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Este libro está escrito por alumnos y alumnas de Taller de escritura creativa (Otoño 2016) - GES Institut Obert de Catalunya La ilustración de la portada es de Quirze Grifell. Los trabajos seleccionados corresponden a compañeros del curso. Felicitaciones a todos por vuestro trabajo.

Aigua Mª Batlló Garis (S_OLO) Maria José Español Blanco (TM) Desiree Gomez Rubio (SE) Alicia Llamas Garcés (EH) Ester Castells Dot (LC) José Domingo Palacios Roig (IOC) Kenneth Braulio Basilio Párraga (IOC) Juan Carlos Talavera Gijon (TM) Salvadora Martínez Sánchez (IR) Juan Carlos Talavera Gijon (TM) Andy Maciulis (BCN) Claudia Torrelles González (ML)

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Autorretratos literarios Mi espejo De nombre Aigua, de estatura media, de pelo largo y moreno. De ventanas dos lunas de color marrón verde, una de las cuales está cerrada y no deja entrar nada, mirada curiosa y filosófica, de cejas negras y boscosas, de piel fina que se desliza pasando por una nariz montaña hacia los labios gruesos y rojizos, que forman una sonrisa alegre, pero también pueden transmitir mucha seriedad. Manos hábiles, creativas y soñadoras, que vuelan con el lápiz en el papel como bruja en la escoba por el cielo de medianoche. Se deslizan entre palabras, versos y letras, retratando sus sentimientos, dolores, angustias y emociones, amores y desamores, sueños y filosofías. Emocional, comprensiva, leal, persona que se cuestiona lo que ve, oye, huele, toca o saborea. Pensamiento filosófico, creativo y ambicioso. Apego inconsciente a los seres más queridos. Gusto por viajar, aprender, vivir y crear. Aigua Mª Batlló Garis (S_OLO)

No siempre fui así Me acabo de levantar y no recuerdo quién soy. Intentaré hacer memoria. Empezaré por presentarme. Me miro al espejo y veo el reflejo que el resto del mundo conoce de mí: mi aspecto. Soy mujer, de mediana edad y con una imagen muy común. Mi estatura es media, ni alta ni baja, y quizás con algo de sobrepeso, pero no demasiado. Será porque mi barriga tiene una redondez algo desproporcionada. Es maravillosa porque claramente soy una mujer embarazada. Mi cabello es castaño aunque tengo algunos reflejos blancos que anuncian mi madurez inminente. No recuerdo haber llevado un corte de cabello diferente al que llevo ahora. Mis ojos son grandes y me gusta comparar su color con el de los frutos secos: en ocasiones almendras, en otras son avellanas. Realmente todos mis rasgos son algo grandes, tanto mi nariz como mi boca son contundentes. Mi letargo matinal me acompaña desde mi más tierna infancia. Adoro dormir y recrearme en mis sueños todo el tiempo que me sea posible, que cada vez es menos. Ahí me encuentro en mi espacio de reflexión personal y necesario para mi paz interna. No siempre fui así. Me recuerdo como una gran domadora de situaciones nuevas, de una aventurera arriesgada y una idealista de gran corazón y mayores expectativas. Siempre entendí

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tener un motivo para cambiar, combatir, experimentar y empezar de cero constantemente. Ahora el sedimento de aquella aprendiz dejó en mí serenidad, paciencia y resignación voluntaria y no dolorosa (acabé comprendiendo que no todo aquello que persigues puede estar a tu alcance). Por otra parte le agradezco el producto de sus vivencias porque me dio la oportunidad de vivir una existencia más plácida, equilibrada y dedicada a mis afectos reales (no caprichosos) que con el tiempo fueron decreciendo. Mis luchas son otras y las escojo con estudio previo. Y quizás de nuevo mantengo rasgos de "ella", quizás incluso mi aspecto no cambió tanto y la recuerda. Pero ya no lo soy. Me di la tregua para descansar y ceder mis inquietudes (y acompañar) a los tres hijos que escogí tener, incluido el que ahora abraza mi persona de forma literal. Maria José Español Blanco (TM)

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Vidas imaginarias No muy llamativa Todo comenzó un 23 de septiembre, me encontraba en una parada de autobús y estaba nevando como hacía tiempo que no lo hacía. Me enamoré, sí, me enamoré de una mujer de piel oscura y rasgos no muy llamativos. Ella leía un libro mientras cogía la mano a un pequeño. No sé si fueron imaginaciones mías pero el pequeño me recordó al personaje de Jacobo de un cuento que a mi madre le encantaba leerme. No recuerdo bien el nombre, lo único que recuerdo es que era de Anderson Imbert. Bueno, a lo que iba, me llamó la atención nada mas verla, sus ojos llenos de alegría, como si un rayo de esperanza renaciera en su mirar. No me atrevía a mirarla más que de reojo. El chiquillo se escapó de la mano de su madre, que gracioso tan pequeñito y travieso, se me acercó y con la mayor inocencia del planeta me preguntó..".¿Por qué miras a mi mamá de reojo?" No supe qué contestar pero noté cómo mis mejillas enrojecían. Empecé a tartamudear y el pequeño comenzó a reír diciendo: "Tranquilo, te entiendo. Cada día cuando despierto me pregunto cómo puedo tener una mamá tan bonita." La mujer enrojecía y le dijo al niño "Dylan deja de molestar a la gente con tus tonterías". La verdad, no sé de donde saqué el valor pero en ese momento las palabras surgieron de mi boca tal como un volcán cuando entra en erupción. Señora -le dije- no riña al pequeño, la verdad es que tiene toda la razón, tiene usted algo que la hace especial y no me ha sido indiferente. Ella no supo qué decir, solo me dio las gracias y enmudeció. Dylan me dijo: ¿Le puedo pedir un favor? -le dije que sí sin pensarlo-, mi mamá y yo llevamos días sin comer, mi papá nos abandonó hace una semana y nos dejó sin nada y ella es tan buena que lo poco que conseguimos llevar al estómago me lo da a mí y ella caerá enferma. Sin pensarlo dos veces me levanté y les pedí que me acompañaran a la cafetería de la esquina. La mujer no sabía cómo agradecerlo, pero no quería su agradecimiento, solo quería seguir observando sus rasgos nada llamativos. Mientras comían el pequeño Dylan explicaba que su mamá era bailarina, pero que por tenerlo a él no la habían vuelto a llamar, ¡qué crío por dios!, no podía creer que algo tan pequeño hablara con tanta firmeza. Les invité a hacer noche en casa. Nevaba como nunca y no podía permitir que esos dos seres pasaran la noche al raso; me llenaron de alegría al aceptar mi invitación. María, así se llamaba ella, se duchó primero mientras yo preparaba algo de cena, después lo hizo el pequeño. Cuando salió del baño solo gritaba: "mira mamá, ya soy un médico" le dejé una camisa blanca que le iba enorme; los dos nos reímos. Después de la cena, María le leyó un cuento a Dylan, su propio libro favorito, "Continuidad de los parques" de Julio Cortazar. Dylan enseguida sucumbió al sueño y finalmente se durmió. Puse algo de música de ambiente, le pedí que me demostrara sus dotes bailando. Tras unos pocos bailes, risas y charlas le pedí que se quedaran conmigo para siempre. Ella accedió, pues como yo, sintió que aquel era su sitio.

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Desiree Gomez Rubio (SE)

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Hoy no me quiero caer Un campo rojizo de arbustos secos rodeaban un solitario asfalto maltratado donde el sol quemaba contra el suelo, apenas pasaban un par de coches cada cuarenta minutos, los cuales solo observaban el seco paisaje e ignoraban el arenoso camino por donde paseaba un joven de piel pálida, pelo negro despeinado, ojos verdosos y ropas oscuras. - Qué mala suerte...- murmuró el joven mientras se ataba los cordones. El joven se llamaba Raúl y por su mala suerte había perdido el autobús, hacia la casa de campo, donde esperaban sus amigos. Raú, cansado de caminar, decidió que el coche que se aproximaba pararía a recogerlo; intentó llamar la atención del conductor, pero el hombre decidió ignorarlo mirando hacia otro lado. -¡Será posible!- exclamo Raúl. Conociendo que no llegaría a pie antes del anochecer, decidió cometer una locura y lanzándose delante del coche le cortó el paso. -¡QUÉ HACES! - gritó el conductor. - ¿Me podrías acercar a la estación? - ¿Y tenías que lanzarte así? - ¡Me ibas a ignorar! -replicó Raúl. - Esa no es manera de pedir favores. - No me moveré de aquí si no me ayudas - amenazó el joven cruzándose de brazos. - Sube... Tras media hora de viaje Raúl recordó una frase a la que tenía mucho aprecio: - Para dialogar, preguntad primero; después... escuchad- murmuro Raúl -¿Cómo te llamas? - Manuel - gruñó el hombre. No hablaron durante el resto del trayecto. Al llegar a la estación se despidieron torpemente y Raúl se quedó esperando el tren. Cansado, decidió recostarse para descansar la vista pero se quedó dormido y perdió el tren. Desesperado, decidió alquilar una bicicleta con el dinero que llevaba, pero a medio camino se pinchó una rueda y tuvo que arrastrarla. Toda esta situación le recordaba la historia que su madre le leía de niño, Fátima, la hilandera y de lo mal que ella lo pasó hasta que por fin encontró su felicidad. Mientras se acercaba a la casa, lleno de sudor y suciedad vio a sus amigos, que al notar su presencia corrieron preocupados hacia él. Le había costado mucho pero ésta era su felicidad, y además se prometió no perder nuevamente un autobús por ignorar su despertador.

Alicia Llamas Garcés (EH)

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Bailando entre pasillos Cuando María salía de trabajar, con apenas una hora en su descanso para almorzar, buscaba cualquier refugio donde el sonido de la vida en su ciudad fuera su único compañero junto con ese libro que jamás podía terminar. María luchaba, lo hacía por todo. Por sobrevivir, por llegar a fin de mes, por instruirse, por no perder la esperanza y el buen ánimo. Y allí estaba en ese momento, ligeramente encorvada en un parque más de la hermosa ciudad de Barcelona. Encorvada en un viejo banco descolorido y algo quebrado que para ella representaba más que un trono o un altar. Sus enormes ojos castaños de otoño intentaban descifrar esas letras que comenzaban a aparecer dispersas a causa de su falta de visión creciente. Alzaba su cabeza y miraba al cielo como quién clama una petición divina. Cerraba sus párpados del color de tierras lejanas y seguramente dibujaba en su pensamiento las imágenes que ese libro eternamente inacabado le provocaban como si de un tierno sueño se tratara. Y en ese descanso ilusorio aparece en su mente un niño, no uno cualquiera, uno que bien podría ser su hijo adorado, bailando entre pasillos de una construcción familiar que en latino América se reconoce como "casa chorizo". Como un danzarín de niebla entra y sale de las estancias canturreando " Mamá me ama". Silencioso su paso, tejiendo con sus manitas mandalas en el aire se dirige a la estancia final en ese entramado laberíntico encontrando ese patio con un banco descolorido y algo quebrado en el cual María sonríe y aunque inmóvil, María está bailando. Siente sus delicadas manos en su rostro y su pausa para almorzar culmina en ese abrazo sutil, frágil pero real del hombre más hermoso que tuvo el honor de concebir.

Maria José Español Blanco (TM)

Contamos historias Juan el soñador Juan era un niño muy pequeño que vivía en una aldea cerca de un bosque. Tenía una mirada muy risueña con unos cabellos negros y ondulados, el rostro alargado y una nariz chata y redondeada. Sus andares eran raudos y veloces. Él vivía feliz en su cabaña del bosque junto con su madre y sus hermanos, pues ellos se pasaban el día bañándose en el rio, subiéndose a los árboles, jugando a espadachines y por la noche su abuela les contaba historias sobre duendes y elfos. Pero un día la abuela falleció.

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Un buen día todo esto se torció pues su madre decidió que tenían que asistir a la escuela, porque tenían que estudiar para que el día de mañana fueran unos hombres de provecho. Él pensó: que aburrimiento, todo el día sentado en una silla, delante de una pizarra llena de letras, que no se entienden de nada. Bueno, cuando estuvo en la escuela al principio se lo pasaba bien, conoció a muchos chicos como él, en especial a su amigo Enrique. Con él jugaban a piratas y corsarios. El maestro les reprendía constantemente, no había manera de que estuvieran atentos en la clase, pues él se aburría soberanamente. Una tarde de lluvia, cuando estaba en la biblioteca intentando escribir una redacción, se quedó dormido delante de un libro, y empezó a soñar. Soñó que estaba paseando por una calle llena de carteles con palabras mal escritas. Unas se cambiaban con otras, por ejemplo la a se cambiaba con la e la b con la v, la o con la p, y así interminables palabras. Primero pensó: qué bien, ya no tendré que preocuparme por la ortografía, pero entró en una tienda y el cartel ponía se benden pariodicos y resultaba que eran zapatos. Luego otra tienda ponía se benden vicicleta, entró y resulta que habían flores. Todo era un caos, nadie entendía nada, todo el mundo andaba frenético, así que decidió marcharse de allí. De pronto oyó una voz muy lejan: Juan, Juan, despiert. Era el maestro que lo estaba zarandeando. Él se despertó muy asustado y vio que la ortografía le había hecho tener una pesadilla. A partir de aquel día Juan se convirtió en uno de los alumnos más aplicados de la escuela. Ester Castells Dot (LC)

El calcetín rojo Gerard era un niño de 6 años, de complexión bastante robusta para su edad. Tenía el cabello lacio, negro como el azabache, cara redonda con mejillas sonrosadas y unas graciosas pecas bajo los ojos. Vivía con sus padres en una agradable casa antigua con un jardín lleno de coloridas flores y una gran chimenea. Eran las 5 de la madrugada en casa de los padres de Gerard y como cada 24 de diciembre, a esa hora el niño ya estaba despierto y atento en su cama, esperando oír algún ruido en el salón que delatase la presencia de papa Noel, pues quería conocer a ese abuelito vestido de rojo con barba blanca, que cada navidad se deslizaba por su chimenea y dejaba sus regalos bajo ese calcetín rojo que llevaba su nombre. Pasado un largo e interminable rato, al fin Gerard oyó esos anhelados pasos en el salón. Su corazón se acelero, latía rápido como un metrónomo en su tempo más acelerado, entonces se levantó de la cama muy lenta y cuidadosamente para no despertar a su hermano pequeño y caminó titubeante hasta la puerta de su habitación, la abrió con sumo cuidado pero aun así sonó un leve chirrido de las bisagra. El niño bajó emocionado las escaleras y al llegar al salón vio que, igual que el año anterior, los regalos ya estaban puestos, y bajo su calcetín rojo estaba el suyo. Ese astuto abuelito se le había escapado

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otra vez, --¿cómo puede ser tan rápido? – pensó el niñ. Su cara reflejaba una mezcla de emociones diferentes: sorpresa, porque creía que este año al fin lo había pillado; júbilo, porque un a vez más había cumplido su misión de dejar los regalos sin ser visto y algo de tristeza y nostalgia, pues no tendría otra oportunidad hasta el año siguiente, así que se volvió a su cama resignado. A la mañana siguiente Gerard fue corriendo a despertar a sus padres para bajar a abrir los regalos. Toda la familia estaba en el salón disfrutando del momento, entonces Gerard les contó emocionado a sus padres que casi había podido ver a papa Noel, pero que se le había escapado, a lo que su padre esbozó una sonrisa y haciéndole un guiño de complicidad le dijo a la madre del niño – menos mal de la bisagra, este chaval es más listo cada día -.

José Domingo Palacios Roig (IOC)

Basilio, un personaje extravagante Se trataba de un chaval realmente especial, de edad indescifrable por su cara y aspecto. Tenía el pelo alborotado de corte juvenil pero con el rostro surcado por mil arrugas. Su cuerpo era escueto repleto de cicatrices y tatuajes siniestros. Sin duda todo ello reflejo de una mala vida anterior plagada de drogas y delitos varios. Lo conocí preso en la cárcel Modelo, pero ahora estaba libre como un pájaro y reinsertado en la sociedad. Regentaba un bar de mal ambiente en el peor barrio de Barcelona, el barrio gótico. El bar estaba ambientado al estilo velatorio de cementerio. Las mesas eran ataúdes recicladas y las sillas bancos de madera vieja. Atmósfera lúgubre. Ténue luz. Telarañas y esqueletos de plástico por doquier. Basilio, que así se llamaba el tipo, no desentonaba nada con la decoración. Pero un buen día, o mejor dicho, un mal día para todos, a la hora de cerrar el bar y hacer caja, cuando todos los clientes se habían ido ya, entró súbitamente una persona enmascarada al grito de ¡Esto es un atraco! Esgrimía navaja de grandes dimensiones y un cierto nerviosismo que supongo es del todo normal en estos casos. Pero tal fue la impresión que se llevó el pobre diablo que puede ser que haya registrado su hazaña en el libro de los récords mundiales. Tan pronto se vio en medio de aquel espantoso lugar y se fijó en el tipo que estaba detrás de la barra, echó a correr hacia el exterior, calle abajo, perdiendo por el camino navaja, bolsa y máscara. Nunca más se supo del atrevido delincuente, pero siempre quedará en los anales del barrio y de la ciudad la comidilla sobre el atracador que no sabía dónde se metía. Se hicieron coplas y chascarrillos miles sobre aquellos hilarantes hechos ocurridos al caer la noche.

Kenneth Braulio Basilio Párraga (IOC)

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¿Quién tiene miedo? Siempre había sido muy trabajador. De constitución fuerte, alto y guapo como un irrebatible actor de Hollywood, había sido uno de los mejores Maîtres de la zona turística más lujosa y famosa de la costa. Todos lo conocían porque siempre hacía su trabajo de anfitrión con una delicadeza digna de las mejores casas reales y una discreción escandalosa. Oír, ver y callar. Los días no tenían suficientes horas, siempre había trabajo y siempre estaba muy ocupado. Eran tiempos duros, pero en su casa gozaban de una salud y bienestar próspero. El país sufrió una etapa delicada políticamente hablando. En consecuencia llegó una gran crisis financiera donde muchísima gente quedó en la más profunda miseria. Todo el país cayó en una gran depresión. No había trabajo, la gente no tenía dinero para pagar sus gastos, los bancos les quitaban las viviendas, muchos revolvían en las basuras para llevar algo de comer a sus casa. En definitiva, un desastre nacional. Pero en televisión veías como los políticos cada vez apretaban más las tuercas de los impuestos con la excusa de rescatar un país y cada vez te dabas cuenta que solo lo que hacían era robar cada día más regocijándose del pueblo. Él no se salvó del holocausto, del desastre humano donde llevaron a su país. Se quedó sin trabajo, toda su situación de confort había desaparecido, incluso llegó a no poder hacer frente a los gastos de su hipoteca con los riesgos que eso suponía. Pero era imposible, no había manera, no entraba ningún ingreso y no se podía hacer frente a esos gastos. A eso se le sumaba las insistentes y desagradables amenazas de los bancos que los dejarían en la calle. No se lo podía creer. A él, a su familia que nunca le había faltado de nada. Con lo trabajador que había sido siempre. A punto del suicidio, y no porque no lo hubiera pensado, sino porque tenía una mujer que estaba ahí en todo momento y cada día le aliviaba esa profunda depresión. Pues un día tomó una decisión muy importante donde resurgió la valentía feroz como el mayor rey de la selva. Salió de casa con paso firme y se dirigió a la oficina bancaria donde siempre había sido considerado como una persona formal y de bien, y se reunió con el director del banco que tantas amenazas les había mandado. Y se dirigió a él. Don Manuel, son ya muchos años que nos conocemos y sabes que el problema que estamos viviendo hoy mi familia no es algo puntual en nosotros, sino que lo está sufriendo todo el país a consecuencia de todos sus jefes. Pues bien, vengo a decirte que no te puedo pagar las letras retrasadas, no me envíes más cartas recordatorias, amenazantes e increpantes. Pues en papel y reducirás gastos.- Don Manuel se sentía muy avergonzado, pero su trabajo no consistía en perdonar las deudas, ni le daban permiso para ofrecer otras soluciones. Estaba obligado a quitarles la vivienda y dejarles en la calle a una familia con dos hijos. El director muy dolido por lo que tenia que hacer, tuvo que llamar a los agentes de seguridad y desalojarlo del banco, pues el escándalo que creó el pobre hombre fue monumental. Al pasar los meses llegó el día que le obligaban a desalojar su vivienda y Javier, aquel hombre honrado y respetado por todo el mundo vio como le querían quitar el techo que cobijaba a su familia. Se preparó para la guerra, boqueó puertas y ventanas, puso muchas trabas para las autoridades no llegaran a realizar su objetivo, muchísimos amigos se encadenaron en las puertas de su portal para impedir que el paso a la policía. Pero sabia que tarde o temprano sería carne de cañón y que todo su orgullo y dignidad se la arrebatarían ese mismo día. Allí estaba un gran número de policías, bomberos y varios personajes trajeados, que parecían que eran los que mandaban. Javier estaba en la ventana gritando como un

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animal herido, defendiendo su vida, la de su familia, con la voz rota de dolor y desgarrada por la rabia. -No os tengo miedo. Sinvergüenzas. Hoy no me sacaréis de mi casa y si lográis llegar, me sacaréis muerto.- Amenazaba el pobre. Los trajeados gansters de los pobres, ordenaron el desalojo. Era una situación muy triste, injusta y dolorosa. Todos los vecinos iban a ver como le arrebataban la dignidad a su vecino. Los policías se disponían a empezar la faena, y el sargento más veterano del cuerpo no pudo más. Se echó mano a sus galones y los arrancó de un tirón, en acción de degradación. Y Gritó.- Conmigo no contéis, yo no lo haré. Nuestro vecino Javier no creó esta situación, sino que fueron los mismos que les quieren quitar su casa.- Por un instante el mundo paró, todo el mundo le escucho y el silencio de un ángel que pasó, inundó todo el barrio. Los áansters increparon al sargento, pero con rabia bomberos, policía y vecinos fueron detrás de ellos y anularon la ejecución de desalojo. Por lo menos aquel día. El sargento se dirigió a Javier.- Tranquilo amigo, no tengas miedo, este pueblo está de tu parte, tus vecinos, la policía y hasta los bomberos.

Juan Carlos Talavera Gijon (TM)

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Escribir sobre nosotros mismos No hay mal que por bien no venga Ahí estaba ella, delante del ordenador. Salvi era una ama de casa poco común. Una chica de trentaitantos con dos niños uno de 8 y otro de 6 años, un marido, dos gatos y una perra. Esta mujer de estatura española ni gorda ni flaca, morena y con nariz de pinocho estaba estudiando. Que os parece, a sus trentaitantos no tenía bastante con la casa la comida los niños el marido los gatos y la perra que ella quería estudiar lo que no hizo en su día. ¡Estás loca! Le decían otras madres en el colegio, ¡vaya ganas, maja! ¿no tienes bastante? Ella asentía con la cabeza y pensaba, ¿y a ti que más te da? ¿Me meto yo con lo que haces tú? En fin, volviendo al tema. Ahí estaba ella, delante del ordenador. Eran las 23.24 h de un domingo y ella iba escribiendo sobre ella misma, un trabajo de una de las asignaturas que tenía que aprobar. Apurando el tiempo de entrega que le quedaba, Salvi siempre iba tarde justa en el tiempo. Le faltaban horas en el día para abarcar tanta tarea. Le llegó el sueño y con la excusa de la batería se fue a dormir. Pronto llegó el día y con el día el jaleo. ¡Vamos chicos, a vestirse! Ahí iban los dos niños con el sueño entre los ojos vistiéndose, era lunes otra vez. Después de un fin de semana 24 horas con mamá tocaba ir al cole. Salvi, mientras sus pequeños estaban en el colegio, iba a limpiar una casa, desde las 9.00h hasta las 12.00h. Le pagaban mal y frecuentemente la humillaban. Era un tipo con dinero, arrogante y estirado siempre dispuesto a recordar que ella estaba por debajo. Aquella mañana de lunes fue horrible. Salvi llegó a la casa con su sonrisa y dando los buenos días cuando aquel individuo, David se llamaba, empezó a hacer bromas de mal gusto y a humillarla delante de unos amigos que iban frecuentemente a desayunar a su casa. Salvi, que hacía ya casi dos años que limpiaba esa casa, cansada de tanta humillación no pudo más y explotó. Discutieron acaloradamente hasta que el la despidió entre insultos, mientras ella reía y decía - ¡No me echas, me voy yo que no te soporto más! Al salir de la casa Salvi rompió a llorar. Sí, era muy cruel, pero el dinero les hacía mucha falta. Esa misma tarde al llegar su marido de trabajar acostumbrado a jugar a la primitiva, bajó al estanco a ver si les había tocado algo y fue increíble, les había tocado la primitiva. No mucho pero suficiente para una casa y tapar agujeros. Más que suficiente para ellos, no cabían de tanta felicidad. No podía ser verdad. - ¡No hay mal que por bien no venga! dijo ella.

Salvadora Martínez Sánchez (IR)

Me quedé con su abrazo María anuló de su pensamiento el recuerdo de los últimos días de su despedida definitiva. De hecho, vivió su semana de duelo como jamás imaginó que podía suceder y después de ésta decidió no hablar de ello y conservar dentro de su corazón el remolino de tristeza y vacío en el que se vio abocada.

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Recordaba una experiencia anterior, mucho tiempo atrás, siendo una niña que ojeaba su adolescencia desde el vértice de la cama de sus padres. Cada noche, antes de acostarse, besaba a su padre y le susurraba: "Que duermas bien", con delicadeza y en penumbra. Y le preguntaba a mamá por qué jamáscontestaba. Pero sí lo hacia, o eso aprendió de su lectura de "El Principito". Quizás respondía con el corazón, y eso se percibe con otros sentidos. Hasta entonces, ese fue el adiós que años tardó en aceptar, o bien aceptó pero a regañadientes, con aquella sensación de injusticia y desamparo que produce el desconocimiento de esa realidad vital. Aún así, María se ha destacado por su entusiasmo a pesar de su carácter medianamente social y afable pero correcto, sincero y de sumo respeto. No hacontrolado muchas situaciones pero las ha resuelto con más o menos rigor. María profundiza pero se considera afortunada y feliz. Y tantas cosas le sorprendieron, tantas pequeñas cosas compensaron sus debilidades! El jabón de tocador, el aroma de pan tostado matinal, el único café del mundo en su barrio de Gracia de Barcelona, las horas intensas en "Happy Books" decidiendo un libro más.... Hoy bromeaba porque su físico cambiaba, y no era la primera vez. "¿Será posible? " Se redondeaba y era capaz de correr a gran velocidad si se cruzaba conalguien bien perfumado. " ¿Será verdad?" Lo era. Un pequeño ser comenzaba a arrullarse en su interior y lejos de incomodarla se sintió como un gran refugio de amor. Su cocinita empezaba a funcionar. Es impresionante cuando al caminar piensa en que en esos momentos se puede expresar en plural: " Llegamos tarde.... ¡No nos hables así! ... Ese chocolate va a gustarnos!" Vuelve a esa sala que ya visitó también en tiempo pasado y aunque con algo de vergüenza por su edad, se sienta en una de las sillas esperando su turno y de nuevo se siente sonriente. Sin más le sonríen los labios, le sonríen los ojos e incluso le sonríe el cabello en ese Octubre con olor a castaña asada. Cuando viera sus ojos le perdonaría automáticamente ese malestar que al final del día la dejaba deshojada y torpe como una marioneta. Pero eso no llegaría a ocurrir. Una sensación amarga se tornó realidad y en una semana de su vida pasó de un estado de pletórica alegría a un limbo de incredulidad absoluta. En esos días, una vez más, se despidió de aquel al que ya consideraba parte de ella. Esta vez decidió sin tregua, cerrar esa puerta al dolor y dejar que su vida retomase sus costumbres como si jamás hubiera existido un paréntesis de sorpresa e iluminación. ¿Quién puede juzgar un sentimiento que no comparto? Y así sigue, con alguna tímida reflexión que disuelve y quizás sí, alguna vez incluso se lamenta y llora. Pero María estuvo ahí, y estuvo él también y se pertenecieron enviándose ondas de amor profundo. Yo me quedo con lo mismo que María, con lo que fue y nunca con lo que hubiera sido.

Maria José Español Blanco (TM)

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Contra viento y marea Allí estaba, en un precioso pueblecito de la costa, donde había acabado de conseguir todos sus sueños. Su Restaurante funcionaba a las mil maravillas. Era tremendamente joven, de buen ver, con una mujer exageradamente bonita, bondadosa y cariñosa. Y ya tuvo buen ojo cuando se fijo en ella, pues le deslumbro cuando entró en aquel almacén y todavía le duraba el hechizo del amor. No llegaban a los treinta y ya se casaron, todo el destino se gobernaba con viento a favor, daba igual si había mar de fondo o tempestad, ellos, de la mano, disfrutaban surcando sus mares. Juan Carlos pensaba que no podían ser más afortunados, sin embargo el destino tenia muchas sorpresas preparadas. A finales de verano del 2007, Cristina no se encontraba muy bien, los calores la hacían ir muy cansada y desganada, todo le molestaba y le irritaba. No era normal, ella siempre había disfrutado de muy buena salud. Increíblemente nunca enfermaba, ni siquiera en los inviernos las gripes la cazaban a rozar. Aquella vez era muy extraño. Decidió darse un baño para relajarse, como muchas veces le gustaba hacer, con agua caliente y música de fondo. Convertía su bañera en el mejor de los Spa, de aguas termales naturales. -¡Juan Carlos.!- Gritó quebrando aquel momento de relax. Pavorida, volvió a gritar llorando. -¿Qué pasa, mi amor? ¿Qué ocurre, vida?.- Contestó su marido mientras corría hacia el baño donde ella estaba. Al asomarse por la puerta la vio en la bañera, con el agua lleno de pétalos de flores que desprendían olores maravillosos del campo. Pero su cara descompuesta, miraba sus manos, que tendidas palmas arriba estaban llenas de mechones de pelo. De su propio cabello. El hombre se quedó clavado, sin poder decir nada y aterrorizado. Aquello no tenia que ser bueno, no pintaba bien, pues los dos sabían que esos síntomas solo podía ser que le ocurría algo muy grave. Después de unos segundo de estado de shock, intentó tranquilizar a su esposa, y la abrazó con una toalla. - Ahora mismo vamos a ver al Hospital. No te preocupes, has ido muy cansada y todo debe de ser del estrés.- La intentaba tranquilizar, pero ella seguía asustada, nerviosa, las palabras de Juan Carlos no la consolaban. No tardaron mucho en llegar al hospital, nervioso le explicó el caso a la secretaria de recepción y enseguida la admitieron en urgencias. Muchos médicos empezaron a hacerle pruebas, cables arriba y abajo, tubos en los brazos, todo aquello no podía ser real, no querían que fuera real. Todo aquello era un mal sueño, pero él insistía en tranquilizar a su esposa. Después de tres larguísimas horas, más bien, interminables horas, el doctor entraba en la habitación comentando que ya tenía los resultados de las pruebas. Alzaron la mirada hacia la puerta, no sé lo creían, el doctor entró en la habitación con toda tranquilidad de oficio y se le dibujaba en su rostro, media sonrisa de complicidad.

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¿Qué le podía parecer tan gracioso, cuando a su paciente se le estaba cayendo todo su precioso cabello y la predicción no parecía buena? - Diga, doctor, ¿Es grave lo que le pasa?.- Se adelantaba su marido con ansiedad por saber el resultado. - Hombre, en algunos casos sí que puede ser grave, pero para mi mujer y para mi no lo fue.- Contestó el doctor, con un humor más bien negro y manteniendo la incertidumbre más todavía. Su esposa, le dio por reír, ella siempre que se ponía nerviosa se reía, nunca lloraba, solo se reía de nervios. Y el doctor continuó. - Disculpen mi humor, pero estoy encantado de comunicarles, que van a ser padres.- Se quedaron petrificados, entraron de nuevo en un estado de Shock, no sabían si reír o llorar, no era la respuesta que esperaban. Segundos más tarde, de aquella habitación solo se oyeron llantos de alegría y risas de felicidad. Resultó que le faltaban vitaminas y el embarazo le provocaban aquellos síntomas, síntomas propios de otras enfermedades más graves, a simple vista. Juan Carlos pensó por momentos que su vida acaba de empezar un tormento, pero no fue así. Su vida acababa de empezar una familia y todo volvió a ir con viento a favor. Otro sueño más para disfrutar. Juan Carlos Talavera Gijon (TM)

Nunca es tarde Ella, Desirée, nunca fue alguien extremadamente feliz, aunque intentaba sonreír. Sus cabellos morenos y ondulados, su tez blanca y su rostro nunca la hicieron sentir una chica guapa. Vestía de forma discreta para que nadie la mirara en exceso, pues eso la hacía sentir incómoda. Su vida cambió al cumplir los 16 años, edad complicada para cualquier joven. Empezó a trabajar en un pequeño bar en Pineda de mar, negocio que con gran ilusión hacía poco que habían abierto sus padres. Los principios no fueron fáciles, pero con el tiempo la dedicación de todos hizo que le cogiera un especial cariño a la hostelería. Con el tiempo conoció al que creyó que sería su gran amor, pero no todo fue fácil, sus padres se opusieron a ese amor por la gran diferencia de edad y todo se fue al traste. Desi (así la llamaban sus seres queridos), tomó la decisión de irse a vivir su vida con su chico lejos de su familia. Con 18 años decidió cambiar de vida rumbo a Puigcerdà. El tiempo quiso que sus padres volvieran a su vida en una situación un tanto complicada en la que se percibía a la vuelta de la esquina el divorcio de sus padres. Ella, en medio de ese caos, lo único que quería era desentenderse pero al final todo acabó con un buen desenlace y finalmente hizo las paces con sus padres y su familia aceptó a su pareja. Volvieron a Pineda de Mar para estar más cerca de ellos. Pero la crisis un día quiso que tuvieran que volver a Puigcerdà por temas laborales.

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Y allí todo empezó a torcerse. Los problemas con su pareja eran cada día más grandes y entonces apareció Juan Carlos. Ella no lo sabía, pero ese ser que en un principio le cayó como un jarro de agua helada se convertiría en su pilar en el peor momento de su vida. Los problemas con su pareja que crecían a diario, la muerte de su abuela y el infarto de su padre hizo que se sumiera en la más profunda depresión. Mientras su ex pareja le hacía cada vez más daño, Juan Carlos la ayudó en todo lo que pudo, fue el más leal de los amigos, la ayudó a volver a retomar los estudios, a encontrar un trabajo y a que esa depresión poco a poco desapareciera. Hasta que un día Desi fue golpeada por la vida. Su pareja, por la que ella hubiese dado la vida, tomó la decisión de dejarla. Y allí estaba el cual caballero apoyándola en todo, sin permitir que cayera más de lo que ya lo había hecho. Poco a poco esa amistad fue desencadenando en un gran amor, un amor del cual llevan disfrutando un año, y ella ha cambiado; se cortó su largo y ondulado pelo, dejó de verse como un patito feo cambiando su forma de vestir y sabiendo que ese pasado había quedado atrás y aunque no sabía que sería el día de mañana el hoy prometía más de lo que ella jamás había soñado. Desiree Gomez Rubio (SE)

Coloreando recuerdos Situado entre los secos matorrales, se encontraba un viejo y deteriorado tren que descansaba sobre unas vías desiguales, las cuales estaban oxidadas puesto que hacia mucho que nadie se ocupaba de su mantenimiento. Ya nada quedaba del majestuoso ferrocarril que Alicia atesoraba en sus recuerdos de infancia. El tren había sido abandonado y olvidado, sustituido por uno que fuese más rápido, moderno y eficaz. Alicia, era una joven con mucha imaginación e inventiva, con gran pasión por dibujar pero sobretodo por hacer reír a los demás. De largo cabello negro, piel pálida, ojos avellana y con un distintivo lunar cerca de su nariz, la cual era recta y un poco grande. La joven solía vestir siempre cómodas sudaderas y pantalones rotos, vestimenta que siempre acompañaba de unas botas militares. Cuando Alicia era pequeña, aguardaba con gran deseo el día que podría subir en aquella asombrosa y ruidosa maquina. Después de tanto tiempo, se podría pensar que aquella niña ya crecida habría olvidado aquel sentimiento, pero Alicia aún atesoraba bajo llave aquella sensación al escuchar aquel silbato, seguido del fuerte ruido del motor, el cual dejaba un gran rastro de humo a su paso. Aquella tarde, la niña ya convertida en mujer se acercó con su bolsa de pinturas al viejo y desbaratado tren, convertido en un puzzle imposible de montar por la perdida de piezas y actualmente vestido de naturaleza. Alicia se acercó y acarició sus puertas con cariño, sacó sus pinturas y comenzó a pintar. Al terminar, dio tres pasos atrás y contemplo su trabajo.

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La estructura del tren ahora estaba cubierta por la copia de un dibujo que ella misma una vez pintó, ahora se podría contemplar la imagen de lo que un día fue. Alicia miró su reloj y silbó fuertemente durante unos segundos, despidiéndose y dejándolo dormir por la eternidad. Porque las personas son como aquel tren, a todos alguien nos admirará, nos cambiarán e igual que el ferrocarril envejeceremos y nos olvidaran, pero igual que aquella joven, alguien siempre nos recordará. Alicia Llamas Garcés (EH)

Escuchando los pasos del pasado Era una tarde oscura, aquel Domingo. El hombre del tiempo nos prometió sol. Todo pareíia tranquilo pero la tensión era tan densa que hacia el aire irrespirable. Claude miré hacia el frente, hacia el atardecer. Se produjo una ligera brisa y empezó a llover; se podía sentir que la tormenta se acercaba. Una súbita ráfaga le arrancó el sombrero. La calle estaba totalmente desierta y se encontró en un pueblo fantasma. Había crecido allí, conocía cada callejón, cada calle y cada esquina... Claude se levantó y le dio una propina al camarero y se fue a recoger su sombrero. Era un hombre alto, bien construido, con el cabello ondulado hasta los hombros. Iba vestido elegante; un trenchcoat largo de color marrón con pantalones negros y zapatos lisos. Algunos podrían decir que se veía elegante, pero a él no le preocupaba la moda. Cogió su sombrero, le quitó el polvo y miró a su alrededor. Sus fríos ojos azules miraban hacia la creciente oscuridad. Pronto se encendería la luz de la calle como una pequeña vela sobre una tumba. Sacó un paquete de cigarrillos y su encendedor. Apretó su gruesa mandíbula y sonrió pensando - debo dejar de fumar. Encendió el cigarrillo e inhaló el denso humo, exhalando con un suspiro de alivio. Todavía tengo un largo camino por recorrer, él pensó. Aunque el reloj está marcando. Claude estaba en sus 30, él mismo consideraba que todavía era joven y rebelde, aunque su causa ya no era tan justa. Se metió la mano en el bolsillo de la gabardina y sacó un trozo de papel que parecía una nota garabateada. Carrer deVvenecia, número 88. Apagó su cigarrillo aplastándolo con sus zapatos de cuero negro y miró el número de la portería. Éste debe ser el lugar. Eran las siete de la tarde, pero ya estaba oscuro. Miró a su alrededor para asegurarse de que no había nadie que lo siguiera y sacó una palanca de debajo de su gabardina y forzó la vieja puerta de madera. Hizo un ligero sonido de agrietamiento y fue bastante fácil abrirla. El marco de madera se liberó de la pared y Claude pudo entrar. Se encontró en el pasillo principal de la vieja casa que estaba en una calle lateral y muy probablemente había pertenecido a unos oficiales del condado de principios del siglo 20. Eso fue antes de que lo convirtieran en un laboratorio. El vestíbulo principal estaba cubierto de láminas de plástico y muebles cubiertos de polvo, mientras Claude miraba al otro lado del vestíbulo se fijó en la cinta de policía. Pensó - me estoy acercando. Caminó hacia la puerta precintada, una de muchas en el pasillo y de repente se paró. No podía creer lo que veía. Había huellas frescas en el plástico cubierto de

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polvo. Trató de mantener la calma, pero su corazón estaba acelerado. Él alcanzó debajo de su abrigo y sacó su arma. Más vale prevenir que curar. Se dirigió hacia la puerta y vio que la cinta de la policía estaba rasgada. Alguien había estado aquí antes que él. Ahora la pregunta es ... ¿cuándo? ¿Y qué estaban buscando? La policía local había localizado un laboratorio de drogas en el centro del casco antiguo, lo más interesante era que se trataba de un edificio gubernamental funcional, un escándalo terrible. Claude abrió cuidadosamente la puerta para echar un vistazo al interior; no había nadie allí, pero era un desastre. Todos los archivos y pruebas que estaban en cuarentena en la escena del crimen habían sido destruidos. Tenía que avisar a la oficina. Sacó su teléfono y cuando repentinamente escuchó pasos en el segundo piso al instante pensó en las nuevas huellas de manos. Caminó hacia la ventana para ver si podía salir. Exito, la pequeña ventana se abrió con un chirrido leve y Claude se congeló por un segundo sólo para asegurarse de que no atrajo la atención. Se precipitó por el estrecho sendero hacia los espesos arbustos hacia la puerta. Se encontró en el patio al otro lado de la casa. Trató de abrir la puerta, sin éxito, estaba cerrada. Miró a su izquierda y vio un tubo de desagüe. ¡Bingo! Mientras se apresuraba a subir, oyó de nuevo las pisadas. se deslizó y cayó al suelo y se despertó. Parecía que todo era un sueño. Hasta que oyó los pasos otra vez. Andy Maciulis (BCN)

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Transformaciones Lluvia de noviembre Mojada, me siento mojada. ¿Qué pasa? Algo no va bien. Ya ha amanecido, y tengo una sensación muy extraña, me siento diferente. Tengo la sensación de que algo ha cambiado en mi. Parece que estoy sobre algo que no es mi cama, porque me siento muy mojada, intento averiguar. Siento el viento en mi cara, pero un momento. ¿Mi cuerpo? ¡No está! Soy algo distinto. Siento el viento y gotas que caen, parece que llueve, por eso estoy mojada. Pero ¿por qué estoy fuera? ¿Por qué me estoy mojando? ¿Qué ha pasado? Siento que me caigo, me caigo. ¿A dónde? ¿De dónde? Dios, ¿qué está pasando? Ahora he caído, sobre hierba, parece un campo verde, muy verde, y muy mojado. Es un campo muy grande y está todo lleno de pequeñas gotas de lluvia, parece que llueve. Son gotitas muy pequeñas, redondas y frías. Un momento, por fin lo descubrí, soy una de ellas. Soy una gota de lluvia pequeñita, redonda y fría. Mi hechizo se cumplió y me convertí en lluvia. No os lo había dicho pero hace 6 años murió el hombre al que más he amado, el amor de mi vida. Murió un día lluvioso de noviembre, lo incineramos y sus cenizas las arrojamos sobre un campo verde muy hermoso. Desde ese día cada noche le pido a la luna que me convierta en lluvia, en gotas, en aire, en viento, en hierba, en algo que me lleve con él. Por eso ahora soy una gota de lluvia que va a parar al campo donde el viento me lleve y me una con él.

Salvadora Martínez Sánchez (IR)

Una hormiga Me fui despertando poco a poco notando una sensación muy extraña. Sentía mucho calor y estaba perdida en una gran expansión de color blanco. De pronto empecé a recordar el olor a mi cama, rosa mosqueta, puesto que es el suavizante que utiliza mi madre para lavar la ropa. Miré para arriba y vi una enorme redonda de color blanco colgada del techo. Sentía que era mil veces más grande que yo, aunque no entendía esa sensación que tenía. Después pude ver un bordado de mariposas azules en la redonda y recordé que era mi lámpara. Poco después me acordé que ese mismo día tenía examen e intenté incorporarme para levantarm. De pronto vino a mí la desesperación cuando vi que estaba encima de mi almohada y que veía todos los objetos de mi cuarto enormes y que no podía bajar de la cama puesto que miraba para abajo y era como un precipicio hasta llegar al suelo. Oí una gran voz y por el tono intuí que sería mi madre que venía a despertarme. Intenté esconderme debajo de mi colcha blanca, aunque en dos segundos ya estaba volando por los aires puesto que mi madre había agitado las sábanas para que se ventilasen. Grité, grité y grité mil veces el nombre de mi madre, pero era como si estuviera sorda y no pudiera oír nada, aunque eran imaginaciones mías porque vino mi hermana a mi cuarto y seguí gritando con el mismo resultado de antes; nadie me podía escuchar. Yo estaba en la estantería donde mi madre colocaba los espejos pequeños para que me pudiese ver, y fui moviéndome poco

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a poco hasta el espejo para adivinar qué me había sucedido. En ese momento grité aún mas que la anterior vez, lloré y lloré sin parar al descubrir que me había convertido en una hormiga, y lo peor era que no sabía cual era la razón. Intenté tranquilizarme y pensar qué podía hacer para volver a mi estado normal. Pasaron los días y días y todo seguía igual, hasta que una mañana volví a despertar en mi cama y volví a ver mi lámpara, pero esta vez la vi de una manera diferente, pude apreciar el bordado azul pero no era enorme, sino que era de un tamaño normal. Miré para abajo y vi el suelo y mis zapatos. Me incorporé y vi mis hombros, mis piernas, manos y brazos. Grité una y mil veces de alegría llamando a toda mi familia para abrazarla y decirle lo mucho que la amaba. Convertirme en hormiga me hizo dar cuenta de muchas cosas puesto que pude ver cómo se echa de menos hablar con una persona y sentirse escuchada. A veces no nos damos cuenta de las pequeñas cosas, solo de las grandes, y ciertas experiencias de la vida nos pueden enseñar que a veces las cosas más pequeñas y más insignificantes son las que más puede llenar a uno de amor.

Claudia Torrelles González (ML)

La vida fluye Estaba despertando aquella mañana. Todavía sin abrir los ojos, estaba saliendo de mi sueño matinal y tenía la sensación que flotaba, que mi cama se había convertido en algo tan cómodo que ni la notava. Aquello me hizo despertar de inmediato. No estaba en mi cama, estaba flotando, más bien estaba en caída libre. Podía divisar montañas, grandes extensiones de campo hacia las que me dirigía. Estaba aterrorizado, no sabía qué sucedía, me iba a estrellar contra el suelo, no movía los brazos ni las piernas, pues no las veía, las buscaba y no las encontraba. Peor aún, no veía mi cuerpo, solo podía ver y no me sentía mi cuerpo, nada de mí, no era yo. Hacía frio. Confuso, poco a poco me fui tranquilizando y al prestar más atención, me dí cuenta que estaba lloviendo. Muchas gotas de agua me acompañaban a mi alrededor, en mi misma dirección. De repente escuché gritos, eran como de niños disfrutando en el parque, jugando y riendo. Una de las gotas de agua se colocó a mi lado y me miró. ¿Cómo una gota me puede mirar? me pregunté - Hola, ¿eres nuevo, verdad?- No lo podía creer, una gota de agua me estaba hablando a cinco mil metros de altitud. - No te asustes, somos lluvia, disfruta del vuelo.- ¿cómo que somos lluvia?. Yo era un niño de ocho años que no entendía nada. Aquella caída libre parecía que nunca acababa. La misma gota de agua que me había hablado, aparecía y desaparecía intentando entablar conversación. - No te preocupes, no te pasará nada. Dios ha querido que te conviertas en una gota de agua y veas la vida de otra manera.- Yo seguí sin entender. - Déjate llevar y disfruta.Cada vez que volvía me comentaba algo. - Dentro de poco nos convertiremos en agua y seremos un río. Y así fue, según nos acercábamos a tierra, cogí dirección a un río que

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divisaba, un gran río que nacía en las montañas y rodeaba aquellos campos tan verdes. Esperando lo peor, me dejé llevar hasta él y como si de un salto de trampolín en la piscina de casa, en el río me zambullí. Me sentía más apretado. Todas las gotas que habían caído conmigo, estaban allí, ellas seguían jugando, como si estuvieran en un tobogán, risas y gritos de alegría se seguían oyendo. De nuevo, aquella gota volvió a pasar por mi lado y me dijo. -¿Qué, cómo vas?, no te preocupes dentro de poco seremos mar. Disfruta de este viaje por el río, es gratis.Seguía sin podérmelo creer, pero nada podía hacer, así que me dispuse a observar y dejarme llevar. Vi truchas, renacuajos, ranas y muchos peces y de muchos tamaños. Caí por cataratas, y recorrí rápidos llenos de rocas. La verdad es que disfruté, parecía uno más del parque. Al pasar unas horas, todos aquellos remolinos se pararon, todo se tranquilizó y me hizo fijarme que me dirigía al mar. Noté otro tipo de corriente, más bien un balanceo, el vaivén de las olas del mar. Noté que todo era mucho más salado, y descubrí más animales, de todo tipo: almejas, peces, pulpos y otros muchos que no sabía ni nombrar. Creo que al pasar un día, fue cuando me sentí otra vez volar, ya más libre, no tan apretado; me sentía muy ligero y me vi despegar hacia el cielo. Un cielo gris, con nubes muy imponentes. Y otra vez mi amiga apareció y me habló. - ¿Qué tal el viaje? ¿Has disfrutado?.- Pues sí.- le contesté. He descubierto muchas cosas, pero todavía no logro comprender lo que me está pasando. - No busques un porqué de lo que pasa, todo pasa por algo y tú estás aquí como yo para dar vida a este planeta. Da igual como: siendo un niño, un árbol o una gota de agua. La madre naturaleza nos da la vida y nosotros solo tenemos que vivirla, y si la vives feliz, mejor.- Se volvió a marchar riendo. Me gustó lo que me dijo, eso sí que lo entendí. A partir de aquel momento, me dejé llevar, disfruté y descubrí muchas cosas, cosas que nunca me había imaginado que podria ver. Me dejé fluir y así viví, dando vida.

Juan Carlos Talavera Gijon (TM)

De la monotonía a las aventuras Nací en una fábrica de bicicletas. Me pasé allí muchos días, hasta que decidieron ponerme en una bicicleta de montaña. Estuve muchos días en el escaparate de una tienda, desde donde veía cómo otras personas iban todo el día paseando, arriba y abajo, y yo allí inmóvil. ¡Qué ganas tenía de poder salir a pasear y poder ver mundo! Hasta que un día un señor decidió comprar la bicicleta. De pronto mi vida se convirtió en un constante ir y venir por una vía verde, la antigua vía del tren Olot-Girona. Allí conocí a muchas ruedas como yo. Durante una época, los días pasaban sin grandes acontecimientos. A parte de algún día que llovía mucho y me quedaba atascada en el barro, no había manera de salir de aquel barrizal ¡Qué vida la mía, siempre llena de barro y polvo, sin otra alternativa que rodar y rodar! Los fines de semana eran más divertidos, pues el señor de la bicicleta se paraba constantemente a conversar con sus amigos y así yo podía hacer lo mismo con las ruedas de las otras bicicletas, las cuales me contaban historias de sus andanzas por el mundo. Yo tenía mucha envidia, ya que tenía ganas de ver otros lugares.

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Un día el señor por algún motivo decidió aparcar la bicicleta, y de nuevo me encontré encerrada en un garaje oscuro y maloliente, allí sola y sin nadie con quien conversar. ¿Qué habría pasado con el dueño? La bicicleta había cambiado de manos. Esta vez el dueño de la bicicleta resultó ser un chico joven, al cual le gustaba mucho ir por las montañas. ¡Ahora sí que podría subir montañas y ver mundo! Pero la vida no era tan fácil. Un día, subiendo a Bellmunt nos atrapó una tormenta, y pobre de mí me quedé sin aire, totalmente desinflada, y no había manera de rodar. Los caminos por los que transitábamos estaban llenos de baches, piedras, raíces y ramas de los árboles, y sobre todo mucho barro. Allí no había manera de descansar ni un minuto. La vida tranquila de antes se había vuelto toda una aventura. Ya podía tratar a mis compañeras de fatigas de tú a tú.

Ester Castells Dot (LC)

Una hormiguita un tanto desafortunada No sé ni dónde estoy. Muy lentamente voy abriendo los ojos pero siento mi cuerpo tan ligero como una hoja movida por el viento. Puedo notar también en mi frente algo pegado que me resulta sumamente extraño. Cuando consigo abrir los ojos veo mi habitación enorme, como si estuviera en el centro de un garaje. Todo era una sensación nueva y diferente a lo habitual. Para mayor sorpresa, miro mis brazos y el resto de mi cuerpo como el de una hormiga. No puedo dar crédito a mis recién despiertos ojos. Una odisea de sensaciones me invade. Todo es como nuevo y gigantesco. Me siento realmente pequeño y quisiera desaparecer. Pero también puedo escuchar sonidos a mayor volumen y nitidez que la habitual. También me siento extremadamente fuerte, capaz de levantar cualquier objeto por grande que sea. De golpe, un sonido ensordecedor se acerca a mi cabeza y me pone en estado de alerta entre asustado y sorprendido. Levanto mi mirada hacia un techo que se me antoja inalcanzable y puedo ver acercándose con aire agresivo un moscardón asqueroso de enormes ojos y actitud amenazante. Pero en lugar de atacarme, me zumba de manera persistente que estoy en peligro. Un señor borracho se encuentra bailando en medio del garaje con un ritmo tremendo. En ese momento le pregunto si se trata todo de un sueño, pero mi nuevo amigo se va sin responder. Al poco me sobresalta un estruendo espantoso que da con las costillas del borracho en el suelo con la suela del zapato que queda a pocos milímetros de mis diminutas antenas. Intento huir a toda la velocidad que me permiten mis cortas patitas, mas un dolor intenso en mi interior me recuerda un ataque al corazón que no poseo y ya no pude recordar nada más. La vida es breve y ni siquiera intensa.

José Domingo Palacios Roig (IOC)

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Profesora del Módulo: Anna Caballeria Institut Obert de Catalunya Àmbit de la Comunicació Muchas gracias. Cada número es un triunfo que os pertenece. Escribir nos hace soñar y crecer.

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Ficcionesxx tardor16 (1)