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20 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA. Nº382 SEPTIEMBRE 2008 } Nº IDENTIFICADOR: 382.006

Fotografías de Ígor Galduf

RAFAEL MIRALLES LUCENA ● Periodista y profesor. Universitat de València. ● Correo-e: rafael.miralles@uv.es

reportaje


Un motor revoluciona el instituto Jóvenes de la ESO concurren a una carrera que gana quien menos consume

En el eco-marathon de Nogaro participan prototipos procedentes de todo el mundo.

Por primera vez, un equipo de estudiantes de Secundaria Obligatoria se ha atrevido a construir un coche con el que ha participado durante dos ediciones consecutivas en una prueba de vehículos de bajo consumo a la que acuden cada año cientos de estudiantes de ingeniería, mecánica y formación profesional de distintos continentes. El diseño y la construcción de "la mandarineta", el prototipo con el que se presentó el instituto Malilla, de València, sirvieron para desplegar, con un humilde presupuesto, un ambicioso proyecto educativo. { Nº382 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA.

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“Mañana me voy a la Shell eco-marathon. Es una carrera de coches de bajo consumo en la que gana el vehículo que sea capaz de hacer más kilómetros, con un litro de combustible. Las reglas son sencillas. En realidad no te tienen circulando hasta que gastas el depósito, sino que recorres un número mínimo de vueltas, se mide el consumo y se calcula la

Los objetivos educativos de la tecnología (Extracto de la programación didáctica del proyecto Eco-marathon, Premio a la Innovación Educativa 2005 de la Conselleria de Educación de la Generalitat Valenciana). - Abordar problemas tecnológicos sencillos, de forma ordenada y metódica, valorando y respetando las normas de seguridad e higiene. - Analizar objetos y sistemas técnicos para comprender su funcionamiento, conocer sus elementos y funciones, aprender a usarlos y controlarlos. - Planificar proyectos tecnológicos sencillos, seleccionando y elaborando documentación para la organización y gestión de su desarrollo. - Expresar y comunicar ideas y soluciones técnicas y explorar su viabilidad con los recursos adecuados. - Desarrollar habilidades para manipular herramientas, objetos y sistemas tecnológicos. - Desarrollar actitudes solidarias, responsables, tolerantes y flexibles en el trabajo en equipo, la toma de decisiones, la ejecución de tareas y la búsqueda de soluciones. - Asumir el avance de nuevas tecnologías e incorporarlas al quehacer cotidiano. - Organizar y elaborar la información. Utilizar los recursos de Internet. - Promover el interés hacia la tecnología y la investigación. - Analizar y valorar críticamente la influencia de las tecnologías sobre la sociedad y el medio ambiente. - Valorar la satisfacción producida por la resolución de problemas. Superar las dificultades con esfuerzo. - Conocer las necesidades humanas más cercanas, y las soluciones tecnológicas más adecuadas.

distancia que se recorrería con un litro. Tienes que mantener una velocidad media de 30 Km/h, pero no estás obligado a tener el motor encendido todo el tiempo (se acelera, se deja llevar el coche por la inercia, y luego se arranca otra vez el motor y se repite el proceso). Los participantes intentan reducir el rozamiento del vehículo, mejorar la aerodinámica, aligerar el peso... Nuestro objetivo es conseguir dar las vueltas mínimas para clasificarnos. En la carrera participan equipos de centros de enseñanza y universidades. Somos el único instituto de Secundaria que se presenta a la competición, hay institutos de Formación Profesional, pero la mayoría de los equipos son de universidades. El año pasado nuestro centro ya se presentó, pero se nos rompieron los frenos en la primera vuelta. Este año esperamos que vaya mejor. Mañana salimos tres pro22 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA. Nº382 }

fesores y cinco estudiantes para pasar las inspecciones técnicas del coche e ir entrenando. El viernes vendrá un autobús con los alumnos que quieren ver la carrera, que se celebra sábado y domingo. Y después de la carrera, todos de vuelta. El lunes cuento cómo ha ido”. Jorge López Jiménez, uno de los profesores del instituto Malilla, de València, hilvanó estas palabras en un blog de Internet, en mayo de 2006, antes de partir hacia Nogaro, un pequeño pueblo en el suroeste de Francia con un circuito de carreras que organiza cada año un singular campeonato de vehículos: no se premia la velocidad, sino el ahorro energético. Dos años después de la última prueba, la gesta que protagonizaron los jóvenes ingenieros valencianos sigue marcando sus vidas. Durante los días que los estudiantes pasan en Nogaro, a finales de mayo, se alojan en tiendas de campaña en un entorno bucólico en el que conviven, cocinan, ligan, hacen trastadas y se divierten, mezclándose, en un ambiente presidido por la camaradería, con gente de todo el mundo, desde jóvenes como ellos hasta curtidos catedráticos y profesores de universidad. A Cristian Tortosa y Christian Castillo construir la mandarineta –el nombre con el que bautizaron el artilugio– les sirvió para confirmar su vocación. Tenían 16 años cuando en 4º de ESO hicieron de mecánicos en el equipo del instituto y ahora han empezado a estudiar Ingeniería Industrial. “Me cambió la forma de ver el mundo”, explica Cristian, “cogí Tecnología como optativa y me impliqué a tope en la construcción del coche. Luego he sido telemétrico de un amigo en el campeonato de España de motociclismo de 125 cc. Hace dos semanas aprobé el examen de comisario de pista y me he sacado la licencia de automovilismo. Dentro de unos días me voy a trabajar al circuito de Cheste, al campeonato mundial de turismos. Y mi intención es llegar hasta la Fórmula 1, porque este mundo me vicia”. Aida Sanz, 16 años, estudia 1º de Bachillerato y a ella le asignaron la responsabilidad de pilotar el prototipo con el que el instituto consiguió marcar, en 2006, un registro, porque el año anterior pagaron la novatada: a pesar de conseguir pasar las verificaciones técnicas, una rotura en la primera vuelta los dejó fuera de la prueba. “Ahora tengo muy claro cuál es mi futuro profesional, quiero ser


ingeniera, antes pensaba estudiar Biológicas pero me emocioné tanto mientras construíamos el coche, sobre todo cuando al final vimos que funcionaba de verdad, que no he podido quitármelo de la cabeza. Además, haber participado en un proyecto ecológico me vendrá muy bien en el futuro para aprender a reducir el consumo”. Aida rememora el día en que, a punto de tomar la salida en la carrera, se le rompió la dirección y pensó que todo estaba perdido: “Me enfadé mucho y tiré el casco, pero Ígor me dijo que no pasaba nada, que podríamos arreglarlo con unas bridas. No sé cómo pudo aguantarnos durante tanto tiempo, éramos unos niñatos. Pero es que Ígor es muy enrollado”. Ígor Galduf Cabañas (València, 1968), profesor de tecnología y principal responsable de la aventura, confirma la pasión que Aida derrochó en el proyecto: “Tenía

tanta fuerza y se metió tanto, que en la carrera no podía dejar de rebasar al resto de los coches, y no era eso. Aida estaba entonces en un momento conflictivo, con muchas energías que hubieran podido explotarle por cualquier lado. Implicarse en el proyecto le sirvió para canalizarlas y volcarse de lleno en los estudios. Ahora es una alumna que le echa ganas a todas las asignaturas y saca sobresalientes porque sabe lo que quiere ser”. Ígor Galduf tampoco tenía claro que sería profesor hace ocho años, cuando le aconsejaron opositar. Su pasión juvenil por las motos –“la mecánica siempre me ha tirado mucho, en esta vida me he manchado mucho de grasa”– lo llevó al estudio y se hizo ingeniero mecánico superior, una profesión que ejerció durante diez años en distintas empresas. Pero, paradojas de la vida, la docencia le ha permitido desarrollar sus inquietudes

y diseñar un triciclo a motor con la ayuda de sus alumnos y alumnas.

Así empezó todo En 2004, cuando daba clases en otro instituto, un compañero lo informó de la eco-marathon y sin pensárselo dos veces se armó de una cámara y se fue a Nogaro. Quedó impresionado por lo que vio y desde entonces fue gestando el proyecto que empezó a materializar el curso siguiente en el IES Malilla. Este centro, de construcción reciente, apenas tiene ocho años, cuenta con un equipo docente muy joven, con ideas y ganas de embarcarse en proyectos con su alumnado, adolescentes del barrio de Malilla, muchos de ellos hijos de trabajadores inmigrantes. El instituto ha apostado fuerte por la integración, un compro-

Los contenidos de la programación – – – –

Tecnología y sociedad: Investigación en pro de la disminución de consumo energético. Resolución de problemas técnicos: Chásis, motor, carrocería, frenos, ergonomía... (todo). Internet y comunidades virtuales: Búsqueda de información durante la fase previa a diseño. Tecnologías de la información: Diseño de planos, styling, hojas de seguimiento, etc.

Materiales de uso técnico: carrocería

Control y robótica: mandos y sistema de toma de datos

Mecanismos: sistema de dirección Energía y su transformación: motor Estructuras: chasis

Normas de seguridad: equipo del piloto, frenos, extintor...

Materiales de uso técnico: chasis

Electricidad: sistema eléctrico

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El alumnado descubre las ventajas de una tecnología respetuosa con el medio ambiente.

para saber más X Shell eco-marathon: http://www.shell.com/eco-marathon X Instituto de Educación Secundaria Malilla (Departamento de Tecnología). C/ Bernardo Morales Sanmartín, s/n 46026. València. Tel.: 963951022. Fax: 963951018. Correo-e: 46023870@edu.gva.es http://www.iesmalilla.es/cms/

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miso traducido en múltiples programas educativos que tratan de dar respuestas a los problemas de aprendizaje de unos chicos y chicas que viven en una sociedad urbana e intercultural, compleja y diversa. Sorprende que sea precisamente en un instituto de perfil sociohumanístico, sin Ciclos Formativos, donde haya cuajado un proyecto de tintes tecnológicos. Pero como advierte Ígor, “la tecnología es víctima de un malentendimiento muy extendido que la identifica como enemiga del medio ambiente y responsable del cambio climático, pero puede tener otra dimensión bien distinta, porque sus conocimientos y herramientas son útiles para solucionar problemas humanos, y eso tiene un enorme valor pedagógico”. La eco-marathon muestra esa otra cara de la tecnología en uno de los principales campos en que se aplica, la industria de la automoción, uno de los motores de las economías de los países tecnológicamente avanzados. El uso del vehículo como transporte conlleva una serie de conse-

cuencias medioambientales, que iniciativas como ésta tratan de minimizar. La carrera da a conocer los aspectos positivos de una tecnología que puede progresar en armonía con la sociedad y el medio ambiente. “Y, lo que es más importante, insiste Ígor Galduf, los propios chavales son los protagonistas del descubrimiento de estas otras aplicaciones”. Este profesor inquieto y muy sensibilizado con la ecología explica por qué se quedó tan atrapado por la eco-marathon: “Este certamen promueve la más alta tecnología, pero gana quien menos corre y menos consume, y eso rompe los esquemas de los chavales, acostumbrados a lo contrario, a gastar dinero en cosas que se convierten en inútiles al poco tiempo de comprarlas”. Entre las peripecias que hubo que sortear en la primera edición, el profesor cuenta que al intentar pasar las verificaciones técnicas se percataron de que el piloto no cabía en la cabina de conducción: había crecido 10 cm desde que le


tomaron las medidas a principios de curso. No hubo más remedio que embutirlo descalzo. Otro truco que emplearon para superar los rigurosos controles del coche fue pasarlos justo antes de las comidas, “cuando sólo quedaba un técnico, que estaba agotado y con ganas de irse a comer”. Mientras los equipos procedentes de universidades punteras, que cuentan con más medios de financiación, se lo toman muy en serio y guardan en secreto los prototipos que contienen las innovaciones sofisticadas sobre las que han investigado –motores de bajo consumo, carrocerías aerodinámicas, ordenadores a bordo, transmisores potentes, etc.– los más modestos, como Ígor y su equipo, ponen el colofón a una experiencia educativa en la que han depositado sus ilusiones durante todo el curso escolar. “Para nosotros, más que competir, lo importante ha sido el proceso con el alumnado, un trabajo en equipo en el que el entusiasmo ha podido con todas las dificultades. Además, hemos conseguido que se sensibilicen hacia el medio ambiente, desarrollando un vehículo que consume poco combustible. Como nuestros recursos han sido muy limitados hemos tenido que reutilizar muchos elementos: las ruedas de una bicicleta, el manillar de un patinete, las varillas de un coche de bebé, incluso las cajas de cartón del bar del instituto, que sirvieron para moldear la carrocería”.

Más ingenio que presupuesto La escasez de medios y de financiación han dado más sentido, si cabe, al valor educativo del proyecto del IES Malilla, aunque tras tanto esfuerzo se han impuesto un receso. “Para volver a participar, se lamenta Galduf, hace falta dinero. En los dos años en que participamos en la carrera, yo mismo tuve que conducir la furgoneta de alquiler de Valencia a Nogaro. Nuestra aventura hubiera sido imposible sin unas altas dosis de entusiasmo; seguí adelante pensando que los problemas económicos se solucionarían, pero no es lo mismo que te dejen hacer, a que te apoyen y te animen a seguir. Me decepcionó comprobar que a pesar de que visitaron el instituto y presenciaron nuestro trabajo, ni Rita Barberá [la alcaldesa de València] ni Francisco Camps [el president de la Generalitat] cumplieron su promesa de ayudarnos con subvenciones

y de poner a nuestra disposición el circuito de Cheste, para entrenar”. El profesor se muestra escéptico ante la pregunta de si volverá a repetir la experiencia: “Para mejorar lo que hemos conseguido hasta ahora necesitaríamos introducir mejoras en el prototipo y probarlo, y eso supone multiplicar por veinte los gastos. Encima, los nuevos currículos de Tecnología recortan la asignatura, que dejará de ser obligatoria en 2º de ESO. ¿Qué sentido tiene invertir tanto esfuerzo y apostar a tan alto nivel, cuando desde la propia Conselleria te cortan las alas?” El presupuesto inicial que calcularon, unos 3.600 euros, tuvo que ir reduciéndose hasta quedar en una tercera parte. A pesar de que las instituciones los dejaron colgados, al final recibieron ayudas de una entidad bancaria, una empresa de software y el AMPA del instituto. La falta de dinero la suplieron con imaginación y esfuerzo. Así, consiguieron que una tienda de motos les regalara las cúpulas de plástico para la cabina del piloto, y una fábrica de motocicletas les obsequió con un motor. Para construir la estructura del coche una multinacional accedió a venderles una plancha de panel de aluminio de nido de abeja, un material muy rígido y ligero que utilizan los bólidos de carreras y las naves espaciales. Otra empresa de pinturas les hizo un precio especial en el material de la carrocería aerodinàmica que diseñaron para el prototipo, y un establecimiento de bicicletas les facilitó diversos materiales. A cambio de imprimir su nombre, otra empresa les regaló unas camisetas con las que se equipó a todo el grupo. Y así todo. Bajo la dirección técnica del profesor, el alumnado fue ensamblando a lo largo de todo el curso los distintos elementos y piezas hasta que la mandarineta se hizo realidad: un prototipo de unos 80 kilogramos de peso, 2,60 metros de largo por 0,90 de ancho y 0,75 de alto, con un motor de serie de 40 kilogramos, concebido para recorrer el circuito a una velocidad media de 30 km/h., con un litro de gasolina.

Sana competición La cooperación y el espíritu competitivo han sido claves para mantener ilusionados y en tensión a todos los miembros del equipo. “Desde la educación parece un contrasentido promover la competición, pero no es así”, advierte

Ígor. “¿Cómo es posible que unos chavales segreguen tanta adrenalina en la construcción de un automóvil que corre tan despacio?” La estrategia didáctica que el profesor adoptó durante la experiencia requería mucho esfuerzo por su parte. “Yo tenía que anticiparme al menos dos semanas a cada uno de los pasos que ellos iban dando en clase, y prever las complicaciones que les irían surgiendo. Cuando les daba las indicaciones sobre la carrocería, el chasis o cómo cortar las piezas, en mi cabeza iban rondando los problemas que les podrían aparecer, estaba muy estresado porque además teníamos que terminar el coche a tiempo, antes de las fechas prefijadas”. Pero los chicos y las chicas, unos 60 de tercero de la ESO, más 20 de cuarto, a los que Ígor no daba clase en un principio, no olvidarán nunca la experiencia. Todos no pudieron viajar a Nogaro y había que escoger a los que habían reunido más méritos. Fue otro reto embarazoso que supieron resolver muy bien. “El proceso de selección fue muy bonito, explica Ígor, los pilotos y los mecánicos que conformaban el equipo tenían que ser los que mejor representaran a los que habían trabajado, y, claro, todos querían ser los seleccionados”. A medida que se acercaba la fecha de la prueba, el profesor fue afinando sus criterios y elaboró una lista que se reservó. De modo paralelo, los chicos y las chicas hicieron una criba en una especie de nominaciones de quiénes querían que les representaran, emitieron sus votos y al final su lista coincidió casi al cien por cien con la del profesor. “Fueron muy nobles y responsables, porque no jugaron a votar a los amiguitos”, recuerda Ígor, aunque Aida, que pilotó el coche el primer año, reconoce que lo pasó mal hasta que no supo que había sido elegida: “Para mí hubiera sido un palo tremendo no ir”. Domingo Ventura, 17 años, estudiante de 1º de Bachiller, muy despierto y hablador, participó en las dos ocasiones. En la primera, como piloto, no consiguió la clasificación. En la segunda viajó como mecánico. “Fue muy gratificante. Mi clase era la más problemática, éramos unos bichos, no hacíamos nada en ninguna asignatura, pero en Tecnología estábamos muy motivados, incluso después de la clase. Yo era muy vago y cuando el primer día el profesor nos explicó su proyecto creí que estaba loco. El día que teníamos

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que salir hacia Francia tuvimos problemas con el prototipo y estuvimos desde las 9 de la mañana hasta las 9 de la noche trabajando para darle los últimos toques. Lo hicimos a gusto, no nos obligaba nadie. Al final, nuestro esfuerzo se vio recompensado, no por los resultados de la carrera, sino por la ilusión de salir en la tele, la radio y los periódicos. Para mí es un orgullo y una vacilada decir que he ido a Francia a competir con un coche”. Lídia Vivó, Joana Pérez, Ana Marco y Vanessa Pérez, mecánicas del equipo, coindicen en que la experiencia las afectó “muy positivamente”. Lídia confiesa que se emocionaba cuando en la clase de Inglés oía el ruido del motor que salía del aula de Tecnología. “Durante tres meses, todo el instituto olía a fibra de vidrio”, señala Ana.

Un prototipo solar

La experiencia ha servido a Aida Sanz, la piloto de la mandarineta, para reconducir su futuro hacia la ingeniería.

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Además de las horas lectivas, el calendario de la competición los obligó a dedicar muchas horas extra en los recreos y al salir de clase. Cuando el profesor avisaba de que esa tarde se quedaría en el instituto para seguir avanzando, la avalancha de voluntarios lo obligaba a establecer turnos. “Sé que había alumnos de otros cursos que sentían una envidia muy sana por lo que estábamos haciendo”, recuerda Ígor. Pero los esfuerzos valieron la pena. Lo confirman todos los que intervinieron en aquella aventura, incluso su promotor, que cree que a pesar de las adversidades sería capaz de embarcarse más adelante, eso sí, con mejores condiciones y un presupuesto suficiente. De hecho, Ígor ha realizado un curso de especialista en energía solar de 350 horas que le servirá algún día para construir otro artilugio. “A los chavales les interesan cada vez más los problemas medioambientales y estoy convencido de que la construcción de un coche solar los motivaría a comprobar que la tecnología también sirve para frenar el consumismo”. Una lección que podrían aprender las instituciones valencianas, cuyas autoridades acogen sin reservas los circuitos de velocidad como signo de proyección exterior, pero siguen dando la espalda a proyectos educativos comprometidos en mostrar que otra tecnología creativa, sencilla y barata, más limpia y más verde, también es posible.

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