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Un libro apasionante y mágico, un viaje inesperado en el cual se encuentra miedo y desesperanza, pero a la vez, fuerza y coraje para vencer y superar la adversidad. C.C. Z A MBRA NO PER I O DI S TA .

Una historia mágica y llena de suspenso, un argumento claro y rodeado de matices que encantarán a cualquier lector, una excelente narración que dé comienzo a fin te hará soñar. CA RL OS PE RE Z A R Q U I TECTO Y DI S EÑA DO R .

Es una fantástica narración, en dónde una pequeña niña se enfrenta con coraje y fuerza a los demonios que dominan a la humanidad. Lo recomiendo, es único. A NRE S PORRA S A DM I NI S TR A DOR DE EM PR ES A S .


Sinopsis: Anya y Siete Demonios “El Laberinto del Abismo” Cuando una pequeña niña de cinco años llamada Anya es llevada a una oscura prisión, misteriosas fuerzas se desatan creando un poderoso caos. La maldad de un mundo que se oculta en las sombras querrá hacerle daño, pero en medio de las tinieblas conocerá a un valiente niño que la protegerá. Una promesa, un laberinto, siete fortalezas, magia y un extraordinario don los llevarán por un peligroso camino en el que encontrarán un inesperado guía que busca ayudarlos a escapar…


Queda completamente prohibida, sin la autorización escrita del titular del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.

OBRA REGISTRADA. Ministerio del Interior. (Dirección Nacional de Derechos de Autor) Bogotá-Colombia. CERTIFICADO DE REGISTRO DE OBRA LITERARIA INEDITA. Libro-Tomo-Partida. 10-383-409 Fecha de Registro. 16 Mayo 2013. Libro-Tomo-Partida. 10-610-452 Fecha de Registro. 02 Noviembre 2016. Titulo Original: ANYA Y SIETE DEMONIOS “EL LABERINTO DEL ABISMO”. APOSTILLA Y LEGALIZACION. (Convención de La Haya de 5 Octubre 1961) Ministerio de Relaciones Exteriores-Bogotá. Fecha de Registro. 14 Junio 2013. No ANGO1218508031 CERTIFICADO REGISTRO DERECHOS DE AUTOR (España) ISBN 978-958-46-4335-3 Todos los derechos reservados (Obra Literaria, Diseño de Portada, Ilustraciones y Fotografía) Juan Esteban Ruiz Torres.

Bogotá-Colombia.


A mi vida, a mis sueños y a mis fracasos. A este tiempo tan corto del cual he aprendido más de lo que alguna vez imagine aprender. A Dios y a mi Madre, el regalo más grande que el destino me ha podido dar, siendo la razón del camino, mi fuerza y mi imagen a seguir.


La noche cae lentamente extendiéndose como largos y puntiagudos dedos, aún existe una oportunidad, las buenas acciones podrían posponer el agresivo enfrentamiento que pretende destruir la pequeña ciudad de Rémora, en Ankara.

Sobre los viejos caminos de la alejada ciudad la energía de la muerte se hace presente, el miedo se riega sin control, las puertas de cientos de cabañas se cierran y una densa energía busca algo sumergiéndose en cada rincón…

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Al interior de una diminuta cabaña escondida bajo el amparo de las montañas, el fuerte bramar del viento despierta a una indefensa niña que abre sus ojos con afán. Frente a su rostro, el acelerado movimiento en la flama de un delgado cirio la lleva a mirar a todos lados intentando respirar. Sin querer moverse, la pequeña gira sintiéndose observada, el techo sobre su cabeza cruje y cuándo se llena de valor para levantarse un grupo de sombras se agrupan alrededor del cirio extinguiéndolo por completo. Al salir de la cama los tablones del suelo se quiebran, el viento la golpea y un intenso escalofrió eriza cada parte de su piel; buscando algo de luz, camina hacia la única ventana de su cabaña, la luna llena aparece en lo alto y al reflejarse en sus hermosos ojos azules un extraño presentimiento la lleva a dar un paso atrás. Refugiándose en la poca luz que la rodea observa sus manos y suspirando, habla consigo misma para volver a descansar. —Nada malo me sucederá —nada malo repite, pero al dar media vuelta un inesperado sonido la detiene, en su mente una enredada voz crece, y cuando se convierte en el eco de muchas más puede escuchar con claridad. — Ya no vuelvas es muy tarde, no te quedes huye ya, el camino estaba escrito y es tu senda al terminar. Sobre el suelo una sinuosa sombra pasa sin que se dé cuenta, sus pies se enrojecen y al acariciar uno de sus brazos alguien toca en la puerta de la entrada. — Toc... Toc… Toc. —¿Quién es? —pregunta en sus pensamientos, a medida que la piel de sus descubiertos brazos se estremece. Esperando, la inocente niña de dorados cabellos gira hacia la luz de la luna, el reflejo sobre sus pupilas aparece de nuevo, pero esta vez, sus ojos brillan y al interior de aquel hermoso resplandor el oleaje del mar se hace presente. Sin hacer mucho ruido trata de acercarse y al mirar por la ventana, logra percibir el acelerado desplazamiento de una espesa niebla que cubre su humilde hogar. Afuera, la vegetación se cubre de cenizas, el viento se detiene y de todas direcciones extraños espectros aparecen asentándose en aquel lugar. La espesa niebla golpea los árboles partiendo sus ramas, los sonidos crecen, las hojas caen, pero antes de tocar el suelo estas se vuelven negras como si fueran envenenadas por el alboroto que acaba de empezar. Dentro de la cabaña la atemorizada niña llamada Anya tiembla de espanto al escuchar los sonidos en su cabeza, arrodillada se tapa los oídos, pero de nuevo, las voces se hacen presentes para susurrar.

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— Óyenos a tu costado, óyenos para volver, oye nuestro canto libre, libre para que puedas entender. Golpeando su frente observa el techo de la cabaña y controlando los gritos comienza a preguntar. —¿Quiénes son ustedes? ¿Por qué me persiguen? — Persiguiendo somos todos, entregando somos más, muchos vienen desde lejos, muchos son por acabar, si te duermes nos presientes, si despiertas sentirás, si no encuentras el sentido, en la niebla morirás. Al escuchar la respuesta Anya corre hasta un sucio rincón, los muros de la cabaña crujen como si se fueran a romper, su voz se quiebra y al dar media vuelta una horrible sombra se materializa frente a su ventana. —¿Qué es eso? —pregunta tapándose los ojos, en su mente incontables imágenes la angustian y las voces inundan sus pensamientos repitiendo palabras sin sentido. — Tiempo al tiempo y el tiempo es, hora y ahora tú debes ser, noche el augurio de cambio es, noche tan larga tú ya la ves. Una ruta a ti te espera, una ruta para ser, el camino estaba escrito y las sombras volverán. Vida y tu vida de todo fue, dolor florece, dolor es él, pasaje largo, largo en tu ser, mísero espacio sucio ha de ser. Si la voz ya viene, siéntela al soñar, si la voz se esconde, triste es tu final, el lóbrego piensa, más no solo es él, el grupo te siente, siente ya su ser. Enojada rasguña los tablones del suelo, las voces se dispersan y antes de levantarse para correr, los susurros salen de su mente hablándole como si estuvieran a su alrededor. — Si no quieres no estaremos, si lo sientes puedes ver, si es el tiempo y el momento, a tu lado puede ser. Hoy la noche se hace negra, el poder viene también, son las sombras de otro tiempo, es la muerte al parecer. Por ahora está en tu puerta, una seña te advirtió, un momento antes del paso, en tu ruta se trazó, si lo sientes lo presientes, si lo entiendes triunfarás, eres tú quien los atrae, eres tú quien sufrirá. Intentando calmarse, la niña baja la mirada sosegando sus emociones, pero al hacerlo una extraña risa se escucha fuera de la cabaña, allí, la niebla comienza a corroer los listones de las paredes, los cimientos se estremecen, la poca luz desaparece y conforme la bruma avanza pequeños orificios son abiertos al interior de su morada.

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El entorno cambia, la choza se tiñe del hedor característico de la podredumbre, una desagradable fragancia inunda el espacio y en el instante en que abre los labios es asaltada por un precipitado ruido que se detiene a su costado; sobre ella, una acelerada respiración la lleva a levantar la mirada y cuando está a punto de gritar se encuentra con la figura de una vieja mujer que la ha protegido desde que era una bebe. —Detente y no grites mi niña —le dice la mujer—, cálmate y no te muevas por favor. Buscando protección, Anya la abraza y conteniendo los gritos le pregunta. —¿En dónde estabas Cefora?— suspirando, la temerosa anciana le besa la cabeza y al terminar le responde. — Estaba a tú lado y aunque te llame muchas veces no me escuchaste. Girando el rostro la pequeña mira su cuarteada cara, en sus ojos una alarmante expresión la asusta, y al querer hablar, los susurros de las voces interrumpen su conversación. — Es el tiempo y se ha acabado, es el tiempo de enfrentar. Desesperada, Anya salta y tratando de no llorar le susurra. — No pude escucharte porque ellas han vuelto, las voces de mis sueños están en mis pensamientos, ayúdame a alejarlas, ayúdame por favor. Percibiendo su angustia la anciana la abraza, el roce de su cuerpo la reconforta y el sonido de su corazón le permite continuar. — Conserva la calma y respira con tranquilidad, respira profundamente como te enseñé. Al pronunciar estas palabras un poderoso golpe estremece la cabaña, el techo se sacude y muy cerca de sus piernas una enorme viga cae para partirse en dos. —¡Cuidado!— grita la niña al ser abrazada por la mujer que rueda sobre el suelo para protegerla. Agazapadas se miran por un instante, pero los ruidos hablan por sí solos, alguien ha llegado, un extraño ser se ha posado en lo alto de la cabaña contrayendo los tablones de la cubierta. —Es un ave —piensa la pequeña, mientras Cefora percibe la sombra de un poderoso espectro que se eleva dirigiéndose al oscuro el cielo; aterrada, frunce el ceño y sujetando a la niña con un nervioso temblor le pide que no se aleje. —Quédate a mi lado porqué solo así te protegeré. Sintiendo la destrucción de su hogar dejan de moverse, pero sobre los brazos de Cefora, Anya se desgonza, su cuerpo cae y poco a poco comienza a caer en un aletargado

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estado. Sin detenerse, ella la aprieta y poniendo una de sus manos sobre su frente le pide que despierte. —Abre tus ojos y no te vayas por favor. Reaccionando, Anya la mira y al escucharla abre los labios respirando con dificultad. Levantándose, Cefora corre para trancar la destruida puerta de la cabaña, en su cabeza incontables imágenes la estremecen y el recuerdo de un oscuro poder la lleva junto a la niña que la mira fijamente. —No entrarán —murmura para sí misma tratando de no ser escuchada—, las bestias de las que te quise proteger te encontraron y la oscuridad logró su propósito, el mal ha regresado mi pequeña, pero nunca, nunca les permitiré que te hagan daño. Arrullándola, la mujer la toma de los hombros y observándola le dice. — Respira muy despacio y pase lo que pase recuerda que te amo y qué siempre te acompañaré, recuerda que estoy en ti y tú por siempre estarás en mí, recuerda mi voz cuando te sientas perdida, recuerda mis caricias y nunca, escúchame muy bien, nunca dejes de brillar. Haciendo una pausa pasa saliva y mordiéndose los labios acaricia una de sus mejillas para volver a hablar. — Cuando llegue el momento corre, corre tan rápido como puedas y no me preguntes porqué. Prométeme qué no lucharás, prométeme qué pase lo que pase no me buscarás, ¿me entendiste? Temblando, Anya piensa en sus palabras y le responde. —No me pidas eso por favor. Con los ojos llenos de lágrimas Cefora retira la mirada, el dolor en su corazón es inmenso y tratando de conservar la calma baja la cabeza para continuar. En sus pensamientos borrosas imágenes la llevan a recordar su triste pasado, la oscuridad destruyó su vida, el mal se regó como una maldición sobre los seres que amaba y hoy, esa misma energía ha regresado para arrebatarle el amor de su pequeña niña. Sin prisa la mujer se levanta, a su alrededor los sonidos crecen y el acelerado bramar del viento la lleva a apretar su puño izquierdo, mientras su mano derecha se desliza sobre el hermoso rostro de la niña. Esperando, Anya la observa y cuando sus miradas se conectan la voz de Cefora aparece de nuevo. — El momento ha llegado, a tu vida llegará la oscuridad, el mal ha regresado y busca destruirte para alejarte de tu destino.

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Tratando de interrumpirla la pequeña se mueve, pero antes de pronunciar algún sonido Cefora le toca la boca pidiéndole que guarde silencio. — Shiiiii, no me preguntes nada, lo mejor en este momento es no conocer, lo mejor, sería no saber lo que sucede. Te engañé, debí haberte contado la verdad, pero ya es tarde para que lo entiendas, perdóname, perdóname por no poder protegerte. Con un nudo en la garganta la delgada mujer llora y humedeciendo sus labios le dice. — Ahora debes escapar, corre y cuando te de la señal solo huye, huye por favor. Con un estruendoso alarido, Anya la toma de las manos evitando que se aleje. —¡No! Sin ti no iré a ningún lugar, sin ti no quiero seguir. Apretando los parpados la anciana inclina su cuerpo para ponerla de pie, ella la observa y temblando por los fuertes ruidos intenta alejar todo concentrándose en el sonido de su voz. — No quiero abandonarte, pero esa decisión no la tomamos nosotras, así es, y así debe ser, desde hoy y para siempre debes entender que nuestro camino ya está escrito, las situaciones a nuestra vida llegarán, todo se hace presente en el momento preciso y por más que queramos evitarlo no podemos dar un paso atrás. Recuerda cuanto te amo y qué tienes que ser fuerte, tan fuerte que nada ni nadie te pueda maltratar. Al hacer una pausa, la anciana toca el corazón de la jovencita con su mano derecha, un mechón de su horquillado cabello se desliza sobre su arrugada frente y al mirarla de arriba abajo suspira para volver a susurrar. — Cuándo te falte mi presencia busca aquí y me encontrarás, cuándo todo sea negro, recuerda mis brazos para continuar. Llena de dudas la niña llora, en sus hermosos ojos azules las lágrimas caen como flores deshojadas, su corazón se parte en dos y al querer hablar los tablones de la fachada se rompen en pedazos dejándolas a merced de la oscuridad. Evitando moverse, Cefora trata de conservar la calma, el miedo en su corazón crece, el tiempo se acaba y ahora debe resistir y terminar con su misión. Emprendiendo un solitario camino, la mujer comienza a hablar, al hacerlo, su voz trasciende sobre la confusa situación, los susurros de su cálida exhalación colman la mente de la niña quien se refugia en el sonido de su respiración.

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— Utiliza tu fuerza y el don que el cielo te dio, utiliza tu alma y la esencia en tu interior. Busca dentro de ti y jamás olvides que has nacido del agua, recuerda tu pasado, recuerda quien eres por favor. Escuchando los murmullos de su amiga la pequeña tiembla y al querer gritar la niebla crea un veloz remolino que las envuelve. Entorno a ellas un poderoso vendaval destruye el techo de la humilde cabaña, sus camas son llevadas por el aire, los tablones del suelo son arrancados y antes de ser separadas Cefora le dice. — Mírame pequeña, mírame y viaja dentro de mí. Al terminar la niebla se detiene, el tiempo se hace eterno y cuando Anya la mira a los ojos un intenso brillo la rodea llevándola a otro lugar. Caminando en sueños, la niña se desplaza a gran velocidad dentro de un túnel de luz blanca, en su interior hermosos sonidos inundan sus pensamientos, las sensaciones aparecen y la voz de Cefora regresa. — Camina sin miedo, vive, conoce y observa lo que tienes que ver, mira a través de mi alma, mírame y descubre lo que ha pasado sobre mí. Al escucharla, el túnel se fragmenta, pedazos de recuerdos caen como retazos de tela alrededor y a través de ellos puede ver la vida de su amiga. Como si fuera un sueño, Anya percibe cada momento, una tribu, risas, hermosos lugares y una profecía revelan los secretos de una valiente joven que se ha alejado de los suyos; sin moverse intenta hablar, pero tan pronto como abre su boca una lluvia de imágenes comienza a aparecer; ahora, los recuerdos de Cefora inundan su cabeza sin poderlos detener, en aquellas visiones incontables espacios la llevan a buscar algo sin encontrarlo, enormes montañas, escarpados senderos, oscuras grutas y elevados picos la envejecen alejándola de un grupo de sombras que siguen su camino. Con los ojos dilatados la pequeña observa el repetitivo paso de las imágenes que se funden volviéndose imperceptibles, las escenas la abruman y cuando no las puede soportar una cristalina gota de lluvia cae sobreponiéndose a todo lo demás. Observando el movimiento de la pequeña gota Anya sonríe, la lluvia crece y millones de destellos iridiscentes producen hermosos brillos que iluminan el lugar. Girando con los brazos abiertos sonríe y al sentir un suave roce sobre su piel se da cuenta que las gotas quedan suspendidas en el aire, y bajo sus pies, un transparente estanque aparece de la nada produciendo el repetitivo eco del golpe contra un cristal. Rodeada de luz intenta caminar, pero al moverse, el estanque la sumerge llevándola a una mágica gruta en la que se encuentra con una preciosa bebe de ojos

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azules como el mar. Respirando sin dificultad, Anya siente una extraña sensación de paz, el agua la protege, el miedo ha desaparecido y cuando decide acercarse a la hermosa criatura el viaje se termina trayéndola a su oscura realidad. De pie y sin moverse, la pequeña se relaja, pero en sus oídos agresivos sonidos seguidos del acelerado movimiento del viento sobre su cabello la llevan a mirar hacia afuera; allí, el cuerpo de Cefora se aleja de la cabaña, la niebla la sigue de cerca y la angustia aparece una vez más; a lo lejos, la valiente anciana gira y sosteniendo una puntiaguda rama intenta protegerse gritando con todas sus fuerzas. — No podrán tomar nada de mí, nunca lo lograrán. Alrededor feroces espectros emergen de la oscuridad y cuando se lanza para pelear, mira a Anya que ha comenzado a correr para salvarla. Sin dudarlo Cefora intenta volver, pero es golpeada en repetidas ocasiones por una horrible presencia que la arrastra del cabello. —¡No!— con un estremecedor grito, la niña interrumpe a los espectros, pero al salir de la cabaña su amiga le grita. — Vete, sigue el camino detrás de ti, intente protegerte pero no pude, no te detengas y huye. Solo huye por favor. Con el corazón roto, Anya hace lo que ella le dice dirigiéndose al fondo de la cabaña, bajo sus descalzos pies una delgada corriente de agua formada con un ligero rocío rueda hacia una cavidad del suelo, las gotas se unen en el aire, la oscuridad de la noche crece y con cada movimiento la corriente comienza a fulgurar. Entorno a su diminuto cuerpo el espacio cambia, los tablones de la cabaña se hunden al pasar, los soportes se desintegran volviéndose cenizas, el frío se torna insoportable, pero cuando deja de correr sus ojos se vuelven más azules y empiezan a brillar. Sintiéndose derrotada se desgonza dentro de la pequeña cavidad cayendo de rodillas, debajo de sus piernas el agua se mueve, su cuerpo ya no responde, el miedo la ha paralizado y una inmensa lejanía le inunda el corazón. Llorando, intenta regresar tapándose los ojos, y encogiendo el cuerpo repite las mismas palabras que Cefora pronunció. — Se fuerte, se fuerte, se fuerte por favor. Al terminar, algo ocurre, el viento deja de bramar, la oscuridad se disipa y el sonar del agua en movimiento produce hermosas lucecitas que se elevan como diminutas estrellas sobre su piel; a su lado, el agua comienza a agitarse envolviendo todo su cuerpo, las gotas del líquido se suspenden en el aire para volatilizarse y al desintegrarse le revisten

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con un espeso pero delicado vapor. Junto a sus piernas la cristalina esencia brota de la cavidad como un pequeño yacimiento, el agua inunda la cabaña y sin darse cuenta, Anya se protege gracias al poder de su concentración. Escuchando un tenue campaneo la niña se siente fuerte, los sonidos desaparecen y el horrible sueño se acabó. Sin pensarlo demasiado abre los ojos produciendo un inmenso resplandor, las gotas se elevan a cada uno de sus costados brillando como si fueran diamantes, la niebla ya no existe, pero cuándo se levanta para buscar a Cefora su conexión con la esencia de vida se rompe, asustada, eleva la mirada, unos ojos negros y una espantosa sombra hacen que grite sintiendo una horrible sensación…

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Juan Esteban Ruiz Torres

Anya & Siete Demonios

“El Laberinto del Abismo”.

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Surcando tenebrosos valles y elevadas montañas una espesa niebla viaja a gran velocidad durante la noche. Áridos bosques, escarpadas rocas, angostos senderos y profundos cañones rodeados de muerte son abrazados por la sinuosa niebla, que se filtra dentro de una estrecha grieta qué le conduce a una celda en la que cae el amoratado cuerpo de la pequeña niña. Sobre el suelo, Anya yace sin moverse y en su mente un débil sueño la protege de lo que le pueda suceder; en el espejismo, camina por un hermoso lugar lleno de flores blancas, la luz del sol ilumina su camino, el viento rodea su cintura y a lo lejos, Cefora la llama extendiendo sus manos. Sin detenerse corre, pero al acercarse un grupo de sombras cae del cielo arrastrándola a una oscura fisura atiborrada de espantosos gritos qué explotan dentro de su cabeza. Saltando en medio de la oscuridad de la celda abre los ojos sintiéndose mareada, su cabeza da vueltas y al intentar levantarse una pesada carga la lleva contra el suelo pues alrededor de sus muñecas y tobillos, enormes grilletes la lastiman enterrándose en su piel. Sintiendo que no puede respirar intenta aclarar su nublada vista, pero al moverse, los sonidos se incrementan y dentro de ellos la voz de un aterrado niño comienza a aparecer. — Por favor deténganse, no me peguen más, no más. Al girar el rostro, un enardecido cúmulo de niebla envuelve a un indefenso niño que se encuentra colgado de sus muñecas sobre una oscura pared de piedra. En torno a él, los mismos espectros que destrozaron su cabaña chillan pronunciando extraños sonidos, la algarabía crece a cada segundo, la niebla se propaga sobre el suelo y cuando está muy cerca de su cuerpo, una de sus lágrimas cae creando un inesperado campo de fuerza que la protege. Sin moverse se tapa la boca para no gritar, y moviendo los ojos en todas direcciones logra echar un rápido vistazo al tenebroso lugar. La celda es una sombría caverna iluminada por estrechas grietas que dejan filtrar tenues rayos de luz sobre su cabeza, las paredes tienen rasguños, el suelo es húmedo y la niebla viene y va multiplicándose por todo lugar. En silencio, contiene la respiración y al observar al niño aprieta los labios para no llorar; sobre él, extrañas formas aparecen, garras, aterradores rostros y agresivas sombras lo lastiman haciéndolo bramar. Dentro de la caverna la niebla se llena de cenizas, el aire se torna espeso y al interior del negro nubarrón el rugir del mal se hace más y más fuerte. Con angustia, Anya observa

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las sombras y al contener la respiración un agudo dolor en su pecho aparece cuando los gritos del niño se vuelven a escuchar. — No soporto más, dejen de pegarme, mátenme, mátenme por favor. Con un nudo en la garganta la niña busca la forma de escapar, pero al moverse, es salpicada con la sangre del pequeño que no deja de gritar. En su interior el dolor crece, pero esta vez, una poderosa fuerza la inunda, sus ojos vuelven a brillar, el aire revuelve su cabello y al respirar grita para desahogarse. — No lo lastimen. De inmediato la agitación se detiene, los verdugos calman su ímpetu y sin pensar en las consecuencias de sus actos es derribada por la oscura niebla que despedaza su débil protección. Rodeada de pies a cabeza Anya manotea y antes de volver a pronunciar alguna palabra, es abofeteada por aquellos a quienes interrumpió. Sobre sus mejillas arañazos, sobre sus piernas violentos pisotones y enfurecidas patadas se terminan cuando es arrastrada para ser colgada de los grilletes sobre una protuberante roca frente al agotado chiquitín. Muy cerca, siete sombras levitan sobre el suelo y, detrás de su menudo cuerpo una fuerte energía la rodea deslizándose sobre cada parte de su ser. En medio de la confusión, el niño se asombra con la valentía de la indefensa jovencita qué se enfrentó a los espectros para salvarlo, su cuerpo se estremece y mientras los golpes regresan el tiempo se detiene y todo se mueve muy despacio alrededor. Frente a él, la aterrada niña mira a las sombras con ganas de llorar, la niebla crece y al forcejear la angustia lo lleva a murmurar. —Debo salvarte. Con un tembloroso gemido, el niño se enfrenta a los espectros, su voz es frágil, pero al escuchar el llanto de la pequeña sus miedos se disipan y la rabia inunda su corazón. — ¡Deténganse cobardes! Con un inesperado arrojo, reta a los enfurecidos espíritus siendo acallado por un poderoso golpe que le revienta los labios. En silencio, Anya lo observa y antes de mirarlo a los ojos la niebla se interpone haciéndolo gritar. Entorno a ella el espeso nubarrón se desplaza para formar un remolino alrededor de su cuello, el aire se le escapa, la voz de sus gemidos se termina y el acelerado latido de su intimidado corazón le permite sumarse al desordenado barullo de aquella agitación. Moviendo las piernas es asfixiada por una puntiaguda garra, su garganta y mejillas comienzan a amoratarse, sus manos se desgonzan pero antes de perder el conocimiento la voz del niño regresa para

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insultar a los espectros. —Malditos—repite sin detenerse, mientras llena sus pulmones de aire para continuar. — Ustedes no son más que un grupo de cobardes que se creen muy fuertes al golpearnos. Indignadas por la verdad en sus palabras el delirante grupo de sombras se lanza para asesinarlo, pero un ensordecedor susurro las lleva a retroceder. — Rakrama-Elara Sobre el aire, una poderosa esencia se alza pronunciando el enredado sonido, misteriosas palabras de un violento idioma las domina y cuando los sonidos terminan ellas se dispersan para desaparecer. Recuperando el aliento, Anya recorre el ensangrentado cuerpo del niño con sus ojos, su vista se nubla, los golpes han sido demasiado fuertes y las heridas en todo su cuerpo la llevan a desmayarse antes de poder apreciar su rostro…

En un enorme espacio vacío la pequeña se pierde al sumergirse en una nueva alucinación, dentro de ella, un grupo de mariposas negras giran sin control, sangre sobre su cuerpo, huesos y una horrible sensación de ahogo la llevan a gritar permitiéndole despertar. Sin abrir los ojos suspira y al terminar, la delicada voz de una mujer se acerca, las palabras qué escucha ya han sido pronunciadas, es un mensaje, una señal para prevenirla del lugar en dónde está. — Tiempo al tiempo y el tiempo es, hora y ahora tú debes ser, noche el augurio de cambio es, noche tan larga tú ya la ves. Perturbada, gime mientras intenta librarse de las ataduras en manos y pies, a su alrededor, el sonido de la lluvia la distrae mostrándole un agrietado techo que deja caer enmugrecidas gotas apozadas en un desagradable charco de donde proviene un nauseabundo olor. Girando para evitar la peste, es asaltada por una inesperada presencia, su rostro cambia y al querer gritar, dos brillantes ojos negros se mueven cuando los observa fijamente. Conservando la calma, la pequeña corresponde el gesto y antes de voltear el rostro una tierna voz le susurra. — Hola. El tímido murmullo interrumpe los sonidos de la lluvia qué se escuchan como el comienzo de una tormenta, el frío llega y cuando el dolor en su garganta regresa

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recuerda los gritos de aquel pequeño que estaba siendo golpeado; sin hacer mucho ruido, Anya cierra los ojos y al bajar la cara lo saluda. —Hola. Con una simpática expresión el niño pasa saliva, las heridas le duelen y al moverse un frío sudor se desliza sobre su espalda. Esperando, suspira recorriendo cada parte del cuerpo de la niña, el llanto humedece su bello rostro y al percibir su angustia aclara la voz para volver a hablar. —No tengas miedo —le susurra, mientras dirige sus ojos a su rostro, al hacerlo, un tenue resplandor de color azul se desliza sobre una de sus mejillas, es una lágrima, una pequeña gota que brilla, pero cuando cae, los charcos la oscurecen y su luz se extingue. Sin detenerse, el jovencito vuelve la mirada y al hacerlo sus ojos se conectan con los de ella. —Eres muy hermosa —murmura en sus pensamientos, pero al terminar, las lágrimas y el sollozar de la niña inundan el oscuro lugar. Sobre el aire los sonidos del acelerado llanto crecen, la lluvia resuena y el rugir de incontables truenos retumba dentro de la celda. Aterrada, la niña comienza a ahogarse y cuando está a punto de gritar la voz del pequeño la distrae. — Trata de calmarte y veras que nada malo nos sucederá. Sintiendo una incómoda sensación, la pequeña guarda silencio y con un tembloroso suspiro deja de mirarlo. —No quiero— piensa para sí misma y al terminar el jovencito le murmura. — Mírame solo a mí y nada más. Al oírlo, Anya gira los ojos y al observarlo el llanto cesa y una inexplicable sensación de protección le permite respirar. En silencio se concentra en su mirada y al parpadear él vuelve a murmurar. — Concéntrate en mí y olvídate de todo lo demás, concéntrate en mi voz y pase lo que pase no vuelvas a gritar. Frente a frente y como si fueran dos peligrosos prisioneros, los niños han sido colgados de sus brazos que se llenan de hematomas por la presión de los grilletes; el lugar es frío, tenebroso y huele mal, la luz es escasa, pero al mirarse, la oscuridad no es tan grande y todo lo malo comienza a desaparecer. Sin detenerse, el niño exhala y acariciándola con el aire que sale de sus pulmones le dice. — No tengas miedo, respira muy despacio y veras qué todo estará bien.

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Confiando en lo que escucha, la niña se tranquiliza poco a poco, la oscuridad la rodea y aunque su respiración se normaliza siente que algo malo se acerca. Tratando de no gritar cierra los ojos por un instante y al volver a mirarlo siente lastima por lo que ve. Frente a ella, el rostro del indefenso jovencito se esclarece tenuemente, sus ojos brillan, pero al percatarse de su expresión una triste mirada la conmueve. Él, trata de sonreír, pero sus labios están inflamados, las mejillas tienen rasguños y sobre frente, nariz y mentón, irregulares líneas hechas de una oscura ceniza lo ensucian haciéndolo parte del sombrío socavón. Tomando una bocanada de aire, la niña respira y cuando sus pulmones quedan vacíos rompe el silencio para preguntar. — ¿Cómo te llamas? Cautivado con su hermosa voz, el pequeño sonríe, en su interior un inesperado pálpito lo llena de alegría y sin esperar le contesta. — Yo, mi bella niña, me llamo Karin. Sonriendo, la pequeña quiere seguir hablando, pero en su mente una fugaz pregunta la hace dudar. —¿En dónde estamos?— pronuncia en sus pensamientos y cuando mueve los labios para preguntar el niño la interrumpe. —¿Y tú cómo te llamas?— observándolo se siente tranquila, y sin ninguna clase de temor le responde. — Soy Anya, mi nombre es Anya. Abriendo los ojos con una simpática expresión, el niño le hace un pequeño guiño y antes de escuchar una nueva palabra le dice. —Tienes un lindo nombre, ¿sabías que posee un hermoso significado? Al escucharlo, Anya baja la mirada, su respiración se acelera y el recuerdo de Cefora le parte el corazón; en su mente, las caricias de aquella mujer y los espectros que destruyeron su cabaña regresan, los gritos hacen que sus ojos se dilaten, sus manos tiemblan y el aire la ahoga sin explicación. Con los ojos llenos de lágrimas se desgonza, pero cuando está a punto de sumergirse en un desesperado llanto recuerda las palabras de su amiga. —Se fuerte, tan fuerte que nada ni nadie te pueda maltratar— observándola, Karin se angustia con su reacción, pero al moverse ella levanta la mirada; de sus ojos, se escurren dos diminutas lágrimas qué brillan a medida que se deslizan sobre su piel, sus ojos resplandecen y al ver la expresión de angustia en el rostro del pequeño lo tranquiliza con el sonido de su voz.

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— Sí, hace mucho tiempo alguien me dijo lo que significa mi nombre, gracia, la gracia y el don del cielo. Bajando la cara, el niño suspira y volviendo a mirarla le dice. —Es hermoso, el significado de tu nombre es muy hermoso— olvidando en donde están, los niños se concentran en el movimiento de sus rostros, la lluvia y la oscuridad ya no existen, el nauseabundo olor y las heridas de su piel ya no los lastiman, mientras sus delicadas voces se funden en el aire. Sin detenerse, Anya continúa y tranquilizándose le pregunta. — ¿Tienes otro nombre Karin? —No —le responde con una sonrisa—, mi único nombre es este, desde hace muchos, muchos, muchos años, mi nombre ha sido tan solo Karin. Soltando una inesperada carcajada, Anya siente mucha gracia al escuchar lo que le dice. —Jajaja, ¿hace muchos años? ¿Acaso cuántos tienes? Sonrojado, el niño libera una tierna risita qué lo lleva a responder. — Tengo más edad de la que crees, aunque me veo muy pequeño soy más grande y fuerte que tú. Interrumpiéndolo, la curiosa niña ríe iluminando la celda con su sonrisa. —Jajajajajaja, yo tengo cinco años, así que si tú eres más grande, ¿entonces tienes seis? —Aún no tengo tantos —le responde—, tan solo tengo cinco y medio, por eso, es que de ahora en adelante te protegeré. Llenándose de ternura al escucharlo Anya sonríe, pero al abrir la boca para volver a hablar un lejano grito la detiene. A lo lejos, una desesperada mujer se acerca, su voz se escucha y en aquella agitación grita pidiendo clemencia. — No, por favor no más, alguien tenga piedad de mí. Auxilio, alguien ayúdeme por favor. En los oídos de los niños las palabras crecen, los grilletes crujen y cuando se miran de nuevo un penetrante escalofrió cae como un rayo estremeciéndolos de pies a cabeza. Apretando los labios, Karin mira el techo, los sonidos surgen de las cavernas y los gritos se esparcen llevando consigo el murmullo de la muerte. Sin moverse, Anya observa la caverna, el pánico se hace presente y al no poder controlar los acelerados movimientos de su congestionado pecho abre la boca con ganas de gritar. —No lo hagas —susurra el pequeño—, cálmate por favor —le dice una y otra vez a medida que los ruidos se riegan por doquier. Sobre sus cabezas, el acelerado movimiento de los pies de la mujer los

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altera, ella gime, llora y jadea mientras corre de un lado para otro. Concentrándose en el niño, Anya conserva la calma, pero la aterrada mujer vuelve a gritar. — ¡No me maten! Al oírla, él entrecierra los parpados y cuando contiene la respiración los gritos se vuelven a escuchar. — No, no lo hagan por favor, solo necesito una oportunidad y verán que no fallaré, perdónenme, perdónenme por favor. Mortificados con la fuerte algarabía, los niños se miran en repetidas ocasiones sin saber qué hacer, el ruido crece, y ahora, el sonido de los pies de una acelerada turba inunda el nebuloso lugar. Perdiéndose en un agitado estado, Anya intenta moverse y al observar a su compañero escucha el sonido de pesadas cadenas que se estrellan contra el suelo asesinando a la mujer. En silencio, los niños oyen el desordenado griterío de un acezante grupo de seres que se carcajean produciendo una horrible bulla; en lo alto, el sonido de la carne desmembrada los aterra, enardecidos chasquidos y saltos de satisfacción se pierden rápidamente mientras la calma y los sonidos de la lluvia regresan. Tratando de conservar la calma, Anya baja la mirada con ganas de llorar, la imagen de Cefora regresa, sus gritos y el dolor al ver como la golpeaban la sofocan, pero cuando toma aire se llena de valor para preguntar. — ¿En dónde estamos? Conteniendo por un eterno segundo su voz, el niño baja la mirada y al exhalar le contesta. — Este, es un oscuro foso de lamentos y dolor, la prisión oculta, un sepulcro en dónde la maldad se refugia para regocijarse con su perversidad, estamos sumergidos en el vertedero dónde reposa lo peor de esta tierra, una cárcel… una cárcel conocida como las Mazmorras de Sirkano. Al escucharlo, la angustia se apodera de sus emociones, pero sobre el aire la voz del niño desaparece, y en su lugar, el sonar de un poderoso eco inunda la oscura caverna. Sin prestar atención al cambio de su voz, Anya se mueve y cuando entiende el significado de sus palabras comienza a preguntar. —¿Una prisión? ¿Una cárcel? No me digas eso porque yo no puedo estar en un lugar como este, yo no soy mala y nunca he dañado a nadie, no me digas mentiras, no me mientas por favor.

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Escuchándola, el chico siente pena por su situación y tratando de calmarla le responde. —Cómo me gustaría qué nada de lo que te he dicho fuera verdad. Cerrando los ojos deja de hablar, sus pulmones se llenan del pesado aire que lo rodea, las manos le hormiguean y humedeciéndose los labios le dice. — Nada de lo que has visto es una mentira, nada, absolutamente nada de lo que has sentido hace parte de un horrible sueño, estamos en una prisión, estamos solos y nada ni nadie puede ayudarnos a escapar. Queriendo cuestionar sus respuestas, la pequeña se sacude y al producir un fuerte sonido trata de refutarlo. — ¿Y tú cómo lo sabes? ¿Cómo sabes qué esta es una prisión? ¿Acaso has caminado por las celdas? ¿Conoces a los guardias? ¿Los has visto? Girando la cara, Karin se siente agobiado, las preguntas arrugan su corazón y en su mente las imágenes de sus continuos fracasos al haber querido huir lo llevan sentir una horrible sensación. —He caminado —le responde—, he visto y sentido al mal que vive aquí, he dormido, soñado y abrazado a la oscuridad de la noche que no descansa, he visto a los guardias, pero ellos, son más que sombras, son demonios Anya, malignos espectros que no se detendrán hasta hacernos daño, su objetivo es la muerte, y su deseo, su anhelo más profundo es manipularnos para dominar nuestra mente con mentiras y alucinaciones. Perdiendo el control la niña se mueve enterrándose el hierro de las esposas en su piel, si Karin le habla con la verdad tiene que escapar, necesita correr y encontrar a Cefora. Sin detenerse, Anya comienza a hacer mucho ruido, sus piernas se golpean, el cuerpo le tiembla y al elevar los ojos recuerda una de las últimas frases que Cefora pronunció. —Perdóname por no poder protegerte. Con ganas de gritar mira al niño, pero antes de hacerlo los rastros de una vieja conversación entre ella y la anciana mujer regresan haciendo que entienda una parte del ayer. — Te quiero Anya, te quiero y eso jamás lo debes olvidar. Ten presente que cada uno de nosotros tiene un propósito, un camino, pero tú no eres como los demás, tú, haces parte de un ensueño, eres un viejo y olvidado recuerdo. En ti, existe un inmenso poder que se convertirá en una enorme responsabilidad. Algún día me entenderás y sabrás que para ver la luz, necesitas conocer la oscuridad, pero

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también debes aprender que para salvar a los demás, necesitas salvarte de tu propia realidad. Recordando las frases de su amiga, busca la manera de soltarse y al producir un fuerte sonido Karin la interrumpe. — Shiiiii, deja de hacer ruido, quédate quieta porque ellos pueden regresar, no te muevas y evita que las cadenas suenen, hazme caso y no te enfrentes al poder de las sombras, cree en mí, créeme porque no te estoy diciendo mentiras. Atendiendo a la advertencia del niño deja de moverse y concentrándose en la celda trata de encontrar una salida. A su alrededor la oscuridad crece, la lluvia ya no cae y al observar los temerosos ojos del pequeño le pregunta. — ¿Existe alguna forma de escapar? Sin apresurarse, el niño mira la caverna y antes de escucharla de nuevo le contesta. —No lo sé. Apretando los parpados al oír estas palabras Anya suspira, y cuando el aire sale de sus pulmones comienza a sentirse mareada. Sobre brazos y piernas una molesta picazón entumece sus extremidades, su garganta se reseca, el pecho comienza a dolerle y el pálpito de su corazón se acelera cada vez más; alrededor, una inesperada brisa la hace saltar, los muros crujen y mientras abre los ojos susurra. —Tengo mucho miedo. Sin esperarlo, Karin produce un fuerte sonido y al mirarlo él le dice. — No temas porque yo no te abandonaré, quédate tranquila porque vamos a escapar. Cambiando la expresión de su rostro Anya se tranquiliza, pero los parpados le pesan, su vista se nubla y al cabecear habla de nuevo para mantenerse despierta. —¿Si las sombras que nos lastimaron regresan…? ¿Seremos golpeados hasta la muerte? —No —le responde el niño—, los golpes no serán necesarios porque ellos poseen un poder más grande, nuestra mente es el lugar en donde pueden acabarte, son demonios, oscuras entidades qué no descansarán hasta que tú misma seas quien termine con tu propia vida. Pensando en lo que escucha, Anya sacude la cabeza y parpadeando le pregunta. —¿Entonces por qué te golpearon? — Fui lastimado porque me revele a sus caprichos, ellos querían que… querían que hiciera algo que no estoy dispuesto a hacer.

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Sin poder mantener los ojos abiertos la niña parpadea y antes de abrir la boca, su cuerpo se desgonza cayendo en un profundo sueño. Observándola, el pequeño deja de hablar y sin hacer ruido mueve las cadenas pues necesita soltarse para poder salvarla. — Ahora que has quedado dormida necesito darme prisa y esconderte de los demonios, tengo que ayudarte, no puedo dejar que ellos te lastimen como lo han hecho conmigo. Forcejeando, busca la forma de liberarse de los grilletes, pero las cadenas pesan demasiado, el hierro alrededor de sus muñecas lo corta y con cada movimiento se lastima un poco más. Sin darse por vencido se mueve y al mirarla de nuevo se detiene asombrándose con lo que ve. De las húmedas grietas sobre su cabeza se filtra un delgado destello que la ilumina, el resplandor se mueve poco a poco y en un instante se multiplica creando definidos rayos color plata que hacen destellar su dorado cabello. —Que linda eres— repite en sus pensamientos, mientras observa los movimientos de los finos rayos que se alargan para llegar hasta su ropa. Sobre ella, un blancuzco y sucio ropaje protege parte de su cuerpo, pero los brazos, manos, pies y pantorrillas le muestran ennegrecidos moretones que la harían gritar si alguien los decidiera tocar. Con afán, el niño vuelve a moverse y al abrir los labios hace que su voz retumbe al interior de la caverna. —Debo salvarte. Ella, está cubierta por un lindo vestidito con pequeñas hombreras y falda de prenses, en su cintura, un drapeado con encaje de flores la rodea mientras la falda ha sido adornada con un bello bordado en hilos de oro. Sonriendo, Karin la mira, pero cuando los rayos iluminan el suelo de la caverna una diminuta esfera de color azul resplandece dentro de los charcos. Con sorpresa percibe el brillo, su luz es muy débil pero a medida que pasan los segundos los destellos crecen purificando el agua que la rodea. —¿Qué sucede? —al preguntar su expresión cambia y mientras piensa, recuerda el destello de luz azul qué emitió una de las lágrimas de la pequeña. —Ese es el resplandor de tu interior, tu existencia está cubierta por una hermosa magia. Pronunciando estas palabras en silencio, Karin sonríe y al volver a mirarla advierte un inusual brillo en el bordado de su vestido. La elaborada filigrana resplandece al ser tocada por los delgados rayos de luz que caen sobre su cuerpo, en ella, se muestran los ondulados movimientos del agua, gotas de lluvia y un poderoso remolino se extienden hacia la parte inferior de su ondulada falda que se pliega por un largo dobladillo. —¿De

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dónde vienes? —le pregunta—, esa ropa no es de alguien como yo, tú debes ser alguien muy especial, tan especial y grande que los demonios te quieren asesinar. Sin perderla de vista, el niño suspira y al dejar que su aliento vuele se concentra en el sinuoso movimiento de un pequeño hilo que se desprende de su linda ropa. Entusiasmado, sigue los flexibles desplazamientos de la hebra que vuela frente a sus ojos, sobre el aire el delgado hilo de oro se mueve de un lado para otro cayendo sin rumbo fijo, sus movimientos son leves y al ser abrazado por el aire se desplaza con libertad dando irregulares giros al lado de la pequeña. Pensando, Karin se emociona con lo que ve, pero el frágil hilo comienza a desintegrarse dejando a su paso incontables migas iridiscentes que brillan como escarcha al hacer contacto con los rayos qué iluminan el lugar. —Es hermoso —repite en sus pensamientos enterneciéndose con la frágil figura de la niña que respira lentamente sin saber lo que sucederá. — Debo cuidarte, necesito protegerte y alejarte de la maldad de este lugar. Escuchándose a sí mismo se llena de coraje, las sombras se alejaron, los demonios ya no lo acechan y después de mucho tiempo ha podido dejar de gritar. — Algo debe haber cambiado, las bestias jamás me habían permitido estar tan cerca de ningún prisionero, ellas se fueron, los demonios me abandonaron y jamás regresarán. Perdiéndose en sus irreales pensamientos Karin se distrae con un grupo de diminutas partículas que vuelan a su cuerpo, las chispas planean como si fueran polvo de estrellas y cuando rozan su ennegrecida piel explotan produciendo un agradable sonido. Feliz por el mágico destello mira la luminosa hebra que gira alrededor de las descubiertas piernas de la pequeña produciendo un tenue rayo de luz azul; el destello, deja una sinuosa huella que la envuelve y al suspenderse frente a su tobillo izquierdo incrementa la velocidad enrollándose alrededor del oxidado grillete. Un sonido, un leve crujir y un rápido fulgor aumentan el exiguo brillo de las cadenas que se estremecen como si se fueran a romper; bajando el rostro el niño sonríe, pero al mirar su cuerpo se siente mal, en su presencia unas botas sucias, un roto pantalón y una camisa hecha trizas lo enfrentan a la pobreza, su única amiga, su fiel y leal compañera desde hace mucho tiempo. — Que pobre soy, mi ropa y mis viejos harapos no son dignos de estar a tu lado, soy una peste, un maldito crío como ellos me lo han dicho.

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Recordando su pasado Karin esconde sus pies siendo asaltado por la tenebrosidad del espacio, los destruidos muros, la sucia superficie y el nauseabundo olor que lo rodea le muestran una desagradable realidad. Al moverse la celda se enfría, las rocas crepitan al punto de poder quebrarlas con tan solo tocarlas, la luz se esfuma y dentro de las grietas se filtra una espesa niebla que se acerca cada vez más. Con ganas de gritar, arruga la cara y mientras observa a la niña le susurra. — Duerme Anya, duerme profundamente y jamás despiertes. Al pronunciar estas palabras ella abre los ojos, en su pecho una desagradable presión la ahoga y cuando lo observa su expresión la lleva a sentir una horrible sensación. Sin moverse, los niños se miran y al tratar de protegerse una espesa nube los cubre oscureciendo la celda.

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El encuentro con las Tinieblas

En la oscuridad Anya cierra los ojos y entorno a ella, una fugaz aura la cubre rompiendo las cadenas. Al quedar libre, cae contra el suelo recibiendo un duro golpe sobre las rodillas; de cara, y frente a la sucia superficie intenta levantarse, pero las piernas le tiemblan y sus brazos se resbalan haciéndola caer. En silencio se arrastra y al alejarse, el rostro del niño aparece en su mente. —¿Karin en dónde estás? Llamándolo sin encontrar respuesta trata de volver, en sus oídos, el sonido de su respiración llena la celda y cuando logra levantarse el golpeteo de sus pies contra la resbalosa le permite preguntar. — ¿Me escuchas? vamos pequeñín responde. Estirando los brazos, se mueve de un lado para otro, la cabeza le da vueltas y al bajar la mirada un rutilante destello brota de la nada. —Encontré la salida —se dice a sí misma, mientras busca al niño. Sin escuchar ningún sonido, trata de calmarse concentrándose en el resplandor que ha comenzado a crecer, adelante, una débil voz susurra su nombre, las rocas crujen y mientras se aleja los gritos de Karin surgen de la oscuridad para prevenirla del peligro. — Corre, aléjate de aquella luz y refúgiate hasta que te pueda encontrar, recuerda qué no debes confiar y huye, huye por favor. Brincando, Anya se altera y muy cerca de su cuerpo el forcejeo del niño la lleva a correr con desesperación. Alejándose de la luz, trata de huir, pero en un acto de valentía da media vuelta encontrando al pequeño que ha sido rodeado por una espesa bruma qué sumerge todo su cuerpo; aterrada, intenta gritar y al retroceder, sus pies se enredan haciendo que caiga dentro de una profunda grieta, mientras Karin, es arrojado al piso entre golpes y garrotazos. Frente al niño, una espesa nube crece, la luz del calabozo regresa, los sonidos cesan y al dejar de moverse piensa la pequeña angustiándose por lo que le pueda suceder. Tratando de evadir los movimientos de la nube baja la cara, pero el influjo sobre su cuerpo es demasiado fuerte, las tinieblas lo dominan y una molesta presión en su pecho lo lleva contra el suelo haciendo que se sumerja dentro de un asqueroso charco repleto de fango y mal olor. A su alrededor, la nube se condensa, los

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movimientos son coordinados y en un instante puede ver la silueta de un extraño ser que emite un desagradable sonido. Refugiándose en la suciedad que lo rodea, el pequeño se arrastra para alejarse, las piernas le pesan y aunque intenta escapar deja de moverse al sentirse acorralado. — Necesito levantarme y buscarte, debo encontrarte tan rápido cómo pueda para alejarte de este lugar. Ahogándose en sus pensamientos, busca la forma de escapar y llenándose de valor aprieta los puños para susurrar. — Lo qué mis ojos ven hace parte de un horrible sueño, nada de esto es real. Evadiendo aquella presencia, se llena de valor, pero cuando cierra los ojos una inexplicable fuerza lo envuelve y su cabeza se alza para enfrentar la realidad. De la burbujeante bruma que lo circunda, surge el robusto cuerpo de una anciana mujer vestida con sucios y malolientes trapos, las deshilachadas ropas se mueven al vaivén del viento tensándose sobre su espalda de dónde emerge una protuberante joroba llena de horribles tumores que inhabilitan las funciones motoras de un par de extremidades al caminar; con algunas hebras como cabello, la horrible criatura gime arrastrando los pies pues sus esqueléticas piernas se retuercen crujiendo sin parar. —¿Quién es? —pregunta Karin, mientras se concentra en la cara de la horrible mujer. De su arrugado rostro, cuelga una delgada membrana llena de profundas hendiduras que se riegan como grietas sobre los dilatados poros de su piel; la nariz es verrugosa, y sus ojos azul grisáceo, están atiborrados de una espesa niebla que brota del lugar más oscuro de su alma. Observándola, el niño se asombra con los erráticos movimientos de su contrahecho cuerpo; la bestia, se afianza sobre una vieja vara tan larga como tres veces su encorvada silueta, es un bastón, un extraño objeto terminado con las ramas de un ensortijado árbol que emiten el sonido del crujir de la madera. Buscando la oportunidad para correr, Karin se mueve y sin advertirlo, la anciana mueve la vara para golpearlo en la cabeza. Revolcándose, guarda silencio y desahogándose en sus pensamientos habla consigo mismo. —Ummmm, necesito soportar todos los golpes para protegerte. Desatando la furia del demonio respira profundamente, en sus ojos, una expresión de rabia lo lleva a retar a la bestia y tratando de ponerse de pie contrae los músculos de sus brazos para no dejarse vencer. — Corre tan rápido como puedas y no te detengas, jamás te detengas por favor.

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Al hablar, el niño se mueve, pero sobre su espalda, un nuevo garrotazo lo lleva contra el suelo. Ahogado en sangre, evita gritar sumergiéndose en los pestilentes charcos que inundan el lugar, su boca se cierra al tragar el barro, el aire lo ahoga y sintiendo un enorme peso oye los susurros del amenazador demonio que lo golpea una vez más. — Escapar de mi dominio es un sueño imposible de lograr, una ilusión, un regalo que tú no mereces y jamás recibirás, eres un asqueroso mocoso, puerco y maldito, abandonado, sucio, sucio y abandonado. Apretando los puños, Karin contiene la respiración y al querer moverse, las palabras del demonio se hacen más y más fuertes. — De ahora en adelante, cualquier error qué cometas se te devolverá con un fuerte castigo, prepara cada parte de tu inmundo cuerpo pues serás reventado a golpes, prepara tu mente, pues ninguno de nosotros se detendrá hasta que recibas tu merecido. Hoy empezaré yo, así que mírame, mírame ahora embaucador. Manoteando, logra soltarse y al levantar la mirada es atrapado por una espantosa bruma que se riega alrededor; la celda, comienza a enfriarse, el aire huele mal, sus piernas se adormecen y las manos se le tuercen sin poder controlarlas. Intentando levantarse se pone de rodillas, pero la bestia juega con sus recuerdos y lo hace volver a su pasado; en aquellas imágenes, puede ver su primer amanecer en Sirkano, la soledad y el inmenso sufrimiento en su corazón lo anulan llevándolo a perderse en una desoladora sensación. En medio del espacio vacío, la tambaleante anciana se acerca y golpeándolo, lo lanza hasta que queda boca arriba. Sobre las rocas, Karin pelea alejando las imágenes que se borran al recordar a Anya, en sus pensamientos, la sonrisa y la tierna expresión de su mirada lo traen de vuelta, pero el demonio, lo somete con los rápidos movimientos de la ramificada vara que se ha enterrado a los costados de su pecho. —Maldito —le dice, en el instante en que el extraño bastón se mueve como si estuviera vivo; sobre él, las ramas crecen enmarañándose entre sí, el mal germina, la oscuridad se siente por doquier y se desliza sometiendo su pequeño cuerpo. Atado, observa al desestabilizado ser y concentrándose en sus ojos escucha su trémula voz que se instala en sus pensamientos. — No tienes a donde ir mi pequeño engendro, no tienes la fuerza y nunca podrás alejarte de mí. Regando una espesa baba, la desagradable anciana se encorva para acercarse, de su cuarteada boca brota un asqueroso aliento que lo ahoga, el olor es insoportable, la

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esencia del mal se riega y es acompañada por los agresivos susurros que dominan su cabeza. — Mira a tu alrededor o adonde quieras y encontrarás que no existe ninguna salida, mírame fijamente porque por fin podré tomar todo tu conocimiento, eres una basura, un pedazo de desperdicio al que se le ha otorgado un inmenso y desperdiciado poder. Con furia la bestia lo lastima y cuando se detiene para respirar, su voz no da espera y los gritos vuelven a empezar. — Como quisiera asesinarte y acabarte a golpes, como quisiera destruirte y terminar con tu recuerdo. Después insultarlo, el demonio baja el tono de su voz y asfixiándolo le pregunta. — ¿Cuál es tu deseo Karin? ¿Acaso no es tú libertad? Al escucharla, el niño cierra los ojos y en su mente, las imágenes de un despejado valle rodeado de flores amarillas lo emocionan, pero de nuevo, las sombras inundan sus pensamientos mostrándole la realidad. —¡No quiero nada! —le responde, y al escucharlo, la anciana empuja la vara para estrangularlo. Golpeando el suelo con los pies, el niño intenta respirar y antes de volver a gritar la voz de Anya vuelve a aparecer. —¿Karin en dónde estás? Llenándose de una inexplicable fuerza, el pequeño se mueve, a su alrededor las ramas comienzan a quebrarse y antes de liberarse el demonio lo amenaza. — No me retes maldita escoria, no juegues conmigo pensando en esa estúpida niña que muy pronto asesinaré. Inmerso en su furia, Karin abre la boca, pero la anciana hace crecer las ramas que se enroscan tapándole los labios. —La muerte está muy cerca de ti —murmura con desprecio—, las tinieblas te abrazarán y por más que luches jamás podrás escapar, tú destino es la niebla y tu vida, tu vida nuestra por siempre será. Sin detenerse, Karin lucha y cuando las ramas comienzan a romperse de nuevo, la mujer repite su propio nombre, las palabras que muy pocas veces son pronunciadas saturan la cabeza del adolorido niño qué yace sobre el suelo sin poder defenderse. — Escucha mis palabras y piérdete en mis pensamientos, desoriéntate en mi nombre porque Sátilo, Sátilo, Sátilo soy yo.

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Ahogándose al inhalar una espesa niebla que cubre su cara, Karin convulsiona al ser poseído por el embrujo del espectro que jadea al poner uno de sus pies sobre su estómago. — Vuela hacia mi mundo y muéstrame tu corazón, viaja a lo más profundo de tus pensamientos y sigue siendo insignificante, vuela a mi lado maldito, vuela y manifiesta tu vulnerabilidad...

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Cayendo, la pequeña rueda a través de un profundo precipicio, en sus pensamientos las palabras de Karin la acompañan y cuando lo llama una oscura niebla la deja ciega. Las rocas que la rodean la golpean, sus brazos se pelan, la ropa comienza a rasgarse y al intentar sujetarse, su cabeza se estrella contra un afilado peñasco que la deja inconsciente. Al despertar, esta tendida sobre el suelo, en la palma de sus manos incontables rasguños se llenan de sangre, las piernas le pesan y al elevar la cara para saber en dónde está, una tenue luz la distrae llevándola a susurrar. — ¿Qué lugar es este…? ¿y Karin? ¿Karin en dónde estás? Con miles de preguntas en su cabeza Anya se angustia, pero la luz que ve crece sin medida disipando las sombras del lugar. Sintiendo una extraña sensación se levanta y al ser alcanzada por algunos rayos, sus heridas desaparecen y el dolor en su cuerpo ya no existe. Como si todo hubiera sido tan solo una pesadilla camina, el olor cambia, los charcos desaparecen y sus ojos comienzan a brillar; frente a ella, la imagen de una figura conocida se hace presente, el territorio que pisa no le es desconocido y al reconocerlo comienza a sonreír. —Estoy en casa. Murmurando se mueve lentamente y al limpiarse el rostro percibe el hermoso brillo de un viejo árbol de flores amarillas que aparece en medio de la luz. —El árbol del paraíso —al hablar, su corazón se acelera y mientras se toca el pecho recuerda que el árbol que conoce está muerto. Desconfiando, se detiene percibiendo el movimiento de una nube semitransparente que esclarece el paisaje alrededor, en torno a ella, enormes colinas aparecen, el verdor de la naturaleza se hace presente y sobre las ramas del paraíso las flores se marchitan siendo evaporadas por un fuerte ventarrón. Frotándose los ojos, guarda silencio y al volver a mirar su expresión cambia pues todo ha vuelto a la normalidad. —Nada de lo que vi fue real —se dice a sí misma—, el calabozo y los gritos de aquella mujer asesinada a golpes no existieron, las pesadillas parecieron reales, pero no lo son, nada de lo que vi fue real.

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Dejando caer un par de lágrimas, Anya recuerda a Cefora, los gritos que pronunció la estremecen, su rostro y la expresión de angustia inundan sus pensamientos, pero a ella, nada de lo que sucedió le importa, eran sueños, pesadillas y voces sin sentido qué jamás regresarán. — Todo fue una mentira, las sombras y la destrucción de mi cabaña son parte de un confuso sueño. Todo lo que sentí, es una ilusión creada por los demonios de los que Karin me habló. Al pronunciar estas palabras la niña levanta una de sus manos para tapar su boca, y allí, frente al hermoso lugar los gritos del pequeño regresan confundiéndola cada vez más. — Recuerda qué no debes confiar y huye, huye por favor. Sin moverse cierra los ojos, el aire crea una ligera brisa que la rodea y bajo sus pies la grama crece hasta los cimientos de un pequeño arco. Confundida, intenta retroceder, pero al querer girar su cuerpo el sonido de un pedazo madera llama su atención; en sus ojos, un irregular rectángulo de color oscuro se golpea contra la parte superior del arco, el sonido se repite y al moverse, el pedazo de madera gira mostrándole una inscripción que le permite susurrar. —Rémora. En sus pensamientos Cefora regresa, mientras una poderosa ráfaga le revuelve los cabellos. Llena de confianza, abre los brazos y tomando una bocanada de aire comienza a correr. Desplazándose sobre la grama, se mueve sin pensar en nada, el viento la acaricia y la luz del sol aparece sobre su cabeza, pero al atravesar el arco, los cimientos se llenan de grietas y las columnas se desmoronan. Detrás de ella, una enorme nube de polvo aparece, la grama se marchita, el árbol se cae a pedazos y la tierra se hunde convirtiéndose en un espeso fango que burbujea sin parar. Con prisa, sube por una inclinada colina y cuando llega al punto más alto logra ver las grisáceas cabañas de su ciudad. En la falda de la montaña a varios kilómetros de distancia, las empinadas cubiertas se amontonan oscureciendo los delgados callejones que forman irregulares recovecos que caracterizan su ciudad; la lluvia ha caído, y las gotas iluminan un largo camino de escaleras que comienza bajo sus pies y se pierde al ingresar a la ciudad. Concentrándose, entrecierra los parpados, el aire es ligero y al envolverla, percibe el delicioso olor a ramas de pino y corteza de troncos llenos de humedad. —Huele muy bien —piensa para sí misma, en el instante en que sus ojos se elevan para posarse en dos enormes montañas. Sobre los riscos, se han construido pequeñas e irregulares

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construcciones unidas por delgados puentes de madera de los que caen alargadas y frondosas enredaderas; Rémora, está cubierta de una ligera niebla, es fría y aunque parece sombría, posee una hermosa energía que se siente al caminar. Bajando, Anya se apresura y al llegar frente a la estrecha entrada, siente deseos de volver atrás; en su mente, el rostro del niño aparece y al recordarlo pronuncia su nombre. —Karin. Al terminar, el aire silba dentro de la ciudad llevando consigo una gran cantidad de hojas secas que revolotean con celeridad. Distrayéndose, vuelve a caminar y al poner un pie dentro de uno de los callejones, sus pensamientos cambian y un incontrolable deseo le permite mover sus descalzos pies que se resbalan una y otra vez. Al pasar, las grisáceas cabañas se amontonan dejando estrechos pasadizos, los muros, son de una gruesa y ondulada madera que se sobrepone de manera irregular, las ventanas están torcidas y las puertas de entrada, son asimétricos rectángulos bordeados por un espeso musgo de color verde esmeralda que se riega sobre el techo y los tablones de angostos pórticos cimentados sobre macizas escalerillas de un árbol conocido como el Helamar. De un lado para otro, la niña observa los diminutos balcones de las apeñuscadas cabañas que se tuercen en el aire al salir de las cuarteadas cubiertas hechas de una cenicienta greda que tiene un fuerte olor a sal. Sin detenerse, la pequeña sonríe, y mientras gira a la derecha, una extraña nube de cenizas cubre la ciudad. Corriendo, se resbala, sus tobillos se doblan y al no poder sostener el peso de su cuerpo cae, para quedar sumergida dentro de un espeso charco que huele mal. Ennegrecida y con un intenso dolor que recorre su cuerpo, Anya quiere llorar, pero en su mente, la figura de Cefora se hace presente y las palabras que alguna vez pronunció la llenan de fuerza para levantarse. — Si el camino se hace oscuro, busca la luz que jamás se acaba en tu interior, camina preciosa, levántate y corre porque aunque estés sola, nada de lo que suceda te puede detener. Respirando, mira sus manos y levantándose con la frente en alto, se mueve para caminar, en su corazón, un acelerado pálpito le hace imaginar que esta con su amiga, ella debe estar esperándola, Cefora no la dejaría y aunque no estén juntas, siempre la acompañará. — Cuando llegue a nuestra casa, sé que me protegerás. Hablando consigo misma corre, y al sonreír, logra atravesar un sucio callejón que le permite ver un grupo de montañas en donde se encuentra su cabaña. Caminando sobre

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un desnivelado camino de piedra, la niña se mueve sin detenerse, a cada lado, enormes árboles se agrupan filtrando delgados rayos de luz que iluminan su camino. El viento se vuelve tibio, el sol produce brillantes rayos y sobre su cabeza, las copas de los árboles se entrelazan formando un hermoso túnel del que caen flores secas. Emocionándose, Anya sonríe sintiendo el contacto de las raíces en sus pies, la tierra está húmeda y al pasar, un leve vapor recorre sus delgadas piernas produciendo un agradable olor. Con los ojos puestos en la copa de los árboles, la niña camina, pero del cielo, baja una espesa niebla qué se desplaza hasta su cuerpo. Atrás, arriba y a cada lado, la sinuosa bruma crece inundando cada rincón del sendero, el sol desaparece, las flores dejan de caer y cuando su vista se nubla detiene la marcha intentando respirar. Suspirando, intenta retroceder y hablando consigo misma se da ánimo para continuar. — Estoy muy cerca de llegar, muy cerca. Pero al terminar, el aire se vuelve frío y la nube a su alrededor se torna espesa. Mirando a todos lados, busca la forma de huir, los árboles desaparecen y al querer observar sus manos se da cuenta que la niebla es tan densa qué no puede ver en donde está. Cerrando los ojos, imagina el camino dentro de su cabeza y con valor comienza a murmurar. — Después de la última cabaña de la ciudad, tres colinas rodeadas de árboles debo atravesar, después del camino sinuoso bordeado por arbustos secos, once enormes rocas en forma de lanza son el comienzo para el tramo que debo cruzar. Doscientos pasos, ni tan cortos, ni tan largos, solo doscientos en línea recta y llegaré a lo profundo del bosque en donde se encuentra mi cabaña. Sin abrir los ojos, extiende los brazos y al dejar de apretar los puños, abre los dedos mientras la niebla la envuelve haciéndola temblar. Siguiendo sus instintos, la niña demuestra una enorme valentía, su cuerpo tirita y al fundirse con la espesa bruma, habla de nuevo para recitar las frases de un hermoso poema que Cefora le enseñó. — Tiempo eterno, tiempo fue, hoy el tiempo se detiene y aunque todo nos separe, yo por ti regresaré…

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Después de mucho tiempo, Anya logra llegar al final del sinuoso camino, y al tocar la última de las once rocas comienza a contar. — Doscientos pasos y estaré contigo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… Mientras los números se escuchan, la bruma se disipa, la luz del sol regresa y bajo sus descalzos pies la sombra de un agresivo espectro se aleja dejándola libre por esta vez. Concentrada en el sonido de su voz termina de contar, en su corazón la emoción aparece y al abrir los ojos encuentra un enorme sembradío que se interpone en su camino. Con angustia sostiene su enmugrecido vestido, en sus ojos, el lugar se vuelve agresivo, la luz del cielo se extingue, los colores se han ido y en su lugar un grisáceo nubarrón desplaza el albor del día para abrazarla con la presencia de un frío y toldado atardecer. — ¿En dónde estoy? —pregunta, hasta que un delicado sonido ilumina su corazón. — ¿Anya? ¿Anya eres tú? Abriendo la boca contiene la respiración, la voz de Cefora viaja sobre el aire y las palabras acarician su hermoso rostro que sonríe de emoción. —Sí, soy yo. ¡Cefora soy yo! —gritando, corre para atravesar el obstáculo, en sus pensamientos las caricias aparecen, el amor se hace presente y sin advertirlo la voz del niño vuelve a aparecer. — No tengas miedo, no temas y continúa sin descansar. Con una expresión de ternura, Anya recuerda a Karin y golpeándose con las ramas abre paso, pero un grupo de voces aparece sin explicación. — Es el tiempo y se ha acabado, es el tiempo de enfrentar. Con rabia, la niña golpea el suelo, las nubes se vuelven negras, el aire silba detrás de su espalda y bajo sus pies un espeso barro comienza a aparecer. Sobre su cabeza, el sombrío cielo ruge, los rayos de una poderosa tormenta comienzan a caer, el sembradío se enmaraña y cuando cree que no puede continuar un inesperado sonido la impulsa a continuar; en sus oídos, el sonar del agua en movimiento calma su corazón, las manos se le enrojecen y al llenar sus pulmones de aire sus hermosos ojos comienzan a brillar. Como si su cuerpo fuera muy liviano, abre un estrecho espacio y al lograr pasar cae sobre un grisáceo pasto. En el suelo, la niña siente un enorme vacío y mientras se mueve el rostro de Karin regresa; en aquella visión, él la mira fijamente, sus ojos producen un tenue viso y antes se ser absorbido por una nube de sombras grita llenándola de fuerza para que se pueda levantar. — Continúa y no te detengas.

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Sin preguntar, Anya se pone de pie y al dar una veloz voltereta salta para comenzar a correr. Con lágrimas en los ojos, se desplaza por entre un grupo de despedazadas rocas y mientras lo hace, pequeños trozos de cenizas se le pegan debido al sudoroso estado de su piel. Huyendo sin saber por dónde va, cierra los ojos por un instante, sus piernas se resbalan y en repetidas ocasiones cae de rodillas raspándose con duros golpes qué la llevan a cojear. Levantándose una y otra vez, corre sin importar lo que le sucede hasta que es atrapada por el acelerado crecimiento de una ennegrecida hierba; a su alrededor, delgados tallos se elevan y cuando mira sus manos la voz de Cefora aparece una vez más. — No te detengas y ven conmigo, ven porque siempre te espero y jamás te olvidaré. Levantando la mirada, la niña puede ver por entre las ennegrecidas ramas y sin poder creerlo encuentra el techo de su cabaña; a lo lejos, las despedazadas tejas de barro y la punta de una irregular chimenea la llenan de felices recuerdos. Lanzándose contra la tupida hierba, golpea cada parte de su cuerpo, las mejillas son rasguñadas y sus movimientos la impulsan haciéndola gritar. — ¡Se fuerte! Se tan fuerte como una roca y no dejes de luchar. Con violencia despedaza el espeso matorral utilizando hasta sus dientes, la ira la consume y sin ninguna explicación las filosas hojas se deshacen para volverse polvo entre sus dedos. Entorno a ella, diminutas partículas de cenizas se elevan, efímeros átomos giran formando un débil remolino que se desvanece cuando el cielo vuelve a murmurar. — Eres mía, mía y jamás volverás a ese lugar. En lo alto, una enorme nube crece emitiendo poderosas ráfagas de luz que iluminan la extraña figura de una sinuosa sombra, es un espectro, una sombría silueta que estira sus desencarnados dedos con la intención de sujetarla. Sintiendo un molesto escalofrío, la pequeña baja la mirada y cerrando los ojos recuerda el rostro de Karin; al imaginarlo, ella se detiene, su voz se pierde y sus ojos negros se hacen presentes en el momento en que sus labios se abren para susurrar. — ¿Quién eres Karin? ¿Quién eres? repite lentamente tratando de entender lo que sucede. — Espero que lo qué vi en mis pesadillas no sea real, espero que no te encuentres sumergido en las tinieblas y todo aquello que me dijiste no haga parte de tu

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realidad, espero verte de nuevo, y si todo es verdad, acércate en mis sueños y dime cómo te saco de ese horrible lugar. Suspirando levanta la cara y al abrir los ojos sostiene un puñado de hojas rompiéndolas con sus dedos; en su mente, la confusión desaparece, pero al avanzar, las raíces se enmarañan alrededor de sus piernas cortándole los tobillos. Ahogándose al sentir un insoportable dolor, la niña cae y tratando de sostenerse sumerge las manos dentro del fango que se endurece al instante. Sin detenerse intenta levantarse, pero las filosas raíces se enrollan entorno a sus piernas y cintura, en sus manos la presión es insoportable, el endurecido barro la sujeta cortándole la circulación, sus muñecas crujen y al abrir la boca el matorral se abre para mostrarle su morada. Adelante, un tupido y encrespado césped reverdece a los costados de un estrecho camino de rocas amarillas, las flores aparecen, diminutos y traslucidos brotes violeta brillan como hermosas lucecitas y mientras el aire las deshoja los pétalos giran alrededor de la cabaña. Frente a ella, una asimétrica construcción de viejos tablones es rematada con una empinada cubierta de tejas de barro, que rodean una ondulada chimenea hecha con pequeños ladrillos qué brillan al ser alcanzados por un débil rayo de luz. En la fachada, una despedazada ventana con bordes de madera se ensombrece, y mientras sus ojos recorren el lugar, ella se concentra en la puerta de entrada en la que ha sido dibujada una pequeña flor con ocho pétalos blancos; la cabaña, parece que fuera parte de un cuento, es pequeña, acogedora y trae consigo los mejores recuerdos de su vida. Sonriendo, Anya se siente cómoda y al ver una delgada columna de humo que brota de la chimenea piensa en la anciana mujer susurrando su nombre. —Cefora. Cefora se escucha con ternura, y tan pronto como su voz se esfuma, un extraño sonido atraviesa el cielo pasando sobre su cabeza. Arriba, una alargada nube hecha de una sombría niebla se desplaza a gran velocidad; dentro de ella, voces, gritos y lamentos nublan el lugar, mientras la mirada de la niña cambia para convertirse en una expresión de terror e inseguridad. Al observar, ella puede ver los agresivos movimientos de seres espectrales que se despedazan entre sí, sinuosas garras hechas de humo, puntiagudos colmillos y espeluznantes rostros viajan sobre el aire en dirección a su cabaña. Lastimándose busca la forma de liberarse, y en el instante en qué mueve los labios para hablar la niebla se transforma en una incandescente bola de fuego que flamea sin parar.

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Con lágrimas en los ojos la niña se mueve, su cuerpo tiembla y cuando logra gritar el tiempo se detiene y la bola de fuego queda suspendida sobre el aire. —No, no más. No más resuena sobre el viento, pero cuando las palabras se desvanecen el tiempo regresa y el fuego cae con velocidad. Encima de la cabaña las flamas crecen para quemar la verde grama que se convierte en humo y cenizas, el techo se despedaza, las paredes y la chimenea se derrumban, mientras agresivas ráfagas resquebrajan hasta el último pedazo de madera que produce una poderosa explosión frente a su cuerpo. Mirando sin poder hacer nada, Anya advierte la destrucción de sus humildes posesiones, el viejo almohadón remendado con parches en forma de estrellas, la deshilachada manta que Cefora cosió durante muchas madrugadas, los muñecos de trapo, las ollas de barro y los troncos de su improvisado comedor se desintegran al ser abrazados por el fuego. Sin poder respirar Anya tiembla, sus pulmones se contraen y dentro de su vientre una insoportable sensación de vacío la lleva a gritar con todas sus fuerzas. — ¡Cefora! Cefora no me abandones y ven conmigo por favor. En medio del alboroto extrañas risas se dispersan, la angustia crece, pero sin poder explicarlo logra percibir la voz del valiente niño que le permite controlar sus emociones. — Despierta pequeña, despierta y todo lo bueno volverá. Cerrando los ojos se concentra repitiendo las mismas palabras y cuando decide volver a mirar, las ardientes flamas crecen lanzándose contra su cuerpo…

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En una oscura caverna una delgada silueta cae de rodillas repitiendo extrañas palabras, el suelo que pisa brama produciendo aterradores sonidos y el viento que le rodea gruñe, mientras entrelaza sus manos sosteniéndolas con firmeza. — Acrende, acrende, acrende Haladra il elemir inondra. Al terminar, la sombría criatura se mueve como un péndulo, la oscuridad la rodea y al abrir los dedos sopla sus manos creando una veloz ráfaga de aire que atraviesa la caverna. Muy lejos de aquel lugar, el cuerpo de Anya ha caído en un enorme espacio vacío, sobre ella, una gran cantidad de cenizas la cubre y de la nada, una veloz brisa la envuelve haciendo que despierte. Con la vista nublada abre los ojos sintiéndose mareada, los segundos pasan y al parpadear, un intenso sobresalto la sacude al recordar la destrucción de su cabaña. Decidida a no caer, pelea aferrándose contra el suelo, su garganta se cierra y sin fuerzas para levantarse baja la cara volviendo a sentir una poderosa corriente que la golpea. Con cuidado, trata de moverse, pero al apoyar las manos un insoportable ardor recorre sus brazos; sobre ellos, un purulento racimo de llagas se reproduce sin control, el enrojecimiento se desplaza y cuando no puede soportar el intenso dolor la voz de Cefora aparece colmando su interior. — No tengas miedo pequeña mía, cuando te falte mi presencia confía en ti, ten fe, mantente firme y aunque no lo quisieras debes volver, regresa y levántate, levántate con furia cuando las tinieblas caigan sobre tu vida y creas que no puedes vencer. Sin darse por vencida arruga la cara y en un repentino arrebato se arrodilla para volver a caminar. —Necesito levantarme —pronuncia en voz alta, pero una fuerte presión la empuja sometiendo su cuerpo. Luchando, gime y de nuevo, las frases de Cefora regresan pues aunque no esté a su lado ella jamás la abandonará. — Levántate mi amor, lucha y no caigas ante el hechizo de las sombras, recuerda que eres luz, recuerda que nada ni nadie te puede maltratar. Escuchándola, Anya la imagina y al impulsarse se pone de pie, pero al hacerlo, un inexplicable ruido retumba sobre el suelo. Bajo sus pies, la superficie se rompe provocando un estruendo aterrador, enormes y alargadas grietas la hacen temblar y la tierra levanta una espesa nube de polvo que se propaga por doquier; entorno a ella, cientos de rocas comienzan a elevarse, la superficie se deshace y un poderoso huracán se forma arrastrándola por el lugar. Al gritar todo desaparece, su mente es controlada, la

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angustia se vuelve insoportable y en sus pensamientos extrañas imágenes la llevan a otra realidad. En un espacio vacío su cuerpo es golpeado por millones de seres que no la ven, el aire la ahoga y a lo lejos, Cefora la mira como si no la conociera, ahora, una espesa polvareda la cubre, sus extremidades están llenas de quemaduras, cientos de árboles la rodean y al parpadear, cae dentro de una espesa cloaca en la que flotan huesos y pedazos de carne en descomposición. Asustada se mueve tratando de salir, pero con cada movimiento, su cuerpo se llena del asqueroso líquido y del fango, surge el cuerpo de una horrible anciana que la rasguña despedazándole la piel. —Ven maldita— le dice con un trémulo susurro y antes de devorarla, el huracán regresa arrastrándola por el lugar.

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Viendo el reflejo de un agresivo vendaval, Karin se retuerce al ser lastimado por la ensortijada rama del demonio; en su mente la imagen de Anya regresa, su presencia lo acompaña y sin detenerse lucha contra el poder las tinieblas que lo quieren dominar. Exigiendo una recompensa, la anciana lo lastima y sin detenerse vuelve a su lado para gritar. — Piérdete en mi mundo, abre tú mente porque voy a saciarme con la sensación de abandono que inunda tú maldito corazón. Sometido por una serie de violentas alucinaciones, el niño lucha para escapar de sus mentiras, en su cabeza, ella lo arrastra a una desolada tierra, la oscuridad lo deja ciego, el vacío lo acompaña y el dolor se torna insoportable, mientras va y vuelve para aferrarse a la imagen de la pequeña niña que necesita de su protección. —No lo logrará —susurra una y otra vez a medida que se levanta en sus sueños para retar a la insatisfecha bestia—, no volveré a creer en sus mentiras, no caeré en su juego porque nunca, nunca volveré a estar solo. Enfurecida con el repentino cambio, Sátilo lo trae de vuelta apaleándolo contra el suelo, si su poder no es suficiente, los fuertes golpes lo dominarán. — ¿Te crees muy fuerte por qué una sucia criatura te ha querido hablar? Contéstame malnacido animal. ¡Contéstame! Enceguecida por la inutilidad de sus actos, la desagradable mujer se altera y cuando lo golpea un seco susurro atraviesa las rocas de la celda obligándola a retroceder. — Enekiam, akrak, an-heri oj entere *ohm eRa-Iantera anke Iantera Escuchando las agresivas frases, Karin guarda silencio descifrándolas tan pronto como puede, en su cabeza, las palabras retumban y al repetirlas logra zafarse del hechizo de la anciana. — Buscar, conocer, sentir y no albergar, en vida abrazar y ahora esperar, tan solo esperar. Desvaneciéndose sobre la espesa niebla, la irritada mujer gruñe dejando libre al chiquitín, en su expresión, un rastro de insatisfacción la lleva a apretar uno de sus puños y refunfuñando grita para amenazarlo una vez más. — Pronto volveré y nadie se interpondrá entre nosotros, prometo qué te mataré a golpes maldita alimaña, prometo qué si no cumples con tu propósito te despedazaré.

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Arrastrándose con los ojos puestos sobre el brumoso rastro del demonio, Karin salta para buscar la grieta por donde cayó Anya, sus amenazas no le importan, al salvarla, las sombras pueden hacer lo que quieran con él. — Necesito encontrarte y buscar la forma para qué puedas escapar, no puedo dejarte en sus manos porque si lo hago ellos podrían corromperte convirtiéndote en una bestia al servicio de la oscuridad. Tomando fuerzas del lugar más profundo de su corazón, Karin mira el suelo encontrando la abertura, en este momento, pensar en las resultados de su arrojo está de más, ya no hay tiempo, por eso, extiende sus brazos y lanzándose al agujero cierra los ojos con la ilusión de salvarla. Atravesando la oscura grieta, cae de pie como si conociera el recorrido. Acurrucado, mira el espacio y al rodar por entre un grupo de puntiagudas rocas se detiene escuchando los gemidos de una convulsionada voz. —¿Dónde estás? ¿En dónde? se oye suavemente, mientras un acelerado eco inunda cada rincón del misterioso lugar; en silencio, el niño mira hacia todos lados con el deseo de encontrarla, a su alrededor la resonancia de aquellas palabras lo ensordecen, un helado aire resopla y cuando intenta levantarse una efímera luz le revela el lugar en donde está. Frente a sus ojos, irregulares piedras emergen de la oscuridad suspendiéndose como si fueran filosas navajas, estrechas grietas recorren la desnivelada superficie y al querer hablar, enredados sonidos lo golpean llevando los lamentos de Sirkano. Sin moverse, mira el suelo y al pensar en Anya comienza a murmurar. — Debo darme prisa, necesito encontrarte y buscar la forma para ocultarte de los demonios. Alentándose a sí mismo se concentra en sus palabras, pero los malos pensamientos llegan, el pesimismo aparece y abriendo la boca toma aire para volver a hablar. —¡Rápido inútil! —Rápido, grita con nerviosismo, mientras se entierra las uñas en la piel de su mano izquierda—, camina rápido maldito engendro porque ella está sufriendo, las bestias la pueden asesinar y si no te apresuras todo terminará. Lastimándose se llena de ira y al caminar, tropieza para rodar dentro de un estrecho socavón empañado de un asqueroso olor. Con ganas de vomitar, se tapa la boca y cuando voltea la mirada puede ver la silueta de la pequeña que se revuelca golpeándose contra las rocas.

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Arrastrándose como un gusano, el niño se acerca sintiendo una extraña sensación, a su lado, Anya convulsiona, sus delgados brazos se extienden sobre el aire como si quisieran sostener algo a lo cual no pueden tener acceso, su boca se ha cerrado impidiendo los sonidos de sus gritos, y las piernas, sus frágiles y delgadas extremidades han comenzado a retorcerse golpeándose contra el suelo. Sin saber cómo salvarla, el niño intenta tocarla, pero al acercarse las manos le tiemblan, su corazón palpita como si se fuera a salir de su pecho y al respirar, su voz viaja sobre la caverna produciendo un extraño eco. —Cálmate, cálmate por favor. De nuevo, el sonido de su voz se transforma y su sombra se convierte en el reflejo de un corpulento hombre que extiende sus brazos hacia ella. Sin saber qué hacer suspira, y cuándo se llena de valor para tocarla le da un tierno beso en la frente pidiéndole que despierte. — Escúchame en tus sueños y despierta, sigue el susurro mi voz y regresa a mi lado por favor. En silencio la observa y sin esperarlo, Anya se abalanza gritando con desesperación. —Cefora, ¿Cefora en dónde estás? —con un fuerte apretón, Karin la recibe ciñéndola contra su cuerpo, el calor de sus brazos la envuelve y sin hablar deja de moverse para que se desahogue. Tratando de zafarse la niña forcejea, pero al sentir una suave exhalación deja de intentarlo cerrando la boca para no gritar. Al girar, ella descubre una impactante escena, el niño de sus confusos sueños se materializa, las visiones no son claras, y ahora, ella no puede diferenciar las mentiras de la realidad. Ahogándose, se revela contra las tinieblas y abriendo los labios comienza a murmurar. —Dime si haces parte de mi realidad ¡Dime Karin! Dime si eres real. Apretándola, él cierra los ojos y tratando de mantener la calma le responde. —Acá estoy princesa, y sí, soy real, tan real como tú. Acariciando su cabeza el niño tiembla al sentir un fuerte apretón sobre su cuerpo, en sus mejillas, una fría lágrima se desliza, los recuerdos vuelven y cuando llena sus pulmones de aire una fugaz imagen regresa llevándolo al día en que fue arrastrado a este lugar. Estremeciéndose por los engaños de su mente, Anya se separa, la piel de todo su cuerpo se eriza y al respirar frota sus brazos sintiendo un escalofrió que la asfixia haciéndola temblar. Sin nada para arroparla, Karin la toma de las manos y al acercase intenta calentarla con el vapor de su inflamada boca. — ¿Qué me sucedió? —le pregunta—

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¿Qué sucede?— repite de nuevo, pero antes de ser interrumpida ella lo mira a los ojos y sin detenerse le vuelve a hablar. — Tuve horribles sueños, en ellos vi mi hogar y todo se consumía en llamas, me sentí muy sola, pero cada vez qué me derrumbaba tu voz aparecía para llenarme de esperanza. Mirándola fijamente, el jovencito le acaricia los brazos y sonriendo le responde. — Desde que caíste pensé en ti, mis pensamientos estuvieron contigo y aunque no estaba a tu lado, no te abandoné. Bajando la mirada Karin suspira, las mazmorras pueden asesinarla tan rápido que ninguno de ellos lo notaría, las bestias regresarán, y por más que quiera protegerla no debe engañarla, si quieren salir, necesita decirle la verdad. — Las pesadillas que tuviste fueron creadas por el embrujo de uno de los demonios, la bestia quiso dominarte apropiándose de tus recuerdos para hacerte creer que fuiste abandonada. Interrumpiéndolo, Anya lo mira y le pregunta. —¿Y por qué estamos libres? ¿Acaso estamos muertos? Escuchándola, trata de no asustarla, la muerte sería lo mejor que les pasaría, pero no, sus vidas son muy valiosas y aunque fueran asesinados sus almas quedarían vagando en medio de la oscuridad. Sin prisa, él le acaricia el rostro y llenando su corazón de un escaso valor le responde para alejarse de sus pensamientos. — No, aún no estamos muertos, la muerte algún día nos abrazará, pero estoy seguro que no será en este lugar, si quieres abrázame de nuevo, trata de calentar tú cuerpo y cuando te sientas mejor buscaremos la salida. Agarrándolo de su delgada camisa, Anya cierra los ojos y mientras trata de protegerla Karin se pregunta. —¿Hacia dónde debemos caminar? ¿Hacia dónde? — refugiándose en sus preguntas, el confundido niño recuerda sus creencias, hace mucho tiempo, alguien le enseñó que a nuestro lado existe un maravilloso ser al cual podemos recurrir cuando nos sentimos perdidos, su Dios, su Padre al que eleva una pequeña oración esperando que sea su guía para superar esta situación.

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Padre. Hoy que estoy solo lléname con tu cariño. Hoy que siento tu abandono, hazme recordar que estás conmigo. Hoy que tengo frío, cúbreme y siéntate al lado mío. Hoy que tengo miedo, acaríciame y protégeme de todo olvido…

Repitiendo la plegaria varias veces, abre los ojos y mirando a su derecha logra encontrar un largo pasadizo. —Levántate —le susurra suavemente—, dame tú mano porque debemos escapar. Evitando hablar, ella lo mira y entrecruzando sus temblorosas manos con las de él avanzan sin saber hacia dónde llegarán…

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Atravesando un angosto sendero rodeado de protuberantes rocas, los niños apresuran la marcha evitando detenerse, pero en los pensamientos de Anya, una lluvia de contradicciones la enfrenta por primera vez a la realidad de esta prisión. — ¿Qué me está sucediendo? ¿Por qué me tiene que pasar esto? Si esta prisión es real, ¿entonces viaje al futuro descubriendo lo qué me sucederá? Mostrándose alterada, se acerca al cuerpo del pequeño intimidándose con la horrible senda atiborrada de un asqueroso olor a azufre. — Este lugar no existente, todo debe ser una horrible pesadilla, ¿pero por qué no puedo despertar? Cerrando los ojos, intenta engañar a su mente imaginando que camina en la oscuridad de su cabaña, en sus pensamientos nada sucede y pronto despertará. — Cuándo abra los ojos correré tan rápido que nadie podrá alcanzarme, las sombras se irán y los susurros de mis sueños jamás regresarán. Percibiendo su angustia, el pequeño se acerca y apretándola de la mano le susurra. —Abre los ojitos y trata de calmarte, aprieta mi mano y jamás me sueltes. Girando para observarlo, la niña le agradece sin palabras y al acercase lo sujeta con sus dos manos bajando la cara para no mirar. En los pensamientos del niño, el miedo se hace presente, pero debe ser fuerte, necesita esconderla y darle una oportunidad. — No entiendo por qué llegaste hasta esta prisión, no sé quién te trajo, pero lo único que tengo claro, es que pase lo que pase no te abandonaré. Los demonios no arruinarán tu vida como hicieron con la mía, ellos no te volverán a maltratar y no descansaré hasta que puedas correr en libertad. Sujetándolo, Anya lo mira sintiéndose protegida, él, estira una de sus manos y tocando las rocas avanza para que nada malo les suceda. Sin pronunciar ningún sonido, el niño camina y al girar para saber si todo anda bien la observa haciéndole una tierna sonrisa. Caminando por entre la estrecha grieta se alejan, pero detrás de sus cuerpos, una tenue bruma los sigue moviéndose de un lado para otro, las rocas crujen y el suelo vibra, mientras una menuda sombra se esconde para no ser vista…

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La Oscuridad y el Fuego de Sirkano

Tomados de las manos, atraviesan la alargada caverna, el lugar se oscurece y tratando de no mirar respiran muy despacio para evitar los fuertes ruidos. Con precaución, continúan sin mirar atrás, pero Anya comienza a sentirse cansada y al disminuir la marcha mira a su amigo para preguntar. —¿A dónde nos dirigimos? —sin responder, Karin le toca los labios cerrándolos suavemente, en este momento, deben guardar silencio y evitar hablar. Con la mirada puesta en la escarpada gruta perciben un rápido parpadeo de luz, un fugaz destello aparece de la nada y se esfuma cuando descubren de donde proviene. Acercándose, Karin camina y sin mover los labios habla consigo mismo para preguntar. —¿Qué hay allí?— como un pequeño sabueso respira y al sentir una ligera corriente de aire, mira de a Anya quien entrecierra los parpados para no mirar. Dudando por unos instantes, se arriesga y tomando la decisión de cambiar rumbo se detiene para murmurar. — Creo que debemos cambiar la ruta y dirigirnos al fondo de esa grieta, el aire se siente más limpio por allí, respira y te darás cuenta qué lo que te digo es verdad. Observándolo, la niña llena sus pulmones de aire y después de afirmar con la cabeza él le vuelve a hablar. — Camina muy despacio, camina siempre tomada de mi mano y veas lo que veas, procura no gritar. Al atravesar el pasadizo, llegan a un enorme espacio vacío, el aire se siente ligero y al dejar de moverse un fuerte ventarrón los recibe bramando con celeridad. Tratando de observar los alrededores, Karin mueve la cabeza y a unos cuantos metros de su cuerpo una pequeña luz de color verde brilla sobre un grupo de puntiagudas rocas. En silencio, bajan y cuando están cerca, el espacio se oscurece queriendo consumir la pequeña luz. Frente a ellos, una diminuta flama se suspende extinguiendo su brillo, las tinieblas caen, pero de la nada, el destello flamea y produciendo ligeras ráfagas crece cada vez más. Esperando se agazapan observando los ligeros desplazamientos de la hermosa llamarada, el fuego gira sobre su propio eje y al brillar se divide para crear una nueva flama que queda suspendida sobre el aire.

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Apresurándose, Karin hala a la niña llevándola frente al fuego, en su expresión, el deseo por contener la luz lo lleva a correr, pero tan pronto como se mueve miles de destellos aparecen multiplicándose para flanquear los bordes de un largo camino que parece no tener fin. Embargado por una extraña seguridad, el niño suspira y sonriendo imagina que tienen una oportunidad. —La luz alejará a los demonios y si tenemos suerte jamás los volveremos a ver. Confiando en su intuición, Karin sostiene a la pequeña y con calma le susurra. —Sigue junto a mí y no me sueltes porque el camino que se ha formado frente a nosotros está libre de oscuridad. Interrumpiéndolo, Anya da un paso atrás y sintiendo un rápido escalofrío le pregunta. —¿Estás seguro que ese es el camino qué debemos tomar? —con la mirada puesta en el fuego, el pequeño respira y cuando el aire sale de sus pulmones lleva sus ojos hacia los de ella para responder. — Existe una leyenda que habla del color del fuego, rojo de sabiduría, blanco de pureza y sanación, amarillo para alejar a las sombras, y verde, el verde de la tierra para la guía y protección. Hace mucho tiempo escuché esta narración y aunque no sé si es verdad, necesito creer que si estamos juntos nada malo nos sucederá. Conmovida con la respuesta, Anya sonríe y creyendo en sus palabras lo mira sintiéndose tranquila. Adelante, el enorme espacio es adornado con el mágico brillo de miles de cúmulos de fuego que se mueven al vaivén del viento, ligeras chispas revolotean en medio de la oscuridad y sobre el aire un agradable sonido los impulsa a caminar. —Es hermoso— susurra la pequeña, al tiempo que mueve sus descalzos pies. A su lado el niño ríe y dando ligeros pasos observa el pedregoso suelo, que ahora, se transforma para convertirse en una bella superficie lisa y deslumbrante. Bajo su cuerpo, el borroso reflejo de sí mismo es opacado por el fulgor del fuego que levita a unos cuantos centímetros de la superficie, todo es perfecto, la luz llena el espacio de magia y aunque a los costados del camino las tinieblas no desaparecen, ellos olvidan a los espectros y su rastro de maldad. Acercándose para atravesar el primer par de antorchas, Anya y Karin se miran, pero antes de continuar, el niño detiene la marcha y llevando una de sus manos sobre la frente de la pequeña le acomoda el cabello para despejar su

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hermoso rostro; mirándolo, ella ríe y al abrir su boca para darle las gracias es interrumpida con el sonido de su voz. — Cree y no pierdas la fe, cree bonita, cree porque yo sé que podemos escapar. Sonrojándose al escucharlo, Anya cierra los parpados por un instante y llevando una de sus manos para tocar su pómulo derecho siente un agradable hormigueo que la lleva a susurrar. —¿Bonita? —Bonita, se pregunta, mientras observa al pequeño que mira el fuego respirando con tranquilidad. —Qué lindo se siente que me llames así, y que lindo, es muy lindo estar a tu lado y sentir que contigo nada malo me sucederá. Sujetándolo de la mano, Anya observa el camino y tan pronto como voltea para mirar al chiquitín, él le hace un pequeño gesto que le permite caminar. Luego de algunas horas los niños disminuyen la marcha, sus manos están llenas de sudor y al mirarla Karin le pregunta. —¿Quieres que nos detengamos? —acurrucándose, ella le responde moviendo la cabeza y dejándose caer sobre el suelo mueve una de sus manos masajeándose los pies. Sonriendo, él la suelta y girando da unos cuantos pasos para respirar. Conteniendo el aire, cierra los ojos y al extender los brazos abre las manos relajándose cada vez más. —Qué bien me siento—, repitiendo estas palabras en sus pensamientos, el chiquillo mueve los ojos para observar la oscuridad. Sobre el suelo, Anya lo mira recorriendo cada parte de su cuerpo; frente a ella, la pequeña estampa de un indefenso niño es despeinado por una ligera brisa que le revuelve los cabellos, sus brazos están abiertos como sí quisieran abrazar la inmensidad, el sonido de su respiración se hace presente y cuando el viento lo rodea su ropa se infla ondulando con velocidad. Sintiendo deseos de levantarse para estar a su lado, Anya suspira y llevando una de sus manos a su pecho lo observa de pies a cabeza; sobre su cuerpo, una delgada camisa llena de un grisáceo polvo se mueve al vaivén del viento, la tela está gastada y ha perdido el color, el borde inferior esta rasgado, los puños han sido deshilachados y el cuello es tan viejo que se encuentra roído y aplastado; sintiendo lastima por lo que ve, la niña baja la mirada y sobre las piernas del pequeño, un descolorido pantalón se quiebra al estar completamente arrugado, las mangas son angostas y le quedan tan cortas que se puede ver sus pantorrillas. Con tristeza Anya cambia de lugar y cerrando los ojos habla consigo misma angustiándose al escuchar lo que murmura.

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—¿Hace cuantos años estás aquí? ¿Hace cuánto Karin? —, suspirando se toma de las manos y cuando abre los ojos para obsérvalo, él la mira acercándose al lugar en donde está. Con una enorme sonrisa, Karin detiene sus preguntas, su rostro está sucio y rasguñado, pero sus pequeños ojos negros brillan en el instante en que sus despeinadas cejas se mueven para hacerla sonreír. A su lado, el niño exhala y acurrucándose masajea uno de sus pies para preguntar. —¿Te duele mucho? Afirmando con la cabeza, Anya le contesta, su presencia la llena de seguridad y antes de hablar él le dice. —Si quieres usa mis zapatos, póntelos y veras que los pies no te volverán a doler. Observando los zapatos, la niña se sonroja al ver lo que le ofrece. En el suelo, dos viejas botas de cuero marrón se cuartean como si se fueran a romper, la superficie esta pelada, la suela se cae a pedazos y el empeine tiene alargados agujeros por donde se pueden ver sus enmugrecidos pies. Levantando el rostro, ella le sonríe y enterneciéndose con su generosidad le responde. — No es necesario que me ofrezcas tus zapatos porque estoy acostumbrada a caminar descalza. Mintiendo, extiende una de sus manos y al hacer contacto con su piel recuerda la voz de Cefora que le habla a través de sus recuerdos. —Confía en aquella persona que no teniendo casi nada te ofrece todo lo que posee, confía en quien te da todo sin esperar nada a cambio. Sujetándolo, Anya se acerca y arreglando su despeinado cabello le dice. — Gracias, muchas gracias por todo lo que haces por mí. Alegrándose con aquellas palabras, el niño guarda silencio y tomado de su mano comienza a caminar. Luego de algunos metros, Anya mueve uno de sus brazos y jugueteando con el aire que pasa a su costado mira el fuego para susurrar. — Este camino es hermoso, el color del fuego me hace sentir tranquila, las luces parecen un sueño y tu compañía me llena de seguridad. Feliz, el niño sonríe, pero al observarla descubre un notable cambio en su fisonomía. El cabello, se ha prolongado de manera inexplicable llegándole hasta más abajo de los hombros, la ropa se ha desgastado, y cómo si hubiera transcurrido mucho tiempo, puede percatar un inquietante aumento en su estatura. —¿Qué te pasó? ¿Qué sucedió cuándo te enfrentaste a ese demonio?

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Sintiéndose observada, la pequeña se intimida y al no soportar su mirada le pregunta. —¿Por qué me miras así? —deteniendo la marcha, Karin la toma de las manos y apretándola le contesta con otra pregunta. — ¿Cuánto tiempo estuviste en esa cueva? Por favor Anya, necesito qué me digas lo que sucedió. Bajando el rostro, Anya comienza a hacer memoria recordando las imágenes de aquella situación; en un instante, todo se repite, el polvo la envuelve, el fuego y las sombras cambian su expresión que se traduce en las palabras qué musita tenuemente. — Cuando nos separamos volví a mi hogar y toda la oscuridad desapareció a mí alrededor, los árboles eran los mismos, las cabañas y la tierra que pisaba se iluminaron con el resplandor del sol que poco a poco desapareció. Con la mirada perdida continua, en su voz la desesperación aparece y al hablar, la angustia que sintió se hace presente haciéndola temblar. — Después, vi sombras y espectros que se desgarraban entre sí, vi mi vida y todo lo que amo desaparecía convirtiéndose en cenizas, mi hogar estaba cubierto de fuego, el aire era pesado y al gritar fui arrastrada a un nebuloso lugar lleno de extrañas personas que caminaban cómo si no me vieran, era un fantasma, una sombra en su vida y nada más. Soltándose, pasa sus manos sobre sus brazos, el dolor de las heridas regresa y sin esperar abre los labios para susurrar. — Sobre mi piel había enormes ampollas producidas por un incendio, el cuerpo me dolía y mi corazón estaba destrozado, todo parecía un sueño, pero era real, tan real como tú o como yo. Escuche voces Karin, pero aunque no me lo creas, siempre me acorde de ti. Abrazándola, el pequeño contiene la respiración y al empinarse en puntas de pies para estar a su altura le responde. — Yo también estuve pensando en ti, siempre, siempre me acordé de ti. Después de separarnos todo lo que quería era estar a tu lado, las sombras estuvieron a mí alrededor y en mi mente aparecieron confusas imágenes que no quiero recordar, pero eso no importa porque estamos juntos, de ahora en adelante piensa que todo lo que viste fue un mal sueño, piensa que pronto estaremos muy lejos de este lugar y nadie te maltratará.

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Afirmando con la cabeza, la niña mira el camino y al sentir una ligera brisa sobre su cabello le pregunta. —¿Podemos caminar más rápido? Sin oponerse, el pequeño se muerde los labios y acariciando su mano le responde. —Claro que sí. A sus costados, el fuego brilla y las chispas que emite los cubre alejando la oscuridad. En silencio, Karin baja la mirada y al pasar saliva su voz inunda cada rincón de su mente. — Sé que tienes miedo y que te gustaría cerrar los ojos para despertar en otro lugar, sé que confías en mí, pero no puedo engañarte mi bonita, necesito contarte todo lo que sé porque si los demonios regresan nos volverán a lastimar. Concentrándose en el resplandor del fuego, el pequeño continúa y tratando de calmarse respira con ganas de llorar. —No quiero que sufras y qué pases por lo mismo que yo pasé, pero tampoco puedo decirte mentiras, no es justo qué camines engañada imaginando que ellos no nos buscarán. Mirándose a través del reflejo de la brillante superficie, se acuerda de la oscuridad de su celda, el sonido de la lluvia, el olor y la humedad de las rocas que lo encarcelaron lo llevan a recordar todas las veces que intento escapar. — Ya perdí la cuenta de todos los intentos que hice, recuerdo los gritos y los golpes, recuerdo el dolor y el amargo sabor de las lágrimas sobre mis labios que no paraban de sangrar. Recuerdo sus voces y las palabras de desprecio. ¡Maldito engendro! Animal, bruto e inútil animal Apretando su puño derecho respira, el aire que entra en su cuerpo lo ahoga, los recuerdos inundan sus pensamientos, pero al sentir la presencia de Anya siente una inesperada fuerza que lo lleva a despertar. — Aunque ya me había dado por vencido no renunciaré, pase lo que pase no descansaré hasta sacarte de esta prisión. Distraído, camina perdiéndose en sus pensamientos, a su lado el fuego brilla, pero con cada movimiento la luz detrás de su espalda se esfuma sin dejar rastro. —Tengo que salvarte—, repite una y otra vez hasta que siente un repentino jalón que lo trae de vuelta. Sobre su mano, un fuerte apretón seguido de un débil murmullo lo lleva a mirar a Anya. —Mira Karin— mira, le dice con la voz entrecortada, mientras señala el tenue reflejo de una enorme construcción. A lo lejos, un enorme arco terminado en punta

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brilla como si fuera de cristal, la luz de las antorchas se incrementa y sin pensar en nada los niños caminan para acercarse cada vez más. Ajenos al consumidor desvanecimiento del fuego a sus espaldas avanzan, sus mentes se encuentran en blanco y cuando pueden ver la dimensión del arco el camino de antorchas se termina. A sus costados, los últimos destellos del fuego los hace detenerse y al girar el rostro la pequeña se horroriza con lo que ve; detrás de su cuerpo, la oscuridad devora los destellos acercándose con prisa, las diminutas chispas de fuego se evaporan y una poderosa energía se aproxima haciéndola temblar. Apretando la mano de Karin gira, y al mirarlo, él observa lo que ella ve. —No podemos regresar —susurra entre los dientes, mientras el niño voltea para volver a caminar. Frente a ellos, las antorchas giran sobre la brillante superficie que refleja el enorme arco qué se encuentra muy lejos de donde están. Suspirando, Karin da el primer paso y mirando a Anya abre sus labios para murmurar. — Camina junto a mí, camina tan rápido como puedas y alejemos de este lugar. Percibiendo la angustia de Anya, el niño acaricia sus dedos, ella trata de esconderse, sus labios tiemblan y su cabello se mueve deslizándose sobre su hermoso rostro que gira al sentir una suave voz. —No tengas miedo —no temas le dice—, deja que me adelante un poco, sigue detrás de mí porque si algo malo se acerca yo te protegeré. Con desconfianza caminan, pero antes de atravesar el fuego una inesperada ráfaga los empuja desde atrás; a cada lado, las llamas se retuercen y emitiendo un súbito destello comienzan a extinguirse. Observando lo que sucede, la niña se acerca a Karin y abriendo la boca le dice. —Mira lo que pasa con el fuego— distraído, el pequeño se sobresalta y al escuchar aquel tenue murmullo la mira de nuevo. —Mira rápido por favor— al voltear, el fuego se desprende del suelo y cómo si fuera una pesada roca es catapultado en dirección al arco. Sin tiempo para pensar, los pequeños comienzan a correr persiguiendo el fuego que deja un efímero camino de luz. — ¡Corre!, corre tan rápido como puedas. Gritando, Karin se mueve asustando a la pequeña que siente un incómodo escalofrió qué recorre su espalda. Sin detenerse, echan un vistazo para que la luz no los abandone, en sus pensamientos, sombras y horribles seres los siguen de cerca, la angustia los ahoga y aterrándose con la profunda oscuridad que se riega emiten un acelerado chillido reprimido por su respiración. Con afán, recorren algunos metros, pero el reflejo bajo sus

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pies desaparece y sus rostros se oscurecen; sin esperarlo, el niño comienza a detener la marcha, sus pies ya no se mueven y al dejar de caminar es halado por Anya quién lo grita. — No te detengas por favor, corre a mi lado, corre, corre Karin. Señalando las débiles flamas, el niño le pide qué se calme y halándola la sujeta del brazo. — Acércate y no te alejes, mira lo mismo que yo veo y entenderás porque me detengo. Acercándose, la niña mira el cielo, allí, los débiles destellos se alejan y aunque el fuego lucha por no morir poco a poco languidece. — Por más que corramos jamás lograremos escapar, la oscuridad se acerca y la única manera de sobrevivir es si estamos juntos. Dándole la razón, Anya lo observa y concentrándose en las diminutas luces espera el momento en que las tinieblas los cubran por completo. En lo alto, las palpitantes luces se desmoronan recorriendo el borde de cada uno de los soportes, el último rezago vuela, envolviendo la inmensa estructura que se oscurece cada vez más. Persiguiendo los destellos con sus ojos, los niños se abrazan, el ardor se desplaza y de la nada, una tercera lucecita resplandece como una estrella fulgurando en la parte más alta del apuntalado objeto. —¿Qué es eso?— pregunta Karin, quién no deja de observar el palpito de aquel etéreo brillo que se suspende sobre el aire. En lo alto, la tercera luz produce un brillante destello, el fuego se desvanece y antes de ser consumido logra llegar a la cima del acceso generando un poderoso resplandor sobre sus cabezas. Temblando, Anya cierra los parpados pronunciando algunas palabras en su mente. — En este lugar solo estamos nosotros dos, solo nosotros y nadie más. Queriendo creer en lo que dice, aprieta a su amigo conteniendo la respiración. Karin, quien ha saltado sobre ella para protegerla, la rodea con sus pequeños brazos y sin dejar de pensar en el significado de lo que vio habla en sus pensamientos para evadir lo que sucede. — Tres luces, tres destellos que la noche no durmió, tres esencias resplandecen en las tinieblas y al estar juntas un inmenso poder las abrazó.

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En silencio, dejan de moverse, pero Karin se llena de un valor y al abrir los ojos se tranquiliza pues la incandescente luz ha dejado de brillar. Acariciando la cabeza de Anya, intenta que lo mire y al cambiar de posición le dice. — Ponte de pie bonita, abre los ojitos y no tengas miedo porque nada sucedió. Escuchándolo, lo jala de su desgastada camisa y confiando en sus palabras abre los ojos asombrándose con lo que ve. Adelante, el borroso arco se esclarece y las tinieblas han sido diezmadas por un sutil albor que ilumina el inmenso lugar; mirándose, evitan hablar y al caminar el arco resplandece produciendo una tenue luz. La base del monumental arco, es una desordenada aglomeración de raíces petrificadas que se han entrelazado sumergiéndose en el suelo; los cimientos, sólidos y poderosos, se alargan al oscuro cielo transformándose en dos estilizadas columnas que giran sobre su propio eje. Arriba, los alargados puntales se entrelazan hasta formar una afilada cumbre de piedra, que deja entrever un enorme nicho creado por el desmembramiento de las enormes columnas qué se convierten en delgadas nervaduras. Evitando hablar, Karin observa y al elevar la mirada, encuentra dentro de la extraña cumbre el resplandor de los tres destellos de luz. Con los ojos abiertos, los niños se acercan a la entrada sintiéndose diminutos, el tamaño del arco es impresionante, la construcción los absorbe y al tropezarse dudan en seguir o devolverse para buscar otro camino. Sosteniendo a la niña, Karin inhala el liviano aire y al terminar la voz de su mente inunda sus pensamientos. — Esta es una entrada, un oscuro portal que podría ser nuestra salida o nuestro final. Retrasando la marcha, mira la construcción percatándose de un tenue resplandor en su interior; a lo lejos, una prolongada senda se extiende por la tortuosa unión de enroscadas y misteriosas salientes, el viento dentro de él silba, las paredes crujen y el brillo en su exterior paso a paso se incrementa. Distraído, Karin trata de conservar la calma, pero la tierna voz de Anya lo hace volver. —No quiero cruzar por ahí. Haciendo una ligera pausa, la jovencita retira el cabello de su cara y temblando le pregunta. —¿Crees que podamos retroceder? Exhalando, él la escucha y al mirarla a los ojos su corazón se acelera. — ¿Podemos Karin? Dime que sí. Con un compasivo gesto, el pequeño la toma de las manos y sin prisa le responde.

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— No creo que podamos retroceder porque detrás de nosotros no hay nada, mira atrás y veras que solo existe la oscuridad de las cavernas. Bajando la cabeza, Anya se siente derrotada, pero él, lleva una de sus manos a su quijada y elevando de nuevo su rostro la mira para volverle a hablar. — Tómame de la mano y no tengas miedo, camina a mi lado y cree, cree porque yo sé que podemos salir de este lugar. Confiando en sus palabras, Anya continúa a su lado y al voltear la cara es empujada por un poderoso soplo que proviene de Sirkano. Caminando, tratan de no mirar, a sus costados las raíces de piedra les dan la bienvenida desplazándose con silenciosos e imperceptibles movimientos; los cimientos del inmenso arco, acogen sus cuerpos, el ambiente cambia y sin poder explicarlo comienzan a sentir una sensación de paz. Anya, quien nunca había estado en un lugar como este, recuerda su ciudad, allí, las cabañas son pequeñas y lo más alto que había podido ver eran los viejos árboles de las montañas a la entrada de su hogar; queriendo hablar, se silencia al maravillarse con la impresionante envergadura de los enmarañados soportes, ellos crecen sin moverse, se estiran y se conectan a través de ondulantes giros que dan la sensación de estar en crecimiento. Arriba, abajo y en cualquier lugar, la irregular ruta se arquea como si tuviera vida, el aire es fresco, el suelo es suave y aunque no se escucha ningún sonido sus mentes los llevan a imaginar que están lejos de la oscuridad; sin detenerse, se asombran al caminar, entorno a ellos, maravillosos detalles realizados con increíble realismo los toman por sorpresa, hojas, flores, delgadas raíces y ensortijadas enredaderas se desplazan por el lugar creando la bella imagen de un impresionante jardín de piedra. Atravesando el inmenso pasadizo, Anya y Karin comienzan a encontrar diminutos animalitos qué se asoman por entre las petrificadas raíces, ardillas, mariposas, insectos y curiosos roedores trepan, mientras algunas aves abren sus alas como si fueran a volar. A sus costados las columnas se enmarañan cada vez más, las raíces de los soportes crecen y de la nada, preciosos brotes de piedra florecen produciendo un delicioso olor. Descubriendo los secretos del lugar, los pequeños se alejan de la entrada deslumbrándose con la belleza del camino, pero frente a sus ojos, comienzan a aparecer los angelicales cuerpos de cientos de niños qué se asoman extendiendo las manos; semidesnudos, ellos se abrazan y al sonreír se esconden dentro de los soportes con

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lindas expresiones de felicidad. Rompiendo el silencio, Anya le habla a Karin y cuando termina, él detiene la marcha para responder. — ¿Quiénes son ellos? — No lo sé, son esculturas, dulces criaturas creo yo, pero no confíes, no te alejes y si te asustas ocúltate en tu silencio, acércate un poco, si estamos juntos nada nos sucederá. Con precaución, se desplazan en medio del enorme lugar, a sus espaldas la entrada se cierra sin que se den cuenta, las raíces se enredan fusionándose entre sí, los soportes se dilatan y al moverse, se sumergen dentro de la superficie que se encuentra cubierta por delgada capa de arena. Elevando la cara, Karin se aleja de los niños descubriendo una serie de grabados en el interior; a cada lado, extraños símbolos se repiten dentro de los enredados soportes, hendiduras, letras y borrosos rostros son opacados por las enmarañadas columnas que se enroscan entre sí. Sin decir nada, cambia de posición y mientras observa una larga columna que sobresale de la demás pasa saliva al sentir un acelerado escalofrió que le eriza la piel. La enorme saliente, agrieta las paredes a medida que se alarga, retorciéndose, se hincha de manera desproporcionada por algunos metros, pero cuando llega al vértice que cierra la construcción, su forma cambia y al girar como si fuera un frágil brote se adhiere a una deformada e intrincada viga de la que brota un espeso humo de color negro. Caminando más despacio, Karin se siente observado y a su lado, Anya se apresura al maravillarse con el espacio alrededor; a ella, no le importa entender los significados de las deformaciones sobre su cabeza, son los niños quienes la llaman, su desnudez la inquieta y la alegría que desbordan la hipnotiza alejando de sus pensamientos la idea de escapar. —¿Por qué están en este lugar?— pregunta suavemente, en el instante en que suelta la mano de su amigo. Alejándose para curiosear, la pequeña sonríe y cuándo logra percibir un sutil brillo sobre las mejillas de la criatura más cercana estira los brazos queriéndola tocar. Extendiendo los dedos sin pensar en las consecuencias de sus actos, se deja llevar por una fuerte atracción, al moverse, el niño de piedra gira la cara y mirándola fijamente mueve una de sus manos para tocarla. Sonriendo, Anya se pierde en los movimientos del extraño ser y al no poder controlar sus emociones comienza a murmurar. — ¿Qué es lo que quieres pequeñito? Si necesitas algo solo háblame, susurra alguna palabra y dime qué necesitas.

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Al terminar, los demás niños comienzan a acercarse y amontonándose estiran sus manos con la intención de acariciarla. En lo alto, un repentino resquebrajamiento seguido de un rápido zigzagueo sobre la estructura central asustan a Karin quien no se percata de la ausencia de su amiga; de aquellas grietas, emergen millones de sombras en movimiento, las fisuras atraen a las tinieblas, la maldad se acerca con rápidos saltos llamando a los demonios que muy pronto llegarán. Alterado por la proximidad de las bestias, el impresionado niño corre sin rumbo fijo y al llevar su mano derecha sobre la nada advierte la ausencia de la pequeña. — ¿Bonita? ¿Bonita en dónde estás? Estando tan cerca como para rozar con los dedos a una de las esculturas, la indiscreta niña no se detiene y al contener el aire es halada por Karin. Mirándola, él le habla sin palabras, la expresión de su mirada lo dice todo pues ha llegado el momento de correr; entendiendo, Anya da un precipitado salto alejándose de los niños, la curiosidad ha sido saciada, Karin es más importante y salir de esta prisión es su verdadero propósito. Queriendo retomar el rumbo, la niña se impresiona al observar los movimientos de un acelerado grupo de sombras que aparecen sobre el suelo, bajo sus pies, el irritado meneo de las siluetas le permite ver la verdadera apariencia de los niños que se mueven por doquier. Con coraje, Karin se interpone entre ellos y su amiga, ella, gira buscando devolverse, pero al hacerlo, percibe una espantosa realidad, el paso ha sido sellado, los enredados soportes se han entrelazado cerrando la entrada. —¡Karin!— Karin grita de nuevo y al sujetarse de su delgada camisa lo jala mientras susurra. — Las raíces de piedra no nos dejarán escapar. Sin quitar los ojos de los niños, el pequeño extiende los brazos e intentando detenerlos le dice. — No mires al frente bonita, baja tu cara y concéntrate en el sonido de mi voz. Inhalando, Anya lo toma del brazo y haciendo lo que le dice baja el rostro para no mirar. Frente a sus cuerpos, una horda de agresivos niños emerge de los petrificados soportes golpeándose con fuerza, sus expresiones cambian, sus rostros se llenan de ira y sus ojos se vuelven negros mientras comienzan a chillar. Tapándose los oídos, Anya se agazapa pegándose a Karin quien se mueve lentamente, apretando los puños, el niño se prepara para pelear y cuando quiere lanzar el primer golpe se da cuenta que los niños

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están encarcelados y no pueden escapar. A su alrededor, las criaturas se mueven, pero ninguna toca el suelo y tampoco se alejan de las raíces que forman el lugar. Con cuidado, el niño se mueve hacia atrás sujetando a Anya con sus brazos, las piernas le tiemblan y al cambiar la expresión de su mirada los niños producen un ensordecedor sonido que los lleva a acurrucarse en donde están. Arriba, abajo y a cada uno de sus lados, las bestias se estiran, sus pequeñas garras se abren, sus cuerpos se estremecen y sus afilados dientes se lanzan queriéndolos destrozar. Mirando, Karin se levanta y al poner a su bonita de pie se le acerca para susurrar. — Trata de no gritar y no te vuelvas a alejar. Moviendo la cabeza la niña le responde, pero cuando sus cuerpos se separan las ramas y cimientos comienzan a crujir. Alterándose por el inesperado sonido, Karin gira y al mirar todo cambia; frente a él, los alargados soportes se desenredan elevándose por los aires, las raíces se mueven y los niños trepan acercándose cada vez más. Tomándola de la mano, el chiquitín la aprieta y con un inesperado grito la jala para comenzar a correr. — ¡Corre! Corre y no levantes a mirada. Corriendo, tratan de alejarse del peligro, pero las ramas de piedra se mueven muy rápido y las paredes a sus costados se comienzan a cerrar. Asustado, Karin gira para observar a Anya quien ha cerrado los ojos al sentir el roce de unos fríos dedos sobre su mejilla; en su mente, los gritos la ensordecen y las extrañas voces que escuchó dentro de su cabaña vuelven a surgir. — Una prueba ha comenzado, un momento que se fue, una sombra se ha quedado, y con ellos tú también. Tratando de taparse los oídos, aprieta la mano del pequeño y al querer levantar la mirada él la lleva contra su pecho dejando de correr. Abrazándola, Karin la rodea y antes de dar otro paso le murmura con afán. — Quédate a mi lado y no pongas ninguna resistencia, salta si te digo que lo hagas, grita si tienes que gritar, golpea si sientes que algo se acerca y no abras los ojos hasta salir de este lugar. Sujetándose de su cuello, Anya aprieta los parpados y conteniendo la respiración lo escucha de nuevo haciendo lo que le dice. — Permanece tan quieta como una roca, estira tus brazos y no te muevas por favor.

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De inmediato, el pequeño se mueve e impulsándose, se lanza contra los niños dando poderosos golpes; agachándose, toma un puñado de arena y al lanzarlo sobre el aire crea una efímera pared que los protege por un instante. A su alrededor la confusión se desata, los agresivos críos quieren atraparlo y las raíces se enmarañan entre sí. Una y otra vez, el ágil jovencito toma arena entre sus manos para alejar a las bestias, abriendo los brazos crea remolinos, líneas de polvo vuelan sobre el aire, ondas, círculos, explosiones e inesperadas ráfagas aparecen entorno a Anya quien se encuentra completamente quieta conteniendo su respiración. Atrás, adelante, al girar y saltando cada vez más, el pequeño demuestra un impresionante control de su cuerpo, los niños lo siguen, pero sus movimientos son veloces y al lanzar la arena los confunde sin que puedan saber en dónde está. Moviéndose a gran velocidad, el niño pasa al lado de Anya como si fuera un fantasma, su cuerpo es borroso, el aire silba por el roce de su cuerpo y cuando una lluvia de arena cae ensombreciendo el misterioso lugar, él arroja a varios de los niños para abrir un camino por el que puedan escapar. Una a una, las criaturas caen para estrellarse contra el piso, sus cuerpos se rompen en pedazos, la ira y los gritos crecen, y a medida que pasan los segundos Karin se vuelve más y más fuerte. Escuchando la algarabía, la niña aprieta los ojos para no mirar, los granos de arena caen sobre su cabeza y en su mente, las mismas palabras que repitió cuando Cefora la protegió le permiten llenarse de fuerza para no gritar. — Se fuerte, se fuerte, se fuerte. Observando de reojo a su amiga, Karin la cuida, pero las paredes se cierran, las enredaderas se interponen en su camino, las ramas rompen las líneas de arena y los gruesos raigones caen estremeciendo todo el piso; entorno a ellos, la arena se desvanece y cerca de los tobillos de la pequeña un alterado niño se lanza para sujetarla. Asustado, Karin la grita y sin pensarlo dos veces ella reacciona alejándose del lugar en donde está. — Corre a tu derecha, corre y salta por favor. Con coraje, Anya da un precipitado salto y al girar en el aire abre los ojos para correr. Evitando pensar, la niña observa el caos que se desata en el interior, en todos lados, afiladas ramas, pesadas raíces e incontables sombras se lanzan interrumpiendo su desplazamiento. Esquivando los filosos dedos de un grupo de niños, Anya corre y extendiendo una de sus manos logra sujetarse del pequeñín. Mirándola por un instante, Karin la sostiene zigzagueando por entre los enmarañados soportes, en sus

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pensamientos el miedo se hace presente y la angustia que siente lo lleva a gritar dentro de su cabeza. — No te atraparán, nunca, nunca te atraparán. De todos lados, brotan más y más niños, sus cuerpos ahora son negros y sus rostros se deforman convirtiéndose en oscuras bestias que aúllan demostrando su maldad. Corriendo, Anya y Karin se mueven hacia adelante y hacia atrás, sus piernas los hacen girar, los brazos les ayudan a defenderse y cuando se miran fijamente son separados por una gruesa rama que viene desde atrás. Recibiendo un duro golpe, los pequeños caen en direcciones opuestas estrellándose contra las paredes de piedra; despedazando algunos tallos, el chiquillo rueda sintiendo un latigazo sobre la cabeza, Anya intenta levantarse, pero es halada del cabello por un grupo de niños que chillan al sujetarla. Gritando con todas sus fuerzas, la pequeña se estira y llamando al niño extiende sus brazos para poder alcanzarlo. — ¡Ayúdame Karin! Arrastrándose, Karin la observa y antes de ponerse de pie, un débil sonido se filtra produciendo una tenue brisa, el aliento se extiende y cuándo logra llegar a sus oídos extrañas palabras aceleran su corazón permitiéndole continuar. — Lemen, lemen, lemen Alemur lemen. Lemen, repite en sus pensamientos y arremetiendo contra los niños rompe sus cuerpos en pedazos para liberar a la jovencita. Sin detenerse, él la abraza y apretándola le dice. — Sostente y no te sueltes, sigue mis pasos y has todo lo que te pida porque en este momento cada paso que tú des, yo lo daré por ti. Conservando la calma, brincan y atravesando un grupo de enmarañadas raíces logran escabullirse dentro de un pequeño agujero. Sin miedo, Karin la lleva de un lado para otro jalándola para que no la atrapen, los niños caen a su paso, sus manos los tocan y sus filosos dientes pasan muy cerca de todo su cuerpo rasguñándoles la piel. Evitando a las criaturas, la niña se arquea en repetidas ocasiones y cuando una enorme raíz intenta golpearlos ella se tira al escuchar al chiquitín. — Lánzate sobre el suelo y extiende los brazos. Deslizándose sobre la superficie, los niños avanzan unos cuantos metros protegiéndose bajo la gruesa raíz, los sonidos y el crujir de las rocas se incrementan, el espacio se cierra y en el instante en que logran salir un estrecho pasadizo les permite ver la salida.

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Con decisión, Anya y Karin se levantan sintiendo un acelerado temblor en sus cuerpos, sobre sus cabezas las pequeñas bestias comienzan a lanzarse alejándose de los soportes, sus cuerpos se despedazan, la gritería crece y al observar lo que sucede, Karin se suelta de su mano para colgarse de un grueso bejuco que ondula a uno de sus costados. Sin gritar, la pequeña lo observa y corriendo con velocidad lleva parte de su cuerpo hacia adelante al sentir que le rasguñan la cabeza. Atrás, los niños se desgarran, el suelo se estremece, las raíces se entrelazan y la oscuridad se hace presente; adelante, cientos de bestias se atraviesan en el camino, el arco se cierra y un estrecho agujero deja pasar un veloz soplo que cubre a la niña quien oye los gritos de Karin. — Levanta tu brazo y salta. Apoyando el pie derecho sobre la cabeza de uno de los niños, Anya brinca y levantando el brazo es sujetada por el niño quien la lanza por entre el agujero salvándola del peligro. Karin, utilizó los movimientos de la ondulante rama para tomar impulso y ayudarla a escapar, pero a su alrededor todo se enmaraña, las criaturas bajan en picada y al percibir un ligero brillo sobre su hombro izquierdo los movimientos dentro del arco se detienen. Sin entender lo que sucede, salta para sujetarse de otra rama y cuando mira, descubre un largo mechón del rubio cabello de Anya que se desliza flotando sobre el aire; las palabras qué escuchó vuelven a aparecer. —Lemen— repite en voz alta y sintiendo una leve brisa encuentra un estrecho orificio sobre su cabeza. Arriba, los niños vuelven a moverse, las ramas se cierran y al trepar, percibe una enorme sombra que cae con velocidad; ahora, los soportes se quiebran, las ramas se rompen, los brotes se deshacen y los niños braman de dolor. Con desesperación, el chiquillo brinca resbalándose antes de llegar a la salida, a cada lado, las bestias caen amontonándose entre sí, el espacio se comprime y frente a su cuerpo un regordete crio sonríe al tomar entre sus manos el brillante mechón. Escabulléndose dentro de la confusión, Karin logra llegar hasta el estrecho orificio y antes de que el paso sea sellado consigue salir, mientras escucha un espeluznante chillido qué lo hace temblar. Aterrorizado, mira abajo y percibiendo la enorme distancia que lo separa del suelo toma una enorme bocanada de aire lanzándose con los brazos abiertos. Cayendo, imagina que nada malo le sucederá, sus manos se extienden, los dedos se separan y al sentir el paso del aire sobre todo su cuerpo da una vertiginosa

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voltereta que le permite caer de pie. Sin detenerse, corre y al escuchar el ensordecedor sonido de la destrucción busca a Anya, quien se encuentra a unos pocos metros de distancia de rodillas y con las manos en la cara; en la mente de la niña extrañas imágenes la toman por sorpresa, sombras, calabozos, niños encadenados y la figura de un robusto hombre se repiten una y otra vez. Retorciéndose contiene los gritos, la cabeza le da vueltas y una enorme presencia se abalanza sobre su cuerpo. Con un estremecedor aullido, abre los ojos y antes de volver a gritar la tierna voz de Karin le permite respirar. — Quédate quietecita porque siempre, siempre te protegeré. Agarrándolo, Anya lo aprieta y sin hablar llena sus pulmones de aire pegándose cada vez más; esperando, el niño la acaricia deslizando sus dedos sobre su espalda, el silencio cae como un trueno y al levantar la cara observa una veloz ráfaga de luz. En el cielo, los tres destellos que resplandecieron sobre la punta del arco giran fundiéndose en una brillante esfera de inexplicable simetría; el resplandor produce un tenue sonido, su tamaño se incrementa y el brillo cambia convirtiéndose en una hermosa estrella de luz. Asombrándose, Karin piensa en las tres luces y tan pronto como descubre las señales del camino se dirige a su bonita para murmurar. — Mira el cielo y levántate lo más rápido que puedas porque lo que acabamos de cruzar es un portal, el camino bonita, el camino a nuestra libertad. Creyendo en las palabras de su amigo, la niña levanta la mirada y sujetándolo de la mano se mueve para correr. Siguiendo el rastro de la brillante estrella tratan de alcanzarla haciendo mucho ruido, su respiración es fuerte y de la nada, son atrapados por una poderosa brisa que los empuja llevándolos hacia atrás. Sin detenerse toman impulso, pero Anya percibe un ligero ruido a sus espaldas; detrás de ellos, miles de granos de arena se desprenden de sus cuerpos produciendo un ligero torbellino que se reagrupa una y otra vez, el viento crece, sus brazos aletean y cuando logran avanzar, una huella de sus propios cuerpos se materializa observándolos desde atrás. Muy cerca, la imagen de sí mismos se toma de la mano y girando rápidamente corre para sumergirse en la oscuridad. Asustada con el sonido de unos acelerados pasos, la niña intenta volver, pero un veloz destello la distrae. En lo alto, la estrella brilla, pero su velocidad se incrementa alejándose cada vez más, sintiéndose mareada, comienza ahogarse, el aire la sofoca y en el instante en que su pecho se contrae le pide a Karin que se detengan.

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— Vamos más despacio pequeñín, déjame respirar porque no puedo seguir corriendo, no importa si nos detenemos por un momento, descansemos un poco y para, para por favor. Al detenerse, la estrella también lo hace y suspendiéndose por unos pocos segundos resplandece, dejándoles ver un enorme espacio alrededor. Con los ojos puestos en el horizonte, los niños acallan sus pensamientos, pero sin ninguna explicación la esfera cae sumergiéndose en el suelo, aterrorizados gritan, y al querer correr la oscuridad los rodea. Temblando al no poder ver nada, Anya y Karin se aferran cayendo de rodillas. —¿Qué sucedió?— pregunta la pequeña, mientras sus palabras se riegan sin control. —Esto es mi culpa, yo te pedí que nos detuviéramos, yo la alejé, yo destruí a la luz qué guiaba nuestro camino. Llorando, grita cada vez más, su respiración explota y dentro de aquella agitación produce un inestable gemido que le permite desahogarse. — Ahhhhh. ¿Por qué? ¿Por qué tiene que ser así? ¿Dime por qué? Queriendo hacer lo mismo, Karin intenta gritar, pero su voz se contiene y acariciándole la cabeza le dice. —Tranquila bonita —, tranquila repite varias veces, al tiempo que la sujeta de los brazos para susurrar. — Deja de castigarte por algo que no has hecho, la luz tenía que desaparecer, la estrella se alejaría porque tarde o temprano nos íbamos a detener. Limpiándose las lágrimas, la niña cierra los ojos y sin querer ver nada se pega a su cuerpo escuchando el susurro de su voz. — Cálmate porque gritar no hará que la luz regrese, piensa y te darás cuenta que la oscuridad nos permitirá escondernos, por más que nos busquen, ninguno de ellos nos encontrará. Sintiendo como se agazapa entre sus brazos, el niño la arrulla y sosteniendo su quijada sobre su cabeza le habla de nuevo para calmar su malestar. — No te afanes por cosas que aún no han sucedido, no pienses en las mentiras qué tu mente creará por estar en medio de las tinieblas. Sin ninguna clase de temor, el niño toma la decisión de levantarse y al extender una de sus manos le dice. — Levántate y confía en mí, camina con tranquilidad y sujétate de mi cuerpo.

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Solos y sin poder ver nada, los niños caminan cambiando de rumbo una y otra vez. En sus movimientos se percibe la angustia, sus brazos tiemblan y al trastabillar, Anya se detiene murmurando suavemente. — Tengo miedo, tengo mucho miedo y no quiero seguir caminando. Haciendo caso a lo que escucha, el chico se detiene y suspirando baja la cara sin pronunciar ningún sonido. Entorno a ellos, un enorme espacio vacío se hace más y más grande, el frío desaparece, la angustia los deja y de la nada, una cálida corriente abraza sus cuerpos, mientras la voz de la niña rompe el silencio. —Gracias pequeñín —, gracias repite varias veces, al tiempo que sus palabras vuelve a surgir. — Muchas gracias por protegerme y estar conmigo sin conocerme, gracias por evitar mi dolor y por alejarme de aquellos horribles seres. Escuchándola, el niño le acaricia los dedos y cerrando los ojos le responde. — No tienes nada que agradecerme porque gracias a ti es que pudimos escapar, cuando corrimos confiaste en mí e hiciste lo que debías hacer, fuiste muy fuerte y tu compañía fue lo que me lleno de fortaleza para correr. Con emoción, Anya lo abraza y su voz aparece para hacerle una petición — ¿Puedo pedirte algo? — Claro que sí, ¿dime que necesitas? Haciendo una ligera pausa, la pequeña se aleja de su cuerpo y con los ojos abiertos mueve sus delgados labios para susurrar. —Quiero que hagamos una promesa, ¿sí? — contestándole sin hablar, Karin mueve la cabeza y mientras respira ella le dice. — No quiero que nos separemos, quiero que estemos juntos y que nunca nos alejemos. No importa cómo o cuando, no importa si es de día o es de noche, no importa nada si desde ahora te encuentras a mi lado, prométeme que me protegerás, como yo te protegeré, prométeme que no saldremos de aquí si no estamos juntos, prométeme que me buscarás si pierdo mi camino, porqué yo te seguiré por cielo y tierra si te extravías al sentir de nuevo el frío. Conteniéndose, la niña suspira de manera temblorosa y al exhalar su voz regresa con más fuerza. — Hagamos un juramento, un pacto y enfrentemos todo lo que nos quiera lastimar.

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Sin temor a la oscuridad, Karin eleva los ojos y al abrirlos agradece por esta nueva oportunidad de salvar su vida, en sus palabras, él se dirige a su Dios, su amigo a quien siempre ha recurrido desde que ha estado en ésta prisión. — Gracias Padre, gracias porque las noches frías ya no son tan frías, gracias porque los días grises ya no ocultan mi nublada vista, gracias, muchas gracias porque yo sentía que algún día, alguien a mi lado llegaría. Intentando encontrar el rostro de la niña, el pequeño sonríe al sentir un ligero cosquilleo por el roce de su cabello, ella, le acaricia la mano y mientras lo hace él le contesta. — Te prometo eso y mucho más, te prometo qué no saldremos si no estamos juntos, te prometo qué jamás te abandonaré y de tu lado no me iré. Luego de una hermosa respuesta, el niño se arrodilla e impulsándola para que haga lo mismo sostiene sus manos dentro de las suyas. -

Quiero que escuches a mi corazón, quiero que entiendas las palabras que saldrán de mi boca y no lo olvides, nunca me olvides.

Escuchándolo, ella baja la cara y acercándose se enternece con el sonido de su voz. — Te prometo que no te dejaré, y pase lo que pase, yo por siempre lucharé, te prometo que por ti me quedaré, te prometo que jamás renunciaré y que contigo aquí estaré. Respirando lentamente, Anya y Karin se mueven y al unir sus frentes él le dice. — Si nuestras manos se separan, nuestras almas no lo harán, si nuestro camino no es el mismo, nuestra ruta se unirá. En mis sueños te esperaba, y hoy por fin estás aquí, en mis sueños eras sombras, y hoy por fin vuelvo a vivir. Si te quedas, yo también, si me esperas, volveré, si me sueñas no me iré, no me iré porque sin ti, yo jamás quiero seguir. Como si fuera una linda poesía, Karin ratifica su promesa y sin detenerse la sostiene pidiéndole un favor. — Ahora repite mis palabras y lancemos una plegaria a los cielos, confía en ti y en mí, ten fe porque si nuestras voces se escuchan en el horizonte, nuestros sueños se harán realidad y podremos escapar. Afirmando con la cabeza, la niña se concentra y como si pudiera leer sus pensamientos repite las palabras que le susurra.

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— Te pedimos ver la luz, te pedimos esperanza, te pedimos mucha fuerza y que nos cubras con tu amor. Te pedimos no ser vistos, te pedimos estar juntos y poder salir de aquí. Emocionada, Anya le agradece lanzándose a sus brazos, y de la nada, un veloz destello casi imperceptible aparece sin previo aviso rodeándolos al pasar, pero si se mira con detenimiento, Karin ha desaparecido, y en su lugar, un corpulento hombre se encuentra de rodillas rodeando con ternura a la niña quien se refugia en su poderoso pecho. Con rapidez, el fugaz resplandor se esfuma produciendo diminutos destellos, y de nuevo, las tinieblas los cubren oscureciéndolos por completo; abriendo los ojos, Karin trata de ver y al parpadear, algo que no puede explicar ha cambiado en su interior. —Es hermoso estar contigo —, muy hermoso susurra, mientras su voz crece y el susurro se convierte en una lenta exclamación. — Ha llegado el momento de levantarnos y caminar preciosa, quédate mi lado y no vuelvas a tener miedo. Sonriendo, ella lo toma de la mano y a medida que avanzan percibe una rara sensación. Al moverse, él se siente diferente, es más alto y sus tibias manos son más fuertes. Volteando en dirección a su amigo, la niña lo aprieta y le pregunta. —¿Karin estás aquí?— con un extraño chirrear de los dientes, vuelve a tomar su forma infantil y en un instante su cálida voz transforma el ambiente. —Sí bonita, aún estoy junto a ti, ¿qué tienes, te pasa algo? — No, solo pensé que te habías alejado. — No pienses eso porque jamás me alejaré, nunca, óyeme bien, nunca te abandonaré. Pensando en su respuesta, Anya da unos cuantos pasos en silencio y de nuevo le vuelve a hablar. —Perdóname por haberte preguntado eso, es solo que sentí una extraña sensación al caminar junto a ti, es como si ya no fueras tú, como si fueras diferente. Sonriendo, el niño le responde y mientras limpia el sudor de sus labios lleva sus ojos hacia lo alto para observar la oscuridad. — Debe ser que al no ver nada me sentiste diferente, la noche nos hace ver cosas que no son reales, nuestra mente nos engaña y si no somos fuertes podríamos perdernos para siempre.

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Al escucharlo, Anya se tranquiliza pensando en todo lo que ha hecho por ella. —Sé que estás conmigo y no me abandonarás. Dejando de lado sus pensamientos, viajan por varias horas tratando de no angustiarse, la oscuridad pesa y aunque no pueden ver nada su compañía los fortalece sin importar en dónde están. Al recorrer una larga distancia, Anya recuerda la increíble emoción que le produce correr y queriendo cambiar su estado de ánimo da un inesperado salto, sus pies se suspenden sobre el aire y al caer Karin la abraza —¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?— con una risa juguetona, ella se emociona y saltando de nuevo le habla mientras ríe. — Jajaja, claro que estoy bien, pero quiero qué corras, corre conmigo e imaginemos que la luz está a nuestro alrededor, vuela a mi lado, extiende tus brazos como si fueran dos fuertes alas y veamos quien es más veloz. Feliz por su inesperada reacción, el niño la suelta y deslizando la mano sobre su espalda toma una delgada tira que cuelga de su vestido para correr junto a ella —¿Hacia dónde vamos?— le pregunta, escuchando su hermosa voz. — No lo sé, tan solo sígueme y corre, corre tan rápido como puedas. Moviéndose en diferentes direcciones, los niños comienzan a reír sin poder detenerse, las carcajadas de Anya inundan el lugar, sus pasos se hacen ligeros y la energía del momento llena de alegría al chiquitín. — Jajajajajaja, no te detengas Karin, salta e imagínate que estamos en otro lugar, elévate tan alto como puedas porque somos dos veloces aves y vamos a volar. Imaginando que puede volar, Anya corre de un lado para otro, sus brazos se mueven y en su mente incontables ráfagas de luz dorada crean dos poderosas alas que alejan las tinieblas; en su imaginación, miles de puntos luminosos dibujan alargadas plumas que dejan un bello rastro. Su cabello se mueve brillando cada vez más, los brazos se extienden y al abrir sus dedos el suelo desaparece llevándola a planear en medio de la oscuridad. Girando, Anya imagina a Karin quien la sigue de cerca abriendo sus hermosas alas doradas, el viento los ayuda a elevarse y mientras las tinieblas se desvanecen se sienten libres, tan libres como dos enormes águilas que vuelan sobre la inmensidad. Soñando con los ojos abiertos, la niña ríe y dando un veloz giro se lanza a los brazos del niño imaginando que sus alas se entrelazan para crear un poderoso resplandor. Rodeándolo con sus brazos, ella lo aprieta y dejando de soñar regresa a la

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realidad. Entorno a ellos, la oscuridad crece, pero al recibir un caluroso abrazo el vínculo se fortalece y la tranquilidad aparece una vez más. Riendo a carcajadas, Anya lo sujeta y al suspirar le dice. —No me pudiste ganar mi niño, por más que lo intentaste no me alcanzaste, jajajajajaja. Tomándola de la cintura, el pequeño ríe y le responde. — ¿Era una competencia? Pues espera y ya verás, dame tiempo y cuándo tengamos nuestra próxima carrera te ganaré. Feliz por escucharla reír, Karin quiere seguir jugando y acercándosele le pregunta — ¿Te gustaría saber cómo me divertía hace mucho tiempo? ¿Quieres jugar? Demostrando su emoción, la niña le estruja la camisa respondiendo al instante. —Sí, sí quiero. —Entonces repite después de mí, no te pierdas y continúa sin descanso hasta terminar las palabras que vas a escuchar, ¿estás lista? — Sí, ya estoy lista. Aclarando la voz, el pequeño tose y al terminar comienza a hablar. —Repite mis palabras hasta que las puedas pronunciar, escucha con atención y si te equivocas vuelves a empezar. (Luna, luna, luna nueva, dime si me amas, yo te amo luna lona, luna lona, luna nueva, dónde estás mi luna, luna, luna nueva, porque tú me haces feliz mi luna lona, luna lona, luna lona, luna nueva) —¿Qué?— respondiendo, Anya ríe al repetir por primera vez el enredado trabalenguas. — Luna noma, nueva, nueva, dime lona, lona, luna nova, ¿luna? Por… ¿Tú doma? Luna, luna, Jajajajajaja, no se Karin Jajajajajaja, ahora mona luna, onda, ¿mofa? Con enormes risotadas el niño la interrumpe y corrigiéndola le responde. —Jajaja, no, así no es. Después de intentarlo varias veces, Anya se aleja por un momento para aferrarse a las pequeñas manos de su compañero; él, la sostiene y moviendo sus pies estira los brazos mientras le habla de nuevo. —Gira conmigo, gira e impulsa tu cuerpo. Dando vertiginosas vueltas sobre el espacio vacío, los niños se mueven de un lado para otro perdiendo el equilibrio, el aire los acaricia y la falta de luz los hace flotar. Sin detenerse, Anya y Karin giran y giran llevando sus rostros al cielo, sus pies se resbalan y sus alegres gritos inundan el lugar. Con emoción dejan de girar y al dejar de moverse la cabeza les da vueltas. —No te caigas bonita— le dice Karin, pero sus cuerpos caen

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contra el suelo sin poder detener el alboroto de sus labios. —Jajajajajaja, jajajajajaja, jajajajajaja— queriendo levantarse, vuelven a caer sintiéndose mareados, las piernas les tiemblan, sus cabezas pierden el control y sujetándose de la mano del chiquitín la niña le dice. — No puedo moverme, jajajajajaja, si lo hago volveré a caerme, no puedo, no, no me moveré. Con los ojos abiertos, Anya imagina un hermoso cielo lleno de estrellas que da vueltas, en sus pensamientos la luna aparece y nada de lo que suceda los lastimará. Agradeciendo por haberla encontrado Karin sonríe, pero antes de volver a hablar su voz resuena en el interior de sus pensamientos. — ¿Acaso no es maravilloso volver a sentir? ¿Acaso no quisieras volver al pasado cuando no conocías estas cavernas? ¿No quieres olvidar? Contéstame y contéstate a ti mismo, ¿no quieres dejar atrás el dolor emocionándote con el calor de un fuerte abrazo? ¿No quieres volver a correr para perderte sin pensar en nada ni en nadie? Responde embaucador ¿No quieres volver a reír cómo lo hacías antes? Estremeciéndose por lo que escucha, el niño se arrodilla y al abrir los brazos responde con un fuerte grito —Sí, sí quiero, quiero ser libre, ¡Quiero mi libertad! Mirando el vacío, el niño llora y cuando toma aire Anya lo sujeta de la mano y abriendo los brazos le dice. —Libres Karin, muy pronto seremos libres— al terminar, una tenue brisa los rodea y recostándose el uno contra el otro cierran los ojos mientras el cansancio los hace dormir profundamente.

En la oscuridad de sus fantasías, Anya corre junto a Karin, alrededor, las tinieblas desaparecen, pero cuando el niño gira el rostro para mirarla, una densa niebla lo rodea alejándolo de su lado. Buscándolo, comienza a llorar y antes de gritar cientos de voces inundan el lugar. — Camino largo, largo viene en ti, si lo abrazas fuerte, fuerza hasta tu fin, no lo dejes nunca, no lo dejes ir, llévalo contigo, sácalo de aquí, si nos sigues siempre, tú lo entenderás, todo está en las voces, pronto lo verás. Soñando, Anya se mueve bruscamente, los sonidos crecen, los murmullos le narran una confusa historia llena de borrosas imágenes que se funden dentro de la oscura niebla.

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— Una niña corre, esperando va, si perdida sueña, hoy no morirá, ella está creyendo, que si alguna vez, vio su cuerpo libre, libre no lo fue, cuando el llanto llega, ellos sentirán, ellos los acechan, ellos quieren más, garras y cadenas, golpes sentirán, golpes fuertes vienen, hoy por preguntar. ¿Dónde y cuándo estuve? ¿Dónde, dónde fue? Sin saber de dónde, ella es quien fue, pronto se ha extraviado, pronto se verá, una luz ya crece, una luz será, viendo todo de ella, solo puede ver, él es su celeste, luces de cristal, con la fuerza crece, crece su bondad. Sombras muertas vienen, sombras muertas van, rienda suelta alcanza, alguien lo sabrá, una buena nueva, una sola opción, el cristal se rompe, rompe su verdad, el parece tenue, eso puede ser, es su esencia viva cuando vio el nacer, que al brillar el agua, ellas morirán. Sombras en fantasmas y en silencio van, viene ya la noche, viene a retozar, este es su tormento, sangre al terminar, negra y turbia llega, todo saldará. Ella teme siempre, siempre volverán, siempre la desean, siempre así será. Corre con la noche, corre al comenzar, corre en ruinas sola, tumbos ha de dar, cruza ya la puerta, vete al terminar, es verdad del alma, sucia se verá, ella que no muere, ella lo sabrá, siete son esclavos, siete para ser, siete se retuercen, siete y uno más. En los pensamientos de Anya, las voces continúan y antes de despertar recuerda la noche de su rapto. —Ella que luchaba, ella no estará, ella que trataba, carne ha de mostrar, en sus ojos nada, todo se perdió, es el tiempo oscuro, es su tiempo ya. Forcejeando mira la niebla, y dentro de ella, la imagen de una extraña mariposa la impresiona haciéndola saltar.

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Tapándose la cara, la pequeña despierta y al sentir una caricia sobre su brazo se queda quieta tratando de contener sus emociones. Esperando aguanta la respiración, su corazón se acelera y antes de gritar se tranquiliza al escuchar la voz de Karin. — Buenos días princesa, despierta, despierta y abre los ojitos. Haciéndose la fuerte, Anya intenta bostezar, pero una agitada exhalación la toma por sorpresa. —¿Qué te sucede?— le pregunta el niño, y al escucharlo, recuesta su cabeza en medio de su cuello con ganas de llorar. Sin moverse, Karin acaricia su espalda y antes de pronunciar una nueva palabra ella le contesta. — Tuve una horrible pesadilla, escuche el susurro de muchas voces que me rodeaban y se fundían con la niebla de la prisión para mostrarme borrosas imágenes, son visiones, augurios de algo qué viene por nosotros. Pensando en lo que escucha, el pequeño se conmueve y hablando con tranquilidad le pregunta. —¿Visiones? ¿De qué me hablas? — Es difícil explicarlo, son palabras, imágenes, sensaciones y todo a la vez, nada de lo que vi es claro, no sé, no entiendo nada de lo que vi. —¿Pero qué te susurraban esas voces?— suspirando, Anya cambia de posición y buscándolo en medio de la oscuridad le responde. —No lo sé Karin, no entiendo nada de lo que escuché. Tomándola de los hombros, el niño la acaricia y tratando de calmarla le dice. —No te preocupes por lo que viste, tranquilízate y verás qué las voces de tus sueños se alejarán y jamás regresarán. Separándose de su cuerpo, Anya baja la mirada contradiciendo sus palabras. — No es la primera vez qué las escucho, desde que tengo memoria ellas han estado conmigo, siempre es lo mismo, un complejo rompecabezas qué jamás he logrado entender, en ocasiones veo lo que alguna vez fue, pasado y futuro se revelan, no me gusta verlo, nunca he entendido porque me sucede esto. Tratando de entenderla, Karin piensa en sus palabras, las voces son una señal, quizás, ellas puedan mostrarle la forma de escapar. —¿Tú crees que lo qué viste puede ayudarnos?— pensando, Anya suspira y sin esperar le responde. — No lo sé, esta vez fueron muchas palabras e imágenes sin sentido, solo sé que tú estabas y otros llegaban a nuestro lado. —Pero dime que viste.

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Haciendo memoria, la pequeña cierra los ojos y girando el rostro le vuelve a hablar. — Vi y escuché muchas cosas, líneas celestes, oscuridad y tu sonrisa, sangre negra, una puerta y cristales rotos, no sé, todo se va, estos sueños se pierden rápidamente, cuando las voces susurraban me narraban una confusa historia y ahora que estoy despierta solo puedo pensar en el agua. No sé, las voces me dijeron que al brillar el agua, ellas morirán. Sin prisa, el niño se mueve y hablándole con decisión la interrumpe. —Estás imágenes tienen un significado, el agua es una señal, ¿no lo crees? Moviendo la cabeza, la niña se siente agobiada, algunas imágenes regresan y al abrir los labios eleva el tono de su voz. — No lo sé y tampoco quiero imaginar cosas que no son ciertas, nunca me ha gustado escuchar esas voces, a veces no quiero dormir, pero seguir despierta también me da miedo, estamos solos, y eso, es lo único que es real. Escuchándola, el pequeño se da cuenta que ella no quiere hablar de sus pesadillas, las tinieblas y el encuentro con los demonios han sido una experiencia demasiado fuerte como para presionarla a revelar cosas que le hagan daño. —Si no quieres hablar de esos sueños no importa, cuando me necesites y estés preparada para hablar de ellos cuenta conmigo— afirmando, la pequeña lo busca en la oscuridad y sin detenerse le contesta. — Cuando salgamos te contaré todo lo que vi, cuando estemos lejos descubriremos el significado de esos sueños, ¿estás de acuerdo? —Claro que sí bonita, por ahora no te preocupes y descansemos un poco. Con los ojos abiertos, Anya se intimida y al sentir una extraña sensación le pregunta. —¿El amanecer se demora en llegar? —Sí —le responde el niño—, la luz a nuestras vidas aún no llegará. Sin hablar, Karin la busca con la mirada pensando en lo que ella le contó, alguna vez escuchó sobre las visiones, son premoniciones, pesadillas que hablan del futuro que está por venir. —Dentro de ti debe vivir un inmenso poder, una luz que te permite ver lo que ninguno de nosotros puede ver. Moviéndose, la niña desliza su cuerpo para recostarse sobre sus piernas, al hacerlo, él deja de pensar y pasando sus dedos dentro de su largo cabello la consiente haciendo que se sonroje. Rompiendo el silencio, Anya gira el rostro y abrazándose a sí misma le pregunta.

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—¿Y tú si pudiste dormir?— con una leve sonrisa Karin le responde mientras estira sus brazos como si quisiera bostezar. — No princesa, no dormí mucho, aún no me acostumbro a descansar sobre un suelo tan incómodo, extraño las rocas y la humedad de mi celda. Soltando una tierna carcajada, la pequeña disfruta del sarcástico humor de Karin, los minutos pasan y sin dudarlo, ella se arriesga a preguntarle sobre su pasado. —¿Hace cuánto tiempo has estado en este lugar? Pensando en la respuesta, el niño deja de hablar, en su mente todo es confuso y al no querer que ella se asuste le susurra. — No lo sé, hoy desperté con gritos a mí alrededor y ahora estoy junto a ti, tal vez, llegué hace poco o hace mucho, tal vez llegué sin darme cuenta, no lo sé, no sé qué sucedió. Al escucharlo, Anya entiende el significado de su respuesta, en el fondo, ella sabe que él conoce más de lo que le dice, pero ahora no importa, ya habrá tiempo para preguntar. Tratando de evadirla, el niño se mueve y cerrando los ojos le pregunta. —¿Y tú cómo llegaste? Con un nudo en la garganta, la pequeña recuerda lo le que sucedió, en sus pensamientos todo se repite y el sonido de su voz la lleva contener el llanto. — Tampoco lo sé, en mi hogar una sombra me tomo para raptarme y cuando abrí los ojos solo estabas tú. Descansando sobre las piernas de Karin, Anya añora a Cefora y tan pronto como lo hace, abre el baúl de sus recuerdos para compartir una buena experiencia de su pasado. — Antes de llegar a esta prisión era muy feliz y sentía que nada malo me sucedería, la oscuridad no me asustaba y en las noches me quedaba despierta para ver las estrellas. Cada día, antes de que los últimos destellos del sol desaparecieran escuchaba las historias de alguien a quien jamás podré olvidar. Haciendo una pausa, la niña aprieta los parpados y al inhalar profundamente le pregunta. — ¿Alguna vez te han contado una historia con la cual te hayas sentido muy feliz? Pensando en lo que escucha, el niño suspira y al cerrar los ojos le contesta. —Sí, hace mucho tiempo alguien me abrazo contándome cientos de historias, ¿por qué lo preguntas?

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— Años atrás fui encontrada por una hermosa mujer que con el tiempo se convirtió en mi mejor compañía, recuerdo sus manos y sus labios, recuerdo los abrazos, pero también recuerdo esas noches llenas de historias que nos distraían hasta ver el amanecer. El lenguaje del alma, como ella lo solía llamar, viaja de generación en generación a través de cientos de relatos qué me acompañaron hasta el último momento en que estuve con ella; hace mucho me conto un lindo cuento, el primero de muchos, pero esa historia, tan simple y sencilla cómo si te contara algo de mi vida, llenó mi corazón de esperanza y me hizo creer que pase lo que pase siempre podré contar con su presencia. Respirando, Anya gira sobre las piernas del niño y acariciándolo con el aire que sale de sus labios vuelve a murmurar. — Ahora que haces parte de mi vida, me gustaría compartir esta historia contigo, ¿quieres? Emocionado, Karin sonríe y con una efusiva respuesta se mueve para escucharla. —Claro que quiero. — Espero te guste como a mí me gusto, espero la entiendas como la pude entender yo, pero sobre todo, quiero que a través de ella conozcas una parte muy importante de mi vida, esta historia se llama…

Un Pequeño Perro Mirando a la Montaña

“Hace muchos, muchos años, más de los que cualquiera de nosotros podría recordar, el mundo fue cubierto por una poderosa energía forjada en lo profundo de las tinieblas; en aquella época, las luces del cielo se apagaron, las risas no existieron y una feroz guerra cubrió cada espacio de nuestra tierra destruyendo a todos aquellos que tuvieron el valor para enfrentarse a la oscuridad. Lejos de aquella destrucción, una pequeña familia encontró refugio en un mágico lugar, allí, los sonidos del viento y la protección de una profunda caverna les permitió esconderse por mucho tiempo, mientras burlaban a la sombra de la muerte quién se encontraba deseosa de llevar a todos aquellos que se resistieran al inmenso poder de las tinieblas. Alejados del mal, el pequeño clan creció muy rápido, pero conforme los años

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pasaron, horribles sombras fueron despertadas, hordas de demonios se alimentaron sin descanso, espectros, fantasmas y muertos en vida se hicieron fuertes, avivando el insaciable apetito de aquella poderosa energía qué se regó como la espesa ceniza de un violento volcán que jamás pudo ser sofocado. Protegidos bajo las sombras de la caverna, los miembros de aquella familia se prepararon para lo inevitable, y una noche, cuando todos los rincones del planeta cayeron bajo el embrujo del mal, las tinieblas encontraron el refugio y la muerte se presentó. Sin mediar palabra, los espectros atacaron, pero el amor de la familia colmó sus corazones de coraje y al enfrentarse a su destino una feroz batalla comenzó. En las manos de los padres, la fortaleza se sintió, en los brazos de los hijos, la juventud los ayudó, y aunque el miembro más pequeño del linaje no era humano, junto a ellos él luchó. Un pequeño perro de color amarillo, con ojos negros y pelaje de león, corrió de lado a lado con la furia de una enorme bestia, su rugido se hizo fuerte, los colmillos ayudaron, pero el poder oscuro fue muy fuerte y el coraje se diezmó.

Sangre, gritos y dolor, sufrimiento, miedo y desesperación inundaron el corazón del pequeño perro, que fue sometido por un golpe seco qué lo dejo tendido sobre los brazos de su amo quien yacía sobre el suelo con los ojos llenos de lágrimas, pues era el momento para decir adiós. Despidiéndose, el lastimado hombre suspiró y mirando a su compañero le susurró. — Adiós mi pequeñito, cuando ya no escuches mi voz solo corre, corre tanto como puedas y jamás mires atrás, busca la estrella azul, busca la luz del mar y cuando la encuentres protégela para que podamos continuar. Sin moverse, el pequeño perro observó al moribundo hombre y cuando el silencio lo embargo, un poderoso aullido salió de su garganta estremeciendo el interior de la caverna. Con las paticas embarradas, el hocico enrojecido y una lágrima que cayó lentamente sobre su mejilla, Lástar, como lo llamaron sus hermanos, recordó que contra la maldad del mundo nadie puede revelarse. Cabizbajo y con un profundo dolor en su pecho, el triste animal empujó el cuerpo de su amigo, pero al hacerlo, una fugaz imagen inundo sus pensamientos, en ella, el hermoso resplandor de una estrella dibujaba el rostro de una pequeña niña de ojos azules que le sonreía, y al observar sus labios, su nombre era pronunciado. Al despertar, buscó a los demás miembros de su familia, pero

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las tinieblas habían ganado y ninguno de ellos sobrevivió. Sin pensarlo, Lástar corrió, sus paticas se extendieron y como si fuera más veloz que el viento por una grieta él escapó. Después de esa noche, todo fue caos, muerte y destrucción, el mundo se rindió ante la oscuridad, las sombras crecieron sin medida y la luz del sol poco a poco desapareció. Sin detenerse, Lástar continuó con su camino, en el recorrido pasó necesidades, sintió el frío de la soledad, lloró en silencio y aunque encontró nuevos amigos, jamás olvido a quienes lo habían amado. Luego de muchos años lejos, tan lejos de los suyos, pero tan cerca al sentirlos en su corazón, el triste perro decidió dejar de caminar; en ese momento, ningún sonido se escuchó, el silencio se hizo presente y al estar en calma la imagen de la hermosa niña regresó. Sin saber qué hacer, quiso correr, pero antes de hacerlo, el viento emitió un suave murmullo que llevaba el olor de su familia; aturdido, salto de un lado para otro y al olfatear de nuevo corrió para seguir el tenue rastro. Guiado por el recuerdo de su hogar, Lástar avanzó sin rumbo fijo, días y noches pasaron sobre él, valles y abismos, enormes nevados, cavernas, bosques, demonios y horribles sombras se interpusieron en su camino, pero nada, absolutamente nada fue tan fuerte como para alejarlo de su destino. Una tarde, después de muchos años de recorrido, el aroma lo abrigó y cuando batió la cola de emoción, una espesa niebla apareció. Frente a su diminuto cuerpo, la niebla burbujeaba y al llenarse de valor para atravesarla un susurro él escuchó. —Ya estás cerca mi pequeño, más cerca de lo que jamás imaginé. Saltando al reconocer la voz de su mejor amigo, Lástar corrió y cuando estuvo del otro lado una montaña suspendida sobre el aire suspiró. A su alrededor, el olor y las caricias regresaron, su familia estaba cerca y el camino terminó. Esperando, olfateo el lugar con la esperanza de ver a alguien, pero después de un rato, nada ni nadie apareció; sin darse por vencido, se sentó bajo la sombra de un enorme Sauce y al observarlo fijamente una poderosa voz le susurró. — Soy un viejo espíritu que ha visto pasar muchas vidas, soy viejo, tan viejo que ya no recuerdo mi edad, casi nunca hablo, pero creo que está es una buena oportunidad. Dejando caer una hoja seca sobre la cabeza del silencioso perro, el Sauce continuó. — ¿Quién eres mi pequeño? ¿Quién eres y por qué llegaste aquí?

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Sin asustarse, el animal bajó la cara y en el idioma de los perros le contestó. — Mi nombre es Lástar y vengo desde muy lejos, estoy aquí porque el olor de mi familia me guio, debo caminar hacia esa montaña y al llegar al pico más alto sé que los encontraré. Con un profundo suspiro acompañado por el caer de muchas hojas secas el viejo Sauce respondió. — Aquella montaña es un lugar mágico, no puedes y nunca podrás subir sobre ella, pero si lo que quieres es encontrar a tú familia, solo debes pedírselo, pide día y noche y cuándo sea el momento a tú lado volverán. Con ganas de correr Lástar se movió, pero el viejo Sauce replicó. — La montaña que ves con tus pequeños ojos negros te trajo con un propósito, ten paciencia y espera, espera porque no olvidar a los que amas te hará grande, tan grande qué si te lo propones una gran recompensa llegará. Después de pronunciar aquellas palabras, el viejo árbol nunca volvió a hablarle, pero en su silencio movió sus fuertes ramas protegiéndolo para que pudiera continuar. Frente a Lástar, otoño, primavera, verano e invierno pasaron una y otra vez, las hojas del sauce cayeron, sus raíces se hicieron fuertes, el mundo cambió, pero él, permanecía inmóvil mirando a la montaña. Esperando, el animal envejeció, su cuerpo se volvió débil, las patas le temblaron y aunque nada sucedía, él jamás se retiró. Una fría y oscura tarde, cuando estaba muy cansado para terminar con la vigilia, la lluvia apareció, sus tristes ojos se nublaron, el cansancio llevó su canosa trompa contra el suelo y en el sonar de un leve sueño una brillante estrella de luz azul lo estremeció. Bajando del cielo, la hermosa luz brilló con fuerza, los destellos eran claros y al caer en un arroyo, el olor de su familia regresó. Batiendo la cola el adormecido perro despertó, y al mirar hacia el frente, una hermosa niña de ojos azules como el mar se acercaba con lágrimas en los ojos al encontrar a un pequeño perro que la esperaba tan quietecito como una roca, y mirando a la montaña”.

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Suspirando, Anya cierra los ojos y terminando la narración le dice al chiquitín. —Cuenta la leyenda que desde ese día todo fue como antes, no de la forma en que él esperaba, pero al final, el amor de su familia regresó. Con un nudo en la garganta, la pequeña recuerda a su vieja amiga y antes de escuchar la voz de Karin sus labios se abren de nuevo para susurrar. — La persona que me contó está historia me enseñó que nunca debo perder la fe, y que la esperanza, la ilusión por encontrar lo que más queremos es lo único que nos permite continuar. Nunca olvides lo que te digo, ella susurro aquella noche, conviértete en una roca, conviértete en tu fortaleza más grande para encontrar tú camino como yo he encontrado el mío, si alguien se aleja, piensa en él, si alguien te deja, ve y busca también, pero si alguien te espera, confía y busca de él, no llores por mí, solo busca mi recuerdo en ti y sigue siendo feliz con los regalos que pondré con la gracia de nuestra vida enfrente de ti. Busca, encuentra y nunca olvides lo que eres, pues lo más importante, es no perder la oportunidad de vivir. Repitiendo las frases pronunciadas por aquella mujer, la niña le habla a Karin quien se asombra con aquella historia, ella se expresa con la fluidez de una mujer adulta, es como si ya hubiera vivido, como si fuera otra persona pues a través de sus palabras ha conocido más de lo que esperaba. En la mente de Anya su voz se contiene, algunas de las frases que Cefora pronunció son de ella y de nadie más. — Mírame fijamente, pero no me mires nada más, mírame a los ojos y allí tú entenderás, que si vuelo ya muy lejos, no es por dejarte así no más, todo cambia, todo llega, todo se aleja para comenzar, te amo más que a nada, te amo mi principio y mi final. Apretando las manos, la pequeña solloza entre los brazos del emocionado niño quien al entender el relato no puede contenerse y comienza a hablar. —Ella te estaba esperando, ella siempre supo que tú llegarías a su vida. — Sí Karin, ella me buscó y no descansó hasta encontrarme. — ¿Pero quién era? ¿Por qué te esperaba? ¿Dónde te encontró? Quitando el cabello de su rostro, Anya pronuncia el nombre de quien la protegió salvando su vida.

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— Su nombre es Cefora, ella es la persona que me protegió antes de ser traída hasta esta prisión, las dos vivimos en una pequeña ciudad llamada Rémora. —¿Rémora? —preguntando, el niño la interrumpe y sin detenerse le vuelve a hablar. — ¿Y dónde está esa ciudad? — No lo sé pequeñín, lo único que sé, es que Cefora siempre me ha acompañado, por eso quiero salir de aquí, necesito encontrarla. Levantando uno de sus brazos, el niño se mueve y antes de escuchar una nueva palabra abre su boca con afán. —¿Entonces qué estamos esperando? apresurémonos porque los dos la vamos a encontrar. Cambiando la expresión de su rostro, Anya sonríe y le pregunta. — ¿Los dos? ¿Estás hablando enserio? — Claro que sí, si tú la quieres, entonces la querré, si tú la esperas, yo también la esperaré. Conmovida cierra los ojos, en su mente, la imagen de Cefora se materializa y al evadir la oscuridad estira una de sus manos imaginando que la puede tocar. Acariciándola en medio del espacio vacío, la niña se acerca a Karin y arrodillándose le agradece por lo que acaba de decir. — Gracias, muchas gracias, ¿pero por qué haces esto? Apretando los labios, el niño exhala y con ternura le responde. —No tienes que darme las gracias, siempre he soñado con tener una familia, y tú la tienes, por eso lo hago, hago esto por ti y porque tienes que regresar a tu ciudad. Poniendo las manos sobre el suelo, Anya se acerca y le pregunta. —¿Y tú familia? — pasando saliva, el chico baja la mirada y en un suave tono le contesta. —Hace mucho tiempo tuve un hogar, pero… — ¿Pero qué? ¿Qué sucedió? Interrumpiéndolo, Anya no lo deja hablar, pero él, hace una larga pausa sintiendo una helada brisa que mueve su cabello, sobre su piel, un extraño escalofrío lo hace temblar y la vista se le nubla cada vez más. —No bonita, eso ya no importa— angustiándose, la niña trata de contenerse y mientras cierra los puños le responde. — No digas que ya no importa, tú eres importante para mí y si tú me quieres ayudar, yo también lo haré por ti.

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—Mi familia se alejó —le dice—, todos se fueron y no recuerdo porqué. Percibiendo la tristeza en sus palabras, Anya desplaza una de sus manos sobre el aire y consintiéndole la cara le pregunta. —Estamos juntos y tú lo sabes. ¿Cierto pequeñín? — Sí, eso creo. — ¿Eso crees?— respondiendo con otra pregunta, la pequeña se molesta y sin dejar que él le conteste lo interrumpe. — Si nuestros caminos se cruzaron, fue por una buena razón, si estamos juntos, es porque así se decidió. Levantando la cara al escucharla, Karin le pide disculpas y sintiéndose regañado le dice. —Perdóname bonita, a veces me pierdo en mis recuerdos sin pensar en lo que digo, mi memoria parece que hubiera sido borrada, en ocasiones recuerdo cosas, imágenes que tal vez no sean reales, a veces siento, no lo sé, siento que me abandonaron. Con ganas de abrazarlo, Anya se entristece y le susurra. — No creo que hayas sido abandonado, nadie, ninguna persona seria capaz de abandonarte. Porque no hacemos un trato, al salir buscaremos a Cefora y también a tu familia, ¿quieres? —Sería muy bueno estar a su lado, pero no creo que debamos buscar a nadie, ellas se han ido, mi familia se fue, el tiempo a su lado se extinguió y así las busquemos, creo que jamás las podremos encontrar. —¿Ellas?— preguntándose, la niña siente un poco de alegría al escucharlo, y antes de que vuelva a decir algo, ella llena el espacio con el sonido de su voz. — Todo es posible Karin, tu familia siempre te espera, te anhela y te abraza, tu familia está presente y así no la puedas ver ella te acompañará por siempre, hay vínculos que no se rompen, hay seres que te esperan y nunca te abandonan. Mirando hacia la nada, el niño escucha sus palabras con atención, soñar es fácil, pero cada día, la oscuridad y los demonios le han hecho saber de la insignificancia de su existencia. — No pequeña, los vínculos se rompen, la muerte arrasa con todo, la distancia te separa, la ausencia te hace olvidar y las personas se van, el tiempo destruye todo dejándote sin nada. Al terminar, Anya siente su dolor, él no sueña con su gente, su familia se ha ido y jamás quiere volver a saber en dónde están. Alejándose para evadir la conversación, Karin le

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pregunta por su vida, los pocos recuerdos que tiene son muy dolorosos, la muerte le ha quitado todo lo que amaba, su existencia está vacía y el amor de su familia nunca volverá. —¿Cefora hace parte de tu familia? — No, ella solo es mi amiga, recuerdo que cuando la conocí lo primero que sentí fueron sus brazos y el sonido del agua a mi alrededor, no tengo a nadie más, solo somos nosotras dos. Arrugando la frente, el niño la busca en la oscuridad y con enojo le pregunta. —Si ella no hace parte de tu familia, ¿por qué me dices que una familia siempre te espera? — Te digo lo que siento, te lo digo porque eso es lo que yo haría si hubiera tenido una familia, creo que si alguien te ama nunca te olvidará, Cefora me enseñó muchas cosas y en una de ellas me hizo sentir que todos estamos conectados, es una historia, hilos invisibles esta vez. —¿Hilos Invisibles?— preguntando, Karin pone atención a lo que ella le dice, las historias siempre le han gustado, pero al hablar de su pasado algo en su interior lo hace sentirse destrozado. — Sí, según esta historia todos estamos conectados porque venimos de un mismo ser, es una energía de vida más grande, una Madre qué nos protegerá por siempre. Llevando una de sus manos a sus labios, Karin intenta cerrarlos y sin querer ofenderla le responde. —Es muy bonito lo que dices, pero ojalá fuera cierto, ojalá nuestra vida pudiera ser tan solo una simple historia, un relato que pudiéramos cambiar a nuestro antojo. Al escucharlo, la niña percibe su dolor, algo muy malo le sucedió y como ella no quiere hablar de sus visiones, él tampoco quiere hablar de su familia. — ¿Sabes una cosa Karin? Si estoy a tu lado el miedo no parece tan grande, la noche no es tan oscura y no me siento sola, eres alguien muy especial, tan especial que jamás podría olvidarte. Refugiándose en el sonido de su voz, el niño se siente bien, ahora ya no importa la noche, no importa si no puede ver, no importa el frío o la presencia de los demonios, a él, no le interesa nada si de hoy en adelante están juntos. —Tú también eres muy especial mi bonita.

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Susurrando, Karin se acerca y acariciando una de sus manos le sonríe hablándole con tranquilidad. —Ahora debemos darnos prisa, no se te olvide que tenemos que encontrar a Cefora, tú la necesitas y ella te debe extrañar tanto como tú la extrañas. —La extraño mucho —le responde—, pero primero debemos salir y cuando lo logremos debemos buscarla para que formemos nuestro hogar. Emocionándose, Karin abre los ojos y le pregunta. —¿Nuestro hogar. — Sí pequeñito, de ahora en adelante estaremos juntos y serás parte de mi hogar. Imaginándose un futuro a su lado, Karin quiere gritar y de nuevo, su voz aparece para hablar desde el fondo de su corazón. —Hace muchos años fui muy feliz, los recuerdos que tengo no son claros, a veces veo cosas, lugares e imágenes, pero siempre, siempre que intento recordar solo queda el vacío y siento que en mi interior una hermosa energía se marchitó. La oscuridad ha estado presente, las sombras me han hecho daño y por más que quiero irme no lo he podido lograr. En ocasiones tengo mucho miedo, los ruidos y los gritos me hacen temblar, he tenido hambre y el frío que he sentido es tan fuerte, que mi pecho me duele y no puedo respirar. Haciendo una pausa se mueve, y llenándose de valor la toma de las manos para continuar. — He estado solo bonita, muy solo, pero desde que estás junto a mí todo es diferente, mi vida cambió y la felicidad que alguna vez sentí ha vuelto, la oscuridad ya no me asusta, los ruidos no me hacen daño y al estar a tu lado me siento muy fuerte. Por eso… por eso quisiera estar contigo para siempre, ¿te gustaría? No lo sé… Te gustaría qué desde hoy y para siempre, ¿fueras mi familia? — ¿Yo? Respondiendo, la niña se tapa la boca sintiendo una inmensa emoción. —Sí bonita, ¿te gustaría ser parte de mi vida? Con los ojos aguados ella piensa, la vida le está dando un maravilloso regalo en el momento más oscuro de su existencia; sin esperarlo, Anya ha encontrado lo que siempre había soñado. — ¿De verdad quieres ser mi hermano? —¿Acaso lo dudas? ser tu amigo, ser tu hermano sería lo mejor que me pasaría, ¿te imaginas? si te cuido, tú me cuidas, si te abrazo, tú me abrazas, si me caigo, tú jamás me dejarías.

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Interrumpiéndolo, la niña le habla reafirmando lo que él le dice. — Si necesitas compañía, yo seré tu fiel amiga, si necesitas alegría, yo seré tú graciosa niña, si necesitas quien te cante, yo te hablaré cómo si fuera una golondrina, eres mi hermano, eres mi amigo, eres mi familia por siempre desde este día. Lanzándose hacia él, Anya lo besa humedeciéndolo con sus lágrimas y al sentir el calor de sus manos alrededor de su espalda le pide que jamás la abandone. — Pase lo que pase no me dejes, no te separes de mi lado y quédate conmigo porque yo no te dejaré Sonriendo, Karin busca su cara en la oscuridad y limpiando sus lágrimas le responde. —Vamos bonita, date prisa porque debemos levantarnos y volver a caminar. Sujetándola de la mano, él le ayuda a ponerse de pie, pero antes de dar el primer paso, roza la piel de uno de sus brazos para darle las gracias. —Gracias por aceptarme. Agradecido por cada momento a su lado, Karin se siente feliz, la oscuridad continúa y aunque no sabe por dónde va, la vida le está dando un inmenso regalo que durante muchos años le pidió. Apresurando el paso, Anya no para de hablar y al abrir sus labios le pregunta por el origen de su vida. — Ya conoces el nombre de mi ciudad, pero tú no me has dicho cómo se llama la tuya, ¿dime? ¿Dime de dónde vienes? Antes de contestar, Karin trastabilla empujando el cuerpo de la niña que cae sin poder sostenerse; en sus ojos, el reflejo de un intenso destello los ilumina y al girar la cara sus miradas se conectan al verse de nuevo. Volviendo en sí, el pequeño siente una extraña sensación que recorre su cuerpo, las manos le tiemblan y antes de hablar se pone de pie para tomarla de los brazos. —Vamos, date prisa porque no tenemos más tiempo, levántate, levántate por favor. Haciéndole caso, ella se levanta y mientras lo toma de la mano el espacio cambia alrededor. A unos cuantos metros de distancia, una delgada columna de fuego se mueve ante sus ojos con resueltas y suaves inclinaciones; en sus ojos, la silueta se hace evidente mostrándose como algo más que un simple ardor, es una pluma en movimiento, un trazo que se desliza sobre el aire dejando decididos y fuertes destellos. Sin pensarlo, los niños quieren poseerlo, pero cuando se llenan de valor para acercarse

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algo sucede, la llamarada se vuelve inestable, el fuego que la forma se eleva por unos cuantos metros volviéndose violento, las chispas que deja producen un veloz estallido y en el momento en que quieren correr la llamarada se funde con la superficie llamando de nuevo a la oscuridad. Susurrando, Anya se mueve y pasando saliva se acerca a Karin. —¿A dónde se fue?— sin prisa, el niño la aprieta y le responde. — No sé chiquita, no sé qué sucedió. Agazapados, intentan seguir hablando, pero las palabras se esfuman al percibir un ligero resplandor que ilumina el suelo; bajo sus pies,

delgadas líneas de color dorado

comienzan a formar un enorme círculo dividido desde su centro por ocho surcos extendidos hasta tocar sus bordes, en cada extremo, círculos de menor tamaño comienzan a aparecer con misteriosas inscripciones y símbolos. — Mira Karin, mira lo qué aparece sobre el suelo.

“Surcos de fuego formados en el suelo de las Mazmorras”.

Sin moverse, los niños observan la superficie, el fuego aparece de nuevo, pero está vez, uno de los surcos comienza a brillar con más fuerza. Queriendo correr, Karin se mueve, y cuando sus pies se desplazan el círculo que remata el brillante surco emite una

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poderosa explosión que queda suspendida sobre el aire. —¿Qué es eso?— pregunta Anya, mientras sostiene al niño quien ha dejado de moverse al quedar hipnotizado por los movimientos del fuego. En el brillo de sus ojos, se puede ver una poderosa llamarada que gira sobre el aire, el fuego crece, y con él, miles de puntos se riegan reproduciéndose con rapidez. Sin extinguirse, la voraz llamarada levita para tomar la forma de una proporcionada esfera, las llamas crujen y a cada segundo, los veloces puntos de fuego se reagrupan para crear un enorme aro que resplandece cada vez más. Evitando hablar, los niños esperan, pero cuando Anya intenta mirar a Karin el extraño aro gira sobre su propio eje produciendo una veloz corriente de aire que los envuelve haciendo que su ropa se mueva hacia todos lados. Apretando uno de sus puños, el niño toma una ofensiva posición y al mover los pies, el fuego reverbera produciendo una fuerte algarabía. Al interior del aro que flota frente a sus cuerpos, misteriosos murmullos resuenan, voces sin sentido y acelerados gemidos se riegan sobre el aire, mientras diminutos torbellinos absorben el fuego alrededor. Observando la formación de aquellas espirales, Anya se asombra al descubrir que el ondulante resplandor simula el germinar de una pequeña flor. Intentando llamar la atención de Karin, hala su mano, pero él, ha dejado de moverse al no poder evitar que sus ojos se refugien en los movimientos del fuego. En la parte superior del incandescente aro, una diminuta chispa se suspende sin moverse, ella, comienza a brillar con intensidad y en un abrir y cerrar de ojos se transforma en una resplandeciente burbuja que hierve desde adentro. Con afán, el diminuto cúmulo de fuego se divide en dos y al revolotear, deja una definida huella que da vida a un nuevo aro un poco más pequeño que el anterior. La extraña figura, simula los trazos de una pluma sobre el papel, las flamas danzan al vaivén del viento y al ser direccionadas con soltura dan la sensación de poder dibujar sobre la nada. Frente a los niños, todo sucede muy rápido, el fuego se mueve con urgencia, chispas, líneas y ondulantes flamas tan pequeñas como el destello de un cerillo se reproducen para crear extrañas figuras que se mueven como si estuvieran vivas. Dentro del primer aro, una luminosa irradiación se vuelve clara proyectando los definidos trazos de una antigua decoración conocida por Karin; viajando al pasado, el niño intenta alejarse, pero el ardiente movimiento de los aros lo atrae de nuevo mostrándole el extraordinario agitar de los torbellinos, que ahora, se han convertido en hermosas rosas hechas del incandescente fuego que explota haciéndolos temblar. Girando, las destellantes flores

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comienzan a desplazarse, y al ubicarse de manera ordenada en la parte inferior del misterioso anillo vibran emitiendo incontables destellos que se elevan en todas direcciones. Con impresión, Anya recorre la figura percatándose de los movimientos de un par de líneas que se mueven hasta llegar a la parte superior del brillante anillo; allí, un alargado grupo de pétalos son dibujados y a cada uno de sus costados dos alas se extienden esparciendo condensados puntos de lava hirviendo que se acercan a sus cuerpos. Retrocediendo, los pequeños se intimidan, pero la erupción se desvanece al fundirse con el aire y, en el centro de toda esta imagen, un simétrico globo ha quedado suspendido estallando desde adentro como si fuera un pequeño sol. En su interior, alargados destellos se extienden volviéndose inestables, ellos parecen grietas, profundas y delgadas fisuras que se aceleran en una frenética convulsión que explota para crear el contorno de un afeminado rostro. La cuenca de los ojos, la frente y una extraña mandíbula van tomando fuerza, mientras los destellos de lava se vuelven agresivos arañándose entre sí. Gritando, la niña rompe el silencio y al emitir un acelerado gemido, el fuego vibra para erigir la escandalosa silueta de una grotesca calavera. Volviendo en sí, el niño la mira y acercándola a su cuerpo le responde. —No lo sé bonita, por ahora guarda silencio por favor, no digas nada y evita gritar. —¡Pero Karin!— le dice Anya, a medida que sus palabras retumban produciendo un poderoso eco. —Si nos quedamos podríamos ser atrapados y no quiero, no quiero qué me alejen de ti. Sujetándola, el pequeño la ciñe y sin querer levantar la voz le responde. — No me sueltes bonita, pase lo que pase sostente siempre de mi mano y veras que aquí estaré. Esperando, giran hacia la misteriosa llamarada advirtiendo el incesante revoloteo de la extraña figura de fuego que se suspende sobre el aire.

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En lo alto, la agresiva calavera parece mirarlos y tan pronto como las chispas del ardor se contienen, dos zigzagueantes trazos se alejan de la figura para dirigirse a uno de los círculos dibujados sobre el suelo. De una proporcionada circunferencia que esta muy cerca de sus pies, brotan puntiagudas y amenazantes llamas en posición vertical, el fuego se muestra agresivo e inestable, sus ondulaciones se moderan un poco y cuando los niños caminan el fuego crea un aro igual al anterior. Dentro de èl, rayos y violentas vibraciones estallan hasta ser detenidas por los ondulados destellos que provienen de la calavera. Las lìneas de fuego se elevan para planear sobre el anillo, y al ubicarse en la parte superior avivan los movimientos de las chispas cercanas que son atraidas para girar como si fueran torbellinos. Absorbiendo los ardientes puntos, el duo de coordinados huracanes se cierran para implosionar con la formación de asimetricos hilos de oro que se duplican una y otra vez. Sin parapadear Anya siente un ligero escalofrío, pues aquella llamarada, toma la impactante forma de los cuernos de un animal muerto; apretando la mano de Karin, la niña no puede quitar los ojos de aquella imagen, y en el interior del círculo, un conjunto de espinas crece con la figura del craneo del animal que vibra para dar forma a

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otro par de cuernos de los que se desprenden dos ondulantes trazos con la forma de una filosa y puntiaguda daga. Frente a la misteriosa imagen, los niños se asustan por un inesperado estallido que se acerca sin detenerse; el fuego, crea una desordenada aglomeración de puntos luminosos que se multiplican con velocidad, los sonidos ascienden, el fuego brilla y la llamarada crece haciendo que los puntos se dispersen sobre el cielo como si fueran las gotas de un torrencial aguacero. De aquellos veloces átomos, se desprenden diminutos rayos transformados en etereas hojas secas que caen a su alrededor, el ardor se deshace evaporandose al tocar el suelo, las llamas se multiplican y cuando miran hacia el frente, algunas de las hojas vuelan para fundirse con el circulo de fuego. Queriendo correr, la niña busca la salida, pero Karin la toma de los brazos para susurrar. — No tengas miedo, quédate a mi lado y no te asustes por favor. En frente, miles de líneas los distraen, pero una hermosa forma llama su atención, pues sobre la punta de los cuernos unas delgadas alas se mueven haciendo que el fuego vibre.

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Sobre el aire, el diminuto par de alas se duplican y al alejarse de los cuernos giran en torno a sus cuerpos. Extendiendo una de sus manos para tocarlas, Karin observa el acelerado movimiento del fuego, su emoción aumenta y al no poder contenerse corre para seguir los hermosos destellos. Las etéreas alas levitan, simulando los aleteos de una delicada Mariposa que planea para regar efímeros puntos de escarcha dorada qué se desvanecen sobre Anya quien mira hacia el cielo jalando al pequeñín. Sin hablar, los niños se desplazan hasta un tercer círculo en donde las alas se deshojan para ser consumidas por el suelo; esperando, la pequeña intenta dar media vuelta, pero un devorador incendio la distrae. Con los ojos abiertos, observan los movimientos del fuego que se condensa sobre el aire para tomar la forma de un alargado capullo, en el interior, una extraña forma aparece y mientras se retuerce, las flamas hacen erupción creando ríos de lava que incineran la superficie. En lo alto, una pequeña estrella cae y al hacer contacto con el capullo la lava crepita, y de inmediato, la voraz flama se retrae para estallar y dar vida a un par de hermosas alas. Asombrados, abren la boca impresionándose con la magia que emiten los poderosos destellos; frente a ellos, el par de alas abren y cierran sus preciosas plumas descendiendo lentamente, el fuego brilla, el aire se calienta y cuando Anya quiere hablar las alas quedan atrapadas dentro de un nuevo aro atiborrado de ardientes puntos que se desvanecen poco apoco. Separándose sin darse cuenta, los niños se mueven observando un segmento, ella, se adelanta concentrándose en la parte superior del anillo, allí, una preciosa flor hecha con los ondulados deslizamientos de cordeles luminosos se retuerce para cambiar de aspecto al tomar la espantosa forma de una enorme y enredada maraña de cabellos. Queriendo correr, la niña trastabilla y detrás de su cuerpo, Karin se concentra en la repetitiva aparición de un extraño labrado sobre el contorno de los anillos de fuego.

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Sin hablar, el niño entrecierra los ojos y al tomar aire escucha un grito. —Ahh— frente a él, Anya corre y arrodillándose para estar a su lado cierra los ojos conteniendo la respiración. Abrazándola, el niño la toma con ternura y al tocarla vuelve a notar un cambio, ahora, su cuerpo se siente más fuerte, el cabello es largo y sus brazos lo rodean haciéndolo sentir diminuto. Asustado quiere hablarle, pero el alboroto a su alrededor lo distrae mostrándole el lánguido rostro de una huesuda criatura que es apaciguada por el impetuoso movimiento de las enormes alas. Abriendo los ojos, Anya mira hipnotizándose con el resplandor del ser alado que es adornado con el germinar de tres enormes flores de fuego. —No temas— susurra Karin, mientras le ayuda a levantarse. Cogidos de la mano tratan de no moverse, pero al producir un leve sonido una misteriosa nube de cenizas comienza a formarse emitiendo poderosos rayos en su interior. Con desconfianza retroceden y antes de parpadear, la nube brama lanzando miles de puntos de fuego que caen muy cerca de sus cuerpos. Sin pensarlo los niños quieren correr, pero al avanzar el suelo tiembla creando extrañas prolongaciones bajo sus pies. —Corramos, corramos tan rápido como podamos y vayámonos de aquí—, vámonos le dice Anya, pero él, aprieta los labios y le responde. — No podemos escapar, quédate conmigo y abrázame fuerte, tan fuerte que nadie nos pueda separar. Elevando la cara para mirar la nube de cenizas, la niña se sostiene de su mano y cuando sus ojos se iluminan por un fuerte resplandor poderosos truenos caen produciendo una torrencial lluvia de fuego que se acerca. Con una extraña sensación en todo su cuerpo Anya intenta gritar, pero al abrir los labios el miedo desaparece y un inesperado valor le permite quedarse en donde está; en su mirada, el color de sus ojos se incrementa y al respirar profundamente vuelve a susurrar. — Si todo termina no me esconderé, estoy contigo y aunque ellos nos atrapen lucharemos hasta salir. Perturbado por aquellas palabras, el niño se llena del mismo valor y abriendo los brazos mira la nube para enfrentarse a las tinieblas. Sobre ellos, la lluvia cae, las gotas de fuego se acercan a pasos de gigante, sus cuerpos comienzan a sudar, pero en el momento de hacer contacto con su piel, la lluvia se divide viajando sobre el espacio sin hacerles ningún daño. Mirándose, advierten un incandescente resplandor que los ilumina, en

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frente, una nueva figura aparece y el fuego produce repetitivas explosiones que quedan suspendidas sobre la nada.

Girando, Anya y Karin corren buscando abrigo, pero el ondulado movimiento de una pequeña chispa dejada por la lluvia de fuego se interpone en su camino levitando muy cerca de sus pechos. En silencio, intentan evadir el resplandor siendo atraídos por sus rápidos giros que han creado una acelerada órbita alrededor de un diminuto grano de luz. Al acercarse, la insignificante forma cambia generando un hermoso núcleo lleno de innumerables destellos en su interior. Sorprendiéndose con el deslumbrante halo dejado por la misteriosa figura la niña camina, y al elevar uno de sus dedos el fuego se mueve a gran velocidad dejando una huella de hermosos puntos que crea un remolino alrededor. Apretando a Karin, ella lo jala y sin darle opción sigue al diminuto núcleo que brilla como una estrella fugaz. —Detente bonita—, detente le dice Karin, pero Anya, corre hasta llegar frente a otro aro en donde el pequeño núcleo se suspende para girar sobre su propio eje; a su alrededor, ligeras ráfagas crean un hermoso campo de energía, líneas y efímeros torbellinos se desvanecen tan pronto como aparecen, rayos, puntos de luz y onduladas líneas rodean la diminuta figura que brilla iluminando el contorno de sus rostros. Sin parpadear, Karin suspira y al exhalar, un brillante impulso de fuego se contrae dentro del pequeño grano

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que produce una ligera y tibia brisa qué rodea sus cuerpos. En silencio, los niños se sujetan y tomándose de las manos doradas e iridiscentes líneas emergen del brillante núcleo ensortijándose entre sí; entorno a él, delgadas tirillas se alargan en todas direcciones, destellos, relámpagos y repetitivas explosiones producen una hermosa imagen que crece haciéndolos sonreír. —Es una semilla— murmura la niña, mientras la incendiada matriz lanza innumerables átomos que revolotean para germinar. Frente a los pequeños, alargadas líneas crecen y al hacerlo, raíces, ramas, hojas, espinas y delicadas flores se desarrollan dando forma a un hermoso árbol que se alimenta del fuego que lo rodea. Estirando uno de sus brazos, Karin se acerca maravillándose con el realismo del árbol, las flameantes líneas lo dibujan y a cada segundo el impresionante ser despliega sus fuertes ramas que se alargan sin tener fin. Queriendo caminar, Anya da un corto paso, pero de la nada, una ensordecedora algarabía la lleva a detenerse. Sobre sus cabezas, violentos truenos aparecen, torbellinos y agresivos destellos caen produciendo un atronador bullicio que es apaciguado por los acelerados movimientos de una poderosa lluvia de fuego. Sosteniendo a Anya con toda su fuerza, Karin la mira y apretándola de las manos se acerca a sus oídos para susurrar. — Trata de no moverte y evita hacer cualquier sonido porque la lluvia que cae es la misma qué quiso lastimarnos, respira lentamente y si es necesario contén el aire dentro de tus pulmones. Observando el oscuro cielo, los niños se abrazan y al unir sus cuerpos, las gotas de fuego cambian para transformarse en afiladas lanzas que caen sobre el hermoso árbol. Al tocarlo, las ramas, hojas y flores comienzan a ser descuartizadas para convertirse en una espesa nube negra que produce un horrible olor, los brotes se vuelven cenizas, el árbol se ennegrece y de sus raíces, emergen innumerables fantasmas de fuego sin rostro que bordean sus desprotegidos cuerpos. En silencio, Anya entrecierra los ojos y al apretar los parpados una hermosa flor vuela para desvanecerse al hacer contacto con su piel. A su lado, el aire sopla, la lluvia deja de caer y cuando todo termina, delgadas líneas atraviesan el tronco del destruido árbol que brilla mientras el fuego dibuja una enorme corona de la que brota un inmenso resplandor. Evitando moverse, Anya y Karin bajan la mirada y bajo las raíces, las flamas han dibujado una brillante estrella de ocho puntas que produce un débil sonido. Con desconfianza, el niño aprieta la mandíbula y conteniéndose para no gritar reconoce el dibujo y comienza a murmurar. —Éste es el

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símbolo perdido, la estrella del reino sagrado que fue destruido con la oscuridad y el fuego eterno. Angustiándose al encontrar una conexión entre el fuego y sus pocos recuerdos trata de correr, pero antes de perder el control la voz de sus pensamientos lo llena de fuerza y le permite continuar. —Fuerza Karin, debes llenarte de fortaleza— al terminar, el fuego emite una poderosa llamarada que los rodea y frente a sus cuerpos una nueva imagen se presenta brillando cada vez más.

Con los ojos puestos en el árbol, la niña suspira y cuando el aire que sale de su boca toca el fuego, un ligero destello en forma de hoja se eleva para planear sobre sus cabezas. Girando, observan el movimiento del fuego que va y viene girando sin rumbo fijo, el viento lo lleva haciéndolo brillar, las líneas que lo forman giran y al posarse sobre el suelo la superficie produce una veloz descarga de puntos luminosos que se desvanece al instante. El piso bajo sus pies brama y una tosca llamarada emerge nutriéndose del pequeño destello que es consumido con ferocidad. En medio de los niños, uno de los surcos de fuego brilla produciendo delgadas líneas, las flamas crecen y alrededor de la llamarada un delgado anillo de fuego vibra produciendo miles de chispas que revolotean sin detenerse. Enfrente, un poderoso incendio se desata, las llamas se

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vuelven inestables y al iluminar una parte del oscuro cielo comienza a dividirse permitiendo la inclinación fulgurante de dos siluetas exactamente iguales. Con precaución, la niña intenta moverse y al deslizar uno de sus pies, el fuego comienza entrelazarse lanzando luminosas ráfagas. Entorno a ellos las brasas giran, el fuego se transforma creando miles de escamas que comienzan a unirse, los ruidos crecen y al elevar la mirada ven la figura de dos enormes cobras que muestran sus afilados colmillos. Las serpientes, se alzan emitiendo poderosos destellos dentro de los que se escucha un excitado gemir; el fuego se vuelve violento, los puntos de luz se dispersan en todas direcciones y en medio de ellos un hermoso brote ha comenzado a florecer. Bajando el rostro, los niños sienten una ligera caricia alrededor de sus piernas, las líneas del surco crean preciosos pétalos, la figura parece real y al querer tocarla un ensordecedor bramar hace quieran escapar. Sobre ellos, las cobras expanden sus flameantes cuerpos, el fuego reverbera generando incandescentes ráfagas y antes de reaccionar los animales se lanzan con furia queriendo asesinarlos. Saltando, Karin pone a la niña detrás de su cuerpo para protegerla y extendiendo los brazos grita con todas sus fuerzas. —Nada ni nadie te hará daño. Sin miedo, mira el cielo y en el instante en que va a ser devorado, una fuerte llamarada lo protege atrapando a las bestias dentro de un sinuoso manto creado con el veloz movimiento de algunas líneas de fuego; alucinados, intentan escabullirse, pero un resplandeciente brillo los detiene pues bajo sus pies, la hermosa flor se disipa deslizándose para convertirse en un refulgente circulo que captura los cuerpos de las agresivas criaturas. Huyendo, Anya y Karin son rodeados por una serie de alargados trazos en donde se reflejan sus rostros; frente a ellos, el dibujo del manto se esclarece, las llamas lo vuelven real y al cambiar de dirección se dan cuenta que no pueden escapar. Alrededor el fuego crepita y cuando dan media vuelta, la alargada túnica brilla permitiéndoles ver la silueta de una mujer desnuda. En silencio, los niños contienen la respiración y al volver sus ojos a las serpientes, el fuego produce un rápido estallido que genera puntiagudas llamaradas qué se funden dentro de la figura que levita sobre el suelo.

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Mirándose por unos segundos, los niños evitan hablar y al tomar aire, Anya rompe el silencio queriendo salir de este lugar. — Corramos por favor. A su lado, el niño pasa saliva y jalándola la abraza para susurrar. —Correr no nos ayudará, espera y quédate a mi lado, quédate conmigo y no me vuelvas a soltar. Con ternura, Karin la resguarda y al separarse para dar el primer paso, son asaltados por el resquebrajamiento de una profunda grieta que brilla muy cerca de sus pies. El tortuoso movimiento los altera, la tierra se estremece y un poderoso terremoto abre profundas fisuras de las que brota una espesa lava. —Sostente— gritando, el niño intenta protegerla y lanzándose contra el suelo la rodea con sus brazos para no ser alejado de ella. Sobre la superficie, agresivos movimientos hunden el suelo como si la tierra quisiera sepultarlos, la superficie se quiebra, el miedo los domina y cuando el temblor cesa se miran por un instante pues han quedado atrapados en un cóncavo orificio que brama pronunciando sus nombres. Abrazándose buscan la salida, pero bajo

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sus cuerpos luminosos destellos verticales los encandilan desintegrando las rocas con una poderosa llamarada que los lanza elevándolos hacia fuera. Rodando en diferentes direcciones, se levantan y tratando de estar juntos corren, hasta ser detenidos por una brusca explosión que proviene del orificio. Abajo, un simétrico anillo remueve la tierra arrastrando pesadas rocas que se suspenden en el aire, la tierra gruñe, el viento se torna pesado y millones de grietas despedazan la superficie. Pidiéndole a la niña que no se mueva, Karin se detiene al sentir la fastidiosa presencia de alguien a su alrededor; moviendo las manos, logra hacerse entender y cuándo se asoman para observar el orificio, aceleradas líneas se retuercen dentro de un semitransparente plano en forma de huevo que emite un poderoso brillo al convertirse en un penetrante ojo de fuego. Corriendo, logran abrazarse y al estar juntos, poderosas líneas salen de la abertura arrastrando miles de rocas que se elevan para formar un enorme aro qué gira alrededor de sus cuerpos. Pensando para sí mismo, Karin recuerda una vieja historia, el cuento de un poderoso ojo de cristal llega hasta sus pensamientos llevándolo a escuchar una extraña voz. —El ojo que todo lo ve—, el ojo repite una y otra vez, mientras la voz de una mujer inunda su cabeza perdiéndose en un enredado murmullo. Volviendo en sí, el pequeño gira la cara para observar a Anya quien aprieta su mano al observar los movimientos de unas delgadas líneas que se entrelazan para formar simétricas montañas que se mueven sin parar. Tapándose el rostro, la niña trata de no pensar, pero en su mente, la imagen del fuego la rodea haciéndola gritar. —No más, no más —se dice a sí misma, hasta que del orificio emergen delgados y sinuosos destellos que la envuelven. Asustada, tiembla sintiéndose observada, la tierra gruñe y ahora, el borde del orificio se comienza a derrumbar. Abriendo los labios, toma aire para volver a gritar, pero Karin le acaricia el rostro y cuando ella lo mira, el ojo se eleva produciendo violentas explosiones que se terminan al ser encapsulado dentro de un brillante anillo de fuego.

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Girando, Anya se ahoga y tratando de correr jala a Karin quien la observa fijamente. Frente a ellos, cientos de rocas se mueven orbitando alrededor del ojo de fuego, las llamas crecen y cuando quieren correr, un veloz destello se mueve desplazándose en medio de las rocas. Siguiéndolo, apresuran el paso y al salir, una cálida brisa los toma por sorpresa mientras el destello imita el serpenteo de una pluma que vuela por los aires. Agazapándose sobre el pecho de Karin, la niña se arrodilla y escondiéndose del resplandor escucha su tenue voz. —No tengas miedo, no temas porque estoy contigo y por siempre te protegeré. Creyendo en sus palabras, ella se levanta y mirándolo por un instante le sonríe. Ante ellos, el destello que siguieron se alarga y al hincharse produce un brillante fulgor; sobre el aire, la línea de fuego se suspende en posición vertical y como si fuera una grieta sobre el espacio vacío comienza a alimentarse de todo lo que le rodea. Sintiendo una veloz corriente de aire, los niños caen para ser arrastrados por el brillante destello; a sus costados el fuego es absorbido, el suelo se despedaza y al alimentarse la grieta crece cada vez más. Arañando el suelo, los pequeños gritan tratando de alejarse para no ser atrapados, sus cuerpos comienzan a elevarse, la ropa se mueve con violencia y cuando no pueden sostenerse atraviesan la grieta cayendo contra el suelo. Golpeándose, intentan

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levantarse, pero sus lastimados cuerpos no responden y al arrastrarse, se toman de las manos mirando hacia adelante. Frente a ellos, la grieta resplandece alargando sus fisuras sobre la nada, el fuego brilla y agresivas líneas emergen para despedazar el suelo. A su alrededor, cientos de brasas penetran la superficie convirtiéndose en los luminosos eslabones de fuertes y gruesas cadenas, las llamaradas se riegan sin control, el aire se llena de cenizas y alrededor de la enorme grieta un nuevo anillo de fuego produce un enorme resplandor. Asombrada, Anya deja de parpadear y al sentir el roce del fuego sobre su piel recuerda las cadenas que la sometieron al llegar a esta prisión; con angustia se levanta y sosteniendo al pequeño intenta correr, pero de la enorme grieta, salen dos puntiagudas garras que se lanzan a sus cuerpos. Tapándose la cara, buscan protegerse y de nuevo, son lanzados por una poderosa energía que los hace rodar. En extremos opuestos se arrastran para estar juntos, el viento crea un poderoso remolino y al abrazarse observan el resplandor de una nueva figura que levita produciendo poderosos destellos de fuego.

Rompiendo el silencio, Karin se acerca y limpiandole la cara le susurra. —¿Estás bien?— mirándolo, la niña respira y al pasar saliva le responde.

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— Sí, sí estoy contigo todo está bien. Sin producir ningún sonido, los niños se mueven y al girar la cara observan las enormes figuras que los rodean. A cualquier lugar que miren, aparecen poderosas llamaradas, la calavera, los cuernos del animal muerto, el árbol, las del ángel, las serpientes, el ojo y las garras se conectan entre sí por los flameantes surcos de los que brotan perpendiculares destellos qué se adhieren a los anillos a su alrededor; sobre el suelo, las flamas crecen, el crujir del fuego está en todos lados, el viento mueve sus cabellos y al detenerse la niña mira a su hermano para preguntar. —¿Qué significa todo esto?— mirando hacia uno de sus costados, él suspira y volviendo su rostro le responde. — No lo sé. Observándolo, la jovencita se le acerca y arreglando el arrugado cuello de su camisa le hace una pequeña sonrisa mientras le dice. —Vámonos de aquí. En silencio, dan un paso hacia adelante asombrándose con el extraordinario realismo de los símbolos; el fuego, permanece suspendido sobre el aire, las brasas resplandecen y al querer avanzar una inesperada erupción brota de la superficie elevándose al oscuro cielo. En frente, una delgada columna de lava brilla al ser alimentada por el resplandor de los surcos que se conectan con el fuego, el cielo resplandece, el viento se esfuma y las alturas son abrazadas por silenciosos relámpagos color naranja que producen una efímera explosión. Entrelazando las manos, los niños dejan de moverse y al respirar, la columna de lava se desintegra convirtiéndose en millones de puntos de luz que llenan el lugar de un maravilloso resplandor. Los puntos, caen produciendo un torbellino que crece cada vez más, los sonidos aparecen y alrededor, el crepitar del fuego se hace ligero transformando los puntos en ligeras chispas que se desintegran lentamente. Asombrados, abren la boca y cuando las chispas comienzan a desvanecerse, una veloz ráfaga de viento se atraviesa arrastrando las luces que giran sobre el espacio para dibujar los pétalos de una hermosa flor. Sonriendo, la niña eleva uno de sus brazos y tratando de tocar la imagen se empina en puntas de pies, mientras cuatro pétalos se multiplican aumentando su tamaño. Arriba la flor resplandece, sus hojas se curvan, las líneas de su contorno se vuelven reales y en el momento en que el viento desaparece la flor gira sobre su propio eje descendiendo con tranquilidad. En completo silencio, el niño parpadea y al tratar de encontrar la salida las figuras de fuego rotan para sumergirse en el suelo; esperando, baja la mirada y siguiendo los destellos se da cuenta que las figuras

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y la flor hacen parte de una misma creación. —Todo está conectado— murmura, al tiempo que la piel de sus brazos se estremece. Encantada con los increíbles destellos, Anya se acerca y al querer tocar la hermosa figura levanta su brazo izquierdo, pero Karin la detiene. — No lo hagas. Sintiendo un suave apretón, la niña contiene su deseo, el realismo fantástico en los movimientos del fuego la lleva a sentir la magia del lugar, los destellos se vuelven más brillantes, el aire es cálido y su vestido se mueve acariciando sus delgadas piernas. —Pase lo que pase sé que estaremos bien, sé que estamos juntos y nada malo nos sucederá. Hablando consigo misma, gira para mirar a Karin y al concentrase en su expresión se da cuenta que sus ojos cambian pues sobre el contorno de los delgados pétalos, rizadas chispas se vuelven inestables simulando los poderosos movimientos de los truenos de una tormenta. — Retrocede lentamente bonita. Retrocede, escucha con suavidad, mientras evita tropezar. Al moverse, sus pies hacen crujir la superficie y en el instante en que logran alejarse de los destellos, la flor se hunde dentro de la superficie dejando su incandescente forma que flamea sobre el suelo. Observando el piso, los niños perciben los inestables movimientos de las flamas, y de la enorme flor, brota una fugaz explosión de chispas que esboza la silueta de una decorada puerta dentro de la que se escucha una enredada voz. —Ilam. Ilam logra entender la pequeña, quien se altera al encontrar la conexión de esta imagen con una parte de sus confusos sueños. —Conozco esa puerta— piensa para sí misma y al mirar al niño, su voz se enmudece y un nudo en la garganta no la deja murmurar. A su lado, Karin deja de moverse y una poderosa lluvia de imágenes lo invade permitiéndole recordar una parte de su vida; en su mente, la flor ha sido tatuada sobre la espalda de una mujer, armas y un despejado valle rodeado de flores amarillas lo llevan a sentir un acelerado temblor mientras habla consigo mismo. — Conozco esa flor, la he visto pero no recuerdo cuando ni en qué lugar. Confundido, cierra los ojos y al contener la respiración el fuego produce una veloz descarga que le permiten susurrar.

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— Los símbolos son los Siete Sellos de la Oscuridad, y la flor, el hermoso brote qué germinó con el fuego es la insignia del loto, el emblema de la guerra que fue tatuado sobre la piel de los guerreros del pasado. Tapándose la boca Karin trata de no pensar, pero los recuerdos son demasiado fuertes, la realidad lo golpea y aunque no lo quiera enfrentar debe recordar una parte de su triste vida para salir de este lugar.

La Insignia del Loto.

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Impresionado con las palabras que repite en sus pensamientos, el niño se detiene, el miedo regresa y al no poder controlarse su vista se nubla haciendo que caiga de rodillas. Sobre el suelo, trata de respirar y bajo su cuerpo, aparecen millones de líneas que zigzaguean formando una serie de laberintos qué se desvanecen al instante. Sin hacer ningún sonido, Anya lo observa y soltándolo de la mano avanza hacia el centro de la flor. Dejándose envolver por una intensa llamarada, la niña camina y al sentir una poderosa ráfaga de viento aprieta sus puños para continuar. — Seguiré y por siempre avanzaré. Conquistaré cielos y mares, me elevaré por las montañas, volaré como si fuera el viento y a cada paso, yo por siempre triunfaré. Repitiendo las frases de una vieja y larga oración para esta tierra, la jovencita se llena de valor pasando por encima de los cordeles de luz; al caminar, el fuego calienta sus descalzos pies, y mientras se acerca, sus deslumbrantes ojos azules brillan produciendo un precioso resplandor. Atravesando los pétalos del loto, es rodeada por un veloz destello, a su alrededor, una delgada ráfaga gira por el aire y al elevarse, cae precipitadamente para ser canalizada dentro de un bello artefacto que está dentro del suelo. Sin parpadear la niña se arrodilla y cuando sus rodillas tocan la superficie, el suelo produce tenues ondulaciones como si fuera un enorme estanque de agua; sonriendo, observa el brillante artefacto y antes de tocarlo su rostro se refleja sobre un delicado entramado tejido con hilos de oro. A unos cuantos pasos, Karin baja la mirada pensando en los emblemas creados por el fuego, las figuras lo distraen y al levantar la mirada la silueta de su bonita lo lleva a ponerse de pie. Corriendo, da enormes saltos para estar a su lado, el tiempo se 101


hace eterno y al alcanzarla siente un suave aroma que lo lleva a respirar. Tratando de encontrar la fuente del encantador aroma, mira a su lado, y allí, rodeada de las cenizas producidas por el fuego es Anya quien expone éste encantador perfume. Sonriendo, ella lo mira y sin detenerse, introduce sus manos dentro de los delicados hilos de oro para elevar una brillante copa que se alarga convirtiéndose en una antorcha; con seguridad, la pequeña se levanta y dejándose alucinar por los movimientos del fuego abre los labios llevando sus brazos hacia el cielo. Mirándola, el niño se asombra con su decisión, pero la llamarada crece, el fuego se vuelve inestable y al moverse de un lado para otro estalla sin que lo pueda detener. Forcejeando, Anya habla en voz alta y al gritar, su cuerpo es lanzado hacia adelante y hacia atrás. — Detente porque de mi lado no te iras. No, no te muevas porque no me vencerás. Cayendo de rodillas, trata de sostenerse arrastrándose sobre el suelo, pero Karin la aleja de la antorcha arrebatándosela de las manos. —Dámela por favor— observándolo, baja el rostro y al darse por vencida recibe un cálido beso que termina con el susurro de su voz. — Mi fuerza es tu fuerza, mis ojos verán por ti, pero cuando tú no puedas yo te ayudaré, camina a mi lado y sígueme cuando me veas porque aunque no esté contigo, caminaré por siempre junto a ti. Al terminar el niño sonríe y percibiendo el movimiento en los labios de la niña la interrumpe. — Shiiiii, no me digas nada, tómame de la mano y caminemos porque no podemos descansar. 102


Sosteniendo la antorcha, Karin se levanta y al exhalar el fuego se calma produciendo una inmensa luz. Sin darse cuenta, las imágenes de fuego que reposan sobre el suelo se apagan, los surcos dejan de brillar y la antorcha resplandece emitiendo fuertes ráfagas qué giran esclareciendo el espacio alrededor. En poco tiempo, Anya y Karin logran alejarse del misterioso lugar gracias a sus rápidos movimientos; sin hablar, miran hacia el frente y de vez en cuando elevan su mirada para refugiarse en la luz sobre sus cabezas. Luego de caminar y caminar, su marcha disminuye y sintiéndose perdidos giran la cara para conversar. —¿A dónde vamos?— pregunta la pequeña, mientras se limpia el sudor de su frente. —¿A dónde?— vuelve a murmurar, en el instante en que el jovencito cambia de posición para responder. — Vamos a casa. Con una enorme sonrisa, Anya mira a su hermano y al suspirar, él se detiene. A lo lejos, un débil destello recorre la superficie dejando una fina huella que divide el espacio en dos, el aire regresa y la antorcha produce una rápida ráfaga que es opacada por un enorme resplandor. Adelante, la luz del sol aparece, los rayos se dispersan hasta sus pies y sus corazones palpitan al ver el brillo del amanecer. Corriendo, llenan sus pulmones con ganas de gritar, el viento infla sus ropas y cuando creen que lograron escapar, la luz se desvanece mostrándoles el resplandor de una lejana montaña hecha de cristales tan negros como las tinieblas a su alrededor. Desilusionado, el niño baja el rostro y al moverse, puede ver la orilla de un enorme y profundo abismo. —Tenemos que volver— piensa, mientras la expresión le cambia y su mente lo lleva a ver miles de imágenes que no puede comprender. En 103


sus pensamientos, cientos de personas caen en el abismo, hombres, mujeres, ancianos y asustados niños giran sin poderse sostener, sus gritos se tornan insoportables, el llanto y la desesperación crecen, el miedo regresa y como si aquellos cuerpos fueran un enorme río de carne crean una catarata que se desploma por doquier. De pie, abre la boca, su pecho se contrae, las pupilas se dilatan y sus lágrimas comienzan a caer. A su lado, Anya respira sintiendo un agudo dolor en la boca del estómago, las manos se le desgonzan y al mirar al chiquitín puede ver una de sus lágrimas que cae para estrellarse contra el suelo. Iluminado bajo el fuego, el niño se rinde, su cara se humedece y al percibir un temblor en sus labios siente el roce de unas tibias manos sobre sus mejillas. — No llores por favor. No llores, se escucha sobre el viento, y al levantar la cara, él ve su reflejo en los hermosos ojos de su hermana que le besa la frente volviendo a susurrar. — Trata de calmarte y veras que todo se solucionará. Desilusionado, el niño cierra los ojos y al pasar saliva le dice. —Todo ha terminado, el camino ya no existe y la oscuridad nos ha engañado. Peinando su alborotado cabello, Anya lo acaricia y al pellizcar una de sus mejillas le responde. — No digas eso porque aún podemos escapar, la luz del fuego está con nosotros y si seguimos juntos seremos capaces de hacer cualquier cosa. Observándola, Karin se aleja y mirando por encima de su hombro señala mientras vuelve a susurrar. —Mira detrás de ti y te darás cuenta que el camino termina aquí— girando, la niña siente un inesperado 104


vacío que la lleva a retroceder; frente a ella, un inmenso precipicio se extiende a los costados del camino, grietas, profundas hendiduras e irregulares hondonadas se ven con claridad, en el instante en que el fuego reverbera y la luz se refleja sobre los diminutos cristales de color negro que han sido incrustados en las rocas al otro lado del abismo. Con un nudo en la garganta, ella lo toma de los brazos y al sujetarlo desde atrás coloca la cabeza sobre su hombro mientras le habla con seguridad. — El camino solo se termina cuando no podamos continuar, ¿si la oscuridad no nos detuvo, tú crees que un abismo sí lo hará? Volteando para mirarla, el pequeño se limpia las lágrimas y apretando la antorcha la escucha una vez más. — Tú mismo lo dijiste, si estamos juntos, nada malo nos sucederá, y lo creo Karin, creo que si estoy contigo nada, por difícil o grande que parezca nos podría lastimar. Sin poderse contener, Karin gira para apretar su cuerpo, el miedo desaparece y sonriendo, le habla de nuevo cambiando el timbre de su voz. — Tú eres mi fuerza, eres mi razón y el impulso que necesitaba para levantarme y continuar. Separándose de ella, mira el suelo e iluminando la orilla con el fuego busca la forma de continuar. A sus pies, el suelo se agrieta y al ver una roca se inclina para tomarla poniéndola en medio de los dos. — Voy a lanzarla, la tiraré al precipicio y al escuchar el ruido de la roca contra el suelo sabremos qué tan profundo es. Moviendo la cabeza, la niña está de acuerdo y de inmediato, Karin la lanza esperando algún sonido. Sin moverse, contienen la respiración, 105


pero después de un rato, vuelven a tomar aire descubriendo que el abismo es demasiado profundo. Pensando, Karin se mueve de un lado para otro tratando de encontrar un nuevo camino, sus manos se mueven evidenciando sus pensamientos, él se muerde los labios, gira para mirarla y observa el fuego tratando de encontrar una señal. Sentada sobre el suelo, Anya se enternece con los movimientos de Karin y girando la cara para mirar a su derecha descubre la salida. Poniéndose de pie se acerca a la orilla y cuando él la alcanza, ella lo detiene con el murmullo de su voz. —Es por aquí— al terminar, la luz del fuego se hace presente emitiendo un rápido resplandor, algunos destellos dejan la antorcha y al perderse en el abismo pueden ver un alargado camino de escaleras que parece no tener fin. Sintiéndose demasiado pequeño como para enfrentar la profundidad del precipicio, el niño baja la mirada hablando consigo mismo. —No podemos descansar, no podemos descansar— con angustia trata de descender, pero la duda y las imágenes formadas por el fuego lo llevan a perder el control de sus emociones. —Necesitamos regresar— escucha Anya, y sin esperarle dice. — Levanta el rostro. Al oírla, él la mira de reojo y antes de interrumpirla ella le susurra. -

No lo dudes y cree en mí, cree en mis palabras, cree tanto como creo en ti.

Haciéndole caso, Karin da un paso sintiendo un frío sudor que humedece su frente, abajo, el enorme desfiladero se pierde y las escaleras se oscurecen al ser devoradas por la pesada oscuridad que los rodea. Pensando en lo que ve, guarda silencio sintiendo un 106


estremecedor escalofrió, las tinieblas regresan y al cerrar los ojos se da cuenta que sobre aquel camino los demonios los podrían separar. — Este camino no es seguro bonita, la ruta puede ser más peligrosa que dar marcha atrás. Mientras susurra, Anya se mueve hacia el precipicio, angustiado, da un precipitado salto y tomando la delantera levanta su brazo derecho para detenerla. —Espera— gritando, la mira de nuevo y al tocarla, ella lo rodea con el calor de un efusivo abrazo. — No te desesperes pequeñín, no tengas miedo porque pronto volveremos a correr. Ten fe, cree y jamás te des por vencido. Escuchándola, Karin se alegra por tenerla a su lado, y correspondiendo su abrazo la ciñe sintiendo un ligero cosquilleo por el roce de su largo cabello. Suspirando, la niña mira sobre su hombro y al abrir los ojos se percata de la pesada oscuridad que los acecha; en su mente, la inseguridad se hace presente y recordando las palabras del niño se da cuenta que también se siente perdida. Apretando los parpados, añora su cabaña y en un instante, el rostro de Cefora regresa para hablarle con amor. — Escucha tu voz, escucha lo que le dices a los demás porque en ocasiones nuestras propias palabras son el bálsamo que necesitamos escuchar, recuerda que las palabras tienen un inmenso poder, y que con ellas, puedes ser tan grande y brillante como un hermoso resplandor. Abriendo los ojos, la niña se separa de su cuerpo y arreglando el cuello de su arrugada camisa le pregunta. — ¿Ya estás preparado para que comencemos a descender? 107


Pensando en las consecuencias del descenso, el niño se llena de coraje y le responde. — Sí, ya estoy listo. Antes de bajar, Karin se humedece los labios, sus manos comienzan a sudar y mirándola fijamente le habla por última vez. — Has todo lo que te diga, el camino es muy estrecho y al bajar debes ir detrás de mí, no te alejes, no corras, no grites y pase lo que pase no intentes volver atrás. Mantén tus ojos en mí, sigue cada uno de mis pasos y trata de no pensar en nada. Después de hablar, gira sintiéndose desorientado y al poner un pie sobre el primer escalón habla consigo mismo. — Al bajar puedo perderme para siempre, la oscuridad ha regresado y la presencia de los demonios puede separarnos haciéndonos enloquecer. Concentrado en la empinada senda, el desconfiado niño sostiene la antorcha y al poner llenar sus pulmones de aire escucha un hermoso sonido. — Te quiero Karin. Te quiero se escucha sobre la inmensidad y en su pecho, un acelerado pálpito lo lleva a retroceder. Temblando, gira la cara y arrugando la frente le pregunta. —¿Qué dijiste?— con una enorme sonrisa, Anya se le acerca y le responde. — Te quiero, te quiero mucho chiquitín. Llevando su mano derecha a su pecho, Karin siente un enorme vacío al voltear al precipicio, el aire brama produciendo un aterrador sonido, el fuego se mueve con violencia y mientras sus lágrimas caen el susurro de Anya regresa haciéndolo estremecer. 108


— No te preocupes por nada de lo que suceda porque estamos juntos y nadie nos separará, haré lo que me pides, seguiré tus pasos y de tu lado no me iré. Queriendo hablar, el pequeño intenta dar media vuelta, pero Anya le pide que guarde silencio y comience a descender. — Shiiiii, ahora no me digas nada, bajemos y en el momento en que todo termine me podrás decir lo que quieras. Con una hermosa sensación en todo su cuerpo el niño desciende y al observar el enorme espacio, las tinieblas oscurecen sus pensamientos llevándolo a bajar con rapidez.

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El Laberinto del Abismo

Después de muchas horas de recorrido, el cansancio aparece, las piernas de los niños no pueden soportar su propio peso y cuando Anya quiere detenerse el sonido de rocas rompiéndose la lleva a susurrar. — ¿Oíste eso Karin? Sin contestarle, el pequeño gira el rostro, asustada, ella lo observa y de nuevo, el sonido de las rocas se repite una y otra vez. Alejándose, intentan aferrar sus cuerpos a las paredes, pero la humedad de las rocas los hace resbalar, el espacio huele mal, el aire se vuelve pesado y al querer mirar atrás, los pies de Anya patinan llevándola contra el suelo. Rodando, la temerosa niña se acerca al borde del precipicio sin poder sujetarse, sus manos se mueven en todas direcciones, sus ojos se dilatan y al sentir el enorme vacío bajo sus pies es halada por Karin quien la sujeta de la mano con ganas de gritar; tratando de calmarla, el pequeño la observa fijamente y en su pecho, una fuerte presión lo lleva a imaginarla en el fondo del abismo. Sin palabras, él le pregunta si está bien, ella, se levanta para estar a su lado y poniendo una de sus manos sobre su corazón respira respondiéndole al parpadear. Sujetándose, dejan de moverse recostándose dentro de una estrecha grieta tratando de no mirar; arriba, el fuego ilumina el largo camino de escaleras que han logrado atravesar, en frente, la oscuridad nubla sus ojos, y abajo, la ruta se estrecha y los peldaños comienzan a separarse 110


dejando peligrosos espacios entre cada uno de ellos. Con un nudo en la garganta, la niña respira y al pasar saliva mira a Karin quien observa con espanto hacia el cielo, aterrada, quiere ver lo que él ve, pero el chiquillo la cubre y pegándose contra la roca gira la antorcha poniéndola boca abajo para apagar su fuerte luz. Queriendo gritar Anya lo mira y al abrir los labios, él se los tapa, mientras escuchan un aterrador chillido que llena cada espacio del lugar; sobre sus cabezas, un espectro alado recorre el borde del abismo rompiendo las rocas, su cuerpo se mueve de un lado para otro dejando una espesa niebla que carcome todo alrededor, los sonidos se acercan y cuando la antorcha deja de brillar el espectro roza sus cuerpos pasando a gran velocidad. Sin respirar la niña aprieta los parpados mientras abraza con todas sus fuerzas a Karin, el cuerpo le tiembla y al sentir el caer de las lágrimas sobre su piel la voz del niño vuelve a aparecer. —Tranquila— le susurra, a medida que quita la mano de sus labios, a oscuras se abrazan, y cuando el niño se llena de coraje levanta la antorcha percibiendo un ligero rayo de luz. Esperando, se separa del cuerpo de su hermana, los dedos de las manos le tiemblan y al poner uno de sus pies sobre el próximo escalón la toma de la mano sujetándola con firmeza. Entorno a ellos, los ruidos se desvanecen, las rocas dejan de caer y el espectro desaparece tan rápido como apareció. Respirando al sentirse aliviada, Anya baja la cabeza y tratando de no producir ningún sonido encoje el cuerpo escuchando una tierna voz. — Démonos prisa y no nos detengamos. Al voltear, Karin la mira y girando la antorcha, sus rostros se iluminan por un fuerte destello que produce millones de chispas a su alrededor. Respondiéndole sin hablar, la niña lo jala de la camisa y limpiando una 111


de sus lágrimas mira de reojo; allí, el vacío bajo sus pies crece, las tinieblas se vuelven más negras y sin darse cuenta son rodeados por una turbia bruma que brota de las grietas del lugar. Con una rápida sonrisa, el pequeño le acaricia el brazo y pidiéndole que lo suelte gira para comenzar a descender. — Camina muy cerca de mí, pégate a mi cuerpo y cuida cada paso que des. Soltándolo, Anya mira las escaleras y al ver las piernas del niño aprieta sus manos para descender. Al bajar, Karin se siente diferente, el aire deja de soplar, sus brazos pesan y la bruma toca su cuerpo nublando sus pensamientos. Atrás, Anya camina apoyando los pies con cuidado, sus manos sudan y en repetidas ocasiones levanta la mirada para ver la espalda del chiquitín. Desconectados sobre un interminable camino de escaleras, los niños bajan sin descansar sintiéndose asqueados por el olor, la peste se vuelve insoportable, las rocas hieden a muerte y sobre cada peldaño una espesa baba comienza a aparecer. Desesperándose, la niña trata de apresurar la marcha, pero el cansancio físico comienza a relegarla y al ver la distancia que la separa del niño lo llama en sus pensamientos pidiéndole que la espere. — No vayas tan rápido por favor, espérame, espérame Karin. Apresurándose, logra acercarse sintiéndose mal, las manos le duelen, los pies le arden y los brazos comienzan a ser rasguñados al pegarse a las rocas del lugar; sin entender lo que sucede, la niña comienza a hablar, su familia no existe y la única persona que la amaba ya no está.

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— ¿Qué he hecho para merecer éste castigo? ¿Por qué? ¿Por qué tengo que vivir en las sombras y estar lejos de mí hogar? Te extraño Cefora, te extraño tanto que si no fuera por mi hermano no podría caminar. Presa de una aterradora sensación, la desesperada jovencita quiere dar marcha atrás tratando de girar el rostro, pero al intentarlo, la antorcha produce un acelerado sonido, y las llamas, menguan su luz produciendo débiles chispas que se riegan sobre la nada. Sin darse cuenta de lo que sucede, Karin baja evadiendo la realidad, en su mente nada existe, el camino es diferente y al echar un vistazo a la antorcha sus pensamientos cambian llevándolo a recordar los símbolos de fuego. — Siete dibujos hechos por un poderoso ardor fueron revelados, siete emblemas han despertado dentro de las mazmorras iluminando mi camino, Sirkano ha mostrado una parte de su poder y aunque no puedo recordar sé que conozco los dibujos, pero no sé en dónde ni en qué lugar. Queriendo perpetuar aquel momento, el astuto niño repasa cada dibujo y sin cerrar los ojos puede ver las imágenes una vez más. — El primero que vi, es una agresiva calavera que ha sido creada por violentas ráfagas de fuego, el segundo, es una daga, la daga que esta manchada con la muerte, el tercero, es un ángel que ha quedado atrapado por flamas incandescentes de las que no podrá escapar, el cuarto es un árbol, un hermoso árbol destruido por la oscuridad y el fuego eterno, el quinto, serpientes y la borrosa imagen de una mujer desnuda que se esconde bajo los pliegues de poderoso manto, el sexto es un ojo, el ojo sin 113


parpado que todo lo ve, y por último, el séptimo sello, en él, las cadenas y la garras de un espectro que consumen todo lo que tocan. Pretendiendo descifrar el significado de los símbolos se pierde en sus propias palabras para volver a murmurar. — Sé que estas imágenes deben tener alguna relación con los siete demonios, ¿pero qué los une? ¿Por qué están conectados? Éste debe ser uno de sus juegos, tal vez, ellos me dejaron libre por un instante y en cualquier momento regresarán. Inmerso en sus pensamientos, el niño se resbala y al caer, se da un duro golpe en la espalda levantándose de un salto para continuar. — Si quieren jugar conmigo no lo podrán hacer, prefiero morir, prefiero que mi vida acabe antes de volverlos a sentir. Apresurando el paso, Karin trastabilla advirtiendo un sonido detrás de su cuerpo, atrás, una menuda sombra jadea y al detener la marcha, logra ver la carita de una temerosa niña que tiembla al no poseer la fuerza para descender. Con un ligero movimiento, el niño se estremece y al recordar comienza a preguntar. —¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué no te pude sentir? ¿Por qué te olvide? ¿Por qué?— cuestionándose, Karin vuelve a descender y al sentir la presencia de Anya mira hacia el fuego con ganas de gritar. — Perdóname bonita, perdóname por no encontrar la forma de escapar. Soy un cobarde, un inútil y estúpido perdedor. Sin esperarlo, una voz aparece en su interior y al bajar la mirada el rumor de un hombre le responde. —¿Eso crees? ¿De verdad crees que eres un estúpido? 114


Mientras escucha aquella voz, el niño baja la cabeza y como si aquel ser no fuera un extraño le contesta. — No, no lo creo. Suspirando, observa las escaleras que pisa y mientras baja, las palabras de aquel hombre se convierten en un suave murmullo que lo rodea por doquier. —Si quieres que el camino termine no la engañes, déjala, abandónala en las sombras como hicieron contigo— al oírlo se muerde los labios, y al cambiar la expresión de su rostro entabla una fluida conversación con el hombre que murmura en sus pensamientos. — No, no quiero hacer eso, pero es difícil, muy difícil caminar sin rumbo fijo y no saber si lograremos escapar. —¿Difícil? Si no luchas entonces seguirás lamentándome, si sigues así serás una indefensa víctima que no es capaz de encontrar la solución, las tinieblas son parte de ti y de mí, están en nosotros y por más que lo niegues jamás nos abandonarán. — ¿Pero por qué? ¿Por qué si yo no escogí este destino? —Ninguno de nosotros lo escogió, pero si no lo enfrentamos seguiremos en lo profundo de esta prisión. — ¿Pero por qué es tan difícil de entender? Hace poco hice una promesa y al abrir mi corazón sentí que algo cambio, no lo sé, no sé qué sucederá. —Es cierto lo que dices, pero nadie sabe lo qué sucederá, la promesa que hiciste significa mucho, nuestra vida y la de Anya dependen de ello, pero debes confiar, ten fe porque sus ilusiones están con nosotros y no la volveremos a olvidar. Al refugiarse en la voz del hombre, Karin suspira, alrededor un helado aire lo estremece y mirando hacia la nada vuelve a preguntar. 115


— ¿Pero qué pasa si mis recuerdos se borran y ella ya no está? —Si de tu memoria ella se borra, tu corazón la escuchará, si se aleja y no la encuentras, a tu lado volverá, volverá mi fuerte niño porque jamás la perderás. Con una leve sonrisa, Karin gira la cara para observar a la pequeña sintiendo un rápido escalofrío que lo rodea haciéndolo temblar. — Espero que lo que me dices sea cierto, espero no perderla porque si algo le sucede sé que me convertiré en uno de ellos y sus oscuros deseos serán una realidad. De nuevo, la voz del hombre crece dentro de su cabeza y produciendo un poderoso eco le vuelve murmurar. —No, eso nunca, nunca te convertirás en uno de ellos— respirando, lleva sus ojos al fuego y percibir los fugaces destellos que emanan de su interior abre la boca para hablar sobre la inmensidad. — Caminemos junto a ella, caminemos y olvidemos lo demás. Concentrada en sus pensamientos, Anya levanta la mirada y al buscar a Karin se espanta pues su hermano se ha esfumado, y en frente de ella, la silueta de un corpulento hombre la mira de reojo. Retrocediendo, se pega a las rocas del abismo, su cuerpo se escurre y respirando sin hacer ningún sonido aprieta los dientes con ganas de gritar. — ¿Quién es este hombre? ¿Y Karin? ¿Karin en dónde estás? Sosteniéndose del peldaño que pisa, voltea el rostro y al retroceder, queda a oscuras por el inesperado desprendimiento del fuego que se eleva sobre su cabeza; en el cielo, la llamarada vuela y al emitir un débil resplandor comienza a desvanecerse. Intentando subir, la niña recuerda las palabras de Karin y cuando es cubierta por las tinieblas la voz de su pequeño la llama para continuar. 116


— Baja tan rápido como puedas porque tenemos que escapar. Al oírlo, ella lo busca de nuevo y a varios metros de distancia, él mueve las manos llamando su atención. Con angustia la niña baja, pero las escaleras se desmoronan produciendo un aterrador estruendo que la toma por sorpresa; bajo sus pies, la superficie se hunde y a cada paso, un ensordecedor sonido la llena de una incontrolable sensación de miedo. Queriendo escapar de la muerte, Anya se lanza al vacío con los brazos abiertos, a su alrededor miles de rocas caen, el viento se mueve y al gritar, el pequeño logra posar sus pies sobre suelo firme. — ¿Dónde estás? ¿Karin en dónde estás? Horrorizado al escuchar sus gritos intenta devolverse, pero una invisible presencia lo lanza muy lejos de donde está. Luchando por levantarse, el niño se retuerce esperando lo peor, en sus oídos, un estruendoso sonido lo lleva a gritar y una espesa nube de polvo envuelve todo el lugar ahogándolo sin dejarlo respirar. — ¡Anya! Intentando encontrarla, mira sintiendo una fuerte presión en el pecho, los sonidos lo confunden, el aire se vuelve pesado y aunque se mueve no logra levantarse. Estirando los brazos, se arrastra sin poder mover las piernas, la oscuridad regresa y frente a él, una densa polvareda crea veloces remolinos que lo aprisionan contra el suelo. Con ganas de llorar levanta la cara, pero las rocas siguen cayendo y al querer gritar, la fuerza que produce un poderoso derrumbe lo levanta por el aire lanzándolo en otra dirección. Aturdido se tapa los oídos, la cabeza le duele y un agudo sonido hace que se revuelque aullando con desesperación. 117


Perdiendo el control de sus movimientos convulsiona como si estuviera poseído, en su mente, sombras, garras, sangre y afilados colmillos caen sobre su cuerpo despedazándolo una y otra vez, la imagen se repite, el dolor aparece y al sentir que es ahorcado el triste rostro de su hermana lo despierta haciéndolo saltar. —¿Dónde estás?— ¿En dónde? pregunta a los gritos, mientras la voz de su interior regresa una vez más. — Ella está a tu lado porque está en tú corazón. Abriendo los ojos, vuelve en sí y llenándose de una increíble fortaleza se pone de pie para correr. A oscuras, atraviesa los remolinos tratando de encontrarla, sus piernas tiemblan, los brazos se le duermen y por si fuera poco, cada vez que quiere hablar la resequedad de su garganta no lo deja resoplar; luchando, se mueve de un lado para otro sin saber por dónde va, el polvo reverbera y al impulsarse, un débil destello lo toma por sorpresa llevándolo hacia atrás. En medio de los remolinos, tenues ráfagas de luz se filtran alejando las tinieblas, el aire se siente liviano y cuando vuelve a tomar impulso una borrosa silueta se acerca. Esperando, deja de moverse, el viento golpea su cuerpo y al respirar puede ver a su bonita quien corre con los brazos extendidos queriéndolo abrazar; de un salto, Karin la sostiene, sus manos la acarician y en su mente una lluvia de palabras lo llevan a gritar. — Perdóname, perdóname por favor. En silencio, Anya lo protege ciñéndolo contra su pecho, el corazón se le acelera y al darle un beso sobre la cabeza lo toma de la mano para sacarlo del lugar. Después de caminar por entre los escombros sin hablar, los niños siguen el tenue rastro de una sinuosa luz, entorno a ellos, la espesa nube de polvo no se deshace, el viento mueve sus ropas y al mirarse se detienen por un segundo tratando de volver a la 118


normalidad. Bajando la mirada, Karin aprieta los parpados y recordando lo que sucedió abre la boca para susurrar. —Perdóname porque no estuve a tu lado— observándolo, Anya lo aprieta de la mano y aunque tuvo mucho miedo de morir le dice. — No me pidas perdón por algo que no hiciste, estoy segura que si hubieras podido retroceder lo habrías hecho. El camino era demasiado largo y si no nos hubiéramos dado prisa estaríamos muertos. Elevando la mirada, el pequeño se siente mal y al percibir una ligera brisa intenta volver a hablar, pero Anya, lo toma con sus dos manos y mirándolo a los ojos le pregunta. — ¿Qué fue lo que sucedió? Suspirando, él le acaricia los dedos y tratando de no mirarla le responde. — No lo sé, cuando caminaba sentí que el suelo se agrietaba, las paredes comenzaron a caer y la antorcha se desvaneció separándose de mi mano. Sin soltarlo, le besa la frente y antes de que continúe le dice. — Cuando descendía por el precipicio tuve una visión, tú ya no eras tú, eras diferente. Girando los ojos para mirarla, el niño se angustia con sus palabras, verlo de otra manera puede significar muchas cosas, los demonios pueden estar cerca, aquel espectro pudo haberlos encontrado y si lo quisiera podría tomar sus formas para despedazarlos. Confundido, Karin la abraza y al sentir el calor de su cuerpo le habla cambiando en timbre de su voz. 119


— Al bajar por el abismo supe que todo sería diferente, la suerte ha estado de nuestro lado y hemos logrado escapar sin ser vistos, pero eso puede cambiar, los demonios pueden llegar en cualquier momento y no sé lo que sucederá. Apretándolo, la niña cierra los ojos por un instante, el miedo hace que su cuerpo tiemble y al mirar el suelo se separa de su cuerpo para comenzar a caminar. Tomado de su mano, Karin se mueve sin dejar de mirarla, las palabras sobran y cuando ella gira para observarlo sus hermosos ojos azules brillan con intensidad. Adelante, una montaña de escombros obstaculizan el camino, pero ella, da unos cuantos pasos señalando un pequeño lugar. —Allí está la salida— al oírla, Karin cambia de posición encontrando una estrecha grieta que absorbe el polvo del lugar. Sin detenerse, el niño toma la delantera y al ingresar por la abertura su vista se nubla y la polvareda se cierra haciéndolo toser. Caminando, se tapan la boca tratando de filtrar el pesado aire que los rodea, las piedras los oprimen, sus ropas se rasgan y al sentirse ahogado Karin se acurruca tosiendo sin poder controlarse. A su lado, Anya le da suaves golpes en la espalda y extendiendo la mano atraviesa la nube de polvo sintiendo una veloz ráfaga de aire alrededor de sus dedos. Saltando, lo jala con fuerza y al alejarse de la grieta, sus cuerpos caen sobre una suave superficie que huele a césped recién cortado. Respirando profundamente, los niños se miran a los ojos y sin querer observar el rededor se levantan tomándose de las manos. Esperando, Anya le sonríe y cubriéndolo con el aire que exhala mueve sus labios tranquilizándolo con su voz. Al hablar, el niño escucha los números de una cuenta regresiva y entendiendo lo que ella le quiere decir cierra los 120


ojos esperando que termine. —Tres, dos… Uno— al oír el último número, Karin gira la cara y al abrir los ojos uno de sus brazos cae al observar un hermoso cielo de color negro qué brilla con el resplandor de la luna llena. Sobre el reflejo de sus pupilas, la luna aparece para producir un enorme resplandor, el polvo se ha alejado, el aire que respira es limpio y el perfume de la naturaleza se filtra dentro de su cuerpo llenándolo de emoción. Sin moverse abre la boca y al observar a su hermana, ella sonríe y sus ojos brillan como si fueran dos pequeñas estrellas que producen hermosos rayos a su alrededor. Con una gran cantidad de polvo sobre el rostro, Anya mira a todos lados, en sus pensamientos la figura de Cefora regresa, la noche en qué fue raptada inunda su interior y los gritos que escuchó al ver la luna llena hacen que caiga de rodillas mientras sus lágrimas comienzan a aparecer. Asustado, el niño se arrodilla y acariciándole la cara la mira diciéndole sin palabras que está a su lado y no la abandonará. Limpiándose, la chiquilla se refriega el polvo sobre los parpados y al mirarlo, él suelta una inesperada carcajada que la lleva a mirarlo con sorpresa. —Jajajajajajajajaja. —¿Por qué te ríes?— le pregunta la niña sintiéndose mal, al tiempo que es despeinada y su cabello se alborota por una veloz brisa que viene desde atrás. —Pareces un fantasma —le dice Karin—, no quiero reírme de ti, pero estás llena de polvo y al limpiarte la cara quedaste como un espanto. Soltando una tierna carcajada, Anya baja la cara mirándose el cuerpo, sus manos y brazos son blancos, las piernas le han cambiado de color y el bordado de su vestido ya no se puede ver. Levantando la mirada, observa al chiquitín y apretando los labios se tapa la boca riendo a 121


carcajadas. Frente a ella, el niño está lleno de un blancuzco tizne que lo cubre de pies a cabeza, su cara parece la de un muñeco, y el pelo, lo tiene hacia arriba como si fueran las púas de un erizo. — Jajajajajaja, jajajajajaja, si yo parezco un espanto, tu pareces un muñeco de trapo. Cambiando la expresión del rostro, Karin se asombra y sacudiendo la cabeza deja caer millones de partículas que se disipan sobre el aire. Saltando, abre y cierra los brazos e impulsándose mira a Anya con ganas de lanzarse sobre su cuerpo. Dándose cuenta de sus intenciones, la niña mueve las piernas y dando un veloz giro se levanta para correr. Gritando, ella lo observa de reojo, atrás, Karin salta con ganas de abrazarla y siguiéndola de cerca le grita mientras se ríe. — Te voy a atrapar preciosa, te alcanzaré y serás abrazada por este muñeco de trapo, jajajajajaja. Zigzagueando, la niña se mueve de un lado para otro resbalándose pues bajo sus pies, una diminuta grama crece envolviendo sus tobillos. De aquí para allá, los niños ríen a carcajadas deteniéndose por algunos instantes mientras tratan de respirar; detrás, una sinuosa estela del grisáceo tamo que los cubre se riega elevándose por los aires, la nube de polvo los deja y al seguirlos por unos cuantos metros los hace verse como dos fantasmas que cruzan una enorme llanura iluminada por el resplandor de la luna llena. Resbalándose, Karin se cae riendo cada vez más, pero esta vez, Anya gira y extendiendo los brazos se lanza para atraparlo. Levantando las cejas, el niño se pone de pie y sintiendo un escalofrió que recorre su espalda le habla mientras corre para alejarse. — No jajajaja, no me atraparás. 122


Saltando, se mueve hacia uno de sus lados y arqueándose para no ser atrapado mueve los pies produciendo una enorme algarabía. Como una veloz liebre logra escapar, en su rostro la emoción es evidente, las risas y los gritos hacen eco por el enorme lugar y cuando Anya no puede contener la risa cae de rodillas pidiéndole qué se detenga. — Detente porque no puedo seguir corriendo, jajajajajaja, me duele el estómago y no puedo, no puedo correr más. Acercándose con una sonrisa de oreja a oreja, Karin la mira, pero al querer alejarse, ella se lanza para sujetarlo de los brazos. —Te atrapé. Te atrapé le dice de nuevo y al tumbarlo sobre el césped lo sostiene de las mejillas para volver a hablar. — Eres mío Karin, mío y solo mío, jajajajajaja. Sintiendo las manos de Anya sobre su cintura, el niño grita de emoción, sus piernas golpean la superficie y pidiéndole que se detenga la sujeta de uno de sus brazos mientras le dice. — Sí, jajajaja, soy tuyo, tuyo y de nadie más. Abrazándolo con ternura a su pecho, la pequeña le acaricia la cabeza y soltándolo, mira la luna haciendo una enorme sonrisa; a su lado, el niño observa el cielo y cuando gira, es asaltado por los brazos de su bonita que lo aprietan iluminando su corazón. — Te quiero. Se escucha sobre el despejado valle, mientras ruedan sobre una empinada colina que aparece sin ninguna explicación. Bajo ellos, el césped crea miles de montículos que los llevan de un lado para otro, sus risas regresan y los gritos les ayudan olvidar a la prisión en la que están. —Sujétate chiquitín— susurra la niña, en el momento en que logra sentarse para abrazarlo entre sus piernas. Delante de ellos, un 123


empinado desnivel los hace gritar y cuando elevan los brazos comienzan a gritar. Emocionado al sentir un vacío en su estómago, el niño contiene la respiración escuchando la voz de Anya que ríe de emoción. — Sí, jajajajajaja, siiiiiii. Mientras descienden, sus cuerpos se mueven de un lado para otro siguiendo las curvas de un sinuoso camino, el aire los impulsa y el césped incrementa su velocidad. A cada lado, enormes colinas aparecen bordeando la senda que atraviesan, la luna brilla y cuando sus cuerpos se deslizan en línea recta llegan hasta el borde del recorrido en donde se encuentran con una pendiente que los abraza como si cayeran en el vacío. Adelante, un largo rodadero hace que se tomen de las manos, las pupilas se dilatan y en el instante en que sus cuerpos flotan sobre la superficie el viaje se termina trayéndolos a un hermoso lugar. Entorno a ellos, traslucidas flores brillan al ser iluminadas con los destellos de la noche, el césped es de color verde manzana y a lo lejos, una larga pared de tupidos árboles cerca el espacio que se extiende como si no tuviera fin. Asombrada con lo que ve, Anya mira a su hermano y tomándolo de la mano corre rápidamente dando ligeros saltos por el lugar; sonriendo, él la sigue de cerca, pero al estar a su lado se da cuenta que ha crecido de nuevo, sus piernas se alargan y el vestido le queda pequeño. Dejando de moverse, le pide que descansen y sentándose sobre la hierba trata de controlar sus emociones mirándola desde el suelo. — Siéntate a mi lado y descansemos. Afirmando sin hablar, la niña se sienta y recostándose sobre la grama lleva sus ojos al cielo para suspirar. —Hay magia, una hermosa 124


magia— escuchándola Karin baja la mirada observando sus pequeñas manos, y sin contestarle, habla consigo mismo angustiándose por ella. — La oscuridad está arrebatándote la vida, cada vez que avanzamos tu cuerpo cambia, el tiempo pasa muy rápido sobre ti y si no encontramos la salida podrías crecer tan rápido que morirás sin darte cuenta. Ocultándole sus pensamientos, el niño la observa y haciéndole una ligera sonrisa le pide que se levante para continuar. — Vamos bonita, dame la mano y levántate porque debemos caminar. Sin moverse, la niña pasa saliva y mirando la luna le responde. — Déjame descansar, deja que mi cuerpo se recupere porque tengo mucha hambre. Poniéndose de pie, el pequeño sumerge su mano derecha en el bolsillo de su arrugado pantalón, un ligero crujir hace que Anya sienta curiosidad, y antes de interrumpirlo, Karin saca la mano del bolsillo para ofrecerle un pedazo de pan aplastado que ha sido envuelto en una delgada hoja de papel blanco. — Ya había olvidado qué lo tenía, supongo que está un poco duro, pero es lo único que tengo, hace algunos días logré robárselo a un pequeño duende que husmeaba dentro de mi celda. Conmovida con este bello gesto, Anya sonríe recibiéndolo de inmediato, sobre sus manos el pan se siente caliente y al destaparlo la masa se infla produciendo un delicioso olor. Sorprendido, Karin se acerca y humedeciéndose los labios la mira mientras ella lo parte en dos. —Comamos juntos, toma un pedazo y siéntate a mi lado— al 125


recibirlo el niño se siente feliz, y antes de darle un mordisco cierra los ojos para dar las gracias. — Gracias por el alimento que puedo recibir, gracias por estar vivo y por tener a mi hermanita. Escuchándolo, la pequeña lo mira con los ojos llenos de lágrimas y al sonreír muerde un pedazo del delicioso pan. Con el estómago lleno, los niños guardan silencio observando el inmenso lugar, bajo sus cuerpos la grama comienza a humedecerse y doblando la hoja que envolvía el pan, Anya gira para devolvérsela a su hermano. Descansando, Karin la guarda en el bolsillo y extendiéndole la mano le ayuda a levantarse para comenzar a caminar. Acercándose a la pared de árboles, se mueven sin pensar en nada, pero después de caminar y caminar, el camino sigue siendo el mismo y nada nuevo aparece alrededor. Esperando, Anya gira a la derecha tratando de encontrar una salida, y cuando sus dedos tocan los árboles una acelerada brisa levanta cientos de hojas secas que revolotean en el cielo. Sin moverse, los niños son rodeados por una veloz corriente que los empuja, los árboles se mesen y a unos cuantos metros de distancia las ramas abren un estrecho espacio produciendo un acelerado sonido. Dentro de la tupida pared los tallos crujen, el suelo de hunde y las ramas se desenredan, mientras dos enormes rocas brotan de la tierra arqueándose a lado y lado del camino. Girando al escuchar el crecimiento de las rocas, los niños ven la misteriosa entrada y antes de acercarse se miran por un instante. —¿Estás listo?— preguntando, la pequeña suspira y al acariciarle la mano, él le contesta. — Sí, ya estoy listo para continuar. 126


Siguiendo sus pasos, la niña se aproxima a la entrada, en lo alto, una estrella fugaz surca el horizonte, las nubes aparecen y como si la imagen del firmamento fuera solo un sueño, la luna se desvanece dejando de brillar. Tomando aire y preparándose para lo desconocido, los niños caminan, pero al avanzar, un misterioso silbido sale de los árboles acercándose al lugar en donde están. — Fhiiiiiii… Fhuuuuuu…Fhiiiiiii… Fhuuuuuu… Con ganas de gritar, Anya retrocede y sujetándose del niño se le acerca para preguntar. —¿Qué fue eso?— buscando protección, la niña se arrodilla y en un angustioso intento por escapar se tapa los ojos. Aferrándose de su hermano, puede percibir una misteriosa pasividad en su respiración, el corazón le palpita suavemente y sus brazos no la rodean como siempre lo han hecho. Lanzando un fuerte golpe contra el suelo, la niña se llena de valor queriendo enfrentarse a las sombras, pero al querer abrir los ojos una suave caricia la distrae. Sobre ella, la cara del niño le sonríe y antes de producir algún sonido él le susurra. — Cálmate bonita, cálmate qué no sucede nada. Del oscuro acceso emerge un pequeño hombre delgado y desgarbado, con pantalones bombachos, sandalias de tela y un enorme sombrero que le cubre todo el rostro. Sus manos están en sus bolsillos, y dentro de su boca, una alargada paja se mueve mientras se acerca. —¿Quién es él?— pregunta Anya asustándose con su presencia. Sin responder, Karin respira profundamente observando la ropa del hombre que esconde su mirada bajo el ribete del desproporcionado sombrero que esta deshilachado en todos lados; al caminar, sus viejos pantalones se 127


mecen de un lado para otro, y su camisa, se abre mostrando un delgado pecho lleno de largas cicatrices que llegan hasta su cuello. Sin moverse, la niña lo observa fijamente y cuando el hombre saca las manos de su pantalón deja de respirar al ver los alargados dedos que más qué dedos, parecen garras. Con angustia, Anya se mueve para pegarse a las piernas de Karin, pero al acercarse, el misterioso ser se detiene y levantando la cabeza la observa. En medio de una cadavérica y escuálida cara, una enorme nariz en forma de gancho se arruga al respirar, su boca es grande y está cuarteada, la piel es áspera y sus ojos son dos enormes bolas de color negro que no poseen ningún brillo. Sin sostener la mirada, Anya cambia de posición y al observarlo, se da cuenta de su extrema delgadez y que su ancho pantalón ha sido sujetado con una roída soga que se mueve al vaivén del viento. Tratando de alejarse, la niña cambia de posición, pero Karin la sostiene pidiéndole que se levante. —Ven bonita, levántate y quédate a mí lado— mirando al extraño hombre, el pequeño se llena de valor y en una inesperada reacción le pregunta. — ¿Quién eres y qué haces aquí? ¿Debemos pagar algún precio por atravesar este lugar? Respondiendo con un misterioso silencio, la criatura se acerca y como si nada lo preocupará baja la cara para suspirar. Observando sus movimientos, el niño encuentra algo muy familiar y al recordar le dice. — ¿Bárako, eres tú? Al escucharlo, el delgado hombre hace un insignificante movimiento, su cabeza se mueve hacia arriba y mostrando un tenue sonrisa afirma con la cabeza sin producir ningún sonido. Del otro lado, Anya observa 128


al chiquitín y antes de poder hablar, él sonríe interrumpiéndola con su voz. — Bienvenido, bienvenido a nuestro lado mi viejo amigo. Confundida, Anya lo jala de su pantalón y mientras lo mira le pregunta. —¿Por qué le hablas Karin, qué sucede?— acercándola contra su mejilla, el niño la acaricia y sonriendo le responde. — No temas porque si estas a mi lado nada te sucederá, él, es Bárako, un buen hombre que hace mucho tiempo me acompañó. Frente a ellos una poderosa risa se escucha, el hombre camina y al hablar, los árboles se estremecen moviéndose sin explicación. — Sí, ese soy yo, soy Bárako y os doy la bienvenida. Estremeciéndose al escuchar el sonido de una carrasposa y desgastada voz, Anya intenta retroceder, pero su cuerpo no se mueve al escucharlo de nuevo. — ¿Cómo os encontráis Karin? Habéis llegado muy lejos, más lejos de lo que vos mismo hubierais imaginado llegar, habéis burlado todas las trampas del camino enfrentando lo que algún día hubierais visto sin saber cómo llegar. Mirándolo de pies a cabeza, el niño no puede disimular la inmensa tranquilidad que le produce encontrarlo de nuevo, sus manos caen y al avanzar le responde. — Estoy bien Bárako, un poco desarreglado para tan feliz ocasión, también un poco sorprendido porque tu nariz es mucho más pequeña de lo que recuerdo. Riéndose, Karin y Bárako se acercan y al estar uno frente al otro se abrazan. 129


En medio de la confusión, Anya se levanta percibiendo un extraño destello en los enormes ojos del enigmático personaje; él, la observa y concentrándose en el hermoso brillo de sus ojos azules logra percibir los impulsivos movimientos de las olas del mar. Sin detenerse, el hombrecillo cambia de posición y al señalarla, Karin le estira la mano esperando que se acerque. — Bárako, ella es Anya, mi linda hermana quien me ha acompañado desde… Levantando la mano Bárako lo interrumpe para que no siga hablando, su mirada se esconde por entre los desgastados hilos del sombrero y al acercarse, Anya baja la cara, pero la voz del misterioso hombre inunda el lugar haciendo que se sobresalte. — Encantado de conoceros mi pequeña dama, es un verdadero placer encontrarme frente a vuestra presencia, mi reina, Señora mía quien ha de ser luz cuando las tinieblas nublen todo alrededor. Sin prestar atención a las palabras que escucha, la niña lo saluda y haciendo una ligera venía le da la bienvenida. En su mente, las palabras se convierten en gritos y el miedo que siente la lleva a dar unos cuantos pasos hacia atrás. — No, no quiero estar acá, ayúdame Cefora, ayúdame y vuelve a mi lado por favor. Observándola, Karin se da cuenta de su expresión y saltando se acerca para sujetarla de la mano. Junto a ellos, Bárako mira los árboles y al dar media vuelta comienza a murmurar. — No tenéis mucho tiempo, la ilusión creada a vuestro alrededor os dará la oportunidad de burlar a los demonios y si tenéis 130


suerte os llevaré fuera de Sirkano, moved los piececitos, dejadme guiaros por las sendas y solo así podréis salir de este peligroso abismo. Tratando de seguirlo, el niño se mueve sintiendo un fuerte jalón, atrás, Anya lo mira con desconfianza y con un tímido susurro comienza a hablar. —No voy a caminar por ahí, Karin es el único que me ha protegido y no quiero estar al lado de nadie más— apretándolo de la mano, cambia su expresión y al observar a Bárako abre los labios una vez más. —¿A dónde nos lleva? dígame porque no caminaré si no lo sé. Girando, la niña observa a Karin y sujetándolo entierra sus dedos en su brazo murmurando entre los dientes. — ¿Por qué no me dijiste que alguien nos estaba esperando? Perplejo con la reacción de su bonita, el pequeño le contesta tratando de calmarla. — No Anya, eso no es así, no te molestes conmigo porque yo no sabía que Bárako nos estaba esperando, tú sabes que soy honesto y te digo la verdad. Sin hablar, la niña se rasguña una de las piernas para desahogar su corazón, la angustia que siente crece, el miedo llega y sin dejar de hablar les pregunta tratando de encontrar una respuesta. — ¿Por qué? ¿Necesito saber por qué? Llena de una incontenible rabia, forcejea con Karin para soltarlo y cuando quiere dar media vuelta para comenzar a correr, Bárako se atraviesa en su camino tomándola de la mano. De rodillas, y mirando a través de los desgastados hilos de su sombrero, el hombrecillo le pide que se calme. 131


— Calmaos por un segundo, respirad y no tengáis miedo porque yo no os haré ningún daño. No os pido que me sigáis ciegamente, tampoco que confiéis en mi sin conocerme, lo único qué os pido, es que me escuchéis, no os puedo retener, pero tampoco os puedo engañar, estáis en todo tu derecho y en pocos instantes os enterareis de los peligros que acechan vuestra integridad. Vosotros, os encontráis en el Laberinto del Abismo, misterioso y oscuro aposento de los Siete Demonios más temidos por la humanidad; vos, sois una amenaza para el ciclo de poder y destrucción, sois la luz, sois la vida y sois la esperanza de las almas fugitivas. Ahora mi niña debéis seguirme, confiad en mí porque os defenderé como lo ha hecho Karin, haced lo que os pida sin discutir porque podríais perecer, abrid los ojos y relejaros porque soy fiel a Karin, quien es mi mejor y único amigo. No temáis, pero pediros eso es algo imposible, estáis perdida en sombras, extraviada sin conocer el lugar en donde estáis, y aunque no me lo habéis preguntado, hace muchos años también estuve perdido como vos lo estáis, las tinieblas me cegaron, los demonios me atraparon y por más qué lo intente jamás logré alejarme de estas tierras. Aunque desconfiéis de mí, os demostraré qué no os haré ningún daño, solo pido una oportunidad y veréis que no os defraudaré. Haciendo una pausa, el extraño ser le acaricia las manos y parpadeando se acerca para murmurar. — Vos sois y serás grande, tenéis las dotes, pero debéis aprender, debéis creer y practicar, debéis seguirme porque os aseguro terribles lamentos si no obedecéis a mis suplicas, cuando lo 132


entendáis, seréis libres por vuestro valor, aunque por vuestro amor y enorme corazón seréis perseguidos, acechados y encarcelados, pero si tenéis éxito, entregareis al máximo vuestras vidas porque así se os encomendó. Vos, sois el esplendor de nuevas épocas, y como una pequeña larva debéis esforzaros transformando vuestros agitados sentimientos en magia celestial, que os llevará a convertiros en la más hermosa Mariposa capaz de sueños imposibles y milagros inimaginables. No temáis de mi presencia, tomadme de la mano porque soy Bárako, vuestro amigo, el caído que intenta redimir sus culpas para no seguir siendo, el Guardián del Laberinto. Deteniéndose por un momento, Bárako le toca el rostro, ella lo mira pensando en lo que escucha y conectándose con su esencia logra percibir sus buenas intenciones. — Sois grande pequeña, no te imagináis cuán grande llegareis a ser, de la oscuridad brotan vuestros demonios, del lugar más oculto se alimentan, de vos se hacen fuertes, pero en vos reside la fuerza para poderlos detener, si os hablo de aquellos seres, es porque Karin os ha hablado de lo mismo, ¿no es así? En silencio, la niña observa su sombrero y sintiéndose tranquila baja la mirada para responder. —Sí, él me ha hablado de sombras y demonios. — Él no os ha mentido, vuestro pequeñín siempre ha hablado expresando su sinceridad, no es fácil explicar, no es fácil entender o distinguir, no es posible cruzar el umbral sin aprender y conocer el camino, pero aunque caminéis cegada, debéis saber que alguien os acecha. Soledad y Tristeza, Miedo, Avaricia, Odio, Lujuria y Envidia os aguardan en este encierro, 133


para los demás son simples emociones, pero para nosotros, los que nacimos en esta realidad son nuestra vida, nuestro futuro y nuestra verdad. Son siete y aunque algún día los enfrentareis, primero los debéis conocer, el combate llegará, la lucha a muerte en vos se entregará, el dolor se os concederá dándoos la victoria o la mala suerte de perder cambiando la dirección de toda vuestra tierra. Sin entender las palabras que escucha, Anya gira el rostro para mirar a Karin, Bárako siente su confusión y al no querer asustarla le habla de algo que ella conoce con seguridad. — Alguien os ha cuidado muy bien desde que llegasteis a estas tierras, esa persona os ha enseñado muchas cosas y gracias a su presencia es que habéis podido sobrevivir. Una mujer, una valiente y perseverante mujer ha sido vuestro soporte, dime princesa, ¿todavía pensáis en ella? Mirándolo, Anya recuerda a Cefora anhelando su presencia y al apretar los labios le contesta. —Sí, ella me ha cuidado desde que abrí mis ojos y aunque no estemos juntas sé que jamás la olvidaré. Sonriendo, Bárako continúa, su voz llena cada espacio del inmenso lugar y como si ya la conociera le habla una vez más. — No os preocupéis porque ella siempre os guiará, vos sabéis que el tiempo fue corto, pero lo mejor, a veces dura poco. Con los ojos llenos de lágrimas, la pequeña se asombra al escuchar las palabras del hombrecillo —¿Cómo sabe de su existencia? ¿La conoció? ¿Él sabe en dónde está?— antes de escuchar alguna pregunta, el extraño ser la detiene y susurrando la mira para continuar. 134


— Conozco más de lo que vos imagináis, aquella mujer os ha escondido por una buena razón, pero las sombras, aunque conocen de donde provenís, ignoran lo que he visto en vuestros ojos. Confiad en mí, escuchadme y miradme porque allí encontrareis las repuestas, si queréis conocerme, entrad en mí, si queréis descubrirme, tan solo confiad en mí. Levantándose, Bárako se acerca a los árboles y llevando uno de sus dedos hacia arriba hace que la pared de árboles se mueva; frente a ellos, las raíces de la tupida pared crujen, las ramas se separan y al dejar de moverse, abren un largo camino por el que deben avanzar. Atrás de él, los niños se miran y cuando extiende su mano para que lo acompañen, Anya se aferra a sus alargados dedos para ser llevada por los estrechos senderos de las profundidades del abismo.

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—Seguidme Mariposa —, seguidme repite la niña en sus pensamientos, al recordar las últimas palabras que Bárako pronunció desde su entrada por este camino. Detrás de ellos, las ramas se entrelazan sin dejar que nada cruce, y adelante, una estrecha ruta se abre mientras caminan. En silencio, Anya observa a su hermano y haciendo una ligera sonrisa trata de estar a su lado, pero él, ha sido sujetado por Bárako quien lo lleva de la mano. Sin detenerse, caminan durante algún tiempo y mientras retira su cabello de la cara recuerda las palabras que Bárako le dijo. — El Guardián del laberinto. Al terminar, Bárako la mira como si pudiera escuchar sus pensamientos, y caminando, le hace un pequeño guiño para que se adelante; a su lado, los tupidos árboles comienzan a desaparecer y en su lugar, enormes paredes de piedra se levantan sobre un macizo soporte que se extiende hacia el infinito. Deteniéndose, dejan atrás los últimos árboles y observando el nuevo camino el hombrecillo se acurruca para estar a su altura. — Estáis frente a la nueva ruta, el camino es peligroso y debéis estar a mi lado para no ser atrapados por las tinieblas. Mirándose, los niños afirman con la cabeza observando una espesa nube que se riega sobre el cielo, arriba, el firmamento se vuelve gris y la lluvia comienza a aparecer. Soltándolos, Bárako da un paso percatándose de la gran cantidad de agua que comienza a caer, la lluvia se acerca formando un torrencial aguacero, los ruidos se incrementan y en el momento en que las gotas se unen formando una pared de agua, él abre los brazos ahuyentando el agua del lugar. 136


Observándolo, la niña se le acerca y pegándose a su cuerpo le roza la mano mientras le habla. — ¿De ahora en adelante serás nuestro Guardián? —Sí —le responde Bárako y al volver sus ojos hacía el frente habla consigo mismo—. Siempre pequeña, siempre he sido vuestro Guardián. Junto a ellos Karin sonríe, pero al mirar, se da cuenta que el camino es una entrada. Enfrente, las enormes paredes de piedra se alargan por varios metros, y a lo lejos, comienzan a ramificarse creando una intrincada red de largos senderos que se deben transitar. —El Laberinto— pronuncia el chico en voz alta, mientras el Guardián los mira para volver a hablar. — De esto os hablé, la ruta comienza mis pequeños, el camino es demasiado largo y ahora, vosotros lo tenéis que atravesar. Adelantándose Karin eleva la mirada y en el cielo, un nebuloso espectro viaja moviéndose de un lado para otro como si vigilara aquel lugar; asustado, gira para advertir a Bárako, y cuando lo mira, su amigo observa el cielo llevando una de sus manos hacia atrás. De cada uno de sus dedos, se desprende un delgado hilo de plata que es manejado con esmero simulando los movimientos del arco de una marioneta, en solo unos instantes, agita sus falanges haciendo ondular las delgadas hebras que se alargan volviéndose invisibles para sus ojos. Advirtiendo la mirada del jovencito, el extraño ser abre la mano y cerrando los dedos, hala los brillantes hilos para volver a la normalidad. Sin perder tiempo, el Guardián lo observa y extendiéndole la mano le pide en silencio que lo acompañe porque el camino debe comenzar.

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Tomados de las manos corren, pero Anya, observa al oscuro espectro que chilla para caer en picada. Cambiando el rumbo una y otra vez, los niños no oponen ninguna resistencia al internarse por entre los innumerables pasillos del laberinto; sin esperarlo, Bárako se detiene en un cruce de caminos y olfateando se asusta tratando de escapar. Evitando hacer cualquier sonido, la niña espera y al mirar a la izquierda el reflejo de sí misma la toma por sorpresa; asombrándose, se mira por un instante y hablando en sus pensamientos trata de encontrar una respuesta —Ahora hay espejos a nuestro alrededor— susurrando, mueve la cabeza queriendo que la imagen haga el mismo movimiento, pero la niña frente a ella camina de un lado para otro mostrándose perdida, asustándose, trata de llamar al Guardián, pero al lado de aquella niña aparece el cuerpo de Karin y cuándo sus ojos se conectan, Bárako la toma de la cintura llevándola fuera de ese lugar. Señalando la presencia de las dos sombras, ella jala al hombrecillo quien le sonríe, y mientras se alejan, el reflejo de los chiquillos corre dentro de los pasillos angustiándose por no saber en dónde están. Ajeno a esta misteriosa visión, Karin se sujeta de Bárako quien ha comenzado a dar grandes saltos por el aire como sí pudiera volar. Elevándose, el Guardián los protege, la extensa muralla crece con sus movimientos, los muros que los rodean los siguen y al subir la ruta se estrecha un poco más. Queriendo mirar por encima de las paredes Karin lo entiende, al entrar nada de lo que hagan les permitirá escapar, en los laberintos solo existe una salida, cada tramo, cada segmento los llevará a confundirse convirtiéndolos en una presa que se pueda asesinar. 138


Posando sus pies sobre el suelo para contener su afán, el hombrecillo los baja y con una sola mirada los estimula a correr de nuevo. Llegando a un oscuro cruce, los niños se angustian al ver una burbujeante niebla que se condensa para formar un enorme muro qué cae en el vacío; frente a sus cuerpos, la ruta se termina y una agrietada superficie los hace retroceder pues ya no pueden continuar. —Es un camino sin salida— estamos atrapados dice Anya, pero Bárako, se adelanta y tocando la niebla les susurra. — De ahora en adelante, vosotros debéis abrir los ojos, no todo lo que creíais puede ser, no todo lo que podríais ver, cierto debería ser, no todo lo que sintáis, realidad os ha de parecer, pero no todo lo que soñéis, mentiras e ilusiones pueden ser, seguid vuestra intuición, seguidme por este aparente lugar sin salida y confiad en mí porque el camino, acaba de empezar. Mirándolos de reojo, el viejo hombre voltea la cara y sonriendo se funde con el espeso vapor del precipicio; asombrado, Karin se acerca a la niña y sin pensar en lo que hace la toma de la mano saltando hacia el vacío para continuar.

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Atravesando un oscuro espacio, Anya y Karin se sujetan hasta cruzar al otro lado. Frente a sus ojos, un nuevo laberinto se interpone en su desplazamiento, pero esta vez, enormes entradas de una ennegrecida roca definen la ruta por la que deben avanzar. Acurrucado, el Guardián mira el suelo y escondiendo sus manos los observa hablándoles de nuevo. — Sois inteligentes, y eso, os traerá una gran recompensa, sois decididos y fuertes, inmensos y cuando lo logréis, nada ni nadie os podrá detener. Soplando a los niños, el misterioso hombre crea una fuerte ventisca qué los rodea, sus cabellos se mueven, la ropa se estremece y en un instante se sienten tan livianos como si pudieran levitar. — Os he traído a la entrada del verdadero laberinto, lo que habéis cruzado a mi lado es el engaño de los demonios que ha sido creado para aquellos a quienes quieren asesinar. Frente a vosotros está el comienzo y el final, la ruta establecida para salir o quedaros muriendo en vida sin saber cómo escapar. Haciendo una pausa, Bárako respira y sin detenerse por mucho tiempo abre la boca para volver a hablar. — Vosotros habéis llegado a lo más profundo del Abismo, no tenéis opción y por más que queráis ya no hay marcha atrás, de ahora en adelante debéis confiar en mis habilidades y en vuestras destrezas, debéis probaros a vosotros mismos enfrentando lo que algunos jamás serían capaces de enfrentar. Caminad, caminad por el valle de sombras con valor, caminad por entre los muertos en vida porque así se os encomendó. 140


Suspirando los observa de nuevo y al ver sus pequeños cuerpos siente pena por lo que les sucederá. En su mente, el recuerdo de los demonios lo lleva a imaginar sus muertes, pero cuando Anya se limpia uno de sus brillantes ojos la luz regresa y sus palabras vuelven a surgir. — Ahora mis niños, vosotros podréis ver lo que muy pocos han podido ver, sentiréis la miseria y la inmundicia regada por las tinieblas en una realidad paralela a vuestra. La única forma que tenéis para salir de esta prisión, es si conocéis el hogar de las bestias, su morada secreta, el lugar en donde se regocijan con el sufrimiento de los humanos; mirad con atención, observad las entradas porque estáis frente a las Siete Fortalezas de los demonios más perversos de vuestra tierra. Sosteniendo al niño, Anya gira y frente a ella, un largo pasillo es flanqueado por la niebla que atravesaron y las enormes entradas de piedra. Queriendo correr se angustia, pero un fuerte apretón en su mano la lleva a sentirse grande al estar junto a Karin. Sin retrasarse, el hombrecillo continúa con la conversación, en este momento, sus palabras los alejan del peligro y su serenidad los ayuda a continuar. — Estad atentos y observad los alrededores, caminad si debéis caminar, corred si es necesario, gritad si vuestro corazón os lo ordena y confiad, confiad porque debéis llegar a lo más profundo del Abismo encontrando el conocimiento para poderlos enfrentar. Percibiendo la angustia en los movimientos de los niños, Bárako gira de nuevo su rostro y con una sonrisa trata de calmarlos. — No os alarméis con mis palabras, si estáis aquí es porque sois más fuertes de lo que vosotros mismos imagináis, si a vuestras 141


vidas llega la oscuridad, es porque vosotros soy la luz que puede destruirla para que jamás pueda regresar, el poder y los dones solo son inmensos cuando los usáis con sabiduría, el camino más fácil es el de la maldad, pero en vosotros la ruta ya estaba escrita, y hoy, ha llegado la hora para comenzar a caminar. Dejándose llevar por un inesperado impulso, la pequeña suelta a Karin para acercarse a Bárako, sus pasos son ligeros y cuando está a su lado levanta la mano acariciando su cuarteado rostro. — Gracias por estar a nuestro lado, gracias por aventurarte con nosotros ayudándonos a escapar. Cerrando los ojos, el hombrecillo sonríe al sentir este hermoso acto de valentía, en su delgado cuerpo, un estremecedor escalofrió lo lleva a contener la respiración y al sentir el roce de su suave piel se llena de fuerza para continuar. —He cumplido, os he encontrado y ya no me importa arriesgar lo poco que tengo para poderos ayudar. Hablando en sus pensamientos, el Guardián la mira y deslizando la mano de Anya sobre sus labios le da un conmovedor beso haciéndola sonreír. Caminando, Karin se acerca siendo abrazado por Bárako, quien lo aprieta con cariño diciéndole sin palabras qué todo estará bien; en silencio, miran las entradas y cuando Bárako los toma de la cintura eleva sus ojos hablándoles de nuevo. — Cuando crucéis cualquiera de estas entradas seréis vulnerables, estaréis indefensos y podréis perderos, pero vuestra compañía os otorgará la sabiduría necesaria para enfrentar los desafíos, recordad que sois inquebrantables y poderosos, recordad que estáis juntos, y eso, es lo que os salvará. Para entrar debéis 142


tomar una decisión, en cada acceso está la clave que os permitirá saber con quién os enfrentáis, ahora caminad, mirad el suelo y entenderéis lo que os digo. Dirigiéndose a las entradas, los niños observan la superficie y bajo una delgada capa de polvo, las mismas inscripciones que el fuego de Sirkano creo han sido labradas sobre un medallón de piedra incrustado en la tierra. Corriendo al reconocer uno de los dibujos, la niña busca los accesos y frente a cada uno de ellos logra ver a los demás. — Los símbolos de fuego son la llave del lugar que vamos a visitar. Mirando a Karin después de pronunciar estas palabras, Anya se tapa la boca, las frases sobran y así no lo quiera ha llegado el momento para continuar. —Debéis cruzar el umbral —les dice Bárako—, atravesad las puertas porque ninguna de estas bestias imaginó que vosotros lograríais llegar tan lejos. Sin hablar, el niño camina observando los labrados, la calavera, los cuernos, el ángel, las serpientes, el ojo, las garras y el árbol lo llevan a pensar en la decisión que con valentía se debe tomar. Mirando a Bárako, intenta preguntar, pero él lo interrumpe como si pudiera leer su mente. — La ruta es de vosotros, tomad las riendas de vuestro destino y elegid. Antes de tomar una decisión, Anya se acerca al Guardián y susurrando le pregunta. — ¿Por qué debemos entrar al hogar de los demonios? ¿No existe otro camino para escapar? Si eres el Guardián, no deberías conocer algún atajo. 143


Observándola con una triste expresión en los ojos, el hombrecillo se cubre con el enorme ribete de su sombrero para contestar. — Éste es el único camino Mariposa, he buscado durante muchos años otra forma para escapar, pero las reglas del laberinto son claras, caminareis hasta encontraros con lo que tenéis que conocer, luchareis y os enfrentareis a las emociones más fuertes de vuestra vida para ver los corazones de quienes dominan esta y otras tierras; llorareis, recordareis, creceréis y cuando el camino lo decida, seréis dignos para entrar a un lugar en donde debéis entregaros como si fuerais un sacrifico. Sin cuestionar, la pequeña se abraza a sí misma y calentando sus brazos observa al hombrecillo quien se levanta para caminar junto a Karin. Despeinándolo, Bárako lo despierta de sus pensamientos, en ocasiones, la razón está de más, y ahora, solo deben lanzarse a lo desconocido creyendo en ellos mismos para continuar. — Si lo que os afana es tomar una decisión, entonces seguid vuestra intuición, dejad que ella haga el trabajo y caminad sin pensar en lo que encontrareis. Queriendo hablar, el niño lo mira, pero el Guardián lo detiene acallándolo con su voz. — Shiiiii, manteneos en silencio, por ahora no me preguntéis nada, tomad la primera decisión, escoged una entrada para conocer el alma de vuestro primer demonio. Dirigiéndose a su bonita, el niño quiere preguntarle, pero ella mira en dirección a los labrados angustiándose por el largo camino que les espera. Cerrando los ojos, Karin piensa en los sellos y en un instante la decisión es clara. 144


— Está hecho, nuestro camino debe comenzar. Tomando a la niña de la mano, él le acaricia el rostro y quitando los largos cabellos de su rostro le dice. — De ahora en adelante nuestro camino será más difícil, los demonios estarán más cerca y podremos perdernos si no seguimos a nuestro Guardián, ten fe, confía y cree en la posibilidad que tenemos para escapar. Al cruzar aquel umbral debes cuidarte a ti misma, no te preocupes por mí, camina con coraje y pelea con todas tus fuerzas porque si no lo haces te podrían asesinar; sujétate muy fuerte y si nos separamos imagina qué estoy a tu lado, confía en mis palabras pues pase lo que pase yo regresaré. Lanzándose sobre el cuerpo del niño, Anya lo abraza y en su agitación le susurra. —No olvides que te quiero— acariciando su espalda, el niño gira para observar Bárako y sin dudarlo le agradece. — Gracias por encontrarnos viejo amigo, gracias por no olvidarme y por hacerme fuerte sin esperarte, gracias por protegernos y acompañarnos en éste viaje. Bajando la mirada, el Guardián pasa saliva y al instante le responde. — Agradecedme

cuando

logréis

salir

de

éste

Laberinto,

agradecedme cuando seáis libres y podáis correr en libertad. Sin detenerse, el niño mira los medallones y al detenerse frente a una de las entradas vuelve la cara para señalar. — Éste es el camino, éste es el demonio que debemos conocer. En el suelo, la imagen de un solitario árbol llama la atención de Anya y al mirarlo le pregunta. —¿Estás seguro qué es éste? 145


— Estoy completamente seguro del paso que vamos a dar, no tengas miedo, camina junto a mí porque los dos ya hemos recorrido Êste camino.

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Primera Fortaleza

Extendiendo la mano, el Guardián se pone frente a la entrada concentrándose en los acelerados movimientos de una espesa niebla que burbujea en el interior; con los ojos abiertos, el hombrecillo susurra y en un extraño idioma dispersa la niebla observando un largo camino qué los recibe para que puedan continuar. — Ilera, areste ilera. Sin saber hacia dónde se dirigen, los niños miran los otros accesos, después de varios metros, la bruma regresa obstruyendo el paso, Bárako toma la delantera y al percibir un ligero brillo al final del recorrido caminan hasta llegar frente a una destruida puerta de madera. Sobre la parte superior del viejo acceso, dorados destellos comienzan a resplandecer, delgadas líneas se mueven sobre el aire y al avanzar, la puerta cruje formando las letras de un antiguo e inusual lema. “En mí encontraras consuelo. En mí serás silencio, perdiendo la razón si con mi presencia no encuentras remedio haciéndote daño en algo más que un simple sueño”

Repitiendo las palabras en voz alta, el niño piensa en la enredada frase descubriendo que detrás de aquellas líneas se esconde una advertencia.

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— El hogar de éste demonio estará plagado de trampas y horribles engaños, y si no tenemos cuidado podríamos perdernos para siempre. Al dejar de hablar, Karin evade la bruma concentrándose en los sigilosos movimientos de su amigo; agazapándose, el Guardián espera el momento indicado para cruzar el acceso, los ruidos alertarán a las bestias y si no tienen cuidado el camino terminará antes de empezar. Con decisión, el hombrecillo gira la perilla del acceso que tiene forma de árbol, y tan pronto como lo hace, un agudo chillido se reproduce alertando a los moradores del lugar. Conforme la puerta se abre, el espeso nubarrón a su alrededor gira, la niebla los deja y al agruparse se desliza dentro de la abertura mostrándoles el camino. — Ha llegado la hora de continuar, pronto escaparemos y seremos libres. Repitiendo estas palabras en sus pensamientos, la niña se adelanta y cerrando el puño en un acto de valentía se dispone a pelear si alguien los quiere lastimar. Sonriendo Karin la sigue y al voltear, percibe el acercamiento de una agresiva sombra que cae desde el cielo; asustado, busca la protección de su amigo, pero él, lo empuja hacia el interior del acceso tratando de distraerlo. Al cruzar, el Guardián se siente observado, la sombra se aproxima destruyendo todo lo que toca, el viento golpea su sombrero y mientras gira habla consigo mismo escondiendo una parte de su rostro. — La bestia os ha podido sentir, el espectro alado es astuto, pero aunque mi plan no tenga éxito lograré sacaros de esta prisión. Caminad mis niños y no os detengáis, caminad y cumplid vuestra misión. 148


Confiando en sus destrezas, Bárako obstruye la entrada amarrando un delgado hilo de plata entre la cerradura y el marco de la puerta. —El tiempo se acaba —murmura al observar a los niños—, los demonios están cerca y pase lo que pase tengo que daros una oportunidad. Caminando entre la niebla, Anya y Karin buscan la salida, sus manos se llenan de sudor y cuando se detienen una poderosa ráfaga de aire los golpea. Intimidada por la horrible sensación que siente, la niña quiere devolverse, pero al llenarse de valor para dar el primer paso la neblina se disipa mostrándoles la profundidad de un largo sendero; en sus ojos, una brumosa ruta inundada por un amarillento polvo se extiende sobre el infinito, la energía cambia y al mirar atrás, encuentran la misma senda que se extiende pues la puerta que atravesaron ya no está. —¿Qué sucedió?— pregunta el niño, quien busca a Bárako para seguir hablando. — Es cierto lo que nos has dicho, las entradas de éste nuevo laberinto son un portal, éste es el hogar de Sáti… Al lado del sendero y recostado sobre la nada, Bárako le hace una señal, un dedo sobre su boca seguido de un fuerte sonido lo lleva a dejar de hablar. — Shiiiii, os advertiré esto una sola vez, si conocéis sus nombres, no los debéis invocar, vosotros os encontráis en su morada y si su nombre es pronunciado, ellos con gusto acudirán, guardad silencio hasta que os lo ordene, evitad los gritos y molestos golpes pues vuestra intromisión puede llamar la atención del verdugo, no caminéis en sentido contrario, no desobedezcáis a mis suplicas y jamás, jamás os alejéis de lo que os pida. 149


Escuchando el llamado de atención, el niño baja la cabeza y sin protestar se queda en silencio. Jalando la ropa del Guardián, Anya le hace un gesto para continuar, pero antes de seguir con el recorrido, él les dice. — Al caminar debéis calmaros, seguid vuestros instintos y no os detengáis, en esta fortaleza vuestra mente será llevada al límite, manteneos firmes y no os dejéis manipular, la Soledad es mala consejera si con angustia os refugiáis en ella, reflexionad sobre vuestros comienzos porque vosotros ya conocéis éste sendero, y aunque se os presente de otra manera seguirá siendo el mismo. Tened en cuenta que si en vuestras pesadillas caéis, vosotros mismos os podéis defender, caminad con paso firme, mantened todos vuestros sentidos alerta pues no podéis interferir en los asuntos de esta morada; a los atormentados debéis ignorar, a los que no podéis tocar, dejadlos para continuar, a los que os buscan con cautela podréis ayudar, ofreciendo vuestro sufrimiento en manos del conocimiento que os puede abrigar. Largo el camino os ha de parecer, difícil montaña debéis escalar, seguro en un sueño vosotros estáis, alcanzando la luz cuando decidáis que si creéis en vosotros, nada ni nadie os podría dañar. Desplazándose por el camino, Bárako los empuja y al rozar sus cuerpos logra escuchar un extraño sonido. De las tinieblas, surge un oscuro poder que se cierne sobre su espalda, el peligro los sigue de cerca y la obstrucción que puso en la vieja puerta no retrasará por mucho tiempo la llegada de la muerte. Con la sabiduría que la vida le ha dado, el hombrecillo ha entendido su triste destino, todas sus sospechas han 150


resultado ser ciertas, las bestias son difíciles de engañar, sus secuaces siempre están alerta, y él, no está dispuesto a abandonar a los niños. — Mi camino y lo que he prometido se debe cumplir, los demonios tienen un propósito y lo único que se interpone en su camino es mi presencia. Sin angustiarse, se rezaga para jugar con los hilos de plata, los movimientos vuelven, sus falanges se retuercen, pero esta vez, una gota de su propia sangre se desliza por una de las hebras perdiéndose en el infinito. Mirándolo sin que se dé cuenta, Karin percibe los extraños movimientos y en su mano, un brusco jalón lo lleva a mirar hacia adelante. Mordiéndose los labios para evitar hablar, el niño olvida lo que vio, frente a sus cuerpos, la ruta se ensancha conforme caminan, a sus costados, paredes de un espeso y turbio nubarrón se mueven como si fueran una cascada que poco a poco, derrumba los bordes del agrietado camino. — Sostente muy fuerte de mi mano y jamás me sueltes. Hablándole en sus pensamientos, la niña camina buscando escapar, el lugar posee una pesada energía que la lleva a sentirse sola, la angustia aparece, sus manos tiemblan y sin escuchar ningún sonido mira a su derecha viendo una extraña sombra que se mueve dentro de la bruma. Volteando la cara para no mirar, Anya recuerda lo que le sucedió al llegar a esta prisión, su ciudad, el fuego, el huracán y los espectros que se despedazaban regresan haciéndola sentir pérdida. —Esto parece una pesadilla— hablando consigo misma, entrecierra los parpados y en un instante, sus pies se mueven tan rápido como si estuviera en una veloz carrera. Tratando de alejarse de sus emociones, la niña arrastra a Karin quien corre sin poder seguirle el paso, sus pies hacen ruido, la 151


respiración se acelera y cuando encuentra un poco de paz una delgada silueta aparece de la nada caminando por el centro del camino. Angustiado por la extraña sombra, el pequeño intenta detenerse tirándola del brazo, pero ella, mira la superficie que pisa para no pensar. — Cálmate y deja de correr. Cálmate, le dice Karin, en el instante en que se detiene. Sin hablar, Anya aprieta su mano observando al extraño ser que se acerca, su corazón se acelera y al querer retroceder la voz de Bárako la detiene impidiendo que se mueva. — No os mováis, caminad y jamás retrocedáis. Con un nudo en la garganta, la niña siente que el aire se le escapa, su voz se quiebra y emitiendo un pequeño sonido hace que el misterioso ser se precipite a donde está. De lo profundo del camino, emerge la contrahecha silueta de una vieja mujer completamente desnuda, babeando y arrastrando los pies mira a cada lado mostrándose perdida. Dentro de sus ojos, una espesa bruma burbujea, sus brazos se desgonzan, la cabeza cae de un lado para otro como si estuviera poseída y al bramar, puede sentir una inmensa soledad. Desobedeciendo, Karin rompe el silencio y en un inesperado arrebato abraza a su bonita advirtiéndole del peligro. — Este lugar aunque nos parezca desconocido ya lo hemos visitado, más que realidad parece ser un sueño, éste es el mundo del espectro y eso que ves, es uno de los prisioneros del demonio que nos separó cuando nos conocimos.

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Sin contestarle, la niña siente un escalofrió que recorre sus brazos, la piel del cuello se le eriza y al mirar de reojo, numerosos seres se acercan detrás de su espalda dando tumbos cómo si se fueran a caer. — ¿Quiénes son? Murmurando, Anya oprime a Karin y al buscar a Bárako, es asaltada por uno de los seres que se acerca a su cuello emitiendo un horroroso sonido. Sin pensarlo, ella suelta al niño corriendo hasta el borde del camino y antes de dar un paso el Guardián le grita. — Deteneos, controlad vuestras emociones y continuad sin desviaros del camino. Frente a la espesa niebla, Anya cierra los ojos esperando un milagro, en sus pensamientos esto es un horrible sueño, nada es real y cuando gire todas las criaturas desaparecerán. — Nada de esto existe, son engaños, ilusiones creadas por el demonio que habita en este lugar. Hablando en sus pensamientos, la niña se tranquiliza, pero al dar media vuelta, queda sumergida en el atiborrado movimiento de hombres, mujeres y niños que desnudos, caminan sin saber por dónde van. Queriendo correr al lado de su bonita, Karin salta por entre los extraños seres, sus rostros se pierden, la turba los aleja y sin pensar, él le grita queriendo salvarla. — Ten cuidado por favor, mírame y busca la forma de volver a mi lado. De inmediato, el grupo se altera, los sonidos aparecen y los prisioneros comienzan a bramar. —¿Dónde están todos? —Qué solo estoy. 153


—¿Alguien me escucha? —No, no quiero que me dejen. —No me gusta estar sola. —Mi familia se ha ido. ¿Por qué? ¿Por qué me abandonaron? —Siento un vacío muy fuerte. —El pueblo está muerto. No, no puede ser. —Alguien? ¿Alguien me escucha? —Papi, ¿Papito en dónde estás? Amontonándose, lloran produciendo una ensordecedora bulla que los lleva a taparse los oídos; las criaturas se arrastran pidiendo ayuda, sus palabras no son escuchadas y al empujarse, algunos son absorbidos por la brumosa pared que los desintegra al instante. Pensando en las voces que escucha, Anya entiende lo que le sucedió, el demonio quiso engañarla con sus mentiras, Rémora no fue destruida y su hogar no ha sido consumido por las llamas. Queriendo correr para encontrarse con Karin, busca la forma de llegar a su lado, pero no puede, la turba crece y al amontonarse se golpean como almas en pena que buscan a quienes los han abandonado. —Sin perdón no hay esperanza, sin amor no existe nada —susurra Bárako, mientras su voz viaja sobre la multitud que se lanza al lugar en donde está. — Mirad a los esclavos, mirad su sufrimiento y apreciad la oscuridad, como un podrido cuenco, el interior está marchito, su corazón oscurecido y su mente, su frágil mente se ha perdido en un confuso sueño que algunos llaman soledad. Escuchándolo, Anya y Karin tratan de encontrarlo, la voz del Guardián se mueve de un lado para otro, el susurro cambia y sin poder verlo se confunden cada vez más. 154


— En este espacio no veréis la realidad de sus cuerpos, estás son sus almas, sus espíritus que han sido dominados por el demonio que vosotros conocéis. Queriendo gritar, la niña se tapa los labios y al ver la horrible mirada de uno de los cautivos se queda quieta en el lugar en donde está. Buscando a su hermano, se distrae con el cuerpo de una pequeña niña que grita buscando a su familia; ella, cae de rodillas al ser empujada por los demás, sus manos son pisoteadas y cuando se llena de valor para correr a su lado, recuerda la ilusión que el demonio creo en su mente. Sin hacer ruido, Karin observa a las desnudas criaturas pensando en la anciana que lo golpeó, pero al bajar la cara, descifra una parte del camino y hablando consigo mismo deja de moverse escuchando el sonido de su voz. — La soledad es silencio, la soledad confunde y te aleja de todo lo demás. Reflexionando en lo que acaba de descubrir, el astuto jovencito busca a su amigo y al ver la copa de su sombrero le habla a través de sus pensamientos —¿Bárako me escuchas? Bárako— al hablar, Karin aquieta su mente y tan pronto como lo hace encuentra una respuesta. — Sí Karin, ahora os escucho. Sonriendo, el niño se empina en puntas de pies y al buscarlo de nuevo escucha un suave murmullo dentro de su cabeza. — Habéis descubierto una parte del secreto de las sombras, pero aunque estéis aprendiendo no bajéis la guardia, mantened la calma y seguidme cuando me veáis partir. Prestando atención, el pequeño se concentra en la conversación y en sus pensamientos le susurra. 155


— Haré lo que me pidas, pero no podemos permitir que éste demonio haga lo que le venga en gana, tenemos que destruirla y acabar con todos los que nos quieran hacer daño. A lo lejos, el Guardián lo escucha, pero aún no es tiempo, la hora para enfrentarse a los espectros todavía no ha de llegar. — Tranquilizaos mi guerrero, todo tiene su momento y su lugar, aprended que todo ha de llegar cuando tenga que llegar, por ahora conocedla y observad sus movimientos, entrad en ella y entended porque actúa de esa manera, solo podréis controlar lo conocido, solo podréis destruir lo que vos ya habéis sentido, el momento llegará, pero no paguéis con muerte cuando con muerte os han pagado, no ofrezcáis desprecio a quienes os han despreciado durante tanto tiempo, entended mis palabras y mirad a lo lejos porque cuando lo descifréis, vuestra Mariposa os enseñará a caminar por donde vosotros debéis caminar. En medio del alboroto, Anya y Karin por fin pueden verse y al querer abrazarse se mezclan con la multitud. Evitando tocar a las criaturas, la niña los esquiva y al estar muy cerca de su hermano se distrae perdiéndose en el camino. Sobre su brazo derecho, un suave roce la lleva a levantar el rostro, sus ojos se llenan de niebla y lo inevitable se hace presente a través del suave contacto de su piel con la mano de aquella anciana a quien vio cuando corría junto a Karin. Sin hablar, Anya se sumerge en los recuerdos de la prisionera, sus almas se funden y al generar una fuerte conexión el entorno desaparece llevándolas a otro lugar.

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Escapando en sus pensamientos, la niña abre los brazos para recibir a la anciana mujer, desnudas, corren una frente a la otra fundiéndose en un fuerte abrazo que produce un inmenso resplandor. En medio de un enorme espacio vacío, Anya viaja a otra realidad, en ella, una pequeña jovencita llora, sus lamentos llenan el sombrío lugar y su voz se vuelve clara cuando levanta una de sus manos para saber en dónde está. —No me dejes —dice aquella niña—, quédate conmigo por favor, abrázame de nuevo y piensa en mí cómo yo lo hago cada noche esperando a que regreses, quédate a mi lado Papá, quédate y no me abandones. Queriendo alejarse, Anya se acerca sintiendo un inesperado jalón en su mano derecha, a su costado, la anciana la observa y cuando sus miradas se vuelven a cruzar una hermosa sensación las colma permitiéndoles caminar. Sobre una vieja cama, la jovencita se abraza para no sentirse en soledad, los años pasan en un parpadeo, su cuerpo crece, la vida se le va y al convertirse en una bella mujer, ella se castiga a sí misma al haber sido abandonada; en sus pensamientos, los insultos aparecen, frases de sufrimiento y un constante vacío la llevan a recluirse cada vez más. — No soy nada, por eso nadie me ve y todos pasan a mi lado como si no existiera. Tratando de consolarla, Anya se mueve, la anciana la sigue de cerca y cuando intenta tocarla, una horrible sombra se suspende sobre su cabeza. Como si fuera un deforme parásito, el borroso espectro se ancla enterrando grotescas extensiones de su cuerpo en la frente de la joven, la oscuridad se apodera de sus pensamientos y conforme se alimenta, el espíritu se hincha succionando su existencia. Asqueada con la impresionante imagen, Anya retrocede, pero al observar el rostro de la 157


solitaria chica se da cuenta que ha viajado para conocer la vida de la anciana. — Ella es tu pasado. Al hablarle, sus energías giran sobre el aire como dos cristalinas gotas de lluvia, la esencia de sus cuerpos se vuelve etérea y cuando se unen el espacio cambia girando alrededor. Lejos de todo, Anya y la mujer se miran fijamente, las visiones regresan y cuando se abrazan, un hermoso recuerdo inunda su emoción, en su mente, la imagen de una pequeña esfera de energía las hace sonreír, y cuando Anya se acerca para tocar el vientre de la mujer percibe los hermosos movimientos de la vida en su interior. —Es amor— le dice, mientras sus cuerpos se estremecen al ser abrazados por una traslucida energía que palpita como si fuera un corazón. Tomadas de las manos, levitan sobre la nada y al descender, sus cuerpos se sumergen dentro de un profundo estanque de agua que brilla produciendo una hermosa luz azul…

En medio de los condenados, Bárako observa a la niña y lanzándose para protegerla la toma entre los brazos hablando consigo mismo. — Os lo advertí, pero ni yo mismo podría anteponerme a vuestro destino, veréis lo que podríais ver, escuchareis lo que vuestros oídos os quieran manifestar, viajareis y sentiréis lo que vuestra vida os deba revelar. Percibiendo el desvanecimiento de Anya, Karin corre, pero al hacer contacto es lanzado de espaldas contra la espesa niebla. Sin gritar intenta sujetarse, viendo un delgado hilo de plata que se extiende desde las manos del Guardián para enrollarse alrededor de su muñeca derecha. En medio de la confusión, la pequeña cae viendo el rostro de 158


la anciana y alejĂĄndose de la realidad, observa sus desorientados ojos que se libran de la espesa niebla; sobre su cabeza, una sombra se aleja y de su cara, una transparente venda cae volviĂŠndose cenizas. Casi desmayada, Anya se aleja con sus amigos y cayendo en el vacĂ­o, se funde dentro de la bruma del lugar.

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“En una pequeña cama, lejos de esta peligrosa realidad, la anciana abre los ojos para despertar. Sobre su rostro se pueden ver las marcas del tiempo y sin advertir ningún cambio, ella se despide de alguien a quien llama mi preciosa estrella. Sentándose, siente un estremecedor escalofrió al recordar un conmovedor sueño; en sus pensamientos, una linda niña de ojos azules con alas de mariposa la tomó de la mano y sacándola de la oscuridad, la sumergió dentro de un estanque de agua cristalina en el que su corazón brilló como un diamante y sus alas la abrazaron como si fuera una bebe. Desnuda, sintió una hermosa energía que recorrió todo su cuerpo, un hilo de luz la conectaba con las estrellas y al dejar caer algunas lágrimas fue cubierta por un brillante capullo de energía que la rejuveneció. Frente a ella, la niña se convirtió en una estrella fugaz y al tomarla de la mano pocas palabras susurró. — Es amor. Amor, repite la mujer y mientras toca su corazón siente una hermosa energía que la cubre palpitando alrededor…”

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Desplomándose dentro de un enorme espacio vacío, los niños pierden la conciencia al caer dentro de la bruma. Desorientados se mueven de un lado para otro y al querer gritar, son lanzados en direcciones opuestas mientras se acercan a una extraña superficie. El cielo se desvanece, la niebla los deja y cuando tocan el suelo son atrapados por una marejada de arena que se confunde con los movimientos del mar; uno a uno, van cayendo sobre las dunas de un impresionante desierto que aparece de la nada cómo si hubieran atravesado un mágico portal. Rodando dentro de la arena, Karin gira sin poder controlar los movimientos de sus extremidades; desesperado, intenta gritar, pero el impulso que lleva lo arrastra muy lejos de donde cayó. Luchando intenta levantarse, sus brazos se extienden y al ponerse de pie logra sujetarse de una enorme roca que le permite detenerse. Al levantarse, puede ver los rápidos giros de un pequeño bulto que es llevado por la arena, un poderoso torbellino golpea las dunas y cuando puede enfocar la vista puede ver a la niña que levanta la mano llamando su atención. Frente a su cuerpo, una delgada ráfaga de luz lo encandila y cuando retira la mirada un extraño muro de cristal se erige alejándolo de su hermana. Angustiado corre para estar a su lado, y al dar el primer paso se estrella con el inesperado obstáculo. En el suelo, toma impulso y al querer levantarse percibe los movimientos de una veloz sombra que lo mira del otro lado. A unos cuantos pasos, el Guardián se hace presente y levantando a la niña entre sus brazos le advierte del peligro. — Conservad la calma y sosegad vuestro espíritu, no luchéis y tampoco os enfrentéis a lo que por ahora no podréis sobrepasar, la bestia puede estar muy cerca y si no os alejáis, de sus garras jamás escapareis. 161


Con ligeros gestos como se comunicaron hace muchos años Karin y Bárako intentan encontrar una solución, pero después de unos minutos, el hombrecillo le pide que siga su camino señalando una vieja construcción a la que deben llegar. — Qué vuestra energía os acompañe, volved pronto amigo mío, volved con buenas nuevas para seguir por éste oscuro camino. Sin poder escucharlo el niño lo entiende, la primera prueba era para Anya, y la segunda es para él. Juntando las manos, Karin se despide, el cariño es evidente, pero al terminar, una ráfaga de aire se interpone y al volver a mirar su amigo ya no está. —Cuídala —le susurra Karin en sus pensamientos—, protégela mientras regreso y no te alejes por favor. Cruzando los brazos, siente la poderosa brisa del inmenso espacio que se mueve como las olas del mar, la ruta es incierta y sin conocer el recorrido continúa con la frente en alto esperando alejarse de toda esta maldad. Distraído, cae por el inesperado movimiento de las empinadas dunas que lo llevan a rodar revolcando su cuerpo; ahogándose por estar sumergido de pies a cabeza, toma fuerzas para impulsarse y al salir de la prisión de arena grita tratando de detener su sufrimiento. — No soporto estar aquí, quiero huir, necesito alejarme de esta prisión. Alterado disipa el movimiento de las colinas, la energía de sus movimientos controlan el desierto, su poder se hace evidente y aunque no lo entiende todo lo que sueñe puede hacerse realidad. —Importante el camino lo tienes que ver —murmura apretando los dientes—, claro el destino se debe tener, las tinieblas te atrapan y jamás volverás. Sin entender lo que está diciendo, el niño camina hablando en voz alta fortaleciendo sus contradictorias emociones, las frases continúan, pero 162


a cada paso, su boca se vuelve rígida y cuando quiere volver a hablar sus oraciones se desvanecen haciéndolo temblar. En la palma de sus manos, las uñas son enterradas, la sangre aparece y al no poder alejar el dolor que siente comienza a abofetearse hasta rasgar sus delgados labios. En un inesperado arrebato Karin se lastima, ahora, muslos, pecho y abdomen son sacudidos por los violentos movimientos de sus brazos, la piel se enrojece, las venas de su cuerpo se dilatan y mientras se da violentas bofetadas comienza a gritar. — Maldito, sucio y cochino embaucador. Malnacido, no soy más que un pedazo de basura que se debe desechar. ¿Por qué estoy en esta prisión? ¿Por qué? ¿Por qué tuve que ser yo? Revolcándose rueda sobre la arena quedando sorprendido por su estado, la sangre se riega por todos lados, las heridas le duelen y la inmensidad del lugar lo absorbe haciendo que se sienta diminuto. — Los demonios son demasiado poderosos y jamás podré vencerlos. Malditos, ustedes son una asquerosa maldición que no se puede detener. Intentando levantarse mira el horizonte y con un silencioso grito se desahoga tratando de salir de aquel lugar. — Ayúdame bonita, ayúdame por favor.

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Despertando, la pequeña salta con ganas de gritar, a lo lejos, un alarmante aullido la lleva a levantarse pues siente pena por el individuo que se lamenta pidiendo ayuda. Sobre una fría superficie se desgonza al sentir un dolor en el pecho, su cuerpo pesa, el encuentro con la anciana ha sido demasiado fuerte y al mirar, la sombra de una destruida fachada ensombrece la luz del día. A su alrededor, extrañas figuras de un ejército tallado en piedra emergen de perturbadores nichos, columnas en pedazos y agrietadas escalinatas la atemorizan. —¿En dónde estamos?— al preguntar, un presentimiento hace que se tape los labios y con ganas de gritar, descubre que el lamento que escuchó ha sido pronunciado por Karin. Cambiando de posición anhela ver a su hermano, pero es inútil, él se ha ido y no sabe en dónde está. Poniéndose de rodillas se siente mareada, los golpes recibidos se han convertido en moretones, las heridas se abren y al caer es levantada por Bárako que la sujeta de los brazos. Las rugosas manos del hombrecillo se extienden alrededor de su cintura, su respiración es fuerte y al acercarse le susurra. — Apaciguad vuestra insegura situación y mantened la calma. Sin prestarle atención Anya trata de ponerse de pie y moviéndose comienza a manotear. Tratando de consolarla, el Guardián la toma de la mano, pero ella se aleja empujándolo con desprecio. —Debéis calmaros —le dice el hombrecillo—, el hogar de los demonios se revela y por más cansada o alterada que estéis debéis conservar la calma para continuar. Molesta, se limpia la arena del cuerpo y tan pronto como se pone de pie Bárako la interrumpe hablándole de nuevo. 164


— Sentaos y esperad, controlad vuestro ímpetu porque Karin debe superar una prueba para que seáis dignos de cruzar el umbral de la Soledad. Obedeciendo de mala gana Anya mira el suelo apretando los puños con todas sus fuerzas. —Si no te busco como te lo prometí podríamos perdernos y jamás nos volveremos a ver— murmurando se muerde los labios y cuando levanta la mirada el Guardián la observa mostrándole su rostro. — Calmad vuestra mente y vuestras angustias, calmad el latir de vuestro corazón confiando en las decisiones que la vida toma por vos; no os alarméis cuando no podéis hacer nada, pensad y escuchadme cuando lo pida. Sé que estáis angustiada, pero no corráis cuando no sabéis a donde podréis llegar, escuchad la voz de vuestro hermano, sentid sus susurros, pero primero, aprended a oír, advertid la conexión de vuestras mentes y cuando lo entendáis a su lado llegareis. Concentrándose en la voz del hombrecillo, Anya aquieta sus pensamientos, él conoce este lugar y si no fuera por su presencia habrían sido atrapados, o quizás, podrían haber muerto. Tratando de no interrumpirlo, mira el horizonte asombrándose con el lugar en donde están, las dunas del desierto vienen y van moviéndose a gran velocidad, el viento crea remolinos de arena y aunque intenta escuchar algún sonido se da cuenta que todo parece agitarse en una misteriosa paz. Al observarla, Bárako limpia la arena de su viejo pantalón y acercándose le da una explicación.

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— Cuando despertasteis, vos misma preguntasteis por este lugar, y como ya lo había dicho, éste es un laberinto, la puerta que cruzasteis os ha llevado al hogar del demonio, aquí, sus recuerdos se hacen presentes, su vida, su corazón y sus prisioneros os podrían asaltar en cualquier momento. Al tocar a aquella anciana, llamasteis a la bestia, por eso, os arrebate del fatal destino que pudisteis correr si ella os hubiera sentido; vos, Karin y yo, caímos por entre el límite establecido y nos fundimos con su esencia llegando a las puertas de sus confusos pensamientos, si creéis que estáis en un sueño, no os dejéis engañar, si creéis que todo es mentira, abrid los ojos y veréis que todo a vuestro alrededor es verdad, Karin lo sabe, él ha sido atrapado por una de las trampas del abismo, pero con vuestra ayuda y mi presencia logrará superar el obstáculo llegando hasta nosotros, no os alarméis porque él es fuerte, más fuerte de lo que pudierais imaginar. Alejándose, la preocupada niña espera que sus palabras sean ciertas, el aire la acaricia y frente a la inmensidad comienza a sentirse derrotada. — Mis labios están secos, mis manos me duelen y si quisiera caminar mis débiles pies no me dejarían continuar, estoy cansada, tan cansada que quisiera que todo terminara y al cerrar los ojos todo volviera a ser como era antes. Hablando en sus pensamientos, Anya se concentra en el espacio alrededor, los colores, el cielo y la suavidad de la arena le permiten advertir la belleza del desierto. — El reflejo del sol es hermoso, tan hermoso que al verlo siento que no estoy en una prisión. 166


Rompiendo el silencio, observa al Guardián y suspirando le pregunta. — ¿Crees que Karin esté bien? Sentándose sobre la orilla de un destruido muro Bárako mira a la nada y le responde. — Él estará bien, vuestro niño posee la fuerza necesaria y a medida que vos lo conozcáis me entenderéis, por ahora, necesito saber cómo estáis vos, hace poco desobedecisteis y vuestra esencia se hizo presente con el toque de una atormentada alma que buscaba la salvación, necesito que me habléis de aquel encuentro, necesito saber que sucedió. Haciendo memoria, la niña baja la mirada para poder responder, al hacerlo las imágenes regresan, la soledad y el vacío vuelven, pero sus recuerdos la llevan a sentirse grande por haber superado aquella situación. — No sé qué sucedió, aquella mujer me toco y al hacerlo toda su existencia pasó enfrente de mí, sus experiencias la dominaban, las tinieblas oscurecieron su vida durante muchos años, pero al conectarnos, la felicidad a su vida regresó, la luz nos hizo correr, la oscuridad la dejó y un hermoso palpito lleno mi corazón haciéndome sentir que una poderosa fuerza está dentro mí. Moviéndose de un lado para otro, Anya se emociona por lo que pudo lograr, aunque nadie se lo ha dicho, ella sabe que su presencia liberó a la anciana del embrujo del demonio. — Siempre he visto más de lo que he querido, desde que tengo memoria he podido entrar para ver lo que los demás han vivido. Alzando la cabeza, Bárako sonríe y cambiando de posición le dice. 167


— Poco a poco lo entenderéis, poco a poco encontrareis la forma de convertiros en quien realmente debéis ser, vuestra habilidad requiere mucho trabajo, pero vuestro interior os guiará mostrándoos lo que debéis hacer. Por ahora no os preguntaré nada porque solo vos debéis entender el significado de vuestras experiencias, sois grande e inmensa, y eso, os llevará al lugar que deseéis llegar, ¿queréis saber una cosa mi preciosa? —Sí por favor, dime todo lo que puedas. — Vosotros, sois muy importantes para mí y para muchos más, en mí, habéis despertado la luz de mi encierro, habéis hecho resplandecer la luz dormida de un viejo sendero obstruido por la injuriosa culpa de mis deseos; como os he dicho, no os alarméis porque pronto, muy pronto os conoceréis encontrando la manera de redimir a todos los prisioneros de estas celdas, depositad en ellos el amor, la fe y toda vuestra confianza imaginando que sois como la lluvia que ha de humedecer todos los lugares de estas tierras, oíd el viento, oídlo y por sobre todas las cosas escuchaos a ti misma, escuchad vuestra intuición porqué solo en ella podréis encontrar los recursos necesarios para enfrentar el recorrido, por ahora, solo debéis orar por vuestro hermano, él deberá enfrentar una dura prueba, un obstáculo que lo cuestionará haciéndole entender la realidad de su presente. —¿Una prueba?— sin querer interrumpirlo, la niña piensa en lo que escucha y al abrir los labios, él le habla de nuevo respondiendo su pregunta. — Es una difícil prueba Mariposa, un desafío que lo llenará de fortaleza, pero no temáis, pues con vuestra presencia él 168


encontrará el camino correcto. En su travesía, deberá decidirse por uno de dos caminos, el primero, lo confundirá y podréis perderlo para siempre, el otro, le hará reaccionar hallando la verdadera causa de su aflicción, debéis tener fe, confiad en sus decisiones porque vuestro pequeño esconde un enorme secreto, no todo lo que veis es como parece, en su interior, la fuerza y la sabiduría, en su exterior, algo que fue y ahora no es. Tratando de descifrar las palabras que escucha Anya lo mira sin interrumpirlo. — Pero no os diré nada más sobre vuestro hermano porque el camino es muy diferente para vos. Las respuestas a las preguntas sobre vuestro presente, pasado y posible futuro se revelarán ante vos ofreciéndoos una diminuta luz de esperanza, debéis atender a mi llamado y obedecedme sin protestar, debéis confiar y brillar como la estrella que sois. Con una de sus manos en el pecho, la niña se angustia y al bajar la cara Bárako la llama pidiéndole que no se aleje. — Miradme y continuad a mi lado, no os preocupéis si no entendéis algunas de mis palabras, mantened la calma porque en el momento adecuado podréis interpretar su significado. De pie, el misterioso hombre camina y al estar a su lado le acaricia el rostro mirando el enorme desierto. — Creed y buscad en mi interior, mirad mis intenciones porque os revelaré algunos de mis más ocultos secretos. Haciendo una pausa, Bárako se acurruca tomándola de las manos, su cálida respiración le roza la frente y escondiéndose detrás de su 169


sombrero habla consigo mismo esperando que todo lo que está haciendo valga la pena. — Espero no cometer ningún error, bajar la guardia no me está permitido, dejar mis labores es una falta que espero no pagar sintiéndome arrepentido. Frente al desierto, Anya y el Guardián giran para observar el horizonte, pero antes de continuar, él debe elevar una plegaria a la energía que lo ha protegido desde que se convirtió en el custodio del laberinto. — Pronto me conoceréis como solo Karin me conoce, pero para seguir adelante debo invocar a la energía que habita en nuestro planeta, escuchad mis palabras y creed en ellas porque llegado el momento, vos también la conoceréis. Encogiendo de manera extraña el torso, Bárako suspira, su expresión cambia y sin detenerse por mucho tiempo comienza a murmurar. — Os pido me deis salvación, os pido me deis la fuerza y un gran corazón, os pido perdonéis la maldad en mi ser llevándome al lugar que pertenezco y no quiero perder. Arrodillado, extiende los brazos y poniendo la palma de sus manos hacia arriba cierra los ojos para susurrar. — Perdonad mis pecados y volved a mi lado para volver a empezar, perdonad mis errores y dadme la fuerza para guiar y enseñar, perdonad las tinieblas y librad a los niños de toda maldad, para llevarlos tan lejos que nada ni nadie los pueda alcanzar. Sin moverse, la niña lo observa y cuando su amigo levanta los brazos, el aliento de una mujer acaricia sus mejillas pronunciando un agradable sonido. —Al.Amar. 170


Al.Amar repite el Guardián al escuchar aquellas palabras, mientras abre los labios para continuar. — Al.Amar, significa buena nueva, y la maravillosa brisa que sentís es el aliento de Vaheira, mi diosa, la madre tierra que ha llegado para guiar nuestro camino. Regocijándose en aquella sensación, el conmovido ser toma una bocanada de aire y al exhalar su respiración viaja en medio del espacio disipando las dunas del desierto. Terminando, Bárako baja la mirada y antes de poder hablar es golpeado por el cuerpo de la niña que lo abraza en señal de agradecimiento. — Eres bueno, sé que eres bueno mi Guardián. Sintiendo una ráfaga de sensaciones, el impresionado hombre se estremece acariciando su bello rostro. — Como hubiera querido que todo fuera tan solo una alucinación, como desearía que me hubierais conocido en otro lugar. En silencio, el vigilante la abraza, su corazón se acelera y al soltarla la mira a los ojos hablándole de nuevo. — Hace poco habéis sobrepasado vuestras angustias enfrentándoos con vos misma, habéis preguntado para saber la verdad, habéis caminado en medio de la muerte y demostrasteis ser fuerte, tan fuerte que ninguno de ellos os vería llegar. Sobrevivisteis Mariposa, pero eso, vos ya lo habías hecho, en el pasado os librasteis de la maldad, vuestra vida se convirtió en una leyenda y muy pocos conocieron vuestra verdad. Escondiéndose bajo su enorme sombrero, Bárako la sosteniente de las manos y aclarando la voz continua con la conversación. 171


— Vos mi hermosa niña, sois la última de los Mammdara, la raza sagrada, el pináculo de la luz que muchos creyeron haber perdido. Los rumores son ciertos, estáis viva y dentro de vuestra existencia se encuentra un poderoso don, un don forjado en el mismo cielo. Apretándole los dedos, Anya lo mira sin decir nada, en su mente, todas las preguntas que alguna vez se hizo tienen respuesta, Bárako conoce el origen de su vida, él sabe de dónde viene. Sintiendo la emoción de la niña, el Guardián levanta la cara para observarla y mientras le sonríe pasa saliva para continuar. — Hace muchos años, vuestra tribu fue destruida al dejarse llevar por el amor de los hombres, vuestros ancestros cayeron y fueron masacrados en una violenta guerra. Su poder se extinguió y las tinieblas se regaron sobre cada rincón apoderándose de nuestras vidas. Sois perfecta como ellos, grande e inmensa como ninguna en éste planeta, sois poderosa, pero sois vulnerable y cuando ellos descubran vuestro inmenso poder, querrán destruiros borrando todo recuerdo de vuestra existencia. Escuchándolo, la niña trata de controlarse mordiéndose los labios, su pasado se revela y antes de hablar, él la interrumpe pidiéndole que guarde silencio. — Esperad, no os precipitéis y oídme por favor, solo oídme una vez más. Queriendo atropellarlo con miles de preguntas, la niña guarda silencio luchando contra sus emociones. — Sé qué queréis respuestas, pero por ahora, solo puedo deciros que vuestra historia hace parte de un lejano ensueño, vos, hacéis 172


parte de una vieja leyenda, oculta para muchos, pero real y coherente para quienes os quisieran escuchar; vuestra señora la conocía, pero ella no reveló vuestro secreto queriéndoos resguardar. Tened paciencia y aprended de la noche, escuchad a las tinieblas porque ellas os enseñarán más de lo que vos misma pudierais imaginar; la noche os abraza, la noche os espera, pero si vos no la superáis siempre os seguirá acechándoos para poderos atrapar, por ahora no me preguntéis nada, pues no os lo contestaré, en éste momento no me interrumpáis, guardad silencio porque debéis conocer quién soy, y de dónde vengo…

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Bárako (Los Orígenes del Guardián)

Llevando una de sus manos sobre la frente de la niña, el hombrecillo le pide que cierre los ojos y oprimiendo en todo el centro con su dedo pulgar hace que se arrodille mientras lo escucha. —Entrad en mis recuerdos y conocedme como muy pocos me han podido conocer— en la mente de Anya, un inmenso espacio la rodea y sintiendo una poderosa ráfaga de aire lo oye de nuevo. — Ahora, imaginad la más bella mañana de verano que vos halláis visto, imaginad el canto de los pájaros y en vuestra mente viajad, viajad a ese momento lleno de vida en donde el apacible amanecer os despertaría con inmensa alegría. Alrededor las imágenes aparecen, los pájaros revolotean, el sol la calienta y al sonreír, la niña pisa la hierba de un hermoso lugar. — Caminad por un bello bosque lleno de colores, dejad que las horas pasen a vuestro lado como un suspiro, y al ver el atardecer, atravesad un largo camino de enredaderas. Al salir, mirad con atención, ved a los seres mágicos que vuelan alrededor, percibid a las hadas, apreciad los espíritus de los árboles y sentid la vida de nuestro planeta. Caminando, la niña sonríe y al extender una de sus manos atraviesa la figura de un pequeño pájaro que se desvanece poco a poco, en silencio, baja la cabeza y cuando mira sus pies la voz de Bárako regresa. 174


— Ved lo que sucede y concentrad vuestros pensamientos en lo que os mostraré. En medio de un profundo y tupido bosque, Anya puede ver a un delgado joven y una anciana mujer que recogen frutos secos en alargados bolsos tejidos con una gruesa hojarasca; la imagen se vuelve real, y como si fuera un fantasma su cuerpo se desvanece volviéndose invisible. Felices al estar juntos, el joven y la mujer se miran y sin pronunciar ninguna palabra apresuran la recolección antes de ver el anochecer. Observando a la mujer, el joven piensa en las festividades de fin de año, el día especial, como él lo suele llamar, le permite recordar el regalo que le ha fabricado a su madre quien se encuentra de rodillas acercándose a su lado. —Os sentiréis muy orgullosa —, repite en sus pensamientos, mientras eleva la cara para observar el cielo. Allí, las nubes se vuelven negras, el cielo deja de brillar y la oscuridad poco a poco se hace presente. —Apresurad la marcha— escucha, en el instante en que gira la cara para acomodar los mechones de su despeinado cabello. — Venid a mi lado Bárako, venid porque debemos regresar. Observando a su madre, el joven corre a su lado pues ella, arrastra un enorme bulto que pesa demasiado. — Dejad que yo lo haga mi hermosa Edora, no hagáis ningún esfuerzo porque de eso me encargo yo. Sonriendo, la feliz mujer se limpia el sudor de la frente al escuchar su nombre, y suspirando, mira alrededor hablándole a su muchacho. — Mañana recogeremos todo esto, los frutos están perfectos y con ellos os prepararé una deliciosa cena. 175


Adelantándose apresura la marcha, pero su hijo mira el bosque pensando de nuevo en el regalo. — Os daré algo maravilloso y cuando lo recibáis os abrazaré tanto que no podréis respirar, os amo mi Madre hermosa, os amo como jamás voy a volver a amar. Intentando corresponder a todos los esfuerzos de éste maravilloso ser, el muchacho la observa enterneciéndose con sus movimientos, ella, camina a paso lento levantando su ondulada falda para que no se enrede con los arbustos del camino, su cuerpo es pequeño y robusto, y sobre su cabeza, una delgada pañoleta le recoge el cabello que lo tiene tan largo como la distancia del cielo hasta la tierra. —Te amo— susurra de nuevo, recordando un viejo cuento que ella le contó cuando era muy pequeño. —El sauce y la ciruela— dice en sus pensamientos al caminar a través de una larga senda rodeada de árboles secos, distraído, observa los últimos destellos del sol que caen produciendo definidos rayos entrelazados entre sí; a su izquierda, los rápidos movimientos de brillantes hadas dejan hermosos destellos alrededor de su cuerpo, el bosque brilla y al lado del camino delgadas ramas se mueven sin que se dé cuenta. Del otro lado, tres maliciosos jóvenes se empujan riéndose a carcajadas, en sus voces, la burla se hace presente y al ver al delgado muchacho comienzan a murmurar. — Mirad, hay viene el tonto, flaco y desgarbado, sucio y lleno de pobreza. Esqueleto, parece un frágil esqueleto, jajajajajaja. — Sí, es feo y flacuchento, sus piernas parecen dos hebras, jajajajajaja, el viento lo llevará, el viento lo arrastrará. ¡Cuidado! no lo toquéis porque se puede romper, jajajajajaja, jajajajajaja. 176


— Miradlo, mirad que horrible se ve. Flaco, flaco, flaco y feo es, pobre y bruto que desgracia es. Flaco, flaco, flaco y feo es, pobre y bruto que desgracia es. Sin escucharlos, Bárako camina con desparpajo y mientras se mueve los jóvenes vuelven a susurrar. — Ya vienen, la anciana caerá y el desgraciado recordará está noche durante toda su vida. — Silencio, callad porque ella es una hechicera y sus brebajes nos pueden acabar, jajajajajaja. — Shiiiii, dejad de hablar porque acaban de llegar, no hagáis ruido porqué todo esto acabará. Al avanzar, un hermoso brillo sobre el suelo distrae a Bárako, bajo sus pies, un fugaz destello se filtra a través de un montón de raíces secas y al acurrucarse remueve la tierra encontrando un prendedor que le fue robado a su Madre. Molesto, lo toma dentro de sus enmugrecidas manos y limpiándolo susurra. — Cuando lleguemos os lo entregaré, el prendedor que tanto queréis ha regresado a nuestra casa. Sin darse cuenta de un veloz movimiento bajo las raíces que pisa, el joven se levanta sintiendo un inesperado jalón alrededor de sus tobillos; su cuerpo, cae contra el suelo y golpeándose la cabeza es elevado por el aire mientras suelta el prendedor que vuelve a perderse en el camino. Sin saber lo que sucedió, Bárako queda colgado de cabeza, sus manos se arrastran, las piernas están atadas y el vaivén del movimiento lo lleva a estrellarse contra un enorme tronco. Girando sobre su propio eje, abre los ojos sintiéndose mareado, los golpes lo llevan a gritar y cuando 177


levanta los brazos para tocarse habla tratando de entender lo que sucede. — ¿Quién habrá puesto esta trampa? Buscando a su madre, Bárako entrecierra los parpados y al encontrarla se responde. — Deben ser los cazadores, ellos jamás respetan nuestra tierra. Creyendo en sus palabras intenta soltarse, pero no puede, su cuerpo comienza a desgonzarse y al estar en esa posición sus ojos se nublan haciendo que no pueda ver alrededor. Esperando, toma una bocanada de aire y cuando todo se normaliza abre los ojos recibiendo un violento golpe en medio de la cara. —Tomad un feliz abrazo del bosque— escucha y al sentir que lo escupen otra voz aparece. — Jajajajajaja, ¿cazadores?, vos habéis caído en nuestras manos bribón, y por fin, por fin recibiréis lo que siempre habéis merecido. Asustado, el joven trata de escapar y cubriéndose el rostro llama a su madre. — Mamma ¡Mamma! Alterada por los gritos, Edora gira observando la desgarradora escena, atrás, dos aprovechados jóvenes golpean a su hijo que trata de defenderse regando su sangre en el lugar. Acercándose, la mujer toma una piedra y amenazándolos les grita. — ¿Qué hacéis? ¿Decidme que hemos hecho para merecer vuestro desprecio? Soltadlo y no le hagáis daño. Divirtiéndose, los burlones rufianes la desafían y observándola lo golpean dándole patadas en la cabeza. 178


— Jajajajajaja, ¿soltadlo? ¿Aún osáis hablar con nosotros mujer? ¿Aún tenéis las agallas para alzar la voz? Insolente, he aquí a vuestro hijo loca hechicera, he aquí a vuestro retoño, mirad como se derrama vuestra sangre, mirad como nos deleitamos con vuestra basura, si la queréis acercaos, recoged éste desperdicio. ¡Acercaos y luchad por él! Corriendo, Edora intenta lanzar la piedra, pero detrás de ella, el tercer joven aparece para cortar una soga de la que cuelga la enorme raíz de un árbol muerto. Con angustia, Bárako la observa y cuando sus ojos se conectan, ella recibe un duro golpe que la lanza contra el suelo. Con los brazos extendidos, el asombrado muchacho produce un aterrador grito, su cuerpo se estremece, sus ojos se llenan de lágrimas y sintiendo el deslizamiento de la sangre sobre su piel escucha las voces de los perversos muchachos que se burlan a carcajadas. — Jajajajajaja, ya cayeron. Miradlos, mirad como se revuelcan, que tontos son, así termina la bruja y su hijo el sirviente, flaco, flaco, flaco y feo es, jajajaja. — Jajajajajaja, por fin muchachos, por fin liberamos a nuestro pueblo de esta mierda. Tratando de soltarse, Bárako se mueve pero un fuerte golpe sobre la nuca lo lleva a desgonzarse. — Perdeos en vuestra inmundicia estúpido engendro, agonizad porque vuestra asquerosa Madre jamás se volverá a levantar, morid y sumergiros en vuestro infierno, revolcaos en vuestras heces y dejadnos en paz. Recibiendo más golpes, el joven pierde el conocimiento y a lo lejos, uno de los muchachos se acerca a Edora mirándola con desprecio; 179


sobre ella, el bribón sonríe, sus ojos se llenan de rabia, la cara se le pone roja y al escupirla, oye la voz de uno de sus amigos que lo estimula para que la mate. —Acabad con esa cerda, matad a la maldita. Al pisotearla, la mujer se llena de sangre, el pasto se oscurece y la noche cae, mientras ellos se alejan para festejar. — Id a celebrar, id a emborracharnos porque vuestra fiesta acaba de empezar.

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A la mañana siguiente, el resplandor del sol ilumina el rostro del lastimado joven, su sangre esta seca y despertando de un salto grita llamando a su Madre. —¡Mamma!— dentro del bosque, miles de criaturas se ponen alerta, el viento arrastra sus lamentos, el dolor en su corazón es insoportable y al llamarla de nuevo llora con desesperación. — ¿Mamma en dónde estáis? Mamita respondedme, respondedme por favor. Pensando, escarba la tierra y arrancando las raíces de una planta tóxica, intenta zafarse de la trampa. Frotando las raíces contra la soga, logra deshacer los nudos, su cabeza se estrella contra la tierra y girando para levantarse tose escupiendo una gran cantidad sangre. Alrededor, la maleza crea elevados montículos que no lo dejan ver, los árboles lo distraen y cuando se levanta, logra ver a su madre sumergida en un barrial. Saltando, intenta acercarse, las piernas le pesan, el cuerpo le duele y sintiendo que el tiempo se hace eterno habla de nuevo al imaginar que todo está perdido. — Levantaos por favor, moved vuestro cuerpo porque vos no podéis haber muerto. Al llegar, él la toca, el barrial que vio se ha formado con su sangre, la ropa que usa fue desgarrada y sus brazos se han ennegrecido. Boca abajo, Edora parece muerta, pero cuando Bárako le da la vuelta el débil sonido de su respiración lo llena de alivio. —Abrid los ojos Madrecita —, abridlos repite, y al humedecer su frente con sus lágrimas le susurra con amor. — Despertad porque os amo, os amo tanto que si os pierdo yo también quiero morir. Recordad nuestro día especial, recordadlo porque tengo un hermoso regalo para vos. 181


Sonriendo de manera inesperada, Edora abre los ojos y escuchando su voz levanta una de sus manos para acariciar su rostro. — Buenos días mi amor, debe ser un hermoso regalo el que me daréis éste año. Pasando saliva con dificultad, la mujer siente el peso de la realidad sobre su cuerpo, el dolor aparece recorriéndola de pies a cabeza, sus piernas están torcidas, la cintura le ha sido partida en dos y su rostro esta desfigurado. Estirando los brazos trata de levantarse, pero sus extremidades no le responden, el aire se le escapa y mirando a su muchacho abre la boca para gritar. — ¡Ahhhhhhhh! Temblando, Bárako la sostiene de la cara y cuando mira sus inflamados ojos, ella se desmaya cayendo una vez más. Sin moverse, el joven la observa horrorizándose con lo que ve, sus manos se cierran y gritando trata de desahogar el profundo dolor que siente. — No, no, no. ¡No! se escucha una y otra vez, mientras la ira lo consume y las venas de su cuello se dilatan al hablar con rapidez. — Los que os han maltratado pagarán sin saber lo que les espera, si buscáis dolor, por mí lo conoceréis, si buscáis un juego, a vosotros os llevaré el peor mostrándoos la sombra de la muerte. Os odio, os maldigo a vosotros y a vuestro pueblo. Dejando a su madre sobre el suelo, el joven salta entre los arbustos buscando las hojas de una pequeña planta llamada Polinar. Al encontrarla, vuelve y llevando una de sus manos hacia la boca de su madre se queda quieto tratando de sentir su respiración. Sobre sus 182


dedos, un débil soplo lo tranquiliza, sus manos tiemblan y mientras frota las hojas con la palma de sus manos vuelve a murmurar. — El Polinar os servirá, la planta mágica anestesiará vuestro dolor y su poder alejará la muerte, resistid y seguid a mi lado por favor. Dentro de sus manos, una espesa savia se mezcla con las despedazadas hojas y tomando una pequeña ración, vuelve a colocar a su madre junto a su pecho para que pueda recibir la medicina. —Despertad —le dice—, abrid vuestros labios y tomad vuestra cura. Sin perder tiempo, el joven le sostiene la cabeza tratando de abrirle los labios, pero su mandíbula se ha cerrado y los dientes están tan rígidos como una roca. Con desesperación, la mira y pidiéndole perdón sumerge sus dedos dentro de su boca para hacer que se la trague. — Perdóname Mamma. Haciendo contacto con su frágil interior, el agrio sabor de la savia la trae de vuelta llevándola a que escupa una parte del remedio, su respiración se normaliza y volviendo en sí, acaricia la cara de su hijo lanzándole un tierno beso que él toma en el aire para guardarlo dentro de una de sus manos. —Te amo— se escucha por entre los árboles, mientras el muchacho la acaricia para responder. — Respirad y tratad de calmaros, no os mováis y veréis que pronto estaréis bien. Con los ojos llenos de lágrimas, Bárako la abraza y al sostenerla escucha el susurro de su voz. — Tranquilizaos mi amor, respirad como me decís que yo lo haga, respirad y quedaos a mi lado. 183


Arrullándola como ella lo hacía cuando estaba muy pequeño, el joven produce un leve sonido tratando de repetir la melodía de una canción, su voz se vuelve suave, el tarareo la lleva a sonreír y cuando siente el caer de las lágrimas sobre su piel, ella trata de separase de su cuerpo tomándolo del pecho. —Escuchadme— le susurra, mientras él observa las heridas de su rostro. Con dolor, el joven llora tocándole los labios, la sangre esta tibia y al mirarla a los ojos ella vuelve a murmurar. — No os preocupéis por nada de lo que suceda porque todo es como debe ser. Sin poder controlarse, Bárako llora poniendo la frente sobre el pecho de su madre, el llanto lo ahoga y haciendo un enorme esfuerzo la sostiene con sus brazos levantándola del suelo. Llevándola por entre los árboles siente que su espalda se quiebra, los brazos se le duermen y mientras su piernas crujen se llena de coraje para murmurar. — Salvadla Vaheira, salvadla por favor. Pidiéndole a la madre tierra que lo ayude, camina lentamente y al ver el techo de su humilde cabaña mira a su madre que le dice. — Nunca os lo había dicho, pero no os imagináis cuan orgullosa estoy de vos, sois mi vida y siempre lo fuisteis, soy mi luz y por vos es que he podido continuar, te amo, no os imagináis cuanto os he amado. Asfixiándose al controlar el llanto, Bárako se apresura, en sus pensamientos las preguntas aparecen y la duda inunda su corazón. — ¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué si nosotros no hemos dañado a nadie y lo único que hemos querido es vivir a nuestra manera? Sintiendo que su madre se le resbala, él la aprieta contra su cuerpo y angustiándose le grita. 184


— Sosteneos Mamma, sujetadme del cuello por favor. Esforzándose, la mujer logra sostenerse y al ver la expresión de dolor en la cara de su hijo le pide que la deje en donde está. — Bajadme mi amor, dejadme sobre el suelo y permitid que mi alma vuele al lado de Vaheira. Como si no la hubiera escuchado, Bárako la acomoda entre sus brazos y tomando una bocanada de aire se mueve tratando de llegar. Estremeciéndose con un horrible escalofrío, el joven tiembla sintiendo que todo ha terminado. —No os dejaré sola —le dice—, lucharé como vos lo habéis hecho por mí, sosteneos mamita, sosteneos tan fuerte como vuestras manitos os lo permitan. Conociendo las consecuencias de éste golpe, la triste mujer hace lo que él le dice y acercándose a su mejilla lo besa hablando con tranquilidad. — Conservad la calma y no os alarméis porque los dos ya habíamos hablado de lo que podría suceder. Todo a vuestro tiempo, todo llega y todo termina para comenzar, los días largos pasarán, las noches oscuras siempre se acaban, y todos, todos debemos partir y regresar al lugar al que pertenecemos. Con la vista en el tejado de la cabaña, Bárako gruñe y subiendo una pequeña colina le pide a su madre que guarde silencio. — Por ahora dejad de hablar, guardad vuestras fuerzas y no os esforcéis. Entendiéndolo, Edora evita las palabras sintiendo los movimientos de su muchacho que se esfuerza por llegar. Entrando al viejo rancho, Bárako trata de no lastimarla y poniéndola sobre su cama se arrodilla consintiéndole la cabeza. 185


— Descansad, mantened vuestro cuerpo en calma porque todo será como era antes. Corriendo de un lado para otro revuelca los viejos cajones de un destruido armario de dónde saca semillas secas, alrededor, decenas de plantas que cuelgan del techo son arrancadas, recipientes de vidrio, enormes hojas y cuencos de diferentes tamaños son puestos sobre una desnivelada mesa, mientras enciende varios troncos con una llamarada de fuego. Sin detenerse, sale de la cabaña y al regresar, sostiene algunos frascos que contienen agua de colores. Sonriendo, Edora lo mira sintiéndose orgullosa, las enseñanzas que le ha dado lo convirtieron en un excelente hombre que posee el conocimiento necesario para salvar cualquier vida. Intentando hablar, abre los labios, pero al producir un débil sonido su pecho se estremece y una acelerada tos la lleva a taparse la boca de la que brota una espesa sangre con mal olor. Limpiándose sin que su hijo se dé cuenta, ella lo mira y recordando su infancia estira una de sus manos tratando de tocarlo. —Está hecho —susurra suavemente—, el tiempo se ha acabado y aunque vos no lo queráis ha llegado el momento de partir. Encogiéndose, Edora trata de descansar y al cerrar los ojos, Bárako la arropa con una húmeda manta. — Sentid el aroma de esta manta Madrecita, sentidla y tratad de seguir despierta porque ella ha sido bañada con el elixir de las flores mágicas del Iromal. Respirando, la mujer siente un delicioso olor y al querer hablarle, él se levanta para preparar su medicina; en sus pensamientos, los gritos aparecen, el odio lo llena de resentimiento y con cada movimiento la oscuridad en su corazón crece nublando su cabeza. —Pobres de 186


vosotros —repite—, pobres porque no sabéis lo que habéis hecho, vuestra vida será destruida y vuestro espíritu vagará por toda la eternidad. Girando la cara, Edora lo mira viendo cómo se pierde, los ojos del joven le revelan una oscura verdad, sus manos se vuelven rígidas y sus movimientos se tornan agresivos angustiándola cada vez más. Interrumpiéndolo, ella lo llama y al preguntar lo que le sucede, siente una helada brisa que se filtra dentro de la cabaña. — ¿En qué estáis pensando mi amor? Levantando una de sus manos, el joven le pide que guarde silencio y le responde. —Pienso en vuestra cura, pero no habléis, descansad y no malgastéis vuestra fuerza y vuestra vida— frunciendo el ceño, Edora lo observa y llenando el lugar con su fuerte voz trata de hacer que sus pensamientos cambien. — ¿Escucháis lo qué me estáis diciendo? Yo nunca he malgastado mi vida, vos estáis muy alterado y estáis olvidando lo que os he enseñado. Escuchadme porque en vuestros grandes ojos veo la oscuridad que nubla vuestro juicio y vuestra raz��n, la vida termina, el tiempo se acaba, el momento no es eterno y todo lo que os suceda es una prueba del destino. Os amo, y por eso, es que he depositado mi confianza y mis enseñanzas en vos, pero no olvidéis la responsabilidad de vuestro don, un don tan grande y poderoso como la oscuridad a vuestro alrededor. Ahogándose en su propia sangre, tose sin poder controlarse, pero cuando su hijo se acerca, ella escupe hacia el suelo pidiéndole que la escuche. — No os mováis y escuchadme por favor. 187


Haciéndole caso, Bárako baja la mirada y mientras ella lo observa su cuerpo tiembla recordando su pasado. — He visto el nacimiento de la alborada, he visto el caer de la esperanza, he sentido la danza del viento y la muerte de muchos en una sola madrugada, he visto la destrucción que producen las tinieblas, he visto la maldad y las sombras que devastan todo con una sola mirada. He visto más de lo que vos halláis imaginado ver, y por eso, es que debo advertiros del peligro. La maldad, no solo proviene de vuestro interior, existen seres que buscarán la oportunidad para apropiarse de vuestras emociones y controlar vuestras acciones, hay demonios mi amor, bestias y seres espectrales que nublarán vuestro juicio haciéndoos cometer actos de impureza y destrucción. Ayer, la vida nos sorprendió, el mal del qué os hablo cubrió la vida de aquellos jóvenes, pero nunca, nunca debéis pagar con furia si vuestro corazón se encuentra destrozado, ser valiente no significa dañar y asesinar, ser fuerte, no es romper y destrozar. Sin poder respirar, Edora se tapa la boca vomitando una espesa baba que la ahoga, sus manos tiemblan y cuando Bárako la sostiene del brazo, ella lo mira tratando de continuar. — La vida os está mostrando dos caminos, escoged con sabiduría y decidid vuestro futuro. Si escogéis bien, una buena cosecha recibiréis, si escogéis mal, sangre y muerte sentiréis. Ahogándose, la adolorida mujer gime mirando a su hijo, a su lado, él baja la mirada y cerrando los ojos se levanta para continuar con su labor; de inmediato, pone en práctica su conocimiento creando una poderosa medicina, en sus manos, se encuentran las verdes ramas del 188


Polinar, flores de Ándora, raíces sagradas del Menetre, semillas secas de Hémora, Taramo y Sófira se mezclan con los cogollos frescos del Ikaro que flotan dentro de un recipiente en el que se ha depositado el agua del rocío nocturno de Heletre en flor (Luna llena); sobre el fuego, un enorme caldero de barro negro cruje al sentir la fuerte llamarada que cambia de color para convertirse en una tranquila flama de fuego blanco qué produce tenues chispas alrededor. —Fuego blanco de sanación— pronuncia el muchacho, a medida que incorpora todos los ingredientes, sin hablar, revuelve la medicina adicionando algunas gotas de agua de diferentes colores, el olor que emana de aquella preparación es delicioso, la cabaña se llena de un espeso vapor y sintiéndose mejor, Edora lo llama pidiéndole que se acueste a su lado. — Venid hijo mío, venid y abrazadme como cuando erais tan solo un niño. Con una enorme sonrisa, Bárako se acerca y recostándose a su lado desliza uno de sus brazos bajo su cuello para sostenerla y besarla en la cabeza. —Os amo— le dice con ternura, mientras ella le responde sujetándolo del brazo. — ¿Recordáis cuando os enseñaba los ciclos de nuestra tierra? Haciendo memoria, el joven recuerda aquellos días y mirando el caldero vuelve al pasado respondiendo su pregunta. — Claro que sí, recuerdo que esa fue la primera lección que recibí, ese día vos me explicasteis los cuatro periodos en los que se divide la mañana. Con ganas de seguir hablando, el joven retira la pañoleta de la cabeza de su madre y al hacerlo, la medicina produce un acelerado hervor con el que se da cuenta que esta lista. Moviéndose, se acerca al caldero y 189


sacando una pequeña porción con un cucharon de palo, la deposita dentro de un verdoso cuenco en el que se encuentra una delgada hoja seca que al hacer contacto con la medicina se deshace volviéndose cenizas. Tratando de levantarse, Edora intenta recibir la cura, pero el cuerpo no le responde y cuando su hijo se acerca toma su cabeza haciendo que la reciba. —Tomadla y tratad de respirar — al escucharlo, ella cierra los ojos sintiendo un poderoso alivio que la lleva a suspirar, su cuerpo comienza a adormecerse, las heridas se cierran y la inflamación de su rostro desaparece por completo. Sonriendo, se limpia los labios y pidiéndole que vuelva a su lado mueve una de sus manos haciendo una señal. Acostándose, Bárako continúa y recordando su primera lección le dice. — Ese día, vos me enseñasteis que la mañana se divide en cuatro periodos, Aurora (Ema), Amanecer (Déste), Descanso (Apa) y Comienzo (Arra), la primera “Ema” es el instante entre la más profunda oscuridad y el primer destello de luz, éste, comienza con el canto del Maigra, ave nocturna tan diminuta como una avellana, pero fuerte y veloz como el sonar del viento, las plumas negras, le brillan con intensidad por las fases mágicas de Heletre (la Luna), y su hermosa melodía despierta plantas y árboles sagrados quienes se preparan para recibir los primeros rayos de luz. El “Déste” (Amanecer), llena la vida de la tierra haciéndola florecer día tras día con los primeros fulgores de Hephos (el Sol). “Apa” (Descanso), es el momento de sosiego en el cual, todos retoman sus actividades dando inicio al continuo ciclo de regeneración y alimentación propio de todos los seres de la naturaleza; y por último, “Arra” (Comienzo), la 190


más larga de las estaciones que dura casi todo el día, y es el momento para el desarrollo de la vida, las hojas secas caen, la lluvia da vida a los bosques, la nieve seca y regenera, y todo, absolutamente todo se renueva en un maravilloso ciclo de energía hecho por nuestra hermosa Madre llamada Vaheira. Abrazándolo, Edora se acomoda recostando su cabeza en su pecho y al sentir el latir de su corazón le pide que siga hablando. —Continuad por favor, repetid aquella lección y haced que mi alma recuerde ese bello día. — En éste mismo lugar, vos me dijisteis que la mañana llega hasta las tres de la tarde en el tiempo que conocen los demás, y acaba, con el cerrar de la hojas del Fedora, ancestral y hermoso árbol que florece a diario con la explosión de cientos y cientos de cúmulos traslucidos, que brillan al danzar por los aires con la interminable brisa del fin de la mañana conocida como Acrende. Con los ojos cerrados, Edora suspira y al sentirse a gusto se relaja para dormir. Sin querer despertarla, Bárako la acaricia y cabeceando por un instante se duerme, despertándose al instante pues en su mente una agresiva sombra lo llama pronunciando su nombre. Frotándose los ojos, el cansado joven mira su cuerpo percibiendo los inflamados moretones de sus brazos, en la cara, una larga herida baja desde su frente a su mejilla, la espalda le duele y cuando levanta el rostro para mirar a través de la ventana, puede ver la pecosa cara de una hermosa jovencita que se esfuma al escuchar el rechinante sonido de una veloz carreta. Sin moverse Bárako sonríe y al parpadear, puede ver la mirada desdeñosa 191


de un hombre panzón y muy poco agraciado que lo grita lanzando fuertes insultos. — Guardad vuestra asquerosa cara mugroso engendro, no os atreváis a salir estúpido esqueleto. Sin dudarlo, el joven cierra la ventana de un golpe y apretando sus delgadas manos comienza a murmurar. — ¿Para qué tanto conocimiento? ¿El misticismo y los rituales han servido para algo…? no, a mi vida solo ha llegado la desgracia y el sufrimiento, durante muchos años he tenido que aguantar las ofensas de todas estas personas, su corazón es negro, su alma está podrida y su conciencia esta manchada con la alegría que desbordan al humillarnos todos los días. Pero de la misma manera en que vosotros me habéis tratado, así mismo os trataré, de la misma forma en que vosotros me habéis insultado, así mismo os insultaré, del mismo amor que vosotros me habéis profesado, yo también os lo daré, preparaos, estad atentos porque si me habéis dañado una vez, yo lo haré más de cien veces, si me habéis golpeado, así mismo os golpearé. Esperad la noche pueblo viejo, esperad la hora de vuestro arrepentimiento. Dejándose embargar por una intensa sensación, Bárako se pierde, pero a su lado un espantoso quejido lo despierta. — Ayudadme, ayudadme por favor. Sin pensarlo dos veces, el joven salta hasta la cama de su madre quien ha despertado con mucho dolor, sus enrojecidas manos tiemblan, la voz se le quiebra y al querer hablar es derribada por una aguda contracción en su pecho. Gimiendo, Edora lo sujeta de la mano y luchando le habla sintiendo que el momento de partir ha llegado. 192


— La muerte me abrazará y no pensé que sería tan pronto, os extrañaré mi amor, os recordaré por siempre y nunca os abandonaré. Tosiendo, la anciana tiembla y antes de escuchar la voz de su hijo lo mira a los ojos encomendándole su sepultura. — Ya conocéis el método mi amor, un hoyo profundo en vuestra tierra, agua de madrugada, brotes frescos del Aldarriaga, hierba verde bañada con la energía de mi primera alborada, arena negra del río estrella, rocas de la montaña, un riego seco de cualquier simiente antes de Acrende, luz de Heletre y fuego, el fuego de mi semilla; te amo mi muchacho, sois mi fuente, mi legado y mi vida entera, prometedme que seréis libre, prometedme que jamás me olvidareis. Cerrando los ojos, Edora cabecea y al respirar por última vez muere humedeciendo a su hijo con su sangre. Dentro de la cabaña, agresivas sombras brotan del suelo, la ira consume a Bárako y destruyendo sus pertenencias se transforma en una bestia que no puede ser controlada. — ¡Mamma no me abandonéis! No me dejéis repite con todas sus fuerzas llamando la atención de los habitantes del poblado. Minutos después, una feliz turba lanza piedras rompiendo las ventanas de su cabaña, los gritos aparecen, las risas y murmullos crecen y cuando Bárako sale, es golpeado con una fruta que se revienta en su cabeza. — Jajajajajajajajaja Escuchando las aceleradas risas de los habitantes, el joven guarda silencio y al levantar la cara observa las desdeñosas miradas de hombres, mujeres y niños que lo gritan para insultarlo. 193


— Mirad quien osa gritar, ¿cuál es vuestro escandalo estúpido? — Callad de una buena vez, ¿acaso queréis un golpe para qué os haga razonar? — Jajajajajaja, sí, dadle su merecido, golpeadlo, golpeadlo hasta hacerlo callar. — Apedreadlo y destruidlo porque eso es lo que merece. — Llevadlo lejos y dejad que muera de hambre. Sin hablar intenta controlarse, pero la presencia de una regordeta mujer lo enfurece, pues ella, lo señala mofándose en su nombre. — Jajajajajaja, ha salido danzando al compás del viento, jajajajajaja. No, está juntando el agua sagrada del río de madrugada, Jajajajajajajajajajaja. ¿Dónde está vuestra Madre mugroso? ¿No saldrá? ¿Ella no defenderá a su caprichoso crio? Jajajajajaja. Llamadla, ¿bruja aún estáis aquí? La hechicera no puede salir, Jajajajajaja, por fin se ha ido. Qué alegría, ¿la muerte os la ha arrebatado? Jajajajajaja, Jajajajajajajajaja. Con el sonido de aquellas carcajadas en su mente, Bárako contiene la respiración y al avanzar los mira gritándolos para que se detengan. — ¡Malditos! Por siempre malditos les dice hasta que el silencio los embarga para escuchar el eco de su voz. — Sois desdeñosas y sucias alimañas, sois la mugre e inmundicia de mi preciada tierra, sois una peste, una maldita raza que será borrada de la faz de la tierra, os aseguro, seréis torturados en el fuego ardiente de vuestra niebla, seréis maltratados porque vuestro sucio y tirano corazón sufrirá revolcándoos en el peor de los tormentos; las brujas sois vosotras, los demonios son 194


vuestros esposos, los críos del mal vuestros hijos y a las sombras caeréis porque no sabéis con quien os habéis metido. Asombrándose al ver la reacción del muchacho, las personas lo miran y antes de volver a insultarlo, él los grita de nuevo. — ¿Ahora no decís nada? ¿Ahora os ocultáis? ¿En grupo sois fuertes cierto? Contestadme malditos, contestad y reconoced que sois malos, pero no os preocupéis, tranquilizaos y esperad la noche, refugiad a vuestras alimañas porque nada os salvará de vuestra desdicha. ¡Os mataré a todos! Os haré sufrir como vosotros me habéis hecho sufrir. Sin moverse, la turba lo observa hasta que un arrogante anciano comienza a murmurar. — Dejad que los idiotas hablen solos, dejadlos en soledad y haced que se revuelquen en su estupidez. A su alrededor las risas regresan, pero al elevar los brazos, el joven hace que se oscurezca el cielo y del bosque, emerge una agresiva bandada de cuervos que se posan sobre su cabaña. Impresionados, los habitantes se asombran y cuando la regordeta mujer toma una piedra para golpearlo las aves chillan produciendo un aterrador sonido. Entorno a ellos, el viento los golpea, las ramas de los árboles se quiebran, la lluvia comienza a caer y un desordenado alboroto hace que todos corran tratando de esconderse. — Huid y buscad un refugio. Huid les dice, observando el rostro de los tres jóvenes que asesinaron a su madre. Sin hablar los señala y cuando corren, la voz de la ofensiva mujer vuelve a aparecer. 195


— Es un demonio, una bestia que proviene de la oscuridad, corred a vuestros hogares y orad, orad por vuestra salvación. Sintiendo la lluvia sobre su cuerpo, Bárako mira el cielo dejando que sus lágrimas caigan, el dolor que siente es insoportable, su cuerpo tirita y cuando los cuervos regresan al bosque, la pecosa jovencita que lo miraba fuera de la cabaña le habla tratando de acercarse. — Bárako, Bárako. Advirtiendo la presencia de la hermosa joven, da media vuelta y antes de alejarse la escucha de nuevo. — No os alejéis porque estamos con vos, venid y caminad conmigo por favor. Al pronunciar aquellas frases, estira la mano y detrás de ella, su madre la abraza pidiéndole que se detenga. —Esperad, dejad que él venga— de espaldas, Bárako las escucha y en un altanero tono les contesta. — Nunca os buscaré, nunca querré estar a vuestro lado porque vos no significáis nada para mí, si queréis morir, quedaos en estas tierras y sentid la ira que inunda mi corazón, soy un demonio, una bestia que jamás ha amado y nunca lo hará. Largaos de mi propiedad, levantad vuestros asquerosos pies y nunca regreséis. Si pronunciáis mi nombre, en sombras os perderéis, si invocáis mi espíritu, muertas en vida vosotras os encontrareis. El momento de pagar ha llegado, pero si sois inteligentes, os alejareis sin mirar atrás, atravesad el bosque, cruzadlo antes del amanecer y nunca regreséis. Girando, la preciosa joven corre y llorando en compañía de su madre se despiden de Bárako sintiendo un inmenso dolor por la muerte de Edora. Escapando, las mujeres abandonan el pueblo y cabalgando sobre dos 196


caballos negros se despiden de su hogar atravesando un espeso bosque. Al avanzar la desconsolada joven llora y despidiéndose en sus pensamientos, habla con Bárako mientras aprieta una hermosa flor de cristal que él le regalo. — Os deseo lo mejor mi amado Bárako, os encomendaré a vuestra Madre para que os proteja, cuidad de vos, cuidad de vuestra alma y jamás, jamás olvidéis quien sois. En medio de un despejado claro, la noche cae y Bárako se arrodilla junto a la sepultura de su madre. Arañando la tierra gruñe como si fuera un animal y susurrando, se levanta para mirar un enorme bosque que le permitirá cumplir con su propósito. — Entraré al bosque de Heramen y reclamaré lo que es mío, ofreceré muerte, daré de lo mismo que me habéis dado y tomaré la vida de todas las criaturas de esta tierra. Sosteniendo un afilado cuchillo, el joven se corta la palma de la mano y restregando la sangre sobre su rostro cierra los ojos sumergiéndose en sus oscuros pensamientos. — Muerte, maldad y sangre serán el sacrificio, desde hoy y para siempre seré una bestia, un espectro, un hijo maldito que nadie verá llegar. Observando, impulsa su cuerpo y sumergiéndose dentro de Heramen corre cortando las ramas de los árboles con su filoso cuchillo. Sin detenerse, se mueve de un lado para otro cambiando de rumbo, su cuerpo parece el de un fantasma, sus piernas no producen ningún sonido, la luz de su corazón se vuelve negra y el odio llena cada rincón de sus pensamientos. —Os mataré— repite hasta llegar a un pequeño claro en donde se detiene para agazaparse, allí, la luz de Heletre (La 197


luna) cae produciendo hermosos rayos que se unen para caer sobre el cuerpo de un tranquilo lince alado que mira el cielo. El animal, es de color gris oscuro y en su cabeza, cuello, lomo y cola, un brillante musgo resplandece produciendo poderosos destellos. Esperando, Bárako lo mira y cuando el lince abre sus hermosas alas lanza el cuchillo cortándole el cuello. Alrededor, las criaturas mágicas que viven en el bosque braman, hadas de la noche, duendes de montaña, aves, lobos de siete colas y oscuros alces corren asombrándose con lo que sucedió. Con furia, el joven salta sobre el animal que agoniza, la sangre es de color verde y cuando saca un delgado puñal que lleva en su pantalón lo entierra sin remordimiento despedazándole el corazón. En silencio, Bárako comienza a transformarse, sus manos se convierten en garras, el cabello se le cae y sus ojos crecen volviéndose negros; respirando con dificultad se acurruca y arrancando la cabeza del animal abre su cráneo para sacar un brillante cristal que se encontraba en medio de su frente. —La piedra mágica —murmura—, la primera etapa de mi venganza se ha realizado con éxito, el custodio ha muerto y vuestro poder ahora es mío, sangre sagrada, huesos y violencia me darán la energía de muerte con la que podré convertirme en una bestia. Volviendo a tomar el filoso cuchillo con sus dos manos se lanza descuartizando al lince, en torno a él, la sangre se riega, la carne vuela por todos lados y al terminar gritos y aullidos se escuchan en todos lados. Bajo sus pies la grama que pisa se vuelve cenizas, la luz desaparece y de los restos, brota una oscura bruma que guarda dentro de un delgado recipiente de vidrio que cuelga de su cuello. Corriendo, atraviesa el bosque moviendo el cuchillo para asesinar a los animales 198


que se acercan, a su paso, los cuerpos caen y detrás de su cuerpo una veloz sombra lo sigue pronunciando su nombre. Adelante, los sonidos crecen, las aves revolotean y disminuyendo la marcha logra llegar a un sagrado lugar. Observando, Bárako da pequeños pasos despedazando una tupida maraña de enredaderas que lo detiene por un instante, su corazón se acelera, el rencor crece y al sobrepasar el obstáculo pisa un hermoso valle en donde han crecido delgados árboles azules. En torno a él, afiladas ramas se extienden entrelazándose entre sí, los árboles producen un tenue resplandor y dentro de sus raíces un brillante líquido se mueve recorriendo sus alargados tallos. Las ramas, crean un elaborado tejido parecido al nido de un pájaro, sus hojas son traslucidas y al sentir un veloz soplo de viento brillantes flores caen alrededor de un árbol blanco que se alarga para resplandecer junto a las estrellas. —El Sennetre— dice en voz alta, mientras produce una maliciosa sonrisa que lo lleva a murmurar. — Acabaré con los árboles azules, destruiré al Sennetre (árbol sagrado) y tomaré el elixir que me permitirá torturar a los malditos de éste pueblo. Sin prisa hunde el cuchillo dentro de una de las raíces y al hacer que el brillante líquido humedezca sus pies, miles de aves se lanzan para proteger el bosque. Al moverse, Bárako extiende uno de sus brazos y abriendo los dedos detiene a las aves en el aire. — Kraman, ialomen Kraman. Repitiendo las palabras de una extraña lengua, mira a los animales y cuando cierra los dedos, las aves chillan reventándose al instante. Atravesando una lluvia de plumas gruñe, y lanzándose contra los árboles los destruye produciendo una horrible bulla. Detrás de él, los 199


troncos caen, las ramas se despedazan y al avanzar, llega frente al Sennetre que brilla produciendo una hermosa luz. Sin pensarlo, el joven lo embiste y abriendo un profundo agujero en su tallo entra para despedazarlo desde adentro.

200


Al salir de Heramen, Bárako se ha trasformado y cubriéndose la cabeza con un enorme sombrero abre los labios para susurrar —Escuchad mi voz y los sonidos del bosque, esperadme porque a vuestro lado llegaré, cerrad las puertas y refugiaos porque muy pronto me veréis— Sobre una enorme roca se arrodilla y escribiendo su nombre con su propia sangre, hace un pacto con la oscuridad pidiendo a cambio un inmenso poder. — Sacrifico mi mente y mi espíritu, sacrifico lo que soy y la vida de todos los habitantes de estas tierras, sacrifico mi alma para convertirme en vuestro esclavo y ser el portador oscuro de las tinieblas. Alrededor los árboles caen, el suelo cruje al ser rasgado por profundas grietas que llegan hasta sus pies, los animales mueren y las heridas de sus brazos se cierran mientras su cuerpo levita sobre el suelo. Cegado por la ira que siente ríe a carcajadas, y rodeado de una espesa energía que brota de su corazón grita de nuevo hablando en el extraño idioma que incrementa su poder. — Anmmera. Anmmera. Mortem Endem Anmmera Eyla. Serrem Bamdron Serrem Cenda. (Creced, Creced, la muerte os llevará y creced en ella. Cerrad los brotes, cerrad vuestra celda) En medio del destruido paraje, las ramas y raíces se retuercen creando una enmarañada cerca que bordea los límites del pueblo. Con una maquiavélica sonrisa, Bárako desciende y soplando su mano derecha le habla al viento para que lleve su mensaje. —Despertad malditos porque ha llegado vuestro final— a lo lejos, las luces de todas las cabañas se encienden, la noche se vuelve negra y los habitantes se abrazan al sentir los susurros que flotan sobre el aire. 201


Nueve días con sus nueve noches le han permitido cumplir con su venganza, los cuerpos caen, suplicas y desgarradores lamentos se ahogan en un enorme charco de sangre que se desliza humedeciéndole los pies. Sin dudarlo, Bárako se acerca a sus últimas víctimas, frente a él, los tres jóvenes que asesinaron a su madre y la regordeta mujer cuelgan boca abajo esperando su final. — Vosotros sois quienes me proporcionarán una inmensa alegría, hoy recibiréis vuestro merecido y jamás me olvidareis. Rodeándolos, el enfurecido joven los atormenta y al golpearlos les cuenta lo que va a suceder. — A vos maldita, os cortaré la lengua, luego, os sacaré los dientes y destruiré vuestra boca hasta que os desangréis. ¿Vuestro pecado? ser injusta envenenando a los crédulos sirvientes de éste asqueroso pueblo; con vuestras palabras destruisteis a mi madre haciéndola sufrir, ¿ya lo olvidasteis? ¿Acaso no recordáis todas vuestras injurias? la bruja, zorra, allá va la concubina del demonio que se revuelca con animales como si fuera un cerdo. ¡Maldita hechicera! Apedreadla, perseguidla y desterradla. Haciendo una pausa, mira con desprecio a la mujer que tiembla de horror al escucharlo, su vida no será perdonada, sus pecados serán recompensados y en un instante descubrirá las consecuencias de sus actos. — ¿Ya no recordáis cuando os reísteis por su muerte? ¿No sentís ningún

arrepentimiento?

Qué

desgraciada sois.

202

cobarde,

qué

maldita

y


Dejando por un momento a la prisionera, Bárako se dirige a los tres muchachos golpeándolos en la cara como hicieron con él. — Con vosotros, los burlones, la historia será muy diferente, mirad a vuestro pueblo, escuchad sus gritos, sentid su agonía porque por vuestra culpa ellos están muriendo. Vosotros, seréis molidos a golpes, moriréis, pero antes, todos vuestros huesos serán destruidos sintiendo el mismo dolor que mi Madre sintió. Caminando en círculos sonríe, y con una endemoniada carcajada comienza a torturar a sus víctimas. — Jajajajajaja, recordadme, recordadme hasta en vuestra muerte. Al terminar, los gritos resuenan en su mente permitiéndole encontrar el propósito de su vida, la venganza no ha terminado, desde hoy y para siempre, él se ha prometido destruir a quienes abusen de los demás. — No soportaré más injurias, no os dejaré en pie si vosotros os empecináis en dañar y ofender, en mi sangre corre la vida de quienes no se pueden defender, seré su voz, su vida y su defensor. A todos los que sois malditos y abusadores preparaos, preparad

vuestra

sucia

existencia

porque

os

buscaré

asesinándoos como lo hice con ellos; si sois abusivos, a vuestra vida llegaré, si sois dañinos, a vuestra puerta tocaré. Mi promesa es la muerte, mi vida cambiará, mi destino es devolver dolor con dolor y las burlas, las ofensas serán enmendadas con sangre y destrucción.

203


Índice

Inicio……………………………………………………………..

1

Anya & Siete Demonios. “El Laberinto del Abismo”.…………...

10

El encuentro con las Tinieblas.…………………………………..

24

La Oscuridad y El fuego de Sirkano.…...……………………….

45

El Laberinto del Abismo ……..………………………………….

110

Primera Fortaleza.……………………....………………………… 147 Bárako “Los Orígenes del Guardián”...…………………….…….

174

Un ligero viaje al corazón de la oscuridad……………………….

215

Segunda Fortaleza.………………………...……………………..

235

Tercera Fortaleza…………………………………………………

286

El despertar de una Pesadilla..……………………………………

295

La Cuenca del Sacrificio.…………………………………………

364

204


Anya y Siete Demonios "El Laberinto del Abismo"