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SÓCRATES (Atenas, -469 -399)

PERSONALIDAD DE SÓCRATES Motivos de la acusación contra Sócrates Recojamos, pues, desde el comienzo cuál es la acusación a partir de la que ha nacido esa opinión sobre mí, por la que Meleto, dándole crédito también, ha presentado esta acusación pública. Veamos, ¿con qué palabras me calumniaban los tergiversadores? Como si, en efecto, se tratara de acusadores legales, hay que dar lectura a su acusación jurada. “Sócrates comete 5 delito y se mete en lo que no debe al investigar las cosas subterráneas y celestes, al hacer más fuerte el argumento más débil y al enseñar estas mismas cosas a otros”. (PLATÓN, Apología, 19 a-b). Contra Meleto, el honrado y el amante de la ciudad, según él dice, y contra los acusadores recientes voy a intentar defenderme a continuación. Tomemos, pues, a su vez la acusación 10 jurada de éstos, dado que son otros acusadores. Es así: “Sócrates delinque corrompiendo a los jóvenes y no creyendo en los dioses en los que la ciudad cree, sino en otras divinidades nuevas.” Tal es la acusación. (PLATÓN, Apología, 24 b-c).

15 De manera que si ahora vosotros me dejarais libre no haciendo caso a Anito, el cual dice que o bien era absolutamente necesario que yo hubiera comparecido aquí o que, puesto que he comparecido, no es posible no condenarme a muerte, explicándoos que, si fuera absuelto, vuestros hijos, poniendo inmediatamente en práctica las cosas que Sócrates enseña se corromperían todos totalmente, y si, además, me dijerais: “Ahora, Sócrates, no vamos a hacer 20 caso a Anito, sino que te dejamos libre, a condición, sin embargo, de que no gastes ya más tiempo en estas investigaciones y de que no filosofes más, y si eres sorprendido haciendo aún esto, morirás”; si, en efecto, como dije, me dejarais libre con esta condición, yo os diría: “Yo, atenienses, os aprecio y os quiero, pero voy a obedecer al dios más que a vosotros y, mientras aliente y sea capaz, es seguro que no dejaré de filosofar, de exhortaros y de hacer 25 manifestaciones al que de vosotros vaya encontrando, diciéndole lo que acostumbro: `Mi buen amigo, siendo ateniense, de la ciudad más grande y más prestigiada en sabiduría y poder, ¿no te avergüenzas de preocuparte de cómo tendrás las mayores riquezas y la mayor fama y los mayores honores, y, en cambio no te preocupas ni interesas por la inteligencia, la verdad y por cómo tu alma va a ser lo mejor posible?'.” Y si alguno de vosotros discute y 30 dice que se preocupa, no pienso dejarlo al momento y marcharme, sino que le voy a interrogar, a examinar y a refutar, y, si me parece que ha adquirido la virtud y dice que sí, le reprocharé que tiene en menos lo digno de más y tiene en mucho lo que vale poco. Haré esto con el que me encuentre, joven o viejo, forastero o ciudadano, y más con los ciudadanos por cuanto más próximos estáis a mí por origen. Pues esto lo manda el dios, sabedlo bien, y yo 35 creo que todavía no os ha surgido mayor bien a la ciudad que mi servicio al dios. En efecto, Antología de Textos

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voy por todas partes sin hacer otra cosa que intentar persuadiros, a jóvenes y a viejos, a no ocuparos ni de los cuerpos ni de los bienes antes que del alma no con tanto afán, a fin de que ésta sea lo mejor posible, diciéndoos: “No sale de las riquezas la virtud para los hombres, las riquezas y todos los otros bienes, tanto los privados como los públicos. Si corrompo a los 5 jóvenes al decir tales palabras, éstas serían dañinas. Pero si alguien afirma que yo digo estas cosas, no dice verdad. A esto yo añadiría: Atenienses, haced caso o no a Anito, dejadme o no en libertad, en la idea que voy a hacer otra cosa, aunque hubiere de morir muchas veces.” (Platón, Apología, 29c-30b) 10

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Ahora, atenienses, no trato de hacer la defensa en mi favor, como alguien podría creer, sino en el vuestro, no sea que al condenarme cometáis un error respecto a la dádiva del dios para vosotros. En efecto, si me condenáis a muerte, no encontraréis fácilmente, aunque sea un tanto ridículo decirlo, a otro semejante colocado en la ciudad por el dios del mismo modo que, junto a un caballo grande y noble pero un poco lento por su tamaño, y que necesita ser aguijoneado por una especie de tábano, según creo, el dios me ha colocado junto a la ciudad para una función semejante, y como tal, despertándoos, persuadiéndoos y reprochándoos uno a uno, no cesaré durante todo el día de posarme en todas partes. No llegaréis a tener fácilmente otro semejante, atenienses, y si me hacéis caso, me dejaréis vivir. Pero, quizá, irritados, como los que son despertados cuando cabecean somnolientos, dando un manotazo me condenaréis a muerte a la ligera, haciendo caso a Anito. Después, pasaríais el resto de la vida durmiendo, a no ser que el dios, cuidándose de vosotros, os enviara otro. Comprenderéis, por lo que sigue, que yo soy precisamente el hombre adecuado para ser ofrecido por el dios a la ciudad. En efecto, no parece humano que yo tenga descuidados todos mis asuntos y que, durante tantos años, soporte que mis bienes familiares estén en abandono, y, en cambio, esté siempre ocupándome de lo vuestro, acercándome a cada uno privadamente, como un padre o como un hermano mayor, intentando convencerle de que se preocupe por la virtud. Y si de esto obtuviere provecho o cobrara un salario al haceros estas recomendaciones, tendría alguna justificación. Pero la verdad es que, incluso vosotros mismos lo veis, aunque los acusadores han hecho otras acusaciones tan desvergonzadamente, no han sido capaces, presentando un testigo, de llevar su desvergüenza a afirmar que yo alguna vez cobré o pedí a alguien una remuneración. Ciertamente yo presento, me parece, un testigo suficiente de que digo la verdad: mi pobreza. (PLATÓN, Apología, 30d-31c).

35 Yo no he sido jamás maestro de nadie. Si cuando yo estaba hablando y me ocupaba de mis cosas, alguien, joven o viejo, deseaba escucharme, jamás se lo impedí a nadie. Tampoco diálogo cuando recibo dinero y dejo de dialogar si no lo recibo, antes bien me ofrezco, para que me pregunten, tanto al rico como al pobre, y lo mismo si alguien prefiere responder y 40 escuchar mis preguntas. Si alguno de estos es luego un hombre honrado o no lo es, no podría yo, en justicia, incurrir en culpa; a ninguno de ellos les ofrecí nunca enseñanza alguna ni les instruí. Y si alguien afirma que en alguna ocasión aprendió u oyó de mí en privado algo que no oyeran también todos los demás, sabed bien que no dice la verdad. ¿Por qué, realmente, gustan algunos de pasar largo tiempo a mi lado? lo habéis oído ya, 45 atenienses; os he dicho toda la verdad. Porque les gusta oírme examinar a los que creen ser sabios y no lo son. (PLATÓN, Apología, 33a-c).

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RECTITUD ÉTICA Y POLÍTICA Negativa a huir de la prisión 5 CRITÓN — Ciertamente, tampoco es mucho el dinero que quieren recibir algunos para salvarte y sacarte de aquí. Además, ¿no ves qué baratos están estos sicofantes y que no sería necesario gastar en ellos mucho dinero? Está a tu disposición mi fortuna que será suficiente, según creo. Además, si te preocupas por mí y crees que no debes gastar lo mío, están aquí algunos extranjeros dispuestos a gastar su dinero. Uno ha traído, incluso, 10 el suficiente para ello, Simias de Tebas. Están dispuestos también Cebes y otros muchos. De manera que, como digo, por temor a esto no vaciles en salvarte; y que tampoco sea para ti dificultad lo que dijiste en el tribunal, que si salías de Atenas, no sabrías como valerte. En muchas partes, adonde quiera que tú llegues, te acogerán con cariño. Si quieres ir a Tesalia, tengo allí huéspedes que te tendrán en gran estimación y 15 que te ofrecerán seguridad, de manera que nadie te moleste. /.../ SÓCRATES — Querido Critón, tu buena voluntad sería muy de estimar, si le acompañara algo de rectitud; si no, cuanto más intensa, tanto más penosa. Así pues, es necesario que reflexionemos si esto debe hacerse o no. Porque yo, no sólo ahora sino siempre, soy de condición de no prestar atención a ninguna otra cosa que al razonamiento que, al 20 reflexionar, me parece el mejor. Los argumentos que yo he dicho en tiempo anterior no los puedo desmentir ahora porque me ha tocado esta suerte, más bien me parecen ahora, en conjunto, de igual valor y respeto, y doy mucha importancia a los mismos argumentos de antes. Si no somos capaces de decir nada mejor en el momento presente, sabe bien que no voy a estar de acuerdo contigo, ni aunque la fuerza de la mayoría nos 25 asuste como niños con más espantajos que los de ahora en que nos envía prisiones, muertes y privaciones de bienes./.../ /.../ “Más bien, Sócrates, danos crédito a nosotras * , que te hemos formado, y no tengas en más ni a tus hijos ni a tu vida ni a ninguna otra cosa que a lo justo, para que, cuando llegues al Hades expongas en tu favor todas estas razones ante los que 30 gobiernan allí. En efecto, ni aquí te parece a ti, ni a ninguno de los tuyos, que el hacer esto sea mejor ni más justo ni más pío, ni tampoco será mejor cuando llegues allí. Pues bien, si te vas ahora, te vas condenado injustamente no por nosotras, las leyes, sino por los hombres. Pero si te marchas tan torpemente, devolviendo injusticia por injusticia y daño por daño, violando los acuerdos y los pactos con nosotras y haciendo daño a los 35 que menos conviene, a ti mismo, a tus amigos, a la patria y a nosotras, nos irritaremos contigo mientras vivas, y allí, en el Hades, nuestras hermanas las leyes no te recibirán de buen ánimo, sabiendo que, en la medida de tus fuerzas has intentado destruirnos. Procura que Critón no te persuada más que nosotras a hacer lo que dice.” Sabe bien, mi querido amigo Critón, que es esto lo que yo creo oír, del mismo 40 modo que los coribantes creen oír las flautas, y el eco mismo de estas palabras retumba en mí hace que no pueda oír otras. Sabe que esto es lo que yo pienso ahora y que, si hablas en contra de esto, hablarás en vano. Sin embargo, si crees que puedes conseguir algo, habla. CRITÓN — No tengo nada que decir, Sócrates.

* Sócrates está simulando ante Critón un diálogo con las leyes, personificándolas y manteniendo con ellas una reflexión en la que va poniendo de manifiesto ante su discípulo las razones de las leyes de la ciudad para no obrar según la propuesta de huida anteriormente formulada.

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SÓCRATES — Ea pues, Critón, obremos en ese sentido, puesto que por ahí nos guía el dios. (PLATÓN, Critón 45a-c;46b-c;54b-d).

TEORÍA DEL CONOCIMIENTO I. Objetivo fundamental del conocimiento SÓCRATES — Dime, Eutidemo, ¿has estado alguna vez en Delfos? EUTIDEMO — En dos ocasiones. SÓCRATES — ¿Has notado, en no sé qué parte del templo, la inscripción: conócete a ti mismo? 5 EUTIDEMO — Yo sí. SÓCRATES — Ahora bien, ¿no has prestado ninguna atención a esa inscripción, o bien la has grabado en tu mente y te has vuelto hacia ti mismo para examinar lo que eres?... EUTIDEMO — En verdad, no me he preocupado en absoluto, pues creía saberlo perfectamente, y apenas si podría conocer otra cosa, si no me conociera a mí mismo. 10 SÓCRATES — Pero de estos dos, ¿quién te parece que se conoce a sí mismo: el que sólo sabe su propio nombre, o aquél que se ha examinado como examina a un caballo quien desea comprarlo..., o sea que se ha examinado en qué condiciones se halla con respecto al oficio al que está destinado el hombre, y que ha conocido sus propias fuerzas? (JENOFONTE, Memorables, IV, 2). 15 La vida sin examen es indigna de un hombre (PLATÓN, Apología, XXVIII). II. Aportaciones fundamentales de Sócrates al conocimiento 20

Dos son las cosas que se pueden atribuir con todo derecho a Sócrates: los razonamientos inductivos y las definiciones de lo universal. Estos dos principios son el punto de partida de la ciencia. (ARISTÓTELES, Metafísica, XIII, 4, 1078).

Muy razonablemente, él (Sócrates) fue el primero que indagó las definiciones 25 universales (el qué cosa es), pues trataba de razonar, y la esencia de las cosas es el principio de los razonamientos. (ARISTÓTELES, Metafísica, XIII, 4, 1078). Sócrates no se ocupaba de la naturaleza, y trataba sólo las cosas morales, y en éstas buscaba lo universal y tenía puesto su pensamiento, ante todo, en la definición. 30 (ARISTÓTELES, Metafísica, I, 6, 987). [En el diálogo inmediatamente anterior al fragmento que se cita a continuación, Sócrates ha preguntado a Menón que defina la virtud. Menón responde que hay muchas virtudes según se refieran al hombre, a la mujer, al niño, al anciano, al hombre libre, al 35 esclavo, etc., y, que, en última instancia, dependen las virtudes de nuestras ocupaciones, funciones y edades]. SÓCRATES — Parece que he tenido mucha suerte, Menón, pues buscando una sola virtud he hallado que tienes todo un enjambre de virtudes en ti para ofrecer. Y, a propósito de esta imagen del enjambre, Menón, si al preguntarte yo qué es una abeja, cuál es su 40 naturaleza, me dijeras que son muchas y de todo tipo, qué me contestarías si yo continuara preguntándote: “¿afirmas acaso que es por ser abejas por lo que son muchas, de todo tipo y diferentes entre sí? ¿O bien, en nada difieren por eso, sino por alguna otra

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cosa, como la belleza, el tamaño o algo por el estilo?” Dime, ¿qué contestarías si te preguntara así? MENÓN — Esto contestaría: que en nada difieren una de la otra, en tanto que abejas. SÓCRATES — Y si después de esto te preguntara: “Dime, Menón, aquello precisamente en lo que nada difieren, por lo que son todas iguales, ¿qué afirmas que es?” ¿Me podrías 5 decir algo? MENÓN — Podría. SÓCRATES — Pues lo mismo sucede con las virtudes. Aunque sean muchas y de todo tipo, todas tienen una única y misma forma, por obra de la cual son virtudes y es hacia ella 10 hacia donde ha de dirigir con atención su mirada quien responda a la pregunta y muestre, efectivamente, en qué consiste la virtud. ¿O no comprendes lo que digo?.

EL MÉTODO SOCRÁTICO 15 I. El inicio del filosofar: la docta ignorancia

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De mi sabiduría, si hay alguna y cuál es, os voy a presentar como testigo al dios que está en Delfos. En efecto, conocíais sin duda a Querefonte. Este era amigo mío desde la juventud y adepto al partido democrático, fue al destierro y regresó con vosotros. Y ya sabéis cómo era Querefonte, qué vehemente para lo que emprendía. Pues bien, una vez fue a Delfos y tuvo la audacia de preguntar al oráculo esto —pero como he dicho, no protestéis, atenienses—, preguntó si había alguien más sabio que yo. La Pitia le respondió que nadie era más sabio. Acerca de esto os dará testimonio aquí este hermano suyo, puesto que él ha muerto. Pensad por qué digo estas cosas; voy a mostraros de dónde ha salido esta falsa opinión sobre mí. Así pues, tras oír yo estas palabras reflexionaba así: “¿Qué dice realmente el dios y qué indica en enigma? Yo tengo conciencia de que no soy sabio, ni poco ni mucho. ¿Qué es lo que realmente dice al afirmar que yo soy muy sabio? Sin duda, no miente; no le es lícito.” Y durante mucho tiempo estuve yo confuso sobre lo que en verdad quería decir. Más tarde, a regañadientes me incliné a una investigación del oráculo del modo siguiente. Me dirigí a uno de los que parecían ser sabios, en la idea de que, si en alguna parte era posible, allí refutaría el vaticinio y demostraría al oráculo: “Éste es más sabio que yo y tú decías que lo era yo”. Ahora bien, al examinar a éste —pues no necesito citarlo con su nombre, era un político aquel con el que estuve indagando y dialogando— experimenté lo siguiente, atenienses: me pareció que otras muchas personas creían que ese hombre era sabio y, especialmente, lo creía él mismo, pero que no lo era. A continuación intentaba yo demostrarle que él creía ser sabio, pero que no lo era. A consecuencia de ello, me gané la enemistad de él y de muchos de los presentes. Al retirarme de allí razonaba a solas que yo era más sabio que aquel hombre. Es probable que ni uno ni otro sepamos nada que tenga valor, pero este hombre cree saber algo y no lo sabe, en cambio yo, así como, en efecto, no sé, tampoco creo saber. Parece, pues, que al menos soy más sabio que él en esta misma pequeñez, en que lo que no sé tampoco creo saberlo. A continuación me encaminé hacia otro de los que parecían ser más sabios que aquél y saqué la misma impresión, y también allí me gané la enemistad de él y de muchos de los presentes. (PLATÓN, Apología, 20e-21e).

45 II. Ironía Tras escucharme, Trasímaco se echó a reír con grandes muecas, y dijo:

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—¡Por Hércules! Esta no es sino la habitual ironía de Sócrates, y yo ya predije a los presentes que no estarías dispuesto a responder, y que, si alguien te preguntaba algo, harías como que no sabes, o cualquier otra cosa, antes que responder. /.../ 5 —Veo claro todo —protestó Trasímaco—. Lo hacen para que Sócrates consiga lo habitual: que él no responda, sino que, al responder otro, tome la palabra y lo refute. /.../ —Esta es la sabiduría de Sócrates: no estar dispuesto a enseñar, sino a aprender de los demás yendo de un lado a otro, sin siquiera darles las gracias. 10 —En lo de que aprendo de los demás dices verdad, Trasímaco —contesté—. Pero en cuanto a lo que dices que no lo agradezco, estás equivocado, pues retribuyo en la forma que puedo; y sólo puedo hacerlo en elogios, porque dinero no tengo. Y con cuánto celo cumplo con ello cuando me parece que alguien habla bien, has de saberlo inmediatamente, después de que respondas. Creo, en efecto, que hablarás bien. 15 (PLATÓN, República, Lib. I, 337a-338b) III. Valor de la refutación

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EXTRANJERO — /.../ Hay quienes, después de reflexionar consigo mismos, llegaron a la conclusión de que toda falta de conocimiento es involuntaria y de que quienes creen ser sabios respecto de algo, no querrán aprender nada sobre ello. Por todo lo cual dicen que, aunque la educación con amonestaciones cuesta mucho trabajo, produce escasos efectos. TEETETO — Y tienen razón. EXTR. — Así, para rechazar esta opinión, recurren a otro procedimiento. TEET. — ¿Cuál? EXTR. — Interrogan primero sobre aquello que alguien cree que dice, cuando en realidad no dice nada. Luego cuestionan fácilmente las opiniones de los así desorientados, y después de sistematizar los argumentos, los confrontan unos con otros y muestran que, respecto de las mismas cosas, y al mismo tiempo, sostienen afirmaciones contrarias. Al ver esto, los cuestionados se encolerizan contra sí mismos y se calman frente a los otros. Gracias a este procedimiento, se liberan de todas las grandes y sólidas opiniones que tienen sobre sí mismos, liberación ésta que es placentera para quien escucha y base firme para quien la experimenta. En efecto, estimado joven, quienes así purifican piensan, al igual que los médicos, que el cuerpo no podrá beneficiarse del alimento que recibe hasta que no haya expulsado de sí aquello que lo indispone; y lo mismo ocurre respecto del alma: ella no podrá aprovechar los conocimientos recibidos hasta que el refutador consiga que quien ha sido refutado se avergüence, eliminando así las opiniones que impiden los conocimientos, y muestre que ella está purificada, consciente de que conoce sólo aquello que sabe, y nada más. TEET. — Ésta es la mejor y la más sensata de las disposiciones, sin duda. EXTR. — Por todo ello, Teeteto, debe proclamarse que la refutación es la más grande y la más poderosa de las purificaciones, y a su vez debe admitirse que quien no es refutado, así se trate del Gran Rey, será un gran impuro, y dejará inculto y afeado aquello que tendría que ser lo más puro y lo mejor para quien aspire a ser realmente feliz. (PLATÓN, Sofista, 230a-e). IV. La duda como estímulo del filosofar

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MENÓN — ¡Ah... Sócrates! Había oído yo, aun antes de encontrarme contigo, que no haces tú otra cosa que problematizarte y problematizar a los demás. Y ahora, según me parece, me estás hechizando, embrujando y hasta encantando por completo al punto que me has reducido a una madeja de confusiones. Y si se me permite hacer una pequeña broma, diría que eres parecidísimo, por tu figura como por lo demás, a ese chato pez marino, el torpedo. También él, en efecto, entorpece al que se le acerca y lo toca, y me parece que tú ahora has producido en mí un resultado semejante. Pues, en verdad, estoy entorpecido de alma y de boca, y no sé qué responderte. Sin embargo, miles de veces he pronunciado innumerables discursos sobre la virtud, también delante de muchas personas, y lo he hecho bien, por lo menos así me parecía. Pero ahora, por el contrario, ni siquiera puedo decir qué es. Y me parece que has procedido bien no zarpando de aquí ni residiendo fuera: en cualquier otra ciudad, siendo extranjero y haciendo semejantes cosas, te hubieran recluido por brujo. SÓCRATES — Eres astuto, Menón, y por poco me hubieras engañado. MENÓN — ¿Y por qué Sócrates? SÓCRATES — Sé por qué motivo has hecho esa comparación conmigo. MENÓN — ¿Y por cuál crees? SÓCRATES — Para que yo haga otra contigo. Bien sé que a todos los bellos les place el verse comparados —les favorece. sin duda, porque bellas son, creo, también las imágenes de los bellos—; pero no haré ninguna comparación contigo. En cuanto a mí, si el torpedo, estando él entorpecido, hace al mismo tiempo que los demás se entorpezcan, entonces le asemejo; y si no es así, no. Porque no es que yo tenga la certeza y suscite dudas a los demás; sino que yo, teniendo mayores dudas que los demás, los hago dudar también a ellos. Y ahora, “qué es la virtud”, tampoco yo lo sé; pero tú en cambio, tal vez sí lo sabías antes de ponerte en contacto conmigo, aunque en este momento asemejes a quien no lo sabe. No obstante, quiero investigar contigo e indagar qué es ella. (PLATÓN, Menón, 79e-80d). V. Mayéutica

30 TEETETO — Te aseguro, Sócrates, que muchas veces he intentado examinar esta cuestión, al oír las noticias que me llegaban de tus preguntas. Pero no estoy convencido de que pueda decir algo que valga la pena, ni he oído a nadie que haya dado una respuesta en los términos exigidos por ti. Y, sin embargo, no he dejado de interesarme en ello. 35 SÓCRATES — Sufres los dolores del parto, Teeteto, porque no eres estéril y llevas el fruto dentro de ti. TEETETO — No sé, Sócrates. Te estoy diciendo la experiencia que he tenido. SÓCRATES — No me hagas reír, ¿es que no has oído que soy hijo de una excelente y vigorosa partera llamada Fenáreta? 40 TEETETO — Sí, eso ya lo he oído. SÓCRATES — ¿Y no has oído también que practico el mismo arte? TEETETO — No, en absoluto. SÓCRATES — Pues bien, te aseguro que es así. Pero no lo vayas a revelar a otras personas, porque a ellos, amigo mío, se les pasa por alto que poseo este arte. Como no lo saben no dicen esto de mí, sino que soy absurdo y dejo a los hombres perplejos. ¿O no lo has oído 45 decir? TEETETO — Sí que lo he oído. SÓCRATES ¿Quieres que te diga la causa de ello? TEETETO — Desde luego.

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SÓCRATES — Ten en cuenta lo que pasa con las parteras en general y entenderás fácilmente lo que quiero decir. Tú sabes que ninguna partera asiste a otras mujeres cuando ella misma está embarazada y pueda dar a luz, sino cuando ya es incapaz de ello. TEETETO — Desde luego. SÓCRATES — Dicen que la causante de esto es Artemis porque, a pesar de no haber tenido hijos, es la diosa de los nacimientos. Ella no concedió el arte obstétrico a las mujeres estériles, porque la naturaleza humana es muy débil como para adquirir un arte en asuntos de los que no tiene experiencia, pero sí lo encomendó a las que ya no pueden tener hijos a causa de su edad, para honrarlas por su semejanza con ella. TEETETO — Es probable. /.../ SÓCRATES — Mi arte obstétrico tiene las mismas características que el de ellas, pero se diferencia en el hecho de que asiste a los hombres y no a las mujeres, y examina las almas de los que dan a luz, pero no sus cuerpos. Ahora bien, lo más grande que hay en mi arte es la capacidad que tiene de poner a prueba por todos los medios si lo que engendra el pensamiento del joven es algo imaginario y falso o fecundo y verdadero. Eso es así porque tengo, igualmente en común con las parteras esta característica: que soy estéril en sabiduría. Muchos, en efecto, me reprochan que siempre pregunto a otros y yo mismo nunca doy ninguna respuesta acerca de nada por mi falta de sabiduría, y es, efectivamente, un justo reproche. La causa de ello es que el dios me obliga a asistir a otros pero a mí me impide engendrar. Así es que no soy sabio en modo alguno, ni he logrado ningún descubrimiento que haya sido engendrado por mi propia alma. Sin embargo, los que tienen trato conmigo, aunque parecen algunos muy ignorantes al principio, en cuanto avanza nuestra relación, todos hacen admirables progresos, si el dios se lo concede, como ellos mismos y cualquier otra persona puede ver. Y es evidente que no aprenden nunca nada de mí, pues son ellos mismos y por sí mismos los que descubren y engendran muchos bellos pensamientos. No obstante, los responsables del parto somos el dios y yo. Y es evidente por lo siguiente: muchos que lo desconocían y se creían responsables a sí mismos me despreciaron a mí, y bien por creer ellos que debían proceder así o persuadidos por otros, se marcharon antes de lo debido y, al marcharse, echaron a perder a causa de las malas compañías lo que aún podían haber engendrado, y lo que habían dado a luz, asistidos por mí, lo perdieron, al alimentarlo mal y al hacer más caso de lo falso y de lo imaginario que de la verdad. En definitiva, unos y otros acabaron por darse cuenta de que eran ignorantes. Uno de ellos fue Aristides, el hijo de Lisímaco, y hay otros muchos. Cuando vuelven rogando estar de nuevo conmigo y haciendo cosas extraordinarias para conseguirlo, la señal demónica que se me presenta me impide tener trato con algunos, pero me lo permite con otros, y, éstos, de nuevo, vuelven a hacer progresos. Ahora bien, los que tienen relación conmigo experimentan lo mismo que les pasa a los que dan a luz, pues sufren los dolores del parto y se llenan de perplejidades de día y de noche, con lo cual lo pasan mucho peor que ellas. Pero mi arte puede suscitar este dolor o hace que llegue a su fin. Esto es lo que ocurre por lo que respecta a ellos. Sin embargo, hay algunos, Teeteto, que no me parece que puedan dar fruto alguno y, como sé que no necesitan nada de mí, como mi mejor intención les concierto un encuentro y me las arreglo muy bien, gracias a dios, para adivinar en compañía de que personas aprovecharán más. A muchos los he mandado a Pródico y a otros muchos a otros hombres sabios y divinos. (PLATÓN, Teeteto, 148e-151b).

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ÉTICA SOCRÁTICA 5 I. La virtud es saber Sócrates, por su parte, creía que las virtudes eran formas de la razón —ya que pensaba que todas ellas eran ciencias /.../ Combatía la idea de que uno pueda mostrarse conscientemente intemperante, como si no existiera la falta de dominio de sí. Afirmaba que 10 nadie, con una justa concepción de las cosas, podría obrar de manera que no fuera excelente; en el caso contrario, ello no podía deberse más que a ignorancia. (ARISTÓTELES, Et. Nicom., VI, 13, 1145; VII, 2, 1146). /.../ ¿Qué opinas de la ciencia? ¿Es que tienes la misma opinión que la mayoría, o 15 piensas de modo distinto? La mayoría piensa de ella algo así, como que no es firme ni conductora ni soberana. No sólo piensan eso en cuanto a su existencia de por sí, sino que aun muchas veces, cuando algún hombre la posee, creen que no domina en él su conocimiento, sino algo distinto, unas veces la pasión, otras el placer, a veces el dolor, algunas el amor, muchas el miedo, y, en una palabra, tienen la imagen de la ciencia como de una esclava, 20 arrollada por todo lo demás. ¿Acaso también tú tienes una opinión semejante, o te parece que el conocimiento es algo hermoso y capaz de gobernar al hombre, y que si uno conoce las cosas buenas y las malas no se deja dominar por nada para hacer otras cosas que las que su conocimiento le ordena, sino que la sensatez es suficiente para socorrer a una persona? (PLATÓN, Protágoras, 352b-c). 25 /.../ — Si entonces, dije yo, lo agradable es bueno, nadie que sepa y que crea que hay otras cosas mejores que las que hace, y posibles, va a realizar luego esas, si puede hacer las mejores. Y el dejarse someter a tal cosa no es más que ignorancia, y el superarlo, nada más que sabiduría. 30 Les parecía bien a todos. — ¿Qué entonces? ¿Ignorancia llamáis a esto: a tener una falsa opinión y estar engañados sobre asuntos de gran importancia? También estaban de acuerdo. — Por tanto, dije yo, hacia los males nadie se dirige por su voluntad, ni hacia lo que cree que 35 son males, ni cabe en la naturaleza humana, según parece, disponerse a ir hacia lo que cree ser males, en lugar de ir hacia los bienes. Y cuando uno se vea obligado a escoger entre dos males, nadie elegirá el mayor, si le es posible elegir el menor. (PLATÓN, Protágoras, 358b-d). 40 II. Fin último de la Ética: la Eupraxia (el buen vivir) ¿Ignoras que a ningún hombre del mundo le concedería sobre mí el derecho de afirmar que ha vivido mejor ni más alegremente? Pues, según mi parecer, viven óptimamente los que 45 estudian para hallar el mejor modo de llegar a ser óptimos, y viven muy felices los que tienen más viva la conciencia de su continuo mejoramiento (JENOFONTE, Memorables, IV, 8). /.../ Porque hace ya tiempo que el dicho nada en demasía parece acertado. Y realmente lo es. El hombre que hace depender de sí mismo todo aquello que conduce a la felicidad o se 50 le aproxima, y no lo supedita a otros, cuya bueno o mala fortuna forzarían también a la suya Antología de Textos

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IES Vicenç Plantada

Curs 2007-2008

propia a flotar a la deriva, ese hombre tiene ordenada su vida de una manera óptima; ése es el sabio, ése el valeroso y sagaz. Y ése, sobre todo, tanto si le vienen riquezas e hijos como si los pierde, dará crédito al proverbio: no se le verá ni demasiado alegre ni demasiado triste, porque confía en sí mismo. (PLATÓN, Menéxeno, 247e-248a). 5 Si yo no soy esclavo del vientre, del sueño o de la lujuria, crees, acaso, que su causa primera sea otra que ésta: que conozco otros placeres más suaves que aquéllos, placeres que me alegran no solamente con la satisfacción del momento, sino con la esperanza que me ofrecen de obtener un perpetuo provecho... ¿De qué otra fuente crees que provenga tanto placer, sino 10 del sentirse transformado en mejor y del contribuir al mejoramiento de los amigos?... Ahora bien, este es el pensamiento que llena mi vida... Tú basas la felicidad en las delicias y el lujo; yo, en cambio, pienso que el no tener ninguna necesidad es cosa divina, y tener lo menos posible es lo que más se acerca a lo divino: ahora bien: lo divino es óptimo, y lo que más se acerca a lo divino es lo que más se acerca a lo óptimo. (JENOFONTE, Memorables, I, 6). 15

Antología de Textos

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Textos sobre Sócrates  

Selección de textos sobre aspectos relevantes de la filosofía de Sócrates.

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