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El Antejard铆n

Fanzine No 13 - Agosto - Septiembre de 2012 - Distribuci贸n Gratuita ISSN 2256-4071


El Antejardín. Fanzine Dirección · Diagramación Juan David Jaramillo Flórez.

Comité editorial Marcela Ceballos • Miguel Arango • Juan Jaramillo • Juana Manuela Montoya

Edición y corrección de textos Juana Manuela Montoya

Colaboradores Augusto Solórzano • Luis Guillermo Sañudo

Ilustraciones Marcela Ceballos • Sara Ramírez • Juan Jaramillo

Portada Sara Ramírez Distribución gratuita y de libre circulación Agosto - Septiembre de 2012 Medellín • Colombia

www.antejardinoficina.com


Contenido Del ocio al negocio Juan David Jaramillo Flórez

Algunas reflexiones sobre el ocio Augusto Solórzano Ariza

Ocio obligado Marcela Ceballos González

El hacer desde el ocio Miguel Arango Marín

Elementos para la configuración del ocio Luis Guillermo Sañudo Vélez

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“Sólo con el ocio seremos capaces de elegir un modelo digno al que encaminar la vida, sólo en el ocio puedes avanzar en la vida según pautas uniformes y coherentes...” Séneca. Sobre el ocio 3


Editorial Por varios motivos, nos tomamos un poco más de tiempo para nuestra edición número trece. El primero de ellos es que quisimos hacer un alto en el camino tras nuestro primer año de producción para reflexionar sobre lo que hemos dicho y lo que queremos seguir diciendo, para mejorar la calidad del trabajo y adquirir una mayor responsabilidad con lo que les entregaremos de ahora en adelante a los observadores y lectores que han acogido a El Antejardín durante el tiempo que lleva circulando, y cuyas críticas y piropos hemos escuchado con atención. El segundo motivo, y tal vez el más especial para nuestro equipo de trabajo, es que obtuvimos una de las becas que otorga la Alcaldía de Medellín para publicaciones editoriales periódicas. Esto nos va a permitir aumentar el tiraje por cada número (al menos por un tiempo) y llegar a más personas interesadas en nuestra visión del diseño. El primer número del segundo año aborda el tema del ocio y no precisamente porque la pausa que realizamos fuera un abuso del tiempo libre sino porque son estos momentos los que permiten refrescar la cabeza y traerles nuevas ideas. Como la etapa que comienza con este número nos exige subir el nivel para continuar entregando un fanzine cada vez más nutrido y entretenido, aprovechamos finalmente para contarles que El Antejardín seguirá publicándose cada dos meses. Esperamos entonces que lo disfruten y nos sigan acompañando en este recorrido por múltiples escenarios en los que la disciplina del diseño se permea de expresiones y opiniones diversas, escenarios de los que se alimentan también las páginas de este fanzine.

Antejardín 4


Del ocio

Al

Juan David Jaramillo Flórez Ilustraciones: Juan David Jaramillo

Negocio

Darío Velásquez es un hombre tranquilo y conversador, de una familia que ha visto y sufrido las transformaciones del barrio La Francia en Medellín. Una persona que concibió un espacio en el que se combinan el ocio y el negocio: una tienda-bar en pleno antejardín de la casa de sus padres, con unas dimensiones limitadas pero enriquecida por esa cuestión de estar entre lo familiar e íntimo, lo público y lo social. Las prácticas del ocio se ponen en evidencia tanto en el espacio público como en el interior doméstico. De hecho, muchos de los espacios que habitamos se configuran a partir de las diversas actividades de entretenimiento que llevamos a cabo en ellos. Tal como lo plantea Johan Huizinga, la lúdica es una de las dimensiones más determinantes del hombre, ya que le permite desarrollarse en sociedad y anclarse simbólicamente en el mundo. La llegada a Mi bohío, nombre con que uno de los sobrinos de Darío denominó el lugar que describiré, y la cantidad de horas de la semana que paso pensando en temas del habitar humano, me hicieron pensar en dos relaciones que acontecen en este lugar y que hacen especial el sentarse a tomar una cerveza, conversar con Darío y escuchar una buena dosis de salsa. En primer lugar, el antejardín en el que está montado el bar combina las prácticas del espacio público con las del interior doméstico, convirtiéndose en un tercer espacio que no es ni lo primero ni lo segundo sino un resultado de la interacción entre ambos. En segundo lugar, el antejardín puede considerarse uno de los espacios ideales para las actividades de esparcimiento y Darío lo pudo llevar del ocio al negocio, de conversaciones con amigos a una forma de sustento económico. Este relato, tomado de una experiencia ociosa de fin de semana, permitirá describir el antejardín como un límite o frontera y además como un paso del ocio al negocio.

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Me das motivos Después de treinta años de trabajo en la carpintería, Darío recibió la noticia de que ya no trabajaría más allí. Su patrón había decidido quitarle el trabajo y además robarle un poco del dinero que debía pagarle. En esos momentos, el espacio donde este trabajador guardaba la moto que lo llevaba del trabajo a su casa se fue transformando en un lugar para pasar las tardes y los fines de semana con sus amigos. El desempleo, esa condición en la que el exceso de ocio se hace insoportable* , llevó a Darío a plantearse una solución que hiciera rentable su gusto por la salsa y que le permitiera diseñar y construir aprovechando sus conocimientos en la madera. El espacio que había construido con la ayuda de su papá para conversar con sus amigos sería la principal motivación para comenzar un negocio que le permitiría sobrellevar las necesidades económicas evidentes tras el desempleo.

Salsa y serrucho Tal vez el exceso de salsa en la cabeza de Darío o el incontable tiempo libre que lo agobiaba le permitieron pensar en un lugar en el que, con la excusa de la salsa y los amigos, se pudiera ganar unos pesos. No se inventó nada nuevo, pero considero que el espacio donde decidió construir su tienda-bar sí genera una experiencia que pocos otros lugares permiten tener. Este es un diminuto bar, donde la madera hace una aparición impecable y entre cervezas y salsa es posible empezar a conocer algunas de las historias que han determinado lo movido de un barrio tan agitado como los personajes que lo recorren. Con la ayuda de su padre, Darío se dispuso a distribuir en los escasos tres metros cuadrados del antejardín, tres sillas, una nevera para exhibir las cervezas, un estante donde exhibir mecatos, una repisa para ubicar el equipo de sonido, la caja no registradora (una adaptación en madera en la que se guardan los billetes y las monedas pero que no entrega recibos), una bodega para algunas cervezas más y el baño más pequeño del mundo. * El desprecio por el tiempo de ocio es una actitud muy marcada en Medellín; no debería extrañarnos que de estas tierras haya salido el eslogan político reinante durante ocho años, que tuvo como particularidad establecer el trabajo como valor fundamental.

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Tiempo pa’ matar La experiencia de estar en un lugar tan pequeño, lleno de conversaciones rápidas y amenas como las de cualquier antejardín, me ha dado pie para empezar a dibujar algunas de las cosas que se me pasan por la cabeza y que no puedo llevar a las palabras. Los dibujos que acompañan este aporte no son evidencia de destreza alguna, pero tratan de mostrar un lugar lleno de experiencias personales más que de reflexiones teóricas; son invitaciones a recorrer la ciudad. Estar en este lugar, con esta música y con los personajes que han nutrido mi experiencia, me hace recordar inevitablemente una de las canciones que resumen las prácticas sociales de muchos latinoamericanos y que parece ser representada una y otra vez en lo que pasa por estas calles de Medellín; pienso, tal vez por las cervezas que me he tomado, que Willie Colón pudo haber estado sentado con Darío y sus amigos cuando le dio por escribir Tiempo pa’ matar.

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Anexo: El baño más pequeño del mundo Medellín se ha caracterizado por su particular proceso de higienización, desde la llegada del acueducto hasta nuestros días. La belleza, la limpieza y la salud son valores que han determinado las diversas transformaciones de la ciudad y de sus habitantes. El barrio La Francia, ubicado en las cercanías del metrocable línea K, no ha estado aislado de este proceso higienizador. Como muestra de ello, Darío le dio prioridad, en su limitado espacio del antejardín, a un pequeñísimo rincón donde ubicaría el orinal que de tanta ayuda les resulta a quienes han activado sus riñones con la toma de cerveza. Y si bien el título de este aparte puede considerarse una exageración, quedan todos invitados a tomarse unas cervezas y luego intentar entrar al que puede ser considerado uno de los baños más pequeños del mundo.

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Algunas reflexiones sobre el ocio Augusto Solórzano Ariza

portalsolorzano@gmail.com

Notas preliminares Por lo general, cuando se piensa en el ocio se le relaciona inmediatamente con el tiempo libre, el descanso, la inacción laboral, la cesación del trabajo, el esparcimiento e incluso con una serie de diversiones u ocupaciones que en esencia propenden por el reposo o, simplemente, por pasar el tiempo sin hacer nada. Sin lugar a dudas, sus definiciones se limitan a describirlo como un rezago del tiempo que a toda costa se opone al tiempo productivo. De hecho, se le asume como una especie de premio que se obtiene luego de haber realizado las tareas obligatorias, pues adoptar por mucho tiempo una actitud ociosa es condenado socialmente. A pesar de la sabiduría popular que pueda conservarse en estas apreciaciones, la verdad es que las implicaciones del ocio en la vida cotidiana abren un infinito abanico de posibilidades interpretativas sobre un tema que es transversal con respecto a la sociología, la historia, la economía, la antropología, el diseño, la ética y, por supuesto, la estética. La esencia del ocio (que no es otra cosa que ese lapso contemplativo en el cual se anhela tiempo para realizar aquello que más nos gusta) resulta ser indispensable para el normal desarrollo de la vida cotidiana. De hecho, resulta curioso ver la manera en que algunas cosmogonías que han dado lugar a importantes religiones conciben el ocio como una herramienta indispensable para ordenar el tiempo. El cristianismo es sin lugar a dudas un claro ejemplo de ello. La extenuante tarea de diseñar y organizar todas y cada una de las cosas del mundo en tan solo seis días resulta ser recompensada con un tiempo para la contemplación de los detalles de la gran obra del demiurgo. Tal vez, el imaginario colectivo alrededor del ocio dependa en gran medida de esta traza distintiva que el antiguo mito establece entre el tiempo

de producción y el tiempo libre y, además, el exceso o abuso de este tiempo no solo sea mal visto socialmente sino que también sea considerado como un pecado capital al que se le disfraza como “pereza”, sinónimo directo de indigencia por aquello de que la pereza es la madre de todos los vicios. Durante bastante tiempo, las ciencias sociales han invertido sus esfuerzos en realizar investigaciones relacionadas con el tiempo productivo o tiempo de uso que por lo común excluyen una reflexión a fondo sobre el ocio. La causa de este olvido radica en que aún no se ha dimensionado la importancia de estudiar el ocio y el tiempo productivo en cuanto forman una relación transductiva, un devenir, es decir, una relación en la que el tiempo se desfasa en relación consigo mismo.

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Séneca y la acción que promueve el trabajo y la contemplación Tras dedicar gran parte de su vida al servicio del Imperio Romano, Séneca decide retirarse de la vida pública y entregarse plenamente a escribir y a estudiar filosofía al tiempo que disfruta de su gran fortuna acumulada durante varios años de trabajo. Estos pequeños datos biográficos están directamente relacionados con su gran proyecto filosófico, que bien podría enmarcarse dentro de la filosofía práctica en la que uno de los cuatro focos básicos de atención atiende específicamente a lo lúdico, universo en el cual, por vía directa o indirecta, se evidencia que el ocio juega un importante papel dentro de las innumerables tácticas y estrategias cotidianas. En líneas atrás se ilustraba cómo el tiempo de uso y el tiempo de ocio se imbricaban dentro de una concordancia transductiva que correspondía a una tensión del tiempo, a una adaptación individual o si se prefiere a un devenir. En su obra Sobre el ocio, Séneca parece hallar un nombre concreto para esta especie de moneda de una sola cara, cuyo valor simbólico resulta ser inimaginable. De la misma forma en que el tiempo de producción requiere de un sinnúmero de operaciones y ejercicios para la materialización de cualquier trabajo, el tiempo de ocio, a diferencia de lo que puede pensarse inicialmente, no es un tiempo vacío al que el hombre pueda abandonarse libremente, pues en él también persiste “la acción”, una

el tiempo de ocio, a diferencia de lo que puede pensarse inicialmente, no es un tiempo vacío al que el hombre pueda abandonarse libremente, pues en él también persiste “la acción” 10

acción de carácter contemplativo, lúdica, festiva o de crecimiento personal. Luego de establecer la diferencia entre otium y negotium, los romanos categorizaron un conjunto de acciones en torno al ocio que comprendían la vida del individuo (la lectura, la conversación, los paseos al aire libre, los juegos de interior, los viajes, las artes), la vida de la ciudad (los jardines, las termas, los pórticos), y la vida religiosa (los espectáculos, el circo, el teatro). En la interpretación que Séneca hace de este fenómeno queda claro que el ocio al igual que el arte depende enteramente de la historia y que su progreso está ligado por completo a las mejoras tecnológicas que la sociedad en general acuerde. El gran marco reflexivo que propone Séneca en torno al ocio parece escapar intencionalmente a la pretensión de hacer una filosofía de la estabilidad y, en su lugar, abriga la posibilidad de abordar una dimensión del tiempo desde múltiples sentidos, intenciones y técnicas que atañen al sujeto cotidiano en la medida en que a través de ellas


este puede “convertirse”, cuidarse, protegerse de los embates de un tiempo en el que la acción, el negotium, implica para él un inminente desgaste. Bajo esta óptica podría visualizarse el ocio como una metáfora del oxígeno que todos necesitamos para respirar, aun a sabiendas de que este elemento paralelamente nos oxida.

Séneca, Michael Foucault y el ocio como tecnología del cuerpo y del bienestar Esta traza del ocio que acabamos de establecer desde Séneca, en la que hay una clara distinción entre el tiempo productivo (negotium) y el tiempo de ocio (otium), nos acerca sustancialmente a Michael Foucault y a su teoría del cuidado de sí. Tras desmontar el restringido andamiaje que cataloga al tiempo festivo como estado de libertad del que dispone el sujeto para la no realización de tareas productivas, el antiguo pensador romano abre las puertas al ocio como un conjunto de experiencias inherentes al crecimiento humano. Con ello, sienta la base conceptual para indagar sobre cómo el ocio promueve permanentemente el cambio al interior de nuestra imaginación. Bajo su mirada el ocio desdibuja los límites de un tiempo estable y definible, pues se trata de un tiempo que amplía las barreras de la subjetividad en el mundo, una subjetividad que sin lugar a dudas no solo propende por la conversión y el bienestar de uno mismo sino que, además, también es fundamental para la trasformación de un cuerpo social. Lejos del imaginario colectivo que visualiza el ocio como un agente estático que se encuentra en la sociedad por simple añadidura, Séneca muestra que la esencia del ocio es dinámica, que hay un arte del vivir alrededor de él y también que el ocio propicia la reflexión acerca de todo lo que tiene que ver con la libertad (individual y colectiva), la formación ética y política que el sujeto cotidiano enfrenta en su diario vivir. Es desde aquí que se entroncan la propuesta de Séneca y la de Foucault. Si bien en todos los tiempos el ocio se ha manifestado en las diferentes culturas de múltiples maneras, una evaluación concienzuda podría permitir mejores interpretaciones de la subjetivad humana. Desde esta mirada, por ejemplo, ahondar en la subjetividad de la Grecia clásica nos lleva a resaltar el alto grado que esta cultura desarrolló en cuanto a ese conjunto de saberes que, a manera de tecnologías del yo, les permitió a los padres de Occidente trazar un saber muy desarrollado sobre sí mismos y que aun hoy en día nosotros no hemos podido alcanzar. El ocio, como cualquier otra práctica social que se halle cobijada bajo este paradigma de las tecnologías del yo, determinó el hecho de que cada individuo por cuenta propia realizara un inmenso número de operaciones sobre

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su conducta, su alma, su cuerpo y sus valores, para transformarse a sí mismos en un intento por alcanzar la felicidad, la inmortalidad, la belleza y, por supuesto, la sabiduría. En la época griega el ocio como conducta estuvo ligado a los juicios y valores éticos del placer. Desde allí se entiende la fuerte valoración que los ciudadanos tenían de la contemplación y de todos aquellos estados de cosas en los que la felicidad y la utilidad cobraban sentido. Las prácticas sociales ligadas al ocio propendían por la construcción de un individuo que ética y estéticamente fuese capaz de regular y autolimitar el accionar político, pues existía una clara conciencia de que el cuidado de sí mismo estaba fuertemente emparentado con el cuidado de los demás, de los otros a quienes se gobernaba. Tal vez por ello el tiempo festivo o el tiempo de ocio era antes que nada un espacio para la búsqueda particular de pensamientos, cosas e ideas que en un momento determinado pudiesen servir para promover el diálogo, satisfacer alguna necesidad colectiva o plantear nuevas inquietudes acerca de la ciudad y de la condición de ciudadanía. Desde esta mirada se entiende ahora por qué el conocer la virtud y la belleza tenían un lugar esencial al interior de cualquier actividad que estuviese ligada con el cuerpo o con el alma. De igual manera queda abierto el interrogante por si acaso la filosofía y las artes mismas, en lugar de ser hijas de la contemplación, no son más bien las hijas contempladas de un ocio en el que son inseparables la voluntad y la conciencia. Roma, por su parte, abrió las puertas a una noción del cuerpo y del alma que no estaba inscrita dentro del marco transitorio de la ciudad ni de los otros. El cambio tecnológico a nivel del wyo parece promover allí la idea de que el individuo viva, piense y sienta para sí en la medida en que ese yo sea un fin moralmente suficiente. El ocio, como tantas otras prácticas sociales, logró de una manera u otra desvincularse o, mejor aun, independizarse de las virtudes a las que servía, razón por la cual emergen una ética y una estética mucho más complejas debido al carácter individualista que les concierne.

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En la memoria reciente la discusión acerca de si el ocio debe ser abordado como problema personal o temporal viene ganando bastante reconocimiento. El campo estético ofrece la posibilidad de hallar otros criterios de exploración y de abrir nuevas rutas interpretativas e integradoras para quienes se empeñan en seguirlo viendo como actividad (pasear, practicar deportes, ver TV e incluso trabajar) y para quienes lo asumen como una actitud. El tomar la estética como ruta integradora para hacer comprensible muchos aspectos de esta realidad constituye una enorme tarea.


Para concluir, es hora de darle la importancia a las anécdotas conforme lo plantea G. Deleuze. Por eso es hora de recordar la postura que Kant tenía frente al ocio y a la música, postura que por demás está fuertemente emparentada con el hecho de que su vivienda colindara con la cárcel de Königsberg. Sus ideas sobre el ocio, la “diversión” y los “pasatiempos” devienen de las molestias que los prisioneros le causaban cuando entonaban los himnos, molestias que quedaron registradas en cartas magistrales dirigidas al burgomaestre de la ciudad y que bellamente son recreadas por J. Caray. Sin embargo, en su Antropología pragmática, Kant parece convertir al ocio en un telón de fondo para desarrollar sus ideas sobre el aburrimiento y los pasatiempos. Ello constituye otro de los tantos “como si” tan característicos y complejos de la teoría kantiana. A pesar de sus desavenencias particulares con respecto a la música y los pasatiempos, imagina que estos son mecanismos necesarios para combatir el egoísmo estético y moral. Sus observaciones sobre cómo las pasiones y emociones se excluyen del mundo de la razón no podrían llegar a considerarse por fuera de los límites de este escenario. Hoy, cuando el fenómeno del individualismo ha hecho que pasemos de un ocio moralizado como el propuesto por Kant a un ocio emocional promovido por todos los flancos sociales, el contenido sensible que se pliega en la polarización tiempo productivo/tiempo de ocio se ve reflejado en la proyección de políticas públicas de salud y educación que buscan fomentar un concepto tan abstracto como ambiguo como lo es el

de calidad de vida. También el tema de la socialización entre los diversos grupos sociales o sobre la responsabilidad que se le otorga hoy en día al ocio en el favorecimiento de la creación y el bienestar. De ahí se entiende por qué cobra cada vez más importancia esa noción de ocio formativo tan bellamente explorada y sustentada por autores como Puig o Dumazedier. En una cultura como la nuestra que entiende también el ocio como el entregarse voluntariamente a una actividad o finalidad (descansar, divertirse, desarrollarse) la ruta estética se propone como un dispositivo para hacer comprensible una realidad cada vez más compleja y llena de contradicciones. La prefiguración del sentido que hoy tienen para nosotros los términos trabajo, tiempo libre y ocio da cuenta desde el punto de vista sociológico y estético de logros individuales y colectivos fruto de la expresión libre, creativa y satisfactoria del sujeto.

Las implicaciones del ocio en la vida cotidiana abren un infinito abanico de posibilidades interpretativas sobre un tema que es transversal con respecto a la sociología, la historia, la economía, la antropología, el diseño, la ética y, por supuesto, la estética. 13


Ocio obligado Marcela Ceballos González

Ilustraciones: Marcela Ceballos González

Estaba más bien llevada, grave, cuando decidí ir a urgencias. Al menos ya había aceptado que la gripa que tenía no era tan pasajera y que las bebidas de mi mamá y los Dolex de por la noche ya no habían servido. Fui a urgencias iniciando una de las semanas de finales de agosto, y salí de allá con una bolsa de pastillas en una mano y en la otra una incapacidad por el resto de días que faltaban para mi siempre querido sábado. Sentí entonces que tenía en mis manos la garantía de que iba a poder desatrasarme de muchísimas cosas que tenía pendientes y de que tendría, además de la casi-neumonía de la que debía aliviarme, un montón de tiempo extra de descanso, recuperación y, obviamente, ocio. No sonaba para nada mal. el ocio obligado, un ocio que va más allá Dos días después, cuando ya había de dedicarle un rato a cualquier cosa desacumulado todo el trabajo alejada de las obligaciones y de la rutina, acumulado, ya había reposado todo un ocio con el que definitivamente uno ya lo que había querido, y además había no sabe qué más ponerse a hacer. visto una que otra película y leído un poco -actividades tan clichés dentro Ese ocio obligado poco tenía que ver de nuestro imaginario de ocio- el con las ganas de quitarme los zapatos inconveniente apareció. Ante la que me dan cuando he caminado por el determinación médica que me obligaba Centro horas y horas. Lo que se podía a no salir ni a la puerta, mi casa hacer mientras duró no me produjo empezó a no representar un espacio de nunca la sensación que normalmente descanso, las actividades se empezaron experimento haciéndome un jugo de a agotar y el tiempo se alargaba sin fresa en la tarde del sábado, cuando llevo remedio. Y resignada con la situación, toda una semana tomando bebidas de mientras peleaba con la delirante cafetería universitaria y que, al ser hecho enfermedad, en vez de recordar cuánto por mí con tantas ganas, sabe sin duda ansío normalmente volver a mi casa mucho mejor que cualquier otro jugo. cuando he estado todo el día en la calle, Lejos estaba ese ocio de ser disfrutado lo que más quería era estar un momento como cuando suelo sacar un tiempito de afuera para que el cielo me tocara la no sé dónde para dibujar o embelesarme cabeza. En esos instantes, cuando el con los loritos que llegan al árbol de la tedio hacía sus primeras apariciones, ventana de mi sala. Esta especie de ocio, entendí que contrario a lo que pensaba por descarado que parezca al decirlo, me encontraba frente una larga semana hizo que siendo miércoles ya hubiera de sometimiento a un ocio diferente al agotado todo lo que tenía en mente hasta que me había imaginado en un comienzo: para el fin de semana.

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Supongo que existirán varias situaciones en las que el ocio obligado sea más placentero o nutritivo, pero cuando estuve enferma y el espacio de mi casa se convirtió en el límite de mis actividades, los ánimos dieron para más bien poco. Tuve entonces la idea de detenerme en varios momentos de mis días de ocio para registrar en un diagrama lo que podría llamarse un recorrido del ocio obligado, de mi ocio obligado. La idea me pareció maravillosa porque además de ser pertinente para el tema de este número de El Antejardín, encontré algo en qué pasar el tiempo sin estar rondando por ahí, sintiéndome derrotada por la enfermedad. Al lunes siguiente a mi incapacidad estaba ya queriendo todo el tiempo del mundo, porque suele uno quejarse de lo que no tiene. Y aunque me parece que ese momento de ocio obligado por el que pasé no es deseable —por eso de la

fiebre, los antibióticos y la impaciencia—, hoy pienso que representa un grato momento de reflexión acerca de lo que me gusta hacer. Haber dibujado con rapidógrafo pequeños registros de las actividades que realicé durante esos días hizo que me encontrara otra vez con un viejo gusto por graficar situaciones cotidianas, un pasatiempo que no suelo explotar cuando no tengo tiempo libre y que definitivamente entiendo como una hermosa herramienta que me permite visualizar momentos significativos y jugar con ellos en el papel. Esta posibilidad de jugar con mi propia realidad cuando plasmaba las situaciones que estaba viviendo hizo que lograra sentirlas, por momentos, ajenas a mí, pues pude reconocerme como un pequeño personaje del que podía incluso burlarme por medio del dibujo. Ese fue, tal vez, mi mejor remedio.

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El hacer desde el ocio Miguel Arango Marín Ilustraciones: Sara Ramírez Heinrich Böll (1917-1985), quien recibió el premio Nobel de literatura en 1972, escribió un cuento cargado de buen humor titulado “Algo pasará, una historia de acción” en uno de sus libros más sugerentes: Leer nos hace rebeldes. Allí el escritor alemán cuenta una historia colmada de ironía sobre una experiencia que tuvo al trabajar en una fábrica donde todo el personal era activo y estaba siempre dispuesto a que pasara algo. Böll se definía en la historia como un sujeto pasivo y propenso a la reflexión, que disfrutaba de su tiempo libre pensando en su propia vida y en su relación con otros y que aprovechaba sus espacios de ocio para indagar sobre sus inquietudes sobre aquello que le daba sentido, que lo hacía feliz y que lo hacía sentir tranquilo. Sin embargo, el autor nos cuenta que, por su precaria situación económica, se vio obligado a falsear su realidad y a proyectarse como un hombre de acción, siempre en movimiento y siempre dispuesto al hacer sin mayor reflexión, al hacer cosas sin preguntarse ni cuestionarse por nada. Sin embargo, su propensión al ocio hizo que se cansara rápidamente de su trabajo y buscara el modo de terminarlo. Fue así como dejó ese mundo de la actividad desaforada y del nulo pensamiento. Al salir de allí, al autor le quedaron claras dos cosas. La primera era que no tenía ni idea de qué era lo que se hacía en esa

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fábrica. Y la segunda era que al personal de la fábrica, desde los directivos hasta los obreros, no le importaba mucho qué era lo que se estaba haciendo. Lo realmente importante era estar realizando alguna actividad, siempre en acción, siempre en movimiento. Qué mejor ejemplo para ilustrar lo que se ha comentado sobre la actitud de acción constante que un fragmento del cuento en el que Böll describe a uno de sus compañeros de trabajo:

El adjunto de Wunsiedel era un hombre llamado Broschek, que, a su vez, se hizo famoso porque, siendo estudiante, alimentó a siete hijos y a una mujer paralítica con un trabajo nocturno, llevó al mismo tiempo con gran éxito cuatro representaciones comerciales y, a pesar de ello, aprobó en dos años dos licenciaturas con sobresalientes. Cuando los reporteros le preguntaron: “¿Cuándo duerme usted, Broschek?”, contestó: “Dormir es pecado” (Böll, 2003: 59).


Esta historia llena de personajes arquetípicos, de situaciones inverosímiles y de un humor propio de los grandes escritores, llama la atención sobre el modo en que los individuos se están definiendo, más por lo eficaces que son al hacer algo que por las reflexiones que tengan sobre sí mismos y sobre su entorno. Esta actitud del hacer obsesivo, que Böll criticaba ya en 1954, sigue presente en el mundo contemporáneo, y con mayor fuerza en el ámbito del ejercicio profesional de diversas disciplinas, especialmente de aquellas que, como el diseño, deben materializar sus proyectos de manera cada vez más rápida para satisfacer las demandas de clientes que no cuentan con mucho tiempo y que requieren resultados inmediatos.

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De este modo el quehacer creativo y de la proyectación ha sacrificado el espacio para la reflexión y lo ha remplazado por un hacer vertiginoso similar al que regía en la fábrica donde Böll trabajaba. Pues al dejar de lado la reflexión y el espacio para las preguntas es posible cumplir con mayor eficacia las metas establecidas pasando así de las ideas al hecho, del dibujo al objeto y de la propuesta al producto. A pesar de este esfuerzo por disminuir procesos, el ejercicio creativo debe seguir unos pasos básicos que, por más que se los trate de sintetizar, toman su tiempo y deben darse para garantizar un propuesta final mínimamente aceptable. Dichos pasos pueden ser resumidos en el desarrollo de la idea, la proyectación inicial de la propuesta, las correcciones sobre esta, la proyectación final y sus últimos ajustes, la construcción de maquetas funcionales y prototipos y finalmente la entrega del proyecto terminado. ¿Qué se debe hacer entonces cuando el mercado exige respuestas inmediatas y los proyectos del ejercicio creativo requieren plazos que, aunque mínimos, toman algo de tiempo? ¿Qué opción les queda en estas circunstancias a quienes practican las disciplinas creativas?

Al parecer la respuesta inmediata para estos dos interrogantes puede hallarse en la conocida frase de aquel sujeto sin risa, sin sentido del humor, sin ocio y sin imaginación, que tuvo como único atractivo el hecho de ser un sujeto de la acción pura, del hacer por el hacer, a saber: “trabajar, trabajar y trabajar”. Si se sigue esta máxima de la tripleta del trabajo, es muy posible que se pueda cumplir con las exigencias inmediatistas del mercado contemporáneo, cosa que suena muy bien. Pero surge un problema en este trabajar sin descanso: las personas tienen que recuperar energías, es un asunto biológico que todavía, por más que se quiera eludir, nos determina como seres humanos. Y es en ese descanso biológico que surge un tipo de ocio que aquí llamaremos negativo. Pues se aleja en gran medida de ese ocio reflexivo que se planteaba Böll al inicio de este ensayo. En este ocio negativo las personas, agotadas por el hacer excesivo, buscan desconectarse, dejar de pensar y quedarse en un estado de reposo pesado en el que sus cuerpos puedan recuperarse para sobrellevar las jornadas de trabajo a las que se deben enfrentar.

Al parecer la respuesta inmediata para estos dos interrogantes puede hallarse en la conocida frase de aquel sujeto sin risa, sin sentido del humor, sin ocio y sin imaginación, que tuvo como único atractivo el hecho de ser un sujeto de la acción pura, del hacer por el hacer, a saber: “trabajar, trabajar y trabajar”.

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¿Es este entonces el panorama para el ejercicio profesional de las disciplinas creativas y las demás áreas del saber? ¿Será que trabajar, trabajar y trabajar y luego descansar por una necesidad netamente biológica, es la fórmula para enfrentarse a la realidad contemporánea? Yo creo que no. No es la única posibilidad, si así fuera nuestra realidad sería invivible. Encuentro en el ocio reflexivo propuesto por Böll una alternativa para poder ser sujetos de acción y del hacer, pero a partir del pensamiento y del mundo de las ideas. Para que esto funcione es necesario pasar de ese ocio negativo donde se mata el tiempo libre, donde no se hace nada y donde no se piensa, al ocio provechoso de la reflexión y de la apropiación consciente del tiempo libre. ¿Cómo lograr esto en un mundo donde apenas hay tiempo para descansar el cuerpo? La respuesta es sencilla: abriéndole espacio y creando el tiempo para el descanso provechoso. Sobre esto es Daniel Pennac quien, en su obra Como una novela, al hablar sobre el tiempo para leer, se pregunta: “¿Quién tiene tiempo para amar?” y él mismo se contesta: “…nadie, pero de todos modos nos amamos…”. Quizás valdría la pena preguntarse: ¿quién tiene tiempo para un ocio como el que propone Böll? La respuesta

seguro será que nadie, pero siguiendo a Pennac lo más acertado sería continuar diciendo con determinación: de todos modos somos ociosos, de todos modos pensamos. Es en este hacer desde el ocio donde surge una alternativa distinta para la puesta en práctica del quehacer creativo, pues es de este tipo de ocio de donde surgen preguntas sobre lo que se está haciendo; y al responderlas contribuirán seguramente con la consolidación y el mejoramiento de las propuestas y de lo que se proyecta. Pero quizás lo más relevante de este tiempo ocioso es que con él se abre un espacio para que las personas reflexionen sobre sus inquietudes más que sobre sus necesidades, para que consideren ideas que trasciendan su trabajo y para dedicarse a indagaciones que las hagan sentir plenas y les den sentido. Para aplicar este ocio consciente y provechoso no hay una fórmula definida, habrá quienes lo practiquen leyendo un libro, viendo una película, cocinando, lavando la casa, haciendo ejercicio, dibujando, pintando, conversando con amigos o simplemente contemplando un paisaje. Los modos de ser ociosos son muchos, lo importante es que no sea un ocio negativo, sino uno que abra el espacio para plantearse preguntas como las que Böll se hacía antes y después de trabajar en la fábrica de la acción.

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Quiero dejar planteado que el ocio debería ser entendido como un ingrediente indispensable para el quehacer creativo, ya que posibilita el cuestionamiento y la reflexión en la acción, y estos últimos contribuyen en gran medida a cargar de sentido lo que se hace. Un campo donde es posible enfrentar las exigencias del mundo contemporáneo sin perder el sentido en lo que se hace, sin perder el gusto por lo que se hace y, sobre todo, sin perder o dejar de lado las inquietudes y motivaciones que cada persona tiene al hacer algo. Con todo y lo anterior, pienso que no es con el trabajar, trabajar y trabajar que nos definimos, sino con lo que hacemos en nuestro tiempo libre, con lo que pensamos y reflexionamos, con lo que hacemos como sujetos del ocio. Dice Böll al final de su corta historia, al hablar sobre lo que le debe a la fábrica donde trabajó: “…le debo el haber descubierto mi verdadero oficio, un oficio en que la reflexión es requisito muy apreciado y el ocio una obligación” (2003: 61). Referencia Böll, H. T. (2003). Leer nos hace rebeldes. San Salvador: EDICIONES BÖLL.

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Elementos para la configuración del concepto de ocio Luis Guillermo Sañudo Vélez luis.sanudo@upb.edu.co

El profundo sentido cultural griego idealizó el hecho de estar uno no sólo predispuesto, sino dispuesto para la contemplación de los supremos valores de aquel mundo: la verdad, la bondad y la belleza; en síntesis, para la contemplación de la sabiduría. Ésta exigía una vida de ocio, de skholé. La skholé no era un simple no hacer nada, sino su antítesis: un estado de paz y de contemplación creadora dedicada a la theoría en que se sumía el espíritu. (Munné, 1980)

La concepción clásica de ocio El ocio, conocido en la cultura clásica griega como skholé y también en Roma como otium, es el tiempo liberado de las acciones, el tiempo de la actividad conforme a la virtud, de no ocuparse en nada distinto a cultivar el espíritu, en el cual se realiza la experiencia y el conocimiento de las cosas bellas y divinas. El ocio permitió el surgimiento de la condición contemplativa ligada al conocimiento de las cosas que rodean al hombre y a un ideal de vida. Es claro cómo a través de la skholé (el ocio) en la sociedad griega se buscó un ideal de contemplación. Los valores de aquel mundo estaban determinados por la verdad, la bondad y la belleza; en síntesis, la contemplación constituía la actividad del hombre sabio, el cual ha elegido un modo de vida que le permite observar el mundo desde su condición esencial y esto lo puede hacer porque la skholé le permite liberarse de las acciones cotidianas para concentrarse en problemas éticos que tienen que ver con la experiencia humana. Desde un punto de vista ético, el ocio se concibe como un modo de vida contemplativo; desde la moral, como una forma degradada de la vida, basada en el trabajo; y en el horizonte de la estética es valorado como experiencia social.

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Iniciaremos un análisis comparativo desde una perspectiva ética, asociada con la virtud en el periodo clásico, pasaremos por la visión sagrada y ostensible en la aparición de una clase ociosa, para luego sumergirnos en la condición moral del descanso durante el siglo XVIII que entendió el ocio como algo negativo para la realización humana en las sociedades pre-industriales, y en gran parte del periodo moderno. Finalmente abordaremos desde la experiencia estética el concepto de tiempo libre asociado con las actividades de diversión de la sociedad contemporánea, dejando atrás un ocio como experiencia ética en una búsqueda de la sabiduría que es desplazada por una nueva experiencia y es quizás la valoración estética de los dispositivos técnicos humanos. En el libro X de la Ética Nicomaquea, Aristóteles ofrece una primera concepción del ocio en relación con la vida contemplativa. Así, desde una visión ética, se considera que la virtud está relacionada con una vida feliz, en la cual el sujeto dedica su vida a la contemplación, alejándose de las acciones y las actividades productivas. Precisamente la distancia que el hombre adquiere con respecto a los actos de su vida diaria le permite acercarse a la virtud. En relación con esto, Aristóteles menciona que la virtud se aleja de las acciones; el hombre contemplativo no necesita de ellas, ya que finalmente la vida cotidiana requiere del cumplimiento de deberes y de actividades que lo alejen del fin supremo de la vida: la felicidad. Sin embargo, Aristóteles menciona que el hombre, a pesar de elegir actuar conforme a la virtud, necesitará estar conforme con las acciones, ya que vive con muchos otros y esto le exige inevitablemente participar de la vida política. Miremos lo que define Aristóteles con respecto a esto:

Se discute si lo más importante de la virtud es la elección o las acciones, ya que la virtud radica en ambas, y para las acciones se necesitan muchas cosas, y cuanto más grandes y más hermosas sean más se requieren. Pero el hombre contemplativo no tiene necesidad de nada de ello, al menos para su actividad, y se podría decir que incluso estas cosas son un obstáculo para la contemplación; pero en cuanto que es hombre vive con muchos otros, elige actuar de acuerdo con la virtud, y por consiguiente necesitará de tales cosas para vivir como hombre (Aristóteles, 1998). El concepto de felicidad desarrollado por Aristóteles, en el marco de la ética, está en íntima relación con la naturaleza humana, al describir la felicidad como un modo de vida en el que las sensaciones están definidas por el goce mismo del conocer. A esto alude nuevamente Aristóteles cuando menciona que el sujeto vive inmerso en las actividades del pensamiento, por el goce mismo que le despierta el conocer en la contemplación. En efecto, dice Aristóteles, es la inteligencia el acto más deleitoso conforme al ejercicio de la sabiduría.

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Para Séneca, hay tres clases de vida entre las que suele preguntarse cuál es la mejor: la primera se dedica al placer, la segunda a la contemplación, la tercera a la acción. Ni el que alaba el placer carece de contemplación, ni el que se ha afiliado a la contemplación carece de placer, ni aquel cuya vida se ha decidido por la acción carece de contemplación (Séneca,1996). También para Séneca el ocio es algo que se encuentra por fuera de los actos y de las acciones, pero resultan complementarios al decir que el hombre actúa de acuerdo con la naturaleza y que esta quiso que se dedicara a las dos cosas, a actuar y a destinar tiempo a la contemplación; porque la contemplación no existe sin la acción (ver imagen 1).

Imagen 1: Escuela de Atenas, (1511). Enredados en la pintura. Tomado de: http://www.nreda2.

com/enredados-en-la-cultura/pintura/146-escuela-de-atenas-rafael-sanzio.html octubre 3 de 2012. Espacios públicos dedicados al conocimiento y el cultivo del intelecto. Una manera de vivir la cotidianidad del ocio en los espacios de la época griega, en una interpretación renacentista del hedonismo en el que se creó por decirlo así, su fundamento filosófico.

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Comparando la posición de Séneca con la de Aristóteles podemos ver que la concepción de ocio de Séneca plantea tres clases de vida que convergen: el placer, la contemplación y la acción, de la misma manera que para Aristóteles el hombre que se dedica a la vida pública es muy distinto al que se dedica al ocio de la vida contemplativa.

La experiencia estética en la concepción moderna del ocio Podemos encontrar las diferentes posturas referidas a la concepción marxista del ocio, las posiciones encontradas en los ortodoxos y revisionistas, los cuales buscaban a mediados de los años 50 una nueva fundamentación teórica para la sociología del trabajo, partiendo de los principios de economía política formulados por Marx y Engels desde 1850, donde Marx concluye que “la principal medida de la riqueza social ya no residirá en el tiempo de trabajo, sino en el tiempo libre, esto es, en el tiempo no dedicado al trabajo y que sirve al desarrollo completo del individuo” (Munné, 1980). Las últimas décadas del siglo XIX vieron el nacimiento de la “ciencia del arte”, un movimiento que intentaba comprender las leyes de la apreciación estética y alcanzar un acercamiento científico a la experiencia. Esta visión del arte como ciencia se aleja de la pura experiencia estética con la obra de arte, en la que precisamente se encuentra la condición del ocio. El surgimiento de la Escuela de Frankfurt, con personajes como Walter Benjamín, Max Horkheimer, Herbert Marcuse, entre otros, dio lugar a la primera institución académica que abrazó abiertamente el marxismo y dio vía libre a la teoría crítica. Obras como la Dialéctica de la ilustración, uno de los libros más representativos en los que aparece la influencia predominante de Max Weber, fueron las que permitieron en un principio la aparición de las llamadas vanguardias decadentistas, como el dadaísmo. Igualmente Theodor W. Adorno, con su libro La teoría estética, dio pie al surgimiento de una reflexión y una crítica frente al cuestionamiento político, al hablar de la discriminación social, los totalitarismos, el fascismo y cualquier forma absurda de poder, con las que consideraba el plano estético como parte fundamental del cambio en la relación y comprensión del arte. Surge la idea de una experiencia estética relacionada con las actividades libres del individuo durante las diversas prácticas de la vida cotidiana. El individuo se dedica, entre muchas otras actividades, a la observación y el disfrute de los objetos que le proporcionan placer. En el planteamiento filosófico de una estética expandida lo cotidiano se convierte en el principio primordial para entender el concepto de

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Imagen 2: Casino y juegos de mesa. octubre 3 de 2012. Tomado de: http://1.bp.blogspot.com/C9oWexhr-iw/TVnBd_jKXpI/AAAAAAAAAGE/RFTJgsk839k/s1600/gambler-clivebarda.jpg octubre 3 de 2012. Valoraciones e intercambios sociales.

ocio contemporáneo. En la multiplicidad de experiencias el individuo dispone de dispositivos técnicos de entretenimiento, con los que se consolida la industria del ocio. Gilles Lipovetsky “define que la industria del ocio se mueve hoy en la dimensión participativa y afectiva del consumo, multiplicando las ocasiones de vivir como experiencias directas” (Lipovetsky, 2007). André Leroi-Gourhan define esto como el movimiento de una estética expandida, por oposición dialéctica a la reductora estética filosófica moderna de la belleza artística y natural. A dicha estética la conforman y gobiernan “lo fisiológico, lo técnico, lo social y lo figurativo, donde se trasciende la restricción de lo bello en la emotividad auditiva y visual, a la expansión de lo bello en la densidad de las percepciones, en la amplitud de las emociones y las afecciones estéticas”* (Leroi-Gourhan, 1971). *Estos niveles fisiológico, técnico, social, figurativo, representarán aquí los grandes cortes al interior de los cuales se ordenan las sensaciones. Las referencias de la sensibilidad estética del hombre tienen su fuente en la sensibilidad visceral y muscular profunda, en la sensibilidad dérmica, en los sentidos olfato-gustativos, auditivos y visuales; en fin, en la imagen intelectual, reflejo simbólico del conjunto de los tejidos de sensibilidad.

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Esto guarda relación directa con la experiencia estética de lo emocional; idea que se opone a la teórica kantiana de la experiencia estética en la obra de arte, que se queda en lo contemplativo, lo cual nos da la oportunidad de incorporar no solo lo agradable en la sensibilidad de lo cotidiano, sino que incluye lo desagradable, lo feo y lo ordinario como categorías estéticas que adquieren valor durante el tiempo libre. Esto nos permite incluir en la dimensión de lo estético todos los sentidos corporales, no solo la vista y el oído, sino también todos aquellos ámbitos de lo cotidiano en los que se despliega nuestro ser sensible. Podríamos concluir haciendo una comparación entre el ocio actual y el ocio en Séneca como digno representante de la antigüedad. En nuestra sociedad contemporánea el ocio ya no representaría tanto la idea de ausentarse de las acciones de la vida pública, en la búsqueda de la virtud y de la actividad contemplativa; más bien, por el contrario, el ocio se ha convertido en la curiosidad de vivir experiencias con el mundo, de sentir sensaciones y emociones donde la mayoría de los acontecimientos humanos están mediados por el entretenimiento y la complacencia.

Imagen 3: Tiempo libre. Los momentos de sociabilización están cargados de entretenimiento. Las conversaciones ocupan las tardes de ocio y tiempo libre.

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Imagen 4: Tiempo libre. La observación se convierte en un entretenimiento, ver pasar de largo las personas y contemplar el paisaje sumerge al sujeto en una experiencia estética.

La condición ética que tenía el ocio en la antigüedad ha cambiado, la actividad contemplativa es lo que podríamos entender en la actualidad como la experiencia en la condición estética del ocio. Los objetos y las imágenes se han convertido en dispositivos lúdicos, en experiencias cargadas de sensibilidad; no solo para ser contempladas, sino también para ser vividas, para tocarlas y sentirlas, para experimentar los lugares, los momentos y las situaciones; un tiempo libre para gozar del ocio emocional.

Referencias Aristóteles. (1998) Ética Nicomaquea. Madrid: ed. Gredos, Libro X. Lipovetsky, Gilles. (2007) La felicidad Paradójica. Barcelona: ed. Anagrama. Leroi-Gourhan, André. (1971) El gesto y la palabra. Caracas: ed. Universidad Central de Venezuela. Munné, Frederic. (1980) Psicosociología del tiempo libre. México: ed.Trillas. Séneca. (1996) La constancia del sabio, la tranquilidad del alma y el ocio. Colombia: ed. Norma. Colección Cara Cruz.

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El Antejardín es una publicación que recopila periódicamente reflexiones, ilustraciones, fotografías y otras expresiones que buscan mostrarle al lector múltiples puntos de vista cercanos a la disciplina del diseño. En cada número se reúnen pensamientos y opiniones que aportan a la construcción de una mirada ampliada de este quehacer creativo.

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