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Revista Independiente de Opiniテウn Universitaria / NツコXXIX/Aテ前 XIX

La Pecera

Liberalismo


SUMARIO El Liberalismo es una Cuestión Ética. Págs. 4-5 Desmantelando el bienestar. Págs. 6-7 Secesión y Libertad. Págs. 8-9 La Escuela Austríaca frente a la Historia. Págs. 10-11 Justicia Penal y Libertad. Págs. 12-13 Al Despertar. Págs. 14-15 Economía populista o instituciones de mercado. Págs 16-17 Libertarios y Tradicionalistas Hispanos. Págs. 18-19 Propiedad Intelectual. Págs. 20-21

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El Liberalismo es una Cuestión Ética Ignacio Moncada El profesor Carlos Rodríguez Braun cuenta que en una ocasión le preguntó a Karl Popper qué le parecía que la libertad fuera tan buena para aumentar la prosperidad económica. Ésa es una muy feliz coincidencia, respondió el filósofo austriaco. Como bien explicaba Rodríguez Braun, esto es una boutade, no es verdad. La ciencia económica nos explica por qué un sistema en el que impera la libertad tiende a ser más próspero que uno en el que no. No es ninguna coincidencia. Pero la ingeniosa respuesta de Popper es una acertada crítica al excesivo énfasis con el que los liberales solemos defender la libertad desde un punto de vista estrictamente económico. No hay que defender la libertad por sus consecuencias económicas, sino desde un punto de vista ético. Si por alguna casualidad el esclavismo fuera un sistema más próspero, aún así habría que combatirlo. La libertad es la respuesta a la búsqueda de un sistema ético universal, es decir, un conjunto de normas de convivencia que aplique a todo el mundo por igual y que sea válido en todo momento. El liberalismo parte de que todas las personas son sujetos éticos iguales. Toda regla que aplique a un individuo o a un grupo necesariamente tiene que aplicar a todos los demás individuos o grupos. De este punto de partida se deduce un sistema de normas de convivencia con el que evitar o minimizar los conflictos entre personas. Ese sistema es lo que los liberales resumimos en el término libertad. Pero es necesario precisar. ¿Qué es exactamente la libertad? La libertad hay que describirla desde tres puntos de vista, como si fueran los tres lados de un mismo triángulo. El primero de esos lados es el denominado principio de no agresión. Lo que dice es cada uno puede hacer lo que desee mientras no inicie el uso de la fuerza contra los demás. No se puede matar, violar, secuestrar, esclavizar, agredir, coaccionar, robar, cometer fraude o extorsionar a los demás. Este principio no es en teoría polémico. Si vamos a la calle y preguntamos a los diez primeros que pasen qué les parece este principio ético, estarán de acuerdo. Pero como dice el economista Walter Block, lo que define a los liberales es que nosotros lo decimos en serio. Lo aplicamos a todo y no hacemos excepciones. Ésta es la libertad desde el punto de vista de la acción, lo que a menudo se denomina “libertad negativa”. Es lo que nos dice qué acciones podemos llevar a cabo y cuáles no. Pero este principio queda incompleto si no definimos los medios a los que podemos aplicar esas acciones. Si por ejemplo vemos que Juan le quita la cartera a Pedro y sale corriendo, ¿quién está agrediendo al otro?. Pues depende de quién sea el propietario de la cartera. Si resulta que ayer Pedro le robó la cartera a Juan y ahora Juan simplemente la está recuperando, estará en su derecho. Por ello, el segundo lado de ese triángulo que define qué es la libertad es el punto de vista de los medios, de las cosas materiales sobre las que ejercemos nuestras acciones: necesitamos una teoría de la propiedad. La propiedad es el ámbito material de control de cada uno, el ámbito en el que podemos hacer lo que queramos mientras respetemos el principio de no agresión. El derecho de propiedad sobre algo nos legitima a establecer normas sobre dicha cosa. Es necesario tener una teoría no arbitraria que asigne derechos de propiedad de la realidad material a los individuos o grupos de individuos. Existen cuatro reglas generales de asignación de derechos de propiedad. La primera es que cada uno es dueño de sí mismo. La segunda, que cada uno pasa a ser dueño de los frutos de sus actos, entre otras cosas los bienes que producimos con nuestro trabajo o con factores productivos de nuestra propiedad. Cuando varias personas participan en la producción de algo, la propiedad se reparte entre ellas como previamente se haya pactado. La tercera nos permite hacernos dueños de las cosas, al hacer uso de ellas, cuando no tienen propietario previo y nadie antes usa, mediante el principio de primer uso. Y la cuarta forma es mediante la transferencia volunta-


ria y consentida de derechos de propiedad entre individuos, como por ejemplo intercambios o regalos. Aunque muchos teóricos liberales definen el sistema ético de la libertad sólo con estas dos primeras patas, lo cierto es que así quedaría cojo. Tendríamos un sistema de normas demasiado general al que le falta un mecanismo para el establecimiento de normas más específicas. Es cierto que algunas se derivarían directamente del derecho de propiedad, puesto que cada uno puede poner las normas particulares que desee dentro de su ámbito de propiedad. Pero faltaría un mecanismo de generación de normas particulares más vinculantes entre personas. Por ello el tercer lado que completaría la definición ética de la libertad es precisamente la teoría de contratos. Francisco Capella completa esta teoría definiendo los contratos como compromisos formales exigibles por la fuerza. Los contratos son mecanismos que permiten que dos o más individuos pacten de forma voluntaria establecer normas particulares sobre sus propios ámbitos de propiedad y se comprometan a cumplir con ellas. Los contratos expresan nuestra capacidad para ligarnos mutuamente, nos permiten hacer uso de nuestra libertad para restringir nuestras propias acciones. Por ello, se requiere que los contratos sean voluntarios y consentidos, y que vinculen sólo a las personas contratantes y a sus respectivos ámbitos de propiedad. La libertad, por tanto, no es un principio vago o que sea útil sólo en determinadas circunstancias. No es un eslogan vacío para campañas políticas. La libertad es un sistema ético universal, igual para todos y válido siempre, definido por el principio de no agresión, la asignación de legítimos derechos de propiedad y los contratos voluntarios. Este sistema es el que los liberales consideramos como válido. Y es, por otro lado, el sistema que los antiliberales atropellan cuando proponen excepciones. A menudo con buena intención, el antiliberal propone la agresión, la violación sobre el derecho de propiedad o la prohibición de determinados contratos libres y vinculantes sólo entre las partes, como medio para conseguir fines particulares. Quienes apoyan los atropellos al sistema liberal, a veces sin darse cuenta de que lo hacen, hacen de éste un mundo más arbitrario, menos justo y más violento. Hacen de éste, en definitiva, un mundo peor. Hay que decir que no todo es sencillo dentro del sistema liberal. La realidad es compleja y presenta dilemas y casos de frontera que se interpretan de manera distinta entre los propios liberales. Hay muchos asuntos controvertidos, fundamentalmente en torno al papel del gobierno. Esto da lugar a distintas corrientes dentro del liberalismo, como el anarcocapitalismo, el minarquismo y el liberalismo clásico. Pero una cosa es segura. Todos los liberales compartimos un mismo principio ético, un mismo credo que hay que defender. Somos quienes de verdad, sin excepciones ni excusas, amamos la libertad. El liberalismo, como decía el profesor Walter Castro, es una cuestión ética. Ignacio Moncada García es licenciado en Economía por la UNED y en Ingeniería Industrial por la Universidad Pontificia de Comillas Twitter.- @IgnacioMoncada

The Ethics of Liberty de Murray N. Rothbard


Desmantelando el bienestar Víctor Arrogante La economía capitalista —neoliberalismo lo llaman—se mueve de manera cíclica, a golpe de crisis, más o menos profundas, de forma habitual. En los últimos diez años, hemos atravesado cuatro grandes crisis hasta llegar a la actual. Algunos, aprovechando las circunstancias actuales, desmantelan el modelo económico y social —Estado de bienestar— pactado en Europa tras la Segunda Guerra Mundial y que en España poco hemos podido desarrollar y menos disfrutar. Las causas y razones de las crisis, son consustanciales con el sistema capitalista y también por los errores políticos, avalados por la teoría ideológica, de quienes las han gestionado. Hoy vivimos el ataque del «capitalismo de casino», contra el bienestar de quienes solo tenemos nuestra fuerza de trabajo. La crisis económica es una «fase recesiva de un ciclo intenso y rápido, caracterizada por un fuerte retroceso de la producción, quiebra de empresas y sensible aumento del desempleo» (Jordi Sevilla). Es más sencillo adivinar el movimiento de las estrellas, que lo que ocurrirá con el mercado, venía a decir Isaac Newton. Los partidarios del «mercado» culpan a la intervención del Estado, cuando lo que falla son los mecanismos del propio mercado, demostrado, precisamente, por la aparición de las crisis. Las últimas cuatro grandes crisis globales —la llamada de los «dragones asiáticos», la bancarrota de «Rusia», el «corralito argentino» y la crisis de las empresas «puntocom»—, se han producido en muy diferentes lugares del mundo y por distintas causas, pero con un hilo conductor: la «sobredimensión», que provoca «burbujas». Ahora estamos inmersos en la del «capitalismo de casino». La crisis que nos aqueja, comienza a finales de 2006, con los problemas de las entidades financieras estadounidenses, que habían popularizado las hipotecas subprime, concedidas a personas con pocos recursos. Estas hipotecas fueron vendidas, como productos derivados, a otras entidades en todo el mundo, contaminando al sistema internacional. La crisis global que se origina en Wall Street, por los fallos del mercado desregulado, llevan a la quiebra de Lehman Brothers en 2008, y transforma la crisis de liquidez, en crisis de solvencia del sistema financiero —el director de esa compañía en España y Portugal, durante la quiebra es el actual ministro español de economía—. Quienes provocaron la crisis, la están gestionando, para su propio beneficio. Pese a las inyecciones de liquidez de bancos centrales y gobiernos a la banca privada, los créditos no llegan ni a familias, ni a empresas y siguen sin llegar. Los bancos utilizan esos fondos para hacer frente a una morosidad creciente. Interesa más la especulación financiera, que la inversión productiva. Con ello aparece otra fase de la crisis; la de la economía real, con el resultado de miles de empresas cerradas y cincuenta millones de personas más desempleadas en todo el mundo. El objetivo del sistema capitalista es ganar dinero, por lo que fabrica y vende cuanto más mejor; con ello, la capacidad de producir, crece más que la posibilidad de consumir. Aquí es cuando entra el sistema financiero —que está en todo—, concediendo créditos al consumo, provocando el endeudamiento del sector privado (familias y empresas), que cuando crece desproporcionadamente, hace que algunos precios suban, como el de la vivienda que resulta inflado, creando la «burbuja inmobiliaria especulativa». Cuando la distancia entre la capacidad de compra y capacidad de pago aumenta, el riesgo de impago sobrepasa los límites y estalla la burbuja. Otra crisis está servida.


En España, tras negar la existencia de la crisis, las soluciones se abordan tarde y mal; y los últimos gobiernos, al dictado del neoliberalismo económico, intervienen para «salvar» en exclusiva al sistema financiero, con rescates y ayudas. La solución que se está dando, es la contraria a lo que la situación precisa. Pese a la austeridad, no se ha reducido el déficit público. ese el rescate a los bancos, sigue sin llegar el dinero a familias y empresas; no se reactiva la economía, el desempleo por las nubes y lo peor, sin creación de empleo a la vista. Pese a la austeridad, no se ha reducido el déficit público. Ése el rescate a los bancos, sigue sin llegar el dinero a familias y empresas; no se reactiva la economía, el desempleo por las nubes y lo peor, sin creación de empleo a la vista. Y con todo, el desconcierto político e ideológico. Ocurre, que, como dice el profesor Antonio Miguel Carmona, «la politización de la economía, convierte a la disciplina en un toma y daca donde, no se sabe bien por qué, la izquierda acaba siendo keynesiana y la derecha neoclásica». Pero pagar, pagamos los mismos de siempre. El nuevo capitalismo se sustenta del beneficio que generan diferentes fuentes. Con la especulación financiera —huyendo de las empresas productivas y la deslocalización—, pagan los trabajadores, explotación y eliminando de derechos. Con los rescates y las quitas —preferentes, corralitos y demás—, pagan los clientes de los bancos. Con la exigencia a los gobiernos de recortes en gastos sociales y servicios públicos, paga la ciudadanía en general. Trabajadores, clientes y ciudadanía, que son los mismos, son explotados tres veces, por la misma cara. El gobierno de Rajoy, que gestiona el sistema capitalista, al servicio de ese capital financiero, fiel a su ideología neoliberal, con la excusa de la crisis, desmantela el «Estado social». Con austeridad y sin inversión pública, recorta gastos en prestaciones sociales, elimina derechos y servicios públicos esenciales y privatiza otros; sube los impuestos en general, y no se incrementa la presión fiscal a las rentas más altas. Ya está dicho, pero lo reitero: la crisis la estamos pagando, los que siempre pagamos todo. «El egoísmo de unos, por insaciables, perjudica la salud de otros, por subsistencia». Pese a todo, o precisamente por ello, he llegado a la conclusión de que cuando el gobierno dice que la crisis ha terminado, es que ha llegado a su fin, aunque mi visión tiene un final diferente: no hay brotes verdes, ni luz en el túnel. Nos han traído a donde querían traernos. Es su modelo: el neoliberalismo inhumano. Víctor Arrogante es profesor y columnista Twitter.- @caval100 Recomendamos para ampliar información sobre esta interesante temática sus artículos: Lo que aprendí de economía en dos semanas; Capitalismo. Tres visiones y una realidad; La crisis. Desmantelan el «Estado social», en DiarioProgresista.es La crisis ha terminado en CuartoPoder.es


Secesión y Libertad.Un acercamiento al proceso de autodeterminación catalán Gabriel Colominas La independencia de Cataluña o la consulta sobre esta es un hecho que muy posiblemente sucederá, así que plantearlo desde un punto de vista liberal libertario y sobretodo pragmático es del todo necesario. Para alguien, como es mi caso, que ha hablado siempre y de una forma abierta de independencia, llegar a este momento le puede hacer especial ilusión. Con los años he pasado de un nacionalismo amigable y desenfadado a considerarme un firme defensor de la libertad individual y esto me ha llevado a plantear la cuestión independentista desde un punto de vista poco usual. La primera cuestión es clara: ¿Tienen la gente que vive en Cataluña el derecho a la autodeterminación? Desde un punto de vista liberal creo que es inconcebible no defender el derecho a elegir a que unidad política se quiere pertenecer. En mi opinión los argumentos que niegan este derecho apoyándose en la constitución, están intentando legitimar por un lado algo que los liberales denunciamos, la imposición de un contrato social nunca firmado. Una de las formulaciones más claras del derecho de autodeterminación la hizo Ludwig von Mises en dos de sus tratados: “Nación, estado y economía” y “Gobierno omnipotente”, en ellos Mises es claro y expresa lo siguiente: “Ninguna persona o grupo de personas deben ser retenidos contra su voluntad en una asociación política en la cual no quieren participar”. Entre los liberales catalanes no hay consenso sobre lo que se votaría en una hipotética consulta, hay opiniones para todo, sobre lo que sí hay un claro acuerdo es que el referéndum debe celebrarse. Si estamos de acuerdo en esto, tenemos que buscar cual es la mejor forma de hacerlo. Si no lo está, quizá deba preguntarse que tipo de argumento estadista usa para imponer su visión de estado. ¿Como debe realizarse el referéndum? Algunos de los argumentos en contra de la contra de la consulta denuncian que el hecho de que vote solo Cataluña es algo demasiado subjetivo y que no debe considerarse un sujeto de ley. No entraré a valorar la posible manipulación por parte de los políticos de la mentalidad catalana o si se ha intentado crear una consciencia colectiva falsa a partir de promulgar mitos. Todos los estados lo hacen y nuestras comunidades autónomas, que en gran parte son como estados, han caído en el error de difundir y proteger una idea nacional determinada, sea ésta España o Cataluña. Pero como he dicho más arriba seamos prácticos, Cataluña es una realidad con una serie de instituciones y leyes propias desde hace cientos de años, poco me importa afirmar si es o no una nación porque los conceptos nacionales son subjetivos, lo que me importa es que hay un grupo mayoritario de gente que dentro de un territorio quiere decidir a qué unidad política quieren pertenecer, sus motivos me parecen secundarios. Al ser éste un proceso democrático se han de tener en cuenta una serie de aspectos y tomar una serie de decisiones que no dejarán de ser arbitrarias, pero aún así debemos afrontar. En mi opinión las preguntas clave son quién debería poder votar y como se decidirá el resultado de la votación. Creo que deberían tener derecho a votación toda persona mayor de dieciséis años que haya residido en Cataluña por un periodo de tiempo mínimo determinado (entre dos y cinco años de residencia debería ser el requisito mínimo). Hago especial hincapié en el hecho de residencia porqué lo considero mucho menos arbitrario que el de nacionalidad. No me parecería correcto que una persona que reside desde hace 8 años en Terrassa no pudiera decidir en caso de no tener la nacionalidad. La decisión sobre el criterio temporal de residencia es del todo arbitraria así que dejo que cada uno lo juzgue según considere adecuado y espero que en un caso hipotético no se dejara a ciertos colectivos fuera de la votación por una mala decisión política. Otra cuestión que no ha de dejarse apartada es que porcentaje afirmativo confirmaría la independencia de Cataluña. En la mayoría de sus formas el juego democrático es cruel con las minorías, las deja apartadas, sin voz y a la merced y sometimiento de una mayoría a veces muy poca respetuosa. Separase de España con un 51% a favor y un 49% en contra creo que no sería una gran decisión. Querer construir una sociedad libre con una independencia que me atrevería a calificar de forzosa no me parecería lo más adecuado, el porcentaje que diese el sí a la independencia no debería ser menor a un 60-65% a favor.


Si como he dicho antes el juego democrático es esencialmente injusto porque somete a las minorías, creo que algo más injusto aún es una minoría bloqueando una decisión mayoritaria. Para evitar que los grandes focos de población bloquearan los votos de los pequeños pueblos y viceversa creo que lo que se aproximaría más a una decisión individual seria que se tomara cada localidad como punto de referencia. Además de tener un total de votos a favor de un 60-65% también deberíamos tener una mayoría de localidades a favor de la independencia. Si el referéndum saliera negativo, no a la independencia, todo seguiría igual ya sea para bien o para mal. Si el referéndum saliese afirmativo, se debería dar la oportunidad a cada población, donde se hubiese votado en contra, a decidir si quieren unirse al estado de nueva creación o prefieren mantenerse en España, preferiblemente con otro referéndum, así los ciudadanos serian conscientes de la situación y podrían decidir en función del resultado anterior. Por último toca abordar el tema de la participación. Los porcentajes de participación en las votaciones suele ser de alrededor del 50% en las mejores ocasiones, así que una participación aceptable para dar el visto bueno al resultado de la consulta sería ése. Creo que una vez abordados los problemas más filosóficos y técnicos sobre el referéndum es necesario realizar el siguiente planteamiento: ¿Será una Cataluña independiente más o menos propensa a libertad y al gobierno limitado? Afirmar algo sobre esto sería basarse en conjeturas no fundamentadas pero lo que podemos asegurar es que la competencia entre países normalmente se traduce en bajadas de impuestos y mayor protección de las libertades civiles. El ejemplo lo tenemos en el impuesto de sucesiones, el cual se transfirió en su totalidad a las comunidades autónomas y que tarde o temprano todas han acabado eliminando. Es posible que en el corto plazo no se implante un gobierno liberal en Cataluña, pero es bastante más fácil convencer a siete millones y medio de personas de que la libertad es beneficiosa para ellos que convencer a cuarenta y siete.

Gabriel Colominas Bigorra es estudiante de Economía en la Universidad de Barcelona Twitter.- @GabrielCoBi

Ludwig von Mises


La Escuela Austríaca frente a la Historia Antonio Ruiz Una mañana de verano, con la suave brisa ondeando las cortinas, los primeros rayos de sol aprovechando los resquicios de la persiana y el olor a sal adueñándose de la habitación, los pescadores de La Línea se levantaron a faenar. Un sorbo a un café cargado, un beso a la señora y ya estaban navegando en sus embarcaciones, en cuyas aristas se hallaban impregnados el trabajo, sacrificio y esfuerzo de muchas jornadas previas. Sin embargo, encontraron que aquel día, en el lecho marino, un imprevisto obstáculo les impedía realizar su labor cotidiana. Allá, en el fondo, bajo las templadas aguas en las que se encuentran Atlántico y Mediterráneo como dos jóvenes amantes que huyen de una férrea e inflexible negativa familiar a su romance, se apostaban una serie de bloques de hormigón, coronados por púas metálicas de cincuenta centímetros de altura. Saciar el hambre de sus hijos, se antojaba verdaderamente complicado. La historia que sigue es sobradamente conocida por todos. Un matiz llamó poderosamente mi atención. En twitter se sucedían por parte de algunos liberales comentarios al respecto. Se vertían pareceres tales como que si España invadía Gibraltar, tomarían partido por Gibraltar o en la misma línea argumental, se abogaba por la necesidad de corte imperioso de repartir España entre Gibraltar y Andorra a la altura del Tajo. El P-Lib, partido que representa a España en la Internacional Liberal mostró su rotundo apoyo a la colonia británica y Díaz de Villanueva denominaba a Gibraltar la patria de los hispanos libres. Gibraltar no es más que la ejemplificación que escojo para un asunto que me preocupa y mucho. No me interesa entrar en una batalla dialéctica sobre la situación de este territorio, aun entendiendo que la visión contraria a la aquí presentada es más fidedigna. El asunto que tanto me inquieta es la falta absoluta de basamento histórico en ciertos sectores del liberalismo, preciso, de la Escuela Austríaca. Se ha apuntado en múltiples ocasiones en esta dirección sin expresar con rotundidad un juicio último. Yo retomo ahora esta idea, para incidir en que -a mi parecer-, la Escuela Austríaca se halla desprovista de un constructo teórico en materia histórica. ¿Quiere decir esto que la Escuela Austríaca no tenga ningún aporte teórico en la temática que nos ocupa? Obviamente no. La Escuela Austríaca cuenta con una serie de aportes, que en absoluto son desdeñables, sobre revisionismo histórico pero que resultan del todo insuficientes ante la majestuosidad del materialismo histórico y la ingente vis expansiva que detenta. Ante semejante laguna teorética, se presentan una seKarl Marx y Friedrich Engels rie de escenarios que van desde la consideración de la lucha de clases como motor de la historia a la negación absoluta de ésta, interpretando algunas de las aportaciones de la Escuela Austríaca, básicamente situaciones polarizadas en las que el concepto “clase” no es de perfecta aplicación y el cambio se produce más gradualmente; pasando por la aceptación de la misma para un gran número de marcos sin considerarla como motor histórico. Presentada tal cuestión, hice lo conveniente en este caso y en cualquier otro caso: leer. Comencé por el postestructuralismo. Básicamente este “movimiento”, critican el carácter generalmente sincrónico del análisis estructural y la consecuente supresión de cualquier diacronía o historicidad del mismo.


Exceptuando la sublime reinterpretación que Michel Foucault construye a partir de la genealogía nietzscheana, esta “corriente” se inserta en unas diatribas intestinas que son contradecidas mutuamente. El siguiente paso fue la lectura de Theory and History de Ludwig von Mises que ha constituido una de las mayores decepciones literarias que yo haya tenido. Con evidentes aires de superioridad, Mises realiza una suerte de epítome de las diversas teorías históricas. El de Leópolis, entonces, acomete críticas a las mismas que por brevedad, falta de argumentación y poca seriedad, no parecen especialmente a tener en cuenta. Ludwig von Mises desaprovecha una oportunidad verdaderamente única de efectuar un cierto análisis a través de la imbricación entre el tinte imaginario, el surgimiento moderno –con la Revolución Industrial-, o la falta de conciencia que se achaca desde la Escuela Austríaca al concepto de clase con una crítica verdaderamente seria y argumentada de estas teorías históricas que presenta. Continuando mis lecturas pude inferir algo que ya presentía y es que la Escuela Austríaca ha dejado prácticamente olvidada la historia y los más extensos estudios que tiene sobre tal rama, se producen como efecto colateral de un análisis económico en un momento concreto. Otro aspecto a considerar es el desconocimiento que desde la academia, se proporciona a los historiadores sobre Escuela Austríaca, pues el saber histórico tal y cómo es conocido por nosotros, no es sino un producto de la institucionalización de la disciplina en la decimonovena centuria; no es más que la resultante de un contexto histórico determinado. Expuesto lo anterior, juzgo de especial interés la magistral obra de Hans Hermann Hoppe, The Economics and Ethics of Private Property. Hoppe (cap. IV, 2ª Ed.), realiza una analogía brillante entre el análisis marxista y austríaco de la lucha de clases, recalcando que el descrédito del marxismo es achacable al punto de partida, el cual es absolutamente erróneo: la teoría de la explotación. No tengo nada que adicionar a lo que Hoppe propone. Volvamos a Mises. Habíamos dicho antes que es incapaz de desmontar el concepto de lucha de clases como motor de la historia. No creo que haya mayor discusión aquí. La Escuela Austríaca lo que trata de poner en cuestión, lo que busca rebatir es la certidumbre del futuro, el conocimiento de las diversas variables que tienen cabida en el análisis, la predeterminación de las diferentes opciones, de las distintas posibilidades sin margen para la creación de las mismas en el propio proceso. Pero no podemos concluir –como se ha hecho en algunos foros- que Mises explicita qué es la historia y acompañar esto del vocabulario exquisito que se busque para disfrazar tal conclusión, cuanto menos de naturaleza erística. Lo que la Escuela Austríaca tiene no es más que una agregación de fotogramas de momentos pretéritos con causa en acciones para tratar de inducir cierta previsión futura. En el sepelio de Karl Marx, Friedrich Engels se dirigía a los allí presentes gritando a viva voz que dentro del féretro se encontraba el hombre que había descubierto las leyes de la historia. Esta anécdota sirve para traer a colación lo que yo entiendo es la clave de todo este análisis. La lucha de clases –aceptando las distintas críticas a tal concepto- es una constatación a partir de la observación de la evidencia empírica, “Marx descubrió” –aduce Engels-, la Escuela Austríaca sólo puede aportar la idea. Una idea que parte de un individualismo metodológico que niega cualquier teleología, cualquier relación causaefecto y que imposibilita un análisis verdaderamente asentado de la historia. 1ª Edición en 1884 de la obra magna de Engels


Justicia Penal y Libertad Andrés Casas

El derecho penal y su corolario, la justicia penal, son unos excelentes indicadores sobre el estado de la libertad en una determinada sociedad. El hecho de que, además, el derecho penal y su jurisdicción correspondiente sean considerados por muchos como una de las atribuciones fundamentales de un Estado Moderno, denota cuál es el impacto de la actividad del estado en la vida social. En la teoría legal contemporánea, el derecho penal es la reacción considerada de ultima ratio frente a las conductas antijurídicas que suponen las afectaciones más graves a los derechos individuales (y bienes colectivos) más esenciales. No es de extrañar, por lo tanto, que el Estado Moderno reclame para sí el monopolio del derecho penal, así como de la jurisdicción relacionada. Las intervenciones del estado en este ámbito son variadas, pero las más importantes son dos: el monopolio de la declaración de conductas típicas y antijurídicas (los delitos y faltas) y el monopolio de la imposición de penas (el ius puniendi estatal). Estas ideas son desarrolladas a partir de normas legales relativas tanto al derecho penal material (el Código Penal) como al derecho penal procesal (la Ley de Enjuiciamiento Criminal). En nuestros actuales sistemas jurídicos, la legislación punitiva se orienta hacia una serie de fines muy variados (y en la práctica muchas veces incompatibles entre sí). Así, por ejemplo, las penas tienen una orientación hacia el castigo del culpable (función retributiva), hacia la disuasión de posibles conductas criminales futuras en la sociedad (función de prevención general negativa), hacia la reafirmación de la eficacia general de las normas penales (función de prevención general positiva), hacia el aislamiento y evitación de conductas criminales futuras del responsable (función de prevención especial negativa) y hacia la reinserción del delincuente en la sociedad (función de prevención especial positiva). En el ámbito procesal, los elementos fundamentales son la creación de una serie de derechos y garantías procesales y un sistema de procesos jurisdiccionales y recursos orientados a evitar la arbitrariedad. No obstante, estos elementos (propios y comunes a todos los sistemas llamados de “Estado de Derecho”) no están carentes de dificultades y contradicciones. El primero de los problemas consiste en la creciente inflación de conductas declaradas delictivas, de variedad de consecuencias penales y de elevación general de las penas. La necesidad política de calmar las emociones colectivas ha llevado a que el sistema penal (y en concreto su endurecimiento sistemático) sea instrumentalizado con objetivos electorales. El segundo de los problemas fundamentales consiste en la señalización diferente (y en ocasiones completamente opuesta) que se recibe desde cada una de las funciones que desempeña la pena, lo que hace que la obligación de cumplir con todas ocasione una falta de eficacia en los ámbitos relativos a todas ellas. Un tercer problema deriva de la composición de las partes en el proceso. Dos son las partes esenciales de un proceso penal, el Estado y el acusado/reo, situados además en posiciones jerárquicamente desiguales, quedando la víctima del delito totalmente ajena, al menos en lo esencial, al derecho penal. Derivado de todos los problemas anteriores (o quizás con carácter previo a todos ellos) se encuentra la desvinculación del derecho penal con el daño al individuo. Originalmente, el derecho penal (y así fue por ejemplo durante buena parte de la historia) era considerado como un derecho para responder a los daños causados. La diferencia entre la responsabilidad civil y la criminal era de grado, no de auténtica naturaleza. Sin embargo, en la actualidad, vemos como conductas sin víctima (como la venta de narcóticos) son consideradas actividades delictivas pese a no causar un daño (al menos un daño no consentido) a nadie.


Sin embargo, una alternativa genuinamente liberal existe frente a todo ello. Es lo que se conoce como “restitución”. En esta visión (que el autor del artículo comparte) la función principal de la justicia y el derecho consiste en la reparación de los daños causados. Agresor y víctima son, actuando en pie de igualdad procesal, las partes esenciales de todo proceso criminal. El titular de la jurisdicción, el juez o árbitro, realmente es una parte imparcial que se limita a reconocer los hechos y demandar, en su caso, las reparaciones correspondientes. El delito no es sino una conducta dañosa; la pena nada más que el intento de resituar a la víctima en una situación lo más próxima posible, dadas las circunstancias, a la que tenía antes de cometerse el acto criminal. La distinción entre responsabilidad civil y responsabilidad criminal debe, a favor de la libertad, volver a ser de grado y no de naturaleza. Se objetará que hay delitos (como el homicidio o la violación) que hacen imposible la reparación completa. Es cierto. Sin embargo, hemos de ser conscientes de que el sistema punitivopreventivo actual no responde adecuadamente a dichos fenómenos, y en nuestra alternativa al menos la víctima (o sus herederos) pueden gozar de una reparación suficiente que se aproxime a la restitución exigida por la justicia. Sin embargo, el principal escollo no es teórico sino político: la negativa del Estado Moderno a abandonar su régimen de monopolio sobre el sistema de justicia penal y a permitir que los mecanismos de competencia empresarial que tan buenos resultados dan en otros ámbitos de la vida social puedan, también, operar en el ámbito del derecho y la justicia penal. Andrés Casas Soto es licenciado en Derecho y Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidad Autónoma de Madrid y Máster en Economía de la Escuela Austríaca por la Universidad Rey Juan Carlos

Cesare Beccaria

1ª Edición de “De los delitos y las penas” fechada en 1764


Al Despertar José Camacho

Cuando el director de esta revista me propuso que hiciese un artículo sobre el “liberalismo”, pensé, que era un tema bastante complejo, un tema, que para escribir algo más o menos serio debía de prepararlo a conciencia y consultar una ingente cantidad de libros, manuales, ensayos, etc. Pero decidí, finalmente, escribir algo más cercano, y por supuesto de opinión. Sé, que para algunos la opinión es una lacra, una maldición, pero para mí es el germen de la sociedad revolucionaria, es la capacidad de cada uno de pensar por sí mismo, la intención de que lo que uno piense llegue a los demás, es en resumen, la evolución del ser humano. Tener nuestra propia idea, opinión, capacidad de reflexión y sobre todo, y para mí lo más importante, no caer en los dogmatismos y ser críticos. Y ya lo decía Stuart Mill: “nunca podemos estar seguros de que la opinión que pretendemos ahora sea falsa, y si lo estuviéramos, ahogarla sería también un mal”. Mi intención no era aquí citar los diferentes teóricos, filósofos, periodistas, economistas, políticos que han hablado sobre el liberalismo. Para eso ya tenemos revistas y personas que se dedican cada día a trasladar a un papel las ideas de sus antecesores. Mi idea es plasmar sobre el papel que es para mí el liberalismo. Cada día, al despertar, leemos en la prensa, escuchamos en la radio, comentamos con otras personas, que la sociedad cada vez es más avanzada, que ya pronto estarán erradicadas las enfermedades que matan a miles de personas cada año en el mundo, las guerras, la injusticia, la pobreza, el hambre e innumerables cosas que de citarlas aquí, necesitaría decenas de artículos como este, pero como sabemos –y por desgracia- el tiempo, y en éste caso el espacio, es limitado. Pero yo me pregunto a diario ¿estas premisas se cumplirán algún día? Yo no creo que se cumplan nunca. El liberalismo que surgió como un sistema filosófico, económico y político que promovía principalmente: las libertades civiles, la democracia, la división de poderes y el sometimiento al derecho, ha inducido a un sistema que solo promueve el egoísmo, el dinero, las guerras y la desintegración del ser humano. El liberalismo, no solo ha creado un sistema que no respeta en absoluto sus principios anteriormente mencionados-, sino que además ha sido el caldo de cultivo del que para muchos es uno de los sistemas más injustos y que menos respeta los derechos del individuo, de las minorías y de todos aquellos que no se someten a su doctrina. Por si no queda claro, cuando me refiero a que ha creado un sistema, hablo del capitalismo. En este momento algunos se preguntaran que tiene de relación el liberalismo y el capitalismo, bastante, puesto que éste nace del liberalismo. La lucha de los liberales en contra del poder absoluto del monarca, que entre otros muchos poderes, tenía el poder económico, hace que nazca un sistema conocido como economía de mercado y la evolución del mismo: el capitalismo.


Pero como ya sabemos, la historia y la vida nos han demostrado, que todo lo que nace muere, y que un sistema injusto puede caer. Por eso, Karl Marx dijo: “Los seres humanos hacen su propia historia”. Este sistema ha sido capaz de tejer un entramado, a través de las tecnologías, el dominio sobre el mercado mundial, el sistema financiero, político y educativo, capaz de convertir lo verosímil en inverosímil, el hambre en riqueza, la pobreza en excusa, y las diferencias en guerras. Y, sobre todo, capaz de hacernos creer que es el único sistema posible. José Gualda Camacho es estudiante de Ciencias Políticas y de la Administración y Derecho en la Universidad de Granada

Twitter.- @camachoutopico


Economía populista o instituciones de mercado Agustín Etchebarne

La Argentina lleva ya al menos 80 años perdiendo posiciones en comparación con el resto del mundo en cuanto a su riqueza relativa. Existen muchas explicaciones al respecto, pero la más concluyente es la que apunta al deterioro de las instituciones de la libertad. Durante 10 millones de años, el mundo prácticamente no creció, o creció muy poco. Angus Madisson nos demostró que desde el nacimiento de Cristo y hasta el año 1000, el crecimiento per capita fue del 0%; y desde el año 1000 d.C. al 1820 d.C, fue de apenas 0,06% anual. Es decir que durante millones de años la vida habría sido, como describió Hobbes, “pobre, sucia, brutal y breve” (the life of man, solitary, poor, nasty, brutish, and short.). Pero luego algo ocurrió, en un lugar preciso (el norte de Europa), que hizo cambiar la historia. Las ideas de la libertad, que germinaron incipientemente en la Escuela de Salamanca en España, pasaron a Holanda y se combinaron con el protestantismo germano, expandiéndose por todo Europa. Estas ideas consisten, básicamente, en el reconocimiento de que cada uno es dueño de sí mismo, y por lo tanto, se debe respetar el derecho a la vida, a la libertad y al fruto del propio trabajo (es decir la propiedad privada). También, el derecho de cada persona a la búsqueda de la felicidad de la forma que le parezca mejor, siempre que se respeten estos mismos derechos a los demás. Es decir, a partir de allí nace el concepto de la tolerancia y los acuerdos libres y voluntarios entre las personas. Fue en Inglaterra donde estas ideas pasaron a conformar el “Imperio de la Ley” (Rule of Law) y es allí donde sobrevino la primera explosión de riqueza. El sistema del Rule of Law tiene un notable éxito en términos de progreso material y de destrucción de la pobreza, además de un alto atractivo ético y filosófico. Muchos buscan las causas de la pobreza, atribuyéndola a una cantidad de cuestiones. Algunos culpan a los ricos por su codicia mientras que otros culpan al Estado por su voracidad fiscal, pero ambas visiones se equivocan, porque la pobreza no tiene causa, es in-causada. La pobreza es el estado natural del hombre que nace desnudo, sin abrigo y hambriento. Por eso es más acertado buscar las causas de la riqueza, no de la pobreza, como hizo Adam Smith en 1776, y estas son las que se protegen a través del Rule of Law. Lo fascinante es que en cada lugar del mundo donde se institucionalizan estas ideas, se obtiene el mismo resultado, independientemente de las culturas o religiones. Así, desde Alemania y Holanda, pasaron a Francia e Inglaterra, y todos ellos se convirtieron en los países más ricos de la tierra. Luego llegaron a EE.UU., Canadá, Australia y Argentina, y todos ellos pasaron a ser los países más ricos de la tierra. Luego de la Segunda Guerra Mundial, EE.UU. introdujo el sistema del Rule of Law en los tres países vencidos -Japón, Alemania e Italia- y éstos pasaron a ser la segunda, la tercera y la quinta potencia del mundo. Algo más tarde, Hong Kong, Taiwán, Singapur y Corea del Sur adoptaron el libre cambio y la protección de los derechos de propiedad, y se enriquecieron notablemente. Finalmente China, desde 1979, e India, desde 1990, se abrieron a los capitales “explotadores” y aceptaron el libre cambio y la protección de los derechos de propiedad, y desde entonces son los dos países que crecen más rápido anualmente.


Pero una vez alcanzado un alto nivel de desarrollo, un país no tiene asegurado su futuro. Para ello es indispensable que las personas que dirigen el país, y también sus votantes, sean conscientes de la importancia de preservar estas ideas. La Argentina es un caso triste que demuestra que destruir las instituciones es el camino más eficaz para volver a ser un país subdesarrollado. Argentina fue un país que logró ubicarse, a comienzos del siglo XX, entre los diez países más ricos del mundo, pero ahora ha caído al puesto 73 de 180 países en el ranking de PIB per capita que realiza el Banco Mundial. Para comprender por qué Argentina ha descendido tan brutalmente basta con analizar el índice de Calidad Institucional, elaborado por el economista Martín Krause para la Fundación Libertad y Progreso. El Índice está compuesto por ocho indicadores internacionales, cuatro referidos a libertades políticas y cuatro referidos a libertades económicas. Allí Argentina ha descendido aceleradamente: cayó 34 puestos, hasta el ubicarse 127 dentro de un total de 191 países. No puede sorprender que los 20 países que lideran el ranking también son los países de mayores ingresos, salvo raras excepciones. Finlandia, Dinamarca, Suiza, Nueva Zelanda, Suecia, Australia, Canadá, Noruega, Reino Unido, Holanda y EE.UU., encabezan la lista. Es decir, hay países que pueden tener mayor o menor presión impositiva y tamaño del Estado, pero en todos los casos hay un respeto profundo de los derechos individuales, la vida, la libertad, la propiedad privada y la búsqueda de la propia felicidad. El caso de Argentina debe servir para alertar a todos los países, incluyendo a los que lideran los primeros lugares, que es indispensable mantener la vigilancia de las instituciones.

Agustín Etchebarne es licenciado en Economía y Director de la Fundación Libertad y Progreso Twitter.- @aetchebarne Nota: Enlace al índice de Calidad Institucional, elaborado por el economista Martín Krause para la Fundación Libertad y Progreso. http://www.libertadyprogresonline.org/wp-content/uploads/2013/05/Calidad-Institucional-2013.pdf


Libertarios y Tradicionalistas Hispanos.– Algunos Puntos de Encuentro Miguel Anxo Bastos

Hace no muchos años Erik von Kuehnelt-Leddihn, libertario archiconservador, escribió que los antecedentes de la derecha española auténtica deberían ser buscados no en la tradición liberal española sino en el tradicionalismo carlista. A simple vista esta afirmación podría llevar a confusión o rechazo por parte del lector, dado que nada parece más a priori más incompatible que un ideario basado en la tradición y en la defensa de privilegios e instituciones originados en la noche de los tiempos y otro basado en las ideas de progreso, libertad y razón. En el caso español esto es aún más evidente, debido a la síntesis liberal-conservadora elaborada principalmente por Cánovas del Castillo a finales del siglo XIX. Esta síntesis, que a nuestro entender toma lo peor de cada tradición esto es el intervencionismo económico conservador y el estatismo liberal (no hay que olvidar que la idea de un estado abstracto y de una constitución que lo ordene y legitime es básicamente liberal), ha relegado al olvido, tanto en la teoría como en la práctica política elementos muy interesantes del ideario tradicionalista que podrían servir de referencia a la hora de configurar un corpus ideológico a la moderna derecha liberal o libertaria. Queremos por tanto en este breve artículo destacar por lo menos dos de los rasgos del tradicionalismo que a nuestro entender pueden ser más interesantes para un liberal o libertario contemporáneo. El primero es el radical antiestatismo del pensamiento tradicional español, tanto el del escrito en el siglo XIX como el más reciente, de mediados y finales del siglo XX y que encuentra su máxima expresión en la obra de Alvaro D’Ors. Los autores tradicionalistas cuestionan la propia idea de estado entendido como una forma de poder burocrática abstracta y fría, desprovista de cualquier forma de relación personal entre el dominante y el dominado. Recordemos que Raimondo Cubbedu en su Atlas del Liberalismo nos indica que el principal rasgo diferenciador del liberal o libertario moderno es la posición de radical oposición que este manifiesta hacia la propia figura del estado, al que ve como el ente opresor y negador de derechos por excelencia y, por tanto, el enemigo a batir en la defensa de las libertades. D’Ors llega al extremo de proponer en uno de sus ensayos una estrategia radical de entorpecimiento de la maquinaria burocrática sobre la que descansa el estado contemporáneo. El segundo rasgo en el que libertarios y conservadores pueden verse reflejados es en su visión sobre la descentralización estatal y su visión en general los cuerpos y poderes intermedios. Murray Rothbard afirmó en una ocasión que los fueros habían sido la mayor aportación de la teoría política hispánica al acervo político de la humanidad. Los fueros implican una radical descentralización de la legislación y del poder político y por tanto esta creación del pensamiento tradicional español, que fue siempre una de sus banderas principales, constituye uno de los principales límites a la expansión sin límites del poder político, pues este para poder ejercer su poder debe lidiar con costumbres y leyes fuertemente arraigadas en la población restringiendo severamente su capacidad de actuación. Esta breve nota pretende llamar la atención del lector sobre la tradición intelectual de la derecha vieja hispana y que entendemos que debería ser reivindicada por todos aquellos que pretendan construir una alternativa al dominio irrestricto de los poderes estatales que hoy día asfixian la vitalidad de nuestras sociedades. Miguel Anxo Bastos Boubeta es Licenciado en Economía por la Universidad de Santiago de Compostela en la que actualmente ocupa el puesto de Profesor Titular en el Departamento de Ciencia Política y de la Administración.


Antonio Cánovas del Castillo

Jesús Huerta de Soto. Principal Figura Histórica del Liberalismo Español

Para un desarrollo mayor de los conceptos aquí apuntados, recomendamos la conferencia impartida por el profesor Bastos Boubeta en el Instituto Juan de Mariana con el título: “Libertarianismo y Conservadurismo” http://www.youtube.com/watch?v=NzZJipDVd9o&sns=tw


Propiedad Intelectual David de Bedoya

En ocasiones el liberal se encuentra en serias dificultades cuando alguien pone encima de la mesa el tema de la propiedad intelectual. Por un lado, el liberalismo propugna la férrea defensa de los derechos de propiedad privada. Sin embargo, no reconoce la autoridad estatal a la hora de repartir derechos de propiedad e intervenir en la autonomía de la voluntad de los individuos. Esta disyuntiva nos acecha ahora, con más fuerza que nunca, cuando en España se pretende regular a través del derecho público sancionador (y aquel con mayor poder coercitivo, el derecho penal) la propiedad intelectual, sus límites y las sanciones frente a su menoscabo. En primer lugar, uno debe plantearse qué se entiende por propiedad y cómo surge. Y sin ánimo exhaustivo, ni detallado, podemos hablar de dos formas por las cuales uno se torna en propietario de un bien: o bien de manera originaria o bien por la transmisión de derechos de propiedad. La adquisición originaria de la propiedad fue estudiada por Locke y sus teorías siguen teniendo plena validez hoy en día. Al cabo, el brillante pensador defendía que un res nullius que era mezclado con la fuerza de trabajo de un individuo (transformado) y que, después, dicho individuo ejercía las funciones de propietario con citado bien se tornaba en propietario. Por otro lado, la propiedad derivada o traslaticia surge por el intercambio de derechos de propiedad posibilitado por la libre autonomía de la voluntad. Esto es, el bien circula en el tráfico entre distintos propietarios. Pero, ¿cuáles son las facultades citadas con anterioridad que ejerce (o puede ejercer) el propietario sobre sus bienes? Básicamente se pueden reducir a tres: derecho de uso, derecho de disfrute y derecho de disposición. El derecho de uso permite que el propietario use a su placer la cosa, con poder directo sobre la misma y sin ninguna limitación (amén de que sea responsable del menoscabo que de dicho uso pueda producirse sobre la vida o propiedad de terceros). El derecho de disfrute enmarca los frutos que la cosa deja a su propietario. Piensen, por ejemplo, en las rentas que genera un bien alquilado para su propietario. Finalmente, disponer del bien consiste tanto en su traspaso oneroso o gratuito como en su destrucción o abandono. Una vez hemos acotado sucintamente el derecho de propiedad veamos cómo encaja las facultades por todos reconocida con la propiedad intelectual. A nadie le cabe ninguna duda de que un músico, verbigracia, tiene acción directa sobre su partitura o sobre el primer disco que edita. Y tampoco cabe duda que puede disfrutar (si los produjere) de los frutos del disco y puede hacerlo circular en el tráfico. ¿Cuál es el problema? Pues que una vez circula el producto en el tráfico el creador pierde la acción directa sobre su creación. Ya no tiene acceso a él, hay otro propietario. ¿Cómo va a gravarlo sin consentimiento del propietario? ¿Cómo el nuevo propietario va a ser propietario pleno si su propiedad está limitada? Al cabo, cabría hablar de un fraude del viejo propietario hacia el nuevo propietario, pues conviniendo con éste una transmisión plena de facultades mantiene algunas él mismo. Luego, si no es propiedad en términos puros la propiedad intelectual (pues o supondría un fraude o priva al creador – de no ser un fraude – de las facultades del propietario a nivel práctico), ¿qué es? Algún forofo defensor de esta entelequia jurídica argüiría, a la desesperada, que es otro derecho real. Que el creador sigue teniendo un ius rei sobre su creación. Pero, ¿es esto acaso posible? Un derecho real es reivindicable ante cualquiera (algo factible a través, por ejemplo, de un registro o de un contrato con el usuario del disco, siguiendo el ejemplo anterior).


Esto presenta varios problemas. El primero, que el usuario no sería propietario, mas aparentemente actuaría como tal. El segundo, ¿qué acción directa tiene el creador sobre lo transmitido? ¿Puede destruirlo? ¿Impedir un determinado uso? ¿Impedir ulteriores transmisiones? La respuesta es que no. No puede. O, al menos, no puede solo. Y es aquí donde emerge la coacción estatal para desvirtuar toda la teoría de la libre propiedad. Donde la autonomía de la voluntad se quiebra y el usuario deja de ser propietario pese a creerse propietario. El Estado coacciona a este usuario y le limita el uso, la disposición y el disfrute. Y, mientras tanto, le obliga a subvencionar al lobby artístico defendiendo una innovación que se ha mostrado científicamente que sin los mal llamados derechos de propiedad intelectual existe igual. Y la afrenta estatólatra es ahora mayor en España. Por lo que la respuesta del liberalismo debiera ser más feroz. Al cabo, usa su instrumento más coactivo, más represor y totalitario, el derecho penal. Aquel derecho concebido por sus más ilustres inspiradores como un derecho de mínimos, subsidiario y de último recurso que hoy en día inunda cada aspecto de nuestras vidas en un latrocinio constante fruto del círculo liberticida estatal. No. No existe un derecho de propiedad intelectual. Puesto que no es derecho, es coacción. No es propiedad, es estafa. Y permítanme dudar, incluso, si es intelectual. David de Bedoya es estudiante de Derecho y Administración y Dirección de Empresas en ICADE Twitter.- @daviddebedoya

Murray N. Rothbard y Stephan Kinsella. Visiones contrapuestas sobre la propiedad intelectual.


Pecera.- Liberalismo  

Especial dedicado al Liberalismo en la actualidad. Editado en la Universidad de Granada

Pecera.- Liberalismo  

Especial dedicado al Liberalismo en la actualidad. Editado en la Universidad de Granada

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