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A todo ello el andalusí respondió con su insolencia habitual, dispuesto a resistir hasta el final. Actitud que despertó en los almohades una profunda mezcla de admiración, odio y miedo. Hombre práctico y pragmático, restaba importancia a las ideologías y doctrinas religiosas. Por ello no dudó, para conseguir sus fines en política exterior, aliarse con los cristianos. Así lo hizo con los castellano-leoneses, declarándose vasallo de Alfonso VII, también llamado el Emperador, a quien pagaba parias con tal de asegurarse la paz y su apoyo ante los intransigentes almohades. De esta manera Mardanish se transformaba en el paladín de la resistencia andalusí y Mursiya se convertirá durante veinticinco años en el foco de rebeldía y capital del Sharq al-Ándalus. Durante el emirato del Rey Lobo su reino vivió un momento de esplendor al verse como centro del estado mardanisí, tanto, que su moneda era referente en toda Europa. La prosperidad de la ciudad se basó en la agricultura y aprovechando el caudal y la estructura del río Segura crearon una compleja red hidrológica, siendo la predecesora del actual sistema de regadíos de la huerta. La artesanía al-

canzó gran prestigio exportando la cerámica a las repúblicas italianas. A todo esto hay que añadir los numerosos complejos cortesanos que fueron construidos, como la Dâr as-Sugrà a extramuros del arrabal murciano de la Arrixaca o el conjunto palatino de Monteagudo, verdaderas muestras del esplendor de una urbe que, igualmente, vio reforzada su muralla, elevándola a quince metros y resguardada por un revellín y un foso que, circundando la ciudad, frenaba el acoso de las numerosas embestidas almohades. Completó el sistema defensivo al norte con la edificación de tres fortalezas con objeto de vigilar la huerta y al sur con los baluartes del Portazgo y la Asomada en el puerto de La Cadena. En 1165 la población sufrió un primer gran asedio almohade, que acabó por fracasar. Siete años más tarde, con sus dominios conquistados y la ciudad de Mursiya duramente sitiada, moría Ibn Mardanish, el Rey Lobo. Le sucedió su hijo Hilal, quien pactó con los almohades la rendición, convirtiéndose en su gobernador y dando fin a la taifa. Pero Lobo luchó por un territorio, para él patria común de los andalusíes, indistintamente del credo que profesasen. Admirado y temido por sus enemigos por su valor, arrojo y astucia, convirtió a Mursiya en la capital del mundo andalusí durante los segundos reinos taifas y la mantuvo insumisa hasta su muerte.

Tercera taifa. Ibn Hud al-Mutawakkil, el azote de los almohades. Siglo XIII La victoria cristiana en las Navas de Tolosa en 1212 marca el principio del fin de la dinastía almohade. La descomposición de su imperio es coincidente con el ascenso de Castilla a primera potencia rectora en la lucha contra los musulmanes, personificada por Fernando III, casi al mismo tiempo

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Revista de Moros y Cristianos de Murcia, 2016

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