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Santiago Bliss

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL Santiago Rex BLISS (compilador). La Revolución Industrial: Perspectivas Actuales. Instituto Mora, México, 1997.

El proceso de industrialización es, sin duda, uno de los fenómenos que ha influido decisivamente en las transformaciones económicas y sociales ocurridas durante los siglos XVIII y XIX en el mundo occidental, razón por la cual su estudio ha constituido una preocupación constante tanto entre los cultivadores de la historia económica como de la social; preocupación que ha sido además estimulada por las novedosas interpretaciones propuestas en las últimas décadas. Un doble propósito motivó la presentación de este texto; por un lado, el de ofrecer al lector de habla hispana una compilación de algunos de los artículos más significativos aparecido en los últimos años en revistas especializadas anglosajonas; y por el otro familiarizarlo con las nuevas tendencias en la investigación de dicho proceso, mediante una revisión crítica de la historiografía de las últimas décadas. Nuestra atención se centrará en las discusiones más recientes, fundamentalmente en las sostenidas en los últimos años. Sin embargo, como la explicación clásica formulada con los aportes de Phyllis Deane, W. A. Cole, Thomas Ashton, John Clapham, Eric Hobsbawm, etc., resulta un punto de referencia obligado, comenzaremos presentando someramente sus principales postulados. Estos autores consideraban que la industrialización en el mundo había surgido como resultado de una revolución industrial, que tuvo lugar en Inglaterra y que había consistido en la difusión del uso del hierro, el carbón y la energía del vapor, fundamentalmente en la industria textil algodonera. Según ellos, este proceso se desarrolló en un escenario nuevo, la fábrica; y como resultado de la aplicación de estos cambios, se produjo lo que se ha denominado una "fuerte aceleración" o un "despegue" en el crecimiento económico, que tuvo lugar en las dos últimas décadas del siglo XVIII, y que transformó de un modo sustancial la estructura social inglesa, desarrolló la relación entre campo y ciudad en otros términos, y modificó los niveles de vida de las clases populares. De acuerdo con la explicación clásica, la agricultura también desempeñó un importante papel en el desarrollo industrial, pues la revolución agrícola –que precedió y acompañó a la industrialización– permitió abastecer de alimentos a la creciente población urbana. Por último, al considerarse el caso inglés como la única vía posible al desarrollo industrial, aquellos países que quisieran acceder a los beneficios de la industrialización, debían intentar recrear las condiciones en que se había producido el "despegue" británico, tal como lo enunciaba Rostow en su célebre libro The stages of economic growth: a non-comunist manifiesto, que llegó a convertirse en un manual de los organismos internacionales preocupados por el desarrollo de los países del tercer mundo. El desarrollo de nuevas investigaciones de caso y la aplicación de las metodologías modernas aplicadas a la historia económica, permitieron modificar la visión tradicional de la industrialización. La Revolución Industrial y la "nueva historia económica" A partir de los años sesenta, la historia económica se enriqueció metodológica-mente con los aportes de la economía cuantitativista. La revolución industrial británica constituía un interesante campo para la aplicación de este tipo de análisis. Los primeros trabajos, orientados a reconstruir las tasas de crecimiento anual de la economía inglesa durante el proceso de industrialización, fueron los de Phyllis Deane y W. A. Cole. Estas obras, aunque novedosas en su metodología, no cuestionaron la visión que en ese entonces se tenía acerca de la revolución


industrial. Al contrario, brindaron una justificación cuantitativa a los que veían en la revolución industrial una súbita aceleración del crecimiento económico. La importancia del sector fabril en el marco general de la economía no fue revisada, ni cuestionaron la cronología de ese desarrollo, pues las dos últimas décadas del siglo XVIII mostraban, en efecto, un fuerte incremento en la tasa de crecimiento anual. Estas estimaciones gozaron de una aceptación general, y sobre sus bases cuantitativas se cimentó la visión tradicional de la industrialización. Sin embargo, en los años ochenta, Williamson, Crafts y Harley, revisaron los cálculos de Deane y Cole. Aplicando criterios cuantitativos, pero revisando los métodos empleados por sus predecesores, estos autores modificaron sustancial-mente la visión del crecimiento económico británico durante los siglos XVIII y XIX. La crítica más seria que formularon fue que Deane y Cole habían sobreestimado la importancia de los sectores más dinámicos del algodón y el hierro en la economía general, de manera que sus resultados globales exageraban las tasas de crecimiento. Los nuevos datos brindaban un panorama muy diferente acerca del proceso de industrialización. En primer término, el crecimiento fue mucho más lento entre 1780 y 1831 de lo que se creía; incluso la economía británica creció mucho más en los ochenta años anteriores al "despegue" (1760-1780) que en los cincuenta años posteriores, hasta entonces considerados los años claves del desarrollo industrial. En consecuencia, la idea de que la economía inglesa había experimentado un "despegue" en las dos últimas décadas del siglo XVIII, fue cuestionada. En la última parte del siglo XVIII los sectores vinculados al hierro y al algodón crecieron a una tasa muy elevada, pero el crecimiento de ambos sectores no fue lo general; este crecimiento se tradujo en un cambio en la composición del producto industrial, en el que adquirieron una mayor importancia el hierro y el algodón (este último pasó de menos de 2% del producto industrial en 1770 a 10% en 1801). Pero la tasa de crecimiento de la economía en su conjunto entre 1780 y 1801 sólo representa la mitad de la que se lograría después de 1820. Esto se debió a que, si bien la producción de hierro y la industria textil eran muy dinámicas, sólo representaban un pequeño segmento de la economía británica. En relación con los niveles de vida de la población, se constató que estos no sufrieron grandes modificaciones entre 1760 y 1820, y que la productividad tampoco había experimentado un fuerte crecimiento respecto a los niveles anteriores. Estas proposiciones constituyen el núcleo de la llamada "Crafts-Harley view". Naturalmente esta revisión cuantitativa despertó intensas polémicas centradas en el peso (o participación) que cada autor atribuía a los diversos sectores económicos. Así, se comenzó a discutir la importancia relativa del sector fabril (textil y del hierro), concluyéndose que se trataba de un sector que, no obstante su gran dinamismo, tenía poca importancia dentro de la economía británica considerada globalmente. Las estimaciones macroeconómicas de la "nueva historia económica" y las interpretaciones que de ellas derivan, constituyen la base de la visión gradualista del proceso de industrialización que ha privilegiado la continuidad sobre la ruptura. Williamson, en un sugerente artículo, cuyo título expresa elocuentemente la orientación que habían tomado los estudios de la industrialización en la década pasada, investiga las causas de la lentitud del crecimiento económico inglés en las seis décadas anteriores a 1820, y concluye que esto se debió a que Gran Bretaña intentó hacer dos cosas a la vez: industrializarse y mantener costosas guerras europeas. Simplemente, carecía de recursos para enfrentar ambos desafíos. Según Williamson, los gastos ocasionados por la guerra limitaron considerablemente la capacidad de ahorro de la economía británica en esos años cruciales. Este autor tiene la virtud de haber llamado la atención de los investigadores sobre las políticas estatales, y su incidencia en el proceso de la industrialización. En este sentido John Brewer analiza la construcción de un poderoso Estado en la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII refutando las interpretaciones tradicionales que veían en la Gran


Bretaña una fuerte prosperidad económica, acompañada por la debilidad del aparato estatal. Al contrario, como nos muestra Brewer, el aparato estatal inglés era muy fuerte, tanto fiscal como militarmente, al punto que la presión fiscal en Inglaterra era muy superior a la del resto de las potencias europeas. Una parte importante de los recursos fueron utilizados para reforzar la maquinaria estatal con vistas a consolidar la hegemonía internacional británica. Para esta línea de interpretación, entonces, el rasgo más importante de la revolución industrial no fue el acelerado crecimiento económico, sino un inusitado traslado de trabajadores del campo a la ciudad, en un contexto de crecimiento gradual. En efecto, la fuerza de trabajo ocupada en la agricultura pasó del 55% a fines del siglo XVII a 27.3% en 1841. Maxime Berg y Pat Hudson, en un artículo de la década del ‘90, critican la utilidad del uso de variables agregadas a escala nacional (tasa de crecimiento anual, producto industrial, etc.), para valorar el cambio económico en el período estudiado. Para esto se basan en dos consideraciones: por un lado, la información disponible no permite formular cálculos econométricos exactos, pues, como gran parte de la actividad económica se desarrollaba durante el siglo XVIII en pequeñas empresas artesanales, muchas de las cuales no han dejado registros que permitan cuantificar su producción, productividad, etc., las estadísticas están viciadas por amplísimos márgenes de error. Por otro lado, aunque las cifras muestren un débil incremento de la producción y la productividad, no se debe perder de vista que la transformación económica operada en Inglaterra en esos años, pudo sostener a una población en crecimiento, cosa que no hubiera sido posible de persistir las anteriores condiciones económicas. Berg y Hudson consideran que el crecimiento económico durante el proceso de industrialización en Gran Bretaña ha sido subestimado por Crafts y Harley. Estos autores, por el contrario, piensan que es muy probable que los problemas en la información disponible los haya llevado a sobrestimar el crecimiento. Berg y Hudson sostienen que las variables macroeconómicas deben usarse con cautela, pues la información disponible sobre las economías pre-industriales es incompleta, lo que otorga amplios márgenes de error a los cálculos estadísticos. En nuestra opinión, los resultados estadísticos deben complementarse con el uso de otras fuentes; por ejemplo, resulta muy llamativo que transformaciones que fueron claras para los contemporáneos, resulten oscuras para los historiadores. Patric Verley ha observado acertadamente que la homogeneidad del objeto de estudio es condición necesaria para la aplicación de los análisis macroeconómicos; por lo tanto, la extrema heterogeneidad de las economías preindustriales con sus mercados segmentados sectorial y regionalmente, relativiza el valor explicativo de estos enfoques. Este autor critica, además, la omisión de los niveles de empleos como variable de análisis, lo cual distorsiona los resultados. Este enfoque, según Verley, de algún modo implica considerar como de pleno empleo a las economías pre-industriales. Pero posiblemente la observación más importante que formula este historiador es que la economía industrial no surgió como resultado de un crecimiento cuantitativo de la economía preindustrial, sino de su transformación cualitativa. Según Verley, críticos como Crafts, Harley y otros, identifican (y confunden) el concepto de crecimiento económico con el de revolución industrial. Para Verley es evidente que medir el primero no implica explicar el segundo. Otro aspecto que se discute en estas nuevas visiones de la industrialización, es su concepto de la composición de la fuerza de trabajo, que minimiza el papel desempeñado por el trabajo de mujeres y niños. En efecto, la mayoría de las investigaciones se han basado en fuentes que no mencionan el trabajo de éstos, de tal manera que sus conclusiones son parciales, pues no se toma en cuenta un factor importante y económicamente significativo. Citemos un ejemplo para ilustrar mejor el tema: en las discusiones sobre niveles de vida, si se omiten las referencias al trabajo femenino e infantil, se brindan conclusiones que, a todas luces, resultan distorsionadas, ya que, si bien la inexistencia de fuentes estadísticas dificulta la cuantificación del trabajo de


mujeres y niños, su amplia incorporación al mercado fue muy comentada por sus contemporáneos. Para reforzar su argumentación, Berg y Hudson nos recuerdan, además, que muchas de las máquinas protagonistas de la revolución industrial fueron diseñadas originalmente para que fueran operadas por niños, lo cual subraya su importancia en la composición de la fuerza de trabajo industrial. En suma, podemos destacar que la investigación histórica de las últimas décadas ha incrementado notablemente nuestro conocimiento sobre los diversos sectores económicos y ha permitido reconsiderar las primeras estimaciones acerca del impacto global de la revolución industrial en el crecimiento económico. Ahora bien, la cuantificación del crecimiento en sí mismo, no agota la explicación del proceso de industrialización. Francia, ¿una vía alternativa de desarrollo industrial? Las nuevas estimaciones cuantitativas del desarrollo británico, y su evolución en el siglo XIX, mostraron que la economía inglesa no había crecido tanto como se creía, y que, en cambio, las tasas de crecimiento de la economía francesa habían sido superiores. Los estudios comparativos fueron planteados en nuevos términos; en lugar de analizar en qué medida las economías nacionales del resto de Europa se acercaban o distanciaban del modelo británico, los estudiosos comenzaron a investigar otras vías posibles de industrialización. El análisis del caso francés mostró que el crecimiento económico podía obtenerse en un escenario económico social muy diferente al inglés. En efecto, el modelo británico era utilizado como indiscutible vara de medir, lo cual implicaba que en las investigaciones era importante, incluso obligatorio, encontrar diferencias, vistas como anomalías, respecto al caso británico. En consecuencia, durante décadas, la principal preocupación de los historiadores económicos respecto al caso francés, había sido explicar las causas del retraso (incluso del fracaso) de la industrialización en Francia. Uno de los argumentos tradicionalmente esgrimidos para explicar las diferentes tasas de crecimiento económico general entre ambos países puntualizaba que, a nivel global, la productividad del trabajo en Inglaterra era superior al de Francia, dado que la proporción de población ocupada en la industria era mucho mayor en Inglaterra. Circunscribiéndose a la esfera industrial se obtenía idéntica conclusión. Sin embargo, como hicieron notar P. O’ Brien y G. Keyder, al desglosar los datos por rubros, se observa que la superioridad inglesa se concentraba en la extracción de carbón y otros minerales, en aquellas ramas de alto consumo de energía, tales como la metalurgia, la fabricación de ladrillos, de vidrio y de cemento. En cambio, Francia presentaba ventajas en las partes terminales del proceso de producción tales como industrias mecánicas, alimenticias, cuero y ciertos sectores de la industria textil. Estas diferencias pueden explicarse, en primer término, por la mayor disposición de recursos naturales, tales como carbón y hierro, en Inglaterra. Por otra parte la estructura de la demanda puede también ayudar a entender tales diferencias. El firme crecimiento demográfico, el proceso de urbanización y la expansión mercantil ultramarina inglesas reforzaron la demanda de bienes de consumo masivo; mientras que en Francia no existió ninguna de estas tendencias. En contraste con Inglaterra, al no contar con un amplio mercado cautivo, la industria francesa se orientó a satisfacer la demanda de bienes más refinados, tanto en el interior como en el resto de Europa. Este tipo de producción implica un alto valor por unidad, pero no requiere grandes volúmenes de fabricación. Hay que tener en cuenta, además, que el crecimiento de la fuerza de trabajo fue notablemente mayor en Inglaterra que en Francia, ya que entre 1780 y 1914, la fuerza de trabajo inglesa se multiplicó por siete, mientras la francesa sólo por 4.6. En contraste, la existencia de un importante número de pequeñas empresas, rasgo característico de la economía francesa, llamó la atención de los estudiosos. Inicialmente, la pequeña empresa fue vista como uno de los causantes del atraso industrial francés, debido a que


la empresa pequeña parecía inadecuada a la racionalidad capitalista; en otras palabras, se pensaba que la eficiencia económica y la elevada productividad se alcanzaban sólo en el marco de una gran empresa fabril; la debilidad económica de la pequeña empresa se dio por sentada, sin ser puesta en tela de juicio. En consecuencia, las discusiones giraron en torno a si Francia padecía o no de un anormal número de pequeñas empresas. Por supuesto, esta idea debió reconsiderarse recientemente, cuando los nuevos datos macroeconómicos mostraron que la economía francesa creció por encima de la británica durante el siglo XIX. Se descubrió entonces que la presencia de la pequeña empresa no es un signo de debilidad sino, al contrario, una respuesta adecuada a las particulares condiciones sociales, económicas y tecnológicas de Francia, que transitó por una vía distinta hacia la industrialización, pero no inferior a la seguida por Gran Bretaña. La consecuencia más importante de estos nuevos análisis fue el cuestionamiento del modelo británico como vía exclusiva a la industrialización. El éxito económico francés, basado en la producción artesanal de lujo, con un nivel de urbanización inferior al de Inglaterra, con una mayor importancia de la agricultura, y en un contexto de bajo crecimiento demográfico, nos demuestra que el camino hacia el desarrollo industrial capitalista no fue unilineal. La pluralidad de caminos hacia dicho desarrollo permitió abordar de un modo más complejo y matizado el proceso de industrialización en otras regiones del mundo, tales como España, Italia y América Latina. La industria rural en los orígenes de la Revolución Industrial: aportes de la teoría protoindustrial La concepción sobre los orígenes de la revolución industrial se modificó sustancialmente con el desarrollo de la teoría de la protoindustrialización. Esta teoría amplió el marco de análisis de esta revolución fundamentalmente, al demostrar que la industria no nació, ni en la gran fábrica, ni en la ciudad, sino que surgió de un proceso complejo de articulación entre la ciudad y el campo; entre el capital comercial y el trabajo de la familia campesina. La comprobación de la fuerte vinculación entre la estructura agraria, el desarrollo del capital mercantil, y las presiones demográficas ha sido, quizás, la gran contribución de esta teoría a la mejor comprensión de la complejidad del proceso de industrialización. Según sus expositores, la economía protoindustrial presenta ciertas características específicas. En primer lugar, el productor era un campesino que empleaba los momentos de baja actividad del ciclo agrícola para realizar tareas artesanales, estableciendo "una simbiosis económica y social entre agricultura e industria a través de las estaciones". Esto permitía reducir sus costos de producción, pues el "costo de reproducción" de la fuerza de trabajo quedaba a cargo de la agricultura. Es decir, el campesino no necesitaba obtener con la actividad artesanal ingresos suficientes para satisfacer sus necesidades elementales de alimentación y vestido, pues estos los obtenía del trabajo agrícola, de manera tal que los costos resultaban muy bajos. En segundo lugar, la producción era organizada y coordinada por un mercader urbano quien les suministraba las materias primas al campesino o le compraba el producto terminado. Era común, en consecuencia, que en las regiones protoindustriales existiera una ciudad que concentrara la actividad comercial y, a menudo también, parte del proceso industrial, fundamentalmente en las tareas de terminado de los textiles, tales como el teñido. Por otra parte, la producción protoindustrial tenía como destino mercados extrarregionales y a menudo ultramarinos. El surgimiento de la actividad protoindustrial estuvo relacionada con los cambios que se produjeron en la estructura de la demanda, tanto interna como externa, que favorecieron la producción de bienes de consumo masivo. Por otra parte, permitió que un sector del campesinado acumulara capitales que luego iban a hacer posible la transformación hacia un sistema industrial. Finalmente, en aquellas regiones donde se desarrolló la economía


protoindustrial, los vínculos entre la economía agraria y los comportamientos demográficos se relajaron. La población pudo crecer a pesar de coyunturas agrícolas desfavorables, lo cual dio lugar a un cambio profundo en las tendencias demográficas del siglo XIX. Mendels primero, y sus seguidores, Kriedte, Medick y Schlumbohn luego, concibieron a la protoindustrialización en estrecha relación funcional con la industrialización, como "una fase de transición en el camino hacia la industrialización capitalista". No veían, sin embargo, una relación simple y directa entre un proceso y el otro. En primer término consideraban que dicha relación era muy fuerte, fundamentalmente en la fase textil de la industrialización, no así en la fase metalúrgica; y que se había dado principalmente en Inglaterra, puesto que en el continente, las presiones externas ejercidas por la industrialización británica alteraron el proceso "natural" de evolución. Al margen de estas acotaciones, dichos autores afirman que la industrialización capitalista surgió de los límites de la protoindustria. En efecto, como la protoindustrialización estuvo orientada a aumentar cuantitativamente la producción, el progreso de la productividad fue escaso, llegándose a un punto donde los costos tendieron a aumentar. Además, en la medida en que el mercader ampliaba sus actividades le resultaba más difícil supervisar las tareas artesanales. Esto marcó un límite a las posibilidades de expansión del sistema, de modo que resultaba imposible continuar ampliando la producción dentro de sus propios marcos. La resolución de esta contradicción se dio con la transformación hacia la industria capitalista. El tránsito hacia el capitalismo industrial se pudo realizar porque el sistema protoindustrial había creado las condiciones para que esto fuera posible. Como resultado de la protoindustrialización se produjeron cambios significativos en la organización productiva. En primer término, se había desarrollado un amplio estrato de trabajadores asalariados, que aunque ofrecieron resistencias, fueron incorporados a las fábricas. Por otra parte habían surgido comerciantes y pequeños productores que, gracias al capital acumulado durante el proceso protoindustrial, se convirtieron en protagonistas de la industrialización capitalista. En tercer lugar, la industria rural a domicilio permitió al capital mercantil introducirse en la esfera de la producción. Finalmente, la posición del mercader como coordinador de la producción, posibilitó una fiel adaptación de la industria a las condiciones cambiantes de la demanda, al mismo tiempo que fomentó la creación de redes comerciales, tanto locales como regionales e internacionales, que resultaron imprescindibles para el desarrollo de la industria capitalista. La protoindustrialización se desarrolló en un contexto eminentemente regional. Las razones que explican porqué determinadas zonas gozaron de una fuerte concentración protoindustrial y otras no, son muy diversas, se señala, sobre todo, que la disponibilidad de recursos naturales puede, sin duda, ser una de las razones; las otras, debemos atribuirlas a condiciones particulares, tales como la existencia de tradiciones artesanales, la presencia de mano de obra, la cercanía de ciudades mercantiles, una relación especialmente estrecha entre población y recursos agrícolas, etcétera. La teoría de la protoindustrialización, que hemos presentado someramente, fue acogida con gran entusiasmo y se multiplicaron rápidamente los estudios de caso en los más variados escenarios históricos. Sin embargo, pronto se comenzaron a debatir los alcances reales de la teoría en relación con el proceso de industrialización. En este contexto, se advirtió que la teoría se construyó básicamente a partir de la industria textil, y, aunque la gran importancia de este rubro, que ocupaba de lejos la mayor cantidad de mano de obra, justifica que se haya centrado la atención en él, no deben perderse de vista otras actividades que también tenían cierta importancia, tales como la producción de pequeños objetos de hierro y acero, y de algunos artículos compuestos, como relojes, muñecos, etc. Por otra parte, se cuestionó también que la teoría ponía demasiado énfasis en la industria doméstica –es decir, en la actividad artesanal


desarrollada por la familia campesina destinada a un mercado, más amplio que el de la propia aldea y articulado por un comerciante–, como la forma organizativa central, dejando de lado otras que también tuvieron gran difusión. En efecto, los críticos señalan que además de la industria doméstica, pueden distinguirse al menos tres formas diferentes de organización de la producción: una en la cual, bajo un mismo techo, muchos trabajadores realizaban la misma tarea e incluso mostraban la misma habilidad que aquellos que eran empleados en sus propias casas bajo el sistema protoindustrial. Un segundo tipo es el taller centralizado que se encuentra, sobre todo, en la etapa de los procesos finales de la producción textil, como el teñido, y que presentan un cierta división de tareas. Un tercer tipo, sin vinculaciones con ninguna forma protoindustrial, lo encontramos en la industria del vidrio, del papel o de productos de lujo. Aunque uno de los méritos de la teoría consiste en haber encontrado un patrón relativamente general de comportamiento de la organización protoindustrial, ésta no ha podido explicar convincentemente cómo se dio el paso de los estadios protoindustriales a los industriales. Todavía no somos capaces de explicar porqué determinadas regiones con floreciente industria doméstica se convirtieron en importantes centros fabriles, mientras otras continuaron siendo protoindustriales durante todo el siglo XIX, e incluso algunas sufrieron proceso de desindustrialización. Esta crítica, formulada por Sidney Pollard entre otros, cuestiona uno de los principales propósitos de la teoría: el de vincular causalmente la protoindustria con el proceso de industrialización. La idea –implícita en la teoría protoindustrial– de un desarrollo económico por estadios o etapas, ya sea concebida como acumulativa evolutiva (Rostow) o dialéctica (la teoría protoindustrial misma), ha gozado de una amplia aceptación entre los estudiosos de la industrialización. Sin embargo hoy, la importante acumulación de investigaciones de casos ha obligado a dejar de lado esta idea y a concebir la industrialización como un proceso más variado, heterogéneo y con una evolución menos pautada por etapas y cuyo final no siempre aparece claramente anunciado. Aunque es indudable que el haber dirigido la atención de los estudiosos de la industrialización hacia la industria rural es uno de los logros de la teoría protoindustrial, es evidente también que ha tendido a descuidar el problema de las industrias desarrolladas en las ciudades. En este aspecto los estudios sobre el desarrollo de las ciudades han permitido descubrir un universo industrial mucho más variado y heterogéneo en sus formas organizativas de lo que se creía. En efecto, las ciudades no sólo albergaron la producción de artículos de lujo controlados por los gremios de artesanos, sino que también conocieron, en algunos casos, el desarrollo de actividades protoindustriales. Los estudios sobre el proceso de protoindustrialización han permitido visualizar de un modo más profundo y complejo la industrialización. Aunque la teoría no haya cumplido con las expectativas que habían puesto en ella sus creadores –al menos en cuanto a explicar el tránsito hacia la industrialización–, ha influido sustantivamente en la concepción que hoy se tiene acerca de la industrialización, reduciendo el papel de la fábrica, incorporando la producción rural doméstica a la problemática de la industrialización y reforzando el carácter regional del proceso. En este sentido varios autores consideran que una perspectiva nacional, no es un buen punto de partida para analizar y comprender cambios que fueron profundos, pero que siguieron pautas regionales y sectoriales muy específicas. De acuerdo con esto, se ha puesto de manifiesto que la industrialización británica fue un fenómeno básicamente regional. La organización de la producción, la formación de los mercados, el uso y la transferencia de tecnologías así como las inversiones, respondieron a dimensiones regionales antes que a las nacionales. La revolución industrial, en consecuencia, dio origen a marcadas diferencias regionales: mientras algunas zonas se industrializaban fuertemente, otras mostraban, al contrario, una utilización muy débil


de la fuerza de trabajo y del capital. Obviamente, estimar un promedio nacional, aporta muy poco a la comprensión de fenómenos regionales; como ejemplo, se cita, entre otros, el caso Yorkshire, cuyo impresionante desarrollo durante el siglo XVIII aumentó su participación en la producción nacional de 20 a 60 %. La estimación de un crecimiento ponderado para todo el país del orden de 150% en el siglo XVIII, atenúa la profundidad de cambios económicos, con pautas regionales bien definidas. Además, como las inversiones, la fuerza de trabajo, e incluso la tecnología utilizada se definen en marcos regionales, es indudable que, en este caso, un análisis a nivel nacional no es la perspectiva adecuada para dar cuenta de la complejidad del proceso de industrialización. El cambio tecnológico y sus opciones Durante la década pasada, se relativizó la importancia del cambio tecnológico como factor causal de la industrialización. Como las innovaciones se circunscribieron a sólo algunos sectores económicos, éstas tuvieron un impacto muy moderado sobre el crecimiento global de la economía: "Según los cálculos agregados, el cambio tecnológico –dice Harley– se redujo a la producción de textiles de algodón y de hierro y estos sectores eran demasiado pequeños para acelerar mucho el crecimiento agregado". El mismo autor, nos advierte que el crecimiento agregado fue sólo un parte del cambio ocurrido en Gran Bretaña. Un visitante que llegara a Manchester en la década de 1840 tendría razones para pensar que el cambio no había sido ni lento ni localizado. Ante él, bajo el humo de las fábricas, se extendía un fenómeno – amenazador o prometedor según su punto de vista– que no había existido cuando él era niño: una gran ciudad industrial mucho más pequeña, desde luego, que Londres, pero totalmente distinta. Sin embargo, es imposible comprender esta transformación, que deja atónito al imaginario visitante, mediante el uso de variables econométricas a nivel nacional pues, como explicamos en párrafos anteriores, las cifras de desarrollo económico general atenúan sensiblemente el fenómeno de desarrollo regional. Las discusiones no sólo se dirigieron a evaluar la importancia de la tecnología como causa del desarrollo industrial, sino que también se orientaron a dilucidar las alternativas tecnológicas posibles. La persistencia de la pequeña empresa, por un lado, y el destronamiento del caso inglés como vía única a la industrialización, por el otro, permitieron cuestionar el proceso de especialización y de producción masiva, como opción única de desarrollo industrial. En este sentido, la idea de que la producción masiva de bienes debe ser la opción obligada de aquellas sociedades que desean participar del progreso económico, comienza a ser cuestionada. Esto es así principalmente, por la notable vitalidad demostrada por las pequeñas empresas, no sólo durante el proceso de industrialización sino hasta bien avanzado el presente siglo. En vista de la pervivencia de este fenómeno, algunos autores ensayaron una explicación basándose en la teoría del desarrollo dual, donde coexisten dos economías. Así habría una, tradicional, que presentaba un desarrollo muy lento, con un escaso incremento de la productividad, una baja relación entre capital y trabajo, y un escaso uso de máquinas. Junto a este sector tradicional se desarrollarían otros sectores mucho más dinámicos con un alto grado de tecnificación y una alta productividad. Los textiles y el hierro son dos casos típicos de este sector moderno. El escaso impacto de la revolución industrial en el crecimiento general de la economía fue explicado en estos términos, hubo un fuerte incremento en la producción industrial moderna, pero en el sector tradicional de la economía permaneció estancado. Quienes sustentan esta teoría, explican que la economía industrial debe ser necesariamente dual porque las máquinas que producen los artículos de consumo masivo no pueden ser fabricadas, ellas mismas, con la tecnología de la producción masiva. Por un lado su mercado no


es masivo, y por el otro, su fabricación requiere de una flexibilidad tecnológica que le permita adecuarse permanentemente a las cambiantes necesidades del mercado. La concepción de un desarrollo económico dual, no resiste un análisis riguroso. No se puede establecer una división tajante ente una producción tradicional y una masiva, pues en muchas ocasiones ambos sistemas se combinaron. No debemos perder de vista que la aplicación de nuevas tecnologías industriales no implicó el inmediato abandono de las viejas, por lo que, en muchas ocasiones, la producción algodonera combinó el uso de fábricas tecnificadas con el empleo masivo de mano de obra barata (mujeres y niños, fundamentalmente), y de escasa productividad. No es casual, por otra parte, que la mayoría de las innovaciones clásicas de la industria textil se hayan desarrollado dentro del llamado sector tradicional. El éxito tecnológico en la producción textil es difícil de explicar si se pierden de vista las transformaciones que se dieron en todos los sectores económicos, y no sólo en los relacionados con los más dinámicos. Por su parte, Sabel y Zeitlin piensan que la producción masiva no fue la única opción posible de desarrollo industrial. Consideran que el uso de tecnologías que permitan una especialización flexible en el marco de una pequeña empresa es una alternativa válida. Esta tecnología fue utilizada en la producción de seda de Lyon, en la producción de artículos de metal en Saint-Etienne, en la cuchillería de Solingen, Sheffield, etc. Una de las características básicas de este sistema es la flexibilidad que les permitía no sólo abastecer las variadas necesidades de los mercados locales y regionales, sino también cambiar permanentemente su oferta de artículos para ampliar sus actividades. La relación con el mercado era estimulada por el uso de una tecnología flexible, que hacía posible cambiar de un artículo a otro fácilmente. Por último, la competencia era morigerada por instituciones regionales que, además, buscaban la cooperación entre las diversas empresas para fomentar las innovaciones. Este tipo de análisis permite afrontar el estudio de la industrialización desde una perspectiva menos apriorística; la producción masiva no se impuso como consecuencia de una necesidad histórica, sino que surgió de una conjunción particular de elementos económicos, políticos y sociales. La Revolución Industrial y la sociedad inglesa Los nuevos enfoques acerca de la industrialización llevaron a cuestionar procesos más amplios, tales como la formación de la burguesía industrial inglesa; o bien, el cambio en los niveles de vida de las clases trabajadoras durante la Revolución Industrial. En contra de lo que se creía tradicionalmente, la riqueza de las clases altas victorianas no tenía su origen en la industria. Los estudios de Rubinstein, Daunton, y otros acerca de la composición de los patrimonios de los ingleses "más ricos", han demostrado que el comercio, las finanzas y la tierra eran más importantes que las actividades industriales como fuente de ingresos de las clases más acomodadas. La burguesía industrial se mantuvo como un grupo subordinado a los intereses del comercio y las finanzas. En parte, el fracaso de los industriales por alcanzar las más altas esferas del poder político y social, fue atribuida a la pasión demostrada por los nuevos ricos de asimilarse a la gentry –o pequeña aristocracia agraria–, situación que ya evidenció Adam Smith en 1776 y que continuaría durante todo el siglo XIX. Las clases acomodadas de la Inglaterra victoriana pasaban la mayor parte del tiempo en sus casas de campo, dedicados a los placeres de la caza, o de otras actividades sociales cuyo escenario siempre era la señorial casa de campo, disfrutando un estilo de vida aristocrático, tan distante del humo de las chimeneas, como de la utilización productiva del tiempo. Muchos autores han considerado esto como una muestra inequívoca del fracaso de la burguesía industrial en conformarse como un grupo político y socialmente dominante. "Gentlemanly capitalism" llamaron algunos historiadores a este sistema que conciliaba el estilo de vida aristocrático –cuyas bases son preindustriales–, con ingresos


obtenidos de actividades capitalistas. Aunque esta actitud per se, no implicaba necesariamente que hubiera un obstáculo para la economía de mercado, es evidente que privilegiaba las actividades vinculadas al comercio y las finanzas sobre las industriales. En efecto, la producción industrial era despreciada, pues se adaptaba mucho menos a este tipo de vida, ya que implicaba tener relación directa con las clases trabajadoras, vivir en zonas industriales y dedicar la mayor parte del tiempo al trabajo. Por el contrario, las finanzas y el comercio se adecuaban perfectamente a los ideales aristocráticos de vida, por lo que adquirieron un papel político y social relevante en la Inglaterra victoriana. Esta idea aparece como un corolario de las perspectivas que comenzaron cuestionando los alcances reales del proceso de industrialización. En efecto, no sólo la industrialización fue más lenta y menos innovadora tecnológicamente, sino que además, los industriales nunca gozaron del mayor prestigio social, y se mantuvieron subordinados a la tierra, el comercio y las finanzas. Respecto a la estructura ocupacional de la población inglesa durante el proceso de industrialización, se han realizado notables avances, sobre todo, al incorporar los datos de los registros parroquiales. Las nuevas estimaciones de Linder demuestran que la población inglesa a fines del siglo XVII, es decir, antes del inicio de la industrialización, era mucho menos agrícola de lo que se creía. Esto ha llevado a atenuar el impacto de la revolución industrial en el cambio de la estructura ocupacional de la población. En relación con los ingresos de la población, aspecto esencial en los debates sobre los niveles de vida, J. Williamson ha demostrado que el proceso de industrialización –en contra de lo que sostenía habitualmente– incrementó fuertemente la demanda de mano de obra calificada, generando un fuerte diferencia de los ingresos de este grupo y los de obreros no calificados. Como señala el mismo Williamson, a pesar de contar con datos cada vez más confiables, los historiadores aún no han podido contestar la pregunta esencial: ¿en qué proporción la desigualdad de los ingresos de la población en Gran Bretaña se debió al proceso de industrialización? Conclusiones La investigación histórica de los últimos veinte años ha modificado sensiblemente nuestra visión sobre el proceso de industrialización. Además de ofrecer nuevas respuesta a viejos interrogantes, también ha permitido ampliar el enfoque del problema llevando a explorar nuevos aspectos, como por ejemplo, las implicaciones sociales y culturales de la revolución industrial. A modo de un balance global, podemos decir que los investigadores han alcanzado un cierto consenso en torno a algunos de los puntos más controvertidos de los últimos años. Así, en relación con las tasas de crecimiento anual de la economía británica, el gran aporte de la nueva historia económica ha sido desestimar el llamado "despegue" (take off). En efecto, la industrialización ha sido un proceso gradual que se inicia con el siglo XVIII y se extiende hasta mediados del XIX. Esta constatación –hoy ampliamente compartida por los investigadores– no implica, sin embargo, que las transformaciones económica y sociales que generó la revolución industrial no hayan sido considerables: la fuerte transferencia de trabajadores del campo a la ciudad, las innovaciones tecnológicas, el desarrollo de nuevos medios de transporte y comunicaciones, el surgimiento de ciudades industriales, la expansión en busca de nuevos mercados, son algunos de los elementos que cambiaron radicalmente a la sociedad occidental durante este período, y que se deben, en gran parte, al proceso de industrialización. Por otro parte, el estudio empírico de otros casos de desarrollo industrial, en especial el francés, ha demostrado que la industrialización británica no fue ni el único ni el mejor de los modelos posibles. En consecuencia, los puntos de partida metodológicos para afrontar el estudio de los procesos de industrialización en otras latitudes, han sido profundamente modificados. Ya


no se trata de buscar similitudes y diferencias con la Inglaterra del siglo XVIII, sino, por el contrario, intentar la búsqueda, dentro de cada sociedad en particular, de las características que ayuden a explicar el aumento de alternativas posibles de desarrollo industrial. Además de haber destronado al modelo británico de la exclusividad que había gozado por décadas, los nuevos estudios han modificado nuestra perspectiva sobre los orígenes de la industrialización. En efecto, la llamada teoría de la protoindustrialización demostró que la industria no nació ni de la gran fábrica ni de la ciudad, sino que fue el resultado de una articulación compleja entre la ciudad y el campo, entre la familia campesina y el capital mercantil. De manera que el proceso de desarrollo industrial tiene profundas raíces en la Europa de la edad moderna, y sus causas exceden ampliamente los estrechos marcos de una disciplina. En otras palabras, los orígenes de la industrialización tienen que ver con elementos y situaciones que van más allá de lo estrictamente económico, pues involucran fenómenos demográficos, políticos, sociales y culturales. Afirmación no sólo válida para las primeras etapas de la industrialización, sino también para todo el proceso. Así adquirió especial importancia el estudio del impacto de la revolución industrial en la conformación de la sociedad victoriana. La industrialización transformó a Inglaterra durante el siglo XIX, en "el taller del mundo". Sin embargo, los industriales nunca alcanzaron el poder político y el prestigio social que la preeminencia fabril británica hubiese sugerido; estuvieron siempre subordinados a los intereses de los terratenientes, los financistas y los grandes comerciantes que constituyeron el escalón más elevado y poderoso de la sociedad victoriana. Esta subordinación, junto al clima hostil hacia la industria, que caracterizaron las últimas décadas del siglo XIX en Inglaterra, han sido consideradas por los estudiosos como una de las explicaciones posibles del declive económico inglés, ya notorio desde los últimos decenios del reinado de Victoria. Nuestra comprensión de la revolución industrial y de los procesos de cambio económico es hoy mucho más amplia y profunda que veinte años atrás; sin embargo, aún existen facetas ocultas que el historiador debe contribuir a develar. Este trabajo pretende servir de estímulo para que los lectores en lengua española se lancen con interés a explorar más a fondo estos fenómenos en el mundo hispanoamericano, tanto a nivel empírico como metodológico y teórico. Si este objetivo se logra, aunque sea en parte, el propósito habrá sido cumplido con creces.

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