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ESPÍRITUS LIBRES EGRESADOS UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA


ESPÍRITUS LIBRES EGRESADOS UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA


©Universidad de Antioquia Rector Alberto Uribe Correa Vicerrectora de Extensión María Helena Vivas López Director del Programa de Egresados Álvaro Cadavid Marulanda Director académico y editor Álvaro Cadavid Marulanda Editores de textos Patricia Nieto Nieto Álvaro Cadavid Marulanda Catalina Vásquez Guzmán Editora de fotografía Natalia Botero Oliver Correctores de estilo Álvaro Molina Monsalve Margarita Isaza Velásquez Asistente editorial Santiago Orrego Roldán -Periodista practicanteDiseño y diagramación Santiago Orrego Roldán Juan Guillermo Ordóñez Suárez Cadavid Marulanda, Álvaro Espíritus libres 2 : egresados Universidad de Antioquia / Autor: Alvaro Cadavid Marulanda y otros. Editor Alvaro Cadavid Marulanda.- - Medellín : Programa de Egresados-Universidad de Antioquia, 2012. 280 p. ; cm. ISBN 978-958-8748-43-6 1. Egresados universitarios 2. Formación profesional I. Tít. 378.986126 cd 21ed. A1337207 CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango

Asistente de diagramación Tatiana Zapata Delgado Impresión Masterpress ISBN: Impreso: 978-958-8748-43-6 Electrónico: 978-958-8748-44-3 Proyecto del Programa de Egresados de la Universidad de Antioquia y el grupo de egresados que lo asume como un servicio social educativo, que reconoce y divulga la actividad académica y artística de los egresados. Prohibida la reproducción total o parcial, con cualquier propósito o por cualquier medio, sin autorización expresa del editor.

Autores Álvaro Cadavid Marulanda© Memo Ánjel© Patricia Nieto Nieto© Reinaldo Spitaletta Hoyos© Omar Rincón Rodríguez© Carlos Bueno Osorio© Ramón Pineda Cardona© Gonzalo Medina Pérez© César Alzate Vargas© Elvia Elena Acevedo Moreno© Ralph Julio Newball Sotelo© Bernardita Pérez Restrepo© Fabio Giraldo Jiménez© Juan Carlos Orrego Arismendi© Jorge Arango Lopera© Juan Carlos Gaviria Gómez© Leonardo Alberto Ríos Osorio© Patricia Fuenmayor Gómez© Beatriz Jaramillo de González© José Ricardo Mejía Jaramillo© Guillermo Zuluaga Ceballos© Gloria Cecilia Estrada Soto© Juan Camilo Jaramillo Acevedo© Santiago Orrego Roldán© Ana María Bedoya Builes© Margarita Isaza Velásquez© Vera Constanza Agudelo Estrada© Víctor Casas Mendoza© Lina María Martínez Mejía© Juan Esteban Vásquez Mejía© Yhobán Camilo Hernández Cifuentes© Andrés Felipe Restrepo Palacio© Francisco Saldarriaga Gómez© Pedro Correa Ochoa© Sara Gómez de los Ríos© Pompilio Peña Montoya© Luz Adriana Gutiérrez Molano© David Roldán Alzate© Silvio Aristizábal Giraldo©

Santiago Botero Cadavid© Juan David Ortiz Franco© Andrés Felipe Motta Jaramillo© Catalina Vásquez Guzmán© Laudyth Saumeth Ríos© Sebastián Orozco Sandoval© Santiago Higuita Posada© Ramiro Lagos Castro© Fotógrafos Natalia Botero Oliver© Patricia Nieto Nieto© Julián Roldán Alzate© David Estrada Larrañeta© José Miguel Vecino Muñoz© Diego González Torres© Jairo Osorio Gómez© Vera Constanza Agudelo Estrada© Sergio González Álvarez© Fredy Amariles García© Hugo Londoño Restrepo© Juan Fernando Chinchilla Martínez© Andrés Barón © Fotos de archivos personales y familiares Fotos de archivo de El Colombiano, El Espectador y Alma Máter Fotos portada, guardas y separadores Patricia Nieto Nieto© Asistente de investigación documental John Fredy Marín Morales Diseñador de versión electrónica Santiago Orrego Roldán Colaboradores Juan Esteban Vásquez Mejía Deisy Marcela Álvarez Ríos


ÍNDICE Tulio Bayer Jaramillo

Doctor en Medicina y Cirugía, 1953

Abadio Green Stocel

Doctor en Educación, 2011

Ralph Julio Newball Sotelo

Médico y Cirujano, 1980 Especialista en Ortopedia y Traumatología, 1987

Gabriel Mauro García Cano

Liceo Antioqueño, 1963 Licenciado en Educación, BIología y Química, 1968 Magister en Educación, Sociología de la Educación, 1988

Luis Gonzalo Medina Pérez

Liceo Antioqueño, 1972 Licenciado en Ciencias de la Comunicación, 1979 Magister en Ciencia Política, 1995

Alicia Eugenia Vargas Restrepo

Abogada, 1997 Especialista en Derecho Penal, Teoría del Delito, 1999

Jaime Álvaro Fajardo Landaeta Bachillerato Nocturno, 1974

Fabio Alonso Salazar Jaramillo

Comunicador Social - Periodista, 1989

Jesús Guillermo Escobar Mejía

Doctor en Derecho y Ciencias Políticas, 1969

María Perla Echeverri Lema

Licenciada en Bibliotecología, 1962

Álvaro Londoño Restrepo

Liceo Antioqueño, 1962 Doctor en Derecho y Ciencias Políticas, 1969

Édgar Gutiérrez Castro

Doctor en Ciencias Económicas, 1967

20 22 24

44

Marta Aliria Álvarez Tobón

46

Darío Henao Torres

48

Jorge Londoño Saldarriaga

50

Luis Javier Castro Naranjo

26 52 28 54 30 32 34 36 38

56 58 60 62 64

Historiadora, 1990 Abogado, 1985

Liceo Antioqueño, 1964

Liceo Antioqueño, 1974 Médico y Cirujano, 1983 Especialista en Ginecología y Obstetricia, 1988

Carlos Martín Payares González Odontólogo, 1977 Sociólogo, 1987

Graciela Amaya de Ochoa

Magister en Educación, Orientación y Consejería, 1980

Jorge Enrique Restrepo Gallego Liceo Antioqueño, 1962 Médico y Cirujano, 1980

Argiro Artemio Giraldo Quintero Abogado, 1981

Patricia Martínez Cifuentes Abogada, 1986

Amilkar David Acosta Medina

Doctor en Ciencias Económicas, 1975

Darío Alonso Montoya Mejía Ingeniero Industrial, 1982

Especialista en Finanzas, Preparación y Evaluación de Proyectos, 1995

40 42

66

Reina Virginia Arboleda Tamayo

68

Pedro Nel Valencia Alzate

Bibliotecóloga, 1983

Comunicador Social Periodista, 1989

Didier de Jesús Álvarez Zapata

70

Juan David Lopera Lopera

72

Gabriel Jaime Arango Velásquez

74

Jorge Alberto Jaramillo Pérez

76

Bibliotecólogo, 1994 Magister en Ciencia Política, 2003

Psicólogo, 1995 Especialista en Niños con Énfasis en Psicoanálisis, 2002 Comunicador Social, 1984

Ingeniero Sanitario, 1983 Especialista en Alta Gerencia y Calidad, 1993

78

Javier Márquez Valderrama

80

Eduardo Antonio Arboleda Zapata

82

Álvaro de Jesús Pérez Roldán

84

Leonardo Vélez Chaverra

86

Pedro Elías Rentería Rodríguez

88

Gloria Estella Penagos Velásquez

90

Manuel Antonio Muñoz Uribe

92

Antropólogo, 1989

Liceo Antioqueño, 1971 Médico y Cirujano, 1981

Ingeniero Electrónico, 1975

Ingeniero Industrial, 1975

Licenciado en Educación, Geografía e Historia, 1986 Magister en Educación y Docencia, 1991 Médico y Cirujano, 1978

Liceo Antioqueño, 1966 Doctor en Derecho y Ciencias Políticas, 1973 Magister en Educación, Sociología de la Educación, 1989

Abraham Escudero Montoya

Liceo Antioqueño, 1958 Magister en Educación, Orientación y Conciliación, 1976

Ana Isabel Rivera Posada

98

Gabriel Jaime Santamaría Montoya

100

Henry Molano Moreno

Comunicador Social Periodista, 1997

96

94

Comunicadora Social, 1990 Liceo Antioqueño, 1963

Roberto León Ojalvo Prieto

Doctor en Derecho y Ciencias Políticas, 1972

102

Ada Luz Hernández Montoya

104

Carlos Gónima López

106

Astrid Helena Vallejo Rico

108

Plutarco Elías Arias

110

Nora Garzón de Vallejo

112

José Severiano Herrera Vásquez

114

Hernán Moreno Pérez

116

Víctor Manuel Ochoa Cadavid

118

Luz Marina Uribe de Eusse

120

José Gutiérrez Gómez

Abogada, 1997

Abogado, 1981

Enfermera General, 1979 Enfermera, 1987 Magister en Epidemiología, 1993 Liceo Antioqueño, 1961 Licenciatura en Biología y Química, 1967 Abogado, 1989 Licenciada en Ciencias de la Comunicación, 1979 Magister en Literatura Colombiana, 1999 Licenciatura en Biología y Química, 1964 Ingeniero Electricista, 1988 Liceo Antioqueño, 1979

Doctora en Ciencias Económicas, 1961 Doctor en Derecho y Ciencia Política, 1931 Honoris Causa en Ciencias Económicas, 1955


Jesús María Gómez Duque

122

Tulio Elí Chinchilla Herrera

124

Doctor en Derecho y Ciencias Políticas, 1973 Doctor en Derecho y Ciencias Políticas, 1979

Jaime Sierra García Liceo Antioqueño, 1949

María Victoria Fallón Morales

Especialización en Derecho Penal, Teoría del Delito, 1999

Álvaro León Cardona Saldarriaga

Liceo Antioqueño, 1969 Médico y Cirujano, 1979 Magister en Salud Pública, 1988

126 128 130

José Reinaldo Spitaletta Hoyos

132

Haydeé del Socorro Montoya Restrepo

134

William Botero Ruíz

136

Comunicador Social Periodista, 1985

Licenciada en Educación, Matemáticas y Física, 1997 Doctor en Medicina y Cirugía, 1971 Especialista en Obstetricia y Ginecología, 1988 Especialista en Epidemiología, 1989

Carlos Gaviria Díaz

Doctor en Derecho y Ciencias Políticas, 1965

138

152

Zoraida Patricia Rodríguez Vásquez

154

Alberto Eduardo Botero Londoño

156

César Alberto Villegas Osorio

158

Gisela Fernández Zuleta

160

María Soledad Londoño Soto

162

Óscar Darío Roldán Alzate

164

Marina Quintero Quintero

166

Alberto Marín Vieco

168

Jorge Enrique Orejuela Arias

170

Arrison Alejandro Palacio Herrera

Maestra en Arte Dramático, 1993 Magister en Educación, 2005

Especialista en Cirugía General, 1989 Liceo Antioqueño, 1962

Médico y Cirujano, 1991

Maestra en Artes Plásticas, 1983

Maestro en Arte Dramático, 2001 Magister en Educación, Orientación y Consejería, 1980 Maestro en Violonchelo, Honoris Causa, 1989 Ejecutante Instrumental, Trombón, 1982 Licenciado en Educación Básica, Humanidades y Lengua Castellana, 2009

Antonio Acevedo Linares

182

212

Gloria María Ferreira de la Cuesta

Hernán Darío Jiménez Betancur

184

214

Luis Óscar Londoño Zapata

Débora Arango Pérez

186

216

Luis Alfonso Giraldo Valderrama

Rodrigo Arenas Betancur

188

218

Jesús Martín Barbero

Marco Aurelio Toro Durán

190

220

Rodolfo Pérez González

192

222

Luis Fernando Botero Angulo

194

224

Lorenzo Miguel de la Torre Gómez

198

Especialista en Filosofía, Filosofía Política, 1995

Liceo Antioqueño, 1974 Abogado, 1989

Título Honoris Causa de Maestra en Artes Plásticas, 1995 Título Honoris Causa de Maestro en Artes Plásticas, 1995 Liceo Antioqueño, 1965

Honoris Causa de Maestro en Dirección Coral, 1988 Liceo Antioqueño, 1950 Título Honoris Causa de Maestro en Artes Plásticas, 1994 Liceo Antioqueño, 1968 Físico, 1973

Asdrubal Valencia Giraldo

Jaime Restrepo Cuartas

208

234

Jorge Iván López Jaramillo

236

Raúl Gonzalo Cuero Rengifo

238

Luz Dary Arias Herrera

146

176

Jorge Iván Grisales Cardona

Marta Lucía Villafañe Ramírez

148

Abogado, 1987 Especialista en Derecho Constitucional, 2004 Especialista en Derecho de la Seguridad Social, 2007

150

180

Héctor de Jesús Ramírez Bedoya Liceo Antioqueño, 1965 Doctor en Medicina y Cirugía, 1972

Julio Ernesto Toro Restrepo

232

Daniel Hoyos Rodríguez

Orlando Antonio Gallo Isaza

228

Bibliotecólogo, 2001 Especialista en Teoría, Métodos y Técnicas de Investigación, 2004 Magister en Educación, 2010

206

Doctor en Ciencias Económicas, 1970

Maestra en Artes Plásticas, 1983

Luis Hernando Lopera Lopera

Jairo Enrique García Gómez

Isabel Cristina González Arango

Clemencia Echeverri Mejía

226

Gil Juvenal Gil Madrigal

174

178

Rubiela Arboleda Gómez

Licenciada en Educación Física, 1983 Antropóloga, 1996 Magister en Problemas Sociales Contemporáneos, 1996

230

144

Maestra en Artes Plásticas, 2000

Magister en Educación, Orientación y Consejería, 1979

204

Édgar Poe Restrepo

Comunicador Social Periodista, 1987 Especialista en Dramaturgia, 2000

Víctor Vladimir Zapata Villegas

Hugo López Castaño

Licenciatura en Filosofía y Ciencias Sociales, 1950

Maestro en Instrumento, 2011

Juan Guillermo Restrepo Arango

Médico Veterinario, 1974

202

Elkin de Jesús Álvarez Jaramillo Antropóloga, 2011

Honoris Causa de Doctor en Ciencias Sociales, 2010

Alberto Juajibioy Chindoy

172

Doctor en Derecho y Ciencias Políticas, 1941

Zootecnista, 1983

200

140

Licenciado en Educación Musical, 1981

Magister en Administración Educativa, 1979

Ángela Restrepo Moreno

Doctorado Honoris Causa en Ciencias Básicas Biomédicas, 1996

Fidel Cano Gutiérrez

Estudios de Jurisprudencia en el Colegio del Estado,

Médico Veterinario, 1969

Liceo Antioqueño, 1962 Doctor en Medicina y Cirugía, 1969 Liceo Antioqueño, 1961 Doctor en Medicina y Cirugía, 1968 Especialista en Cirugía General, 1971

Octavio Gómez Restrepo

Odontólogo, 1965

210

Médico y Cirujano, 1974 Administración y Atención Médica y Hospitalaria, 1977 Título de Doctor Honoris Causa en Cirugía, 1946 Ingeniero Metalúrgico, 1975 Médico y Cirujano, 1991

Honoris Causa de Doctor en Ciencias Biológicas, 2010 Licenciada en Educación, Biología y Química, 1990


Ricardo Restrepo Arbeláez

240

272

Absalón Machado Cartagena

Omar Vesga Meneses

242

274

Fernando Alveiro Alzate Guarín

Germán Antonio Campuzano Maya

244

Daniel Ortíz Barrientos

246

276

Luis Guillermo Restrepo Vélez

Helena Espinosa de Restrepo

248

278

César Augusto Botache Duque

Guillermo Pineda Gaviria

250

280

Alcides de Jesús Montoya Cañola

252

282

Luis Eduardo Acosta Hoyos

Luis Fernando García Moreno

254

284

Álvaro Velásquez Ospina

Grimaldo Oleas LIñan

256

286

Guillermo de Jesús Henao Cortés

Jaime Botero Uribe

258

288

Ángel Augusto González Marín

María Eumelia Galeano Marín

260

Luis Giovanny Restrepo Orrego

262

290

Adolfo León Correa Silva

William Octavio Restrepo Riaza

264 292

Edison de Jesús Muñoz Ciro

294

Carlos Enrique Muskus López

296

Jorge Iván Zuluaga Callejas

Doctor en Medicina y Cirugía, 1973

Especialista en enfermedades infecciosas, 2005 Doctor en Medicina y Cirugía, 1971 Biólogo, 1998

Magister en Salud Pública, 1965 Físico, 1978 Magister en física, 1985

Humberto Franco Muñoz Ingeniero Electrónico, 1987

Médico y Cirujano, 1974

Licenciado en Educación, Matemáticas y Física, 1967 Doctor en Medicina y Cirugía, 1953

Magister Educación, Administración Educativa, 1978 Historiador, 1992

Licenciado en Educación, Sociales, Geografía e Historia, 1970 Magister en Educación, Administración Educativa, 1977

Lucelly Villegas Villegas

266

Bernardo Restrepo Gómez

268

Gabriela Cadavid Alzate

270

Historiadora, 1984

Licenciado en Filosofía y Sociales, 1963 Licenciada en Educación, Historia y Filosofía, 1981 Magister en educación, Sociología de la Educación, 1988

Doctor en Ciencias Económicas, 1967 Biólogo, 1997 Magister en Biología, 2004 Doctor en Biología, 2008

Químico Farmacéutico, 1994 Especialista en Atención Farmacéutica, 1998 Ingeniero Químico, 1995 Físico, 1997

Licenciado en Biología, 1961

Doctor en Medicina y Cirugía, 1963

Liceo Antioqueño, 1956 Doctor en Medicina y Cirugía, 1967

Bacteriólogo y Laboratista Clínico, 1995 Especialista en Ciencias Básicas Biomédicas, 2001 Doctor en Ciencias Básicas Biomédicas, 2005 Biólogo, 1997 Especialista en Medio Ambiente y Geoinformática, 2008 Biólogo, 1993

Bacteriólogo y Laboratista Clínico, 1990 Doctor en Ciencias Básicas Biomédicas, 2003 Físico, 1988 Magister en Física, 2001 Doctor en Física, 2005


Es un libro escrito, dibujado, editado y convertido en objeto con afecto y respeto. En él abogamos por los protagonistas de lo anónimo y, de su mano, mostramos la diversidad de caminos por los que se puede ser coherente, pues en la coherencia reside el impacto de la universidad en la sociedad.

Como flores, que oyeron noticias de rocíos 1

Este libro, como el primer Espíritus Libres publicado en el 2011, nació de la necesidad de reivindicar y compartir historias de egresados de la Universidad de Antioquia, protagonistas de lo cotidiano que lejos de los focos informativos fraguan su vida y las de otros con la responsabilidad, la inventiva y la alegría propia de quienes compartimos la misma casa universitaria. 1. Emily Dickinson. “Poema 513”. Poemas. Selección y traducción de Silvia Ocampo. Barcelona: Fábula Tusqued Editores. p. 159.

Espíritus Libres parte de una propuesta metodológica en la que la etnografía, el periodismo, la literatura y la fotografía permiten visibilizar la belleza de lo cotidiano, de lo frágil; la grandeza de quienes optan por ser sin hipotecar su libertad, de quienes deciden transitar caminos diversos en busca de sus sueños. Entendemos que la singularidad merece ser contada y quedar en la memoria. Este es un ejercicio colectivo en contra de la indiferencia, es un homenaje a quienes nunca apartaron su mirada y sus búsquedas de aquellos asuntos que trascienden su exclusivo bienestar. Espíritus Libres fue escrito, como diría Heródoto, para impedir que el tiempo borre la memoria de la historia de la humanidad.

Un espíritu libre es un ser que no se rinde porque sabe que la vida es persistir, continuar el viaje, idear preguntas, perseguir amores. Un espíritu libre es protagonista del día a día, alguien que, como escribió Pilar Jericó en Grandeza de lo cotidiano, “se vacía de miedos y otros ruidos del ego para estar al servicio y volver al origen de su esencia”. Para los espíritus libres la libertad no es patrimonio exclusivo del arte o de la ciencia. Cualquier ser humano, si es coherente ética y moralmente con lo que hace y p i e n s a , puede convertir su vida diaria en un acto solidario y trascendente, por encima de sus preferencias ideológicas, políticas o religiosas, sin centrarse en lo material. Y, aunque puede parecer algo exótico en estos tiempos de sentimientos de frustración e infelicidad, para los espíritus libres el futuro es un anhelo que se construye en presente. Los espíritus libres, protagonistas de este libro, son seres de belleza inesperada que nos revelan la grandeza en lo cotidiano y en lo pequeño en una sociedad donde la solidez s e s o po r t a e n

l a diferencia. Aunque no posean exposición mediática, son seres singulares, lejanos de la perfección, capaces de dedicar su vida a perseguir una respuesta cuando los habita la vocación científica, a vivir la pasión de una búsqueda estética, a batallar incansablemente por una causa, a crear riqueza, si esta se convierte en bienestar para otros. En estos libros se encuentra tal variedad de personajes que el mosaico genera los necesarios contrapesos y contrastes indispensables en toda sociedad. En este conjunto de relatos no importa la similitud entre los personajes, sino la coherencia y la libertad con las que cada uno aborda su búsqueda particular. La selección de quienes conforman Espíritus Libres 2 se realizó después de una indagación, tanto documental como de campo, acerca de las personas que fueron postuladas en respuesta a una invitación divulgada a través de todos los medios del Programa de Egresados (correo masivo, boletín electrónico, portal redes sociales de egresados) y


de la Universidad de Antioquia. A nuestra base de datos llegaron 480 postulaciones, 137 de ellas fueron, finalmente, convertidas en los textos y las fotografías que componen este libro. Muchos de los no incluidos merecen, sin duda, ser honrados en proyectos como este. Los encargados de hacer el acopio de estos dos tomos consideramos pertinente incluir a algunos de aquellos que han aceptado ser reconocidos por nuestra universidad con un Honoris Causa. Ellos son generosos al aceptarlo y ella, justa al otorgárselos. Asimismo, incluimos a varios ex líderes estudiantiles; con ello pretendimos mostrar un conjunto más plural y diverso. Esperamos que en un futuro próximo Espíritus Libres se convierta en un proyecto tan sólido que nos permita desplazarnos a lugares inhóspitos de Colombia hasta donde han llegado nuestros egresados, consolidar redes de trabajo por fuera del país para dar a conocer el trabajo de miles de universitarios que están lejos de las fronteras, y conformar grupos de investigación para ir hasta

1803 y recuperar, desde entonces, los nombres y las historias de quienes han forjado la identidad de la Universidad de Antioquia. El libro que está en sus manos conserva el formato y el criterio visual de Espíritus Libres 1 y, como en ese primer ejercicio, persistimos en que fueran egresados de diversas disciplinas y generaciones quienes investigaran, escribieran y fotografiaran. Esto no solo legítima el modelo etnográfico aplicado, sino que pone de nuevo en evidencia el alto sentido de pertenencia de nuestros egresados y su compromiso social y educativo. Y quienes sin ser egresados de la Universidad de Antioquia participaron del proyecto, son la evidencia de los afectos de la sociedad por una institución comprometida con su bienestar. En la confección final del libro hemos prescindido de la clasificación por profesiones, edades, posesiones, preferencias, posturas ideológicas o políticas, pues consideramos que

tales rótulos serían un simulacro arbitrario, un criterio artificial externo y dudoso, que anularía el rico tejido de personalidades conjugadas en este universo social, plural y complejo que es la Universidad de Antioquia. Esta, más que una cantera de formación masiva de profesionales, es una casa de formación que alienta el compromiso social. Este libro está dedicado a todas las personas que quieren seguir descubriendo todo lo que llevamos dentro, que aceptan retos, que quieren soñar, que creen en el poder de las personas. Por lo anterior, a todos los que trabajaron en él quiero darles las gracias por su labor. Es este un acto de convicción cotidiana. Hacer Espíritus Libres es una prueba más del sentido de pertenencia, de la generosidad y de la solidaridad de los universitarios. Gracias a periodistas, escritores, fotógrafos, asistentes de investigación, productores, diseñadores, correctores, consejeros, mensajeros, impresores por compartir esta aventura. Con ellos aprendimos

a construir y recorrer nuevos y desafiantes caminos poblados de confianza, sorpresas, alegrías y desasosiegos disfrutados y superados a partir del esfuerzo y de la persistencia. A los personajes y autores de este libro les recuerdo con Emily Dickinson que “una pradera puede hacerse con un trébol y una abeja”2.

Ph. D. Álvaro Cadavid Marulanda Profesor titular Universidad de Antioquia Director del Programa de Egresados

2.

Ibíd., p. 381.


UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA

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La vida es desierto y oasis. Nos derriba, nos lastima, nos enseña, nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia. Poema Anónimo atribuido Walt Whitman. Universidad Rey Juan Carlos I Madrid. 2007 Abraham Duarte Muñoz 220.P


UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA

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Tulio

Bayer Jaramillo

Durante la década de los años sesenta del siglo XX, Tulio Bayer Jaramillo fue considerado el enemigo público número uno del país. Médico, guerrillero. “Un vago, un anarquista, un loco, un trashumante, un esquizofrénico que no para en ninguna parte ni se concentra en ningún oficio”, dijo de él un amigo o un enemigo, da igual. Quienes lo persiguieron y a quienes combatió, especialmente con su pluma y con su humor negro y corrosivo, poco deben saber del hambre y los avatares a los que lo condujeron tanto la realidad política, económica y social del país, como su propia personalidad y temperamento francos, abiertos, sinceros, más allá de lo recomendable o de lo políticamente correcto. Bayer escribió varias obras a lo largo de sus casi sesenta años de existencia, recorridos entre Riosucio, Caldas, donde

nació en 1924, hasta París, Francia, en 1982, donde murió de un infarto cardíaco: Carretera al mar (Bogotá: Iqueima, 1960), Gancho ciego: 365 días y una misa en la cárcel Modelo (1978), Carta abierta a un analfabeto político (1978) y San BAR, vestal y contratista (1978), estas tres últimas, publicadas por Ediciones Hombre Nuevo, de Medellín. La medicina y el conflicto social y político, la picaresca colombiana, sus andanzas académicas, laborales y políticas, y su lucha contra “la Inquisición y el Santo Oficio colombianos” quedaron allí registrados, debatidos, estigmatizados, injuriados. Una enumeración superficial lo muestra como estudiante inquieto; médico joven en Medellín, Urabá, en Manizales y Estados Unidos; empleado de laboratorios de drogas cuya actividad ilícita y criminal denuncia, doctor de selva y llano, fugaz y casi solitario guerrillero, exiliado en variopintas naciones, escritor de novelas, de diatribas políticas, y, al final, solitario, impertinente y mordaz, como traductor de literatura científica para editoriales médicas y para algunos de los laboratorios que tanto combatió. Tulio Bayer encaja en la definición que da Nietzsche del espíritu libre por oposición al espíritu gregario. En su mitología personal era un revolucionario que debió haber muerto en 1959, en el 64 o en el 66, no importa la fecha. Cometió ese error histórico de ser un anacronismo que se paseaba como best seller —Carta abierta a un analfabeto político— con un libro atrasado por el cual debía responder ante los implicados allí, añadiendo incluso más cargos y más nombres si había polémica, y responder ante los revolucionarios o presuntos revolucionarios diciéndoles cosas muy desagradables de sus

respectivos grupúsculos. Para entonces, días antes de morir, estaba cansado de la serie de cortometrajes que constituían la vida de ese tal Tulio Bayer, médico de la Universidad de Antioquia (1953), guerrillero, errante por tantas geografías. No era lo mismo ser fervoroso revolucionario años atrás, cuando no conocía las complejidades del socialismo o de los pretendidos socialismos. La imagen que ya tenía de lo que había pasado en la evolución de las ideas era que el cadáver de Dios, putrefacto, había servido para que se alimentaran los gallinazos, los zamuros de derecha y de izquierda, los obispos católicos y marxistas. Era con base en estas cagarrutas dogmáticas como se habían hecho todos los socialismos. El verdadero socialismo está por inventar. Dijo Gustavo Álvarez Gardeazábal: “Hay que tratar de entender un personaje que el país nunca pudo aceptar, al que le cerraron las puertas y nadie le dignificó teniendo derecho a mucho más. Tal vez el verdadero problema de Tulio Bayer es que no fue sobresaliente, diría mejor que no fue triunfador, en nada de lo que asumió. Ni como médico ni como farmaceuta, pese a haberse graduado en Harvard, ni como guerrillero ni como combatiente ni como político, y mucho menos como escritor pudo saltar la línea media del comportamiento. Allí residió el problema del tratamiento que el país le concedió. Parecería como si el no haber cuajado un espacio concreto le difuminara ante los ojos de la patria. Pero intentó tantas cosas con tal validez de criterios que para muchos como yo se nos volvió envidiable ejemplo del contestatario que tanta falta le ha hecho a este país”.

Perfil: Carlos Bueno Osorio / Fotografía: Jairo Osorio Gómez, Paris 1979

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UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA

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Abadio

Green Stocel

Te imagino, Diana Stocel, mientras corres por la playa de Sasartí. En la arena se marcan las huellas de tus pies, aún pequeños, adolescentes. El viento levanta indomable tu cabello lacio. Gotitas saladas golpean tus pómulos: anchos, firmes, kunas tule. Te detienes y miras el mar mientras te sobas la panza revestida con una mola tejida con figuras de pájaros de colores. Sientes a Manibinigdiginya en tu vientre: se mueve vigoroso y en tu barriga firme aparecen efímeras dunas. Miras el mar y sonríes. Cincuenta y cuatro años después miro a Manibinigdiginya. ¿Acaso heredó esos pómulos anchos de ti? ¿Alcanzaste a rozar esos trazos oscuros de las palmas de sus manos? Te fuiste ese mismo día en el que a él lo recibió la madre tierra. Temerosos de que el pequeño también

muriera, tus padres y su abuelo paterno, el chamán, el cacique, ordenaron plantas medicinales y un encierro de siete años. ¿Lo viste, Diana? ¿Viste al pequeño guiñar el ojo tras las cañaflechas, envidiando jugar con los otros niños en la playa? Lo viste. Manibinigdiginya lo sabe, me lo ha dicho hoy: “Su energía siempre me ha acompañado”. Te imagino, Diana Stocel, siguiendo el vaivén de la hamaca, mientras la abuela arrulla a tu hijo con historias kunas. A falta de ti, fue a ella, siguiendo la tradición, a quien el pequeño le llevó el primer pargo rojo que pescó. Fue tu padre, experto cazador, quien lo llevó por primera vez al mar. Cincuenta y cuatro años después miro a Manibinigdiginya. Escucho sus palabras claras y su español cuidado. Lo aprendió a la fuerza en una escuela repleta de pequeños kunas y regida por padres claretianos. “Abadio Green Stocel”, decían los curas cuando lo llamaban a lista. Ese nombre, con los apellidos heredados de piratas holandeses e ingleses, es el que tu hijo ha usado para tener un lugar dentro de los blancos. Te imagino, Diana Stocel, acompañándolo en su viaje. Y lo veo a él tratando de sobreponerse a estas montañas altas que circundan Medellín, tan distintas al horizonte abierto del mar en Panamá. Pero tu hijo, que tiene una conexión entrañable con la madre tierra, supo adaptarse. Catorce años después se convirtió en filósofo y teólogo de la Universidad Pontificia Bolivariana. ¿Recuerdas? “¿Cura o kuna?”, se preguntaba a sí mismo, impaciente. Esa misma conexión entrañable le dio la respuesta: kuna. Así que volvió a sus raíces. En Caimán

Nuevo, el resguardo caluroso de Turbo, sus hermanos tule lo acogieron y encontró su guía espiritual: Oloeliktikinya. Cincuenta y cuatro años después miro a Manipiniktikinya. Lleva tres collares: los colmillos del jaguar representan el sigilo; los dientes de mico, la alegría, y las pequeñas piezas de delfín, la inteligencia. Esas tres cualidades, Diana, han caracterizado a tu hijo, el líder, el presidente de la Organización Nacional Indígena de Colombia, ONIC; el presidente de la Organización Indígena de Antioquia, OIA. ¿Lo viste, Diana? ¿Viste cómo miraba fijamente a sus interlocutores exigiendo respeto por las tierras indígenas y denunciando el maltrato de los grupos armados? Te imagino, Diana Stócel, complacida ante ese saludo de admiración que hoy, cincuenta y cuatro años después, una de sus alumnas blancas le da a tu hijo. ¿Sabes? Se ha convertido en el primer indígena doctor en Educación del país. Abanderado de la convicción de que la lengua es el pensamiento de un pueblo, ha hecho una gran campaña académica en beneficio de las tradiciones indígenas, no en vano es el coordinador de la Licenciatura de la Madre Tierra de la Universidad de Antioquia. Cincuenta y cuatro años después miro a Manibinigdiginya y escucho las palabras suaves y categóricas que salen de ese ser especial. Mientras habla, te imagino sonreír y acariciarte la panza frente al mar. Y pienso que su nombre indígena, Manibinigdiginya, es una conspiración tuya y de la madre tierra.

Perfil: Pedro Correa Ochoa / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Ralph Julio

Newball Sotelo

Ralph Newball es el segundo hijo del matrimonio de Elru Newball McLaughlin y Rosa Sotelo Sotelo. De sus padres y abuelos, aprendió a valorar y mantener el amor por el Creador y seguir los principios cristianos de amor a Dios, al prójimo, a su familia y al territorio de sus ancestros: el Archipiélago de San Andrés y Providencia. Está casado con la educadora Rosabell Castell Britton, también de Providencia. Tuvieron dos hijos: Harcourt, quien falleció en un lamentable accidente de tránsito en San Andrés, y Rudolph, quien nació diez días después del accidente, en 1989. Desde muy temprana edad, decidió que quería ser médico, como su tío Lynd Newball y varios de sus primos, pues veía en su horizonte el servir a sus coterráneos. Sus estudios de primaria y secundaria, tanto en las islas como

en Medellín —donde se graduó en 1971—, lo ayudaron a reafirmar su decisión por la medicina y la ortopedia. Vivía en Medellín con su familia desde 1968. Junto a sus hermanos ingresó al Conservatorio de Música de la Universidad de Antioquia, para aprender violoncelo y trompeta. En 1972, ingresó a la carrera de Medicina en el Alma Máter, ejerció su internado en el Hospital Universitario San Vicente de Paúl y se graduó en agosto de 1980. Durante este tiempo, también representó a la universidad en los equipos de baloncesto. Durante su época de estudiante, se interesó por la manera en que aumentaba la ya insostenible población de San Andrés, con personas llevadas por políticos para mantener un caudal de votantes que garantizaran sus elecciones. Le impactaron las clases de salud pública dirigidas por el doctor Héctor Abad Gómez y las visitas a los barrios marginados de Medellín; con este maestro compartió, en muchas ocasiones, su sentido de responsabilidad hacia los habitantes de las islas y la necesidad de justicia social, reafirmando otra vez su deseo de regresar e influir para un cambio. Inició su año de servicio rural en Providencia, en 1980, y luego laboró en los servicios de urgencias del Hospital Santander y de la clínica de Seguros Sociales de San Andrés; también fue médico del Centro de Salud de San Luis y coordinador del Fondo Intendencial de Previsión Social. Entre 1983 y 1987, realizó su residencia en Ortopedia y Traumatología de la Universidad de Antioquia, en el Hospital Universitario San Vicente de Paúl, y regresó a servir a los habitantes del archipiélago, siendo por algún tiempo

el único ortopedista en el territorio. Fue jefe seccional de salud del departamento y, luego, primer secretario de salud, entre 1992 y 1997. Su trabajo público le dio el impulso que necesitaba para interesarse por la política del archipiélago. Así, en el 2000, logró una amplia victoria en las elecciones para gobernador. Por enfrentar y denunciar valientemente propuestas contrarias a sus principios, tuvo ataques de todos los medios y de dirigentes políticos tradicionales. El exgobernador recuerda los días de abril del 2002, cuando estalló una crisis por el manejo inadecuado del basurero al aire libre en San Andrés, y él, en vez de usar la Fuerza Pública para desalojar a los habitantes que bloqueaban la entrada al basurero, se dedicó a fumigar la acumulación de basuras para prevenir la proliferación de plagas y a implementar estrategias de mayor alcance que involucraran una cultura de la sanidad para toda la población. Sin embargo, tras haber estado de parte de los ciudadanos y no del gobierno central, Newball fue suspendido de su cargo y reemplazado, según lo expresa, por un funcionario cercano a los altos mandos. Al parecer, cuenta el exgobernador, era visto como un separatista anticolombiano. El doctor Ralph huyó del país ante amenazas en contra de su vida y de la de su hijo. Para la mayoría de los raizales es un héroe y el mejor gobernador de su historia. Además, manifiestan la falta que hace como ortopedista, servicio que nunca dejó de prestar estando en el gobierno, hasta cuando el nuevo gobernador hizo prohibir su ingreso al único hospital de la isla.

Perfil: Ralph Julio Newball Soltelo / Fotografía: Archivo personal

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Mauro

García Cano

Para dar el discurso de egresados el día de la graduación, Gabriel Mauro García fue escogido por sus compañeros. El Paraninfo de la Universidad de Antioquia estaba a reventar: directivas, estudiantes y sus familias estaban atentos para escuchar un escrito que tituló Ser culto para ser libres, honrando una frase de José Martí. En el discurso, criticó a la universidad, a los cuerpos de paz y a los profesores, a los que calificó de estar entregados al servicio de la ideología norteamericana. Lo de él era una lucha antiimperialista en su máxima expresión. Fue tal el impacto que generó, que el rector y el decano de su facultad suspendieron el acto. No hubo concierto ni himno antioqueño. Incluso, propusieron no darle el grado. Mauro siempre fue un hombre de armas tomar. Hijo de un maestro, nació en el

municipio antioqueño de Jardín en 1945. Cuando iba para quinto de primaria se trasladó a Medellín y el bachillerato lo cursó en el Liceo de la Universidad de Antioquia. Al llegar la hora de buscar profesión logró pasar a medicina en esa misma universidad. Pero al poco tiempo supo que algo no andaba bien. Se asesoró con uno de sus profesores y llegó a la conclusión de retirarse de la carrera más prestigiosa que tenía el Alma Máter, para irse a la facultad de educación. Era la primera vez que un estudiante de medicina dejaba todo tirado para ir tras una licenciatura. Allí se convirtió en líder estudiantil. A tal punto llegó su espíritu de revolución que cuando iba en la mitad de la carrera tuvo que darse un receso para no ser expulsado. Se fue a República Dominicana a trabajar como voluntario, pero regresó a los seis meses, justo antes de que lo deportaran. La razón: participar en la toma de tierras que adelantaban los campesinos en ese país. De vuelta en Colombia, retomó la carrera que terminó con el discurso de marras. Cuatro meses después, ya era profesor vinculado en el municipio de Venecia, lugar de donde fue trasladado poco tiempo después al pueblo vecino de Amagá. Pero allí solamente duró 40 días y 40 noches. Fue acusado de entablar relaciones con los mineros, a quienes cuestionaba por las condiciones de explotación en las que vivían. Como “castigo” lo asignaron a un colegio en Medellín. En la ciudad, además de pasar por varias instituciones, empezó su trabajo sindical. Cuando llegó al magisterio de Antioquia fue uno de los primeros en empezar a hablar de izquierda en una época donde lo más revolucionario era la Democracia Cristiana. Participó en la huelga que logró tumbar en 1971 un proyecto de estatuto docente. Y hasta presidió

la Asociación de Profesores de Enseñanza Secundaria en Antioquia, Proas. Un día, inconforme consigo mismo, decidió volver a la Universidad. Buscó al director de posgrados, que entonces era el mismo decano que casi lo deja sin diploma, y le dijo que quería hacer una maestría. “Usted se puede presentar, pero no pasa”, respondió el director. “Yo sí voy a pasar. Lo que vengo a decirle no es si voy a entrar o no, sino que quiero saber, usted que me conoce, ¿cuál de los posgrados me recomienda?”, preguntó Mauro. El director le dijo que se presentara a sociología de la educación. Después de ese episodio, él y otros cuatro amigos se reunieron durante un año para preparar el examen. No solo lo ganó, sino que además pasó primero en su cohorte. Cinco años después terminó el posgrado, y el mismo hombre que canceló los grados y le dijo que no volvería a la universidad se acercó para ofrecerle un puesto como profesor en el Alma Máter. Esa fue una de las experiencias más gratas de su vida. A la par, también dictó cátedras en otras instituciones de educación superior hasta que un día, en un acto libertario, decidió irse a trabajar a un pueblo. Buscó intercambio para cualquier lugar, siempre y cuando fuera en tierra caliente, y así terminó en la Institución Educativa Uribe Gaviria, en zona rural de Venecia. Un colegio que atendía a algunas de las veredas más pobres del pueblo: Palenque, El cerro, El Cinco, El Rincón y Santa Rita. Allí estuvo hasta su jubilación hace 12 años. En Venecia también fue concejal y trabajó para el centro de historia, donde hizo un estudio sobre profesiones, artes y oficios. Además, se dedicó a reclutar cantantes y a promover actividades artísticas. Aunque amaba dar clases, Mauro reconoce que estos años desde que dejó el pizarrón han sido una locura. Perfil: Víctor Casas Mendoza / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Gonzalo

Medina Pérez

A Gonzalo Medina es frecuente verlo como invitado en espacios televisivos, debatiendo asuntos de política, violencia o deporte. Sin embargo, la televisión no es su espacio: es en la radio donde él se siente como pez en el agua. Desde bien joven se vio fascinado por ese medio porque —dice— percibía una relación mágica entre locutor y radioescucha. Varias décadas después, desde su papel como profesor universitario, investigador y autor de numerosos artículos y libros, Gonzalo acude a su prodigiosa memoria para citar textualmente frases de la radio de su época de muchacho. “Siguiendo los pasos de las personas honestas siempre hay un delincuente…”, así empezaba La ley contra el hampa, menciona, un clásico del momento junto con La hora católica arquidiocesana, Montecristo, Radio Revista RCN, Guasquilandia,

Radio Repórter. Esos programas los escuchaba solo en su cuarto, o en familia, en el barrio Sevilla (de Medellín), donde se crió. Justamente, fueron dos de sus hermanos quienes lo llevaron a trabajar como periodista en Radio Ritmos. Corría 1977 y ya registraba cuatro años como estudiante de la Universidad de Antioquia, de la entonces llamada Licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Al momento de graduarse, en 1979, Gonzalo acumulaba experiencia en la radio y en la prensa escrita. Al periódico El Mundo ingresó en diciembre de 1978, en plena fase de prelanzamiento del nuevo diario. Fue allí donde se le antojó ir a conocer la experiencia revolucionaria que vivía Nicaragua y donde un día Darío Arizmendi le dijo que no podía apoyarlo en su viaje a El Salvador (a donde también se le ocurrió ir), pero que “si regresaba vivo” miraría el material periodístico que trajera para comprárselo. Entonces, durante un tiempo, envió su producción (para El Mundo y para Caracol Radio) desde el frente de guerra, en calidad de free lance. “Me ha gustado el movimiento, la acción”, explica. Y bastante movimiento tuvo cuando en 1983 ingresó a la plantilla de Caracol Radio. Su persistencia y la confianza que generaba entre las fuentes le permitieron destacarse como buen periodista, y dio noticias de repercusión nacional. Del periodismo, Gonzalo pasó a otra faceta profesional y se convirtió en el director nacional de la Fundación Laubach de Educación Popular Básica de Adultos. También tuvo una empresa de comunicaciones. Y en 1988, con todo ese recorrido encima, se estrenó como profesor universitario. Sus clases de redacción, opinión pública, periodismo político y

deportivo las alternó con la Maestría en Ciencia Política, que cursó en la Universidad de Antioquia. “A lo largo de mi vida he estado haciendo muchas cosas al mismo tiempo. Siempre me he sentido jugando parqués: muevo una ficha tres cajoncitos, luego veo si puedo mover otra que tenga prelación”, dice. Esta característica le ha permitido, además del ejercicio de la docencia, escribir artículos académicos y periodísticos, y publicar varios libros. Uno de ellos, Sueños a la redonda, fue recomendado por el famoso técnico de fútbol Jorge Valdano (en una entrevista que le concedió a Daniel Samper Pizano, para Soho, en el 2011). También, se ha dedicado a la investigación académica, y, como tal, ha sido director y miembro del grupo de Conflicto y Violencias de la Universidad de Antioquia, el espacio para el ejercicio analítico, riguroso y cualificado, explica. Otra faceta ha sido la de columnista, que ejerció en El Espectador y en El Colombiano. La radio ha seguido presente en la vida de Gonzalo. Hasta el 2012 y durante 19 años, por ejemplo, mantuvo en la Emisora de la Universidad de Antioquia Saudade, un programa de música brasilera. Seguramente, algo nuevo aparecerá en el horizonte radial, en simultáneo con sus aportes que desde el periodismo continúa haciendo a la academia y que comenzó con su fascinación por tener el mundo entero en sus manos gracias a un pequeño aparato transistor.

Perfil: Elvia Elena Acevedo Moreno / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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Alicia Eugenia

Vargas Restrepo

Pocas noches ha tenido Medellín como la del 17 de marzo del 2010. Mientras en las graderías del estadio Atanasio Girardot 53 mil almas gritaban y aplaudían la inauguración de los Juegos Suramericanos, otros cientos de miles seguían el espectáculo desde sus casas. Alicia Vargas, en cambio, veía, pero no miraba. Estaba ansiosa, pendiente de la reacción de la gente, y cronometrando que todo saliera como estaba planeado. Ni siquiera el Presidente de la República podía salirse de control. A él le dio dos minutos para que se dirigiera al mundo. Muchos desconocen que la cabeza de los Juegos Suramericanos 2010, el evento deportivo más importante que ha tenido Medellín en toda su historia, fue una mujer. Alicia Vargas tiene el carácter y la determinación que les falta

a muchos hombres, heredados del ser que más admira, su abuela. Quizás por eso logró mantener con éxito su puesto como directora de los juegos, aun cuando el deporte tiene un techo de machismo. Solo dos mujeres en la historia olímpica han estado al frente de certámenes deportivos: junto a Alicia, la directora de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en 1984. Pero la carrera con obstáculos no empezó ahí. Antes de llegar a la dirección de los juegos, estuvo al frente del Índer y logró llevar el deporte a lugares de Medellín donde no iba ni la Fuerza Pública. Alicia, una paisa de pura cepa, entró a ese mundo desde muy niña. A los cuatro años fue secuestrada y un año más tarde, cuando sus captores la devolvieron, entró por recomendación de un psicólogo a clases de judo. Así recuperaría la confianza en sí misma y aprendería a respetar a la autoridad. A los diez años ya competía a nivel nacional y a los dieciséis formó su propio club de judo. Campeona nacional y suramericana, también estuvo en el ciclo panamericano y obtuvo una medalla de certamen mundial. A la Universidad de Antioquia entró en 1990. Se presentó a Derecho, no porque quisiera ser abogada, sino porque quería aprender de leyes para poder ser dirigente deportiva. Ya en el Politécnico Jaime Isaza Cadavid había estudiado tecnología deportiva. Pero sabía que eso no era suficiente. En el Alma Máter tuvo que luchar contra la etiqueta que les ponían algunos profesores a los deportistas, insinuando que no eran inteligentes. Pero ella, además de brillante, era disciplinada y cada cosa que se proponía la lograba. Antes de ir a clases entrenaba

cuatro horas. Y después de salir, cuatro horas más. Por eso no pudo disfrutar muchos espacios de la universidad y tuvo que esforzarse el doble para poder rendir en la carrera y en el deporte. Logró graduarse en cinco años y poco después pasó a ser presidenta de la Liga de Judo. Después de los Suramericanos, Alicia enfrentó la competencia más fuerte de su vida. Empezó un severo tratamiento contra el cáncer que le fue diagnosticado durante los juegos, pero que se negó a atacar mientras el fuego de las justas continuara encendido. Las sesiones de quimioterapia no le impidieron seguir adelante con su vida. Fue secretaria privada de la Alcaldía de Medellín durante varios meses y luego empezó a trabajar con los organizadores de los Juegos Olímpicos de Río, que se celebrarán en el 2016. A finales del 2012, dependiendo la evolución de su salud, decidirá si se radica en el país carioca, donde quieren tenerla tras conocer su gestión deportiva en Medellín. Alicia, la dama de hierro paisa, es una mujer sencilla: ama a su familia, le gusta la literatura y detesta caminar en zapatos altos. Ha hecho todo lo que ha querido. Cada mañana, al despertarse, antes que cualquier cosa, respira y le da gracias a la vida: “Yo puedo, yo quiero, lo voy a lograr”, dice para sí.

Perfil: Víctor Casas Mendonza / Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Jaime Álvaro

Fajardo Landaeta

Cuando José Ocampo era niño, bajaba y subía lomas para vender pan entre Loreto y Manrique. Tenía ocho años y recorría la ciudad para ganarse la vida, pues su padre le decía que si quería comer y dormir en la casa, debía ayudar con el sustento familiar. Su mamá, sin embargo, le insistía en que siguiera estudiando, así fuera en las noches. El niño, que era el quinto de diez hermanos, no se llamaba José Ocampo. Ese apodo vino muchos años después. Su nombre verdadero era Jaime Álvaro Fajardo Landaeta, a quien también conocerían como Pipelón y Chamizo en las filas del Ejército Popular de Liberación, EPL, organización armada que surgió en los sesenta como resultado de la violencia bipartidista y se desmovilizó en 1991 tras la firma de un acuerdo de paz.

Hizo la primaria de noche en la institución José María Córdova. Cuando dejó de vender parva, comenzó a trabajar en bares, sirviendo tintos y haciendo mandados. Conoció allí a un grupo de abogados que le tomaron cariño y le ayudaron a inscribirse en el Instituto Nocturno de Bachillerato de la Universidad de Antioquia, donde pudo culminar sus estudios. Para entonces, consiguió un puesto en Coltejer y terminó siendo líder sindical: organizaba huelgas y alentaba a los demás trabajadores a buscar mejores condiciones laborales. Por gajes de ese oficio, fue despedido y debió buscar otros empleos: empacador en un supermercado y mensajero en la editorial Oveja Negra. Aquellos años coincidieron con su ingreso a la carrera de Economía en la Universidad de Antioquia, donde la izquierda tomaba fuerza como promesa de cambio político y social. Llevaba ya año y medio estudiando en el Alma Máter cuando se unió a una movilización de los obreros de Incametal y terminó en un calabozo junto a otros manifestantes. Al ser condenado por esta acción, no pudo continuar la carrera y decidió irse al monte con los compañeros del EPL. Vivió en Urrao, en los límites de Antioquia y Chocó, y pudo conocer otra cara de la lucha armada. Aunque tuvo que aguantar hambre y soportar un largo entrenamiento físico, Jaime dice que fue una experiencia bonita porque conoció de cerca a los indígenas embera, estableció relaciones con las comunidades y sembró la tierra para recoger los frutos. Después de casi dos años allí, regresó a Medellín debido a que quería fundamentar mejor su búsqueda política. Empezó a ocupar cargos de dirección en el EPL. En los setenta, asesoró sindicatos en Antioquia y promovió el

planteamiento político de su organización, que pasó de ser maoísta a seguir las luchas de países como Albania. Ya en los ochenta, el EPL irrumpió en el escenario nacional con la propuesta de una asamblea nacional constituyente, que al principio fue escuchada, pero terminó en los sucesos del Palacio de Justicia. Así, los diálogos de paz quedaron anulados. Hacia finales de la década, fue uno de los dirigentes que volvieron a promover un proceso de negociación con el gobierno. Según sus palabras, los años de armas no habían logrado los resultados que su organización buscaba, y sí, en cambio, muchos compañeros habían muerto. Jaime, el quinto en línea de mando, logró unir al 90 % de los integrantes del EPL para dialogar y contribuir a la creación de una nueva carta política. Ellos lo designaron como asambleísta constituyente y así pudo cerrar el ciclo de la clandestinidad. La firma de la paz entre el gobierno y su organización le brindó la oportunidad de terminar la carrera en la Universidad Cooperativa de Colombia, ser padre y esposo, y tener aficiones como ir a cine los domingos y ver cada semana los partidos de su DIM del alma. Fueron veintiún años de militancia de los que no se arrepiente, ya que le permitieron conocer la realidad del país y lo convirtieron en asesor y consejero de paz, así como en un notable crítico social.

Perfil: Margarita Isaza Velásquez / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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Alonso

Salazar Jaramillo

Aunque conoce como pocos los rincones de Medellín, aunque colecciona muchos de los sonidos del mundo y su gusto musical está en el Caribe gozón, Alonso Salazar conserva el alma campesina con que nació, en la vereda Arboleda de Pensilvania, Caldas. Con escasos ocho años llegó a Medellín de la mano de don Carlos y doña Magnolia, los padres que con sus once hijos cruzaron la cordillera desde su tierra cafetera hasta el barrio Buenos Aires, en Medellín. Era 1968. Con las palabras del campo empezó a caminar la ciudad para conquistar su espacio. Estudió la primaria en la Escuela Lasallista Federico Ozanam, el bachillerato en el Liceo Concejo de Medellín, y obtuvo, en 1989, el título de Comunicador Social - Periodista en la Universidad

de Antioquia. Desde entonces, lo acompaña la visión del ciudadano comprometido con su gente. Se interesó por las palabras de los muchachos que se jugaban la vida en las laderas de Medellín, a quienes retrató en las historias de su primer libro No nacimos pa’ semilla, una alarma que resonó en el país alertando sobre el significado de la existencia para quienes servían como soldados a poderes que no entendíamos. Su lugar para mirar la ciudad con rigor y disciplina ha sido el periodismo. En la universidad se divertía más redactando el periódico El Toro Luchador que nombrando huesos y músculos de animales en la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia. Siendo estudiante, trabajó como reportero y codirector del noticiero El Mundo Televisión, en el naciente canal regional Teleantioquia. Articulaba el trabajo periodístico con los estudios sociales en el Instituto Popular de Capacitación y la Corporación Región, donde profundizó sus análisis sobre las culturas juveniles y los fenómenos del narcotráfico y la violencia urbana. Medellín recibió la década del noventa aturdida por el poder destructor del narcotráfico y carente de un liderazgo social y político que la llevara a un futuro promisorio. Salazar, que despuntaba como analista del tema, participó en la creación y proyección de la Consejería Presidencial para Medellín, estrategia para afrontar esa crisis social e institucional. Su conocimiento de los muchachos de barrio, su espíritu abierto a escuchar otras voces y su olfato periodístico los puso al servicio del programa de televisión Arriba mi barrio. Allí se nombró la Medellín innombrada, se visibilizó la ciudad

invisible y se incluyó a la población excluida. Emergió “otra ciudad” y empezó a valorarse el potencial creativo de los jóvenes y de las organizaciones sociales, sobre la mirada estigmatizadora. Su paso por el Ministerio de Educación y el Programa Presidencial para la Reinserción no lo alejaron del periodismo. Sus reportajes evidencian una voz madura, que se condensa en programas como Operación ciudad, de Telemedellín, y Arriba Bogotá, del canal City Tv; y en su columna en el periódico El Colombiano. Con la biografía Profeta en el desierto. Vida y muerte de Luis Carlos Galán, ganó el Premio Planeta de Periodismo, 2003. Y con La parábola de Pablo entra en la lista de autores colombianos cuyas obras llegan a la televisión. Es uno de los cincuenta “locos” que fundaron el Movimiento Compromiso Ciudadano. Contra toda “lógica”, esta quijotada abrió espacio político a otro estilo de liderazgo paisa. Elegido alcalde en el 2007, fue otro protagonista del proceso político que transformó la imagen de Medellín, de cuna del narcotráfico a referente mundial de gestión pública. Salazar se ha jugado la vida con arrojo al frente de su ciudad. Con su carácter frentero ha pisado muchos callos. Con todo, su espíritu libre sigue abriendo trochas, lo mueve a caminar largas jornadas y lo embelesa con el canto de las aves en medio del bosque. El campesino que vive en él despierta en su casa de La Estrella, al sur del Valle de Aburrá. Allí tiene una vista única sobre Medellín. En ese pedazo de tierra lee, juega con María, su única hija del matrimonio con Marta Liliana Herrera, y se goza su salsa con los amigos.

Perfil: Jorge Ignacio Sánchez Ortega / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Guillermo

Escobar Mejía

El maestro Jota Guillermo Escobar nació en Fredonia, el 23 de octubre de 1936. Allí se hizo bachiller en el Colegio Efe Gómez, y en 1960 se graduó como abogado de la Universidad de Antioquia. Tras un corto y exitoso recorrido como abogado penalista, y por ser hijo de don Antonio Escobar, en 1964 fue elegido diputado a la Asamblea de Antioquia por el Partido Conservador. Al terminar el periodo, fue invitado a que aspirara en un lugar privilegiado a la Cámara de Representantes, pero no aceptó, pues, según él, no se acostumbraba a la ciega obediencia que sus homólogos les tenían a sus jefes, y a pesar de la insistencia declinó el ofrecimiento. Eligió las actividades judicial e intelectual. En la primera, brilló como Fiscal Superior y en la segunda como profesor

de procedimiento penal, oratoria forense, casuística penal y ética, en las facultades de derecho de las universidades de Antioquia y de Medellín. Estas actividades las acompañó defendiendo los Derechos Humanos, en especial los penitenciarios, siendo tal vez el primer hombre que desde la institucionalidad denunció los abusos y el hacinamiento que todavía persisten en los centros de reclusión. Escribió el libro Conceptos fiscales. Por los que nacen procesados, en el que aparece una selección de algunos de los conceptos emitidos por él como funcionario y algunas conferencias en las que se aprecia con claridad el rico follaje de su humanismo. De sus capítulos, se destacan: “La teoría jurídica sobre la tortura”, “Súplica por el lumpen proletariado” “Mujeres desgarradas” y la “Oración por las cenizas del padre Camilo Torres Restrepo”. El maestro Escobar es el más brillante orador forense que ha tenido Antioquia en los últimos cincuenta años. Su gesto erguido, su ademán sincero, la fuerza moral de sus argumentos, su capacidad de asombro y de indignación ante la injusticia, la desigualdad y el abuso, dejaron huella en varias generaciones de discípulos. Con el inmolado Jesús María Valle Jaramillo, nos enseñó a cuestionar el statu quo, a no rendirle culto al poder, la cervantina fórmula de la justicia según la cual el que parte no escoge, que ser dignos entraña la responsabilidad de hacer del derecho y de la política instrumentos de reivindicación de los humildes que debían traducirse en pan y techo, que la humildad es el secreto de cualquier proyecto individual o colectivo, y lo más importante, a ser coherentes en pensamiento, palabra y acción.

Recuerdo que en su última clase de ética invitó a sus alumnos, haciendo una especie de mea culpa, a no trabajar los fines de semana y a no llevar trabajo para sus casas, pues —dijo— que él les había robado los fines de semana de doce años continuos a su esposa y a sus cuatro hijas. Los seres humanos somos débiles ante la adulación; tal vez los maestros lo son más, y por ello les es tan difícil jubilarse. No fue este el caso del maestro Escobar, quien siempre fue esquivo a este manjar y desde el ejemplo nos invitó a emularlo. Siempre cuestionó la academia fría y escéptica que se ensimismaba en los incisos y discursos, pues solo tenían origen y sustento en la vanidad. Recuerdo que el maestro Escobar siempre calificó con cinco a sus discípulos en ética, previa aclaración de que cada quien volvería ese cinco, en la práctica, un tesoro ético o un merecido hijo de puta. Después de haber sufrido despidos, señalamientos, persecuciones y exilio en razón de su carácter, hoy el maestro Escobar disfruta de una modesta jubilación al lado de su familia. Nunca ha perdido la ingenuidad de los niños, ni la frescura de las frutas, y como los buenos vinos, el tiempo que pasa lo hace cada día mejor. Jota Guillermo Escobar Mejía siempre será ejemplo para los abogados honrados y comprometidos de Colombia.

Perfil: José Ricardo Mejía Jaramillo / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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María Perla

Echeverri Lema

Huelen a libros dos vagones que alguna vez trasegaron por Antioquia. Suenan a las preguntas de niños que resuelven tareas, de mayores que, con menos prisa, también buscan respuestas. Ahora, esos vagones son un “Tren de Papel”. Deben su nombre a la denominación que le dio Carlos Castro Saavedra al medio para emprender un viaje poético. Deben su vida, entre otras voluntades, al esfuerzo con el que Perla Echeverri los convirtió en biblioteca. En los años setenta, cuando la Biblioteca Pública Piloto comprendió que debía llegar a los barrios de Medellín, dos vagones abandonados del Ferrocarril de Antioquia fueron elegidos para llevar a cabo la idea. Perla los escogió. En uno se diseñó la sala de lectura, con este fin se acondicionaron las mesas sin mover la silletería original; y en el otro, se

dispuso un estante que albergaría los libros. Ella coordinó, apoyada por el director Alejandro González, el proceso que incluyó aspectos como el comodato del lote que pertenecía a la parroquia del barrio Florencia, el apoyo de la empresa privada para la restauración de los vagones, las adecuaciones del terreno, y la donación del material por parte del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe. Los habitantes del sector acogieron el proyecto. Con la curiosidad de acercarse a un nuevo vecino, siguieron paso a paso las transformaciones que trajo el Tren de Papel. La espera concluyó el 3 de febrero de 1979, cuando se inauguró la biblioteca. Treinta y tres años después, a Perla le queda la satisfacción de haber afrontado “un reto con dignidad”, y a la comunidad, un espacio que considera propio. Ella no siempre tuvo claro qué tren tomar para viajar en la vida. Casi se decide por uno que la hubiera llevado a los dominios de la Arquitectura, pero como en los exámenes de admisión a esta carrera solamente encontró a cuatro mujeres, se sintió insegura de estudiar con muchos hombres. A pesar del ánimo que le dieron sus padres, prefirió la Bibliotecología, guiada por la cercanía con la lectura. Hoy siente que no se equivocó de rumbo. Su entrega y la conciencia del valor de su profesión le han dado satisfacciones y reconocimientos como el Premio “Rubén Pérez Ortiz” en la Categoría Vida y Obra, que le otorgó el Colegio Colombiano de Bibliotecología en el 2011. Aunque ha trabajado cerca de 45 años en bibliotecas públicas y privadas, siempre atenta a responder a las exigencias del entorno, y lideró el desarrollo de las bibliotecas

universitarias en el Caribe colombiano, esa distinción la sorprendió porque considera que su trayectoria obedece al cumplimiento del deber dondequiera que esté. En la ruta imprevista que ha seguido, está haberse trasladado a Cartagena por decisión de sus dos hijos. En aquella ciudad inició la puesta en funcionamiento de las bibliotecas de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, de la del área de la salud de la Universidad de Cartagena, de la Fundación Tecnológica Antonio de Arévalo y de la Universidad del Sinú, donde aún se siente “alegre de servir, de propiciarles a otros el encuentro con la realización de sus sueños”, porque piensa que “cada ser humano que llega a una biblioteca, en nuestra cultura, no llega por azar sino que trae algo en mente, y es maravilloso que encuentre un apoyo, un direccionamiento para lograr objetivos”. Su vocación de servicio se forjó de la mano de maestros como Gasthon Litton, en la Escuela Interamericana de Bibliotecología de la Universidad de Antioquia, se enriqueció con el estudio de la Maestría en Ciencias de la Información y Bibliotecología, de la Universidad de Denver. Y, finalmente, encontró respuesta en el contacto con los usuarios de las bibliotecas. Su mente sigue inquieta por emprender con ellos otros viajes a través del conocimiento.

Perfil: Andrés Felipe Restrepo Palacio/ Fotografía: Archivo personal

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Álvaro

Londoño Restrepo

Reposando en un sillón de su impresionante biblioteca, rodeado del follaje del jardín verde y fragante de su casa en las afueras de Medellín, Álvaro Londoño Restrepo ojea concentrado un libro del nigeriano Chinua Achebe, mientras toma, a sorbos, una taza de café. Acheve, el gran novelista, resultaría quizás desconocido para algunos lectores, pero no por supuesto para un asiduo visitante de bibliotecas como lo es Londoño Restrepo. De Achebe ha leído todas las obras publicadas en español porque es voraz con la lectura, y cuando se enfoca en algo que lo cautiva, lo hace con profundidad y un vivo deleite. La literatura es muy importante para su vida. Por eso ama tanto el discurso de Amos Oz, La Mujer en la ventana, el mismo que pronunció el israelí cuando ganó el Premio Príncipe de

Asturias de Literatura, en el que invita a curiosear, a observar, y propone la literatura “como puente entre los pueblos”. Ha seguido con cuidado la obra de Oz porque es un magnífico escritor indudablemente y además porque este autor se autodefine como experto en “fanatismo comparado” y no hay quien abomine más los fanatismos y los autoritarismos, de cualquier índole, que este hijo del Liceo de la Universidad de Antioquia. Pero no es solo en la literatura donde se ensancha su sensibilidad, su regocijo es grande cuando escucha cualquiera de las maravillosas versiones del cuarteto de cuerdas de Beethoven o cuando ve una película de cine de autor. Su mente es ancha y erudita, en el arte que ama y en su trabajo como jurista, que también acoge con incondicional interés. Él es uno de los dos Álvaros, archiconocidos en el arte de conciliar con acreedores, rescatar empresas al borde del precipicio y servir de árbitros en asuntos difíciles entre empresas y empresarios. Su credibilidad e integridad, unida a su capacidad de formular salidas y de ejecutar, le han ido allanando afectos y clientes fieles. No más hay que imaginarlo sentado en la oficina, con su presencia verosímil, consecuente, sirviéndole tanto de apoyo técnico como humano a los desesperados beneficiarios de su habilidad y experiencia. No por nada fue quien aplicó las últimas pinceladas, en compañía de Álvaro Isaza, a la Ley de Insolvencia Económica de Colombia, gracias a sus intensivos intercambios con los ponentes. Con su amigo y aliado de empresa, rescatista igualmente, escribió el libro Comentarios al Régimen de Insolvencia Empresarial, que es un imprescindible manual

para la superación de atolladeros empresariales y que ya alcanza su tercera actualización. Londoño Restrepo también es Conjuez de la sala Civil del Tribunal Superior de Antioquia y es un profesor enamorado de la enseñanza, a quien llaman en infinidad de ocasiones de pregrados y posgrados de las distintas universidades del país para incluirlo en cursos y charlas, tiempo que saca de donde no tiene, entre sus continuos viajes y audiencias, para cumplir su cita con sus estudiantes, algo que le place no importando el sacrificio. Otro de sus rasgos característicos es sin lugar a dudas su humanidad con los desamparados, no con todos, especialmente con aquellos que conservan su integridad a pesar de los acosos. Pero sería una gran equivocación creer que por sus cualidades notables Álvaro Londoño Restrepo es dueño de un carácter simple. Su carácter es recio y sus amigos sostienen que es un hombre de amores y desamores. Tiene una lealtad a prueba de todo con sus amigos, pero es muy difícil que acepte a quien no quiere, eso es “casi imposible”. No le gustan las conversaciones centradas en lo inútil y lo frívolo. A veces decide retirarse de las reuniones antes de que se le suelte alguna frase enérgica, pues no le cabe ser una media tinta. Nunca se mete a la cocina ni para calentar el agua, y es a otra abogada, su esposa Beatriz Arango, a quien le toca regentar todas las faenas domésticas. Entre ambos cosecharon una buena zafra de abogados más jóvenes, sus dos hijos y una hija, que con el modelo a mano y su propio mérito se han granjeado su concerniente prestigio en sus diferentes campos del derecho.

Perfil: Luz Adriana Gutiérrez Molano / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Édgar

Gutiérrez Castro

Cuando terminó sus estudios en la facultad de Economía de la Universidad de Antioquia, las ciencias económicas en Colombia aún no se empapaban del fondo de las discusiones que estaban en boga en el Viejo mundo y que cristalizaron en los cambios macroeconómicos de las naciones. De esto se dio cuenta Édgar Gutiérrez cuando llegó a Londres para ingresar al London School of Economics con miras a un posgrado en Comercio Internacional. Aunque provisto de buenas calificaciones, lo rajaron por no poseer un acercamiento claro a las tendencias de la economía mundial que empezaban a ser influidas por John M. Keynes. Entonces, lo que iba a ser un año de estudios en Londres se convirtió en tres, durante los cuales tuvo la suerte de contar con profesores como James

Meade, Lionel C. Robbins, Joan Robinson y Sir John R. Hicks, compañeros todos de Keynes y algunos de ellos ganadores posteriormente de premios nobel de economía. Don Alfredo, su padre, era propietario de Casa Colombia, un próspero almacén que importaba artículos para la construcción, y soñaba con que su hijo regresara para ponerse a la cabeza del negocio familiar. Pero los ideales de Édgar estaban muy lejos de los anhelos del padre. Al joven lo alentaba la idea de contribuir a la trasformación económica que urgía el país. No pasó mucho tiempo para que Hernando Agudelo Villa lo nombrara como asesor del Ministerio de Hacienda, para más tarde conformar lo que sería el departamento de Planeación Nacional. Esto ocurrió durante la administración de Alberto Lleras Camargo, cuando el chico contaba con 26 años. Tiempo más tarde fue alistado para el mismo cargo durante el mandato de Carlos Lleras Restrepo. Se trataba esta vez de preparar el Plan Decenal de Desarrollo Económico de Colombia, que sería presentado ante la Asamblea en Punta del Este dentro del espíritu de la Alianza para el Progreso, que estaba destinada a eliminar las diferencias y apoyar el crecimiento de las economías latinoamericanas. Ernesto Che Guevara estuvo presente en esa asamblea como presidente del Banco Central de Cuba y un poco con el ánimo de boicotearla, ya que la idea era promovida personalmente por el presidente Kennedy. Aparte de esta circunstancia, Édgar recuerda el magnífico impacto que le causó el Che, un hombre carismático, inteligente y buen mozo. En las noches, los delegados se reunían en tertulias a escuchar a Jorge Cafrune, a Los Fronterizos y a Atahualpa

Yupanki. En esos momentos el Che desplegaba su gran magnetismo. Fue tras esa experiencia de un mes y medio entre debates y bohemia que Édgar se aficionó profundamente por el folclore sureño y desde entonces nunca ha dejado de estudiarlo e interpretarlo, bien en la guitarra o bien acompañado de su voz y el bombo legüero. De su enamoramiento de la música gaucha guardó en su corazón a Juanito Laguna, un gamín que representaba las desigualdades sociales que ha inspirado el folclore sureño. Años después nombró Rincones de Juanito Laguna a la primera parcelación ha construyó en el oriente antioqueño. Una característica sobresaliente de Édgar es su vena romántica, la que asomó con sus primeros chispazos cuando integraba un trío que dedicaba canciones de Los Panchos a las amigas que quería enamorar. Su sensibilidad se ha manifestado también en su amor increíble por la naturaleza, especialmente por los pinos que ha sembrado durante más de cuatro décadas en su afán reforestador; en su gusto por la poesía de Guillermo Ángel Montoya, José Asunción Silva y León de Greiff, de quien era primo segundo y un gran admirador de su obra; y en sus largas caminatas contemplativas emprendidas por el paisaje bucólico del oriente antioqueño o en sus horas sobre sukayacindígena simplemente escuchando el sonido del agua.

Perfil: Luz Adriana Gutiérrez Molano / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Marta Aliria

Álvarez Tobón

“Yo soy volcánica”, se define sin vacilaciones Marta Aliria Álvarez. Dice que tiene el sol instalado en la cintura, quizá, esa es la clave para entender el vigor de sus blasfemias. Habla con el dominio de quien cree en las palabras; además, las siente, le duelen y la alegran. A veces susurra como si contara secretos. De pronto, alza la voz para afirmar: “Yo escupo sobre la Universidad de Antioquia”. “Muda, estoy muda. Conmigo pasó como con Moisés. Dijeron: ‘Bórrenla de todas las piedras’. Me sacaron todo el tiempo. Les parezco pestilencia”, comenta enfática. Sobre los hechos que la llevan a pensar esto, prefiere no entrar en detalles, basta con oír de sus labios: “No quepo. Yo no me creí el cuento de que los hijos de obreros tenemos que ser pequeños burgueses. Pobres vergonzantes es lo que son”.

Marta Aliria era una joven trabajadora cuando entró a Contaduría. Hizo tres semestres de esta carrera, pero poco a poco entendió que las respuestas a sus preguntas eran más afines a las humanidades, entonces se cambió a Historia. Fue popular porque, afirma, “era zamba y lo racial estaba de moda en los setenta”. Como hija beligerante de la Universidad de Antioquia, lideró discusiones sobre el rol de la mujer en la sociedad. Publicó algunas de sus ideas en Las Mujeres, el periódico de cuatro ediciones donde puso sobre la mesa su defensa del día a día. Esa que también la llevó a gritarle a alguno que otro compañero: “Dejá de manosearme”. Acerca de los hombres, aún piensa: “Todos oprimen y violan a las mujeres. El que no, trata de pulirse”. Se niega a que la califiquen de resistente, en cambio, se considera intensa, persistente y vehemente. Algunos de esos adjetivos se los debe a la pérdida de su familia cuando tenía 13 años, y a la crianza que le dio la comunidad del barrio Manrique Central, “sin tener que trabajar como sirvienta ni ser amante de nadie” —como ella misma aclara—. “En los términos contemporáneos, me hubieran definido como una joven vulnerable. Sigo siendo vulnerable.” La universidad fue un refugio para ella. Durante uno de los cierres, en el periodo del exrector Saúl Mesa, los vigilantes la perseguían cuando entraba sin autorización, pero se escabullía para hacer de la Ciudad Universitaria su “monasterio”. Sentía tan suyo aquel lugar que, cuando lo abrieron nuevamente, cortó algunas rosas del jardín contiguo al bloque 16 y las puso en la fuente como gesto de bienvenida. No recuerda exactamente cuánto tiempo fue la

estudiante más antigua de la universidad, cree que 15 años. En este periplo, además de tirar piedra y educarse, se convirtió —según ella— en la carcelera de la Sala Patrimonial, la organizó y protegió sus piezas con recelo. Bajo la asesoría de María Teresa Uribe escribió el trabajo de grado Las estrategias culturales en Antioquia, 1864-1875. Luego, como historiadora, se encargó de la recuperación del archivo histórico de Marinilla y realizó la Especialización en Sistemas de Información, en Eafit. Ahora, cuando mira hacia atrás, piensa que en el camino fue perdiendo los egos y la Historia la fue perdiendo a ella. Veintidós años después de recibir su título de pregrado, considera que la academia latinoamericana debe ser escupida, que es una falsedad. Y califica su permanencia en Antioquia como “un acto de amor, a pesar de lo asquerosamente racista que es”. Hoy se confiesa entregada a la clausura en su casa de campo, donde araña la tierra mientras escucha sus cuatro turpiales y le muestra los dientes a la vida para definirse nuevamente: “Soy una mujer derrotada, sobreviviente de grandes tragedias y capaz de sonreír”.

Perfil: Andrés Felipe Restrepo Palacio / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Darío

Henao Torres

Han pasado veinticinco años desde su muerte y Fredonia no olvida su nombre. Darío Henao Torres permanece en la memoria de los habitantes de este municipio del suroeste antioqueño. Los que conocieron a este abogado recuerdan a un ser humano íntegro y un ciudadano intachable que apoyó las luchas de los campesinos y le entregó su vida a la cultura y al deporte. Sus paisanos también saben que fue asesinado por levantar su voz en contra de las injusticias y por defender, sin titubeos, los Derechos Humanos. Fue un niño inquieto y extrovertido que creció al lado de sus padres y de sus ocho hermanos. Su vocación de servicio, su capacidad de liderazgo y su pasión por el arte sorprendieron a sus familiares, a sus amigos y a los maestros del Liceo Efe Gómez. Allí, en las aulas de esta institución,

impulsó la creación del primer consejo estudiantil, un espacio que acogió y respaldó las iniciativas de los jóvenes. A sus 16 años, ya era reconocido en el pueblo como “el abogado de los pobres”, título que le asignó su profesor de física por su compromiso con las causas justas. Darío también lideró el primer movimiento popular de Fredonia; en la ‘Marcha de las antorchas’ reunió a los habitantes del municipio para protestar en contra de los altos costos de los servicios públicos. El teatro también ocupa un capítulo importante en la historia de este líder comunitario. Fue guionista, actor y director de los diferentes colectivos teatrales que conformó en Fredonia y en Medellín. Con los estudiantes del liceo, creó un grupo cultural que les ofrecía a los jóvenes talleres de música, danza y poesía; además, promovió el deporte y la recreación. Arturo Henao, su hermano y su cómplice, recuerda con nostalgia esa época llena de sueños y rebeldías: “Darío fue un hombre dinámico, inteligente y espontáneo. Era amante de la naturaleza, la vida y la paz. Afortunadamente, tuve la oportunidad de compartir con él sus locuras geniales”. En el año 1974 ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia, donde se vinculó al movimiento estudiantil. Como el teatro se le convirtió en una de sus grandes pasiones, también empezó a estudiar en la Facultad de Artes. Su paso por la universidad reafirmó su compromiso con las luchas populares y lo acercó a diferentes grupos políticos de izquierda; adhirió a la Unión Revolucionaría Socialista e hizo parte de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos.

Después de su graduación, en 1982, comenzó su carrera profesional. Abrió una oficina en Medellín y otra en su pueblo, y se dedicó a defender los derechos de los trabajadores y a denunciar los atropellos que sufría el campesinado. “Era muy sensible y estaba dispuesto a servirles a los demás. Las personas que no tenían dinero para contratar los servicios de un abogado podían contar con su ayuda”, recuerda su hermano. Su deseo de alcanzar la justicia social coincidía con el proyecto político de la Unión Patriótica, y con esta colectividad llegó al Concejo de Fredonia. Darío asumió este cargo con la ilusión de consolidar los procesos cívicos y culturales que inició en su adolescencia. Pero su trabajo se vio interrumpido por la persecución que acabó con la vida de todos los integrantes de dicho partido. El 26 de septiembre de 1986, a sus 33 años, Darío Henao Torres fue asesinado en el centro de Medellín. En el cementerio de Fredonia, familiares y amigos despidieron al hombre que se ganó el cariño y el respeto de un pueblo. Hoy, su legado sigue vivo y sus paisanos le rinden un homenaje a su memoria.

Perfil: Lina María Martínez Mejía / Fotografía: Archivo familiar

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Jorge Londoño Saldarriaga En su mente está intacto aquel 25 de julio de 1995. Ese día, en la Bolsa de Valores de Nueva York, en la fachada del histórico balcón griego, la protagonista era la bandera de Colombia, porque se registraba la primera empresa nacional para negociar en el mercado bursátil más importante del mundo. Y Jorge Londoño Saldarriaga, como presidente de la junta directiva del Banco Industrial de Colombia —hoy Grupo Bancolombia—, tocó la emblemática campana con la que se da inicio a las negociaciones del mercado. Más tarde, como presidente del banco volvió a ese lugar para tocar de nuevo la campana y celebrar la primera década de operaciones de Bancolombia en Wall Street. En el 2010, la entidad cumplió quince años de haber logrado lo que todo empresario sueña: “Entrar a las grandes ligas”.

Reside allí su mayor orgullo: el haber sido presidente de Bancolombia cuando la compañía definió los parámetros para ser el conglomerado que es hoy. Londoño es administrador de negocios de la Universidad Eafit y máster en Desarrollo Económico de la Universidad de Glasgow, en Escocia; pero no se le olvida señalar que es bachiller del antiguo Liceo de la Universidad de Antioquia, que en esa institución cursó quinto y sexto de bachillerato, y se graduó en 1964. “El liceo fue una experiencia fundamental en mi vida, por la calidad de la educación que allí se brindaba y por la disciplina que se exigía de las personas”, dice, contundente, este paisa. Y agrega “y no porque fuera con unas normas de disciplina rigurosas, sino, todo lo contrario, porque dejaban en la responsabilidad de cada alumno el cumplir con los requisitos académicos, que eran muy altos”. Tras 39 años de carrera profesional exitosa, Jorge recuerda, también con emoción, los cursos de economía que tomó en la Universidad de Antioquia, con profesores como Absalón Machado y Hugo López. Esos detalles no los deja pasar este banquero que también es docente. Fue secretario de Hacienda de Medellín, creó entidades de finca raíz como Propiedad Ltda., y del área de valores con su firma Londoño Saldarriaga y Cía. (vendida a Suramericana y convertida en Suvalor). Fue vicepresidente financiero de Suramericana e integró juntas directivas de empresas pertenecientes al Sindicato Antioqueño. Este zar de la banca, se define —de manera muy sencilla— como un administrador profesional, capaz de movilizar equipos de trabajo hacia unos objetivos claros;

como ejemplo de ello, fue quien en 1996 se aferró del timón del Banco Industrial de Colombia, entonces el quinto banco del país, y en el 2011 lo entregó, ya transformado en Grupo Bancolombia, como el primero de la banca nacional. Decidió irse, así, antes de que su edad de retiro se cumpliera, porque, según dice, “es muy incómodo quedarse hasta que se acabe la fiesta”. Este apasionado por la banca y la economía, hombre de palabras prudentes, inteligente y, sobre todo, comprometido con lo que hace, ahora desempeña su actividad como integrante de la junta directiva del Fondo de Calamidades, y como presidente del Fondo de Adaptación, ambos creados por el presidente Juan Manuel Santos para reconstruir el país luego de la tragedia invernal de los últimos años, que dejó cuatro millones de colombianos afectados. “Soy un administrador muy afortunado por aprender cosas nuevas; porque tuve el chance de meterme en el sector financiero, de llevar el banco al mercado internacional de capitales, y ahora de atender la mayor tragedia del país como fue la pasada ola invernal”, expresa. Así es Jorge Londoño Saldarriaga, el padre de dos mujeres y abuelo de cuatro niños; un empresario al que le gustan el deporte y la cultura; el esposo desde hace 32 años, el hombre celoso de su vida privada; el hombre que le aconseja a jóvenes cómo hacer y fortalecer empresas; el hombre que hoy se la juega para devolverles a cientos de personas un sueño.

Perfil: Laudyth Saumeth Ríos / Fotografía. Natalia Botero Oliver

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Luis Javier

Castro Naranjo

Habla de su época de bachiller como el recuerdo más preciado de su vida. De manera singular, entre los egresados del Liceo Antioqueño hay una mística que después de 24 años de clausura de su institución los hace formar filas para cantar con ímpetu el himno de la Universidad de Antioquia. El doctor Luis Javier Castro es egresado y apasionado por el Liceo. Desde 1991 es profesor de la Facultad de Medicina, fue decano de la misma en el periodo 2002-2005 y desde el 2010 es jefe del Departamento de Obstetricia y Ginecología. Hijo de una familia tradicional de Medellín, la insistencia de su madre venció la voluntad de su padre, Néstor Castro Congote, abogado célebre de la Universidad Pontificia Bolivariana y por demás conservador, quien no estaba de acuerdo con que sus hijos se formaran en el Liceo Antioqueño,

que al término de los años 60 se consideraba como una de las mejores instituciones educativas de educación básica y media en Colombia. “Los años del Liceo Antioqueño, los mismos de mi adolescencia, son inolvidables, me marcaron como ser humano, como ciudadano y me sirvieron para elegir mi carrera”, dice con notable satisfacción. La mayor ventaja es que quien terminaba su bachillerato en el Liceo, tenía un pie en la Universidad de Antioquia, era cuestión de elegir la carrera y aprobar el examen de admisión. Así, el doctor Castro vio en la Medicina su vocación y se graduó del Alma Máter como Médico y Cirujano en 1983, y de la Especialización en Obstetricia y Ginecología en 1988. Dice que cuando joven se sorprendía con el nacimiento de un ser humano y todo lo que implicaba un parto, a pesar de no conocer nada de medicina, y tal vez por la influencia de las series de televisión de la época, como el Doctor Kildare o el Doctor Quincy. Sin embargo, su interés por la Medicina y la Ginecología se origina en su sensibilidad por lo humano, por el servicio a favor de la vida. En su casa siempre hubo libros abiertos y una gran biblioteca que armó su padre, a quien hoy le debe el placer de ser un buen lector, de ahí que pese a su formación clínica haya construido su vida como un profesional integral que fuera de su trabajo disfruta de la literatura y no falta a las actividades artísticas y culturales de la Universidad. Afirma que es común en el gremio médico internarse en una carrera por trabajar y lucrarse para escalar socialmente, sin disfrutar de lo cotidiano, del arte, de la literatura o de compartir tiempo y conocimiento. Por eso cita a Héctor Abad Gómez: “Médico que sólo sabe de medicina, ni medicina sabe”. “Es una frase

que nos recuerda que estamos vivos y que el mundo es mucho más que lo que vemos o hacemos”, afirma. Vive orgulloso de haberse graduado y ser profesor de la Universidad de Antioquia, y siente que le debe su vida al Alma Máter. Con ese afecto por la institución y sintiendo un compromiso con la sociedad, decidió trabajar en el Hospital Regional de Yarumal, municipio del norte antioqueño donde se presentaba gran cantidad de casos de embarazos extrauterinos y muertes femeninas por esta causa. Siendo especialista y a pesar de tener pocas herramientas técnicas para ejercer, prefirió aportar su conocimiento al bienestar de la comunidad en el Norte de Antioquia. Luis Javier Castro es sencillo, no presume de su conocimiento, en parte porque cuando trabajaba junto a un grupo de médicos del hospital de Apartadó, murió una paciente a quien no se le pudo detectar el problema a pesar de los múltiples exámenes y diagnósticos. Desde ese momento repite una frase que considera ejemplar: “El médico algunas veces cura, otras veces alivia, pero siempre debe consolar”.

Perfil: Juan Esteban Vásquez Mejía / Fotografía: David Estrada Larrañeta

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Carlos

Payares González

No es la verdad la que nos hará libres, es la libertad la que nos hará verdaderos. El día en que conocí a Carlos Payares, lo esperaba sentado en una cafetería del centro de Medellín. Llegó puntual y, luego de los saludos formales, me dio una clase magistral de historia universal. Recorrimos, sin levantarnos de nuestros asientos, entre anécdotas, experiencias y análisis fugaces, episodios interesantísimos, no solo para la humanidad como tal, sino también, y especialmente, para el país. Yo solamente escuchaba. Él, con una oratoria impecable, que desde sus épocas de estudiante de Odontología, y posteriormente como líder estudiantil, le era reconocida y admirada, me situaba en el lugar exacto de los hechos

y parecía, realmente, que estuviésemos allí. Pero lo que importaba de aquellas historias no eran ni los hechos ni los lugares, sino sus personajes. Es que para entender los sucesos históricos, me decía Carlos, primero hay que conocer las características y los pormenores de sus protagonistas. Y eso es, de alguna manera, lo que vengo a hacer yo aquí. Toda su vida la ha dedicado a ser un intelectual. Desde muy joven, recién llegado de Ciénaga, Magdalena, en su época de estudiante universitario, comprendió que para generar procesos de cambio había que combinar el conocimiento científico con el social. Por eso, y a la par de sus estudios universitarios, se dedicó a aprender, por su cuenta, política, economía, filosofía e historia; todo ello influenciado profundamente por el movimiento estudiantil de aquel entonces. Allí, en ese movimiento, no solo descubrió una faceta de su vida, la de líder y dirigente, sino que también aprendió a amar el conocimiento. Aquel conocimiento que, aunque es rebelde y es constante, también duele y desengaña, ya que entre más conoces la realidad, más pequeño te sientes, pero sabes también que a una mejor calidad de vida pues aspirar. Su vinculación a la Universidad de Antioquia, por más de catorce años, comenzó poco antes de terminar sus estudios, bajo una figura conocida como auxiliar de cátedra. Al graduarse, y cuando se formalizó como docente en la Facultad de Odontología, varios de sus colegas, quienes lo recordaban como aquel líder estudiantil que los había enfrentado, manifestaron su inconformismo e intentaron, sin éxito, separarlo de su cargo.

Como profesor, uno de sus mayores logros fue haber conseguido que se incorporaran ciencias sociales al currículum de Odontología, pues estas materias se consideraban, hasta ese momento, un aditivo totalmente prescindible en la formación de los profesionales de la salud. Él mismo, y para dar ejemplo, en 1987, diez años después de haber obtenido su título de odontólogo, se graduó de la carrera de Sociología también en el Alma Máter. Esa pluralidad de saberes le ha permitido incursionar en el mundo académico desde diferentes áreas del conocimiento, pero siempre con un marcado sentido crítico y social. Prueba de ello son sus libros Medicina y sociedad (1987), Consideraciones sociohistóricas de la odontología en Colombia y en Antioquia (1991), Una historia que ha sido mal contada (2006) —acerca de Ciénaga y Santa Marta— y Memoria de una epopeya. 80 años de la huelga y masacre de las bananeras del Magdalena (2008), obra que ha sido publicada en distintos países por la Unión Internacional de Trabajadores de la Alimentación, UITA, en asocio con la CUT. También, y durante más de doce años, ha ejercido como columnista de El Informador, un periódico de Santa Marta. Allí, expone su visión sobre temas coyunturales, no solo locales, sino de alcance nacional, como la educación, una pasión que Carlos siempre ha tenido. Al respecto, Carlos explica: “Cuando he ejercido la docencia, siempre he buscado enseñar a mis estudiantes a mirar la crítica como un elemento fundamental para el conocimiento, que nos permite, además, superar los errores y poder conocer la realidad, para así actuar bien en el diario vivir”.

Perfil: Santiago Orrego Roldán / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Graciela

Amaya de Ochoa

Ambos están ad portas de graduarse del bachillerato, él en Medellín y ella en Bogotá. Por azares del destino se encuentran en el mismo bus para la excursión a Santa Marta: a un lado los chicos del Liceo de la Universidad de Antioquia y al otro las niñas del Colegio Departamental de La Merced. Ubicados uno frente al otro, él le pregunta: “¿Qué es lo que te tiene tan pensativa?”, y ella le contesta que nada… “¿Nada o alguien que dejaste en Bogotá?”, replica él. Entonces ella le responde: “Uno puede estar pensando en otras cosas, como en la profundidad del mar o en la inmortalidad del cangrejo”. Esa fue la chispa, el flechazo con que Cupido los habría de unir. El mar solamente fue el preludio de ese amor, de un noviazgo que duró ocho años mantenido a pulso de cartas. Durante ese lapso solo se

vieron cinco veces. Hoy llevan 38 años de casados y acaban de ser abuelos de mellizos. Él es Francisco Javier Ochoa y ella, Graciela Amaya de Ochoa, una de las mujeres que más sabe de educación y pedagogía en el país. Nacida en Bogotá, en una familia de cuatro hermanos, Graciela recibió una notable influencia de su madre, también educadora. “Ella transfirió a la casa toda esa vocación, esa entrega abnegada que necesita un maestro. Y como yo era la mayor, me asignó la tarea de educar a mis hermanos más pequeños”, recuerda con una dulzura encantadora. Se graduó como normalista y a los dieciséis años comenzó a trabajar en la Escuela Bavaria. Pasó de sus tres hermanos a educar a treinta niños de segundo de primaria, a los que enseñó a leer y escribir con canciones y cuentos. Motivada por aquella experiencia, se presentó a Psicología en la Universidad Nacional, y a la Universidad Javeriana para hacer la Licenciatura en Física y Matemáticas. Obtuvo una beca para hacer una maestría en Orientación y Desarrollo Educativo en la Universidad de Chile. Desde allí concertó su matrimonio por teléfono con Francisco Javier, egresado de ingeniería de la Universidad de Antioquia, quien realizaba estudios de posgrado en Nueva York. A Medellín llegó traída por el corazón. Mientras su esposo era docente de la Facultad de Ingeniería, ella cumplió su sueño de ingresar a la Universidad de Antioquia como estudiante de la maestría en Orientación y Consejería, y luego la invitaron a ser docente de Psicología. Pronto fue escalando posiciones como jefe de sección en Teoría Educativa y Psicopedagógica, jefe de Departamento

y decana de la Facultad de Educación. “Adoro la universidad porque fue mi primera escuela, una escuela de pensamiento ligado a lo social”, declara. De su paso por ella, destaca la construcción del modelo de educación a distancia. “La universidad era pionera ensayando modalidades pedagógicas, materiales, etc. Empezamos a abrir ese terreno, pero no dejé la preocupación por las dificultades de la enseñanza”, dice. De igual modo, aportó las bases para generar la conexión interdisciplinaria, propiciando la integración de las diferentes facultades para aplicar mejores estrategias pedagógicas. En Medellín tuvo a sus hijos y los crió. Hasta que tras doce años en la Universidad de Antioquia regresó a Bogotá. Por su permanente preocupación por mejorar el arte de enseñar, ha trabajado en tantas universidades que no caben en los dedos de la mano; fue nombrada vicerrectora de la primera universidad a distancia del país, subdirectora académica y de fomento del Icfes, y asesora del Ministerio de Educación. Además, pertenece a la Asociación Colombiana de Pedagogía, donde sigue pensando cómo incidir en la formación de educadores. Así mismo, es asesora universitaria ante el Consejo Nacional de Acreditación y evaluadora de programas académicos. En cierta ocasión, la Casa Antioqueña en Bogotá la postuló para otorgarle la Orden del Zurriago, una distinción que se concede a antioqueños destacados en algún campo. Antes de condecorarla le preguntaron si era verdad que ella no era antioqueña. Su respuesta fue: “Yo me considero una paisa adoptada”.

Pefil: Francisco Saldarriaga Gómez / Fotografía: Archivo personal

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Jorge Enrique

Restrepo Gallego

No es mentira. Cuando entras al consultorio del doctor Jorge Enrique, lo primero que hace es preguntarte cómo estás; te mira a los ojos y escucha con interés cada palabra que respondes. No teclea en su computador mientras le explicas qué te duele, lo mantiene cerrado. No mira el reloj, te aclara con detalle la causa de tus dolencias y no te receta Acetaminofén. Desde su época de estudiante, se grabó el juramento hipocrático, el cual ha seguido como un precepto. Fue su maestro, el doctor González, quien le insistió en que debía ser un médico integral, defender los derechos de los pacientes y jamás doblegarse al sistema. “Él fue un gran apoyo porque yo le ayudaba en las cirugías y él me pagaba honorarios con los que me pude sostener

un buen tiempo”, afirma. En San Roque, donde hizo su año rural, se encontró por hospital una casona vieja a la que le faltaban muchos recursos para atender a 12 mil habitantes: “Cuando llegábamos a un pueblo éramos todo: atendíamos partos, heridos, adultos mayores…”. Jorge, voluntario innato, emprendió una campaña para construir un hospital digno. Con el apoyo del pueblo y la Federación de Cafeteros, hizo fiestas para colectar recursos. A punta de conciertos de orquestas como Los Graduados, construyó el nuevo hospital. Ese mismo año, una empresa extranjera llegó con el proyecto de una hidroeléctrica, querían hacer el campamento de los obreros en el pueblo. Él se dedicó a concienciar a los pobladores y a políticos: “Yo me opuse con el argumento de que eso iba a dar un cambio social muy grande en contra del buen desarrollo de la comunidad, desde la salubridad hasta la seguridad”. Lo escucharon y le hicieron caso. Esa empresa lo contrató para atender los trabajadores de San Rafael. Estuvo un año, pero no soportó los reclamos que le hacían los jefes porque daba incapacidades, atendía pacientes que no eran de la empresa y le prestaba la ambulancia a quien la necesitara. Esas luchas lo desgastaban, le robaban el sueño, por eso y porque su esposa había dado a luz al primero de sus cinco hijos, regresó a Medellín, al barrio Guayabal y fundó su consultorio particular hace 28 años. Como médico de barrio conoce las familias, ha atendido a los abuelos, los hijos y los nietos. “Me siento muy privilegiado de tener mi consultorio sin la presión de una EPS. Me he preocupado

por ejercer libremente mi profesión porque el sistema de salud no le permite al médico ser médico. Me he preocupado por defender los médicos que Colombia necesita: médicos de familia integrales”, afirma con orgullo. Jorge es el presidente de la Asociación de Egresados de Medicina desde hace seis años. Inquieto por la actualización médica, creó las diplomaturas en Riesgo Cardiovascular, en Atención primaria y en Urgencias. “Estamos muy orgullosos, ya llevamos varias cohortes. Hemos preparado al egresado para ejercer una buena medicina ante la sociedad”, cuenta. Aprovecha los encuentros con los egresados para decirles lo que a él le enseñó su maestro: el bienestar del paciente es lo primero. Desde el balcón de su consultorio puede contemplar el vecindario donde está su casa. Todas las mañanas, antes de ir al consultorio, transporta a sus hijas al colegio, a la universidad y al trabajo. Y sale a caminar con su perro. Jorge es el médico de familia —el de confianza—, un personaje que parece más cercano a esas películas donde telefonean al doctor en mitad de la noche y este llega con un maletín de cuero negro donde lleva su kit de primeros auxilios: “Yo soy uno de esos. La vida ha sido bondadosa porque me ha permitido ser libre”. Pero esto ya se lo ha asegurado Hipócrates en la última línea de su voto: “Si observo con fidelidad este juramento, séame concedido gozar felizmente mi vida y mi profesión, honrado siempre entre los hombres; si lo quebranto y soy perjuro, caiga sobre mí la suerte contraria”.

Perfil: Ana María Bedoya Builes / Fotografía: David Estrada Larrañeta

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Argiro Artemio

Giraldo Quintero

Argiro Tobón, temiendo por su vida, y aunque ya sobrevolaba el Atlántico rumbo a España, aprovechó el sueño de los demás pasajeros; se paró de su asiento de clase turista y le entregó a la azafata un tiquete de primera. Suponía que a esa sección no tendría acceso quien, estaba seguro, lo seguía en el avión. Luego decidió bajarse en Madrid, antes de lo previsto, para que su verdugo llegara a Barcelona, despistado. No tenía equipaje. No besó a sus hijos. No había planes. Corría 1999. Estaba proscrito. Años atrás, joven, cuando vivía en el barrio Santa Lucía de Medellín, la dictadura también lo había exiliado a puntapiés de las calles. La vida lo hizo sensible a la gente y repelente a los poderes. No tuvo más que atender su vocación. Y eso poco a poco fraguó el desenlace de su historia.

En la Universidad estudió Derecho, en los sesenta y setenta, justo después de que el cataclismo de la violencia hubiera destruido todo y las juventudes tomaran partido ideológica y políticamente. Se declaró socialista por desconfiar de los totalitarismos, lo que le granjeó fama de reaccionario entre los comunistas, el desprecio de los maoístas y la ojeriza de la derecha. Fue un trance intenso de discusiones de país, de utopía. Entendió que una protesta se disuelve a palos; una organización, no. Apoyó las protestas que minaron el poder de Pinochet en Chile y contra Videla en Argentina. Desde su oficina de abogado, despachó a algunos amigos a combatir en la revolución sandinista de Nicaragua. En el país, simpatizaba con los miembros del M-19 y aportó desde la clandestinidad a los diálogos de paz en época de Belisario Betancur. Después de que ese grupo burlara la inteligencia del Ejército, robándole todo un arsenal del Cantón Norte, Argiro fue víctima de una vehemente cacería que lo exilió por segunda vez. En esta ocasión, fue a San Pedro de Urabá, donde aceptó el trabajo de juez. Para su mala suerte, las Farc se tomaron el municipio y las autoridades no vacilaron en culparlo de la toma: “A mí, que nunca me enfilé en la guerrilla”. Para desmarcarse de las listas del Das, se exilió políticamente en el Partido Liberal. Gracias a su audacia, encontró una oportunidad para sus pretensiones de transformar el sistema. Fue en Envigado y con Jorge Mesa con quien se liaron las posibilidades y las ideas. Bastó un periodo de gobierno, como secretario, para que su municipio hiciera fama de modelo, de incluyente y visionario. Un gobierno que puso entre sus prioridades a

los humanos y no el pavimento. Justamente por oponerse a la mole gris del metro encontró, quizá, los enemigos más fieros. Fue rector de la Institución Universitaria de Envigado. Unos años más tarde, redactó en el recinto Quirama un proyecto de constitución federal. Aunque fue el más entusiasta en la elaboración del proyecto, no le extrañó que su nombre fuera excluido en la ponencia del congreso. Argiro se acercaba al límite. Sufrió dos atentados. Del primero se salvó gracias a que una comunidad en la zona nororiental salió valientemente a rescatarlo: “Me escapé de los paracos”. El segundo fue horas después del sepelio de su padre: “Esta vez de mano del Ejército”. Con la misma adrenalina que esquivó las balas, fue hasta la IV Brigada a hacer el reclamo, recuerda. “Y me iban a matar allí”. Ese día debió abandonar el país y refugiarse en Europa. Cuando llegó a Madrid era uno más de la clase obrera. Mesero, jardinero, camarero. Con una dieta de pan, gaseosa y vitaminas, ahorró poco a poco para abrir dos años después la primera sala de internet que se conociera en Madrid, una sala para inmigrantes. Con el tiempo logró que se le reconociera como abogado y estudió el tema del derecho electrónico. En España encontró un lugar más amable para sus sueños. Se hizo masón apasionado y abogado militante del movimiento 15M. Fabrica vinos y va por la segunda cosecha de su vid. Respecto a Colombia, sabe que mientras la pluralidad no prospere, no habrá país feliz. Y mientras no haya espacio para todos, él se declarará “el más indignado”.

Perfil: Santiago Botero Cadavid / Fotografía: Archivo personal

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Patricia

Martínez Cifuentes

Nació el 8 de abril de 1957, a pesar de que su padre ateo y su madre liberal hicieron todo lo posible para que naciera el 9. El hecho de que ese mismo año las mujeres hubieran votado por primera vez en Colombia, parece haberla predestinado a ser una convencida defensora de los derechos de la mujer. En su casa siempre se habló de política y, como cosa “extraña”, desde su infancia escuchó hablar bien de Fidel Castro y del Che Guevara, lo que le enseñó a entender que se podía pensar y ser diferente. De su padre aprendió que es más importante dar que recibir, de su madre (intuitiva feminista), que “una no se puede casar para respirar por la nariz del marido”, y de ambos, a no ser incondicional de nada ni de nadie; también le regalaron a Diana, su hermana. De su primer matrimonio le quedó un

tesoro, Juan Fernando, su único hijo, y del segundo, Manuel Ignacio Murillo, un hombre excepcional para toda la vida. Se graduó de abogada en el Alma Máter en 1986 después de haber sido expulsada de la Universidad de Medellín por su activismo en el paro del 75 y a pesar de haber sacado 5 en álgebra en el Cefa, lo que le auguraba otros horizontes intelectuales. Allí aprendió de Fernando Mesa Morales, su gran maestro, que “como la libertad no se puede asir, hay que defenderla siempre”, y de Carlos Gaviria Díaz, que “la academia también puede ser un lugar propicio para la felicidad”. Comenzó su actuación en la izquierda en 1972 en el movimiento estudiantil que se gestó contra el Estatuto Docente del gobierno de Pastrana Borrero, liderado por su ministro Galán Sarmiento. En el 77, ella y compañeros de las facultades de derecho, comunicación y artes fundaron El Brochazoo, Animales de Brocha, el arte al servicio de la política, tratando de contrarrestar lo panfletario de la propaganda política. Participó en el comité de defensa de los presos políticos a finales de los 70 y principios de los 80 (cuando eso, los militares no desaparecían civiles, solo los juzgaban), y en 1985 comenzó a defender su género participando en la creación del Colectivo de Mujeres que marcharon el 25 de noviembre gritando “¡No más violencia contra las mujeres!”, en protesta por el abuso de que habían sido víctimas en un paro cívico algunas militantes de la Unión Patriótica, partido al que nunca perteneció. Desde esa época es parte del Movimiento Social de Mujeres y actualmente socia de la Unión de Ciudadanas de Colombia, organización sufragista que nació, como ella, en el 57.

Entre 1993 y 1997, trabajó defendiendo las comunidades indígenas con Eulalia Yagarí y la Organización Indígena de Antioquia. Allí aprendió la importancia de las acciones afirmativas y los grandes retos y valores que entraña la diferencia. No pudo escapar a su destino, desde el 97 se ocupa a fondo de investigar, estudiar y reelaborar todo lo concerniente a la legislación especializada sobre mujeres. Desde entonces, las acompaña en sus batallas contra la segregación, el abuso y la violencia, les dicta charlas, las capacita y las organiza. Con ese accionar se ha logrado que la protección de los derechos de las mujeres haga parte de las políticas públicas de Medellín y varios municipios del Departamento de Antioquia. Jesús María Valle Jaramillo fue un ejemplo a seguir: “No hay que aspirar a ningún reconocimiento, hay que cumplir con el deber y por el deber mismo”. Convencida de ello, lo acompañó en la conformación de la Liga de Usuarios de Empresas Públicas de Medellín y en la Acción Popular Independiente (API), previo a la Constitución del 91 de donde surgieron importantes propuestas en derechos humanos. Patricia quisiera eternizarse en la bella frase que perpetúa a su amigo mártir: “Aquí estamos y estaremos siempre, en el fragor de la lucha y en la quietud de la muerte”.

Perfil: José Ricardo Mejía Jaramillo / Fotografía: Juan Fernando Chinchilla Martínez

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Amílkar

Acosta Medina

En cuarto de bachillerato los curas capuchinos de Riohacha no aguantaban más a Amílkar Acosta. Lo expulsaron a pesar de que su papá era más que godo, dirigente godo de la ciudad. El muchacho mostraba interés por textos non santos como El capital y Salario, precio y ganancia; y mostraba agallas para poner todo patas arriba. Al siguiente año, su papá lo envió para una ciudad goda. En Medellín lo podía recibir doña Regina Restrepo, que oficiaba como Secretaria de Educación de un gobierno godo, eminentemente. Allí terminó bachillerato. Cuando quiso ingresar a la Universidad de Antioquia, tenía una instrucción clara desde Riohacha: estudiar medicina. Amilkar, de sangre rebelde, compró dos formularios de admisión: al primero, con el

que complacía al papá, le sacó una fotocopia y lo envió a su ciudad natal. En el segundo, que entregó en las taquillas de la universidad, aspiraba ingresar a economía. Conoció la librería Nueva Cultura, repleta de literatura prosoviética y comunista. Fue buen terreno para fecundar sus ideas y para formarse un carácter bien documentado. Carácter que se desenvolvió estelarmente en la Universidad de Antioquia de los 70. De estudiante de economía supo arreglárselas como un extraordinario político. Donde encontrara un ladrillo mal puesto se paraba y sermoneaba la doctrina con tenor tropical. Desde el primer semestre fue representante estudiantil y recorrió todos los consejos con los que se topó. Así, el costeño en poco tiempo representaba a sus compañeros en el Consejo Superior. Con los dientes que le dio el respaldo de la izquierda se estableció el “cogobierno” y bien pudo devolverle las atenciones a la curia. Desde ese entonces, ni la Iglesia ni los empresarios tuvieron partido en las decisiones que regían la institución educativa. Antes de terminar la carrera, a sus 22 años había conseguido una curul en el Concejo de la ciudad de Medellín, en el que hacía parte de una magra oposición de dos ediles de izquierda contra el resto. En el 75, Amilkar era profesor de finanzas públicas en la Facultad de Economía. Militaba en el Moir. Un buen día tomó la decisión de “descalzarse”, tradición cultivada por los intelectuales chinos que repelían la somnolencia de los pensadores y los animaba a dispersarse como apóstoles entre los obreros y los campesinos. Él regresó a Riohacha. Lejos de la metrópoli ideológica, ganó una curul como

representante procomunista a la asamblea de diputados de la Guajira, y con dolor vio que Tribuna Roja, periódico del movimiento, no lo contaba entre sus triunfos electorales y sintió que lo habían olvidado. Nunca más aceptó la filiación y se declaró independiente. En el 86 se vinculó a la gobernación departamental y, tras dos o tres azares, fue nombrado presidente de la Empresa Colombiana de Gas. La energía es otra de sus pasiones, y recuerda que en el centro de estudios del carbón en la Universidad Nacional su madrina, que trabajaba allí, le permitía fotocopiar los textos para estudiar el asunto. En plena bonanza marimbera, reconocía que la riqueza de su región no estaba en el contrabando, sino en el suelo que pisaban. Se versó tanto en el tema que cuando Samper le ofreció ocupar el cargo de Viceministro de Minas, aceptó; aunque el puesto le exigiese afiliarse al partido liberal. A la fecha, ha publicado 30 libros sobre la energía y la minería. Lo que siguió después es sabido. Amilkar, como senador de la República, gestionó los proyectos sobre biocombustibles. Se sumergió en las entrañas del partido liberal hasta el punto de hacerse orgánico. Hace parte de la junta directiva de Ecopetrol y de la junta de la Federación Nacional de Biocombustibles. A Medellín viaja con frecuencia y en la última oportunidad que tuvo de pasar por la Universidad de Antioquia sacó su carné de egresado.

Perfil: Santiago Botero Cadavid / Fotografía: Archivo personal

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Darío

Montoya Mejía

Para tener una vida plena es necesario lograr un perfecto equilibrio entre tres variables: emprender, tener una familia y aprender. Es extremadamente satisfactorio cuando uno, a partir de lo que sabe, puede conquistar un mercado y hacer dinero. Pero para esto no es necesario tumbar a nadie, ni mucho menos valerse de artilugios baratos para conseguirlo. Basta, solamente, con trazarse un objetivo claro y encaminarse, además, por la senda del aprendizaje continuo. Capítulo uno Esta historia comienza con un hombre al que la vida le dio mucho. Y no me refiero solo a lo material, estoy hablando de algo más: de ambición, por ejemplo, para trazarse metas y propósitos; de inteligencia para conquistarlos; y de conciencia social para compartir, quizá, el mayor regalo otorgado: la

pasión por emprender. Al emprendimiento no llegó por causalidad. Desde muy joven, y alternando su formación como ingeniero industrial en la Universidad de Antioquia, de donde se graduaría en 1982, tuvo unos cuantos negocios, en ferretería y construcción, que a pesar de que no lo hicieron rico, sí le permitieron darse una forma de vida interesante. Sin embargo, un tiempo después, con 37 años cumplidos, sentía que en su vida se formaba un vacío. Si bien tenía su familia y sus negocios, dos de las variables fundamentales para ser feliz, había descuidado la tercera, aprender, y esto estaba, incluso, a punto de frustrarlo por completo. Capítulo dos Aunque en su generación no se acostumbraba volver a estudiar luego de haber obtenido un pregrado, el protagonista de esta historia decidió, entonces, regresar a la Universidad. Allí, en 1993, realizó una especialización en finanzas, evaluación y formulación de proyectos. Ahora sí, todo en su vida, con las tres variables equilibradas, estaba de nuevo en orden. Bueno, casi todo. El haber vuelto a la universidad generó en él no únicamente un cambio en sus rutinas laborales y académicas, sino también un nuevo enfoque y una manera diferente de ver la vida. Allí presenció cómo a los jóvenes recién egresados por cualquier razón se les cerraban las oportunidades laborales, y entonces, viendo tal situación, y buscando la manera de contribuir, pensó: “Yo no tengo plata para aportarles, tampoco puedo cambiar las leyes de este país, pero lo que sí puedo hacer es renovar su espíritu y el espíritu se renueva es con emprendimiento”. Capítulo tres Convencido de que emprender genera armonía entre felicidad, dignidad, estabilidad económica y por supuesto

satisfacción personal, se dedicó a promover ese verbo entre la juventud. Su modelo de emprendimiento, que planteó hace más de diecinueve años, estaba enfocado en emprender a partir del aprendizaje, de cómo el conocimiento se podía convertir en resultados. Y hablando de resultados, su convicción por emprender no solo consistió en divulgar dicha manera de vivir, sino que, además, diseñó en 1996, con el apoyo de Proantioquia y diferentes universidades de Medellín, la ‘Incubadora de empresas de base tecnológica de Antioquia’, cuyo modelo de trabajo se ha replicado con relativo éxito por todo el país y hoy, casi dos décadas después, son estas empresas, las de base tecnológica, las que dominan el escenario de los negocios internacionales. Epílogo Hoy, aquel hombre que comprendió que enseñar a emprender era una manera de construir país, y después de ocupar una serie de cargos públicos, en pro del conocimiento y el emprendimiento entre los jóvenes, está dedicado a trabajar en un proyecto productivo para las personas a las que les restituyen tierras, a asesorar entidades sobre educación e innovación y a liderar la fundación de una institución educativa para ingenieros. “Hoy en día soy un convencido de que el trabajo dio resultado y que generó otra serie de iniciativas en el país que hoy les permiten a los jóvenes tener nuevas y mejores instancias para abrirse caminos. Porque al final el valor que le resuelve el problema a esta juventud se llama emprendimiento, que no es más que, con lo que se sabe, generar oportunidades para conquistar mercados.”

Perfil: Santiago Orrego Roldán / Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Reina Virginia

Arboleda Tamayo

El momento aún lo tiene presente. Ocurrió en la vereda Púa del corregimiento Arroyo Grande: un chiquillo de seis años se acercó a ella y le tocó la pierna: ”Seño… seño, ¿esto es para mí?” , el chico agarraba con fuerza unos libros que ella había llevado para leerles. “No, niño, son para todos”, le decía mientras intentaba quitárselos. El niño se puso a llorar y entonces ella se los regaló. “Eso me marcó y a la vez me dio la pauta: a los niños les interesaba por lo material, pero había que enseñarles que los libros son para compartir”, admite, veinte años después, la bibliotecóloga Reina Arboleda Tamayo. Reina nació en Buriticá, pero las mejores páginas de su infancia están en Amagá. Su madre era maestra rural. “El

primer libro que ella me leyó fue La Cenicienta. Papá había muerto y mamá trataba de comprarnos libritos. Ella tenía El Quijote como un recuerdo del esposo. Cualquier día sin más para leer, lo cogí, sólo entendía que iba un señor en burro y otro a caballo”. Ya en el bachillerato, pedía libros prestados al profesor, porque para Reina leer es tan vital como comer. Esas lecturas moldearon su destino. Soñaba con estudiar Filosofía y Letras. Luego Bacteriología. Sus estudios de bibliotecóloga fueron un “accidente favorable”: alguien le hizo caer en la cuenta de que lo suyo eran las letras. En 1983, se graduó en la Escuela Interamericana de Bibliotecología. “La Universidad de Antioquia me invitó a pensar que la bibliotecóloga no es una viejita soplándoles el polvo a los libros, sino quien pone el conocimiento de estos al servicio de la comunidad”. Y gracias a pensar en ese servicio social, 26 años después de egresar del Alma Máter, sería premiada como Bibliotecaria Distinguida del Caribe, por el Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena, y como Bibliotecaria Distinguida, por la Rectoría de la Universidad de Antioquia en el 2009. El camino, sin embargo, no sería una página fácil de escribir. Por “otro accidente”, debido a las dificultades laborales de la ciudad, en 1986 se fue a Cartagena y allí ganó reconocimiento. Trabajó en bibliotecas escolares y universitarias, también en centros de documentación. Sin embargo, con la Agencia de Cooperación Española logró sus mejores frutos. Escucharla, mientras se toma sus cafés cerreros, es un recorrido por otra Cartagena: no la “city de postal” con hoteles de lujo. Reina llegó con sus Libros a las escuelas, sus Mochilas

viajeras y sus Bibliotecas rodantes a las zonas marginales; hay allí una clase completa de geografía. Hasta Puente Honda, Puerto Rey, Manzanillo del Mar, Arroyo de Piedra, Pontezuela, Arroyo Hondo, Púa y Las Canoas, fue a llevarles diversión y conocimiento a personas que nunca antes tuvieron contacto con un libro. O con los sueños, como diría ella. “Fue satisfactorio llegar a zonas en que las ‘escuelas’ eran chozas adonde los niños caminaban horas para llegar”. Valga decir que además les escribía. Reina es coautora de los libros de cuentos Érase una vez, cuentos desde el Caribe y Érase una vez… Sueños desde el Caribe. Está en Medellín, ciudad que se llenó de grandes bibliotecas, pero a ratos la traiciona esa nostalgia de sus caminatas a las veredas: “En las bibliotecas grandes hay de todo, pero son impersonales. Para leer, son mejores las pequeñas; me encantan por el contacto con la gente. Además, prefiero leer en una manga”. Reina es y se sabe plena de energía. La misma que quiere gastar en cuentos para niños. “No soy escritora, pero me gusta plasmar emociones: tengo años de adulta pero también de niña, y los niños ven un mundo muy lindo”, explica. Escritora que quiere ser, dice que escribiría una autobiografía titulada Historias de una biblioteloca: “Es que sueño tanto que creo que estoy loca: pero mi locura entendida como buenas experiencias entre libros”. La última frase está lejana…

Perfil: Guillermo Zuluaga Ceballos / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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Pedro Nel

Valencia Alzate

Según él, lo que hace a un buen cronista es su instinto aventurero mezclado con una generosa dosis de amor por las letras. Con estas ideas, hasta hace un par de años, fue editor en España de un periódico para latinos que llegó a tener 430 mil lectores. El nombre del semanario era Latino, y ocupó el puesto quince entre los periódicos más leídos de la península Ibérica. Esta fue una realidad que a Pedro Nel Valencia no se le pasó por la mente cuando arribó a España a finales del 2001, para vivir como inmigrante. Allí estuvo diez años, cuatro de ellos indocumentado, trabajando a veces como portero, a veces como cronista. Hoy no está en Madrid. Ni en el El Peñol, el pueblo “roñoso” donde nació y a donde, seguramente, volverá. Se encuentra en la calurosa Montería, como jefe de redacción de

El Meridiano de Córdoba, donde ya había estado a finales de los noventa. Regresó a Colombia por achaques de nostalgia, razones muy distintas al hastío por la violencia que lo hicieron viajar a España diez años atrás. “Me fui del país, entre otras cosas, porque no me gustó la autocensura que teníamos los periodistas, por los intereses económicos y políticos de los medios”, afirma Pedro Nel, a quien lo que más le dolió, al momento de partir, fue dejar a su hijo. “Ya que estoy de nuevo en Colombia, veo que la situación es la misma, pero al menos estoy cerca de los míos”, puntualiza con humor. Pedro Nel hoy tiene 56 años, una mirada calculadora y un humor trágico. Dicen quienes lo conocieron hace unos quince años que ahora tiene un carácter calmado, en contraste con el perfil de regidor que siempre lo caracterizó. Lo que sí no ha cambiado es su manía por la lectura y su incontenible deseo de crear tertulias literarias, ya que su memoria guarda una enciclopédica lista de escritores de todos los tiempos. En ocasiones, cuando cree estar solo, canta cortas estrofas de boleros sobre amores fugaces. “Nuestro folclor simple y profundo, eso también me hacía falta de Colombia”, dice. Extraña sus días de reportero raso, sobre todo cuando trabajaba para El Mundo, y Darío Arizmendi lo tenía como su cronista de cabecera y lo enviaba a cubrir todo tipo de acontecimientos a lo largo del país: que Armero, que la visita del Papa, que una masacre en Magdalena... “En ese tiempo se juntaron dos cosas maravillosas: viajar y escribir. Lo que más me gustaba era redactar crónica roja”, afirma Pedro Nel. En aquellos años de periodista, exploró todas las posibilidades que brinda el reportaje y adoptó su lenguaje directo. De esta experiencia, quedó un libro de crónicas que

bellamente tituló Días de fuego. Fuera de El Mundo, Pedro Nel fue el director regional de El Tiempo, a finales de los ochenta, para Antioquia, Córdoba y Chocó, y estuvo en La Hoja como jefe de redacción. En 1984, ganó el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, y posteriormente fue finalista del Premio CPB. El escritor y periodista Daniel Samper Pizano incluyó uno de sus textos en Antología de grandes crónicas colombianas. Cualquiera creería que Pedro Nel vive su ocaso por estar ahora en un medio pequeño, en comparación con otros diarios en los que incluso ayudó a fundar departamentos de investigación. Tiene en mente recopilar sus reportajes que fueron portadas en Latino y otros periódicos, y ya tiene a mitad de camino varios libros, entre ellos una autobiografía con su experiencia como inmigrante. No descarta volver a España. Cuando se le pregunta por la Universidad de Antioquia, donde se graduó de Comunicación Social - Periodismo, dice sentirse orgulloso de ella, porque en aquellas aulas finalmente forjó su sueño y conoció a personas que le enseñaron lo más importante: el amor por el periodismo.

Perfil: Pompilio Peña Montoya / Fotografía: Archivo personal

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Didier

Álvarez Zapata

Una curiosidad efímera surge cada vez que Didier Álvarez recuerda sus episodios laborales más gratos. Quisiera conocer la suerte de la pequeña que acudía a las ocho de la mañana a la biblioteca de La Floresta, le daba un beso y le preguntaba qué iba a leerle. Él sabe que las recompensas de su profesión se relacionan con los instantes en que comparte las posibilidades que brinda una biblioteca. Allí, de la mano de niños y jóvenes, hace 25 años empezó a explorar la animación a la lectura. Como le suele ocurrir con sus grandes pasiones, se entregó a ella con total curiosidad hasta convertirse en uno de los referentes obligados sobre la materia. Su entusiasmo se afianzó con la dedicación y la experiencia que lo llevaron a concursar, en el 2000, por la plaza docente que hoy ocupa en la Escuela Interamericana

de Bibliotecología. Su propuesta consistía en el montaje de un programa de estudio alrededor de tres aspectos: la investigación sobre la relación entre bibliotecología y cultura escrita, la formación de promotores de lectura, y el fortalecimiento de la biblioteca pública. La naturalidad de su interés por aquellos temas tiene que ver con sus orígenes. Desde los 14 años participó en grupos juveniles de la zona nororiental de Medellín. Pronto entendió que trazaría su camino en la ruta de la acción social, y aunque el entorno estaba marcado por el pensamiento de izquierda, la profunda convicción de que no es necesario entregar la libertad para recibir felicidad hizo que desconfiara del comunismo. La seducción que ejercían sobre él la filosofía y la sociología en aquella época, aún surte efecto. Pero ahora tiene claro desde qué perspectiva se aproxima a ellas. “Con la distancia que me corresponde porque creo de corazón que la filosofía no es intelecto, es un estado de comprensión. Pretendo ser muy clásico debido a que la Modernidad tergiversó de una manera terrible la filosofía, la volvió puro malabarismo intelectual, y eso no es. Es que la vida no se piensa, se vive, y la vida se resuelve en el hecho”, comenta. Ahora que mira atrás, considera que de alguna manera estudió filosofía y sociología sin perder de vista el trabajo con la gente. Se hizo especialista en Pedagogía Social en la Fundación Universitaria Luis Amigó, y luego estudió la Maestría en Ciencia Política en el Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia. “Al fin y al cabo cumplí mis propósitos porque estudié filosofía política y problemas sociales desde el enfoque de juventud”, explica satisfecho.

De las lecturas universitarias de Mijailov, Bakunin y Freire conserva el anhelo de transformar vidas. Por eso procura ser esperanzador en el ejercicio de la docencia y, como dice, “facilitar la comprensión de que es posible resolver las propias paradojas”. Didier acompaña a los estudiantes cuando acuden a confiarle sus encrucijadas, les presta atención y les ayuda a entender diferentes opciones. Pero se cuida de sugerirles qué hacer porque considera que su papel es ayudarles a formar un criterio basado en la autonomía. Eso sí, los impulsa a actuar, no quiere para ellos las cargas que trae la frustración. Debido a su actitud, algunos estudiantes han desarrollado por él un cariño casi filial. Sin embargo, no pierde de vista que su rol frente a ellos es el de educador. Sereno y claro en el establecimiento de límites, entusiasta hasta contagiar su amor por la bibliotecología, con una capacidad de escucha guiada por la idea de que la relación con los otros lleva al encuentro con uno mismo, así se puede percibir a este profesor que fantasea con la posibilidad de terminar su vida laboral en una biblioteca, interesando a más niños y jóvenes en la lectura, como ocurrió con la pequeña que aún despierta su curiosidad.

Perfil: Francisco Saldarriaga Gómez/ Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Juan David

Lopera Lopera

Extendió sus brazos y se confesó con lágrimas ante la pintura de trazos gruesos, rectos y furiosos, Las manos de protesta. Fue en Ecuador, en la Capilla del Hombre, lugar sagrado en el que Guayasamín dejó su herencia, evocó Juan David al tomar de su escritorio una postal de la obra. “Uno mira Latinoamérica y ve por todas partes la desigualdad y la acumulación de la riqueza en ciertos sectores, y la poca inversión que hay en lo social y en lo educativo; eso nos muestra que el reto de la inclusión educativa es un sueño por cumplir”, dice. Él, “pata de perro y corazón de vagabundo”, confiesa que trabaja para poder viajar; su labor como pedagogo y psicólogo le ha permitido rodar por Suramérica, pero hay un retorno constante que no abandona.

Graduado del Marco Fidel Suárez, decidió estudiar Educación Preescolar. Se presentó al Tecnológico de Antioquia, un instituto en su mayoría femenino, y lo rechazaron inicialmente por ser hombre. Pero él enfrentó el prejuicio con sus esperanzas y le dijeron que sí, aunque sus compañeras lo creyeron gay. Para pagarse la universidad, trabajó como instructor de natación en la Liga Departamental de Antioquia, aunque no era un nadador excelente. En 1986, empezó a estudiar Psicología en la Universidad de Antioquia. A Natación Integral, donde trabajó varios años, llegaba un grupo de niños en situación de discapacidad severa pertenecientes a Renacer. Juan David se ofreció como voluntario y entendió que la comunicación no se reduce a las palabras. En aquellos niños nacía su vocación. Retornó a su historia familiar, descubrió que su casa —quince hermanos, dos de ellos con discapacidad, y la madre viuda— era su verdadera escuela de pluralidad: “Mi maestra fue mi madre, me enseñó la dignidad en la escasez, fue una mujer de la voluntad y de la disciplina, del trabajo incansable. Pero también me enseñó a indignarme frente a la injusticia”. Dignidad. Que no los traten como seres de la beneficencia ni como héroes. La familia debe acabar con el prejuicio de la discapacidad como desgracia, sostiene, y agrega: “Hay que empezar a ver, no al niño con síndrome de Down, sino a Andrés que tiene ganas de vivir, ser independiente, aprender y enamorarse”. Juan David hizo sus prácticas en el Centro de Servicios Pedagógicos de la Universidad de Antioquia, y luego trabajó en el Comité de Rehabilitación; allí, viajó a cien municipios de Antioquia para atender población con discapacidad.

Durante tres años fue coordinador de los procesos de integración escolar en la Unidad de Atención Integral de Rionegro. Además, cursaba la especialización en Niños, con énfasis en Psicoanálisis, en la Universidad de Antioquia. En el 2002, Juan David y varios compañeros crearon la Fundación Diversidad y Educación. En su experiencia se ha encontrado con la historia repetida de la inclusión como un asunto exclusivo del sujeto que tiene la discapacidad: “Es un error, hay que apoyar al sujeto y hay que transformar el contexto. Qué me gano con darle apoyo a un niño que tenga restricción en la movilidad si en el salón hay escalas, pero además hay otras barreras como la actitud del profe, cuando este dice: ‘Es que yo no soy capaz de enseñarle a este niño’”. “Yo aspiro a que un estudiante que lea en braille no sea extraordinario. Hay que borrarse de la cabeza el asunto de conmiseración por el otro; esto también es una forma de segregación”, enfatiza. Cambiar este paradigma es la misión que ha asumido Juan David desde la enseñanza, como profesor y coordinador de prácticas en el pregrado de Educación Especial de su Alma Máter, y como miembro del Comité de Inclusión de la universidad. Fraccionar la humanidad tampoco le gusta. Por eso, en cada viaje abraza los paisajes, intentando aprehender el mundo. Lo hace desde niño, cuando aprovechaba la ausencia de Luz Marina, su profesora de preescolar, para montarse en la ventana. Entonces, Juan David estiraba sus brazos, los imaginaba alas de plumas duras, se lanzaba —volaba—, y aterrizaba en el patio de la guardería.

Perfil: Ana María Bedoya Builes / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Gabriel Jaime

Arango Velásquez

En la memoria de Gabriel Jaime Arango permanece intacto el día que entró a la escuela de Valparaíso. Cuando juntó las primeras letras y trazó en su cuaderno algunas palabras, llegó a su casa y con orgullo dijo que ya sabía leer y escribir. Su padre le pidió que deletreara un texto que estaba pegado detrás de la puerta de la sala y con paciencia le ayudó a ejercitarse en la lectura. Con el paso de los días, descubrió el sentido de las frases que estaban escritas en el afiche y se dejó seducir por el mensaje que transmitían; después de repasar varias veces la declaración de los Derechos Humanos, decidió que quería estudiar los fenómenos sociales, preguntar el porqué de las cosas y pensar. Cuando terminó el bachillerato, empezó a estudiar filosofía y letras en la Universidad Pontificia Bolivariana, y

después de su graduación, en 1970, emprendió una lucha larga e incansable por conseguir el desarrollo educativo y cultural del país. La primera tarea que le encomendó la Secretaría de Educación y Cultura de Antioquia fue la dirección del Liceo Manuel José Sierra del municipio de Girardota. También fue profesor de filosofía, apreciación artística y literatura en otras instituciones del departamento. Esta experiencia lo acercó más a su vocación y le reveló que su labor como educador es “guiar a los estudiantes para que elaboren, descubran y cultiven el sentido de sus vidas”. Pero sentía que faltaba un ingrediente para complementar su formación académica y su carrera profesional. Fue entonces cuando ingresó a la Universidad de Antioquia para estudiar comunicación social y periodismo. Llegó en 1973, una época convulsionada que trajo transformaciones ideológicas y tecnológicas al Alma Máter; allí, encontró nuevos espacios para pensar y resolver sus preguntas. En medio de esas discusiones que retaron su inteligencia, surgió un proyecto que años más tarde se convirtió en el primer canal regional de la televisión colombiana; Gabriel Jaime fue uno de los promotores que hicieron posible la creación de Teleantioquia. Su deseo de movilizar ideas en el mundo de la educación y la cultura lo llevó a continuar con sus estudios. En la Universidad Católica de Chile se especializó en planeamiento educativo y con el apoyo del gobierno francés estudió pedagogía y programas de formación para maestros y gestión cultural; además, viajó a Israel para capacitarse en educación parvularia. Esta amplia experiencia le ha permitido participar en la formulación de políticas públicas

y en la elaboración de planes regionales y nacionales de desarrollo educativo y cultural; además, sus conocimientos han quedado plasmados en diferentes publicaciones y tiene una amplia colección de distinciones y condecoraciones que le han sido otorgadas por su destacada labor. Durante los 23 años que trabajó en la Gobernación de Antioquia, logró demostrar que “no es posible alcanzar un refinamiento cultural del ser humano si no existe un sistema educativo cualificado”. Con esta convicción, llegó a Comfenalco en 1994; en esta caja de compensación diseñó la Dirección de Educación, Cultura y Bibliotecas. Actualmente, es el gerente del programa Gestión del Conocimiento, una iniciativa que fortalece el sector productivo y ofrece oportunidades de desarrollo para las empresas y los trabajadores afiliados a esta institución. A sus 65 años, asegura que pensar con plena autonomía ha sido su mayor conquista personal y su única forma de ser y estar en el mundo. Esa pasión que siente por lo que hace le recuerda todos los días lo que le prometió a su padre cuando era un adolescente; las palabras que don Alfonso Arango pronunció delante de sus hijos están grabadas en su memoria: “Prométanme que siempre van a hacer por los demás lo mejor que les haya sucedido en sus vidas”. Y para Gabriel Jaime no existe nada mejor que trabajar en pro de la libertad, la educación y la cultura.

Perfil: Lina María Martínez Mejía / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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Jorge Alberto

Jaramillo Pérez

Creció en el barrio Buenos Aires de Medellín al lado de sus padres y de sus dos hermanos menores. Desde que entró a la escuela sabía que quería pisar las aulas de una universidad. Los consejos de su madre resonaban en su cabeza y lo animaban a pensar en un futuro colmado de satisfacciones personales y profesionales: “Mijo, estudie bastante porque el estudio es lo único que le queda en la vida”. En el año 1974 ingresó a la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Antioquia. El camino que tenía que recorrer para convertirse en un ingeniero sanitario era largo y lleno de tropiezos. Para poder continuar con su carrera, trabajó medio tiempo en una fábrica, vendió camisetas y dictó clases particulares de matemáticas.

Después de su graduación, en 1983, visitó varias empresas y repartió varias hojas de vida sin obtener ningún resultado. Por recomendación de Jaime Sierra, uno de sus profesores, se presentó a una convocatoria para trabajar en la Oficina de Planeación Departamental; allí, Jorge Alberto Jaramillo Pérez descubrió que su terquedad lo llevaría más lejos de lo que alguna vez se imaginó. A ese ingeniero joven y sin mucha experiencia se le ocurrió una “idea descabellada” que se transformó en una alternativa para los municipios pequeños que no sabían cómo manejar las basuras. Diseñó y acompañó la construcción del relleno sanitario manual El Chagual, en Marinilla, una obra que causó impacto y se replicó en diferentes países de América Latina. Este proyecto impulsó su carrera profesional y lo convirtió en un experto en el tratamiento de residuos sólidos; su opinión era consultada por diferentes entidades públicas y sus conocimientos llegaron a diferentes seminarios internacionales. Esta experiencia borró de su vocabulario la palabra imposible: “Alguien me dijo: ‘No se meta con eso que se quema y pierde credibilidad’. Pero yo soy medio testarudo y cuando se me mete algo en cabeza trato de sacarlo”. Después de ocho años de viajes, conferencias y consultorías, Jorge regresó a su Alma Máter. En el año 1992, se vinculó como profesor de tiempo completo al Departamento de Ingeniería Sanitaria. Además de dictar clases, se propuso crear, en compañía de uno de sus colegas, el primer seminario y feria internacional de residuos sólidos y peligrosos. Esta iniciativa llamó la atención de Clara Inés Mejía, que para ese momento era la directora de la

Vicerrectoría de Extensión; ella vio en él la persona indicada para restablecer los lazos entre los empresarios y los jóvenes investigadores. El obstinado ingeniero sanitario aceptó el reto y con la ayuda de un grupo de profesores estructuró el Programa Gestión Tecnológica. Desde el año 2002, comenzó a liderar este proyecto y a buscar estrategias que activaran una mentalidad creativa y competitiva en la comunidad universitaria. Las reuniones del Comité Universidad Empresa Estado, la creación del Parque del Emprendimiento y el apoyo a empresas que surgen de la investigación son algunos de los hitos que han marcado la historia de este proceso que llena de orgullo a este hombre que está acostumbrado a correr riesgos: “Me siento muy contento porque hemos contribuido a la construcción de una universidad moderna que pone su conocimiento al servicio de la sociedad”. Después de hacer un recorrido rápido por su carrera profesional, concluye que ha llegado mucho más lejos de lo que alguna vez soñó. Aunque ya se puede jubilar, siente que todavía le queda mucho por entregarle a la universidad, esa institución que se convirtió en su razón de ser y en su fuente de inspiración. En ese camino lleno de satisfacciones, también está presente su familia; su esposa, sus dos hijos y su mamá son los grandes amores de su vida.

Perfil: Lina María Martínez Mejía / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Henry

Molano Moreno

Días antes de que Henry Molano conociera el pueblo de su familia, los paramilitares masacraron allí a 17 personas y forzaron a 702 a huir. Cuando llegó, las paredes conservaban rastros de un incendio y pocos techos se mantenían firmes. Pensó que de no haber sido por la decisión de su abuela materna de buscar suerte en otro lugar, quizá él y sus familiares habrían hecho parte de las víctimas. Hasta entonces, el corregimiento El Aro, de Ituango, fue para él un lugar de ensueño; los caminos del periodismo lo hicieron testigo de su destrucción. Pese al dolor de enfrentarse a las tragedias humanas, Henry valora la posibilidad que le brinda el periodismo de aproximarse a diferentes realidades y poder contarlas. Considera que se hizo más consciente de la responsabilidad

de la profesión cuando algunas víctimas del conflicto le agradecieron por acudir a registrar su situación. “Nos decían: ‘Gracias por venir porque si ustedes cuentan, no nos pasan más cosas’. Era muy duro puesto que sabíamos que nuestra presencia no los libraba de nada. Sin embargo, eso nos comprometía más con denunciar y darles voz a los que no la tenían”, comenta. La entrega a esa convicción hizo que investigara, en 1999, la desaparición y asesinato del ex Asesor de Paz de la Gobernación de Antioquia Álex Lopera, a manos de militares. La consecuencia de este atrevimiento fue el exilio en España. Atrás quedaron sus años como reportero en el Noticiero Hora 13, el Informativo de Antioquia, 7:30 Caracol y Uninoticias. En los primeros meses en Madrid trabajó como camarero, relacionista público de discotecas y profesor de baile. Luego recibió la noticia de ser uno de los ganadores de las 16 becas que ofrecía la Agencia Española de Cooperación a periodistas latinoamericanos, para trabajar en un medio de comunicación. En su caso, fue en el canal internacional de Antena 3. Su carisma, su talento y “estar en el lugar adecuado en el momento adecuado” —como él dice—, le han permitido ejercer el periodismo y continuar dándoles la palabra a seres anónimos que merecen atención; en este caso, los inmigrantes. Durante la etapa inicial fue voluntario de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado. Después creó, junto con un amigo, el Área de Comunicaciones de aquella entidad y se desempeñó como jefe. Además, fue elegido el latinoamericano encargado de presentar Telenoticias

Sin Fronteras, el primer informativo para inmigrantes de la televisión española. Un rol que volvió a asumir luego de realizar otros proyectos periodísticos, y que ahora alterna con la conducción del programa radial Todo Noticias Latinas, en el cual informa sobre la actualidad latinoamericana, acompaña en cabina la asesoría de un experto en temas jurídicos, y trata de hacerles más amena la cotidianidad a los oyentes. Su tono de voz tiene algo de español. Y aunque ha adoptado los modismos locales, Henry se percibe como uno de esos paisas andariegos que están por todo el mundo, pero que no pierden sus referentes culturales, sino que se guían por un dicho que aprendió de su abuela: “A la tierra que fueres, haz lo que vieres”. La reportería no ha dejado de ser el método que le permite revelarse a sí mismo como un voyeur. En su caso, la curiosidad por indagar sobre la vida de los demás le ha servido para comprender la valentía y la dignidad de las personas que se anteponen a las dificultades. Sea el caso de unos refugiados congoleños en Tanzania, de unos cíngaros en Rumania, de una afroamericana lesbiana en Nueva York o de una víctima del conflicto armado en las montañas de Antioquia, Henry siempre ha puesto todo de su parte para contar aquellas historias de la mejor manera.

Perfil: Andrés Felipe Restrepo Palacio / Fotografía: Archivo personal

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Javier Márquez Valderrama Sabe que su presencia es incómoda. “Ser antropólogo y de la Universidad de Antioquia genera incomodidad. Ser ambientalista, también, porque es hacer preguntas, precisamente, a los poderosos”, explica Javier Márquez mientras que con sus ojos busca la complicidad de quien lo escucha. Y luego aclara: “Pero no es incomodar por incomodar, hay propuestas, proponemos esto…”. Quizá pensar tanto en colectivo lo lleva a usar el plural casi todo el tiempo. La razón puede ser que no hay mayor diferencia entre sus luchas personales y las de Penca de Sábila, la Ong de la que es cofundador desde 1988, su caballito de batalla en la lucha por construir un país justo y, por lo tanto, respetuoso del ambiente. Una postura que, según él, riñe con la lógica de la renta, esa que para los

sectores económicos sustenta el bienestar de la sociedad. El liderazgo de Javier se debe, entre otras cosas, a su incapacidad de callarse mientras otros toman decisiones que considera adversas para el bien común. Y se remonta años antes de ingresar a la Universidad, cuando en Campo Amor, el barrio al que llegó a los 6 años, la comunidad libró una ardua disputa contra la industria Sulfácidos. Desde esa época, el interés por defender los derechos colectivos y ambientales empezó a influenciar sus opciones de vida. Haber hecho parte del Octubre Cultural, en Itagüí, lo animó a salir al encuentro de las comunidades. Luego, en los Grupos Ecológicos Conjuntos del Valle de Aburrá, continúo su activismo enriqueciendo con argumentos académicos los propósitos que defendían. “Pensar globalmente, actuar localmente” es la consigna que aún pone en práctica a la hora de realizar proyectos de intervención integral en territorios y comunidades, sin dejar de lado las grandes discusiones ambientales que se llevan a cabo en los escenarios nacionales y mundiales. Por eso ha acompañado y orientado a comunidades de Campo Amor y Guayabal en Medellín, y el Guayabo, la Hortensia y San Pío, en Itagüí. Que Medellín sea consciente de su ruralidad es otra apuesta de Javier. Hoy siente que uno de los logros de Penca de Sábila es que el mapa del municipio dejó de ser solo la malla urbana y ahora incluye el 72 % de territorio rural, que antes se dejaba por fuera. Sin embargo, aún quedan muchas metas por alcanzar, como conseguir la constitución de un distrito agrario especial para proteger la cultura y la economía campesinas, amenazadas por

la expansión urbana. En consecuencia, con ese ánimo de proteger lo rural, desde el 2002 la Ong se opone a la construcción del túnel de Oriente y ha realizado acciones jurídicas que dejan en entredicho este proyecto. Su trasegar no ha sido fácil, pero no encuentra respuestas en el lamento, sino en la constancia para seguir dando peleas, cada vez de manera más estratégica. Una muestra de esto es que, en su papel de promotor del Referendo del Agua, se niega a aceptar que la iniciativa de garantizar el agua potable como bien público y derecho fundamental haya muerto después de que la Cámara hundió el proyecto respaldado por cerca de 2 millones 100 mil firmas. Frente a esa negativa conserva la esperanza: “El mecanismo se hundió, pero no la pelea. Hay que conseguir que la Corte Constitucional garantice el agua potable para toda la población en condiciones de igualdad. Lo que no conseguimos por vía del referendo lo conseguimos interponiendo tutelas a EPM. El juego es oponerse y proponer, denunciar y generar alternativas concretas”.

Perfil: Andrés Felipe Restrepo Palacio / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Eduardo Antonio

Arboleda Zapata

Desde que era apenas un niño, Eduardo tuvo contacto con la medicina en su propia casa. Su madre fue una de las primeras egresadas en enfermería de la Universidad de Antioquia y trabajó en el Hospital San Vicente de Paúl, y su padre fue director de transporte del Seguro Social. Pese a las penurias económicas que vivió en Manrique Oriental, ingresó en 1964 al Liceo de la Universidad de Antioquia. Gracias a su paso por allí, las experiencias vividas en aquellas calles marginales pronto se convirtieron en un férreo compromiso social con los más necesitados. “Es de resaltar la labor de bienestar social que el Liceo cumplía con personas de escasos recursos como yo, al brindarnos además del estudio, la alimentación. No había ninguna institución en Colombia que tuviera tanto academicismo y tanta acción

social. Ese generoso ejemplo quedó grabado en mi corazón y me dio las bases para mi accionar en el futuro”, recuerda conmovido. La vocación por la medicina surgió precisamente del trabajo que la Universidad hacía en barrios marginados, a los que Eduardo se unió sin dilación, inspirado en la firme convicción de servir. Por su destacado rendimiento fue nombrado como el mejor estudiante de internado de la promoción de 1980. Y su espíritu solidario lo llevó a realizar el bimestre de ruralito en la región del Bajo Cauca. “Me encontré que Caucasia estaba azotada por enormes desigualdades sociales y una violencia endémica”, pero este desolador panorama solamente le reafirmó un mayor compromiso y se quedó. Promovió desde la Asociación de Egresados de la Universidad de la zona jornadas cívico-populares, brigadas médicas, consultorios radiales y de televisión, y realizó una maratónica intervención con instituciones y fuerzas vivas para tratar de mitigar apremiantes problemas de salud. Logró la donación de medicinas con distribuidoras de productos farmacéuticos. Esta labor le mereció la distinción como mejor líder del Bajo Cauca. Y a partir del año 2000 fue presidente de los Consejos de Planeación en dos periodos consecutivos, en los que desarrolló un sistema de planeación de la región de la Mojana: Sucre, Bolívar, Córdoba y Bajo Cauca. No le costó mucho comprender que uno vive donde está su corazón y Caucasia lo enamoró: “Me enamora la pureza del poblador de esta zona, su música, el paisaje, la actitud de la gente para sobreponerse a las dificultades”. Así como las zonas marginadas han sido su paisaje habitual, la violencia lo

ha seguido como una sombra. En el 2004, lideraba la defensa de las comunidades ante la inclemencia de los operadores de los servicios públicos domiciliarios, hasta que sufrió amenazas contra su vida y debió marcharse como un desplazado más. Pero en Medellín las cosas no fueron mejores. Se instaló en los barrios marginados de la comuna nororiental, y fue nuevamente amenazado por grupos armados que operaban en ese territorio. Así que pensó: “Moriré donde está mi corazón, que es Caucasia”… y al año regresó. Debido a las presiones ejercidas por funcionarios y sectores políticos, desistió de seguir en el sector público. Entonces montó en uno de los sectores más pobres de Caucasia un consultorio particular y una droguería. Tras 30 años de ejercicio, vive la medicina como un apostolado de sol a sol. Confiesa que su mayor satisfacción es encontrar pacientes terminales, y con una buena práctica médica y “una manito divina”, lograr su sanación. Con la misma convicción practica la medicina alternativa buscando la menor intoxicación para sus pacientes. “Más que a la muerte, les temo a los errores que podamos cometer, que por hacer bien se haga un mal. Le temo a la imprudencia de los violentos cuando hay gente tan buena en la vida”, afirma. Y así, diariamente procura practicar su filosofía de vida: “Vivir, dejar vivir, amar a Dios y creer que el tiempo es tan corto en esta vida que hay que aprovecharlo al máximo cada instante al servicio de los demás”.

Perfil: Francisco Saldarriaga Gómez / Fotografía: Archivo personal

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Álvaro de Jesús

Pérez Roldán

Supo del poder de las palabras, por eso, decidido a no malgastarlas, las guardó para los momentos justos y dijo siempre lo que pensaba, con voz pausada, como si cada palabra fuera un paso para acercarse al otro. Llegaba con suavidad, casi intentando ser invisible, pero esa atención que le daba al otro, a quien le prestaba sus ojos y oídos, lo hizo famoso entre sus amigos y compañeros. Álvaro Pérez Roldán tuvo una virtud difícil: la confianza. “Tus manos son mi caricia / mis acordes cotidianos / te quiero porque tus manos trabajan por la justicia”. Gloria recita el poema de Benedetti y dice que Álvaro era así, como esa poesía dulce a la que ella se aferró para entender su ausencia. Sobre sus piernas tiene la carpeta donde guarda este poema, más otros que añadieron los hijos, Juliana y Pablo, y una

biografía que escribió pensando en los nietos que aún no han llegado: “Nació el 21 abril de 1953 —lee Gloria—, hijo de Rafael y Lucila; su abuelo Fernando, a edad muy temprana le enseñó a leer”. La biografía la abre una fotografía de Álvaro, no tendría más de veinticinco, la barba cubriéndole los cachetes, las cejas gruesas y unas gafas cuadradas de pasta oscura, la mirada aguda ignorando el lente de la cámara. Así lo conoció Gloria. Él era estudiante avanzado de Ingeniería Electrónica y ella apenas estaba en el primero de la misma carrera; cuando lo vio, desde lejos, se dijo “así es el hombre que yo quiero para mí”. Álvaro fue líder estudiantil, dirigía la asamblea de ingeniería, coautor en la elaboración del reglamento estudiantil. Jamás se le oyó vociferar una consigna para agitar el teatro. Siempre sereno, decía lo que tenía que decir y al escucharlo la gente lo aplaudía. La educación tendría que salvar al hombre, pensaba él. Militaba con el recién nacido Movimiento Obrero Independiente Revolucionario, MOIR. Los fines de semana, junto a Gloria y otros compañeros, viajaban a los pueblos para vender el periódico Tribuna Roja. La matemática y la física fueron para él un juego, eso se supo desde que estaba en el Colegio San Ignacio. En la universidad, en los setenta, los estudiantes de ingeniería le tenían pavor al libro de física de Alonso y Finn, porque en las últimas páginas tenía decenas de ejercicios que debían resolver. No existían las fotocopias, todo se hacía en esténcil. “Empezaron a circular, con letra escrita a mano, las claves de Alfonso y Finn, que eran todos los ejercicios del libro resueltos. Yo estudiaba en la Nacional, y hasta allá llegaron, recuerdo que las buscábamos desesperados. Años después, en una

reunión con otros colegas, me enteré de que las habían escrito dos estudiantes de Ingeniería Electrónica, y uno de ellos fue Álvaro”, dice Diego Montejo, quien fue su asistente cuando ocupó el cargo de vicerrector administrativo. Antes de graduarse, Álvaro fue profesor de la Universidad. Obtuvo la beca Laspau y realizó una especialización en circuitos electrónicos en la Universidad de Stanford. Era el primero en llegar a la oficina. Antes de empezar la jornada, leía un rato la prensa extranjera para enterarse, entre otras cosas, de cómo iba el beisbol. Al mediodía, se calzaba los tenis y salía a trotar por la circunvalar, y en la noche iba al gimnasio. Álvaro lideró varios proyectos como vicerrector: la certificación bajo las normas ISO de los procesos administrativos de la Universidad, el proyecto de la compra de clínicas al Seguro Social, la construcción del Edificio de Extensión, la remodelación del Paraninfo. En casa, sólo quería ser esposo y padre. Los domingos, de la cocina salía el olor de una sorpresa; Álvaro se divertía inventando un desayuno nuevo para su familia. En las tardes, llenaba el crucigrama, veía partidos de fútbol y apostaba contra sí mismo el resultado. “Él siempre fue el mismo”, dice Gloria señalando los retratos donde Álvaro, cabello y barba cana, abraza a los suyos. “Y por tu rostro sincero / y por tu paso vagabundo / y tu llanto por el mundo / y porque sos pueblo / te quiero”. Gloria concluye el poema.

Perfil: Ana María Bedoya Builes / Fotografía: Cortesía periódico Alma Máter

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Leonardo

Vélez Chaverra

El 10 de marzo de 1972, Leonardo Vélez escribió en su diario: “Acabo de reunirme con Nelson Franco para crear una institución educativa. Es una decisión que con seguridad va a cambiar mi vida”. El compromiso con esa idea enderezó su rumbo después de equivocarse de carrera. Lo demás fueron atrevimientos y aciertos para convertirse en el empresario exitoso que hoy plantea alternativas de estudio a cerca de 10 mil estudiantes. Su ambición se fundamenta en objetivos claros, ideales nobles, constancia y fe en sus capacidades. Esas condiciones personales lo llevan a no temer imponerse retos. El origen de su emprendimiento, por ejemplo, tuvo raíces en la absoluta certeza de no querer ser empleado, sino generar empleo para él y otras personas.

Desde el principio de esa apuesta aprendió que la motivación y el coraje que transmita a su equipo de trabajo determinan el logro de metas. Por eso convenció a Nelson Franco y Jesús Antonio Arboleda para que asistieran a la misa de 7 que oficiaba Manuel José Betancur Campuzano en La Candelaria. Se ubicaron en primera fila, comulgaron, y tan pronto terminó la ceremonia, siguieron al padre con el fin de pedirle ayuda. Betancur Campuzano les prestó el espacio para que informaran a la gente sobre la propuesta que tenían. Además, permitió que publicaran en un diario local la invitación a matricularse en el despacho parroquial. El aviso estaba dirigido a mayores de 25 años que quisieran validar el bachillerato. Lo que no sabía el sacerdote era que aún no tenían los profesores ni el local donde dictar las clases. Dos días antes de la fecha de inicio, los tres jóvenes todavía buscaban sede en el Centro. El azar y su tino los llevaron al claustro de los jesuitas ubicado en Pichincha. Allí, el religioso Darío Pérez Upegui accedió a arrendarles y les facilitó sillas y mesas, todo porque los consideró unos “verracos”. Mientras que la empresa tomaba forma, a sus 22 años Leonardo alternaba los estudios de Ingeniería Industrial con la responsabilidad de liderar la oferta de preparación para validar el bachillerato en la ciudad. Los buenos resultados de los estudiantes y el cumplimiento de las responsabilidades contraídas le dieron prestigio a la institución que luego se llamaría Centro de Estudios Superiores para el Desarrollo, Cesde. Cuarenta años después, Leonardo piensa que la vigencia de la institución tiene que ver con algo que lo caracteriza:

la visión innovadora. Él entendió oportunamente que las nuevas necesidades exigían transformaciones. De ahí que ofrecieron clases de preuniversitario, y cuando llegaron los computadores personales a la ciudad, inauguraron una sala con cuatro PC IBM. En la actualidad, la institución cuenta con 26 programas técnicos presenciales, mira hacia el espacio virtual y planea abrir en otras ciudades. El último gran reto que se le presentó a Leonardo fue el cambio de sede, cuando la Compañía de Jesús vendió el claustro y debió convencer al encargado de darle dos años de plazo. En ese tiempo consiguió que los bancos creyeran en la importancia y la rentabilidad de una institución educativa, y construir las nuevas instalaciones en ocho meses, porque como les dijo a los arquitectos: “Si el Empire State, que tiene 102 pisos, fue construido en 14 meses, ¿por qué no pueden levantar el Cesde en 8?”. Hace tres años decidió retirarse de la gerencia y contratar a alguien que se encargue del día a día. Él, como presidente, sigue atento a cada movimiento, con la distancia necesaria para enriquecer la proyección de la institución y la posibilidad de compartir más con su esposa Luz Marina y sus cuatro hijos, quienes hacen parte del equipo de visionarios que guían los rumbos de la empresa.

Perfil: Andrés Felipe Restrepo Palacio / Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Pedro Elías

Rentería Rodríguez

Con su trayectoria y sus logros anotados en una agenda, llegó Pedro Elías a la sala de profesores de cátedra. “Para que no se me olvide nada”, anuncia y empieza a compartir su historia como docente, asesor e investigador. Es Licenciado en Educación de la Universidad de Antioquia, con posgrado en Historia de la Práctica Pedagógica en Colombia. Además de docente, ha sido asesor del proyecto de Escuelas Normales Superiores en Chocó, Antioquia y Huila, del proyecto del Ministerio de Educación para el mejoramiento académico de los colegios de secundaria y de la Gerencia de Negritudes. También se ha desempeñado como coordinador del Colegio de Pedagogía de la Facultad de Educación y ha escrito varios libros y artículos sobre formación de docentes e historia de la

pedagogía. Pero lo que el profesor Rentería mencionó tal vez con mayor orgullo fueron los premios como Mejor Educador, otorgado por el Ministerio de Educación y la Secretaría de Educación de Medellín en 1996, cuando ejercía en la vereda Pajarito del corregimiento San Cristóbal; y como Profesor Excelencia, entregado por el Instituto de Educación Física de la Universidad de Antioquia en el 2001. Cerrada la agenda, este docente nacido en Bagadó, Chocó, y formado en la normal de Tadó confiesa que a pesar de estar jubilado, tras 21 años de trabajo en el Alma Máter, no se desenamora de su oficio ni de la institución. “Nunca me he desvinculado de la U. La universidad ha sido todo para mí, me lo ha dado todo: la experiencia, el sostenimiento económico, el saber, el calor humano, el reconocimiento como persona y como profesional”. Hoy Pedro Elías dicta: “Historia, imágenes y concepciones de maestros”, una cátedra sobre el papel del maestro en la historia, en el cine, en el arte, en la filosofía; es decir, el maestro como sujeto público”. Rentería es un convencido de que ser maestro es un compromiso social y eso es algo que inculca a sus alumnos. “En las normales, la pedagogía es algo que se respira desde que entras, por eso soy un apasionado del tema. Yo les digo a los estudiantes que si tuvieron esta vocación, se vean como grandes docentes, que busquen la cualificación porque tienen una responsabilidad y un papel muy importante”, indica. Aunque cuatro de sus hermanos también optaron por la docencia, afirma que “la vena pedagógica” no proviene de la familia, sino de la región. “Tradicionalmente, la gente del Chocó busca ocuparse en el magisterio, le gusta. Allá

hay muy buenos maestros, en cualquier parte del país usted encuentra profesores chocoanos”, y agrega que, por supuesto, también hay malos maestros. “A mí me tocó la época de ‘la letra con sangre entra’, incluso hubo un año que no estudié por temor a un profesor que el año anterior había castigado a latigazos delante de todo el grupo a un compañero. Hoy en día se discute el tema de cómo y desde dónde ejercer la autoridad”, puntualiza. El profesor Pedro Elías está casado hace 33 años con la enfermera Silvia Neomicia Córdoba, la mujer por quien buscó establecerse en Antioquia y por la que fue a dar como profesor al municipio de Buriticá en los albores de su carrera. Es padre de Juan Carlos, ingeniero de sistemas; Katherina, abogada, y Ana Carolina, estudiante de Ciencia Política. Para despedirse, lanza un llamado: “La Universidad hay que cuidarla, quererla y promoverla. Las futuras generaciones van a tener mucho que ver en el devenir y en la pervivencia de la universidad como entidad pública”.

Perfil: Gloria Cecilia Estrada Soto / Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Gloria Estella

Penagos Velásquez

Cuando una mujer entra al consultorio de Gloria Stella Penagos, encuentra algo más que el diagnóstico de una especialista en ginecología y obstetricia. Detrás de esa profesional que lleva 33 años ejerciendo la medicina, se esconde una defensora incansable de los derechos de sus pacientes. Para esta feminista, las mujeres se convirtieron en la razón de ser de sus luchas. Esa convicción se hizo más fuerte el día que se presentó a la residencia de ginecología. Una pregunta “incómoda” que le hizo su profesor, el mismo que ayudó a nacer a dos de sus tres hijos, le despejó sus dudas y le señaló el camino que debía seguir: “¿Cómo se le ocurre presentarse a una residencia? Usted es madre de dos niños y de una niña que solo tiene un año”. Estas palabras la agredieron, pero

al mismo tiempo le mostraron que su tarea iba más allá de diagnosticar enfermedades; en ese momento descubrió que debía trabajar para “abrir los ojos a las mujeres”. Desde muy niña, su espíritu transgresor se negó a creer que una “buena mujer” solo debía preocuparse por atender las necesidades de su esposo y de sus hijos. En su casa, Gloria aprendió que podía tomar sus propias decisiones y cumplir sus sueños personales con plena libertad. Ya en las aulas de la Universidad de Antioquia, se apegó a esas ideas libertarias que se alojaron en su cabeza desde la infancia. Los primeros años en la Facultad de Medicina reafirmaron el carácter de esa mujer sensible e inteligente que estaba dispuesta a desempeñar una labor social. Además de acercarla a la academia, la universidad le entregó lo que más ama: su vocación docente, la especialización en ginecología y una familia. En el año 1977, se casó con Henry Rendón, uno de los compañeros que conoció en las clases del doctor Emilio Bojanini. Para ella fue una etapa llena de aprendizajes, alegrías y pérdidas: llegaron los hijos, los logros profesionales y el apoyo de “un hombre brillante y dedicado” que la acompañó hasta 1989, año en que falleció después de padecer una insuficiencia renal. A pesar de la ausencia de su esposo, Gloria siguió adelante con sus hijos y con su carrera. Durante 23 años estuvo vinculada a la universidad como docente del Departamento de Obstetricia y Ginecología, tiempo que aprovechó para enseñarles a sus estudiantes cómo convertir un control prenatal en un espacio para escuchar y resolver las inquietudes de las mujeres embarazadas y de

sus familias; ella quería mostrarles que “la palabra funciona como un poderoso medicamento”. Su enorme capacidad de trabajo y su preocupación por mantenerse actualizada la llevaron a explorar otras áreas de formación relacionadas con el bienestar físico y emocional de las mujeres. Educación sexual, terapia de pareja, menopausia, métodos de planificación, aborto inducido y espontáneo son algunos de los temas que Gloria ha investigado y ha llevado a diferentes espacios médicos e institucionales. Su experiencia en la atención integral de la mujer le ha permitido liderar proyectos académicos y asesorar iniciativas públicas. Fue la primera jefa administrativa del Departamento de Ginecología del Hospital San Vicente de Paúl y dirigió el Centro Interdisciplinario de Estudios de Género de la Universidad de Antioquia; además, en compañía de una sus colegas, logró introducir en el currículo de medicina el área de sexualidad y género. Otro de sus retos es la construcción de la Clínica de las Mujeres. Gloria ha participado en el diseño y la defensa de este espacio que busca garantizar los derechos y mejorar las condiciones de salud de las pacientes. En el 2008 se jubiló de la Universidad, pero su trabajo está lejos de terminar. Su consultorio seguirá abierto para apoyar a las mujeres que, como ella, están dispuestas a romper los moldes tradicionales.

Perfil: Lina María Martinez Mejía / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Manuel Antonio

Muñoz Uribe

En 1993, doscientos nueve trabajadores del sindicato de Empresas Varias de Medellín fueron despedidos luego de que el Ministerio del Trabajo declarara ilegal una huelga de siete días, entre el 16 y el 22 de enero, originada por un desacuerdo entre los trabajadores y la empresa. El sindicato, para contrarrestar dicha decisión y lograr un reintegro total de los trabajadores expulsados, impugnó el fallo ante el Consejo de Estado e interpuso una serie de demandas en los juzgados laborales. Perdieron todas las acciones legales. Desilusionados y con muy pocas esperanzas, decidieron consultar su caso a este abogado laboralista que había sido, además, asesor de la Asamblea Nacional Constituyente y que contaba con una amplia experiencia en el mundo sindical: Manuel Muñoz Uribe.

Graduado como bachiller del Liceo Antioqueño, Doctor en Derecho y Ciencias Políticas, con una especialización en Investigación Socio-pedagógica y otra en Derecho Público de la Universidad Nacional, Muñoz Uribe tuvo claro, según enseñanzas de su madre, no servirles jamás a los poderosos y ponerse siempre del lado de los menos favorecidos. Pero para esto, primero había que convertirse en una persona estudiosa, preparada, con una excelente oratoria y una muy buena capacidad de análisis. El derecho le aportó gran parte de esa formación, las especializaciones le permitieron adquirir destrezas que complementaron su ejercicio litigante, pero su paso por el Liceo Antioqueño, su relación con los sindicatos, las enseñanzas de su madre y una especial admiración por Simón Bolívar y Rafael Uribe Uribe determinaron contundentemente su personalidad y su ejercicio profesional. Convencido de que la única manera de conseguir un reintegro laboral era acudiendo a instancias internacionales, conjuntamente con la Comisión Colombiana de Juristas, se presentó el caso ante la Organización Internacional de Trabajadores, OIT. Desde allí, mediante el comité de libertad sindical, hicieron una recomendación obligatoria al Estado colombiano exigiéndole no solo restablecer los puestos de trabajo, sino reconocer los salarios y prestaciones que los trabajadores despedidos habían dejado de percibir. En el Liceo Antioqueño, por medio de las guías para ingresar a la universidad, se enamoró del derecho. Terminando el pregrado se enroló en el sindicalismo, y conoció así de cerca las dinámicas y pormenores de la situación laboral colombiana. En Simón Bolívar descubrió una conciencia

continental. Con su mamá aprendió a preocuparse por el otro y en la figura de Rafael Uribe Uribe encontró un modelo a seguir, un visionario y polifacético hombre cuyos principios ha mantenido vigentes mediante escritos y compilaciones publicados por la Corporación Cultural Rafael Uribe Uribe, de la cual es fundador, pero también mediante su ejercicio profesional. ¿Y cómo hacer cumplir la ordenanza de la OIT? Se discutió sobre la mejor manera y se optó por imponer una acción de tutela. El 10 de agosto de 1999, la Corte Constitucional declaró, por medio de la sentencia T-568, a favor del Sindicato y de los trabajadores despedidos. Ese día, Manuel y el grupo de litigantes crearon y permitió sentar un precedente en el país al reconocer los derechos de los trabajadores como un derecho fundamental. Este fue uno de los tantos litigios que ganó a lo largo de más de cuarenta años defendiendo los derechos laborales. Manuel es consciente de que su profesión como abogado laboralista es más una vocación de servicio que otra cosa. Por eso, nadie que requiera de su ayuda, tenga o no tenga dinero, se va sin atención. “Mucha gente me pregunta cuándo me voy a jubilar, pero esa palabra no existe en mi vocabulario. Para mí es extraordinariamente deleitoso ponerles demandas a los patronos para que respeten los derechos de los trabajadores y es por eso que todavía no he aprendido la diferencia entre trabajar y descansar.”

Perfil: Santiago Orrego Roldán / Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Abraham

Escudero Montoya

Dicen que muchas noches, Juan XXIII, también conocido como el Papa bueno, se despertaba de repente, inquieto, pensando en las mil obligaciones que tenía y en las recomendaciones y consejos que debía pedirle al Papa. Entonces recordaba que el Papa era él, y decía: “Señor, tú me pusiste en esto, tú me darás las salidas”. Dicen también que el Señor no escoge a los preparados, sino que prepara a los escogidos, y con una convicción así vivió el monseñor Abraham Escudero Montoya todos los retos, todos los caminos, sin importar lo agrestes que estos pudieran ser. Por ello, cuando fue nombrado obispo auxiliar de Medellín, en 1986, el lema de su escudo fue: “Sí, estoy dispuesto”, y en la misa de su ordenación episcopal pidió que le cantaran una canción que dice: “No te traigo, Señor, un corazón cansado…”.

Porque no lo tenía. Porque si algo caracterizaba a monseñor Escudero era la disposición. Porque nunca dejó de trabajar por la iglesia ni aun en sus últimos días, ya muy enfermo. No conocía el descanso. Poco sabía de vacaciones. Siempre tenía una obra por adelantar. En El Espinal, Tolima, donde fue nombrado obispo en 1990 y donde permaneció durante 17 años, lo conocían como un hombre capaz de visitar las comunidades más alejadas, y quienes han recorrido el Tolima saben lo que esto significa: cumbres nevadas, valles donde el calor alcanza más de cuarenta grados centígrados, ríos caudalosos que hay que pasar en lancha, montañas y más montañas. Un terreno difícil y al que no cualquiera se le mide, y que monseñor Escudero recorrió sin chistar, visitando las parroquias a su cargo, conociendo sus comunidades, recibiendo la comida que le ofrecían los campesinos, aunque sabía que, por su estado de salud, su dieta era estricta y no podía ingerir cualquier cosa. Tenía, de alguna forma, la vocación del misionero: la de recorrer caminos, la de estar cerca de la gente. No importaba su título de obispo ni sus estudios en el exterior. Lo importante era estar cerca de la comunidad, trabajar por la educación y la reconciliación. Por eso creó la Fundación Universitaria de Espinal, Fundes, y el Seminario Mayor La Providencia, y promovió el Colegio Diocesano. Por ello, cuando en el 2007 pasó a ser obispo en Palmira, fue intermediario en los diálogos de los corteros de caña con el Ministerio de la Protección Social y los ingenios azucareros del Valle. Quienes lo conocieron mencionan siempre la palabra humildad. Nunca se ufanaba de sus logros, nunca trataba de hacerse notar, no andaba hablando de sus estudios o de los

cargos que había ejercido. Y eso que los tenía: profesor del Seminario Menor (1968), director de Filosofía en el Seminario Mayor (1969), Egresado del liceo Antioqueño (1958) y magíster en educación y sicoorientación de la Universidad de Antioquia (1976), primer director de la Casa de Medellín en Roma, licenciado en Espiritualidad de la Universidad Pontificia de Roma (1982), director de la Casa Pablo VI y de la Pastoral Juvenil Arquidiocesana (1982-1984), secretario de la Vicaría de Religiosos (1984), director espiritual del Seminario Mayor (1982-1986), vicario episcopal de la Vida Consagrada (1985-1986), obispo titular de Risinio (Yugoeslavia) y auxiliar de la Arquidiócesis de Medellín. En fin... No, no andaba hablando de eso. Lo suyo eran las obras, su comunidad. Cuando Abraham murió, el 6 de noviembre del 2009, a los 69 años, su hermana fue al cuarto del obispo y no encontró casi nada. Acaso un Cristo en la pared, un par de mudas de ropa. En eso también era como ciertos misioneros: siempre entregaba, pero para él tenía poco. A lo sumo, pedía siempre a su familia y amigos que lo tuvieran presente en sus rezos para ayudarlo a sacar sus obras adelante. Que siempre el Señor, como a Juan XIII, le mostrara las salidas.

Perfil: Juan Camilo Jaramillo Acevedo / Fotografía: Cortesía periódico El Colombiano

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Ana Isabel

Rivera Posada

Mucho antes de ser estudiante de la Universidad de Antioquia, Ana Isabel acostumbraba tomar la ruta más larga rumbo a su casa para pasar por el frente del Alma Máter. “En 1985 yo estudiaba en la UPB y cuando salía temprano, cogía el circular para pasar por la Universidad, porque yo decía: ‘Un día voy a estudiar aquí’”, relata esta Comunicadora socialPeriodista que ingresó a la de Antioquia por transferencia en 1987 y se graduó tres años después. Como profesional, fue fotorreportera y redactora en el diario El Colombiano, fundó el periódico El Envigadeño, que logró sostener a lo largo de tres años, también fue docente de fotografía y periodismo en varias universidades, coordinadora del proyecto Código Acceso del periódico El Tiempo, comunicadora en la Empresa de Desarrollo Urbano

e interventora en el programa de Presupuesto Participativo de la alcaldía de Medellín. Pero fue en el año 2003 cuando las cosas dieron un giro para ella: después de toda una vida en la ciudad, se radicó en las frías montañas del corregimiento Santa Elena, a diecisiete kilómetros de Medellín y de vocación primordialmente agrícola. Para esa época, el periódico Viviendo Santa Elena, creado en 1999 por Rubén Vivas y que había despertado el interés de la comunidad, ya no circulaba. “Rubén lo creó, lo sostuvo y paró como dos años; en el 2005 lo cogió Darío Posada, de la Corporación Sietecueros, y sacó diez números, pero se paró otra vez como seis u ocho meses”, cuenta Ana, quien tomó las riendas del periódico en el 2008. En dos años seguidos, 2010 y 2011, Viviendo Santa Elena ocupó el primer y segundo puesto en los premios de periodismo comunitario de la alcaldía de Medellín. En este medio de circulación rural gratuita y mensual, Ana Isabel, que oficia como directora, redactora y editora, ha puesto todo su talento y compromiso para hacer una labor que el corregimiento reconoce. “Yo quería enfocar de nuevo el periódico, recuperar un poco lo que había hecho Rubén con ese acercamiento a la comunidad, una relación de cercanía y confianza con la gente”, explica. Viviendo Santa Elena, que sobrevive con recursos del Presupuesto Participativo, se ha convertido en una importante opción informativa enfocada al servicio comunitario, la defensa de los animales y del medio ambiente. Tal como ella lo afirma, en sus páginas siempre prima el sentido social: “La gente está contenta, se apasiona, nos manda colaboraciones, sabe que somos independientes, comunitarios. Siempre nos

sugieren temas y los escuchamos”, y con esto se refiere a la construcción conjunta que ha llevado al periódico a ser uno de los mejores medios comunitarios impresos de Medellín. Pero sus intenciones van más allá. A partir de la experiencia de una docente de la zona, planea la conformación de un semillero de comunicaciones dirigido a los estudiantes de los grados cuarto y quinto de primaria y primero de bachillerato, quienes analizan cada edición del periódico. “Me gusta mi trabajo en lo cotidiano, mi ganancia es el impacto que estamos generando en la gente porque no censuramos y dejamos que se expresen; trabajo haciendo lo que me gusta”, dice de corazón esta mujer que vive sola en una casa pequeña y cómoda en la vereda El Placer, rodeada de cultivos y flores, y custodiada de cerca por su perra Venus. De allí sale todos los días, no importa si a hacer diligencias personales o a hacer reportería porque en todo caso ella vive trabajando y trabaja viviendo, y vuelve siempre cargada de noticias que de primera mano le entregan los campesinos que se le cruzan en el camino. Por algo ellos mismos dicen que, aunque el cargo no exista, Ana Isabel Rivera es ‘la comunicadora’ de Santa Elena.

Perfil: Gloria Cecilia Estrada Soto / Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Gabriel Jaime Santamaría Montoya Gabriel Jaime Santamaría estudiaba Química en la Universidad de Antioquia. Había egresado del Liceo Antioqueño y pertenecía a la Juventud Comunista. Era alto, fornido, de gafas, parecía un hombre mayor, aunque apenas rozaba los veinte años. Su papá era el director de zarzuela Jaime Santamaría, quien había enviudado y quería para sus tres hijos un buen futuro, tal vez verlos como profesionales al servicio de alguna empresa tradicional. Por eso, el día en que se dio cuenta de que Gabriel Jaime, Antonio y Pedro se encontraban atrincherados en un laboratorio de la Universidad de Antioquia, en medio de una protesta que ya llevaba varios días, decidió ir a buscarlos personalmente. Con lágrimas en los ojos le dijo a un comandante del Ejército que llamara

por megáfono a sus muchachos. Gabriel Jaime, como era el mayor, tuvo que ir primero a enfrentar a su papá, pero los dos menores lo siguieron por órdenes militares. Así, salieron abucheados del laboratorio y además reseñados del Alma Máter. Se retiró de Química y decidió terminar Ingeniería Industrial en la Universidad Autónoma Latinoamericana, que surgió unos años antes como respuesta a esa desbandada de estudiantes comprometidos en marchas y mítines. En esa institución fue profesor de cátedra y dirigente del gremio docente. En tanto, seguía vinculado primero a la Juco y luego al Partido Comunista. Consuelo Arbeláez, su esposa durante 17 años, lo describe como “un gozón de la vida”, buen amigo y convencido de la causa obrera. Trabajó desde la base del partido, pegando carteles, hasta llegar a ocupar altos cargos de dirigencia. A comienzos de los ochenta, fue elegido concejal en Puerto Berrío, donde debió levantar los ánimos del movimiento sindical, que se hallaba de capa caída tras el asesinato de Darío Arango, en 1979, quien era vicepresidente del concejo por la Unión Nacional de Oposición, UNO, predecesora de la Unión Patriótica. Sus actividades políticas eran públicas y estaban cobijadas por la ley, pero no eran bien vistas por muchos sectores oficiales y de derecha del país, por lo que debió exiliarse durante varios periodos para proteger su vida. Fueron meses en los que se alejó de sus dos pequeñas hijas y vio morir a muchos de sus compañeros. Estuvo en Alemania, Cuba y la URSS.

En 1985, cuando surge la UP, con la opción de canalizar sectores de izquierda en una plataforma política, lo eligen diputado a la Asamblea departamental, donde se destaca por su liderazgo y es reelegido para un segundo periodo. Eran tiempos difíciles para la naciente organización, pues a pesar de haber conseguido votaciones insospechadas en las urnas, la mano negra del Estado se empeñaba en acabar con sus dirigentes. De ese modo, entre 1985 y 1989, 972 integrantes de la UP fueron asesinados. Todas las precauciones habían sido tomadas. Ese 27 de octubre de 1989 no fue la excepción. Consuelo se despidió de su esposo en una casa de Itagüí que les servía de refugio temporal. Ella fue a buscar a las niñas y a cambiarse de ropa para ir a trabajar, y él iría más tarde a su despacho en la Alpujarra, el lugar donde se sentía más seguro. A las 3:30 de la tarde, un joven veinteañero, con la complicidad del sistema de seguridad del lugar y de sus escoltas, lo acribilló junto a su escritorio. Gabriel Jaime murió de inmediato y, una vez más, la sociedad se indignó. Han pasado los años y las investigaciones del caso llegan hasta cierto punto; dicen que fue Carlos Castaño quien lo mandó a matar, como a tantos otros militantes de la UP. Sin embargo, Consuelo y otros familiares que no pueden olvidar piden aún que la justicia llegue más lejos y esclarezca la autoría intelectual de aquel exterminio.

Perfil: Margarita Isaza Velásquez / Fotografía: Archivo familiar

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Roberto León

Ojalvo Prieto

Esperó, aunque las posibilidades de trabajar en la Universidad de Antioquia eran ajenas. Renunció al nombramiento como juez promiscuo del corregimiento de Bolombolo, en Venecia. No quiso encargarse de levantamientos de cadáveres ni de otros hechos violentos que abundaban en época de cosecha de café. “Eso tenía un fondo, y era que en la práctica no quería trabajar sino en la universidad, no me veía en otra parte”, explica Roberto Ojalvo ahora, cuando puede decir que ocupó todos los cargos del Alma Máter que le interesaron. Asesor y director del Consultorio Jurídico, vicedecano y decano de Derecho, director de Bienestar Universitario, secretario general de la Universidad de Antioquia, y director de su museo, son algunos de los títulos que han acompañado

su nombre. Otros, más cercanos, son: consejero, mediador, maestro, amigo… En esa lista extensa para denominar a Roberto Ojalvo se mezclan las cualidades de un hombre cortés y humano, con las del visionario que dirige mirando al futuro sin desatender las situaciones presentes. Empezó a trabajar en la Universidad de Antioquia desde antes de ser nombrado en algún cargo. Hacía una especie de “voluntariado” en el Consultorio Jurídico, luego se atrevió a proponerse como asesor de esta dependencia, pero el decano de entonces no lo consideró idóneo. Roberto esperó, entonces, hasta que el decano posterior hiciera una apuesta por su dinamismo, y lo nombró asesor y luego director. Así empezó una carrera en la que entre las transformaciones que propuso, desde diferentes plazas, estuvieron la creación de la primera cátedra en el país de iniciación a la práctica forense, al igual que la cátedra pionera en derecho ambiental. Además, tomó la decisión polémica de que los exámenes preparatorios para graduarse como abogado se resolvieran fuera de las aulas. En el lugar de sus grandes afectos, el Museo Universitario, consiguió que todas las colecciones tuvieran montajes permanentes o semipermanentes, y que adquirieran muchas de las piezas que hoy albergan. Además, se propuso darle mayor proyección cultural y académica al Museo, mediante la institucionalización de visitas guiadas, talleres y trabajo continuo con personas de la tercera edad, niños y jóvenes. Apoyó la creación de las colecciones de Historia y del Ser Humano, y la concepción y puesta en marcha de la Sala Galileo. Creó Códice, el boletín científico y cultural del Museo. Se convirtió, sin premeditarlo, en maestro de los

estudiantes que llegaban a desempeñarse como auxiliares administrativos, a veces, en momentos en los que no tenían claro su rumbo y el bloque quince se convertía en el lugar para despertar curiosidades. Roberto Ojalvo podía hacerles preguntas que algunos considerarían impertinentes, o pedirles opiniones sobre decisiones a tomar, entonces hacía uso de su excelente retórica para conducir el diálogo más simple al feliz hallazgo de una respuesta. Secretos, seguramente, tiene varios; quizá más de la universidad que propios. Es un hombre transparente; eso sí, amigo de la prudencia y el silencio. “Completamente pesimista”, como él se define. Pero capaz de encarar los dramas de la cotidianidad y buscar soluciones concretas. Sabe que la vida tiene mucho de esa tabla de curación embera que reposa en la colección de Antropología, y que es su pieza preferida del Museo Universitario. Esa en la que de rojo y de negro se tiñen las posibilidades de vivir o morir cuando se está enfermo. No es cándido, aunque algunos puedan pensarlo. Está atento a las sorpresas y mientras tanto planea como potenciar las situaciones que le plantea la cotidianidad. Hoy es director voluntario del Museo Arqueológico del Suroeste y del Museo Municipal de Jericó, su pueblo. Allí, acompañado de su esposa Teresita y sus dos hijas, aún está dispuesto a hacer realidad quijotadas como exponer a Andy Warhol en las entrañas de Antioquia y hacer de las instituciones culturales el motor del progreso en el departamento.

Perfil: Andrés Felipe Restrepo Palacio / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Ada Luz Hernández Montoya El juez, el abogado de la contraparte y hasta los demandados se convencieron de que Ada era una experta. “Es que usted es muy diplomática, se nota que no le han tocado los groseros que me han tocado a mí”, le dijo el abogado. Ninguno sospechó que ella, a sus 50 años, litigaba por primera vez en una audiencia. Su mamá enviudó muy joven y con siete hijos llegó a la ciudad pensando en que aquí sería más fácil encontrar un trabajo. A los 12 años, Ada dejó la escuela para cuidar a sus hermanos. Empezó a trabajar a los quince, haciendo aseo en casas, oficinas y peluquerías. “Yo pensaba: ‘Algún día podré estudiar’”, recuerda. Asistía al grupo de teatro del barrio París que interpretaba obras de Bertolt Brecht e historias de la lucha sindical. Una de las presentaciones fue

en la Universidad de Antioquia y al ver la inmensidad del campus, se soñó universitaria. Trabajó como obrera en Medias Cristal, pero la despidieron cuando se casó. Empecinada en estudiar, enfrentó una batalla de puertas para adentro pues su esposo le repetía que la mujer estaba para atender la casa, los hijos y al marido. “Yo estudiaba de cuenta mía, mientras hacía oficio y atendía las niñas me ponía a leer. Era una lectura lenta”. Además, por correspondencia le llegaban unas lecciones de matemáticas, que ella se esforzaba en entender. Así pasaron varios años, estudiando como podía, como si al hacerlo, pecara. Se enteró de que Comfama daría becas para validar el bachillerato. Ada, después de muchas súplicas, obtuvo el permiso de su marido. “Yo tenía el susto más grande. Llevaba 22 años sin estudiar. Mi esposo me decía que si tenía tanto miedo, mejor no fuera. Pero con más ganas fui”, dice. Dos años después se presentó a la Universidad Nacional y nadie podía creerlo cuando a su casa, el rancho de madera que le construyeron sus hermanos en París, le llegó la carta de bienvenida. Tres semestres después, se convirtió también en estudiante de Derecho de la Universidad de Antioquia. Entonces, su marido le pidió el divorcio. Todos los días, cuando aún no amanecía, estaba de pie para cocinar y despachar a sus hijas. Y luego: trabajar en el Archivo Histórico de la Nacional, cruzar el puente de Barranquilla de una universidad a la otra, trabajar en una modistería, estudiar y, al volver a casa, arrullar los sueños de sus hijas con cuentos de Tomas Carrasquilla y de Kafka. “Recuerdo que yo llegaba a la puerta de la Universidad muy

mal. Era un sendero de laureles y había unos gusanos a los que les tenía miedo, cuando yo iba llegando al final del sendero, yo era otra, era una terapia con la que perdía mis miedos”. Cuando recibió el título de historiadora en 1995 en la Nacional y el de abogada en 1997 en la Universidad de Antioquia, la gente le creyó. “Yo trabajo con la gente que no tiene la facilidad de acceder a la administración de justicia. Si consigo que una mamá gane una demanda por alimentos, para mí eso es un logro”, afirma. Empezó en una oficina que alquiló con un compañero y desde hace siete años tiene una propia en el centro de la ciudad. Con su trabajo construyó su casa y educó a sus tres hijas. En su escritorio, debajo de un vidrio, tiene las fotos de ellas y de sus nietos. En la pared están colgados sus diplomas y dos máscaras negras, la una ríe y la otra llora: “Me preguntan mucho qué significan y yo siempre digo: ‘Esa es la vida, comedia y tragedia, un teatro que nos tocó asumir’”.

Perfil: Ana María Bedoya Builes / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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Carlos

Gónima López

Viajaba de Nare a Puerto Berrío cuando la lancha naufragó en medio del Magdalena. Los ocupantes cayeron, casi todos se sostuvieron de la embarcación y se salvaron. El asesor del sindicato, en cambio, se quitó los zapatos, se dejó llevar por la corriente. Un pescador lo rescató río abajo, un par de horas después, y ambos celebraron el suceso. Carlos Gónima López era de decisiones rápidas y buen conciliador. Como abogado prefería un mal arreglo a un pleito largo. Su esposa, Cecilia Vélez, lo recuerda como un hombre brillante, buen amigo de sus amigos, siempre dispuesto a negociar. Dice, por ejemplo, que si sus asesinos hubieran podido conversar con él durante unos minutos, no le habrían disparado. Era un líder que podía llegar a consensos, que sabía

escuchar. Fue ella quien lo convenció de terminar el bachillerato en el Instituto Nocturno e inscribirse en la Universidad de Antioquia, pues sabía que así podría potenciar su actividad política y destacarse como líder de la Juventud Comunista. Al estar cursando la carrera de Derecho, Carlos fue elegido para representar a los estudiantes ante el Consejo Superior Universitario, donde ganó amistades impensables, como la del gobernador Rodrigo Uribe, empresario conservador, demostrando así esa amplitud de pensamiento que siempre lo caracterizó, recuerda Cecilia. Fue la misma época en que se vinculó al círculo de la editorial Oveja Negra y se obsesionó con la publicación de literatura marxista- leninista. Entre 1977 y 1979, hizo la práctica académica en la Personería de Medellín, y luego, entre 1982 y 1986,, se dedicó a litigar y a asesorar sindicatos, especialmente en Urabá y en el Magdalena Medio. Para entonces, ya había ascendido al Partido Comunista. Luego asumió la tarea de fundar la Unión Patriótica en Antioquia. Acompañó a Jaime Pardo Leal en su campaña presidencial y asesoró a diversos concejales de la región. Decía que no necesitaba encabezar listas que lo convirtieran en líder, pues él no era para que lo eligieran, sino para que lo nombraran; y así, en 1987, fue designado Personero Auxiliar. Se sentía tan cómodo en esa labor que después del asesinato de Héctor Abad Gómez, asunto que le dolió en lo personal y en lo político, aceptó revivir y presidir el Comité de Derechos Humanos de Antioquia. Desde allí, denunció ejecuciones extrajudiciales,

desapariciones de personas y masacres cometidas contra campesinos inocentes. Eran tiempos de amenazas y crímenes que pretendían detener el ascenso de la izquierda. Cecilia, su compañera hasta el final, relata que él nunca demostró miedo ante el peligro y se mantenía tranquilo: asistía a fiestas con sus amigos, almorzaba los miércoles en el Club Medellín y les tendía la mano a los desconocidos que le pedían ayuda. En enero de 1988, se volvió a posesionar en la Personería e hizo en su casa la última parranda: invitó amigos, tomó aguardiente y escuchó Madrigal, su canción favorita. A los pocos días, comenzó a recibir amenazas en su contra que lo mantuvieron alerta. Por primera vez aceptó la posibilidad de irse a vivir a otro país, Argentina tal vez, para representar a su partido en la política internacional. No era una opción que le gustara, sentía que era una forma de traicionar la lucha de sus compañeros caídos. Le dijo a Gabriel Jaime Santamaría, amigo de la vida y de tantas batallas: “No podemos abandonar el puesto de combate, en medio del sacrificio de lo mejor que tenemos”. Era lunes 22 de febrero. Rigoberto, su chofer, lo recogió para llevarlo a la oficina. A pocas cuadras de haber salido, un campero interceptó el vehículo. Se llevaron a Carlos y le dieron un balazo en la cabeza. Abandonaron su cuerpo moribundo en una calle de Belén Las Playas. Pasados 24 años, el nombre de Carlos Gónima López continúa escuchándose en los pasillos de la Alpujarra. La fecha de su muerte es la misma que celebra el Día de la Personería, y el auditorio de la entidad evoca su memoria.

Perfil: Margarita Isaza Velásquez / Fotografía: Archivo Familiar

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Astrid Helena

Vallejo Rico

La convicción y las ideas firmes son herramientas de lucha irremplazables. Caen miles de seres coherentes en su hacer y pensar, otros sobreviven y mantienen sus ideas a pesar de la hostilidad de los prejuicios sociales, la religión y la política. Bogotana, de familia antioqueña e hija única. Siendo una niña, su madre murió y su padre se hizo cargo de su educación. Él era un ingeniero civil prestante en la capital, “godo-godo”, como dice Astrid, por eso ella estudió interna en colegios católicos, en un ambiente monástico y religioso. De ahí otro aspecto admirable, su disciplina y su método en la vida cotidiana. En su pupitre reposó el Manifiesto del Partido Comunista que le regaló su profesor, uno de los cientos de escritos que llegaban desde Rusia a varios países

latinoamericanos buscando ilustrar sobre el “otro mundo” alejado del capitalismo y los beneficios individuales. “¿Cuál es el problema del comunismo si Jesús decía que todo era común?”, le preguntaba a una monja de la comunidad Capuchina en sexto de bachillerato. “Que los comunistas son ateos”, respondió. ¿Qué era más importante? ¿Creer u obrar? Esa era la incoherencia que encontraba en la doctrina social de la iglesia. Fue difícil enfrentar las concepciones de su padre porque decidió estudiar medicina, que según él, era una carrera para hombres. Pese a todos los prejuicios sociales ingresó al Alma Máter en 1970 a una carrera en la que más del 90 % de los estudiantes eran hombres. Mayo del 68 y otras revoluciones en el mundo tuvieron eco en las universidades públicas latinoamericanas y en esos años se hizo el Primer Programa Mínimo de los Estudiantes Colombianos. Astrid no fue ajena a estas movilizaciones y allí conoció a su futuro esposo, también estudiante de medicina. En época de crisis política y de cierres en las universidades, ambos debieron dejar la Facultad de Medicina para dedicarse al trabajo con los habitantes de los barrios más pobres. La coherencia ideológica con la realidad social se refleja en que vivieron en los barrios más marginados de Medellín y Bogotá haciendo atención primaria en salud. Astrid se graduó de Enfermería en la Universidad de Antioquia. La esencia de su profesión es el cuidado y eso es lo que ha hecho durante su vida, cuidar y velar por el bienestar de los demás. Su vocación está en encontrarse con una madre, escucharla y sentir sus necesidades a través de las palabras o subir a pie cientos de escalones con un grupo

de estudiantes para organizar jornadas de salud en La Cruz y La Honda, barrios marginados de Medellín, originados por invasión. Ser maestra al aire libre no es su problema. La práctica en el barrio alto es su aula de clase y sus estudiantes no necesitan manuales clínicos sino oídos atentos y un mínimo de sensibilidad para reconocer las necesidades de la comunidad. Fue presidenta de la Asociación de Profesores en el 2003 y decana de la Facultad de Enfermería de la Universidad de Antioquia (2004-2007). Es profesora orgullosa del Alma Máter, la ama y la critica cuando toca. Le gusta trabajar con jóvenes porque cree que tienen el poder de la reflexión. Por eso no comparte la visión light de las nuevas generaciones que no se preguntan por las problemáticas sociales. “Hay mucho que hacer por este país y como jóvenes deben asumir responsabilidades”, dice. Por eso, como buena maestra procura destinar un espacio en su oficina o en sus clases para cuestionarse y pensar como ciudadanos responsables. Su trabajo es defender el diálogo de la universidad con la sociedad a partir de la solidaridad como una forma de reivindicar el compromiso de la academia con los sectores vulnerables. Con esta convicción, desde el 2008 coordina el Programa IDA y el trabajo relacionado con extensión solidaria en la Universidad. Más que en una ideología política, su pasión y su gestión se resumen en la defensa de lo público, esencialmente de una universidad sin violencia ni protestas “trasnochadas”, reflexiva, del pueblo y para el pueblo.

Perfil: Juan Esteban Vásquez Mejía / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Plutarco Elías Arias De niño, Plutarco correteaba por la calle ancha y de tierra amarilla tras la polea del tranvía que circulaba por Manrique, el barrió donde creció. Fue un muchacho juicioso, prefería estar en casa estudiando; además, en el Liceo Antioqueño el estudio era exigente y los profesores muy templados. “Estudiar allí era un orgullo, era el colegio donde se formaban los líderes del país. Recuerdo que el día del aniversario de la universidad hacíamos un desfile que paralizaba la ciudad. Vestíamos el uniforme blanco y verde, con escudo y un gorro”, dice. Los fines de semana la cita era en el Teatro Manrique o en el Lux, para ver las películas del género western; los espectadores, excitados, buscaban el piso cuando oían las balas. Si pudiera empezar de nuevo, Plutarco lo haría.

Del colegio se graduó con honores, le dieron la distinción Fidel Cano por haber sido el mejor estudiante. Su estímulo fue ingresar a la carrera que quisiera en el Alma Máter; eligió Ingeniería Química, pero unos semestres más tarde se cambió a Licenciatura en Matemáticas y Física: “La matemática me parecía certera, es algo en lo que se puede confiar; además, domina”. Siempre vestía de cachaco y pantalón de lino oscuro “porque a uno prácticamente lo veían como un doctor. Estar en la universidad era adquirir independencia”, explica. Los trajes se los obsequiaba Jorge Díaz, un comerciante que al conocer la historia de Plutarco —muchas ganas de estudiar y poco dinero— prometió ayudarle. Las prácticas pedagógicas las hizo en el Liceo Antioqueño, “mis compañeros fueron quienes habían sido mis profesores, fue un reencuentro muy especial. Cuando terminé la práctica me ofrecieron seguir como profesor”. Era el año 1969, Plutarco dijo “sí”. Dictó clase desde tercero a sexto de bachillerato, profesor exigente, pero sosegado. Sospecha que le tenían de apodo Capitán Centella porque en esa época daban por la televisión una caricatura con un personaje que, como él, viajaba en moto a donde iba. Una década más tarde, al tiempo que Plutarco decidía regresar a las aulas de la Universidad de Antioquia como estudiante de Derecho, el ambiente del Liceo cambió. En la época del narcotráfico, dictar clase era un oficio peligroso. Muchos profesores fueron amenazados por pertenecer a algún movimiento político o por ser defensores de los derechos humanos o por ponerle menos de tres a alguien. Muchos fueron asesinados. A él nunca lo amenazaron,

pero encontraba doblada la placa de su Renault 4. Llegó el dolor profundo: en 1988 el Liceo de Antioquia fue cerrado. “Fue un duelo difícil”, dice Plutarco, y agrega: “A los profesores nos enviaron a otros colegios. A mí me tocó en la Normal de Envigado, ahí trabajé hasta que me jubilé. Nosotros queremos mucho el Liceo, tanto es así que a veces nos encontramos exalumnos y excompañeros a tomar tinto y a contar historias con mucha nostalgia”. Todas las mañanas, Plutarco camina, acompañado de su esposa, bajo la sombra de los cabuyos, laureles y acacias de la universidad. Antes del medio día se toma hasta tres tintos en la tienda de la esquina de la cuadra donde vive, mientras lee el diario o conversa con un grupo de amigos. Almuerza con su esposa. En las tardes está en su oficina en el centro de la ciudad, donde no faltará quien necesite sus servicios. Cuando cae la tarde —aún en su oficina—, coge su guitarra acústica y entona la melodía de un bolero: “Una vez, nada más/ se entrega el alma/ con la dulce y total/ renunciación, / y cuando ese milagro realiza el prodigio de amarse/hay campanas de fiesta que cantan en el corazón”.

Perfil: Ana María Bedoya Builes / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Nora

Garzón de Vallejo

¿Cuál es el lugar en el que es más ella misma? Puede ser cualquiera en esta ciudad por la que se desplaza sin cesar haciendo cosas. La casa del barrio Laureles que fue de sus suegros y que ahora habita con Aníbal, el artista polifacético que ha sido su esposo desde 1969, y con dos perros y dos gatos. La sede de la Sociedad Protectora de Animales, donde ella y los suyos se congregan cada dos de tres días para cuidar a esos otros habitantes desprotegidos y maltratados de Medellín. O puede ser el café que fundó hace unos meses con Aníbal y sus hijos. Lo primero que ella es, es un nombre. Norelia es la identidad que le pusieron en la pila de bautismo, en Envigado, pero Nora es como la llama todo el mundo. No he querido preguntar por su edad, pues a las damas ese

dato no se les pregunta. “Nací el primero de marzo del 47”, se apresura a contarme, y complementa por si la aritmética no me favorece: “Tengo 65”. Garzón es el apellido que heredó de su padre, Germán, quien trabajó toda la vida en la Compañía Colombiana de Tabaco y murió en 1978. Ruiz es el apellido que heredó de su madre, Aurora, ama de casa, hoy de 92 años. También porta el apellido de su esposo. Fue bautizada, como todos los paisas hasta dos generaciones después de la suya, y fue de misa diaria hasta la universidad, pero hoy, aunque sigue siendo creyente, se mantiene distante de toda manifestación religiosa. Esto no la hace ajena al amor por la humanidad, por los otros seres y por el universo. Y aunque no es una mujer de tristezas ni depresiones, se compunge con las diabluras que hacen los hombres. Las lágrimas le enrojecen la mirada al recordar, por ejemplo, la imagen de los campos de concentración en que la guerrilla mantenía —mantiene— a sus secuestrados: “Me amargó por días y por meses; yo no podía pensar en otra cosa”. Ella es ella misma en los oficios que ha ejercido. En la universidad estudió Ciencias de la Comunicación, carrera a la que adobó con materias de Antropología, y después la maestría en Literatura Colombiana. Además ha sido cantante y pianista, costurera y mecánica de carros, cocinera y galerista, apicultora y animalista, y ahora barista (experta en preparación de café de alta calidad). Así se resume a sí misma: “A mí me gusta todo. Me gusta la vida”. El café está ubicado en la avenida Jardín, y aunque inicialmente se pensó como un conversadero de personas mayores, jóvenes como un muchacho que usa falda y otro

que escucha música se lo han tomado para charlar o nada más estar allí. Hoy ha venido desde México a conocer el sitio que lleva por nombre el apellido de su familia Fernando Vallejo, el escritor, el leído y admirado maestro de la narrativa latinoamericana actual. Él quería que se llamara El Cafecito de Estambul, pero en esa familia donde las decisiones se toman por votación, se impuso como nombre Vallejo, el que propuso Nora. A casi todos —personas, instituciones—, el Vallejo mayor les tiene reservada una constante sarta de reproches en todos sus escritos. Se salvan muy pocos, Aníbal y Nora y los animales. Sobre ella, ya que es el tema de la tarde, dice: “Nora es una persona muy generosa, de alma grande, bondadosa, feliz. Irradia la felicidad. Siempre está contenta, haciendo cosas, haciendo el bien, nunca haciendo el mal ni ambicionando nada. Está curada de ambiciones, o no las ha tenido. ¿O tú no la ves como muy feliz?”. Hay que responderle a un maestro cuando te habla. “Muy tranquila”, respondo. Comento: “Muy contenta”. Él concluye: “Tiene la paz del alma”. Rato después, ella misma se define: “Yo no paso de ser una persona como cualquiera. Nora de Vallejo”.

Perfil: César Alzate Vargas/ Fotografía: Julian Roldán Alzate

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José Severiano

Herrera Vásquez

Severiano no necesitó presentar examen de admisión para ingresar a la Universidad de Antioquia. Era 1960, había llegado de Salgar, su pueblo, con el ánimo de estudiar Ingeniería Química, pero se enteró de que las matrículas ya habían pasado. Un amigo le presentó al director de la Licenciatura en Biología y Química; este escuchó la historia, se entrevistó con él, vio las notas que traía del colegio — siempre ocupó el primer lugar— y con el apoyo del decano recibió la autorización para ingresar a la carrera. Él no se había imaginado como profesor, pero apenas tuvo la primera oportunidad de enseñar, en un colegio del barrio Aranjuez, quiso dedicarse a la docencia. Experto internacional y asesor de organismos internacionales en reformas educativas, asesor de la

reforma educativa en Educación Superior en Bolivia y en departamentos como Atlántico y Risaralda, cuenta que apenas se graduó, la universidad lo vinculó como profesor de Estudios Generales; dictaba clases de química, cuando no estaba enseñando estaba preparando sus clases. Allí trabajó hasta que recibió un comunicado del Ministerio de Educación para trabajar en un proyecto nacional: sería el programador de química para los Inem (Instituto Nacional de Educación Media Diversificada) de todo el país. Viajó a Bogotá y conoció a profesores que venían de distintos departamentos. Sabía de la responsabilidad que tenía, por eso se preocupó por estudiar acerca de currículos y de pensar cuál sería el mejor modelo para la enseñanza. “He sido un práctico de la educación; más que teórico, me ha gustado más el hacer. Creo que la enseñanza debe partir de problemas, ojalá de la vida real, de esa manera el estudiante tiene que investigar”, dice. Severiano fue uno de los fundadores del Inem de Medellín, y luego sería el vicerrector. Por su gestión en el diseño de currículos, el Ministerio de Educación le ofreció estudiar un posgrado en Administración de la Educación en la Universidad Pedagógica de Bogotá. En la capital, además de hacer el posgrado, fue rector del Inem de la localidad de Kennedy. Por su ímpetu y liderazgo, en 1976 fue nombrado jefe de la división de currículo del Ministerio de Educación para la reforma educativa que emprendió el Gobierno colombiano. Su misión fue diseñar programas de estudio y capacitar a los profesores: recorrió todo el país, visitó colegios y escuelas, hasta las más apartadas de la selva chocoana. “Me encontré con escuelas deficientes, sin recursos, profesores sin vocación

y otros muy comprometidos. Supe que nuestro trabajo no era suficiente. Tengo que decirlo, me parece que la educación en el país ha estado de capa caída, a pesar de todo lo que se dice en el Ministerio de Educación de la revolución de la educación, yo no creo que haya habido tanta revolución porque la calidad de la educación no ha avanzado mucho”, enfatiza. En 1981, a Severiano se le cumplió el sueño de volver a la Universidad de Antioquia, a la Facultad de Educación, donde trabajó doce años. Fue profesor de posgrado, vicedecano, decano y jefe de posgrado. “Mi preocupación era que los profesores tuvieran la capacidad de formar estudiantes que construyan el conocimiento y no simplemente reciban contenidos. En eso creo que la Facultad de Educación debería ser el mejor ejemplo de todos en la universidad. Pero desafortunadamente, hace falta mucha conciencia en la pedagogía para que esto sea real”.

Perfil: Ana María Bedoya Builes / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Hernán

Moreno Pérez

La vida de Hernán Moreno Pérez no es la misma de Furel S. A., pero ambas bien pueden confundirse. Él es su creador, gerente y mayor accionista, y ella, una de las empresas de ingeniería más importantes del país, es el fruto de sus años de esfuerzo. La historia comenzó en Bello cuando Hernán era adolescente y su papá se desempeñaba como jefe del departamento eléctrico de Fabricato. Entonces, década de 1970, el ser hijo de un empleado de esa textilera significaba heredar el puesto, seguir los pasos del padre. Sin embargo, al igual que otros jóvenes de su misma generación, él tenía otras expectativas, no porque aquello fuera una vergüenza, sino porque deseaba ir más lejos. Cuando llegó el momento de tomar una opción profesional, Hernán estaba indeciso

entre la sociología y alguna ingeniería, dos posibilidades para las que había salido apto en las pruebas de competencia profesional que presentó en el Liceo Anexo Universidad de Antioquia. Con la primera quería, en cierto modo, discutir el sistema social y “cambiar” el mundo; y con la segunda, sabía que podía proyectarse económicamente y depender de sí mismo. El consejo paterno ganó esta vez y Hernán estudió Ingeniería Eléctrica en el Alma Máter. Era disciplinado y buen estudiante, porque tenía metas muy claras. Sin embargo, conservó su inclinación social e hizo más amigos en las carreras de humanidades que en la que estaba matriculado. Corrían los años ochenta y los largos paros dejaban tiempo para estudiar de más, salir de paseo al campo con los compañeros de tertulia y tal vez empezar a enfrentar el mundo laboral. Al graduarse, en 1988, Hernán tenía 28 años y ya sabía que para triunfar debía montar su propia empresa, pues era poco probable que a su edad consiguiera buenos empleos, sabiendo que en el mercado había egresados más jóvenes y con mayores influencias. Así, comenzó a buscar pequeños contratos que le permitieran dar a conocer su nombre en el gremio. Hacía instalaciones eléctricas en casas y empresas, es decir que comenzó desde abajo. Tal era el campo de acción que tenía la ingeniería eléctrica, que Hernán debió dejar de ser persona natural para convertirse en persona jurídica, pues de ese modo podría obtener contratos de mayor envergadura. Nació entonces la empresa, con un capital de quinientos mil pesos que le prestó su propia familia. Furel es una suerte de acrónico de Fuerza Eléctrica, pues el día en que su dueño fue a registrar el

nombre, todos los que se parecían ya estaban ocupados, por lo que debió armar las letras en el último minuto. Desde ese momento coyuntural ya han pasado veinte años y, aunque ha habido épocas difíciles, el crecimiento profesional de Hernán y su empresa ha sido exponencial. Abierta a los campos eléctrico, civil y de telecomunicaciones, Furel S. A. es una de las firmas de ingeniería más importantes del país, y su fundador, uno de los gerentes más exitosos en el área, lo que le ha valido reconocimientos como la Condecoración Cívico-Empresarial Mariscal Jorge Robledo, otorgada por la Asamblea del departamento de Antioquia, o el Sembrador de Estrellas, de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Antioquia. Nada ha sido gratis y todo lo ha logrado a punta de trabajo duro, visión estratégica y buenos consejos. Su día a día consiste en madrugar, ejercitarse un poco y revisar palmo a palmo el desempeño de su empresa; deja tiempo para leer la biografía de Steve Jobs o la historia de Roma, y para pasear los fines de semana con su perro Simón. En su plan de retiro, que llegará en pocos años, Hernán contempla dedicarse a actividades más tranquilas, como viajar por el mundo, presidir la junta directiva de su compañía y vincularse más estrechamente a la academia.

Perfil: Margarita Isaza Velásquez / Fotografía: Diego González Torres

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Víctor Manuel

Ochoa Cadavid

El día que Víctor Ochoa se graduó del Liceo Antioqueño supo que podía escoger el camino que quisiera. Por graduarse sin perder ninguna materia, la Universidad de Antioquia lo recibía en cualquier carrera. Pudo decidir el resto de su vida. Y lo hizo. Se fue de cura. “Pero usted que es tan buen estudiante, ¿por qué no lo piensa un poco más?”, le decían sus padres, profesores y amigos. Sin embargo, no desistió de su idea y decidió seguir el llamado de Dios, aunque reconoce que en su decisión influenciaron varios sacerdotes que en la década del 70 estaban vinculados con el liceo. Como por ejemplo, Leonardo Gómez Serna, hoy obispo de Magangué, o el padre Hernando Cuartas, que le dio las clases de historia, ética y religión.

A pesar de que era practicante de la fe, fue únicamente al llegar a décimo grado cuando empezó a contemplar la idea de la vida religiosa. Y justo a punto de terminar el bachillerato, Alfonso López Trujillo, quien luego llegaría a ser cardenal, lo invitó a él y a otros compañeros a conocer el seminario. Al final, seis se enlistaron en las filas de Dios. Entre ellos, Víctor, quien abandonó la carrera de medicina que ya había empezado. En el Seminario Conciliar de Medellín estudió durante cinco años antes de que lo enviaran a terminar su formación en Roma, donde aprendió de teología y estudió filosofía en la Pontificia Studiorum Universitas a Sancto Thoma Aquinate in Urbe. Luego, habiendo terminado, regresó a Colombia para su ordenación. Estuvo trabajando como diácono en Sabaneta, hasta que recibió una noticia: la persona que lo ordenaría como sacerdote sería Juan Pablo II. Ese 5 de julio de 1986 nunca lo olvidará. La llegada del pontífice a Medellín fue todo un acontecimiento. Pancartas, vallas y cerca de 800 mil fieles lo esperaron en el aeropuerto Enrique Olaya Herrera. Todos querían verlo. Víctor no solo tuvo el privilegio de ser ordenado por Juan Pablo II. Incluso, pudo estar cerca de él durante 18 años. Una vez se ordenó como sacerdote, se fue a Roma. Allí empezó a trabajar el manejo de textos para el Vaticano y terminó en un organismo llamado la Pontificia Comisión para América Latina. En su paso por la Santa Sede también ayudó en estudios de investigación de la iglesia. Y se convirtió en el primer extranjero en dirigir una casa del Vaticano: la Casa del Clero, muy cerca de Piazza Navona.

En Italia vivió hasta el 2006. El 24 de enero de ese año, el Papa Benedicto XVI lo nombró obispo auxiliar de Medellín. Además de regresar a su tierra natal, Víctor emprendió una de las tareas más difíciles que Dios le ha puesto en el camino: empezó a trabajar en las comunas de Medellín, en especial en la 13 y la 8, dos zonas de la ciudad que por desgracia han padecido la crudeza de la guerra. Aunque era una labor difícil, él se reconfortaba viendo la fuerza que tenía la iglesia en esos sectores: 105 parroquias llenas de fieles que necesitaban una voz de esperanza y un guía que los ayudara a buscar la reconciliación. Y él, por aceptar esa labor, terminó amenazado de muerte. Finalmente, el 24 de enero del 2011, cinco años después de ser enviado a Medellín, monseñor Víctor Ochoa fue designado obispo de Málaga Soatá. Y pasó de estar en el centro de la religión católica, a la periferia. En esa diócesis que comprende varios municipios ubicados en el imponente cañón del Chicamocha, emprendió una vez más su labor de evangelizar y apoyar a una población que en su mayoría es campesina, y que además de ser víctima de la violencia también ha sufrido el abandono del Estado. Ahora está dedicado a cumplir la misión para la que nació, y en sus ratos libres cuida sus orquídeas y aprovecha la calma del campo para una buena lectura.

Perfil: Víctor Casas Mendoza / Fotografía: Archivo personal

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Luz Marina

Uribe de Eusse

Era la tarde del 6 de noviembre de 1985. En el centro de la institucionalidad colombiana, un comando de guerrilleros del Movimiento 19 de abril (M-19) se tomó el Palacio de Justicia. Los minutos siguientes fueron de caos. Las horas posteriores, de incertidumbre. Por entre la muchedumbre, por un costado de la Plaza de Bolívar, Marina Uribe logró pasar e ingresó a la Alcaldía de Bogotá. Se dirigió a su oficina y al entrar vió parado sobre su escritorio un grupo de militares apuntando con sus armas por la ventana en dirección al Palacio de Justicia. Allí estuvo hasta que terminó la retoma por parte de las fuerzas del Estado. Esas 28 horas fueron para ella el peor episodio de su vida. El más difícil. Un día que nunca hubiese querido vivir. Era la secretaria de Gobierno de Bogotá. La primera mujer

en alcanzar ese cargo. Su ascenso en la vida pública había empezado muchos años antes, cuando terminó economía en la Universidad de Antioquia. Marina nació en Medellín. Estudió el bachillerato en el colegio La Presentación e ingresó a la universidad en 1957. Fue en una época en la que eran contadas las mujeres que estudiaban una carrera como economía. Esto no era usual en las señoritas de clase media graduadas en un colegio de monjas. Ella nunca sintió miedo. El carácter que tenía desde niña le sirvió para ganarse el respeto y la admiración de sus compañeros de clase. Todos hombres. Con el pasar de los semestres terminó convirtiéndose en referencia para los demás estudiantes. Incluso, lideró una manifestación para exigir que la universidad recibiera por parte de la nación 500 mil pesos que se les debían a los profesores. Era una mujer que no le tenía miedo a protestar, “claro, sin perder en ningún momento la compostura y la elegancia”. Graduada en 1962, el Consejo Directivo de la institución la nombró asistente de Jaime Sanín Echeverri, rector del momento. Allí aprendió de administración y tuvo la oportunidad de codearse con personalidades de la vida académica regional. En 1963 decidió retirarse, contrajo matrimonio y se fue a vivir a Bogotá. El receso fue corto. A los pocos años, Jaime Sanín llegó a ejercer como rector de la Universidad Pedagógica y la nombró como secretaria general de la institución. Allí estuvo por cuatro años. Luego, el presidente Alfonso López Michelsen la llamó a trabajar en la Corporación

Nacional de Turismo, una institución que posicionó la costa atlántica como destino. En 1976, la designó secretaria general del Seguro Social. Su relación con López Michelsen siempre fue buena. En general, los dirigentes liberales sentían mucha confianza y respeto por el trabajo de Marina, una mujer que aunque aprendió a leer en un colegio de monjas, siempre fue de pensamientos liberales. Del Seguro Social pasó a ser subdirectora del Bienestar Familiar y luego, titular de ese instituto. Al llegar Julio César Turbay Ayala a la Casa de Nariño, la ratificó en el cargo. En 1984 llegó a la secretaría de gobierno de Bogotá, cargo que dejó en 1985, poco después de los hechos ocurridos en el Palacio de Justicia. En 1988 fue ministra de educación, antes de irse a un cargo diplomático en Europa. A su regreso, se dedicó al trabajo social con todas sus fuerzas. Se vinculó al consejo fundador de la Universidad Minuto de Dios, donde lograron que la institución se enfocara en darles estudio a los jóvenes de escasos recursos. Al Consejo Superior de esa universidad ha estado vinculada desde entonces. Ahora pasa sus días entre trabajos sociales y culturales. En su tiempo libre disfruta de la música y de la cocina, de la compañía de sus nietos y de buscar especies nativas de árboles de la sabana de Bogotá para sembrar en una finquita que tiene en el municipio de Tenjo, Cundinamarca.

Perfil: Víctor Casas Mendoza / Fotografía: Archivo personal

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José

Gutiérrez Gómez

Don Guti, como lo llamaban sus admiradores y amigos más cercanos, fue uno de los hombres más influyentes de Colombia en la segunda mitad del siglo XX. Su espíritu visionario acompañó la construcción de diferentes instituciones empresariales, cívicas y culturales. Es recordado como uno de los gestores de progreso más destacados y exitosos de su época. La trayectoria profesional de este especialista en temas económicos se constituyó en un patrimonio que permanece vivo en la historia del país. Este líder antioqueño nació en Medellín el 25 de julio de 1909. Fue el menor de una familia de cuatro hijos y creció en una de las casas grandes que rodeaban el Parque Bolívar. Cursó sus primeros estudios con los padres jesuitas en el Colegio San Ignacio y se graduó de bachiller en 1925. A sus

20 años, la Universidad de Antioquia le entregó el título de abogado; su paso por la Escuela de Derecho reafirmó su ánimo emprendedor y su preocupación por el bienestar social. Pero dos años después de su graduación, Don Guti descubrió su talento para los negocios, y más tarde su Alma Máter le otorgó el doctorado Honoris Causa en Economía como un reconocimiento a su destacada labor. Su amplio dominio del tema económico lo convirtió en uno de los protagonistas de la transformación de la industria colombiana. Su carrera empresarial comenzó en 1936 cuando asumió la gerencia general de Laboratorios Uribe Ángel, donde permaneció diez años. Allí, adquirió habilidades que le permitieron incursionar con éxito en el mundo financiero; además, esta experiencia le abrió las puertas de uno de los proyectos más importantes en su vida profesional: la dirección de la primera asociación que reunió a los grandes industriales colombianos. En 1946, a sus 37 años, llegó a la presidencia de la Andi. Durante el tiempo que lideró esta institución, participó en la fundación de reconocidas empresas de la región y desarrolló proyectos que favorecieron las condiciones de vida de los trabajadores. Don Guti, además de ser un símbolo de la empresa privada en Antioquia, se destacó en el sector público. En el año 1957, después de luchar contra la dictadura militar de Gustavo Rojas Pinilla, fue nombrado Alcalde de Medellín, cargo que ocupó por solo cuatro meses. También fue embajador en Washington y representó al país ante la OEA, el FMI y la ONU. En 1959 regresó a su ciudad y durante

veinte años estuvo al frente de la Corporación Financiera Nacional. A este empresario no solo lo desvelaba el desarrollo económico e industrial de Colombia. Siempre se preocupó por alcanzar la equidad y el bienestar social. Una de las obras que más lo llenó de orgullo fue la creación del subsidio familiar y de Comfama, la primera caja de compensación que benefició a los trabajadores. Su solidaridad también se hizo presente en la fundación de la Clínica Cardiovascular Santa María y del Hospital Pablo Tobón Uribe. Su devoción por la música clásica y la pintura lo convirtió en un promotor incasable de la cultura y el turismo en Antioquia. A sus más de sesenta años, esa pasión lo llevó a emprender la creación de la Asociación Medellín Cultural y del Teatro Metropolitano, que lleva su nombre. La Universidad Eafit también hace parte del legado de este hombre de negocios que igualmente supo cómo enseñar. Después de una existencia larga y plena, Don Guti falleció el 29 de marzo del 2006 en la Clínica Cardiovascular Santa María. Sus amigos y familiares lo recuerdan como una persona alegre y sencilla que siempre trabajó con generosidad y disciplina. Sus 96 años de vida son un testimonio y un ejemplo para las nuevas de generaciones de empresarios.

Perfil: Lina María Martínez Mejía / Fotografía: Cortesía periódico El Colombiano

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Jesús María

Gómez Duque

En un país en el que históricamente se han ultrajado los derechos de los trabajadores, resulta quijotesco pretender asumir la defensa de estos. Tal es la tarea que ha encarado de manera consistente Jesús María Gómez Duque desde el momento en que se graduó como Doctor en Derecho y Ciencias Políticas el 8 de marzo de 1976. Él —quien hace parte de una excelsa generación de abogados de la universidad, dentro de los que se destacan, entre otros, los exmagistrados José Fernando Ramírez Gómez, Nicolás Bechara Simancas, Juan Diego Ocampo Ramírez y Carmenza Correa Pérez— optó por el camino del litigio, que quizás es uno de los que más vicisitudes entraña en el ámbito jurídico. Ha sido ejemplo por excelencia del abogado litigante, claro en su pensamiento —que se refleja en la precisión

argumentativa y en la nitidez lingüística de sus escritos—, luchador incansable de causas perdidas, vehemente en sus posiciones y cumplidor con abnegación y pulcritud de una labor llena de obstáculos judiciales y extrajudiciales. Se ha ganado merecidamente el reconocimiento profesional en el gremio de los funcionarios judiciales y de sus colegas, incluidos quienes han fungido como sus contrapartes. Aunque se formó académicamente con anterioridad a la Constitución de 1991, su criterio jurídico y su diáfana concepción política resultan coherentes con los postulados de la Carta, de la cual es defensor radical. Su vocación democrática y la preocupación por la justicia social se han traducido en la apuesta permanente por poner al servicio de los trabajadores su sólida formación profesional, lograda al amparo de una época que signó a la Facultad de Derecho del Alma Máter como una de las mejores del país. Sin haber sido docente —a lo que siempre se ha negado, por su persistente intención de no querer figurar— ha creado escuela en quienes lo han acompañado en su trasegar profesional, convirtiéndose en paradigma para las nuevas generaciones de abogados. Su filantropía ha trascendido el mundo del derecho, encarando una lucha casi perdida: la de editar libros y fomentar su lectura. Desde la década del setenta, a través de sus editoriales (La Pulga y Hombre Nuevo Editores) y desde el espacio de la Alegría de Leer ha incentivado con devoción el amor por la cultura. En su aventura editorial ha privilegiado la divulgación de la obra de autores nacionales que permanecían en el anonimato y que han encontrado un espacio que difícilmente se hubiera abierto en otras

partes; ello sin olvidar autores reconocidos (Estanislao Zuleta, Alberto Donadío, Silvia Galvis, Juan José Hoyos, entre otros), de quienes ha publicado importantes textos. De su amplitud de corazón —pese a su falsa apariencia de dureza— dan fe permanente su compañera de vida Luz María Restrepo y sus cuatro hijos varones, formados con especial afecto y carácter. De su formación humanística y de su vocación cotidiana por servir al otro damos fe quienes hemos tenido la fortuna de ser sus amigos. Su agudeza mental es heredada de su emblemática madre Fidelina Duque. Antonio Machado decía que “Hay dos clases de hombres: los que viven hablando de las virtudes y los que se limitan a tenerlas”. Jesús María es la representación cabal de los segundos.

Perfil: Juan Carlos Gaviria Gómez / Fotografía: Diego González Torres

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Tulio Elí

Chinchilla Herrera

Tulio Elí, su nombre de pila, es oriundo del Cesar, no de las tierras propiamente vallenatas, sino del sur, en linderos con Santander, y por esto quizá, aquí, en Antioquia, se dice que el profesor Chinchilla Herrera es de Santander. Lleva, sí, en su sangre y en su alma la música. No solo los bambucos y guabinas que interpreta maravillosamente con su tiple, también con fruición conversa y a veces interpreta a Queen, Norah Jones, Louis Armstrong, Duke Ellington, y por supuesto, a Leandro Díaz, Rafael Escalona, Octavio Daza, entre otros. Su carácter de melómano cosmopolita ejemplifica muy bien su compromiso con el pluralismo. Se hizo abogado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia a finales de la década del setenta. Desde entonces y hasta hoy ha enseñado derecho

constitucional, semestre tras semestre, en las aulas de su querido bloque 14. Antes de la vigencia de la Constitución Política de 1991 se las ingeniaba para impartir un curso amplio, crítico y liberal del constitucionalismo conservador y confesional de la Constitución de 1886. Yo que fui su alumna en los tiempos de esta constitución no extrañé significativamente el cambio de paradigma político de 1991 porque mi profesor me había preparado para estos posibles retos. No nos extraña que hoy el profesor Chinchilla sea muy reconocido en todas las escuelas de derecho del país por una obra suya sobre los derechos constitucionales fundamentales que fue publicada por Temis. Sé que en todas las aulas de derecho es un texto obligado. Los derechos fundamentales que son consecuencia del pluralismo político. En ausencia de una impronta plural, resulta casi imposible escribir una dogmática de los derechos. Recientemente, y cuando ya me habían solicitado estas notas, tuve la ocasión de ver en el estante de derecho constitucional iberoamericano de la preciosa librería El Ateneo de Buenos Aires, reconocida por la Unesco como una de las más importantes del mundo, su texto “Qué son y cuáles son los derechos fundamentales”. Su obra ya trasciende nuestra cultura constitucional colombiana. Tulio Elí ha sido un celoso guardián de su vida privada. He compartido durante años con él la oficina del cuarto piso del bloque de Derecho y he advertido cómo cuida y protege su mundo personal, íntimo y privado. Muestra ante los extraños un carácter algo tímido y frente a sus alumnos un derroche de cortesía, amabilidad, y veo cómo se entrega totalmente a cada uno de ellos como si fuera el único que

requiriera su acompañamiento, no obstante las largas filas que a veces se hacen en la puerta de nuestra oficina común. Es un maestro de nuestra Alma Máter, no hay duda, y así lo reconoció la universidad hace unos años al otorgarle la distinción “excelencia docente”. En nuestra región no hay foro, debate, simposio académico sobre derecho constitucional en que no esté presente el profesor Tulio. Es un personaje obligado en estas lides. Creo que en nuestra facultad es ya maestro de otros maestros. Su ausencia de las aulas, que inevitablemente llegará, se verá colmada por sus propios alumnos que cuidadosamente se ha encargado de formar. No es celoso sino de su privacidad, no de lo que tiene y sabe; es un verdadero dilapidador porque es pródigo con su saber. Creo que su tono apacible se debe a que ha entendido que su partida de la universidad, donde siempre ha estado, no será seriamente traumática, ha construido su heredad. Ha enseñado a otros lo que él ha sabido recibir, como él mismo lo ha dicho evocando a Steiner. Como columnista de El Espectador acredita sus prolijas y cuidadosas lecturas, así como su carácter de hombre plural: se pasea en la historia, la música, la pedagogía, la política, las artes, la literatura. Para mí, en síntesis, estamos ante un hombre que acredita con creces el pluralismo, tan urgente en estos tiempos.

Perfil: Bernardita Pérez Restrepo / Fotografía: Juan Fernando Chinchilla Martínez

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Jaime

Sierra García

La historia de Jaime Sierra García, hombre ilustrado y destacado político antioqueño, está presente en sus libros y en los recuerdos de sus familiares y amigos más cercanos. Este lector voraz, maestro ejemplar, escritor consagrado y amante de la música clásica y popular nació en Medellín el 6 de abril de 1932 y murió en la misma ciudad el 26 de julio del 2004. Creció en el barrio La América y fue el segundo en una familia de diez hermanos. Cuando aprendió a leer, se dejó seducir por los libros y, en muchas ocasiones, cambió los juegos por largas jornadas de lectura. Estudió la primaria en una escuela parroquial y siempre se distinguió por ser un alumno dedicado y brillante. En el año 1944, ingresó al Liceo Antioqueño, donde conoció maestros que influyeron en su

vida y en su carrera profesional. Después de su graduación, empastó y conservó todos los textos que lo acompañaron en su paso por este centro educativo. Fue uno de los primeros estudiantes de la Facultad de Derecho de la Universidad de Medellín, una institución que nació el 1 de febrero de 1950 por iniciativa de un grupo de profesores de la Universidad de Antioquia. En 1954, recibió el título de abogado y una mención honorífica por su tesis Latinoamérica: un ensayo sociológico, un libro que le dedicó a Alfonso Lopera, uno de sus primeros maestros, y que fue publicado en 1962. Su vida política la ejerció en el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), liderado por Alfonso López Michelsen. Después de su graduación, ocupó varios cargos públicos. Fue juez municipal de Sopetrán, Santa Bárbara y Santo Domingo; fiscal del Contencioso Administrativo, diputado a la Asamblea de Antioquia y Representante a la Cámara. En 1976, fue nombrado gobernador de Antioquia, cargo que desempeñó durante dos años. En su administración, impulsó el desarrollo de la industria regional y diseñó programas sociales y educativos que beneficiaron a las comunidades más vulnerables. Su hermano, Iván Sierra García, lo recuerda como un político intachable y un gobernante bondadoso: “Él se consideraba un hombre público. Fue una persona honesta que siempre se preocupó por el bienestar de su familia y de sus amigos”. La academia y la docencia fueron otras de sus grandes pasiones. Su nombre está vinculado a la historia de reconocidas instituciones de educación superior de la ciudad. Fue cofundador, presidente y profesor de la Universidad

Autónoma Latinoamericana; catedrático de la Universidad de Antioquia y decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Cooperativa de Colombia. También se destacó como historiador, folclorista y escritor. Su respeto por las letras y su riqueza intelectual lo llevaron a ser miembro y presidente de la Academia Antioqueña de Historia. Sus investigaciones sobre las tradiciones culturales de Antioquia quedaron plasmadas en su obra. Atraído por los proverbios, las leyendas, los piropos y las exageraciones de los paisas, escribió libros como El refrán antioqueño, Diccionario folclórico antioqueño y Anecdotario antioqueño. Además, dejó numerosas publicaciones que recogen su pensamiento político y muestran su preocupación por las crisis económicas y sociales de América Latina. Su hermano Iván fue testigo de ese afán que sentía por ampliar sus conocimientos: “Jaime les dedicaba mucho tiempo a sus investigaciones. Él se leía dos o tres libros por semana. Su biblioteca personal, que hoy se encuentra en la Universidad Cooperativa de Colombia, tiene cerca de cinco mil libros que guardó como un tesoro”. Su existencia estuvo cargada de méritos y logros que se transformaron en valiosos aportes a la historia, la política, la economía y la cultura de Antioquia. Su espíritu libre, su intelecto y sus ideas permanecen en la memoria de quienes conocieron a este hombre bohemio que le entregó su vida a la academia y les declaró su amor a los libros.

Perfil: Lina María Martínez Mejía / Fotografía: Archivo familiar

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María Victoria

Fallon Morales

Cuando conocimos la obra Espíritus Libres, se cruzó un pensamiento por nuestra mente: “… En este libro tiene cabida María Victoria Fallon Morales”, abogada penalista, defensora de los derechos humanos quien, a juicio nuestro mío y de muchas personas que conocen su filosofía de vida, merece ocupar una página en ese significativo homenaje. Renuente a ataduras, ha levantado la voz para clamar justicia cuando los derechos de un indefenso ser humano son vulnerados, sin que medie en su denuncia ningún interés político, religioso o económico. Cuando está en lo suyo, poco le importa si tiene que cuestionar a quien tiene la autoridad y el poder, como cuando cuestionó en foro público al Secretario General de la OEA, José Miguel Insulza, por el intento de desconocer el Sistema Interamericano

de Derechos Humanos, o cuando denunció ante la Corte Interamericana a Álvaro Uribe Vélez, siendo este Presidente de la República, por el asesinato de Jesús María Valle. Dejó la Ingeniería Química para dedicarse al Derecho y ahí encontró el camino de su verdadera vocación social, primero en el derecho penal y luego en el derecho internacional. Gracias a su relevante perfil de humanista, a su decisión de lucha por desenmascarar y pregonar la verdad y la justicia — en su sentido más amplio—, María Victoria ha ennoblecido la vida de quienes “no cuentan” en esta inequitativa sociedad, en la que pareciera que la ley hubiese sido formulada “para los de ruana”. Activista del Comité de Derechos Humanos de Antioquia desde el año 1986 —junto con los insignes mártires Héctor Abad Gómez, Leonardo Betancur, Luis Fernando Vélez, Carlos Gónima y Jesús María Valle Jaramillo—, tuvo el coraje de levantar las banderas de sus compañeros martirizados por causa de su compromiso con la denuncia de la corrupción y la impunidad, que infortunadamente han caracterizado al Estado colombiano. En 1993, cuando en Colombia apenas se conocían los tribunales internacionales de derechos humanos, lideró la presentación ante la Comisión Interamericana del caso de la masacre de los niños de Villatina, ejecutada por agentes de la Policía en noviembre de 1992. Sin apoyos financieros, con escasos recursos recaudados entre los propios activistas del Comité, el caso se ganó. A las madres se les pidió perdón en un acto en el Palacio de Nariño. En el Parque del Periodista se levantó un monumento que mantiene viva la memoria de los niños. Este fue el primer monumento que se hizo en

Colombia por mandato de la Comisión Interamericana, con dinero del Estado. Desde entonces, ha compartido sus experiencias por medio de la docencia en varias universidades públicas y privadas en Colombia, y ha sido conferencista invitada en varias universidades internacionales. En 1998, cuando asesinaron al Jesús María Valle a causa de sus denuncias contra el paramilitarismo, recogió las banderas y con un grupo de defensores presentaron ante tribunales internacionales los casos de las masacres de La Granja y El Aro. En el año 2006, la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado de Colombia por las masacres de Ituango. Para entonces, el Comité Permanente había sido transformado en Grupo Interdisciplinario por los Derechos Humanos. En el 2008, ante la Corte Interamericana intervino para señalar a los asesinos de su maestro Valle. Ganó la demanda contra el Estado colombiano, declarándose impedida para recibir dinero alguno que se derivara de la misma, por su ética y por la significación que para ella encerró su militancia, con el doctor Valle, en pro de la defensa de los derechos humanos. Quienes la conocemos, sabemos de sus extenuantes jornadas de trabajo —acompañada de Emilio, su labrador chocolate— dedicadas a acompañar y representar en estrados nacionales e internacionales, con seriedad y respeto, tanto a líderes populares como a magistrados de la Corte Suprema de Justicia, sindicalistas, fiscales y otros defensores. Su espíritu mantiene vigente un bastión de humanista, que hace de la defensa de los derechos humanos una postura ética y un compromiso de vida.

Perfil: Patricia Fuenmayor Gómez - Beatriz Jaramillo de González / Fotografía: Diego González Torres

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Álvaro León

Cardona Saldarriaga

Álvaro Cardona se viste como un médico e intelectual reconocido, saluda como un político experimentado. Extiende la mano con soltura, recuerda nombres y hace una mueca amable cuando se acerca a un conocido. No le gusta hablar de sí mismo, parece ordenar las ideas con las manos y en la solapa del saco lleva un prendedor con el escudo de la Universidad de Antioquia que lo acompaña la mayoría del tiempo. Le gusta el deporte, nadaba con frecuencia y ahora lo hace ocasionalmente, practicaba béisbol, basquetbol, y aunque no es hincha de ningún equipo, le gusta el fútbol, que jugaba cuando era niño en las calles de Manrique Central, el barrio donde creció en medio del ambiente de un vecindario para trabajadores que en ese entonces sonaba a tango.

En realidad tiene tanto de académico como de político. Fue concejal de San Rafael y luego de Medellín durante la época de mayor persecución contra las organizaciones y los activistas de izquierda. En 1988, tras las amenazas y la muerte de muchos de sus compañeros, viajó a Bogotá y desde allí a Checoslovaquia. Durante ese exilio dejó en Colombia a su primera esposa y a su único hijo —se casó por segunda vez hace 18 años—, y vivió desde la distancia los asesinatos de su padre y luego de su hermana Diana, quien murió en 1990 mientras ejercía como alcaldesa de Apartadó por la Unión Patriótica. No regresó a Medellín hasta 1995 y en ese mismo año se vinculó como profesor de la Facultad Nacional de Salud Pública, de la que es decano desde el 2009. Su formación —primero como médico, luego como magíster en Salud Pública (1990) y posteriormente como doctor en Ciencias Socio sanitarias y Humanidades Médicas en la Universidad Complutense— ha estado marcada por una concepción social de la medicina, por eso insiste en “el respeto por la dignidad humana, el compromiso social, la responsabilidad y la transparencia”como principios éticos. Durante los debates que suscitó el proyecto de reforma a la ley de educación superior durante el 2011, participó como un universitario más, con la corbata puesta, bajo la consigna de que es deber del Estado garantizar la subsistencia económica de la universidad pública. Su discurso, que expuso con firmeza ante las directivas, entre los profesores y en las asambleas estudiantiles, hizo que recordara las banderas de su compromiso en la defensa de lo público y se convirtiera en uno de los referentes de la movilización que se adelantaba en la universidad.

Su más reciente incursión en la dinámica de las entrevistas, los corrillos de campaña y los debates fue durante su candidatura a la rectoría de la universidad, aspiración a la que renunció, como lo había anticipado, luego de no ganar en las consultas a profesores y estudiantes. Desde sus años en el Liceo Antioqueño (1969) y más tarde en su paso por la Facultad de Medicina, de donde se graduó en (1978), su vida se debate entre los vértigos de un dirigente social y el interés académico que durante los últimos años logró que la suya fuera reconocida como una de las voces autorizadas para hablar sobre temas relacionados con el sistema de salud en Colombia. Por eso, aunque evita señalar las debilidades de sus contrapartes, ha sido un enérgico crítico del sistema de seguridad social en Colombia y de la gestión de quienes lo han administrado. La época de agitación social de los años 70, las muertes de las figuras míticas de la Universidad y la protesta incentivada por el papel de los estudiantes en lo que María Teresa Uribe considera el paso de la lucha por la inclusión social a la lucha por el cambio político marcaron el carácter y las posturas de muchos universitarios de la época, quienes al igual que Álvaro Cardona Saldarriaga se formaron en medio de las confrontaciones ideológicas como herederos del sueño de ser realistas para hacer posible lo imposible.

Perfil: Juan David Ortiz Franco / Fotografía: Archivo personal

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José Reinaldo

Spitaletta Hoyos

Sonrisa amplia y palabra certera. Mano diestra en la escritura y en el gesto. Cerebro bien puesto, de esos que no necesitan cachucha. Y unas ganas inmensas de estar vivo, que no esconde ni presta. Un hombre así (un uomo così) se llama Reinando Spitaletta Hoyos, el primer apellido por un pueblo al sur de Italia; el segundo, por algún lugar en Rionegro que daba mujeres rubias de ojos claros, buenas para leer en voz alta Las mil noches y una noches. Spitalertta, como le decimos los amigos, es un hombre (el diría que un man) de barrio obrero, de esos que no le temen a la alegría ni a los sueños, y que militan en todo lo que sea cambio, honestidad y mejoras de vida. Porque no se puede estar vivo y bien, si los demás no lo están. Y es, como todo barrio obrero, una voz de protesta. Y aclaro, Spitaletta es un

barrio, es un barrio en un hombre solo, en el que habitan muchachas en bicicleta, jugadores de fútbol en la calle, jugadores de billar y lectores de libros viejos, no por baratos sino por lo difícil que es encontrar un libro decente. A Reinaldo lo conocí en El Colombiano, cuando era reportero y columnista reciente. Después lo conocí en la amistad, en los relatos del gran Buenos Aires, en el tango liberado y sin fosilizar. Y en estos andares, lo conocí en la literatura, en la crítica severa, en las ganas de mamar gallo, en los calores del trópico y en un lapicero que me trajo cuando conoció Nueva York. Un lapicero del Museo de Arte moderno, para que no se diga que se los compró a los chinos. Y lo he seguido conociendo como maestro de periodismo en la Facultad de Comunicación Social de la UPB, en las columnas de El Espectador, en los libros recientes, en su furor por el Medellín (alias el deportivo independiente), en las semillas del semillero de periodismo y en ese documento histórico-radial que se llama Medellín al derecho y al revés. Y en la amistad que sigue, que no se tuerce, que el Spitaletta es derecho como la forma de caminar que lo caracteriza, de costeño de tierras frías. Reinaldo es fácil de definir: Es de la de Antioquia, sabe de fotografía, dicta seminarios sobre El Quijote y Los miserables, preside el Centro de Historia de Bello, entiende de tango moderno, sabe de Guillermo Buitrago, habla en inglés con el hijo y estudia italiano para que el apellido no le salga gratuito. Y es un respetuoso de lo que tiene sentido. Con Reinaldo he compartido amigos de izquierda y de derecha, hinchas de Nacional y de Medellín, viajes delirantes y mucho conocimiento, que no esconde sino que comparte.

Y que usa para vivir y no para asustar bobos. Es un hombre digno y fino, que no mira hacia atrás. Y ya nunca se va a morir porque ha dejado muchas huellas, lo que lo hace existir sin necesidad de espantar. Y, ya se sabe, gente así nunca está en venta. Son por la crianza, por las fabulaciones acumuladas, por el conocimiento sazonado con pasión, por la curiosidad, por la alegría y el ir por el mundo a lo que venga, asombrándose, maravillándose. De Spitaletta, he sabido que estudió, además de periodismo e historia, música. Y va en la buena música y saltando ruidos. Descripción para una foto: de gafas, pelos que a veces se le paran en la cabeza, camisa por fuera, zapato cómodo, un bolso al hombro, una sonrisa en la cara. Y en la voz, si se presenta, Reinaldo Spitaletta. Lo demás de él se puede buscar en bibliotecas, archivos de periódico, grabaciones de radio y televisión, conversaciones de amigos y, para entenderlo mejor, en dos palabras: buen amigo. Y en otras dos: digno de confiar.

Perfil: Memo Ánjel / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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Haydeé del Socorro

Montoya Restrepo

Licenciada en Matemáticas y Física, apasionada por la naturaleza. Filósofa y humanista por convicción. La disciplina de las matemáticas y el análisis filosófico de los fenómenos físicos la llevaron a escoger su carrera y a formarse como una profesional “ni tan inmediata ni tan panfletaria”, como ella lo dice, recordando que muchos de sus compañeros nunca vieron futuro en una licenciatura, desertaron y terminaron en ingeniería. Fue crítica con la universidad. Inició estudios en Psicología e Historia, poco convencida del contenido académico y del análisis de la realidad que reclamaba la década de los ochenta por parte de las ciencias sociales. Para ella, era un momento coyuntural que exigía la reflexión para generar movilización social.

Se graduó de la Facultad de Educación en 1989, casada y con dos hijos. Alejandro Cárdenas Villa, su esposo, era un líder político de la Unión Patriótica reconocido por su trabajo con las comunidades vulnerables siendo alcalde del municipio de Mutatá, pero las amenazas y la presión política de grupos de extrema derecha en Urabá lo obligaron a radicarse en Medellín, donde trabajó con la Corporación de Vivienda y Desarrollo Social, Corvide. Su convicción no le permitió alejarse de la política y fue asesinado por sicarios en una reunión de trabajo al norte de la ciudad, en 1989. Madura, sensible, aguerrida, lleva en su rostro la marca de las dificultades y satisfacciones de una vida en la lucha por la equidad social. Una lideresa convencida de que la mujer es un actor social fundamental en los movimientos políticos. Su vida universitaria transcurrió en grupos conformados por esposas e hijas de los hombres que hacían parte de la UP. Tomó banderas en los movimientos de mujeres que se gestaron en la universidad y trabajó con académicas como la maestra María Teresa Uribe en movimientos como Nosotras las Mujeres y Mujeres de los Lunes, espacios para la reivindicación de derechos, para la discusión sobre el rol de la mujer en la sociedad, y semillas para programas como Vamos Mujer y Mujeres que crean. Sus dos hijos fueron una motivación para darle otro rumbo a su vida después de la pérdida de su esposo, que menguó su participación en los movimientos políticos y transformó su vocación cuando se dedicó al trabajo comunitario en la Empresa Antioqueña de Energía —Eade— hasta el 2005. Allí asesoró comunidades rurales en el empleo de los recursos naturales y el medio ambiente. “Mi trabajo ambiental en

Eade es paralelo al de construcción de memoria del conflicto; aunque no parezca, están relacionados. Fundamentalmente, las acciones de guerra, disparar o tirar una bomba hacen parte del deterioro ambiental”. De esta manera, reconoce que la formación integral en la Universidad de Antioquia, tanto en lo académico como en el ejercicio de la ciudadanía, fue la base para desarrollar el respeto por el medio ambiente y transmitirlo a las comunidades. Esta mujer idealista, como una de las principales dolientes del genocidio sistemático de la Unión Patriótica, continuó trabajando con familiares de otras víctimas de la violencia. Desde el 2011 gestiona un grupo de teatro con desplazados por la violencia en Urabá, en el que participan familiares y amigos de los líderes asesinados de la UP para trabajar procesos de elaboración de duelo y construcción de memoria del conflicto. Ella lo describe como un exorcismo: “Reflexionamos sobre qué nos pasó, por qué nos pasó y qué queremos lograr. Es contar una historia dolorosa desde otra perspectiva”. Haydeé participa anualmente en el encuentro para la conmemoración de los asesinatos de la Unión Patriótica que realiza en Bogotá la Corporación Reiniciar cada 11 de octubre con motivo de la muerte de Jaime Pardo Leal, el primer líder de la UP que fue asesinado.

Perfil: Juan Esteban Vásquez Mejía / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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William

Botero Ruiz

¿Vale la pena, William, vale la pena hasta morir por eso? ¿Valen la pena el cambio social, la universidad pública? ¿Vale la pena saber que tus compañeros de lucha, como Leonardo Betancur, fueron asesinados impunemente? ¿Valen la pena el miedo, la persecución? “Vale la pena, claro.” Y lo dices tan seguro, confiado. Lo dices así, pues ya has pensado mucho en eso, y a estas alturas de la vida las conclusiones son evidentes: vale la pena. “Porque aunque muchas cosas no hayan cambiado y el país en general siga siendo clasista, de apellidos, en el plano personal a muchos nos sirvió por lo menos para conocer que había otras cosas por qué vivir. Hasta entonces, siempre nos habían dicho que valía la pena vivir para construir una familia, para conseguir plata, para subir de estrato social.

Y no. El pensamiento de izquierda, el trabajo social nos enseñaron que había otras cosas, por ejemplo, defender una institución pública como la Universidad de Antioquia para que continuara siendo pública. Vale la pena vivir por eso. Y aún más: a veces hasta vale la pena morir por eso.” Estás –estamos– en tu consultorio, en el piso trece de un edificio en el centro. A través del ventanal se ven montones de pájaros en el aire. Fumas y miras. Piensas bien cada respuesta. Hablas sin retórica, mas con conocimiento de causa. Una causa que comenzó desde el Liceo Antioqueño, a principios de los sesenta, pero que se hizo militancia y acción cuando ingresaste a la Facultad de Medicina, en 1965. Eran los tiempos de la canción protesta, tiempos muy agitados (¡cuándo no!). “Tiempos en los que al rector no le daba nada decir que a Medicina no debían entrar negros ni pobres, tiempos en los que todavía se podía ingresar a la universidad por roscas políticas, tiempos de abuso del poder.” Y si algo puede darte ira es eso: el abuso del poder. Al lado de quien siempre has considerado uno de tus maestros, Leonardo Betancur, hiciste parte de comités, grupos de estudio, marchas, huelgas. Hiciste tuya la universidad, pasabas la mayor parte del tiempo en ella, y la defendías así: pública, autónoma, libre. Una lucha de siempre y que ha dado victorias y derrotas: la sensación de que ciertas cosas han cambiado, pero ciertas otras siguen inamovibles. Te vinculaste como profesor a la Facultad de Medicina en 1977, luego de hacer el año rural en Tolima y de adelantar una especialización en ginecología y obstetricia. Fuiste

coordinador del claustro de profesores de dicha facultad durante muchos años, representante de los profesores al Consejo Superior, representante de la Asociación de Profesores y candidato a la rectoría. Hiciste parte del grupo que denunció ante la Comisión Iberoamericana de Derechos Humanos las desapariciones y persecuciones en la universidad. Recibiste sufragios por ello, llamadas anunciando tu muerte. ¿Miedo? Quizás. “Pero podía más la sensación de que no estaba solo, de que aunque muriera, había otras personas que seguirían defendiendo nuestras políticas, defendiendo la universidad.” Y qué hubiera sido sin ellas, sin gente como tú que siempre ha visto a la Universidad de Antioquia como uno de los estandartes de la defensa de lo público, que debe existir como un ejemplo de libertad, de compromiso social. Qué hubiera sido sin esos profesionales que, formados en el Alma Máter, salieron a defender tantas causas justas. Un Héctor Abad Gómez, un Jesús María Valle, un Leonado Betancur. Tantos más. Muchos de ellos, tus amigos. Amigos que murieron asesinados. Un final que, por algo de suerte, no te tocó a ti. Ahora estás jubilado. Sesenta y cuatro años. Sigues en gremios como Asmedas, pero tu corazón, literalmente, ya no aguanta ciertos trotes. Piensas en los amigos muertos. Piensas en los años de lucha. Miras otra vez por la ventana y vuelves a decir: “Vale la pena”.

Perfil: Juan Camilo Jaramillo Acevedo / Fotografía: Diego González Torres

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Carlos

Gaviria Díaz

Todos sabemos que la utopía platónica, en la que los más sabios son gobernantes, es una afrenta a la realidad; que el arte de la política siempre ha estado divorciado del arte del saber, y, en fin, que entre saber y poder siempre ha habido un ingrato y costoso divorcio o que sus encuentros son laceros o esporádicos. Pero algunos tuvimos la osada esperanza de que esa utopía fuera posible en la persona del profesor Carlos Gaviria Díaz cuando se presentó como candidato a la Presidencia de la República, después de haber dejado un profundo y ejemplar surco como maestro en la Universidad de Antioquia, de su liderazgo jurisprudencial como Magistrado de la paradigmática Corte Constitucional que se creó en la Constitución de 1991 y después de su vitalidad intelectual

en la Senaduría. Como la impúdica realidad histórica escamotea sin contemplación la pasión Atenea por el poder del conocimiento, se desvaneció la oportunidad de que un maestro de la Filosofía y de la teoría del Estado y del Derecho fuera gobernante. Pero aprendimos en persona del profesor Gaviria que la realidad es muy tozuda, que las vidas paralelas de la sabiduría que produce el conocimiento y de la argucia maliciosa que sustenta la política raramente se tocan, como no sea para conveniencias especiales; y nos hizo recordar también que la ilustración liberal en la que él escanció vinos conceptuales, casi siempre termina avasallada por la vorágine de la acción política. Nos queda, sin embargo, la convicción de que existe una dirigencia ética incuestionable cuando está sustentada en la rectitud moral que reúne tres características: a) un acendrado respeto por el Derecho abstracto e imparcial, b) una teoría del Estado en la que la lucha por los derechos de los más débiles no sólo es principio ético rector de la política, sino también objetivo pragmático terminal y, c) la voluntad política para tratar con gran determinación que las dos características anteriores sean compatibles. En varias ocasiones he afirmado que mi estirpe socialista ha encontrado refinamiento en el magisterio del profesor Gaviria por su estricto liberalismo. Y solo por una cosa. Nada más importante para una teoría de la democracia sustancial que reconocer los derechos individuales de tradición liberal ortodoxa como principios incuestionables para contener la casi natural tendencia de todo poder y de toda autoridad a extralimitarse, pero no menos importante que reconocer que los derechos sociales siguen siendo miserablemente

aplazados. Y que de esa disparidad debemos sacar como conclusión que la democracia no ha sido democrática y que ya debería ser principio ético político aquella máxima de Aristóteles, magistralmente incorporada a la modernidad por Bobbio, según la cual “la democracia no es sólo un forma de gobierno, sino un clase de sociedad”. Esta apretujada semblanza de los más recientes actos públicos del profesor Gaviria me sirve solo para terminar diciendo que, por su trayectoria intelectual y política y como defensor de los derechos humanos, tengo la seguridad de que, como es tan tozudo como la realidad que quiere cambiar, persistirá en el intento. Sin hacer genuflexiones o plegarias, reconozco hoy en él a la misma persona moral e intelectual que conocí cuando recién entraba al Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia, de cuya creación fue responsable. En esa época compartimos, además, gustos intelectuales como los libros, la música, el humor y algunos otros más prosaicos como el buen yantar y el buen beber porque tanto él como yo somos gente de este mundo que, parados en la realidad, no renunciaremos al ideal de la Ilustración: buen gusto intelectual, buen gusto estético y buen gusto ético político.

Perfil: Fabio Humberto Giraldo Jiménez / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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Fidel

Cano Gutiérrez

Fidel Cano Gutiérrez (1854-1919) fue un eminente protagonista del pensamiento moderno en lo que hoy es Colombia. Perteneció a la generación siguiente a los próceres de la Independencia. Cuatro años antes de su nacimiento, la hegemonía de los regímenes conservadores había llegado a su fin tras siete años de vigencia. Sin embargo, algunos de los dictámenes conservadores siguieron tal y como los había establecido el modelo de Estado clerical. Entre ellos, el patrón educativo según el cual la Iglesia y el Estado eran inseparables. En consecuencia, la educación religiosa era obligatoria en las escuelas y en las universidades, y se exigía una disciplina férrea y represiva que, como estudiante, padeció Fidel en el Colegio del Estado en 1870. Desde veinte años atrás, 1850, se había impuesto el federalismo liberal que se nutría del mundo anglosajón, y del espíritu abierto

y tolerante de la cultura francesa que proclamaba la libertad de enseñanza y la separación de la Iglesia y el Estado. Esto situaba a los intelectuales granadinos a tono con las corrientes modernas de ese momento. La vida de Fidel transcurrió entre consolidar esas conquistas y enfrentar los esfuerzos del regenerador Rafael Núñez y los conservadores por restablecer el Estado clerical, objetivo que estos últimos consiguieron con la Constitución de 1886. De cara al triunfo del Regenerador, el movimiento estudiantil de la Universidad de Antioquia levantó la consigna: “¡Abajo la vergonzosa regresión al fanatismo y al oscurantismo clerical!”. A pesar de la oposición, el Regenerador logró su propósito y la reforma educativa de carácter regresivo se abrió camino. Fidel Cano entendió que no había espacio para él en la instrucción pública, actividad que siempre ejerció. Se decidió, entonces, por un “destierro” temporal en Envigado y El Retiro, a donde llegó a dirigir un colegio privado. Al constatar que el Regenerador coartaba las libertades básicas, regresó a Medellín y puso en marcha su imprenta. Así, fundó en 1887 el periódico El Espectador, con el ideal de defender esas libertades esenciales y el pensamiento liberal que abarcaba los derechos fundamentales, la separación entre la Iglesia y el Estado, y las libertades de imprenta, cultos y de expresión. En ese ejercicio, fue perseguido y encarcelado durante un año, por publicar un discurso de Juan de Dios El Indio Uribe, líder liberal, opositor del régimen. El resto de su historia es un correlato de ese diario, al que convirtió en un medio nacional. En 1878, Fidel Cano impulsó, como vicerrector de la Universidad de Antioquia, y aprobó, como diputado de la Asamblea Legislativa, la ley orgánica de la Universidad del Estado, llamada, en diferentes momentos, Colegio del Estado, Colegio

Central y Universidad Antioquia. Allí divulgó y compartió los ideales modernos con colegas y compañeros como Rafael Uribe Uribe, Manuel Uribe Ángel, Juan B. Posada, Manuel José Álvarez. Todos ellos ofrecían clases allí y la Universidad otorgaba títulos honoríficos de Jurisprudencia, Ciencias Políticas, Medicina y Cirugía, y Artes y Oficios. Por eso no es extraño que en los años cuarenta del siglo XX, el movimiento estudiantil de la Universidad de Antioquia, liderado por Gerardo Molina, exigiera, como acto de reconocimiento y justicia histórica, colgar una imagen de Fidel Cano Gutiérrez en el Paraninfo, aula máxima de la institución. Tal petición fue aprobada por la asamblea estudiantil y luego por el Consejo Directivo; sin embargo, este ente, temeroso de la reacción de los sectores conservadores, incumplió el mandato, razón por la cual los estudiantes entraron al recinto y levantaron el cuadro del prócer hijo de la Universidad, quien fuera profesor, vicerrector académico y rector en 1881. Por ese acto de justicia histórica, aún hoy incumplido, aquellos líderes del siglo XX fueron expulsados de su universidad. Fidel Cano Gutiérrez fue un espíritu libre, un universitario e intelectual ejemplar; su memoria y realizaciones aún reclaman el más digno de los espacios en su Universidad de Antioquia, para que allí se conozca y divulgue su ideario.

Perfil: Álvaro Cadavid Marulanda / Fotografía: Cortesía periódico El Espectador

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Mirar el río hecho de tiempo y agua y recordar que el tiempo es otro río, saber que nos perdemos como el río y que los rostros pasan como el agua. Jorge Luis Borges, Arte poética

Buenos Aires: Siglo XXI, 2001.181p.


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Édgar Poe Restrepo Nadie puede llamarse Édgar Poe gratuitamente. Bachiller del Liceo Antioqueño, profesor de literatura, abogado de la Universidad de Antioquia y poeta que llevó ese nombre, acabó sus días acaso más trágicamente que el Poe original, autor de El cuervo y, según se dice, náufrago fatal de su última borrachera: murió tras ser atacado durante una jornada de copas, el 11 de noviembre de 1942. Tenía apenas 23 años, había nacido el 13 de abril de 1919. En Aire de Tango, Manuel Mejía Vallejo lo recuerda como un hombre “alto y fuerte y bien plantao”, arrogante, al punto de expulsar de los bares a quienes no gozaban de su simpatía; “Ya ven, era bueno el hombre y rasgao, pero el trago lo enloquecía”, escribió el novelista de Jericó. La fatalidad poética le venía en la sangre: su padre, el aguadeño Abel Farina —bautizado en la pila

como Antonio María Restrepo— pasa por ser el precursor del modernismo en Antioquia. Pero Farina murió cuando su hijo solamente tenía un par de años, de modo que, además del oficio lírico, apenas tuvo tiempo de dejarle en herencia un nombre que ya sabía maldito, a juzgar por esta estrofa incluida en Páginas locas, un poemario estrenado junto con el siglo XX: “Poe, llanto encarnado, luto viviente, / ángel de níveas plumas que asfixió el barro, / César de los dolores en cuya frente / estrelló la Desgracia su férreo carro”. La suerte de Édgar Poe Restrepo estaba echada desde mucho antes de su nacimiento. El Poeta universitario publicó en vida un solo libro, cuyo título no traiciona en ningún sentido su estela trágica: Víspera del llanto (1940), incluido en las ediciones de la Revista Universidad de Antioquia. Abundan en él las referencias a la pasión desgraciada, la muerte, la noche y la luna, en versos que se redondean en imágenes tan desmesuradas como inolvidables: en Canción del serafín de la guarda, un ángel celoso cuida el bajo vientre de la enamorada del poeta, a quien espanta con “la fría punta de su espada”; en Inlunación, el vate canta a la luna y le reclama por no ser negra, pues con ello serían posibles las complicidades más melancólicas; y, en fin, en Muerte, un hombre se queja de la fuerza de su propia linfa: “Este afán tuyo, sangre, por crecer en mis venas / como anhelar un pájaro ser más grande que el canto”. Ese único poemario fue suficiente para que, en las décadas que siguieron, los poetas y estudiosos le apartaran un lugar especial y lo cobijaran con palabras elocuentes. Jorge Gaitán Durán dijo que en sus poemas había “perdurable belleza y una profunda concepción de la muerte y el dolor”, mientras

que Rogelio Echavarría lo calificó como “uno de los talentos más tempranamente malogrados de la poesía colombiana”; a su vez, el inacabable Otto Morales Benítez escribió: “En Antioquia no se podrá prescindir de su nombre por mucho tiempo, y sólo ello será posible en un avance de la mala fe intelectual”. Suponiendo que los poemas de Víspera del llanto fueran olvidados por los legos de la lírica o, más fácil que eso, por los jóvenes encandilados con la literatura famélica de las redes sociales, la gloria de Édgar Poe Restrepo está garantizada por décadas: fue él quien escribió las estrofas del himno de la Universidad de Antioquia, sobre la pista musical que José María Bravo Márquez adaptó de Robert Lowry. De modo que ningún poeta ha sido, como él, tan recitado en los predios universitarios: en cada ceremonia de graduación, en cada acto de premios o conmemoraciones, en cada reunión solemne, los versos de el Poeta universitario son coreados entre taquicardias y pieles de gallina: “Cantaremos entusiastas / a nuestra universidad; / Alma Máter de la raza / invicta en su fecundidad”. En esas ocasiones, el entusiasmo de la comunión colectiva sugiere que la tragedia del poeta acabará por ser olvidada absolutamente.

Perfil: Juan Carlos Orrego Arismendi / Reproducción Diego Gonzáles Torres. Mosaico Facultad de Derecho, 1941

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Daniel

Hoyos Rodríguez

“La música siempre me fue natural”, dice Daniel y prolonga la frase con la sonrisa que le sirve de punto final cada vez que habla de su infancia. La vida de entonces no era más que subir a los árboles, ver la intimidad de una flor, atrapar un cocuyo para conocerle el bombillito, arrullarse con los conciertos de Mozart, Beethoven, Chopin, Schubert, Tchaikovski y Bach que escuchaba su padre todas las noches. “¿Qué hubiera sido yo sin mi padre, sin su amor, sin su música?”, se pregunta. “Nada”, se responde. “Él construyó en mí la sensibilidad y engrandeció mi conciencia de la manera más sutil que he podido conocer”, dice y contrae sus labios hasta apretarlos. Entonces me invita al pasado, a verlo en 1992 vestido con el uniforme de gimnasia, verde y blanco, pisando por

primera vez la ciudad universitaria con apenas dos años. Dice que entró en los hombros de Omar Darío Hoyos, su papá. Tras cuatro años de ejercicios físicos, Daniel, de seis años, ingresó a los semilleros de música; y de ocho, a piano; y de once, al preparatorio; y de catorce, a la carrera de Música Instrumento; y de diecinueve, se fue de la Universidad de Antioquia con su título de Maestro en Piano. En suma, Daniel ha pasado dieciocho, de sus veinte años, en la universidad y por eso dice que esta es su casa. De niño, la universidad era la pista donde hacía rodar carritos de plástico entre clases o el bosque a donde invitaba a sus compañeros a jugar a las escondidas. De adolescente, la universidad era el escenario para descubrir, guiado por el maestro Arnaldo García, que el pianista no es un señor que mueve los dedos, sino un hombre que siente con todo el cuerpo. De niño, la casa era el refugio después de siete horas de colegio y cinco de universidad. A partir de hoy, la casa se convertirá en recuerdo porque sus padres se marchan a una más sencilla y Daniel se va a Bogotá a avanzar en su maestría en Pedagogía del Piano, y después, si sus deseos se cumplen, a Santiago, a Washington, a Viena. Daniel abandona hoy El Cortijo. Se despide de los vecinos que aprendieron a disfrutar la música clásica porque el niño de crespos rubios les impuso extensas jornadas de ensayos. Primero los enloqueció con un teclado de juguete que tocaba desde las cinco de la mañana; y luego los enamoró con un piano Otto Meister que su padre pagó en cuotas mensuales de cien mil pesos hasta completar ocho millones. Daniel camina por su casa ya vacía. Como sólo resta el traslado del piano, decide ofrecer un concierto de despedida.

La Danza del fuego, la que Daniel interpreta con arrebato, la que hace llorar a su padre, parece ser la celebración de lo que ha significado para la familia Hoyos Rodríguez forjar el talento de su único hijo. Ómar dejó su empleo como contador para acompañar al niño en todas sus clases, aceptó la austeridad con tal de invertir en un sueño. Omar se hizo universitario, sin estar matriculado, porque durante quince años acompañó a su hijo. Entraba a las aulas, a los cubículos, a los teatros, siguiendo los pasos de su hijo hasta que el maestro Arnaldo García lo “expulsó”. A la fuerza aprendió que el niño ya podía sobrevivir sin su sombra protectora. Hoy, Omar abraza a Daniel. Cuando lo besa sabe que ya no es el niño disfrazado de Mozart que hizo temblar el teatro Metropolitano de Medellín hace siete años; sabe que es el maestro Daniel Hoyos Rodríguez. Por eso contrae sus labios hasta apretarlos y cierra los ojos.

Perfil: Patricia Nieto Nieto / Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Marta Lucía

Villafañe Martínez

En la canasta de su bicicleta lleva su cartera. Pedalea, aunque su pantalón claro pueda empolvarse por las calles empedradas. Saluda por cada cuadra del centro histórico en Santa Fe de Antioquia a todos los que la reconocen. “Doña Marta”, como le dicen con respeto, lleva cuatro años al frente del único museo que funciona en la actualidad, el Juan del Corral, una casa que combina elementos coloniales y republicanos, y que dirige gracias a los esfuerzos del Ministerio de Cultura, la Fundación Juan del Corral y la administración municipal de la ciudad. Sus días pasan entre los planes de las exposiciones que gestiona. “Luis Caballero y 22 de sus obras, Maestro del Desnudo” es como titula la última de sus empresas. También transcurren sus jornadas entre el deseo y la práctica de que la

cultura en el municipio se administre de forma responsable, con los recursos que merece; un propósito que la ha hecho conocida como una mujer fuerte, dispuesta a defender el patrimonio ante cualquiera. Tal vez por ello asumió el cargo como presidenta del Consejo Municipal de Cultura. Tal vez también ello la impulse a apoyar a los artistas que carecen de recursos o de preparación profesional, pero que tienen talento y ganas de demostrar lo que saben, y que con su intervención se han promocionado ante el turismo que llega hasta el museo cada fin de semana. Además de gestora, Marta es una artista que no ha perdido las ganas de expresarse. En las paredes de su casa reposan algunas de las obras que le recuerdan con cariño su vida universitaria, las siluetas de hierro con las que ha moldeado personajes como María Teresa Uribe, los toros que le recuerdan su infancia en Roldanillo, Valle, de donde salió para establecerse en Medellín junto el amor de su vida, en contra de los deseos de su padre. Pasó un tiempo como administradora de un negocio propio, antes de que el impulso le llegara otra vez para dictarle seguir sus gustos e ingresar a la Universidad de Antioquia a estudiar artes plásticas. “Yo siempre sostengo que la gente de las universidades públicas es más que la gente de las universidades privadas. Usted mire en Colombia quién cambia el país y quién cambia el mundo…”, dice con seguridad. Marta recuerda su paso por el Museo Universitario, entre el 2001 y el 2007, como curadora de la Colección de Historia. Desde su oficina en el Paraninfo, lideró el montaje

de exposiciones para recordar la historia de las facultades. También, de nuestra historia nacional, como la que quedó grabada en la memoria de Medellín, en alianza con el Museo de Antioquia, y que fue dedicada a la toma del Palacio de Justicia. Un tema que le enseñó mucho de la huella violenta de una época que aún no contempla cierre. Un poco más atrás, en 1997, obtuvo los primeros premios en los certámenes Exlibris Universidad de Antioquia y Concurso de Escultura para la Nueva Sede del IDEA; fue Mención de Honor “X Salón Nacional de Artistas” Universidad de Antioquia, en 1999; ganó la beca de creación individual Ministerio de Cultura en el año 2000; y en 2006 representó a Medellín en Barcelona durante la fiesta de la Mercé con la pieza escultórica “NN”, que había trabajado para obtener el título de Maestra en Artes Plásticas del Alma Máter. La Biblioteca Central de la Universidad de Antioquia recibe visitantes con su obra De las Cuevas de Altamira al Hipertexto, relieve mural que cuenta parte de su historia pública como artista. Desde su casa en la Ciudad Madre, añora los días en los que pudo dedicar su tiempo a delinear figuras en vastos sembrados agrícolas de su pueblo natal. El arte paisaje le permitió lograr trazos monumentales, como el gallinazo de 12 por 6 metros sobre un cultivo de maíz y soya que conserva en fotografías colgadas de las paredes de su cuarto, junto a las siluetas que trabaja aún como necesidad de experimentar con materiales y formas.

Perfil: Sara Gómez de los Ríos / Fotografía: Hugo Londoño Restrepo

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Orlando

Gallo Isaza

La oficina pertenece al Tribunal Superior de Medellín. Adentro es un lugar tranquilo, con un par de cuadros que llaman la atención; afuera hay abogados que se quejan del calor y caminan apurados. Quien la ocupa es el magistrado Orlando Gallo Isaza, presidente de la Sala Laboral y poeta de la ciudad. Las imágenes que lo acompañan en su cotidiano oficio de hacer justicia corresponden a una fotografía de Jorge Luis Borges en primer plano, tomada en Medellín, y a una de John Lennon con casco militar, posando en contra de la guerra de Vietnam. Debe pasar largas horas allí, estudiando expedientes y firmando sentencias. Es tal vez un trabajo acorde con su espíritu reflexivo, pues no solo debe apegarse a las leyes, sino también intentar ver el caso humano a través del papel.

Orlando egresó de Derecho en la Universidad de Antioquia hace 25 años. Se resistía a ser abogado, porque en sus manos crecían las palabras de poeta, pero la verdad es que su profesión le ha dado el regalo de acercarse a las personas y conocerlas en su naturaleza para, tal vez, tener de qué escribir. Según lo relata, el poema Divorciada es uno de esos en que la literatura se nutrió de su trabajo porque se sumergió en una historia real para ahondar en la ruptura y el sentimiento femenino: “En la calle / el desamparo de no ser de nadie al fin / te sobrecoge / y tiemblan bajo la falda de satín / intactas tus rodillas”. Dice que lleva varios años sin poder escribir, pues ha estado dedicado a la Rama Judicial desde hace seis. Sin embargo, no deja de leer literatura; le gustan los autores clásicos como Charles Dickens y Fiódor Dostoievski, algunos de filosofía del derecho como Martha Nussbaum, y siempre un poeta bajo su almohada, esta vez Charles Simic. Los libros y sus autores lo acompañan en la ausencia de palabras. Ellos han estado presentes en la vida de este abogado desde la época escolar. Los colegios en los que estudió tenían nombres de escritores: la Escuela Édgar Poe Restrepo, que más tarde se llamó León de Greiff, y el Liceo Nacional Marco Fidel Suárez, que fue la cuna de sus primeros textos. Piensa en voz alta y comenta que el mejor homenaje que le pueden hacer a una persona para destacarla en la sociedad es poner su nombre en un centro de estudios. Dice que primero se inclinó por la narrativa, y hasta ganó un concurso intercolegial de cuento, pero después prefirió los versos porque le ofrecían una ensoñación más concisa. Ya en

sus estudios superiores, obtuvo el segundo lugar en el Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia, 1983, detrás de Jaime Jaramillo Escobar. Luego, en 1990, cuando litigaba en pueblos, fue ganador del Premio Eduardo Cote Lamus, organizado por la Gobernación de Norte de Santander, con el libro La próxima línea tal vez, el que considera más sólido en su conjunto de poemas. Otros de sus títulos son Siendo en las cosas (1984) y Todas las cosas es lo único que dejamos (1999); también ha sido incluido en diversas antologías de poetas nacionales e iberoamericanos. Orlando está casado con Ana Lucía Herrera, quien como secretaria general de la Universidad de Antioquia tuvo que firmar su diploma de especialista en Derecho Constitucional. Con ella tiene una hija, Juliana, que nació como milagro de la ciencia, también es abogada y está en camino de seguir los pasos de su padre (y de su abuelo materno) en el Tribunal Superior de Medellín.

Perfil: Margarita Isaza Velásquez / Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Zoraida Patricia

Rodríguez Vásquez

De niña, aseguraba que no quería ser artista ni cantante. Zoraida Patricia Rodríguez, que creció al lado de sus abuelos y de su hermana menor, se negaba a seguir el camino que eligieron sus padres. A pesar de ser la hija de un pianista y de una cantante de música popular, no quería saber de aplausos, escenarios o largas giras. Durante su infancia, censuró la profesión que la separó de su madre, y su talento permaneció oculto por varios años. Convencida de que el arte no era lo suyo, se decidió por los idiomas y los viajes. En 1975, ingresó al Colegio Mayor de Antioquia para estudiar Administración Turística, una carrera que consideraba “sana, segura y socialmente adecuada”. Después de su graduación, comenzó a trabajar como guía y promotora turística, y en 1980 viajó a Estados Unidos

para perfeccionar sus conocimientos de inglés. Pero esta experiencia le reveló una vocación que no estaba incluida en su proyecto de vida. Mientras estudiaba inglés, empezó a dictar clases de español en una escuela privada; sin proponérselo, se encariñó con los alumnos y los acompañó en su proceso de aprendizaje. Para Zoraida, esta fue una etapa llena de satisfacciones: “Me entusiasmaba ver el progreso de esos estudiantes, su necesidad de comunicarse y la posibilidad de ayudarlos. Pero yo no era profesora, era guía turística”. Cuando regresó a Medellín, continuó con los planes que se había trazado. Durante cinco años, guió a cientos de viajeros en sus recorridos por Europa, Suramérica, Estados Unidos y Las Antillas. Aunque todo parecía estar en orden, algo no encajaba en esa “vida normal” que alguna vez quiso construir. Mientras trataba de resolver sus dudas, sintió el llamado de “las vocaciones tardías” y decidió empezar de cero. En 1984, comenzó a estudiar teatro en la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia y música en una institución privada. En ese proceso de reconciliación con el arte y con su infancia, nació “Cachirula”, una payasa que Zoraida interpretó durante veinte años para animar fiestas infantiles; este personaje le permitió acercarse a los niños y convertirse en su compañera de juegos. Además, después de aceptar la herencia musical que le legaron sus padres, creó con su hermana el dueto Café y Petróleo, un show que la transforma en cantante de los años sesenta y setenta. En 1992, una propuesta de trabajo la enfrentó por segunda vez a la docencia, una actividad que apareció en

su camino por “casualidad”. Convencida de que se trataba de algo temporal, aceptó ser profesora de inglés en el programa de niños del Colombo Americano. Al principio, utilizó en sus clases todos los recursos que aprendió como recreacionista y teatrera: cantaba canciones, leía historias y dictaba cursos de teatro a adolescentes bilingües. Lo que inició como una ocupación pasajera, se transformó en doce años dedicados a la pedagogía. Después de aceptar que era maestra, decidió buscar estrategias que le permitieran unir en un mismo escenario el arte y el inglés. Sus propuestas se fortalecieron cuando empezó a estudiar la maestría de Pedagogía, Sistemas Simbólicos y Diversidad Cultural, en la Universidad de Antioquia. Además, desde el 2003, es docente de cátedra de la Escuela de Idiomas, del Departamento de Teatro y del Departamento de Pedagogía de su Alma Máter. Su experiencia la ha llevado comprender que no existen recetas ni fórmulas para enseñar; lo más importante es creer en sus capacidades y en las de sus estudiantes. Profesora, mamá, actriz y cantante, así se define Zoraida Patricia, una mujer que se siente tranquila con lo que es y con lo que hace: “Quiero seguir tropezándome en el camino para entender que no tengo todo terminado, que debo seguir buscando y enfrentando obstáculos, diferencias y dificultades”.

Perfil: Lina María Martínez Mejía / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Alberto Eduardo

Botero Londoño

Escribe poesía, realiza documentales, compone canciones, hace esculturas, trabaja por los desplazados y, por si fuera poco, es médico endoscopista. A Alberto Botero Londoño no es que le sobre tiempo, pero todo el que tiene lo sabe distribuir entre estar con su familia, trabajar, ser artista y luchar por los derechos de las comunidades vulnerables. Es esta última faceta la que mejor lo describe, pues es una extensión de su historia como médico y la que lo vincula con lo esencial de los seres humanos, aquello que le da la inspiración para el arte y la persistencia política. Alberto nació en Pereira y estudió el pregrado en Manizales. De ahí se fue a recorrer el país como médico de pueblo en muchas poblaciones. Estuvo, por ejemplo,

en Mitú (Vaupés), en Barranco Minas (Guainía), en Villa de Leyva (Boyacá) y en Belalcázar (Caldas). De los Llanos Orientales recuerda su estrecha relación con los indígenas, hermanos cuyas costumbres pudo conocer y entender para ofrecerles un mejor servicio médico, basado en el respeto que otros doctores les negaban. Pero fue en Belalcázar donde más se comprometió con los derechos de los demás, pues hasta vio amenazada su vida por mediar en un conflicto entre grandes terratenientes y pobladores de la etnia Embera Katío. A veces, sin quererlo, se metía en esos problemas porque por encima de aquellas situaciones estaba su amistad con los pacientes y habitantes del pueblo. Tuvo que irse de allí después del segundo atentado. Ya se había casado con Alba Elena Correa, su gran vínculo con Medellín, y se fueron juntos a buscar otros rumbos. En Medellín, Alberto hizo la especialización en Cirugía General: la empezó a finales de los setenta y la terminó una década después. Eran tiempos difíciles para la Universidad de Antioquia y particularmente para una de sus elecciones profesionales: ser sindicalista y directivo de Asmedas. Para este tiempo, el doctor Botero comenzó a trabajar primero en el Seguro Social de Bello y luego en el Hospital de Caldas y en la Clínica León XIII, de donde se jubiló hace doce años. Los años noventa fueron prolíficos para su actividad sindical, pues como directivo de Asmedas organizó un congreso nacional por la lucha de los trabajadores y otro por los derechos de los niños; ambos fueron reconocidos en el país, debido a que generaron debates fundamentales en los nuevos tiempos de la Constitución Política de 1991.

No dejó a un lado su amor por la literatura y se preocupó por convocar a concursos de cuento y poesía. Estando en esas lides, unas auxiliares de enfermería le propusieron que fuera el médico de consulta en un albergue de niñas desplazadas. Aceptó la oferta y allí conoció otros motivos para continuar sirviendo a la comunidad: la falta de vivienda digna en el país fue el leitmotiv para producir un documental, Al borde del abismo, que visibilizó el problema ante los actores políticos. Para Alberto, los problemas del país sólo pueden solucionarse si hay voluntad de cambio, pues, según él, son las políticas públicas las que pueden mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos. De acuerdo con sus palabras, “los que pudimos estudiar y salir adelante tenemos una deuda muy grande con quienes no pudieron hacerlo”. Él ya no es un muchacho; tiene 66 años y buen kilometraje. La sensibilidad y la fortaleza lo acompañan desde que era adolescente, y por eso escribe tanto; es el arte su vía de escape a los conflictos cotidianos. En la casa tiene un cuarto que le sirve de taller plástico, sala de grabación y refugio literario; allí han nacido sus canciones y los libros que ha publicado: La trinidad elemental del universo humano, Historias de amor y Alba. Alberto hace de todo y lo hace muy bien.

Perfil: Margarita Isaza Velásquez / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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César Alberto

Villegas Osorio

El nombre de César Alberto Villegas Osorio se ha desvanecido en la noche, arrollado por la rumba, diluido en deliciosos mojitos y ahumado en fragancia de habanos. Su portador lo usó hasta cuando los concurrentes a la salsoteca El Goce Pagano (1978) decidieron cambiarlo. Pagano es, desde entonces, el nombre propio de este defensor y difusor de la preciosa música popular latinoamericana, del bolero, de la salsa selecta y del mejor patrimonio de la música colombiana. Sus gritos de batalla resuenan noche a noche desde 1988, en Salomé Pagana: “Optimismo frente al abismo”, “Salsa y cultura hasta le sepultura”, remachados con el infaltable y exclusivo “Chácata y Prácata, Bacatá”. Su profunda y extensa visión sobre la música ha encontrado tribuna en decenas de periódicos y revistas del

país y del extranjero. Su nombre está en la memoria de miles de oyentes de sus programas de radio, Conversación en tiempo de bolero, que lleva 24 años al aire, y Del Songoro Cosongo al Son para un Sonero, que duró quince años y de televisión: Somos latinos, emitido durante seis meses. Casi mil quinientas entrevistas a personajes del mundo musical, disponibles en bibliotecas y universidades, son el fruto de su perdurable trabajo. Además, es el autor del libro Ismael Rivera, el sonero mayor y tiene otros más en preparación. Este rebelde con causa nació en Medellín, en 1941. De niño se trasladó con su familia al Valle del Cauca, en donde entró en contacto con la sabrosura del litoral pacífico colombiano, de Cuba y de Puerto Rico. Cuando regresó al arisco barrio Manrique, se impregnó de otros sentires: al tango le encontró pesimismo; al bolero, sensualidad y romanticismo. De adolescente pidió su modesta herencia para fundar el primer almacén de discos en Rionegro. Generoso como siempre, hubo de venderlo casi en bancarrota para volver a Medellín a terminar el bachillerato en el Liceo de la Universidad de Antioquia. El almacén había sido el lugar de tertulias y de ensayos del trío que había conformado César: el Trío Perevi (Pérez, Rendón y Villegas), muy famoso… en Rionegro y Marinilla. Continuó su “ridículum vitae”, como él mismo lo llama, en las universidades Nacional (en Agronomía) y de Medellín (en Ciencias Administrativas). Su “actividad organizativa estudiantil” y el apoyo a huelgas y paros condujeron a que las instituciones prescindieran de sus servicios como estudiante. En 1965 ya se formaba en Ciencias Sociales en la Universidad de Antioquia, pero dos años después, tuvo que

emigrar por razones políticas, y llegó a Chile por carretera. Allí estudió algo de sociología y mucho de política (con los maestros Paulo Freire, Edmundo Flórez, Armand Mattelart y Salvador Allende). En 1969 regresó por la costa este de Suramérica. Ya en Villavicencio, trabajó en cooperativas indígenas del Llano y la selva, así como en campañas de alfabetización en barrios populares y cárceles. En 1970 fue presidente de la Asociación de Profesores del Quindío. Por motivos similares a los de expulsiones anteriores, de aquí también voló, para ingresar a otra causa perdida: la Alianza Nacional Popular. Después del descalabro político de su partido, fue un oficinista segundón del Ministerio de Educación. Pero “nadie se salva de la rumba”: el Caribe y su música lo llamaron, esta vez para siempre. En 1978 nacieron la salsoteca alternativa El Goce Pagano y el nuevo apellido de César. Hubo tres sedes, todas en Bogotá. Allí se iba no solo a beber y a bailar, sino a aprender, a descubrir, a pensar. Después de una estancia breve en Cartagena, recaló con su goce en Medellín, en donde el negocio no funcionó como él esperaba. Próxima escala, la capital. Diez años después del primer Goce Pagano, fundó Salomé Pagana. Desde entonces allí se lleva a cabo el alboroto más sabroso de la rumba. Este hombre con cuatro casorios, divorcios y jolgorios, cuatro hijos (Camilo, Susana, Armonía y Virgina) y selectos amigos, ansía mejores tiempos para la música colombiana, latinoamericana y del Caribe en general, que salven nuestro querido patrimonio cultural.

Perfil: Jorge Arango Lopera / Fotografía: Archivo personal

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Gisela

Fernández Zuleta

“¿Quién dijo que todo está perdido?” Apretó en sus manos el cristal, cerró sus ojos y sin entender cómo, su mente se avivó de colores, estructuras químicas y aplicaciones médicas de ese cristal. El asombro la invitaba a fluir con esa energía intangible. Gisela recién había terminado su año rural en Barbosa. Fueron días vertiginosos en los que atendía treinta y dos pacientes por jornada, y aún no había superado la desazón de sus internados en el Hospital San Vicente de Paúl, cuando se rompía al ver recién nacidos desnutridos en brazos de padres que no podían verse las caras. “Yo pensaba: ‘Tengo que buscar algo que me permita llegar de otra manera a la gente’. Porque nosotros salimos formados para manejar la enfermedad, no la salud.” Ella

supo, por José Hernán López, maestro de Medicinas Alternativas, que la información que le había llegado del cristal era la misma recibida por otra persona en Alemania. “Eso me conmocionó, no había explicación. Entonces, uno empieza a romper los paradigmas para abrirse a otras cosas, y eso me cambió la vida porque era meterme en otro sistema de pensamiento, en otra concepción del mundo.” Una vez pensó que no iba a poder ser médica, pues su otra esencia vital era el canto con sus recitales en teatros repletos de gente que iban a escucharla cantar la Nueva Canción latinoamericana. Gisela, hija de músico, una mujer menuda de un frenético ritmo corporal y una potente y bella voz. Compartía su tiempo entre las clases de medicina, las de solfeo, guitarra y técnica vocal; canceló semestres para irse de gira. Ganó varios festivales, entre ellos el Víctor Jara, que la llevó a Rusia donde obtuvo el cuarto lugar. Dócil y sensible al arte, se dedicó a Cantos de Ciudad junto a Carlos Sánchez, su esposo. Fueron dos años inmersos en la composición musical, la pintura y la poesía. De la universidad le avisaron que si no regresaba perdería el cupo. “Fue una decisión dura, sabía que si regresaba era para quedarme de lleno, entregada al estudio, pues me faltaban las clínicas, y así lo hice”, recuerda. Trabajó seis años como médica general hasta que decidió renunciar: “Debía ser coherente, mi principio era la salud y no el mercado”. Comenzó a ejercer la medicina alternativa, lugar de encuentro de su talento y su otro saber. Esto le abrió un universo de posibilidades, sintió sincronía con la homeopatía, la terapia neural y la acupuntura. “Pienso que la medicina es un arte que se nutre de disciplinas

científicas, porque estamos tratando con el individuo, único e irrepetible”. El primer paciente que curó con tratamientos naturales fue ella misma. Varios endocrinólogos la habían examinado, pero los desórdenes hormonales persistían: “Todo en la vida exige coherencia, que uno practique lo que predica. Cambié mi dieta y empecé a tratarme con terapia neural y medicina natural”. En su vientre, sano y fértil, gestó a la hija que lleva su mismo nombre. Gisela se consagró a la sanación como un acto amoroso, una armonía en la que integra sus intenciones y las del paciente: “Creo que la evolución de la medicina debe ir hacia allá. A que sanes con el pensamiento”. Nada de lo que sabe le pertenece, por eso ha decidido entregarlo todo. Hace tres años, ella y otros colegas fundaron Serenarte, un centro médico integral que ha abierto el espacio para la educación. “Yo tengo un curso para mis pacientes porque quiero que se lleven el conocimiento y no me necesiten”, sostiene. La música, por la que casi deja la medicina, la integra a sus terapias. Gisela sabe que sus dos pasiones no riñen, ha sido así desde el principio. En el primer semestre de medicina en el Teatro Camilo Torres decenas de personas la aplaudían, efusivas, cuando la escucharon cantar: “¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón”.

Perfil: Ana María Bedoya Builes / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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María Soledad

Londoño Soto

Una guerrera se ha rapado la cabeza y ahora expresa en la mirada una fuerza confundida con deseo de venganza. Sostiene una bandeja, tal vez una embarcación, llena de corazones sangrantes, atravesados por dagas, flechas y crucifijos. El mar, la luna, algunas mariposas y un monstruo mitológico completan el cuadro. La guerrera, con una estaca en el pecho, sobresale en su pedestal de virgen iluminada por el fuego. La obra hace parte de la serie Damas de silencio, de la artista María Soledad Londoño. Son más de veintiún cuadros que, como este, describen universos simbólicos y juegan a mezclar espacios oníricos con realidades que evocan la figura de la mujer. Según sus palabras, estas damas representan “el espíritu femenino, hierático y bello”. En algunas de ellas

podría advertirse cierto parecido con su autora, no a simple vista, sino en ciertos rasgos de fortaleza y sensibilidad, ese par de características que la llevaron a tomar un nuevo rumbo en su vida para radicarse con su hija, Mariana, en Santa Fe de Antioquia, el pueblo donde hoy recoge inspiraciones para convertir su arte en oficio cotidiano. Antes, la carrera que eligió fue su modo formal de ganarse la vida; hoy lo sigue siendo pero es más un acercamiento continuo a las experiencias mínimas de cada día, esas que están pobladas de sabiduría y gritos expresivos. María Soledad habla con entusiasmo y cuenta que cuando vivía en Medellín trabajó como gestora cultural, curadora de arte y montajista de exposiciones temáticas. Fue pionera en hacer propuestas de ciudad: llevar por los edificios públicos, al aire libre y en alturas, montajes sobre autores clásicos, como Cervantes, Borges, García Lorca y García Márquez. Se trataba de obras atrevidas, usualmente instalaciones, que salieron de los museos para tocar los sentidos de muchos transeúntes. De ese talante ha sido ella misma desde que era adolescente y ya se perfilaba como hija rebelde de una tradicional clase media. Estudió en colegio de religiosas y vivía en La Castellana, le gustaba el arte y decidió que era su opción. Se dejó llevar por ese impulso poderoso y desde el principio comenzó a destacarse. En ese inicio de los ochenta, Medellín era epicentro de bienales y muestras de arte contemporáneo; una generación de jóvenes artistas quería sacudir los cimientos de la ciudad conservadora. María Soledad no pensaba entonces en la pintura enmarcada, sino en expresiones múltiples y más complejas. Así, en 1983, su obra de pequeñas cajas mágicas,

con espejos que conducían al infinito, ganó el primer premio en el III Salón Arturo Rabinovich, que le valió cierto renombre entre sus compañeros de época. En adelante, se desempeñó como docente escolar y universitaria, promotora de artes en la Secretaría de Educación y Cultura de Antioquia (1989-1996), directora de entidades culturales como Asencultura (1999-2002), y gestora de un sinnúmero de proyectos como la Fiesta de la Música (2003 y 2004) y el Festival Internacional de Tango (2007). Se puede decir que María Soledad ha estado involucrada siempre en la industria cultural, pero también se puede decir que nunca ha dejado a un lado sus búsquedas personales, pues considera que el arte debe tener independencia frente al factor económico, y debe, sobre todo, ser la piedra de toque para el alma del artista. Hoy, desde el pueblo que convirtió en su refugio, ella continúa pintando e inclinándose por el simbolismo de lo cotidiano, que la tiene cautivada y con paisajes nuevos para sus damas de silencio. Pasa los días recorriendo las calles empedradas de Santa Fe de Antioquia y se gana la vida como masajista, un oficio que a algunos les parecería desdeñable pero que a ella la llena de calma y tiempo para reflexionar y ser, más que siempre, una artista en proceso de crear.

Perfil: Margarita Isaza Velásquez / Fotografía: Sergio González Álvarez

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Óscar Darío

Roldán Alzate

Óscar Roldán es un artista plástico que optó por la contemplación y el disfrute como principio de vida. Eso lo logró al aprender tres máximas que rigen la búsqueda de la felicidad: poder, saber y placer. Como profesional, partió de vivir el arte siendo artista para luego alejarse de esa realidad y representar al arte como la manifestación de la subjetividad que determina el curso de la sociedad. No en vano afirma: “Artista es una persona que levanta un mundo sobre el mundo de los demás, pero no solo eso, sino que busca y encuentra quién lo siga. Yo lo hice antes, pero ahora no. Esa es la figura del Dios que es imposible de conseguir”. Es un estructuralista desde la intimidad hasta el activismo político. Entró en 1995 a la Universidad de Antioquia después de haber hecho varios semestres de Ingeniería Mecánica

en la Universidad Nacional. Al darse cuenta de que estaba “sacando derivadas e integrales a los problemas personales”, iniciando unos confusos y románticos veintes, examinó su tradición familiar y social para romper la autolimitación que exigen los modelos matemáticos. La independencia fundamental del artista llegaría de reconocer su ascendencia. Logró ver rasgos claros de identidad artística en sus padres y en sus tíos, que han implicado una particular forma lírica de ver el mundo desde el campo del norte antioqueño, forma trasladada desde inicios del siglo XX a su generación. Se va de su casa, de su familia y sobre todo de la Universidad, y lo hace a Ecuador con la intención lograda a explorar espiritualmente en soledad, esa identidad que sería el caldo de cultivo de su obra. Regresa a su casa, a su familia, pero sobre todo a la Universidad para graduarse con honores, bajo la premisa de distinguir todo el valor de la libertad que gira alrededor de “andar por el conocimiento”, en ciudad universitaria, en el Museo universitario donde creó la oficina de diseño y dio rienda suelta a su creatividad para participar en el Salón Ravinovich con mención de honor en 1999, así como con sus distinguidas obras en los salones Regional y Nacional de Artistas con obras como 24 cuadros un segundo y Palmarés, entre otras. Estas obras plantearon el contexto que gira alrededor de fenómenos socio-políticos como la guerra colombiana y el problema del narcotráfico vinculado al fútbol. Más que una crítica filosófica sobre el deber ser de nuestra sociedad, su obra recrea la crudeza de la realidad, entendiendo que esa es la materia prima de la identidad colombiana, no otra. Esa proximidad con la realidad lo va alejando de la producción

de obras, para dedicarse a la academia, a su maestría en Ciencia Política para relacionarla con la estructura del arte. Sin abandonar la docencia en la Universidad de Antioquia, realiza investigación en arte aplicado en la Colegiatura Colombiana, y posteriormente se dedica a la curaduría en el Museo de Arte Moderno de Medellín, MAMM, su más reciente destino. Y es precisamente en ese conjunto de decisiones que logra armar sus criterios de libertad. Roldán fue víctima del secuestro de su padre y esa posición le implicó redimensionar el fenómeno de la política, de la soberanía, de la guerra y del Estado. Bajo premisas ontológicas cree que el poder constituyente de la sociedad es el único relevante en la formación de la ciudadanía. Ese poder constituyente está arraigado en la identidad que logra tejer la tradición, que dolorosamente en Colombia está cercana a la guerra. En ese curso se anima desde el MAMM a reproducir la estética y el arte en Medellín, como vehículos constituyentes de la convivencia. La versión de la libertad que transmite este artista es la aceptación de la realidad actual como producto de una tradición, una memoria y una sociedad irrenunciables. Roldán se define como republicano, pero fundamentalmente es un transformador porque logra aterrizar el arte en la política de forma contundente.

Perfil: David Roldán Alzate / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Marina

Quintero Quintero

El acordeón de Emiliano Zuleta, El viejo, llegó a sus oídos como si se tratara de una ensoñación. Cuando el susurro inicial se convirtió en vallenato, Marina Quintero terminó de despertarse y su compañera de cuarto, La Mirri, le reveló quién era el intérprete. La realidad parecía más increíble que la duda sobre la procedencia de los acordes. Entonces, abrió la puerta y vio a Zuleta acompañado de Escalona. Ella estaba en piyama, con el maquillaje corrido, y el baño quedaba fuera de la habitación. El cielo se encontraba a unos pasos, pero antes de entrar en él debía resolver cómo presentarse dignamente. Saludó y pidió permiso. Luego de mirarla enamorado, Escalona le dijo que se sentara cerca. Ella se dedicó a escucharlos. “El viejo Emiliano cantando triste porque iba

a morirse y a dejar a sus hijos interpretaba una canción que estaba haciéndoles. Y Escalona explicándome: ‘Yo, por ejemplo, te miro y te veo esos ojos fregadores que tú tienes, entonces te hago una canción’. Yo oía y oía, emocionadísima”, cuenta. Ese mismo día, ella fue el motivo de una disputa, verso a verso, entre Escalona y Egidio Cuadrado. “Escalona entró a mi vida como un galán dispuesto a conquistarme. Y yo estuve dispuesta a hacerle entender que lo admiraba de pies a cabeza, pero nada más: ‘Para mí, usted es mi maestro’”, agrega. Ahora la invade la nostalgia por esa gran amistad que empezó en el 83, y que sólo la muerte pudo terminar en el 2009. Han pasado casi treinta años en los que Marina se ganó el reconocimiento y el cariño de compositores e intérpretes de vallenato, de expertos y aficionados que valoran su producción intelectual sobre el género, la cual se traduce en títulos como Identidad vallenata y Por los senderos del canto vallenato. Su pasión la convirtió en una estudiosa de la música de acordeón, como se llamaba cuando la escuchó por primera vez en una oportunidad en la que amigos de su padre llevaron a casa algunas canciones de Escalona interpretadas por Buitrago. Esa música que luego redescubriría en la emisora Ecos de Ocaña, de su pueblo natal, cuando era una rareza que empezó a interesarle aún más que los boleros, las rancheras y el son cubano que cantaba su papá o los tangos que inspiraban a su mamá mientras cosía. La niña que sorprendió con su voz a las monjas de La Presentación, sin ningún temor de enfrentarse al público porque para ella cantar era algo espontáneo, creció y viajó a

Bogotá para estudiar Psicopedagogía. Allí se identificó con la nostalgia de los estudiantes costeños por su tierra y encontró en la parranda vallenata una bella expresión de la condición humana. Sin pensarlo mucho, alternó sus estudios en la Universidad Pedagógica Nacional con el goce de compartir con intérpretes para quienes su música era una manifestación viva de su cultura. Desde esa época se dedicó a hacer de la vida un tributo al vallenato, como lo testimonia el homenaje Escalona vive, en el que es intérprete al lado de Iván Villazón y la Sinfónica de la Universidad de Antioquia. Es justo decir que parte del estatus actual de este género se debe al tesón con que Marina lo ha divulgado, convirtiéndose en una maestra, no sólo en Educación, como dice su diploma de magíster de la universidad, sino también en comprender la cultura del Caribe colombiano mediante su música. Quizá, por eso, los oyentes fieles de la Emisora Cultural no se sorprenden cuando escuchan a la docente que habla con propiedad en el consultorio de la Facultad de Educación compartir sus conocimientos sobre vallenato en el programa Una voz y un acordeón. Al fin y al cabo, en ambos roles es una maestra.

Perfil: Andrés Felipe Restrepo Palacio / Fotografía: Fredy Amariles García

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Alberto

Marín Vieco

En la sala de su casa, con el sol entrando a raudales por las ventanas, acompañada por su hermano Álvaro, rodeada de antigüedades, de música, de evocaciones, Norella recuerda: “Ah, las manos de papá, unas manos largas, grandes, muy bonitas”. Y Álvaro, que complementa todo lo que su hermana dice, agrega: “Unas manos de artesano, casi siempre sucias. Unas manos que podían tocar la melodía más bella, y un momento después estar puliendo la madera, martillando”. El padre del que hablan, el dueño de aquellas manos prodigiosas, es el maestro Alberto Marín Vieco, fallecido en 1999, Honoris Causa de la Universidad de Antioquia en 1989, fundador de la Orquesta Sinfónica de Antioquia, de la Orquesta de Cámara de Medellín, de la Sociedad Filarmónica de Medellín, del Cuarteto de Cuerdas de Medellín. Un personaje

inolvidable para ellos, un papá cariñoso, el maestro de decenas de estudiantes de chelo y contrabajo en el Alma Máter. Y agrega Norella: “Recuerdo los domingos en Prades, la finca de la familia en Copacabana, especialmente el olor a cola; recuerdo a papá silbando alguna suite de Bach mientras arreglaba algún instrumento y a mi mamá al rato cantando alguna canción de Agustín Lara”. “Era un caos muy hermoso —dice Álvaro— porque la casa estaba llena de música, había instrumentos por todas partes. Norella cantaba o tocaba el piano, yo interpretaba el violín, mi hermano Hernando en la batería, papá silbando mientras trabajaba la madera. Por eso es que la música entró de una forma tan natural en nuestras vidas, sin imposiciones.” El maestro Alberto Marín Vieco nació en 1916. Mencionar el apellido Vieco (Vieco Ortiz, Marín Vieco) es hablar de tradición artística en nuestra ciudad. Él aprendió desde muy joven los acordes del violonchelo gracias a su tío Alfonso Vieco; de su otro tío, Luis Eduardo Vieco, el grabado, y de su abuelo, Camilo Vieco, el trabajo con la madera. “Todos ellos no eran solo artistas —dice Norella—: tenían también la intuición del artesano”, El maestro se casó con una prima suya, Nena Vieco, en 1944. Para entonces ya tocaba en la Sinfónica Nacional y había pasado por maestros como Walenberg y Silva. Para sostener su familia, montó una tienda de juguetes de madera que él mismo hacía, tiempo después un almacén de vidrios importados, Vidrial. “Yo nací en el 45 y desde que tenía unos trece años me recuerdo acompañando a mi papá en conciertos con la ópera. Trabajaba con la Sinfónica de Antioquia en la mañana, por la tarde pegaba vidrios,

en la noche grababa música en Sonolux. Era un ritmo muy hijueputa”, cuenta Álvaro. Prefirió la música de cámara, a pesar de que siempre fue el primer chelo en la Orquesta. Por eso el grupo que más quiso fue el Cuarteto de Cuerdas de Medellín, que duró casi cuatro décadas. “Otros recuerdos que yo tengo son los ensayos del Cuarteto los lunes —prosigue Norella— y las murgas de los viernes: reuniones familiares donde todos los Vieco se juntaban para tocar pasillos y bambucos. Ellos nunca despreciaron la música popular.” A mediados de los sesenta ingresó como docente a la Universidad de Antioquia. Siempre decía que tocar solamente se aprendía tocando, y por eso a sus estudiantes los enviaba a orquestas y grupos para que ganaran experiencia. “Y les enseñó algo que siempre tuvo en vida: la dignidad del artista —concluye Norella—. Es que él era muy orgulloso de lo que hacía, que no quiere decir engreído ni falto de humildad. Simplemente respetaba su oficio, lo amaba y les enseñaba a sus alumnos lo mismo. Por eso creo que el Hororis Causa significó tanto para él.

Perfil: Juan Camilo Jaramillo Acevedo / Fotografía: Cortesía Fundación Marín Vieco

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Jorge Enrique

Orejuela Arias

“¡Quién cantará el bullerengue! ¡Quién animará el fandango! ¡Quién tocará la gaita en las cumbias de Marbella!” Velorio del boga adolescente, Jorge Artel En 1929 nació un ser de considerable ternura, inmenso talento artístico y una ambición por ser mejor que solo logró calmar la música. Su nombre: Jorge Orejuela, el mismo a quien años después empezaron a anteponerle la palabra maestro. Los primeros años los vivió en medio de un pequeño pueblo llamado Pradera, ubicado al lado de Palmira, sur del Departamento del Valle del Cauca. Allí se formó —rodeado

de una familia numerosa, libertad y mucha música— como un sujeto cándido, sensible, perseverante, capaz y bueno. Dice haberse interesado por la música desde chiquito. Recuerda que sus juegos eran simplemente música. Remedaban la banda municipal, que en esa época era la sensación del pueblo y la encargada de repartir alegría y amenizar todos los aconteceres del lugar, desde los más lúgubres hasta los más gozosos. “Si no había banda, no era un buen evento”, recuerda. Su acercamiento formativo con la música, aparte de sus interminables juegos, fue en el 43, cuando motivado por su familia entra a interpretar el cornetín en la Banda Municipal de Pradera. En el 47, integró la Banda Militar del recién instalado Batallón Codazzi, en Palmira, y recibió allí su primer sueldo como músico. Con la experiencia ganada y la formación musical adquirida, llegó de nuevo a su pueblo a dirigir la Banda Municipal, aquella en la que otrora no era más que un joven entusiasta que interpretaba el cornetín. Su talento y disciplina lo llevaron a hacerse merecedor de una convocatoria pública para reformar la Banda Departamental del Valle del Cauca. Fue nombrado solista y entró a estudiar música en el Conservatorio Antonio María Valencia. Allí permaneció tres años, luego viajó a hacer parte de la Banda Departamental del Atlántico, dirigida por el maestro Pedro Biava. En el 60 aterrizó en Medellín, ciudad que desde entonces es su hogar. Fue miembro de la que se consideraba la mejor orquesta sinfónica del país, dirigida por Joseph Matza, actualmente conocida como la Banda Sinfónica de la Universidad de Antioquia.

Jorge Orjuela siguió con rigor sus estudios. Dedicó su vida a compartir sus conocimientos y destrezas como compositor, intérprete y docente con varias generaciones de jóvenes ávidos de aprender, que vieron en él al maestro actualizado, ético, generoso, modesto, minucioso, prudente y respetuoso. Un hombre bueno que siempre creyó en las capacidades de sus alumnos. Un brillante compositor con escasa divulgación mediática de su vasta obra, que atribuye a la poca suerte a la hora de lograr que se interpretaran y divulgaran sus piezas. Polifacético, deportista, de múltiples intereses: se desempeñó en bandas y orquestas sinfónicas, orquestas de radio y de música bailable. La Orquesta de Lucho, la de la Voz de Antioquia de Caracol Radio, la de los Martelo, la Grande, el Sexteto de Jazz son solo ejemplos de una vida entregada a la música, a la alegría de vivir en el arte. La Universidad de Antioquia ha representado para él la oportunidad de materializar y cultivar su talento. La nostalgia de los viejos tiempos centellea en los ojos de tan encantador hombre. Espera que su música no muera, que no se olvide, que la evolución musical y artística tenga un rincón de regocijo para la música popular, para seguir creando y ambicionando. “Mi ambición siempre ha sido hacer buena música y ser una buena persona, nunca estamos conformes y aquel que lo esté y crea que llegó, está paralizado, y un elemento paralizado está muerto”, ratifica. El maestro Jorge pasa sus días tranquilos con su familia, con su esposa, quien lo acompaña desde su ingreso a la Banda del Batallón Codazzi y le ha dado la felicidad de ser padre de cinco mujeres y un hombre, habiéndose interesado únicamente este último por la misma pasión de su padre.

Perfil: Vera Constanza Agudelo Estrada / Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Arrison Alejandro

Palacio Herrera

Una biblioteca le devolvió la esperanza de vivir. Sucedió en Andes cuando Alejandro Palacio era adolescente y estaba huyendo de la tristeza de la guerra que tocaba los barrios de Medellín. La casa del pueblo donde se estaba alojando con su familia tenía una placa en la entrada que le llamaba la atención pero no le decía mucho: “Aquí nació Gonzalo Arango”. En las tardes de horas perdidas, el muchacho visitó la biblioteca y comenzó a leer; encontró allí el tesoro guardado de los libros nadaístas y se entusiasmó con la poesía. No le era del todo ajena pues desde niño jugaba a combinar palabras e inventar estrofas. Un poco de ese idilio con los libros se rompió cuando Alejandro debió volver a Medellín para trabajar y ganarse la vida, pues la adultez le llegó con anticipación. Después de

que terminó el bachillerato, consiguió puesto como obrero en una fábrica de láminas de metal. Trabajaba de sol a sol y ya no podía escribir. Tomó la decisión de renunciar y se fue a andar por las calles de la ciudad. Esta vez la biblioteca de Comfenalco apareció en su vida. Se enamoró de las letras de Fernando Pessoa y se refugió en nuevas páginas. Un día encontró un cartel que avisaba de talleres de poesía en Castilla y no lo pensó dos veces. Allí conoció a poetas, como Pedro Arturo Estrada, y a compañeros de clases que se convirtieron en sus nuevos amigos. Los versos se tornaron libres y salieron de las aulas para llamarse místicos. En los parques de Castilla, al pie de una naturaleza urbana, Alejandro y sus amigos recortaban frases, jugaban a la poesía y llenaban cuadernos enteros. Con el nuevo aire de la literatura, Alejandro decidió ingresar a la Universidad de Antioquia para aprender a leer y escribir con mayor rigor. Optó por la docencia escolar, más con la idea de conocer y entender a los autores clásicos que con aquella de ejercer la pedagogía. Cuando terminó la carrera y él ya dictaba clases a niños y adolescentes, un amigo le dijo que se presentara al concurso de poesía joven de Prometeo. Sacó de la manga su libro Hechizos ojos para las cosas innombrables y fue seleccionado como ganador. Ese festival de poesía, en el 2011, fue para él un bálsamo de conocimientos, pues pudo unirse a poetas de todo el mundo y encontrar otros lenguajes. “Don”, uno de sus poemas, dice: “Se me dio una voz / parecida al júbilo / después de una guerra endiablada / Para con ella escribir / en tonos altos / los colores del recuerdo”. Esa voz que tiene este joven de treinta años, docente de

español en un colegio público, es sincera y honda. El libro con el que ganó la convocatoria, cuyo ser principal es Tiresias, el adivino ciego, no es el único en su haber; tiene otros poblados de heterónimos, personajes que residen en él y le roban el aliento, nacidos muchas veces de la búsqueda mitológica o de las eternas revisitas que suele hacerles a su Pessoa, a Blake y a Whitman. Ahora está en receso poético, pues el trabajo con sus alumnos lo compromete por completo. Piensa que no será así para siempre, porque su aire, el que lo aleja de las tristes certidumbres y del pasado lleno de horror, está en la escritura. Alejandro quiere ser un poeta maduro, capaz de reflejar la metafísica que lo habita y de componer su catarsis cotidiana. Mientras tanto, Medellín, su ciudad, lo seguirá viendo enfrascado en las bibliotecas públicas, como revisando los mapas del tesoro y tomando apuntes para sus nuevos trazos.

Perfil: Margarita Isaza Velásquez / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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Elkin

Álvarez Jaramillo

“Tengo en el pecho una jaula, en la jaula dentro un pájaro, el pájaro lleva dentro del pecho un niño cantando en una jaula lo que yo canto.” Amancio Prada Era un día lluvioso en el municipio de Guarne cuando lo vi. Percibí que emanaba colores, era una tarde oscura: él yacía en su casa de ensueño. Su esposa, Patricia, lo acompañaba sonriente y su perro Balín me daba la bienvenida con entusiasmo. Su casa, Aldebarán, es el refugio de un artista íntegro, que disfruta cada detalle de la vida: el caer de la lluvia,

el vaivén del viento, la música, la poesía, el amor. Vitrales y colores infantiles revelan ese niño grande que es Elkin Álvarez. “Yo soy un camellador sin afanes, no me gustan los afanes, tengo que tener calma para que me salgan bien las cosas. No me da remordimiento no hacer nada, y a veces hago de todo, me gusta tener una vida tranquila, creo que me la merezco”, dice entre risotadas. Esa tranquilidad de la que habla no es más que la metáfora de la vida que decidió vivir gracias al entendimiento que le dio el arte. Él es un enamorado del arte en todas sus facetas, un idealista, humanista, demócrata y opositor de la injusticia social. Recuerda a Blas de Otero: “Bien lo sabéis. Vendrán por ti, por ti, por mí, por todos. Y también por ti. (Aquí no se salva ni Dios. Lo asesinaron)”. De niño, se inició en el canto y nunca lo ha dejado. Nacido en una cuna no muy próspera económicamente, él sabía que la educación era su futuro. Estudió becado, gracias a su talento, en el colegio San José de La Salle unos tres años, luego pasó al Instituto Cervantes donde continuó destacándose por sus habilidades artísticas en la música, la literatura, la poesía y el liderazgo, porque allá descubrió que tenía carisma y espíritu de liderazgo. Entró a la Universidad de Antioquia a estudiar derecho, un poco influenciado por su familia. Sin embargo, en el primer semestre descubrió que su verdadera pasión es la música, así que se pasó a estudiar pedagogía musical, no sintiéndose cómodo con la pedagogía del conservatorio, pero resignado a continuar tras no poder cambiarlas. Su carrera duró como 10 años, en una época de constantes movimientos estudiantiles e interminables paros. Su militancia política y estudiantil la hizo por medio del arte, a

partir de este entendió la filosofía y las matemáticas, aprendió a aceptar el mundo y comprendió que no ha sido un hombre convencional, que el artista tiene un papel importante que cumplir, no disfrazar un discurso político, sino mostrar la realidad para que la gente accione. Su forma de participar era el arte, cantaba a Violeta Parra, Facundo Cabral, Paco Ibáñez, Amancio Prada, Rosalía Castro, Joan Manuel Serrat. En la Universidad, canta en un conocido grupo de música colombiana llamado Los Médicos, no fue su gran pasión, era su forma de sustento. Cantó también con la Zarzuela y en un octeto renacentista en el que montaron la Cantata de Santa María de Iquique, con tal éxito que realizan más de 40 presentaciones en toda Colombia. Además de cantar, trabajó en El Colombiano; inicia dando clases en las Betlemitas, pero terminó dirigiendo el coro; trabajó en el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y finalmente terminó durante un viaje por Suramérica conociendo a María Fux y Gerda Alexander, quienes lo llevaron a dedicarse a la música, ya a través de la expresión corporal. Elkin se convirtió desde entonces en un experto en el tema, dictó clases particulares, fue docente de la Biblioteca Pública Piloto, de la Universidad Nacional, de la de Antioquia, de la de Medellín y del Politécnico Jaime Isaza Cadavid, institución de donde finalmente se jubiló. Actualmente, comparte su conocimiento por medio de clases particulares, pero esencialmente se dedica a vivir y a disfrutar la vida. Trabaja en un montaje de poesía española, aspira escribir literatura, ya no quiere cantar otros poetas, quiere cantarse a él, quiere escribir y cantar su sentir como todo un juglar.

Perfil: Vera Constanza Agudelo Estrada / Fotografía: Vera Constanza Agudelo Estrada

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Isabel Cristina

González Arango

Ninguna muñeca de trapo debería tener boca, para que así proteja los secretos que la tejedora, puntada tras puntada, le ha confesado. Isabel abre un cofre de madera decorado con un dedal, recortes de franela y lentejuelas nacaradas. Dentro, hay un manojo de muñecas, unas vestidas con trajes coloridos de lana, otras, desnudas, una con alas y otra —la única— con boca porque en ese nuevo ciclo era hora de hablar. Teje una en cada cumpleaños, son sus quitapesares, tradición de las abuelas guatemaltecas; con ellas absuelve sus miedos y se renueva. Las mejillas se ruborizan, ríe para aplacar la pena, confiesa que pasó quince años como estudiante antes de recibir el grado de antropóloga. Los motivos suman una cronología de ausencias, se iría y volvería varias veces; la primera vez

fue a los diecisiete años, cuando decidió vivir sola. Sería en la vereda Cabuyal de Copacabana, y no moriría de hambre, pensaba, porque en el camino de la que sería su finca había guayabas y naranjas, y porque ella tenía sus manos que saben hacer mil cosas: bitácoras, galletas con salsa de mora, muñecos de trapo. Piacini, también tejedor, docente y amigo, le daría su primer trabajo en el laboratorio de arqueología; él le hablaría de las improntas de tejidos en los vestigios de las cerámicas de los pueblos indígenas de Antioquia y, años después, ella retomaría este tema para su trabajo de grado: “Una huella del tejido en la cerámica. A mí eso me pareció fantástico y empecé a ver una primera relación entre ese trabajo arqueológico que estaba haciendo y el tema del tejido, que me apasionaba mucho”. Pero esto sucedería después de varios viajes por Suramérica, en uno de ellos, el más largo, se fue a vivir a Argentina durante dos años y estudió tejeduría andina, en la Escuela de Artes y Artesanías de Morón. Al regresar, le propusieron trabajar en un proyecto de la Alcaldía de Medellín, Tejiendo Memorias. Enseñó a bordar a mujeres de la cárcel, a niños y madres de la Comuna 13, y a adultos mayores de La Quiebra, y mientras bordaban, hablaban de eso que pasaba en sus vidas, en sus casas, en sus barrios, entrelazaban la memoria de la ciudad. “El tejido es sanador, resuelve cosas. Es aportarle al otro, no son talleres donde tú solamente estás quieto escuchando y llenando un papel, sino que terminas el taller y los demás aprenden un oficio. Es un intercambio”, enfatiza. Desde el 2010, con el grupo Cultura, Violencia y Territorio, del Instituto de Estudios Regionales, INER, emprendió un proyecto para

hacer un costurero con mujeres víctimas de la violencia en Sonsón. Memoria, reconciliación y reparación, tres palabras muy académicas, terminaron en cuadros de patchwork, donde las mujeres bordaron telas de distintos tonos verdes y azules, y recrearon el día en que a sus esposos e hijos se los llevaron vivos hacia las montañas, muchos de los cuales no volvieron y otros regresaron muertos con el curso del río. En una repisa, muñecos que le han traído de otros países comparten espacio con libros que ella les lee a las mujeres mientras tejen. Isabel toma una muñeca con cabello de lana amarilla, ojos verdes, impávidos, vestida con un traje blanco de boleros verdes. En el pecho tiene bordado un corazón, se lo hizo ella, “es que la muñeca me parecía muy triste, me la regaló Gloria, una mujer de Sonsón, yo le puse ese corazón para que transformara ese sentimiento de amargura”. En el taller, cada mujer hizo una muñeca para simbolizarse a sí misma y escribió una nueva historia en la que los sueños se fertilizaban con la reconciliación. Isabel devuelve a la repisa el cofre donde guarda sus quitapesares; a su lado está el tablero en el que su esposo aprendió a leer, ella lo volvió telar. Este sostiene un tejido de lana marrón que está haciendo desde hace varios días. Lo acaricia y dice: “El tejido está hecho de tramas y urdimbres. La urdimbre es el esqueleto, la trama es la carne y el corazón es el tejedor. Uno se levanta y la primera hebra es la luz, es el sol, el primer momento de la mañana, y así yo voy haciendo el día, cada acto es una puntada”.

Perfil: Ana María Bedoya Builes / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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Jorge Iván

Grisales Cardona

¡Arfffffff! ¡crraaaaaaaaaaaaaaaa! ¡gargggggggg! ¡grrdldldldldddd! Tal vez sea un lenguaje, pero a los oídos de quien está fuera de la escena es ininteligible. Rugen, braman, crujen, bufan, gruyen, caminan, corren, vuelan, se estremecen, se entumecen, el piso parece de arena y en el camino al abrevadero los pasos van dejando su deleble huella. Los cuerpos resuenan, resuellan, cada uno de sus latidos, de sus mínimos movimientos, está creando una atmósfera, es la selva, es la montaña, es lo profundo, es un mundo primitivo, están en trance. Jorge Iván Grisales y sus estudiantes de teatro de la Universidad de Antioquia han logrado despertar el animal interno que los habita. Que todo lo que se hace en teatro hace parte de la vida de quien está en el espacio escénico, es una premisa de este

maestro. El personaje de Jorge Iván tal vez emergió cuando tenía cuatro años y emprendió con su madre y sus hermanos un tortuoso viaje de Medellín hacia Buga para reencontrarse con el padre, el mismo que los abandonó tiempo atrás con la promesa de estar de nuevo con ellos cuando tuviera una casa propia que ofrecerles. Aún puede sentir la arena bajo sus pies en esa vivienda humilde, aún puede ver la silueta del padre pródigo esperándolo en la cocina, al lado del fogón encendido. De ahí en adelante, su personaje de bailarín, actor, pedagogo, poeta, contador de historias, se iría alimentando con el trabajo en la carnicería de su padre en Buga; y del regreso definitivo a la casa de su abuela en el barrio Belén para validar la secundaria, ingresar al desaparecido Taller de Artes, estudiar Comunicación Social en la Universidad de Antioquia, sostener durante diez años una revista cultural radial, enseñar teatro en la Escuela Popular de Artes, ser profesor de español en el INEM, publicar un libro sobre el manejo de la voz escénica y otro de poemas —Los versos del nadador ciego—, hacer dos especializaciones y una maestría con tesis meritoria, y seguir construyéndose como un espíritu tan libre que ve en la rutina el rostro de la muerte. “Puedo decir que tengo momentos de espiritualidad libre, especialmente cuando escribo y cuando decido qué es lo que coloco de mí en el escenario”. Él es un dramático gramático que ve verbos en las acciones físicas y sujetos en quienes las ejecutan. Por eso afirma que así como la menor unidad del habla con sentido completo en la gramática es la oración, en el espacio escénico la menor unidad de representación es una respiración con el cuerpo en movimiento.

La vida de Jorge Iván es una lectura de oraciones, de párrafos, de un libro que sigue escribiéndose y en el que podría subrayarse que es padre de una adolescente, que fue un bailarín en el Bar de la Calle Luna y un símbolo de Adán —el primer hombre— en El arquitecto y el emperador de Asiria; que Severa vigilancia y Birlibirlosiquicia son otros de esos montajes con los que pisó escenarios de Cuba, Estados Unidos, España y Brasil; y que en un viaje a Bogotá para hacer una especialización en voz escénica, conoció a Teodoro Terzopoulos, director y dramaturgo griego, un maestro que le abrió aun más el camino para ir tras nuestra animalidad mítica, tras la memoria del cuerpo. Ese trasegar por la memoria, por el movimiento, por las palabras, le ha permitido al Mono Grisales construir una pedagogía teatral sincrética, alimentada de chacras, asanas, chamanes, danza butho, energías míticas, gramáticas orgánicas, que llevan a que sus pupilos abran las exclusas del inconsciente para desbordarse en el consciente y permitir que emerja el personaje. Como maestro, él señala los caminos, el proceso personal de encuentro con el conocimiento; en cada una de sus clases participa como si fuera uno más sin dejar de interrogarse: “¿Esto que yo aprendo, ¿cómo lo hago?, ¿cómo lo aprendo para luego enseñarlo?”

Perfil: Ramón Pineda Cardona / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Clemencia

Echeverri Mejía

Cuando Clemencia Echeverri salió de su natal Salamina (Caldas) a la edad de siete años, no se imaginó que este movimiento la convertiría en una reconocida artista. Con su familia, llegó a la capital antioqueña y estudió en colegios como el Colombo Británico y el Jesús María. En la adolescencia, asistió por varios años a Bellas Artes en Medellín, donde recibió clases de piano con Teresita Gómez, y de pintura y dibujo con otros profesores locales. Su primer interés fue ingresar a la carrera de Artes en la Universidad de Antioquia, pero al encontrar un plan de estudios excesivamente tradicional, aplazó su ingreso y, motivada por asuntos que tenían que ver con la fotografía, el video y la televisión, realizó la carrera de Comunicación Social en la Universidad Pontificia Bolivariana.

Una vez graduada de la UPB, tomó la decisión de continuar con su interés inicial, e ingresó a la carrera de Artes Plásticas en la Universidad de Antioquia. Clemencia define el paso por el Alma Máter como un periodo muy interesante de su vida, pues cada una de las materias que cursó las enfocó como un taller para desarrollar su obra. La pintura fue su primer interés: desarrolló propuestas de gran formato y participó en exposiciones de la ciudad. A los docentes los convirtió en sus tutores permanentes, como Álvaro Marín y Samuel Vásquez, quienes fueron, según dice, determinantes en su carrera. Aún sin graduarse de Artes Plásticas, pero con el título de Comunicadora Social, ingresó como docente. Se destacó, entonces, como una mujer de propuestas: impulsó una movilización para transformar el plan de estudios y actualizar la carrera, para ponerla a tono con el arte contemporáneo. Motivó en la institución que se establecieran tiempos de investigación para los docentes, con el fin de que ellos pudieran continuar sus obras y así ejercer su oficio con mayor propiedad. Para Clemencia Echeverri, el trabajo en el arte fue una constante que nunca se vio interrumpida por la docencia. La fuerza que le impusiera a sus ideas durante años en la Universidad de Antioquia dio sus frutos cuando se trasladó a la Universidad Nacional, sede Bogotá. Allí inició una propuesta con la colega Trixi Allina, para establecer el primer proyecto de maestría en artes plásticas del país. Esto fue un importante aporte a la profundización de las artes y al enriquecimiento del nivel de los artistas jóvenes. En 1994, Clemencia viajó a Londres, donde realizó una maestría en Artes Plásticas y Visuales, y un diploma en Teoría

e Historia del Arte Contemporáneo, en el Chelsea College of Arts and Design. La distancia la situó frente a su país de origen y esto produjo un giro importante en su obra. El resultado, entonces, es una mujer con una postura mucho más crítica, lo que sin duda se refleja en sus obras de arte, especialmente desde la década de los noventa. Actualmente, su trabajo centrado en problemas que circulan desde lo afectivo y personal hasta lo que nos compete a todos en la vida social, lo ha venido desarrollando a partir de medios como el video, la video-instalación, el sonido y la interactividad. Procesos que exigen detallados procesos de investigación, lectura, viajes, análisis y confrontación. Sus obras han tenido participación nacional e internacional, al punto de que muchas forman parte de importantes colecciones y han sido merecedoras de premios y apoyos para su producción. Entre ellas, pueden contarse: Treno, un proyecto de video-instalación desarrollado alrededor de problemas de violencia en nuestro país, desde el río Cauca; Frontera, un proyecto de video realizado por jóvenes de diferentes estratos de la ciudad de Medellín; y Versión Libre, una video-instalación confeccionada a partir de voces de desmovilizados de grupos armados ilegales en Colombia.

Perfil: Víctor Casas Mendoza / Fotografía: Andrés Barón

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Héctor

Ramírez Bedoya

Matancerólogo. Dícese de la persona enamorada de la música, especialmente de la música interpretada por la Sonora Matancera. Este hombre se considera un matancerológo nato. Desde muy joven, cuando apenas cursaba el bachillerato, se enamoró de la Sonora Matancera, el más famoso conjunto de música cubana, nacido en los años veinte en la ciudad de Matanzas, conocida también como la Atenas de Cuba. Más de ochenta años de historia y creación musical de la Sonora están en la cabeza de Héctor Ramírez Bedoya, presidente del Club Sonora Matancera de Antioquia, hoy por hoy, el único que ha sobrevivido en el mundo a las múltiples tendencias musicales y que continúa reuniéndose una vez por mes, el último sábado, y una vez por año, durante la

Feria de las Flores, con sus correligionarios internacionales. “Para mí, la Sonora ha sido causante de enormes alegrías, y desde hace muchos años, no puedo pasar más de un día sin escucharla. Yo llego a mi casa, me alimento y de ahí me voy a escuchar música, a escribir o a leer. Todos en el fondo tenemos un vínculo con la música, yo vivo y vibro por la Sonora”, dice. Su pasión e investigación matancera no solamente lo convirtieron en coleccionista de música, sino que lo han llevado a hacer un ejercicio juicioso de escritura: ha publicado cinco libros, el último de ellos sobre Bienvenido, El Bigote que Canta, su ídolo y preferido; por él se ha dejado el bigote. Desde hace doce años, asiste activamente al Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto, donde le han publicado dos de sus relatos y lo han apoyado y orientado en literatura para embellecer sus textos matanceros. Héctor recuerda aquella tarde en que, cuando caminando por el centro de Medellín, escuchó en las lejanías las tonadas del bolero En la orilla del mar, interpretada por el más célebre cantante de la Sonora, Bienvenido Granda; aunque en ese momento no tenía la menor idea de quién interpretaba esa hermosa canción: “Luna, ruégale que vuelva / y dile que la quiero / que solo la espero / en la orilla del mar”. Desde ese día, Héctor ha conjugado su pasión matancera con las actividades de su vida. Se graduó como médico cirujano en la Universidad de Antioquia, e hizo una especialización en Anestesiología y Cuidados Intensivos en la Universidad Pontificia Bolivariana, profesión que le ha dado el sustento y que continuará ejerciendo, por lo menos hasta que cumpla setenta. Dice, orgulloso su oficio: “soy feliz

durmiendo gente, yo los jonjoleo mucho antes de dormirlos y les converso, porque el acto anestésico es terrorífico y me gusta hacerles la experiencia más agradable”. Héctor es un hombre lleno de historias; no es gratuito que sea llamado el Cronista de la Sonora, por relatar miles de aventuras con los artistas, conciertos, viajes nacionales e internacionales. Tuvo la oportunidad de conocer a muchas de sus estrellas, entre ellas a dos de sus favoritas: Alberto Beltrán, el Negrito del Batey, y el argentino Leo Marini. A Bienvenido, lastimosamente, no lo logró conocer. La Sonora, el bolero y el tango son la pirámide musical de Héctor. La anestesiología, su pasión, pues siempre quiso ser médico. Su ímpetu desde hace varios años es la escritura; y su motor y complemento, la familia. “Para uno lograr la felicidad, necesita un complemento especial que es la familia; yo tengo a mi esposa, Piedad, y tres hijos, dos mujeres y un hombre”, todos ellos enamorados también de la Sonora, en especial su hijo Alejandro, de quien expresa: “Me quedo tranquilo, porque sé que mi colección de música se va a perpetuar con mi hijo. Como dice Borges: ‘Las cosas mueren, cuando la última persona que tiene recuerdos de ellas, muere’”.

Perfil: Vera Constanza Agudelo Estrada / Fotografía: Vera Constanza Agudelo Estrada

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Antonio

Acevedo Linares

El poeta, ensayista y sociólogo santandereano, Antonio Acevedo Linares, nació en El Centro, Barrancabermeja, 28 de julio de 1957. Realizó estudios de Sociología en la Universidad Cooperativa de Colombia y de especialización en Filosofía Política Contemporánea en el Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia, así como egresó de la maestría en Filosofía Latinoamericana, con especialización en Educación en Filosofía Colombiana, de la Universidad Santo Tomás. Ha ejercido la cátedra universitaria en varias universidades de Bucaramanga, como la Universidad Industrial de Santander, la Universidad Santo Tomás, la Universidad Cooperativa de Colombia, la Universidad Manuela Beltrán y la Universidad de Santander, en las áreas

de sociología, lenguaje y sociedad, filosofía y sociedad, literatura contemporánea, filosofía contemporánea, literatura colombiana y literatura contemporánea. En su experiencia profesional, ha trabajado en la Alcaldía de Bucaramanga, en la Secretaría de Desarrollo Social, y en experiencias de construcción participativa en el Observatorio de Derechos Humanos de Santander y en el programa de minorías étnicas. Sin embargo, su campo de mayores satisfacciones es la literatura. Entre sus libros de poesía pueden contarse: Por esta manera de querernos tanto, La lluvia sobre el tejado, Bitácora, Arthur Rimbaud y otros poemas, Saudade, Atlántica, Los girasoles de Van Gogh, Poemas de invierno, Los días de octubre, En el país de las mariposas, Los días que a diario son la muerte, En la guerra como en el amor, y Amor a Sophia. Así mismo, la obra de Antonio Acevedo Linares ha sido recogida en numerosas antologías nacionales y regionales. Para él, “la poesía es la exploración de la palabra como el amor es la exploración del cuerpo. La hermosura de escribir sólo es comparable con el amor. La escritura de la poesía ha sido en estos años un oficio que me ha hecho sentir que cuando no escribo, siento que pierdo el tiempo, pero cuando escribo, recobro el tiempo perdido. La poesía nos recobra y redime. Su ejercicio es redimir las cosas cotidianas que pasan inadvertidas y soñar un país. Su esencia es la comunicación, porque creemos que la poesía es fundamentalmente comunicación. La comunicación del asombro y la dulzura de las cosas. Son treinta años ya dedicados a la escritura poética, un oficio que ha sido mi mejor coartada, y muchas cosas me han sido cómplices y

me han deslumbrado a tal punto, que todavía se persiste en este oficio como un heroísmo en estos tiempos difíciles para la poesía”. En ese oficio de escribir y comunicar, Antonio ha participado en congresos y eventos con ponencias como El amor en la poesía, en la VIII Feria Internacional del Libro; y La ciudad como imaginación, en la Casa de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, entre muchas otras. Después del 2006, afirma el poeta, no volvió a participar en concursos literarios, pues, aduce, la poesía no es una competencia de caballos sino una pasión solitaria en busca de una voz propia. Así, ha escrito en el prólogo de uno de sus libros, una reflexión sobre su propia poesía en donde afirma que “la poesía es un oficio que se me ha ido imponiendo con los años y siempre he estado abierto a sus sonidos y furias. No la he acechado premeditadamente sino que me ha llegado de la manera más natural y así la he escrito. He escrito poesía con los elementos más cotidianos y autobiográficos que he tenido a la mano, lecturas y viajes han sido las fuentes principales para escribirla, poco he dejado a la imaginación, aunque sé que es su fuente originaria, pero he recurrido más a la experiencia vivida y leída que son los materiales de la que está hecha esta poesía”. En la actualidad, el poeta Acevedo Linares continúa escribiendo y preparando sus próximas publicaciones. De igual manera, permanece ejerciendo la cátedra de lectoescritura y habilidades comunicativas, en las Unidades Tecnológicas de Santander, UTS, en Bucaramanga.

Perfil: Ramiro Lagos Castro / Fotografía: Archivo personal

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Hernán Darío

Jiménez Betancur

Sentado entre griegos, romanos, tigres e indígenas de madera, un abogado redacta con pasión las demandas que presentará a los juzgados. Allí, donde las paredes son de libros y música, atiende a sus clientes que se concentran primero en el entorno y luego en la razón por la que han ido. Allí también, en la oficina de Hernán, se organiza el Festival de Poesía Ánfora Mágica del municipio de Caucasia. Hernán Darío Jimenez Betancur es abogado egresado de la Universidad de Antioquia, en 1989. Nació en Medellín, pero se considera caucasiano. Llegó al pueblo a trabajar por corto tiempo, pero tuvo la osadía de bañarse en el río Cauca y decidió quedarse. Estos veintidós años que lleva en Caucasia se tradujeron con el tiempo en familia, amigos, trabajo y poesía. Y es allí, en la palabra, donde encontró

sus mayores aliados para conformar lo que hoy se llama Corporación Ánfora Mágica, una organización que le apuesta a la cultura del Bajo Cauca antioqueño y que realiza desde hace seis años el festival de poesía. Desde joven, cuando estudiaba en el Liceo Antioqueño, Hernán se apasionó por las letras que son leyes, pero también por las letras que son literatura. Así ha pasado su vida, como un péndulo oscilando entre sus pasiones, sacando de cada una de ellas lo mejor y lo peor. Empezó a litigar en 1990 y, cuando menos pensó, lo buscaban tanto empresas como personas para que les prestara sus servicios como profesional; le tenían confianza, su espíritu apasionado lo hacía visible y su empeño le dio un prestigio que hoy se mantiene vigente. Al ver caer las coloridas tardes caucasianas, desde algún parque u oficina, Hernán y otros amigos se embriagaban de música y literatura, y en una de esas rascas intelectuales nació la Corporación Ánfora Mágica. Existía desde antes en las mentes y corazones de este grupo de bohemios, quienes tenían muy claro el aporte que querían hacer a la cultura del municipio y al artista caucasiano que suele refugiarse tras la pobreza y la falta de apoyo. Todos los integrantes de la Corporación se debaten entre su oficio y el ejercicio altruista de promocionar la cultura local. En sus reuniones, en la oficina de Hernán, definen la logística del festival, gestionan la financiación, escogen la carátula de las memorias impresas, crean el eslogan, escogen a los poetas y, entre todo, disfrutan este ritual que hasta ahora se ha materializado en cinco ediciones. Curiosamente, Hernán no escribe literatura. Tras

bambalinas disfruta el éxtasis de la poesía, específicamente la declamada en el festival. Lee bonito, como dice él, y sólo escribió el prólogo del libro Canciones para la guerra, de su compañero de travesía cultural, Enrique Aldave. Este personaje duerme poco, pero sueña mucho. Desde las tres de la mañana está leyendo y pensando en todas las personas que le pueden aportar a este proyecto. Cada año, caminando acelerado, visita empresas, instituciones, amigos, desconocidos, para lograr llevar a cabo el festival de poesía. Gracias a su gestión, reciben aportes en dinero o en especie, y con ello pueden costear algunos insumos del evento. En alguna ocasión, Hernán insistió en darle dinero a una amiga por diseñar el libro de las memorias; ella no quiso recibirlo, pero ante la insistencia, aceptó, no sin antes decirle “me siento como cobrando un abrazo”. Así pues, el abogado, amante de la literatura, organizador del Festival Ánfora Mágica, recitador y soñador, está dejando una huella memorable en la tierra que no es de él aunque la siente suya, que la vive, que la lee, que la escucha, como una poesía dulce declamada.

Perfil: Andrés Felipe Motta Jaramillo / Fotografía: Archivo personal

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Débora

Arango Pérez

“Fui pintando lo que fui viendo” es una de las frases con las que Débora Arango, usando eufemismos, escupía en público la mordaza fastidiosa con la que la hostigaba la moral católica en Medellín aficionada a los gobelinos con rostros de mártires y a santos manitiesos tiznados por velas de cebo. Esa moral confesional escribía desconcertada en El Diario o en El Colombiano. Ella conocía el doblez de la moral local y para desafiar sus oquedades decía cosas como: “Contra toda mi voluntad resultó ser el rostro de una pecadora”, refiriéndose a un cuadro suyo en el que intentaba dibujar la mujer “mística”. Esa moral fue la que le dio color intenso, forma pagana, profundidad y realismo a eso que ella pintó y contempló como vivo.

Débora fue instruida por las monjas del colegio María Auxiliadora, donde una de las religiosas la animó a que le hiciera caso a su talento, “que al fin y al cabo le había dado Dios”. El arte en la Medellín de principios del siglo XX era una expresión más de fe. La ciudad tenía poco más de doscientos mil habitantes y Eladio Vélez era uno de los dos maestros con los que se podía estudiar el asunto. Este le enseñó la técnica del retrato, pronto lo sintió como un ejercicio estático y algo la impulsaba a romper los rígidos moldes de la quietud. Luego la sedujo la fuerza revolucionaria que Pedro Nel Gómez representaba en la ciudad. Él, además de dominar la complejidad del fresco, empezó a bosquejar entre colores y dolores los cuerpos desnudos y curtidos de hombres y mujeres barequeando, tejiendo o herrando. Con Débora y un puñado de señoritas, Pedro Nel salía con caballetes y pinceles a la calle a agarrar pueblo. Ella, sin embargo, no tenía ningún sentimiento de raza. La luz que vio sobre su mundo caía intensa, le lastimaba la piel e imponía contrastes fuertes. En los años treinta, los estudiantes de Pedro Nel hicieron fama de revolucionarios y los estudiantes de Eladio de reaccionarios. Los desnudos de Débora no alagaban, por el contrario, le endosaron una “moral corrupta”. Para la exposición de 1939, exhibió su popular “amiga” y junto con ella otras mujeres de pubis peludo, senos caídos y panzas escurridas que, a veces, se contorsionaban plácidas. “El arte no tiene que ver con la moral”, “Sin práctica en desnudos ningún artista que aspire a algo puede sentirse satisfecho”, argüía cuando su antiguo maestro Eladio Vélez se tranzó a insultos

con los otros jurados y vaticinó que al entregarle el único premio de la exposición a la señorita Arango “no podrían defenderse —en el futuro— de la lluvia de desnudos y de acuarelas que reclamarán premio”. “Si Pedro Nel era origen, Débora Arango estaba cerca del mito de la redención”, decía su biógrafo Santiago Londoño. Al garete del expresionismo salió a la calle, recreó la fauna sombría que latía en la Medellín obrera. Amaneceres en cantinas, prostitutas acosadas por el deseo obrero, mujeres peleándose en la calle, rostros deformados y muecas de horror. Ahora la expresión pagana también era crítica social. Redactó y firmó el Manifiesto de los artistas independientes que, rebelde, se anexaba al Americanismo que convocó Diego Rivera en México. Después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y la posterior época de la violencia, Débora se concentró en no dejar impunes sus artífices y reprodujo las orgías del poder. Laureano Gómez es un sapo arengando sobre calaveras y el pabellón nacional tiene las vísceras expuestas al apetito de los gallinazos. Franco, el dictador español, también la obligó a bajar sus cuadros en una sala de España. Agotada de la faena pública, de la censura rampante, decidió no salir más durante tres décadas. Su obra se replegó en su casa en Envigado. El olvido y el abstraccionismo que se impuso como moda amordazaron su algarabía. Luego resucitaría entre el silencio para poder morir.

Perfil: Santiago Botero Cadavid / Fotografía: Cortesía periódico El Colombiano

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Rodrigo

Arenas Betancur

Me inquietan algunas esculturas de Rodrigo Arenas Betancur pues expresan su existencia: los cristos, que según él “son prometeos tras una efigie cristiana” y caen como arqueros de fútbol vencidos, sugiriendo que no hay redención distinta a la de la muerte. Otro tipo es el de El Hombre creador de energía, esa flor de cemento con dos desnudos enredados en la punta, que el artista plantó en el ombligo de ciudad universitaria para que hiciera escándalo día y noche envuelta en chorros de agua. Esa contiene una sensación que acompañó al artista la vida entera: la mezcla entre el amor, el destierro, el hambre y el heroísmo de quien los vence. De niño, en el Uvital, corregimiento de Fredonia, frente al Cerro Bravo, sufrió el acoso del hambre y la transigencia del

Cristo. Primogénito de una familia numerosa amontonada en una casa estrecha sobre tierra infértil. En los años 20, cielo y tierra ya estaban repartidos entre muy pocos, y para la gente como Rodrigo Arenas solo estaba servida una “miseria espantosa”. Lidiaba con ello mendigando o recogiendo café, hasta que el hambre lo llevaba a robar en los mercados. Jovencito, cayó a la cárcel “por raponero”. Sus hermanos enfermaban con frecuencia y uno de ellos murió de inanición entre sus brazos. Al lado del hambre, Cristo. La primera vez que lo vio fue en las ilustraciones de Doré en la biblia de la casa. Su familia entera pidió limosna para enviarlo al seminario de Yarumal. Una vez allí, entre santos y rejo entendió que la sensación de Dios creador estaba en sus manos y no en las rodillas. Sin tierra ni dios, siguió el sino del hambriento antioqueño: el de “la heroica fuerza migratoria”. Gabriel García Márquez escribió que cuando Rodrigo Arenas llegó a Medellín “parecía sacado a lazo de Fredonia”. Comenzó su destierro y con él un desasosiego que lo acompañó hasta su muerte. El primer maestro fue su padre, quien tallaba crucifijos y murió apretando uno que el cura párroco no quiso bendecir. El segundo, Ramón Elías, un pariente faquir y espiritista que, errante, viajó a Europa y colaboró con el arquitecto Gaudí en la iglesia de la Sagrada Familia. En Medellín ingresó a Bellas Artes y “cayó en manos de Pedro Nel Gómez”, quien le develó, sin querer, que Antioquia era un“pueblo onanista y reprimido”. Algunos escritores conservadores de El Colombiano, entre los que estaba el futuro presidente Belisario Betancour lo enviaron a México cediéndole el dinero de algunos artículos firmados como PRAB (Para Rodrigo Arenas Betancur).

Para entonces, el arte era una pasión mórbida. Aunque lo recibieron en la embajada colombiana, por su escasez y su orfandad terminó pernoctando junto al joven escritor colombiano Manuel Zapata Olivella en un catre de un consultorio médico. Buscó el arte a cada oportunidad y probó varias formas de esclavitud trabajando para artistas locales; durmió en bancas de parque y comía en los mercados, como lo hizo en Fredonia. Conoció a los mayas en las Ruinas de Itzá y vio a las mujeres amasar maíz; descubrió “el misterio del sacrificio humano” entre los indígenas. En México vino a probar la dignidad humana. Chaparro y garetas, caminó beodo entre talleres y mujeres, lloró el amor suicida de Elvia Calderón que se casó con él para dejarlo al día siguiente, y escapó a las purgaciones y las puñaladas de una “puta enamorada” llamada Esperanza Olivares. Escribió discursos para un candidato a la presidencia y relató su asombro de extranjero en las Crónicas de Yucatán. Una tarde logró vender una escultura en la “exposición colectiva del bosque de Chapultepec y tres meses después conoció a Diego Rivera y todo lo que vale la pena del arte mexicano”, contó García Márquez. “Si no existe la belleza, sí la pasión por darle vida”, afirmaba Rodrigo cuando el buril de su “sentimiento heroico” hizo carne el arte que llevaba adentro, y puede decirse que se diseminó con fuerza napoleónica por Latinoamérica.

Perfil: Santiago Botero Cadavid / Fotografía: Cortesía periódico El Colombiano

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Marco Aurelio

Toro Durán

Te propongo un viaje. Una búsqueda. Un recorrido por la historia de la humanidad, un encuentro con las comunidades y su quehacer musical. Visitaremos la América colonial y nos detendremos en su música barroca. Llegaremos hasta Inglaterra y pasearemos por los siglos XIII, XIV y XV, investigando y conociendo sobre las músicas tempranas, o early music, como dirían allá. Bajaremos a España y nos detendremos en la corte de Alfonso el Sabio. Mezclándonos entre juglares, moros y judíos, descubriremos, en sus escritos y melodías, los diferentes procesos de inventiva y desarrollo cultural de la musicología española. No será necesario llevar mucho equipaje. Quizá una libreta de apuntes, que nos servirá, entre otras cosas, para transcribir partituras; un buen libro, Nietzsche, Hesse o Musil, y eso sí, una

vela y algo con que hacer fuego. Porque el fuego nos tiene que acompañar. No solo nos brindará tranquilidad, también nos proporcionará paz interior. Lo demás lo encontraremos en el camino, unos cuantos instrumentos antiguos en Chile, la punta de una lanza indígena en Centroamérica o un tambor marroquí en las playas de Vizcaya. A Colombia volveremos después. Recorreremos el país fundando escuelas de música, primero en Antioquia, por medio del Plan de Desarrollo Musical (1992), y luego en Bogotá mediante el Programa Socio-Cultural de Naciones Unidas (2006). Interpretaremos el violonchelo, diferentes instrumentos de cuerda y de viento, y con una pluma, que encontraremos en el campo, tocaremos el salterio. No debemos quitársela a ningún animal; es más, ni siquiera, en este viaje, debemos comer carne de animal alguno. El bienestar interior es importante cuando se hace música, y consumir alimentos contaminantes para nuestro espíritu genera otro tipo de expresividades, completamente ajenas al sentir y a la armonía musical. En Medellín enseñaremos solfeo, teoría musical, flauta dulce, práctica coral, apreciación musical y, por supuesto, música antigua. También allí sembraremos las bases para la red de Escuelas y Bandas Musicales (1998) como una estrategia para contribuir al desarrollo intelectual, social y humanístico de miles de jóvenes en situación de riesgo. Porque la música es una vocación que sirve no solo para vivir, sino para sobrevivir en estos tiempos tan tormentosos y violentos. Te propongo un viaje. Una exploración. Una búsqueda que traspase las barreras geográficas y nos conduzca al

interior del ser humano. Que nos permita conocer los procesos sonoros que la música desencadena en nuestro interior y cuáles serían nuestras reacciones a dichos estímulos sensoriales. Relájate, el fuego nos acompaña. Cierra los ojos y abre tu espíritu. Trata de escuchar una melodía. ¿Te suena muy triste? Pues píntala de rojo y mira, y oye, y siente cómo se transforma y te transforma, cómo cambia tu estado de ánimo y todo a tu alrededor. Es que la música es algo que toda persona, sin importar el momento de la vida en que se encuentre, debería realizar. No interesa si uno piensa dedicarse a ella o no; da lo mismo el género que interprete; da igual si cantas, tocas un instrumento, compones o diriges, lo que verdaderamente importa es que lo que hagas lo hagas bien y que te fluya desde adentro, que despierte tus sentidos, tus chacras y te eleve emocionalmente. Movámonos, indaguemos, caminemos, sembremos, que la vida es eso, un redescubrimiento de lo que fuiste y la retoma de los proyectos que dejaste sin concluir. Porque las casualidades no existen y a este mundo no llegamos por azar; porque el estar acá tiene un sentido, porque con cada día que pasa estamos construyendo una etapa más en este viaje que te propongo, en esta búsqueda sensorial, en este recorrido al que solemos llamar… existencia.

Perfil: Santiago Orrego Roldán / Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Rodolfo

Pérez González

Uno nace músico, como nace garetas o como nace bizco, es algo innato, completamente natural. Hasta el cura de Buenos Aires trató de impedir que se dedicara a la música. “Que se meta a Coltejer a trabajar de obrero”, decía, porque vivir bien como músico, en ese entonces, era algo muy complicado. Incluso muy pocas personas podían permitirse estudiar música. ¿Quiénes lo hacían? Unas niñas muy distinguidas que los papás querían que tocaran piano. “Eso cambió cuando se fundó el Conservatorio de la Universidad de Antioquia, en 1961, que estaba encaminado a gente del pueblo y del cual yo fui el primer director”, sostiene el maestro Rodolfo Pérez González.

Su familia tampoco estaba de acuerdo con aquella vocación. Hasta su papá, que era músico, y que conocía muy bien los pormenores de dicha profesión, quería que su hijo los evitara. Pero la decisión estaba tomada. Aunque sabía que podía optar por una carrera más lucrativa, Rodolfo tenía la convicción de haber nacido para la música y sabía que tenía que obedecer ese mandato de la naturaleza. La polifonía fue su especialidad. En 1951 fundó en Medellín la Coral Victoria, con la cual dirigiría una de las dos óperas en las que participó como director: Orfeo y Eurídice, del compositor alemán Christoph Willibald Ritter. Más adelante, y por invitación del gobierno español, investigó sobre la polifonía del renacimiento en el país ibérico, transcribiendo del latín todo el material que recopilaba, para que los músicos contemporáneos pudieran comprenderlo. Mientras trabajaba en Madrid, estudiaba la posibilidad de fundar un coro de latinoamericanos, cuando un amigo suyo le contó que en Coltejer había una vacante, no de obrero, sino de director coral. Sin pensarlo dos veces regresó, y en Itagüí, en 1964, fundó la Capilla Polifónica de Coltejer, un irregular coro de obreros que dirigió por quince años. Con este grupo montó su segunda ópera: Elixir de Amor del italiano Gaetano Donizetti. Pero su interés por la música no se limitaba a la dirección coral o a la interpretación de algún instrumento (viola, piano y violín). La docencia era otro de sus intereses. “Es lógico que cuando a uno le gusta algo, pretenda que a otros también les encarrete. La docencia es un veneno que tiene uno entre los huesos, es el prurito de darles a otros eso que a uno le parece satisfactorio”.

Convencido de que los conocimientos se adquieren para compartirlos, ha escrito varios libros, entre los que se encuentran: Mozart, vida y obra y La obra de Beethoven, y ha tenido diferentes programas radiales sobre música. Todos los de la U. de A. se borraron, en cambio los de la UPB, Efemérides y Hablemos de Música, aún se transmiten. “Yo me encuentro con choferes de la flota de Laureles que escuchan con religiosidad los programitas. ¿Cuándo un señor que maneja un taxi puede alimentar su interés por la música o el arte? Ahí está lo importante de la radio: es una proyección del aula.” Cuando el Liceo Antioqueño, “la manga”, como lo llamaban en ese entonces, quedaba al frente la Placita de Flórez, por allá en la década del cincuenta, Rodolfo Pérez comenzó su relación docente con la Universidad de Antioquia. Más adelante también ejercería como profesor de la recién fundada Facultad de Artes. Con 82 años, el maestro continúa dedicado a la música. A su casa acuden personas para hablar y aprender sobre ella. Ahora escribe acerca de Antonie Birkenstock, la amada inmortal de Beethoven. “Yo me jubilé, pero no cambié de vida. Uno es lo que es, y cuando se nace para enseñar, se tiene que morir enseñando. Sería yo muy desgraciado si no consigo a alguno por ahí para darle clases o explicarle cualquier cosita.”

Perfil: Santiago Orrego Roldán / Fotografía: Sergio González Álvarez

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Fernando

Botero Angulo

Los archivos del Liceo Antioqueño de la Universidad de Antioquia dicen que Fernando Botero terminó allí sus estudios secundarios en 1950 después de haber llegado del Colegio San José de Marinilla. En 1994 recibió el título Honoris Causa en Artes Plásticas. Como artista, se expresa en el lienzo y la escultura. Dibujante, muralista e ilustrador (de textos de Gonzalo Arango y Gabriel García Márquez) es reconocido por sus personajes sensuales y voluminosos en pinturas y esculturas monumentales. La Medellín de sus inicios carecía de museos de arte y academias reconocidas, apenas superaba los cien mil habitantes, y esto como resultado de las migraciones internas que se produjeron con la expectativa de la industrialización a partir de 1910.

De la valoración de su obra existe amplia bibliografía. La crítica argentina Marta Traba nos explicó, a los colombianos, el valor de las búsquedas de Botero en un entorno pacato al que se le dificultaba entender cualquier obra que fuera más allá del romanticismo primario imperante en un lugar de comerciantes y mineros. Traba comentó así la exposición de Botero en el Museo de Arte Moderno de Bogotá en 1964: “El mayor problema que plantea la muestra de Botero es el de la fealdad; es difícil de aceptar porque se refiere a una apariencia; está maltratando únicamente la superficie, el volumen o la dimensión normal de las cosas. No es una fealdad moral, de adentro, de contenidos, que traduciendo la esencia dramática del hombre llega a producir monstruos. Nada de eso: la fealdad de las figuras de Botero es lo que está, ni más hondo ni más lejos de lo que está. Se presenta como una invención enorme y mítica de formas nuevas, tan distintas a las reales que no aceptan con ellas comparación alguna”. La estética de Botero, contemporánea monumental y voluminosa, es una construcción surgida de su acercamiento y apreciación del Renacimiento y el Quattrocento y de su aproximación a los maestros de la historia del arte. En París conoció a los expresionistas. En Madrid e Italia asistió a las academias San Fernando y San Marcos. Estudió a Velásquez, a Goya, a Tiziano, a Tintoretto, a Rubens y a Piero della Francesca. En México aprendió de la obra de Rufino Tamayo, José Luis Cuevas, y de sus grandes muralistas. Encontró su expresión y construyó un universo estético que identifica sus lienzos y esculturas. Marta Traba reconoció otros rasgos: “En el artista convive también el

poco ceremonioso cuentero antioqueño, lleno de sentido del humor... En sus cuadros es fascinante leer un sinnúmero de historias en las que, como en los cuentos, la culebra, la mosca o la manzana están ahí porque se necesitaban para completar la composición”. Su obra incorpora temas como la tortura en Iraq, la violencia, el narcotráfico; aparecen animales como el toro, el olor y el color locales. Su obra es punto de encuentro, se convirtió en un referente de ciudad, en un vínculo táctil presente en las plazas públicas, centros culturales y vehículos de transporte público, sin que eso implique que todos comprendan el sentido simbólico de su obra. Esa identidad ciudad-artista se amplía en los colombianos, que la asumen como propia al verla en las vías principales de Madrid, París, Lisboa o Nueva York. Fernando Botero compartió con Gonzalo Arango en el liceo Antioqueño e hizo parte del círculo de intelectuales y artistas cercanos al maestro Fernando González. Asimismo, se relacionó con la generación alrededor de la revista Mito, de la que hacían parte intelectuales del siglo pasado como Camilo Torres Restrepo, Eduardo Ramírez Villamizar, Gabriel García Márquez, Rogelio Salmona y Jorge Gaitán Durán. Botero es lo que es, por su talento y disciplina creadora. El entorno de ciudad que le tocó, poco puede ufanarse de esos logros. Quizás acá sus paisanos convivimos con su obra sin la suficiente objetividad y las herramientas necesarias para apreciarla. Quizás por eso nos queda más difícil valorar, más allá del adjetivo gratuito, el potencial universal de su obra.

Perfil: Álvaro Cadavid Marulanda / Fotografía: David Estrada L. Cortesía Museo de Antioquia

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Oh Ciencia, hija del viejo Tiempo eres, que todo alteras con tu mirada escrutadora! ¿Por qué haces presa así en el corazón del poeta, tú, buitre cuyas alas son sombrías realidades? Edgar Allan Poe. Sonnet To science (1829) (A la ciencia. Soneto).

Poesía Completa. Traducción de María Condor y Gustavo Falaquera. Editorial Hiperon Madrid. 2000.408p. Basada en la edición Floyd Stovall, publicada por la Universidad de Virginia.


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Lorenzo Miguel

De la Torre Gómez

La jubilación lo alejó de las aulas, pero el tiempo libre lo acercó a las sillas y a las mesas. De físico estudioso pasó a ser carpintero autodidacta y hoy sus días transcurren en el campo, repasando manuales de instrucciones, cortando tablas para fabricar muebles que terminará regalando. Lorenzo Miguel de la Torre vive en El Retiro desde hace años y solamente baja a Medellín para comprar herramientas o reunirse en alguna pizzería con sus viejos amigos de la universidad. Con ellos ya no habla de física, más bien recuerda anécdotas o comparte sus lecturas. Es un hombre que piensa cada palabra antes de decirla, pues quiere hacerse comprender como lo haría un buen docente. Esa forma de pensar es tal vez heredada de su padre, Antonio, un vendedor de seguros que terminó el bachillerato

a los 69 años y se esmeró toda la vida por entusiasmar a sus hijos con la ciencia. Les hablaba de Gauss, de Descartes, de Arquímedes, buscando contagiarlos de amor por el conocimiento. Lorenzo y su hermano mayor —Andrés, matemático de renombre— escuchaban atentos como si la voz del viejo fuera un oráculo. Y aunque el menor se convirtió en físico, dice que pudo haber sido biólogo o ingeniero porque tenía capacidad para aprender de todo aquello que le provocara curiosidad. Hizo el bachillerato en el Liceo Antioqueño y luego ingresó a la Universidad de Antioquia. Siguió a su hermano en el estudio de las matemáticas, pero a los pocos semestres se dio cuenta de que la carrera de Física era más afín con sus intereses. Fue un alumno disciplinado e inteligente que tan pronto obtuvo su título de pregrado se ganó una beca para estudiar en Estados Unidos. Dice que pertenece a la “retaguardia de la física”, pues su fuerte no es la investigación ni los experimentos, sino, más bien, la teoría, las bases que edifican esa ciencia. De ahí que recurra con frecuencia a autores como Einstein y Newton, dueños de mentes extraordinarias para los problemas complejos de la ciencia. Desde ese punto de vista, puede afirmarse que Lorenzo es un humanista de las leyes que gobiernan la naturaleza. Le gustan la historia, la literatura, la filosofía, aquellas letras que, aunque muchas veces se encuentran en malas traducciones, lo conmueven y lo llevan a reordenar sus pensamientos. Su libro favorito es cada vez aquel último que leyó. Entre 1975 y 1979 estudió la maestría en la Universidad Estatal de Nuevo México, gracias a una beca Fulbright. Allí,

en Las Cruces, se destacó por haber obtenido el primer lugar en el examen que representaba el paso al doctorado, el cual pudo culminar, entre 1979 y 1982, en la Universidad de Massachusetts, situada en Amherst, el mismo pueblo donde nació Emily Dickinson y vivieron Robert Frost y Noah Webster. Durante ese tiempo que vivió en el extranjero, fue profesor e investigador. Según Lorenzo, haberlo sido allí fue una tarea difícil, pues era observado constantemente y se le criticaba con frecuencia; en la Universidad de Antioquia, por el contrario, siempre fue admirado y apreciado por quienes lo rodearon. En el 2002 volvió a repetir la experiencia de enseñar en otro país, esta vez en la Universidad de Roma, donde los paisajes de Europa renovaron su espíritu constantemente dividido entre el pasado y el presente. No se cree un genio o algo parecido, pero es consciente de la capacidad de su mente racional, metódica, sistemática. Dice que los físicos tienen escasas supersticiones, son parecidos a los zapateros o a los mecánicos, y tal vez, como él, son hinchas de Atlético Nacional.

Perfil: Margarita Isaza Velásquez / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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Ángela

Restrepo Moreno

Uno quisiera no dejarse llevar por la cursilería, asumir distancia; uno pretende esa falacia que llaman objetividad y que los manuales de periodismo predican. Uno trata, en fin, de situar al entrevistado en una orilla y pararse en la otra. Y sin embargo, desde el primer tinto, mientras uno espera en una salita a que usted termine de almorzar, ya está ablandado y diciendo para sí: “Qué señora tan querida”, por la forma en que se disculpa por la espera, por el café mismo que le hace llegar a uno mientras tanto. Es posible que, antes del encuentro, uno ya sienta cierta admiración por usted, doctora Ángela. Por sus años en las ciencias en los que, a través del Centro de Investigaciones Biológicas, CIB, ha ayudado a tantas personas; o por sus premios y reconocimientos, que son montones; o por la

forma que hablan de usted sus estudiantes, cargados de afecto. Pero solo hasta que se le conoce, cuando dice: “Pase, bienvenido”, y ve uno su oficina impecable, llena de libros, y ese traje de flores que lleva puesto, y su cabello cano, y oye esa voz de abuelita dulce, resulta fácil pasar, en este caso, de la admiración al cariño. Y luego vienen sus historias, o la pasión con la que habla, a sus ochenta años, sobre las investigaciones que desde el CIB se adelantan, o esa fe sin discusiones que siente por los nuevos investigadores, “jóvenes brillantes, capaces, increíbles”. Y uno escucha: “Mi abuelo tenía una farmacia y en la farmacia tenía un microscopio en la vitrina. Entonces, quizás por eso, los microbios estaban en mi mente desde chiquita-chiquitachiquita, y lo único que quería saber era microbios y microbios y microbios. Y el caso es que el microscopio no se podía tocar, sino ver a través de la vidriera, y mis tías me preguntaban: ‘Qué es eso’. Y yo: ‘Un microscopio’. ‘Y para qué sirve un microscopio’. ‘Para ver cosas chiquitas’. ‘Y qué son cosas chiquitas’. ‘Los microbios que mi abuelo combate’. Y supe desde entonces que eso sería lo mío”. Por ello, dice, nunca tuvo dudas para elegir su profesión. Estudió Técnica en Laboratorio en el Colegio Mayor de Antioquia, hizo estudios de posgrado y doctorado en Estados Unidos (en una época en que una mujer científica y con doctorado era más que una rareza), trabajó por 23 años en la Universidad de Antioquia y se dedicó a la investigación de los hongos para ayudar a salvar vidas. Aunque quizás su mayor logro es haber sido una de las fundadoras del CIB y comandar ese barco durante más de cuarenta años.

No está sola en esto, claro, pero sin duda su terquedad ha permitido mantener a flote esta institución y permitir que tantos jóvenes investigadores vivan la ciencia allí. De los premios y honoris causa, mejor no hablar. Se muere de pena cada que recibe uno. Tampoco le gustan las entrevistas. Prefiere la soledad, los domingos en que puede trabajar tranquila, la música clásica, la buena comida… “Mis distinciones son los muchachos que se gradúan y salen adelante”, dice. Y agrega: “Las palabras descanso y cansancio no figuran en mi diccionario”. Y qué más puede hacer uno sino creerle, si su vida lo demuestra, si a sus ochenta años sigue trabajando parejo y con alegría. Y si para despedirlo a uno, que ya le ha robado como dos horas de su tiempo, le regala confites de moras y lo acompaña a la puerta y lo despide como una amiga. Discúlpenme: uno quisiera no dejarse llevar por la cursilería, asumir distancia. Pero si ustedes van al CIB y conocen a la doctora Ángela, entenderán por qué hablo como hablo.

Perfil: Juan Camilo Jaramillo Acevedo / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Alberto

Juajibioy Chindoy

Alberto Juajibioy Chindoy nació en Sibundoy (Putumayo) el 18 de abril de 1920 y murió en la misma población el 25 de abril del 2007. Una vida dedicada a la investigación y difusión de la lengua y la cultura de su grupo étnico, los indígenas Kamëntsá del valle del Sibundoy. Su experiencia investigativa se inició en el Seminario Misional de Sibundoy bajo el influjo del misionero capuchino Marcelino de Castelví. Luego, en el Instituto Caro y Cuervo, como informante del estudioso de la lengua kamëntsá, Manuel José Casas Manrique, y, en otro momento, con el polémico Instituto Lingüístico de Verano. En 1950, egresó de la Licenciatura en Filosofía y Ciencias Sociales de la Universidad de Antioquia, donde posteriormente se desempeñó como catedrático e investigador en el museo antropológico, bajo la dirección del profesor Graciliano Arcila.

Entre 1975 y 1976, viajó a la Universidad de Texas como becario de la John Simon Guggenheim Memorial Foundation. En 1978, regresó a Sibundoy, donde vivió con su esposa y sus tres hijas, Ligia Marina, María Concepción y María Clara. Allí fue elegido como gobernador del cabildo, cargo que aprovechó para gestionar proyectos productivos y lograr la legalización de parte del territorio ancestral de la comunidad. Desde entonces y hasta su muerte, continuó dedicado a la investigación, recolectando y analizando el pensamiento y el saber de su pueblo. En el Boletín de Antropología de la Universidad de Antioquia, fueron publicados algunos de sus artículos relativos a la cultura Kamëntsá. Escribió también varios libros, el último de los cuales, Lenguaje ceremonial y narraciones tradicionales de la cultura Kamënstsá (2008), recibió el Premio Michael Jiménez de la Asociación de Estudios Latinoamericanos. La obra de Juajibioy representa, según Miguel Rocha Vivas, “el paulatino paso del informante nativo al escritor indígena bilingüe […]; puede ser considerado un autor de etnoliteratura propia, así como un etnógrafo de su propia cultura”. En los años cincuenta, Alberto Juajibioy fue uno de los pocos, si no el único, integrante de un grupo indígena colombiano en obtener un título universitario. Además, aprovechó la formación recibida en el Alma Máter para convertirse en un investigador de su pueblo, examinando su cultura con las más rigurosas herramientas conceptuales, convirtiendo su propia vivencia en objeto de estudio. Su obra constituye un valioso legado para su pueblo y para los investigadores que encontrarán en ella una rica fuente de conocimientos sobre esta cultura milenaria.

BIBLIOGRAFÍA DE ALBERTO JUAJIBIOY CHINDOY • “Breve estudio preliminar del grupo aborigen de Sibundoy y su lengua kamsá en el sur de Colombia”. Boletín del Instituto de Antropología. Universidad de Antioquia, Medellín, Vol. II, N° 8, 1962, pp. 3 – 33. • “Los ritos funerarios de los aborígenes kamsá de Sibundoy”. Boletín del Instituto de Antropología. Universidad de Antioquia, Medellín, Vol. III, N° 9, 1965, pp. 67 – 115. • “Fray Marcelino de Castellví”. Boletín del Instituto de Antropología. Universidad de Antioquia, Medellín, Vol III, N° 9, 1965, pp. 116 – 118. • “Breve bosquejo del Valle de Sibundoy”. Fabricato al día. Medellín, Vol VI, N° 72 (Julio – Agosto), 1966, pp- 7 – 9. • “Cuento de un matrimonio de los aborígenes kamsá de Sibundoy”. Boletín del Instituto de Antropología. Universidad de Antioquia, Medellín, Vol. III, N° 10, 1967, pp. 145 – 153. • “Aves migratorias”. Fabricato al día. Medellín, Vol. VII, N° 80 (Marzo – Abril), pp. 27 – 29. • Bosquejo etnolingüístico del grupo kamsá de Sibundoy, Putumayo, Colombia. Bogotá, Ministerio de Gobierno, 1973. En colaboración. • “Cuentos y leyendas del grupo étnico kamsa”. En: Relatos y Leyendas Orales. Bogotá, Servicio Colombiano de Comunicación Social, 1987. • Relatos ancestrales del folclor camëntsá. Pasto, Fundación Interamericana, 1989. • Lenguaje ceremonial y narraciones tradicionales de la cultura kamëntsá. Bogotá, Fondo de Cultura Económica y Fundación de Investigaciones Arqueológicas del Banco de la República, 2008.

Perfil: Silvio Aristizábal Giraldo / Fotografía: Archivo familiar

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Hugo

López Castaño

Tiene respiración larga y de un compás invariable. Daría gusto verlo fumar a bocanadas de cetáceo y luego animarlo a que con el humo le dé cuerpo a eso que masculla entre inhalación y exhalación. Detrás de los ojos se puede sentir una mente rumiante, a ritmo constante e imperturbable como sus pulmones, pero muy voraz. Hugo López rumia números e intangibles tan o más reales que lo que se puede tocar, probar, sentir. Él soltó hace mucho tiempo su apetito intelectual en ese paisaje de valles, pendientes y abismos que hay en la totalidad aplastante de la economía nacional. Y tanto tiempo ha pasado allí que es parte del equilibrio de ese ecosistema. Nació en Salgar. Pasó su niñez detrás del papá, administrador de fincas cafeteras. Muy seguramente,

contando pepas de café les tomó un inusual aprecio a los números porque cuando llegó a Medellín a estudiar primaria y bachillerato no había cosa que lo entretuviera más. A la hora de escoger sus estudios, la Economía era un buen territorio para plantarse a ver a los números que allí se mueven como el mar y determinan como ninguna otra cosa la vida de la gente. Ingresó a la Universidad de Antioquia en los sesenta cuando la clase media y popular llegó masivamente a educarse en las universidades públicas. Era una época de explosión demográfica en las urbes y, con la muchedumbre, también de la pobreza, el desempleo y de nuestras fatalidades sociales. En el Centro de Investigaciones Económicas — CIE— participó en las primeras investigaciones sobre el tema laboral, y con Juan Felipe Gaviria escribió Contribución al estudio del problema del desempleo en Colombia. Viajó a especializarse en la Francia sacudida en sus cimientos por la revolución cultural del 68. Hugo López ya conocía su vocación por el tema del empleo y todo lo que de eso depende. El jurado de su tesis doctoral juzgó con “tres bien” el texto de L’agriculture, l’éxode rural et le chômage en Colombie pendant les decades des années 50 et 60. Demostró así, que en ultramar las cosas también cambiaban con celeridad y que iban a tener muy pronto noticias de ello. Luego, aún joven y con el apetito intacto, buscó refugio en el CIE y en la cátedra en la Universidad de Antioquia para estudiar cada una de las crestas del empleo. Vio a la nación flotar y naufragar una y otra vez, perderse en quimeras como las que proponen el narcotráfico y la violencia. Siempre se esforzó por incidir en políticas. Fue célebre

en la misma universidad, a la que ayudó, como director de planeación en el 92 y 93, a salir del lío pensional. Esa neuralgia que aún agobia el país empezó a encontrar alivio con sus contribuciones. No descuidó paraje alguno de su territorio académico y, en ese su hábitat natural, pasó 23 años. Después de la crisis del 85, se unió a la “Misión Chenery” y estudió el fenómeno de la informalidad laboral, especie que seguía desde unos años atrás. Ese tema entrañable a la base social lo empujó a la comprensión de los problemas más sensibles que hay en la trampa de la pobreza. En 1994 fue nombrado director de la misión para la formulación de una Estrategia para la Reducción de la Pobreza y la Desigualdad. Un año más tarde fue reconocido como el primer egresado sobresaliente con la distinción José Félix de Restrepo. Hoy trabaja desde el despacho de la gerencia del Banco de la República de Medellín. Allí tiene quizá la atalaya más alta de la cual puede observar la economía nacional. Desde allí echa luz a los cambios, señala síntomas, predice convulsiones en el futuro. Con los ojos y el corazón de pulso lento puestos en eso que es su vida y que es la vida de todos.

Perfil: Santiago Botero Cadavid / Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Jairo Enrique

García Gómez

La ciencia hecha persona. Investigador y servidor de la vida. El doctor García Gómez es médico cirujano, especialista en Obstetricia y Ginecología de la Universidad de Antioquia. Desde 1997 es profesor del Departamento de Ginecología y Obstetricia, y director del Centro de Fertilidad - Programa de Reproducción Asistida de la Johns Hopkins School of Medicine (Baltimore, Maryland, EE. UU.). Verlo conversar con sus colegas inspira respeto y seguridad, así lo perciben ellos, un hombre que ha dedicado su vida a iluminar otras mediante la investigación. En 1957 terminó su primaria e ingresó al Liceo Antioqueño. Hoy mira con nostalgia el Paraninfo, donde se graduó de bachiller a sus 16 años, y con acento “gringo” dice: “Cuando era chico, mi padre me regaló un pequeño botiquín con el que

soñé, además recuerdo que mi tío sufrió y murió debido a un carcinoma; eso me impactó y decidí que mi vida sería evitar el dolor”. Se graduó de medicina y se inclinó por el estudio de la enfermedad de la mujer. Siendo residente de Obstetricia y Ginecología, una paciente con diagnóstico de anorexia nerviosa a quien no fue posible realizarle el procedimiento médico requerido lo encaminó en la búsqueda de respuestas en un área poco investigada a nivel nacional e incluso internacional: la endocrinología ginecológica. El investigador, el que hace ciencia, lleva innata la necesidad de conocer el origen de los fenómenos. Por eso, viajó a los Estados Unidos a la Johns Hopkins University (Baltimore, Maryland, EE. UU.), donde realizó su subespecialidad. Regresó a la Universidad de Antioquia, ejerció la docencia durante un año, pero las condiciones políticas del momento no le permitieron continuar. Meses después fue contactado por el doctor Howard Jones y su esposa Georgiana L. Jones —investigadores en ginecología, con quienes ya había trabajado— para invitarlo a hacer parte del grupo pionero para el desarrollo de la fertilización in vitro en la Eastern Virginia Medical School (Norfolk, Virginia, EE. UU.). Diseñó sistemas para la captación de óvulos antes de la ovulación, protocolos para la transferencia de embriones y protocolos de inducción de ovulación. Con base en un trabajo de investigación ininterrumpido, en 1985 creó su propio programa de fertilización en el Greater Baltimore Medical Center (Baltimore, Maryland, EE. UU.), allí se entrenaron médicos de todo el mundo y se consolidaron más de 50 centros de fertilización in vitro a nivel mundial.

El doctor García Gómez vivió una época de convulsión política en la Universidad, que lo llevó a creer en el debate abierto y en la transformación social a partir de la educación y la ciencia. Como estudiante y profesor de la Universidad de Antioquia, nunca militó en un sector político, consideraba extremadamente radical la forma con la que algunos creían defender los derechos y evitó tomar posición en la problemática. Dice que es bueno para investigar, pero malo para los negocios, de ahí que no haya patentado ninguno de los procedimientos médicos que ha creado. “El conocimiento es patrimonio de la humanidad… sería egoísta si reservara esos derechos para derivar beneficios económicos efímeros y pasajeros”, afirma. Su personalidad se refleja en su actitud abierta al diálogo con sus colegas, y da consejos de manera desinteresada en busca de soluciones para beneficiar a sus pacientes y avanzar en el conocimiento. Vive satisfecho por haber logrado establecer una técnica para el tratamiento de la paciente infértil, lo cual ha traído consigo conocimientos significativos en el proceso de reproducción que podrían llegar a evitar enfermedades de orden genético en el futuro. Sigue enseñando e investigando. Ve lejano su retiro de la ciencia porque es un apasionado y simplemente le interesa el desarrollo científico para el bienestar de la mujer. En el 2011, el Alma Máter reconoció su labor científica y humana al otorgarle la Distinción José Félix de Restrepo al Egresado Sobresaliente, que el doctor García considera la más memorable e importante de su carrera.

Perfil: Juan Esteban Vásquez Mejía / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Jaime

Restrepo Cuartas

Jaime es un planeta. No, mejor, una constelación. Allí, en la más perfecta armonía, conviven saberes tan distintos, pero tan importantes, y a la vez tan complementarios, que lo hacen universal. Es que Jaime no es una constelación, es un universo. Un universo, además, formado y habitado por siete hombres: un médico, un líder social, un político, un escritor, un deportista, un científico y un investigador. Siete hombres que convergen en un mismo cuerpo y que comparten, además de lo puramente biológico, intereses, gustos y puntos de vista, pero, sobre todo, convicciones e ideales. Por tal razón, resulta complicado diferenciar, por ejemplo, dónde comienza el político y dónde termina el científico; si quien habla es el escritor, el deportista, el médico, el líder

social o el investigador. Y la verdad es que eso no importa. Por el contrario, esta polifonía de saberes enriquece mucho más el discurso de cada uno y de todos en general. Es así como el médico que habita en Jaime se mezcla con el escritor para producir literatura académica: La Fisiología y su aplicación clínica (1976); Ensayo para una Historia de la Medicina en Antioquia (1982), por nombrar unas cuantas obras. También este último, el escritor, se une al investigador para crear, entre otras cosas, una valiosísima obra de memoria institucional para su Alma Máter: La Historia de la Nueva Universidad de Antioquia 1971-2004. Y aunque algunas veces el escritor decide trabajar solo, termina siempre acudiendo —ya sea en la búsqueda de un dato, un detalle o como inspiración— a los demás hombres que habitan el universo Jaime, para crear y potenciar sus obras. Un ejemplo es su primera novela, El cero absoluto (1996), una pieza de ciencia ficción en la que su protagonista, un científico precisamente, despierta, luego de estar criogenizado, en un futuro apocalíptico, 500 años después. El deportista que vive en Jaime es un hábil futbolista que cuando el médico estudiaba, para graduarse, ganó varios torneos departamentales con el equipo de fútbol de la Facultad de Medicina de la U. de A. Precisamente, el médico es un cirujano especializado, famoso por haber participado en los primeros trasplantes de riñón (1976), de hígado (1979) y de corazón (1985) realizados en el país, así como en el primer trasplante simultáneo en Latinoamérica de riñón y páncreas (1986). Desde muy joven, el líder social que habita en el universo Jaime despertó y comenzó a trabajar, primero como líder

estudiantil, luego como líder de los residentes de medicina y posteriormente, cuando se desempeñaba como docente en la Universidad de Antioquia, como líder profesoral. Más adelante ejercería como rector de dicha institución, entre 1995 y el 2002, desde donde lideró la integración UniversidadEmpresa-Estado, la creación de la Sede de Investigación Universitaria, SIU, y la institucionalización del trabajo con egresados. Cuatro años después, y luego de ocupar una serie de cargos públicos, el político que Jaime lleva adentro obtuvo una curul en la Cámara de Representantes de Colombia, por el Departamento de Antioquia. Al Senado llegó a trabajar. En su período como representante, entre el 2006 y el 2010, no solo creó, sino que impulsó dos leyes realmente importantes: la Ley de la Primera Infancia (Ley 1295 de 2010), que busca acabar la desnutrición infantil entre los cero y los seis años, y la Ley de Ciencia y Tecnología (Ley 1286 de 2009), que ubica la ciencia, la tecnología y la innovación como los motores principales del conocimiento y crecimiento del país. Actualmente, el científico, el político, el investigador y el líder social dirigen Colciencias, una entidad convertida en Departamento Administrativo, gracias al desarrollo de la Ley 1286. Honesto, coherente y con la humildad que caracteriza a los verdaderos sabios, el universo Jaime, siempre en continua expansión, no para nunca de trabajar por contribuir al desarrollo intelectual y científico de una sociedad que requiere con apremio tales conocimientos y que, él sabe, su trabajo mucho puede aportar.

Perfil: Santiago Orrego Roldán / Fotografía: Sergio González Álvarez

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Octavio

Gómez Restrepo

A sus 70 años, Octavio Gómez Restrepo es un convencido de que el destino, “este entramado del universo está definido”, y ha guiado su camino. Se crió hasta los siete años en una finca cafetera en Támesis, con toda la libertad que le dio montar a lomo de caballo y errar entre la naturaleza. “Me sacaron de allí a deseducarme”, dice con una sonrisa estentórea y contagiosa. Llegó a Medellín en 1949, y durante su infancia luchó con el anhelo de retornar a esa libertad interrumpida. Ya mayorcito, ingresó al seminario por otro designio que no era suyo. “No me pidieron ni la opinión. Decidieron que debía ser el cura de la familia, pero se equivocaron”, comenta. Para mantener vivo el amor por la naturaleza, tempranamente se vinculó al movimiento scout, escultismo,

con el que escaló altas posiciones directivas y viajó por toda América formando líderes. “La estética ha estado conmigo, por mi facilidad manual, pulida en los scouts, entré a Odontología en la Universidad de Antioquia”, pero a los dos meses de ingresar debió retirarse porque no tenía dinero para el instrumental. Sin embargo, la presencia oportuna de amigos lo ayudó a volver a las aulas. Aquel mismo tesón lo demostró cuando fue elegido presidente del Consejo Estudiantil y Representante ante el Consejo Directivo de la Facultad. Vivía con su corazón partido entre el escultismo y la odontología. Su año rural en Segovia le permitió aplicar esa preocupación social inculcada en la Universidad. La atención odontológica era poca, pues dependía del funcionamiento de una planta eléctrica de propiedad de la compañía minera, pero no perdió su norte. Se dedicó a convertir el centro de salud en un espacio de alfabetización para adultos. A sus 25 años, su talante visionario lo llevó a desarrollar un programa pionero de formación de personal auxiliar odontológico, una propuesta revolucionaria y controvertida. La idea de formar enfermeras dentales que realizaran labores operativas, para que el odontólogo se dedicara a profundizar en otras ramas, no caló en sus colegas ortodoxos. No obstante, sus esfuerzos no fueron del todo vanos. Fue admitido en la Universidad de Rochester para hacer una especialización en ortodoncia. Hombre de grandes desafíos, seis días antes de irse a Washington se casó y se fue con su esposa a Washington. A pulso de odontólogo, consiguió un trabajo en el laboratorio de la Universidad en la noche, y se destacó por su notable sentido estético. “Lo más gratificante

fue demostrarme ser capaz de progresar en un medio adverso y hostil, con pocos conocimientos en el idioma y cierto distanciamiento de mis colegas”, comenta. A su regreso al país, ocupó los cargos de vicedecano y decano de la Facultad en los ochenta. Causó gran polémica con la incorporación de profesionales de áreas humanísticas y sociales a la facultad. “Traía la convicción de que la odontología saliera del hueco de la boca, de las calzas, que el odontólogo tuviera mayor compromiso social, que fuera menos asistencialista y más proactivo en estrategias de prevención de la salud. Mi propósito fue el intento de hacer realidad la utopía. Así que si yo no tenía una tarea, un reto que asumir, prefería salir a buscar problemas que resolver”, aclara. Se dedicó desde entonces a la práctica privada, que sigue ejerciendo. Define la Ortodoncia como “el arte de lograr la función que es armonía, belleza, estética”. Por sus aportes a la profesión, Octavio es miembro honorario de la Sociedad Colombiana de Ortodoncia. Hoy, luego de tantas batallas, Octavio se considera un disidente. “Puede que tenga una posición muy escéptica frente al mundo, pero solo cuando se tiene una actitud crítica se puede mejorar. Por la Universidad de Antioquia siento un gran afecto, la critico porque la quiero y la defiendo a capa y espada”, afirma. Melómano y lector consumado, amante de la buena conversación con intelectuales de otras disciplinas, Octavio se prepara para vivir en el Oriente antioqueño, para retornar a esas raíces campestres de su infancia, “para volver a estar en conexión con el universo, con la energía”. Y reconoce que su mayor satisfacción y legado son las sonrisas que andan por ahí.

Perfil: Francisco Saldarriaga Gómez / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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Gloria María Ferreira de la Cuesta “Aquí escribí gran parte del libro”, dice. El lugar es un kiosco donde solo se escucha el ruido del viento al golpear las hojas de los árboles. Gloria es madre de tres hijos, toca el violín desde niña y es autora de Patología veterinaria, el libro que aprieta en su pecho. Este recopila en más de seiscientas páginas una herencia para la académica y la huella de una mujer que enfrentó el machismo de mitad del siglo XX. En su época de estudiante, era la única mujer en un grupo de cuarenta. “Ahí va La Palomita”, vociferaban y echaban chistes. Como sus calificaciones superaban el promedio, le robaban los cuadernos. Y ella, despojada, le pedía prestadas las notas a Mauricio Arango, con quien se casaría diez años más tarde. Gloria estudiaba y volvía a ganar.

Encontró en el laboratorio un refugio. Desde que se graduó, la universidad la vinculó como profesora de microbiología veterinaria. “Fui a la Facultad de Medicina y le pedí a la doctora Ángela Restrepo que me permitiera recibir su curso en micología médica, y ella, además, me propuso varias investigaciones de dermatofitos en los perros”, dice. Entregó sus horas libres y sus recursos para fundar el Laboratorio de la Facultad de Veterinaria: “Fue una época muy feliz, las tardes las pasaba en El Hatillo, organizando el laboratorio, hasta que en 1972 lo dejé bien montado”, recuerda. Se le presentó la oportunidad de estudiar en el exterior. Con un inglés básico, una carta de recomendación y un equipaje pequeño, llegó a la Universidad de Heriot Watt en Suecia a estudiar una maestría en Microbiología Industrial. Cuando recibió el título, viajó a la Universidad de Glasgow para hacer una residencia médica en el Hospital de Veterinaria y antes de regresar a Colombia viajó sola durante dos meses por Europa, sin mapas, sin referencias. Viajaba en bus hacia Gales, el conductor detuvo la marcha y dijo que hasta ahí llegaba. Era tarde, empezaba a nevar, la gente se dispersó. El paso hacia Ámbares era un camino estrecho entre montañas al que no se le veía fin. La Palomita agarró su equipaje y caminó durante horas, sin mirar atrás. “Cuando volví a Colombia, sentía que era más fuerte. Seguí trabajando en la Facultad de Veterinaria y en el Instituto de Patología del Hospital San Vicente de Paúl, allá trabajé 18 años, aprendiendo de grandes médicos. Me mantenía detrás de ellos con mis placas de laboratorio resolviendo dudas. Constantemente tenía una necesidad

de aprender” afirma. Gloria, especializada en hematología y micología, se dedicó a destacar investigaciones ignoradas en el país haciendo primeros reportes de enfermedades que no se conocían, entre las que sobresalen virus que afectan a los animales y también a los seres humanos, como la Dermatofitosis Bovina, que puede trasmitirse por contacto directo con el animal y produce la “Tiña”, un hongo muy agresivo. También reportó enfermedades originadas por el contacto con las heces de los murciélagos y las palomas, Histoplas macapsulatum y Cryptococcus neoformans, que afectan los sistemas respiratorio y nervioso central. Al ritmo que aprendía, enseñaba. Dejó que sus alumnos fueran sus amigos y los vinculó a sus investigaciones: “Ellos eran mi aliciente, por ellos todo valía la pena”. Por eso, antes de jubilarse escribió un texto guía para la enseñanza de la Patología Veterinaria, que va en la segunda edición. “Cuando terminé de escribir este libro, me senté a llorar”, dice Gloria. Desciende por el sendero rodeado de araucarias y eucaliptos. Se sienta en un tronco de madera donde la cubren los rayos tibios del sol. Escucha el curso de un riachuelo y el canto de una guacharaca. Fue en este lugar donde sosegó sus llantos y se revistió de fuerza. Cada vez que el mundo se volcó con furia sobre ella, lo acogió entre sus manos pequeñas y lo tornó leve como una pluma.

Perfil: Ana María Bedoya Builes / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Luis Óscar

Londoño Zapata

Cuando tenía 19 años de edad y era el director de una escuela veredal en el municipio de Ituango, Luis Óscar Londoño Zapata contemplaba asombrado cómo el recreo de los niños consistía en ver bajar en bestia los cadáveres de los policías muertos en plena violencia partidista de los años cincuenta. Adicional a ello, la celeridad del levantamiento de los cuerpos dependía de que el inspector estuviera vivo o, por el contrario, también hubiera sido asesinado en esos mismos días. Para el joven profesional, el reto era entonces —igual que hoy—: ¿Cómo enseñar y facilitar el aprendizaje en medio de la violencia y contribuir a la construcción de una pedagogía de la convivencia y la paz? Recuerda también cómo cuando se graduó en la Normal, en 1952, el entonces rector Nicolás Gaviria dijo en su informe que se trataba de un muchacho

inteligente, pero con un gran defecto: era comunista. Con tal señalamiento, se cerraban sus posibilidades de ingresar al magisterio. Nuestro colega homenajeado continuó su formación profesional. En 1966 terminó sociología, título que le permitió ingresar a la Facultad de Educación de la Universidad de Antioquia. Para ese momento existía el vínculo del Alma Máter con el denominado Centro Técnico de Alfabetización, entidad financiada por la Fundación Alfabetizadora Laubach, experiencia que habría de ser determinante en su carrera profesional porque marcó su ingreso al mundo de la educación de adultos o, para enunciarlo desde otra concepción política y pedagógica, de la educación popular. Esa relación Laubach Literacy y U. de A. llevó a la creación del Centro Técnico de la Facultad de Educación. También en la Universidad de Antioquia cursó una maestría en educación, cuya tesis de grado consistió en una investigación temática en los departamentos de Antioquia, Caldas, Risaralda y Quindío, teniendo como referente teórico el pensamiento del pedagogo brasileño Paulo Freire. Este trabajo se hizo y se aplicó como parte de los planes de desarrollo del CLEBA, con la colaboración del SENA. Así como el eje temático de su paso por la Universidad de Antioquia ha sido la Educación de Adultos, igualmente Luis Óscar ha proyectado su formación y trabajo en relación con organizaciones sociales como la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, el CRIC —entidad de carácter indígena con sede en Cauca—: “Fue una época de riesgos y de retos trabajando por una educación alternativa. Al mismo tiempo, implementamos la etapa de la investigación en la Universidad, incluyendo una vivencia tan decisiva como fue la participación

de estudiantes nuestros trabajando en proyectos educativos, uno de los cuales fue el del barrio Moravia”. Además de su paso por el Ministerio de Educación —en 1987—, como asesor del ministro de entonces y director del programa nacional de educación de adultos, lo mismo que de su experiencia en los denominados “bachilleratos comprensivos” —conocidos como INEM—, el profesor Luis Óscar Londoño Zapata ha desarrollado trabajos recientes, como la asesoría que brindó al proyecto llamado “Coordinación entre la Jurisdicción Especial Indígena y el Sistema Judicial Nacional” (Universidad del Rosario y Escuela Nacional Judicial, 2006-2007). Actualmente participa en el Grupo Latinoamericano de Especialistas en Alfabetización como aproximación a la cultura escrita. Y dada su calidad de pensionado de la Universidad de Antioquia, Luis Óscar —un hincha a morir del rojo Deportivo Independiente Medellín—, trabaja con la Asociación de Profesores Jubilados, Aprojudea, en un proyecto definido como “Por una nueva cultura del envejecimiento: las personas mayores a la Universidad”, un paso más en su compromiso gerogógico con el envejecimiento poblacional. Con una trayectoria educativa que va desde la formación primaria, el nivel intermedio, la educación superior, la educación no formal, y teniendo como necesarios materiales de trabajo las investigaciones, publicaciones, materiales de apoyo, entrevistas, diagnósticos y artículos de prensa, entre otros, el profesor Luis Óscar Londoño Zapata, después de casi 60 años de labor profesional, reúne suficientes méritos para ser merecedor del homenaje que en este libro se les rinde a los espíritus libres, requisito insalvable para hacer de la docencia la puerta de entrada que habrá de forjar los ciudadanos libres que, con urgencia, Colombia necesita.

Perfil: Luis Gonzalo Medina Pérez / Fotografía: Diego González

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Luis Alfonso

Giraldo Valderrama

Su padre trabajó en el Municipio de Medellín y al jubilarse compró una finca en Sopetrán. Fue allí donde pasó muchas temporadas y empezó a formar su vocación. Le gustaba cuidar los animales y recorrer los caminos; era un arrierito de ocho años que venía del barrio La América, pero se sentía capaz de atajar el buey o acomodarle la carga, como si lo hubiera hecho durante toda la vida. Luis Alfonso Giraldo, zootecnista egresado de la Universidad de Antioquia, recuerda con amor aquellos años porque ahora los vincula con su experiencia de investigar y enseñar todo acerca de los rumiantes. Hoy está más cerca del laboratorio que del campo y se desvive por la investigación y la docencia, en la Universidad Nacional, sede Medellín, pues con ellas obtiene satisfaccio-

nes como ver triunfar a sus alumnos y contribuir al progreso del sector agropecuario. Lo que ha logrado a lo largo de su carrera ha sido gracias a la dedicación, pues fue un buen estudiante y supo aprovechar las oportunidades que se le presentaron. Si bien empezó a estudiar Medicina porque disfrutaba las materias de biología, cuando llegó a anatomía se dio cuenta de que debía inclinarse por otro rumbo, pues el trabajar con cuerpos humanos no era lo suyo. Hizo entonces un recuento de lo que disfrutaba y de las experiencias que vivió junto a su hermano mayor, ingeniero agrónomo, quien lo llevaba, en tiempos de adolescencia, a las correrías como asesor de fincas ganaderas en la zona de Urabá. Entonces, la zootecnia apareció como opción. En esos tiempos de paros académicos, el campo era refugio para practicar manejo de fincas con los compañeros. Era la hora de hacer la tesis y nada estaba claro: primero divagó unos meses en Plato, Magdalena, a punta de calor y cansancio; luego se decidió por hacer trabajo de campo en la Hacienda La Candelaria, en Urabá, perteneciente al Alma Máter. Se trataba de una investigación acerca de pasturas promovida por el Centro Internacional de Agricultura Tropical, CIAT, de amplio reconocimiento en el país. Le fue tan bien a Luis Alfonso que no sólo pudo presentar el trabajo en Palmira, sino que le ofrecieron una beca completa para especializarse en pastos. Ahí nació su amor por la investigación. Trabajó luego con la misma entidad en Carimagua (Meta) y Santander de Quilichao (Cauca). Volvió a Antioquia porque quería seguir estudiando y se vinculó a la Secretaría de Agricultura, donde

pudo conocer de cerca los problemas de los campesinos de Amalfi, Yolombó y Chigorodó. Para entonces se ganó la plaza docente en la Universidad Nacional y pudo pedir comisión de estudios para hacer la maestría en sistemas agroforestales, con énfasis en silvopastoreo. Su destino fue el Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza, Catie, en Costa Rica, lugar que le abrió nuevas puertas, pero que, en aquel momento, lo obligó a estar lejos de su hijo recién nacido, tal vez la prueba más dura que tuvo que superar. Al terminar la maestría, en 1991, Luis Alfonso volvió y se embarcó en proyectos gigantes con su universidad, y a la vez: uno en silvopastoreo financiado por el Ministerio de Agricultura y otro sobre el ganado blanco orejinegro aprobado por Colciencias. Con ese impulso, surgió el grupo de investigación Biorum, que ya tiene diecisiete años y logros consolidados como haber obtenido glicerina en polvo, subproducto de elaboración del biodiesel, para alimentar ganado de carne y leche. Este profesor, tan querido por sus alumnos, continuó estudiando y logró su doctorado en la Universidad de León, España. Vivió cinco años en Europa haciendo pasantías, aprendiendo idiomas, asistiendo a congresos y publicando resultados, no solamente para elevar la calificación de su grupo académico, sino también para volver con fuerzas renovadas y lograr algún día el sueño que tiene: conseguir un alimento que eleve la productividad del ganado y disminuya su impacto ambiental

Perfil: Margarita Isaza Velásquez / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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Jesús Martín Barbero No sale mucho en los medios, pero para pensar sobre los medios hay que saber de él. No vive de vender su imagen porque lo suyo son las ideas innovadoras, el provocar los lugares comunes, el intentar comprender siempre desde otro lado. Hemos aprendido de él que en los medios hay mucha más vida que la del mercado, que más que conocimientos, los medios de comunicación producen reconocimiento, juegos de identidades, maneras de vivir, culturas. Con él, uno viaja al universo de las ideas que nos ponen a pensar… distinto. Jesús Martín-Barbero, nuestro maestro, llegó de España hace más de cuarenta años a Colombia y se empecinó en inventarse nuevas formas de pensar la comunicación, la cultura, la juventud, la televisión, las mujeres, los jóvenes, las sensibilidades, las tecnologías. De él se conocen textos

breves y cinco largos de enorme incidencia: Comunicación Masiva: Discurso y Poder (1978), De los medios a las mediaciones (1987), Televisión y melodrama (1992), La educación desde la comunicación (2002), Oficio de un cartógrafo (FCE, 2002). Sus apuestas teóricas han producido un manifiesto de acción para la comunicación: 1. En los estudios de la comunicación “hay que perder el objeto para ganar el proceso” (dejar de pensar los productos que se hacen y pensar las lógicas del proceso de diseñar, producir y realizar los mensajes). 2. En el estudio de los medios de comunicación “hay que pasar de los medios a las mediaciones” (dejar de pensar que los medios transportan información, para entenderlos como lugares culturales y políticos de interproducción del sentido). 3. Dejar de pensar la telenovela como producto industrial, para verla como una lucha por el reconocimiento cultural de América Latina: “Lo que se pone en juego en el melodrama es el drama del reconocimiento (del hijo por el padre, de la madre por el hijo), lo que mueve la trama es el desconocimiento de una identidad y la lucha por hacerse reconocer”. 4. Mirar hacia quienes gozan con los medios, pues ahí se localiza el nuevo popular, “lo que de pueblo pervive en la masa”: “El melodrama ha pegado en Latinoamérica porque habla de la socialidad primaria, esa del parentesco, de las solidaridades vecinales, territoriales y de amistad (...) del tiempo familiar que media entre el tiempo de la historia y el tiempo de la vida”. 5. Las telenovelas nos prepararon para la Constitución de 1991, donde por primera vez se incorporó el discurso de la pluralidad y su diversidad cultural. 6. La comunicación no puede ahorrarse cuestiones como lo popular, la diferencia, la diversidad cultural y el poder.

7. “Mientras la televisión comercial se hace para el consumidor, la televisión pública se diseña y realiza para el ciudadano.” 8. “Si la educación no se hace cargo de los cambios culturales que pasan hoy decisivamente por los procesos de comunicación e información, no es posible formar ciudadanos, y sin ciudadanos no tendremos ni sociedad competitiva en la producción ni sociedad democrática en lo político.” 9. La comunicación debe proponer experiencias de reencantamiento identitario, de lo comunitario, de gestión de “lo festivo que está siendo reinventado, en su más fuerte sentido ritual, el de tiempo denso de lo comunitario”. 10. El internet es una revolución no de la distribución (Gutemberg), sino de la escritura. En él estamos escribiendo de manera oral-visual. El maestro Martín-Barbero piensa, vive, ama en y desde Colombia, con él es posible comprender e imaginarse el futuro de la comunicación como lugar de encuentro de comunidades rotas, donde los medios sean lugar de conexión cultural, con nuevas formas de reconocimiento y expresión. En tiempos de exceso comunicativo es bueno hacerle un homenaje a quien nos enseña cada día a pensar la comunicación como un campo no solo de ficciones, sino de reconocimientos culturales. Por encima del intelectual está la persona que es puro afecto, y apuesta porque todos seamos mejores personas. Eso lo hace muy político.

Perfil: Omar Rincón, profesor asociado – Universidad de los Andes / Fotografía: Cortesía periódico Alma Máter

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Juan Guillermo

Restrepo Arango Yo no vengo a enseñar, yo sólo vengo a contar.

El paisaje es hermoso. Un cielo inmenso contrasta con el verde de múltiples tonos que engalana las frondosas montañas de la Cordillera del Darién. A veces, cuando el sol ya ha caído, se puede escuchar cómo el mar golpea la playa y sus aguas se funden entre piedras y arena produciendo un mágico sonido que te envuelve, bajo un centenar de estrellas, en una oscura noche del Urabá chocoano. Y allí está él, escribiendo en su computador portátil artículos e historias sobre diversos temas: los caballos, la agroecología, la relación del hombre con la tierra, la vida… Miguel de Unamuno decía, cuenta Juan, con una maravillosa memoria de lector voraz, que “es triste la avaricia espiritual

del que sabiendo algo no comunique a los demás ese conocimiento”. Por eso hoy, y luego de un año de haberse jubilado como profesor en la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad de Antioquia, y a pesar de vivir en una zona tan apartada y conflictiva, no pierde el entusiasmo por contar y compartir su saber. Porque él no enseña, cuenta historias. De terror, como las que vivió por culpa de la violencia en la Medellín de los ochenta, cuando era profesor de Semiología clínica: “Que mataron a Héctor Abad, que mataron a Pedro Luis Valencia, que mataron a no sé quién…”, y que finalmente fueron el detonante para renunciar a su empleo, y con su esposa Rude y con sus dos hijos —Marta Luz y Alejandro, ellos aún muy pequeños— escaparse de ese cuento y comenzar así una nueva historia, junto a las comunidades agrarias de Gilgal, al norte del Chocó. Allá, inmerso en ese clima tropical de aguas cristalinas y toldillo obligatorio para la siesta, supo combinar su actividad académica, investigando y dando cuenta de la problemática rural, con el trabajo de la tierra y la educación campesina: por ocho años fue rector ad honórem del Instituto Comunitario Regional Alcides Hernández, que recién habían fundado, con la esperanza de que los muchachos y las muchachas, como dice Juan, no se fueran para otra parte a estudiar, “porque si los jóvenes se van, el pueblo se envejece y se acaba”. En 1996, un año después de haber logrado sacar la primera promoción de bachilleres, entre los que se encontraba su hija, Martica, la violencia llegó a Gilgal. Para proteger su vida, y la de su familia, Juan regresó a Medellín. Trabajó un tiempo con jóvenes drogadictos y luego volvió a su Universidad. A ella llegó con nuevas ideas y encontró a antiguos alumnos

convertidos en profesores. Precisamente con uno de ellos, Héctor Jiménez, gran amigo además, aprovechando que para ese entonces se reformaba el currículum de Veterinaria, planteó un curso: Agroecología Tropical, el cual dictaría hasta su jubilación en el 2010. Es de mañana, y Juan ya se ha levantado y ha cogido su machete para salir a trabajar a su finquita, como él la llama. Allí pasará un buen tiempo manejando la tierra, cuidando de sus animales y en especial de su caballo, Preludio. Ya en la tarde, quizá se encuentre con un grupo de jóvenes a los que les contará historias sobre la fauna y flora de la región, y les hablará del porqué son afortunados al vivir allí. Luego, cuando el sol se esté ocultando, regresará a su casa, se dará un baño y se pondrá, de nuevo, a escribir. Pero por el momento, con el sol en su cabeza y la tierra entre sus manos, Juan construye su paraíso, porque él bien sabe que los paraísos no existen, se construyen, y que son un trabajo de toda la vida: “Aquí estamos en ese proceso y moriremos en él. Levantando sueños en el atardecer de nuestra existencia”.

Perfil: Santiago Orrego Roldán / Fotografía: Sergio González Álvarez

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Víctor Vladimir

Zapata Villegas

“Tenés nombre ruso y apellido de Guarne”, le dijo hace muchos años el periodista Miguel Zapata Restrepo a Vladimir Zapata Villegas, convertido hoy, a los sesenta y tres años, en maestro de maestros, pedagogo de todas las horas, sociólogo, rector de colegio y padre de familia. Cuando estaba por terminar Sociología en la Universidad Pontificia Bolivariana, en 1972, daba clases en la Enseñanza en sus horas libres. Desarrollaba un proyecto educativo basado en las teorías de Paulo Freire sobre educación liberadora. Entonces comenzaron los rumores: “El marxismo se está metiendo en los colegios”. Su papá, obrero y líder sindical de Everfit-Indulana, y su mamá, ama de casa, le inculcaron desde niño la importancia de la lectura. Estudió en la escuela de la fábrica, en el barrio

Caribe. Pasó a los salesianos del Sufragio, en Boston, y luego al noviciado salesiano, en Copacabana. En 1968, cuando el papa Pablo VI visitó Bogotá, se fue allá con un grupo de seminaristas, pero nunca asistió al templete del congreso eucarístico por dedicarse a ver películas de la Nueva Ola francesa. Lo sacaron del seminario por preferir el cine a las prédicas pontificias. Cuando se matriculó en Sociología, ya estaba influenciado por el Mayo francés, por la teología de la liberación y las lecturas de Althusser. “Me interesaba el hombre y sus implicaciones en la vida.” Para antes de graduarse, había leído toda la obra del filósofo y psicoanalista judío alemán, Erich Fromm, con su Arte de amar y El miedo a la libertad, entre tantas otras. Para esos días, comienzos de los setenta, ya simpatizaba con la causa de Salvador Allende en Chile y la de los cristianos socialistas, y, a su vez, tenía en Radio 15 el Programa para los insumisos, con mensajes humanistas para los jóvenes. Vladimir Zapata, doctor en Educación de la Nova University y Magíster en Educación en Orientación y Consejería de la Universidad de Antioquia, recuerda con alegría el día en que se ganó un concurso de poesía en Medellín, en el que uno de los jurados era el artista y odontólogo Leonel Estrada. Cuando trabajó en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional, sede Manizales, donde enseñaba investigación social para diseño de vivienda popular, fundó un cineclub y escribía dos columnas en el diario La Patria (una de cine y otra para niños, con el seudónimo de Juan Juajua). Una vez, un tipo gordo, que dijo ser claretiano, con estudios de cine y música en Alemania, le dijo que sus columnas eran buenas, de cine militante, pero que les faltaba

lenguaje cinematográfico. Resultó ser el padre Luis Alberto Álvarez, con quien escribió al alimón columnas de crítica de cine. Vladimir (además a su revolucionario nombre lo antecede el de Víctor porque su mamá así lo quiso para disminuir el impacto “leninista”) fue psicoorientador del Pascual Bravo, profesor de la San Buenaventura y de la U. de A. En esta última se dedicó a la formación de maestros investigadores y a la sociología de la educación. “Se trata, como lo diría Pestalozzi, de formar la cabeza, el corazón y las manos”, dice este pensionado del Alma Máter y rector desde hace ocho años del colegio Colombo-Británico. Su vida la ha dedicado al compromiso con la docencia, la investigación, la formación de semilleros, la escritura de artículos sobre educación. Casado con Anita Gómez, con cuatro hijos, historiador de las prácticas pedagógicas e investigador de la escuela como escenario de acción política, el profesor Zapata Villegas tiene nostalgia de sus clases de seis de la mañana y mantiene imborrable la imagen de su padre que murió en el estadio cuando veía un partido de su equipo del alma, el Deportivo Independiente Medellín, del que le enseñó a ser hincha. Esta condición —como mucha gente sabe— puede ser una dulce manera del sufrimiento. O una etapa de la educación sentimental.

Perfil: Reinaldo Spitaletta Hoyos / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Rubiela

Arboleda Gómez

Cuando tenía ocho años, y estando descalza, aprovechó una visita del entonces presidente Carlos Lleras Restrepo al mausoleo de su antepasado Carlos E. Restrepo, ubicado en el Cementerio San Pedro. Allí le dio la mano al mandatario que el 19 de abril de 1970, día de elecciones presidenciales, mandó a dormir a todo el mundo desde la televisión y con un reloj en la mano. Ella era una habitante y caminante del barrio Sevilla, sector norte de Medellín, atravesado por historias, conflictos y personajes que a su manera constituían un importante trozo de la capital antioqueña. A la par del San Pedro, estaban las calles y casas en donde representantes de la industria, el comercio, la administración pública, la bohemia y los medios de comunicación buscaban un momento y un espacio para

los pequeños, grandes y ocultos placeres. Nombres como Popayán con Barranquilla, Santamarta, Balboa, Palacé, Lovaina, Bolívar, Italia, Venezuela, entre otros, daban cuenta del discurrir de una vida que desafiaba la tradición rezandera del resto de la capital. Esa niña que sin zapatos, y presa de la curiosidad, quiso seguir a sus profesoras y años después terminó vinculada a la Universidad de Antioquia es Rubiela Arboleda Gómez, profesora del Instituto de Educación Física del Alma Máter, quien tuvo dos tíos —uno, materno y otro, abuelo— ligados a esta institución de educación superior. Es pertinente precisar que ella sufrió, en 1988, y como docente, la nada fácil decisión de cierre del Liceo Antioqueño de la Universidad de Antioquia, dependencia con una historia propia con reconocimiento nacional. Han transcurrido 20 años desde su vinculación al Instituto de Educación Física en calidad de docente y treinta y cinco como alumna, y es pertinente hacer un balance de su experiencia, cuando ha sido seleccionada para ser parte de esta segunda entrega de Espíritus Libres, dedicada a exaltar a egresados brillantes de la Universidad de Antioquia. “He trabajado todo el ciclo vital propio del ser humano: niños, adolescentes, jóvenes, adultos. Comencé con Codecam, una corporación que fomentaba el deporte campesino. Luego fui descubriendo otros perfiles del cuerpo, abordando el trabajo con gestantes, y posteriormente opté por la faceta de la motricidad. Decidí incursionar en la Antropología, carrera en la cual me reafirmé en la temática del cuerpo y su relación con la cultura, y que me ofreció reflexiones en torno a las expresiones motrices. Debo

señalar que el Instituto tiene un trabajo valioso, en materia de motricidad, de dimensión latinoamericana.” Otro componente no menos importante de la actividad académica de Rubiela —una mujer con el sentido del humor y una contagiosa carcajada a flor de labios— se refiere al tema de los conflictos en una ciudad como Medellín: “Este trabajo se ha ocupado de reflexionar sobre coyunturas críticas y también de prácticas de los años 90, como el narcotráfico y la violencia”. Para ella, los retos de la educación física, en lo correspondiente a la Universidad de Antioquia, “tienen que ver con un compromiso que va más allá de la escuela; deben servir para construir estrategias de resistencia, para participar en un proyecto de ciudad; tener profesionales capaces de manejar la motricidad como factor de progreso y de esclarecimiento de conflictos (compromiso social). La Universidad debe ser transformadora de lo social, no tanto espejo del mismo”. Pero el sentimiento que amarra a la universidad a la profesora Rubiela Arboleda hace que para ella sea difícil o imposible imaginarse por fuera de la Institución: “Me veo explorando mis propias habilidades por fuera de la academia, lo cual no significa negar a mi universidad porque sería negarme yo misma. Es distinto vivir la universidad como empleada que como habitante de ella: en la cafetería Tronquitos, por ejemplo, estando con mis amigos de Antropología, puedo decir que fui plenamente feliz”.

Perfil: Luis Gonzalo Medina Pérez / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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Luis Hernando

Lopera Lopera

Cuando estaba en quinto de primaria, cogió todos los libros de su casa y los organizó en un estante. Acomodó una mesa con algunas sillas e invitó a sus compañeros de colegio a que hicieran sus tareas allí, en su biblioteca. Luis Hernando, entre enciclopedias, libros y diccionarios, les buscaba a sus amigos toda la información que necesitasen. Con el tiempo, aquel estante se fue poblando cada vez más: familiares y conocidos, que se dieron cuenta de su proyecto, comenzaron a regalarle libros que ya no utilizaban y que a él le podían servir. Más adelante, en el bachillerato y al salir de clases al medio día, se encerraba a leer en la Biblioteca Marco Fidel Suárez o en la Biblioteca de Fabricato de Bello. Allí, en esta última, veía cómo las bibliotecarias asesoraban a todo el que

llegaba; y él, un ratón de biblioteca, que se había propuesto leer una enciclopedia completa, pero que solo llegó hasta la página 150 del primer tomo, las miraba y pensaba en lo interesante de ser bibliotecólogo: el conocimiento que se adquiría y el contacto con las personas. Se había enamorado de esa profesión. Cuando llegó el momento de ingresar a la universidad, Luis Hernando se presentó a Biología. Sí, a Biología. Una atracción juvenil por las ciencias naturales lo sedujo y lo fue llevando hacia el estudio de los seres vivos. Pasó el examen de admisión y cuando poco le faltaba para graduarse, decidió renunciar a todo y dedicarse a su viejo y verdadero amor: la bibliotecología. Pero vamos despacio. En su época de aprendiz de biólogo, combinaba el estudio con el trabajo en la universidad. Laboró en el Museo 15 meses y luego se presentó a una convocatoria en la Biblioteca Central. Comenzó recibiendo bolsos en los casilleros. Fue ascendiendo, primero a la hemeroteca de ciencias sociales; después a la colección de referencia en humanidades, y luego, mucho más adelante, terminó coordinando el área de formación de usuarios. Aunque antes de eso, había que tomar una decisión: sus estudios de Biología cada vez, y con mayor frecuencia, le exigían más y más tiempo. Tiempo que él no estaba dispuesto a ceder de su trabajo en la biblioteca. ¿Qué hacer, entonces? Ya ustedes lo saben. Un semestre después se encontraba estudiando su verdadera pasión: La Bibliotecología. Dicen por ahí que el primer amor nunca se olvida. Cuando llegaron los primeros computadores a la Biblioteca Central, a mediados de los noventa, Luis Hernando

comenzó a cacharrearlos, aprendiendo por su cuenta y leyendo manuales, en esa época, de DOS y Windows 3.1. Desde ese momento, dice él, se convirtió en formador: enseñándoles, primero a sus compañeros de trabajo y luego a la comunidad universitaria cómo usar, no solo los equipos de cómputo, sino también a realizar búsquedas en bases de datos. Mucho le han dicho que físicamente se parece a Richard Stallman. Pero en realidad es en el gusto por el software libre y el acceso abierto a la información en lo que el bibliotecario de Medellín se confunde con el programador de Nueva York. Gracias al elevado interés que estos temas despiertan en Luis Hernando, él está convencido de que ha llegado el momento de avanzar, de pasar de una formación de usuarios, que enseña a cómo manejar una determinada herramienta, hacia una alfabetización informacional, de acceso libre, que les permita adquirir conocimientos para resolver problemas durante toda su vida. Su biblioteca ideal es aquella que contribuya con la transformación crítica del ser humano y que permita un cambio en la sociedad: “Siempre he soñado con una biblioteca que haga parte de una revolución. Porque las bibliotecas son un espacio inteligente, habitable, diseñado para aprender, conocer y, lo más importante, compartir.

Perfil: Santiago Orrego Roldán / Fotografía: Sergio González Álvarez

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Julio Ernesto

Toro Restrepo

Al principio, lo entusiasmaba la ingeniería química, pero se decidió por la medicina, a la que dedica sus días desde antes de graduarse en la Universidad de Antioquia, en 1974. Julio Ernesto Toro, director del Hospital Universitario San Vicente de Paúl, es uno de los hombres que ha llevado a esta institución, que cumplirá 100 años en el 2013, a una situación estable con adelantos en atención e investigación en salud. Por su vocación de servicio —es un médico de las viejas camadas de humanistas— y por su sensibilidad poética —ha escrito dos libros— es admirado y respetado por sus compañeros del hospital. Administrador de servicios de salud y posgraduado en gerencia hospitalaria, llegó en 1981 a la dirección médica y tres años después alcanzó la dirección general del San

Vicente. En 1990 pasó a una empresa privada a dirigir la parte de medicina prepagada y volvió al hospital en 1994. Desde entonces, funge como su director, ha sido alma de El Pulso, principal publicación del hospital, y ha cumplido su sueño de realizar tareas en beneficio de la salud pública. Cuando hizo su año rural en Leticia, Amazonas, ya se veía como director del hospital, aunque algunos se reían de su proyecto. Al volver a Medellín, a trabajar como médico en San Cristóbal, diseñó programas para hipertensos y diabéticos, pese a que el director de la unidad de salud decía que a él se le había contratado como médico y no para meterse en programas de prevención. “Eso terminó en una pelea”, recuerda. Entonces, abrió consultorios en Belén y Manrique (en la 45), donde logró una buena relación con los pacientes. Cuando llegó al San Vicente, se hablaba de su inminente cierre por las constantes crisis. Hoy, la institución es una muestra de calidad en la medicina, en desarrollo tecnológico y en espíritu de servicio al otro. “Aquí se recibe con amabilidad al paciente”, dice, aunque sabe que las leyes 100 y 50 convirtieron al paciente en cliente y esto deshumanizó la medicina y puso la salud al servicio del capital financiero. Tiene cincuenta razones para argumentar por qué no le gusta la Ley 100, entre las cuales están: “Porque induce a utilizar un lenguaje de tecnócrata que es descalificante; porque infunde desencanto por los valores; porque desconoce el valor terapéutico de la relación médicopaciente; porque aparece la economía y no el hombre como centro de todo esfuerzo; porque no menciona al

ser humano”. Para él, la educación médica de antes era más interesante y honda puesto que había reflexión y doctrina con el paciente. A este se llegaba con respeto y consideración. Este médico que “ha cometido poesía” lee con fruición a León De Greiff y Julio Flórez, así como escucha con reverencia a Edvard Grieg, Mozart, Haendel y Carl Orff. “La música es un lenitivo”, dice Julio Ernesto Toro, nacido en Bogotá en 1947, “aunque en realidad soy de Sonsón, de donde es toda mi familia”. Escribe en El Pulso y De Ronda, boletín interno del hospital “para echar el sermón de turno”. Es un apasionado por montar en motocicleta, de cuyas andanzas le quedó una fractura de clavícula. Hoy, como él lo dice, el hospital es una eficiente organización, en la que, además de contribuir a la investigación universitaria, se hacen estudios por ejemplo sobre el manejo y control de las infecciones hospitalarias y acerca de la producción de medicamentos genéricos, como el analgésico acetaminofén. Además, advierte que aunque la Ley 100 no ha sido buena para nadie, en el contexto del San Vicente es que hay que hacer “un sancocho bueno con revuelto maluco”. En ese sentido, el hospital ha dignificado al paciente pobre y mantiene una filosofía de puertas abiertas. “Lo atendemos por urgencias, pero también sin discriminaciones. Que se sienta humano y no como un inferior”, dice el médico, cuyo secreto de vida es la serenidad. No perder el control de la balsa.

Perfil: Reinaldo Spitaletta Hoyos / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Gil Juvenal

Gil Madrigal

Imaginémoslo: por los pasillos de la Escuela de Medicina de la Universidad de Antioquia va un tipo flaquito, vestido de traje y corbata, de frente ancha y nariz roma, con el cabello rigurosamente peinado hacia atrás. Muy serio. Tiene cierta cojera al caminar, por lo que sus pasos marcan un ritmo discontinuo que hacen que todos sepan que ahí viene antes de que lo vean. Lleva un cigarrillo en la boca. Es el año 1942 o 1943. El nombre de este personaje es Juvenal Gil Madrigal, aunque él decidió hacerse llamar Gil J. Gil, y así lo conocen todos. Es el decano de la Escuela, es conocido también como El bisturí de oro. Un cirujano muy respetado; el primero en realizar, en 1923, una cesárea segmentaria en Medellín; el primero en fundar una clínica privada en la ciudad: la Clínica Gil, ubicada

en Calibío, cerca del edificio de la Gobernación. También fundó revistas. Al lado de Clodomiro Ramírez y Carlos E. Restrepo creó Colombia, en 1916, considerada la más seria de su tiempo, y también en ese mismo año, Clínica, que circuló hasta 1919. Fue la primera persona en ser nombrada decano de la Escuela de Medicina en dos ocasiones, de 1928 a 1931 y de 1940 a 1943. Fue uno de los iniciadores de la ginecología en la Universidad de Antioquia, y logró que en la Escuela se estableciera la cátedra de Clínica ginecológica, de la cual se encargó entre 1928 y 1936. Ya pocos lo recuerdan. La imagen de Gil J. Gil caminando por el pasillo es del doctor Gustavo Escobar Restrepo, de 93 años, que en ese entonces era estudiante de Medicina. De resto, son pocos los que pueden hablar de él. Gil J. Gil murió en 1948, a los 63 años, y dejó un legado importantísimo para la medicina en el país. El doctor Tiberio Álvarez Echeverri, que ha estudiado con juicio la historia de esta profesión en Antioquia, lo retrata así: “Gil J. Gil, así como Manuel Uribe Ángel, Juan Bautista Montoya y Flórez, Joaquín Aristizábal y Héctor Abad Gómez, fue un profesional que marcó una pauta y un sendero para nuestra medicina. En su caso, como estudió en Estados Unidos, trajo una mirada más norteamericana de la profesión. Antes, la corriente en Antioquia era más francesa, que si bien era muy humanista, también era más descriptiva y abstracta. La corriente americana fue más pragmática, basada más en exámenes de patología y en estudios de laboratorio, y ese fue uno de los aportes de Gil J. Gil.” También fue uno de los médicos que introdujeron la idea de que había que escribir sobre su profesión, publicar,

mantener una relación con el mundo médico del exterior. Fue miembro de la Academia de Medicina de Medellín y correspondiente de la Nacional, del Colegio Americano de Cirujanos, de la Academia de Historia de la Medicina de Buenos Aires, de la Federación Médica Colombiana y de las Academias de Medicina de Cartagena y Barranquilla. Pero ante todo, fue un buen cirujano. Así lo escribió el doctor Emilio Robledo: “Su calma mientras opera, sus conocimientos anatómicos, su técnica perfecta y los muchos recursos de que dispone en una complicación inesperada, así como su modestia que le deja buscar el consejo o la voz de aliento de sus ayudantes, hacen que aun en casos que parecían inabordables, Gil encuentre el camino”. En 1946, Gil J. Gil recibió el título de doctor Honoris causa en cirugía. Fue rector de la Universidad de Antioquia en 1947. Durante algún tiempo, el hospital del pueblo donde nació, Yarumal, llevó su nombre.

Perfil: Juan Camilo Jaramillo Acevedo / Óleo sobre lienzo: Cortesía Museo Universitario Universidad de Antioquia

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Asdrúbal

Valencia Giraldo

El aire sereno, la tierra generosa, las limpias aguas del río Arma, las montañas cultivadas, las cantinas esparciendo aguardientosas tonadas de tiples y guitarras, la voz de la mamá sintiendo un tango, los muchachos corriendo tras el balón. Aunque Asdrúbal Valencia ha recorrido medio mundo y sería capaz de vivir en Buenos Aires, en Lisboa, en Florencia, en Kyoto, siente melancolía de aquellos años, de esos pequeños lugares donde fue infante, muchacho y ocurrió el incidente que trazó parte de su destino. Nació en Aguadas, Caldas; se crió en el corregimiento Los Medios, de Sonsón. Luego se instaló en ese pueblo frío del Oriente antioqueño. Futbolista con sueños, a sus catorce años no pudo jugar más: en un partido se lastimó la pierna, se enfermó, una osteomielitis le destruyó el hueso. No se rindió,

siguió su rumbo de estudiante adelantado. Sus compañeros le decían La Bruja, no entendían cómo hacía para estar en las noches con ellos, jugando billar, y en la mañana del siguiente día tener listas las tareas. La disciplina redundó en una beca de una fundación sonsoneña, para ser profesional. En 1968, llegó a Medellín. Quería ser geólogo de la Universidad Nacional. También se presentó a Ingeniería Metalúrgica en la Universidad de Antioquia. Pasó a ambas. Alguien le dijo que la geología era buena si uno se metía a recorrer el monte, pero que arrastrando esa pierna no iba a poder. Eso marcó su decisión. Y como el destino juega a titiritero, en el primer semestre, en la U. de A. conoció a Gloria, la matemática con la que vive hace 42 años. Son dos los hijos que tiene con Gloria. Por fuera son muchos más, esos estudiantes que a lo largo de décadas han pasado por sus cursos para recibir su acostumbrada cantaleta. De adolescente ya ejercía de maestro. En el colegio, los padres de los más quedados le pagaban para que les reforzara los conocimientos; mientras estaba en la de Antioquia, daba clases en la Javiera Londoño; aún sin graduarse ya enseñaba en la UPB. Hizo un paréntesis para trabajar en una empresa de fundiciones. “A los dos meses ya todo era repetitivo, pelear con los obreros, darle informe a los jefes. Comprendí que lo mío era la academia y la investigación”. Asdrúbal es un maestro con quien se aprende de una manera poco ortodoxa. A sus estudiantes les entrega la teoría en documentos y en presentaciones digitales, pero en el aula no repite eso. “Les digo que lo que vamos es a echar cantaleta. ¿De qué sirve ser un excelente ingeniero si no se

es persona? No basta con aprender la técnica, por eso aquí siguen llegando los egresados a decirme que les hace falta mi cantaleta”. Y esa cantaleta del maestro es ecléctica. La alquimia de los metales está hilvanada con literatura, música, sociedad, humanidad, vida. Becario Fulbright, magíster en Metalurgia de la Universidad de Wisconsin, partícipe de grupos de investigación como el de Materiales, Metales Preciosos e Ingeniera y Sociedad, Asdrúbal también podría escribir con propiedad de poetas como León de Greiff, José Manuel Arango, César Vallejo y Vicente Huidobro. Autor del libro El universo del tango, es además un investigador de músicas populares que descubrió que el tango argentino, el jazz norteamericano, el fado de Portugal y la rebetika griega tienen en común el sentimiento del hombre desposeído, del arrabal, la melancolía de quien comenzó desde abajo. Y así se siente él, como un campesino humilde al que se le fueron dando las oportunidades, de salir de la vereda al pueblo, del pueblo a la ciudad, de la ciudad al mundo. Por eso siente que su labor docente en la de Antioquia es una retribución. “Estoy comprometido con estos muchachos que son como yo, que no tienen nada, y uno puede ayudar a que salgan a competir con otros que lo tienen todo”.

Perfil: Ramón Pineda Cardona / Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Jorge Iván

López Jaramillo

Es un soñador de tiempo completo. Cuando una idea se instala en su cabeza, no hay quien lo detenga; traza sus proyectos sobre un papel y no descansa hasta verlos convertidos en una realidad. Así es Jorge Iván López Jaramillo, un médico cirujano experto en atención y prevención de desastres que inspira su trabajo en el amor y el servicio a la comunidad. Ese compromiso social lo heredó de sus padres y se transformó en una vocación el día que ingresó a un grupo de scouts. Allí aprendió a compartir y asumió la responsabilidad de ayudar a los demás sin esperar nada a cambio. A los 15 años, cuando todavía estaba en el colegio, se puso el uniforme de la Cruz Roja; en esta institución emprendió una lucha larga e incansable por

aliviar el dolor de las personas y proteger la dignidad de los seres humanos. En 1976, empezó a estudiar Ingeniería Sanitaria en la Universidad de Antioquia, pero las protestas estudiantiles y los prolongados paros lo llevaron a cambiar de rumbo. Siguiendo su espíritu inquieto, viajó a Suecia para continuar con su preparación como socorrista. Durante cinco años, recibió entrenamiento permanente en la Cruz Roja Española y en la Cruz Roja Sueca. En este movimiento internacional, Jorge Iván encontró un espacio para desempeñar una labor humanitaria y voluntaria que ha llenado su vida de satisfacciones. Regresó a Colombia en 1979 para apoyar las emergencias desatadas por dos terremotos que afectaron los municipios de Tumaco y Sonsón y después de permanecer dos años más en Europa, sintió que estaba preparado para aplicar sus conocimientos y aportar su experiencia en el desarrollo de planes de atención y prevención de desastres que beneficiaran a su país y a América Latina. En 1981, retornó a su Alma Máter y dos años más tarde fue admitido en la Facultad de Medicina. Mientras adelantaba sus estudios, trabajó con un equipo de profesionales del Hospital San Vicente de Paúl en la creación del primer Comité Antidesastres que existió en la ciudad y siguió vinculado a diferentes proyectos liderados por la Cruz Roja. Además de estar preparado para socorrer a los damnificados de las inundaciones, las avalanchas o los terremotos, siempre está listo para asistir a las víctimas del conflicto armado, pues considera que el desplazamiento,

las minas antipersonal y la injusticia social son los mayores desastres que afectan a los colombianos. Jorge Iván ha sido testigo del horror al que han sido sometidos miles de personas que padecen una guerra interminable. “Lo más difícil es palpar de cerca el dolor humano y sobre todo la indiferencia de la gente frente al drama que viven los desplazados”, dice. En ese afán de capacitarse para desempeñar mejor su trabajo, ingresó a la Universidad CES para cursar la especialización en gerencia de la salud pública. En esa institución diseñó y dirigió durante siete años el primer centro de entrenamiento con simuladores que existió en Antioquia, una iniciativa que favoreció la educación médica y se convirtió en una alternativa innovadora para el entrenamiento de los estudiantes. En el 2006, regresó a la Universidad de Antioquia para implementar y coordinar el Centro de Simulación de la Facultad de Medicina, un espacio que Jorge Iván convirtió en un laboratorio de ideas. Además, en compañía de algunos colegas, creó Telemap, un proyecto de asistencia remota y atención integral a las víctimas de minas antipersona. Hoy, sus esfuerzos están concentrados en la telemedicina, una herramienta que le permite unir la ciencia y la tecnología en un mismo escenario, y que lo alienta a continuar con la labor que más lo apasiona: proteger la vida y la salud de las personas.

Perfil: Lina María Martínez Mejía / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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Raúl Gonzalo

Cuero Rengifo

Muchas veces, cientos de veces, al profesor Raúl Cuero le han hecho la misma pregunta: “¿Cómo logró usted hacerse científico e intelectual a pesar de su origen pobre, su origen geográfico y su origen racial?”, que dicho de otro modo es: cómo es que un negro de Buenaventura, de cuna pobre, con padres analfabetas llega a convertirse en doctor en Microbiología en el Reino Unido, a ser considerado el mejor exalumno en la historia de la Universidad de Heildelberg, en Estados Unidos, a trabajar con la Nasa, a viajar por el mundo, a fundar los Parques de la Creatividad y a tener 19 invenciones patentadas, y fuera de eso ser buena persona, amante del jazz, generoso con el conocimiento. ¡Ah, por Dios bendito! Pues la respuesta involucra tantas cosas, que el profesor Cuero se vio en la necesidad de escribir un libro para ello:

De Buenaventura a la Nasa. Porque involucra su infancia, caminando por el pueblo al lado de su bisabuela Petronila, recolectando hierbas medicinales, probando sus sabores y conociendo sus usos. Involucra, aun desde niño, un sentido de observación: mirar el entorno, entender los animales. Involucra una sed tremenda por el conocimiento, que se fortaleció en sus años de bachillerato allá en el colegio Pascual de Andagoya, en Buenaventura, motivado por profesores que sin imposiciones lo introdujeron en la ciencia, en las lecturas de Pasteur, Fleming o Spallanzani. Involucra aprender del otro, relacionarse con el otro, entenderlo como hermano. “De la influencia eurocéntrica yo aprendí a crear, pensar e interpretar conceptos abstractos. De los nativos indígenas aprendí la observación y la paciencia. Y de mis ancestros africanos aprendí a ser más creativo y resistente ante la adversidad. El sinergismo de estas tres culturas ha sido clave para desarrollar mi pensamiento universal.” Involucra, claro, disciplina, que aprendió en su juventud como basquetbolista profesional. Pero involucra más todavía ser positivo, saber que se puede: de no ser por esto, hubiera creído, como se lo decían muchos, que un negro pobre no estaba hecho para la ciencia, que alcanzar el bachillerato era suficiente. En ese sentido, involucra lucha también. Muchas veces, en su caso, contra el racismo: la creencia absurda de que el color de piel condiciona el pensamiento. Pero si hubiese que resumir todo esto, la forma en que el profesor Raúl logró adelantar estudios de Biología en Estados Unidos, realizar su doctorado en el Reino Unido y ser Honoris Causa en la Universidad de Antioquia; la forma en que logró adelantar investigaciones que permitieron

desarrollar las tecnologías empleadas para descontaminar la planta nuclear de Fukushima o crear un bloqueador natural contra la radiación ultravioleta que se podrá utilizar en los viajes espaciales y para combatir el cáncer de piel, entre otros muchos de sus inventos, uno diría (como lo dice él, más bien): involucra creatividad. Porque fue la creatividad, por encima de la memoria o la tecnología, la que llevó al profesor Raúl a buscar salidas ingeniosas, a ir más allá. La creatividad, el pensamiento inductivo, el disfrutar ante todo el proceso, más allá del resultado. Por ello ahora, a sus 64 años, siente que su mayor invento son los Parques de la Creatividad: espacios donde enseña a jóvenes de Colombia y el mundo a ser investigadores y a disfrutar la investigación, a entender que se puede, que la creatividad no tiene color de piel ni es simple memoria, que es útil incluso para el amor, que es nuestra salida al subdesarrollo, que, en fin, a través de una cultura de la creatividad se logra armonía, se desarrollan aptitudes de progreso en la sociedad. Porque la creatividad está en todas partes, en muchas personas, porque es cuestión de desarrollarla, porque si él, que creció en condiciones tan difíciles, pudo llegar a donde llegó, muchos más pueden hacerlo. ¿No lo creen?

Perfil: Juan Camilo Jaramillo Acevedo / Fotografía: Cortesía periódico Alma Máter

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Luz Dary

Arias Herrera

“Yo soy docente desde que tengo uso de razón”, así define ella su pasión por enseñar. Entonces se remonta a esos días de infancia en los que aun sin saber leer tomaba libros, reunía a sus hermanos y les enseñaba las partes de las plantas, como un presagio de lo que sería su vida. Nacida en Sonsón, Luz Dary es la mayor de diez hermanos. Después de ella hay tres hombres, y debido al machismo imperante en su niñez tuvo que dedicarse a llevar la batuta en la crianza de la familia. Al ser la única mujer entre tantos hombres, le tocó aprender a divertirse con sus juegos: trepaba árboles, recorría el cauce de quebradas y hasta jugaba fútbol. “Desde el principio he sido esa persona que ejerce autoridad, que lleva la iniciativa”, afirma, y a ello mismo atribuye que no hubiera querido formar una vida de

familia, y que en su lugar fuera la madre putativa de cientos de muchachos, de varias generaciones. Su mayor influencia provino de su madrina de confirmación, una maestra de escuela particular. Cuando cursaba el octavo grado se decidió a ser normalista. Luego, quiso ser bióloga marina, aunque el mar sólo lo conocía por estampitas. Recuerda que en quinto de primaria una profesora les habló de San Andrés: el mar de los siete colores, y se prometió conocerlo. Antes de ingresar a la Universidad viajó allí: “Pensé que iba a coger cada color y aprendí a nadar en ese mar”. Pero cumplió su sueño parcialmente, ya que las difíciles condiciones para estudiar Biología Marina en la costa o en Bogotá la llevaron a la Universidad de Antioquia para aproximarse a ese sueño. Ingresó a la Licenciatura en Biología y Química: “Allí descubrí que mi misión es educar. Yo siempre he querido que mis estudiantes disfruten y conozcan al menos ese metro cuadrado de naturaleza que los rodea. Eso es lo que inculco. Soy una ambientalista por naturaleza”, dice con ternura y serenidad. A Medellín llegó con la desconfianza y el miedo del provinciano. En contraste con esa ciudad caótica que le provocaba pesadillas, en la ciudadela universitaria encontró un refugio y un hogar. La vida cultural y el conocimiento hicieron de la Universidad un oasis personal. Al volver a Sonsón se dedicó a la docencia con toda su alma. Pero en 1998 comenzó a vivir un ambiente enrarecido por la irrupción de la guerrilla. Se sentía perseguida, encerrada en un silencio atroz. Con la incursión de los paramilitares, fue testigo de cómo los mismos estudiantes se convertían

en víctimas y victimarios. “Pensaba que no tenía sentido seguir enseñando Biología, que es el estudio de la vida. Para mí fue un esfuerzo callarme la boca. Fue la época más estéril de mi trabajo como docente porque me sentí apenas reproduciendo un discurso y un contenido académico, nada que ver con la realidad”. Quedaron presos en su propio municipio. Y sin embargo no renunció, no se fue como muchos, fortaleció aún más pasión por enseñar, incluso fuera de las aulas, mediante visitas al Páramo de las Palomas, un importante ecosistema rico en agua, que recorre con niños y jóvenes, divulgando la necesidad protegerlo, como quien asume una misión, incluso poniendo en riesgo su vida. Luego de tres décadas asegura: “Uno cree que lo mejor está muy arriba, muy lejos y muy alto. Que lo que estamos pisando no es importante, por eso le hacemos más daño al sitio donde vivimos y esa es mi lucha: que haya un reconocimiento de lo que tenemos para amarlo, cuidarlo y aprovecharlo al máximo”. Su aspiración es llegar a los 90 años trepando montañas, porque es feliz, y no escatima oportunidad para sus salidas de campo con estudiantes, foráneos y amigos. “Estar en la naturaleza me da una sensación de libertad y agradecimiento con la vida. Con tan solo contemplar una orquídea me doy cuenta de que hay un universo en esas pequeñas escalas, que todavía me queda mucho por descubrir y compartir”, dice con un brillo de dulzura maternal destellando tras sus lentes, y con la sabiduría de una eterna maestra.

Perfil: Francisco Saldarriaga Gómez / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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Ricardo

Restrepo Arbeláez

Entre sus dos grandes pasiones, la medicina y su familia, transcurre la vida de este hombre. Ricardo Restrepo nació en Medellín, en el seno de una familia acomodada, conformada por diez hijos, papá y mamá. Él era el del medio, al que le tocaba recibir la ropa usada, dice entre sonrisas. Cree que su vocación se la debe principalmente a la buena orientación que recibió de su padre y de los profesores con los que contó. De ellos aprendió a querer los animales, a ser bondadoso, equitativo, líder y, sobre todo, a preguntar lo que no sabe. “Por eso he tenido siempre éxito, porque nunca he creído que me las sé todas, sino que sé a quién consultar y a quién preguntar”, afirma con certeza.

En el Ateneo Antioqueño, estudió la primaria. El bachillerato, en el Instituto Jorge Robledo. Su grado como médico cirujano lo obtuvo en la Universidad de Antioquia, institución a la cual se siente orgullosamente vinculado, porque siempre la ha considerado la mejor en todo sentido: sin diferenciación de clases sociales, de razas, de credos; una universidad abierta, en la que realmente da placer estar. En la búsqueda de mejorar profesionalmente, viajó a México, donde se especializó en Medicina Física y Rehabilitación, para dedicarse desde entonces a las personas con discapacidad; su vida y su interés ha sido luchar por su atención integral. Esto lo ha impulsado a liderar procesos en más de siete instituciones, incluyendo el Hospital San Vicente de Paúl, su segundo hogar desde 1966, hasta la Clínica Soma, donde concluyó, en octubre del 2011, sus 45 años de práctica médica. Una de sus más grandes obras fue contribuir a la fundación del Comité de Rehabilitación de Antioquia, entidad sin ánimo de lucro que ha disminuido la brecha de marginación de las personas con discapacidad, logrando un mínimo de inclusión y equidad, con una labor enorme de integración social y laboral. Este comité ha prestado su servicio a lo largo de cuarenta años, ha atendido 125 municipios y cerca de diez departamentos; miles de niños con problemas cognitivos, retardo mental, trastornos de aprendizaje y de personalidad, y adultos con secuelas físicas, mentales y sociales, se han beneficiado de esta labor. Los dedos de las manos no alcanzan para contar los logros profesionales y condecoraciones recibidas. Ricardo

te. En su agenda, también está la participación dentro Res-

trepo es un hombre con un cariño incalculable que lo lleva a emprender retos que beneficien sin esperar el lucro. Actualmente continúa vinculado al Hospital San Vicen Vicente. En su agenda, también está la participación dentrode un grupo interdisciplinario en una EPS que atiende a pacientes con lesiones de columna vertebral; así mismo, asesora la Escuela de Ingenieros de Antioquia en la parte biomédica, preside el Comité de Rehabilitación y es el presidente de la junta directiva del Hospital San Vicente de Paúl en Medellín y Rionegro, esta sede, recientemente inaugurada, ocupa sus energías. Quiere empoderar a los campesinos del Oriente y de Antioquia, decirles que ese hospital también es suyo y que esperan prestar el mejor servicio, con la mayor tecnología, pero conservando el humanismo; primero el hombre, no las máquinas, ni el dinero. Ricardo se siente preocupado por la tendencia de la ciencia y de las políticas gubernamentales: mucha tecnocracia y mucha deshumanización; para él, ha faltado en la formación de las facultades de medicina, proponer un énfasis en la parte ética, lo social y la práctica médica relacionada con una profesión que tiene ver exclusivamente con el hombre. Detrás de todo su éxito profesional, está su familia: su esposa, quien, paciente y tranquila, ha sido su confidente a lo largo de 44 años y ha llevado las riendas del hogar; sus dos hijos y ahora su amada nieta, de siete años, Lolita. Esta pequeña lo volvió a la vida, lo hace recordar sus épocas de enamorado, pues piensa constantemente en salir temprano para verla y compartir con ella.

Perfil: Vera Constanza Agudelo Estrada / Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Ómar

Vesga Meneses

A los cinco años ya sabía que quería ser médico y científico. Por su cabeza rondaban muchas preguntas y sus manos se empeñaban en descubrir cómo funcionaban los objetos que atraían su curiosidad. Años después, esa mente inquieta lo llevó a los laboratorios de la Universidad de Wisconsin; en este centro de investigación, Omar Vesga Meneses logró materializar sus sueños de infancia. La vida de este médico internista parecía resuelta. Una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos le otorgó el título de especialista–investigador en enfermedades infecciosas y reconoció su rigurosidad y su potencial para emprender una carrera científica exitosa. Cuatro años de trabajo se vieron reflejados en más de 25 publicaciones que mostraban los resultados de sus estudios;

además, contaba con el respaldo de su profesor, William A. Craig, reconocido mundialmente por sus aportes en esta área de la medicina. Pero una oferta inesperada desvió su camino. En el año 1997, recibió una invitación que no podía rechazar: la Universidad de Antioquia, ese “santuario del conocimiento” que acogió su espíritu librepensador, lo convocó de nuevo a sus aulas. Los conocimientos de Ómar eran requeridos por el programa de Colciencias de repatriación de cerebros, una propuesta que lo llenó de dudas y de ilusiones: “Me sentí emocionado cuando mi universidad me pidió que fuera uno de sus profesores; para mí, eso era un sueño”. Para resolver sus inquietudes y tomar una buena decisión, acudió a su maestro; las palabras de William Craig fueron definitivas para que el joven científico regresara a su país: “Si vuelves a Colombia, aunque me duela perderte, te va a costar trabajo, vas a pasar dificultades, pero vas a liderar tu propio proyecto”. Acostumbrado a recibir consejos y fascinado con la idea de asumir un reto, llegó el 11 de agosto de 1997 a la Facultad de Medicina. En un laboratorio viejo, que le trajo a la memoria sus primeros años de estudiante, comenzó su trabajo. En el Departamento de Medicina Interna logró consolidar la sección de enfermedades infecciosas y con el apoyo de tres de sus colegas fundó la especialización en esta área. Cuando Omar habla de los primeros egresados de este programa, busca en su escritorio la fotografía de sus estudiantes, la sostiene entre sus manos y asegura que se siente orgulloso, pues les mostró que “la ciencia es una herramienta bellísima que refleja la honestidad”.

En el Departamento de Farmacología se materializó el proyecto que presentó en Colciencias para cumplir con los requisitos de la repatriación. Sus investigaciones sobre las deficiencias de los medicamentos genéricos que se emplean para tratar las infecciones fueron el punto de partida del Grupo Investigador de Problemas en Enfermedades Infecciosas (GRIPE). Con el apoyo de la universidad, Ómar abrió las puertas de un nuevo laboratorio que ha alojado las iniciativas de profesores y estudiantes que, como él, le declararon su amor a la ciencia. El equipo de trabajo liderado por Ómar se ha concentrado en estudiar el uso racional de los medicamentos, la osteomielitis crónica y la neumonía; además, es líder en la experimentación con modelos de animales de infección que permiten mejorar el tratamiento de las enfermedades. Han pasado 15 años desde que regresó a la universidad, y se siente satisfecho con la vida que eligió. Todos los días llega al laboratorio a las cinco de la mañana, y después de una larga jornada de trabajo, regresa a su casa para conversar con su esposa. Disfruta la tranquilidad del campo, lo apasiona la pesca, no le gusta dormir y se declara devoto de los perros. Cuando mira el camino que ha recorrido, piensa en su profesor y asegura que sus palabras se cumplieron con exactitud.

Perfil: Lina María Martínez Mejía / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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Germán

Campuzano Maya

En la mañana, Germán escucha música clásica. Detrás de su escritorio hay una biblioteca que ocupa toda la pared. Hay flores frescas, retratos de sus hijos y una taza de café caliente que bebe a sorbos. La secretaria le entrega un papel. Él lo mira un rato y luego toma el teléfono: “Los resultados salieron positivos. El paciente tiene leucemia”. Su laboratorio Clínico Hematológico, el primero en el país y el mejor de Latinoamérica, es, dice Germán, “un mal ejemplo que le molesta mucho el Sistema de Salud” porque los servicios que ofrece —más de cuatrocientas pruebas— representan un derecho que la ley 100 les negó a los colombianos. “En Colombia muchas personas mueren de leucemia sin ser diagnosticadas. Al médico general le están diciendo que no puede pedir más que un hemograma

básico. Entonces, desde el 93, los hospitales cerraron las secciones de hematologías”, afirma. Siendo estudiante de medicina interna, a finales de los 60, le asignaron un paciente. El enfermo era un hombre de treinta años, piel ambarina, sin aliento. Germán le hizo exámenes de sangre y con los resultados se presentó ante el doctor Alberto Restrepo: “‘¿Usted qué cree que tiene su paciente?’, me preguntó, y yo le dije: ‘El paciente tiene una enfermedad que me parece que es una ovalocitosis’. Él me miró de arriba abajo y me volvió a preguntar: ‘¿Qué tiene el paciente?’. Yo no sabía que él era un experto en hematología y yo le estaba hablando de una enfermedad que no existía en Colombia”. El doctor Restrepo, El príncipe, como le decían sus colegas por ser preciso y acertado, no sólo reconoció este hallazgo, sino que le pidió a Germán que trabajara con él. “Me enseñó todo lo que sabía”, cuenta. Trabajaron en distintos proyectos: en el montaje de la especialización en Hematología en la Universidad de Antioquia y en el primer trasplante de médula ósea de Latinoamérica. La universidad envió a Germán a Argentina. Cuando regresó, era el primer oncohematólogo del país. Se dedicó a la investigación, a la docencia universitaria y al montaje, junto con otros colegas, de la Clínica de Leucemias y Hematología, la Clínica de Linfomas y la Clínica de Tumores. Cuelga el teléfono y toma de la mesa dos placas con muestras de sangre. “Tenía que encender las alarmas. El sistema de salud no hace eso, los exámenes de sangre los entregan con demora y los leen médicos distintos a los que los ordenaron. Yo me involucro porque si no aviso rápido,

el paciente se puede complicar”, sentencia. En 1975 fundó su laboratorio clínico especializado, era pequeño y atendía a pocas personas. Sus servicios hicieron que con el tiempo aumentaran los pacientes. Diez años después, Germán decidió dedicarse por completo al laboratorio, que ha sido pionero en decenas de investigaciones en el país y es un referente académico para muchos estudiantes de posgrado. Fue el primer laboratorio en tener toda la infraestructura para hacer las pruebas del sida en Colombia. Nunca ha abandonado la academia. Al tiempo que fundó su laboratorio, creó una capacitación para médicos, que en 1995 se transformó en la revista Medicina & Laboratorio. Esta publicación es un programa a distancia en patología clínica que tiene el crédito de la Universidad de Antioquia y ha sumado millones de horas en formación de médicos, especialmente de zonas lejanas como el Vichada, Casanare y Putumayo. Germán dice que el estrés que le produce un sistema de salud mercenario lo combate sembrando Aves del paraíso, “eso es mejor que cualquier psiquiatra o cardiovascular”. Camina hacia una puerta que conduce a otro cuarto. Ahí tiene su microscopio. Sabe que los resultados de las pruebas de leucemia que se hacen en su laboratorio tienen un acierto absoluto. Pero insiste. Pone las placas en el objetivo: visualiza unos círculos violeta, dentro de ellos hay otros más pequeños, más oscuros. “Ahí está”, enfatiza.

Perfil: Ana María Bedoya Builes / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Daniel

Ortiz Barrientos

No sale del asombro. Abre sus ojos verdes y dice: “Los genes son inmortales”, como si acabara de enterarse, como si no llevara quince años comprobándolo a través de sus binóculos especiales para mirar el pasado. En cada pálpito llevamos la historia de la existencia. El destino es morir, pero nuestros genes se perpetuarán como una huella fiel y eterna. Recuerdos: Daniel en el cuarto oscuro con su padre, iluminados por una luz roja, tenue. El papel blanco entra en la cubeta y revela una imagen, un recuerdo. Ahora, corretean por las laderas frías de Santo Domingo para elevar una cometa de papel en la manga del rayo o en la casa de piedra. Daniel rompe la piedra redonda que le entrega su abuelo en Villa de Leyva; al partirla en dos, la roca descubre un fósil. El mundo le ofrece secretos.

Hizo suyo el problema de Darwin, pero no sabía nada, y esa incertidumbre, la pregunta latente por la evolución, le permitió navegar, sin miedo, en terreno desconocido. Para su investigación de tesis de grado viajó a la época de la glaciación y vio migrar a los asiáticos a América por el estrecho de Bering y fundar pueblos propagando su linaje hasta el sur: “A través de binóculos genéticos estudiaba el pasado de los cromosomas. Miré la información genética de los indígenas —amerindios— colombianos y descubrí su ascendencia asiática”. Su tesis ganó el Otto de Greiff y recibió mención de honor en la ceremonia de grado, pero el título de biólogo otorgado por la Universidad de Antioquia lo recibió su madre, Pilar, porque él estaba lejos. Daniel manejó durante horas su Nissan Sentra desvencijado que lo amenazaba con dejarlo tirado: atravesó la Sierra Nevada para llegar a Yosemite y encontrarse con las gigantes secuoyas, estuvo en Mesa Verde donde los Anasazis fundaron su pueblo, recorrió el paisaje terracota del Gran Cañón y vio el brazo frío del río Colorado. Fue una expedición de seis semanas en las que Daniel buscó en cada paraje una pequeña alada: Drosophila pseudoobscura, mosca de la fruta. Una noche, mientras descansaba en su carpa, lo despertaron las luces de una patrulla de policía, era ilegal acampar ahí. “‘Pero es que yo estoy trabajando, capturando moscas’, le dije al policía, y me respondió: ‘¿Moscas?’. No me creía. Me tocó llevarlo al carro y mostrarle la nevera donde las conservaba. Y me dejó ir”. ¿Moscas? Fue su investigación de doctorado. Daniel demostró por qué esta mosquita elegía solo los machos de su propia especie para reproducirse. Su investigación, que le costó muchos bananos podridos como

cebo, recibió la mención Larry Sandler Award como la mejor tesis del doctorado en Genética de Drosophila en el mundo. Por cada respuesta que encuentra, a Daniel le explotan decenas de preguntas. En su investigación de posdoctorado, acompañada por su mentor Loren Rieseberg, la inquietud fue sobre los genes y el ambiente. Acompañado de Aureliano, un labrador negro —el primero de diecisiete que tendrá en honor a los Buendía—, recorrió las praderas de Nuevo México sembradas de girasoles para investigar cómo el ambiente determina los cruces reproductivos de estas plantas. “Yo no creo que sepa algo lo suficientemente bien como para desaprenderlo”, dice Daniel, a quien la Sociedad de Naturalistas Americanos le otorgó el reconocimiento de Joven Investigador en Biología Evolutiva, y la Universidad de Queensland de Australia lo adoptó desde hace cuatro años como profesor e investigador. Allí sigue curioso e inquieto por el origen de las especies y las formas. Aún no sale del asombro. Mira la fotografía donde su hijo de siete meses de nacido abre los ojos negros —cándidos—, y dice: “Quiero verlo crecer”. Daniel fantasea un camino entre el mar y la selva, acompañado de su esposa Antonia y su hijo, colectando plantas, elevando cometas, y él recitando el final de un poema de Neruda: “En mi interior de guitarra hay un aire viejo, seco y sonoro, permanecido, inmóvil, como una nutrición fiel, como humo: un elemento en descanso, un aceite vivo: un pájaro de rigor cuida mi cabeza: un ángel invariable vive en mi espada”.

Perfil: Ana María Bedoya Builes / Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Helena Espinosa de Restrepo “Los esposos Curie no hubieran podido trabajar juntos y ganar el premio Nobel en Medellín”, asegura Helena Espinosa de Restrepo, guiada por su experiencia. Cuando llegó procedente de Cali le negaron la posibilidad de ingresar al Departamento de Patología de la Universidad de Antioquia porque su esposo, Carlos Restrepo Acevedo, era profesor allí. Entonces decidió estudiar la Maestría en Salud Pública, y aunque pasó el examen de admisión, le dijeron que si no tenía patrocinio de una secretaría o del Ministerio de Salud no podía matricularse. Con timidez, pero decidida a agotar sus posibilidades, estuvo desde las 7:30 de la mañana en el Hotel Nutibara, y se sentó a esperar hasta que a las 5 de la tarde llegó el Ministro de Salud, Santiago Rengifo Salcedo. Estaba acompañado

por Héctor Abad Gómez, quien iba a ser el director de Salud Pública. Ella lo saludó con la familiaridad de acercarse a alguien que conocía desde la niñez y que, además, había sido profesor suyo en Medicina, en la Universidad del Valle. El Ministro no disimuló su sorpresa, entonces Helena empezó a llorar. Luego de contarle la situación, él llamo a Héctor Abad y le dijo: “A ella la patrocino yo”. Fue la única mujer en el primer grupo de médicos y odontólogos que se graduaron de la Maestría. Para ella no era una situación ajena, había crecido rodeada de tres hermanos sin que esto representara algún tipo de exclusión. Rafael Espinosa, su padre, decía que si solamente podía educar a uno de sus hijos, elegiría a la mujer porque no quería que fuera ni monja ni prostituta, ni que tuviera que aguantarse un esposo porque no le quedaba más opción. Así las cosas, Helena contaba con todo el apoyo de la familia y el referente de su abuela María Josefa Fernández, una mujer de carácter que, según ella, fue la primera maestra de indígenas en Colombia. Después de graduarse acompañó a su esposo a Estados Unidos. Aprovechó esa estadía para tomar cursos sobre epidemiología, materno infantil y bioestadística, además trabajó en una investigación sobre enfermedades cardiovasculares. De regreso a Medellín, creó un programa de control de hipertensión arterial en el que uno de los componentes era la educación de los pacientes para que no abandonaran los tratamientos. La disminución en la deserción fue justamente uno de los aspectos que más interesó al funcionario de la Organización Panamericana de la Salud, OPS, que vino a conocer la experiencia. Así

que le propusieron hacer consultorías para América Latina. Finalmente, le ofrecieron viajar a Washington a trabajar con la organización. A Helena le causa simpatía que la denominen “la madre de la promoción de la salud en América Latina”. Pero este título es fácil de entender cuando se conoce que fue la creadora de la división de promoción de la salud en la OPS. Antes de eso se desempeñó como jefe del programa de enfermedades del adulto, desde ese cargo lideró la gestión para que la división de promoción fuera una política general de la entidad. Cuando logró su propósito, la nombraron directora del área. Durante catorce años trabajó en la organización hasta que se jubiló y regresó al país. No asumió la jubilación como una etapa de descanso. Continúo brindando asesorías en Colombia y en el exterior. Para una profesional que además fue Jefe de Epidemiología en Salud Pública y Secretaria de Salud y Educación en la Alcaldía de Medellín, la inactividad no es un estado cómodo. Aún escribe para publicaciones especializadas y acompaña a estudiantes en el desarrollo de sus investigaciones. No quiere dejar de lado la promoción de la salud ni perder los vínculos con la academia porque, a pesar de las dificultades iniciales, cada vez que Helena regresa a la Universidad de Antioquia siente que vuelve a casa.

Perfil: Andrés Felipe Restrepo Palacio / Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Guillermo

Pineda Gaviría

La física llegó a mí en un verdadero acto de excentricidad, simplemente decidí estudiarla por exótica. Se conocieron en la década del 70, en la universidad, en un curso sobre filosofía de la ciencia. En aquella época, “con todo el retardo del caso”, a Medellín la sacudió el coletazo de la revolución del 68. Todo se cuestionaba y la vida se intentaba ver con una óptica diferente a la convencional. Cuenta Guillermo que si el mundo hubiese tenido arreglo, la juventud de ese entonces lo habría arreglado. Ella hacía muy poco que había llegado a la Universidad de Antioquia, y, claro, él tampoco llevaba mucho rato allá. Guillermo estaba apenas comenzando a estudiar

Ingeniería Electrónica, pero cuando supo de ella, decidió dedicarle todo su tiempo y esfuerzo: la física era lo suyo. ¿Y cómo explicárselo a la gente? Cuándo le preguntaban por ella, lo primero que él respondía, con un tono soberbio además, era que la física no servía para nada. Que era, como la filosofía, una especie de placer personal. Incluso una vez, cuando su papá quiso saber qué haría después de graduarse como físico, no tuvo reparos en responderle: “Pues sentarme a leer todos los libros de física que he comprado y que no he tenido tiempo ni de mirar por estar estudiando”. Sin embargo, aun sin terminar la carrera comenzó a dar clases en la universidad. En ese entonces pocos eran los físicos graduados y como la investigación no le llamaba la atención, decidió que su camino sería la docencia, actividad que nace, según Guillermo, del egoísmo: “Lo mejor para aprender es enseñar. Se dice que aquel que no sabe, enseña; que aquel que no sabe enseñar, investiga, y que aquel que no sabe ni enseñar ni investigar es jefe de algo”. Pero no solo del egoísmo se alimenta esa pasión por la enseñanza. A lo largo de su actividad docente ha descubierto que, en Colombia, la ciencia no tiene arraigo y que sus bases están falseadas por culpa de la poca preparación docente, especialmente en primaria y bachillerato. Conscientes de esto, Guillermo y otros colegas crearon el proyecto Galileo. Inspirados en la obra de este astrónomo, físico, matemático y filósofo italiano, comenzaron a construir y a vender aparatos para que los profesores enseñasen física de una mejor manera, ya

que estos se quejaban de no poder hacerlo por falta de recursos didácticos. Luego de un tiempo cambiaron de actividad y optaron por dedicarse a la creación de museos interactivos. Construyeron la Sala Galileo, que funcionó durante más de diez años en el sótano del Museo Universitario y que sirvió de inspiración para otros proyectos como el Museo de EPM. “Descubrimos que la disculpa de no poder enseñar física por falta de equipos era falsa. Para enseñar física no se necesitan grandes aparatos, la física se enseña en la cotidianeidad, y aquel que no lo pueda hacer de esta manera es porque no tiene nada que decir y nada que enseñar.” Para inaugurar la Sala Galileo, en el 2001, realizaron Historias de la ciencia, un programa radial que todavía sigue vigente, con más de 270 programas grabados, disponibles en internet. La intención es generar cultura científica en un país que la necesita con apremio: “No nos interesaba hacer la eterna revista de ciencia, que lleva a un investigador a contar temas que solo a él le interesan y solo él entiende. Nuestro propósito es que cualquier persona pueda comprenderlo, porque la ciencia habla en un lenguaje ininteligible para la mayoría de las personas y eso es lo que he querido cambiar, ahí es donde he querido hacer mi pequeño aporte”.

Perfil: Santiago Orrego Roldán / Fotografía: Sergio González Álvarez

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Humberto

Franco Muñoz

Si se toma rumbo hacia el occidente de Medellín se llega a Belén Altavista. Si se sube más, por una serpenteante carretera, al final del pavimento se encuentra una apacible vereda llamada Buga. En medio de dispersas casas campesinas hay una de varios niveles, encallada entre la frondosa vegetación de la montaña. Allí vive un hombre alto, de esa tez morena que pinta el sol caribeño, que contrasta con su pelo crespo y bigote entrecanos. Él es Humberto Franco Muñoz: escritor de seis libros, poeta, compositor de 50 canciones (música y letra), ingeniero electrónico, bioingeniero, empresario independiente, iconoclasta, inventor consumado y amante de la naturaleza. La mitad del año, Humberto pasa sus días en un salón rodeado de estanterías de viejos libros, prototipos de

máquinas, coloridos cables y placas de circuitos. Aquí contesta el teléfono con el estribillo que identifica a su empresa: “Meditrónica: equipo médico bioenergético…” y diseña, construye y afina asombrosos aparatos de variada índole, principalmente destinados al sector de la salud. Oriundo de Pácora, Caldas, es el tercero de una familia campesina de ocho hermanos. A la par que cultivaba tomates, acompañaba a un amigo que reparaba electrodomésticos a domicilio. Cacharreando, a los 15 años descubrió la magia de la electricidad y su vocación. En 1975 ingresó a Ingeniería Eléctrica de la Universidad de Antioquia, pero al cuarto semestre se cambió a Electrónica. “Al principio pensé: ‘Esto es mucho voltaje para mí’. Pero la universidad fue la mejor experiencia de mi vida. Fue como un corrientazo de energía, ideas y proyectos”, confiesa. Incansable, aprendió ruso en el Instituto Colombo Soviético para aspirar a una beca en construcción de máquinas energéticas en Moscú. Al enterarse de aquel viaje, su madre se vino de Pácora para evitar que se fuera tan lejos. Se graduó en el Instituto de Bellas Artes en técnica vocal y guitarra popular. Estudió Síntesis Electrónica en horarios nocturnos en un instituto tecnológico, y como si no le bastara, trabajó en una ferretería e impartía clases de ruso, física, trigonometría, cálculo y guitarra. Por fin se graduó en 1987. Ávido de más conocimientos, antes de terminar la carrera empezó la especialización en bioingeniería en su Alma Máter. Entre ambos estudios transcurrieron 15 años. “Yo me gradué por terco”, dice jovial. Hasta el momento ha inventado y diseñado 38 máquinas. Creó el DREN: Drenador de energías electroestáticas y

electromagnéticas nocivas. El SINCRONER: Sincronizador Energético Cerebral, que mediante emisiones de ondas visuales y sonoras reprograma el cerebro para solucionar problemas mentales y psicológicos. Además ha creado más de seis aparatos que usan la OZONOTERAPIA para descontaminar el ambiente, eliminar infecciones, realizar tratamientos estéticos con un equipo portátil. Y muchos más... Como punta de lanza de este proceso, creó una filosofía sincrética, la ARTÓTICA: Armonía total con tecnologías de investigación científica y ambiental. Humberto es un lutier, un creador solitario, un infatigable y eterno estudiante. “La mayor satisfacción es el desafío”, asegura. Y se desvela buscando la cura para el Parkinson, mientras innova en la medicina electrónica. Como entrenamiento desarrolla la fotografía tridimensional. Conocedor del poder de la energía, usa una bicicleta estática para cargar baterías y usarlas en electrodomésticos. Extrae de los desechos orgánicos abono natural y biocombustible, fabrica losas de piso con plástico reciclado. Y en aquella montaña construye los prototipos de sus casas Artóticas: aprovechando los recursos naturales. En su época de bachillerato leyó el libro Las plantas oyen y se comunican; allí estaba la semilla de sus empeños actuales para convertirse en un Mago Verde, que aplica el conocimiento de la naturaleza, la sabiduría ancestral y la tecnología para el bienestar y la salud. Por eso, pasa la otra mitad del año en una cabaña en Triganá, Chocó; frente al mar y bajo las estrellas deja volar sus ideas a merced de nuevos descubrimientos para el servicio de la humanidad.

Perfil: Francisco Saldarriaga Gómez / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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Luis Fernando

García Moreno

Fue la enfermedad que mató a Chéjov, a las hermanas Bronte, a Chopin, a Moliere. Está presente en La montaña mágica, en La dama de las camelias, en Crimen y castigo. Inspiró tangos, óperas y pinturas. Fue conocida como La plaga blanca, Mal de vivir o La enfermedad de los artistas. Mató también a Rousseau, a Bécquer, a Keats y hasta a nuestro cercano Barba Jacob. Está con nosotros desde que el hombre es hombre y no es, ni mucho menos, cosa del pasado. El bacilo de Koch, su detonante, es el microorganismo que más gente mata en el mundo: cinco mil personas por día. Se trata, pues, de la tuberculosis, una enfermedad que no es simplemente del romanticismo y a la que el doctor Luis Fernando García Moreno ha dedicado gran parte de su vida.

Porque si bien está erradicada en algunos países desarrollados, en otros, sobre todo africanos o en desarrollo como el nuestro, sigue presente. Entonces, la pregunta que ha guiado los estudios de Luis Fernando y su equipo es qué diferencia hay entre las personas que tienen el microorganismo y no se enferman y las que sí. Y es que, en promedio, de cien personas que se exponen al bacilo solo diez desarrollan la enfermedad. ¿Por qué? Su relación con la tuberculosis (y mucho más con los laboratorios y las investigaciones) viene desde la universidad. “Cuando ingresé a estudiar medicina en el Alma Máter, en 1967, sabía que no quería ser cirujano ni internista ni obstetra. Yo quería ser investigador científico, incluso en una época donde no había condiciones para eso.” Por eso su tesis de maestría fue sobre las poblaciones de linfocitos en tuberculosos. Fue, de hecho, la primera tesis en inmunología que se desarrolló en la Universidad de Antioquia, que a su vez abrió una línea de investigación que ha continuado hasta ahora. Posteriormente, entre 1975 y 1977, becado por el National Institute of Health, realizó estudios de posdoctorado en Estados Unidos, continuó sus investigaciones sobre tuberculosis y regresó a Medellín para ser profesor y jefe de la Sección de Inmunología de la Facultad de Medicina en la Universidad de Antioquia. También para coordinar el Grupo de Inmunología, cuyo fuerte es, desde luego, la tuberculosis. Y es que si se mira bien, se trata de una enfermedad fascinante: una bacteria que vive con nosotros, que es un ser vivo en sí mismo y que ha aprendido a evolucionar con el hombre. Un bichito presente en la tercera parte

de la humanidad. Entonces volvemos a la pregunta. A lo largo de estos años, el Grupo de Inmunología, que ya es Grupo de Inmunología Celular e Inmunogenética, ha logrado identificar genes de resistencia o susceptibilidad a la enfermedad. En otras palabras, ha desenmarañado mucho de la biología de la tuberculosis. Un trabajo paciente que le ha merecido no solo la más alta calificación en Colciencias, sino un montón de premios por sus avances en investigación, decenas de publicaciones y el reconocimiento internacional. A la par con todo esto, y desde su primer día como docente, Luis Fernando ha trabajado con el Grupo de Trasplantes de la Universidad de Antioquia y el Hospital San Vicente de Paúl, desarrollando investigación básica en Inmunología de Trasplantes. Y desde el 2010, este hombre amante de los pájaros y la música jazz dirige la Sede de Investigación Universitaria, SIU, de la Universidad de Antioquia: el mayor centro investigativo del país; un pequeño universo de Ph.D., másteres y estudiantes de pregrado donde confluye la investigación teórica con la biomédica, las ciencias básicas, las humanidades, la ingeniería y las nuevas tecnologías. Un lugar tan apasionante para él como los laboratorios desde donde sigue aportando para comprender esa enfermedad que nos ha acompañado siempre

Perfil: Juan Camilo Jaramillo Acevedo / Fotografía: Fredy Amariles García

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Grimaldo

Oleas Liñan

“¡Grimaldo!, ¿qué más, hombre?”, grita alguien. Con un dejo de acento costeño, casi extinto tras años y años de vivir en Medellín, el que es llamado contesta con igual vehemencia. Por su piel negra, sus ademanes ceremoniosos y los saludos aquí y allá, se pensaría que Grimaldo Oleas Liñan es algo así como el pastor protestante de un poblado norteamericano en plena década de los cincuenta. No es así. Si estuviéramos aún en esa época, él sería apenas un adolescente viajando en una canoa desde el pueblito de Damaquiel, en el Urabá antioqueño, hasta Cartagena. Aquel viaje, que en efecto ocurrió, lo convirtió en uno de los primeros desplazados de esa región colombiana. La guerra atroz entre liberales y conservadores no sólo fue un señuelo del conflicto que se viviría allí décadas después,

sino también que amenazó a su padre y a la tiendita de la que vivían los Oleas. Ese mal, dice él, trajo su bien. En vez del campesino que estaba predestinado a ser, se perfiló para convertirse en profesional. En La Heroica, Grimaldo culminó el bachillerato y ganó una beca para estudiar Licenciatura en educación de matemáticas y física en la Universidad de Antioquia. Así que no es un cliché que él diga que la Universidad de Antioquia es su otra casa. Tampoco es gratuita la familiaridad con la que se le ve recorrer los rincones del Alma Máter, pues ha sido testigo de la transformación de la Ciudad Universitaria desde que se inauguró. Obtuvo su cartón y un mes después, en enero de 1968, fue contratado como docente del Departamento de Matemáticas de la entonces Facultad de Ciencias y Humanidades. En 1971 viajó a España, becado por la Unesco para estudiar una maestría en estadística, en la Universidad Complutense de Madrid. A su regreso, en 1973, volvió a la Universidad no sólo a dictar sus clases en las aulas, sino también a ejercer el liderazgo que lo ha caracterizado. En la docencia impartió cursos básicos y avanzados sobre matemática, formó a más de un centenar de maestros, es coautor del libro Geometría Vectorial y analítica y aún hoy asesora prácticas en la Facultad de Ingeniería. Esas actividades no le restaron tiempo para que sus convicciones gremiales le hicieran levantar la voz y el puño. Se estrenó como representante de los profesores ante el Consejo de la Facultad de Ciencias Exactas y en 1983 fue nombrado Presidente de la Asociación de Profesores Asoprudea; en el mismo año, además, fue uno de los fundadores de la Cooperativa de Profesores, Cooprudea. Diez

años después, ejerció como representante profesoral ante el Consejo Académico Universitario. Su voz se escuchó en las marchas contra las persecuciones a profesores y estudiantes, síntoma del nacimiento del paramilitarismo y heredadas del llamado Estatuto de Seguridad del presidente Julio César Turbay. Años después, apoyó las manifestaciones convocadas por Héctor Abad Gómez, exigiendo la defensa de los Derechos Humanos. Con Abad, también se enfrentó a las directivas universitarias para defender las garantías laborales de los profesores. Fueron tiempos de trabajo, conquistas y pérdidas. Él, como tantos otros, se estremeció ante el vil asesinato, en 1987, de ese maestro que, dice, fue Abad Gómez. En 1993, Grimaldo obtuvo su jubilación. Aun así, ese cordón umbilical que lo une al Alma Máter parece estar intacto y vigoroso. Cada mañana, a sus 68 años, se le ve caminar por la Ciudad Universitaria o tertuliar en una cafetería. Y es en una de ellas donde dice: “Uno tiene su casa de los afectos: la de mi esposa, hijos y nietos. Pero la Universidad es esa otra casa donde aprendí a argumentar, a ver el mundo a través de los demás”.

Perfil: Pedro Correa Ochoa / Fotografía: Julián Roldán Alzate

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Jaime

Botero Uribe

Todos los miércoles y sábados, a las cuatro de la tarde, el médico Jaime Botero Uribe está frente al televisor, en su apacible casa de Rionegro, mirando su programa favorito: Ópera, del canal Film and Arts. Escuchar esta música lo hace recordar los años juveniles y de estudiante en el Liceo Antioqueño, cuando disfrutaba las sesiones de las compañías de ópera y zarzuela que visitaban el teatro Junín. Jaime Botero tiene hoy 86 años y sabe que en la ciudad ya no se ven ese tipo de espectáculos. Pasa sus días en la tranquilidad del valle de San Nicolás, donde nació y vivió su infancia, antes de emprender un largo camino académico y profesional que lo llevaría hasta universidades y hospitales de Estados Unidos.

“En 1956, al regresar de Estados Unidos donde realicé estudios de posgrado, me nombraron profesor de tiempo completo en la Facultad de Medicina. Ahí trabajé veinte años como profesor, organizando el departamento de Obstetricia y Ginecología. En ese tiempo, los poquitos estudiantes que querían especializarse tenían que salir al extranjero, por eso se conformó una especialidad acá, que permitió preparar mejor a los médicos”, recuerda. Hace tres años volvió a Rionegro junto a su esposa, con quien lleva 51 años de matrimonio. Allí dedica gran parte de su tiempo a leer y recopilar papeles, pues sufre de una enfermedad que él describe como “bibliopatía crónica”. A las seis de la mañana despierta, medita bajo la luz del alba, escucha la radio y, antes del mediodía, va al salón múltiple Juan José Botero, el mismo nombre de su abuelo, quien era escritor y poeta, autor de los famosos versos Quiero ser gato. En el salón múltiple se dedica a escribir los apuntes de un libro que espera publicar: la historia del departamento de Obstetricia y Ginecología, de la Universidad de Antioquia, del que es fundador. Su comienzo escolar fue en la Escuela de Varones de Medellín y en el Liceo Antioqueño. En 1945, luego de graduarse como bachiller, fue admitido en la Universidad de Antioquia, dentro de los diecisiete cupos que se ofrecían para todos los estudiantes del liceo. En 1950 se tituló como médico cirujano en la Facultad de Medicina. En 1953, luego de estar un año interno en el Hospital Universitario San Vicente de Paúl, y pasar dos años más en la medicatura rural, en Aguadas (Caldas), viajó a los Estados

Unidos, donde se preparó en el Touro Infirmary, de Nueva Orleans, y en el hospital Strong Memorial, como residente en obstetricia y ginecología de la Universidad de Rochester (Nueva York). Al regresar a Colombia, en 1956, todo ese bagaje científico lo retribuyó a su Alma Máter, como profesor de tiempo completo a lo largo de veinte años. “En esa época tenía un consultorio donde asistía partos y atendía consultas, pero con pocos pacientes. Me la pasaba todo el tiempo en la universidad y, por ratos, en el consultorio. Apenas me retiré, me dediqué sólo al consultorio. Y tuve pacientes hasta que me enfermé”, expresa. En 1999, se vio obligado a retirarse de su trabajo, cuando fue sorprendido por el síndrome Guillain Barré, que paralizó progresivamente varios músculos de su cuerpo. Sin embargo, gracias a su voluntad y conocimiento médico, poco a poco comenzó a retomar el movimiento, escribir y caminar de nuevo. En 1996, Jaime Botero fue distinguido como Maestro de la Ginecobstetricia Latinoamericana, por la Federación Latinoamericana de Obstetricia y Ginecología. En el 2002, recibió el Escudo de Oro de la Universidad de Antioquia, por sus aportes al Departamento de Obstetricia y Ginecología. Este médico, que recibió muchas otras distinciones a lo largo de su carrera, expresa, concluyente: “Entender al ser humano es lo más importante de mi profesión, pues cada ser humano es un mundo, un cosmos completo”.

Perfil: Santiago Higuita Posada / Fotografía: Juan Esteban Vásquez Mejía

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María Eumelia

Galeano Marín

Ser maestra y mamá fueron siempre los ideales de María Eumelia. Desde pequeña fueron sueños que cultivó y alcanzó. De origen campesino, llegó a Medellín a sus 10 años, siendo la quinta hija, dentro de una familia en la que había otros nueve hermanos. El viejo Peñol, su patria chica, yace sepultado bajo las aguas del río Nare y con él sus calles antiguas, su cultura, sus tradiciones y su gente, pues el desplazamiento fue tal que el nuevo Peñol no es más que otro pueblo. Se gradúa en el Cefa como normalista. Estudia sociología en la Universidad Pontificia Bolivariana y paralelamente dicta clases en un colegio. Luego ingresa a la Universidad de Antioquia a estudiar una maestría en Administración Educativa y se presenta allí a una convocatoria docente. “Yo

no me la creía, con 21 años y era profesora de la prestigiosa Universidad de Antioquia, era lo máximo”, admite orgullosa de su logro. Llegar a la universidad pública, como estudiante y docente, le cambia la vida y le representa un gran reto. Ella viene de una educación en sociología tradicional, donde estaba vetado el marxismo, y llega a una universidad con una dinámica política y social muy fuerte. Eumelia termina esta maestría y emprende nuevas búsquedas, esta vez en el extranjero. Viaja a Inglaterra a estudiar Sociología del Desarrollo Latinoamericano, experiencia que le termina de abrir un horizonte distinto, le da otra visión del mundo, le revela otras miradas, otras formas de ser, de vivir, de enseñar. Regresa al país y continúa su trabajo en la Universidad de Antioquia. Empieza a trabajar con sociología rural y a aplicar todo lo que aprendió. Es pionera en la investigación cualitativa por medio de otras prácticas, como las historias de vida y tradición oral; se trata de investigar a través de los sujetos su propia realidad y generar con ello transformaciones sociales positivas respecto a su problemática. A partir de ahí dedica sus energías a la investigación social, con sus grandes pasiones: asesorar, enseñar, escribir y evaluar investigación. “Continúo muy activa en la universidad, le tengo mucha gratitud, lo mejor que me pudo haber pasado en la vida fue ingresar a trabajar acá. Cumplo años el 9 de octubre, el mismo día que la universidad, ahí ya existe un vínculo muy grande”, anota. Durante su viaje conoce a Hassan, oriundo de Beirut, quien en poco tiempo se convierte en el gran amor y

amigo de su vida. Dos años después se casan en Colombia y emprenden una vida juntos, que poco tiempo después se ve adornada por el nacimiento de sus tres hijos adoptivos: Amara y después los mellizos Sarai y Samir. La adopción fue para ella una experiencia muy sublime. “Yo le dirigía una tesis de maestría a una socióloga, y ella, conociendo mi deseo de ser madre, me dice un día: ‘Yo que te creía tan inteligente, Eumelia, pero cómo eres de bruta. ¿A ti quién te dijo que la única forma es la biológica?, adopta’”, cuenta recordando el día que decidió con su esposo traer la felicidad a su vida. En el 2011 salió victoriosa del último reto que le jugó la vida. Una extraña enfermedad que le afectó el 100 % de la piel y la hizo ausentarse un poco de la docencia. “A mí no me dolía nada, pero era realmente impresionante verme. Y para completar, en el 2010 me dio un derrame y me torcí, así que ahí sí parecía un monstruito”, dice en una burla deliberada de su aspecto. Hace seis meses se siente y se ve mejor, así que retomó con mayor intensidad su docencia, que nunca abandonó, y que finalmente fue la que la fortaleció y dio motivos y metas diarias para seguir. En este momento da clase en cuatro posgrados, está en proceso de escribir dos textos, uno sobre la adopción y otro de investigación social. Está feliz.

Perfil: Vera Constanza Agudelo Estrada / Fotografía: Vera Constanza Agudelo Estrada

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Luis Giovanny

Restrepo Orrego

Sábado en la mañana. El primer tinto del día se lo toma en la Esquina Roja, una tienda-revueltería-cantina de Copacabana; prefiere las sillas que dan a la calle, para burlarse del tráfico. Giovanny Restrepo no olvida fácil, no milita con ningún partido político, no duerme más de cuatro horas por día. Le gustan los documentos antiguos, los libros de viejo, el olor de la trementina. “Y hablo más que un aparecido. Soy un bicho raro, un popurrí”, dice. Es el director del pregrado de historia de la Universidad de Antioquia, primer egresado de la carrera en llegar al cargo de director. Tiene una agenda negra a la que más de dos décadas no le han puesto amarillas las hojas. Su letra es pequeña y afanosa, mezcla la cursiva y la tipográfica, la tinta negra y azul. En ella están escritos los cuatro seminarios de historia que

vio con Félix de Bedout Gaviria, el maestro que más lo marcó. Y cuenta: “La biblioteca de Félix tiene 45 mil volúmenes, yo estuve en su casa, recién me había graduado. Me senté en la sala y él sacó del bar una garrafa de aguardiente y empezó a mostrarme libros. Luego me dijo: ‘El libro que encuentre repetido se lo regalo’, y encontré como cuarenta. Él me los echó en un costal y me mandó prendido para la casa en un taxi”. Como estudiante trabajó tres años en el archivo de la biblioteca de la Universidad de Antioquia, ordenando la correspondencia de Carlos E. Restrepo. Se vinculó a la investigación de varios proyectos, hizo la monografía del municipio de San Pablo, Bolívar, a partir de testimonios orales: “Allí aprendí a mirar distinto. Conocí la selva del Magdalena Medio, que es hermosa. Conocí las organizaciones sociales. Conocí el hambre, la pobreza y la guerra por dentro, entendí que el país era distinto, que es más grande de lo que uno ve en las noticias”. Luego viajó a la selva del Guainía donde el sol, los mosquitos y dormir más de dos meses en chinchorro hicieron todo tan engorroso como su misión: asesorar los planes de vida en cinco comunidades indígenas para las que no existe el futuro. “Era un reto personal, quería demostrarles a los historiadores que se puede hacer historia del presente. Pero fue tremendo hablarle sobre los recursos y el porvenir a un indígena que caza una presa y no guarda nada para el otro día”. El sol despunta los rayos que anuncian el medio día. Giovanny viaja en su moto por la carretera de la autopista, señala en la ladera el kiosco de la finca donde vive hace varios meses, “tiene una vista bonita”, afirma.

Es docente desde antes de graduarse del pregrado de historia, su lista de cátedras y universidades es larguísima, ha dictado materias que jamás imaginó, como la historia del mueble. No sabía nada del tema, le pasó en varias ocasiones. Pero decía que sí, cada propuesta era una oportunidad: “Yo me ponía a leer del tema, me lo aprendía y lo enseñaba”. Trabajó en la Universidad Pontificia Bolivariana durante 15 años en la Facultad de Diseño, donde creó el área de investigación y fundó la revista Iconofacto. Siempre ha acoplado la enseñanza con la investigación. Giovanny llena los tableros hasta los extremos, borra y los vuelve a llenar, “me he visto dando clase; me grabó un estudiante de posgrado, es un video de seis horas. El alumno me dijo: ‘Hermano, eso es un exceso de información’, y me veo y me muero de la risa, pobre gente”. Estudió una maestría en ciencias sociales con énfasis en estudios regionales, de la que no se graduó, se tituló en una maestría en Educación social y animación sociocultural, en la Universidad de Sevilla, e hizo un doctorado en filosofía en la UPB. Y ha publicado en la prensa nacional y en revistas académicas, cuanto texto le encargan. ¡Kiú-kiú-kiú-kiú!, canta un gavilán. Giovanny lo señala, está en el brazo grueso de un laurel, acecha. “También vienen por acá los loros”, dice. Él aspira a la quietud para sentarse a leer hasta desgastarse los ojos. Camina hacia el kiosco, un lugar inestable que el viento mueve y amenaza desbaratar, allí está el mayordomo. Giovanny mira Copacabana, “es un pueblo raro, como yo”. Mira la pradera que crece, y le dice al mayordomo: “Yo quiero tener vacas.”

Perfil: Ana María Bedoya Builes / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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William Octavio

Restrepo Riaza

Vivacidad, pasión y rigor son las palabras que mejor describen a William Restrepo Riaza. Con un tono de voz acelerado, va desgranando su historial académico y de vida, que está unido a la Universidad de Antioquia por uno de sus momentos más convulsionados, y gracias al cual pudo visionar un espacio para pensar la democracia colombiana y aportarle desde la memoria colectiva. Si el viento hubiera soplado en otras direcciones, William hubiera sido mecánico de aviones. Pero, en vez de ello, fue inicialmente licenciado en Filosofía e Historia de la Universidad de Antioquia, en una década en la cual el primer cambio trascendental en la educación superior fue la aparición de las disciplinas específicas de ciencias sociales, como antropología, sociología e historia.

El 17 de abril de 1971, recién graduado, comenzó su carrera académica en la universidad como profesor del Departamento de Historia, al que volvería tiempo después como su director. La academia lo prepararía para las transformaciones sociales más profundas de la sociedad colombiana, y para contribuir él mismo a la especificidad de las ciencias sociales. William es magíster en Historia Política de la Universidad de Georgetown (donde fue becario) y en Administración Educativa de la Universidad de Antioquia. Pero, antes de seguir con su doctorado, asumió la Vicerrectoría Académica en mayo de 1987, segundo momento de inflexión en la vida de este intelectual y académico. “Para entonces, estábamos repensando la universidad y apareció el enfoque de la búsqueda de la excelencia en la investigación, que generó un debate interno muy serio, en tanto que alrededor pasaban todas las crisis de este país: guerra, violencia, narcotráfico y confrontación”, recuerda el profesor. Era 1988. Luis Fernando Vélez Vélez, y otros de “su generación” habían caído en esa guerra por acallar la inteligencia y el pensamiento. Carlos Gaviria Díaz, quien era vicerrector general del Alma Máter, le dijo a William: “Vos siempre has querido tener un centro de pensamiento político, por qué no lo montás”. Con el aval del “vice” y la confianza del amigo, pensó en aprovechar la oportunidad, no solo para montar un centro de pensamiento, sino para cualificar también la manera de pensar la sociedad desde la universidad: crear una maestría en Ciencia Política, saltándose el gran escalón de no contar con un pregrado en la misma materia. “Cuando llegué al consejo académico de la facultad a

proponer la maestría, me preguntaron que con quién la iba a montar. Yo esperaba contar con 260 profesores del área de ciencias sociales, para organizar tanto el posgrado como el centro de pensamiento que quería”, recuerda el profesor Restrepo. De los 260 profesores, apenas uno se le unió en ese sueño: Fabio Giraldo, quien por esos años era profesor titular de la Universidad de Antioquia. Y en enero de 1992, se les unió una académica reconocida y con ganas de cambio: María Teresa Uribe. Fue así como entre los tres fundaron el Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia, con el apoyo de Adriana María González Gil, entonces asistente de William. Un año después se creó la maestría en Ciencia Política que, según su opinión y directriz, estaba llamada a explicar la guerra de Colombia, de manera que se pudiera superar la anomia alrededor de ella y pensar la política con rigor, como un tema concreto en el país desde su sistema político, la ciudadanía, las consecuencias de la violencia y su relación con el narcotráfico. Veinte años después, y con muchos logros alcanzados desde el instituto, William hace una sugerencia: “Creo que el Instituto de Estudios Políticos es reconocido hoy, internacionalmente, por su aporte a la política contemporánea y a su realidad, pero ese pensamiento debe globalizarse. Pensar, por ejemplo, el desplazamiento en el mundo, y desde esos referentes, pensar el asunto de manera que surjan nuevas perspectivas para refrescar las líneas de trabajo académico y fortalecer el sentido de comunidad académica, que es el principio y la razón de existencia del instituto”.

Perfil: Sebastián Orozco Sandoval / Fotografía: Natalia Botero Oliver

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Lucelly

Villegas Villegas

Lucelly Villegas perfecciona la idea de que el investigador social no debe inmiscuirse en las realidades particulares de las comunidades y territorios que investiga. Desde antes de graduarse como historiadora en 1984 estuvo investigando de la mano de Beatriz Patiño y Víctor Álvarez en la Universidad de Antioquia. Hizo la carrera completa en el Instituto de Estudios Regionales, Iner, desde auxiliar de investigación hasta ser directora del Instituto. Hoy, después de seis intensos años en el cargo directivo, vuelve a la docencia con un ciclo cumplido para renovarse. Habla del Iner como un hijo, un hermano y un hogar, siente que es un organismo que también se tiene que renovar con la gente nueva que intelectualmente es nativa de allí.

Hablar con una historiadora que ha estado interviniendo el territorio de Antioquia con la investigación social es apasionante. Escuchándola, se comprende cómo la división política de Antioquia ha estado determinada por la formación y evolución de movimientos y organizaciones sociales desde la independencia en el Siglo XIX. Al investigar el oriente antioqueño observó que en esta zona se gestaron grandes batallas libertadoras, se creó un tejido social que evolucionó en el siglo XX con los movimientos sociales frente a la construcción de las centrales hidroeléctricas, la autopista Medellín-Bogotá, entre otros megaproyectos de carácter nacional. Esa cultura política indica un patrón de comportamiento que se repite a pesar de las décadas, de los siglos, y que se transforma al vaivén de la guerra y la paz. A la vez, se comprende la enorme desigualdad en participación política y acceso al capital que existe en las regiones más empobrecidas del departamento, como el nordeste y el occidente. En lo urbano, desde su tesis de maestría, y acompañada por Hernán Henao, intervino en Medellín para determinar las causas históricas del poblamiento en el nororiente de la ciudad. Conocer esa trayectoria es conocer la historia de la migración social por la guerra y por la búsqueda de oportunidades. Las guerras de hoy son reductos de una forma desordenada de habitar la ciudad. También son la revelación del comportamiento centralista e ineficiente del Estado desde su configuración como tal. Con el universo de comprender las dinámicas del territorio antioqueño y colombiano en su cabeza, la

profesora Villegas entregó el Iner con más vitalidad que nunca: aproximadamente 300 profesionales investigando, entre 18 y 20 proyectos de investigación por año dentro de los 5 grupos acreditados en Colciencias y un grupo adicional en proceso de acreditación. El mérito de haber gestado junto con sus compañeros la maestría en Estudios Socioespaciales representa para la Universidad de Antioquia la garantía de una institucionalidad sólida en investigación social. Pero más allá de eso, el trabajo de la profesora ha demostrado que el Iner ha sido uno de los vehículos más importantes de reflexión y comprensión de la memoria histórica y las representaciones sociales y del territorio de Antioquia y de Colombia. No le interesó participar en política porque se dio cuenta de que su deber era darles luces a las comunidades para que decidieran su destino. Comprender para quién se investiga es el primer objetivo del investigador. Cree que siempre hay una toma de posición cuando se investiga, y es contundente en afirmar que esa toma de posición, en la Universidad pública, no puede ser otra que la construcción de “lo público”. Lucelly hace ver más real la realidad de la guerra y la paz que conocemos en Colombia. La hace ver mejor porque conoce y reproduce lo que dice la gente que ha vivido la guerra y la paz, precisamente en el territorio. Pero además, es convincente al expresar cómo las comunidades y las organizaciones sociales en Colombia han pasado por encima de la guerra y la paz para asentarse y convivir.

Perfil: David Roldán Alzate / Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Bernardo

Restrepo Gómez

Su amor por la pedagogía y su compromiso con ella están ligados a su infancia. Bernardo Restrepo Gómez no olvida la escuelita que creó en una de las habitaciones de su casa. En las tardes, reunía a sus compañeros de juego y les señalaba los cinco continentes en un mapa grande que pegaba en la pared. Entonces, soñaba con ser un profesor de verdad. Años más tarde, ese deseo lo llevó a las aulas de la Facultad de Educación de la Universidad de Antioquia, donde recibió el título de licenciado en ciencias sociales. Después de su graduación, se encontró con un camino lleno de oportunidades académicas y labores que consolidaron su vocación docente. Con el apoyo de su Alma Máter, viajó a los Estados Unidos para estudiar una maestría en

educación con énfasis en sociología, y en la Universidad Estatal de La Florida cursó un doctorado de investigación en educación. Su disciplina, su capacidad para indagar y ese anhelo de fortalecer el sistema educativo en Colombia lo llevaron a asumir diferentes cargos administrativos. Sus ideas innovadoras acompañaron la creación y la consolidación de la Facultad de Educación de la Universidad Pontificia Bolivariana. En el año 1969, regresó a su siempre amada Universidad de Antioquia. Allí fue profesor, jefe del Departamento de Ciencias Sociales, candidato a la rectoría y decano de la Facultad de Educación en tres ocasiones; además, fue promotor y director de la Universidad Desescolarizada, el primer programa de educación superior a distancia que existió en Colombia. Este proyecto, que nació en 1973, lo llena de orgullo y satisfacción; en su memoria permanecen los centros regionales, los módulos y los programas de radio que, mientras estuvo al frente de esta iniciativa, capacitaron a más de tres mil estudiantes de diferentes municipios del departamento. Sus conocimientos guiaron las propuestas pedagógicas de diferentes instituciones públicas. Durante el gobierno de Belisario Betancur, participó en el diseño del modelo de educación abierta y a distancia que se implementó en el país; asesoró el grupo de Estudios Científicos de la Educación de Colciencias y fue miembro y coordinador del Consejo Nacional de Acreditación. Además, viajó a República Dominicana y a Nicaragua para evaluar la calidad y el desempeño de diferentes universidades. También le ha entregado tiempo y dedicación a la

investigación, una labor que lo apasiona porque lo acerca a su esencia de maestro, lo mantiene actualizado y le permite compartir su saber pedagógico con la sociedad. Sus estudios sobre calidad educativa, primera infancia, educación individualizada y escolarización flexible están consignados en más de cien artículos publicados en revistas científicas, y ha llevado los resultados de las veinticuatro investigaciones que ha dirigido a diferentes congresos y seminarios nacionales e internacionales. Durante su carrera profesional, le han otorgado premios y distinciones que resaltan su eminente trabajo como educador; entre ellos, Profesor Emérito y Maestro Forjador de Futuro de su Alma Máter. Actualmente, es el director nacional de acreditación de la Universidad Cooperativa de Colombia y asesora diferentes instituciones educativas. Aunque se jubiló de la Universidad de Antioquia en 1990, no ha suspendido su labor, pues siente la obligación moral de compartir sus conocimientos y está seguro de que todavía le queda mucho por dar en el mundo académico. Así es Bernardo Restrepo Gómez, un hombre que disfruta los fines de semana en compañía de sus tres hijos y de su esposa, la profesora que lo conquistó en menos de un año. Ese que se emociona cuando interpreta pasillos y bambucos en su piano y que se deleita con la música de Beethoven. El maestro que se siente orgulloso de ser testigo y protagonista de la trasformación de la pedagogía en Colombia.

Perfil: Lina María Martínez Mejía / Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Gabriela

Cadavid Alzate

Gabriela Cadavid ha dedicado toda su vida profesional al mejoramiento de la educación, entendiendo que sin calidad en ella el desarrollo de un país es algo menos que inviable, y haciendo un aporte invaluable a la educación superior en Colombia, en el campo de la formación tecnológica. Nacida en Donmatías, Antioquia, estudió allí para ser normalista. Su primer acercamiento con la educación fue en su tierra natal. Allí ofició como maestra de primaria hasta cuando se trasladó a Medellín, en 1967, a la Escuela Julia Agudelo, del barrio Enciso, en donde estaría por veintiséis años. Mientras regía los destinos de esta escuela, completó su educación en la Universidad de Antioquia, en el pregrado de Historia y Filosofía. Gabriela destaca el área de la filosofía

como “el norte de todos los desarrollos. “Le he seguido la pista a la filosofía de la ciencia y la tecnología”, cuenta la educadora. En la Universidad de Antioquia se encontró con los primeros ejercicios de planeación estratégica de la educación: participó en el programa de Gestión Universitaria y luego dirigió el programa de capacitación a distancia para las instituciones universitarias de Antioquia. 1987 fue el año en que se graduó de la maestría en Sociología de la Educación, que le permitió acercarse a tendencias y enfoques de la educación en todos sus niveles. A su Alma Máter le obsequió dos años de cátedra universitaria y dirigió la práctica de los docentes de la Facultad de Educación. De ahí se fue a la Fundación Universitaria Luis Amigó, como decana de la Facultad de Educación en 1996. Entonces, y con una visión madura del mundo para identificar cómo mejorar la educación, llegó al Instituto Tecnológico Metropolitano, ITM. Cuando inició labores allí, notó que a los programas ofrecidos les hacía falta una comprensión de la tecnología para poder enseñarla. Así, en 1998, el ITM fue escenario de lo que Gabriela considera “una transformación epistemológica”. Y agrega: “Estuvimos trabajando hasta el 2002, construyendo la idea de qué es tecnología y qué es formación tecnológica, para estructurar el ITM a partir de la investigación en tecnología, y de lo que ésta significa como campo de saber y como objeto de formación.” Cuando esta educadora dice “estuvimos”, cuenta entre su equipo de trabajo a María Idilia Urrego, compañera desde la Universidad de Antioquia y a José Marduk Sánchez, director de esta orquesta académica, quienes apoyados en aportes

conceptuales de intelectuales como el filósofo y físico Carlos Augusto Hernández; el doctor en Educación Víctor Manuel Gómez; el filósofo y matemático Antanas Mockus, entre otros, emprendieron la construcción de un proyecto de ciudad llamado Instituto Tecnológico Metropolitano. “Con María Idilia, cuya fortaleza ha sido la pedagogía, construimos la escuela de pedagogía en el ITM, primera de esta naturaleza en una institución tecnológica en Colombia”, recuerda. Se trataba de educar a los maestros universitarios en dos campos para los que no llegaban preparados a las aulas: investigación, tecnología y pedagogía, semilla de la innovación educativa que hoy hace carrera en la institución. Gabriela fue la directora de este proyecto y aquel fue su primer cargo en el ITM. Luego, se desempeñó como vicerrectora académica y, en el 2010, se convirtió en rectora encargada durante seis meses, para disfrutar posteriormente de su descanso laboral. Con la investigación como enfoque, su contribución al ITM consta de publicaciones para la innovación y la acreditación de alta calidad. Tras el trabajo emprendido, la profesora sigue creyendo en que la educación debe ser interdisciplinar e interinstitucional, como se concibió aquella transformación epistemológica. “La educación superior hoy es más pertinente para el desarrollo del departamento, pues consulta más los enfoques del desarrollo. Sin embargo, enfrenta dos grandes amenazas, que son la financiación de sus estudiantes y programas, y los celos políticos dentro de las instituciones con autonomía académica y administrativa”, concluye Gabriela.

Perfil: Sebastián Orozco Sandoval / Fotografía: Diego González Torres

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Absalón

Machado Cartagena

Sumido en la tranquilidad de su hogar y en algunas consultorías, transcurre ahora la vida de Absalón Machado, un amador del campo. Este hombre, de origen humilde, desarrolló una estricta disciplina por la constante investigación de la ruralidad, de las vicisitudes que afrontan los campesinos y de la manera de mejorar su situación en las porciones de tierra donde disfrutan sus cultivos. Él goza, además de su rigor profesional, con la lectura serena en su sitio preferido de casa, la biblioteca. Todas las noches, en compañía de su esposa, la misma que lo acompaña desde hace 44 años, lee un aparte de literatura clásica o latinoamericana, un poema, una historia, o simplemente disfruta una obra maestra del cine. También hacen ejercicio, yoga, comen sano, meditan, siempre buscando la felicidad y

el equilibrio emocional. “He vivido para mi familia y desarrollo profesional, buscando siempre ser más felices, que es lo que nos debe motivar en la vida, no tanto la acumulación de recursos”, aconseja. Su interés por el campo se remonta a su origen en las montañas de Urrao. Conoció de cerca los problemas de los campesinos. Le tocó la época cruda de la violencia a finales de los cuarenta, cuando rodaban literalmente las cabezas por la persecución política entre liberales y conservadores. Víctima de esa violencia, su familia es desplazada del campo y se traslada al centro urbano del pueblo, donde su padre monta una tienda y él tiene la oportunidad de conocer de primera mano las crudas vivencias de los labriegos; en ese momento se enamora de esa vida rural y quiere entenderla para transformarla. Absalón estudia en su pueblo natal hasta que puede, luego termina su bachillerato en Rionegro e ingresa a Economía en la Universidad de Antioquia. Una etapa en su vida que representa “la ilusión de pasar de una situación de pobreza a ser un profesional que busca una vida mejor”, afirma. En esos momentos, la Facultad de Economía no ofrecía ninguna materia en economía agraria, pero él continúa interesado por la ruralidad y todo el tema campesino. Se gradúa con honores e ingresa como docente a la universidad. Su interés sigue haciendo mella en su cabeza. Se gana una beca y viaja a la Universidad de Chile a estudiar una maestría, donde finalmente tiene la suerte de enrutarse en el tema agrario. Regresa a Medellín y continúa como docente hasta 1973. Pero la Universidad de Antioquia se encuentra en un

gran proceso de movimientos estudiantiles, y decide aceptar un ofrecimiento laboral en el Ministerio de Agricultura, en Bogotá, donde se traslada a vivir y es su actual ciudad de residencia. Allí empieza a extrañar la docencia, así que la retoma en la Universidad Nacional de Colombia, donde estuvo dando clases y en proyectos de investigación por más de 25 años, hasta que la edad lo obligó a retirarse. Su vida profesional ha estado marcada por una amplia trayectoria en entidades de renombre, la docencia, la investigación, la consultoría y la escritura; siempre con énfasis en la visión de lo rural y la economía agraria: el desarrollo rural, agroindustrial e institucional; la reforma y políticas agrarias, entre otros. Su objetivo final: generar conocimiento del campo, para a largo plazo influir en la sociedad y en la creación de políticas públicas que logren su transformación. Últimamente se encuentra vinculado al Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo; fue el director académico del Informe Nacional de Desarrollo Humano, 2011, en el cual se enfocó en la problemática rural, teniendo en cuenta variables como medio ambiente, actores sociales, territorio y conflicto armado. Absalón sigue dejando su legado. Ha generado inquietudes en la sociedad para que se interese en el campo y no le den la espalda a lo rural, lo entiendan y lo valoren, así no sea su realidad, pues la ciudad y lo urbano no existen sin el campo: “Es un trabajo de todos asumir una actitud que facilite los cambios que requiere la sociedad para modernizarse y construir un país mejor para nosotros, nuestros hijos y las futuras generaciones”, dice.

Perfil: Vera Constanza Agudelo Estrada / Fotografía: Archivo personal

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Fernando Alveiro

Alzate Guarín

Fernando Alveiro es un montañero. Los meses que pasó en Barranquilla prestando servicio militar, se repetía: “Yo no quiero más mar, yo quiero mis montañas”. Y volvió el marinillo a su tierra, donde mamá lo mandaba al patio de la casa a recoger las coles para los fríjoles. “Ella despertó en mí el amor por las plantas. Las vecinas siempre le pedían la yerbabuena, la penca sábila”, dice. Su obsesión por la taxonomía empezó en los viajes que debía hacer en el Circular Coonatra. Pegado de la ventanilla del bus miraba cada árbol y decía su nombre científico. Cuando no identificaba alguno, lo buscaba en Vegetación de los Andes, que siempre cargaba en su mochila. A su oficina entra la luz del medio día. Alveiro responde y envía correos. Han sido días ajetreados, afirma. La verdad es que siempre está haciendo mil cosas. En su escritorio hay una

pila de documentos, carpetas con papeles, libros y revistas. Está editando dos libros, uno sobre los saberes tradicionales en medicina popular en los cinco corregimientos de Medellín y el otro es un inventario de flora en el Parque Arví y en el Arova. Además, está terminando las correcciones del libro sobre la descripción taxonómica de toda la familia de las alstroemeriáceas en Colombia, un estudio que reúne sus investigaciones desde su época de su pregrado, la maestría y el doctorado. En las paredes hay cuadros ilustrados con las flores del casco de vaca, el carbonero y el borrachero. Y puntualiza: “Yo soy muy monotemático. Entras a mi casa y adivinas que soy biólogo”. También hay un pendón que exhibe una foto de un manojo de inflorescencias rojas, pequeñas, como campanas de copa alargada y su descripción taxonómica. Es una bomarea, una de las nueve especies que Fernando Alveiro ha descubierto y descrito: “Mis hijas”, dice. Las bomareas son encendidas —rojo, amarillo, naranja, rosado— y atraen a los colibríes. Son trepadoras, nativas del trópico, de los Andes, florecen en el verano y en el otoño, se encuentran en tierras altas desde los 2.500 m. s. n. m. y en páramos: los ecosistemas que más adora Fernando “por la soledad que allá se siente”. Durante su maestría en taxonomía, Fernando recorrió muchas regiones de Colombia, Perú Ecuador y Estados Unidos, para visitar sus santuarios: los jardines botánicos. Se consagró en la tarea de revisar las colecciones y colectó todas las bomareas que se encontró, un género que no tenía especialistas. Tesón que continuó en sus estudios de doctorado, para el que hizo la clasificación evolutiva de la alstroemeriáceas,

familia de la bomarea. “Y vino la época del ‘ya que’. ¿Ya que tengo los extractos de estas platas, por qué no los evalúo en modelos biológicos?”. En esta investigación ha trabajado junto a químicos farmacéuticos, con el apoyo de la Universidad de Barcelona y la Universidad de Estrasburgo. De los experimentos que se han hecho con los extractos de las plantas en distintos microorganismos, descubrieron que la Bomarea Setácea ataca la malaria. Sale afanado de su oficina. Le espera una reunión con investigadores y, luego, dictará clase. “Disfruto mucho la docencia. Creo que mis alumnos deben superarme”, enfatiza. Fernando no siente que hacer mil cosas lo dejen sin aliento, “para mí la Biología es en ningún caso un trabajo, es como un biohobby, es decir, un hobby con la rigurosidad de una profesión”. Pero existe un día en el que el ritmo de las horas se ondea al antojo de las ramas de los árboles. Domingo. Marinilla. Fernando no corre a la trastienda por las coles para los fríjoles. La huerta es ahora un bosque que él mismo ha sembrado. Unos doscientos árboles se extienden a la vista: magnolias, caunces, yarumos. También hay en el bosque árboles que ha traído de otras tierras: sicomoros de Londres, cedros de España. Fernando, de manos blancas y dedos alargados, palpa la tierra fértil y húmeda en la que sembrará una semilla.

Perfil: Ana María Bedoya Builes / Fotografía: Diego González Torres

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Luis Guillermo

Restrepo Vélez

“Miedo nos da a todas las personas. Pero si a uno lo van a matar por lo que piensa, pues tocó”, dice Luis Guillermo Restrepo para referirse a la decisión de terminar sus estudios, a pesar de la amenaza de muerte que lo tuvo en zozobra durante un año. Hacía parte de los estudiantes de Química Farmacéutica que se oponían a las protestas violentas. Inclusive, se atrevió a confrontar a quienes las llevaban a cabo, diciéndoles: “Hoy, usted tira piedra, y yo no. Y ambos estamos protestando. Pero mañana yo seguiré protestando, en cambio, usted no. Y con seguridad nos vamos a encontrar”. Él tiene la tranquilidad de continuar firme en sus ideas y de no haber aceptado la injusticia como condición inherente a nuestra sociedad. Se le humedecen los ojos recordando aquella experiencia, sin embargo, sabe que la cercanía de la

muerte hizo que viviera intensamente. “Eso templa el espíritu. Después de que uno se enfrenta a una persona armada y le dice: ‘Haga lo que quiera, pero no voy a doblegarme’, puede hacer muchas cosas en su vida profesional”, comenta. Y tiene argumentos para decir que lo ha hecho. En los casos más osados se guió por la convicción de que es un hombre de renuncias. Cada una de ellas ha conllevado riesgos, pero para alguien que no planea su vida, las seguridades no son tan importantes. Algunos perciben esa actitud como una muestra de inestabilidad. Eso pensó el vicerrector que lo entrevistó para trabajar en el Centro de Excelencia de la Universidad, quien consideró inconveniente que hubiera renunciado a sus anteriores trabajos. Un año y medio después, Luis Guillermo se retiró también del cargo. “Me dijeron que debíamos patentar algunas cosas, y, a diferencia de lo que ellos creían, yo no estoy en contra del sistema de patentes, de reconocer la autoría y los derechos, pero en tanto sirva a los objetivos de la salud pública”, explica. Él tiene claro qué cosas no está dispuesto a hacer, y piensa que todo lo demás es válido. Entre sus posibilidades hechas realidad está haber dejado su cargo de Director del Programa de Farmacovigilancia en el Hospital San Vicente de Paúl para viajar a Bogotá detrás de un amor. Entre las cosas que no haría, y que no hizo, está aceptar una negociación desfavorable para Colombia en el TLC, Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Sobre la suerte de aquel enamoramiento se puede decir que, a los 15 días de estar en la capital, Luis Guillermo debió aceptar una respuesta negativa. Acerca de los motivos por

los que dejó de ser vocero de salud de Colombia, Ecuador y Perú en la negociación del tratado, habría mucho que contar, pero él explica así la razón fundamental: “Nosotros trabajamos mucho tiempo en una negociación que estaba en el día cero porque los gringos no aceptaban nuestras propuestas. Pero Hernando José Gómez —el jefe del equipo negociador colombiano—, hoy director de Planeación Nacional, dijo que el Gobierno iba a tomar decisiones políticas, y que iba a firmar. El resumen de la negociación es: el Ministerio de Comercio tratando de convencer al de Protección para que entregara hasta los calzoncillos; y nosotros, como técnicos, diciéndole que eso iba a tener unos costos muy elevados en medicamentos y en la salud para el país”. Su mayor atrevimiento, en aquella ocasión, fue poner en el lugar donde el Ministro de Comercio daría una rueda de prensa, varias copias de una carta en la que explicaba lo sucedido. Pese a la amenaza de ser investigado por revelar información confidencial, se dejó guiar por ese carácter que hace que diga: “Miedo nos da a todas las personas. Pero si a uno lo van a matar por lo que piensa, pues tocó”.

Perfil: Andrés Felipe Restrepo Palacio / Fotografía: Diego González Torres

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César Augusto

Botache Duque

Cuando estudiaba en el INEM José Félix de Restrepo, se encontró con la química, no solo como profundización de su bachillerato, sino también como una ciencia que le facilitaba entender el porqué de las cosas, desde su materia misma, y que conoció de la mano del profesor Enrique Caicedo. En junio de 1987 comenzó a estudiar Ingeniería Química, pero debido a la agitación política de aquel entonces, solamente pudo tener un mes de clases, antes del cierre de la Universidad de Antioquia durante casi dos años, para regresar a las aulas en mayo de 1988. Y, según sus cuentas, “fueron once semestres académicos, pero en tiempo me tardé dieciséis semestres”, recuerda el profesor Botache. En marzo de 1995, obtuvo el título de ingeniero químico,

con la claridad de que quería hacer un aporte desde la industria, y no desde la docencia, la que, se consideraba, era la única posibilidad para alguien que estudiara química. Luego de su grado, y con toda la memoria de una época cargada de violencia política contra los estudiantes del Alma Máter, dos cosas pasaron que cambiaron radicalmente su enfoque profesional: dio clases en materias de la formación química básica en diversas instituciones y fue trabajador de una empresa de estampados. Luego de seis meses como profesor de materias básicas en colegios, entendió que lo que sucede en la vida de un estudiante afecta su desempeño académico. Y, en septiembre de 1995, inició labores en una empresa de estampados en Medellín, con treinta personas a su cargo. A veces, sus coordinados no podían asistir al trabajo porque las Milicias Populares no los dejaban salir de sus hogares. Estos dos hechos, unidos a la carga política que sobrevivió en su pregrado, le permitieron vislumbrar que era necesario entender el contexto social, y comenzó a buscar un posgrado en humanidades; pero una oportunidad mejor apareció, dentro de su campo de estudio. En 1996 se fue a la Universidad del Valle, elegido con otros nueve profesionales colombianos para ser uno de los primeros magísteres en Ingeniería Química de esta institución. En ese momento, la investigación se cruzó en su camino, y rescata, como factor determinante, la experiencia y calidad de sus compañeros y docentes. Después de su graduación de la maestría, en el 2002, regresó a Medellín como profesor de cátedra en el Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid, y de

tiempo completo en la Universidad de Antioquia. “Hice la especialización en Gerencia Social, y me presenté al cargo de jefe del departamento, el cual ocupé durante cuatro años”, dice. El desencanto alrededor del programa era el común denominador entre muchos colegas de Ingeniería Química, quienes sentían el anhelo de cambiar cosas fundamentales en la carrera; especialmente, buscaban aterrizar un principio ético de la ingeniería en Colombia: ejercer la profesión como una función social y no sólo como una respuesta a las necesidades del mercado y la industria. Entonces, junto a un equipo interdisciplinar, César Augusto logró que se incorporaran materias del campo social. Así mismo, se crearon la maestría y el doctorado en Ingeniería Química, ambos ofrecidos en inglés y únicos en Latinoamérica. Gracias a esta oportunidad, fue representante de las universidades ante el Consejo Profesional de Ingeniería Química de Colombia, del que es actualmente director ejecutivo. Tras su experiencia como estudiante, su paso por la docencia y su tiempo como administrativo, piensa que la educación superior en Colombia ha evolucionado. “La formación en investigación ha sido un gran beneficio para las universidades. Sin embargo, hay que diferenciar algo fundamental, y es que una cosa es ser docente y otra muy distinta es ser investigador; es una ambivalencia que las universidades exigen hoy. Esto tiene un efecto que no es del todo positivo en la formación de nuevos profesionales”, acota el ingeniero.

Perfil: Sebastián Orozco Sandoval / Fotografía: Archivo personal

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Alcides

Montoya Cañola

La aventura de Alcides Montoya comienza con una migración familiar desde la vereda La Aguamala, en Betulia, hasta Urrao, y con un silencio infantil que su madre quería romper a punta de cucharadas de caldo de lora. A los cuatro años, empezó a hablar y, luego, a leer. Ya adolescente, entre las miles de caras que lo observaban desde las páginas de las historietas de Calimán, Tamacú y Memín, que leía en el puesto de revistas del parque de Urrao, se encontró con la mirada de un alemán: Albert Einstein. Ese fue su primer acercamiento a la física. Después, en el colegio, Alejandro Correa, su profesor de física en tercero de bachillerato, le pasaba los textos avanzados de la materia porque descubrió en él potencial y buena capacidad para comprender los principios de esta ciencia.

A pesar de haber obtenido un destacado puntaje en el Icfes y la aceptación para ingresar al pregrado de Física de la Universidad de Antioquia, Alcides debió prestar servicio militar en el Ejército Nacional, donde, relata, “vi a pobres soldados peleando contra pobres guerrilleros que creían que iban a cambiar el mundo”. Una experiencia rara, como dice él, y que le permitió entender el conflicto colombiano. Alcides viajó a Medellín en 1990 para estudiar Física. Vivió entre Castilla y Zamora, y contó con el mínimo apoyo económico de su padre, revueltero, quien residía todavía en Urrao. Aunque alcanzó un buen promedio en el primer semestre, el negocio de su padre se acabó, lo que significó su retiro forzoso de la universidad para tener que trabajar. Sin embargo, gracias a su libreta militar de primera clase y a Luis Enrique Ruiz, entonces decano de Ciencias Exactas, comenzó a trabajar como vigilante en la ciudad universitaria. Fueron tiempos en los que recibía “madrazos” de los estudiantes que olvidaban su carné y después compartía con ellos las aulas de clase. En 1994, llegó el segundo giro de su historia. César Gaviria se propuso conectar a Colombia con internet, a partir de nodos: Universidad de los Andes, Eafit, Universidad del Valle y Universidad de Antioquia. César Trujillo, profesor de Alcides y encargado de la tarea en el Alma Máter, le entregó dos máquinas Sun Microsystems y cuarenta manuales al entonces estudiante. Le dijo: “Esto es lo que hay. Empiece a aprender de esto para interconectar los nodos”. Ese año, Alcides, quien todavía era portero, vio con alegría cómo se cruzaron los primero correos electrónicos en Colombia entre estas cuatro universidades. Y, después de

esta conexión inicial, la siguiente tarea titánica fue enlazar la universidad mediante fibra óptica, y brindarles acceso a cada uno de los docentes con máquinas de avanzada. Iniciaba la rectoría de Jaime Restrepo Cuartas y la vicerrectoría de Luis Fernando Jaramillo. De este ejercicio, nació el Centro de Capacitaciones en Internet, CCI, en 1995, que dos años después publicó el manual Internet: guía práctica para el usuario, regalado a los docentes en un día del maestro, y escrito por Juan David Betancur y Alcides Montoya, quien continuó preparándose en el tema de redes y pudo conocer países como Italia, Estados Unidos e Irlanda; en este último, desarrolló su pasantía doctoral en University College, de Dublín. Estudió la maestría en Ingeniería Informática de la Universidad Eafit, de donde se graduó en el 2004, y continuó su camino académico en la Universidad Nacional, sede Medellín; allí, además de ser docente e investigador del grupo de Instrumentación Científica e Industrial, es candidato a doctor en Ciencias de la Computación. Alcides, que dejó de ser vigilante para convertirse en uno de los expertos en redes más importantes de la región, considera que en Colombia el talento está en todas partes, pero debe desarrollarse. Según su opinión, “cuando la educación se mire como una inversión, y no como un gasto, los estudiantes colombianos van a dejar de mirar al exterior como un destino deseable”.

Perfil: Sebastián Orozco Sandoval / Fotografía: Diego González Torres

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Luis Eduardo

Acosta Hoyos

Profesor Luis Eduardo, veo en su hoja de vida que usted fue el primero en todo: mejor bachiller del Liceo Salazar y Herrera de Medellín, en 1957; mejor estudiante de la Escuela Interamericana de Bibliotecología de la Universidad de Antioquia, donde se graduó en 1961; cum laude de la Maestría en Ciencias Bibliotecarias en la Catholic University of America (Washington), en 1967; graduación con honores en el doctorado en Sociología de la Ciencia de la Escola Posgraduada en Sociologia e Ciencia Política de São Paulo, en 1985. ¿Cómo lo hizo?, le pregunto. Entonces, me responde: “El problema mío era que yo era el más pobre”, y a continuación me explica que, por su situación económica, siempre recibió becas y que para no perderlas debía estudiar mucho y que se acostumbró a

eso. La costumbre no solo lo llevó a ser el mejor entre sus compañeros, sino que le permitió tener una trayectoria destacada en su área de formación. Su currículum vitae indica que está entre los teóricos pioneros de la bibliotecología; además, fue el primer director profesional en bibliotecología de la Biblioteca Central de la Universidad de Nariño y del Departamento de Bibliotecas de la Universidad de Antioquia; así mismo, fue director del primer programa de bibliotecología de Bogotá y el primero en organizar allí un programa de bibliotecas escolares. Luego de esas experiencias laborales, la vida de Luis Eduardo continuó en Brasil. Allá llegó, recomendado por un compañero de la maestría, a trabajar en la Empresa Brasilera de Investigación Agropecuaria, la famosa estatal Embrapa, que promueve el desarrollo y la innovación en ese campo. Inició ejerciendo su profesión, y gracias a eso desarrolló el sistema de información científica (ya había adelantado un sistema de estos para Colciencias). Con el tiempo llegó a ser asesor y viajó por todo Brasil. Luego de 27 años, en el 2002 se jubiló. Hablando por teléfono desde la ciudad de Recife (nordeste de Brasil), donde hoy reside con su segunda esposa, hace menos énfasis en su recorrido profesional y más en otra faceta bien diferente, la religiosa. Cuenta que actualmente preside una fundación que ayuda a personas pobres, agrega que quiere construir casas para aquellos que las han perdido por desastres naturales y que para eso pretende venir a Colombia. Su idea, además, es fundar una emisora católica en El Carmen de Viboral, pueblo del oriente antioqueño donde nació. Su discurso está atravesado permanentemente

por alusiones a Dios. Me llama la atención y le pregunto si siempre fue religioso, me dice que sí y da a entender que esto lo heredó de su mamá. De todas formas, aclara, en el 2007 empezó una transformación y con ella su dedicación a las tareas de caridad. Luego de 37 años de estar en Brasil, y de haberse nacionalizado, Luis Eduardo tiene suficientes motivos para amar dicho país. Al tiempo, sigue conectado con Colombia porque, aunque no la visita desde 1997, lee todos los días los periódicos El Colombiano y El Tiempo y la revista Semana. Su tono de voz cambia cuando se refiere a los típicos problemas colombianos, y vuelve a cambiar cuando menciona que le hacen falta sus dos hijas que nacieron y viven en Colombia (su tercera hija vive en Brasil). De la Universidad de Antioquia, dice tener recuerdos fantásticos, pero ya perdió contacto porque las personas que conocía se jubilaron. De todas formas, su producción permanece en la Biblioteca Central, en los 21 títulos que registra el catálogo online. Y en la red, detenido en el 2008, continúa su blog de escritos y reflexiones. Imagino a Luis Eduardo recibiendo la brisa de la costera Recife, mientras continúa adelante con sus planes de esta nueva etapa que atraviesa su vida.

Perfil: Elvia Elena Acevedo Moreno / Fotografía: Cortesía periódico El Colombiano

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Álvaro

Velásquez Ospina

Llega temprano a su oficina, a eso de las seis y media de la mañana. Su desayuno es un tinto. No se sienta a leer o a revisar correos. Aunque sea el director del Grupo de Trasplantes de la Universidad de Antioquia y el Hospital San Vicente de Paúl, detesta las labores administrativas, el papeleo, la cháchara. Lo suyo es la acción, los pacientes, salvar vidas. Y antes de las ocho ya está en el quirófano, preparado para realizar un nuevo trasplante. Su nombre: Álvaro Velásquez Ospina. Su profesión: médico cirujano con especialización en cirugía cardiovascular y del tórax. Un tipo como ningún otro. “Le garantizo a usted que nadie en el mundo ha hecho nueve trasplantes en 24 horas como los he hecho yo. Ni siquiera ocho. Si quiere, búsquelo, y si lo encuentra le doy un cheque por diez millones de pesos. Pero no lo va a encontrar.

Porque empiezo a trabajar y no me canso, yo soy una mula pa’l trabajo. Salgo de aquí a hacer diez, doce cirugías y termino fresco, sin estrés alguno. Me voy para mi casa, luego me tomo un tinto y me pongo a charlar con la señora.” Parece que exagera. Parece, como buen paisa, medio culebrero. Habla duro, manotea a veces, tiene acento del suroeste de Antioquia. Es acelerado. Pero quien se atreva a seguirle el paso se dará cuenta de que no miente. Madruga todos los días. Pasa de una cirugía a otra sin problemas. Tiene 75 cinco años y no los aparenta, mucho menos le preocupan. Tiene pensado vivir más de cien años, y no es por decir. Su papá murió a los cien y su abuelo a los 113, ambos en accidentes. Aunque tiene carro, siempre viaja en trasporte público. Es de izquierda bien izquierda. Lo enervan los monopolios, el capitalismo, la forma como se maneja la salud en este país. “Yo nunca quise ser médico. A mí me gustaba era la ingeniería, pero mi papá me metió a esto a la brava. Por eso me metí con lo cardiovascular, porque todo son bombas y leyes físicas. No me gusta la medicina, pues uno aquí sufre todo el día y toda la noche viendo que las EPS les roban la plata a los pacientes, que la salud en este país está en manos privadas. Ayer no más me tocó volver a trasplantar a una señora porque la EPS no le dio la droga inmunosupresora y, claro, así no hay trasplante que dure.” Nació en Riosucio, Caldas, en 1937. Pasó parte de su infancia en el campo, en Jardín. Estudió medicina en la Universidad de Antioquia y se graduó en 1963. Al día siguiente de haberse graduado como médico, ya estaba haciendo la especialización. Entre el 68 y el 70 hizo estudios

sobre trasplantes en Estados Unidos. Cuando regresó, fundó con otros colegas el Grupo de Trasplantes, en una época en que apenas las potencias del mundo comenzaban a crear sus grupos. Fue el primer decano de la Facultad de Medicina escogido por elección popular. Realizó el primer trasplante de riñón del país, en 1973, y luego otros: hígado, en el 79; corazón, con la clínica Cardiovascular, en el 85; páncreas, pulmón, médula ósea… En estos cuarenta años el grupo lleva más de cinco mil trasplantes. La mayoría hechos por él. Tiene 43 condecoraciones. Tiene el agradecimiento de mucha gente, la satisfacción de haber salvado vidas sin importar el estrato social. Tiene el reconocimiento internacional. “Mi papá, que trabajaba el campo y era medio filósofo, decía una frase muy bonita: ‘La vida es un instante entre dos eternidades’”. Por eso, siempre ha sentido que vino aquí a aprovechar ese instante. A no perder el tiempo. Por eso, siente que le queda mucho por dar. Que es, como dice, un muchacho de 75 años.

Perfil: Juan Camilo Jaramillo Acevedo / Fotografía: Diego González Torres

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Guillermo

Henao Cortés

Por su labor y legado, muchos consideran a Guillermo Henao como uno de los maestros de la Obstetricia y la Ginecología en Antioquia. A su consultorio llegan parejas de todos los estratos sociales buscando solución a sus problemas de fertilidad. Algunas viajan desde las regiones más alejadas del país para encontrar a ese médico amable, bajito y gordito, que les devolvió la posibilidad de tener un hijo a sus parientes o amigos. Lo que pocos saben es que no siempre quiso ser médico, su sueño inicial era ser filósofo. Desde su juventud se dejó influenciar por los pensamientos de Platón y Sócrates, inclinándose por este último. Pero al graduarse como bachiller del Liceo Antioqueño, en 1955, descubrió que no podía estudiar Filosofía en la Universidad de Antioquia debido a que esa carrera estaba cerrada.

Después de mucho pensar se decidió por la medicina porque, para él, es la profesión que tiene la relación más directa con el acto de vivir. Con esa concepción filosófica se especializó en Endocrinología y Reproducción, pensando que trataría dos vidas a cambio de una: la de la madre y la del hijo. Actualmente tiene tantas vidas en sus manos, que las llamadas de sus pacientes lo sorprenden en cualquier momento y lugar. A ellos les aclara sus dudas con la misma voz gruesa y segura que dicta conferencias sobre obstetricia y, recientemente, sobre epistemología; porque sus principales aportes están concentrados en la academia. Guillermo Henao es coautor de uno de los libros más usados para la enseñanza de las ciencias médicas en América Latina: Texto Integrado de Obstetricia y Ginecología, que actualmente está en su novena edición. Desde 1978 ha mantenido esa publicación junto a los doctores Jaime Botero Uribe y Alfonso Jubiz Hasbún, quien recientemente falleció. “Alfonso era el más joven de los tres”, afirma con ironía al recordar que lo conoció en la Universidad de Antioquia cuando era docente. En 1973, ingresó al profesorado, y más tarde, como Jefe de Departamento, y como tal modernizó el programa de Obstetricia y Ginecología, donde trabajó hasta jubilarse. Ahora dedica sus mañanas al consultorio; las tardes a estudiar, ver películas y hacer tareas con su hija de nueve años, María Cruzana; y las noches a sus dos pasiones: la filosofía y la poesía. En la primera se graduó como magíster de la Universidad de Antioquia, luego de publicar un libro sobre Epicuro, interesado en la importancia del pensamiento filosófico para la ciencia. Su alma de filósofo lleva inmersa la esencia de poeta. Desde el bachillerato escribió cientos de poemas que luego recopiló en

El Verso Inverso (1983), textos abstractos que algunos catalogaron como difíciles de entender. En una etapa más madura escribió Tus Sarzos y los Míos (1987). Esa aura intelectual de médico, filósofo y poeta esconde a un hombre sencillo, conversador, servicial y solidario. Cualidades que denotan su origen humilde, en el seno de una familia liberal que se desplazó a Medellín por la violencia partidista en Ciudad Bolívar. No olvida que sus hermanos trabajaron como obreros para pagarle el bachillerato. Luego él realizó sus especializaciones con créditos del Icetex. Y siendo ya profesional, ha procurado ayudarles económicamente a sus parientes Y mantiene ese compromiso con el estudio de sus sobrinos. Guillermo Henao dice: “A la Universidad le debo lo que soy”. En esencia, es un ser humano preocupado por la verdad antes que por la justicia, porque piensa que “ninguna verdad es injusta”.

Perfil: Yhobán Camilo Hernández Cifuentes / Fotografía: Diego González Torres

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Ángel Augusto

González Marín

Hace ya 18 años, la Escuela de Microbiología de la Universidad de Antioquia, entonces denominada Escuela de Bacteriología y Laboratorio clínico, inició un proceso de transformación curricular en busca de sentar nuevas bases para la formación de profesionales en lo disciplinar, con los microorganismos como objeto de estudio. En ese proceso participaron los diferentes actores de la escuela, y tuvo como protagonistas a algunos de nuestros más destacados egresados, quienes se venían desempeñando en el campo de la investigación desde mucho antes de que se pensara en la transformación curricular. Ángel es uno de los bacteriólogos y laboratoristas clínicos que egresaron durante ese proceso de transformación, lo hizo en el año 1996. Su vida profesional y académica evidenció

que ese camino de transformación era válido y deseable. En su trasegar por la Escuela, mostró interés y condiciones superiores al promedio en el desempeño de sus actividades académicas, y aunque es sabido que el pregrado no forma investigadores, él no necesitó de esa formación directa pues su interés y curiosidad académica por la inmunología lo fue orientando desde antes de graduarse hacia la Corporación para Investigaciones Biológicas (CIB), donde pudo dar rienda suelta a sus inquietudes y aprendió “el arte de hacer preguntas científicas” de la mano de maestras como las doctoras Ángela Restrepo y Luz Elena Cano. Hablar de sus méritos académicos durante los pocos años que lleva de trabajo científico da cuenta de una persona que paso a paso ha ido construyendo una carrera sólida, reconocida con la distinción Summa Cum Laude concedida por la Universidad de Antioquia a su tesis doctoral Adherence of Paracoccidioides brasiliensis to extracelular matrixproteins and type II pneumocytes: In vitro and in vivo assays, además de otros reconocimientos nacionales e internacionales. La paracoccidioidomicosis ha sido su preocupación científica, el objeto de estudio que le ha permitido investigar, enseñar, escribir y soñar con la solución a un problema que afecta a millones de personas en Latinoamérica. Su rigor y responsabilidad es un ejemplo no solo para los estudiantes de pregrado y posgrado, sino también para sus compañeros de trabajo, tanto en la CIB como en la Escuela de Microbiología, unidad académica que lo alberga. En los últimos años ha participado en el desarrollo de actividades claves en la vida académica de la Escuela, como son el Congreso de Microbiología y la creación y desarrollo de la

Revista Hechos Microbiológicos. A quienes hemos tenido la oportunidad de conocerlo y apreciarlo, nos regocija que una persona de alta calidad científica y humana haga parte de nuestro ambiente de trabajo. Así lo reconocen profesores y estudiantes. Más allá de su condición de docente e investigador, es una persona amable y de buen trato. Se destacan en él su honestidad y transparencia, características que hacen de Ángel una persona aún más valiosa. Su valor como ser humano radica en sus acciones como persona y en aquellas que la ciencia recoge en sus documentos. La trascendencia de sus enseñanzas, su constancia, la valentía con la cual asume los retos que le pone la vida son un estímulo ejemplarizante. Posee calidad humana y es una prueba fehaciente de esos seres que se quedan en el corazón y la historia de las personas. Nace el 15 de noviembre de 1972 en Medellín en el seno de la familia González Marín. Sus padres Marleny y Ramón, y sus demás familiares son su apoyo y pilar fundamental en esta vida, en ellos encuentra el alivio y el soporte incondicional que requiere como ser humano. En la Escuela esperamos que esté con nosotros por muchos años acompañándonos con su rigor, su entereza y sus ganas de vivir y servir más allá de lo que la universidad le exige y siempre cercano a lo que la sociedad necesita.

Perfil: Leonardo Alberto Ríos Osorio / Fotografía: Diego González Torres

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Adolfo León

Correa Silva

Milpesos es una palma que enamora. Sus frutos, machacados, son medicinales; su aceite, combustible; su pulpa, dulce y helado; y su tronco, refugio de animales. La oneocarpus bataua es común en las selvas tropicales. Fue en Vigía del Fuerte, Chocó, donde Adolfo León Correa la conoció e, investigándola, se dio a quererla. “Es el escondedero de muchas especies biológicas”, dice el hombre que, entusiasmado por amigos en los años de bachillerato, decidió hacerse biólogo y eligió la palma, más tarde, como tema de investigación para su trabajo de grado en la maestría en Bosques y Conservación Ambiental de la Universidad Nacional. Con energía, el también especialista en Geoinformática y Medio Ambiente cuenta que la Milpesos lo impactó desde

el primer momento por el beneficio ecológico que presta: “Hay animales abajo, en el racimo, animales que comen los animales que comen los frutos —relata a voz rápida—, convirtiéndola en una red muy interesante”. Evaluación de los mecanismos de dispersión, regeneración y establecimiento de la Milpesos fue la investigación final de este profesional, no solo enamorado de la palma, sino de los bosques y la vida. Después de múltiples y destacados servicios como contratista y consultor en el área, hoy Adolfo León Palacio coordina el distrito de manejo integrado del sistema de páramos y bosques alto andinos del Noroccidente medio antioqueño, proyecto a cargo de Corantioquia. Sus días se van entre Belmira y otros nueve municipios que hacen parte de la jurisdicción en la que se encarga de generar estrategias de conservación. Lejos de la ciudad de la que, según dice, hay que salir de cuando en cuando, Adolfo contempla el verde de las montañas y respira el aire liviano entre las 42 mil 600 hectáreas de la jurisdicción que está a su cargo. “Me gusta explorar nuevos escenarios; uno no se puede quedar en una ciudad o un solo sitio”, expresa el hombre cuya pasión, inteligencia y talento al servicio de la conservación también está presente en las guías minero-ambientales del Ministerio de Minas y Energía. En este trabajo y junto a tres canadienses, Adolfo pudo participar determinando límites para la minería en nuestro país. Es lo mismo que intenta hacer en el llamado páramo de Belmira donde trabaja actualmente: conservar. “No sé por qué diablos —se pregunta con indignación— les dio porque en los páramos hay mucho recurso mineral. Son zonas muy frágiles prestadoras de unos servicios tremendamente importantes”,

detalla el hombre quien se las ve con los caminos destapados, los campesinos, las aves y el cielo azul del Norte que fotografía constantemente desde que la imagen se convirtió en otra de sus pasiones. Escribir no solo textos descriptivos científicos sino también historias de vida ha sido una de sus ocupaciones recientes. De ahí que ya no solo la seje, bataua, trupa, chapil, aricaua —otros nombres de la palma Milpesos— sea su tema de estudio. Múltiples publicaciones, todas dirigidas a la conservación del medio ambiente, llevan su nombre en Antioquia y Colombia, pues, además, Correa también ha ejercido por años como docente. “Claro que no me considero muy ambientalista, porque estos tienden a ser pseudorreligiosos, y creo que no soy muy religioso. Que me voy a encadenar al árbol para que no lo corten, tampoco; no voy a subirme a un barco para atacar balleneros”, manifiesta, sincero, el profesor, agregando que “hay que cuidarlo todo pero a partir de las mismas comunidades, ahí empieza todo”. Sus esfuerzos, por eso, se palpan entre las quebradas de los bosques medio vírgenes de Belmira, donde dirige el trabajo que aspira a establecer los límites del páramo a fin de protegerlo. Sin minas, sin deportes de alto impacto, sin cabalgatas, cuidando las fuentes de agua, es que Adolfo espera conseguir que la vida se mantenga en esta zona y se promueva en los rincones de Colombia.

Perfil: Catalina Vásquez Guzmán / Fotografía: Diego González Torres

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Edison

Muñoz Ciro

Edison de Jesús Muñoz es experto en nadar contra la corriente. Cuando cursó la carrera de Biología en la Universidad de Antioquia, se metió en problemas por el liderazgo que tenía entre los estudiantes. Ya egresado, impulsó un proyecto en la región del Atrato, aun cuando sabía de los riesgos que implicaba viajar a la zona. Y su último arrebato fue lanzarse a la Asamblea de Antioquia. Porque sintió que era la única forma de hacerse escuchar por los políticos que deciden el futuro de los pueblos. Desde que estaba en la secundaria sabía que quería ser biólogo. Hizo el bachillerato en el Liceo de la Universidad de Antioquia. Y una vez se graduó, empezó su carrera en esa misma institución. Era 1981. Conformó con varios compañeros un grupo ecológico; se mantenían

activos, investigando, buscando, creando, impulsando la organización de seminarios, congresos y simposios, todo tipo de actividades que pudieran enriquecer su educación. Tomó tanta fuerza esa unión que se sumaron estudiantes de diversas carreras. Y entonces las cosas se salieron de las manos. Más cuando miembros de supuestos grupos armados trataron de permear las diferentes organizaciones; y, como si fuera poco, empezó el asesinato de líderes estudiantiles y reconocidas personalidades de la ciudad. Con tanto en contra, el grupo que lideraba Edison empezó a disolverse. Y él, junto a otros amigos, se fue a la bahía de Triganá, en Urabá, mientras mejoraban las condiciones de seguridad en Medellín. Allí no duró mucho. Volvió a retomar sus estudios mientras el baño de sangre seguía. Fue por esos días que se decidió sembrar un árbol en la parte trasera de la Facultad de Artes: uno por cada estudiante caído. Eso, mientras su liderazgo entre los estudiantes seguía en alza, siempre como promotor de soluciones pacíficas a los problemas de entonces. A finales de los ochenta tuvo su primer trabajo junto a Álvaro Cogollo, director científico del Jardín Botánico de Medellín; se trataba de un estudio de biodiversidad que con el tiempo se convirtió en uno de los proyectos más importantes de esa institución. Al mismo tiempo, Edison se vinculó a la corporación ecológica y cultural Penca de Sábila. Egresar de la universidad fue difícil. En especial porque en esos años los paros estudiantiles podían durar hasta un año. Apenas en 1993 logró obtener el título. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que regresara a las aulas. A la hora de escoger un posgrado, decidió inscribirse en la maestría de

Bosques de la Universidad Nacional de Colombia. El proyecto que lideró en el Atrato consistió en evaluar la sostenibilidad de una especie de palma. Estuvo por diez años viajando y trabajando con tres comunidades que vivían en la ribera. Pero en el 2003, cuando se recrudeció el conflicto armado, se vio afectado emocionalmente por la dureza de la guerra y decidió alejarse de la zona. Radicado por completo en Medellín, dedicó sus esfuerzos a la fundación ambiental que creó en 1997, llamada Convida. Y fue escogido como representante de las ONG ambientales ante Corantioquia, cargo en el que permaneció hasta que fue elegido diputado. ¿Por qué un hombre que invirtió treinta años de su vida impulsando proyectos ambientales desde organizaciones no gubernamentales decide meterse en política? Edison tiene clara la respuesta: era la única forma de hacerse escuchar. En el 2011, después de mucho pensarlo, se apuntó a las elecciones con el apoyo del Partido Verde y logró un puesto en la Asamblea. Su triunfo en los comicios fue resaltado por un diario local como el giro que necesitaba la corporación, porque era el primer ambientalista en llegar a ese cargo. Ahora está comprometido con varias causas. Como, por ejemplo, fortalecer las ONG y el sistema departamental de áreas protegidas. También, luchar por la conservación de los bosques y la biodiversidad en Antioquia. Todo eso lo hará sin alejarse de su profesión. Sin renunciar a la biología, ese ciencia que para él es el estudio de la vida como misterio y fenómeno cósmico.

Perfil: Víctor Casas Mendoza / Fotografía: Diego González Torres

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Carlos Enrique

Muskus López Con un guayabo llegué a la ye, emparranda’o a Sahagún entré, y las muchachas cómo lloraban cuando me fui para Cereté El Guayabo de ye, cantada por Lisandro Mesa

Cincuenta años cumplidos tiene Carlos Muskus; medio siglo dedicado a vivir la vida consagrado a la alegría: la familia, el deporte, los amigos y la ciencia. En la zona nororiental de Córdoba está ubicado Sahagún, el municipio que lo vio nacer, crecer, y seguramente lo verá morir. Recuerda los días de ensueño, cuando bajo el incandescente sol costeño, perseguía la pelota en los cotejos futboleros, como si

esta fuera su alimento. Allá, en esa tierra, conoció a sus mejores amigos, a sus hermanos del alma. A Medellín llegó a estudiar en la Universidad de Antioquia; su pretensión era la Odontología, pero por azares del destino la carrera de Bacteriología fue su realidad. Le empezó a coger gusto, mejor dicho, amor. Se interesó por los microorganismos; le parecía sorprendente que cuerpos tan minúsculos fueran tan complejos, de modo que hizo su maestría en Microbiología y Parasitología. Pero es su doctorado en Ciencias Básicas Biomédicas, con énfasis en Biología Molecular, el estudio que termina encaminándolo por el mundo de los parásitos, específicamente por el género leishmania. La coordinación de la Unidad de Biología Molecular y Computacional del Pecet (Programa de Estudio y Control de Enfermedades Tropicales de la Universidad de Antioquia) y la docencia son sus principales ocupaciones ahora. Sus actividades se centran en buscar diagnósticos fáciles y rápidos, medicamentos y vacunas para enfrentar la leishmaniasis, una de las enfermedades tropicales más desatendidas del mundo, que en Colombia afecta a veinte mil personas por año, aproximadamente. La principal fortaleza científica de Muskus reposa en la investigación computacional, un método novedoso que, a través de la tecnología aplicada a la investigación, facilita experimentos que antes tardaban mucho en su ejecución. Además, disminuye los errores, simplificado la vida y los costos. “La investigación y la ciencia son tareas complejas. Nosotros pasamos la vida entera investigando y son pocos los que logran algún hallazgo. Yo espero que algún día, fruto del trabajo que he liderado, la humanidad cuente con un medicamento barato

y efectivo para la enfermedad, que contribuya a mejorar la calidad de vida de las personas que la padecen”, idealiza Muskus. Actualmente, desarrolla un proyecto bastante ambicioso, que emplea una herramienta computacional conocida como “docking molecular”, con la cual se pretende identificar medicamentos con potencial actividad leishmanicida, de una lista de 600 mil medicamentos y 5.300 variaciones de 53 proteínas del parásito. Este proyecto lo está realizando con IBM y la plataforma World Community Grid, que busca internautas voluntarios que donen sus computadores durante las horas muertas para realizar estos experimentos virtuales. Dice que su vida está trazada por su relación familiar, especialmente con su madre, quien aún vive en Sahagún, sus hermanos que residen casi todos en Medellín, y su esposa, Mónica, a la que conoció cuando cumplía con su rural en Andes y de la que se enamoró hace casi una década. Luego, están sus amigos, los de su pueblo natal, a quienes visita cada vez que puede, varias veces al año, y sus colegas laborales, con los que departe constantemente. Carlos Muskus es el embajador de la alegría. “Yo soy disciplina’o pa’l trabajo y pa’ la pachanga; son cosas que se deben combinar. Este trabajo requiere relax y una forma de relajarse es hacer pachanga, disfrutar toda la música y conversar con amigos y familia al ritmo de unos cuantos tragos. Yo siempre he dicho que hay que estimular el subconsciente a través de radicales hidroxilos, que es el radical del alcohol”, bromea un poco. Espera seguir así la vida, disfrutando de las pequeñas cosas. Anhela cosechar nobleza, humildad y disciplina, jubilarse y tener dos casas, una en cada lugar de su corazón para estar cerca de los seres queridos: una en las afueras de Medellín y otra en Sahagún. Perfil: Vera Constanza Agudelo Estrada / Fotografía: Diego González Torres

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Jorge Iván

Zuluaga Callejas

“La pregunta no es por qué me gusta, sino por qué nunca me dejó de gustar. Yo creo que hay una fascinación en casi todos los seres humanos, principalmente cuando estamos pequeños, por la astronomía. Lo que sucede es que algunos jamás dejamos de estar fascinados y nos encarretamos con ella de por vida”. Cuenta Jorge que estudiar física fue una cosa que cuando joven hizo de manera irresponsable: “Uno pequeño no es consciente de los retos que tiene que enfrentar al escoger una actividad como esta. En mi casa no querían que me dedicara a esta profesión, me tuve que rebelar para que me dejaran estudiarla. Les dije: ‘O estudio física o no estudio nada’ y entonces les tocó aceptar. Yo estoy convencido de que si una persona tiene el talento para algo, así sea

hacer maracas con tapas, debe seguir ese camino”. Pero en realidad, no era la física a donde Jorge quería llegar. Su gusto por esta ciencia nació como un paso obligado hacia la astronomía. Sin embargo, nunca se imaginó que gracias a ese interés, que alimentó durante toda su vida, “de forma instintiva y compulsiva”, algunos años después se metería en el “chicharrón” de fundar un pregrado, el de Astronomía, en la Universidad de Antioquia. Pero, ¿para qué formar un profesional en astronomía en una república bananera agricultora y cafetera como Colombia?: “Yo tengo una visión muy romántica del asunto, pero también fundamentada y realista: uno no forma profesionales, especialmente en las áreas de ciencia, para que resuelvan los problemas del momento. Nosotros tenemos que ver hacia el futuro, pues aunque todavía estamos muy aferrados al planeta, cada vez miramos más hacia afuera, porque el espacio es una plataforma perfecta para resolver los problemas de un país como el nuestro, aunque lamentablemente no nos estamos preparando para eso”. Aparte de la astronomía, una de las facetas más importantes, quizá la que mejor lo define, es la de divulgador científico. “Son de esas cosas que uno no sabe en qué momento comienzan, pero que salen del deseo de permitirles a otros que entiendan lo que uno cree entender. Yo siempre he sentido ese impulso. Cuando comprendo algo, quiero comunicarlo para que otros también lo puedan comprender. Con la práctica he perfeccionado esta habilidad y hoy disfruto de poder transmitir incluso cosas que no entiendo o que apenas estoy comenzando

a entender.” Aunque su vida gira alrededor de la ciencia, su personalidad es la de un artista loco, compulsiva y pasional: cada que se le ocurre una idea, sale detrás de ella sin importarle el lugar ni la hora en que se encuentre: “Yo tengo un defecto. Si a mí me hicieran un examen siquiátrico, seguro determinarían que tengo hiperactividad. No soy capaz de quedarme quieto”. El dictamen médico no es necesario. Aparte de la física, la astronomía y la divulgación, Jorge es un “enfermo” por los computadores y un aficionado a la programación; es un lector empedernido de libros de ciencia y divulgación científica. Además, es también teleadicto y novelero. Tanto por hacer, que no queda ni tiempo para creer en Dios: “Soy profundamente ateo y eso me ha servido para no vivir con culpa y temor como el 99 % de la población”. Otro defecto, como él lo llama, es que es muy controlador: “He descubierto que eso es propio de la gente que administra, y bueno, la verdad, me ha servido para manejar bien el pregrado. Lo que me alegra es que todo lo que nos rodea lo han creado personas que son enfermas mentales, es decir, neuróticos, nerds, bipolares, maniacos compulsivos… Para que el mundo avance se necesita anormalidad, entonces saber que soy anormal me produce placer, se necesita que algunos seamos raros para que las cosas funcionen”.

Perfil: Santiago Orrego Roldán / Fotografía: José Miguel Vecino Muñoz

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Agradecimientos

A la Asociación de Profesores de la Universidad de Antioquia en sus cincuenta años, por apoyar este proyecto editorial y divulgarlo entre sus asociados. A los diarios El Colombiano, El Espectador, al periódico Alma Máter, al Museo de Antioquia, a la Biblioteca Pública Piloto y al Museo Universitario, por facilitar sus archivos fotográficos. A los familiares de los personajes fallecidos o ausentes, y a los protagonistas de las historias, por su decidido apoyo en la búsqueda de información para la elaboración de sus perfiles. Y al grupo de egresados y colaboradores que asumen este proyecto editorial como un servicio social educativo que divulga la producción académica, científica y cultural de los egresados.

El libro Espíritus libres 2, editado en los quince años del Programa de Egresados de la Universidad de Antioquia, se imprimió en abril del año 2012 en los talleres litográficos de Masterpress S. A. Se utilizó papel Propalmate 150 gramos. C2S en interiores y Propalcote 300 gramos. C2S en portadas. Se emplearon los tipos de letra Blue Highway y Myriad Pro. Los 1.500 ejemplares de esta edición serán distribuidos gratuitamente.


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espiritus libres 2  

Perfil y retratos de egresados destacados en el campo de las ciencias humanas, el arte y la cultura de la Universidad de Antioquia.

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