioso —dijo—. Es normal. En los últimos catorce años solo has tenido una cita. A todo el mundo le cuesta volver ahí fuera después de un divorcio. Hummm… jugosa información. —Devlin, eres un hombre listo y amable. ¿Sabes cuántas mujeres hay por ahí a las que les encantaría conocerte? —preguntó May—. ¿Quieres que repase contigo tu lista de temas de conversación? A esas alturas ya había dejado de fingir que estaba contemplando el río; miraba

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a May descaradamente. —Ajáaa… y no te olvides de tu viaje a Irlanda —dijo—. Cuéntale esa historia tan graciosa sobre el perro que se coló en el pub. Y recuerda la norma sobre el final de la velada. Si no estás interesado, no digas que la llamarás. Dile solamente que ha sido una noche muy agradable. May terminó la conversación y guardó el teléfono en el bolso. —Lo siento —dijo, y dio un buen trago al vino que la camarera nos había servido mientras ella hablaba por teléfono—. Ah, qué bien sienta esto. Tengo una agencia matrimonial llamada Citas a Ciegas, y era uno de mis clientes. —¿En serio? ¿Cuánto hace que te dedicas a esto? —pregunté. —Unos ocho años. Me encanta. Puedo conocer personalmente a todos y cada uno de mis clientes antes de emparejarlos con alguien. Así, para ellos es como si tuvieran una cita a ciegas de verdad. También compruebo sus historias personales y su solvencia, solo para asegurarme. —Es fascinante —dije—. ¿Cuántos clientes tienes? —Una media de sesenta —dijo. Entonces se le iluminó la cara—. ¡Ya hemos tenido nueve bodas! —Un índice de éxito bastante bueno —comenté. Vi que May se relajaba visiblemente al hablar de su negocio, pero ese no era el único motivo por el que le hacía preguntas. Me interesaba de verdad. —Bueno, ya vale de hablar de mí —dijo—. Háblame de ti. ¿A qué te dedicas cuando no estás siendo increíblemente amable y rescatando a mujeres en aparcamientos? Sonreí con pesar. Qué curioso, antes me encantaba esa pregunta del «¿a qué te dedicas?». Ahora hacía que se me encogiera el estómago. —Bueno, acabo de trasladarme aquí desde Nueva York. —Eso lo explica —dijo May—. Imaginaba que había alguna razón por la que no habías quedado con ningún novio esta noche. ¿Tienes a alguien especial en Nueva York? Pensé en Bradley y sentí cómo mi ánimo se venía abajo. Sí que había alguien especial, y en esos momentos estaba con mi hermana gemela. —Lo siento —dijo May—. Te estoy haciendo demasiadas preguntas. Pero, por si te hace sentirte mejor, esos tipos de la barra no han dejado de mirarte desde que has entrado. Me volví para mirar y vi a tres yuppies sentados a la barra, todos ellos con traje oscuro y la corbata algo aflojada alrededor del cuello. Sonrieron, y uno levantó su jarra de cerveza ofreciéndome un brindis. Me volví de nuevo hacia May. —¿De verdad? ¿Desde que he entrado? —Vamos, corazón, si ya debes de estar acostumbrada. Volví a mirar a esos hombres, y después otra vez a May. Si ella supiera… No tenía ni idea de cómo actuar con unos tipos que coqueteaban conmigo. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Levantar mi copa para corresponderles el brindis?

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¿Acercarme a decir hola? Me sentía como una extranjera en un país extraño donde no entendía ni una palabra del idioma ni conocía las costumbres. En cuanto abriera la boca, todo el mundo sabría que aquel no era mi lugar. —Cuéntame más cosas sobre tu empresa —dije, lanzando una rauda sonrisa a aquellos tipos antes de volverme y regresar a territorio seguro—. ¿Cómo sabes a qué dos personas puedes emparejar? —Es un presentimiento —dijo, con un brillo en la mirada—. Esa es la parte que más me gusta del trabajo. A veces junto a dos personas que sobre el papel jamás pensarías que puedan funcionar, pero un sexto sentido me dice que vale la pena que se conozcan. Y ¿te creerías que esa vocecilla que me susurra suele acertar más veces de las que se equivoca? —¿La mayoría de tus clientes son divorciados? —Algunos, pero los tengo de todas clases. Estudiantes de universidad, viudos, incluso una antigua candidata a Miss Maryland —explicó—. Ahora está muy feliz, saliendo con un científico de los Institutos Nacionales de la Salud. He pensado en aprovecharlos para hacer un anuncio. Me miró de arriba abajo. —¿Sabes? Tengo a un tipo con el que creo que te llevarías muy bien. ¿Te interesa? No te cobraría nada, desde luego. —Gracias —dije—, pero estoy saliendo con alguien. Bueno, en realidad no, pero espero hacerlo pronto. —Ah —dijo May—. Bueno, es un chico con suerte. —Gracias —dije, ruborizándome. ¿Era eso con lo que se encontraba Alex todos los días, con cumplidos que le llovían encima como confeti? Qué forma más agradable de vivir; lo único que me llovía a mí siempre encima era eso, la lluvia. —Pero sí hay una cosa que me interesa —le dije—. Háblame de tu anuncio. ¿Estás trabajando con alguna agencia? —Fui a ver a una agencia de publicidad, pero no tengo presupuesto para lo que quieren hacer. ¿Puedes creerte que me pedían veinte mil dólares solo para crear unos cuantos anuncios de revista? Y eso ni siquiera incluía los costes de publicación. He pensado que haré uno yo misma. May susurró «veinte mil dólares» como si fuera una suma tan escalofriante que no debía ser pronunciada en voz alta. Supuse que sería mejor no decirle que a eso solía ascender mi factura anual solo de mensajeros. —Yo en Nueva York trabajaba en publicidad —dije, reclinándome en mi asiento y bebiendo un poco de vino—. A lo mejor puedo darte uno o dos consejos. ¿Por qué no me hablas más de tu anuncio? —¿Ahora mismo? —Ahora mismo. De repente me moría de ganas de ayudar, de zambullirme de nuevo en ese mundo que conocía tan bien. May se merecía algo bueno, y a lo mejor yo podía ayudarla a conseguirlo. A lo mejor esa era la razón por la que se había cruzado en mi

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camino ese día. Podía desarrollar una estrategia para ella prácticamente mientras dormía. Podía ayudarla a hacer crecer su negocio. El trabajo siempre había sido mi válvula de escape preferida. ¿Qué mejor forma había de olvidarme de Alex, de Bradley y de todo lo que había sucedido ese día que lanzarme a ello, en ese momento y en ese lugar?

La idea de May para el anuncio era un desastre. Quería utilizar una fotografía de una pareja feliz, sentados en un sofá y sonriendo a la cámara. No tenía nada de interesante ni ingenioso. Seguramente la gente pasaría página sin preocuparse siquiera por saber si era un anuncio de pasta de dientes o uno de sofás cama de ocasión. Sería del todo olvidable, lo cual firmaría su propia sentencia de muerte. —Me gusta tu idea —mentí, un poco, mientras ella pedía una segunda copa de vino y yo me pasaba al agua fría—, pero ¿puedo darte unas cuantas ideas con una visión diferente? —Desde luego —dijo May—. Tú eres la experta. —Tienes que saber a qué gente le interesan las agencias matrimoniales — expliqué, inclinándome hacia ella y apoyando los codos en las rodillas—. A lo mejor crees que es evidente: gente que quiere conocer a alguien especial. Pero seguramente es mucho más complicado que eso. ¿Qué impide que un posible cliente coja el teléfono y te llame? May arrugó la frente. —¿A lo mejor que tienen miedo? —Pero ¿miedo de qué? —pregunté—. ¿Miedo de que los emparejen con un psicópata? ¿Miedo de que piensen que están desesperados por llamar a una agencia matrimonial? Hasta que logres descubrir qué es lo que impide a la gente llamar, no podrás tranquilizarlos. Y eso es lo que tiene que hacer tu anuncio: tranquilizarlos y seducirlos. —Caray —dijo May—. Ni siquiera sé por dónde empezar para averiguar todo eso. ¿Cómo haces tú esa clase de investigación? —¿Has oído hablar alguna vez de los grupos focales? —pregunté. Ella asintió. —Creo que sí. —Pues ¿a que no sabes una cosa…? —dije, mirando hacia la barra. A esas horas ya estaba abarrotada de hombres y mujeres de veintitantos y treinta y tantos, todos coqueteando y riendo mientras se repasaban con la mirada—. Ahora mismo estamos en medio de tu grupo focal —le dije a May. Diez minutos después ya estaba delante de una docena de hombres y mujeres a quienes May y yo habíamos engatusado con la promesa de una copa gratis. En el grupo estaban mis tres yuppies, así como una mujer que había salido a celebrar su divorcio con unas amigas. A ellas las había escogido porque habían atado unas cuantas latas a un cordel que la ex esposa llevaba a la cintura y le habían plantado en el trasero un cartel que decía: ¡RECIÉN DIVORCIADA! Intuí que esas mujeres no serían

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tímidas a la hora de decirme exactamente qué le pedían a una agencia matrimonial. El resto de nuestro grupo era una mezcla ecléctica: un tipo con barba que había estado solo en la barra del bar, esperando a un amigo que no se había presentado; un hombre muy atractivo y una mujer igualmente guapa que eran amigos desde el instituto pero que nunca habían salido juntos (la chispa que había entre ellos era evidente; en cuanto uno de los dos se tomara un chupito de limón de más, estarían revolcándose sobre la alfombra); y un trío de compañeros de un bufete de abogados. —¿Me oís todos bien? —pregunté—. ¿Sí? Genial. Pues empecemos. Me llamo Lindsey y me encantaría saber lo que pensáis todos vosotros sobre las agencias matrimoniales. —Yo nunca iría a ninguna —saltó enseguida una de las amigas de la divorciada. —¿Por qué no? —pregunté. —Me parece un poco lamentable —dijo, y unos cuantos murmuraron dándole la razón—. Son para fracasados. May garabateaba apuntes con furia, justo como yo le había pedido que hiciera. —Y vosotros ¿qué me decís? —pregunté a uno de los yuppies. —Yo me apunto a tu agencia si tú sales conmigo —dijo, y sus amigos rieron y chocaron los cinco con él. Oculté una sonrisa y me volví enseguida hacia el tipo que había estado esperando solo en la barra. —¿Y tú? —pregunté. —Pues no sé —repuso—. Parece algo raro. —De modo que las agencias matrimoniales son raras y lamentables —dije. —¡Como mi ex marido! —exclamó la mujer del cartel en el trasero, y sus amigas chillaron de risa. A esas alturas, unas cuantas personas más se estaban acercando, atraídas por el jaleo. Me subí a un taburete para poder ver a todo el mundo. Gracias a Dios que había frenado después de la primera copa de vino, o seguramente habría perdido el equilibrio con mis botas asimétricas. —Yo no creo que estén tan mal —dijo alguien—. La mitad de mis conocidos están en Match.com. —Sí, pero una amiga mía lo probó y el tío resultó estar casado —gritó una mujer desde el otro lado del grupo—. Y tenía veinte kilos más que en la foto. —Así que la gente engaña sobre quiénes son —dije. —Como ese tío de Cleveland —dijo uno de los del bufete de abogados—. Quería coger un vuelo para venir a conocer a una amiga mía. Y tenía unos… sesenta. Busqué quién era en Google y la avisé. De repente, la mitad del grupo asentía con aquiescencia; todos tenían un «amigo» que había tenido una mala experiencia con las citas por internet. —¿Y qué me decís de las citas a ciegas? —Es la forma más rápida de acabar con una amistad —sentenció alguien con voz de saber lo que se decía—. Tú emparéjalos, que acabarán odiándose y los dos te echarán a ti la culpa.

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—Una vez me emparejaron con un tío que era compañero de trabajo de una amiga, y resultó ser un cardo —gritó una de las amigas de la divorciada. Arrastraba un poco las palabras—. Me quedé como: «¿O sea, que piensas que yo soy un cardo?». Si no, ¿por qué me había emparejado con él? —Qué zorra —dijo la mujer de las latas con voz comprensiva—. Tú no eres ningún cardo. —Tampoco tú eres un cardo —dijo la primera mujer, llorosa, lanzando los brazos alrededor del cuello de su amiga. Las latas resonaron mientras ellas se daban un ebrio abrazo. —¿Creéis que también hay personas normales que acuden a agencias matrimoniales? —pregunté—. ¿Alguien que llegue a casarse gracias a una? —Tendrían que mentir sobre ello —gritó un yuppy—. Acabarían explicando que se conocieron haciendo rafting en aguas bravas o algo así. —O en la cárcel —bramó uno de los del bufete, y el público lo aclamó. —O sea, que no existe ninguna buena razón para llamar a una agencia matrimonial —dije, alzando la voz para que llegara hasta el fondo de la concurrencia y acallara el alboroto. Mi antigua empresa me había enviado a un especialista de comunicación para que aprendiera a hacer eso durante las presentaciones. Era uno de los motivos por los que no me quedaba de piedra al hablar en público. Esa noche, sin embargo, estaba más relajada de lo habitual. Mi nueva ropa y mi maquillaje me daban un poco más de chispa. —Pero ¿qué me diríais de una agencia matrimonial que compruebe las historias personales para asegurarse de que la gente no está casada? —pregunté—. ¿Y si alguien investigara a vuestra pareja antes de que la conocierais, y le hiciera también una fotografía? ¿Y si fuera una agencia selectiva, en la que no pudiera entrar cualquiera? ¿Os parecería diferente entonces? —A lo mejor —admitió la mujer de las latas, y unos cuantos murmuraron también. —Gracias —dije—. Habéis sido todos de gran ayuda. Bajé del taburete y me acerqué a May. —Has estado increíble —me dijo—. ¡Cómo te has hecho con el control de esa multitud! —Ha sido divertido —repuse, y me di cuenta de que lo había sido de verdad. —No puedo creer que estés haciendo todo esto por mí —dijo May—. Es demasiado. —Solo tienes una forma de darme las gracias —añadí—. Déjame crear tu anuncio. Sé exactamente lo que voy a hacer.

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Capítulo 13 A eso de las dos de madrugada me ardían los ojos, me dolía la espalda y no me quitaba el sabor a café rancio de la boca. Había docenas de revistas recortadas esparcidas por el suelo de mi habitación, y tenía dos dedos que se me pegaban continuamente porque habían acabado cubiertos de cola. Pero mis anuncios para May no estaban nada mal. Contemplé los montones de papeles esparcidos sobre mi cama. Había cambiado de estrategia alrededor de la medianoche, cuando había decidido descartar la idea de un anuncio a página completa. En lugar de eso, había ideado cuatro anuncios de un cuarto de página. Había recortado fotografías y palabras de diferentes revistas para crear collages con mis diseños. Había imaginado los cuatro anuncios publicados en páginas consecutivas de una misma revista, interactuando unos con otros como los antiguos carteles de carretera de espuma para afeitar Burma-Shave. En mi primer anuncio aparecía una chica joven muy mona mirando directamente a la cámara. Estaba sentada a la mesa de un restaurante, y frente a ella había un hombre de pelo cano con un bastón. «Me dijo que tenía veintiséis», decía una frase en letra negrita roja por encima de su cabeza. En el segundo anuncio se veía a un chico mirando con espanto la factura de su tarjeta de crédito. Esta vez, el texto decía: «Yo la llevé a cenar. Ella se llevó mi tarjeta de crédito». Mi tercer anuncio presentaba a una mujer que sostenía en alto una alianza. «Me propuso que nos fuéramos a pasar juntos el fin de semana. Después llamó su mujer.» El último anuncio era una simple línea de texto con esas mismas vistosas letras rojas sobre fondo negro: «Citas a Ciegas. Nuestras únicas sorpresas son felices». Me dejé caer en la cama. De pronto estaba agotada. ¿Cuánto hacía que no me sentaba a crear un anuncio desde cero y lo terminaba yo sola, sin tener que investigar hasta la muerte y colaborar con directores artísticos y fotógrafos de moda que se creían prima donnas, y masajeando continuamente el ego de un cliente que por norma exigía cambios que amputaban mis mejores ideas? Desde el posgrado, caí en la cuenta. Esa fue la última vez que había sido mi propia jefa. Esa fue la última vez que me había divertido trabajando. Me senté y guardé el material en mi maletín. Esos anuncios no ganarían ningún premio, pero a May le funcionarían de maravilla. Además, como había estado tan concentrada trabajando toda la noche, apenas me había acordado de Alex y Bradley. No había pensado ni una sola vez en la ropa que había escondido en el armario, todavía en sus bolsas. El proyecto me había tenido absorta y me había hecho dejar de

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lado mis sentimientos, como siempre. Así es como volvería a ser mi vida si conseguía el trabajo en Givens & Associates… pero sin la parte creativa y gratificante. Trabajo hasta tarde todas las noches, cansancio ocular y varias úlceras peleándose por conseguir un sitio en mi estómago. Desde luego, como me apresuré a recordarme, también tendría un sueldo bien jugoso, opciones de compra de acciones y un cargo en lo más alto del organigrama de la empresa. No sé por qué, el rostro de Matt se coló en mi mente. Vi sus ojos castaños y su gran sonrisa con tanta claridad como si lo tuviera sentado a mi lado en la cama. Si estuviera conmigo, pediría una pizza de champiñones y olivas para los dos, me daría la lata con eso de que trabajo demasiado y luego se metería dos pelotas de tenis por la camisa para hacer su imitación de Cheryl. De repente me inundó una marea de añoranza; lo echaba de menos. Busqué el móvil y empecé a marcar su número, pero enseguida lo guardé otra vez, despacio. Seguramente estaría durmiendo. Con Pammy acurrucada junto a él como una gatita fiel. No, no, esa mala leche no era apropiada. Escogí un libro, hojeé unas cuantas páginas y lo dejé caer en la cama. Pensé en ir al salón a ver un rato la tele o prepararme algo de comer, pero no tenía hambre. Y tampoco me apetecía ver la televisión. Me sentía sola. No podía continuar negándolo, Ahora que el trabajo no dominaba todo mi tiempo y mis pensamientos, por primera vez me di cuenta de lo poco que contenía mi vida aparte de mi profesión. Salvo con Bradley, había perdido el contacto con la mayoría de mis amigos del instituto y la universidad. Ni siquiera tenía un hobby. El año anterior me había apuntado a clases de hacer punto pensando que me ayudaría a reducir el estrés, pero el tiro me salió por la culata cuando me di cuenta de que había gastado más de cien dólares al mes y aproximadamente la misma cantidad de horas para tejer un jersey horrible con un agujero en medio lo bastante grande para hacer pasar por él una pelota de béisbol. ¿Qué tenía en la vida, además de esas dos maletas de ropa de diseño y un puñado de anuncios creados por mí? «¿Es esto lo que quieres?», me había preguntado Matt el día en que se suponía que me iban a dar el ascenso. No le había contestado; en aquel momento estaba demasiado histérica. Entonces pensé en lo fácil que era verse eclipsada por Alex, incluso ya de adulta. Pensé en lo orgullosos que estaban mis padres de mí. Pensé en los años de trabajo duro, en el plan que tan meticulosamente me había trazado para mi vida. ¿Cómo es que, durante todos esos años de planificación y estrategia, no había dado nunca un paso atrás para preguntarme qué era lo que deseaba? Siempre había tenido la sensación de recorrer una senda predeterminada, una senda que no tenía ninguna bifurcación que pudiera llevarme en una dirección diferente. Mis elecciones habían sido tan claras, tan obvias, que no habían requerido ninguna reflexión por mi parte. Hasta la noche en que me despidieron —al recordarlo me estremecí sin querer— no

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me había saltado ni un solo paso de ese camino tan claramente delimitado. Sin embargo, desde aquella noche las cosas se habían vuelto muy confusas. Ese repentino y breve ataque de pánico en Givens & Associates, mi locura consumista, los nuevos e inesperados sentimientos hacia Bradley… ¿Cómo se me había complicado la vida tanto y tan deprisa? «¿Es esto lo que quieres?», me preguntó de nuevo la voz de Matt. Me quedé allí tumbada un minuto, reflexionando. —¿Acaso tengo alternativa? —repliqué en voz alta.

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Capítulo 14 A la mañana siguiente me desperté antes de las siete. Como siempre, tardé unos cuantos segundos en orientarme y recordar que no me encontraba en mi apartamento de Nueva York. Una familiar sensación de bochorno me arropó como un grueso edredón: me habían despedido, había mandado mi vida al garete y estaba mintiendo a todos. No habría podido soportar otro arrebato de introspección —la sesión de la pasada noche ya me había resultado suficientemente dura—, así que me levanté de la cama de un salto con la esperanza de que el movimiento hacia delante desterrara esos pensamientos. Aunque solo había dormido la mitad de la noche, no estaba cansada. Hacía tiempo que había entrenado mi cuerpo para acostumbrarlo a noches de cuatro o cinco horas de sueño. Corrí a meterme en la ducha antes de que mi padre, crucigrama en mano, pudiera reclamar derecho alguno sobre el baño. Literalmente un segundo después de que cerrara el grifo, mi madre llamó a la puerta con unos golpecitos. —¿Cielo? —Un momento —dije mientras me envolvía el pelo en un turbante de toalla. —Solo quería saber si necesitas algo de IKEA —dijo mi madre. —No, gracias —contesté, poniéndome la bata. —Voy a comprar unos cojines nuevos para los muebles del jardín. A lo mejor, si no decía nada, entendería la indirecta. Nunca estaba muy habladora hasta después del primer café. —Están de rebajas —gritó mi padre desde el otro lado de la puerta. A lo mejor no. —Ya sabes que allí se puede desayunar por noventa y nueve centavos —siguió diciendo mi padre. —No te olvides de decirles que no te pongan mermelada de arándanos rojos en las tortitas —le recordó mi madre—. Recuerda lo poco que te gustan. —Qué cosa más pringosa y acida… —confirmó mi padre. Viviendo sola en mi apartamento me había olvidado por completo de la falta de intimidad que reinaba en esa casa. Aunque nadie más parecía echarla en falta. Alex incluso solía entrar en el cuarto de baño mientras yo estaba en la bañera y se ponía a maquillarse con toda tranquilidad, hasta que me hice con la caja de herramientas de mi padre e instalé un pestillo en la puerta. —¿Qué te parecen unos cojines a rayas blancas y amarillas? —preguntó mi madre a mi padre mientras yo me ponía leche corporal en las piernas. No se habían molestado en apartarse de la puerta. —¿Qué tiene de malo el azul marino? —replicó mi padre.

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—Hace años que los tenemos azul marino —respondió mi madre—. Me apetece un cambio. —Conque te apetece un cambio, ¿no? —refunfuñó mi padre—. ¿Te apetece también un cambio en esto? ¡Por Dios bendito! ¿Eso que oía en su voz era un tono con connotaciones sexuales? —¡Hank! —exclamó mi madre con una risilla. No soportaba imaginar lo que estaba sucediendo en el pasillo, así que puse en marcha el secador de pelo y reprimí un escalofrío. Por suerte, para cuando lo apagué ya se habían marchado, imagino que a hostigar a los suecos. Me vestí deprisa, preparé una cafetera y puse en orden mis pensamientos, además del cajón de sastre de mi madre (por lo más sagrado, ¿por qué guardaría nadie los tíquets de compra hechos bolitas arrugadas, como si fueran pañuelos de papel usados, y acumularía bolígrafos que no funcionan en lugar de tirarlos a la basura?). Mientras alisaba los tíquets de compra y los iba ordenando según la fecha para unirlos todos con un clip, decidí que primero llevaría mis anuncios a casa de May. Después buscaría un cibercafé y me pondría a trabajar. El lunes siguiente se acercaba deprisa, y yo todavía tenía que investigar a fondo Givens & Associates. Terminé de pasar la bayeta a la encimera de la cocina y después fui al recibidor y me adueñé de las llaves de la ranchera de reserva de mis padres. Sin embargo, cuando estaba cerrando la puerta de casa con llave, mi mano se quedó petrificada. La noche anterior, mi aspecto había sido el de una persona completamente diferente. ¿Qué pensaría May si me veía así? Fui a mirarme en el espejo que había en el recibidor. Llevaba el pelo recogido en un moño, me había puesto unos pendientes de sencillas perlas y mi ropa era de lo más triste. ¿Llegaría May a reconocerme? Pensé en los cumplidos que me había dedicado la noche anterior y en lo bien que me habían sentado. Verla asimilar aquella segunda impresión sería devastador, ver cómo la confusión invadía su mirada, imaginarla preguntándose si quizá la iluminación había sido mucho más pobre de lo que ella creía, o si el vino había sido más fuerte. Sin detenerme a pensar en lo que estaba haciendo, subí otra vez a mi habitación. No tardaría más de dos minutos en cambiarme, y luego otros diez en ponerme algo de maquillaje. Eso no quería decir nada, me repetí mientras me quitaba el traje y volvía a colgarlo en la percha. Después de ver a May me cambiaría otra vez y volvería a ser yo misma. Me puse mi nuevo sujetador negro con braguitas a juego, después me enfundé mis vaqueros Rock & Republic y me deslicé en el interior del top negro de cuello alto. El top era sencillo y clásico por delante, lo cual hacía que la visión de la piel desnuda de la espalda resultara tanto más inesperada. Y los vaqueros no se habían ensanchado ni una pizca desde el día anterior; me puse en cuclillas, me retorcí y me meneé para conseguir entrar en ellos mientras empezaba a sudar un poco. Visto por el lado bueno, si me los ponía a menudo no tendría que ir al gimnasio. (Visto por el

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lado no tan bueno, puede que estuviese sufriendo un brote de personalidad múltiple, pero, oye, ¡al menos una de esas personalidades estaría delgadita!) La mujer de MAC me había puesto el maquillaje en unas brillantes bolsitas de papel charol negro forradas de papel de seda rosa, cada artículo tan bien envuelto como si fuera un regalo de cumpleaños. Encontré el gráfico y empecé a rebuscar en las bolsas para sacar corrector, sombras de ojos, brillo de labios, y fui dejándolo todo sobre la encimera del lavabo, igual que un cirujano preparándose para una operación complicada. —Vale —le dije a mi reflejo del espejo del baño—. Hora de ponerse manos a la obra. Tampoco es que nunca hubiera llevado maquillaje. Tenía un pintalabios rosa clarito que me ponía siempre que me acordaba, y a veces, cuando tenía las ojeras especialmente marcadas, rebuscaba en el botiquín hasta encontrar mi viejo y reseco corrector. Sin embargo, sí es verdad que nunca había jugado con el maquillaje. Para mí, ponerme pintalabios siempre había sido más o menos tan sensual como ponerme desodorante. Jamás había usado el dorso de la mano para mezclar base y brillantes polvos dorados y comparar las diferentes proporciones hasta decidir cuál era la más favorecedora. Nunca me había aplicado una sombra de tacto satinado sobre los párpados con pincel, como un pintor que rellena de color el pétalo de una flor. Nunca había sido consciente de que el maquillaje pudiera ser tan maleable, táctil y fluido. Nunca había sabido que ponérselo podía ser tan divertido como pintar con los dedos. Utilicé uno de mis nuevos pinceles para recoger color de dos pintalabios y aplicármelo suavemente. La maquilladora tenía razón; tenía unos labios muy marcados, pensé mientras me apartaba un poco del espejo para contemplarlos. Qué curioso que nunca antes lo hubiera pensado. Me dibujé la raya de los párpados superiores con un lápiz gris suave, después pasé la punta del meñique por el final de la línea para que se viera difuminada, tal como me había enseñado la mujer de MAC. Me puse una capa de rímel usando el final del bastoncillo para evitar grumos. Me apliqué una fina capa de sencillo brillo de labios. Contemplé mi cara en el espejo y después retoqué con un poco de colorete rosado la parte central de las mejillas. La sombra de ojos fue lo que me resultó más complicado. ¿Cómo podía ser que la mujer de MAC hubiera necesitado tres tonos diferentes para que pareciera que no llevaba nada en los párpados? Seguí su gráfico a pies juntillas, me puse un tono Wedge en el párpado, lo realcé con Brulé y, después de difuminarlos un poco con un pincel que tenía forma de la espátula más diminuta del mundo, mis ojos adquirieron un aspecto increíblemente seductor. Si no me conociera, me sorprendería lo que yo misma pensé. Me puse a prueba intentando recitar mentalmente una receta de tortitas: seguía estando seductora. Calculé unos cuantos problemas con multiplicaciones y pensé en el tiempo: seguía estando seductora. El maquillaje era algo milagroso. Me solté el pelo, me peiné el flequillo hacia un lado y di un paso atrás para alejarme del espejo. Asombroso. Apenas si me reconocía. En el transcurso de unos

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cuantos minutos me había transformado por completo. Ya sabía cómo se sentía Cenicienta paseándose por ahí con su secreto. ¿Eran solo los zapatitos de cristal y el vestido nuevo lo que la hacía hermosa, o era algo más, algo que no podía embotellarse ni venderse? Porque yo me sentía como si una persona completamente diferente se hubiese colado en mi cuerpo. Una persona más atrevida y que sonreía más. Una cuyos rasgos se parecían a los míos pero a quien yo ni siquiera reconocía. Una con unos pechos una talla más que los míos (vale, técnicamente eso podía comprarse por 39,99 dólares en el mostrador de Miracle Bra). Me alejé del espejo y metí mis zapatos planos y mi traje doblado en una bolsa de compras vacía junto con unos cuantos papeles de seda y el bote de desmaquillador que me había vendido la mujer de MAC. Después volví a coger las llaves y salí hacia casa de May.

—Son asombrosos —dijo May, mirando mis anuncios. Estaban esparcidos delante de ella, en la mesa de su cocina, como si fueran una mano de póquer. —Si tienes amigos o familiares que quieran posar, ni siquiera tendrás que contratar modelos —expliqué—. Así te ahorrarás una millonada. —Es que no puedo creerme que estés haciendo todo esto por mí —confesó May—. ¿Por qué eres tan amable? —No es nada —repuse—. Me encanta hacer esto. La tetera empezó a silbar y May se levantó. —Ojalá pudiera hacer algo por ti —dijo mientras se movía por su agradable cocina amarilla y sacaba unas anticuadas tazas color tierra y un bote de miel de azahar—. Ayer me ayudaste a mí, y ahora estás ayudando a mi negocio. Me siento como si fueras mi hada madrina secreta. Sirvió unas galletas con pedacitos de chocolate en un plato y yo le di un mordisco a una mientras un perrito desaliñado me miraba desde el suelo con cara de ilusión. Mmm… Caseras, y también tenían trocitos de pegajoso tofe. —Mi recompensa son estas galletas. Están increíbles. —Me encanta la repostería —explicó May—. Antes soñaba con abrir una pastelería. —¿Por qué no lo hiciste? —pregunté. Me la imaginaba perfectamente con un gigantesco delantal blanco, su pelo rizado escondido bajo un gorro, y extendiendo bases de masa con un rodillo. Tenía ese espíritu alimenticio. —No madrugar me gusta aún más —dijo. Me eché a reír—. No soy la clase de persona capaz de levantarse a las tres de la madrugada para hacer el pan. Así que, en lugar de eso, cargo a todas mis amigas con galletas y tartas. —¿Qué te hizo entrar en el negocio de los contactos? —pregunté. —Me sentía muy sola en mi matrimonio —dijo. Bajó la mirada hasta sus manos, que envolvían la taza de té, y después volvió a mirarme. —Podría contarte lo que le cuento a la mayoría: que vi una buena oportunidad

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de negocio —dijo—. O podría contarte que mi matrimonio se había acabado y que quería embarcarme en algo nuevo para no pensar en ello, que en parte es la verdad. Pero la auténtica verdad es que me sentía profundamente desdichada. Necesitaba creer a toda costa que el amor verdadero existía, si no para mí, al menos sí para otra gente. Para mí, abrir este negocio fue un acto de esperanza. Cada día veía a personas que acababan de salir de un divorcio terrible, personas a quienes les habían roto el corazón, personas que creían que jamás volverían a amar… y yo las ayudaba. Ayudaba a los demás a sentirse mejor consigo mismos, los ayudaba a volver a encontrar esperanza, y después los ayudaba a enamorarse otra vez. Y al final, cuando hube hecho suficiente acopio de esperanza, fui yo la que presenté una demanda de divorcio. —Vaya —comenté. Y me eché a llorar. May no reaccionó aturullándose, ni mucho menos avergonzándose, como suele hacer la gente cuando alguien llora. Simplemente me dio una servilleta y puso su mano sobre la mía. —Lo siento —dije, limpiándome la cara—. Yo nunca lloro. —Más razón, entonces, para dejarlo salir —fue lo único que dijo. —Ay, mierda —dije al ver la servilleta manchada, cubierta por un arco iris de colores emborronados—. Se me había olvidado el maquillaje. Entonces me eché a reír, allí sentada en la cocina de una mujer a quien apenas conocía. Yo, con mis vaqueros demasiado ajustados y mis collages hechos con antiquísimas revistas Good Housekeeping de mi madre; yo, que no solía vestir con nada que no fuera de Donna Karan o Armani, que supervisaba a equipos de directores artísticos y fotógrafos y diseñadores gráficos… había perdido por completo la compostura. Me reí cada vez con más ganas, agarrándome los costados mientras las lágrimas caían por mis mejillas sin parar, y de repente May estaba riendo también conmigo. Cuando por fin dejé de reír y de llorar, se lo conté todo.

—O sea, a ver si me aclaro —dijo May una hora después. A esas alturas, las galletas se habían acabado y yo me estaba preguntando si sería capaz de desabrocharme discretamente el primer botón de los vaqueros. —Crees que Bradley está loco por Alex —dijo May—, y te preocupa que ella esté coqueteando con él. —Coqueteando exactamente no —puntualicé—. Solo haciendo que se enamore de ella. —Pero está prometida —adujo May. —No conoces a Alex. A los hombres no les importa si está disponible o no. Se enamoran de ella de todas formas. Y con las chicas pasa igual. En el instituto, cualquier cosa que se pusiera Alex se convertía en lo que todas las demás chicas se ponían al día siguiente. Completas desconocidas se le acercan continuamente para

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decirle lo guapa que es. Los animalillos del bosque y los pajarillos cantores dan saltitos a su alrededor. May levantó una ceja, mirándome. —Bueno, lo harían si algún día fuera al bosque —añadí. —Pero tú también eres guapa —dijo May. —No me parezco en nada a ella. —No me gustó ni un pelo el resentimiento que percibí en mi tono de voz; me hizo sentir mezquina, como si fuera una niña de tres años consumida por los celos—. No suelo llevar maquillaje ni nada. Ni siquiera sé por qué compré todas estas cosas. Yo no soy así. —Y eso de tontear con ese tipo (era Doug, ¿verdad?), tú tampoco eres así —dijo May. Bajó una mano para rascar las orejas de un labrador negro que había entrado en la cocina. Pero ¿cuántos perros tenía esa mujer?, me pregunté distraídamente. —No soy así para nada —dije con énfasis. —Bueno, y ¿qué pasó? —preguntó May. Dejé caer la cabeza en mis manos mientras su pregunta parecía resonar por toda la cocina y rebotar contra las paredes antes de regresar para quedar suspendida delante de mí. ¿Qué había pasado? ¿Por qué me había puesto a tontear con un tipo que ni siquiera me gustaba? ¿Por qué había saboteado mi trabajo en Nueva York? Y ¿por qué, en cuanto parecía que las cosas podían encarrilarse de nuevo, me había escapado a comprar una ropa que no tenía cabida en mi nueva vida? También estaba aquel ataque de un pánico candente en Givens & Associates, el que me había dejado temblorosa y sin aliento en el servicio de señoras. Había pensado que regresar a casa me ayudaría a sentar nuevos cimientos. Así que ¿de dónde provenían de pronto todas esas extrañas y nuevas sensaciones? ¿Por qué me había quedado dormida llorando la noche anterior, cuando yo nunca, nunca lloraba? May esperó con paciencia mientras mis pensamientos se abrían camino en mi mente, chocando unos contra otros y formando embotellamientos, soltándose bocinazos y enseñándose el dedo corazón. Se quedó allí, sentada junto a la sencilla mesa de madera de su cocina, en mitad del acogedor caos que componían un libro de cocina abierto por una receta de crema de calabaza, varias pilas de periódicos y revistas y las anticuadas tazas de té que ella no hacía más que rellenar con la infusión de Red Zinger. En su casa todo parecía encajar tan a la perfección como las piezas de un puzle: su sofá de felpilla y el viejo labrador que se había subido a él a dormitar, los ramitos de lavanda seca en el marco de la puerta de la cocina, los montones de libros de bolsillo desgastados en la mesita de café, los estantes de especias en minúsculos botecitos de color piedra junto a los fogones. Era una mujer a quien le gustaba cocinar, a quien le gustaba estar en casa y que apreciaba la comodidad. Estaba claro quién era May y qué tenía valor para ella. Unas semanas antes, también yo había sido así; estaba clarísimo qué quería yo de la vida. De pronto, sin embargo, me sentía como una disparatada colección de cabos sueltos y bordes desiguales. —No tengo ni idea de lo que pasó —dije al fin.

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—Pero tu familia cree que sigues trabajando para esa agencia de publicidad — dijo May. Asentí con abatimiento. —Eso es mucha presión para ti —dijo—. No quieres decepcionarlos. —No es solo eso. May había sido crudamente sincera conmigo y yo le debía esa misma sinceridad. O quizá era a mí misma a quien se la debía. —Es que también me gusta ser la hija inteligente. Me gusta que mi madre y mi padre me pidan consejo sobre las cosas. Me gusta sentirme capaz y con éxito. Me gusta —añadí, y aquí mi voz perdió fuerza— sentirme más lista que Alex. —Por supuesto —dijo May con amabilidad—. ¿A quién no le gustaría eso? —Y ¿sabes la entrevista de la que te he hablado? —añadí—. Por algún motivo, cada vez que pienso en ella me entra miedo. Pienso en zambullirme de nuevo en ese mundo y trabajar todo el tiempo, y de pronto… Tuve que coger aire; ni siquiera pude terminar la frase. Me obligué a continuar. —Esta es la primera vez en mi vida que me doy un descanso, y es como si ahora todas las dudas y los miedos quisieran invadirme. Estoy haciendo cosas que ni en un millón de años pensé que haría. Ayer me gasté trescientos dólares en maquillaje, y yo no llevo maquillaje. Nunca. Dios mío, pero ¿qué me está pasando? —No creo que te esté pasando nada malo —dijo May. Se levantó, nos sirvió más té y se sentó de nuevo—. Pero ¿me dejas decirte lo que vi anoche? Asentí con la cabeza. —Vi a una mujer segura, inteligente y amable —añadió May—. Primero espantaste a mi ex marido. Después me invitaste a una copa de vino porque viste lo afectada que estaba. ¿Cuántas personas crees que harían algo así por una completa desconocida? Y cómo controlaste la situación en el bar… Reuniste a un grupo de gente bulliciosa y conseguiste que te prestaran atención y se centraran en contestar tus preguntas. Estuviste… impresionante. Me quedé allí sentada, deleitándome en el brillo de esa palabra. —Pero esa no era yo —dije al cabo—. Esa es la cuestión. Yo no hago cosas así. May me miró y sonrió. —Bueno, quienquiera que fuese, a mí me cayó muy bien —dijo con dulzura. Me la quedé mirando. Me pilló tan desprevenida que no supe qué responder. No había pensado en si las cosas que había hecho eran buenas o malas… es decir, aparte de haber estado a punto de mantener relaciones sexuales en la mesa de la sala de reuniones. Estaba bastante segura de que eso sí entraba en la categoría de «chica mala». Solo me había ofuscado pensando que todas esas cosas que había estado haciendo no eran propias de mí. Sonó el teléfono de May. —Vaya, no —me dijo, levantando un dedo—. No pierdas el hilo. »Citas a Ciegas. Sí, aceptamos nuevos clientes. Muchísimas gracias por llamar —dijo—. ¿Puedo anotar algunos datos rápidos y volver a llamarla dentro de un

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momento? May cogió el boli y la libretita que había junto al teléfono y garabateó unas anotaciones mientras emitía sonidos de comprensión. —Hummm-hummm. Vaya por Dios, siento muchísimo oír eso. No, no se preocupe por nada. Nos ocuparemos de todo. Volví a pasarme la servilleta por la cara, intentando limpiar los últimos restos de maquillaje. ¿Sería muy horrible comerme las migas de galleta que quedaban en el plato? ¡Qué narices! Hacía tiempo que había perdido la dignidad. —Lo siento —dijo May al colgar el teléfono—, pero esto acaba de darme una idea. Dejé de chuparme el dedo índice y la miré. —Jane Swenson, treinta y ocho años de edad, hace dos que se divorció —dijo, leyendo sus notas—. Está preparada para volver a salir con alguien. ¿Quieres ir a entrevistarla? —¿Yo? —Si quieres, después puedes emparejarla con alguno de nuestros clientes —dijo May—. Podemos repasar juntas las fichas y barajar quién sería el más adecuado para ella. Y, si te gusta el trabajo, me encantaría ofrecerte un puesto. Me la quedé mirando. —¿Lo dices en serio? —Necesito algo de ayuda —dijo May—. Sobre todo ahora que tendré esos anuncios. Me da la sensación de que me van a entrar muchísimos clientes nuevos, y a lo mejor a ti también te sirve de ayuda. Tal vez podrías darte un margen para descubrir qué es lo que quieres hacer de verdad. Puedes trabajar para mí todo el tiempo que quieras, y si decides aceptar ese otro trabajo, entonces también puedes irte cuando quieras. Sin presiones. ¿Trabajar allí? ¿Con May? Pensé en la señorita Givens, sentada frente a su ordenador último modelo, y luego miré a May. Tenía una mancha de chocolate en la mejilla derecha. Llevaba el negocio desde la encimera de su cocina y no desde las oficinas de Hong Kong. Se paseaba por su casa descalza y no le importaba en absoluto pasarse dos horas charlando conmigo en mitad de la jornada laboral. Su vida era todo lo contrario a la mía. ¿Cómo iba a aceptar trabajar para ella? ¿Cómo iba a avanzar dando tumbos en una dirección tan extraña e inesperada? May debió de percibir mi vacilación. —Piénsalo —insistió—. Y si decides que no, espero que sigamos siendo amigas. Me había ofrecido un trabajo sin comprobar mis referencias. Ni siquiera había mencionado el sueldo. ¿Tenía la más remota idea de lo que había cobrado yo en mi último trabajo? Era totalmente imposible que pudiera pagarme nada que se acercara a lo que yo estaba acostumbrada a ganar. Todo aquello era muy bonito y agradable, estar allí sentadas, en su cocina, charlando mientras dábamos sorbitos de té endulzado con miel, pero no era la vida real. No era mi vida. Estaba intentando encontrar una forma de rechazar amablemente su oferta sin

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herir sus sentimientos cuando mi móvil empezó a vibrar. Bajé la mirada y vi un número local que no reconocí. —Adelante —dijo May—. Yo he contestado todas mis llamadas desde que te conozco. —Seguramente será un centro de llamadas —dije—. Enseguida lo despacho. No era un centro de llamadas. El corazón empezó a latirme algo más deprisa al oír la voz de Bradley. —¿Qué tal? —dije. —Acabo de llamarte a casa y tu madre me ha dado este número —dijo—. Estaba pensando si querrías salir a ver una película esta noche. —Claro —dije. Por Dios, ¿cómo es que no se me ocurría nada ingenioso que decirle? —¿Paso a buscarte a eso de las ocho? —¡Genial! —exclamé. Ingenioso y encantador; Helena de Troya no tenía nada que hacer conmigo. —Ups, acaba de llamarme mi editor —dijo Bradley—. Tengo que dejarte. Nos vemos luego. —Deja que adivine —dijo May cuando guardé el teléfono—. Ese era tu chico. —Sí —admití. No podía dejar de sonreír—. Nos veremos esta noche. —Me alegro por ti —dijo May—. Conque es el definitivo, ¿eh? —Creo que podría serlo —respondí. —Solo tengo un consejo que darte. No te preocupes tanto por tu hermana. A mí me parece que tú eres bastante espectacular por ti misma. Y no te olvides de pensar en mi oferta. Mira lo que te digo: si haces esa entrevista y le buscas pareja a la clienta, te pagaré trescientos dólares. Piénsalo así: cubrirás los costes del maquillaje y podrás dejar de sentirte culpable por eso. —De acuerdo —accedí al fin. No quería herir sus sentimientos—. Lo pensaré.

Me pasé el resto del día trabajando en una cafetería antes de cerrar por fin el portátil a eso de las cuatro y poder ir a prepararme para salir con Bradley esa noche. No había logrado avanzar mucho. No hacía más que acordarme de él mientras daba sorbitos a mi café con leche y sonreía a la distancia con ojos soñadores. Seguramente parecía una de esas bobaliconas de los anuncios de café General Foods International («Al cuerno con el perro que ladra, los niños que gritan y la cañería reventada del retrete, ¡este momento es mío!»), pero no podía evitarlo. Esa noche iba a ver a Bradley y no podía pensar en ninguna otra cosa. Había un recuerdo en especial que no dejaba de rondarme la cabeza. Era el verano de antes de irnos los dos a la universidad —yo a Princeton, Bradley a UConn— y él acababa de comprarse un convertible Oldsmobile Cutlass Supreme de segunda mano con un guardabarros que colgaba de un hilo y un silenciador que no silenciaba nada. Llegó conduciendo a mi casa con la capota abierta y el depósito de gasolina lleno una calurosa noche de agosto de cuando teníamos dieciocho años y

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parecía que cualquier cosa era posible. —¡Me encanta el coche! —exclamé mientras salía corriendo de casa antes de que él tuviera ocasión de subir los escalones para llamar al timbre. Había estado vigilando si venía desde la ventana del salón. Para entonces ya tenía docenas de trucos con los que mantener a Bradley alejado de Alex. Si ella estaba en casa, a veces yo fingía que había salido a buscar algo al coche de mis padres cuando él llegaba, y así podía interceptarlo en el exterior antes de que pusiera un pie en la casa. Otras veces salía a recibirlo a la puerta con el abrigo ya puesto y el bolso en la mano, gritando un adiós por encima del hombro y diciéndole que temía que fuéramos a llegar tarde. Esa excusa no siempre cuadraba cuando íbamos, vamos a suponer, a la biblioteca a estudiar, pero teniendo en cuenta mi carácter neurótico, nadie se extrañaba demasiado. ¿Que estaba un poco paranoica? A lo mejor sí, pero la forma en que Bradley me miraba cuando creía que yo no lo veía… Bueno, así era como todo el mundo miraba siempre a Alex. Quizá tendría que haber confiado en que los sentimientos de Bradley hacia mí no se evaporarían si veía a Alex caminando por la casa con el pelo mojado y pegado a la cara después de la ducha, con sus electrizantes ojos realzados por el bronceado estival. Pero para entonces ya estaba harta. Aquel fue el año en que Alex fue elegida reina de la fiesta del instituto; el año en que apareció en tres anuncios de la tele local en una sola noche, cosa que hizo que nuestros entusiasmados vecinos nos bombardeasen a llamadas; el año en que voló a Nueva York para la sesión fotográfica del anuncio a doble página de la revista Seventeen (¿es mal momento para sacar a colación que un director artístico desquiciado la vistió de pastorcilla y la hizo posar con un rebaño de apestosas ovejas flatulentas?). No es que Alex y Bradley no se vieran nunca en el instituto, pero al menos allí había otras personas que actuaban de barrera entre ambos; Alex siempre estaba rodeada por una muchedumbre. Habían coincidido en una o dos clases, pero nunca habían estado juntos a solas, nunca habían intercambiado más palabras que un breve hola al cruzarse por los pasillos. Y yo quería que eso siguiera así. De manera que subí de un salto al coche de Bradley y nos marchamos justo antes de la puesta de sol. Estábamos tan a gusto juntos que apenas decíamos nada; incluso alargamos la mano para cambiar la emisora en el mismo momento, cuando empezó a sonar la canción de «Louie Louie». Los dos nos reímos cuando nuestros dedos se encontraron en el dial de la radio. Dimos unas cuantas vueltas por la ciudad y paramos en un 7-Eleven a comprar unos granizados de cereza antes de que Bradley condujera hasta nuestro instituto. Por alguna razón, yo sabía que esa noche acabaríamos allí. Me moría de ganas por que empezara mi vida de verdad —la universidad y después un curso de posgrado, seguido de un trabajo fantástico y un plan de jubilación suculento, sólido, descomunal—, pero esa noche, mientras contemplaba el viejo edificio de ladrillo rojo con ese cartel en el césped que decía ¡FELICIDADES, GRADUADOS!, se me formó un nudo en la garganta. El instituto no había sido la mejor experiencia de mi vida, pero tampoco había estado del todo mal.

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—Ven —dijo Bradley. Bajó del coche de un salto, corrió hasta mi lado y me cogió de la mano. —¿Qué vamos a hacer? —pregunté, dejando la mano muerta y escabulléndola de la suya. ¿Cuántas veces había hecho cosas así? Bradley nunca me había presionado, pero sí me había demostrado de mil maneras que quería tener algo más que una amistad conmigo. Ponía el brazo en el reposabrazos de la butaca del cine para que yo pudiera apretujárselo durante las escenas de miedo. Nunca lo hice. Siempre que nos dábamos un abrazo de buenas noches, su rostro miraba al mío, y yo sabía que él esperaba que le diera un beso. Pero siempre me apartaba. Adoraba a Bradley, pero para mí era como un hermano. Si le hubiera dado un beso, seguramente me habría echado a reír, lo cual no le habría hecho ningún bien ni a su ego ni a nuestra relación. Así que dejé que las cosas siguieran como estaban, y Bradley, con su gentileza, nunca me presionó para obtener nada más. —¿Ves esa parte plana del tejado? —me preguntó, señalando al instituto. Asentí. —Ahí es adonde vamos. —¿Ahí arriba? ¿En serio? —pregunté—. Pero ¿no nos meteremos en un lío? —¿Qué van a hacernos? —preguntó él—. ¿Expulsarnos? —Es del todo imposible que podamos llegar ahí arriba sin una escalera —dije. (La verdad es que también hice un comentario de empollona ridícula: «¡Podrían retirarnos los diplomas!», pero este recuerdo es mío, así que se me permite editarlo según considere oportuno.) —Seguramente tienes razón —dijo Bradley—. ¿Podemos dar un paseo alrededor del instituto y ya está, por los viejos tiempos? —Claro —dije, y dimos la vuelta a la esquina, donde casi me tropecé con una gran escalera de mano resplandeciente que había apoyada en la pared. —¡Vaya, qué casualidad! —exclamó Bradley mientras se aferraba a los lados y ponía un pie en el primer peldaño. —¡Bradley! —siseé, mirando en derredor—. ¿La has traído tú antes? —¿Quién, yo? —dijo, subiendo ya varios peldaños más—. Parece bastante segura. ¿De verdad no quieres venir conmigo? —Estás loco —siseé otra vez, mirando también en derredor, aunque los vecinos más cercanos se encontraban a unos cuantos cientos de metros. En el gran esquema de todas las cosas, teniendo en cuenta que a uno de nuestros compañeros de clase lo habían detenido por aprender a hacer puentes para robar coches, otro casi había sufrido una sobredosis de LSD en un lavabo del instituto, y varias alumnas habían asistido a la graduación vestidas de premamá, no es que fuera el acto de rebelión adolescente más vistoso de la historia. Aun así, hasta ese momento el único altercado que había provocado yo se había producido al recibir un notable alto en un examen de cálculo (y, la verdad sea dicha, el único altercado que existió fue dentro de mi cabeza; mi madre incluso me preguntó si quería uno de sus Valium ese día).

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—¿Vienes? —preguntó Bradley al alcanzar lo alto de la escalera y subir a la azotea. Puse un pie en el primer peldaño. —No me gustan las alturas —protesté. —Tú no mires abajo —me animó él. Puse el otro pie en el siguiente peldaño. —Tengo la sensación de que me resbalan los zapatos —dije—. A lo mejor se han mojado en la hierba. —No te vas a resbalar —dijo Bradley. Otro peldaño. —¿Has comprado esta escalera solo para esta noche? —La he robado —contestó Bradley. Me quedé boquiabierta. —Es broma —dijo—. Venga, ya casi has llegado. —Cuando tenía seis años me caí de un árbol —dije—. Tuve una conmoción cerebral. Bueno, casi. —¿Casi te caíste de un árbol o casi tuviste una conmoción? —preguntó Bradley. —Las dos cosas. —Dos peldaños más de nada —dijo para convencerme—. No dejes de mirarme. Entonces alargó una mano y tiró de mi hasta la seguridad de sus flacos brazos. —Gracias —dije, zafándome de su abrazo, fingiendo que no había hecho más que sujetarme. También fingí no ver la mueca de dolor que apareció en su rostro. —Oh, Bradley —dije, y al cabo de un momento di una vuelta en círculo y suspiré. Nunca había visto nuestro instituto como lo veía entonces. A un lado se extendía el gigantesco rectángulo verde de nuestro campo de fútbol americano, flanqueado por hileras y más hileras de gradas vacías. Resultaba majestuoso y, aun así, algo triste. Junto al instituto estaba el pequeño garaje en el que el señor Carey daba clases de educación vial. Me volví de golpe para contemplar el enorme roble que había en un rincón del jardín. Ese había sido mi lugar preferido para acurrucarme con un libro de texto y la bolsa de papel marrón en la que llevaba la comida, alejada de la escandalosa mesa del centro del comedor donde Alex recibía a su corte. Al verlo todo desde allí arriba parecía un cuadro enorme y extenso. —¿Tienes hambre? —preguntó Bradley, y de repente extendió un mantel de cuadros rojos sobre la azotea. Me volví y vi la cesta de picnic que debía de haber escondido allí arriba poco antes. Estaba llena de pan francés y brie, fresas y chocolate negro. Todo lo que más me gustaba. —¡Bradley! —solté con un gritito. Descorchó una botella de sidra espumosa y sonrió. Incluso había llevado dos copas de plástico. Había pensado en todo. Estuvimos horas sentados allí arriba, hasta mucho después de que el sol se hubiera puesto y los grillos empezaran a cantar. Creo que los dos sabíamos que sería

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la última vez que estaríamos juntos antes de irnos a la universidad. Nunca me había sentido tan cerca de él. Mientras Bradley me cortaba otro pedazo de brie, le vi la cicatriz blanca que tenía en el pulgar del día que se había caído de la bici cuando tenía once años. Bromeamos acerca del repelente jugador de fútbol de nuestra clase que acababa de comprarse una matrícula personalizada que decía DELANTERO, y las cejas de Bradley se combaron hacia arriba cuando se rió, como siempre. Incluso hablamos de su madre, que había muerto el octubre anterior después de una larga batalla contra el cáncer de mama. —Pienso en ella todos los días —dijo Bradley. Volvió la cabeza ligeramente, pero no antes de que yo hubiera visto las lágrimas que brillaban en sus ojos. —No creo que deje de hacerlo nunca. —¿Te acuerdas de aquel día que te preparó una fiesta de medio cumpleaños? — dije—. Te hizo medio pastel. —Y también me cantó: «Feliz, feliz en tu medio día» —recordó él, sonriendo. —Era una madre estupenda —dije. Habíamos pasado mucho tiempo en casa de Bradley a lo largo de los años, y ella siempre me había hecho sentir muy a gusto—. También yo la echo de menos. Estuvimos un rato callados, contemplando la noche, y entonces Bradley me rodeó con un brazo y me acercó a él. De pronto me di cuenta de que había planeado ese momento: la escalera, el picnic con mi comida preferida, la puesta de sol en el tejado. Me estaba cortejando. Para Bradley, aquello era el equivalente a un tiro desesperado desde medio campo en los últimos minutos de un partido; era su última y osada intentona antes de que ambos siguiéramos caminos diferentes para ir a la universidad. Cerré los ojos justo antes de que sus labios aterrizaran sobre los míos. Eran suaves y delicados, pero no sentí nada. Ningún cosquilleo delicioso en la barriga, ningún deseo de rodearlo entre mis brazos y estrecharlo contra mí. Nada. En cuanto a pasión se refiere, yo bien podría haber estado besando a mi almohada. Al cabo de un momento me aparté. Me pareció más amable terminar con aquello enseguida. —Lo siento —dije con dulzura. Lo quería, pero no como él quería que lo quisiera—. No puedo… —empecé a decir. —No pasa nada —repuso Bradley de forma cortante. Se le ruborizaron las mejillas y se apartó de mí. «Oh, Bradley», pensé mientras miraba su delgada espalda. Me moría por darle un abrazo, pero sabía que eso solo empeoraría las cosas. Después de pasar varios minutos sentados, rodeados por ese pesado silencio, se levantó y me ofreció una mano. Aunque le había hecho mucho daño, seguía siendo todo un caballero. —Se está haciendo tarde —dijo. Apenas eran las nueve y media. Cuando bajamos del tejado del instituto, algo había cambiado irremediablemente entre nosotros, y ambos lo sabíamos. En el coche, yo estuve demasiado parlanchina durante el trayecto de vuelta, intentando quitar importancia

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a lo que había sucedido. Si actuábamos con normalidad, a lo mejor podríamos convertir ese beso de la azotea en nada más que un piquito cariñoso entre viejos amigos. Podríamos olvidar que había tenido lugar y volver a ser como éramos antes. Sin embargo, Bradley no me siguió el juego. —Hasta luego —dijo, todavía sin mirarme, cuando frenó delante de mi casa. Sentía su dolor; en el coche, era una fuerza física activa entre ambos, una fuerza que nos mantenía separados. Que me impedía acercarme a él y darle un abrazo, como solía hacer siempre al final de la noche. —Te llamo mañana —dije—. ¿Vale? —Claro —respondió. Me quedé de pie en la calle, mirando la oscuridad hasta mucho después de que él se hubiera ido. Bradley era el mejor chico que había conocido nunca. Entonces ¿por qué no podía corresponder a su amor?

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Capítulo 15 Cuando volví de la cafetería a casa con la intención de prepararme para salir con Bradley esa noche, sucedió lo peor que se pueda imaginar. Alex estaba sentada junto a la mesa de la cocina, hojeando una revista. Y llevaba puesto mi bustier, ese tan terriblemente favorecedor con el borde de encaje negro. Sucumbí al pánico durante unos demenciales instantes, pensando que había descubierto el alijo secreto de ropa y maquillaje del fondo de mi armario. Pero, claro, el bustier que llevaba ella era tres tallas más pequeño que el mío. Bajé la mirada al sencillo traje gris y la camisa blanca de seda que me había puesto en casa de May, antes de ir a la cafetería, e inexplicablemente en mi interior estalló un arrebato de ira ardiente. —¿Qué estás haciendo aquí? —quise saber. Mi padre, que estaba husmeando en un armario de la cocina, se irguió de un salto y se dio un golpe en la cabeza con el borde de madera. A lo mejor mi tono había resultado un tanto estridente. —Yo también me alegro de verte —dijo Alex con voz de dolida. —Lo siento —dije—. Es que me ha sorprendido encontrarte aquí. Consulté mi reloj. Eran casi las cinco y media, y Bradley pasaría a buscarme a las ocho. Si mi hermana no se marchaba pronto, llamaría a Bradley y le propondría que mejor quedáramos en algún otro sitio. —Solo quería veros a todos —dijo Alex—. Además, ayer te fuiste corriendo enseguida y me dejaste plantada. ¿Qué pasó? —Me había olvidado de una reunión —dije, abriendo la nevera y enterrando la cabeza dentro. No quería que me viera la cara. Sabría que le estaba mintiendo. —¿Tenéis hambre, chicas? —preguntó mi madre, que entró entonces en la cocina—. Puedo preparar algo de cena. —¡No! —gritamos Alex y yo al unísono. —Estaba pensando en invitaros a todos a comida para llevar —dijo Alex—. ¿Qué me decís de algo chino o indio? Me la quedé mirando con asombro. ¿Una agradable velada casera con mis padres y mi hermana? ¿De verdad estaba Alex tan necesitada de entretenimiento? La última vez que habíamos pasado una tranquila velada los cuatro juntos en casa había sido… Fruncí la nariz, remontándome en el tiempo, y no llegué a ninguna parte. Puede que en la Navidad de hacía dos años, antes de que nos diéramos cuenta de que mi madre se había olvidado de encender el horno al meter el pavo y acabáramos saliendo a comer una pizza en un garito con un cartel de neón en la ventana y un adolescente huraño que monopolizaba la máquina de flipper que había en un rincón.

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Nuestro banquete festivo estuvo salpicado por las palabrotas que gritaba cada vez que se le colaba una bola en el agujero. No era muy bueno, y parecía contar con una provisión inagotable de monedas de veinticinco centavos. En resumen, que no fue la forma más sagrada de celebrar el nacimiento del Niño Jesús. —Es una idea encantadora —dijo mi madre—. Toda la familia disfrutando juntos de la cena. —¿Dónde está Gary esta noche? —pregunté. —Volverá de Los Ángeles con el primer avión de la mañana —explicó Alex—. Iré a recogerlo temprano. —No aparques cerca de ninguna furgoneta con las ventanillas oscuras — advirtió mi padre. —Hoy hemos visto Dr. Phil —nos contó mi madre en confidencia—. Iba sobre una mujer a la que secuestraron en un aparcamiento hace doce años. —Su voz disminuyó hasta convertirse en un susurro agorero—: Desapareció sin dejar rastro. —Yo no estaba viendo eso —protestó mi padre, aunque nadie le hizo ni caso. —Bueno, ¿chino o indio? —preguntó Alex. —Chino —contestó mi madre, exactamente en el mismo momento en que mi padre decía: —Indio. Esa noche iba a ponerme mis vaqueros nuevos y mis botas Marilyn con uno de mis clásicos jerséis (el de cuello alto de cachemira blanco me quedaría bien, y su recato compensaría el factor de loba de los vaqueros ultraajustados) y puede que incluso me pusiera pintalabios. Quería estar guapa. Quería que Bradley se me quedara mirando como antes. —¿En qué estás pensando? —preguntó Alex—. ¿En tu amigo especial de Nueva York? —¿Que tienes un amigo especial en Nueva York? —chilló mi madre. —No, no es verdad —dije, fulminando a Alex con una mirada de las que matan. —¿Te pasa algo en el ojo? —preguntó ella inocentemente—. Lo tienes un poco bizco. —Iré por unas gotas —dijo mi padre, saliendo disparado hacia el baño—. ¡No te lo toques! ¡En los ojos es muy fácil pillar una infección! No pude evitar echarme a reír, y Alex se rió conmigo. Entonces se inclinó hacia mí. —¿Te has depilado las cejas desde la última vez que nos vimos? —Solo un poco —admití. —Te sienta bien. Me parece que era el primer cumplido sincero que Alex me había dedicado nunca. Qué sensación tan extraña. También ella debió de darse cuenta, porque enseguida añadió: —Los tíos de Los Soprano empezaban a tenerte envidia. —Qué bonito —le dije—. ¿A ti te han encogido las tetas? Eso, así estaba mucho mejor.

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—Ya vale, niñas —dijo mi madre. —Solo nos estamos tomando un poco el pelo —repuso Alex—. ¿Verdad, Linds? —Claro. —Y, siguiendo con ese mismo espíritu juguetón y divertido, ¿habría estado mal desear que a mi hermana se le cayera un poco de salsa moo shu en ese bustier que prácticamente me había robado? —Ay, Lindsey, casi se me olvida —dijo mi madre—. La señora Williams quiere saber si hablarás con su hijo sobre la selectividad. —¿Hablar por qué? —pregunté. —Para que le des unos cuantos consejos sobre cómo hacer los exámenes — respondió mi madre con vaguedad—. Le expliqué que habías sacado un novecientos en la parte de matemáticas, y quedó muy impresionada. —Mamá —dije—, los resultados solo llegan hasta el ochocientos. Mi madre hizo aspavientos con la mano, como si estuviera descartando mi comentario a manotazos. —¿Estarás en casa mañana a la hora de la cena, cielo? —me preguntó—. Podría decirles que se pasen después. —Está bien… —Suspiré. —Perfecto —dijo mi madre—. Prepararé galletas. Alex me guiñó un ojo y yo no pude evitar sonreír. Tendría que acordarme de ir a comprar algunas, solo por si acaso. —Voy a buscar la cena —dijo Alex—. ¿Quieres acompañarme, hermanita? La miré. Estaba arrellanada en la silla de la cocina, con una larga pierna sobre el reposabrazos. La luz del sol entraba a raudales por la ventana que quedaba tras ella y convertía su pelo en una salvaje profusión de rojos y dorados. Como siempre, los delicados planos y las gráciles curvas de su rostro estaban expertamente maquillados para que parecieran del todo naturales y perfectos. Aunque quizá no llevaba nada de maquillaje; era difícil de decir. —Claro —dije un momento después. Sin embargo, no pude evitar preguntarme por qué me lo había pedido. Alex nunca había demostrado tener demasiadas ganas de pasar tiempo conmigo. Ni siquiera cuando yo vivía en Nueva York; solo había llamado cuando resultaba estar de paso por allí. Alguna vez nos habíamos tomado una copa rápida o un café, pero lo más habitual era que yo no estuviera en la ciudad o que tuviera un día demasiado complicado para quedar con ella. Si alguna de las dos se hubiera esforzado un poco, si ella me hubiera avisado con más antelación o yo hubiera cambiado la hora de mis reuniones, podríamos haber pasado más tiempo juntas. Pero ninguna de las dos se molestó nunca en hacerlo. Así que, ¿por qué lo estaba intentando ahora que el abismo entre ambas se había hecho tan inmenso que parecía casi imposible de salvar? —¿Lista? —preguntó mientras hacía sonar las llaves en la mano. —Espérame en el coche —dije. Consulté mi reloj. Sería mejor que llamara a Bradley y le propusiera que nos encontráramos en algún lugar cerca del cine, por si acaso—. Tengo que hacer una llamada rápida.

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Estábamos terminando la cena (chino; para cuando mi madre hubo terminado con él, mi padre estaba convencido de que esa había sido su preferencia desde el principio y que ella le había hecho un favor a él), cuando sonó el timbre. —Ya voy yo —dijo Alex, levantándose de un salto. Miré el reloj: casi las siete y media. Me moría por ir a prepararme para mi noche con Bradley. Le había dejado un mensaje diciendo que nos encontraríamos a las ocho en la cafetería que había al lado del cine, lo cual quería decir que tenía que recoger mi ropa e ir en busca de una gasolinera en la que pudiera cambiarme. No quería que Alex me viera con mi nuevo vestuario. Sabía que me rondaría en círculos como un tiburón y después soltaría algún chiste, quizá algo malicioso como que por fin me había decidido a ir de compras en el siglo XXI. Yo me sentiría idiota bajo su escrutinio, y la magia de mi nuevo look se desvanecería. Mi hermana regresó a la mesa justo cuando yo me levantaba, y entonces me di cuenta de que todavía no había sucedido lo más horrible que pudiera imaginar: estaba sucediendo en ese preciso momento. Bradley iba dos pasos por detrás de Alex. —Ay, vaya —dijo mi madre, mirándome. —Hola a todos —dijo Bradley. Yo miré a mi madre. —Se me ha olvidado decirte que Bradley ha llamado mientras Alex y tú habíais salido a por la cena —dijo. —No pasa nada —me dijo Bradley—. Puedo quedarme por aquí a esperarte si no estás lista. Resulta que estaba haciendo unas fotos por aquí cerca, así que he venido directamente del trabajo. —No, si es fantástico —dije, forzando una sonrisa mientras bajaba la mirada hacia mi traje. No era así como se suponía que debía empezar la noche. Se suponía que Bradley abriría la puerta del coche y me vería con mis botas y mis vaqueros nuevos, con el pelo suelo y muy guapa. Su suponía que la sonrisa desaparecería de su rostro, igual que había sucedido muchos años atrás. —¿Quieres una cerveza? —le ofreció Alex. —No, estoy bien —dijo Bradley. Si me soltaba el pelo entonces o me ponía pintalabios, todo el mundo me vería. Peor aún, parecería que estaba haciendo el esfuerzo por Bradley. Además, ya no tenía tiempo para cambiarme. Tenía que salir de allí, y deprisa, antes de que Bradley y Alex se pusieran a hablar. Ya habían tenido ocasión de conocerse suficiente. —¿Estás listo? —pregunté justo cuando Alex decía: —Eh, Bradley, ¿te apetece un poco de comida china? De repente le estaba sirviendo un plato de rollitos de primavera y pollo al ajillo, mi madre iba a buscarle un vaso de agua y Bradley se sentaba a la mesa. —No os creeréis lo fantásticas que son las fotos de Bradley —dijo Alex, sentándose a su lado. ¿Por qué no se sentaba directamente en su regazo?, pensé con

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acritud. No, no, con acritud no. «Con acritud» evoca imágenes de una tía solterona de labios fruncidos. «Con mala baba», esa era la expresión que estaba buscando. —La semana que viene os traeré unas cuantas copias —dijo Bradley a mis padres—. Anoche Alex acabó de elegir las que más le gustan. Me sentí como si navegara en una barca sin timón rumbo a mar abierto. Tenía que recuperar el control. Enseguida acerqué una silla y me senté al otro lado de Bradley. —¿Te acuerdas de aquella foto que sacaste para el anuario? —le pregunté—. ¿Cuando te encaramaste a las vigas para retratar la obra del colegio? Yo le había ayudado a revelar esas fotografías; quería que recordara esas horas que habíamos pasado juntos en el cuarto oscuro. —Fue entonces cuando descubrí que quería ser fotógrafo —me dijo Bradley, sonriendo. —¿Más arroz? —le preguntó Alex, y él se volvió para mirarla. —¿Más agua? —le pregunté yo, y su cabeza se volvió otra vez hacia mí. —No, gracias —dijo, con cara de estar algo aturdido y al borde del traumatismo cervical. —Bueno, Bradley, cuéntame qué más tienes entre manos últimamente —dijo mi madre—. ¿Cómo está tu padre? —Está muy bien —dijo Bradley—. Sigue trabajando en el bufete de abogados, pero hace ya unos años que redujo un poco su jornada laboral. —Y ¿qué más novedades tienes? —preguntó mi madre—. ¿Sales con alguien? Ay, Dios mío. ¿Por qué? ¿Por qué? Mi madre incluso me dedicó un pequeño guiño. El nivel de lo más horrible que pudiera imaginar subió de nuevo. Era como bailar un limbo a la inversa. —Ahora mismo no —dijo Bradley—. En realidad, mi novia y yo rompimos hace unos meses. —¿Qué película quieres ir a ver? —pregunté. No era la mejor forma de cambiar de tema del mundo, pero había que detener a mi madre a toda costa. —Ah, ¿vais al cine, chicos? —preguntó Alex, y entonces me di cuenta de que me había metido en una trampa. Pero no podía echar la culpa a nadie, me lo había buscado yo sólita. —Sí, a ver la nueva de Orlando Bloom —dijo Bradley—. ¿Quieres venir con nosotros? Por supuesto que Bradley diría eso. Era un chico muy majo, ¿qué otra cosa iba a decir después de que Alex dejara su pregunta flotando en el aire y nos mirara con ojos de cachorrito? —Me encantaría —respondió ella—. ¿Seguro que no os importa? Me miró a mí directamente, y yo, atragantada, espeté: —Claro que no. ¿Qué iba a hacer? ¿Saltar por encima de la mesa y estrangularla? ¿Tirarle del pelo? ¿Darle una patada en la espinilla? ¿Poner crema depilatoria en su bote de champú? ¿Hacerle…?

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—¿A qué hora tenemos que irnos? —preguntó Alex, interrumpiendo con muy mala educación mis pensamientos, justo cuando empezaban a ponerse creativos. Bradley consultó su reloj. —Seguramente deberíamos salir ya —dijo—. Siempre es una lata encontrar aparcamiento en Bethesda. —¿Vamos en dos coches? —propuse con ánimo de ayudar. La planificación estratégica siempre ha sido mi fuerte—. Quiero decir, para que no tengas que volver aquí después a recoger el tuyo, Alex. —No, me haré un hueco con vosotros, chicos —dijo mi hermana con alegría. Salí disparada al piso de arriba, me despojé de mi traje pero me dejé puesta la camisa de seda. Me puse unos pantalones color tostado y unos zapatos planos, obligándome a no pensar en mi ropa nueva y bonita, que estaba en el maletero del coche. Conseguí llegar abajo justo a tiempo para ver los últimos coletazos de la trifulca de mi madre con Bradley porque él quería llevar sus platos al fregadero. Después, Alex y yo salimos a disfrutar de mi cita de ensueño. —¡No hagas volver a mis hijas demasiado tarde a casa! —gritó mi padre cuando ya nos íbamos, riéndose con ganas y dándose una palmada en la rodilla. Ay, Dios bendito.

Cuando no puedes dedicar toda tu atención a las nalgas desnudas de Orlando Bloom, sabes que tienes un problema. Estaba sentada en mi butaca, echando humo. Ya era bastante horrible que Alex se hubiera apuntado esa noche. Ya era bastante horrible que el tipo de la taquilla hubiese intentado ligar descaradamente con ella y que incluso le hubiera dado las palomitas gratis, mientras que con mi pedido se equivocaba… y eso que lo único que quería yo era una botella de agua. Pero es que además, a pesar de que había planificado el orden en que nos sentaríamos con más celo que cualquier temible Bridezilla, todo me había salido al revés. Había repasado mentalmente las jugadas como un entrenador de fútbol mientras comprábamos las entradas. Si Bradley era el primero en avanzar por el pasillo de la sala, seguido por mí y luego por Alex, entonces, como es natural, él se sentaría en la butaca de más al fondo de la fila, yo me sentaría a su lado y Alex quedaría en el exterior. Perfecto. Por lo tanto, lo único que tenía que hacer era conseguir que Bradley fuera el primero en entrar a la sala. Pero ¿y si Bradley iba el primero y luego se apartaba para dejarnos entrar en la fila de butacas a mí y a Alex? Entonces Alex quedaría en el medio, y yo me vería obligada a asesinarla si le asía el brazo durante las escenas de miedo. Sobre todo porque íbamos a ver una comedia romántica. —¿Bradley? ¿Quieres mantequilla? —preguntó mi hermana, aceptando el cubo jumbo de palomitas gratis que le daba el taquillero. Yo busqué en el bolsillo y saqué uno de los sobrecitos de miel que había birlado en una cafetería. Mis ojos se encontraron con los de Bradley, y los dos sonreímos. —No, gracias —dijo él, y la rigidez que me oprimía el pecho se relajó un

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poquitín. La suerte parecía estar por una vez de mi lado cuando entramos en la sala. Estaba abarrotada, pero encontramos sitios libres en la última fila, y yo acabé entre Alex y Bradley sin que fuese necesaria ninguna escaramuza. Perfecto. Bueno, todo lo perfecto que podía ser, teniendo en cuenta que estaba en una cita con un chico que no sabía que aquello era una cita y que mi hermana se inclinaba por encima de mí para coger un puñado de palomitas del cubo que él aferraba entre sus varoniles muslos. ¿Debía dejar que mi rodilla rozara por casualidad la de Bradley cuando empezara la película, o resultaría eso demasiado evidente? Quizá, mejor, debería susurrarle algo durante los títulos de crédito. Busqué un caramelito de menta en mi bolso. ¿Era así como se había sentido Bradley durante todos esos años, con unas ganas locas de tocarme pero sin saber cómo reaccionaría yo? Sentí una punzada de compasión por ese Bradley adolescente, sensible y flacucho. Ojalá hubiera correspondido a sus sentimientos en aquel entonces. Aunque, claro, ¿cuántos noviazgos de instituto sobreviven al llegar a la edad adulta? Era mejor así. Era mejor haber descubierto a Bradley más entrada la vida, cuando nuestra relación tendría una oportunidad de verdad. Me recliné en mi butaca e intenté pensar en algo gracioso que susurrarle. A lo mejor podía ponerle también una mano en el brazo de manera informal al inclinarme hacia él. Solo para enfatizar mi comentario. Vimos un tráiler de una película sobre un asesino en serie. Seguramente sería mejor no hacer ningún chiste al respecto; no todo el mundo entendía el humor de bufonada con canibalismo de por medio. Siguiente tráiler. Ajá, allá vamos: ese iba sobre una boda en la que todo salía mal. Estupendo. Estaba preparando mentalmente frases graciosas cuando la puerta de la sala se abrió y entraron dos mujeres. Una tenía la pierna rota y caminaba con muletas. Se quedaron esperando en el pasillo, junto al asiento de Alex, parpadeando mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra. —Disculpen, ¿quieren mi asiento? Así estarán las dos juntas —ofreció mi hermana, señalando la butaca libre de pasillo que tenía a su lado—. Yo puedo cambiarme. —Eres muy amable —dijo la más joven. —No hay problema —repuso Alex, lanzándoles una sonrisa. Se puso en pie de un salto y pasó por delante de mí para ocupar el asiento vacío que había al otro lado de Bradley. Y así, sin más, mi noche quedó oficialmente arruinada. Aunque poco sabía yo que el nivel de horror estaba a punto de ascender otra vez.

—Nunca más pienso volver a comer palomitas con mantequilla —dijo Alex mientras salíamos de la sala—. La miel merece la pena, aunque acabes con los dedos

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pringosos. Se chupó el índice, y un tipo que caminaba hacia nosotros casi se da de morros contra un árbol. —¿Quieres una toallita húmeda? —pregunté con dulzura, tendiéndole una. Ella me miró, lanzó la cabeza hacia atrás y se echó a reír. —Siempre preparada, ¿verdad? Oíd, chicos, ¿os apetece ir a tomar algo? Hay un bar al otro lado de la calle. —Mañana tengo un día muy ocupado —dije enseguida. Lo único que quería era regresar a casa e intentar borrar el recuerdo de Alex inclinándose para susurrar algo a Bradley durante la película. Olvidar el sonido de la grave risa de ambos. En una escena de la película, cuando Orlando estaba leyendo una carta de su ex novia, Alex incluso había puesto la mano sobre la rodilla de Bradley. —¿Qué dice? —había susurrado, como si ella no pudiera leer las gigantescas letras de la pantalla. Me había costado lo mío reprimir un bufido. —Vamos, Lindsey —dijo Alex—. Vive un poco. —¿Solo una copa? —propuso Bradley—. Será rápida. —Vale —accedí entonces. ¿Qué otra cosa podía decir? El bar estaba lleno, incluso había un DJ con su corte en un rincón, y unos cuantos valientes en la pista de baile. Nos apostamos cerca de un reservado en el que había una pareja con una jarra de cerveza vacía en la mesa, y nos abalanzamos sobre los asientos en cuanto se fueron, unos minutos después. Bradley y yo nos apretamos en un lado y Alex se sentó delante de nosotros. Me consoló un poco el hecho de que escogiera sentarse a mi lado. Pero solo un poco. Al fin y al cabo, estaba mirando de frente a mi hermana. —Iré a por las bebidas —dijo Alex—. ¿Sam Adams para todos? —Claro —dijo Bradley, pasándole un billete de veinte—. Pero invito yo. —Yo solo quiero un agua —dije. —Marchando tres cervezas Sam Adams —dijo Alex, enfilando hacia la barra. Le dirigí una mirada de exasperación, después me retorcí para poder mirar a Bradley. Llevaba unos vaqueros y un polo con las mangas arremangadas. Estaba informal, relajado y… y guapísimo. —Bueno —dije. —Bueno —dijo él, sonriendo. Intenté contener mi nerviosismo; ¡estaba con Bradley! —¿En qué has estado trabajando hoy? —pregunté. La pasión de Bradley por la fotografía era contagiosa; era una de las pocas personas que conocía que adoraban su trabajo. —En un retrato de un artista que vive en Takoma Park —explicó—. Es un tipo impresionante. Se quedó paralítico en un accidente de tráfico hace diez años y pinta sosteniendo el pincel entre los dientes. —Es increíble. —Lo sé. Al entrar en su casa no podía creerlo —siguió diciendo—. Lo tiene todo

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lleno de cuadros. Están apoyados hasta en triple fila contra las paredes. Me ha explicado que pintar le salvó la vida. Lo curioso es que nunca había cogido un pincel antes del accidente. —¿Cómo lo has fotografiado?—pregunté. —Ha sido complicado. Quería poner énfasis en su trabajo, no en su silla de ruedas, pero es tan grande que era difícil que no entrara en el encuadre. También quería transmitir a la gente la sensación que tiene él cuando pinta; sus emociones. Al final he apilado unos cuantos cuadros suyos en el fondo de la escena y después lo he colocado ante un lienzo en blanco —dijo Bradley—. Tiene el pincel agarrado con los dientes y simplemente está dando la primera pincelada de color. —O sea, que es como si todo fuera posible —dije—. Su imaginación puede llevarlo a cualquier lugar. —Exacto —repuso Bradley, sonriéndome. Alex volvió a la mesa agarrando las cervezas por el cuello de las botellas y lanzó el billete de veinte otra vez a Bradley. —Quería invitar —protestó él. —Han salido gratis —dijo Alex—. El barman me ha reconocido por mi programa. —Genial —dijo Bradley—. Recuérdame que te lleve a bares más a menudo para pedir las bebidas. Reí con dicha. ¡Y qué más! —Oye, y ¿dónde está Gary esta noche? —preguntó Bradley. «Una magnífica pregunta», le elogié en silencio. Sigamos en esa línea. —En Los Ángeles —dijo Alex—. Su empresa está construyendo un edificio de apartamentos allí. —¿Viaja mucho? —preguntó Bradley. —Hummm, varias noches a la semana —contestó Alex—. Normalmente a Los Ángeles o a Nueva York. —¿Tú lo acompañas alguna vez? —A veces. Al principio sí, pero luego perdió el encanto —dijo Alex con una extraña sonrisa—. Acabas saqueando el minibar… Por el rabillo del ojo veía a dos tipos que repasaban a Alex con la mirada mientras hablaban. Puede que uno de ellos se acercara a invitarla a bailar. Puede que uno de ellos acabara tirándole encima una bebida pringosa, y ella tuviera que volver a casa corriendo para ducharse. Y si esa bebida resultaba ser radioactiva… Dejé de prestar atención a mi hermana, que seguía parloteando. Quería otros cinco minutos de fantasía, mi premio de consolación por dejar que se llevara a Bradley. Bueno, técnicamente no es que se lo estuviera llevando. No es que lo estuviera arrancando de mi lado a la fuerza mientras él berreaba «que te digo que no me voy», como Jennifer Hudson en su canción. —¿… Nueva York? —estaba preguntando Bradley. —Perdón —dije—. No te he oído con la música. —Decía que si echas de menos Nueva York.

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«Sí», pensé de repente, y con sorpresa. Echaba de menos a mi amigo Matt. Echaba de menos mi apartamento. Echaba de menos la sensación de despertarme todas las mañanas y saber exactamente dónde se suponía que estaba y qué se suponía que hacía. Pero… no echaba de menos mi trabajo. Ni siquiera un poco. —A veces —dije con sinceridad. Di un trago a mi cerveza y miré a Bradley—. Pero también me alegro de estar en casa. Justo entonces, la canción homenaje a las curvas femeninas de Fergie y los Black Eyed Peas llegó a su fin y el DJ cogió el micrófono para hablar. —Muy bien, ahora tenemos una dedicatoria que hacer. Esta es para la dama de negro. De parte de un admirador secreto. Tanto Bradley como yo miramos a Alex, allí sentada con su bustier negro y su espesa melena ondulada cayendo sobre sus hombros mientras James Blunt empezaba a cantar «You’re Beautiful» con voz suave. Ay, por favor, era como una escena salida de una película romanticona. ¿Se acercaría el tipo con una rosa roja y una máscara de Fantasma de la Ópera para pedir a Alex que bailara una lenta con él? —Parece que tienes un fan —dijo Bradley. Qué curioso, debía de haber media docena de mujeres vestidas de negro en el bar, pero los dos sabíamos exactamente a quién se refería el DJ. A esas alturas ya debería estar acostumbrada a ese tipo de cosas. Lo estaba, en realidad. Entonces ¿cómo es que sentí que, literalmente, me encogía contra el respaldo del reservado y me hacía invisible, mientras que Alex empezaba a brillar cada vez más? ¿Cómo es que sentía que Alex estaba acaparando toda la atención de la sala, dejándome a mí más empequeñecida que nunca? Sin embargo, mi hermana hizo entonces algo que me dejó más anonadada que si se hubiera quitado el bustier para lanzarlo a su admirador… y puede que alguna prenda más; Alex siempre ha sido un poco exhibicionista. —Bueno, Linds, háblame de tu trabajo —dijo. Me la quedé mirando con asombro, esperando que exclamará: «¡Te lo has creído!». Nunca había visto a Alex dirigir la conversación hacia mí. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Acaso intuía que estaba loca por Bradley? ¿O era posible que estuviera intentando ser amable y compartir el protagonismo conmigo? —Me va bien —dije—. Bien de verdad. —¿Cuándo crees que abrirá la oficina de D.C.? —me preguntó. —Hummm, aún falta bastante —contesté. —Es asombroso lo mucho que has conseguido —dijo Bradley. Tomé un trago de cerveza para ocultar mi incomodidad. Si él supiera… —Gracias —dije. —No, en serio —insistió—. Me refiero a las campañas que has ideado. Veo la de Dell continuamente. Siempre me hace reír. —Gracias —volví a decir, esta vez con sinceridad. Esa campaña había sido una pesadilla; había tenido que reescribir el storyboard treinta veces mientras el cliente no hacía más que dar vueltas a si quería que el anuncio estuviera ambientado dentro de

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una tienda de informática o dentro de la casa de un cliente de veintitantos. Al final se había decidido por el primero de mis storyboards… ambientado en un cibercafé. La elogiosa mirada de Bradley quitó algo de veneno a la dedicatoria del DJ; me erguí un poco en mi asiento. —Salud —dijo Alex, levantando su cerveza—. Por mi hermana, brillante creadora de la campaña de Dell, y por Bradley, brillante inventor de las palomitas con miel. ¿Cómo narices se te ocurrió eso? Bradley sacudió la cabeza. —Fue al final del último curso del instituto. Mi padre y yo nos quedamos solos por entonces, y nunca habíamos cocinado demasiado. Una noche estábamos viendo la tele y lo único que teníamos en casa eran palomitas y menús de comida para llevar. —He oído decir que los menús para llevar no están mal si los haces en la freidora —dijo Alex. Bradley rió y yo le di otro trago a mi Sam Adams. —Yo entonces ya estaba harto de pizza, así que hice las palomitas, pero no teníamos mantequilla. Tenía que ser miel o salsa tabasco; era lo único que teníamos en casa. —Me parece que tomasteis la decisión correcta —comentó Alex. Se inclinó hacia delante sobre la mesa y empezó a juguetear con la etiqueta de su cerveza—. ¿Sabes? Hay algo que nunca te he dicho. Redacté mentalmente su siguiente frase: «Estoy luchando contra la flatulencia, y a punto de perder la batalla». —Tu madre me ayudó una vez. —¿De verdad? —preguntó Bradley—. ¿Qué pasó? —Había un chico con el que salía en el segundo año de instituto —empezó a contar Alex—. Dios mío, fue hace tanto tiempo… Pero en aquel entonces parecía muy importante. —¿David? —pregunté. —No, otra persona —dijo Alex. —¿Jon? ¿Steve? —pregunté antes de obligarme a parar. Sería más rápido si eliminaba los nombres de chicos con los que mi hermana no había salido. —No llegaste a conocerlo —dijo Alex. Arrancó la etiqueta y la pegó en la madera llena de muescas de la mesa, alisando los bordes con tanto cuidado como si la estuviera planchando—. Él también iba a segundo. Pero de la universidad. A papá le habría dado un síncope. Bueno, el caso es que un día vino a buscarme al instituto… yo iba a saltarme las clases para quedar con él… y el muy capullo rompió conmigo allí mismo y me dejó plantada en la esquina de la calle. Ni siquiera se molestó en bajar del coche. Solo llevábamos saliendo uno o dos meses, pero me dejó destrozada. «Seguro que sí», pensé con sarcasmo. Sin duda debía de ser la primera vez que alguien rompía con Alex. —Él se fue en su coche y yo me quedé allí sin saber qué narices hacer —explicó

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mi hermana—. No podía entrar otra vez discretamente en el instituto porque no podía dejar de llorar. Sacudió la cabeza y bajó la mirada hasta su cerveza, como si necesitara un momento para recomponerse, aun después de todos esos años. «You’re beautiful, it’s true», gorjeó James Blunt para consolarla. ¿Alex, llorando por un tío? Eso sí que me sorprendía. En el instituto tenía a un millón de chicos suspirando por ella. ¿Por qué habría de disgustarse tanto por una miserable ruptura? De repente, un viejo recuerdo cobró un nuevo sentido: era «aquel» chico. Yo había estado hurgando en el bolso de Alex porque me había desaparecido un dinero que había ganado haciendo de niñera. Al principio había pensado que esa cajita de pastillas era una nueva clase de vitamina; después me di cuenta de lo que tenía en las manos. Dejé caer el estuche en forma de concha otra vez en su bolso, boquiabierta por lo poco que sabía de la vida de mi hermana, por lo diferentes que habíamos acabado siendo. Yo en aquel momento solo había besado a unos cuantos chicos (vale, técnicamente a uno, si no contamos el dar la paz en misa). ¿Para quién serían los anticonceptivos?, me había preguntado en aquel entonces. Esta vez me pregunté si el tipo la habría dejado después de acostarse con ella. Me la quedé mirando y sentí una punzada de compasión. Alex y yo no estábamos muy unidas, pero era mi hermana. No quería que le hicieran daño, sobre todo de esa forma. Sencillamente, nunca se me había ocurrido que pudieran hacerle daño. Alex era la que rompía corazones, no la que se quedaba plantada en la esquina, llorando mientras un tío aceleraba para dejarla atrás. —Así que me pongo a andar de vuelta a casa, y fuera hace un frío que pela, y yo me había dejado el abrigo en el instituto porque me había escapado —explicó Alex—. Entonces, de repente, veo a tu madre que viene por la calle. Acababa de enseñar una casa a unos clientes e iba de camino a su coche. Me reconoció y se detuvo. Alex miró a lo lejos, recordando. —Llevaba puestas esas botas geniales de cuero negro. Recuerdo que pensé que era mucho más guay que todas las demás madres que conocía. Me inventé una excusa cualquiera para explicar por qué no estaba en el instituto, pero no conseguí engañarla. Ella sabía que me había pasado algo. —¿Te llevó otra vez a clase? —pregunté. Alex dijo que no con la cabeza. —No. Me llevó a casa. —Miró a Bradley—. A tu casa. Tu padre todavía estaba en el trabajo, así que estábamos nosotras dos solas. Me sirvió una Coca-Cola, nos sentamos en la cocina y se puso a hablar conmigo. A hablar conmigo de verdad. Y después, cuando habría sido la hora de salir de clase, volví a casa caminando. —Nunca me dijo nada —repuso Bradley. —Me prometió que no lo haría —dijo Alex—. Confié en ella. Se lo conté todo de aquel chico. Cosas que ni siquiera contaba a mis amigas. Era… estupenda. Bradley asintió con ojos tristes.

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—Sí. Yo quería decir algo: corroborar que la madre de Bradley había sido maravillosa, lo cual era cierto… pero no pude. La conversación tenía un ritmo propio e íntimo; cualquier cosa que dijera yo chirriaría y llamaría más la atención sobre el hecho de que, en ese momento, la que sobraba era una servidora. —Es una mierda que la perdieras —dijo Alex. Bradley volvió a asentir, con ojos nostálgicos. —Sí. Todos nos quedamos en silencio un momento. —¿Puedo hacer otra confesión? —dijo entonces Alex. —Claro —contestó Bradley. Mi hermana respiró hondo y susurró: —No soporto esta canción. Bradley la miró un segundo y después se echó a reír; era una risa auténtica, a carcajada limpia. Y en ese momento lo supe. Lo que más había temido estaba sucediendo. Bradley estaba sucumbiendo al hechizo de Alex. Lo peor de todo era que no podía tenérselo en cuenta.

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Capítulo 16 No tenía ni la más remota idea de lo que estaba haciendo. Quizá fuera porque tenía que hacer algo, cualquier cosa, para dejar de pensar en esa noche con Alex y Bradley. Llevaba ya dos días reviviéndola, y los recuerdos no se habían vuelto menos dolorosos con el paso del tiempo. O quizá fuera porque había otra imagen que, pese a mis esfuerzos por ahuyentarla, seguía aferrándose a un rinconcito de mi mente: May con una mancha de chocolate en la mejilla, diciéndome: «A lo mejor a ti también te sirve de ayuda. Tal vez podrías darte un margen para descubrir qué es lo que quieres hacer de verdad». Bajé del coche y comprobé una vez más la dirección que había anotado en mi bloc de notas amarillo con pauta. Sí, esa era la casa; un pequeño bungalow con un jardín cubierto de césped en el que había un triciclo, un tobogán de plástico en miniatura y un par de grandes balones de plástico de colores brillantes. Subí los escalones de la entrada, llamé al timbre y una persona pequeñita abrió y se me quedó mirando a través de la puerta de mosquitera. —¿Está tu mamá en casa? —pregunté, arrodillándome para mirarla a los ojos y ofrecerle mi sonrisa más encantadora. Se me dan bien los niños, aunque está mal que yo lo diga. —¡Una desconocida! —berreó la niña. —No, no, cielo… —protesté. —¡Una desconocida! ¡Una desconocida! Nunca había visto a una niña tan pequeña gritar tan fuerte; era como una sirena antiaérea en miniatura. —Katie, ¿qué te tengo dicho sobre abrir la puerta? —preguntó una mujer que se acercó hasta quedar tras ella. Levantó a su hija del suelo con un brazo y abrió la puerta de mosquitera con la otra mano. —Tú debes de ser Lindsey —dijo—. Pasa. Jane no parecía tener ni veintiocho, pero May me había explicado que era una década mayor. Su brillante melena pelirroja estaba recogida en una descuidada cola de caballo, y no llevaba nada de maquillaje. Una constelación de pecas bailaba sobre su pequeña nariz respingona, y su sonrisa era auténtica. Me cayó bien nada más verla. —Disculpa el desorden—dijo, riendo, mientras quitaba de en medio una carretilla de plástico de una patada y me conducía al salón—. Te juro que he limpiado antes de que llegaras, pero tengo a dos minitornados viviendo conmigo. —Tenéis una casa genial —dije, y era cierto. Aunque estaba claro que Jane no tenía mucho dinero, la calidez de su

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personalidad había impregnado su hogar. Una manta de ganchillo de color azul cubría parte del sofá, y las paredes estaban decoradas con manualidades de los niños. Había también una pequeña librería de madera repleta de libros, y junto a ella descansaba un gigantesco sillón maltrecho con unos cojines que parecían muy cómodos. Un delicioso aroma a manzanas al horno con canela flotaba en el aire. —Gracias —dijo Jane—. Nos encanta este sitio. —Buscó con la mirada por toda la habitación—. Chris, ¿dónde estás? Miró debajo de la mantita, y entonces vi que sus hijos habían cubierto el sofá de partidas de tres en raya pintadas con rotulador permanente. Un rotulador rojo fuerte. —Ay, vaya —dijo—. Otra vez se ha escondido. ¿Podrías hacerme un favor? Siempre se esconde cuando tenemos visita. Si no te importa jugar a que lo buscas, le alegrarás la vida. Me aclaré la garganta. —No te preocupes, Jane, soy la mejor buscadora de niños pequeños de todo Maryland. Incluso tengo un trofeo que me dio el alcalde. Encontraré a Chris. Empecé a recorrer la casa, y pasé ante una silla por debajo de la cual asomaban dos piernecitas de niño, hablando en voz muy alta: —¿Dónde estará Chris? No está en el salón, no está en la basura, no está en su habitación… ¡Este niño es el mejor jugador del escondite del mundo! Las piernecitas se movieron y yo fingí tropezarme con ellas. —¡Mecachis! Esa silla me ha puesto la zancadilla, Jane. ¡Y ahora la silla se está riendo! ¡Tienes una silla loca que se ríe! —¡Soy yo! —Chris apareció desde debajo de la silla con la cara colorada—. ¿De verdad soy el mejor jugador del escondite? —El mejor que he visto jamás —le prometí. —Me parece que el mejor jugador del escondite del mundo y su hermana se merecen un premio —dijo Jane—. Niños, podéis escoger un programa para verlo en la tele. Los pequeños salieron disparados hacia el piso de arriba como si los hubieran lanzado con un cañón, y Jane me indicó por señas que podíamos sentarnos. —¿Te apetece un café o un té? Tenemos media hora de paz garantizada — dijo—. No les dejo ver la tele muy a menudo. —No quiero nada, gracias. Y son unos niños estupendos —dije mientras sacaba mi cuaderno. —Gracias —repuso ella, con cara de complacencia—. Yo también lo creo. Cuando mi marido y yo nos separamos, me prometí hacer cuanto estuviera en mi mano por que tuvieran una vida feliz. —¿Qué sucedió entre tu marido y tú? —pregunté. Tenía que entrar directamente en materia si solo teníamos media hora. May me había dicho que consiguiera todos los detalles que pudiera; así, si Jane había roto con su marido porque era adicto al trabajo, sabríamos que no teníamos que emparejarla con otro igual. Jane suspiró.

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—Ay, no quieras saberlo. ¿Alguna vez has conocido a un estereotipo andante? —No acabó de conseguir el tono desenfadado que estaba buscando, en parte porque le temblaba el labio inferior—. Me encantaría poder decir que nos fuimos distanciando, pero la verdad es que metí la pata —siguió diciendo—. Me casé con el hombre equivocado. Asentí comprensivamente. Vaya. Qué horror darse cuenta de eso, sobre todo cuando había niños involucrados. —Un día fui a verlo a su oficina para darle una sorpresa —dijo Jane—. Era su cumpleaños y tenía que trabajar hasta tarde, así que decidí llevarle un trozo del pastel de queso y chocolate blanco que le había hecho. Era su preferido. Respiró hondo. —Así fue como descubrí que tenía una aventura. —Lo siento —dije. —No es que lo pillara in fraganti ni nada por el estilo —explicó—, pero su secretaria me dijo que se había marchado temprano. No me resultó muy difícil atar cabos después de esperarlo despierta y que él volviera a casa fingiendo que había tenido un día muy largo en la oficina. De todos modos, yo ya lo he superado, pero me horroriza que los niños se vean afectados por eso el resto de su vida. Así que a ellos solo les digo cosas buenas de su padre. Pero, entre tú y yo, quemé todas las fotos de la boda. Sacudió la cabeza. —No tenía intención de soltarte todo esto. Sabes escuchar. —Me alegra que me lo hayas contado —dije—. Necesito saberlo todo de ti si he de encontrarte al hombre adecuado. —Mi marido… mi ex marido, quiero decir… se casa otra vez el mes que viene —dijo Jane, y en voz tan baja que fue casi como si hablara para sí—. Por alguna razón, no pude resistirme a premiarme a mí misma con algo especial. No tiene ningún sentido, y sabe Dios que no me lo puedo permitir… soy maestra de escuela, y ya sabes lo bien pagado que está eso… pero me encantaría conocer a alguien. Me encantaría tener una nueva oportunidad para escoger al hombre correcto. Paseé la mirada por su acogedora casa. En la cocina había colgados tres delantales (uno grande y dos en miniatura) junto a una bandeja de lo que parecían ser magdalenas caseras. Una gigantesca jirafa de peluche con las orejas mordidas y una muñeca de plástico estaban sentadas a la mesa del comedor, todavía con los restos de una feliz merendola ante sí, aún sin retirar de la mesa. —Seguro que May te ha hablado sobre nuestra escala de precios flexible —dije de sopetón, levantando mi libreta para que no pudiera ver que la página que fingía leer estaba en blanco—. Veo aquí que podemos ofrecerte una tarifa de mil doscientos dólares en lugar de la habitual, de mil quinientos. —¿De verdad? —dijo Jane, abriendo mucho los ojos—. ¡Eso es maravilloso! Bueno, tendría que renunciar a mi comisión para ayudar a Jane. Si una madre soltera, maestra de escuela y con un ex que la engañaba no merecía la felicidad, ¿quién la merecía?

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—Háblame de tu ex marido —dije—. Así sabré con qué clase de hombre no debo emparejarte. Jane arrugó su adorable naricita. —¿Cómo puedo resumirte a Kyle? Digámoslo así: siempre hay uno que da un beso en la mejilla, y otro que acerca la mejilla para que le den un beso. —Sonrió irónicamente—. Mi marido era de los que acercan la mejilla. —Ya lo pillo —dije—. De modo que tenemos que encontrarte a alguien que te dé el beso en la mejilla. —Eso sería maravilloso —repuso Jane—. Y tienen que gustarle mucho los niños. Ellos son lo primero. —Bajó la mirada hacia su ropa—. Tengo mantequilla de cacahuete en la rodilla, conduzco una antigua minifurgoneta y todas mis prendas de vestir son batas. ¿De verdad crees que voy a encontrar a un tipo que quiera a una maestra con la pierna embadurnada de comida? Miré a Jane, allí sentada con preocupación en los ojos, y me invadió el instinto de protegerla. ¿Cómo se atrevía su ex marido a hacerla sentirse indigna? ¿Cómo se atrevía a robarle la esperanza de la mirada? Debía de ser un auténtico gilipollas. —Oye, Jane —dije. Ella, que estaba intentando quitarse la mantequilla de cacahuete de la bata, levantó la vista—. ¿Quién ha dicho que vaya a ser solamente uno? Jane se me quedó mirando un momento y después me ofreció una sonrisa tan enorme que casi le desaparecieron le ojos.

—¿Que te has hecho casamentera? —preguntó Matt—. ¿En serio? —Más o menos —mascullé mientras aguantaba el teléfono con el hombro y me servía un poco de Red Zinger. Esa infusión era adictiva. —¿Has ido a casa de esa mujer, la has apuntado a una agencia matrimonial y luego has escogido a un tío para que salga con ella? —dijo Matt—. ¿Cuándo llegamos a la parte del «más o menos»? —Bueno, dicho de esa forma… —dije mientras me llevaba el té a mi cuarto. —Siempre he sido un purista de la lógica —dijo Matt—. Ah, espera, no… Esa eras tú. —Deja de meterte conmigo —protesté—. Estoy pasando una crisis de madurez. —Y ¿qué me explicas de la agencia de publicidad? —preguntó Matt—. ¿Vas a volver para hacer esa entrevista? —Desde luego. —Entonces no estás pasando una crisis de madurez —dijo Matt—. Si estuvieras pasando una crisis de madurez, lo mandarías todo al cuerno, te harías casamentera y te aficionarías al puenting. —Ya sabes que me dan miedo las alturas —dije. —De eso van las crisis de madurez —dijo Matt—. Haces cosas que no tienen nada que ver contigo. Si una crisis de madurez solo te hiciera comer más fibra y leer a Tolstoi, ¿quién se molestaría en sufrirlas?

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—¿Te he contado que voy a hacer de niñera para la mujer a la que he emparejado? —dije—. Nunca sale, así que no tiene a nadie con quien dejar a los niños. Creo que yo estoy más nerviosa que ella con su cita. —¿Con quién la has emparejado? —preguntó Matt. —Al principio estuve pensando en otro profesor. Ya sabes, alguien a quien le gusten los niños y comparta sus mismos intereses. Pero después encontré la ficha de un tipo que se llama Toby. Había rellenado un cuestionario bastante soso. Es médico. Podólogo, en realidad —dije, replegando las piernas bajo mi cuerpo, sentada en la cama, antes de beber un sorbo de té—. Sí, ya lo sé, los pies planos no son sexys, y Jane tiene tanta energía que al principio el podólogo no acababa de convencerme. Iba a dejar de nuevo su cuestionario en la pila, pero entonces volví la hoja… y vi que había garabateado unos corazoncitos entrelazados por todo el margen de la segunda página. Me pareció encantador. —Interesante —comentó Matt. —Es un riesgo, pero tengo una corazonada con él —dije—. Parece muy amable. Y Jane necesita amabilidad. Así que lo llamé y estuvimos charlando una hora. Es un tipo estupendo. Si no funciona, le encontraré a otro. Y a él también. —¿Cómo es May? —preguntó Matt. —Es maravillosa. Con todo lo que ha pasado por culpa de su ex marido… Quiero decir, que es un gilipollas, vamos. Pero ella es muy positiva. Te hace sentir bien solo con estar a su lado. —Hummm-hummm —dijo Matt. —Quiero decir que… ¿me imaginas trabajando con ella? Se pone sus propios horarios y entrevista a los clientes con un perro en el regazo, y cuando pasé para explicarle cómo había ido mi reunión con Jane, acababa de despertarse de una siesta —dije—. Es ridículo. Es una forma completamente descabellada de llevar una empresa. —Hummm-hummm—dijo Matt. —Nos volveríamos loca la una a la otra —seguí diciendo—. ¿Quién no utiliza ordenadores? Ella incluso hace que sus clientes rellenen los formularios a mano, y todos están manchados con cercos de sus tazas de té. Ah, y a veces, cuando se ríe muy fuerte, ronca. —Hummm-hummm —dijo Matt. —No me sueltes tus ruiditos de loquero —dije. —Mmm —dijo, y entonces tragó—. Estoy comiendo. —¿Algo rico? —pregunté. —Pavo Butterball. El cliente nos ha enviado un congelador entero. Primero tuve que pasarme un mes viendo pavos, ahora me los como. Pienso boicotear Acción de Gracias. —¿Matt? —dije—. No creo que vaya a volver a Givens a hacer esa segunda entrevista. —Sí —dijo—, me lo imaginaba. —¿Qué quieres decir? —grité—. Solo ha sido un comentario. ¡No lo decía en

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serio! —Lindsey —dijo, dulce pero imperiosamente—. ¡Salta! —No quiero —repuse, cerrando los ojos con fuerza. —Puedes hacerlo —insistió él—. Acabas de pasar cero segundos hablando de la agencia de publicidad y una hora entera hablándome de May. —Exageras una barbaridad —dije—. Rayando en la mentira patológica. Deberías ir a que te lo mire alguien. —Deja de cambiar de tema —dijo—. Siempre puedes volver a la publicidad más adelante. Considéralo un período sabático. —¿Cuándo volveré a tener una oportunidad como esta? —bramé—. Givens no querrá volver a verme nunca si ahora no me presento. Y si no dejo de cancelar planes de esta manera, tendré que trasladarme cada tres semanas. Se me acabarán las ciudades y tendré que empezar a solicitar trabajos en Europa, y ya sabes que detesto el arenque ahumado. —No te olvides de los caracoles —dijo Matt—. También son repugnantes. —¿Qué estoy haciendo? —pregunté. Me dejé caer en la cama y me llevé una mano a la frente—. No estoy segura de por qué, pero sé que todo esto es culpa tuya. —Tienes miedo, pero todo saldrá bien —dijo—. ¿Lindsey? No quiero que me interpretes mal, pero estoy orgulloso de ti. Entonces, yo (yo, la que nunca jamás llora) me quedé allí tumbada mientras las lágrimas caían por mis mejillas, sintiendo como si en mi interior hubiese algo que hacía mucho tiempo se había convertido en piedra, pero que ahora se hacía pedacitos y desaparecía. —Saldrá bien —dijo Matt, tranquilizándome mientras yo me aferraba al auricular como si fuera una cuerda de salvamento—. Todo saldrá bien.

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Capítulo 17 Casi me saco un ojo con la varilla del rímel cuando una clienta aporreó la puerta del servicio de la tienda de la gasolinera. —¡Un momento! —grité, aplicándome la última capa. Todavía no había encontrado valor para dejar que mi familia me viera con mi nueva ropa, así que había buscado otro lugar para cambiarme. Aquel servicio estaba limpio, la iluminación era buena y además había un gancho para colgar la ropa. Todo eso y unas provisiones inagotables de chocolatinas Hershey’s y gominolas Laffy Taffy… Prácticamente podría vivir allí. —Suele estarse un buen rato ahí dentro —oí que decía la cajera. —¿Es que viene muy a menudo? —preguntó la mujer con incredulidad. —Cada día, las dos últimas semanas —dijo la cajera—. Es algo espectacular, como si entrara una chica y saliera otra. —Bueno, pues yo tengo que ir al baño —dijo la clienta—. ¡He dado a luz cinco veces! Cuando se han tenido tantos hijos, no se puede andar por ahí esperando para ir al baño. ¿Entiendes lo que te digo? —No, señora —dijo la cajera adolescente con docilidad. —¡A menos que tengas una fregona, más te vale dejarme pasar ahí dentro! — amenazó la clienta, aporreando la puerta otra vez. Recogí enseguida el maquillaje, guardé mi traje azul marino en el portatrajes y abrí la puerta. —Lo siento —dije mientras la mujer entraba corriendo, lanzándome una mirada asesina. —Esa blusita me gusta casi tanto como el vestido rojo —dijo la cajera, contemplando con aprobación mi ligero top verde con la espalda al aire. Lo había conjuntado con mis vaqueros estrechos y mis nuevos y contundentes tacones Marni con hebillas en el empeine, y había usado una plancha de pelo para que la melena me cayera hacia los hombros en relucientes capas. —¡Gracias! —dije mientras salía disparada por la puerta para subir de un salto a la vieja ranchera de mis padres. Llegaba tarde a mi entrevista con Jacob Weinstein, treinta y cuatro años, que se había trasladado a la ciudad hacía unos meses y ya estaba listo para empezar a salir con alguien. Durante las últimas dos semanas, desde que estaba oficialmente contratada en Citas a Ciegas, había recibido una formación completamente nueva para mí, una que no tenía nada que ver con la diferenciación del producto, el perfil demográfico del target ni la marca. Había aprendido sobre las personas. Había aprendido sobre sus miedos y sus deseos. Había aprendido sobre los secretos que más atesoraban y que

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ocultaban a sus compañeros de trabajo, sus conocidos y sus familiares. También había aprendido que hojear las fichas de una agencia matrimonial puede romperte el corazón. Lo que más anhela la gente, más que nada en el mundo, es conectar con otra persona. Quieren a alguien con quien crear una familia. Quieren a alguien a quien darle la mano. Quieren a alguien que los cuide cuando caen enfermos y que siga amándolos cuando sean viejos y estén arrugados. Ah, por cierto, y si esos servicios puede realizarlos alguien que se parezca a Heidi Klum o que tenga la cuenta corriente de Donald Trump, muchísimo mejor. Me había pasado horas acurrucada en el sofá de May, leyendo los montones de fichas que tenía. Lo que había descubierto es que, en todas las bodas, las fiestas para futuros bebés y las celebraciones de cumpleaños —en todos los acontecimientos de la vida, en realidad, tanto grandes como pequeños—, hay gente apartada en las sombras que queda más allá de los focos, celebrando por fuera pero preguntándose por dentro qué ha hecho mal, por qué ha terminado sola mientras que el resto del mundo parece estar emparejado, y si siempre va a estar igual de sola. A May se le daba bien hacer hablar a la gente. Leí la ficha de un viudo que le había explicado que compraba las latas de atún para la comida de una en una solo para poder ir a la tienda todos los días y tener algo de contacto humano durante la breve conversación que mantenía con la cajera al salir. Entreví el secreto de una mujer que había sido obesa de adolescente y todavía se veía gorda y antipática en el espejo, aunque hacía ejercicio todos los días y ya vestía una talla saludable. Supe de la angustia de un hombre al que su prometida había dejado literalmente plantado en el altar. La dama de honor se le había acercado y le había susurrado la noticia al oído mientras él estaba allí de pie con su esmoquin, esperando ver aparecer a la novia al final del pasillo. ¿Siempre había habido tanta gente sola en el mundo?, me pregunté, mirando con asombro los montones de fichas que me rodeaban. —Hacemos mucho más que emparejar a la gente —me dijo May en mi segundo día—. Los escuchamos; de hecho, saber escuchar es seguramente la habilidad más importante que te hará falta en este trabajo. Descubrimos qué salió mal en sus relaciones anteriores y trabajamos con ellos para asegurarnos de que abandonan cualquier patrón perjudicial que puedan haber adoptado. Ayudamos a la gente a descubrir qué clase de compañero quieren de verdad. Somos más que casamenteras; somos la terapeuta, la mejor amiga y a veces incluso la sargenta de instrucción. —¿De verdad? —dije. —Claro, para quien tiene unas expectativas nada realistas —contestó May—. Si un hombre de cincuenta años viene aquí con la esperanza de que lo emparejemos con una conejita de Playboy de diecinueve, tenemos que darle un par de patadas en el trasero, descubrir qué es lo que le sucede en realidad y por qué está pasando una crisis de falta de seguridad tan grande que necesita a una mujer trofeo para demostrar al mundo que es importante y deseable. Y si eso no funciona, le decimos que vaya a buscarse una esposa de venta por correo y lo acompañamos a la puerta. No rechazamos a muchos clientes, pero tendrás que estar preparada para hacerlo de

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vez en cuando. Tenemos una política tácita de «no se admiten gilipollas». Asentí con la cabeza, encantada por la forma en que May estaba hablando ya en plural, como sí yo fuera su socia a partes iguales. —La otra cara de la moneda es que muchos de los clientes que vemos están pasando una crisis de seguridad en sí mismos —dijo May—. Así que refuérzalos un poco. Dedícales un par de cumplidos, pero solo si son sinceros. En ese momento, mientras entraba en un bar restaurante que se llamaba Parker’s y miraba en derredor buscando a mi cliente, recordé lo que me había dicho May: que escuchar era la parte más importante del trabajo. «Todo el mundo tiene una historia», había dicho. Había llegado la hora de conocer la de Jacob. Lo encontré sentado en un reservado que quedaba en la pared del fondo. Era un tipo agraciado, de pelo moreno, más bien bajito. Llevaba las mangas de la camisa arremangadas y dejaban ver unos antebrazos fuertes. En su ficha había leído que se dedicaba a los préstamos hipotecarios y que le gustaba esquiar, viajar y cocinar platos exóticos. —Nunca había hecho nada parecido —confesó Jacob justo después de presentarnos. Su zapato tamborileaba un ra-ta-ta-tá contra el suelo. —Tranquilo —le dije mientras me sentaba frente a él—. Solo vamos a conversar un rato. Después encontraré a la afortunada mujer que saldrá contigo. Sonrió mostrando un incisivo encantadoramente torcido, y supe que había acertado al decirle eso. Era curioso, pero no sentía ni rastro de la timidez que solía asediarme en situaciones sociales. A lo mejor era porque las voces de mi cabeza, las que me decían que nunca sería tan guapa y deseable como Alex, habían perdido parte de su poder ahora que sabía cuántas personas más tenían también voces severas en la cabeza. A lo mejor mi nueva ropa y mi maquillaje también me habían ayudado; todavía interpretaba un papel, aún actuaba sin sentirme yo misma, en cierto modo. —¿Te sirvo algo, guapa? —preguntó la camarera, señalando el menú de bebidas. —¿Tú qué has pedido? —pregunté a Jacob. —Un martini —dijo—. El mío es normal, pero he oído decir que aquí los hacen muy buenos de chocolate. —Perfecto. La camarera se alejó y Jacob se reclinó contra el tapizado acolchado del asiento. —Me da un poco de vergüenza —dijo—. Todavía no me creo que esté haciendo esto. —Ya lo sé —dije—. Es horrible. Quiero decir, tomarte un martini normal cuando podrías tomarlo de chocolate. Jacob sonrió, esta vez una sonrisa más amplia. —Oye, a mí me parece que eres muy valiente —dije—. Vas en busca de lo que quieres. —Supongo que podría verse así —repuso. —Bueno, háblame de ti. Cocinas y te encanta viajar, ¿verdad? —dije, cruzando

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las piernas e inclinándome hacia él—. Está claro que serías el hombre perfecto, de no ser por ese defectillo del martini normal. ¿Estaba ligando con mi cliente? Sin embargo, Jacob parecía necesitarlo. Estaba muy nervioso. —A lo mejor podría cambiar, por la mujer adecuada —dijo, sonriendo otra vez. Me di cuenta de que su pie había dejado de tamborilear. —Dime cómo sería la mujer adecuada para ti. ¿Qué cualidades te parecen importantes? —Me encanta la buena comida, así que no puede ser de esas mujeres que pican un poco de ensalada y dicen que están llenas, pero luego llegan a casa, van a la cocina a hurtadillas ¡y se zampan un paquete entero de Chips Ahoy! —dijo Jacob. Me reí. Él pareció animarse. —Y me encanta viajar, así que las agorafóbicas también quedan excluidas. Jacob era mono, divertido y agradable. Mi martini de chocolate era la perfección. ¿Y me pagaban por eso? —¿Qué más? —dije sin darle importancia—. Háblame de tu última novia. —¿Sue? —dijo Jacob—. Hummm… ¿Cómo lo diría? —Sin andarte con rodeos —dije, bromeando—. Necesito saber todos los detalles si he de encontrarte a la mujer adecuada. Jacob suspiró. Fue a decir algo pero se detuvo. —Todo la hacía llorar —soltó entonces—. Y quiero decir todo. Al principio fue una de la cosas que me enamoraron de ella. Pensé que era muy sensible. En nuestra primera cita le compré una rosa, y lloró. Una de sus amigas anunció que estaba embarazada de gemelos, y Sue lloró. Después me di cuenta de que nunca dejaba de llorar. —¿Anuncios cursilones? —pregunté. Jacob asintió con la cabeza. —También puestas de sol y películas tristes… Un día vinieron sus padres de visita y fuimos a recogerlos al aeropuerto. No sé cómo, acabé apretujado entre Sue y su madre, y las dos se pusieron a berrear… pero a berrear de verdad… Entonces miré al padre y vi que se estaba sacando pañuelos de papel del bolsillo con cara de resignación. Me eché a reír. No pude evitarlo; cuanto más lloraban ellas, más me reía yo. Y, por supuesto, su madre pensó que me reía de ella y, bueno… a partir de ahí todo fue de mal en peor. —¿Qué sucedió cuando rompisteis? —pregunté. —Sue no derramó ni una sola lágrima —dijo Jacob. Me lo quedé mirando, y los dos nos echamos a reír a carcajadas. —Vale, nada de lloronas —dije, haciendo como que tomaba nota—. Apuntado. ¿Qué más? —Y, hummm, estaría bien que la mujer que escojas… —Jacob perdió la voz. No dije nada; May había dicho que dejar que el silencio se alargase podía ser una herramienta muy útil para conseguir que los clientes se abrieran. —Si pudiera… —Jacob se aclaró la garganta.

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Sabía que Jacob era demasiado bueno para ser de verdad. Ahí llegaba la parte en la que diría que quería a alguien que le dejara ponerse sus pestañas postizas o ir a convenciones de Star Trek todos los fines de semana. —… parecerse a ti —dijo.

Llegué a casa flotando, con el cumplido de Jacob resonando aún en mis oídos; pero sus palabras frenaron derrapando con un chirrido como el de un aguja que raya un disco en cuanto llegué al camino de entrada. El reluciente Lexus negro de Alex (el que Gary le había regalado por sus veintinueve años) estaba allí. Era jueves por la noche. ¿Qué hacía Alex en casa de nuestros padres? —¿Tan pronto vuelves? —gritó desde el salón cuando abrí la puerta de la calle todo lo silenciosamente que pude. Había esperado entrar sin que mis padres me vieran, cambiarme y desmaquillarme antes de volver a escabullirme por la ventana de mi habitación y realizar una falsa entrada. Ellos no se habrían dado cuenta de nada; Alex, una artista de las escapadas nocturnas de campeonato, sería más difícil de engañar. —Ahora mismo voy —dije mientras cruzaba el recibidor como una bala, directa hacia mi habitación. Conseguí dar cuatro pasos antes de que mis tacones me hicieran tropezar y cayera despatarrada en la alfombra. ¡Mierda! ¡Ahora todos vendrían corriendo y me verían! —¿Qué ha sido eso? —preguntó mi madre. —Ha sonado como si a alguien se le hubiera caído una aspiradora —comentó mi padre. —Seguro que Lindsey se ha caído —dijo Alex. Y entonces todos dijeron: —¡Ah! —Y siguieron viendo la reposición de La ruleta de la fortuna. —¡Estoy bien! —grité—. ¡Solo por si os lo estabais preguntando! Nadie me contestó, así que me levanté y seguí andando… algo decepcionada al ver que no había necesidad de reptar al estilo G.I. Joe, tal como había ensayado mentalmente, para maniobrar hacia mi habitación. Me puse unos pantalones anchos y una recatada blusa azul, me limpié la cara con desmaquillador y me lavé los dientes antes de volver a la sala de la tele. —¿Qué tal tu cita? —preguntó Alex. —¿Cita? —dije—. ¿Qué cita? —Ay, vaya —volvió a decir mi madre—. A lo mejor no tendría que haber dicho nada, pero es que pasaba por delante de tu habitación cuando estabas quedando con él. —¿Con quién? —pregunté. —Con Jacob, tonta —dijo mi madre. —¿Cuánto rato has tardado en pasar por delante de mi puerta? —pregunté. —Detalles —ordenó Alex. —Solo… hummm… hemos ido a dar una vuelta y hemos estado charlando.

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Alex apartó la mirada de Pat Sajak, el presentador. —¿Habéis ido a dar una vuelta? —Eso suena muy bien, cielo —dijo mi madre. —Tu cita le suena muy bien a tu madre —dijo Alex—. ¿Te das cuenta de todas las cosas que van mal en esa frase? ¿Por qué no te ha invitado ese tipo a tomar una copa al menos? ¿Es tacaño? —No necesito beber para pasármelo bien en una cita —dije, ahogando un hipo. Ese segundo martini estaba fuerte—. ¿Y tú por qué no has salido esta noche? Alex no se movió, pero algo cambió en su expresión; casi se volvió apesadumbrada. —Estaba cansada —dijo. —Vale, a ver si lo he entendido bien —dije—. ¿Te metes conmigo porque he tenido una cita aburrida, pero tú te has quedado en casa con tus padres? —Oye —soltó mi padre, ofendido. —Todavía estamos en la onda —le dijo mi madre para tranquilizarlo, dándole unas palmaditas en la mano. —No me encontraba bien —dijo Alex. Supe que estaba mintiendo al instante. No sabría decir por qué; quizá porque la había visto mentir tantas veces a mis padres que me había vuelto una experta detectando un sutil cambio en su tono de voz o un ligero parpadeo de sus ojos. Un destello de certidumbre me dijo que estaba allí por otra razón. ¿Tenían problemas Gary y ella? Sentí que me atravesaba una punzada de miedo. Por favor, que no fuera eso. No pude evitar imaginarme a Bradley consolando a Alex, los dos compartiendo otra botella de vino, él rodeándola con su brazo y… Cerré los ojos con fuerza. No. ¡No! —¿Y de qué habéis hablado tu joven y tú mientras dabais esa vuelta? — preguntó mi madre. —Mamáaa… —protestamos Alex y yo al unísono. —Bueno, es un joven, ¿o no? —preguntó mi madre en un tono molestamente razonable muy conseguido. —Hemos hablado del trabajo, sobre todo —dije—. Se dedica… hummm… a los préstamos hipotecarios. —Qué sexy —comentó Alex. —¡Ha sido divertido! —espeté. —¿Te ha enseñado sus préstamos jumbo? —dijo Alex, haciendo que sonara sucio—. ¿Tiene… alguna «postura» sobre las hipotecas reversibles? —Jacob es un tipo estupendo —dije acaloradamente—. A lo mejor le gusto por mi cerebro. A lo mejor de verdad le gusta hablar conmigo. —La espacio en espacio espacio espacio —dijo mi padre, mirando el enigma de la pantalla—. Es una frase. —Vamos, Alex —dijo mi madre—. Deja de incordiar. La única razón por la que Lindsey ha conseguido su gran ascenso es porque trabaja muchísimo. Sonreí; me sentía defendida. Bueno, más o menos.

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—«La forma en que se mueve» —dijo Alex a mi padre. —¿En que se mueve quién? —preguntó él. —Es la respuesta del enigma —dijo Alex. Miré la pantalla. Solo se veían cuatro letras, pero cabía. —Has visto este programa demasiadas veces —dije—. Me das miedo. —Oye, Lindsey, antes de que se me olvide —dijo mi madre. Rebuscó entre un montón de papeles que había en la mesita de café y desenterró un sobre arrugado—. Hoy ha llegado esto con el correo. Algo sobre la tasación de nuestra casa. Ha subido y ahora nos aumentan los impuestos; es para no creérselo. —Ya me ocupo yo —dije—. Normalmente estas cosas se pueden recurrir y conseguir una reducción si sabes cómo orientarte entre la burocracia. —Gracias, cielo —dijo mi madre cuando le cogí el sobre. Me levanté en el siguiente anuncio y subí a mi cuarto a cambiarme por la que parecía ser la enésima vez del día, en esta ocasión para ponerme el chándal. Alex me siguió y se dejó caer en mi cama. —Iba a preguntarte si te habías acordado de llevar preservativos esta noche — dijo—, pero esa blusa ya es suficiente protección. Cogí una almohada y se la tiré, pero no pude evitar sonreír. Me senté en el borde de la cama para quitarme los zapatos planos azules que acababa de ponerme hacía diez minutos y fingir que me daba un necesario masaje en los dedos de los pies. —¿Te acuerdas de cuando nuestra mayor preocupación era qué ponernos para ir a clase? —preguntó Alex. Tenía los ojos cerrados y bajo ellos había unas ligeras manchas violáceas. Fruncí la frente; ¿algo impedía dormir a Alex por las noches? No quería ni pensar en lo que podría ser. —Vaqueros Calvin Klein o Jordache —murmuró Alex—. Me pasaba horas consumida por la duda. —Esa nunca fue mi mayor preocupación —dije. —Tendría que haberlo sido —dijo ella. Intentó decirlo metiéndose conmigo, pero tenía la voz tan cansada que le salió sin entonación. Me la quedé mirando. Todavía tenía los ojos cerrados. ¿Estaba aún más delgada? Me levanté de la cama y colgué mi ropa. Después alineé las botas negras de cowboy que Alex se había quitado con dos patadas al entrar en la habitación. Todavía le daba la espalda cuando al fin formulé la pregunta que clamaba por ser formulada. —¿Va todo bien? Con Gary, quiero decir. No respondió, y cuando me volví, vi que estaba hecha un ovillo, profundamente dormida. Tenía las manos unidas bajo la barbilla, y por un instante me asaltó la idea de que parecía una niña pequeña pidiendo un deseo. Una niña rubia y angelical, con las cejas perfectamente depiladas y un tanga color lavanda que casi podía usarse de seda dental. Miré cómo dormía mientras una complicada y familiar mezcla de sentimientos caía sobre mí como una tela de tupida trama: rivalidad, lealtad, celos, amor… todos

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los hilos tan intrincadamente entretejidos que era imposible decir dónde terminaba uno y dónde empezaban los demás. Entonces apagué la luz, la tapé con mi edredón y salí de la habitación sin hacer ruido.

A la mañana siguiente, cuando desperté en el sofá, con tortícolis y el desacostumbrado sabor de una ligera resaca en la boca, encontré un mensaje escrito con la letra de Alex sobre el cojín que tenía al lado: «Ha llamado Jacob». Mi corazón se detuvo hasta que leí la siguiente frase: «Quiere saber si puedes ayudarle a replantar su césped en vuestra segunda cita». Me reí y arrugué la nota con la mano. Cuando subí a mi habitación, Alex ya se había ido. Debía de haberse despertado temprano, lo cual era extraño, porque Alex nunca se levantaba pronto. Más extraño aún, incluso me había hecho la cama.

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Capítulo 18 —Tengo a la chica perfecta para ti —le dije a Jacob cuando lo llamé, tres días después. —¿Así que vas a salir conmigo? —preguntó. Sonreí, sintiendo más satisfacción de lo que era profesionalmente adecuado. Había escogido para él a la encargada de una boutique de ropa de mujer: una chica guapa de treinta y un años, medio española, que se llamaba Jimena y a quien le encantaba salir a montar en bicicleta los fines de semana. Mientras repasaba nuestras fichas, su fotografía me había llamado la atención. Se la veía saludable, feliz y centrada, y después de aquella llorona, sospechaba que Jacob debía de estar preparado para alguien con un karma positivo. —No tomes demasiado café antes de la cita —le advertí, recordando lo nervioso que lo había visto el día que nos conocimos. Unas cuantas dosis de cafeína y acabaría levitando y atravesando el techo—. Y ponte otra vez esa camisa azul. Le queda muy bien a tus ojos. —Es que me siento a años luz del mundo de las citas. —Suspiró—. No sé, Sue y yo estuvimos casi dos años juntos. —¿Puedo darte un consejo de nada? —dije, pasando por alto el hecho de que ya le había dado dos sin que me los pidiera—. No saques el tema de Sue. No, hasta la tercera cita. Céntrate en tu pareja de hoy, no en tu ex. —Tienes razón —dijo Jacob—. ¿Qué más? —Aparte de eso, eres perfecto —dije, medio burlona—. Y no dudes en mencionar lo bien que cocinas. Las mujeres eso lo encuentran irresistible. —¿Sabes?, me ahorrarías muchísimo tiempo si quisieras salir tú misma conmigo —dijo. —Deja de tentarme. —Me alegré de que no pudiera ver cómo me había ruborizado. —¿Lindsey? —preguntó—. ¿Lo decías en serio? ¿Eso de que me sienta bien la camisa azul? Pensé en los fuertes brazos de Jacob y en su seductora timidez. —A ti te sienta bien cualquier cosa —dije—, pero está claro que el azul es tu color. ¿De verdad era tan fácil coquetear? May me guiñó un ojo cuando colgué. —¿Una inyección para el ego? —preguntó. Tardé un poco en darme cuenta de que se refería al ego de Jacob. —Sí —dije—. Es un buen tipo, aunque parece tener la confianza por los suelos.

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De todas formas, parece que va recuperándola muy bien. «Igual que yo», pensé, sintiendo que mis mejillas volvían a acalorarse al recordar cómo se habían abierto los ojos de Jacob cuando me había visto entrar en el bar del martini el día que nos conocimos.

Pasé el resto de la semana sepultada en trabajo, estudiando las fichas de May y llamando por teléfono a sus clientes para presentarme y empezar a conocerlos. Desde luego, sepultarme en trabajo tenía una definición ligeramente diferente esos días. En lugar de quedarme en mi despacho y roer corteza de pizza fría a las tres de la madrugada, May me echaba a patadas de su casa cada día a las seis en punto. —¡Ve a divertirte! Hace una tarde muy buena. —Vivo con mis padres —le recordé—. Para nosotros, una gran tarde significa cenar sobras y ver un telefilme. Anoche vimos uno que se titulaba Mi amante, mi rehén. Iba de una mujer que había maniatado a su novio cuando él había intentado romper con ella. No puedo creer que yo misma no probara ese truco hace ya tiempo. —¡Largo! —exclamó May, arrebatándome las fichas que estaba intentando llevarme a escondidas y ahuyentándome con gestos de manos—. Eres demasiado joven y guapa para malgastar la vida trabajando. Vete a una librería, o al cine. A veces lo hacía, y a veces me iba de compras. Mi viejo vestuario no me servía de mucho últimamente, porque no había forma de ponerse cómoda en el sofá de May llevando puesto un traje de ochocientos dólares, y, además, siempre existía la posibilidad de tener que salir corriendo de improviso a visitar a algún cliente, y no quería que se sintieran como si estuvieran a punto de pasar una auditoría. De manera que mis trajes quedaron relegados al fondo de mi armario, y la parte de delante empezó a llenarse con mis nuevos vaqueros, faldas y tops. Sin embargo, mis padres nunca veían esa ropa. Siempre que salía de casa, me aseguraba de ir bien cubierta con una chaqueta o un chal. A lo mejor era porque me estaba preparando para explicarles que había perdido el trabajo en la agencia de publicidad y creía que solo podrían asimilar una cantidad limitada de conmoción. O a lo mejor porque sabía que, delante de mi familia, me habría sentido como el emperador con su traje nuevo. Igual que ese niñito de la muchedumbre, ellos podrían verme al desnudo. Era Alex la que siempre llevaba a casa bolsas de ropa sexy; yo llevaba tarros de cristal de Container Store para organizar los alimentos de la alacena de mis padres. Así que seguí escondiendo el estuche de maquillaje en la vieja ranchera abollada y poniéndome el rímel y el pintalabios en los semáforos, sin hacer caso a la vocecilla que me decía que aquello ya había llegado demasiado lejos. Quizá sentía que, mientras no se lo contara a mis padres, todavía estaba tan solo jugando con esa nueva vida, sumergiendo en ella los dedos de los pies sin contraer ningún compromiso real. Contárselo lo convertiría en algo real —lo haría irrevocable—, y no estaba preparada para eso. No estaba preparada para despedirme de mi identidad de hija triunfadora y exageradamente trabajadora. Sin embargo, poco a poco me iba acostumbrando a mi vida dividida y aprendía

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a salvar la distancia entre mis dos mundos. En casa de mis padres, me ocupaba de sus impuestos en una sola hora y recordaba a mi madre que tenía que cambiar el aceite del coche. En el trabajo, me despertaba de una siestecilla con fichas de clientes esparcidas a mi alrededor y un pequeño chucho desaliñado roncando en mi pecho. En casa, llevaba el balance del talonario de cheques de mis padres y les ayudaba a solicitar una hipoteca reversible antes de cambiarme y ponerme un sencillo vestido azul cielo y unos tacones de vértigo y salir hacia un bar de singles para fichar a posibles clientes (y, no sé cómo, alguien acababa arrastrándome hasta el escenario y yo cantando con los demás la noche de karaoke). A veces no podía creer que me pagaran por trabajar para May. Una mañana conseguí dos nuevos clientes de golpe: un par de amigas de toda la vida que tenían setenta y tantos años. Una se había separado hacía poco, la otra nunca se había casado, y se animaron la una a la otra a apuntarse en Citas a Ciegas. Las había entrevistado en una cafetería de las de toda la vida mientras tomábamos unas tortillas perfectamente cocinadas y unas galletas recién hechas que casi se me derritieron en la boca. Cuando les pregunté qué buscaban en un hombre, se miraron la una a la otra y se pusieron a reír como un par de adolescentes. —¿Uno que conserve todos los dientes? —propuso la que no se había casado. —Yo me conformaría con que no chocheara —dijo la recién separada. —Tienen unas expectativas bastante altas —dije con fingida seriedad. Yo de mayor quería ser como esas mujeres. —A lo mejor deberíamos ahorrar algo de dinero y contratar a un boy de Chippendale por unas horas —dijo con un repentino brillo en los ojos la que no se había casado—. Uno de esos jóvenes y núbiles que saben abrirse de piernas y pelar una naranja con la lengua. «¡Y esto es trabajo!», me recordé mientras me partía de risa. En cierto modo, esa idea estaba empezando a darme cada vez menos miedo.

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Capítulo 19 No era más que una sencilla llamada telefónica. Nada más, y nada menos. Miles de personas las realizan cada día. Abrí el teléfono móvil, marqué unos cuantos dígitos y colgué enseguida. Por tercera vez. Pero es que esa llamada implicaba muchísimas cosas. Si Alex y Gary estaban teniendo problemas, y si esos problemas estaban relacionados, aunque fuera remotamente, con Bradley… bueno, pues entonces me sentiría como una completa idiota si hacía esa llamada. La cabeza me decía que Alex podía estar estresada a causa de la boda. O que podía estar sucediendo algo en su trabajo. Podía haber un centenar de explicaciones de por qué últimamente se había acercado más a la familia y de por qué Gary no había aparecido demasiado por allí. Pero cada vez que recordaba a Alex y a Bradley juntos (las fotografías que él le había hecho cuando pensaban que estaban solos, la forma en que la había mirado cuando ella hablaba de su madre), el terror galopaba por mis venas. Sin embargo, Alex estaba prometida. Eso me repetía yo. A lo mejor ella y Bradley habían tenido unas cuantas conversaciones agradables y habían compartido una botella de vino en un restaurante tailandés. Bueno, se estaban haciendo amigos. Podía aprender a sobrellevar eso. «¡Salta!», había dicho Matt. Si pensaba mandar mi vida al garete, ¿por qué quedarme a medio camino? ¿Por qué no caer en picado en una gigantesca y estruendosa bola de fuego? Al fin y al cabo, siempre había sido una exagerada cuando me ponía a trabajar. Abrí el teléfono y marqué. —Eh —dije cuando respondió. Era nuestro antiguo saludo de instituto; nunca habíamos tenido que identificarnos cuando nos llamábamos por teléfono. Esperaba que Bradley todavía reconociera mi voz. En caso contrario, siempre contaba con la innovación del identificador de llamadas para tranquilizar a mi ego. —Estaba a punto de llamarte —me dijo, y el prieto nudo de preocupación de mi estómago se deshizo. —Pues resulta que tengo un plan —le dije yo, contenta por que no pudiera ver la sonrisa de boba que se extendía en mi rostro. —Cuéntame. —No —repuse—, pero pasaré a buscarte el sábado que viene a las seis. —¿El sábado? —Se quedó callado y mi nudo se apretó otra vez. La pausa parecía alargarse eternamente—. Estoy repasando mi agenda —dijo—. Esa noche trabajo. ¿Te va bien el domingo?

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—Perfecto —dije. —¿Seguro que no puedes darme ni una pista? —preguntó Bradley. —Hummm. Tú ven con apetito. Yo me ocuparé de todo lo demás. Colgué el teléfono y me recliné contra el asiento del coche. Cerré los ojos y alcé el puño con entusiasmo en el aire. Por fin lo había hecho. Un momento después, bajé del coche y subí los escalones de la entrada de la casa de Jane. Había conducido hasta allí antes de hacer la llamada porque no había querido arriesgarme a hacerla desde casa. Con la suerte que tenía, seguro que mi padre habría cogido el otro teléfono y se habría puesto a marcar números antes de comunicarme a gritos el pedido del chino mientras mi madre, en el pasillo, apretaba la oreja contra un vaso colocado sobre la puerta de mi habitación. No quería que mi familia supiera nada acerca de la noche del domingo siguiente. Era solo para Bradley y para mí. Por fin había llegado el momento de descubrir en qué punto nos encontrábamos. Llamé al timbre de Jane a las siete en punto clavadas; llegaba puntual. —Katie, ¿puedes abrir la puerta? —oí que decía Jane. Katie dijo algo que no entendí. —No, no pasa nada si te lo pide mamá —dijo Jane—. Pero no puedes abrir la puerta a menos que yo te lo diga. La aguda vocecilla de Katie hizo otra pregunta. —Sí, te estoy pidiendo que la abras —dijo Jane—. No es una desconocida. Es Lindsey. Otra pregunta con voz chillona. —¡Sé que es Lindsey porque la veo por la ventana! ¿Quieres hacer el favor…? ¿Sabes qué?, no importa. Mamá irá a abrir la puerta. Un segundo después, la puerta se abrió de golpe y allí a apareció Jane en albornoz y con unos zapatos rojos de tacón. —No digas ni una palabra —me advirtió, y después rompió a llorar. —No está tan mal —dije, abriendo la puerta de mosquitera para entrar. —Es horrible —dijo Jane, a medio camino entre un sollozo y una risa—. ¿En qué estaría pensando? Le miré bien el flequillo. Si es que se le podía llamar flequillo; era tan corto que parecía más una minicresta de punk. —Solo quería cortarme un poco las puntas —dijo Jane, enjugándose los ojos—. Entonces me ha parecido que estaba más corto por la izquierda que por la derecha, así que he recortado un poco el lado derecho. Pero entonces me ha parecido que por la derecha quedaba más corto, así que he intentado… —¿Volver a nivelarlo? —aventuré. —Y luego otra vez —se lamentó Jane—. Y otra. Ha sido como un balancín. Ay, Dios, soy una pesadilla. ¡Mírame! Repasé mentalmente los consejos que me había dado May, pero estaba bastante segura de que entre ellos no había nada sobre cortes de pelo estilo Eduardo Manostijeras.

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—No tendría que haberlo hecho —dijo Jane con el labio inferior tembloroso—. Ese hombre va a echar a correr gritando en cuanto me vea. Tenía que hacerme con el control de la situación, deprisa. —Vamos —dije, cogiéndola de la mano y arrastrándola a la cocina—. Lo primero que necesitamos es una copa de vino. —¿Es que conoces algún truco para arreglar el pelo con vino? —preguntó Jane con impaciencia, vertiendo un poco de chardonnay en una taza de plástico con un personaje de dibujos animados, de esas que regalan a los niños en los restaurantes. —No —dije—. Tómate un buen trago. No, eso ha sido un sorbito. Quiero que des un trago. ¿Te sientes mejor? —Un poco —dijo Jane. —Ahora, a por ese flequillo —dije—. Déjamelo ver más de cerca. Lo examiné y pasé los dedos por él murmurando como un médico: «Hummmhummm». —No muevas ni un músculo —dije. Salí corriendo hacia la ranchera, abrí el maletero y saqué el kit de maquillaje que guardaba allí escondido junto a la rueda de recambio. Hice sentarse a Jane en el salón, donde había buena luz, y abrí mi maletín. —Cierra los ojos —ordené, y le aparté el flequillo hacia atrás y a un lado, andándolo en su lugar gracias a un buen chorro de mi fijador de pelo con aroma a uva. —Ya está mejor —dije, dándome golpecitos en el labio inferior con el dedo índice—, pero necesitamos algo más. Peiné el salón con la mirada, pero no encontré nada que pudiera servirme. —¿Puedo mirar en tu armario? —pregunté. —Por favor —dijo Jane—. A lo mejor podrías buscar algo que ponerme, ya que vas. Acabo de probarme unos pantalones y he descubierto la huella de una pequeña mano llena de barro en el trasero. ¿En qué estaría pensando? Todavía no estoy lista para salir con nadie. Soy un desastre. La dejé allí parloteando y me lancé al piso de arriba como una flecha. Revolví en su armario y al final me decidí por un vestido que tenía una holgada cinturilla de seda. El vestido estaba irremediablemente pasado de moda, pero yo tenía planes para esa cinturilla. La liberé de las trabillas y volví abajo corriendo. —Deja que te sujete el pelo hacia atrás con esto —dije mientras le colocaba la cinta de seda alrededor de la cabeza, cerca de la línea de nacimiento del pelo, para que le tapara el flequillo—. Deja caer los extremos sobre los hombros, así, para que parezca un pañuelo largo. Pareces una francesa chic. ¡Perfecta! Jane se levantó y se miró en un espejo. —¡Queda bien! —exclamó—. ¿Puedes venir todas las mañanas durante el próximo mes para hacer esto? Con su malogrado flequillo fuera de la cara, Jane seguía teniendo un aspecto joven y fresco, pero también se la veía algo elegante. Cinco minutos después, cuando sonó el timbre, ya estaba lista. Llevaba una

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camisa negra y un sencillo jersey color ciruela al que le habíamos pasado celo para quitarle los pelos de cobaya, y un toque de mi pintalabios. Jane me miró y sonrió de oreja a oreja. —¡Es él! —Ya lo sé —susurré. —Estoy muy nerviosa. —Todo irá bien —le prometí—. Tú respira. Jane inspiró hondo. —Ya me encuentro un poco mejor. —Abre la puerta —dije sin voz. ¿Qué le sucedía a todo el mundo en esa familia? —Ah, sí. Tiró de la puerta y allí, de pie, apareció el podólogo que había escogido para ella. Tenía cuarenta y tantos, nunca se había casado y era más bien tímido, pero su sonrisa era muy agradable, y sus ojos azules también. —Soy Toby —dijo, tras aclararse la garganta. —Yo soy Jane —repuso ella—. Encantada de conocerte. ¿Te apetece pasar? —Claro —dijo Toby, entrando al salón. Era un hombre altísimo y las mangas de su camisa no eran lo bastante largas para cubrirle las muñecas, pero había traído un ramito de narcisos. Me sentí como un hada madrina contemplándolos, mientras los dos se sonreían con nerviosismo. —Yo soy Lindsey —le dije—. Encantada de conocerte en persona. —Y estos —dijo Jane cuando Katie y Chris entraron corriendo en la sala— son mis mellizos. Toby bajó la mirada hasta ellos. —Hola. —Eres muy grande —le informó Katie, algo sombría. —Ya lo sé —dijo Toby con afabilidad. —¿Por qué tienes los pies tan grandes? —preguntó Chris. —Porque tengo los brazos muy largos —dijo Toby—. ¿Queréis ver un truco? Los dos niños asintieron con la cabeza, así que él se arremangó y se quitó un zapato. Se sentó en el suelo y se inclinó de manera que su antebrazo derecho quedó en el suelo, apoyado contra su pie derecho. —¿Veis cómo son igual de grandes? Todos los adultos están hechos igual. Tienen los pies y los antebrazos igual de largos —explicó Toby. —¿De verdad? —preguntó Jane—. Es asombroso. Me gustó la forma en que Toby explicaba cosas a los hijos de ella con sencillez, sin hablarles como si no fueran a entenderle. —Ah —dijo Toby—. Esto es para ti. —Se puso el zapato, pero no antes de que yo me diera cuenta de que llevaba un pequeño agujero en el talón de su calcetín marrón. Se levantó y entregó los narcisos a Jane. —Gracias —dijo ella con una sonrisa aún mayor—. Iré a ponerlos en un poco de agua. Se fue corriendo a la cocina mientras Toby se quedaba allí, balanceándose hacia

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atrás y hacia delante sobre sus talones. Ahora que no impartía una clase de anatomía a los niños, era evidente que estaba nervioso. Sentí cómo emanaba oleadas de inquietud. Me puse de puntillas y le susurré al oído: —Creo que le has gustado. Por un instante pareció desconcertado, después se animó. —¿De verdad? —Sin ninguna duda —susurré, sonriéndole e intentando transmitirle algo de seguridad—. Esta noche vais a pasarlo muy bien. Es una mujer con suerte. —Estás… eh… muy guapa —dijo cuando Jane volvió a la sala. «Vamos, Toby», lo animé en silencio. En la puerta se produjo un breve momento de confusión cuando Jane fue a abrirla en el mismo instante en que Toby intentaba aguantársela abierta y Katie soltó un alarido al darse cuenta de que su madre se marchaba, pero Jane consiguió solucionarlo enseguida susurrándole que podían tomar helado a modo de chantaje. —Divertíos —exclamé cuando se iban, y cerré la puerta con satisfacción. Entonces me volví hacia los mellizos. —Helado —exigió Katie con las manos en sus pequeñas caderas. La forma en que estaba allí plantada me hizo pensar en Alex cuando era niña. —¡Encuéntrame! —ordenó Chris, y eché a correr escalera arriba. Presentí que no iba a encontrar ni un momento para regodearme con mi éxito como casamentera. —Este es el plan —le dije a Katie—. Encontraré a tu hermano y después os daré un poco de helado. —El helado primero —dijo la niña, astuta cual abogado de la ciudad de Nueva York en una mesa de negociaciones. —¿No sería más chulo si todos comiéramos helado juntos? —le pregunté en ese tono fingidamente alegre que he notado que los padres usan cuando intentan convencer a sus hijos para que hagan algo que los niños están empeñados en no hacer. Recordé demasiado tarde que ese tono fingidamente alegre solo consigue fastidiar más aún a los niños. —¡Helado! —aulló Katie. Claudiqué al instante («mano dura, por su bien», esa es mi filosofía) y le serví una ración. Después fui arriba a buscar a su hermano. —¡No está en la bañera! —exclamé con alegría—. ¡Ni en el armario! ¡Tampoco debajo de la cama! ¿Dónde narices se había metido ese niño? Diez minutos después, me había dejado llevar por el pánico. Había perdido a un niño. Aquello era sin lugar a dudas un motivo de despido procedente, peor aún que tumbar a un compañero de trabajo en la mesa de la sala de reuniones. Justo entonces me sonó el móvil: ¡Jacob! —Eh, hola —dije, intentando parecer relajada y con la situación bajo control. —Estoy a punto de llegar a mi cita —dijo.

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—Fantástico —dije, jadeando mientras corría otra vez escalera abajo—. Espera un momento. Apreté el teléfono contra mi costado para que no se me oyera. —¿Chris? ¡Si sales te daré una sorpresa! —grité. Me llevé otra vez el teléfono al oído. —¿Jacob? —Aquí sigo —dijo—. Estoy a punto de entrar en el restaurante. Es que… Supongo que solo quería oír tu voz. —¿Estás nervioso? —pregunté mientras apartaba los cojines del sofá y miraba otra vez debajo de la mesa del comedor. —Un poco —dijo Jacob—. Y… bueno, me gusta hablar contigo. Apreté el botón que silenciaba el teléfono, chillé: «¡Chris!», y volví a apretarlo. —A mí también me gusta hablar contigo —dije. —¿Es mal momento? —preguntó Jacob—. Parece que estés ocupada. —¡No! —exclamé, enjugándome el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Todo va genial. —En cualquier caso, tengo que pedirte un favor enorme —me dijo—. Necesitaré algo de ropa nueva, si voy a empezar a salir con chicas otra vez. ¿Querrías acompañarme a ir de compras? Detesto ir a comprar y siempre acabo quedándome con un jersey negro para apaciguar a los vendedores y escapar de la tienda. Debo de tener unos nueve, y ninguno me sienta bien. ¿Dónde narices se había metido ese niño? —Claro —dije mientras abría el horno de golpe y miraba dentro—. Seguro que puedo ayudarte a dejar esa adicción tuya a los jerséis negros. Es mi especialidad. —Gracias —dijo Jacob. —Y diviértete esta noche con Jimena —dije antes de colgar, sintiendo una ligera punzada de… ¿podía ser envidia? Me imaginé sentada frente a Jacob en un pequeño y acogedor reservado, quizá inclinándome un poco para probar su bebida mientras nos sosteníamos la mirada. —¡Más helado! —pidió Katie, que acababa de aparecer junto a mí. Ay, Dios mío. ¡Chris! De repente tuve una visión en la que Chris había quedado atrapado dentro una vieja nevera; no es que hubiera una vieja nevera por allí, pero era la clase de cosas contra las que nos advertía mi padre sin cesar cuando éramos pequeñas. (También nos había advertido contra los ventiladores de pie, y pareció encontrar un placer perverso en demostrarnos cómo las palas rotatorias eran capaces de partir lápices por la mitad. «Esto es lo que les pasará a vuestros dedos si los metéis ahí», nos dijo alzando en alto con solemnidad un lápiz mutilado, y luego lo dejó sobre la mesa del comedor como agorera advertencia. Durante una semana más o menos le tuvimos pavor al ventilador, después Alex decidió ver qué más podía partir. Lo consiguió con una regla, un cucharón de madera y un hueso de pollo, antes de romper con él el mango de la raqueta de tenis de mi padre. No fue una gran pérdida, ya que mi padre había dejado de jugar después de darse un porrazo a sí mismo en el ojo cuando

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estaba practicando el saque.) En casa de Jane no había ningún ventilador de pie, ¿o sí? ¿Tampoco mesas de cantos afilados que pudieran sacar un ojo, ropa inflamable, botellas abiertas de desatascador de tuberías ni hombres con gabardina? (A mi padre le preocupaba muchísimo la seguridad.) —Te daré la mejor sorpresa del mundo —prometí, desesperada, mientras volvía a subir corriendo la escalera—. ¡Pero sal! Un segundo después, la puerta del armarito que había debajo del lavabo se abrió y una cabecita despeinada asomó desde su interior. ¿Cómo había conseguido meterse ahí? Era como un contorsionista chino en miniatura. —Quiero tu trofeo —dijo Chris—. Esa es mi sorpresa. —¿Qué trofeo? —pregunté, derrumbándome de agotamiento sobre el borde de la bañera. —El de ser la mejor buscadora de niños. Dijiste que te lo dio el alcalde. Se oyó un estrépito procedente del piso de abajo y yo salté enseguida otra vez. —¡Katie! Bajé la escalera corriendo y me la encontré en medio de la cocina, con su cuenco hecho añicos sobre las baldosas, a su lado. En el suelo se estaba formando un charco de chocolate y a ella parecía que acababa de salirle una barba marrón. —Se me ha roto el helado —dijo amablemente—. Más. Una hora después, había cebado a los dos niños con helado, los había puesto en remojo en la bañera y había limpiado el tsunami de agua que habían salpicado en las baldosas del suelo. Los metí en la cama y recorrí la habitación recolectando los diversos animales de peluche que me exigían. Fui a buscar dos tazas de agua, volví a acompañarlos al baño, recoloqué dos veces sus animales de peluche, respondí a varias preguntas inquietantes («¿Los mocos tienen vitaminas?») y escogí dos cuentos para dormir, no sin antes haber pasado por unas fieras negociaciones. Katie: «¡Tres cuentos!». Yo: «¡Solo uno!». Chris: «¡Tres!». Yo: «Ay, mierda». Katie: «Ay, mierda». Yo: «No, no, he dicho: “¡Ay, menda!”». Katie y Chris: Miradas suspicaces. Antes de que llegara al final del segundo cuento, los tres nos habíamos quedado dormidos. Así fue como me encontró Jane unas horas después, cuando volvió de su cita: acurrucada sobre una manta con estampado de animales, una versión más amable de la naturaleza en la que los tigres y las cebras correteaban juntos con alegría. —No te han dado ningún problema, ¿verdad? —preguntó. —Ni uno solo —mentí descaradamente, frotándome los ojos y tambaleándome al bajar la escalera—. ¿Qué tal te ha ido la cita? —Ha sido divertido —dijo Jane—. Al principio parecía algo tímido, pero al cabo

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de un rato se ha soltado. Tenemos mucho en común. Los dos nacimos en Delaware. ¿No es interesante? Me di cuenta de que Toby le gustaba; no era tan interesante. —Entonces ¿quieres que te concierte más citas con otros hombres o prefieres ver qué tal va con este? —pregunté. Jane lo pensó un minuto. —La verdad es que no tengo tiempo para andarme con muchas citas —dijo. —Comprendo —repuse. —Y no puedo estar saliendo todo el tiempo —dijo frunciendo el ceño. —Está claro que no —convine. —No sería justo para los mellizos que me marchara todas las noches. —Cierto. —¿A ti qué te parece? —preguntó. —A lo mejor deberíamos ver qué pasa con Toby —dije—. Si no funciona, siempre podemos pasar al plan B. —Bueno, si tú lo tienes claro… —dijo Jane, vacilante. Intentó darme algo de dinero por haberle hecho de niñera, pero no se lo acepté. —Al menos deja que te invite a cenar o algo así —dijo Jane. —¿Sabes qué? —propuse—. Si las cosas funcionan entre Toby y tú, me invitas a la boda. Jane sonrió con timidez. —Trato hecho. Fuimos al piso de abajo y ella se desplomó en el sofá. Consulté mi reloj y me pregunté, distraída, si Jacob también habría vuelto ya a casa después de su cita. —Los pies me están matando —dijo Jane, estremeciéndose al quitarse los zapatos y frotarse los talones contra la moqueta—. Es la primera vez que me pongo tacones desde hace un año. ¿Quieres una copa de vino? —No, será mejor que me vaya, pero no te levantes —dije—. Ya sé dónde está la salida. Me despedí de ella con un abrazo y me fui hacia la puerta. Cuando cogí el bolso y el móvil, me detuve un momento para escuchar el inesperado sonido procedente del salón. Una sonrisa se extendió sobre mi rostro cuando me di cuenta de qué era. Jane estaba canturreando.

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Capítulo 20 May y yo estábamos pasando una apacible mañana al teléfono, poniéndonos en contacto con los clientes y actualizando fichas. Alrededor de las once, más o menos, me serví una taza de té y me comí una galleta de trocitos de chocolate y tofe que había hecho ella (los huevos revueltos que había tomado para desayunar me habían sabido a poco, igual que las dos tostadas). Acababa de sentarme a considerar posibilidades para mis nuevas clientas cuando sonó el teléfono. Yo estaba más cerca, así que contesté. —Citas a Ciegas —dije. Me quité los zapatos con los pies y meneé los dedos para contemplar mi reciente pedicura. Me había ido a pintar las uñas de un tono rojo intenso la tarde anterior, cuando May me había obligado a salir temprano. Aparte del hecho de que me habían hecho tantas cosquillas que estuve a punto de dar una patada a la pedicura en la cara (buenos reflejos, la chica; me esquivó como un joven poni), la experiencia había resultado fabulosa. —¿Está May? —preguntó una voz que no reconocí. —¿Puedo decirle quién pregunta por ella? —repuse. —¿Con quién hablo? —preguntó el hombre con enfado—. ¿Eres su secretaria? Debes de estar de broma. ¿Ahora tiene secretaria? May vio la expresión de mi rostro y me quitó el teléfono. —Soy May —dijo—. Ah, eres tú. Su rostro se descompuso mientras el tipo le lanzaba una invectiva. No podía entender qué decía, pero le oía gritar. —Te pido por favor que no vuelvas a llamarme —dijo May—. Ya hemos firmado todos los papeles del divorcio. No hay nada más que hablar. Ah, el encantador ex marido. ¿Debía salir de la habitación para que May dispusiera de intimidad? Me quedé allí sentada, agonizando de indecisión, fingiendo estar distraída leyendo una ficha mientras él vociferaba un rato más. May mantuvo la voz calmada, pero los dedos se le quedaron blancos de la fuerza con que asía el teléfono. —Me parece que será mejor que a partir de ahora nos comuniquemos a través de nuestros abogados —dijo en cierto momento. Al final puso los ojos en blanco y colgó. —Ya te dije que era una joya. —Intentó sonreír, pero no lo consiguió del todo. —Lo siento —dije yo—. Debe de haber sido una conversación muy dura. Asintió y volvió a concentrarse en sus papeles. Estaba claro que no quería hablar de ello. También yo intenté trabajar otra vez, pero mi concentración había

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fenecido. El ambiente apacible del que habíamos estado disfrutando se había esfumado. Al cabo de un rato, me levanté, recogí las tazas y las lavé en el fregadero. Miré el reloj de la pared y vi que era casi mediodía. —¿Por qué no salgo un momento y voy corriendo a buscar unos sándwiches? —propuse—. Puedo traerte lo que quieras. —¿Sabes lo que quiero? —dijo May, dejando en la mesa la hoja que estaba leyendo y frotándose los ojos—. Quiero salir de casa un rato y dejar de pensar en lo que acaba de suceder. He leído esta página cinco veces seguidas y todavía no tengo ni idea de lo que dice. —Pues vámonos —dije, cogiendo el bolso. Nos subimos a su Volkswagen Escarabajo amarillo y puso el motor en marcha. Yo alargué una mano para encender la radio y que ella no se sintiera obligada a hablar, pero mi brazo se detuvo a medio camino, cuando May empezó decir algo. —¿Sabes que yo antes era una persona completamente diferente? —Sonrió a medias, con esa clase de sonrisa que carece de alegría, y buscó algo en su cartera—. Siempre llevo esto aquí para no olvidar nunca cómo era mi vida. Me dio una fotografía que tenía los bordes desgastados de haber sido manipulada muy a menudo. La mujer de la foto estaba esquelética, llevaba una falda plisada que le llegaba hasta las rodillas y lucía una sonrisa tensa. Su pintalabios era rosa Barbie y llevaba su lacia melena rubia recogida con un coletero de flores, tan tirante que me dio dolor de cabeza solo con verlo. —¿Esa eres tú? —pregunté con incredulidad, mirando los alborotados rizos de May, sus sandalias Birkenstock, sus uñas sin pintar. —Mi marido era senador del estado —explicó, sonriendo con ironía, mientras arrancaba el coche y avanzaba calle abajo—, y yo era la perfecta esposa de buena familia, secretaria de la Junior League. Organizaba unas meriendas que no te lo creerías. Todavía sé hacer unos sándwiches de berros de muerte, con los bordes cortados en un ángulo de noventa grados, y soy cinturón negro en arreglos florales. Miré otra vez la fotografía. Los ojos eran los mismos, pero ese era el único parecido. Sabía que May decía la verdad, pero resultaba imposible de creer. —Pensaba que tenía todo lo que quería —siguió contando—, pero, claro, tampoco pensaba en qué otras opciones había a mi disposición. Nunca tenía tiempo para pensar en qué más podía haber ahí fuera; estaba demasiado ocupada almidonando las camisas de mi marido. Sentí que May se había guardado todo eso dentro durante mucho tiempo y que necesitaba quitárselo de encima. Me quedé callada y no dejé de mirarla ni un momento. —Seguramente todavía viviría así, si no fuera porque mi marido perdió una de sus reelecciones —dijo—. Fue entonces cuando pasó de ser arrogante a ser cruel de verdad. Cuanto más bebía, más culpa tenía yo de que hubiera perdido esas elecciones. No le sonreía lo suficiente durante los debates, o no me había vestido con colores patrióticos. Incluso dijo que era culpa mía que no hubiéramos podido tener hijos: si hubiera tenido un niño para salir en las fotos, habría gustado más a los

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votantes. ¿Puedes creerlo? —Su voz cambió; se hizo más cruda—. Convirtió mi infertilidad, lo más doloroso de toda mi vida, en un defecto político. May se detuvo un momento, perdida en tristes recuerdos. Alargué el brazo, le aferré la mano y la estreché. —Debió de ser horrible —dije en voz baja. —Sabía que tenía que irme de aquel lugar enseguida o mi vida habría terminado —dijo—. Y terminó, en cierto sentido. En el mejor sentido posible. Mi vieja existencia terminó, y ahora ya han pasado siete años y acabamos de firmar el acuerdo de divorcio. ¿Puedes creerlo? Él pensó que un divorcio sería una mancha para su carrera política, así que lo ha alargado todo lo que ha podido. —Lo siento —dije, sabiendo que esas palabras eran inadecuadas. —Yo también —dijo May—. Siento haber desperdiciado doce años con ese tipo. Se echó a reír, pero sin el menor rastro de amargura. —Casi nunca dejo que me preocupe —añadió—. Me ha costado años de terapia aprender a que no me preocupe. Pero cuando llama, me siento como si regresara a aquella época, a aquella triste vida desperdiciada, y no puedo evitar sentirme abatida. —¿Fue difícil cambiar? —pregunté—. ¿De la persona que eras entonces a la persona que eres ahora? May se mordió el labio inferior mientras lo pensaba. —Sí y no —dijo al cabo—. Cuando tenía nueve años, me daba un miedo horrible el trampolín alto de mi piscina. Un día llegué justo cuando abrían. Aparte de una pareja de socorristas que estaban ligando y que no me prestaban atención, yo era la única que había allí. Todavía recuerdo la sensación de mis pies aferrándose a los fríos peldaños de metal para subir la escalerilla. Debí de quedarme allí arriba unos quince minutos sin hacer más que mirar al agua, que parecía imposiblemente lejana. Y entonces di un paso adelante. Un pasito minúsculo en el aire. —¿Te dio miedo? —pregunté. —Fue lo más sencillo del mundo —dijo May—. Lo único que tuve que hacer fue dejar que la gravedad hiciera el resto. La naturaleza sabía exactamente qué hacer… en cuanto yo me quité de en medio y dejé que todo se desarrollara según su curso natural. El miedo me había resultado casi imposible de soportar; en cambio, hacerlo de verdad fue fácil. —O sea, que te reinventaste a ti misma —dije—. Es increíble. Pensar que lo cambiaste todo. —Pero yo no creo que sea extraordinario —dijo. Reclinó la cabeza contra el cabecero de su asiento y sonrió—. Yo creo que todos nos reinventamos constantemente. Primero pasamos de ser bebés a ser niños pequeños, y después adolescentes, que son una especie por completo diferente y que probablemente deberían estar en un zoo. Apenas tenemos ocasión de experimentar qué es ser un joven adulto antes de que nos presionen para que encontremos un compañero y una nueva identidad como pareja, y luego la mayoría de nosotros nos convertimos en padres. Antes de que te des cuenta, el tiempo pasa cada vez más deprisa y ya tienes

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encima la madurez. Los que tienen hijos los dejan en la universidad, y el resto nos miramos al espejo y vemos a unos desconocidos con patas de gallo y el pelo gris, y nos preguntamos cómo nos las hemos arreglado para transformarnos en nuestros padres de la noche a la mañana. Sin embargo, creo que si no nos resistimos tanto, si no nos aferramos a la persona que solíamos ser y, en lugar de eso, nos despojamos del miedo paralizante y nos convertimos en quienes debemos ser a continuación, todo es más fácil. El semáforo cambió y May torció a la izquierda y se incorporó a una calle repleta de restaurantes y tiendas. Un llamativo coche rojo pasó chirriando frente a nosotras; en el asiento del conductor iba un hombre con un peinado estilo cortinilla de campeonato. —¿Ves lo que te decía…? —dijo May—. Aferrarse al pasado no es atractivo. Sonreí, pero no dije nada. Estaba demasiado ocupada pensando en lo sabias que eran las palabras de May. —¿Tienes alguna hermana? —pregunté. —Soy hija única. —A veces me pregunto si soy la persona que soy a causa de mi hermana —dije, obligándome a pronunciar esas palabras. Tenía la garganta tensa. Nunca había hablado de eso a nadie—. Es como si Alex ocupara el papel de la guapa y yo fuera la lista. Me pregunto si mi familia me permitirá convertirme en otra persona algún día. Están tan empeñados en que soy la lista y la triunfadora… Esa es mi identidad dentro de la familia. No sé si algún día serán capaces de verme de alguna otra manera. May asintió. —Así son las familias —dijo—. Si cambias, eso implica que todos los demás tienen que moverse para hacer sitio a tu nueva identidad. Y el cambio puede dar miedo. —¿Tú cómo lo hiciste, May? —pregunté—. ¿Cuándo cambiaste? —Para mí fue más fácil —respondió—. Lo dejé todo atrás y me marché de Annapolis. La geografía puede ayudarte a empezar de cero. Pero cuando voy a New Jersey a ver a mis padres cada año, te juro que me veo arrastrada a los viejos patrones de siempre, contra los que he estado luchando toda la vida. Mi madre siempre encuentra la forma de criticar lo que llevo puesto. Y es un verdadero talento, teniendo en cuenta que en la última década he pasado de refinada moda de Talbots a estampados hippies. —Y ¿cómo lo sobrellevas? —pregunté sonriendo. —Vuelvo corriendo a Maryland con el rabo entre las piernas lo más deprisa que puedo —espetó May—. ¿Te imaginas a una mujer de casi cincuenta años acobardada en un tren, mientras su madre, de ochenta, renquea junto al vagón con su andador y le grita por la ventanilla abierta que no se coma la comida del tren porque bien sabe Dios que le sentará mal? —Yo pensaba que era solo mi familia la que estaba loca. —Solté una risita. —Ja —dijo May—. Conoces la definición de «familia disfuncional», ¿verdad? Es

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cualquier familia que cuente con más de un miembro. May encontró un sitio para aparcar y apagó el motor, pero ninguna de las dos buscó la manecilla de la puerta. —Tengo que contar a mis padres lo de mi trabajo —dije. Sentí cómo desaparecía la sonrisa de mi rostro—. Llevo demasiado tiempo aplazándolo, pero no creo que pueda explicarles que me despidieron. —¿Por qué no? —preguntó May—. ¿Por qué resulta tan horrible que sepan que eres humana? —El éxito es todo lo que tengo —dije—, y ahora lo he perdido. —Me encogí, pensando en cómo sonaba eso—. No quiero decir que trabajar para ti no sea algo de lo que enorgullecerse… —quise rectificar. —Pero no es volar a Tokio a supervisar una sesión fotográfica ni hacer todas esas cosas de las que me has hablado —dijo May con comprensión. —Estoy viviendo con mis padres —dije—. Mi madre me ha untado la mantequilla en la tostada esta mañana, por el amor de Dios. Me siento como si estuviera atrapada en una comedia barata o algo así. A lo mejor no sería tan horrible si todos ellos no hubieran esperado grandes cosas de mí. Creía que algún día dirigiría una empresa. Creía que podría regalar a mis padres viajes fabulosos y llevar a todo el mundo en avión a mi casa de los Hamptons a pasar las vacaciones. —Solté una risa a medias—. Lo irónico del asunto es que Alex sí conseguirá todo eso. Va a conseguir todo lo que yo quería casándose con un tío rico. No le hace falta trabajar. A ella todo le resulta fácil. —Eso no quiere decir que no tenga problemas también —dijo May. —Sí. —Solté un bufido—. Seguro que es muy duro decidir si tiene que ir antes a hacerse la manicura o a los rayos uva. —¿Crees que no hay nada que preocupe a Alex? —preguntó May—. ¿Nada que le haga sufrir? Recordé la sensación que tenía de que las cosas entre ella y Gary no eran tan perfectas como parecía a primera vista. Alex nunca hablaba de él. Últimamente tampoco mencionaba la boda. —¿Alguna vez has hablado con Alex? —preguntó May—. Me refiero a hablar de verdad. —Claro —dije—. Cuando teníamos seis años. No tenemos nada en común, aparte de nuestros padres. Que seamos mellizas es como un chiste genético, pero a mi costa. —¿Por qué te menosprecias tanto? —preguntó May—. Eres guapa. Dije que no con la cabeza. —Sí que lo eres —insistió May—. La tarde que nos conocimos, estuviste espectacular en ese bar. Irradiabas una luz especial. Pero cuando hablas de tu hermana, toda tu esencia se transforma. Es como si se te apagara la luz. Me miré las manos. —Supongo que siento que nadie me mira cuando ella está cerca —dije en voz baja—. Es como si yo no importara.

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—¿Qué pasaría si intentaras sobreponerte a todo eso y hablar con tu hermana? —preguntó May—. ¿Y si le cuentas que te han despedido? Sacudí la cabeza. —Es la última persona a quien se lo confiaría. —¿Porque sientes que tienes que competir con ella? —preguntó May. Eso me dolió un poco, aunque el tono de May fue amable. —También ella compite conmigo —dije—. Por Dios, escúchame. Parece que tenga dos años. Necesito que alguien me unte la mantequilla en la tostada. —Solo digo que tu hermana podría sorprenderte —añadió May—. Y, si no es así, ¿qué es lo peor que podría pasar? Sigues siendo lista. Sigues siendo capaz. Sigues siendo tú. —De acuerdo —dije. Sabía que no sonaba muy convencida—. Quizá. —Y ahora ya vale de todo esto —dijo May—. Has aguantado mi charla, así que te mereces un premio. ¿Pastel o helado? —¿Seguro que tengo que escoger? —pregunté mientras bajaba del coche. —Esa es mi chica —dijo May, enlazando su brazo con el mío.

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TERCERA PARTE

ยกSalta!

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Capítulo 21 Parecía que la noche del domingo no iba a llegar nunca. La cara de Bradley cruzaba flotando por mi mente en los momentos más extraños: durante la ducha matutina, mientras hacía cola en la tintorería, mientras merendaba (como no soy freudiana, para mí no tiene importancia la elección de la merienda y las imágenes asociadas a ella; además, los plátanos tienen mucho potasio). Sopesé distintos planes para la noche del domingo, rechacé, retoqué y pulí las diversas opciones, hasta que fijé todos los detalles imaginables. Me presenté en su casa unos minutos antes de las seis, después de dar vueltas por el vecindario durante quince minutos. Habría llegado tarde, tal y como mandan los cánones, pero una mujer que había salido a hacer marcha no dejaba de lanzarme miradas recelosas cada vez que pasaba a su lado en la vieja carraca de mis padres. Seguramente, de haber dado una vuelta más, me habría rociado con spray de pimienta, lo cual no habría permitido que la velada empezara de un modo muy romántico. Bradley vivía en el barrio de Woodley Park, justo detrás del zoo. En su manzana había varias casas antiguas pero bien conservadas. Vi muchos porches con sillas Adirondack y sillitas de paseo de bebés, un golden retriever peludo que mordisqueaba una pelota de tenis en el jardín delantero, y a unos niños que jugaban al corre que te pillo en la tenue luz del atardecer mientras un padre los vigilaba con un ojo, sin apartar el otro del periódico que tenía en las manos. Era el tipo de barrio que elegiría para Bradley, porque él no encajaría en el ambiente ostentoso de Georgetown ni en el bullicio hiperimportante de Capitol Hill. Era un barrio en el que se celebraban fiestas comunitarias y la gente llamaba a la puerta de su vecino cuando se había quedado sin azúcar. Había casas de verdad que albergaban a gente de verdad. —Hola —dije simplemente cuando salió a la puerta. Estaba tan guapo que estuve a punto de soltar un grito de sorpresa. Llevaba unos tejanos gastados, un suéter negro y el pelo despeinado. Aún podía apreciar vestigios del Bradley adolescente en el modo en que enarcaba las cejas cuando me sonreía, y en la nuez, que sobresalía levemente. El paso del tiempo había suavizado sus facciones angulosas de antaño, pero no había cambiado mucho. Era yo quien lo miraba con nuevos ojos. —¿Lindsey? —preguntó con incredulidad. Me quedé ahí plantada, dejando que me recorriera con la mirada. Tal y como había intentado Bradley hacía tiempo, esa noche mi táctica también consistía en un tiro desesperado desde medio campo.

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Yo me había puesto mis vaqueros nuevos, mis botas Marilyn, mi ceñido top de encaje color visón y mi chaqueta de ante rosa palo. Llevaba el pelo suelto y ondulado, y había invertido media hora en maquillarme. Bradley era la primera persona que conocía mi antiguo yo y que me veía con ese aspecto. Le supliqué con la mirada que me encontrara atractiva. —¡Estás muy guapa! —dijo mientras abría la puerta para que pudiera pasar. —Gracias —le dije. —¿Te has hecho algo en el pelo? —preguntó. —Creo que tengo que ir a la peluquería —dije riendo—. Pero es que he estado muy liada. —Pues a mí me gusta —replicó. —¿Ah, sí? —pregunté. Su cumplido parecía muy elocuente. Le gustaba mi peinado. Le gustaba yo. —Sí —afirmó mientras me miraba otra vez de pies a cabeza. Su mirada me reconfortó como los rayos del sol mientras se deslizaba por mi cuerpo. Una mareante sensación de felicidad brotó de mi interior—. Sin duda. Ambos sonreímos y entonces Bradley dijo: —Voy a hacerte la visita guiada de cinco segundos. —¡Eh!, creía que había pagado por la de diez —repuse en broma. —Vale, entonces te enseñaré la casa dos veces. Esta es la sala de estar, obviamente, y ahí está la cocina comedor… —Oh, Bradley —dije, interrumpiéndole mientras entraba en su sala de estar. Estaba llena de fotografías, docenas y docenas de fotografías. Mis ojos intentaron abarcar toda la sala, impregnándose de la belleza de la obra de Bradley. Había una foto de un hombre mayor que agarraba su fiambrera metálica en una parada de autobús; su rostro parecía un mapa de carreteras de arrugas, pero mantenía una postura erguida y orgullosa. Había una niña pequeña persiguiendo una luciérnaga por un campo, con ojos grandes y una sonrisa aún mayor en el momento en que estaba a punto de capturar aquel ser mágico con las manos. Había una foto en blanco y negro de dos manos entrelazadas, de un hombre y una mujer, y supe de inmediato que habían estado casados durante décadas y que aún estaban enamorados. Las fotografías de Bradley eran más que instantáneas fugaces de momentos concretos en el tiempo. Contaban grandes historias. También había una fotografía mía. Tenía unos dieciséis años y estaba estudiando en la mesa de la cocina de los padres de Bradley. Le daba vueltas a una redacción de la clase de lengua, mordisqueando un lápiz. La luz del sol se filtraba por la ventana que había detrás de mí y caía sobre mi pelo oscuro. —Ni tan siquiera recuerdo cuándo la hiciste —dije. No pude reprimir una sonrisa; Bradley tenía un fotografía mía en su sala de estar. La había conservado durante todos esos años. Se acercó y se quedó detrás de mí. —Caray, éramos muy jóvenes —observé, y me volví para mirarlo.

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—Lo sé —dijo él—. En ocasiones tengo la sensación de que han cambiado muchas cosas; en otras, sin embargo, me parece que todo sigue igual. —Sé a qué te refieres —convine. Lo miré a los ojos un segundo más de lo necesario, con la esperanza de que entendiera lo que seguía igual para mí y lo que había cambiado. A mis sentimientos por él les habían pasado ambas cosas. Bradley fue quien rompió la magia del momento. —Déjame que te enseñe el piso de arriba —dijo mientras subía por la escalera, que crujió de un modo agradable bajo nuestro peso—. El dormitorio… Uuups, me he olvidado de hacer la cama. El baño, la habitación de los invitados. —Es perfecta —dije, y lo era. En una pared, en lugar de cuadros, había colgado tres cámaras antiguas. Su vieja guitarra estaba apoyada en un rincón. Unas estanterías de madera oscura cubrían las paredes de su dormitorio, y estaban llenas de libros de historia y de biografías. Vi un par de mancuernas de cinco kilos en otro rincón e intenté disimular la sonrisa al recordar la devoción de Bradley por los Wheaties. —¿Desde cuándo vives aquí? —pregunté. —La compré el año pasado —respondió—. Me encanta la zona. Al principio tuve que hacer muchas reformas, pero ya casi he acabado. Y solo estoy a veinte minutos de mi padre, de forma que nos vemos una vez a la semana más o menos. —Me encantaría verlo de nuevo —dije. —Ya te llamaré la próxima vez que vaya —contestó—. Está saliendo con una mujer nueva, y creo que van bastante en serio. Es abogada medioambientalista. —¿Y a ti te cae bien? —pregunté. —Sí —respondió—. Es perfecta para papá; ya lo verás cuando la conozcas. Me aferré a esa promesa: quería que conociera a la mujer con la que salía su padre. Nuestras vidas volvían a entrelazarse. —Entonces ¿voy bien vestido para el lugar al que vamos? ¿O debería ponerme algo más elegante? —preguntó Bradley. —Estás perfecto —respondí. Carraspeé y aparté la mirada; no quería parecer tan fervorosa. Me dirigí hacia el vehículo de seducción (la vieja ranchera abollada, con las gafas bifocales de mi padre y el frasco de antiácidos Tums tirados en el asiento delantero) y tomamos dirección norte, hacia Maryland. —¿Ni siquiera vas a darme una pista? —preguntó Bradley, mientras buscaba una emisora de radio y se reclinaba en el asiento. Bruce Springsteen empezó a cantar sobre chicas con ropa de verano, y bajé la ventanilla. El verano estaba a la vuelta de la esquina, tal y como prometía Springsteen; el aire era cálido y húmedo, y estaba cargado de promesas. ¿Cómo sería pasar el verano con Bradley? Ir a pasar un fin de semana a la playa por capricho, o pasar la noche en su porche delantero, inclinándome sobre él para darle un beso mientras compartíamos una cerveza fría. —Nada de pistas —dije.

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Había estado muy nerviosa por la cita de esa noche, pero en aquel momento solo sentía alegría. Bradley me lanzaba miradas furtivas, como si no acabara de creerse lo que estábamos haciendo. Era una noche fantástica. Todo era perfecto. Cuando me detuve en un semáforo, sonó mi teléfono en el bolso. Increíble; llamaba Alex. ¿Tenía una especie de percepción extrasensorial aguafiestas? —¿No vas a responder? —preguntó Bradley. —No es importante —dije mientras apretaba el botón para apagar el móvil y volvía a guardarlo en el bolso sin dejar de sonreír. Alex no iba a entrometerse de nuevo. No esa noche. —Eh, reconozco este lugar —dijo Bradley tras entrar en el aparcamiento y apagar el motor. Nuestro antiguo instituto no había cambiado lo más mínimo. Unos días antes llamé a secretaría para asegurarme de que no habían organizado ningún acontecimiento en la escuela esa noche; con la suerte que gastaba últimamente, no me habría extrañado que hubieran programado una representación del musical Oklahoma! y yo hubiera acabado cortejando a Bradley entre los agudos compases de «The Surrey with the Fringe on Top». Pero el lugar estaba desierto. —Venga —le dije—. Vamos a dar una vuelta por los viejos tiempos. Bajamos del coche y lo conduje hacia la parte posterior de la escuela. La escalera de mano que había dejado allí una hora antes seguía en su sitio. —No puede ser —dijo Bradley, echándose a reír. Entonces bajó la voz y susurró—: Podrían retirarnos los diplomas. —¡Yo no dije eso! —me quejé, y le di un puñetazo de broma en el brazo. —¿Lista para trepar? —preguntó—. ¿Quieres que suba primero? —Esta vez lo haré yo —dije, y me agarré a la escalera. Tomé aire y empecé a subir, intentando no mirar hacia abajo mientras Bradley me daba gritos de ánimo. Esta vez fue más fácil; aunque, claro, había practicado mucho unas horas antes. Cuando llegué arriba, eché un rápido vistazo a mi alrededor. Todo seguía igual. Todo era perfecto. —Caray —exclamó Bradley cuando llegó junto a mí. Se quedó ahí, en el último peldaño, mirando en derredor. El mantel de cuadros rojos y blancos y la cesta de picnic que había llevado antes estaban dispuestos en el centro de la azotea. Había añadido unos cuantos adornos de mi propia cosecha (un ramo de lirios azules, unas velas gruesas dentro de floreros), pero aparte de eso, todo estaba exactamente igual que once años antes. Tan solo quería reescribir el final. —Lindsey —dijo Bradley, pero entonces se detuvo. Parecía demasiado asombrado para hablar. —Espero que no te importe que haya cambiado la sidra por vino —dije mientras le mostraba la botella. Había quitado la etiqueta del precio para que Bradley no supiera cuánto me había gastado. —No, esto es… —Hizo un gesto amplio con el brazo para abarcarlo todo—. Caray.

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Me acerqué a uno de los cojines que había puesto junto al mantel y me quedé ahí, a la espera de que Bradley se uniera a mí, pero seguía encaramado a la escalera. Una fría punzada de inquietud me recorrió la columna. —¿Vienes? —le pregunté. —Oh, lo siento —dijo—. Solo estaba… Volvió a dejar la frase a medias. Se acercó y se sentó en el cojín que había a mi lado. Tal vez necesitaba un poco de tiempo para asimilar lo que estaba sucediendo. Yo había tenido varios meses para acostumbrarme al hecho de que mis sentimientos hacia Bradley habían cambiado; sin embargo, para él todo debía de haber sucedido a velocidad de vértigo. Además, en el pasado ya le había hecho mucho daño; estaba claro que iba a ser muy precavido y que no iba a abrirme su corazón a las primeras de cambio. Se lo tomaría con calma. Debería haber pensado en ello. —Estoy pensando en abrir un restaurante aquí arriba —dije como quien no quiere la cosa—. Picnics ‘R’ Us. —Buena idea —dijo Bradley. Tomó un sorbo de vino y miró la copa. ¿Por qué no me miraba a mí? ¿Por qué le costaba tanto mirarme a los ojos? —Aunque, claro, antes tendré que someter a los clientes a una prueba para comprobar su estado físico —añadí—. Debo asegurarme de que pueden trepar por la escalera. —¿Y eso no ahuyentará a algunos? —preguntó Bradley. —Sí, pero quizá sea mejor así —dije—. Solo tengo una cesta de picnic. Bradley se rió. —¿Queso y galletitas? —le ofrecí tentadoramente. Siempre he sido muy seductora en ese aspecto—. También he traído un poco de embutido. —Claro —dijo Bradley, cogiendo el plato que le ofrecía. En lugar de brie, había comprado un cheddar bien curado, que sabía que le gustaba más. Quería que se diera cuenta de ello; quería que tuviera la sensación de que había planeado la velada con gran esmero. —Salud —dije, cuando hice entrechocar nuestras copas. Bradley bebió un pequeño sorbo de vino. —No me puedo creer que hayas hecho todo esto. —No es para tanto —dije—. Además, tú lo hiciste por mí hace mucho tiempo. Bradley cogió un poco de queso y una galletita. —Lindsey —dijo después de tragar—. Me alegro mucho de que hayamos seguido siendo amigos. —Yo también —dije. Su tono era muy afectuoso, al igual que sus palabras. Aquello tenía que ser una buena señal, ¿no? —¿Cuánto tiempo vas a quedarte en la ciudad? —preguntó—. Tengo entendido que estás rastreando la zona para abrir una oficina nueva, pero ¿te quedarás para dirigirla o volverás a Nueva York? —Esa es la cuestión —dije. Me sentía del mismo modo que May varios años antes, con la mirada fija en esa piscina de agua tan lejana, consciente de que solo

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tenía un modo de alcanzarla—. Aún no se lo he dicho a mi familia, pero estoy pensando en cambiar de trabajo —le solté. Quería que Bradley lo supiera; quería que lo supiera todo sobre mí, que conociera también las partes más confusas, irregulares y turbulentas. Si quería mantener una relación con él, debía ser sincera. —El otro día recibí una oferta de una agencia matrimonial, por increíble que parezca. —¿En serio? —preguntó Bradley—. Creía que te encantaba tu trabajo. —No tanto —respondí lentamente—. O sea, que hay ciertas cosas que me encantan, pero el estrés empieza a afectarme. Me atrae la posibilidad de tomarme las cosas con calma. Mi antiguo puesto no me dejaba mucho tiempo para nada que no fuera el trabajo. Y hay vida más allá de la publicidad. Bradley asintió. —Me alegro por ti. —¿En serio? —pregunté—. Porque es una de las cosas más aterradoras que he hecho en la vida. Casi tanto como trepar por esa escalera. Bradley sonrió. Parecía más relajado. Volvía a mirarme a los ojos. No me había dado cuenta de que estaba agarrando la copa de vino con fuerza; relajé un poco la mano y sentí que la sangre volvía a correr por los dedos. —Estoy convencido de que tendrás éxito, hagas lo que hagas —dijo—. Vamos, háblame del trabajo. —Soy casamentera —dije—. ¿Puedes creerlo? Bradley echó la cabeza hacia atrás y rió. —Es genial. Nunca lo habría adivinado. —Ha sido por casualidad —dije—. Conocí a una gran mujer, nos pusimos a hablar y me ofreció un trabajo. Y me gusta mucho. —Eso es lo que importa —añadió Bradley—. Me alegro mucho por ti. —Aún no se lo he dicho a nadie —confesé. Juro que no pensaba decirle la siguiente frase. Simplemente se me escapó, y en cuanto pronuncié las palabras, me arrepentí de haberlo hecho. —Quería que fueras el primero en saberlo. Se le ensombreció el rostro y bajó la mirada. Ay, Dios mío, había cometido un error. Tenía que disimular, y rápido. —¿Quieres más vino? —le ofrecí. —No, estoy servido —respondió. Apenas lo había probado. —¿Estás seguro? —pregunté—. Conduzco yo, puedes desmelenarte. —Estoy bien así. Pero gracias. —¿Más queso? —pregunté. Lo estaba perdiendo; adopté un tono agudo y nervioso. Intentaba transmitir una sensación de serenidad por todos los medios, pero me estaba saliendo el tiro por la culata. —No, así está bien —dijo Bradley. Apenas había tocado la comida. Su lenguaje corporal era negativo; estaba de brazos cruzados, sentado en una postura rígida, como si se encontrara sobre un

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montículo de piedras en lugar de sobre el cojín mullido que yo había elegido en Pier unas horas antes. —Deja un rinconcito para el postre —balbuceé—. He traído tu favorito. —Lindsey —dijo. Una simple palabra, pronunciada con gran dulzura. ¿Cómo podía hacerme tanto daño mi propio nombre? Miré el pequeño jarrón de flores azules y sentí cómo las lágrimas me escocían en los ojos. —Sabes lo mucho que me importas —dijo—. Siempre ha sido así. Esto no. Por favor, esto no. Bradley estaba intentando amortiguar el golpe. Estaba pronunciando el mismo discurso que yo había intentado darle la última vez que habíamos estado en esa azotea. La punzada que sentí en la espalda se convirtió en un dolor agudo que rodeó mi cuerpo y me apuñaló en las tripas. El dolor se extendió por todo mi cuerpo de inmediato. —¿Hay alguien más? —pregunté. Bradley dirigió la mirada hacia su plato. Sabía que no me mentiría; era demasiado honesto. Alzó la vista y respondió: —Sí. —Fue lo único que dijo, esa única palabra, demoledora. Una vez, cuando tenía doce años, tropecé y caí mientras llevaba un plato colmado de espaguetis a la mesa. Me di un golpe en el estómago contra el suelo mientras sostenía el plato con ambas manos, intentando evitar que se rompiera. El trastazo fue tan fuerte e inesperado que no podía respirar ni moverme; me quedé sin aire. Así es como me sentía en ese momento. Quería preguntarle quién era, pero no podía. Sabía que si abría de nuevo la boca, rompería a llorar, y eso no podía hacerlo. Además, sabía que era Alex. Siempre era Alex. Respiré hondo y me estremecí mientras me esforzaba para que el aire me llegara a los pulmones. —En el pasado estuviste enamorado de mí —dije. Sabía que estaba empeorando la situación, pero no pude hacer nada para evitarlo. —Así es —admitió. Me lanzó una mirada amable; me estaba matando—. Pero eso fue hace mucho tiempo. —¿Cuándo dejaste de quererme? —pregunté. Ya no hablaba con voz aguda y temblorosa; me había pasado al extremo opuesto de la escala. Era un graznido ronco, como si hubiera pasado por una trituradora. Sabía que luego me odiaría a mí misma por lo que estaba haciendo, pero no podía parar. —Oh, Lindsey, tenía que seguir con mi vida —dijo—. Tú lo hiciste, ¿no? Asentí. Tenía razón. No era justo que yo esperara que él hubiera seguido colgado de mí todos esos años. Sin embargo, la idea resultaba demasiado bonita para resistirse a ella. —Supongo que no estamos muy bien sincronizados —dije, y me limpié las lágrimas con el dorso de la mano. «Antes nunca lloraba, y mira ahora», pensé con amargura; me estaba convirtiendo en Sue, la antigua novia de Jacob.

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Me había puesto guapa para Bradley; quería que me quisiera. Se lo había contado todo y le había revelado mis secretos, los que nadie conocía. Lo sabía todo sobre mí y, aun así, no me quería. Me dio una de las servilletas azules que había comprado a juego con el color de los lirios. Había intentado prever hasta el último detalle, pero se me había escapado uno. El único que importaba: los verdaderos sentimientos de Bradley. ¿Cómo podía haber cometido ese error, cómo había podido ser tan estúpida, tan necia? —Ahora mismo la situación es un poco confusa —dijo—. Para ti y para mí. Creo que deberíamos irnos y volver a hablar del tema mañana. —Claro —admití, y solté una risa amarga. No podía parar. Era como un martillo de demolición que se había vuelto loco y estaba a punto de destruir al obrero que lo controlaba—. Es mi hermana, ¿verdad? —pregunté—. Mira, es lo que hace siempre con la gente. Con los hombres. Hace que se enamoren de ella. Una y otra vez. Pero ella no le da la más mínima importancia, ya lo sabes. —¿Has hablado con Alex últimamente? —quiso saber Bradley. —¿Por qué? —inquirí. —Lindsey, yo… —dejó la frase a medias porque sonó algo. Era su móvil. Se lo había sacado del bolsillo y lo había dejado sobre mi mantel de cuadros rojos y blancos al sentarnos. Ambos lo miramos fijamente. Sabíamos quién era. —Es ella, ¿verdad? —pregunté. Odiaba el tono que estaba utilizando, pero no podía evitarlo. Toda la ira y el resentimiento que había ido albergando hacia Alex durante años eclosionó como un veneno—. Está prometida, ¿lo sabes? Algunas personas lo consideran una decisión bastante seria, pero imagino que ella no. —Lindsey, ¿has hablado con Alex últimamente? —repitió Bradley. Negué con la cabeza. ¿Qué importaba eso? El móvil pitó al recibir un mensaje nuevo y Bradley lo miró. Creo que me habría muerto si lo hubiera cogido, pero lo dejó donde estaba. —Deberíamos irnos —dije. De repente sentía la necesidad de huir de ese lugar, de Bradley y de la lástima y el desasosiego que se reflejaban en su rostro. Me puse en pie y empecé a guardarlo todo en la cesta, incluso los platos que aún tenían comida. Tiré el agua del jarrón, apagué las velas y las puse sobre los platos con movimientos rápidos y bruscos. Lo había estropeado todo, pero ¿acaso importaba? Había sido una idiota al pensar que cuando Bradley viera mi pequeño y penoso picnic me abrazaría. Cosas como esa solo sucedían en las películas. No a mí. —¿Quieres que te lo lleve? —se ofreció. Negué con la cabeza y empecé a bajar por la escalera. Su móvil sonó de nuevo. —Vamos, contesta —le dije. —Ahora no —replicó él. Bajó por la escalera después de mí y se dio prisa para alcanzarme mientras yo cruzaba el patio de nuestro antiguo instituto—. Mira, sé que estás disgustada. —No pasa nada —dije—. Lo superaré.

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—Lindsey, ¿quieres que vayamos a algún sitio a hablar? —preguntó. «Quiero que me abraces», pensé desesperadamente. «Quiero que me digas que me quieres.» —Se está haciendo tarde —contesté, tal y como me dijo él aquella noche de hacía varios años, en esa misma azotea. Intenté sonreír, pero sentí cómo mis labios dibujaban una mueca—. Debería irme. Mañana me toca madrugar. Subimos al coche y tomé la carretera que llevaba a casa de Bradley, conduciendo a demasiada velocidad. Lo había hecho todo mal. No había reescrito el final; lo único que había logrado era intercambiar los papeles en los diálogos. ¿Cómo podía haber cometido ese gran error de cálculo? ¿Se lo contaría Bradley a Alex?, me pregunté mientras sentía que una nueva oleada de lágrimas nacidas del dolor y la cólera amenazaban con anegar mis ojos. ¿Hablarían de lo mucho que lo sentían por mí? El teléfono de Bradley pitó; alguien le había enviado un mensaje de texto. Lo miró y parpadeó varias veces. No podía pasar por alto el mensaje de Alex ni diez minutos. Tal era el control que ella ejercía sobre él. ¿Qué sucedería a continuación? ¿Iba a romper mi hermana con Gary por Bradley, o no era más que un devaneo para ella? Sinceramente, no sabía qué era peor: verlos juntos como pareja o ver cómo se le rompía el corazón a Bradley y saber que cualquier probabilidad que hubiéramos podido tener se había ido al traste solo porque Alex había tenido ganas de pasárselo bien un rato. —¿Lindsey? —dijo Bradley. Me puso una mano sobre el brazo—. Tienes que dar la vuelta. Por un instante me quedé desconcertada. ¿Dar la vuelta? ¿Regresar al instituto? —¿Qué pasa? —pregunté, y lo miré. Había palidecido y tenía la mandíbula tensa. —Es Alex —dijo—. Ha tenido un accidente.

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Capítulo 22 —Ha salido de la nada —dijo Alex. Estaba sentada en una camilla, en un cubículo de urgencias, y parecía una actriz que interpretaba el papel de una víctima de accidente. Solo Alex podía tener un aspecto tan atractivo mostrando un hombro bajo la bata de hospital. Solo Alex podía salir de un accidente de coche con el rímel inmaculado. Teniendo en cuenta que los bomberos habían tenido que cortar su Lexus con sierra para sacarla del interior, y que el tipo del otro coche se había destrozado el fémur, lo suyo rozaba el milagro. La suerte de Alex. —Mire, no estaba hablando por el móvil ni cambiando la emisora de radio ni nada por el estilo —decía Alex cuando entramos en la sala. Había un agente de policía sentado en un rincón, anotándolo todo en una pequeña libreta de espiral, mientras una doctora tomaba la presión sanguínea a mi hermana. —El caballero ha dicho que usted se detuvo en el «stop», pero que luego se cruzó delante de él —dijo el agente mientras pasaba varias páginas de su libreta. —No lo vi. Él debía de ir a toda velocidad porque primero no estaba ahí y al cabo de un segundo se empotró en el costado de mi… ¡Hala! —Alex me miró, boquiabierta—. ¡Qué ropa tan bonita, hermana! —Estiró el cuello para verme—. ¿Te has maquillado? Casi se me había olvidado. Alex siempre lograba sacar a relucir aquello que podía hacerme sentir peor: recordarnos a Bradley y a mí el gran esfuerzo que había realizado yo para esa noche. —Sí —respondí con voz cansina, evitando su mirada inquisidora. ¿A qué venían tantas prisas si Alex estaba bien? ¿Y por qué (esta era la pregunta a la que le estaría dando vueltas en la cabeza durante las horas más oscuras de esa noche, aun a sabiendas de que no podía tener una respuesta buena) había llamado Alex a Bradley? Miré hacia el suelo, pero tuve tiempo de ver cómo Alex nos miraba a Bradley y a mí varias veces. No dijo ni una palabra, pero se dio cuenta de lo sucedido. Era de noche, ambos estábamos juntos, y yo llevaba ropa sexy y maquillaje. El ambiente estaba tan cargado de pensamientos no expresados y conclusiones reveladoras que sentí que me ahogaba. —Nos gustaría realizarle la prueba de alcohol en sangre —dijo la doctora mientras quitaba el velcro del bíceps de Alex. Fue como si alguien hubiera disparado un tiro en la sala; Bradley, Alex y yo dimos un respingo. —¿Me toma el pelo? —preguntó mi hermana—. Esta noche no he bebido nada. Bueno, quizá una copa de vino. En realidad ha sido media, porque el vino era espantoso. Pero eso es todo. Además, de eso hace ya unas horas.

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—Entonces ¿no tiene objeciones? —preguntó el agente de policía. Alex puso los ojos en blanco. —No, pero más les vale hacer también una al otro conductor. Fue él quien pasó por el cruce a toda pastilla. Hasta el momento, Bradley y Alex apenas se habían mirado. Resultaba más obvio y deliberado que si él la hubiera levantado en brazos para darle un beso. El esfuerzo que tenían que hacer para ignorarse llenaba la habitación de una gran tensión. Me entraron ganas de encogerme hasta desaparecer y no volver a verlos nunca más. O mejor aún, hacer que desaparecieran ellos. —Hay algo que deberían saber —dijo Bradley de repente. Su tono de voz, por lo general muy suave, fue tan autoritario que todos los presentes dejaron lo que estaban haciendo y se volvieron para mirarlo—. Tiene problemas de visión desde hace varias semanas —dijo Bradley. —Bradley —susurró Alex, como si le estuviera suplicando algo. ¿Y él cómo lo sabía? La pregunta retumbó en mi cabeza. ¿Cuántas veces se habían visto durante las últimas semanas? Bradley alargó una mano y la posó junto a la de Alex, sobre la sábana del hospital. Fue entonces cuando lo vi. El anillo de compromiso había desaparecido del dedo anular de mi hermana. Me apoyé en la pared que había detrás de mí mientras la cabeza me daba vueltas. Me quedé mirando sus manos y de repente recordé la fotografía de la sala de estar de Bradley, aquella de las manos entrelazadas de una pareja que llevaba muchos años casada. «Por favor, esto no.» —Tiene que ampliar el tamaño de fuente de sus mensajes de correo electrónico para leerlos —dijo Bradley, lanzándome una mirada de disculpa. Aparté la vista; no soportaba mirarlo a los ojos. —Estaba cansada —dijo Alex en un tono casi furioso, casi beligerante—. Es que había leído cientos de mensajes. Fue solo por eso. Tenía la vista cansada. La doctora sacó una pequeña linterna médica del bolsillo de la pechera de su bata blanca. —Mire hacia arriba —dijo la mujer, enfocando la luz hacia los ojos de Alex—. Ahora a la izquierda. Derecha. A la luz. Observó los ojos de Alex durante un minuto más. —¿Tiene otros síntomas? —No —respondió mi hermana en el mismo instante en que Bradley decía: —Jaquecas. Cerré los ojos con fuerza. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? ¿Cómo se me podía haber pasado por alto lo que estaba sucediendo entre mi propia hermana y el hombre al que amaba? —¿Con qué frecuencia? —preguntó la doctora. —Unas cuantas veces a la semana —dijo Alex—. Es el estrés. Tengo mucho trabajo. Mire, no estoy borracha y no me estoy quedando ciega. Vaya a echar un vistazo al otro tipo, ¿de acuerdo? Ha sido culpa suya.

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—Voy a pedir una IRM, una resonancia magnética —dijo la doctora—. Solo como precaución. Alex lanzó un suspiro. —Venga ya, ¿de verdad cree que es necesario? Mire, quizá no he prestado demasiada atención. Quizá he apartado la vista un segundo o algo así. —Solo queremos asegurarnos del todo —dijo la doctora. —Alex —terció Bradley. No apartaba la mirada de ella. Era como si yo no estuviera en la sala y como si se hubiera olvidado de mí. Ella lo miró a los ojos y algo sucedió entre ellos. Como si hubieran mantenido una conversación entera sin abrir la boca. —Vale —acabó diciendo ella—. Vale. —La enviaremos a radiología ahora mismo —dijo la doctora—. Tal vez tenga que esperar un poco, pero le encontrarán un hueco. —¿Ahora? —preguntó Alex con voz tensa. —Ya que está aquí, más vale que se lo quite de encima —respondió la doctora, apoyándole una mano en el hombro. Su expresión fue amable, mucho más amable que antes. Dios mío, no podía pensar que Alex tenía algún problema grave de visión, ¿verdad? La habitación volvió a dar vueltas. Estaban sucediendo demasiadas cosas y demasiado rápido. —Será mejor así, en lugar de que la hagamos volver la semana que viene — insistió la doctora. Alex se abrazó a sí misma y asintió. —¿Podrían traerme una manta? —preguntó. —Le pediré a una enfermera que se la traiga —dijo la doctora. Le apretó el hombro y salió del cubículo. El agente de policía la siguió sin decir nada. —Toma —dijo Bradley. Se quitó el suéter y se lo puso encima a mi hermana. Esta vez no me lanzó ninguna mirada de disculpa; la única expresión que había en su rostro era de preocupación. Por Alex. Se me hizo un nudo en la garganta tan grande y duro como una bola de golf, que me costó mucho tragar. —Las batas de este hospital son una mierda —dijo Alex. —Sí —admití. Era casi lo primero que decía desde que había llegado. Estaba tan asombrada que me sentía aturdida. Estaban sucediendo demasiadas cosas y yo sentía que me fallaban las fuerzas. «La película», recordé de repente. Creía que Alex estaba flirteando con Bradley. Dios mío; lo que sucedía era que Alex no podía leer aquellas letras. —¿Linds? —preguntó Alex—. ¿Me acompañas a la IRM? Asentí. —Claro. —¿Qué otra cosa podía decir? —Mira, no es el mejor momento, pero tengo que contarte algunas cosas — dijo—. He intentado ponerme en contacto contigo. —Sí —dije—. Es que he estado muy liada.

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—Lo sé, lo sé —dijo—. El trabajo, ¿no? Lancé una mirada de temor a Bradley, pero él no me traicionó. —Sí, lo típico —respondí. La enfermera entró en la habitación con una manta y tapó a Alex con ella. —Oooh, está caliente —exclamó. —Solo lo mejor —dijo la enfermera—. Soy una gran seguidora suya, me encanta su programa. Lo veo siempre. ¿Su compañero es tan mono en persona? —¿Me promete que no se lo dirá a nadie? —preguntó Alex. Pude comprobar cómo adoptaba el papel de famosa; se echó el pelo hacia atrás y puso la mejor de sus sonrisas televisivas. ¿Cómo podía hacerlo?, me pregunté. ¿Era una de las consecuencias de pasar tantos años frente a las cámaras? ¿Te enseñaba a ocultar tus verdaderos sentimientos con tanta facilidad como si estuvieras apretando un interruptor? Porque, en ese preciso instante, era una habilidad que me habría gustado poseer. La enfermera asintió con entusiasmo. —Se ha hecho un trasplante capilar —le susurró en un aparte—. Cuando estás cerca, se ven claramente las líneas de raíces en el cuero cabelludo. —Vaya, acaba de arruinarme la fantasía. —La enfermera se rió. —Lo siento —se disculpó Alex, guiñándole un ojo—. Tendrá que conformarse con Brad Pitt, como todo el mundo. Entró un camillero con una silla de ruedas. —Se la lleva a que le hagan la IRM —dijo la enfermera—. Será un momento. ¿Lista para sentarse en la silla? Alex apartó las sábanas y deslizó las piernas sobre la cama. Tenía las uñas de los pies pintadas de rosa chillón, y unas piernas suaves y ligeramente bronceadas. Incluso allí, en esas circunstancias, se movía con la gracia de una bailarina. No me extrañaba que Bradley la hubiera elegido a ella, pensé desanimada. ¿Quién habría hecho lo contrario? —¿Bradley? ¿Nos esperas aquí? —preguntó Alex. Él asintió. —Como quieras. Caminé junto a ella mientras el camillero nos conducía al ascensor y nos llevaba al sótano. Nos dejó en una pequeña habitación después de hablar con la enfermera del mostrador. —Sé que es una locura que te lo diga ahora —me soltó Alex—, pero ya no estoy prometida. Gary y yo rompimos hace unos días. Quería decírtelo, pero… —Pero no has podido ponerte en contacto conmigo —dije. Me había telefoneado dos veces en los dos últimos días, pero yo no le había devuelto la llamada—. ¿Se lo has dicho a papá y mamá? —Iba a verlos cuando ese capullo ha chocado conmigo —repuso Alex, negando con la cabeza—. Sé que se van a disgustar. Adoraban a Gary. Dios, no dejo de pensar en la fiesta de compromiso. Tenemos que decírselo a mucha gente.

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Reprimí la pregunta que tenía en la punta de la lengua («¿Qué ha ocurrido?»), porque no quería saberlo. O quizá porque ya lo sabía. Alex y Bradley estaban juntos. Si no lo estaban ya, solo era cuestión de tiempo. Creía que sería horrible que Alex hubiera estado jugando con Bradley, pero me había equivocado. Era peor. Muchísimo peor. Alex me miraba, esperando a que dijera algo. —Parecía que os iba todo muy bien —dije al final—. Formabais una gran pareja. —¿Sabes cuánta gente me ha dicho eso? —Escupió las palabras con tal crudeza que casi retrocedí—. ¿Que formábamos muy buena pareja? Parece que todo el mundo cree que deberíamos estar juntos solo porque dábamos el pego. Creo… — Dulcificó la voz, como si lo que estaba a punto de decir fuera lo más duro—. Mierda, creo que tal vez Gary me quería por eso. Se pasó una mano por los ojos y empezó a masajearse las sienes. —Parecía que teníamos que encajar a la fuerza —susurró—. Pero no era así. Nunca lo fue, a pesar de lo mucho que me esforcé. La miré fijamente. No era la Alex que conocía. No hacía sus típicos comentarios mordaces o chistosos; me estaba revelando sus sentimientos, se estaba sincerando, tal y como me había aconsejado May que hiciera yo. De no haber estado involucrado Bradley, ese momento podría haberse convertido en un punto de inflexión para nosotras. Tal vez, incluso, habríamos llegado a convertirnos en hermanas, en el sentido más amplio de la palabra. Pero la semilla horrible y oscura de mis celos había echado raíces y se había transformado en algo duro y retorcido, algo que se interponía entre Alex y yo. —Yo amaba a Gary —dijo Alex—. Al menos, eso creía. Pero me faltaba algo. Nunca hablábamos. Hacíamos cosas juntos muy a menudo y siempre nos lo pasábamos bien, pero cuando estábamos a solas no teníamos mucho que decirnos. No es como con… —Dejó la frase a medias. —Con Bradley —me limité a decir de manera inexpresiva. Alex agachó la cabeza. —Sé que sois amigos de toda la vida. Siempre había pensado en él como tu amigo. Pero resulta que, mientras sacaba las fotos de mi fiesta de compromiso, conectamos. «En tu fiesta de compromiso», pensé con amargura. Qué oportunos. —Hace tiempo que quería decírtelo —confesó Alex—, pero nunca me parecía el momento adecuado. Y, en realidad, no ha ocurrido nada entre nosotros. Pero, por Dios, ¿por qué Alex tenía que hacerme siempre lo mismo?, pensé. ¿Por qué no podían ser más sencillas las cosas entre nosotras? Ahí estábamos, esperando a que le hicieran una IRM para que nos dijeran si tenía algún problema de visión, y yo me sentía tan celosa, furiosa y avergonzada que estaba a punto de explotar. ¿Cómo podía despreciar a mi hermana, cuando ella se encontraba en una situación tan vulnerable? —Sé que es raro porque Bradley y tú siempre habéis mantenido una relación muy estrecha. Pero me dijo que nunca había sucedido nada entre vosotros.

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Noté cómo sus ojos se deslizaban sobre mi camiseta ajustada, mi pelo suelto y mi cara. —Estás guapísima, ¿lo sabías? —me dijo en un tono cada vez más inquisidor—. Oye, y tú estás con ese chico de Nueva York, ¿no? Cerré los ojos con fuerza. Ay, Dios mío. Cuántos malentendidos. Cuántas señales cruzadas. Esa era la historia de la relación entre Alex y yo. «Si dijera que no… Si dijera que no tengo a nadie en Nueva York y que es a Bradley a quien quiero, ¿lo dejarías en paz?», me pregunté. «¿O decidirías que tu felicidad es más valiosa que mi desgracia, como cuando aquellos estudiantes mayores intentaron meterme en esa taquilla?» —¿Lindsey? Asentí. Solo una vez; fue una levísima inclinación de cabeza, pero a Alex le bastó. ¿Qué otra cosa podía hacer? Bradley no me quería. Ya era suficientemente horrible que me hubieran roto el corazón; al menos podía intentar salvar los restos triturados de mi orgullo. —¡Lo sabía! —dijo, con una sonrisa de alivio—. Sabía que te traías algún secretito. ¿Cuándo piensas hablarme de él? La enfermera me salvó. —¿Alexandra Rose? —llamó. Me levanté y acerqué a Alex en su silla de ruedas. —Síganme —dijo la enfermera. Nos hizo pasar por otra puerta a una sala de aspecto aséptico en la que había una máquina blanca que tenía forma de donut gigante en el centro—. Túmbese en esta mesa. Tardaremos una media hora. ¿Tiene problemas de claustrofobia? —Si digo que sí, ¿se la hará usted en mi lugar? —preguntó Alex en broma. La enfermera ni tan siquiera esbozó una sonrisa. El técnico, un chico de origen latino, entró en la sala y apretó unos cuantos botones. Apenas nos miró a Alex y a mí. —Qué simpáticos —dijo Alex, poniendo los ojos en blanco y dirigiéndome una amplia sonrisa—. ¿Es que luego vais a hacer horas extra a una funeraria? Intentaba bromear, pero había algo raro. Su voz y sus gestos rozaban el histerismo, sus bromas eran forzadas. Me di cuenta de que debía de estar aterrada, lo cual me impresionó. Yo había estado tan sumida en mi propio sufrimiento que no me había percatado de nada. Claro que estaba aterrada; ¿quién no lo estaría? —Saque todas las tarjetas de crédito de su bolso y déjelas fuera —nos pidió el técnico—. De lo contrario, se desmagnetizarán. Hurgué en mi bolso y Alex hizo lo mismo. Dejé nuestras tarjetas de crédito en una bandeja de plástico, fuera de la sala de IRM. —Por favor, estese quieta, señorita —ordenó el técnico—. Vamos a centrarla en la mesa y le inmovilizaremos la cabeza con esta máscara. ¿Está cómoda? —Tanto como Hannibal Lecter —dijo Alex mientras el técnico le ponía una máscara de plástico gris sujeta a la mesa—. No tendrá unas habas a mano, ¿verdad?

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El técnico le lanzó una mirada extraña y luego le ajustó la máscara que le cubría la frente para fijarla en su sitio. ¿De verdad estaba sucediendo todo eso?, me pregunté. ¿De verdad creían los médicos que Alex tenía algún problema en el cerebro? —¿Lindsey? —me llamó mi hermana, con voz distante y temblorosa—. ¿Me haces un favor? —Claro —dije, y me sentí fatal porque mi pensamiento más inmediato fue: «Por favor, no me pidas que vaya a buscar a Bradley para que te haga compañía». Alex hizo una pausa y luego me preguntó: —¿Podrías quedarte pegada a mis pies? Dudé unos instantes, sorprendida, y entonces le toqué el pie izquierdo, el que tenía más cerca. Estaba helado. Al cabo de un instante, empecé a frotárselo de forma automática, intentando que entrara en calor. ¿Cuándo era la última vez que había tocado a Alex?, me pregunté mientras le miraba el pie. ¿Hacía ya un año? ¿Dos? Resultaba difícil imaginar que habíamos pasado los nueve primeros meses de nuestras vidas dando volteretas lentamente la una junto a la otra, mientras nos crecían los dedos de los pies, las cejas y las uñas de las manos. —Ahora estese muy quieta —ordenó el técnico, y entonces me miró—. Señorita, tendrá que apartarse un poco. —Tranquila, Alex —dije. Le solté el pie y retrocedí un par de metros—. Lo estás haciendo muy bien. La máquina empezó a hacer un ruido muy fuerte, como si alguien estuviera golpeando una tubería con un martillo, mientras la mesa se deslizaba hacia el centro del donut gigante y Alex desaparecía de mi vista. Aquello se alargó durante lo que pareció una eternidad, mientras la máquina tomaba infinitas imágenes en sección transversal del cerebro de mi hermana. —Vale, ya puede levantarse —dijo el técnico al final—. Espere a que la máquina haya retrocedido del todo. —¿Puedo irme? —preguntó Alex mientras se incorporaba—. ¿Está todo bien? —Vuelva a urgencias —contestó el chico. Estaba ocupado manejando el ordenador, imprimiendo las imágenes del cerebro de Alex—. Las enviaré a su médico para que pueda echarles un vistazo. —¿Al menos puedo ir a pie? —preguntó mi hermana. —Lo siento, debe ir en silla; es política del hospital —respondió el técnico. Alex lanzó un suspiro y se sentó en la silla. Salimos por la puerta y recorrimos el pasillo, pero cuando estábamos a punto de llegar al ascensor, algo me hizo echar la vista atrás. El técnico estaba en la puerta, mirando a Alex. Es curioso, pero no me había fijado en sus ojos castaños ni en lo suaves y largas que tenía las pestañas. Parecían las de un ciervo. Mientras miraba a Alex, movió la mano derecha: se la llevó a la frente, luego al corazón y luego al otro lado del pecho. —¿Por qué te has parado? —preguntó Alex—. Levanta rueda y pongámonos en marcha.

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No pude responder; no podía hablar. El técnico se había santiguado. Rezaba en silencio por Alex.

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Capítulo 23 No sé cómo logramos dormir esa noche. Después de que la doctora de urgencias pidiera a Alex que regresara a la mañana siguiente para ver a un neurocirujano, después de que Alex se la quedara mirando y le exigiera saber lo que había visto en la IRM, y después de que la doctora eludiera nuestra retahíla de preguntas tras repetir una y otra vez: «No estoy cualificada para realizar un diagnóstico», al final nos fuimos del hospital. Primero llevamos a Bradley a casa, y yo esperé en el coche mientras Alex lo acompañaba adentro. Tardó menos de cinco minutos en volver. Se me hizo una eternidad. Me recliné en el asiento, apoyé la cabeza e intenté quitarme de la mente la imagen de ambos en la sala de estar de Bradley, abrazados. Cuando Alex regresó al coche, le pregunté: —¿Quieres que te lleve a tu casa? —Fruncí el entrecejo. Dios mío, esa noche el mundo se había puesto patas arriba. ¿La seguiría considerando su casa? Alex negó con la cabeza. —¿Puedo quedarme contigo en casa de papá y mamá? No quiero estar sola. Gary está de viaje y aún no me he trasladado. —Por supuesto —dije, a pesar de que yo sí sentía la imperiosa necesidad de estar a solas. Sin embargo, en la jerarquía de las emociones, mi dolor por la relación de Alex y Bradley no podía competir con el pánico de mi hermana. Hasta yo me daba cuenta de eso. Y Bradley también; vi la expresión contradictoria que se dibujó en su rostro cuando mi hermana bajó del coche para acompañarlo hasta su casa. Él no quería hacerme daño, pero ¿cómo iba a rechazar a Alex? De algún modo logré hacer un leve gesto de asentimiento con la cabeza, para que se diera cuenta de que era consciente de lo que tenía que hacer. —No quiero que papá y mamá se enteren —dijo Alex. Respiró hondo—. Hasta que sepamos algo. Nos habíamos pasado varias horas en el hospital y ya era casi medianoche. Las carreteras estaban vacías y algo resbaladizas por la fina lluvia que había caído mientras estábamos en urgencias. Todo parecía irreal, como si nos encontráramos en un plató de cine desierto, en el que las casas eran de cartón pintado y los árboles de papel maché. Avanzamos en la oscuridad, observando el reflejo de los faros del coche en las calles. —¿Crees que es el mapache de papá? —preguntó Alex, rompiendo el silencio. Señaló un animal que pasó corriendo por el arcén. Mi padre había declarado la guerra a un mapache que parecía sentir una

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predilección especial por su basura. Había instalado luces con sensores de movimiento, había invertido en dos cubos de basura distintos y hablaba de poner una valla antes de que yo le comprara una cuerda elástica de tres dólares para atar la tapa al cubo de la basura. —Te juro que estaba a punto de comprarse una escopeta —dijo Alex—. ¿Qué probabilidades hay de que acabara pegándose un tiro en el pie? —La mitad —dije—. Pero dentro de unos años, papá habría cambiado la historia y resultaría que el mapache rabioso le había arrancado la escopeta y le había disparado antes de librar un combate a muerte. Alex intentó sonreír, pero no fue capaz. Me devané los sesos para seguir con la conversación, pero me quedé en blanco. Alex miraba por la ventana. Realizamos el resto del trayecto en silencio, cada una ensimismada en sus pensamientos. —Me inventaré alguna excusa que justifique que nos vayamos mañana pronto —dije, mientras entrábamos en casa sin hacer ruido para no despertar a nuestros padres. Di una de mis camisetas a Alex para que la utilizara de pijama. —Gracias —dijo ella. —¿Quieres que te traiga algo? —pregunté—. ¿Un té? —Creo que prefiero irme a dormir —respondió—. Estoy rendida. —Échate en mi cama —le ofrecí. Inexplicablemente, mi padre había convertido el dormitorio de Alex en un «despacho» desde que se jubiló, por lo que no había muchas opciones para dormir. Cogí una almohada de mi cama para llevármela al sofá. —¿Linds? —llamó Alex con voz titubeante. Me detuve, con la mano en el pomo, y me volví—. ¿Te quedas conmigo? —preguntó al final—. La cama es lo bastante grande para las dos. —Esbozó media sonrisa—. Te juro que no ronco. ¿Qué podía decir? —Claro —contesté. Levanté las sábanas de un lado y me metí en la cama; Alex hizo lo mismo por el otro. Se quedó dormida tan rápido que fue como si la hubieran traído en brazos y la hubieran metido entre las sábanas, pero yo permanecí despierta durante horas mientras las imágenes me atormentaban: la cara de Bradley cuando me decía que tenía una relación con otra persona; las manos de Alex y Bradley, una junto a otra sobre la sábana blanca del hospital; los dedos del técnico, que se santiguó mientras miraba a Alex. En mi última noche en Nueva York, Matt me había acusado de reprimir mis emociones. «Bueno, pues debería verme ahora», pensé mientras daba vueltas en la cama, intentando encontrar una postura cómoda. En el espacio de unas cuantas horas pasé por varios estados de ánimo de un modo demencial: de exultante a destrozada, a enfurecida y a aterrada. Por primera vez en la vida sentía pena por mi hermana, y también estaba más celosa que nunca. Odiaba a Bradley, pero también lo amaba. «¿Te parece que ya he dado bastante rienda suelta a mis sentimientos, Matt?», me pregunté, con la mirada clavada en el techo. Porque en ese momento, las jornadas laborales de dieciséis horas en la agencia de publicidad me parecían algo que no

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estaba nada mal. Lancé un suspiro y me di otra vez la vuelta. Dentro de unas horas íbamos a ver a un neurocirujano que nos diría lo que aparecía en la IRM. Quizá era todo un error. Quizá el técnico era un pirado religioso que bendecía a todo aquel que se cruzaba en su camino. Quizá el especialista nos diría que Alex tenía una infección en el ojo o un nervio pinzado. Seguramente le recetaría unas gotas y le diría que se largara para que pudiera atender a los pacientes que necesitaban su ayuda de verdad. Miré a Alex, el sinuoso contorno de su rostro tranquilo y relajado. Sabía que el neurocirujano no diría nada de todo eso.

A la mañana siguiente me tomé tres tazas seguidas de café solo, con la esperanza de ahuyentar la bruma persistente de los espeluznantes sueños que me habían atormentado durante la hora o dos que dormí. Esperé a propósito a tener la boca llena para mascullar una excusa a nuestros padres; Alex y yo nos íbamos juntas de compras. —¿De compras? —Varias arrugas surcaron la frente de mi madre, que dejó de echarse edulcorante en el café—. ¿No tienes que ir a trabajar? Seguramente tendría que habérseme ocurrido una excusa más creíble, como que íbamos a una carrera de tractores. Alex y yo nunca habíamos ido juntas de compras. —De hecho, sí —respondí—. Tengo que, hummm, ir a comprobar unos anuncios al centro comercial para asegurarme de que se han expuesto de forma correcta. —¿Vais al centro comercial? —preguntó mi padre, que nos miró por encima de la página de deportes—. Yo que vosotras tomaría la carretera de circunvalación. En condiciones normales deberíais evitarla a toda costa, ya que acostumbra a haber demasiados idiotas, pero a esta hora no creo que tengáis ningún problema. —¿Ya están trabajando todos los idiotas? —preguntó Alex con inocencia. Casi lo logró. Sus bromas, la forma en que tomaba impulso para sentarse en la encimera de la cocina; a alguien de fuera le habría parecido una chica sin problemas, cuya única preocupación consistía en encontrar el vestido de tirantes perfecto para el verano. Entonces bajó de la encimera y se acercó a nuestro padre. —Te quiero —le dijo, y le dio un gran abrazo que duró unos segundos más de lo necesario. Entonces salió de la cocina de forma apresurada, pero no antes de que pudiera ver cómo le corrían las lágrimas por las mejillas. —¿Lindsey? —me llamó mi madre mientras seguía a mi hermana. Me quedé inmóvil. —Me alegro de que vayáis juntas de compras —dijo mi madre. Con gran alivio, me di cuenta de que, al fin y al cabo, no había visto la cara de Alex. Las arrugas habían desaparecido de su frente. Se creyó mi historia—. Es tan… bonito. Dejé a mis padres en la cocina, compartiendo el periódico, tomándose otro café

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recién hecho que acababa de preparar yo, quejándose de la predicción del tiempo del Weather Channel; contenta de que pudieran disfrutar de un día normal más.

Al cabo de una hora, estábamos sentadas en la consulta de un neurocirujano cuyo pelo canoso y cuya voz profunda y autoritaria parecían salidos de un casting de Hollywood. Incluso su nombre, doctor Steven Grayson, parecía creado por un agente con un sexto sentido para el séptimo arte. Antes de ir al hospital paramos en casa de Alex para que pudiera cambiarse de ropa y luego pasamos a recoger a Bradley. No dejé de mirar al frente cuando subió al coche, y de algún modo logré decirle hola con un tono de voz normal. Nos hicieron entrar en la consulta del neurocirujano a la hora exacta de la cita. Aquello me puso nerviosa; ¿no se suponía que los médicos siempre llegaban tarde? ¿Era una mala señal que no nos hiciera esperar? Alex apenas había abierto la boca desde que habíamos salido de casa de nuestros padres, como si hubiera invertido toda su energía para actuar con normalidad durante el desayuno. Ahora parecía una pasajera asustada que escuchaba cómo el capitán del avión anunciaba que se aproximaban unas grandes turbulencias. Tenía la cara pálida y clavaba las uñas en los reposabrazos de la silla. —Hay buenas noticias y malas noticias —dijo el doctor Grayson. —Suéltelo rápido —le pidió Alex. Vi cómo se le hinchaba y desinflaba el pecho rápidamente bajo su fina camiseta. —El escáner muestra un tumor que le oprime el nervio óptico —dijo el doctor— . Eso es lo que le está causando problemas de visión periférica. Todo se redujo a esas cinco letras: «tumor». —No creemos que sea maligno —dijo el doctor Grayson, que hablaba con voz tranquilizadora y calmada, como si hiciera eso a diario. Es que lo hacía a diario, me di cuenta de repente. ¿Cómo podía alguien hacer eso todos los días? ¿Cómo podía transmitir ese tipo de noticias una y otra vez con la anodina autoridad de un meteorólogo? —El término médico es adenoma —prosiguió el doctor—. Está localizado bajo el nervio óptico y lo está oprimiendo, lo que acostumbra a ser habitual con este tipo de tumores. Por eso tiene problemas de visión. —¿No es canceroso? —preguntó Alex. —No lo sabremos seguro hasta que lo extraigamos —respondió el doctor, con las manos unidas en la punta de los dedos—. Pero estoy bastante seguro de que es benigno. Los tumores pituitarios acostumbran a serlo. Por lo general preferimos acceder a ellos a través de la nariz, pero debido al tamaño de la masa y a su localización, debemos realizar una craneotomía. —Una craneotomía —dije. Todo sucedía muy rápido; la cabeza me bullía debido al gran esfuerzo que tenía que realizar para asimilarlo—. ¿Quiere decir que va a tener que abrirle…? —Dejé la pregunta en el aire. —Vamos a tener que perforar el cráneo para llegar hasta la masa —respondió el

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doctor. Era como si mediante el uso de un lenguaje impersonal, «la masa» en lugar de «su tumor», el doctor intentara suavizar la noticia. Pero lo único que logró fue que tardáramos un segundo o dos más en entender el significado, como el breve retraso entre las palabras de un orador extranjero y su intérprete. —¿Cuándo? —susurró Alex, como si hubiera tenido que echar mano de todas sus energías para pronunciar esa única palabra. —Cuanto antes mejor —dijo el doctor Grayson—. Podemos programar la operación para el jueves. Debe saber que existe una pequeña posibilidad de que no pueda extirpar todo el tumor. Si corro el riesgo de dañar el nervio óptico, tal vez deba dejar una pequeña parte, en cuyo caso, tendríamos que aplicarle unas sesiones de radiación. Pero espero que no sea necesario. —¿Quiere operar dentro de tres días? —preguntó Bradley—. Es muy pronto. —¿Por qué tiene tanta prisa? —pregunté, alzando la vista de la libreta azul de espiral que había utilizado para garabatear los términos desconocidos—. Ha dicho que no es maligno; se trata de un adenoma, ¿no? Entonces ¿por qué quiere operar dentro de tres días? —Este tipo de tumor puede causar varias complicaciones secundarias cuando oprime el quiasmo óptico —dijo el doctor, que no dejó de mirar a Alex—. Si esperamos, su visión podría sufrir daños permanentes. A medida que crezca la masa, su visión empeorará cada vez más, y será más difícil salvarla. En estos momentos el tumor es del tamaño de una nuez. Dentro de unas semanas, las cosas… se complicarán. Vi cómo Bradley le cogió la mano a Alex, y me odié a mí misma por mi reacción, por sentir una punzada abrasadora en el centro del pecho. Aparté la vista y miré detrás del médico, a su pared del orgullo. Facultad de Medicina de la Universidad de Pensilvania. Universidad de Yale. Certificados nacionales y premios y menciones de honor profesionales. Tomé nota de todo para poder comprobar su veracidad. —¿Voy a quedarme ciega? —preguntó Alex. —Es muy poco probable —dijo—. No puedo asegurárselo hasta que vea el tumor y sepa a qué nos enfrentamos, pero la mayoría de los pacientes recuperan gran parte de la visión, cuando no toda. —Pero algunos se quedan ciegos —dijo Alex. —Muy pocos —reconoció el doctor—. No creo que vaya a sucederle a usted. En el peor de los casos, su vista estaría en peligro. —¿Es eso lo que va a ocurrir? —preguntó Alex—. ¿Me van a extirpar el tumor y todo regresará a la normalidad? —Con el tiempo, sí, ese es el objetivo —respondió el doctor—. Tal y como le he dicho, quizá necesite radiación después de la intervención. Y voy a recetarle esteroides para rebajar la inflamación. —De acuerdo —dijo Alex, lanzando un fuerte suspiro. Alzó la barbilla—. Hagámoslo así. Quíteme esa cosa. Quiero que lo haga cuanto antes.

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—Vamos a tener que hacerle más escáneres y un análisis de sangre —dijo el doctor Grayson—. También quiero que vaya a ver a un endocrinólogo esta misma semana. Y quiero que venga de inmediato al hospital si le empeora la vista o si tiene otros síntomas. Vómitos, pérdida del equilibrio, ese tipo de cosas. —Eh, ¿puede decirle todo esto al poli que quería hacerme la prueba de alcohol en sangre? —Volvía a lucir una sonrisa radiante, de oreja a oreja, marca de la casa; ¿cómo podía bromear en un momento así?—. Los tumores pituitarios se van a poner de moda en Hollywood —exclamó mi hermana con su voz de presentadora de televisión—. Cuando Paris Hilton o Lindsay Lohan atropellen a un paparazzi o se caigan en una discoteca, pueden sacar su IRM y ya tienen la carta que las sacará de la cárcel. Eh, voy a crear una moda. El doctor Grayson y yo nos la quedamos mirando boquiabiertos. ¿Se estaba tomando Alex todo eso a broma? No supe qué hacer. Pero Bradley sí. —Alex. —Se puso en pie, la abrazó y ella se derrumbó. Bradley le acarició la espalda y le susurró algo al oído, algo que solo ella oyó. Entonces Alex le rodeó el cuello con sus delgados brazos y rompió a llorar.

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Capítulo 24 —¿Lindsey? —¿Hummm? —¿Recuerdas mi Bola 8 Mágica? —preguntó Alex. Sonreí. Le regalaron la bola al cumplir los doce años, y esa pequeña esfera negra gobernó su vida como un dictador enigmático y rechoncho. —¿Debería ponerme mis vaqueros de Gloria Vanderbilt hoy? —preguntaba Alex con toda sinceridad, agitando la bola—. Todas las señales indican que sí — decretaba la Bola 8 Mágica, y entonces mi hermana lanzaba un gran suspiro de alivio y se enfundaba los tejanos. —¿Te das cuenta de que eso no significa nada? —le decía yo para meterle la bronca. Por entonces ya no me tomaba en serio cosas como la ouija o la adivina que había ido a la fiesta de cumpleaños de una amiga y le había leído la palma de la mano a todo el mundo. Bajo la peluca canosa de adivina le vi un mechón castaño, y el aliento le olía a McDonald’s. Enseguida me di cuenta de que era una farsante; las adivinas de verdad bebían pócimas burbujeantes e infusiones, no McFlurries. —Mira, solo tiene unas cuantas respuestas —le dije a Alex un día, y se la arranqué de las manos; llevaba un buen rato atormentándose para saber si le gustaba o no a un chico. —Si le hago la misma pregunta dos veces, me dará dos respuestas distintas —le dije, agitando la bola—. ¿Aprobaré el examen de ortografía de hoy? «Posibilidades inciertas», predijo la bola mágica. —¿Aprobaré el examen de ortografía de hoy? —Agité la bola y se la mostré con gesto triunfal. «Posibilidades inciertas.» —Maldita bola —exclamé—. La agitaré de nuevo y dará una respuesta distinta. —¡No lo hagas! —gritó Alex, al tiempo que me la arrancaba—. ¡La prima hermana de Sharon Derrigan lo hizo y la bola se enfadó con ella por desconfiar de sus poderes y le echó una maldición! —Eso es una tontería —dije, mientras miraba la bola con el rabillo del ojo. El oscuro fluido de color azul que tenía en el interior sí que parecía la pócima de una bruja. —Bueno, tengo que irme —dije, mientras me dirigía hacia la puerta—. Tengo un examen de ortografía. Fue pura coincidencia que mi profesor perdiera todos los exámenes de ortografía ese día. Nunca se lo conté a Alex, pero a partir de entonces no podía

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dormir a menos que la Bola 8 Mágica estuviera metida en un cajón, desde donde no pudiera mirarme con su imperturbable ojo azul oscuro. —¿Qué te ha hecho pensar en ello? —le pregunté mientras apagaba la luz y me metía en la cama junto a ella. No quería dormir sola, y no podía culparla por ello. —Esa bola tenía todas las respuestas —dijo—. Todo lo que quería saber. Nunca tenía que preguntarme nada. Ojalá aún la tuviera. Nos mantuvimos un rato en silencio. —Mañana te despertarás después de la operación y el doctor te dirá que todo ha ido perfecto —le dije convencida. Me quedó bien. Creíble. Gracias a Dios, la habitación estaba a oscuras y Alex no podía verme la cara. Porque entonces sabría lo que yo sabía: aunque la intervención fuera bien, su vida no volvería a ser igual. —Me gustaría que ya fuera mañana por la tarde —dijo Alex—. Quiero dejar todo esto atrás. —Sé que estás asustada. Ojalá pudiera hacer algo. En realidad, había hecho algo, pero Alex no lo sabía. Durante los últimos días, Alex había pasado muchas horas con Bradley, que debía de haberse tomado la semana libre, como yo. A veces iba a recogerla frente a la casa de mis padres, y en ocasiones mi hermana desaparecía cuando sonaba el teléfono. Yo sabía que él intentaba proteger mis sentimientos al no entrar en casa para que no lo viera con ella, pero no lograron engañarme. Me di cuenta de sus trucos. Eran los mismos que había utilizado yo para mantenerlos separados en el instituto. —¿Bradley? —dijo mi madre en una ocasión al contestar el teléfono—. ¿Qué tal estás? Bien, bien. Sí, está bien… Perdona, ¿has dicho Alex? Pasó el teléfono a Alex y me lanzó una mirada intrigada. Sé que mi madre siempre había albergado la secreta esperanza de que Bradley y yo acabáramos juntos. O no tan secreta, ya que una vez, en una pastelería, dijo en voz bien alta que los novios de plástico de un pastel de boda eran igualitos a Bradley y a mí. —No pasa nada —le dije. Miré a mi madre con total convicción—. Me alegro por ellos. En cualquier otro momento, aquello habría desatado un aluvión de preguntas. Pero mis padres aún estaban recuperándose de las noticias que les había dado Alex (el tumor, el compromiso roto), de modo que mi madre se limitó a asentir agotada, con resignación. Creo que ella no habría sido capaz de mantener una conversación tan intensa. Y sé que yo no habría podido. Cada vez que Alex se iba de casa, me entraba el arrebato de limpiarlo todo, de organizar las alacenas de la cocina, de ordenar los montones de papeles del despacho de mi padre en carpetas de colores. Y si mientras fregaba el baño derramaba unas cuantas lágrimas en la bañera que se llevaba el agua corriente, nadie podía verlo. Cuando Alex regresaba a casa después de estar con Bradley, volvía a lucir la mejor de mis sonrisas y el Visine lograba que mis ojos recuperaran un aspecto normal. Entonces hablaba un rato con Alex mientras analizaba su rostro, preguntándome si, al final, Bradley había decidido contárselo todo. Pero el momento que tanto temía

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nunca llegó, y con el tiempo me di cuenta de que nunca llegaría. Bradley quería mantenerlo en secreto, y ahorrarme el bochorno. De hecho, conociéndolo como lo conocía, no me sorprendía. Tan solo deseaba que aquello no hiciera que lo quisiera más. —Es raro —dijo Alex entonces. Se dio la vuelta en la cama y se puso de cara a mí—. No dejaba de decirme a mí misma que tenía que cambiarme las lentillas — dijo—. Pero creo que sabía que había algo más que eso. Lo que ocurría era que no quería enfrentarme a ello. —Seguramente tenías miedo —le dije—. Todos lo habríamos tenido. Permaneció un rato en silencio; entonces oí que empezaba a sollozar. —Aún tengo miedo —dijo con voz entrecortada—. Nunca había estado tan asustada. Van a abrirme el cerebro. ¿Y si ocurre algo? ¿Y si no me despierto? —Oh, Alex —dije, y le cogí una mano. Se la apreté con todas mis fuerzas. —No quiero que me mantengan con vida y quedarme como un vegetal —me espetó—. No dejes que me lo hagan, ¿vale? Tienes que encargarte de ello, Lindsey. Mamá y papá no podrían. Debes prometérmelo. —No sucederá —dije—. Te despertarás. Te lo prometo. —¿Y si no es así? Abrí la boca para tranquilizarla, pero el arrepentimiento y la tristeza se apoderaron de mí y me dejaron sin respiración. Desde que había regresado a casa, Alex había intentado que estrecháramos lazos (la invitación para comer, las llamadas de teléfono que no le había devuelto, la forma en que había llevado la conversación hacia mí aquella noche en el bar), pero yo la había apartado. Me decía a mí misma que no había cambiado, pero no era así. Era yo quien seguía siendo la misma de antes. Mis celos nos habían mantenido separadas. ¿Y si Alex no se despertaba? ¿Y si no tenía la oportunidad de conocer a mi hermana? —Alex, te prometo que todo saldrá bien —le dije. Quería creer en ello con tantas fuerzas que me suponía capaz de lograr que fuera así gracias tan solo a mi voluntad. —En cierto sentido, ese estúpido accidente me ha salvado —dijo Alex entre lágrimas—. ¿Y si hubiera esperado a tener problemas de vista más graves? ¿Y si hubiera sido demasiado tarde? —Creo que es normal negar este tipo de cosas. Yo lo habría hecho. —¿Tú? —preguntó Alex—. No, no. Tú te enfrentas a todo. Siempre lo has hecho. —Ahora que lo dices… —De repente caí en la cuenta de cómo podía distraer a Alex de sus miedos, si yo era capaz de reunir el valor. —¿Piensas hablarme de ese chico de Nueva York? —preguntó. Aún le temblaba la voz, pero había dejado de llorar. Cogió un pañuelo de papel de la mesita de noche y se sonó la nariz—. No has querido contármelo antes porque sabías que necesitaría una distracción la noche antes de la operación. Es un detalle por tu parte, Florence Nightingale.

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Tragué saliva. —Me despidieron. Aquellas dos palabras permanecieron flotando sobre nosotras con el descaro de un sol abrasador en una despejada tarde de verano. —Venga ya —dijo Alex, tras una pausa. —Te lo juro por Dios —repliqué. —¿Qué ocurrió? —preguntó Alex. —Que no me ascendieron y se me fue un poco la cabeza —le expliqué—. Hice ciertas cosas, monté unos cuantos líos, y todo el mundo creyó que era mejor que me fuera. —Te despidieron, a ti —dijo Alex. —Prefiero no hurgar en ello —sugerí. —Despedida —dijo Alex—. Tú. —Aunque si lo prefieres podemos seguir hurgando. —¿Qué sucedió?—preguntó. —Ya te lo he contado —respondí. —Vale, vale —dijo ella—. Es que… es algo… tan impropio de ti. —Sí —admití—. Eso he oído. —¡Un momento! —gritó. Se incorporó de golpe—. ¿Y todo eso que nos decías de que ibas a trabajar? ¿Toda esa búsqueda para abrir una nueva sucursal de la agencia? —Mentiras —dije—. Soy una mentirosa despedida. —Y también una poetisa —murmuró—. Es genial. —¿Me admiras por esto? —Dios mío, eres como la… la estatua del David de la mentira —dijo—. ¡Como mentirosa eres la perfección! —¿No sería más bien que soy como el Miguel Ángel de la mentira? — puntualicé—. Fue él quien creo al David. —O eso dijo él… —añadió Alex. Me reí. Me sorprendió lo bien que me sentía después de quitarme ese peso de encima. No había sido consciente de lo mucho que me habían afectado todas esas mentiras, como si tuviera un montón de anzuelos clavados en la piel. —¿Ha gritado alguien? —Mi padre abrió la puerta del dormitorio de golpe. —Lo siento —dijo Alex dócilmente—. Creía que había pisado un bicho. Pero solo era Lindsey. Mi padre asintió. —¿Necesitas algo, hija? —preguntó—. ¿Una taza de chocolate? —No, gracias, papá —respondió Alex. —Os quiero —dijo nuestro padre, y cerró de nuevo la puerta. —¿A qué demonios ha venido eso? —le pregunté. —Ha sido lo único que se me ha ocurrido —respondió Alex—. No soy la mentirosa de la familia. —Mira, aún no se lo he dicho a mamá y papá. Así que no se lo cuentes a nadie,

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¿vale? —«No se lo digas a Bradley», pensé. Ya debía de estar compadeciéndose lo suficiente de mí. —Lo mantendré en secreto. Seguramente será mejor que nos sigamos hablando de nuestros momentos con el doctor Phil —dijo Alex—. Hemos pasado muchas horas con él esta semana, ¿verdad? Pero al menos papá y mamá enseguida se recuperaron del trauma de la ruptura de mi compromiso en cuanto les hablé del tumor. Quizá podrías hacer algo parecido: «Mamá, papá, me han despedido. ¿Y sabéis qué? ¡Tengo herpes!». —Gran idea —dije. —Lo que nos lleva de nuevo a tu chico de Nueva York —dijo Alex. —¿Qué relación hay entre ambas cosas? —pregunté. —¿Cómo es? —preguntó. —Mira, no tengo a nadie en Nueva York —confesé. Pensé en aquella noche en que mi mirada se había cruzado con la de Matt, y en la sensación profunda y desconocida que me sobrevino, y en cómo huí de él. Qué curioso, ahora todo aquello me parecía muy lejano, como si hubiera sucedido en otra vida—. Tal vez podría haberlo habido —dije lentamente—, pero las cosas… se complicaron. —Creía que era ese tipo del trabajo —dijo Alex—. El del pelo rizado. ¿Recuerdas que lo conocí cuando me pasé por tu oficina? Matt. Sabía que yo tenía una hermana gemela, pero no supo cómo era su aspecto hasta que Alex vino a la oficina. Matt le dio la mano y se presentó, y después dejó de hacerle caso, me miró de nuevo y me recordó que le había prometido que me tomaría un café con él antes de partir hacia Europa al día siguiente por la tarde. No intentó prolongar la conversación con Alex. No la miró de reojo mientras se dirigía a su despacho por el pasillo. Se limitó a sonreírle y volvió a dedicarme a mí toda la atención. Había olvidado lo bien que me había hecho sentir aquello. —Somos amigos —dije—. Buenos amigos. —Aún no puedo creerme que te despidieran —dijo Alex. —Sigamos hurgando en ello. Me despidieron. Despedida, despedida, despedida. —La psicología inversa no funcionó conmigo cuando mamá me prohibió comer verdura —dijo Alex—. Y tenía dos años. —¿Hizo eso mamá? —pregunté—. ¿En serio? —Claro —respondió Alex—. Se sentó frente a mí a comer guisantes y zanahorias, y me dijo que no podía ni tocarlos. Así que cené pastel. Lo recuerdo porque eran las sobras de nuestro pastel de cumpleaños. Una tarta amarilla con un glaseado blanco y rosas de color rosa. —¿Acababas de cumplir dos años? —pregunté con incredulidad—. ¿Y recuerdas todo eso? —¿Podemos volver a las cuestiones más suculentas? Entonces ¿estás en paro? —Esa es otra historia —dije. —Tenemos toda la noche —dijo Alex—. Por suerte para ti. Le debía la verdad. Ella había hecho gala de una sinceridad brutal conmigo, y

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yo debía actuar del mismo modo con ella. —Vale —accedí—. Déjame que me aclare para saber por dónde tengo que empezar.

Al cabo de tres horas, la respiración de Alex era profunda y constante. Esa noche habíamos hablado, hablado de verdad, por primera vez desde hacía mucho tiempo. Tal vez, incluso, por primera vez en toda la vida. Me sorprendió la facilidad con que fluyeron las palabras entre ambas, sin interrupciones ni silencios incómodos. En la oscuridad de nuestro dormitorio, con el resto de la casa en silencio, nos sentimos casi como si fuéramos dos desconocidas arrebujadas en un tren, sincerándonos la una con la otra porque sabíamos que no íbamos a vernos de nuevo. Hablé a Alex de May y de mi nuevo trabajo, y ella me contó que Gary no era tan perfecto como parecía. Perdía los estribos por cuestiones estúpidas, como unas llaves extraviadas, y era un presumido que se había operado la nariz a los veinte años. «La cuestión es que creo que tenía una nariz más bonita antes», dijo Alex, y nos reímos. ¿Podría haber sido así nuestra relación, si hubiéramos sido dos personas distintas?, me pregunté. ¿Era eso lo que hacían las hermanas normales: quedarse despiertas hasta tarde, reírse, hablar y tramar planes? Al cabo de un rato, Alex se quedó dormida, pero yo permanecí despierta. Si estuviera con alguien que no fuera Bradley…, pensé. ¿Por qué tenía que ser precisamente él? Un pensamiento lúgubre y escurridizo empezó a hurgar en mi cerebro —«Pero ¿no es esa justamente la cuestión? Quizá Alex se siente atraída por Bradley porque sabe lo mucho que significa él para ti»—, pero logré deshacerme de él. Alex no había ido a buscar a Bradley; se habían quedado atrapados en un ascensor de pura casualidad. La sección de bodas de nuestro periódico estaba llena de historias de amor que habían empezado por una coincidencia: compañeros de asiento en un avión que descubrían que leían la misma novela; clientes de una tienda de comestibles que chocaban entre sí después de perseguir una lata de sopa que rodaba por el suelo; amigos de la infancia que se encontraban de forma inesperada en una conferencia al cabo de varias décadas. Sucedía muy a menudo. Simplemente nunca esperé que fuera a ocurrir con Alex y Bradley. Además, Alex desconocía mis sentimientos hacia Bradley, me recordé a mí misma. Para ella no se trataba de una competición. Aceptar todo aquello no hizo que desapareciera mi dolor, pero sí sirvió para atenuar mi ira. Alex y Bradley. Bradley y Alex. El mero hecho de imaginar sus nombres unidos me causaba un gran dolor. ¿Qué sucedería al verlos como pareja? ¿Sería capaz de volver a casa de Bradley y ver una fotografía de Alex en el lugar que antes ocupaba una mía? ¿Me ahogaría en Antonio’s mientras mis padres discutían, y Bradley y Alex, con una copa de vino en la mano, intercambiaban sonrisas cómplices? ¿Sería capaz de hacer un brindis en su boda y lograr que mis palabras resultaran convincentes para todo el mundo? Acabaría siendo más fácil, ¿verdad? ¿Dentro de unos cuantos meses, o décadas?

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¿Acaso no acabaría siendo más fácil? Me hice un ovillo y abracé una almohada contra el estómago con la esperanza de que absorbiera parte de mi dolor. Tenía la sensación de que todo el mundo tenía pareja. Incluso Matt tenía a Pammy ahora. Mientras los demás se emparejaban, yo me había pasado de los veinte a los treinta dejándome la piel por un trabajo que ya no tenía. Había cometido muchísimos errores. Jamás lograría recuperar ese tiempo, esas oportunidades perdidas. No era la única que se sentía así. Las palabras resonaban de forma clara y vivida, como si alguien hubiera entrado en mi dormitorio y las hubiera pronunciado en voz alta. A pocos kilómetros de distancia, vivía un viudo que se inventaba excusas para ir a la tienda a diario para poder hablar con alguien. ¿Hasta qué punto se sentía solo en su cama a las tres de la madrugada? ¿Y el hombre cuya prometida lo abandonó, y se vio obligado a explicar a una iglesia abarrotada por su familia y amigos que no se iba a celebrar la boda? Luego también estaba Jane, que había preparado un pastel de queso con chocolate blanco a su marido, y se había quedado sentada mirando la tarta mientras esperaba a que su esposo volviera a casa después de pasar la noche con otra mujer. La gente se hacía daño continuamente, de forma consciente e inconsciente. Algunos tomaban la decisión de seguir adelante, a pesar del dolor y la incertidumbre, y otros se atrincheraban tras los muros de su mundo y permanecían a salvo dentro de aquellos pequeños límites. Algunos intentaban hallar esperanza de nuevo, y otros… bueno, otros tomaban un avión a Hong Kong para pasar allí solo cuarenta ocho horas, y sustituían su vida social por cenas con clientes. ¿Era eso lo que había intentado decirme Matt? Alex sacó un brazo de debajo de la manta y murmuró algo. —No —gimoteó—. No. —Se puso a dar patadas y se destapó, como si intentara huir de algo. —No pasa nada —le susurré. Le froté la espalda hasta que dejó de moverse. Sus omóplatos eran delicados como alas al tacto. Volví a taparla para que no se enfriara. «Antes tenía pesadillas», recordé de pronto. ¿Por qué no lo había recordado con anterioridad? Cuando Alex tenía cuatro o cinco años, a menudo se metía en mi cama en mitad de la noche. Nunca me despertaba, pero por la mañana estaba muy calentita y me la encontraba hecha un ovillo, pegada a mi espalda, como una cría de koala. Miré los dedos largos y finos de Alex. Ese mismo día me había fijado en que aún tenía la marca del anillo de compromiso en el dedo, a pesar de que ya no lo llevaba. Unos días antes, acompañé a mi hermana a casa de Gary y llenamos tres maletas para traerlas a casa de nuestros padres. Mientras Alex revisaba los vaqueros, la ropa interior y el maquillaje, eché un vistazo a mi alrededor y me di cuenta de algo. Alex dejaba atrás a los decoradores de interiores que se inspiraban en la campiña francesa, el club de campo y las joyas que aparecían en el bolsillo de la pechera de la camisa de Gary sin ningún motivo en concreto, para irse con un fotógrafo de clase media con un corazón inmenso.

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Creía que conocía a mi hermana, pero no era así. Había sido una extraña para mí, tanto como yo para ella. No conocía a Alex, la persona con la que había pasado todo el tiempo durante los primeros años de nuestra vida. Aprendimos a gatear el mismo día. En la repisa de la chimenea, mi madre aún tenía una foto en la que aparecía yo con un plato de espaguetis en la cabeza, y Alex riendo en la trona de al lado. En mi álbum de bebé con cubierta rosa, mi madre escribió la primera palabra que pronuncié: el nombre de mi hermana. Allí mismo, en ese momento, tenía una segunda oportunidad para forjar una relación con mi hermana. Podía elegir la opción de seguir adelante y enfrentarme al dolor y a la pena. Podía albergar la esperanza de que llegaría a la otra orilla en lugar de ahogarme. Quizá Alex y yo nunca seríamos amigas íntimas, quizá siempre seríamos demasiado distintas para alcanzar ese tipo de relación, pero al menos podía darme una oportunidad. Dar una oportunidad a Alex. Cuando por fin me quedé dormida, tenía las mejillas húmedas, pero cogía a mi hermana de la mano.

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Capítulo 25 Se me hizo insoportable esperar en el hospital mientras el neurocirujano abría el cráneo a mi hermana y le cortaba el cerebro. Dejé a mis padres sentados juntos, encorvados en un sofá de la sala de espera, acompañados por Bradley. Habían envejecido diez años en una semana. Por una vez, mi padre no se quejó de que no hubiera chocolatinas con frutos secos y caramelo como las barritas Mars en la máquina expendedora, ni de que el aparcamiento cobrara por fracciones de una hora aunque solo dejaras el coche durante diez malditos minutos. Se limitaba a mirar al vacío, con sus hombros huesudos caídos. En cierto sentido esa imagen me entristeció más que cualquier otra cosa. Alex solo quería una cosa, algo que había dicho que la consolaría. Era una locura, pero en ese instante sentía la necesidad irrefrenable de ir a buscarla. No soportaba quedarme sentada ahí, mirando el reloj. Si me daba prisa, tendría tiempo de ir por ella y regresar al hospital antes de que se despertara. —Vuelvo enseguida —dije a mis padres, tras darles un fuerte abrazo—. Todo va a salir bien, ¿vale? He buscado información sobre el cirujano, ¿lo recordáis? Y es uno de los mejores. Fue como si no me hubieran oído. —Cuida de ellos —pedí a Bradley, que asintió con una mirada apagada y llena de preocupación—. Tengo que ir a buscar algo para Alex. Me dirigí corriendo hacia el ascensor y entré de un salto. Apreté el botón del aparcamiento con impaciencia, aunque sabía que eso no me permitiría llegar antes. Subí al coche de mis padres y puse rumbo hacia su casa sin apenas pisar el freno en las señales de «stop». Entré como una exhalación y tiré con fuerza de la escalera desplegable que conducía al desván. Tenía que estar ahí arriba; era el único lugar en el que se me ocurría mirar. Subí los peldaños entre crujidos y empecé a buscar en los montones de cajas que había almacenado mi madre, apartando zapatos de bebé, adornos navideños y las pilas de fotografías que nunca había llegado a poner en álbumes. Era imposible que mi madre la hubiera tirado; nunca tiraba nada. Encontraría la Bola 8 Mágica de Alex y buscaría a alguien que quitara la pequeña pirámide de respuestas del interior. Quería cambiarla por una nueva pirámide que solo contuviera respuestas buenas. Era una locura —¿dónde iba a encontrar a un técnico experto en Bolas 8 Mágicas?—, pero no podía refrenar mi arrebato. Tenía que hacer algo; iba a volverme loca si me quedaba sentada en la sala de espera, mirando cómo las manecillas del reloj avanzaban a regañadientes. El día en que dieron el diagnóstico a Alex, me pasé horas frente al ordenador.

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Investigué su enfermedad tan a fondo como pude. Lo que descubrí me dejó sin aliento. Primero, Alex iba a perder el pelo cuando el neurocirujano le afeitara el cráneo. Luego, uno de los efectos secundarios de los esteroides utilizados para reducir la inflamación del cerebro era que se le hincharía el cuerpo. Una mujer de una página web que encontré decía que engordó trece kilos en un mes por culpa de los esteroides. Si al final Alex necesitaba radiación, el tratamiento la dejaría sin fuerzas y tal vez le quedaría alguna calva cuando volviera a crecerle el pelo. ¿Cuántas veces había deseado que mi hermana se esfumara, que dejara de atraer miradas de admiración? Dentro de poco estaría irreconocible; despojada de su belleza. Dentro de una semana, mi hermana sería una persona totalmente distinta. No era culpa mía; por supuesto que no lo era. Pero el sentimiento de culpabilidad me consumía. «Era lo que querías», me susurraba una voz fría. «Se ha quedado con Bradley y querías que pagara por eso.» —No es verdad —dije en voz alta, luchando contra la vergüenza que amenazaba con engullirme—. Yo no quería esto. No hice caso de las lágrimas que me corrían por las mejillas y abrí otra caja; saqué antiguos boletines de notas, dibujos garabateados y el osito de peluche sonriente que nuestro padre ganó para nosotras un verano en Hersheypark. Alex y yo nos peleamos de tal manera para decidir quién se quedaba con el osito que papá tuvo que gastarse treinta dólares más para conseguir otro, recordé de repente. Entonces cogí una fotografía de los cuatro de vacaciones en Ocean City, cuando Alex y yo éramos bebés. Los pañales sobresalían por debajo de los bañadores, yo mordía una pala de plástico mientras Alex se chupaba el pulgar, y ambas entrecerrábamos los ojos por culpa del sol y parecíamos muy enfadadas. Dejé la foto a un lado; quería enmarcarla más adelante. De repente la encontré, en una caja de zapatos, junto con algunos papeles antiguos y amarillentos. Cogí la Bola 8 Mágica y un sobre que tenía pegado en un lado con una sustancia pegajosa inidentificable. Llevaría la Bola 8 Mágica al hospital, decidí mientras arrancaba el sobre. Lo miré de forma automática. Era de tamaño normal, de unos veinte centímetros de ancho, y llevaba un sello oficial del condado. Me quedé quieta, mirando el sobre que tenía en las manos. Lo normal habría sido volver a guardar el sobre en la caja de zapatos e irme corriendo al hospital, donde, en ese preciso instante, la mano enguantada del cirujano estaba a punto de realizar una incisión en el cráneo rapado de Alex, el anestesista controlaba su respiración continua y profunda, y las máquinas emitían sus pitidos mientras las enfermeras permanecían junto a bandejas llenas de instrumentos de aspecto salvaje. Eso habría sido lo normal. Entonces ¿por qué no lo hice? ¿Por qué abrí el sobre? ¿Qué me impulsó a echar un vistazo en el interior mientras el ojo turbio de la Bola 8 Mágica me miraba? Ciertas palabras destacaron mientras leía la primera página en diagonal: «…

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resultados oficiales… Stanford-Benet… coeficiente intelectual…». Dios mío, eran los resultados de las pruebas de CI que Alex y yo habíamos hecho en cuarto. Miré la puntuación de Alex; entonces pasé la página para ver la mía. La leí, parpadeé varias veces y volví a leerla de nuevo. La habitación empezó a darme vueltas, cada vez más rápido, mientras miraba los papeles que tenía en las manos. ¿Cómo era posible? Tenía que haber un error, algún fallo en el sistema. Comprobé de nuevo los nombres de la parte superior de las páginas, pero no había cambiado nada. Alex y yo teníamos números distintos de la Seguridad Social, y maestros distintos de cuarto. Toda la información era correcta, y las puntuaciones también tenían que serlo. ¿Cómo era posible? Yo era inteligente, pero poseía una inteligencia del montón, corriente y moliente. La típica chica lista, la que hay en todas las aulas del país. Sin embargo, Alex era un genio.

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CUARTA PARTE

En la piel del otro

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Capítulo 26 En nuestra antigua escuela de primaria había dos niños con la cara llena de pecas, unos ojos redondos y azules y unos rizos que parecían muelles. Se llamaban Johnny y Tommy, y eran gemelos idénticos, los únicos de toda la escuela. Eran tan monos que podrían haber salido en un anuncio de cereales de desayuno, o ser los monaguillos más angelicales del mundo. Sin embargo, en su caso, las apariencias eran algo mucho más que engañoso; las apariencias eran como unos charlatanes de mirada furtiva que pretendían venderte aceite de serpiente, te robaban el dinero y se largaban a la siguiente ciudad en mitad de la noche, antes de que te despertaras y te dieras cuenta de que te habían embaucado. Porque Tommy y Johnny, con sus rostros angelicales, eran unos auténticos demonios. Tommy, aunque podría haber sido Johnny, se inclinó en una ocasión sobre su pupitre con un par de tijeras en la mano y cortó la cola larga y brillante a la chica que estaba sentada frente a él. Johnny, o quizá Tommy, entró en la escuela con una culebra de jardín escondida bajo la camiseta, y la soltó en la sala de profesores antes de cerrar la puerta y sujetarla con todas las fuerzas de un niño de diez años. Ataban sábanas juntos y bajaban en rappel por el lateral de su casa (una pierna rota, Johnny); sobornaban a las niñas del barrio para que les enseñaran sus partes íntimas (dos victorias; dos padres apopléjicos); robaron el megáfono a un socorrista, se situaron tras unos adultos desprevenidos y gritaron: «¡Fuego!» (una persona estuvo al borde del infarto; la anciana señora Mullens). Acababan una y otra vez en el despacho del director, adonde acudía su madre a toda prisa, con un bebé en una cadera y seguida de un mocoso, repartiendo disculpas como quien reparte confeti, mientras se llevaba a uno de los gemelos o a ambos a rastras a casa. Sin embargo, nadie estaba nunca del todo seguro de que hubiera castigado al niño correcto. Porque a Tommy y a Johnny también les gustaba intercambiar identidades. —¡Tommy! —bramaba nuestro profesor después de que uno de los gemelos hubiera recitado el alfabeto con eructos en el comedor. El niño, fuera quien fuese, respondía siempre: —¡No he sido yo! ¡Soy Johnny! —¡No lo es! —exclamaba una voz indignada—. ¡Johnny soy yo! ¿Qué debía de sentir una al meterse en la piel de otra persona de ese modo?, me pregunté en una ocasión mientras observaba cómo los hermanos se cambiaban las chaquetas, entre risas, antes de dirigirse a casa. ¿Qué debía de sentirse al mudar tu

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propia identidad y probar la de otra persona? ¿Era como enfundarse unas medias tres tallas más pequeñas o una sensación deliciosamente liberadora? ¿En quién me convertiría si pudiera elegir a quien quisiera?, me pregunté mientras llenaba la mochila con libretas de matemáticas rebosantes de talento y con trabajos de lectura de grandes libros, y mientras Alex revoloteaba en los pasillos, seguida por un grupo de chicas como si fuera su séquito de damas de honor. ¿Me convertiría en presidenta? ¿En princesa? ¿En una superheroína con poderes para volar y ver a través de las paredes? ¿Si fuera posible cualquier cosa, a quién elegiría?

¿Quién era yo? Me quedé mirando los papeles que tenía en las manos mientras las palabras impresas en ellos dejaban de dar vueltas y volvían a posarse lentamente en las páginas. Toda mi vida era un error. No debería haber llegado a ser semifinalista del concurso nacional de méritos académicos, ni colarme en la lista de estudiantes con mejor expediente académico en la universidad, ni ganar una beca para un curso de posgrado. Era Alex quien debería haber conseguido todo eso. La concepción que tenía de mí misma se vino abajo. Mi propia identidad estaba equivocada, de la cabeza a los pies. No era la hermana lista. Nunca lo había sido. Y Alex conservaba algunos recuerdos excepcionalmente tempranos de nuestra infancia. La mayoría de los genios los tenían; lo había estudiado en una asignatura de psicología en la universidad. Me pasé una mano por la cara. ¿Qué otras pistas había pasado por alto porque no encajaban con lo que creía que sabía? El enigma de La ruleta de la fortuna. Lo había resuelto sin que se mostraran apenas letras. Yo había hecho una broma sobre ello y luego había estirado la mano por delante de Alex para coger la carta sobre la tasación de la casa que me había guardado mi madre e intentar descifrarla. Nuestra madre había pedido ayuda a la hermana equivocada. Alex era la lista. Yo apenas era capaz de asimilar la idea. ¿Cómo podía haber permanecido enterrada durante tanto tiempo una verdad como esa? ¿Cómo podía sentirme de repente como una desconocida en mi propia piel? Levanté la mano para masajearme la frente de nuevo y eché un vistazo al reloj, que me trasladó de vuelta al presente. Tenía que irme de inmediato; tenía que regresar al hospital antes de que Alex se despertara. Lancé las pruebas de CI al suelo y bajé corriendo la escalera. Dejé el desván sumido en el caos, con papeles tirados por todas partes, cajas medio vacías volcadas y la Bola 8 Mágica en el centro de todo. No era típico de mí ese desorden, pero, claro, tampoco estaba muy segura ya de quién era yo.

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Al cabo de unas horas, Alex abrió lentamente los ojos. —Eh —susurré mientras le daba unas palmaditas suaves en el hombro, con cuidado de no tocar los tubos que entraban y salían de su cuerpo. Estaba en la UCI, un lugar desprovisto de color. Todo era de un blanco crudo: las paredes, el suelo de azulejos brillantes, los zapatos con suela de goma de las enfermeras. Todo el mundo susurraba para no molestar a los pacientes, arropados en habitaciones privadas y rodeados de máquinas de aspecto futurista. Las máquinas cumplían con su cometido de un modo eficiente, inyectando fluidos en las venas de Alex, mostrando los gráficos de ECG y controlando sus constantes vitales con unos pitidos regulares. La habitación de Alex olía a lejía, a vinagre y a algo más, algo mohoso, desconocido e inquietante. Alex me miró como si no me reconociera. Tuve que concentrarme para no hacer lo mismo que ella. —Estás en el Hospital Georgetown —le susurré—. La operación ha ido bien. El tumor no era maligno, Alex. No era maligno. Esbozó una pequeña sonrisa. Su cara, antes delicada, estaba hinchada, y tenía la cabeza envuelta con un vendaje gigante. Bajo él, lo sabía, había un cráneo reluciente y brillante con una incisión de aspecto feo en el lugar en que antes tenía la línea de nacimiento del pelo. Un tubo reptaba por su nariz, y varios más desaparecían bajo las sábanas. —¿Cariño? —Nuestra madre se acercó también y le cogió la mano—. Estamos aquí. Puedes volver a dormir si lo necesitas. —Te cuidaremos —le prometió nuestro padre mientras le cogía la otra mano. Las lágrimas empezaron a asomar a mis ojos al ver a mis padres montando guardia. A pesar de sus gafas bifocales, de su artrosis y su medicación para el colesterol, iban a proteger a Alex con una ferocidad que ahuyentaría a todo aquel que intentara hacerle algo. Salí al pasillo, donde esperaba Bradley. Resultaba casi imposible creer que menos de una semana antes yo me moría de ganas de que llegara la hora de mi cita con él. Todo había cambiado; era como si viviéramos en un mundo distinto. Ya no me sentía cómoda a su lado. Sabía que no estaba pensando en mí… En mí sollozando en la azotea mientras él intentaba decirme, con toda la dulzura, que ya no me quería. Lo único en lo que Bradley pensaba era en Alex. —Se ha despertado —le informé. Observé cómo la sensación de alivio teñía su mirada y borraba la arruga de su entrecejo—. Creo que va a dormirse otra vez, pero las enfermeras la despertarán cada hora para asegurarse de que se está recuperando. —Gracias a Dios —dijo Bradley—. ¿No tiene dolores? —No —respondí—. Y le han puesto un gotero de morfina, así que podrá controlarlo si tiene alguna molestia. La enfermera nos ha dicho que podrás verla dentro de unas horas. Ahora solo dejan entrar a la familia, pero cuando esté estabilizada te dejarán pasar. Sé que querrá verte. Bradley asintió.

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—Gracias. —Por un instante buscó mi mirada—. ¿Estás bien? —Estoy bien —respondí—. Ahora mismo es Alex quien importa. Bradley respiró hondo y lanzó un largo y sonoro suspiro. Sabía que su pregunta estaba cargada de significado, y le di la respuesta que quería. No íbamos a hablar de nosotros, o de la no existencia de un «nosotros», en ese momento. Esa conversación podía esperar. —Si está dormida, creo que iré a tomar un café —decidió Bradley—. ¿Te traigo uno? —No, gracias —respondí. Me sonrió y se dirigió hacia el ascensor. —¿Bradley? Se volvió, con el dedo sobre el botón, y enarcó las cejas de manera inquisitiva. ¿Cómo podía decirlo? —Creo que la recuperación podría ser más dura de lo que espera Alex. Solo quiero… que esté preparada. —Es bastante fuerte —dijo Bradley. —Me refiero al punto de vista físico —dije—. Los esteroides tienen efectos secundarios. —Lo superaremos —respondió simplemente—. Ocurra lo que ocurra. Me di cuenta de que la amaba. Era tan sencillo como eso. Bien podría haberlo gritado para que las palabras resonaran en las paredes del largo pasillo: la amaba y quería estar a su lado. Acababa de pronunciar los votos: estaría con ella en la salud y la enfermedad, en los buenos y los malos tiempos. Y, por un instante, desaparecieron el dolor y la confusión y solo sentí una alegría indescriptible. Bradley cuidaría de Alex. Le daba igual que fueran la viva imagen de la pareja perfecta o no, que todo el mundo diera un paso atrás para admirarlos. Porque Bradley siempre había hallado la belleza en lo inexplicable.

Esa noche salí del hospital alrededor de las siete para llevar a mis padres a casa. Por entonces, Alex ya estaba consciente e incluso respondía a preguntas. Mamá y papá querían quedarse, pero entre todos los convencimos de que sería mejor que comieran algo caliente y descansaran tranquilos en casa antes de regresar al día siguiente. Creo que el único motivo por el que se dejaron convencer fue porque Bradley iba a quedarse toda la noche con Alex. Se negó a separarse de ella. Cuando me fui, la silla de Bradley estaba pegada a la cama de Alex, y él se encontraba inclinado sobre ella para hablarle en voz baja, a pesar de que tenía los ojos cerrados y parecía estar dormida. Cerré la puerta con cuidado al salir y fui a buscar el coche para recoger a mis padres. Decidí que pararía en Antonio’s a comprar la cena y abriría una botella de merlot. Mis padres se irían pronto a dormir, ya que la combinación del vino y el estrés que habían sufrido durante todo el día haría que les entrara sueño. Necesitaban descansar. Entonces yo subiría la escalera destartalada que llevaba al desván, a mi pasado,

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para hurgar en las cajas de antiguos boletines de notas, papeles del colegio y exámenes estandarizados que mi madre nunca había tirado. Para reconstruir la historia de mi vida, y la de Alex.

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Capítulo 27 Antes me encantaba dibujar. ¿Cómo se me podía haber olvidado? Amontonadas en una pila junto a mí se encontraban las pruebas irrefutables: docenas —no, cientos— de mis dibujos a lápiz de hadas con alas y caballos y flores, garabateados en los márgenes de mis libros de infancia y en las páginas de mis carpetas de tres anillas. Algunos no estaban mal, sobre todo para ser de una niña de cinco años. ¿Por qué había dejado de dibujar?, me pregunté mientras abría otra caja, lanzando al aire mohoso décadas de polvo acumulado. «Lindsey es una pequeña soñadora feliz», había escrito mi maestra del jardín de infancia con una letra grande y cursiva en el informe de evaluación de mitad de curso. «¡A veces no presta atención en clase porque lo que sucede en su propia mente le resulta mucho más interesante!» Dejé ese informe de evaluación sobre mi pila con gran cuidado. Al lado estaba la pila de Alex, con sus antiguas libretas de anillas, deberes y boletines de notas. «¡Una imaginación asombrosa!», había escrito una maestra entusiasta en una de sus historias. «¡Un gran trabajo!», proclamaba la tinta roja descolorida en otro examen de ortografía perfecto. «Posee una habilidad lectora y para las matemáticas superior a su edad», la elogiaba la maestra de parvulario. Hurgué en las cajas durante horas, como un detective que busca pistas en el caso de una persona desaparecida. Cuando el cielo empezaba a clarear, tenía las puntas de los dedos negras de tanto tocar tinta antigua, y mis dos pilas eran tan altas como cojines de sofá. Cualquier duda que me hubiera podido quedar sobre la posibilidad de que se hubiesen intercambiado los resultados de las pruebas de CI se esfumó. Alex era la lista. Siempre lo había sido. Entonces ¿por qué había sacado yo una media de sobresaliente en el instituto y ella siempre se había mantenido en el notable? ¿Por qué había ido yo a una de las mejores universidades antes de emprender una carrera fulgurante en Nueva York, mientras que Alex había perdido el tiempo matriculándose en facultades de segunda y nunca logró licenciarse? Mientras sacaba una fotografía de la clase de tercero de Alex, me di cuenta de que el cambio debía de haber tenido lugar de forma gradual. Me incliné hacia delante, sin hacer caso del crujido que hizo mi cuello por haber permanecido encorvada durante mucho tiempo. En la foto, Alex se encontraba en el centro de la primera fila. Los demás niños eran monos (había un niño que llevaba una pajarita torcida y una niña radiante con un vestido de rayas rojas y blancas), pero no cabía la

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menor duda sobre quién era la estrella. Si el fotógrafo la había puesto en el lugar más destacado era por algo. Alex empezaba a recibir recompensas por su aspecto. A medida que pasó el tiempo, el mensaje debió de ir calando cada vez más hondo. Si oyeras a menudo que tu belleza era lo que te hacía especial, ¿acabarían esas palabras por dominar el resto de tus dones naturales? ¿Serían esos halagos constantes como un torrente de agua mansa e implacable que poco a poco va imponiendo su voluntad sobre las rocas del lecho, moldeándolas y puliéndolas para darles la forma deseada? Desenterré una fotografía de Alex en la fiesta de cumpleaños de un amigo. Se trataba de una fiesta hawaiana y las chicas llevaban collares de flores y falditas de paja. Incluso en esa fotografía se podía ver claramente cómo los chicos miraban a Alex mientras balanceaba las caderas imitando la danza hawaiana. ¿Cuántos años debía de tener? ¿Trece, quizá? Ya entonces el grupo de amigos de Alex estaba compuesto por los mejores atletas, las animadoras más guapas, la flor y nata genética de la cosecha de nuestra escuela. Todos cumplían a rajatabla el dicho adolescente que se había transmitido a través del tiempo, aquel que afirmaba que no era guay ser inteligente. Los chicos guay llamaban «Screeches»1 a los del grupo de debate, les hacían la zancadilla en los pasillos y se reían de ellos cuando se les rompían las gafas. Quedaban las noches de los fines de semana para beber una caja de cervezas comprada por alguien lo bastante guay para tener un carnet de identidad falso. Iban al centro comercial después de clase y pasaban el rato en manada, evaluando los puntos fuertes y débiles de cada uno como depredadores hambrientos. Alex era la reina indiscutible del grupo, y reinaba sobre los demás con sus pómulos altos, sus ojos azul verdoso y su piel inmaculada. ¿Había llegado a estudiar Alex durante el instituto? Arrugué el entrecejo, intentando recordarlo. No pasábamos mucho tiempo juntas, pero estaba casi segura de que solo abría los libros la noche antes de un examen. Salía adelante gracias a su inteligencia natural, acumulando notables sin realizar ningún esfuerzo verdadero. Mientras tanto, yo vivía enclaustrada en la biblioteca, estudiando a conciencia los libros de texto hasta que notaba que iba a estallarme la cabeza, acumulando conocimiento en silencio y perfeccionando mi latín. Habría hecho lo que no está escrito para lograr una media de diez. Para que se fijaran en mí. Para destacar al margen de Alex. Y mientras lo hacía, me fui modelando a mí misma con el mismo empeño que un torrente de agua. Miré de nuevo los resultados de las pruebas de CI. ¿Se habían limitado mis padres a tirarlas y olvidarse de ellas? Tal vez nunca las habían leído con mucho detenimiento. Era posible. O… —cerré los ojos con fuerza cuando el pensamiento me vino a la cabeza— ¿cabía la posibilidad de que mis padres hubieran mantenido los resultados en secreto

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Se refiere a Screech, el personaje de la serie de televisión Salvados por la campana. (N. de los T.)

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a propósito porque sabían que yo tenía que creer desesperadamente que era la hermana inteligente? Tal vez mis padres me conocían mejor de lo que yo creía. Durante todos esos años me había enorgullecido de ser la que cuidaba de mis padres. ¿Cómo era posible que me hubieran estado protegiendo en secreto todo ese tiempo? Me senté con la espalda derecha y me froté los ojos cansados. El polvo que tenía en los dedos me hizo cosquillas en la nariz y estornudé. Llevaba tanto rato ahí arriba que no sabía si era de noche o de día. Me pregunté si Alex sabía lo inteligente que era. Durante toda su vida solo se había preocupado por su aspecto. Su belleza le había permitido ganarse la vida. Era lo que la definía. Lo que la distinguía de las demás. Hasta ahora. Entonces recordé que Alex estaba en una cama de hospital, con la cara hinchada y sin pelo. Hoy había perdido algo. Ambas lo habíamos perdido. De repente se apoderó de mí el agotamiento, acompañado de una sensación de confusión y aturdimiento. Tiré del cordel de la luz del desván, y este quedó sumido en la oscuridad. Bajé por la escalera, la levanté para guardarla en el techo y me dirigí a mi dormitorio a trompicones. Me quité los zapatos y me metí en la cama sin molestarme en taparme con las sábanas, y al cabo de unos segundos dormía profundamente.

—¡Solo digo que las patillas tienen un color distinto! —gritaba mi padre cuando me desperté. Ah, justo a tiempo. Era el debate de las nueve en punto sobre si el presentador de las mañanas, Regis Philbin, se teñía el pelo. Más fiable que cualquier despertador. No tardarían en pasar a tratar el tema de la excesiva delgadez de Kelly, y, a partir de ahí, ninguna de las mujeres del programa de la ABC The View se salvaría de la quema. Una permanente realizada con precipitación, un plano fugaz de un escote más atrevido de lo habitual, un tono de pintalabios naranja discordante; todo se extraería, analizaría y diseccionaría con una minuciosidad reservada habitualmente para las tripas de las ranas de laboratorio. —Hola, cielo —dijo mi madre mientras yo entraba en la cocina e iba directa hacia la cafetera, atraída por su fuerte aroma a tierra—. Bradley ha llamado hace una hora. Ha dicho que Alex ha pasado una buena noche. —Deja que me dé una ducha rápida y nos vamos a verla —dije mientras engullía el café. Me apoyé en la encimera con el deseo de que decidiera seguirme durante todo el día para ayudarme a mantenerme derecha. —Alguien debería llevar a esa chica a un bufet libre —dijo mi padre mientras veía a Kelly bailando salsa con el último ganador de Dancing with the Stars. Todo regresaba a la normalidad, salvo por el hecho de que nada volvería a ser normal de nuevo. Me di una ducha rápida y me estaba secando el pelo con la toalla cuando oí

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sonar el teléfono. Al cabo de un momento, mi madre irrumpió en el baño sin llamar. Estaba a punto de gritar «¡quiero intimidad!», cuando vi sus ojos asustados y desorbitados. —Ha llamado Bradley —dijo—. Algo va mal.

Oí llorar a Alex mientras avanzaba por el pasillo. Bradley estaba fuera, junto a la puerta; llevaba la misma ropa que el día anterior, aunque solo conservaba uno de los faldones de su camisa de cuadros remetido en el pantalón; el otro colgaba por fuera. Tenía el pelo más alborotado de lo habitual, y el rostro demacrado y cansado. —No quiere verme —dijo con expresión de asombro—. No quiere que entre nadie. —¿Qué ha pasado? —pregunté. —Me ha pedido que le diera su bolso y ha sacado un espejo —dijo Bradley. Se quitó las gafas y se frotó las pequeñas marcas que le habían dejado en el puente de la nariz—. Dudé un instante. Pero ¿qué podía hacer? Claro que tiene un aspecto distinto. Le han hecho una operación cerebral, por el amor de Dios. Pero ha roto a llorar. —¿Se ha visto? —preguntó mi madre mientras nos alcanzaba. Bradley asintió y se puso las gafas de nuevo. —La cuestión es que se está recuperando muy bien. El doctor no podía creer que estuviera tan despierta esta mañana, y su visión periférica ya ha mejorado. Por eso la han sacado de cuidados intensivos. Está mucho mejor de lo que nadie esperaba. He intentado hablar con ella para decírselo, pero cuando oye mi voz se pone más histérica. —Voy a entrar —dijo mi madre. La agarré del brazo para detenerla. —¿Me dejas intentarlo? —pregunté, y ella asintió y retrocedió. Llamé a la puerta y la abrí un poco. —¿Alex? Soy yo. Alex estaba en una habitación nueva, llena de flores, algo que no estaba permitido en cuidados intensivos. Cestos de mimbre con narcisos amarillos y ramos de tulipanes y rosas de aroma embriagador ocupaban toda la superficie visible. Y en medio de todo ello estaba Alex, hecha un ovillo y entubada por todas partes. Parecía tan enferma y triste que se me partió el corazón. —Eh —dije. Intenté que mi rostro no delatara sorpresa. Alex era como una desconocida. Su piel estaba llena de manchas, y los brazos cubiertos de moratones inflamados debido a todas las agujas que le habían clavado. Tenía los ojos rojos, y los pómulos, sus preciosos pómulos, habían desaparecido bajo la carne hinchada. Me senté en la silla que había junto su cama, en la que había dormido Bradley. Alex permanecía quieta mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. —Sé que estás disgustada —empecé, como una estúpida. Dios, menuda

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perogrullada acababa de soltar. ¿Por qué no podía ser una de esas personas que siempre saben qué decir? Lo intenté de nuevo. —Alex, la hinchazón desaparecerá. Solo es temporal. Y el pelo volverá a crecer. Fue como si no me oyera. —Estoy muy fea —dijo, con voz áspera y gutural. Debía de tener las cuerdas vocales inflamadas de tanto llorar. —Te han sometido a una operación de cerebro —dije con dulzura. ¿Acaso era posible que Alex hubiera desdeñado todo pensamiento sobre el aspecto que tendría tras la intervención, del mismo modo en que había negado que algo iba mal cuando empezó a sufrir dolores de cabeza y a tener visión borrosa? —Tardarás un tiempo en recuperarte —dije. Todo estaba saliendo mal; parecía que fuera el doctor Grayson, intentando pasar por alto la gravedad de la situación con palabras inocuas y afables. —¿Cuánto? —preguntó. —Un poco —respondí sin más. Alex me miró fijamente. —Sé que has buscado información sobre todo —dijo—. Eso es lo que haces siempre. Así que dímelo. ¿Cuánto tardaré? Quizá debería haberle mentido, pero supongo que pensé que eso no haría más que empeorar la situación. Alex se habría dado cuenta de que le estaba mintiendo; nunca se le pasaba nada por alto. Cuando era pequeña, mi madre ya se quejaba de que siempre se daba cuenta cuando intentaba engañarla para que se fuera pronto a la cama, o cuando tenía la intención de llevarla al dentista para que le quitara una caries. «Otra pista de la que no hicimos caso», pensé. «Otra señal que se nos pasó por alto.» Alex esperaba mi respuesta. Si me cogía en un renuncio, perdería su confianza y todo lo demás. —Tendrás la cara hinchada durante un tiempo —dije—. Es por culpa de los esteroides. —Cerró los ojos—. Pero solo tendrás que tomarlos durante unos meses — me apresuré a añadir. —Unos meses —repitió—. ¿Cuántos? —Dos —respondí—. Quizá menos. —«Quizá más», pensé, «si necesitas radioterapia.» Alex abrió de nuevo sus ojos enrojecidos. —Acabo de empezar a tomar los esteroides —dijo lentamente. Sabía lo que iba a decir a continuación, pero me sentí impotente para eludir la pregunta—. Esto va a empeorar, ¿verdad? —preguntó, casi con naturalidad. Esta vez yo tenía la intención de decirle una mentira y rezar para que no me pillara, pero no pude hacerlo. Su mente rápida se había adelantado a la inevitable conclusión; todas las barreras protectoras que había levantado su cerebro antes de la operación se estaban derrumbando.

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—Es temporal —dije con un hilo de voz. Alex miró a su alrededor, y seguí su mirada. Vi unos cuantos globos en un rincón, de los que colgaba una etiqueta con el logotipo de la NBC. —¿Crees que me dejarán salir en antena con este aspecto? —preguntó—. ¿Crees que me contratará alguien para una sesión fotográfica? ¿Crees que voy a poder hacer de modelo de trajes de baño si parezco un puto defensa de fútbol americano? —Es temporal —insistí, con la esperanza de que se me ocurriera algo que decir, lo que fuera. —No durará solo dos meses —dijo Alex—. Luego tardaré una eternidad en adelgazar. Y no volverá a crecerme el pelo hasta dentro de dos años. Se volvió hacia mí y vi que algo había cambiado en su rostro. Por primera vez, parecía que me veía. —Fíjate en ti —dijo con una voz áspera y desconocida. La sorpresa parecía abrirse paso en su desgracia; sorpresa y algo más. No había pensado en ello; me había limitado a ponerme lo primero que había encontrado en el armario después de la llamada de Bradley. Entonces miré mis vaqueros nuevos, las botas y la blusa ceñida. No podía verme el pelo, pero lo llevaba mucho más largo de lo habitual, y sabía que debía de haberse secado en el coche y que lucía un ondulado natural. —Estás… guapa —dijo Alex. Intentó sonreír, pero le tembló el labio inferior y las lágrimas le corrieron por las mejillas. Sabía cómo se sentía. Vaya si lo sabía; me estremecí al pensarlo. Alex estaba celosa de mí. De mi aspecto. En el transcurso de un día, Alex y yo habíamos intercambiado identidades, como aquellos dos chicos de nuestro antiguo colegio de primaria. Pero no íbamos a poder cambiarnos la chaqueta o las mochilas para volver a ser nosotras mismas. Nada iba a ser tan sencillo, nunca más. —Alex, yo… —empecé a decir, pero no sabía cómo continuar. ¿Qué podía decir? ¿Quizá: «He pasado por lo mismo»? ¿«Sé lo que se siente cuando estás tan celosa de lo guapa que es tu hermana que apenas puedes respirar»? ¿«Pero, tranquila, te acostumbrarás a ello… aunque nunca llegarás a superarlo del todo»? —Estoy cansada —dijo Alex, y cerró los ojos de nuevo. Pero en esta ocasión no volvió a abrirlos. —Mamá y papá quieren entrar —dije. —Luego. —Bradley también quiere verte. —No —replicó Alex. Y por la forma en que lo dijo, por lo tajante de su tono, fue como si hubiera cerrado una puerta y hubiera pasado el pestillo. Dejé la puerta entreabierta al salir de la habitación, con la sensación de que lo había empeorado todo. Cuando Bradley se dirigió hacia mí, me limité a negar con la cabeza. Se quedó cabizbajo y se detuvo. —¿Cómo está?—preguntó mi madre. —Tardará un poco en asimilarlo —dije, y logré esbozar una sonrisa tranquilizadora—. Ha sido un impacto muy fuerte para ella. Aún tiene la cara

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bastante hinchada. —Quizá deberíamos comprarle algo en la tienda de regalos —propuso mi padre. Tenía la frente surcada de arrugas, y supe que se sentía muy impotente—. ¿Crees que le apetecerá una caja de bombones? —Suena bien —dije, y le di una palmadita en el brazo—. Dejemos que descanse un rato, y luego podréis entrar mamá y tú. —¿Y yo? ¿Puedo entrar ahora? —preguntó Bradley en voz baja, mientras mis padres se dirigían al ascensor. Negué con la cabeza. —¿Es que no lo sabe? —preguntó con voz angustiada—. ¡Me da igual el aspecto que tenga! Era la verdad, y todo el asunto se había teñido de una ironía casi insoportable. Mi hermana, la chica más guapa a la que había conocido jamás, se había enamorado del único chico del mundo al que no le importaba su belleza. Y ahora que ella había perdido su belleza, repudiaba al único chico del mundo que aún la encontraba guapa. —Dale tiempo —le dije a Bradley, repitiendo esas palabras vagas e inútiles que había utilizado para intentar consolar a mis padres. Dios, ¿cómo era posible que el mundo se hubiera complicado tanto que yo me hallaba consolando al chico que me había partido el corazón? ¿Cómo era posible que le estuviera aconsejando sobre su relación con mi hermana gemela? —Tan solo necesita un poco de tiempo —repetí, porque no sabía qué más decir.

Sin embargo, el tiempo no hizo más que empeorar las cosas. Los días se convirtieron en semanas, Alex recibió el alta y se trasladó a su antigua habitación, después de que mi padre y yo sacáramos su escritorio, sus archivos y sus libros a toda prisa. Mi madre fue a Macy’s el día antes de que Alex volviera a casa y le compró un edredón nuevo, uno muy bonito decorado con ramitos de lavanda, y una lámpara para la mesita de noche. Quité las manchas de las paredes y esparcí bicarbonato fresco por la moqueta, antes de pasar la aspiradora. Me aseguré de que hubiera una buena selección de libros en la mesita de noche y puse también una jarra bonita y un vaso para el agua helada. Pero Alex no pareció darse cuenta de los cambios. Se limitó a meterse en la cama con la mirada perdida en el vacío. Cuando yo me iba por la mañana a trabajar, Alex seguía en cama. Cuando regresaba al atardecer, solo se había atrevido a bajar al jardín trasero, con un libro y un sombrero de ala ancha. Tan solo salía de casa para dar largos paseos sin rumbo en coche, y lo hizo cuando el doctor le dio permiso. Sin embargo, únicamente salía de noche, cuando podía ocultarse en las sombras. —Tantos años de hacer régimen… —dijo una noche, mirando la bandeja que le subí a la habitación porque no había querido bajar a cenar. Cogió el tenedor y jugueteó con la patata asada que le había puesto junto a una pechuga de pollo a la plancha y unos panecillos de mantequilla—. He pasado hambre durante diez años —

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dijo. Cogió un buen trozo de patata y se lo tragó, pero no pareció entusiasmarle el sabor—. Me inventé un juego. Si me portaba muy bien, si no me pasaba de las mil trescientas calorías al día, podía comer cuatro bocados de postre una vez a la semana. Era capaz de lograr que una cucharada de pastel me durara cinco minutos. — Empezó a comerse el resto de la patata metódicamente—. Cuatro putos bocados —la oí susurrar. —Parece que sufre una depresión clínica —dijo Matt una noche, cuando lo llamé. —Quizá —respondí, en voz baja para que no me oyera Alex, por si acaso había salido de su habitación—. Pero ¿no es normal que esté deprimida después de todo lo que ha pasado? —Claro —dijo, con una voz dulce y tranquilizadora. Sentí que me envolvía con ella como si fuera una manta suave mientras me tumbaba en la cama y apretaba el auricular del teléfono contra el oído—. Debe de estar aterrorizada —prosiguió Matt—. Ha visto la muerte de cerca, y debe de sentir que lo ha perdido todo. Su carrera, su belleza, su novio. —Entonces ¿qué hago? —susurré. —Supongo que solo puedes estar a su lado —dijo Matt—. Y si no mejora, intenta que vaya a ver a alguien. Quizá necesite medicación. —Dudo que quiera salir de casa para ir a ver a un loquero —repuse. —¿Tan grave es? —preguntó. Me vino a la cabeza la imagen de Alex. Cuando yo había llegado a casa del trabajo, ella estaba sentada en el sofá, con unos pantalones azul marino que había comprado por internet en Old Navy. Su ropa antigua ya no le servía. Ahora alternaba esos pantalones con otro par casi idéntico de color negro. Tenía los dedos tan abotargados que ya no podía llevar anillos, y seguía teniendo la cara hinchada. Cuando se quitó el pañuelo de la cabeza, vi que le estaba empezando a crecer de nuevo el pelo, pero de momento no era más que una pelusilla. No obstante, lo peor de todo era la expresión sin vida de sus ojos mientras engullía una hora tras otra de televisión. —Está bastante mal —dije—. Estaba pensando en llamar yo a su médico, pero me da miedo que se ponga hecha una furia si se entera. —Llámale —dijo Matt, sin titubear. Oí de fondo a Pammy, que le preguntaba algo sobre una botella de vino. Debían de estar a punto de abrir una. Quería hablarle de las pruebas de CI, de Bradley y de todo lo demás, pero de repente me sentí cohibida. Era un viernes por la noche y estaba con su novia. Seguramente tenía ganas de colgar. —Será mejor que deje de incordiarte. —No pasa nada —dijo Matt. —No, de verdad —insistí—. Además, ha empezado Jeopardy, y aquí es un gran acontecimiento. Matt se rió. —Llámame cuando hayas hablado con el médico, ¿de acuerdo?

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Colgué y me quedé allí, con la mirada clavada en el techo. Al cabo de unos minutos me llegó un mensaje de texto al móvil: Cheryl detenida por exhibicionismo; los implantes discuten por la estrategia de la defensa. El implante derecho amenaza con desertar y unirse al cuerpo de Pamela Anderson.

Me reí y cerré el móvil; por fin me sentía un poco mejor.

A la mañana siguiente me puse unas zapatillas de deporte viejas (no aquellas zapatillas de piel escandalosamente caras que llevaba en Nueva York, y tampoco los zapatos de tacón para ligar que lucía en los últimos tiempos), unos tejanos también viejos, unos descoloridos y cómodos que tenía desde la universidad. Hacía un día frío para ser abril, de modo que me puse la chaqueta de lana azul marino encima de la camiseta blanca lisa. Cuando acabé de vestirme y de recogerme el pelo en una coleta, me miré en el espejo. Ese día no era la adicta al trabajo inteligente, ni la guapa celestina a la que le gustaba ir de compras y reírse y encontrar pareja a desconocidos. Era como si hubiera declarado una tregua temporal a mis identidades en conflicto al vestirme de forma neutra. Ese día tan solo era… Lindsey. Me dirigí hacia uno de mis lugares favoritos de la tierra: el Capital Crescent Trail, el camino que une el centro de Bethesda con Georgetown. Unas cuantas manzanas más allá pasaban los coches y los autobuses escupían nubes de humo gris mientras avanzaban por las concurridas calles, pero allí, en el camino, era como estar en un oasis rodeado de árboles que atravesaba el centro de la ciudad. Caminé durante horas mientras los ciclistas pasaban a mi lado y gritaban: «¡Ponte a la izquierda!», y los perros correteaban con la lengua fuera, arrastrados por sus amos. Pasé junto a mujeres que empujaban unas sillitas de paseo especiales para correr de colores chillones, junto a parejas cogidas de la mano mientras paseaban tranquilamente. Era fácil perderse en ese camino rodeado de árboles, mezclarse con las docenas de personas que llevaban zapatillas de deporte y chaquetas de lana, y que habían salido a respirar aire fresco un sábado. Al cabo de un rato empecé a fijarme en las caras de las mujeres que pasaban a mi lado, al menos en las de aquellas que debían de tener mi edad. ¿Y esas dos amigas que habían salido a hacer deporte juntas, moviendo los brazos al unísono? ¿Estaban felizmente casadas? ¿O acaso una deseaba en secreto a su antiguo novio, con quien creía que debería haber acabado? ¿Y esa mujer de aspecto cansado con un bebé sujeto al pecho… era feliz? ¿Había renunciado a su carrera para quedarse en casa con su hijo, o la consumía la culpa y tenía ganas de volver a trabajar? ¿Había tomado la decisión correcta? ¿Y aquella mujer preciosa de pelo oscuro que llevaba unos pantalones cortos de ciclista y que discutía con el tipo que caminaba a su lado? ¿Se había trasladado a Bethesda para estar con él y se arrepentía ahora de ello? Me pregunté cómo se podía saber qué vida era la adecuada para uno cuando había tantas entre las que escoger. ¿Cómo sabías que estabas en el lugar adecuado, o que deberías estar en un sitio completamente distinto?

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Yo había creído que mi destino era ser la directora de una agencia de publicidad de primera línea en Nueva York. Había creído que trabajaría setenta horas a la semana y que dirigiría a un grupo de cien personas desde un despacho situado en la esquina del edificio, con grandes vistas y un baño privado de granito. Después, al volver a casa, de repente decidí que se suponía que debía acabar con Bradley. Ahora tenía que replantearme todo lo que sabía sobre mí. No era inteligentísima. No había tenido éxito, al menos a juzgar por mis antiguos parámetros. No estaba destinada a alcanzar la grandeza. Seis meses antes, todo eso me habría desolado. Ahora solo me sentía rara y un poco asustada. Me sentía vacía y dolida, como si me hubieran extirpado una parte vital de mi ser y empezara a sentir el dolor fantasma. Tampoco era la chica de la que había estado enamorado Bradley. Tenía que repetírmelo una y otra vez, y esperar que el dolor fuera remitiendo. Quizá si el ascensor no se hubiera estropeado, o si el fotógrafo de la fiesta de compromiso de Alex no la hubiera dejado tirada en el último momento, o si un millón de factores no se hubieran sincronizado, habría acabado con Bradley. Quizá. Un pensamiento molesto se abrió paso en mi mente. Había intentado deshacerme de él en varias ocasiones, pero siempre acababa volviendo: mientras vivía en Nueva York apenas había pensado en Bradley. Así pues, ¿qué había despertado mi interés por él? ¿Tal vez el hecho de que sabía que le gustaba a Alex? Di vueltas a la cuestión, me puse a prueba, pero ya sabía la respuesta: no. De repente lo vi claro, ese no era el único motivo por el que quería a Bradley. No era el trofeo de un concurso; era demasiado bueno para ser algo así. Mis sentimientos eran reales, complejos y profundos, pero quizá, tan solo quizá, habían cobrado forma debido al interés de Alex. Tenía que admitir esa posibilidad. Pero, al final, ¿acaso importaba? La opción de pasar mi vida con Bradley se había esfumado. Entonces, me pregunté, ¿cómo iba a encontrar la vida adecuada para mí? En ese momento vi a una pareja con el pelo cano que pasaba a mi lado: el hombre le tiraba un palo a su golden retriever y la mujer los observaba y sonreía. ¿Cómo sabía qué camino debía tomar ahora? ¿Cómo lo sabían las demás personas? Me encantaba mi trabajo con May, pero si debía ser totalmente sincera, en el fondo aún me hacía sentir un poco fracasada. Ganaba menos de una cuarta parte que en mi antiguo trabajo. Mi cargo no impresionaba a nadie. ¿Bastaba la felicidad que sentía para compensar la pérdida de todo eso? ¿O me arrepentiría dentro de unos años? El hecho de no saber qué hacer era uno de los problemas más duros a los que me había enfrentado. Siempre había sabido qué quería hacer, cómo solucionar los problemas, qué camino debía tomar. Y me gustaba esa parte de mí, la parte que siempre estaba segura del próximo paso que debía dar. El sol empezaba a calentar. Me quité la chaqueta de lana, me la até a la cintura y eché a andar de nuevo. Frente a mí, el camino trazaba una curva. Aunque no podía ver más allá de cien metros, sabía que, si seguía avanzando, llegaría a mi punto

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favorito del trayecto, un puente de madera cubierto. Decidí que daría la vuelta allí. Entonces regresaría por la sombra hasta que el camino acabase de forma abrupta en el corazón de Bethesda, donde el sol resplandecía por encima de las cafeterías, las librerías y las galerías de arte que abarrotaban hasta el último centímetro de fachada. Donde la gente quedaba para comer un cucurucho de helado, acarreaba bolsas de plástico verdes de Barnes & Noble de aquí para allá o acunaba copas de vino bajo los toldos de las terrazas de los cafés. Mientras hundía las manos en los bolsillos y aceleraba el paso, pensé que era curioso que pudieras estar en un sitio y, al cabo de una fracción de segundo, estar en otro completamente distinto.

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Capítulo 28 —¿Así que ahora tú eres la guapa, y Alex es la lista? —preguntó May. Estaba sentada frente a mí, en su sillón tapizado favorito, y puso un CD nuevo de Andrea Bocelli como música de fondo mientras trabajábamos. Normalmente era mi momento favorito del día: el sol entraba por el gran ventanal que había detrás de nosotras, los perros estaban acurrucados a nuestros pies, y yo tenía una taza de té dulce y caliente. Sin embargo, por una de las pocas veces en mi vida, no era capaz de concentrarme en el trabajo. Cuando intentaba leer la ficha de un cliente, las únicas palabras que veía eran las de las pruebas de CI. —Ya no sé qué pensar —dije. Lancé un suspiro y aparté la mirada de la ficha que tenía en las rodillas—. Alex recuperará su belleza, aunque quizá no pueda adelgazar tanto como quiere. Algunas personas no lo consiguen. Y su pelo también podría tener un aspecto distinto. Tengo la sensación de que no volverá a ser feliz hasta que recupere el aspecto de antes, pero tal vez eso no llegue a suceder. Nunca. —Eso sería muy duro para cualquiera —dijo May—. Pero sobre todo para alguien como Alex. —Y yo no puedo evitar sentirme engañada —dije—. Mi caso no es tan grave, pero sé cómo se siente Alex, más o menos. Sin embargo, nadie puede entender lo que he perdido. Mi vida entera ha sido una farsa. Todo el mundo me decía lo inteligente que era. Mis padres, mis profesores, no dejaban de hablar sobre mi potencial, como si fuera algo increíble y sin límites. Pero soy una chica del montón. —Eres una mujer muy inteligente —dijo May fielmente. —Pero nada… —hice una pausa y a continuación añadí—: especial. —No estoy de acuerdo en eso —dijo May. Se levantó, cortó un trozo de pastel de plátano que había sacado del horno unos minutos antes, y me sirvió una ración generosa. Respiré hondo; nada huele mejor que un pastel de plátano recién hecho. —Mmm —murmuré con la boca llena, en un gesto de glotonería—. Si estás intentando distraerme, deberías saber que no voy a caer tan fácilmente. Necesitaré dos trozos, al menos. May sonrió. —¿Has hablado a Alex de las pruebas de CI? —Aún no —confesé, y tragué el trozo de pastel—. Pensaba hacerlo, pero ahora creo que debería esperar hasta que se sienta un poco mejor. Ahora mismo ya tiene suficientes cosas en la cabeza. May asintió y, enfrascada en sus pensamientos, se le llenó la frente de arrugas. —Hay otra forma de enfocar la cuestión —comentó lentamente.

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—Cuéntame —le pedí—. Después de todo lo que ha sucedido, tengo el cerebro agotado. Aunque, claro, mi cerebro también es mucho más limitado de lo que se creía. May negó con un gesto de cabeza. —Lo que iba a decir es que podrías creer que tienes un potencial ilimitado, ahora con más motivos. Mira hasta dónde has llegado gracias al esfuerzo y a tu fuerza de voluntad. ¿Qué más podrías hacer con tu talento? ¿Hasta dónde podrías llegar? La miré, sorprendida. Nunca se me había ocurrido. —Reinvéntate de nuevo si quieres —dijo May—. Creo que puedes hacer cualquier cosa que te propongas. —Mis padres aún no saben que me despidieron —dije al cabo de un rato—. ¿Puedes creerlo? En otras circunstancias ya se lo habría contado, pero con todo lo que ha ocurrido con Alex… —Dejé la frase a medias. —Creo que no será necesario que se lo cuentes —indicó May—. Diles que te han ofrecido un trabajo como socia general en una de las principales agencias matrimoniales de Washington. —Sí, pero… —empecé. Entonces me quedé boquiabierta y miré a May—. ¿Socia general? —¿Tienes idea de las ganas que tengo de largarme a la India? —preguntó. Se abrazó a sí misma con fuerza y puso ojos soñadores—. Llevo varios años fantaseando con esa idea. Quiero ver el Taj Mahal y dormir en una tienda bajo las estrellas. Sería fantástico saber que la agencia está en tus manos mientras estoy fuera. Además, te lo mereces. ¿Sabías que el negocio ha subido más de un treinta por ciento desde que empezaste a trabajar aquí? —No sé qué decir —confesé. Para ganar un poco más de tiempo, empecé a recoger las migas de pastel de plátano del sofá, gesto que hizo que Bonnie, el labrador negro, que intentaba devorarlas con avidez, me lanzara una mirada dolida. De pronto, el pánico se apoderó de mí. No podía mirar a May. Si lo hacía, si aceptaba la propuesta de convertirme en socia, mi vida nunca volvería a ser igual, jamás. No habría vuelta atrás; habría lanzado todos mis sueños a la hoguera. Nunca tendría una casa en Aspen. Nunca tendría un coche con chófer, o una cuenta ilimitada de gastos. Iba a cambiar todo eso por una vida entera de pelos de perro en los tejanos, de risas con clientes en cafeterías viejas, de hacer de canguro y de arreglar flequillos demasiado cortos. De salir del trabajo pronto en las cálidas tardes de verano. De ayudar a teñir de esperanza la mirada de la gente. «Salta», dijo de nuevo la voz de Matt. La voz de Matt empezaba a ser un poco mandona. —¿Lindsey? ¿Qué te pasa? —preguntó May mientras me ponía un pañuelo de papel en la mano. —Soy… —busqué la palabra y al final la encontré—: feliz —dije—. Soy feliz. — Abracé a May con fuerza y sentí su calor contundente y reconfortante—. Gracias —

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susurré mientras me limpiaba las lágrimas de los ojos. Y entonces me di cuenta de que había dicho la verdad. Mezclada con todo lo demás (la confusión, la preocupación y el pánico), había también felicidad, un sentimiento que crecía, tan recto y real como una flor.

—¿Qué puedo hacer? —Bradley se mesaba el pelo con ambas manos y caminaba de un lado para otro de su sala de estar—. No lee mis cartas. No coge el teléfono. No quiere verme. ¿Qué puedo hacer? Esa mañana me había llamado al móvil mientras estaba en el trabajo. Por un segundo, antes de recordar la verdad, el corazón me dio un vuelco cuando vi su nombre en la pantalla. Pero eso solo significaba que iba a costarme más recuperar la normalidad. «Con el tiempo será más fácil», me recordé por enésima vez, y respondí la llamada. Nunca había visto a Bradley en ese estado. Parecía que había perdido cinco kilos de la noche a la mañana, y tenía la cara crispada por la preocupación. —No eres solo tú —le dije—. Alex no quiere ver a nadie. —Ojalá pudiera hacérselo entender —repuso Bradley. Se dejó caer en el sofá a mi lado—. Lo que siento por ella no tiene nada que ver con su aspecto. ¿Por qué no lo entiende? —Lo sé —dije—. Hablaré con ella. Me preocupaba disgustarla aún más, pero esto ya ha durado demasiado. —Gracias —dijo Bradley. Lanzó un suspiro, se volvió hacia mí y pareció que, por primera vez desde que yo había entrado en su casa, me miraba de verdad—. Dios, ¿es extraño que te haya llamado? No sabía con quién hablar. —Tragó saliva y apartó la mirada—. Y sé que dejamos una conversación a medias… —Bradley —lo interrumpí tajantemente—. No hay nada de que hablar. Va todo bien. —¿Lo dices de verdad? —preguntó, esperanzado. Recordé que Bradley no soportaba ver a nadie herido. Era una de las cosas que me gustaban de él. —Claro —respondí—. Mira, cuando volví a casa me sentí un poco confundida, y el hecho de cambiar de trabajo no hizo más que agravar la sensación. Tienes razón; estamos mucho mejor como amigos. Alex tenía razón; me había convertido en una buena mentirosa. Bradley lanzó un suspiro. —Me alegro mucho —dijo—. Buenos amigos. Se inclinó y me abrazó. Lo hizo del mismo modo de siempre; con fuerza y con ambos brazos. Siempre me habían encantado sus abrazos. ¿Cuándo iba a dejar de contar las cosas que me gustaban de él? Parpadeé varias veces e intenté deshacerme de ese pensamiento. —Alex va a necesitarte —le dije de repente, y me eché hacia atrás. Me aparté de él. Si me abrazaba un segundo más, rompería a llorar. Apreté los puños detrás de la espalda, donde Bradley no pudiera ver cómo me clavaba las uñas en las palmas de

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las manos—. Voy a hablar con ella —le prometí—. Haré todo lo que pueda. Y si aun así no quiere verte… ya se nos ocurrirá otra cosa. Te lo prometo. Bradley asintió y vi que unas lágrimas brillaban en sus ojos. —Gracias —dijo. Pude ver la expresión de gratitud en su rostro y algo más. Tal vez amor. Pero no del tipo que yo anhelaba con desesperación. Sin embargo, tenía que conformarme con eso. Me olvidaría del fuerte deseo que se había apoderado de mí cuando me abrazó. Sentí el olor a bosque que desprendía y tuve que reprimir el sollozo que empezaba a tomar cuerpo en mi garganta. Había elegido a mi hermana. Tenía que conformarme con eso.

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Capítulo 29 Cuando llegué a casa esa tarde, Alex estaba esperándome. —Necesito que me hagas un favor —dijo. Me quedé tan sorprendida de verla despierta que me limité a asentir. —Claro —respondí—, lo que quieras. —He perdido el carnet de conducir —dijo—. Debió de ser la noche que saqué las tarjetas de crédito antes de la IRM. Desde entonces no lo encuentro. Y anoche me paró la policía. El faro derecho del coche de papá no funcionaba. El policía me dejó marchar, pero si me pillan de nuevo voy a tener problemas. ¿Puedes llevarme a Tráfico? —¿Ahora? —pregunté. Alex dudó. —Es que no sé qué haré si no puedo salir de casa de noche —dijo, sin alzar la voz, pero con un tono de desesperación. —Entonces, vamos —dije. —Cierran dentro de una hora. He pensado que si llegamos cuando falte poco para que cierren… —Dejó la frase a medias pero sabía lo que pensaba. Si llegábamos cuando faltara poco para que cerrasen, no habría tanta gente. —Claro —accedí. Quizá el hecho de que la hubiera parado la policía había sido una bendición, pensé mientras sacaba de nuevo las llaves del bolso. Quizá la obligaría a reintroducirse en el mundo, paso a paso. De momento íbamos a Tráfico, y tal vez, dentro de unos días, Alex me dejaría que la llevara a tomar un café. Quizá sería el empujón definitivo que necesitaba de forma tan desesperada.

«COJA UN NÚMERO», me ordenó cortésmente el gran cartel que había sobre el mostrador. Obedecí y regresé junto a Alex, en la hilera de asientos naranja que había en la zona de espera. —No debería tardar mucho —dije—. Van por el ochenta y uno y tenemos el ochenta y seis. —Lo que significa que tardaremos tres horas —dijo Alex tras lanzar un suspiro—. No me puedo creer que vaya a tener esta maldita fotografía en el carnet de conducir durante los próximos diez años. Acabó de rellenar el papeleo y lo dejó en el asiento vacío que tenía al lado. No llevaba la peluca, a pesar de que había empezado a ponérsela cuando cogía el coche. Sin embargo, el picor la volvía loca, sobre todo en la zona de alrededor de la incisión, de modo que al final decidió ponerse un sombrero grande y flexible, con las alas

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caídas, para ocultar la falta de pelo. Reconocí el sombrero; Alex lo sostenía en una mano en la portada de The Washingtonian, aquella en la que lucía un biquini azul. Me pregunté si el director artístico le había pedido que se quitara el sombrero durante la sesión para no ocultar su preciosa melena. —Tal vez puedas volver más adelante para que te hagan una foto nueva —dije. Sabía que no debía decirle chorradas, como, por ejemplo, que aún era muy guapa. Por primera vez en mi vida, nadie miraba a mi hermana. No me había dado cuenta de cómo me había acostumbrado a ello: las miradas furtivas de los hombres, la forma en que la gente volvía la cabeza de forma descarada y susurraba cuando la reconocía, las constantes y vulgares insinuaciones de ciertos tipos, como aquel que se había acercado a Alex en un bar, con una sonrisa aduladora, y le había soltado: «Tengo amnesia, ¿vengo aquí a menudo?». Lo que más me sorprendió fue lo mucho que me entristecía todo aquello. Si Alex se daba cuenta, y tenía que haber caído en ello por fuerza, no decía ni una palabra. Cuando le tocó el turno, la acompañé hasta la zona donde sacaban las fotografías. La mujer encargada de la cámara parecía tan aburrida que casi estaba en trance. No la culpaba. Su trabajo consistía en decir a la gente que mirara una luz roja, y luego apretar un botón. —Póngase en la línea azul —ordenó con voz monótona. Alex iba a situarse tras la línea, pero se detuvo. —Solo un segundo. Sacó un pequeño neceser del bolso y se miró en el espejo mientras se ponía brillo de labios rosa. Un año antes, yo habría puesto los ojos en blanco, harta de su vanidad. Pero ahora me entraron ganas de llorar. Esa pequeña chispa, esa muestra de orgullo, fue un destello de la antigua Alex. Era como si, poco a poco, estuviera saliendo de nuevo a la superficie, a pesar de las cicatrices, los esteroides y la hinchazón. —Vale, ya estoy lista —dijo Alex a la mujer. —Tiene que quitarse el sombrero —dijo la mujer. —¿Cómo dice? —preguntó Alex. —Quítese el sombrero —repitió la mujer, sin tan siquiera mirarla, porque estaba tocando algo de la máquina. —Pero tengo que llevarlo —dijo Alex. Lo agarró con ambas manos, como si tuviera miedo de que la mujer fuera a saltar por encima del mostrador para arrancárselo. —Está prohibido llevar sombrero en las fotos —le espetó la mujer, como si estuviera recitando la regla trece, subsección B, línea cuarta de la legislación del departamento de Tráfico del estado de Maryland, la que iba justo antes de la línea quinta, y que decretaba que estaba prohibido tomar fotos favorecedoras. —¡Tengo que ponerme el sombrero! —dijo Alex, presa del pánico. Lo que debería haber hecho yo, algo que no se me ocurrió hasta más tarde, fue ponerme frente a la mujer y explicarle por qué necesitaba un sombrero mi hermana.

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Debería haber hallado una forma de solucionar el problema. Pero, en lugar de eso, me quedé allí plantada, sin hacer nada. —El sombrero o la foto —dijo la mujer—. Usted elige. Alex se la quedó mirando; la expresión de miedo que le crispaba el rostro se transformó en ira. —Podemos volver más tarde —dije, mientras me dirigía hacia mi hermana—. O déjeme hablar con algún superior. —Miré a la fotógrafa—. ¿Cómo se llama su supervisor? —No —dijo Alex. Entonces cerró los ojos y recuperó la compostura. —Podemos irnos a casa —le dije con delicadeza—. Venga. Pero fue como si no me hubiera oído. —No —susurró de nuevo, casi para sí misma. Dudó unos instantes, y luego se quitó el sombrero. Fue como si la sala donde nos hallábamos se transformara de repente en un teatro y alguien hubiera levantado el telón, tras el que apareció Alex sola, bajo un foco, en el centro del escenario. Un murmullo recorrió la sala. Toda la gente que había sentada en las sillas naranja (la mujer hispana de mediana edad que le hacía el caballito al bebé que tenía en las rodillas, el chico de los pantalones de camuflaje, el grupo de chicas que no paraban de reír y que se estaban sacando el permiso para hacer prácticas de conducción), todos se quedaron helados al ver a Alex. Mi hermana estaba en el centro de la habitación oscura, dejando que todo el mundo la mirara hasta cansarse. Una fina pelusa de color rojizo y dorado le cubría el cuero cabelludo, pero la zona de la incisión aún estaba pelada. Aquella cicatriz de aspecto tan feo refulgía bajo la luz industrial. La mujer encargada de la cámara se la quedó mirando boquiabierta. —Puede ponerse el sombrero —dijo con un hilo de voz. —Limítese a sacar la maldita fotografía —le espetó Alex. Se volvió hacia la cámara, que estaba adornada con una pegatina amarilla de un rostro alegre que decía ¡SONRÍA! Mientras todo el mundo la miraba, Alex alzó la barbilla y, tal y como había hecho durante años, posó para la cámara.

—De todos modos, ya no era tan guapa como antes —dijo mi hermana. Me volví hacia ella, sorprendida. Era lo primero que decía desde que habíamos salido del departamento de Tráfico, veinte minutos antes. Se había quedado quieta en el asiento del acompañante, con la mirada al frente, atajando todos mis intentos de entablar conversación. No, no quería comer nada, ni tan siquiera que parásemos en un autorrestaurante. No, no era necesario que fuera a buscarle nada. No, no tenía calor. Tampoco frío. Quise que siguiera hablando, comentar lo que acababa de suceder. Quizá había tocado fondo, le había pasado lo peor que se podía imaginar. Quizá empezaría a levantarse, aunque solo fuera porque ya estaba en el fondo del pozo. Cuando Alex se quitó el sombrero y lanzó una mirada desafiante a la mujer de Tráfico, parecía que

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por fin estaba lista para presentar batalla, para regresar al mundo. Sin embargo, después de recoger su nuevo carnet y de meternos en el coche, a medida que pasaban los minutos y Alex no apartaba la mirada de la ventana, empezó a preocuparme la posibilidad de que sucediera justo lo contrario. Quizá ahora Alex no querría volver a salir de su dormitorio jamás. Por eso me sorprendí tanto cuando su voz atravesó la oscuridad. —Hace unos meses me llamaron para hacer un trabajo de modelo —dijo. Tamborileaba con los dedos en su rodilla. Volvía a llevar el sombrero puesto, a pesar de que ya estaba oscuro y nadie podía verla dentro del coche—. Mi agente me dijo que necesitaban a una chica joven y a su madre. Íbamos a hacer un catálogo para el Chevy Chase Pavilion. Cuando llegué al estudio, vi a una chica preciosa; debía de tener unos trece años y juro que era todo piernas. Estaba sentada en el sillón de maquillaje. De repente, me di cuenta: yo era la madre. Negó con la cabeza. —Y esto es lo peor: la chica no podía sonreír porque llevaba ortodoncia. Se pasó todo el día con una sonrisa de Mona Lisa. —Qué idiota —dije—. Seguro que al día siguiente sufrió un brote virulento de acné. Alex sonrió. Al menos logré arrancarle una sonrisa. Fue una pequeña victoria. —De todos modos, cada vez iba a escasear más el trabajo —dijo—. Tan solo ha sucedido más rápido. —Vamos, Alex —repuse—. Solo tienes veintinueve años. —En mi mundo, soy un vejestorio —confesó—. El único motivo por el que aún trabajo es porque estamos en Washington. En Nueva York me habrían jubilado hace cinco años. ¿Sabes qué hacía en los últimos años antes de las sesiones fotográficas? Me ponía un antihemorroidal bajo los ojos antes de ir a maquillaje. Hace que desaparezcan las pequeñas arrugas. Y el año que viene iba a empezar a ponerme Botox. Me estremecí al pensar en todas las veces que había criticado las sesiones de gimnasio con entrenador personal y las limpiezas de cutis de Alex considerándolas fruto de su vanidad. Se había esforzado tanto como yo, aunque sabía que ya había alcanzado la cima de su carrera. Quizá el hecho de saber eso había hecho que se esforzara aún más. —¿Alguna vez has pensado en dedicarte a algo que no sea hacer de modelo? — le pregunté. Se encogió de hombros. —Me gusta la televisión —respondió—. Siempre me he preguntado si podría aspirar a algo más grande, enviar mi cinta a Nueva York o a Los Ángeles, quizá. —Aún puedes hacerlo —dije—. Dentro de unos meses… —Supongo —dijo Alex, pero no parecía muy convencida—. ¿Sabes lo dura que es la competencia en televisión para conseguir un trabajo? Si no eres joven y guapa, los productores ni siquiera se dignan mirarte. Y no lo soy… Ya no. Aparqué el coche en la entrada de casa y apagué las luces.

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—Quiero enseñarte una cosa —dije. —A menos que sea una tarrina de helado, prefiero dejarlo para otro momento. Estoy cansada. —Vamos —le supliqué—. Solo será un minuto. Alex suspiró, pero no se quejó. Abrí la puerta de casa y entramos. Reinaba un silencio inquietante (tardé unos instantes en darme cuenta de que se debía a que las televisiones estaban apagadas), y encontré una nota pegada en el espejo del recibidor que decía: «¡Hemos salido a comprar pizza para cenar! ¡Volvemos enseguida!». —Gracias a Dios que han dejado una nota —dijo Alex—. Estaba a punto de poner la tele para ver si se habían dado a la fuga. Las bromas, esa sonrisa fugaz… Era como ver destellos de la antigua Alex. Me di cuenta de que echaba de menos su sentido del humor. También echaba de menos hablar con ella. Era curioso, pero había visto más a mi hermana durante las últimas semanas que en la última década. Entonces ¿por qué no la había echado de menos hasta ahora? —Sígueme —le dije. Lo que estaba a punto de hacer era una apuesta arriesgada, pero algo me decía que era el momento adecuado. Tiré de la escalera del desván y subí. Había dejado allí arriba las dos pilas de papeles que había ordenado. —¿Qué es todo esto? —preguntó Alex mientras subía la escalera detrás de mí—. Dios, me sorprende que no se nos haya caído el techo encima y nos haya matado. Eh, mi antiguo móvil de Barbie. ¿Cuánto crees que me darían por esto en eBay? —Quiero leerte una cosa —le dije. Hurgué en los montones de papeles hasta que encontré lo que buscaba. Carraspeé y empecé—: «Esta estudiante muestra unos progresos poco corrientes en conciencia espacial…». Alex, deja de quitarle los pantalones a Ken y escucha. —Seguí leyendo—: «… y su capacidad de razonamiento es extraordinaria». Bajé el papel y Alex enarcó una ceja. —¿Y? —Deja que te lea un poco más. —Pasé la página—: «Esta estudiante se encuentra tres desviaciones estándar por encima de la media en lo referente a intelecto general. Entra en la categoría de superdotados». Alex bostezó. —Habla de ti —dije. Le lancé los resultados de las pruebas de CI y los agarró al vuelo. Miró los papeles y luego a mí. —Tú eres la inteligente —le dije. —Venga ya —replicó, arrugando el entrecejo—. ¿Me tomas el pelo? El informe habla de ti. —Mira a tu alrededor —dije, señalando el montón de papeles que tenía detrás de mí—. Créeme, eres la hermana inteligente. Siempre lo has sido. Alex cogió un papel de su montón, vi que era un boletín de notas de segundo, y empezó a leerlo. Al cabo de un instante, se acercó más el boletín a la cara. —No tienes por qué ser modelo, a menos que lo desees de verdad —le dije—. Puedes empezar una carrera nueva. Puedes ser lo que quieras.

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Alex permanecía en silencio, pero al cabo de un instante estiró el brazo y cogió otro papel de su montón. —Supongo que es estupendo que mamá no haya tirado nada —dije. —Necesito unos minutos —pidió Alex. Dejó el papel y cogió unos cuantos más, un gran puñado. —Tómate todo el tiempo que quieras —dije—. ¿Te subo un poco de pizza? —Claro —dijo distraída. Unas cuantas horas después, antes de irme a la cama, asomé la cabeza por el desván. Alex seguía allí, ensimismada en su propia historia.

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Capítulo 30 —¿Tienes tiempo para tomar algo? —preguntó Jacob—. Conozco un lugar donde hacen unos martinis de chocolate fantásticos. Dudé. Llevaba varias semanas dando largas a Jacob, pero al final habíamos ido de compras juntos. Me sorprendió lo bien que nos lo pasamos, y lo fácil que resultaba estar con él. —Aléjate de los suéteres negros —le advertí cuando entramos en Banana Republic. —¿Y los grises? —preguntó mientras se ponía uno por encima del pecho—. No sé si podré romper con todo tan deprisa. —Su novia tiene muy buen gusto —dijo un vendedor, haciéndonos la pelota para cobrar su comisión, mientras pasaba a nuestro lado. Ninguno de los dos se molestó en corregirlo. Jacob me miraba con esos ojos azules de pestañas oscuras, y caí en la cuenta de las implicaciones de su invitación. Jimena le había gustado, pero no había química entre ellos. Le di los datos de otra mujer y, sin embargo, aún no la había llamado. Sabía que Jacob esperaba que cambiase de opinión. Sería muy fácil dejarse llevar por la situación, pensé. Sería muy fácil coquetear, tomar unos martinis y deleitarse con la sensación de saberme observada por sus ojos. Podía ver cómo se desarrollaría la noche que teníamos por delante: Jacob me acompañaría al coche, envueltos por la brisa aterciopelada, yo me volvería hacia él en lugar de abrir la puerta y entrar. Él se inclinaría y yo estiraría el cuello para notar sus mejillas ligeramente ásperas, con su barba incipiente. Entonces cerraría los ojos… Pero no. No me parecía bien. Jacob estaba preparado para iniciar una relación seria. Merecía a alguien que lo adorase, no alguien que apenas había pensado en él mientras soñaba con pasar el resto de su vida con otro hombre. —Me encantaría tomar algo contigo —dije al final, con un sincero deje de pena—, pero tengo que hacer más recados. —No podrán acusarme de no haberlo intentado —dijo él. Se inclinó hacia delante para darme un abrazo y permaneció en esa posición durante un instante. —Voy a encontrarte a la mujer perfecta —le prometí. Me guiñó un ojo, me volví y me dirigí hacia Nordstrom. Cuando me di la vuelta para mirarlo, ya había desaparecido entre la muchedumbre de compradores.

El teléfono sonó una vez y alguien lo cogió. Pero no dijo nada. —¿Jane? —pregunté—. Soy Lindsey, de Citas a Ciegas. ¿Hola?

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Un silencio que no presagiaba nada bueno. —¿Va todo bien? —pregunté, mientras la voz de mi padre procedía a enumerar todos los desastres posibles: había tenido un infarto cerebral; un ladrón la había atado y amordazado y ella había logrado descolgar el teléfono con el dedo gordo del pie; se había dado un golpe en la cabeza y sufría amnesia, como en los culebrones. —Jane, ¿me oyes? —pregunté—. Haz algún ruido si me oyes. La respiración pesada se intensificó y oí la siguiente afirmación solemne: —Elmo es rojo. —¡Hola, Katie, soy Lindsey! ¿Te acuerdas de mí? ¿Que te di helado? —le pregunté—. ¿Puedes hacerme un favor e ir a buscar a tu madre? —Vale —dijo Katie con alegría, y dejó caer el teléfono. Al cabo de dos minutos, aún esperaba. Oí a Jane de fondo preguntando a Katie si quería agua, y cómo la niña se enzarzaba en una dura negociación para conseguir un vaso de limonada. Entonces salieron de la sala y no oí nada más. Colgué y lo intenté de nuevo, pero el teléfono seguía descolgado, de modo que comunicaba. Me di por vencida y llamé a las mejores amigas septuagenarias, que se lo habían pasado en grande en su última cita doble, pero querían «un poco más de marcha por su pasta», según sus propias palabras. —¡Búscanos a alguien que pueda salir hasta más tarde de medianoche! —pidió la que nunca había estado casada, entre risas. —¡Y nada de hombres con las manos pequeñas! —gritó la amiga. —¡Manos grandes! —Apunté obedientemente, intentando contener la risa—. Señoras, estoy en ello. Ese era mi trabajo, me recordé. Esa era mi nueva vida. Dentro de tres semanas, May partía hacia la India y yo estaría al mando de la empresa. Decidimos que me quedaría en su casa y que cuidaría de los perros durante su ausencia, y después de eso… bueno, era lo que iba a investigar esa tarde. —¿Te importa que salga pronto? —le pregunté a May mientras cerraba la carpeta que tenía en el regazo. —Son las cuatro y media —dijo—. No es pronto. Sonreí, puse la taza en el lavavajillas, di unas cuantas chucherías a los perros y salí a la calle, donde me esperaba mi último capricho. El día anterior había ido a un concesionario de Volkswagen de segunda mano y había salido con un descapotable azul claro. Quité la capota y sentí cómo el viento me alborotaba el pelo mientras pisaba el acelerador. Me sentía como en una película, de esas en las que suena la música y la heroína echa la cabeza hacia atrás y se ríe mientras avanza a toda velocidad por una autopista vacía. Salvo por el hecho de que no iba rápido (siempre conduzco seis o siete kilómetros por debajo del límite, por si acaso). Y de que en casa mis padres miraban por la ventana, preocupados por si llegaba tarde a cenar. Además, técnicamente mi coche no había sido una compra impulsiva, ya que me había pasado cuatro días enteros comparando puntuaciones de seguridad de Consumer Reports y consultando números de modelo para saber cuánto había pagado el vendedor por el

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coche antes de hacer una oferta. Pero, eh, al menos sí subí la música mientras me dirigía hacia casa. ¿Era culpa mía que la única emisora que no ponía anuncios hubiera programado una maratón de Lionel Richie, lo cual no inducía a un estado de ánimo precisamente exultante? Sin embargo, esa tarde fui más lista. Me había llevado unos cuantos CDs y elegí Coldplay para el trayecto. Aunque aún no era hora punta, sabía que habría atascos en la carretera de circunvalación, por lo que tomé carreteras secundarias y me dirigí hacia el este hasta que llegué a Takoma Park. Siempre me había gustado esa zona. Era una mezcla curiosa de tiendas de pueblo más o menos bohemias y cafeterías, pero era lo bastante grande y bulliciosa para ser considerada una ciudad. El agente inmobiliario me esperaba frente a la casa. —¿Lindsey? —preguntó mientras se dirigía hacia mi coche cuando yo salía. Me tendió una mano y me dirigió una cálida sonrisa—. Soy Jim. Jim tenía una gran voz, grave, templada y atractiva. Cuando hablamos por teléfono me pregunté, como quien no quiere la cosa, si podría darse la casualidad de que fuera un magnate inmobiliario soltero, de mandíbula cuadrada, que pudiera servir para quitarme a Bradley de la cabeza. Pero como tengo la vida que tengo, resultó que no era más que un tipo de mediana edad, corpulento, con un chándal de velvetón y una calva con forma de kipá. Lionel Richie y chándales de velvetón. Lo estaba viendo: Jennifer Garner y Anne Hathaway se liarían a tortas para conseguir los derechos de la historia de mi vida («No racaneéis con los donuts —ordenaría el director a los encargados de catering del rodaje—. Tenemos que lograr que mi actriz engorde»). —¿Es esta?—pregunté, mirando la casa. —Esta es —respondió Jim, estirando los brazos. Sabía que los agentes inmobiliarios tienen fama de exagerar la verdad. Pero cuando Jim me dijo que necesitaba algunas reformas, no imaginé que se refería a que lo único aprovechable debían de ser los cimientos. Me fijé en el jardín (técnicamente, unas cuantas malas hierbas y varios metros cuadrados de tierra) y en el camino delantero, al que le faltaba la mitad de las piedras. Una ventana del piso superior estaba rota y aún quedaban fragmentos de cristal en el marco, de modo que parecía una boca que hacía una mueca de enfado. Jim cruzó el porche, y cuando lo seguí, las tablas del suelo crujieron de un modo inquietante. Si Jim era un asesino en serie, ahí era adonde llevaba a sus víctimas, pensé, y me recordé que debía utilizar el bolígrafo del bolso como arma si me atacaba («¡Clávaselo en los ojos!», oí que me aconsejaba mi padre). —Tiene un poco de polvo —dijo Jim a modo de disculpa mientras abría la puerta chirriante, ajeno al hecho de que, en mi fantasía homicida, él estaba en el suelo retorciéndose de dolor mientras yo liberaba a sus jóvenes rehenes femeninas. Cuando miré a través de la puerta, vi que el polvo era el último de los males de esa casa. En una pared había varios agujeros hechos al azar, las tablas del suelo de la sala de estar se combaban en el centro, y un montículo de lo que parecían cacas de ratoncito decoraban un rincón. Entonces alcé la mirada y vi una hilera de bonitas

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vigas de roble que cubrían el techo. —Esta casa necesita un poco de cariño —dijo Jim. Debía de ser el mayor eufemismo de la historia de las mentirijillas del sector inmobiliario—. Los propietarios eran mayores y no podían mantenerla. Murieron hace diez años y su hijo nunca se ha preocupado de la casa. Vive en Seattle, en una especie de comuna. —La voz de Jim se convirtió en un susurro de complicidad, y añadió—: Drogas. Entré en la cocina y abrí un armario. La madera estaba descolorida y desgastada, y el linóleo de la encimera era de un color que Benjamin Moore llamaría gris reclusión solitaria. Sin embargo, si decapaba los armarios y les daba una mano de pintura, y arrancaba el linóleo, y tiraba el tabique entre la cocina y la sala de estar… Parpadeé y vi azulejos amarillos en la encimera, armarios de cerezo y una barra para desayunar, pequeña y mona, que separase la sala de estar del comedor. —Bonitos fogones —dije, mientras levantaba un quemador de una cocina grande y antigua. Se rompió al tocarlo. —¿Quiere ver el piso de arriba? —sugirió Jim tras una pausa algo incómoda. El piso superior se encontraba en un estado más lamentable de lo esperado. Bajo un espeso manto de telarañas, vi dos dormitorios con grandes ventanas y un baño con una bañera antigua, que en el pasado debió de ser blanca, y con patas en forma de garra. Los dormitorios parecían salidos de una casa encantada; los muebles estaban tapados con sábanas y las motas de polvo flotaban en la escasa luz que entraba por las ventanas sucias. Jim quitó una sábana de la cama y dejó al descubierto un colchón hundido y lleno de manchas, y acto seguido tuvo que taparse la boca con un pañuelo y sufrió un ataque de tos. —¡Son muebles con solera! —exclamó de forma grandilocuente cuando recuperó la respiración—. Si le interesa, estoy convencido de que podríamos alcanzar un acuerdo. Me acerqué a una ventana para abrirla y que entrara un poco de aire fresco en la habitación por primera vez desde hacía demasiado tiempo. Las ventanas también eran antiguas, de las que van del suelo al techo y que se abren como brazos para abarcar una preciosa vista de los mirtos y los manzanos que bordean la calle. Me dirigí al otro lado de la habitación y arranqué una tira del papel pintado de flores, tan típico de las abuelas, de encima de la cama. Me pregunté qué aspecto tendría ese dormitorio con una capa de pintura de un granate cálido. Con la nieve cayendo al otro lado de aquellos enormes ventanales, y una hoguera ardiendo en la pequeña chimenea de ladrillos de la esquina. Me acerqué a la chimenea y la examiné de cerca. Alguien había pintado los ladrillos de un marrón sucio, pensé mientras rascaba uno con la uña, indignada. Bajo las capas de aquella pintura tan sosa había ladrillos antiguos de color óxido. ¿Qué aspecto tendrían una vez limpios y pulidos? —A veces la gente no ve la belleza de algo a menos que lo tenga delante de las narices —dijo Jim. Estaba apoyado en el marco de la puerta, con las manos en los

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bolsillos, probablemente porque no se atrevía a sentarse en ningún lado—. Esta casa podría ser bonita si alguien se tomara la molestia de fijarse en ella. Pero hay mucha gente que pasa de largo y no se da cuenta de lo especial que es. Hice unos cuantos cálculos mentales. Mi cuenta de ahorro podía cubrir una entrada generosa, y aún me quedaría suficiente dinero para reformar la casa, sobre todo si yo hacía parte del trabajo. A pesar de mis frecuentes bacanales de compras, mi cuenta aún tenía un buen saldo. Al fin y al cabo, me había pasado varios años forjándolo. Siete años sin asumir un riesgo. Viendo pasar el mundo bajo las ventanas de mi despacho. Solo hice los cálculos como un formalismo. Había tomado la decisión nada más poner el pie en esa casa. Me volví hacia Jim y sonreí. —La quiero —dije. Nunca me había sentido tan convencida de algo en toda mi vida.

Estaba a punto de quedarme dormida, con la cabeza llena de imágenes de vigas al aire y ventanales rebosantes de gerberas, cuando Alex llamó a la puerta, que estaba entreabierta. Apenas habíamos hablado desde que le había enseñado las pruebas de CI. Había bajado a ver la televisión con nuestros padres y conmigo en un par o tres de ocasiones, pero no había hecho el esfuerzo de mantener una conversación. —¿Estás bien? —le pregunté una vez que nos cruzamos en el pasillo, yo de camino al baño y Alex de vuelta de él. Ella asintió. —Tan solo necesito un poco de tiempo para pensar. Hay mucha información que procesar. —Sí —asentí. Yo aún la estaba procesando. —Entra —dije ahora, mientras me incorporaba y me apoyaba en un codo—. Estoy despierta. Alex abrió la puerta y entró en el dormitorio. Llevaba de nuevo los pantalones de chándal negros, pero un poco antes, en el pasillo, me di cuenta de que se había pintado las uñas de las manos por primera vez desde la operación. —¿Estás bien? —le pregunté. No respondió. Se sentó en la esquina de mi cama y dobló las rodillas hasta el pecho. —Esta mañana te he visto cuando te ibas a trabajar —dijo. La luz de la luna que entraba por la ventana se reflejaba en su rostro y, por un instante, desde ese ángulo, vi un destello de la antigua Alex. Entonces volvió la cabeza y el espejismo desapareció—. Estabas guapa —dijo en voz baja—. Muy guapa. Tenía que reunirme con un cliente para almorzar y me había puesto una falda azul y una blusa blanca vaporosa con un gran escote de pico. Pero esperé a llegar a

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casa de May para maquillarme. En cierto modo me sentía culpable, como si el hecho de permitir que Alex me viera intentando parecer atractiva implicara que la estaba traicionando. —Antes me preguntaba continuamente por qué siempre llevabas el pelo recogido —dijo Alex. Se abrazó las rodillas con más fuerza—. Y nunca te vestías para lucir cuerpo. —¿Por qué iba a querer lucirlo? —pregunté, en broma, y acto seguido me entraron ganas de darme una palmada en la frente. Ahora mismo Alex debía de pesar unos cinco kilos más que yo. ¿Cómo podía bromear con cuestiones de sobrepeso? —¿Lo dices en serio? —Alex arrugó el entrecejo—. Te sientan muy bien las curvas. ¿De verdad crees que estás gorda? —Supongo que siempre me he sentido regordeta a tu lado —admití. Tragué saliva y continué—: Y tenía la sensación de que no valía la pena que me esforzara en maquillarme. O en peinarme de algún modo especial. —Porque… —Porque nadie se fijaba en mí cuando estaba a tu lado —respondí en voz baja. Fue como si notara una punzada de dolor al pronunciar esas palabras, como si me arrancara una costra de una antigua herida que no había sanado del todo. Pensé en la época del instituto, cuando agachaba la cabeza al encontrarme con los chicos guays de los últimos cursos mientras Alex lograba encandilarlos. Pensé en la mujer mayor que me había tocado el pelo con una mano que parecía una garra y me había soltado que era una pena que no me pareciera a mi hermana. Pensé en otros mil agravios dolorosos, pequeños y grandes: cuando los camareros se apresuraban a llenar el vaso de agua a mi hermana y dejaban el mío vacío; cuando los chicos se la quedaban mirando boquiabiertos, después de que sus ojos pasaran sobre mí de puntillas; cuando la gente decía: «¿Tu hermana?», sin molestarse en disimular el tono de sorpresa. Ya no echaba todo eso en cara a Alex porque por fin me había dado cuenta de que no era culpa suya. Pero eso no significaba que aquellos recuerdos no resultaran dolorosos. —Mira, Alex —dije—. Dentro de poco volverás a ser tan guapa como antes. Y me alegro, te lo digo de verdad. Pero supongo que siempre he sentido que quedaba difuminada en un segundo plano cuando estaba contigo. Aunque no es culpa tuya, claro —me apresuré a añadir. —No lo sabía —dijo, y me di cuenta de que era cierto. Alex no sabía cómo me sentía, pero, claro, ninguna de las dos conocía los sentimientos de la otra. Negó con la cabeza—. Creía que la ropa y esas cosas no te interesaban. —Pues parece ser que sí. Últimamente me he vuelto una adicta a ir de compras. —Yo también estaba un poco celosa de ti —dijo Alex. —¿Tú? —pregunté—. ¿En serio? —De tu trabajo —respondió—. De los viajes que hacías por todo el mundo y de cómo ideabas todos esos anuncios. Siempre me ha parecido algo genial.

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Me la quedé mirando un momento, anonadada. ¿Alex estaba celosa de mí? —Yo estaba celosa de Gary —le solté—. Parecía el chico perfecto. Y te adoraba. —Yo estaba celosa de tu independencia —dijo—. He vivido en esta ciudad toda mi vida. Tú te fuiste de casa para ir a la universidad y hacer cursos de posgrado, y has vivido en Nueva York. Tenías un apartamento muy mono y fantástico, y conocías la ciudad como si llevaras viviendo en ella toda la vida. Mi hermana había estado celosa de mí. Aún no podía entenderlo. Durante tanto tiempo… No tenía ni la menor idea. —¿Sabes?, cuando volví a casa, creí que estaba colgada por Bradley —dije, como de pasada. —¿En serio? —Alex se sorprendió de verdad; la conocía lo bastante bien para saber que no fingía. O sea, que Bradley no le había contado nada. —Qué locura, ¿no? Durante un tiempo me sentí un poco confundida. Forcé una risa para demostrarle lo intrascendente que había sido mi cuelgue, pero Alex no rió. —¿Aún…? —Hizo una pausa y unas arrugas le surcaron la frente. —Dios mío, no —dije. —Porque yo creía que estabas con ese chico de Nueva York —dijo—. Y luego saliste con Jacob. —Alex —dije, mientras ponía una mano sobre las suyas. Tenía que quitarle hierro al asunto, pero quizá algún día le contaría toda la historia, y quizá entonces sería capaz de reírme de todo eso—. Bradley y yo solo estábamos destinados a ser amigos, nada más. Únicamente intentaba fingir que estaba enamorada de él para no tener que enfrentarme al hecho de que me habían despedido. Y tengo que confesarte otra cosa —dije, con voz más grave. —No sé si podré asimilarlo —replicó Alex—. Esto parece el programa de Jerry Springer. —También estaba muy celosa —dije lentamente— de tus… uñas de los pies. —¿Mis uñas de los pies? —preguntó, también despacio. —Siempre las tienes perfectas. ¿Quién demonios tiene unas uñas de los pies bonitas? —Bueno, ya es oficial —dijo—. Está claro que eres tú quien necesita terapia, no yo. Miré a Alex y ambas sonreímos. —Mira, sé que es duro —dije—. Pero ya te está empezando a crecer el pelo. Dentro de poco dejarás los esteroides. Todo va a salir bien. Alex asintió, pero no parecía convencida. Tal vez no volvería a ser lo mismo, me di cuenta. Tal vez, cuando perdías la belleza de la noche a la mañana, te dabas cuenta de lo fugaz que era, y siempre te parecería algo con su lado bueno y su lado malo. —En cuanto a los resultados de las pruebas de inteligencia… —dijo Alex. —Es raro, ¿verdad? —pregunté—. No es que esté celosa ni nada. Me dio una palmada en el brazo. —He estado pensando y creo que voy a dejar de trabajar de modelo. Me

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gustaría seguir con los proyectos de televisión, pero para cuando haya adelgazado y me haya crecido el pelo… No sé, me parece mejor parar ahora que alargar la agonía. Hay que dejarlo cuando estás en la cima, ¿no? —¿Vas a intentar labrarte una carrera en televisión? —pregunté. —No te rías —me pidió. —No lo haré —prometí. —Estaba pensando —dijo lentamente— en volver a la universidad. —Hazlo —dije al instante. —¿De verdad? —preguntó—. ¿No crees que me sentiré un poco rara si vuelvo a estudiar con veintinueve años? —No —respondí—. ¿En qué piensas matricularte? Encogió levemente un hombro. —Empresariales, quizá. —Hazlo sin dudar —repetí. —Gracias, hermana —dijo—. Imagino que en otoño todo habrá vuelto a la normalidad. Quizá podría empezar entonces. —Me parece un plan perfecto. Asintió y se recostó, ensimismada en sus pensamientos sobre un futuro inesperado. Tal y como había hecho yo unos momentos antes. —Me estaba preguntando —dije, de pasada— si has pensado en llamar a Bradley. La expresión de ensueño desapareció del rostro de Alex. —Aún no —dijo con voz cauta. —Alex, quiere verte. Estiró las piernas y se puso en pie. —No me presiones —me pidió. —Vamos —le dije—. Tan solo llámalo. Tienes que acabar con su sufrimiento. Sin embargo, Alex ya se dirigía hacia la puerta, como si estuviera desesperada por poner tierra por medio entre ella y cualquier mención de Bradley. —Buenas noches —dijo, y cerró la puerta de mi habitación suavemente.

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Capítulo 31 —¿Alexandra Rose? —dijo la recepcionista. Cuando Alex y yo nos levantamos y atravesamos el umbral de la puerta para entrar en la consulta, una horrible sensación de dejà vu se apoderó de mí. La última vez que estuvimos en ella, el médico nos comunicó la noticia del tumor de Alex. El doctor Grayson se levantó de la silla, tras su escritorio, y nos estrechó la mano. Su expresión era de lo más anodina, el equivalente facial de un pastel de tapioca. Me fijé en los escáneres que tenía sobre la mesa, esparcidos como una mano de póquer. El día anterior, una radióloga distinta, una joven madre de tres hijos que estuvo hablando de sus niños durante casi todo el rato, había tomado las imágenes mientras Alex permanecía en el interior del tubo de IRM. Cuando acabó, busqué la mirada de la mujer, que no reveló ninguna pista sobre los resultados. Aunque durante la intervención el doctor Grayson había extirpado gran parte del tumor de Alex, había tenido que dejar sobre el nervio una pequeña parte, del tamaño de una fina luna creciente, ya que no quiso arriesgarse a provocarle algún daño irreparable. Si el tumor había crecido, aunque fuera un poco, tendría que bombardearlo con radiación para eliminarlo antes de que la vista de Alex sufriera daños permanentes. En esos momentos, «radiación» era la palabra más aterradora que podía imaginar. Significaba que la recuperación de Alex se retrasaría. Significaba varios meses de esteroides, de visitas diarias al hospital, de apatía, náuseas y una docena de posibles efectos secundarios más. Significaba que la antigua Alex permanecería oculta donde nadie pudiera verla. Miré de nuevo los escáneres que el doctor Grayson tenía sobre el escritorio. De pronto recordé que, en póquer, nunca mostrabas tu mano hasta que habías acabado de apostar y finalizaba la partida. —Lo siento —dijo el doctor Grayson, mirando a Alex. Esas dos simples palabras. ¿Cómo era posible que esas dos pequeñas palabras poseyeran fuerza suficiente para destrozarme? Así la mano de Alex. Estaba helada, igual que su pie la noche en que desapareció engullida por el tubo de IRM, la noche en que empezó todo. —¿Está seguro? —pregunté. Asintió. —Ha crecido varios milímetros. No es mucho, pero en un período de tiempo tan breve es suficiente y debemos tomárnoslo como una advertencia. Hay que recurrir a la radiación para que mate todas las células que están produciendo la masa.

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Alex asintió, como si fuera de lo más normal. —¿Cuándo empiezo? —preguntó con voz calma, como si quisiera saber cuándo iba a empezar su programa de televisión favorito, o cuándo despegaba un vuelo. —Creo que podremos programarlo para que empiece el lunes —dijo el doctor con voz grave y semblante tranquilizador, aunque algo preocupado. ¿También enseñaban eso en la facultad de medicina? ¿Tenían una asignatura sobre cómo poner cara de pena y optimismo? De repente me entraron ganas de ponerme en pie de un salto, agarrarlo de los hombros y zarandearlo con fuerza. Aquello era culpa suya; no había extirpado todo el tumor. De repente odiaba a ese doctor con sus dedos en forma de aguja y sus múltiples diplomas. ¿De qué servían todos esos títulos si era incapaz de ayudar a Alex? ¡Maldita sea! —Me gustaría que realizara un ciclo de seis semanas de radiación —dijo el doctor Grayson, ajeno a mis pensamientos iracundos—. El tratamiento será bastante sencillo. No sentirá ningún dolor, si le preocupa eso. —Me he informado al respecto —dijo Alex—. Sé a qué me enfrento. Algo iba muy mal. Alex debería estar chillando y gritando sobre lo injusto que era todo, sobre el hecho de verse obligada a luchar contra un tumor con tan solo veintinueve años. Debería estar llorando y quejándose. ¿Por qué estaba tan calmada? Me di cuenta de que se estaba escabullendo y me llevé las manos al estómago. Estaba regresando a la etapa en que pasaba horas interminables frente a la televisión y tenía la mirada apagada. Alex estaba desapareciendo de nuevo, y quizá se alejaría tanto de mí que no podría alcanzarla nunca más. —Los de radiología tendrán que hacerle una máscara para que la radiación solo afecte a la masa y el resto de su cerebro quede protegido —dijo el doctor. —Entiendo —dijo Alex, con la misma frialdad que si acabaran de ofrecerle un vaso de agua. —Todo va a salir bien —dije, como una estúpida, mientras le apretaba la mano. «Quédate conmigo», le supliqué en silencio. Pero la mano de Alex reposaba lánguidamente sobre la mía. —¿Tiene alguna pregunta más? Sé que no es lo que quería oír hoy, pero el lado positivo es que estoy convencido de que podremos eliminar el tumor gracias a la radiación. —Creía que iba a decir que el tumor no había crecido —dijo Alex—. Sigo viendo bien, de modo que confiaba en que eso significaría… —Tragó saliva y añadió—: Significaría que nada había cambiado. —El cambio es pequeño —dijo el doctor—. Pero hay un cambio. Alex asintió. —Entonces, empecemos cuanto antes —se limitó a replicar. La última vez que habíamos estado en aquella consulta, se había agarrado a los reposabrazos con tanta fuerza que las puntas de los dedos se le habían puesto blancas, luego había intentado bromear y había acabado llorando. Esta vez estaba totalmente aturdida. Casi prefería que hiciera alguna broma, cualquier cosa que demostrara que no iba a pasarse los tres próximos meses en el sofá de la sala de estar,

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mirando al vacío. El doctor se puso en pie. —Puede llamarme para preguntarme lo que desee. Si quiere esperar fuera, comprobaré si pueden tomarle medidas para la máscara hoy mismo. Unos meses antes, le tomaban medidas para la ropa que iba a lucir en las páginas de las revistas. Ahora se las tomaban para diseñarle una máscara facial que le cubriría el cráneo y le protegería el cerebro de la devastadora radiación. Era injustísimo. —Lo siento mucho, Alex —dije, y le apreté la mano de nuevo mientras nos dirigíamos a la sala de espera. Nunca me había sentido más inútil—. ¿De verdad quieres hacerlo hoy? —le susurré, mientras nos sentábamos en un sofá de cuero marrón agrietado—. Podemos esperar si no estás lista. —No pasa nada —dijo. Cogió una revista de golf muy manoseada y la hojeó tan rápido que advertí que no la estaba leyendo. —Dime algo —le supliqué—. Por favor. Negó con la cabeza y apartó sus ojos azul verdoso, el único rasgo que el tumor no había cambiado, de los míos. —Solo tengo ganas de acabar con esto y de irme a casa. Agaché la cabeza, preguntándome qué podía decir para ayudarla. Se suponía que yo era la experta en solucionar problemas de la familia. ¿Por qué no podía solucionar ese? ¿Por qué no podía encontrar un modo de llegar hasta ella? Cuando volví a alzar la mirada, un niño que no debía de tener más de diez años entró en la sala de espera con sus padres. Era delgadito y tenía la nariz pecosa. Llevaba la cabeza envuelta con un vendaje blanco recién puesto y tenía la cara hinchada como Alex. —… entrenador ha dicho que la próxima temporada seguro —le decía la madre mientras entraban en la sala. —Sí —dijo el niño con apatía. Sus grandes ojos castaños eran iguales que los de su madre. Sin embargo, ella tenía una mirada de preocupación y disgusto que contradecía el tono alegre de su voz. —Podemos ir a lanzar unos cuantos tiros esta tarde —dijo el padre. Le dio una palmada en el hombro y dejó la mano allí, sin moverla—. Si te apetece. —Vale —respondió el niño, sin la menor muestra de entusiasmo. Los tres se sentaron en un sofá delante de nosotros, los padres a cada lado del hijo. Aquella imagen lo decía todo: era como si incluso ahí, en la seguridad de la sala de espera, quisieran que el niño estuviera entre ellos, para protegerlo. Me fijé en la tirita de Spider-Man que tenía el niño en el pliegue del codo y caí en la cuenta de que debían de haberle hecho unos análisis de sangre, cuando alguien habló. Tardé un segundo en darme cuenta de a quién pertenecía la voz. Era la de Alex. —¿Eres seguidor de los Wizards? —preguntó mi hermana, señalando un libro de tapas duras que el niño sostenía sobre el regazo. Me volví hacia ella, sorprendida. Había dejado caer la revista y observaba al

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chico, lo observaba con toda su atención. La mirada ausente había desaparecido de su rostro. —Sí —respondió el niño, fijando la vista el libro. En la portada aparecía la foto en color de un tipo haciendo un mate. —Lo conocí una vez —dijo Alex, señalando al pívot de la portada. —¿Sí? —preguntó el niño, pero ahora, por primera vez, el tono apagado de su voz fue sustituido por una chispa de interés—. ¿Lo ha conocido de verdad? —Me dijo que cuando nació tenía un pie deforme. Tuvieron que hacerle tres operaciones de pequeño. Y, ahora, míralo. Es uno de los mejores atletas del mundo. ¿Qué porcentaje consiguió la temporada pasada? ¿Un ochenta y nueve por ciento en tiros libres? —¿En serio? —preguntó el niño, frunciendo su pequeña frente—. ¿Tuvieron que hacerle tres operaciones? —Pasó mucho tiempo en hospitales —dijo Alex—. Lo odiaba, pero aquello lo convirtió en mejor persona. —¿Tiene un tumor? —preguntó el niño a Alex. Yo había olvidado que los niños eran así; siempre iban directos al meollo de cualquier cuestión, por sensible que fuera, sin andarse con rodeos ni recurrir a las palabras delicadas que utilizaban los adultos. En cierto modo, era un alivio. —Sí —respondió Alex. Se quitó el sombrero. Por entonces ya le había crecido un poco el pelo; lo llevaba rapado y de punta. Se pasó una mano por la cabeza e hizo una mueca—. Es un rollo, ¿verdad? El niño asintió, pero no dijo nada. —Al principio estaba muy asustada —dijo Alex—. Luego me puse furiosa. —Yo también —dijo el niño—. Este año no puedo jugar a baloncesto. —Caray —exclamó Alex—. Eso sí que es un rollo. ¿De qué juegas? —De pívot —respondió el niño con orgullo. —Como él —añadió Alex, y señaló el libro. —Perdóneme, pero ¿no es usted…? —preguntó la madre—. Quiero decir, creo que la he visto en algún lado. Y su voz resulta muy familiar. —Soy Alex —se limitó a responder mi hermana. No dijo nada más, no adoptó su papel de personaje público, ni lució su sonrisa más televisiva, ni reconoció que sí, que la había visto antes, seguramente un par de veces a la semana en la televisión. —¿Qué más le dijo? —preguntó el niño. Alex sonrió. —Adivina lo que comía mientras hablaba con él. —¿Qué? —Patatas fritas con mostaza y salsa picante. El niño frunció la nariz y miró a su madre. —¿Puedo probarlo? —Claro, cielo —dijo la mujer, que le apretó la rodilla. Me quedé ahí sentada, maravillada, observando a mi hermana mientras hablaba con el niño y lo consolaba con tal sutileza que el pequeño no se daba cuenta

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de lo que ella intentaba hacer. «Alex no necesita que le solucione nada —pensé de repente—. Ella misma encontrará un modo de solucionarlo todo.» —Pívot, ¿eh? —dijo Alex. Volvió a sonreír—. Debes de ser muy bueno. —Lo soy —dijo el niño con orgullo. Tenía unas piernas tan delgadas y cortas que los pies no le llegaban al suelo, y empezó a balancearlos. —¿Ganas a tu padre en tiros libres? —preguntó Alex—. Parece muy alto. —La semana pasada lo gané —respondió el pequeño. Le faltaba uno de los dientes delanteros, y aquella imagen hizo que todo resultara más doloroso aún. Ahí estaba el niño, atrapado en el hospital, mientras las alegrías y los grandes momentos de la infancia pasaban de largo. ¿Cuántos cumpleaños, cuántos Halloweens y cuántos partidos de baloncesto iba a tener que perderse? —Pero no creo que me ganes hoy —dijo el padre—. Me siento en forma. —Aun así te ganaré —dijo el niño, con una sonrisa. Vi que el padre se metía la mano en el bolsillo para coger un pañuelo y fingía que tenía un ataque de tos mientras se secaba los ojos disimuladamente. «Gracias», le dijo a Alex sin llegar a pronunciar la palabra. Me daba igual lo que dijeran esos escáneres, pensé con vehemencia. Porque se equivocaban. Todo iba a salir bien.

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Capítulo 32 —Deja de moverte —ordené a Alex. —Últimamente estás muy marimandona —dijo—. Y lamento decirte que no es lo más apropiado en esta situación. —Chist. —Le pinté la línea de las pestañas superiores con mi lápiz de ojos gris tórtola y utilicé el meñique para difuminarlo—. Solo un poco más —murmuré, casi para mí—. Jo, tienes unas cejas perfectas. —Me gustaría decir algo moderadamente agradable, pero como no se me permite hablar… —replicó Alex. Sonreí, di un paso atrás y busqué algo en mi maletín de maquillaje. —¿De dónde has sacado todo esto? —preguntó Alex—. Creía que odiabas maquillarte. —Un poco más de color —decidí—. Mete los carrillos. —¿Qué te crees que hago? —exclamó Alex—. Putos esteroides. Parezco una ardilla recogiendo nueces para el invierno. —Lo siento —me disculpé. Al cabo de un segundo Alex estalló en carcajadas y yo también. ¿Tendría valor para reírme de mí misma si fuera a someterme a mi primera sesión de radiación al día siguiente?, me pregunté. Cada día aprendía algo nuevo sobre mi hermana. Aprendía algo y la quería más. Aunque, claro, algunas de las cosas que hacía me volvían loca. Nunca limpiaba el lavamanos después de utilizarlo, y dejaba sus zapatos por todas partes en lugar de ponerlos en el bonito estante que yo había comprado y colocado junto a la puerta de la entrada. —Vaga —murmuraba yo mientras los ordenaba. —Maniática —replicaba ella—. Mamá, sabes que enseñaste a Lindsey a ser demasiado disciplinada, ¿verdad? Y ahora todos estamos pagando las consecuencias. Pero hablábamos todas las noches, hasta altas horas, compensando todos aquellos años de silencio. Ya no éramos unas desconocidas. En ese momento observé su rostro bajo la luz del baño y cogí mi sombra de ojos de destellos dorados. —Dime otra vez por qué estoy haciendo esto por ti —me pidió Alex mientras le pasaba el pincel por la frente. —Porque tengo que practicar —le mentí—. Tengo que maquillar a una de mis clientas para una cita importante y necesito una cobaya. —Qué bonito —dijo Alex—. Llamar cobaya a una chica que va hasta las cejas de esteroides. Sonreí.

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—No muevas los labios —le ordené. Encontré el lápiz de labios rosa y le perfilé el contorno. El labio superior era un poco más carnoso que el inferior, lo que confería un aspecto ligeramente exótico a su boca. Me di cuenta de que yo tenía unos labios parecidos, pero los míos eran un poco más gruesos. ¿Por qué no me había fijado en ello antes? Alex y yo teníamos algo en común físicamente. Cuando nos veían juntas, nadie reparaba en que éramos hermanas, pero si se aislaba ese único rasgo, se podía adivinar cierto parecido. —Ya casi he acabado —dije. Hurgué en la bolsa que había dejado junto al maletín de maquillaje y saqué un pañuelo. Llevaba un estampado de Pucci con remolinos de color rosa, azul y crema. Cuando lo vi en Nordstrom, atado a la cintura de un maniquí, me hizo pensar en el verano. Compré media docena de pañuelos para Alex, pero ese era el más bonito. —¿Es que tu clienta también está calva? —preguntó Alex con ironía mientras le ataba el pañuelo en la cabeza y le ajustaba las puntas para que cayeran por la espalda. Aún no sabía si estaba haciendo lo adecuado o si me saldría el tiro por la culata. Pero a veces, como dice Matt, tienes que lanzarte y saltar. —Estás genial —dije, y le tiré una bolsa—. Ahí hay unos vaqueros y una blusa nueva. Ve a cambiarte. —¿Qué pasa? —preguntó. Miró la bolsa de Nordstrom con recelo. Justo entonces sonó el timbre de la puerta. Sincronización perfecta. —¿Quieres ir a abrir o prefieres cambiarte antes? —pregunté—. Es para ti. —Quiero que me digas qué está sucediendo —exigió. Parecía que le había dado un ataque de pánico. —Tú ve a abrir la puerta —le dije—. Venga. —Aún no estoy preparada para verlo —me espetó Alex con un chillido. Se abrazó a sí misma como si intentara ocultar su cuerpo—. ¿Por qué me presionas, maldita sea? Cuando el timbre sonó por segunda vez, Alex se fue corriendo a su habitación y cerró con un portazo tan fuerte que resonó por toda la casa. Lancé un suspiro y me dirigí lentamente hacia la puerta. Ahí estaba él, con los ojos llenos de esperanza. —Lo siento —le dije—. Lo he intentado, pero… No fue necesario que acabara la frase. Había llamado a Bradley ese mismo día y le había dicho que Alex empezaba a resurgir de su exilio autoimpuesto, que algo había cambiado cuando consoló a aquel niño que tenía un tumor. Le dije que creía que estaba preparada para recibirle. Verle el rostro crispado de dolor fue algo muy duro. —¿Puedo entrar? —preguntó. Vi que había traído la guitarra. —Claro —respondí—. Por supuesto. —¿Dónde está? —preguntó. Lo acompañé por el pasillo, hasta la puerta cerrada de la habitación de Alex. —Puedes llamar si quieres —dije—. Creo que sabe que eres tú. Pero no te

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disgustes si no responde… Lo siento, Bradley. Asintió y abrió la funda de la guitarra. No parecía de las caras; de hecho, estaba casi segura de que era la misma que tenía desde el instituto. La sacó y tocó unos cuantos acordes. De repente recordé algo: el año anterior, Gary había llevado a Alex a una fiesta privada, una de esas galas de beneficencia en la que las entradas cuestan cinco mil dólares, y Sting había tocado tres de sus clásicos. Alex incluso se había hecho una foto con él. («Cuando lo miraba no podía dejar de pensar en el sexo tántrico», me dijo. «Es pequeñito, pero, Dios, ¡menudo semental!»). Y de pronto ahí estaba Bradley, con su vieja guitarra, sentado con las piernas cruzadas sobre la moqueta gastada frente a la habitación de Alex. Carraspeó, acabó de afinar la guitarra y se puso a cantar. Al cabo de un instante me di cuenta de que era una antigua canción de los Beatles. «Oh, Bradley», pensé. ¿Y qué si su voz no era muy buena? ¿Qué chica no lo preferiría a él antes que a Gary y sus fiestas privadas para recaudar fondos con fines benéficos, y sus famosos y sus botellas de vino de trescientos dólares? ¿Quién no preferiría estar con Bradley? —Here, there, and everywhere —cantaba Bradley, con una voz cada vez más fuerte—… watching her eyes and hoping I’m always there… Bradley tocaba con más intensidad, con todo su corazón. Se le quebró la voz, pero siguió cantando. Intentaba llegar a Alex. «Abre la puerta», le pedí en silencio. «No le hagas esto. No se merece que lo dejes al margen.» Bradley seguía cantando. No sé por qué, pero sospechaba que iba a quedarse toda la noche si era necesario. Sin embargo, al cabo de unos minutos, lo vi: el pomo giró un poco. Dejó de moverse un segundo, luego siguió girando y la puerta se abrió. No del todo, pero sí lo bastante para que Bradley se levantara y pudiese entrar. —Bueno —susurré. Parpadeé para contener las lágrimas, unas lágrimas de felicidad por Alex, y quizá algunas de tristeza por mí. Porque aquella puerta que se había abierto cerraba para siempre la que había entre Bradley y yo. —Bueno —repetí. Me enjugué las lágrimas con las palmas de las manos y me quedé allí de pie, preguntándome qué podía hacer. Era la última vez que lloraba por ese motivo, me prometí. Un último llanto y luego seguiría adelante. Me guardé unos cuantos pañuelos de papel en el bolsillo, cogí las llaves del coche y salí a dar un largo paseo.

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Capítulo 33 Dos meses después Estaba oscuro y oía cantar a los primeros grillos del verano mientras me encontraba en la entrada destartalada, iluminando la casa con la linterna. Creía que tendría un aspecto espeluznante de noche, con todas esas telarañas y la ventana en forma de boca del dormitorio del piso superior, pero mientras la miraba, me di cuenta de que solo parecía una casa solitaria. Subí los escalones chirriantes del porche e introduje mi nueva llave en la cerradura. Hacía tan solo una horas me encontraba en la agencia inmobiliaria, hojeando decenas de papeles, firmando en la parte inferior de cada uno de ellos. Desde las tres de esa tarde, después de varias semanas de negociación con el hijo drogadicto de la comuna, era la propietaria de la casa. Aún me parecía increíble. Me coloqué bien el asa del bolso en el hombro e iluminé las paredes de la sala de estar. En la penumbra, el interior de la casa no tenía tan mal aspecto. Las sombras ocultaban las grietas de la escayola y las tablas del suelo deformadas. Subí la escalera con cuidado y eché un vistazo en el dormitorio principal. Me recreé en los enormes ventanales en forma de arco, en la chimenea con su pantalla de hierro forjado, en la delicada moldura del techo. Aquella casa no sabía lo que le esperaba. Iba a quedar preciosa cuando acabara con ella. Me acerqué a la ventana del dormitorio, quité el pestillo y dejé que se abriera. Me incliné hacia delante, inspiré el aire húmedo y denso y cerré los ojos. Algo me había ocurrido; algo que no podía explicar ni tan siquiera entender por completo. Era como si algo se hubiera roto en mi interior el día que me despidieron, como si ese algo hubiera deformado todo aquello que me resultaba familiar. Los últimos meses habían sido extraños y, a veces, aterradores, pero hacía tiempo que no me sentía tan viva. Quizá nunca me había sentido así. El hecho de aceptar la oferta de May y de comprar esa casa significaba que había tomado una decisión: estaba aceptando los nuevos e inesperados contornos de mi vida en lugar de intentar reconstruir los antiguos pedazos, que me hacían sentir más segura. Había tomado un nuevo camino, con curvas y recodos que ocultaban lo que me aguardaba más adelante, y no tenía ni idea de dónde iba a acabar. Ese mismo día, unas horas antes, mientras servía una taza de té recién hecho a May, mencioné una idea a la que había estado dando vueltas. —Quizá, con el tiempo, podríamos pensar en la posibilidad de abrir otra sucursal —dije. May dio un sorbo y asintió pensativamente. —Podríamos. - 257 -


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—No estoy diciendo que debamos hacerlo —dije—. Solo es una idea. —Yo también había pensado en ello —dijo May, estirando las piernas—. Podríamos intentar que nuestra compañía se expanda en Nueva York, Baltimore y Filadelfia. Podríamos intentar abarcar todo el país. Aunque, claro, eso cambiaría la naturaleza de nuestro trabajo. Tendríamos que asegurarnos de que es lo que queremos hacer de verdad. Me di cuenta de que eso implicaría más viajes y trabajar más horas. Y más dinero y prestigio. Tal vez algún día tendríamos que tomar en consideración esa posibilidad. Pero por el momento estaba contenta sin saber lo que me depararía el futuro. Por primera vez en mi vida, la incertidumbre no me aterrorizaba. No era la única cuya vida había sufrido un cambio radical, claro. Cuando, unos días antes, había subido al desván para organizar y tirar los papeles viejos que había sacado de las cajas, había visto algo: el book de modelo de Alex. Estaba junto a un montón de papeles, como si lo hubiera tirado allí y se hubiera ido sin volver la vista atrás. Me senté, abrí el álbum de cuero negro y miré las fotografías brillantes y las páginas arrancadas de las revistas: Alex arrodillada en la playa con una blusa blanca transparente que le llegaba hasta medio muslo, adormilada y atractiva; Alex con un vestido largo rojo y un collar de diamantes, y un elegante recogido; Alex con un biquini minúsculo, la cabeza echada hacia atrás y unos abdominales relucientes gracias al aceite. Era curioso lo distintas que me parecían esas fotografías ahora. No eran la prueba de que Alex había ganado la lotería genética, y que a mí me habían tocado las sobras; eran bonitas ilusiones y ella había tenido que esforzarse muchísimo para crearlas. Cuatro bocados de postre a la semana, pensé, y me estremecí mientras cerraba el book. Tener que estar mirando siempre hacia atrás, a los niños de trece años que te perseguían. Menuda vida. Era curioso que Alex y yo siempre hubiéramos estado tan ensimismadas en nuestras identidades que no nos hubiéramos dado cuenta de que las cosas podían cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Pero Alex también estaba saliendo adelante. Pasaba todo el tiempo con Bradley. Ambos parecían felices y radiantes, a pesar de las náuseas que sufría mi hermana a causa de las sesiones diarias de radioterapia. Bradley era quien la llevaba al hospital la mayoría de los días, y esperaba frente a la sala hasta que acababa. Los días en que venía a buscarla a casa no la esperaba en el coche. Entraba y, a veces, si Alex aún no estaba lista, hablábamos con toda tranquilidad. Cuando Bradley tenía trabajo, yo llevaba a Alex al hospital y luego íbamos a comer los bagels con ginger ale que le asentaban el estómago. A veces hablábamos, otras compartíamos el periódico y un agradable silencio. Y hacía unas noches había entrado en su habitación y la había pillado leyendo un catálogo de la Universidad de Maryland. —¿Algo interesante? —le pregunté. —Tal vez. —Encogió un hombro—. Este otoño hay unas cuantas clases que tienen buena pinta.

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Sonreí al pensar en ello. Alex, la mujer de negocios. Y yo con mi casa vieja y medio en ruinas, y el armario lleno de ropa sexy y con un trabajo que apenas me estresaba. Nadie de los que me conocieron en Nueva York se lo habría creído. Nadie salvo Matt, que siempre me animó, en cada uno de los pasos de mi transformación, y que me consoló cuando le llamaba y le contaba los enredos de mi historia con Alex y Bradley. Desde entonces, Matt y yo nos sentíamos aún más unidos, hablábamos y nos enviábamos mensajes casi a diario. Esa misma mañana, cuando me entró miedo por tener que firmar un cheque para mi casa, fue a él a quien llamé para que me tranquilizara. —Soy yo —dije cuando contestó el teléfono. —Eh, hola —dijo con su voz familiar, que me hizo sentir mejor de inmediato. —¿Puedes hablar? —le pregunté. —Sí, claro. ¿Sabes que me han dado la cuenta Hormel? Como tenga que mirar más fotos de productos derivados del cerdo, voy a empezar a gruñir. Estoy intentando averiguar cuál es el lado bueno de la carne enlatada Spam. —El derecho, sin duda —dije—. Creo que el agente de Spam incluyó una cláusula en el contrato que decía que solo podíamos fotografiarla desde el lado derecho. Matt se rió. Me lo imaginé reclinado en la silla, con los pies sobre la mesa y una taza de ese café con sabor a chocolate que tanto le gustaba. —Veo que todo sigue igual por ahí, ¿no? —pregunté. —Pues, de hecho, no. Tengo noticias para ti —dijo, y por su tono de voz noté que sonreía. —Déjame adivinar —dije—. Cheryl se ha puesto unos implantes aún más grandes. —Mejor aún. La ha plantado. —¿Bromeas? —Se moría de ganas por convertirse en la señora Fenstermaker IV, pero Fenstermaker está saliendo con una de las modelos de Gloss. Y Cheryl tiene que ver la cara de la modelo cada vez que trabaja con la cuenta. Tengo la sensación de que Fenstermaker podría dejarnos en cualquier momento. La campaña de Cheryl no va muy bien. —No tienes ni idea de lo feliz que me hace oír eso —dije, con un suspiro. —Puede que alguien haya imprimido un cartel que dice EL KARMA ES UNA ZORRA VENGATIVA y lo haya pegado en el ordenador de Cheryl. —¿Alguien? —Un chico misterioso. Una especie de superhéroe. —Siempre he pensado que estarías muy guapo con capa —dije. —Pero no un superhéroe de esos que llevan calzoncillos y mallas. Eso debilita la imagen de macho. Hablamos durante una hora. En ese momento abrí la puerta de la calle y entré en la casa. Miré mis paredes

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cubiertas de telarañas y los muebles amortajados, entonces metí la mano en el bolso y saqué una bolsa de papel marrón. En el interior había una botella pequeña de Moët. Había llegado el momento de reemplazar los recuerdos negativos que tenía el champán para mí. Descorché la botella y vi el gas que salía como un fantasma de la boca de la botella. Me senté en el suelo de mi sala de estar, tomé un sorbo y lancé unas cuantas gotas al aire, para que mi casa pudiera unirse a la celebración. —Salud —dije, y levanté la botella para brindar. Sonó el timbre. ¿El timbre? Estuve a punto de echarme a reír; había algo de mi casa que sí funcionaba. Debía de ser alguien que estaba recaudando donativos para el Sierra Club. Me puse en pie y me limpié el polvo de los tejanos. —¿Quién es? —pregunté sin abrir la puerta. —El repartidor de pizza. —No he pedido ninguna pizza —grité. Aunque quizá no debería despacharlo tan rápido; me había saltado la comida. —Aquí dice que ha pedido una pizza extra grande con olivas negras y champiñones. —Pero yo… —Entonces caí en la cuenta y abrí la puerta de golpe—. ¡Eres tú! —Soy yo —dijo Matt. —Pero estabas en Nueva York —balbuceé. —Esta mañana sí, pero existe un invento nuevo que se llama tren. —¿Has tomado un tren? —Aún no podía creerlo. Matt estaba ahí. Era la primera persona que veía mi casa. De repente me alegré mucho. —Lo primero es lo primero —dijo Matt. Entró y buscó algún sitio donde poner la caja de la pizza, pero al final decidió dejarla en el suelo—. Pammy y yo hemos roto. —Lo siento —dije. Y lo sentía de verdad, si eso significaba que Matt lo estaba pasando mal. —Era de esperar —dijo. —¿Qué ha ocurrido? Hizo una larga pausa. —Que no me hacía reír. —Oh —dije. El corazón me latía con fuerza. Empezaron a sudarme las palmas de las manos. Solo era Matt, me dije a mí misma. Matt, el mejor amigo que había tenido jamás. Matt, el chico que me hacía reír y se preocupaba por mí. Matt, el chico que tenía los ojos castaños más cálidos que había visto jamás. Mi Matt. —Pero ese no es el único motivo por el que hemos roto —dijo—. ¿Recuerdas que hace un tiempo me hablaste de un tipo que os gustaba a tu hermana y a ti? Ocurrió algo raro. —¿Qué? —susurré.

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—Me puse celoso. Lo miré a los ojos y lo recordé con su chaqueta de lana roja, de pie en el andén mientras mi tren se alejaba, con una cara muy triste, sin su gran sonrisa. Pensé en la noche en que vimos Casablanca y en que lo pillé mirándome a mí en lugar de mirar la película, aunque era su favorita. Vi su mano, deslizándose sobre la mesa del Ruby Foo’s. —No paraba de decirte que saltaras —dijo—. Y ahora me toca a mí. Sentí algo que crecía en mi interior, algo que había estado cerrado como un puño. —Lo que no sé es si esto es algo reciente o si te he querido desde el principio — dijo Matt—. Quizá fue necesario que te marcharas para que me diera cuenta. —¿Me quieres? —susurré. —Te quiero a ti y todo lo que tiene que ver contigo —dijo—. Me gusta que te saltes la cena porque estás a régimen y que luego te zampes medio litro de helado porque estás hambrienta. Me gusta cómo alineas los lápices en ángulo recto junto a la grapadora. Me gusta lo seria que me estás mirando, con esa gran mancha de polvo en la nariz. Se acercó hacia mí y me la quitó suavemente con el pulgar. Todo parecía dar vueltas a mi alrededor mientras yo permanecía allí, en mi nueva vida, rebosante de muchas posibilidades. En mi nueva casa. Y en los brazos de Matt. Era justo donde quería estar.

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Agradecimientos Mi primer lector siempre es mi padre, John Pekkanen, y es el mejor editor y escritor que he conocido jamás. Papá, tengo una propuesta: me olvidaré del deje de sorpresa que noté en tu voz cuando dijiste: «¡Eh, quizá hasta consigas que te publiquen esto!», si tú olvidas el pequeño incidente que me involucraba en una visita nocturna a la piscina de unos vecinos. ¿Trato hecho? Lynn Pekkanen, mi madre, también es una buena editora y no podría encontrar a otra dispuesta a darme más apoyo. Gracias por creer, mamá. Y gracias a mis hermanos Robert y Ben, ambos excelentes escritores, que me han animado y han estado encima de mí durante todo el proceso. Tengo la suerte de tener tres cuñadas que leen las primeras versiones de los capítulos y me hacen buenas críticas: Saadia Pekkanen, Tammi Lee Hogan y Carolyn Reynolds Mandell. Varios lectores más mejoraron este libro de diversas formas: Rachel Baker, Anita Cheng, Lindsay Maines, Janet Mednick y el grupo de la clase de Hildie Block del Centro de Escritores, en especial Rick. Gracias también a Susan Coll, por su inspiración y por sus consejos sobre sushi. Chandra Greer ha tenido la generosidad de introducirme en el mundo de la publicidad, y Mike Langley y Karl Wenzel también me han ayudado a llenar mis lagunas. El libro Adventures of an Advertising Woman, de Jane Maas, fue una lectura divertida y me proporcionó información valiosa. Espero que al crear la agencia ficticia de Lindsey no exagerara los hechos demasiado; si ha sido así, se le puede echar la culpa a Mike sin problemas. Me ha conmovido la cálida acogida que he tenido por parte de varios bloggers de libros, que han sido muy generosos y han mencionado Un mundo entre tú y yo en sus páginas web, y que me han permitido publicar alguna entrada en sus blogs como invitada. Gracias a todos por defender los libros y por apoyarme no solo a mí, sino a muchos otros autores. Mi agente, Victoria Sanders, es inteligente y amable a más no poder, y su dedicación no tiene igual. Aquí está la prueba: una vez me mandó un mensaje de correo electrónico desde la silla del dentista. Victoria, espero tener la suerte de trabajar contigo durante muchos, muchos años. La directora editorial de Victoria, Benee Knauer, estudió minuciosamente el manuscrito y me ayudó a darle forma desde la primera página. Benee, gracias, gracias, gracias. También quiero mostrar mi agradecimiento a Chris Kepner, de la oficina de Victoria. Chandler Crawford ayudó a que este libro viera la luz: quiero dejar constancia de mi gratitud hacia él y a mis editores de otros países. Cuando llegó el momento de que mi agente enviara el libro, el nombre de un editor figuraba en el primer puesto de mi lista de sueños. ¡Greer Hendricks, eres mi - 262 -


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Harvard literario! Conocía la reputación que tienes de ser el mejor del negocio. Lo que no sabía era lo amable y cariñoso que eras, y la mano que tienes para elegir títulos de libro. Gracias también a la ayudante de Greer, Sarah Walsh, por asistirme de innumerables formas durante el proceso, y a todo el equipo de Atria. No concibo un hogar mejor para un novelista. También deseo expresar mi más profundo agradecimiento a Jennifer Weiner, por su apoyo y sugerencias. He tenido la suerte de aprender mucho sobre el arte de la escritura gracias a unos cuantos directores de periódico y de revista maravillosos, empezando por Jack Limpert en The Washingtonian, que me dio mi primer trabajo en el negocio, seguramente muy a su pesar. Gracias a Leland Schwartz por contratarme en el ya desaparecido State News Service y a David Grann, Marty Tolchin y Al Eisele de The Hill. También quiero mostrar mi agradecimiento a Jeff Stinson y a Judy Austin de Gannett. El día en que John Carroll me ofreció un trabajo en The Baltimore Sun permanecerá grabado siempre en mi memoria. Gracias, John, por librar la buena batalla en favor de la literatura, y por permitirme trabajar con Jan Winburn, que me enseñó cómo se hace. Steve Hull de Bethesda Magazine es el director que todo periodista debería tener, entusiasta, inteligente y siempre dispuesto a apoyarte. Para finalizar, gracias a mi amigo Bill Marimow, que ahora está al timón de The Philadelphia Inquirer. Bill es uno de esos tipos tan poco comunes que parecen más felices cuando ayudan a los demás a tener éxito. Gracias por todo, Bill. La próxima ronda de cervezas la pago yo. Una galletita de premio a Bella por calentarme los pies mientras escribía. Y gracias a mi marido, Glenn Reynolds, y a nuestros hijos, Jack, Will y Dylan. Todos me hacéis muy feliz, a diario.

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R E S E Ñ A B I B LI O G R Á F I C A SARAH PEKKANEN Sarah nació el 29 de noviembre de un año desconocido en Nueva York, pero pronto su familia se trasladó a Bethesda, Maryland. Cuando contaba 10 años, escribió junto a su amiga Hilary Jordan, el libro Cuentos y Poemas Diversos que enviaron a una editorial. Al no recibir respuesta, enviaron una carta exigiendo la devolución del manuscrito. Esta carta la lleva siempre consigo como un recordatorio de que los sueños pueden hacerse realidad. Después de graduarse en la universidad de Maryland, Sara empieza a trabajar como periodista cubriendo el Capitolio. Desafortunadamente no entiende muy bien las cansinas palabras de los senadores americanos de Alabama dando lugar a varios malentendidos. También trabajó brevemente como corresponsal para el canal de televisión “E” Entretenimiento. Ha trabajado como modelo, camarera y extra en algunas películas. Se casa con Glen Reynolds, completando la rebelión contra su padre, quien le dijo que no fuera escritora y no se casara con un abogado. Como reportera en Gannett New Service/UsaToday, cubre los viajes y las cenas presidencial, pero abandona este trabajo después de nacer dos de sus tres hijos, y comienza a escribir una columna mensual para la revista Bethseda. Ha colaborado, entre otros medios, en People, The Washington Post, USA Today, The New Republic, The Baltimore Sun y Reader’s Digest. Ha ganados premios de periodismo como el “Dateline” y el de la asociación de reporteros Paul Miller. The Opposite of Me (Un mundo entre tú y yo) es su primera novela, traducida a cuatro idiomas y publicada en diez países. Actualmente vive en Chevy Chase, Maryland con su esposo y tres hijos adolecentes.

UN MUNDO ENTRE TÚ Y YO Lindsey Rose siempre ha sido, desde que tiene uso de razón, la eterna segundona con respecto a su hermana gemela, la rematadamente guapa Alex. Sin embargo, con casi la treintena cumplida, Lindsey está muy cerca de obtener al fin un gran logro: tras varios años de jornadas semanales de más de ochenta horas y una profunda soledad, ahora va a ser nombrada vicepresidenta creativa de la exclusiva agencia de publicidad en la que trabaja. Lo que no sabe Lindsey es que, durante el transcurso de una noche aciaga, los sueños que tan cuidadosamente ha planeado van a saltar por los aires. Humillada, huye del glamour de Manhattan para encerrarse en casa de sus padres, en Maryland. Por desgracia, la gran espina clavada en la autoestima de Lindsay, su gemela Alex, vive a diez escasos minutos y está preparando la boda con su particular príncipe azul. Cuando se destape un secreto familiar, las dos hermanas tendrán que replantearse quiénes son en realidad y qué quieren hacer al fin con su vida. «Fresco, divertido y gratificante. Un libro terrible sobre hermanas que, de hecho, me hizo reír a carcajadas.» JENNIFER WEINER, autora de En sus zapatos.

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© 2010, Sarah Pekkanen Título original: The Opposite of Me Traducido por Roberto Falcó Miramontes y Laura Manero Jiménez Editor original: Washington Square, Marzo/2010 © 2010, Random House Mondadori, S. A. Primera edición: julio, 2010 Diseño: Sylvia Sans Bassat Fotografía: © Richard Drury / Ghislain & Marie David De Lossy / Getty Images ISBN: 978-84-9908-319-3 Depósito legal: B-22263-2010 Printed in Spain - Impreso en España

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