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La debilidad de Caronte

La silueta oscura y siniestra se aproximaba intimidatoria y dominante, erguida sobre la popa de la inquietante barca, que se deslizaba silenciosa sobre el agua. Conforme se acercaba a la orilla iban definiéndose los contornos de la imponente figura, abrigada de una bruma lactosa, hecha jirones, que parecía abrirse trabajosa y lentamente ante el avance del barquero. Éste, divisó en la orilla la pareja amorosamente abrazada. Ella parecía apoyarse, ligeramente recostada, en el hombro de él, que la sostenía por la cintura. Reconoció a la mujer, pues era el motivo de su viaje, pero ¿qué hacía allí aquel hombre?

Su incansable y cadenciosa rutina era un ir y venir de una orilla a otra, llevando las almas a la oscuridad infinita y eterna. Un lento y agonizante deslizamiento por la superficie de las turbias aguas que no se veía nunca interrumpido. La presencia del hombre no era un hecho esperado.


El leve roce de la quilla sobre la oleosa arena avisaba de la arribada de la temida barca. El hombre sin mediar palabra ni abandonar en tierno abrazo a la mujer, alargó una mano hacia el barquero. Sobre la palma extendida mostraba oferente dos monedas. La voz, bajo el largo manto que cubría la cabeza y dejaba el rostro en penumbra, sonó seca, hosca, tremendamente grave: -

¿Qué es esto? -preguntó Caronte.

-

Es el pago del viaje. -dijo el hombre. Las palabras fueron

pronunciadas con determinación sin asomo de humildad o súplica alguna. -

Ella ya pagó cuando el reloj de sus días llegó a su fin.

-

Lo sé. Las monedas son por mí. Una es por mi alma, la otra

por mi vida. -

¿Sabes que no hay retorno?

-

¿Quién piensa en ello? Mi destino está ligado a ella para

siempre.


Caronte, con la mirada propia de sus vacuas y negras cuencas, paseo su rostro por las tinieblas lejanas, como reflexionando sobre la situación. Volvió de nuevo su penumbrosa faz hacia la pareja esbozando un siniestro y cavernoso: -

De acuerdo.

El barquero tomó las monedas en una mano mientras con la otra hacia un gesto de invitación a la pareja para que subiera a la barca, mientras el remo descansaba sobre su hombro. Hombre y mujer, sin abandonar su protector y enamorado abrazo, pasaron acomodándose en la tablazón fría y pardusca. Él descansaba, medio erguido, con la espalda apoyada en las cuadernas. El brazo derecho protegía a la mujer abrazándola hasta descansar la mano en su talle, mientras con la mano izquierda la tomaba de una mano. La extraña mezcla de ternura en su mirada y la fuerza y determinación de su rostro daba un encanto especial a sus facciones.


Ella recostaba la cabeza sobre el pecho del hombre. Su pelo rojizo se confundía con la capa que le cubrían los hombros y la palidez de su rostro resaltaba el rojo natural de sus labios, en los que se adivinaba un ligero temblor.

Caronte agitó el remo empujando la barca, que se alejó de la orilla. La proa viró poniendo rumbo al tenebroso horizonte estigiano. Los remos se hundían acompasada y rítmicamente, con una cadencia extraña y silenciosa. La barca avanzaba hacia la perdida eternidad, alejando a la pareja de la tenue luz de la vida, que iban dejando atrás.

A cada golpe de remo la mujer exhalaba un suspiro y con él se escapaba su aliento vital. El barquero, sabedor de esta simbiosis, se mostraba ajeno a los acontecimientos manteniendo el ritmo aprendido en su eterna singladura. El hombre a cada suspiro de ella le besaba tiernamente bien en la frente, bien en los labios, intentando con ello alargar lo inevitable.


La mirada lánguida de ella se posaba de vez en cuando en los ojos del hombre, para a continuación adormecer ligeramente los párpados. Amor y resignación desbordaba su entregada figura.

Caronte, rompiendo su impasible porte, giro los hombros como si su mirada observara la estela de la barca, cuando en realidad sus vacías y oscuras cuencas se posaban en la pareja. El siniestro barquero no pudo por más que admirar la amada entrega de la mujer y sentir conmiseración por aquel hombre, que elegía compartir la incierta noche por toda la eternidad, junto a su amada, antes que vivir la vida sin ella.

Málaga, 13 de septiembre de 2009 Antonio Montoro

La debilidad de Caronte.  

Relato corto de un encuentro amoroso con la muerte.

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