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Esta vez MANCERA no tembló... Una marcha que hizo vibrar la Ciudad, pero que al jefe de gobierno del DF le dio igual.

POR: HÉCTOR MARTÍNEZ


El sol acariciaba la piel de Griselda, eran ya las 10 de la mañana; alrededor de ella una multitud se agazapaba en montones y montones de personas, dos características los identificaba a todos ellos: su juventud y una cartulina, en donde se leía: El GDF prometió y ahora no cumplió, FNERRR. Más atrás, más de un millar de personas se aglutinaba en filas de cuatro, algunos se quedaban parados bajo la sombra de la gran estructura del Monumento a la Revolución. -Compañeros, favor de alinearse en filas de cuatro para poder empezar, ¡se ve, se siente, la FNERRR está presente!


Un joven habló en el aparato de sonido que estaba montado en una camioneta de carga pesada, el timbre de su voz no causó mucha resonancia en los asistentes, pues solo algunos se movieron de lugar. La gota de sudor caía constante y templadamente, una a una mojaba la playera de la segunda joven que acompañaba al primero en el sonido.

¡Tenemos que acomodarnos para poder salir, somos muchos, ya mero salimos pero hay que seguir gritando las consignas! ¡Porque somos estudiantes: sí señor, porque no podrán callarnos: sí señor…! Su voz de vez en cuando rompía con el esquema y el ritmo de las palabras, buscaba que cada cosa rimara, y que todos respondieran a sus medias frases con un sí, señor, como si pareciera que todos estuvieran de acuerdo con lo que mencionaba. Los pasos seguros con los que avanzaban los jóvenes, eran


acompañados de un grito, de una idea, de una frase y de una exigencia: pedían al Gobierno del Distrito Federal, cumpliera con una serie de acuerdos y demandas con las que se había comprometido. Avanzaban. Jóvenes de entre 13 y 22 años se adelantaron frente al contingente del cual nunca se supo el número exacto. Avanzaban. El calor aumentaba conforme iban caminando más y más. Avanzaban. Los


gritos desgargantes para ser escuchados brotaban de las bocinas instaladas en la parte de arriba de la camioneta. Avanzaban. La bipolaridad de los transeúntes era notoria: unos mostraban su inconformidad por la manifestación, otros sonreían ante las miradas de los marchistas y algunos más coreaban desde sus lugares las consignas comandadas por los jóvenes, denominados para ese entonces: fenerianos. Avanzaban y su paso era firme; perseguida por una idea, la voz de los miles de fenerianos, coreaban una a una las consignas de quien las dirigía. Las calles de la Ciudad de México, vibraron. Tal vez por el gran contingente que se presentó a manifestase o quizás por el enojo y coraje de quienes se quedaron atorados en el cierre, pero vibraron. ¡Ya vamos llegando y el gobierno está temblando! Esa voz que al principio hizo resonar el Monumento a la Revolución, ahora so-


naba como el gallo viejo y cansado de algún poblado, que se esfuerza por despertar a sus dueños. ¿Ya se cansaron? Nooooooooo. Volvieron a preguntar, ésta era la octava vez que se dirigían a los manifestantes para saber cómo iban. Tal vez si tuvieran como respuesta un: sí. Se pararían a dar un descanso. ¡Ya estamos llegando y Mancera está temblando!


Una cosa era cierta, de la otra se dudaba. En efecto, el contingente que sali贸 un poco pasando las diez de la ma帽ana del Monumento a la Revoluci贸n, llegaba a su destino final, el edificio del Gobierno de la Ciudad. La duda quedaba en que Mancera, jefe de gobierno de la Ciudad, temblara. Eso tal vez, nunca se supo.


Amontonados, como “un solo hombre y como un solo ideal”, exigieron, gritaron, pidieron y callaron. La respuesta fue la misma que hace unas semanas, un simple, rotundo y profundo, NO está jefe de gobierno. Con esta respuesta se resolvieron dos dilemas: 1) Mancera nunca tembló. 2) Los fenerianos marchará nuevamente, pero esta vez, serán más de 10 mil almas, así lo dijeron.



Crónica de una exigencia