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para que realicen en el mundo su trabajo divino. El pastor Butcher era un predicador de baja estatura, calvo y vivaz. Era enérgico y estimulante, y no aburrido y seco como un niño esperaría que fuera un pastor mayor. Esa noche, nos presentó un desafío a los 150 adolescentes allí reunidos: «Aquí hay algunos jóvenes que a Dios le resultarían útiles como pastores y misioneros», dijo. El recuerdo de ese momento es uno de los más claros, puros y nítidos de mi vida; algo así como la graduación de la escuela secundaria o el nacimiento del primer hijo. Recuerdo que nos dispersamos y que la voz del reverendo se perdió en la distancia. De pronto, sentí una presión en el corazón, casi como un susurro: «Ese eres tú, Todd. Eso es lo que quiero que hagas». No tenía dudas de que acababa de oír a Dios y estaba decidido a obedecerlo. Me di la vuelta hacia el pastor Butcher justo a tiempo para escucharlo decir que si alguno de nosotros había oído a Dios esa noche, si alguno se había comprometido a servirlo, debería decírselo a alguien cuando llegara a casa para que al menos una persona más lo supiera. De modo que cuando llegué a casa, fui a la cocina. —Mamá —dije—, cuando crezca, seré pastor. Desde ese día, décadas atrás, mamá y yo repasamos esa conversación en varias oportunidades. Pero nunca le habíamos dicho nada a Colton sobre eso.

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El cielo es real  
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