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¡VAMOS A MATAR DEMONIOS! “¡Espera!” Se oye gritar a alguien en el callejón. “¡Espera!, por Dios, espera.” Pero no es esperanza vana, ¡no!; es más bien, un miedo una suplica, un llanto desesperado a un tiempo olvidado; un segundo de reflexión, la caricia a un recuerdo, una sensación…. “…espera…” Todo en una palabra; como queriendo comprimir un sentimiento en una sola voz, un llanto descrito en un solo trazo; leve, inseguro, perplejo, ahogado… “…espera…” Me parece escuchar, pero casi mudo; que esa fuerza inicial ha muerto, roto destrozado. Y ella parece haber descubierto la debilidad. Una debilidad, con mayúsculas, una debilidad que supera con creces los sueños y la pasión puesta en sus primeras palabras. Y todo a su alrededor se torna en mayor oscuridad si cabe, que la propia de aquel callejón en penumbra. La noche parece hacerse cómplice de las sombras, una, que inmóvil permanece agarrada a la puerta de un local; y otra, que en silencio, se aleja no queriendo escuchar aquella súplica ahogada entre un ruido casi infernal. Se aleja sin querer pensar si debe escuchar o no, si debe dar otra oportunidad al pasado que espera anclado en una puerta que ponía “exit”. De ella tan solo se oye un leve taconeo, apenas perceptible, pero no obstante, refleja una seguridad aplastante; como queriendo reivindicar que el poder es suyo, y de nadie más. A su alrededor todo son ruidos sin forma que revoloteaban entre ellos dos. Creo entrever que no se han mirado, pero todo hace pensar que no es la primera vez que se han visto. Es curioso, apenas la sombra que se aleja da la vuelta a la esquina; puedo ver con claridad como el hombre que está apoyado en la puerta cae de bruces al suelo y lo golpea con furia. Los golpes suenan secos y graves, y sólo en aquel instante; apenas un segundo nada más; puedo distinguir como la rabia infinita de su mirada se torna en llanto amargo. Alguien pasa entonces cerca de él, pero no lo mira; tan solo acelera su paso alejándose hacia el final del callejón. Y pienso para mis adentros; mientras algo triste y amargo se agarra a mi pecho. “La pena puede ser contagiosa” Toda esta historia parece haber terminado. Un triste final para algo que en realidad, no sé ni como ha empezado, ni si este es o no su verdadero final.

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“Ya me conoces, me gusta hacer de las vidas de otros ensayos sobre lo que no sé, ni entiendo” Apenas termino de sacar conclusiones, unos pasos enfilan de nuevo, desde el fondo del callejón. Ese taconeo me resulta curiosamente familiar, y sin apenas distinguir la figura que se contornea entre las sombras, imagino que es la misma figura que se había alejado sin mirar, sin pensar, sin luchar, sin olvidar, sin querer, sin amar; no hacia mucho tiempo antes. El hombre que gimotea en el suelo, levanta la mirada girando la cabeza; el silencio parece acompañar el momento; puesto que nada alrededor perturba la escena. Los ruidos del local se hacen ausentes, tal vez, como queriendo respetar los acontecimientos que se avecinan. Él se incorpora y se limpia los pantalones. Dejamos de mirarla por un instante, y de repente, desaparece. Oculta entre las sombras, le mira, le observa, le escudriña, le examina, le olfatea, le odia, le seduce… nos seduce. “¿Para que?” Le dice, desde una parte de este callejón donde la triste luz de un par de bombillas no pueden llegar. Ambos miramos hacia ese lugar profundo y oscuro, oímos pero no podemos ver nada, en realidad. Creo que nos alegramos de escuchar su voz. Es magnifica, profunda serena, dulce, sincera, interrogante, placentera, desgarradora, sensual, milagrosa, piadosa, pura, eterna. Y todo eso, y aún más si cabe, en tan solo dos palabras. “¡Dios! Que estúpidos somos los hombres” Me digo a mi mismo, me he enamorado de una voz ¡Increíble! Me enamoro de una forma sin rostro, un fantasma, con voz de ángel endiablado. El hombre no puede articular palabra, permanece como clavado ante la puerta entreabierta y no sabe que decir. Y yo pienso para mí… “¡Ahora! Es ahora o nunca, vamos descubre tu pecho, aunque te arranque el corazón a mordiscos ¡Habla! Por el amor de Dios, ¡Habla!” Pero no hay respuesta; él parece contemplarla como aquel que ve un sueño hecho realidad, y tan solo calla. Supongo que por su mente pueden estar pasando un millón de frases, un sinfín de porqués. A través del reflejo que sale por la puerta entreabierta, el rostro de aquél hombre quiere expresar lo que no puede gritar. ¡Quiere! ¡Si! Pero no sabe como, no es capaz de entender que este no es el momento de callar, sino de actuar. 2


De acercarse a ella, rodear con su brazo la cintura de aquella sombra imaginada y besarla ¡SI! Besarla como nunca hayas podido hacerlo con ninguna otra… “Deja que tu mano acaricie el rostro imaginado, suave dulce intensamente; haz que tus manos sean como hiedra que se aferra a un muro para sobrevivir; descubre lugares ocultos con la yema de los dedos donde no llegan ni los deseos; juega con sus silencios; lame con tanta pasión este cuello esbelto y perfumado; que se derritan los hielos de su voz. Juega con este cuerpo perfecto, haz del deseo tu pasión, saboreando las curvas de sus glúteos, donde la sinrazón vence al olvido, y el orgasmo es tu oración” Este, y solo este, es el momento de ser, no de estar. Es el instante donde los ángeles se mueren de envidia y los demonios se hacen cómplices de un gemido apagado, por no poder, por no querer chillar, clavando tu alma a su pecho. Buscas lo que no eres; lo que no puedes ni siquiera soñar; mientras arañas en secreto el silencio de los que otros dan en los rincones oscuros de cualquier lugar. Pero él no sabe que este es el momento de la verdad, y tan solo guarda silencio, en realidad. Y yo le grito desde mis adentros… “Este es el instante en que tus manos se tienen que hacer dueños de su cuerpo mortal, y recorrer en silencio esos lugares, que casi mencionar no puedo. Y donde aferrar un hermoso pecho entre tus manos, se hace placer más dulce que respirar. Donde tu lengua se convierte en ti; y levantas en silencio voraz, la blusa con las prisas del que no quiere llegar; y tus piernas se entremezclan y quieres que el tiempo no pase y te olvidas de todo, y sientes como eres el único, y te insinúas movido por otras manos, aferrado por otro cuerpo que se clava contra el tuyo y quieres estallar, y lamer en silencio eterno los labios que son pasión de un beso que dure una eternidad.” “No lo sé.” Dice él después de un instante que parece un infinito. En este momento creo ver como traga saliva, y una gota de sudor resbala por su rostro. Tiene el mismo, rígido, blanco calcáreo; y la mirada fija en aquel lugar donde creemos que se debe de encontrar ella. No se mueve, no se sostiene, no se encuentra, no se soporta, no se ve, no se admira, en una palabra… ¡no! “¿Es eso todo?” Pregunta ella, soltando a continuación una leve risita, casi imperceptible… “¡Ven!” Dijo él, sin apenas mover los labios. En este instante, el tiempo parece estirarse hasta el infinito; y casi puedo imaginar la tormenta de sensaciones que le están atravesando la mente. “El si es, no es”; una margarita de un millón de pétalos deshojándose en el transcurso infinito de apenas dos segundos que dura este momento.

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Ella, parece hacer intención de volverse por donde antes había venido; y a él se le quiebra el rostro. Su mano se aferra al pomo de la puerta y puedo llegar a jurar que noto como este se resquebrajaba; da un paso atrás para no perder el equilibrio. Su mirada parece perderse en el infinito; mientras que ella, oculta todavía entre la oscuridad le mira intentando descubrir más que lo que él puede sentir; lo que en realidad, siente ella misma… “¿Pretendes convencerme solo con eso?” Pregunto ella como a regañadientes Su pregunta, me atrevería a decir que era retórica, se la hace a ella misma, más que preguntándosela a él. Incluso puedo imaginar que durante un segundo se le ilumina el rostro, ¿habría, tal vez encontrado, la respuesta a esa pregunta? Pero, desde donde yo me encuentro, me es imposible ver cual es su expresión. Mi imaginación vuelve a dispararse, inventando cien mil razones para que se quede; pero tampoco esta es mi historia… “¡Ven!” Vuelve a repetir él, adquiriendo la expresión de su voz una fuerza inusitada… “Quiero verte de cerca…” “…Quiero tenerte cerca…” Comentando casi a reglón seguido. “…No me castigues más de lo necesario.” Aquellas tres frases, eran opuestas entre si; mostrando un deseo y una súplica a la vez. “El perdón por los pecados eternos; la muerte del artista” Me digo sin casi pensarlo. Y de inmediato miro a mí alrededor por si por si acaso, en lugar de pensarlo, lo hubiese dicho en voz alta. Pero creo que aquella pareja vive en su propio mundo, y la realidad carece de sentido e importancia en estos instantes, para ellos. Se está librando una extraña batalla; la razón contra la pasión, la duda contra el sentimiento, el pasado contra la realidad, el amor contra el verso. Y el tiempo, que inexorable nos engulle a todos, se va comiendo los segundos de los tiempos y la noche empieza a ahogarse en sus propios sueños, con los primeros rayos de un alba, que despeja las mentes de los inciertos. Haciendo huir a los deseos a sus guaridas calladas. Todo alrededor está cambiando por momentos, y la claridad apenas perceptible hacía unos instantes se agolpa ahora furiosa contra los tejados de las casas. 4


Los borrachos dejan estelas alcohólicas y otras parejas; arrullos de pasión por entre las esquinas de cualquier otro callejón. Tan solo ellos, permanecen aferrados en sus trincheras; en una batalla de la que nadie sabe si tendrá final. Ella alarga un brazo, ofreciéndole una mano. Él sorprendentemente, niega con la cabeza y no hace ni el más mínimo esfuerzo por moverse. No es que no quisiera, ¡no!, al contrario, se muere por lanzarse a sus brazos. Sencillamente, está paralizado por el miedo. Sabe que ella ya ha ganado; con un gesto tan simple y sencillo como el que acababa de realizar. Con ese ademán tan dulce, que podría haberse arrastrado por el suelo, si acaso se lo hubiese pedido, sugerido, indicado, pensado, soñado, imaginado; aunque hubiese sido en otra vida, incluso. Está rendido, pero no puede moverse. Por un instante estoy a punto de empujarle, con cualquier excusa, de cualquier manera; puesto que en ese instante la claridad es tal que, podía ver de quien tan en silencio me había tenido… “¿Es que acaso ya no te importo?” Comenta ella con una voz tan dulce y tan bajo que habría tenido que estar pegado a sus labios para haberla escuchado con claridad. Ella parece que ha encontrado su propia respuesta, está dispuesta a tenerle y “¡Vive Dios! Que ese sería el final” En ese instante él cree que ya no es, que no existe, que no puede vivir. Alguien en ese momento, se acerca desde dentro del local, y sin mediar palabra; tira de la puerta a la que está aferrado. Esta, se cierra con un golpe seco y metálico y, como aquel inválido al que le quitan las muletas; se tambalea durante unos segundos. Presa del miedo y del nerviosismo. Sus piernas apenas pueden soportar su peso, y sus pies todavía están pensando para que les habían creado…. “Ya no tienes ninguna excusa para no venir.” Dice ella más insinuante y felina que nunca. Su brazo sigue estando levemente levantado y su mano tendida en un grácil gesto de impetuosidad. Él se empieza a mover, a pasos lentos y pesados; deja que el aire de la mañana le inunde los pulmones, como queriendo recobrar las fuerzas; tras una batalla larga y, perdida de antemano. El rostro, ahora si, claramente luminoso de ella, se muestra magnífico, perfecto, adorable. Y su cuerpo…. Su cuerpo envuelto en un vestido azul de raso, la hace una mujer más deseable si cabe. Sus formas sensuales se dejan entrever con claridad a través del mismo y, sabiéndose observada, mueve de forma casi imperceptible sus caderas para hacer más insinuante su espera. Cuando ambas figuras por fin se encuentran, ella coge su mano y pregunta… “¿Vamos a matar demonios?” 5

vamos a matar demonios  

de un amigo especial

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