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La crisis del sistema educativo ¿Por qué entra en crisis nuestra educación? ¿Por qué unos determinados profesores viven la función docente con entusiasmo, como una verdadera vocación que da sentido a sus vidas y en cambio para otros supone una fuente de sufrimiento constante al no saber enfrentarse a sus alumnos? ¿Cómo es posible que en un país en el que se produce más investigación y en el que se ha incrementado notablemente la oferta y el consumo cultural, se pueda mantener la idea de que el nivel educativo desciende? ¿Hablan el mismo lenguaje quienes piensan que el nivel educativo sube y quienes piensan que baja? Actualmente se consume más cultura, los jóvenes muestran un interés por la lectura relacionada con sus estudios o por su profesión significativamente superior al de los adultos. Ocurre lo mismo con la frecuentación de bibliotecas. Los actuales jóvenes asisten más al teatro, al cine, tienen mayor interés por la música y las nuevas tecnologías y manejan un mayor número de idiomas que en cualquier otra época precedente. Entonces, ¿podemos afirmar que el nivel educativo desciende? ¿Es nuestro sistema educativo peor de lo que lo fue en épocas anteriores? Al respecto, cabría considerar un atrevimiento querer comparar la época actual con otras precedentes. La valoración del sistema educativo precedente habría que hacerla en relación con su contexto determinado. El contexto social, político y económico de entonces, dista de nuestro actual contexto. A aquellos que añoran el sistema educativo de hace treinta o cuarenta años, aquellos que afirman que entonces sí existía calidad educativa, los mismos que evocan recuerdos mejores de tiempos pasados y que afirman que nuestro sistema educativo está fracasando, a todos aquellos, les diría que, es ahora, por primera vez en nuestra historia, cuando contamos con una población que disfruta de una educación más prolongada que cualquier otra que la haya precedido, a la vez que se ha extendido a más individuos. Por vez primera contamos con un sistema educativo que aspira a dar educación a todos los niños sin exclusiones. ¿Estamos entonces capacitados para afirmar que nuestro sistema educativo es peor que en épocas precedentes? Sí, puede que sea cierto que hace cuarenta años el sistema educativo mantuviera un alto nivel. Pero veamos la otra cara de la moneda: conseguido ello a costa de ir expulsando a los alumnos con problemas de conducta o a aquellos con más dificultades para aprender, permitiendo proseguir la escolaridad solamente a aquellos que ofrecían una esperanza razonable para aprobar. ¿Era antaño entonces mejor? ¿Segregación con sus lo que para muchos eran ventajas o integración e inclusión con determinados inconvenientes? La actual Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación (LOE) respalda la cohesión social desde el marco de la inclusión educativa. De este modo, la adecuada respuesta educativa a todos los alumnos se concibe a partir del principio de inclusión, entendiendo que únicamente de este modo se garantiza el desarrollo de todos, se favorece la equidad y se contribuye a una mayor cohesión social. En este sentido, el artículo 74 de la LOE señala que la escolarización del alumnado que presenta necesidades educativas especiales se regirá por los principios de normalización e inclusión, y asegurará su no discriminación y la igualdad en el acceso y permanencia en el sistema educativo. Si en el momento actual volvemos a establecer mecanismos selectivos, excluyendo de los centros educativos a los peores alumnos, el clima de las aulas mejoraría considerablemente. Pero ¿a qué precio? ¿Expulsa un médico de su hospital a un paciente difícil de tratar o con un diagnóstico terminal? ¿Abandona un abogado en mitad de un juicio por no poder defender al acusado?

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