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MESTER DE JUGLARÍA

Cantar de Mio Cid (c. 1200) El Cid trama con Martín Antolínez un engaño a los prestamistas judíos Raquel y Vidas Cuento con vos para esto: dos arcones dispongamos, los llenaremos de arena, para que sean pesados, cubiertos con fino cuero y con clavos adornados. Los cueros serán bermejos, y los clavos bien dorados. Buscad a Raquel y Vidas, id con paso apresurado [...] Encontró a Raquel e Vidas, pues juntos estaban ambos, recontando las monedas que los dos habían ganado. Llegó Martín Antolínez, hombre sagaz y avisado: “Escuchad, Raquel y Vidas, entregadme vuestras manos. No habléis con nadie de esto, ni con moros ni cristianos. Para siempre os haré ricos, de nada estaréis ya faltos. Al Campeador los tributos a recaudar enviaron; grandes riquezas cobró, grandes bienes extremados, pero para sí guardó lo de valor señalado. Este es, sabed, el motivo por el que fue acusado. Tiene consigo dos arcas llenas de oro inmaculado: aquí tenéis la razón por la que Rey se ha enojado. El Cid sus bienes dejó, las casas y los palacios, si se llevara las arcas revelaría su engaño. Las quisiera confiar y dejar en vuestras manos, y le prestaréis por ellas lo que fuese aquí pactado. Tomad si queréis las arcas y ponedlas bien a salvo; pero dadme juramento, dadme la palabra ambos de que no las miraréis en lo que resta del año.” Raquel y Vidas, los dos, se apartaron para hablarlo: “Lo que interesa es que en eso vengamos a ganar algo, porque el Cid, bien lo sabemos, él sí que ha ganado algo cuando entró en tierra de moros, de donde mucho ha sacado. Quien lleva encima dinero no duerme bien reposado. Aceptemos el acuerdo, tomemos las arcas ambos, las pondremos en lugar que queden a buen recaudo.” “Pero decidnos, ¿y el Cid, por cuánto cerrará el trato? ¿Qué ganancia nos dará por todo lo de este año?” Dijo Martín Antolínez, hombre sagaz y avisado: “Mio Cid solo querrá lo que sea razonado. Os ha de pedir muy poco por dejar su hacienda a salvo. Se unen a él mesnadas y hombres necesitados. Necesitaría, en suma, al menos seiscientos marcos.” Dijeron Raquel y Vidas: “Los daremos con agrado.” “Ya veis que se hace de noche, y el Cid anda apurado, por necesidad os pide que le deis pronto los marcos.”


Dijeron Raquel y Vidas: “No funciona así el mercado, primero queremos ver, cumpliremos luego el trato.” Dijo Martín Antolínez: “Dejad eso a mi cuidado. Venid ambos ante el Cid, el Campeador renombrado.” [...] Aquí los veis ya en la tienda del Campeador renombrado; así que entraron en ella, besaron al Cid las manos. Se sonrió Mio Cid, y así les comenzó hablando: “¡Ah, don Raquel y don Vidas, os habéis de mí olvidado!” Raquel y Vidas, a una, al Cid besaron las manos, y así Martín Antolínez ha cerrado bien el trato: a cambio de dos arcas darían seiscientos marcos, y prometían guardarlas hasta el final de aquel año. [...] Cuando cargaron las arcas, ¡qué gozo tenían ambos! No podían levantarlas, aunque eran fuertes y bravos. Raquel y Vidas se alegran con los dineros guardados, pues en tanto que viviesen muy ricos serían ambos.

Los Infantes de Carrión maltratan a las hijas del Cid en el robledal de Corpes En el robledo de Corpes entraron al espesor; sus ramas tocan las nubes, que los montes altos son y fieros los animales que vagan en derredor. Un vergel con limpia fuente a la vista se ofreció y mandan hincar la tienda los infantes de Carrión con cuantos con ellos traen; allí yacen por la noch(e) con sus mujeres en brazos, les demuestran gran amor. ¡Qué mal que se lo cumplieron en cuanto salió el sol! Mandaron cargar acémilas con riquezas a montón; han recogido la tienda que de noche los cubrió, y van por delante todos los deudos del Campeador. Así lo ordenaron ambos, los infantes de Carrión, que no quedase ninguno, fuese mujer o varón, solamente sus esposas, doña Elvira y doña Sol, porque quieren solazarse con ellas a su sabor. Todos se han ido delante, ya los cuatro solos son. ¡Qué vileza planearon los infantes de Carrión! “Sabedlo bien y creedlo, doña Elvira y doña Sol, aquí seréis ultrajadas, con el monte alrededor, y nosotros partiremos, quedaréis aquí las dos. No tendréis parte ninguna de las tierras de Carrión. Estos recados irán a Mio Cid Campeador. Nos vengaremos ahora por las burlas del león.” Allí les quitan el manto y también el pellizón, sobre sus cuerpos desnudos la camisa interior. Espuelas tienen calzadas los traidores del Carrión; en mano prenden las cinchas, que fuertes y duras son.


Cuando esto vieron las damas, así habló doña Sol: “¡Ay, don Diego y don Fernando, os lo pedimos por Dios! Dos espadas tenéis fuertes y de filo tajador, a la una llaman Colada, a la otra dicen Tizón: pues cortadnos las cabezas, dadnos martirio a las dos. Moros y cristianos luego discutirán la razón, que por lo que merecimos no lo recibimos, no. No cometáis con nosotras tan despiadada acción, que cuando nos maltratáis también os envilecéis vos; a más que en juicio o en cortes os harán reclamación.” Lo que pedían las damas nada les aprovechó, a golpearlas comienzan los infantes de Carrión; con las cinchas corredizas las maltratan con rigor; con las espuelas agudas les producen gran dolor; les rompieron las camisas y las carnes a ambas dos; sobre las túnicas blancas la limpia sangre brotó; ellas sienten ya los golpes en el mismo corazón. ¡Cuál ventura hubiera sido que quisiese el Creador que asomase en ese instante Mio Cid el Campeador! Tanto allí las golpearon que inconscientes están las dos, la camisa y la túnica, todo se ensangrentó. Cansados están de herirlas los infantes de Carrión, disputando cuál de ambos les da los golpes mejor. Ya ni siquiera hablar pueden doña Elvira y doña Sol, en el robledo de Corpes por muertas dejadas son. Quitáronles los mantos y de armiño las pellizas, y déjanlas desmayadas, en faldillas y en camisas, para las aves del monte y para las bestias ferinas. Por muertas las dejaron, sabed, que no por vivas. ¡Cuál ventura hubiera sido que apareciese ahora el Campeador! Los infantes de Carrión en el robledo de Corpes por muertas las dejaron, sin que una hermana a la otra pueda tornarle cuidado. Por los montes donde iban ellos íbanse jactando: «De tan malos casamientos ahora estamos vengados; no las debimos tomar ni para estar amancebados si no nos lo hubiesen rogado, pues inferiores nos eran para tomarlas del brazo. ¡Que la deshonra del león así se vaya vengando!» ¡Cómo se iban jactando los infantes de Carrión!


Romancero ROMANCE DE LA JURA DE SANTA GADEA En Santa Gadea de Burgos do juran los hijosdalgo, allí toma juramento el Cid al rey castellano, sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo. Las juras eran tan recias que al buen rey ponen espanto. "Villanos te maten, rey, villanos, que no hidalgos; abarcas traigan calzadas, que no zapatos con lazo; traigan capas aguaderas, no capuces ni tabardos; con camisones de estopa, no de holanda ni labrados; cabalguen en sendas burras, que no en mulas ni en caballos, las riendas traigan de cuerda, no de cueros fogueados; mátente por las aradas, no en camino ni en poblado; con cuchillos cachicuernos, no con puñales dorados; sáquente el corazón vivo, por el derecho costado, si no dices la verdad de lo que te es preguntado: si tú fuiste o consentiste en la muerte de tu hermano." Las juras eran tan fuertes que el rey no las ha otorgado. Allí habló un caballero de los suyos más privado: "Haced la jura, buen rey, no tengáis de eso cuidado, que nunca fue rey traidor, ni Papa descomulgado." Jura entonces el buen rey que en tal nunca se ha hallado. Después habla contra el Cid malamente y enojado: "Mucho me aprietas, Rodrigo, Cid, muy mal me has conjurado, mas si hoy me tomas la jura, después besarás mi mano." "Aqueso será, buen rey, como fuer galardonado, porque allá en cualquier tierra dan sueldo a los hijosdalgo." "¡Vete de mis tierras, Cid, mal caballero probado, y no me entres más en ellas,


desde este día en un año!" "Que me place —dijo el Cid—. que me place de buen grado, por ser la primera cosa que mandas en tu reinado. Tú me destierras por uno yo me destierro por cuatro." Ya se partía el buen Cid sin al rey besar la mano; ya se parte de sus tierras, de Vivar y sus palacios: las puertas deja cerradas, los alamudes echados, las cadenas deja llenas de podencos y de galgos; sólo lleva sus halcones, los pollos y los mudados. Con él iban los trescientos caballeros hijosdalgo; los unos iban a mula y los otros a caballo; todos llevan lanza en puño, con el hierro acicalado, y llevan sendas adargas con borlas de colorado. Por una ribera arriba al Cid van acompañando; acompañándolo iban mientras él iba cazando. ________________________ ROMANCE DE LOS CONDES DE CARRIÓN De concierto están los condes, hermanos Diego y Fernando; affrentar quieren al Cid, muy gran trayción han armado. Quieren volverse a sus tierras, sus mujeres han demandado, y luego su suegro, el Cid, se las hubo entregado. -Mirad, yernos, que tratedes como a dueñas hijas dalgo mis hijas, pues que a vosotros por mujeres las he dado. Ellos ambos prometen de obedescer su mandado. Ya cabalgaban los condes, y el buen Cid ya está a caballo con todos su caballeros que le van acompañando; por las huertas y jardines van riendo y festejando.


Por espacio de una legua el Cid los ha acompañado; quando dellas se despide, las lágrimas le van saltando. Como hombre que ya sospecha la gran trayción que han armado, manda que vaya tras ellos Alvaráñez su criado. Vuélvese el Cid y su gente, y los condes van de largo. Andando con muy gran priessa, en un monte habían entrado, muy espesso y muy escuro, de altos árboles poblado. Mandaron yr toda su gente adelante muy gran rato; quédanse con su mujeres tan solos Diego y Fernando. Apéanse de los caballos y las riendas han quitado; sus mujeres que lo ven muy gran llanto han levantado. Apéanlas de las mulas cada qual para su lado; como las parió su madre ambas las han desnudado, y luego a sendas encinas las han fuertemente atado. Cada uno açota la suya con riendas de su caballo; la sangre que dellas corre el campo tiene bañado; mas no contentos con esto, allí se las han dexado. Su primo que las fallara, como hombre muy enojado, a buscar los condes yba; como no los ha hallado, volvióse para ellas, muy pensativo y turbado; en casa de un labrador, allí se las ha dexado. Vase para el Cid su tío, todo se lo ha contado. Con muy gran caballería, por ellas ha enviado. De aquesta tan grande afrenta, el Cid al rey se ha quexado: el rey, como aquesto vido, tres cortes había armado.


ROMANCE DEL PRISIONERO Que por mayo era, por mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor, cuando canta la calandria y responde el ruiseñor, cuando los enamorados van a servir al amor; sino yo, triste, cuitado, que vivo en esta prisión; que ni sé cuándo es de día ni cuándo las noches son, sino por una avecilla que me cantaba el albor. Matómela un ballestero; déle Dios mal galardón.


Mester de juglaría