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que la rebelión que Ibn Hud protagonizó contra los almohades en el valle de Ricote el 15 de junio de 1228, entrando en la ciudad de Mursiya el 4 de agosto, expulsando al gobernador almohade y proclamándose emir. El caudillo musulmán, buscando una legitimidad se presentaba como descendiente de los Banu Hud, una familia real que gobernó Zaragoza durante el período taifa del siglo XI, y fuera cierto o no, la realidad era que pertenecía a un linaje cuyos miembros desempeñaron importantes cargos políticos y administrativos. Los sucesos acaecidos en la taifa trascendieron a todo al-Ándalus hasta el punto de que un año después sólo Niebla y Valencia escapaban al control de Ibn Hud y de su estado, capitalizado en Madinat Mursiya. Las grandes ciudades de al-Ándalus lo reconocieron como su soberano. Hud puso en marcha una política basada en ofrecer su obediencia al califa de Bagdad y romper todo vínculo con los almohades. Pero la realidad era bien distinta, ya que pretendía una desvinculación de sus posesiones del mundo norteafricano sin un sometimiento absoluto al poder oriental. Sin embargo, tuvo grandes dificultades en afirmar su autoridad en tan extensos dominios. Como obra de soldado que fue, su imperio no tenía mayor fundamento que la fuerza de su espada, por ello, unos reveses sufridos ante las huestes castellanas, provocaron efectos desproporcionados dentro de sus fronteras. Pese a sus dotes militares, se sintió incapaz de hacer frente a los avances de la reconquista cristiana. Ibn Hud pudo superar esta primera crisis al ser reconocido de nuevo como rey por Sevilla; al reconquistar Córdoba en 1235 y al ser nombrado por el califa de Bagdad como gobernante de todo al-Ándalus. Pero se vio obligado a rendir “la perla andalusí” un año después ante el empuje de Fernando III de Castilla. Ello supondrá la decadencia del monarca murciano ante una pérdida tan simbólica como la antigua capital califal. Finalmente, Ibn Hud consideró conveniente viajar a Almería, uno de sus más fuertes apoyos, donde fue víctima de una traición urdida precisamente por al-Ramini, walí de dicha ciudad y hombre de su confianza. El 13 de enero de 1238 moría asesinado diez años después de la sublevación y, el fugaz esplendor del que había gozado al-Ándalus con Mursiya como capital y de él como soberano,

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se extinguieron para siempre tan pronto como cedieron las débiles bases en que se sustentaba. Ibn Hud sucumbió estrepitosamente y sus herederos tendrían la triste obligación de sepultar el cadáver que era ya la Mursiya agarena. La debilidad de la taifa llevó a Ibn Hud al-Dawla (sucesor y tío del anterior) a solicitar un pacto a Castilla en 1243. Consecuentemente, el infante Alfonso, en nombre de su padre Fernando III, la sometió a vasallaje tras firmar el Tratado de Alcaraz, incorporando la ciudad y el reino a la Corona de Castilla. Hazim al-Qartayanni escribiría desde su exilio en Túnez evocando nostálgicamente los felices años vividos por él en Mursiya, convertida de pronto en capital de una al-Ándalus casi unificada por Ibn Hud y siendo partícipe de los días más gloriosos de la ciudad y su huerta, antes de que el irresistible avance cristiano desarbolara el régimen hudí: En el Segura, innumerables norias giran como adargas movidas en las batallas por guerreros con lorigas que son las acequias rizadas por los vientos (...) Mi tierra es un paraíso por donde corren ríos de agua, vino, leche y miel; donde todos los placeres se dan cita; el ver y oír cosas agradables, las comidas, bebidas y perfumes, las veladas de placer, el departir en las escuelas literarias, el amor... El tiempo es como una fiesta continua; Las noches, como noches de bodas; y la vida... ¡Un ensueño permanente!

FIESTA DE MOROS Y CRISTIANOS DE MURCIA • DECLARADA DE INTERÉS TURÍSTICO NACIONAL

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Revista de Moros y Cristianos de Murcia, 2016

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