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—El perro se llamaba Charlie Brown, y tenía un ojo azul y otro marrón. —¡Genial! —dijo Colton—. ¿Podemos tener un perro como ese? Ahogué una risita. —Ya veremos. Mi abuelo, Lawrence Barber, era granjero. Era una de esas personas que conocen a todo el mundo y a quien todos consideran un amigo. La mayoría de los días se levantaba antes del amanecer y recorría la distancia que separaba su finca en Ulysses, Kansas, de la tienda de rosquillas del pueblo para intercambiar historias con sus amigos. Era un hombre corpulento; antes de la crisis había jugado fútbol americano como defensor. Su esposa, la abuela Ellen —la misma que nos envió dinero para ayudarnos con las cuentas del hospital—, solía decir que hacían falta cuatro o cinco atacantes para derribar a Lawrence Barber en el campo de juego. Pop sólo iba a la iglesia de vez en cuando. Como muchos hombres, era más bien reservado en cuanto a las cuestiones espirituales. Yo tenía unos seis años cuando murió. Venía conduciendo tarde en la noche y se salió del camino. Su Crown Victoria chocó contra un poste y lo partió en dos. La mitad superior del poste cayó hacia adelante y aplastó el techo del automóvil, pero el impulso que traía el vehículo lo llevó unos 800 metros campo adentro. El accidente dejó sin energía eléctrica a un corral de engorde que quedaba un poco más atrás en la dirección en la que venía Pop, lo que hizo que uno de los trabajadores saliera a investigar qué había sucedido. Al parecer, Pop estaba vivo y todavía respiraba después del accidente, porque los socorristas lo encontraron tendido sobre el asiento del acompañante mientras intentaba alcanzar la manija para poder escapar del automóvil. Pero cuando la ambulancia llegó al hospital, los médicos lo declararon muerto. Tenía apenas sesenta y un años. Recuerdo ver la angustia de mi madre en el funeral, pero su dolor no terminó allí. A medida que me hacía mayor, a veces la veía orar con el rostro cubierto de lágrimas. Cuando le preguntaba qué sucedía, me decía: —Me preocupa si Pop habrá ido al cielo. No fue sino hasta mucho tiempo después, en 2006, que nos enteramos por medio de mi tía Connie sobre un servicio religioso especial al que Pop había asistido dos días antes de morir. En ese servicio estaría la respuesta sobre el destino eterno de mi abuelo. Era el 13 de julio de 1975; el lugar, Johnson, Kansas. Mamá y la tía Connie tenían un tío llamado Hubert Caldwell. Me agradaba el tío Hubert. Era un predicador rural modesto a quien le encantaba conversar; era el tipo de hombre con el que no

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El cielo es real  
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