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EL AGUJERO DE LAS LUCES / Antonio Quemore / Novela / 2011 | Capítulo 1

EL AGUJERO DE LAS LUCES (novela inédita)

Antonio Quemore

DATOS DE CONTACTO: Antonio Quemore mail: antonioquemore@gmail.com web: www.antonioquemore.com

Antonio Quemore es un novelista de 37 años. Nacido en Granada en 1974, reside entre Madrid y su ciudad natal desde 2005. Publicó su primera y única novela hasta la fecha en 2000: "Un chasquido de dedos", aunque tiene varios originales aún inéditos. Además de novelista, es músico y tiene varios discos editados en el mercado. Vive el mundo del arte desde los 14 años.

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EL AGUJERO DE LAS LUCES / Antonio Quemore / Novela / 2011 | Capítulo 1

1 Cromonte 09 de septiembre de 1984

Cuando Caín Icaza entró en la habitación y descubrió el cadáver de Claudia no reparó en la tarjeta de visita que el asesino había dejado a propósito escondida bajo la bufanda que había usado para estrangularla. Era una simple bufanda de lana oscura y nueva. Tal vez era de ella, aunque no lo pensó demasiado. ¿Qué importaba? No repararía en la tarjeta hasta algunos minutos más tarde, cuando sus ojos se hubieron acostumbrado un poco más a aquella penumbra rojiza y tras admirar durante un buen rato el cuerpo inerte de Claudia. Seguía tan hermosa como siempre. Su mente dejó volar la imaginación. Durante algunos instantes dudó seriamente que estuviera muerta. Sentado sobre el filo de la cama, se echó hacia delante y besó sus labios duros y fríos. Tenía los párpados abiertos y miraba fijamente al techo, como si allí hubiera algo que le hubiera llamado poderosamente la atención en el último momento. ¿Nos llevamos de esta vida y para la eternidad ese último momento?, se preguntó algo asombrado. Caín alzó su mano hasta ellos y los cerró con extrema lentitud. Luego sus dedos resbalaron cuello abajo con intención de llegar a los pechos, ahora insensibles pero igual de firmes que siempre. Sin embargo no llegó hasta ellos. Una minúscula esquina blanca de cartón sobresalía por debajo de la bufanda. El pequeño triángulo pareció relucir de entre la oscuridad con la fuerza de una estrella en mitad del oscuro firmamento. ¿Cómo no había visto aquello antes? ¿Qué sería? De inmediato tiró de la minúscula esquina con cautela y la observó. Al tiempo que lo hizo, le dio la sensación de que la extraía del interior de la garganta de Claudia, pero ella no se movió. No era muy grande, más bien pequeña, con una tipografía común, como las que se hacen en esas máquinas automáticas de los centros comerciales en diez minutos por unos cuantos euros. Había un nombre y una dirección impresos sobre el cartón. Enseguida reconoció el nombre. Conocía de oídas a aquella persona. Claudia le había hablado de él en más de una ocasión, sobre todo últimamente. Giró la tarjeta y descubrió unas palabras escritas a mano en el dorso, probablemente de puño y letra del dueño de aquella tarjeta. Caín leyó lo que ponía cuatro veces, no porque no lo entendiera o la caligrafía fuese

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complicada, sino por el mensaje tan simple y al mismo tiempo tan esclarecedor. No creyó que aquella frase la hubiera inventado aquel hombre, pero jamás la había oído y le pareció bonita, casi una declaración de amor. Absorto en ello estaba cuando cayó en la cuenta de que acababa de interferir en los planes del asesino, descarrilando los futuros acontecimientos. Fue entonces cuando sintió el corazón acelerado, dominado por una extraña sensación de poder. Si volvía a colocar aquella tarjeta de visita en su sitio las sospechas recaerían irremediablemente sobre su propietario. Si por el contrario se la llevaba y la hacía desaparecer de la escena del crimen, complicaría un poco más las investigaciones policiales y frustraría de paso la intención del asesino. Eso sin contar con que ya había dejado sus huellas dactilares plasmadas en aquella cartulina barata. Tanto si la dejaba como si la hacía desaparecer era algo que al fin y al cabo le traía sin cuidado: nada de eso le implicaba a él ni directa ni indirectamente. Sin embargo, tuvo una corazonada, un impulso, una de esas sensaciones que te hacen sentir que aún vives y puedes decidir. Algo le dijo que el dueño de la tarjeta y quienquiera que la había escondido bajo la prenda no eran la misma persona. No supo exactamente por qué, pero sintió que así era. Si no y por otra parte, ¿qué sentido tenía?, se preguntó totalmente absorto en aquel descubrimiento olvidando por completo el hermoso cuerpo inerte que tenía a su lado. A no ser que fuera una manera francamente tonta de autoinculparse, que todo podía ser. Era evidente que la policía terminaría encontrándola más pronto que tarde; de hecho él, reflexionó de inmediato, había tardado demasiado en encontrarla. Si no había más luz que aquellas bombillas rojas que seguían encendidas cuando ellos llegaran, sus potentes linternas coincidirían en aquella parte de su cuerpo enseguida, más cuando saltaba a la vista el arma del crimen. Todo le pareció tan claro. Casi de manera inconsciente, dejó caer con descuido el minúsculo cartón dentro de un bolsillo de su chaqueta negra de pana. Sabía que no debía quedarse mucho más tiempo allí. En cualquier momento podía entrar alguien y descubrirle. Era incluso probable que el asesino hubiera avisado a la policía y esta estuviera en camino. Por un momento se imaginó a los agentes subiendo de dos en dos los peldaños con las armas en las manos, acercándose en silencio a la puerta con ganas de fiesta. Entonces no habría excusa posible para escurrir el bulto. ¿Qué iba a decir? ¿No es lo que parece? Se sorprendió al pensar que en el fondo no le importaba lo más mínimo que le descubriesen. 3


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La habitación de aquel hotelucho le pareció ahora más deprimente que antes, pero quizá se debiera al hecho de que Claudia Palma estuviera muerta sobre la cama. Volvió a observarla unos segundos y experimentó una mezcla de sentimientos tan fuertes que sintió por primera vez cómo se le humedecían los ojos. Las dos lamparitas de luz roja a ambos lados de la cama ancladas a la pared dotaban a la estancia de un ambiente tétrico y casi paranoico. Sus pupilas se habían acostumbrado a tan poca luz a esas alturas, pero recordó el momento en que entró y creyó que todo estaba a oscuras. Era la habitación preferida de Claudia, la 02, aunque no sabía por qué, e intentó calcular en vano cuántas veces había estado con ella allí mismo, sobre aquella misma cama, retozando como dos adolescentes, cuando su cuerpo aún contenía un calor casi sobrenatural, encima y debajo de ella, delante y detrás, de lado.., eyaculando casi de cualquier forma. Notó que aquellos pensamientos le estaban provocando una erección y se alegró, pero trató de deshacerse de ellos de inmediato. Lo último que deseaba era salir de aquella habitación empalmado –aunque por otro lado no sabía si lo lograría−. Lo siguiente que se le ocurrió fue llegar a la conclusión, tremendamente curiosa por otro lado, de que aquella cama donde tanto había gozado había terminado por ser su lecho de muerte. Por un instante, como un relámpago en mitad de una noche de tormenta, se le cruzó por la mente la idea del suicidio y terminar su vida acostado junto a ella. No hubiera sido mala idea, pensó en ese corto instante en el que el tiempo pareció detenerse, y aunque aún no había llegado el verdadero momento de dolor por su pérdida, y sus posteriores y continuas punzadas de amargura, sabía que era demasiado cobarde como para acabar con su propia vida. Él no era Romeo ni ella Julieta, ni su relación había sido en algún momento romántica. No obstante, Caín hizo algo que jamás hubiera imaginado, y mucho tiempo después, cuando tratara de pensar en ello, sumergido ya en su locura personal, nunca lo recordaría con la precisión que a él le hubiera gustado. Se inclinó hacia ella y la levantó cogiéndola por debajo de las axilas, atrayéndola hacia él y pegándola a su pecho igual que en una película góticoromántica. Y así la mantuvo casi un minuto, aunque para él no fueron más que unos segundos. Durante aquel tiempo, Caín fue el hombre más feliz del mundo, la mayor felicidad que jamás conocería de hecho se aposentó en su corazón. Y cuando cerró con fuerza los ojos, las lágrimas brotaron de ellos y cayeron sobre el hombro de Claudia. Luego la soltó con cuidado sobre el colchón y se dio cuenta de que veía tan borroso a causa de las lágrimas que tuvo que limpiárselas con las manos. 4


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Se levantó. El tiempo pasaba. No podía seguir allí, y menos actuando de esa manera tan ridícula. Habían matado a Claudia Palma. Sus braguitas negras estaban tiradas en el suelo de la habitación, como olvidadas, huérfanas de valor, pero eso no quería decir que el asesino hubiese actuado con violencia. Las piernas de Claudia estaban juntas y enfundadas en unas medias negras de medio muslo ribeteadas con un bonito encaje. Su abrigo blanco de corazones de visón reposaba sobre una silla que había junto a la entrada, con el bolso de piel de cocodrilo también blanco encima, semiabierto. No distinguió más que aquellas bragas: su verdugo se habría preocupado de no dejar nada suyo por allí, al menos a primera vista. Pero, ¿Y el sujetador? ¿Y toda la demás ropa de Claudia, dónde estaba? Caín se reiteró lo que había pensado acerca de la pista falsa que acababa de encontrar: el verdadero asesino de Claudia quería acusar a otro de su crimen. Con todo, reflexionó, la policía científica encontraría cosas que a él se le escapaban; cosas como pelos, sudor, restos de sangre bajo las uñas y saliva.

Claudia Palma era la única hija del prestigioso psiquiatra y parapsicólogo Mauricio Palma. Mauricio había hecho fama y fortuna gracias a sus dotes de engaño y prestidigitación, pero en realidad fueron sus cientos de miles de seguidores los que le encaramaron a la cumbre de su éxito. Puede que muchos de ellos, tal vez la mayoría, no fuesen conscientes de ello, pero otros tantos sabían que de no ser por sus adorables fanáticos nunca habría llegado a ser alguien destacado. Fue la sociedad de Cromonte la culpable de que aquel hombre grande y de voz seductora fuera más célebre que el propio alcalde de la ciudad, telecomunicador indiscutible en su propio programa televisivo en prime time. El hombre gordo, como algunos solían llamarle, sobre todos los que no le tragaban, había trabajado para ello sin duda, desde su ya respetable consulta en FaraUla, pero el camino estuvo allanado. La suerte no es para quien la busca, sino para quien la encuentra, había dicho el propio Mauricio más de una vez en alguna entrevista. Pero él mismo sabía que esto no era cierto, o no al menos para él. Pero quedaba bien en cualquier entrevista y sabía que le otorgaba un pequeño toque de humildad.

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Mauricio Palma dirigía y presentaba desde hacía años un show televisivo donde diagnosticaba e hipnotizaba a personas voluntarias en directo. Era uno de esos programas destinado a tener gran éxito de audiencia, ya que conjugaba la magia, el morbo por conocer las miserias del prójimo y el llanto fácil de los voluntarios. Él y su familia vivían en una zona de lujo al sur de la capital. No eran originarios de Cromonte, sino de FaraUla, otra población costera al este y mucho más pequeña que la gran urbe. Como hombre de grandes aspiraciones, sabía que si no se trasladaban a aquella metrópolis su afán y su carrera llegaría a un punto muerto más pronto que tarde. Así que abandonaron su ciudad natal para instalarse en Cromonte hacía ahora casi veinticinco años, tiempo más que suficiente para conseguir sus propósitos. La suerte le sonrió desde el principio. La suerte y el ingenio. Gracias a los ahorros que traía consigo no dudó en instalarse en uno de los barrios más lujosos de la ciudad, allí donde vivían los mejores médicos, abogados, constructores y demás gente de prestigio. Las apariencias siempre acompañaban. Pronto conoció a un productor de televisión que, tras descubrir los increíbles poderes del parapsicólogo –evitó a tiempo que a su hija pequeña la operaran de la cabeza cuando descubrió que en realidad sus migrañas no eran más que producto de una muela podrida que los médicos habían pasado por alto−, le ofreció un programa de televisión en su cadena privada. Era un horario matinal, de media hora y escasa audiencia, pero no le importó. ¿Cómo iba a poner pegas a tal oportunidad? Aceptó de inmediato, naturalmente, tras acordar un sueldo más que aceptable y conseguir libertad casi total para esa media hora de programa. Lo importante era entrar en el círculo mediático, hacerse un hueco, codearse con los profesionales de los medios de comunicación. Y lo consiguió. Los tres primeros programas piloto lograron una audiencia destacada y enseguida le propusieron otro con más tiempo y presupuesto. El productor se dio cuenta de que aquel pueblerino de FaraUla iba a proporcionarle mucho dinero, como así fue. En el fondo siempre estuvo convencido, y más a medida que pasó el tiempo y le conoció algo mejor, que el hecho de que Mauricio descubriera a tiempo el mal de su hija no había sido más que fruto de la casualidad. Al principio creyó en él, pero dejó de hacerlo durante las siguientes semanas. Sin embargo, habría sido de estúpidos no aprovechar el tirón de aquel hombre.

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Unos años más tarde, Mauricio Palma dirigía y presentaba uno de los shows televisivos más vistos y de más éxito de los últimos años. Su fama subía como la espuma, y se hablaba de su programa en distintos medios de comunicación. Creó controversia, y eso era justo lo que Mauricio necesitaba. Muchos productores se tiraron de los pelos al pensar que habían rechazado sus ofertas en otros tiempos. ¿Cómo no lo habían visto? ¿Quién iba a sospechar que tal programa iba a tener tanto éxito? Ninguno de ellos había tenido esa revelación, esa mirada de visionario –por otro lado aparentemente innata en esta profesión− como el productor que le apoyó desde el principio. Fuera suerte, destino o casualidad, Mauricio y su productor se habían forrado, aunque para el parapsicólogo el dinero nunca era tan importante como la fama que había conseguido. La fama y el prestigio lo era todo para él, y no dudó en declarar esto en las muchas entrevistas que vendrían después, apuntándose otro tanto de humildad. −¿Cómo que para usted no es importante el dinero? –le preguntó a propósito una célebre periodista de uno de los periódicos nacionales de más tirada. −Yo nunca he dicho eso –la corrigió con educación revelando físicamente su lado más bonachón−. Tan sólo digo que la fama y el prestigio no se compra con dinero, ni el talento. A mí sólo me interesa hacer felices a las personas que lo necesitan ayudándome del don que Dios me ha regalado. Si con eso gano dinero, ¡bienvenido sea! Ganó muchos adeptos con este tipo de declaraciones. Quizá en el fondo, no mentía del todo. El programa se emitía en directo, y se dividía en dos partes: durante la primera, el propio Mauricio era el protagonista absoluto. Nada más comenzar el show y ser recibido sobre el escenario como una auténtica estrella del rock, pedía voluntarios de entre el público que llenaba el plató y escogía a algunos de ellos para luego exhibir sus cualidades de brujo. No eran pocos los que ponían en duda este procedimiento, desconfiando de aquellos voluntarios anónimos. La actuación consistía en hipnotizar a cada uno de los invitados haciéndoles regresar a un momento trágico de su pasado con el fin de solucionar algún conflicto presente. Un sencillo juego de magia que tenía a buena parte de la población y un amplio porcentaje del resto del país totalmente enganchado. Mientras se emitían aquellas sesiones de hipnosis la audiencia era máxima, superando con creces la programación de otras cadenas estatales. Ninguna otra le hacía sombra. La fascinación y devoción de su público elevaron su 7


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fama y prestigio hasta tal punto que durante cinco años seguidos Mauricio Palma fue elegido la persona más popular de la ciudad a través de una encuesta anual publicada en el suplemento de uno de los periódicos más importantes de Cromonte. La segunda parte del programa se componía esencialmente de entrevistas y coloquios junto a otros especialistas del ramo y expertos en sucesos paranormales también de reconocido prestigio de dentro y fuera de la ciudad, lo que consumaba las delicias de un público tan crédulo como sacrificado al insomnio, ya que el programa terminaba muy de madrugada. Aunque durante esta segunda parte las audiencias bajaban notablemente, ni a él ni a los productores de la cadena televisiva les importaba lo más mínimo. Más de una vez le propusieron a Mauricio prescindir de ella y alargar el tiempo de sus sesiones, pero siempre se negó. El truco estaba en dejar al público sediento de espectáculo hasta el siguiente programa, algo que los productores entendieron perfectamente. También solía añadir en su defensa que en cada sesión de hipnosis sufría serios bajones de energía, y que con el tiempo y la edad le costaba más recomponerse para la siguiente. A principios de la década, Mauricio Palma, además de ser un hombre muy popular, era toda una eminencia, una autoridad dentro del mundo arcano de los parapsicólogos, curanderos y los llamados Médicos de Dios. Sin embargo, y algo que muy pocos sabían, era que su vida privada carecía de toda esa gloria que relucía en su vida pública. No se puede tener todo, le había reconocido el propio Mauricio a un periodista muy amigo suyo. Su esposa Isabel llevaba años consumiéndose debido a unas fuertes depresiones que la acompañaron durante toda su vida, y no se despegaron de ella hasta el día en que decidió arrancárselas de un plumazo. Sus seguidores no tenían por qué conocer estos aspectos íntimos de su vida familiar, pero al ser un hombre público algunos detalles tuvieron que salir a la luz sin que él pudiera evitarlo. Hacía justo una semana que habían encontrado a Isabel muerta dentro de su propio coche en el garaje de la vivienda familiar. No paraban de salir noticias en prensa, radio y televisión sobre su muerte cuando ahora y por sorpresa se añadiría la de la única hija del matrimonio. A esas alturas, buena parte de la población estaba al corriente de todo, y se sabía que el psiquiatra había prestado declaración sobre lo sucedido, aunque apenas un par de horas más tarde salió por su propio pie de comisaría. Muchos de sus fans se congregaron a las puertas de la comisaría para mostrar su 8


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apoyo con pancartas y gritos. Nadie creía que aquel hombre calmado de aspecto bonachón que ayudaba a los demás en sus programas televisivos tuviera algo que ver con la muerte de su esposa. El hecho de que prestara declaración fue un simple vulgar protocolo policial, y propició que los agentes que en ese momento trabajaban en el edificio se pelearan por verle y de paso pedirle algún autógrafo. De hecho Mauricio aprovechó su estancia allí para socorrer a un inspector preocupado por unas terribles pesadillas que llevaba sufriendo casi dos semanas. El parapsicólogo se metió con él en la sala de interrogatorios un par de minutos y le hipnotizó. El inspector salió de la habitación visiblemente contento y le propuso invitarle a un café en la cafetería de la comisaría, lo que Mauricio rechazó cortésmente. Un buen puñado de policías vieron el espectáculo privado a través del cristal polarizado con intensa fascinación. Al salir de la comisaría, Mauricio se acercó a sus fans escoltado por un guardaespaldas personal y les dedicó unas palabras de agradecimiento, anunciándoles en primicia que pronto volvería al plato. Disfrutaba con aquellos actos públicos, vivía para ello. Sabía que tenía a la gente en el bolsillo. Era el Rey de la televisión. Todo indicaba que Isabel se había suicidado en su propio garaje usando los gases tóxicos del coche en marcha –uno de cuatro de lujo que tenía Mauricio allí aparcados− y la puerta del vehículo abierta, aprovechando que ni su marido ni su hija se encontraban por la vivienda. Por todos era sabido que llevaba muchos años hundida en una enfermedad mental depresiva, y ni los fármacos ni la magia de su marido pudieron hacer nada por detenerla. Claudia no había seguido los pasos de su padre. Nadie entendía por qué, pero así era. No aparecía nunca en la prensa, algo que otra persona en sus mismas circunstancias habría aprovechado sin duda. Solía acudir a menudo al plató de televisión con él, pero siempre se quedaba entre bambalinas o en los camerinos y veía el espectáculo por cualquier televisor. En una entrevista que concedió junto a su padre hacía unos años, declaró que no le interesaba demasiado el mundo fantástico de su progenitor ni tenía intención de convertirse en una persona pública, pero entendía que no podía evitar que la gente hablara de ella y la pararan por la calle. Además, yo no tengo su don, y eso se tiene o no se tiene, afirmó en esa entrevista. Era una mujer privilegiada por ser hija de quien era, pero siempre se esforzaba por quedarse al margen de aquel comprometido y bullicioso mundo social.

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Sin embargo sacó provecho de su fortuna y su carácter. Gracias a su notable posición económica, Claudia dedicó su vida a vivirla como mejor entendió. Tenía tantos amantes como quería, se le abrían las puertas de todas las tiendas de moda más lujosas, acudía a fiestas privadas donde cualquier otra persona de Cromonte no habría podido entrar. De alguna manera y sin ser del todo consciente, exhibió con orgullo su apellido, su magnetismo para atraer la atención y un agraciado cuerpo que Dios le había regalado. Con ella no parecía ir aquella frase de su padre de No se puede tener todo. Hasta el día de su muerte, Claudia Palma no fue otra cosa que esclava del impetuoso mundo de su padre. Por más que se empeñó en alejarse, la poderosa inercia de aquel mundo la atraía constantemente. Le fue imposible romper esas cadenas invisibles y en el fondo de su corazón lo sabía. Fue el destino que le tocó vivir.

De cualquier forma, Caín dedujo que si bien Mauricio estaba detrás del suicidio de su esposa, no creía que tuviera algo que ver con el asesinato de su hija. Era su ojito derecho. Aunque cualquier cosa era posible. En ese momento se escuchó un ruido al otro lado de la puerta. Eran pasos, débiles, probablemente de una mujer o de un niño, y se detuvieron. Le dio la sensación de que el poderoso silencio que reinaba en la habitación era algo vivo y le observaba. Que les observaba, se corrigió. Creyó estar dentro de una sala totalmente insonorizada. Luego unos nudillos golpearon la puerta y se sobresaltó. «Toc», «toc», «toc». Sus bíceps se tensaron. −Es la hora –dijo la mujer no muy alto al otro lado de la puerta. Era la dueña del hostal−. Vístanse y dejen la habitación. La voz sonó tan cerca que Caín creyó que traspasaría la madera y observaría lo que ocurría allí dentro como si tuviera ojos. La mujer golpeó la puerta débilmente otra vez y tras unos segundos de inacción, los pasos se alejaron por el pasillo enmoquetado.

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Caín miró en rededor. La única manera de salir de allí era a través de aquella puerta por la que había entrado. La habitación era más bien pequeña. Al fondo, a un par de metros escasos, distinguió el sucio lavabo con la puerta cerrada. Pensó un instante en abrirla y mirar, pero desechó la idea. En la pared derecha vio las hojas de madera oscura y barata de una ventana diminuta. Una de las hojas estaba semiabierta y por allí se colaba la poca claridad del exterior. No se oía nada. Había dejado de llover. Un extraño olor reptó por las fosas nasales. Había percibido el característico perfume de Claudia, pero además había otros que no lograba identificar. Era como una mezcla de sudor y colonia de hombre. Miró de nuevo a Claudia. A pesar de estar algo amoratado, su rostro descansaba plácido ahora con los párpados cerrados. Tuvo el impulso de sentarse de nuevo junto a ella y abrazarla de nuevo, pero no tenía tiempo para ello. El resto del cuerpo estaba blanco y brillante como la cerámica. Una extraña sensación le mantenía paralizado. Se sentía curiosamente observado. No sabía qué más podía hacer allí. Aquella sería la última vez que estarían juntos, y tenía la sensación de que faltaba algo por hacer. Sentía que no podía irse sin más, no quería despedirse de ella. No se dio cuenta de que sus dedos se habían posado sobre su abrigo blanco de corazones de visón y lo acariciaba. −Estarías de acuerdo conmigo en que tarde o temprano ocurriría algo así, Claudia –dijo con los ojos otra vez húmedos sin dejar de acariciar el abrigo de visón. Parecía como si interpretara un papel melodramático frente a un espejo, pero él no se percató de ello−. Yo te quería. Nunca te hubiera hecho daño a pesar del todo el que me has hecho a mí. –Se detuvo un par de segundos. No quería dejar de mirarla, pero sintió cómo la garganta se le cerraba y no le dejaba continuar−. Es hora de rendir cuentas. Y se dio la vuelta. La puerta estaba a un metro escaso. Levantó la mano para coger el pomo y se detuvo otra vez. Quería mirarla otra vez, mirarla por última vez, pero no lo hizo. Giró el pomo y abrió la puerta de golpe con la esperanza de no encontrarse con nadie. Salió y justo antes de cerrar se aseguró de que tenía la tarjeta de visita que había encontrado en el bolsillo de la chaqueta. Cerró lo más despacio que pudo.

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Llegó hasta las escaleras con intención de bajar a la recepción para salir por la puerta principal. Eso era lo más coherente y natural. Intentar otra cosa podría haberle acarreado problemas. No creía que la mujer se quedara con las caras de todo aquel que entraba y salía de su hotelucho. No lo creía, pero tampoco podía estar seguro y no era la primera vez que entraba a aquel edificio. Desconocía si existía alguna otra salida de emergencia o algo por el estilo. Era un edificio viejo de tres plantas restaurado sin ascensor. El tramo de escaleras era estrecho, lo suficiente para subir o bajar dos personas a la vez. Tanto las escaleras como los pasillos habían sido enmoquetados recientemente. Tal vez en la azotea hubiera otra escapatoria, pero no se sentía con fuerzas para averiguarlo. El mostrador de recepción se encontraba a la derecha justo al terminar el último tramo de escaleras. No parecía haber nadie. Caín llegó allí y siguió su camino hasta alcanzar la puerta de salida por la que había entrado media hora antes. Rezó para que la mujer hubiera vuelto a dormirse en su silla y no reparara en él. Pero justo antes de salir, cuando ya tenía el tirador de la puerta en la mano, apareció de la nada de pie tras el mostrador. La dueña del hostal era una mujer de mediana edad, bajita y con cara de pocos amigos a su pesar. Vestía una bata azul oscura abotonada y algunos rulos enredados en su pelo ralo y cobrizo. Tenía las pestañas saturadas de rímel negro igual que una jovencita. −Hola, joven, ¿quieres una habitación? Caín se volvió hacia ella y se fijó en sus rulos: quizá era la mejor manera de no ponerse nervioso. No le mires a los ojos, mira sus rulos, se ordenó mentalmente. Los tubos fluorescentes del techo iluminaban bastante bien la recepción, y en ese momento parecieron titubear un instante, tal vez a causa de la tormenta que sacudía la ciudad. Tuvo el angustioso impulso de abrir la puerta y salir de allí corriendo. Quizá era lo mejor. Era imposible que aquella mujer le alcanzara. −Perdone –dijo al fin−, creo que me he equivocado de edificio. No estaba seguro de si la mujer le había visto bajar o simplemente se había encontrado con él vuelto de espaldas a punto de salir. No podía saber eso porque no había mirado hacia allí cuando pasó delante de ella. Tampoco había ningún indicador acústico que anunciara que entraba o salía alguien. Continua mirando sus rulos, se dijo mentalmente de nuevo. Pero le costaba un esfuerzo descomunal. 12


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−Tengo las habitaciones más baratas de la zona, joven –le contestó la mujer mostrándole una sonrisa picarona que tal vez le habría funcionado a la mil maravillas muchos años atrás, pero ahora hacía que su rostro se pareciera más al de un monstruo de feria−. Si quieres venir con compañía, este es el mejor sitio que vas a encontrar. Aquí nadie se fija en quién entra y quién sale. Puedes pagar por horas. Me suena tu cara, ¿seguro que no has estado aquí antes? ¿No eres tú el acompañante de la señorita rica que sigue arriba? Caín trató de sonreír y su mirada se posó de lleno en la cara de la mujer. No pudo evitarlo. Sus ojos, resaltados por el rímel y la curiosidad, parecían salírsele unos centímetros de las cuencas. Me ha pillado, pensó sintiendo el pulso de nuevo acelerado. −No –dijo al fin. Y se giró para abrir la puerta y salir. Temió que al hacerlo la mujer empezara a chillar como una loca y saliera a su encuentro para patearle el culo. Sin embargo, y aunque no tuvo oportunidad de verlo, la mujer del hostal se limitó a llevarse las manos a los rulos, se los recolocó, y regresó a la revista que tenía bajo el mostrador. −Pásate cuando quieras –dijo encogiéndose de hombros. Un golpe de aire frío acompañado de lluvia le azotó la cara nada más salir. Fue lo mejor que le pudo suceder. Aquella bofetada le reanimó y le hizo bajar la tensión que llevaba a cumulada. La media hora que había pasado con el cadáver de Claudia, rodeado de aquella luz asfixiante y miles de recuerdos, y el encontronazo con la dueña del hostal, había sido demasiado. Después de medio minuto, comprobó que la mujer no le había seguido, se ajustó la chaqueta y caminó con paso rápido por la acera, luego torció a la derecha, alcanzó una gran avenida y se mezcló con la multitud que en esos momentos agolpaba las calles de Cromonte. La lluvia acababa de convertirse en una simple llovizna y algunos mantenían sus paraguas abiertos. Los letreros de neón de los establecimientos parpadeaban alegremente en mitad del bullicio. Dos coches de policía pasaron veloces con sus sirenas puestas y varias personas se detuvieron para verlos pasar. Ya van a por ti, cielo, se dijo. Ya van a por ti. Iba a ser imposible apartarla de su mente. Aún mantenía aquella imagen de Claudia inerte sobre la cama, envuelta en aquella penumbra de luz roja y el silencio más absoluto. No pudo evitar 13


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tampoco que sus ojos volvieran a llenársele de lágrimas, camuflados ahora bajo la débil lluvia. Ella había sido el epicentro de su vida durante los últimos años, su pasión, su único motivo para levantarse cada día y albergar la esperanza de su llamada para volver a sentir el fuego de su cuerpo. ¿Cómo había llegado a ese punto? Aunque la pregunta correcta era: ¿cuándo comenzó a depender de ella de aquella manera? Sin embargo ahora estaba muerta, y su llama ahogada para siempre. La habían asesinado, estrangulado con una bufanda de sólo Dios sabía a quién pertenecía. Ya no lo iba a ver nunca más. Aquel pensamiento le estrujó el corazón y apretó los dientes. ¿Era posible aquello, no verla nunca más? Le dio la sensación de que se asomaba al borde de un abismo y sintió que las piernas le fallaban. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y le hizo tiritar de los pies a la cabeza al mismo tiempo. Qué frágil le pareció todo de repente. Toda la inmensa vida que transitaba a su alrededor le pareció vacía. Los hombres, las mujeres, los niños que caminaban dando saltitos cogidos de las manos de sus progenitores, los anuncios vibrantes de neón… Tuvo el impulso de arrojarse a la carretera con la esperanza de que en ese justo momento pudiera aplastarlo un autobús o un camión, y de no ser porque había demasiada gente entre él y el asfalto tal vez habría corrido hacia allí. Cayó en la cuenta que desde que descubrió a Claudia en la habitación había pensado dos veces en el suicidio. ¿Y si la tercera era la definitiva? No se creía capaz, pero… Diez minutos más tarde se detuvo en una marquesina y esperó el número de línea que le llevaría hasta su casa. Los acontecimientos le desbordaban la mente. Claudia había sido una mujer sin escrúpulos, al menos con él. No es que hubiera conocido muchas mujeres en su todavía corta vida, pero no era un dato necesario para llegar a esa conclusión. No necesitaba comparar. Desconocía cuántos amantes tenía. A él lo que le importaba es que podía verla a menudo y ya está. Con ella no existió ningún tipo de compromiso porque ella no era de nadie y se lo había dejado claro más de una vez. Eran las reglas del juego y él las había aceptado al sentarse a la mesa. Pero pese a todo se había encaprichado con ella al principio y caído en su hechizo después. Lo que sí le pareció más que evidente era el hecho de que uno de ellos la había asesinado, alguien con más sangre fría que él había decidido acabar con su vida. Pero, ¿quién?, y ¿por qué? Su autobús se aproximó a la marquesina y esperó a que se abrieran las puertas.

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Se podía asesinar de muchas maneras, como un vulgar delincuente con un cuchillo o una bufanda o, como ella sabía, poco a poco, día a día, lentamente, como un veneno invisible que se introduce en el cuerpo que quema por dentro y destruye toda vida. *

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El agujero de las luces  

Primer capítulo de la novela de Antonio Quemore, "El agujero de las luces"