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¿ MAMÁ QUÉ ES LO “NORMAL”? Nací y me vistieron de azul, cortaron mi pelo, mis juguetes eran coches y pelotas, tenía que ser fuerte y no llorar, todo porque nací hombre y era lo normal, pero... ¿mamá qué es lo normal? Cuando nacemos se nos asigna en primer lugar un género determinado que hace visible la primera característica que diferencia a los seres humanos y sustenta la diversidad. A partir de aquí no se trata de igual manera a un niño que a una niña, lo que conlleva la primera desigualdad evidente entre sexos. Por ello siempre se ha pensado que según se naciera hombre o mujer los comportamientos, gustos y tendencias de una persona serían diferentes, porque esta diferencia estaba inscrita en la naturaleza y era un rasgo originario de la creación divina. Del mismo modo a los varones se les atribuía superioridad ante las mujeres por el simple hecho de nacer hombre. De alguna manera la cultura marca a los seres humanos con el género, y éste marca nuestra percepción de todo lo demás: lo social, lo político, lo religioso o lo cotidiano. De esta forma cabe diferenciar entre sexo y género ya que cuando hablamos del sexo nos referimos a las características físicas y sexuales que tiene una persona en el momento de nacer, y que han sido determinadas por su dotación genética, y cuando hablamos de género, nos estamos refiriendo a patrones de comportamiento o expectativas que el proceso de socialización de una determinada cultura va atribuyendo a las personas, que presuponen un conjunto de formas de actuar o roles “normales” para cada sexo. A todo ello se le añade la diversidad en cuanto a tendencias sexuales. En la sociedad en la que vivimos, se define la heterosexualidad como sistema social y se acepta y se nombra como heteronormatividad o heterosexualidad obligatoria. Esto se da cuando en una sociedad esta orientación sexual es la única reconocida como válida y necesaria para un buen funcionamiento social, político y económico, produciéndose así discriminaciones por las diversas tendencias sexuales. La no aceptación social de otros tipos de relación sexo-afectiva y/o parentesco conlleva casos de marginalización, invisibilización y persecución. Esto se da en muchas sociedades en mayor o menor


grado coaccionando la libertad de elección ante la presión social, provocando que muchas personas repriman su verdadero deseo sexual ya sean homosexuales, transexuales, bisexuales, etc., y se vean obligados a asumir la “normalidad” o lo que se espera de ellas. A medida que han ido pasando los años, nuestra sociedad ha ido cambiando haciéndose poco a poco más diversa y aceptando una diversidad que antes estaba

condenada

al

rechazo. Con el paso del tiempo hemos pasado de una sociedad en la que la heterosexualidad era la única forma afectivo-sexual válida donde sólo eran válidas las familias tradicionales en las que el hombre trabajaba y tomaba las decisiones y la mujer se ocupaba de las labores del hogar y el cuidado de los hijos… a lograr objetivamente una sociedad en la que encontramos diferentes tipos de familias, orientaciones sexuales y una mayor igualdad de género. Pero subjetivamente, en medio de esta diversidad, se siguen ocultando aun situaciones de desigualdad en los casos que están fuera de lo que se continúa entendiendo como “normal” en la sociedad actual. Pero ¿qué es lo normal? tal vez lo normal es lo que la gente aparenta ser, pero en realidad no son “normales” porque esa normalidad es pura apariencia. Más bien la supuesta normalidad es lo que nos han enseñado que tiene que ser normal, y está basada en los cánones que nos dicen que debemos de seguir. Pero muchas veces ser normal es algo contraproducente e induce al rechazo de lo heterogéneo o diverso, porque lo normal es lo más común y lo común es lo mayoritario. Con ello nos estamos refiriendo a determinados aspectos o condicionantes a los que nos vemos sometidos y sometidas por una mentalidad aun hoy realmente cerrada a la


diversidad. Nos consideramos tolerantes pero nuestra actitud se ve afectada por una subjetividad estereotipada, que surge y es visible cuando nos vemos realmente ante situaciones que se habían aceptado o legitimado como “normales”. La mayoría de las veces pasan ante nuestros ojos desapercibidas muchas situaciones de desigualdad por el simple hecho de haberlas aceptado como naturales o por el mero tópico de que siempre han sido así. A raíz de todos estos aspectos encontramos desigualdades sumergidas en el trato de padres a hijos ya que de forma inconsciente se les educa de forma diferente según su sexo. Se les asigna diferentes tareas, comportamientos e incluso esperamos proyectos de vida distintos para ellos y para ellas. También se refleja este hecho en la educación sexual que se imparte en la mayoría de los hogares de nuestra

sociedad.

considerandose

tabú,

Este donde

tema

sigue

la

escasa

información que se les ofrece se limita a la menstruación y a vagas formas de expresar expectativas sociales. Por ejemplo, la mayoría de niñas reciben información sexual de sus madres, quienes tratan principalmente el tema de la menstruación y el de las relaciones prematrimoniales, diálogo en el que se incluye un tono de "cuidate de los hombres" y se proyecta la idea de que "los hombres son peligrosos". Sin embargo es curioso que en la mayoría de hogares a los hijos varones no se les da ninguna o muy poca información sexual, o se les dan mensajes inadecuados como “tener cuantas más experiencias mejor”, o incluso iniciando éstas en prostíbulos. Con esta educación, la relación hombre-mujer se convierte en una relación de "sometedorsometida",donde se está estimulando "la guerra de los sexos" que nos llevará a romper con el concepto básico de familia, que más tarde generará conflictos. Con el mismo pretexto asumimos de forma diferente las tareas del hogar y del cuidado de los hijos/as. Los hombres “ayudan”, pero la responsabilidad se ve arraigada en la mujer, incluso trabajando más horas que el hombre. Por esta razón también


encontramos desigualdades en los proyectos laborales de los ciudadanos/as por razón de sexo y de conciliación con la vida familiar. Continuamos teniendo preferencias por el sexo masculino a la hora de contratar, porque inconscientemente vemos los inconvenientes que genera la gestación y la maternidad en cuanto a rendimiento laboral y complicaciones. Las medidas de conciliación continúan siendo utopicas, por lo que el sexo femenino se ve coaccionado a escoger profesiones compatibles con la familia. Pero no solo por eso, sino porque se han legitimado como propias del género femenino o como própias del género femenino. Y la diferente elección conlleva en muchos casos prejuicios sobre las tendencias sexuales. Ejemplo de ello lo encontramos bastante claro en la moda, donde a los hombres dedicados a ella se les prejuzga afeminados, y en la construcción a las mujeres se las prejuzga masculinizadas. Así, del mismo modo que entre sexos, las personas homosexuales continúan encontrando barreras a la hora de situarse profesionalmente. Otras veces nos encontramos con personas que toleran a las la homosexualidad, hasta que se da en su entorno más cercano y comienza a surgir el conflicto, ya que aparentemente y socialmente se habían aceptado determinados aspectos pero realmente no se había conseguido asumirlos. Por ejemplo, aunque se va aceptando la relación hombre-hombre o mujer-mujer, seguimos viendo de forma peculiar los matrimonios entre los mismos. Del mismo modo, estas parejas encuentran muchas trabas a la hora de adoptar o son mal vistas cuando intentan tener descendencia. Pero es sin duda en nuestra forma de hablar donde se esconden de forma legitimada las mayores desigualdades en cuanto a género y sexualidad. Como hemos ido comentando, toda esta diversidad existente en las sociedades modernas, esconde en muchos casos todavía aun hoy desigualdades que hacen que la igualdad, la justicia y la tolerancia se queden en un mero discurso político, y que los derechos humanos constitucionales se vean olvidados y relegados a una sociedad utópica. Si a esto le sumamos otros tipos de diversidad como son las discapacidades físicas o mentales, aún nos encontraríamos multitud de desigualdades a nivel social, que con mayor dificultad se van abriendo paso en esta sociedad.


Hay muchos discursos que intentan explicar el origen de estas desigualdades sociales, algunos se basan como ya hemos mencionado en aspectos biológicos, es decir, la naturaleza nos ha creado diferentes y la sociedad y cultura en la que nos desarrollamos no puede cambiar este hecho. Otros las justifican con la meritocrácia, donde en igualdad de oportunidades cada uno tiene lo que se merece; otros se refieren a las clases sociales, estatus, situación económica que nos da la sociedad del capitalismo; y finalmente, otros se basan en que las diferencias se deben a la voluntad de Dios. Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y pueden reclamarlos sin distinción de raza, color, sexo, lengua, religión, opinión política, fortuna, nacimiento o de cualquier otra clase, pero la sociedad muchas veces impide que esto sea una realidad. No solo eso, sino que genera desprecio y odio hacia lo diferente, proclamando y aferrándose a la “normalidad” o lo socialmente aceptado y legitimado, obligando al diferente a ser, pensar y actuar como la mayoría. La realidad objetiva de nuestra sociedad actual respeta las diferencias de ésta, aunque subjetivamente la gran mayoría muchas veces no llegamos a interiorizar

este

pensamiento oculto. Por todo ello, no proponemos que la gente abra sus mentes y se enriquezca de la diferencia, que también sería un buen camino a seguir, sino que afirmamos que la diversidad tendría que convertirse en lo que la sociedad entendiera como “normal”. Proponemos un cambio en la concepción del lenguaje, pues en la realidad actual debemos legitimar la diversidad y hacer del respeto y la inclusión la mejor estratégia para el desarrollo de la humanidad. La diversidad enriquece y lo “normal” solo destaca la diferencia.

¿Mamá, qué es lo normal?  

Revista de sociología por la diversidad

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