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Año 2, Número 4, Junio 2015.

EL BARRIO

en

GUANAJUATO

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ESTE PROYECTO FUE APOYADO POR EL PROGRAMA DE APOYO A COMUNIDADES MUNICIPALES Y COMUNITARIAS (PACMyC) 2014 DEL CONACULTA

De la colección “San Luisito”. Serie fotográfica que relata el arte de crear figuras de barro o arcilla, la alfarería en San Luisito, en Guanajuato Capital. Fernanda Rangel Vázquez 2011

DIRECTORIO REPRESENTANTE LEGAL: Ernesto García FINANZAS: Maricela Loza PRESIDENCIA DEL CONSEJO EDITORIAL: Aleqs Garrigóz PRESIDENCIA DEL CONSEJO GRÁFICO: Maricela Loza CONSEJERÍA: Gaspar Ku CORRECCIONES: Alejandro Rojas DISEÑO EDITORIAL: Gaspar Kú ASESORÍA JURÍDICA: Edith Pérez CONTACTOS: revistanomalia@gmail.com anomaliasalvaje. tumblr.com https://anomaliarevistacultural.wordpress.com/ Facebook: Anomalía Revista Cultural


Contenido

[CAFÉ Y CIGARROS]

LO QUE SÉ DE KALIMÁN6 Alejandro Rojas

DE FAMOSA LOCURA13 Juan Octavio Torija y Jorge Olmos Fuentes

EL REY14 Jorge Federico Rábago Virgen

OTRA REALIDAD CON EL QUIJOTE17 Cintli Canul Damas

[FICCIONARIO]

VIDAS PERDIDAS20 Diego Armando Solís Guerra

A MIL KILÓMETROS DE DISTANCIA Flor Aguilera N.

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ENCANTO33 Luis Felipe Pérez Sánchez

UN DOMINGO EN GUANAJUATO42 Juan José Prado y Viramontes

LA MUJER DE LA NOCHE49 Juan Octavio Torija / Jorge Olmos Fuentes

[EL VUELO DE ÍCARO]

NOCHE DE PERROS54 Benjamín Valdivia

DIAGONAL55 A. J. Aragón

¿Y LAS ESTRELLAS?56 Rocío Mexicano

AUTOEXILIO57 Daniel Silva

: GUANAX SUBTERRÁNEO59 Aldo Revfaulknest

[LA NAVE DE LOS LOCOS]

JOSÉ ALFREDO Y EL ETILISMO ESTÉTICO60 Armando Gómez Villalpando

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[CAFÉ Y CIGARROS]

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LO QUE SÉ DE KALIMÁN Alejandro Rojas

Yo no digo que lo que no merezco no lo alcanzo. Kalimán

Kalimán, es sin duda, uno de los habitantes más conocidos y populares de la ciudad de Guanajuato; su figura se ha vuelto últimamente un ícono de la misma. Habría muchas pruebas para constatarlo. Kalimán, ejemplar distinguido de la fauna humana que habita este orbe singular y laberíntico de Guanajuato capital, como sabemos, no es un hombre típico: no sólo alterna entre una extraña lucidez y la irrealidad, sino que lo hace de una manera, podría decirse, brillante. ¿Qué estudiante universitario ha pasado por esta ciudad sin siquiera escucharlo mentar? ¿Qué citadino, paseando por el Centro no se ha topado alguna vez con su cabello erizado de mugre y su dentadura siniestra como la puerta a un abismo desconocido moviéndose adentro de él? Kalimán el loco, el poeta, el filósofo, el marginado, el maldito que mira al mundo desde otra orilla, con indiferencia, rechazo o desdén. Kalimán es ya una leyenda viva de la ciudad, y cuenta incluso con admiradores y promotores en la web que le han dedicado espacios en Youtube y Facebook. He visto en ellos muestras de aprecio, respeto y admiración a este hombre de quien, sin embargo, quizá sólo muy pocos sepan algo seguro. La primera vez que supe de él fue el mismo primer semestre de mis estudios aquí en Guanajuato. Un par de amigos hablaban algunas veces de él con risas alegres, con la admiración que produce en un joven de menos de veinte años una persona libre y sin atadura social alguna, cuyos actos inocentes, por más feos que nos parezcan, no aceptan las categorizaciones del bien o del mal, esas construcciones teóricas con la que el hombre maleó su visión en los albores de la civilización: un hombre con la “hipermoral” de la que habló alguna vez Bataille. Mis amigos reían hablando de él,


pero no con mofa o afrenta, si no con la reverencia de quien ha encontrado una maravilla de la vida y quiere comulgar con ella en el recuerdo y la evocación. Fue hasta después que supe quién era el tal Kalimán: ese hombre mugroso, harapiento y generalmente ensimismado que escribe compulsivamente, en medio de la efervescencia callejera de la gente, como en un rapto divino, a una velocidad inusual y sin aparente fatiga, signos extraños en papeles y materiales de variadísimos tamaños y procedencias (costales, cartones, telas, etc.): una escritura ininteligible para toda cultura humana, pero cuyas inscripciones guardan en realidad un orden evidente, constituyendo un enigma para el transeúnte curioso con alguna preocupación científica. Luego, durante una entrevista con quien era mi psicoanalista, tuve la primera oportunidad de escuchar una opinión seria sobre él. Es aquí donde hago una digresión, pues me parece que no puedo continuar la exposición sin referirme a esta etapa de mi vida. Yo había recién salido de un estado borderline muy preocupante y, en la opinión de mi terapeuta, aún me encontraba en peligro potencial y necesitaba seguir atendiéndome. Yo, en control químico, desde mi ambición juvenil, quería estudiar, escribir, competir y esforzarme intelectualmente por grandes metas que me había fijado a mí mismo, siendo aún una persona poco adaptada, sumamente nerviosa e impulsiva. Mi terapeuta tuvo que persuadirme de la pertinencia del que había sido el dictamen de las autoridades de mi Universidad: dejar momentáneamente la escuela para dedicarme a una psicoterapia continua y profunda, por lo menos un año. No podía exigirme a mí mismo abarcar de tal modo todos mis caprichos ya que en su opinión profesional podía ser nocivo para mi. Fue entonces cuando ella, una psicóloga joven a la que me referiré como K.G me habló del caso Kalimán, con el fin de ilustrarme sobre los riesgos que corren los cerebros que funcionan como una olla de presión. En su versión, el caso de Kalimán es de referencia médica entre los psicólogos y psiquiatras de la ciudad. Según lo que me platicó, se trató en su momento de un joven estudiante con una inquietud intelectual extraordinaria y con una especie de avaricia desordenada por el conocimiento de las ciencias más avanzadas. Dicen algunos habitantes de la ciudad que

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Kalimán, en sus tiempos de total lucidez, estudió psicología y filosofía (algunos aventuran que incluso lo hizo en la sede universitaria de Valenciana; pero al parecer nadie lo recuerda allí, por lo que resulta improbable). De otros escuché que se interesaba también en la física cuántica, las matemáticas y las teorías cosmológicas. Se suele decir que era un genio aplicado a la investigación por cuenta propia; y hoy incluso, después de su evidente escisión con respecto a esta realidad, y a pesar de su lejanía respecto a los lenguajes humanos, su autismo, su distonía social y su disociación, es considerado por muchos como un genio. Se suele decir que a veces se pone a discutir asuntos de política, economía o religión, en la calle, con estudiantes, instruidos y profanos; razón por la que muchos lo aprecian y le suelen obsequiar altruistamente alimentos, cigarros y algo para beber. Sea como sea, tengo esa constancia de que su caso fue observado o analizado por algunos clínicos de la ciudad, quienes atribuyen su brote psicótico, a una severa crisis existencial y emocional al no poder lidiar, después de mucho estudio, con el hecho de que nuestro “conocimiento” de todo, del mundo, es bastante limitado, para muchos pobrísimo, y de muchas maneras especulativo, irreal y arbitrario. Y es ahora que soy yo el que se sabe especulando y reflexiona con la imaginación. Sé que pienso que es probable que Kalimán haya tenido esa especie de horror ante la grandeza del universo, que hace que el hombre que lo encara de verdad se sienta miserable, ínfimo, perturbado en lo profundo. Creo que casi todos hemos sentido por lo menos de forma muy vaga y difusa esa misma sensación en forma de temor o espanto, del que preferimos apartar el entendimiento para seguir anclados de forma más cómoda a este mundo, haciendo del lado el misterio y el enigma, de todas formas insolubles. Hablo de ese sentimiento, que bordea el misticismo, del que habló Mircea Eliade, y de cuyo pavor, en su opinión, procede el desarrollo de todo pensamiento religioso. Rudolf Otto, quien ha caracterizado esa experiencia bajo el nombre mysterium tremedum, en la que el pensamiento objetivo y materialista se declara insuficiente ante el numen demoniaco e inefable del cosmos, dice que se acompaña de vértigo y que el horror que puede inspirar es el más poderoso que pueda sentir el


humano alguna vez. En la interpretación médica de K.V, psicopatóloga, dicha crisis existencial/racional provocó en su carácter ávido y ansioso, finalmente, un quiebre mental, y se entonces produjo ese extraño proceso en el que el yo, invadido por algo más grande que él, se fragmenta, como si se destruyera a sí mismo de puro miedo o desesperación, cediendo su lugar al ello, que queda expuesto entonces en toda su crudeza. Dicho fenómeno se conoce científicamente como psicosis. El ello, recordemos, es esa instancia de la psique humana donde, de acuerdo a la teoría de Sigmund Freud residen los impulsos irracionales, los instintos, las pulsiones sexuales, la agresividad, todo lo que la cultura generalmente obliga a reprimir por la moral, lo condenado por el ego a la oscuridad del sótano, las imágenes oníricas y las alucinaciones, la inspiración poética: el famoso inconsciente. De que Kalimán fue alguna vez o es un hombre ilustrado y un pensador tengo en lo personal también varias constancias. Amaranta Caballero Prado, la escritora y artista plástica originaria de esta ciudad, una vez me contó que durante un tiempo Kalimán se dedicó a escribir en las paredes de la ciudad ciertos aforismos y versos con un sentido filosófico muy profundo. Ella también conoce bien los rumores del pasado de Kalimán como estudioso y condenó en esa conversación a la gente tonta, “atroz” (esa fue la palabra que usó), que lo molesta, como esos jovencitos imprudentes que aparecen en un video de Youtube acosando con mofas y una cámara de celular al hombre, quien termina gritando a uno de ellos: “¡Allí muérete cuando prefieras!” Por otro lado, una joven escritora local, Paloma Ahimé Ramírez, pensando en organizar conmigo un concurso literario en esta ciudad hace dos años, me propuso que Kalimán fuera el “mega” (así lo expresó) juez del evento (hubiera sido más que interesante este concurso de haberse llevado a cabo). Lo que quiero con esto es que éstas son pruebas de que por lo menos cierta parte de la comunidad literaria local lo conoce y reconoce por su pensamiento o talento. Más. Desconozco la razón exacta de ello, pero el año pasado, Pablo Paniagua, el novelista español radicado en esta ciudad, exclamó de él desde su cuenta de Facebook que era “el artista más grande de Guanajuato”. David Araujo, artista

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gráfico y egresado de la carrera de Letras de la Universidad local, tuvo el proyecto de hacer un libro colectivo sobre Kalimán, con fotografías, testimonios y textos diversos. Y si bien, con el fin de nutrir este texto, pude pedir más detalles a dichos escritores con el fin de ahondar en su percepción de Kalimán o pedir nuevas opiniones sobre él a otros escritores de la ciudad, que sin duda saben algo de él, me parece que así hubiera traicionado el sentido original de este escrito. Así los antecedentes, la escritura personalísima de Kalimán ha hecho ironizar a algún usuario de internet afirmando que Kalimán es “el único hombre de letras de la ciudad”. Y hay quienes, desde otra perspectiva, incluso han fantaseado con que en su escritura jeroglífica subyacen fórmulas sobre la estructura universo que, como el genio que dicen que es, inscribe en la urgencia inmediata del cálculo, la inspiración o el trance. Para concluir, contaré las tres experiencias que he tenido con él de manera directa. Dos de ellas son meras anécdotas con poca relevancia, pero las referiré de todas maneras. La tercera es, sin embargo, en mi opinión, asombrosa. La primera sucedió cuando, sagaz por cierta ebriedad, me paré a un lado de él mientras elaboraba uno de sus manuscritos extraños. Le pregunté con respeto: “¿puedo observar?”; y él, quizá harto de muchos curiosos como yo, me respondió muy serio: “Aléjate, por favor.” A lo que no pude sino consentir. Era éste mi intento de entablar una conversación con él, con el fin de sondear acerca de su vida y mentalidad. Pero no tuve éxito. Tiempo después, un compañero, quien también trabaja en la producción de esta revista, y yo, nos propusimos entrevistarlo con el fin de publicar un artículo sobre él. Lo vimos un día sentado en la calle y mi compañero lo abordó; le propuso una plática amistosa a cambio de una buena comida, una caja de cigarros y no recuerdo qué otras cosas. Pero él respondió a todos los diálogos con un habla tremendamente desorganizada e ininteligible, una esquizofasia: de todo su discurso, ni mi compañero ni yo pudimos extraer una palabra reconocible, por lo que asumimos que nuestra intención estaba contundentemente fracasada. Finalmente, la tercera experiencia con él de la que fui partícipe es –me gusta pensarlo así– tan fabulosa que acepta incluso una interpretación mística. Cierto día iba yo caminando


por el centro de la ciudad con el pintor Nikolai Svieta, que por esos días estaba en la ciudad. Él es un artista declaradamente cristiano, y nos encontramos de pronto inmersos en una conversación de orden teológico. Poco antes de pasar junto a Kalimán, Svieta empezó a recitarme de memoria un fragmento del Nuevo Testamento en el que Jesús habla acerca su origen divino y del poder redentor de la fe en su Padre. No sabría decir qué fragmento es con exactitud, pues confieso que no conozco los evangelios con suficiencia. Pero el caso es que Jesús hablaba en él mediante alegorías y parábolas, y, por lo menos lo que escuchó Kalimán que me recitaba Svieta, parecía en mucho un poema, y no tenía referencia explícita al credo cristiano: era algo sobre el mar si mal no recuerdo. Bueno. Unos metros después de haber pasado a su lado, y con la palabra de Jesús aún en la boca de mi compañero, Kalimán se apresuró a ganarnos el paso, se paró frente a nosotros y con un severo aire retador dijo algo absolutamente incomprensible, una sarta de sonidos paralingüísticos rematados por la frase “la Palabra” como únicas palabras reales, claras y comprensibles. Justo al momento de decir “la Palabra” escupió un par de veces al suelo de manera más que grosera: de manera obscena y grotesca. Fue muy evidente entonces que Kalimán al decir “la Palabra” se refería a la palabra de Dios o de Cristo, llamada así comúnmente por la tradición creyente. Era obvio también que Kalimán conocía esa palabra pues supo reconocer, si no de memoria el texto, sí el discurso religioso, el credo cristiano escondido bajo esas figuras retóricas. Y su acting out fue entonces una manifestación de repudio hacia esa palabra, hacia esa ideología o forma de religiosidad. A mí en lo personal, el acto sólo me produjo cierta fascinación, por los diferentes sentidos profundos que expresa, y por haberse dado de manera espontánea, súbita, inesperada y dramática. Mi interlocutor, creyente devoto de la realidad espiritual de Cristo y de Satán, el adversario de Dios, decidió interpretar ese signo como un rapto, una manifestación física del espíritu del Mal, y con ello me pretendió mostrar cómo Satán se manifiesta entre los hombres, poseyendo a la naturaleza. Si bien ésta no es la única lectura posible del asunto (delirio religioso, dirían los psiquiatras), a mí me gustó pensarlo

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más como una manifestación humanísima, precisamente como una reafirmación del hombre que no necesita más demonología que su propia humanidad, ni constructos teológicos para explicarse el mundo que relegan la divinidad sólo a lo que está por encima del hombre, olvidando, por ignorancia o renunciación, la propia magia natural de éste. Es decir: sí, desde un satanismo, pero no religioso, sino meramente filosófico. Por otro lado, podría especular, también, mucho acerca del por qué Kalimán rechaza esa forma de religiosidad; a Dios o su mera idea, para ser precisos. Sin embargo, eso quizá sería caer ya en el ámbito de la ficcionalización literaria. Sólo diré que si Kalimán odia Dios, es quizá porque Él le dio la infelicidad con que anda casi siempre, malhumorado y despotricando contra todo... Bien, he terminado aquí mi testimonio. Queda en otros, en los adiestrados, si les interesa, atender las implicaciones antropológicas, literarias, médicas, estéticas, que el caso Kalimán supone. Agrego por último: si es que el lector no conoce a Kalimán y desea contemplarlo alguna vez –no como a un fenómeno de circo urbano; sino acaso como el patrimonio social que muchos ven en él– es seguro que lo encontrará en el lugar adonde todo aquel que desee encontrar a una persona en esta ciudad debe ir, pues la misma organización de la ciudad nos obliga a confluir inevitablemente en esos límites precisos. Hablo del centro de la ciudad… Quizá en el Jardín de la Unión, en una de sus bancas, frente a un expendo de cigarros sueltos, muy probablemente –pero sólo si tiene suerte– lo encontrará.

Alejandro Rojas (Puerto Vallarta, 1986) Periodista cultural. Ha colaborado con artículos, entrevistas con escritores y artistas, reseñas y críticas de libros, eventos y discos para El vallartense, Semanario Chopper de Guanajuato, EnGuanajuato, Monolito, Golfa, El faro cultural y México Kafkiano. Como poeta firma con el nombre de pluma de Aleqs Garrigóz.


DE FAMOSA LOCURA Juan Octavio Torija y Jorge Olmos Fuentes

El conocido Jondias. De este personaje, contemporáneo de los años setentas del desventurado siglo veinte, se cuentan muchas cosas. Enjundioso y burlón, imaginativo y sin complejos, cada vez que en la villa guanajuatí tenía lugar alguna fiesta pomposa y acartonada, de manteles largos, este personaje de cabello y barba desordenados se presentaba, aun sin invitación de por medio, con su frac más reluciente y fino llevando como calzado un par de viejos huaraches. Dicen que su vida parecía un festín perpetúo y que un día, en eso caóticos andares, ingirió un elixir que lo convirtió, de modesto príncipe, en un pordiosero sabio y vidente. Murió de pulmonía a causa de un chapuzón en la fuente de la Plaza del Baratillo que un grupo de estudiantes le propinó. Cara les salió la broma, porque a partir de aquel momento esos jovenzuelos comenzaron a llevar vidas tristes y malavenidas, como si cargaran el peso de una maldición. Maldición de la cual el Jondias pareció desprenderse al momento de morir, pues en vida

también protagonizó ciertos actos tortuosos, secretos, naturales de personas a las que el Diablo posee por breves rachas de tiempo. La Monina. De este personaje muchos conocerán al detalle su historia; nosotros nos limitamos a señalar dos incidentes. No se sabe a ciencia cierta si este pordiosero alguna vez había sido hombre o mujer. Como fuera, su vida trascurrió entre las sombras que guardan la calle Subterránea. Comía de la caridad y de lo que ponía en sus labios La Providencia. De su sueño sólo podrían informarnos los ángeles, porque uno de ellos, al que la Monina llamaba Lupe, animaba sus tristes horas de mendicidad con amenas charlas y afectuosos regaños. Mixtura de inocencia y de sucio abandono, este ser, de notable linaje metafísico, un día dejó su catacumba y pudo transitar al fin, con toda su pureza y ataviada de manera pulcra, por la parte visible de Guanajuato, en brazos de unos ángeles que la ayudaron a fundirse con el añil del cielo.

Jorge Olmos Fuentes (Irapuato, Gto.) es editor, escritor, poeta y profesor. Ha publicado los poemarios Amor de arena (La Rana, 1993), Música negra el enunciado (Universidad de Guanajuato, 2005), Baladas un poco tristes (H. Ayuntamiento de Guanajuato, 2006), entre otros. Con el fotógrafo Antonio Galindo publicó, el libro de poesía y fotografía Luz a paso lento. (H. Ayuntamiento de Guanajuato, 2005). Juan Octavio Torija ha escrito poesía poesía y ensayo. En éste último género ha publicado: Armando Olivares Carrillo: una aproximación (Fundación Cervantista Enrique y Alicia Ruelas AC, 2011) y Juan Ibáñez. Se ha desempeñado como editor.

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EL REY Jorge Federico Rábago Virgen

A veinticinco años de su muerte, José Alfredo vive todavía, a través de su música, que se ha convertido en el modelo a seguir para todo el género ranchero. Sí: José Alfredo, que alcanzó el triunfo rompiendo los moldes de un tipo de canciones que, en los cuarenta, parecía ya repetitivo y vacío; ese José Alfredo que revolucionó la vida musical de México se ha convertido hoy en un clásico, en el rey de la canción ranchera. Los discos con música de José Alfredo, tanto los grabados por él, como por sus múltiples intérpretes, siguen siendo éxitos. Muchos artistas, en el terreno de nuestra música vernácula, se han consagrado gracias a las composiciones del autor guanajuatense. Por otra parte, muchos jóvenes cantantes, surgidos, manejados y promovidos por modernas estrategias publicitarias, siguen recurriendo a esas canciones, compuestas por José Alfredo antes de que ellos nacieran. Y lo hacen porque todavía significan un éxito seguro; porque buscan, mediante ellas, la aprobación, el cariño y el consumo de las clases populares. Sí: José Alfredo todavía da de comer a mucha gente de este país, que trabaja en o para la industria disquera, para la televisión y, en general, para ese sector importante, poderoso y cada vez más industrializado en que se ha convertido el mundillo de la farándula y el espectáculo, al que tanto trabajo le costó convencer, en los cuarenta, al entonces joven guanajuatense. No se puede concebir, aún hoy, a ningún artista del género ranchero que no incluya –en sus discos, o en sus presentaciones personales– las canciones de José Alfredo. Esas obras se han convertido en el alma misma del género ranchero. Pensar en un intérprete que no las utilice es como pretender que hubiera tequila sin magueyes, o pozole sin maíz. Así de clásico, así de mexicano ha llegado a ser ese compositor sembrado, cultivado y crecido entre nuestras clases populares. De la música de José Alfredo vive todavía el artista que, en el anillo del palenque, complace a su público con


Ella, Media vuelta o El Rey. Pero vive también el músico de mariachi que día a día espera paciente, mientras la noche avanza, a que llegue el cliente que pretenda llevar serenata, aunque no salga la Luna. La música de José Alfredo todavía produce ingresos para los miembros del trío que, en restaurantes y cantinas, entonan, a tres voces, esas canciones que los comensales solicitan, para seguir disfrutando de la vida; para gozarse en su dolor, a salud de aquella ingrata; para recordar, con dolor, esas cosas de amores que a todos nos duelen, pero que sólo José Alfredo pudo expresar. El cantinero sabe que, todavía, la interpretación de música de José Alfredo en el interior de su establecimiento aumenta los ingresos, ya sea que se escuchen sus canciones en la sinfonola del rincón, o que permita a los músicos proponer, mesa por mesa, su repertorio, en el que no deben faltar las canciones clásicas del compositor de Dolores Hidalgo. Escuchamos las canciones de José Alfredo en el camión o en el taxi; los choferes se identifican con el compositor o con sus intérpretes, y, mientras las manos se preocupan por evadir los peligros del tráfico, las mentes vuelan a otra parte, y reconstruyen la situación (dolorosa o de dicha) con la persona amada. No faltará el solitario trovador que, haciendo vibrar una maltratada guitarra, nos deleite con interpretaciones de la música de José Alfredo en el propio camión o, junto a los jitomates, en el mercado. Y no faltará quien, repentinamente asaltado por un recuerdo, una ilusión o un sentimiento, generosamente dé al cantante unas monedas, mientras reconoce, tácitamente, que se identifica con José Alfredo; que hace tiempo el compositor supo decir lo que ahora siente; que por eso el pueblo lo quiere; que por eso es el rey. Con frecuencia se dice que el público es ingrato. Pero no siempre es así: claro que se olvida del impostor; del simulador; del falso artista prefabricado, lanzado al mercado para satisfacer una moda pasajera (por desgracia nos encontramos cada vez con más frecuencia con este tipo de “artistas”). Pero el público reconoce al artista auténtico; al que hunde sus raíces en el terreno popular; al que tiene inspiración y facultades. Pese a las estrategias de mercadeo, cada vez

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más sofisticadas, el verdadero éxito para un artista significa sobrevivir al paso del tiempo. Porque eso que llamamos, público está formado por los integrantes de un pueblo noble, que se entrega y convierte en ídolos a los artistas que lo representan, pero que reconoce también la falsedad y la poca valía, y se olvida de quienes momentáneamente lo han usado sólo para enriquecerse. Sí: el pueblo reconoce entre mercaderes y artistas. José Alfredo, hacia el final de su vida, pudo estar seguro del lugar que ocupaba en el corazón de las clases populares. Supo reconocer su propia valía; supo que, en el terreno de la música ranchera, difícilmente se presentaría alguien que pudiera superarlo. Por eso, su canción El Rey se aseguró de que el pueblo lo recordaría como tal. Supo, en vida, que efectivamente se había convertido en el rey del género ranchero; que la historia de éste sólo podría contarse con su protagonismo: antes y después de él. Porque José Alfredo Jiménez consagró las formas de expresión, los temas, las letras, los sentimientos. Convirtió su forma de componer en la forma por excelencia para la composición de canciones rancheras. Aún hoy, a 25 años de su muerte, a 50 de sus inicios como compositor, los compositores del género ranchero siguen utilizando sus frases, cantando las temáticas que él propuso, pensando las canciones a partir de formatos que a él le dieron resultado. Aún hoy, los artistas siguen rindiéndole homenaje. Todavía se siguen produciendo obras, concebidas según los criterios que, en su tiempo, propuso ese guanajuatense genial.

Jorge Federico Rágafo Virgen (León, Gto., 1955). Tiene estudios de Licenciatura en Sociología, de posgrado en educación y de técnicas de investigación en la Universidad Iberoamericana. Se ha desempeñado como docente en áreas de problemática cultural, filosofía y desarrollo social; como investigador y locutor. Publicó Allá tú si me olvidas (La rana, 1999; de donde se extrae este texto).


OTRA REALIDAD CON EL QUIJOTE Estudio de un mural naïf Cintli Canul Damas

Fotografía: Ernesto Durán

Este mural, que se encuentra a un lado de la parada del camión, cerca de la entrada del túnel Tamazuca, sobre la calle que sale de la vialidad subterránea, en la ciudad de Guanajuato, representa un pasaje del famoso Don Quijote de la Mancha, abstraído ante cinco molinos de viento; cuatro de los cuales son los “malos” por así decirlo, pues se muestran con ojos enojados o dientes puntiagudos y en algunos casos

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hasta garras. Haciéndoles frente, el quijote va avanzando con decisión y seguridad sobre su caballo. Cuidándole la espalda se encuentra Sancho panza, montando también, y con una sonrisa en el rostro a pesar de que, por la posición de los brazos y manos, parece temer. Con colores planos, entre primarios y secundarios, además de líneas rápidas, se desarrolla el primer plano de esta pieza que se sostiene sobre contornos negros que, a juzgar por la calidad de las líneas que contornean las figuras, fueron un trazo rápido: se ve cómo en algunos casos la pintura escurre y no es constante en todas las figuras, poniendo al espectador entre la decisión de pensar si es una pieza a la que le faltó tiempo de trabajo o si la sinceridad de no pretender seguir tendencia contemporánea alguna está en el límite. Lo primero que llama la atención de este mural son los colores tan brillantes y puros que transmiten −a pesar del concepto de la escena, pues representa un enfrentamiento− la sensación de juego infantil, pues el brillo que permite la ausencia de sombras en la obra establece un equilibrio de la escena a partir de la sombra de la mente del Quijote ante la realidad, al parecer diferente a la de Sancho y la luz; lo que ser un héroe dentro de su propia realidad revela, luz que se transforma en el color vivo y brillante que este mural contiene. A pesar de que aún se puede apreciar la brillantez del mural, la realidad es que le falta mantenimiento, pues en la parte inferior, posiblemente a causa de la lluvia, parte de la pared se ha ensuciado con tierra y otra parte se ha caído. Lamentablemente ninguna de las autoridades de cultura o de gobierno se ha hecho cargo de él o le han prestado atención. El mural interactúa únicamente con los habitantes que día a día toman su camión en la parada que le antecede, haciendo de sus formas y luz, silenciosamente, parte cotidiana de sus vidas.

Cintli Canul Damas (Río Verde, S.L.P, 1988) Egresada de la carrera de Artes Plásticas de la Universidad de Guanajuato. Tomó clases de pintura y escultura en Quintana Roo. Explora la trasmisión de la sensibilidad ecológica en sus sobras. Ha exhibido en dos exposiciones colectivas y una individual en la ciudad de Guanajuato.


[FICCIONARIO]

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VIDAS PERDIDAS Diego Armando Solís Guerra

Éramos aún más niños que Smith y Mapplethorpe. Hicimos una fiesta en casa de Cristian celebrando nuestra graduación de la secundaria. Me sentía torpe por ese zig zag que Daniel me forjó repleto de skunk; lo encendí y todo se volvió extraño. Sentí que todo me valía verga. Percibía el perfume de mujer mezclado con vómito y el olor de la marihuana que Cristian y Piñón quemaban con un bong. Fui triste y feliz al mismo tiempo. Gustavo llegó y me dijo “Wey, Genaro está por la verga. Anda en el cuarto de Cristian vomitando. Caro lo está cuidando” Me di la media vuelta tratando de no ponerle demasiada atención. Caminé hacia la sala y te encontré. Estabas sentada entre tus amigas con tu típico cruce de piernas, vistiendo una sudadera Pull & Bear rosa, unos jeans muy ajustados y unos Vans rosas. Te veías tal y como me volvías loco. Tomé el vaso de unicel con capacidad de un litro que había comprado especialmente para ese día. Saqué de mi mochila una botella de Absolut Citron, un Gatorade de lima-limón y el agua mineral. Lo mezclé todo en el vaso, lo tapé y le puse un popote que encontré en la alacena de Cristian. Tomé un sorbo y sentí que necesitaba algo. Me dirigí a la cocina y tomé un par de hielos para mi bebida extraña. La tapé de nuevo y tomé. Sabía mejor, pero sabía que aún le faltaba algo. Caminé a donde estabas y me senté frente a ti. Tus amigas se me quedaron viendo y voltearon contigo; una te pegó un leve codazo mientras yo tomé una vez más de mi bebida. Volteaste a verme y sentí que quería casarme contigo. Eras todo lo que había soñado hasta esa fecha. Tan simple y bella. Tan estúpida. Tan deseosa de mí. Te levantaste del sillón y caminaste hacia mí. Me preguntaste si tenía un cigarro y yo me incorporé sin decirte nada. Saqué de mi bolsa una cajetilla de Lucky Strike y te alcancé uno.


Lo llevaste a tu boca y sacaste un Clipper negro para encenderlo. —Se fuma mejor allá abajo. —¿Ah sí? ¿Qué hay allá abajo? —Cuentan que hay cuartos donde la gente se pierde un rato y vuelve a subir al desastre. —¿Se pierden solos? —Generalmente van acompañados. —¿Quieres perderte conmigo? —“Quisiera perder la vida contigo”, pensé; estaba un poco nervioso. Respiré profundo. —Sería un placer. Bajamos las escaleras tomados de la mano, llegamos a la puerta de la habitación de Cristian y abrimos la puerta. Genaro estaba hincado en el suelo sin playera, vomitando la cama del gato de Cristian y Caro estaba dormida en la cama. Genaro volteó a verme y lanzó una sonrisa perdida, como un junkie cualquiera. Cerramos la puerta y caminamos hacia la siguiente habitación. Abrimos la puerta esperando que todo estuviera en orden y vimos a Beto detrás de la cama masturbándose. Supusimos que trataba de esconderse. Así que cerramos la puerta y actuamos como si no hubiésemos visto nada. Caminamos riéndonos de nuestras vidas y las de los demás. Estábamos hechos una mierda, pero al menos estábamos unidos. Antes de llegar a la última habitación, me dijiste que te esperara, pues tenías que ir al baño. Me recargué en la pared al lado del baño y tú tocaste la puerta. Oscar abrió y salió con un cigarro en la boca. Dijo “Creo que... lo volvimos a hacer.” Me pidió mi vaso de unicel y tú lo empujaste para entrar al baño. Nos quedamos platicando un tiempo afuera del baño; le pedí de su cigarro y estiró su mano temblorosa para dármelo. Me dio mi vaso y me dijo que me quedara el cigarro. Caminó hacia la escalera y tú saliste del baño. —¿Lista? —Así es. Ahora veamos qué nos espera en la única habitación que queda. Llegamos a la puerta y tú la abriste; entraste y volteaste sonriéndome. Me di cuenta de que no teníamos ningún problema en esa habitación. Entré después de ti, vi una pequeña mesa de madera al lado de la cama y dejé mi vaso y mi cigarro en ella. Me arrojé a la cama y te observé. Estabas parada del lado contrario de la cama. Callada, pero con una sonrisa.

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Esa sonrisa que me encantaba desde el día que jugamos verdad o reto en casa de Piñón y nos tuvimos que besar. Te acostaste a mi lado. Estábamos muy cerca. —Así que... ¿aquí se fuma mejor? —La verdad no te traje a fumar. —La verdad ya lo sabía. —Me encantas desde ese día que nos besamos. —A mí me encantas desde el día que el maestro de matemáticas no te dejó presentar examen por llegar cuarenta minutos tarde. —No tienes que recordarme eso. —No tendríamos de qué estar platicando. —¿Entonces qué quieres hacer? —Más bien, deberías preguntarme qué quiero ser... —Y... ¿qué quieres ser? —Quiero ser tuya. Nuestras miradas lo decían todo. Las ganas de valer verga juntos eran recíprocas. Te besé y tú te subiste en mí. Apreté tus nalgas y las empuje hacia delante. Nuestras entrepiernas se juntaron y parecía que querían permanecer así para siempre. Acaricié tus senos. Me incliné y levanté tu sudadera. Tenías una blusa blanca que transparentaba tu brasier negro. Quité tu blusa también y te sentí mía. En ese momento eras mía; yo era tuyo. No éramos dueños de nosotros mismos; habíamos intercambiado nuestros cuerpos por el placer de estar juntos. Estiraste tu mano y tocaste por encima de mi pantalón mi pene. Me quitaste mi playera y desabrochaste mi pantalón. Te levantaste y te quitaste el sostén. Yo me quité el pantalón y mi erección se notaba por encima del bóxer. Te quitaste los jeans y me sentí la persona más feliz del mundo. Volviste a la cama y nos besamos como si besarnos fuera la única forma de salvar a la humanidad en medio de la autodestrucción que conlleva. Justo en medio de esa destrucción, estábamos nosotros. Te acosté boca arriba y al quitarte los calzones negros con los dientes sentí el ligero sabor a amor, a rebeldía, a sexo. Ese era el sabor de ese encuentro. Me quité el bóxer y busqué en mi cartera un condón. Lo coloqué. Gemiste suave, con ese tono que no deja con ganas a nadie.


Fui tu pendejo, tu amante, tu amigo, tu novio. Fuimos todo esa noche, esa noche en la que te veías tan hermosa, esa noche donde todos nuestros amigos estaban afuera de nuestro mundo. Suicidándose con el estilo de vida que llevaban. Cuando terminó nuestro encuentro, sacaste el cigarro de tu pantalón y tu encendedor Clipper para encenderlo. Miré hacia la mesa y el cigarro que Oscar me había dado se había consumido hasta el filtro, dejando una pequeña mancha negra de quemadura en la mesa. Fumamos del mismo cigarro. Sin decirnos nada, sólo sonriéndonos el uno al otro hasta que lo terminamos. Dijiste que tenías que irte. Nos levantamos de la cama y nos vestimos. Tomé mi vaso y salimos del cuarto como si nada hubiera pasado, aunque en realidad todo había sucedido. Caminamos hacia la escalera. Los otros cuartos seguían cerrados como los dejamos. Subimos y encontramos a Oscar y Gustavo tirados en el piso, entre vómitos, bachas de cigarro, envases de cerveza y el garrafón del agua loca de horchata vacío. Cristian estaba sentado frente a la computadora rapeando sobre un beat que Piñón había creado en un momento de ocio. Piñón salió del baño y me preguntó por Beto. —Creo que está allá abajo, en un cuarto. No hizo mucho caso y se sentó al lado de Cristian. Se escuchaba gente en la cocina y en el patio, pero decidí no preocuparme por ellos. Tus amigas te estaban esperando en la puerta; el papá de una de ellas había llegado por ustedes quince minutos antes. Nos besamos y nos prometimos no decir nada a nadie sobre lo que pasó en esa habitación. Caminaste y yo te observé: eras lo más valioso en mi vida. Tus amigas se despidieron de mí agitando sus manos; yo agité la mía y cerraron la puerta riéndose y preguntándote qué había ocurrido. Tomé una silla y me senté entre Piñón y Cristian, encendí un cigarro y tomé mi bebida de un trago. Sabía perfecta. Tal vez fue porque se deshicieron los hielos, tal vez fue porque se combinó con el sabor a ti que quedaba en mí... Hasta la fecha conservo la duda. Diego Armando Solís. (Guanajuato, Gto., 1998) Estudiante del CBTIs 173. Publicó en mediafire. com su Antología de sexo, amor y drogas (2014). Mantiene el blog Mujeres para dejar de amar: ponchonopago.tumblr.com

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Fotografía por JKÚ 2016

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A MIL KILÓMETROS DE DISTANCIA Flor Aguilera N.

Según dicen, no es lo mismo contar una historia que vivirla. Y estoy de acuerdo, ¡chingao!, lo confirmo. No es lo mismo esconderte detrás de una ventana para mirar cómo una pareja hace el amor, que estar dentro de la cama, con ese mismo hombre que se mueve al ritmo del pestañeo de su amante. ¿Tú lo sabes? ¿Supiste del amor porque únicamente espiabas o porque alguna vez estuviste de verdad agotada, sin reservas, reposando en el pecho de un hombre al que por primera vez no detestabas? Si fuera lo segundo te diría entonces que no tenías motivos para irte. ¿Me entiendes? Porque ya era estar más allá de la pura palabrería, ya no era un mero recurso para decir mentiras o calumnias o de querer esconderte dentro de una máscara cochina que ni siquiera te quedaba. ¿Me entiendes, Azucena? ¿Me entiendes, cabroncísima? Pero qué horror, ¡puta madre, pero qué horror! ¡Claro que no entendiste nunca, pendeja! Sin embargo, te cuento mi historia, para no dejarte ir, para hacerte creer que contar y vivir hoy significan lo mismo, hoy serán dos gotas iguales. Pon atención. NuestroS cuatro años me dejarán de doler hasta verlos metidos en estas hojas que lleno y lleno, para salvarnos a las dos, a ti Azucena y a mí, mi vieja loca, cachonda y peluda. I Salí de esa ciudad un martes veintiocho de diciembre, hecha completamente un fracaso, sin nada, con una herida bien cabrona entre los ojos, toda resentida porque un güey me había cogido y ya luego me había mandado a la chingada misma, nomás porque tenía una novia de meses. Lo confesó deveras, sin darme chance de ponerme los calzones, toda encueradita, con los pies helados y la ventana repleta de pasos que ni siquiera se daban cuenta que una pendeja ahí dentro se quedaba tuerta, sin ningún ánimo de ponerse una sonrisa, aunque fuera de hipócrita, en su boca ñoña e infeliz de años. Tú nunca lo supiste, Azucena, me conociste desde el principio como la gran vieja escéptica de la escuela, como la cabronzota que vivía peligrosamente nomás porque le daba la chingada


gana. Pero fuiste una tonta, o no sé, quizá sí te tragaste el cuento y por eso ni sospechaste que me cagaba por dentro, que tenía ganas de rezar para dejar de ser menos dura, para dejar de lamentarme por mi vida, para no pensar por todos los siglos y siglos que tenía que dejar de existir. Pero ya ves, fuiste tú la que se fue, y yo seguí quedando aquí, cagándome por lo mismo, muriéndome a cuenta gota, condenada a sufrir un dolor de muelas eterno. No quiero competir contigo, sé que sufriste igual, no por un hombre, pues a ti siempre te vinieron valiendo madres todos los que se enamoraban de ti, sino por todas tus urgencias de tragarte el mundo ahora mismo, pensando siempre que eras una mujer fugaz que, si no vivía hoy, mañana se terminaba tu caducidad de mujer con aroma a sexo y a canela. Yo fui diferente, claro que lo oculté todo el tiempo, pero la neta era que deseaba tener un güey, no para que me pagara la entrada al cine, sino para que enseñara a dejar la tristeza, para que me hiciera pensar que la vida no sólo era estafar y odiar gente. Pero en cambio tuve malos ratos, durante años he venido caminando hecha mil pedazos, con un nudo en garganta del tamaño de la montaña rusa, negando siempre mi sensibilidad al amor, sin poder poner fin a esta guerrilla absoluta, llena de antifaces, sin tener las mañas y los modos de romper con la indiferencia que mi cuerpo causa, sin tener nunca las putas agallas para llamarle por teléfono a aquel pendejo y decirle sí acepto, ámame aunque compartas tu cama con otra, pero nanais, nunca pude, mis piernas me traicionaron en cada intento, eran trapos olvidados sin relleno. ¿Y yo qué podía hacer?, pos aguantarme, pos juntar mis pedacitos, mis moronas de mujercilla, y seguir viviendo, porque sin huevos nomás nunca iba a poder ponerme de pie y seguir siendo una cabrona, a la que nada le dolía. ¡Que la pinche tierra se parta en gajos y se trague a medio mundo! Pero esas cosas siempre pasan, estarás diciendo desde tu condenado lugar en el infierno, quebrándote de coraje porque no puedes venir hasta aquí y meterme un pellizco en las nalgas. Ya no, tus dolores, tus ánimos y tú misma te has convertido en poco menos que un fantasma, sin emoción, sin tus gustitos enfermizos, sin tus famosos dientes para morder vergas a lo pendejo, consiguiendo así tus caprichos y dinerillo para comprar tus alhajas que ni

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te iban, pues ni tantito lograbas parecer vedette, como tú gritabas ebria a todos los que pasaban con sus corbatas de días y días, sino una golfa llorona que se llenaba las manos de mamadas para olvidar su vida de jodida. No te enojes, claro que no soy egoísta ni envidiosa, además, seguro has de andar buscando allá mismo a quién cogerte, a quién desear mientras ya ni los pelos te crecen, yéndote más a la podredumbre que a la suavidad de una piel mojada por lluvia o por cerveza. O más bien estás ahogada de risa, llenándote la boca de burlas, ironizando conmigo porque no atino la razón de tu partida, de tu recochina partida que no me deja, que me punza y no acepto, que traigo a mí pegada como sanguijuela en herida viva. Por otro lado, no tiene caso recordar lo pendeja que te ponías nomás porque sí, ni falta hace demostrar que a la primera te atragantabas con lo que fuera. Confiabas en todos y por eso, sin preguntar nada, sin arrepentirte, te ibas a donde fuera, arriesgando hasta el pellejo con tal de llenar tu pinche bolsa con los billetitos que te daban. Pero sí, no tiene caso, hay estuvo y no hay pedo. Basta decirte que me largué de esa puta ciudad apenas supe lo de la novia. Eran como las seis de la tarde y yo estaba chingadísima, toda chillona y muerta de frío, sin tener a dónde carajos irme. La renta de mi depa se había vencido y la vieja culeis había sacado mis cosas. Todo un show. Así que hay me tienes, con mi pinche cerebrito relleno de chococrispis, con mi corazón agridulce y mis manos temblando a cada hora. Me cae que sí me dio miedo entonces, y a cada rato me entraba un odio bien cabrón cuando imaginaba cómo estaría aquel pendejo con su noviecita de mierda, los dos calientitos en la cama, mirando un churro gringo, mientras yo no sabía ni cruzar la calle sola. ¡Chingao, qué coraje!, el muy puto se había burlado de mí, primero me había monopolizado, y luego me había mandado a la verga, sin derecho a opinar, con sólo boleto de ida, y sin poder llamar por teléfono a nadie. Además, ¿a quién llamaba?, mi cuerpo no tenía beneficiarios, no había ninguno que reclamara mis cuentas, que insistiera por mi dignidad de mujer multiusos y multioficios. Tal como ahora pues, igualito, sólo que ahora con la gracia de parecer algo irónica y pedante.


Vagué unos cuantos minutos, ¿y sabes?, con ésos tuve para que se me quitara lo pendeja, lo pinche buena gente que mi jefa me había enseñado a ser. ¡Ni madres!, me dije desde entonces, a mí ya nadie me ve la cara. Ese cabrón güero de rancho me había jodido no por sabihondo, no porque se sintiera muy gallito cargando sus putitos libros de filosofía. Nel, si a mí me había visto la cara había sido porque yo quise, porque desde el principio tuvo algo de cinismo, algo de tiránico cogelón hijo de puta que me ponía en alerta, aunque por idiota me dejé chingar poco a poquito, hasta ese día milagroso en que me dijo que me fuera mucho a la chingada con todo y calzones apestosos. Digo milagroso no por resignación, no por un ya qué, ni siquiera por hacerte creer insistiendo en mi dureza de mujer dominante, jajá. ¿Escuchaste eso, Azucena?, he escrito “de mujer dominante” y ni siquiera se me ha secado la boca, y es que digo, y perdón si te ofendo o hiero tu sensibilidad de puta y amante número uno, no es que yo hubiera sido de verdad una primitiva sin suerte para esto de la administración de las pasiones humanas, no, no, sino que de verdad entonces me sentía una vieja digna de pensar que su situación era un pinche milagro, y que como toda oportunista lo aprovecharía, y para ello no tendría que ir a la gran ciudad a esperar a que las cosas sucedieran sin que se planearan, nel, yo ahí lo haría, solita, desde esa ciudad tercermundista que nos traía y los sigue trayendo a todos como en tobogán sin salida. Por eso digo que fue cosa mía, y ya ni arrepentirse valía la pena, jodida jodida estaba y punto. Aunque, por otro lado, ya ni me importaba, finalmente ese culero lambiscón me venía valiendo madres. Como te dije, sí me dolió un huevo, pero no me moriría por un pinche capricho de cachondez, todo era cuestión de relajarme y comenzar a desear una vida más ligera, menos azotada pues, con más ganas de chingar a que me chinguen. Y así lo hice, comencé a hacerme inmune a los ojetes, y hasta con decirte que me reí de nuevo. Pero para llegar a esto, ¿sabes qué me dije?, que antes de alejarme como unos mil kilómetros de distancia para no verle más la jeta, ese cabrón me las pagaría, porque si me había chingado, dejándome temblando las rodillas, ahora él sabría lo que era amar a Dios en tierra ajena, o más, sabría lo que era hacer

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un pinche recorrido turístico por cada círculo dantesco, sin paradas continuas, sin salir de la puta comodidad de su hogar, como quien paga por un espectáculo porno a domicilio, sólo que sin placer y sin líquidos celestiales. Ni loca iba a esperar a que ese mamila recibiera su merecido hasta el Juicio Final, nel pastel, no iba a permitir que ese ojete se confundiera entre un chingo de difuntos más culeros todavía que estarían esperando su castigo. Aquí tendría que pagar, y para eso yo solita le confeccionaría su destino, uno exclusivo, justo a la medida de los güeyes que como él presumían su pinche vida mediocre al estilo Mauricio Garcés, y a ver con qué cara vestía sus pecaditos, el muy muñequito hijo de la chingada, a ver con qué ganas se tragaba su promiscuidad y sus traiciones culeras. Y por mi madre que lo tendría que hacer salir a la calle, a que diera su carajo espectáculo de siempre, a que mostrara a todas las damas presentes su según sexualidad de macho, de machote machote, jajá. ¿A poco crees que me hubiera largado pelando los dientes nomás, cuando aquel prángana ni indemnización me había dado? Porque digo, aparte de pendeja, entonces hubiera sido una pinche loca ingenua dejada, ¡y ni madres! Ésa sería, pues, mi venganza, puesta en escena, para que el público conocer de la mierda pudiera aplaudir la falsa cara del hipócrita, hecha un absurdo, para que el público entero gritara al mismo tiempo ¡manos arriba, cabrón, date por vencido! De mi cuenta estaba que su pendejez fuera la burla y la catarsis de su teatrito. II Lo esperé como dos o tres horas a que saliera de su pinche cloaca, y el muy culero salió fresquecito, sin ningún remordimiento que se le asomara. Seguro iba de nuevo a ver a su putita bien portada, por la que me había mandado a la verga, dejándome pálida y con ganas de camuflarme con lo que fuera para no existir. Yo ya traía mi boleto en la bolsa, destino a Tijuana para las doce de la noche en punto, pero claro que para conseguirlo había tenido que meterme con el boletero al baño, dejarme manosear, dejar que el muy pendejo con su cara porcina se me repegara con tal de tener modo de


largarme lo más pronto posible. Así que ahí estaba, con tres horas exactas de tiempo para acabar con su miserable vida antes de irme y no volver más a esa cabrona ciudad que todos los días era una nota periodística roja y asquerosa. La que yo iba a ser no era la excepción, mañana tempranito el muy ojete llenaría las planas de todos los diarios mediocres con su cara de marica, y con su noviecita a un lado llorando por su bestia. Jajá. Asesinato pasional, dirán enardecidos. Mi madre ya me lo había dicho muchas veces: eres una cabrona paranoica que no sabe perder, y yo en ese momento lo confirmaba sin inmutarme, sólo con ganas de darle a todo lo que se moviera hasta dejarlo quieto, cobrar por mis propios huevos la chingadera que me había hecho, ese güey tendría que irse directo al queque nomás para confirmar mi frivolidad de vieja bruja. No es un chiste, pagaría con su cabeza. Todo este pedo tendría que aterrizar sin sacarme de quicio —más de lo que ya estaba— y darle justo en el blanco de la justicia, de la mía hecha por mi propia mano. —¡¿A dónde vas, pendejo?!, le grité toda engorilada, justo frente al café La sandía. Lo arrinconé, quise besarlo, erotizarlo como sabía hacerlo cuando íbamos al cine, pero me alejó de él con un manotazo. Nunca lo hubiera hecho, acababa de perder su única oportunidad de seguir con vida. Me puse las pulas, le saqué en las meras narices un revólver que había conseguido días atrás, tal vez por presentimiento, no sé. Se asustó, como era de esperarse, me dijo hablemos, las cosas no son tan simples como tú crees. A mí ya no me vendría con mamadas de última hora, el muy soquete sintiéndose víctima desprotegida no me convencería de nada. Estaba decidido. Lo regresé hasta su casa, y yo detrás de él apuntándolo, dispuesta a todo. ¿Me imaginas disparándole a ese cabrón, Azucena? No te voy a decir que no sentí culero cuando lo hice, de repente me entraban náuseas de mí, de mi pinche condición de mujer jodida o algo así, resentida. Pero pensé luego luego en que antes de dejarlo ir con aquélla preferiría matarlo, enterrarle mi puto triunfo en sus chingadas entrañas. Se me quitó entonces el pavor y me vinieron entonces las agallas. Lo hice.

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Faltaban quince minutos para que el autobús saliera a su destino. Tijuana doce de la noche en punto. Pensé estoy escapando. Pero ese naco no se quedaría sin su merecido. ¿Sabes?, lo dejé tirado a media sala, me valió madres, como a él mi vida. ¡Puta catástrofe la de esa noche! El cáncer se había terminado, yo ya en el autobús, sacudiéndome el polvo, la arquitectura de sus manos, todo el maldito y puto recuerdo que tenía de sus piernas, hasta quedarme sin ninguna posibilidad, ni ganas de volver al lugar de los hechos, como dicen que lo hacen los asesinos. ¡Ni madres!, yo no sería nunca de las que tienen remordimientos, sería como tú, Azucena, igual de perra. Así que saqué un cigarrillo de mi bolso, abrí la ventanilla, le dije adiós al lugar de los hechos y del pasado, lo encendí, y comencé a recordar cómo las cosas siempre me han llegado sin pedirlas, cómo se me ha regresado como cabrón bumerang cada centavo y cada chingado placer que he tenido. Me fui fumando entonces, pero chillando, hasta que dieron las dos de la tarde entrando a la ciudad, en la misma que conoceríamos juntas al pelón que se vestía de vieja, al mismo que amaste, hasta que los oídos te tronaron, dos o tres días antes de tu puta muerte.

Flor Aguilera N. Estudió la Licenciatura en Letras Españolas en la Universidad de Guanajuato y la Maestría en Literatura Contemporánea de México y América Latina en la UAQ. Ha publicado en revistas de literatura del país. Coautora de varios libros de poesía, cuento y estudios literarios. Actualmente es responsable de Enlace de Corrección y Edición de Textos de la División de Ciencias Sociales y Humanidades, Campus Guanajuato, de la Universidad de Guanajuato. Publicó el poemario Cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches, (La Rana, 2011). Este cuento fue publicado originalmente en el 2002, en Azogue, una revista de alumnos de la entonces Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato.


ENCANTO Luis Felipe Pérez Sánchez Aquella sensación era muy peculiar: una tensión oprimente y horrible, como si estuviera sentado frente al enfurruñado espectro de alguien a quien acababa de matar. Vladmir Nabokov, Lolita

—¡Hey!, ¡papito!, quiero que me veas desnuda –sonrió. La imagino preparando el numerito frente al espejo; noté su ensayo. Caminó como contando los pasos, echó un vistazo por encima del hombro y se alejó. Cuando vi esto, contuve un gesto socarrón. Reparé en su rostro redondito, lozano y pecoso. Intentaba alardear sobre algo. Lo embadurnaba con labial rojo. No habló más por el momento. Se unió a la fiesta. Sostuvo su miradita precoz en mi sonrisa. Fantaseaba. Se llama G, por decir algún nombre. Aunque intentara indagar en qué momento esa muchachita se había envalentonado tanto como para colarse entre la gente y, ya sin distancia de por medio entre nosotros, afrentarme en ese bar, no lo descubriría. Me dio igual. Sólo pensé en mí y la cobardía de cuando fui un chico cursi malogrado y no me atreví, nunca tuve un acto heroico que trascendiera a los besos ensayados ante el afiche o la foto de alguna niña que me gustara colgada en la pared. Pensé en cómo me temblaban las piernas de atreverme a tener la ilusión hollywoodense de entregar una carta sin remitente, a la salida del colegio, cuyo contenido fueran letras de canciones en caligrafía pequeña por encima del renglón, transcritas directo del casete, que habría escuchado y memorizado a fuerza de ello, como fondo de una escena cuyo final feliz, rebobinado una y otra vez, dibujado cientos de veces, se mostraba tan natural en esa mente desbordada de adolescente con cara grasosa. Pensé en la única ocasión que acaso hubo atisbos de haber pretendido darle realidad. Fue tan nítido el recuerdo que me ruboricé. El pudor de aquel chico despeinado ante su desengaño frente a

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la entonces chica de sus sueños volvió a mí; me asaltó. Todos fuimos Kevin Arnold. Todos fuimos ese chico cantinflesco que se anda por las ramas para no decir lo que soñó decir. Todos fincamos en escenas ridículas el éxito de un simbólico cortejo, el acto de heroísmo esdrújulo. No me pongo a pensar en cuánto lo habría planeado, si era un sueño obsesivo. No valoro la posibilidad de que me haya seguido. Pero la respuesta la puedo intuir tras recordar ese gestito amable que tuvo conmigo a mediados de julio de no sé qué año ya lejano antes de esa noche: las fotografías que ella envió a mi bandeja de entrada un cumpleaños. Imaginé que había una mentecilla perversa abriéndose como floripondio en verano al encontrar en mis archivos una secuencia de fotografías que me hicieron palpitar.No había notado lo mucho que puede cambiar alguien al pasar los años. Reparé en que lucía braguitas de colores neón, las fotos eran más o menos una docena. En éstas ella se mostraba juguetona, despeinada y en posiciones sugerentes. No eran despreciables. Me divertí. Sentía que era el protagonista de una novela. Conservo el recuerdo del color de sus uñas pintadas y sus dedos largos y huesudos; las piernas alargadas y bajo el cobijo de la adolescencia recién vencida de su piel lechosa y morena; sus gestos ingenuos que buscaban sensualidad. Después de eso podía firmar H. H. No fue precisamente la cristalización de una sospecha sobre su deliberado intento de seducirme, signifique lo que signifique. No lo esperaba. La veía, ahora que lo pongo en perspectiva, como una estudiante venida de escuela religiosa. No distinguí antes esa cierta malicia que ahora, ostentosa, repartía; una malicia que sin embargo tiene cierta lógica debido a un soterrado mito que se escribe sobre las escuelas de puras niñas. Parece que les sobra tiempo para maquinar algún tipo de travesura. No era tanto como cuando se filtraba oculta entre la atención de sus demás compañeras de salón en esos días en los que yo asistía una hora diaria a corregir abundantes faltas ortográficas y esperaba a que diera la una y media de la tarde para evaporarme de esa preparatoria. Quizá entonces ella tramaba cosas. Competía. Jugaba a la niña buena de calcetas escolares y trenzas de las chicas que han leído Las edades


de Lulú u ojearon con el mute activado Lucía y el sexo en el Golden Choice Channel. No reparé en los años que habían transcurrido desde que había sido yo su maestro de literatura. No había notado que tenía unas piernas portentosas; aunque ella lo sabía. Se había transformado casi en un cisne sensualísimo. No era más la niña de calcetas hasta las rodillas y faldas de tablones, no era más la niña remilgosa; ya no se quejaba por la escuela o por sus padres divorciados. Había entendido que la vida no la iba a enfrentar a caprichos y reclamos contra los demás. Ahora usaba bisutería para ir al trabajo. Había conseguido colocarse después de terminar una carrera universitaria, portaba los tacones como si supiera de qué se trataba, como si guardara un clóset lleno de ellos en alguna casa lejana al centro de la ciudad pero con un ventanal gigante para ver el horizonte y para pasearse desnuda cuando el amanecer se antojaba así, para verlo todo ensabanada y con la cara de un triunfo. Escribía, como en la preparatoria, cartas a su profesor, dijo en algún momento. Yo no pregunté más. Supe el nombre de sus dos mascotas y de algunos de sus exnovios, algunas historias al respecto que me resultaron divertidas. Daba muestras de haberlo pasado bien. El primer novio había resultado un espía, un chantajista y una copia de su padre, afirmaba cuando bebía vodka tónic. La habría de entusiasmar como para arrojarle un vaso de vidrio a un patán que reconoció de otros tiempos. Lo hizo así, sin avisar. Charlábamos y simplemente lo cogió y lo arrojó con carácter. Perdió la virtud con su primer novio, confesó. Dejó de ser casta a pesar de las oraciones nocturnas que devotamente rezó hasta la preparatoria. Lo habían hecho en alguna fiesta organizada por sus compañeritos del colegio. Había resultado, como era de esperarse, una lástima. Ni ganas de repetir la hazaña por dos razones. La primera, porque el novio, que alardeaba y que la retaba y la consignaba como una persignada, la tenía chiquita y era precoz. Prefería su propio dedo y sus fantasías antes que los pinches espectáculos característicos del juvenil experto en celotipia. Se daba cuenta de que estaba con él no por amor o algo parecido, pero a esa edad ni ella ni nadie sabemos mucho, y sufrió. Dejó que la golpeara y la persiguiera. Toleró sentirse amenazada.

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La segunda: Llegaría a la universidad. A pesar de que pocos creían que podría ganarse un lugar en una de las facultades más socorridas, ella se quedó entre los cuarenta alumnos aceptados por semestre. Se alejó y encontró un poco de locura sin horarios restrictivos. Conoció bíblicamente a un pianista. Resultó un desastre. Terminaron. Había perdido a todos sus amigos y, a cualquier lugar que llegaba, le preguntaban por el pianista que ahora no era su novio y, de hecho, se paseaba por la ciudad y por sus lugares con la nueva chica. Sabíamos que era una chillona. No era una sorpresa que su primera relación en la ciudad universitaria fuera una gran catástrofe. Debe haber sido una depresión de caballo. Cuenta que estuvo a punto de perder el año escolar por el pavor que le daba ir a clases por miedo o coraje de encontrárselo, ya no lo sabe. El camino entre la casa donde alquilaba un cuarto y compartía la cocina, y los salones de la facultad era un tiro de piedra. Pero era fuertísimo para ella, como suele suceder. Se había dejado absorber o había querido absorber al que no resultó el amor de su vida sino un patán y un mentiroso. No le evitó ningún drama de los que su historia rosa parecía poder prescindir. No comía, no dormía, lloraba por todos lados y un alarde de guanajuatense la hizo catadora del peor mezcal de la zona. Dio cuenta de incontables botellas de a sesenta pesos. Yo la notaba repuesta, casi entera, algo inexperta pero presumida como si su vida se hubiera mudado de venganzas cada vez. En lugar de reponerse de aquel bato que fuera su novio toda la preparatoria, una total decepción, ahora, en otro periodo de la vida, había dedicado sus esfuerzos psicológicos a restablecerse del desengaño del pianista. Pero así sucede, le dije y guardé silencio. Arremetió con las demás historias que no se alejaron tanto del drama pero fueron diluyéndose poco a poco entre los momentos felices y la premisa que, en algún momento, decidió revelarme. Me acosté con varios, menos de la docena, dijo. Pero casi todos tenían algo en común, subrayó. Me recordaban a ti. No supe la fecha. Esa noche se reventó el cielo y disparó un diluvio violento. Mi casa se inundó. Y algo me preparaba entre tanta catástrofe ese mojado tabernáculo colmado de bares y cantinas. Debí sustituir la cena: reemplacé unas


flautas con salsa verde por tomar la escoba como remo, unas cubetas y unos trapos para hacer al menos el intento por amainar la catástrofe doméstica. De cualquier manera la comida aquí es una porquería, pensé. Observaba los chorros de agua que se filtraban por las trabes en el techo. Recorría exhausto los pasillos y las escaleras intentando salvar cosas del pequeño tsunami que acometía los cuartos. La azotea era una alberca, las camas en cada habitación estaban a la deriva y, por la escalera, se escuchaba una cascada que me parecía digna de una termoeléctrica. JA estuvo conmigo en este acto de un tergiversado eco a Moby Dick. De ahí en adelante garabateo todo. Me aplasté un momento en el escalón de la puerta de entrada, tenía mojados los zapatos, también la playera. Mi estampa era la del derrotado. Recorrí Cuévano mentalmente. Traslapé tiempos y pasé por árboles recién podados, por un jardín colmado de parejas, escuché la música de la plaza, conté centenares de jóvenes que salen a hacer la ronda. Me detuve cerca del jardín. El bullicio me despertó de mi ensoñación: los japoneses haciéndose fotos de todo y con todos, las estudiantinas estridentes y avejentadas bajo el terciopelo barato de sus trajes a la rodilla, la tristeza de los mendigos, la alegría de los recién casados o de las chicas con novio en ciudades como ésta. Todo era el camino hacia un túnel. Me recordé frente a un cantinero gordo que limpia vasos permanentemente. En mi memoria me dice adiós con el trapo en la mano tras haberme regalado el tequila de la casa. Solía visitar el mismo lugar pasadas las clases de los sábados. Por las mañanas hablaba tanto como profesor que esas noches agradecía no tener que hacerlo ya. Veía todo en colores sepia, emborronado. Me parecía vacuo, pero no pesaba. Lo sentía liviano y yo mismo creía en la purificación de todo. La lluvia había limpiado ese peso de todos los recuerdos y yo no sabía lo que se avecinaba. Me esperaba una comitiva que ya pedía tragos en el Incendio. Me dejé llevar. Resultaría una experiencia vertiginosa. Un carnaval. Había gente de varias partes y aquello parecía una fiesta. La noche había sido caótica para mí y después de un larguísimo rato por fin pude aplastarme, con los zapatos empapados, en la mesa de una cantina. Una mesa

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llena de recién conocidos en un sitio del que yo había dejado de formar parte hacía ya años. Pero conocía al cantinero y conocía gente en la calle. Contaba las historias del lugar. La rockola tocaba Cristian Castro. Bebíamos. Pasamos a un karaoke y yo le veía los chamorros a una de mis invitadas. Canté junto a ella Mundo raro. Ella llevaba a su novio y, mientras charlaba con él, sabía que me sondeaba. Quería saber si me estaba o no tirando a su novia. Parecía una ingenuidad a mi ver, pero lo que pude constatar es que todo mundo intuía que yo había tenido que ver con ella. No era así, y a veces lo lamento, a veces no tanto. Se me antojaba la idea pero la temía. Sospechaba que era una fiera y un delirio hormonal andando, un pinche torbellino. Nunca me atreví. También creía en la posibilidad de ser amigo sin irme a la cama con alguien como ella. Sabía que me engañaba. Circulé entre los que habitaban la parranda: amigos, conocidos, invitados, nuevos conocidos. Todos lo pasamos violentamente bien. Cantamos, bebimos mucho. Un mesero nos avisaba que una amiga nuestra estaba indispuesta en el baño de mujeres. La sacamos de cazuelita hasta la calle donde alguien corrió por su auto y la recogió de una banca donde lo esperábamos en un paraje intentando sostener a mi amiga. Ella era un bulto. La esposa del amigo me estiró un billete y me lanzó a la fiesta. Me dijo que me avisaba qué sucedía y que no me preocupara. Media docena de enfiestados seguimos. Nos metimos a otro bar, después del segundo antro incendiado. Entré hecho un libador profesional al segundo piso. Las bocinas en el techo alto reproducían son. Pedí cubas libres para todos y me dispuse a bailar con una y con otra, y con otra. Terminé mi cuba en una mesa. Estaba ahí sentada una cuarentona de ojos verdes a la que le dio por decirme: Encanto. La chiquilla pecosa siempre estuvo allí. Había mudado un vestidito traslúcido que enseñaba parte de sus hombros chisporrotenates de juventud. Tenía puestos jeans y una blusa negra. Seguía con el labial rojo. Se burlaba de mí e intentaba cazarme para bailar. Yo resolvía los problemas maritales de mi amiga y su novio. En algún momento rogué al de seguridad para que no los sacara. Pedí más cubas libres y les hice jurar que se estarían quietos. Rato después debí entrometerme en un pleito con otro cabrón, ya bastante borracho, que estaba


a punto de terminar a golpes con el chico de mi amiga. Ella sí le acicateó unos puñetazos en el pecho al tipo. Se tranquilizó. El chico de mi amiga me veía bailar y partir el bacalao con tremenda agilidad. La cuarentona me advertía que si no fuera porque su hija de dieciocho estaba en casa, me robaba y se cobraba su regalo de cumpleaños conmigo. Me imaginé en algún momento así, vestido de cupido en calzoncillos con resorte de colores vivos y un moño en la tetilla izquierda. Me imaginé caminando por los empedrados llevado de la mano hasta la casa que ella prometía. Me imaginé metido en algún jacuzzi o en alguna cama en forma de corazón y en el techo espejos gigantes. Me imaginé en los brazos de esa cuarentona que me susurraba cada vez más que yo era un encanto. Volví al son y bailaba, lo hacía como si supiera, como si el ron con cola y limón ostentaran el abracadabra del ritmo cubano. Paneaba el bar y lo veía atiborrado. Era, sí, un carnaval de verano. Quedamos en beber algo otro día; me rayó su teléfono en el brazo. Sonreí y repitió el mote de esa noche con mucha coquetería de cuarentona. Recordé a las amigas de mi madre, cómo me jalaban los cachetes esas señoras embadurnadas con maquillaje ochenterísimo. Recordé también un libro de Eusebio Ruvalcaba y se me antojó un poco eso de las cuarentonas. La pecosa de jeans rondaba aún. Quería contarme su vida. Deseaba presumirme los años que había vivido. Se emocionaba por haberme encontrado. Reveló que había visto un programa cultural por descuido. Dijo que reconoció mi nombre y decidió que era una buena oportunidad para saludarme y para comprobar cómo me había tratado la madurez. Quería saber qué hacía y si tenía canas ya, quería saber de mí. La noche meteórica nos llevó a la casa donde dormiríamos. Bebimos un poco más pero ya no recuerdo mucho. Estaba tocado por las copas y quería dormir. Escogí una cama desocupada en el último piso y me eché como un bulto. Sentí la presencia de alguien, un cuerpo menudito y sentí cómo me insuflaba un poco de vida la manera en que metía sus manos en mi pantalón. Quise huir pero me resultó imposible. Estaba escindido. Mi cuerpo casi inerte respondía a las caricias juguetonas de la niña de labios rojos. Mi mente, en un desdoble oligofrénico me dictaba no de varias maneras. No quería tocar. Pero no hice nada para evitar que me besara. Dejé que me desnudara completamente. Alcanzo a recordar

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que la miré entera y sentí sus aureolas pequeñas y rosáceas encima de mi cuerpo, sentí sus vellos frondosos en mi vientre y no pude más. Mi cuerpo no se movía, mis instintos hacían lo que saben hacer los instintos. No me dejó tocarla cuando por fin me decidí, quería hacerla venir con los dedos y no jugar con fuego. Reclamó pronto, me dijo: ¡Quiero me que veas desnuda, papito! ¡No quiero tus dedos, quiero tu pito aquí!, indicó, otra vez –maliciosamente risueña–, su coñito fresco ardía. Notaba su clítoris y terminé por ponerme un condón y penetrarla sin más. Me sentía insensible pero ella estaba decidida y me montó. Le dolió. Dijo: La tienes muy grande y me duele. Fui cuidadoso y, ella boca arriba, me recibió. Empiné su cuerpo menudo y blanco y la penetré. No llegué a más. Seguro no fue suficiente, pero estaba yo hecho pedazos y era la fantasía de ella. Yo no pensaba, y si lo hubiera podido hacer, seguro tendría la ilusión de estar en otro lado. Pero ese otro lado no existía. Pero ese otro lado volteaba para ver la corbata de un pasajero que en esos días era quien la invitaba a cenar, como diría ella, era con quien salía. Era mucho más de lo que podía echar yo. Le avisé que me venía y dejé toda mi fuerza en esa eyaculación etílica. Caí rendido en segundos. Me despertó a las ocho de la mañana. Jugaba, se reía de mí y yo sentía que una aplanadora había pasado encima. Ni siquiera formulaba la idea de que estuviese ya despierta. Buscaba sus braguitas. Busqué mis calzoncillos. Me acarició un rato pero ya se iba. Yo no quería saber más. La ventana desierta seguía allí. La noche había sido una montaña rusa en la que creo que soñé que bailaba con la marrana blanca. La encaminé a la calle y supe que quizá, cuando ella gemía hacía unas horas, los demás que dormían en las otras camas, se habían enterado. Todo era un pinche sueño revuelto. No se dijo más. Un par de amigos y yo pasamos al mercado a comer algo y estuvimos largo rato aplastados en un cafetín de la zona. Mi amiga la cantante y su novio habían vaciado las botellas que había en la casa y no despertaron sino como hasta las cinco de la tarde del día siguiente. Tras las gafas de sol, intentando no pensar lo violento de la noche, cruzaba las manos y sentía el sol pulverizándome las


Fotografía por Said Valenzuela Mata 2015

ideas. No. Me repetía. Todo fue un largo sueño de decadencia. Soñaba que lo había soñado y renunciaba a pensar que, más allá de que yo hubiera hecho algo, viviría bajo la sensación de que me había tirado a una muchachita. Algunos días después recibí un correo. Otra docena de fotos provocativas. Me decía la pecosa, a diferencia de la primera ocasión que había enviado fotos en ropa interior para desearme feliz cumpleaños al estilo Marilyn y Kennedy: ¡Gracias! La noche me la llevo, encanto. Luis Felipe Pérez Sánchez (Irapuato, 1982) es maestro en Literatura Mexicana por la BUAP. Fue becario del Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato, en 2007. Formó parte de las generaciones 2011-2012 y 2012-2012 de la Fundación para las Letras Mexicanas. Ha publicado en Laberinto, Milenio Diario. Revista de la Universidad de México, entre otros. Obtuvo el Premio Nacional de cuento Efrén Hernández 2012. Publicó el libro de cuentos Eufemismos para la despedida (La rana, 2013); de donde se extrae este cuento.

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UN DOMINGO EN GUANAJUATO Juan José Prado y Viramontes

(Basado en hechos de la vida real.) Eran las doce del día y la camioneta, después de un rápido viaje por la provincia, hacía su arribo a la hermosísima ciudad de Guanajuato, bueno, eso les habían contado unos amigos. Les quedaba todavía unos días de sus vacaciones y pensaban pasárselos en ésta. —Niños, despiértense, ya estamos llegando –dijo el papá muy contento de estar entrando a la ciudad–. Miren los túneles. Y todos entre dormidos y sorprendidos veían con admiración esos grandes agujeros tallados en la roca que atravesaban de lado a lado los cerros, siguieron su camino y, al poco rato, como en cuento de hadas, al salir de uno de los túneles la ciudad apareció y les mostró parte de su belleza. —¿Por qué se ve tan claro? –dijo el niño. —Porque aquí no hay smog como en el D.F. –contestó Doña Silvia, que también estaba admirada del paisaje. —Creí que nunca nos ibas a traer a esta ciudad –añadió la señora sacando una cámara de video y preparándose a tomar algunas vistas. —Papá –preguntó el niño–, ¿por qué esos coches traen una vaca encima? –indicándole un carro que al salir del túnel se había encontrado con una vaca pastando a mitad de la carretera, y ahora la traía encima del cofre. — Es que... este... esta ciudad es... ¡como en la India! y las vacas han de ser sagradas. Explicó confuso el papá, no entendiendo por qué iba una vaca arriba de un auto, mientras la señora le tomaba video al carro y a la vaca. Luego llegaron a un entronque; estaba ahí un letrero con indicaciones. No supieron para dónde irse, ya que ningún nombre les era familiar: “A la Presa de la Olla”. —¿Quién sería esa mujer? ¿Y qué habría hecho para estar presa y en una olla? Quién sabe. Y se decidieron por la derecha. —¿Estás seguro de que por aquí es, Juan? –le preguntó


la señora. —No sé, nunca he venido a Guanajuato. Bueno, vine hace como treinta años, pero ya no se parece nadita a como era antes. Creo que entré por otro lado; antes no había esta entrada –contestó Juan. —Como que todo se ve nuevo, ¿no? –observó la mamá. —¿No que Guanajuato es una ciudad Donde el tiempo se detuvo y que no ha cambiado nada en siglos? –dijo Marisol, la linda jovencita de 17 años. —Mis amigos vienen todos los años al Cervantino y dicen que se divierten mucho. —Pues tus amigos son una bola de borrachos, y nomás vienen al Cervantino a tomar y al reventón, ni reservaciones traen. ¿Ni creas que te voy a dejar venir con ellos? Hasta se vienen de aventón por no gastar –dijo la mamá a la chica. —¡Miren ese monumento! –gritó el papá entusiasmado al llegar al conjunto escultórico de Cervantes y sus personajes. —Papa, tengo ganas de hacer chis –dijo el niño. — ‘Orita vas, en el primer hotel que encontremos – respondió el papá. —¡Cómo! ¿No tenemos reservaciones? –rugió la señora, en el momento en que entraban en un túnel. —Nnn...no, pero Guanajuato no es como Acapulco, aquí si encuentras hoteles y baratos –comentó don Juan muy seguro de sí. De pronto el tránsito se detuvo y quedaron justo atrás de un camión urbano, que emitía tanto humo por el escape, que parecía que se iba quemando. Después de 5 minutos, tuvieron que subir los cristales porque ya empezaban a ahogarse. —¿No que no había smog, mamá? –dijo la jovencita. La señora volteo con los ojos llorosos, y le contesto apenada. —Bueno lo que pasa es que en el túnel se concentra el humo de todos los coches y es por eso que... La explicación fue interrumpida por el niño que insistió. —Mamá tengo ganas de hacer pipí. El papá molesto le gritó. —¡Que te esperes!, ya mero llegamos al hotel. Marisol un poco irónica dijo —¿A cuál hotel? Hubo un silencio en el cual sólo se escuchaban los

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motores de los autos que aún seguían prendidos, ya que la mayoría los habían apagado. Después de 40 minutos encerrados en el túnel, los carros empezaron a caminar, todos los que ahí estaban inmediatamente prendieron los autos y empezaron a rodar cuesta abajo, vieron poco a poco el final del túnel como esa luz brillante que dicen se ve cuando uno se muere. Memo sudaba y se aferraba al asiento y cruzaba las piernas para evitar orinarse. Finalmente salieron a la luz; un agente de tránsito se hacía “bolas” tratando de darle el pase a 570 carros que querían estacionarse en el parque Embajadoras. —Mira Juan ahí está un hotel, párate para que Memo vaya a un baño –dijo Doña Silvia. — ‘Orita me estaciono y vamos. Pero el río de autos los empujaba sin darles oportunidad de pararse en ningún lado. Quisieron preguntarle al oficial de tránsito, pero en ese momento fueron tragados por una ola de humo de cinco autobuses urbanos, que marchaban lentamente uno tras del otro y ni un lugarcito para estacionarse. Marisol dijo —Miren aquí también hay metro. —No seas babosa, son autobuses pero van casi pegados uno tras otro. Le contestó el niño mientras los autos iban siguiendo al de adelante hacia… algún lado. —¡Por allí! Pá, mira, ese letrero dice que por ahí se va al centro. Y siguiendo a una fila de carros se metieron por la calle de San Sebastián. 20 minutos después estaban quién sabe cómo en una calle llena de autos por el barrio de Pastita. —¿Y aquí qué? –dijo la señora molesta. —¡Pues yo que sé! –le gritó don Juan desesperado, mientras se daba vuelta. —Es la primera vez que vengo en un chorro de años. Antes no había coches, y ahora como que todos traen carro. —Papá me estoy meando. Insistió el niño que ya se había hecho un nudo en el... pantalón. —¡Ay Mamaaá!, Memo, ya se orinó y mojó el asiento. ¡Fuchila! –grito la chica. La señora buscó un trapo para secar los orines. Entre


dientes, musitaba algunas palabras de regaño. —Muchacho tan cochino, mira nada más que chorreadero. Si tan sólo pudieras pararte en algún lado. ¡Por Dios Juan!, párate en algún lado. Suplicaban la Señora y la chica, mientras secaban el asiento. —¡Eso trato! ¿Creen que estoy dándoles un paseo por toda la ciudad, nomás por gusto?, si no hay un maldito lugar dónde pararse. Y el auto siguió a los demás autos en una absurda peregrinación de carros, que uno tras otro iban como si fuera el juego de “seguir al líder”. Llegaron a la Calle de Belaunzarán y ahí vieron un letrero que decía, al Centro, y justo en el momento en que iban a seguir ese camino, apareció un agente de tránsito y los desvió por otro túnel, y cuales típicos turistas desorientados siguieron las indicaciones del agente. En la siguientes horas la familia anduvo por el barrio de San Luisito, llegaron a Cata, ahí se devolvieron por la Hacienda de Luna, pasaron por un lugar que se veía muy viejo y que irónicamente se llamaba Barrio Nuevo, luego llegaron a la carretera panorámica, luego pasaron por Mellado, Rayas y después siguiendo la carretera Panorámica, en un paraje solitario, cerca de unas grandes murallones, en medio de un matorral se bajaron todos a hacer del baño. Apenas estaban comenzando, cuando una jauría de perros les persiguió hasta su auto. —Malditos perros, hicieron que me orinara el pantalón –dijo molesto don Juan. —Yo me arañé todas las piernas con un matorral lleno de espinas –comentó Doña Silvia, quitándose unas espinas que traía clavadas en las piernas. Una hora más y quien sabe cómo, pero por poquito y llegan al Mineral del Cubo, pero como había una especie de fiesta, por ese motivo los regresaron y después de media hora estaban otra vez en la carretera panorámica. —Mamá, me estoy asando –dijo Marisol con voz reseca y sudando hasta por las orejas. La señora iba a contestarle algo, pero el sueño que le daba el calor la llevaba como en trance. El papá y el niño llevaban la mirada vidriosa, al recorrer otra vez la carretera panorámica pero ahora de regreso. Don Juan

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veía cómo un carro delante de él, con placas de Quintana Roo, se subía a la banqueta y se bajaban desesperados unos niños, que buscaban un lugar para hacer sus necesidades y por arte de magia un patrullero en moto les levantaba una infracción. ¿De dónde había aparecido? ¿Cómo los había visto? ¿Cómo irían a pagar esa multa? Quién sabe. Luego de alguna manera regresaron otra vez al parque Embajadoras. —Papá, creo que por aquí entramos hace como tres horas, ¿no? —No –contesto el papá con la boca seca–. Fue hace cuatro horas. Y siguió la de autos que en procesión pasaban nuevamente por el Parque Embajadoras. Entraron a la calle Belaunzarán y ahí los desviaron rumbo a Cata otra vez. Pero ahora se metieron por ciertas calles laterales ahí mismo en la calle subterránea, que les llevaron en seis ocasiones a diferentes lugares pero siempre acababan en el parque Embajadoras. Repasaron todos los estacionamientos de la ciudad y curiosamente todos tenían un letrerito que decía Cupo lleno. A eso de las cinco de la tarde, siguiendo las señales de tránsito, llegaron extrañamente a la Calzada de Guadalupe, empezaron a descender por la calle, pero a mitad de ésta se dieron cuenta que iban en sentido contrario por una peregrinación que iba subiendo, así que tuvieron que regresarse en reversa, la gente les puso flores en el capacete y al llegar al templo ahí les indicaron cómo llegar al centro, bajaron por una serie de callejones, cuando le dijeron que tenían que ir por el callejón llamado Sepultura se imaginaron que ahí iban a quedar enterrados, al descender por los callejones en cada recoveco parecía que iban a embarrar el carro. —¿Estás seguro que por aquí es Juan? –le preguntó aterrorizada la señora. —Claro que estoy seguro, por aquí paso diario. Le contestó irónico, después de un rato de bajar por varias callejuelas Donde sus espejos rozaban las estrechas paredes. Por fin llegaron al callejón de Carcamanes, saliendo finalmente por el Templo de la Compañía de Jesús. —Nunca me imaginé que así fuera Guanajuato. Es un laberinto. Y por fin, apareció una calle principal. —¡Vaya! Creo que finalmente estamos en el centro – dijo contento don Juan.


Todos bajaron los cristales y se asomaron para ver que había de novedoso en ese mágico lugar llamado El Centro. Cuando por fin estaban pasando por la Basílica, un entierro que iba saliendo del templo los atrapó, y como aún traían las flores en el techo de la anterior peregrinación en la calzada de Guadalupe, los que iban acompañando al muertito, le pusieron un par de coronas de flores en el techo y tuvieron que irse a 3 km por hora siguiendo a una larga fila de dolientes que llevaban una banda de música. Al pasar por el mercado, aprovechando que la camioneta se detuvo por la lentitud en que iba la fila, un par de señoras gordas les tocaron en la puerta y se subieron en ella. —¿Nos pueden echar un rait? Es que ya nos cansamos, nos vinimos desde la Valenciana a pie porque los camiones no subían quien sabe por qué, así que hace como tres tres horas que andamos camine y camine. Ustedes, como traen coche, ni se cansan, pero una sí, ya traigo todas las piernas hinchadas –dijo una señora toda sudorosa. —Yo también, comadre, ya ve cómo tengo la pierna con mis varicis, pero todo sea por acompañar a don Catarino. Nuevamente preguntó la señora sudorosa –¿Ustedes son parientes o amigos de don Cata? Doña Silvia se le quedó viendo a su esposo y Marisol dijo muy triste. —Era mi tío. Memo se le quedó viendo y le dijo –¿Don Cata era tu tío? Marisol, tapándole la boca aseveró con la cabeza. Luego, al llegar al Puente de Tepetapa, la señora gorda dijo —Aquí nos bajamos porque no sé qué se les cayó en el asiento que ya me mojé toda. —Sí, huele medio raro –dijo la otra oliéndose la mano. —Ha de ser el refresco que tiró Memo hace rato –dijo Juan y ambas señoras se bajaron. —Qué bueno que ya secaron el asiento esas señoras – comentó Memo. Los cuatro soltaron la carcajada y tomaron la primera desviación que encontraron. Después de entrar a la calle Subterránea nuevamente y de media hora de recorrer la ciudad siguiendo los señalamientos llegaron a Pastita otra vez. El calor intenso y el sopor que provocaba el movimiento

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del carro provocaban que todos fueran ya semidormidos. —Miren, por aquí pasamos cuando llegamos –dijo Marisol. Don Juan y Silvia, con los ojos llorosos de desesperación, iban pensando que hubiera sido mejor quedarse a ver la reseña de los homicidios de las muertas de Juárez que haber ido a pasear a provincia y en especial a esta ciudad horrorosa que no contaba con un sólo lugar para estacionarse. Sin saber ni cómo ni cuándo, y después de otros 50 minutos de andar siguiendo a una fila de camiones urbanos, cuando empezaba a anochecer, finalmente estaban saliendo de Guanajuato camino a Dolores Hidalgo por la sierra de Santa Rosa. —¿Vamos a ir a Dolores Hidalgo papá? –preguntó Memo. —¿A qué vamos para allá? Ya es bien tarde –dijo doña Silvia, enojada. —Pues por eso. Porque ya es muy tarde, vamos a descansar esta noche y mañana nos vamos para México. Apenas llevaban 30 minutos de haber salido de Guanajuato, cuando el combustible se les acabó. Durante dos horas estuvieron haciendo señas para que les dieran gasolina. Un camionero con cara de sicario se detuvo y les pasó un poco. —No me iba a parar porque su carro da miedo, con esas flores en el techo; parece carrosa fúnebre, y eso es mala suerte –dijo el hombre con voz ronca. Don Juan aprovechó para quitar las flores que traían. Como maldición, la gasolina se les acabó nuevamente, así que tuvieron que empujar el auto cinco kilómetros hasta la primera gasolinera de Dolores Hidalgo. Doña Silvia y Memo quedaron dormidos del cansancio en el asiento de atrás. Mientras llenaban el tanque del carro de gasolina, Marisol se le acercó a su papá y le dijo —Ha de ser bonito Guanajuato, ¿verdad? Ojalá y algún día podamos venir. Juan José Prado Viramontes (Guanajuato, Gto.; 1950) es maestro de Artes Escénicas en la Universidad de Guanajuato. Fundador del grupo teatral Batracio y del grupo de teatro A Capa y Espada. Ha sido colaborador del semanario Chopper. Autor de más de 60 obras de teatro (comedias en su sólo acto, pastorelas, sociodramas y obras para niños) y cuentos. Maestro de teatro en el INAPAM desde 2004; y director del grupo teatral de la organización altruista para jóvenes de escasos recursos Brillantes Caminantes desde 2012. Poemas humorísticos suyos aparecen en Literatura Guanajuatense 09 (H. Ayuntamiento de Guanajuato, 2009).


LA MUJER DE LA NOCHE Juan Octavio Torija / Jorge Olmos Fuentes

“Si Lola quiere amar / ¡Ay de ti! / Lo que ella quiere lo tienes que hacer / Si Lola quiere amor / Ya prisionero de allá tú serás”, canta para nosotros con sabor y gracia, y con la intensidad melódica de la Sonora Matancera, el puertorriqueño Boby Cappó. Pero esos versos se escuchan en un lugar propio para el esparcimiento y solas etílico de los adultos –sin distinción de género– al que normalmente los cronistas contemporáneos no asisten quizás porque sus plumas se han vuelto escleróticas o porque lo considera un sitio non sacto. Decíamos esto en virtud de que en tales lugares, nocturnalmente saludables, entre muchos otros, siempre se encontrarán, con toda certeza, los personajes y los hilos que animan las habladurías de las próximas leyendas de la ciudad. Por nuestra parte, grises miembros de la fauna guanajatensis, damos testimonio sobre uno más de esos personajes. Nadie sabe cuándo llegó esa mujer a Guanajuato, tampoco se sabe dónde asentó su morada, ni cómo se ganaba la vida: todos desconocen sus cuitas, sus enredos, sus afanes y hasta su verdadero nombre. Los que han creído intimar con ella, la llaman Carmen y dicen que llegó de la Ciudad de México huyendo de un amor perverso y violento. Otros, menos íntimos, aseguran que se llama Lola y que vino de Sevilla, donde bailaba las tradicionales sevillanas en un tablado clandestino. En aquella ciudad arrancaba además otras pesetas a los turistas extravagantes engatusándolos en los lugares más sugerentes de la capital andaluza. Desde el primer día que ella plantó sus pies en esta ciudad de minas, no faltaron comedidos que quisieron entregarle su amistad ofreciéndole flores, perfumes, techo, dinero, a cambio de sus caricias. Así pues, las atenciones masculinas proliferaron, a despecho del disgusto de las mujeres que veían amenazadas sus relaciones. La leyenda de esta mujer comienza con su apetito voraz por los hombres. Choferes y poetas, meseros y artistas, burócratas y músicos de la orquesta del pueblo, pintores y trapecistas, arquitectos y albañiles, boleros, abogados y tramoyistas. Y continúa con el hecho de que cualquier mirada suya, de enojo o suspicacia, de amor o miedo, hacía estremecer al más bragado. Una mano diestra con la pluma o el pincel habría encontrado en ella un modelo espléndido de atributos físicos capaz de subyugar a cualquiera con sus hechizos de hembra. Y aunque nosotros no tenemos la destreza de esa mano, ni la pluma ni el pincel, anotaremos de ella unos cuantos rasgos. Desde luego que era

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hermosa, cautivante para mejor decir. Seducía con su voz grave, profunda, sonora y ligeramente ronca; y con sus pensamientos insinuantes, en todo momento provocativos. Había sensualidad en casa uno de sus actos; era imposible no sentir una agradable sensación si ella levantaba los brazos desnudos hacia su nuca para recogerse el pelo, o cuando echaba hacia atrás el busto riendo a carcajadas y permitía aprecia su cuello moreno, o bien cuando al acordarse sobre la mesa colocaba su mentón en la palma de la m ano, llevándose a la boca de vez en cuando el cigarro sujeto entre sus dedos. El lector ya habrá adivinado que su cabello era espeso y muy negro, selvático, y que sus ojos poseían el magnetismo de una gata, sobre todo cuando miraba de soslayo. Su piel era acanelada, fresca y con aromas de albahaca y toronjil. En su moldeado cuerpo destacaba su talle delgado, pero carnoso, como de pera madura. Y si al final nuestra mirada llegara a sus muslos, podríamos darnos cuenta de que cada uno parece la trompa de un elefante, blandos pero firmes, vibrantes. No se diga más. Para conocerla basta con asistir, después de las once de la noche, al mejor antro recreativo para adultos que hay en Guanajuato, del cual hablamos al principio de este relato… Si Lola quiere amar ¡Ay de ti…! Lola jamás ha fallado Por su cuerpo que es tan recurveado No te resistas, no… Ahí estará Carmen, allí estará Lola. Sentada, delante de su cañita de tequila, como si no hubiese consumido ya en ese día la ración de cinco hombres juntos. Sentada, degustando cada trago mientras atrapa con sus ojos chispeantes a su nueva víctima. No me dejes Olvidar tu nombre Yo te quiero recordar No dejes que te olvide Por favor… Hela ahí, entre los velos de la penumbra, compartiendo su mesa y su bebida. Entre las sombras, el humo de los cigarros y el sonido de la música, el dichoso y suertudo galán escucha la sonoridad seductora de esa mujer, dejándose hechizar, además, sin que nada lo impida, por esa mirada magnética. Entonces


ella pone al descubierto una parte de su alma, pero más que nada oye lo él platica, atiende a las confidencias de su intersantísima vida. Incluso llega a derramar un par de lágrimas solidarias. Beben. No lo sé No sé decirte Cómo fue No sé explicarme qué paso Pero de ti… “Sácame a bailar”, sugiere, ordena ella, después de los dos tragos de la medianoche. Un elegante danzón, un nostálgico bolero, un sabroso merengue en aquella improvisada pista de baile. Ya prisionero de ella tú serás No te resistas, no Si se te acerca un poquito más… Más tarde, no sabremos a qué hora, nadie advertirá cuando la pareja se retire del sitio. Más tarde, tampoco se sabrá en qué lugar obscuro compartieron el término de la noche. Y aquí la leyenda de esta mujer llega a su fin con el relato, tal vez disparatado, de algunos de esos galanes. Según ellos, cuando el cantor del primer gallo anuncia el amanecer, en vez de abrazar a la misma gozosa figura de Carmen, despiertan con un gran lagarto entre sus brazos. De inmediato el hocico de la bestia les baña la cara con un aliento nauseabundo, al tiempo que les pide, entre sus gruñidos semihumanos, que la amen así para toda la vida. De este modo una noche ha sucedido a otra, y un año a otro, tantos que la historia de sus amores se ha vuelto del dominio público, tantos que de ser una anécdota extraña se ha vuelto un hecho ordinario. El tiempo, sin embargo, no borrará de nuestro corazón la hermosura de su imagen. Al fin y al cabo, querámoslo o no, está convirtiéndose en leyenda. Jorge Olmos Fuentes (Irapuato, Gto.) es editor, escritor, poeta y profesor. Ha pubicado los poemarios Amor de arena (La Rana, 1993), Música negra el enunciado (Universidad de Guanajuato, 2005), Baladas un poco tristes (H. Ayuntamiento de Guanajuato, 2006), entre otros. Con el fotógrafo Antonio Galindo publicó, el libro de poesía y fotografía Luz a paso lento. (H. Ayuntamiento de Guanajuato, 2005). Juan Octavio Torija ha escrito poesía poesía y ensayo. En éste último género ha publicado: Armando Olivares Carrillo: una aproximación (Fundación Cervantista Enrique y Alicia Ruelas AC, 2011) y Juan Ibáñez. Se ha desempeñado como editor.

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De la colección “San Luisito”. Serie fotográfica que relata el arte de crear figuras de barro o arcilla, la alfarería en San Luisito, en Guanajuato Capital. Fernanda Rangel Vázquez 2011


[EL VUELO DE ÍCARO]

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NOCHE DE PERROS Benjamín Valdivia

Noche guanajuatense, noche de perros Elsa Cross

Un ladrido en los bordes de la luna. Me despierto de noche. He creído escuchar voces del alba. Eran múltiples perros. Sombría serenata en la que todo es negro, sin volumen. Desperdiciada hora en la que vuelvo a dormir para de nuevo despertar.

Benjamín Valdivia. (Aguascalientes, 1960) es académico, editor y autor de la vasta obra literaria que incluye la poesía, la novela, el ensayo, el teatro y la traducción. Ha merecido cerca de una veintena de premios por su obra. Publicó, entre otros, Demasiada tarde (Universidad de Guanajuato, 1987), El camino del fuego. Ensayos de poesía guanajuatense, (Gobierno del estado de Guanajuato, 1991), Indagación de lo poético (Tierra Adentro, 1993), Paseante solitario (La Rana, 1997); de donde se extra este poema) y Horaciones (Azafrán y cinabrio, 2011). Es catedrático de la Universidad de Guanajuato, desde 1982


DIAGONAL A. J. Aragón

Cómo pasear por esta ciudad sin tener a mano sus fotografías antiguas no sé si será más bella en la sombra sepia o bajo el resplandor de los metales ahí viene Baudelaire por el claroscuro de Sopeña no sabemos si entrará al MIQ o si descansará en la plazuela de Cervantes es viernes la tarde pasa de amarillo a violeta el agua fresca ha desaparecido de los altares cuando Baudelaire vuelva a su mundo llevará en su equipaje las flores de Guanajuato

A. J. Aragón es poeta y editor. Ha coordinado los talleres de creación literaria de la Casa de la Cultura de Querétaro, de la Red de Unidades de Extensión de la Universidad de Guanajuato y la Casa de la Cultura de Guanajuato, entre otros. Ha publicado El oficio de esperar (Universidad de Guanajuato, 2000) y Nuevas prosas del Kilimanjaro (Universidad de Guanajuato, 2001), entre otros libros.

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¿Y LAS ESTRELLAS? Rocío Mexicano las estrellas están vivas pero valen lo que estas cerezas que como a solas D. E

pensaba llenar mi alcancía pero siempre gasto todas para alumbrar el callejón que lleva a mi casa tal vez un día tenga tantas que pueda guardarlas en el banco entonces podré presumirlas a todos y hasta prestarlas para que se hagan collares

Rocío Mexicano (Guanajuato, Gto., 1989). Estudió Letras Españolas en la Universidad de Guanajuato. Figuró en la antología Duda en llamas (Universidad de Guanajuato, 2007). Publicó el poemario Besos de madrugada (H. Ayuntamiento de Guanajuato, 2011). Ha participado en lecturas de poesía en escuelas y festivales de poesía en Guanajuato.


AUTOEXILIO Daniel Silva

Estoy cansado de ti de nuestra complicidad de amantes despertar a tu lado día tras día no te pido que me ames sólo quiero beber contigo llenar de odio nuestros cuerpos ahora en vigilia en un ocaso imbécil regresar nuestros poemas a la cantina en donde nos encontramos tener tan sólo la certeza de que al final de la noche te irás con otro hombre.

Daniel Silva (Irapuato, Gto., 1985). Ha colaborado en: El Correo, El Financiero, Los perros del alba, Molino de letras, Onomatopeya. Fue becario del FONCA en 2011. En 2013 participó en el evento Compartir la palabra, durante el 41 Festival Internacional Cervantino. Figura en la antología Sueños diurnos (Universidad de Guanajuato, 2015). Obtuvo un tercer lugar en el Premio Espiral de Poesía 2010, de la Universidad de Guanajuato.

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: GUANAX SUBTERRÁNEO Aldo Revfaulknest

sol púrpura que corona el paisaje de cartón pirotecnia que disfraza la tristeza de Saint Clement harmónica de Do en callejón del Piano mariachis que comparten charanda con Armando desgárrense las guitarras en la parda ladera del río monedas de cobre para resortera contra los azules mentadas de madre como flash en la cara peces que se caen del cielo / multitud que se dispone cazar / los poetas que se ríen del onirismo decimonónico los jarales que se evaporan y las botas en el río música rock & ranch por doquier en el jardín los sonámbulos bailan / sin grifa / sin morra meado Shakespeare is drunk en Guanajuato libre los retratos de tu piel atormentan mis ojos la vida es menos errada en la calle subterránea ahí donde todos ascienden clandestinos a llorar

Aldo Revfaulknest ha laborado en el diseño editorial de las revistas Tropo a la Uña y Luces del Siglo. Poemas suyos aparecen en Los Caminos de la lluvia (Del Lirio, 2013). Publicó Giroscopio Ambulante (Canapé, 2013).


[LA NAVE DE LOS LOCOS]

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JOSÉ ALFREDO Y EL ETILISMO ESTÉTICO: TRES TEXTOS BREVES Armando Gómez Villalpando

Los muchos José Alfredos: Tequilfredo Para nadie es un secreto que José Alfredo Jiménez le haya cantado al vino en muchas de sus composiciones, aun¬que para muchos es, todavía, un escándalo: «¡Fíjense, no¬más… hasta le hace himnos a su vicio!». Tal hecho revela la permeabilidad de una obra a las influencias pasionales de la vida que la alimenta, y es, también, el pie que permite descalificar ad hominem una obra que sólo permitiría, si ese fuese el caso, una desacreditación estética. Hay que recordar que no todo lo (supuestamente) malo es necesa¬riamente feo, así como tampoco todo lo (supuestamente) bueno es necesariamente bello. A continuación presentamos una brevísima antología de fragmentos de algunos de los cantos etílicos que im¬pregnan muchas de las letras de José Alfredo Jiménez. En esta selección son visibles las múltiples significacio¬nes que el alcohol, como símbolo personal, tuvo para José Alfredo, algunas de las cuales mueven más a simpatía que a indignación. •Las copas como musas: “hago que se sirva vino / pa’ que nazcan serenatas” (Mi tenampa). •El alcohol como ofrenda: “tú bien sabes que si ando tomando, / cada copa la brindoen tu honor” (Serenata sin luna). •El alcohol como purga cardiaca: “Esta noche me voy de parranda / para ver si me puedo quitar / una pena que traigo en el alma” (Esta noche). •El alcohol como termómetro de hombría: «”ver quien se cae primero, / aquel que doble las corvas / le va a costar su dinero”(Llegó borracho el borracho). •El alcohol como vía de convencimiento amoroso: “ómate esta botella conmigo / y en el último trago me besas” (En el último trago). •El alcohol como detonante telepático: “me están sirviendo ‘orita mi tequila, / ya va mi pensamiento rumbo a ti” (Tu recuerdo y yo).


Pa’ todos los adoloridos De entre el nutrido repertorio de composiciones de José Alfredo Jiménez, Pa’ todo el año es una de las más solicita¬das en ocasión de una celebración en la que existan maria-chis, o una buena sinfonola, o un guitarrista aficionado a la mano. Incluso podríamos decir que es una de las cancio¬nes rancheras más escuchadas, y más características de la vena poética del cantautor dolorense. A continuación consignaremos la letra para que se tenga fresca a la hora de que sean leídos nuestros apuntes hermenéuticos. Pa’ todo el año Por tu amor que tanto quiero y tanto extraño, que me sirvan otra copa y muchas más, que me sirvan de una vez pa’ todo el año, que me pienso seriamente emborrachar. Si te cuentan que me vieron muy borracho, orgullosamente diles que es por ti, porque yo tendré el valor de no negarlo, gritaré que por tu amor me estoy matando y sabrán que por tus besos me perdí. Para de hoy en adelante ya el amor no me interesa, cantaré por todo el mundo mi dolor y mi tristeza, porque sé que de este golpe ya no voy a levantarme y aunque yo no lo quisiera voy a morirme de amor. Esta canción es un aullido del corazón orillado al duelo etílico desmesurado, y consta de tres coplas: en la primera, copla del vino cataplasmático, se documentan las razones sentimentales de la prolongada travesía que ha decidido hacer un gañote desatado, por el inacabable mar de Gay-Lussac, en pos de las costas del olvido; en la segunda, copla del naufragio anunciado del alma, se confiesan, estentóreamente, los motivos suicidas del meritorio ahogamiento del sufriente en las aguardentosas aguas del recuerdo de la que “se peló”, no sin antes endosarle, clamorosamente, la deuda de su ulterior occisidad; en la

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tercera y última, copla del desdén y del romanticismo macabro, se desprecia a la que no lo supo valorar, se amenaza con una campaña de denuncia intercontinental de los daños y los perjuicios emocionales infligidos por la ausente y se acusa recibo de la honda y letal estocada de su abandono. Ebrios, rijosos y occisos Es muy probable que la canción de José Alfredo Jiménez que más se parezca a una crónica de nota roja sea “Legó borracho el borracho”, estrenada en 1963. Y es también esta canción la que más mala fama le ha dado como compositor entre la clase media urbana, ya que es considerada como una oda épica y clínica al exceso en la ingesta de elíxires ataratantes. Veamos la letra. Llegó borracho el borracho pidiendo cinco tequilas, y le dijo el cantinero: se acabaron las bebidas “si quieres echarte un trago, vámonos a otra cantina”. Se fue borracho el borracho del brazo del cantinero y le dijo “¿Qué te tomas? A ver quién se cae primero, a aquel que doble las corvas le va a costar su dinero.” Y borracho y cantinero seguían pidiendo y pidiendo, mariachis y cancioneros los estaban divirtiendo, pero se sentía el ambiente muy cerquita del infierno. Gritó de pronto el borracho: “¡La vida no vale nada!”, y le dijo el cantinero: “Mi vida está asegurada;


si vienes hechando habladas, yo te contesto con balas.” Los dos sacaron pistola, se cruzaron los balazos la gente corría hecha bolas, seguían sonando plomazos. De pronto los dos cayeron haciendo cruz con sus brazos Y borracho y cantinero, los dos se estaban muriendo; mariachis y cancioneros también salieron corriendo. Y así acabaron dos vidas por un mal entendimiento. Esta canción está compuesta por seis coplas. La primera, copla de los gañotes gemelos, narra el encuentro de la sed con las ganas de tomar; en la segunda, copla del reto hepático, se apuesta la cuenta de la bebediza a la conservación de la verticalidad en la cuerda floja el tequila; en la tercera, copla del aguante empatado y calientito, los hígados, colmados de marranilla y adrenalina, echan sus primeros hervores al son de sus preferencias musicales; en la cuarta, copla del duelo inminente, rayos verbales preludian los truenos de la pólvora; en la quinta, copla del despilfarro del plomo, la tragedia acontece a pesar de la puntería de los actores; y en la quinta, copla el despilfarro de plomo, la tragedia acontece a pesar de la puntería de los actores; y en la sexta y última, copla del rojo desenlace luctuoso, a los agonizantes protagonistas de la bravata, empapados en sangre y savia de agave, y gruyereados por la metralla, los amortaja una eufemística moraleja. Armando Gómez Villapaldo (Ciudad de México, 1952). Psicólogo por la UNAM, e investigador en educación por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Ha publicado Aerobics Verbales (México Universitario, 2001), Corazón a la intemperie. Ensayo múltiple sobre José Alfredo Jiménez (La Rana, 1997; de donde se extraen estos textos), Para comprender a Monsiváis. Estilo y hermenéutica (H. Ayuntamiento de Guanajuato, 2008) y Varia lírica (La Rana, 2011), entre otros. Compiló los Ensayos de Emilio Uranga para la editorial del Gobierno del Estado de Guanajuato. Ha fungido como periodista y desde 1973 se desempeña como profesor en escuelas de diversos niveles.

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